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A man's word is his bond [Priv. Ryan Goldstein]

Laith Gauthier el Mar Feb 05, 2019 8:49 am

Recuerdo del primer mensaje :

Ne voyez vous pas que vous m'étouffer?
Guidés par la peur de perdre le contrôle
Ce que vous pensiez que je serais
S'effondre devant vous
Je ne joue plus de role.

Hay sitios que guardan todo tipo de memorias. Las leyendas que fundamentan que el ser humano está hecho de energía dicen que ahí donde pasa un alma deja huella. Una invisible que no se puede ver, pero se puede sentir. Existen lugares con grandes cargas energéticas, y otras que tienen sólo un rumor agridulce. Al final, todos están de acuerdo en una cosa: el corazón regresará a los lugares donde alguna vez fue feliz.

Y ahí es donde comienza el problema. El corazón es iluso, la mayor parte del tiempo, y pone todo su empeño en regresar a esos lugares donde dejó una parte de sí mismo. ¿Qué es lo que pasa cuando el tiempo ha cambiado, cuando los lugares ya no son los mismos y las personas que estaban entonces ya no se encuentran a su lado? Ahí reside el dolor de la nostalgia.

Laith había regresado a un lugar de esos, y de ahí salió como un hombre nuevo. El corazón le latía fuerte en el pecho, lleno de vida, aunque pudiese encogerse de dolor. Los corazones se vuelven grises cuando carecen de pasión, acaban muriendo no mucho tiempo luego. Él suyo estaba de un vibrante color rojo.

Era uno de esos momentos donde uno decide abrir las alas y volar, crecer. Madurar, también. Parte de madurar y de liberar el pecho del peso del pasado, era cumplir esas promesas aparentemente vacías que quedaron alguna vez en el aire. Laith difícilmente olvidaba datos, tenía una buena memoria.

Había sido una de esas conversaciones que se dicen banales, sin repercusión alguna al corto o largo plazo, durante el colegio, cuando aún eran pareja. El sanador recordaba bien que estaba tratando de hablarle sobre lo que él conocía, tan distinto a Estados Unidos. Le estaba contando sobre una isla que tenía una reserva ecológica y una montaña, donde había pasado mucho tiempo durante su juventud. Hizo con el rubio una promesa de ir ahí juntos un día.

Laith estaba casi seguro de que era el único que recordaba la promesa, hecha hace tantos años y en un clima extraño de la relación entre ambos. La recordaba, a fin de cuentas, y era algo que tenía pendiente por hacer.

La isla René-Levasseur era un sitio importante para Laith, y, en principio, se sentía nervioso de sólo pensar en llevar a Ryan ahí. Era ese tipo de lugares tan íntimos, que a uno le cuesta querer mostrárselos a la gente. Pero era una promesa, y Laith quería cumplir todas sus promesas. Una a una, había ido tachándolas de una lista imaginaria. Había dos mucho más difíciles que el resto, y esa era una de ellas. Quería hacerlo, sin embargo, porque sentía que eso lo ayudaría a crecer como persona.

No fue fácil convencerlo, tuvo que insistir durante varios días. Y, por dentro, a Laith le dio gracia pensar en que seguramente el rubio se preguntaría qué mosco le había picado. No había mencionado promesa alguna. Más bien, le había dicho que tenía dos boletos a Norteamérica y que quería que él, él y no otro, fuera con él. Y por boletos podemos asumir, muy claramente, que Laith NO pensaba tomar ninguna ruta mágica, sino ir a lo nomaj. Metido en un enorme pájaro de metal.

Lo había planeado como un viaje de unos días. Primera parada Montreal, donde conseguirían un auto que los llevase en un viaje de más de medio día a la isla, para zarpar en su dirección. Y ahí estaba él, sentado en su maleta que contenía una vasta cantidad de abrigos considerando el sitio donde planeaba encaminarlos, y de lo que había advertido a Ryan desde un principio. Lentes de sol sobre los ojos y mirando su móvil mientras esperaba que el rubio hiciera acto de presencia en el aeropuerto.
Laith Gauthier
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Laith GauthierMedimago

Ryan Goldstein el Dom Ago 25, 2019 7:44 am





Hacerlo en la oscuridad, era cosa de Ryan. Los cuerpos tocándose en la penumbra complacían su hambre de sensualidad, y se sentía cobijado por la complicidad de las caricias y los besos, el calor tan familiar de un abrazo ansioso, mientras que se dejaba guiar por sus propias ganas y el resplandor desnudo de las pieles. No se trataba de ocultarse, pero de verse a sí mismos ocupando la escena, en el contraste de la penumbra que le confería a la habitación la única ventana. Su propio perfil podía parecer el de un extraño, pero con una silueta fácilmente distinguible y la innegable intención de apropiarse del momento.

Hincado en sus rodillas, se colocó detrás de Laith y se apuró en cada asesto de placer, frotándose hacia dentro con el irrefrenable, mecánico impulso que lo hacía sentirse gozoso y necesitado. La blanca espalda de Laith se curvaba para él, y sólo Ryan era testigo de cómo se deshacía en su impaciencia. El esfuerzo que compartían los mantenía unidos en ese mutuo  intercambio de dar y recibir, sin que nada alrededor, allí o en cualquier parte, pudiera estar a la altura de ese instante, de pálpito, sudor y sumisa complicidad. Ryan hasta podía olvidarse de su propia mente, obnubilada. Había accedido a ese trance fugaz y remanente de la satisfacción, que se extendía por todo su cuerpo.

En un acto premeditado, se separó y se reacomodaron. Se masturbó como si temiera del frío y volvió a imponerse, empujando suavemente hacia dentro de una intimidad hecha a su medida, deslizándose en el tibio reencuentro del roce. Se acostó sobre Laith cayendo en sus brazos, y se empujó, llevado por la misma ansia que lo encendía y lo abatía a un tiempo, preso de la voluntad del deseo, repitiéndose infinitamente, abiertamente deseoso, soltando suspiros que ya no contenía. A través de la oscuridad, su mirada se comunicaba, ardida, perdida, obstinadamente firme en sus intenciones.

Se acercaba a su límite, y una fuerza voluptuosa se apoderó de él, que lo delató. Todo él se tensó, y las sacudidas se su cuerpo crecieron en intensidad, como si hubiera encontrado en Laith la meta a la que aspiraban todos los esfuerzos que el placer había arrastrado consigo hasta esa imaginaria costa rocosa contra la que oleadas de ansia se rompían en una desastrosa mezcla de mar y espuma. El quiebre fue tibio y violento, hasta que Ryan se sosegó con una aparente ternura, sin ninguna prisa por moverse o apartarse, consciente de sus espasmos. Respiró entre los brazos de Laith calmando sus suspiros, siendo consciente del peso de roca de su propio corazón, y se vio a sí mismo capturado por la intimidad del momento. Alzando el rostro, se precipitó en un beso.


Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Ago 26, 2019 11:15 pm

Había sensualidad en la penumbra de la noche, cuando los ojos son ciegos y el cuerpo se pone alerta, los sentidos se ponen alerta y las caricias podían causar estragos que en la luz no siempre eran capaces de provocar. Cuando fallaba la mirada, la piel se volvía fina y la imaginación se desataba y echaba a volar como una hermosa parvada de aves que cogía vuelo y revoloteaba en el horizonte, excitada y libre.

Eran caricias firmes y fuertes las que traían las manos de Ryan, recorriendo su cuerpo como se recorre la arcilla cuando se le está dando forma, creando formas en su piel para adaptarla sólo a él. Desesperarle tan sólo para él, que en esa noche le requiriera para aliviar el incendio que el propio Goldstein había encendido en su cuerpo, creando un mundo de cristal que amenazaba con romperse con los primeros rayos del sol.

Él se movía, también, restregando su cuerpo, dispuesto a deshacerse y, al mismo tiempo, de crear junto con el rubio una noche que sería inolvidable. Cuando cambiaron de posición, le abrazó con las piernas, acomodándose en esas caderas afiladas que se escurrían en movimientos rítmicos, y sus brazos se ciñeron a su espalda y a su cuello, con la zurda amenazando con arañar la piel blanca con el único fin de encontrar algo a lo que sujetarse cuando el mundo se desmoronaba en espasmos de placer.

Gemía en alto, con el descaro por delante, sin respeto alguno. A puertas cerradas se terminaba el show, y el mejor acto era el que se producía en los bastidores. Se descompuso al sentirse tan cerca de arañar el cielo, tan cerca como lo estaba la piel del rubio, su calor y su aroma que mezclaba hormonas y sudor al mismo tiempo. Sus ojos se encontraban y sabían que eran sólo por el tenue brillo de la luz precaria que se colaba por la ventana.

Cuando lo encontró en sus labios, sujetó su rostro como se haría con algo preciado y delicado, temiendo romperlo con el mero roce de sus dedos contra sus mejillas, apretándose en un beso cálido y necesitado que iba suavizándose hasta la deliciosa ternura de un momento inquebrantable sólo para dos.

No había llegado a su fin, sin embargo. Seguía ansioso porque, aunque Ryan hubiese llegado al clímax, el sanador no pretendía quedarse a medio camino. Por eso siguió insistiendo, entre besos y llamando su nombre en la noche fría, cuya temperatura ni siquiera se percibía entre dos cuerpos que se calentaban mutuamente para llegar a la perfecta calidez.

Insistiendo entre gemidos que sonaban a réplica, guió al rubio hasta su cadera, queriendo que continuase y lo llevase de la mano, o de la boca, hasta la perdición de la cordura. El primer arrebato fue su espalda arqueándose, sus músculos contrayéndose. No escuchaba su propia voz, pero podía sentir las palabras escapando de su garganta como una súplica dolida:

No pares —era su única petición, sabiendo que requería sus atenciones para llegar a su propia meta.

Una supernova, era así como podía describirlo, el choque de dos cuerpos, de dos almas cuando impactan uno contra el otro, hasta deshacerse en polvo estelar y desperdigarse por todo el cielo hasta verse derrotados y victoriosos a un tiempo, agotados y sosegados. El final lo marcaban las respiraciones agitadas, el sudor perlando las pieles, y una mente nublada que no está segura de qué hacer a continuación.

Era de esas noches que creía que podría sobrevivir si no amanecía nunca.

***

El amanecer había llegado rompiendo la ventana con los primeros rayos solares, y dentro de la habitación sólo pudo escucharse la queja perezosa mientras Laith se envolvía en las mantas, en el calor de un abrazo, escondiendo el rostro entre la piel desnuda que había a su lado. No le apetecía que el día fuera día, y tenía intenciones de seguir durmiendo.

Sentía la piel pegajosa y fría al mismo tiempo. En pleno invierno, era lo que uno tenía que esperarse tras haberse quedado dormido tal cual estaba, ensuciando las sábanas como si no importasen, en sus prendas más básicas: la carne de hombre que vestía su ser.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Dom Sep 08, 2019 7:59 pm





“No pares”, oyó en un gemido.

Sintió una punzada de gozosa ternura al saberse necesitado en ese momento, aunque sólo fuera en ese momento. Una entregada generosidad flameó en su pecho con una devoción sensual tan intensa como hiriente.

Lo volvía loco el reclamo de no parar, inconfesablemente loco, y en la complacencia hacia su amante hallaba su propia y secreta gratificación sexual, de tal forma que tan sólo la idea de provocarle placer lo transportaba a las puertas de un largo éxtasis.

Los cuerpos desnudos se amalgamaron en un abrazo sacudido por arrebatos, y Ryan se aferró a ese encuentro antes de desprenderse suavemente hacia una caída, yendo hacia abajo en una escalera de besos y caricias.

Laith le abría las piernas y se sintió invitado a tragar, jalar y tragar otra vez. Trabajó esa dura entrepierna con la metódica sedosidad de sus manos, y no pudo evitar torcer sus labios al saber lo que su toque significaba para Laith.

Recibir la dureza tibia en su boca, tentar la carne sensible y probarla en su sabor más fuerte era una secreta experiencia de la que nunca hablaba pero a la que se entregaba con cada ápice de sus sentidos. Era adicto a la sensualidad.

Procuraba enfatizar las sensaciones de su amante y se dedicaba a ello con toda la temperatura de su cuerpo, irrumpiendo con su boca, tentando a pequeñas mordidas el pulso acelerado y ansioso que se atropellaba en su garganta, hasta que sucedió lo previsible.

Había un diálogo que no necesitaba de palabras en los orgasmos que compartían, más profundo que una caricia y más remanente que el recuerdo de un beso; se sentía nostálgico, entrañable e increíblemente ardiente.

Acabaron y se iluminó la lámpara de la mesa de noche. Ryan se sentó, recostándose contra la cabecera de la cama. Se lo oía respirar pesadamente.

—¿Quieres?—La cajetilla en sus manos no era suya, era de Laith. Ryan no pensaba encenderse un cigarrillo para sí mismo, pero le ofrecía la cajetilla. Sonrió, sumido en una indiscreta contemplación del cuerpo tendido a su lado. Se le había hecho costumbre expresarse honestamente, en un cumplido que se adivinaba aunque no dijera nada. Pero siempre lo decía—. Eres hermoso, ¿lo sabes?

Los dos lo sabían muy bien.

Sin dejar de sonreírse, atrajo las sábanas y los envolvió a ambos, abrazándose a Laith en un gesto ciertamente acaparador. Hundió el rostro en la curva expuesta del cuello, frotándose en una tibia caricia, y le besó la mejilla.


