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El precio de la fama {Gwendoline}

Henry Kerr el Lun Ene 21, 2019 1:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

20 de Enero de 2019

Lugar desconocido, en cualquier parte de Londres

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Los últimos meses habían pasado sin pena ni gloria. No había nada muy destacable que contar durante ese tiempo, ni tampoco ninguna hazaña memorable o que mereciera la pena escribirse. Sin embargo, para el Kerr, pese a que todo parecía estar en el mismo sitio, a que todo seguía igual a los tiempos en los que regresara a las islas y los mortífagos se hicieran con el poder, todo no podía ser más distinto.

Se podía decir que para Henry su familia era uno de sus ejes en la vida, incluso cuando se había pasado los años posteriores a la carrera universitaria lejos de ellos. Su familia, así como todo lo que había aprendido de ellos…

A simple vista todo seguía igual. El mundo mágico seguía siendo de los suyos y él seguía siendo uno de los fieles oscuros. A simple vista, porque todo no podría haber cambiado más.

La relación con su familia hacía tiempo que era una mentira, y dónde antes había amor fraternal, ahora sólo quedaban fingidas sonrisas y cordiales palabras cargadas de la más pura falsedad. Desde hacía tiempo era un fariseo, un mentiroso, un embaucador. Un rol que no se le daba nada mal, la verdad, pero que ya no usaba para controlar y sacar información a los Bennington u otros fugitivos, sino para mantener su estatus y su posición, para no delatarse ante su familia y lo que aún se podían considerar cómo sus aliados.

¿Pero en realidad aún se podían considerar “sus” aliados?

Ni a un imbécil se le pasaría por alto que por la mitad de las cosas que había hecho lo acusarían de traición. Su cabeza en una pica. Eso era lo mínimo que conseguiría de sus compañeros mortífagos si se enteraban de las reuniones que había tenido con Sam y Carol, y que no había hecho nada por detenerlas o acabar con sus vidas.

A la vista estaba que era un solitario hombre en tierra de nadie, pero que si aún quería conservar su cabeza sobre los hombros debía mantener la calma y ser el mayor impostor que jamás hubiese podido ser. Los mortífagos estaban en una posición hegemónica en esos momentos y si seguía siendo uno de ellos podía moverse con mayor libertad por las calles de Londres. Y con respecto a su familia… No sabía muy bien qué hacer. Sin embargo, al menos tenía clara una cosa, y es que estando cerca de ellos, siendo el “buen Henry” que ellos habían creado y esperaban que fuera, podía controlar sus movimientos y estar en un situación favorable si decidía actuar.

Más, los planes no siempre salen cómo uno espera. Menos aún cuando te llamas Henry Kerr, y tu familia, el mundo, el destino, Merlín y hasta los jodidos dioses se empeñaban en joderte con toda la fuerza de la que disponían.

Una buena información había llevado al benjamín de los Kerr tras la pista de unos fugitivos, ya que para mantenerse sin peligro dentro de los mortífagos debía actuar como si nada hubiera pasado. Sin embargo, para desgracia de nuestro querido rubio, la información no era buena y ni tan siquiera se podía considerar información.

Sólo era una trampa, y un callejón y un corto intento de defenderse más tarde, el Kerr era preso de sus acérrimos enemigos. Aquellos que tantos hubiera mandado a Azkaban o incluso mandado junto a sus antepasados.

- Hola, Kerr. Bienvenido de regreso al mundo de los vivos. Espero que te sientas cómodo-, se escuchó decir a un hombre que se encontraba delante de Henry. Un hombre que no podía ver por la oscuridad que rodeaba su cabeza y no le permitía ver nada.

Sin duda, el plan de mantenerse en el bando mortífago minimizaba los riesgos y permitía a Henry seguir los pasos de su familia, pero no estaba exento de peligro. Seguía siendo el enemigo para los fugitivos y con el paso del tiempo su valor aumentaba y se atrevían a realizar movimientos más decididos y a preparar atentados más osados.

- Ese soy yo, el que viste y calza-, contestó el rubio, su voz apagada por el trapo que cubría su cabeza, algo confuso y con su mente embotada por su recién despertar. - Tantas molestias por mí, imagino que debo haberme ganado mi fama-, contestó con su habitual atrevimiento, una vez recordó su reciente pasado y entendió la situación en la que se encontraba. Un atrevimiento que rozaba en casos como aquel la buscada impertinencia. - Perdóname por no saludarte, pero es que mis manos se encuentran indispuestas en estos momentos-, terminó por decir, alzando la cabeza para “mirar” sin en realidad poder ver el lugar originario de la voz que le había hablado después de despertarse.

- Algo así. Eres un chico malo y un jodido problema para los nuestros. Así que sí, se puede decir que eres famoso, aunque no diría en el buen sentido de la palabra-, respondió el hombre.

La voz del tipo se escuchó una vez más enfrente de Henry, pero según iba hablando, el rubio podía notar como el sonido de sus palabras iba avanzando y rodeándole mientras estaba en la silla, maniatado, y con el saco, bolsa de tela, o lo que diablos tuviera en la cabeza para impedirle ver.

Qué tonto había sido. La información que le pasaban le había granjeado más de un éxito en el pasado, más no debía haberse confiado de esa manera. Suponía que a esas alturas de la película, ya poco importaba su familia o mantenerse dentro de los mortífagos para estar cerca de ellos. La había pifiado a base de bien.

