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Dreams for a better future // Sam & Gwen

Gwendoline Edevane el Mar Feb 05, 2019 11:08 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 6 23UILS8
Viernes 22 de febrero, 2019 || Bromley, Londres || 19:37 horas || Atuendo y pelo

Los recientes acontecimientos en sus vidas había llevado a Gwen a darse cuenta de algo muy importante: ya no se sentía segura en su casa.

Se trataba de una situación molesta y odiosa: ponerse de los nervios con cada sonido, común o no; temer encontrarse a alguien indeseable en su casa al llegar de trabajar; temer incluso por la seguridad de su gato… No, definitivamente, aquella no era forma de vivir.

La derrota de Artemis Hemsley había cerrado un importante capítulo de sus vidas, y Gwendoline se sentía agradecida. No obstante, había que tener en consideración la posibilidad de que Douglas Dagon y Savannah McLaren—personas que habían probado ser sus aliadas—no eran los únicos en conocer su dirección. A saber a cuántos de sus esbirros había contado Grulla lo que sabía.

Así que aquello que había comenzado como un comentario en un momento de estrés dio paso a una decisión real: Gwendoline quería mudarse de casa, y si bien no iba a precipitarse a la hora de encontrar un nuevo domicilio, sí había empezado a buscar opciones.

Por ese motivo, Sam y ella se encontraban a aquellas horas en Bromley.

Se habían desplazado al municipio londinense, por medio de la aparición, con intención de hacer una visita a una pequeña casa en venta.

Nada más llegar, una agente de la inmobiliaria las había recibido. Se trataba de una señora regordeta y bajita de unos cincuenta años, con el cabello castaño sujeto en un moño, y vestida con un elegante traje chaqueta de color azul oscuro. Llevaba incluso un broche de lo que parecían ser perlas prendido a la chaqueta.

En comparación con su apartamento, la pequeña casa era una mansión: dos pisos, garaje propio, un cuarto de baño en cada piso, tres habitaciones, cocina y salón. Incluso contaba con un pequeño sótano, y estaba amueblada. El único problema radicaba en el alquiler, que ascendía a casi setecientas cincuenta libras mensuales.

Acompañada de Sam y de la buena señora—Mildred Ford, les había dicho que se llamaba—, Gwen salió al exterior, pensativa, y contempló el pequeño jardín que la casa tenía delante. Se trataba de un triste rectángulo de hierba, pero aún así era más de lo que tenía en su apartamento. Se imaginó plantando un pequeño huerto de hierbas y especias en aquel campito, e incluso a Chess correteando por allí.

—¿Qué les ha parecido, señoritas Williams y Jones?—’Jones’ era Gwendoline: Ava Jones, concretamente. Había optado por utilizar una identidad falsa para comprar aquella vivienda. A fin de cuentas, prefería que el Ministerio no supiera que pensaba cambiar de domicilio.

—Es una casa muy bonita, la verdad.—Respondió ‘Ava’, al tiempo que se volvía para echar una última mirada a la fachada.—Pero todavía tenemos que pensarlo un poco, ¿verdad?—Se volvió hacia Sam con una sonrisa en los labios, haciéndola partícipe de la decisión.

—Es comprensible: no es una decisión a tomar a la ligera. Pero permítame decirle que se trata de una oportunidad increíble, señorita Jones, y ya tengo algunos posibles compradores que le han echado el ojo.—Aseguró la mujer en un tono casi confidencial, como si aquellos compradores, en efecto, estuvieran merodeando los alrededores.

—Estoy segura de ello. La llamaremos cuando hayamos tomado una decisión.—Prometió Gwendoline.

Se despidieron de la señora Ford con educación, y se dispusieron entonces a desandar el camino por el que habían venido. El lugar desde el que se desaparecerían no estaba muy lejos, sólo lo suficiente como para dar un pequeño paseo y estirar las piernas.

Gwendoline se apartó un mechón de pelo rojo—ese día era pelirroja, a fin de llamar menos la atención—de delante de los ojos, y entonces tomó la mano de Sam con toda confianza. Adoraba a su chica, y adoraba pasear de la mano con ella, sin importarle lo que pudieran decir los demás.

—¿Qué te ha parecido?—Preguntó Gwendoline, quien llevaba toda la tarde deseando hacerle una propuesta a Sam. No se le ocurría todavía cómo.—Son casi setecientas cincuenta libras de alquiler, pero… es una casa bonita, ¿no?—¿Cómo podía decir aquello? Debería ser sencillo, y en cambio, le estaba resultando difícil.—¿Te… te gustaría vivir aquí?

