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Midnight blues jam. || Hester.

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Ene 09, 2019 12:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

Midnight blues jam. || Hester. - Página 3 LaCuArM
Wembley || 16 de octubre del 2019, 17:44 horas || Tienda de la familia 'Brown' || Zeta & Hester

Aquella tarde estaba siendo realmente tranquila, hasta el punto de que Dexter se había encerrado en la trastienda a hacer papeleo mientras ella estaba detrás del mostrador sin ninguna tarea pendiente. Y es que en un trabajo así era fácil tener cosas pendientes que hacer y aburrirte poco, pero habían sido tan eficientes en tan poco tiempo que ahora mismo sólo quedaba hacer las horas y limitarse a atender a los clientes que viniesen. Pero claro, ¿y cuándo no venía nadie, cuál era el truco?

Zeta tenía muchos: sacar el móvil y escuchar música, quizás jugar a alguno de esos juegos de recolección que tanto le gustaban o incluso hacer algún sudoku o crucigrama. Sin embargo, ese día la cosa se torció. Si bien había empezado a hacer un crucigrama nivel experto, no lo terminó en ningún momento. Mientras ponía las palabras, una de ella era 'radio', por lo que inevitablemente comenzó a tararear la canción de 'Video killed the radio star' y es que Zeta tenía una facilidad terrible para que su mente fuese capaz de seguir pensando con claridad mientras su boca tarareaba una canción puesta en segundo plano, sin que eso influyese en absoluto en lo que se supone que estuviese haciendo.

El problema de eso es que cuando Zeta comenzaba a tararear y no había ninguna otra situación que la hiciese parar, aquello se descontrolaba. De repente comenzó a mover la pierna al ritmo de la canción, golpeando suavemente el suelo, a eso se le unió el presionar continuo del botón del bolígrafo, hasta que llegó a un ritmo que nada tenía que ver con la canción original. Y fue en ese momento en dónde el crucigrama ya no tenía sentido ninguno y aquella canción improvisada, que a simple vista era solo un montón de mierda unida, para ella había adquirido todo el valor.

Sacó el móvil, abrió su aplicación de piano en dónde tocar con un dedito las teclas y comenzó a emular las notas que estaba cantando, con la ilusión de una niña pequeña a la que le han prestado la iPad para jugar al Candy Crush.

La, mi, re, do...  Re sostenido...Eso sonó mal e hizo que Zeta frunciese el ceño. —No, Re sostenido no. Re sostenido es malo.

Y así siguió probando, con intención de grabar esos pequeños acordes sólo para no olvidarlos al llegar a casa y poder probarlos en un piano de verdad, o al menos en su guitarra.

Llevaba mucho tiempo queriendo tener tiempo para sentarse un rato y ponerse a tocar, pero es que llevaba unas semanas en las que no paraba de tener que hacer cosas. Y le molestaba, de hecho, no poder dedicarle tiempo a algo que le encantaba: pero entre que la vida no le daba y que los compañeros de piso que tenía eran de quejica para arriba, eso de tocar con libertad se volvía complicado. Pero vamos, si había algo que echaba de menos de verdad, era poder tocar en algún lugar, al público. Tenía que volver a hablar con sus amigos para ver si algún pub caritativo los dejaba tocar... y si no siempre estaba la calle.

Dexter Fawcett:

Dexter Fawcett
34 años Sangre puraLealtad Pro-muggles
Oficial de RedFlúPareja de ZetaBritánico
HISTORIA Y PERSONALIDAD
PERSONALIDAD
Leal, justo y valiente. Debajo de esa aparente coraza de seguridad y prepotencia se esconde un hombre tierno y sencillo que sólo quiere una vida en dónde todos puedan tener cabida. No es violento, tiene una cultura exquisita y adora la seguridad y la tranquilidad. Odia mentir, pero se ha convertido en un perfecto purista prepotente de cara al nuevo gobierno, por lo que no es de extrañar que pese a su auténtica naturaleza, muchos magos le tachen de un imbécil empedernido.

BREVE HISTORIA
Perteneció a una familia humilde, cayó en Hufflepuff cuando internó en Hogwarts y siempre se interesó en los transportes mágicos, por lo que terminó trabajando en el Departamento de Transportes Mágicos, más concretamente en la zona de gestión de los trasladores. Debido a su profesionalidad siempre fue llamado para grandes eventos, para organizar tanto las chimeneas de Red Flú de manera internacionales así como gestionar los trasladores por todos los países.

Después del cambio de gobierno, finge seguir siendo leal a éste. Gracias a su historial impecable y su débil nivel en oclumancia ha conseguido pasar desapercibido, siempre posicionándose en el bando enemigo. Cuando los radicales atacaron el Ministerio no tuvo más que luchar por salvar su vida, pues por mucho que sea aliado de éstos, sufrió ataques de los mismos. No simpatiza con ellos demasiado, pues salió gravemente herido. Actualmente da cobijo de manera ilegal a los fugitivos que no tienen hogar, además de intentar conseguirles identidades falsas y sacarlos del país gracias al control que tiene con los trasladores internacionales. También ayuda a sus padres con la tienda, pues ambos ya son bastante viejos y no pueden con todo. Suele llevar la contabilidad.

HISTORIA CON ZETA
Conoció a Zeta hace dos años, ya que una de las amigas de Dex muggles 'de toda la vida' conocía al novio de Zeta de entonces, uniendo así ambos grupos de amigos en una noche en donde un tercero cumplía años. Ese curioso caso en donde dos personas que no tienen nada que ver con el grupo central terminan conociéndose. Dex se sintió atraído hacia Zeta, su persona y ese aura extranjera y exótica que la envolvía, pero debido a que ella tenía pareja se limitó a interesarse por ella sin ningún tipo de doble intención. Se agregaron al facebook y se dieron los números, pero jamás se hablaron al WhatsApp. Ella porque evidentemente no estaba interesada, él por vergüenza y respeto.

Hace nueve meses que se re-encontraron, ya que Zeta estaba buscando un nuevo trabajo al haberse acabado su contrato en el sitio en el que estaba. Dexter le ofreció trabajar en la tienda de sus padres, ya que éstos recientemente habían despedido al tipo que trabajaba con ellos. Ella aceptó. Debido a movidas que ya llevaban viniendo de largo, Zeta y su novio lo dejaron mientras ella trabajaba en al tienda de los Fawcett. Dexter y ella estuvieron meses acercándose, coqueteando, siendo él el reacio a querer tener una relación con una muggle, sabiendo lo que eso significaba tanto para él, como para ella. Además, todavía no le había dicho nada en relación con el mundo mágico y eso iba a ser un gran problema, un problema que no sabía cómo afrontar. Sin embargo, un día hace tres meses fue Zeta quién dio el paso y él, sencillamente, le siguió. Desde entonces están juntos, pero Dex todavía no le ha dicho de todo lo que es, ni de todo lo que hace. Suele mantenerla alejada de su 'otra vida' y Zeta se está dando cuenta de que algo le está ocultando.

FAMILIA
Jerome Fawcett: Padre sangre pura de Dexter. Es un hombre de 80 años, jubilado del Ministerio de Magia y el jefe de la tienda de comida que ahora mismo regentan en Wembley desde hace dos años. Tuvo que sacarse una identidad falsa de nombre Aaron Brown a la que tiene el nombre de la tienda. A ojos del Ministerio es un mago viejo más del que no preocuparse.

Anastasia Fawcett: Madre mestiza de Dexter. Es una señora de 77 años, jubilada del Ministerio de Magia y jefa de la tienda de comida que ahora mismo regenta en Wembley con su marido, desde hace dos años. Se sacó una identidad falsa con el nombre de Elisa Brown, la cual consta en los papeles de la tienda. A ojos del Ministerio es una bruja vieja más de la que no preocuparse.



@DasFlai

Zdravka E. Ovsianikova
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Mar 14, 2019 3:38 am

—Me encantan las anchoas, pero odio comérmelas por la noche porque entonces bebo mucha agua y luego me levanto montón a hacer pis y me rompen mi ciclo del sueño. —Confesó como si fuese la mayor desgracia posible después de comer anchoas. De verdad que iba de mala hostia al baño cada vez que se levantaba por la noche, odiaba tener que levantarse para esa tontería. —Pero me gusta tu combinación con rodajas de tomate natural.

Cuando Hester mencionó que la parada de bus era ‘un chisme’ en el que solo había que sentarse y esperar, Zeta la miró como si estuviese hablando con una señora de ochenta años retenida en un cuerpecito de una joven de veinticuatro. Y es que lo parecía, ¿cómo iba una londinense de pura cepa—o eso creía que era—no saber coger un dichoso autobús? ¡Si era el transporte público por excelencia de todo Londres! Todo el mundo reconocía los buses rojos de dos pisos propios de esa ciudad tan famosa.

—Es que como todos los autobuses correctos pasasen por la misma parada, probablemente siempre hubiese una caravana de autobuses, ¿sabes lo grande que es Londres? —Se rió divertida por sus comentarios. —Además, si vas para allí… —Señaló hacia la derecha. —¿Por qué estás esperando a un autobús que por lógica va hacia allí? —Señaló hacia la izquierda. —Supongo que no lo sabes, pero los autobuses aquí no hacen ciclos, sino que tienen un principio y un final. Por eso hay algunos que van en una dirección y otros en otra.

Bueno, ya que estaba le daba un curso rápido sobre autobuses para la próxima vez que se le olvida la tarjeta del metro. Pero vamos, por su bien esperaba que no se le olvidase más nunca porque si no iba a terminar en Escocia intentando llegar a su casa.


***

¡Lo típico! Las dichosas caseras siempre rompiendo los sueños de los más jóvenes de alma pura y fiestera. No pudo evitar sonreír durante toda su historia sobre esa señora con la que parecía llevarse tan mal, pero la entendía a la perfección: todos los caseros siempre intentaban aprovecharse de los mínimos desperfectos para quedarse con el máximo de dinero. Zeta había tenido muy malas experiencias con eso, así que estaba bastante acostumbrada a tratar con ellos y no llevarse bien con ninguno.

Frunció el ceño cuando Hester confesó ser muy mala para el conflicto y dejarse llevar por la gente controladora. ¿Sabéis qué es peor que caer en las redes de alguien manipulador? Saberlo y no hacer nada al respecto. Después de la relación que tuvo ya hace años con un tipo terriblemente manipulador, la verdad es que no soportaba a ese tipo de personas, ni mucho menos de las que se aprovechaban de las personas en un estado de debilidad o directamente de las que son más buenas que el pan, como parecía ser el caso de Hester.

—Oh, venga, no dejes nunca que nadie te manipule, sea quién sea —le respondió, casi que parecía enfadada. No estaba enfadada, evidentemente, pero no le gustaba que la gente se aprovechase de otra gente porque ya lo habían intentado hacer mucho con ella y, al menos Zeta, se sentía terriblemente imbécil después de darse cuenta de que había caído en las redes de otro/a idiota manipulador/a. —Tienes que sacar carácter, ¿o me vas a decir que ahí dentro no hay una Hester que quiere poner las cosas claras sobre la mesa? No necesitas entrar en conflicto para evitar que la gente haga contigo lo que quiera. Que no se te olvide que las decisiones de tu vida las tomas tú, no otra persona que se crea con poder para poder hacerlo por ti… —Y sonó casi rencorosa, recordando a El Subnormal, aquel tipo con el que estuvo hace ya bastante tiempo.

Mira que desde la primera vez identificó que Hester poseía un carácter muy inocente, quizás iluso y demasiado bueno, pero creyó que quizás era cosa de la primera impresión y que en su interior aguardaba un alma con carácter, capaz de venderle un peine a un calvo si se lo proponía, pero la verdad es que le sorprendía que alguien con su perfil realmente se viese trabajando como vendedora de casas.

Caminaron por una calle bastante pequeña y no tardaron mucho en dar con el edificio de Hester, el cual era bastante alto. Lo observó a la vez que le decía que vivía en el último piso y no había ascensor, a lo que Zeta la miró con horror.

—¿Subes eso todos los días? ¿Qué clase de superheroína eres? —Bufó divertida, con los ojos bien abiertos. —En mi casa hay nueve peldaños para el piso superior y llego arriba cansada, tía. —Pero entonces ojeó la bicicleta: estaba claro que la bicicleta te daba un fondo que Zeta no tenía porque básicamente no hacía nada con su vida como para tener fondo. Ella tenía un día sexo desenfrenado en un lugar en donde hubiese que hacer un poco de estiramientos y al día siguiente tenía agujetas, ¿vale?

Y se notó que su cardio estaba por los suelos: cuando empezaron a subir, al tercer piso ya Zeta estaba sujetándose a la barandilla con ganas de morirse.

—Tú lo que querías era tenderme una trampa y matarme en mi momento de mayor debilidad, ¿verdad? Esa cara de angelito es mentira. —le dijo, haciendo una parada estratégica en un pequeño rellano, poniéndose la mano en el costado y cogiendo aire. Al parecer la señora de ochenta años al final va a ser ella misma. —Quizás si subes y te vas preparando, para cuando yo llegue ya habrás terminado. —Exageró. Que ojo, que tenía que subir todo eso cargando de una guitarra, ¿vale? ¡No era tan poco para alguien que no hacía ejercicio nunca en su vida!

