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Call me maybe [Sam y Leo]

Leonardo Lezzo el Mar Feb 19, 2019 12:13 am

Leo tenía un claro objetivo aquella tarde, conseguir un teléfono móvil. Había descartado la idea de ir a un centro comercial por la razón obvia de que allí había demasiada gente y demasiadas cámaras. Se había vuelto muy paranoico con la seguridad, casi rozando la locura. Intentaba no pasar por delante de cámaras, ni de edificios que pudiesen tenerlas. No esperaba más de cinco minutos a ser atendido en cualquier local. Sentía una opresión en el pecho cada vez que alguien caminaba detrás de él muy cerca. Lo estaba pasando realmente mal. Pero necesitaba uno de esos móviles para poder comunicarse con otros. Lohran tenía su propia cabina, él quería tener algo desde donde llamar. Entró en la tienda mirando a todos los lados. Era medio día y no había ningún cliente. Solamente dos chicas sonrientes agradeciendo que entrase alguien. Leo sonrió algo nervioso repasando el monólogo que había ido preparando y ensayando durante un par de días. - Hola. Am... Necesito un teléfono móvil. De esos que se tienen que recargar cuando se te termina el saldo. - Se acercó una muchacha joven, con rostro amable. Su intención no era hacer caso al chico, pretendía vender el mejor producto al mejor precio. - Verá, señor, ¿no prefiere un smartphone con la mejor tecnología? Podrá realizar videollamadas, capturar imágenes con la mejor calidad, y tiene espacio para aplicaciones tan necesarias como Facebook, Instagram, Twitter, Tinder... - Leo no estaba entendiendo ni la mitad de aquella conversación y su expresión lo dejaba bastante claro. - No, no, solo necesito un móvil básico. Para llamar y que me llamen. El típico Nokia de esos con tapita. - Acompañó la frase con un movimiento de la mano.

La chica sonreía, la otra se aguantaba la risa, y Leo estaba tenso como un preso en el túnel de la muerte. No iba a ponerse grosero porque no es su estilo, solo quería un móvil normal. Sin tinder, ni kinder, ni aplicaciones. Tenía que pasar al plan b. - Es para mi abuela. Le han robado el que tenía y se lo quiero regalar. - Las dos dependientas se miraron con complacencia. Eso ya les parecía más normal que que un joven no tuviese un smartphone con kinder y tinder. La chica asintió y entró en la trastienda. Tardó nada en volver. - Este es un Nokia irrompible. - Rió con su propio chiste, Leo no cambió de expresión. - ¿Quieres que le grabemos ya tu número de teléfono? Así podrá llamarte enseguida para agradecértelo. - De ser una película o una sitcom se hubiesen escuchado grillos. ¿Estaba intentando ligar con él? ¿Pretendía la chica agregar a Leo al Tinder? Se había equivocado de chico. Primera y principal porque él era un hombre de palabra, y le iba a ser fiel a Eva aunque Monica Bellucci apareciese en en su vida queriendo casarse con él. Y segundo, porque Leo no entendía que estaban ligando con él ni cuando estaban ligando descaradamente con él. Así que zanjó la conversación de inmediato. - No, tranquila, eso puedo hacerlo yo luego. Solamente el móvil. Y una tarjeta sim nueva. - La chica le pidió algunos datos que Leo no dudó en inventarse. No iba a correr el riesgo de tener un número de teléfono con su nombre verdadero. Así que dio el de su supuesta abuela. Pensó en el nombre más inglés que se le ocurrió. - Sally Wright. - Pagó el teléfono que para Leo supuso un gran desembolso. Él no tenía ni idea que el smartphone que pretendían venderle era cincuenta veces más caro. Después de eso salió de la tienda casi sin despedirse, con la bolsa roja con su nuevo teléfono dentro, sin armar. Tendría que poner la tarjeta en su sitio, cargarlo, introducir algunos datos y, como no, ponerle algo de saldo. Quería llegar pronto al refugio para ponerse con ello. Con suerte podría ver a Eva y contarle la novedad. Iba tan rápido que no miró a nadie, iba agarrando la bolsa como si llevase dentro un tesoro y mirando al suelo. 
Leonardo Lezzo
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Sam J. Lehmann el Vie Feb 22, 2019 4:27 am

No sé si alguna vez habéis experimentado el sentirse humillado y poco valorado por tu propia familia, pero Lucas Mahalo sabía lo que eso significaba. Era el menor de una familia purista y él no era más que un chico de veintiún años cargado de ambiciones infundadas, pero sin maldad interior con la que querer realmente seguir los pasos de ninguno de los miembros de su familia. Él lo intentaba aún así, porque para él, desde pequeñito, lo único importante era contentar a la familia y ser uno más.

Y quizás por eso, aún sin quererlo del todo, perseguía esa noche a Leonardo Lezzo. No le pasó desapercibido su rostro cuando lo vio en aquella tienda de casualidad, después de haberse empollado durante tanto tiempo a los fugitivos más veteranos y es que Lezzo, precisamente, llevaba mucho tiempo siendo buscado por el gobierno.

Lo perseguía por la calle de enfrente, sin perderse detalle de todo lo que hacía. Asumía que estaría buscando un lugar en el que esconderse en el que poder desaparecerse, pues sería un craso error por su parte ir caminando hacia ningún refugio que pudiese tener. Es por eso que cuando lo vio bajar las escaleras hacia el metro, no dudó en evitar que pudiera desaparecerse, creando una barrera que le impediría irse a ningún lado. Cogió entonces aire, se subió la cremallera de su chaqueta y cruzó la calle hacia allí. Demostraría de lo que era capaz.

Caminó de manera directa tras de Leonardo, dispuesto a cogerlo totalmente desprevenido y atacarle por la espalda. No tenía intención alguna de jugar con honor, ¿eso de qué servía?


***

Mientras tanto, Samantha iba tecleando en su smartphone, pues hablaba por WhatsApp con dos personas: Gwendoline y Luca, su padre. Acababa de salir del Juglar Irlandés y estaba deseando llegar a su casa para pegarse tremendo baño con espuma que, por lo cansada que estaba, creía que se iba a quedar dormida ahí.

Caminaba hacia el metro, un lugar al que solía ir de vez en cuando cuando salía antes de trabajar, pues al no cerrar la tienda, no podía aparecerse en soledad por la zona. De esta manera tenía que irse un poco más lejos para poder encontrar un lugar decente en el que nadie se diese cuenta. Así que avisó a sus respectivos chats que estaba a punto de llegar a la casa y cuando intentó aparecerse…

Meh.