No era la forma más directa de hacer aquella pregunta y, de hecho, podía malinterpretarse: Sam perfectamente podía pensar que se refería a si ella, estando en el lugar de Gwendoline, querría vivir allí.


La casa:
Dreams for a better future // Sam & Gwen - Página 6 AIKLfZb


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Feb 19, 2019 8:49 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 28, 2019 3:15 am

No pudo evitar enarcar de manera sugerente una de sus cejas, mirándola con picardía cuando le habló del momento en el que Sam había bajado por todo su cuerpo hasta parar en donde nunca antes se había parado. Muchas personas decían que el único motivo para separarse de los labios de la persona a la que amas, era sólo justificable si tus labios hacían algo mejor que besar y… bueno, para Sam ese era la viva justificación de todo eso. Además, debía de admitir que era su parte favorita: sonaría raro, pero es que no había nada que le pusiese a ella tanto como sentir como su pareja se estremecía de placer mientras estaba allí abajo. Pocas cosas hay más sexys que el hecho de ver a una mujer llegando al clímax, más todavía si era tu chica.

Se acercó a sus labios, aunque no le besó.

Yo te lo puedo hacer todas las veces que quieras hasta que le cojas el truco… —Le susurró, para entonces morder de manera suave y juguetona el labio que ella recién acababa de liberar. —Y tú conmigo… puedes hacer lo que quieras. —Y alzó esta vez sendas cejas, de manera casi como si la estuviera retando a experimentar con ella.

Qué vergüenza, la Sam del pasado era un caso aparte. ¿Qué narices se había metido en el organismo para que le dijese a su amiga heterosexual a la que acababa de contarle que era homosexual que si llegaba a los treinta virgen, la desvirgaría? ¿Era solo a la Sam del presente a la que le resultaba una clara declaración de intenciones de hormonada adolescente? Pero bueno, asumiendo que todo fue muy puro e inocente, en un gesto amistoso de que su pobre amiga asexual no llegase a la vejez virgen, había sido bastante divertido, sobre todo con el hecho tan irónico de que realmente ocurrió y no precisamente por ese motivo.

A veces de verdad parecía que el mundo se reía de ti.

Impecable y… ¿satisfactorio? —Curvó una sonrisa traviesa, mirándola con deseo. —Yo lo único que sé es que… no entiendo cómo has llegado virgen a los treinta y… gracias a Merlín que has llegado virgen a los treinta. No te haces una idea de lo afortunada que me siento de… no sé, descubrirte este mundo. Bueno, ‘descubrirte’, ya me entiendes… —La miró de reojo, en señal de: ‘evidentemente ambas conocimos este mundo antes de hacerlo con otra persona.’ Ya que lo de Gwendoline era evidente, pero Samantha tardó hasta sus diecinueve en perder la virginidad. Tampoco es que fuese precisamente pronto teniendo en cuenta la cantidad de gente hormonada que hay en Hogwarts.

Le hacía mucha ilusión el hecho de meterse de lleno en ese tipo de experiencia con Gwendoline, la verdad y el hecho de que su amiga hubiese esperado tanto, sin caer en medio de ninguna relación o de interesarse por nadie, la hacía sentirse realmente afortunada.

Le golpeó suavemente con el cuerpo cuando le contestó irónicamente con que nunca había tenido la sensación que Sam le había relatado. ¡Vale, sí! ¡Eran dos Ravenclaw muy idiotas por pensar cosas feas de sí mismas! En realidad Sam lo sabía, pero para ella era tan perfecta que por un momento se olvidó de su insistencia en creerse menos de lo que era. De verdad que esperaba que con el tiempo, todo lo que saliese de la boca de Gwendoline quedase impregnado en la mente de Sam y realmente llegase a creerse que lo que la otra persona ve de ella, es en realidad la verdad. Y lo mismo con Gwendoline. Le daba tanta rabia que no le aceptase un cumplido por estar tan acostumbrada a no recibirlos y no creérselos…

Contó todo lo que sentía porque se sentía libre en aquel momento de contarle lo que fuera y quería dejarle claro que los problemas que tenía consigo misma eran eso: sólo consigo misma. Su respuesta le sorprendió, pues se centró en su experiencia después de lo de los Crowley. Samantha nunca vio eso como una victoria porque siempre pensó que era su única opción en ese momento: tenía una vida de mierda y estaba siendo mantenida por su mejor amiga, que no tenía obligación alguna de hacerlo. Despertarse cada día allí, sintiéndose una carga después de haber tenido una vida tan horrible los dos últimos años pues… era todavía más deprimente teniendo en cuenta que había tenido una hasta tercera oportunidad.

