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El precio de la fama {Gwendoline}

Henry Kerr el Lun Ene 21, 2019 1:23 am

20 de Enero de 2019

Lugar desconocido, en cualquier parte de Londres

________________________________________________________


Los últimos meses habían pasado sin pena ni gloria. No había nada muy destacable que contar durante ese tiempo, ni tampoco ninguna hazaña memorable o que mereciera la pena escribirse. Sin embargo, para el Kerr, pese a que todo parecía estar en el mismo sitio, a que todo seguía igual a los tiempos en los que regresara a las islas y los mortífagos se hicieran con el poder, todo no podía ser más distinto.

Se podía decir que para Henry su familia era uno de sus ejes en la vida, incluso cuando se había pasado los años posteriores a la carrera universitaria lejos de ellos. Su familia, así como todo lo que había aprendido de ellos…

A simple vista todo seguía igual. El mundo mágico seguía siendo de los suyos y él seguía siendo uno de los fieles oscuros. A simple vista, porque todo no podría haber cambiado más.

La relación con su familia hacía tiempo que era una mentira, y dónde antes había amor fraternal, ahora sólo quedaban fingidas sonrisas y cordiales palabras cargadas de la más pura falsedad. Desde hacía tiempo era un fariseo, un mentiroso, un embaucador. Un rol que no se le daba nada mal, la verdad, pero que ya no usaba para controlar y sacar información a los Bennington u otros fugitivos, sino para mantener su estatus y su posición, para no delatarse ante su familia y lo que aún se podían considerar cómo sus aliados.

¿Pero en realidad aún se podían considerar “sus” aliados?

Ni a un imbécil se le pasaría por alto que por la mitad de las cosas que había hecho lo acusarían de traición. Su cabeza en una pica. Eso era lo mínimo que conseguiría de sus compañeros mortífagos si se enteraban de las reuniones que había tenido con Sam y Carol, y que no había hecho nada por detenerlas o acabar con sus vidas.

A la vista estaba que era un solitario hombre en tierra de nadie, pero que si aún quería conservar su cabeza sobre los hombros debía mantener la calma y ser el mayor impostor que jamás hubiese podido ser. Los mortífagos estaban en una posición hegemónica en esos momentos y si seguía siendo uno de ellos podía moverse con mayor libertad por las calles de Londres. Y con respecto a su familia… No sabía muy bien qué hacer. Sin embargo, al menos tenía clara una cosa, y es que estando cerca de ellos, siendo el “buen Henry” que ellos habían creado y esperaban que fuera, podía controlar sus movimientos y estar en un situación favorable si decidía actuar.

Más, los planes no siempre salen cómo uno espera. Menos aún cuando te llamas Henry Kerr, y tu familia, el mundo, el destino, Merlín y hasta los jodidos dioses se empeñaban en joderte con toda la fuerza de la que disponían.

Una buena información había llevado al benjamín de los Kerr tras la pista de unos fugitivos, ya que para mantenerse sin peligro dentro de los mortífagos debía actuar como si nada hubiera pasado. Sin embargo, para desgracia de nuestro querido rubio, la información no era buena y ni tan siquiera se podía considerar información.

Sólo era una trampa, y un callejón y un corto intento de defenderse más tarde, el Kerr era preso de sus acérrimos enemigos. Aquellos que tantos hubiera mandado a Azkaban o incluso mandado junto a sus antepasados.

- Hola, Kerr. Bienvenido de regreso al mundo de los vivos. Espero que te sientas cómodo-, se escuchó decir a un hombre que se encontraba delante de Henry. Un hombre que no podía ver por la oscuridad que rodeaba su cabeza y no le permitía ver nada.

Sin duda, el plan de mantenerse en el bando mortífago minimizaba los riesgos y permitía a Henry seguir los pasos de su familia, pero no estaba exento de peligro. Seguía siendo el enemigo para los fugitivos y con el paso del tiempo su valor aumentaba y se atrevían a realizar movimientos más decididos y a preparar atentados más osados.

- Ese soy yo, el que viste y calza-, contestó el rubio, su voz apagada por el trapo que cubría su cabeza, algo confuso y con su mente embotada por su recién despertar. - Tantas molestias por mí, imagino que debo haberme ganado mi fama-, contestó con su habitual atrevimiento, una vez recordó su reciente pasado y entendió la situación en la que se encontraba. Un atrevimiento que rozaba en casos como aquel la buscada impertinencia. - Perdóname por no saludarte, pero es que mis manos se encuentran indispuestas en estos momentos-, terminó por decir, alzando la cabeza para “mirar” sin en realidad poder ver el lugar originario de la voz que le había hablado después de despertarse.

- Algo así. Eres un chico malo y un jodido problema para los nuestros. Así que sí, se puede decir que eres famoso, aunque no diría en el buen sentido de la palabra-, respondió el hombre.

La voz del tipo se escuchó una vez más enfrente de Henry, pero según iba hablando, el rubio podía notar como el sonido de sus palabras iba avanzando y rodeándole mientras estaba en la silla, maniatado, y con el saco, bolsa de tela, o lo que diablos tuviera en la cabeza para impedirle ver.

Qué tonto había sido. La información que le pasaban le había granjeado más de un éxito en el pasado, más no debía haberse confiado de esa manera. Suponía que a esas alturas de la película, ya poco importaba su familia o mantenerse dentro de los mortífagos para estar cerca de ellos. La había pifiado a base de bien.

- Y por qué siendo tan famoso, ¿sigo aún con vida? - preguntó, sabiendo la respuesta, pero necesitando soltar la pregunta para ver si sonsacaba y averiguaba algo más de su captor.

Captor o captores. En el callejón eran más de uno, de eso estaba seguro, pero de momento sólo le hablaba uno y no notaba que por ahora hubieran más en la habitación en la que lo retenían.

- Oh, bueno, nos confundes con los tuyos. Nosotros somos mucho más civilizados que vosotros, malditas bestias-, le respondió. - Además, no tardarás en saber el motivo por el cual sigues vivo.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Mar Ene 22, 2019 10:03 pm

···Zona segura para fugitivos, unos minutos antes···
Atuendo
(Sin bolsos, obvio)

Como cada vez que Gwendoline cruzaba una de las entradas del refugio en los últimos tiempos, una sensación de vértigo se adueñó de ella, y la morena casi sintió el suelo moverse bajo sus pies. Solamente duró un par de segundos, pero fue tan desagradable como lo había sido todas las veces anteriores.

¿Cuándo había empezado aquello? Ella lo situaba después de lo ocurrido con Artemis Hemsley, esa mortífaga que se había metido dentro de su cabeza y la había manejado como una marioneta durante meses. Con sus habilidades para la legeremancia, la aurora de piel oscura había instaurado el miedo en su interior, y si bien Sam la había ayudado a librarse de la mayoría de los restos de su influencia, había demonios que la legeremancia no podía eliminar. Dichos demonios eran los más poderosos, aquellos que la propia mente creaba fruto de traumas, y solo el tiempo podría curarlos.

O eso… o acabarían devorándola. Lo que ocurriera primero.

Cerró los ojos y suspiró, calmando un poco los nervios y el temblor de sus manos. Y cuando se sintió preparada, se dirigió al lugar en que había acordado reunirse con Dexter Fawcett.

Sabía que no tenía motivos para estar nerviosa en lo más mínimo. No estaba allí para hacer frente a ninguna misión de la Orden del Fénix, ni para enfrentarse a mortífago alguno. Sin embargo, no podía librarse de la sensación de miedo: últimamente, cada vez que cometía la osadía de colarse en los archivos del Ministerio para obtener algún tipo de información, tenía miedo. Miedo a ser descubierta, y con ello perder todo aquello que había recuperado. Y sin embargo, se sentía en la obligación de hacerlo. De lo contrario… ¿en qué ayudaba ella a la Orden del Fénix, si ni siquiera se atrevía a colaborar en misiones?


***

Como siempre, Gwendoline se encontró a Dexter trabajando aquí y allá sin descanso, tal era su devoción por la Orden y por el refugio. No estaba en la sala de reuniones en que habían acordado reunirse a esa hora, y la morena tuvo que preguntar por él. Le encontró echando una mano a unos niños del refugio con algo tan sencillo como reparar un balón de fútbol pinchado que uno de ellos había encontrado en la basura.

Gwendoline se le acercó y, cuando hubo terminado su labor y los niños se fueron corriendo emocionados y pateando su nuevo tesoro, el mago le prestó toda su atención. Mantuvieron una conversación corta, e igual que Gwendoline no era la misma persona segura de sí misma y fría como el hielo que era en el Ministerio de Magia, Dexter no fue ese capullo prepotente que solía ser. Después de que la morena le entregara la información que había recabado para él, se interesó por el estado de nervios de Gwendoline. Debía ser muy evidente, desde luego. Ella le restó importancia, asegurando que se trataba de una leve paranoia que seguía a todos sus pequeños hurtos.

—Deberías buscarte un buen instructor de oclumancia. Ganarías en paz mental, créeme.—Le sugirió él con una sonrisa.—Mi instructora es muy buena. Se llama Hester Marlowe, y trabaja en el Ministerio. Es una de los buenos, aunque no forme parte de la Orden.

—Gracias, Dexter. Me lo pensaré.—Dijo ella, pero no tenía intención alguna de pensarlo: no iba a confiar sus secretos a nadie que trabajase en el Ministerio de Magia, por mucho que le aseguraran que ‘era una de los buenos’.—Tengo que marcharme. Hablamos en otro...