Pero finalmente terminó llegando hasta la punta de arriba, apuntándose mentalmente que más nunca tendría que ir a casa de Hester para sufrir de esa manera tan innecesaria por su vida y su corazón inexperto. A ver a quién se le ocurrió hacer un edificio tan alto sin ascensor... a un idiota seguro. Así que tras llegar viva hasta arriba, Hester abrió la puerta y…

—Pues sí que estaba desordenada, tenías razón. —Tuvo que admitir divertida al ver cosas en el suelo que, por norma general, no suelen ir en el suelo. ¿Veis esa sudadera? Esa sudadera no debería estar en el suelo. Ni esa cuchara. —Pero te pasas con lo de cuchitril, ojalá vivir en un sitio así yo sola. —Lo valoró como lo que era, independientemente de que Hester fuese un desastre. Sinceramente: le daba igual que la casa estuviese desordenada. Ella había vivido con cereales pegajosos en el suelo durante días por no tener tiempo material para recogerlos. La vida era así.
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Hester A. Marlowe el Dom Mar 17, 2019 4:01 am

Hester mentiría si dijera que no había pasado nunca por la situación descrita por Zeta: tres de la madrugada, tras una cena excesivamente salada, una botella de agua sobre la mesita de noche, y unas ganas de hacer pis tan horribles que la despertaban.

Odiaba esas situaciones, pues por mucho que durmiera con la lámpara de la mesilla encendida—bendito el regulador que tenía esa pantalla, pues hacía la luz mucho menos agresiva—, seguía teniendo miedo a la oscuridad. Y cuando tenía que cruzar el pequeño trecho que separaba la cama y la puerta del cuarto de baño, Hester lo pasaba realmente mal. Y más si previamente había tenido una pesadilla.

Y si tenía alguna visión, las cosas se volvían incluso peores.

Había aprendido por las malas que lo mejor que podía hacer era evitar beber demasiado antes de acostarse, cosa difícil cuando llegaba el verano. Sin embargo, prefería pasar un poco de sed antes que tener que moverse en la oscuridad de su apartamento. Cada sombra, en su mente, parecía una amenaza en aquellas situacione.

—No sabes cómo te comprendo.—En realidad, el problema es que posiblemente no me comprendas tú a mí, pensó una Hester que había recibido a lo largo de su vida mucha burlas, no sólo por sus visiones, sino también por sus miedos irracionales. Los niños no solían ser muy comprensivos con aquellas cosas.—Supongo, entonces, que hoy descartamos las anchoas.—Bromeó, consciente de que posiblemente no importaría mucho lo que cenasen: a fin de cuentas, Moritzbastei tenía pinta de ser uno de esos lugares en que una persona se alcoholiza prácticamente nada más entrar por la puerta. Demasiados desconocidos en la pista de baile exhudando alcohol por cada poro de su piel.

Lo más triste de aquella situación con los autobuses era lo muy muggle que era Hester para muchas cosas. Solía verse a sí misma como una muggle que podía hacer magia, más que como una bruja en sí, pues había vivido gran parte de su vida en ese mundo muggle, y la mayoría de sus amistades eran precisamente muggles.

Entonces, demostraba su completa ignorancia con aquel comentario respecto a las líneas de autobús. Por suerte para ella—en realidad, por suerte para Dexter Fawcett, que era quien había empezado aquel ciclo de mentiras—, su uso de la bicicleta explicaba el que no hubiera tomado un autobús en su vida.

Claro que, si se paraba a pensarlo, había dicho que tomaba el metro. Y si el autobús funcionaba así… las líneas de metro funcionarían de una manera parecida, ¿no?

Por suerte para ella, Zeta no pareció extrañada, sino más bien divertida ante la ignorancia de Hester. Y eso estaba bien: la risa era buena, la risa no indicaba desconfianza. Porque si bien no se había metido en aquella red de mentiras por voluntad propia, era demasiado leal a Dexter como para contárselo todo a su novia. Suerte, de nuevo, que tenía el señor Fawcett.

—Tiene sentido.—Convino Hester tras la explicación de Zeta, que pese a lo absurdo de la situación, no sonó para nada condescendiente con ella.—Parezco de pueblo, ¿verdad?—Se encogió de hombros, riendo divertida. De pueblo no sabía si parecería, pero en esos momentos parecía más bruja que nunca antes en su vida.


Tras apearse del autobús, y mostrarle a Zeta la trampa mortal en que estaba a punto de meterse—mal llamada edificio sin ascensor—, ambas chicas conversaban acerca de sus respectivos hogares. Y pese al hecho de que Hester tuviera, en teoría, que subir unos cuantos tramos de escaleras, por lo visto tenía una convivencia más sana que la de Zeta.

Y menos mal: sería incapaz de hacer frente al conflicto que la muggle tenía que afrontar cada día con su compañera de piso.

Cuando le explicó su problema con ese tipo de gente, Hester escuchó las mismas palabras que le habían dicho tantas otras veces: que debía imponerse, tenerle menos miedo a la vida. Echarle cara a las cosas y tomar las riendas de su propia vida. Y respondió lo mismo que respondía siempre.

—Esa Hester de la que hablas está ahí dentro, pero creo que es tan pequeñita que le tiene miedo a las otras Hester más grandes. Ya sabes: Hester miedica, Hester insegura…—Bueno, no solía decirlo con esas mismas palabras, pero el mensaje estaba claro: Hester quería imponerse, pero no encontraba las fuerzas dentro de sí misma.—Sí, ya sé que es irónico que Hester Valiente le tenga miedo a Hester Miedica y Hester Insegura, pero así parecen funcionar las cosas aquí dentro...—Se tocó la sien con un dedo para demostrar que hablaba de su cabeza, raíz de muchos de sus problemas.

Teniendo que hacer frente a aquel reto, que era subir las tropecientas escaleras que había en su edificio, Hester estuvo a punto de echarse atrás: pensó en confesarle a Zeta todo, en pedirle que esperara ahí mientras subía a por su varita y volvía por medio de la aparición, y en mandar a la porra a Dexter.

En su lugar, sonrió ante las bromas de Zeta.

—¡Oh, vamos! No va a ser tan duro.—Dijo, mientras por dentro pensaba que otra gran Hester de su interior era Hester Idiota: ya saldría a quejarse cuando estuviera a punto de morir por falta de oxígeno en algún punto entre el quinto y el sexto piso.—Nosotras podemos. Somos jóvenes y...

...y efectivamente, a la altura del tercer piso estaban casi muertas. ¿En qué momento había aparecido en la historia del mundo el genio que había inventado aquello? ¡Con lo fácil que sería subir a la gente con una grúa!

—Es que vas muy cargada.—Dijo Hester que, pese a todo, sonreía. Se detuvo en el rellano y se volvió hacia Zeta.—Venga, déjame que te lleve eso. No quiero tener que cargar con tu muerte sobre mi conciencia.

Zeta aceptó la oferta de que Hester le llevase la guitarra el resto del camino, y al pasársela de mano en mano, Hester acarició sin querer con las yemas de sus dedos el dorso de la mano de la muggle. Y fue un tacto suave que le arrancó una pequeña sonrisa. Se habría sonrojado de no ser porque ya estaba roja, aunque por el esfuerzo de subir aquella condenada escalera.

Bendita aparición. El mejor invento del mundo mágico.

No sin un gran esfuerzo por parte de ambas, llegaron al pequeño loft en que vivía Hester: se trataba de una estancia en que se concentraba todo, salvo por el cuarto de baño, y menos mal. Hester no quería ni imaginarse un cuarto de baño y una ducha ahí, a la vista de todos.

—Yo te avisé de que habría desorden, ¿o no?—Se defendió Hester, un poco avergonzada ante la imagen que estaba ofreciendo en esos momentos.—Y sí, eso parece: no está nada mal por el precio que tiene, la verdad. Es una de esas gangas, aunque ya has visto uno de sus principales inconvenientes...

Hester dejó con cuidado la funda de la guitarra sobre el sofá—no sin despejarlo un poco primero, claro está—y entonces se apresuró a recoger todas las cosas que había por el suelo. ¿Y sabéis lo peor? Que allí mismo, por algún motivo, estaba la cesta de la ropa sucia, coexistiendo con las demás cosas tiradas por el suelo. ¿Quién dejaba la cesta de la ropa sucia ahí en medio, cuando claramente estaba vacía?

Por suerte, el pensadero y sus otros objetos mágicos estaban a buen recaudo dentro del armario, y su varita sobre la mesita de noche. Perfecto: tal y donde estaba, no parecía otra cosas que un adorno extraño.

—¿Te puedo ofrecer algo? ¿Té, café? ¿Algo de comer? Bueno, ¿sabes qué? Necesito una ducha, así que te otorgaré privilegios sobre mis alacenas y mi nevera. Si ves algo que te apetezca, puedes cogerlo.—Le dijo, muy rápido, pero sonriente: lo decía totalmente en serio.—A ver si termino de recoger todo esto y me quito este olor a mofeta que tengo...

Recogerlo todo fue muy sencillo. Tanto que se arrepintió de no haberlo hecho antes de salir de casa, tal había sido la pereza que la había invadido. Ahora, si bien el loft no era ningún palacio, tenía un aspecto más o menos decente.

—Enseguida salgo, ¿vale? Tú ponte cómoda, como si estuvieras en tu casa.—Le dijo a Zeta con una sonrisa alegre, mientras entraba en el cuarto de baño, la cesta de la ropa sucia bajo el brazo. Ojalá hubiera descubierto entonces que se había olvidado de llevar algo de ropa limpia para ponerse al salir de la ducha...

Idea aproximada del loft:
Midnight blues jam. || Hester. - Página 3 NmmbVtH

Imagínatelo un poco más desordenado y listo xD
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Lun Mar 18, 2019 1:36 am

No insistió con respecto al tema de ‘echarle cara a las cosas’ porque era bien consciente de lo difícil que era. De hecho, Zeta solía obligarse a parecer segura frente a esas situaciones y aparentar ser alguien con mucho carácter y las cosas claras, pero lo cierto es que dentro de tanta aparente seguridad, en realidad siempre se debatía en su interior si sus decisiones estaban bien y eran correctas. Pese a lo segura que podía parecer, era una mujer terriblemente insegura. Dexter, por ejemplo, desconocía que debajo de esa coraza de chica con las ideas claras y carácter fuerte, en verdad sólo había una personita insegura sin saber si lo que hacía estaba bien o el camino que seguía era el correcto. Sin embargo, ahí estaba el truco: ella no quería verse como esa personita, sino que quería que la gente realmente la viese como alguien fuerte. Por eso entendía a Hester. A ella le costó tomar ese rumbo en su vida, pues cuando llegó a Londres no era más que una chica cargada de inseguridades y miedos.

Al final lo que necesitaba la bruja era explotar y darse cuenta de que nadie tenía el suficiente poder en esta vida como para hacerla sentir de esa manera, nunca. Por mucho que se lo dijeran y se lo repitieran mil veces, de nada serviría hasta que ella lo viviese por su propia cuenta.

—Entenderse a uno mismo a veces es difícil, ¿no? —Le sonrió.

Y entonces vino el primer intento de asesinato de Hester hacia Zeta haciéndole subir seis pisos de escaleras. No creía que mereciese la pena vivir en Camden Town sin compañeros de piso si como contraposición tenías que subir todos los días seis pisos. Eso sí, te iba a salir un culo exquisito después de tantas escaleras. De hecho, cuando Zeta le dio—sin lugar a dudas—la guitarra a Hester, no pudo evitar fijarse en que efectivamente el culo de Hester seguramente se debiese a subir esas escaleras todos los días. Entre eso y la bicicleta, ¡no le extrañaba! ¡Así cualquiera tenía un buen culo!

Una vez arriba, Zeta se apoyó al marco de la puerta de la entrada mientras ella abría, para entonces comentar lo inevitable. Rió ante la defensa de Hester, pues aunque la muggle lo hubiese evidenciado, en realidad le daba igual que estuviese desordenado, sin embargo, entendía esa ‘presión’ social por parte de Hester al tener visita en casa.

—Yo creo que debería ser más barato teniendo en cuenta el sufrimiento que conlleva subir tantas escaleras. O sea, dime la verdad: ¿cómo narices te las arreglas para subir la compra aquí? —Fue su principal pensamiento; su verdadera preocupación. —Irás de poco a poco, ¿no? Vas por día a comprar poca cosa y así vas llenando lentamente la despensa. Eso o le dejas el paquete a los del supermercado para que te traigan la compra y te lo suban ellos. —Eso sería muy cruel, sobre todo porque a los repartidores de los supermercados no se les exige cardio, así que imagínate el sufrimiento.

Mientras seguía observando el apartamento, pequeño y acogedor, ella le ofreció algo. Zeta tenía bien claro que lo único que quería era un buen vaso de agua. Se lo merecía después de haber subido esas escaleras exitosamente.

