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Midnight blues jam. || Hester.

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Ene 09, 2019 12:23 am

Recuerdo del primer mensaje :


Wembley || 16 de octubre del 2019, 17:44 horas || Tienda de la familia 'Brown' || Zeta & Hester

Aquella tarde estaba siendo realmente tranquila, hasta el punto de que Dexter se había encerrado en la trastienda a hacer papeleo mientras ella estaba detrás del mostrador sin ninguna tarea pendiente. Y es que en un trabajo así era fácil tener cosas pendientes que hacer y aburrirte poco, pero habían sido tan eficientes en tan poco tiempo que ahora mismo sólo quedaba hacer las horas y limitarse a atender a los clientes que viniesen. Pero claro, ¿y cuándo no venía nadie, cuál era el truco?

Zeta tenía muchos: sacar el móvil y escuchar música, quizás jugar a alguno de esos juegos de recolección que tanto le gustaban o incluso hacer algún sudoku o crucigrama. Sin embargo, ese día la cosa se torció. Si bien había empezado a hacer un crucigrama nivel experto, no lo terminó en ningún momento. Mientras ponía las palabras, una de ella era 'radio', por lo que inevitablemente comenzó a tararear la canción de 'Video killed the radio star' y es que Zeta tenía una facilidad terrible para que su mente fuese capaz de seguir pensando con claridad mientras su boca tarareaba una canción puesta en segundo plano, sin que eso influyese en absoluto en lo que se supone que estuviese haciendo.

El problema de eso es que cuando Zeta comenzaba a tararear y no había ninguna otra situación que la hiciese parar, aquello se descontrolaba. De repente comenzó a mover la pierna al ritmo de la canción, golpeando suavemente el suelo, a eso se le unió el presionar continuo del botón del bolígrafo, hasta que llegó a un ritmo que nada tenía que ver con la canción original. Y fue en ese momento en dónde el crucigrama ya no tenía sentido ninguno y aquella canción improvisada, que a simple vista era solo un montón de mierda unida, para ella había adquirido todo el valor.

Sacó el móvil, abrió su aplicación de piano en dónde tocar con un dedito las teclas y comenzó a emular las notas que estaba cantando, con la ilusión de una niña pequeña a la que le han prestado la iPad para jugar al Candy Crush.

La, mi, re, do...  Re sostenido...Eso sonó mal e hizo que Zeta frunciese el ceño. —No, Re sostenido no. Re sostenido es malo.

Y así siguió probando, con intención de grabar esos pequeños acordes sólo para no olvidarlos al llegar a casa y poder probarlos en un piano de verdad, o al menos en su guitarra.

Llevaba mucho tiempo queriendo tener tiempo para sentarse un rato y ponerse a tocar, pero es que llevaba unas semanas en las que no paraba de tener que hacer cosas. Y le molestaba, de hecho, no poder dedicarle tiempo a algo que le encantaba: pero entre que la vida no le daba y que los compañeros de piso que tenía eran de quejica para arriba, eso de tocar con libertad se volvía complicado. Pero vamos, si había algo que echaba de menos de verdad, era poder tocar en algún lugar, al público. Tenía que volver a hablar con sus amigos para ver si algún pub caritativo los dejaba tocar... y si no siempre estaba la calle.

Dexter Fawcett:

Dexter Fawcett
34 años Sangre puraLealtad Pro-muggles
Oficial de RedFlúPareja de ZetaBritánico
HISTORIA Y PERSONALIDAD
PERSONALIDAD
Leal, justo y valiente. Debajo de esa aparente coraza de seguridad y prepotencia se esconde un hombre tierno y sencillo que sólo quiere una vida en dónde todos puedan tener cabida. No es violento, tiene una cultura exquisita y adora la seguridad y la tranquilidad. Odia mentir, pero se ha convertido en un perfecto purista prepotente de cara al nuevo gobierno, por lo que no es de extrañar que pese a su auténtica naturaleza, muchos magos le tachen de un imbécil empedernido.

BREVE HISTORIA
Perteneció a una familia humilde, cayó en Hufflepuff cuando internó en Hogwarts y siempre se interesó en los transportes mágicos, por lo que terminó trabajando en el Departamento de Transportes Mágicos, más concretamente en la zona de gestión de los trasladores. Debido a su profesionalidad siempre fue llamado para grandes eventos, para organizar tanto las chimeneas de Red Flú de manera internacionales así como gestionar los trasladores por todos los países.

Después del cambio de gobierno, finge seguir siendo leal a éste. Gracias a su historial impecable y su débil nivel en oclumancia ha conseguido pasar desapercibido, siempre posicionándose en el bando enemigo. Cuando los radicales atacaron el Ministerio no tuvo más que luchar por salvar su vida, pues por mucho que sea aliado de éstos, sufrió ataques de los mismos. No simpatiza con ellos demasiado, pues salió gravemente herido. Actualmente da cobijo de manera ilegal a los fugitivos que no tienen hogar, además de intentar conseguirles identidades falsas y sacarlos del país gracias al control que tiene con los trasladores internacionales. También ayuda a sus padres con la tienda, pues ambos ya son bastante viejos y no pueden con todo. Suele llevar la contabilidad.

