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Dreams for a better future // Sam & Gwen

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 3 23UILS8
Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 3 AIKLfZb


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Feb 19, 2019 8:49 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 02, 2019 2:46 pm

Descubrir la verdad tras la desaparición de Samantha Lehmann de su vida había sido un claro caso de arma de doble filo.

Por un lado estaba el alivio, el descubrir tras dos largos años pensando que ella había tenido la culpa—muy posiblemente por haber escogido mal las palabras al referirse al caso de Henry Kerr como algo que no merecía la pena—de arruinar la mejor amistad a la que jamás podría aspirar, no había sido en realidad culpa suya, sino de circunstancias que escaparon al control de la rubia.

Por el otro lado teníamos a la culpa, la señora culpa, con la que Gwendoline estaba bien familiarizada: no había sido capaz de ver lo que pasaba, como muchas veces antes había podido hacerlo. Y sí, era perfectamente consciente de que Sam había hecho todo lo humanamente posible para que Gwendoline permaneciera apartada de aquel tema tan peliagudo, empezando por alejarse de ella e impidiendo en el proceso que la desmemorizadora notara el cambio en su actitud, pero aún así.

No había sido capaz de ver que habían tenido otras discusiones antes, y siempre había merecido la pena arreglar las cosas. ¿Por qué esa vez había sido distinta?

Sí, la verdad la había golpeado como un mazazo, y sí, había supuesto un pequeño alivio descubrir que, en efecto, ella no había sido la responsable de aquello. Pero aquello la convertía, a sus ojos, en responsable de permitir que ocurriera. Había tenido que llegar Caroline de Japón a arreglar el entuerto, y ella mientras tanto se regodeaba en su propia pena...

—Sí, supongo que será complicado de manejar. ¿Cómo se maneja algo así? Y ya no sólo por lo que has dicho: ese hombre está descubriendo la magia poco a poco, y de la misma manera que nosotras tuvimos la oportunidad de experimentarla en Hogwarts como lo maravilloso que es, casi da pena que él descubra tan pronto las cosas horribles que pueden hacerse con ella...—Y sintió una punzada en el corazón al pensar en los cientos y cientos de niños, procedentes de familias de sangre limpia o mestiza, que iniciaban sus andanzas en Hogwarts durante aquel gobierno tirano. ¿Qué clase de visión de la magia tendrían esos niños si les educaban para utilizarla al servicio de alguien como ese que ya sabéis?—Pero… si me aceptas un consejo...—Gwendoline puso uno de sus dedos sobre la línea de la clavícula izquierda de Sam, acariciándola suavemente en dirección al hombro.—...intenta ver las cosas positivas que han salido de esas experiencias. Yo supongo que no será fácil, pero… créeme que hay muchas.

Gwendoline suponía que había sido difícil levantarse después de lo sucedido con Vladimir y Zed Crowley. Encontrarle nuevamente un sentido a la vida… y allí estaba Sam. Lo había conseguido. Y si había conseguido algo así, podría verse como la persona fuerte, luchadora y valiente que realmente era.

¿Sexy y adorable? Nunca se habría planteado semejante cosa, a decir verdad, pero con tal de no romper la magia del momento, Gwendoline se mantuvo en esa misma actitud. A fin de cuentas, sabía lo que venía, y por mucho que Sam insistiera que no era nada en comparación con el sexo, para ella lo era todo.

Así que cogió la mano de Sam y se dejó guiar hacia la habitación. Y cuando la puerta se cerró a sus espaldas… lo que ocurrió es únicamente asunto de ellas dos.


Her Majesty’s Theatre | Sábado 2 de marzo de 2019, 21:08 | Atuendo sencillo

Gwendoline Edevane era persona que disfrutaba cosas como el teatro, los museos, las galerías de arte, y en general todas esas cosas que la treintañera británica media encontraba aburridas. Muy posiblemente se debiera a esas cualidades que la habían convertido, a ojos del Sombrero Seleccionador, en una candidata óptima para la casa de Rowena Ravenclaw en Hogwarts: la casa de los intelectuales.

No es que Gwendoline se sintiera más inteligente que nadie por disfrutar de aquellas cosas, pero la realidad era que le gustaban. Y más si acudía en compañía de alguien que podía disfrutarlas tanto como ella.

En esa ocasión, en ese sábado que misteriosamente la rubia tenía libre, Samantha Lehmann la acompañaba al teatro. Y a ver, nada más y nada menos, que la obra de teatro por excelencia: El Fantasma de la Ópera.

Así que Gwendoline no sólo estaba deseando ver la obra, sino que estaba entusiasmada. La última vez que habían ido al teatro había sido el catorce de febrero—el primer San Valentín, lo creáis o no, que Gwendoline celebraba en toda su vida—y habían visto El Rey León, quedando maravilladas con la experiencia.

Aquella prometía ser incluso mejor.

Ya por la mañana, Gwendoline estaba entusiasmada, y durante el trayecto a visitar la casa con la compañía de Luca, había dejado que su emoción se desbordase: padre e hija tuvieron que escucharla ensalzar las virtudes de la obra, así como recitar datos curiosos sobre ella, e incluso hablar sobre sus adaptaciones cinematográficas.

Y no es que Gwendoline se supiera de antes todos estos datos de memoria: la noche anterior, sabiendo lo que venía, había utilizado a Google como su manera de acabar con todo su hype. Por cierto, no funcionó: en cualquier caso, consiguió el efecto contrario.

Así que Gwendoline ya llevaba vestida y maquillada un buen rato, con la chaqueta puesta incluso, y caminaba nerviosamente de un lado a otro del apartamento, esperando la aparición de Sam. Y de manera igual de nerviosa, miraba su reloj de pulsera, aún sabiendo que faltaba mucho tiempo para que la función empezase.

—Vamos a llegar tarde.—Sentenció Gwendoline, dirigiéndose al único ser vivo de la casa: Chess, su gato, que la miraba con curiosidad mientras se paseaba delante del sofá, donde el animal estaba sentado. Le respondió con un maullido que a saber qué quería decir, pero que ella interpretó como quiso.—Ya lo sé: aún falta mucho para que empiece, pero estoy de los nervios. ¡Quiero ir ya!

Gwendoline aguantó exactamente dos minutos más antes de que los nervios le pudieran y decidiera aparecerse en la casa de Sam y Caroline. Y, de verdad, deseó no haber estado tan abrumada por sus deseos de llegar al teatro, pues habría podido disfrutar más aquella ocasión de venganza que la vida le había puesto delante: Sam todavía estaba maquillándose delante del espejo.

—¡Y luego dicen que la tortuga soy yo!—Protestó, poniéndose brazos en jarras, en una fingida expresión de reproche. No podía evitarlo: la troll—en el sentido moderno de la palabra—de las dos era la rubia, y Gwendoline era una aficionada en comparación con ella.—¿Sabes esos bichos con forma de árbol de El Señor de los Anillos? Pues hasta ellos hablan más rápido de lo que tú te maquillas.

Fue su mejor intento de trolleo… no fue el mejor, y todos lo sabemos, pero la muchacha recibía puntos por intentarlo… ¿no?

Sin embargo, Sam no tardó mucho más en terminar de maquillarse, de manera apresurada incluso, y cuando se acercó a ella riendo, Gwendoline no pudo evitar reír también. Y se permitió admirar la belleza de su novia y lo guapa que se había puesto… Pero en serio, ¿la habíais visto? Gwendoline cada día se maravillaba más de lo preciosa que era Samantha Lehmann, ya de por sí, y lo irresistible que conseguía ponerse con la ropa y el maquillaje que escogía.

—Estás preciosa. Y quiero darte un beso.—Dijo Gwendoline, que sabía perfectamente que en tema de maquillaje reciente, lo mejor era evitar los besos. Como había hecho Sam, lanzándole un beso por medio del aire.—¡Pero me resistiré! Al menos hasta que apaguen las luces dentro del teatro...

Le ofreció a su novia entonces la mano, y ella la cogió. Se desaparecieron, tras despedirse sentidamente de las mascotas de Sam y pedirles un comportamiento ejemplar, pues así se les había educado, y enseguida aparecieron en los baños de una estación de metro no muy lejos del Her Majesty’s.

Salieron del cubículo caminando, cogidas de la mano, mientras subían los escalones que conducían a la calle, Gwendoline comenzó nuevamente a desbordar toda su emoción hablando sobre la obra de teatro que iban a ver. Sam la observaba con una sonrisa divertida, dejándola hablar e incluso pinchándola un poco en ciertos puntos. Nada nuevo bajo el sol.

A excepción, claro, de la presencia que las chicas habían pasado por alto: alguien las seguía a una distancia prudencial, sin perderlas de vista.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 04, 2019 4:00 am

Vale sí, se había retrasado un poquito porque se le había ido un poco el tiempo haciendo nada. Le sabía tanto tener un sábado libre que el simple hecho de no hacer nada ya se le estiraba en el tiempo. Sin embargo, ahí estaban: apareciéndose en los baños de la boca de metro más cercana al Teatro Her Majesty’s con suficiente tiempo como para no ir con prisas, ni mucho menos entrar justas.

Otra cosa no, pero entre Gwen y Sam era muy complicado que se quedasen sin saber de qué hablar y, cuando eso ocurría, tampoco pasaba nada porque hasta el silencio era agradable entre ellas. Caminaron en dirección al teatro, totalmente evadidas de lo que ocurría a su alrededor porque… a fin de cuentas, ¿quién iba a saber que habían aparecido en ese metro e iban a tomar esa ruta para ir a ver un musical que se hacía todos los fines de semana? Era, sencillamente, imposible. Sin embargo, ellas había subestimado las capacidades de espionaje que puede llegar a tener una persona realmente enferma por la venganza. Es por eso que esa noche no eran una pareja que pasaba desapercibida por las calles de Londres, sino que una figura les vigilaba sin apartar la mirada de ellas. Quizás en otro momento el sentido protector, paranoico y observador de alguna de las dos les hubiese podido alertar de esa persona, pero en ese momento no. Estaban demasiados felices y distraídas con su gran plan, que ninguna esperaba que en ese momento, un ser que planeaba terminar con sus vidas, las estuviese observando.

Pero eso era lo que él quería. Si estaba ahí era solo para cerciorarse de que su plan no fallaría, pues quería que todo las cogiese por sorpresa y conseguir quebrantar cualquier tipo de voluntad o esperanza y lo mejor para eso era tener claro, en primer lugar, que uno de los grandes motivos de felicidad de Lehmann era precisamente esa chica que tenía al lado. Poco a poco, a su debido tiempo.

Pero ellas, por desgracia, caminaban siendo totalmente ajenas a las intenciones de ese tipo. Un tipo que lejos de ser un desconocido con una mente retorcida, una de ellas ya lo conocía pues ya había tenido un encuentro inolvidable a su lado.

Tardaron de diez a quince minutos en llegar al teatro, en el cual entraron sin problemas en la entrada. Una vez dentro, habían varias colas: algunas daban hacia la parte izquierda del teatro, otras hacia la derecha, otras hacia la parte superior y la más llena hasta ahora, la del centro, que daba a los asientos de la pista. Los mejores y más caros, por supuesto. Gwen y Sam, como eran de la clase pobre y no se gastaban tanto dinero en una entrada, estaban en la parte de arriba, en un lateral. En realidad en todo el teatro se veía genial estuvieses en donde estuvieses, pero para gustos los colores. Ellas eran felices ahí encima y no donando un riñón para pagar las centrales.