La despedida se vio interrumpida cuando uno de los fugitivos del refugio: Glenn Emerich. El rubio llegó corriendo por el pasillo, bastante exaltado, lo cual resultaba sorprendente: la morena lo había visto alguna que otra vez en el refugio, y siempre se había mostrado serio e introvertido. Aquel día parecía una persona diferente, y casi hasta podría decir que parecía a punto de entrar en pánico.

—¡Dexter, Gwen!—Dijo sus nombres nada más verlos, y ahí fue cuando interrumpió la despedida de la última.—¿Habéis visto al profesor Dumbledore? Tengo un mensaje para él.

—No le he visto.—Respondió Gwendoline, para acto seguido preguntar:—¿Qué ocurre?—Dexter, a su lado, permanecía igual de expectante que ella.

Glenn se lo explicó todo, y cuando terminó de hablar, Gwendoline no cabía en sí de su asombro. Lo peor de todo era que sabía que un día podía llegar a darse una situación parecida. No había deseado que ocurriera, pero… allí estaban, en ese punto de no retorno. Y no podía simplemente marcharse y dejarlo correr. No tratándose de él, al menos.

—¿Puedes llevarme con él?—Preguntó la morena, su rostro convertido en una máscara de seriedad.


···Refugio auxiliar, ahora···

Glenn no tuvo ningún problema en llevar a Gwendoline al lugar en cuestión, que no era más que uno de los lugares secretos repartidos por toda Londres y que servían como refugios temporales para los miembros de la Orden del Fénix: en caso de verse en problemas, siempre tendrían acceso a lugares como estos, de tal manera que podrían evitar la persecución de los mortífagos.

O capturarlos, como en este caso, pensó Gwendoline mientras entraba en la estancia donde retenían, ni más ni menos que a Henry Kerr. Y si ya había sentido un nudo en el estómago al entrar en el refugio poco antes, ese mismo día, lo que sintió al verlo allí, sentado y encadenado a aquella silla, a punto estuvo de hacer que sus piernas flaquearan.

Se alegró de que todavía tuviera la cabeza tapada con aquella capucha: de esa manera, el que otrora fuera su amigo no pudo ver su reacción al verlo, la cual fue notoria. Sus manos volvían a temblar, y lo único que pudo hacer para controlarlas fue sujetar una con la otra. Claramente, Gwendoline Edevane no estaba preparada para aquel encuentro.

Tampoco es que tenga mucha opción, pensó mientras avanzaba un paso, inseguro. Se dirigió al hombre que ya se encontraba allí, otro de los miembros de la Orden del Fénix, y le puso una mano en el hombro. Para no ser escuchado por Henry, le susurró al oído una petición: necesitaba privacidad con el prisionero. Con un asentimiento de cabeza, el mago se retiró, llevándose a Glenn con él, y ambos cerraron la puerta tras de sí.

Por unos instantes, Gwendoline permaneció allí, en el más completo de los silencios, tratando de hacerse dueña de sí misma otra vez. Se quitó el sombrero y lo dejó a un lado, sobre un estante que había atornillado a la pared, a la altura de su cabeza. Mientras lo hacía, se mentalizó para adoptar aquella expresión seria y fría con la que enmascaraba sus ideas reales en el Ministerio, y cuando creyó estar lista—no lo estaba—, dio un paso hacia Henry, alargó una mano temblorosa hacia la capucha, y la retiró de un suave tirón. Los ojos verdes de la morena y los ojos azules del rubio se encontraron por primera vez en muchos años… y ella volvió a sentirse muy pequeña.

—Henry Kerr.—Fueron las primeras palabras que le dijo, su rostro convertido en una inexpresiva máscara que escondía lo que de verdad sentía en su interior: miedo.—¿Te acuerdas de mí?

Se imaginaba cuál iba a ser la respuesta: no. ¿Cómo iba a recordarla? Le habían borrado de la memoria todo registro de su vida anterior, o al menos de las cosas que le importaban; lo que quedaba, según Sam le había contado, había sido alienado hasta el punto de que en nada se parecía al Henry Kerr que ellas recordaban. Y sin embargo, insistían en que dentro de él quedaba algo bueno. La morena estaba a punto de averiguarlo.


Dexter Fawcett:

Dexter Fawcett
34 años Sangre puraLealtad Pro-muggles
Oficial de RedFlúPareja de ZetaBritánico
HISTORIA Y PERSONALIDAD
PERSONALIDAD
Leal, justo y valiente. Debajo de esa aparente coraza de seguridad y prepotencia se esconde un hombre tierno y sencillo que sólo quiere una vida en dónde todos puedan tener cabida. No es violento, tiene una cultura exquisita y adora la seguridad y la tranquilidad. Odia mentir, pero se ha convertido en un perfecto purista prepotente de cara al nuevo gobierno, por lo que no es de extrañar que pese a su auténtica naturaleza, muchos magos le tachen de un imbécil empedernido.

BREVE HISTORIA
Perteneció a una familia humilde, cayó en Hufflepuff cuando internó en Hogwarts y siempre se interesó en los transportes mágicos, por lo que terminó trabajando en el Departamento de Transportes Mágicos, más concretamente en la zona de gestión de los trasladores. Debido a su profesionalidad siempre fue llamado para grandes eventos, para organizar tanto las chimeneas de Red Flú de manera internacionales así como gestionar los trasladores por todos los países.

Después del cambio de gobierno, finge seguir siendo leal a éste. Gracias a su historial impecable y su débil nivel en oclumancia ha conseguido pasar desapercibido, siempre posicionándose en el bando enemigo. Cuando los radicales atacaron el Ministerio no tuvo más que luchar por salvar su vida, pues por mucho que sea aliado de éstos, sufrió ataques de los mismos. No simpatiza con ellos demasiado, pues salió gravemente herido. Actualmente da cobijo de manera ilegal a los fugitivos que no tienen hogar, además de intentar conseguirles identidades falsas y sacarlos del país gracias al control que tiene con los trasladores internacionales. También ayuda a sus padres con la tienda, pues ambos ya son bastante viejos y no pueden con todo. Suele llevar la contabilidad.

HISTORIA CON ZETA
Conoció a Zeta hace dos años, ya que una de las amigas de Dex muggles 'de toda la vida' conocía al novio de Zeta de entonces, uniendo así ambos grupos de amigos en una noche en donde un tercero cumplía años. Ese curioso caso en donde dos personas que no tienen nada que ver con el grupo central terminan conociéndose. Dex se sintió atraído hacia Zeta, su persona y ese aura extranjera y exótica que la envolvía, pero debido a que ella tenía pareja se limitó a interesarse por ella sin ningún tipo de doble intención. Se agregaron al facebook y se dieron los números, pero jamás se hablaron al WhatsApp. Ella porque evidentemente no estaba interesada, él por vergüenza y respeto.

Hace nueve meses que se re-encontraron, ya que Zeta estaba buscando un nuevo trabajo al haberse acabado su contrato en el sitio en el que estaba. Dexter le ofreció trabajar en la tienda de sus padres, ya que éstos recientemente habían despedido al tipo que trabajaba con ellos. Ella aceptó. Debido a movidas que ya llevaban viniendo de largo, Zeta y su novio lo dejaron mientras ella trabajaba en al tienda de los Fawcett. Dexter y ella estuvieron meses acercándose, coqueteando, siendo él el reacio a querer tener una relación con una muggle, sabiendo lo que eso significaba tanto para él, como para ella. Además, todavía no le había dicho nada en relación con el mundo mágico y eso iba a ser un gran problema, un problema que no sabía cómo afrontar. Sin embargo, un día hace tres meses fue Zeta quién dio el paso y él, sencillamente, le siguió. Desde entonces están juntos, pero Dex todavía no le ha dicho de todo lo que es, ni de todo lo que hace. Suele mantenerla alejada de su 'otra vida' y Zeta se está dando cuenta de que algo le está ocultando.

FAMILIA
Jerome Fawcett: Padre sangre pura de Dexter. Es un hombre de 80 años, jubilado del Ministerio de Magia y el jefe de la tienda de comida que ahora mismo regentan en Wembley desde hace dos años. Tuvo que sacarse una identidad falsa de nombre Aaron Brown a la que tiene el nombre de la tienda. A ojos del Ministerio es un mago viejo más del que no preocuparse.

Anastasia Fawcett: Madre mestiza de Dexter. Es una señora de 77 años, jubilada del Ministerio de Magia y jefa de la tienda de comida que ahora mismo regenta en Wembley con su marido, desde hace dos años. Se sacó una identidad falsa con el nombre de Elisa Brown, la cual consta en los papeles de la tienda. A ojos del Ministerio es una bruja vieja más de la que no preocuparse.



@DasFlai

PNJ - Glenn Emerich:
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Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Lun Mar 04, 2019 12:55 am

Cualquiera que observara al Kerr hablando con su captor, pensaría que estaba contemplando la escena de una película mala protagonizada por John Cena. Bueno, quizás eso era pasarse, porque nadie podía igualar tremendas odas a la basura del mundo del cine.

No obstante, la situación de Henry no difería mucho del momento álgido de una película barata de acción, donde el protagonista acababa de mierda hasta el cuello y milagrosamente salvaba el pellejo.

