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Dare to dream about your future // Sam & Gwen ft. Zed Crowley

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm


Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Feb 09, 2019 2:44 pm


Durante todo este tiempo en donde el Ministerio ha estado en manos de los Mortífagos, Gwendoline había tenido la suerte de poder conservar su vida, sin embargo, tarde o temprano su relación con los enemigos de la ley, como era en este caso Sam, iban a terminar por hacer que su coartada cojease de alguna pata. Por fortuna para ella todavía no había llegado a tal límite, pero sí a ese momento en donde una no se puede sentir ni a salvo en su propia casa porque sabes que hay enemigos que saben en dónde vives, pues dar con la dirección de una casa en el Ministerio es demasiado fácil. Y no había nada más injusto, ni más horrible, que entrar con miedo a tu casa y no poder dormir tranquila. Era cierto que la amenaza de Hemsley había sido eliminada, pero teniendo en cuenta la cantidad de contactos que tenía, era inevitable seguir sintiendo el terror en los huesos, tanto por ella como de cualquier otro enemigo. Después de todo, sabían que de la noche a la mañana, las vidas que tenían podían cambiar y un nuevo enemigo podía aparecer, tirándoles todo lo que tenían por la borda. Quizás otras personas no, pero ellas tenían muy claro que un paso en falso, podía acabar con todo lo que habían conseguido este último año.

Pero claro, ¿quién quiere pensar en eso? Nadie, absolutamente nadie. Con las cosas malas que ocurren en el mundo, ellas intentaban buscar soluciones a esas desgracias y seguir adelante. Y en vez de pensar en que un día cualquiera podrían encontrarse de frente a una cazarrecompensas, preferían enfocarse en su propia vida y buscar un lugar en el que sentirse seguras; un nuevo hogar.

Sam la acompañó a ver una casa que había encontrado en Bromley, pues por mucho que hubiese cerrado esa etapa de su vida, era complicado pasar página del todo cuando no te puedes quitar de la cabeza los malos recuerdos de inseguridad de tu piso. Y la apoyó al completo, pues por mucho cariño que le tuviese a ese piso de Gwen, se merecía tener un lugar en donde poder sentirse de verdad segura y estar a salvo. Y la propia legeremante era la primera en quién apostaría por cambiar si eso la iba a hacer sentir mejor y estaría más a salvo.

Después de un pequeño tour por la casa de manos de la señora Ford en el cual Sam se quedó enamorada de tremenda casa, salieron al exterior después de decirle que se lo tenían que pensar. La verdad es que le recordaba muchísimo a la casa que tenía en Finlandia: acogedora, de dos pisos, con unas escaleras aterciopeladas... e inevitablemente le daba muy buenos recuerdos, pues por mucho que su familia se hubiese ido a la mierda, ese tipo de casa le recordaban a un ambiente familiar que siempre había adorado. Entrelazó los dedos de su mano con los de ella, devolviéndole la mirada mientras caminaban. —Tía, está genial... —dijo, soltando aire. —Serán setecientas cincuenta libras, pero para cómo está el precio de las viviendas en Londres, está tirada de precio. Es decir: tu piso te sale casi el doble y por mucho que adore ese piso, es enano en comparación con esa casa.

La verdad es que Sam se había quedado con lo precioso que era el salón, con aquella alfombra grandísima ocupando todo el suelo y la chimenea justo en frente. Ese tipo de cosas le recordaban a la sala común de Ravenclaw, tan cálida y agradecida con el fuego y una manta. No iba a mentir: le había gustado muchísimo la casa. Así que cuando Gwendoline le preguntó que si le gustaría vivir ahí, tuvo clara su respuesta. Eso sí, no cayó en que era una pregunta con segundas intenciones ocultas en dónde su novia intentaba tantear si estaba dispuesta a irse a vivir con ella. Simplemente, respondió: —Ya sabes lo mucho que me han gustado siempre las casas de ese estilo. —Y debía de saberlo, porque siempre que tenía oportunidad en su momento, cuando vivía en su piso, decía que algún día viviría en una casa. ¡Estúpida Sam del pasado, que no valoraba lo que tenía! —Es barata, en un barrio tranquilo, alejada del centro... —Hizo una pausa y se paró, mirando de nuevo a la casa, esta vez un poco más lejos pues habían caminado ya un trecho. —Yo creo que deberías pensártelo seriamente. Es una muy buena oportunidad.

Y Sam también lo había pensado, ojo. La posibilidad de irse a vivir con Gwendoline, aprovechándose del cambio, en donde ambas pudiesen empezar de cero con esa relación y la vida tan complicada que les había tocado vivir. Pero claro, por feo que sonase, había una parte de Sam que se sentía en deuda ‘infinita’ con Caroline por todo lo que había hecho por ella y le parecía de persona desagradecida irse de su casa después de todo. Que le encantaba vivir con Caroline y no tenía queja alguna pero... la verdad es que le encantaría que su cama fuese la misma que Gwen y no tener que ir y venir de una a otra. Es por eso que ni se percató de que en  realidad la pregunta de su ahora pareja iba con esas intenciones. —¿Qué es lo que no te convence? —preguntó, aún parada mirando la casa desde la acera de enfrente.

Estando en Bromley, en un lugar tan alejado y poco famoso en comparación con otras ciudades, se sentía a gusto en mitad de aquella calle. De hecho, parecía una calle tan tranquila y totalmente residencial que en ese momento parecía prácticamente vacía y era solo para ellas. Sin embargo, no era así y pese a que ellas ahora mismo estuviesen con la mente totalmente tranquila y pensando en aquella casa y nada más, había otra persona allí que sólo la tenía en mente a ellas.
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Gwendoline Edevane el Dom Feb 10, 2019 2:30 am

Una exhaustiva búsqueda en Internet de viviendas disponibles en Londres y sus cercanías había arrojado diversos resultados, y claramente el mejor había sido aquella casita: el precio era, cuanto menos, risible en comparación con el alquiler medio de la vivienda en Londres.

Por ese motivo, Gwen había reaccionado a aquel anuncio arrugando la nariz y frunciendo el ceño. Con la incrédula expresión facial de quien cree que lo que tiene delante es demasiado bueno para ser verdad.

Así que su buen aliado Google le había otorgado la respuesta: Bromley sufría un problema inmobiliario—el cual la morena, temporalmente pelirroja, no entendió muy bien—por el cual los precios solían ser bajos. Ella se había imaginado que la casa tendría desperfectos que arreglar, o algún tipo de pasado siniestro, como en las películas de terror.

Y, sin embargo, la casa parecía en buen estado.

Salvo pequeños detalles—una mancha de humedad aquí, tuberías viejas por allá, un jardín un tanto descuidado—, la casa estaba en perfectas condiciones. Y siendo bruja, los pequeños problemas que pudiera presentar no serían un problema real.

Y esa es otra: te estás dejando unas tres cuartas partes de tu sueldo en el alquiler de tu apartamento actual, pensó Gwendoline cuando Sam remarcó ese dato.

La lógica decía que la pequeña casa era, precisamente, lo que necesitaba: alejada del centro neurálgico del actual gobierno del mundo mágico, lo suficientemente pequeña para ser acogedora y lo suficientemente grande para tener mucho espacio, en un barrio que parecía tranquilo, con un garaje donde guardar el coche de su madre y, lo más importante, nadie sabría que vivía allí porque estaría a nombre de una tal Ava Jones.

—Pues...—Gwendoline dejó escapar un suspiro, al tiempo que miraba la casa desde la lejanía. Era tan condenadamente hermosa como una obra de arte. Quizás exageraba un poco debido a lo mucho que le había gustado.—No sé. Supongo que me cuesta desprenderme de ese apartamento. Llevo tantos años viviendo ahí...—Sonrió, dejando escapar el aire entre sus dientes en lo que podría haber parecido una leve risa; entonces, miró a Sam.—Me gusta mucho, la verdad. Y teniendo en cuenta todo lo que ha pasado últimamente, un cambio de aires no me vendría nada mal.

Gwendoline paseó la mirada por el lugar, y de nuevo se maravilló de su aspecto: un pequeño barrio residencial muy parecido a esos que se veían en las películas estadounidenses, apacible y tranquilo. Seguro que a la luz del día, aquel lugar sería incluso más bonito, y la morena no pudo evitar imaginarse a niños jugando, correteando detrás de un balón o pedaleando en sus bicicletas, riendo constantemente.

—Da la impresión de que aquí no ocurre nada, nunca. Y por raro que pueda sonar, me gusta la idea de vivir en un sitio así.—Reflexionó, sin dejar de mirar la calle, cuando una sonrisa apareció en sus labios.—Podríamos dar paseos en bicicleta por aquí.

No se imaginaba teniendo miedo en aquel lugar. No se imaginaba que existieran como Artemis Hemsley, claro que no: la gente como ella vivía cerca del Ministerio, cerca de la cuna del mal. ¿Quién podría vivir allí, sino muggles y, quizás, algún mago que simplemente busca vivir tranquilo?

—Tú...—Se volvió hacia ella, tomándola de las manos y, pese a que intentó mantener la mirada fija en sus ojos, ésta terminó posada sobre las manos entrelazadas de ambas.—¿...has pensado alguna vez en la posibilidad de que vivamos juntas? Es decir, antes era absurdo: moverse de una casa a un apartamento pequeño...—No tenía muy claro lo que estaba diciendo, pero claramente no se estaba expresando bien. Así que se forzó a alzar la vista, y a decir las cosas como las sentía.—Lo que quiero decir es que me gustaría proponerte que vivamos juntas. Y esta casa… la verdad es que me parece ideal.

Y Gwendoline fue capaz de mantener la mirada fija en la de su pareja exactamente tres segundos; después de eso, terminó bajándola de nuevo, poniéndose roja y sonriendo como una estúpida. A fin de cuentas, se sentía estúpida por la manera en que lo había dicho.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Feb 12, 2019 5:36 pm

La entendía muy bien. Desprenderse de un lugar que ha sido tu casa por más de ocho años era complicado, sobre todo teniendo en esa casa recuerdos tan buenos. Y no sabía cuáles pesaban más en Gwendoline actualmente con respecto a su piso, si los buenos o los malos más recientes, pero Samantha tenía muy buenos recuerdos de esa casa: desde el día uno en el que su amiga tuvo que dejar la residencia universitaria para independizarse, hasta el día en que la besó por primera vez en ese sofá que le había acompañado a comprar. Pero vamos, teniendo en cuenta todo lo que había pasado, apostaba con que a Gwendoline le pesaban más los malos recuerdos recientes y, sobre todo, la dichosa incertidumbre de que alguien tuviese tan fácil dar con su domicilio.

Le sonrió por sus palabras, acariciando su brazo. —Bueno... no es el mejor motivo para cambiar de casa, pero sí que es el mejor momento, ¿no crees? —Ya no sólo por ese miedo, sino sencillamente para poder tener una vida sin estar controlada por un gobierno que claramente es el enemigo, cosa que podía evidenciarse—Merlín no lo quisiera—en cualquier momento. —Quiero decir... no quiero escupir al aire, pero alquilando la casa a otro nombre es prácticamente imposible que descubran que vives aquí. Y te sentirás segura.

A ella también le daba la misma sensación que a ella: la de un lugar terriblemente tranquilo, en dónde es igual de probable ver a niños jugando en la calle como personas paseando al perro. No verías coches yendo rápido, ni personas haciendo escándalo, ni mucho menos peligros del mundo mágico. Daba la sensación de ser un lugar residencial perfecto en dónde todo es normal. Y no veas lo mucho que a Samantha le llamaba un lugar sencillo y cargado de normalidad. Que cualquiera ahora mismo podría criticar sus sueños, pero ella ahora mismo se conformaba con llegar a un estado en donde todo pudiese ser normal.

Gwendoline sujetó entonces sus manos mientras todavía miraba la casa, aunque su tono suave y dudoso hizo que los ojos de Sam se fijasen en ella; tímida. ¿Cómo no iba a pensar en la posibilidad de vivir juntas? Ya no solo porque habían comenzado una relación, sino porque ya estaba claro por su pasado que sabían convivir juntas y precisamente a Sam le habían encantado todos los años que compartió habitación con ella.

En un principio se limitó a mantenerle la mirada, pero cuando la apartó, Sam también sonrió. La verdad es que se puso hasta un poquito nerviosa, pero no porque tuviese dudas con respecto a irse a vivir con Gwendoline, sino más bien por todo lo que había que hacer de por medio: como sentirse una persona horrible por irse de casa de Caroline. Eso. Pero dejó eso de lado y decidió hablar realmente por lo que sentía, independientemente de ese pequeño dato que estaba ahí pero tampoco era tan importante. —Cada vez que me meto en mi cama, me tapo y cojo el móvil para mandarte un WhatsApp para darte las buenas noches, pienso que por qué narices no duermo contigo todas las noches —le confesó, divertida, para luego añadir: —Por eso después de darte las buenas noches tardo dos segundos en decirte que si voy a tu casa y tardo otros dos segundos en entrar por tu puerta y meterme en tu cama. —Y se encogió de hombros, como si no tuviese remedio su comportamiento cada noche que, por la razón que fuese, cada una se metía en su cama por separado. —Así que sí: lo he pensado mucho. —Susurró entonces tras una leve pausa, inclinándose hacia ella. —Y sí... me gustaría mucho vivir contigo y empezar una nueva etapa a tu lado. —Se mordió ligeramente el labio inferior, ilusionada.