La rubia sacó de su bolso las dos entradas que había ido a recoger hace tres días, para cerciorarse que su dislexia no hacía de las suyas y se fuesen a poner en el lugar equivocado. Cuando confirmó que era por la parte izquierda, sujetó de nuevo la mano de Gwen y fue junto a ella hacia ese lado, poniéndose las últimas en la cola. Había un señor pasando las entradas, para luego darte paso a unas escaleras que subían al piso superior. —Me encanta —dijo Sam, señalando el cartel de El Fantasma de la Ópera, en el cual se veía al famoso protagonista de la máscara irregular de color blanca, tras la cara de una mujer. —Podría decir que me gusta la mujer, pero la verdad es que siempre me gustado esa máscara. No tanto como la de V, claro. Eso es otro nivel de sensualidad. —En realidad era sabido que a Sam le ponía V de Vendetta por cómo hablaba y en absoluto por su físico o género y claro... inevitablemente la máscara acogía toda su admiración por ese personaje.

La cola fue bastante rápida y todos los que iban pasando iban subiendo las escaleras en busca de su asiento asignado. Cuando ellas pasaron, subieron y empezaron a caminar por los pasillos traseros del teatro, buscando la entrada para los suyos. Aún quedaba un ratito para que empezase, por lo que no había prisa. Sam se paró en un pequeño mapa explicativo y, antes de poder señalar hacia ningún lado, una voz sonó detrás de ellas.

Gwendoline —dijo, una voz adulta y femenina, de manera solemne y tranquila.

Evidentemente, Samantha no la reconoció y lo primero que pensó fue: ‘la virgensita de la Guadalupe, por favor que no sea nadie del mundo mágico.’ En realidad se ahorró lo de la virgencita de la Guadalupe. Porque otra cosa no, pero que viesen a Gwen con Samantha no era nada bueno para la desmemorizadora y dudaba mucho que su novia tuviese muchos conocidos en el mundo muggle. Así que por si acaso, Sam se quedó quieta, mirando hacia el mapa y evitando mirar, al menos por el momento.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Mar 04, 2019 7:42 pm

Bajar la guardia era fácil. Era terriblemente fácil cuando una se creía a salvo de miradas curiosas, y todavía más fácil en aquellas circunstancias: de la mano de aquella persona que te hacía feliz sin importar el momento, hablando de algo que te entusiasmaba.

¿Quería decir eso que, en otras circunstancias, Gwendoline tal vez se habría percatado de la presencia que las seguía? Pues… muy posiblemente no: a diferencia de Sam, la morena no sabía lo que era sentirse perseguida, más allá de las miradas inquisitivas de los puristas durante las primeras semanas tras el cambio de gobierno. Aquellos días lejanos en que Gwen sentía que podría acabar entre rejas en el momento menos pensado se habían desvanecido, por lo que no tenía motivos para estar con los cinco sentidos alerta.

Para Sam, debía ser exactamente lo mismo: nada en sus vidas en aquel momento era indicativo de que algo podía no andar bien, y mucho menos podrían esperar que las estuviera siguiendo la persona que lo estaba haciendo.

A fin de cuentas, para ellas, dicha persona estaba muerta.

Un escalofrío recorrería la espalda de la morena, con toda seguridad, de haber descubierto este dato en aquel momento; por fortuna para ella, no fue así, y aquel momento no se vio empañado por la paranoia del peligro.

De todas maneras, en cuanto cruzaron las puertas del Her Majesty’s, el desconocido dejó de seguirlas. Para aquel entonces, Gwendoline debía ir por el dato curioso número cuatrocientos veinticuatro sobre El Fantasma de la Ópera, mientras Sam aprovechaba para picarla de alguna manera por haberse pasado gran parte de la noche anterior buscando toda aquella información en Google.

Por ese motivo, una Gwendoline con la cara totalmente roja cerró el pico durante algunos minutos: era consciente de que Sam bromeaba, pero de todas formas le pareció buena idea dejar el tema… al menos un rato.

Ya en la cola, el rostro de la morena había recuperado su tono habitual, dejando atrás el rojo temporalmente. Y Sam, que sostenía las entradas en una mano, señaló uno de los carteles que había junto a la entrada: remarcó lo mucho que le gustaba la máscara, más que la mujer que aparecía por delante del que daba nombre a la obra, lo cual resultó curioso. Pero no era extraño: Sam era toda una fan de los villanos o antihéroes enmascarados que destilaban elegancia por todos los poros de su piel.

—Ya sé que no es la primera vez que haces algún comentario de ese estilo a lo largo de todos los años que llevamos conociéndonos—empezó Gwendoline, con una sonrisa divertida en el rostro—, pero te juro que jamás me acostumbraré a escuchar salir de tu boca la palabra ‘sensualidad’ referida a un hombre.

No pasaron mucho tiempo detenidas ante el cartel, pues la cola avanzó a un ritmo bastante aceptable. Y menos mal: Gwendoline odiaba guardar cola, por mucho que el motivo pudiera merecer la pena. En menos de lo que esperaban, habían entregado sus entradas al hombre de la puerta, y éste les indicaba el lugar en que se encontraban sus asientos.

Y sí, Gwendoline había exagerado: ni habían llegado tarde, ni era posible que en ningún universo de todo el cosmos existieran una Gwendoline Edevane y una Samantha Lehmann capaces de llegar tarde a ningún sitio. Así que no se dieron demasiada prisa a la hora de dirigirse al patio de butacas. Incluso pudieron permitirse el detenerse ante un mapa explicativo, que Sam examinó como si estuviera haciendo algún tipo de plan de asalto, de esos que tan bien funcionan sobre el papel en las películas, y que al final siempre tendían a acabar saliendo mal.

Fue en ese momento en que una voz familiar sorprendió a la morena. Gwendoline se volvió sobre sus tobillos, para encontrarse con su...

—¿Abuela?—Preguntó, frunciendo el ceño, al ser consciente de la realidad de aquel momento: de verdad era su abuela. Su abuela bruja, para más seña. Su abuela bruja de ideales puristas, además.—¿Qué estás haciendo tú aquí?

—Ordeñar una de mis cabras, si te parece.—Bromeó su abuela con una sonrisa de medio lado en el rostro. Se quitó las gafas de sol que llevaba, plegando ambas patillas, y se las guardó en el bolsillo de la gabardina.—He venido a disfrutar de una hermosa Ópera y todo un clásico, como imagino que será tu caso.—La mirada de Astreia Edevane se posó sobre Sam, que había optado por fingir no darse cuenta de lo que ocurría, todavía vuelta de espaldas hacia ellas, con un dedo recorriendo el mapa orientativo en un gesto de total disimulo.—Veo que no estás sola...

Gwendoline fue entonces consciente de lo peliagudo que era aquel asunto: estaba con Sam, reconocida fugitiva e hija de muggles, en presencia de una purista. ¿Podría esperar que su abuela cerrase el pico sobre lo que estaba viendo?

—¡Oh! Ella es mi amiga...—Gwendoline tomó la mano de Sam, atrayéndola hacia ella y haciendo que se girara en el proceso.—...Amelia. Prefiere que la llamen Mia.—Gwen miró a “Mia”, esperando que Sam supiera improvisar para salir indemnes de aquella situación.—Mia, esta es mi abuela, Astreia Edevane. Esa de la que te hablé, la que tiene una granja.

Gwendoline fingía tranquilidad, pero lo cierto era que estaba de los nervios. Aquella era su peor pesadilla hecha realidad. Y si no lo era antes, lo empezó a ser en aquel momento.

—¿Amelia?—Repitió la mujer, y algo en su tono de voz pareció indicar a la morena que no se lo creía. Existían dos opciones en aquel momento: que fuera así o que, por el contrario, la paranoia de Gwendoline estuviera haciendo de las suyas.—Es todo un placer conocerte.—Sonrió de aquella manera tan enigmática suya, ofreciendo su mano derecha a Sam.

De acuerdo: Gwendoline no se esperaría ni en un millón de años que algún Edevane, familia purista como la que más, pasase sus ratos libres en compañía de muggles. Por mucho que El Fantasma de la Ópera pudiera ser un clásico, disfrutado tanto por miembros de la sociedad muggle como de la sociedad mágica.


Atuendo de Astreia:
Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 3 Rvfr8Bf
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mar 06, 2019 12:31 am

No era del todo justo, porque esa ‘sensualidad’ con la que Samantha se refería al atractivo de un hombre era muy diferente al que ella sentía por una mujer. Es decir, de verdad que Sam no veía ningún tipo de atractivo en el sexo masculino, pero lo mucho que le encantaban de ese tipo de personajes era… su esencia, su manera de hablar, su inteligencia, su misterio. Más bien su aura; todo lo que le rodeaba. Y ese aura era lo que le parecía sexy. —Bueno… —Hizo una pausa para cerciorarse de que Gwendoline la estaba mirando y prestando atención. —De esos personajes lo me transmite sensualidad es su forma de hablar, su inteligencia, quizás su motivaciones o que son super misteriosos. No se compara, en absoluto, con la sensualidad física. —Y entonces rió. —¡Vale! Quizás la palabra sensualidad no está del todo bien usada.

Porque se podría poner quisquillosas y decir que la sensualidad viene de la mano de la excitación sexual y… ¡no! ¡Jamás! Nunca en la vida había sentido eso por un hombre, ni creía que ocurriese nunca.

Entonces subieron a la planta alta, tranquilas y despreocupadas. La verdad es que llevaban tanto tiempo sin que nada ocurriese en sus vidas, que una se acostumbrada a una vida normal, sin preocuparse de estar todo el rato vigilando las espaldas. Y… vaya si uno se acostumbraba, daba gusto poder ir con Gwendoline a cualquier sitio, cogidas de la mano, sin miedo a que nada pasase. Ahora mismo Sam se sentía así, por mucho que tuviese que seguir fingiendo ser Amelia Williams, ser alemana y tener el pelo y los ojos de color castaños. A su parecer—y aunque no le gustaba tener que esconderse—era un precio pequeño para poder tener una vida medianamente normal.

Pero vamos, siempre llegaban sustos que te recordaban de una bofetada de realidad de que tú ahora mismo no estás en posición de una vida normal.

En este caso, esa bofetada de realidad vino de manos de Astreia Edevane, la abuela de Gwendoline. Ambas la escucharon, pero la verdad es que Samantha no la reconoció porque nunca la había visto. No fue hasta que su novia mencionó en voz alta su parentesco con ella, que Sam no quiso salir de allí corriendo. ¿Su abuela de la familia Edevane, en serio? ¿No había nadie peor? Pese a que en otro momento su comentario le hubiera parecido desternillante, en aquel momento ni lo asimiló. La legeremante sopesó seriamente el girarse y caminar hacia un lado para irse, pues como es evidente no quería enfrentarse a esa situación sabiendo que toda la familia Edevane era purista y que el hijo de esa señora había mandado a su esposa al Área-M, pero no pudo irse porque la señora reparó en su presencia. Lo cual es lógico porque estaba allí, al lado de Gwen.

Recibió la mano de Gwen, la sujetó con fuerza y se giró en el proceso, viendo allí a aquella señora. No pudo más que esbozar una sonrisa bastante forzada, pero su amiga podría adivinar por la cara y sus movimientos que estaba no solo nerviosa, sino que también tenía miedo. No conocía a la familia Edevane—ni quería—pero con el historial que tenían detrás y sus ideales, que uno de ellos viesen a Gwendoline con Sam podía significar el final: el final de la relación, el final de Sam y el final de Gwen. O al menos, si no es final como tal, el ingreso en algunas de las prisiones. Que para Sam, dadas las circunstancias, era lo mismo. Así que no, con todo lo que temía ese tipo de situaciones, ahora mismo Sam no tenía el temple necesario para improvisar bien.

Aún así, lo intentó lo mejor que pudo, pese a que sintió que decirle que era Amelia Williams era lo más ridículo que había escuchado en su vida, ¿quién se iba a creer eso? De repente su identidad falsa le resultaba de todo menos creíble. Sin embargo, la señora actuó con normalidad, dándole la mano. Sam entonces soltó a Gwendoline para tenderle la mano a su abuela. —El placer es mío, señora Edevane. Gwendoline me ha hablado mucho de usted y su granja. —Si hubiera estado en otra situación, hasta se hubiese reído de su pésima actuación, aunque en aquel momento no fue el caso.