***


Regresó y se apuró en quitarse las ropas, como si llevarlas encima fuera algo antinatural. Al volver, la habitación se impregnó del aroma a masa dulce y recién horneada. Había depositado la bolsa de papel caliente sobre la mesa de noche, sin tocarla, y el café a un lado. Imaginó que desayunarían donde la otra vez, pero le había dado hambre y salió a por croissants.

Sin embargo, su primer impulso fue volver a tenderse junto al cuerpo tibio de Laith, y se arrebujó bajo las mantas estrechándolo en un abrazo. Lo sintió removerse y le acarició el cabello. No sin cierto rastro de humor se le vino a la mente que se sentía animal esa mañana. Cuando bajó por los croissants, la entrepierna se le empalmó en plena calle de invierno de sólo pensar en que Laith lo esperaba en la habitación.

Había caprichos de la carne que simplemente no controlaba.

Suavemente, se posicionó entre las piernas de Laith y acercó la boca a su oído en un susurro. Frotándose, incitante, se desarmó de alivio, insinuándose con un movimiento acompasado y lento que rogaba por complicidad y un tacto más demandante. No era perezoso cuando se trataba de repetir.

—¿Tienes hambre?




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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Sep 09, 2019 3:58 am

La habitación había viciado el aroma secreto del sexo. Era una mezcla de hormonas, sudor y calor que embriagaba e intoxicaba al mismo tiempo. Era el silencio y un contraste del ardor del momento con el frío de la habitación que se resentía en la piel e invitaba a acurrucarse, a disfrutar de un momento íntimo que había dejado de ser sexual.

Laith cerró los ojos, molesto por el brillo repentino, cuando la luz de la lámpara rasgó la oscuridad de la noche e iluminó dos cuerpos sudorosos y agitados que comenzaban a acompasar la respiración a un ritmo razonable.

Sus ojos verdes volvieron a mostrarse para fijarse en qué le ofrecía, su cajetilla de cigarros, y estiró su mano para sacar del mismo un cilindro de tabaco, y sacó de la misma cajetilla su encendedor, un bonito encendedor que tenía un estuche con un colibrí pintado.

Lo sé —le contestó, sobrado en vanidad, cuando le dijo que era hermoso.

Se dejó hacer mientras sus pulmones se enviciaban con el sabor que tiene el humo, ardiendo en su camino tibio y saliendo a través de su nariz como una exhalación que asemejó un suspiro. Una calada había bastado para apaciguar una ansia oculta y nublar con el humo la parte superior de la habitación por breves segundos.

Tú también eres hermoso —contestó, inesperadamente, unos segundos más tarde.

Se acomodó en la cama, una almohada a la altura de la espalda, para incorporarse ligeramente y poder fumar con tranquilidad, al menos hasta que el cilindro fue robado de sus dedos, haciendo que volviera su mirada hacia el rubio que, demandante, se restregaba todavía contra su cuerpo, justo como lo haría un gato.

Hay costumbres que no cambian, ¿no? —se estaba refiriendo a la necesidad que parecía tener Ryan del roce post-sexo. De acurrucarse, de acaparar, de embriagarse con la esencia restante.

Las costumbres sí que habían cambiado, después de todo. Laith no había salido huyendo tan pronto se había visto satisfecho sexualmente, y ese ya era un cambio a tomar en cuenta.

***

El quebequés se había ignorado solitario en la cama, aunque ésta se hubiera quejado fría por la ausencia de quien ocupaba un espacio a su lado. Había proseguido durmiendo pacíficamente hasta que empezó a sentir el movimiento a la cercanía, de Ryan regresando a la cama después de haber escapado de ella, tocando su cabello y perturbando su sueño hasta que empezó a quejarse en silencio.

Abrió los ojos, descubriéndose vulnerable con un cuerpo encima, sintiendo entre sus piernas una cintura y sobre su cuerpo un peso caliente que incitaba, restregándose contra su piel mientras se ansiaba el profundo deseo de placer. Gruñó, a medias de enfurruño por haber sido perturbado de su sueño, a medias del placer y el deseo que le provocaba.

¿Tan temprano? —se sonrió, travieso, ignorando que, en realidad, podía estar sugiriendo comida verdadera para comer.

Seguramente tampoco despreciaría la invitación de devorar un cuerpo masculino y sensual cuando lo tenía en bandeja de plata.
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Ryan Goldstein el Lun Sep 09, 2019 6:59 am





—¿Tú crees?

Le habían hecho un cumplido, y él respondía con una pregunta. Era una manera curiosamente evasiva de aceptar un cumplido, y que contenía un cierto humor implícito en la voz. Laith, en su demorada e inesperada contestación, le robó una sonrisa momentánea.

La nube de humo era siempre desproporcionadamente abundante cuando se estropeaba la punta de un cigarrillo. Remolinos de fantasmagoría se elevaban en el aire de la habitación.

Habiéndole hurtado con delicadeza el cigarrillo de entre los dedos, se acomodó con la cabeza apoyada sobre el pecho ajeno; con la mirada en el techo, dio una larga calada. Observó cómo las volutas de humo ascendían por encima de ellos, y se sintió en paz.

No fumaba de puertas afuera, pero se reservaba para ocasiones excepcionales. Le traía memorias que se agolpaban en imágenes en su cabeza junto con el regusto del tabaco en su boca.

De nuevo, el comentario de Laith removió la plana quietud de sus labios, que tensó con gusto en una tibia y sutil sonrisa. Para él, aquellas palabras tenían un significado extensivamente amplio.

Se refería a ellos dos, juntos. A veces turbulenta y contradictoria, su relación aparentemente casual los había alcanzado a lo largo de… ¿una década?, ¿tanto tiempo, ya? Andar para encontrarse, sí, se les había vuelto una costumbre, y hay quien podría decir, 'mala costumbre'.

No lo tenía muy claro.

—¿A qué te refieres?—preguntó, alcanzándole el cigarrillo con el gesto extensivo de su mano. Su voz se oía adormecida y ligeramente ronca. Alzó el rostro en dirección a Laith, mirándolo con curiosidad. Sin embargo, se interrumpió, asaltado por una urgencia repentina—Espera.

Se oyeron las pisadas de sus pies descalzos hasta la ventana; dejó entrar el viento frío, de pie y desnudo, sin apartarse ni inmutarse. Observó por un instante calle abajo, y regresó con una mirada que buscaba encontrarse directamente con los ojos de su amante.

Una brisa nueva invadió la habitación y Ryan se recostó sobre el pecho de Laith como un animal que tiende al calor, abrazándose otra vez en su compañía. No habló de inmediato, sino que oprimió los labios contra los pectorales descubiertos en una puntada de profundo calor, un beso, y se entretuvo examinando la tinta sobre la piel.

Nunca lo había hecho con Laith despierto.

—¿A qué te refieres?—repitió, devolviéndole la mirada.



