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Dreams for a better future // Sam & Gwen

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm

Dreams for a better future // Sam & Gwen 23UILS8
Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
Dreams for a better future // Sam & Gwen AIKLfZb


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Feb 19, 2019 8:49 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Feb 09, 2019 2:44 pm


Durante todo este tiempo en donde el Ministerio ha estado en manos de los Mortífagos, Gwendoline había tenido la suerte de poder conservar su vida, sin embargo, tarde o temprano su relación con los enemigos de la ley, como era en este caso Sam, iban a terminar por hacer que su coartada cojease de alguna pata. Por fortuna para ella todavía no había llegado a tal límite, pero sí a ese momento en donde una no se puede sentir ni a salvo en su propia casa porque sabes que hay enemigos que saben en dónde vives, pues dar con la dirección de una casa en el Ministerio es demasiado fácil. Y no había nada más injusto, ni más horrible, que entrar con miedo a tu casa y no poder dormir tranquila. Era cierto que la amenaza de Hemsley había sido eliminada, pero teniendo en cuenta la cantidad de contactos que tenía, era inevitable seguir sintiendo el terror en los huesos, tanto por ella como de cualquier otro enemigo. Después de todo, sabían que de la noche a la mañana, las vidas que tenían podían cambiar y un nuevo enemigo podía aparecer, tirándoles todo lo que tenían por la borda. Quizás otras personas no, pero ellas tenían muy claro que un paso en falso, podía acabar con todo lo que habían conseguido este último año.

Pero claro, ¿quién quiere pensar en eso? Nadie, absolutamente nadie. Con las cosas malas que ocurren en el mundo, ellas intentaban buscar soluciones a esas desgracias y seguir adelante. Y en vez de pensar en que un día cualquiera podrían encontrarse de frente a una cazarrecompensas, preferían enfocarse en su propia vida y buscar un lugar en el que sentirse seguras; un nuevo hogar.

Sam la acompañó a ver una casa que había encontrado en Bromley, pues por mucho que hubiese cerrado esa etapa de su vida, era complicado pasar página del todo cuando no te puedes quitar de la cabeza los malos recuerdos de inseguridad de tu piso. Y la apoyó al completo, pues por mucho cariño que le tuviese a ese piso de Gwen, se merecía tener un lugar en donde poder sentirse de verdad segura y estar a salvo. Y la propia legeremante era la primera en quién apostaría por cambiar si eso la iba a hacer sentir mejor y estaría más a salvo.

Después de un pequeño tour por la casa de manos de la señora Ford en el cual Sam se quedó enamorada de tremenda casa, salieron al exterior después de decirle que se lo tenían que pensar. La verdad es que le recordaba muchísimo a la casa que tenía en Finlandia: acogedora, de dos pisos, con unas escaleras aterciopeladas... e inevitablemente le daba muy buenos recuerdos, pues por mucho que su familia se hubiese ido a la mierda, ese tipo de casa le recordaban a un ambiente familiar que siempre había adorado. Entrelazó los dedos de su mano con los de ella, devolviéndole la mirada mientras caminaban. —Tía, está genial... —dijo, soltando aire. —Serán setecientas cincuenta libras, pero para cómo está el precio de las viviendas en Londres, está tirada de precio. Es decir: tu piso te sale casi el doble y por mucho que adore ese piso, es enano en comparación con esa casa.

La verdad es que Sam se había quedado con lo precioso que era el salón, con aquella alfombra grandísima ocupando todo el suelo y la chimenea justo en frente. Ese tipo de cosas le recordaban a la sala común de Ravenclaw, tan cálida y agradecida con el fuego y una manta. No iba a mentir: le había gustado muchísimo la casa. Así que cuando Gwendoline le preguntó que si le gustaría vivir ahí, tuvo clara su respuesta. Eso sí, no cayó en que era una pregunta con segundas intenciones ocultas en dónde su novia intentaba tantear si estaba dispuesta a irse a vivir con ella. Simplemente, respondió: —Ya sabes lo mucho que me han gustado siempre las casas de ese estilo. —Y debía de saberlo, porque siempre que tenía oportunidad en su momento, cuando vivía en su piso, decía que algún día viviría en una casa. ¡Estúpida Sam del pasado, que no valoraba lo que tenía! —Es barata, en un barrio tranquilo, alejada del centro... —Hizo una pausa y se paró, mirando de nuevo a la casa, esta vez un poco más lejos pues habían caminado ya un trecho. —Yo creo que deberías pensártelo seriamente. Es una muy buena oportunidad.

Y Sam también lo había pensado, ojo. La posibilidad de irse a vivir con Gwendoline, aprovechándose del cambio, en donde ambas pudiesen empezar de cero con esa relación y la vida tan complicada que les había tocado vivir. Pero claro, por feo que sonase, había una parte de Sam que se sentía en deuda ‘infinita’ con Caroline por todo lo que había hecho por ella y le parecía de persona desagradecida irse de su casa después de todo. Que le encantaba vivir con Caroline y no tenía queja alguna pero... la verdad es que le encantaría que su cama fuese la misma que Gwen y no tener que ir y venir de una a otra. Es por eso que ni se percató de que en  realidad la pregunta de su ahora pareja iba con esas intenciones. —¿Qué es lo que no te convence? —preguntó, aún parada mirando la casa desde la acera de enfrente.

Estando en Bromley, en un lugar tan alejado y poco famoso en comparación con otras ciudades, se sentía a gusto en mitad de aquella calle. De hecho, parecía una calle tan tranquila y totalmente residencial que en ese momento parecía prácticamente vacía y era solo para ellas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Feb 10, 2019 2:30 am

Una exhaustiva búsqueda en Internet de viviendas disponibles en Londres y sus cercanías había arrojado diversos resultados, y claramente el mejor había sido aquella casita: el precio era, cuanto menos, risible en comparación con el alquiler medio de la vivienda en Londres.

Por ese motivo, Gwen había reaccionado a aquel anuncio arrugando la nariz y frunciendo el ceño. Con la incrédula expresión facial de quien cree que lo que tiene delante es demasiado bueno para ser verdad.

Así que su buen aliado Google le había otorgado la respuesta: Bromley sufría un problema inmobiliario—el cual la morena, temporalmente pelirroja, no entendió muy bien—por el cual los precios solían ser bajos. Ella se había imaginado que la casa tendría desperfectos que arreglar, o algún tipo de pasado siniestro, como en las películas de terror.

Y, sin embargo, la casa parecía en buen estado.

Salvo pequeños detalles—una mancha de humedad aquí, tuberías viejas por allá, un jardín un tanto descuidado—, la casa estaba en perfectas condiciones. Y siendo bruja, los pequeños problemas que pudiera presentar no serían un problema real.

Y esa es otra: te estás dejando unas tres cuartas partes de tu sueldo en el alquiler de tu apartamento actual, pensó Gwendoline cuando Sam remarcó ese dato.

La lógica decía que la pequeña casa era, precisamente, lo que necesitaba: alejada del centro neurálgico del actual gobierno del mundo mágico, lo suficientemente pequeña para ser acogedora y lo suficientemente grande para tener mucho espacio, en un barrio que parecía tranquilo, con un garaje donde guardar el coche de su madre y, lo más importante, nadie sabría que vivía allí porque estaría a nombre de una tal Ava Jones.

—Pues...—Gwendoline dejó escapar un suspiro, al tiempo que miraba la casa desde la lejanía. Era tan condenadamente hermosa como una obra de arte. Quizás exageraba un poco debido a lo mucho que le había gustado.—No sé. Supongo que me cuesta desprenderme de ese apartamento. Llevo tantos años viviendo ahí...—Sonrió, dejando escapar el aire entre sus dientes en lo que podría haber parecido una leve risa; entonces, miró a Sam.—Me gusta mucho, la verdad. Y teniendo en cuenta todo lo que ha pasado últimamente, un cambio de aires no me vendría nada mal.

Gwendoline paseó la mirada por el lugar, y de nuevo se maravilló de su aspecto: un pequeño barrio residencial muy parecido a esos que se veían en las películas estadounidenses, apacible y tranquilo. Seguro que a la luz del día, aquel lugar sería incluso más bonito, y la morena no pudo evitar imaginarse a niños jugando, correteando detrás de un balón o pedaleando en sus bicicletas, riendo constantemente.

—Da la impresión de que aquí no ocurre nada, nunca. Y por raro que pueda sonar, me gusta la idea de vivir en un sitio así.—Reflexionó, sin dejar de mirar la calle, cuando una sonrisa apareció en sus labios.—Podríamos dar paseos en bicicleta por aquí.

No se imaginaba teniendo miedo en aquel lugar. No se imaginaba que existieran como Artemis Hemsley, claro que no: la gente como ella vivía cerca del Ministerio, cerca de la cuna del mal. ¿Quién podría vivir allí, sino muggles y, quizás, algún mago que simplemente busca vivir tranquilo?

—Tú...—Se volvió hacia ella, tomándola de las manos y, pese a que intentó mantener la mirada fija en sus ojos, ésta terminó posada sobre las manos entrelazadas de ambas.—¿...has pensado alguna vez en la posibilidad de que vivamos juntas? Es decir, antes era absurdo: moverse de una casa a un apartamento pequeño...—No tenía muy claro lo que estaba diciendo, pero claramente no se estaba expresando bien. Así que se forzó a alzar la vista, y a decir las cosas como las sentía.—Lo que quiero decir es que me gustaría proponerte que vivamos juntas. Y esta casa… la verdad es que me parece ideal.

Y Gwendoline fue capaz de mantener la mirada fija en la de su pareja exactamente tres segundos; después de eso, terminó bajándola de nuevo, poniéndose roja y sonriendo como una estúpida. A fin de cuentas, se sentía estúpida por la manera en que lo había dicho.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Feb 12, 2019 5:36 pm

La entendía muy bien. Desprenderse de un lugar que ha sido tu casa por más de ocho años era complicado, sobre todo teniendo en esa casa recuerdos tan buenos. Y no sabía cuáles pesaban más en Gwendoline actualmente con respecto a su piso, si los buenos o los malos más recientes, pero Samantha tenía muy buenos recuerdos de esa casa: desde el día uno en el que su amiga tuvo que dejar la residencia universitaria para independizarse, hasta el día en que la besó por primera vez en ese sofá que le había acompañado a comprar. Pero vamos, teniendo en cuenta todo lo que había pasado, apostaba con que a Gwendoline le pesaban más los malos recuerdos recientes y, sobre todo, la dichosa incertidumbre de que alguien tuviese tan fácil dar con su domicilio.