HISTORIA CON ZETA
Conoció a Zeta hace dos años, ya que una de las amigas de Dex muggles 'de toda la vida' conocía al novio de Zeta de entonces, uniendo así ambos grupos de amigos en una noche en donde un tercero cumplía años. Ese curioso caso en donde dos personas que no tienen nada que ver con el grupo central terminan conociéndose. Dex se sintió atraído hacia Zeta, su persona y ese aura extranjera y exótica que la envolvía, pero debido a que ella tenía pareja se limitó a interesarse por ella sin ningún tipo de doble intención. Se agregaron al facebook y se dieron los números, pero jamás se hablaron al WhatsApp. Ella porque evidentemente no estaba interesada, él por vergüenza y respeto.

Hace nueve meses que se re-encontraron, ya que Zeta estaba buscando un nuevo trabajo al haberse acabado su contrato en el sitio en el que estaba. Dexter le ofreció trabajar en la tienda de sus padres, ya que éstos recientemente habían despedido al tipo que trabajaba con ellos. Ella aceptó. Debido a movidas que ya llevaban viniendo de largo, Zeta y su novio lo dejaron mientras ella trabajaba en al tienda de los Fawcett. Dexter y ella estuvieron meses acercándose, coqueteando, siendo él el reacio a querer tener una relación con una muggle, sabiendo lo que eso significaba tanto para él, como para ella. Además, todavía no le había dicho nada en relación con el mundo mágico y eso iba a ser un gran problema, un problema que no sabía cómo afrontar. Sin embargo, un día hace tres meses fue Zeta quién dio el paso y él, sencillamente, le siguió. Desde entonces están juntos, pero Dex todavía no le ha dicho de todo lo que es, ni de todo lo que hace. Suele mantenerla alejada de su 'otra vida' y Zeta se está dando cuenta de que algo le está ocultando.

FAMILIA
Jerome Fawcett: Padre sangre pura de Dexter. Es un hombre de 80 años, jubilado del Ministerio de Magia y el jefe de la tienda de comida que ahora mismo regentan en Wembley desde hace dos años. Tuvo que sacarse una identidad falsa de nombre Aaron Brown a la que tiene el nombre de la tienda. A ojos del Ministerio es un mago viejo más del que no preocuparse.

Anastasia Fawcett: Madre mestiza de Dexter. Es una señora de 77 años, jubilada del Ministerio de Magia y jefa de la tienda de comida que ahora mismo regenta en Wembley con su marido, desde hace dos años. Se sacó una identidad falsa con el nombre de Elisa Brown, la cual consta en los papeles de la tienda. A ojos del Ministerio es una bruja vieja más de la que no preocuparse.



@DasFlai

Zdravka E. Ovsianikova
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Hester A. Marlowe el Lun Ene 28, 2019 7:18 pm

Cuando Zeta—persona de la cual, con toda sinceridad, no recordaba si le habían dicho el nombre completo—rechazó con educación la propuesta de Hester, todo asomo de esa pequeña Marlowe, la que parecía interesada en una ‘cita’ potencialmente incómoda y con altas posibilidades de sacar algunas verdades sobre la vida de Dexter Fawcett, pareció desvanecerse en el alivio que la oclumante sintió.

No es que Zeta le pareciera mala persona, ni mucho menos; de hecho, lo poco que había visto le parecía agradable, lo cual perfectamente podía deberse a que desempeñaba un trabajo de atención al público. Sin duda, para eso había que tener madera y don de gentes.

Con aquel rechazo, Hester tenía un cero por ciento de probabilidades de fastidiarlo todo diciendo algo que no debería decir. Porque quizás Dexter pensara que con ser una experta en el arte de la oclumancia, la clarividente tenía bajo control aquello que decía… y no, no era así. Se ponía muy nerviosa ante la presión, era muy miedosa, y sabía que a la mínima que la hicieran sentir lo suficientemente incómoda podía salir de su boca algo que no debía salir.

Merlín la librase de verse algún día en manos de interrogadores y de tener algo que esos interrogadores quisieran saber.

Su reacción, por lo menos, no fue exagerada: sonrió ampliamente, pero no se puso a dar saltos de alegría. Y podría perfectamente haberlo dejado estar así, despedirse, y marcharse rumbo a la lavandería.

Pero en su lugar...

—Te tomo la palabra: otro día.—Sí, pero ese otro día no llegará nunca, bocazas, pensó mientras tanto.—Ha sido todo un placer conocerte, Zeta, pero ahora debería marcharme. No porque tenga prisa de ver Netflix ni nada, que conste, sino porque mi ropa me está esperando en la lavandería, y si tardo mucho, podrían robármela. No es la primera vez que me pasa y...—Hester se detuvo justo ahí, mordiéndose el labio inferior. Añadió entonces:—...y otra vez me he puesto a hablar demasiado. ¡Bueno, ya sabes, cosas que tienen el ser vendedora de pisos!—Buen detalle. Ahora, cállate y lárgate, le recomendó su sabio cerebro, que a veces parecía un ente separado de la propia Hester.—¡Nos vemos otro día, Zeta!

