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¿It's a boy... or a girl? | Mary & Isaac

Isaac Baker el Miér Feb 06, 2019 7:16 pm

31 de Octubre
1:00 |St. Mary's Hospital
Londres (Paddington)

Siete días. Una semana completa sin rastro de Mary en su vida. Ni llamadas, ni citas para un simple café, ni visitas al apartamento, ni nada en absoluto. Ningún tipo de contacto desde que su mujer descubrió su identidad secreta como mortífago y ya empezaba a volverse loco. Todo tipo de ideas, cada cual más negativa que la anterior, inundaban la mente del profesor a cada hora que pasaba dando vueltas en su vacía cama de matrimonio; ¿Estaría segura en casa de sus padres? ¿Llevaría bien el embarazo? ¿Y si le había mentido y, en realidad, se había marchado a otro lugar para que no pudiese encontrarla, por miedo a que él mismo les hiciese daño a ella y al bebé que estaba por venir? ¿Y si él había cometido algún error y el resto de mortífagos habían descubierto su relación con una mestiza? ¿Llegaría tarde para poder detener una desgracia? ¿O quizás todas aquellas preguntas no eran más que juegos sucios de su mente para torturarse a sí mismo?

Sí, quizás se trataba de eso. De su cabeza. Su retorcida y minuciosa mente. Esa que se encargaba de analizar todas y cada una de las posibilidades ante una situación de riesgo cuando, en realidad, lo mas probable es que no existiese riesgo alguno y Mary estuviese sana y salva. Pero a pesar de todo el insomnio que sufría desde hacía una semana era más que real... y en la noche de Halloween resultó ser aún peor. ¿Cuántas veces se habría levantado por culpa del timbre? ¿Siete? ¿diez? ¿Las habría contado bien? Desde luego la señora Willson estaba más que encantada con los niños. Había comprado toneladas de caramelos, gominolas y golosinas de todas las clases, y parecía que los diablillos se lo contaban los unos a los otros y el apartamento se había vuelto el proveedor oficial de chuches de todo Londres. Harto, Isaac decidió vestirse con lo primero que encontró en el armario dispuesto a salir de allí para alquilar una noche de hotel en la parte más alejada posible de allí cuando, de repente, sonó el teléfono fijo en el salón.

¿Y ahora quién demonios es? Son más de la una de la madrug...
Baker, ¿eres tú?
Oh, señor Harris. Sí, soy Isaac. ¿Ocurre algo? le noto tenso... ¿es por Mary? ¿Ha pasado algo? ¿estáis bien?
Si... si. Estamos bien. Verás, no tengo mucho tiempo porque se supone que no debería decirte esto así que seré breve: Mary está de parto. Estamos en el St.Mary's Hospital. Pensé que tenías derecho a saberlo.
A Isaac se le cortó la voz.
Tengo que colgar.
¡C-claro. Sí, gracias. Ahora mismo voy para...
pip...pip...pip...pip...
allá.

Sin peinar, sin lavarse la cara ni pensar en nada que no fuera en aparecerse por la zona más cercana al hospital, Isaac cogió rápidamente la bufanda y el abrigo y se apresuró a usar la magia para llegar cuanto antes. Pero aparecerse la noche de Halloween tan cerca de un hospital era muy arriesgado, así que tuvo que optar por escoger uno de los andenes menos transitados y oscuros de la estación de metro más cercana, Paddington Station y correr durante cinco minutos seguidos por Praed Street hasta llegar al lugar. No sin antes tropezarse con un adolescente vestido de esqueleto y volcar toda su cesta de caramelos y gominolas pegajosas al suelo, donde él también cayó. Así que de mal humor, y habiéndose convertido ahora en una especie de árbol de navidad con chuches pegadas a su abrigo de tela, entró en el hospital preguntando por Mary Josephine Baker. La recepcionista, ante la urgencia con la que vio al hombre que ya pudo identificar legalmente como su marido, le explicó que el parto ya se había dado y que en realidad su mujer ya descansaba en la sala correspondiente. Le dio el número de habitación, le indicó por dónde llegar, y le dio la enhorabuena antes de que el hombre, casi sin escucharla tras enterarse de la habitación, se fuese de nuevo corriendo a pulsar de manera insistente al botón del ascensor.

¡Por dios santo! ¿¡Cómo puede ir tan lento un puñetero ascensor en el siglo veintiuno!?
Tranquilícese hombre, mañana mismo inventarán el teletrasporte. No se preocupe. —Le respondió el hombre de la limpieza— Ya verá.
Oh, perfecto. Así podre alejarme de los payasos como usted en cuanto los vea. Gracias por la información. —El ascensor se abrió y él entró.
Bueno, bueno, sin faltar ¿eh? menudo amargado...

Y para no terminar con la tradición, el herbólogo también corrió a través del pasillo. Como no podía ser de otra manera, se equivocó de dirección y tuvo que dar la vuelta. Para entonces, al fondo del todo encontró al padre de Mary, que lo saludó y le hizo un gesto para aclararle dónde estaba su mujer. Así, Baker consiguió llegar a la puerta y recuperar un poco el aliento antes de entrar.

