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Call me maybe [Sam y Leo]

Leonardo Lezzo el Mar Feb 19, 2019 12:13 am

Leo tenía un claro objetivo aquella tarde, conseguir un teléfono móvil. Había descartado la idea de ir a un centro comercial por la razón obvia de que allí había demasiada gente y demasiadas cámaras. Se había vuelto muy paranoico con la seguridad, casi rozando la locura. Intentaba no pasar por delante de cámaras, ni de edificios que pudiesen tenerlas. No esperaba más de cinco minutos a ser atendido en cualquier local. Sentía una opresión en el pecho cada vez que alguien caminaba detrás de él muy cerca. Lo estaba pasando realmente mal. Pero necesitaba uno de esos móviles para poder comunicarse con otros. Lohran tenía su propia cabina, él quería tener algo desde donde llamar. Entró en la tienda mirando a todos los lados. Era medio día y no había ningún cliente. Solamente dos chicas sonrientes agradeciendo que entrase alguien. Leo sonrió algo nervioso repasando el monólogo que había ido preparando y ensayando durante un par de días. - Hola. Am... Necesito un teléfono móvil. De esos que se tienen que recargar cuando se te termina el saldo. - Se acercó una muchacha joven, con rostro amable. Su intención no era hacer caso al chico, pretendía vender el mejor producto al mejor precio. - Verá, señor, ¿no prefiere un smartphone con la mejor tecnología? Podrá realizar videollamadas, capturar imágenes con la mejor calidad, y tiene espacio para aplicaciones tan necesarias como Facebook, Instagram, Twitter, Tinder... - Leo no estaba entendiendo ni la mitad de aquella conversación y su expresión lo dejaba bastante claro. - No, no, solo necesito un móvil básico. Para llamar y que me llamen. El típico Nokia de esos con tapita. - Acompañó la frase con un movimiento de la mano.

La chica sonreía, la otra se aguantaba la risa, y Leo estaba tenso como un preso en el túnel de la muerte. No iba a ponerse grosero porque no es su estilo, solo quería un móvil normal. Sin tinder, ni kinder, ni aplicaciones. Tenía que pasar al plan b. - Es para mi abuela. Le han robado el que tenía y se lo quiero regalar. - Las dos dependientas se miraron con complacencia. Eso ya les parecía más normal que que un joven no tuviese un smartphone con kinder y tinder. La chica asintió y entró en la trastienda. Tardó nada en volver. - Este es un Nokia irrompible. - Rió con su propio chiste, Leo no cambió de expresión. - ¿Quieres que le grabemos ya tu número de teléfono? Así podrá llamarte enseguida para agradecértelo. - De ser una película o una sitcom se hubiesen escuchado grillos. ¿Estaba intentando ligar con él? ¿Pretendía la chica agregar a Leo al Tinder? Se había equivocado de chico. Primera y principal porque él era un hombre de palabra, y le iba a ser fiel a Eva aunque Monica Bellucci apareciese en en su vida queriendo casarse con él. Y segundo, porque Leo no entendía que estaban ligando con él ni cuando estaban ligando descaradamente con él. Así que zanjó la conversación de inmediato. - No, tranquila, eso puedo hacerlo yo luego. Solamente el móvil. Y una tarjeta sim nueva. - La chica le pidió algunos datos que Leo no dudó en inventarse. No iba a correr el riesgo de tener un número de teléfono con su nombre verdadero. Así que dio el de su supuesta abuela. Pensó en el nombre más inglés que se le ocurrió. - Sally Wright. - Pagó el teléfono que para Leo supuso un gran desembolso. Él no tenía ni idea que el smartphone que pretendían venderle era cincuenta veces más caro. Después de eso salió de la tienda casi sin despedirse, con la bolsa roja con su nuevo teléfono dentro, sin armar. Tendría que poner la tarjeta en su sitio, cargarlo, introducir algunos datos y, como no, ponerle algo de saldo. Quería llegar pronto al refugio para ponerse con ello. Con suerte podría ver a Eva y contarle la novedad. Iba tan rápido que no miró a nadie, iba agarrando la bolsa como si llevase dentro un tesoro y mirando al suelo. 
Leonardo Lezzo
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Sam J. Lehmann el Vie Feb 22, 2019 4:27 am