—Gracias —le respondió cuando le dio privilegios en su casa, sonriéndole. —Uy, sí, dejaste el autobús oliendo fatal. La gente te miraba mal. —Enarcó una ceja, mirándola con exageración. Para exagerada ella, exagerada Zeta. —No tengas prisa, tómate tu tiempo. —Le tranquilizó cuando dijo que enseguida salía. Le daba reparo que se duchase a toda prisa sólo porque la hubiese invitado a su casa. Ella no tenía problema en esperar.

Hester entonces se fue al baño y Zeta se quedó allí, solita. Menos mal que hacía tiempo que la muggle había perdido la vergüenza para muchas cosas y se sentía bien en esas situaciones en donde mucha gente podría sentirse un poquito incómoda. Así que se acercó a la cocina y, asumiendo el orden lógico de la vida, abrió el armario de arriba del fregadero asumiendo que ahí estarían los vasos y… efectivamente, ahí estaban los vasos. Cogió uno y se echó agua natural que había sobre la encimera, en una garrafa. Solo pudo pensar en lo mucho que tuvo que sufrir Hester subiendo esa dichosa garrafa esos malditos seis pisos.

Luego se quitó el abrigo y lo dejó sobre el taburete de la barra, para asomarse un poquito y, totalmente de cotilla, observar el dormitorio que estaba justo al lado, sin puerta de por medio. Había una pared que delimitaba ambos lados y tenías que asomarte para ver la cama, pero apenas nada. La verdad es que le encantó el loft, pues era perfecto para una persona.

Entonces, como se había sentido ya lo suficiente cotilla, fue al sofá y se sentó al lado de su guitarra, abriéndola y sacándola para ponerse a cambiar las cuerdas. La colocó sobre la mesa, se puso los auriculares—que estaban conectados a su móvil, como el noventa por ciento de las veces—y le dio al play en su playlist favorita de Spotify, en la cual comenzó a sonar de manera aleatoria Still Loving You de Scorpions, su grupo favorito. Sólo se puso un auricular, para no evadirse del todo. Por el resto, empezó a quitar las cuerdas de su guitarra y a poner las nuevas. Estaba muy acostumbrada a hacer eso, por lo que apenas tardaba.

Después de algunas canciones y con Witt Lowry de fondo, fue cuando escuchó la puerta del baño de Hester. Que a ver, una persona normal quizás no hubiera mirado porque obviamente si una persona se acaba de duchar en su casa en donde vive sola lo normal es que salga recién duchada y probablemente sin vestir, pero claro, Zeta no cayó en eso porque llevaba casi nueve años viviendo en una casa compartida y siempre tenía que llevarse la ropa al baño para vestirse ahí después de ducharse, o como mínimo un albornoz. Por eso cuando vio a Hester solo tapada con la toalla, no pudo evitar sonreírle en plan: “¿te olvidaste de que había una intrusa en tu casa?”. Se fijó en ella porque era inevitable no hacerlo teniéndola delante en toalla y quizás cualquier otra persona se hubiera retraído en comentar nada, pero Zeta era muy abierta hablando de todo y, sobre todo, muy sincera.

Quizás si hubiera sabido que Hester era lesbiana no hubiera dicho lo que estaba a punto de decir.

—Jo tía, qué cuerpazo tienes, ¿no? —Y no lo decía con interés o dobles intenciones, sino evidenciando la obviedad más obvia.

Zeta tenía ojos y sabía valorar el cuerpo tanto de una chica como de un chico. De hecho no sonó como envidia, sino más bien como sorpresa. Y tampoco sonó como una frase de ligue, sino más bien amistosa en donde declaras lo guapa que es la otra persona, sin ir más allá. Y es que, ¿habéis visto qué piernas?

Así que se quitó el auricular para no evadirse ahora que Hester había salido.
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Hester A. Marlowe el Lun Mar 18, 2019 10:06 pm

Entenderse a uno mismo, pensó Hester, no sin cierto asomo de humor. A fin de cuentas, ¿cuántas personas en el mundo eran capaces de entenderse a la perfección a ellas mismas? ¿Era acaso posible tal cosa?

Respondió a aquella afirmación con una sonrisa conformista, de esas que se obligaba a mostrar cuando le decían algo que no le convencía demasiado, pero igualmente terminaba aceptándolo porque prefería eso a una confrontación directa. No es que aquel tema fuera una confrontación directa; simplemente, era algo que no le gustaba demasiado, pero que no podía discutir porque así era.

Hester tenía muchas cosas que no acababa de comprender: empezando por sus orígenes, pasando por sus poderes, y terminando con su extraña forma de hacer frente a la vida y a los problemas, la oclumante sentía que su vida era un rompecabezas tras otro, y que no tenía pista alguna sobre cómo resolverlo.

Por eso los puzzles traen una foto con la imagen final, pensó. En su caso, no tenía dicha fotografía como referencia.

La tortuosa subida escaleras arriba le costó a Hester bastante más de lo que le gustaría reconocer. A fin de cuentas, la bruja no solía utilizar las escaleras: siendo todo lo cuidadosa que podía, solía valerse de la aparición como una suerte de ascensor, una vez dejaba la bicicleta a buen recaudo en el pequeño cuarto trastero bajo la escalera.

Siendo aquella una de esas pocas veces en que se veía obligada a aquella ardua labor, no pudo más que estar de acuerdo con Zeta: vivía en lo que ella misma definía como cuchitril, y encima sin ascensor.

La pregunta de la compra no era tan complicada de responder como muchas otras, y si se ponía a compararla con otras mentiras, no era tampoco la más gorda que había contado.

—Eso mismo: procuro preguntarme en el supermercado qué necesito de verdad antes de comprarlo. Pero aún así, a veces, no puedo evitar tener que cargar con peso. Una aprende de verdad lo mucho que pesa una caja de leche cuando tiene que llevarla escaleras arriba.—En realidad, esa medida la tomaba siempre, incluso cuando podía usar la aparición. A fin de cuentas, solía viajar ligera, en su bicicleta, y la cesta de ésta no admitía demasiadas cosas.—Una vez pregunté en el Tesco Express cuánto me cobrarían por traerme la compra a casa, y cuando supieron que no había ascensor, me dijeron básicamente que subirla corría por mi cuenta.—Y esto sí era cierto: Hester había valorado durante un tiempo la posibilidad de abrazar la compra online.—Estábamos en las mismas, así que...—Se encogió de hombros.—Además, soy una persona que compra poco, y si te digo la verdad, prefiero acercarme a la tienda de Dexter y ayudar a que su negocio progrese.

Poca gente del siglo veintiuno estaba concienciada con aquello: ayudar a los pequeños comercios, si bien podía suponer un pequeño gasto extra, era lo que movía la economía. A no ser que pretendieses que las multinacionales y las franquicias se adueñaran de todo.

No quería ni imaginarse, si la tienda de Dexter cerraba, lo poco que tardaría Tesco en montar su tienda número ochocientos cincuenta y cuatro mil cuatrocientos veintiuno, o algo así. La verdad es que Hester no llevaba la cuenta de cuántas de esas tiendas había.

Ya en el pequeño loft de Hester, la oclumante se dio cuenta de que necesitaba darse una buena ducha: era lo que tenía haberse pasado la tarde a lomos de la bicicleta, con un abrigo con el que combatir el frío londinense. Sentía el sudor enfriándose bajo el abrigo, y la sensación era desagradable hasta decir basta.

Ofreció a Zeta carta blanca para asaltar su despensa y sus alacenas, por escasa que pudiera ser. A fin de cuentas, era una chica de comida precocinada o platos congelados, de los cuales estaba lleno su refrigerador.

—¿En serio?—Preguntó frente a la afirmación de Zeta, no pudiendo evitar levantar el brazo para acercar la nariz a su sobaco.—¿Tanto se nota?

Sobraba decir que no había pillado la ironía, ¿no? Porque allí estaba ella, preocupada por un problema de olor corporal que realmente no existía.


Hester se permitió a sí misma disfrutar de aquella ducha: chorros de agua cálida cayendo sobre unos músculos agotados por el ejercicio, que enseguida entraron en una especie de estado de relajación.

Sabía que Zeta la esperaba fuera, pero a fin de cuentas, disfrutaba mucho con aquella tarea tan simple. Y era saber popular lo que sucedía dentro de las duchas: la noción del tiempo parecía desvanecerse de la mente consciente, y lo único en que se pensaba era en la relajación y la sensación de que el agua se llevaba consigo no sólo el sudor y la suciedad, sino también los problemas.

Así que se pasó sus buenos diez minutos allí, debajo del grifo, mientras el vapor la envolvía. Y si volvió al mundo real, fue porque tuvo que recordarse que Zeta la esperaba fuera.

Cerró el grifo casi a regañadientes, y puso un pie fuera de la ducha… para darse cuenta de la desgracia general que era su vida: único día en que tenía visita, y ni se le ocurría traerse ropa con la que salir decentemente vestida del cuarto de baño. ¡Hasta un pijama desteñido habría sido mejor que salir únicamente con la toalla!

Pero así es mi vida, pensó. Su rostro era muy parecido al famoso emoticono triste y resignado que aparecía en Whatsapp.

Se secó a conciencia con una toalla, y cuando terminó, arrojó esta a la cesta de la ropa sucia, tomando otra con la que se envolvió el cuerpo lo mejor que pudo. Y tras mentalizarse de que podía hacerlo, sujetando muy bien la toalla para que no se abriese y dejara ver más de lo necesario, abrió la puerta y salió al loft.

Aquello fue algo parecido al paseo de la vergüenza de Cersei Lannister… Bueno, no, estaba exagerando, pues no tenía detrás a un montón de religiosos repitiendo ‘shame’ una y otra vez: solamente a Zeta, que la miró de inmediato.

Hester le sonrió, caminando lentamente con el único objetivo de llegar al pequeño cubículo en que tenía encajonada su cama. Y todo habría ido perfectamente… si Zeta no hubiera hablado. O mejor dicho: si no le hubiera dicho ESO.

El efecto fue inmediato: se le enredaron los pies, trastabilló, y por muy poquito no acabó en el suelo. Se las arregló para soltar sólo una de sus manos de la toalla, con la que se sujetó de la pared más cercana. De haber lanzado las dos, Zeta la habría visto tal y cómo llegó al mundo, pero veinticuatro años más tarde.

—¿Eh? ¿Qué?—Dijo, torpe, mientras se apresuraba a meterse tras la pequeña pared que delimitaba el ‘cuarto’ con el resto del loft.—Gra… Gracias, eres muy amable.—¿En serio me acaba de decir que tengo un cuerpazo?, se preguntó.—Tú también.—Vale, eso lo dijo sin pensar: cuando te hacen un cumplido, tienes que responder, y lo mejor es decir “tú también”. Esa fue la máxima que aplicó… y enseguida se arrepintió.—Es decir… No es que me haya fijado ni mucho menos, es sólo que… ¡Voy a vestirme y enseguida salgo de aquí!

En un intento de que aquello no se volviera aún más raro, Hester optó por cerrar el pico y no decir nada más. Sería lo mejor.

Se limitó entonces a dejar la toalla sobre la cama y a ponerse la ropa interior lo más rápido posible. En cuanto la tuvo puesta, se sintió un poco mejor, más tranquila, con el corazón latiendo a un ritmo normal, y pudo concentrarse en ponerse algo de ropa encima.

Algo apropiado para salir de fiesta, concretamente.

Como no se le ocurría qué ponerse, optó por algo sencillo: suéter negro, minifalda negra, medias negras… Algunos quizás creerían que iba a un funeral; ella pensaba que le favorecía mucho el negro. Y de esa guisa salió de vuelta al ‘salón’.

—¿Qué opinión te merezco? ¿Sirvo para ver en esa Moritzbastei?—Le preguntó, separando los brazos y dándose una vuelta, a fin de que Zeta se sintiera libre de criticar su nuevo atuendo.

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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Mar Mar 19, 2019 4:02 am

No le sorprendía lo más mínimo que en los supermercados le mandasen—respetuosamente—a la mierda después de decirle que sus pobres repartidores tenían la probabilidad de morir de asfixia cargando con el pedido por seis pisos hacia arriba. Mira que Zeta era fan incondicional de los precios del Tesco y la única queja que tenía con ese supermercado era la calidad del queso amarillo y, por lo que estaba sufriendo, sin duda alguna negarse a subir aquello no era una cosa mala que añadir al supermercado, sino una cosa tremendamente razonable.

Lo que sí que le sorprendió es que Hester se tomase en serio la broma de Zeta de que había dejado el autobús apestando. Cuando la vio levantar el brazo para olerse la axila, la muggle rodó los ojos, divertida.

—¡Era broma, tía! ¡No hueles nada mal! —Y eso era verdad, podría haber sudado, pero Zeta no había olido nada de nada.

Se estaba empezando a plantear seriamente si es que ella era demasiado mala cogiendo indirectas y bromas, o si es que Zeta era pésima y tenía un humor de mierda. O sencillamente que no estaban hechas para bromear entre ellas porque estaba claro que algo ahí no calzaba bien.

