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Midnight blues jam. || Hester.

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Ene 09, 2019 12:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

Midnight blues jam. || Hester. - Página 2 LaCuArM
Wembley || 16 de octubre del 2019, 17:44 horas || Tienda de la familia 'Brown' || Zeta & Hester

Aquella tarde estaba siendo realmente tranquila, hasta el punto de que Dexter se había encerrado en la trastienda a hacer papeleo mientras ella estaba detrás del mostrador sin ninguna tarea pendiente. Y es que en un trabajo así era fácil tener cosas pendientes que hacer y aburrirte poco, pero habían sido tan eficientes en tan poco tiempo que ahora mismo sólo quedaba hacer las horas y limitarse a atender a los clientes que viniesen. Pero claro, ¿y cuándo no venía nadie, cuál era el truco?

Zeta tenía muchos: sacar el móvil y escuchar música, quizás jugar a alguno de esos juegos de recolección que tanto le gustaban o incluso hacer algún sudoku o crucigrama. Sin embargo, ese día la cosa se torció. Si bien había empezado a hacer un crucigrama nivel experto, no lo terminó en ningún momento. Mientras ponía las palabras, una de ella era 'radio', por lo que inevitablemente comenzó a tararear la canción de 'Video killed the radio star' y es que Zeta tenía una facilidad terrible para que su mente fuese capaz de seguir pensando con claridad mientras su boca tarareaba una canción puesta en segundo plano, sin que eso influyese en absoluto en lo que se supone que estuviese haciendo.

El problema de eso es que cuando Zeta comenzaba a tararear y no había ninguna otra situación que la hiciese parar, aquello se descontrolaba. De repente comenzó a mover la pierna al ritmo de la canción, golpeando suavemente el suelo, a eso se le unió el presionar continuo del botón del bolígrafo, hasta que llegó a un ritmo que nada tenía que ver con la canción original. Y fue en ese momento en dónde el crucigrama ya no tenía sentido ninguno y aquella canción improvisada, que a simple vista era solo un montón de mierda unida, para ella había adquirido todo el valor.

Sacó el móvil, abrió su aplicación de piano en dónde tocar con un dedito las teclas y comenzó a emular las notas que estaba cantando, con la ilusión de una niña pequeña a la que le han prestado la iPad para jugar al Candy Crush.

La, mi, re, do...  Re sostenido...Eso sonó mal e hizo que Zeta frunciese el ceño. —No, Re sostenido no. Re sostenido es malo.

Y así siguió probando, con intención de grabar esos pequeños acordes sólo para no olvidarlos al llegar a casa y poder probarlos en un piano de verdad, o al menos en su guitarra.

Llevaba mucho tiempo queriendo tener tiempo para sentarse un rato y ponerse a tocar, pero es que llevaba unas semanas en las que no paraba de tener que hacer cosas. Y le molestaba, de hecho, no poder dedicarle tiempo a algo que le encantaba: pero entre que la vida no le daba y que los compañeros de piso que tenía eran de quejica para arriba, eso de tocar con libertad se volvía complicado. Pero vamos, si había algo que echaba de menos de verdad, era poder tocar en algún lugar, al público. Tenía que volver a hablar con sus amigos para ver si algún pub caritativo los dejaba tocar... y si no siempre estaba la calle.

Dexter Fawcett:

Dexter Fawcett
34 años Sangre puraLealtad Pro-muggles
Oficial de RedFlúPareja de ZetaBritánico
HISTORIA Y PERSONALIDAD
PERSONALIDAD
Leal, justo y valiente. Debajo de esa aparente coraza de seguridad y prepotencia se esconde un hombre tierno y sencillo que sólo quiere una vida en dónde todos puedan tener cabida. No es violento, tiene una cultura exquisita y adora la seguridad y la tranquilidad. Odia mentir, pero se ha convertido en un perfecto purista prepotente de cara al nuevo gobierno, por lo que no es de extrañar que pese a su auténtica naturaleza, muchos magos le tachen de un imbécil empedernido.

BREVE HISTORIA
Perteneció a una familia humilde, cayó en Hufflepuff cuando internó en Hogwarts y siempre se interesó en los transportes mágicos, por lo que terminó trabajando en el Departamento de Transportes Mágicos, más concretamente en la zona de gestión de los trasladores. Debido a su profesionalidad siempre fue llamado para grandes eventos, para organizar tanto las chimeneas de Red Flú de manera internacionales así como gestionar los trasladores por todos los países.

Después del cambio de gobierno, finge seguir siendo leal a éste. Gracias a su historial impecable y su débil nivel en oclumancia ha conseguido pasar desapercibido, siempre posicionándose en el bando enemigo. Cuando los radicales atacaron el Ministerio no tuvo más que luchar por salvar su vida, pues por mucho que sea aliado de éstos, sufrió ataques de los mismos. No simpatiza con ellos demasiado, pues salió gravemente herido. Actualmente da cobijo de manera ilegal a los fugitivos que no tienen hogar, además de intentar conseguirles identidades falsas y sacarlos del país gracias al control que tiene con los trasladores internacionales. También ayuda a sus padres con la tienda, pues ambos ya son bastante viejos y no pueden con todo. Suele llevar la contabilidad.

HISTORIA CON ZETA
Conoció a Zeta hace dos años, ya que una de las amigas de Dex muggles 'de toda la vida' conocía al novio de Zeta de entonces, uniendo así ambos grupos de amigos en una noche en donde un tercero cumplía años. Ese curioso caso en donde dos personas que no tienen nada que ver con el grupo central terminan conociéndose. Dex se sintió atraído hacia Zeta, su persona y ese aura extranjera y exótica que la envolvía, pero debido a que ella tenía pareja se limitó a interesarse por ella sin ningún tipo de doble intención. Se agregaron al facebook y se dieron los números, pero jamás se hablaron al WhatsApp. Ella porque evidentemente no estaba interesada, él por vergüenza y respeto.

Hace nueve meses que se re-encontraron, ya que Zeta estaba buscando un nuevo trabajo al haberse acabado su contrato en el sitio en el que estaba. Dexter le ofreció trabajar en la tienda de sus padres, ya que éstos recientemente habían despedido al tipo que trabajaba con ellos. Ella aceptó. Debido a movidas que ya llevaban viniendo de largo, Zeta y su novio lo dejaron mientras ella trabajaba en al tienda de los Fawcett. Dexter y ella estuvieron meses acercándose, coqueteando, siendo él el reacio a querer tener una relación con una muggle, sabiendo lo que eso significaba tanto para él, como para ella. Además, todavía no le había dicho nada en relación con el mundo mágico y eso iba a ser un gran problema, un problema que no sabía cómo afrontar. Sin embargo, un día hace tres meses fue Zeta quién dio el paso y él, sencillamente, le siguió. Desde entonces están juntos, pero Dex todavía no le ha dicho de todo lo que es, ni de todo lo que hace. Suele mantenerla alejada de su 'otra vida' y Zeta se está dando cuenta de que algo le está ocultando.

FAMILIA
Jerome Fawcett: Padre sangre pura de Dexter. Es un hombre de 80 años, jubilado del Ministerio de Magia y el jefe de la tienda de comida que ahora mismo regentan en Wembley desde hace dos años. Tuvo que sacarse una identidad falsa de nombre Aaron Brown a la que tiene el nombre de la tienda. A ojos del Ministerio es un mago viejo más del que no preocuparse.

Anastasia Fawcett: Madre mestiza de Dexter. Es una señora de 77 años, jubilada del Ministerio de Magia y jefa de la tienda de comida que ahora mismo regenta en Wembley con su marido, desde hace dos años. Se sacó una identidad falsa con el nombre de Elisa Brown, la cual consta en los papeles de la tienda. A ojos del Ministerio es una bruja vieja más de la que no preocuparse.



@DasFlai

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Hester A. Marlowe el Lun Ene 28, 2019 7:18 pm

Cuando Zeta—persona de la cual, con toda sinceridad, no recordaba si le habían dicho el nombre completo—rechazó con educación la propuesta de Hester, todo asomo de esa pequeña Marlowe, la que parecía interesada en una ‘cita’ potencialmente incómoda y con altas posibilidades de sacar algunas verdades sobre la vida de Dexter Fawcett, pareció desvanecerse en el alivio que la oclumante sintió.

No es que Zeta le pareciera mala persona, ni mucho menos; de hecho, lo poco que había visto le parecía agradable, lo cual perfectamente podía deberse a que desempeñaba un trabajo de atención al público. Sin duda, para eso había que tener madera y don de gentes.

Con aquel rechazo, Hester tenía un cero por ciento de probabilidades de fastidiarlo todo diciendo algo que no debería decir. Porque quizás Dexter pensara que con ser una experta en el arte de la oclumancia, la clarividente tenía bajo control aquello que decía… y no, no era así. Se ponía muy nerviosa ante la presión, era muy miedosa, y sabía que a la mínima que la hicieran sentir lo suficientemente incómoda podía salir de su boca algo que no debía salir.

Merlín la librase de verse algún día en manos de interrogadores y de tener algo que esos interrogadores quisieran saber.

Su reacción, por lo menos, no fue exagerada: sonrió ampliamente, pero no se puso a dar saltos de alegría. Y podría perfectamente haberlo dejado estar así, despedirse, y marcharse rumbo a la lavandería.

Pero en su lugar...

—Te tomo la palabra: otro día.—Sí, pero ese otro día no llegará nunca, bocazas, pensó mientras tanto.—Ha sido todo un placer conocerte, Zeta, pero ahora debería marcharme. No porque tenga prisa de ver Netflix ni nada, que conste, sino porque mi ropa me está esperando en la lavandería, y si tardo mucho, podrían robármela. No es la primera vez que me pasa y...—Hester se detuvo justo ahí, mordiéndose el labio inferior. Añadió entonces:—...y otra vez me he puesto a hablar demasiado. ¡Bueno, ya sabes, cosas que tienen el ser vendedora de pisos!—Buen detalle. Ahora, cállate y lárgate, le recomendó su sabio cerebro, que a veces parecía un ente separado de la propia Hester.—¡Nos vemos otro día, Zeta!

Se despidió de ella con un saludo de la mano y se dio la vuelta a tal velocidad que se chocó con la cesta que un pobre hombre sostenía por delante de su cuerpo. Sospechó que el golpe que se dio le dolió más a ella que a él, pero de todas formas se disculpó antes de marcharse de allí. Y, por fortuna, no se chocó con nadie más ni se enredó con sus propios pies.

Y por si alguien le interesa: no, en esta ocasión no le robaron la ropa. Tuvo algo de suerte.


Sábado, 10 de noviembre, 19:32 horas.
Hyde Park, Londres - Atuendo

El invierno londinense no sólo era frío, sino que las noches eran madrugadoras: siete y media de la tarde, y cualquiera diría que eran las tres de la madrugada.

En el primero de los dos días libres de su semana laboral, Hester había aprovechado para dar un paseo en bicicleta. De cuando en cuando, le gustaba recorrer media ciudad a base de pedal, que era un muy buen ejercicio y, además, le permitía contemplar el paisaje urbano de la cuidad.

Y de sus hermosos parques, por supuesto.

Hester opinaba que Londres era una obra de arte en sí misma, una ciudad hermosa y emblemática que todo ser humano debería visitar al menos una vez en su vida. Sí, tal vez fuera fría, y sí, los ingleses tal vez fueran tan fríos o más que la propia ciudad, pero la oclumante no cambiaría su hogar por ningún otro.

Llevaba cerca de dos horas pedaleando, y a esas alturas ya le dolía un poco el trasero. Sentía cómo el sillín se le clavaba en las nalgas, y resultaba francamente incómodo. Y lo peor de todo era que estaba muy lejos de su casa, tal había sido su entusiasmo por salir a respirar aire puro.

