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Dreams for a better future // Sam & Gwen

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 4 23UILS8
Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 4 AIKLfZb


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Feb 19, 2019 8:49 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mar 13, 2019 2:11 am

Gwendoline le había hablado de Astreia en algunas ocasiones, pero nunca como si realmente tuviesen una relación demasiado estrecha. Se dio cuenta sobre todo cuando Astreia dudó en la moral de su nieta, cuestionándole que si no le había costado matarla, ¿por qué iba a costarle deshacerse de su cuerpo? Por un momento sintió hasta ganas de contestar a aquello. Le daba rabia esa normalización de las cosas, ¿en qué momento se había vuelto normal solventar los problemas con el asesinato? ¿Acaso ahora todo el mundo tenía que vivir tranquilo después de haber matado? ¿Ahora, como al parecer era legal, todos debían de hacerlo? Estaba harta de la violencia y de que la gente tuviese la mano tan suelta con la varita, asumiendo que la única salida era matar, matar y volver a matar. Y le daba rabia porque se había perdido el valor que eso tenía y ahora las vidas no valían nada.  

Cuando algo te parezca normal por las veces que lo viste hacer mal, es que el diablo algo debe hacer bien.

Y seguramente Astreia pensase que por unirse con una persona como Samantha, quizás se había visto obligada a matar porque seguramente ‘la sangre sucia’ habría matado a mucha gente si estaba todavía viva. Y la verdad es que le molestó esa manera de decir las cosas, en donde diesen por hecho que personas como ellas, que jamás habían estado de acuerdo con esa manera de ver la vida, ni mucho menos de vivirla, se le impusiese ya ciertos prejuicios encima sólo por supervivencia. Porque si habían tenido que matar a Artemis había sido sólo y únicamente por supervivencia. Así que apoyó a Gwendoline, presionando con sus hombros y sin irse a mirar las dichosas verduras. No se entrometió en aquella conversación porque era bien consciente de que no era el momento. Pero qué rabia...

Fue cuando Astreia pareció entender que su nieta no era una asesina, ni mucho menos estaba orgullosa de lo que había hecho, en el que su tono se relajó y pareció salir a flote esa abuela preocupada que todo el mundo necesita en ese momento. Incluso pareció dulce y atenta, cosa que Sam no hubiera apostado que era. La legeremante entonces se separó de Gwendoline momentáneamente para coger una servilleta y acercarse a su novia para dársela y que se limpiase las lágrimas. Le hubiera gustado quitárselas ella misma, pero… su abuela. No sabía cuánto se había intuido esa señora de la relación de ambas, pero teniendo en cuenta el minúsculo cerebro que tenían los puristas, no sabía ella cuánto de abiertos iban a ser con ese tema. Bastante tenía ya con que su nieta fuese solo 'amiga' de una sangre sucia.

Arthur Payne, aunque no lo reconociese, tenía miedo. No hacía falta ser ningún experto para darse cuenta de que estaba cagado con las repercusiones que podría ocasionar saber algo sobre una traidora, o una fugitiva, y no hacer nada al respecto. Tenía miedo por Lord Voldemort, pero teniendo en cuenta lo tóxico que era el ambiente en el mundo mágico, al menos Sam tendría miedo siempre si ocultase algo tan relevante como la identidad de una traidora que trabaja en el Ministerio de Magia.

Al parecer estaba demasiado nervioso como para recordar que estaba frente a una legeremante experta y una desmemorizadora con años de experiencia detrás, por lo que cuando miró a Sam, esta se encogió de hombros y cogió la espumadera de plástico que estaba justo al lado de la sartén. Sí, había ido a vigilar las dichosas verduras. Una vez allí y antes de hacer nada, Samantha miró al chico. —Estás frente a una legeremante y una desmemorizadora, yo creo que algo podemos hacer para que no recuerdes nada que pueda poner en peligro ni a ti, ni a nosotras.

¿Me queréis borrar la memoria? ¡¿Todo?!

Sólo lo que tenga que ver con nosotras. Pero en realidad no sería un trabajo sólo de borrar ciertos recuerdos, pues… corrígeme si me equivoco, Gwen. —Hizo una pequeña pausa. —Pero habría que cambiar algunos recuerdos para que no entren en conflicto con los que te quedarás de tu relación con Hemsley y el resto de compañeros con quiénes estabas cuando veníais a por nosotras. No tendría sentido borrarte lo que te relacionan con nosotras si luego vas a tener otro que te vincula con nosotras, en otro punto de tu vida. Te haría sospechar y tarde o temprano volverías a venir a por nosotras tras descubrir que tienes lagunas mentales en las que estamos presentes.  

Pero… —Él nunca había pasado por eso, pero sabía alguien de que sí y precisamente por sus propias manos y que al final terminó muriendo. Él también había conocido a Ulises Kant y el motivo de su muerte. Sin embargo, una cosa estaba clara: Artemis Hemsley ya no estaba presente como para descubrir nada. —¿Y si sale mal? ¿No me puedo volver loco si sale mal? —Preguntaba, como si realmente pudiese elegir algo. Sin embargo, Sam se sentía menos mal si al menos la persona no estaba en contra de su voluntad.

No va a salir mal: Gwendoline es la mejor en eso. —Sonrió hacia su novia, con sinceridad en lo que decía. De verdad que pensaba que Sam no le llegaba ni un poquito a lo que manipulación mental se refería. Una cosa era lo que veías en la mente y el ‘presente’ de la mente y otra muy diferente hacer cambios permanentes. Eso sabía hacerlo, pero ya había quedado claro con Ulises Kant que no era su mejor habilidad. Volvió a mirar a Arthur. —Yo... he tenido mis fallos en el pasado, pero era la única manera de librarme de personas como tú que venían a por mí. Así que lo mejor es que lo haga ella, que seguro no fallará. —Y miró de nuevo a Gwendoline. —Te puedo ayudar a buscar los recuerdos que hay modificar ajenos a nosotras y así nos aseguramos de que no se nos queda ninguno atrás que entre en conflicto. —Porque otra cosa no, pero indagar en la mente ajena sí que se le daba bien. Muy bien.

Arthur estaba pensativo, pero era muy consciente de que era la única salida para salir con vida de ahí. ¿Y sabéis qué? En realidad no le parecía tan mala. ¿Acaso no le hacían un favor quitándole de la cabeza una misión que no iba a poder cumplir? Ya había quedado claro que aquella piña de chicas habían sido duras de matar y él, sinceramente, quería despegarse de todos los asuntos de Hemsley antes de que siguiesen salpicándole. Y no quería morir por esa mierda. Quería demostrar que valía, pero algo le decía que ese no era su momento, ni su misión. Ellas eran problema de Hemsley y mira cómo había terminado…

Bueno… —Se encogió de hombros, mirando de reojo a Astreia. —Parece ser que es la única opción...

Sam le asintió con la cabeza, para mover las verduras con la espumadera. La verdad es que Gwendoline le había dado la opción de que si no decía nada, irse, pero Samantha no estaba de acuerdo con esa solución. Sinceramente: ¿eso cuántas veces salía bien? En base a la experiencia sabía que el honor no es que resaltase demasiado en las filas de esos criminales, por lo que lo primero que pensaría que haría Arthur es hacerse con cazarrecompensas experimentados e ir a por Gwendoline, esta vez sin fallar. Y la verdad, la legeremante no quería dejar ese tipo de amenaza por ahí suelta que la ponga en peligro si podían evitarlo. Sabía que era un pensamiento horrible la desconfianza y el querer manipular la mente ajena, pero quería pensar que era la mejor opción que tenían. Y ya que tenían la oportunidad de recurrir a la manipulación mental, por fea que fuera, tenían que aprovecharla.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 13, 2019 7:41 pm

La muerte de Artemis Hemsley, si bien Gwendoline se había convencido a sí misma de que había sido un mal necesario, se trataba de un tema muy sensible para la morena. No estaba feliz de haber sido una de las manos ejecutoras, ni de haber aceptado a regañadientes que no había otra salida. El mundo se estaba tornando en algo oscuro, un lugar en que una vida no importaba lo suficiente, y a veces la repugnaba la facilidad con que algunas personas se atrevían a disponer del derecho más básico de otro ser humano y hacer aquello que les apetecía con él.

No era esa la clase de mundo en que quería vivir, pero no le quedaba más remedio.

Sin embargo, había una persona en aquella habitación que no tenía por qué morir, por muy peligroso que fuese: Arthur Payne. Gwendoline puso la opción sobre la mesa, pero quizás fue demasiado sutil, o quizás Payne era demasiado corto de entendederas: únicamente pareció entenderlo cuando Sam se lo explicó.

La dejó hablar, y cuando mencionó la parte en que habría que modificar ciertas partes de su memoria, asintió: un trabajo como ese realizado de manera chapucera desembocaría en un Arthur Payne que podía terminar volviéndose loco. La mente humana era demasiado frágil, y si empezaba a observar contradicciones en sí misma, lo más probable es que empezase a deteriorarse.

No se consideraba la mejor, pero sí se consideraba capacitada para aquello. Simplemente tendría que sustituir a Sam, a Caroline y a ella misma en los recuerdos de Payne, además de modificar la información que Hemsley le hubiese dado. Sería un trabajo laborioso, pero no difícil. Simplemente tendría que estar pendiente de cada mínimo detalle.

Asintió de nuevo con la cabeza cuando Sam sugirió ayudarla con la legeremancia, y después de aquella explicación, Payne pareció convencerse. A lo que Gwen lo miró a los ojos, con seriedad.

—Sé que posiblemente esté perdiendo el tiempo con esto que voy a decirte, y que no querrás escucharme, Arthur, pero quizás te convenga.—Dijo Gwendoline, aún muy a pesar de que aquellas palabras desaparecerían de la mente de Payne cuando hubieran terminado.—Douglas era un buen amigo, un amigo muy leal...

—Leal, mis cojones...—Respondió con fastidio, apartando la mirada de Gwendoline. La morena lo notó dolido.

—Esa boca, señor Payne. No hace falta ser soez.—Intervino Astreia.

—No le culpes de lo que hiciste tú solito: él te habría seguido al mismísimo infierno, y tú no dejabas de despreciarle. Ha demostrado ser más hombre que tú.—A esto, Payne no respondió, pero se le veía meditabundo. Apretaba los dientes.—En fin, creo que deberíamos ir empezando.


***

La modificación de memoria fue todo lo bien que cabía esperar.

Primero, Sam se ocupó de localizar todos y cada uno de los recuerdos relacionados con ellas dos y con Caroline, mientras Gwendoline tomaba nota utilizando un cuaderno. El aspirante a mortífago no se resistió mucho. Y la rubia tampoco hizo ningún comentario negativo sobre lo que vio en su mente. Y, creedme, fue bastante: Payne no era ninguna joyita, y ya bastante sorprendente era que las hubiese dejado trabajar de aquella manera.

Hecho esto, fue el turno de Gwendoline: dejó dormido a Payne con un Leniendo, y después realizó el proceso de modificado de memoria con calma, sin ningún tipo de prisa. Echó mano de las notas que había tomado durante la lectura de Sam, y se aseguró de poner cada cosa en su sitio: las enemigas de Hemsley eran fugitivas reales, las cuales se encontraban en paradero desconocido desde hacía meses, pero vivas. Habían matado a Artemis Hemsley y habían huido, justo después de que Arthur, Douglas y Savannah intentaran detenerlas.

Astreia observó cómo ambas chicas trabajaban, y no pasó desapercibida la complicidad que existía entre su nieta y aquella a la que trataba de sangre sucia. Y si bien no dijo nada, sí sonrió. Y no, no era una sonrisa perversa ni nada por el estilo: estaba feliz por su nieta. Quizás no por la sangre sucia, sino por lo pura de corazón que seguía siendo a pesar de todo.

—Vale, está hecho. Pero tengo que avisar a Savannah y a Douglas: he modificado también la parte que les concierne, para que a éste no se le ocurra ir a por ellos dos.—Explicó Gwendoline a las dos mujeres, separando por fin la varita de la sien de Arthur, que estaba tumbado en el sofá. Gwendoline, por su parte, estaba sentada en una de las sillas de la cocina, frente al aspirante a mortífago.

—¿Estáis libres de toda sospecha?—Preguntó Astreia, que se encontraba cruzada de brazos, unos pasos por detrás de ella.

Gwendoline asintió con la cabeza, mirando a su abuela.

—Avisaré a Douglas para que le recoja y lo deje en su casa. Tendrá que fingir que siguen siendo amigos, y quizás le cueste un poco, pero… todas hemos tenido que hacer algún sacrificio.—Se encogió de hombros al tiempo que se levantaba de la silla. Todavía llevaba la ropa con la que había venido del gimnasio.

—Espera, Gwendoline. Tengo que hablar contigo. Sólo será un segundo.—Al ver que Sam hacía amago de marcharse del salón, Astreia la miró.—Contigo también, Samantha. Por favor, quédate.

Ambas se quedaron donde estaban, y en el caso de Gwendoline, volvió a sentarse en la silla. La morena fijó la mirada en su abuela, que seguía cruzada de brazos. Su expresión facial no era severa, pero sí seria y meditabunda.

—No es necesario que os diga lo poco que me gusta esta situación, ¿verdad?—Preguntó Astreia. Ninguna de las dos respondió, y eso que Gwendoline podría haberle ofrecido una respuesta un poco intermitente: le daba francamente igual si le gustaba o no, pues no pensaba cambiar por ella.—Sin embargo, lo acepto: si queréis estar juntas, no seré yo quien os lo impida. Podéis considerar vuestro secreto a salvo conmigo.—Miraba principalmente a Gwendoline, pero para lo siguiente que dijo, miró a Sam con una media sonrisa.—Te ofrecería echar un vistazo a mi mente para que me creyeses, pero me temo que te sería muy complicado: soy oclumante. Muy buena, de hecho. Ventajas de haber crecido en el seno de una familia con ideales puristas en una época distinta a esta.

Gwendoline se sorprendió de verdad: era la primera noticia que tenía de aquello. Su abuela era una caja de sorpresas, cuanto menos. Si era sincera con lo de que les guardaría el secreto, sin lugar a dudas era la mejor para hacerlo.

—Con lo que respecta a ti, señorita—volvió a mirar a Gwendoline a los ojos, y ella le prestó toda su atención—, a partir de esta semana vas a empezar a practicar oclumancia conmigo. Doy por supuesto que no has hecho ninguna práctica real, ¿me equivoco?

—Sólo un par de veces.—Quizás fuera mucho decir: había intentado bloquear los intentos de Sam por leerle la mente en un par de ocasiones, y había practicado un poco de la mano de Tahiri, antiguo maestro de Artemis Hemsley, cuando había estado en Japón.

—Me aseguraré de que aprendas a mantener tus secretos bien escondidos.—Dijo su abuela con toda convicción.—¿Te vienen bien los domingos por la mañana? Las sesiones las realizaremos en mi granja, y así me visitarás más a menudo.—Sonrió levemente, y luego miró a Sam.—Tú también eres bienvenida, si quieres. Tu destreza como legeremante podría venirnos muy bien durante las prácticas, pues reconozco que las intrusiones nunca se me han dado tan bien como defenderme de ellas.

Gwendoline se sentía extraña: por un lado, sí le gustaba la idea de reconectar con su abuela, de reavivar la relación con ella; por el otro, resultaba difícil olvidarse de que los Edevane eran todos puristas. Quizás no todos fueran tan malos, pero… habían sido muchos años temiéndolos.