***


Se sonrió, sabiéndolo despierto.

—Justo para el desayuno—
respondió, pero su seriedad frente a la puntualidad del asunto se desarmó en ese mismo instante, en que dejó escapar un suspiro.

Levantó la frazada sobre sus cabezas, y los escondió del día. Se removieron en el secreto de los misteriosos pliegues, y Ryan se deshizo de ansia entre suspiros, hasta que reveló lo crecidas que eran sus intenciones, preguntándose con una ardida sumisión, si Laith lo querría a él antes que al café.

Sus intenciones no eran otras que las de encontrar una cadencia en la que uno respondiera a los movimientos del otro, como si se hubieran aprendido mutuamente.



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Laith Gauthier el Lun Sep 09, 2019 7:37 am

Hizo un sonido que, se presumía, dudaba. Sabía que su evasión era galantería camuflada, imposible no saberlo, y le negó el gusto a confirmarle la información que los dos ya sabían, de repetirle un cumplido.

Se relajó entre el tabaco, el humo y el silencio, contemplando el cielo oscuro que era su techo e imaginando ahí galaxias enteras llenas de estrellas y polvo estelar que existían sólo en el interior de su propia mente.

Lo sentía acurrucarse contra su pecho, y le respondía rodeándolo con un brazo, con la mano que no tomaba el cigarrillo cuando era su turno de calar del mismo, compartiendo el momento. El movimiento que se presumía sutil con el que Ryan lo buscaba, restregándose contra su carne, le trajo memorias del pasado. Incluso antes de que el rubio se hubiese graduado, antes de romper. Lo llevó a la más joven adolescencia, cuando todo había comenzado.

No esperó una respuesta, e incluso se sorprendió un poco cuando Ryan le pidió que fuera más específico, pero antes de poder responderle lo vio huyendo de su lado, y sólo lo siguió con la mirada a la media luz de la habitación hasta descubrir sus intenciones para con la ventana de la habitación.

Supuso que era lógico querer abrir la ventana, para darle al humo un lugar por donde escapar. El frío entró como una brisa que caló en la piel todavía caliente. Era pleno invierno, y Laith se quejó en un suspiro, mas no opuso ningún tipo de resistencia. Sólo lo recibió de nuevo en su cuerpo y cerró los ojos, dejándose llevar por la corriente.

A ti —dijo, en principio, — a esto —e hizo un gesto ligero con la mano antes de utilizar un vaso con agua a medio tomar como cenicero, a falta de uno al alcance. — Es como si hubiésemos cambiado, pero en el fondo fuésemos los mismos.

No encontraba otra explicación al impacto que los hacía querer encontrarse, a querer terminar otra vez entre sábanas revueltas y una cama deshecha, tanto como sus peinados o sus energías. Quizá el cuerpo no era lo único que valía, pero era una parte importante.

***

Ocultos debajo de la frazada, como en un búnker que los mantenía ajenos al mundo, a todo lo existente en la habitación, Laith se dejó llevar. Cuando estaba en la cama con Ryan era así: se dejaba, tan sólo se dejaba seducir por la ansiedad de saberlo cerca, y se perdía entre sus manos sin saber ni siquiera muy bien por qué. Atraído como una mosca va al dulce, o a la muerte final en la forma de una lámpara de choque.

Por eso lo abrazó, y con su abrazo lo atrajo hacia él, apretándolo entre sus músculos y su ser. Sus piernas se enredaron a su cadera como se enredan las serpientes a sus víctimas, y lo besó con intensidad, todavía adormilado, pero queriendo sentirlo.

El desayuno podía esperar.
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Ryan Goldstein el Lun Sep 09, 2019 9:24 am





Lo observó con el rostro ligeramente ladeado en pensativo silencio. Mientras demoraba una respuesta se concentró en trazar con su dedo garabatos lentos y circulares sobre la piel de tinta.

Hablando del cambio que les tocó, incluso sin preguntarle, sabía que cada tatuaje tenía un significado que relataba un poco de sí mismo, por todo lo que había pasado hasta el aquí y ahora en el que se encontraban.

—Me siento igual.


Lo confesó con total honestidad; usando aquellas palabras, Laith había raspado un poco hacia dentro de Ryan, poniéndole delante una verdad que, como pocas, era agradable, porque le agradaba volver a esas sábanas, esa habitación, ese calor. Había familiaridad, pero también siempre un elemento nuevo, desconocido, algo que avivaba una chispa.

—Tú cambiaste—añadió, en una afirmación que no era extraña a ninguno de los dos. Lo miraba con inconfundible cariño—. Tú cambias todo el tiempo, siempre ha sido así contigo, desde Ilvermony—La cadencia de su voz madura sonaba emocionada y grave, ofreciendo registros de ternura—Y me sorprendes, todo el tiempo. Te admiro por eso—Calló un instante. Y prosiguió—: Pero a la vez, te siento el mismo, y se siente tan familiar y querido… y deseable.

Con el tiempo, ellos dos se habían hecho una burbuja a la que regresar, y pocas cosas o nada de fuera podía molestarlos allí dentro, a no ser lo que traían consigo, que a veces era bueno, otras no del todo bueno; de alguna manera, entre ellos habían hecho que funcionara y se deseaban libres de salir y entrar cuando quisieran y atados a la posibilidad de un reencuentro.

Meditó por un instante un pensamiento que venía rumiando por un tiempo y que mantenía rezagado adrede. No estaba seguro si era el momento, y no quería pulsar las teclas que no eran. Se había propuesto esperar, pero quizá, en ese preciso instante y no otro, Laith se sincerara.

—No me has dicho por qué querías hacer este viaje—dijo—. Y conmigo. ¿Tú crees que puedas explicarlo ahora?, ¿hablarlo?

De no apetecerle, Ryan apartaría el diálogo y lo besaría largamente hasta que no quedara nada más que el aliento entrelazado de sus bocas, y sus pechos respirando a un mismo compás, tierno y ansioso.


***


Salió de la ducha con una toalla colgada a la altura de la cintura y otra en las manos. Había quedado rojo de la ducha de agua caliente. Se frotó la cara y el cuero cabelludo con pronta insistencia.

El colchón se hundió bajo su peso al ir a aterrizar al borde de la cama. El paquete de croissants permanecía abierta y arrugado sobre la mesa de noche, y las tazas descartables de café estaban vacías.

Ryan, con el pelo mojado y revuelto, se impulsó hacia atrás, dejándose caer de espalda con un suspiro. Pero echado en la cama, sus labios se torcieron en una mueca ciertamente socarrona.

Sonrió.

—¿Dónde dices que vas a llevarme?


No se lo decía, he ahí el misterio.




