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Consejo de sabios —Alexander.

Abigail T. McDowell el Miér Feb 20, 2019 6:59 pm

Consejo de sabios —Alexander. WpR6afH
Estados Unidos, MACUSA — Viernes, 15 de febrero 2019 a las 20:30 horas — Mansión Blackburn — Atuendo

El sábado dieciséis de febrero se organizaba en Estados Unidos una reunión política internacional, con la asistencia de los Ministros de todos los países del mundo, así como grandes representantes de éstos. El motivo era el establecimiento de ciertas bases, certificar la alianza entre todos y que cada cual pudiese encontrar en el resto algún que otro movimiento para hacer que cada país continuase alzándose y manteniéndose en un buen puesto de poder. El MACUSA siempre había tenido una filosofía que los alejaba bastante de los muggles, aunque por lo que Abigail creía—podía estar equivocada—eran como dos mundos muy diferentes y no tenían ningún tipo de relación entre sí, ni intenciones de estar por encima de ellos en ningún momento. En Inglaterra, por ejemplo, en el gobierno anterior—el de Lena Milkovich y sus antecesores—siempre hubo un departamento encargado de las relaciones muggles y, de hecho, había un Ministro Muggle el cual sabía el secreto de la magia y ayudaba a mantenerlo en secreto. Desde que McDowell está en el poder, ese Ministro fue eliminado y ahora no hay ningún tipo de relación, al menos no lícita. La pelirroja quería hacer creer a los del MACUSA que quería seguir sus pasos al cien por cien, hasta el punto de crear una organización totalmente independiente y poderosa, como lo eran ellos.

Pero estaba claro que Lord Voldemort tenía unos planes muchos más ambiciosos que esos: él no se conformaba con ser el señor de todos los magos, sino que quería serlo del mundo entero. Sin embargo, sabía que había que ir por partes y primero asentarse bien en el mundo mágico y ser los líderes de Inglaterra, con una ideología que traspasase fronteras.

Abigail y Alexander llegaron a Estados Unidos el viernes por la tarde, después de la jornada laboral. Recibieron una cordial bienvenida del mismísimo Presidente del MACUSA y fueron llevados al hotel en el que se quedarían, exclusivo para magos, para esa noche asistir a una velada de presentación en la que estarían la gran mayoría de los invitados del día siguiente; o al menos los que habían llegado. La Ministra y sus Asistente se separaron cada una en su respectivas habitaciones, ya que al menos la pelirroja quería descansar y prepararse sin prisa para la noche.

***

La velada de esa noche consistía en una velada elegante y muy profesional: había que ir de etiqueta tanto para la cena como para el evento posterior, en donde habría barra libre, música y un entorno muy correcto en el que poder relacionarte con todos los peces gordos del mundo. Abigail tenía muy claro que como un evento de ese estilo se hiciese en Londres en ésta época, había un alto grado de probabilidades de que terminase en un ataque terrorista. No sería la primera vez.

Se vistió con un vestido negro que captaría todas las miradas y es que ella podía gustar o no, pero lo que no quería era pasar desapercibida. Salió de su habitación a las ocho y media, con su pelo pelirrojo suelto y listo, recogido sólo por un lateral. Llevaba perlas en el cuello, en un irónico símbolo de castidad e inocencia que iban muy en contra de su atrevido atuendo y, en general, de su explosiva personalidad. No llevaba ni bolso ni ningún otro accesorio más que los guantes y la varita, la cual estaba metida en la liga de la pierna que no se veía por la apertura del vestido. Le encantaba mostrar esa falsa castidad en disonancia con su apariencia más salvaje.

Tocó en la puerta de la habitación de Alexander, la cual estaba continua a la de ella, para repasar algunas cosas y bajar a coger la Red Flú hacia el lugar en donde sería la velada.  

Llevar a Alexander después de tanto tiempo sin tener trato con él había sido un paso arriesgado, pero que Abigail creía que sería decisivo y muy importante para su gobierno. Se había arriesgado en confiar en él porque creía que juntos podían llegar a grandes cosas y alzar el gobierno inglés a la altura del MACUSA. Sólo esperaba no haberse equivocado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Jue Feb 21, 2019 12:12 am

Cuando dejé los Estados Unidos decidido a empezar una nueva vida desde cero en Inglaterra, no pensaba que por obra del destino me iba a tocar volver tan pronto sobre mis pasos. Estaba aún todo demasiado reciente, mi divorcio, el hecho de que mi ex-suegro Carlton Wilkins estuviera aún dolido por mi aparente traición… nada de eso auguraba algo bueno en esta cumbre, donde también me iba a encontrar con otros antiguos compañeros del MACUSA. En mi trabajo había quedado bien o eso me gustaba pensar, pues tan solo había presentado mi renuncia formal pero estaba seguro de que Carlton se habría encargado de difundir rumores que seguramente no me dejaran en buen lugar. Confiaba en que todos se comportaran de forma profesional, conscientes de la importancia que tenía esta reunión teniendo en cuenta la delicada situación que atravesaba la comunidad mágica en muchos países.

Al volver a Inglaterra me encontré con más facilidades de las que esperaba encontrar y aún no me creía del todo que hubiera conseguido el puesto de asistente personal de la mismísima Ministra. Los contactos de mi padre me sirvieron para entrar en el Ministerio postulándome para un puesto de categoría muy inferior ¡Y me habría conformado con eso! Por el momento. Sin embargo Abigail me había hecho llamar a su despacho, no sé si conocedora de mi extenso currículum o más bien llevada por la relación que nos unió antaño tan solo cuando éramos unos críos. Fuera como fuese al parecer confiaba en mis aptitudes y de inmediato me sentí halagado, pero sobretodo valorado. No iba a fallar en mi primera prueba importante tras mi contratación, aunque eso implicara volver a ver los caretos de las cabezas cuadradas que campan por estos lares. Unas que no he echado nada de menos, todo sea dicho.

Para la ocasión traía los deberes bien hechos, había reunido un montón de información sobre los mandatarios de los demás países que iban a asistir a la cumbre. A algunos los conocía a causa de mis anteriores contactos internacionales, en nombre del Ministerio Estadounidense, así que iba a aprovecharme de todos y cada uno de los detalles, incluso de los más íntimos y personales, que conocía de ellos. Sabía que al Ministro alemán le volvían loco los canapés de gambas y que al presidente finlandés le sentaba muy mal el champán, por lo que era conveniente apartar cualquier copa del mismo de su alcance si es que queríamos razonar con él. Al final todos esos detalles importaban a la hora de ser encantador y ganar aliados, pues para eso habíamos venido aquí en primera instancia. Era importante conseguir que los países que no se mostraban abiertamente a favor nuestro se atrevieran a dar el paso y que los que permanecían neutrales comenzaran a posicionarse a poder ser de nuestro lado y aunque digan eso de que en el amor y en la guerra todo vale, con la experiencia he aprendido que en cuestiones políticas esa frase hecha es igualmente aplicable.