A la altura de Hyde Park se le ocurrió la brillante idea de desaparecerse: volvería a casa a toda velocidad, y podría descansar. Quizás se sintiera un poco culpable por hacer ‘trampas’ y no completar el recorrido, pero de verdad que el trasero la estaba matando.

Se detuvo a pocos metros de una parada de autobuses, y se quitó la mochila de los hombros para buscar la varita en el bolsillo lateral, donde la llevaba siempre. Abrió la cremallera, metió la mano… y repentinamente recordó el momento en que, antes de salir de casa, había dejado la varita en el armarito para los zapatos que tenía junto a la puerta. Para no hacer trampas, se había dicho a sí misma.

—Hester del pasado, tú y yo vamos a tener unas palabritas.—Se dio una palmada en la frente, a modo de castigo, para luego seguir rebuscando dentro de la mochila. Al menos, la cartera sí la tenía, por lo que con un suspiro cansado, se apeó de la bicicleta y caminó hacia la parada del autobús.—¿Cuánto cuesta ese chisme? No recuerdo haberme montado nunca ahí...

Era cierto: desde que tenía memoria, Hester solo se había desplazado por Londres a pie o en bicicleta. Y si había montado en autobús, había sido en alguna excursión organizada por el orfanato, por lo cual no había tenido que pagar nada. ¿Con qué iba a pagarlo entonces, si no tenía dinero? Esperaba que las monedas que tenía ahí fueran suficientes.

Al llegar a la parada, con su bicicleta a cuestas, Hester no se percató de la presencia de Zeta.

Bueno, no exactamente: sí atisbó por el rabillo del ojo que había alguien haciendo algo allí, pero ni siquiera prestó atención. Ya podría haber sido el mismísimo Pennywise, el payaso de la película It, que Hester seguiría sin prestarle atención.

Se dejó caer pesadamente en el banco, junto a la persona desconocida, y con expresión de fastidio. Permaneció en silencio un par de segundos, y entonces, declaró en voz alta:

—Soy más idiota que una piedra.—Y entonces, por curiosidad, echó un vistazo en dirección a su acompañante… y abrió los ojos como platos.—¡Zeta! ¡Tú eres Zeta! ¡Hola!

Hester, tras remarcar lo evidente, sonrió a la novia de Dexter Fawcett, a la cual hacía casi un mes que no veía. Pero Londres, ciudad grande como pocas, de cuando en cuando tenía este tipo de coincidencias.

—¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Qué haces tú por aquí?—Quizás las preguntas no hubieran sonado tan bien pronunciadas, a un ritmo normal, sino más bien un tanto atropelladas. Porque sí, Hester ya se había empezado a poner nerviosa.

Y lo peor era que su última pregunta también era una obviedad: Zeta estaba cambiándole la cuerda a la guitarra que tenía en el regazo.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Feb 09, 2019 2:59 am

Solía concentrarse bastante en ese tipo de tareas, sobre todo para evitar que al quitar una cuerda esa atentara violentamente contra uno de sus ojos. Sin embargo, era curioso, porque aunque estuviera cien por cien concentrada en aquella tarea, su mente era de esas muy activas en donde divagaba en todos los temas posibles habidos y por haber, aunque su mirada no dejase ni un segundo de estar pegada a su tarea física. Es por eso que mientras pensaba en todo lo que había vivido hoy y quitaba la segunda cuerda, no se dio cuenta de que una persona conocida se sentaba a su lado. Con lo grande que era Londres, era muy poco probable que coincidieras con una persona que conocías. Posible era, pero normalmente cuando alguien se sentaba contigo en el banco, solías asumir que era algún británico con cara de pocos amigos que ya estaba cansado de caminar por esa gran ciudad.

Pero cuando esa persona habló sola, además de hacerla dar un pequeño bote inesperado, hizo que reconociese su voz. Sujetó su cuerda y giró la cabeza hacia allí, a tiempo de ver a Hester reconocerla con tanta vitalidad. No le iba a dejar de sorprender que fuese tan activa, sobre todo porque Zeta casi que parecía que vivía cansada siempre y ver a personas así le resultaba fascinante, ¿de dónde sacaba tanta emoción para la vida cuando está todo tan nublado? ¿Cuál era su truco?

Sonrió frente al atropellamiento de sus preguntas, pues es que ni le había dado tiempo a saludarla.

—Esquilar una oveja, ¿no me ves? —Le dijo, señalándole la guitarra con evidencia. Claramente era broma y, aunque Zeta no es que fuese persona de muchas bromas, su sonrisa la declaraba abiertamente. No iba con malicia, pero le parecía muy fácil soltar esas bromas, ya que siempre había sido una persona muy literal, ¿y qué iba a estar haciendo si no era cambiar las cuerdas de su guitarra? —Es broma. —Matizó igualmente, por si acaso. No conocía apenas a Hester como para saber si captaría sus bromas o se ofendería por la ironía. —En realidad hago tiempo hasta que pase mi autobús, que por esta línea pasa muy poco y me daba mucha pereza caminar hasta otra parada. —Porque para caminar veinte minutos, prefería estar sentada veinte minutos. Era su día libre: hecho para descansar. Cansarse de manera consciente y masoquista no iba con ella, con  todo lo que trabajaba, cuando podía hacer de perezosa, lo hacía mucho y muy bien. —Y estoy bien, aunque hubiera preferido que no se me rompiera la cuerda de mi guitarra. Tengo el TOC de que si se me rompe una, debo cambiarlas todas. —Y esbozó una sonrisa. Quizás ella no lo sabía, pero cambiar una cuerda daba mucha pereza porque luego la guitarra se te desafina sola hasta que la cuerda se estira bien, por lo que cambiarlas todas era todavía mucha más pereza.

En realidad Zeta tenía muchas actitudes y comportamientos propios de alguien con TOC y si bien su habitación a veces parecía una selva recién atacada por un león ladrón, todo seguía un orden muy ordenado que sólo ella entendía. Gracias al universo que al menos era ordenada de verdad en convivencia o la echarían a patadas de todas las casas en donde compartía piso. En todas, vamos: desde que vivía en Londres, siempre había compartido piso porque cualquier otra vivienda en donde pudiera estar sola le quedaba muy grande, económicamente hablando. Así que en realidad se había obligado a ser, al menos, de cara de su habitación para afuera, una compañera de piso muy decente.

—¿Y tú qué? ¿Te cansaste de pedalear? —Observó de reojo a la bicicleta. Hoy porque hacía muy buen tiempo, pero Zeta siempre se sorprendía de los ciclistas que eran capaces de utilizar la bicicleta incluso lloviendo, con viento o lo que sea. Siempre estaban los valientes que ante cualquier adversidad, estaban ahí pedaleando entre los coches y los buses. Zeta lo admiraba porque no sabía montar en bicicleta. De hecho, nunca se había montado ni mucho menos había tenido una. En Londres siempre se movía por metro o bus. —¿Cómo te ha ido todo? ¿Has vendido muchas casas? —No sabía por qué, pero le parecía gracioso preguntar eso. A Dexter se lo preguntaba todos los días.
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Hester A. Marlowe el Lun Feb 11, 2019 12:44 am

Hester jamás se había considerado un genio, y por fuera de lugar que parezca esta afirmación, tiene su razón de ser.

La ex-Hufflepuff sabía que era tal debido a que no brillaba especialmente por su inteligencia, o por su agudeza mental. Los logros que había conseguido en su vida, si algo, se debían a un afán de superación. No sólo de superación de sus propios límites, sino también de sus miedos. Y quizás fuera una gran virtud—Hester no era consciente de ello, en realidad—, pero no se debía a su inteligencia, sino a la dedicación y al trabajo que ponía a cada aspecto de su vida.

No era ningún genio, de acuerdo. Pero tampoco era estúpida, y es por ese motivo que se sintió terriblemente idiota en el momento en que se preguntó dónde estaba la oveja a la que hacía referencia Zeta.

Fue apenas un segundo, y muy posiblemente pudiera achacarlo al cansancio que sentía en aquellos momentos. El agotamiento físico podía volverla más torpe—más todavía de lo que ya era normalmente—y mucho menos ágil mentalmente hablando.

No se enorgulleció de aquel momento en que se encontró contemplando la guitarra como si fuera, en efecto, una oveja a la que esquilar, y por eso disimuló con todas sus ganas cuando Zeta reconoció que se trataba de una broma. Rió un poco, incluso, por mucho que la broma de Zeta no fuera la más graciosa del mundo.

La muggle esperaba el autobús, como Hester desde hacía apenas un minuto, y para pasar el rato, se dedicaba a cambiar las cuerdas de su guitarra. Por lo visto, cuando una se rompía, las cambiaba todas.

¡Qué bien te vendría la magia!, pensó Hester. No tendrías que comprar cuerdas de guitarra en todo lo que te resta de vida. Obviamente, no compartió aquellos pensamientos con la novia de su amigo Dexter, para la cual la oclumante ni era oclumante ni era bruja: solo una muggle más que vendía… viviendas.

—Sí, soy idiota. Y me he olvidado de mi...—Hizo una pausa, sabiendo que lo que iba a decir era ‘varita’. Dicha palabra no tendría mucho sentido en el contexto de la conversación, pero estaría lo bastante fuera de lugar como para despertar alguna sospecha. Así que se corrigió enseguida.—...mi abono del metro. Siempre lo llevo encima por si me canso, pero hoy dije: ‘¡Venga, Hester! ¡Tú puedes!’ Y lo dejé en casa.—La oclumante soltó un largo suspiro desganado.—Pues… spoiler: no, no podía.—Concluyó con resignación.

La siguiente pregunta de Zeta hizo que una Hester medio recostada en su asiento de la marquesina abriera los ojos y se incorporara un poco: ahí estaba la profesión falsa que Dexter le había encasquetado la última vez—que también había sido la primera, curiosamente—que se habían visto la bruja y la muggle.

¡¿Que si he vendido muchas casas?! ¡Maldita sea, Dexter! ¿No podías haber escogido una profesión falsa más apropiada para mí? ¿Gerente de orfanato, por ejemplo? ¿O profesora de Yoga y meditación? ¡Maldita sea!

—¡Oh, sí, muchas! ¡El mercado inmobiliario va mejor que nunca!—Exclamó Hester; era muy probable que dicha afirmación fuera falsa, pero una vez que empezaba a improvisar...—La última propiedad que vendió nuestra inmobiliaria es un antiguo cine. Creo que van a restaurarlo, o a convertirlo en una sala de conciertos. Algo por el estilo, no sé. Yo solo fui la agente encargada de la venta. Mi jefe tendrá más detalles...

Una pregunta interesante para Hester sería ‘¿Por qué?’: ¿Por qué siempre tenía que dar tantos detalles cuando nadie se los había pedido? ¿Por qué cuando se ponía nerviosa padecía de diarrea verbal? O, como decían en esa película, V for vendetta, ‘esta vichyssoise de verborrea muy verbosa’.

—¿Y tú? ¿Vienes de un concierto en que lo has dado todo y se te ha roto una de las cuerdas?—Preguntó Hester en un intento de desviar el tema de conversación por otros derroteros. No sabía cuántas tonterías había dicho, ni si éstas se contradecían con cosas que Dexter había dicho primero.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Mar Feb 12, 2019 5:21 pm

Qué mujer más loca, ¿cómo iba a salir del casa sin la dichosa Oyster? Para Zeta era incluso más importante que el teléfono móvil y es que moverse por Londres sin el abono del metro y del autobús era horrible. Ella era fan del transporte público londinense, sobre todo con el dichoso bono, que te dejaba movilizarte ilimitadamente si pagabas una cantidad mensual, que era lo que ella hacía. Sin embargo, el hecho de olvidarse del abono no era tan catastrófico como podía llegar a ser hace unos años, no con esas tarjetas tan chachis con las que no tenías que poner pin y pagabas solo con el contacto. Aún así, sonrió frente a ese comentario tan divertido de Hester con respecto al spoiler de su vida.