Ryan Goldstein
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Laith Gauthier el Jue Sep 12, 2019 7:19 am

Había sido el primero en ducharse, así que, mientras estaba en la cama comiendo y esperando a Ryan, no pudo evitar que los pensamientos de la noche anterior regresaran a su cabeza como una emboscada. Que él había cambiado, le decía, y le hubiese gustado poder decir que era mentira. No lo era: los dos lo habían hecho, y, en el fondo, todo era igual, una contradicción que era sólo de ellos.

Tenía sentimientos encontrados al respecto. De alguna manera, podía sentirse estancado de no ser capaz de movilizarse, de pasar página. Por otro lado, para alguien como él que había tenido muchos cambios en su vida, era liberador tener algo con esencia a pasado a lo que sujetarse.

El pasado era un lugar precioso que, en el caso de Laith, se había manchado casi por entero de sepia.

Aquella noche había sido tan sincero como lo fue en cuanto el rubio se echó en la cama a su lado y preguntó cuál era el destino del día.

No lo he dicho —y sonrió, travieso, devorando la última mordida de su desayuno.

¿A qué se debía tanto misterio? ¿Sería, acaso, que simplemente Laith tenía tanta idea como Ryan y disfrazaba de misterio el desconocimiento? Era en parte muy posible. Sus planes iban escaseando conforme el viaje se adelantaba y algunos, como el de esa mañana, tendría que sacárselos de la manga, al menos hasta que llegase el momento de viajar.

Bueno, de aquí podemos ir al viejo puerto, o a Notre Dame —le empezó a enumerar los turísticos. — Si rentamos bicicletas, está a tres cuartos de hora el acuario, un poco más en transporte público, depende de en qué condición estés —porque ya decía desde el vamos que NO iba a aparecerse. Era un lindo día como para arruinarlo con malestar físico. — Está la ciudadela, o podríamos ir a Lévis; se llega en barco, pero tiene vistas preciosas —se encogió de hombros. — O las cascadas de Montmorency, lo que más te plazca.

Eran los puntos turísticos más bonitos que conocía de la ciudad. Seguramente hubiese otros, pero en ese momento esos habían sido los que se le vinieron a la cabeza más rápido. Todo, por supuesto, considerando que iban a usar el método nomaj para llegar ahí, con los problemas con las apariciones que Laith tenía.

Era irónico, en verdad: ser mago, tener la capacidad de llegar a cualquier lugar apareciendo, y ser él que no podía aparecerse como un mago normal porque le sentaba mal. Cuando menos, a Laith le gustaba mantenerse en movimiento, ¡porque ya sería el colmo lo contrario!
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Jue Sep 12, 2019 5:38 pm





En qué condiciones estás…”, eso le tocó el ego y se volvió hacia Laith, recostado de lado. Estaba en muy buena forma, de hecho. Le gustó la idea de probárselo, aunque sólo fuera para lucir sus horas de gimnasio y aunque el comentario no apuntara para nada a decir lo contrario. Era una secreta cuestión de autoestima, y también porque lo disfrutaba; se veía perfectamente disfrutando del paseo al aire libre. Le produjo una cierta ternura que le ofreciera darle el gusto en cualquier actividad. Apreciaba el gesto, pero de nuevo, de una forma reservada.

—Será la bici, entonces.

Se cruzó por encima del cuerpo tendido de Laith y estiró una mano para comprobar si había dejado algún croissant en la bolsa. Nada. Lo miró con una disimulada sonrisa.

—Pero antes pasemos por el bar de tu amiga, ¿sí?—Le revolvió el flequillo en una caricia antes de levantarse e ir hasta su maleta, por ropa que ponerse. Tenía hambre, todavía. Le hacía falta un desayuno suculento. De espaldas, se lo oyó comentar—: Me gusta coquetear con ella.

Era una pequeña broma, un poco hacia sí mismo y sus maneras atractivas con la gente. Ryan era siempre demasiado agradable, se lo decían todo el tiempo. Desde ya, no era porque tuviera planeado tener segundas intenciones. Pero se sentía cómodo entre las personas coquetas, por la confianza que proyectaban y lo fácil que les resultaba hacer de toda conversación algo placentero. Saber aceptar un cumplido y saber hacer uno era motivo suficiente para que a Ryan la persona le cayera en gracia, así de sencillo.

En Montreal, las calles tenían una capa de nieve y puede que nevara al anochecer, pero los carriles para bicicletas se usaban constantemente, tanto en verano como en invierno. Era posible alcanzar con la mirada a un grupo habitual de ciclistas en medio de un paseo a través del blanco paisaje de la ciudad.

Laith lo llevó hasta un estacionamiento público en que las bicis enfilaban una al lado de la otra, esperando a ser usadas. A Ryan no pudo hacerle más gracia que se encontraran con su vecino de hotel rentando una bici, como ellos estaban a punto de hacer. Por supuesto, la impasibilidad ensayada de su rostro no expresaba ningún travieso pensamiento. Pero sonrió, y fue el primero en saludar.

—¡Hola!

—¡Hola!—
Al verlos, era fácil leer en su expresión que le vino a la mente lo sucedido y le alegraba notoriamente no pasar por lo mismo—. ¿Piensan darse un paseo? Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

La pregunta hizo que Ryan titubeara un momento, e inmediatamente rió.

—¿Qué me delató?

—Oh, no sé, el acento supongo…—
Rió también— ¿Y porque te hospedas en un hotel de turista?

Ryan pensó que a Laith no le había hecho esa pregunta.  

—¿Y tú?

—Viví aquí, hace tiempo—Miró a los dos alternadamente, entusiasmándose con la conversación—. Ahora, quería visitar esos lugares en los que a veces pienso en volver cuando estoy lejos. Esta noche me juntaré en un pub con unos amigos, ¿quieren venir? Si quieren, están invitados.  

—Hecho—respondió, al toque. Al instante se arrepintió y buscó la mirada de Laith, buscando consentimiento—Digo, ¿podemos?



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Sep 16, 2019 5:56 am

Le había propuesto varias opciones de paseo, sin haberse dado cuenta de que le había picado justo en el ego haber puesto en tela de duda su estado físico para poder manejar una bicicleta durante una hora a un ritmo constante, así que, ignorante de eso, aceptó con un asentimiento cuando decidió utilizar la bicicleta.

No se movió cuando buscó la bolsa de croissant, que para ese momento ya estaba vacía.

Désolé —dijo, era una disculpa bien breve y, dado el contexto, no era precisamente sincera. No se arrepentía de haberse terminado los croissants.

Se incorporó cuando Ryan se le quitó de encima, desperezándose para poder empezar el día con energía. Normalmente tenía mucha energía por las mañanas, pero quizá ese día necesitaba algo de luz solar para poder abrirse como las flores. Le dirigió una mirada cuando le dijo que quería coquetear con su amiga.