Dejando de lado el motivo por el cual se sentía mala persona, la proposición de Gwendoline le hizo muchísima ilusión. En una relación sentimental normal quizás el hecho de irse a vivir juntos era un paso muy importante, pues marcaría un punto importante de convivencia, pero precisamente entre ellas dos eso ya no era un problema, pues habían tenido años para conocerse y vivir juntas. Le había hecho especial ilusión porque era empezar de cero en un lugar nuevo, porque pese a que ella supiera que a Gwendoline no le importase su condición de fugitiva, era arriesgarse por ella y siempre era bonito que tus ‘cosas malas’ pasasen desapercibida para aquellas personas que te quieren y a los que tú quieres. Le había hecho ilusión porque la quería muchísimo y ese paso era un paso que jamás en su vida había dado; un paso muy serio y, teniendo en cuenta su vida actual, muy importante. Algunos dirían que incluso es muy pronto, pero por favor, se conocían desde hacía mil años. Más que pronto, lo correcto sería decir que todo llegaba tarde.

Soltó una de sus manos para mantener solo una de ellas, guiándola junto a ella para continuar caminando. —Aunque vamos a tener una tarea importante que hacer si nos mudamos a esta casa… ¿sabes lo que le pesa el culo a Don Cerdito para subir escaleras? —Bromeó, riendo, sin recordar a su cerdo subiendo escaleras en ningún momento, solamente cuando tenía que bajar el escalón que daba al pequeño jardín de la casa de Caroline.


Zed Crowley

Tenía toda la información, tenía a un aliado de confianza con quien poder hacer caer a su enemiga y había urdido un plan en base al dolor y sufrimiento, pero no un dolor físico en donde llegase un punto en el que su umbral se disparase y no sintiese nada, solo ganas de morir de una vez por todas. No, eso ya se lo había hecho y no estaba en sus planes cebarse con ella de esa manera otra vez. No le ofrecería ningún tipo de tranquilidad, ni de placer, ni nada de lo que se suponía que estaba acostumbrado a sentir.

Zed ahora mismo pensaba cobrarle lo mismo que le había arrebatado: sus dos seres queridos más cercanos, hasta el punto de que fuese ella misma quien se presentase ante él cuando terminase de destrozarle la vida. Le iba a hacer sufrir tanto hasta el punto de dejarla vacía y sin nada por lo que querer seguir viviendo. No la iba a matar, pero le iba a quitar todas sus razones para vivir.

Ahora mismo él también se encontraba en Bromley: las había estado siguiendo, por lo que mantenerlas vigilada no había sido un problema para una criatura de la noche como en la que se había convertido. Ahora mismo estaba solo y no estaba allí para atacar a nadie. No cometería la soberana tontería de enfrentarse a dos magas, cuando él había perdido su don para la magia: había tenido suficiente tiempo como para no impacientarse ahora.

Las vio sonreír con ilusión y pese a que sus emociones humanas se hubiesen apagado por completo, supo identificar lo que había entre ellas. En el diario de Sebastian sólo mencionaba a Edevane como una amiga a la que había dejado de lado, pero lo que Zed estaba viendo delante de sus ojos era una realidad muy diferente. Y eso no cambió en absoluto sus planes, sino que de hecho le hizo ladear una sonrisa confiada: entre más importante fueran para ella, mejor.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Feb 12, 2019 11:37 pm

Gwendoline no pudo evitar apretar los labios ante la afirmación de Sam: no era el mejor motivo para mudarse de casa.

Era cierto. Era totalmente cierto. Era casi como decirle a todo el mundo mágico actual que estaba bien, que ellos ganaban. Era como rendirse, ni más ni menos. Y, sin embargo, parecía la única opción para seguir teniendo una existencia medianamente tranquila.

Y esa era otra: en el momento en que empezase su nueva vida en aquel vecindario, dejaría de llamarse Gwendoline Edevane. Se llamaría Ava Jones, y si bien en cierto modo le parecía perfecto convertirse en una muggle más, se hizo la única pregunta lógica: ¿Seré capaz de vivir una mentira para siempre? Porque sí, sería para siempre: una vez se presentase como Ava Jones, no habría vuelta atrás.

Posó la mirada sobre los ojos que la habían enamorado. Y entonces lo tuvo claro: le daba igual el lugar, la casa o la identidad bajo la cual residiera, siempre y cuando fuera con ella.

—Creo que sí.—Dijo Gwendoline.—Y si por algún motivo, algún día las cosas se tuercen, no tendré la mala suerte que tuviste tú. Sé que nunca te he preguntado al respecto, pero… tuvo que ser duro abandonar apartamento. Te gustaba mucho.

Y sí, Gwendoline era perfectamente consciente de que Sam, de todo lo que había tenido que sacrificar cuando el gobierno cambió y empezó a ser considerada una criminal, lo que menos había echado en falta había sido su casa.

Pero una casa propia era una casa propia, después de todo: con el tiempo, acababa convirtiéndose en una especie de templo, de punto de referencia cuando el mundo no dejaba de moverse. Por eso una persona podía sentirse tan insegura cuando su hogar ya no era seguro. Porque nuestros hogares, a fin de cuentas, acababan convirtiéndose en parte de nosotros mismos.

Y por supuesto, Gwendoline no podía imaginarse una persona mejor que Samantha Lehmann para compartir su nueva vida.

No sólo había sido la mejor amiga que jamás había tenido nunca, sino que había sido capaz de abrirse paso hacia su corazón, derritiendo el hielo que lo rodeaba. Se había convertido en alguien de quien se sentía incapaz de desprenderse, y con quién se imaginaba envejeciendo, si es que tenían la suerte de llegar a viejas.

Por ese motivo, y por difícil que le resultase aquello, le hizo una proposición seria: compartir aquella casa. Compartir su vida. Se imaginaba que existirían algunos pormenores a tener en cuenta—Caroline Shepard el que más—, pero lo veía totalmente plausible: ellas dos, bajo identidades falsas, teniendo unas vidas perfectamente normales, alejadas de toda la locura del mundo mágico. La sola idea llevaba a Gwendoline a pensar seriamente en dejar su empleo en el Ministerio y vivir como una muggle más.

O lo pensaría, al menos, en un mundo ideal.

Para su sorpresa, en la voz de Sam no hubo asomo alguno de duda cuando respondió: le gustaba la idea, y lo mejor de todo es que lo había pensado tantas veces como la propia Gwendoline.

La morena—la falsa pelirroja, en esos momentos—sonrió como una niña pequeña, volviendo a mirar a Sam. Se sentía aliviada, pues temía que fuera demasiado pronto.

—Bueno, la verdad es que tener una cama que sea de las dos al fin suena muy… bien.—Gwendoline lo dijo con una nota pícara en su voz, a pesar de que aquello no se le daba bien, y a pesar del hecho de que ambas iban con mucha calma en ese tema teniendo en cuenta los problemas que ambas experimentaban en ese aspecto. Porque sí: ser primeriza en materia sexual no hacía sencilla la tarea de intentar tener sexo con la que hasta hacía unos meses era su mejor amiga.—No sabes tú bien la ilusión que me hace poder vivir contigo. ¿Me recuerdas por qué nos empeñamos en vivir en apartamentos separados cuando nos graduamos?—Bromeó, pues en realidad no necesitaba que nadie le recordara el motivo: cabezona como era, Gwendoline se había propuesto vivir por su cuenta, sin nadie más, al graduarse en la universidad.

Estúpida cría de veintidós años que no entendía la vida…

Reanudaron la marcha, sin demasiada prisa, hacia el lugar desde el que se desaparecerían, y cuando Sam hizo aquella broma sobre Don Cerdito, Gwendoline se rió, divertida. Y eso no fue lo peor: se imaginó a Elroy, su lechuza, enfrentándose al difícil reto de volar escaleras arriba, y por algún motivo se imaginó a ese ser alado cubierto de plumas teniendo problemas con semejante tarea.

—¿Crees que ese será el problema? Yo pensaba que el problema que tendría sería que no saldría del jardín.—Rió Gwendoline, tapándose la boca con la mano libre, mientras visualizaba al pequeño cerdito retozando en medio de la hierba, especialmente en los días de lluvia.—Por cierto, si nos decidimos a alquilarla al final, debemos preguntar a la señora Ford si podemos colocar una valla alrededor del jardín. No me gustaría dejar jugando a Chess, Don Cerdito o Don Gato ahí sin ningún tipo de protección. Y ni hablar de Lenteja, que supongo que alguna vez vendrá de visita...

Y allí estaban ellas dos, paseando por la calle, despreocupadamente, haciendo planes de futuro para una casa que ni siquiera habían alquilado todavía. El porvenir parecía un poco más brillante que el día anterior.

Por suerte para ellas, pudieron disfrutar de aquel momento sin reparar en la presencia que las amenazaba en la distancia.
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Sam J. Lehmann el Miér Feb 13, 2019 2:38 am

La verdad es que abandonar el apartamento no fue duro, fue echarlo de menos después. Cuando recibió el aviso de Sebastian para que huyera y se escondiera, ni tiempo tuvo de preocuparse por tener que irse de la casa, pues siendo sinceros: ni lo pensó hasta que se vio sin tener a dónde ir. Pero era cierto que echaba muchísimo de menos su antiguo piso, pequeño pero funcional. Siempre le había tenido un cariño especial por ser su primer hogar que pudo pagarse ella sla, pero podría decirse que después de seis meses viviendo en una tienda de campaña, ya dejó la nostalgia a un lado y lo dio totalmente por perdido.

Se mojó los labios antes hablar. —Las primeras semanas, incluso los primeros meses sí fue más duro. Adaptarse a vivir en una tienda de campaña era complicado, no terminas de considerarlo un hogar, así que echaba de menos mi piso. Pero si te digo la verdad, cuando me tuve que ir por primera vez, ni caí en la cuenta de que nunca más volvería a poner un pie en él. —Siempre lo decía: era injusto que una persona tuviera que renunciar a su hogar, cuando a eso nadie debería poder renunciar nunca. Ella había tenido la suerte de tener una tienda con la que sobrevivir, por mucho que al principio le costase, pero había gente que ni eso. De hecho, recordaba perfectamente lo mucho que le costó las primeras semanas, sintiéndose perdida en medio de ningún sitio... Y en mitad de toda esa situación, incluso había sopesado la idea de volver a donde Gwendoline sólo para no sentirse sola. Sonrió en ese momento, frente a ella, al recordar aquella noche en donde en un arrebato de valentía y nostalgia se había colado en la casa de su amiga, se había acostado en el sofá y... se había ido arrepentida desde que escuchó que llegaba. Nunca le había dicho nada de eso a ella, por lo que vio en ese momento una oportunidad. —¿Sabes? —Creó ella misma una pausa para introducir el tema. —A las dos semanas de que el gobierno cambiase, quizás a la tercera, no lo recuerdo bien... El caso es que a las pocas semanas me sentía tan perdida, sola y con ganas de sentirme en casa en algún lugar, que fui a tu casa. Me auto-convencí pensando que recuperarte era una buena idea, pero cuando llegué no estabas. Me acosté en tu sillón a esperarte hasta el punto de que me quedé dormida, pero cuando escuché que llegabas me fui como una vil cobarde. —Y sonrió, intentando que la historia sonase divertida. —Caí en la cuenta de que era EL PEOR—enfatizó dicho dato—momento para recuperarte y... huí.

Se había encogido de hombros después de decirlo, frunciendo los labios. Pocos lugares reconocía Sam como un hogar y en aquel momento probablemente el único plausible era el de Gwendoline. Había obrado de manera arriesgada al ir a casa de su amiga, pero había sido en un momento de desesperación y agradecía haber tenido el temple para haberse ido antes de meterla en un problema. Pero vamos, en ese momento mantenerse alejada de lo que siempre quiso era difícil y ahí estaba el vivo ejemplo de ello.

¿Que si sonaba bien lo de tener una cama que tuviese sus nombres? Sonaba de maravilla. Y mejor sonaba si era Gwendoline quién lo decía con esas palabras y ese tono. Iban con paso lento en ese tema, porque entre que la 'experimentada' se cohibía muchísimo y que para una novata dar ese tipo de pasos con su mejor amiga era complicado... la cosa iba pausadamente. Sin embargo, cada vez que se besaban y la cosa ardía entre ellas, llegaban un poquito más lejos y al menos Sam, poco a poco, derribaba sus propios muros junto a ella, queriendo cada vez llegar más lejos y tener más de ella. Y es que a medida que pasaba el tiempo se estaba dando cuenta de que el deseo que tenía por la chica que tenía delante crecía de una manera terrible y su cuerpo lo notaba, pidiéndola cada vez más alto. —Suena muy bien —le respondió, hundiendo con cariño y algo juguetona sus labios en su cuello, a través de su pelo pelirrojo, con intención de besarla y hacerle cosquillas.