—Bueno, si tienes la tarjeta puedes pagar con eso el metro, ¿lo sabes, verdad? —La hizo saber, haciendo una pausa de su tarea con la guitarra. —No sé dónde vives, pero bendito metro. A mí no me queda cerca de la casa en donde vivo ninguna salida, así que me cuadra más el autobús. Y no me gusta el autobús, me pone nerviosa que se acerque tanto a los ciclistas y que de repente se queden en medio de todos los coches. No soporto la paciencia de los chófer... —confesó con diversión, una de sus muchas manías en la vida: odiar a los autobuses. Menos mal que no sabía montar en bici ni tampoco tenía coche, porque Zeta sería una conductora pésima por su impaciencia y los dichosos ciclistas que no paraban de meterse por todos lados.

Partiendo del hecho de que Dexter se sentía muy mal mintiendo a Zeta, al menos era sincero con eso de que no vendía muchas casas y así se ahorraba el tener que inventarse historias de mierda que no eran más que una sarta de mentiras que tirar encima del montón. Así que le sorprendió de que a Hester le fuese tan bien, como para pensar que la inmobiliaria en la que ambos trabajaban iba tan bien. Que ojo, Zeta no sabía muy bien como iba eso, porque Dexter no vendía una mierda pero él no parecía tener problemas económicos de ningún tipo.

Se quedó perdida con la información, escuchando lo de la venta del cine, para entonces volver a la conversación cuando le hizo la pregunta.

—Ojalá, hubiera sido mucho más divertido —admitió con sinceridad, para entonces coger la guitarra con una mano, elevarla y coger con la otra el forro. La iba a guardar; no se iba a poner a cambiar las cuerdas con Hester ahí pudiendo hablar con ella. —Fui a tocar un rato con mis amigos aprovechando que no tenía nada que hacer, pues por la noche íbamos a salir un rato y... no sé, mi guitarra decidió que ella no quería ensayar y atentó con una de sus cuerdas a uno de mis compañeros. —Y puso un mohín resignado y triste. En realidad había sido un poco decepcionante, pues se volvía a casa horas antes de lo previsto por culpa de haber tenido que ir a comprar las dichosas cuerdas al quinto pino porque una decidió romperse. Y tu dirías: ‘qué exagerada eres, podrías haberte quedado, salir por la noche y no tocar’, pero para Zeta el plan guay del día era lo de tocar y lo de salir por la noche era el añadido. Se había desmotivado con la mala suerte. —Pero bueno, mira el lado positivo: en casa me espera Don Netflix. No le digas a Dexter que le pongo los cuernos con él. —Le guiñó el ojo a Hester por la broma, guardando la guitarra y colocando la bolsa con las cuerdas en un pequeño hueco interior de la funda, la cual era de tapa dura. Ninguna protección era suficiente para proteger a Mushu, su guitarra.

La dejó entre sus piernas y, mientras cerraba la cremallera, miró de nuevo a la morena. Todavía la chirriaba la diferencia de visión inmobiliaria entre Dexter y Hester, pero la verdad es que había decidido dejar de darle vueltas al asunto.

—Oye y eso que dijiste... —Se mostró visiblemente interesada, no por lo de vender casas, sino por la casa en sí. —Lo de la sala de cine que crees que se va a convertir en una sala de concierto, ¿en dónde es? Digo, para informarme: en cualquier caso mola, un cine restaurado o una sala de conciertos. —Y sonrió, mirando con reproche a su propia funda de la guitarra porque se le había trabado la cremallera. —El cine y la música mola, así que cualquier idea será buena, pero llevo tiempo buscando salas de conciertos que no estén petadas y acepten a 'aficionados' para tocar. —Y tras un último tirón, se cerró la cremallera. Ella misma no se consideraba a sí una 'aficionada' pero sabía que la gran mayoría de personas que tengan una sala de conciertos sí que la considerarían así. Miró a Hester para continuar hablando:  —¿Te gusta la música en directo? —preguntó entonces, apartando la guitarra y cruzándose de piernas en el banco. —No en grandes estadios, sino en pequeños bares, de mano de una banda indie y música nueva.

Y es que esa misma noche ella podría haber ido a ver a una banda de nombre The Cats, pero había decidido no ir porque se había picado con el mundo.
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Hester A. Marlowe el Jue Feb 14, 2019 11:10 pm

Por muy irónica y sarcástica que pueda llegar a sonar la siguiente afirmación sobre la vida de Hester Marlowe, es real como la vida misma: a la oclumante ni le gusta, ni se le da bien mentir a la gente.

Hasta la mentira más pequeña—cambiar la palabra ‘varita’ por ‘abono del metro’—la hacía sentirse mal. No era una mentirosa nata, y el único motivo por el cual seguía trabajando entre las cuatro paredes del Ministerio de Magia era porque tenía miedo de hacer cualquier otra cosa que pudiera delatar lo mucho que le disgustaba el propio gobierno, empeñado en desfavorecer a personas como aquellas con quienes se relacionaba habitualmente.

Y ‘desfavorecer’ era un eufemismo, teniendo en cuenta los tiempos que corrían.

Así que, mientras fingía ser más despistada de lo que era habitualmente—lo era, y mucho—, Hester se sentía genuinamente mal por estar mintiendo a Zeta. Se permitió incluso maldecir el día que Dexter había optado por meterla en la misma mentira que él le contaba cada día a la chica. ¿Cómo podía vivir cada día con su novia y ocultarle la verdad de aquella manera?

—Sí, sí, soy consciente, pero...—Hester metió la mano en su mochila, sacando su cartera muggle. Era apenas un pequeño monedero donde llevaba, básicamente, monedas sueltas y, en raras ocasiones, algún billete.—...no he traído más que monedas. Las llevo por si acaso me entra sed. De hecho, me entra sed muy a menudo.

A Hester no se le pasó por alto la mención a los ciclistas, y repentinamente sintió deseos de poder coger aquella bicicleta y guardársela en la mochila. Y es que, si Zeta odiaba tanto a los ciclistas… ¿entraría ella en el grupo de ciclistas odiosos?

—Pido disculpas por la parte que me toca.—Dijo, dándose cuenta de que ella no odiaba demasiado el transporte público, principalmente porque no solía cogerlo.

Y siguiendo con aquella reciente faceta de su vida que odiaba—mentir a una persona tan descaradamente—, Hester se inventó una historia tan estrambótica y con tantas posibilidades de volverse contra ella en un futuro, que hizo todo lo posible porque el tema pasase rápidamente de largo. Y llegó a pensar que lo había conseguido con la pregunta acerca de las cuerdas de guitarra.

Escuchó con atención hablar a Zeta, quien se puso a guardar su guitarra dentro de la funda, sin haber terminado el trabajo de las cuerdas. Y mientras batallaba con el cierre del estuche, la muggle le explicó que el incidente había ocurrido durante un ensayo con unos amigos.

Hester pensó en la forma que tenían de romperse las cuerdas de una guitarra e, inevitablemente—para ella era inevitable, al menos—terminó pensando una vez más en la teoría que tenía en la cabeza sobre el tiempo y cómo éste estaba formado por distintas cuerdas. ¿Y por qué era inevitable para ella pensar en aquello? Bueno, simple: con sus visiones, Hester había pensado muchas veces en cómo influía ella en el tiempo cada vez que cambiaba algo del futuro que había visto. Cada vez que tenía una visión y cambiaba el resultado, se imaginaba una cuerda partiéndose en algún lugar del cosmos, dando lugar a un cambio irreparable.

Sin embargo, estos pensamientos le duraron poco: cuando Zeta le guiñó un ojo… bueno, Hester podría decir que sintió ‘algo’. Y no pudo evitar sonreír, gesto que pudo camuflar como resultado de la broma de la morena.

—Descuida: tu secreto está a salvo conmigo.—Le siguió la broma.—Y siento mucho que tu ensayo haya salido mal. Solo espero que tu compañero no haya recibido daños graves, y que se recupere.—Lo dijo en tono de broma, pero lo cierto era que existía un riesgo real si una de aquellas cuerdas acertaba en el ojo de algún pobre diablo. Cualquier cosa en tensión que se suelta de repente… bueno, solo digamos que Hester, de niña, tenía la mala costumbre de jugar con gomas elásticas que terminaban rompiéndose y propinándole dolorosos latigazos.

Iba a decir algo más con respecto al plan cancelado de Zeta, pero entonces volvió a aparecer en escena la mentira de la oclumante, señalándola con un dedo acusador. Y viendo por dónde iban los tiros de la conversación hasta entonces—y la guitarra de Zeta, dicho sea de paso—, Hester debió haberse imaginado que hablar de salas de conciertos no era la mejor manera de mentir. Debería haber elegido otro asunto que interesara menos a la muggle. ¿No podía haber dicho algo de un viejo edificio que sería reconvertido en banco?

—Pues...—Hester intentó por todos los medios encontrar una manera de no mentir… pero era imposible. Tenía que mentir. Intentaría, por lo menos, que fuera una mentira lo menos asquerosa posible. Si es que existía alguna mentira que no lo fuera, claro.—Intento acordarme de la dirección, pero se me resiste… ¿Cómo se llamaba? The old algo… ¡Maldita sea, tengo una memoria malísima para estas cosas! Es que en los papeles de la inmobiliaria solamente se menciona brevemente el nombre del negocio. Lleva tanto tiempo abandonado que solamente tiene un número de inmueble.—Vale, aquello era una mentira muy asquerosa. Eso estaba claro. Y Hester se sintió muy mal por ella.

Por fortuna, a las siguientes preguntas sí pudo responder con sinceridad. Y no podéis imaginaros cuánto agradeció a Zeta que las pusiera sobre la mesa.

—Me encanta la música en directo. Y ya que preguntas… ¿Te suena el Brisbane’s Bar? Seguro que sí, pues es bastante conocido. Voy allí de cuando en cuando, sola o acompañada, y casi siempre tocan y cantan grupos o artistas poco conocidos. Creo que incluso hay lo que se llama la noche del espontáneo, en que invitan a subir al escenario a cualquiera que le apetezca.—Hester había estado en el Brisbane’s unas cuántas veces, y la verdad era que le encantaba.—Algún día podríamos ir, y más si es la noche del espontáneo, porque me encantaría escucharte tocar. ¿También cantas? Porque también me gustaría escucharte.

Se le notaba cuando estaba siendo sincera: sonaba más alegre, más natural. No había dicho nada que no fuera cierto, pues le encantaría escuchar a Zeta tocar y, si se le daba bien, cantar también.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Feb 15, 2019 11:03 pm

No pudo evitar contenerse a reír ante su comentario de que le entraba sed muy a menudo. La verdad es que no sabía por qué, pero la manera de expresarse de Hester le parecía demasiado adorable e inocente, pues es en plan: ¿no es normal que te entre sed muy a menudo, cuál ser humano que eres? Así que Zeta le sonrió, pero no rió aunque le hubiera hecho gracia. Tampoco quiso decir ningún comentario porque podría ofenderse por algo que había dicho con toda naturalidad y no quería bromear de más, pues solía ser un poco irónica y sarcástica y eso a veces no sentaba bien a la gente. Por desgracia no había confianza entre ellas.