No sé si alguna vez habéis experimentado el sentirse humillado y poco valorado por tu propia familia, pero Lucas Mahalo sabía lo que eso significaba. Era el menor de una familia purista y él no era más que un chico de veintiún años cargado de ambiciones infundadas, pero sin maldad interior con la que querer realmente seguir los pasos de ninguno de los miembros de su familia. Él lo intentaba aún así, porque para él, desde pequeñito, lo único importante era contentar a la familia y ser uno más.

Y quizás por eso, aún sin quererlo del todo, perseguía esa noche a Leonardo Lezzo. No le pasó desapercibido su rostro cuando lo vio en aquella tienda de casualidad, después de haberse empollado durante tanto tiempo a los fugitivos más veteranos y es que Lezzo, precisamente, llevaba mucho tiempo siendo buscado por el gobierno.

Lo perseguía por la calle de enfrente, sin perderse detalle de todo lo que hacía. Asumía que estaría buscando un lugar en el que esconderse en el que poder desaparecerse, pues sería un craso error por su parte ir caminando hacia ningún refugio que pudiese tener. Es por eso que cuando lo vio bajar las escaleras hacia el metro, no dudó en evitar que pudiera desaparecerse, creando una barrera que le impediría irse a ningún lado. Cogió entonces aire, se subió la cremallera de su chaqueta y cruzó la calle hacia allí. Demostraría de lo que era capaz.

Caminó de manera directa tras de Leonardo, dispuesto a cogerlo totalmente desprevenido y atacarle por la espalda. No tenía intención alguna de jugar con honor, ¿eso de qué servía?


***

Mientras tanto, Samantha iba tecleando en su smartphone, pues hablaba por WhatsApp con dos personas: Gwendoline y Luca, su padre. Acababa de salir del Juglar Irlandés y estaba deseando llegar a su casa para pegarse tremendo baño con espuma que, por lo cansada que estaba, creía que se iba a quedar dormida ahí.

Caminaba hacia el metro, un lugar al que solía ir de vez en cuando cuando salía antes de trabajar, pues al no cerrar la tienda, no podía aparecerse en soledad por la zona. De esta manera tenía que irse un poco más lejos para poder encontrar un lugar decente en el que nadie se diese cuenta. Así que avisó a sus respectivos chats que estaba a punto de llegar a la casa y cuando intentó aparecerse…

Meh.

No pudo.

De repente se sintió contrariada: se había fijado en que nadie la hubiese perseguido, ¿cómo era posible que no pudiese? Por si acaso se guardó el móvil y sacó la varita, subiendo por las escaleras de emergencia en las que no había nadie para ver qué narices pasaba. No había nadie en el pasillo, ni en las escaleras... Bueno, sí, había un señor tocando el violín en mitad del pasillo, pero dudaba mucho que ese tipo tuviese algo que ver.

Por supuesto, Lucas Mahalo había entrado por otra entrada y aquella barrera le había perjudicado a ella también. Era curioso como Mahalo, en un intento por venirse arriba, había conseguido mantener encerrados en aquella cloaca a dos ratas fugitivas, aunque él todavía no lo tuviera nada claro. Lo importante es: ¿sabría aprovechar su momento de gloria?
Sam J. Lehmann
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Leonardo Lezzo el Miér Feb 27, 2019 1:13 am