Sam tenía otro recuerdo de cuando se graduaron en la universidad y se fueron a vivir en casas separadas. No es que se empeñasen en vivir separadas, sencillamente las cosas habían surgido así por las circunstancias. —No fue tan así, no sé —respondió. —Recuerda que tú te graduaste un año antes que yo y yo ya ese año estaba a media jornada en la biblioteca para ganarme algo de dinero mientras me terminaba la carrera. Así que cuando me gradué yo y tras un año de tu tan preciada independencia... pues me busqué yo mi piso aprovechando lo ahorrado y la ayuda de mi padre. —Y Sam lo vio así y, en su momento, ni se le ocurrió proponerle a Gwen vivir con ella, sencillamente porque esa casa se había convertido en su casa y después de un año sola, ¿quién quería de nuevo a un compañero de piso con el que no poder ir desnuda por ahí? Además, a Sam le costó mucho conseguirse ese pisito cutre y le hacía mucha ilusión independizarse de verdad y sobrevivir por sí sola.

Que vamos, seguramente si Gwen le llega a decir algo de compartir piso hubiera aceptado sin dudarlo, pero no se dio el caso y no se arrepiente de ninguna de sus decisiones.

Cuando habló de la valla y de que Lenteja vendría de visita, volvió a darle una de esas punzadas de culpabilidad. Porque claro, Lenteja en realidad había sido un regalo de Caroline para Samantha por su veintiocho cumpleaños, pero la rubia tenía claro que si se iba de la casa, esa perra se iba a quedar con Caroline sin duda alguna. Bastante mal se sentía, al menos dejaba a su amiga con la compañía perruna más alegre del universo. Sí, Sam, tú convéncete de que eso es suficiente...

Continuaron caminando hasta el callejón, sonriente. —La verdad es que parecía una señora bastante despreocupada por los cambios, yo creo que mientras no le peguemos fuego la casa y nos encarguemos de los cambios nosotras, no le va a importar que hagamos lo que creamos que haga falta, sobre todo eso que al final solo es más seguridad para la casa —le respondió, sin poder evitar imaginarse a los animales correteando por el jardín mientras Don Gato los miraba con cara de pocos amigos desde la ventana. —Pero bueno, Gwendoline, ya me estás haciendo pensar en mudanzas y cambios en la casa, ¿te crees que tu novia está en condiciones de mudarse a estas alturas de su vida? ¡Que trabajo en una cafetería! —Se quejó en broma y divertida, prácticamente al lado del callejón. —¿No hay ninguna otra casa que quieras ver o esta era la última de las que habías buscado?
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Feb 13, 2019 9:20 pm

Resultaba sorprendente pensar que, después de tantos años juntas, Sam y Gwen todavía seguían descubriendo pequeñas cosas la una de la otra, aún a pesar de lo bien que se conocían.

Para la morena, concretamente, muchas de las vivencias de su pareja en su etapa como fugitiva seguían siendo todo un misterio, y poco a poco iban saliendo a la luz. Y no la presionaba: se imaginaba que para Sam era muy difícil hablar de aquella época, pues mientras que otros fugitivos simplemente tenían que luchar para sobrevivir y esconderse, Sam debía plegarse a los deseos de alguien que manejaba sus hilos.

Sin embargo, la ahora pelirroja frunció el ceño al conocer aquella anécdota de aquella etapa tan oscura del pasado de la rubia: al poco tiempo de convertirse en fugitiva, había estado en su casa… y se había marchado.

Se detuvo a escuchar sus palabras, un tanto confusa, y si bien por un momento no supo cómo sentirse al respecto, terminó tomándoselo con filosofía: había sido lo correcto, como ya le había dicho alguna que otra vez antes. A Gwen le había costado asimilar aquello, pero era la realidad. Una situación imposible manejada de la mejor manera.

Y aún así...

—Quizás fue la mejor decisión, porque si te llego a descubrir en mi apartamento entonces, no te habría dejado ir nunca más.—Dijo con toda sinceridad, poniéndose quizás un poco más seria de lo que pretendía. Al momento, suavizó la expresión de su rostro con una sonrisa, mirando a los ojos a Sam.—Pero bueno, tampoco es que sirva de mucho pensar qué habría pasado si te hubieras quedado, ¿no? Al final...—Iba a decir que al final, las cosas habían acabado bien, pero enseguida se mordió la lengua: no tenía muy claro que ‘bien’ fuera la palabra correcta para definir todo lo que había tenido que soportar ella.—...al final volviste, y ahora eres mi novia, y soy la chica más feliz del mundo.—Añadió, con una sonrisa más amplia, mientras reanudaba la marcha sin soltar la mano de Sam.

¿Y qué decir de la idea de tener una cama que de verdad fuera de ambas? La idea se antojaba muy interesante. No sólo por poder dormir juntas sin pensar en la necesidad de marcharse a la mañana siguiente, sino por otras cosas con las que Gwendoline se atrevió a bromear.

Y no era de extrañar que se atreviera: cada vez llegaban un poco más lejos cuando se enredaban la una en la otra. Y cada vez Gwendoline permitía a Sam llegar un poco más lejos, como en esas ocasiones en que la rubia colocaba en un impulso una mano sobre alguna zona sensible suya, ya fuera uno de sus pechos u otro lugar, y la retiraba al momento. Al principio, la morena respetaba estos movimientos involuntarios, dejándola retirarse, pero últimamente llegaba incluso a tomar su mano y devolverla al lugar al que había ido originalmente. A fin de cuentas, si a Sam le apetecía, ¿qué tenía de malo que lo hiciera?

Cerró los ojos y sonrió cuando sintió el cosquilleo de los labios de Sam en su cuello. Era increíble la reacción que le provocaba el mero contacto de esos labios.

—No sabes las ganas que tengo de poner de inmediato una cama en esa habitación.—Dijo Gwendoline, medio en broma, medio en serio, mordiéndose el labio inferior, para luego reír divertida.

Se permitió en ese momento detenerse una vez más en medio de la calle, poner ambas manos en los hombros de Sam, ponerse de puntillas y darle un beso en los labios. Poco le importó lo que pudieran pensar los escasos viandantes con quienes se encontraban, pero seguramente no le daría igual lo que estaba pensando uno de ellos en esos momentos, ni las siniestras ideas que aquella escena formulaba en su mente.

Y allí estaban ellas, haciendo ya planes de futuro con aquella casa con un alquiler tan asequible—especialmente para las dos—, de una manera tan despreocupada que incluso se imaginaban haciendo reformas. O al menos, Gwendoline se imaginó colocando una valla alrededor de aquel hermoso jardín, para que sus mascotas pudieran jugar sin la preocupación de que un coche pudiera atropellar a alguna de ellas.

Sam respondió a la sugerencia de la valla con una naturalidad pasmosa, y por su reacción, sólo se dio cuenta unos segundos después de que la morena ya daba por hecha su vida en aquella casa.

—¡No me culpes por emocionarme! A diferencia de ti, tengo la novia más guapa y sexy del mundo, y estoy ansiosa por pasar el resto de mi vida a su lado. ¡Ah, y también sueño con un huerto de especias, y más ahora que he empezado a abrazar la dieta vegetariana!—Bromeó Gwendoline, que reía tan despreocupada como si el mundo mágico no fuera más que un sueño lejano, a medida que se acercaban al callejón.—Y sí, tengo algunas opciones más en mente. Algunas ya las he visitado por medio de uno de esos tour virtuales, ¿los conoces? Es una especie de composición tridimensional con fotos que puedes ver en las páginas de algunas inmobiliarias.—Gwendoline Edevane: anclada en el siglo pasado.—Los muggles nos llevan años de ventaja en algunas cosas, que lo sepas.—Dijo, a modo de inciso en tono de broma, antes de continuar con lo que estaba diciendo.—Si tienes tiempo mañana, podemos echar un vistazo a otros apartamentos que me han parecido interesantes. Pero déjame que sea totalmente sincera: si alguien alquila esta casita antes que yo, me golpearé la cabeza con una lámpara, igual que un elfo doméstico que ha hecho algo malo.

Llegaron al pequeño callejón desde el que podrían desaparecerse. Se internaron en él, y una vez en posición, Gwendoline miró a la calle desde su posición, descubriendo que no había moros en la costa. Miró entonces a Sam.

—Hora de volver a casa, supongo.—Le dijo con una sonrisa.—¿Te apetece cenar conmigo una pizza vegetariana con mucho queso y muchos champiñones? Podemos invitar a Caroline… ¿o te apetece hacer otra cosa? ¿Tomar algo, quizás, en el Brisbane’s?—Sugirió, convencida de que cualquier plan le parecería perfecto, siempre y cuando fuera con ella.—También podemos dejar todo eso a un lado y besuquearnos como dos adolescentes...

Aquella sugerencia también tenía un componente de broma, pero ciertamente sería una buena forma de cerrar aquel día.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Feb 14, 2019 2:21 am

Habían habido muchos motivos por el cual Sam, en pocos segundos, había decidido irse del apartamento de Gwendoline aquella noche y uno de ellos precisamente era ese: como apareciera delante de su amiga tal cual estaba en aquel momento, rota por todos lados, no la iba a dejar irse e inevitablemente la metería de nuevo en su vida, algo que había estado evitando desde hacía mucho. Para ella fue fácil asumir que haber irrumpido en casa de su amiga en aquel momento fue una malísima idea, por lo que irse fue casi un impulso inmediato. —No lo decía por eso... —Se mojó los labios, haciendo una pausa. Claro que no servía de nada pensar en qué hubiese pasado. La miró contenta ante su última frase, para entonces explicar el por qué de haberle contado aquello: —Necesitaba un hogar y el único lugar en Londres que cumplía con eso para mí era tu apartamento. Nada, simplemente lo decía porque yo también echaré de menos ese lugar cuando lo dejes. Le tengo mucho cariño a tu apartamento —matizó al final, esbozando una sonrisa.

La simple idea de irse a vivir con Gwendoline que le había estado pasando por la cabeza últimamente, ese día parecía haberse formalizado, haciendo que sintiese una ilusión interna muy cálida y agradable. Lejos de las bromas más pícaras con respecto a vivir juntas, Sam tenía muchas ganas de volver a esa rutina de convivencia con Gwen. Desayunar juntas con las legañas en los ojos y la mirada perdida en el tazón de leche de la otra, tirarse en el sofá sin que importe la hora, pelearse por ver quién entra primero al baño, quejarse de nimiedades como quién dejó la leche fuera y al final echarle la culpa a Don Gato... o lavarse los dientes mientras se miran a través del espejo y se sonríen como dos idiotas, haciendo que la pasta de diente se les caiga de la boca... No sé, ¡estupideces! Estupideces que Samantha adoraba y que se moría de ganas por normalizar con Gwen.

Así que claro que se emocionaba y le echaba la culpa a Gwendoline de que de repente le hubiese entrado un subidón tan emocionante. Y vamos, su novia tenía absolutamente toda la culpa del mundo, pues había sido por ella y su proposición que de repente ya no se podía ver en otro lugar que allí, en esa casa perfecta.

La escuchó divertida por su sorpresa con las tecnologías muggles, aunque sobre todo por su aviso, como si Sam no supiese que internet, a ambas, se les quedaba muy grande. Aunque más a Gwen, con su uso nulo del portátil. —En muchas cosas, sobre todo en tecnología, ¿qué tenemos nosotros tecnológico? ¡Nada! —Rió, negando con la cabeza, pues todo lo que más se pudiera parecer se hacía con magia y no con tecnología. —Seguro que la señora Ford dijo lo de los otros interesados para ponernos nerviosas, no te preocupes. —En verdad se lo estaba inventando, pero seguro que era una método infalible para caseros y vendedores de casa, crear competidores inexistentes para estresar al personal. —Pero mañana tengo tiempo, antes de trabajar o a la noche, que tengo turno de tarde. ¡Turno de tarde un sábado! Alfred me odia. —Rodó los ojos tras la queja, pues la verdad es que tenía cero ganas de ir a trabajar un sábado después del hype de lo de la casa. Era cierto que los sábados por la tarde no había mucho trabajo, pero... qué pereza le daba igualmente. —O si no tienes nada que hacer puedes pasarte y lo vemos allí, así nos decidimos lo más pronto posible y nos ahorramos que te auto-lesiones con una lámpara. Y te puedo invitar a un café sin tirarlo al suelo y... a una magdalena. —Eso último lo dijo con picardía, muy divertida, de hecho alzó varias veces las cejas para remarcar la palabra.

Después de aquel 'incidente' con la magdalena y cuando ya habían empezado la relación, habían comentado ese momento en una de esas mañanas de fin de semana en donde ambas pueden pegarse mucho tiempo remoloneando en la cama. Y esa conversación había terminado en pura carcajada. Ahora ninguna de las dos veía a las magdalenas con los mismos ojos. Más adelante sería al pepino, pero por ahora sólo estaba la magdalena.

Llegaron a la entrada del callejón, entrando con disimulo. Siempre le había hecho muchísima gracia el hecho de que los magos utilizasen los callejones para desaparecerse, sobre todo cuando iban en pareja: ¿sabéis lo turbio que queda que una pareja se meta en un callejón oscuro y no salga? No sé, ¿era ella la única que pensaba en muerte o en sexo? Demasiadas películas americanas había visto. Una vez dentro y ya en un buen lugar para desaparecerse, Gwendoline le ofreció las opciones para esa noche y pese a que la idea de besuquearse como adolescentes era sin duda la que más le llamaba, como mañana iba a estar reventadísima del trabajo y seguro que no hacían mucho, optó por la opción más completa. —¿Y qué opinas de ir a cenar esa pizza de queso con muchos champiñones a Albert's, luego te invito a una copa de vino y terminamos en tu casa para besuquearnos como dos adolescentes? —Y con una sonrisa, la besó. —Mañana trabajo hasta tarde, quiero aprovecharte en mi noche libre de cansancio —le confesó, pues ese día lo había tenido libre.