Se despidió de ella con un saludo de la mano y se dio la vuelta a tal velocidad que se chocó con la cesta que un pobre hombre sostenía por delante de su cuerpo. Sospechó que el golpe que se dio le dolió más a ella que a él, pero de todas formas se disculpó antes de marcharse de allí. Y, por fortuna, no se chocó con nadie más ni se enredó con sus propios pies.

Y por si alguien le interesa: no, en esta ocasión no le robaron la ropa. Tuvo algo de suerte.


Sábado, 10 de noviembre, 19:32 horas.
Hyde Park, Londres - Atuendo

El invierno londinense no sólo era frío, sino que las noches eran madrugadoras: siete y media de la tarde, y cualquiera diría que eran las tres de la madrugada.

En el primero de los dos días libres de su semana laboral, Hester había aprovechado para dar un paseo en bicicleta. De cuando en cuando, le gustaba recorrer media ciudad a base de pedal, que era un muy buen ejercicio y, además, le permitía contemplar el paisaje urbano de la cuidad.

Y de sus hermosos parques, por supuesto.

Hester opinaba que Londres era una obra de arte en sí misma, una ciudad hermosa y emblemática que todo ser humano debería visitar al menos una vez en su vida. Sí, tal vez fuera fría, y sí, los ingleses tal vez fueran tan fríos o más que la propia ciudad, pero la oclumante no cambiaría su hogar por ningún otro.

Llevaba cerca de dos horas pedaleando, y a esas alturas ya le dolía un poco el trasero. Sentía cómo el sillín se le clavaba en las nalgas, y resultaba francamente incómodo. Y lo peor de todo era que estaba muy lejos de su casa, tal había sido su entusiasmo por salir a respirar aire puro.

A la altura de Hyde Park se le ocurrió la brillante idea de desaparecerse: volvería a casa a toda velocidad, y podría descansar. Quizás se sintiera un poco culpable por hacer ‘trampas’ y no completar el recorrido, pero de verdad que el trasero la estaba matando.

Se detuvo a pocos metros de una parada de autobuses, y se quitó la mochila de los hombros para buscar la varita en el bolsillo lateral, donde la llevaba siempre. Abrió la cremallera, metió la mano… y repentinamente recordó el momento en que, antes de salir de casa, había dejado la varita en el armarito para los zapatos que tenía junto a la puerta. Para no hacer trampas, se había dicho a sí misma.

—Hester del pasado, tú y yo vamos a tener unas palabritas.—Se dio una palmada en la frente, a modo de castigo, para luego seguir rebuscando dentro de la mochila. Al menos, la cartera sí la tenía, por lo que con un suspiro cansado, se apeó de la bicicleta y caminó hacia la parada del autobús.—¿Cuánto cuesta ese chisme? No recuerdo haberme montado nunca ahí...

Era cierto: desde que tenía memoria, Hester solo se había desplazado por Londres a pie o en bicicleta. Y si había montado en autobús, había sido en alguna excursión organizada por el orfanato, por lo cual no había tenido que pagar nada. ¿Con qué iba a pagarlo entonces, si no tenía dinero? Esperaba que las monedas que tenía ahí fueran suficientes.

Al llegar a la parada, con su bicicleta a cuestas, Hester no se percató de la presencia de Zeta.

Bueno, no exactamente: sí atisbó por el rabillo del ojo que había alguien haciendo algo allí, pero ni siquiera prestó atención. Ya podría haber sido el mismísimo Pennywise, el payaso de la película It, que Hester seguiría sin prestarle atención.

Se dejó caer pesadamente en el banco, junto a la persona desconocida, y con expresión de fastidio. Permaneció en silencio un par de segundos, y entonces, declaró en voz alta:

—Soy más idiota que una piedra.—Y entonces, por curiosidad, echó un vistazo en dirección a su acompañante… y abrió los ojos como platos.—¡Zeta! ¡Tú eres Zeta! ¡Hola!

Hester, tras remarcar lo evidente, sonrió a la novia de Dexter Fawcett, a la cual hacía casi un mes que no veía. Pero Londres, ciudad grande como pocas, de cuando en cuando tenía este tipo de coincidencias.

—¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Qué haces tú por aquí?—Quizás las preguntas no hubieran sonado tan bien pronunciadas, a un ritmo normal, sino más bien un tanto atropelladas. Porque sí, Hester ya se había empezado a poner nerviosa.

Y lo peor era que su última pregunta también era una obviedad: Zeta estaba cambiándole la cuerda a la guitarra que tenía en el regazo.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Feb 09, 2019 2:59 am

Solía concentrarse bastante en ese tipo de tareas, sobre todo para evitar que al quitar una cuerda esa atentara violentamente contra uno de sus ojos. Sin embargo, era curioso, porque aunque estuviera cien por cien concentrada en aquella tarea, su mente era de esas muy activas en donde divagaba en todos los temas posibles habidos y por haber, aunque su mirada no dejase ni un segundo de estar pegada a su tarea física. Es por eso que mientras pensaba en todo lo que había vivido hoy y quitaba la segunda cuerda, no se dio cuenta de que una persona conocida se sentaba a su lado. Con lo grande que era Londres, era muy poco probable que coincidieras con una persona que conocías. Posible era, pero normalmente cuando alguien se sentaba contigo en el banco, solías asumir que era algún británico con cara de pocos amigos que ya estaba cansado de caminar por esa gran ciudad.