Pero bueno, en realidad no le dio mucha más importancia a eso porque también era consciente de lo difícil que era entender a otra persona y, sobre todo, calzar con ella. Es decir, dos personas podían llevarse bien pero sencillamente tener dos personalidades muy diferentes a la que debían adaptarse; y eso era perfectamente normal. Después de todas las veces que Zeta había tenido que ‘adaptarse’ por obligación a las personalidades de personas que no toleraba sólo por hacer el bien, o crear una mejor convivencia, se había dado cuenta de que era más común de lo que la gente se creía.

Así que cuando Hester se metió en la ducha, ya Zeta había dejado atrás esa reflexión mental para enfocarse en tener de nuevo su guitarra funcional. Le ponía muy nerviosa saber que estaba incompleta. Sabía que no la iba a usar en ningún momento y que sólo iba a cargar con ella cual peso muerto hacia el Moritzbastei, pero igualmente quería tenerla de una pieza por si acaso. Bajo su punto de vista y su sensación, no colocar todas sus cuerditas era como ver a tu perrito con una herida y no curársela. Vale que comparar a un ser vivo con un instrumento inerte no tiene mucho de humano, pero así era su percepción. ¡Adoraba a su dichosa guitarra!

Ya casi terminando con su labor de cambiar las cuerdas, fue cuando Hester salió del baño en toalla. A ojos de cualquier persona, o al menos eso pensaba Zeta de manera que creía objetiva, Hester vestida así te hacía ver que tenía un buen cuerpo, sobre todo cuando te fijabas en sus piernas. Y claro, frente a esa evidencia, a Zeta no le salieron pelos en la lengua y lo dijo tal cual como lo vio. Sin malicia, sin dobles intenciones, sin querer incomodar, sencillamente porque… sí. La gente solía ser un poco retraída para esas cosas: no decir lo guapa que están las personas por miedo a que se pueda interpretar mal, o lo bien que le queda el reciente corte de pelo, o sencillamente lo bien que le quedan unos zarcillos… Pero Zeta no. Ella era muy directa con todo lo que pensaba y creía que si la gente era más sincera, todo el mundo sería más feliz. Parecía que a la gente le costaba decir cosas buenas del resto de personas, como si eso fuese pecado o algo.

Pero vamos, independientemente de eso, lo auténtico de toda aquella situación fue la reacción de Hester. Primero no se lo creyó, pero lo mejor de todo fue ver como casi su pie izquierdo atenta contra su propia vida metiéndose en el camino del derecho.

—Hm, gracias. —Y se rió, divertida, cuando dijo que ella también tenía un cuerpazo.

Vale, debía de admitir que no se esperaba esa contestación por su parte. Por suerte, supo identificar el nerviosismo de Hester, pues es casi caída, esa manera innecesaria de devolverle un cumplido que no se devuelve y el hecho de que se tuviese que explicar… pues un poco hablaban por sí solas. Pero vamos: ya había quedado claro que Hester no pillaba sus bromas, quizás tampoco se tomaba bien los cumplidos tan directos.

Qué difícil era conocer a gente nueva.

Ya una vez su guitarra tuvo todas las cuerdas puestas, la cogió en el regazo y empezó a afinarla a oído. Poca gente podía hacer eso, pero ya Zeta llevaba mucho, mucho tiempo con esa guitarra y afinando cuerdas nuevas, por no contar los años que llevaba dedicándose a eso y lo formado que tenía el oído. Mientras apretaba las clavijas y punteaba las cuerdas individualmente, Hester apareció vestida de negro, con un suéter y una minifalda.

—Creo fervientemente que vas a ser lo más mono que haya esta noche en el Moritzbastei, ¿pero no te dije que era un lugar cutre? ¿Has visto mis pantalones rotos de hace tres años del Primark? —El suéter que tenía era de H&M, pero un poco más de lo mismo. —Pero me gusta. Buena combinación de colores: exquisita y arriesgada. —Le guiñó un ojo, a ver si ahí si pillaba que estaba de broma, pues evidentemente iba todo de negro, obvio no había ningún color ni combinación.

Le iba a decir que estaba muy guapa, pero como antes no le pareció que se tomase del todo bien su cumplido, prefirió guardárselo y así ahorrarse incomodidades. Ya le había pasado varias veces que su manera liberal de hablar de ciertas cosas molestaba a algunas personas, por lo que mejor se callaba y ya.

Así que cogió su guitarra, que aún no estaba del todo afinada y comenzó a meterla en su  funda de nuevo.

—¿Estás lista? En realidad vamos con tiempo de sobra —dijo tras mirar la hora en el móvil que tenía sobre la mesa, en el cual vio una notificación de Dexter. Se tomó la libertad de coger el móvil, abrir el WhatsApp y mirarlo, para sonreír. —Le he dicho a Dexter que te he encontrado en mitad de mi incertidumbre de día y que te he convencido para ir al concierto del Moritzbastei y todavía no se lo cree. Dice que no te pega ir al Moritzbastei. A él tampoco le pega un carajo y aún así le obligo a ir, he de decir. —Rió por eso último. Y tras recibir otro mensaje, volvió a sonreír. —Dice que nos lo pasemos bien y que no bebamos mucho.

Él era muy consciente de que Zeta bebiendo quizás se iba un poco de madre, pero vamos, Zeta no tenía pensado ni tomar alcohol esa noche. Una coca-cola bien fresquita y listo. Bueno, quizás una cerveza para estar en sintonía con el ambiente de la noche, pero ya.
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Hester A. Marlowe el Miér Mar 20, 2019 12:53 am

Hester Marlowe había demostrado a lo largo de toda su vida un don natural para generar y protagonizar situaciones incómodas.

Su torpeza era legendaria, conocida de sobra entre los niños del orfanato: quizás el nombre de Hester Marlowe no les dijese nada, pero sí apelativos tan cariñosos e imaginativos como Hestorpe, o simplemente Patosa.

Le hubiera gustado decir que se defendía frente a este tipo de motes que podrían considerarse ofensivos, pero no: solía ofrecerles el tratamiento del silencio. Después de todo, no le molestaban en lo más mínimo. Si era una patosa, lo era y punto. No había más que decir al respecto.

Prefería esas cosas a que la llamasen rarita cuando predecía algún acontecimiento futuro.

Con el paso de los años había descubierto que esta torpeza intrínseca a su propio ser también la padecía su cerebro: su capacidad para decir tonterías en los peores momentos era notable. Y Zdravka Ovsianikova sólo empezaba a comprender la magnitud de sus poderes en ese asunto.

Ya se acostumbraría… o se cansaría de Hester antes.

Con la muggle punteando suavemente la cuerdas recién cambiadas de su guitarra, Hester abandonó la seguridad de su ‘cuarto’ sin tropezarse con nada en el proceso, y mostró su atuendo elegido a Zeta. Ella no tardó mucho en declarar que seguramente sería lo más mono que se encontraría en Moritzbastei.

La oclumante se echó un vistazo, y quizás por eso se perdió la enésima broma de Zeta acerca de su capacidad para combinar colores; de haberla escuchado… pues posiblemente tardaría un par de segundos en entenderla, pero esa la habría entendido.

No era de las más elaboradas, a fin de cuentas.

—¿Estás segura de que así voy bien? Es decir, ¿es bueno ser “mona” en un sitio como Moritzbastei?—Hizo incluso el gesto de comillas con los dedos, cosa habitual en ella.—Pero oye, no seas dura con tu vestimenta. A mí me gusta, la verdad.—En realidad, las cosas como son, la ropa no era tan bonita como la persona que la vestía, pero en aquellos momentos, Hester no se permitía siquiera pensar en Zeta de esa manera. Era la novia de uno de sus amigos, y Hester respetaba mucho la amistad.

La muggle pasó entonces a guardar su guitarra en su funda, y preguntó a Hester si estaba lista. Y ella no habría tenido duda alguna de que sí… de no ser porque aseguró que iban con tiempo. Aquella coletilla la llevó a pensar que quizás debería cambiarse de ropa, buscar algo un poco más “cutre” con lo que acudir a la discoteca…

...mejor no, Hester. O nos echaremos aquí toda la noche, se dijo a sí misma. Tenía que ser un poquito menos indecisa.

—¿En serio Dexter cree que no me pega ir a Moritzbastei?—Preguntó con una sonrisa divertida, para luego añadir.—Supongo que tiene toda la razón, pero bueno. ¿Qué se le va a hacer? Hay que probar cosas nuevas.—Se encogió de hombros como si tal cosa.—Dile “Hola” de mi parte. Y sí, venga, estoy todo lo lista que voy a estar. A ver si consigo colarme entre toda esa gente “cutre” de la que me hablas sin llamar la atención.—Ya os adelanto yo que Hester llamó la atención, como una gacela colándose en una fiesta de leones de la Sabana Africana.

Así que allá que se iban, y Zeta se dispuso a coger su guitarra. Hester, que ya la había visto intentar subir las escaleras con ella antes, se quedó pensativa un momento, y entonces dijo:

—Oye, sin que esto te parezca raro o algún tipo de intento de robo, porque te aseguro que no lo es y no pretendo conseguir a tu costa el dinero del alquiler del próximo mes… No sé ni porqué he dicho esto. A veces siento que deberían sujetarme la lengua con un clip al paladar.—Fue un comienzo extraño, cuanto menos, pero le sirvió para aclarar la mente y hablar con más claridad.—Lo que venía a querer decir es que si quieres, puedes dejar la guitarra aquí, y otro día quedamos para tomar algo y te la devuelvo. Tranquila, te prometo dos cosas: cuidarla bien y asegurarme de que no le pasa nada, no hacerte subir de nuevo todas esas escaleras para recuperarla.

Mientras esperaba a que Zeta se pensase la respuesta a su proposición, escuchó un sonido inequívoco procedente de su ‘cuarto’: un animalillo correteando por su jaula. ¿Que por qué era un sonido inequívoco? Pues porque convivía a diario con Carrot, su conejita, y ya se había acostumbrado a los sonidos que hacía.

—¡Porras! Con todo lo de salir desnuda de la ducha me había olvidado de Carrot. ¡No me juzgues! No soy una irresponsable con mi mascota, te lo prometo. Ahora mismo vuelvo.—Se dirigió a paso rápido en dirección al cubículo donde estaba encajonada la cama—sus pies se enredaron por el camino y, nuevamente, a punto estuvo de darse un trompazo—con intención de darle la cena a Carrot.

Carrot se encontraba de pie, apoyada con las patas de delante en los barrotes de la jaula, reclamando su cena. Tampoco le quedaba demasiada agua, y Hester enseguida se puso a trabajar: le sirvió pienso—siempre lo tenía en un cajón del mueble sobre el que estaba situada la jaula—y luego llenó el bebedero.

¿Que cómo hizo esto último? Pues, por algún milagro del mundo, se percató de que su varita estaba ahí, sobre la mesita de noche, y utilizó un pequeño hechizo Aguamenti para cumplir dicha función.

—Te prometo que te daré un poco de agua de verdad cuando vuelva, ¿vale?—Le susurró, intentando que Zeta no la escuchara.—Tardaré un rato en volver. Pórtate bien, ¿vale?—Y diciendo eso, acarició el suave pelaje de su conejita metiendo un dedo entre un par de barrotes. La belier lo recibió con deleite, y se frustró un poco cuando el contacto de su dueña terminó.
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Zdravka E. Ovsianikova el Miér Mar 20, 2019 10:09 pm

A Zeta también le gustaba mucho como iba vestida, por eso iba así vestida, pero eso no quitaba que no fuese de sus mejores galas y hubiese elegido precisamente eso porque era lo más normal para ir a casa de su amigo a tocar la guitarra. Entraba dentro de la normalidad de la cutrez, pues era algo muy del día a día y sin nada especial. No es que fuese precisamente vestida para ir de fiesta, pero sí para ir de concierto al Moritzbastei.

—Claro que sí —le respondió con tranquilidad, no fuese a ser que se trabase y fuese a cambiar de ropa. Era muy común en las mujeres; incluso a Zeta le pasaba ante la incertidumbre, sobre todo cuando alguien le decía cualquier comentario que animaba a pensar más de la cuenta. —Es bueno depende de tus intenciones. Es un lugar como otro cualquiera, con sus buitres y sus borrachos en cierta medida, pero no te preocupes que yo te salvo de esa gente.

Iban a ir a ver un concierto de funk, por lo que la gran mayoría de personas que habría serían muy de ese estilo. Dudaba mucho que hubiese problemas pero era una norma general de la vida que siempre que hubiese alcohol de por medio y algo se pudiese calificar como 'fiesta', las personas se volvían más bobas que de costumbren y creían que ligar o al menos intentarlo estaba permitido en todas sus facetas. Y claramente teniendo en cuenta que Hester iba vestida tan mona y tan alejada del rollo 'funk' posiblemente a más de uno le llamase la atención. Pero vamos, Zeta otra cosa no, pero tenía un máster en espantar moscones.