Sí, el horario de Sam era una mierda totalmente arbitraria.

Gwendoline aceptó la proposición, por lo que se desaparecieron a una ubicación cercana a Albert's, un restaurante italiano al que solían pedir normalmente gracias a su variedad vegetariana en el menú. Luego terminaron en el Brisbane's y, bueno, la noche acabó en casa de Gwen, en donde Sam se quedó a dormir como muchas otras noches.


Lunes, 25 de febrero 2019
Zed Crowley & Caiden Ashworth || Apartamento de Gwendoline Edevane

Alohomora —dijo Ashworth, con la varita apuntando a la cerradura de la puerta de Gwendoline.

No ocurrió absolutamente nada.

¿Estás de broma? —preguntó Zed, realmente serio. Quizás su amigo era gilipollas y hasta ese momento no se había dado cuenta.

Estoy de broma. ¿Estás tan frío que se te ha congelado la sonrisa o qué cojones te pasa? —Se metió la mano en el bolsillo, sacando una navaja mágica para abrir las cerraduras cerradas con magia. La puerta tardó dos segundos en abrirse ante ellos. Caiden sujetó el pomo, empujó suavemente y la oscuridad del piso apareció frente a ellos: Gwendoline no estaba, tal y cómo había dicho Zed. Sin embargo, lo que sí había era un gato, detrás de una esquina, mirándolos con las orejas replegadas hacia atrás, el pelo del lomo erizado, el lomo encorvado y la boca abierta enseñando los dientes.

Deshazte de eso.

Tío, no voy a matar a un gato.

No he dicho que mates al puto gato, Ashworth. —Zed sonó enfadado porque su amigo era experto en sacarle de sus casillas.

Caiden rió por sacar de quicio a Zed, utilizando su varita para mover al gato hasta el fondo del pasillo y encerrarlo en la última habitación, la cual pertenecía a Gwendoline. Luego comenzó a sonar el aviso de la alarma, pero con un movimiento de varita lo acalló, lo abrió y lo desactivó. Tenía bastante controlado el uso de ese tipo de tecnología muggle.

Lo cierto es que Caiden y Zed tenían la misma edad y se conocían desde que eran muy jóvenes: los Ashworth habían tenido una gran relación con los Crowley cuando cogieron fama en Inglaterra como una gran familia purista, por lo que ellos conformaron una gran amistad, probablemente de las mejores que había tenido Zed fuera de su entorno familiar.

Zed no se había reencontrado con Caiden después de su conversión en vampiro por placer, sino que fue todo casualidad, una noche mientras Ashworth cazaba. El Crowley le contó todo y fue el mismo Ashworth quién se ofreció a echarle la mano mágica de la que él ya carecía, con la condición de que los cuerpos de las traidoras y la sangre sucia fuesen para él, para poder cobrarlos en el Ministerio como el buen cazarrecompensas ambicioso que era. Zed aceptó, sin objeción alguna. Y pese a que pudiera parecer que Caiden vacilaba a Zed en muchas ocasiones, simplemente era confianza de muchos años, pues el cazarrecompensas respetaba mucho al Crowley, mucho más ahora con su condición y lo que le había ocurrido. En realidad no se le ocurriría desafiarlo, ni mucho menos hacerle perder la paciencia.

El vampiro miró el reloj.

Estará a punto de llegar: mantente oculto en la cocina y sé rápido cuando entre. Desde que vea que hay un enemigo en su apartamento sacará la varita: desármala antes de que pueda hacer nada y cierra la puerta para que no pueda huir. El resto déjamelo a mí.

Caiden sonrió perversamente, asintiendo con la cabeza.

A sus órdenes. —Y retrocedió hasta la cocina, sentándose en una silla, fuera de la vista de cualquiera que entrase por la puerta.



Zed Crowley: brown
Caiden Ashworth: #666699
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Feb 14, 2019 3:32 pm

Gwendoline sabía que Sam no había sacado aquel pequeño capítulo de su vida como fugitiva a colación en un intento de preguntarse qué habría sucedido si las cosas hubieran sucedido de otra manera. Lo sabía bien, y sabía que era un pequeño añadido al hecho de que el apartamento en que actualmente residía la morena era uno de sus lugares favoritos en su día.

Sin embargo, ella no había podido evitarlo: de no haber atajado el tema de aquella manera, cabía la posibilidad de que se pusiera triste.

Y es que aquí va una pequeña curiosidad respecto a Gwendoline Edevane: aunque viva cada día negando las cosas horribles de su pasado, en muchos sentidos es incapaz de desprenderse de ellas.

Por ese motivo prefería evitar ahondar en su pasado en la medida de lo necesario.

—Ya, ya sé a qué te referías.—Dijo ella con una leve sonrisa, mirando al frente mientras caminaban.—Y la verdad es que pensaste bien: ese apartamento es y siempre ha sido tu casa, y lo seguirá siendo hasta que me mude a esa pequeña mansión.—Aseguró ella, exagerando un poco el tamaño de la casa. No era extraño que la considerara una mansión en comparación con su piso. Y mejor no mencionar lo pequeña que se había sentido cuando había pisado por primera vez la mansión de la familia Edevane.

Gwendoline tenía en su lista de posibilidades unas cuantas direcciones que le gustaría visitar, y aún a pesar del hecho de que muy seguramente acabaría decidiéndose por la que acababa de visitar, no perdía nada por mirar otras opciones.

Sin embargo, había hecho su trabajo de investigación personal, al nivel de una usuaria poco habitual de Internet: había hecho ‘tour virtuales’ por distintos apartamentos, si es que la inmobiliaria ofrecía dicha opción en su página web, y había mirado fotografías en los casos en que la visita virtual no había sido posible.

Pero ni la era informática era capaz de acabar con los anuncios por palabras en los periódicos, y por ese motivo, Gwen todavía tenía algunas casas que visitar. Y propuso a Sam que la acompañara.

—De verdad: cuando Whatsapp apareció en nuestras vidas, no sólo desbancó por completo a los mensajes de texto y llamadas telefónicas, sino que acabó con los métodos de comunicación mágicos.—Continuó Gwendoline el comentario de Sam, quien tenía mucha razón: desde luego, la tecnología de que disponían los magos no dejaba de ser una evolución, o un préstamo, de los inventos que los muggles habían hecho a lo largo de la historia.—Quítame de delante todas las fotografías en movimiento y dame Netflix.—Bromeó Gwen, divertida.

Sam le propuso algunas opciones, y teniendo en cuenta que su novia trabajaba de tarde, la mejor opción le pareció visitarla. Hacerle compañía, procurando no ser una distracción.

—Me apunto a la idea del Juglar. Y para ahorrar tiempo, haré una visita o dos antes de ir, algo rápido, y tomaré fotos. Así podemos verlas.—Le dijo con un tono casi profesional, que abandonó enseguida para hablar de la magdalena.—Con eso de la magdalena, me has conquistado.—Se mordió el labio inferior, divertida.

Y, por cierto, aquí va un pequeño spoiler: sí, al día siguiente hubo una magdalena de chocolate, y sí, la magdalena dio paso a un momento semejante al de aquella vez, a finales del año anterior… que en esta ocasión culminó con unos cuantos besos que, por suerte, Santi interrumpió. Y es que por mucho que Gwendoline se hubiera prometido no ser una distracción para Sam, los labios de la rubia tenían un intenso magnetismo para ella.

Cuando llegó la hora de desaparecerse de vuelta a casa, Gwendoline propuso tres planes que Sam hábilmente convirtió en uno solo más completo. La morena lo aceptó sin dudar, teniendo en cuenta que el día siguiente solamente se verían un ratito por la tarde.

—Con razón eres Ravenclaw: chica lista juntando los planes.


Lunes 25 de febrero de 2019, 22:47 horas
Apartamento de Gwendoline Edevane || Atuendo

Una vez más, se le había hecho tarde en el gimnasio, lugar al que acudía siempre que Sam trabajaba de tarde. Y no porque necesitara mantenerse en forma, pues ya habitualmente salía a correr, sino porque el entrenar en defensa personal se había convertido para ella en algo vital desde que había vuelto de Japón.

Tahiri, antiguo maestro de Artemis Hemsley, se lo había dicho: para alcanzar todo tu potencial, mantén entrenados cuerpo y mente.

Había salido del gimnasio a eso de las diez, y como tenía la despensa un tanto vacía, había aprovechado para hacer algunas compras en una pequeña tienda abierta veinticuatro horas, oportunamente situada delante del gimnasio. Gwendoline recordaba haber pensado, la primera vez que había salido del gimnasio tarde y se había fijado en la tiendecita, que seguro que gran parte de sus clientes serían como ella: gente muy ocupada el resto del día, que al salir del gimnasio se acordaba de que tenía que comer.

Mantuvo una conversación bastante animada y distendida con la cajera—de origen pakistaní, o tal vez hindú, a juzgar por su acento—que se encargó de cobrarle los productos. Y no porque Gwen quisiera mantener una conversación, sino porque la mujer en cuestión estaba rellenando el crucigrama del periódico, y le preguntó un par de palabras que no sabía.

Entre unas y otras, Gwendoline salió de la tienda cargando una bolsa de papel repleta de artículos pasadas las diez y media, y teniendo en cuenta lo lejos que estaba de casa, optó por buscar un lugar donde desaparecerse. Y para evitar sospechas de sus vecinos, se apareció en un callejón a un par de bloques de su edificio, y recorrió el resto a pie.


***

La puerta del apartamento se abrió con un leve chasquido metálico y el chirriar de las bisagras, que hacía mucho tiempo que necesitaban, o bien un engrasado, o bien ser directamente sustituidas.

Gwendoline cerró la puerta antes incluso de dar la luz, y teniendo en cuenta que en esta ocasión iba cargada, caminó a oscuras en dirección a la cocina. Tal era su conocimiento del lugar que no necesitó el uso de la vista para llegar a la encimera y dejar todas las cosas allí encima.

Una vez en la cocina, sí accionó el interruptor de la luz, y lo primero que se encontró fue el rostro de un desconocido mirándole desde el otro lado de la encimera.

Buenas.Dijo como si nada el desconocido, al tiempo que que Gwendoline, presa de un pánico repentino, retrocedía un par de pasos e intentaba sacar la varita de su manga. El desconocido, que ya estaba preparado para aquella circunstancia, alzó su propia varita y le apuntó directamente.No, no, no. Eso sería una estupidez.

Gwendoline, que nunca se había caracterizado por ser alguien irracional ni siquiera cuando estaba tan asustada, consideró que su mejor opción en aquellos momentos era obedecer. Así que, lentamente, separó ambas manos en un gesto de rendición.

Buena chica.Dijo el mago, poniéndose en pie y bordeando la encimera para acercarse a ella. Gwendoline retrocedió un par de pasos antes de que él llegara a ella. Su varita la seguía apuntando.Dámela. Tu varita. Y no saldrás herida.Aseguró, al tiempo que extendía su mano con la palma hacia arriba.

—¿Quién eres tú? ¿Y qué haces en mi casa?—Preguntó Gwendoline, su voz temblorosa a causa del evidente miedo que sentía.

¿Y eso qué más te da? La varita, ahora, o la cosa se pondrá fea.El hombre, seguro de la situación en que se encontraba, avanzó un paso hacia ella, y ambos quedaron muy cerca.

Gwendoline, que en aquellos momentos estaba segura de que tenía ante ella a alguno de los aliados de Artemis Hemsley, creyó que no tendría mejor momento para salir de aquella situación que aquel. Y si bien era muy racional en todos los sentidos… no le quedaba otra que arriesgarse.

Así que ejecutó una de las llaves que le habían enseñado en defensa personal: primero, lanzó la mano derecha contra el antebrazo derecho del mago, de tal manera que desvió su varita hacia un lado. Un hechizo, quizás involuntario, salió despedido hacia el techo. Gwendoline remató aquella llave propinando un golpe directo a la nuez de su oponente con  el brazo opuesto.

El golpe no necesitaba ser demasiado fuerte, pues golpeaba un punto muy sensible del cuerpo humano. El efecto fue inmediato: el mago se llevó las manos al cuello, dolorido, y retrocedió un par de pasos. Gwendoline aprovechó su ocasión.

Giró sobre sus tobillos y corrió en dirección a la puerta de entrada, al tiempo que lograba sacar la varita de su manga. La empuñó firmemente en su mano izquierda, y la derecha la lanzó hacia el pomo. Logró asirlo y girarlo, y la puerta se abrió un poco.

Al momento, se cerró de golpe, y Gwendoline fue arrastrada hacia delante con ella, tan fuerte tenía sujeto el pomo. Trastabilló, pero no cayó al suelo, y cuando miró en dirección al mago, su rostro mostraba lo enfadado que estaba. Y eso no era lo peor: la estaba atacando con un nuevo hechizo.