Pero cuando esa persona habló sola, además de hacerla dar un pequeño bote inesperado, hizo que reconociese su voz. Sujetó su cuerda y giró la cabeza hacia allí, a tiempo de ver a Hester reconocerla con tanta vitalidad. No le iba a dejar de sorprender que fuese tan activa, sobre todo porque Zeta casi que parecía que vivía cansada siempre y ver a personas así le resultaba fascinante, ¿de dónde sacaba tanta emoción para la vida cuando está todo tan nublado? ¿Cuál era su truco?

Sonrió frente al atropellamiento de sus preguntas, pues es que ni le había dado tiempo a saludarla.

—Esquilar una oveja, ¿no me ves? —Le dijo, señalándole la guitarra con evidencia. Claramente era broma y, aunque Zeta no es que fuese persona de muchas bromas, su sonrisa la declaraba abiertamente. No iba con malicia, pero le parecía muy fácil soltar esas bromas, ya que siempre había sido una persona muy literal, ¿y qué iba a estar haciendo si no era cambiar las cuerdas de su guitarra? —Es broma. —Matizó igualmente, por si acaso. No conocía apenas a Hester como para saber si captaría sus bromas o se ofendería por la ironía. —En realidad hago tiempo hasta que pase mi autobús, que por esta línea pasa muy poco y me daba mucha pereza caminar hasta otra parada. —Porque para caminar veinte minutos, prefería estar sentada veinte minutos. Era su día libre: hecho para descansar. Cansarse de manera consciente y masoquista no iba con ella, con  todo lo que trabajaba, cuando podía hacer de perezosa, lo hacía mucho y muy bien. —Y estoy bien, aunque hubiera preferido que no se me rompiera la cuerda de mi guitarra. Tengo el TOC de que si se me rompe una, debo cambiarlas todas. —Y esbozó una sonrisa. Quizás ella no lo sabía, pero cambiar una cuerda daba mucha pereza porque luego la guitarra se te desafina sola hasta que la cuerda se estira bien, por lo que cambiarlas todas era todavía mucha más pereza.

En realidad Zeta tenía muchas actitudes y comportamientos propios de alguien con TOC y si bien su habitación a veces parecía una selva recién atacada por un león ladrón, todo seguía un orden muy ordenado que sólo ella entendía. Gracias al universo que al menos era ordenada de verdad en convivencia o la echarían a patadas de todas las casas en donde compartía piso. En todas, vamos: desde que vivía en Londres, siempre había compartido piso porque cualquier otra vivienda en donde pudiera estar sola le quedaba muy grande, económicamente hablando. Así que en realidad se había obligado a ser, al menos, de cara de su habitación para afuera, una compañera de piso muy decente.

—¿Y tú qué? ¿Te cansaste de pedalear? —Observó de reojo a la bicicleta. Hoy porque hacía muy buen tiempo, pero Zeta siempre se sorprendía de los ciclistas que eran capaces de utilizar la bicicleta incluso lloviendo, con viento o lo que sea. Siempre estaban los valientes que ante cualquier adversidad, estaban ahí pedaleando entre los coches y los buses. Zeta lo admiraba porque no sabía montar en bicicleta. De hecho, nunca se había montado ni mucho menos había tenido una. En Londres siempre se movía por metro o bus. —¿Cómo te ha ido todo? ¿Has vendido muchas casas? —No sabía por qué, pero le parecía gracioso preguntar eso. A Dexter se lo preguntaba todos los días.
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Hester A. Marlowe el Lun Feb 11, 2019 12:44 am

Hester jamás se había considerado un genio, y por fuera de lugar que parezca esta afirmación, tiene su razón de ser.

La ex-Hufflepuff sabía que era tal debido a que no brillaba especialmente por su inteligencia, o por su agudeza mental. Los logros que había conseguido en su vida, si algo, se debían a un afán de superación. No sólo de superación de sus propios límites, sino también de sus miedos. Y quizás fuera una gran virtud—Hester no era consciente de ello, en realidad—, pero no se debía a su inteligencia, sino a la dedicación y al trabajo que ponía a cada aspecto de su vida.

No era ningún genio, de acuerdo. Pero tampoco era estúpida, y es por ese motivo que se sintió terriblemente idiota en el momento en que se preguntó dónde estaba la oveja a la que hacía referencia Zeta.

Fue apenas un segundo, y muy posiblemente pudiera achacarlo al cansancio que sentía en aquellos momentos. El agotamiento físico podía volverla más torpe—más todavía de lo que ya era normalmente—y mucho menos ágil mentalmente hablando.

No se enorgulleció de aquel momento en que se encontró contemplando la guitarra como si fuera, en efecto, una oveja a la que esquilar, y por eso disimuló con todas sus ganas cuando Zeta reconoció que se trataba de una broma. Rió un poco, incluso, por mucho que la broma de Zeta no fuera la más graciosa del mundo.