—No creo que tengas culpa de la osadía de los chófer de autobús —le respondió divertida. —Contra los ciclistas no tengo nada, sólo me pongo nerviosa por ustedes. Parecéis tan delicados yendo por ahí al lado de los coches y los grandes buses... que parece que a la mínima os pueden golpear o algo, no sé. Seguramente se deba a que no sé cuánto de seguro se va en una bicicleta, nunca me he subido en una.

Mucha gente flipaba pepinillos cuando alguien decía que nunca se había subido a una bicicleta, pero os cuento un secreto: hay gente así y aún así son personas normales. Por parte de Zeta es que nunca le había surgido la oportunidad, pues en Eslovenia le quedaba lejos el colegio, por lo que siempre le llevaban sus padres en coche. Y en Londres no se fiaba una mierda: ¿habéis visto como conduce todo el mundo? ¡Que apenas hay rotondas y en los cruces eso es una locura! No se atrevía, en realidad, por mucho que todos los londinenses siempre insistieran en que ir con bicicleta era lo mejor: todo llano, hacías ejercicio...

Tras la broma de Netflix, Hester se preocupó por el amigo de Zdravka, aunque ésta le quitó importancia.

—No le dí, solo fue el susto —le respondió, para que no se creyese que le había dejado una cicatriz en el ojo por culpa del ataque de una cuerda de guitarra.

Le preguntó con genuina curiosidad lo de su trabajo, pues precisamente una nueva sala de conciertos le interesaba muchísimo, pero la morena no recordaba ni el nombre ni el lugar. La muggle no sospechó nada, es decir: ¿era normal, no? Ella no se acordaba ni en donde había dejado el móvil normalmente y teniendo en cuenta la cantidad de propiedades con las que debían de trabajar... pues era totalmente plausible. Así que esbozó una pequeña sonrisa y se encogió de hombros.

—Ah vale, no importa. Si te viene a la cabeza o te enteras, le mandas un mensaje a Dexter y él me lo dice. —Y miró al frente, un poco soñadora. —La verdad es que estaría muy guay que se decantaran por la sala de concierto: echo de menos en Londres como una pequeña sala de teatro que se utilice para conciertos, ¿sabes? Y si era un antiguo cine, la predisposición, la acústica y todo pues sería genial. Bueno, en realidad no sé si hay algo así en Londres. Lo cierto es que o me quedo en bares y pequeños locales de concierto, o ya solo sé de grandes establecimientos. El término medio se me escapa. —Que si bien tenía gran conocimiento de muchísimos locales en Londres, con todo lo que trabajaba de otras cosas que no era la música, le impedía estar al día en esas cosas.

Pero justamente el Brisbane's sí que lo conocía. De repente Hester se vino arriba con el tema, o al menos notó que le gustaba mucho más hablar de eso que de su trabajo, pero vamos, ¿a quién narices le gustaba hablar de su  trabajo? Sólo a los que cobraban mucho o vivían gracias a su pasión.

—¡Sí, sé cuál es! —Le respondió, bastante contenta. La verdad es que el tema de la música hacía que Zdravka se abriese muchísimo más fácil, aunque apenas te conociera. También era importante el hecho de que Hester era amiga de Dexter e inevitablemente le transmitía ese típico buen rollo con el que no te cuesta abrirte en una conversación jovial. —De hecho ahí conocí a mi mejor amigo precisamente por eso. Ellos tocaban esa noche y me sacaron a mí, pero de eso ya hace cinco años. La virgen, como pasa el tiempo. —Cayó entonces en el paso del tiempo, sonriendo con sorpresa. —Oye pues me encantaría ir con alguien a quién le guste, porque cada vez que llevo a Dexter a esos sitios va con cara de pimiento pocho. Creo que es amusical pero lo que yo toco lo intenta escuchar con amor. —Rió, bromeando. Lo cual era normal: ¿un mago que finge ser un purista asqueroso en compañía de una muggle? El pobre Dexter vivía con los huevos como corbata cada vez que salía con Zeta y la pobre Zeta pensaba que era porque no le gustaba. —Sí, también canto. —En realidad era curioso, porque cualquiera que hablase con Zeta y la viese con una guitarra pensaría que es una aficionada al tema y que lo hace por hobbie, cuando en realidad llevaba siete años luchando por dar conciertos, tocando en la calle para hacerse conocer, matándose a estudiar, componer y ensayar... Y bueno, mucho menos nadie se esperaba que tuviese un disco, aunque no fuese nada famoso. —Toco y canto normalmente, a menos que alguien de confianza me toque. Es decir, toque conmigo, no que me toque a mí. —Ese juego de palabra le parecía estúpidamente gracioso solo de imaginarse a alguien zarandeándola mientras ella tocaba frente al micro. —Por ejemplo, el chico del que te hablé antes que conocí en el Brisbane's muchas veces colaboramos: él toca el piano y yo canto, lo que últimamente su trabajo le absorbe y me las tengo que arreglar yo sola. —Y es que por una cuestión de comodidad, no solía tocar con gente que no conocía demasiado, o que no le inspiraba demasiada confianza. Se ponía nerviosa y cuando se ponía nerviosa no daba lo mejor de sí sobre el escenario, así que para eso, prefería tocar ella misma, aunque fuese con un solo instrumento el concierto. —Yo iba a ir hoy con mis amigos al Moritzbastei, pues tocan The Cats, ¿los conoces? Es un grupo de funk. Son muy buenos y te hacen saltar y mover la cabeza, que es de lo que va el funk. —Amplió la sonrisa.
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Hester A. Marlowe el Vie Feb 22, 2019 4:26 am

Hester no pudo evitar recordar las muchas veces que su vida había estado en peligro mientras su bicicleta y ella circulaban por las carreteras de Londres, que no eran precisamente pocas teniendo en cuenta el hecho de que la oclumante parecía tener una diana cósmica pintada en la parte trasera de la cabeza. Y no recordaba haber tenido problemas con autobuses en sí—y si los había tenido, probablemente no se habría dado cuenta, pues cinco de cada diez veces no era consciente de lo cerca que estaba de la muerte—, sino con el tráfico en general.

De hecho, por ese mismo motivo había optado por utilizar las aceras, siempre y cuando le fuera posible sin incordiar a los peatones.

—No se va lo que se dice muy seguro.—Confirmó Hester, mirando su bicicleta, que todavía sujetaba por el manillar, como a la compañera de por vida que era para ella.—De hecho, debería llevar una serie de protecciones, como el casco, las rodilleras… Demasiado incómodas, en mi opinión. Así que opto por utilizar las aceras.—Hester se encogió de hombros como si aquello fuera lo más lógico, la única decisión posible. Claramente, debería ponerse al menos un casco, y lo sabía.—Si alguna vez he pasado demasiado cerca de ti cuando vas caminando con tu guitarra por ahí, te pido perdón.

¿Lo peor de todo? Hester visualizaba la escena: un lluvioso día de enero, Zeta paseando por una solitaria calle, cabizbaja y sumida en sus melancólicos pensamientos, con la guitarra a la espalda y los sueños en su mochila, y de repente una Hester distraída pasando a su lado a toda velocidad en su bicicleta, atravesando un charco y salpicando a la pobre Zeta.

Bueno… al menos en ese supuesto no le he aplastado un pie con la rueda, pensó ella sin poder evitar acordarse de una vez en que había sucedido aquello mismo. Es verdad: de haberle aplastado un pie, muy posiblemente habría acabado yo en el suelo. Así había sido, real como la vida misma, y había terminado aterrizando contra un montón de bolsas de basura apiladas junto al portal de una vivienda, muy oportunamente. Gracias a aquello, solamente había vuelto a casa con un tobillo torcido y una peste a basura que ni ella soportaba. Pero viva, a fin de cuentas.

Con respecto a la gran mentira—hermosa manera de comenzar una amistad había tenido con ella—acerca de su trabajo, Hester quizás cometió un grave error al inventarse que un viejo cine estaba por ser rehabilitado y reconvertido en sala de conciertos. Porque claro, no había tenido suficientes indicativos de que a aquella chica muggle le gustaba la música que su manera de ‘esquilar su oveja’, ¿verdad?

Sintió una punzada de culpabilidad al tener que decirle que no recordaba la dirección o el nombre del lugar, y más cuando la muggle habló de aquella manera tan apasionada acerca de la acústica y lo perfecto que sería el local para ofrecer conciertos. Y pese a ese sentimiento de culpa, su ignorancia en la materia la llevó a asentir con la cabeza, con una sonrisa, alzando las cejas en un momento dado, como para decir ‘Fíjate, ¡qué interesante!’ sin palabras.

Lo poco que pudo aportar, para su desgracia, era un dato de sobras conocido por la mayoría de londinenses: el Brisbane’s Bar, un pequeño local que tenía música en directo y una ambientación muy acogedora. Hester había estado allí en algunas ocasiones, y pese a que le hubiera hecho cierta ilusión descubrírselo a Zeta, raro sería que alguien como ella no hubiera escuchado hablar de él: no le resultaba difícil imaginarla tocando allí.

—¿Cinco años? ¿Tanto?—Hester no pudo evitar visualizarse a sí misma con cinco años menos, en sus tiernos diecinueve, cuando no era más que una universitaria intentando aprender los misterios de la oclumancia.—Yo creo que lo descubrí...—Se llevó un dedo a la barbilla, pensativa.—...puede que hace un año y medio, tal vez dos. No soy demasiado aficionada a beber o a salir de fiesta, pero los lugares con ese ambiente tranquilo me gustan mucho.—Confesó, siendo como era una persona que, si salía a tomar algo, solamente bebía cerveza. Y si la había sin alcohol, capaz era de pedirla.

Y por lo visto, Zeta no sólo tocaba, sino que también cantaba. Y había aceptado la invitación de Hester a tomar algo en el Brisbane’s alguna vez, lo cual era sorprendente. Quizás la invitación quedara en nada, pero a diferencia de la última vez, no había sido una negativa. Cosa que no estaba mal: la última vez, Hester quería que fuera una negativa.

Pero, en esa ocasión, no le importaría pasar un rato con ella, y más si permanecía sentada en uno de los sillones del Brisbane’s, en medio de la penumbra, mientras los focos se centraban en Zeta, su guitarra y su hermosa voz. Así al menos no tendría que seguir contando mentiras a la novia de Dexter.

—Creo que no he oído hablar del grupo en cuestión, pero sí he oído hablar de Moritzbastei. Intentaron llevarme una vez, pero he leído que es uno de esos sitios ruidosos en que una persona como yo no encaja ni a la fuerza.—Dijo Hester, riendo. Así lo consideraba: era un pez fuera del agua dentro del entorno de una sala de conciertos como aquella. Y había escuchado cosas turbias, referentes especialmente a sustancias prohibidas. Y por mucho que los dueños del local no tuvieran ningún tipo de culpa, ella prefería mantenerse alejada.—¿O me estabas sugiriendo ir a Moritzbastei a ver a ese grupo? ¿Era una invitación?—Saltó de repente, habiéndose dado cuenta de ese pequeño detalle que podía perfectamente no ser así. Daba igual: ya estaba lanzada hablando.—A veces tengo un ligero problema a la hora de entender invitaciones de otras personas… Personas, claro, porque no me van a invitar a ir a sitios animales y plantas… El caso es que, si es una invitación, no pretendía ser grosera ni nada por el...

Hasta ahí llegó su fuelle. Hester cerró el pico. O mejor dicho, se obligó a cerrarlo. Uno de sus peores defectos era que, cuando se ponía a hablar, era totalmente incapaz de cerrar el buzón. Hablaba ya de manera nerviosa, casi como si necesitara llenar el silencio con algo. Porque sí, el silencio podía resultar incómodo, pero las cosas como son: hablar de más, también.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Lun Feb 25, 2019 2:57 am

A ella le había pasado el tiempo tan rápido en Londres que esos cinco años parecían que habían sido meses muy largos. Suponía que ella se sorprendía de que Zeta supiese del Brisbane’s desde hace tanto tiempo, pero la eslovena sólo podía pensar que hacía cinco años que conocía a su gran amigo: por una parte todo parecía que había sido hace nada y por otra parte que se conocían de toda la vida.