Lo único que le quedaba a Sam en ese momento era levantarse y dar un paso hacia adelante, pues no podía terminar más abajo. Y no quería compadecerse, ni que la compadecieran; sólo quería recuperar todo lo que había perdido. Y mira, lo tenía delante ahora mismo y era más grandioso que nunca.

No podía hacer otra cosa —respondió a lo que dijo de recuperar el control. Tampoco era tan difícil teniendo en cuenta que llevaba dos años sin el control de su vida. Y bastante había hecho Caroline por ella como para convertirse en una garrapata que no sale de casa. —Era mi tercera oportunidad, ¡no podía desperdiciarla! —exclamó entonces divertida e irónica, alzando el puño con un humor un poco negro sobre su propia vida.

La legeremante quería pensar que después de haber pasado por todo lo que había pasado, tan débil no podía seguir siendo, pero tampoco le reconfortaba EN ABSOLUTO que le dijeran que era muy fuerte o que había luchado mucho. Le daba igual. Ya había sufrido, ya había pasado, daba igual cómo hubiese sido o lo que hubiese hecho, sino como estaba ahora después de todo eso.  

Sam se encontraba parcialmente de lado, apoyada con una de sus manos al colchón mientras se sujetaba su cabeza y miraba a Gwendoline mientras hablaba, con la mirada casi perdida y clavada en sus labios.

Contigo estoy preparada siempre —le respondió al momento, nada más escucharla, casi de manera instantánea y automática. Y si bien todavía estaba mirándola con admiración y no se había ni dado cuenta de lo pensativa que se había quedado, su siguiente declaración no se la esperó en absoluto. De hecho, no fue hasta que ella misma exclamó algo de una sorpresa, que Sam no interiorizó todo eso. De repente su mirada enfocó bien en sus ojos y arrugó el ceño. —Espera, ¿qué?

Gwendoline riéndose y Samantha con cara de patata confusa.

Sinceramente, Sam ya había asumido desde hacía mucho tiempo que esas cicatrices iban a ser permanentes en su cuerpo. Sí vale, podía llegar a ocultarlas con magia de manera esporádica, como quién se tapa un tatuaje o una marca, pero en realidad siempre estarían ahí. Y casi que le parecía peor tapárselas, creando la falsa creencia de que todo estaba bien. El punto era que debido a que no había podido ir a un hospital decente después de aquello y a la gravedad de sus heridas, Ryosuke le había dicho claramente que las cicatrices no se iban a ir a ningún lado. Que como mucho se volvían menos, pero que no desaparecerían. El japonés lo intentó, pero nada. Y claro, desde entonces… había entrado en proceso de aceptación, cosa que como es evidente no ha ido demasiado bien. Y en realidad sólo se refería a eso cuando decía que su pasado no se iba a quedar atrás del todo, pues eso la iba a acompañar siempre.

Es por eso que ahora, tras esa declaración, se había quedado literalmente boquiabierta. Así que tras unos segundos de sorpresa en donde Gwen todavía reía, ella sólo pudo incidir en el tema, aunque ella le hubiera dicho claramente que no lo hiciera.

¿De qué hablas? —Porque evidentemente Sam no conocía de ningún remedio para hacer desaparecer esas marcas. Habían muchas cosas para cicatrices, pero no habían funcionado.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 28, 2019 4:08 am

Aquello que Sam le había hecho, ese momento en que había ‘dejado de besarla por un buen motivo’, había sido lo más maravilloso que había experimentado la morena jamás. Había sido pleno, placentero… No quería ni pensar en cuánto había gemido y gritado durante todo el proceso, pero algo le decía que había sido mucho.

Muchísimo.

Así que cuando Sam sugirió que se lo podría hacer todas las veces que quisiera para que aprendiese, la realidad fue que Gwendoline volvió a excitarse. Y de no ser porque estaba tan cansada que no se sentía capaz de un asalto más, hubiera propuesto a su novia empezar con esas prácticas de inmediato.