Había recorrido el camino hasta el refugio muchas veces, por caminos distintos siempre para llegar al mismo lugar. Algunas veces asustado, otras veces ilusionado. Hoy iba rápido, sin pensar demasiado en nada, simplemente en las oportunidades de información que podría tener a partir de ahora. Confiaba en Lohran, y pronto se lo haría saber. Cuando se conocieron no pudo darle ninguna información personal por la seguridad de ambos, pero ahora podrían estar conectados. Leo ni siquiera sabía si recordaría como usar uno de esos teléfonos pero estaba entusiasmado con la idea. También podría llamar a Eva y preguntarle como estaba, escuchar su voz y saber si estaba todo bien. No había tenido oportunidad de usar uno de esos cacharros en su vida. En Hogwarts no funcionaban, y fuera de allí no necesitaba de un teléfono para hablar con sus amigos. Le bastaba con usar a Zo.

Sin darse a penas cuenta el chico entró en el metro. Siempre vigilando a un lado y otro de la calle, no le pareció ver nada sospechoso. Bajó el tramo de escaleras buscando, como siempre, el baño. Entonces lo notó. Alguien iba detrás de él. Leo acarició su varita, que estaba escondida dentro del bolsillo, y se giró. Allí había un chico joven, varita en mano, con claras intenciones de atacarle. Leo no iba a atacar primero, pero si sacó la varita por si tenía que defenderse. El lugar estaba bastante despejado debido a la hora. Quizás en cuando llegase el próximo metro la estación se llenaría. - ¿Qué quieres? - Preguntó Leo sin dubitaciones. -
A ti, escoria. - Respondió inmediatamente el perseguidor. Acto seguido lanzó un ataque que Leo pudo esquivar. Se escuchó un estruendo detrás de él. Unas sillas habían salido volando. El fugitivo puso todo su empeño en aquella pelea. Ya no peleaba solamente por él, peleaba por toda la gente del refugio, por Eva, por Lohran. Ahora que su vida empezaba a tener sentido no se la iban a arrebatar.

Consiguió parar los siguientes tres ataques del perseguidor. Quería atacar él pero no estaba teniendo muchas oportunidades. Era muy diestro con la varita, tan bueno como Leo con la defensa. El chico buscaba poder quitarle la varita. Sin ella sería mucho más fácil pelear. Cuerpo a cuerpo, exacto, lo que mejor se le daba. Pero no estaba teniendo ocasión de hacer nada, solamente defenderse. Detrás de él iban saltando algunos trozos de pared. ¿Y si había algún muggle allí? Leo quiso cerciorarse de que allí no había ninguna persona y no fue lo suficientemente rápido. De hecho, fue una estupidez. Un hechizo le impactó en el abdomen, y cayó al suelo. Desde el mismo suelo se defendió de nuevo. Tenía el cuerpo dolorido pero aquello no le iba a hacer parar. Tenía que seguir luchando por su vida, y ganar.


Última edición por Leonardo Lezzo el Vie Mar 08, 2019 1:03 am, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Vie Mar 01, 2019 1:52 am

En su intento de no ponerse nerviosa frente a esa inesperada barrera anti-aparición que no tenía ni idea de dónde había salido, escuchó ruidos al otro lado de donde se encontraba, a través de un pasillo totalmente diferente a donde se encontraba el señor bohemio del violín. De hecho, hasta ese pobre señor se sorprendió de todo lo que estaba escuchando: cosas explotando, azulejos cayendo al suelo, golpes…

Sam no dudó ni un momento en correr hacia la dirección de los sonidos. Y tú pensarías: “menuda masoquista, la madre que la trajo.” Y sí, la verdad, no tenía otro nombre, ¿pero qué iba a hacer? Su experiencia le decía que ese tipo de sonidos era claramente de magia y si ahí dentro habían dos personas peleándose, indudablemente una pertenecía a su mismo sector: el de los renegados. Y si ahí dentro había una persona aliada en problemas, ella no iba a dudar en ir a ayudarlo, porque así era ella. Le gustaba pensar que todas las personas en su misma situación, tendrían los mismos impulsos, aunque era bien consciente de que no iba a ser así y que muchos solo velaban por sí mismos. Sam, sin embargo, a veces pecaba de ilusa y de buena, pero se negaba a quedarse de brazos cruzados en esa guerra si tenía la oportunidad de contribuir en el cambio.

