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A man's word is his bond [Priv. Ryan Goldstein]

Laith Gauthier el Mar Feb 05, 2019 8:49 am

Ne voyez vous pas que vous m'étouffer?
Guidés par la peur de perdre le contrôle
Ce que vous pensiez que je serais
S'effondre devant vous
Je ne joue plus de role.

Hay sitios que guardan todo tipo de memorias. Las leyendas que fundamentan que el ser humano está hecho de energía dicen que ahí donde pasa un alma deja huella. Una invisible que no se puede ver, pero se puede sentir. Existen lugares con grandes cargas energéticas, y otras que tienen sólo un rumor agridulce. Al final, todos están de acuerdo en una cosa: el corazón regresará a los lugares donde alguna vez fue feliz.

Y ahí es donde comienza el problema. El corazón es iluso, la mayor parte del tiempo, y pone todo su empeño en regresar a esos lugares donde dejó una parte de sí mismo. ¿Qué es lo que pasa cuando el tiempo ha cambiado, cuando los lugares ya no son los mismos y las personas que estaban entonces ya no se encuentran a su lado? Ahí reside el dolor de la nostalgia.

Laith había regresado a un lugar de esos, y de ahí salió como un hombre nuevo. El corazón le latía fuerte en el pecho, lleno de vida, aunque pudiese encogerse de dolor. Los corazones se vuelven grises cuando carecen de pasión, acaban muriendo no mucho tiempo luego. Él suyo estaba de un vibrante color rojo.

Era uno de esos momentos donde uno decide abrir las alas y volar, crecer. Madurar, también. Parte de madurar y de liberar el pecho del peso del pasado, era cumplir esas promesas aparentemente vacías que quedaron alguna vez en el aire. Laith difícilmente olvidaba datos, tenía una buena memoria.

Había sido una de esas conversaciones que se dicen banales, sin repercusión alguna al corto o largo plazo, durante el colegio, cuando aún eran pareja. El sanador recordaba bien que estaba tratando de hablarle sobre lo que él conocía, tan distinto a Estados Unidos. Le estaba contando sobre una isla que tenía una reserva ecológica y una montaña, donde había pasado mucho tiempo durante su juventud. Hizo con el rubio una promesa de ir ahí juntos un día.

Laith estaba casi seguro de que era el único que recordaba la promesa, hecha hace tantos años y en un clima extraño de la relación entre ambos. La recordaba, a fin de cuentas, y era algo que tenía pendiente por hacer.

La isla René-Levasseur era un sitio importante para Laith, y, en principio, se sentía nervioso de sólo pensar en llevar a Ryan ahí. Era ese tipo de lugares tan íntimos, que a uno le cuesta querer mostrárselos a la gente. Pero era una promesa, y Laith quería cumplir todas sus promesas. Una a una, había ido tachándolas de una lista imaginaria. Había dos mucho más difíciles que el resto, y esa era una de ellas. Quería hacerlo, sin embargo, porque sentía que eso lo ayudaría a crecer como persona.

No fue fácil convencerlo, tuvo que insistir durante varios días. Y, por dentro, a Laith le dio gracia pensar en que seguramente el rubio se preguntaría qué mosco le había picado. No había mencionado promesa alguna. Más bien, le había dicho que tenía dos boletos a Norteamérica y que quería que él, él y no otro, fuera con él. Y por boletos podemos asumir, muy claramente, que Laith NO pensaba tomar ninguna ruta mágica, sino ir a lo nomaj. Metido en un enorme pájaro de metal.

Lo había planeado como un viaje de unos días. Primera parada Montreal, donde conseguirían un auto que los llevase en un viaje de más de medio día a la isla, para zarpar en su dirección. Y ahí estaba él, sentado en su maleta que contenía una vasta cantidad de abrigos considerando el sitio donde planeaba encaminarlos, y de lo que había advertido a Ryan desde un principio. Lentes de sol sobre los ojos y mirando su móvil mientras esperaba que el rubio hiciera acto de presencia en el aeropuerto.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Mar Feb 05, 2019 5:47 pm

Ryan trabajaba en la mesita del jardín, liado de tierra y macetas y enteramente complacido en su faena. Se hallaba con las manos ocupadas, y casi dirías que no prestaba atención a lo que hablaban a sus espaldas, pero lo hacía.

No entendía por qué Laith de repente quería hacer un viaje, y aunque la idea de tal iniciativa por su parte pudo haberlo sorprendido, lo cierto es que no, simplemente intuía que había algo que no le estaba diciendo.

—No—
respondió sencillamente. Su humor era tranquilo y hogareño—Gracias por la oferta, pero—Lo miró de reojo, probablemente sopesando sus palabras. No tenía la intención de sonar desagradecido, después de todo—. Tengo cosas que hacer, y… Bueno, confío en que encontrarás alguien más para que vaya contigo.

Sonrió fugazmente.

—Y dices que no te has metido en ningún problema—
continuó—, así que…

Desprendiéndose de su labor por un momento, se volteó hacia Laith entre que se limpiaba las manos con un trapo. Por el tonito que empleaba, diríase que ponía aquella afirmación en duda.

Y es que, lo primero que le preguntó al escuchar su propuesta fue si acaso no le sucedía algo, qué estaba mal, expresándose hondamente preocupado con sólo oír las palabras “vacaciones”.

De forma que Laith tuvo que explicarse, pero así y todo, la actitud ligeramente recelosa de Ryan parecía no hacer cambiado.

—No—repitió.

¿Es que acaso era necesario que Laith hiciera alusión a un problema para sacar a Ryan de Londres? Normalmente, las personas se alegraban al oír la palabra “vacaciones”, éste parecía que sólo buscaba un problema que resolver.

—¿Quieres una cerveza fría? Tengo en él…—
“congelador”, iba a decir, pero se interrumpió ladeando el cuello y obsequiándole una mirada curiosa. Laith se había puesto extrañamente insistente con el asunto. Eso sólo podía significar una cosa: debía necesitar su ayuda para algo, pero no quería decirle qué. Se tentó con una sonrisa de esas que se entierran en la sensación como la semilla de un sentimiento placentero. Suspiró suavemente—. Quizá, si fueras más honesto sobre por qué yo… Y por qué allá…—aventuró, en un intento por que soltara prenda sobre sus razones. Pero mira, que era testarudo.

Había frente a la puertaventana que dejaba entrar la luz de la tarde a la sala en el interior del hogar, una mesita con dos sillas. Ryan se adelantó y tomó asiento con el cuerpo inclinado y las piernas abiertas. Estiró el brazo sobre la mesa tamborileando los dedos en la lisa superficie, reposando con aire pensativo.  
 
—Nunca estuve allí—comentó— ¿Por qué estás tan ansioso por ir? Es algo inesperado. Tú sabes, si quieres mi ayuda en algo, sólo tienes que pedirla…

Dale con que tenía que existir un problema.  

—Si no es eso, pues. Como dije, tengo cosas que hacer, lo siento. No haré este viaje contigo—Sonrió amablemente, pero firme en su postura—Un “no” es un “no”.


DÍAS DESPUÉS


Chocó accidentalmente con una familia que corría para alcanzar un vuelo que se iba. Entraron al aeropuerto arrastrando las maletas con prisa, y le hubieran arrancado un ojo a cualquier paseante distraído con una de sus maletas de mano, cuando a él, Ryan, casi se lo llevan por delante en la carrera. Por su parte, el rubio no llevaba más que un bolso colgado al hombro, y eso era todo. No necesitaba nada más.

—Ey—
llamó, cazando a Laith por la espalda. Lo sorprendió ojeando su móvil.

Imposible no reconocerlo.

—Tienes…—empezó a decir. Levantó el codo y fue a tocarle el pelo, uno de esos mechones morenos. Algo que se le había enredado entre las hebras de cabello—. Ya está.

En la otra mano, Ryan llevaba un paquete abierto de Toblerone.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Feb 08, 2019 7:41 am

Había ido a verlo a su casa para poder decirle frente a frente lo que había planeado. Unas vacaciones, era como se lo había presentado, una tentadora oferta para cualquiera… menos para Ryan. A pesar de lo que Laith estaba diciendo, parecía sólo tener el “no” en la boca, ocupando sus manos allá en su jardín, mientras él se sentaba en una de las sillas de la mesa en la sala. Sobra decir que no era la respuesta que Laith esperaba, y por supuesto no era la que pensaba aceptar.

Un poco caprichoso, quizá, egoísta cuando menos, era su petición de venir de la nada a querer llevárselo a otro continente. Y aunque él mismo lo sabía, no significaba que pensase que podía dejarlo pasar así como así.

¿Por qué tuve que meterme en un problema para que quiera que vengas conmigo de vacaciones? —preguntó, recargándose en el respaldo de la silla y cruzándose de piernas en un cuatro. — Ya te lo expliqué, tengo unos días para salir, quiero que vengas, no es nada del otro mundo —le estaba intentando hacer razonar, cuando tajantemente lo atrapó con un “no” por delante.