—¿Y bien?—Preguntó su abuela, a lo que Gwendoline asintió con la cabeza.

—Los domingos por la mañana estará bien.

—Bien. Y ahora, señoritas, me temo que debo abandonaros. No pensaba que mi visita se alargaría tanto, y definitivamente no se ha dado en las circunstancias que me hubiera gustado. Os dejo para que disfrutéis de vuestra cena, y para que os deshagáis de este invitado indeseado que duerme en el sofá.—Echó una mirada desdeñosa a Arthur Payne, negando con la cabeza.

Astreia se despidió de su nieta con un abrazo, y de Samantha con un leve apretón de manos. Entonces, la purista abandonó el apartamento utilizando la puerta, igual que los muggles. Y en el momento en que se marchó, el ambiente se aligeró mucho.

Cierto: Astreia había probado ser aliada, pero su presencia imponía. En cuanto se marchó, Gwendoline sintió que le quitaban un gran peso de encima.

—Creí que no se iría nunca...—Dijo Gwendoline, dejándose caer sentada en el reposabrazos del sofá. Se llevó ambas manos a la cara, tapándosela con ellas mientras negaba con la cabeza.—No creía que una situación tan surrealista pudiera darse en este apartamento…—Miró entonces a Sam, destapándose el rostro y sonriendo levemente.—Definitivamente, tenemos que mudarnos...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 14, 2019 2:15 am

¿En serio Astreia Edevane le había invitado a su granja? ¿A una sangre sucia? Se quedó con los ojos bien abiertos, asintiendo de manera casi automática a todo lo que estaba diciendo la abuela de Gwendoline. Le parecía fantástica no, lo siguiente, el hecho de que se hubiera ofrecido a enseñarle oclumancia después de haber declarado abiertamente que estaba con ellas en todo eso y que era una oclumante experta desde hacía ya tiempo. A pesar de que la tensión seguía en el ambiente, al menos Samantha sintió que aquella mujer era sincera y que no iba a mentir a su nieta por la que no habría tenido problema en matar a otro purista. Además, la morena necesitaba de la oclumancia y por mucho que Sam pudiese meterse en su mente y ayudarla muy de poco a poco, necesitaba a un auténtico instructor en la materia antes de enfrentarse a esa intrusión por parte de un legeremante experto.

Al final, cuando Astreia se despidió, le tendió su mano de manera cordial y totalmente formal, dejándolas al fin solas. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que ocurrió todo eso, pero a Sam se le había pasado muy lento todo. Demasiado lento. Así que cuando cerró la puerta y las dejó a solas, también sintió que la tensión del ambiente se cortó de repente.

Sonrió a Gwendoline cuando mencionó que creía que no se iba a ir nunca y se evitó bromear con que ella se pensaba que iba a morir antes de que llegase la propia Gwendoline. Era increíble lo mucho que cambió la situación para Sam desde que su novia había aparecido en escena, confiriéndole una seguridad bestial. Así que cuando mencionó lo de mudarse, no pudo evitar relajar sus facciones y mirarla con un brillo en los ojos de pura ilusión. —Vamos mañana a hablar con la señora Ford y le decimos que sí —le dijo con seguridad. Lo habían hablado varias veces e incluso habían ido con su padre a ver que todo estaba bien, ¿qué más necesitaban? Era un paso grande para sus vidas, arriesgado pero necesario y Sam quería darlo porque quería vivir con ella sin que hubiese ese tipo de visitas inesperadas que podían llegar a tornarse tan peligrosas. —Me parece tontería seguir retrasándolo si las dos estamos convencidas con esa casa. Y si por algún casual no es la casa perfecta, pues no importa, ya daremos con ella. Pero quiero vivir contigo sin que pase… —Hizo una pausa, mirando alrededor para señalar a Arthur Payne que estaba roncando en el sofá. —Sin que pase eso. —Y mostró una sonrisa, divertida, acercándose a ella para coger sus manos e inclinarse para darle un beso en los labios. Fue muy dulce, cargado de cariño. Al separarse, volvió a erguirse y miró hacia abajo. —Y quiero que tengamos ya un lugar seguro de verdad. En donde sepamos que no vamos a tener problemas de ningún tipo y podamos estar tranquilas. Te juro que me pone muy nerviosa y me da rabia el hecho de que este apartamento ya no nos confiera esa seguridad, es como si… no pudiésemos ni dormir tranquilas. Y sé que no es así, pero la posibilidad de no sentirse segura al lado de la otra no me gusta. Es como si… no sé, pese a que sé que mi identidad es peligrosa, quiero que te sientas segura a mi lado y que dejen de acosarnos los fantasmas del pasado o sencillamente las abuelas puristas de la otra. —Y con eso último cortó un poco la seriedad de cómo realmente se sentía, pues se sentía. Se lo decía porque a ella se lo decía todo y creía que era muy importante para su relación que no estuviesen temiendo lo que pudiera aparecer en el momento menos inoportuno porque aquel apartamento ya carecía de seguridad alguna. —Empezar de cero, ¿sabes?

Miró el reloj de la pared y… madre mía, sí que había pasado tiempo. Había que encargarse de Arthur Payne por un lado, por no hablar de que todavía ni siquiera habían cenado. Así que tiró levemente de las manos de Gwendoline hasta ayudarla a ponerse de pie. —Corre a ducharte tranquilamente, le diré a Douglas que venga a llevarse a Arthur y le contaré lo que ha pasado. —Se ofreció. La cena estaba prácticamente hecha, fría, pero prácticamente hecha. Y la verdad es que prefería quitarse de encima todos los ‘quehaceres’ antes de darle un bocado a nada, por mucho que estuviese hambrienta. Además, la pobre Gwendoline no había tenido ni tiempo de relajarse con una ducha.


Finalmente, media hora después, el sofá estaba libre de enemigo inconsciente y en él se encontraban Gwendoline y Samantha, comiéndose un sándwich de aquel revuelto que había hecho Sam y que habían recalentado. Por suerte, como estaba recién hecho, seguía estando buenísimo. Habían puesto—por el postureo y la costumbre—algo en la televisión, pero como es evidente se pusieron a hablar de su día, además de que Sam le contó sus sensaciones reales cuando vio a Arthur y Astreia nada más abrir la puerta y que en realidad pensó a primera instancia de que se había caído el techo. La verdad es que tras escucharse y ser consciente de lo que realmente había sido se sentía un poco subnormal habiendo pensado eso. Teniendo en cuenta que Sam siempre cuenta esas cosas con drama, después de haber salido ilesa y viva, había sonado incluso a anécdota graciosa.


Bromley, casa de Gwen y Sam | 09/03/2019 | 09:33h | Atuendo

Frente al sí definitivo y el hecho de que la casa ya pasaría a ser de ellas después de firmar el contrato, llegaba lo laborioso: las reformas. Sam se había pedido algunos días en el Juglar Irlandés aprovechando que no se había cogido ninguno ese año, tomándose libre el viernes, el sábado y el domingo. Alfred no tuvo ningún problema e incluso el jueves le dijo que se fuese antes para recobrar energías y empezar bien animada desde el viernes por la mañana. El anciano estaba feliz por ella, realmente, pues siempre le había parecido una niña muy mona y bondadosa que se merecía lo mejor.

El viernes en realidad no hicieron mucho más que quedar con los especialistas que superaban sus competencias, así como Luca, para arreglar y buscar arreglo futuro, a todos los desperfectos que habían. Por suerte, todo lo relacionado con la electricidad, el agua y esas cosas de las que no entendían nada, estaba todo bien. Se habían pegado esa tarde del viernes hasta tarde ayudando a Luca con algunas cosas de la cocina, los baños y los dormitorios, por lo que ese sábado por la mañana habían aparecido en la casa siendo muy conscientes de que les venía un día intenso por delante. Llevaban con ellas unos botes de pintura de color turquesa para las paredes principales de prácticamente toda la casa. ¿Que por qué turquesa? —Que bonito es este color —dijo Sam tras abrir la tapa de uno de los botes grandes, de cuclillas frente a él y revolviéndolo con un palo. A ambas les gustaba el tono azul, quizás eso de ser Ravenclaw tenía algo que ver, pero además de transmitir paz, combinaba muy bien con otros colores. Y claro, a Sam le encantaba el rosa y el turquesa, por lo que había ‘convencido’ sin mucho problema a Gwendoline de tirar por ese matiz de azul un poquito diferente.

Hoy era el día de pintar, aunque seguramente no les daría tiempo de hacerlo todo. De hecho, lo más seguro es que en ese fin de semana hiciesen lo más pesado, pero ni de lejos estuviese terminada. Caroline había dicho que se pasaría a ayudar si venía pronto de una obligación profesional, mientras que Luca tenía trabajo esa tarde en una boda. Se lo habían dicho a Santi, pero no dijo nada demasiado en claro porque al parecer su novia no sé qué no sé cuánto. En verdad Sam prestó atención cuando se lo dijo, pero se le había olvidado por completo.  

¿Pero sabéis qué? La ilusión que tenía Sam por pintar aquella casa en compañía solo de Gwen, era otro nivel. La ayuda venía bien para no terminar con agujetas en los brazos y las manos, pero siempre podían acudir a la magia. Entonces se puso de pie y miró a Gwen mientras estiraba las manos hacia arriba y se recogía el pelo en un moño muy mal hecho, de esos que dejan pelos sueltos por todos lados. —¿Estás lista para terminar esta noche con agujetas? —Y tras hacerse ese recogido, se acercó a ella, mordiéndose el labio inferior, sujetando una de sus manos y dándole una vuelta como si estuviesen en mitad de un baile. Cuando volvió a estar frente a Sam, ésta la sujetó por la cintura y besó su nariz de manera juguetona. —¿Tú eres consciente de lo feliz que estoy en este momento? No lo eres no… —Respondió por ella antes de que pudiera decir nada, sonriendo sin dejar de mirarla a los ojos.
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 14, 2019 2:26 pm

Si, por casualidades de la vida o por mera estupidez, Gwendoline necesitaba una prueba más de que ya no tenía sentido vivir en aquel apartamento, un leve vistazo al sofá en que dormía Arthur Payne sirvió para despejar todo asomo de dudas.

Era un hecho: aquel lugar ya no era el refugio seguro que había sido en otros tiempos, y la morena ya no se sentía capaz de seguir arriesgándose. Quizás si no tuviera tanto que perder sería capaz de quedarse allí, pero bastaba una mirada de su novia para comprender que nunca había tenido tanto que perder como ahora. Y estaba harta de perder.

Ella cogió sus manos y la besó, y aquel beso fue una recompensa perfecta para un día tan estresante. No quería separarse de ella, y si para ello tenía que abandonar el primer lugar al que había podido llamar ‘su casa’, así fuera: el hogar no era un sitio, sino las cosas y las personas con las que una quería compartirlo. Y claramente, sólo había una persona con quien quería compartirlo.

Bueno, y un gato. Dos gatos, en realidad. Y un pequeño cerdito. Y una pareja de lechuzas.

Gwendoline rió divertida ante el remate del pequeño discurso de Sam, que si bien quizás no tenía intención de ser motivador, a ella la motivó y la convenció: también quería esas cosas, y si bien se alegraba de que su abuela purista estuviera de acuerdo con la vida que llevaban, tampoco quería tentar a la suerte.

—Yo también quiero empezar de cero.—Le dijo, mirándola muy de cerca, mientras soltaba una de sus manos y apartaba con sus dedos algunos mechones de pelo de delante de sus ojos.—¿Y sabes una cosa? Me hace cierta ilusión vivir bajo una identidad falsa. Casi como si fuera una espía.—Bromeó Gwendoline de manera muy evidente, teniendo en cuenta que Sam estaba cansada de haberse visto obligada a ello.—Podemos fingir que estamos en esa serie de espías rusos, The Americans. Estamos cumpliendo una importante misión, ya sabes...—Y dicho aquello, no pudo evitar reír, besando de nuevo a Sam y olvidándose de Arthur Payne por completo.

Un ronquido del aspirante a mortífago la devolvió a la realidad.

Sam entonces le hizo una indecente propuesta que no podía rechazar: darse una ducha mientras ella se deshacía del invitado indeseado, y después una cena. Y la ayudó a ponerse de pie, incluso. ¿Se podía pedir más?

—Tú sí que sabes cómo hacer feliz a una chica, Samantha Lehmann.—Dijo la morena, mientras echaba a caminar en dirección al cuarto de baño, prolongando el momento en que debía soltar las manos de Sam al máximo posible.—Pero aprovecho este pequeño inciso para señalar que me gustaría que fuéramos de esas parejas que se duchan juntas. Anótalo en tus tareas pendientes.—Bromeó mientras se alejaba, sin ningún tipo de intención de presionar a Sam: sabía el complejo que tenía con su cuerpo en los últimos tiempos, y no pretendía que se sintiera mal.

Además: pronto iba a ser posible que aquello sucediera, pues la poción regeneradora estaba casi terminada.

Tras darse una ducha bastante larga—con el único objetivo de relajar un poco las tensiones después de un día largo—, Gwendoline salió únicamente llevando puesto un albornoz y con el pelo todavía húmedo. Cenaron y ‘vieron’ la televisión un rato, mientras conversaban acerca de aquel extraño día, tanto de las partes buenas como de las partes menos buenas y más extrañas. Una vez más, la morena se maravilló por la capacidad que tenía su novia de convertirlo todo en algo gracioso.

Muchas personas deberían aprender a tomarse la vida como Samantha Lehmann.


Municipio de Bromley, Londres. Casa de Sam y Gwen | 09/03/2019, 9:33 horas Atuendo


Había llegado el día, el esperado día, en que dormirían por primera vez en la que era la casa de sus sueños.

Gwendoline mentiría si dijera que la noche anterior había dormido como un bebé recién nacido, pues la verdad era que estaba de los nervios: sí, se había ido a dormir más temprano de lo habitual, pero de todas formas a las dos de la madrugada estaba despierta. ¿Por un mal motivo? Ni mucho menos.

Estaba nerviosa en el buen sentido de la palabra, como cuando era niña y al día siguiente la esperaban regalos bajo el árbol de Navidad. Eran tantas las cosas que quería hacer en la casa nueva que dudaba mucho que aquel fin de semana fuera a ser suficiente, pero igualmente su cabeza no descansaba: se imaginaba el mobiliario, se imaginaba cómo Sam y ella se enfrascarían en apasionadas discusiones sobre dónde situar cada mueble, se imaginaba la pintura de las paredes, la nueva cama… Que estaba nerviosa, en resumidas cuentas.

Esa mañana tocaba pintar, el trabajo más sencillo de todo lo que tenían por delante. Varios de sus amigos se habían ofrecido a echarles una mano, Caroline y Santi incluidos, pero sus obligaciones no les permitían estar presentes. No importaba: Gwendoline había propuesto adecentar el salón, pintarlo y colocar la lámpara de techo que habían comprado en Ikea. Ya luego se encargarían del resto, poco a poco. Creía que era una misión para la cual estaban bien preparadas.

