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El precio de la fama {Gwendoline}

Henry Kerr el Lun Ene 21, 2019 1:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

20 de Enero de 2019

Lugar desconocido, en cualquier parte de Londres

________________________________________________________


Los últimos meses habían pasado sin pena ni gloria. No había nada muy destacable que contar durante ese tiempo, ni tampoco ninguna hazaña memorable o que mereciera la pena escribirse. Sin embargo, para el Kerr, pese a que todo parecía estar en el mismo sitio, a que todo seguía igual a los tiempos en los que regresara a las islas y los mortífagos se hicieran con el poder, todo no podía ser más distinto.

Se podía decir que para Henry su familia era uno de sus ejes en la vida, incluso cuando se había pasado los años posteriores a la carrera universitaria lejos de ellos. Su familia, así como todo lo que había aprendido de ellos…

A simple vista todo seguía igual. El mundo mágico seguía siendo de los suyos y él seguía siendo uno de los fieles oscuros. A simple vista, porque todo no podría haber cambiado más.

La relación con su familia hacía tiempo que era una mentira, y dónde antes había amor fraternal, ahora sólo quedaban fingidas sonrisas y cordiales palabras cargadas de la más pura falsedad. Desde hacía tiempo era un fariseo, un mentiroso, un embaucador. Un rol que no se le daba nada mal, la verdad, pero que ya no usaba para controlar y sacar información a los Bennington u otros fugitivos, sino para mantener su estatus y su posición, para no delatarse ante su familia y lo que aún se podían considerar cómo sus aliados.

¿Pero en realidad aún se podían considerar “sus” aliados?

Ni a un imbécil se le pasaría por alto que por la mitad de las cosas que había hecho lo acusarían de traición. Su cabeza en una pica. Eso era lo mínimo que conseguiría de sus compañeros mortífagos si se enteraban de las reuniones que había tenido con Sam y Carol, y que no había hecho nada por detenerlas o acabar con sus vidas.

A la vista estaba que era un solitario hombre en tierra de nadie, pero que si aún quería conservar su cabeza sobre los hombros debía mantener la calma y ser el mayor impostor que jamás hubiese podido ser. Los mortífagos estaban en una posición hegemónica en esos momentos y si seguía siendo uno de ellos podía moverse con mayor libertad por las calles de Londres. Y con respecto a su familia… No sabía muy bien qué hacer. Sin embargo, al menos tenía clara una cosa, y es que estando cerca de ellos, siendo el “buen Henry” que ellos habían creado y esperaban que fuera, podía controlar sus movimientos y estar en un situación favorable si decidía actuar.

Más, los planes no siempre salen cómo uno espera. Menos aún cuando te llamas Henry Kerr, y tu familia, el mundo, el destino, Merlín y hasta los jodidos dioses se empeñaban en joderte con toda la fuerza de la que disponían.

Una buena información había llevado al benjamín de los Kerr tras la pista de unos fugitivos, ya que para mantenerse sin peligro dentro de los mortífagos debía actuar como si nada hubiera pasado. Sin embargo, para desgracia de nuestro querido rubio, la información no era buena y ni tan siquiera se podía considerar información.

Sólo era una trampa, y un callejón y un corto intento de defenderse más tarde, el Kerr era preso de sus acérrimos enemigos. Aquellos que tantos hubiera mandado a Azkaban o incluso mandado junto a sus antepasados.

- Hola, Kerr. Bienvenido de regreso al mundo de los vivos. Espero que te sientas cómodo-, se escuchó decir a un hombre que se encontraba delante de Henry. Un hombre que no podía ver por la oscuridad que rodeaba su cabeza y no le permitía ver nada.

Sin duda, el plan de mantenerse en el bando mortífago minimizaba los riesgos y permitía a Henry seguir los pasos de su familia, pero no estaba exento de peligro. Seguía siendo el enemigo para los fugitivos y con el paso del tiempo su valor aumentaba y se atrevían a realizar movimientos más decididos y a preparar atentados más osados.

- Ese soy yo, el que viste y calza-, contestó el rubio, su voz apagada por el trapo que cubría su cabeza, algo confuso y con su mente embotada por su recién despertar. - Tantas molestias por mí, imagino que debo haberme ganado mi fama-, contestó con su habitual atrevimiento, una vez recordó su reciente pasado y entendió la situación en la que se encontraba. Un atrevimiento que rozaba en casos como aquel la buscada impertinencia. - Perdóname por no saludarte, pero es que mis manos se encuentran indispuestas en estos momentos-, terminó por decir, alzando la cabeza para “mirar” sin en realidad poder ver el lugar originario de la voz que le había hablado después de despertarse.

- Algo así. Eres un chico malo y un jodido problema para los nuestros. Así que sí, se puede decir que eres famoso, aunque no diría en el buen sentido de la palabra-, respondió el hombre.

La voz del tipo se escuchó una vez más enfrente de Henry, pero según iba hablando, el rubio podía notar como el sonido de sus palabras iba avanzando y rodeándole mientras estaba en la silla, maniatado, y con el saco, bolsa de tela, o lo que diablos tuviera en la cabeza para impedirle ver.

Qué tonto había sido. La información que le pasaban le había granjeado más de un éxito en el pasado, más no debía haberse confiado de esa manera. Suponía que a esas alturas de la película, ya poco importaba su familia o mantenerse dentro de los mortífagos para estar cerca de ellos. La había pifiado a base de bien.

- Y por qué siendo tan famoso, ¿sigo aún con vida? - preguntó, sabiendo la respuesta, pero necesitando soltar la pregunta para ver si sonsacaba y averiguaba algo más de su captor.

Captor o captores. En el callejón eran más de uno, de eso estaba seguro, pero de momento sólo le hablaba uno y no notaba que por ahora hubieran más en la habitación en la que lo retenían.