Conjuró un Aura no verbal al tiempo que se arrojaba al suelo, y lo que fuera que conjuró en dirección a ella impactó en la pared. Gwendoline bajó la barrera y, a falta de una idea mejor, apuntó a la ventana más cercana con su varita, haciéndola pedazos, y a continuación lanzó los pedazos de vidrio contra el invasor de su hogar.

El mago se protegió utilizando un Fianto Duri no verbal, reduciendo a polvo los pedazos de vidrio en el proceso. Gwendoline no le dejó respirar, conjurando en su dirección un Frigus que generó una ventisca gélida en su dirección. Los movimientos de su adversario pronto empezaron a verse limitados por la escarcha que empezó a formarse a su alrededor, peque que no llegó a tocarle por la barrera que interpuso entre él y el hechizo.

Joder, ya me estoy cansando de esto.Dijo el mago al tiempo que abandonaba la protección de su varita y conjuraba un látigo llameante con el que describió un arco horizontal por delante de él, derritiendo el hielo en el proceso.

Gwendoline apenas vio venir el látigo llameante antes de arrojarse al suelo, cubriéndose el rostro con ambos antebrazos por si acaso. El brazo derecho fue alcanzado por el látigo, de refilón, y la manga de su chaqueta se prendió en llamas a la altura del antebrazo.

Buscando apagar el fuego, Gwendoline palmeó varias veces la manga, sintiendo el abrasador calor sobre la piel. Seguramente, se había quemado, pero no tuvo tiempo de prestar atención a este mal: uno más grande, en la forma de un látigo llameante, caía sobre ella con fuerza. Y lo único que pudo hacer fue rodar sobre sí misma para evitar la zona de impacto del látigo.

Intentó levantarse a tiempo, para seguir contraatacando y, con suerte, encontrar una manera de dejar inconsciente al mago, pero no lo consiguió: para cuando logró ponerse en cuclillas, un jarrón que ocupaba normalmente el estante superior del mueble que había a la derecha de la puerta voló en dirección a su cabeza y la golpeó, haciéndose añicos. Logró medio interponer el antebrazo lastimado por el fuego, pero no lo suficiente como para librarse del golpe. Golpe que, por cierto, la dejó bastante aturdida.

¡Expelliarmus!Conjuró el tipo, y la varita de Gwendoline salió volando, describió un arco en el aire, y finalmente cayó unos metros más allá, repiqueteando como un par de baquetas en el suelo del apartamento.Joder, no pensé que sabrías defenderte...

Gwendoline estaba indefensa y, lo que era peor, estaba atrapada en su propia casa. La confusión y el dolor, además del miedo, eran sus fieles compañeros en aquellos momentos, pero todavía había sitio para la duda: ¿Quién era este mago? ¿Uno de los antiguos colaboradores de Hemsley que venía a recoger las sobras que la mortífaga había dejado al morir?

Fuera quién fuera… Gwendoline estaba aterrorizada.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann Ayer a las 2:00 am

Zed se había pegado todo el tiempo mirando por la ventana del apartamento, justo a la derecha de la puerta, detrás del sillón, oculto en esas sombras. No se puso nervioso cuando la puerta se abrió, sino todo lo contrario: se estaba impacientando, así que le supuso un alivio ver como Gwendoline entraba en la casa, distraída con sus bolsas de la compra. Era curioso ver delante de ti la calidez de la vida, la ilusión de vivirla y que por tu mente sólo pueda pasar la idea de arrebatarla. Ya Zed antes destacaba por tener muy poca empatía por las personas ajenas; muy pocos remordimientos por matar o hacer daño. Ahora, que no era más que una criatura que se alimentaba de humanos, todo eso había llegado a valores negativos, renegando totalmente de lo que una vez fue: un humano con sentimientos y emociones, que si bien no se hubiesen dejado llevar por los monstruos de sus hermanos, posiblemente hubiese terminado en un camino muy distinto. Ahora, sin embargo, sólo le consumía la venganza.

Esperó a que Ashworth fuese efectivo, pero lo que vio a continuación le pareció el vivo ejemplo de persona estúpida que se confía ante un enemigo, además de una situación la mar de ridícula. Era muy triste que tuvieran el factor sorpresa de su lado y que Caiden lo desaprovechase de esa manera. Fue fiel espectador de esa obra tan humillante, hasta que al fin su aliado había conseguido desarmar a la traidora y golpearla innecesariamente con un jarrón.

El silencio después de aquella tragedia de situación se rompió con unos aplausos totalmente irónicos de Zed, en dirección a Ashworth. No dijo nada, mas esos aplausos hablaban por sí solos. Caiden le miró con cierto arrepentimiento, retrocediendo hacia la cocina. Con una Gwendoline desarmada, Zed no debía de temer nada.

Rodeó el sillón y se acercó a ella, que se encontraba en el suelo. Lo hizo con lentitud, tomándose su tiempo en observar a aquella humana que iba a servir, solamente, para morir y con eso hacer sufrir a otra persona. Una muerte horrible, pues ni siquiera tienes la culpa de nada. Ni siquiera te lo mereces. Pero a Zed le gustaba verlo como un daño colateral nimio y sin importancia, pues a él le daba igual la vida de una humana más. Así que se sentó en la parte que sobresalía del sillón, inclinándose hacia adelante para ver a la chica de cerca, tomándose unos segundos de libertad para observarla. Le caía sangre por la cara debido al golpe de aquel jarrón y eso avivó su naturaleza más cazadora, pero no hizo nada. No quería evidenciar su condición.

Probablemente no me conozcas: me llamo Zed Crowley.

Falsa modestia, por supuesto. No solo había sido un Jugador de Quidditch famoso en su momento, sino que además los carteles de su desaparición salieron durante bastante tiempo en El Profeta debido al poder de su familia. Por no hablar, claramente, que su queridísima novia lo había matado y él la había torturado hasta la muerte. Aunque no quisiera admitirlo, Lehmann y él tenían una relación muy intensa, aunque no en el buen sentido de la palabra.

No voy a andarme con rodeos. Supongo que eres consciente de todo lo que tu amiguita Lehmann se traía entre manos con mi familia. Y no sé si te lo habrá contado todo, pero en teoría Zed Crowley debería estar muerto por su mano. —Se pausó, poniéndose en pie para caminar a su alrededor. —Por suerte fue demasiado cobarde y estaba demasiado herida como para ejecutarme con sus propias manos y decidió ofrecerme una muerte lenta y dolorosa, con tal de no mancharse las manos. —Hablaba con rabia y rencor y se le notaba en la voz, pese a que la voz que sonaba era sincera y cargada de temple.

Se calló durante unos instantes, mirando de nuevo por la ventana y mirando su reloj. Sabía perfectamente que a esa hora Lehmann estaría terminando de ducharse, recién llegada del trabajo y que seguramente estaría esperando a que Gwendoline le mandase un WhatsApp como que ya había llegado a casa. Sin embargo, ese mensaje no le iba a llegar nunca. Y Zed sabía, por lo que había podido observar, que si Edevane no le contestaba, probablemente terminaría apareciendo en la casa para cerciorarse de que había llegado.

Y no convenía que los encontrase ahí.

Nos vamos. —Caminó entonces de nuevo por al lado de Gwen, agachándose para coger su varita del suelo. Le dio la espalda a la chica sin temor a nada, mirando directamente a Caiden. Él no podía usar esa varita, pero ella no lo sabía. Y en cuanto a enfrentamientos físicos, la morena no tenía ningún tipo de oportunidad contra un vampiro. —Llévatela al hotel, yo me quedo con esto. —Mostró la varita. —Intenta ser profesional y no demostrar que en realidad eres un inútil. Me da igual lo que le hagas: sólo no la mates. Lehmann tiene que verla morir y yo debo demostrarle cómo murió mi hermano. —Y Gwen ya debía de saber cómo había muerto Vladimir Crowley.

Caiden esta vez asintió con la cabeza, serio. Se había confiado, pero no iba a subestimar a aquella mosquita muerta. No era nadie en comparación con él, mucho menos sin la varita de por medio.

Yo tengo que hacer una cosa antes. —Se guardó la varita en el bolsillo de su gabardina, para entonces dirigirse a la puerta e irse, confiando en la labor de Ashworth.

Caiden, que se encontraba en el arco de la cocina, observaba a Gwendoline sin apartar la mirada. Sabía que se resistiría, por lo que le apuntó con la varita y la ató, creando unas cuerdas alrededor de su cintura que apresaron sus dos brazos, inmovilizando cualquier movimiento.

No te conviene resistirte, vas a morir igual. Corre de tu cuenta sufrir por el camino. Y te aseguro que no tengo ningún problema en hacerte sufrir hasta que te quedes sin ganas de resistirte. —Se acercó a ella, sujetándola y desapareciéndose a la suite 17 del Hotel Necrópolis, la misma habitación en donde había estado Samantha hace un año.

Si Gwendoline había sido observadora podría haber descubierto cuatro cosas: su gato no estaba por ninguna parte y como preguntase por él, Caiden le iba a decir que estaba muerto; Zed no tenía sombra de la luz que entraba por la ventana; se había guardado la varita en el bolsillo de su gabardina y que la alfombra en la que había aparecido era exactamente la misma que vio en los recuerdos de Sam. Cuatro cosas que para cualquier mente asustada podrían pasar desapercibidas, pero cuatro cosas que para una persona como Gwendoline podían perfectamente no pasar desapercibida.


Mientras tanto, Zed había ido a casa de Samantha. Ignoraba si su compañera de piso estaría esa noche ahí, pero todavía no le había llegado su hora. Él se limitó a acercarse a la casa, mirad por la ventana y ver que solo salía luz de la habitación de Lehmann. El resto de la casa estaba totalmente oscuro. Aprovechó su capacidad para desmaterializarse para entrar en la casa sin que nadie pudiese oírlo, ni sentirlo. Las mascotas de Sam no se encontraban en el salón, por lo que el vampiro volvió a desmaterializarse y dejó sobre la mesa del salón una carta al nombre de Lehmann, acompañada de un anillo que ella sabría reconocer: el famoso anillo de los Crowley que debió de haber visto durante casi tres años años en el anular de Sebastian y durante aquella noche en el anular de los dos Crowley que la torturaron.

Escuchó ruidos en la habitación de la legeremante y pese a las ganas que tenía de aprovechar ese momento de debilidad y destrozarla allí mismo, se contuvo al gran acto. No tardaría en verla y enfrentarse a ella; a su primera pérdida. Así que salió de la casa, en dirección al hotel.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane Ayer a las 3:31 am

El impacto del tiesto en su cabeza dejó a Gwendoline más aturdida de lo que podía parecer a simple vista. Había sido un golpe tremendo, y a pesar de que se mantenía medio arrodillada en el suelo, apoyada en los brazos, el mundo daba vueltas a su alrededor.

La sangre, pegajosa, cubría la mitad del rostro en que había impactado el tiesto, y le nublaba la visión del ojo derecho.

La voz que escuchó a continuación al principio le resultó totalmente desconocida, y fue totalmente incapaz de ubicarla en ningún sitio. Pero su nombre… ese nombre sí, le produjo escalofríos, al tiempo que alzaba la mirada para contemplar a la persona que estaba sentada en el reposabrazos de su sofá.

Zed Crowley. La mención de aquel apellido diabólico llevó a Gwendoline a experimentar, una vez más, una serie de recuerdos que no eran suyos, en la forma de flashes ante sus ojos: los dos hermanos menores Crowley, monstruos a ojos de una Sam despojada de toda dignidad y condición humana, y su hermano mayor, que la había convertido en una mera herramienta de su disfrute antes de que los dos primeros intentaran cerrar aquella historia con un broche de oro.

Quiso hablar, pero notó la garganta tan seca como el desierto. Su cuerpo tampoco parecía dispuesto a responder, y se mantuvo en la posición que estaba, contemplando aquel rostro que había poblado las pesadillas de Sam y alguna de las suyas propias.

Ojalá hubiera podido decir que el odio movió su cuerpo, que la llevó a atacar sin piedad a aquel horrendo ser humano, pero decirlo habría sido una mentira: quien gobernaba su cuerpo era el miedo, un miedo que era en gran parte suyo, pero en una pequeña parte de Sam. La legeremancia había implantado en ella ese miedo, y si bien lo creía extinto hacía tiempo… bueno, también creían muerto a Zed Crowley, y allí estaba.

En otras condiciones en que no estuviera en un estado tan malo, Gwendoline probablemente hubiera prestado atención a aquellas palabras de Zed, y las habría contradicho en su mente. ¿Pero de qué iba a servir explicarle a semejante monstruo que lo que había motivado las acciones de Sam aquella noche había sido la misericordia más que la cobardía? Sería como intentar hablar con la pared.

Zed Crowley proclamó que se marchaban, y Gwendoline no necesitaba ser superdotada para comprender que en ese ‘Nos’ la incluían a ella. Siguió con la mirada a Zed Crowley, incapaz de moverse, y cuando el mago echó mano de su varita, no hizo ademán alguno de recogerla: el otro, su compañero, seguía apuntándola con la suya. Así que tuvo que limitarse a dejar que Crowley la recogiera, para luego dar instrucciones a su compañero.

Gwendoline pensó en huir, desde luego. De hecho, aún en su aturdimiento, buscó una posible salida, siendo la ventana que ella misma había hecho añicos la única opción plausible.