—Nunca había estado tan lista.—Dijo Gwendoline, abrazada a Sam tras dar una vuelta, como si estuviera en la pista de baile. No tenía entonces ni la menor idea de lo que ocurriría esa noche, en el colchón que habían puesto en la que sería su habitación. Las agujetas no iban a ser precisamente lo que recordaría después.—Pues si estás la mitad de feliz de lo que lo estoy yo, sólo la mitad, entonces eso quiere decir que no cabes dentro de ti de felicidad.—Respondió tras cerrar los ojos y arrugar la nariz, cuando Sam la besó… pues en la nariz.—Estoy deseando tener esta casa a nuestro gusto. ¡Ya me la estoy imaginando, incluso! No puedo esperar a empezar, así que vamos al lío, ¿vale?—Y le dio un beso en los labios, antes de separarse de ella.

Gwendoline se acercó a los enseres de pintura y se hizo con un rodillo. Aquel color, como Sam había señalado, era muy bonito. Y ya podía imaginarse las paredes con aquel turquesa tan agradable a la vista. Seguro que en verano les confería una sensación de frescura muy agradecida. Ya sabéis: la mente asocia colores a sensaciones.

El suelo estaba cubierto de papeles de periódico con intención de mancharlo lo menos posible, pero de todas formas, Gwendoline mojó el rodillo con mucho cuidado en el cubo de pintura. Señaló entonces una pared, la que se encontraba justo al frente nada más entrar.

—Propongo que nos encarguemos juntas del frontal, luego cada una de uno de los laterales, y finalmente la cuarta pared, para las dos otra vez. ¿Qué te parece?—Según sus previsiones, aquello no debería llevarles mucho tiempo, una media hora o cuarenta y cinco minutos, a lo sumo. Y si se cansaban, siempre podían recurrir a la magia para encantar las brochas y rodillos y que hicieran el trabajo por ellas.—Por cierto, se me ha ocurrido que mañana por la noche, cuando hayamos terminado esto, podríamos invitar a cenar a Caroline, Santi, tu padre, Laith… Así pueden dedicarse a criticar nuestro mal trabajo como pintoras.—Bromeó, aunque la idea le gustaba: tener a sus amigos junto a ellas en aquel primer capítulo de su nueva vida se le antojaba como un pequeño sueño a cumplir.

Pero claro, era posible que no sucediera tal cosa: resultaba difícil organizar a tantas personas a la vez.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mar 15, 2019 3:02 am

La pregunta que deberían de hacerse en ese momento era cómo era posible no estar feliz. Ya le había dicho a Laith cuando quedó con él hace dos semanitas que tenía miedo de sentir tanta felicidad e ilusión, porque su experiencia le había dicho ya varias veces que esa sensación se puede desvanecer muy rápido y porque bueno, después de sus últimos años, sentir esa realización personal y alegría por la vida, hasta le asustaba. Pero ahí estaba, sin poder evitar sonreír como una idiota cuando Gwen la besó y se separó, emocionada por empezar a pintar.  

No pudo evitar seguirla con la mirada, aún con esa sonrisa en su rostro que, literalmente, era de idiota. Pero se le olvidó quitarla, pues durante un segundo se evadió por completo en Gwendoline y en la casa que estaban a punto de pintar. Se sentía tan afortunada en ese momento que daba miedo y se paró unos segundos a analizarlo todo, a darse cuenta de que en su situación tan desfavorable, había conseguido tener lo que siempre había deseado en su vida, cuando casi que parecía que siempre lo había tenido delante. Definitivamente se sentía idiota.

Vale —respondió como medio año más tarde.

Se acercó a Gwen, poniéndose en cuclillas frente a ella para coger su propio rodillo y mojarlo también lo justo y necesario como para pringarlo todo o hacer que chorrease. Había que decir que tenía ilusión por pintar, pero no es que fuese su fuerte eso de pintar paredes. De hecho, Sam siempre era de esas a las que le tocaba perfilar los bordes de los marcos de las puertas o de los enchufes, por lo que eso de tener paredes enteras para ella sola era toda una revelación en su vida.

Dejó el rodillo a un lado, prestando atención entonces al plan de Gwendoline. Un plan que no parecía nada mal, hasta que Sam miró la pared de la escalera, ¿sabéis lo terrible que tenía que ser pintar esa pared, primero por debajo de los escalones y luego por encima? Solo de verlo le daba pereza y ya estaba pensando en cómo recurrir a la magia para que las brochas hiciesen su trabajo de precisión absoluta. —Vale, pero creo que va a salir perdiendo a quién le toque esa pared. —La señaló, para entonces asomarse por encima de la barandilla y mirar hacia arriba. —Además, mira que grande es, si llega hasta el techo del piso de arriba. —Y entonces se volvió a girar hacia Gwen. —Yo voto por pintar las mismas paredes siempre y así nos hacemos compañía. Yo puedo encargarme de perfilar los bordes y tú de darle caña al rodillo. Y cuando te canses, nos cambiamos el papel. —Que tampoco sabía si era un buen método porque, como he dicho, no era muy dada a la labor de pintora. Pero bueno, si compartían pared, estaban más juntitas y no tendrían que hablar de una esquina a la otra.

A la legeremante le emocionaba el hecho de invitar a las personas a la casa, aunque ni siquiera ésta estuviera terminada. Lo bonito, en realidad, era hacerlo cuando todo estuviese perfectamente decorado y enseñarlo todo con ilusión, pero como eso iba a llevar tiempo… pues en realidad también hacía ilusión que fueran a verlos aquellos más cercanos mientras estaban en proceso de remodelación. Así que la idea de Gwendoline le pareció maravillosa, pues seguramente esa tarde no apareciese ninguno de los que había dicho que podrían pasarse. Y estaba bien: era sábado. No era día para dedicarle a las reformas de una casa si tenías otros planes. —Me parece un buen plan. Les podemos avisar ya y así no hacen planes. Seguro que mi padre tiene alguna función, suele trabajar todos los fines de semana, pero a lo mejor se pasa después. —Del resto no tenía ni idea. Llevaba ya par de días sin hablar de planes con Caroline, con Santi sólo había hablado de la casa y con Laith llevaba algunos días sin hablar, pues se limitaban a pasarse memes de gordos por WhatsApp.

Así que dejó el rodillo en su sitio, cogió una brocha mediana y acercó al bote de pintura hacia la primera pared de todas. Una vez allí, se sentó en el suelo como los indios, cerca del marco de la puerta del baño y pintó cerca, bordeándolo. Al hacerlo, se giró con la boca abierta y sonriente hacia Gwen. —Ya no hay vuelta atrás —dijo dramáticamente, para volver a girarse y continuar con su labor a la hora de perfilarlo todo. Una labor tremendamente complicada que nadie valora como se merece, pero luego todo el mundo se queja cuando ven trocitos de pintura sobre la madera del marco de la dichosa puerta. —¿Ya has pensado en cómo colocarlo todo? —La miró de reojo, elevando la mirada. —Sé que sí, porque yo lo he pensado y sé que tú lo has pensado porque estamos deseando terminar de pintar para empezar a decorar y amueblar la casa. Yo lo sé, tú lo sabes, las dos lo sabemos. —Bueno, estaba hablando por las dos, pero en realidad sólo sabía a ciencia cierta sus sentimientos, aunque suponía que los de Gwen seguirían la misma línea. —Te voy a hacer una pregunta que decidirá el futuro de esta relación y creo que es de vital importancia hacerla a estas alturas, antes de tomar ninguna decisión apresurada. —La estaba mirando muy seriamente, pero en su mirada se podía ver un brillo bromista. —¿Cómo has pensado poner la mesa del comedor? Piénsalo, eh. No me contestes al tuntún.

Y fingiendo seriedad dramática, continuó mirando la pared para seguir pintando. Era una pregunta idiota, pero en verdad quería hacerla por saber cómo se lo había imaginado todo y ver si su visión de la casa coincidía con la de ella. —No, no, ¡y mejor todavía! Esto es más serio. —Le apuntó con la brocha que tenía en la mano, sin poder evitar sonreír. —Tenemos que pensar muy seriamente si vamos a dejar que las mascotas suban a nuestro sofá. Porque yo no quiero. —Y entonces no pudo evitar reír. Gwendoline sabía que Sam era la primera en meter a Don Gato y Don Cerdito bajo las mantas del sofá, pero era consciente de que muchas decisiones de pareja se debían precisamente a ese tema. Había por ahí humanos desalmados que no querían que los animales se subiesen a los sillones. Sam no entendía como esas personas podían tener corazón.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 15, 2019 2:33 pm

Tal era su buen humor que Gwendoline estaba dispuesta incluso a convertirse en una bromista de la talla de Samantha Lehmann… o al menos, a intentarlo, pues no se trataba precisamente de un reto sencillo.

Ya con el rodillo en una mano, y dispuesta a dar la primera mano de pintura a la pared que habían escogido para empezar, su novia ofreció otra opción: encargarse juntas de las mismas paredes a la vez. Y podría haberla convencido de que era simplemente por el hecho de hacerse compañía mutuamente, de hablar sin tener que pegar gritos. Y quizás así fuera, no decía que no.

Pero ese día, Gwendoline tenía tan buen humor que no desaprovechó la ocasión para bromear.

—¿Hacernos compañía? ¿En serio?—Dibujó una sonrisa burlona en su rostro mientras comenzaba a deslizar el rodillo sobre la pared. Luca les había recomendado nunca, nunca, alterar la dirección: siempre en sentido vertical, pues aunque no lo pareciese, si no lo hacían, el resultado podía no ser del todo liso.—Yo lo que creo es que te ha dado mucha pereza ver lo grande que es esa pared, y ‘Samantha la Perezosa’ ha salido a jugar.—Se burló, divertida. Sabía que aquella broma no le iba a salir gratuita: estaba tratando con Samantha Lehmann, y si algo sabía hacer bien, ese algo era bromear.

Mientras continuaba con su labor, Gwendoline propuso un plan para la noche siguiente: cuando la pintura estuviera lista, y al menos alguna que otra cosa en su sitio, invitar a cenar a las pocas personas que tenían en su vida que les importaban. Una especie de cena de inauguración de la nueva casa, por mucho que ésta no estuviera todavía lista.

Sí, sin lugar a dudas, lo más bonito sería enseñarla una vez estuviera perfecta, pero existía una ventaja al enseñarla antes de que estuviera terminada: sus invitados podrían comprobar el antes y el después, ver todo lo que habían trabajado las dos chicas en la casa de sus sueños.

Si algún día decidían mudarse a otro lugar, la señora Ford se frotaría las manos: las remodelaciones que tenían en mente, seguro, subirían el valor de la propiedad.

Eso no va a ocurrir: este lugar es perfecto y pienso luchar por él. No quiero irme nunca de esta casa.

—Será genial.—Dijo Gwendoline, con una sonrisa, la vista fija en la pared y en los húmedos surcos que dejaba el rodillo a su paso.—Es decir, ya sé que lo bonito es que vean esta casa totalmente decorada, perfecta, y todo eso… pero quiero que sepan que, por mucho que nos mudemos, seguirán siendo parte de nuestra vida. Especialmente Caroline y Laith: no quiero que piensen que vamos a dejarles de lado por tener una vida nueva con identidades falsas.

Aquel podía ser un tema un tanto peliagudo. Caroline comprendía los dos motivos principales de aquel cambio de domicilio e identidad; Laith seguramente también los comprendería, pero quizás pensase que pretendían alejarse del mundo mágico por completo, y esa no era la idea: Gwendoline pretendía seguir con sus estudios y su empleo, pero al menos de puertas adentro podría volver a sentirse ella misma con la persona que amaba.

Finalmente, el plan pasó a ser como lo había propuesto Sam: la rubia tomó una brocha y se sentó en el suelo, encargándose de las zonas más próximas a los marcos previamente protegidos con cinta adhesiva de papel.

Sonrió cuando mencionó que ya no había vuelta atrás. Y no tengo pensado dar marcha atrás, de todas formas, pensó con esa sonrisa todavía en los labios.

—¿Que si lo he pensado? ¡Llevo toda la noche pensando en todo lo que se podrá hacer con esta casa! Incluso en mi huerto de especias, que quiero montar ahí fuera. ¡Vas a ver tú lo que es una comida vegetariana variada y deliciosa cuando tenga mi huerto de especias!—Gwendoline quería ser de aquellas cocineras que veía en televisión, cuya encimera está repleta de tiestos con plantas aromáticas. Y le hacía mucha ilusión cultivar su propio huerto.—Y respecto a la mesa… He pensado cómo la quería unas doscientas veces, más o menos. ¿Y sabes qué tengo al final? Ni la menor idea de cómo ponerla.—Rió, divertida, pues en su infinito nerviosismo de la noche anterior, incluso la había visualizado en el techo.—¡Pongámosla en el techo!—Bromeó, riendo todavía más. Aquella era Gwendoline feliz, sin preocupaciones. ¿Y no sería realmente maravilloso poder vivir siempre así, tan feliz y despreocupada?

El tema de las mascotas hizo que la morena soltara un bufido divertido, negando con la cabeza. Claro, seguro que en algún universo paralelo existía una Samantha Lehmann estricta que prohibía a su gato subirse al sofá, y un Don Gato que obedecía las órdenes de la susodicha Sam. Pero ese no era su universo.

En su universo, la realidad era que las mascotas hacían lo que les apetecía, y aún en el supuesto caso de que quisieran prohibírselo, no lo conseguirían.

—Claro que no quieres. Y yo no quiero mi huerto de especias.—Le respondió con ironía.—Ahora ya hablando un poco más en serio… ¿te sientes realmente capaz de prohibirle a Don Gato el subirse a dónde le apetezca? Porque ese gato da miedo, está poseído.—En realidad, Gwendoline apreciaba a la mascota de su novia, cosa que no parecía ser recíproca.

Siguieron trabajando un poco más… y Gwendoline no tardó en darse cuenta de que aquello no llevaba demasiado ritmo. Con un suspiro, tras haber pintado aproximadamente una quinta parte de la pared, la morena dejó el rodillo apoyado al borde del cubo y fue en busca de su teléfono móvil, que se encontraba en su bolso, sobre un taburete en la cocina.

Regresó con él, ante la mirada acusadora de Sam. Casi podía escucharla decir “¡Abandonas el trabajo por el móvil, esquirol!”, pero enseguida se apresuró a explicarse.

—Hace falta un poco de ritmo, ¿no? Y tranquila: entiendo tus necesidades. Crazy in love y otros éxitos de tu amada Beyoncé se encuentran en mi lista de reproducción. Sin embargo...—Gwendoline puso en marcha la música, y los primeros compases de Walking on sunshine comenzaron a sonar. La morena dejó el móvil sobre una caja cercana, y comenzó a moverse al ritmo de la música, de una manera no demasiado ridícula.—...necesito sacar toda mi alegría y emoción.

Todavía moviendo el esqueleto tomó el rodillo, volvió a mojarlo en pintura, y regresó a su pared a medio hacer, haciendo playback de aquella letra que tanto la motivaba, y con la que tanto se identificaba en aquellos momentos de su vida.
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Sam J. Lehmann el Vie Mar 15, 2019 11:33 pm

Tamaña insolencia que Gwendoline sugiriera que en realidad toda la artimaña para estar juntitas en la misma pared, no era más que una manera de evadir un gran trabajo porque Samantha La Perezosa estaba haciendo aparición. —Oye, lo dices como si tuvieses mucha relación con esa tal Samantha La Perezosa y jugases mucho con ella, ¿no? —dijo, con un tono de voz celoso y molesto, cargado de evidente burla. Y entonces en vez de bromear al respecto con otra cosa divertida, Sam fingió ofenderse por su comentario. —Quizás a ti no te pase, pero yo quiero estar cerquita de ti siempre, ¿sabes? Ya veo que tú no, que prefieres que me vaya a la otra pared. Muy bien, sí, me iré a la otra pared y te daré la espalda con odio. —Y entonces miró para arriba y le sacó la lengua, de manera infantil. —Cada vez que veas que te doy la espalda, tienes que pensar que te la muestro con odio. —Le recordó, esta vez sin poder evitar sonar divertida y llenarse la boca con la palabra 'odio'.