¿Cómo está? —logró preguntar sin asfixiarse— Dios santo, he llegado tardísimo. No me ha dado tiempo. He pedido un taxi y le he pagado para que venga lo más rápido posible para poder acudir al parto, pero
Está bien, Baker. Y no has llegado tarde, lo contrario... más bien has llegado demasiado rápido.
¿Ah... sí? —miró el reloj. Había tardado exactamente unos siete minutos. Ni en taxi hubiera podido llegar tan rápido.— Bueno, estaba cerca. Contraté una compañía telefónica nueva que me dio un smartphone con el que puedo coger las llamadas del fijo de casa... en fin, ¿puedo entrar? Necesito verla. Verlos. A los dos. A las dos. ¿Es niño o ni...?
Claro, claro. Ya la he avisado. No parece muy contenta, así que os dejaremos un momento a solas por si tenéis que hablar. Por favor, entra.
Sí. Gracias.

Ya no había vuelta atrás. Había entrado y ahí estaba Mary, tumbada en la camilla de la sala con su bebé en brazos. Una criatura tan diminuta que casi parecía de cristal; frágil y delicada. Un verdadero milagro de la naturaleza al que deseaba con todo su corazón estrechar entre sus brazos. El mismo sentimiento que sentía con Mary tras una semana sin verla ni saber nada de ella. Y a pesar de ser el abominable hombre de los monólogos interminables, en ese momento Isaac apenas tenía palabras para expresar lo que necesitaba decirle a su mujer. No encontraba la forma de comenzar una conversación sin ahogarse en esa intensa mirada mezcla de reproche y miedo que tanto lo destrozaba por dentro. Así que fue prudente y no se acercó demasiado. Sólo dio un par de pasos hasta colocarse a los pies de la camilla y aflojarse un poco la bufanda. Su aspecto desaliñado, su ropa sucia tras la caída y su abrigo con algún que otro caramelo y gominola colgando, no servían tampoco de ayuda en aquel momento.

Buenas noches Mary. ¿Cómo... cómo ha ido el parto?, ¿te encuentras bien?

Isaac Baker
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Isaac BakerProfesores

Mary J. Baker el Miér Feb 06, 2019 8:17 pm

Aquella semana había sido un espanto absoluto. Irse del apartamento y regresar a casa de su padre no había solucionado ni un poco su inquietud. No poder compartir con ellos el motivo por el que había dejado de aquella forma a su marido había desembocado en que tanto su padre como su madrastra insistieran cada vez que se presentaba la ocasión en que estaba siendo injusta con Isaac y que debería ir a hablar con él porque así era como se solucionaban las cosas. Ellos no lo entendían y no podía explicárselo.

Así que la tensión de mantener el secreto y aquel acoso y derribo, sumándose al miedo por la recién descubierta afiliación de su marido, a la ira de saberse engañada y a la, como poco, incomodidad de las contracciones preparatorias del parto que según su médico eran normales, habían sido su compañía durante aquellos siete días.

Hasta que hacía tan solo unas horas había roto aguas. Tres semanas antes de lo previsto. No hubo tiempo apenas para pensar. Su padre la llevó al hospital St. Mary, el más cercano a la casa de su padre. En los diez minutos que les llevó el trayecto ya había alcanzado la dilatación completa y tan sólo una hora después de haber roto la bolsa tenía al pequeño bebé en brazos. Pese a haber llegado antes de tiempo estaba sano y lloraba con fuerza. Y Mary lloraba con él, de alivio, de tensión, de alegría… y de tristeza al mismo tiempo, porque aquello no tenía que haber sido así.

El bebé era perfecto. Tal y como lo había soñado. Pequeñín pero gordito, con la cara aún congestionada por el parto. Lo tenía apoyado sobre el pecho, y no podía dejar de mirarlo. Aunque tuvo que hacerlo cuando su padre la informó de que Isaac estaba de camino.

¿Por qué?—exclamó, bajando el tono en cuanto notó que el pequeño se movía, probablemente en reacción al volumen— Te dije que no quería volver a verlo, papá…

Tiene derecho a conocer a su hijo, Mary.

No tenías derecho a decidir eso por mí, papá—le echó en cara notando como las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos—. No quiero que esté aquí.[/color]

Él simplemente se había encogido de hombros y había salido del cuarto, dejándola a solas para que se calmase… O, al menos, para no tener que aguantarla. Así que Mary volvió a mirar a su bebé, a John, el pequeño que tanto le había costado conseguir: el centro de su vida desde el instante en que supo que estaba embarazada.

La puerta se abrió al cabo de unos minutos. Ella respiró hondo y levantó la mirada, fijándola en él. Consiguió mantener serio el semblante pese a que en cuanto vio su rostro se le volvió a romper el corazón. ¿Cómo podía querer tanto a alguien capaz de unirse a los mortífagos? ¿Cómo podía alguien que había afirmado quererla unirse a ellos?