No pudo.

De repente se sintió contrariada: se había fijado en que nadie la hubiese perseguido, ¿cómo era posible que no pudiese? Por si acaso se guardó el móvil y sacó la varita, subiendo por las escaleras de emergencia en las que no había nadie para ver qué narices pasaba. No había nadie en el pasillo, ni en las escaleras... Bueno, sí, había un señor tocando el violín en mitad del pasillo, pero dudaba mucho que ese tipo tuviese algo que ver.

Por supuesto, Lucas Mahalo había entrado por otra entrada y aquella barrera le había perjudicado a ella también. Era curioso como Mahalo, en un intento por venirse arriba, había conseguido mantener encerrados en aquella cloaca a dos ratas fugitivas, aunque él todavía no lo tuviera nada claro. Lo importante es: ¿sabría aprovechar su momento de gloria?
Sam J. Lehmann
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Leonardo Lezzo el Miér Feb 27, 2019 1:13 am

Había recorrido el camino hasta el refugio muchas veces, por caminos distintos siempre para llegar al mismo lugar. Algunas veces asustado, otras veces ilusionado. Hoy iba rápido, sin pensar demasiado en nada, simplemente en las oportunidades de información que podría tener a partir de ahora. Confiaba en Lohran, y pronto se lo haría saber. Cuando se conocieron no pudo darle ninguna información personal por la seguridad de ambos, pero ahora podrían estar conectados. Leo ni siquiera sabía si recordaría como usar uno de esos teléfonos pero estaba entusiasmado con la idea. También podría llamar a Eva y preguntarle como estaba, escuchar su voz y saber si estaba todo bien. No había tenido oportunidad de usar uno de esos cacharros en su vida. En Hogwarts no funcionaban, y fuera de allí no necesitaba de un teléfono para hablar con sus amigos. Le bastaba con usar a Zo.

Sin darse a penas cuenta el chico entró en el metro. Siempre vigilando a un lado y otro de la calle, no le pareció ver nada sospechoso. Bajó el tramo de escaleras buscando, como siempre, el baño. Entonces lo notó. Alguien iba detrás de él. Leo acarició su varita, que estaba escondida dentro del bolsillo, y se giró. Allí había un chico joven, varita en mano, con claras intenciones de atacarle. Leo no iba a atacar primero, pero si sacó la varita por si tenía que defenderse. El lugar estaba bastante despejado debido a la hora. Quizás en cuando llegase el próximo metro la estación se llenaría. - ¿Qué quieres? - Preguntó Leo sin dubitaciones. -
A ti, escoria. - Respondió inmediatamente el perseguidor. Acto seguido lanzó un ataque que Leo pudo esquivar. Se escuchó un estruendo detrás de él. Unas sillas habían salido volando. El fugitivo puso todo su empeño en aquella pelea. Ya no peleaba solamente por él, peleaba por toda la gente del refugio, por Eva, por Lohran. Ahora que su vida empezaba a tener sentido no se la iban a arrebatar.

Consiguió parar los siguientes tres ataques del perseguidor. Quería atacar él pero no estaba teniendo muchas oportunidades. Era muy diestro con la varita, tan bueno como Leo con la defensa. El chico buscaba poder quitarle la varita. Sin ella sería mucho más fácil pelear. Cuerpo a cuerpo, exacto, lo que mejor se le daba. Pero no estaba teniendo ocasión de hacer nada, solamente defenderse. Detrás de él iban saltando algunos trozos de pared. ¿Y si había algún muggle allí? Leo quiso cerciorarse de que allí no había ninguna persona y no fue lo suficientemente rápido. De hecho, fue una estupidez. Un hechizo le impactó en el abdomen, y cayó al suelo. Desde el mismo suelo se defendió de nuevo. Tenía el cuerpo dolorido pero aquello no le iba a hacer parar. Tenía que seguir luchando por su vida, y ganar.


Última edición por Leonardo Lezzo el Vie Mar 08, 2019 1:03 am, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Vie Mar 01, 2019 1:52 am

En su intento de no ponerse nerviosa frente a esa inesperada barrera anti-aparición que no tenía ni idea de dónde había salido, escuchó ruidos al otro lado de donde se encontraba, a través de un pasillo totalmente diferente a donde se encontraba el señor bohemio del violín. De hecho, hasta ese pobre señor se sorprendió de todo lo que estaba escuchando: cosas explotando, azulejos cayendo al suelo, golpes…

Sam no dudó ni un momento en correr hacia la dirección de los sonidos. Y tú pensarías: “menuda masoquista, la madre que la trajo.” Y sí, la verdad, no tenía otro nombre, ¿pero qué iba a hacer? Su experiencia le decía que ese tipo de sonidos era claramente de magia y si ahí dentro habían dos personas peleándose, indudablemente una pertenecía a su mismo sector: el de los renegados. Y si ahí dentro había una persona aliada en problemas, ella no iba a dudar en ir a ayudarlo, porque así era ella. Le gustaba pensar que todas las personas en su misma situación, tendrían los mismos impulsos, aunque era bien consciente de que no iba a ser así y que muchos solo velaban por sí mismos. Sam, sin embargo, a veces pecaba de ilusa y de buena, pero se negaba a quedarse de brazos cruzados en esa guerra si tenía la oportunidad de contribuir en el cambio.

Corrió por el pasillo hasta llegar a la otra entrada y vio lo que ocurría: dos personas duelándose. Una estaba en el suelo y otra estaba atosigándolo en ataques. Sam apuntaba pero… ¿¡a quién narices debía de proteger, maldita sea!? ¡Hacía meses que no veía los dichosos carteles de Se Busca! No obstante, su ideal habló por sí solo: cuando vio que el que estaba de pie había desarmado al que estaba en el suelo y le iba a atacar con una cara de perversión terrible, Sam apuntó y evitó el ataque, creando una barrera alrededor del indefenso.