Corrió por el pasillo hasta llegar a la otra entrada y vio lo que ocurría: dos personas duelándose. Una estaba en el suelo y otra estaba atosigándolo en ataques. Sam apuntaba pero… ¿¡a quién narices debía de proteger, maldita sea!? ¡Hacía meses que no veía los dichosos carteles de Se Busca! No obstante, su ideal habló por sí solo: cuando vio que el que estaba de pie había desarmado al que estaba en el suelo y le iba a atacar con una cara de perversión terrible, Sam apuntó y evitó el ataque, creando una barrera alrededor del indefenso.

Que quizás era ‘el malo’, ¡pero no podía dejar que alguien matase a otro alguien! ¡O lo que fuera que fuese a hacerle! Sin embargo, cuando la persona que estaba de pie se giró hacia Sam, supo perfectamente que no había errado. La apuntó con la varita y de un rápido movimiento la expulsó hacia atrás. Fue muy rápido, por lo que impactó, pero ella al menos pudo crear un Aura que la protegió del golpe contra las máquinas de cargo de la tarjeta del metro, por lo que no se hizo daño. No dudó en devolverle el ataque y, mientras éste se protegía, con un movimiento de su varita, hizo que la varita del indefenso saliese volando hacia él para que volviese a estar armado y poder ser dos contra uno.

No apuntó muy bien debido al estrés, por lo que la varita del fugitivo iba directa a impactarle en la frente como no estuviese atento a ese movimiento.

El enemigo no se dio cuenta de que le había lanzado la varita, por lo que cuando vio la oportunidad volvió a atacar a Samantha, con intenciones de quitársela de encima. Unas cadenas salieron de su varita de manera hostil y violenta, cortando el aire en su dirección mientras daban vueltas. Las había soltado por completo, por tanto dichas cadenas no estaban encadenadas a su varita, por lo que Sam las encantó en el aire, las hizo coger una curva y se las volvió a lanzar a él.
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Leonardo Lezzo el Vie Mar 08, 2019 1:02 am

Todo sucedió muy deprisa, como suelen suceder esas cosas. Los hechizos vuelan rápido y salvar el pellejo es lo único que importa. Aunque eso a Leo no se le estaba dando bien del todo. El chico le atacaba con violencia mientras él se defendía desde el suelo, como podía. Por suerte había conservado la varita aunque no había podido conservar la horizontalidad. Aquella alegría le duró poco, el presunto mortifago le desarmó. Quedó en el suelo e indefenso. Alguien llegó en el momento idóneo para que no entregase el pellejo aquel día. A pesar de no tener varita, el hechizo de ataque del mortifago no impactó en Leo. Ninguno de los dos entendía que estaba pasando. Y es que allí había una tercera persona. El mortifago se giró al instante apuntando a esa persona en lo que el chico aprovechó para rodar sobre si mismo y levantarse para buscar su varita. Atinó a ver a una rubia al otro lado, defendiéndose del tipo. Al mismo tiempo lanzó hacia Leo su varita, que el chico atrapó con gracia y sin esfuerzo. La había visto venir y sus buenos reflejos ayudaron.

En ese momento eran dos contra uno. No podía imaginar porque la chica se había decantado por ayudarle a él, pero tenía una vaga idea. La cara del otro chico dejaba que no era ningún santo, atacaba a traición y con toda la intención de aniquilar. Se ve a la legua que es un mortifago, un aliado del gobierno o un auror. O puede que las tres cosas a la vez. En cambio, viendo a Leo es de suponer que es un mago corriente, o un fugitivo. ¿Qué otros motivos puede tener un mortifago para atacar a alguien en un lugar público? Solamente dos, el reconocimiento o el dinero. O ambas cosas. Viendo que la mujer se había decantado por atacar al mortifago era de suponer que no estaba de su parte. Y si no está de su parte es que es buena gente.  