Laith suspiró sonoramente, pensando que quizá debería darle por su lado e inventarse un maldito problema para que decidiera aceptar. ¿Qué tipo de problema lo haría acceder? ¿Del tipo “tengo que ir a esconder las pruebas de un delito antes que me encierren”? ¿O algo parecido? Era una locura tener que inventar un problema para lo que debería ser algo bueno, salir de la rutina un poco para variar.

Dame una razón por la que no quieres acompañarme, no puede ser tan difícil sacarte de aquí unos días —le interrumpió ésta vez él la invitación a la cerveza. Que vale que el día hacía que se antojase un poco una, pero todavía tenía que trabajar esa noche para que le cuadrasen los días que quería tomarse y no planeaba ir alcoholizado. — Estoy siendo honesto —se revolvió el cabello.

Qué complicado era todo con Ryan. Si algo estaba mal, parecía hacerlo más feliz que unos días sin hacer nada, en lugares a los que nunca había ido. Por Laith, todo se resumió en insistir una, y otra, y otra vez más, hasta que cumpliese su cometido. No debía extrañarle al rubio la terquedad con que contestaba a una negación a uno de sus deseos. Más que deseo: algo que era importante para él.

***

Lo había conseguido, y Laith aún no sabía bien cuándo había sido que lo convenció. Pero no estaba él para quejarse, mientras el rubio no pensara en dejarlo plantado. Lo sorprendió una voz a sus espaldas, guardando el teléfono cuando el rubio llegó a su lugar. Se dio cuenta de que sólo llevaba un bolso, y era normal considerando que eran magos y podían meter lo que fuera en un bolso extensible, pero él había preferido ser más “nomaj” en ese aspecto.

Hola —saludó. — ¿Qué tal? —le preguntó, sorprendiéndose de la proximidad con que le quitó algo del cabello. — Gracias —le dijo, poniéndose de pie. Tendría que ir a pasar su maleta para poder pasar a la zona de espera, aunque había preferido posponerlo hasta entonces. Le llamó la atención, eso sí, el paquete que llevaba. — ¿Me das un poco? —le preguntó, haciendo una señal al chocolate.

Independientemente de la respuesta, empezaría a caminar con dirección al registro de equipaje, buscando en uno de sus bolsillos su identificación.
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Ryan Goldstein el Sáb Feb 09, 2019 8:13 am

La insistencia de Laith se le hizo, cuando menos, curiosa. Había algo en la perseverancia de las personas testarudas, y de ese cabezota en particular, que se le hacía entrañable. Despertaba en Ryan las ganas de corresponderlo en sus caprichos, sin importar a dónde lo llevara ese camino. Sin duda, había gato encerrado en todo aquello. Claro que, no se podía esperar menos que un pensamiento suspicaz viniendo de alguien como Ryan, porque él mismo actuaba siempre de forma sospechosa.

Era imposible para alguien que solía ocultar sus verdaderos motivos para hacer tal o cual cosa imaginar que se podía ser honesto entre tanto misterio. Laith debía tener una razón escondida para arrastrarlo a otro continente, y decidió que si era tan importante como para insistir en ello, Ryan no podía seguir haciendo oídos sordos, independientemente de si Laith se sinceraba o no. Tarde o temprano esperaba que lo hiciera. Tendría que descubrirlo en ese viaje.

Aceptó a eso de la segunda semana, apenas abrir la puerta de su casa y acostumbrado a recibirlo siempre por el mismo motivo, aunque la excusa para caer por allí fuera diferente en cada ocasión. Que nadie se engañara, Ryan no se hacía rogar. Se había mantenido firme en su negativa porque A) De verdad que tenía asuntos en Londres. B) Quería averiguar por qué parecía tan importante que fuera él, Ryan, el que lo acompañara. C) No pensó que Laith se ensañaría tanto con aquel asunto. Estaba seguro que había cosas que no le estaba diciendo.

—Ok, iré—Esa fue su forma de recibirlo, ese fue su saludo, sin ningún otro tipo de mediación, sólo la mirada confiada y un repentino golpe de actitud—Me encantará ir—. Sus labios se curvaron en una sonrisa—. Bésame y pasemos a otro asunto—Se apresuró a añadir, ¿delatándose de buen humor?—. A menos—por esa sonrisa atractiva, diríase que fingía cortesía cuando en su cabeza sólo había lugar para ciertos pensamientos—que tengas otros planes…

Le guiñó un ojo, sobradamente tentador.

*

A bordo del avión, Ryan se demoró ayudando a una señora a colocar su equipaje de mano en el maletero. No era aquella su primera vez en un transporte áereo muggle, aunque sí que había pasado mucho tiempo desde la última vez. No solía preferir el transporte muggle en ningún caso, pero Laith tenía algo así como… vértigo, cuando se trataba de apariciones y transportadores, y desde ya, con eso en cuenta, accedió a subir a bordo del avión.

—¿Yo te di la barra de chocolate?,¿te la quedaste tú?—preguntó Ryan intentando hacer memoria. Sí, sí, creía haberle entregado el paquete en el aeropuerto rato antes. Se había dejado caer en el asiento del pasillo y se volteó hacia Laith, escrutándolo con la mirada y divertido por dentro—. Dime que me dejaste un bocado.

Despegaron.  

Ryan se entretuvo con una revista de crucigramas, cruzado de piernas y volcada la mirada en la página, haciendo girar un lápiz entre sus dedos. Cada tanto le preguntaba a Laith por ayuda.

Halló su posición favorita acurrucándose hombro con hombro, y le colocaba la boca en el oído en un susurro cuando necesitaba algún dato, una movida de pícaro.

Si no era por eso, lo traicionaba con una mordida, jugueteando con el lóbulo de su oreja, porque Ryan era, después de todo, un culo inquieto a bordo de un avión, y se le notaba cuando se aburría.

En caso de que Laith lo apartara, se las arreglaba para volver siempre a la misma posición, como si su cuerpo se imantara de forma natural a la compañía del otro, independientemente de cualquier reproche.  

—Tipo de sistema nervioso—citó, riéndose porque no había tenido éxito en acercarse a su oído, pero continuó en voz alta—: Parte del sistema nervioso vegetativo que tiene acción inhibidora predominante… ¿Qué es?—Y añadió, mostrándole la hoja del crucigrama y haciendo una indicación con el lápiz—Termina con “O”, es lo único que sé.  

Lo miró de reojo, sonriéndose.

—Y qué hay de… Parafiliacitó en voz baja, aunque esta vez, de memoriaExcitación sexual que se produce al encontrarse en lugares elevados, o volando, como en un avión… Y en lo que, claramente, sonaba a invitación, añadió—: ¿Qué dices?

Esa era fácil, ‘aerofilia’.


*


Si dice que no le gusta la ciudad de Montreal, cuídate de esa persona, no es alguien de fiar. Rebosante de un rumor animado, bella en cada esquina y salpicada de arte, se hacía una parada tentadora para el turista entusiasta.

No hizo falta que Ryan insistiera demasiado para que se desviaran un tanto de la ruta al bajar del avión y planearan pasearse por las calles adoquinadas y los café y los espectáculos.

Su intención, al menos, era la de pasearse. Dicho sea, si bien viajaba de aquí para allá no siempre lo hacía por vacaciones, y de las cosas que más disfrutaba Ryan era la de darse su tiempo para disfrutar una estadía agradable.

Ya fuera solo o acompañado… acompañado parecía mejor, pero. Ryan dejó caer el bolso sobre su cama con un leve PLAF. Era un cuarto de hotel con dos camas. Se frotó el frío de las manos, y sonrió sólo por recordar la vista que había tenido en el camino al hotel.

—¿Estás bien?—preguntó, sin mirar. Y añadió—: ¿Saldrás a comer o quieres que te traiga algo?

Del otro lado de la ventana, una noche iluminada, fría pero acogedora los recibía para quedarse.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Feb 11, 2019 10:58 am

Dos semanas. Llevaba dos semanas persiguiendo a Ryan intentando convencerlo, yendo a su casa día tras día, con diferentes excusas para caer por ahí. A decir verdad, Laith no era capaz de ver por qué el rubio insistía en que algo debía suceder para que quisiera que fuera. Más bien: para que se empeñase en convencerlo de ir, de mil maneras posibles, dándole todo tipo de excusas. No pensaba que tuviese que haber un motivo en particular, aunque era claro que lo había, aunque lo había callado siempre.

Ese día, sin embargo, fue diferente. Nada más abrirle la puerta, accedió a ir antes de siquiera decir nada para saludarlo. La cara de Laith dijo mucho de la sorpresa que le causó, pero no se quejó, al contrario, sonrió en respuesta. Supuso que Ryan se habría aburrido de la misma canción todos los días, por su invitación y la forma en que se sonreía. Laith suspiró con una sonrisa ladina.