- Y por qué siendo tan famoso, ¿sigo aún con vida? - preguntó, sabiendo la respuesta, pero necesitando soltar la pregunta para ver si sonsacaba y averiguaba algo más de su captor.

Captor o captores. En el callejón eran más de uno, de eso estaba seguro, pero de momento sólo le hablaba uno y no notaba que por ahora hubieran más en la habitación en la que lo retenían.

- Oh, bueno, nos confundes con los tuyos. Nosotros somos mucho más civilizados que vosotros, malditas bestias-, le respondió. - Además, no tardarás en saber el motivo por el cual sigues vivo.
Henry Kerr
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Henry KerrMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Miér Mayo 15, 2019 1:29 am

El mundo no era un lugar sencillo, desde luego que no, y ella lo sabía desde hacía mucho tiempo. Su madre se había esmerado en enseñarle una lección tan sencilla como que no existían ni el blanco ni el negro, sino una amplia gama de grises, más claros y más oscuros. El blanco y el negro eran conceptos abstractos, artificialmente contrapuestos, que nuestra propia mente creaba: nos identificábamos a nosotros mismo como el blanco, el bien, y a aquello que intentaba hacernos daño como el negro, el símbolo de todo lo malo que había en aquel mundo. Resultaba muy fácil aceptar esa línea de pensamiento.

Pero en el mundo no existía la maldad pura, esa que no admite ni un ápice de luz en su ser. Todo el mundo tenía una chispa de bondad en su interior, por muy pequeña que fuese. Sin embargo, esta chispa no brillaba lo suficiente en ciertas personas, por lo que resultaba sencillo creer que no tenían nada en su interior más allá de la oscuridad.

Gwendoline suponía que los Kerr no eran una excepción a esa norma, pero después de lo que Sam sospechaba—y tenía casi confirmado—que habían hecho, costaba mucho imaginarlos como personas que se sentirían orgullosas de que su hijo siguiera sus convicciones en la vida. A fin de cuentas, si así era… ¿por qué empeñarse en cambiarlo, hasta el punto de transformarlo en otra persona?

—Me resulta difícil de creer.—Manifestó, encogiéndose de hombros y mirándole a los ojos.—Esa gente y yo tenemos una idea muy distinta de lo que es sentir orgullo.—Y lo dijo con toda sinceridad: tanto Gwendoline como Sam se habían sentido siempre muy orgullosas de que Henry, a pesar de la familia en que se había criado, no se hubiese dejado dominar por sus ideales. Eso era sentir orgullo.

Con respecto al propio Henry, las palabras no serían suficientes para garantizar la confianza de Gwendoline. La morena, después de las cosas que había vivido, prefería confiar en los actos. Las palabras podían ser engañosas, pero las acciones revelaban la auténtica naturaleza de una persona.

Por el momento, Henry no había intentando matar a ninguno de sus compañeros. Aquel era un buen comienzo, pero todavía quedaba un largo trecho por andar. Así que se guardó la varita del rubio y aceptó la invitación a tomar un café.

Su antiguo compañero de casa no tenía preferencia a la hora de escoger local, solo que sirviesen buen café. Enseguida le vino a la cabeza a Gwendoline el Juglar Irlandés, pero descartó la idea de inmediato: Sam trabajaba allí, y desde luego que no iba a llevar a Henry Kerr a ese lugar sin el permiso de la rubia.

—Podemos ir al E Pellicci. No está muy lejos de aquí, y sirven desayunos, si tienes hambre.—Sugirió, y se pusieron en camino.

Mientras caminaban, acariciados por la suave y gélida brisa de la capital británica, Gwendoline puso sobre la metafórica mesa una proposición para un Henry que, enseguida, adoptó una expresión mucho más seria. Y no era para menos: le propuso ser un espía de verdad, utilizar sus contactos dentro de la organización mortífaga para ayudar a la causa que pretendía derrocar a Voldemort y los suyos. Desde luego que no era una propuesta sencilla de aceptar, así de buenas a primeras, y entrañaba muchísimo peligro.

Pero, pensándolo bien… ¿no estaba él en peligro ya con sus dudas? Podía disimularlas sólo durante algún tiempo, pues tarde o temprano alguien acabaría descubriéndolo.

No le sorprendió, en cambio, que prefiriese tratar aquel asunto en un lugar más privado y menos concurrido, a lo que Gwendoline asintió con la cabeza, sin dejar de caminar.

—Está bien. Considérate secuestrado, pues.


Unos minutos más tarde, en E Pellicci...


Cuando entraron en el local, una campanilla sonó encima de sus cabezas, y una sonriente camarera de media melena teñida de azul y ojos castaños los saludó, dándoles la bienvenida. Los invitó también a escoger mesa, y dada la hora que era, no tendrían mucho problema para escoger: el local estaba casi vacío, habiendo solo un par de mesas ocupadas.

Gwendoline caminó hacia el fondo de la cafetería, al lugar que más privacidad podía ofrecerles y, por supuesto, alejado de los ventanales. No quería correr más riesgos de los necesarios.

—¿Alguna preferencia en cuanto a mesa?—Preguntó Gwendoline, que realmente ya tenía una mano puesta sobre el respaldo de una silla en el rincón. No es que hubiera elegido ni mucho menos, pero le parecía la más idónea.

Y estaba algo nerviosa, no iba a mentir: a fin de cuentas, la conversación que estaban a punto de tener no era ninguna banalidad.
Gwendoline Edevane
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