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Dreams for a better future // Sam & Gwen

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 5 23UILS8
Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 5 AIKLfZb


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Feb 19, 2019 8:49 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 21, 2019 1:58 pm

En el punto en que la conversación entre Sam y Santi dio paso a un incómodo momento en que la rubia reveló parte de su pasado secreto al español, sin pretenderlo, Gwendoline se detuvo mientras masticaba un bocado de bambú y setas chinas, observando la situación sin saber si debería intervenir o no.

Aparentemente, no hizo ninguna falta su intervención: Sam tomó la pelota, que estaba en su campo, y la arrojó fuera por medio de una broma que distrajo a Santiago Marrero.

La morena se relajó, dándose cuenta sólo entonces de que se había puesto tensa. Sabía que aquello no colaría. No durante mucho rato, al menos, y empezó a pensar en una posible solución al problema. Era buena trabajando bajo presión, e inventándose cosas. Bendita fuera su mente Ravenclaw.

—Tú no ser espía. ¿Qué ocultarme, Mia?—Dijo finalmente Santi. No, definitivamente, no había colado la bomba de humo. Gwendoline iba a tener que intervenir de todas las formas posibles.

—No te oculta nada, en realidad.—Intervino, atrayendo la atención del español, mientras fingía estar tranquila, dando buena cuenta de su plato asiático vegetariano.—Lo que no te ha contado es que fuimos al instituto juntas, en Alemania.—Alzó la mirada y la fijó en la de Santi, sonriendo; el español la miraba incrédula, consciente de que aquella información era totalmente nueva.—¿Qué pasa? ¿No me crees?

—Tú no tener cara de alemana, y tener acento británico.—Señaló, a lo que Gwendoline asintió con la cabeza.

—Porque no lo soy. Soy británica de pura cepa, y nací en Gravesend. Pero fui estudiante de intercambio en el instituto.—Continuó Gwendoline con su explicación, una historia falsa que acababa de sacarse de la manga. Para aportar más naturalidad a su discurso, se llevó a la boca un poco más de comida, y cuando tragó, siguió hablando.—Fue idea de mi padre. Siempre ha sido un hombre muy elitista, una persona que quiere presumir de los logros propios y de su descendencia, y creyó que aprender alemán me serviría para conseguir algún empleo en el extranjero.—Puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.—Mia me conoció cuando tenía doce años. Sí, ya lo sé: me enviaron muy joven de intercambio. ¿Y sabes lo peor de todo? No sirvió de nada: aquí me tienes, trabajando en Inglaterra. Sí, sé algo de alemán, pero nada más.

—¿De qué trabajar tú? Nunca te pregunto.—Santi repentinamente parecía más curioso que extrañado.

—Administrativa.—Respondió ella de inmediato, sin dudar.—Llevo la contabilidad en un pequeño bufete de abogados en Londres. ¿Te suena Reed Smith?—Era un bufete real, y si el español decidía buscar en Google, daría con una dirección. Dudaba que quisiese ir más allá de eso.

—Puede ser...—Respondió él, pensativo.

—Pues como te iba diciendo, Mia y yo nos conocimos en aquella época y nos hicimos muy amigas. Y por algún milagro de la vida, logramos mantener el contacto todos estos años que pasamos separadas.—Gwendoline miró a Sam con una sonrisa de enamorada muy real, y alargó la mano para coger la suya.—Nuestra relación fue muy fuerte, resistiendo incluso la distancia. Créeme que agradecimos la llegada de las videollamadas por Skype...

De acuerdo. Antes de proseguir hay que tener clara una cosa: Gwendoline no pretendía dar a entender nada de índole sexual con aquello, ni mucho menos. Su mente era demasiado limpia, demasiado blanca, como para pensar en hacer algo así con la que actualmente era su pareja.

Sin embargo, Santi enseguida lo entendió de esa manera, y les echó una mirada traviesa, alzando las cejas repetidamente de manera un tanto cómica.

—¡Oh! Yo entender, yo entender. Webcam ser amiga de relaciones a distancia. Muy amiga.—Dijo el español, sin dejar de alzar una y otra vez las cejas, mirando a una chica y a la otra alternativamente.

—Exacto.—Dijo una Gwendoline que no había entendido lo que Santi quería decir. Tardó exactamente tres segundos en percatarse, y cuando lo hizo, abrió mucho los ojos y se apresuró a negarlo.—¡No, no, no! ¡Lo estás entendiendo como no es! ¡No me refería a… ‘eso’! Lo que quería decir era que al menos de esa manera podíamos vernos la cara y hablar sin tener que gastarnos un dineral en teléfono.

—Tú ponerte roja como tomate maduro.—Señaló Santi, riendo divertido, y diciendo la verdad: Gwen estaba roja como un tomate.

—¡No es cierto!—Sí lo era, y por eso se tapó la cara con ambas manos, muerta de vergüenza; lo siguiente que dijo lo dijo sin destapar su rostro.—¡Por tu culpa, Santi! ¡Pervertido! No me refería a eso...

Ese comentario fue recibido con más risas, y Gwendoline seguía muriéndose de vergüenza. Al final terminó riendo también, pero había una verdad innegable en todo aquello: en cuanto Santi puso aquella imagen en su mente, la morena ya no pudo dejar de imaginarse el cuerpo desnudo de Sam, en una pantalla, mientras la rubia se… en fin, ya me entendéis.

Sentía una mezcla de vergüenza… y excitación sexual. No sabía qué era peor.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mar 22, 2019 12:59 am

Seguir rizando el rizo... Mira que le parecía hasta divertida la situación de tener que inventarse las cosas para que algunas situaciones cuadrasen con lo que el muggle sabía de ellas, pero inevitablemente se sentía mal por estar inventándose mentiras para que Santi no sospechase nada, ni creyese realmente que estaba hablando con dos mentirosas. La verdad es que cuando Gwendoline intervino con una buena tapadera a todo lo que habían dicho anteriormente, no pudo más que pensar qué cómo de distinto y de fácil sería si en vez de estarse con mentiras, decidiesen contar la verdad. Ella creía de verdad que como le contasen la verdad, se terminaría atragantando con aquel rollito de primavera.

Así que la austriaca se evadió un poco mientras comía, quedándose como una oyente más de aquella conversación. Estaba comiéndose ella parte de su comida, cuando Santiago habló sobre de lo importante que era Skype en una relación a distancia. Y créeme, aunque Gwendoline hubiera tardado lo suyo en pillarlo, Sam lo pilló a la primera y casi sintió que el champiñón que se estaba comiendo se volvía en su contra en la garganta. Sobre todo cuando Gwendoline dijo 'exacto' con tanta solemnidad. ¿¡Cómo que 'exacto', Gwendoline!?

Pero no le dio tiempo a decir nada antes de que aquel champiñón bajase tranquilamente por su garganta, tiempo en el que Gwendoline ya se dio cuenta de lo que había dado a entender. Al final Sam no pudo decir nada, sino reírse al ver como su novia entraba en un modo timidez extrema por haber admitido sin darse cuenta que ellas dos hacían 'cosas de mayores' a través de la pantalla de un ordenador. ¡La virgen y la paloma! ¡Si es que no hacían cosas todavía en persona, cómo se le ocurría decir que hacían nada vía ordenador en el pasado! Sam se llevó también una de sus manos a la boca, sin poder evitar reírse de aquello. Mira que adoraba a esa Gwendoline tan inocente con respecto a esos temas porque le parecía lo más adorable pero... ¡pero esas cosas no se dicen delante de Santiago Marrero! Os podéis hacer una idea de la de veces que va a bromear con Sam con respecto a eso cada vez que tenga ocasión.

Que cochino eres, Santi. Vosotros siempre pensando en sexo. —Consiguió decir entonces, negando con la cabeza mientras se llevaba de nuevo tallarines a la boca.

¿Qué tener de malo pensar siempre en sexo? ¡El sexo ser bueno para la vida!

No tiene nada de malo, pero ya sabes que nuestra relación empezó en diciembre, ¿cómo te crees que íbamos a hacer esas cosas por Skype? No hacíamos nada de eso. ¡Antes éramos amigas normales!  

¿Ahora ser amigas subnormales? —Preguntó Santi, con cara de travieso. Le encantaba tomarse las cosas así de literales, ¡si es que era igual de Sam! ¡Dios los cría y ellos se juntan!

Entonces Sam, mientras masticaba, miró divertida al techo. Aparte de darse cuenta de que no estaba pintado, lo hizo para mirar a alguna deidad que le tirase un rayo a ese muggle que tenían como amigo. Volvió a sonreí, para mirar de nuevo a su queridísimo amigo, el ser que siempre le metía en esos fregados de conversaciones. Definitivamente, era el karma.

Subnormal tú. —Y le sacó la lengua con una pedorreta.

Y ahí podías ver a una chica divertida, intentando pasar de tema porque nunca le había gustado hablar abiertamente de sexo, sobre todo cuando ella era una de las implicadas en el tema. Sam siempre había sido muy pudorosa con esas cosas y todo ese tema siempre lo mantenía en intimidad con la persona con la que tenía relaciones y ya. Luego también podías ver a un chico divertido que, lejos de querer enterarse realmente de la vida sexual de sus amigas, lo único que quería era molestarlas porque sabía perfectamente qué era lo que tenía que hacer o decir para hacer que se pusiesen nerviosas. Y eran muy monas poniéndose nerviosas, como dos adolescentes. La parecía adorable, sobre todo porque ambas eran más grande que él y él se tomaba el tema 'sexo' con muchísima filosofía. Y luego estaba Gwendoline, quién todavía era un tomate maduro en todo su esplendor. A decir verdad, la legeremante no se podría haber imaginado ni de lejos lo que estaría pasando por su mente y suponía que esa vergüenza venía dada exclusivamente por no haberse dado cuenta de lo que dijo y afirmar algo que nunca había ocurrido. Ojalá saber lo que se había imaginado.

No tener nada de malo que dos amigas hagan esas cosas por Skype, igualmente. —Rompió entonces el silencio Santi.

¡Pero Santi! —Le contestó Sam, en plan que dejase el tema.

¡No, en serio! —dijo entonces, más serio. —¿No tener la sensación de que la gente tomarse demasiado en serio el tema? Yo conocer a vosotras: ser muy pudorosas y tímidas. Yo entender. Yo solo decir éstas cosas para ver cómo poner como tomate. —Hizo entonces una pausa, sonriéndole a Gwendoline con disculpa. —Pero yo hablar en general: el sexo tener demasiada importancia en la sociedad y en realidad no deber. ¿Qué más da que dos personas tener sexo aunque no ser pareja? ¿O dos amigas descubrir su sexualidad por Skype porque en la distancia echarse de menos? ¿O por qué el tema de la... hmmm... cómo decir cuando tú tocarte a ti misma?

Masturbación —dijo tras carraspear, siguiendo con sus tallarines mientras Santi seguía con su filosofía.

Eso. —Tragó parte del bocado que se había llevado a la boca. —¿No pensar igual? Mis padres ser religiosos y bastante del pasado y siempre poner ese tipo de cosas como temas tabú, que no deber hacer. Yo pensar eso no ser sano.