Al llegar al país nos habían instalado en un hotel con bastante renombre, colocándome a mi en la habitación contigua a la de la Ministra. No tenía miedo, ni estaba nervioso, tenía mi cabeza totalmente fría y eso era bueno, pues así es como mejor trabajaba y resultaba más eficiente. Por supuesto había que vestir elegante y había optado por aprovechar el tiempo que teníamos previo a la recepción para darme una ducha, afeitarme y ponerme bien guapetón. ¡Aquí todos me conocen y tengo una reputación que mantener! Me había sobrado tiempo, pues es de dominio público que a las mujeres les cuesta más eso de engalanarse, así que incluso había echado una cabezadita antes por supuesto de ponerme el traje. Cuando Abigail tocó la puerta no tardé ni dos segundos en abrirla encontrándome con su habitual imagen de mujer fatal. Era importante causar respeto e intimidar y también hacer que la gente hablara alrededor, aunque fuera para mal. Sin duda ella era experta en llamar la atención y ni de coña su presencia iba a pasar desapercibida para nadie en la fiesta.


- Vaya señora Ministra, está usted ciertamente arrebatadora -le digo esbozando una amplia sonrisa y ofreciéndole mi brazo educadamente. Ante todo hay que guardar las apariencias y no está de más que vayamos prácticando desde ahora mismo.
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Jue Feb 21, 2019 3:15 am

Esperó en aquel vacío pasillo a que Alexander saliese de su habitación, recibiéndole con una mirada curiosa de arriba abajo cuando abrió la puerta para encontrarse con ella. Vestía un traje negro tradicional, el cual llenaba de manera muy elegante: no sabía cómo era posible, pero aquellos rizos desaliñados que poseía quedaban incluso bien de etiqueta. Curvó una sonrisa de lo más altanera frente a su comentario, siendo muy consciente de que su atuendo no le pasaría por alto a nadie; como es evidente, a Alexander tampoco.

—Lo dices sorprendido, como si fuera algo nuevo. —Lo miró de reojo, aceptando su brazo y comenzando a caminar junto a él. La verdad es que pese a la elegancia que solía tener Abigail siempre en sus atuendos profesionales, siempre había una pizca de descaro: bien sus altos tacones, sus faldas o sus escotes. En ese caso lo había unido todo.

Llegaron al ascensor al final del pasillo, el cual se abrió ante ellos sin que tuviesen que apretar ningún tipo de botón. Una vez en el interior, apretaron el número cero y las puertas se cerraron delante de ellos. Aprovechó ese momento para mirarlo y soltarse de su brazo, pues no se sentía especialmente cómoda si no era estrictamente necesario. Una vez allí en compañía de tanta parafernalia, otro gallo cantaría. Abigail tenía una capacidad sorprendente para parecer una persona adorable frente a situaciones sociales de tanta importancia, al fin y al cabo, llevaba años siendo asistente antes de ser Ministra, por no contar que también llevó muchos años siendo una mortífaga infiltrada en un alto cargo ministerial, cuando el gobierno era pro-muggles, por lo que mostrar algo que no era, era muy fácil para ella.

—Al ministro francés déjamelo a mí, así como a su asistente. Llevo años tratando con ellos y los tengo comiendo de mi mano: tengo intención de dejarles caer un acuerdo que llevo pensando unos meses, pero quiero que crean que se le ha ocurrido a ellos. Ya sabes: el ego. A Gerard le encanta sentirse inteligente. Todavía no sé cómo consiguió ese puesto. —Rodó los ojos, para entonces mirarle más seriamente. —De todos los gobiernos europeos con el que peor relación personal tengo es con el ministro alemán. A nivel político nos apoyan, pero por todos sus consejeros, ya que él y yo no nos soportamos. Sería inteligente guardar las distancias con él, pues actualmente tampoco puede ofrecernos gran cosa.

Las puertas del ascensor se abrieron y justo frente a ellos apareció una carta voladora, en cuyo dorso ponía: 'Abigail McDowell y Alexander Castlemaine' acompañado de un sello con el símbolo del Ministerio Británico. La pelirroja cogió la carta y la inscripción cambió, apareciendo en ella una flecha hacia la puerta de la izquierda. Caminaron hacia allí y nada más salir dieron con un hombre de tez blanca y pelo rubio repeinado hacia atrás, ataviado con un esmoquin, que se acercó a ellos, guiándolos hacia un coche negro. Ambos se metieron en la parte trasera y el conductor comenzó el camino hacia la mansión de los Blackburn. No era un coche normal, sino que era como el Autobús Noctámbulo en Londres, el cual estaba oculto para los muggles. Mientras eran llevados, Abigail volvió a mirar a su asistente.

—De los altos cargos de Estados Unidos solo conozco al líder del departamento de relaciones internacionales, pues ha estado varias veces en Inglaterra para tratar ciertos temas. Del resto, conocí al Presidente del MACUSA antes, por lo que si tienes que advertirme de alguien, creo que es el momento adecuado ahora —le recomendó, para entonces observar a través de la ventana del coche.

Fuera de temas profesionales y aburridos: era la primera vez de McDowell en Estados Unidos, por lo que acostumbrada a la ciudad de Londres, aquella le resultaba muy diferente. Ella no era mucho de mostrar emociones, pero la atención que le prestaba a la ciudad, por mucho que estuviese escuchando a Alexander sin perderse detalle, era sin duda evidente.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Vie Feb 22, 2019 1:36 am

- ¿Ah si? No era mi intención parecer sorprendido, tan solo expresaba mi admiración ante tan acertada elección de vestuario -le respondo aún con la sonrisa en los labios y con una pizca de picardía impresa en mis claros ojos azules.

Aún no me había acostumbrado a esta nueva Abigail, pues tan solo en mi mente permanecía el recuerdo de aquella chica que conocí en Hogwarts. Por supuesto el tiempo nos había cambiado a ambos y ella era ahora una mujer totalmente distinta. Con nuestras metas implantadas, nuestros estudios, nuestros trabajos… ambos habíamos madurado y no podíamos decir que nos conociéramos tan bien como nos conocimos en aquellos días. A pesar de eso existía cierta empatía, cierta facilidad a la hora de hablar con franqueza, al menos en lo que se refería a temas laborales.

Dejando atrás aquel lujoso pasillo del hotel y habiéndonos desplazado en el ascensor hasta la parte baja del edificio aprovechamos para seguir afianzando el iba a ser nuestro plan de acción, pues si queríamos sacar el mayor rendimiento de la reunión teníamos que actuar lo más organizadamente posible.


- Estupendo, entonces el franchute es todo tuyo -le concedo, sabiendo a ciencia cierta lo perfectamente capaz que será Abigail de llevarse al tonto ese a su cancha- ¡No puedo creer que te lleves mal con Müller! ¡Es un viejo verde! Eso es bien sabido por todos… aunque, entiendo que no le gustes porque no cumples con sus preferencias, es decir, rubias, pechugonas y con la cabeza hueca -añado riéndome divertido. A mi me cae bien el alemán rubicundo y aunque quizás no pueda aportarnos demasiado ahora mismo nunca se sabe cuando tengamos que recurrir a él.

Luego estaba también la presidente italiana, una mujer madurita con especial fijación en los hombres jovencitos. Quizás me iba a tocar hacerle alguna caidita de ojos especial de las mías y adularla un poco ¿Y quién sabe? Dicen que las mujeres maduras y experimentadas son la mar de complacientes en la cama. Aunque el bloque europeo estaba bastante a favor de nuestra política había ciertas pequeñas barreras técnicas que tenían que desaparecer. Nuestra prioridad sin duda era conseguir abiertamente el apoyo de Estados Unidos pero también era importante fortalecer los lazos con nuestros vecinos más próximos.

Hasta que no llegamos al coche no surgió en la conversación precisamente ese punto crítico de nuestra agenda, el que comprendía nuestro enfoque con los americanos con el inconveniente sin duda de mi pasado común con ellos.