Así que por eso fuiste por croissants, ¿eh? Y yo pensando que querías hacer algo bueno por mí —dijo con un falso tono de decepción en su pequeño drama personal. La verdad es que Laith era algo celoso con sus amigas, aunque no lo era tanto con sus amigos.

Así que, en todo caso, le disgustaría el coqueteo porque estaban coqueteando a su amiga, así fuera Ryan como si fuera Fulano.

En cualquier caso, habían terminado de alistarse para finalmente salir del hotel y ver la ciudad. El aire frío le chocó en el rostro haciéndolo cerrar los ojos e inhalar profundamente, causándole una sonrisa. Entonces se dejó acariciar por el sol un momento. Cuando uno era médico aprendía a valorar muchísimo el sol, pues pasaban gran parte de sus vidas bajo un techo en un ambiente muchas veces deprimente.

Caminar por las calles de la ciudad era tener que cuidar de no pisar charcos helados de nieve descongelándose ni trozos de hielo que podían resbalarse, pero por lo general no había mucho peligro para los transeúntes. De ese modo, fue relativamente sencillo llegar a la estación de bicicletas, donde podrían rentar un par por el día.

No había notado al vecino del hotel hasta que Ryan lo saludó.

Hola —saludó también, por educación, aunque sacó su teléfono para atender un mensaje de Lindsay que lo hizo sonreír.

Se tomó un momento para contestar antes de guardarlo y reintegrarse a la conversación, cuando el vecino les contaba que había vivido ahí hace tiempo.

Je me souviens —le dijo, “yo recuerdo”, literalmente. Era en verdad la frase oficial de Quebec, la afirmación de que uno recordaba quién era y de dónde venía, en la que Laith pensaba frecuentemente cuando echaba de menos el hogar.

Le resultó curioso que los invitara a un pub, pero todavía más que Ryan aceptara tan rápidamente. No parecía haberle agradado mucho, a juzgar por cómo lo había hechizado la noche anterior, pero si quería salir con él… no veía mucho de qué quejarse.

Sí, creo que puede ser una buena idea —le contestó al rubio al notar que buscaba su aprobación. — Aunque la idea es “turistear” por la ciudad todo el día —comentó, ya que no estaba seguro de a qué hora iba a terminar su aventura en bicicleta, aunque todavía era bastante temprano. — Voy a rentarlas —le avisó al rubio para caminar al puesto.

Vamos a estar en el St. Alexandre desde las nueve —le dijo el sujeto.

Al breve ya tenía cada uno una bicicleta de color verde y con el número telefónico de esa cabina específica inscrito para saber a dónde regresarla, en caso de perderse. Tenían hasta mañana a esa misma hora para devolverlas, así que no había prisa ninguna.

¿Quieres dar una vuelta a la ciudad antes de ir al acuario? —le propuso a Ryan.
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Ryan Goldstein el Miér Sep 18, 2019 5:22 am








Había tomado su bici de la mano de Laith y se montó en ella a horcajadas, sobrándole seguridad. Se aferró al manubrio y lo inspeccionó con curiosidad. ¿Dar una vuelta…? Sí, por la ciudad, el acuario, por dónde fuera. Sólo había un pequeño detalle que Ryan consideró pertinente comentar, o quizá no tanto, porque se tenía demasiada confianza como para implicar en su comentario que necesitaba alguna clase de ayuda, pero no podía evitar mencionarlo porque en el fondo le hacía verdadera gracia.

—¿Sabes? Nunca realmente monté una de estas—confesó, tranquilo de la vida.

En el gimnasio las bicicletas eran fijas, y eran las únicas que había aprendido a pedalear. No requerían de él ninguna noción de equilibro al manubrio. Y sin embargo, allí estaba, abrigado en su conjunto de invierno con guantes y gorro a juego, a punto de deslizarse por las blancas calles de Montreal en su primera bicicleta a los treinta años. Ni siquiera se había detenido a pensar en ello cuando Laith le propuso cómo habrían de pasar el día.

No se lo veía desalentado por la desventaja, muy al contrario. Había en él la emoción de un niño en su primera bici y una ausencia total del miedo. Sin agregar nada más, despegó los pies del suelo y se impulsó hacia adelante. La bici se inclinó peligrosamente cuando giró hacia la calle y una sensación de desequilibrio inundaría de ligero vértigo a quien mirara, pero Ryan tomó el control del manubrio sin problema. La alarma de un incidente era para aquellos que pudieran chocarse con él al cruzarse en su camino.

Se había dejado llevar sin mirar, poseído por su propio espíritu de trueno. Ryan era ese chico feliz que no necesitaba del ensayo y el error para montar su primera bici, y se sabía un ganador. Atrás dejó a su guía, fiel a esa impresión que daba de sí mismo de que no necesitaba a nadie para que le marcara un rumbo, lo cual era un poco el resumen de su vida. Y sin embargo, regresó obedientemente realizando un semicírculo. No dio señales de querer detenerse. Lo estaba haciendo tan bien y su rostro era plena sonrisa, que a cualquier madre de corazón blando le hubiera dado pena pararlo.

Contra todo pronóstico, se frenó con los pies en el suelo al llegar hasta Laith y rozar en un pequeño choque su rueda delantera. Sólo por la forma en que lo hizo se deducía que no tenía idea de lo que eran los frenos en el manubrio.

—¿Qué trucos puedes hacer?—
se lanzó a preguntar, como si se tratara de una escoba de carreras.

Ryan acordó hacer un recorrido por la ciudad, entusiasmado con su nueva bicicleta, así como a no separarse de su guía. En el paseo se dio quizá la desafortunada casualidad de que Ryan confirmó que sí había trucos para aprender en una bicicleta y quiso probar a andar sin manos luego de cazar con la mirada a un ciclista muy confiado en su dominio del equilibrio. Aprendió a respetar el carril de bicicletas y a no cruzarse en el camino de los transeúntes que se paseaban tranquilamente a pie por la vereda, pero aquello no le bastaba.

Se reía con el mismo entusiasmo del principio cuando le tocó estacionar la bici cerca de la entrada al acuario, cansado, satisfecho y pletórico. Notoriamente había disfrutado del paseo. En cada semáforo se había detenido para comentar con Laith su impresión de la ciudad, siempre continuando una conversación muy animada que venía arrastrando calles atrás. No soltaba fácilmente a su interlocutor entre comentarios casuales y preguntas personales sobre su vivencia como local, y se le daba la risa fácil. Era feliz con la adrenalina que le aportaba el sudor y el viaje a través de un paisaje que le era nuevo.

—Las volveremos a usar, ¿verdad?—Quiso saber, como en una forma de asegurarse de que no iba a haber descanso, porque en su episodio de euforia no lo necesitaba—. ¡Los nomaj pueden ser tan interesantes!