Que quizás era ‘el malo’, ¡pero no podía dejar que alguien matase a otro alguien! ¡O lo que fuera que fuese a hacerle! Sin embargo, cuando la persona que estaba de pie se giró hacia Sam, supo perfectamente que no había errado. La apuntó con la varita y de un rápido movimiento la expulsó hacia atrás. Fue muy rápido, por lo que impactó, pero ella al menos pudo crear un Aura que la protegió del golpe contra las máquinas de cargo de la tarjeta del metro, por lo que no se hizo daño. No dudó en devolverle el ataque y, mientras éste se protegía, con un movimiento de su varita, hizo que la varita del indefenso saliese volando hacia él para que volviese a estar armado y poder ser dos contra uno.

No apuntó muy bien debido al estrés, por lo que la varita del fugitivo iba directa a impactarle en la frente como no estuviese atento a ese movimiento.

El enemigo no se dio cuenta de que le había lanzado la varita, por lo que cuando vio la oportunidad volvió a atacar a Samantha, con intenciones de quitársela de encima. Unas cadenas salieron de su varita de manera hostil y violenta, cortando el aire en su dirección mientras daban vueltas. Las había soltado por completo, por tanto dichas cadenas no estaban encadenadas a su varita, por lo que Sam las encantó en el aire, las hizo coger una curva y se las volvió a lanzar a él.
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Leonardo Lezzo el Vie Mar 08, 2019 1:02 am

Todo sucedió muy deprisa, como suelen suceder esas cosas. Los hechizos vuelan rápido y salvar el pellejo es lo único que importa. Aunque eso a Leo no se le estaba dando bien del todo. El chico le atacaba con violencia mientras él se defendía desde el suelo, como podía. Por suerte había conservado la varita aunque no había podido conservar la horizontalidad. Aquella alegría le duró poco, el presunto mortifago le desarmó. Quedó en el suelo e indefenso. Alguien llegó en el momento idóneo para que no entregase el pellejo aquel día. A pesar de no tener varita, el hechizo de ataque del mortifago no impactó en Leo. Ninguno de los dos entendía que estaba pasando. Y es que allí había una tercera persona. El mortifago se giró al instante apuntando a esa persona en lo que el chico aprovechó para rodar sobre si mismo y levantarse para buscar su varita. Atinó a ver a una rubia al otro lado, defendiéndose del tipo. Al mismo tiempo lanzó hacia Leo su varita, que el chico atrapó con gracia y sin esfuerzo. La había visto venir y sus buenos reflejos ayudaron.

En ese momento eran dos contra uno. No podía imaginar porque la chica se había decantado por ayudarle a él, pero tenía una vaga idea. La cara del otro chico dejaba que no era ningún santo, atacaba a traición y con toda la intención de aniquilar. Se ve a la legua que es un mortifago, un aliado del gobierno o un auror. O puede que las tres cosas a la vez. En cambio, viendo a Leo es de suponer que es un mago corriente, o un fugitivo. ¿Qué otros motivos puede tener un mortifago para atacar a alguien en un lugar público? Solamente dos, el reconocimiento o el dinero. O ambas cosas. Viendo que la mujer se había decantado por atacar al mortifago era de suponer que no estaba de su parte. Y si no está de su parte es que es buena gente.  

La chica había reaprovechado un encantamiento con cadenas y las había lanzado contra el posible mortifago. Este, con bastante buen manejo de la varita las había desviado hacia la pared causando un buen estruendo. Leo estaba detrás, bien podía atacarlo por la espalda. Pero aquel mago horrible sabía bien que ahora estaba rodeado, y empezó a moverse y a lanzar hechizos a diestro y siniestro. Estaba rodeado y usaba un recurso que a Leo le recordó al Mono Borracho, una película de Jackie Chan. Sus hechizos volaban por toda la estación y el chico se protegía como podía. Intentó lanzarle un Petrificus Totalus y no acertó. En ese momento le impactó uno de los muchos hechizos que conjuraba el mortifago y salió volando hacia atrás. Se levantó todo lo rápido que pudo y continuó protegiéndose. Más pronto o más tarde terminaría cansándose de lanzar hechizos sin ton ni son y podría pararle los pies. Por el momento Leo hacía bastante con no recibir ningún otro conjuro.  
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Sam J. Lehmann el Sáb Mar 09, 2019 4:31 am

El mortífago se vio en un dilema al ver que el otro chico iba por detrás de él, mientras seguía teniendo a Samantha en la parte frontal. Estar rodeado siempre era sinónimo de desventaja y, estando en desventaja con dos enemigos era muy probable que terminase fallando. Él lo sabía y por eso entró en modo desesperado, intentando no darle oportunidad alguna a los fugitivos a hacer nada contra él. Si impedía eso, seguiría teniendo oportunidades, siempre y cuando nadie le parase los pies. Y claro, el muy subnormal había creado una barrera antiaparición creyendo que sólo estaría contra el chico y lo cogería por sorpresa, por lo que ahora no podía aparecerse en ningún sitio y huir de una batalla que claramente se había puesto en su contra.

A Sam no le daba ninguna pena. Lo único que le daba pena era no tener ese instinto vengativo como para que ese tipo se llevase el mismo escarmiento que pretendía darle al pobre muchacho que estaba en el suelo. Ojalá ser tan despiadada, o al menos tener la capacidad de castigar a las personas como ellos no dudarían en castigarte a ti.

Sin embargo, Samantha no iba a permitir que uno de esos hechizos le diese sin querer y le buscase totalmente la ruina, básicamente porque como le hiciese algo, ya se encargaba luego Gwendoline de matarla por haberse metido en mitad de ese enfrentamiento que no le incumbía en absoluto. Así que se escondió detrás de una de las columnas, notando como la parte de atrás de dicha columna recibía algún que otro hechizo que rompía los azulejos y los hacía caer al suelo. Esperó unos segundos, tomó aire profundamente y se asomó por un lateral, apuntando al tipo. Uno de sus maldiciones volaba hacia ella, pero fue capaz de agacharse a tiempo de que no le diera y le pasase por arriba, estallando en la pared del fondo. Desde esa posición flexionada, apuntó al tipo y con un hechizo derribador lo hizo volar por los aires hacia atrás. Debido a la posición en la que se encontraba, voló hacia el fondo, lugar en donde se encontraba el otro fugitivo, justo cerca de las escaleras.