—No me tientes ahora mismo, que estoy muy cansada...—Protestó con la misma fuerza que protestaría si le estuvieran ofreciendo comer su plato favorito… y no, eso no era un doble sentido.—Pero mañana...—Los dedos de Gwendoline se deslizaron por un momento vientre abajo, en dirección a la zona más sensible e íntima de Sam, pero no llegaron a alcanzarla. La morena acercó sus labios a los de su novia, besándola otra vez con dulzura.

Era una realidad que no iba a ser capaz de aguantar otro orgasmo sin desmayarse. Creía fervientemente que eso podía ocurrir. Había sido su primera vez, y había sido tan intenso que por momentos no sabía ni dónde estaba. Así que… ¿satisfactorio? No, esa palabra definitivamente se quedaba corta para describir lo que aquella primera vez había sido para Gwendoline.

—Dos veces, Sam… Dos...—Le dijo, abriendo mucho los ojos para que su novia comprendiera la magnitud de lo que estaba diciéndole.—No estoy satisfecha, no: estoy plenamente satisfecha, y me has hecho la mujer más feliz del mundo.—Y, cuando Sam insinuó que, aunque ella había sido quien le había descubierto el mundo del sexo, ya Gwendoline había empezado a tontear con él por su propia cuenta en la universidad, la morena enrojeció un poco. Poquito. Y eso no le impidió hablar con toda sinceridad y libertad.—¿Eso? Eso era una porquería en comparación con esto. Si lo hacía en la universidad, y bueno, en general todo el resto de mi vida adulta, era simplemente por la relajación que venía después. ¿Pero esto que me has enseñado? Definitivamente me has descubierto un mundo nuevo...—Se llevó una mano entonces al rostro, riendo, y se tapó los ojos con ella.—No me puedo creer que me atreva a hablar de esto con tanta libertad. Definitivamente, algo ha cambiado dentro de mí esta noche.

Podría haber intentado explicarle lo que creía que significaba el sexo para ella, y quizás Sam, más enterada de todo lo que respectaba a aquel mundo, quizás encontrara una denominación, una identidad sexual, que encajara con la visión de Gwendoline. Y es que la morena se había dado cuenta, en los últimos meses, que sin los sentimientos que tenía por ella, no sentiría atracción sexual alguna.

Así había sido con Timothy, quien, a pesar de haber llegado a hacerla sentir muy cómoda, muy a gusto a su lado… jamás había logrado encender esa llama interior.

Quizás si Sam le preguntaba, Gwendoline sería capaz de poner todo aquello en palabras, pero algo le decía que la rubia ya se hacía una idea de cómo funcionaba su novia: la morena era de las que necesitaban un amor profundo, puro, verdadero, y sentimientos fuertes hacia la otra persona, para poder pensar siquiera en mantener relaciones sexuales con esa persona. Eso explicaba claramente por qué había llegado virgen a los treinta años.

En lo que respectaba a los otros temas, a las cicatrices de la discordia que motivaban el hecho de que Samantha Lehmann llevase puesta una camisa desabotonada mientras su novia seguía desnuda, Gwendoline creía firmemente que ella había demostrado una gran fortaleza al vivir cada día intentando no darles importancia.

Y ni por asomo creía que no hubiera más opción que seguir adelante: la opción de rendirse estaba ahí, y no pocas personas habrían decidido tomarla en lugar de hacer frente a una vida que ya nunca sería todo lo hermosa que había sido una vez.

Gwen no quería ni imaginarse cómo viviría ella una situación así, y procuraba no intentar imaginarla: si lo hacía, no podía evitar asociarlo a esa horrible noche en que su novia, la persona más importante de su vida, había estado a punto de abandonar aquel horrible y retorcido mundo a base de golpes y dolor. El corazón se le encogía cuando lo pensaba, sentía ganas de llorar, y comenzaba una vez más el martirio: porque quizás, de haber estado a su lado, podría haber hecho algo para evitar que aquellos salvajes la marcaran de por vida simplemente porque se habían creído con derecho a hacerlo.

En lugar de irse por esos derroteros, y sentir ese odio profundo que nacía en su interior cada vez que que recordaba todo aquello, Gwendoline se enfocó en las cosas positivas: Sam había demostrado que ellos no podían ganar. Porque, aunque estuvieran muertos, podrían haber ganado si ella decidiera tomar la salida fácil y acabar con todo.

—Gracias por no desperdiciarla.—Le dijo, seria, mientras acariciaba su mejilla.—No sé qué haría yo en este asqueroso mundo si no estuvieses tú a mi lado.—Le confesó con total sinceridad, y por un milagro que no supo quien obró, logró mantener las lágrimas en su sitio.