- Oh, bueno, nos confundes con los tuyos. Nosotros somos mucho más civilizados que vosotros, malditas bestias-, le respondió. - Además, no tardarás en saber el motivo por el cual sigues vivo.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Miér Mayo 15, 2019 1:29 am

El mundo no era un lugar sencillo, desde luego que no, y ella lo sabía desde hacía mucho tiempo. Su madre se había esmerado en enseñarle una lección tan sencilla como que no existían ni el blanco ni el negro, sino una amplia gama de grises, más claros y más oscuros. El blanco y el negro eran conceptos abstractos, artificialmente contrapuestos, que nuestra propia mente creaba: nos identificábamos a nosotros mismo como el blanco, el bien, y a aquello que intentaba hacernos daño como el negro, el símbolo de todo lo malo que había en aquel mundo. Resultaba muy fácil aceptar esa línea de pensamiento.

Pero en el mundo no existía la maldad pura, esa que no admite ni un ápice de luz en su ser. Todo el mundo tenía una chispa de bondad en su interior, por muy pequeña que fuese. Sin embargo, esta chispa no brillaba lo suficiente en ciertas personas, por lo que resultaba sencillo creer que no tenían nada en su interior más allá de la oscuridad.

Gwendoline suponía que los Kerr no eran una excepción a esa norma, pero después de lo que Sam sospechaba—y tenía casi confirmado—que habían hecho, costaba mucho imaginarlos como personas que se sentirían orgullosas de que su hijo siguiera sus convicciones en la vida. A fin de cuentas, si así era… ¿por qué empeñarse en cambiarlo, hasta el punto de transformarlo en otra persona?

—Me resulta difícil de creer.—Manifestó, encogiéndose de hombros y mirándole a los ojos.—Esa gente y yo tenemos una idea muy distinta de lo que es sentir orgullo.—Y lo dijo con toda sinceridad: tanto Gwendoline como Sam se habían sentido siempre muy orgullosas de que Henry, a pesar de la familia en que se había criado, no se hubiese dejado dominar por sus ideales. Eso era sentir orgullo.

Con respecto al propio Henry, las palabras no serían suficientes para garantizar la confianza de Gwendoline. La morena, después de las cosas que había vivido, prefería confiar en los actos. Las palabras podían ser engañosas, pero las acciones revelaban la auténtica naturaleza de una persona.

Por el momento, Henry no había intentando matar a ninguno de sus compañeros. Aquel era un buen comienzo, pero todavía quedaba un largo trecho por andar. Así que se guardó la varita del rubio y aceptó la invitación a tomar un café.

Su antiguo compañero de casa no tenía preferencia a la hora de escoger local, solo que sirviesen buen café. Enseguida le vino a la cabeza a Gwendoline el Juglar Irlandés, pero descartó la idea de inmediato: Sam trabajaba allí, y desde luego que no iba a llevar a Henry Kerr a ese lugar sin el permiso de la rubia.

—Podemos ir al E Pellicci. No está muy lejos de aquí, y sirven desayunos, si tienes hambre.—Sugirió, y se pusieron en camino.

Mientras caminaban, acariciados por la suave y gélida brisa de la capital británica, Gwendoline puso sobre la metafórica mesa una proposición para un Henry que, enseguida, adoptó una expresión mucho más seria. Y no era para menos: le propuso ser un espía de verdad, utilizar sus contactos dentro de la organización mortífaga para ayudar a la causa que pretendía derrocar a Voldemort y los suyos. Desde luego que no era una propuesta sencilla de aceptar, así de buenas a primeras, y entrañaba muchísimo peligro.

Pero, pensándolo bien… ¿no estaba él en peligro ya con sus dudas? Podía disimularlas sólo durante algún tiempo, pues tarde o temprano alguien acabaría descubriéndolo.

No le sorprendió, en cambio, que prefiriese tratar aquel asunto en un lugar más privado y menos concurrido, a lo que Gwendoline asintió con la cabeza, sin dejar de caminar.

—Está bien. Considérate secuestrado, pues.


Unos minutos más tarde, en E Pellicci...


Cuando entraron en el local, una campanilla sonó encima de sus cabezas, y una sonriente camarera de media melena teñida de azul y ojos castaños los saludó, dándoles la bienvenida. Los invitó también a escoger mesa, y dada la hora que era, no tendrían mucho problema para escoger: el local estaba casi vacío, habiendo solo un par de mesas ocupadas.

Gwendoline caminó hacia el fondo de la cafetería, al lugar que más privacidad podía ofrecerles y, por supuesto, alejado de los ventanales. No quería correr más riesgos de los necesarios.

—¿Alguna preferencia en cuanto a mesa?—Preguntó Gwendoline, que realmente ya tenía una mano puesta sobre el respaldo de una silla en el rincón. No es que hubiera elegido ni mucho menos, pero le parecía la más idónea.

Y estaba algo nerviosa, no iba a mentir: a fin de cuentas, la conversación que estaban a punto de tener no era ninguna banalidad.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Sáb Mayo 25, 2019 1:29 am

Su particular heroína no era de las que se acobardaban. Oh, por supuesto que no, ese era un detalle que había aprendido nada más conocerla. Pocas personas se hubieran atrevido a rescatarlo, menos aún a rescatarlo de manos de sus propios aliados por la fe que le tenía a un antiguo y borrado Henry.

Quizás por ello, y tan sólo por ello, el rubio ya contaba con la decisión de la joven. Por supuesto, ella tenía la última palabra en todo aquel asunto, más con lo poco que la conocía ya podía hacerse una idea del valor que atesoraba en su interior. Un valor que por si solo llevaba a las personas al final del camino de sus vidas, pero que si se juntaba con inteligencia como era en aquel caso…

- No, no te creas. Todo padre o madre se siente orgulloso de que su hijo sea lo suficientemente maduro cómo para mantenerse firme en sus convicciones. Otra historia es que odien dichas convicciones y el motivo por el cual este rubito ante sus ojos lo hace-, le explicó. - Vamos, que estarían orgullosos de mi actitud, si no supieran el resto. Si se enteraran que es por proteger o tratar con promuggles…-, dejó la frase en el aire. - Bueno, quizás esta vez no sean tan benévolos conmigo como la primera vez-, dijo con acerado sarcasmo, dándole un tono ácido y peculiar al adjetivo de bondad.