Su respuesta fue impulsarse ligeramente, porque era eso lo que tenía no tener mucha altura, sobre las puntas de sus pies para tomarle el rostro y besarlo, adelantándose para cruzar el umbral de la puerta y auto-invitarse a la casa ajena. — Ese parece ser un buen plan —le concedió, en ese momento sintiéndose magnéticamente atraído hacia la actitud confiada que mostraba el rubio. — Un buen plan —reafirmó, volviendo a buscar sus labios.

***

No sé qué le pasó —le dijo a Ryan distraídamente, guardando su equipaje de mano debajo del asiento después de sacar sus audífonos de la mochila pequeña. Fingiéndose inocente. — ¿El chocolate, dices? —preguntó, como dudándose de qué chocolate estaba hablando. No, debía ser otro diferente al que se había robado. — Por supuesto te dejé —le dijo después, como acordándose.

Sí, seguramente de haber desistido no lo habría devuelto, aunque una cantidad significativamente menor a la que había recibido, sacándoselo del bolsillo y entregándole lo que quedaba. Se relajó sobre el asiento y miró a través de la ventanilla el camino que hacía el avión al despegar. Normalmente llevaba bien las primeras horas, no lo mismo cuando le tocaba viajar durante horas, como era el caso.

Habían despegado y mientras Ryan hacía crucigramas, él se había acomodado con un audífono en el oído contrario al rubio y música, cuyo volumen debía ser tal para que la letra hiciera un leve rumor en el audífono que no estaba usando. Cuando el otro le preguntaba algo, contestaba distraídamente lo primero que pensaba, o simplemente que no lo sabía, dependiendo de cuán lejos llegasen sus conocimientos.

No parecía en principio molesto con el contacto hombro con hombro, aunque cuando el susurro de Ryan provocaba aire en su oreja, o llegaba a rozarlo con los labios, se estremecía o suspiraba y se apartaba, como acordándose de que no le gustaba. O que le gustaba tanto, que prefería tomar distancias. En especial jadeaba cuando el rubio idiota decidía morderle la oreja, que era sensible. Eso el otro lo sabía bien. Pero volvían, sin saber bien en qué momento, a la misma posición al cabo de un rato, hasta que Laith volviese a apartarse.

Parasimpático —le contestó, cerrando los ojos y colocándose el antebrazo para cubrirse de la luz un momento. Empezaba a marearse, aunque no sabía bien cuánto tiempo de vuelo llevaban. Escuchó la siguiente definición de su crucigrama, aunque lo que oyó le hizo quitarse el brazo y volver su mirada hacia él, con particular interés. — ¿Eso es una invitación? —se volvió hacia él, colocándole una mano sobre la rodilla y con una sonrisa traviesa.

Sí, no se sentía todavía suficientemente mal como para rechazar meterse un poco en problemas. Aunque suponía que los tiros no iban por ahí, y acabó dándole la respuesta, susurrada cerca de su rostro.

***

Cerca de las cuatro o cinco horas de vuelo, Laith se había recargado sobre el hombro de Ryan y reposó ahí, con la música en un oído y lentes oscuros sobre los ojos. Casi sin darse cuenta, se había quedado dormido acurrucado con él, como la posición incómoda del asiento se lo había permitido. Pero habían llegado al destino sanos y salvos, y salieron de ahí cuando Laith hubo recuperado su maleta de la cinta transportadora.

Laith se sentó sobre una de las camas cuando llegaron al hotel, buscando dentro de la mochila pequeña una caja de pastillas. Encontró algo de agua y tragó una de ellas, asintiendo con la cabeza cuando preguntó sobre su estado. Se sentía fatigado, algo mareado todavía, pero sabía que era normal y que iba a pasar tras un buen descanso.

Ryan, por el contrario, tenía toda la energía del buen turista, queriendo salir a comer algo a la calle. Él sabía que Ryan no debería tener problemas para comunicarse en inglés, aunque no era un idioma oficial, sí era un tanto popular en la región, por lo que no debería preocuparse por eso. Y estuvo a punto de invitarlo a salir solo mientras él recomponía fuerzas, pero algo se lo impidió.

Algo a lo que no supo darle nombre.

Estoy bien —le dijo, poniéndose de pie. — Podemos salir a cenar algo, ¿de qué tienes ganas? —le preguntó, yendo a la ventana para poder ver a través de ella. No era muy tarde gracias al cambio horario en retroceso: como si vivieran dos veces el mismo día. — Es algo tarde para hacer turismo, pero mañana temprano podemos salir y explorar —lo invitó.

No le costaba mucho hacerse a la idea de que no iba solo en su viaje, aunque lo que vieran para él no sería nada nuevo. Él también había viajado y sido un extraño en el país o la ciudad donde llegara, y entendía sobre la sensación de querer conocer lo más relevante, o incluso las cosas pequeñas y bonitas.
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Ryan Goldstein el Miér Feb 20, 2019 7:04 am


No salía todavía, sino que se entretuvo en el estrecho cuarto de baño arreglándose frente al espejo. Como pensó, Laith lo besó con una mordedura sobre el hombro derecho, justo en la curva del cuello. Se sonrió observando la evidencia de un arrebato. No había nada que hacerle, sólo esperar que el cuello de la camisa lo cubriera si la desarreglaba a propósito, o cuando menos, lo disimulara.  

Ah, no, pero entonces recordó lo que traía en su bolso, y agitó la varita. Se abotonaba cuando la puerta se abrió. Ah. Había olvidado poner la traba cuando Laith salió. La situación fue visiblemente incómoda para la señora que entraba. Soltó una exclamación seguida de un par de excusas, pero se sorprendió todavía más de la tranquilidad que le trasmitió la amabilidad del desconocido.

No lo entendía, luego de ver al morocho salir, hubiera jurado que el baño estaría vacío. Qué equivocada había estado, pero qué barbaridad, qué vergüenza, alguien se le había colado por delante de las gafas. No hubiera esperado arrinconar al rubio de la bufanda a medio vestir, bien apuesto el hombre por cierto —pero qué elegante, qué sonrisa, qué pecho—. La falta de espacio en el cubículo hizo que tuviera que retroceder para cederle el paso al rubio que se iba, y se sintió encantada sólo de hacerle el favor. Parecía tan pechoagradable.

—Para eso—dijo Ryan apenas llegar y tomar asiento, tan fresco como un buda alegre. ¿Parar qué?—. Te ves como un sospechoso—explicó, sonrisa de por medio. Retomó su crucigrama y se cruzó de piernas, tan casual como las hojas mecidas por una brisa de verano. Había en él esa naturalidad del movimiento cuando se deja llevar y hacer y tocar, sin preocupaciones. Rió—. Ok, estoy sólo metiéndome contigo. Pero tengo cosas de las que hablar con la policía cuando lleguemos—añadió, corriendo la bufanda de forma que Laith pudiera ver: el delito impreso en la piel, como una mancha, posesiva y cruel y casi permanente—. Fui atacado. ¿Te lo puedes creer?

Se sonrió y volvió a ocuparse en la hoja de su crucigrama, no sin mover la pierna y chocar la rodilla de Laith en un gesto, amigable. Al poco rato se habían acurrucado de nuevo, y mientras Ryan permanecía concentrado, Laith cayó en un sueño reparador contra su hombro. Fue por un momento que Ryan desvió la mirada de “El segundo planeta del sistema solar” y se lo quedó mirando. Reconocía el aroma que desprendía y si se concentraba en él, se sentía relajado, en paz y endulzado. Con cuidado le apartó el flequillo y acercó la boca en un beso contra su frente, y el vuelo duró por horas.    

***


—¿Qué comen por aquí?—
quiso saber, pensando en beagles para la cena y un puestito que había visto en una esquina, apenas saliendo del hotel. Hurgaba en su bolso—. Creo que me daré una ducha rápida—Sacó ropa, zapatos. Era evidente que le había hecho un encantamiento extensible, por cómo metía el brazo hasta el fondo, y el ruido de cachivaches al rozarse. La invitación de Laith lo hizo sonreírse—. Me gustaría eso.

Pasando junto a Laith, toalla en mano y con dirección al baño, le lanzó una mirada, de esas entrañables.

—De verdad, estoy bien con lo que tú quieras comer—Se volvió para añadir, con un cierto énfasis—: Salado. Algo salado.

Que no helado, eh. No cerró la puerta del baño. Se desvistió allí mismo, comentando en voz alta sobre el breve altercado que habían tenido al llegar al aeropuerto—Ryan se había perdido ayudando a una señora mayor con su equipaje… Pero en su versión, era Laith el que se había perdido—, y alguna cosa sobre el clima. Dijo que le encantaría pedir algo para llevar, un sándwhic, y simplemente caminar, aunque sea por los alrededores.