- ¿Advertirte acerca de alguien? Hmmm... Pues veo que conoces a Wilkins, mi ex-jefe en el departamento de relaciones internacionales que es también… el padre de mi ex-mujer. No sé cómo de hostil se comportará conmigo ¡La última vez que lo ví echaba chispas por los ojos! Pero afortunadamente el presidente no tiene nada que ver con eso y  mi trato con él es impecable -le explico, pues al fin y al cabo la última palabra la tiene siempre el mandamás máximo y este tiene que dar prioridad a los intereses del país, más allá de los problemas personales de sus empleados. Yo no le hice nada malo a Annabella, tan solo le planté delante los papeles del divorcio aunque ella después se dedicó a lloriquearle a su papá y perseguirme poniéndose en evidencia una y otra vez.

De hecho es probable que Annabella esté también en la recepción, pues trabaja también para el ministerio y podría asistir en calidad de acompañante de su padre. Esperaba que al menos fuera colgada del brazo de algún otro tonto del culo que la colme de atenciones para que así me deje tranquilo a mí.

Aunque sé que Abigail me está escuchando, cuando la miro de reojo la veo cotilleando por la ventanilla del coche observando las luces del exterior con moderada fascinación.  Pues claro, una señora ministra de los pies a la cabeza no iba a excederse demasiado con el entusiasmo. Todo tenía que ser dosificado en su justa medida, deduzco que para que nadie se atreva a considerarlo como una debilidad.


- ¿Nunca has visitado Estados Unidos, verdad? Si mañana no amanecemos con demasiada resaca si te apetece podría llevarte a ver algunos lugares interesantes -le propongo encogiéndome de hombros. Yo conozco muy bien la ciudad y aunque nuestra visita se debe únicamente a temas laborales eso no significa que no podamos tomarnos unas horas de ocio como recompensa tras un trabajo espero que bien hecho.
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Abigail T. McDowell el Vie Feb 22, 2019 4:34 am

Precisamente por eso se llevaba fatal con Müller, era un viejo verde al que evidentemente la pelirroja no le daba ningún tipo de oportunidad. Le daba asco. Mira que siempre había tenido cierta predilección por los hombres maduros mayores que ella, pero ese señor era rozar lo senil. Por no hablar, evidentemente, de lo terriblemente machista que era. No lo tragaba en absoluto y en más de una ocasión creía fervientemente que matarlo sería hasta un acto de humanidad para ese país: el asistente que tenía podría llevar mil veces mejor todo lo que él delega por incapacidades. La verdad es que siendo justos, Abigail tenía material para decir pestes de prácticamente cualquier persona, pero lo de ese hombre ya era algo personal.

Antes de hablar, la pelirroja tuvo que bufar ante su comentario incrédulo.

—Lo sorprendente sería que me llevase bien con alguien. —Matizó la pequeña diferencia tan obvia. Luego ladeó una sonrisa, siendo bien consciente de que Müller solía frecuentar precisamente los eventos en compañía de ese estereotipo de mujeres, siempre diferentes. —Yo creo que me odia porque le herí el orgullo. No le caigo en gracia porque prefiero mirar con ojos lascivos a su asistente en vez de a él, por no hablar de que no soporta que una mujer regente un cargo tan importante como es el de Ministro y sea su igual. No sé como serán las cosas aquí, en Estados Unidos, pero allí los magos siguen creyéndose que por tener dos varitas tienen más poder. —Rodó los ojos.

Una vez en el coche y enfocándose en las relaciones con los altos cargos estadounidenses, Alexander le mencionó que Wilkins, el jefe de departamento de relaciones internacionales, el mismo tipo que conocía Abigail por sus viajes al ministerio inglés, no era nada más ni nada menos que su suegro. La pelirroja desvió la mirada de los edificios para posarla en él, pues sabía que el auténtico cuadro lo encontraría en su cara. Sabía que Alexander había estado casado—lo había investigado antes de hacerle llamar y ofrecerle el trabajo—y la verdad es que no entendía como alguien tan joven y con tanto potencial había terminado casándose y divorciándose antes de los treinta. Bueno, ella no entendía nada que tuviera que ver con ese tipo de compromisos.

—¿En serio ese tipo era tu suegro? No he tratado mucho con él como para conocerlo personalmente, pero hubiera apostado a que tenía un palo en el culo de manera permanente que le hacía ser un poco cretino. —No pudo evitar esbozar una sonrisa sólo de imaginarse a Alexander trabajando con él en el mismo departamento. Abigail no negaba que era un persona totalmente perfeccionista en el ámbito profesional, algo de agradecer, pero a la pelirroja no le caía bien. Ya iba quedando claro que a la pelirroja pocas personas en el mundo terminan por caerles bien, ¿verdad? —Supongo que la opinión de Wilkins será importante a la hora de conseguir acuerdos con ellos, aunque espero que el presidente tenga en cuenta la poca profesionalidad de tu ex-suegro si decide que las relaciones personales van por encima del trabajo. —Hizo entonces una pausa, para volver a mirar por la ventanilla. —¿Qué le hiciste a su hija para que te odie tanto? ¿Estamos frente al rompecorazones, al que la dejó embarazada y huyó o el que le puso los cuernos? —Le preguntó, con genuina curiosidad: quería saber en qué tipo de persona se había convertido Alexander. Sabía que no influiría en absoluto en su trabajo, pero después de sus años en Hogwarts, la curiosidad era inevitable.

Alexander adivinó que Abigail no había estado en Estados Unidos antes y se sorprendió de que le sugiriera hacer turismo al día siguiente porque no, lo que menos se esperaba de ese fin de semana era hacer turismo. Es decir, ¿de verdad te imaginas a Abigail McDowell haciendo turismo por otro país? Hasta ella era incapaz de imaginarse con un mapa. Sin embargo, el hecho de que su Asistente fuera de ahí, podía simplificar el 'ver mierda', que era normalmente lo que la pelirroja veía cada vez que decidía investigar por sí misma.

—Defíneme eso de  ‘lugar interesante’ —le pidió, cruzándose de piernas, por saber a dónde le llevaría y ver si le llamaba la atención. —Pero no, nunca tuve el placer de venir aquí antes. Cuando trabajaba como Asistente sólo tuve que moverme por Europa y por mucho que no me disguste, viajar por placer nunca ha sido uno de mis hobbies.
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Alexander Castlemaine el Sáb Feb 23, 2019 1:56 am

El trayecto en el coche estaba resultando agradable, pues la parte trasera era amplia y los asientos muy cómodos. La temperatura también estaba perfecta y aunque nos movíamos rápido se notaba que el coche era de alta gama pues apenas traqueteaba con el movimiento. Echando una mano hacia un lado busco en mi bolsillo de mi pantalón uno de mis caramelos de limón, esos que parecen como una pequeña rodaja de la fruta y que casi siempre llevo en los bolsillos cuando voy a alguna parte.

- Venga ya, seguro que con alguien si que te llevas bien… -le respondo, pues seguro que tan sólo está exagerando. A mi Abigail no me parece una mala compañía en absoluto. De hecho hasta ahora me ha permitido tratarla con normalidad, tuteándola, bromeando… en ningún momento me ha cortado el rollo o me ha exigido que la trate de una forma distinta y aunque sé que no es mi igual, sino que es mi jefa, mi superior, el trato entre nosotros hasta el momento ha sido cordial- ¿Le heriste el orgullo por no mirarle con ojos golosones? ¡Pero quién en su sano juicio podría hacer eso! Lo único que miran de forma golosa las mujeres florero que lleva del brazo es su cartera -añado, pues no es que sea un hombre precisamente atractivo aunque rico si que lo es bastante y es por eso precisamente por lo que no le falta nunca compañía femenina. Además de que obviamente, también ostenta un cargo de poder en su país.