Porque esa era la realidad. Nadie que aún respirara sobre aquel maldito planeta podía tener más motivos para odiar a su familia que él. Aunque fuera difícil de creer, lo que le habían hecho iba más allá de la evidente tortura necesaria para debilitarle y la posterior manipulación de su mente. Ellos eran sangre de su sangre, su hermano, sus padres, y lo habían utilizado como si de un objeto se tratara. Solo personas habían vivido experiencias como la suya, llegaban a comprender que la traición era el mayor de los pecados y el más deleznable de todos.

- Sí, me vendrá bien comer algo. La comida carcelaria no es aconsejable ni al peor de los enemigos-, bromeó, manteniendo la cortesía con la mujer que lo rescatara.

Esas fueron las últimas palabras de Henry antes de dejarse llevar por Gwen por la ciudad. Minutos más tarde y después una buena dosis de frescor mañanero durante su caminata, el rubio entraba al E Pellicci con el mejor de los semblantes y el vigor recuperado.

Por supuesto, una joven camarera de lo más simpática los recibió nada más llegar y los invitó a escoger mesa, momento que no desaprovechó Gwen para socializar un poco con su acompañante recientemente rescatado.

- Bueno, estoy tentado de escoger esta de al lado para obligarte a cambiar de silla-, bromeó con una media sonrisa en los labios. - Este lugar es perfecto-, comentó más serio, pero sin perder la sonrisa.

Nada más mostrar esa nueva dosis de sus carácter de duende de los bosques, Henry se quitó la chaqueta y la dejó colgada por los hombros del respaldo de una silla, en la que de seguido se sentó.

Y a los pocos segundos, la misma chica de pelo azulado se acercaría a sus mesas y dejaría dos cartas sobre ella.

- ¿Les pongo algo de beber?

- Sí, por favor-, contestaría. - Dos cafés, si no es mucha molestia. El mío solo y bien cargado-, dijo, mirando sonriente a la camarera y apoyando los codos sobre la mesa, mientras esperaba que Gwen decidiera exactamente el café que deseaba tomar o que, por otro lado, prefiriera una bebida distinta.

La camarera apuntó el pedido, más antes de que pudiera retirarse a la barra, Henry volvió a reclamar su atención con su voz.

- Y ya me he decidido con la comida, tráigame un desayuno completo-, comentó, ojeando por encima la carta. - ¿Y algo de bollería también? - se preguntó a sí mismo, más que a chica de azulada cabellera.

- Vaya. Tiene mucha hambre-, contestó la susodicha camarera, muy risueña. - Le recomendaría nuestro Battenberg. Es una delicia.

- Dios sabe que hoy necesito una buena dosis de panceta y calorías en el estómago-, le respondió, antes de reír suavemente. - Así que me dejaré sorprender por usted. Tráigame un buen trozo de ese Battenberg-, sugirió, guiñándole un ojo. - Y qué dice mi querida Gwen, ¿no os apetece también un poco de postre? -, comentó como cualquier amigo o pareja le diría a su acompañante. - Sólo se vive una vez-, dijo sonriente, inclinándose un poco hacia adelante y apoyando la cabeza sobre sus manos entrelazadas por sus dedos. Una postura con la que dejaba más peso de la parte superior de su cuerpo reposar sobre sus codos.

Con esa postura, Henry clavó la mirada sobre Gwendoline una vez más, y esperó la respuesta de ella, así como la partida de la simpática camarera.

Algunos asuntos necesitaban cierta privacidad y, por qué no, una apariencia de normalidad tampoco les venía mal.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Miér Mayo 29, 2019 2:08 am

Desde el momento en que las mágicas puertas del refugio auxiliar quedaron atrás, Gwendoline había comenzado a pasearse por un sueño.

No es que la situación le pareciese ideal, maravillosa o algo por el estilo, pero sí sentía que todo aquello no podía ser real: Henry Kerr, su antiguo amigo, caminando junto a ella como si, repentinamente, los últimos años no hubiesen importado nada.

Salvo porque caminaban la una junto al otro como desconocidos, claro.

Cuando cruzaron las puertas de E Pellicci, la situación no cambió demasiado: la morena seguía sintiéndose extraña, casi como si no estuviese viviendo aquello de verdad. ¿Sería igual de extraño todo para Henry? Se imaginaba que no, pues a fin de cuentas, él no había sido consciente de lo que le habían quitado hasta hacía relativamente poco tiempo.

Intentó deshacerse de aquella sensación. Se recordó a sí misma que, en los tiempos que corrían, lo insólito y lo improbable eran el pan nuestro de cada día, y para muestra, un botón: los mortífagos controlaban el Ministerio de magia. Los locos estaban a cargo del manicomio, y no podía decirse que tuviesen muy buenas intenciones. ¿Tan raro era, entonces, que Henry y ella estuviesen allí, de pie, en una cafetería, dispuestos a tomar algo?

No, pensó mientras separaba con suavidad la mesa de la silla, procurando no arrastrarla. Odiaba arrastrar las sillas. No es tan raro, pues está sucediendo.

Se sentó con delicadeza, y nada más su trasero tocó el asiento, se puso a desenvolver la bufanda que le tapaba el cuello. La dobló y la dejó con cuidado en la silla contigua, y más pronto que tarde se dio cuenta de que, al llegar al refugio auxiliar, llevaba puesto un sombrero que ya no tenía consigo.

Ya volveré a por él, pensó sin darle la más mínima importancia. A fin de cuentas, si aquello era un sueño, el sombrero aparecería colgado en el perchero de la entrada, como siempre. Así funcionaban los sueño.

Gwendoline abrió la boca para comenzar la conversación, pero enseguida se vio interrumpida por la llegada de una alegre camarera con afición por el tinte azul, y que llevaba en sus manos un par de cartas. La morena enmudeció de inmediato y en sus labios apareció una sonrisa de cortesía.

La camarera cambió las cartas por un pequeño cuaderno de notas y un bolígrafo, en caso de que supiesen que pedir. Henry fue, de hecho, el primero.

—El mío igual que el suyo.—Asintió Gwendoline, haciendo un gesto con la mano izquierda.