—No soy dura con mi vestimenta: me encantan estos pantalones. —Consideraba que le hacían un buen culito y encima eran elásticos, por lo que eran muy cómodos. —Y este suéter es muy suave y calentito. Sólo digo la evidencia: me he puesto esto para ir a casa de mi amigo, no para ir a un concierto. Y aún así voy mejor que la media, verás. —Y sonrió, encogiéndose de hombros.

En realidad, Zeta lo intentaba ver todo de manera objetiva y… no, la verdad es que ni a Dexter ni a Hester, así a primera instancia, les pegaba mucho el rollo del Moritzbastei. Dexter porque, según Zeta, era el ser más ermitaño y menos social del universo y salía de ‘fiesta’ una vez cada lustro, o cuando Zeta se ponía mimosa y dramática porque nunca salían a hacer cosas juntos. A Hester la acababa de conocer, pero le inspiraba tanta ternura e inocencia que la verdad es que el rollo del Moritzbastei no le pegaba tanto. ¡Sólo había que mirar lo mona que iba a ir! Pero claro, pese a eso, la eslovena era bastante abierta con esas cosas, pues consideraba que todo el mundo debería integrarse en todo ese tipo de situaciones, sobre todo si eran musicales. A ella es que le encantaba la música en directo y la verdad es que le gustaba compartirlo con otras personas.

Zeta le escribió ‘hola’ de parte de Hester a Dexter, para entonces sonreír.

—Eso le digo yo a él, que no se pierde nada por ir a sitios nuevos y descubrir música nueva. Lo que es un vago y nunca quiere a ningún sitio. Tengo que hacerle chantaje emocional para que me acompañe o ir de previsora y apostar con él una noche fuera de casa en algún concierto. Me vine a juntar con la persona más casera del universo. —Porque una cosa estaba clara: a Zeta le gustaba mucho el plan de mantita y pelis, pero no lo hacía a menos que fuera en otra casa, pues evidentemente prefería pasar el mayor tiempo posible fuera de su casa compartida en la que no estaba del todo cómoda. Así que sí, siempre intentaría salir a la calle porque adoraba pasar tiempo en la calle.

Le prestó atención desde un principio a lo siguiente que dijo, pero realmente no dijo nada. Ella era la única persona que podía alargar tanto el principio de una afirmación. Ella no se iba por las ramas, ella es que hasta esperaba a plantar el árbol y empezar desde las raíces. Zeta cambió el peso de su cuerpo al otro pie, para cuando ya dijo lo que quería decir: ¿Desprenderse de su amada Mushu y dejarla en una casa ajena? Sonaba tan dramático. De todos sus instrumentos, la guitarra y su ukelele eran precisamente las cosas que nunca dejaba en otros lados y siempre tenía consigo, pero sí que era verdad que ir al Moritzbastei con su guitarra podía ser un poco catastrófico: tanto para su espalda, como para el propio instrumento. No quería que nadie la golpease.

—No es mala idea. Yo pensaba llevármela pero… —La miró, dudosa. —En verdad es que creo que en todos los años que la tengo, pocas veces las he dejado en otro lado. Me da cosita. —Y sonrió, pues su preocupación por ese objeto inerte era real. —Pero porque le tengo mucho aprecio, no porque no me fíe de ti. O sea, tampoco es que nos conozcamos de hace años y tengamos una confianza extrema, solo digo que me pareces buena persona y no creo que tires mi guitarra por la ventana. —Soltó aire fuertemente, haciendo vibrar sus labios. —Me has pegado tu pésima habilidad para explicarte, Hester. —Y rió divertidísima, llevándose la mano a la frente.

Justo entonces sonó un sonido desde su habitación y ella se fue hacia allí tras explicar que era su conejito. Zeta asumió que era un conejito por el ruido y porque se llamaba Carrot. Le pegaba más llamar Zanahoria a un animal que comía zanahorias que llamar zanahoria, yo que sé, a una iguana o a un gatito. No tendría sentido ninguno. Pero como la muggle sabía que había gente muy rara en el mundo que era capaz de llamar Zanahoria a una tortuga y quedarse tan pancha, se asomó con curiosidad hacia donde se había ido la bruja, observando como le daba de comer a su mascota. Se acercó con confianza hacia allí, justo a tiempo de ver como hacía un movimiento que no identificó y le colocaba el bebedor de agua al conejito. Sabiendo lo torpe que parecía Hester, ese movimiento extraño habría sido cualquier cosa de esa y asumió que casi se le cae el bebedor.

—¿Agua de verdad? ¿Le das agua de botella? —En su mente de muggle ignorante el agua de verdad era el agua embotellada y el agua ‘cutre’ era el agua del grifo. —Creo que desde que me mudé a Londres no he tomado agua embotellada nunca. Para mí eso es de burgueses. Me voy a ofender como tu conejito tenga más privilegios que yo. —Estaba exagerando mucho, a lo que le sonrió para que viese que era broma. —¿Muerde? ¿Le puedo meter el dedo? —Miró a Hester, divertida. —O sea, en la jaula. Para acariciarlo.

Solo esperaba que su inocencia para todo también viniese a ese tipo de comentarios tan con doble sentido. Así que para evitar recalcar lo que había dicho y quitándole importancia, Zeta acarició el pelaje de Carrot con un dedito. Era muy suave, pero fueron apenas unos segunditos antes de retroceder junto a Hester.

—Que mono —dijo, pensando que era un macho sin pensarlo demasiado. —¿Lo tienes desde hace mucho? No quiero ofender a tu conejito pero… ¿por qué un conejito? Creo que eres la primera persona que conozco que tiene un conejito de mascota. —Y lo preguntaba con curiosidad real.
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Hester A. Marlowe el Vie Mar 22, 2019 3:49 am

Cualquier otra noche, y en un ambiente quizás un poco más de su estilo, quizás Hester pudiera salir con intenciones de traerse una chica a casa. Pero esa noche no: había aceptado una invitación de Zeta, y no tenía pensado abandonarla por ninguna otra chica.

Y mucho menos sin saber qué tipo de mujeres se encontraría en Moritzbastei, claro.

Por lo que definitivamente no, no tenía intenciones de ligar ni nada parecido. Sólo quería divertirse lo máximo posible con una persona que le caía sorprendentemente bien, a pesar de que sólo se habían visto en dos ocasiones. Y a la cual le encantaría no estar mintiendo cada vez que abría la boca.

—Bueno, a mí me gustas así.—Le dijo, encogiéndose de hombros, y sin ser consciente de que, realmente, nunca había tenido ocasión de ver a Zeta vestida para salir, totalmente arreglada y pretendiendo ser atractiva.—Aunque seguro que eres el tipo de chica que está guapa con cualquier cosa que se ponga. ¿Cómo es eso que se dice? ¿”No es el hábito lo que hace al monje”? ¿Se puede siquiera aplicar eso en esta situación? No sé, no entiendo esa frase del todo…—Frunció el ceño, llevándose el dedo índice al mentón en actitud pensativa. Creía que conocía el significado aproximado de esa frase hecha, pero no estaba segura.

No pudo evitar sentirse un poco identificada con Dexter—hacia quien, pese a todo, sentía una ligera animadversión a causa de las mentiras en que se había visto envuelta—cuando Zeta dijo que no era demasiado aficionado a probar lugares nuevos. Ella misma era bastante casera, y como no le gustaba demasiado beber, quedarse en casa era casi siempre su primera opción.

Pero incluso ella pasaba por el aro a veces: si Mallory la llamaba para salir, solía ir con ella. ¿Por la fiesta en sí? No, realmente no: lo que le interesaba a la oclumante era la compañía de la rubia, una de sus personas favoritas en el mundo. Y si bien disfrutaba que ambas terminaran en la cama después—o antes—de una noche de fiesta, con su compañía le bastaba.

—¿En serio? ¿Tan poco le gusta salir de fiesta?—Hester enarcó una ceja, pensando que quizás ella no era la más indicada para juzgar, y no llegando a imaginarse ni por asomo que su reticencia se debiera al miedo de ser visto en compañía de una muggle. Hester no conocía ese miedo, por suerte para ella.—La verdad es que, no sé bien por qué, siempre me lo he imaginado muy fiestero y muy sociable. De hecho, en el trabajo mantiene una buena relación con casi todo el mundo.

Aquello era decir mucho, en realidad: Dexter aparentaba ser uno de esos repugnantes puristas que tan poco le gustaban a Hester, pero había visto dentro de su mente suficientes cosas como para saber que todo era una fachada. En realidad, era un joven amistoso y preocupado por aquellos que lo tenían difícil.

Admirable, pero me ha metido en su mentira, pensó Hester con un poco de rencor. Ese rencor iría creciendo con el paso de los meses.

Cuando decidieron que estaban todo lo listas que se podía estar para ir a un sitio como Moritzbastei, Hester sugirió a Zeta dejar su guitarra en lugar de ir cargando con ella todo el tiempo. En el apartamento de la bruja estaría a salvo de cualquier tipo de agresión, intencionada o fruto del abuso del alcohol, y como plus, la espalda de Zeta no sufriría lo más mínimo.

Y entonces, Hester se encontró sonriendo como una boba mientras Zeta, por lo visto, realizaba una imitación involuntaria de sus pésimas dotes dialécticas. Le pareció tan preciosa que simplemente no podía dejar de mirarla.

—Me hago cargo. Es como con mi bicicleta: no suelo ir a ningún sitio sin ella.—Rió, divertida, pensando que así era, pero en su caso tenía lógica: la bicicleta estaba hecha para transportar a las personas, no para quedarse a buen recaudo dentro de la casa.—Estará completamente a salvo. De hecho, si no te fías, cuando se acabe la fiesta puedes venir a buscarla…—Le sugirió, aunque seguramente hacer aquello supondría dar una vuelta absurda para luego tener que tomar otro autobús, ella sola, por la noche. Y aquella idea no le hacía mucha gracia a Hester.

A punto estuvo de sugerirle que se quedara a dormir… hasta que se dio cuenta de que solamente tenía una cama, y que no tenía intención de dejar a Zeta durmiendo en el sofá. Además, le daba mucha vergüenza tener que explicar el motivo de que su lámpara de noche estuviera parcialmente encendida toda la noche.

Carrot reclamó la atención de su propietaria desde su jaula, situada en un mueble a los pies de su cama, y la oclumante, tras una explicación un tanto innecesaria, acudió a responder las necesidades de su mascota. Y al dar con su varita sobre la mesilla de noche, creyó que estaría bien utilizarla para llenar el bebedero de la conejita.

Se equivocaba, pues Zeta estuvo a punto de pillarla con las manos en la masa.

Al escuchar la voz de la muggle tan cerca, se llevó un susto, y con el susto estuvo a punto de tirar el bebedero… y la varita, dicho sea de paso. En una especie de juego malabar extraño, logró mantenerlo todo en sus manos, y se apresuró a colocar el bebedero en su sitio.

Respecto a la varita… no pudo hacer mucho más que esconderla tras la espalda cuando se volvió, de manera muy poco discreta.

—¿Qué? ¿Eh? ¡Ah, no, no muerde!—Respondió la oclumante a la pregunta de Zeta, sin darse cuenta realmente del extraño doble sentido que podía extraerle.—Y sí, sí, claro, le he puesto agua embotellada que tenía por aquí, guardada en un cajón...—Matizó, y teniendo en cuenta que no había botella alguna a la vista, le pareció más que necesario.—Lo que pasa es que generalmente se la doy con una serie de compuestos vitaminados que no recuerdo dónde he guardado, así que...

Cállate ya, pensó. Estuvo de acuerdo con ese pensamiento: dudaba mucho que fuera necesario aportar tantos detalles absurdos a la historia.

Zeta acariciaba a Carrot con un dedo a través de los barrotes, y Hester se preguntó entonces a qué otra cosa podría hacer referencia con eso de ‘meter el dedo’. No tuvo mucho tiempo de pensarlo, nerviosa como estaba, y menos cuando vinieron más preguntas.

—Desde hace unos meses. Es muy jovencita. Sí, es chica.—Le dijo con una sonrisa.—No sé, necesitaba compañía en este piso, y no quería decantarme por el típico gato. Y cuando la vi en la tienda de mascotas, tan sola, me recordó un poco a mí. Y más cuando me dijeron que era la última que quedaba de su camada.—Hester miraba ahora a Carrot, que alternaba la mirada entre muggle y bruja, quizás en busca de una jugosa zanahoria que alguna de las dos pudiera esconder en algún sitio.—Además, mi casera está un poco en contra de otras mascotas más grandes, lo cual no quiere decir que no me guste mi conejita ni que me haya conformado con ella...

Ha dicho ‘conejito’, pensó Hester entonces, y de nuevo volvieron a su mente las palabras de Zeta: ¿Muerde? ¿Le puedo meter el dedo? O sea, en la jaula. Para acariciarlo. Entonces su mente relacionó ambos datos y…

...y casi golpea el suelo con la mandíbula de lo mucho que abrió la boca. Y es que por fin lo entendía. Se puso incluso roja, y como suele ocurrir en estos casos, no pudo evitar formarse cierta imagen mental.

