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we are happy, happy at home || Sam&Carol.

Caroline Shepard el Mar Ene 22, 2019 5:02 am

we are happy, happy at home || Sam&Carol. HqJ64fZ

Invierno, 8°.
24 de diciembre, 2018.

Cuando Caroline espera con ansias un día es tanta su emoción que no necesita de ninguna alarma para poder despertar. Abre sus ojos solita y sonríe acurrucada en su cama, sabiendo que se le vendrá un gran día por delante. Y lo más bonito es que es un día en el que estará acompañada de su familia, la biológica y la de vida, haciendo que su corazón latiera fuertemente de las ansias de querer que ya llegase la hora de poder compartir con ellos ese día tan especial. Hoy era víspera de navidad, donde el olor a nieve y galletas recién horneadas se filtra por todos las grietas existentes, llegando a tu nariz para darte esa sensación única e inigualable, que sin importar que pasen y pasen los años te producirá lo mismo, una calidez y felicidad inexplicable.  

Este año Samantha y ella habían decidido tomar todas sus cosas y animalitos para pasar la navidad en la casa de los padres de la pelirroja. Caroline estaba emocionada porque no los veía hace mucho y de cierta manera su ser ya los extrañaba. Extrañaba los chistes aburridos de su padre, y la sonrisa estridente de su madre, las canciones improvisadas, y esa comida que uno solo come cuando está en su primer hogar. Además, para los padres de la joven maga la navidad era un evento importante, hasta más que el año nuevo porque si había personas con su alma infantil intacta eran los progenitores de la magizoologista.  Adoraban las luces, los calcetines colgados, los monos de nieve, los villancicos, y los regalos. Amaban la energía de la navidad y esa magia que venía inherente a ella y logran transmitirlo a todos los que los rodean.

Cuando miró su reloj y vio que era una hora decente para poder despertar a Sam, corrió descalza hasta su habitación y delicadamente se metió entre las sábanas de la rubia abrazándola y acurrucándose a su lado.- Hoooooolí.- le canturreó bajito en su oído.- Bueenos díaaas.- siguió cantándole dulcemente para despertarla de a poquito, sin bombos ni platillos sino que con cariño, de a poquito.- Ya llegó el gran día.- terminó por decir con una sonrisa, cuando una Sam comenzó a moverse como un gatito recién despertando entre sus brazos.

***

Las horas pasaron volando porque ambas estuvieron todo el día arreglando las últimas cosas para la tarde; guardar los regalos y  cambios de ropa, mandar algunas postales a amigos y llevar algunos comidas para la cena. A su vez, Caroline se había empeñado en hacer un postre, con sus propias manitas para llevárselo a sus padres y aportar en la cena de esa noche. Pero quien conoce a la pelirroja, sabe que ella y el cocinar no se llevan muy bien, por lo que esa tarta que debía demorarse dos horas como máximo, termino por hacerse en cuatro horas más un par de platos rotos. Pero lo había logrado y se sintió toda orgullosa, aunque aún no sabía si había quedado bien, pero esperaba de todo corazón que así fuera.  

A la hora acordada ambas se juntaron en el living con sus bolsos listos y  sus mascotitas. A Caroline le tocaba ser el medio de transporte ese día, era la más adecuada para llevarlos a todos hacia la casa de sus padres. Ya que por más que Sam ya había ido en más de un par de ocasiones, hace mucho que no lo hacía por lo que su recuerdo no era tan preciso y podrían ocurrir errores.

La pelirroja los llevó en dos tantas, en la primera iban: Sam, Don Gato, y Lenteja. Y en la segunda iría ella junto a Don Cerdito. Porque si iba a ser una cena en familia, no podían faltar sus hermosos animalitos.

Cuando llevó a sus queridos en la primera tanda hacia el living de la casa de sus padres, no había nadie alrededor, la pelirroja frunció el ceño confundida, dudosa si esa era realmente la hora acordada, ya que no entendía por qué es que sus padres no estaban ya allí, recibiendolos con los brazos abiertos y sonrisas enormes. Pero lo que si  le impactó fue no saber nada de Chuck, su dulce y viejito perrito que puede oler su presencia desde kilómetros para empezar a ladrarle amorosamente.- ¿Papás?.- exclamó al aire pero no hubo respuesta alguna, miró a Sam extrañaba y se encogió de hombros mientras dejaba su bolso sobre el sillón. - Deben haber ido a comprar algo…voy por Don cerdito y regreso, siéntete como en casa.- le dijo junto a una dulce sonrisa a su amiga para desaparecer y aparecer en menos de lo que uno alcanza a decir “Con mi burrito sabanero voy camino a Belén”.

Llegó y dejó a Don Cerdito en el suelo, quien no tardó en mover su culito para recorrer todo el lugar, olfateando todo, igual que Lenteja quien ya ni siquiera se observaba por el living.- Bueno, tiene alguno cambios pero es casi la misma casa de siempre. La misma que nos vio crecer por siete años Jota, verano tras verano.- le dijo a su amiga mientras miraba todo a su alrededor y respiraba profundamente, feliz de volver a sentir ese olor de hogar.

De pronto el sonido de unas campanas provenientes del patio llegaron a los oídos de ambas magas, Caroline sonrió radiantemente, y tomó la mano de Sam para llevarla hacia los exteriores de la casa de sus padres.- Jingle bells, jingle bells, jingle all the way...- se comenzó a escuchar, la pelirroja apresuró su paso ya que logró identificar la voz de sus padres, y cuando salió se quedó anonadada.- ¡BIENVENIDAS! ¡FELIZ VÍSPERAS DE NAVIDAD! .- exclamaron los padres de Caroline, mientras movían vigorosamente las campanas, haciéndolas sonar.

En el patio de los Shepard, que se encontraba teñido de nieve había un enorme trineo cubierto de luces, su padre estaba vestido de papa Noel, y su padre de señora Claus, y a su lado causándole una  ternura tremenda estaba Chuck con una gran bola roja en su nariz y cachitos de reno en su cabecita. También, no era menor el detalle de los monitos de nieve que simulaban a Sam, Caroline, junto a sus animalitos, porque sí señoras y señores, sus padres se habían dado el tiempo hasta de hacer a Don cerdito de nieve. Su madre movió su varita, y por fin Caroline pudo escuchar el ladrido de Chuck y verlo moviendo su cola hacia ella, haciendo soniditos de emoción y dándole besitos con su lengua de bienvenida, pero luego una bolita de pelo más pequeña que el llamó su atención.- Chuck, hermoso mío. Ella es Lenteja, tu nueva amiga.- le dijo entre caricias al perro que no tardó en ir a olfatear a esa revoltosa perrita que ladraba emocionada al ver alguien parecido a ella.

Los padres de la pelirroja fueron al encuentro de las magas, su madre fue primero a abrazar fuertemente a Sam, y su padre a Caroline.- Espero que les haya gustado esta bienvenida, tu madre tuvo  que silenciar y movilizar a Chuck porque sabíamos que se volvería loco cuando llegases .- le comentó su padre.- Está todo muy bonito, papá. Gracias.

- Ay, Samantha. Que alegría tenerte nuevamente por acá, esta casa y sus integrantes extrañaron mucho tu presencia .- dijo su madre, abrazando nuevamente a Sam de un costado apoyando su cabeza junto a la suya. – Y a ti también, señorita desaparecida .- agregó su madre, lanzándole la lengua a la pelirroja, quien le devolvió el gesto con ternura para luego ir a darle un abrazo.

Ambos llevaron a las jóvenes hacia el interior, donde hacía más calorcito, ya que pese a que habían armado un escenario todo bonito en el patio hacía un frío que te mueres.

- Vayan a dejar sus cosas arriba y luego bajen que le tenemos muchas cositas ricas para comer, a ustedes y a sus animalitos .- dijo el padre de la pelirroja con una enorme sonrisa, una que brillaba con luz propia.



THE SHEPARD:
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Paul Shepard (muggle, 48 años) :Profesor de historia y un poeta empedernido, le encanta improvisar con su guitarra canciones. Le gusta coleccionar sonidos de risas por lo que anda por la vida contando chistes para hacer a la gente reír (su risa favorita es la de su esposa), es un amante de la vida, por lo que aprovecha todos sus días al cien por ciento. Ama a su hija con locura, y siempre le manda al menos un mensajito al día contandole chistes.
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Marie Walsh (maga, 45 años): Astróloga, sabe el nombre de casi todas las constelaciones existentes. Su risa es muy característica, cuando se ríe es como si se comiese el mundo y su sonido se llega a escuchar hasta la esquina. Le encanta saber el signo zodiacal de la gente y sacarles su carta astral. Ama los animalitos más que los humanos, al igual que su hija, a quien por cierto ama  locamente.
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CHUCK:
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Chuck: Perrito callejero que Caroline encontró cuando tenía diez años, desde allí se convirtió en uno de sus animales favoritos en el mundo. Ambos tienen una conexión inexplicable, ya que sin importar que pase el tiempo es como si el pudiera comprender en su totalidad a la pelirroja, sabiendo cómo se siente, qué piensa, y dándole un cariño inconmensurable. Ahora esta muy viejito, pero aún así no pierde su revoltosa y adorable forma de ser. Le basta con solo un olida para saber si esa persona le cae bien, a Sam, por ejemplo le movió su colita la primera vez que la vió.
Caroline Shepard
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Sam J. Lehmann el Miér Ene 23, 2019 3:14 am

Esa noche era la víspera de Navidad, más conocida como Nochebuena, y Samantha y Caroline iban a pasar esa agradable velada con los padres de la pelirroja. Sólo estaban ellas dos, ya que Gwendoline había sido convencida por su abuela para pasar las navidades en compañía de la familia Edevane, sí, esa familia purista cargada de retrógrados y gente rancia. Sam desconocía lo que le había dicho su abuela o si le había convencido con algo a cambio, pero tenía que ser una mujer terriblemente persuasiva como para que Gwen hubiese aceptado ir ahí. Le hubiera gustado pasar nochebuena las tres, pero bueno, tampoco pasaba nada. Ya le daría su regalo al día siguiente.