Todo ha ido bien. Los dos estamos bien—tomó aire una vez más para contener a esa parte de ella que quería superar el miedo y la ira y pedirle que la abrazase para disfrutar del momento como debía ser: como una familia. En lugar de eso, volvió a mirar al pequeñín y lo meció suavemente mientras le colocaba la mantita, asegurándose de que no cogiera frío—. No deberías haber venido.

Mary J. Baker
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Mary J. BakerMagos y brujas

Isaac Baker el Lun Feb 25, 2019 11:45 am

Aprovechando que la sala se había quedado vacía exceptuándolo a él, a su mujer y a su hijo, Isaac susurró lo que su alma necesitaba reconocer hace tanto tiempo. En aquellos momentos, haber perdido así al amor de su vida lo había destrozado. Y contar de una vez por todas la verdad, no era ni la mitad de doloroso o arriesgado que saber que no volvería a verla ni a ella ni a su hijo nunca si no desvelaba su mayor secreto.

Debí confesártelo hace mucho, mucho tiempo... —"No me atreví", "no quise ponerte en peligro", "era demasiado arriesgado" todas aquellas frases inundaron su mente, pero no podía volver a hacer otro monólogo o ella lo detendría y jamás volvería a tener la oportunidad de que lo escuchase. Tenía que ser directo.— No soy un mortífago. Trabajo para ellos, sí. He hecho barbaridades, he matado a muchas personas, y he tenido que cometer crímenes de los que me arrepentiré el resto de mi existencia. Pero mi verdadero propósito no es el de apoyar al-que-no-debe-ser-nombrado, sino a Dumbledore. —al fin lo había dicho. Al fin lo había revelado. Pero eso no significaba que fuera a creerlo. Quiso acercarse, pero el miedo al rechazo lo obligó a quedarse donde estaba.— Soy un agente encubierto. Desde la adolescencia. Desde que no era más que un crío adolescente con una recién descubierta ideología y fidelidad hacia el nuevo director de Hogwarts.

¿Era el mejor momento para soltar la bomba? Probablemente no. Lo sabía. Mary estaba sensible, necesitaba descansar, y su hijo... su pequeño recién nacido necesitaba a su madre. Pero si no le contaba esto ahora, quizás no había un después.

Por eso, durante nuestro noviazgo, desaparecí tantos años. Por eso muchas veces corté contigo y fui tan estúpido. Tan cruel. —sus ojos se humedecieron. Sin embargo, Isaac no se permitió mostrar sus lágrimas. No aún.— Pero hace muchos años que mi amor por ti precede a todo lo demás, Mary. Y lo único que he buscado todo este tiempo es tu felicidad, tu seguridad... Si te alejas de mi no seré capaz de hacerlo. —tragó saliva, se humedeció los labios y se acercó un paso más, con un gesto de súplica tanto en su mirada como en el resto de sus intenciones— Por dios Mary, me he perdido el nacimiento de mi hijo... por favor, no hagas que me pierda también su infancia... Os necesito...

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Mary J. Baker el Lun Mar 11, 2019 1:21 pm

Quería creerle. Dios, deseaba creerle con muchas ganas. Demasiadas. Y todo parecía demasiado conveniente. ¿Por qué no se lo había contado? No le valía la excusa de que buscaba su seguridad. Ella era más que capaz de cuidar de sí misma, capaz de guardar un secreto, capaz de ayudarle si lo hubiera necesitado.

Así que, en la mente de Mary sólo cabían dos posibilidades:  bien le estaba contando una mentira para cubrirse y realmente sí que era un mortífago convencido, en cuyo caso no entendía qué podía haberlo llevado a casarse con ella en primer lugar; o bien le estaba diciendo la verdad y no confiaba en ella lo suficiente como para decirle la verdad desde un primer momento y sólo se había dignado a contárselo cuando la situación se había puesto demasiado en contra. Y si bien la segunda opción era mejor, eso no quería decir que a Mary le gustase en lo más mínimo.

Isaac… No sé… no sé qué pensar…—murmuró bajando la mirada hacia su pequeño, meciéndolo ligeramente—Yo… —dejó escapar un suspiro antes de volver a mirarlo a los ojos, fijamente, intentando entenderlo como creía que lo hacía hasta hacía tan solo unos días— Necesito tiempo para aclararme…

En ese momento John dejó escapar un quejidito, no llegando a ser un llanto, y toda la atención de Mary volvió a pasar al chiquitín, meciéndolo y acallándolo con un dulce susurro, ofreciéndole un dedo para que lo agarrase con su manita, con esa sorprendente fuerza que tienen los bebés.

¿Quieres cogerlo?—preguntó en un murmurllo, sin mirar a su marido, con un impulso que no pudo contener.

Mary J. Baker
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Mary J. BakerMagos y brujas

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