Se puso a ojear la carta, que mantenía casi vertical sujeta entre sus manos, y justo cuando la camarera se marchaba, Henry la detuvo. En ese momento, Gwendoline levantó la vista del menú y la fijó en su antiguo amigo. El rubio comenzó entonces una comanda que hasta ese momento sólo habría atribuido a algún culturista, como podía ser el actor que interpretaba a La Montaña en Juego de Tronos.

Gwendoline le dedicó una sonrisa un tanto forzada a Henry cuando se refirió a ella, habiendo completado su pedido.

—Una berlina rellena de chocolate y recubierta de azúcar glas.—Pidió de manera casi automática. Siempre pedía lo mismo por las mañanas, pues poco más le entraba en el estómago.

Habiendo pedido, Gwendoline devolvió la carta a la camarera, y ésta, ahora sí, se retiró a la barra a pasar la comanda a la cocina. La de Henry, al menos. La morena la miró por encima de su hombro, pues su silla estaba de espaldas a la barra, y la siguió hasta verla pasar al otro lado del mostrador. Solo entonces volvió a prestar atención a Henry, dispuesta a dar comienzo a la pequeña charla que habían comenzado antes.

—Si no recuerdo mal, te estaba preguntando por la posibilidad de ejercer como fuente de información real para...—Echó un breve vistazo alrededor, y a pesar de que seguía sin haber demasiadas personas en el local, prosiguió con un tono de voz más bajo.—...la Orden. ¿Crees que es un buen momento para hablar de ello, o prefieres primero matar ese apetito de león en la Sabana africana que pareces tener?

Acompañó aquellas palabras con una leve sonrisa, un indicativo de que pretendía bromear. Nunca había sido lo suyo, por lo que no se ofendería si Henry no comprendía su humor. Pocas personas lo hacían.

—No es necesario hablar de eso, en realidad.—Añadió, a fin de dejarlo claro.—Sé que no es una petición sencilla, y que entraña muchísimos riesgos, así que no me ofenderé si prefieres mandarme a la porra.

Lo cierto es que no tenía claro que aquello fuese una buena idea. Los riesgos eran muy grandes, por muy jugosa que pudiese ser la recompensa posterior. Sin embargo, quién está implicado suele ver más los contras que los pros.

Es lo más lógico: instinto de supervivencia.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Sáb Jun 08, 2019 2:36 am

- Oh, una berlina rellena de chocolate. Tiene usted buen gusto, Señorita Edevane. Muy buen gusto-, comentó en cuánto la camarera estuvo lo suficientemente lejos para no escucharle. Inclinándose aún más hacia adelante y cargando más peso sobre los brazos apoyados contra la madera de la mesa. - Resulta ciertamente tentador-, terminó por decir, ampliando la sonrisa que dibujaban sus labios.

Sí, así lo era. El atractivo de una persona estaba en muchas cualidades del todo dispares. Para los más superficiales recaían en el mero físico, pero lo cierto es que todos teníamos nuestras propias fijaciones. Esos pequeños detalles que hacían que una persona nos gustara o no.

En groso modo se consideraba que esos detalles los englobaba la personalidad y el carácter, y aunque es verdad que este es el aspecto más importante de todo individuo, siempre existían otras características que estaban a ambos lados de la delgada línea roja que separaba quienes nos caían bien, de los que no tanto.

Una mujer con buen gusto. Ese detalle podía marcar la diferencia en el mundo de Henry Kerr. Era, cuánto menos, aquello que había dicho. Tentador.

- ¿Y cuándo es un buen momento para hablar de algo tan peliagudo? - respondió, haciéndose hacia atrás y cargando ahora su peso contra el respaldo de la silla. - Un callejón, una cafetería. Da igual. Son de esas cosas que no importan dónde se contesten, sólo importa hacerlo-, dijo más serio, pero sin perder la sonrisa y tamborileando con los dedos de su mano encima de la mesa.

La postura, palabras y sonrisa de Henry quizás se podrían considerar pura banalidad. Gestos de un hombre al que le importaba poco los asuntos de espionaje de órdenes de pájaros de fuego o de hombres y mujeres vestidos de negro. Nada más lejos de la realidad. Después de todo, el rubio no había ido hasta allí por cortesía y para seducir a ninguna dama.

- Sí, se podía contestar en la calle, en el mismo sitio en el que estábamos antes de venir aquí, Pero qué puedo decir, tengo hambre-, bromeó con cierta socarronería, antes de ponerse más serio. - Aunque no te lo creas, era una idea que he contemplado en los últimos meses. Al fin y a la postre, soy uno de ellos a la fuerza ¿no?

Probablemente, en todos esos meses Henry no había sido tan directo con nadie. Ni siquiera con Samantha o Caroline. Hasta cierto punto se sentía liberado de un peso.

- Y no. El problema no es el miedo. El problema nunca ha sido lo que me juego-, se sinceró. - Ya me la estoy jugando tratando con Sam y Carol, y conversando ahora contigo. No es una cuestión de mi vida en peligro. Es más complicado-, comentó con la seriedad que requería esas palabras.

En cualquier caso, sus palabras quedaron por unos instantes en el aire, sin tiempo a poder añadir nada más, ya que la joven camarera se acercó a ellos con parte de sus pedidos. Los cafés y postres habían llegado.

- En unos minutos le traeré su desayuno-, dijo con amabilidad la chica de pelo azulado, al tiempo que dejaba sobre la mesa las bebidas calientes y los dulces.

- No hay prisa. Si me he podido morir de hambre toda esta mañana, unos minutos más podré esperar-, respondió con la misma amabilidad, y dedicándole un guiño nada más hacerlo.

Por serio que fuera el asunto del espionaje, nuestro Henry no iba a perder los modales, ¿no es así? De todas formas, la chica no tardó en retirarse nuevamente en dirección a la barra.