Lo del machismo a lo que ella se refiere si que me parece una opinión acertada, pues Müller habla de las mujeres como si fueran objetos y debe de molestarle demasiado que una mujer y encima joven como Abigail, esté en su mismo escalón e incluso por encima al ser Inglaterra una potencia mucho más fuerte que Alemania actualmente. No puedo hacer que Müller se comporte diferente con mi jefa pero confío en poder suavizar la tensión haciendo uso de mi sentido del humor con el alemán y del hecho de dejar “accidentalmente” en la bandeja de canapés todos los de gambas para que los disfrute el susodicho germano.


- Pues si, era mi suegro y eso me facilitó mucho las cosas a la hora de empezar a trabajar en el Ministerio. Y si, habrías ganado la apuesta por lo del palo en el culo -le respondo echándome a reír soltando una sonora carcajada- Es un poco soberbio y altivo, pero desde el principio me centré en mi trabajo para no darle ni un solo motivo por el que pudiera echarme algo en cara. No creo que se muestre poco profesional, por lo que no deberíamos preocuparnos por él… ni aunque me mire como si estuviera deseando sacarme las tripas por la boca -añado divertido imaginando la escena. De todos modos quizás me equivoque y se muestre totalmente indiferente hacia mí pues eso mismo pensaba hacer yo con él- No le puse los cuernos, ni la deje embarazada… aunque eso último es lo que le habría gustado a ella. Annabella se obsesionó demasiado y quería que tuviéramos hijos y bueno… yo no estaba muy por la labor ¿sabes? Aún tengo muchas cosas que hacer y los críos son una completa distracción -le explico, pues lo cierto es que nuestro matrimonio no estuvo mal del todo.

En parte fue una buena decisión la que tomé al casarme con ella. Como mujer me parecía y me sigue pareciendo hermosa, además ella estaba tan colada por mí que hacía todo lo que yo quería. El sexo estaba genial y tampoco podía quejarme al respecto. La manejaba a mi antojo y ella me complacía hasta que se le metió entre ceja y ceja que quería un bebé. ¡Aún no sé quién le metió esa idea en la cabeza! En parte yo no quería tener hijos debido a mis traumas infantiles con esos padres aberrantes que tuve, que sin duda no fueron un buen modelo a seguir en cuanto a crianza… pero claro, eso no se lo iba a reconocer nunca a nadie y menos en voz alta.

Al parecer mi propuesta sobre hacer turismo le había llamado la atención a mi acompañante y aunque no pensaba que ella pudiera aceptar hacer algo tan… diferente, parecía que se lo estaba planteando.


- Hmmm pues cosas típicas de turistas… subir al Empire State Building, visitar Central Park o pasear por la quinta avenida. Times Square de noche es alucinante y en el barrio chino hay restaurantes geniales. También está la opción de pillar una escoba e ir hasta Ellis Island para sentarnos sobre la estátua de la libertad… ¡Hay un montón de posibilidades! -le digo con la esperanza de que algo de lo que he propuesto cumpla con los requisitos de lo que ella pueda considerar “interesante” ¡A mi me lo parece! Y eso que he vivido aquí y ya he hecho todas esas cosas. No me importaría en absoluto hacerlas de nuevo- Podríamos camuflarnos e incluso disfrazarnos para hacernos pasar por turistas -añado, pues eso a mi modo de ver le añadiría un extra de diversión al asunto.
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Abigail T. McDowell el Sáb Feb 23, 2019 8:58 pm

Seguro que con alguien sí que se llevaba bien, pero probablemente se contarían con los dedos de una sola mano. El punto es que Abigail tenía una personalidad muy complicada y si se llevaba bien con muchos cargos políticos era precisamente porque no utilizaba su personalidad real y se vendía al aparentar.

A él lo único que le importa es sentirse deseado y lo que más le ofende que una mujer que bajo su juicio podría dominar, le plante cara y lo rechace. —Y él había tenido la estúpida idea de pensar que alguien como McDowell era ese tipo de mujer. —No sé que te sorprende. Existe la falsa creencia de que lo más importante de un hombre es el tamaño de su pene; no te equivoques: es el de su ego.

Nunca había tenido gran predisposición por los drama familiares, pese a que ella protagonizó uno bien conocido en el Ministerio de Magia, pero agradecía en su más profundo interior cargado de impaciencia, que las personas fuesen capaces de estar por encima de dichos dramas y considerar ante todo la profesionalidad que debe de haber en el trabajo. En su momento, la madre de Abigail—la cual odiaba—trabajaba en la Oficina de Aurores cuando aún la pelirroja era Asistente y pese a que la clara hostilidad entre ellas era palpable, siempre hubo profesionalidad para tratar los temas por encima de eso.

—Bien, porque sería terrible que en tu primer trabajo como mi Asistente perdiésemos nuestro tan valioso acuerdo sólo por tu relación con el padre de tu ex-mujer. —Lo miró de reojo, con una mirada traviesa. Le gustaba poner en duda sus capacidades, pero él era lo suficientemente inteligente como para saber que si estaba ahí con ella, en realidad Abigail no tenía duda alguna de lo que podía llegar a conseguir. —No sólo son una distracción: son una responsabilidad. Es inviable combinar un buen desempeño profesional con un buen desempeño paternal. Y si por alguna casual esas dos cosas sí se consiguen: olvídate del sexo. —Y bufó, divertida. Ella no sacrificaría el sexo ni su profesión por tener críos, eso lo tenía claro.

El tema de tener hijos era algo que llevaba pensando mucho tiempo: siempre había llegado a la conclusión de que en realidad nunca querría nada así, pues hasta ella era consciente de que con la vida que llevaba antaño, probablemente su vida no superase los treinta años. Pero ahí estaba, sentando cabeza con un trabajo que no le permitía ponerse en riesgo a consciencia, sino que el riesgo le llegaba a ella en cada momento.

Si bien todo lo que nombró con respecto al turismo lo 'conocía' porque en Estados Unidos el turismo es conocido aunque no hayas ido nunca, ninguna le hacía especial ilusión. Es decir: a Abigail no le gustaba hacer turismo, más bien le gustaba irse de 'aventurera' a ver qué recovecos no famosos e igual de épicos se encontraba en cualquier sitio de la ciudad y no sé, teniendo en cuenta que estaba con un experimentado en la ciudad, se esperaba algo así, más que sitios turísticos a los que ir con una mapa. Así que ver la estatua de la libertad, Empire State building o un parque muy grande... pues no, no le llamaba demasiado. Pero antes de dar su opinión, no pudo evitar enarcar un ceja ante lo último que dijo.