Sam, por su parte, estaba encantada de celebrar nochebuena con la familia de Caroline, ya que ella se imaginaba que lo más normal era pasarlo solas en casa, en compañía de sus animales y ya está. Sin embargo, Caroline le ofreció la idea días antes y, aunque Sam se viese un poco escéptica por su insistencia de mantenerse alejada de las personas para no meterlas en problemas, al final la pelirroja terminó convenciéndola. Y es que… el propio padre de Caroline era muggle, así que si los Shepard ya habían conseguido lidiar con eso y estar a salvo, dudaba mucho que la presencia de una fugitiva fuese una gran amenaza. Así que el mismo día veinticuatro, al ver que Caroline tenía intención de hacer un postre para la cena—y teniendo en cuenta lo nefasta que era en la cocina y mucho más con postres—Samantha se animó a hacer galletas y así de paso le ayudaba a ella a no quemar la cocina.

La rubia no era precisamente una manitas en la cocina, pero llevaba muchos años haciendo galletas. La verdad es que durante muchos años sus galletas no sabían del todo bien, pero poco a poco ha ido adquiriendo la técnica definitiva y ahora eran de esas galletas que daban ganas de meter en un tazón de leche, esperar que se empapen bien del líquido para comértelas y disfrutar. Siempre las hacía con pepitas de chocolate—evidentemente—y de un tamaño chiquitito. Así que aprovecho para hacer mucha masa y muchas galletas: así hizo un tupper que dejar en casa para los días venideros, otro tupper para Gwendoline y uno, el más grande, para llevarlo esa noche y que los padres de Caroline se quedasen con unas cuantas. Y sí, las había probado antes para cerciorarse: le quedaron muy buenas y orgullosa se sentía de ello.

Ya a una hora de haber quedado en la casa de los Shepard, Sam salió de la cocina para darse una ducha y vestirse. Aún con la toalla puesta le preguntó a Caroline que cómo se iba a vestir para saber el grado de emperifollamiento que debía de tener, pero su amiga le contestó que ‘normal’ y claro… decirle eso y nada era exactamente lo mismo, sobre todo porque para Caroline a lo mejor normal en navidad era ir con vestido y tacones y para Sam ponerse unos pantalones. Al final, como iba a ir a casa de otras personas y mirando un poco en su armario, decidió optar por un vestidito mono, pero no se iba a poner tacones. Así que cuando estuvo lista, se peinó dejándose el pelo un poquito alocado y se pintó los labios de rojo, así como la línea del ojo.

Cuando terminó, salió de su habitación mientras se colocaba el reloj en su muñeca izquierda, caminando hacia la cocina para terminar de organizar las cosas. Estaba todo hecho un desastre, pero menos mal que mañana tendrían a la bendita magia para recogerlo todo. Aún no entendía cómo es que había mancha de harina en el dichoso techo, ¿cómo llegó eso ahí?

***

Una vez en casa de los Shepard, Samantha sonrió al estar prácticamente igual que como la recordaba. Los primeros años no mucho, pero cuando Samantha y Caroline ya tuvieron cierta edad, era fácil que en verano los padres se pusiesen de acuerdo para una de ellas pasase un tiempo en casa de la otra. Luca había aprovechado mucho ese momento para visitar Londres y acompañar a Sam, enamorándose de Inglaterra. Seguramente fue una de las muchas motivaciones que tuvo para mudarse definitivamente cuando Sam se graduó. —Por muchos cambios que tenga, siempre será la casa de los Shepard. Puede estar cambiada, pero mi mente la recuerda tal cual está, por imposible que parezca. —Caminaron un poco por allí, a la espera de encontrarse con los padres, aunque no parecían estar por ninguna parte. Sam no pudo evitar ver ese baúl que estaba bajo las escaleras, el cual señaló con rencor. —Recuerdo ese baúl del terror. Mi meñique todavía le teme. No sé cuántas veces me di con ese dichoso baúl. —Y Sam sólo podía recordar aquel día, con dieciséis años, cuando corriendo por la casa descalzas, Sam había terminado en el sueño implorando por la vida de su meñique, tapándoselo con la mano y diciéndole a Carol que creía haberlo perdido. Qué recuerdo más traumático y gracioso.

Y fue entonces cuando escucharon las campanas en el jardín y salieron a ver lo que ocurría, viendo allí una escena de lo más tierna. Los padres se habían disfrazado, además de haber recreado en nieve a una Caroline, a una Samantha y, por supuesto, a Don Gato, Don Cerdito y Lenteja. Sonrió animadamente, feliz, echando un poco de menos a su propia familia.

El perro se acercó a ellas con una felicidad que sólo cabía en el cuerpo de un perro. Sam se agachó para acariciarlo, sorprendida de que ese perro todavía estuviese dando alegría a la vida, pues debía de tener un porrón de años. Luego se levantó, recibiendo con un abrazo a la madre de la pelirroja. —Muchas gracias, Marie. Me alegro mucho de volver a verte. —Se separó del abrazo, mirándola. —Sabes que a mí me encanta venir aquí, lo que Caroline no me trae nunca. —Miró de reojo a Caroline junto a su madre.

Se acercó a abrazar también a Paul con un fuerte y cariñoso abrazo, para entonces entrar rápidamente en la casa. Llevaba abrigo, pero la madre del amor hermoso, hacía un frío que pelaba los huesos. Una vez dentro, con la estufa calentando bien el hogar, Sam y Carol subieron las escaleras para dejar las cosas en la habitación. Se quitó el abrigo, dejándolo sobre la cama, así como su bolso. —Me encanta esta casa, me trae muy buenos recuerdos. Muy hogareños y felices. No sé. No pensaba que me fuese a sentir tan a gusto. —Caroline debía saber que habían tres lugares en el mundo en donde Sam se sentía cómoda en su situación: la casa que compartían, la de su amiga Gwen y el Juglar Irlandés. El resto de sitio era zona peligrosa. Sin embargo, la casa de los Shepard se había unido. —Me alegra ver que tus padres han conseguido la manera de volver a estar juntos, tuvo que haber sido duro haber pasado tanto tiempo separados solo para convencer al gobierno de que… —Se calló, perezosa. —Me da pereza hablar de eso, pero me alegro mucho por ellos, ¡el amor vencerá, siempre! —Y alzó el puño en alto, divertida y teatral.

Debían de vivir bajo tensión, sobre todo él. Se preguntaba si tendrían datos de lo que le había pasado a Sam por Caroline, pero la verdad es que esperaba fervientemente no tener que tocar esos temas tan desagradables. No es bueno hablar de lo miserable que ha sido—o podría seguir siendo—tu vida, sobre todo en nochebuena. Así que con una bolsa con los regalos y otra con el pastel y las galletas, bajaron a la sala de estar. Dejaron la bolsa con los regalos sobre ‘el baúl del mal’ mientras que la de las cosas dulces la llevaron a la mesa donde Marie y Paul terminaban de cocinar algunas cosas. —¡Madre mía, qué bien huele! —Y se acercó a donde Marie estaba revolviendo. —Carol, tienes que aprender a hacer esto para que nuestra casa también huela así de bien, ¿eh, Carol? ¿Me escuchas? —Mencionó divertida, para entonces sacar sus galletas. —Os he hecho galletas. —Mostró el tupper. —Prometo que esta vez me han quedado buenas, ¿vale? La experiencia hace al maestro. O eso dicen. —dijo sonriente, recordando aquella vez en donde Caroline y Sam hicieron galletas en esa misma casa y… madre mía, menudo desastre. Habían hecho galletas, pero diferentes y… menos mal que las de Caroline eran nefastas que las horribles de Sam pasaron ‘un poco’ desapercibidas.

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Caroline Shepard el Dom Feb 10, 2019 3:49 am

Apenas sintió sus pies instalarse en el piso, sintió ese calor que solo te invade cuando te encuentras en tu hogar de origen, ese que te vió crecer y que sabes que jamás olvidarás porque fue tu refugio durante años. Y lo más bonito, es que para ambas ese lugar era muy especial, ya que las recibió mucho veranos y les entregó innumerables buenos momentos, de esos que te hacen sonreír y suspirar feliz. Rió,- Ese baúl es una amante de los meñiques, todos han chocado aunque sea una vez con él.- dijo divertida, recordando como ella en más de una ocasión terminó gritando a los cuatro vientos por el dolor que sentía en su dedito más pequeño del pie tras chocar con aquel vil baúl.

Lo que le extraño fue no ver a sus padres, y más aún no escuchar a Chuck caminando rápidamente a su encuentro para abalanzarse a sus brazos y moverle su colita animadamente. Y cuando pensó que tal vez se había equivocado con la hora, escuchó unas campanas provenientes del patio que la hicieron sonreír radiantemente, para luego ir corriendo hacia el exterior para pillarse con la sorpresa de sus padres.