Yo creo que hay personas y personas: están los idiotas que critican sin motivos y los que hacen que el tema del sexo sea un tema que poca gente pueda tratar con naturalidad y personas que saben y lo tratan cómo lo que es: tan natural como respirar. —Miraba a su comida mientras hablaba, cogiendo tallarines. —Pero vamos, personas así hay en todos lados, para todos los temas. Ya no solo el sexo, sino que muchas otras cosas no se visibilizan o no se normalizan por el pensamiento radical de personas que tienen más poder de difusión: la comunidad LGTBi, el cambio climático, el feminismo, la corrupción, el racismo... No sé, hay personas para todos. Ten en cuenta que somos casi siete millones. Mucho idiota cabe entre tantas personas. —Ladeó una sonrisa.

Sí, había redirigido a propósito la conversación para dejar de hablar de sexo.

Ya, yo no entender —dijo entonces frustrado. —Porqué haber personas tan malas en el mundo. ¡Hay personas que pegan a otras personas porque gustar personas del mismo sexo! ¡Pegar por amar! Eso ser muy duro.

Evidentemente, ella tampoco lo entendía. También se crió con una madre un poco reacia a ese tipo de comportamientos, por lo que también había tenido ese tipo de pensamientos cuando descubrió que, fuera de lo normal, a ella le gustaban las chicas. Una hasta se siente mal al principio, pensando que si está bien o está rota. Al final, tenías que pensar que claro que era normal que te gustase cualquier persona, lo que la gente es idiota y de mente limitada. Pero vamos, el miedo de decirlo por rechazo o bien lo que ha dicho Santi, siempre está ahí.

En fin, ser un tema muy complicado y de opiniones. No gustar las opiniones; yo ser de hechos. Es así o no es así. Pero debatir opiniones ponerme de mala leche porque haber gente muy tonta —dijo divertido y molesto, para encogerse de hombros, para entonces mirar a Gwendoline. —¿Tú mejor? Yo ser muy malo, lo sé. Yo no querer ponerte en compromiso por sugerir que haber hecho cochinadas en el pasado con Mia.
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 22, 2019 9:58 pm

Gwendoline estaba segura de que hubiera podido aportar una visión muy personal, quizás incluso interesante, acerca del tema que se trató a raíz de su pequeño patinazo, pero simplemente fue totalmente incapaz de decir una sola palabra.

Santiago Marrero era de la opinión de que el sexo debía tomarse un poco más a la ligera, y ella no opinaba igual: para Gwen era algo tan importante que, a sus treinta años, todavía no lo había practicado una sola vez. Y es que, aunque hubiera querido, jamás había sentido ese tipo de atracción hacia nadie. La única persona que había conseguido… ‘poner en marcha su maquinaria interna’, por decirlo de alguna manera, estaba sentada a su lado. Y no era Santi, precisamente.

Así que, cuando logró convencerse a sí misma de que era seguro sacar la cabeza de detrás de sus manos, no participó en el tema de conversación: mientras el rojo poco a poco se tornaba en rosa en su piel, y después de eso regresaba a su blanco natural, la morena se limitó a comer.

Y menos mal que Sam decidió desviar un poco el tema, pues estaba a una palabra más sobre sexo de mandar al infierno el secreto de Sam y desaparecerse allí mismo. ¿Hacia dónde? Bueno, el garaje le parecía una muy buena opción.

Cuando el tema murió, y Santi se medio disculpó con ella, Gwendoline ya tenía un tono de piel más normal, y logró sonreír un poco. Sólo un poco.

—Te responderé a esa pregunta dentro de un rato.—Le dijo, todavía notablemente incómoda. Resultaba curioso que Santi hubiera criticado a aquellos que en esencia eran como ella, a quienes incomodaba hablar de sexo. No sabía cómo sentirse en ese momento.—Estaré bien. Tranquilo.

—Yo pedirte perdón. ¿Tú perdonarme?—Le preguntó con una sonrisa bonachona que sólo él era capaz de poner.

—No lo sé.—Dramatizó Gwendoline, que poco a poco estaba relajándose un poco más. De hecho, una sonrisa luchaba por asomar a sus labios, mientras ella luchaba por reprimirla. Evidentemente, estaba haciéndose la dura, de broma.

—¡Oh, vamos! ¿Es esto más grave que cuando llamarte mi novia?—El español sonreía abiertamente, divertido, pero con un deje de disculpa en su expresión.

—Lo es. Mucho más. No sé si algún día podré perdonarte, Marrero.—Eso dijo, pero ya sonreía un poco más abiertamente. Y finalmente se rindió a la evidencia: no estaba enfadada, y la incomodidad ya se estaba desvaneciendo. Le dio un golpecito con el puño cerrado en el hombro a Santi, y éste reaccionó exageradamente, como si lo hubiera golpeado con la fuerza que Sam golpeaba un dibujo de Sebastian Crowley.—Pero no me saques más ese tema: soy una de esas personas que no te gustan porque no les resulta fácil hablar de ello.

Palabrita de niño Jesús.Aseguró en español, a lo que Gwendoline frunció el ceño. Claramente, no entendía esa expresión. Entonces, añadió:—Que lo prometo, que no sacaré el tema.

—Más te vale.—Bromeó, sonriendo más ampliamente, y metiendo de nuevo los palillos en el envase de comida china. En este caso, sintió que las puntas tocaban el cartón del fondo, y cuando miró dentro del envase se encontró con la evidencia: estaba vacío. Lo bueno se acababa.—Me temo que se ha terminado lo bueno. En fin, vamos a preparar café para ponernos las pilas. ¿Alguno de los dos quiere?—Gwendoline se puso en pie, sintiendo un crujido procedente de su cadera al hacerlo. También sintió dolor en la parte baja de la espalda, cosa que se notó en la expresión de su rostro.—De verdad: no sé cuánto cobran los pintores, pero sea lo que sea, no es suficiente...

Esperó a recibir la respuesta de Sam y de Santi sobre el café, y en cuanto tuvo tan vital información en sus manos, se dirigió a la cocina. No es que estuviera ya amueblada ni mucho menos: necesitaba una mano de pintura igual que el resto de la casa. Pero ambas chicas se habían traído con ellas una pequeña cafetera eléctrica comprada a muy buen precio en Primark, y dado que la instalación eléctrica funcionaba, habían decidido traérsela con ellas.

Bien sabían las dos que iban a necesitar cargar las pilas para todo el trabajo que les quedaba, y no había en el mundo mejor combustible líquido que el café. Era sabiduría popular.

Mientras sacaba el pequeño electrodoméstico de la caja y lo colocaba cerca de uno de los enchufes, Gwendoline le daba vuelta a aquella imagen mental que tan roja la había hecho ponerse. Y sí, por mucho que todavía no hubieran llegado siquiera a intimar tanto en persona, no pudo evitar preguntarse qué harían si estuvieran separadas por la razón que fuera. ¿Se resignarían a practicar el sexo cuando tuvieran ocasión de verse? ¿O harían uso de ese recurso tan socorrido?

No puedo imaginarme haciendo eso, pensó, negando con la cabeza, mientras colocaba el filtro a la cafetera y la cargaba de café molido, que se habían traído en la misma bolsa.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 23, 2019 3:57 am

Cuando Santi prometía que no iba a sacar un tema, lo prometía de verdad. Sabía identificar cuando la cosa pasaba de ser una broma, a realmente molestar a la persona y ni de lejos quería que Gwendoline se sintiese así con él, en ningún tema. Y cuando Santi lo juraba con ‘palabrita del niño Jesús’ es que era una promesa de verdad, incluso más fuerte que la de los meñiques.

Gwendoline fue la primera en acabarse la comida, ofreciéndose para hacer el café. Samantha, que tenía una gran cantidad de tallarines en la boca y no podía hablar, se señaló a sí misma con los mofletes bien gorditos, pues ella quería una buena taza de café si no quería quedarse dormida mientras perfilaba los dichosos bordes. Así que mientras Gwendoline se quejaba de sus agujetas y Sam se terminaba su comida, pues le quedaba muy poquito, Santi fue quién habló.

Gwendoline, tú floja. Menos mal yo venir hoy a ayudaros o vosotras esta noche perder las extremidades del cansancio —recitó divertido mientras veía a Gwen caminar hacia la cocina. —Yo ser vuestro salvador.

Tu ser un pequeño egocéntrico —le dijo Sam cuando tragó todos sus tallarines, para llevarse el bote a la boca y tirar con los palillos todo en su boca.

¿Pequeño? ¡Yo ser grandiosamente egocéntrico! Pero de mentira. Tú sabes.

Lo miró con la boca llena de nuevo y, tras tragar con una sonrisa en los labios, asintió.

Yo sé.

Entonces cuando Sam terminó de comer, recogió todas las cosas y las metió en la bolsa en donde había venido todo y se levantó de allí. Las bebidas las dejó, ya que al menos ella no se había terminado su fanta y pretendía dejarlo ahí para la tarde. Con la bolsa en la mano se metió en la cocina y lo tiró en la basura, para entonces ver como Gwendoline servía en unas tacitas azúcar en lo que se hacía el café. Sam se asomó por la puerta de la cocina para ver qué hacía Santi, quién se había acercado a la ventana más cercana a la puerta para observar cómo habían pintado todo y, como era Santi, cotillear un poco el vecindario. También tenía el móvil en la oreja y la rubia asumió que estaría escuchando un audio de Amber por la cara de idiota que tenía.

Así que volvió sobre sus pasos y se colocó al lado de Gwen, apoyándose en la encimera con una de sus manos. Besó entonces su mejilla, mirando luego las tres tacitas de café que estaban delante de ella. —Gracias por intervenir en la conversación, aunque luego Santi te haya trolleado un poquito… —Le susurró, divertida, volviendo a mirarla. ¿Cómo no iba a parecerle divertido? Gwendoline tan mona como siempre había entrado a salvar la cagada de Sam con respecto a su incongruente pasado con una tapadera perfecta y va Santi y le da la vuelta a su perfecta argumentación, metiendo de por medio el tema tabú que incomoda a ambas, aunque muchísimo más a la morena: el sexo. Y claro, si ya no solo hablabas de sexo, sino que metías de por medio a la otra y en ciertas situaciones que claramente ninguna había experimentado, pues era digno de timidez y de ponerse como un tomate. Sobre todo porque la imagen mental se forma, quieras o no. Y esa imagen, en la situación en la que ellas se encontraban y sobre todo frente a una tercera persona, pues incomodaba. —He de admitir que… —Parecía que iba a decir algo muy profundo, o en contra de lo que había hecho Santi, pero no, sólo pudo sonreír y mirarla a sus preciosos ojos verdes, haciendo una ligera pausa. — ...me encanta verte así.

Que uno pensaría que Sam ya estaba ‘acostumbrada’ o algo así a ese tipo de situaciones porque ya había tenido anteriormente parejas, pero la verdad es que la experiencia que estaba viviendo con Gwendoline era totalmente nueva para ella: era la primera vez que la rubia era la ‘experimentada’ de las dos, pues en sus otras tres relaciones siempre fue la más inexperta. Natalie le descubrió el mundo, Rhianne parecía estar en el armario junto al resto de bollos promiscuas y Katerina era una zorra, por lo que todas siempre habían estado muy por encima de Sam. ¿Pero sentirse ella la más ‘entendida’ o ‘cómoda’ en la materia? Esta era la primera vez. Y le parecía adorable las respuestas de Gwen ante todo lo que tenía que ver con ese tema. De hecho, ahora mismo la miraba feliz, pero sobre todo pensando en lo grandioso que sería descubrirle de una vez por todas ese mundo en el que no se atreve a sumergirse.