—Cinco años… —Repitió, asintiendo con la cabeza. —Se dice pronto. Por aquella época me unía mucho con personas del mismo entorno: músicos en busca de hacerse notar, así que sé de muchos lugares así.

Zdravka tampoco era muy dada a las grandes aglomeraciones de personas en donde uno no puede ni hablar de lo alta que está la música de discoteca con el bajo golpeándote los tímpanos, pero debía de admitir que eso no se extendía a cualquier sala de concierto de música en directo. La música en directo era sagrada. Era cierto que ella nunca solía poner pegas a cualquier plan de ese estilo, pero siempre prefería, si salía con amigos, ir a un sitio menos bullicioso para poder hablar sin romperte la garganta en el camino.

—Yo también lo prefiero… —Y elevó las manos mientras se encogía de hombros, admitiendo la cruda realidad. —Pero no me voy a hacer la difícil aquí: en realidad si me llevan a una discoteca para ‘salir de fiesta’ propiamente dicho, yo lo doy todo igual. —Eran de esas personas que en casa no, pero como en la discoteca le pusieran reggaeton, se resignaba y se vendía al ritmo latino.

El Moritzbastei, por mucho que no fuera el lugar favorito de Zeta, cumplía un poco con lo que a ella gustaba: tenía su sala de concierto, esa música en directo que te taladraba los oídos de lo alto que estaba y, por supuesto, lugares perfectamente creados para tomarte algo sin tener que escuchar algo que no te gusta. Era cierto que no era el local más pulcro, ni el de mejor reputación, pero la diferencia que suponía sus múltiples salas y la oportunidad que significaba tener un espacio así para músicos, hacían que fuese mejor de lo que parecía por fuera.

No le sorprendió que dijera que no le gustaba. Le daba la impresión que ese sitio no dejaba indiferente a nadie: o te gustaba, o no te gustaba. Sin embargo, le hizo sonreír que de repente se diese cuenta de que podría ser una invitación dada la conversación que habían tenido. ¿Lo era? Zeta no lo había dicho con esa intención—al menos no conscientemente—pero sí que no tenía ganas de volver a casa, por mucho que alabase a Don Netflix, un sábado a esa hora. Mucho menos teniendo en cuenta que Dexter ni iba a aparecer. Y debía de admitir que aunque se hubiese desmotivado a mitad de la tarde, tenía ganas de salir esa noche. Así que aprovechándose de la oportunidad y el nerviosismo de Hester, decidió unirse a la situación.

—Entiendo que me rechaces. Yo te rechacé la primera no queriendo ir al cine contigo, entiendo el odio, no pasa nada. —Había sonado seria y, sin apartar la mirada de ella, le salió una sonrisa de los labios que declaraba tranquilidad y diversión. —Es broma. Algo me dice que debo dejar de bromear contigo por esa cara tan seria que se te queda. —Y tras una breve pausa, añadió: —Pero creo que voy a optar por el hecho de que no era una invitación, así no siento que me han rechazado. Pero no te ralles, ¿eh? En realidad es que una parte de mí no quiere volver a casa ya porque es sábado, así que me quedan todavía unos minutos antes de que llegue el autobús para ver si me resigno a el plan de casa, o hay posibilidades de hacer algo.

Y es que por mucho que fuese fan del plan de Netflix más comida a domicilio y una manta, Zdravka era mucho más inquieta y con ganas de aprovechar las oportunidades. Así que quizás por eso tampoco estaba tan convencida con volver, sino que su alma más trabajadora, consciente de que era su sábado noche de libertad, quería hacer algo diferente. Y no sería de extrañar que llegase el autobús y aún y pese a que Hester prefiriese no hacer nada, Zeta decidiera vagar hasta algún sitio a ver qué se encuentra, o terminar encontrándose con sus amigos en el Moritzbastei.

—¿Y tú qué vas a hacer hoy? —Cambió de tema. —¿Tirarte en la cama para intentar sobrellevar las agujetas? —dijo, en referencia a la bicicleta y lo que tenía que cansar ir todo el rato en ella.
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Hester A. Marlowe el Jue Feb 28, 2019 12:46 pm

No por primera vez en su vida, Hester Marlowe experimentó uno de esos momentos en que se sentía como una anciana que no se había permitido disfrutar de la vida y de la juventud.

Pensamiento un tanto curioso teniendo en cuenta que no tenía más que veinticuatro años.

Sin embargo, cuando experimentaba uno de esos episodios lo veía claro: lo único que había hecho nada más graduarse en Hogwarts había sido formarse como oclumante, hasta el punto en que rayaba la obsesión. Triste fue descubrir que había sido para nada, pues sus visiones persistieron, igual que una mala enfermedad que una no consigue curar, a lo largo de toda su etapa adulta.

¿Y después? Después se había convertido en instructora de oclumancia, y había dedicado más horas de las que le gustaba reconocer a instruir a otros en su pequeña obsesión personal.

Sí, había tenido sexo con bastantes chicas—Mallory la más habitual, motivo por el cual se sentía ‘rara’ en su presencia—, pero nunca había pasado con ellas el tiempo suficiente para entablar una relación sentimental duradera.

Zeta parecía el caso contrario: por cómo hablaba de esa época, hacía cinco años, quedaba claro que había vivido. Y que había disfrutado sus vivencias. Hester la miró con una sonrisa en la cara, y una mezcla de añoranza y tristeza en el corazón, imaginándose qué habría sido de ella de haberse permitido vivir un poco más.

—La verdad es que suena apasionante. Y estás consiguiendo que me arrepienta de haberme asentado desde tan joven en un empleo.—Dijo Hester, pensando en su empleo real, la enseñanza del arte de la oclumancia. Por ese motivo, le pareció necesario matizar:—En la venta inmobiliaria, ya sabes.

Matiz innecesario donde los hubiera, pero la mente de Hester solía cortocircuitar cuando era sometida a la presión de los nervios. Al menos, en esa ocasión y a pesar de haber ofrecido información técnicamente innecesaria, no había dicho nada demasiado extraño.

A diferencia de lo que sucedió cuando Zeta puso sobre la mesa su plan inicial de acudir a Moritzbastei: Hester entró en modo automático, asegurando que no le gustaba demasiado ese tipo de lugares, para luego caer en la cuenta de que la muggle podía estar invitándola a compartir su plan… momento en el cual salió la Hester innecesaria que necesitaba matizarlo todo para todo el mundo.

Se había ganado más de una mala mirada, pues la gente solía pensar que los trataba de lerdos incapaces de entenderla. En este caso, lo que recibió fue una broma.

—Pero no...—Empezó a decir Hester, con una cara que demostraba que no había comprendido la broma, por lo que la aclaración de Zeta fue muy necesaria. Y sin embargo, cuando terminó de explicarle que optaba porque no fuera una invitación, Hester se sintió un poco decepcionada. ¿Por qué? ¡Si le estás mintiendo todo el rato! ¡Deberías querer salir corriendo de aquí!—Oh… bueno, si no era una invitación...—Dijo dubitativa, aunque se quedó pensando en las últimas palabras de Zeta: se resignaba a pensar que su plan había sido cancelado.

Y Hester cortocircuitó de nuevo, pensando en la posibilidad de aceptar una invitación que en realidad no era una invitación, pues la chica que tenía a su lado no quería volver todavía a casa. Y por eso, cuando le preguntó por su propio plan, Hester la miró pensativa, como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas muy complicado.

—Pues...—Pensó en sus planes, y se visualizó a sí misma en pijama, en la cama, con una mano acariciando el suave pelaje de su mascota, Carrot, acurrucada junto a su pierna, y el mando del televisor en la otra. ¿Y qué se imaginó que estaba viendo en la tele? Absolutamente nada: sólo hacía zapping.—¿Es demasiado tarde para aceptar esa invitación-que-no-es-una-invitación, o autoinvitarme a tu plan, o lo que sea?—No iba a mentir: de nuevo, se había puesto a pensar en que a sus veinticuatro años de edad no había vivido lo suficiente, y eso podía empezar a cambiar.—Siempre y cuando te parezca bien, y me permitas ir a casa a ponerme algo un poco más decente, pues con estas pintas no creo me dejen entrar a esa discoteca.—Matizó, y en esta ocasión no le pareció tan innecesario como en otras ocasiones: no tenía ni dinero, ni ropa adecuada para una noche de fiesta.

Y lo primero era lo que más le preocupaba: las pocas veces que había salido de fiesta, había gastado demasiado dinero. Suerte que el cambio de galeón a libra fuera generoso...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Mar 01, 2019 2:14 am

Era común del ser humano eso de que te guste más lo que tiene el otro, ¿no? O que al menos parezca más interesante. Si Zeta había estado tantos años de trabajo en trabajo, utilizando su tiempo libre para intentar destacar como músico, no había sido por otro motivo que el de conseguir su sueño. ¡Ojalá ella hubiera podido asentarse en su trabajo de ensueño desde bien jovencita!

—Bueno, hace cinco años casi tenía tu edad: todavía tienes tiempo de que suene apasionante. —Hizo una pausa, arrugando la nariz al recordarse a sí misma su edad actual. —Qué viaje soy, madre mía. —Ese año cumplía veintinueve años... Cada vez que pasaba un año en Londres, se daba cuenta de lo rápido que se esfumaba el tiempo. —Pero bueno, si te soy sincera, si realmente la venta inmobiliaria te gusta, lo mejor que hiciste fue asentarte desde joven. Es decir... ¿tener una paga para siempre haciendo algo que te gusta y con un horario fijo? Es lo mejor que puedes hacer. Yo cuando conocí a mi amigo hace cinco años, trabajaba de camarera en un restaurante pijo de mierda e iba a esos sitios cuando me cuadraba el horario. De hecho recuerdo ir ahí directamente del trabajo. —Se encogió de hombros, dándole a entender que 'asentarse' no estaba nada mal si tenías las cosas claras. Asentarse no era sinónimo de aburrimiento, sino sinónimo de estabilidad.

Y luego llegó ese momento 'incómodo' en donde Zeta dejaba caer un plan, Hester no lo interpretaba como una invitación y aún así lo rechazaba por no ser de su agrado y luego la músico recuperaba su orgullo diciendo que evidentemente no era una invitación, ¡ella no invitaba a nadie que fuese a rechazarla! Y claro, es que hablar con Hester, no sabía si era así siempre o le costaba hablar con personas no muy conocidas, pero le daba la sensación de que debía de tener un mundo interior muy grande, pues siempre parecía distraída o lenta, pero luego de repente saltaba emocionada con algún tema hablándote un montón y parecía un torbellino.

Le preguntó por sus planes para pasar un poco de ese momento incómodo pues, madre mía, parecía que se iban a conformar todos sus encuentros de momentos incómodos. Y la contestación de Hester le sorprendió: ¿de verdad quería ir al Moritzbastei después de haber dicho claramente que no era su estilo de lugar? Le hizo gracia que matizase el hecho de que la ropa no era adecuada: ¿se habían fijado que Zeta iba en deportivas, pantalón vaquero y un suéter? No es que precisamente el Moritzbastei pidiese demasiada etiqueta para entrar teniendo en cuenta lo que hay dentro. Bueno, matizo: no pedía NADA de etiqueta. Zeta había visto a personas en chándal en el interior. Adidas, por supuesto, pero chándal a fin y al cabo.