Dudaba mucho que Caroline realmente pensase que ellas dos podían llegar a dejarla de lado por mudarse juntas después de todas las cosas que habían pasado las tres. Era cierto que buscaban estabilidad y tranquilidad, alejándose de todo lo que pudiera ponerlas en peligro, pero eso no decía nada. Ella siempre iba a seguir estando ahí y ellas no se iban a ir a ninguna parte. Laith era otro tema, porque al fin y al cabo, al menos a Sam ya lo conoció viviendo lo más muggle posible, con dicha identidad falsa a la que abrazarse para ahorrarse problemas en el mundo mágico. Además, después de meses manteniendo una relación con Laith, había sido la primera vez que realmente se planteaba invitarlo a su casa. No es que no confiase en él ni nada por el estilo, pero… no sé, no fue hasta mudarse, que sintió ganas reales de compartirlo con él. Ese muchacho se había hecho un huequito demasiado fácil y rápido en la vida de Sam.

Así que negó con la cabeza. —No creo que puedan pensarlo: ellos mejor que nadie saben nuestra situación y que no es fácil. No es fácil que alguien con tus privilegios en el Ministerio de Magia esté con alguien con mis problemas en el mundo mágico —le respondió con sinceridad. —Es simplemente una manera de separar, o intentar mantener separados, los dos mundos. Y ellos saben que ellos, para nosotras, son más cercanos como para separarlos por mundos.

La verdad es que a Sam ni se le había ocurrido eso. Cierto que había pensado en cómo se sentiría sobre todo Caroline—pues Laith estaba feliz por ella y dudaba que le importase mucho—al ver que Sam se iba a vivir con Gwendoline, pero tras hablarlo con ella… toda preocupación se le esfumó. Con lo optimista que era Caroline y que era imposible que pudiese pensar nada malo de Samantha, lo único que hizo fue animarla y ponerse contenta con ella. Suponía que después de todo lo que la pelirroja había vivido con Sam, el hecho de que se fuera de su casa para perseguir su felicidad, era algo que a ella también la ponía contenta.

Cuando le preguntó a Gwendoline por la mesa del comedor, no pudo evitar reír por su manera de contestar, aunque sobre todo por cómo había dicho lo del huerto de especias. —¿Entonces vas a ser la cocinera oficial de la casa? La del huerto de especias tiene que ser la cocinera oficial de la casa. Yo si quieres puedo ser… la dormilona oficial de la casa. Eso se me da bien. —Bromeó, sin dejar de pintar y perfilar todo aquel marco y el zócalo. —Qué idea tan magnífica. —Tuvo que contestar antes de reír cuando dijo lo de poner la mesa en el techo. —Que habrá gente que dirá que no, pero una mesa de comedor en el techo es muy funcional para la vida y tiene un gran impacto visual. Podemos pegar también un jarrón y unos plátanos al revés y les rompemos la mente a todos los que entren en esta casa. —Hizo una pausa, aún sonriente. —Y un par de sillas, si no no parece real.

Lo mejor era que Gwendoline decía cualquier cosa y ahí estaba Sam para seguirle la tontería, siempre. No hacía falta decir lo mucho que le gustaban ese tipo de conversaciones tan absurdas, sobre todo cuando fingían tomárselo con tanta seriedad, aunque estuviesen entre risas.

Cuando Gwendoline se metió con su gato, Sam volvió a mirar hacia arriba, con el ceño fruncido. —¿Pero a ti qué te pasa hoy? ¡Primero me quieres en otra pared alejada de ti y ahora dices que mi gato está poseído! —Le apuntó con la brocha. —¡A que te pinto! —La amenazó, arrugando la nariz. —Don Gato no está poseído, solo tiene mala leche permanente. Nació amargado, ¿qué le vamos a hacer? —Y rió, inevitablemente. En realidad Don Gato con Sam era bastante agradable en el setenta por ciento de las veces, cuando estaba mimoso o tenía frío. —Pero no, no sería capaz porque me he acostumbrado y me encanta, pero aunque pueda no parecerlo porque a veces sólo transmite odio e independencia, en realidad es bastante obediente. A veces. —Y tras una ligera pausa, se encogió de hombros. —Me vino roto el gato, ¿vale? Pero yo lo quiero roto.

Entonces Gwendoline se fue hacia la cocina y Sam no pudo evitar mirarla a puntito de decirle que quién era 'La Perezosa' ahora, pero no le dio mucho tiempo, pues vio perfectamente como salía con su móvil por la puerta de la cocina, prometiendo música. Sonrió cuando mencionó a Beyoncé, pues indudablemente era de sus artistas favoritas, si no la que más. —Parece que solo escucho Beyoncé en mi vida. Te recomiendo no ponerme nada de ella porque si no me voy a poner a bailar y no vamos a terminar nunca. —Le avisó, porque quién avisa no es traidor. Cuando puso ese tema tan mítico, Sam se movió aún sentada en el suelo con los brazos y dando botes con el culo, porque efectivamente era demasiado perezosa como para levantarse en ese momento. —La verdad es que es un gran tema. Pero que sepas que últimamente estoy escuchando la lista de Santi de Spotify y me gusta mucho. Y no tiene Beyoncé. —Le advirtió, para que viese el gran paso que había dado en su vida musical, dejando a Beyoncé atrás. La estaba superando. —Dice que no le gusta Beyoncé y yo no sé por qué soy su amiga todavía. —Mencionó como curiosidad divertida, pues Santi y ella habían llegado al acuerdo de no hablar de Beyoncé y así directamente no tenían que discutir, porque no es que a Santi le diese igual: es que no le gustaba y al parecer tenía motivos sólidos para pensarlo. Milagro que no hicieran muchas fiestas borrachos juntos o ese tema podría ser una grandísima conversación. —Pero ahora me gusta Ariana Grande. Como canta, digo: sus canciones. —Matizó porque podría darse el otro caso, como con Beyoncé, pero Ariana era muy pequeña y la verdad es que ya lo había dicho muchas veces: a Sam le gustaban mayores que ella, como la canción de Becky G. que tanto le gustaba, aunque quitando eso de ‘señores’. Señores de qué.

Ahora con música de fondo y notando, al menos Sam, que empezaban las energías e iba mucho más rápido, se puse de pie para llegar más arriba por el marco de la puerta. Una de las ventajas de ser alta es que no tenías que coger una silla para perfilar también por encima, con estirarse un poco valía. —Pues yo he pensado hacer una inversión y comprarme un saco de boxeo. Mira que nunca me ha gustado pegarle a cosas, pero ahora que sé y no me rompo en el camino, es el mejor desestresante que conozco... —Já. Sí, claro. Evidentemente el mejor desestresante que conocía se llamaba sexo pero llevaba tanto tiempo sin experimentar un orgasmo que hasta se le había olvidado sus propiedades curativas de la vida. La triste realidad. —Porque muchas veces no quiero hacer ejercicio, solo evadirme un rato y me da mucha pereza ir al gimnasio sólo para eso. —Lejos de querer hacer esa inversión por necesidad o querer aprender a pegar mejor, era sencillamente por gusto. Había descubierto un mundo más amplio dentro del deporte y el entrenamiento que le había gustado y, aunque no se le diera muy bien y tampoco quisiera ser la mejor, se sentía muy cómoda con ello y sobre todo le hacía sentir bien. Así que tras eso, la miró con ojitos, que sabían que eran totalmente innecesarios. —¿Me dejas tener un saco de boxeo? Seguro que mi madre diría que es demasiado agresivo para una señorita. —Porque sí, Sophie era esa típica madre que le habría pintado de azul la habitación a Gabriel y sólo le regalaría muñecos propios ‘de niños’. Sam iba a tener que hablar un día seriamente y educar a su madre al siglo XXI.
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 16, 2019 3:41 pm

El buen humor de Gwendoline esa mañana, a pesar de que la emoción no la había dejado apenas dormir, se notaba: la morena estaba más bromista que de costumbre, e incluso parecía que una pizquita de Samantha Lehmann se le había metido dentro y la estaba poseyendo.

Salvando las distancias, claro: nadie es capaz de imitar a Samantha Lehmann en cuestión de bromas.

Pero allí estaba ella, bromeando con Sam de una manera parecida a cómo lo solía hacer la rubia. En otras ocasiones, ante aquel fingido tono de indignación de Sam, Gwendoline habría sido la primera en excusarse y asegurar que estaba de broma; esa mañana, no, pues la morena debía tener el cerebro cargado de endorfinas y la invadía un bienestar desconocido hasta la fecha.

Ya conocería esa noche el verdadero poder de las endorfinas.

—Eso es muy maduro por su parte, señorita Lehmann.—Le dijo Gwendoline, exagerando mucho su acento inglés: la Lady Inglesa de alta alcurnia había entrado en el edificio.—Muéstreme usted la lengua una vez más y me temo que tendré que ordenar a los guardias que le corten la cabeza.—Vale, eso había sonado más bien a la reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas, interpretada por la grandiosa Helena Bonham Carter.—Además, no se te ha ocurrido pensar que quizás nos separo porque sé que si paso mucho tiempo cerca de ti quiero ponerme a besarte como loca, y si eso ocurre no terminaríamos de pintar ni en fin del año que viene, ¿verdad?—Añadió, esta vez con su tono de voz normal.—¿Y crees que darme la espalda con odio es mejor? Porque por detrás también tienes cosas bonitas. Te informo.—Dicho aquello, la miró mordiéndose el labio inferior, dedicándole un cómico guiño de complicidad.

Sí, para los menos avispados: Gwendoline hablaba del culo de Sam.

Se imaginaba que las pocas personas del mundo mágico que tenían relación con ellas no pensarían que en aquella nueva etapa de sus vidas querrían cortar todo vínculo con ellos, y era lógico: tus seres queridos no suelen hacer eso. Sin embargo, no había mejor forma de dejárselo claro que invitarles, que darles a entender que aquella siempre sería su casa, y ellas siempre serían amigas suyas.

—Eso es verdad.—Estuvo de acuerdo la morena, asintiendo con la cabeza, para añadir entonces.—Pero he aprendido con el paso del tiempo que hay cosas que es mejor no dar por sentadas. Y aunque está claro que saben que no nos separamos de ellos, nunca está de más recordarles a las personas lo importantes que son para ti.—Gwendoline se volvió un momento hacia Sam, con una sonrisa en la cara.—¿O tengo que recordarte lo mucho que me recordaste tú a mí lo importante que soy para ti desde que volviste a mi vida?

Por supuesto, Gwendoline también se lo había recordado, y mucho, a ella. Hubo una época, quizás esa en que temían que todo volviera a desvanecerse en cualquier momento, en que no dejaban de recordárselo. Y allí estaban las dos, siendo lo más importante del mundo para la otra en aquella nueva etapa.

Cuando se pusieron a hablar sobre la mesa del comedor, Gwendoline confesó que había pensado doscientas posibilidades entre las que, literalmente, se encontraba el colocar la mesa en el techo. Y podía parecer una exageración, pero cuando la mente de Gwen colapsaba y no era incapaz de encontrar una solución a un dilema, solía pensar las posibilidades más absurdas, las más improbables o imposibles, y a veces, sólo a veces, conseguía dar con la correspondiente respuesta.

Pero claro estaba que lo que más le apetecía era trabajar en ese huerto que tenía en mente. Pensaba convertir la jardinería en su nueva afición personal.

—¡De eso nada!—Protestó Gwendoline ante la sugerencia de Sam de ser la ‘dormilona oficial’ de la casa.—¿No eras tú la que disfrutaba haciendo postres y galletas? Si tenemos una cocina y un huerto, quiero que las dos mejoremos en aquello que se nos da peor: en mi caso, la cocina vegetariana; en el tuyo, la repostería.—Sonreía, divertida: la verdad era que, a su juicio, Sam cocinaba bien y hacía unas galletas muy ricas. Otros opinaban distinto, pero a ella le daba lo mismo: todo lo que cocinaba Sam era delicioso.—¿Te imaginas a Santi entrando por la puerta y viendo la mesa, las sillas e incluso a nosotras caminando por el techo? ¿Crees que sería de los que se desmayan al presenciar semejante locura, o que saldría corriendo? O a lo mejor ninguna de esas opciones...—Sabiendo lo que sabía del español, Gwendoline hasta podía imaginárselo lanzando una salva de preguntas acerca de lo que estaba ocurriendo, con pura curiosidad científica.

Gwendoline podría debatir infinitamente acerca de la posibilidad de que dentro del gato de Sam residiese el mismísimo Lucifer en base a la cantidad de arañazos que el susodicho animal le había lanzado. Y eso sin mencionar las miradas aviesas que Don Gato le dedicaba cada vez que la veía cerca de su compañera humana.

Sabía que no se iban a llevar bien.

Sin embargo, cuando Sam lo defendió, no pudo más que reír. La comprendía bien: a ojos de un dueño, sus mascotas siempre serán las mejores, y las defenderán a capa y espada. No había más que ver a Gwen con Elroy, su lechuza: podía ser patosa y no comprender la diferencia entre ventana abierta y ventana cerrada, pero como a alguien se le ocurriera insultarla, Gwendoline lo desafiaba a un duelo por el honor de su mensajera alada.

—Ahora lo comprendo todo: tienes un gusto especial por las cosas rotas. Tu gato, yo...—Gwendoline se refería a que, en muchos sentidos, no funcionaba como un ser humano normal… y no había más prueba de ello que el que siguiera virgen a los treinta años.—Pero vale, en un intento de no terminar con un brochazo turquesa en el trasero, pido mis más sinceras disculpas por ofender a Don Gato. Y si quieres, también se las pediré a él cuando le tenga delante. Seguro que me lanza un zarpazo, pero bueno, lo habré intentado.—Y se encogió de hombros, con una sonrisa divertida, sabiendo que era muy posible que, a pesar de todo, terminase con un brochazo en las viejas mallas deportivas que llevaba puestas.

Con Katrina & The Waves sonado, Gwendoline se sintió mucho más motivada para trabajar, llegando incluso a hacer un intento de baile muy torpe al que Sam, sentada en el suelo, se unió. ¿Quién fue la más adorablemente ridícula de las dos? Buena pregunta. Quizás fuera un empate, pero les daba igual. Estaban felices, y la música no sólo las hacía felices: les daba la marcha que necesitaban para que aquel trabajo no fuera tan pesado.