Pero vamos, a ver, ¡que no era momento de pensar en esas cosas! ¿Pero qué iba a hacer? ¡Es que mira que guapa era, hasta manchada con gotitas de pintura! —En fin, que me enamoro… ¡quiero decir! ¡Deja de distraerme! —Eso fue una broma, en donde le quitó la mirada rápido a Gwendoline de sus ojos para posarlas en su tacita de café, sonriendo divertida. No era la primera vez que, en cualquier otra situación como en la cama tiradas o hablando frente a frente en el sillón, Sam se quedaba en pausa simplemente mirándola.  

En el salón se podía escuchar a Santi dando ‘gritos’ mientras grababa un audio para Amber, por lo que Sam se dirigió a la nevera a coger la leche, pues habían llevado para los café de la tarde. Del resto, aquella pobre nevera sí que estaba bastante pobre y no tenía nada más. De hecho, para cenar tendrían que pedir algo a domicilio o ir a algún lugar. Aunque algo le decía que con lo cansada que estaban, iba a ser lo primero. Volvió a donde los café y le echó leche a uno solo, pues tanto a Santi como a Gwen les gustaba solo. Ella no entendía cómo podían beberse eso solo: según Santi es que en España el café era mucho más fuerte y necesitaba mucho ‘café británico’ para que le hiciese efecto.

Cerró de nuevo el bote de leche y revolvió con una cucharilla su café. —¿Por donde continuamos ahora? ¿Hacemos cocina y baño y así nos quitamos esta planta? ¿O quieres empezar por la habitación? Quizás si vamos a dormir hoy aquí… sería conveniente hacerlo lo primero para que el olor se vaya. O si no vamos a tener que dormir en tu apartamento si no queremos respirar eso toda la noche —dijo, pues antes se había dado cuenta de eso y quizás hubiera sido inteligente empezar por la habitación desde bien por la mañana para asegurarse de que no olía por la noche. Pero vamos, que si pintaban la habitación y por la noche olía, siempre podían llevarse el colchón a otro lugar de la casa en donde no oliese tanto y listo. Teniendo en cuenta que era uno de los pocos ‘muebles’ que había, un colchón en el suelo que ni sábanas tenía todavía, podría trasladarse para donde hiciese falta. —Voy a avisar a Santi para que no se le enfríe el café. —Y con su café en la mano, se dirigió a la puerta de la cocina. Santi la miró, despegando momentáneamente su mirada del teléfono móvil, a lo que Sam dijo: —¡SANTI, EL CAFÉ!

¡Pero Mia! —dijo entonces Santi, de un respingo, mirándola con reproche divertido. —¡Yo estar aquí! ¡Son cuatro pasos!

¡Ah, ah! ¡¿A qué molesta?! ¡Tú me haces eso todos los días en el Juglar! ¿Por qué me gritas si siempre estoy a tres pasos de ti? —Le dijo Sam, saliendo de la cocina para ‘echárselo en cara’ ahora que había tenido la oportunidad perfecta y no estaba en mitad de su trabajo. —¡El otro día estaba terminando de contar la caja y por tu culpa perdí la cuenta y tuve que empezar de cero!

Santi rió.

Eso fue divertido, admítelo.

Divertido una caca —le dijo seria, con un símil perfecto a la típica cara de WhatsApp del gato enfadado, pero evidentemente acompañado de la declaración de que estaba de broma.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 23, 2019 3:13 pm

No estaba huyendo de una situación incómoda, ni mucho menos. La vieja Gwendoline, la de Hogwarts y la de la universidad, habría sido mucho más descarada a la hora de salir corriendo al sentir la integridad de su zona de confort totalmente vulnerada, rumbo al refugio más cercano. Pero no esa Gwendoline.

¿Que se sintió aliviada de salir un momento de allí? Por supuesto, pues pocas eran las personas con las que era tan natural, tan ella misma. De hecho, juraría que hasta el momento sólo Sam la había visto así.

¿Qué quería decir eso? ¿Que Santiago Marrero había terminado por convertirse en uno de esos amigos con los que no tienes problema en mostrarte como eres? Aquello era cierto en parte: a fin de cuentas, con el chico español podía compartir partes de su vida que en su entorno diario estaba prácticamente prohibidas, como su relación con Sam.

Sin embargo, con la única persona con la que llegaba a ser totalmente ella era con su novia y mejor amiga. Ni siquiera Caroline había terminado de ver a la auténtica Gwen, y mucho menos lo haría Santi. Lo que pasa es que a veces, las barreras caen. Sobre todo en situaciones como aquella, de pura comodidad.

Le estaba dando vueltas a esa situación tan incómoda, a la imagen mental que se le había quedado tras aquella sugerencia de Santi, cuando Sam entró en la cocina. Y al sentir el beso de la rubia en su mejilla, se sintió un poco culpable. Como si la hubiera sorprendido haciendo algo prohibido… cuando lo único que estaba haciendo era preparar café mientras daba vueltas a sus pensamientos.

—Me voy a arrepentir de haberte ayudado...—Protestó Gwendoline con una sonrisa tímida. Evidentemente, no lo decía en serio. Simplemente, se quejaba porque a Sam le encantaba verla sonrojada y víctima del excesivo pudor que existía en su interior.—Lo he pasado un poco mal.—Confesó con toda sinceridad.—Ya sabes lo mal que se me da tratar esas cosas con naturalidad. No tengo mucho problema en sonrojarme cuando me gastas una de tus bromas, pero en presencia de terceros...—No tuvo que decir más: la frase se terminaba solita, sin necesidad de más palabras.

La miró durante unos segundos a los ojos, después de escucharla decir que se enamoraba, y que dejara de distraerla. No pudo evitar darle ella un beso en la mejilla. Y si bien la situación podría llegar a prestarse para hablar de ese tema, aprovechando que Santi estaba manteniendo lo que parecía ser una conversación por medio de audios con su novia, Amber, Gwendoline no pensaba sacarlo. Lo cual no significaba que no tuviera dudas al respecto, ni mucho menos; tenía muchas, y quizás algún día las plantease.

Pero hoy no es ese día, pensó Gwendoline, parafraseando al Rey Aragorn en el final de El Retorno del Rey.

Sirvió el café utilizando la misma jarra de la cafetera eléctrica nueva—una cafetera que no sólo era suya, sino también de Sam, como todo lo que había y habría en el futuro en aquella casa—en las tres tazas que había dispuesto en la encimera, cada una con su respectiva cantidad de azúcar. Sam, por su parte, fue en dirección a la nevera, la cual funcionaba y en la que guardaban poquita cosa: leche, y si se daba el caso, bebidas frías.

—Si me das a elegir...—Dijo Gwendoline, con una mirada pensativa en rededor.—Yo diría que dejemos el cuarto para mañana. Por lo mismo que tú dices: los olores. Porque aunque nos pongamos ahora mismo, yo creo que eso no se va tan fácil.

Tomó entonces su taza de café de la encimera, dándose la vuelta y apoyando el trasero en el borde. Se la acercó a la nariz, olió, y se maravilló de aquel aroma. Como para no maravillarse, después de oler tanto tiempo pintura fresca.

Sam llamó entonces a Santi… a gritos. Gwendoline miró tanto a la una, a su lado, como al otro, asomado a la puerta de la cocina, y no pudo evitar acordarse de sus dos primos segundos, Ayax y Joshua, llamándose a gritos en medio de la reunión navideña anual a la que ese año había acudido. Y si bien los Edevane le gustaban cuando más lejos, mejor, no pudo evitar sonreír, divertida, ante este recuerdo.

Y ante Sam y Santi, por supuesto: resultaba entrañable ver que se llevaban tan bien.

—Te felicito, Samantha: tu imitación del gato cabreado de Whatsapp cada día es un poquito mejor.—Bromeó Gwendoline, para luego, sin perder la sonrisa y con una expresión soñadora en los ojos, remarcar algo muy evidente.—¿Te das cuenta de que estamos tomando café por primera vez de una cafetera que hemos pagado a medias en una cocina que es nuestra, tuya y mía?—Soltó una risita un tanto incrédula, para entonces mirar a Sam y añadir.—Lo estamos haciendo de verdad, ¿no? Vamos a vivir juntas...

Gwendoline se mostraba incrédula, y nadie podía culparla: no dudaba que Sam quería lo mismo que ella, esa vida perfecta junto a ella, pero había en el mundo demasiados que opinaban que eso no estaba bien, y que no tendrían ningún problema en intentar destruir esa felicidad que habían construido. Por eso, a veces, Gwendoline creía que estaba soñando, y que en algún momento la cruda realidad la despertaría de golpe y destrozaría aquella ilusión de alguna manera.

—¿Dónde estar mi café irlandés?—Dijo Santi con una sonrisa divertida, mientras entraba por la puerta.

—¿Cómo que irlandés? ¡Cuando se trabaja, no se bebe!—Dijo Gwendoline, divertida, con una voz un poco más aguda de lo normal. Ya no estaba tan incómoda como antes.

—¡Gwendoline, tú ser mala! ¡Tú ser jefa…!—Se quedó mirando a Sam, buscando su ayuda para completar la frase.—¿Cómo se dice de un jefe que manda trabajar mucho, Mia?

—Por el bien de nuestra relación, Amelia, te sugiero que no le enseñes esa palabra a Santi.—Bromeó Gwendoline, sonriendo tan ampliamente que estaba a punto de romper a reír. Enseguida puso los ojos en blanco, y añadió.—La palabra que buscas es ‘mandona’...

—Eso. ¡Tú ser jefa mandona!—Exclamó el español, y los tres rieron una vez más. Gwenoline le ofreció entonces su taza de café. El joven la tomó, y enseguida se puso a revolver con la cuchara.

—Una pregunta, Santi: ¿es cierto que en España tomáis café a todas horas? Porque...—Gwendoline pasó a explicarle a Santi los resultados de sus pequeñas tareas de investigación personales acerca de la cultura española. Y ciertamente había que indagar bastante para dejar atrás la imagen estereotípica de ‘paella, toros, olé’ que casi todos los extranjeros tenían de los españoles.

También había leído muchas veces el nombre de un tal Puigdemont, pero los temas con que se le relacionaba le parecían sumamente aburridos y jamás había profundizado en ellos.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 25, 2019 3:09 am

En realidad era un tema profundo que tratar… porque en el fondo, ¿qué era lo que le daba vergüenza a Gwendoline tratar del sexo? ¿Le daba vergüenza porque en realidad nunca habían hecho nada y el mero hecho de insinuarlo le hacía pensar sobre ello? ¿Quizás le daba vergüenza sólo el hecho de hablar de algo que no había experimentado? ¿O quizás hablar de ello con Sam delante, sin que todavía hubiese pasado nada entre ellas por lo que pudiera pensar? Había un montón de posibilidades, pero la verdad es que ahora mismo Sam no quería incidir en ese tema, por mucho que tuviese curiosidad. La realidad era que si Gwendoline no se sentía cómoda con nada de eso, la rubia siempre intentaría evitarle la incomodidad. —Lo siento —se disculpó en nombre de Santi. —Ya sabes que él no tiene pelos en la lengua y que puede hablar de lo que sea con una naturalidad que da vértigo —añadió, acariciando su brazo con cariño. —La próxima vez le corto el rollo rápido.

Por norma general Sam siempre solía ser bastante clara con Santi si éste se ponía muy de pesado con un tema con el que no se sintiese a gusto, pero en ese momento todo había pasado tan repentinamente y por una mala gestión de las palabras de Gwendoline que ni lo vio venir. Que Santi le caía muy bien, pero su extroversión española quedaba muy lejana con la más recatada de la austriaca y la británica.