—¿En serio? —preguntó sorprendida por su cambio de parecer. —Pues... claro, sí. —¿Cómo iba a decirle que no, si estaba deseando no ir a casa y hacer cualquier cosa en la calle para sentir que había aprovechado el sábado? Sonrió, divertida. Cuando le dijese a Dexter que había salido con su amiga Hester, se iba a quedar boquiabierto. —Claro tía, ¿cómo me preguntas eso? —Rió entonces, para matizarle una cosa: —De todas maneras el Moritzbastei es... cómo decirlo sin que suene mal, ¿un poco cutre? Fíjate en cómo voy yo y seguramente sea de las mejores vestidas allí dentro, así que tampoco te compliques. Además, el concierto es... —Miró su reloj para estimar lo que quedaba: eran las ocho menos diez. —A las diez, así que tienes tiempo de sobra. —Ignoraba en dónde quedaba la residencia de Hester, pero por norma general si vivía en el centro o un poquito fuera, como mucho tardaría cuarenta y cinco minutos en transporte. —¿Sabes en dónde es? —preguntó en relación al lugar, para si no pasarle una ubicación, o buscarle la dirección para que la tuviera.

Zeta, por su parte, ya tenía claro que no cogería el autobús número 236 en dirección a su casa. Cogería el que le llevase a la zona de la discoteca y se metería en algún café cercano a hacer tiempo hasta reencontrarse con ella. Tenía al menos entretenimiento: cambiar las cuerdas de su guitarra o gestionar sus redes sociales, que con el poco tiempo que tenía, estaban un poco abandonadas.
Zdravka E. Ovsianikova
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Hester A. Marlowe el Sáb Mar 02, 2019 11:06 pm

Mientras hablaban sobre el trabajo de la venta inmobiliaria que Dexter había tenido la osadía de inventarse incluyendo a Hester en el asunto, la oclumante sufrió una especie de partición mental: sí, hablaban de ese trabajo falso que el novio de Zeta se había inventado por ella, pero Hester pensaba en ser instructora de oclumancia en su lugar. Y por algún motivo que escapaba a su comprensión, fue capaz de hablar con sinceridad sobre su trabajo… mientras con palabras se refería a otro.

—No te creas tú que es lo que más me apasione, ¿eh?—Confesó, una verdad como un puño: no le apasionaba ser instructora de oclumancia, ni meterse en las cabezas de otros para enseñarles a defenderse de intrusiones similares. Y estaba segura de que, de vender casas de verdad, tampoco le apasionaría lo más mínimo.—Me metí en todo ese mundillo porque todo el mundo a mi alrededor me decía: “¡Vamos, Hester, tienes que hacerlo! Tienes un don para ello, y seguro que no se te presentarán oportunidades así de buenas muy a menudo.”—Hester incluso imitó la voz de ese supuesto “todo el mundo”: una vocecilla algo más aguda que la suya, más baja, y que pretendía emular a una multitud ofreciéndole su apoyo.—Antes de meterme en todo eso, tenía ciertos miedos que quería afrontar. Creo que fui un poco idiota al pensar que vender casas sería la respuesta a esos miedos...

De acuerdo: eso último había quedado muy raro. ¿Qué clase de miedo podía combatir una persona vendiendo pisos? Hester se imaginó que el trato con clientes ayudaría a combatir cosas como el miedo escénico, o algo así. Pero claramente no se estaba refiriendo a nada de eso: ella hablaba de sus visiones, para las cuales la oclumancia no había sido solución alguna. Ni siquiera la había ayudado a dormir sin la necesidad de tener una luz encendida.

Sin embargo, se había ido por otros derroteros al pensar que no había disfrutado suficiente su vida. Podía ser cierto, y muchas veces envidiaba a Mallory por la vida tan plena que tenía. Parecía mentira que una persona como ella disfrutara tanto de ser una asistenta de vuelo, y que tuviera una vida tan plena gracias a ello. Hester, por su parte, podía asegurar que no conocía a gente tan interesante dando clases de oclumancia.

¿Fue por eso que aceptó la no-invitación de Zeta para ir a Moritzbastei en lugar de quedarse haciendo zapping en casa? Muy posiblemente. Pero algo le decía a Hester que también era por la compañía: Zeta empezaba a caerle muy bien, y cuanto mejor le caía, más se arrepentía de haberle seguido el juego a Dexter con su mentira.

—Bueno, oye, que no estás tan mal. A mí me gustas.—Primera frase incómoda lanzada por una Hester que ni se dio cuenta de lo que decía. No os preocupéis: esto acaba de empezar, y vienen más frases incómodas.—Sé dónde es, pero se me ocurre que podríamos ir juntas. ¿Te apetece venirte conmigo a casa?—Hester lo preguntó con toda naturalidad, sin darse cuenta de que precisamente aquella frase la utilizaba con las chicas a las que les decía que le gustaban… ¿y no acababa de hacer precisamente eso con Zeta? Os lo prometí: venían más frases incómodas.—¡Es decir, no te invito para nada raro!—Se apresuró a decir, cosa que posiblemente no hacía falta.—Quería decir que podías venirte a mi casa, que podíamos pasar el rato juntas hasta entonces… en plan bien, no en plan raro… y luego podemos ir juntas a Moritzbastei. Hasta puedes cenar conmigo, si quieres...

Sí, definitivamente, Hester tenía un don para hacer raro lo que no era tan raro. Más le valdría haberse quedado callada. A fin de cuentas, ¿por qué iba a hacer falta explicarle a Zeta todo aquello? Ni que no estuviera claro que era la novia de Dexter…

—Porras… Algún día aprenderé a cerrar la boca...—Murmuró, dejándose caer derrotada sobre el asiento de la marquesina, y hundiéndose en él como si quisiera que se la tragase.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Mar 06, 2019 12:35 am

Por un momento la muggle sintió que se había perdido en la conversación con la bruja y es que… ¿cómo era posible que lo que le decía, pudiese desembocar a que ‘vender casas iba a ser la respuesta a esos miedos’? Por un momento se quedó pensativa, intentando entender eso. Y es que odiaba no entender a las personas, porque a veces no entendía si es que ella entendía mal o el resto se explicaba de pena. Pero no, eso no tenía sentido ya por contexto. Sin embargo, como Zeta en ese momento tenía malicia cero y creía en sus palabras, asumió que esos miedos quizás podían ser sociales, quizás por no saberse enfrentar al público, a la venta, etcétera… Pero igualmente le sonaba un poco exagerado.

Pero vamos, ¿quién era ella para juzgar los miedos de la gente? Cada persona era un mundo.

—Bueno, eso es otro tema… —Zeta se mojó los labios, dándose unos segundos para ordenar lo que iba a decir. No quería sonar de sabionda, la verdad. —Una cosa es la estabilidad que te produzca un trabajo y otra muy distinta la motivación. En mi opinión, una no debería estar por encima de la otra. Eres muy joven, Hester. No quiero ser yo quién te desmotive con tu trabajo, pero creo que a tu edad merece la pena luchar por lo que te apasiona. Conformarse al final te va a terminar pesando. —Y lo que iba a decir ahora quizás no venía mucho a cuento, pero era su manera de ver la vida. —Yo por ejemplo ahora mismo trabajo en la tienda de los Brown, pero no quiero hacer eso con mi vida porque LO ODIO. —Lo recalcó, sonriendo para que viese que por mucho que de verdad no le gustase, lo hacía por necesidad. —Lo hago porque debo, pero que se me de bien no quiere decir que esté hecho para mí. Yo muchas veces lanzo una mirada al futuro y digo: ¿de verdad me veo dentro de un año trabajando todavía aquí? Y cuando empiezo a notar ese desazón pienso: ‘tengo que empezar a hacer cambios en mi vida.’ —Se encogió de hombros. —También yo soy muy impulsiva pero no sé… yo te doy mi opinión en cuanto a mi experiencia, que es la única que conozco.

¡Es que tenía veinticuatro años! ¡Era una jovenzuela! Es decir, ¿cómo podía una persona tan joven tener tan claro a lo que quería dedicarse en los próximos cuarenta años? No quería decírselo en voz alta y por eso había usado el ejemplo de sólo un año, pero si Hester ahora mismo diese una mirada al futuro en treinta años, ¿de verdad todavía se veía instruyendo en oclumancia o, lo que Zeta creía, vendiendo casas? ¡La madre que la parió, que vender casas debe de ser super aburrido!

—Tienes veinticuatro años. —Insistió. —Puedes hacer lo que te dé la gana.

Y eso lo había dicho con toda la sinceridad del mundo, mirándole a los ojos. Ojalá tener veinticuatro años y poder volver a cometer errores sin que se te echen los treinta encima. Tras eso que le dijo, se limitó a ampliar la sonrisa que tenía en los labios.

—Recalco mucho que tú eres joven y parece que yo soy una vieja, en realidad yo también soy muy joven. Hasta los treinta tengo permitido recordármelo —añadió jovialmente, dejando atrás el tema profesional tan intenso. Era una broma. Esperaba que una broma fácil para que la entendiese.

En ningún momento Zeta quiso decir que ella iba ‘mal’ para el Moritzbastei, simplemente que iba de manera muy normal. No es que la muggle fuese una amante de la moda, pero sí que le gustaba vestirse bien y consideraba que hoy iba muy mona, aunque no fuesen sus mejores galas. Es por eso que cuando Hester salió con que no estaba tan mal, se fue a quejar, pero cuando añadió el ‘a mí me gustas’ se quedó callada y sonriendo, en Stand By, como si de repente una situación inesperada hubiese hecho aparición y tú te quedas con cara de patata cargando la respuesta.

No le dio tiempo a contestar, pues le ofreció ir a su casa en vez de esperar por separado para ir al Moritzbastei. Su cara de sorpresa pareció hablar por sí sola, que fue ella quién tuvo que matizar que no era para nada raro. Y luego lo siguió matizando, ¿eh? ¡Y siguió! ¡Y luego dijo ‘porras’! ¿En serio en el siglo XXI la gente todavía sigue diciendo ‘porras’?

—¿Porras? —Tuvo que preguntar, mirándola con diversión. —Ah bueno, si es solo eso vale: ya pensé que con ‘raro’ te referías a enseñarme tus apuntes de vendedora de casas o algo así. —Y la miró significativamente, para que intentase percatarse de que eso era una broma. —En realidad… —Iba a buscar un motivo para rechazar la oferta, pero en realidad todos les parecía tan tristemente solitarios, que al final no encontró ninguno. Y total, por mucho que a Hester le hubiera entrado paranoia—no sabía porqué—de pensar que aquello podía ser raro, Zdravka no veía nada de raro. ¿Acompañarla para que no fuese sola y cenar antes de ir a la discoteca? De hecho es que le parecía lógico y normal. Los seres humanos se hacen compañían y comen para no morirse de hambre. —Vale. —Y se encogió de hombros, sonriente. —Te acompaño y así cenamos antes de ir. De hecho, sé un sitio cerca del Moritzbastei que venden unas pizzas buenísimas. Supongo que te gustan las pizzas, a todo el mundo le gustan las pizzas. El único debate posible para las pizzas es si te gustan con piña o sin piña. —A ella le encantaban las dichosas pizzas con piñas.

Se ahorró el decir que ese sitio siempre estaba petado de gente y que si esperaban por mesa seguramente se pasasen ahí toda la noche, pero porque suponía que Hester no tendría problema en hacer lo que siempre hacía Zeta: pedírsela para llevar, así tardaban menos y ella se la podía comer en cualquier lugar tranquila.