Caroline sintió su corazón agrandarse y palpitar animadamente, como si se encontrará bailando fervientemente su canción favorita. Y se sintió tan a gusto, tan feliz y protegida. Y pensó que al menos por ese día no iba a pensar en nada malo, simplemente se iba a dedicar a gozar al lado de las personas y animalitos que roban su corazón todos los días y se permitiría ser completamente feliz, sin importarle, sólo por hoy,  que a fuera hubiera una guerra en curso, llena de injusticias y matanzas.

Abrazó fuertemente a su padre, agradecida por tan linda y acogedora bienvenida.- ¡Hey! No me miren así, y menos tu rubita, que sabes muy bien que si yo estoy ocupada, tu lo estas el triple.- reclamó ante esas miradas acusatorias por parte de su madre y Sam. Porque claro que a ella le gustaría visitarlos más y mejor si era junto a su mejor amiga, pero la vida siempre tenía otras cosas pensada para ella antes de ir a ver a sus padres y su querido Chuck.

Entraron a casa rápidamente, ya que por más que la decoración del patio era muy bonita, el frío estaba cala huesos, de hecho la nariz de Caroline  no tardó en ponerse roja y muy heladita. Sus padres le dijeron que fueran a dejar las cosas arriba mientras ellos terminaban de arreglar los últimos detalles. Y mientras subía las escaleras junto a Sam y caminaban en dirección a su pieza la pelirroja sonrió con nostalgia, es que ese recorrido estaba lleno de recuerdos y para qué decir su habitación, eran tantos que sentía que su corazón iba a explotarle en cualquier minuto.

- A mí también, esta casa me trae solo buenos recuerdos.- dijo mientras miraba por todo el lugar, para luego suspirar junto a una sonrisa. Elevó su brazo al igual que Sam cuando esta dijo que el amor siempre vence.- Así es, Jotita. El amor siempre vencerá, es por eso que no debemos decaer nunca, porque tarde o temprano el amor derribará todas esas barreras que hoy no nos permiten vivir libremente.- le dijo ofreciéndole la mejor de sus sonrisas. No se refirió al tema de sus padres porque se había prometido, al menos por ese día, hablar solo de cosas bonitas, y ese periodo en qué su padre tuvo que escapar y refugiarse fueron muy difíciles para toda la familia Shepard. Y con Caroline lejos, fue peor aún, era un martirio diario no saber de su padre, y de sus mejores amigos.

Bajaron las escaleras y la pelirroja inspiró profundamente al oler ese exquisito olor que venía desde el comedor. Se mordió el labio inferior infantilmente mientras sentía su estomago despertar ante tal tentación de olores. Dejaron los regalos sobre el baúl amantes de meñiques, y fueron al comedor en donde estaban su padres dándolo todo con sus comidas. La rubia se acercó a Marie, que revolvía con ahínco un bol, mientras la pelirroja se acercó donde su padre que estaba terminando de adornar unos canapes de camaron, crema de espárrago y nuez, y que Caroline no tardó en robarse dos y llevarselos a la boca de un sopetón.- Hey, comilona. Que aún no los terminó, no me los robes .- le dijo con una enorme sonrisa su padre, mientras la maga sólo se digno a lanzarle la lengua juguetonamente.  

- ¿Qué me has dicho, Sam? Que no te escuché bien.- bromeó la pelirroja haciéndose la sorda, riendose bajito traviesamente.- ¡Sí! y le han quedado muy ricas, yo puedo dar fe de eso. Mientras no me veía me he comido como diez jijiji.- confesó divertida, y agradeciendo que estaba lejos de Sam para no recibir su ´furia´culinaria.-Oh, muchas gracias, Sam. No deberías haberte preocupado. De seguro están deliciosas .- le dijo Marie, ofreciendole una cálida sonrisa a la rubia.


- Yo también he cocinado.- exclamó inflando su pecho, mientras elevaba el pastel que había hecho esa tarde y que tanto le había costado.  Sus padres la miraron sorprendidos.- ¿Tú haz cocinado?.- preguntó la madre de Caroline deteniendo hasta su revólver por el asombro.- ¿Y no explotó la cocina? .- preguntó el muggle mirando a Sam boquiabierta.- Joder, que poca fe en mi persona.- les dijo haciéndose la indignada, ya que entendía la sorpresa de sus padres al escuchar aquello, ya que ella y al cocina jamás de los jamases se han llevado bien. Ambos se acercaron a su lado y miraron con ojos curiosos el pastel que tenía la pelirroja en sus manos.- A simple vista se ve muy bien, eh .- dijo de pronto Marie, Paul por su parte puso una mueca.-  Pero ese queque de naranja que hizo hace unos años también se veía así, y bueno...ya sabemos el resto de la historia ¿no? .- preguntó mirando a todos los presentes, ya que Sam justo estaba ese verano en que la pelirroja se había aventurado en la cocina, para luego terminar con un queque, que parecía más harina con trozos de naranja cruda que cualquier otra cosa.- Bueno, si no quieren, no lo coman. Me lo como todo yo solita.- exclamó toda orgullosa dejándolo nuevamente en la mesa de mala gana y haciendo el ademán de irse toda indignada en busca de Chuck, pero sus padres la detuvieron antes sonrientes para abrazarla de cada lado.-  Son bromas, llamita .- le dijeron cariñosamente, utilizando uno de los apodos que le decían de pequeña. Ya que desde siempre la pelirroja ha sido intensa y más cuando se pone en plan orgullosa, como una llama de fuego, y para bromearla cada vez que se enojaba,  terminaron por decirle así, llamita.-  De seguro te quedó delicioso...como las galletias de Sam, a ver...- dijo Paul ahora yendo hacia donde la rubia y robandose una galleta.-  Mmmm, estan maravillosas, Sam . - le dijo sonriente.

***


Se encontraban todos sentados en la mesa, una adornada entera de navidad, hasta los servicios tenían renos y duendes navideños en ellos. Los platos aún no estaban servidos porque antes los padres de Caroline llenaron las copas de todos para hacer un salud por tan especial ocasión.-  Bueno, antes de comenzar a comer las deliciosas cosas que todos hemos preparado y aportado para esta noche...sí, también me refiero a tu pastel,llamita .- bromeó el padre de Caroline, mientras esta de manera infantil susurraba "Llimiti" sin gustarle aún ese apodo que de pronto le había puesto a su persona, haciendo reír a su padre.-  Pues, nos gustaría hacer un salud por tenerlas nuevamente acá, junto a nosotros en estas fechas tan importantes para nosotros. Nos hace muy feliz estar con ustedes y ver que pese a los años y el hostil tiempo en que nos encontramos su amistad sigue igual de bella e incondicional. Decirle a Sam, que nos alegra mucho verte nuevamente, que esta casa y los seres que la habitan te hemos extrañado mucho y que queremos que sepas, que con o sin nuestra pelirroja las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para tí. Y...llamita querida, siempre es un gusto ver tu sonrisa junto a la nuestra. Y ya, no me voy con más rodeos, porque nuestros estómagos se revelaran y armaron una orquesta de gruñidos, así que ...¡salud!. - dijo elevando su copa y chocandola con la de los demás. - ¡A los ojos, hay que mirarse a los ojos! Ya que nadie quiere siete años de mal...ya saben .- agregó su madre con sonrisa traviesa. Y a lo que Caroline sólo le respondió abriendo aún más sus ojos mientras chocaba su copa de manera divertida.

- Ahora ¡ A comer! .- exclamó Marie, levantándose de la mesa para ir en busca de los platos.- Esta noche hemos decidido hacer un menú totalmente vegetariano, ya que nos hemos enterado que ahora ambas lo son, me puse ha investigar y la verdad se pueden hacer cosas realmente extraordinarias y sabrosas sin necesidad de ninguna animal, así que... espero que les guste .- dijo la maga antes de ingresar a la cocina con una enorme sonrisa.
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Sam J. Lehmann el Mar Feb 12, 2019 5:38 pm

Puso las manos en jarras y miró a Caroline con falso reproche cuando confesó haberse confesado como diez galletas mientras ella no miraba. —¡Con razón luego no me daban las cuentas! ¡Y tú diciéndome que había contado mal! Me hiciste dudar de mis matemáticas. —Se mordió el labio inferior, mirándola divertida. No sabía qué era más divertida: esa situación o imaginarse a Caroline con la boca llena de galletas mientras Sam iba y venía de su habitación. Entonces escuchó a Marie, a lo que la rubia zarandeó la mano y la miró con tranquilidad. —Qué menos que traer el postre, ¿no? Mirad todo lo que habéis hecho: deberíamos de haber venido antes y así os hubiésemos ayudado.

Caroline confesó que ella también había cocinado, a lo que sus dos padres la miraron con sorpresa y es que una cosa estaba clara: si a Samantha no se le daba de todo bien la cocina, era un factor inquebrantable el hecho de que a Caroline Shepard se le daba terriblemente peor. Así que la reacción de los padres, además de ser muy divertida, también tenían mucha razón. —¡No explotó! —Respondió divertida Sam a sus reacciones. —Estaba preparada con el extintor, por si acaso. Pero he de decir que nuestra pelirroja ya ha aprendido a no quemar todo lo que toca en la cocina... —Miró a su amiga, con cariño. —Estoy exagerando, en realidad ha aprendido a cocinar algunas cosas sin supervisor y he de admitir que le quedan muy buenas. Yo creo fervientemente que se hacía la torpe en la cocina a propósito para no cocinar. —Vale, vale, Samantha tenía mucha confianza con los padres de Caroline, así que debía de admitir que estaba 'en su salsa' y bromear con respecto a su amiga le salía muy natural.