La muggle esperaba el autobús, como Hester desde hacía apenas un minuto, y para pasar el rato, se dedicaba a cambiar las cuerdas de su guitarra. Por lo visto, cuando una se rompía, las cambiaba todas.

¡Qué bien te vendría la magia!, pensó Hester. No tendrías que comprar cuerdas de guitarra en todo lo que te resta de vida. Obviamente, no compartió aquellos pensamientos con la novia de su amigo Dexter, para la cual la oclumante ni era oclumante ni era bruja: solo una muggle más que vendía… viviendas.

—Sí, soy idiota. Y me he olvidado de mi...—Hizo una pausa, sabiendo que lo que iba a decir era ‘varita’. Dicha palabra no tendría mucho sentido en el contexto de la conversación, pero estaría lo bastante fuera de lugar como para despertar alguna sospecha. Así que se corrigió enseguida.—...mi abono del metro. Siempre lo llevo encima por si me canso, pero hoy dije: ‘¡Venga, Hester! ¡Tú puedes!’ Y lo dejé en casa.—La oclumante soltó un largo suspiro desganado.—Pues… spoiler: no, no podía.—Concluyó con resignación.

La siguiente pregunta de Zeta hizo que una Hester medio recostada en su asiento de la marquesina abriera los ojos y se incorporara un poco: ahí estaba la profesión falsa que Dexter le había encasquetado la última vez—que también había sido la primera, curiosamente—que se habían visto la bruja y la muggle.

¡¿Que si he vendido muchas casas?! ¡Maldita sea, Dexter! ¿No podías haber escogido una profesión falsa más apropiada para mí? ¿Gerente de orfanato, por ejemplo? ¿O profesora de Yoga y meditación? ¡Maldita sea!

—¡Oh, sí, muchas! ¡El mercado inmobiliario va mejor que nunca!—Exclamó Hester; era muy probable que dicha afirmación fuera falsa, pero una vez que empezaba a improvisar...—La última propiedad que vendió nuestra inmobiliaria es un antiguo cine. Creo que van a restaurarlo, o a convertirlo en una sala de conciertos. Algo por el estilo, no sé. Yo solo fui la agente encargada de la venta. Mi jefe tendrá más detalles...

Una pregunta interesante para Hester sería ‘¿Por qué?’: ¿Por qué siempre tenía que dar tantos detalles cuando nadie se los había pedido? ¿Por qué cuando se ponía nerviosa padecía de diarrea verbal? O, como decían en esa película, V for vendetta, ‘esta vichyssoise de verborrea muy verbosa’.

—¿Y tú? ¿Vienes de un concierto en que lo has dado todo y se te ha roto una de las cuerdas?—Preguntó Hester en un intento de desviar el tema de conversación por otros derroteros. No sabía cuántas tonterías había dicho, ni si éstas se contradecían con cosas que Dexter había dicho primero.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Zdravka E. Ovsianikova el Mar Feb 12, 2019 5:21 pm

Qué mujer más loca, ¿cómo iba a salir del casa sin la dichosa Oyster? Para Zeta era incluso más importante que el teléfono móvil y es que moverse por Londres sin el abono del metro y del autobús era horrible. Ella era fan del transporte público londinense, sobre todo con el dichoso bono, que te dejaba movilizarte ilimitadamente si pagabas una cantidad mensual, que era lo que ella hacía. Sin embargo, el hecho de olvidarse del abono no era tan catastrófico como podía llegar a ser hace unos años, no con esas tarjetas tan chachis con las que no tenías que poner pin y pagabas solo con el contacto. Aún así, sonrió frente a ese comentario tan divertido de Hester con respecto al spoiler de su vida.

—Bueno, si tienes la tarjeta puedes pagar con eso el metro, ¿lo sabes, verdad? —La hizo saber, haciendo una pausa de su tarea con la guitarra. —No sé dónde vives, pero bendito metro. A mí no me queda cerca de la casa en donde vivo ninguna salida, así que me cuadra más el autobús. Y no me gusta el autobús, me pone nerviosa que se acerque tanto a los ciclistas y que de repente se queden en medio de todos los coches. No soporto la paciencia de los chófer... —confesó con diversión, una de sus muchas manías en la vida: odiar a los autobuses. Menos mal que no sabía montar en bici ni tampoco tenía coche, porque Zeta sería una conductora pésima por su impaciencia y los dichosos ciclistas que no paraban de meterse por todos lados.

Partiendo del hecho de que Dexter se sentía muy mal mintiendo a Zeta, al menos era sincero con eso de que no vendía muchas casas y así se ahorraba el tener que inventarse historias de mierda que no eran más que una sarta de mentiras que tirar encima del montón. Así que le sorprendió de que a Hester le fuese tan bien, como para pensar que la inmobiliaria en la que ambos trabajaban iba tan bien. Que ojo, Zeta no sabía muy bien como iba eso, porque Dexter no vendía una mierda pero él no parecía tener problemas económicos de ningún tipo.

Se quedó perdida con la información, escuchando lo de la venta del cine, para entonces volver a la conversación cuando le hizo la pregunta.