El problema para nuestro rubio protagonista, es que a pesar de estar tan jodido como cualquier héroe del séptimo arte, no había indicios de que se fuera a producir ese milagro que lo salvara. Para desgracia de fans de guapos exravenclaws de dorados cabellos, esto no era una película, sino la vida real, donde si las cosas se torcían no se solían enderezarse por arte de magia. Jodida ironía teniendo en cuenta que era mago. Sí, si dios existía tenía un curioso sentido del humor.

- Vaya, te mentiría si te dijera que no has conseguido captar mi atención-, contestó Henry a su captor, buscándolo con la mirada pese a que no podía ver nada con el tupido trapo que le cubría la cabeza.

- Pues no tiene mucha historia. Unos amigos quieren saludarte-, respondió a su vez el mago que vigilaba al preso.

En fin, tampoco había que romperse la cabeza demasiado cómo estuviera haciendo Henry instantes antes. La vida era así de simple a veces y no te daba muchas opciones. Por muchas vueltas que le diera a una idea, no conseguía encontrar nada útil para escapar de esa situación. En muchas ocasiones ante tus ojos solo había una senda que transitar. Desgraciadamente para Henry Kerr, ese camino no parecía tener un bonito final.

Y de qué se extrañaba. Antes se había animado a sí mismo con la cómica comparativa de estar en unas circunstancias tantas veces vistas en una película. Pero lo cierto es que esas situaciones estaban destinadas a los protagonistas y héroes del filme, y él, al fin y al cabo, no se podía considerar un héroe ¿no era así?

- Venga ya, no te des tantos aires de grandeza con ese misticismo de barrio. Lo cierto es que has captado mi atención, porque básicamente no tengo otro puto entretenimiento en estos momentos más allá de conversar contigo-, replicó con cierto aire altivo. Ya que iba a morir de todos modos, no perdía nada con mantener la dignidad. - Ja, unos amigos. He jodido a mucha gente en esta vida y el verdugo viene a por mí, Diría que es una triste historia, pero sería falso. Un hijo de perra como yo se merece todo lo que hayáis pensado. Espero que estéis a la altura, magos y brujas civilizados del siglo veintiuno.

Henry sonrió bajo su capucha pese a que esta no podía ser vista por su interlocutor, más no podía evitarlo. Cómo hacerlo, cuando casi se podía escuchar el rechinar de los dientes de su captor. No podía verle la cara, más no siempre hacía falta ver a la otra persona para saber que rostro mostraba y que sentimientos invadían su cabeza. Sentía como le llegaba el calor de la furia que a duras penas contenía. Maldita sea, estuvo incluso tentado de reírse a carcajadas, pero el rubio se contuvo por esta vez y esperó la réplica de su “compañero” de celda.

- Insolente hasta el final. Ya me habían hablado de ti, y a lo tan poco gracioso cómo creído que podías llegar a ser-, respondió.

- Oh vamos, no era tan malo-, en esta ocasión sí que no pudo evitar reír de forma seca y corta. - Estoy más jodido que prostituta de Lys, dame un respiro antes de morir.

- Ya, el chiste del siglo-, el captor desdeñó cualquier posibilidad de que se pudiera considerar chiste a esa sarta de tonterías. - De todos modos no vas mal encaminado, estás jodido, tus amigos vienen a por ti, y sí, vas a morir-, comentó finalmente.

- Ya sea este preso chistoso o no, por fin dices algo en claro y sin rollos místicos. Aunque, en fin, no voy a engañarte, no es que no se notara que se acerca la última parada de mi tren-, le dijo serio y sin titubeos, aunque con un cierto ánimo que no correspondía a su situación real.

Iba a morir, no le cabía duda al joven de cabellos dorados, pero precisamente por eso podía permitirse el lujo de ser tan socarrón cómo el Henry de toda la vida. No les iba a dar el placer de acobardarse, no ahora, que no tenía elección y estaba viviendo sus últimos minutos sobre la faz de la tierra.

Fue en ese momento cuando se escuchó la apertura de la puerta de la habitación, así como los pasos de varias personas. Decir cuántas era difícil para el Kerr dada su situación actual, pero por lo menos eran más de dos. Luego pudo escuchar un cuchicheo entre sus captores, aunque solo pudo apreciar el sonido de sus susurros sin poder comprender palabra alguna, cuchicheos que finalizaron en nuevos pasos y el sonido de la puerta al cerrarse.

Después de eso… nada. Casi absolutamente nada podía escuchar el Kerr. Un silencio incómodo y casi absoluto, sólo roto por el sonido de una respiración algo agitada ante su persona.

- Eres el verdugo más silencioso de este maldito planeta-, dijo Henry, antes de que le quitaran la capucha. - Bueno, supongo que me toca romper a mí el hielo. Henry Kerr a su servicio-, comentó de seguido con tono animado, aunque se notaba algo de nerviosismo en el timbre de su voz.

Nuestro rubio no era superman. No llegaba a un sitio y paraba las balas con su cuerpo tan duro como el mejor de los aceros. Él era Henry Kerr, mago y dragonolista, sin más. No era más que un hombre, y por valiente que fuera una persona era imposible que no sintiera congoja ante su inminente y falta cita con la muerte.

En cualquier caso, al fin su verdugo se prestó a hablarle, y no sólo eso, también decidió quitarle la capucha que hasta ese momento opacaba su visibilidad y mermaba sus sentidos. Para Henry, fue una clara señal de que su final se acercaba, y de que había acertado al considerar a aquella persona como su ejecutor. O debería decir ejecutora.

- Vaya, si sé que me iba a matar una mujer tan guapa, me hubiera puesto mis mejores galas-, bromeó, intentando auto animarse hasta el final.

Después, Henry pensó en la pregunta que le había realizado la mujer, y negó suavemente con el cabeza, algo confuso, pues no esperaba esa pregunta por parte de su verdugo antes de morir. Aunque ahora que lo pensaba mejor, eso le daba otro sentido a aquello de amigos que había comentado el anterior captor. Había imaginado que se trataba de una forma irónica de referirse a la gente que quería vengarse de él, pero, ¿podría ser que fuera literalmente una amiga quien iba a ajusticiarlo? No. eso no podía ser.

- No, lo cierto es que no te recuerdo. Y sí, me acordaría de una mujer como tú-, afirmó serio, pero con todo el descaro que siempre había tenido. - Aunque, no te lo vas a creer. Cómo malvado mortífago vas a pensar que te tomo el pelo-, puso esa cara de resignación que todas las personas ponían cuando sabían que no le iban a creer. - Pero es que no tengo muchos recuerdos de mi pasado. Digamos que tengo una gran laguna y bueno, no soy el hombre con la mejor memoria del mundo-, se sinceró a su modo, sin entrar en muchos detalles.

Estaba seguro de que la chica no le creería, pero si además le contaba toda la historia menos aún iba a creerle. Por esta vez tendría bastaba con el resumen de lo mucho que lo habían puteado, y de lo jodida que estaba su vida, más allá de que se acercaba su final.
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 07, 2019 2:18 pm

Para alguien aficionado al cine—concretamente a los blockbuster de superhéroes que tan populares eran en los últimos tiempos—, sería sencillo encontrar un paralelismo entre aquella escena y una de las que tenían lugar en la película de Capitán América: Civil War.

Allí estaba Gwendoline Edevane, mirando a la cara a uno de los fantasmas de su pasado. Allí estaba ella, haciéndole aquella pregunta de la misma manera que Steve Rogers se la hacía a Bucky Barnes. Y cierto, Henry Kerr estaba atado a una silla y no con un brazo sujeto a una prensa industrial, pero la situación era básicamente la misma.

Con una excepción: Henry Kerr no la recordaba.

¿Esperaba que fuera así? ¿Esperaba que su viejo amigo la recordase? Lo cierto era que no, pero siempre albergaba una cierta esperanza. Había escuchado decir a Sam y Caroline que el auténtico Henry seguía ahí dentro, y tal vez fuera así… pero no la recordaba.

Escuchó en silencio una explicación que sonaría a excusa a cualquier persona que no conociera la situación. No era su caso: la familia Kerr le había hecho algo a Henry, o eso creía Sam al menos. La rubia estaba buscando pruebas incriminatorias del suceso cuando Sebastian Crowley llegó a su vida. Y si bien no estaba segura al cien por cien, sí parecía bastante convencida.

Hubo unos segundos de silencio cuando Henry terminó de hablar.

La boca de Gwendoline se había secado, y por un momento no supo qué hacer o qué decir. No había querido verse en aquella situación antes por una sencilla razón: a todas luces, Henry Kerr era como su propia madre. Otra persona a la que no habían podido salvar de los salvajes que gobernaban el mundo mágico esos días.

Vivo, quizás, y tal vez fuera cierto que quedaba en su interior mucho del Henry Kerr por el que una vez sintió tanto cariño como el que se tendría a un hermano, pero mayormente había desaparecido. ¿Cómo se lidia con semejante situación?

Ponte la misma máscara que le muestras al mundo, le susurró su propia mente, y a ella le pareció un buen plan. Así que su rostro mutó hacia la inexpresividad, y tragó saliva antes de hablar; cuando lo hizo, su voz sonó firme y clara.

—Te va a costar creer esto, pero te creo.—Afirmó con rotundidad, al tiempo que cambiaba el peso de su cuerpo de una pierna a la otra.—Sé lo que te ha ocurrido, o al menos me hago una idea bastante clara de ello.—Añadió, suspirando profundamente.—Me llamo Gwendoline Edevane. ¿Te dice algo ese nombre? ¿Quizás alguien te lo ha mencionado recientemente?