- Seré todo lo franco que un hijo de perra cómo yo puede ser-, comentó mientras arrancaba un trozo de su postre y se lo echaba a la boca. - Mmm, delicioso, deberías probarlo-, dijo seguido, en cuánto saboreó y tragó el pedazo de su manjar. - La chica tenía razón, en este sitio hacen un Battenberg la mar de delicioso-, dijo, como si tal cosa, obviando lo tan importante que estaba diciendo antes de que la camarera lo interrumpiera. - En fin, la cuestión no es la peligrosidad, más allá de que la tenga en cuenta, no me he vuelto un suicidad de la noche a la mañana-. Y como si tal cosa también regresó al asunto real que lo había llevado hasta esa cafetería restaurante.

Pocas cosas en la vida se le daban mejor al Kerr. La labia era lo suyo y fluía con ella en la misma sintonía que un delfín lo hacía con el océano. Rayos, ahora que el exraven lo pensaba, debería haberse hecho ministro o alguna estupidez de ese estilo.

- Bueno, la situación es así de simple y compleja al mismo tiempo. Por un lado sé lo que me hizo mi familia, pero sólo eso, lo sé y nada más, ¿lo entiendes? - intentó explicarse, sin saber muy bien si lo había logrado. - He visto algunos recuerdos y muchos más que veré, pero sólo los he visto. Los sentimientos, las risas, lloros y todo lo que va unido a esos recuerdos ya no están en mí. Ya no forman parte de mí-, intentó hacerla entender. - El Henry que ustedes conocieron ya no existe, sólo este, el que creó mi familia. Y sí, sé que son unos cabrones que me han destruido para crearme a su imagen y semejanza. Más, aunque esto me duele, me cabrea y me dan ganas de quemar mansiones con ellos dentro, lo cierto es que sigo siendo el tipo que ellos idearon. Ni más, ni menos.

En ese momento aprovechó para tomar un trago del café. Estaba fuerte, cómo a él le gustaba.

- No sé, supongo que te pareceré un imbécil por romperme la cabeza con estas historias. Seguro que pensarás que ya que me jodieron, lo mejor sería joderles sin más, y no te falta razón.

El rubio aprovechó la situación para desviar la mirada que tenía puesta sobre la joven para clavarla sobre hacia la mesa. Luego se acarició la frente y de paso se colocó mejor el flequillo a un lado.

- No es tan sencillo-, comentó si cambiar la postura, para instantes después  volver a mirar hacia ella. - Esto que me pides, esto que he pensado alguna vez…-, dejó la frase sin acabar. - Aunque suena una locura, me pides traicionarme a mí mismo. Sé que soy así de purista porque mi familia me cambió a su voluntad, pero aunque no quisiera cambiar, aunque me forzaran, esto es lo que soy. Para ti, Sam o Carol, los recuerdos con Henry tienen sentimientos clavados y anclados en ellos, para mí sólo son imágenes de una película hecha con magia. Una película que cuenta unos hechos reales, pero una película al fin y al cabo-, dijo finalmente.

Lo dijo con toda la sinceridad que le quedaba. Con toda el alma que le quedaba.

- El único Henry que existe es un purista, así de simple-, comentó, tomando la taza de café y dándole un largo trago que hasta cierto punto le quemó por dentro. Ese dolor era lo que necesitaba en esos instantes. - Delicioso-, dijo con cierto aire melancólico. Una voz decaída que no encajaba bien con la media sonrisa que había dibujado en sus labios nada más terminar de hablar y menos aún con la fogosa y viva mirada que le dedicaba a su acompañante.

Frente a frente. Se solía decir que el alma de una persona se veía a través de sus ojos. Por esa razón, antes de volver a hablar, y mientras le hablase a Gwen, Henry deseaba mantener su mirada sobre los ojos de la mujer. ¿Para ver lo que pasaba por el interior de la mente de la Edevane? Sólo en parte, lo que realmente deseaba era que ella viera la suya. Asegurarse de que viera lo que sentía, los sentimientos y verdades que recorrerían su alma con lo que tenía que decirle.

- Pero esto te lo podría haber dicho en el callejón, no hacía falta venir hasta aquí para ello. Así que sí he venido…-, volvió a dejar la frase en el aire, para luego jugar y menear el contenido oscuro que aún quedaba en su taza de café, todo ello sin dejar de mirar hacia sus bellos ojos. - Estoy cansado de ser lo que los demás quieran que sea o han querido que sea. Es hora de tomar las riendas de mi montura y aventurarme hacia el sol como en un buen western. La hora de no ser el Henry antiguo que recuerdan o el creado por mi familia. Toca crear un nuevo Henry, hecho por mí-, le dijo antes de terminarse el café y dejar sobre el platillo la taza vacía. - Es mi hora, Gwendoline. Así qué dime, ¿qué me ofreces? ¿Qué tipo de información quieres de mí?  Sólo entonces podré decirte qué puedo darte.
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Mar Jun 11, 2019 12:56 am

Claro estaba, siempre lo había estado, que quien tenía el don de la palabra en su pequeño grupo de amigos que habían cursado sus estudios en la casa de las águilas era, precisamente, Henry Kerr. Esa manera casi de emborracharse en todo aquello que decía, de dejarse mecer por el sonido de su propia voz, era algo muy propio del rubio al que una vez había considerado su amigo.

Gwendoline, por su parte, era mujer de pocas palabras. Dada a escuchar, pero no tan dada a hablar. ¿Y qué hizo entonces? Pues escuchar.

Permaneció seria, en el más completo silencio, mientras Henry exponía su visión de las cosas. O mejor dicho, y en sus propias palabras, ‘un nuevo Henry’ lo hacía.

Le mantuvo la mirada en todo momento, su rostro una máscara inexpresiva que no denotaba emoción alguna. Su mano derecha se había hecho con una servilleta de papel, y en gesto nervioso del que no fue consciente, sus dedos comenzaron a arrugar la toallita hasta convertirla en una pequeña bola de papel, que a su vez comenzó a hacer rodar entre sus dedos.

Había muchas partes de aquel pequeño discurso que la morena no se tragaba. ¿El único Henry que existía era un purista? No, ni de broma. Si así fuese, Samantha Lehmann y Caroline Shepard estarían muertas o encarceladas hace tiempo. Quizás él se empeñase en asegurar que su antigua vida no era más que un conjunto de recuerdos de otros, que él sólo presenciaba de manera similar a quien se sienta en el cine a ver el último estreno de la temporada, pero para Gwendoline no tenía el más mínimo sentido: un purista común y corriente, mortífago además, no habría actuado así.