—Ojalá, hubiera sido mucho más divertido —admitió con sinceridad, para entonces coger la guitarra con una mano, elevarla y coger con la otra el forro. La iba a guardar; no se iba a poner a cambiar las cuerdas con Hester ahí pudiendo hablar con ella. —Fui a tocar un rato con mis amigos aprovechando que no tenía nada que hacer, pues por la noche íbamos a salir un rato y... no sé, mi guitarra decidió que ella no quería ensayar y atentó con una de sus cuerdas a uno de mis compañeros. —Y puso un mohín resignado y triste. En realidad había sido un poco decepcionante, pues se volvía a casa horas antes de lo previsto por culpa de haber tenido que ir a comprar las dichosas cuerdas al quinto pino porque una decidió romperse. Y tu dirías: ‘qué exagerada eres, podrías haberte quedado, salir por la noche y no tocar’, pero para Zeta el plan guay del día era lo de tocar y lo de salir por la noche era el añadido. Se había desmotivado con la mala suerte. —Pero bueno, mira el lado positivo: en casa me espera Don Netflix. No le digas a Dexter que le pongo los cuernos con él. —Le guiñó el ojo a Hester por la broma, guardando la guitarra y colocando la bolsa con las cuerdas en un pequeño hueco interior de la funda, la cual era de tapa dura. Ninguna protección era suficiente para proteger a Mushu, su guitarra.

La dejó entre sus piernas y, mientras cerraba la cremallera, miró de nuevo a la morena. Todavía la chirriaba la diferencia de visión inmobiliaria entre Dexter y Hester, pero la verdad es que había decidido dejar de darle vueltas al asunto.

—Oye y eso que dijiste... —Se mostró visiblemente interesada, no por lo de vender casas, sino por la casa en sí. —Lo de la sala de cine que crees que se va a convertir en una sala de concierto, ¿en dónde es? Digo, para informarme: en cualquier caso mola, un cine restaurado o una sala de conciertos. —Y sonrió, mirando con reproche a su propia funda de la guitarra porque se le había trabado la cremallera. —El cine y la música mola, así que cualquier idea será buena, pero llevo tiempo buscando salas de conciertos que no estén petadas y acepten a 'aficionados' para tocar. —Y tras un último tirón, se cerró la cremallera. Ella misma no se consideraba a sí una 'aficionada' pero sabía que la gran mayoría de personas que tengan una sala de conciertos sí que la considerarían así. Miró a Hester para continuar hablando:  —¿Te gusta la música en directo? —preguntó entonces, apartando la guitarra y cruzándose de piernas en el banco. —No en grandes estadios, sino en pequeños bares, de mano de una banda indie y música nueva.

Y es que esa misma noche ella podría haber ido a ver a una banda de nombre The Cats, pero había decidido no ir porque se había picado con el mundo.
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Hester A. Marlowe el Jue Feb 14, 2019 11:10 pm

Por muy irónica y sarcástica que pueda llegar a sonar la siguiente afirmación sobre la vida de Hester Marlowe, es real como la vida misma: a la oclumante ni le gusta, ni se le da bien mentir a la gente.

Hasta la mentira más pequeña—cambiar la palabra ‘varita’ por ‘abono del metro’—la hacía sentirse mal. No era una mentirosa nata, y el único motivo por el cual seguía trabajando entre las cuatro paredes del Ministerio de Magia era porque tenía miedo de hacer cualquier otra cosa que pudiera delatar lo mucho que le disgustaba el propio gobierno, empeñado en desfavorecer a personas como aquellas con quienes se relacionaba habitualmente.

Y ‘desfavorecer’ era un eufemismo, teniendo en cuenta los tiempos que corrían.

Así que, mientras fingía ser más despistada de lo que era habitualmente—lo era, y mucho—, Hester se sentía genuinamente mal por estar mintiendo a Zeta. Se permitió incluso maldecir el día que Dexter había optado por meterla en la misma mentira que él le contaba cada día a la chica. ¿Cómo podía vivir cada día con su novia y ocultarle la verdad de aquella manera?

—Sí, sí, soy consciente, pero...—Hester metió la mano en su mochila, sacando su cartera muggle. Era apenas un pequeño monedero donde llevaba, básicamente, monedas sueltas y, en raras ocasiones, algún billete.—...no he traído más que monedas. Las llevo por si acaso me entra sed. De hecho, me entra sed muy a menudo.

A Hester no se le pasó por alto la mención a los ciclistas, y repentinamente sintió deseos de poder coger aquella bicicleta y guardársela en la mochila. Y es que, si Zeta odiaba tanto a los ciclistas… ¿entraría ella en el grupo de ciclistas odiosos?

—Pido disculpas por la parte que me toca.—Dijo, dándose cuenta de que ella no odiaba demasiado el transporte público, principalmente porque no solía cogerlo.

Y siguiendo con aquella reciente faceta de su vida que odiaba—mentir a una persona tan descaradamente—, Hester se inventó una historia tan estrambótica y con tantas posibilidades de volverse contra ella en un futuro, que hizo todo lo posible porque el tema pasase rápidamente de largo. Y llegó a pensar que lo había conseguido con la pregunta acerca de las cuerdas de guitarra.