Asintió con la cabeza entonces frente a lo de dejar el cuarto para mañana. Hoy podían terminar toda la planta baja y, si daba tiempo de darle alguna mano a la parte superior, optar por la habitación adicional o el pasillo. Por suerte el baño estaba repleto de azulejos, por lo que eran dos habitaciones menos que hacer. —Me parece, empezamos ahora por la cocina entonces —le  respondió, cogiendo ella su tacita de café.

Cuando gritó para llamar a Santi, la respuesta de Gwendoline le hizo sonreír, dejando de ser el gato cabreado de WhatsApp por ese otro de sonrisa satisfecha que cambió a ser feliz al escuchar lo que decía. —Justo cuando entré por la puerta pensé en que en esta cocina vamos a desayunar todos los días a partir de ahora. Me hace ilusión pensar que esto al final se va a convertir en la normalidad. —Y en realidad pensó otras muchas cosas muy cursis, como que estaba deseando entrar somnolienta a beber agua nada más despertarse y ver a una Gwendoline despeinada haciéndose su café mañanero, o hacer repostería juntas y luego quejarse porque las dos son muy poco mañosas con la harina y termina todo manchado por todas partes. —Vamos a vivir juntas… otra vez —respondió divertida, aún sin tomar nada del café que tenía en su mano. —Aunque algo me dice que la experiencia va a ser muy diferente. —Y curvó una sonrisa con un poco de picardía. En ese momento le hubiera gustado darle un besito, pero justo Santi entró por la puerta y todas sus intenciones desaparecieron rápidamente. Bebió entonces de su café, escuchando la conversación.

Se rió divertida cuando Santi comenzó a explicar el por qué de que todos los españoles bebiesen tanto café, aludiendo al hecho de que como en España se tomaban muchas siestas, necesitaban pilas para ser personas activas. Vamos, dejaba a los de su país como unos débiles a los que les encanta dormir.


***

Cuando se terminaron el café, empezaron a pintar por la cocina. Las pocas cosas que habían allí la reunieron todas en el centro y así podían pintar las cuatros paredes con mayor facilidad. La verdad es que al ser tres personas y esa ser una habitación bastante pequeña en comparación con el salón, se hizo relativamente rápido, por lo que luego pudieron darle una segunda mano al salón, haciendo que el color turquesa se quedase perfectamente impregnado en la pared y no hubiese manchas por ninguna parte. Daba placer visual ver aquello tan bien pintado. Y había que decir que a Santi se le daba muy bien. También les dio tiempo de pintar el pasillo ya a las últimas horas de la tarde, aprovechando para hacer todo lo de esa pintura turquesa. Se pegaron toda la tarde hablando de tonterías y, sobre todo, interesándose por el pasado de Santi y la cultura española, pues la verdad es que ambas chicas tenían muy poca idea y él lo contaba con una gracia todo que parecía que España era el mejor país para vivir. Pero claro, luego incidía en el hecho de que no había trabajo y que por eso estaba en Londres y ya todo lo llamativo del país perdía un poco.

Al final, a eso de las nueve y media de la noche, Santi se fue porque Amber le avisó de salir esa noche de fiesta y si bien invitó a las dos chicas, éstas rechazaron porque estaban muertas y mañana tenían que madrugar para hacer cosas. El español se fue, pero prometió que al día siguiente por la noche vendría a esa cena de inauguración y que esperaba fervientemente que hubiese al menos langosta vegetariana. Sólo a él se le ocurrían esas cosas tan extrañas.

En total faltó por pintar las dos habitaciones, así como darle una segunda mano a la cocina y al pasillo de arriba. No estaba mal, teniendo en cuenta que al menos el lugar principal de la casa estaba totalmente terminado y había quedado perfecto.

Ellas por su parte habían pedido comida a un lugar cercano de Bromley que habían visto en internet y ya habían cenado. Sam se había sentado en los escalones de las escaleras a falta de un sofá en el que hacerlo y miró la hora que marcaba el móvil: las diez y media. Bostezó casi de manera inmediata al ver que era 'tan pronto' pero estaba tan cansada, para entonces ver a Gwendoline salir de la cocina y acercarse a ella. —Estoy tan cansada y me siento tan sucia que creo que si me meto en la ducha me voy a dormir bajo el agua —confesó, divertida. En realidad se notaba el cuerpo cansado, pero no tenía tanto sueño; lo único que quería era tirarse en un lugar que fuese muy blandito y descansar. —Me estaba planteando seriamente la posibilidad de no ducharme, pero creo que es harto necesario porque huelo mal. —En realidad no olía mal, de hecho su pelo olía muy bien porque se había duchado la noche anterior. —¿Tú te vas a duchar?

Típica pregunta de guarrilla: si tú no te bañas, yo no me baño; pero si tú te bañas, yo también me baño. Así era la vida. En realidad otra de las cuestiones era ver si se iba a bañar en esa casa—que igualmente tendrían que ir a buscar las cosas a sus respectivos apartamentos—o si iban a ir a bañarse al otro lado para evitar estar trayendo cosas. Fuera como fuese y aunque tuviese tan pocas ganas de pegarse una ducha en ese momento, sabía que le terminaría despejando y que al final sería lo mejor.
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Gwendoline Edevane el Lun Mar 25, 2019 1:52 pm

Estaba claro que Santiago Marrero no era un chico tímido y comedido, precisamente, y en más de una ocasión Gwendoline había podido ver ese paralelismo que existía entre Sam y él: ninguno de los dos se cansaba nunca, jamás, de bromear. Y si bien la morena era muy tolerante con las bromas de Sam, con Santi no existía la confianza que ambas tenían.

Y es que la gente no solía tener en cuenta—o directamente desconocía—lo reservada que era Gwendoline. Sólo sus más allegados. Para el resto, la morena parecía muy segura de sí misma, cuando realmente sólo llevaba una máscara que ocultaba unas inseguridades en las que todavía estaba trabajando.

—Espero que no lo cuente.—Dijo Gwendoline de repente, visualizando una situación en que Santi, rodeado de gente del Juglar Irlandés, contaba aquella anécdota en tono jocoso. Le parecía improbable que hiciera eso en un entorno laboral, incluso para alguien como él, pero aún así.—Si algo de esto se sabe, le asesinaré. Y luego le borraré la memoria a todos los que hayan escuchado la historia.

Lo dijo un poco enfurruñada, y ni por asomo lo decía en serio. ¿Gwendoline asesinando a gente inocente y borrando memorias de manera indiscriminada? Antes las ranas criarían pelo de que algo así sucediese.

El plan para la tarde era terminar la planta inferior, más que nada para evitar dormir con el dulce, fresco y revitalizante aroma de la pintura fresca en sus narices. Sus cansados cuerpos lo agradecerían al final del día, cuando hasta un lecho de piedras parecería el colchón más suave y blando del mundo.

Nuestro colchón, pensó Gwendoline, todavía sin creerse del todo las implicaciones de la palabra ‘nuestro’. Y es que a veces resultaba difícil de creer que aquella nueva vida que estaban a punto de iniciar no fuera más que producto de un dulce sueño.

Le hubiera gustado responder a Sam con algo más que con la amplia sonrisa que se formó en sus labios, la cual mostró incluso sus dientes, pero Santiago Marrero hizo acto de presencia en la cocina, pidiendo café irlandés. Así que aquella, como muchas otras conversaciones que vendrían, se vio interrumpida.

Ya tendrían tiempo para tenerlas. Primero, debían poner cada piedrecita en su lugar.


***

Al final de la dura jornada de trabajo—Gwendoline lo pensaba y lo pensaría siempre: cobrara lo que cobrase un pintor, no era suficiente—, ambas chicas estaban molidas, pero satisfechas: la mayor parte del trabajo estaba hecho, y con toda seguridad acabarían al día siguiente.

¿Que podrían rendirse y valerse de la magia para terminar? Seguro, ¿pero dónde estaría la gracia? ¿Dónde estaría la sensación de haber hecho todo aquello con sus propias manos? Había cosas que la magia no podía ofrecer, y esa satisfacción era una de ellas.

La morena se deleitó en esta sensación mientras contemplaba las paredes de la cocina—y formándose una imagen mental de la distribución de los muebles, que no sería la definitiva, ni mucho menos—y entonces regresó al salón. Sam estaba sentada en los escalones, visiblemente cansada, y Gwendoline se le unió.

Sonrió divertida, soltando un bufido: ella también sentía la pesadez en el cuerpo y el dolor en los músculos. El trabajo duro tenía sus recompensas… pero también sus desventajas. Y allí estaban, experimentándolas en primera persona.

—No creo que fuera capaz de dormir tranquila si no me doy una ducha.—Le dijo, dejándose caer suavemente sobre ella, apoyando la cabeza en su hombro.—Me siento como si hubiera estado arrastrando de un lado para otro sacos de ladrillos a pleno sol… y yo nunca he hecho eso, así que imagínate lo mucho que me hace falta una ducha.—Rió divertida, pensando que a Santi no le faltaba su razón: Gwendoline era débil y floja, poco acostumbrada al trabajo físico.

Se quedaron un rato así, en silencio, mirando las paredes recién pintadas como quien mira a un hijo dar sus primeros pasos, mientras pensaban, muy posiblemente, cada una en sus propias cosas.

Por su parte, Gwendoline no pudo evitar recordar la conversación incómoda sobre sexo que habían tenido. Todavía se sentía avergonzada por su forma de reaccionar, y una parte de ella desearía tomarse aquellos temas de manera más natural. Al menos, lo suficiente como para no ponerse como un tomate cada vez que salían a relucir en una conversación.

Inevitablemente, pensó también en eso de la webcam, y la imagen mental que siguió a ese pensamiento también fue inevitable.

Menuda tontería. Sam y yo nunca haríamos algo así. Eso sólo lo haría un adolescente soltero y virgen… ¿no?, se preguntó, y no iba a encontrar la respuesta dentro de su cabeza.

—Sam...—Le dijo, sin moverse de la posición que había adoptado. Cuando la rubia la miró, prosiguió.—Si me quedo aquí, en esta posición, me voy a quedar dormida. Y tú también. Y lo sabes. Así que sugiero que nos movamos antes de que eso ocurra.—Y dicho eso, con todo el esfuerzo del mundo, Gwendoline se separó de Samantha, echó ambas manos a la barandilla, y se obligó a ponerse de pie.

Sin embargo, en lugar de subir las escaleras, se quedó mirando a Sam. Su cabeza le daba vueltas a ese tema tabú, a esas barreras que existían entre ellas, y a la barrera que tenía ella dentro de la cabeza y que le impedía ser natural cuando ese tema salía en una conversación.

—Voy a darme una ducha. Y tú también. Te vienes conmigo.—Le dijo, mordiéndose el labio inferior, mientras miraba a su novia a los ojos. Se podía imaginar que creería que estaba de broma, pero tenía una forma de demostrarle que no era así: con suavidad, se quitó la camiseta negra salpicada de pintura turquesa que llevaba puesta. Por supuesto, en esta ocasión sí llevaba un sencillo sujetador negro… que también estaba deseando quitarse.—¿Vamos?—Y dicho aquello, le ofreció la mano en derecha para que se pusiera en pie.