—También tengo a Ariana Grande por ahí. Me gusta la variedad. Sino, espera. ¡Oye, Siri!—Gwendoline alzó la voz para que Siri, la inteligencia artificial de su teléfono, la escuchase.—¡Reproduce Problem!—Siri permaneció en silencio un par de segundos, y entonces, respondió a Gwendoline con su voz robótica.Perdona. No he entendido lo que has dicho.La morena miró a su teléfono móvil con el más infinito desprecio, y fue a buscarlo.—Cacharro estúpido...—Murmuró mientras lo cogía, y la voz robótica de Siri le respondió nuevamente.No es necesario ser tan grosera, Gwendoline.Gwendoline pulsó el botón central de su teléfono móvil, silenciando a Siri.—Eso sí que lo entiendes, ¿eh? Maldito cacharro...—Gwendoline seleccionó entonces la canción de manera manual.

Las trompetas que daban comienzo al tema Problem de Ariana Grande en colaboración con Iggy Azalea, comenzaron a sonar, y Gwendoline se olvidó de su momentáneo enfrentamiento verbal con Siri. Volvió a dejar el móvil en su sitio y se dirigió a la pared para continuar su trabajo.

Sam, por su parte, propuso montar un saco de boxeo en alguna habitación de la casa, y llegó hasta el punto de pedirle a Gwendoline si le dejaba tenerlo. La morena rió, divertida, y si bien sabía que Sam proponía aquello en broma, no le parecía mala idea.

—¿Y por qué no dedicamos una de las habitaciones al ejercicio. Podríamos tener ese saco que quieres, pero también unas esterillas de yoga, y quizás una bicicleta estática. También me gustaría tener un bokken.—Que os estaréis preguntando qué demonios es un bokken. Pues sencillo: nada más y nada menos que una katana de madera destinada a entrenar.—El maestro Tahiri, cuando estuvimos en Japón, me enseñó unas ciertas técnicas de meditación que se realizan con la espada, pero como no tengo ganas de lanzarle un tajo a algo sin darme cuenta, con una de madera está bien.—Una imagen vino a su mente: el susodicho saco de boxeo, gravemente herido por un corte de una katana empuñada por Gwendoline, derramando lentamente la arena que contenía en el suelo.—¿Qué te parece? ¿Nos montamos nuestro pequeño gimnasio?—Propuso, ya más en serio.

Además: un saco de boxeo tampoco le vendría mal a ella, pues Gwendoline últimamente estaba entrenándose en defensa personal, y en el futuro pretendía aprender algún arte marcial. Bien sabía que no le vendría mal, por si acaso sus vidas terminaban no siendo tan pacíficas como esperaban...
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Lun Mar 18, 2019 1:49 am

Frente a esa amenaza propia de la Reina de Corazones, la rubia sólo pudo volver a sacarle la lengua de manera divertida, de lado y con cara traviesa. Lo de madurar era para las frutas. Sin embargo, después de eso Gwendoline le explicó el por qué de querer mantenerse separada de Samantha, a lo que ésta no se vio contenta por su tan despiadado plan. —No me importaría no terminar de pintar hoy si es por esa razón… —Le sonrió, aunque esta vez mirándola de manera seductora. Mira que había gente que no solía darle tanta importancia a los besos, pero es que besar era tan increíble… Sobre todo cuando besabas a alguien a quién querías de verdad y un beso te transmitía cosas que no creías que podían llegar a transmitir. Gwendoline no era consciente de lo mucho que le gustaba a Samantha besarla; simplemente besarla. Así que no, el motivo de separarlas para evitar eso, sencillamente no era un motivo válido para Sam, ¡si había que quemarse, se quemaba! —¿Ah, sí? ¿No será que querías que me fuera para la otra pared precisamente para mirarme por detrás? —Enarcó una ceja, para entonces chasquear la lengua y volver a mirar a la pared. —Si querías mirarme el culo siempre puedes ponerme una canción que me guste mucho y me pongo a bailar para ti. —Sonrió, con confianza y divertida.

El ejemplo que puso Gwendoline con respecto a recordar a sus seres queridos lo importante que eran para ellas, le fue suficiente a Sam. No consideraba que el ejemplo de ellas pudiese compararse con su situación actual, pero le hizo recordar lo mucho que la rubia quería hacerle saber a Gwendoline que, pese a todo lo que le hizo pasar o cómo la trató en el pasado, no era ni de lejos un reflejo de sus sentimientos por ella. La morena siempre había sido muy importante en su vida y lejos de que alejarse de su lado fuese sinónimo de no quererla, fue sinónimo de protegerla. Y sí, después de recuperarla se había dado cuenta de la importancia de demostrarle lo mucho que la quería. Eso sí, no se hubiera imaginado en aquel momento que durante ese proceso, terminase enamorándose de ella. Ni ella sabía que la quería tanto, o que podría llegar a quererla de otra manera a cómo la quería.

Así que asintió, lentamente, mientras seguía pintando. —No, si tienes razón. —Le respondió, encogiéndose de hombros. —Esas cosas no hay que darlas por sentadas nunca. —En realidad a la rubia le había parecido una idea muy buena lo de invitarlos, lo que no creía que ninguno de ellos pensase nada malo a que ellas se fuesen a vivir juntas. De hecho Sam ahora mismo, si ya era cariñosa antes, ahora valoraba mucho más lo que tenía—porque ya lo había perdido—y se obligaba a hacérselo saber a todos. Si volvía a pasarle algo, no quería que nadie pensase algo que no era.

No pudo evitar reír divertida cuando no le pareció bien que ella fuese la ‘dormilona oficial’ de la casa. A Samantha le encantaba hacer repostería desde que había tenido su propio horno en su casa y quería pensar que, después de tantos años, ya se le daba bastante mejor. Sin embargo, cuando Gwendoline dijo eso, Sam la miró formando una perfecta ‘O’ con su boca. —¡Oye! ¡¿Lo que se nos da peor?! ¡Gracias, ¿eh?! ¡Yo pensé que te gustaban mis galletas! Te estás ganando un brochazo, sólo lo digo. —Estaba haciendo drama y evidentemente no hablaba en serio. Gwendoline era de las pocas personas que siempre le había dicho que no lo hacía tan mal, aunque últimamente de verdad que lo hacía bien.

Por su parte, a Sam le encantaba el hecho de que sus dos amigas hubiesen abrazado la comida vegetariana sin que ella hubiese incidido activamente en ello, sino porque realmente les gustaba. Y vamos, el hecho de que Gwendoline estuviese motivada a aprender más de esa cocina, le gustaba mucho ya que ella se había dado cuenta de que por mucho que no lo pareciese, había una amplia gama de cosas que hacer que estaban muy buenas. Una ya ni echaba de menos la carne. —Yo creo que Santi serían de los que se quedarían alucinando pero en plan bien. Pegaría saltos emocionado, intentaría buscarle el truco, luego diría que sí está bajo los efectos de algún estupefaciente… y al final no nos quedaría otra que decirle la verdad: que somos brujas. Y luego él diría que sí, que qué graciosas somos, que en donde hemos comprado ese pegamento tan poderoso. —Y sonrió, imaginándose esa escena perfectamente, para luego suspirar de manera 'derrotada'. —A veces me siento TAN mal ocultándole lo que somos en realidad. Me cae tan bien que cada vez que me llama Amelia se me resquebraja un trocito de mi corazón por estar mintiéndole. No sé, le he cogido mucho cariño… —Y bueno, Gwen debía de saber que Sam era empática mil y que cualquier cosa de ese estilo la hacía sentir mal de verdad. No le gustaba nada mentir, o que le mintieran. Aunque casi que se sentía peor mintiendo.

La rubia no pensaba ni por asomo que Gwendoline fuese una persona rota. Que su gato sí, pero ella no. Pero ni de lejos. Después de cómo se sentía ella, su novia era perfecta en todos los sentidos, por mucho que fuese una persona con poca experiencia en el ámbito sentimental. Míralas, al final, la más inexperta era sin duda la más lanzada y la más experta la que más miedos tenía. ¡Y qué rabia le daba eso! Se sentía tan idiota que no se comprendía a sí misma. Sentía que desaprovechaba las oportunidades que tenía con Gwendoline y que su miedo era totalmente irracional; un sin sentido. —No digas boberías, tú no estás rota. —No consideraba que el hecho de no haber tenido ni parejas, ni sexo, en treinta años, fuese sinónimo de estar rota. —Bueno, tampoco hace falta que pierdas el tiempo disculpándote frente a él: no lo valorará.

Después de declarar su gusto por Ariana Grande y que Gwen tuviese una pequeña discusión con Siri, empezó a sonar el principio de uno de los temazos más famosos de esa joven promesa. Sam hizo los soniditos de la boca imitando las trompetas, antes de entrar en el siguiente tema: el saco de boxeo y la idea de Gwendoline de hacer de la habitación libre una especie de gimnasio. La verdad es que le pareció una idea muy buena, aunque a simple vista un gimnasio no pegase ni con cola con la imagen que daban ellas dos. Pero vamos, ambas se habían aficionado bastante al deporte desde siempre, aunque ahora más que nunca. Incluso Gwendoline había tenido cierto contacto con Tahiri en Japón que la había motivado a seguir por ese camino. —Pues mira, no es una mala idea. Si te digo la verdad: jamás en mi vida me imaginé tener en mi casa un mini-gimnasio y hasta me sentía rara ante la idea de tener un saco de boxeo. Pero es que me gustan mucho los sacos de boxeo. —Sobre todo cuando le pegaba en él la cara de algún malnacido al que odiaba. Eso era vida. —Por una parte me parece una idea fantástica por todo el tiempo que le dedicamos a esas cosas, pero por otra parte pienso que como tenga eso ahí, no voy a ir nunca más al gimnasio. —Y en realidad eso no le gustaba. Era como el momento de deporte, en el que se arriesgaba a ir a un gimnasio, entrenar con otras personas, relacionarte con el mundo, salir de casa pese a lo mucho que a veces le costaba pasar tiempo fuera de casa. Y no sé, a lo bobo el simple hecho de pasar tiempo en ese lugar le había ayudado bastante a no encerrarse en su burbuja protectora. —Que ahora que lo pienso, mira que ambas hacemos montón de deporte y entrenamos y nunca vamos al gimnasio juntas. —Correr juntas era otro rollo, porque podían ir a la montaña o lo que fuera, ¿pero al gimnasio o a entrenar? Eso nada. Cada una utilizaba su tiempo libre de la otra para hacerlo y, el que compartían, lo pasaban haciendo otras cosas juntas. —Que en verdad cada una tiene su ritmo, sus rutinas y sus rollos y es lógico, pero me parece curioso. Espero que no estés ligando en el gimnasio, que me pongo celosa. —Y la miró de reojo. —Aquí en donde me ves soy una mujer muy celosa y tus mallas te hacen un culito muy mono. Y en los gimnasios hay mucho buitre. —¿Sam celosa? ¡En qué mundo! Y entonces hizo una pequeña pausa y mostró una sonrisa traviesa. —Menos mal que estás rota y no te fijas en nadie que no sea yo, ¿a que sí? —Y amplió una sonrisa divertida, mordiéndose el labio inferior. —Mi Florecilla que sólo se fija en mí. En su amiga desde los doce años. Si hace falta que pasen dieciocho años para que mi florecilla se pueda fijar en una persona, creo que puedo estar tranquila. —Sí, vale, antes había dicho que no estaba rota y realmente lo pensaba, pero de repente le pareció divertido bromear con eso. De hecho, no pudo evitar soltar una pequeña risilla.
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Gwendoline Edevane el Lun Mar 18, 2019 10:05 pm

Precisamente por el hecho de que no le importaría no terminar de pintar la casa si el sustituto era besar a Samantha Lehmann, Gwendoline prefería intentar mantenerse centrada en la tarea: se habían propuesto adecentar la vivienda para poder amueblarla lo antes posible, y así instalarse definitivamente allí. Y por muy tentadores que fueran los labios de Sam, mucho más tentadora era la idea de empezar cuanto antes una vida con ella.

Con la sonrisa todavía en los labios, le echó una mirada de reojo a su novia.

—Quiero mirarte por detrás, pero sin que para ello dejes de pintar. ¡Tenemos que dejar esto listo! ¿O es que no quieres vivir aquí lo antes posible?—Rió, divertida, ante sus propias palabras. Hacía meses, decirle algo así a Sam sería impensable. Suponía que la confianza entre ellas dos cada vez era mayor, hasta el punto en que la morena cada vez se abría más con su novia.

Dar por sentado que los demás sabían lo que sentías era malo. Gwendoline, que solía ser bastante empática y comprendía las preocupaciones de otros, entendía lo que era tratar con personas que no lo eran tanto. Y dichas personas tenían problemas a la hora de decir las cosas buenas a la gente.

Pensándolo bien, se dijo mientras deslizaba el rodillo sobre la pared, observando que cada vez tenía menos pintura, eso es algo muy humano: somos capaces de remarcar lo malo y dejar en el tintero lo bueno. Casi como si lo bueno fuese algo a lo que estamos obligados.

Y con ese pensamiento, se giró hacia Sam y preguntó, con cierta timidez:

—¿Te lo digo lo suficientemente a menudo?—Supuso que Sam entendería a qué se refería, debido al contexto, pero igualmente matizó.—¿Lo importante que eres para mí? ¿Lo mucho que me alegra que seas tú la persona con la que estoy dando este y muchos otros pasos importantes en mi vida? Porque lo eres.

Y la obsequió con una sincera sonrisa. Podría haberse inclinado para darle un beso en los labios y cerrar aquella declaración con broche de oro… pero si lo hacía, podría ser que dejaran de pintar. Y mejor terminar cuanto antes aquello.

Las bromas seguían yendo y viniendo, igual que una pelota de tenis en la cancha, y si bien Gwendoline estaba siendo la más bromista aquel día, Sam no se quedaba corta: su papel de ofendida era muy bueno, y más cuando Gwendoline tocó ese tema por el que tantas críticas había recibido su amiga.

Críticas hirientes, a veces, con las que Gwen no estaba de acuerdo.

—¡Oh, vamos! No me seas dramática. No he dicho que se te dé mal...—Empezó Gwendoline, de tal manera que parecía que se iba a disculpar de verdad… pero no.—Sólo quiero decir que necesitas mejorar.—Y ante aquella afirmación, obviamente con intención de pincharla, Sam comenzó a agitar la brocha que tenía en la mano, salpicándola con pintura mientras intentaba, infructuosamente, cubrirse con ambos brazos.—¡Alto, tregua! ¡Que era broma! ¿Acaso no disfruto yo de tus galletas, tus tartas y todo lo que te gusta hacer? ¡Quiero que tengamos el mejor horno del mercado sólo para que puedas seguir haciendo tus dulces!—Y, pese a que estaba moteada de turquesa de pies a cabeza, reía divertida. Entonces, se corrigió.—Bueno, a lo mejor me he venido arriba y el mejor horno del mercado no podemos permitírnoslo, pero… uno medianamente bueno, sí.

El tema de Santi y la gente del Juglar Irlandés era… complicado. No porque fueran malas personas, sino todo lo contrario: eran muy buenas personas, y se veía que querían a Sam como a una más. Sin embargo, claro, no conocían a ‘Sam’, sino a Amelia Williams, y no sabían que era una bruja.

Era comprensible que se sintiera mal mintiéndoles, especialmente a Santi. Gwen sabía de buena tinta que, cuando se había decidido a trabajar, Sam solamente buscaba eso: un trabajo, una forma de no sentirse inútil, desvalida, e insolvente. Sin embargo, en algún momento esa otra vida que no iba a ser su vida real… se había convertido en su vida real. Y Santiago Marrero se había convertido en su amigo.

Así que comprendía sus dudas e inquietudes.