—¿Disfrazarnos, en serio? ¿Qué tienes: doce años? —Y bufó tras meterse con él. Es evidente: Abigail McDowell no se disfrazaba, mucho menos para ir de turismo por Nueva York. Sonará a tópico y muy típico, pero tenía una reputación que mantener y eso le parecía muy infantil. —No me voy a disfrazar de turista: ya soy una turista. Que lo aparente es otra cosa. —Hizo una pausa. —De todas maneras no me refería precisamente a ir a ver lo que todo el mundo ve: ¿en serio después de casi diez años aquí, en Estados Unidos, lo mejor que tiene para enseñarme esa ciudad son los lugares más concentrados en turistas?
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Lun Feb 25, 2019 3:31 am

La verdad es que no me hace ni pizca de gracia que el tema de los penes se haya vuelto algo recurrente en nuestra conversación. No es por nada en concreto, pero quizás es que pensar precisamente en el pene de Müller no es algo que me parezca ni mucho menos agradable. El hombre es viejo… ¿Qué se puede esperar del pene de un hombre de esa edad? No creo que ni él mismo deposite demasiadas confianzas en ese apéndice en especial. Quizás por eso mismo las mujeres jóvenes se sienten relativamente a salvo en su cama, dado que las probabilidades de que “eso” funcione y tengan que soportar practicar sexo con él son escasas. Eso si, los besos deben ser otro cantar… ¡Ay que asco! No, no… mejor cambiemos de tema.

Si el tema del cuerpo corporal de Müller me había puesto mal cuerpo, válgase la redundancia, tampoco me sienta muy bien que ella insinúe que nuestro plan pueda fracasar debido a mi relación personal con Wilkins.


- Mi relación con él no va a interferir, te lo aseguro -le digo hablando totalmente en serio. Por mi parte no voy a darle coba y le trataré con toda la frialdad que sea necesaria. Con el presidente ya será otro cantar, pues con él me llevo muy bien ¡Incluso hemos ido a ver partidos de quidditch juntos!- Si bueno, quizás hubiera sido más factible de haber tenido un buen puesto y haber estado ya asentado en este mundillo pero… por mi trabajo tengo que viajar mucho y habría sido además de un padre horrible, un padre ausente -le cuento, pues directamente no habría estado casi nunca con ella y el bebé.

En cuanto al sexo sé a lo que se refiere y quiero pensar que Anna y yo no habríamos tenido problemas de ese estilo. Para que el bebé deje de molestar por las noches basta con contratar buenas niñeras y aplicar algún hechizo insonorizador básico.


- Pues la verdad es que pienso que eso de sacar al niño que uno lleva dentro, de vez en cuando, es algo bueno -le digo echándome a reír por su reproche. No tengo doce años ni mucho menos pero me gusta sentirme así de despreocupado como cuanto tenía esa edad y de vez en cuando eso de hacer trastadas me sienta bien. Definitivamente la jefa es toda una aguafiestas ¡con lo divertido que habría sido! Cambiarnos el color del pelo, ponernos ropas que no fueran de nuestro estilo… en plan sport quizás ¡Más que nada para que si nos viera alguien de la prensa no pudiera reconocernos! Normalmente no tengo que temer por esas cosas pero Abigail es una persona pública e incluso podría atacarnos alguien que no estuviera de acuerdo con su ideología ¡Por eso es práctico ir camuflados!- No mujer, no puedo ofrecerte solo eso. Pensaba que te gustarían las cosas más épicas que ofrece la ciudad pero claro que conozco más lugares… más tranquilos y menos masificados -le explico, aunque cuando pienso en ellos me acuerdo de esa cafetería tan genial a la que iba muchos días a desayunar o incluso el paseo a lo largo del río con sus bancos y las excepcionales vistas. Son sitios a los que llevaría en petit comité a una chica pero… la jefa no es como las chicas que normalmente me acompañarían a esos lugares.
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Mar Feb 26, 2019 4:19 am

Picar a Alexander había resultado cuando metió de por medio su inseguridad con respecto a la mala relación con su suegro. Por lo poco que conocía a ese señor y lo que llevaba conociendo a Castlemaine, suponía que no habría problema ninguno, pero como la razón del ser humano es tan terriblemente incomprensible, una ya no podía estar segura de absolutamente nada.

Sólo habían dos tipos de personas en este mundo: los que querían tener un hijo y los que no. Y por mucho que Alexander estuviese buscando excusas con las cuales poder haber tenido más posibilidades de pensarse lo del bebé, estaba claro que pertenecía al segundo grupo y que lo que hacía, en realidad, era buscar los contra y olvidarse de los pro. Y era perfectamente respetable. El ser humano dejó hace mucho de existir para el simple cometido de reproducirse. De hecho, con la cantidad de personas que eran en el planeta, era recomendable dejar de hacerlo si no era estrictamente necesario.

—No hubiera merecido la pena —le apoyó en eso.

Y es que ella opinaba igual, además del hecho de que no simpatizaba con los niños, aunque éstos siempre pareciesen llevarse bien con ella. Pero una cosa estaba clarísima: ningún ser humano debería de traer un hijo a este planeta si no iba a poder encargarse cien por cien de él. Y eso era algo que hasta Abigail: una persona cruel, con una infancia horrible y unos padres no sólo ausentes, sino terribles con su crianza, sabía. Ella jamás tendría un hijo si no tuviera plena certeza en que podría darle una infancia decente.

Respecto a eso de sacar al niño que llevas dentro... probablemente viniese ligado a lo anteriormente dicho: el pasado de Abigail. Y es que desde muy pequeña, la pelirroja ya poseía personalidad adulta. Ella nunca ha tenido, lo que se dice, ese niño interior. Siempre fue muy seria, muy correcta y muy madura para la edad que tenía.

—¿Y si una no tiene ningún niño dentro, qué se supone que se hace? —Y lo miró de reojo, enarcando una ceja. Lo sentía por su ansias de divertirse como un niño de doce años, pero Abigail hacía muchísimo tiempo que eso no iba con ella. Respetaba—e incluso podría decirse que tenía un poquito de envidia—a las personas capaces de sentir tanta despreocupación por las cosas y sacar su lado infantil, ya que ella no podía. Y de verdad es que no lo tenía. —Siempre he considerado que la 'epicidad'... —Usó comillas para utilizar aquel adjetivo y seguirle el rollo a su comentario—...de un momento viene dada por la experiencia vivida, no por su lugar. Al final hacer turismo es mucho más que ver cosas bonitas que siempre están ahí. El buen turismo, en mi opinión, es el que te enseña cómo se vive en el lugar. —Dejó de mirar por la ventana, para girar hacia él. Abigail era poco de ver estatuas o arquitectura, por muy famosas que fueran: consideraba que no te aportaba nada que no te pudiera aportar ver una foto de eso. Ella era de vivir experiencias y, por desgracia, era una mujer acostumbrada a experiencias muy emocionantes como para que algo así le llamase la atención.

El conductor, que estaba totalmente en su mundo sin prestar atención a la conversación ajena, bajó la ventana que separaba la parte de delante y la trasera, para poder comunicarles el tiempo de llegada.

—Señorita McDowell, señor Castlemaine: vayan preparándose pues en tres minutos habremos llegado a la Mansión Blackburn. —Y tras un leve asentimiento de Abigail que observó a través del retrovisor, volvió a cerrar aquel cristal que los dividía.

Entonces la pelirroja se volvió a mirar al rizos.