De pequeña venía mucho, pero desde que se hizo una adulta ya no pasa ni un día a visitarme, así que tanto no debe de gustarle… —Comentó la abuela, con desenvoltura.

A Sam le ponía de los nervios que estuviese tan tranquila. Lo peor de todo es que esa frase la hizo mirando hacia Sam, por lo que se vio en la obligación de sonreír un poquito y de hacer que esa conversación fluyese y no se viese estancada por la incomodidad.

Bueno, pero no se le olvidan los buenos recuerdos de cuando era una niña. —Y miró a Gwendoline para que siguiese hablando ella, cargada de inseguridad.

Bueno, al menos todo no era mentira: era cierto que Gwendoline le había hablado a Sam varias veces de la granja de su abuela Astreia Edevane, en donde criaba no solo animales convencionales, sino también criaturas mágicas, pero como es comprensible, nunca había ido. Y ahora, sabiendo cómo está la situación y que mañana iba a terminar en Azkaban, algo le decía que tampoco iría nunca.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Mar 06, 2019 4:20 pm

Si la atracción por los villanos o anti héroes enmascarados, esa supuesta sensualidad de la que Sam hablaba, era algún tipo de fase en la vida por la que pasa todo ser humano, Gwendoline debía habérsela saltado: nunca había sido una fanática de películas como V de Vendetta, y lo más parecido a un justiciero enmascarado que le gustaba era Flecha Verde... o al menos, antes le gustaba, hasta que la serie de Arrow había empezado a decaer.

Además: resultaba innegable que el protagonista de V, a Gwendoline, le traía a la mente recuerdos bastante malos referentes a los que en la actualidad ocupaban el Ministerio de Magia. ¿Cómo olvidarse de sus máscaras?

—A mí me transmiten otra cosa...—Comentó, intercambiando con su novia una mirada significativa. Quizás los mortífagos ya no llevasen sus máscaras de antaño, pero el recuerdo seguía presente en la memoria de Gwen.—Pero creo que sigo tu planteamiento. Y tiene mérito, teniendo en cuenta que yo no conocía la sensualidad… bueno, hasta hace poco.—Y al decir esas palabras, sus mejillas se encendieron con un tono rosado muy evidente.

No mentía en lo más mínimo: a Gwendoline podrían ponerle delante al hombre más atractivo del mundo, o a la mujer más atractiva del mundo, y su expresión facial sería semejante a la de una patata.

En cambio, si Samantha Lehmann decidía desabrocharse un botón de la camisa con expresión coqueta en el rostro, Gwendoline se sentía arder por dentro. Sobra decir que todavía no alcanzaba a comprenderse a sí misma en ese sentido, y que las palabras “Tú no eres normal” se repetían en su mente muy a menudo. Y estaba claro que en el sentido sexual de la palabra, Gwendoline definitivamente no era normal.

Ya cuando se encontraban en el pasillo que conducía a lo que muchos llamaban el gallinero—lugar desde el que contemplarían la obra basada en la novela de Gastón Leroux—, tuvieron un encuentro de lo más inesperado: Astreia Edevane apareció, como quien dice, de la mismísima nada.

Mientras Gwendoline intentaba obtener mentalmente una respuesta del universo a la pregunta “¿Qué probabilidades había de encontrarnos con mi abuela purista la misma noche que decidimos ir al teatro?”, la morena tuvo que mostrarse lo más tranquila posible dentro de su sorpresa: no pasaría nada si su abuela no sospechaba que se encontraba en compañía de una fugitiva. Y es por eso que presentó a Sam como su amiga Amelia Williams.

A la morena le dio la impresión de que su abuela no se lo creía, y quizás fuese cierto, o quizás estuviese pecando de una sana paranoia, dada la situación, pero fue suficiente motivo para ponerla nerviosa. Y si bien su abuela nunca se había caracterizado por ser una mujer violenta, cuando tomó la mano de Sam casi temió que sacara un cuchillo con la otra y se la rebanase.

Sí, de acuerdo: había visto demasiadas películas.

Pese a todo, con respecto al comentario de la granja, Gwendoline notó a su abuela tan normal como durante la cena de Navidad: un comentario sin más, desenfadado, con un toque de ironía, sarcasmo y reproche hacia su nieta.

—Ya sabes que llevo una vida muy ocupada, en el Ministerio.—Se forzó a sonreír de una manera lo más natural posible.

—No lo dudo, pero aquí estás, con tu buena amiga… Amelia.—Miraba a Gwendoline mientras pronunciaba toda la frase, y sólo fue al final, al pronunciar su nombre falso, que miró a Sam.—En fin, no quería interrumpir vuestra velada. Simplemente te vi y me apetecía saludar a mi nieta favorita.—Astreia avanzó hacia Gwendoline y abrió los brazos en su dirección, mirándola de manera significativa: decía sin palabras “Ven a darle un abrazo a tu abuela.” Gwendoline no pudo negarse, y justo cuando su abuela apoyó la cabeza en su hombro, la escuchó susurrar muy bajo.—Espero que estés teniendo cuidado, ya que has elegido esta vida.

Gwendoline se quedó pálida: así que había reconocido a Sam como fugitiva. ¿Qué pasaría a continuación? ¿Las entregaría a ambas al Ministerio de Magia? Sus palabras no sugerían eso, pero igualmente Gwendoline se quedó con mal cuerpo. No supo qué más decir, por lo que permaneció en silencio junto a Sam. Ninguna de las dos sabía dónde meterse.

—Creo que ya os he entretenido lo suficiente. Espero que disfrutéis de la velada. Y Gwendoline...—Gwen alzó la mirada, que hasta entonces tenía clavada en el suelo, con los ojos muy abiertos.—Ven a visitar mi granja algún día de estos, y quizás podamos ponernos al día.

—Sí, gracias. Lo haré.—Respondió Gwendoline con un hilillo de voz, pensando que lo único que haría en cuanto su abuela se marchase sería coger a Sam y llevársela de allí. Al infierno con El Fantasma de la Ópera.

—Buenas noches, señoritas.—Se despidió Astreia, para acto seguido alejarse caminando de allí, sus tacones resonando en el pasillo.

Gwen esperó a que la bruja de sangre limpia hubiera recorrido una distancia prudencial antes de volverse hacia Sam y hablarle.

—Nos vamos de aquí. A casa.—Dijo, casi enfurruñada, dispuesta a rendirse al miedo de ser atrapadas, que había vuelto después de pasar una larga temporada durmiendo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 07, 2019 4:49 am

Que Gwen pudiese ver a Sam de manera sensual le hacía sentir muchas cosas a la legeremante: desde inevitable gracia por pensar que esas dos super amigas que siempre habían sido de repente se viesen con esos ojos tan diferentes, hasta deseo por ella. Hacía mucho tiempo que no sentía eso... el sentirse deseada por una persona a la que también deseas, ni tampoco ver a nadie de la manera con la que ella veía a Gwendoline, por lo que inevitablemente ese tipo de comentarios, de miradas y de gestos… le ponían muy feliz. Terriblemente feliz. A veces se asustaba de que verdad pudiese llegar a estar así de feliz dada su situación.

Pero claro, de repente sientes felicidad y sólo piensas en lo que te encantaría hacer con la novia más preciosa del universo y a los dos minutos como la abuela de tu novia te susurra al oído que vas a terminar en Azkaban por acercarte tanto a su nieta. Mal, fatal. Lo pasó mal pero porque no sabía como reaccionar, ni qué decir. Odiaba la situación porque como es evidente Sam no se fiaba nada de nada de la gente purista y había sido partícipe directa de lo manipuladores que las personas tan retorcidas como esas podían llegar a ser. Y claro, no se fiaba absolutamente de nada: ¿y si ahora le muestra una sonrisa y luego les da una puñalada por la espalda? Porque claro, ¿qué va a hacer ahora? ¿Decirle a Gwendoline que se aparte para llevar a Samantha al Ministerio de Magia, en mitad del teatro? Está claro que si estaba un poquito a salvo en ese momento era porque estaban rodeadas de muggles.

Ellas continuaron con la conversación mientras Sam se quedaba al margen, pues no tenía nada que decir. No escuchó lo que Astreia le dijo a Gwendoline cuando la abrazó, pero supo que algo tuvo que decirle por la cara que se le quedó nada más separarse de ella. Y lo único que pudo hacer a continuación fue sonreír cordialmente cuando Astreia se despidió de ellas y se giró para irse.

Ambas se quedaron mudas mientras su abuela se iba dignamente y fue la morena quién se giró hacia Sam y la primera en hablar sobre toda aquella situación que les había abordado injustamente. ¿Volver a casa? Vale, Astreia le había dicho al oído que huyeran, que les daba tres minutos de ventaja para empezar la persecusión. —¿A casa, en serio? ¿Me vas a decir que tu abuela no sabe en donde vives? —Parece que sonó irónica, pero en realidad solo sonaba asustada. Si quería irse de ahí porque su abuela las había visto, no iba a cambiar nada esconderse entre las paredes su casa. —¿Crees que me reconoció? ¿Que… hará algo, realmente? —preguntó, esperando sinceridad total y queriendo saber que le pasaba por la mente. Era legeremante pero en aquel momento sólo podía identificar que estaba tan nerviosa como ella.

Y claro que quería irse, pues ahora mismo solo le recorría inseguridad por todo el cuerpo. Sin embargo, era la misma inseguridad que siempre le recorría cuando se daba cuenta de que la vida no era de color de rosas. Se puso frente a Gwendoline y buscó su mano con la suya, apartándose hacia la pared para no molestar a la gente que iba pasando—pues todavía había gente por aquí y por allá—por los pasillos. —Gwen, esto siempre va a ser así —le habló en bajito, asumiendo que su posición como fugitiva ahora mismo era para toda la vida, ¿cómo esperar que cambiase el gobierno, después de que se hubiesen establecido ya casi por dos años? Sam, en realidad, había perdido bastante la fe en eso. —No te voy a mentir, yo me iría ahora mismo corriendo a casa sólo porque tengo la falsa creencia de que ahí estamos a salvo y si me quedo me voy a sentar a ver la ópera pensando que me va a venir alguien por detrás a ponerme la varita en el cuello. —Exageró, por lo que intentó no sonar del todo seria para que se diese cuenta de que estaba exagerando, pese a que el cuerpo ahora mismo le decía eso. —Pero no quiero sacrificar lo nuestro por tener miedo. No quiero tener miedo contigo. —Suspiró, apoyándose con el hombro en la pared que le quedaba a la izquierda, mirándola a los ojos mientras pensaba en lo guay que hubiera sido ser normal, sin poder evitar imaginarse cómo hubiera sido todo si lo de ellas hubiese ocurrido en otras circunstancias, sin la necesidad de que Sam fuese una fugitiva. —Por eso me parece injusto que... tengamos que irnos. Es... —Una mierda. No lo dijo, pero por lo enfadada que lo dijo, se podía intuir.

Chasqueó entonces la lengua, sin poder evitar desviar la mirada levemente y mirar con desconfianza el pasillo por el que se fue Astreia. —Venga, vámonos. —Tragó saliva, se mojó los labios y se impulsó levemente para despegarse de la pared, con intención de caminar hacia los baños o algún lugar oculto e irse a casa.

Y se lo había dicho claro: en realidad Sam quería irse porque se asustó y sabía que Gwendoline estaba asustada, porque irremediablemente, aquel tipo de situaciones te recordaban lo frágiles que eran sus identidades y sus vidas y no merecía la pena quedarse estando asustadas, porque no iban a disfrutar ni de la ópera ni mucho menos de la experiencia de estar con la otra. Y le daba muchísima rabia. Es por eso que por mucho que estuviese asustada y enfadada con su situación, una parte de ella quería quedarse y enfrentarse a ese miedo, porque como bien le había dicho, no quería tener miedo con ella. Ya bastante miedo seguía teniendo, como para seguir sucumbiendo a él y escondiéndose por las esquinas. Y aunque no se lo dijera muy a menudo por miedo a destrozar la realidad que vivía, con Gwendoline sentía que merecía la pena luchar contra todo lo que teme y la asusta, porque no vale la pena estar así y perderse todas las cosas buenas. Y… a su lado era más fácil enfrentarse a todo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Mar 07, 2019 2:19 pm

¿Era marcharse la opción más cobarde de todas las posibles? Desde luego: era el equivalente adulto de correr a refugiarse bajo la cama, después de haber visto una película que te ha dado mucho miedo.