La chica había reaprovechado un encantamiento con cadenas y las había lanzado contra el posible mortifago. Este, con bastante buen manejo de la varita las había desviado hacia la pared causando un buen estruendo. Leo estaba detrás, bien podía atacarlo por la espalda. Pero aquel mago horrible sabía bien que ahora estaba rodeado, y empezó a moverse y a lanzar hechizos a diestro y siniestro. Estaba rodeado y usaba un recurso que a Leo le recordó al Mono Borracho, una película de Jackie Chan. Sus hechizos volaban por toda la estación y el chico se protegía como podía. Intentó lanzarle un Petrificus Totalus y no acertó. En ese momento le impactó uno de los muchos hechizos que conjuraba el mortifago y salió volando hacia atrás. Se levantó todo lo rápido que pudo y continuó protegiéndose. Más pronto o más tarde terminaría cansándose de lanzar hechizos sin ton ni son y podría pararle los pies. Por el momento Leo hacía bastante con no recibir ningún otro conjuro.  
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Sam J. Lehmann el Sáb Mar 09, 2019 4:31 am

El mortífago se vio en un dilema al ver que el otro chico iba por detrás de él, mientras seguía teniendo a Samantha en la parte frontal. Estar rodeado siempre era sinónimo de desventaja y, estando en desventaja con dos enemigos era muy probable que terminase fallando. Él lo sabía y por eso entró en modo desesperado, intentando no darle oportunidad alguna a los fugitivos a hacer nada contra él. Si impedía eso, seguiría teniendo oportunidades, siempre y cuando nadie le parase los pies. Y claro, el muy subnormal había creado una barrera antiaparición creyendo que sólo estaría contra el chico y lo cogería por sorpresa, por lo que ahora no podía aparecerse en ningún sitio y huir de una batalla que claramente se había puesto en su contra.

A Sam no le daba ninguna pena. Lo único que le daba pena era no tener ese instinto vengativo como para que ese tipo se llevase el mismo escarmiento que pretendía darle al pobre muchacho que estaba en el suelo. Ojalá ser tan despiadada, o al menos tener la capacidad de castigar a las personas como ellos no dudarían en castigarte a ti.

Sin embargo, Samantha no iba a permitir que uno de esos hechizos le diese sin querer y le buscase totalmente la ruina, básicamente porque como le hiciese algo, ya se encargaba luego Gwendoline de matarla por haberse metido en mitad de ese enfrentamiento que no le incumbía en absoluto. Así que se escondió detrás de una de las columnas, notando como la parte de atrás de dicha columna recibía algún que otro hechizo que rompía los azulejos y los hacía caer al suelo. Esperó unos segundos, tomó aire profundamente y se asomó por un lateral, apuntando al tipo. Uno de sus maldiciones volaba hacia ella, pero fue capaz de agacharse a tiempo de que no le diera y le pasase por arriba, estallando en la pared del fondo. Desde esa posición flexionada, apuntó al tipo y con un hechizo derribador lo hizo volar por los aires hacia atrás. Debido a la posición en la que se encontraba, voló hacia el fondo, lugar en donde se encontraba el otro fugitivo, justo cerca de las escaleras.

El enemigo cayó por las escaleras mecánicas y llegó al final, intentando ponerse en pie con evidente dolor en la espalda y algo de sangre en alguna herida de la cabeza. Sam había corrido hacia donde se encontraba el fugitivo, justo en la punta de arriba de aquellas escaleras. El mortífago los miró desde abajo y salió corriendo de allí hacia las vías del metro, sin volver a atacar. No había otra salida más que irse por las vías o coger el metro, por lo que Sam miró a Leonardo Lezzo, pese a que ahora mismo y tras haberlo visto mucho tiempo en los carteles de 'Se Busca', no cayó en que era él. Demasiados carteles había y hacía demasiado que no los había vuelto a ver. —¿Quieres perseguirlo? ¿Estás bien?