¡Fuera, fuera! ¡Nada de imágenes mentales tan sexys con la novia de Dexter! ¡Fuera!

—¡Deberíamos irnos!—Saltó de repente, intentando alejar esos pensamientos traicioneros.—Si no nos vamos ya, llegaremos tarde.—Y sí, era perfectamente consciente de que todavía faltaba mucho tiempo para que empezase el concierto… pero estaba poniéndose muy nerviosa.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Mar 23, 2019 1:34 pm

—Hombre claro, por supuesto —respondió de manera coqueta cuando dijo que ella estaría guapa con cualquier cosa que se pusiera. ¡Eso no se duda! Otra cosa no, pero confianza en sí misma tenía un porrón. Debía de tenerla teniendo en cuenta a lo que quería dedicarse, pues si ella misma no confiaba en lo suyo, no sabía cómo el resto lo haría. Era cierto que eso era sobre todo a nivel musical, pero se había obligado a hacerlo en todos los ámbitos. La verdad es que recibió mucha ayuda cuando llegó a Londres para llegar a tener ese carácter y esa confianza en sí misma. Que ojo, no era narcisismo ni prepotencia, sólo que se quería mucho. Eso sí, no la verías alardear por ello. —No sé si ese refrán tiene mucho que ver con esto: suele ir ligado a no juzgar a las personas por su aspecto, porque no siempre el exterior corresponde con lo que pueda llevar en el interior.

Aunque a simple vista, por lo jovial y divertida que parecía Zeta, podía dar la sensación de que era una persona del montón, sin mucha idea del mundo o sin enterarse de muchos temas bien políticos o de cultura general. No era la primera vez que la trataban como 'tontita' sencillamente por ser una mujer y tener ese aspecto tan delicado y dependiente. Pero lo cierto es que era una persona muy culta y sabía más de lo que aparentaba. Le gustaba saber de todo y mantenerse al día y, además, siempre que no sabía algo solía buscar sobre ello. A ella en su momento también le había entrado la duda de qué narices significaba la frase de 'no es el hábito lo que hace al monje'.

—Te lo juro: es un ermitaño. —Sus ojos se abrieron, asintiendo con la cabeza para recalcar lo mucho que no le gustaba. —Es raro, la verdad. Cuando le conocí hace dos años, bueno casi tres, parecía que sí le gustaba más. De hecho, le conocí en una fiesta, estaba borracho, como dices era sociable... Pero no sé, se volvió ermitaño. —Y se encogió de hombros.

Separarse de su apreciada Mushu no era algo que le hiciese demasiada gracia, pero teniendo en cuenta las ventajas de la situación sabía que en aquella casa estaría bien hasta que se la devolviese. Y bueno, teniendo en cuenta que mañana trabajaba casi todo el día, dudaba mucho que tuviera demasiado tiempo como para tocarla. Así que al final accedió, aunque negó rápidamente cuando dijo de ir a buscarla después de la fiesta. Si el Moritzbastei era el centro, podría decirse que la casa de Zeta estaba justo al otro lado de la de Hester, por lo que ya de noche prefería no ir por ahí sola sólo para tener la guitarra en casa.

—No te preocupes, quedamos otro día. O si ves a Dexter antes se la puedes dar a él. —O si iba a comprar a la tienda, pues ahora llegaban un par de días en donde estaría ahí Zeta, detrás del mostrador, sin muchas ganas de atender personas.

Antes de salir, Zeta conoció a Carrot, la mascota de Hester. Era una conejita de largas orejas que parecía muy mimosa y como parecía muy suave, quiso acariciarla. Evidentemente preguntó, ya que ella no se fiaba de los animales y no quería recibir un mordisco de un conejo defensor a la hora de estar en su territorio. No sabía si esas cosas eran sólo típica de los gatos endemoniados y los perros. La verdad es que lo del dedo lo dijo de manera totalmente inconsciente y si bien ella era muy abierta con ese tipo de bromas y podía tomárselo literal, pero de manera graciosa, como Hester no pareció pillarlo pues tampoco le dio ningún tipo de importancia.

Le parecía gracioso que eligiera un conejito como mascota por lo que no dudó en preguntar sus motivos. La verdad es que era bonito, pero a Zeta siempre le habían dado un poco de penita eso de tener una mascota en una jaula, pero vamos, ¿qué ibas a hacer? ¿Tener el conejo libre por toda la casa dejándote trocitos de caquitas por todos lados? Porque otra cosa no, pero los conejos parecían hacer bolitas de cacas cada hora.

—Ah, bueno, fue un poco un conjunto de motivos —le respondió tras su explicación, acariciando el pelaje de aquella cosita. —Qué raro, ¿un casero con problema para las mascotas? Yo creo que es un requisito indispensable eso de odiar a las mascotas si eres casero.

Y de repente saltó con que deberían irse. Hasta Zeta dio un pequeño respingo. ¿Y ahora qué había pasado? Se rió divertida mirando la hora en el móvil, pensando que quizás llevaba una hora hablando de conejos y la relatividad le había jugado una mala pasada.

—No creo, aún queda mucho —dijo ella, inocente, pensando que realmente su prisa se debía a que pensaba que iban a llegar tarde y no porque hubiese pillado tarde lo del dichoso dedo y la jaula y su mente le estuviese jugando una mala pasada. —Pero tengo hambre y esa pizza nos espera, así no vamos con prisa.

Entonces volvió a la zona del salón, corroboró que Mushu estaba en una buena posición, apoyada a un lateral del sillón, en el suelo y se acercó al taburete para coger de nuevo su chaqueta larga, siendo consciente de que por muy agradable que se estuviera en ese piso, una vez salieran al exterior volvería el gélido aire londinense que te hiela los ojos y te cuartea los labios. De hecho, se dirigió a la puerta y mientras esperaba a Hester sacó del interior de su bolsillo de la chaqueta un lápiz labial de vaselina, el cual se echó en los labios. De verdad que detestaba el hecho de sentir los labios cuarteados.

Cuando Hester estuvo lista, Zeta abrió la puerta para salir primero y dejar que la chica fuese la última de salir de su propia casa. Empezó a bajar los primeros escalones, guardándose ambas manos en los bolsillos. Fue cuando cerró la puerta, que Zeta supuso que habría cogido el bono del metro, ya que antes se le olvidó. Y vamos, el Moritzbastei no estaba en Camden Town, así que sólo por eso iban a tener que volver a coger algún transporte público.

—¿Prefieres metro para que te sientas más familiarizada o quieres seguir descubriendo el apasionante mundo de los autobuses con Zeta de guía? —Curvó una sonrisa, mientras bajaba las escaleras, dándole la espalda.

Le parecía bastante agradable que, pese a la evidente distancia entre ambas porque apenas se conocían, la relación entre ellas diese pie a ser tan naturales. Era cierto que Hester era pésima con las bromas y las indirectas, pero le parecía una chica muy suya y especial, a la que había que entender antes de bromear.
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Hester A. Marlowe el Lun Mar 25, 2019 12:03 am

Llegó un momento en que la conversación se centró en Dexter, novio de Zeta y experto en llevar una doble… triple vida, más bien: no sólo era un mago con ideales favorables a los nacidos de muggles que pretendía ser un purista a ojos del gobierno mágico, sino que además fingía ser un muggle normal y corriente para que su novia muggle no tuviera ni la menor idea del asco de mundo mágico en que se veían obligados a vivir gente como él y como la propia Hester.

¿Cómo podía hacer malabares con tantas identidades al mismo tiempo? A Hester, que era oclumante, le explotaba la cabeza ante la sóla idea de llevar una doble vida…

El caso es que Zeta describió la relación que ambos tenían, y cuando llegó a la parte del extraño e inexplicable cambio que había dado la conducta del mago, Hester bien podría haber levantado la mano, haberse puesto a dar saltitos, y a repetir una y otra vez ‘¡Yo, yo! ¡Esa la sé, profe! ¡Pregúntame a mí!’

No queráis imaginaros la rabia que le daba no poder decirle lo que sabía a Zeta.

—Es raro, sí.—Dijo, intentando no sonar sospechosa. No sonar como que conocía el auténtico motivo.—Quizás tuvo una revelación de esas que tienen a veces los hombres. ¿Como la crisis de los cuarenta? Quizás le llegó antes de tiempo...—No era la mejor teoría del mundo, y desde luego que Hester se sintió muy mal por formularla. ¿No habría sido mucho más bonito decirle a Zeta la verdad?

Hester se convirtió entonces en la guardiana y protectora oficial de la guitarra de Zeta.

Se prometió a sí misma cuidarla como si fuera suya, y cuando se dio cuenta de su torpeza innata y otros problemas habituales, modificó la promesa: la cuidaría como si fuera de Zeta. ¿Y en qué se traducía esto? En que se aseguraría de que es guitarra no se moviera del sitio en que la muggle la había dejado, y que guardaría siempre una distancia de medio metro con respecto a ella, para evitar todo tipo de desgracias.

¿Que estaba exagerando? Quizás… pero Hester Marlowe tenía muchísimo peligro, incluso aunque sus intenciones fueran las mejores.

—Me parece perfecto. ¿Tienes teléfono móvil?—Pregunta absurda número ochocientos y pico de Hester Marlowe: todo el mundo tenía teléfono móvil.—¿Me lo das? Me refiero al número, por supuesto: sería absurdo pedirte tu teléfono. Ya sí que parecería que te estoy robando todos tus bienes y...—Se obligó a callar, apretó un segundo los labios con cara de aburrimiento ante su propia actitud, y lanzó un suspiro.—Debería aprender a hablar un poco menos y ser un poquito más concisa, ¿verdad?

Y lo peor de todo aquello era que su verborrea no se debía a los nervios iniciales: siempre hablaba así. Era como si intentara llenar el silencio con su voz, como si pretendiera evitar todo lo incómodo del silencio con palabrería… que al cabo de unos segundos también empezaba a volverse incómoda.

Con todos los planes sobre la mesa y bien perfilados, Hester y Zeta se disponían a marcharse.

Sin embargo, un sonido procedente de su cuarto llamó la atención de la oclumante: se trataba de Carrot, su conejita, reclamando atención. Y ella acudió solícita a alimentarla y darle agua antes de marcharse de casa.

Zeta también se acercó a conocer a la conejita—y a punto estuvo de sorprender a Hester con las manos en la varita—con la que la oclumante compartía aquel pequeño loft. Y le hizo unas cuantas preguntas sobre ella—además de implantar en la mente de Hester un pensamiento un poco turbio.

—Ya ves, yo también lo creo.—Le respondió con una sonrisa nerviosa ante la afirmación de que poner normas en contra de las mascotas debía ser un requisito necesario para ser casero.—Aunque ya te digo yo que con esta mujer cualquier día me espero que suba a pedirme que deje de respirar, que hago demasiado ruido.

Con tal de salir de aquel momento incómodo, Hester sugirió marcharse bajo el pretexto de que iban a llegar tarde: un pretexto falso donde los hubiera, por cierto.

La muggle se dio cuenta de esto, consultando el reloj de su teléfono móvil. ¿Se había notado lo incómoda que estaba con la imagen mental del conejito al que se le metía el dedo? Esperaba que no, por favor.

—Yo también. Estoy ansiosa porque me enseñes a adorar la pizza con piña. Aunque no vas a conseguir que me guste más que mis adoradas anchoas...—Sí, porque a Hester claramente le gustaba mucho el pescado.

Así que se prepararon para salir: Hester se puso una chaqueta vaquera azul—con un hermoso bolsillo interior en que pudo guardar su varita—para alegrar un poquito lo fúnebre de su vestimenta, y cogió su bolso.

Salieron a las escaleras, Zeta por delante, y comenzaron el largo descenso que les esperaba. Y como iban a ser unos cuantos minutos bajando peldaños, estaba bien que hubiera un poco de conversación.

—¿Por qué no vamos en autobús? El metro es demasiado aburrido: túneles y más túneles, todo parece igual ahí abajo.—Respondió Hester. La verdad era que no tenía ningún tipo de pase para el metro. Eso se lo había inventado. ¿Para qué pagar algo así cuando disponía de la aparición? Prefería aflojar unas monedas en el autobús, y de paso ver la ciudad por la noche.—¿O prefieres ir en metro? Supongo que llegaremos antes, pero nos perderemos las bonitas vistas que tiene para enseñar esta ciudad.

En realidad, le daba igual. Si iban en metro, diría que se había vuelto a olvidar el abono en casa, y listo. Tampoco sería la mentira más grande que le había contado a Zeta...
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Zdravka E. Ovsianikova el Mar Mar 26, 2019 2:13 am

¿La crisis de los cuarenta? No pudo evitar sonreír ante aquello. La verdad es que dudaba mucho que Dexter hubiese sufrido ningún tipo de crisis por la edad, sino más bien por el estrés que parecía tener en su vida. No entendía cómo es que su novio siempre estaba estresado. Él podía fingir estar tranquilo con Zeta y, de hecho, la chica se sentía muy bien sintiéndose ese ‘paréntesis’ en donde Dexter se sintiese a gusto, sin estrés y tranquilo, pero de verdad creía que no podía ser muy sano vivir siempre así de estresado. De hecho, muchas veces sentía que eran dos cosas independientes: ella por un lado, otorgándole tranquilidad y luego su vida por otro, que parecía ser un caos constante. Y bueno, tampoco podía decirle mucho respecto a eso: vale que se conocieron hace dos años y llevaban siendo ‘amigos’ casi un año desde que se volvieron a reencontrar, pero en realidad sólo llevaban tres meses como pareja. No era apenas nada; no como para exigir nada.