—¿Cuál es el autobús que tienes que coger? —preguntó, sacándose el móvil para ojear el tiempo que le quedaría a ese para pasar.
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Hester A. Marlowe el Dom Mar 10, 2019 1:40 am

No cabía duda de que Hester necesitaba aprender muchas cosas sobre muchos aspectos de su vida diaria, y la comunicación básica era una de ellas: solía tener problemas a la hora de armonizar aquello que pensaba con aquello que decía, pues casi siempre omitía información por creerla demasiado evidente.

Por supuesto, no todo era siempre tan evidente, y eso generaba problemas de comunicación.

Le sorprendió un poco que Zeta dijese aquello de que era muy joven. Como si ella fuese una vieja o algo por el estilo. ¿Se sintió halagada?

Bueno… no.

Es decir, está claro que el hecho de que alguien te diga que eres joven puede llegar a ser todo un halago. Pero en aquel momento, ni Zeta lo decía como un halago, ni en un tono que no sugiriera que se lo estaba diciendo una madre. Madre que, cabe señalar, Hester no había tenido.

Sin embargo, entendía el punto de la morena. Y no, Hester no se sentía motivada a impartir clases de oclumancia toda su vida, y mucho menos si continuaba aquella dictadura en la que se encontraba inmerso el mundo mágico desde hacía dos años: quienes solicitaban sus servicios solían ser en su mayoría mortífagos, aspirantes a mortífagos, y en muy raras ocasiones, personas que tenían algo que ocultar y se arriesgaban a ponerse en manos de alguien que podría delatarles.

Por consiguiente, lo que veía cuando ejercitaba las mentes de estas personas con la legeremancia solía ser desagradable, y por mucho que cortase la conexión antes de que el asunto se pusiera ‘interesante’, había personas demasiado retorcidas en el mundo, y sus pensamientos iban acorde con sus personalidades.

—Ya me gustaría a mí.—Respondió Hester a la afirmación de Zeta. Porque sí, claro, desde luego que podía hacer lo que le diese la gana… siempre y cuando no tuviera deseos de vivir mucho o no tuviera problemas en terminar con su pequeño trasero en Azkaban. Ambas opciones eran más plausibles que una Hester haciendo lo que le diera la gana.—Pero las facturas no se pagan solas.—Dijo en lugar de lo que estaba pensando.—Y quizás tú puedas puedas permitirte ser una soñadora, pero yo no: tengo una criatura a mi cargo.—Hester miró a Zeta con una fingida gravedad, pues estaba bromeando. Cosa que quedó clara cuando prosiguió.—Ya sabes: mi conejita, Carrot. ¿Quién le va a dar de comer si su mami decide ponerse a perseguir sus sueños?—Y finalmente se le escapó la risa. Sí, para ser una broma de Hester, era bastante divertida, pero no iba a ganar premio alguno al humor.—Es broma. Pero bromas aparte… me gusta tu forma de ver la vida. Ojalá me surgiera una oportunidad laboral que me fascinase...

Se permitió imaginarse una opción laboral que le gustaba de verdad, algo con lo que siempre había soñado… y al cabo de unos diez segundos se dio cuenta de que no iba a visualizar absolutamente nada: nunca se había permitido soñar con nada, siendo como había sido una huérfana. Se había limitado a agradecer aquello que tenía, y a disfrutar las pequeñas cosas que hacían que su vida mereciera la pena. Y cuando llegó a la etapa adulta, milagrosamente sin haberse vuelto majareta a causa de sus visiones, se había limitado a seguir aquello que se le daba bien hasta el final.

Menuda tristeza…, pensó Hester con cierto cinismo. ¿Por qué no podía tener sueños, igual que las demás personas?

—¡Oh, desde luego que eres joven!—Respondió Hester, divertida, mientras le echaba una mirada a Zeta de arriba abajo.—A mi juicio, estás más cerca de los veinticinco que de los treinta. Creo que podrías decirlo, y nadie te lo discutiría.—Y también eres muy atractiva, permíteme que opine en pensamientos.

Y entonces fue cuando Hester—esa Hester que se había dado cuenta, sentada en una marquesina de autobús, en compañía de una muggle, una guitarra y una bicicleta, en plena tarde londinense, de que no había vivido lo suficiente en sus veinticuatro años de vida—aceptó la invitación-no-invitación de Zeta a ir a Moritzbastei, una sala de conciertos en que tocaba un grupo que le gustaba.

Y no sólo eso: tuvo la desfachatez de invitarla a su casa.

Vale, a Zeta no le pareció extraña la invitación, pero posiblemente sí se lo hubiera parecido si llega a revelarle un detalle minúsculo que no había puesto sobre la mesa: era lesbiana. De hecho, ni siquiera recordaba habérselo dicho a Dexter, por lo que el mago no habría tenido ocasión de contárselo a su novia.

En pos del bien común, Hester decidió reservarse esa información.

—No, no creo que veas ninguno de mis apuntes.—Pero déjame recordar si he dejado a la vista de cualquiera que entre en mi apartamento algún elemento del mundo mágico que pueda descubrir la tapadera de Dexter, pensó una Hester preocupada, que muy pronto empezaría a sentirse fatal por mentir a Zeta. Más o menos en el momento en que empezara a verla como algo más que una amiga.—Pero teniendo en cuenta que vivo sola, es muy posible que te encuentres un buen desorden. Espero que no te importe...—Desde luego, a Hester le importaba muchísimo menos eso que el hecho de que su pensadero estuviera junto a la cama, y suscitara preguntas del tipo “¿Qué hace esa especie de vasija de piedra junto a tu cama en lugar de ocupar el lugar que le pertenece, qué se yo, en el mausoleo de un cementerio?”

Así que tenían un plan, y la verdad es que Hester se sentía incluso emocionada. ¿Que por qué? Pues muy sencillo: Zeta le caía muy bien. Todavía no la conocía lo suficiente como para empezar a tomarle cariño, pero pronto lo haría: Hester se encariñaba muy rápido de la gente, posiblemente debido a su condición de huérfana. El no haber tenido una familia al uso tenía sus consecuencias.

—Esa idea suena muy bien. Y no tengo nada en contra de la piña en la pizza. De hecho, no tengo nada en contra de la piña en general. Soy de ese raro porcentaje de gente a la que la piña ni le parece una delicia ni lo peor del mundo puesto sobre una pizza.—Porque sí: esa gente existía, y Hester se encontraba ahí, en esa especie de limbo legal.

A la pregunta sobre el autobús, Hester entornó la mirada en dirección a un poste cercano, donde había pegado un cartel con los horarios, las líneas y las paradas de autobús.

—Esa es una muy buena pregunta, amiga mía.—Hester ya había mencionado que no solía tomar el autobús, y aquel mapa no estaba para que lo entendiera ella, desde luego.—¿Hay alguno que vaya a Candem Town?

Aquella pregunta la formuló con toda su inocencia, pues de verdad que no estaba acostumbrada a utilizar el transporte público. ¡Hasta lo del metro era mentira! Generalmente utilizaba la bicicleta y la aparición.
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Zdravka E. Ovsianikova el Mar Mar 12, 2019 2:20 am

Vale, estaba claro que las bromas de Zeta costaban que Hester las pillara, pero la de Hester también costó bastante que la muggle la descubriese como una broma, pues hasta que la chica no se rió, ella casi se cree que de verdad esa conejita era su impedimento para perseguir sus sueños. Que ojo, no hubiera pensado nada malo si así hubiese sido: uno de los motivos principales por los que Zeta no tiene animales, además de que no solía ser muy buena baza teniendo en cuenta que siempre compartía piso, es que no tenía tiempo material, ni recursos económicos, para encargarse bien de ellas. Y le parecía una falta de respeto a los pobres animales tenerlos para no darles una vida feliz y por desgracia Zeta no tenía mucho tiempo para jugar con un perrito. Porque ella era pro-perritos.

—No te va a surgir de la nada —le respondió, encogiéndose de hombros. —Yo sé lo que quiero y por lo que estoy luchando, ¿tú lo sabes? —Le hizo la pregunta del millón, esa que tan pocas personas en el mundo sabían contestar con seguridad. No era fácil tener una meta, ni mucho menos un sueño. Había gente que no sabían qué era lo que realmente le hacían felices y no había nada de malo. —Es una pregunta muy difícil, lo sé. En realidad no hace falta que me la contestes.

Le sonrió, de manera jovial. En realidad a veces Zeta realmente se preguntaba: ¿era bueno tener un sueño y luchar por él a muerte? Porque a veces se ponía a pensar… ¿y si no lo tuviera, a lo mejor ya se hubiese asentado en un trabajo decente y hubiese incluso formado una familia? Sin embargo, como se había marcado una meta, siempre sentía que estaba lejos de conseguirla, por lo que nunca llegaba a ningún punto de estabilidad. Y ella sabía que tarde o temprano iba a tener que dejar de vivir así, porque había una gran posibilidad o de que nunca consiguiese su sueño, o de que fuese dentro de mucho, mucho tiempo.

Rió cuando Hester recalcó que sí que era joven, ¡qué iba a decir ella, dichosa niña de veinticuatro primaveras! Pero bueno, no iba a negar que una subida de autoestima así, no le venía mal a nadie.

—Uy, casi —le respondió con diversión. —Tengo veintiocho, pero gracias.

Cuando le advirtió que, viviendo sola, probablemente su casa estuviese desordenada, no pudo más que mirarle con una sonrisa con cara de: “¿no me digas?” Y es que por mucho que Zeta viviese con gente y hubiese ciertas normas de convivencia que un noventa por ciento de las personas del mundo cumplían en las zonas comunes, de la puerta de tu habitación privada hacia dentro, eso era otro mundo; con otras reglas. Y vale que Zeta se creía a sí mismo bastante ordenada porque tenía muchas cosas en un pequeño lugar en donde guardarlo todo, pero en realidad no lo era y había veces que aquello era una selva en plena guerra.

—¿En serio? Hester. —Se giró hacia ella, fingiendo seriedad. —Yo también vivo… parcialmente sola. Sé lo que es tener el placer de tirar la ropa sucia al suelo o dejar el bol de cereales sin limpiar sobre la mesa del salón. Aunque a mí eso último normalmente me viene devuelto con bronca de mi compañera antipática. —Porque sí, tenía una compañera que no soportaba ni ella soportaba a Zeta, ¡ojalá irse ya de esa dichosa casa! —Así que mientras no te importe a ti… por mí no te preocupes.

Al raro de Dexter no le gustaba la pizza con piña, pero vamos, había que decir que Zeta era de esas personas que tenía gustos peculiares y lo sabía, por lo que no era de esas que iba por ahí ‘criticando’ a las personas a la que no les gustaba la pizza con piña. Fíjate tú: a ella no le gustaban las pizzas con pimiento y nadie venía a decirle que era idiota.

—O sea, te la comerías si la tienes delante pero no la pedirías si tienes otras opciones, ¿no? —Resumió Zeta, para entonces sonreír. —Yo empecé así.

Por un momento la morena miró a la bruja sin saber si también estaba de broma: ¿de verdad no sabía qué autobús tenía que coger? ¿Y qué narices había hecho a irse a sentarse allí? No pudo evitar sonreír, todavía impresionada, cuando le preguntó que si alguno iba a Camden Town. Así que con el móvil en su mano, entró a Google Maps, escribió Camden Town y después le dio al botón de ‘cómo llegar’ de la aplicación. En Londres todo estaba perfectamente conectado con eso, por lo que te salían todas las opciones caminando, en guagua, en metro o incluso en coche privado o taxi. Ella picó en el icono del autobús y salía el número treinta y seis, que pasaba por la parada C en ocho minutos.

Zeta entonces se levantó y miró la parada en la que se encontraban: la D.