Había mucho despliegue artístico en la ciudad. Desde murales a callejones con el toque pintoresco de lo bohemio y la sorpresa de un hallazgo: casi siempre un rincón para estar, parte del decorado urbano pero con el aire acogedor de la privacidad en mutua compañía. En Montreal se trataba siempre de interactuar con el entorno, y de breves silencios de asombro.

Se oyó el sonido del grifo y el torrente de la ducha, entonces Ryan dejó de hablar. En cambio, se ensimismó en sus pensamientos. Sin darse cuenta, sus dedos delinearon lentamente la mordida en el cuello y se masajeó la nuca y permaneció de esa manera, tocándose y sintiendo la lluvia en su cara, su pelo, la lluvia derramándose por su piel. El vapor ascendió en tibias volutas de humo, y fuera, fuera el día era frío.


***


—Sólo digo, que me ofrezco a conducir—decía Ryan, con las manos ocupadas en su sándwich, de pan de baguete extra grande. Lo comía del envoltorio mordisqueándolo mientras caminaban entre luces y gentes—. La licencia muggle nunca fue un problema—. Eso daba qué pensar. De pronto se detuvo, entretenido con un mural y sonrió de oreja a oreja—¡Oh, mira eso! ¿Estamos cerca de la pista de patinaje?, ¡ah, pero mira!

Si se topaba con algo que le llamaba la atención tenía que detenerse a admirarlo. No era simplemente pasar y decir “Qué lindo”, sino que tenía que pararse, tomar aire e insistir “Pero mira, qué lindo, mira, ah, pero mira”. Le alucinaban los más pequeños detalles. Ni qué decir de los artistas callejeros. Y si no tenías cuidado, se ponía a hablar con la gente y era difícil arrastrarlo luego para que se apartara, porque le gente encima se prendía a la conversación.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Feb 24, 2019 1:59 am

Un cuarto de baño público nunca era un lugar cómodo para tener un poco de diversión. Era estrecho, y uno tenía que cuidar el ruido porque había que ser silenciosos. Si se lo preguntaban a Laith, tenía algo de excitante el peligro. El caliente deleite de estar ahí, sabiendo que por un momento el mundo se detenía a su alrededor, mientras que fuera de ese lugar todo seguía su curso, tenía algo mágico que encontraba encantador.

Los besos y las mordidas, los cuerpos conectándose con sus terminaciones nerviosas a flor de piel, un cubículo que los obligaba a estar pegados, sin que ellos opusieran resistencia. Cuando hubieron terminado, se volvió a vestir hasta quedar impecable, hasta tomar de él un último beso en una de esas marcas que le había dejado.

Hacía eso, le gustaba, marcar a sus conquistas. Sentirse deseado, aunque después las marcas sanarían, había algo que no se borraba nunca, como un tatuaje invisible que quedaba en la piel. Escapó del baño y no llamó la atención de nadie, encaminándose de vuelta a su asiento y sujetándose del techo para no perder el equilibrio, hasta devolver a su oído la música y volver a relajarse, esperando al otro.

Tomó su mochila, mientras tanto, buscando algo en el interior con particular interés, hasta que oyó la voz a su lado. — ¿De qué hablas? —preguntó, con la mano metida hasta el codo y tratando de pasar a través de todo lo que había dentro para encontrar algo. No estaba expandida mágicamente, sin embargo. — ¿Con la policía? ¿Por qué? —le preguntó, volviendo a concentrarse en lo que hacía. — ¿Atacado? Pero eso parece un rasguño, nada serio —agitó la mano, restándole importancia.

Se sonrió, malicioso, desentendiéndose de su crimen. De su mochila, sin embargo, sacó varios dulces de sabores, buscando en ellos algún sabor que satisficiera su antojo, y decantándose por uno de sandía, ofreciéndole uno a su acompañante. Había de sabores tropicales, frutas principalmente, alguno de miel.

Cayó profundamente dormido, sin saber bien cuándo, y cayó sobre el hombro de Ryan en el peso de su cuerpo. Se acurrucó en él, haciéndose de su calor e inhalando el aroma masculino de su colonia, embriagándose con su esencia en su descanso.

***

Depende de qué sea lo que quieras comer —dulces, salado, había una gran variedad para todos los paladares. — Salado entonces —le dedicó una mirada, volviendo a ver el exterior a través de la ventana. Era una ciudad mágica, y tenía un sitio cálido en su pecho para sus particularidades.

Era la tierra que le había visto crecer. Comentaba con Ryan lo que había sucedido cuando el muy tonto se había perdido en la sección de equipaje. Laith estaba esperando su maleta en el momento en que el rubio desapareció del todo, y entre su búsqueda habían acabado perdiendo valiosos minutos. Se lo oía distraído, mirando por la ventana las luces de la ciudad, hasta el momento en que decidió que, quizá, también necesitaba un baño rápido.

Se desnudó de camino, lanzando su ropa encima de la cama en la que estaba su mochila, para llegar al cuarto de baño y colarse como lo hacía el vapor de la ducha. Exigía, deslizándose con él bajo el agua caliente, sabiendo que sólo tenían unos minutos antes de tener que salir porque no quería que se le hiciese más tarde todavía.

Laith se enredaba al rubio, sintiendo su cuerpo tonificado que era caliente, interrumpiéndole el baño. ¿Una osadía? No: más bien, un acto de venganza. El sanador no se había olvidado las veces que fue el otro quien se coló a su ducha personal, y en esa ocasión era su turno de pedir. Besándolo ansioso, acariciándose con él, y recorriendo en besos las marcas de la pasión desenfrenada que había dejado en el avión.

El asesino siempre vuelve a la escena del crimen.

***

Habían acabado en una tienda donde vendían diferentes tipos de sándwiches. En su caso, había pedido uno de carne ahumada con un refresco de cereza, porque acostumbraba a comer esa combinación, y lo pidieron para llevar y así dar un recorrido por la ciudad. Con el antebrazo sujetando su refresco contra su pecho, sujetaba la bandeja para llevar con las papas fritas y el sándwich a medio comer.

Ya te dije que pienso conducir yo, ya veremos en el camino, pero la idea es que yo lo haga —defendía Laith su autoridad para conducir exclusivamente el coche que consiguieran para dirigirse a su próximo destino. — Eso dice “realmente no la tengo” —le dijo en un tono de queja y crítica, porque, al final, era un buen ciudadano y no quería problemas. Le dio un bocado a su sándwich antes de mirar lo que el otro señalaba.

El quebequés estaba cansado, eso era cierto, pero seguía el rumbo que marcaba Ryan de aquí para allá, con las pulgas de haber llegado a un sitio nuevo y querer explorarlo todo. A veces, a Laith le pasaba que veía a alguien que conocía, o que al menos creía conocer, pero no hacía de eso un gran lío. Más bien, le inquietaba cuando el rubio hablaba demasiado con los transeúntes, por no decir que surgirían algunas barreras culturales hablando del idioma, y no le apetecía mucho ponerse de traductor.

Había terminado su sándwich y su refresco, cuando se le ocurrió algo, mientras el rubio se distraía hablando de lo enteramente fascinante que eran los asientos de hamaca. — ¿Quieres ver algo verdaderamente impresionante? —le preguntó, interrumpiéndolo en su intento de probar uno de los asientos. — Ven aquí, la calle Saint-Dizier no está lejos —apuntó con uno de sus dedos a sus espaldas, invitándolo a venir con él.

Lo llevó con él hasta un callejón oscuro cuyo suelo se iluminaba en azul, como un océano que iluminaba lo que debiese ser penumbra en aquel pasadizo entre muros, un sitio que Laith consideraba de cierta manera inspirador y relajante.
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Ryan Goldstein el Dom Feb 24, 2019 10:10 pm

Lo sintió llegar, pero no se volteó. Permaneció de cara contra la pared, absorbido en lo que era su momento. Rió de sorpresa cuando Laith lo abrazó por detrás y sus pieles chocaron, haciendo que se perdiera fugazmente en una tibia, deseable sensación, tan pronta como un escalofrío pero otro tipo de estremecimiento. Lo recibió atrayéndolo con la premura del encuentro, asiendo una de sus manos contra el pecho y entrelazando los dedos. Se abrazaron bajo la lluvia y Ryan aparentaba estar a la defensiva, vuelto hacia la pared y empeñado en tomar una ducha, como si en verdad no pensara en nada más.

—No estás… No estás pensando en una ducha rápida—
decía por lo bajo con falsa severidad, preso de una tierna urgencia y sonrisa de por medio—¿Tienes pensado cambiar de planes? Porque eso que me estás frotando no es la esponja.  