Le sonrió por sus palabras, acariciando su brazo. —Bueno... no es el mejor motivo para cambiar de casa, pero sí que es el mejor momento, ¿no crees? —Ya no sólo por ese miedo, sino sencillamente para poder tener una vida sin estar controlada por un gobierno que claramente es el enemigo, cosa que podía evidenciarse—Merlín no lo quisiera—en cualquier momento. —Quiero decir... no quiero escupir al aire, pero alquilando la casa a otro nombre es prácticamente imposible que descubran que vives aquí. Y te sentirás segura.

A ella también le daba la misma sensación que a ella: la de un lugar terriblemente tranquilo, en dónde es igual de probable ver a niños jugando en la calle como personas paseando al perro. No verías coches yendo rápido, ni personas haciendo escándalo, ni mucho menos peligros del mundo mágico. Daba la sensación de ser un lugar residencial perfecto en dónde todo es normal. Y no veas lo mucho que a Samantha le llamaba un lugar sencillo y cargado de normalidad. Que cualquiera ahora mismo podría criticar sus sueños, pero ella ahora mismo se conformaba con llegar a un estado en donde todo pudiese ser normal.

Gwendoline sujetó entonces sus manos mientras todavía miraba la casa, aunque su tono suave y dudoso hizo que los ojos de Sam se fijasen en ella; tímida. ¿Cómo no iba a pensar en la posibilidad de vivir juntas? Ya no solo porque habían comenzado una relación, sino porque ya estaba claro por su pasado que sabían convivir juntas y precisamente a Sam le habían encantado todos los años que compartió habitación con ella.

En un principio se limitó a mantenerle la mirada, pero cuando la apartó, Sam también sonrió. La verdad es que se puso hasta un poquito nerviosa, pero no porque tuviese dudas con respecto a irse a vivir con Gwendoline, sino más bien por todo lo que había que hacer de por medio: como sentirse una persona horrible por irse de casa de Caroline. Eso. Pero dejó eso de lado y decidió hablar realmente por lo que sentía, independientemente de ese pequeño dato que estaba ahí pero tampoco era tan importante. —Cada vez que me meto en mi cama, me tapo y cojo el móvil para mandarte un WhatsApp para darte las buenas noches, pienso que por qué narices no duermo contigo todas las noches —le confesó, divertida, para luego añadir: —Por eso después de darte las buenas noches tardo dos segundos en decirte que si voy a tu casa y tardo otros dos segundos en entrar por tu puerta y meterme en tu cama. —Y se encogió de hombros, como si no tuviese remedio su comportamiento cada noche que, por la razón que fuese, cada una se metía en su cama por separado. —Así que sí: lo he pensado mucho. —Susurró entonces tras una leve pausa, inclinándose hacia ella. —Y sí... me gustaría mucho vivir contigo y empezar una nueva etapa a tu lado. —Se mordió ligeramente el labio inferior, ilusionada.

Dejando de lado el motivo por el cual se sentía mala persona, la proposición de Gwendoline le hizo muchísima ilusión. En una relación sentimental normal quizás el hecho de irse a vivir juntos era un paso muy importante, pues marcaría un punto importante de convivencia, pero precisamente entre ellas dos eso ya no era un problema, pues habían tenido años para conocerse y vivir juntas. Le había hecho especial ilusión porque era empezar de cero en un lugar nuevo, porque pese a que ella supiera que a Gwendoline no le importase su condición de fugitiva, era arriesgarse por ella y siempre era bonito que tus ‘cosas malas’ pasasen desapercibida para aquellas personas que te quieren y a los que tú quieres. Le había hecho ilusión porque la quería muchísimo y ese paso era un paso que jamás en su vida había dado; un paso muy serio y, teniendo en cuenta su vida actual, muy importante. Algunos dirían que incluso es muy pronto, pero por favor, se conocían desde hacía mil años. Más que pronto, lo correcto sería decir que todo llegaba tarde.

Soltó una de sus manos para mantener solo una de ellas, guiándola junto a ella para continuar caminando. —Aunque vamos a tener una tarea importante que hacer si nos mudamos a esta casa… ¿sabes lo que le pesa el culo a Don Cerdito para subir escaleras? —Bromeó, riendo, sin recordar a su cerdo subiendo escaleras en ningún momento, solamente cuando tenía que bajar el escalón que daba al pequeño jardín de la casa de Caroline.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Feb 12, 2019 11:37 pm

Gwendoline no pudo evitar apretar los labios ante la afirmación de Sam: no era el mejor motivo para mudarse de casa.

Era cierto. Era totalmente cierto. Era casi como decirle a todo el mundo mágico actual que estaba bien, que ellos ganaban. Era como rendirse, ni más ni menos. Y, sin embargo, parecía la única opción para seguir teniendo una existencia medianamente tranquila.

Y esa era otra: en el momento en que empezase su nueva vida en aquel vecindario, dejaría de llamarse Gwendoline Edevane. Se llamaría Ava Jones, y si bien en cierto modo le parecía perfecto convertirse en una muggle más, se hizo la única pregunta lógica: ¿Seré capaz de vivir una mentira para siempre? Porque sí, sería para siempre: una vez se presentase como Ava Jones, no habría vuelta atrás.

Posó la mirada sobre los ojos que la habían enamorado. Y entonces lo tuvo claro: le daba igual el lugar, la casa o la identidad bajo la cual residiera, siempre y cuando fuera con ella.

—Creo que sí.—Dijo Gwendoline.—Y si por algún motivo, algún día las cosas se tuercen, no tendré la mala suerte que tuviste tú. Sé que nunca te he preguntado al respecto, pero… tuvo que ser duro abandonar apartamento. Te gustaba mucho.

Y sí, Gwendoline era perfectamente consciente de que Sam, de todo lo que había tenido que sacrificar cuando el gobierno cambió y empezó a ser considerada una criminal, lo que menos había echado en falta había sido su casa.

Pero una casa propia era una casa propia, después de todo: con el tiempo, acababa convirtiéndose en una especie de templo, de punto de referencia cuando el mundo no dejaba de moverse. Por eso una persona podía sentirse tan insegura cuando su hogar ya no era seguro. Porque nuestros hogares, a fin de cuentas, acababan convirtiéndose en parte de nosotros mismos.

Y por supuesto, Gwendoline no podía imaginarse una persona mejor que Samantha Lehmann para compartir su nueva vida.

No sólo había sido la mejor amiga que jamás había tenido nunca, sino que había sido capaz de abrirse paso hacia su corazón, derritiendo el hielo que lo rodeaba. Se había convertido en alguien de quien se sentía incapaz de desprenderse, y con quién se imaginaba envejeciendo, si es que tenían la suerte de llegar a viejas.

Por ese motivo, y por difícil que le resultase aquello, le hizo una proposición seria: compartir aquella casa. Compartir su vida. Se imaginaba que existirían algunos pormenores a tener en cuenta—Caroline Shepard el que más—, pero lo veía totalmente plausible: ellas dos, bajo identidades falsas, teniendo unas vidas perfectamente normales, alejadas de toda la locura del mundo mágico. La sola idea llevaba a Gwendoline a pensar seriamente en dejar su empleo en el Ministerio y vivir como una muggle más.

O lo pensaría, al menos, en un mundo ideal.

Para su sorpresa, en la voz de Sam no hubo asomo alguno de duda cuando respondió: le gustaba la idea, y lo mejor de todo es que lo había pensado tantas veces como la propia Gwendoline.

La morena—la falsa pelirroja, en esos momentos—sonrió como una niña pequeña, volviendo a mirar a Sam. Se sentía aliviada, pues temía que fuera demasiado pronto.

—Bueno, la verdad es que tener una cama que sea de las dos al fin suena muy… bien.—Gwendoline lo dijo con una nota pícara en su voz, a pesar de que aquello no se le daba bien, y a pesar del hecho de que ambas iban con mucha calma en ese tema teniendo en cuenta los problemas que ambas experimentaban en ese aspecto. Porque sí: ser primeriza en materia sexual no hacía sencilla la tarea de intentar tener sexo con la que hasta hacía unos meses era su mejor amiga.—No sabes tú bien la ilusión que me hace poder vivir contigo. ¿Me recuerdas por qué nos empeñamos en vivir en apartamentos separados cuando nos graduamos?—Bromeó, pues en realidad no necesitaba que nadie le recordara el motivo: cabezona como era, Gwendoline se había propuesto vivir por su cuenta, sin nadie más, al graduarse en la universidad.

Estúpida cría de veintidós años que no entendía la vida…

Reanudaron la marcha, sin demasiada prisa, hacia el lugar desde el que se desaparecerían, y cuando Sam hizo aquella broma sobre Don Cerdito, Gwendoline se rió, divertida. Y eso no fue lo peor: se imaginó a Elroy, su lechuza, enfrentándose al difícil reto de volar escaleras arriba, y por algún motivo se imaginó a ese ser alado cubierto de plumas teniendo problemas con semejante tarea.

—¿Crees que ese será el problema? Yo pensaba que el problema que tendría sería que no saldría del jardín.—Rió Gwendoline, tapándose la boca con la mano libre, mientras visualizaba al pequeño cerdito retozando en medio de la hierba, especialmente en los días de lluvia.—Por cierto, si nos decidimos a alquilarla al final, debemos preguntar a la señora Ford si podemos colocar una valla alrededor del jardín. No me gustaría dejar jugando a Chess, Don Cerdito o Don Gato ahí sin ningún tipo de protección. Y ni hablar de Lenteja, que supongo que alguna vez vendrá de visita...