—Será eso —le dio la razón, encogiéndose de hombros.

En realidad sabía que no era eso, pero era tan plausible era opción como cualquier otra, ya que Zeta no tenía ni idea de ese cambio. Quizás simplemente se había acostumbrado a una vida más de adulto y la eslovena todavía no.

—Deberías —le respondió sonriente cuando volvió a irse por las ramas sólo para pedirle el número de teléfono. Lo que hizo Zeta fue casi automático, cogió su teléfono, lo desbloqueó y abrió el teclado numérico, para entonces tendérselo a Hester. —Apúntate y ya te hablo por WhatsApp para que me agregues tú a mí. —Siempre que alguien le pedía el teléfono hacía eso porque le parecía mucho más útil y eficiente y así no había errores entre el emisor y el receptor.

Después de eso y del momento en compañía de Carrot, decidieron irse ya hacia el Moritzbastei y alrededores. Aún quedaba tiempo para el concierto, pero una pizza les esperaba antes de enfrascarse en el mundo funk junto a The Cats. Al final terminaron yendo en autobús, tanto porque iban bien de tiempo porque en una cosa coincidían: el metro podría ser más rápido, pero indudablemente aburrido. ¿Y en hora punta? Eso de oler a sobaco era más que probable.


—00:49 horas—
Londres — Saliendo del Moritzbastei

Como había prometido Zeta, antes de entrar al Moritzbastei habían ido a una pizzería en donde pidieron para llevar. Tal y como había predicho la muggle aquello estaba llenísimo de gente y la única manera de comer de aquello era pedirlo para llevar, así que tras pedir una pizza pequeña para cada una, siendo la de Zeta evidentemente de piña y que compartiría sin duda, se sentaron en un banco de una plaza mientras comían.

Luego, ya en la sala de conciertos, fue gracioso ver cómo más de una persona miraba a Hester precisamente porque ‘desentonaba’ en cuanto a vestimenta, aunque sobre todo porque tropezarse con las personas parecía ser una de sus habilidades ocultas. Sin embargo, Zeta se hizo con una cerveza para cada una y se pusieron a la punta de atrás de la sala—pues era pequeña y tampoco quería agobiarla si no le gustaba mucho—pegada a la pared y desde ahí vieron el concierto. The Cats era un grupo con mucho de la vieja escuela y tenían muy buen directo, por lo que sonaban muy bien. Además, el sonido no era apabullante y al estar a la punta de atrás podían hablar siempre que se gritasen un poquito al oído.

Una vez hubo terminado el concierto y ya se había hecho algo tarde, ambas se volvían a poner de nuevo el abrigo para salir de allí. La muggle solo se había bebido dos cervezas, por lo que había cumplido con su promesa de no beber mucho. Lo que le faltaba: emborracharse y terminar mañana con resaca en la tienda. Por un lado soportando clientes y por otro a Dexter diciéndole: 'te dije que no bebieras mucho' mientras Zeta le ponía cara de mimimimi y repetía todo lo que decía con retintín.

—Ahora sinceridad ante todo —le dijo entonces al salir del recinto, abrazándose por delante para cerrarse el abrigo frente al frío nocturno de Londres. —No ha sido tan horrible, ¿no? Quizás hubiera sido mejor otro tipo de música o algún otro grupo… Yo he de admitir que el funk-rock de este estilo la única manera de que me agrade es en directo. Aunque creo que hay poca música en directo que no me guste, así que creo que esta afirmación no vale mucho.

Y es que daba igual: todo lo que fuesen personas—bueno, o animales—haciendo música en directo con cualquier tipo de pretexto o instrumentos, a ella le encantaba. La verdad es que si eran animales como que había un plus de epicidad detrás, pero no era muy común.

—Ahora que ya hemos roto el hielo musical: ¿tú qué sueles escuchar? —Preguntó con genuina curiosidad, caminando sin ningún rumbo fijo a su lado.
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Hester A. Marlowe el Miér Mar 27, 2019 11:26 pm

Que Hester fuese la mayor parte del tiempo una malísima mentirosa no quería decir que a veces, sólo a veces, la cosa no se le diese bien. Para ejemplo, aquella historia que se le había ocurrido para excusar el cambio de comportamiento de Dexter. Para cualquiera que viviera o conociera el mundo mágico, aquella tontería de la crisis de los cuarenta adelantada—muy adelantada, teniendo en cuenta que Dexter debía tener unos treinta y pocos—no colaría, pero para una muggle que desconocía por completo todo lo relacionado con la magia, era una cábala tan válida como cualquiera.

Seguramente, Zeta se habría inventado teorías parecidas en más de una ocasión. El ser humano siempre estaba buscando respuesta a las incógnitas del universo y de su propia existencia. Curiosos por naturaleza.

Así que Hester no insistió mucho más en la historia: Zeta parecía resignarse a la evidencia de que ellas dos no serían capaces de encontrar una respuesta a aquel enigma, sólo teorizar. Y ojalá fuera cierto, pues Hester se sentía fatal al saber que tenía en sus manos la verdad y deliberadamente se la ocultaba.

Y como ahora era la guardiana oficial de la guitarra de Zeta hasta próximo aviso, Hester le pidió a la dueña de Mushu—cuyo nombre aún no sabía, pero le parecería sumamente adorable que tuviera uno cuando lo supiese—su teléfono móvil, para estar en contacto. ¿Y lo peor de todo? Que a pesar de matizarle que sólo le pedía el número… Zeta le entregó su teléfono entero.

Pero bueno, la explicación vino sobrando: Hester no era tan corta de mente como para pensar que Zeta le estaba regalando su teléfono móvil.

—Vale… Voy al iconito del teéfono, lo pulso, me voy al teclado numérico...—Murmuraba mientras hacía cada paso. Sí, Hester era de las que hacían eso cuando llevaba a cabo una labor tecnológica… ‘compleja’.—Y ahora tecleo los números...—Los recitó uno a uno, para evitar equivocarse.—...le doy a ‘Crear nuevo contacto’, y escribo… Hester La Parlanchina, por si acaso tienes alguna Hester más en tu lista de contactos.—No estaba de broma: literalmente, se registró como Hester La Parlanchina.

Le devolvió entonces el dispositivo a Zeta, quien muy posiblemente terminaría modificando ese contacto. ¿Quién podría querer tener en su lista de contactos algo así?


Varias horas después, ya caminando por la calle después del concierto, Hester sentía que le zumbaban los oídos. Y eso que Zeta se había asegurado de buscar un lugar lo bastante alejado de los altavoces como para no quedarse sordas.

Caminaba con aire pensativo, un poco somnolienta, preguntándose cómo estarían los que ocupaban las mesas más cercanas al escenario, o incluso los que daban saltos, de pie, delante del grupo, cuando Zeta la trajo de vuelta de su vasto y profundo mundo interior. Con un pequeño respingo, Hester alzó la mirada—hasta entonces la llevaba fija en sus pies, pues se había derramado una copa sobre el derecho—y miró a la muggle componiendo una sonrisa casi culpable.

Una sonrisa de “Me acabas de pillar en plena pesca, o pensando en los misterios del universo”.

—No ha estado mal.—Le dijo sin mucho entusiasmo. En realidad, Hester se lo había pasado bien, pero principalmente porque estaba con Zeta. Aquella muggle tenía una forma de ser que le encantaba.—Ya te habrás dado cuenta de que no soy precisamente una chica de funk, de rock, o de funk-rock, o de lo que sea...—Rió, divertida.—Pero me lo he pasado bien.—Le dijo con sinceridad, sin incidir en el hecho de que había sido la propia Zeta quien la había hecho pasárselo bien.

La pregunta con respecto a la música—que tenía mucha lógica, viniendo de una aspirante a músico profesional como lo era Zeta—hizo que Hester se quedara pensativa, intentando encontrar un estilo de música que encajara con ella. Y lo cierto era que solía escuchar prácticamente de todo, y casi todo ello música comercial moderna.

Un sacrilegio para alguien que amaba la música, como Zeta.

—Creo que soy muy de pop.—Confesó, casi sintiéndose culpable.—Y ya sé que es una decepción, porque el pop es música muy comercial. Pero no sólo escucho eso.—Suspiró, recordando sus tardes de cine cuando todavía vivía en el orfanato, y se lo podía permitir.—Me encantan las bandas sonoras de películas. Sí, vale, escucho muy a menudo, sobre todo yendo por la calle, música más comercial, más… digamos, “normal”, entre muchas comillas. Pero cuando estoy en casa, haciendo cosas, prefiero escuchar a compositores como John Williams, Nino Rota, Michael Giacchino...—Hester recordaba la serie Perdidos en gran parte por la música de este último compositor, interpretada con instrumentos elaborados con piezas del fuselaje del mismo avión utilizado en la serie.—Soy una friki de la música de películas. Pasé mucho tiempo en el cine cuando todavía vivía en el orfanato...

Dijo aquello sin pensar, la verdad, pues se sentía cómoda con Zeta. Y fue entonces que se dio cuenta de que era la primera vez que mencionaba sus orígenes ante la muggle. No le preocupó mucho: no se avergonzaba de ello, pues consideraba que por muy religiosas que fueran aquellas mujeres, la habían criado muy bien. Y eso que habían tenido muchos motivos para no hacerlo...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Mar 29, 2019 3:49 am

Bajo su punto de vista había sido un concierto muy entretenido y bastante agradable para ser el Moritzbastei, que solía petarse hasta límites que rozaban la incomodidad de la gran multitud. Sin embargo, el sonido estaba bien, no olía a sobaco y la gente, en general, no fue para nada problemática. Zeta siempre era de esas personas que se alejaban de los problemas en las fiestas, a menos que dichos problemas tuviesen que ver con algunos de sus amigos. Entonces ella era la primera en meterse justo en medio.

—Bueno, eso está bien —le respondió la muggle frente a la evidencia de que aunque no fuese una chica típica de esa música, se lo hubiera pasado bien. —A mí me pasa mucho eso igualmente. Adoro la música pero hay muchos géneros que no terminan de llenarme, pero vivir siempre la experiencia en vivo es agradable.

Todo lo que sea en directo siempre era muchísimo mejor: teatro, ballet, ópera, musicales, conciertos… ¡todo! Zeta valoraba muchísimo ese tipo de profesión, sobre todo porque ella sabía lo mucho que costaba dar honor a tu trabajo en directo y dar lo mejor de ti. Era un trabajo de constante concentración y entrega y la gente no lo tenía en cuenta casi nunca. Como decían: había que sufrirlo para saber valorarlo. Quizás la muggle no se gastase dinero en en cosas materiales, pero por ese tipo de experiencia audiovisual sí que no le importaba pagar bien pagado.

No le cogió por sorpresa que la música que más le gustase a Hester fuese el pop, ya que a la gran mayoría de personas jóvenes solían gustarle ese tipo de música pues, básicamente, era la más popular en este momento. Y en realidad no tenía nada de malo, pues habían canciones pops que eran increíbles.

—Tía, no hace falta que te excuses porque te guste el pop, ¿eh? —Le interrumpió de manera divertida. —A mi me encanta Christina Aguilera y creo que es de lo más pop que hay. Hay pop muy bueno; luego está el pop que no es tan bueno...

En realidad le pareció bastante adorable que creyese que era una decepción o algo así. ¡Pero si todo el mundo escucha pop! Vale que tengas, quizás, algún otro género favorito, pero era inevitable que te gustase lo popular, pues grandes artistas que mucha gente no considera pop por clásicos, en realidad fueron pop en su época. Habían muchas personas con un concepto extraño, muy propio de la actualidad: pero los mismos Queen y el mismo Michael Jackson fueron considerados pop en su época y míralos ahora. El pop, en opinión de la muggle, era como la categoría en donde entraban todos los grandes y ya luego ahí estaba el resto de subcategorías.

—Anda, ¿en serio? —Se sorprendió de que le gustasen las bandas sonoras de las películas, pues era algo poco común. A menos que una banda sonora no fuese super épica, solía pasar bastante desapercibida hasta el punto de que a nadie le importaba. Otro trabajo realmente subestimado, cuando la música es capaz de transportarte a sitios y hacerte sentir cosas que sin ella no sentirías. En Gladiator no se te pondrían los pelos de punta ni llorarías a moco tendido si no fuese por la banda sonora de Hans Zimmer y eso es así. —John Williams es un máquina y… ¿el Giacchino es el de Perdidos, verdad? —No lo dijo muy segura. Había visto la serie porque la había cogido perfectamente en su época, pero la verdad es que no era muy entendida en el tema de compositores de bandas sonoras. Sólo sabía que estaba enamorada de la música de Hans Zimmer. Después de Piratas del Caribe, Gladiator y Batman, se había ganado su corazón. Le parecía sublime lo que hacía con su música.