El encuentro con Astreia Edevane había dejado a su hija con mal cuerpo: sentía ese temblor casi fantasmagórico en las piernas, ese que sólo se experimenta en un estado de profundo nerviosismo, y sentía algo dando vueltas en su estómago, dándose cuenta de que, si estuvieran en el cine y no en la ópera, sería totalmente incapaz de de llevarse nada a la boca. Y eso sin hablar del hecho de que estaba luchando contra la necesidad de llevarse una de sus manos a la boca y terminar a dentelladas con su cuidada manicura.

Sam hizo una pregunta bastante acertada—recordándole además que ya no se sentía segura en su propia casa, motivo por el cual quería mudarse—, pues Astreia Edevane conocía su dirección a la perfección. ¿Cómo no? Llevaba viviendo en aquel apartamento casi toda su vida adulta, y su padre no era precisamente alguien capaz de guardar secretos.

No le extrañaría que media familia Edevane supiera ya dónde vivía ella.

¿Será mi abuela capaz de guardar este secreto?, se preguntó, casi a la desesperada. Y es que si tuviera que señalar a uno de los miembros de su familia como alguien decente, esa sería su abuela. Y con todo y con esas, tal y cómo estaban las cosas, Gwendoline no podría la mano en el fuego ni siquiera por ella.

—Créeme: te ha reconocido.—Aseguró Gwendoline, que en ningún momento sopesó la posibilidad de que Astreia se refiriera a su orientación sexual. Y ni pensar en el hecho de que hubiera confundido a Sam con una muggle.

Estaba hecha un manojo de nervios y sabía que no tardaría mucho en dejar que sus piernas echaran a correr, como parecían estar deseando por lo mucho que temblaban. Sin embargo, las palabras de Sam tenían gran parte de razón: así era la vida que habían elegido, y si por cada momento como aquel escogían no vivir un momento juntas, más les valdría olvidarse de la nueva casa y comprarse en su lugar identidades falsas y mudarse al extranjero, donde pudieran empezar su vida de cero.

Lo cual no se le antojaba como una mala idea en aquellos momentos.

Con una mirada insegura puesta en los ojos de Sam, la escuchó, todavía dudando sobre sus posibilidades si se quedaban. ¿Qué posibilidades existían de que su abuela las vendiese al Ministerio? ¿Las había, siquiera? ¿Era Astreia Edevane tan cruel como su hijo?

Siguió dándole vueltas a aquellas cuestiones… hasta que Sam dijo que le parecía injusto que tuvieran que dejar a un lado sus planes para huir, como si estuvieran haciendo algo malo. Ese fue el colmo, el momento en que Gwendoline supo que obedecer a sus miedos, rendirse, era sinónimo de perder. ¿No habían acudido allí para ver El Fantasma de la Ópera? ¿Iban a dejarlo tirado sólo por un encuentro con una persona que podía acabar en nada?

Ella dijo: “Espero que estés teniendo cuidado, ya que has elegido esta vida”, pensó Gwendoline mirando a una Sam, cuyo rostro reflejaba una mezcla de miedo y decepción. Sobre todo decepción.

—No.—Dijo Gwendoline finalmente, sujetando la mano de una Sam que estaba a punto de marcharse.—No nos vamos.—Y dicho aquello, Gwendoline tiró suavemente de Sam para acercarla a ella, se puso de puntillas y le dio un beso en los labios. Varios de los asistentes a la ópera de esa noche se las quedaron mirando mientras pasaban, pero a Gwen le dio igual: que mirasen lo que les apeteciera, pues aquella chica era su novia y no pensaba privarse de besarla en público. Si no les gustaba, que no mirasen: el problema era de ellos, después de todo.

La besó durante algunos segundos, acariciando su rostro con una mano mientras la otra sujetaba el antebrazo de Sam. Y Gwendoline descubrió que no le resultaba difícil aislarse del mundo cuando estaba así, con ella. Todo parecía desaparecer, y todo parecía dejar de tener importancia.

Se separó de ella muy despacio, consciente de que posiblemente hubiera mandado al traste el trabajo de Sam—y el suyo propio—con el pintalabios. Sin embargo, le parecía que la ocasión lo merecía.

—Ésta es la vida que he elegido. Y tienes razón, siempre va a ser así, por lo que… no podemos dejarnos llevar por el miedo. Así que vamos a entrar ahí, a sentarnos en los asientos que hemos pagado y a ver esa ópera sobre un tío con media máscara en la cara. Y después nos iremos a cenar a tu restaurante vegetariano favorito porque eso es lo que hacen las parejas normales.—Casi pareció que todo aquello, más que a Sam, se lo estaba diciendo al mundo. Casi con una nota de desafío del estilo: Y si tienes algo que decir al respecto, dilo ahora o vete a la porra.—Y… creo que te he fastidiado el pintalabios.—Añadió entonces, dándose cuenta de que daba igual: en un par de minutos las envolvería la penumbra, y daría igual el maquillaje.

Gwendoline le ofreció a Sam su mano con evidente intención de que la acompañara al interior de la sala. Sus nervios, si bien aún presentes, se habían rebajado de manera considerable. Y es que, claro, existía el riesgo, pero… ¿qué clase de vida sería esa en la que se rendían a las primeras de cambio?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mar 08, 2019 4:00 am

Problema en irse no tenía ninguno, pues prefería mil veces irse a estar allí con una Gwendoline incómoda. Bueno, ella también estaba incómoda, pero ella se daba igual, quién le importaba era su novia y lo que pudiese estar sintiendo en aquel momento, a su lado, en aquel sitio en el que estaban desprotegidas. No le gustaba nada pensar en que su presencia, al ser peligrosa, emanaba inseguridad. Y en estos casos esa inseguridad se incrementaba y era molesto sentir que por tu condición las cosas se van a la mierda.

Que tuviese tan claro que la había reconocido le hizo mirar hacia abajo y chasquear de nuevo la lengua, molesta. Vale que su manera de pasar desapercibida no era la mejor, pues cambiar el color de algunos aspectos de cuerpo no era precisamente ser una maestra del disfraz, ¿pero qué más iba a hacer?

Así que cuando Gwendoline le dijo que no, que no se iban, se giró para preguntarle pero a cambio recibió un beso. Ay… ese beso. Quizás todos los que se quedaron mirando aquel beso sólo veían a dos chicas dándose más amor del que socialmente está bien visto darse en público, pero para Sam ese beso fue mucho más que una muestra de amor. Para ella, Gwendoline en ese beso le decía montón de cosas: que no quería tener miedo junto a ella, que juntas podían con eso y más, que arriesgarse al final valía la pena, sentía que le daba la mano cada vez que había que ser valiente y que bueno… lo más importante, que la quería. Así que sí, el beso lo acabó Gwendoline porque Sam se había quedado tan embelesada que se podría haber quedado toda la ópera en ese rinconcito besándola sin parar.

Le sonrió a sus palabras mientras hablaba, remojándose los labios. Qué difícil era besar a Gwendoline, parecía que por mucho que lo hicieras, una siempre se quedaba con ganas de seguir. No pudo evitar soltar una risilla al final por el tono con el que había terminado aquella especie de manifestación al mundo. No le dio tiempo a decir nada, para cuando reparó en los labios de Sam, que probablemente estuviesen con el carmín un poco corrido. —Creo que voy a dejar de pintarme los labios. No me gusta esto de que hayan cosas que me impidan besarte más a menudo… —le respondió, sujetando la mano que le ofreció de camino a sus asientos.

Se sentaron en los lugares asignados, en la parte alta. Sam tenía a su lado a un señor mayor, mientras que Gwendoline tenía a una mujer que venía acompañada de lo que parecía su madre. Se veía todo perfectamente, pero estaban en un lugar bastante ‘alejado’ para lo normal. La verdad es que a Sam le parecía perfecto, porque estar en medio de la sala con toda la cantidad de gente que había, no le gustaba. Era un poco paranoico, pero siempre que iba a los sitios tenía la costumbre de tener localizadas las salidas de emergencias más cercanas y odiaba encerrarse en mitad de un lugar en donde fuera difícil salir, por lo que en su opinión estaban en un buen sitio, pues estaban al lado de la puerta que daba a los pasillos exteriores. ¡Sí, era paranoico! ¡No se lo tengáis en cuenta!

La velada transcurrió toda con normalidad: la ópera duró hora y media, los dos acompañantes de las chicas fueron tranquilos y no molestaron en ningún momento, no hubo ningún fallo en directo, nadie vino a apuñalarlas por la espalda… Vale que la gran mayoría del tiempo Sam estaba un poquito tensa, pero se aliviaba a sí misma pensando que nada ocurriría y que, por mucho que hubiera probabilidades, ahí era en donde debían estar. Y sí… podría haber disfrutado de la ópera en un cien por cien, pero por culpa de todo esa paranoia, al final podría decirse que la disfrutó solo un sesenta por ciento. Y le daba rabia, pero era incapaz de no preocuparse, sobre todo porque Gwendoline estaba con ella.

Cuando acabó, los aplausos, los gritos, los silbidos—odiaba a la gente que silbaba porque siempre le entraba el silbido por el oído hasta dejarla sorda—se hicieron los protagonistas de la sala y Sam se levantó cuando todos los de su alrededor se levantaron para seguir aplaudiendo. Vale, le gustó más la del Rey León. Seguramente dadas las circunstancias y porque El Ciclo de la Vida es el temazo inigualable.


Casa de Gwendoline | 04/03/2019 | 20:38h | Atuendo

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Florecilla del desierto
20:42
Florecilla
EN LÍNEA.

Güendoliiiiiiiin

¿Estás ya por casa? Acabo de ducharme y tengo hambre, ¿cenamos juntas?

Todavía no he empezado a recoger las cosas del gimnasio.

Deberías hacerme la cena en lo que llego y me ducho.

Sólo lo digo.

Jo, yo que quería comerte a ti 😼

...

Te he puesto nerviosa.

Lo siento, una chica se ha puesto a hablarme. Me da la impresión de que me conocía pero yo no sé quién es.

Pero Gwendoline.

Yo de postre. 😌

Ya has roto el momento romántico. Ya no vale.

😔 😭

Te espero en tu casa y voy haciendo la cena, guapi 😚








Se levantó de un saltito de su cama y fue prácticamente brincando hasta la cocina, en donde le puso de comer a los tres animales que habían ido corriendo tras de ella, pues casi siempre tenía por costumbre darles de comer a esa hora. Justo después, se asomó en la habitación de Caroline, solo con la cabecita, para avisarla de que se iba. —Me voy a cenar a casa de Gwendoline.

Me abandonas —respondió Caroline con falso drama desde su escritorio.

Chi. —dijo con una sonrisa enamorada, para retroceder un par de pasos.

¡Quiero la custodia compartida de los hermosis! —Escuchó gritar de fondo. Sam solo pudo reír, justo antes de desaparecerse hacia casa de Gwen.