La exclamación dejó confundida a una señora que pasaba cerca con su familia, pero no le prestó demasiada atención, pensando para sus adentros que sería alguna nueva expresión, parte del slang, que no conocía. Un tropel de gente se movilizaba hacia una misma dirección, pero Ryan se interesó mucho más en un pequeño grupo de hombres ataviados con las ropas de ciclistas profesionales, que hablaban entre ellos y se convidaban una botella de agua a un lado de las bicis que habían estacionado. Por dentro pensaba que quizá se consiguiera una prenda a juego, y le gustaba la idea.




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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Sep 21, 2019 8:42 am

Cuando Ryan habló, Laith asumió que se refería al tipo de bicicleta, y no a una bicicleta en sí misma. Incluso pensó que no podría ser tan malo: montar a bicicleta era una de esas cosas que uno no olvidaba, como el aroma a rosas; se quedaban tatuados en la memoria. Se dio cuenta que estaba equivocado cuando lo vio virar peligrosamente y lo imaginó en el suelo antes de que recobrase la postura.

Se preguntó si aquella había sido una buena idea, y lo miró en el trayecto que había marcado. Al parecer lo iba controlando, y suspiró para sí mismo con un pensamiento que guardó hondo.

Esas palancas son el freno de mano —le dijo Laith cuando lo tuvo en frente. — Si metes el freno de golpe te irás de cara, así que úsalos con precaución —lo advirtió.

En su momento, como cualquier muchacho, había cogido la bicicleta con los amigos y había hecho y deshecho con ellas llantas y ropa al mismo tiempo. Había aprendido a remendarse la ropa cuando su abuelo, frustrado, le amenazó con no volver a hacerlo, pues no era cosa extraña que volviese con la ropa dañada por caídas.

Sin embargo, se los guardó por dos motivos: el primero es que no necesitaba jactarse de nada, y el segundo porque estaba seguro que Ryan querría imitarlos y no le entraba en vena que le culpase a él por su propia inexperiencia.

Unos cuantos —se limitó a decir, encogiéndose de hombros.

Eran trucos que más tarde había transportado a la motocicleta, otro detalle que se ahorró para sí mismo.

El trayecto fue en general tranquilo, y llegaron al acuario a la hora prevista. Ahí Laith acomodó su bicicleta e, ignorando todo lo demás, se encendió un cigarrillo antes de entrar, apartado de la puerta de entrada, pues era cuidadoso con sus vicios y menores de edad. No quería ser un mal ejemplo, cuando tampoco podía decir que fuera lo contrario.

Si la Rappaport estuviera vigente, ya tendríamos dos aurores y nos estarían llevando presos por tu culpa —le dijo el sanador antes de calar de su cigarro. — Si alguien llega a arrestarte, te aviso que haré como que no te conozco —porque no habían sido pocas las veces que Laith le había advertido sobre que era un turista en Canadá, no en el mundo nomaj, y si fuera por él lo veía ondeando un banderín que escribía “soy mago” y no en el sentido de que hacía trucos visuales.

Al final, Ryan podía ser tan obvio e indiscreto como le diese la gana: él no era su padre, y no iba a perder su buen ánimo por lo que el rubio hiciera o cómo decidiera comportarse, pero tampoco iba a afectarle si tenía repercusiones.

¿Vamos? —preguntó, haciendo un gesto hacia el acuario, cuando se hubo terminado el cigarro. — Y sí, tenemos que volver de alguna manera —se estaba refiriendo a las bicicletas obviamente, ya que al menos él no iba a jugársela apareciendo.

Se acercaron a la entrada del parque, donde Laith compró los dos boletos que les correspondían. Ya que era invierno, Laith estaba esperando ver el espectáculo con la morsa, los osos polares y los zorros árticos, dada la temporada. Al final, sólo esperaba pasar un buen rato en el interior.

La primera exhibición eran las profundidades: diferentes peceras con todo tipo de peces en su interior, mostrados con una tablilla de información para el que quisiera aprender más sobre la fauna marina.

Ese pez se parece a ti —le dijo. Y se lo repitió con literalmente todos los peces amarillos que vio.
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Ryan Goldstein el Lun Sep 23, 2019 2:19 am




Siguió a Laith, escabulléndose del tránsito denso de la multitud, para que él se apartara a por un cigarrillo en una esquina solitaria. Ryan se desvió hacia una tienda y volvió con bebidas. No bien comentó algo sobre la cara de a cuadros del vendedor cuando entre sus monedas contó un galeón, Laith trajo a colación la ley Rappaport. Ryan, escuchándolo y sonrisa de por medio, le ofreció un refresco.

La comunidad mágica en Estados Unidos había atravesado una historia de conservadurismo y enclaustramiento por mucho tiempo, y no era sino hacía unos pocos años —si uno lo pensaba seriamente, hacía nada— que las políticas de cambio abogaron por una apertura y leyes más flexibles. Pero hasta entonces, se había llevado una “caza de brujas” dentro de la misma población mágica, con argumentos que tenían el fuerte apoyo de los segregacionistas.

Henrik Golgomatch había sido un leal defensor de la ley Rappaport.

—Ya veo—Fingió cara de pena y, como quien no quiere la cosa, desempapeló lentamente un chocolate que tomó de su bolsillo—. Así que, no puedo darte esto, ¿verdad? Sería raro que le compartiera chocolate a un desconocido—dijo, razonando en voz alta—, ¿no te parece?

Sonrió.

—Exageras—aclaró, por tranquilizarlo—. No me verás sacando conejos de la galera, lo prometo.

Lo que los esperaba en el acuario era una maravilla visual. Ryan se sorprendió a sí mismo prendido de las escurridizas formas y colores de los peces del otro lado del vitral. Se sentía como los niños que se apuraban en señalar lo primero que llamaba su interés con una inclinación natural por el asombro. Pero él se paseaba tranquilamente con una mano colgada de la cintura de Laith, para no perderlo.

Lo oyó nombrarlo, ¿por tercera vez?

—¿Otro pez amarillo?

Sonrió y se buscó a sí mismo con la mirada. El acuario se extendía por encima de sus cabezas. Uno se sentía atravesado por la experiencia submarina. Un cardumen tropical se abalanzó por delante de sus ojos; por un instante tuvo la veloz impresión de que los peces chocarían contra su propio reflejo en el vidrio, pero viraron en ese mismo segundo con una sincronización simultánea. Había familias alrededor y una pareja de jóvenes, un chico y una chica; la chica iba abrazada a un enorme peluche que parecía haber conseguido en la tienda de regalos.

—¿Quieres un peluche?—inquirió, al oído de Laith. ¿Iba de broma?—Por supuesto que no quieres un peluche—añadió inmediatamente, pero le dedicó un guiño seductor— ¿Seguro que no quieres un peluche?  