Aquello seguía siendo muy duro para Gwendoline.

Después de dicho todo eso, a Gwendoline se le escapó lo de su proyecto secreto.

A Sam no le había dado muchos detalles al respecto: simplemente le había dicho que estaba practicando y experimentando con pociones e ingredientes, sin más. Pero, en realidad, llevaba desde agosto buscando una manera de hacer desaparecer aquellas cicatrices, o cuanto menos disminuirlas lo suficiente como para que Sam volviera a sentirse cómoda con su aspecto físico.

No pudo evitar reírse cuando dijo que le había fastidiado la sorpresa, y le pidió que no le tirara más de la lengua… pero Sam lo hizo. Por supuesto, ¿no era una curiosa Ravenclaw que siempre quería averiguar el por qué de las cosas?

Con un suspiro resignado, Gwendoline tuvo que rendirse… y contárselo todo.

—Vale, en realidad no es que intentase sorprenderte. En parte sí, quiero decir, pero sobre todo quería evitar ilusionarte si al final descubría que era imposible. Porque sé lo importante que es esto para ti y...—Se incorporó de nuevo hasta quedar sentada en el colchón, y por un momento se olvidó del hecho de que estaba desnuda, después de practicar sexo con su novia, y comenzó a hablar con la pasión de una aplicada estudiante que adora su materia.—He estado buscando formas de eliminar cicatrices del cuerpo, experimentando para ello con distintas clases de ingredientes. La base es la poción embellecedora de Sacharissa Tugwood, que como ya sabrás tiene un efecto temporal. Mi idea era buscar algo permanente y, además, con componentes regenerativos.—Suspiró profundamente, antes de fijar la mirada en la de Sam.—He tenido mucha ayuda, tanto de Ryosuke como de gente de la Orden del Fénix, y me ha costado un montón, pero al final lo he conseguido. Bueno, casi, en un noventa y siete por ciento.—Matizó eso último, sonriéndole con cierta satisfacción.—Pero tiene una pega: tal y cómo está hecha la receta, se trata de algo lento. Tendrías que aplicarte el remedio varias veces al día durante varias semanas para conseguir un resultado aceptable. No sé si las cicatrices se irán del todo entonces, pero… la mayoría sí.

Se dio cuenta de que se le había acelerado el corazón en el pecho mientras hablaba, tal había sido la emoción que sentía. Porque… ¿qué había más maravilloso en el mundo que la sensación de estar ayudando a la persona que más quieres en algo tan importante para ella?

—También había pensado en ofrecerle la oportunidad a Savannah de tratarse las cicatrices de las mejillas con ella...—Dejó caer, un poco más triste, al recordar el rostro mutilado de la pobre Savannah McLaren, que con el paso de los meses se había convertido en una especie de protegida para Gwendoline.—Bueno… eso. ¿Qué… qué te parece?—Le preguntó, dubitativa, sentiéndose de repente mucho más vulnerable al haberle revelado eso, que por el hecho de estar totalmente desnuda delante de ella.

Literalmente, ya se había olvidado de su desnudez, sintiéndose totalmente cómoda en compañía de Sam.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mar 29, 2019 12:13 am

Había algunas mujeres que tenían la increíble suerte en este mundo de poder llegar varias veces al clímax en el mismo acto sexual, o al menos eso decían. Sam no había conocido a ninguna mujer que solo tuviese la capacidad de llegar una vez y luego no disfrutar más, sobre todo porque una vez llegas, las mujeres solían siempre querer más por las hormonas, no como los hombres, que solían bajar bastante la motivación e ir decreciendo. Es por eso que la rubia tenía la teoría de que en realidad una mujer podía llegar tantas veces como le diese el cuerpo y, evidentemente, teniendo una buena pareja en la cama.

¿Sólo dos? —La miró tan divertida que cualquiera pensaría que realmente está de broma. En realidad llegar dos veces era todo un logro para la legeremante teniendo en cuenta que llevaba años sin hacer nada de eso con nadie, ni tampoco consigo misma. —Pero eso es mejorable… Un día en el que no me hayas hecho pintar todo un salón y me duela la mano, te lo demuestro. —Y tras mirarla de reojo, no pudo evitar reír por sus declaraciones que le resultaban tan divertidas. Sobre todo el hecho de que estuviesen hablando de eso tan tranquilamente después de haber disfrutado la una de la otra. —Bueno, no es lo mismo hacerlo tú misma a que te lo haga otra persona…

Y eso era tan real… pues Sam estaba inapetente total de sí misma, ¿pero en ese momento? Sentir las manos de Gwendoline recorriéndole todo el cuerpo le hacían encenderse por dentro, sobre todo ahora que era consciente de lo que había. El hecho de que una persona que te deseaba te tocase de esa manera era sencillamente grandioso.