—¿Está listo, señor Castlemaine? ¿O lo he hecho pensar demasiado y está llegando a la conclusión de que ir de turismo conmigo va a ser demasiado complicado? —Ladeó una sonrisa, hablando de usted para seguir el hilo del chófer.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Mar Feb 26, 2019 9:16 pm

Si, no habría merecido la pena o eso ya nunca lo sabré y de todos modos tampoco es que deseara volver atrás. Ahora mismo estoy en un momento de mi vida en el que tengo otras prioridades que serían incompatibles con eso de limpiar mocos y cambiar pañales. No me cierro en banda a esa posibilidad todo sea dicho, pero quizás dentro de unos cuantos años. No puedo decir que me disgusten los niños, de hecho seguro que mi parte infantil disfrutaría mucho jugando con ellos pero… seguramente debido a mi trabajo dispondría de poco tiempo libre para poder dedicarlo a ellos. Quizás otro hombre se sentiría aliviado de eso, de no estar en casa y vivir el día a día ajeno a los gritos, los llantos y demás mientras otra persona se encarga de criarlos, pero a mi no me gustaría que mis hijos crecieran sin su padre. Dejaría que los niños crecieran como niños y no transformándonos en pequeños adultos cargados de presión y responsabilidades como nos pasó a mis hermanos y a mí. Nosotros al menos nos teníamos los unos a los otros para rescatar un poco ese carácter infantil e inventar juegos a escondidas.

Cuando ella menciona esa falta de su niño interior me vienen a la mente recuerdos de cuando estábamos en Hogwarts. Es cierto que su infancia también fue terrible y deduzco que el tiempo no ha hecho más que endurecer aún más su carácter. Es algo típico de los supervivientes, de los que se han forjado a sí mismos.


- Bueno, si no tienes ese niño interior siempre puedes intentarlo. Te garantizo que aunque te olvides momentáneamente de tus responsabilidades, estas no se van a ir a ningún sitio y seguirán estando ahí cuando regreses -le respondo, pues no tiene nada que perder y quizás, solo quizás, podría hasta divertirse un poco- Yo creo que influye un poco todo en la experiencia turística. Es decir, no es lo mismo ver una fotografía que estar en el lugar exácto, contemplarlo con tus propios ojos, recibir el viento en el rostro, percibir los sonidos, los aromas… -le explico, pues eso no se siente al ver una foto y muchas veces estas no hacen justicia al monumento en cuestión.

Obviamente también entiendo su punto de vista, pues limitarse a disfrutar tan solo de las partes “típicas” de la ciudad enfocadas solamente al turismo y a sacarle los cuartos al visitante sería quedarse con una visión un tanto pobre de la ciudad. Pensando en eso estaba cuando el chofer de pronto baja la ventanilla automática que separaba ambas partes del coche y nos informa de que ya estamos llegando a nuestro destino.


- Oh no, tranquila señorita McDowell… independientemente del tamaño de mi pene y del de mi ego… mi cerebro está en buena forma y aún puedo pensar un poquito más -le respondo esbozando una sonrisa traviesa y guiñándole un ojo- De todos modos ahora voy a tener que centrar mis pensamientos en el trabajo y no en el turismo pues, como hombre que soy, sabrá que no podemos hacer dos cosas al mismo tiempo -añado de guasa aún riéndome, pues no me han pasado en absoluto desapercibidas sus opiniones sobre el género  masculino. Evidentemente a mí no me han ofendido en absoluto- En fin ¿Está preparada para que empiece el espectáculo?
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Miér Feb 27, 2019 3:11 am

¿Olvidarse de sus responsabilidades? Hacía mucho tiempo que no hacía eso, más o menos desde que estaba en la universidad y todavía era una joven que salía los fines de semana a emborracharse hasta no ser persona el domingo. Desde que entró en el Ministerio de Magia a trabajar, tuvo bien clara sus prioridades y eso de las responsabilidades siempre le habían perseguido.

Quizás lo que decía Alexander podía emocionar a un ser humano convencional, pero una cosa estaba clara: Abigail no era una persona convencional. Y la verdad es que ya se estaba imaginando frente al Empire State Building con cara de patata aburrida, sin que el viento, ni los sonidos, ni los aromas le aportasen nada en absoluto. De verdad, el hecho de salir del hotel para ir a ver una edificación y que tachen eso de ‘turismo de calidad’ a Abigail le parecía una tontería. Pero ojo, cada cual con sus gustos. Qué otra cosa no, pero también estaba claro que la pelirroja era de gustos peculiares.

Tras su comentario travieso, a Abigail le entraron unas pequeñas ganas de contestar algo relacionado con lo del tamaño de su pene, pero se contuvo porque ya tenía una edad y esos comentarios eran de niña de dieciocho años. Que ojo, quizás sí que podrías sacarle a la niña interior, pero no precisamente a la niña que todos esperaban sacar.

—Cierto —dijo con falsa sorpresa cuando le recordó que como hombre que era, no podía hacer dos cosas a la vez. —Siempre me olvido que sois la raza inferior. —Añadió a la broma del chico, para entonces erguirse levemente en el sillón y observar por la ventanilla como entraban a los jardines de la mansión Blackburn. ¿Que si estaba preparada? Lo raro es que McDowell no estuviese preparada para algo. —Por supuesto.

Dos minutos después, el coche que los llevaba paró justo delante de la entrada de la Mansión Blackburn, justo en frente de unas grandes escaleras de piedra que daban a una grandísima puerta que estaba abierta de par en par. Del interior salía luz, pero las grandes farolas que estaban fuera iluminaban tanto los jardines que casi ni se notaba que en el interior había una gran cantidad de luces. El chófer fue el primero en bajarse, abriéndole la puerta por el lado de Alexander para que éste saliese primero y así le tendiese la mano a la Ministra para ayudarla a salir. Evidentemente no necesitaba ayuda, pero el protocolo era así de gilipollas y Abigail, cediendo al gilipollismo, hacía lo que tenía que hacer.

Una vez Alexander y Abigail estuvieron fuera, el chófer les deseó una buena velada, diciéndoles que estaría preparado para cuando decidieran irse. Justo cuando se fue, apareció el Presidente del MACUSA: Hardy Jolyon. Tenía el pelo rubio ceniza, repeinado perfectamente hacia atrás y su rostro destacaba por tener un ojo de color azul y el otro de color marrón. Era muy atractivo, un hombre que probablemente rozase los cuarenta y largos. Había sido el mismo hombre que los recibió en el hotel, pero ahora estaba ataviado con una túnica lila muy extravagante que le daba un aspecto totalmente diferente.

—Señorita McDowell, está usted electrizante esta noche. —Se puso la mano en el bajo vientre e hizo una muy noble reverencia a ella. Era un caballero, pero incluso un caballero tiene que hacer esfuerzo para no mirar tremendo escote. Luego miró a Alexander, pronunciando un poco la sonrisa. —Castlemaine, un placer tenerte otra vez por aquí, de mano de una grandísima mujer. Sabía yo que irte del MACUSA no era un error, sino tu oportunidad. Vamos, pasad. —Hardy señaló las escaleras y las subió junto a ellos, dejando reposar sus dos manos en la parte baja de su espalda. —Estoy muy contento de que hayáis podido venir: desde el cambio de gobierno en Inglaterra habéis estado muy atareados y apenas hemos podido conocernos, señorita McDowell. Estaba deseoso de ello.

Abigail pudo reconocer en su voz que tenía muy claro todo lo que pasaba en Inglaterra, lo cual era normal: en el Ministerio Británico trabajaban muchos americanos. Además, el hecho de que habían varios frentes de resistencias en Inglaterra que iban en contra del gobierno era conocido en todo el mundo. Evidentemente habían estado atareados intentando mantenerse en el poder. Como es lógico, Abigail no dio bola al tema de los fugitivos, pues prefería no tocar temas que dejasen al gobierno en una posición de duda o peligro.