Y entonces, cuando la morena ya empezaba a pensar que estaba perdiendo el tiempo, y que tendría que sacar su varita para hacer que Henry olvidara todo lo ocurrido ese día, el susodicho comenzó la perorata acerca de su nuevo yo. Y una Gwendoline cuyos ojos empezaban a mostrarse cansados y desinteresados, de repente, recuperó el interés.

Sin embargo...

—No. No es así como funciona.—Gwendoline negó con la cabeza de manera categórica, apartando un segundo la mirada de los ojos de Henry.—Hasta ahora, pensaba que estaba tratando con la persona que conocí. Pensaba que, a pesar de todos los cambios que te han hecho, tu auténtico yo estaba haciendo un esfuerzo por imponerse.

Hizo una pausa y volvió a mirarle a los ojos. Dejó escapar un suspiro, antes de continuar hablando.

—La mente humana es algo mucho más poderoso de lo que puedas imaginar.—Hablaba desde la experiencia, pues ese era su campo predilecto.—La memoria puede perderse, o puede ser arrebatada, como en tu caso, pero generalmente, esa magia no consigue afectar del todo a los sentimientos.

Había insistido, por activa y por pasiva frente a Sam, que no podía existir ningún tipo de magia, por poderosa que fuese, capaz de producir un cambio permanente en la personalidad de alguien. Ciertos rasgos no podía borrarlos ni siquiera la magia, pero ciertamente, la ausencia de recuerdos podía aletargarlos. A veces, permanentemente.

—¿Has experimentado alguna vez un déjà vu? O mejor, ¿has tenido alguna vez la sensación de que conoces un lugar en el que no recuerdas haber estado nunca? ¿O has experimentado alguna vez una sensación familiar ante un determinado olor, o sabor, o sonido?—Parecía que se estaba yendo por las ramas, pero no era así: todo llevaba a un punto importante.—La memoria y las emociones dependen en gran medida de los sentidos, y es por eso que, en ocasiones, un determinado lugar, olor, sabor o sonido nos traen sensaciones que nos resultan familiares, aunque no las asociemos con ningún recuerdo. Los recuerdos se pueden llegar a perder, pero las sensaciones relacionadas a ellos, generalmente, prevalecen.

Se inclinó hacia delante, prosiguiendo con su argumentación en un tono de voz mucho más confidencial, bajando la voz para no ser escuchada por nadie más que por él.

—¿Vas a mirarme a los ojos y decirme que nunca, jamás, mientras hablabas con Caroline Shepard, te ha invadido una sensación familiar? ¿Que la que fue tu pareja en Hogwarts no ha evocado jamás ni un ápice de emoción en ti? ¿O que la que fue como tu hermana, uña y carne, tampoco lo ha hecho?—Gwendoline negó con la cabeza, volviendo a recostarse sobre el respaldo de su silla.—No me lo trago.

Y lo peor de todo era… que le entendía. Que entendía que tuviese la necesidad de reconciliarse con lo que era, con aquello en que le habían convertido. Porque una persona no puede vivir si no se acepta a sí mismo tal y como es. ¿Pero de verdad pretendía decirle que ni un ápice de su antiguo yo se había abierto paso hacia la superficie?

—Entiendo que quieras construir un nuevo tú, uno que sea libre… pero haz el favor de no darme la razón.—Gwendoline se sentía derrotada, pues había pasado por un largo proceso de aceptación de que el viejo Henry seguía ahí, en alguna parte, bajo toda esa capa de purismo artificial.—Ellas dos tenían fe en ti, y yo no. No hasta que te vi, al menos. Me ha costado mucho aceptar que sigues ahí… ¿vas a decirme que tenía razón antes? Por favor...

Se cruzó de brazos y, por fin, apartó la mirada. La fijó en algún punto indeterminado a su derecha, sin realmente ver nada, mientras pensaba en la decepción que supondría para ella descubrir que todo aquello había sido, básicamente, para nada.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Henry Kerr el Lun Jun 17, 2019 12:45 am

Henry había pensado que la joven arrancaría comentándole cual era la idea exacta de lo que quería de él. Claro estaba que quería que le diera información, que fuese un espía para ella y la Orden, del mismo modo que ella lo hiciera por su cuenta. Porque, no, él no era ningún tonto, y si la morena ante sí tenía tan buena información era porque su particular heroína de película tenía inteligencia, recursos y arrojos para conseguirla por su cuenta y sus propios medios. Por evidentes razones, sabía que los avisos que diera a sus compañeros de la Orden eran buenos, y por supuesto, por igualmente evidentes razones, él no había sido quien le diera tal información.

Así pues, la chica sabía moverse. No era una fugitiva cualquiera y con ese apellido era más que suficiente para saber que no lo era. ¿En qué trabajaba? Ni idea, pero estaba claro que su posición en el mundo mágico no se había resentido, y para más seña, lo usaba en beneficio de sus verdaderas lealtades.

Sin duda estaba ante alguien que sabía usar la cabeza, pero además mantener la compostura en momentos delicados.

- En parte sí, en parte tenías razón antes-, le contestó, después de pensar en todo lo que le había comentado. - Somos ravenclaw, no somos gente de fe, somos gente de hechos. Y si ellas tienen fe es por algo más tangible que las ilusiones, y es en parte por la verdad que me has dicho y la que yo te he contado.

Sólo los que pasaban por algo como lo que Henry había tenido que vivir, sabían el hambre que daba la angustia de saberse hombre muerto. Por esa razón no era de extrañar que se hubiera pedido un desayuno tan completo, y por qué había centrado su atención en otro trozo de su postre antes de continuar hablando.