—Escucha… Puede que esto te vaya a sonar a locura, pero cuando lo pienses un poco, verás que no lo es tanto.—Hizo una pausa para mojar el rodillo en el cubo de la pintura, y mientras escurría el exceso de vuelta al cubo, prosiguió.—¿Por qué no lo intentas? Contárselo, quiero decir. Será una muy buena manera de saber qué opina.—Volvió hacia la pared para proseguir el trabajo.—Y de verdad, que esto no te suene mal, pues sólo quiero ayudarte. Pero si sale mal… somos dos expertas en borrar recuerdos.—Salvo que Gwendoline se arrepintió de eso nada más decirlo: en cuanto le dijera a Santi que era bruja, si reaccionaba mal, el muggle lo olvidaría todo porque se lo borrarían, pero Sam no lo olvidaría; Sam recordaría que su primera reacción al saberlo había sido mala.—Vale, quizás ese es un plan horrible, lo siento. Pero si te sirve de algo mi opinión, creo que no se lo tomará mal. Creo que te quiere demasiado, y que apreciará tu sinceridad en ese tema. Aunque al principio no se lo crea, claro.

De hecho, la única imagen que acudía a su mente al imaginarse el momento era un Santiago Marrero incrédulo, y una Samantha Lehmann intentando convencerle, más por orgullo que por otra cosa. Y la idea resultaba más cómica que dramática.

Sobre la posibilidad de estar rota, Gwendoline no la descartaba. Había muchas cosas en que la morena era distinta al resto del mundo. Sin embargo, no iba a ponerse a discutir sobre ello.

—Que no lo valore. No me importa.—Dijo, refiriéndose a Don Gato, y a disculparse con él.—Me daré por satisfecha con tal de que no me arañe. Creo que no se ha olvidado de aquella vez que lo dejé dormido con un hechizo cuando Hemsley tenía controlada mi mente.—Sintió una leve punzadita dolorosa en el corazón al mencionar este hecho, pero no perdió la sonrisa. Cuanto antes empezase a normalizar aquello, a no darle importancia, mejor.

La idea de montar un gimnasio en casa para nada tenía que entrar en conflicto con el gimnasio de verdad: podían comprarse una bicicleta, una cinta de andar y un saco de boxeo, y aún así no podrían llamarlo gimnasio, pues les faltarían monitores, entre otras cosas. Pero entendía lo que Sam quería decir, pues ella misma se veía, demasiado perezosa para el gimnasio, encendiendo la cinta de andar o subiéndose a la bicicleta estática, y decidiendo ahorrarse un pequeño viaje a Londres.

Porque sí: de ahora en adelante, el gimnasio les quedaba más lejos. Sí, utilizarían la aparición mayormente, pero a Gwendoline solía gustarle volver a pie, si tenía ocasión.

—¡Qué va! Ninguna máquina ni ningún saco puede reemplazar lo que un monitor puede enseñarte. Seguro que seguirás yendo a perfeccionar tus puñetazos.—Le dijo Gwendoline. Dudaba mucho que Sam fuese a abandonar su rutina simplemente por tener un saco y una bicicleta en casa. A fin de cuentas, por mucho miedo que pudiera tenerle a los cazarrecompensas o mortífagos, Gwen sospechaba que más miedo le tenía a quedarse en casa toda la vida.

Y entonces, Sam sacó un tema tan absurdo que, por fuerza, tenía que ser una de sus bromas: Gwendoline ligando con alguien en el gimnasio.

De hecho, la cosa fue tan absurda que la propia Sam se respondió: Gwendoline no tenía ojos para nadie más que para ella. Y por eso fue que la morena puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.

—No tengo por qué fijarme en una persona. ¿Y si decido fijarme en esa máquina de agua tan sexy que hay en el vestíbulo? ¡Oh, no sabes el amor que me da esa máquina! Después de un duro ejercicio, me da lo que necesito: agua fría para recuperar todo el líquido que he perdido.—Lo dijo intentando sonar sexy… pero muy posiblemente el resultado no habría sido el más óptimo.—¿En quién me voy a fijar yo si ya tengo a la mejor persona del mundo esperándome en casa?—Y, ahora sí, Gwendoline dejó de pintar: dejó el rodillo sobre unos periódicos en el suelo, tomó las manos de Sam y la ayudó a ponerse en pie. Entonces, le dio un beso en los labios, mientras le rodeaba la cintura con uno de sus brazos.—¿Quieres venir conmigo a una de mis clases de Iaidō? Por mí, encantada: te sorprendería lo mucho que se relaja una envainando y desenvainando una espada de madera, y haciendo todo tipo de poses samurais.—Rió divertida, todavía abrazada a su novia, pero hablaba muy en serio: aquella especie de yoga con espada la ayudaba a evadirse del mundo.

También había empezado a practicar Aikidō como rama de defensa personal. Quizás algún día le enseñaría a Sam algunas llaves, si quería aprender.
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 19, 2019 3:06 am

¿Sabéis esas sonrisas que se te ponen en la boca de manera totalmente inconsciente cuando escuchas algo precioso salir de los labios de alguien que te importa tanto? Esa fue la sonrisa que le salió a Sam cuando Gwendoline le recalcó lo importante que era para ella. Si es que esa mujer era lo más bonito que había. —Yo creo que sí, pero no me canso de oírlo —le respondió con sinceridad. —¿Y yo te lo digo lo suficiente como para que no se te olvide? Debería recordártelo todos los días. A partir de ahora podré hacerlo, nada más despertarnos. —Y sonrió, feliz.

Ella era de esas personas que valoraban muchísimo el dormir con la persona a la que quería, despertar a su lado y decirle ‘te quiero’ todos los días nada más abrir los ojos. Sí, era terriblemente romántico y para algunos cursis, pero así era ella: romántica y cursi hasta la médula, ¡y bien orgullosa que estaba de ello!

Y vale, era romántica y cursi, pero cuando ella decía una amenaza… la cumplía, aunque fuese la amenaza menos cruel y más mona del mundo. Y cuando volvió a recalcar que no se le daba tan bien lo de la repostería, comenzó a zarandear la brocha para mancharla lo mínimo. Era una tontería mancharse, sobre todo teniendo en cuenta que con la magia podían limpiar cualquier cosa de esas incluso con mayor facilidad que con el método muggle. —Aún no consigo comprender como siempre te gustaron, admítelo: lo hacías para ganarte mi corazón. Antes no se me daba nada bien. —Y hasta ella lo sabía, que las galletas no eran precisamente lo que mejor le salía. —Bueno, no pasa nada. Hasta con el horno más barato haría las mejores tartas del mundo, ¿sabes por qué? —Y entonces soltó la brocha sobre el periódico y unió sus dos manos frente a su cara, en forma de corazón. —Porque están hechas con amor.

Continuó pintando, para cuando escuchó a Gwendoline sugerir que le contase a Santi que eran brujas. La verdad es que la legeremante tuvo que parar de pintar y mirarala, sobre todo cuando le dijo que en el caso de que las cosas saliesen feas, ellas eran expertas en borrar recuerdos. La miró porque no supo identificar si lo estaba diciendo en serio o no, sobre todo siendo consciente de lo mal que le parecía, a ambas, manipular la mente de las personas de esa manera. Mucho menos lo haría con una persona tan querida como se había convertido Santi para ella. —Ya decía yo… —Murmuró cuando ella misma se dio cuenta de que era un plan horrible. —Yo creo que tampoco se lo tomara mal, sino que más bien alucinaría. No creo que se pueda pensar ni por asomo que este otro mundo existe, pero… no sé. De todas maneras llevo ya un año en su vida y me parece un poco feo confesarle ahora que en realidad no me llamo Amelia, ni soy una persona normal y que en realidad en mi mundo estoy siendo buscada por la ley. No sé tía, ya sé que es una tontería y que está justificado, pero justificárselo es contarle las mierdas de nuestro mundo y tampoco quiero contarle tanto. ¡Y sé que no se enfadaría pero ya sabes lo poco que me gustan las mentiras! —Se estresó ella sola contestándole a eso. —¿Y si se lo empiezo a meter como un juego de… ‘y si…’? En plan le hago plantearse el hecho de que pueda haber magia y personas que hagan esas cosas. Siempre he pensado que quizás es la mejor manera de introducir a un muggle, haciéndole pensar en la posibilidad de algo. Como todas esas personas que creen que puede haber vida extraterrestre: el hecho de que aparezca de repente no los cogerá tan de sorpresa. —Parecía una estrategia creada por un niño de cinco años, ¿pero me vais a decir que no tiene sentido?

Le sorprendió que mencionase el nombre de Hemsley, pero en el buen sentido de la palabra. Cada vez que podían incidir en el pasado con normalidad, a Samantha le recorría una sensación de satisfacción por estar aprendiendo a dejar el pasado realmente atrás y dar esos pasos hacia adelante que tanto necesitaban.

Y en eso último tenía razón: en la habitación-gimnasio no iban a tener un entrenador, por lo que era un plus para seguir yendo y no rendirse ante la pereza. La verdad es que el único motivo por el cual a Samantha le gustaban tanto los sacos de boxeo era porque era tremendamente satisfactorio golpear algo como si quisieras matarlo y no preocuparte de nada más que de la salud física de tus nudillos. Nadie lo entendería hasta que estuviesen estresados hasta la médula y tuviesen un saco al que golpear sin que nadie te dijera nada. Sin embargo, si ella iba con un entrenador no era para aprender a golpear el saco, sino para aprender en defensa personal. Había aprendido mucho con Caroline, pero como no iba a practicar siempre con ella y hacerle ‘perder’ todo el rato el tiempo, había decidido apuntarse con un monitor que le enseñase cosas nuevas y le ayudase a mejorar en lo que ya sabía. Era tan genial cuando algún motivado del gimnasio te venía a ‘retar’ porque te veía débil y los frutos de esa defensa personal hacían que fuese ese motivado quién terminase con la espalda contra la tarima.

“No tengo por qué fijarme en una persona.”

Y esa, señores, era Gwendoline declarándole a la vida que realmente sí que estaba rota. Sam no pudo evitar soltar una carcajada frente a esa afirmación tan asexual. Sin embargo, ese tono sexy hizo que la rubia enarcase una ceja. —Oye, esa máquina agua está buscando pelea, ¿eh? —Respondió, arrugando la nariz.

Pero entonces volvió a sonreír, para dejar la brocha a un lado y tomar las manos de Gwendoline para ponerse en pie. Recibió el beso por parte de la morena y la rodeó con sus manos alrededor de su cuello, escuchando lo que decía. —¿Me estás invitando a una clase de espadas de madera para que así me asegure de que no ligas con una máquina de agua o cualquier otra cosa que no sea una persona? —Bien de cerquita, la miró divertida. —No sé cómo tomarme que te gusten tanto las espadas de madera… —Y no pudo evitar raspar su garganta con una risa totalmente inesperada. —Es broma, es broma. —Besó entonces ella sus labios para tomarse en serio la oferta que le había hecho ante su ‘queja’—que realmente no era una queja—de no ir al gimnasio juntas. —He de admitir que le tengo bastante tirria a todo lo que tenga que ver con katanas, no me preguntes por qué. —Arrugó la nariz. —Pero sí que me gustaría probar e ir un día. —Porque probar era gratis y el hecho de que a Gwendoline le gustase tanto le había dado curiosidad desde un principio. Además, había veces que una necesitaba sencillamente relajarse y entrar en estado zen, mientras que otras veces lo que realmente necesitases era sacar todo de dentro. —¿Y ahora qué? —Seguían abrazadas y, evidentemente, habían dejado de pintar mientras de fondo sonaba el temazo por excelencia que todo ser humano conocía, a menos que tuvieras menos de dieciocho años y no supieras nada de la vida. —¿Nos quedamos así? Ya no veo tan mal el color beige que venía de fábrica en la pared. Queda hasta bien. —Bromeó, pues lo primero que había dicho Sam de ese color es que no le gustaba nada.


***

Habían pasado cuatro horas y, contra todo pronóstico después de aquel abrazo tan calentito, se habían podido separar y continuar con sus labores de pintoras experimentadas. Después de terminar esa pared habían continuado por la grandísima de la escalera, para continuar por la de la puerta y la que dividía la entrada del salón. Se habían estado turnando el rol de usar la brocha y perfilar o el del rodillo, ya que éste último te cargaba muchísimo los músculos del brazo y había que hacer montón de esfuerzo. Les quedaba toda la pared de la chimenea y ya Sam estaba cansada, pero no lo demostraba, pues estaba en mitad del salón, observando lo bonito que estaba quedando todo mientras bebía de una botella de agua. Se había terminado por quitar aquel suéter y abrochárselo en al cintura, quedándose con una camisa de cuadros vaquera que llevaba abierta y remangada, en cuyo interior tenía una camisilla blanca básica. Era su manera de ponerse camisillas, pues de otra manera no las usaba.

Evidentemente no se quejaba del cansancio porque era dramática pero no tanto, pero eso sí: había algo con lo que no habían contado, al menos no del todo. —Creo que deberíamos tomarnos un pequeño descansito y pensar detenidamente en nuestra alimentación a corto plazo. Sería terriblemente triste morirnos de inanición en medio de la remodelación de nuestra casa. —Estiró la mano para ofrecerle la botella de agua, pues llevaba tanto como ella sin beber. —¿Abres la ventana esa? —Le dijo con respecto a la que estaba cerrada del salón. —Voy a abrir la puerta trasera de la cocina y el garaje para que haya corriente, se seque y deje de oler tanto a pintura. —Retrocedió entonces para meterse en la cocina y abrir ambas puertas, encontrándose en el garaje montón de trastos que tuvo que apartar.

Porque sí, en esa casa había dos hándicaps: la remodelación y el agujero negro de trastos que había en el garaje, en el cual la señora Ford les había dado permiso supremo para hacer lo que quisieran con todo lo que había ahí. Pero claro, ya las chicas habían estimado que eso les haría perder mucho tiempo, por lo que habían dejado para el final la purga del garaje, pues tampoco es que fuese el lugar más importante, sobre todo con la gran cantidad de aparcamiento que había en esa zona residencial para el coche de Gwendoline. Ya le meterían mano a eso, pero por ahora lo importante era dejar toda la casa perfecta para vivir.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Mar 19, 2019 4:44 pm

Vistas desde fuera, Gwen y Sam podían parecer la típica pareja empalagosa: no tenían ningún problema en demostrarse el amor que sentían la una por la otra, ni en decirse lo importantes que era la otra en su vida.

Cierto era que, en público, todavía no se sentían del todo cómodas demostrando su afecto. No por avergonzarse la una de la otra ni de su condición sexual, sino más bien por puro decoro: tiempo atrás habían sido dos tímidas niñas, dos ratoncitos de biblioteca que tenían problemas, incluso, para levantar la mano y responder en clase a una pregunta de la profesora. Y si bien habían crecido mucho desde entonces, ciertas cosas no se olvidaban.

La timidez, por desgracia, nunca se marchaba del todo.

—No se me olvida.—Respondió Gwendoline, refugiándose su mirada en la pared a medio pintar que tenía por delante, un rubor en sus mejillas y una sonrisa en los labios.—Pero no seré yo quien se queje si me lo recuerdas todos los días.