Una vez en casa de Gwendoline, encendió la luz y fue hasta la cocina. Chess apenas tardó unos segundos en aparecer allí, ronroneando mientras rascaba su espalda 'sensualmente' en la pierna de Sam. Se agachó para acariciarlo y saludarlo, cogiéndolo en brazos y sintiéndose rara por tener un gatito no odiador de la vida entre sus brazos. Acostumbrada a la mala leche de Don Gato, aquel gatito era lo más adorable del mundo. Así que tras unos segundos de mimos gratuitos, lo dejó en el suelo y se acercó a la nevera, para empezar a hacer la cena. No tenía ni idea de qué hacer, pero tenía tanta hambre que seguramente optase por lo más rápido que encontrase, aunque tuviese que esperar a que Gwendoline se duchase. Ella era rápida duchándose, más todavía cuando había hambre de por medio.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 08, 2019 3:44 pm

Gwendoline Edevane
Carnaby Street London Gym | Lunes 4 de marzo de 2019, 20:38
Atuendo deportivo

Gwendoline sonreía como una boba mientras salía del gimnasio, todavía con el teléfono móvil en la mano, ajena por completo a la presencia que, desde hacía días, la observaba. Y no con buenas intenciones, precisamente.

La morena se guardó el teléfono móvil en el bolsillo, emocionada al saber que esa noche cenaría con su novia. Y como todo el mundo sabía a aquellas alturas de la vida, no había cena que se preciase con Samanatha Lehmann sin un poco de chocolate. Así que su primera parada nada más abandonar el gimnasio fue el supermercado que había justo enfrente, nada más cruzar la calzada.

No todos los días una podía permitirse una tarta de chocolate de confitería, pero Sam y el chocolate eran una mezcla que rara vez fallaba, y concretamente en aquel supermercado vendían unas pequeñas tartaletas de chocolate a un precio bastante módico que hacían las delicias de Sam.

Así que entró, y a los cinco minutos estaba fuera, con una pequeña bolsa de papel en brazos que contenía no sólo las tartaletas, sino también las típicas cuatro cosas básicas que una recordaba que necesitaba en el momento: tampones, ambientador, café…

La vida de la mujer soltera trabajadora.

Con todo aquello en su poder, Gwendoline se dirigió a la estación de metro más cercana en busca de un lugar con suficiente privacidad como para desaparecerse. Y mientras caminaba, la figura que la observaba la seguía a una distancia prudencial, acostumbrándose a sus horarios y rutinas...


Astreia Edevane
Frente al apartamento de Gwendoline | Lunes 4 de marzo de 2019, 20:52
Atuendo

Astreia Edevane llevaba todo el día anterior y parte de aquel dándole vueltas al asunto de la ópera. No todos los días una mujer se encontraba ante una situación como aquella: su nieta, en compañía de una fugitiva de lo que en la actualidad se consideraba la ley en el mundo mágico, era una situación a tener en cuenta.

Por supuesto, por la cabeza de Astreia ni siquiera se había pasado la posibilidad de delatar a Gwendoline, y mucho menos a la sangre sucia. Quizás no le gustara que mantuviese una amistad con alguien así, pero tampoco pensaba arruinar la felicidad de su nieta.

Bastante había hecho Duncan ya, por muy justificada que estuviera su actuación.

Así que esa noche se apareció cerca de la dirección de Gwendoline, con toda la intención de mantener una charla seria con ella. Hizo el resto del camino a pie, con las manos guardadas en los bolsillos de su abrigo, intentando mezclarse entre los pocos muggles con los que se iba encontrando. Algunos se dignaban incluso a darle las buenas noches, a pesar de no conocerla, y Astreia respondía de la misma manera.

No tardó mucho en llegar ante el edificio de apartamentos en que vivía su nieta, y se alegró al ver luz en la ventana del tercer piso: Gwendoline estaba en casa. Con un poco de suerte, no tendría que tener delante a la sangre sucia, y la charla sería mucho más sencilla: con ella presente, Gwendoline podría ponerse a la defensiva, o incluso creer que las intenciones de Astreia eran malas.

Nada más lejos de la realidad.

Convencida de sus intenciones, Astreia se encaminó hacia el portal de Gwendoline y se detuvo ante ese artefacto demoníaco: lo que los muggles llamaban ‘portero automático’. Se trataba de un trasto metálico con una serie de botones que para Astreia eran poco menos que algo desconocido. Pensó en pulsar unos cuantos al azar y ver qué sucedía, pero finalmente optó por utilizar la magia para abrir el portal.

Ya llamaría a la puerta a la manera tradicional cuando llegara al tercer piso.

Subió por las escaleras a la máxima velocidad que sus viejos huesos le permitían, y enseguida llegó al rellano del tercer piso. Y ante la puerta de su nieta la esperaba una sorpresa con la que no contaba…

Arthur Payne
Frente al apartamento de Gwendoline | Lunes 4 de marzo de 2019, 21:03
Atuendo

La sorpresa que se encontró Astreia Edevane al alcanzar el descansillo frente a la puerta de su hija fue nada más y nada menos que Arthur Payne, uno de los secuaces de la difunta Artemis Hemsley.

El aspirante a mortífago, abandonado tanto por su jefa fallecida como por todos los que había considerado alguna vez amigos o aliados, como Douglas, buscaba, en pocas palabras, sus cinco minutos de gloria.

Estaba harto de perder y harto de ser humillado, y si esa noche estaba allí era para resarcirse: atraparía a Edevane y la entregaría al Ministerio, y quizás entonces empezaran a tomarle en serio. ¿La recompensa? Payne apenas pensaba en ella. Sí, sería agradable que le pagasen por la traidora, pero lo más agradable sería que por fin se le tomaría en serio.

Y cuando acabase con Edevane, iría a por sus amiguitas. Especialmente a por Lehmann…

...siempre y cuando fuera capaz de abrir aquella maldita puerta, que se resistía a todos sus intentos, mágicos y no mágicos, para abrirse. De los segundos tampoco había intentado demasiados, teniendo en cuenta que no quería alertar a su objetivo, pero ya empezaba a cansarse.

—A tomar por culo.—Dijo Arthur, sabiéndose lo bastante hábil como para reducir a esa mosquita muerta del Ministerio de Magia.

Dio un par de pasos atrás para tomar impulso, dispuesto a arrearle a la puerta una patada que la abriría sin lugar a dudas.

¿Sabéis lo patético que fue presenciar esto para Astreia Edevane?

Y mucho más patético fue el hecho de que Arthur Payne, antes siquiera de poder tocar la puerta, saliera despedido contra la pared opuesta, impactando ruidosamente con su espalda, y sin comprender qué narices había sucedido.

Sólo cuando la figura de Astreia apareció ante sus narices, apuntándole con la varita, comprendió lo que estaba ocurriendo.

—Discúlpeme, joven: ¿puedo preguntarle qué se le ha perdido en el apartamento de mi nieta?—Preguntó la mujer con unas maneras educadas, casi propias de la realeza.

La situación era surrealista. Y más surrealista se tornaría cuando Samantha Lehmann, atraída por el ruido de Payne impactando contra la pared, saliese a ver lo que ocurría. Seguro que le costaba un rato comprender lo que veían sus ojos…
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 09, 2019 1:02 am

Había sacado de la nevera un par de huevos, algo de pimiento, cebolla, calabacines, queso y zanahoria, con intención de hacer una especie de huevos salteados con cosas aleatorias muy ricas. Que no, a ver, que Sam no era una maestra de la cocina: le gustaba cocinar, pero más bien le gustaba experimentar y sabía que echando muchas cosas ricas en la sartén se iba a quedar algo rico. Y tenía mucha hambre como para pensar algo más elaborado o que llevase mucho tiempo. Ya bastante iba a llevar eso, cortando y dejando que se hicieran bien.

Así que se encontraba muy tranquilamente cortando la cebolla, mientras escuchaba a Adele de fondo con su móvil—pues lo había puesto para ir escuchando música—mientras lloraba por culpa de la dichosa cebolla. Nadie nunca le ha hecho llorar como lo hacían las cebollas.

Las había echado en la sartén a fuego lento, para cuando fue a limpiarse las manos y las lágrimas de puro sufrimiento—en verdad no—al fregadero. Mientras se secaba con una servilleta, fue cuando escuchó ese sonido tan fuerte en el rellano, en lo que parecía justo en frente de la puerta de Gwendoline. Pegó un respingo, ya que Sam eso de sufrir mini-infartos lo llevaba bastante bien pues en su día a día recibía como veinte. Sinceramente: lo primero que pensó es que se había caído el techo. ¿Cómo narices iba a pensar que en realidad un mortifago que iba en busca de Gwendoline, había estado a punto de irrumpir en la casa y que precisamente Astreia Edevane estaba ahí evitándolo? No, definitivamente no era una de las opciones que le podrían pasar por la cabeza.

Así que con miedo de que ese techo le hubiese caído a alguien en la cabeza, abrió la puerta y se asomó, pues quizás incluso hasta Gwendoline podría haber estado ahí. Sin embargo, lo que se encontró fue a un Arthur Payne tirado en el suelo, mientras la abuela de Gwendoline lo apuntaba con la varita. Cuando abrió la puerta, además, lo primero que vio fue como ambas personas la miraban y… bueno, la sensación que le recorrió todo el cuerpo al ver como un mortífago y una purista le miraban no había sido muy agradable. ¿Por qué no se limitó a mirar por el dichosa mirilla del a puerta? ¡Estaba ahí para esas ocasiones! Si no fuera porque entre ellos claramente se veía que había cierta disparidad de opiniones, en ese momento se hubiera sentido muy amenazada y posiblemente muy perdida con la vida. No le dio tiempo a decir nada, pues Arthur señaló a Sam con presteza e intensidad.

¡Ella! —Y vio ahí la salida a la pregunta de Astreia Edevane, pues evidentemente no podía afirmar que iba a por su nieta mientras le apuntaba con la varita. —¡No iba a por su nieta, iba a por ella! ¡Esa asquerosa sangre sucia! ¡Samantha Lehmann! ¡Ha matado a montones de nosotros! ¡Tiene que terminar encerrada en Azkaban! —Alzó la varita en contra de Sam rápidamente y, en el tiempo en el que Sam se apartaba de la puerta y se escondía detrás del marco, Astreia desarmó a Payne, haciendo que la varita volase por todo el pasillo, bastante lejos. —¡Pero qué coño hace! ¡Es una enemiga del gobierno: atáquela a ella!

Probablemente si Astreia no hubiera intervenido, ese hechizo hubiera dado antes de que Sam se escondiese, sin embargo, dio tiempo a que saliera corriendo a coger la varita que había dejado en la mesa de la cocina. Cuando volvió a asomarse, vio a Payne intentando gritar, pero sin proferir ningún tipo de sonido de su boca. La legeremante, ahora rubia y de ojos azules y no como el día de la ópera, miró a la abuela de Gwendoline con rostro confuso y tragó saliva, con la varita en la mano pero sin alzarla en ninguna dirección. Gracias a Merlín que fue Astreia quién habló la primera.

Es tarde para estar gritando en los pasillos. —Se excusó, para entonces hacer un movimiento elegante con la varita que hizo que el culo de Payne se elevase en el aire, fue él mismo quién posó los pies en el suelo. Luego lo empujó mágicamente en dirección a la casa de Gwendoline, a lo que Sam se apartó a consciencia de la puerta. El chico no podía mover los brazos, pues habían sido pegado a su propio cuerpo y, en realidad, casi todos sus movimientos eran controlados por Astreia, quién le hizo sentarse en una silla en la cocina.