- Siento las interrupciones para comer. Sé que hablamos de cosas serias, pero precisamente por eso debo comer. No se toman buenas decisiones con el estómago vacío-, bromeó, rebajando un poco el tono serio de la conversación. - Ahora más serio. Tienes toda la razón, La mente es muy poderosa y hasta la magia igualmente poderosa le cuesta hacer frente a ella. Hay cosas que siempre quedan allí, por mucho que se intenten extirpar del cerebro-, estuvo de acuerdo con la chica. - Pero tampoco puedes negarme que esas cosas están en el fondo de mi cabecita. A día de hoy es más subconsciente que conciencia, el hombre del pasado que tan bien conocéis, que esperáis que esté ahí, yo no lo conozco más que por imágenes y sentimientos de recuerdos prestados ¿entiendes?

¿El Henry antiguo existían dentro de su cabeza, en lo más hondo de aquello que los espiritualistas llamaban alma? Era probable. La cuestión es que él no podía saberlo, pues cualquier sentimiento que tuviera de su antiguo yo no sabría descifrarlo como tal, pues en su presente consciente no los albergaba. Los tenía, sí, pero soterrados y ocultos y en todo, indescifrables para él. El Henry del año dos mil diecinueve había visto al Henry de hacía quince años, pero aún así no sabía que sentimientos podían ser los que se podrían considerar como originales.

La situación era simple, fácil de entender, pero la solución era otro cantar. Su cabeza era un cacao “maravillao” de lo más complejo

- Ese hombre como tal, ya no existe, yo no soy él. Estará en alguna parte dentro de mi cabeza, pero para mí no es tan simple como decir que está ahí y empiece a hacer las cosas de un modo… que no sabría porque no sé sentir ni ver las cosas como ese antiguo Henry-, le explicó, inclinándose hacia adelante para tomar la misma postura confidencial y privada de su compañera. - La memoria y las emociones dependen de los sentidos, cierto es, ¿pero cómo sentía y entendía el mundo que le rodeaba el viejo Henry? Ahí es a donde voy, aunque aprenda de él, aunque lo vea y vea lo que siente y cómo se sintieron Sam y Carol con dichos recuerdos, no es lo mismo que sentirlo in situ, en el momento. Qué de la noche a la mañana empiece a actuar como ese hombre, cómo si pudiera darle a un botón…-, se encogió de hombros, antes de cargar su peso nuevamente contra el respaldo de la silla. - No es factible. No lo creo, aunque no soy experto en esta materia. Lo mío son los bichos escamosos gigantes-, rió, nada más mencionar tan coloquial descripción para los dragones.

Su cambio de postura tampoco había sido una casualidad, ya que había escuchado los pasos de la camarera acercarse hacia ellos.

- Aquí tiene, un menú completo-, dijo la joven, risueña, dejando el plato delante del rubio.

- Muchas gracias, hoy me comería una caballo. Lo prometo-, le contestó en el mismo tono amable y simpático.

- Pues en ese caso espero que le encante y disfrute de su comida. Provecho-, respondió la camarera, antes de regresar a la barra.

Eso sí era la comida de un buen escocés. Merlín sabía que necesitaba una buena inyección de proteínas, y ahora que volvían a estar solos, podía retomar la conversación sin miedo a ser escuchado.

- Incluso aunque queráis que aparezca el viejo Henry tenéis que esperar que lo rehaga de cero-, comentó, antes de echarse buen trozo de carne en la boca y masticar con parsimonia, saboreando el momento. -Joder sí. Que dios si existe, bendiga los pequeños placeres de la vida. Deberías probarlo, está delicioso-, dijo seguido, acercándole el plato y mirando en derredor. - Vaya, necesitaríamos otro tenedor para compartirlo-, dijo, mirando en derredor del plato, sobre la mesa.

Hambre y cuestiones de muertos de hambre aparte, Henry no había perdido el hilo de lo que estaba hablando con la chica.

- Digamos que sea como sea, debe haber un nuevo Henry. Uno no manipulado por sus padres ni nadie más. Lo demás llegará-, se sinceró. - Sí, me han invadido sensaciones familiares a los largo de estos últimos años-, le confirmó, aunque sin entrar en detalles. - Y ahora sé que debe ser cosa de mi antiguo yo, de eso que decías de que la mente es muy fuerte y ni la magia más poderosa puede arrebatarnos todo lo que somos. Pero es distinto saberlo a serlo. Por esa razón te dije que necesito rehacerme. Quizás al final sea una persona completamente distinta a lo que querían mis padres o el anterior Henry, puede que acabe llegando a una meta donde resulte que acabo siendo lo que ellos querían, o incluso puede que acabe reencontrándome con nuestro viejo Kerr. No quiero mentirte, podría pasar cualquier cosa-, se sinceró con ella d nuevo. - En cualquier caso, seguramente sea  la opción a. Alguien distinto, porque a fin de cuentas, aunque recupere todo lo que era, todo esto que he vivido y este trabajo que debo hacer para ser quien en lo más profundo de mi alma quiera ser, me hará un hombre diferente. Es una experiencia, algo traumática, he de reconocer, que me hará distinto.

Después de explicarse con pelos y señales, el rubio cortó un trozo de panceta frita y se la echó a la boca. Hablar no le quitaba el apetito, e incluso se podría decir que le estaba dando más ganas de comer.

- Siento darte la tabarra. Debo estar haciéndote un cacao la cabeza con tanta información. Supongo que no me basta con tener un embrollo en mi propia cabeza, y debo hacer que todo el mundo los tenga-, bromeó, antes de reír suavemente. - En fin, el resumen es que aunque queráis al Henry antiguo, y  este siga existiendo en mi subconsciente, debo pasar por un proceso para llegar hasta él. Y ese proceso debe ser un nuevo rubito, uno que no es ni siquiera el actual, que además ya podría decirse que tampoco es lo que creó mi familia, sino lo que queda después de tantas mentiras-, terminado el resumen mostró sus palmas hacia arriba. Un gesto que mostraba que no era exactamente lo que deseaba hacer, sino lo que tocaba hacer. - Desgraciadamente, yo sé bien que las cosas no siempre pueden ser como queremos. A veces hay que  conformarse, y a veces hay que tomar caminos secundarios, cómo en este caso.