El enemigo cayó por las escaleras mecánicas y llegó al final, intentando ponerse en pie con evidente dolor en la espalda y algo de sangre en alguna herida de la cabeza. Sam había corrido hacia donde se encontraba el fugitivo, justo en la punta de arriba de aquellas escaleras. El mortífago los miró desde abajo y salió corriendo de allí hacia las vías del metro, sin volver a atacar. No había otra salida más que irse por las vías o coger el metro, por lo que Sam miró a Leonardo Lezzo, pese a que ahora mismo y tras haberlo visto mucho tiempo en los carteles de 'Se Busca', no cayó en que era él. Demasiados carteles había y hacía demasiado que no los había vuelto a ver. —¿Quieres perseguirlo? ¿Estás bien?

Porque no, Sam no quería perseguirlo ni lo iba a hacer. Aquel hombre no era su problema y no iba a perseguir el peligro. El único motivo por el que había entrado era porque aquel tipo a saber qué hubiese hecho con aquel muchacho de no haber hecho nada para evitarlo. Si el peligro huía, mejor para ella, pues lo único que quería es que a él no le pasase nada. Al menos, después del desempeño de aquel mortífago, sabía que había ayudado a la parte adecuada.
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Leonardo Lezzo el Vie Mar 22, 2019 11:43 pm

A pesar de la edad y la experiencia en duelos Leo siempre terminaba pareciendo un cachorrillo apaleado, tembloroso y asustado ante un ataque. Como si fuese aún aquel aprendiz de mago en su primer año con la varita. Después lograba defenderse casi siempre, saliendo ileso, y mostrando sus dotes de Auror. Pero siempre estaba ahí la duda sobre su magia. Titubeando con la varita en la mano. Pero esta noche lo habían acorralado y así se sentía, Asustado y nervioso, y sin ganas de perder. Como siempre, el cazador era mucho más fiero que la presa y no dudaba en atacar a diestro y siniestro mientras que Leo se mostraba cauto.

Gracias a Dios había alguien más en aquella estación y no iba en su contra. Fuese quien fuese, atacaba al cazador y no a él. La ayuda siempre era bienvenida en ocasiones como esta. Sumaron fuerzas, dos desconocidos, para luchar contra la desigualdad que se estaba produciendo. Estalló un tumulto de hechizos y contrahechizos que iban y venían, rompiendo todo aquello que encontraban a su paso. Leo se defendía con fervor y soltaba algún ataque de vez en cuando, pues no le resultaba nada fácil entre tanto ataque. Estaban dejando la estación como si una bomba hubiese estallado en ella. En un momento dado, la mujer consiguió devolverle un hechizo al atacante y este rodó por las escaleras. Leo corrió hacía el hueco de las escaleras para ver solamente como escapaba aquel tipo. Suspiró como un perro que pierde a su presa, aunque más bien se sentía aliviado por no tener que lidiar con una batalla larga y agoniosa en la que terminaba herido. La mujer, que había visto mejor que él como huya el tipo, preguntó si tenía pensado ir tras él. Leo negó fervientemente con la cabeza. – No será necesario, me conformo con poder salir vivo de aquí. – Giró la cabeza y sonrió. – Lo siento. No me he dado cuenta de que me seguía y cuando me he querido dar cuenta lo tenía encima. ¿Tú estás bien? – Leo no era caballeroso, era educado. Hubiese hecho la misma pregunta a un hombre. Se sentía agradecido y a simple vista no veía ninguna herida en ella, pero quería estar seguro. – Agradezco que me hayas ayudado. Ese tipo estaba fuera de sí… – Viendo el estado de la estación, era increíble que no hubiese heridos. De forma un tanto simple, el chico fue usando la magia para arreglar un poco aquellos desperfectos.

Necesitaba saber quién era la mujer y porque le había ayudado. Pero tampoco pretendía molestarla ni ofenderla después de lo bien que se había portado con él. Así que decidió presentarse, con galeones y todo. – Me llamo Leo, ofrecen 25.000 jugosos galeones por mi cabeza. Ese tipo sería un “Auror”. – Pronunció la palabra como si le repudiase. Pues llamar Auror a aquella clase de escoria le asqueaba. – O un cazarecompensas. Seguro que ahora te parezco de lo más atractivo. ¿Verdad? – El chico se rio de su propia broma, soltando la tensión acumulada. Por supuesto que no esperaba resultar atractivo, eso le daba igual, él ya tenía a su novia y no necesitaba a nadie más. Lo decía por los galeones que ofrecían por él, una pequeña lotería que cambiaría la vida a cualquiera que tuviese la mala sangre de apresarle.
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 26, 2019 2:18 am

Le gustó esa actitud: concisa y anti-violenta. Cualquiera que hubiera querido perseguir a ese mortifago estaba claro que debía de seguir solo, porque Samantha no iba a arriesgarse más por alguien que no valoraba ni su vida. Así que Sam le mostró una sonrisa, pues evidentemente a ella no tenía que pedirle perdón, pues si había entrado en aquella pelea había sido por voluntad propia al pensar que era lo correcto. Casi que debía de recordárselo más a sí mismo, para que no le volviese a pasar el hecho de ir con la defensa baja. ¿Pero sabéis qué? Eran humanos antes que fugitivos y cualquiera podía perderse en la normalidad de una vida y olvidarse de mirar por encima del hombro para cerciorarse de que nadie le estaba persiguiendo.

Que sí, que era una falta grave en la vida de un fugitivo, ¿pero de verdad vas a culparlos por caminar tranquilamente por la calle? Sería como culpar a una chica por caminar de noche por la calle y que por eso le han atracado.

Estoy bien, no te preocupes —le respondió, para entonces hacer como él y arreglar un poco lo que habían roto, sobre todo porque en cualquier momento podía venir gente y ver todo aquello destrozado. —Lo estaba. Al principio no tuve claro a quién debía de atacar, pero no hacía falta más que ver quién era el que tenía intenciones de hacer daño y quién estaba solo salvándose a sí mismo.

Esperaba terminar rápido arreglando aquello, pues no había nada que le hiciese sentir más insegura que el lugar de una batalla. Sentía que en cualquier momento podía volver el enemigo con refuerzos. Sin embargo, en ese momento sólo pudo sonreír por la presentación de Leonardo.