Sam todavía estaba sin decir nada, con la varita en la mano y pegada a la otra esquina de la cocina mientras se podía escuchar empezar una canción con el “hello, it’s me” tan dramático y famoso de Adele en ese preciso momento, mientras la cebolla se hacía en la sartén. Ella, por su parte, todavía estaba pensando qué narices tenía que hacer. El semblante tan serio y el rostro impasible de Astreia le producía incertidumbre porque no la conocía de nada y le daba la sensación de que podía estar pensando desde que la cebolla se iba a quemar, hasta cómo matar sin dejar evidencias. Por suerte para ellas, la cebolla tardaba un montón en hacerse y el fuego estaba bajo, así que no se iba a quemar. Sin embargo, frente a la incomodidad, Sam tuvo que hablar: —No sé que ha pasado. —Es decir, era imposible que Payne supiese que Sam iba a estar ahí: había sido un plan totalmente improvisado. —Yo se supone que no iba a estar aquí, no ha podido venir a por mí, ha venido a por Gwendoline —le dijo a Astreia, para entonces matizar: —No es la primera vez que nos enfrentamos a él. —Y tragó saliva. Sonaba nerviosa porque la situación era para ponerse nerviosa, pero había sonado sincera. Ahora... que Astreia le creyese o no, era otro tema, pues no conocía de nada a Sam.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 09, 2019 3:27 pm

Astreia Edevane

Por sorprendente que pudiera parecer, dada la familia con la que compartía mesa en las ocasiones señaladas, Astreia Edevane no tenía un problema real con los sangre sucia: el mero hecho de que existieran probaba muchos de los predicamentos puristas como erróneos, y cualquier persona con dos dedos de frente que se preciara sería capaz de verlo con sus propios ojos.

Por supuesto, no era ajena al término ‘sangre sucia’, y ella misma lo utilizaba para referirse a los susodichos. Lo había hecho desde niña, y hasta el momento no había encontrado motivo para cambiar. Ni siquiera cuando algunos puristas extremos empezaron a llamarlos ‘muggles’ o ‘ladrones de magia’. Como si tal cosa pudiese existir.

Entonces, ¿por qué, si utilizaba el término, no se sentía ofendida ante la presencia de Samantha Lehmann en el apartamento de su nieta? Bueno, por dos palabras sencillas: Lamia Amery. Cualquiera que se molestara un mínimo en conocer a esa mujer comprendería, si su mente no estaba plagada de sesgos retrógrados, que aquellos a los que los sangre limpia llamaban sangre sucia tenían mucho que ofrecer al mundo.

Quizás más que ellos, incluso.

El invasor de la privacidad de su nieta no era más que un maleducado, y si Astreia Edevane era intolerante frente a algo, ese algo eran las faltas de respeto. O los gritos a partir de ciertas horas de la noche. Como buena dama inglesa, y bruja de un linaje de sangre limpia, había recibido una educación, y las maneras zafias de ciertos individuos la incomodaban. El momento en que le cerró la boca fue glorioso para Astreia.

—Cálmate, querida.—Sugirió Astreia a la nerviosa sangre sucia, mientras daba un paso dentro del apartamento de Gwendoline, para luego dar un paso atrás al recordar un asunto importante.—Supongo que sobra preguntarlo, pero de todas formas: ¿Te ha hecho algo? ¿Estás herida? No veo cómo este patético intento de mago podría hacerte daño a través de una puerta cerrada, pero nunca se sabe...

Con un sencillo hechizo, atrajo la varita de Payne desde el lugar en que había caído hasta su propia mano, y entonces sí entró en el apartamento, cerrando la puerta tras de sí con otro movimiento de varita. Lo hizo de tal manera, con tal elegancia, que parecía que la varita era una extensión de su propio cuerpo, y que la dominaba de la misma manera que su respiración, o los latidos de su corazón.

Ya en el interior, con mucha calma y bajo la mirada desconfiada de Lehmann—y la confusa y asustada mirada de Arthur Payne—, Astreia comenzó a desenrollar el pañuelo que llevaba al cuello y hacía las veces de bufanda. Lo colgó en el perchero de entrada, y se dispuso a hacer lo mismo con su abrigo.

—Igual que el sujeto presente en la cocina, he venido a ver a Gwendoline, aunque sospecho que nuestras intenciones son diametralmente opuestas.—Se explicó la mujer, que a pesar de su educación, se había auto invitado a entrar en el apartamento. Suponía que a Gwendoline no le importaría, una vez conociera sus intenciones reales.—Algo huele de maravilla ahí dentro.—Señaló cuando se percató del dulzón aroma de las verduras en el fuego.—Pero me temo que tendrás que prestarle atención a esas verduras si no quieres que se te quemen. Y la cebolla quemada es una de las cosas más horribles al gusto que existen sobre la faz de la Tierra. Aunque no es peor que el ajo...

El tono de Astreia, aunque fuera serio, era relajado. No era el tono que se esperaba de una mujer purista en compañía de una sangre sucia. Sin embargo, bastaba con conocer a Astreia Edevane, a la de verdad, para comprender que no era una mujer como las demás.

Caminó en dirección a la cocina, observando al prisionero indefenso y mudo. Ya entonces se preguntaba qué hacer con aquel sujeto: no le había mucha gracia que su nieta tuviera acosadores de aquel tipo.

—Dos preguntas, Samantha.—Dijo Astreia, mirando por encima del hombro a Sam.—Primera pregunta: ¿Cuál es vuestra historia con este caballero? Segunda: ¿Qué sueles hacer para librarte de sujetos como este? ¿Deberíamos darle muerte, o por el contrario prefieres métodos menos agresivos?—Arthur Payne, al escuchar la posibilidad de que le diesen muerte, abrió mucho los ojos, negando la cabeza e intentando decir algo.—Bueno, en realidad eso han sido dos preguntas.

Gwendoline Edevane

Apenas un par de segundos después de que Astreia Edevane hiciera aquella pregunta, su nieta se apareció justamente en la puerta, con una bolsa en brazos y una sonrisa en los labios que se desvaneció en cuanto tuvo ocasión de observar la situación.

De espaldas a ella estaba su abuela, con los brazos en jarras; un poco más allá estaba quien parecía ser Arthur Payne, uno de los antiguos secuaces de Artemis Hemsley, con los ojos muy abiertos y una expresión aterrorizada en el rostro.

Gwendoline buscó a Sam, que no estaba muy lejos de ella, e intercambió una mirada insegura. Le hubiera gustado preguntar qué demonios estaba ocurriendo allí, pues esa era una de esas situaciones en que se requiere con urgencia una explicación, pero las palabras no le salieron cuando abrió la boca. Lo único que pudo articular fue un sonido extraño, a medio camino entre gruñido y gemino, que evidentemente no aportó información alguna a la situación que tenía lugar en su piso.

O sí: Astreia Edevane se dio la vuelta entonces, y miró a su nieta, cruzándose de brazos.

—Te dije que esperaba que estuvieras teniendo cuidado, y para mi sorpresa no has tenido ni el más mínimo.—Le reprochó la bruja mayor con severidad, pero sin perder esa media sonrisa característica tuya.

—Abuela… ¿qué está pasando aquí?—Fue capaz de preguntar Gwendoline cuando recuperó el habla, para luego mirar a Sam.—¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Gwendoline estaba en shock, y seguramente cuando se recuperase de él, comprendería la realidad: que aquella casa se había vuelto terriblemente insegura, y que si no se mudaba lo más rápido posible, más y más secuaces de la fallecida Hemsley vendrían a llamar a su puerta. Y seguro que sus intenciones no eran precisamente cordiales.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 11, 2019 1:25 am

Menos mal que Astreia le había dicho que se calmase, porque por un momento se olvidó de que era un posibilidad. Tal y cómo estaba la cosa, no le producía ningún tipo de calma el hecho de que uno de los secuaces de Hemsley hubiese vuelto a por Gwendoline de manera tan arbitraria y encima estar en compañía de la abuela. Era cierto que no había recibido ningún tipo de comportamiento hostil por parte de la cabeza de familia, pero le era imposible no tener en cuenta que era una mujer purista, la cual está a favor del gobierno mágico, ergo Samantha para ella no sería más que una sangre sucia más a la que enviar a la hoguera, o a la que sencillamente le daría igual si moría o no. Así que por mucho que hubiese sido cordial con ella, no se sentía en absoluto ni segura ni en calma.

Y ya si le añadimos el factor Arthur, aquello se había convertido en una situación muy incómoda en la que no tenía ni idea de cómo actuar. Sin embargo, como estaba intentando normalizar todo lo posible la situación, respondió a Astreia a sus preguntas: —No, no… estoy bien. —No sabía por qué, pero Sam sólo se veía capaz de hablar si Astreia le hacía alguna pregunta directa, ¿por qué esa señora le imponía TANTO?

De hecho, cuando Astreia se mostró tan tranquila en casa de su nieta y empezó a hablar con Sam, ella se limitó a mirarla con sorpresa. ¿Y cuando le dijo que tenía que prestarle atención a las verduras? ¿Esa señora no veía su cara de incomodidad y que le daban igual las verduras? Casi que prefería que se le quemasen las verduras a tener que darle la espalda a ese desgraciado y a esa señora. Que la señora no le había hecho nada pero… ¡da igual, esa situación no le gustaba nada! Aunque debía de admitir que tanto tono normal por parte de Astreia, hacia sin duda que la situación fuese más rara, pero al menos no tan incómoda. —Ya… —Respondió un poco ausente cuando mencionó el sabor asqueroso del ajo cuando se quemaba. Que ojo, podían ser una purista y una sangre sucia, pero al menos coincidían en que ese sabor era atroz para las papilas gustativas.

Sam bajó al mínimo al fuego, para mover un poco las verduras antes de volver a mirar a Astreia, quién le preguntó dos cosas. No sabía ni por donde empezar por lo de la historia que las relacionaba con Arthur Payne, pues la historia de Artemis Hemsley ya se remontaba muy atrás y le daba miedo decirle que por 'su culpa' había metido a tremenda monstruo en la vida de Gwen, por lo que solo pudo hacer caso, en ese momento, a su última pregunta. —Métodos menos agresivos, definitivamente —dijo sin dudar ni un poco, a lo que Arthur relajó el rostro. La verdad es que a Sam casi que le parecía peor los métodos de manipulación mental, porque a fin de cuentas manipulaban a una persona; quién fue y quién será. Y quitar esa esencia de uno le parecía terrible. Pero vamos… quería pensar que era mejor que matar. Odiaba tener que elegir, pero al final era cuestión de supervivencia; no podían dejar a Arthur Payne por ahí con la información que tenía de ellas o podría destrozar la libertad de Gwendoline. Y la verdad es que habían pasado ya muchas cosas desde que Sam estaba con ella, pero no le gustaría nada que por culpa de algo así, Gwendoline perdiese su libertad. —Él es…

Pero antes de poder continuar con la historia, Gwendoline apareció y Samantha sintió como una parte de su interior se relajaba de manera casi inmediata. Soltó aire lentamente mientras Astreia se enfrentaba a su nieta, para entonces recibir su mirada. Sam se limitó a asentir a su primera pregunta sobre si estaba bien, para contestar sólo a la segunda: —Mientras cocinaba escuché un ruido en el pasillo y salí a ver qué era: me encontré a tu abuela reduciendo a Arthur en el suelo, pues estaba intentando entrar aquí.

Creía que venía a por ti —dijo Astreia, en referencia a Gwendoline.

En realidad es que venía a por ti. No había manera de que pudiera saber que yo estaba aquí, pero es normal que tú estés en casa a estas horas y probablemente después de todo lo de Hemsley…

Y no dijo nada más, porque se había dado cuenta de que había usado un apellido muy fácilmente reconocible por una persona purista como Astreia Edevane y es que el apellido Hemsley no pasaba desaparecibido entre la sociedad mágica actual. Sobre todo después de que hace unos meses apareciese en El Profeta la desaparición de Artemis Hemsley.

¿Hemsley? —preguntó Astreia entonces, evidenciando que no le había pasado desapercibido. No sabía cómo iban las cosas entre los puristas, pero seguro que Astreia había tenido más de una velada en compañía de los padres de Artemis. —¿Qué clase de problemas tienes con los Hemsley? —Le preguntó directamente a Gwendoline, relacionando que si aquel tipo tenía que ver con los Hemsley y había ido con intenciones hostiles a por su nieta, es que algo debía de haber de por medio.