El benjamín de los Kerr estaba siendo bastante sincero con la joven, y esperaba que comprendiera su punto de vista. En el fondo, no rebatía nada de lo que ella le había dicho, más bien incluso le daba la razón. Simplemente cómo justo le había comentado, no bastaba con pulsar un botón de reinicio, no había magia como esa, que él supiera, así pues, debía trabajarse un nuevo Henry y a partir de ahí ver qué pasaba.

- Te he soltado un buen rollo. Y eso que yo venía aquí a ser el nuevo cero cero siete-, bromeó, dibujando una sonrisa en sus labios. - En ocasiones puedo llegar a ser muy pesado. Pero no he querido dejarme nada en el tintero ni mentirte. Debe hacerse así y lo que pase al final no lo sé ni yo-, le dijo con franqueza. - Pero cómo bien has dicho, mi antiguo yo sigue estando ahí ¿no? Quizás me guíe hasta reencontrarme. Sólo hay una forma de averiguarlo.
Henry Kerr
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Gwendoline Edevane el Miér Jun 19, 2019 8:01 pm

Lo que siguió al largo discurso de Gwendoline fue algo extraño, con tintes filosóficos incluso: Henry Kerr, a modo de explicación, elaboró un peculiar análisis de su personalidad, sin dejar de lado las predicciones sobre su futuro. Opciones había varias, fueran del gusto de quien fueran.

Pese a todo, Gwendoline se armó de toda su paciencia, los brazos cruzados en un gesto claramente defensivo y los ojos puestos en él, le prestó toda su atención. Y comprendió, que es lo más importante de todo.

El mensaje subyacente estaba bastante claro: Henry no podía ser quien otros querían que fuese. Ella nunca lo hubiera pretendido, ni mucho menos, pero a pesar de ello sintió una incómoda punzada de culpabilidad, la cual la llevó a adoptar una pose todavía más defensiva que antes.

Se hacía cargo de que descubrir que sus recuerdos habían sido modificados—o más, incluso: toda su personalidad había sido modificada—no había tenido que ser un trago fácil de digerir. También se hacía cargo de todas las implicaciones que debía tener su situación, especialmente cuando todos a su alrededor pretendían que fuera una cosa u otra.

Sin embargo, Gwendoline había pasado tanto tiempo tratando de asumir lo que Sam y Caroline veían… que ahora no soportaba la idea de tener que recular.

—No tengo hambre. Gracias.—Respondió cuando, a mitad de su explicación y tras una breve visita de la camarera, Henry le ofreció su plato. Y lo dijo de verdad: se le había quitado por completo el apetito.

Henry siguió hablando durante unos minutos más, y Gwendoline consiguió mantener la atención puesta sobre él. No le resultó difícil: su capacidad de concentración era bastante elevada, en gran parte gracias a las mismas cualidades que la habían llevado a la casa Ravenclaw. Si había sido capaz de aguantar las eternas lecciones de Historia de la Magia, aquello era sencillo.

Y lo fue. Y lo mejor de todo: comprendió el punto. Así que, tras meditar un par de segundos, aún cruzada de brazos, asintió un par de veces con la cabeza, y comenzó a hablar.

—Entiendo lo que quieres decir.—Inspiró profundamente por la nariz y exhaló el aire en un suspiro prolongado, antes de continuar.—Me imagino que no ha debido ser nada fácil soportar que todo el mundo a tu alrededor te diga quién eres o quién se supone que deberías ser. No ha de ser agradable.—En menor medida, y en circunstancias distintas, ella podía comprender perfectamente lo que se sentía, viniendo de dónde venía.—Y precisamente porque entiendo lo que quieres decir… es por lo que no voy a ofrecerte nada.

Le miró a los ojos para decir aquello, y se quedó nuevamente en silencio. Cuando sus ojos volvieron a apartarse de él y se clavaron sobre la mesa abarrotada de comida, Gwendoline siguió hablando.

—Primero has de descubrir quién eres. Y más importante que todo eso, has de descubrir qué quieres ser.—Sonaba precioso, casi idílico, especialmente si llegaba a la conclusión de que era una buena persona dispuesta a luchar por los inocentes. Sin embargo, Gwendoline había aprendido a esperarse lo peor.—No estoy aquí intentando reclutarte para que formes parte de la guardia de la reina, ni ofreciéndote un sueldo a cambio de tus servicios; por el contrario, te ofrezco problemas, peligro y, quizás, una recompensa que merezca la pena al final del día. Pero no basta con que te dejes llevar por la corriente: has de querer hacerlo, has de creer que es lo correcto. Si no lo crees...—Gwendoline se encogió de hombros, de manera elocuente, sin necesidad de terminar aquella frase.

Echó mano de su bolso y, enseguida, se puso a rebuscar en su interior. No tardó mucho en encontrar lo que buscaba: un bolígrafo.

—Descubre quién eres. Descubre qué es lo que quieres hacer con tu vida.—Le sugirió mientras tomaba una servilleta del dispensador cercano. Se puso a escribir algunos números en ella.—Si resulta que esa persona quiere ayudar a los que lo necesitan, que tiene intención de acabar con esta locura...—Colocó la servilleta con su número de teléfono sobre la mesa y la deslizó en su dirección.—...házmelo saber.

Dicho aquello, Gwendoline supo que, por el momento, había visto suficiente. Se puso en pie, dando un último sorbo a un café que dejaba casi lleno, y enseguida sacó la cartera. Sacó dinero para pagar ambas consumiciones, y lo puso sobre la mesa. También dejó allí la varita de Henry, parcialmente oculta entre los platos de comida.

—Invito yo… Y Henry… Espero que encuentres lo que estás buscando. De verdad.—Hablaba con toda la sinceridad del mundo. Quizás lo que estaba buscando no era lo que ella quería que encontrase, pero de todas formas… no le quedaba más remedio que aceptarlo.

Henry debía vivir su vida como mejor le conviniese. Si al final del camino, los dos se encontraban en el mismo bando, muy bien; si al final del camino, se veían como enemigos… Gwendoline actuaría en consecuencia.

Se marchó sin decir más, con una sensación extraña dentro del pecho.
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