—Yo también tenía ganas de conocer al famoso Presidente del MACUSA, que todos vuestros empleados vienen a Inglaterra a menudo para tratar ciertos asuntos y en dos años que llevo en el puesto, no había sabido nada de usted. Todos me habían hablado muy bien tanto de su persona como de lo que hace —dijo de una manera muy amable y para alguien como Alexander, que la conocía fuera de tanto formalismo, se notaba la diferencia entre la Abigail profesional y la Abigail real. —Y es un honor estar aquí. —Porque en teoría todos los grandes puestos del mundo estarían ahí, pero siento totalmente sinceros: no realmente todos eran invitados. Bien por conveniencia, bien por relaciones o bien porque no aportaban nada.

—Es un gran honor pertenecer a este sector, por supuesto. Aquí todos los que vienen son porque estamos en la cúspide del poder, para asegurarnos de seguir en dicha cúspide. —Y entonces sonrió. —Ya sabéis que la grandeza hay que conservarla.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Dom Mar 03, 2019 11:52 pm

Sabía que mi broma sobre el género masculino le iba a hacer gracia. De hecho cuando Abigail sonríe de verdad sus facciones se suavizan bastante, aunque claro, esos momentos son escasos y duran poco. Enseguida nada más para el coche se pone en pié de guerra de nuevo, lista para hacerle frente a todo lo que se venga y bueno... Siguiendo los pasos protocolarios establecidos socialmente, yo salgo primero del coche y luego le tiendo la mano a la jefa para ayudarla a salir. Inmediatamente después de eso sin hacernos esperar en absoluto aparece nuestro anfitrión, el mismísimo ministro en persona. Ante mis ojos veo como el palo que tenía Hardy metido en el culo no le impide hacerle una reverencia a Abigail, pero el colmo es cuando con su voz pomposa le suelta ese “está usted electrizante esta noche”. Ahí sí que no me puedo controlar y se me escapa una pedorreta pues el peloteo máximo que se está marcando me parece la mar de divertido. Yo trabajaba aquí hace tan solo unos meses… y Jolyon no debería de olvidarse de ese “pequeño” detalle, pues sé perfectamente lo que opina de Abigail y de sus estrategias políticas. Ya claro… irme del MACUSA no era un error sino mi oportunidad. Cabrón.

Tampoco es que me interese ponerme ahora a sacar los trapos sucios, pues contemplo esta invitación como un intento de acercamiento, pues debe de haberse sentido entre la espada y la pared. Así que mi prioridad hoy es salir de aquí con unas buenas relaciones y unos pactos sellados que puedan beneficiar a nuestro país. Evidentemente Abigail no es tonta y enseguida le lanza un dardo envenenado recordándole que si tantas ganas tenía de conocerla, según afirma, no se ha dado demasiada prisa en estos dos últimos años. Toma, directo a la yugular. ¡Como me voy a divertir esta noche!


- Si, si… estamos todos electrizantes, pero nos vamos a quedar también congelados como no entremos pronto -les digo divertido, metiendo las manos dentro de los bolsillos del pantalón pues hace una rasca considerable aquí fuera. ¡Y en el coche se estaba demasiado calentito! Por lo que el frío es aún más notable.

Oportunamente el ministro recuerda mencionarme que tiene una sorpresa para mi pues hay un auténtico bellezón esperándome en el salón principal. En ese momento me quedo frío, pensando que es la puñetera Annabella, pero no… ¡Ella no estaría esperándome abiertamente! Que tiene su orgullo, sobretodo si su padre está rondando así que no tengo ni puñetera idea de qué puede ser. Eso si, si pretendía intrigarme lo cierto es que lo ha conseguido. ¿Que hace una sorpresa para mi en casa de Blackburn? No entiendo nada. Mientras él sigue hablando con la Ministra entrando ya sutilmente en temas políticos todos subimos unas escalinatas que conducen a la entrada de la mansión.

Justo en la puerta se mantienen bien erguidos un par de criados, como si las puertas no pudieran mantenerse abiertas solas y se necesitaran esos dos cuerpos humanos para ejercer de topes. En fin es un buen cometido como cualquier otro. La mansión la conozco bastante bien pues he asistido a otras reuniones por el estilo por eso sé perfectamente donde está el salón donde se supone que hay algo para mí. Maldito sea, ahora me muero de ganas de llegar y el par que me acompaña se toma su tiempo caminando tranquilamente hablando no se qué de cúspides de poder y paparruchas varias. Jesús, dame paciencia.

Al final cuando llegamos al salón en cuestión donde están ya unos cuantos invitados revoloteando por doquier, ni siquiera me fijo en las caras de los presentes sino que paseo mi mirada rápidamente por el lugar tratando de encontrar algo diferente. En el momento en que mis ojos se posan sobre el precioso piano de cola ubicado en una de las esquinas creo que se me para el corazón y todo. ¡Se debe sentir algo similar al enamorarse! O eso creo, el típico flechazo de cupido que nunca sentí pero ouch… mi corazón ahora late acelerado y mis pupilas se transforman en corazoncitos como sucedería en los dibujos animados.


- Joder… es un Steinway del… ¿65? -le pregunto mirándolo de reojo a lo que él se apresura a rectificarme el año asegurándome que es del 54. Santo cielo, respira Alexander. Ese maldito piano probablemente le haya costado más de 80.000 pavos ¿Y para qué leñes lo ha traído a casa de Blackburn?- Sin duda es… una gran maniobra de distracción Hardy -le digo esbozando una sonrisa y tratando de recomponerme un poco aunque la cara que se me debe de haber quedado al verlo habrá sido un poema. Agrrrr tengo que controlarme un montón para no salir corriendo escopetado hacia él... espero que después cuando se haya ido todo el mundo pueda inspeccionarlo desde más de cerca e incluso tocar algo. Sin duda el ministro  me conoce bien y sabe que los pianos de ese calibre son mi total debilidad. Aunque lo cierto es que yo no aprendí en uno de esos obviamente, pues en mi modesta casa teníamos uno más sencillo, uno que espero llevarme a mi nuevo apartamento de Londres en cuanto pueda.
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Lun Mar 04, 2019 7:44 pm

Hardy Jolyon le había puesto los dientes largos a Castlemaine con una especie de sorpresa, pero éste último se evadió de la conversación por completo mientras los dos Ministros de Magia se ponían al día con ciertas movidas políticas que, sinceramente, en ese momento no era más que parafernalia que podían ahorrarse perfectamente. Había sido Jolyon quién, interesado, preguntó, pues Abigail tenía muy claro que ese día más que para hablar de política y de acuerdos, era una reunión social. El evento político para el que habían sido realmente invitados era el sábado, es decir, mañana. Lo que querían ahora mismo tanto McDowell como Castlemaine eran ablandar el terreno y hacer los lazos necesarios para que todo saliese bien y nada se frustrase en el último momento. Y dar una buena imagen, por supuesto. Eso era siempre lo primero: el Ministerio Inglés, después de todo lo que ha ocurrido, tenía que dar la mejor imagen de todos los continentes.

Mientras Alexander recibía un flechazo por un piano, Hardy Jolyon sonreía victorioso por haber hecho que Castlemaine babease frente a su Ministra de Magia por ver un instrumento. Al ver que el ministro observaba a su asistente, la pelirroja también se giró, viendo como preguntaba por aquel piano.