Si se pasaba una mano por el pelo mojado con la cara contra la lluvia en un intento por remover el shampoo, Laith lo distraía, insistente, recargado contra su espalda y haciéndose sentir en cada roce, que era un desliz, una caricia, a veces firme y otras a modo de mofa. Cuando se volvía especialmente requirente, Ryan lo apartaba, pero no podía fingir que quería que se descolgara de su cuello, y revivía con secreto placer la impresión de la mordida en su piel cuando Laith lamía y besaba y respiraba sobre su herida abierta. Por momentos estrechaba con fuerza la mano entrelazada, por otros aflojaba la presión y se sonreía en una leve carcajada que era un tibio rumor bajo el ruido de la lluvia.      

No contó con que se diera cuenta, pero se volvió delicadamente y acobijó a Laith en un abrazo que era una caricia, un encuentro, y una pequeña distracción, justó cuando le pareció que la insistencia de Laith tenía claras intenciones. Ryan nunca daba tiempo a dejarse sorprender por detrás, pero tenía las formas más disimuladas de evadirse. Sin importar cuánto se repitiera la situación, se las ideaba para voltear las turnas con trucos inesperados, que podían ser sutiles o violentos, siempre pícaros.

—Déjame a mí—
pidió, masajeándole el cuero cabelludo con el shampoo que había derramado en sus manos. Parecía gustarle modelar el pelo de Laith con la espuma, teniéndolo sujeto contra su pecho—. Porque tú, aparentemente, te has olvidado cómo se hace.

Se carcajeó suavemente con la presión de Laith contra su cuerpo y lo tomó y lo besó y le permitió descansar acobijado en sus brazos mientras que una y otra vez acariciaba tranquilamente su nuca en un toque repetido y familiar, con el agua caliente cayendo y cayendo, y transpirados en el vapor, y entonces Ryan se percató de qué era lo que había sentido antes, en el momento en que Laith lo enredó en un abrazo, ese estremecimiento. Siempre habría deseo, pero aquello había sido algo más, algo a lo que no sabía ponerle nombre. Sentirse cobijado y seguro no era algo que experimentara a menudo, porque no estaba en su carácter buscar refugio o apoyo en otra persona. Pero a veces un abrazo tiene eso, nos sostiene dentro de una cierta ilusión, de seguridad, de intimidad, de entrega, y Ryan se había hallado a gusto dejándose empapar de ese cálido gesto que lo tomó por sorpresa.  

***


—¿Qué?, ¿no quieres hamacarte un rato?—La propuesta de mecedoras en plena área suburbana lo tenía romantizado con la idea, y ni qué decir de lo pintoresco de aquella esquina. Laith, sin embargo, no parecía muy impresionado. Ryan se sonrió con la contrapropuesta, preguntándose a dónde lo llevaría. Se le hacía entrañable y curioso a un tiempo que quisiera sorprenderlo—Ok.

Lo siguió, a través del océano. Las calles nevadas eran blancas y frías, pero en el callejón andar sobre la nieve era hundir el pie en remolinos de luces con destellos lapislázuli que se hacían y se deshacían en formas escurridizas, quebrando momentáneamente con la dura y estática realidad del suelo, y era la espontánea sonrisa con que te hechizaba lo que hacía de ese breve recorrido una encantadora experiencia. La felicidad era eso, destellos efímeros de una belleza que era posible incluso encontrar en las cosas más sencillas, como el reflejo del sol en el mar, la sombra de las hojas en una tarde de primavera, o mil cometas. Los colores, el movimiento, el brillo, eran parte de ese encanto. ¿Cómo explicar, sino, la fascinación que ejercía sobre uno el brillo de las luciérnagas en la oscuridad? Existía, después de todo, felicidad que podía ser encerrada en una botella. Como los momentos que se desparramaban en pensaderos, como ese momento.  

—Conozco esa sonrisa—
dijo Ryan, dedicándole una mirada a su acompañante. Se había adelantado, examinando las dimensiones del callejón de arriba abajo, pero se volteó para hablarle—Es una sonrisa de “Te lo dije”—Rió. Y es que sí, era “verdaderamente impresionante”, no se lo iba a negar. Era de esos sitios bonitos que no podía dejar de gustarte conocer, y que te daban ganas de decir—: Gracias.  

Siguieron su paseo nocturno, y Ryan no se resistió a sacar la billetera en una pequeña feria de artistas. Daba la impresión de que una vez que compraba algo tenía que ir a por todo, así que arrebatarle la billetera no era mala idea, aunque tironear de su cintura o atraerlo de la bufanda funcionaba lo mismo, pero dejarlo solo y haciendo sociales con un simpático y elocuente vendedor era mala idea. La comunicación se le daba bastante bien, y como tenía por costumbre valerse por sí mismo cualquiera fuera la circunstancia, no mostró que necesitara depender de Laith en ese sentido, y se hacía hasta entretenido verlo lidiar con una expresión difícil o una palabra que se le escapaba de la lengua, para hacerse entender al fin por medio de una fluida pantomima, cuando a su lado tenía a un traductor que podía resolver el presunto malentendido sin esfuerzo. Lo que se hacía interesante era la tendencia de Ryan de arreglarse por su cuenta y el hecho de que parecía haber naturalizado esas situaciones en su día a día. Ryan era, después de todo, ese tipo sociable. Y hasta era posible encontrarle manías, algo tontas.

—El último sorbo, te lo dije—Le recordó Ryan, pasándose de vivo, le había quitado el refresco de cereza de las manos, prácticamente de la boca y amagaba con no devolvérselo. Lo que es más, se salió con la suya, y encima rió—. El último sorbo—repitió, aludiendo a una manía suya que lo venía acompañando hace mucho tiempo—. Me gusta tener el último sorbo—se encogió de hombros, como reconociendo que no tenía remedio. Al final, arrojó el refresco vacío al tacho de basura, e insistió, apostando por una arriesgada reconciliación al pasar su brazo por el hombro de Laith—: ¡Tú te bebiste todo el refresco!—Y él pudo pedirse el suyo, pero no— El último sorbo no es nada. Pero es mi capricho, y me hace feliz. No me arrepiento.

Recorrieron la pista de patinaje de una plaza cercana porque Ryan estaba interesado en curiosear el ruido y los colores y el movimiento — y las caídas y las risas y las parejas—, pero le propuso volver al hotel en vez de patinar, asumiendo que, a pesar de su condescendencia, Laith prefería simplemente descansar. Se lo preguntó, antes de emprender el camino hacia el hotel.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Feb 28, 2019 11:55 pm

Se había acostumbrado a ser así. Cuanto más recibía, más pensaba que podía pedir, en su justa medida. El ser humano no era diferente, siempre buscando más, sin conformarse por lo que habría sido antes una meta alcanzada. Una de sus manos atrapada y sus dedos entrelazados con una mano ajena, la otra iba recorriendo el costado y aquello que podía acariciar a través del pecho y vientre del rubio, sonriéndose ante lo que se diría que era un mal logrado regaño.

Los planes no se cambian, sólo se… retrasan un poco —encontró en la piel de Ryan un sitio para morder, deslizándose entre besos. Pareciese que pensara poder desentenderse de sus mordidas con besos, y una sonrisa que se extendía traviesa a través de sus labios.

Se lo encontró de frente, piel contra piel, y se rio por dentro cuando se dio cuenta que aquello era esperable. A veces, Ryan era una criatura volátil, cambiaba fácilmente y eso hacía que fuese impredecible, en cierto modo. En otras ocasiones, tenía una ruta tan fija que no se concebía la idea de que pudiera salir de ella de ningún modo. Emitió una queja divertida cuando escuchó sus palabras, diciendo que habría olvidado cómo bañarse, sin ejercer resistencia alguna.

Laith se encontró a sí mismo de pie frente a aquel hombre, sintiéndose a sí mismo indefenso entre sus brazos, en un beso que pretendía distraerlo de una caricia. Su cuerpo era así, sensible, dado tanto al contacto que a veces se olvidaba que había zonas de su ser que desencadenaban reacciones a las que no estaba acostumbrado. Eran zonas delicadas y manos que parecían llaves, estremecimientos y suspiros que eran arrancados de sus labios, con diferentes interpretaciones dependiendo del quién y el dónde.

Su mente divagaba en un tiempo pasado que había sido dejado atrás hace años, y no entendía bien cómo su mente se esforzaba en volver el tiempo. Trató de ignorarlo, tomando su rostro por los costados y besándolo con pasión, con ansiedad contenida, cerrando los ojos. Un latido en falso, y el deseo de abandonarse a sí mismo. De dar lo que se conoce como un salto de fe, esperando ser atrapado en el aire.

***

Callejones como los de esa calle habían, y eran todos mágicos en su justa medida. Sumergirse en el color y relajarse con las ondas que huían o seguían los pasos, traviesas, dependiendo de cómo fueran programadas a aparecer. La luz tenue y dulce que invitaba a la gente a sentirse en paz, en medio de aquella oscuridad, en un camino que era pacífico y, al mismo tiempo, mágico, sin que la magia residiera en la que venía a través de una varita.