Era altamente posible que así hubiera sido: por lo que la morena sabía, Sam y Caroline habían intentado devolverle a Henry sus recuerdos por medio de uno de los viejos diarios de la rubia, y era altamente probable que su nombre hubiera aparecido de por medio.

Si entendía aquella referencia, el motivo de la pregunta, quizás Henry Kerr comprendería en nombre de quién venía.

Y es que sí: oficialmente, Gwendoline colaboraba con la Orden del Fénix, principalmente como informante, pero antes que la Orden iba su lealtada hacia Sam y Caroline: mientras mantenía aquella conversación con Henry, la morena pensaba en algún tipo de plan que le permitiera sacar de allí a su antiguo amigo.

De una pieza, si podía ser.
Gwendoline Edevane
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Henry Kerr el Jue Mar 21, 2019 12:21 am

Claro estaba, que Henry había bromeado sobre la belleza de la chica por simple automatismo. Era su forma de ser, y pese a lo preocupado que estaba por su situación actual, había ciertos gestos o comentarios que siempre haría, sin importar cómo se encontrara.

Era una cuestión humana, después de todo. Cada persona tenía esa esencia que lo hacía único. Esa forma de ser que estaba tan interiorizada y anclada en el interior de la mente, que salía a relucir incluso en los momentos más complicados. Demonios, hasta a veces aparecían en los momentos más inapropiados.

En cualquier caso, el rubio, allí sentado y maniatado, no podía dejar de preguntarse de qué sería mejor, que te matara una chica guapa o Mr. Bean. Estaba claro que daba igual una vez estuvieras en el cadalso… pero su parte más traviesa le decía que valía más la pena que fuera una joven muy hermosa. Así al menos se alegraba la vista antes de morir.

- Ehhh, pues…-, respondió confuso, sin poder evitar enarcar una ceja. Y es que no era para menos, ¿de verdad acababa de decir, lo que creía haber escuchado? - Pues sí, no te voy a engañar, me cuesta un poco creerlo. No pensaba que nadie en este mundo se pudiera crear algo así.

“Ni siquiera yo me lo creo”, podría haber dicho, más eso sólo lo pensó. No podía joder su golpe de suerte soltando una frase que pudiera hacerle parecer un mentiroso. Porque sí, nuestro Henry puede ser un poco travieso, golfo e inclusive a veces despistado, pero imbécil… no, de eso no tenía un pelo.

La cuestión era que parecía imposible que nadie creyera esa historia, salvo Sam y Carol, pero aparte de ellas no se le ocurría nadie más que lo hiciera. Y allí estaba, ese bellezón de portada de revista diciéndole que le creía.
¡No podía fastidiarlo ahora que la salvación parecía posible! Debía ser inteligente y no decir nada que cortara sus recién adquiridas alas de libertad. ¿Aunque ese nombre?

- Gwendoline Edevane-, musitó para sí mismo. Agachando la cabeza para mirar al suelo y concentrarse en sus recuerdos, pero sin importarle que a tan poca distancia la chica lo escucharía, y que con toda seguridad comprendería que pensaba en ella. - Pues algo así. Sí, se podía decir que alguien ha mencionado tu nombre en los últimos meses. No serás…-, empezó a decir, alzando el  rostro para mirarla de nuevo. - No, no es posible. Es jodidamente imposible-, dijo antes de reír. Esa risa que solía aparecer en los mortales cuando avistaban el umbral de la locura, aunque en esta ocasión la carcajada de loco duró sólo unos segundos.

¿Qué probabilidad había de que una amiga en común de Samantha o Caroline estuviera ante sus ojos? Justo el día en el que más que nunca necesitaba una mano amiga. ¡Qué jodida probabilidad había! Era imposible.

- El día que casi muero en una mierda de fábrica de galletas abandonada, apareció Samantha. Y hoy, apareces tú. No es posible. Nadie tiene tanta suerte-, se sinceró, porque aquella vez el destino ya le había dado una segunda oportunidad, y ahora parecía querer darle una tercera.

En este mundo cruel mucha gente no llegaba a vivir una segunda oportunidad, así que era comprensible que la idea de poder vivir una tercera trastocara al “bueno” de Henry, y le hiciera medio desconfiar de forma irracional en la posibilidad de sobrevivir una vez más. Sobre todo teniendo en cuenta que ambos rescates provinieron de sendas chicas de su pasado y olvidados recuerdos, y que aparecieron por “primera” vez en su vida desde que su memoria fuera borrada. Ambas, justo el día que estaba a punto de encaminarse al más allá, aparecieron para evitar ese triste final.

Todo aquello era una auténtica locura. Si se pensaba con detenimiento, hasta la cabeza de un matemático estadista explotaría.

- Con aplastante sinceridad. De mi verdadero pasado no recuerdo una mierda, salvo algún que otro recuerdo que Sam y Carol me mostraron por medio de la magia-, se volvió a sincerar, aunque en un tono más serio que no duró mucho.  - Y sólo puedo decir que estaba rodeado de mujeres magníficas, porque cada cierto tiempo me salva alguna de ellas-, comentó medio en broma, pues era verdad que esas chicas estaban hechas de otra pasta. - Y ahora es tu turno, parece ser. ¿Quiénes sois, las vengadoras? Sólo falta que me digas que eres la bruja escarlata-, para finalmente acabar en una broma total, y sonreír a la vez que apoyaba todo el peso de su tren superior contra el respaldo en la silla. - Siento ser tan guasón, pero la verdad, es que sois como una especie de heroínas que me salvan el culo cada cierto tiempo. Debo ser el personaje cómico de esta película-, volvió a bromear.

Joder, y tanto, porque este rubio no dejaba de meterse en problemas. Había pasado de ser el protagonista de una película mala de acción, al personaje cómico. Bueno, supongo que había que tomárselo con humor, al menos como comediante tenía mejor futuro, ya que como hombre de acción daba toda la pena del mundo.

- En fin, no quiero robarte más tiempo-, dijo serio, aunque no dejaba de ser otra broma, pues no es que hubiera ido hasta ella para molestarla. Estaba demasiado, cómo decirlo, atado para hacerlo. - Seré sincero una vez más, pues ya que es mi último día en la tierra debo redimirme, o algo así. La confesión final antes de mi visita a San Pedro-, siguió en ese tono serio, pese a decir tonterías. - Mira, no soy un buen tipo. No merezco ser salvado-, mencionó al fin esa parte por la cual su tono de voz estaba siendo serio desde el principio. - Un mortífago no tiene absolución posible, pequeña. Y me han atrapado tantas veces que debe existir un dios de verdad, y está deseando darme mi castigo-, se hubiera encogido de hombros si hubiese podido, más al menos pudo clavar su mirada sobre los bellos ojos de la joven que se erguía ante él. - Podrías desatarme y ayudarme a escapar. ¿Pero eso en qué te convertiría? ¿En qué posición te pondrían respecto a tus amigos? - dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia la puerta tras ella. - Aunque me liberaras de estas ataduras, sin mi varita sólo sería una carga. Aunque lo más importante es lo que te acabo de decir de tus amigos. Yo no valgo ese precio. Yo no valgo una traición.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 23, 2019 8:50 pm

¿Qué interés movía a Gwendoline cuando preguntó a Henry si la recordaba? Resultaba difícil explicarlo.

La morena había mantenido una actitud escéptica frente a lo que Sam le había asegurado una y otra vez: que un asomo del antiguo Henry seguía ahí dentro, en el interior de esa mente alterada por medio de a saber qué clase de magia oscura.

Se había negado a creerlo desde el principio, sabiendo lo terriblemente invasiva que podía ser cualquier disciplina mágica basada en la memoria o sus derivados: literalmente, cualquiera podía borrar recuerdos hasta convertir a su objetivo en poco más que un vegetal, para luego reconstruirlo a medida de sus deseos, siempre y cuando contara con los conocimientos suficientes.

Pero allí estaban esos pequeños detalles que hacían de Henry quien era: lo mucho que siempre le había gustado hablar, incluso en las situaciones más inapropiadas; lo animado de su conducta, incluso cuando al otro lado de la puerta había gente que le odiaba; su sentido del humor, que rayaba lo ácido… No podía seguir convencida de que el Henry Kerr que había conocido en Hogwarts estaba muerto, y que otro ser distinto caminaba, utilizando su piel como traje.

—Aquello, seguramente, fue suerte.—Gwendoline no recordaba si Sam le había dado detalles, o si le había hablado siquiera, del episodio al que hacía mención Henry.—Pero respecto a lo de hoy… mejor no cantar victoria todavía.—No intentaba hundir sus esperanzas, pero había que ser realista: no tenía la más mínima idea de cómo iba a lograr sacarle de allí.

El rubio le explicó aquello que ya sabía, pero Gwendoline le escuchó: escuchó la misma historia que Sam le había contado repetidas veces, salpicada en esta ocasión por las notas de humor de un Henry que no parecía para nada distinto al que recordaba.

Se sintió mal, genuinamente mal, al pensar en todo lo que su antiguo amigo habría tenido que sufrir antes de convertirse en lo que era actualmente. Sam tenía sospechas casi confirmadas de que los Kerr habían sido los responsables de este cambio, lo cual no dejaba de ser irónico: ella misma descendía de los Kerr.