Sam se limitó a mirar a Gwen, sin decir nada al respecto. Sentía que la había cagado nombrando a los Hemsley, así que prefería no decir nada. Lo único que quería en ese momento era terminar con todo eso para decirle de una vez por todas a Gwendoline que quería irse a la otra casa para siempre. Que nadie supiese que vivían allí y poder sentirse seguras y a salvo, de nuevo, en un hogar, ¿era mucho pedir?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Mar 11, 2019 10:57 pm

Aquella era una situación cuanto menos fuera de lo común a encontrarse al regresar a casa, y Gwendoline no salía de su sorpresa: Sam, su novia, en un rincón sin saber dónde meterse o qué hacer con su vida; su abuela, con una mirada a medio camino entre severa e inquisitiva, mirándola como si la hubiera sorprendido robando galletas del tarro de la cocina; y Arthur Payne inmovilizado en una silla de la cocina, como un extraño que se había auto-invitado a una fiesta de la que la morena no tenía conocimiento.

Era normal que preguntase. Era normal que se preocupara por su novia, atrapada en una habitación con dos personas que no le convenía tener cerca. Y era normal que no entendiera cómo había podido suceder aquello.

Así que preguntó, y la respuesta le llegó tanto por parte de Sam como de su abuela. Y la respuesta era sencilla: Arthur Payne, movido por algún tipo de ansia codiciosa que no había podido saciar en el pasado, había optado por hacer una visita a Gwendoline, muy posiblemente con la intención de envolverla para regalo, ponerle un lacito en la cabeza, y entregarla en el Ministerio como prueba de su buena voluntad… y para ganarse algunos galeones.

Esa era la parte sencilla de entender. La no tan sencilla de comprender—la que seguía intentando comprender cuando el apellido Hemsley salió a colación—era qué pintaba su abuela a aquellas horas en su apartamento. ¿Debía atribuirse todo a la casualidad? ¿Una visita un tanto tardía?

Dio igual, pues en cuanto se mencionó el apellido de la mortífaga conocida con Grulla, todo lo demás pasó a un segundo plano, y la difunta cazarrecompensas volvió a alzarse con el protagonismo. Y por la mirada que su abuela les echó—la misma que cuando la regañaba de pequeña—, Gwendoline supo que había hecho algo realmente malo.

Gwendoline se quedó en blanco, sin saber qué decir.

Era la primera vez en mucho tiempo que alguien no sólo la regañaba, sino que tenía todo el derecho a hacerlo porque era una figura maternal para ella. Y, sinceramente, no sabía cómo sentirse: a su abuela no iba a poder responderle de manera azorada, como sí habría podido hacerlo en caso de su padre. Y es que Gwendoline respetaba y quería muchísimo a su abuela, a pesar de los ideales bajo los que había sido criada.

Había que conocer a aquella mujer para comprenderlo.

Buscando todavía las palabras apropiadas para explicarse, caminó hacia la mesa de la cocina y dejó sobre ella la bolsa de papel que contenía sus compras. Payne, sentado en una de las sillas, la observaba ahora con curiosidad, y siguió haciéndolo mientras se daba la vuelta para hablar con su abuela. La morena ni siquiera se percató.

—Tuvimos un problema con una Hemsley.—Empezó Gwendoline, mirando a Sam y dedicándole un pequeño gesto que quería decir que todo estaba bien, que ya se encargaba ella de aquello.—Artemis, concretamente. Mortífaga, cazarrecompensas...

—Conozco el historial de Artemis Hemsley. Es una joya de tal calibre que no tuvo problema en denunciar a su propio padre ante el Ministerio de Magia.—La cortó Astreia, y al mismo tiempo puso de manifiesto lo peligrosa que Artemis Hemsley era.—Lleva desaparecida un par de meses… ¿tenéis algo que ver con eso?

En ese momento, a Gwendoline se le secó la garganta de la misma manera que una sartén húmeda puesta al fuego: fue como si todo rastro de saliva en su boca y garganta se evaporase en cuestión de segundos.

No era fácil explicar aquello, ni resumir los motivos que las habían llevado a enfrentarse a Artemis Hemsley, pero debía hacerlo. Sentía que debía, aún cuando estaba confesando su complicidad en el asesinato de una mujer. Hecho al cual muy posiblemente no le había dado toda la importancia que realmente tenía.

—No está desaparecida.—Corrigió Gwendoline, negando con la cabeza. Antes de proseguir, tragó saliva.—Está muerta.

Decir aquello le costó horrores. Y es que quizás no les hubiera quedado más remedio que ir a por ella, quizás hubieran tenido que defenderse o morir, pero igualmente no podía evitar sentirse como si hubiera traicionado la confianza de su abuela. Como si hubiera hecho algo malo y no tuviera derecho a defender sus acciones.

Astreia recibió la noticia con un temple envidiable, apenas pestañeando, la mirada fría fija en su nieta. Acto seguido, esos ojos fríos se posaron sobre Sam, a la cual miró incluso con más dureza que a su propia nieta.

—Voy a asumir que la culpa es tuya. Que Artemis Hemsley iba detrás de ti y metiste a mi nieta en todo esto...—Las palabras fueron como un cuchillo, aunque no sólo para Sam: también para Gwendoline, que enseguida dio un paso adelante.

—No es culpa suya. Ella no pidió que la persiguieran.—Defendió Gwendoline a su novia. No pensaba dejar que la culpasen de algo sobre lo que no tenía control alguno.

—No tuvo problemas en pedirte ayuda...—Dejó caer su abuela.

—¡No tienes idea de lo que estás hablando!—Gwendoline alzó la voz al decir esto, y sus palabras se solaparon con el ‘ayuda’ que pronunció su abuela, haciéndola enmudecer de repente. La purista no abandonó su actitud fría e inquisitiva, pero dejó hablar a su nieta, dedicándole toda su atención.—Ella nunca me pidió ayuda: fui yo quien se la ofreció. Cuando cruzó esa puerta hace un año—señaló en dirección a la puerta—, después de meses sufriendo la persecución de los tuyos, no buscaba mi ayuda: simplemente me echaba de menos, y quería verme. Casi tuve que sacarle a la fuerza que me hablara de sus problemas. Así que no: ella no tiene la culpa, y tú no tienes ni idea de nada.

Ambas guardaron entonces silencio. Hubo silencio en general, pues hasta el propio Arthur Payne observaba la situación con los ojos muy abiertos. En algún momento, el aspirante a mortífago había abandonado el papel de secuestrado para adoptar el de espectador, y cualquiera diría que disfrutaba de lo que veía.

En medio de aquel silencio, y con la mirada fría de su abuela todavía clavada en sus ojos, Gwen empezó a sentir cómo se le iban las fuerzas que había sacado para defender el honor de Sam frente a semejante suposición. Y es que empezaba a temer que su abuela fuera a decirle algo malo.

En su lugar…

—Samantha.—Volvió la mirada en dirección a la rubia. Se había cruzado de brazos mientras Gwendoline le escupía a la cara aquellas verdades.—Acepta mi más sincera disculpa por haber asumido que hiciste algo de lo que no eres responsable. Supongo que como sangre sucia que eres, estarás cansada de ello...

—No la llames sangre sucia. Es ofensivo.—Dijo Gwendoline, aún a la defensiva, pero en un tono de voz más bajo y normal.

—Como sea. ¿Qué os parece, señoritas, si nos sentamos calmadamente en esa mesa, y me contáis la historia que tenéis en común con este caballero?—Astreia separó una de las sillas y se sentó, la mirada de Arthur Payne, desconfiada, sobre ella.—Sería conveniente que comenzaras tú, Samantha. ¿Te parece bien?

Gwendoline alargó una mano para tomar la de Sam, sin ningún tipo de reparos. Pensaba estar de su lado hasta el final, por mucho que no se creyera todavía lo que había hecho: ¿acaso había desafiado a su abuela purista? No sabía cómo demonios era que no tenía la mano de Astreia Edevane marcada en su mejilla por semejante falta de educación.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Mar 12, 2019 1:31 am

Hubiera preferido no ser tan bocazas y no decir en voz alta que habían tenido problemas con la familia Hemsley, pero entre que estaba nerviosa y la situación no es que fuese algo a lo que estuviese acostumbrada, le salió sin pensar, arrepintiéndose al momento. Y se arrepentía porque ahora Gwendoline tenía que darle explicaciones a su abuela, explicaciones que no deberían de darse sobre por qué dos personas de familias puristas respetables tenían un problema tan gordo como para matarse por él. Y claro, a Sam ni le sorprendió que Astreia la mirase y le echase la culpa de todo: es decir, ¿de quién había sido la culpa de meter a esa asquerosa de Hemsley en la vida de Gwen? Vale que ella lo decidió, pero… Era un hecho que si Sam no llega a estar, Gwen no se hubiera visto envuelta.

No le dio tiempo a defenderse, pues la morena salió en su defensa: no una, sino dos veces. Por una parte para quitarle la culpa, pues ya habían hablado muchas veces que la culpa no era de nadie y que las decisiones se tomaban entre todas. Además de que nadie debería de tener que cargar con la culpa, pues era muy pesada. Y luego le soltó… la verdad, en realidad. Sam nunca tuvo intención de meter a Gwendoline en sus mierdas, pero al final no había podido mantenerse alejada lo suficiente como para evitarlo. Mira si no había podido mantenerse alejada, que al final habían terminado por estar muy juntas. Y en una cosa tenía razón, más que nada: Astreia no tenía ni idea de nada. Ni de la vida de Sam y Gwen antes de que cambiase el gobierno, ni de la vida de la legeremante cuando tuvo que huir, ni de la Gwen cuando se quedó sola… ni mucho menos la que habían compartido desde su reencuentro. Sí, lo más fácil era culpar a la sangre sucia porque todos los sangre sucias están cargados de problemas, pero su situación era mucho más que eso.

Cuando la abuela volvió a mirar a Sam, pronunciando su nombre de esa manera, captó la mirada de la rubia casi de manera instantánea. Ella asintió con la cabeza con intención de hacer sólo eso para aceptar sus disculpas y la verdad es que si bien las palabras ‘sangre sucias’ a ellas no le afectaban en absoluto, sobre todo si provenían de alguien como Astreia Edevane que ni conocía y tenía ideales purista, sí que le encantaba escuchar como Gwendoline siempre salía a defender a capa y espada aquello.

Pero vamos, lo de que asumieran cosas de las que ella no era responsable, había sido su pan de cada día hace dos años, ¿pero que le pidieran perdón? Podría contar con el meñique de su mano izquierda cuántos puristas le habían pedido perdón alguna vez.

Así que cuando Astreia pidió que le contasen la historia, Sam con la mano de Gwen entrelazada con la suya, la guió hacia la silla libre para que se sentase ella. Insistió en que se sentase ella. Prefería quedarse de pie por dos razones: primero que seguro Gwendoline y su abuela hablaban más entre ellas y segundo por las verduras, ¿nadie piensa en las verduras? También, aprovechó ese momento para pensar en lo que decir sobre Hemsley y Arthur Payne. Dudaba mucho que Gwendoline quisiera decirle a la abuela por lo que tuvo que pasar por culpa de Artemis, por lo que sopesó bien lo que decir para no volver a cagarla. Y si se lo quería decir, que se lo dijera ella.

Se puso por detrás de Gwen y colocó sus dos manos sobre sus hombros. Debía de admitir que también se sentía un poco cohibida teniendo la mirada inquisidora de aquella mujer de ideales retrógrados en su frente. —En diciembre del año pasado no, del otro, vine a casa de Gwendoline por primera vez en casi tres años sin vernos. Debido a… problemas personales y luego el cambio de gobierno tuve que huir y esconderme y perdí el contacto con ella porque no quería ponerla en peligro. Cuando estuve en mejor situación, volví a verla y… bueno, sé que no debería de haberlo hecho porque eso la ponía en peligro, pero lo hice porque la echaba de menos y siempre habíamos estado juntas. —Eso último lo dijo más rápido de lo normal, visiblemente nerviosa. No sabía si Astreia llegaría a entender lo importante que Gwendoline siempre fue para Sam, pero tampoco se iba a poner a decirlo ahora. —En ese momento yo ya tenía a Artemis Hemsley detrás, pero no le dije nada. Fue más adelante cuanto se lo terminé contacto y me ayudó a buscar información sobre ella, pues usaba un pseudónimo. Encontramos información sobre ella y sólo queríamos ver si podíamos ir un paso por delante, pero era imposible. Arthur—señaló al tipo—, y otros cuántos más eran sus aliados.