En realidad, había grandes posibilidades de que sí se quejara. Así era ella: demasiadas atenciones, demasiados cumplidos, la incomodaban. De hecho, una pequeña parte de ella no se creía la mayoría de cumplidos. Esa parte era su peor enemiga: la que creía que no era lo suficientemente digna de palabras bonitas, y la que se creía responsable de todas sus desgracias en la vida.

Sam odiaba también a esa pequeña Gwen.

Salpicada de pintura por su último intento de broma, Gwendoline rió y aseguró que le encantaban los postres que elaboraba Sam. Y no mentía: siempre le habían gustado, mientras que en su mayoría había recibido críticas negativas por un trabajo que hacía de corazón. Y ese era precisamente el motivo: Sam hacía aquello de corazón, con cariño, y si bien quizás no ganaría ninguna edición de The Great British Bake Off en un futuro cercano, a Gwendoline sus postres siempre le gustarían.

—Tú misma te has respondido. Y me has quitado las palabras de la boca. ¡Ya te vale!—Bromeó la morena cuando Sam, precisamente, dijo lo que se le estaba pasando por la cabeza en aquellos momentos.—Los haces con amor, no sólo hacia las personas que se los van a comer, sino hacia la repostería en sí. Es lo mismo que esta casa: da igual que la pintura hubiera quedado mejor si llegamos a contratar a unos profesionales, o que no seamos las mejores montando muebles, pues el resultado será perfecto para nosotras. Porque lo hacemos con amor.—Y diciendo estas palabras se puso muy roja. Ya era todo un mérito que hubiera logrado decirlas: en otro tiempo, muy posiblemente no hubiera conseguido hacerme entender.—Así que no se te ocurra dejar de hacer galletas, tartas o lo que sea. O me enfado.

El tema de Santi fue… extraño. Gwendoline sugirió algo que, mientras lo decía, a ella misma le sonó terriblemente mal. Y por muchos motivos: no estaba bien manipular la mente de la gente, mucho menos si esa gente eran amigos tuyos, y borrar una reacción negativa de alguien no hacía que ésta desapareciera.

Sam la miró como si la morena estuviera diciendo algo impropio de sí misma, y sí, ella misma se dio cuenta de que aquellas palabras habían sido muy desacertadas. Se corrigió de inmediato, aunque la idea de confiar en Santiago Marrero sí le parecía apropiada.

—A ver, no quiero simplificar el tema: sé que es complicado. Pero hazte esta pregunta: ¿Acaso tú por contar algo a alguien ya tienes que decirle todo lo que deriva de ese algo?—Gwendoline se dio cuenta de que dicha pregunta era un poco liosa, así que buscó una mejor manera de planteárselo.—Lo que quiero decir es… Digamos que yo me acerco a ti para decirte cualquier cosa, para confesarte algún secreto. Que me he hecho monitora de pilates, o algo por el estilo.—No pudo evitar reírse ante semejante ejemplo tan estrambótico.—Es un ejemplo, ¿vale?—Remarcó, para entonces continuar.—Lógicamente, tú me preguntarás por qué he decidido hacer eso, y si bien yo podría decirte que ha sido porque mi tía se murió, me dejó en herencia su negocio y su último deseo era que no dejase morir el negocio, también podría decirte simplemente que lo heredé y me pareció bonito seguir con la tradición. No sé si hasta ahora me estoy explicando...—Echó un vistazo en dirección a Sam, buscando alguna pista sobre ello; luego, prosiguió.—En tu caso, sí, puedes decirle a Santi todas las cosas que te han sucedido, o que han sucedido en nuestro mundo. Claro que puedes. ¿Pero qué necesidad hay? Esas cosas no te definen, en realidad: tú lo que quieres es compartir con él tu auténtico yo. ¿Que por qué usas una identidad falsa? Para no ser identificada como bruja, cosa que no es mentira.—Soltó un largo suspiro, mirando la última capa de pintura que había aplicado, antes de volverse hacia Sam.—¿Tiene algo de sentido lo que digo o…?

Ella, al menos, lo veía claro: ser amigo de alguien no implica que tengas que compartir absolutamente todo con ese alguien. A fin de cuentas, todo el mundo tiene derecho a su privacidad. Y Gwendoline estaba segura de una cosa: habría aceptado a Sam en su vida, y la habría querido igualmente, aunque la rubia hubiera optado por guardarse para sí misma todo lo malo que le había sucedido en los años que pasaron separadas. Habría aceptado que le habían ocurrido cosas malas, pero que no se sentía preparada para hablar de ellas, prometiéndole que si algún día estaba lista, ella la escucharía.

Santiago Marrero parecía, a ojos de Gwendoline, una persona así.

Y hablando del pasado, de traumas que definían a una persona, Gwendoline se atrevió a mencionar a Hemsley. ¿Y sabéis lo mejor de todo? No ocurrió nada: no se abrieron los cielos, no bajó su espíritu vengativo empuñando una katana y, mejor todavía, la morena no se sintió especialmente mal al mencionarla.

Si el tiempo era un río que fluía, el pasado poco a poco quedaba más lejos.

La conversación las llevó en un momento dado a pensar en montar un pequeño gimnasio, o sala de entrenamiento, en la habitación vacía. De sobras sabían que en su casa habría algún sitio destinado a los libros, pues las dos disfrutaban de la lectura, pero en los últimos tiempos también habían descubierto que disfrutaban el ejercicio. El ejercicio las hacía sentir bien en muchos sentidos.

Llegaron también a la conclusión de que nunca iban al gimnasio juntas, lo cual era cierto: cada una tenía sus horarios, y generalmente coincidían con los momentos en que no podían estar juntas. Y surgió una broma altamente improbable sobre Gwendoline ligando con otra persona en el gimnasio, a lo cual respondió la morena de forma ingeniosa, insinuando… a saber qué con una máquina de agua.

—Las espadas de madera y yo tenemos una relación de amor-odio, especialmente cuando alguien me golpea en los nudillos con una.—Bromeó Gwendoline, abrazada a su novia, con una sonrisa muy sincera.—Y no les tengas tirria: no dejan de ser objetos inanimados. Ellos solitos no hacen daño a nadie. Cuando vengas conmigo, verás lo relajante que puede ser. Pero no te rías de mis poses.—Sam se iba a reír de sus poses, más claro que el agua. No veía a su novia tomándose aquello en serio en la primera sesión.

Aún abrazadas, con aquella canción sonando de fondo y meciéndose suavemente a su ritmo, Sam y Gwen no parecían dispuestas a separarse. Si hubiera habido allí una tercera persona pintando, muy posiblemente les habría pegado un grito para que se pusieran a trabajar de nuevo.

Pero, como no lo había, iban a tener que ser ellas las que tomaran la iniciativa. Y por mucho que Gwendoline se sintiera tentada, se obligó a pensar en la casa de sus sueños, ya terminada, y lo relativamente poco que faltaba.

Bueno… “poco”, pensó, pues en realidad quedaba mucho.

—Tentadora oferta, pero...


***

...pero demostraron ser responsables y continuaron con el trabajo durante las siguientes horas, intercambiando comentarios del mismo tipo que hasta el momento. Seguían animadas, por mucho que les dolieran los brazos de usar el rodillo.

Para entonces ya habían terminado con la primera estancia, la más grande de la casa, y si bien el resultado era bueno, Gwendoline no podía evitar pensar que todo eso iban a tener que repetirlo con el resto de habitaciones.

Sólo de imaginárselo le daban ganas de dejarse caer en el suelo y mirar el techo. O no, porque el maldito techo también había que pintarlo, y se deprimiría.

—No pensé que esto fuera a ser tan duro.—Confesó cuando Sam le sugirió que se tomaran un descanso. Le parecía una gran idea, así que dejó rodillo y brocha cerca del cubo de pintura, y se dirigió a abrir la susodicha ventana.—¿Sabes una cosa? ¡Me he replanteado la idea de usar magia! Deberíamos poner un par de rodillos a pintar por nosotras y...

...y, en ese preciso momento, sonó el timbre de la puerta, y Gwendoline se emocionó tanto como un perrito. ¿Porque llegaba visita? No, en realidad…

—¡Toma ya! ¡El timbre funciona! ¡¿Has escuchado eso?! ¡El timbre funciona!—Y con toda la emoción recorriéndole el cuerpo, casi dando saltitos, fue a abrir la puerta. Ni siquiera preguntó quién era, y fue cuando se encontró con un rostro conocido.—¡Santi!—Exclamó, con una sonrisa, en voz tan alta que Sam debió escucharla perfectamente.

Y no sólo venía Santi: traía con él bolsas con letras chinas y un delicioso olor que no hacía falta ser un genio para saber que era comida. ¡Y con el hambre que tenían las dos!
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Miér Mar 20, 2019 2:44 am

Tenía muchas ganas de seguir practicando con la repostería, por lo que por mucho que hubiese acudido al drama ocasional, en realidad no tenía muchas intenciones de dejarlo. Le gustaba mucho y le parecía un hobbie relajante, además de que no solo era entretenido, sino que luego tenías comida rica con la que ponerte gorda, por lo que eran todo ventajas. —En realidad soy muy consciente de que como haya algún fallo en la pintura, voy a verlo durante el resto de mis días y me va a dar el TOC muy fuerte por mucho que lo hayamos hecho con amor —confesó divertida, quitándole lo bonito al asunto. ¡Pero es que era verdad! ¡Era lo peor! Todavía recordaba en su antiguo piso—RIP—cuando pintó las dichosas molduras y parte de la pintura cogió la pared. Cada vez que veía eso mientras desayunaba se le hinchaba la vena de la frente.

Dentro del gran abanico de posibilidades que había con Santi, tenía bastante claro que lo más lógico es que no presentase ningún tipo de rechazo a lo que Sam tenía que decirle. Y por lo que decía Gwendoline, sabía que no tenía que darle detalles de las cosas, ¿pero de verdad creéis que Santi se quedaría a gusto sabiendo simple y llanamente que era una bruja y nada más? Creía que era un tema demasiado nuevo y extraño para un muggle, como para que no preguntase, sobre todo con la confianza que tenía con ella. Y evidentemente Sam no le iba a contar nada de su pasado, pero detalles del mundo y del por qué de esconderse pues serían preguntas obvias. Nunca había tenido la necesidad de contarle a ningún muggle—a excepción de sus padres—que era bruja, por lo que en realidad le daba un poco de reparo la implicación, o la opinión o… cualquier cosa que saliera de lo común. Y en parte pensaba que por mucho que se sintiese mal no contándoselo, lo correcto sería no hacerlo igualmente.

Así que negó con la cabeza. —Claro que tiene sentido: no tengo intención ninguna de contarle a Santi nada de lo que me ha pasado. —No, no tenía intención de traumatizarlo, la verdad. —Pero habrá ciertas cosas que habrá que decir, ¿o te crees que precisamente Santi se va a quedar satisfecho con decirle que soy bruja, pero que no pregunte más? —Enarcó la ceja, para entonces soltar aire lentamente. —En fin, da igual, si es que en verdad lo mejor creo que es decir no nada. O sea, creo que tal y cómo está la cosa, si queremos vivir y camuflarnos entre muggles, lo mejor es hacernos pasar por ellos y ya. —Que sí, que eso no quitaba en absoluto el hecho de que se sintiese mal por ocultárselo a Santi, pero visto objetivamente, creía que era lo mejor y así se ahorraban el hecho de contárselo a un muggle, cuando siempre se había evitado. Y no es como si Santi fuese su pareja y fuese a vivir con ella el resto de su vida.

Al principio les costó un poco ponerse en serio con la pared, pero finalmente lo consiguieron después de separarse de aquel abrazo, un abrazo movido por los 'celos' divertidos de Sam hacia una máquina de agua. Si es que ellas solas podían tener conversaciones tan absurdas y divertidas. Así que las siguientes horas sí que fueron productivas y, aunque hubiesen estado siempre en todas las paredes apoyándose para terminar antes, no hubo más distracciones. Ahí tenías a dos Ravenclaw bien enfocadas en la tarea principal y nada más.

Fue tanta la motivación, que cuando terminaron todo eso, ya estaba cansadísima. De hecho, Sam veía el resto de botes de pintura para el resto de la casa y… de verdad se planteaba cuánto de bueno habría en pegarse el día entero pintando todas las habitaciones y que quizás hubiese sido sabio no tener la idea de hacer tanto en un día y dosificar. Tal y cómo lo hacían no podía ser bueno para la vida. Es por eso que, por su salud mental y física, un descansito no les iba a venir nada mal, sobre todo porque necesitaban comer algo y recobrar las energías perdidas con esa labor tan tediosa. Cuando caminó hacia la cocina para abrir las puertas y que hubiese corriente, fue cuando escuchó a Gwendoline gritar el nombre de Santi. Sam frunció el ceño, asomándose de nuevo al salón para ver en la puerta de la entrada a un Santiago Marrero abrazando a Gwendoline. Al separarse de ella y ver a Sam al fondo, alzó la comida.

¡Yo traer provisiones, Mia! —Le dijo, contento. —Yo no saber cuándo solían comer vosotras, así que venir pronto para no llegar tarde y tener que comerme todo esto yo solo. —Dejó las bolsas con comida sobre una mesa auxiliar y continuó caminando hacia Sam para abrazarla mientras le daba un gran beso en la mejilla, de esos que suenan. También la elevó un poquito del suelo con el abrazo. Sam le había dicho lo mucho que le gustaba que fuese tan alto como ella, por lo que siempre lo hacía para hacerle el gusto.

Pensé que no podías venir hoy, que habías quedado con…

¡Me ha dejado plantado! —Dijo dramáticamente, tras soltar a Sam. —Vale, sí, quedar feo que vosotras seáis mi plan de repuesto, pero cuando me dejaron sin plan de sábado la idea de venir a pintar con vosotras me pareció exquisitamente divertida. Me he preparado para la ocasión. —Y entonces se quitó la chamarra que llevaba puesta, viendo en el interior una camiseta que ya estaba manchada de pintura. Iba de chándal, como si fuera un uniforme que daba igual manchar o romper. —¡Tadáaan! Uniforme de faena.

Sam rió, sobre todo porque Santi puso una pose típica de payaso que acaba de mostrar que ha hecho desaparecer el conejito en el sobrero. O hacerlo aparecer. No sé, Sam no sabía mucho de magia de mentira.

Muy guapo, sí.

Lo sé. Yo siempre estoy guapo, Amelia, lo que tú no aprecias mi atractivo masculino.

En eso último te doy la razón. —Rió divertida al ver como Santi fingía clavarse un puñal en el corazón. —Gracias por venir y... alimentarnos, justo estábamos pensando en cómo solventar el problema del almuerzo —le agradeció, con una sonrisa contenta. En verdad es que Santi era un sol y un chico adorable, ¿cómo iba a tener ese detalle con ellas y no adorarlo? ¡Si es que era una monada!

De nada, amiga mía. —Y se puso de nuevo erguido, mirando entonces todo a su alrededor, pues era la primera vez que había visto la casa. Era cierto que Sam le había contado cosas, pero ni en fotos las había visto. —Yo venir a la dirección y alucinar al ver la casa, ¿los jefes te pagan más a ti que a mí? ¿Cómo podéis permitiros esto? ¿Gwendoline trabaja como narcotraficante? —Se acercó entonces a Gwen, bajando la voz. —Si tienes droga, yo quiero… —Y sonrió, bromista.

No es tan cara como lo puede parecer...

¿La droga?