Aquello no hizo más que recordarle todo el veneno que corría por sus venas, siendo su sangre una mezcla de los susodichos con los Edevane. Gracias daba por haber tenido una madre cuya sangre era muggle.

—No es la primera vez que me comparan con ella.—Respondió Gwendoline a la mención de la susodicha Bruja Escarlata: había visto todas las películas de los Vengadores, y todavía no entendía el motivo. No se veía parecido alguno con la susodicha.—Y no, no somos superheroínas: somos muy humanas, y por desgracia… sufrimos igual que cualquier ser humano.—No pudo evitar pensar en la vida de Sam, quien desde luego había sacado todas las cartas malas de la baraja. Al menos, así había sido desde lo ocurrido con Henry, desde luego.

Lo siguiente que dijo la pilló totalmente desprevenida: Henry Kerr, al parecer, creía que no merecía ser salvado.

No iba a discutir el hecho de que los mortífagos estaban, en general, más allá de toda redención: no sólo se dedicaban a asesinar a todo aquel que fuera contra sus ideales, en muchas ocasiones después de una larga agonía, sino que además lo disfrutaban.

Casi todos.

En los últimos tiempos, el significado de la palabra ‘mortífago’ se había diluido un poco: muchas eran las familias que habían salido a la luz como puristas cuando el innombrable había llegado al poder, y con ello muchos nuevos mortífagos. Algunos, posiblemente, estarían convencidos y serían unos devotos descerebrados de la causa; otros, en cambio, seguían a Voldemort por puro miedo e, incluso, presión familiar.

Así que el blanco y el negro no habían estado nunca tan poco distinguidos como en aquellos días. Vivían en una suerte de Alemania Nazi del mundo mágico, y de la misma manera que decir que todos los alemanes eran nazis resultaba risible, lo mismo sucedía con puristas y mortífagos: no todos tenían que ser lo que aparentaban ser.

—No tengo intención de enfrentarme a ellos, Henry.—Aseveró Gwendoline, cruzada de brazos.—Son buena gente y han perdido muchas cosas desde que se produjo el cambio de gobierno.—Se detuvo un segundo y dejó escapar un largo suspiro.—Tú también has perdido mucho, pero ya desde antes de que toda esta locura empezase. Y no tengo intención de dejarte morir. De todas formas, no creo que nadie fuera a ajusticiarte sin más.

Gwendoline sacó entonces la varita, que llevaba guardada en la manga de su chaqueta, y apuntó a las ataduras mágicas de Henry. Con un Finite Incantatem, éstas se liberaron. Sabía que estaba corriendo un gran riesgo… pero quería confiar en él.

—Eres un agente doble de la Orden del Fénix que nos consigue información de los movimientos enemigos, y si nadie sabe esto es porque es un secreto. Tanto que no has descubierto tu tapadera ni siquiera ante otros miembros de la Orden, sólo ante mí.—Le dijo, con calma, aquella mentira que serviría para liberarle. Y era totalmente posible que se diese algo así: se sabía que ciertos mortífagos estaban del lado de los hijos de muggles, pero nadie conocía sus identidades.—¿Está claro? Creo que es la mejor baza para sacarte de aquí...

Por supuesto, cabía la posibilidad de que estuviera cometiendo un error: a fin de cuentas, aquel hombre había sufrido un lavado de cerebro completo, y Sam podía estar equivocada.

Nadie era infalible.

Pero confiaba en ella, no por sus dotes como legeremante, sino por sus conocimientos sobre el ser humano, su mente y las maneras en que esconde sus mentiras. Después de todo, la rubia había mirado al mal a los ojos, había convivido con él largos meses, y había descubierto el aspecto que tenía la auténtica maldad.

Si ella decía que Henry seguía ahí dentro… Gwendoline la creía.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Lun Mar 25, 2019 10:47 pm

En cuánto la joven describió la anécdota vivida anteriormente por el Kerr, aquella en la que Sam le había salvado la vida, como un golpe de suerte, Henry no pudo estar más de acuerdo con ella.

Él no creía en la divina providencia o el destino, en toda esa ola de historietas y cuentos religiosos o mitológicos, que hablaban sobre una vida trazada de antemano por un ser o seres superiores; así que más razón, si cabe, para recordar aquel momento con Samantha como uno de sus días más afortunados. No obstante, la historia se repetía, por lo cual hasta el más ateo de los hombres podría ver su ideología anti-destinos tambaleándose ante el golpe de la improbable casualidad, y por tanto, volverse un tanto escéptico sobre al respecto. Casi parecía que hubiera un dios de verdad, aunque aún lo creía falso.

Más las siguientes palabras de la chica le recordaron a nuestro cautivo que, si bien volvía a tener fortuna en la vida, la realidad es que aún quedaba mucho camino por delante para considerarse a salvo.

- Sí, es cierto. Aún estoy bien jodido, y es por eso que deberías desistir en ello-, respondió, al notar que la chica no parecía ceder en su idea inicial.

Y así fue. Lo que ya se notaba pronto se hizo del todo real con las siguientes palabras de la dama. Con ello, la que en un momento inicial Henry había confundido con su ejecutora, resultó ser esa heroína que ella no creía ser. Cómo si no, se podía describir a una chica que arriesgaba su vida por un mortífago que él mismo reconocía no merecer tal riesgo. Cómo se podía considerar a una mujer que ayudaba a alguien sin importar lo que había hecho en el presente, sólo recordando lo que fue alguna vez, en un tiempo tan lejano que él lo recordaría con una capa de niebla, si es que este rubio pudiera recordar algo, claro está.

Al rubio maniatado sólo se le venía una palabra a la cabeza.

- Deberías dejar de comportarte como la Bruja Escarlata, si quieres evitar que la gente te siga confundiendo con ella-, dijo, con una mezcla de socarronería y sinceridad. - Aunque es verdad, físicamente no te pareces mucho a ella, tú eres mucho más guapa-, comentó zalamero, dibujando una divertida media sonrisa en sus labios.

La diversión era una herramienta tan buena como otra cualquiera para rebajar la tensión, sin importar lo peligrosa o seria que fuese la situación en la que uno se encontrara. Sin embargo, aunque aún no estaba a salvo, nuestro rubito sí podía decir que ahora tenía una posibilidad de la que antes carecía. Nada como una puertita chiquita de escape para animar a un condenado.

- Ya imaginaba que no tienes intención de luchar contra ellos, pero si descubren el pastel…-, dejó la frase en el aire, permitiendo que la chica se explicase, y acariciándose las muñecas de las manos, una vez las tuvo liberadas gracias a obra y gracia de Gwendoline.

Una acción que dejó a medias cuando escuchó el plan de su particular Vengadora.

- ¡¿Qué?! ¿Te has vuelto loca? - le contestó con los ojos de par en par, mirando hacia ella, directamente hacia sus claros iris. Luego no puedo evitar carcajearse durante unos segundos cortos. Era una jodida locura, pero sólo saldría de allí con una maldita locura. - Te has vuelto loca o eres la mujer más inteligente sobre la tierra-, dijo con naturalidad y franqueza, retomando su masaje sobre las muñecas, pero esta vez incorporándose de la silla para estar listo para salir de allí. - Muy bien, es un plan arriesgado pero no tengo más posibilidades si sigues queriendo sacarme de aquí. Si ya has descartado volver a ponerme las ataduras y abandonarme a mi suerte, es lo que nos queda-, repitió, para asegurarse de que la chica se lo pensaba bien.

Iban a tomar unos riesgos impresionantes, y la verdad, no quería que esa mujer salida de la nada muriera por salvarle a él.

- En serio. No tienes por qué hacerlo, no me debes nada, ni Sam ni Carol tampoco me lo deben. No lo hagas por mí, ni por el pasado-, comentó serio. - Si cualquiera de ahí fuera sabe con certeza que no soy un espía de la Orden… En fin, sé que sabes lo que te juegas, pero quiero que lo pienses bien-. Dicho eso, dándole la última oportunidad a Gwen de retractarse de su arriesgado rescate, Henry se acarició la barba del mentón y pensó sobre algo en lo que no había caído hasta ahora por la tensión del momento. - Edevane. No es que tu familia sea poco conocida. La verdad, si esperase un rescate de alguien que no fuera, ya sabes, de los chungos de los míos, un Edevane no es lo primero que se me vendría a la cabeza, no sé por qué-, comentó con ligera socarronería y dibujando una nueva sonrisa en su rostro.
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Mar Mar 26, 2019 2:25 pm

Desde el momento en que había puesto la mirada sobre Henry Kerr, la morena había estado maquinando la forma de sacarle de aquella situación tan peliaguda. Porque si bien no sabía exactamente lo que haría la Orden del Fénix con él en cuanto le sacaran todo lo que pudieran—o, en su defecto, les dejara de ser útil—, no podría la mano en el fuego por la posibilidad de que se contentaran con dejarle sin recuerdos—otra vez—y dejarle marchar.

No todos en la Orden eran pacifistas, precisamente.

Así que no albergaba dudas respecto a sus intenciones: Henry Kerr tenía que salir de allí antes de que las personas equivocadas llegaran a él. Esas personas que no atenderían a las razones que diera la morena para perdonarle la vida.

No respondió a su extraño cumplido, aunque tampoco se extrañó por él. Lo único que todo aquello le producía era incomodidad: ¿Cómo podía ser que hubieran manipulado su mente de la manera en que lo habían hecho, que tuviera el mismo aspecto que recordaba, y que tuviera esos retazos de su personalidad original? O bien habían hecho con él el trabajo más chapucero del mundo… o bien el mejor trabajo del mundo.