En un intento indignado de Caroline por defender su orgullo culinario, sus padres la abrazaron y fue Paul el primer—bueno, en realidad segundo—en probar las galletas de Sam. La verdad es que le gustó escuchar que estaban buenas de verdad y que, por fin, había aprendido a hacer galletas decentes. Ya era hora, a los dichosos veintinueve años.

Unos minutos después en donde terminaban de preparar la mesa y llevarlo todo, ya se encontraban los cuatro sentados en sus respectivas sillas, sirviéndose una copa de vino con la que el padre aprovechó para brindar. Sam sonrió, agradecida y feliz, cuando Paul le abrió la puerta de su casa, como siempre había hecho. Ella solo pudo agradecer en bajito, con la copa en alto, hasta que brindaron todos. Fue ante las palabras de Marie, que Sam miró de soslayo a su amiga. La verdad es que le gustaba mucho que tanto Caroline como Gwendoline estuviesen adoptando esa costumbre de comer vegetariano gracias a ella, cuando Sam en ningún momento había intentado convencerlas. —¿Sí, verdad? Al principio uno se pone a pensar en lo limitada que parece la cocina quitando algo tan importante como es el factor animal, pero luego resulta que puedes hace un montón de cosas. —Sonrió mientras se pasaban los boles y se iban sirviendo la comida. —Últimamente estamos probando muchas nuevas recetas y estamos enamoradas del humus casero. Otra cosa con la que Caroline no quema la cocina. —Volvió a bromear, mirando a su amiga, que estaba sentada justo a su lado mientras sus padres estaban ambos enfrente de ellas.

La cena fue super agradable, hablando de todo un poco. Llegó un momento en que fue Paul, un poco el que más empatizaba con la situación de Sam porque era de los 'apestados' de la sociedad, como ella, quién le preguntó por cómo le iba la vida. Suponía que ambos ya habían sido avisados de que preguntar por el pasado no era muy buena idea, por lo que la pregunta sólo se dirigía a la actualidad. Pilló a Sam justo tragando, por lo que tras hacerlo, se encogió de hombros. —Pues estoy genial la verdad... conseguí un trabajo a principio de año en una librería-cafetería por el centro y aproveché también para conseguir una identificación falsa para poder tener una vida normal. Y bueno... pese a todo, bien. He de admitir que todavía llego a mi casa exhausta de ese dichoso trabajo: acostumbrada a trabajar en una oficina, sentada todo el rato, a de repente vivir estresada porque no se me caigan los café... —Rodó los ojos, divertida. Se limitó a decir lo bueno, pues la verdad es que no tenía ganas de meterse en dramas innecesarios. —¿Y tú? ¿Has seguido escribiendo? —Le preguntó directamente, pues lo tenía en frente. —Hace mucho que no leo nada de ti. Recuerdo cuando Caroline me envió a casa el libro que publicó hace años... el de 'Súbete a las estrellas', ¿puede ser? Me encantó. En serio, me encanta. —Y bueno, es que Sam siempre había sido una lectora empedernida de todo lo que encontrase delante y el hecho de leer poesía tan bonita de alguien conocido, pues inevitablemente le daba mucho más sentimientos. —Pero claro, le he perdido la pista.

¿Ese es el último que has leído? ¡Pero Llamita! —Llamó con indignación a su hija, aunque realmente era más pura diversión. Al fin y al cabo, Caroline era el punto medio entre ambos. Si ella no le decía que su padre había sacado una nueva publicación, Sam no se iba a enterar. —He escrito más. Los años en los que estuve fuera no escribí tanto, pero cuando volví recuperé la inspiración. En realidad sólo he publicado un libro más, pero tengo bastantes bocetos por ahí con varios que he hecho aunque no los he publicado.

¿Estoy a tiempo de pedirlos por navidad? —Mostró una sonrisa, ilusionada. En realidad sí que le hacía bastante ilusión poder vivir desde sus poemas cómo había vivido él todo esto.
Sam J. Lehmann
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Caroline Shepard el Lun Mar 11, 2019 3:35 am

Caroline soltó una risita toda traviesa y puso un rostro todo angelical cuando confesó que se había comido galletitas en su ausencia.- En mi defensa diré que se veían demasiado deliciosas y tentadoras para no probarlas.- dijo mordiéndose el labio inferior divertida, y para agregar más salsa sacó una galletita y se la llevó a la boca.- Tenía que comprobar que seguían igual de ricas que en casa.- señaló con ojos abiertos y boca llena, toda glotona, pero una feliz.

En eso llegó el turno de la pelirroja y mostró su creación culinaria. En un principio sus padres pensaron que se trataba de una broma y que en cualquier momento saldrían las cámaras para decirle "Cayeron, sonrían" pero no, la cosa iba en serio. Y luego de bromear a diestro y siniestro del historial de Caroline en la cocina, terminaron por aceptar su promesa de que esta vez, a diferencia del queque de zanahoria, no estarían con dolores estomacales todo el día siguiente.- Que no, que aún sigo odiando la cocina. Pero, no sé...necesitamos comer para vivir ¿no? pues bueno, he aprendido a cocinar algunas cosas dentro mi supervivencia como humana.- terminó por decir encogiéndose de hombros junto a una mueca. Y no mentía, que a ella no le gustaba para nada cocinar, pero debía hacerlo, y muchas veces no estaba Sam en casa, no había dinero para pedir y la necesidad era imperiosa, así que una tarde tomó una receta de internet y se aventuró en la cocina, con un único objetivo en su cabeza, que no explotase todo y que lo que hiciera fuera comible. Y así, paso a paso ha logrado desbloquear cada vez más comidas.

El tiempo pasó volando y ya los cuatro se encontraron sentados en la mesa, con sus copas de vino en alto celebrando el estar juntos nuevamente. El menú de aquella noche para sorpresa de las invitadas era vegetariano, los padres de Caroline al enterarse de que ambas magas habían dejado la carne habían optado por esa comida. Los padres miraron nuevamente sorprendidos a la pelirroja al saber que no sólo cocinaba lo que había traído sino que más, mucho más.- Ya basta de ponerme ese rostro de asombro, que Sam ya les dijo que su hija ahora es una masterchef.-  dijo levantando su mano cual diva de la cocina.- Y sí, el humus me queda maravilloso, si se portan bien un día les daré de probar un poco de la delicia que hago.- bromeó risueña.

La cena continuo de maravilla, y la comida era increíble, cada plato mejor que el anterior, es que los padres de la pelirroja a diferencia de ella, amaban la cocina, quizás por eso ella nunca aprendió, porque ellos la amaban tanto que la pequeña Caroline jamás tuvo necesidad de entrar a ese sector de la casa hasta ya bastante mayor. Su madre le estaba diciendo los nuevos ciclos lunares de este año y cómo iban a afectar a cada signo, en especial el de Caroline, cuando de pronto una conversación entre Sam y su padre llamó su atención.

- Un día podrían ir a la cafetería de Sam, les va a encantar, el lugar es maravilloso y los que atienden son adorables. Menos una rubia gruñona que se come tus chocolates antes de que lleguen a la mesa, sin ven a la chica rubia, huya, huuuuyaaaan.- bromeó divertida, sacandole la lengua a su amiga de manera infantil. Sus padres negaron con la cabeza divertidos- Pues me parece una muy buena idea, ¿dónde queda, Sam? .- preguntó curiosa Marie.

Caroline abrió los ojos como platos cuando escuchó a Sam decir el último libro que había leído de su padre, y fijó su mirada en su comida, como si ella fuera magnética para hacerse invisible y hacer como que no estaba escuchando nada de la conversación, que tarde o temprano recaería en ella, claramente.  Pues porque solo ella era la que podía hacer la unión entre los libros de su padre y Sam, y bueno, no lo había hecho. Shame in her. - ¿Qué? ¿Ah? ¿Qué hice?.- preguntó haciéndose la que no entendía nada cuando su padre le reclamó por no haber llevado su último libro aún a Sam. Para luego terminar soltando una risita traviesa, en plan: Sí, no lo he hecho, pero así me quieren, tal como soy.

- ¡Pues claro que hay un libro para tí, Sam! Y con dedicatoria y todo .- le dijo sonriente el padre de la pelirroja.

Todos los platos se vaciaron y los estómagos se llenaron. Y con un pim pam pum más movimientos de varitas, toda la mesa que en un momento estuvo repleta ahora quedó completamente limpia.

Y los cuatro bolitas de comida se dirigieron al living, cerca del árbol navideño sin regalos aún en el.-  Bueno, como ya sabrás. Aquí no abrimos los regalos hasta la mañana siguiente. Y con Paul hemos decidido hacer un juego para ver si se animan .- comenzó a decir contenta la madre de Caroline.-  Pues, queremos recrear la entrega de regalos de un santa todo borrachín, y que atrasado con sus entregas dejó los regalos esparcidos por toda la casa, así mañana en la mañana todos nos reunimos acá en el árbol y vamos en búsqueda de nuestros regalos perdidos por la casa ¿Les parece? La idea es que esta noche escondan los suyos por ahí sin que nadie las vea, así mañana es sorpresa. Y por supuesto que él o la que encuentre todos sus regalos primero, tendrá un premio - terminó por decir toda feliz moviendo sus cejas.-  Pero el premio es sorpresa...bueno, al menos para ustedes..- dijo mirando traviesamente a Paul.