Y allí estaban ellas dos, paseando por la calle, despreocupadamente, haciendo planes de futuro para una casa que ni siquiera habían alquilado todavía. El porvenir parecía un poco más brillante que el día anterior.

Por suerte para ellas, pudieron disfrutar de aquel momento sin reparar en la presencia que las amenazaba en la distancia.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Feb 13, 2019 2:38 am

La verdad es que abandonar el apartamento no fue duro, fue echarlo de menos después. Cuando recibió el aviso de Sebastian para que huyera y se escondiera, ni tiempo tuvo de preocuparse por tener que irse de la casa, pues siendo sinceros: ni lo pensó hasta que se vio sin tener a dónde ir. Pero era cierto que echaba muchísimo de menos su antiguo piso, pequeño pero funcional. Siempre le había tenido un cariño especial por ser su primer hogar que pudo pagarse ella sla, pero podría decirse que después de seis meses viviendo en una tienda de campaña, ya dejó la nostalgia a un lado y lo dio totalmente por perdido.

Se mojó los labios antes hablar. —Las primeras semanas, incluso los primeros meses sí fue más duro. Adaptarse a vivir en una tienda de campaña era complicado, no terminas de considerarlo un hogar, así que echaba de menos mi piso. Pero si te digo la verdad, cuando me tuve que ir por primera vez, ni caí en la cuenta de que nunca más volvería a poner un pie en él. —Siempre lo decía: era injusto que una persona tuviera que renunciar a su hogar, cuando a eso nadie debería poder renunciar nunca. Ella había tenido la suerte de tener una tienda con la que sobrevivir, por mucho que al principio le costase, pero había gente que ni eso. De hecho, recordaba perfectamente lo mucho que le costó las primeras semanas, sintiéndose perdida en medio de ningún sitio... Y en mitad de toda esa situación, incluso había sopesado la idea de volver a donde Gwendoline sólo para no sentirse sola. Sonrió en ese momento, frente a ella, al recordar aquella noche en donde en un arrebato de valentía y nostalgia se había colado en la casa de su amiga, se había acostado en el sofá y... se había ido arrepentida desde que escuchó que llegaba. Nunca le había dicho nada de eso a ella, por lo que vio en ese momento una oportunidad. —¿Sabes? —Creó ella misma una pausa para introducir el tema. —A las dos semanas de que el gobierno cambiase, quizás a la tercera, no lo recuerdo bien... El caso es que a las pocas semanas me sentía tan perdida, sola y con ganas de sentirme en casa en algún lugar, que fui a tu casa. Me auto-convencí pensando que recuperarte era una buena idea, pero cuando llegué no estabas. Me acosté en tu sillón a esperarte hasta el punto de que me quedé dormida, pero cuando escuché que llegabas me fui como una vil cobarde. —Y sonrió, intentando que la historia sonase divertida. —Caí en la cuenta de que era EL PEOR—enfatizó dicho dato—momento para recuperarte y... huí.

Se había encogido de hombros después de decirlo, frunciendo los labios. Pocos lugares reconocía Sam como un hogar y en aquel momento probablemente el único plausible era el de Gwendoline. Había obrado de manera arriesgada al ir a casa de su amiga, pero había sido en un momento de desesperación y agradecía haber tenido el temple para haberse ido antes de meterla en un problema. Pero vamos, en ese momento mantenerse alejada de lo que siempre quiso era difícil y ahí estaba el vivo ejemplo de ello.

¿Que si sonaba bien lo de tener una cama que tuviese sus nombres? Sonaba de maravilla. Y mejor sonaba si era Gwendoline quién lo decía con esas palabras y ese tono. Iban con paso lento en ese tema, porque entre que la 'experimentada' se cohibía muchísimo y que para una novata dar ese tipo de pasos con su mejor amiga era complicado... la cosa iba pausadamente. Sin embargo, cada vez que se besaban y la cosa ardía entre ellas, llegaban un poquito más lejos y al menos Sam, poco a poco, derribaba sus propios muros junto a ella, queriendo cada vez llegar más lejos y tener más de ella. Y es que a medida que pasaba el tiempo se estaba dando cuenta de que el deseo que tenía por la chica que tenía delante crecía de una manera terrible y su cuerpo lo notaba, pidiéndola cada vez más alto. —Suena muy bien —le respondió, hundiendo con cariño y algo juguetona sus labios en su cuello, a través de su pelo pelirrojo, con intención de besarla y hacerle cosquillas.

Sam tenía otro recuerdo de cuando se graduaron en la universidad y se fueron a vivir en casas separadas. No es que se empeñasen en vivir separadas, sencillamente las cosas habían surgido así por las circunstancias. —No fue tan así, no sé —respondió. —Recuerda que tú te graduaste un año antes que yo y yo ya ese año estaba a media jornada en la biblioteca para ganarme algo de dinero mientras me terminaba la carrera. Así que cuando me gradué yo y tras un año de tu tan preciada independencia... pues me busqué yo mi piso aprovechando lo ahorrado y la ayuda de mi padre. —Y Sam lo vio así y, en su momento, ni se le ocurrió proponerle a Gwen vivir con ella, sencillamente porque esa casa se había convertido en su casa y después de un año sola, ¿quién quería de nuevo a un compañero de piso con el que no poder ir desnuda por ahí? Además, a Sam le costó mucho conseguirse ese pisito cutre y le hacía mucha ilusión independizarse de verdad y sobrevivir por sí sola.

Que vamos, seguramente si Gwen le llega a decir algo de compartir piso hubiera aceptado sin dudarlo, pero no se dio el caso y no se arrepiente de ninguna de sus decisiones.

Cuando habló de la valla y de que Lenteja vendría de visita, volvió a darle una de esas punzadas de culpabilidad. Porque claro, Lenteja en realidad había sido un regalo de Caroline para Samantha por su veintiocho cumpleaños, pero la rubia tenía claro que si se iba de la casa, esa perra se iba a quedar con Caroline sin duda alguna. Bastante mal se sentía, al menos dejaba a su amiga con la compañía perruna más alegre del universo. Sí, Sam, tú convéncete de que eso es suficiente...

Continuaron caminando hasta el callejón, sonriente. —La verdad es que parecía una señora bastante despreocupada por los cambios, yo creo que mientras no le peguemos fuego la casa y nos encarguemos de los cambios nosotras, no le va a importar que hagamos lo que creamos que haga falta, sobre todo eso que al final solo es más seguridad para la casa —le respondió, sin poder evitar imaginarse a los animales correteando por el jardín mientras Don Gato los miraba con cara de pocos amigos desde la ventana. —Pero bueno, Gwendoline, ya me estás haciendo pensar en mudanzas y cambios en la casa, ¿te crees que tu novia está en condiciones de mudarse a estas alturas de su vida? ¡Que trabajo en una cafetería! —Se quejó en broma y divertida, prácticamente al lado del callejón. —¿No hay ninguna otra casa que quieras ver o esta era la última de las que habías buscado?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Feb 13, 2019 9:20 pm

Resultaba sorprendente pensar que, después de tantos años juntas, Sam y Gwen todavía seguían descubriendo pequeñas cosas la una de la otra, aún a pesar de lo bien que se conocían.

Para la morena, concretamente, muchas de las vivencias de su pareja en su etapa como fugitiva seguían siendo todo un misterio, y poco a poco iban saliendo a la luz. Y no la presionaba: se imaginaba que para Sam era muy difícil hablar de aquella época, pues mientras que otros fugitivos simplemente tenían que luchar para sobrevivir y esconderse, Sam debía plegarse a los deseos de alguien que manejaba sus hilos.

Sin embargo, la ahora pelirroja frunció el ceño al conocer aquella anécdota de aquella etapa tan oscura del pasado de la rubia: al poco tiempo de convertirse en fugitiva, había estado en su casa… y se había marchado.

Se detuvo a escuchar sus palabras, un tanto confusa, y si bien por un momento no supo cómo sentirse al respecto, terminó tomándoselo con filosofía: había sido lo correcto, como ya le había dicho alguna que otra vez antes. A Gwen le había costado asimilar aquello, pero era la realidad. Una situación imposible manejada de la mejor manera.

Y aún así...

—Quizás fue la mejor decisión, porque si te llego a descubrir en mi apartamento entonces, no te habría dejado ir nunca más.—Dijo con toda sinceridad, poniéndose quizás un poco más seria de lo que pretendía. Al momento, suavizó la expresión de su rostro con una sonrisa, mirando a los ojos a Sam.—Pero bueno, tampoco es que sirva de mucho pensar qué habría pasado si te hubieras quedado, ¿no? Al final...—Iba a decir que al final, las cosas habían acabado bien, pero enseguida se mordió la lengua: no tenía muy claro que ‘bien’ fuera la palabra correcta para definir todo lo que había tenido que soportar ella.—...al final volviste, y ahora eres mi novia, y soy la chica más feliz del mundo.—Añadió, con una sonrisa más amplia, mientras reanudaba la marcha sin soltar la mano de Sam.

¿Y qué decir de la idea de tener una cama que de verdad fuera de ambas? La idea se antojaba muy interesante. No sólo por poder dormir juntas sin pensar en la necesidad de marcharse a la mañana siguiente, sino por otras cosas con las que Gwendoline se atrevió a bromear.

Y no era de extrañar que se atreviera: cada vez llegaban un poco más lejos cuando se enredaban la una en la otra. Y cada vez Gwendoline permitía a Sam llegar un poco más lejos, como en esas ocasiones en que la rubia colocaba en un impulso una mano sobre alguna zona sensible suya, ya fuera uno de sus pechos u otro lugar, y la retiraba al momento. Al principio, la morena respetaba estos movimientos involuntarios, dejándola retirarse, pero últimamente llegaba incluso a tomar su mano y devolverla al lugar al que había ido originalmente. A fin de cuentas, si a Sam le apetecía, ¿qué tenía de malo que lo hiciera?

Cerró los ojos y sonrió cuando sintió el cosquilleo de los labios de Sam en su cuello. Era increíble la reacción que le provocaba el mero contacto de esos labios.