—Estamos en la dirección mala, hay que cruzar e ir a la otra calle —le dijo, cogiendo su guitarra para colgársela al hombro. No llevaba bolso, pues su móvil, sus llaves y su cartera la llevaba en los bolsillos interiores de su gran chaquetón. —Vamos, que técnicamente pasa en ocho minutos. —Empezaron a caminar en aquella dirección y entonces Zeta mencionó algo que sin duda le hubiera gustado mencionar antes: —Que guay que vivas sola en Camden Town, es de mis sitios favoritos en Londres. Pero admito que intento no ir muy a menudo porque hay cada tienda en ese lugar que… —Suspiró, fingiendo enamoramiento por el consumismo desmedido. —Me obligo a ir a sin cartera cada vez que voy para no gastar.


***

Habían llegado justitas a coger el autobús, pues tuvieron que pegarse una pequeña carrerita para que no se les escapase. Y porque el chófer era una buena persona, porque en Londres los chóferes eran famosos por ser unos INFAMES DESGRACIADOS que aunque te vean sudar gota gorda para coger su despreciable autobús, ellos no te abrían la puerta aunque estuviesen parados diez metros por delante de la parada de bus.

Después de que Zeta alabase al chófer, le preguntó por su decisión de irse a vivir a Camden Town, cuando era un lugar tan turístico y que probablemente eso hiciese que su casa fuese más cara de lo que podría ser una en otro lugar menos conocido y más residencial. La verdad es que tenía curiosidad, sobre todo porque ella sabía de esas cosas y quizás Zeta erraba en sus suposiciones. Y quién sabe, a lo mejor es que precisamente por eso consiguió un gangazo en un sitio super guay, porque era una vendedora de casa que sabía de estrategia de… casas.

Una vez en Camden Town, se bajaron en una parada que, según Hester, estaba cerca de su casa. No sabría de autobuses, pero de la localización de su casa se imaginaba que sí. Así que bajó la primera por las escaleras del segundo piso del bus y salió, para entonces girarse y mirar a la chica.

—…no, en realidad no. —Continuó con la conversación. —Es decir, vivo con dos chicas y una pareja. La pareja bien porque van a su rollo y  son muy respetuosos, una de las chicas es super invisible, siempre está jugando videojuegos y esas cosas… pero es la otra la que está loquísima. Y claro, como fui la última en instalarme, parece que me tiene una manía especial, como si creyese que puede estar por encima de mí… No sé, me da mucho mal rollo. —Le explicó su mala relación con esa mujer, cuyo nombre no quería pronunciar por miedo a invocarla. —Mi intención es tener nueva casa antes de fin de año, estoy en busca de alquileres. Ya le he dicho a Dexter que si se entera de algo, me diga, pero como lo de vosotros va por inmobiliarias y todo eso… no sirve. Yo casi siempre voy a alquilar a particulares.
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Hester A. Marlowe el Miér Mar 13, 2019 4:01 pm

¿Sé por lo que estoy luchando?, se preguntó Hester, para darse cuenta de que, en realidad, no sabía absolutamente nada.

Por no saber, no sabía ni quién era ella realmente. El único testimonio de que se llamaba Hester Aurore Marlowe era una vieja carta dejada veinticuatro años atrás a la puerta de un orfanato. Y si bien así había sido bautizada ella, no sabía si podía creer lo escrito en aquella carta.

¿Y qué había de su don? ¿Tenía que ver con sus orígenes?

Hester se dio cuenta de que lo único que había hecho desde que tenía uso de razón era huir. Huir hacia delante, pero huir a fin de cuentas, y aquello de lo que huía no era otra cosa que su don. ¿Podría decirse que huía de sí misma, entonces?

Esta crisis de identidad, este miedo al autodescubrimiento, había impedido a Hester pensar en su futuro. En aquello que quería hacer. Y la pregunta de Zeta llegó para sumergirla en un mar de dudas. Y una cosa estaba clara: si no conseguía quitarse todas aquellas dudas, difícilmente podría pensar en un futuro prometedor para ella.

¿Alguna vez te habías imaginado teniendo una revelación de este tipo en una marquesina de autobús?, se preguntó, y la situación le pareció cómica, cuanto menos.

—No, si la pregunta es bastante sencilla de responder.—Dijo la oclumante, encogiéndose de hombros.—No tengo ni idea. ¡Mira qué fácil!—Y curvó los labios en una sonrisa divertida, encogiéndose de hombros.—Supongo que siempre me ha sido más fácil dejarme llevar por la corriente. No es que haya salido mal: aquí estoy, a fin de cuentas...

Sí, pero seguía resultando un tanto deprimente que su vida adulta se hubiera fundamentado sobre el miedo que tenía a lo que descubrió, más tarde que temprano, que era una parte de sí misma que no podía suprimir.

Aquella conversación sobre la madurez, sobre los sueños, y demás cosas que, recalco, no solían darse en una parada de autobús, dio paso a un sólido plan nocturno: Moritzbastei.

El sólo nombre ya sonaba extraño, pero curiosamente apropiado para una de las salas de conciertos más ruidosas que debían existir en todo Londres. Zeta tenía el plan de acudir a un concierto, pero se lo habían anulado en el último momento. Una torpeza de Hester había convertido aquello en una no-proposición que Hester al principio rechazó, pero finalmente aceptó.

Sí, tan enrevesado como suena.

Y teniendo en cuenta la situación, Hester hizo una proposición que, de conocer Zeta la orientación sexual de la oclumante, posiblemente sí habría resultado un poco extraña: pasar el rato en su casa, hasta la hora acordada. Zeta lo aceptó, así que muy posiblemente no hubiera nada de raro en ello.

La vidente, en cambio, creyó necesario advertir del desorden que podría encontrarse la muggle en el lugar. Cosa que no pareció importarle lo más mínimo.

—Yo aviso. Se supone que es mi labor como anfitriona avisar de este tipo de temas...—Se excusó, encogiéndose de hombros y quedándose pensativa un segundo. Entonces, añadió:—Bueno, vale, técnicamente mi labor como anfitriona sería tener la casa a punto para los invitados. Pero teniendo en cuenta la situación en que nos encontramos, creo que no puedo aplicar ya esa normal...

Tampoco es que su apartamento fuera una maravilla: todo concentrado en una única estancia medianamente grande, con la excepción del cuarto de baño, único lugar separado del resto de la casa, y en el que se podía tener un poco de privacidad. Lo demás… estaba a la vista nada más entrar por la puerta.

Otro de esos dilemas del universo parecía ser la dichosa pizza con piña. Hester, de verdad, no comprendía la necesidad de semejante ‘guerra civil’.

Para quien no le guste: es perfectamente normal que algo no te guste, pero seguro que en mundo existen muchas cosas que no te gustan y no te pones a odiarlas como si no hubiera un mañana.

Para quien le guste: acepta que existe gente a la que no les gusta, y que la pizza con piña tampoco es un manjar de dioses, habiendo cosas infinitamente mejores.

Por eso Hester estaba en el medio: la comía, pero tampoco estaba deseando que llegara el viernes para pedir dos pizzas caribeñas hasta arriba de piña. Prefería otras cosas, pero no le hacía ascos a la piña. A casi nada, en realidad: como huérfana que era, no era demasiado caprichosa con la comida.

—Algo así.—Se encogió de hombros.—Lo mío son más los sabores fuertes o salados. ¿Te gustan las anchoas en la pizza? Con tomate natural en rodajas están deliciosas.

Cuando Hester decía que no solía coger el autobús, lo decía en serio: no lo había cogido más que un par de veces desde que la bicicleta y la aparición hicieron acto de presencia en su vida, y nunca para ir a casa. Así que no tenía ni la más remota idea de qué línea coger ni hacia dónde ir. Se había sentado allí porque sabía que ese trasto con ruedas solía llevar a la gente a su destino, y de no ser por Zeta, muy posiblemente se habría montado, al ver que el autobús volvía al mismo sitio en que lo había cogido habría preguntado el motivo al chófer, y éste le hubiera dicho, de malas maneras, lo estúpida que era por equivocarse de parada.

O quizás fuera amable. Algunos hombres eran amables hasta con las chicas más idiotas, y Hester sabían bien el motivo.

—¿En serio? ¿No sirve con sentarse en este chisme y esperar a que llegue el autobús correcto?—Preguntó Hester, cuando Zeta descubrió que estaban en la parada de la línea equivocada. Se puso en pie, asiendo los manillares de su bicicleta, dispuesta a seguir a Zeta.—Echo de menos la… ¡metro! ¡Echo de menos el metro!—Había estado a punto de decir “aparición”, por lo que sintió un escalofrío de culpabilidad al pensar en Dexter. Dichoso Dexter…


Por el camino a Camdem Town, Hester dejó claro que su apartamento era un cuchitril en que por no caber no cabían ni cucarachas, y que si bien no era demasiado barato, sí estaba cerca de la inmobiliaria—dato que, personalmente, no había preguntado a Dexter, y podía ser totalmente erróneo—, y resultaba muy cómodo. Lo que no le dijo fue que dicho apartamento era propiedad de una bruja de unos setenta años, y que su precio en galeones era considerablemente más módico que el precio que un sitio así podría tener en libras. Tampoco le contó todas las condiciones que la mujer le había puesto, especialmente con respecto a las mascotas.

Carrot había pasado bajo el radar de aquella señora.

—¡Ah, sí! Y que no se me ocurra montar ninguna fiesta. Esa señora está deseando verme cometer un fallo para quedarse con mi fianza.—Protestó Hester, hablando todavía de esa mujer como si fuese una muggle. Y si bien lo de la fiesta no era verdad—benditos hechizos insonorizadores—, cada vez que le hacía una visita revisaba cada rincón en busca de desperfectos.

Cuando llegaron y se apearon, Hester mostró interés por la vivienda de Zeta. La muggle le explicaba cómo funcionaba todo, y si Hester hubiera sido una agente inmobiliaria de verdad, no habría tenido que hacer muchas de las preguntas que estaba haciendo.

—No me extraña que quieras irte. Yo tengo un problema con la gente controladora: consiguen hacer lo que quieren conmigo.—No estaba muy orgullosa de aquellas palabras, pero al menos eran sinceras: Hester era el equivalente humano de un cervatillo asustado frente a las luces de un coche en medio de la carretera.—No puedo evitarlo: no soy muy buena con el conflicto...

Otra incoherencia en su historia: ¿Qué clase de agente inmobiliaria tenía miedo al conflicto? Se suponía que el conflicto podía presentarse en cualquier transacción económica, o en cualquier tipo de venta. ¿Y ella no sabía capear dichos problemas? La lógica dictaba que sería una vendedora horrible.

Caminaban por una estrecha calle del barrio cuando Hester se detuvo: unos metros más adelante se alzaba el edificio en que residía, y se lo señaló a Zeta.

—Ahí lo tienes. No es gran cosa, pero tiene cuatro paredes y un tejado… literalmente, porque vivo en el último piso, justo bajo el tejado. ¡Ah, sí, y no tiene ascensor!—Y ahora llegaba el momento de explicar por qué una persona con una bicicleta se alquilaba un apartamento en lo más alto de un edificio de ocho plantas si éste no tenía ascensor. Resultaba muy difícil explicarlo sin recurrir a lo evidente, al menos para los magos: que Hester rara vez usaba las escaleras, pues solía hacer uso de la aparición.

Seré imbécil por dejarme la varita en casa…, pensó al imaginarse que todavía le quedaba subir todas aquellas escaleras. Por suerte, guardaba la bicicleta en un pequeño cuarto trastero que había en el hueco de la escalera, bien encadenada para que los otros propietarios no se dieran una vuelta con ella.
Hester A. Marlowe
Imagen Personalizada : Midnight blues jam. || Hester. - Página 2 54FaudG
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