Definitivamente —repitió, sin poder evitar mirarla con una sonrisa. —¿Gwendoline Edevane contándome que se tocaba en la universidad? ¡Que fuerte! Seguro que lo hacías mientras yo estaba en clase. —Sí, se estaba burlando de ella sólo por ver su reacción.

En realidad la morena tenía razón en lo que decía: Sam podría haberse rendido y haber pasado por todo lo que había pasado para absolutamente nada; sólo decidir acabar con su miserable vida. Sin embargo, ni siquiera pensó en esa opción en su estado: sí, estaba débil, sí, había perdido la confianza en sí misma y en todo lo que la rodeaba, sí, tenía un miedo descomunal, sí, creía que no iba a poder recuperarse a sí misma en ningún momento y sí, muchas veces se sentía sin la capacidad de poder seguir adelante… Pero no estaba sola. Había recuperado todo lo que había perdido—o casi todo—después de tanto echarlo de menos y lo único que realmente le molestaba de aquella situación era estar tan mal mentalmente como para poder disfrutar de lo que había recuperado. Y le costó, por supuesto, pero para ella esa era la única opción.

Después de tanto pensar en acabar con su vida en tantas situaciones límites que vivió con Sebastian Crowley, jamás se le pasó por la cabeza una vez se libró de él.

Le sonrió a su novia cuando le agradeció por no desperdiciar esa tercera oportunidad, llevando su propia mano a la de Gwen, que acariciaba su mejilla. ¿Sabéis lo bueno de todo eso? Podían hablar tranquilamente de los Crowley y de los problemas del pasado, sin que eso significase drama o recuerdos dolorosos. ¿Que los había? Por supuesto. Pero al fin la situación se había normalizado. Y al verdad es que agradecía poder hablar de eso como algo que estaba atrás y que por mucho que se hubiese extendido, era algo que pertenecía al pasado. Su siguiente afirmación, a pesar de que le pareció de lo más tierna, no pudo evitar que Sam pensase en lo más evidente y poco serio del mundo. ¡Estaba muy cansada y demasiado satisfecha como para no pensarlo!

Yo tampoco, ¡serías virgen a los treinta! —Y se mordió el labio inferior, divertida, para entonces negar con la cabeza. —En realidad… ¿sabes la leyenda japonesa del hilo rojo? La que conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. Se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper. Me encanta esa leyenda porque me recuerda siempre a ti y a mí. —Esbozó una sonrisilla. —Incluso antes de todo esto, cuando todavía éramos más jóvenes. Siempre creí que tú y yo llegaríamos juntas hasta el final de los tiempos; que era imposible que nadie nos separarse o el simple hecho de dejar de ser amigas. En su momento siempre pensé que siempre estaríamos juntas, aunque cada una tendría su propia familia, pero… he de admitir que me gusta más esta versión. —Indudablemente, en aquel momento se sentía como si estuviese en el lugar correcto, en el momento perfecto y sin lugar a dudas en la circunstancia perfecta.

Cuando le contó su ‘secreto’ que tenía que ver con las marcas de su espalda, Sam todavía no pudo ni sonreír, pues en realidad no le había dicho nada en claro y hacerse ilusiones en vano no estaba en sus planes. De hecho hasta se puso un poco nerviosa por lo que había dejado caer, sin saber si ella había entendido mal o algo por el estilo. Es por eso que cuando empezó a explicarse, ella también se incorporó, escuchándola con atención.

Pero cuando empezó a relatar su historia… hasta a ella se le subieron las pulsaciones, pues sentía que lo que estaba escuchando sonaba demasiado bien, a un ideal imposible. Sam se había quedado apoyada en la cama con una mano mientras la miraba con cara de sorpresa, de admiración—porque Gwendoline era definitivamente una genia—y, por supuesto, con un agradecimiento inconmensurable. Cuando terminó de hablar, preguntándole que qué le parecía. Sam ni había podido sonreír de la impresión.