¡Uy, casi! Me parecerías atractivo si no valiese yo más que tú. —Le picó, con un gesto de lo más juguetón. Bueno, si no fuese por eso y porque era terriblemente lesbiana y poco atractivo veía en el cuerpo de un hombre. Pero ojo, admitía que era muy mono. —Soy Samantha Lehmann y valgo treinta mil galeones. Creo que esos cinco mil galeones de más se debe a que soy sangre sucia, ya sabes, es como la lepra: si te acercas mucho a mí puedo pegarte algún tipo de enfermedad o algo así —exageró divertida hablando de sí misma. Muchos de sus conocidos, empezando por Gwen, le dirían que no se llame a sí misma sangre sucia, ¿pero sabéis qué? Tal y cómo estaba actualmente su mundo, casi que prefería llamárselo a sí misma que así poco le importaba lo que dijeran el resto. —Un placer conocerte, fiel compañero de muros. He visto en más de una ocasión nuestros carteles en el mismo sitio. Ahora sí, creo que deberíamos irnos de aquí antes de que pase algo malo. Vamos hasta algún punto en donde podamos desaparecernos —le dijo al ver como una pareja entraba por la puerta principal y veían en el suelo un par de azulejos rotos, quedándose sorprendidos.

Evidentemente, ellos no tenían que dar explicación alguna y entre antes se fueran de la escena, antes la dejarían atrás.
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Leonardo Lezzo el Jue Abr 11, 2019 7:39 pm

Tenía más motivos que nadie mucha otra gente para ser un hombre violento, pero Leo era todo lo contrario. Aborrecía la violencia aunque de vez en cuando tenía que luchar por su vida. Es por lo único que hay que luchar. Esta vez, al menos, no había estado solo. Una joven bruja le había ayudado. Agradecía la aparición estelar de la muchacha pues con su ayuda habían conseguido deshacerse del tipo. Pero ahora que todo había acabado se sentía mal por haber metido a alguien más en esa pelea que era culpa de su despiste. Si llega a ganar el “Auror” los hubiese capturado a ambos. Al menos estaba bien, no le había ocurrido nada malo a la mujer. A ninguno de los dos. La mujer era buena peleando, el chico se había fijado a pesar de que estaban lejos el uno del otro durante el duelo. Coincidían en que era mejor dejar escapar al “Auror”.

Entre los dos arreglaron lo mejor que pudieron los destrozos ocasionados por la batalla. Se sentía inquieto, quería volver cuanto antes al refugio pero no pretendía ser grosero. Es más, pasada la tensión de la batalla se atrevió incluso a bromear. Fue una forma divertida de presentarse. Leo no era para nada vanidoso pero siempre presumía del valor que el gobierno le había puesto a su cabeza. Ella, Samantha, valía más que él. Treinta mil galeones, quizás debido a que era hija de muggles. Ella directamente dijo sangre sucia. Las palabras no son buena o malas, depende como quieras usarlas. Aunque hay que admitir que sangre sucia suena mal. Se alegró de que siguiese la broma. El chico sonrió. - Si, será mejor que nos vayamos. - Samantha conocía a Leo por los carteles. Todo el mundo le conocía por los carteles. Debería empezar a tener que cambiar su cara si quería salir a la calle con seguridad.

Tuvieron que salir del metro y buscar un lugar seguro para poder desaparecerse de allí. Leo quería saber más cosas sobre Samantha. Quizás hablarle del refugio y ofrecerle ayuda, si la necesitaba. Ella le había ayudado, era justo hacer lo mismo en la medida de lo posible. Cuando hubieron cambiado de ubicación el chico no lo dudó, y fue directo. - Supongo que si eres una fugitiva conocerás el refugio o habrás oído hablar de él. Me has ayudado y no sé como agradecértelo así que solo me queda ofrecerte mis servicios si alguna vez necesitas algo. Yo vivo en el refugio. Normalmente tomo muchas precauciones para no ser visto, pero hoy me he confiado. Menos mal que estabas tu ahí... - No se acordaba del teléfono que había adquirido hasta que notó la bolsa en su mano. Nada más ser atacado lo había soltado para poder defenderse, y ahora la bolsa estaba en su mano. No recordaba haberlo cogido, pero se alegraba enormemente de no haberlo dejado atrás. Era su única forma de comunicarse con el exterior. - Mira, justamente hoy me he comprado uno de esos teléfonos móviles para poder comunicarme con otros magos y brujas. No pretendo acosarte, ni nada parecido. Es solamente que va bien poder contar con alguien si lo necesitas. Yo no soy la mejor opción, por supuesto, pero no se me ocurre como agradecerte tu aparición en el metro. - La inocencia y la buena voluntad de Leo bien podía ser malinterpretadas. Él solo buscaba una manera de agradecerle su ayuda, y pensaba que intercambiar números era una buena idea. Al menos Lohran parecía convencido de que era una buena manera de comunicarse. Tanto, que Leo no había dudado en comprarse un móvil.
Leonardo Lezzo
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 16, 2019 3:26 am

Salieron del metro y Leo continuó hablando, llegando a un punto en la conversación muy común entre dos fugitivos: ofrecer ayuda y cobijo. Claro, era muy común ver a personas sin hogar o sin personas a las que aferrarse, Sam había sido de esas, pero gracias a Merlín, ya no tenía que estar más sola por ningún lado. Le pareció muy mono el chico, pero ella tenía muy clara sus opiniones con respecto a los diferentes refugios. Prefería no saber nada, así no tenía información que pudiera poner en peligro a nadie.

Por suerte, Leo no le dijo que era el refugio de la Orden del Fénix, pero aún así a Sam le vino esa idea feliz a la cabeza: ¿sería el Leo del que le ha hablado Gwendoline? Si era así, pertenecía a la Orden del Fénix. No creía que hubiesen muchos Leo que perteneciese a un refugio que admita a cualquier fugitivo. Pero igualmente no dijo nada al respecto porque prefería que no relacionasen a Gwen con ella. Además, desconocía lo que Gwen decía a sus compañeros de la Orden del Fénix, por lo que mejor no meter las narices ahí.

He oído hablar de él —le respondió. —Bueno, una vez estuve pero estaba media muerta. Para cuando salí todavía estaba bajo los efectos de una droga y ni lo recuerdo. Bueno estoy hablando del ‘SUPER REFUGIO’, no sé si tú hablas de ese, o de uno más pequeño.

Bendita fuese Fiona Shadows. No tenía ni idea de quién era, pero le debía la vida. ¡Qué complicado era deberle la vida a tanta gente!

Y no te ralles por eso… Es decir: por mucho que cubras tus espaldas, siempre pueden dar contigo. No necesariamente tiene que ser un error tuyo. —Y eso lo decía por experiencia. Era terrible siempre culparse de todo lo que te pasa, cuando en realidad eso era cuestión, en su mayor parte, de suerte.