¿Qué pretendía con aquello, exactamente? No lo sabía, pero… si había algo que deseara en esos momentos, ese algo era ducharse con su novia.
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 26, 2019 2:27 am

No tardó en poner un gesto ‘desagradable’ cuando Gwendoline dijo que ella iba a ducharse sí o sí, pues eso sólo significaba que ella también iba a tener que ducharse. En realidad no tenía problema en ducharse, lo que estaba tan cansada que sólo quería quedarse quieta hasta nuevo aviso, con la mirada perdida, sin hacer nada. Cual ameba. Y de hecho, eso ocurrió: Gwendoline se sentó a su lado, apoyó su cabeza en su hombro y ambas se quedaron con la mirada perdida, en silencio, cada una en su mundo.

Era gracioso comparar pensamientos, pues mientras Gwendoline iba unas horas hacia atrás y recordaba lo que había pasado, Samantha sólo podía mirar hacia el futuro. Observaba aquel salón y en su mente ya se le iba conformando aquella distribución como si estuviese en Los Sims 4 decorando el interior de la casa de su nueva pareja de Sims. Visualizaba donde poner la mesa del comedor, donde poner la televisión y el sofá… y hasta ya se había hecho una imagen mental de donde poner el pequeño rinconcito de los animales bajo las escaleras, aunque todo el mundo supiese que Don Gato y Chess utilizarían esa cama solo en casos extraordinarios, pues ambos estaban bastante acostumbrados a ser muy mimados por sus dueñas y dejarles subir a todos lados para dormir. Poco a poco dejó de visualizarlo todo en aquella habitación, pasando a lo bonita que iba a ser su cama y lo cómoda que sería ahora mismo acostarse en ella y cerrar los ojos…

Y entonces abrió los ojos cuando Gwen la llamó, sin tener muy claro cuándo los había cerrado. No pudo evitar sonreír ante su propio cansancio, sobre todo cuando su novia evidenció el hecho de que se iban a quedar dormidas allí.

Nooo séeee de qué me hablaaas… —dijo bostezando enérgicamente, llevándose una de sus manos a la boca por pura costumbre. Cuando terminó de bostezar, sonrió y se quitó una lagrimita del bostezo del ojo mientras Gwen se ponía en pie. —Había subestimado la comodidad de estas escaleras.

No vio venir el hecho de que Gwendoline le ofreciese ir a ducharse con ella, pero no era la primera vez que declaraba abiertamente que le encantaría ducharse con Sam, por lo que la rubia asumió que eso no era más que otra declaración de que le gustaría, pero no una invitación real. Estuvo a punto de sonreír y responder como si se tratase de una broma, pero entonces se quitó la camiseta y buscó la mano de Samantha para subir junto a ellas las escaleras, en dirección al baño. Y entonces ya supo muy bien que aquello era una invitación en toda regla y que de verdad esperaba que le acompañase.

Aún allí sentada, miraba a su novia con ojos sorprendidos, por lo que aceptó su mano y se puso en pie, aunque en vez de subir los escalones, Sam bajó uno. Retrocediendo, como siempre. De esta manera, se había quedado un poquito por debajo de la altura de la morena. Acarició suavemente su cintura y le dio un tierno beso en los labios, antes de sonreír casi con disculpa.

Dúchate tú. Yo me ducho después... —le respondió sin sonar muy convencida, pues realmente estaba hablando la Sam que quería quedarse en la zona de confort y no enfrentarse, de una vez por todas, a esa barrera que llevaba tanto tiempo queriendo derribar.

Pero desde que había podido ocultarse aquellas marcas que tenía en la espalda, no se las había enseñado en un año a nadie. Podría sonar mal: pero no sólo consideraba que aquello era horrible en su cuerpo de manera física, sino que además le avergonzaban. El simple hecho de tener esa permanencia en su cuerpo la hacía retroceder un paso y era muy consciente de que no debía de darle la importancia que le daba, pues eso solo conseguiría dejarla estancada en el pasado. Y pese a que era consciente de todo ello, no se veía dando el paso en el que todo el diese igual ni mucho menos normalizarlo frente a Gwendoline. Precisamente frente a ella quería dejar de parecer débil y el hecho de mostrarle eso le hacía pensar que iba a hacerla ver débil, cuando en realidad era enfrentar un problema y echarle cara.

Por mucho que supiese que a Gwendoline seguramente no le importaría ver aquello, ni tocarlo, ni vivir con eso... a ella sí le importaba, pues aunque su novia la viese con buenos ojos, siempre iba a haber un pensamiento que no diría en voz alta con tal de no herir los sentimientos de Sam. O al menos así lo pensaba ella, en su mundo de paranoia en donde todo eso es malo, malo y más malo. La verdad es que nunca habían hablado de eso, pues la rubia siempre había sido muy distante con el tema y Gwendoline había sabido respetar ese espacio. Quizás por eso tenía ese pensamiento tan cerrado y, evidentemente, equivocado.

No quiero hacerte el feo pero ya sabes que... —Intentó explicarse, encogiéndose de hombros al final. Le había soltado la mano pero la otra seguía en su cintura, pasando desapercibida con aquellas caricias. —...eso. Dúchate tú. —Insistió, volviendo a sonreír un poco forzada y separándose de ella.
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Gwendoline Edevane el Mar Mar 26, 2019 2:59 am

Hablando de barreras, de esas que debían derribar si querían tener una vida feliz, ahí se había materializado la más importante: la inseguridad y el miedo.

Gwendoline se permitió durante un segundo volcar todo su desprecio en el recuerdo de los tres Crowley fallecidos: Sebastian, el primero de los tres, pero sobre todo sus dos hermanos menores, que habían sido los responsables directos de aquella situación que se estaba viviendo en aquella casa.

Habría sido muy fácil seguir por ese camino: despreciar a esos tres, culparles de todo aquello que habían hecho e incluso de lo que no habían hecho, soltar la mano de Sam y marcharse en silencio. Tumbarse en la cama y dejar que pasara la noche, con la esperanza de que al día siguiente todo aquello estuviera olvidado.

Pero no. Esa noche no. Gwendoline estaba harta de que aquellos tres siempre parecieran ganar, incluso después de muertos. Y no tenía intención de permitírselo.

—Sam.—Le dijo mientras descendía el escalón que las separaba, acercándose a ella y dejando caer la camiseta en el suelo.—No quiero que esa gente tenga ese poder sobre nosotras.—Hablaba con suavidad, pero con sinceridad.—No se lo permitas...

Los dedos de Gwendoline buscaron los botones de la camisa, empezando por el de más arriba. Con tranquilidad, sin ningún tipo de prisa o presión, fue desabrochando uno a uno, revelando poco a poco la camiseta blanca que había debajo.

Al principio, Gwendoline mantenía la mirada fija en los botones, pero después pasó a mirar los ojos de su novia, el ser más hermoso que existía sobre la faz de la Tierra. ¿No era acaso injusto que esos hermosos ojos azules reflejaran ahora una inseguridad, un miedo, que no se merecía tener? La morena no podría estar más harta de los Crowley ni aunque tuviera a uno de ellos de vecino.

—No me gusta que hayan tenido el poder de crear esta barrera entre nosotras. Nadie había conseguido antes hacer algo así...—No pudo evitar sentirse triste mientras decía eso. Al mismo tiempo, desabrochó el último de los botones de la camisa. Se dispuso a quitársela, poniendo las manos sobre sus hombros, pero Sam se lo impidió, sujetándole las muñecas. Fue todo lo que necesitó para detenerse y, poco a poco, apartar las manos.—Está bien… No quieres desnudarte. Yo sí.

No es que hiciera calor precisamente, pero si tenía que pasar un poco de frío, Gwendoline lo pasaría.

Ante la mirada de Sam, la morena buscó el cierre del sujetador, a su espalda, y lo liberó. Sin ningún tipo de pudor, se lo quitó y lo dejó caer junto a la camiseta. Pasó entonces a hacer lo propio con sus pantalones, no sin antes quitarse las zapatillas, lanzando un par de patadas al aire. ¿Y respecto a las bragas? Bueno, sobra decirlo.

Cuando éstas descansaban en el suelo, junto a sus pies descalzos, Gwendoline Edevane, en toda su esplendorosa y vergonzosa desnudez, miró a una Samantha Lehmann que posiblemente no sabría ni cómo responder a aquella situación. ¿Había cometido un error al intentar forzar las cosas de aquella manera? Tal vez. Pero una cosa estaba clara.

Estaba harta de que su vida la gobernasen terceros.

Así que tomó ambas manos de la rubia, sin dejar de mirarla a los ojos, y le habló con toda suavidad, casi en un susurro.

—¿Me vas a dejar ir así, tal cual estoy?—Compuso una sonrisa y se mordió el labio inferior. Nunca había estado tan desnuda como estaba entonces delante de ella.

Sin saber cuál sería su respuesta, la morena soltó una de las manos de Sam y conservó la otra, entrelazada con sus dedos. Entonces, comenzó a caminar hacia la escalera, pasando junto a su ropa amontonada en el suelo, mientras tiraba suavemente del brazo de su novia. Deseaba con todo su corazón que la acompañase.

Que dejase atrás el miedo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Mar 26, 2019 4:21 am

No supo que decir, pues se sentía bastante mal negándose a todo eso cuando en otras circunstancias no tendría problema ninguno en ducharse con su pareja todas las veces que hiciese falta. Y sabía que no debía de darle el poder a su pasado de decidir su presente, ni mucho menos su futuro, pero es que de verdad que era un tema que ni ella misma entendía: ese poder que tenían sobre ella todavía y que no era capaz de eliminar.

Frente a la negativa, su novia comenzó a desabrochar los botones de su camisa y la verdad es que no se vio con muchas intenciones de evitar que lo hiciera, no después de haberla escuchado hablar tan triste de la situación, pues claramente Sam se había distanciado a nivel físico de ella porque no se sentía en absoluto cómoda con su cuerpo. Si bien no hubiera tenido problema nunca en desnudarse frente a Gwendoline, mucho menos en esta situación, el hecho de tener eso en la espalda había hecho que todo eso se complicase en una tarea que no podía hacer; no al menos ella sola. Sin embargo, cuando Gwendoline subió sus manos a los hombros para retirar la camisa, la rubia se asustó y subió sus manos hacia allí, evitándolo.

Gwen, no es que no quiera... es que... —Se había llevado una de sus manos al rostro intentando buscar las palabras adecuadas, estresada, pero la verdad es que se quedó en el proceso, pues al ver cómo Gwendoline se quitaba el sujetador se quedó sin habla.

En un momento, la morena se había quedado desnuda frente a ella y Sam solo pudo tragar saliva, admirando de arriba a abajo lo preciosa que era y en qué momento había ocurrido todo esto. Al verla en esa situación, frente a ella, recordó las palabras que tantas veces se repetía a sí misma cuando se cohibía a sí misma frente a Gwendoline: idiota, lo que eres es idiota. Mira lo que tenía delante y de verdad iba a permitir que sus traumas del pasado se lo alejasen una y otra vez, cuando lo único que tenía que hacer era alzar la mano y abrazarlo para no dejarlo ir nunca más.

Gwen le sujetó las manos a Sam y sus palabras la hicieron sonreír.

Eres tan preciosa, me lo pones tan fácil y yo... —Hizo una pausa, alzando la mirada hacia ella porque antes estaban puestas en sus manos entrelazadas. —Y yo soy tan idiota que doy pena. —Lo dijo todo susurrando, para entonces dar un paso hacia adelante.