Sonrió, dirigiéndose al rubio que lo acompañaba, sabiendo que no había quedado corto en lo que significaba “impresionante”. — Un lindo lugar, ¿verdad? —le contestó cuando descubrió el secreto tras su sonrisa. — Es un sitio precioso —devolvió su mirada al suelo del callejón que seguía imperturbable recorriendo como lo haría el mar o una galaxia de figuras azules y brillantes, maravillosas. — No hay de qué —murmuró.

Observaba a Ryan, expresándose en un francés con un acento que no todos los quebequeses comprendían, pero acompañando sus palabras con ademanes y gestos expresivos para darse a entender. Se reía preguntándose si así se veía él cuando le tocaba hacer de extranjero, pero con malicia no intervenía a menos que se lo pidiesen, porque para él era cuestión de mediar inglés y francés para hacer que dos personas se entendieran. No lo hacía, porque Ryan no se lo pedía, y él se limitaba a observar o hablar por su cuenta si tenía algo que decir.

Es mi refresco —se quejó cuando le arrebató el refresco. — No te lo bebas, es mío —trató de recuperar lo que era por derecho suyo, pero eso fue claramente imposible. — Demonios, eres un niño, ¿yo te dije que no compraras un refresco? ¡Todo lo contrario! —le había insistido que comprase lo suyo, pero no lo hizo, y al final había hecho justo lo que Laith había intentado evitar. — De verdad, eres imposible —se quejó.

Buscó en su chaqueta algo, hasta encontrar una caja metálica alargada. La abrió y de esta mostró cigarrillos, de tabaco y envueltos. Se aprovechaba un poco cuando estaba en Canadá para disponerse envueltos, aunque en Londres nunca había sido un problema. Se llevó un cigarro de cannabis a los labios y lo encendió con un encendedor negro que estaba también dentro de la caja, y le ofreció a su acompañante.

Se detuvo un momento, guardándose la caja en el bolsillo interno de la chaqueta, mirando la pista de patinaje, pensando en si debería invitar a Ryan a patinar. Éste fue el primero en hablar, invitándolo a él a volver al hotel, comprendiendo que no debería estar precisamente lleno de energía, por más que no se mostrase cansado o molesto por el paseo.

Mañana te llevaré a un buen sitio, ya verás —le aseguró, para compensar regresar al hotel en ese momento, tomando entre sus dedos el envuelto mientras exhalaba y ahogaba la tos aclarando la garganta. — Ya verás —repitió, aunque más para sí mismo, como si estuviese pensando en lugares a los que podría llevarlo, como buen guía turístico.

***

Había despertado temprano, sintiéndose lleno de energía. Sólo necesitaba dormir lo suficiente, y aunque aún sentía la cabeza nublada, no era suficiente para mitigar su buen humor. Inhaló el aroma fresco y húmedo de la mañana por la ventana antes de mirar la cama que había abandonado. Una se había llenado de las cosas de ambos, y la otra tenía las mantas distendidas y un cuerpo rubio todavía durmiendo.

Se dirigió a tomar un baño por su cuenta antes de invitar a Ryan a despertar. — Buenos días, anda, es un nuevo día —le hablaba, buscando en su maleta las prendas que iba a vestir ese día. — El día será largo, así que despierta —se acercó a moverlo, tocándolo por el hombro, para hacerlo despertar.

La primera parada la iban a encontrar en un restaurante donde desayunar, porque era la comida más importante del día. Y para sorpresa de Laith, la camarera era una buena amiga suya, a quien besó la mejilla. Con una breve conversación en fluido francés con acento quebequés que iba sobre qué era lo que traía de vuelta a casa, una invitación a convivir un poco en otro momento, y quién era el rubio que lo acompañaba, presentó a su acompañante a la mujer.

Ella es Edith —le dijo a Ryan. — Es una buena amiga mía —y devolvió una mirada entrañable hacia ella. Tenía un rostro redondo y amigable, largo cabello castaño atado en una coleta, y vibrantes ojos oscuros, penetrantes y dulces al mismo tiempo. — ¿Qué vas a pedir? —le preguntó, esta vez con ánimo de servir de traductor. Fácilmente se decía por la forma en que pedía lo suyo en su lengua materna y muy buen humor.
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Ryan Goldstein el Sáb Mar 09, 2019 11:50 pm

Se habían detenido a contemplar la pista de patinaje. Recargó su peso hacia adelante, acodado en una barandilla que bordeaba el camino. Estaban en la oscuridad, una oscuridad pacífica y atravesada del alegre rumor de los paseantes en las aproximaciones, lejos y a la vez tan cerca.

Las luces de la pista allá abajo y los cuerpos girando y girando, atraían la mirada. Fue cuando una muchacha cayó de culo riéndose abiertamente que Ryan aceptó la primera calada, sonriéndose. En la pista, la muchacha extendía la mano, pidiendo ayuda para que la alzaran hacia arriba.

La escena le daba la impresión de recordar algo o alguien, pero no sabía qué o quién. A veces, sucedía. Era un tipo de déja senti. No quiso otra luego de la primera, y declinó amablemente una nueva calada.

—¿A dónde?—Quiso saber, tocado por la curiosidad. La insistencia de Laith en que dependiera de él como guía lo intrigaba todavía más—. Estás empeñado en llevarme a ciegas—comentó, ligeramente divertido ante la actitud enigmática de su guía—. Ok.

***

Laith no era precisamente muy encantador por las mañanas. No tenía, lo que se dice, una forma suave de despertarlo. Ni cuando pedía que le preparara pancakes para el desayuno. Pero a Ryan no le gustaba despertarse bruscamente, y hacía oídos sordos. Hasta que sintió la mano de Laith sobre el hombro. Fría. Tenía la mano fría. Él tenía la piel tibia, sensible. Se apartó, volteándose hacia un lado y estiró el brazo desnudo palpando sin ver las sábanas vacías, dando la impresión de que echaba algo en falta, y así era. No pareció suponerle un problema. Se hizo fácilmente con la almohada libre, estrechándola contra su cuerpo en un abrazo, y se dispuso a seguir durmiendo.

Le daba la espalda, abrazado a la almohada que había tomado por amante, pero no pareció ser suficiente para que Laith comprendiera que estaba siendo rechazado. Al comprobar su insistencia, Ryan gruñó por lo bajo. Pero era difícil saber qué significaba eso, si acaso no era más bien una forma improvisada de salir del paso y ganar algo de tiempo. Su flequillo rubio lucía despeinado y salvaje, y le daba un aspecto casi huraño con la cara dada vuelta y enterrada en la almohada. Hasta que cedió frente a la presión y finalmente dejó entrever su rostro, con los ojos semiabiertos y dedicándole a Laith una media sonrisa.

—¿Cómo es que desde tan temprano…?—
reprochó con suavidad. Intentó tironear a Laith de la pechera, atrayéndolo hacia él, el calor, la cama, unos cinco minutos más—Sólo dame un minuto. Ven—Sacó una de las largas piernas que tenía de debajo de las mantas y quiso colgarla en torno a la cintura de Laith, insistente—. Quédate conmigo.

A Ryan le gustaba remolonear en la cama, los arrumacos, los mimos, simplemente estar. Laith, por otra parte… Ryan estaba acostumbrado a sentirlo marcharse. Tan pronto se salía de entre las sábanas, tan pronto se iba. Pero para ese día tenía un plan, y el rubio admitía que no quería contrariarlo haciéndole pensar que no le interesaba descubrir qué sorpresas tenía para él, aunque para eso tuviera que sacrificar un arrumaco. ¿Pero acaso no podían esperar cinco minutos más…?

***


—Encantado.


Lo propio a decir era que ese de ahí era encantador. Edith lo supo en cuanto lo vio sonreír para ella. Había algo coqueto en su mirada y profundamente galante. Pero lo que es más, parecía bueno, un buen tipo. Se le voló la cabeza pensando que esos dos estaban juntos. Puede que al final Laith hubiera trabajado sobre su mal gusto en chicos.

—Salchichas, tocino, huevos, y bagel—
ordenó Ryan, palmoteando suave y rítmicamente con las manos en la mesa mientras pensaba distraídamente, y añadió—: Café negro para tomar, y jugo de naranja… ¿Qué hay de unas tostadas también?

Buen apetito.

—Es una chica preciosa—observó, cuando Edith se alejó de la mesa—. ¿Nomaj o…? Tienes que extrañar este lugar—añadió, entrañable por dentro—, si te has dejado buenos amigos aquí.  
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Laith Gauthier el Mar Mar 12, 2019 6:33 pm

Mientras más insistía en que era hora de despertar, Ryan más se empeñaba en quedarse acostado tan sólo unos minutos más. Incluso, el descarado, le dio la espalda y llenó su vacío con una almohada que tomó en un abrazo. El sanador se sonrió, divertido y frustrado al mismo tiempo. Trató de insistir un poco más en que tenía que despertar ya, o quizá dañaría el itinerario que había planeado hasta entonces, lo que era ilógico considerando que todo eran planes suyos, flexibles en tiempo, porque aprovechaba a hacer importantes “colchones” de tiempo para no retrasarse y no ir apresurados.