¿Ll-llevas todo este tiempo buscando la forma de hacer desaparecer mis cicatrices? —Le costó hablar al principio, casi con un nudo en la garganta. ¿En serio le había dicho que tenía ‘una pega’? ¿De verdad creía que para Sam esperar meses para perder eso, después de estar con ellas un año y tres meses, le importaba algo? Entonces Sam se emocionó por todo aquello y porque la mujer que tenía delante era sencillamente increíble. Así que pasó sus manos alrededor de su cuello y la abrazó, cerrando los ojos. —¿Qué me va a parecer, boba? —Ese ‘boba’ probablemente haya sido el ‘insulto’ más cariñoso, tierno y dulce que jamás escucharás salir de la voz de una persona. Entonces Sam se separó de ella y la miró a los ojos, con los ojos brillosos. No había llorado, pero algo le decía que le quedaba poco porque sentía sus emociones a flor de piel. —¿Que qué me parece? Me parece es que eres la mejor persona que conozco en este mundo y que… —Y entonces se llevó el dorso de su mano a su ojo izquierdo, quitándose la humedad de allí con un gesto casi infantil antes de llorar de verdad. No pudo evitar mirar hacia el techo, casi recriminándole a una entidad superior que no fuese capaz de controlar sus emociones en ese momento. —Sólo sé que me pareces increíble… y t-todo lo que haces por mí es... Es que…

Sí, se había quedado sin palabras, literalmente. Su emoción terminó comiéndosela por dentro hasta dejarle muda y sólo poder mirar a Gwen con todo su amor y gratitud, mientras negaba con la cabeza. No se hubiera esperado eso nunca.
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 29, 2019 2:15 am

Hablar de aquellas cosas en aquella situación era sorprendentemente más fácil que en otras circunstancias, y algo le decía a Gwendoline que de aquel momento en adelante se volvería todavía más fácil, siempre y cuando las hablase con ella. A fin de cuentas, ¿qué más podía ocultarle, cuando literalmente Sam había visto una faceta de ella que ninguna otra persona había descubierto jamás? Ni siquiera ella misma.

—¿Mejorable? Tú lo que quieres es que me desmaye...—Le dijo, soltando un bufido, y lo peor de todo era que lo creía sinceramente: si seguían haciendo aquello, si pasaba más veces por tan placenteras sensaciones, directamente acabaría desmayada.—Otra persona, no: tú.—Le corrigió. Gwendoline no tenía pensado dejar que otra persona la tocara de esa manera. Su cuerpo era todo para Sam, para siempre.

No era secreto alguno entre ellas, o eso creía Gwendoline, que habían ‘tonteado’ con la ‘autoexploración femenina’ en más de una ocasión. Y siendo como era la morena alguien que buscaba las maneras más eficientes… bueno, en general, de todo, también había buscado la manera más eficiente de relajarse en épocas de estrés.

Sin embargo, en base a la experiencia más reciente, estaba clara una cosa: no había perfeccionado eso, precisamente. Y estaba claro que hasta entonces no se había percatado de que le faltaba una parte muy importante.

—Cuando estabas en clase, en realidad, no.—Le dijo, como si tal cosa. No se puso roja ni nada por el estilo; estaba muy cansada, y habían hecho ya tanto juntas, que hablar de sus escarceos con la masturbación no le suponía un gran esfuerzo.—Más bien, cuando te ibas de fiesta… o cuando dormías con tu pareja y tenía la habitación para mí sola. Aunque normalmente lo hacía durante la época de exámenes...—Y, ante la mirada expectante de Sam, que quizás esperaba ver una reacción muy distinta en la morena, Gwendoline creyó que, quizás, había dicho algo raro. Y rió, divertida.—¿Qué? ¿Qué pasa? Era una forma muy buena de lidiar con el estrés y de relajarme.

Pensar en el pasado… bueno, había sido mucho menos bonito de lo que era entonces, eso sí había que reconocerlo.

Sin embargo, Gwendoline tenía la facultad de ponerse bastante triste al pensar en todo ello: a fin de cuentas, no había sido a ella a quien le había sucedido todo eso, sino a Sam, y siempre sentiría una gran impotencia por no haber sido capaz de hacer algo para evitarlo. Por mucho que la gente se empeñase en decir que no había tenido la culpa, y que ni en un millón de años podría haber previsto o haberse olido lo que estaba sucediendo.

Por suerte para ella, tenía una novia con un sentido del humor capaz de quitarle hierro incluso al asunto más serio, y una vez más, lo consiguió: esa broma sobre su virginidad hizo que Gwendoline soltase un bufido, y que todo indicio de lágrimas desapareciera de sus ojos.