- Yo solo les diré que quiero muuuucho ganar .- soltó el padre de la pelirroja, emocionado como un niño de seis años.

- Pues, a mi me parece super divertido. Aunque yo ya les digo, Sam cuando recién despierta es un zombie. Así que debemos darle un tiempo para que se acostumbre a la vida de los despiertos, que sino fijo queda de última.- soltó la pelirroja, solo para picar a su amiga.

- Bueno, y por mientras esperamos navidad... - comenzó a decir Paul levantándose del sillón y yendo en busca de algo al pasillo, con miradas curiosas sobre él.- ... ¿les parece un poco de música? .- preguntó mostrando una guitarra junto a una amplía sonrisa.

- ¿Qué canción quisieran cantar esta noche? .- les preguntó a las tres adorables mujeres que se encontraban junto a él.
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 14, 2019 2:18 am

Sam siempre se partía de risa cuando Caroline se dejaba ver por el Juglar Irlandés y es que, como siempre, era tan intensita y divertida que animaba a cualquiera. Y realmente, Sam había hecho eso de haberle dado un mordisco a cualquier cosa de chocolate que Caroline se hubiese pedido y dejarle sobre la mesa una ensaimada mordida por la propia camarera. ¡La confianza, que da asco! Es por eso que cuando mencionó todo aquello, no pudo más que sentirse totalmente identificada y reír a carcajada limpia, llevándose la mano a la boca para no escupir lo que tenía dentro. ¡Que la gente se moría por reír tan fuerte mientras comía!

¡Pero Caroline, esas cosas no se dicen! —Se quejó divertida, roja como un tomate porque casi se muere ahí de reírse. —Paul, Marie, a ustedes no les voy a robar chocolates antes de llevarlos a la mesa. Caroline, tía. —Y la miró con gracia, en plan: “chivata, eso no se dice.” La verdad es que ahora no se veía capaz de llevarse nada a la boca por miedo a escupirlo y que le volviese a entrar la risa. No podía quitarse de la cabeza la cara de Caroline la última vez que le llevó aquella ensaimada con una mordida de su camarera y amiga favorita. —Está por el Soho, cerca de Chinatown. Supongo que conocen esa plaza enorme en donde se hacen las premiere de las películas, ¿no? Siempre me olvido del nombre, pero donde está el cine. —Ellos asintieron. —Pues está a dos manzanas en dirección hacia el Big Ben. —Usó sus manos para intentar explicarse. —¿Me explico?

Sí, creo que me ubico. Aunque creo que va a ser mejor que nos mandes la ubicación por móvil —confesó Paul, aprovechándose de las comodidades de los muggles.

Oye pues sí, sin duda alguna. —Coincidó Sam, sonriente. —Se llama el Juglar Irlandés. Es un lugar muy tranquilo, una librería-cafetería.

Después de eso comenzaron a hablar Paul y Samantha sobre lo que escribía el padre de Caroline, a lo que de repente la culpa de que Sam no tuviera su último ejemplar caía sobre la pelirroja. Era injusto, en realidad, ¿cuánto tiempo llevaba Sam desaparecida por completo?

¡Bien! —Exclamó contenta cuando Paul le dijo que claramente había un libro para ella. Le encantaba leer, observar o escuchar cualquier arte hecho por un conocido. Ella no tenía ninguna ‘habilidad oculta’ que pudiese mostrar al resto, por eso admiraba tanto a los virtuosos como los músicos, los poetas, los escritores… Y no sabía, pero le gustaba mucho descubrir el mundo interior de todas esas personas. Por eso también le gustaba escuchar a Caroline cantar, sabiendo que era algo que se le daba tan bien. Era como ver a otra Caroline diferente. Ojalá tener una habilidad oculta de esas. La de Sam sin duda era comer mucho chocolate sin engordar.

Cuando terminaron de comer y fueron a la sala de estar, Marie comenzó a decir cómo iba a ser el abrir los regalos de navidad, a lo que Sam miró a Caroline como dos niñas pequeñas, frotándose las manos como si fuese una mosca ideando un plan malvado. Le gustaba mucho eso de esconderlo.

Eso, eso, piedad —dijo, dándole toda la razón a Caroline. —Me vale con cinco minutos. Lo puedo bajar a tres si me despiertan con una galleta —bromeó. —Galleta de comer, que te veo las dobles intenciones, pelirroja. —Le señaló con el dedo, imaginándose a la Caroline de mañana por la mañana dándole un par de palmaditas en la mejilla a Sam para que despertase.


—Martes, 25 de diciembre del 2018, 09:23 horas—
Casa de los Shepard || Pijama

¡Pero Caroline, te dije que quería una galleta de verdad! —Se quejó cuando notó como su amiga se había puesto encima a darle con una mano en la mejilla. Ella intentó sacar las manos de debajo de la manta para quitársela de encima. —¡Caroooooooline! —Se volvió a quejar, para entonces abrir los ojos y ver que en su otra mano tenía una galleta. —¡Galleta! —Y sonrió como una niña pequeña.

Sam siempre sería de esas que desayunan leche con galletas, o en su defecto algún tipo de yogur con cereales, pero desde hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a ese tipo de entrada alimenticia mañanera.

Después de esos tres minutos de rigor y tras haber escondido previamente los regalos la noche anterior sin que nadie hiciese trampa, se levantó de la cama con el mismo ímpetu que una niña pequeña. Debía de admitir que adoraba ese tipo de juegos navideños. Nunca los tuvo de pequeña, ni de grande, por lo que le hacía volver a un tiempo pasado muy mono y cálido. Así que antes de salir se puso unos calcetines—porque el suelo estaba frío—y salió en busca de sus regalos. Habían quedado en que cada uno pondría la etiqueta con el nombre de a quién regalaba, para así si encontrabas uno que no era tuyo, lo dejases exactamente en el mismo sitio.

En el caso de Sam, había llevado tres regalos, uno para cada uno. Cabe decir que Sam era muy mala haciendo regalos, por lo dio su mejor en conseguir algo que le hiciese ilusión a todas las partes. Pero vamos, ¡Caroline se curraba mucho los regalos y Sam nunca estaba a la altura! Pero bueno, la pelirroja sabía que Sam venía con un fallo técnico en idear regalos. Lo importante es lo que eran y en donde se encontraba: el de Marie era un jarrón de cerámica con inscripciones de los horóscopos en color dorado, pues sabía lo mucho que le gustaban las flores y sobre todo el horóscopo. Estaba escondido dentro de la caseta de su perro, en el jardín. Por lo que sabía, era Paul quién solía tratar más con Chuck, por lo que seguro que le costaría dar con él. El de Paul era un libro de poesía bélica de las guerras pasadas, como sabía que le gustaba mucho la poesía y la historia, Sam había ‘COGIDO PRESTADO PARA SIEMPRE’ ese libro del Juglar Irlandés y lo había reemplazado por el primero de Crepúsculo. Junto a ese libro había una libreta de tapa negra, en cuyo interior en las primeras páginas había una foto de Polaroid de la familia Shepard al completo que Sam había sacado hace muchos, muchos años. Bajo esta foto ponía: “Para que haga poesía de amor, que me encanta el amor. Fdo: Sam.” Estaba escondido dentro de la secadora, oculto por la ropa seca que ya había en el interior. El de Caroline era un ukelele. Sí, un ukelele. Y tú te preguntarás: por qué narices le regalas un ukelele a Caroline. Pues sencillo: en su cumpleaños le había mostrado lo bien que cantaba y lo mucho que siempre había adorado la música. Ahora, sin embargo, no se dedicaba a ello ni siquiera por hobbie y le daba pena teniendo en cuenta lo bien que se le daba y lo mucho que le gustaba. Eligió el ukelele porque era un instrumento barato, pequeño y muy mono y, en cierta manera, para animarla a seguir con todo eso. No como profesión, ni siquiera como hobbie serio, sencillamente porque… quería escucharla tocar mientras cantaba, cantar con ella y que se despejase con el placer de la música. El ukelele estaba en la chimenea de la casa, en el interior, colgando de una cuerda mágica, por lo que no se veía a menos que te metieses en el interior y mirases hacia arriba. Ahí encontrarías un paquete rectangular y grande en cuya parte inferior ponía “Caroline” acompañado de una carita feliz. Era obvio que era de Sam para ella.

Ella, por su parte, se desentedió de sus regalos—porque el trato era encontrarlos pero amontonarlos para luego abrirlos todos a la vez—y se puso manos a la obra a buscar los suyos. ¡Eso era la guerra! No tenía ni idea de cuál era el premio, pero ese tipo de juegos eran tan divertidos que daba igual el premio.
Sam J. Lehmann
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Caroline Shepard el Lun Abr 08, 2019 12:45 am

Caroline se llevó una mano a la boca para tapar la risita traviesa que había aparecido tras delatar a su amiga comilona de chocolates, por más que era consciente de que ese robo de su comida era por la tremenda confianza que tenían ambas no pudo evitar picar un poco a Sam y hacerla sonrojar, lanzandole la lengua infantilmente cuando la rubia le dedicó esa mirada de "Eres una chivata".