Si empezamos temprano, tendremos tiempo de hacer más cosas —le contestó al reproche, tomándole la mano que se ceñía a su ropa insistiendo en jalarlo a la cama. — Ryan —se quejó, tratando de luchar contra la pierna que se le enredaba en la cintura. Fracasó en el intento, y cayó sobre la cama, al calor y al remoloneo. — Sólo un minuto —se resignó al final, entre la cama, entre sus brazos y junto a su cuerpo tibio.

Al sanador le gustaba despertar temprano, aprovechar el día, un alma matinal. Era como el aire que se escapaba en un soplo, y no parecía entender a las personas que no tenían la misma energía que él nada más despertar por la mañana. Le apartó el rubio flequillo de la frente, enmarañado, abrazándolo en el espacio disponible entre su cuello y su hombro. Laith sabía sobre los mimos en la cama, los abrazos y la compañía, pero no todo el tiempo ni con todo el mundo se sentía libre o le apetecía hacerlo, por no mencionar que no toda la gente merecía aquel tipo de calidez.

Estuvo en silencio, jugando con su cabello el rato que le cedió para seguir en la cama, y supo que era momento de levantarse cuando bostezó, el sueño amenazando con volver y ser partícipe de su procrastinación. — Vamos, arriba —volvió a insistir. — Arréglate que tenemos que irnos —le besó la mejilla, deslizándose al exterior del calor de su cuerpo para salir de la cama. — Levántate —lo empujó ligeramente. El calor le había acabado calentando un poco las manos.

Dirigió una mirada a la ventana, esperando que no hubiese nevadas fuertes que entorpecieran lo que podía ser una tarde agradable. Pero su buen humor lo hacía creer fervientemente que iba a ser un buen día.

***

Laith se atrevería a decir que Edith se sorprendía de que estuviese ahí con un hombre tanto como se alegraba de verlo, pero esperaba que tuviera un poco de tiempo para ponerse al día con ella antes de continuar con el viaje con dirección al norte. Sirvió de traductor para el pedido del rubio, y se encargó de pedir lo suyo también, pedidos deliciosos para un buen desayuno. Edith le colocó una mano en el brazo, cariñosa, al sanador antes de decir que volvería en un instante.

Sólo pudo sonreírse cuando le dijo que Edith era preciosa. Se lo parecía, y una buena persona también, aunque franca, a veces demasiado. — Sí, es —le contestó, pues ella no había nacido bruja. Laith no se atrevería, sin embargo, a decir que no tenía magia. La tenía, pero no como la tendrían él o Ryan. — No los he dejado, los llevo conmigo donde quiera que voy —y le gustaba mantener el contacto, así que no era como si realmente los hubiese dejado atrás.

Había quien decía que las personas eran las experiencias y recuerdos que conservaban. Y de ser así, muchos de ellos los tendrían las personas que vivían en ese lugar, con quienes había aprendido y crecido. Por ello es que nunca se iba del todo, pues las personas se quedaban una parte de él, de la misma forma en que los otros le entregaban una parte de ellos.

Hoy será un día largo —le dijo, mirando hacia el exterior a través de la ventana. — Si hay alguna cosa que quieras hacer que no tenga contemplada, sólo tienes que decírmelo —propuso, ya que consideraba que, aunque había cubierto varias partes y cosas que hacer importantes, podría el rubio tener intereses un tanto diferentes o querer detenerse a hacer otra cosa entretanto.
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Ryan Goldstein el Miér Mar 27, 2019 4:03 am

No había hecho más que colocarse la ropa encima, habiéndola tomado del bolso de viaje a ojo pero sin muchos miramientos, aunque sí se tomó su tiempo frente al espejo arreglándose ese pelo. Podía contarse con él para estar listo en menos de cinco minutos. Listo y preparado, se acercó a la ventana y tomó a Laith por la cintura, descansando en su hombro.

—Que he terminado. Te juro, mira—Una vez que salía de la cama, sí que era rápido. Aunque debajo de las sábanas, también era rápido, pero eso ya era otro cantar. Ryan observó a través de la ventana, sonriéndose—. Es una buena vista. Se ve como un buen día.

Lo besó en la mejilla, y salieron.

***

“…los llevo conmigo donde quiera que voy

Uno de los lados de sus comisuras se pronunció en un hoyuelo con esa espontaneidad que tienen las sonrisas venidas directamente de la sensación cuando ésta se conmueve. El comentario le había robado toda la atención por un segundo, porque era de esas pequeñas cosas, pequeños detalles, que hacían de una persona entrañable.

Ryan entendía de lo que hablaba, pero se sentía extraño. Porque a donde quiera que él fuera, se sentiría solo. No solía detenerse en ese sentimiento, él se movía constantemente, a veces a las corridas otras suspendido en el tiempo, se mezclaba constantemente, con extraños que pasaban a convertirse en amigos y con amigos que en ocasiones le parecían extraños. No solía meditar en ello tampoco, pero sabía que ese sentimiento desaparecía o se ahogaba en sí mismo, cuando estaba acompañado.

Rió.

—Pero no sé qué tienes contemplado—citó, con un leve dejo de humor—. Porque no me lo has dicho—Sonrió—¿Te parece decírmelo ahora? Me gustaría patinar—admitió—. ¿Eso lo tienes contemplado? También—añadió, pensativo—. Me parecería bien visitar los sitios y las personas que conoces. Digo, que pienso deberías estar ansioso por hacerlo. Eso estaría bien por mí.

Le gustaba la idea de descubrir la Montreal que Laith conocía, a través de sus ojos y explorando los vínculos que había hecho con el lugar. Para él, sería una visita guiada por la parte de Montreal que más le interesaba en ese momento, si consideraban a Laith como la mayor atracción que captaba su interés. Por otra parte, las caminatas entraban dentro del campo de su predilección, el caminar sin rumbo aparente y partir de un punto para acabar en cualquier lugar, el otro lado de un túnel oscuro con un atisbo de luz al final. Montreal parecía el lugar perfecto para tener una caminata.

—Hay algo—dijo Ryan de pronto, cuando parecía que su desayuno lo había absorbido por completo. Su lado de la mesa estaba regado de platos con todo lo que había pedido. Edith les había servido y Ryan, claro, hizo una demostración de su buen apetito. Estaba picando mientras hablaba—. Hay algo que también me gustaría—Dio la impresión de que quería entrarle a la idea con cuidado, y le dedicó a Laith una mirada, con sus ojos apacibles y profundos, y a la vez cariñosos—. ¿Qué hay de una visita a tu hogar?  
Ryan Goldstein
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Laith Gauthier el Dom Mar 31, 2019 2:32 am

Había personas, como él, que estaban hechas para no estar solas, sino acompañadas. La soledad era mala amiga, y en muchas ocasiones acababa haciendo daño a quien la invitase dentro. Para Laith era, pues, el deseo desesperado de no estar solo. La soledad representaba aquella compañía con quien el sanador se permitía llorar, pero, en realidad, era un hombre que prefería por mucho el calor humano, la compañía de las personas, incluso cuando no se encontraban cerca físicamente. Era de los que se mantienen en contacto por cartas y llamadas, y a quien le gustaba quedar frecuentemente.

Por otro lado, hablando respecto a la salida, se había mantenido misterioso en cuanto a sus intenciones de paseo. Lo miró, como lo haría más un niño travieso que un hombre maduro, haciéndole saber que todavía no le daba la gana decirle sus planes, aunque quería escuchar sus ideas, por si algo tenía que cambiar. No esperaba su respuesta.

¿A las personas que conozco? —Laith preguntó, como si en un principio no hubiera entendido. — O sea, comprendo los lugares que conozco, pero… Hablando de personas, no estoy seguro si todo a quien conocía esté por aquí —por no mencionar que le parecía una petición un tanto extraña.

No hay que confundirse: el quebequés era de esos que pensaban que la única forma de conocer realmente un lugar era conociendo a su gente, y en eso estaba en lo correcto. Sin embargo, de ahí a específicamente preguntar por la gente que alguien más, en este caso él, conocía, era un poco curioso. Pero no dejó que la pregunta lo sacara del juego y tan pronto llegó la comida, se dispuso a alimentarse.

Laith había planeado varias cosas, las más comunes para el turista promedio. El patinaje sobre hielo estaba en cuestión, en especial en esa época del año donde ya hacía frío y la nieve cubría la ciudad las noches más frías, y un recorrido a través de la ciudad para mostrarle las atracciones turísticas más emblemáticas. Entre ellas, no pensó que su casa fuera a ser un lugar de interés.