De meditar en ello, Ryan a veces creía darse cuenta de que, a medida que fue creciendo, se fue volviendo más idiota con sus parejas. Sí, idiota. Como, tan, tan como un adolescente romántico. ¿Y por qué? Le encantaba. Solía creer que por eso prefería salir con gente más joven. Pero, en cierto sentido era gracioso, porque cuando él era adolescente… Bueno, era como si no se hubiera dado el lujo de ser ingenuo o romántico. Y se sentía como si se hubiera perdido algo. Antes de Laith, él era tan… bastardo, suponía. En vez de romántico, era retorcido. Y en vez de idiota detallista, sólo bastardo…

Con las peceras del acuario detrás, a Ryan se le había dado por tomarse fotos. No era nuevo; sacaba el celular cada vez que tenía oportunidad y no se había olvidado de cargarlo. Otras de las cosas que le entusiasmaba de los viajes era tomarse fotos, “recuerdos” como él le llamaba. Capturaba a  Laith en tomas que no siempre eran predecibles, y en un instante en que lo halló distraído lo abrazó por detrás, con sospechosas intenciones. Era terrible para tomar fotos con el móvil. Lo levantó por sobre sus cabezas, pero le apretaba mal a las opciones de configuración, lo que hacía que se tardara.

—¿Cómo es que…?—titubeó, el rostro sumido en la concentración—. Espera, no te muevas. Necesito fotos. Serán la prueba. O eres capaz de decirme que este viaje nunca pasó—dramatizó—. No quiero que me olvides.


***


El auto atravesaba la carretera en un día blanco y frío. Por el horizonte asomaba una leve neblina. A través de las ventanas el paisaje boscoso se repetía a lo largo de todo el camino. En el asiento trasero había un enorme peluche que ocupaba el sitio, además de paquetes de golosinas y el envoltorio de comida express.

Ryan había hundido el rostro en una almohada, acostado de lado contra la ventana, dormitando gran parte del camino. Abrió perezosamente los ojos, frotándose los párpados. Su primera sensación fue la de hallarse desorientado. Admiró el blanco fulgor de la nieve del otro lado de la ventana, y supo que no es que estuviera perdido, sino que se hallaba en el camino hacia algún lugar, y la sola idea lo tranquilizó de formas que sólo él podía entender. Después de todo, siempre se había sentido especialmente bien estando “de camino” hacia alguna parte.

—Hola—saludó, cual encuentro mañanero.



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Laith Gauthier el Miér Sep 25, 2019 8:51 am

El acuario era mágico: sumergirte en medio del azul y mirar la fauna, sintiendo por un momento que coexistían en ecosistema. Debía ser el tipo de acuarios más bonito; era, más bien, como un sueño donde no necesitaban nada más que vivir el momento; los peces nadaban alrededor de ellos incapaces de tocarlos.

Laith iba comiéndose un chocolate. Se lo había quitado a Ryan después de una discusión sobre los huecos en blanco de sus palabras: dijo que no lo conocería sí y sólo sí lo arrestaban, mientras tanto podía darle chocolates.

Buscaba peces interesantes, pero llamaban su atención, por color, los amarillos, que por alguna extraña conexión siempre terminaba diciendo que se parecían a su compañía. Peces amarillos de todas formas y colores, y los señalaba, siguiendo su camino con su dedo, hasta que se perdían en algún punto de la pecera donde no los alcanzaba a mirar más.

No había prestado atención a la pareja con el enorme peluche hasta que Ryan lo señaló.

¿Quieres darme un peluche? —contestó su pregunta con otra, divertido. — No sabía que habías robado técnicas de cortejo de adolescentes —porque sobraban las películas donde un adolescente intentaba enamorar a la chica que le gustaba con un enorme peluche.

Alguna vez había sido su caso, en el pasado, cuando tenía ganas de citas y esas cosas. Ahora sus encuentros se habían vuelto esporádicos y bastaba una cama para que se sintiera complacido. No se permitió a sí mismo pensar cómo eran las cosas antes de que desarrollase ese miedo a vincularse emocionalmente con romances, porque no importaba. Sentía que vivía más tranquilo y más feliz así.

Se sorprendió ante el abrazo a su espalda, mirando la pantalla que apareció justo en frente de su rostro cuando el rubio empezó a tomar fotografías. Había sonreído, casi por inercia, sólo para que fuera inútil y su sonrisa se volviera una risa, negando con la cabeza, al desaparecer la pantalla de fotos para pasar a la configuración.

Eres un desastre —le dijo, quitándole el teléfono.

Dos click y estiró su brazo lo más que pudo, para ser él quien tomase la “selfie”.

***

Habían partido antes del alba. El trayecto era de más de seiscientos kilómetros, así que el sanador esperaba que, al salir pronto, llegarían ahí antes de que empezara a oscurecer. Los días de invierno eran más cortos. Eran ocho horas de viaje, así que se había preparado para tomar el coche y no detenerse más que para almorzar en alguna ciudad, ya que hubiese recorrido al menos la mitad del viaje.

No dejaba de darle vueltas a la primera parada del día mientras conducía con las primeras luces del sol, a la sunksquaw del pueblo despidiéndolo y deseándole buen viaje. “Que la llama milenaria no se apague en ti”, ella le dijo, y lo dejó marchar no sin darle un obsequio.

Quitó la mano derecha del volante y la metió en su chaqueta para mirarlo. Un colibrí tallado en madera. Volvió a guardarlo mientras suspiraba.

Miró a su costado para mirar a su copiloto, descansando plácidamente. Se talló los ojos con los dedos y llevó su mano a tomar su vaso de café humeante, comprobando la temperatura con el labio superior antes de decidir darle un sorbo.

Se estiró para abrir la guantera y removió los discos que había. Tomó el de Daughtry y lo insertó en la radio, “Leave this town”, se llamaba, se sonrió por la coincidencia.

Condujo a través de la nieve, tarareando canciones hasta que Ryan despertó, pasado un buen rato. El paisaje cambiaba más bien poco: nevaba en todos lados, y llevaban a la derecha el San Lorenzo, un río que acabaría desembocando en el océano y que sería su compañía gran parte del trayecto.

Hola —le contestó cuando le oyó hablar. — Puedes dormir en el asiento trasero si tienes intenciones de hacerlo —le dijo en tono calmado.

Estaba en una postura relajada, tranquilo. Conducir le gustaba, así que lo hacía a velocidad regular y notando el camino, contemplándolo.

Aún faltan horas de viaje, aunque quizá hagamos una parada para almorzar pronto —hablaba distraído, con la cabeza contra la cabecera del asiento. — Pienso que hay que comer vastamente, estoy seguro que Tulugaak hará esta noche un festín, así que puede convenirnos saltarnos la comida.

Tulugaak era algo parecido a un hermano espiritual para él, y recordaba con cariño cada día que vivieron juntos. Hacía poco les había visto, pero echaba de menos a Ataksak, hermana de Tulugaak, y al propio chamán mientras se encontraba lejos.
Laith Gauthier
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