¡Santi! ¡La casa! ¿Cómo que la droga? ¡No vendemos droga! —La cara de Sam fue un poema y no pudo evitar reír como una idiota. —En realidad lo que más va a costar al principio es remodelarla para que se quede bien, tanto por dinero como por tiempo.

Yo ayudar a pintar hoy. Yo ser sincero con vosotras y decir que podría haber venido por la mañana pero yo dormir mucho cuando tener día libre y mi novia no decir hasta hace unas horas que me odia y prefiere quedar con su amiga. —Se encogió de hombros. —Pero primero… a comer. Yo casi comer por el camino porque huele muy bien.

Caminó hacia donde había dejado al bolsa con el chino—la comida, no una persona descuartizada ahí dentro—y cuando se giró para ver en donde comían, ya Sam se había sentado en el suelo, en mitad del salón, con un rostro de niño pequeña que espera la tartaleta de su cumpleaños. Podría haber ido a buscar cubiertos o servilletas, pero ya el pack del restaurante venía con palillos y servilletas, además de que todo se comía directamente de los botes.

Ah, muy bien —dijo, acercándose a ella.  

¿Mañana quieres venir a cenar? Prometo que habrá para entonces una mesa en donde sentarnos. Íbamos a invitar a Caroline, a mi padre y a un amigo, por si quieres. Será como una pre-cena de inauguración porque seguramente quede todavía un montón para terminar, pero al menos estará todo pintado y habrá algún que otro mueble. —Le invitó, allí sonriente y sentada como los indios, esperando a que su novia y su amigo se sentasen a su lado.
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 20, 2019 2:15 pm

Por supuesto que estaba claro que Santi haría muchas preguntas. Una de sus facetas más personales era lo curioso que podía llegar a ser: se hacía muchas preguntas, y a juicio de Gwendoline, preguntas inteligentes. De haber nacido con el gen mágico, muy posiblemente habría sido un Ravenclaw.

Sin embargo, Gwendoline sentía que Sam no había comprendido del todo su punto. Y no la culpaba, teniendo en cuenta cómo se lo había explicado.

—Claramente, no me he explicado bien.—Dijo con un suspiro, al tiempo que pensaba cómo darle un nuevo enfoque.—A ver… ¿qué es lo primero que supiste del mundo mágico? ¿De qué te hablaron? De Hogwarts, ¿no? Y a ojos de una niña de once años, saber que va a ir a un colegio en que le enseñarán a utilizar la magia, un don que no sabía que tenía, eso es maravilloso.—Gwendoline se embarcó en su propio viaje a través de los recuerdos, y volvió a verse como una niña pequeña, caminando junto a su madre a través del Callejón Diagón. La volvieron a embargar las sensaciones de aquel entonces.—Puedes hablarle de todo lo que una vez fue bonito: la carta de Hogwarts, tu primera visita al Callejón Diagón, lo que sentiste la primera vez que caminaste por el Gran Comedor, o cuando viste te subiste por primera vez a una escoba… No sé, puedes satisfacer su curiosidad sin necesidad de hablar de en qué se ha convertido. No necesitas simplemente decirle que eres bruja y esperar que le baste con eso, sino centrarte en lo bueno.

Pero, de todas formas, Gwendoline prefirió no insistir más con el tema. Porque por muchos argumentos que pudiera aportar a favor, por mucho que creyera que la sinceridad era mejor que la mentira, no era su decisión. Solamente Sam podía elegir si lo decía o no. Y por eso no le rebatió el último punto.

Si algún día decidía contárselo, tendría que ser porque ella quería.


***

Y precisamente el susodicho Santiago Marrero fue quien se presentó, horas más tarde y por sorpresa, en la puerta de la casa que ambas brujas compartían, dándoles una gran sorpresa.

Una Gwendoline emocionada por el impecable funcionamiento del timbre fue quien abrió la puerta, encontrándose con el joven muggle español. El joven, que ya era uno de sus muggles favoritos, traía consigo comida china con evidente intención, y con eso escaló unos cuantos puestos en el ranking personal de la morena.

Se estaban dando un abrazo él y Gwendoline cuando Sam regresó de la cocina. Los dos compartieron otro abrazo, y se notó entonces el cariño que se tenían. Una pena que Sam no quisiera hacerle partícipe del secreto que compartían.

La novia de Santi, al parecer, tenía otros planes, y por ese motivo había decidido hacerles una visita. Y como por lo visto no quería que les sentara mal ser su plan de reserva, aseguró que venía a ayudar con la pintura. Se había vestido para la ocasión, con ropa vieja y parcialmente manchada de pintura, que llevaba bajo la chaqueta.

Aquella pequeña conversación entre su novia y el que a todas luces era su mejor amigo en el mundo muggle le dio a Gwendoline una clara idea de lo bien que aceptaría Marrero el secreto de Sam. Estaba segura de que ni siquiera se enfadaría con ella por habérselo ocultado, que comprendería todas sus razones.

Pero, una vez más, la morena sólo podía soñar con ese momento.

—Lo siento: la droga se ha terminado.—Bromeó Gwendoline cuando Santi sacó el tema, para exasperación de una Sam que no estaba acostumbrada a una morena tan bromista. Sin embargo, los tres rieron tras aquel comentario.

Fue a sentarse con ellos en medio del salón, en el suelo, y mientras tomaba de la bolsa su parte de la comida, y un pack de servilleta y palillos, escuchó a Sam formular la invitación que le había sugerido la morena al comienzo de la ardua jornada de trabajo.

—Anímate: será agradable tener una cena entre amigos en nuestra nueva casa a medio reformar.—Insistió Gwendoline mientras abría el pequeño paquete de cartón que contenía su comida. Enseguida emanó de él un sabroso aroma especiado.—Bambú y setas chinas. ¿He mencionado ya lo mucho que te quiero?

Lo decía en broma, por supuesto, pero sabía que el señor Marrero no tardaría en aprovecharse de la situación para gastar una de sus típicas bromas.

—¡Yo saber que tú sólo estar fingiendo querer a Mia para ponerme celoso!—Exclamó, riendo divertido, mientras Sam le fulminaba con la mirada.—¡Eres mi novia!—Añadió.

—Se lo decía al plato de comida.—Bromeó Gwendoline, ante lo cual Santi reaccionó de manera cómica, llevándose ambas manos al corazón con fingida expresión de dolor, como si le hubieran asestado una puñalada y fuera el protagonista de una película cutre de los años setenta.

Tengo el corazón partío.Esto lo dijo en español. Por lo visto, se trataba de la letra de una canción muy popular de un cantante español muy popular… que residía actualmente en Miami.—Tú jugar con mis emociones, mala mujer.

—Sabes que lo nuestro es imposible, Santi.—Prosiguió Gwendoline con aquella broma, muy cómoda debido a lo contenta que estaba.—Ni tú puedes competir con Amelia Williams, ni yo puedo competir con Amber... —Se quedó un momento en silencio, frunciendo el ceño, intentando recordar el apellido de la novia de Santi. Era muy posible que ni siquiera lo supiese.—¡Qué pena! Esa frase habría quedado mucho mejor si supiera el apellido de Amber.—Concluyó al fin, recuperando la sonrisa.

—Eso es cierto. Las dos cosas.—Dijo Santi, todavía riendo. En realidad, las dos sabían que por Amber se le caía la baba. Un poco como a Gwendoline con Sam.

—Ahora ya en serio, Santi.—Gwendoline se llevó un poco de setas y bambú a la boca con los palillos, se deleitó con su sabor, y entonces continuó.—Ven a cenar mañana. Y tráete a Amber, si quieres. No vamos a tener aquí ninguna cena por todo lo alto ni nada por el estilo, pero será una agradable reunión de amigos… O eso espero, porque eres el primero al que avisamos.

Las cosas como son: todavía no habían avisado ni a Caroline, pero sabían que la pelirroja no tendría ningún problema en aparecer. Y por lo que sabía de Laith, siempre se apuntaba a cualquier cosa. No se le daba mal sumarse a planes improvisados.

—¿Entonces no haber langosta? Yo pensaba que haber langosta por lo del negocio de las drogas...

Gwendoline puso los ojos en blanco, negando con la cabeza. En buen momento se le había ocurrido hacer la broma de que se le habían acabado las drogas...
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 21, 2019 4:16 am

Mira que al principio le parecía hasta divertido que Santi dijera con tanta naturalidad que Gwendoline era su novia, ya que claro, se acababan de conocer y era bonito que hubiese tanta complicidad, pero claro... desde que la chica comenzó a notar esos sentimientos por su amiga, ya no le hacía tanta gracia. Menos mal que sabía que Santi lo hacía para molestarla y nada más, a lo que ella siempre respondía con fingidos celos. Pero vamos, ¿cómo iba a tener celos de Santi, que estaba terriblemente enamorado de su novia Amber? Y claro, como siempre lo decía para molestar a Sam, pues Sam se hacía la molesta. Sólo por jugar.

Pero esa vez, sencillamente sonrió, sobre todo al escuchar la respuesta de Gwendoline con respecto al plato de comida y que lo de ellos era imposible. Definitivamente era imposible, desde el minuto número uno. Mira que antes de que esos sentimientos despegaran por parte de ambas una no se habría imaginado la pareja ideal de Gwendoline, pero estaba claro que no era el estereotipo de Santi. Ahora, claro está, sólo había un tipo de pareja perfecta para ella, aunque nunca hubiera imaginado que así sería.

Claro, porque nosotras somos muy aficionadas a la langosta, ¿no? —Sonrió abriendo entonces su pequeño paquete de comida, pues había primero abierto la bebida, tanto la de ella como la del resto, colocándosela al lado tanto a Santi como a Gwen.

Es verdad, siempre olvido que vosotras no comer animales. Yo saber bien y por eso traer esos menús para vosotras, pero luego durante la conversación la información me desaparece. —E hizo un movimiento con la mano a la altura de la cabeza, en plan explosión mental. —Yo hombre: si veo comida y tengo hambre, mente no funcionar bien.

Pensé que eso os pasaba con las mujeres —opinó Sam.

También, Mia, también. Nosotros ser muy complejos. Si mujer y comida unirse en la misma ecuación, entonces nosotros explotar. Demasiado estrés en nuestra vida de manera repentina. —Y rió, bromista, a lo que Sam se unió también.

¿Seguro que no te has equivocado de vocabulario en esa frase y en vez de decir ‘complejos’, querías decir ‘simples’? —Le cuestionó Sam, divertida.

Santi entonces la miró con cara de tonto, intentando recordar lo que había dicho.

¿Dije ‘complejos’? —Y entonces se rió. —¡Qué optimista soy! Yo querer decir complejos a ver si colaba, pero en realidad nosotros ser muy simples. ¿Vosotras no tenéis problemas al ser dos mentes complejas? ¿No chocan vuestros cerebros complejos y crean discusiones de magnitud incontable?

Entonces la legeremante se rió, más que nada porque Santi tenía una capacidad de explicarse muy graciosa, pues era muy expresivo y sabía hacerse ‘el tonto’ muy bien. Y la cara que se le quedó después de preguntar eso fue muy cómica.

Nos conocemos desde que éramos pequeñas y nunca hemos tenido discusiones de magnitud incontable. Creo. —Miró a Gwendoline de reojo, pero ella no recordaba ninguna discusión real que hubiese sido tan fuerte. —Siempre nos hemos compenetrado muy bien.

Santi se rió pues la palabra ‘compenetrado’ tenía la palabra pene de por medio y claramente a ellas no le gustaban los penes. Pero fuera de eso, Santi, que no era para nada tonto aunque se riese de las palabras con el ‘pene’ intercalado y pusiese cara de tonto en muchas ocasiones porque era un payaso con título, se dio cuenta de un detalle que lo dejó un poquito confundido.

¿Desde pequeñas? —preguntó, creyendo que le faltaba información. —Yo pensar que tú venir de Alemania cuando ya adulta, ¿tú también eres de allí? —preguntó entonces a Gwendoline, pues evidentemente no había notado nada de su acento en ningún momento. Aunque bueno, siendo justos, ni siquiera le había notado el acento a Amelia porque evidentemente llevaba muchos años en Inglaterra.

Y entonces Sam sintió ese sentimiento de… qué cagada. ¿Pero sabéis qué? Lejos de ponerse nerviosa, se rió y miró a Gwendoline. Vale que todavía no sabían hablar mentalmente, pero la mirada que le echó fue totalmente de derrota, en plan: “Vale que haya dicho que no se lo voy a contar nunca para que empiece a soltar cagadas, una detrás de otras.” Y aunque no lo hubiera entendido con todas las palabras, aquella mirada cómplice hablaba por sí sola. Entonces fue a abrir la boca para hablar tras tragar lo que tenía en la boca, a lo que Santi la interrumpió.

En realidad...

¿Tú más rubia? ¿Tú teñirte? Yo notar tú más guapa hoy, pero pensé que era porque estabas feliz en tu nueva casa. —Sonrió, mordiendo su rollito de primavera. Casi que parecía divertido, como si en realidad no pensase nada raro de nada, pues en realidad Santi y Sam, por mucho que fuesen muy amigos, sabían poco del pasado del otro.

Sam, que se había sentido idiota también por no haberse dado cuenta del color de pelo y evidente de ojos, del que Santi aún no se había dado cuenta, suspiró y se encogió de hombros.

Pero bueno Santi, ¿por qué haces tantas preguntas? ¡En realidad soy una espía alemana, deja de intentar destrozarme mi tapadera! —Le respondió divertida, mirando a su paquete de comida mientras cogía tallarines con una hábil maestría con los palillos chinos. —Dije pequeñas pero me refería cuando éramos más jóvenes, que ya llevo aquí años. Y me teñí porque me estaban saliendo canas.

¿Canas? Eso es del Juglar Irlandés. Hacer maniobras manuales para que no se te caigan las tazas al suelo debe ser muy estresante para tú, sabiendo lo mucho que te gusta romper cosas. —Se rió de ella, porque Santi era un experto en meterse con Samantha Lehmann. ¿Sabéis la facilidad que tenía ella para meterse con Gwendoline? Pues Santi al parecer era su karma personal. —No tienes madera de espía, allí donde caminas tiras tazas o platos. Tú no ser muy discreta. Un espía ser silencioso, astuto, inteligente, saber pelear y tener siempre un AS en la manga que sea sorpresa al final de la película. ¿Tú tienes todo eso? ¡Claro que no, Mia! ¡Tú solo hablar alemán, tener canas y romper tazas!

Al parecer Santi dejó atrás esas 'incongruencias' y no les dio importancia, o al menos eso creyó Sam, que después de todas esas bromas lo habría dejado pasar y no se habría dado cuenta de nada. Y en realidad no se dio cuenta de nada, ¿eh? Hasta ese momento todavía no había adquirido el don de la clarividencia, ni tampoco se le había pegado nada de la legeremancia de su gran amiga mágica. Sin embargo, sí que presumía de llevarse muy bien con la chica que él conocía como Amelia y quizás esa mentira, esa mirada cómplice y esa contestación, no le resultaron del todo sinceras al español. ¿Pero sabéis qué? Cada uno tenía libertad para decir lo que quisiera de su vida y ahora mismo Santi estaba muy feliz allí, sentado, comiendo con ellas en su nueva casa. Teniendo en cuenta que se le daba muy bien hacer de tonto, hacerse pasar por uno también le salía natural.
Sam J. Lehmann
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