Es un lugar increíble, vayan vayan. — recalcó la pelirroja para dejar su postura bien en claro, es que a ella al menos de modo personal le encantaba ir, visitar a su amiga, comer cosas ricas y hablar un poco con los compañeros de trabajo de la rubia que le caían de maravilla desde que habían aceptado su loca propuesta para el cumpleaños pasado de la maga.

La pelirroja se puso a mirar con toda la atención su plato cuando su padre y amiga comenzaron a hablar del nuevo libro del castaño y que por culpa de Caroline aún no había llegado a las manos de Sam. En su defensa, durante el último tiempo había tenido muchas cosas en su cabeza, y de verdad que le quiso contar a su amiga y hasta hablar con ella sobre el libro pero cada vez que se acordaba algo pasaba, o un pensamiento invadía la cabeza de la magizoologista que hacía que no se hablase hasta hoy. Pero para su suerte, su padre enseguida se ofreció a darle un ejemplar con dedicatoria y todo, terminando aquel tema con final feliz.

La comida marchó deliciosamente de maravilla, y cuando terminó todos llenos como bolita se fueron rodando al living. Allí sus padres le contaron que tenían planeado para esta navidad y a la pelirroja le brillaron los ojos de la emoción, se mordió el labio inferior y le dedicó una mirada traviesa a Sam.

Jijijijiji .— soltó tras recibir el dedo acusador de su amiga.— No prometo nada.— susurró bajito, mirando de reojo traviesamente a Sam.

¡Una de Queen! — exclamó feliz cuando su padre preguntó qué le gustaría escuchar aquella noche, es que si había algo en el mundo que le gustase mucho a la maga era escuchar a sus padres cantar, y ella sumarse a su canto.

***

A la mañana siguiente Caroline fue la tercera en despertar, el primer fue Paul que tras haberse quedado dormido leyendo la noche anterior no pudo esconder sus regalos y lo hizo en la mañana. La segunda fue Marie que se levantó para junto a su esposo hacer un desayuno para ambas magas, tenían las bandejas listas para llevarselas a la habitación y regalonearlas, pero antes de que esos sucediera había aparecido la pelirroja como un torbellino a desordenar todo en la cocina, picando por aquí y picando por allá hasta terminar guardando galletas en una servilleta y decir que iba a despertar a Sam.

Corrió hacia la habitación y en cuanto entró se lanzó encima de la rubia, rodando por sobre su cuerpo divertida, ignorando las quejas de su amiga, y cuando esta se terminó por levantar dedicandole un rostro refunfuñón, sacó la galletita de su manga para teñir el rostro de Sam de una enorme sonrisa.—  Glotonis.—  le susurró divertida y le tendió sus galletitas.— Si las quieres con leche deberás levantarte, dormilona.—  le dijo, para luego salir de la habitación pero no sin antes de darle un besito en la mejilla a su amiga de buenos días.

Cuando ya todos se encontraron abajo, la búsqueda por los regalos perdidos comenzó. Cada uno había cumplido con su tarea de guardarlos en algún lugar de la casa más una nota que señalará para quién iba dedicado. Marie por su parte hizo los siguientes regalos: A Paul le había hecho una pintura, era de la galaxia y donde se podía ver cómo sus astrologías (la de ella y él) se unían en el cielo y se lo dejó arriba de un árbol del jardín bien cerca del cielo; A Caroline le regaló el último libro de uno de sus autores favoritos, que lo había mandado a pedir porque aún no llegaba a Londres, era una libro recién sacado del horno que se lo escondió en la librería al lado del libro que le leía cuando ella era pequeña; Y a Samantha le hizo una cuponera manualmente que contenía pases para ir a un spa, dos entradas al cine en blanco, un ticket para leerse su carta astral, y una giftcard para Honeydukes que se encontraba dentro de una bolsa violeta cerrada con una rosa de color rosa con el nombre de Sam en el estante de cosas dulces en la cocina.  Paul por otro lado este año se fue por el lado de la música: A Marie le compró el vinilo "G.I. Blues" de Elvis Presley con una nota que decía "Para que todas nuestras noches sean perfecta para el amor" refiriéndose a una canción del cantante que se lo dejó escondido en la caja de la vitrola; a Samantha le regaló el Cd "Dream of life" de Patti Smith, con una nota que decía "Porque nosotros tenemos el poder para soñar, para gobernar y arrebatarle el mundo a los necios" refiriéndose también a una de las canciones del CD, este lo dejó pegado detrás de un cuadro que se encontraba bajando las escaleras; A Caroline le regaló el cassete "Pearl" de Janis Joplin más un personal stereo rojo en perfecto estado con la nota "Porque los clásico jamás pasarán de moda" que se lo dejó en la ventana de su estudio, donde él y ella escribieron por primera vez una canción juntos. Y los regalos de la pelirroja fueron: A Paul le regaló un pendrive con una lista en el, donde recopiló más de cincuenta canciones, y donde una de ellas fue una canción que ella escribió e hizo especialmente para él, que se lo dejó enterrado en uno de los maseteros del jardín con una notita con su nombre; A Marie le compró un tarot dibujado a mano mágicamente, donde cada carta se movía y tenía luz propia, este se lo dejó envuelto en una caja de color verde más un lazo amarillo dentro del horno; y por último pero no por eso menos importante el regalo de Sam due un Adventure Book muy parecido al de la película UP de ambas, se había pasado todo el último mes recaudando cositas del recuerdo (fotografías, mensajitos que se envíaban en clases, entradas de conciertos, cine y teatros. Boletas de restaurantes, y un sinfín de cosas más), donde cada página iba avanzando en el tiempo y diseñada manualmente por ella, había sido una trabajo arduo pero uno muy bonito, ya que de una u otra forma también era como un regalo para ella misma, dejando páginas en blanco para seguir llenando al pasar de los años, lo dejó envuelto en un papel color rosa más una nota que decía "Vamos por mil historias más como estas" más un corazoncito, este lo dejó guardado maliciosamente dentro del baúl que Sam tanto odiaba por pegarse en el tantas veces.

¡Encontré otro!.— se escuchó gritar a la pelirroja desde el living.— WOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.— se le escuchó gritar después, y tras ello sus pasitos recorrer la casa en busca de la rubia, y cuando la encontró merodeando el jardín se abalanzó sobre ella.— Me encanta, me encanta, me encantaaaaaaaaa.— le repitió abrazándola fuertemente y con muuucho cariño, agradecida del regalo que su amiga le había hecho.— Esta hermoso, Sam. De verdad, muchas gracias.— le dijo ofreciéndole una enorme sonrisa. — A mí me falta solo un regalo ¿cuántos llevas tú?.— le preguntó curiosa, pero al verla no tenía nada en sus manos.— ¿No has encontrado ninguno?.— preguntó asombrada, para luego sonreír maliciosamente.— Creo que ya sabemos quien será la ganadora de ese premio sorpresa, jujujujujuuuuuu.— dijo risueña para luego ir en busca de su último recuerdo, pero a penas había dado un par de pasitos, se devolvió para darle un besito en la mejilla a su amiga.— Te quiero.— le dijo, es que estas fechas siempre la ponían muy cariñosa.
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 16, 2019 3:22 am

La búsqueda había comenzado y… ¡jope, a Samantha se le daba muy mal! Entre que no era su casa y no conocía los ‘recovecos’ importantes y que los otros parecían tener muchas más energías por la mañana, ya estaba viendo que se iba a quedar la última buscándolo todo. Encima, cuando Caroline vino diciendo que ya había conseguido el de ella—que, en perspectiva de Sam, había sido el que más difícil había escondido—ya supo que seguro que ganaba ella.

Ja, ja, ja —le dijo con retintín, divertida. —Yo también te quiero aunque... ¡ahora mismo te odie un poco por venir a chincharme de esa manera! —Y, mientras Caroline se iba, le sacó la lengua.

¿Sabéis lo más gracioso de todo? Que al final, el regalo del padre de Caroline se le trabó a la pelirroja, de tal manera que Sam se puso por delante en un ataque de suerte al encontrarlos todos seguidos. ¿Y sabéis quién ganó? ¿Eh, eh, eh? ¿Lo sabéis? ¡Exacto, ganó Samantha Lehmann! Cuando consiguió los tres regalos, fue a la zona del árbol de navidad y se sentó en el sofá, cual vencedora, a la espera de que llegase Caroline para poder decirle a la cara quién había sido la vencedora oficial de ese juego de búsqueda de regalos.

¡Ajajá! ¡Quién ríe la última, ríe mejor! —¿Era así el proverbio? En realidad ni se acordaba. Le picó, acercándose a ella con diversión.

Sam no había abierto ningún regalo, pues prefería abrirlo con todos presentes y así poder ver cómo reaccionaban y todo eso. Así que cuando estuvieron todos juntos, empezaron a abrir. Le hubiera gustado que estuviera Gwendoline, pero cuando terminasen iría a su casa para ver si le había gustado su regalo. Y lo más irónico de todo es que Sam le había regalado a Gwendoline un álbum de fotos de ellas dos y evidentemente le había pedido ayuda a Caroline, ¡y Caroline le había regalado también un álbum de recuerdos de ellas dos a Sam! ¿Quién vería a Caroline, haciendo uno a escondidas a la par que Sam le hacía uno a Gwendoline?