Se atragantó con la comida, tosiendo y buscando su bebida para pasar el alimento cuando oyó la pregunta. Se notaba, predeciblemente, incómodo. — ¿Mi casa? Lo siento, no traigo las llaves conmigo, tendrá que ser en otra ocasión —le dijo. Laith era buen mentiroso en general, pero aquella ocasión era más que evidente. Él siempre llevaba las llaves de su hogar cuando viajaba a Norteamérica por si acaso, pero prefería evitar ir a ese lugar, en la medida de lo posible.

Podría cambiar, quizá, de acuerdo a cómo se desarrollase la mañana y la tarde, pero no entraba todavía en sus planes llevarlo al lugar que lo había visto crecer. No por Ryan, en realidad, sino por el propio Laith y su reacia actitud a aquellos recuerdos que, aunque eran bellos, también eran los que más dolían. Era volver a los lugares que amó, sintiendo la ausencia de las personas que ya no estaban a su lado. Había enviado a alguien a limpiar desde la última vez que se había visto con Ryan, pero eso no significaba que tuviese intenciones de ocupar la vivienda.

El desayuno, con dos hombres con estómagos que, más que estómagos, parecían aspiradoras, fue bastante breve. Laith había sacado presto su billetera para sacar dinero en la moneda del país y pagarle a su amiga, con una sonrisa y un acuerdo de hablar pronto.

Vamos a nuestra primera parada —le dijo, una vez en el exterior del restaurante. Estaba un tanto emocionado, eso sí, aunque lo disimulaba bastante bien. Empezaba como un paseo a través de la ciudad, aunque tenía un rumbo en específico, motivo por el que Laith tenía que mantener el rumbo en caso de que Ryan encontrase algo con qué distraerse. Le dejaba ver y entretenerse, sí, pero no dejaba a un lado que tenía un lugar al que quería llegar.
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Ryan Goldstein el Mar Abr 02, 2019 12:40 am


Le pareció un tanto extraña la reacción de Laith, probablemente evasiva. Había imaginado que querría volver a ver algunas caras conocidas, y a Ryan no le cortaba la idea de pasar el rato con algunos de sus conocidos, como Edith, con quien parecía tener mucho de qué hablar, ponerse al día. Inmediatamente luego consideró que puede que contaran con muy poco tiempo, y en todo caso, que quisiera pasar el día sólo con él, debía halagarlo.

—Amigos—respondió sencillamente, a modo de aclaración, pero más pronto que tarde añadió, mientras que cortaba las salchichas en su plato—: Ya veo.

En la mesa, trajo a colación el tópico de los aperitivos durante la conversación, comparándolos con otros que le habían servido en otras partes del mundo. Su evaluación general era que estaba encantado. Pero el tema principal seguía siendo sobre el recorrido que tendría lugar ese mismo día, y pensando en qué lugares le gustaría visitar, Ryan recordó algo curioso sobre Laith, un detalle que le había llamado la atención de una conversación anterior que habían tenido, sobre volver al hogar. Sólo entonces se preguntó si acaso toda la idea del viaje no estaría relacionada a esa conversación, y sonrió.

—En otra ocasión, entonces—dijo Ryan, habiendo preguntado sobre su hogar de siempre. Le dedicó una mirada entrañable. Había dejado de mover los cubiertos, había dejado de comer, se había detenido, y quedaba preguntarse qué tanto miraba tan fijamente, cuando estiró un brazo sobre la mesa con la intención de capturar la perilla de Laith un momento y repasar sus labios con un gesto. Y se explicó—: Es que tienes algo ahí.

No bien llegó la hora de la cuenta, Edith se rió por dentro siendo testigo de la escenita que los dos hombres dieron en la mesa. Al parecer, era costumbre que el rubio insistiera en sacar su billetera el primero. Si hasta le llamó la atención queriendo comprarla con su encanto para que aceptara cobrarle a él en vez que a su amigo, y mira con qué tacto de galán que lo hacía, tenía también su sentido del humor. Le hacía gracia porque, siendo Laith independiente como era, debía molestarse un poco, aunque Edith lo apreciaba como todo un detalle. Así y todo, se mantuvo fielmente del lado de su amigo, y lo ayudó a salirse con la suya.

Ya en el exterior, con el clima fresco golpeándole en las mejillas, Ryan se sintió vigorizado. Había olvidado la pereza al despertar, y se sonrió entre que se frotaba las manos. Le intrigaba el misterio de Laith, y a la vez, se sentía conforme con la idea de dejarse llevar. Ryan tuvo su caminata, y doblaron por esquinas adoquinadas atravesando rincones pintorescos. Se coló en las tiendas de interés, y se sorprendió cruzándose con galerías y callejones que exhibían todo tipo de arte, más que en cualquier otro lugar que le viniera a la mente. La noche anterior había sido una cosa, pero a medida que caminaban descubría las verdaderas dimensiones de aquel despliegue artístico.

—¿Qué hay de ir por allá?—preguntó Ryan, arriesgando una nueva ruta. Aventuró una sonrisa sobrada de picardía—. No me dejaste doblar cuando salimos de la tienda de antes, así que te atienes al plan, ¿nos estamos acercando? Oh, espera—Se acercó colocando una mano sobre su hombro y señaló un punto en la distancia, detrás de Laith—Mira.
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Laith Gauthier el Jue Abr 04, 2019 9:26 am

Siempre había una cierta incomodidad en integrar a alguien nuevo a un circulo de conocidos. Hay, pues, entre ellos, un cierto secretismo, las experiencias de un grupo que el tercero no comparte, y puede desembocar una incomodidad que Laith pensaba que sobraba en aquel viaje. Prefería aprovechar el tiempo de otras maneras, y ya luego, cuando fuese el momento, regresar por su cuenta a ponerse al día.

Durante la comida tuvieron una amena conversación acerca de lo que se servía en otras partes del mundo, entre que hablaban sobre los destinos que Ryan estaba queriendo visitar. Entre ellos, y muy para la sorpresa de Laith, estaba su vieja casa, una a la que no estaba dispuesto todavía a regresar. Por suerte, el rubio no insistió más de la cuenta.

Se sorprendió con un parpadeo cuando Ryan atrapó su mentón, acariciando sus labios de esa manera. Se le vio la confusión en el gesto, antes de saber que había algo en sus labios. O eso era lo que el rubio había dicho. Se relamió, mostrando una ligera inconformidad al gesto.

Tras una discusión sobre quién iba a pagar el desayuno, con el sanador como el ganador, salieron al exterior para poder empezar con aquel recorrido que Laith tenía en mente, con planes de todo tipo desde ese momento hasta bien entrada la noche. Tenían que aprovechar el poco tiempo del que disponían, de apenas unos días, antes de que tuviesen que encaminarse al norte para continuar con la idea que los tenía a los dos ahí.

No era fácil, sin embargo, retener el espíritu aventurero de un rubio que revoloteaba entre tiendas y callejones. De ser otro y no Laith, seguramente le habría pedido la pista hace un buen rato. Este, pues, alimentaba su curiosidad de la cultura quebequesa y al mismo tiempo lo encaminaba hacia donde él quería ir. Diríase que su rumbo estaba bien fijo y no iba a modificarlo con facilidad.

Si eres un buen chico —le hablaba como a un niño… o a un cachorro, mirando hacia sus espaldas: el Jaques Cartier Bridge, — iremos ahí por la noche —porque él sabía que durante la noche se iluminaba en colores, y la vista era preciosa. — Por ahora vamos a mantenernos hacia el sur —le animó, señalando el puerto que deberían seguir.

Lo llevó, porque Laith no admitía dudas, tocando puntos turísticos básicos: la Torre del Reloj en el puerto, la preciosa edificación del ayuntamiento del Viejo Montreal, y su lugar favorito en todo el mundo: La Diperie.

Aquí —Laith explicaba, hecho todo un buen guía. — estamos en el distrito de Villie-Marie, el centro histórico de la ciudad, ese de ahí es el ayuntamiento —le señaló la edificación, mientras se acercaban hacia ahí. Él, con sus intenciones camufladas. Una vez cerca, lo tomó del brazo con una sonrisa, esa sonrisa de pillo. — Y aquí hacen los mejores helados del mundo, ven —¿lo había llevado ahí sólo por el helado? Siendo Laith, era posible, mas no el caso.

Hacía frío, pero al quebequés promedio no parecía importarle. Y mientras hacían fila, le tradujo el menú para que supiera qué pedirse. Por su parte, se pidió uno de vainilla cubierto con chocolate y con pretzels, galletas molidas y nueces adheridos. Y se lo veía disfrutando, porque el helado nunca venía mal.

Siguiendo por aquí está la basílica de Notre-Dame, el Palacio de congresos, el World Trade Centre, el Underground City, entonces vamos a entrar al Centro de Arquitectura donde hay varios museos y quiero hacer una pausa en el parque Mount Royal —le explicó a grandes rasgos el por qué no quería alejarse de ese camino: era todo un centro turístico donde encontrarían muchas cosas interesantes para ver.
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