Le liberó de sus ataduras, confiando su seguridad a todo lo que Sam le había contado de él. ¿Quién era ella para desconfiar de las palabras de la que era su pareja entonces? Su buen juicio había estado acertado en el caso de Douglas Dagon, el inesperado aliado que había surgido en pleno problema con Artemis Hemsley, así como en muchas otras ocasiones.

Le planteó su plan… y no le extrañó demasiado su reacción, a decir verdad. Porque era una completa locura, y podía salir fatal. Sin embargo, estaba dispuesta a intentarlo, y en caso de que saliese mal… siempre tenía la opción de modificar las memorias de aquellos fugitivos y ‘obligarles’ a creer su mentira. No le haría demasiada gracia hacer tal cosa, pero si era lo que debía hacerse...

—Sé lo que puede ocurrir si sale mal. Pero si sale mal, recurriré a otro de mis talentos y modificaré sus memorias. Les haré creer que se equivocaron de persona, y que nunca tuvieron a Henry Kerr. Pero no pensemos en eso.—Pensar un plan y llevarlo a cabo segura de que fracasaría era algo que no le gustaba: casi parecía que ella misma, con su negatividad, lo estuviera condenando a dicho fracaso.—Tú sígueme la corriente...

La morena caminó en dirección a la puerta, con toda la intención de golpearla para que le abriesen, pero se detuvo en el momento en que escuchó las palabras de Henry acerca de los Edevane, ese linaje podrido al que pertenecía, sin demasiado orgullo.

—¿Qué puedo decir? Siempre me han considerado la oveja negra de la familia.—Volvió la mirada en su dirección, dedicándole una leve sonrisa. Un signo de debilidad que enseguida intentó disimular, volviéndose para mirar la puerta.—En fin, concentrémonos.

Golpeó la puerta un par de veces, y entonces se separó de ella un paso. A los dos o tres segundos, escuchó el sonido del cerrojo al abrirse, y Glenn Emerich apareció al otro lado del umbral. Iba a preguntarle algo a Gwen cuando reparó en la presencia de Henry Kerr, desatado y de pie, detrás de ella.

Enseguida le apuntó con la varita, nervioso y tenso.

—¡¿Qué coño hace suelto?!—Exclamó Glenn a voz en grito.

Gwendoline se interpuso entre la varita y el mortífago, ambas manos en alto. En la derecha sostenía su propia varita, pero no de manera amenazante, ni mucho menos.

—¡Espera un segundo, Glenn! Esto es un error.—Explicó la morena, con un temblor premeditado y totalmente controlado en su voz, como si la situación la asustara de verdad.

—¡¿Un error?! ¡¿De qué hablas?!—Los ojos del rubio iban de Gwendoline a Henry y viceversa a tal velocidad que parecía estar siguiendo un partido de tenis en su mayor apogeo.

—Me lo ha explicado todo: es uno de nuestros aliados.—Ante la incrédula mirada de Glenn, Gwendoline volvió la mirada por encima del hombro hacia Henry, y añadió:—Explícaselo. Diles lo que me has dicho a mí.

El otro fugitivo, el que estaba con Henry cuando Gwen y Glenn llegaron, miraba por encima del hombro de su compañero, el ceño fruncido y una expresión de evidente incomodidad en el rostro; la de Glenn no era muy distinta, y la mano de la varita del fugitivo había perdido un poco de fuerza. Todo aquello era indicativo de que, por lo menos, estaban dispuestos a escuchar su historia.

Estaba segura de que no habría sucedido lo mismo de ser radicales.
Gwendoline Edevane
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Henry Kerr el Dom Mar 31, 2019 6:08 pm

La chica exhibió su inteligencia una vez más, al mostrar que tenía un plan B por si las cosas no salían bien. Sin embargo, aunque Henry estaba encantado de contar con ayuda de una persona que tenía un cerebro sobre sus hombros, no pudo evitar sentir un escalofrío cuando mencionó la parte de modificar recuerdos.

De todos modos no iba a contradecirla ni a ponerle objeciones. Cómo hacerlo, cuando ese plan B era lo más humano que podían hacer con los fugitivos si los descubrían. Las otras opciones eran escasas y todas acababan en un punto sin retorno donde había que matar a dichos fugitivos, y por esa misma razón estaban descartadas. Más al rubio le era imposible sentirse del todo conforme con una idea que conllevaba alteraciones de las mentes de otras personas. Aún tenía las heridas abiertas del desagradable descubrimiento sobre su pasado, y sólo el tiempo, quizás, podría cicatrizar esas heridas.

- Bueno, ya que es mi día de suerte supongo que es normal que me tocara una salvadora con cerebro dentro de la cabeza en vez de serrín-, se mostró amable y sincero. - Pero, en fin, confiemos en que todo salga bien y no tener que recurrir a segundas ideas. Seguir la corriente es mi segundo apellido-, dijo esto último de forma más distendida, dejando atrás la seriedad.

Si algo necesitaba Henry en esos instantes era no pensar en las consecuencias del fracaso y no ponerse en modo dramático.

- Ya veo. No entendía cómo el destino podía darle una tercera oportunidad a un tipo como yo, y mucho menos que para ello una persona como tú tuviera que jugarse el pellejo. Pero supongo que si existe un dios es tan burlesco y retorcido cómo para divertirse juntando a las ovejas negras de sus respectivas familias-, comentó tan serio como cierto era aquello. - Vamos allá, estoy listo-, dijo por último, adquiriendo el gesto circunspecto que requería la situación.

Al fin y al cabo, no podía salir por esa puerta echándose unas risas como si nada hubiera pasado. El Kerr debía aparentar molesto por haber sido capturado y retenido contra su voluntad, y además complicando su tapadera de espía de la Orden. Claro, él nunca había sido espía de esa gente, más debía parecerlo. Por suerte, la actuación y aparentar lo que no era no se le daba nada mal.

Nada más escuchar las últimas palabras de Gwen, Henry resopló resignado, dando a entender que no quería soltar a los cuatro vientos su posición de informador, ya que si de verdad fuera un soplón, no es algo que le gustara que todo el mundo de la Orden supiera. Cualquiera de ellos podría ser un espía del bando de los oscuros, o quizás se le podría escapar la información y contárselo a un amigo que sí lo fuera, además, mientras más lo supieran, más opciones de que uno de ellos bajo tortura lo delatase… En definitiva, un secreto duraba más tiempo en las sombras cuánto menos gente lo supiera. Era de primero de cátedra del club de los espía.

- No sé, no sé. No me gusta la idea-, comentó con aparente nerviosismo, acariciándose la barba de su cuello.

- De qué demonios estás hablando. Será mejor que te expliques, o acabarás ahí dentro otra vez, y de muy malas maneras.

Henry reconocía esa voz, era la del hombre que le había dado conversación en el interior, antes de la llegada de su particular e inesperada rescatadora. Por otro lado, más allá de al fin ver la cara del chico que lo había vigilado de cerca instantes antes, pudo notar que tal amenaza iba dirigida personalmente hacia él, pero que por evidentes razones no auguraba nada bueno a la dulce Gwen.

- Arg-, negó con la cabeza, impregnando su gesto con falsa frustración. La frustración que debería tener un hombre obligado a hacer algo que no deseaba. - Está bien, no me queda más remedio que decir la verdad. No me hace gracia, pero allá va-, captó la atención de los presentes con misterio, y aprovechó para exponer una vez más, y así recalcar, su falta de motivación para exponer lo que iba a decirles. - No soy un mortífago-, comentó sin más.

- Pero qué cojones dices, si tienes hasta la marca. ¿Te piensas que somos idiotas? - respondió su antiguo guardia, acercándose un paso y con esa ira impresa en los ojos que mostraba que poco faltaba para explotar y darle un buen golpe al rubito que le tomaba el pelo.

- Espera-, alzó manos, mostrando las palmas hacia adelante. - No es lo que piensas. Déjame explicarme-, lo calmó. Parecía funcionar, aunque no duraría muchos segundos. - Sí, me alisté en los mortífagos, y sí, tengo la marca como bien habéis podido comprobar, pero en realidad no soy uno de ellos-, volvió a suspirar y miró hacia el suelo como buscando fuerzas para decir lo que tenía que decir. - Soy un espía. Trabajo para la Orden en secreto-, soltó al fin.

La frase bien podría haber sido un hechizo, porque los hombres que tenía delante se quedaron tan tiesos como estatuas. Si no supiera que era imposible… De todas formas, la calma no duró demasiado. Una risotada inundó el pasillo en el que se encontraban.

- ¿Me estás tomando el pelo? Venga, se acabaron las bromas, ha sido un buen chiste, pero es el momento de que vuelvas a entrar para que te ate de nuevo-, comentó con sorna el guardia, después de haberse partido de risa.

- Gwen, ¿qué está pasando? Esto no puede ser cierto-, dijo el otro chico que no reconocía de nada, su voz no la había escuchado antes. No al menos hasta que se había puesto nervioso y había gritado por su reciente libertad.

- Es cierto-, respondió, con cierta indignación en el tono de su voz. - No podía decirlo antes, porque no sé en quien puedo confiar. Muy pocos lo saben y así debe seguir siendo. Me juego el pellejo cada vez que salgo ahí fuera y me reúno con esos cabrones de negro-, terminó por decir, con esa misma leve indignación tintando sus palabras.