—No sabes las ganas que tengo de poner de inmediato una cama en esa habitación.—Dijo Gwendoline, medio en broma, medio en serio, mordiéndose el labio inferior, para luego reír divertida.

Se permitió en ese momento detenerse una vez más en medio de la calle, poner ambas manos en los hombros de Sam, ponerse de puntillas y darle un beso en los labios. Poco le importó lo que pudieran pensar los escasos viandantes con quienes se encontraban, pero seguramente no le daría igual lo que estaba pensando uno de ellos en esos momentos, ni las siniestras ideas que aquella escena formulaba en su mente.

Y allí estaban ellas, haciendo ya planes de futuro con aquella casa con un alquiler tan asequible—especialmente para las dos—, de una manera tan despreocupada que incluso se imaginaban haciendo reformas. O al menos, Gwendoline se imaginó colocando una valla alrededor de aquel hermoso jardín, para que sus mascotas pudieran jugar sin la preocupación de que un coche pudiera atropellar a alguna de ellas.

Sam respondió a la sugerencia de la valla con una naturalidad pasmosa, y por su reacción, sólo se dio cuenta unos segundos después de que la morena ya daba por hecha su vida en aquella casa.

—¡No me culpes por emocionarme! A diferencia de ti, tengo la novia más guapa y sexy del mundo, y estoy ansiosa por pasar el resto de mi vida a su lado. ¡Ah, y también sueño con un huerto de especias, y más ahora que he empezado a abrazar la dieta vegetariana!—Bromeó Gwendoline, que reía tan despreocupada como si el mundo mágico no fuera más que un sueño lejano, a medida que se acercaban al callejón.—Y sí, tengo algunas opciones más en mente. Algunas ya las he visitado por medio de uno de esos tour virtuales, ¿los conoces? Es una especie de composición tridimensional con fotos que puedes ver en las páginas de algunas inmobiliarias.—Gwendoline Edevane: anclada en el siglo pasado.—Los muggles nos llevan años de ventaja en algunas cosas, que lo sepas.—Dijo, a modo de inciso en tono de broma, antes de continuar con lo que estaba diciendo.—Si tienes tiempo mañana, podemos echar un vistazo a otros apartamentos que me han parecido interesantes. Pero déjame que sea totalmente sincera: si alguien alquila esta casita antes que yo, me golpearé la cabeza con una lámpara, igual que un elfo doméstico que ha hecho algo malo.

Llegaron al pequeño callejón desde el que podrían desaparecerse. Se internaron en él, y una vez en posición, Gwendoline miró a la calle desde su posición, descubriendo que no había moros en la costa. Miró entonces a Sam.

—Hora de volver a casa, supongo.—Le dijo con una sonrisa.—¿Te apetece cenar conmigo una pizza vegetariana con mucho queso y muchos champiñones? Podemos invitar a Caroline… ¿o te apetece hacer otra cosa? ¿Tomar algo, quizás, en el Brisbane’s?—Sugirió, convencida de que cualquier plan le parecería perfecto, siempre y cuando fuera con ella.—También podemos dejar todo eso a un lado y besuquearnos como dos adolescentes...

Aquella sugerencia también tenía un componente de broma, pero ciertamente sería una buena forma de cerrar aquel día.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Feb 14, 2019 2:21 am

Habían habido muchos motivos por el cual Sam, en pocos segundos, había decidido irse del apartamento de Gwendoline aquella noche y uno de ellos precisamente era ese: como apareciera delante de su amiga tal cual estaba en aquel momento, rota por todos lados, no la iba a dejar irse e inevitablemente la metería de nuevo en su vida, algo que había estado evitando desde hacía mucho. Para ella fue fácil asumir que haber irrumpido en casa de su amiga en aquel momento fue una malísima idea, por lo que irse fue casi un impulso inmediato. —No lo decía por eso... —Se mojó los labios, haciendo una pausa. Claro que no servía de nada pensar en qué hubiese pasado. La miró contenta ante su última frase, para entonces explicar el por qué de haberle contado aquello: —Necesitaba un hogar y el único lugar en Londres que cumplía con eso para mí era tu apartamento. Nada, simplemente lo decía porque yo también echaré de menos ese lugar cuando lo dejes. Le tengo mucho cariño a tu apartamento —matizó al final, esbozando una sonrisa.

La simple idea de irse a vivir con Gwendoline que le había estado pasando por la cabeza últimamente, ese día parecía haberse formalizado, haciendo que sintiese una ilusión interna muy cálida y agradable. Lejos de las bromas más pícaras con respecto a vivir juntas, Sam tenía muchas ganas de volver a esa rutina de convivencia con Gwen. Desayunar juntas con las legañas en los ojos y la mirada perdida en el tazón de leche de la otra, tirarse en el sofá sin que importe la hora, pelearse por ver quién entra primero al baño, quejarse de nimiedades como quién dejó la leche fuera y al final echarle la culpa a Don Gato... o lavarse los dientes mientras se miran a través del espejo y se sonríen como dos idiotas, haciendo que la pasta de diente se les caiga de la boca... No sé, ¡estupideces! Estupideces que Samantha adoraba y que se moría de ganas por normalizar con Gwen.

Así que claro que se emocionaba y le echaba la culpa a Gwendoline de que de repente le hubiese entrado un subidón tan emocionante. Y vamos, su novia tenía absolutamente toda la culpa del mundo, pues había sido por ella y su proposición que de repente ya no se podía ver en otro lugar que allí, en esa casa perfecta.

La escuchó divertida por su sorpresa con las tecnologías muggles, aunque sobre todo por su aviso, como si Sam no supiese que internet, a ambas, se les quedaba muy grande. Aunque más a Gwen, con su uso nulo del portátil. —En muchas cosas, sobre todo en tecnología, ¿qué tenemos nosotros tecnológico? ¡Nada! —Rió, negando con la cabeza, pues todo lo que más se pudiera parecer se hacía con magia y no con tecnología. —Seguro que la señora Ford dijo lo de los otros interesados para ponernos nerviosas, no te preocupes. —En verdad se lo estaba inventando, pero seguro que era una método infalible para caseros y vendedores de casa, crear competidores inexistentes para estresar al personal. —Pero mañana tengo tiempo, antes de trabajar o a la noche, que tengo turno de tarde. ¡Turno de tarde un sábado! Alfred me odia. —Rodó los ojos tras la queja, pues la verdad es que tenía cero ganas de ir a trabajar un sábado después del hype de lo de la casa. Era cierto que los sábados por la tarde no había mucho trabajo, pero... qué pereza le daba igualmente. —O si no tienes nada que hacer puedes pasarte y lo vemos allí, así nos decidimos lo más pronto posible y nos ahorramos que te auto-lesiones con una lámpara. Y te puedo invitar a un café sin tirarlo al suelo y... a una magdalena. —Eso último lo dijo con picardía, muy divertida, de hecho alzó varias veces las cejas para remarcar la palabra.

Después de aquel 'incidente' con la magdalena y cuando ya habían empezado la relación, habían comentado ese momento en una de esas mañanas de fin de semana en donde ambas pueden pegarse mucho tiempo remoloneando en la cama. Y esa conversación había terminado en pura carcajada. Ahora ninguna de las dos veía a las magdalenas con los mismos ojos. Más adelante sería al pepino, pero por ahora sólo estaba la magdalena.

Llegaron a la entrada del callejón, entrando con disimulo. Siempre le había hecho muchísima gracia el hecho de que los magos utilizasen los callejones para desaparecerse, sobre todo cuando iban en pareja: ¿sabéis lo turbio que queda que una pareja se meta en un callejón oscuro y no salga? No sé, ¿era ella la única que pensaba en muerte o en sexo? Demasiadas películas americanas había visto. Una vez dentro y ya en un buen lugar para desaparecerse, Gwendoline le ofreció las opciones para esa noche y pese a que la idea de besuquearse como adolescentes era sin duda la que más le llamaba, como mañana iba a estar reventadísima del trabajo y seguro que no hacían mucho, optó por la opción más completa. —¿Y qué opinas de ir a cenar esa pizza de queso con muchos champiñones a Albert's, luego te invito a una copa de vino y terminamos en tu casa para besuquearnos como dos adolescentes? —Y con una sonrisa, la besó. —Mañana trabajo hasta tarde, quiero aprovecharte en mi noche libre de cansancio —le confesó, pues ese día lo había tenido libre.

Sí, el horario de Sam era una mierda totalmente arbitraria.

Gwendoline aceptó la proposición, por lo que se desaparecieron a una ubicación cercana a Albert's, un restaurante italiano al que solían pedir normalmente gracias a su variedad vegetariana en el menú. Luego terminaron en el Brisbane's y, bueno, la noche acabó en casa de Gwen, en donde Sam se quedó a dormir como muchas otras noches.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Feb 14, 2019 3:32 pm

Gwendoline sabía que Sam no había sacado aquel pequeño capítulo de su vida como fugitiva a colación en un intento de preguntarse qué habría sucedido si las cosas hubieran sucedido de otra manera. Lo sabía bien, y sabía que era un pequeño añadido al hecho de que el apartamento en que actualmente residía la morena era uno de sus lugares favoritos en su día.

Sin embargo, ella no había podido evitarlo: de no haber atajado el tema de aquella manera, cabía la posibilidad de que se pusiera triste.

Y es que aquí va una pequeña curiosidad respecto a Gwendoline Edevane: aunque viva cada día negando las cosas horribles de su pasado, en muchos sentidos es incapaz de desprenderse de ellas.

Por ese motivo prefería evitar ahondar en su pasado en la medida de lo necesario.

—Ya, ya sé a qué te referías.—Dijo ella con una leve sonrisa, mirando al frente mientras caminaban.—Y la verdad es que pensaste bien: ese apartamento es y siempre ha sido tu casa, y lo seguirá siendo hasta que me mude a esa pequeña mansión.—Aseguró ella, exagerando un poco el tamaño de la casa. No era extraño que la considerara una mansión en comparación con su piso. Y mejor no mencionar lo pequeña que se había sentido cuando había pisado por primera vez la mansión de la familia Edevane.