Al verlo, le pareció graciosísimo. De hecho, se pegó mucho tiempo viendo aquel álbum, casi transportándose a un pasado muy diferente al presente que vivían. Le agradeció con un cálido abrazo y un beso en la mejilla, pues era bonito que, después de todo lo que habían pasado e incluso todo el tiempo que habían pasado separadas, las cosas no hubieran cambiado en absoluto entre ellas. Daba gusto tener amigas así a tu lado; te dabas cuenta de lo preciada que era una amistad de toda la vida y que cuando dos personas están destinadas a estar juntas, ni el tiempo ni las circunstancias se meten de por medio.

Cuando terminaron de darse los regalos, tomaron un desayuno todos juntos algo más consistente y ya se despidieron. Caroline aprovechó para quedarse más con sus padres ese día, pero Sam volvió a casas, pues ya tenía planes.


Casa de Caroline y Sam | 12/01/2019 | 09:12h | Atuendo

Ese día entraba a trabajar a las doce del mediodía, por lo que como estaba acostumbrada a despertarse mucho antes, a las nueve ya estaba con los ojos como platos, mirando al techo, mientras Don Cerdito se acurrucaba a su lado de manera seductora.

No vas a seducirme hoy, cerdi mío —murmuró Sam a su mascota, quién siempre intentaba acurrucarse a ella cuando veía que se había despertado, sólo para que no se levantarse de la cama y siguiese un rato más dándole calor al animal. Era un manipulador nato, amador del calor de Sam Lehmann, así que siempre hacía lo necesario para hacer que la humana fuese su abrazadora particular. Lo tenía complicado últimamente, teniendo en cuenta que pasaba bastantes noches fuera. El pobre la echaba de menos. —¡Pero bueno! —Se quejó al ver como el cerdito se ponía patas arribas, justo cerca de su costado, intentando hacerle presión.

Sam le hizo cosquillas en la barriguita y el animal gruñó divertido, moviendo su colita enrollada. Don Gato, que parecía estar siempre de mala leche, estaba en la esquina de la cama, mirándolos con esos ojos amarillos tan característicos.

¿Y tú qué? ¿No te quieres acurrucar con nosotros? —Pero el gato, casi como si la hubiera entendido, se dio la vuelta y bajó de la cama, acercándose a la puerta y sentándose frente a ella, esperando que Sam se levantarse se la abriese.

La rubia se terminó levantando de allí, se puso sus zapatos de estar por casa y salió al exterior, viendo a Caroline con cara de zombie en la barra comiéndose algo que, aún con su mirada desenfocada, ni podía ver bien.

Buenos días. —La saludó, pero entró al baño, se lavó la cara, vio sus pelos despeinados y se limitó a ponerse sus gafas. Luego volvió a salir y se dirigió a la cocina, pues le rugía la barriga de hambre. Le apetecía una tostada con queso de untar y… un bol de leche con galletas. ¡Qué rico! Al llegar a ella, se dio cuenta de que también tenía los pelos para todos lados, despeinadísima, ¿pero sabéis la diferencia? ¡A Caroline le quedaba bien! Le dio un beso en la mejilla de buenos días. —Maldita belleza: hasta con los pelos de recién levantada estás guapa. Te queda tan bien el pelo corto que da miedo —le confesó con sinceridad matutina, aunque ya se lo había dicho muchas veces. Le gustaba muchísimo como el quedaba el pelo corto, aunque de jóvenes siempre hubiera tenido la larga melena pelirroja. —¿El horario de la monotonía te ha hecho levantarte pronto o tienes cosas que hacer hoy? —Le preguntó, acercándose a la nevera para buscar la leche.

Cuando abrió la nevera, ocurrió ese fenómeno mañanero que le pasa a tantas personas en este mundo. Se quedó con la mirada perdida, mirando hacia ningún sitio, como si la leche estuviese oculta y no quisiese ser encontrada. Después de unos segundos, se giró a Caroline.

¿No hay lech… —Y entonces vio el brick al lado de Caroline, a lo que se sintió un poco imbécil. —Leche. Sí hay leche. Está ahí. —La señaló con poca energía.

En realidad casi todo estaba sobre la barra, por lo que se sentó frente a Caroline y se propuso a hacer su desayuno con todo lo que estaba ahí.
Sam J. Lehmann
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Caroline Shepard el Mar Mayo 21, 2019 10:50 pm

Caroline estaba fascinada, pese a estar próxima a cumplir veintinueve años, en navidad esa alma infantil que poco tenía que envidiarle a la vigorosidad de una niña de ocho años, volvía a invadirla por completo. Como un perrito juguetón se le podía ver por la casa, olfateando y mirando todo con ojos curiosos, que se devoraban cada rincón en busca de sus regalos, y no sólo eso, en busca de ese premio sorpresa. Porque la pelirroja quería ganar, porque no se conformaba solo con la alegría, que no le cabía duda, le dejarían los regalos de esos tres seres que ama con su vida, no, no, y no. Ella quería ese premio que su madre tan contenta les contó y que hizo que a su padre le brillasen los ojos. Esa emoción solo significaba una cosa, que el premio prometía.

En cuanto el desayuno (si es que se le puede llamar a un mordisco de una tostada, y tres sorbos de té) se terminó y  todos los presentes comenzaron la búsqueda de sus regalos. Y en la curiosa y siempre imprevisible mente de Caroline, el primer lugar que se le vino a la cabeza para buscar fue esos lugares donde un "Papa Noel" sí o sí se le podría ver. Y así, apresuradamente (porque el tiempo corría, tic-tac-tic-tac) pensó en tres espacios de su casa; la cocina (porque todos sabemos que ese ancianin es un glotón ¿verdad?), el patio (porque se sabe que el señor de polo Norte le gustan los animales y de seguro visitaría a su perito), o la chimenea (en el mundo pueden existir mil millones de todo tipo de puertas, hasta unas que diciendo ábrete sésamo se abren para tí, pero no, el que invento a este señor se le ocurrió la brillante idea de hacer que él entrase por la chimenea, porque él es a prueba de todo, hasta del fuego que claramente hay en las chimeneas en el jodido invierno navideño).  Y mira que la pelirroja iba a ir corriendo a esta última, porque le sonó más divertida en su cabeza. Pero justo, a pasitos de llegar, se topó con la librería de sus padres, donde muchos títulos enseguida le hicieron recordar innumerables momentos de su infancia y adolescencia. Y de repente, entre todo ese mar de hermosos libros, estaba el que andaba buscando hace mucho tiempo, el último libro de un escritor japonés que ella adoraba, Haruki Murakami.

>>Joder, que maravilla<< pensó para sus adentros. Era de su madre, esa letra la identificaría aquí y en la quebrada del ají.  Hace poco la había visto subir por la escalera, la pelirroja se encogió de hombros contenta, ya luego se lo agradecería.

Ya tenía uno, señoras y señores, de pronto fue como si a la pelirroja le hubiera inyectado energía a la vena. Prácticamente corrió hacia el living , donde no tardó en meter su cabeza dentro de la chimenea. El grito de felicidad se escuchó por toda la casa, y más cuando lo abrió, ERA UN UKELELE, y uno hermoso. Su mirada ganó brillo, y su sonrisa aumentó mostrando prácticamente  todos sus dientes. Ahora, ¿dónde está Sam?, pensó. Porque este regalo con esa sonrisita solo podía ser de su adorable Jota.  En el patio la encontró, la picó, y la abrazó fuertemente. Y mientras fue en busca del último regalo que le faltaba y que la llevaría a obtener el premio sorpresa, la pelirroja pensó lo bonita que estaba siendo esta navidad.

**

¡PERO PAUL, POR MERLÍN! ¡Para la otra escondes tu regalo en un bunker con clave en morse! — se quejó Carolinecuando todos nuevamente se encontraron en el living con sus regalos, y con una ganadora indiscutible: Samantha Lehmann.

Qiiin rii iltimi rii mijir — dijo de brazos cruzados y rostro de quién perder no era uno de sus pasatiempos preferidos. Y no es que Caroline fuera una mala perdedora (bueno quizás un poquito) pero es que quería mucho ese premio sorpresa, y lo peor es que lo sintió tan pero tan cerca. Ahora, lo bueno es que la ganadora era su mejor amiga, y ella lo compartirá con ella ¿verdad? ¿VERDAD?.

Felicitaciones a nuestra ganadora navideña — dijo Paul con sonrisa traviesa— Como les dijimos anoche, la persona que encontrará primero sus tres regalos iba a obtener un premio, así que redoble de tambores por favor...— canturreo el castaño, para luego simular el sonido de tambores chocando sus palmas con sus piernas. Las otras dos magas le imitaron.— ¡TARAAAAAAAAAAM! — exclamó la madre de la pelirroja elevando una canasta de muchos objetos curiosos, unos más reconocible que otros a la vista.


PREMIO SORPRESA DE NAVIDAD
o más conocido como "Canasta remix de emprendimientos de amigos"
- Dos cajas de galletas "Into the wood":
Galletas mágicas que al sacarlas de su envoltorio puedes armar un bosque con ellas, al armarse por completo las galletas cobran vida por dos minutos.
Contiene diversos sabores: vainilla, chocolate, coco, almendra y menta.
- Un karaoke book:
Libreta de color violeta, con lápiz verde fluorescente que al escribir el título de una canción, esta comienza a sonar mientras la letra aparece en la hoja desprendiéndose de ella y flotando por los aires para cantar karaoke.
-Una caja de "Mis galeones"
Pack de cinco monedas de chocolates, más una máquina que contiene diez oportunidades de sacar una fotografía a personas, y que esta salga como sitckers para pegar en las envolturas de los galeones.
- Un ramo de rosas violeta:
Al masticarlas se convierten en chicle.
- Cuentos para niños "En busca de mi final feliz"
Cuento mágico infantil, donde cada dos páginas uno debe escoger qué pasos debe seguir la protagonista.
Tiene más de cincuenta finales.
- Boina rapunzel:
Sombrero negro, que al ponerlo le crece una peluca.
Tiene tres opciones: rubio/ondulado, Pelirrojo/liso, y violeta/trenzado.