Subió entonces tras ella las escaleras, sin poder quitarle la mirada de encima, en cada curva y en cada movimiento, sin poder evitar pensar en cómo podía llegar a ser tan atractiva a sus ojos, si llevaba viéndola toda la dichosa vida. Y es que quizás no había conseguido que se quitase la camisa ahí abajo, pero sí había conseguido que se derritiese al verla desnudarse delante de ella de aquella manera, encendiéndola por dentro. Sinceramente, no se había imaginado ver a Gwendoline al completo desnuda, por primera vez, de esa manera, pero tal y cómo había sucedido, lo que menos tenía ganas ahora era de meterse en la ducha con ella y enfrentarse a ese momento incómodo de la camisa de nuevo. Lo único que quería era... bueno, la quería a ella, simple y llanamente. Besar cada parte de su cuerpo y hacer lo que llevaba meses sin poder hacer.

Así que cuando Gwendoline estuvo a punto de sujetar el pomo de la puerta del baño, Sam se adelantó y evitó que la abriese.

No quiero ducharme contigo hoy —le dijo claramente, sin poder evitar acercarse a ella y besar su cuello con delicadeza y pausa, subiendo por él hasta llegar a su oído, en donde susurró: —No puedes hacer esto y pensar que sólo voy a querer ducharme contigo...

Con los dedos de su mano todavía entrelazados con los de ella, continuó caminando, siendo esta vez Sam quién iba la primera hacia la habitación; una habitación en donde sólo había un colchón en el centro a falta de traer todo el resto de mobiliario. Sin embargo, eso daba igual, pues nada más entrar cerró la puerta tras ella, viendo a Gwendoline perfectamente en la oscuridad de la habitación, con la tenue luz que entraba por la ventana a medio cerrar. Se acercó entonces a ella de nuevo, subiendo una de sus manos a su rostro para unir sus labios con los de ella en un beso lento y cargado de dulzura, para hacer una ligera presión que hizo que la espalda de la morena se pegase contra la pared. Sus manos se soltaron y la rubia aprovechó para acariciar su cuerpo, marcándose los mismos límites que nunca había sobrepasado y que se moría por sobrepasar.

Y la verdad es que en ese momento le daba igual la dichosa camisa: ¿acaso no podía dejársela puesta mientras le hacía todo lo que quería hacerle a Gwendoline? Con la imagen mental de todo lo que quería hacerle en ese momento, el beso se hizo más pasional y si bien las manos de Sam tenían claro lo que querían, parecían tan dudosas como siempre, no porque creyese que Gwen la rechazaría, sino más bien porque, como siempre, no estaba segura de nada y no quería precipitarse, ni cagarla, ni mucho menos volver a dar un paso en falso para luego huir como una cobarde. Si es que en realidad... lo único que necesitaba era esa seguridad y confianza que no tenía y que sólo una persona en esa situación podía darle.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Mar 26, 2019 2:25 pm

Gwendoline pudo ver el miedo en los ojos de Sam cuando sus manos se acercaron a sus hombros, con la evidente intención de despojarla de la camisa. Solo entonces la morena fue consciente de hasta qué punto protegía la ropa a la rubia.

No era una armadura ni mucho menos, pero si se la quitaba, se sentía vulnerable.

Vestida podía esconder lo que le habían hecho; desnuda, estaba totalmente expuesta. ¿A qué? ¿A las burlas? Gwendoline no pensaba burlarse de ella, ni mucho menos. ¿A las miradas compasivas? Gwendoline sentía por ella muchas cosas, pero desde luego no la miraba como si fuera una víctima. Si acaso, la miraría como si fuera una luchadora… cosa que, comprendió la morena, seguramente Sam tampoco querría.

Sam quería que la mirase… como a Sam, sin más. Como a una persona normal que no había sufrido todo lo que había sufrido.

La rubia le dijo que era una idiota antes de comenzar a subir las escaleras, cogida de su mano. Gwendoline no dijo nada en ese momento, y en su lugar, se limitó a conducirla hacia el cuarto de baño. Romperían esa barrera juntas, harían que Sam se sintiera igual de cómoda que Gwendoline en su desnudez. Ya casi podía imaginarse el momento y…

...y entonces, la rubia la detuvo, justo en el momento en que los dedos de la morena ya rozaban el pomo de la puerta del baño.

Sus ojos se encontraron con los de una Sam que, a diferencia de lo que esperaba, no estaban aterrorizados. Había otra cosa en ellos. Y cuando la rubia comenzó a besar su cuello, comprendió qué era ese algo.

—Sam...—Susurró en su oído cuando la escuchó decirle aquellas palabras, sintiendo un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Su mano libre buscó el cuello de la rubia, temblando de anticipación.

Gwendoline, casi sin aliento, se dejó conducir al que sería el cuarto que ambas compartirían durante, esperaba, mucho tiempo. La puerta se cerró, y ambas chicas volvieron a estar frente a frente, muy cerca. Sus labios se unieron en un beso dulce, pasional, lento, sin ningún tipo de prisa. Las manos de Sam fueron a parar al rostro de Gwendoline, las de Gwendoline a las caderas de Sam.

Sintió un escalofrío cuando su cálida espalda tocó la pared, pero no dejó que eso arruinara aquel momento. ¿Cómo podría haberlo permitido, cuando las manos de Sam empezaron a acariciar su cuerpo? Su corazón se aceleraba, su respiración también, y sus manos se movieron por sí solas.

¿Hacia dónde? Hacia la cinturilla de los pantalones de Sam, la cual sujetaron de manera involuntaria. Enseguida se vio a sí misma bajando poco a poco los pantalones por los muslos de su novia, mientras las manos de ella la tocaban… pero de manera comedida, reservada, como si tuviera miedo.

Los ojos de la morena se abrieron de repente, y separó sus labios de la rubia. Los ojos de ella también se abrieron, y se encontraron con los de Gwendoline, las manos de ambas detenidas a media acción.

Gwen soltó entonces los pantalones de Sam, que había bajado casi hasta las rodillas, y estos cayeron al suelo por sí solos. Sus manos fueron hacia las de la rubia, sin que sus ojos dejaran de mirar los de ella. Las tomaron con suavidad, y las condujeron allí donde querían ir pero no se atrevían. Porque quizás Sam tuviera miedo, pero Gwendoline no lo tenía.

Asintió con la cabeza, sin dejar de mirarla, y sus manos viajaron a la cara de la rubia, una sobre cada mejilla. La besó entonces… y la dejó hacer todo lo que quería hacer con ella.

Enseguida comenzó a sentir un cosquilleo que jamás había sentido antes, uno que la hizo jadear y que su cabeza diera vueltas. El calor de su cuerpo aumentaba como sólo una vez antes había ocurrido: después de la fiesta de fin de año en casa de Santi.

Con una diferencia: esa noche nadie detendría lo que estaba a punto de ocurrir.

¿Que por qué lo sabía? Porque mientras las manos de Sam la tocaban como nunca nadie antes la había tocado—como a una mujer—, las manos de la morena se movieron también de la misma manera, buscando los mismos lugares en que se encontraban las de su novia.

Buscaba darle lo mismo que ella le estaba dando...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mar 27, 2019 2:25 am

Los límites estaban por muchos motivos en su mente, pero principalmente cohibirse frente a ella se debía porque tenía miedo de tirarse a la piscina y ahogarse en ella. Entre eso y que no quería, bajo ningún concepto, que Gwendoline creyese que Sam no la tenía en consideración, muchas veces prefería no ir más allá. Se conocía, sabía que algo no funcionaba ahí dentro y... ante la duda, paraba.

Sin embargo debía de admitir que que nunca contó con que esa situación se diera de esa manera y siempre pensó que esa transición no sería tan repentina, que tendría tiempo de adaptarse. Pero cuando vio que Gwendoline se desnudó delante de ella de esa manera tan natural y despreocupada, viéndola por completo en su desnudez por primera vez, su llama interior se avivó y le entró un hambre voraz sólo por ella. Hacía mucho, muchísimo tiempo, que no sentía eso por una persona: esa necesidad de sencillamente querer entregarse totalmente a la otra.

Por eso no quiso entrar en el baño y la guió a la habitación, en donde la besó declarando su evidente deseo por ella. Acarició con suavidad todo su cuerpo hasta que llegó a ese punto en donde sus manos y todo su cuerpo sólo querían llegar a esos lugares a dónde nunca se había atrevido a hacerlo. La duda de la rubia fue tan evidente que Gwendoline cesó el beso y la miró, atrapando su mirada con la suya en el momento en el que los pantalones de Sam cayeron al suelo y guiaba sus manos, dándole permiso; empujándola a hacer lo que realmente quería y dejar atrás tantos límites y tantas reservas. Ambas lo estaban deseando, ¿por qué narices no ahogarse juntas?

La morena retomó el beso y esta vez fue Samantha quién sintió las manos de ella entrar por debajo de su camisilla, subiendo suavemente por todo su vientre hacia arriba. Su cuerpo se tensó de manera suave, sin poder evitar en su posible reacción si sus manos terminaban en su espalda, siendo consciente de que Gwendoline seguramente no haría eso. Cualquiera podría pensar que su siguiente movimiento se debía a su manera de rechazar aquello, pero en realidad no lo hizo pensando en ello, sino porque realmente quería hacer lo que estaba a punto de hacer. Llevaba queriendo hacerlo meses. Así que se separó de sus labios, bajó por su cuello y su escote con besos de puro deseo, aunque esta vez no pasó de largo hasta su ombligo como aquella noche de fin de año, sino que se recreó en su pecho como no había hecho hasta la fecha; con suavidad, con dulzura, con unas ansias comedidas que no correspondían en absoluto con sus ganas. Una de sus manos estaba a la altura de su cintura, mientras la otra subía de manera sugerente por el interior de su pierna a la vez que ella se iba agachando, besando su costado, su vientre, la parte baja de su ombligo… hasta que su mano continuó su camino hacia arriba.

Volvió a subir con la misma paciencia hasta arriba, pero no la besó al llegar a sus labios, sino que se mojó los labios, sintiendo que de repente le faltaba el aire. No dijo nada: estaba tan nerviosa y con tanto calor interior que no le salían las palabras, por lo que se limitó a coger su mano y guiarla hacia la cama. De un movimiento con las piernas se quitó sus zapatos y apartó los pantalones, caminando detrás de ella.

Dejó que fuese ella quien se sentase en el borde, para entonces ponerse de cuclillas frente a ella y poco a poco besarla mientras la hacía acostar hacia atrás con una leve presión sobre ella, entrelazando sus piernas y acariciando su cuerpo con vehemencia mientras se recolocaba sobre ella.

Y ya está, después de ese momento, sólo se dejó llevar por todo lo que sentía, teniendo muy claro que no iba a desperdiciar ni un poquito de ella y hacerla disfrutar como nunca antes lo había hecho.


***

Con una respiración agitadísima, las pulsaciones a mil por horas y un tsunami de sensaciones placenteras explotando en su interior, la rubia volvió a regocijarse en el sabor del orgasmo. Nunca había sido una mujer especialmente escandalosa en la cama, pero esa noche no se cohibió y de su boca salió la evidencia de que acababa de viajar a otro universo. Estaba sudando, acalorada hasta el punto de sentir que había una chimenea en su interior y con el corazón latiéndole como si se le fuera a salir por el pecho. Era fácil saber cuándo Sam llegaba: apretaba fuertemente los dedos de sus pies, se le erizaba la piel y se mordía el labio inferior mientras sonreía con los ojos cerrados, notando hasta el final aquella sensación tan agradable.