Le habló que se había comprado un teléfono e… interpretó lo que quería decir. ¡Los fugitivos, unidos, jamás serán vencidos! O algo así. En realidad Sam era muy, muy reacia a tener contacto con otros fugitivos, más que nada para evitar tener información peligrosa de otras personas. Sin embargo, eso ocurría sobre todo cuando vivía sola; ahora, que tenía una vida más estable y poseía un teléfono móvil—algo que antes no—pues la cosa era diferente. Sin embargo, no conocía de nada a Leonardo y el hecho de ‘ser fugitivos’ no le parecía suficiente cosa en común como para darle su teléfono móvil.

Le daba un poco de cosa rechazar la oferta así, directamente, por lo que optó por la manera más fácil.

No tienes que agradecerme nada, Leo. Quiero pensar que entre nosotros siempre nos vamos a ayudar si tenemos la oportunidad. Sí no nos ayudamos nosotros, ¿quién lo va a hacer? —Se encogió de hombros, para sonreírle. Luego insistió: —No tienes que agradecerme nada. Ni es la primera vez que lo hago, ni tampoco la primera en la que me ayudan a mí. Como dicen por ahí: una vez por ti, otra vez por mí.

Continuaron caminando un poco más, hasta llegar a una plaza bastante transitada por personas normales, es decir, no asesinos mágicos. Habían varios puestos de comidas, así como bares y pubs. Un lugar normal, para socializar normalmente. La rubia volvió a mirar al chico.

No te ofendas, pero no suelo tener mucha relación con fugitivos. De hecho, creo que ninguna otra persona que conozco en nuestra situación tiene mi teléfono —le dijo, sintiéndose mala persona. ¡Pero en verdad piénsalo! ¡Se acababan de conocer! Dentro de pocos se reencontraría con Lohran y sería literalmente al primer fugitivo al que se replantearía dárselo. Y piénsalo: darse los teléfonos móviles por ser fugitivos era como, en una vida normal, darse los teléfonos móviles solo por ser... los dos rubios.
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Leonardo Lezzo el Mar Mayo 07, 2019 8:04 pm

La desconfianza de la que hacía gala Leo siempre que salía del refugio se neutralizaba un poco en una situación como esta. Una fugitiva le había ayudado cuando un “Auror” le atacaba, así que le debía la vida. De modo que todas las barreras se abrían, y el chico era capaz de ofrecer ayuda o de ofrecer asilo en el refugio. Era el único lugar cien por cien seguro. No todo el mundo quería aceptar esa propuesta, pero era de buen cristiano ofrecer ayuda. Tampoco es que Samantha tuviese aspecto de necesitar ayuda. Estaba bien vestida y ofrecía una buena apariencia en general. No parecía necesitar nada de nadie. Aún así el chico estaba en deuda con ella y quería ofrecerle lo poco que tenía. La mujer hizo caso omiso. Dijo conocer el refugio de una vez que estaba malherida o algo así. - Si, supongo que es ese. Hay muchos lugares seguros, pero llamamos “el refugio” al más grande. Donde hay más gente. - Tampoco sabía dar muchas más explicaciones.

Entonces recordó lo de su nuevo móvil. Si ella quería podía darle su número y estar en contacto en caso de que alguna vez necesitase algo. Samantha hablaba con mucho positivismo. Entre fugitivos siempre se iban a ayudar. Al fin y al cabo, nadie más lo haría. Pero se mostraba reacia a intercambiar los teléfonos. Leo cayó en la cuenta de que no se conocían de nada. Su muestra de agradecimiento estaba fuera de lugar totalmente. Tampoco podía invitarla a merendar o tomar un café porque tampoco sería apropiado. ¿Le iba a ser imposible darle las gracias? - Lo siento. Solo quería darte las gracias y no... Lo siento. Será que estoy tan poco acostumbrado a cruzarme con gente buena, que me vengo arriba. - Se mostró avergonzado, lo estaba. - Supongo que te debo una. Si alguna vez se da el caso contrario, y puedo ayudarte, no lo dudaré. También espero que ese día no llegue. Mejor que estemos a salvo. - Leo se plantó en medio de la calle. Sería mejor volver a lugar seguro y no entretener más a la fugitiva.

El chico no conocía a mucha gente. Los amigos de Hogwarts estaban, en su mayoría, en paradero desconocido. La poca gente que conocía ahora estaba en peligro. No es que fuese el chico más sociable del mundo pero la idea de poder contar con más fugitivos que estuviesen en su misma situación le parecía bueno. Tampoco iba a insistir. - ¿Quieres que te acompañe a algún lugar? No pretendo hacer de guardaespaldas. Ha quedado claro que no es lo mío. Simplemente por... caminar. - Leo estaba dispuesto a recibir otra negativa. Poca cosa más podía hacer.
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Sam J. Lehmann el Vie Mayo 10, 2019 1:28 am

Se sentía un poquito mal rechazando al pobre muchacho, pero en realidad no le debía nada. Sam no se había metido ahí para hacer amigos, se había metido ahí para salvar una vida y dar una segunda oportunidad, porque si bien los mortífagos consideraban que tenían el poder de arrebatar una vida, Sam creía que si tenía la oportunidad de conservarla, debía de hacer lo que estuviese en su mano. Pero claro, ¡el muchacho se disculpaba! ¿Por qué se disculpaba? ¡De verdad parecía que lo estaba rechazando de manera fría y antipática!

Pero después de disculparse dos veces, al menos su comentario fue bastante gracioso. Creía fervientemente que todos los fugitivos se habían acostumbrado a vivir lo peor y con ello también venía acostumbrarse a la maldad de la gente.

Sí, yo también espero que ese día no ocurra nunca, pero agradezco tu motivación —le respondió, con una sonrisa en el rostro. —Intento evitar los líos, aunque luego claramente cuando veo uno parece que me tiro de cabeza.

Definitivamente sus amigas no estarían orgullosa de ella. Caroline le da una colleja y Gwendoline una reprimenda, sin duda. Pero todo había salido bien, así que tampoco tenía por qué decir nada, o al menos no con tantos detalles.