-

—  Quizás el gobierno mágico nos mantiene apartados pero nuestros amigos y sus invenciones mágicas siguen a nuestro lado. Esta canasta contiene seis productos de personas creadoras muy queridas para nosotros, así que espero que disfrutes todas estas cosas divertidamente mágicas, querida Sam. —  le dijo Paul a la rubia tiernamente.—   Y cuida que Carol no te robe nada .—  le susurró después, apuntándole con la mirada a la pelirroja que ya se encontraba tomando cosas de la canasta.

¡Mirenme tengo el cabello violeta! —  exclamó Caroline, quien se había puesto la boina y ahora la modelaba a los presentes.

Luego de haber revisado y agradecido cada regalo recibido, todos volvieron a tomar desayuno más tranquilamente.  Caroline quiso quedarse más tiempo junto a sus padres aprovechando las fechas, mientras que Sam volvió a casa por otros planes. Pero sin duda, esa navidad sería de esas que uno guarda con cariño en la caja de recuerdos.

**

Era día sábado por la mañana, un día que el común de la gente ocupaba para descansar y enrollarse en su sabanas hasta bien entrado el día. Pero no Caroline, quién se había ofrecido a liderar junto a un grupo de amigos de Japón una misión sobre tráfico ilegal de criaturas  marinas en la isla de Yakushima. Había aceptado la semana pasada pese a la carga de trabajo que ya tenía encima, es que simplemente no podía rechazarlo, porque siempre hay un poquito más de energía para ayudar a sus queridas criaturas.

Se levantó temprano, pero le había costado levantarse más que cualquier otro día de la semana, su teoría era que Lenteja estaba demasiado acurrucada a su lado y calentita como para salir tan fácilmente, era demasiado tentador seguir soñando y durmiendo a su lado. Pero cuando el deber llama, sobre todo si se trata de criaturas o gente que adora, Caroline no tarda en responder.

Por lo que ahí se le podía ver, con la mirada perdida y cabello despeinado comiendo su desayuno improvisado: un tazón enorme de leche con cereales, y dos tostadas con aguacate. Pero solo bastó escuchar esas dos palabras por parte de Sam para volver a Caroline a la tierra.

Buenos días, guapi.— le saludo de vuelta con su voz un poco más ronca producto de recién haberse levantado, para luego llevarse otra cucharada a la boca.  Cerró sus ojos y sonrió toda feliz cuando recibió el beso de buenos días de Sam.— Ñaaaa, gracias.— dijo ladeando su cabeza a un lado y poniendo un pose tira besitos, para luego con su mano intuitivamente ordenarse su cabello.— Tengo que hacer .— musitó con un puchero en su boca.— ¿Recuerdas que te conté que en la universidad junto a compañeros creamos una asociación que protege a las criaturas mágicas y previene su extinción? Bueno, cuando yo me fuí de Japón siguió existiendo, pero producto de los cambios en las ideología de los gobiernos mágicos, muchos voluntarios se han ido para escapar, esconderse o ayudar a sus seres queridos. Es por eso que hace unos días me pidieron liderar una misión sobre tráficos de criaturas marinas en la isla de Yakushima. Comenzamos hoy y sería todos los sábados. Si todo sale bien, yo creo que no debería durar más de un mes...espero.— terminó por decir la maga, cruzando sus dedos.

Caroline soltó una risita divertida al ver esa pausa dormilona que había tenido Sam frente al refrigerador, para luego ver que la leche se encontraba a su lado. Ella no estaba mucho más despierta que su amiga, pero al menos tenía unos minutos de ventaja sobre Sam que le hacía estar un poquito más "cuerda" a esa hora de la mañana de un día sábado.— ¿Y tú? ¿Qué haces levantada en vez de acurrucarte junto a Don cerdito, eh?— le preguntó curiosa.— Yo tenía pensado llevarte desayuno en cuanto terminase, pero te lo has perdido jiji— agregó, con sonrisa traviesa.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 29, 2019 2:48 am

Lo primero de todo era decir que Sam no tenía intención ninguna de ganar aquella ‘competición’ teniendo en cuenta que estaba en una casa que no era suya, por mucho que la conociese bastante bien por la de veces que había ido. Era lógico pensar que lo más probable es que lo ganase alguno de ellos, dando por hecho cómo se conocían y que sabían más o menos como pensaba el resto. Sin embargo, ahí estaban: dándole el regalo de aquel divertido juego a Samantha porque había tenido LA SUERTE—porque no se le podía llamar de otra manera—de ganar a aquello.

¿Y lo mejor de todo? Que parecía un regalo hecho para ella. ¿Galletas de todos los sabores? Con lo glotona que era ella, probablemente no llegarían a nochevieja. ¿Un karaoke? ¿En serio UN KARAOKE? No había nada que decir a eso. Lo de la caja, el ramo de rosas de chicle y los cuentos le parecieron unos detalles muy bonitos y originales, pero el último parecía un regalo dedicado expresamente a su vida como fugitiva para poder pasar desapercibido de mil y una maneras. Le había encantado y ya sabía que lo iba a utilizar un montón para sus tareas cotidianas.


***

Después de hacer la idiota con la leche y la nevera, fue en modo zombie a la barra y se sentó en uno de los taburetes, al otro lado de ésta, quedando frente a Caroline. Empezó a echar los cereales en un bol, para luego echar la leche, todo eso de manera mecánica mientras escuchaba hablar a su amiga. Por un momento pensó que cómo era posible que hablase tan bien, ordenando tan perfectamente las palabras, cuando ella todavía no era capaz ni de entender con facilidad todo lo que le estaba diciendo. Sam era de esas personas que tenía UN DESPERTAR MUY LENTO. Definitivamente, sería una opción perfecta para describir su día a día. Lo bueno es que al menos no era un despertar con mala hostia, pues sería una mala hostia que duraría mucho en el tiempo. Un despertar de mala hostia muy lento. Eso sería terrible.

—Pero… —Estaba en fase de entendimiento y coordinación de sus palabras. —¿Estoy desubicada con la política de otros países o en Japón también se fue todo a la mierda? —preguntó, un poco perdida con la vida. —Ah no, claro. —Le cortó cuando fue a hablar. —Que ahí había gente de todo el mundo, ¿no? —Y asintió ella misma con la cabeza al recordar lo que le había dicho al respecto de esa organización protectora. —¿Es complicado o peligroso o lo tienes todo controlado? Aunque bueno, qué digo: que sea complicado o peligroso no quiere decir que no lo tengas controlado. O que no me lo vas a decir para no preocuparme, ¿a que sí? Nos conocemos, Shepard. Nos conocemos muy bien. —Y le señaló con la cuchara antes de coger una grande de cereales y llevársela a la boca. —Pero en serio. —Habló entonces con la boca llena y por casi se le cae un poco de leche por la comisura. —Si es peligrosa ten cuidado y... si necesitas ayuda llama a Gwen porque yo tengo que trabajar. —Y frente a esa inesperada manera de terminar su frase de ‘supuesto ofrecimiento de ayuda’ soltó un bufido en el que casi se le salen los cereales. Sabía que Caroline sabría interpretar su broma: si ella necesitaba ayuda, pediría el día libre y listo.

Consiguió tragar sin ningún tipo de problema, para entonces recordarse tan cómodamente durmiendo con Don Cerdito y que por un momento le entrasen de nuevo las ganas de cerrar los ojos y dormir hasta el infinito. Puso un puchero cuando le dijo lo del desayuno.

—Mi reloj biológico es superior a mis deseos de dormir. Si mi cuerpo dice que no, es que no se duerme más, por mucho que yo quiera abrazar a Don Cerdito y babearle la panza. —Suspiró, resignada. —De todas maneras entro a trabajar a las doce, así que… poco más podría dormir. Iré a correr un poco, luego me ducharé y a servir cafés a personas que tienen el sábado libre, ¡yuju! —Alzó su puño libre en alto, con irónica diversión.

No era un secreto: pese a que a Sam le gustaba el trabajo que tenía por la experiencia que había tenido y las personas tan agradables que había conseguido allí, no le gustaba ser camarera. Era un ‘no está mal’ pero también un ‘preferiría hacer otra cosa si pudiera tener esta experiencia tan buena en otro lugar’. Sam nunca había querido ser camarera y, ahora que lo estaba siendo, se había dado cuenta de una cosa: no le gustaba. Y mucho menos le gustaba cuando tenía que trabajar un sábado y no poder quedar con su novia a hacer cosas de personas normales.

—Por cierto, ayer me terminé el libro de poemas de tu padre. ¿Me dices cómo es que escribe tan bien? ¿Me puedo casar con su habilidad para escribir? En serio, lo adoro. Me transmite muchísimo: hasta me emocioné. —Le confesó divertida, pues se había leído los últimos cuatro poemas ayer antes de irse a dormir. —¿Le puedes decir que me encantó de mi parte, cuando puedas?
Sam J. Lehmann
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