Gwendoline tenía en su lista de posibilidades unas cuantas direcciones que le gustaría visitar, y aún a pesar del hecho de que muy seguramente acabaría decidiéndose por la que acababa de visitar, no perdía nada por mirar otras opciones.

Sin embargo, había hecho su trabajo de investigación personal, al nivel de una usuaria poco habitual de Internet: había hecho ‘tour virtuales’ por distintos apartamentos, si es que la inmobiliaria ofrecía dicha opción en su página web, y había mirado fotografías en los casos en que la visita virtual no había sido posible.

Pero ni la era informática era capaz de acabar con los anuncios por palabras en los periódicos, y por ese motivo, Gwen todavía tenía algunas casas que visitar. Y propuso a Sam que la acompañara.

—De verdad: cuando Whatsapp apareció en nuestras vidas, no sólo desbancó por completo a los mensajes de texto y llamadas telefónicas, sino que acabó con los métodos de comunicación mágicos.—Continuó Gwendoline el comentario de Sam, quien tenía mucha razón: desde luego, la tecnología de que disponían los magos no dejaba de ser una evolución, o un préstamo, de los inventos que los muggles habían hecho a lo largo de la historia.—Quítame de delante todas las fotografías en movimiento y dame Netflix.—Bromeó Gwen, divertida.

Sam le propuso algunas opciones, y teniendo en cuenta que su novia trabajaba de tarde, la mejor opción le pareció visitarla. Hacerle compañía, procurando no ser una distracción.

—Me apunto a la idea del Juglar. Y para ahorrar tiempo, haré una visita o dos antes de ir, algo rápido, y tomaré fotos. Así podemos verlas.—Le dijo con un tono casi profesional, que abandonó enseguida para hablar de la magdalena.—Con eso de la magdalena, me has conquistado.—Se mordió el labio inferior, divertida.

Y, por cierto, aquí va un pequeño spoiler: sí, al día siguiente hubo una magdalena de chocolate, y sí, la magdalena dio paso a un momento semejante al de aquella vez, a finales del año anterior… que en esta ocasión culminó con unos cuantos besos que, por suerte, Santi interrumpió. Y es que por mucho que Gwendoline se hubiera prometido no ser una distracción para Sam, los labios de la rubia tenían un intenso magnetismo para ella.

Cuando llegó la hora de desaparecerse de vuelta a casa, Gwendoline propuso tres planes que Sam hábilmente convirtió en uno solo más completo. La morena lo aceptó sin dudar, teniendo en cuenta que el día siguiente solamente se verían un ratito por la tarde.

—Con razón eres Ravenclaw: chica lista juntando los planes.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Feb 20, 2019 2:36 am

—Martes, 26 de febrero del 2019, 20:24 horas—
Apartamento de Luca Lehmann, Croydon || Atuendo

¿Estás lista?

Hacía unos minutos que Sam se había aparecido en casa de Gwendoline, para recogerla e ir juntas a casa de su padre. Evidentemente iban a utilizar la aparición para el traslado, porque utilizar el coche podrían retrasarlas como cuarenta y cinco minutos y ya ni hablemos del transporte público. Pero había sido imposible ir antes, pues Sam había pedido salir antes ese día del trabajo para poder llegar a tiempo a la cena con su padre.

He visto cojos empujando un carro cuesta arriba, de ruedas cuadradas, que son más rápidos que tú, Gwendoline —le picó con una sonrisa, apoyada en el marco de la puerta del baño mientras la observaba a través del espejo del lavabo, pues se estaba terminando de peinar. —Mi padre ha de saber que tiene una nuera terriblemente impuntual, qué vergüenza viniendo de una inglesa de pura cepa de perfectos modales. —Continuó con ello, siendo muy consciente de que llegarían a la hora sin problemas. Aún así, poner nerviosa a Gwen era gratis y divertido.

Habían quedado a las ocho y media y Luca había INSISTIDO en que no llevasen nada de comer, pues él se encargaría de hacer la comida. Aún así, como evidentemente iban a llevar algo, antes de ir a recoger a Gwendoline, Sam pasó por una tienda a comprar un pastel de chocolate y fresa, además de una botella de vino. Todavía estaba en busca y captura de un lugar en donde vendiesen la Weibbier, pero no había tenido suerte de encontrarlo todavía. Le hubiera gustado llevar esa noche eso, sabiendo lo mucho que le gustaban a su padre, pero encontrar eso en Londres estaba siendo bastante complicado.

Cuando ya estuvieron listas, cogieron las cosas y se desaparecieron en casa de Luca. Samantha le había dicho a su padre el lugar en el que se aparecería siempre que fuese a visitarlo, además de que siempre le avisaba antes al móvil para no ocasionarle un pobre infarto. Esa vez lo hizo unos minutos antes, para que lo tuviese en cuenta. Así que se apareció en el hueco de la entrada, que daba directamente a la cocina y al comedor.

¡La madre del amor hermoso...! —Se quejó el padre, tras cerrar la nevera y verlas allí, llevándose de manera totalmente instintiva la mano al pecho para asegurarse de que el corazón no se le salía.

Pero papá, te mandé un WhatsApp para avisarte —le dijo Sam divertida, dejando las bolsas sobre la mesa del comedor para luego acercarse a él y darle un abrazo.

No lo vi, cariño, estaba liado —le respondió, para luego darle un beso en la mejilla y acariciar su hombro, todo eso con una sonrisa en el rostro. Sam siguió de largo para poder cotillear lo que había dentro del caldero y olía tan bien, mientras Luca extendía los brazos hacia Gwendoline para abrazarla también. —Siempre es un placer verte, Gwendoline. Gracias por venir. —Y también le dio un beso en la mejilla, con cariño. Le hacía mucha ilusión tenerlas allí a las dos.

Luca vestía ahora mismo con una camisa blanca remangada hasta por encima de los codos y metida por dentro de los pantalones vaqueros, sin embargo, vestía unas pantuflas típicas de señor: negras de cuadraditos grises, además de un delantal naranja. Se había perfilado su frondosa barba e incluso peinado hacia atrás. Y es que no lo iba a negar: para él era un regalo que fuesen a cenar con él y quería siempre causar una impresión magnífica para que quisieran repetir, pues tampoco quería ser un pesado invitándolas a cenar porque sabía que en algún momento tocaría recibir una negativa.

Se giró para mirar a Sam y la vio probando el interior del caldero con una cuchara.

Pero bueno —le dijo a Gwendoline. —¿Te lo puedes creer? ¡Sam, aléjate de la comida!

¡Oh, está muy bueno! ¿Qué es? —Intentó desviar la atención.

Cocido de cerdo. —Y la cara de Sam por un momento se quedó pillada, mirando al padre con confusión. Luca le dio un pequeño codazo juguetón a Gwendoline, en señal de que era broma. —Es broma, es un experimento que he visto en el libro de recetas: garbanzos con espinacas. Aunque le he añadido mi toque, es decir, un montón de cosas extras para que se quede más bueno.

La hija le hizo un mohín al padre infantil por la broma 'de mal gusto' y dejó la cuchara a un lado. Ya no probaba nada más, por si acaso se comiese al primo de Don Cerdito.

Llevo tanto tiempo sin probar cerdo que me lo creí, con lo carnívoro que siempre has sido —confesó. Y era cierto que Luca era un carnívoro de los pies a la cabeza, qué se le iba a hacer. —¿Necesitas ayuda con algo?

Sí, por favor. —Y cuando parecía que le iba a pedir que hiciera algo en relación con la comida o terminar de preparar la mesa, elevó uno de sus pies, mostrando sus babuchas de señor. —¿Me traerías mis zapatos? Están en la habitación. No quiero cenar en pantuflas.

Pero papá —repitió por segunda vez Sam sin poder evitarlo, divertida, llevándose una mano a la cara ante la risa por aquella petición tan visiblemente absurda. Luca mostró una sonrisa. —¡Es tu casa, como si comes en pijama! —añadió mientras salía del comedor en dirección a la habitación, sin poder borrar la sonrisa.

Con lo guapas que me venís, como para que un señor como yo coma en pijama o en pantuflas, já. —Le susurró a Gwen, con una sonrisa cómplice. —Un día me venís en pijama y yo ceno en pijama a gusto. —Y tras eso, sonó el timbre del microondas, en donde estaba el puré de patatas.

No era una cena muy rimbombante, pero había que decir que Luca no era cocinero experimentado, sino que de hecho se defendía lo justito para su supervivencia como persona solitaria e independiente. Sin embargo, se lo había currado esa noche porque... bueno, eran ellas dos.

Comedor de Luca Lehmann:
Dreams for a better future // Sam & Gwen KQrGjSt
Luca Lehmann:
Dreams for a better future // Sam & Gwen VA7pav1
Diálogo — #339999
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Feb 20, 2019 1:41 pm

···Martes 26 de febrero de 2019, 20:24 horas···
Apartamento de Luca Lehmann, Croydon || Atuendo

Con toda la calma que solamente una mujer meticulosa podía ostentar, Gwendoline se peinaba ante el espejo del cuarto de baño con la puerta abierta, mientras, en el pasillo, Sam se ponía de los nervios.

Los comentarios de la rubia provocaron que los labios de la morena—color burdeos, un pintalabios que le quedaba muy bien—se curvaran en una sonrisa. Intercambió una mirada con Sam a través del espejo, encontrándose a su novia apoyada en el marco de la puerta. Su sonrisa quizás fuera burlona, pero era más que evidente que estaba ilusionada por cenar con su padre. Gwen adoró eso.

—Ya sabías que era una tortuga cuando decidiste empezar una relación conmigo.—Bromeó Gwendoline a su vez, al tiempo que terminaba la trenza, sujetándola con una goma de pelo.—¿No le has dicho ya que tienes una novia que es una tortuga? Deberías haberle informado debidamente, no me culpes a mí.

Era consciente de que Sam quería ponerla nerviosa. Era su pasatiempo favorito. Y a pesar de que Gwendoline había sido capaz de devolverle la broma en esta ocasión, eso no impidió que su lado más neurótico y puntual se pusiera en marcha: con una última revisión visual en el espejo, la morena terminó el ritual de ponerse guapa, girándose en dirección a su rubio amor. Y de no ser porque ambas estaban muy guapas, se habían maquillado, y la neurosis de poder llegar tarde, Gwendoline habría besado a su novia.