Pero, aunque por un casual lograse ponerse en pie, recorrer el par de metros que la separaban de la ventana, y saltar a través del marco vacío, ¿luego qué? La esperaba una caída de tres pisos directamente sobre el asfalto, y si algo le había enseñado la medimagia, ese algo era que las caídas eran mucho más aparatosas de lo que mostraban las películas. Incluso desde un tercer piso.

Así que no pudo hacer nada más que observar cómo Crowley se marchaba con su varita en el bolsillo, y dejar que su compañero la atase mágicamente. Cuando esto último sucedió, los brazos de Gwendoline se pegaron a su cuerpo, por lo que terminó cayendo de costado al suelo. La cabeza le dio vueltas, a pesar de que la distancia entre ésta y el suelo era mínima.

Después de eso, y tras una última advertencia por parte del mago que Gwendoline no tenía intención de desobedecer, ambos se desaparecieron.


Hotel Gran Necrópolis, unos minutos después

Caiden Ainsworth—el secuestrador cuyo nombre desconocía en aquellos momentos la morena—no le quitaba la vista de encima.

A diferencia de los ojos de Vladimir Crowley cuando Sam había estado en aquella misma situación, hacía algo más de un año, en los del mago no había ningún tipo de lujuria: eran los ojos de alguien profesional, que no estaba dispuesto a subestimar a la persona que tenía delante, por muy encadenada que estuviera.

Ocupaba el sillón que había en el cuarto, cerca del escritorio que a su vez estaba pegado a la pared, junto a la puerta. Y pese a su mirada vigilante, su actitud era casi relajada: las piernas cruzadas, los talones apoyados sobre la pequeña mesita de café que había frente al sillón, y ambas manos sobre el regazo.

Tenía la varita en la mano derecha, bien sujeta.

Gwendoline, por su parte, ocupaba el centro de la habitación, como si se tratara del sacrificio ritual que un culto satánico estaba a punto de ofrecer a su Señor. Tenía grilletes alrededor de muñecas y tobillos, los cuales estaban unidos a cadenas fijadas a las paredes, y bajo ella había una alfombra cuyo diseño recordaba a la perfección.

La misma alfombra… las mismas cadenas… la misma habitación…, pensaba una Gwendoline que no había abierto la boca desde que su captor la había llevado allí. No tenía intención de cambiar aquello, le hicieran lo que le hicieran.

El mago, por su parte, parecía empezar a aburrirse, y en un momento dado, se levantó del sillón de un brinco. Comenzó a caminar, en actitud inquieta, por la habitación.

Mira que tarda el tío...Murmuró, pero en el silencio que reinaba, Gwendoline pudo escucharle perfectamente.

Por algún motivo, la morena tomó nota de aquel pequeño detalle, y su mente aturdida intentó relacionarlo con otro hecho que había presenciado esa misma noche: Zed estaba en el cuarto con su compañero, y en cambio le había dejado actuar a él. ¿Por qué? Y luego estaba el detalle de su varita, que no había hecho amago de utilizar en ningún momento.

Ya puestos… ¿Dónde estaba su varita?, se preguntó Gwendoline, que permanecía bajo la atenta mirada del mago, que no dejaba de ir y venir de un lado a otro de la habitación.

¿Tenía siquiera alguna posibilidad de salir de aquella situación? No parecía probable: la puerta estaría cerrada con magia, y de todas formas, no llegaría muy lejos sin quitarse aquellos grilletes que, suponía, también estarían encantados mágicamente. Y eso sin contar que tenía que pasar por encima de un mago armado.

Un mago armado que estaba perdiendo la paciencia, dicho sea de paso.

Me estoy empezando a aburrir. Y cuando me aburro, me da por pensar.Volvió al sillón, manteniendo en todo momento la distancia prudencial con ella, y se dejó caer. Volvió a cruzar ambas piernas sobre la mesita.Zed dijo que no importaba lo que te hiciera siempre y cuando siguieras viva para cuando él llegara, ¿no? Pues bueno… Creo que voy a matar un poco el rato contigo.

Gwendoline sintió un escalofrío que le heló la sangre, y tragó saliva de manera casi dolorosa. Había logrado conservar el temple hasta ese momento, pero en cuanto su captor le apuntó con la varita, su cuerpo empezó a temblar. Más recuerdos de Sam aparecieron ante sus ojos, y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

¿Sería capaz de soportar aquello sin romperse? ¿Sería tan fuerte como Sam?

Crucio.Pronunció el mago, y dio comienzo el suplicio de Gwendoline Edevane.


Aproximadamente media hora después

Gwendoline jamás había gritado tanto en su vida, ni siquiera cuando Artemis Hemsley le administraba uno de sus ‘correctivos’.

Si algo podía decirse de Caiden Ashworth era que no la tocó en ningún momento, pero sí contempló cómo se retorcía de dolor a cada segundo que la maldición de la tortura pesaba sobre ella.

Para cuando el mago se detuvo, Gwendoline yacía en el suelo, tumbada de lado, y había perdido toda conciencia del tiempo: no sabía si habían pasado minutos, horas, días… Estaba en el límite de la inconsciencia, exhausta y sudorosa, y no había un solo punto de su cuerpo que no doliera.

Algo le decía que él habría seguido, encantado, con aquel suplicio. Pero la puerta se abrió, y cuando esto sucedió, Gwendoline abrió los ojos para contemplar cómo un par de pies hacían acto de presencia en la habitación. Y unido a esos pies estaba Zed Crowley.

Veo que os habéis estado conociendo en mi ausencia.Dijo el Crowley mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

No he podido resistirme: me aburría.Respondió su compañero.

Gwendoline, en su actual posición y estado, solamente era capaz de ver dos pares de pies. Su mirada se empañaba cada pocos segundos, y tenía la sensación de que también se oscurecía. Y, pese a todo, fue capaz de formular, a duras penas y con una lengua que parecía muerta dentro de su boca, una pregunta.

—¿Qué… qué vas a… hacer con…migo?—Y, con gran esfuerzo, intentó alzar la vista, girando la cabeza, en busca del rostro de Zed Crowley.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann Ayer a las 1:48 pm

El último mensaje que había recibido de Gwendoline había sido cuando estaba saliendo del gimnasio, en el cual le decía que iba a la tienda antes de ir a su casa. Había calculado un poco el tiempo mientras se duchaba y cenaba y… ya debería de haber llegado, pero no había recibido mensaje alguno. La verdad es que no quiso emparanoiarse como siempre hacía y lo normalizó: creyó que si no le contestaba a sus mensajes había sido porque se había metido directamente en la bañera a tomar un baño relajante después de pasarse toda la tarde en el gimnasio. Que sí, que lo normalizó, pero igualmente le era imposible tener una mente cargada de paranoia, ¿cómo no lo iba a tener, después de todo lo que habían pasado y lo puntuales que eran siempre con los mensajes?

Los minutos pasaron muy lentamente, tirada en su cama mientras acariciaba la panza de Don Cerdito. Hace una hora diría que no tardaría ni dos segundos en quedarse dormida, pero esperar por alguna contestación de Gwendoline le había terminado quitando el sueño. Miró el reloj del móvil: las once y veinte. Suspiró preocupada y, mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia la cocina, comenzó a grabar un audio para Gwen. —Gwen, no quiero sonar paranoica, pero ya sabes que soy una paranoica y no tengo remedio alguno… ¿Estás ya en casa? Me siento como una de esas novias super controladoras, obsesionadas con el control o algo así… Porfi, contéstame. —Intentó sonar despreocupada, bromeando.

Cortó el audio cuando llegó a la cocina, apoyándose en la barra y mirando a la nada. Encendió la luz y abrió la nevera sin buscar nada en especial, volviéndola a cerrar. Caminó nerviosa por el salón, con el móvil en la mano y fue entonces cuando lo vio. Aquel anillo.

Se quedó tan en shock que sintió que todo su cuerpo perdía fuerzas, haciendo que se le cayese el móvil de las manos al suelo. No solo se había congelado por ver el anillo, sino por lo que eso quería decir: era de los Crowley y si aquello estaba en su casa es porque alguien había estado en su casa. Y eso no estaba ahí antes: así que alguien había estado en su casa hacía muy poco. Siempre se había sentido pequeña y despreciable al lado de los Crowley y el hecho de que alguien hubiese entrado a su casa a dejar aquello no hacía más que devolverle esos sentimientos, como si no fuese nadie, solo una mosquita más a la que pisotear cuando te aburres del resto.

Miró para ambos lados lentamente para corroborar que no había nadie, para entonces cerrar los ojos, creyendo que no se trataba más que una pesadilla más en donde los Crowley eran los protagonista. Una como otras tantas. Otra más. En realidad se había quedado dormida esperando la contestación de Gwendoline y la paranoia había atormentado otra vez su sueño. Era eso. Pero al abrir los ojos allí estaba, tan real como el temblor de sus manos. No supo cuánto tiempo se quedó allí, congelada, pero Sam no quería leer lo que ponía aquella carta ni quería tocar ese anillo que, aún no estándolo, para ella estaba maldito. Dio un pasito, hasta que al final rodeó el sofá y cogió la carta con delicadeza. Era un papel doblado, el cual abrió con tanta lentitud que parecía que al mínimo movimiento iba a explotar.

Reconocerás el anillo. Los fantasmas del pasado han vuelto, dispuestos a recordarte que no olvidan.

No olvidamos a Sebastian. No olvidamos a Vladimir. Y por supuesto no olvidamos a Zed. Quizás creas que tus manos están limpias, pero no es así: la única constante en todas sus muertes eres tú.

No te preocupes por ahora: no voy a matarte. No me interesa saciar mi odio con tu muerte, me interesa saciar mi venganza con tu sufrimiento, el mismo que tú me has hecho pasar a mí. Te voy a despojar de todo lo que amas hasta el punto de que no tengas nada por lo que vivir: reducirte al ser más miserable y solitario y hacer que lo pierdas todo.

Y no te amenazo en vano, que tu amiga no te conteste a los mensajes no es casualidad. La venganza se sirve fría, pero la sangre de Gwendoline todavía está caliente. Recordarás el lugar en donde tu muerte te esperaba, rodeada de tu propia sangre, deseando ahogarte con tus propios gritos sólo para no seguir sufriendo...

Empieza el juego, Lehmann. Y esta vez te toca perder.

En un principio pudo sentir como un escalofrío se le impregnaba en el cuerpo sólo de pensar que la pesadilla de los Crowley aún la perseguía, ahí latente tras ella, sin tener ni idea cómo era posible. Sin embargo, sintió pánico real cuando leyó que tenían a Gwendoline. Es decir, no le dio tiempo ni a releerlo; no quería creérselo. Se puso en pie, corrió a su habitación, cogió la varita y se desapareció al apartamento de su novia. Estaba oscuro, pero no le hizo falta dar ni un paso: la ventana estaba totalmente rota, en el suelo había un jarrón hecho pedazos… Y fue en ese preciso momento, en donde supo que lo leído era cierto, en donde sintió un temor que le congeló todo el cuerpo: Gwendoline en manos de los Crowley. Sólo de pensar que podrían hacerle lo que le hicieron a ella la ponía enferma. Tuvo que usar la puerta para apoyar su cuerpo y controlar el ataque de ansiedad que le estaba dando en ese momento.

Pero una cosa tenía clara: Sam a esas alturas de sus vivencias no luchaba por su libertad, sino que luchaba por lo que quería. Le daba igual si era Satanás, los Crowley o el mismísimo Lord Voldemort quien tenía a Gwendoline, que por mucho miedo que pudiera abrazar sus huesos, no iba a quedarse quieta ni dejar que le pasase nada. Así que sin tener ni idea de quién le esperaba, ni de qué, se desapareció de nuevo, siendo muy consciente de a donde tenía que ir.


Zed Crowley

No sabía cuánto tardaría Lehmann en leer y encontrar la carta, pero no tenía prisa. Había hablado con sus compañeros del hotel y si una fugitiva, en especial Lehmann, cruzaba cualquier límite del Necrópolis, él lo sabría. Tendría que hacer harto ejercicio mental para recordar a donde venir, pero Zed confiaba en que aquella noche hubiese sido inolvidable para ella y que sabría llegar.

Entró por la puerta de la habitación, observando la escena: la paciencia de Caiden al parecer brillaba por su ausencia, pues había dejado a Gwendoline exhausta en el suelo. Zed reconoció esa respiración entrecortada, ese rostro de pánico y el temblor de su cuerpo. La maldición Cruciatus tenía una marca muy personal.

Zed le habló a Caiden, pero lo ignoró cuando escuchó la voz de Gwendoline de fondo, débil y llena de incertidumbre. No pudo evitar ladear una sonrisa y acercarse a ella, poniéndose de cuclillas a su lado y mirándole directamente al rostro.

Voy a matarte —le respondió, sin mentirle. —No te lo tomes como algo personal. En realidad sólo estás aquí para que otra persona sufra por tu muerte. Es triste, ¿verdad? Saber que vas a morir sin poder hacer nada para evitarlo y encima siendo consciente de que no eres más que una carga.

Eso sí sonó con intención de hacer daño, aunque no era más que la cruda realidad.