Al salir del metro Leonardo le ofreció acompañarla a algún lugar y asintió con la cabeza, metiéndose las manos en el interior de los bolsillos de su abrigo. Hacía frío y después de que el metro estuviese protegido por una barrera antiaparición, tendrían que buscar otro lugar en donde hacerlo. Aparecerse, digo. El tipo seguramente no habría deshecho el hechizo y no iban a estar Sam y Leo haciéndolo en mitad de la nada, por si venían muggles.

Sí, vale. Tengo que buscar un lugar en donde aparecerme y precisamente estas calles no es que destaquen por tener muchos sitios ocultos en donde hacerlo... —dijo caminando por la acera junto a él, en mitad de una calle bastante transitada tanto por personas como por vehículos. Precisamente por eso utilizaba el metro como lugar para hacerlo, porque nadie iba a los dichosos baños de los metros. ¡Estaban siempre muy asquerosos y nunca había nadie! —Bueno y supongo que tú también. ¿O ibas a coger el metro? Tendrías mis respetos si ibas a coger el metro. La última vez que me subí ahí siendo fugitiva por casi no me da un ataque de pánico. No tenía una varita que me hiciera caso, así que no podía utilizar la aparición y tuve que ir en metro y... —Puso los ojos en blanco, para entonces sonreír. —Para mí todos eran mortífagos que querían cortarme la cabeza, te lo juro. Lo pasé fatal.

Una anécdota entre miles de su paso por esa aventura tan desagradable de 'ser fugitiva', pero bueno, debía de admitir que ahora que no tenía que coger metros, le parecía hasta una anécdota divertida. Entonces se subió la bufanda hasta taparse un poco la boca y lo miró, volviéndose a guardar las manos que tenía frías.

¿El tipo que te atacó lo conocías de algo? ¿O fue de manera repentina? —Le preguntó por curiosidad. —Ten cuidado con volver a coger ese camino si lo solías hacer, que los cazarrecompensas suelen apostar por comodidad de la monotonía. Es un error como fugitivo, pero también lo más cómodo teniendo en cuenta nuestras limitaciones.
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Leonardo Lezzo el Vie Mayo 17, 2019 12:31 am

El chico no esperaba que Samantha aceptase caminar con él por la calle. A fin de cuentas, dos fugitivos juntos son más fáciles de detectar que por separado. Aunque, a su vez, juntos tenían el doble de posibilidades de salir bien parados en un duelo. Tal y como había ocurrido en el metro. Esta vez él iba muy atento, mirando delante y detrás con disimulo. A ojos de la gente no eran más que dos jóvenes que caminaban en la misma dirección. Hablaban poco entre ellos y si lo hacían, en voz baja. Los dos tenían que buscar un sitio donde poder aparecerse sin peligro. Leo se había quedado sin temas que abordar. No conocía de nada a la mujer y ya no sabía por donde salir. Por suerte ella si. Le preguntó si iba a coger el metro, y le contó una anécdota que le había ocurrido. - Mi intención era entrar en los baños y aparecerme desde allí, con privacidad. Recuerdo cuando me convertí en fugitivo. Tenía miedo a todas horas, incluso me despertaba por las noches pensando que me habían pillado y me ponía a correr. - El chico suspiró. - No es que ahora sea mucho mejor. El miedo está ahí, es la realidad que nos ha tocado vivir. - Su voz sonaba triste, y lo estaba. A causa de su condición de fugitivo había perdido todo lo que le gustaba de ser mago. Los amigos, la universidad, su carrera como auror, y el pasear tranquilamente por la ciudad en busca de un buen local donde tomar un capuccino.

No podía esconderse en la nostalgia ni vivir en el pasado. Tenían un presente bastante complicado y un futuro muy incierto por el que tenían que luchar. Y no podían adormecerse ni dejar de estar alerta. Siempre alerta, siempre alerta, como un buen auror. De eso dependían sus vidas. La mujer parecía más suelta ahora, dispuesta a saciar sus pequeñas curiosidades. Leo negó con la cabeza de inmediato cuando quiso saber si conocía a su atacante. - No, no lo conocía de nada. Y no es la primera vez que me pasa. Suelo hacer siempre recorridos distintos. Es la primera vez que vengo a esta parte de la ciudad. Quería intentar ver a una... - ¿Amiga? ¿conocida? ¿novia? No podía hablar de Eva, no quería ponerla en peligro de ninguna manera. - Amiga. Me alegro de no haber llegado allí. Por el camino me ha venido a la mente lo del teléfono. Alguien me dijo que es un buen utensilio. Es una buena forma de pasarnos información de unos a otros. Dudo mucho que los magos puristas tengan uno de estos. Dudo siquiera que sepan como funcionan. - Sonrió con simpleza. No pretendía reírse de los magos que no saben como funciona la tecnología muggle, pero tampoco quería recrearse en el hecho de que de no ser por que se quedó comprando el teléfono hubiese guiado a ese cazarrecompensas hasta el local de Eva. Tenía que quitarse eso de la cabeza, no podía ir a verla.

Habían llegado a una zona de la ciudad que Leo conocía bien, pues había vivido allí unos meses antes de dar con el refugio. - Supongo que hoy ha sido casualidad que el mago me viese y me reconociese. Lo que no es casualidades que estuviese por ahí. Quizás las recompensas son más elevadas ahora, o puede que cada vez se estén movilizando más. Lo tenemos bastante crudo, y no hay mucho que podamos hacer. Intento no pensar mucho en ello, pero es desesperante. - Mientras hablaba se iba fijando en los edificios. Habían cambiado mucho en un año. Recordaba una tienda de decoración en la que solía entrar por las noches a dormir en el almacén trasero. Ya no estaba, ahora era un local con muchas luces que te animaba a apostar y hacerte rico. - Pasé algún tiempo por este barrio antes de dar con el refugio. Ha cambiado bastante y puede que no esté todo igual, pero recuerdo que había unos almacenes abandonados al final de la calle donde había un callejón bastante discreto. Podemos mirar si sigue todo igual, si quieres. - Leo andaba con cautela, alerta, vigilando en todo momento.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 18, 2019 2:47 am

De manera casi automática, asintió con la cabeza lentamente a lo que decía del miedo, pues el miedo se había hecho amigo incondicional de todos los fugitivos que intentaban tener una vida lo más normal posible. Daba igual que estuvieses en un sitio seguro, acompañado de gente que jamás te traicionaría… el miedo siempre estaba ahí y no había manera de quitárselo de encima. Nadie quería ser torturado, ni juzgado por nada, ni atrapado, ni terminar siendo víctima de los dementores de Azkaban, ni mucho menos terminar siendo la ratita de laboratorio de experimentos asquerosamente malvados…

—Es difícil acostumbrarse a una vida así —le respondió, con un conformismo bastante triste. —Pero bueno, me dijeron una vez que si no tienes miedo no se puede ser valiente. Y en nuestra situación tenemos que ser valientes.