Llegaron a la casa del señor Lehmann apenas un minuto después—la magia de la aparición, tan práctica, conveniente y salvadora de vidas—portando algunas cosas que ambas habían insistido llevar. No eran mucha cosa, pues Luca no habría permitido que se les ocurriera traer nada más. Un hombre resuelto donde los hubiera, que sin duda quería impresionar a su hija con sus proezas culinarias.

Cuando el señor Lehmann sacó la cabeza de la nevera y cerró la puerta, se llevó un susto de muerte que hizo que Gwendoline abriera mucho los ojos. Se preguntó brevemente si quizás no habría sido una mejor idea aparecerse ante la puerta y timbrar, a la vieja usanza. Sam no era muy partidaria de ello—’¿Y si hay alguien espiando el rellano a través de la mirilla en ese mismo momento? Piénsalo, Güendolín. Piénsalo’, le había dicho la rubia en una ocasión, en tono suspicaz y, sospechaba, un poco de broma—, pero claramente reducirían el riesgo de infarto para el pobre Luca.

—Perdone la entrada tan espectacular, señor Lehmann.—Se disculpó Gwendoline mientras abrazaba al padre de Sam y le daba un suave beso en la mejilla, a modo de saludo.

—Estás perdonada, pero si no empiezas a llamarme Luca ahora mismo, me voy a enfadar de verdad.—Respondió el hombre en tono de falso reproche, a lo que Gwendoline asintió. Procuraría hacerlo… si conseguía olvidarse de su infinita educación inglesa.

Sam entró en la cocina con toda la confianza que una hija podía tener, y sin siquiera esperar el permiso paterno, probó la cena que estaba preparando el señor Lehmann. Gwendoline, que seguía con una sonrisa en el rostro, observó la escena que tuvo lugar entre los dos, y no pudo evitar reír: ahí estaba, el gen bromista de Sam personificado en su padre.

Gwendoline intercambió con Sam una mirada que parecía querer decir que esa se la había buscado ella sola. Y mientras padre e hija ‘discutían’, la morena pensaba que aquellos momentos eran los que hacían que la vida mereciera la pena: la normalidad, una pequeña reunión entre padre e hija de la que había tenido la suerte de ser partícipe.

Y entonces, el señor Lehmann mandó a Sam a buscar sus zapatos… porque no quería cenar en zapatillas de casa. Gwendoline compuso una expresión de incredulidad, mirando a Luca.

—¡Eso no es justo! Si yo puedo, y debo, llamarle Luca, usted puede perfectamente cenar cómodo.—Protestó Gwendoline, pensando muy seriamente en utilizar magia para cambiar sus zapatos y los de Sam por sus pantuflas de tortuga y cerdito, respectivamente, que utilizaban cuando Sam visitaba el apartamento.

—Tampoco quiero que me trates de usted. ¡Me haces sentir viejo!—Añadió el muggle, con una sonrisa burlona que tanto se parecía a la de su hija. O mejor dicho: la sonrisa de su hija se parecía mucho a la de él.

—Pero...—Se dispuso a protestar otra vez, a lo que Luca negó con la cabeza rápidamente.

—¡Nada de peros! Haber venido en pijama y pantuflas.—Objetó, y no hubo más que hablar al respecto. Gwendoline había aprendido una lección valiosa en su vida: nunca intentes quitarle una idea de la cabeza a un Lehmann.

Así que mientras Sam cumplía la tarea que le había encomendado su padre, Gwendoline se ofreció con amabilidad a ayudarle a poner la mesa. Si bien el señor Lehmann ya se había encargado prácticamente de todo, colocando platos, servilletas, vasos y cubiertos para los tres, Gwen se negaba a quedarse sin hacer nada.

—¡Yo soy el anfitrión! El anfitrión trabaja y los invitados disfrutan de la hospitalidad del anfitrión.—Dijo con una sonrisa el señor Lehmann, empujando suavemente a Gwendoline hacia su sitio en la mesa. Al final, a la morena no le quedó otra que sentarse, mientras el señor Lehmann colocaba la bandeja de puré de patatas en el centro de la mesa.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Feb 20, 2019 3:37 pm

El apartamento de su padre no era demasiado grande, sino sencillo y funcional. Le recordaba muchísimo al que ella había vivido durante casi cinco años, a diferencia de que el suyo era bastante alargado y el de su padre era bastante cuadrado. Justo al salir por la puerta de la cocina y el comedor, dabas al salón, el cual tenía varias puertas a mano izquierda: baño, estudio y habitación, en ese orden. El salón tenía grandes ventanales y aunque ahora mismo estuviese bastante oscuro porque era de noche, Sam había ido por la mañana y era una pasada como entraba el sol por allí. Pero en fin, que me lío.

Tome usted sus zapatos de señor elegante. —Y los dejó caer al lado de la silla, para que se los pusiese cuando se sentara, que con lo culo inquieto que era, parecía que no iba a ser pronto, pues no paraba de moverse para todos lados y había sentado a Gwendoline. La rubia evidentemente no se sentó, sino que cogió la botella de vino que había traído y se propuso a abrirla. Nunca le había gustado especialmente abrir las botellas de vino porque al sacar el corcho parecía que algo iba a salir mal. No le inspiraba confianza. —He traído vino rosado, porque sé que es tu favorito.

¡Oh! —Se acercó a ella para coger el vino ya abierto, mirándolo con interés. Le gustaba mucho catar vinos aunque fuese un hombre de cervezas, pero él siempre decía que como ya era un señor hecho y derecho, tenía que empezar a beber como un señor hecho y derecho. Y según él la cerveza le hacía tener muchos gases. —Este es muy bueno, bien elegido.

Lo sé, he elegido a consciencia y con un gran abanico de conocimiento tras de mí... —Y tras decir eso, miró a Gwendoline de manera cómplice mientras sonreía: ella sabía que Sam probablemente hubiese elegido ese vino porque su botella era bonita y nada más. Luca se dio cuenta, riendo.

Al final todos terminaron sentados en sus respectivas sillas: Sam se había sentado al lado de Gwen, por un lado de la mesa, mientras que Luca estaba en el centro, justo en frente. Fue él quién sirvió la comida mientras Sam servía el vino, además de sacar y dejar sobre la mesa múltiples quesos y pan. Luca Lehmann podría ser muy carnívoro, pero lo que más le gustaba en esta vida era el queso. Era como Sam con el chocolate, pero con la amplia gama de quesos que había en el mundo. Regalarle vino y queso a Luca era acertar siempre en un regalo perfecto. Comenzaron a comer, hablando de si estaba bueno, de los ingredientes, del hecho de que no había cerdo por ningún lado... Hasta que Sam no pudo evitar recordar lo de los zapatos y las pantuflas.

¿Entonces la próxima vez cenamos en pijama, no? —Introdujo el tema, para entonces mirar de reojo a Gwendoline y luego mirar a su padre. —Aunque a lo mejor no aquí, sino que te invitamos nosotras a nuestra casa.

Luca elevó la mirada, curioso. ¿"Nuestra casa"? Y claro, la información que tenía él al respecto es que Gwendoline vivía en un apartamento y que Caroline y Sam vivían juntas. Sin embargo, supo identificar el significado de esa mirada tan cariñosa que se echaron ellas, sabiendo en ese instante que hablaban de una casa totalmente nueva, que compartir entre ellas. Le hacía tan feliz ver que su hija era feliz y que después de todo lo que le había pasado—cosa de la que no sabía prácticamente nada—seguía adelante, apostando por su felicidad siempre y sin dejar que nadie le tuviera que decir cómo vivir. ¡Esa era su hija!

¿Os vais a vivir juntas? —preguntó, sorprendido.

Sam se limitó a asentir varias veces con la cabeza, sonriente.

¡Oh, eso es genial! —Le salió del alma, sobre todo porque le hacía ilusión que una amistad como la de ellas se hubiese convertido en algo tan fuerte y tan serio. —¿A dónde? ¿Aquí en Londres? ¿U os vais a otro país? —Lo preguntó con toda la inocencia del mundo, creyendo que era lo lógico si el país era tan horrible con personas como ellas.

Aquí, aquí —explicó Sam. —No podemos irnos del país, no es tan fácil. Y tal y cómo está la política mágica en el resto de países de Europa... Será un poco lo mismo, con la única diferencia de que mi cara en otro país es un poquito menos conocida. —Pinchó un garbanzo y se lo llevó a la boca, para entonces señalar con un leve movimiento de cabeza a Gwendoline. —Además, las dos tenemos trabajos aquí.

Que vale que el trabajo de Sam no era el mejor trabajo del universo y que podría conseguir uno así en cualquier lugar del mundo, pero el de Gwendoline sí era muy bueno y estaba en una buena posición. Y por mucho que últimamente no le gustase demasiado, tampoco iba a dejarlo. Las cosas no eran así. Además, Gwen también estaba estudiando así que irse del país no era una opción. Por no hablar de que Sam no quería irse: Londres era su hogar y punto. Que lo había pensado, pero no quería que su decisión de irse a otro país fuese por huir.

Ah vale, ustedes decidme las cosas claras que yo todavía ando un poco perdido con todo vuestro mundo, ya me entendéis. Pensé que con ese truco de la aparición podríais ir a cualquier sitio, pero claro, si hubiese sido tan fácil ya lo habríais hecho, supongo. —Se excusó un poco, sonriente. Al fin y al cabo, llevaba años sin saber de la única persona que le relacionaba con el mundo mágico y el hecho de que hubiera cambiado tanto le trastornaba. —Pero bueno, ¡contadme! ¿Dónde es? ¿Es muy grande?