- No te creo, has capturado a muchos de los nuestros, y has matado a otros tantos. Gente inocente.

- Pues claro que he matado, debo aparentar ser mortífago, no panadero-, contestó, antes de volver a suspirar con resignación. - Sé que si existe un dios como el que cuentan los cristianos me espera el infierno, pero la información que voy recabando de los mortífagos salva más vidas de las que he quitado. ¿Me ha gustado hacerlo? No, pero debo mantener mi tapadera intacta-, intentó hacerles entender. - Lo siento. De veras que lo siento, más es la misión que tengo y debo cumplirla por el bien de la Orden y de nuestra victoria.

La explicación del Kerr era difícil de asimilar, más él había realizado su papel lo mejor que había podido. Había usado todas sus tretas disponibles, y había gestualizado y hablado del modo aparente en el que un verdadero espía lo habría hecho, sin parecer demasiado sobreactuado, lo cual hubiera sido contraproducente.

- Por esa misma razón no os he dicho nada antes. No sé en quien puedo confiar. Son muy pocas las personas que saben de mi posición dentro de los mortífagos y Gwendoline es una de ellas-, dijo para terminar su obra de teatro.

Ya no había nada que decir, sólo quedaba esperar que le creyeran. Había hecho su All In y si su mano no era lo suficientemente buena… Gwen tendría que usar ese plan B que tan poco le agradaba.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Miér Abr 03, 2019 7:54 pm

Gwendoline no se estaba engañando a sí misma: las posibilidades de que su plan no tuviera éxito eran muy altas, e implicaba para ella un gran riesgo. Podía ser perfectamente acusada de traicionar a la Orden del Fénix, e incluso podría ser atacada por aquellos dos fugitivos. Le dolería mucho tener que enfrentarse con Glenn, una muy buena persona cuya vida se había ido al garete por culpa de los mortífagos, y muy posiblemente nadie comprendería el por qué de dicha actuación.

Ellos no habían conocido al auténtico Henry Kerr, y no veían más allá del mortífago.

No les culpaba por no creerse la historia, por querer mantener encerrado a alguien que portaba la marca tenebrosa. Incluso podía entender su comportamiento: la tensión reinaba en el refugio, Albus Dumbledore parecía no estar haciendo nada para cambiar la situación, y muchos fugitivos optaban por tomarse la justicia por su mano. No era de extrañar que cada día más optasen por la deserción y por unirse a esos que llamaban ‘radicales’.

Pero en aquel momento, quien importaba era Henry Kerr. Y si Sam decía que Henry seguía estando dentro de aquel cuerpo, ella la creía. Y si le asesinaban allí, sin derecho a ningún tipo de juicio, no tendría ocasión de demostrar que no era el monstruo que muchos le creían.

Le dejó explicarse, y si bien su historia fue recibida con incredulidad y escepticismo, no intervino hasta el momento en que Glenn la increpó directamente a ella. De aquellos dos, estaba segura, el rubio era mucho más razonable.

—Glenn, tienes que confiar en mi palabra. Es cierto.—Le explicó, pero el mago seguía dudando. Tampoco por ello le culpaba: a fin de cuentas, había perdido a su esposa de una manera muy horrible, a manos de los mortífagos.

Mentiría si dijese que no sintió una punzada de dolor cuando Henry reconoció haber asesinado y privado de libertad a más de un inocente. Se dijo a sí misma que entonces no había sido responsable de sus actos, que Sam todavía no le había enseñado la verdad. Se dijo que no había podido evitarlo y que, si había que culpar a alguien de esas muertes, era a su familia y no a él.

Resultaba más fácil pensarlo que creerlo.

Sin embargo, no iba a abandonarle en aquel momento. No iba a dejarle en manos de unos fugitivos sedientos de venganza, o que quizás caerían tan bajo como los mortífagos y le torturarían hasta que soltase toda la información que tuviera sobre su bando. Gwendoline no era ese tipo de persona, y si había sido capaz de abogar por Abigail McDowell en persona, no iba a ser menos en el caso de un viejo amigo. Un viejo amigo que había hecho por ella más que muchas personas.

—Os está diciendo la verdad. Ha tenido que hacer ciertas cosas para conservar su estatus en la sociedad mágica actual.—Buscó a Glenn con la mirada, y el rubio seguía inseguro.—¿Me culpaste alguna vez por tener que hacer frente a los fugitivos que atacaron el Ministerio de Magia?—Le preguntó con suavidad, y pudo ver enseguida la vulnerabilidad de Glenn.

—¡No, claro que no! Tú no tuviste la culpa de eso: atacaron tu puesto de trabajo y tuviste que defenderte. No los mataste.

—Pero murieron. Algunos, por mi culpa.—Dijo con toda sinceridad, recordando específicamente a Selley Wilkes y Theodore Smith, con quienes había cruzado hechizos personalmente. Antes de que la evacuaran a San Mungo, recordaba haber visto sus cuerpos sin vida tirados en el suelo.—Si no hubiera luchado contra ellos, si no les hubiera dificultado la labor, quizás lo habrían logrado, sí… pero si llegan a fallar y me hubieran descubierto a mí colaborando con ellos, o no impidiéndoles el hacerlo, tal vez habría perdido mi libertad.

—Pues que demuestre que está de nuestro lado.—Escupió el otro fugitivo, atrayendo todas las miradas en su dirección.—Que nos dé información o algo así...

—Me ha dado información a mí, como muestra de buena fé para vosotros.—Mintió la morena. Por fortuna, tenía algo de información que ofrecer, aunque fuera de su propia cosecha.—Me ha ayudado a actualizar mi lista personal de lugares peligrosos para fugitivos. Por desgracia, nos estamos quedando sin lugares seguros… pero al menos, gracias a Henry, sabemos hoy mucho más de lo que sabíamos ayer.

—¿Sí? ¿Qué lugares?—Preguntó, frunciendo el ceño, el segundo fugitivo. Glenn permanecía en silencio, observando con ojos inquisitivos.

Gwendoline recitó una serie de nombres y direcciones que correspondían a bares que antiguamente se dedicaban a ayudar a fugitivos, pero que en la actualidad habían sido interceptados por el Ministerio de Magia y convertidos en trampas, plagadas de objetos malditos, diseñadas para capturar a todo fugitivos que se cometiera la osadía de pisarlos.

—...y el último se llama The Flycatcher, situado en Morden.—Miró entonces a Henry, buscando su apoyo.—¿Me he dejado alguno, o esos son todos?—Le preguntó.

—¡¿The Flycatcher?! ¡Joder, tío! Me gustaba la cerveza que servían ahí...—Exclamó, molesto, el más violento de los dos fugitivos. Glenn había optado por guardar un silencio pensativo, cruzado de brazos con la mirada fija en el suelo.

¿Se lo habrían creído? Gwendoline notaba más receptividad por parte del primer fugitivo, cuyo nombre desconocía, pero ambos seguían pensativos. Quizás tuviesen algo más que decirle a Henry...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Jue Abr 11, 2019 12:46 am

Si instantes antes, Henry había pensado que el plan de Gwen estaba lleno de riesgos, las caras de los fugitivos que ahora tenía ante sí, eran pruebas vivientes de que no se había equivocado al pensarlo. Por veraces que pudieran sonar sus palabras no le iban a creer con facilidad. A él no, al enemigo no. Salir de allí de una pieza iba a ser más complicado que decir un par de frases rimbombantes y si aún dudaban en volver a atarlo como a un perro rabioso, era gracias al apoyo de Gwendoline.

A ella sí la creían, ya que, a la postre, no dejaba de ser uno de ellos. Creer al mortífago era difícil, pero al aliado no tanto. Esa era la única baza que tenían para salir de allí sin acabar involucrados en una pelea, y aunque pudiera sonar extraño, al propio Henry no le agradaba esa idea. No deseaba luchar contra esos dos hombres, ni pese a que su vida pendiera de ello. Ya hacía tiempo que sabía que era el malo de aquella historia y lo último que deseaba era combatir contra gente que sólo luchaba por salvarse.

- Sé que es difícil de creer y que os estoy pidiendo un acto de fe. Pero pensad si Gwendoline me apoyaría si no fuese esa la verdad. Ella no ayudaría a un mortífago sin una buena razón-, dijo tranquilo, manteniendo la calma y apoyando la postura de la Edevane.

El rubio no tenía otra opción para salir de allí sano y salvo, y sin tener que llegar a tomar medidas que no quería. La lealtad que sintieran por la mujer era su mejor carta y la única que podía exprimir en esos momentos. Aunque no podía negar que incluso a él le sorprendía el alegato de la joven, sobre todo la parte donde comentaba lo que había tenido que hacer. Era de dominio público que los fugitivos cada vez eran más propensos a la violencia en algunos casos, y que poco a poco, algunos de ellos se armaban de valor para atacar directamente al gobierno que los oprimía, más no dejaba de ser una sorpresa que Gwen hubiera tenido que luchar contra ellos en algún tiempo pasado.

En cualquier caso, Henry mantuvo la compostura y dejó que la joven siguiera hablando. Después de todo, si él era su confidente y le pasaba a ella información de los mortífagos, ese tipo de detalles los debería saber. Se suponía que entre contacto y espía debía existir una buena confianza, dado el riesgo que cada una de las partes tomaba reuniéndose con la otra. Haberse mostrado sorprendido por el combate de Gwen contra la parte más radical de los fugitivos no le hubiese beneficiado en nada.