La palabra ‘orfanato’ no era algo que pasase precisamente desapercibido, por lo que evidentemente la muggle no la pasó por alto. No supo muy bien por qué se sorprendió si era perfectamente normal que hubiesen personas que no tuviesen familia pero… igualmente lo hizo. Le parecía fuerte el hecho de que no tuviera, cuando la propia eslovena tiene una con la que apenas se habla que reside en su país. No supo muy bien si preguntar o no por eso era lógico o no, y menos en esa situación. Es decir: si una persona te dice que “pasaba mucho tiempo en el cine cuando todavía vivía con sus padres” tú evidentemente no decías: “¡Anda, que tenías padres!”

—Iba a decir que no me pegaba que hubieses vivido en un orfanato, pero luego mi mente me recriminó el hecho de… ¿qué clase de estereotipo me espero de alguien que haya vivido ahí? Y me sentí rara —le respondió con total sinceridad, esperando que no le molestase el comentario. —¿No tienes nada de familia? —preguntó entonces, con genuina curiosidad.

Le pegaba más escuchar pop que ser huérfana. Pero vamos, Zeta sabía muy bien que escuchar pop le pegaba a todo el mundo y ser huérfana pues… a nadie; sólo a Batman.
Zdravka E. Ovsianikova
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Hester A. Marlowe el Dom Mar 31, 2019 2:50 am

Hester era una persona lo bastante expresiva como para notar el cambio en sus expresiones: desde la ligera resignación ante lo poco satisfecha que estaba con la música, a la sinceridad de lo bien que se lo había pasado. Esa era la diferencia entre un mal plan con una persona que no le caía bien, a un mal plan con una persona que sí le caía muy bien.

Tenía que reconocer que estar lejos del escenario había ayudado. Porque aunque Zeta dijese que vivir la experiencia del directo era lo mejor… bueno, simplemente, Hester tenía sus dudas. Apreciaba demasiado el sentido del oído como para estar de acuerdo con esa afirmación… y demasiado poco el alcohol, claro.

Cuando le preguntó por su música preferida, Hester enseguida pensó en el pop: era lo que escuchaba la mayoría del tiempo, la verdad, y lo que más le gustaba para trayectos andando. Porque claro, no pegaba en lo más mínimo ir caminando por Londres, o en bicicleta, con la música de Piratas del Caribe o El Padrino sonando en sus auriculares, ¿no?

Sí, sí, Hester era de esas que montaba en bicicleta escuchando música… a veces.

—A mí puedes ponerme prácticamente cualquier cosa, siempre y cuando no sea reggaeton o rap de ese en que los cantantes no dejan de repetir ese rollo de ‘Ajá, Oh yeah’ todo el rato.—Negó con la cabeza. Le daba muchísima rabia el abuso de esas frases en unas canciones que básicamente eran un señor hablando muy rápido con música de fondo.—En serio, no las soporto. Estas últimas son una invención del Satanás pandillero del Bronx...—Hester se quedó pensativa un momento, llevándose un dedo a la barbilla, y luego miró a Zeta.—Eso que he dicho ha sonado al mismo tiempo racista y sacrílego, ¿verdad? Sólo espero que que no seas religiosa, porque creo que pandillera del Bronx está claro que no eres...

También confesó que le gustaban las bandas sonoras de películas, lo cual tenía mucho sentido teniendo en cuenta que había pasado gran parte de su tiempo de ocio viendo televisión en los últimos veinticuatro años de vida… Vamos, en todos sus años de vida.

A Zeta también parecían gustarle, aunque estaba claro que no solía ser un género que se prestase a ser cantado o bailado, pues en su mayoría eran piezas instrumentales destinadas a provocar una emoción en el espectador, acompañando imágenes que se impregnaban en dicha música. Sin aquella música, las películas no serían lo mismo.

Ni las series, claro.

—El mismo. Creo que puedo decirte con sinceridad que fue la primera serie que consiguió cautivarme en gran parte por la música. Tenía como… ¿once años? Algo así, sí. Cuando vi Perdidos por primera vez. Recuerdo que entonces no me gustó mucho.—Hizo una pausa, con una expresión de disculpa en el rostro, encogiéndose de hombros.—Me temo que J. J. Abrams no estaba pensando precisamente en niños de once años con la temática de la serie. Bueno, el caso es que unos seis años después, cuando ya se había terminado y yo tenía unos más razonables diecisiete, me vi la serie y… ¡Tía, esa música! ¡Esa música era un personaje más de la serie!—Exclamó, entusiasmada, recordando grandes temas, como aquel que sonaba en el segundo episodio, durante la escalada.—¿Sabías que Giacchino utilizó pedazos del avión que utilizaron durante el rodaje para fabricar los instrumentos musicales con los que compuso esa maravilla? ¡Es la leche!

Se había emocionado, era verdad, pero disfrutaba mucho con aquellas cosas que otros consideraban tonterías.

En medio de tanta emoción, se le escapó también un detalle de su vida que, si bien no era secreto, no se imaginó revelando a Zeta de aquella manera: que era huérfana. La reacción de la muggle la hizo fruncir el ceño, y de inmediato se puso a preguntarse qué aspecto tendría alguien a quien le pegase haber vivido en un orfanato… misma pregunta que Zeta se hizo, lo cual fue curioso.

Sonrió, divertida. No le afectaba demasiado el haberse criado en un orfanato, ni mucho menos: a fin de cuentas, ella no sabía lo que era tener una familia, y una no podía echar de menos aquello que, para empezar, nunca ha tenido. Y, pese a todo, estaba muy agradecida a la gente que había cuidado de ella durante la mayor parte de su vida.

—Que yo sepa, la única familia que tengo es un hombre llamado Agamenón Marlowe.—Hester dijo aquel nombre, tan extraño y tan claramente mágico, sin siquiera pensarlo; de hecho, ni siquiera se dio cuenta después de haberlo dicho, y continuó hablando.—Su única petición era que me llamasen Hester Aurore Marlowe, nombre extraño lo mires por donde lo mires.—Se encogió de hombros, sonriendo.—Pero me gusta, la verdad.—Añadió, para entonces mirar con curiosidad a Zeta.—Y hablando de nombres… ¿qué pasa con el tuyo? ¿Qué clase de padres le ponen a su hija sólo una letra como nombre? ¿O se escribe distinto a cómo me lo imagino?

No preguntó con ánimo de ofender, ni mucho menos: se notaba por la ligereza con que preguntaba, que realmente sentía curiosidad y no buscaba ofender a los buenos padres de su nueva amiga muggle.
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Zdravka E. Ovsianikova el Lun Abr 01, 2019 3:11 am

Si había un género musical odiado en todo el mundo por la fama que había cogido de repente y la reputación que le precedía, sin duda alguna era el reggaeton. Vale que en cuanto a producción musical era la música más simple y ordinaria del mundo, por no hablar ya de las letras, normalmente machistas, pero esa música tenía como objetivo hacer bailar a las personas, no hacerles filosofar sobre la vida o ayudarles a dormir. Zeta consideraba que su propósito lo cumplía. Ella misma no consumía nunca reggaeton en casa por puro placer auditivo, pero era cierto que cuando salía de fiesta y le ponían ese ritmo latino, desgraciadamente, con ella también funcionaba y le encantaba bailarlo.

—Oh venga, ¿y cuánto te vas de fiesta no bailas el reggaeton porque lo odias? ¿O te refieres a que no lo consumes de manera consciente en tu casa? Porque eso yo tampoco, pero nadie me salva de darlo todo en la pista con Daddy Yankee de fondo. —Se encogió de hombros, con ese placer culposo en sus espaldas. ¡Qué se le iba a hacer! —En realidad he dicho Daddy Yankee de fondo porque es el único señor que hace reggaeton que conozco así rápido. —Y tras una leve pausa, no pudo evitar reír: —¡Pero tía, qué exagerada eres! —Consiguió decir, para continuar riendo. —Pobre rap. Algo me dice que no has escuchado rap de calidad, ¿eh? No todos son invención del Satanás pandillero del Bronx. El rap tiene muchos subgéneros y cuando está bien hecho, es muy bonito. Un día te tengo que dar yo a ti una clase de rap…

Que ahí donde la ves, Zeta no era nada fan del rap. Si tuviera que hacer un top diez de sus géneros favoritos, ya te decía yo que el rap no estaría en esa lista, pero conocía a grupos que hacían rap que eran muy buenos. Era cierto que a ella no le gustaban los raperos como Jay-Z, o el dichoso Kayne West, que parecía más bien lo que decía Hester de personas chungas del Bronx, pero habían otros que era increíbles. Habían canciones de rap que habían hecho llorar a Zeta.

Hablando de bandas sonoras, salió a reducir la de la serie de Perdidos. Esa serie había sido una pasada y era cierto que tenía una banda sonora muy buena, pero no iba a mentir: Zeta nunca la había valorado tanto como lo parecía hacer Hester. Habían otras que le habían gustado mucho más y que ella notaba en mayor medida.

—Había muchas cosas en esa serie que eran imposibles de pillar, con once años me imagino que era todavía más difícil —le respondió, acordándose de todas las paranoias que pasaban en esa serie. El dato de los pedazos de avión había sido sin duda en ese momento una curiosidad nueva para Zeta, por lo que abrió los ojos, sorprendida. —¿En serio? Qué genio. Ahora me dan ganas de volver a escucharla. —Tuvo que confesar. —En realidad hace tiempo que he querido revisionarla porque hace mucho que la vi pero… ¡esa dichosa serie no está en Netflix! La quitaron hace poco. —Rodó los ojos, por la mala suerte.

Perdidos era la típica serie que merecía la pena ver otra vez, con la que te darías cuenta de montón de cosas que, la primera vez, hubieras pasado por alto. Además, todo fuera por ver a Desmond de nuevo, ese señor tan guapo y precioso. Al final iba a tener que optar por la piratería, porque Hester le acababa de volver a hacer que le entrase el gusanito.

Por suerte Hester no se tomó para nada mal lo que ella había dicho de una persona huérfana y lo agradeció, pues podría haber cualquier persona que quizás si lo hubiera hecho. Por suerte continuó con la información, sin que le importase demasiado hablar de eso. Zeta había tratado con pocos huérfanos, pero suponía que con la edad que ya tenía Hester, ser huérfano era simple parte de un pasado en absoluto traumático ni nada. Ella había nacido sin familia y ya. Era muy complicado echar en falta algo que en realidad nunca has tenido.

—¿Agamenón? Que nombre tan raro. —Que vamos, ella no es que tuviera un nombre precisamente normal, pero es que ese señor tenía nombre de persona importante de la mitología griega que podría partirte la cabeza con el meñique. —Aurore —repitió, sonriendo. —Es extraño, pero es bonito; eres la primera Hester que conozco. —le respondió con respecto a su propio nombre.

Cuando le preguntó por su nombre, la eslovena miró hacia el frente sonriente, sobre todo cuando Hester le dijo que si ‘Zeta’ se escribía de alguna otra manera. Le hizo gracia pensar en sus padres poniéndole una letra como nombre, cuando siempre habían sido tan amantes de ‘Zdravka’ y tan haters de su mote de Zeta.

—Es un mote, tía —le contestó divertida. —No soy de aquí y tengo un nombre que al parecer es complicado para el noventa por ciento de la población inglesa, así que desde que me mudé, hace ya unos nueve años, pues me quedé con el nombre de Zeta como abreviación apta para todos los seres humanos. Me ponía muy nerviosa presentarme y que no supieran pronunciarlo o que se inventasen diferentes maneras de hacerlo. —Entonces alzó el dedo índice. —Atenta, me llamo: Zdravka Ekaterina Ovsianikova. —Lo pronunció con un perfecto acento esloveno y, de hecho, en ese momento más que en toda la conversación probablemente se le hubiera notado ese acento que tenía. Esbozó una pequeña sonrisa. —No es tan difícil, en realidad. La primera letra de mi nombre es una zeta, así que… así me quedé. En realidad me gusta que me llamen Zeta; es mono.

Entonces se pararon en un paso de peatones que de repente les apareció delante, por donde pasaban un montón de coches. Al pararse, la morena se dio cuenta de que en realidad no había por qué cruzar porque en realidad no tenían ni idea de a dónde estaban yendo.

—¿Quieres ir a algún lado o... nos vamos para casa ya? —Le preguntó directamente, sin ánimos de crear una situación incómoda. —Si quieres irte no te sientas en obligación de quedarte, a mí ya me has hecho feliz accediendo a venir al concierto. Puedes ir en paz. —Le sonrió frente a esa frase hecha, típica de cura para hacer que todos los asistentes a la misa pudiesen irse tras la bendición de Dios. Ella no era religiosa, pero sus padres sí.  —Lo digo porque... tu casa está para allí y la mía para allá. —Señaló direcciones opuestas. —Aunque si no me equivoco, tu autobús se coge para allí. —Y señaló una dirección intermedia, sin poder evitar sonreír.
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