Y Sam miró a su florecilla, para que hablase ella. De hecho, fue el mismo Luca quién al final terminó mirando a la morena, pues quería que se sintiese cómoda y libre de contar lo que le diese la gana en su presencia y que no se sintiera cohibida por nada. Vale que Luca era el padre de su novia, pero más pronto que tarde se daría cuenta de que en realidad, por mucha barba y aspecto de señor que tuviese, no era más que un alma joven y que alguien como Gwendoline no tendría que ocultar nada frente a él, pues Luca no la iba a juzgar por nada. Por favor, había sacado a su hija de la oscuridad, ¿cómo narices iba a juzgarla por nada? Las palabras que Sam había usado para describir lo que Gwen era para ella habían sido grandiosas, así que Luca solo le tenía un agradecimiento infinito por haber estado ahí con ella cuando él no. Todo lo que dijera o hiciera, Luca lo vería siempre bien.

Sam, por su parte, sólo pudo imaginarse a ellas dos en la casa de Bromley, mientras la pintaban, la reformaban y la amueblaban, todo con una ilusión grandísima. No quería hacerse tampoco muchas ilusiones por si la casa salía rana, o le quitaban la oportunidad, o quizás encontraban una mejor. Tal y cómo le había enseñado la experiencia, ir con muchas expectativas a veces era contraproducente. Pero claro, ¿cómo evitarlo cuando tienes muchas ganas? El simple hecho de ponerse sus peores galas y empezar a pintar el salón de aquella casa ya le sugería ser magnífico.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Feb 21, 2019 1:25 am

A pesar de todo lo que le decían sus instintos más profundos y arraigados, Gwendoline tuvo que resignarse a ser la empleada mientras el señor Lehmann se ocupaba de hacer todo el trabajo. Y le costó, a decir verdad: en más de una ocasión, hizo amago de levantarse, sólo para encontrarse con una mirada de falsa severidad por parte del progenitor de su novia. Y esa mirada era suficiente para mantener el trasero de la Edevane pegado a la silla.

A su regreso, Sam descubrió la botella de vino que ambas chicas habían traído consigo, un pequeño obsequio para el mejor anfitrión del mundo. Y, por lo visto, habían elegido bien. Sam quiso atribuirle todo el mérito a Gwendoline, y la morena enseguida se apresuró a restarle importancia a su intervención.

—¡Qué va! Tú también habrías sabido elegirlo sin mi ayuda. Y si no, un dependiente entendido y honrado puede sustituirme fácilmente.—Bromeó Gwendoline, que alargó la mano para coger la de Sam y darle un suave apretón. Una forma de llamarla guapa, decirle ‘Te quiero’, o cualquier otro cumplido que se les ocurriera intercambiar la una con la otra. ¿Había mencionado ya Gwendoline lo mucho que quería a Sam Lehmann?

La cena transcurrió con una paz que parecería irreal en el mundo mágico del que provenían ambas chicas: una conversación distendida, llena de bromas y chascarrillos entre padre e hija de los que no tuvieron problema en hacer partícipe a Gwendoline, muchas risas, bromas, y no menos importante, una comida que a juicio de la morena estaba muy buena.

Se estaba limpiando los labios con una servilleta, con mucho cuidado de no arruinarse todo el pintalabios, cuando Sam sacó el tema la casa. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, y para cuando Luca Lehmann reaccionó con entusiasmo a semejante noticia, la morena sonreía casi de oreja a oreja. ¿Sabéis lo importante que era para ella la aceptación de Luca Lehmann? Ni la aceptación de su propio padre la haría sentir tan orgullosa.

En este pequeño fragmento, en que Sam explicaba a su padre que no pretendían marcharse del país, Gwendoline solo participó para hacer un pequeño inciso para el señor Lehmann.

—Teóricamente, se podría, pero existen una serie de limitaciones y permisos que, como usted podrá comprender, ni su hija ni yo tenemos.—Y, de todas formas, a Gwendoline no le seducía demasiado la idea de marcharse de su Inglaterra natal. Era muy difícil abandonar sus raíces, y pese a lo mucho que le emocionaba la idea de compartir una casa con Sam, sabía que también le costaría mucho desprenderse del pequeño apartamento en que, entre otras cosas, la rubia y ella se habían confesado su amor recientemente.

Gwendoline entonces sacó el teléfono móvil de su bolso. No es que tuviera que atender ninguna llamada o mensaje, sino que tenía unas cuantas fotografías de la casa de Bromley para mostrarle al Luca.

Desbloqueó la pantalla del teléfono por medio de la huella dactilar—Sam conocía el código de desbloqueo, pues era la fecha de su cumpleaños—y la recibió una fotografía de ellas dos como fondo de pantalla. Luca Lehmann dibujó una sonrisa nada más verla, cosa que a Gwen no le pasó desapercibida.

—Hacéis muy buena pareja.—Les dijo, alternando la mirada entre una y otra, a lo que Gwendoline se puso un poquito roja.

La morena navegó por la galería del teléfono, buscando las imágenes correspondientes a la casa en Bromley. Tuvo que navegar entre un montón de imágenes de tortugas, de platos que ella había hecho, de otros pisos, y, por supuesto, de un montón de fotos de Sam—una de ellas, durmiendo—, antes de encontrar las imágenes de la casa. Mientras se las mostraba, Gwendoline se explicó.

—La verdad es que a Sam y a mí nos sorprendió muchísimo su precio tan bueno: setecientas cincuenta libras al mes. No es una zona céntrica, claro, es Bromley, pero… ¿usted… quiero decir… tú sabes lo espaciosa que es?—Gwendoline, tras corregirse, abrió mucho los ojos, sorprendida.—Dos pisos, dos cuartos de baño, dos habitaciones, garaje… Nos hemos enamorado de ella.—Aquellas palabras las dijo con un brillo soñador en los ojos.—Estamos mirando otras opciones, y a lo mejor tu ojo experto nos puede ayudar a decidirnos.

A fin de cuentas, Luca Lehmann había trabajado en la construcción. ¿Y quién mejor para decirles a las chicas si aquella era una buena compra?

Gwendoline le ofreció el teléfono móvil para que pudiera mirarlas él mismo, y el señor Lehmann lo tomó en sus grandes manos. Pasó una imagen tras otra con expresión pensativa y concentrada, y la morena no podía saber si le gustaba lo que veía o no. Es que tiene que tener algún pero, pensó ella, de manera inevitable.

Al fin, Luca habló, sacándolas de dudas.

—Veo algunos desperfectos que a simple vista pueden pasar desapercibidos.—Dijo el señor Lehmann, todavía pensativo, antes de alzar la mirada, primero hacia Gwendoline, después hacia Sam.—¿Pero por setecientas cincuenta libras? Yo no desaprovecharía la ocasión en vuestro lugar.

Gwendoline sintió que le quitaban un peso de encima, y casi suspiró aliviada: aquella casa era la maravilla más maravillosa del mundo, por redundante que pudiera sonar.

—¿Le… te gustaría venir con nosotros a verla algún día? Creo que nos vendría muy bien tu criterio a la hora de comprar.—Propuso Gwendoline, sabiendo que quizás el señor Lehmann podría ver algo que a ellas se les habría pasado, y que ni siquiera habría fotografiado.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Feb 21, 2019 3:10 am

Mientras ellos hablaban, la rubia continuó comiendo despreocupadamente, sin perder detalle de la conversación. Hubo un momento en el que no supo qué le pareció más mono: si el fondo de pantalla de Gwendoline o que su padre dijera que hacían muy buena pareja. Le encantaba que su padre las viera así y que adorase a Gwen, en general le encantaba ser tan afortunada en ese sentido. Observó entonces con detenimiento el resto de fotos que iban pasando hasta dar con las de la casa, sin poder evitar sonreír para sí misma al ver la de ella durmiendo. Recordaba perfectamente ese momento hace algunos días: ella preguntándole que por qué le apuntaba con la cámara, aún sin enfocar muy bien y Gwendoline excusándose en que estaba muy mona. A esas horas de la mañana Sam no era persona como para rechistar, por lo que sólo se tapaba con la manta intentando disminuir su cara de orco.

Gwendoline, haciendo gala de su sabiduría e inteligencia, no dudó en aprovechar que el padre de Samantha había trabajado durante tantos años en la construcción para preguntarle por la casa. Y Luca encantado, por supuesto, ¿sabíais lo importante que era para ese pobre hombre solitario que aquellas dos grandiosas muchachas contasen con él para lo más mínimo? Para lo que hiciese falta, sin dudarlo.

Vio algunos cosas a tener en cuenta, pero hasta a él le parecieron nimios por el precio de la casa.

Tenemos la teoría de que está maldita y por eso es tan barata —dijo como broma Sam, pues en términos muggles eso de 'estar maldita' podría sonar a película de terror y ficción, pero en términos mágicos podía ser algo terriblemente malo. —O que murió alguien dentro y hay un fantasma que sale cada aniversario de la muerte.

Luca rió, pues siempre le habían parecido muy graciosas ese tipo de películas.

Recuerdo cuando eras una niñita de cinco años que no hubieras podido decir nada de eso sin taparte con tu manta de color malva que, según tú, te protegía de fantasmas y de cualquier amenaza por las noches. A veces hasta te la llevabas al colegio. —Recordó el padre, nostálgico.

Y por eso no tenía amigos. —Le dijo a Gwendoline, exagerando, pues evidentemente era broma.

¡Qué exagerada! Has sacado eso de tu madre. —Le respondió divertido, para entonces devolverle el móvil a Gwendoline. —Con gusto voy con ustedes a volver a verla para darle mi opinión. Me encantaría, de hecho. —Matizó, con una sonrisa casi agradecida. —De todas maneras, por el precio es un ganga, independientemente de los desperfectos que pueda tener. A menos que la casa se esté cayendo por dentro igualmente es una buena inversión, pues las cosas superficiales y de mantenimiento no os costará demasiado para la casa que es. He visto en las fotos algunas humedades y esas tonterías, pero supongo que haréis un repaso total antes de instalaros para así estar tranquilas. Yo os puedo ayudar con lo que sea, independientemente de asegurarme de que la casa no se caiga a pedazos, claro... —Bromeó, ofreciéndose voluntario para lo que hiciese falta.