Y sí, hizo muy bien en mantenerse callado. A Gwen se le daban bien estas cosas, era lo que había aprendido de ella en el escaso tiempo en el que la conocía. No sólo había apoyado sus anteriores palabras y su falsa tapadera, sino que además les había brindado una información que le ayudaría a mantener dicha tapadera y a convencerlos de que era uno de los buenos.

Era una idea magnífica. Si pensaban que el benjamín de los Kerr había avisado a Gwen, creerían su historia de espía. El único problema podría ser que dicha información fuera falsa, eso provocaría todo lo contrario en los hombres si sabían que no era verdad, y tanto él como Gwen acabarían metidos en aquella celda esperando su funesto destino. Sin embargo, algo dentro de él le decía que esa chica no era la de que hacía faroles en cuestiones tan peliagudas como aquella.

Sí, en cierto modo se estaba tirando un farol al ayudarle a escapar, en un plan que requería de un engaño como aquel… pero sentía que la morena tenía esa información atada y más que bien atada.

La señorita Gwendoline estaba demostrando ser toda una caja de sorpresas para nuestro Henry. Por si fuera poco que se atreviera a ayudarlo en una situación tan delicada y peligrosa para ella, además resultaba que manejaba buena información. Interesante, muy interesante.

- No, esos son todos. No deja de sorprenderme la facilidad que tienes para retener información, supongo que por eso se te da tan bien eso de ser contacto de espías-, la halagó, pero sin demasiada pompa. Luego se encogió de hombros. - Eso es todo, desgraciadamente no tengo nada más por ahora. Me gustaría deciros algún sitio más, daros información de algún futuro ataque mortífago en alguno de vuestros lugares seguros, pero…-, se volvió a encoger de hombros. - Lo siento, de veras-, comentó con verdadera pena.

Una idea había chisporroteado en el interior de la mente del Kerr, pero ahora no era el momento de distrarse.

- No sé, me cuesta mucho aceptarlo. Este tipo ha sido un auténtico cabronazo y nos ha dado bastantes problemas estos últimos años-, dijo su antiguo carcelero, mirándolo con auténtico desprecio. - Pero si Gwen lo apoya…

- A mí también me cuesta creerlo-, comentó el otro chico, negando con la cabeza. La confusión era palpable en su rostro. - ¿Y si Gwen no hubiese llegado? Se enteró de tu situación por pura casualidad. Justo gracias a mí-, dijo circunspecto, alzando una ceja.

Estaba claro que ambos hombres tenían una postura menos cerrada sobre la culpabilidad de Henry, pero aún dudaban.

- Contaba con que alguien de la Orden que supiera de mi posición dentro de los mortífagos me ayudara-, respondió calmado. Ya había esperado enfrentarse a un problema de ese tipo. - Y si no pues…-, esta vez fue él quien negó con la cabeza. - Sin ayuda era imposible que me creyerais. Es un trabajo peligroso. Bien podría morir cualquier día, tanto si lo hace un mortífago que me descubra, como si lo hace un aliado que me mate al pensar que lo soy de verdad. Asumí ese riesgo al aceptar esta misión, así como también asumí la posibilidad de tener que luchar contra mis propios aliados con tal de mantener mi tapadera intacta. Debía hacerlo para granjearme la confianza de los mortífago, por asco que me dé-, negó otra vez con la cabeza, y su gesto no era aparente y falsa pena, realmente se sentía mal por esas personas. - No puedo volver siempre con las manos vacías, ni todas mis misiones pueden acabar en fracaso, eso levantaría sospechas-, terminó por decir, aún con ese tinte apesadumbrado en la voz.

Irónicamente,  la tristeza que Henry sentía por los actos que había cometido por ser un purista convertido a la fuerza, le ayudaría a convencer a aquellos hombres que tenía ante sí.

- Yo le creo-, comentó el que parecía ser más amigo de Gwendoline. - Confío en Gwen. Ella no nos engañaría-, dijo, mirando hacia el otro fugitivo.

- Joder, y ahora qué-, respondió este con fastidio. Se notaba que no las tenía todas consigo y que aún dudaba, más el peso de lo dicho por su compañero no podía ser refutado. Gwen era una de ellos y una persona de fiar, ¿o no? - ¿Lo soltamos? ¿Así, sin más? ¡Menuda mierda! -, dijo enfadado, más por la frustración que le producía la situación, que por estar cabreado con alguien en particular.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Dom Abr 14, 2019 4:20 am

A pesar de que aquella versión de Henry y ella no se conocían de nada, algo entre ellos los llevó a elaborar una buena improvisación, hasta el punto en que ambos miembros de la Orden del Fénix empezaron a dudar de sus propias decisiones.

Gwendoline no se sentía bien engañándolos, ni mucho menos: creía firmemente en los ideales que defendía la Orden, y estaba segura de que, de conseguir organizarse como era debido, podrían obrar el cambio que tanta falta iba haciendo en el mundo mágico.

Sin embargo, en contraposición a su lealtad, había una certeza: que no todos los miembros de la Orden tenían un pensamiento tan pacifista como el suyo, ni perdonarían la vida a Henry Kerr con tanta facilidad. Él mismo lo estaba diciendo: había tenido que mancharse las manos de sangre en más de una ocasión. O tal vez no había sido por obligación, sino por lo que le habían metido en la cabeza quienes lo habían transformado. Como fuese, las manos de Henry no estaban limpias, y más de uno en el refugio estaría encantado de cortárselas… o de cortarle el pescuezo.

Y quizás estuviese cometiendo el peor error de su vida. No tenía forma de saberlo. Pero, en su corazón, y creyendo siempre en la palabra de Sam, quería creer en él.

El cómo poco a poco se fueron convenciendo de aquella mentira fue escalofriante, y Gwendoline no pudo evitar que en su estómago se formase una pesada bola de plomo que le generó un gran malestar. Si la descubrían, sería acusada de traidora, y si se equivocaba y dejaba libre a un monstruo...

—Si queréis, puedo encargarme de escoltarle fuera.—Dijo Gwen, dedicando a Glenn una leve sonrisa agradecida. ¿Cómo se tomaría aquel buen hombre el saber que la morena le mentía, habiendo perdido a su esposa a manos de los que ostentaban la marca tenebrosa?—Pero puedo prometeros que estáis haciendo lo correcto.

Con estas palabras, volvió la mirada en dirección a Henry. Con esa mirada quiso decírselo todo: Por favor… no me hagas arrepentirme de mis palabras.

—¡Joder!—Exclamó el segundo fugitivo, arreándole un golpe con el puño cerrado a la pared más cercana.—¿Y no sabes nada más que podamos utilizar, tío?—Le preguntó directamente a Henry.—No sé, cualquier cosa...

—La información de la que Henry disponga nos llegará en su debido momento. Tiene que ser muy cuidadoso de no husmear donde no le llaman.—Intervino Gwendoline, y supuso que aquello no dejaba de ser cierto: ella misma, como empleada del Ministerio de Magia, debía ser muy cuidadosa a la hora de no ser descubierta mientras recababa información de interés para la Orden.—Y creo que después de este incidente, lo que más querrá es irse a su casa y descansar, ¿no?—Volvió a dedicarle una mirada, dedicándole un asentimiento de cabeza.

El fugitivo, cruzado ahora de brazos y con el ceño fruncido, se quedó pensativo durante unos momentos, mirando alternativamente a Gwendoline y a Henry; finalmente, lanzó un bufido, hizo un gesto con la mano, y se hizo a un lado para dejarlos pasar.

—¡Pero que se ponga la venda en los ojos!—Exclamó de repente, a lo que Gwen frunció el ceño.—No quiero que sepa cómo se entra a este sitio.

—En eso estoy de acuerdo con él.—Opinó Glenn, a lo que Gwendoline no pudo evitar encogerse de hombros.

—Supongo que no queda más remedio.—Le dijo a Henry. Si aquel era todo el precio que debía pagar a cambio de salir de allí con vida, Gwendoline creía que era bastante justo.—Pero necesitará que le devolváis su varita.


Algunos minutos más tarde, en las calles de Londres

La varita, en realidad, no se la entregaron a Henry, sino a Gwendoline. Sobra decir que le encargaron vigilarlo mientras abandonaba las dependencias del refugio temporal de la Orden.

Condujo a Henry hacia el exterior con una mano sobre su hombro, guiándole mientras caminaba con los ojos vendados, y una vez salieron al exterior, para más seguridad, se desapareció y se apareció a un par de kilómetros del lugar, en uno de los muchos y socorridos callejones de la ciudad de Londres. Allí le liberó de la venda.

—Siento todo esto.—Le dijo, al tiempo que sacaba la varita de Henry de su bolso. Iba a entregársela, pero entonces dudó un segundo.—¿Puedo realmente confiar en ti, o estabas interpretando un papel ahí dentro?

Era lógico que tuviese sus dudas, pero cuanto más lo pensaba, más improbable le parecía: si había estado fingiendo todo aquel tiempo, desde el primer momento en que se vieron, sin duda tenía unas dotes interpretativas dignas de un Oscar. Y no es que fuese imposible, pues en el mundo había muy buenos mentirosos, pero quería creer que no, que no le mentía.

A fin de cuentas, si se equivocaba, todo lo malo que hiciese Henry Kerr a partir de aquel momento sería culpa suya, y la sangre que manchase las manos del rubio mancharía también las de la morena.
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