En realidad se acordaba perfectamente de Dog y de Savannah. Y sabía perfectamente que si modificaba la historia, Arthur seguramente intentaría decir algo al respecto para dejarla como una mentirosa. Sin embargo, esperaba que la evidente razón lógica de Astreia le diese lo bastante miedo como para que si le decía lo que Artemis había hecho con su nieta, con orgullo, él probablemente recibiese el escarmiento.

Tras una pausa, continuó: —Siempre iba un paso por delante y me quería a mí, porque yo sé el paradero de Thaddeus Allistar, un fugitivo que antes daba clases de legeremancia en la universidad. No sabía qué se traía entre manos del todo, pero lo quería a él. Le dije que no lo sabía en donde estaba. Al final… —No quería decirle que había utilizado a Gwendoline en su contra porque entonces iba a ver esa luz verde característica del Avada Kedavra bañando aquella cocina antes de morir. —Al final tuvimos que enfrentarnos a ella porque al no darle lo que quería, iba a terminar con nosotras. Sabía que Gwendoline estaba conmigo, que era una traidora, por lo que si no llegamos a hacer lo que hicimos, probablemente ambas estaríamos en Azkaban o muertas. —Bueno, todos allí presentes eran conscientes de que Sam terminaría en el Área-M, pero prefería no decir esas cosas en voz alta porque le daban mucho mal rollo. Así que prosiguió con la historia: —Artemis sabía en donde vivía Gwendoline, en donde vivía yo y todo… así que probablemente Arthur también. No sé por qué ha venido a por ella hoy, seguramente porque tiene evidencias de que no es leal al gobierno y quiera seguir los pasos de Artemis y llevarse los galeones por descubrir a una traidora. No lo sé…

Pensó en decir que sus intenciones con Hemsley siempre fueron de pura supervivencia y que de haber tenido posibilidades, hubieran preferido no matarla con tal de que se olvidase de ellas tres, pero la verdad es que algo le decía que a Astreia esa parte de la historia no le importaba demasiado. Y de todas maneras, ya sentía que se había extendido mucho hablando y no se sentía nada cómoda haciéndolo en presencia de un Arthur Payne y una Astreia Edevane, por muy agradable que hubiese sido en comparación con otros puristas.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Mar 12, 2019 4:00 pm

Que Astreia Edevane les ofreciera aquella posibilidad tan civilizada de contarles una historia para nada agradable podía considerarse un triunfo: la morena siempre había guardado un gran cariño y respeto por su abuela, a pesar de ciertas ideas retrógradas que tenía, pero precisamente por dichas ideas no confiaba en ella como para exponer aquella parte de su vida.

Sin embargo, allí estaba ella, dispuesta a escucharlas. Y dejando hablar a Sam, que representaba todo aquello que los suyos odiaban, nada más y nada menos.

A Gwendoline no le pasó por alto que, durante su relato, Sam omitía ciertas partes. Las peores, de hecho: no le contó a su abuela cómo, durante meses, su nieta había sido su títere personal, y cómo había movido sus cuerdas y la había utilizado para obtener información sobre las vidas de ellas dos.

Tampoco mencionó a Caroline, lo cual a su novia le pareció una gran idea: hasta el momento, ni siquiera Arthur Payne la había mencionado, por lo que no había necesidad de meterla a ella también en aquel problema. La idea de un encuentro cara a cara entre Caroline Shepard y Astreia Edevane en la misma habitación hacía que Gwendoline sintiera, ya no respeto, sino puro miedo: la pelirroja era de mecha corta, y su abuela no era precisamente amiga de guardarse sus críticas.

La posibilidades de que acabasen sacando las varitas eran muy elevadas.

Cuando Sam terminó de hablar, hubo silencio durante unos segundos que parecieron eternos, y Gwendoline empezó a ponerse nerviosa. La expresión de su abuela era inescrutable. No las miraba a ellas, sino que sus ojos estaban fijos en algún punto de la habitación en que no había nada. La típica mirada de alguien que da vueltas a sus pensamientos.

—No voy a negar que es mucha información a procesar.—Dijo finalmente, mirando a su nieta con otros ojos. A fin de cuentas, no todos los días le decían a una que una intelectual como Gwendoline Edevane, que no encajaba para nada en el prototipo de guerrera o duelista mágica, había participado en la muerte de una mujer. Ni siquiera se imaginaba que lo llevase dentro de ella.—Así que Artemis Hemsley está muerta. El hecho de que sus familiares la consideren desaparecida quiere decir que os asegurásteis de que el cuerpo desaparecía, ¿no?

Gwendoline negó con la cabeza enseguida.

—Nosotras dos, no.—Respondió con un hilillo de voz.—Bastante grave fue matarla como para, aún encima, hacer algo con su cuerpo...

La sóla idea de quemarlo, descuartizarlo, o siquiera dárselo de comer a una criatura mágica, repugnaba a Gwendoline. Porque sí, pese a todo lo sucedido, pese al daño que aquella mujer les había hecho y la situación en que las había puesto, seguía siendo un ser humano. Y Gwendoline, experta en vivir con una venda puesta en los ojos e ignorar aquello que le hacía daño, se había encontrado varias veces, especialmente en la oscuridad de su cuarto cuando intentaba dormir a solas, sintiendo genuino remordimiento por la muerte de Artemis Hemsley.

Así de irónica era la vida: cuando un inocente era asesinado, su asesino dormía como un bebé; cuando era asesinada una culpable en un acto de justicia, la mano ejecutora padecía insomnio.

—¿Vosotras no?—Preguntó, alzando ligeramente una ceja.—¿Quién, entonces?

—Uno de nuestros aliados. Un amigo.—No le dio muchos más detalles al respecto: prefería salvaguardar la seguridad de Douglas Dagon y, por consiguiente, la de Savannah McLaren. No pensaba meterles en aquel asunto.

—¿Por qué? Quiero decir, fuiste capaz de matar a Hemsley… ¿qué hizo que no pudieras deshacerte de su cuerpo?

A Gwendoline se le curvaron los labios en una sonrisa de lo más sarcástica, mientras negaba con la cabeza sin quitarle los ojos de encima a su abuela. Finalmente, se le escapó una amarga carcajada.

—¿Que fui capaz, dices?—Otra carcajada llena de amargura y sarcasmo.—¿Crees de verdad que alguna de nosotras tenía la intención de hacerlo? ¡Nuestro plan era otro! Porque, a no ser que las cosas hayan cambiado tanto en este asqueroso mundo mágico como para que esto no se reconozca, Artemis Hemsley era un ser humano.—Gwendoline sentía humedad en los ojos, y le picaban. Parecía que las lágrimas luchaban por brotar.—Fue algo que sucedió durante el enfrentamiento. Fue una decisión que tuvimos que tomar. ¿Y crees que no he vivido para arrepentirme de ello? Porque puede que fuese una persona horrible, que nos hiciese mucho daño y tuviera intención de hacernos más… pero seguía siendo una persona. Sí, es verdad, con su muerte muchas cosas han mejorado en nuestras vidas, y muy posiblemente hayamos salvado las de otros… ¿pero crees que no pienso a menudo en su familia y amigos? ¿En quienes la querían?

No era una pregunta que necesitase respuesta. Gwendoline siempre se había caracterizado por su humanidad, su empatía incluso hacia sus enemigos. Aquel posiblemente fuera el motivo por el cuál había sido a ella a quien Artemis había puesto bajo su control. Y no era de extrañar: muchas personas confundían esta humanidad con debilidad. Y quizás lo fuera.

Las lágrimas habían empezado a caer por sus mejillas, y se mordía el labio inferior para contener los sollozos. Seguía cruzada de brazos, igual que cuando se había sentado, y sentía las manos de Sam sobre sus hombros, ofreciéndole un consuelo que necesitaba.

Su abuela alteró por fin el rostro y mostró una emoción verdadera: pena. Adelantó una mano hacia ella, y Gwendoline la cogió.

—Está bien, mi niña. No hace falta que hablemos de eso.—Le dijo con suavidad, con un tono de voz que no recordaba haber escuchado desde su más tierna infancia.—Pero debemos hablar de cómo solucionar esta situación.

Y con eso se refería, por supuesto, a Arthur Payne, allí presente. El aspirante a mortífago se dio por aludido y las miró, alternativamente, buscando, quizás, algún tipo de apoyo por parte de ellas. No lo iba a encontrar.

Astreia deshizo el encantamiento que le impedía hablar, y se dirigió a él. Le habló con toda claridad.

—Señor Payne. Debo informarle de que, si en mis manos estuviera, tomaría la salida más sencilla para esta situación. Ya sabe: los muertos no hablan.—Y para dejar claro que hablaba en serio, le apuntó con la varita. Gwendoline no sabía si su abuela iba de farol o no, pero algo le decía que a Arthur más le valía medir sus palabras a partir de aquel momento.—Sin embargo, mi nieta y su amiga tienen una visión distinta del asunto, y por respeto a ellas, voy a dejarlas decidir qué hacemos con usted.

La morena tenía serias dudas de que Arthur Payne pudiera marcharse de allí de rositas. Dudaba que hubiera algo que pudieran decirle que le hiciera cambiar de opinión y seguir su camino, lejos de ellas dos. Sin embargo, sí tenía clara una cosa: ya había habido bastante muerte en toda la historia de Artemis Hemsley, y no quería Arthur o cualquier otro fuera la siguiente víctima mortal.

Así que, mirando al aspirante a los ojos, Gwendoline habló.

—Sé que ahora mismo dirías cualquier cosa para salvar tu vida. Pero te pido, por favor, teniendo claro que no tenemos intención de matarte, que me respondas a esta pregunta con sinceridad.—Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen en Arthur antes de continuar.—¿Serías capaz de dejar todo esto correr? ¿De irte por tu camino y dejarnos en paz?

Arthur Payne podía ser muchas cosas, todas ellas malas, pero algo en lo que Gwendoline dijo lo hizo reflexionar… y para cuando habló, lo hizo con toda sinceridad.

—¡Joder, no puedo dejaros en paz!—Exclamó, dando un golpe en el suelo con su pie derecho, como para dar más fuerza a sus palabras.—No puedo olvidarme de lo que sé de vosotras dos, y aunque quisiera dejaros ir, ¿vosotras sabéis lo que puede hacer el Señor Tenebroso? ¡Puede leerte la mente! ¡Puede hacerlo sin que te des cuenta! ¡Lo sabría todo!

Arthur dijo aquello como si realmente alguna vez hubiera estado en presencia del innombrable, cuando la verdad era que no: no era más que un aspirante, y no el más brillante de todos. Sin embargo, sus preocupaciones eran bastante comprensibles, dentro de todo aquel retorcido asunto.

—Sí puedes olvidarte de nosotras.—Dijo Gwendoline con suavidad. El hacer olvidar a otros era su especialidad.

—¡¿Cómo pretendes que me olvide de vosotras?!—Preguntó, haciendo gala de su poca inteligencia y agudeza mental. Luego, miró a Sam.—¡¿Cómo pretendéis que me olvide de vosotras, Lehmann?! ¡Joder, no puedo olvidarme de lo que sé!

Gwendoline no dijo nada. Prefirió dejar a Sam responder a aquella pregunta, y dejarle claro a Arthur Payne lo que le esperaba. Tal vez fuera un poco inmoral, pero… era un destino infinitamente mejor que la muerte.
Gwendoline Edevane
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