Él era un manitas, no por nada había sido más de veinte años un obrero de la construcción. De hecho, de la casa que tenían en Finlandia, había sido Luca Lehmann el mismo diseñador y constructor de prácticamente todos los muebles de la casa. Para cualquier cosa que lo necesitasen, sin duda estaría ahí encantado para echarles un cable.

Pues seguramente iremos un día de éstos por la tarde, te avisaré.

Perfecto. —Luca volvió la vista hacia su plato, pensando en la vez que ella y Sophie, su ex mujer, se habían mudado a la casa de Finlandia por primera vez. Pese a todo, seguía conservando un recuerdo muy bonito. En general todos los recuerdos con Sophie y Samantha eran bonitos y aunque la relación se hubiera cortado, los guardaba a buen recaudo. —¡Ala! —dijo de repente, acordándose de algo importante, obviamente en relación con su Sophie Ebner.

Sam, que estaba intentando pinchar un garbanzo, del pequeño sobresalto pinchó de más y el garbanzo se le salió del plato. No pudo evitar bufar por esa tontería, pues le hizo gracia ver como el garbanzo huía de su destino cruel.

¿Qué pasó, papá? Al final serás tú quién nos de un infarto a nosotras. —Con los dedos cogió el garbanzo y se lo comió.

Sé que es de mala educación levantarse de la mesa, pero esto es importante. —Se quitó la servilleta del regazo y se levantó un momento para ir a su habitación, trayendo consigo a los dos segundos un sobre. Se volvió a sentar y le tendió el sobre a Samantha. —Ábrelo.

La legeremante abrió el sobre, en cuyo dorso ponía el nombre de su padre con una caligrafía que reconocía. Sacó del interior una invitación de bodas preciosa, perfectamente cuidada y muy bonita. Como foto en la invitación venía una Sophie Ebner con una sonrisa radiante, en compañía de su nueva pareja y en cuyos brazos tenía a su hijo con una sonrisa muy alegre. De manera totalmente inconsciente se llevó la mano a la boca, en la cual se había formado esa imborrable sonrisa que te sale cuando estás feliz por otra persona. Luca también tenía la misma sonrisa: no le tenía ningún tipo de rencor a Sophie por lo sucedido, de hecho estaba muy feliz de que hubiera conseguido encontrar la felicidad, aunque no fuera con él. Era un poco triste, pero Luca sabía que no iba a encontrar nunca a nadie como ella.

¿Mi madre invitando a mi padre a su boda? ¿Qué me he perdido? —preguntó lo primero, sorprendida y divertida.

Bueno... sé que nuestra relación cuando eras pequeña no era la mejor, pero ya te lo dije: desde que desapareciste todo eso empezó a dar igual. De hecho la he visitado en varias ocasiones y me gusta poder decir que somos buenos amigos y él... bueno, él no es un mal tipo. —Señaló la invitación con diversión, para luego mirar a Gwen, con un guiño. —No es tan chachi como yo, pero bueno.

Chachi. —Se rió Sam por esa jerga infantil de su padre.

¿Ya no se usa esa palabra o qué? —Y rió el también.

Que grande está Gabriel... —dijo Sam al ver a su hermano menor y si hubiera sido un dibujo animado, probablemente se le hubiera notado como se le cae la baba al ver a tremenda hermosura. Se lo tendió a Gwendoline, para que pudiera verlo mejor, señalándole a la criaturita más mona de la foto. —Mi medio hermano al que no conozco.

Evidentemente Sam también estaba invitada, pero Luca no pensaba decírselo hasta final de la cena porque no sólo había recibido la invitación, sino también una carta de puño y letra de su madre. Y no quería que se emocionase en medio de la cena. Sam, por su parte, pensaba que después de toda la ignorada que llevaba dándole a su madre desde hacía años, quizás había asumido que tampoco iba a ir a su boda por mucho que la invitase. Todavía no había podido ni llamarla después de haberse reencontrado con su padre y se sentía bastante mal por ello.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Feb 21, 2019 2:45 pm

Gwendoline se resignaba a que las tareas muggles relacionadas con el bricolaje no eran su fuerte, ni tampoco el de Sam: lo habían aprendido a las duras, cuando habían intentado llevar a cabo alguna chapuza que fuera un poco más allá de dar una mano de pintura a las paredes.

Y quizás se dedicaran a pintar la casa nueva entre las dos, tarea que la morena estaba ansiosa por llevar a cabo. Pero en el momento en que hubiera algo que arreglar en la casa, tendrían que llamar a un profesional.

¿Que si podrían llevar a cabo dichas tareas utilizando la magia? Sí, desde luego, pero Gwendoline tenía una máxima: si quieres que algo esté bien hecho, y sea duradero, hazlo al estilo muggle. A fin de cuentas, vivía con el miedo de que la magia utilizada para el arreglo o la construcción de cualquier cosa fuera pasajera, y un buen día, sin previo aviso, todo se les desmoronara encima de la cabeza.

Que Luca Lehmann, con su amplia experiencia, les diera el visto bueno, fue todo un alivio para Gwendoline. La morena ya se había encariñado con aquella casa, se había encaprichado con ella, y no sería feliz del todo hasta estar viviendo bajo su techo.

Sam manifestó las teorías—en tono humorístico—que ambas habían barajado desde el viernes, cuando habían visitado la casa por primera vez. Y si bien Luca Lehmann se lo tomó en broma, Gwendoline bien podría haber matizado que ambas cosas eran perfectamente plausibles, teniendo en cuenta la existencia del mundo mágico.

También pensó que Sam había tenido suerte de que los fantasmas de Hogwarts, en su mayoría, fueran amistosos. A excepción del Barón Sanguinario, claro. Y Peeves, el Poltergeist, si lo contaban como una especie de ‘fantasma’.

Pero Peeves, el Barón Sanguinario y todos los demás fantasmas de Hogwarts perdieron toda su importancia ante la imagen que apareció en la mente de Gwendoline: una Sam pequeñita, cubriéndose con una de color malva que, en sus propias palabras, la protegía contra los espíritus malignos y otras amenazas. Se le iluminó el rostro y sonrió casi de oreja a oreja, mirando a su novia como si fuera lo más hermoso del mundo.

Es que sencillamente lo es, se dijo a sí misma mientras le cogía la mano otra vez, con suavidad.

Así que tras intercambiar algunos chascarrillos padre-hija, Luca aceptó acompañarlas a visitar la casa. De hecho, se lo tomó con bastante entusiasmo. Esperaba que las fotografías no engañaran demasiado, o que su ojo inexperto no hubiera pasado por alto algo demasiado evidente que llevar al señor Lehmann a decir ‘¡No, rotundamente no! ¡Os están timando!’, o algo parecido. Gwendoline necesitaba que aquella casa fuera perfecta, pues lo único que quería para Sam y para ella era una vida perfecta.

—Muchísimas gracias por aceptar la oferta, Luca.—Dijo la morena con una sonrisa, mientras soltaba la mano de Sam para volver a prestar atención a su plato de comida.—No sabes lo mucho que significa para nosotras que nos eches un cable con esto.

Quizás estuviera exagerando un poco, pero Gwendoline sabía que no decía nada que Sam no sintiera: su novia estaba más que contenta de que su padre volviera a formar parte de su vida, y cada pequeña cosa en la que el señor Lehmann participaba con ella la hacía sentir mucho mejor. Y así debía ser: a Sam ya le había tocado sufrir demasiado, sin merecerlo, así que lo mínimo era que lo único presente en su futuro fueran cosas buenas.

Y en esto, mientras entre los tres reinaba un breve silencio en que cada uno pensaba en sus cosas, Luca Lehmann las trajo de vuelta de su ensimismamiento. Gwendoline abrió los ojos como platos al escucharle, y Sam verbalizó lo que sentían las dos: casi les da un infarto por la efusividad de la exclamación de Luca.

Su sorpresa mutó en curiosidad y permaneció atenta, en silencio, mientras Luca iba y volvía de la habitación con una invitación de boda de Sophie Ebner, madre de Sam. Deteniendo el tenedor a medio camino de su boca, Gwendoline tragó la poca comida que tenía en la boca y permaneció atenta a la situación.

De verdad, ¿podía enamorarse todavía más de aquella hermosa mujer rubia que tenía a su lado? Porque Gwendoline creyó que en ese momento, sus sentimientos de amor hacia ella crecieron todavía más. No había más que verla contemplando la fotografía de su madre, la pareja de su madre, y el niño que no era otro que su medio hermano.

Sonrió ante la broma de Luca, pero inevitablemente sus ojos volvieron a posarse sobre su novia, a la cual adoraba cada vez más. Y cuando le ofreció la fotografía para que la mirara, Gwendoline no pudo evitar utilizar aquella expresión tan manida que usa todo el mundo cuando algo le parece sumamente adorable: “¡Awwww!”

—¡Qué guapo es! E incluso se da un aire a ti.—Le dijo Gwen con sinceridad.—Y Sophie está guapísima. Se la ve muy joven en esta fotografía. ¿Estás seguro de que no te casaste con una maga?—Bromeó Gwendoline con la mirada puesta en Luca, utilizando la palabra ‘maga’ porque tenía unas connotaciones, en el mundo muggle, mucho menos negativas que ‘bruja’. Aunque a ella le gustaba más que la definiesen como bruja, en lo personal.

—Ahora que lo mencionas...—Bromeó Luca, riendo, para luego mirar a su hija.—Creía que Sophie era la mujer más guapa del mundo, pero entonces llegó mi pequeña Sam al mundo, y me robó el corazón.

Con aquellas palabras, a Gwen podrían habérsele saltado las lágrimas perfectamente. Y no pudo evitar pensar, por mucho que no quisiera verlo ni en pintura, en su propio padre. En el deseo de que su padre hubiera sido alguien como Luca Lehmann. Inevitablemente, también pensó en su madre, pero tuvo que obligarse a abandonar ese pensamiento de inmediato: no le apetecía acercarse tanto al fuego, o podría acabar quemándose.

—Pues ya somos dos.—Dijo Gwendoline, encogiéndose de hombros y riendo junto a Luca. Fue la mejor manera de dejar a un lado un tema tan triste y sensible para ella.
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