Y más ahora, que hacía tanto tiempo que no la sentía y estaba tan feliz.

Para cuando abrió los ojos, el cuerpo de Gwendoline estaba sobre el de ella y su rostro justo en frente. Ambas estaban completamente desnudas, Sam sobre el colchón boca arriba. Ni se le pasó por la cabeza en ese momento lo de coger su camisa y taparse, sino que sólo pudo erguirse lo suficiente como para llegar a besar en los labios a Gwendoline con una felicidad extrema, dándole un beso alegre y casi juguetón que terminó besuqueando todo su rostro antes de ‘tirarla’ hacia un lado del colchón y quedar Sam ligeramente por encima de ella, por un lateral. Sus piernas se entrelazaban, su cuerpo se rozaban y…

Madre mía, ¿así se sentía? Observó entonces ella a su novia, acariciando su rostro con una de sus manos para apartar el pelo de su frente que le molestaba. Ahora que la tenía de esa manera ahí delante, podía firmar con sangre que era lo más hermoso que había visto nunca y no tenía duda alguna.

Te quiero —le dijo con suavidad, cariñosa, mirándola a los ojos. —Yo pensando que no podía llegar a quererte más y luego vas y haces esto… —Le susurró, mordiéndose el labio inferior. Un gesto que declaraba que no se le habían quitado, en absoluto, las ganas de ella.

Eso que acababa de decir podía interpretarse de todas las maneras posibles y lo más fácil era asumir que era por haberle hecho llegar al orgasmo, que ojo, también, pero evidentemente Sam lo había dicho por lo obvio: el hacerle sentir después de creer que no iba a sentir nunca más. El haberle abierto ese mundo de nuevo, haber sido paciente, haberle ayudado a sacar a la Sam que siempre había estado ahí dentro en un rincón, asustada y reprimida y… todo por lo que Gwen se merecía lo mejor. Ella parecía no saberlo, pero era una, sino la razón principal, de que Samantha hubiese vuelto a tener ilusión por eso que llaman vida.

No podía parar de mirarla ni de sonreír como la idiota enamorada que era.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 27, 2019 3:29 am

Hasta aquel momento, hasta aquel estallido de placer en su interior, Gwendoline había creído que la gente exageraba con respecto al sexo.

No era ajena a los orgasmos: no pocas habían sido las ocasiones en que ella misma se había producido alguno. Durante la etapa universitaria, ese cosquilleo placentero, esa relajación de todo el cuerpo, y los momentos posteriores en que su mente se quedaba en blanco, habían sido un alivio muy agradecido durante las épocas más estresantes, generalmente durante los exámenes.

¿Pero aquello eran orgasmos de verdad? Porque no se parecían en nada a lo que su novia, su Sam, su mejor amiga desde los doce años, la hizo sentir aquella noche.

Y no una, sino dos veces.

Su cuerpo se había movido de manera casi automática, buscando ofrecer a su novia lo mismo que ella le daba, y en un momento dado, ambas se habían visto enredadas en la danza del amor, totalmente desnudas, casi como si buscaran convertirse en una sola. Un anhelo primitivo y hermoso que Gwendoline no podría haber descubierto con otra persona que no fuera ella.

Y delicioso fue también sentir cómo Sam llegaba al orgasmo por su propia e inexperta acción: sentir cómo el cuerpo de la rubia se tensaba bajo el suyo, observar su rostro colmado de placer mientras experimentaba aquello que ella le había dado a Gwendoline—no una, sino dos veces—, sentir esa humedad en sus dedos…


***

Sus labios se unieron una última vez—y los de Sam besaron su rostro una y otra vez después de eso—, antes de la morena se dejase caer, parcialmente empujada por la rubia, sobre la cama. Al hacerlo, su mano derecha—que hasta entonces ocupaba un lugar en la zona más íntima de Sam—descansó sobre el vientre de su novia.

Los ojos de Gwen contemplaron el sudoroso rostro de Sam, así como su pelo despeinado por toda la frenética acción que llevaban realizando… ¿Cuánto? ¿Minutos? ¿Horas? Había perdido por completo la noción del tiempo cuando empezó a experimentar todas esas sensaciones tan adultas. Tan cálidas.

Tenían las piernas todavía entrelazadas, ningún tipo de prenda de ropa de por medio que las molestase. Los pechos de Sam subían y bajaban por lo agitado de su respiración, y Gwendoline se permitió unos momentos para deleitarse en aquella belleza. Su dedo índice, juguetón, recorrió la piel de la rubia desde el vientre hasta el escote, y una vez allí, recorrió los contornos de aquellos hermosos pechos. Lo más bonitos que había visto la morena jamás.

Sintió los dedos de Sam en su frente, apartando un mechón de pelo que se le había caído a Gwendoline por delante de los ojos, y éstos buscaron la mirada de Sam. Una sonrisa se dibujó en su rostro, una amplia, relajada y feliz. Las palabras de su novia la hicieron enrojecer… pero sólo un poco. No demasiado, teniendo en cuenta las circunstancias.

—¿Y me dices tú eso a mí?—Se le escapó una risita.—Me siento como si estuviera flotando en una nube. Nunca imaginé que esto sería… así.—Gwendoline se mordió el labio inferior, cerró los ojos, y recordó: la primera, intensa y rápida; la segunda, que había tardado en llegar más, pero había sido infinitamente mejor… Sólo de pensarlo volvía a sentir la excitación creciendo en su interior. Si no estuviera tan agotada…—Y yo también te quiero, Sam.—Añadió, cuando volvió a abrir los ojos, mirando a la persona más hermosa del mundo, que era su novia.

Los dedos de Gwendoline siguieron recorriendo la piel desnuda de Sam. No necesitaba nada más que a ella para sentirse feliz. ¿No podían quedarse así, para siempre, detenidas en aquel momento concreto del tiempo? ¿Y que el mundo se fuera al infierno?

Sin embargo, al cabo de unos segundos mirándola, Gwendoline se incorporó hasta quedar sentada. En la penumbra de la habitación, buscó con la mirada las ropas de su novia. Los pantalones estaban cerca de la puerta, y el resto, cerca del colchón. Sin bajarse de él, Gwendoline alargó un brazo para coger la camisa.

—¿Me dejas que te ayude?—Le preguntó con toda su dulzura, tomando la mano de Sam para ayudarla a incorporarse un poco. Cuando estuvo sentada a su lado, le colocó la camisa por encima de los hombros, respetando por completo su derecho a ocultar aquella parte de sí misma.—No voy a pedirte que me dejes verte ahora, pues sé que es tu decisión, pero...—Gwendoline acarició suavemente la pierna de Sam con su mano derecha, mirándola de abajo arriba, hasta fijar la mirada en sus ojos.—...no hay absolutamente nada en ti que sea horrible. Toda tú eres hermosa.

Y con aquellas palabras, Gwendoline unió los labios con los de ella en un beso cálido, dulce y hermoso… que se interrumpió porque de repente, la morena empezó a reír.

—Es que… acaba de venirme a la memoria. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando, por fin, te conté lo de Timothy en la universidad?—Gwendoline rió un poco más, tapándose la boca. Se puso incluso un poco roja.—Me dijiste: “Si para cuando cumplas los treinta sigues virgen, yo me encargaré personalmente de desvirgarte.” Y mira por dónde… al final has cumplido.—Y rió de manera sincera, abrazando a Sam y apoyando la cara en uno de sus hombros.

Las cosas, a veces, tenían una forma muy curiosa de desarrollarse.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mar 27, 2019 1:46 pm

Con una sonrisa en el rostro y casi una mirada la mar de traviesa, no pudo evitar sentirse plena cuando escuchó a Gwendoline incluso sorprendida por no haberse imaginado nada de eso y de lo que te hacía sentir el sexo. Ninguna había nacido ayer y eran bien conscientes de que antes del sexo con otra persona, uno solía darse placer a sí mismo, por lo que la comparación indudablemente estaba ahí y era... normalmente exagerada si la otra persona lo hacía bien. Así que frente a su sorpresa y su respuesta de que también la quería—¡más le valía!—, la rubia susurró de manera seductora.

Yo sólo sé que... de repente sólo te quiero comer enterita. —Se encogió de hombros como si no fuera su culpa pero es que de verdad, sentía que no podía dejar de tocarla, ni de mirarla, ni de acariciarla, ni de besarla... ¡ni de nada! Que sí, que Sam tenía esa necesidad de dar y recibir cariño a montones después del sexo pero... ¿qué le iba a hacer? ¿La habíais visto? ¡No podía evitarlo! Mira que seguramente Gwendoline hubiese visto muchas veces a Samantha dándole un cariño que le daba a poca gente, pero en aquel sí que estaba muy mimosa y, sobre todo, con ganas de no separarse. Por ella podía estallar una guerra en ese momento que ella en ese colchón sin somier, a ras del suelo, se sentía como si nada más importase.

Después de un ratito, Gwendoline se incorporó y Sam automáticamente miró a su alrededor en busca de la camisa. Por mucho que se la hubiera quitado junto a ella, no se sentía nada cómoda con su desnudez, por lo que agradeció que la morena se la diese, colocándola sobre sus hombros. Metió sus manos por el interior de las mangas mientras la escuchaba, arrepintiéndose de esa falta de confianza. No con ella, por supuesto, sino consigo misma. Había conseguido despojarse de la ropa junto a ella y ahora se la volvía a poner, volviendo a ocultarse tras la coraza en la que se refugiaba. Sin embargo, si bien podría haber dudado de las palabras de Gwendoline cuando le dijo que todo ella era hermosa, lejos de auto-compaderse en su propia opinión de sí misma, esta vez lo aceptó y sonrió casi con timidez. Le era imposible no tomarse todo lo que le dijera en ese momento como real y verdad, pues hacía mucho, mucho tiempo, que no sentía que estaba viviendo nada tan sincero.

A punto estuvo de preguntarle con respecto al tema de la dichosa espalda y preguntarle que, independientemente de lo que opinase Sam, si ella quería ver aquello... pero no le dio tiempo pues se perdió en aquel beso. Que alguien le explicas, cómo era posible sentir eso con un beso. ¡Qué alguien se lo explicase! Pero entonces notó como Gwendoline empezaba a reír, cosa que hizo sonreír a la rubia aunque no tuviera ni pajolera idea de por qué reía. Abrió los ojos al escucharla explicar el por qué, llevándose una mano a la cabeza.

¡No me acordaba de eso! —le respondió con sinceridad, resultando realmente sorprendida frente a esa noticia que en realidad no era tan nueva, pero como no se acordaba a ella le acababa de coger como tal. No pudo evitar reír junto a ella. —Tía, que ese día estaba borrachísima, me cago en la leche... ¿En serio dije eso? La Sam borracha sabía que en el futuro me terminaría enamorando de ti, solo que lo dijo de esa manera para resultar menos agresiva a la Gwen aparentemente heterosexual de antaño, ¿sabes? —Se excusó, cuando claramente esa Sam borracha de por entonces y con las hormonas a mil, parecía haberse dado cuenta durante una milésima de segundo, que la Gwendoline universitaria era muy guapa y que sería un sacrilegio que llegase virgen a los treinta. Debía de ser el único momento del pasado en donde Sam alguna vez declaró esas intenciones, ¡y borracha tenía que estar! Definitivamente a Sam había que darle de comer a parte cuando había alcohol de por medio. —¿Pero te lo dije con esas palabras? Yo sabía que cuando llegases a la etapa adulta ibas a estar buenísima y solo me estaba preparando el terreno. Quién avisa no es traidor. —Recitó divertida, sin dejar de mirarla, para entonces volver a dejar caer  su  cuerpo hacia atrás, quedándose boca arriba. Estiró la mano hacia ella. —Ven aquí.