En un principio no tuve intención alguna de hacerte daño: en realidad lo único que quería era atraer a Lehmann a una trampa en donde llegase y te viese morir. Pero ahora que te veo aquí y me vienen ciertos recuerdos a la mente… creo que sería un desperdicio no mostrarte lo bien que se lo pasó tu amiga aquella noche, ¿no? Además, Lehmann seguro que se espera lo peor para ti y me sabría fatal decepcionarla.

Se puso en pie, visiblemente divertido. Le parecía desternillante acudir a la excusa de Lehmann para explicar su tortura o su futura muerte, como si Caiden Ashworth y Zed Crowley necesitasen realmente una excusa para eso.

No sé si sabrás cómo murió mi hermano Vladimir, pero en resumidas cuentas: fue descuartizado por una vampiresa después de haberlo dejado seco. Supongo que ese acto atroz está justificado porque gracias a eso salvó a tu amiguita… En esta vida todo depende de en donde esté el punto de referencia. —Sujetó con una mano a Gwendoline por uno de sus brazos y como si la levantase como una pluma, la obligó a estar de pie. Se acercó a ella y con una de sus manos recorrió ese brazo hacia su muñeca, mientras su nariz se acercaba a su cuello. Cualquiera podría creer que aquello era una especie de escena perturbada como podría haber protagonizado Vladimir, pero Zed nunca había visto ningún tipo de atracción física por las personas a las que torturaba: no le ponía en absoluto tener a alguien humillado y cargado de pavor frente a él. Ahora mismo Zed miraba a Gwendoline como un cazador y lo único que le llamaba de ella era la sangre que le corría por las venas. —¿Prefieres sufrir como lo hizo tu amiga, o como lo hizo mi hermano? —Y con su mano en la muñeca de Edevane, comenzó a torcerla con facilidad. A la mínima presión, podría romper aquello.

No quería destrozarle como habían hecho con Lehmann, pues probablemente la muerte fuese un mejor regalo y no quería darle a su enemiga la falsa creencia de que muerta era mejor que sufrimiento. La legeremante tenía que ver que a Edevane con vida antes de arrebatársela y sentir ese alivio de esperanza por tener alguna oportunidad. Era eso lo que quería.
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Gwendoline Edevane Ayer a las 3:22 pm

¿Se había imaginado Gwendoline alguna vez en su vida estar en una situación semejante?

Una respuesta rápida sería que no.

Una respuesta más elaborada sería que sí, se lo había imaginado. Que había hecho todo un ejercicio mental para intentar comprender lo que podía llegar a sentir una persona sometida a semejantes abusos, a semejantes vejaciones. Los recuerdos de Sam la habían ayudado a hacerse una ligera idea… pero vivirlo no era lo mismo que imaginarlo.

En el momento en que Zed, el menor de los hermanos Crowley, entró por la puerta, la mente de Gwendoline regresó de un lugar lejano al que había logrado irse—de manera casi milagrosa—durante la tortura a manos del compañero del primero, cuyo nombre todavía no conocía. Y su mente regresó a un cuerpo maltrecho, dolorido, que luchaba por mantenerse consciente. Los latidos de su corazón resultaban ensordecedores, pulsando contra sus oídos, y su respiración estaba tan agitada como si llevara horas corriendo. Su garganta ardía, y cuando habló, su voz era débil y ronca de tanto que había gritado.

Sin embargo, existía algo peor que el dolor. A fin de cuentas, todavía no había sobrepasado ese límite en que ya le daba igual lo que ocurriera con ella siempre y cuando el dolor se terminara—ese límite que Sam había rebasado la noche en que Zed y su hermano la habían torturado—, y en su mente reinaba una gran incertidumbre.

¿Qué va a ser de mí? ¿Va a continuar esto? ¿Voy a morir? Esas preguntas se agolpaban, una tras otra, en su cabeza.

Zed Crowley no tuvo ningún problema en despejar todo atisbo de duda.

El menor de los Crowley se puso en cuclillas delante de ella, y Gwendoline tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la mirada fija en los ojos del mortífago, pues sentía que su cabeza pesaba el triple de lo normal.

La primera declaración del Crowley la golpeó como un puño directo al estómago: fue una sensación similar a la que había experimentado, en su niñez, cuando había descubierto qué significaba la muerte. Repentinamente, todos esos miedos infantiles cobraron sentido al saber que la muerte ya no era una certeza lejana, sino que estaba a la vuelta de la esquina. Y su mente empezó a divagar: ¿Cuánto me queda? ¿Horas? ¿Minutos? ¿Ni siquiera eso? Si bien hasta entonces, el miedo a morir había sido para ella algo vago, algo que inconscientemente no acababa de creerse, en aquellos momentos se tornó real.

Crowley la levantó del suelo como si pesara menos que una pluma, obligándola a ponerse en pie, mientras continuaba su explicación. Las piernas apenas la sostenían, y el brusco movimiento la hizo sentir un vahído: el mundo se alejó de ella y se oscureció, e incluso los sonidos enmudecieron durante un segundo.

No tuvo la suerte de caer inconsciente.

No se sentía capaz de responder a Zed Crowley, y ahora que lo tenía tan cerca, ni siquiera era capaz de mirarlo a la cara. Tenía miedo, y cualquiera sería capaz de verlo.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando el menor de los Crowley la tocó de aquella manera. Por un momento traicionero, creyó que se propondría hacer lo mismo que hacen todos los hombres que quieren hacer daño a una mujer, y cuando el rostro del Crowley se acercó a su cuello, el miedo fue incluso mayor. Cerró los ojos con fuerza, y derramó un par de lágrimas—un par de las muchas que ya había derramado—. En ese momento se dio cuenta de que se pondría de rodillas y suplicaría, si con ello conseguía evitar que aquello sucediera.

Pero no sucedió. Y mientras Zed le hacía aquella pregunta imposible, Gwendoline fue consciente de algo que había estado pasando por alto hasta entonces: había sugerido que Sam venía en camino. Sus ojos se abrieron ligeramente al darse cuenta de aquel hecho, y pese a que no se sentía con fuerzas, decidió que tenía que sacar unas pocas de dónde no las tenía.

Apretó los labios y reprimió un grito de dolor cuando Zed Crowley comenzó a retorcerle la muñeca, y luchó con todas sus fuerzas para mantenerse en pie. Y no fueron suficientes: sus rodillas flaquearon, y de no ser porque el mismo Zed la sujetó y lo impidió, habría terminado nuevamente en el suelo.

En aquella posición, sintiendo la torsión en su articulación, hizo un esfuerzo para hablar.

—Pa… para...—Fue casi un gruñido inaudible y ronco, por lo que tuvo que obligarse a repetirlo en voz más alta.—Para... por favor.. y escúchame un momento...

Sentado en el sillón, Caiden, que hasta ese momento había estado jugueteando con su varita sin motivo aparente, alzó la vista y frunció el ceño, mirando a Gwendoline con incredulidad. Zed, a su vez, debió sentirse lo bastante intrigado con aquello que la morena quería decir como para detenerse, aunque no soltó su muñeca.

Gwendoline aprovechó su momento.

—Te equivocas.—Empezó a decir, haciendo un esfuerzo para mirar a los ojos del hombre, dándose cuenta de lo mucho que había cambiado por primera vez en todo el tiempo que llevaban allí.—Antes me dijiste que ella no tuvo valor para matarte. Y te equivocas: lo que impidió que te matara fue la misericordia. Nunca quiso hacerte daño. No es la responsable de la muerte de tu hermano, pero sí la responsable de que tú estés vivo a día de hoy.

Cada palabra era como un cuchillo clavándose en sus cuerdas vocales, dañadas por los gritos que había proferido durante la tortura de Caiden. Por fortuna, los efectos de la maldición Cruciatus empezaban a desvanecerse, mas no los de la deshidratación, efecto secundario de tan atroz hechizo.

—Y ella tampoco es responsable de la muerte de Sebastian. Ella solo intentaba proteger a la verdadera culpable. Pero te juro que no fue idea suya. Estaba dispuesta a aceptar su destino con tal de que nadie más saliera mal parado.—Fue todo un esfuerzo decir aquellas palabras, y el miedo no se había desvanecido. De hecho, tenía más miedo que nunca, sobre todo por lo que estaba a punto de decir.—Ella me estaba protegiendo a mí. Yo soy quien lo empezó todo. Yo soy a quien buscabas aquella noche...

Podía parecer que Gwendoline se había vuelto completamente loca, y quizás en parte fuera cierto. Sin embargo, la morena aplicó como pudo en aquellos momentos su raciocinio: a ella ya la habían cogido, y por mucho miedo que tuviera a la muerte, no se veía saliendo con vida de aquella situación. Y si Vladimir y Zed se habían tomado tanto tiempo para torturar a una persona que sabían que no era responsable de la muerte de su hermano, ¿qué le harían a la verdadera culpable?

Si Zed perdía la calma, si empezaba a cobrarse su venganza con ella, daría tiempo a Sam a llegar. Y si no era así, si Zed decidía matarla de inmediato, por lo menos se ahorraría el suplicio de ser torturada. Y quizás, solo quizás, Zed dejaría en paz a Caroline.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann Ayer a las 11:08 pm

Paró de retorcer su muñeca, pero no la soltó. Tenía curiosidad por saber qué era lo que le iba a decir Gwendoline después de que le hubiera dejado claro su destino a corto plazo. Había quién suplicaba por su vida, otros se perdían en su instinto más profundo de supervivencias, luchando hasta el final, mientras que otros... lo aceptaban desde el más profundo pesar y buscaban la manera de intentar razonar con su enemigo. Ella, sin embargo, le dijo que se equivocaba.

Tanto Caiden como él se sorprendieron por ello, pero se mantuvieron en silencio para escucharla. Las palabras con respecto a Lehmann no le cogían por sorpresa: podía creerse que esa sangre sucia, débil y asquerosa, no tenía lo que había que tener para matar a nadie y que en realidad no quería matarlo. Pero no entraba en su cabeza la idea de que una persona después de haber sido despojada hasta de su dignidad más íntima, fuese capaz de sentir misericordia por sus torturadores. Había sido cobardía, pura cobardía. Y por mucho que Gwendoline dijera que gracias a ella estaba con vida, eso era mentira. La legeremante, con sus actos, había otorgado a Zed no solo una muerte lenta y agónica, sino que además había terminado como un muerto en vida. Puede que dichos actos no hubiesen sido conscientes, ni meditados, pero eso no le quitaba culpa ninguna.

Al escuchar lo de 'vivo', Caiden bufó de manera inaudible desde el sofá, mientras que Zed se mantuvo serio. La morena intentó justificar la muerte de Sebastian, quitándole la culpa a Samantha y, sorprendentemente, tomando ella el riesgo de admitir la muerte de su hermano mayor. Se sorprendió, sobre todo porque debido a lo cerca que estaba de él, notó el cambio en su respiración; en su pulso, cuando soltó esa mentira. Podría creer que de verdad Edevane creyese que Sam no lo había matado por misericordia, ¿pero que ella había matado a Sebastian? ¿En qué mundo alguien como ella podría matar a alguien como Sebastian?

Soltó la muñeca de la mujer y retrocedió un paso. En su rostro no se podía identificar si se había creído aquello o no, pero Gwendoline debía de saber que la persona que asesinó a Sebastian no era, en absoluto, lo único que le importaba a Zed. ¿Y qué pasaba con Vladimir? ¿Y qué pasaba con su propia muerte y la pérdida de la vida que tenía? Por mucho que le hubiera creído, no cambiaría en absoluto su venganza con respecto a Lehmann. A lo que él respectaba, Lehmann era el detonante de todo, hubiera sido o no la mano ejecutora. Todo lo que rodeaba a la legeremante iba a desaparecer y Zed sabía que en su círculo estaría el asesino de Sebastian, fuese quién fuera. A Lehmann, todavía, no sabía qué destino le quedaría mejor: si la muerte o la inmortalidad en una celda, recordando día sí y día tras bien su miserable vida.

¿En qué mundo podría creer que tú has matado a Sebastian? ¿Eh? —Y sin que le diera tiempo a contestar, abofeteó del revés su rostro con fuerza. No con la fuerza con la que podría haberlo hecho, pero sí como para tirarla al suelo de nuevo. Gwen pudo sentir como le salía sangre de una herida en el interior de la boca. Esta vez no se agachó para hablar con ella, sino que lo hizo de pie, declarando su obvia posición superior. Le hervía su helada sangre que le tratasen como a un imbécil. —No sé por quién me tomas, Edevane, pero todo esto va mucho más allá de la muerte mi hermano mayor. Tu honorable sacrificio al borde de la muerte no va a salvar a ninguna de tus amigas. Morirás como el despojo que eres, con el único objetivo de hacer sufrir a otra persona. —Con el pie la hizo girar en el suelo, dejándola boca arriba para que pudiese mirarlo. —Cuando veas a esa repugnante sangre sucia entrar por esa puerta, recuerda que estarás cayéndote de la cuerda floja y que te quedarán segundos para abrazar el suelo.

La miró con rabia, para entonces colocarse bien la gabardina.

Y no seas tú quién te equivoques: si estoy ahora mismo aquí a punto de matarte no es gracias a Lehmann. No es la responsable de que yo esté vivo, por mucho que quieras engañarte a ti misma. —Lehmann le había dejado morir y lo había conseguido. Los únicos responsables de que estuviese 'vivo' eran los vampiros de ese hotel y nadie más. No pretendía otorgarle ese honor a la legeremante, por mucho que Edevane la tuviera idealizada como alguien sin maldad alguna.