Porque no, Sam no quería perseguirlo ni lo iba a hacer. Aquel hombre no era su problema y no iba a perseguir el peligro. El único motivo por el que había entrado era porque aquel tipo a saber qué hubiese hecho con aquel muchacho de no haber hecho nada para evitarlo. Si el peligro huía, mejor para ella, pues lo único que quería es que a él no le pasase nada. Al menos, después del desempeño de aquel mortífago, sabía que había ayudado a la parte adecuada.
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Leonardo Lezzo el Vie Mar 22, 2019 11:43 pm

A pesar de la edad y la experiencia en duelos Leo siempre terminaba pareciendo un cachorrillo apaleado, tembloroso y asustado ante un ataque. Como si fuese aún aquel aprendiz de mago en su primer año con la varita. Después lograba defenderse casi siempre, saliendo ileso, y mostrando sus dotes de Auror. Pero siempre estaba ahí la duda sobre su magia. Titubeando con la varita en la mano. Pero esta noche lo habían acorralado y así se sentía, Asustado y nervioso, y sin ganas de perder. Como siempre, el cazador era mucho más fiero que la presa y no dudaba en atacar a diestro y siniestro mientras que Leo se mostraba cauto.

Gracias a Dios había alguien más en aquella estación y no iba en su contra. Fuese quien fuese, atacaba al cazador y no a él. La ayuda siempre era bienvenida en ocasiones como esta. Sumaron fuerzas, dos desconocidos, para luchar contra la desigualdad que se estaba produciendo. Estalló un tumulto de hechizos y contrahechizos que iban y venían, rompiendo todo aquello que encontraban a su paso. Leo se defendía con fervor y soltaba algún ataque de vez en cuando, pues no le resultaba nada fácil entre tanto ataque. Estaban dejando la estación como si una bomba hubiese estallado en ella. En un momento dado, la mujer consiguió devolverle un hechizo al atacante y este rodó por las escaleras. Leo corrió hacía el hueco de las escaleras para ver solamente como escapaba aquel tipo. Suspiró como un perro que pierde a su presa, aunque más bien se sentía aliviado por no tener que lidiar con una batalla larga y agoniosa en la que terminaba herido. La mujer, que había visto mejor que él como huya el tipo, preguntó si tenía pensado ir tras él. Leo negó fervientemente con la cabeza. – No será necesario, me conformo con poder salir vivo de aquí. – Giró la cabeza y sonrió. – Lo siento. No me he dado cuenta de que me seguía y cuando me he querido dar cuenta lo tenía encima. ¿Tú estás bien? – Leo no era caballeroso, era educado. Hubiese hecho la misma pregunta a un hombre. Se sentía agradecido y a simple vista no veía ninguna herida en ella, pero quería estar seguro. – Agradezco que me hayas ayudado. Ese tipo estaba fuera de sí… – Viendo el estado de la estación, era increíble que no hubiese heridos. De forma un tanto simple, el chico fue usando la magia para arreglar un poco aquellos desperfectos.

Necesitaba saber quién era la mujer y porque le había ayudado. Pero tampoco pretendía molestarla ni ofenderla después de lo bien que se había portado con él. Así que decidió presentarse, con galeones y todo. – Me llamo Leo, ofrecen 25.000 jugosos galeones por mi cabeza. Ese tipo sería un “Auror”. – Pronunció la palabra como si le repudiase. Pues llamar Auror a aquella clase de escoria le asqueaba. – O un cazarecompensas. Seguro que ahora te parezco de lo más atractivo. ¿Verdad? – El chico se rio de su propia broma, soltando la tensión acumulada. Por supuesto que no esperaba resultar atractivo, eso le daba igual, él ya tenía a su novia y no necesitaba a nadie más. Lo decía por los galeones que ofrecían por él, una pequeña lotería que cambiaría la vida a cualquiera que tuviese la mala sangre de apresarle.
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