¿Era mucho pedir quedarse abrazada a ella hasta nuevo aviso? Quería apoyar la cabeza en su hombro, rodearla por la cintura y cerrar los ojos mientras olía a Gwen. Pero antes de cerrar los ojos, la observó detenidamente sin poder evitar acordase de lo que acababa de pasar. Había sido una experiencia increíble ver a Gwendoline en esa situación. Sin embargo, si bien Sam podría haber incidido en su cara al llegar al clímax para ver cómo se ponía roja, decidió dejar una cosa clara antes, tomándose su tiempo antes de empezar.

Gwen... tu sabes que si no muestro entera frente a ti es porque… le he dado tanta importancia a todo este tema que me ha terminado por afectar a mi manera de verme a mí misma. No sé si te ha pasado alguna vez que por mucho que te digan cosas bonitas, tu te cierras a pensar que no, que  algo tuyo es horrible y no hay manera de cambiarlo, por mucho que la gente intente convencerte de lo contrario. —Le dijo pausadamente, como si de repente le hubiera costado elegir las palabras adecuadas para explicarse. Sabía que muchas cosas carecerían de sentido, pero es que no era precisamente un pensamiento coherente lo que uno pensaba en su mente cuando le ocurrían esas cosas. —Pero no quiero que pienses que es por falta de confianza hacia ti. No lo enseño porque soy idiota y tengo vergüenza, pero no por ti. —Y cogió aire lentamente, sintiendo que le había costado más de lo normal decir esa tontería. —Y… eso. —Hizo una pausa, medio separándose de ella para mirar al techo. —Cuando me insististe en que me la quitara antes volví a dudar pero… al final lo hice porque en esta situación… quería estar contigo con lo bueno y con lo malo, y no escondiéndome como siempre hago. Ser yo al completo. —Una de las comisuras de sus labios se estiró en una pequeña sonrisa cargada de sinceridad. —Quería que lo supieras: que… todo lo voy a compartir contigo, aunque sea de un pasado que he querido dejar atrás. Creo que es hora de ir asumiendo que esto no vaya a quedarse atrás del todo… —Añadió, y si bien pudo haber sonado triste por esa declaración, en realidad sólo sonó resignada. No podía sonar triste en aquel momento en donde todo ella se sentía tan feliz.

Giró la cabeza hacia Gwen, sonriéndole como una mujer feliz. Quería dejarle claro que no iba a ocultarle nada, mucho menos de su cuerpo después de que hubiese pasado eso y ambas lo hubieran compartido todo, dejando al menos por su parte claro que sólo quería compartir eso con ella. Era cierto que ese tema a Sam le costaba porque pocas veces hasta ella misma se miraba si no quería quedarse en el espejo durante unos largos minutos dándole vueltas al pasado, pero seamos sinceros… Era Gwendoline. Y si había persona que no la iba a juzgar nunca… era ella.
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 27, 2019 9:10 pm

Alguien como Gwendoline, que jamás había sentido algo tan fuerte ni remotamente parecido a lo que sentía por Sam, no lo tenía fácil a la hora de comprender cosas que para otras personas eran rutinarias.

En el campo sentimental, amoroso y sexual, la morena todavía era incapaz de entender del todo lo que pasaba en su interior, o al menos así había sido hasta esa noche: esa noche, Gwen descubrió que no podría sentir algo así por nadie, ni disfrutar de lo que acababa de suceder entre Sam y ella con ninguna otra persona.

¿Era extraño? Quizás, pues a pesar de tener una sexualidad aparentemente normal, jamás había sentido esa necesidad con nadie más. Y cuando miraba a Sam, no sólo quería hacer con ella aquellas cosas, sino que quería entregarse a ella para siempre. Entendió entonces que para ella el sexo no podía existir si no existía también esa conexión, ese algo que tenía con Sam. Y sabía que nunca vería a nadie como la veía a ella.

Suspiró, sonriendo ampliamente sin apartar la mirada de su novia. ¿Que quería comerla enterita? Pues el sentimiento era totalmente mutuo y recíproco.

—Hablando de eso...—Gwendoline se puso un poquito, sólo un poquito, roja.—Vas a tener que enseñarme a hacer eso que me has hecho la segunda vez. O al menos, dejarme practicarlo...—Se mordió el labio inferior, y sintió un escalofrío al recordar lo que había sido sentir eso por primera vez: sus ojos se habían abierto como platos, se le había cortado la respiración un segundo, y para cuando volvió a cerrar los ojos y abrir la boca, el placer llegaba en oleadas. ¿Cómo era posible que una persona pudiera producirle semejante efecto a otra?

Consciente de lo que suponía para Sam encontrarse desnuda ante ella, Gwendoline recogió la camisa de su novia del suelo y la ayudó a ponérsela. Quizás esa prenda de ropa no fuera una armadura, pero a Sam la hacía sentir más segura.

Si bien en casi todo se conocían tan bien que podían entenderse perfectamente, Gwen no podía pretender comprender del todo lo que ocurría dentro de la mente de Sam. No con lo que respectaba a los traumas que había acumulado en los últimos años, al menos, pues para entender un trauma, una debía haberlo vivido… o por lo menos haber estudiado psicología. Y como no era ninguno de los casos, Gwendoline no alcanzaba a entender del todo su inseguridad.

Lo que sí entendía era que ella no quería, y que mientras ella no quisiese, no tenía intención alguna de presionarla.

Fundidas en aquel beso que podría haber durado una eternidad, daba igual si estaban vestidas o desnudas, si mostraban su aspecto más hermoso o si estaban desaliñadas y sudorosas como entonces; sólo importaban ellas dos, y el amor que se tenían.

Y así habría seguido siendo… de no ser porque la traicionera mente de Gwendoline trajo de vuelta un recuerdo de la etapa universitaria, algo demasiado gracioso como para no reírse, y eso fue lo que ocurrió: empezó a reír, aún cuando estaba besando a Sam, y a consecuencia la rubia empezó a reírse. Cosa que fue a más cuando le explicó el motivo, claro.

—Con esas mismas palabras.—Rió Gwendoline, tapándose la boca con la mano. Cuando volvió a hablar, estaba imitando la voz de Sam… lo mejor que pudo, claro.—”Güendolín, si cuando llegues a los treinta eres virgen, ya me encargaré yo de desvirgarte.”—Y siguió riendo un poco más, para luego añadir, con su voz normal.—Felicidades, señorita Lehmann: ha hecho usted un trabajo impecable.—Y se mordió el labio inferior, cerrando un segundo los ojos. Y es que, de verdad, si cerraba los ojos y pensaba en ello, casi literalmente podía saborear el último orgasmo que Sam le había regalado, y era la sensación más deliciosa del mundo.

Volvieron a tumbarse, bien abrazaditas y mirándose a los ojos. El cansancio era más que evidente, y pronto las vencería el sueño. Pero antes, Sam dijo algo que hizo a Gwendoline prestarle toda su atención: se trataba del tema de su espalda, sus cicatrices, aquello que no quería que nadie viese.

La escuchó atentamente con sus dedos enredados en el cabello de ella, sus ojos perdidos en el azul de los de ella.

A lo primero que dijo, Gwendoline no pudo evitar conferir a su respuesta un tono sarcástico, pues… ¿existía en el mundo alguien más dado a pensar lo peor de sí misma que Gwendoline Edevane? Casi literalmente desde que había nacido le habían dicho que había algo en ella que no era lo suficientemente bueno, así que había terminado por interiorizarlo de manera absurda.

—¡Qué va! Nunca he tenido esa sensación.—Le contestó con fingida seriedad. Si estuvieran manteniendo aquella conversación por Whatsapp, aquella frase iría terminada con un punto, signo inequívoco de que no iba en serio. Era parte del código que tenían para comunicarse entre ellas.

Continuó escuchándola, y todo lo que dijo le pareció lleno de sentido… hasta la última frase. ¿Que ese pasado nunca iba a quedar atrás? ¡Ni de broma! Gwendoline se negaba a que el pasado estuviera ahí, siempre presente, queriendo fastidiar la felicidad que tenían en el presente. Y que tendrían en el futuro, pues Gwendoline tenía muy claro que aquella felicidad que sentía entonces quería seguir sintiéndola… para siempre.

—¿Te das cuenta de que solamente ha pasado un año y unos pocos meses desde lo que te ocurrió?—Le dijo con suavidad, sin dejar de acariciar su pelo.—Personas que han pasado, o dicen haber pasado, por experiencias parecidas a la tuya, pasan años sin recomponerse del todo. Si es que alguna vez lo hacen.—Suspiró, pensando que quizás no había sido la mejor manera de explicarse. Era un tema complicado.—¿Te acuerdas de enero del año pasado? ¿De lo que me contaste? ¿Que al principio no querías salir de casa? Cuando supe el motivo, lo entendí perfectamente, y pensé que en tu lugar no habría salido en un año. Y que muy posiblemente habría abrazado la vida de esos japoneses que no salen nunca de casa. Pero tú no. Tú saliste de casa. Tú recuperaste el control de tu vida.

Gwendoline, a medida que hablaba, la fue mirando más y más como la enamorada que era. Y es que enumerar todas aquellas cosas que la convertían en la persona más fuerte que conocía no hacían más que llevarla a recordar todos los motivos por los que se había enamorado de ella.

—Todo acaba pasando. Esto también. Y no, no te voy a pedir que tomes de referencia esa filosofía oriental de Ryosuke con respecto a aquello que te hace fuerte y demás… Muy fácil decirlo desde su perspectiva.—Puso los ojos en blanco: Ryosuke le caía muy bien, pero cuando la gente empezaba a ponerse filosófica con ella, le daba la pereza. Porque generalmente, la filosofía venía acompañada de un desconocimiento de la situación que vivía la otra persona. ¿Cómo pretendes comprender los sentimientos de nadie si no estás en su situación?—Pero lo que sí quiero que sepas es que… lo puedes compartir conmigo siempre y cuando tú estés preparada.—Entonces, tras quedarse pensativa unos segundos, decidió soltar algo que se había guardado desde hacía, literalmente, meses.—Además, siendo totalmente literales… es muy probable que ese problema, al menos en su parte externa, sí desaparezca. ¡Y no me tires más de la lengua con ese asunto, porque se suponía que era una sorpresa y la estoy arruinando!

Gwendoline rió. En realidad, no era una sorpresa: le hubiera gustado compartirlo con ella mucho antes, decirle que estaba trabajando en una poción destinada a eliminar cicatrices, y que muchas personas le habían ayudado con ese asunto, Ryosuke incluido. ¿Pero por qué no había dicho nada hasta ahora? Pues porque hasta hacía poco se había encontrado con más problemas de los que esperaba, y no creía que la poción fuera a ser viable. Y no había nada más cruel que dar a otra persona unas esperanzas que al final no podrían ser satisfechas.

Sin embargo, ahora la poción estaba casi lista, y cuando finalizaran las últimas pruebas en compañía de Dorcas… podría utilizarse. Y si bien sería un tratamiento largo, y quizás no efectivo al cien por cien, Sam notaría una gran mejora con respecto a su situación actual.
Gwendoline Edevane
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