Después de eso, se giró y caminó hacia la puerta.

Deja que se pudra en su propia miseria —le dijo a Ashworth, quién se levantó del sillón y persiguió a Zed, saliendo de la habitación y dejándola sola.



Sam J. Lehmann

Intentó contactar con Caroline desde que volvió a su casa, pero no cogió el móvil. Acudió a los espejos comunicadores, pero los había dejado en el interior de algún bolso y era inútil. Le escribió en el WhatsApp, diciéndole que Gwen estaba en peligro y que iba a ir a ayudarla, pero no iba a esperar en absoluto a que contestase. Aún recordaba lo mucho que pesaba un minuto en el hotel Necrópolis en compañía de los Crowley y, si estaba en su mano evitar que Gwen tuviese que vivir eso aunque fuese un minuto menos, haría lo que hiciese falta.

Cogió todo lo que pudiese hacerle falta y volvió a desaparecerse, cerca de la ubicación de aquel despreciable hotel. Caminó hacia allí siendo muy consciente de que había un cien por ciento de posibilidades de que fuese una trampa, ¿pero sabéis lo que le importó? Absolutamente nada. La verdad es que en aquel momento no estaba usando la inteligencia que compartía con Rowena Ravenclaw, ¿pero cómo podía pensar con raciocinio en esa situación? No podía, no podía pensar con la razón imaginándose a Gwendoline en compañía de los Crowley y es que no sabía quién la había capturado, pero había conocido a tres Crowley y los tres eran unos monstruos. No podía ni siquiera tener una visión más positiva de la situación, pues a cada cual había sido peor. Así que caminó, directa a la trampa, sólo porque allí estaba Gwen. Si podía ayudarla y ambas salir vivas, bien. Si no podía, suplicaría a que se llevasen su vida que es la que querían, por la de ella; estaba dispuesta a pasar por lo mismo que la última vez y peor sólo por ella. Y si todo aquello era una artimaña y realmente mataban a Gwen—opción que era incapaz de pensar—, tenía bien claro que no iba a salir con vida de ese hotel ella tampoco. Pero una cosa estaba clara: no iba a quedarse de brazos cruzados mientras Gwendoline, que nunca tuvo nada que ver, paga por sus errores y por los fantasmas que dejó en el pasado.

Estaba a una manzana del hotel y llevaba la mano en el bolsillo de su chaqueta, en donde sujetaba fuertemente su varita. Tragó saliva al ver el hotel de lejos y continuó caminando aunque el miedo se aferrase a su huesos.


__________________________

Unos quince minutos después de que Zed y Caiden abandonasen a Gwen en aquella habitación, en mitad de un silencio sepulcral, la morena pudo sentir como los grilletes que apresaban sus extremidades se aflojaban y se abrían por arte de magia, dejando todos sus movimientos a libertad.

Posiblemente no entendiese nada, menos todavía debió entender cuando el pestillo de la puerta sonó y ésta se abrió un poco de manera muy siniestra. Sin embargo, pasaron los segundos y por esa puerta no entró absolutamente nadie: también se había abierto mágicamente.

Zed había dicho que por esa puerta entraría Sam, pero nada más lejos de la realidad, por allí no entró nadie. Ni por el silencio que había, pareciera que fuese a entrar nadie.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane Hoy a las 3:50 am

Cuando Zed soltó su muñeca, además de sentir un gran alivio al dolor que hasta entonces le producía el contacto de aquel hombre, Gwendoline no supo qué pensar de la actitud del hermano menor de los Crowley: quizás se había tragado su farol, o quizás no. Fuera como fuese, su situación seguía siendo igual de mala que al principio.

O quizás ahora fuera incluso peor.

Ambos captores guardaron silencio, y por un momento, Gwendoline no supo qué hacer. Se mantenía de pie, los brazos ligeramente levantados en una actitud defensiva. No debía ofrecer precisamente su mejor aspecto: su rostro manchado de sangre, a la cual se había pegado su pelo moreno; los ojos acuosos y enrojecidos por el llanto; su cuerpo tembloroso, como si fuera muy pequeña ante aquellos dos hombres.

Y entonces, llegó la revelación: Zed no se lo había creído, y ella sintió cómo el mundo se le caía a los pies.

—No te...—Fue todo lo que fue capaz de decir antes de que el Crowley le cruzara la cara con tal fuerza que sus piernas ya no la sostuvieron más.

Cayó hacia un lado, incapaz de frenar la caída de ninguna manera. Su cara golpeó contra la alfombra, que por suerte era mullida, pero igualmente sintió el sabor de la sangre en la boca.

Zed no estaba contento con aquel intento de engaño, y si bien Gwendoline podría haber insistido en su historia falsa… simplemente no se sintió capaz. El valor del que se había armado para intentar convertirse en mártir se evaporó en el momento en que Crowley la golpeó, y quizás muchos pudieran reprocharle que no fuera más valiente. Pero esos que se atrevían a juzgar… ¿se habían visto alguna vez en semejante situación?

Cuando su captor la puso boca arriba con su pie, como si no mereciera la pena tocarla con una mano, colocó los brazos por delante de su rostro en actitud defensiva, temiendo que algo peor estuviera en camino.

Y sin embargo, no la golpeó más: se limitó a escupir sus palabras, palabras ofensivas que en otro momento habrían hecho hervir la sangre de Gwendoline. Sin embargo, en aquellos momentos lo único que quería era descubrir que aquello no era más que una pesadilla… y despertar.

Cuando el menor de los Crowley se quedó sin nada que decir, abandonó la habitación en compañía de su socio, cerrando la puerta tras de sí. Solo entonces Gwendoline se atrevió a moverse de nuevo, rodando para volver a la posición en que había aterrizado en el suelo tras el golpe de Zed. Utilizando sus brazos, incorporó el tronco mientras sus piernas permanecían desmadejadas a un lado.

Ahora que estaba sola, con la mirada clavada en la misma alfombra que Sam había tenido que ver durante la tortura sufrida a manos de aquel mismo hombre y su hermano, Gwendoline se permitió por fin venirse abajo. Había derramado lágrimas antes, durante la tortura y por puro miedo, pero no había llorado abiertamente; sin nadie más que ella misma en aquella habitación, la morena cerró los ojos y empezó a sollozar de manera violenta, hasta el punto en que le dolía la caja torácica cada vez que tomaba aire.

Había llorado muchas veces en su vida, pero aquella era la primera vez que lloraba ante la certeza de que iba a morir.


***

No podría precisar cuánto tiempo la dejaron sola exactamente: resultaba muy difícil seguir calculando el paso de los minutos en su actual estado.

Cada sonido que escuchaba al otro lado de la puerta—real o imaginario—la llevaba a pensar que Crowley y Ashworth estaban de vuelta para terminar el trabajo de una vez. Y en cada una de esas ocasiones, la morena se preguntaba cómo habrían decidido acabar con su vida.

¿Lo harían de una manera rápida, quizás? ¿De tal manera que ni siquiera se daría cuenta? Por algún motivo, encontró descorazonadora aquella posibilidad. Después de todo, ¿qué podía haber peor que una muerte repentina? Que su vida se detuviera en medio de un pensamiento cualquiera y luego… nada, solo negrura.

¿Pero era acaso mejor que lo hicieran de una manera lenta y dolorosa? ¿Irse del mundo gritando y suplicando clemencia?

Gwendoline llegó a la conclusión de que no había una manera bonita de morir, y de que no quería morir. Y sin embargo, la parte más racional de su mente se lo estaba dejando muy claro: No te queda otra, bonita. No creo que Crowley estuviera tirándose un farol, como el tuyo.

Hizo un débil intento por liberarse, tratando de alguna manera de forzar los grilletes de sus muñecas. Fue inútil, por supuesto, y lo único que consiguió fue hacerse daño en los dedos. Una de sus uñas, incluso, se partió y astilló de manera dolorosa, y un hilillo de sangre brotó de la unión entre esta y la piel del dedo.

Así que se limitó a sentarse allí, rodeando sus piernas flexionadas con los brazos, y hundiendo el rostro entre las rodillas. Para entonces ya no lloraba, y su mirada permanecía fija en la puerta por la que entrarían Zed y su compañero, una vez el primero decidiera terminar con todo.

Clack.

El primer chasquido metálico la sorprendió por lo fuerte que había sonado en el silencio de la habitación, y al principio no lo ubicó.

Entonces, el grillete de su muñeca izquierda se soltó como por arte de magia. La cadena cayó al suelo con un tintineo, y entonces, sucedió lo mismo con el resto de sus ataduras. La morena no comprendía nada, y no pudo hacer más que mirarse, incrédula, las muñecas lastimadas e inexplicablemente liberadas.

—¿Qué…?—Fue todo lo que fue capaz de verbalizar con su lengua reseca y sus labios agrietados por la deshidratación, antes de que un nuevo chasquido metálico le llegara desde la puerta.

La lámina de roble macizo giró sobre unos goznes chirriantes, abriéndose aparentemente sola. Gwendoline adoptó una posición defensiva de manera instintiva, creyendo que uno de aquellos dos monstruos entraría y reanudaría lo que el compañero de Zed había dejado a medias con su llegada. Pero no: allí no había absolutamente nadie, solo el pasillo tenuemente iluminado.

Es una trampa, le dijo su mente, sin ser consciente de que en otro lugar, no muy lejos de allí, Samantha pensaba exactamente lo mismo que ella. Es una trampa y quieren que caigas en ella.

Sí, era muy posible que fuese una trampa, y lo tenía claro. Pero, por otro lado… ¿y si no lo era? A fin de cuentas, Charlie había ayudado a Sam a escapar. ¿Era posible que Gwendoline estuviera teniendo la misma suerte, después de tanta mala suerte, que Sam había tenido en su momento? ¿También ella tenía un ángel de la guarda detrás de cada esquina de aquella maldita ciudad?

No se detuvo a pensarlo demasiado, y en la medida de sus posibilidades, Gwendoline se puso de pie. Fue una tarea que le costó mucho esfuerzo, y una vez estuvo de pie, sentía las piernas flojas y temblorosas. Su cabeza dio vueltas, y supo que se debía a la deshidratación: su cuerpo había sido sometido a mucho estrés, había sudado y había perdido líquidos. Con lo que tendría que ir con mucho cuidado si no quería desmayarse.

No abandonó la habitación de inmediato, sino que se detuvo brevemente en el escritorio. Trató de abrir los cajones, pero no dio resultado: estaban cerrados con llave.

—Vamos...—Murmuró, frustrada. Quería saber si en su interior guardaban algo que pudiera utilizar como arma.

En un intento desesperado por abrir aquellos cajones, Gwendoline recordó las palabras de Hiroshi Tahiri, el antiguo maestro de Artemis Hemsley: La magia forma parte de ti, y una varita es un mero tótem que te ayuda a canalizarla. Una bruja debería ser capaz de utilizar la magia sin ayuda de ningún elemento externo. Decidió que no perdía nada por probar.

Alohomora.Pronunció en voz baja, intentando emular la floritura que normalmente ejecutaba con la varita, utilizando su mano derecha vacía. Sobra decir que no sucedió nada, y Gwendoline lo dejó por imposible.

Salió a un pasillo iluminado por una cálida luz que procedía de un par de grandes lámparas de cristal que pendían del techo. Quizás en otro momento, en otras circunstancias, se habría parado a contemplar y admirar el gusto con que estaba decorado aquel pasillo, pero en aquel momento poco o nada le importaba: tenía que huir, y si podía hacerlo antes de que Sam llegara, mejor. No quería que su novia acabara una vez más en manos de Zed Crowley.

Caminó por el pasillo paso a paso, todo lo rápido que su cuerpo le permitía, y sin separarse de la pared en la cual se apoyaba con uno de los brazos, a fin de evitar caerse. Su corazón latía acelerado, y le dolía mucho la cabeza con cada latido, cosa que no la impidió seguir moviéndose.

Unos metros más adelante, había una bifurcación en forma de ‘T’, y en la pared que tenía al frente había una pintura al óleo de gran tamaño, que representaba una escena de lo que parecía ser una cacería de zorros: hombres a caballo, armados con lanzas y mosquetes, perseguían a un grupo de pequeños animales a través de la ladera de un monte.

Hacia la izquierda, el pasillo daba a más habitaciones, y hacia la derecha ocurría lo mismo, con una diferencia: al fondo del pasillo de la derecha había un ascensor, de esos clásicos con una aguja sobre las puertas que señala el piso en que se ha detenido. Se encaminó en esa dirección sin siquiera darse tiempo a pensarlo. Recorrer aquel pasillo le llevó la friolera de un par de minutos, tiempo que no podía permitirse perder.

De nuevo, de manera demasiado oportuna como para ser casualidad, las puertas del ascensor se abrieron una vez que Gwendoline llegó a ellas, y la morena sopesó la posibilidad de utilizar las escaleras en su lugar. Sin embargo, no tardó demasiado en decidirse: estaba en muy malas condiciones como para utilizar las escaleras.

Con ese motivo, Gwendoline Edevane se introdujo en el ascensor y pulsó el botón que correspondía a la planta baja. Las puertas no tardaron en cerrarse, y el ascensor descendió de manera horriblemente lenta.
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