No se refería solo contra los enemigos, que también, sino para sobrevivir. No todo el mundo podía soportar todo lo que caía encima en este tipo de situaciones. Soledad, pérdida de libertad, tener que esconderte… por no hablar del acoso que sentías por parte de un gobierno que te quería ver muerto.

Lo del teléfono no era mala idea, pero estaba seguro que cualquier purista que no fuese subnormal podría utilizar un teléfono fácilmente si se propone. El problema, precisamente, es que todos los puristas creían que la tecnología muggle daba lepra pero luego bien que tenían televisores y neveras en sus casas. Hipocresía, ¿donde?

—Es horrible, ¿eh? Uno no sabe ni qué hacer. La monotonía es peligrosa, salir de la monotonía te hace salir de tu zona de confort e ir a sitios que no frecuentas… Llegas a un punto en el que no sabes qué debes o no debes hacer. —Lo dijo con humor, pues parecía un rompecabezas el simple hecho de decidir qué hacer. Luego le dio la razón, pues seguramente había pasado lo que él decía. —Seguro solo tuvo suerte de encontrarte caminando hoy por las calles. Hay cazarrecompensas que tienen estudiados nuestros rostros para ver si algún día tienen su golpe de suerte: y hoy ese golpe fuiste tú. —Se encogió de hombros, pues era algo perfectamente plausible. —¿Tú crees que nuestras cabezas estén más demandadas? Yo espero que algún día nuestros carteles estén en tan mal estado que se caigan solo de los muros y nadie se acuerde de nosotros. ¿Es ser demasiado optimista? —Le sonrió al chico porque, a fin de cuentas, soñar es gratis.

Si esa proposición de buscar un callejón bastante discreto se la hubiera dado otra persona, quizás hubiese desconfiado un poco, ¿pero Leo? No es por nada, pero parecía un buen chico. Le gustaba alardear de saber leer a las personas, pero algo le decía que Leo era un poco un libro abierto en ese sentido y que tampoco había que leer demasiado entre líneas. Era atento, preocupado, agradecido… Y cualquier fugitivo podría haber optado por dar las gracias e irse corriendo para no involucrarse en más problemas. Y si es que te daban las gracias…

—Te sigo: la verdad es que por aquí he venido poco. Me hubiera venido bien saber hace tiempo que había almacenes abandonados por esta zona. Solía quedarme en sitios abandonados cual vagabundo hace años, ahora por suerte yo también tengo un refugio en donde estar a salvo. —Lo llamó refugio, sólo por no llamarlo ‘casa’. Las cosas habían cambiado a mejor y la verdad es que por mucho que su vida siguiese estando cargadas de peligros, no podía negar que su vida había mejorado con creces.
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Leonardo Lezzo el Miér Mayo 29, 2019 12:48 am

Cuando Samantha habló de la valentía Leo recordó que en otro momento de su vida, un momento lejano pero que había dejado un recuerdo bonito y feliz, él había sido de la casa de los valientes. Orgullosos Gryffindor que llevaban la valentía por bandera sin saber lo que eso significaba en realidad. Sin saber que no solamente los que habían estado en esa casa eran valientes. No hay que olvidar a todos lo Hufflepuff, muy perseguidos. Quizás algunos Ravenclaw, valientes y combativos, huyendo también del nuevo gobierno. De una casa u otra, los fugitivos tenían que ser valientes para poder sobrevivir. No estaba siendo nada fácil. - Valientes con miedo, pero valientes al fin y al cabo. -  Salir a la calle ya era un acto de valentía. No iban a parar sus vidas y encerrarse sin poder salir solamente porque sus cabezas valiesen mucho dinero. Les estaban buscando, si, pero no por eso se esconderían.

Leo no conocía a su atacante de nada. Había sido casualidad. Quizás llevase todo el día siguiéndole, pero era imposible que le siguiese de otros días. El chico era muy cuidadoso e intentaba no ir nunca por el mismo camino. Jamás se aparecía en el mismo lugar y entraba al Refugio cada día por una puerta aleatoriamente. La mujer dijo de forma inocente que esperaba que los carteles de los fugitivos se estropeasen y se perdiesen. Eso no iba a pasar. Pero era bonito pensarlo. Podía hacerte feliz un rato. - Es demasiado optimista. Pero podría pasar. Es un sueño bonito. - Leo sonrió, no tenía muchas cosas agradables en las que pensar referidas a su situación como fugitivo. Un cambio de gobierno o que se rompan los carteles son sus únicas opciones. A saber cual es más improbable de las dos.

Caminaron un rato sin rumbo fijo hasta que Leo reconoció aquella parte de la ciudad. Había pasado muchas noches vagando por la zona y muerto de miedo por si le reconocían. Estaba solo, con su perro Nico, sin nadie más. Pasó frío, hambre, sueño, … Jamás se rindió. Luego tuvo la suerte de dar con el Refugio. Ahora sentía que no estaba solo, que tenía una familia que siempre estaría ahí. Aunque todos en una situación parecida a la suya. Samantha también había pasado por una época mala y de dormir en cualquier lugar. - Me alegro de que nuestra suerte haya cambiado un poco. No era agradable vagar solo por estos callejones muerto de miedo. - Siguieron caminando hacia los almacenes. Una zona un poco abandonada que continuaba así después de tanto tiempo. - Debe ser por la crisis. Supongo que estas empresas fracasarían y al cerrar quedaron abandonadas. En una había bastante ropa. Me vino bien para abrigarme. - Eso si que era optimismo. Alegrarse de que una empresa en quiebra dejase ropa abandonada para usarla en invierno. - Lo peor siempre fue el tener que buscar comida. Todavía hoy en día nos pasa. Es la tarea más complicada y en la que gastamos más energías. Supongo que así no hay manera de poder cambiar el gobierno. No hay mucho que podamos hacer... - Del optimismo infantil al pesimismo más funesto en tres coma cuatro segundos.
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