Escuchó con atención hablar a Zeta, quien se puso a guardar su guitarra dentro de la funda, sin haber terminado el trabajo de las cuerdas. Y mientras batallaba con el cierre del estuche, la muggle le explicó que el incidente había ocurrido durante un ensayo con unos amigos.

Hester pensó en la forma que tenían de romperse las cuerdas de una guitarra e, inevitablemente—para ella era inevitable, al menos—terminó pensando una vez más en la teoría que tenía en la cabeza sobre el tiempo y cómo éste estaba formado por distintas cuerdas. ¿Y por qué era inevitable para ella pensar en aquello? Bueno, simple: con sus visiones, Hester había pensado muchas veces en cómo influía ella en el tiempo cada vez que cambiaba algo del futuro que había visto. Cada vez que tenía una visión y cambiaba el resultado, se imaginaba una cuerda partiéndose en algún lugar del cosmos, dando lugar a un cambio irreparable.

Sin embargo, estos pensamientos le duraron poco: cuando Zeta le guiñó un ojo… bueno, Hester podría decir que sintió ‘algo’. Y no pudo evitar sonreír, gesto que pudo camuflar como resultado de la broma de la morena.

—Descuida: tu secreto está a salvo conmigo.—Le siguió la broma.—Y siento mucho que tu ensayo haya salido mal. Solo espero que tu compañero no haya recibido daños graves, y que se recupere.—Lo dijo en tono de broma, pero lo cierto era que existía un riesgo real si una de aquellas cuerdas acertaba en el ojo de algún pobre diablo. Cualquier cosa en tensión que se suelta de repente… bueno, solo digamos que Hester, de niña, tenía la mala costumbre de jugar con gomas elásticas que terminaban rompiéndose y propinándole dolorosos latigazos.

Iba a decir algo más con respecto al plan cancelado de Zeta, pero entonces volvió a aparecer en escena la mentira de la oclumante, señalándola con un dedo acusador. Y viendo por dónde iban los tiros de la conversación hasta entonces—y la guitarra de Zeta, dicho sea de paso—, Hester debió haberse imaginado que hablar de salas de conciertos no era la mejor manera de mentir. Debería haber elegido otro asunto que interesara menos a la muggle. ¿No podía haber dicho algo de un viejo edificio que sería reconvertido en banco?

—Pues...—Hester intentó por todos los medios encontrar una manera de no mentir… pero era imposible. Tenía que mentir. Intentaría, por lo menos, que fuera una mentira lo menos asquerosa posible. Si es que existía alguna mentira que no lo fuera, claro.—Intento acordarme de la dirección, pero se me resiste… ¿Cómo se llamaba? The old algo… ¡Maldita sea, tengo una memoria malísima para estas cosas! Es que en los papeles de la inmobiliaria solamente se menciona brevemente el nombre del negocio. Lleva tanto tiempo abandonado que solamente tiene un número de inmueble.—Vale, aquello era una mentira muy asquerosa. Eso estaba claro. Y Hester se sintió muy mal por ella.

Por fortuna, a las siguientes preguntas sí pudo responder con sinceridad. Y no podéis imaginaros cuánto agradeció a Zeta que las pusiera sobre la mesa.

—Me encanta la música en directo. Y ya que preguntas… ¿Te suena el Brisbane’s Bar? Seguro que sí, pues es bastante conocido. Voy allí de cuando en cuando, sola o acompañada, y casi siempre tocan y cantan grupos o artistas poco conocidos. Creo que incluso hay lo que se llama la noche del espontáneo, en que invitan a subir al escenario a cualquiera que le apetezca.—Hester había estado en el Brisbane’s unas cuántas veces, y la verdad era que le encantaba.—Algún día podríamos ir, y más si es la noche del espontáneo, porque me encantaría escucharte tocar. ¿También cantas? Porque también me gustaría escucharte.

Se le notaba cuando estaba siendo sincera: sonaba más alegre, más natural. No había dicho nada que no fuera cierto, pues le encantaría escuchar a Zeta tocar y, si se le daba bien, cantar también.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Zdravka E. Ovsianikova Ayer a las 11:03 pm

No pudo evitar contenerse a reír ante su comentario de que le entraba sed muy a menudo. La verdad es que no sabía por qué, pero la manera de expresarse de Hester le parecía demasiado adorable e inocente, pues es en plan: ¿no es normal que te entre sed muy a menudo, cuál ser humano que eres? Así que Zeta le sonrió, pero no rió aunque le hubiera hecho gracia. Tampoco quiso decir ningún comentario porque podría ofenderse por algo que había dicho con toda naturalidad y no quería bromear de más, pues solía ser un poco irónica y sarcástica y eso a veces no sentaba bien a la gente. Por desgracia no había confianza entre ellas.

—No creo que tengas culpa de la osadía de los chófer de autobús —le respondió divertida. —Contra los ciclistas no tengo nada, sólo me pongo nerviosa por ustedes. Parecéis tan delicados yendo por ahí al lado de los coches y los grandes buses... que parece que a la mínima os pueden golpear o algo, no sé. Seguramente se deba a que no sé cuánto de seguro se va en una bicicleta, nunca me he subido en una.