Iba a decir algo, pero entonces, Sam le contó esa bonita historia japonesa del hilo rojo, y la morena que quedó engatusada escuchándola. Y se preguntó si, en efecto, sería así, si ambas estarían conectadas por siempre. ¿No sería eso lo más hermoso del mundo?

—Sin duda, esta es la mejor versión de la historia que podría desear.—Le susurró, sonriendo, sintiéndose otra vez muy afortunada por tenerla.—Y me encanta esa historia. No pienso dejar que nadie rompa jamás nuestro hilo rojo. Cueste lo que cueste.

No era ninguna ingenua: no le cabía duda de que siempre estarían en peligro, que siempre habría alguien intentando arruinarles la vida. Así funcionaba el mundo en aquellos días, y si bien la sensatez decía que había que estar preparada para lo peor, para el peor de los escenarios posibles, Gwendoline no pensaba rendirse tan fácilmente, y mucho menos sin luchar primero, con todas sus fuerzas. Si algo le habían enseñado esos últimos meses, y esa noche, era lo unidas que estaban ellas dos. Lo vital que era la presencia de Sam en su vida.

Prefería caminar a través del infierno con ella que vivir en el paraíso en soledad.

Por ese motivo, por lo especial que había sido siempre ella para Gwendoline, la morena había estado trabajando en aquella poción a brazo partido, hasta el punto en que no podía pensar en otra cosa más que en conseguir el efecto deseado. Y sí, era plenamente consciente de que, sin ayuda, no habría podido conseguir semejante proeza.

Si se lo había ocultado había sido… simplemente por no generarle unas ilusiones que quizás, al final, no podría satisfacer. Ahora sabía que el resultado era lo bastante óptimo como para… bueno, eso, ser optimistas.

Sam recibió la noticia con emoción, hasta el punto en que se le atropellaban las palabras, e incluso se incorporó también hasta quedar sentada. ¿Y ese abrazo que le dio? Bueno… eso lo fue todo. Ese agradecimiento sincero por su parte… no es que Gwendoline sólo hubiera hecho para ganárselo, pero sentir que había hecho algo que la otra persona valoraba tanto lo era todo para ella.

—Tú sí que eres la mejor persona que conozco en este mundo, y te mereces esto y más.—Gwendoline iría todavía más lejos: si pudiera dar marcha atrás al reloj y evitar que le hicieran aquellas cicatrices en primer lugar, lo haría sin dudar.—Pero no me lo agradezcas aún: agradécemelo cuando te estés haciendo un selfie en el espejo, con tu preciosa espalda libre de cicatrices.—Le dijo con una sonrisa, dándole a continuación un beso en los labios.—O cuando te pongas uno de esos vestidos de espalda descubierta que, por cierto, tengo que decirte que ahora, cuando te recuerdo con uno de esos… me vuelvo loquita.

Sam en la época universitaria, con esos vestidos tan impresionantes con la espalda descubierta… Gwendoline no comprendía cómo demonios no había caído rendida entonces a sus encantos. Recordarla ahora… bueno, mejor no entrar en detalles.

—¿Quieres que te enseñe mis progresos?—Le dijo, dándole un suave beso en los labios a continuación. Se encontraba repentinamente algo más despierta, su mente concentrada en el trabajo que había realizado durante aquellos meses.—Espérame aquí. No voy a tardar nada.

Gwendoline bajó a la carrera, casi de puntillas, al piso de abajo, donde había dejado su bolso. Se lo llevó arriba junto con el de Sam—contenía su teléfono móvil y, se imaginaba, querría tenerlo cerca por si por la mañana la llamaba alguien—y una vez acomodada de nuevo en el colchón junto a ella—con una manta por encima de los hombros de ambas, pues empezaban a tener bastante frío—Gwendoline le mostró su cuaderno de notas.

Le fue explicando, a la luz de la linterna del teléfono móvil, los progresos que había hecho. Le fue describiendo cada paso del proceso, y mostrándole las fotografías Polaroid animadas con magia que mostraban los progresos en cada nueva prueba de la poción. Sam le hacía preguntas, curiosa, y Gwendoline le contaba anécdotas.

¿Y qué terminó pasando? Que con la tontería… les dieron las dos de la madrugada hablando. Al final, acabaron durmiéndose acurrucadas la una con la otra, el cuaderno de Gwendoline en el suelo junto a ellas.

Esa noche, la morena soñó con el momento en que Sam le mostraría su espalda, por fin, libre de toda cicatriz.
Gwendoline Edevane
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