Mucha gente flipaba pepinillos cuando alguien decía que nunca se había subido a una bicicleta, pero os cuento un secreto: hay gente así y aún así son personas normales. Por parte de Zeta es que nunca le había surgido la oportunidad, pues en Eslovenia le quedaba lejos el colegio, por lo que siempre le llevaban sus padres en coche. Y en Londres no se fiaba una mierda: ¿habéis visto como conduce todo el mundo? ¡Que apenas hay rotondas y en los cruces eso es una locura! No se atrevía, en realidad, por mucho que todos los londinenses siempre insistieran en que ir con bicicleta era lo mejor: todo llano, hacías ejercicio...

Tras la broma de Netflix, Hester se preocupó por el amigo de Zdravka, aunque ésta le quitó importancia.

—No le dí, solo fue el susto —le respondió, para que no se creyese que le había dejado una cicatriz en el ojo por culpa del ataque de una cuerda de guitarra.

Le preguntó con genuina curiosidad lo de su trabajo, pues precisamente una nueva sala de conciertos le interesaba muchísimo, pero la morena no recordaba ni el nombre ni el lugar. La muggle no sospechó nada, es decir: ¿era normal, no? Ella no se acordaba ni en donde había dejado el móvil normalmente y teniendo en cuenta la cantidad de propiedades con las que debían de trabajar... pues era totalmente plausible. Así que esbozó una pequeña sonrisa y se encogió de hombros.

—Ah vale, no importa. Si te viene a la cabeza o te enteras, le mandas un mensaje a Dexter y él me lo dice. —Y miró al frente, un poco soñadora. —La verdad es que estaría muy guay que se decantaran por la sala de concierto: echo de menos en Londres como una pequeña sala de teatro que se utilice para conciertos, ¿sabes? Y si era un antiguo cine, la predisposición, la acústica y todo pues sería genial. Bueno, en realidad no sé si hay algo así en Londres. Lo cierto es que o me quedo en bares y pequeños locales de concierto, o ya solo sé de grandes establecimientos. El término medio se me escapa. —Que si bien tenía gran conocimiento de muchísimos locales en Londres, con todo lo que trabajaba de otras cosas que no era la música, le impedía estar al día en esas cosas.

Pero justamente el Brisbane's sí que lo conocía. De repente Hester se vino arriba con el tema, o al menos notó que le gustaba mucho más hablar de eso que de su trabajo, pero vamos, ¿a quién narices le gustaba hablar de su  trabajo? Sólo a los que cobraban mucho o vivían gracias a su pasión.

—¡Sí, sé cuál es! —Le respondió, bastante contenta. La verdad es que el tema de la música hacía que Zdravka se abriese muchísimo más fácil, aunque apenas te conociera. También era importante el hecho de que Hester era amiga de Dexter e inevitablemente le transmitía ese típico buen rollo con el que no te cuesta abrirte en una conversación jovial. —De hecho ahí conocí a mi mejor amigo precisamente por eso. Ellos tocaban esa noche y me sacaron a mí, pero de eso ya hace cinco años. La virgen, como pasa el tiempo. —Cayó entonces en el paso del tiempo, sonriendo con sorpresa. —Oye pues me encantaría ir con alguien a quién le guste, porque cada vez que llevo a Dexter a esos sitios va con cara de pimiento pocho. Creo que es amusical pero lo que yo toco lo intenta escuchar con amor. —Rió, bromeando. Lo cual era normal: ¿un mago que finge ser un purista asqueroso en compañía de una muggle? El pobre Dexter vivía con los huevos como corbata cada vez que salía con Zeta y la pobre Zeta pensaba que era porque no le gustaba. —Sí, también canto. —En realidad era curioso, porque cualquiera que hablase con Zeta y la viese con una guitarra pensaría que es una aficionada al tema y que lo hace por hobbie, cuando en realidad llevaba siete años luchando por dar conciertos, tocando en la calle para hacerse conocer, matándose a estudiar, componer y ensayar... Y bueno, mucho menos nadie se esperaba que tuviese un disco, aunque no fuese nada famoso. —Toco y canto normalmente, a menos que alguien de confianza me toque. Es decir, toque conmigo, no que me toque a mí. —Ese juego de palabra le parecía estúpidamente gracioso solo de imaginarse a alguien zarandeándola mientras ella tocaba frente al micro. —Por ejemplo, el chico del que te hablé antes que conocí en el Brisbane's muchas veces colaboramos: él toca el piano y yo canto, lo que últimamente su trabajo le absorbe y me las tengo que arreglar yo sola. —Y es que por una cuestión de comodidad, no solía tocar con gente que no conocía demasiado, o que no le inspiraba demasiada confianza. Se ponía nerviosa y cuando se ponía nerviosa no daba lo mejor de sí sobre el escenario, así que para eso, prefería tocar ella misma, aunque fuese con un solo instrumento el concierto. —Yo iba a ir hoy con mis amigos al Moritzbastei, pues tocan The Cats, ¿los conoces? Es un grupo de funk. Son muy buenos y te hacen saltar y mover la cabeza, que es de lo que va el funk. —Amplió la sonrisa.
Zdravka E. Ovsianikova
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