Sinceramente, Abigail no tenía ni puta idea de pianos. Ni de nada que tuviese que ver con música. Pese a eso, supo identificar que el Steinway parecía ser una marca muy famosa y buena. Le pareció información de todo menos útil.

—Del cincuenta y cuatro —corrigió Jolyon.

‘Vaya por Merlín, del cincuenta y cuatro…’ Ironizó Abigail, quién como no entendía de música, evidentemente no valoraba la información. La ignorancia era así de curiosa.

—¿Distracción? ¡Oh, vamos! —La falsedad de Hardy Jolyon, por mucho que la camuflase en un fingido encanto, se notaba en el aire. Al menos ella ya había tratado con muchas personas como él y era muy complicado hacer que la pelirroja cayese en ese encanto, a menos que ella quisiera que te creyeras que estaba cayendo. —Tengo intención de pasar mucho tiempo con tu preciosa Ministra, así que no quería que te aburrieras. Consideralo, más bien, una gran maniobra para tu entretenimiento personal. Qué menos, después de tantos años trabajando juntos que te sientas como en casa… —Su sonrisa, de tiburón, le hizo incluso achinar los ojos. —Ahora les dejo un momento, que debo atender a todos los que van llegando. Pónganse cómodos.

Hardy se giró, caminando con tranquilidad, aún con las manos a la altura de su baja espalda. La pelirroja se giró hacia Alexander, con una ceja alzada por el comportamiento del Ministro. El cinismo era algo muy propio de éste tipo de eventos, tampoco se lo iba a tener en cuenta. La primera que estaba ocultando su verdadera forma de ser y sus auténticas intenciones era la pelirroja.

—Es del cincuenta y cuatro, Castlemaine, ¿cómo es posible que no lo supieras? —Se metió con él, para ladear una sonrisa. —¿Quieres que vayamos al baño a coger una par de servilletas y así te limpias las babas?

Recordaba el dato de que Alexander, en Hogwarts, sabía tocar el piano, pero nada más. La verdad es que ignoraba que dicho pasatiempo se hubiese convertido en algo tan importante para él como para que un piano le produciese tanta admiración. Ella no lo entendía porque evidentemente no sentía ese tipo de admiración por muchas cosas inertes. Ella, en realidad, no sentía muchas cosas que para las personas normales son sentimientos ordinarios. Podría decirse que eso de valorar los detalles no iba con ella.

—Supongo que aún tocas —
dijo, en referencia al piano, para entonces mirar como poco a poco se iba llenando el salón y cada vez entraban más personas por dónde ellos recientemente acababan de pasar.
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Alexander Castlemaine el Mar Mar 05, 2019 12:53 am

El capullo de Jolyon se piensa su maniobra de distracción ha funcionado y encima sigue haciendo ese teatrillo ridículo, fingiendo que no pretendía nada raro trayendo un piano como este a casa de Blackburn. En fin, vale que así en un primer momento me he quedado un poco en shock, más que nada porque no esperaba algo así, pero ahora que sé que obviamente el piano no se va a ir a ningún sitio en lo que queda de velada, me voy a centrar totalmente en lo que nos ocupa.

Si pensaba que el nivel de patetismo del ministro no podía superarse lo cierto es que estaba bien equivocado, pues asegura que piensa pasar mucho tiempo esta noche con “MI” preciosa ministra por lo que asegura que necesitaré el piano para no aburrirme. Vale, este tío es gilipollas y no sé cómo no me dí cuenta antes cuando vivía aquí.


- Coincido contigo con que la Ministra es preciosa pero no es mía y bueno… pasará contigo todo el tiempo que ella quiera… o no -le respondo esbozando una sonrisa, pues ella es libre de charlar con quién desee y tampoco sería conveniente que nos centráramos tan solo en las relaciones con los estadounidenses.

Al menos el papagayo machista y estirado se excusa marchándose para atender a otros invitados por lo que Abigail y yo nos volvemos a quedar a solas. Por nuestro lado pasa un camarero con una bandeja llena de copas de champán así que rápidamente pillo dos al vuelo y le ofrezco una a Abigail. Ella se ha tomado de una forma muy divertida la escena del piano así que no puedo evitar echarme a reír.


- Jajaja vaya, es que desde aquí no pude verle el carné de identidad y ciertamente se conserva tan bien que no aparenta los años que tiene -le respondo como si el piano se tratase de una persona. Eso sí que puedo verlo desde aquí y su estado de conservación es inmejorable- Ejemplares como ese no se ven todos los días y por eso… me he emocionado un poco. Son muy caros, le habrá costado una auténtica fortuna -le explico añadiendo un poco más de información al respecto- Si, claro que aún toco, la verdad es que el piano me ha acompañado muchos momentos de mi vida ayudándome a llenar los vacíos solitarios -añado, pues estando solo en este país a veces también tuve mis bajones, mis momentos en los que pensaba que no estaba haciendo las cosas bien, que no encajaba… que estaba dedicando toda mi vida a algo que no me llenaba y no me hacía feliz. En esos momentos me sentaba frente al piano y se me pasaban las horas, me evadía, me relajaba y a veces conseguía que viera las cosas de otra forma. Me refugiaba en las notas, los acordes y en esos instantes todo fluía y mi vida era maravillosa, hasta que obviamente luego se hacía el silencio de nuevo y llegaba la aplastante realidad. En fin, tampoco quiero ponerme en plan sensiblero ahora pues claramente no he venido aquí a eso y tampoco creo que ella pueda entenderlo en absoluto- ¿Pero qué te voy a contar? -añado carraspeando y llevándome la copa a los labios para dar un sorbo al tiempo que echo un vistazo por la sala- ¿Has visto quién está por ahí? Tu “querido” Müller...
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Abigail T. McDowell el Miér Mar 06, 2019 12:27 am

No, definitivamente no entraba en sus planes pasar más tiempo del necesario con Hardy Jolyon si podía evitarlo, además de que prefería acercarse a las personas con las que podía sacar algún tipo de beneficio político. Quería pensar que con Jolyon todo estaba 'solucionado' y que no pondría pegas a los acuerdos que iban a firmar mañana. Esperaba que no fuese tan imbécil como aparentaba y no tuviese en cuenta los lazos interpersonales ni que tuviese intenciones de buscar nada en la pelirroja, porque entonces quizás no firmaría mañana pero porque le faltaría la mano para poder hacerlo.

Su broma sobre el carnet de identidad hizo que Abi sonriese momentáneamente, para entonces escuchar la historia del piano. La verdad es que no le sorprendía en absoluto que ese piano costase una fortuna: sería lo obvio si lo había usado para impresionar a Alexander. Había dicho que había sido una manera de demostrarle el ‘buen rollo’ entre antiguos compañeros, pero Abigail siempre veía ese tipo de situaciones como una clara situación de ver quién la tiene más grande, quién tiene más dinero y quién tiene mejores cosas. Nunca había sido mucho de cosas materiales, así que a ella le importaba bien poco.

—¿Vacíos solitarios? —preguntó, mirándole de reojo, tomándose la libertad de acercarse al piano para tocar su madera con suavidad. —¿Tú has tenido de esos? Si hasta has estado casado. Algo me dice que tu vida en Estados Unidos fue muy intensa. —En realidad tenía curiosidad. La vida de ella también había sido intensa, pero igualmente también había tenido vacíos solitarios, lo cual era normal teniendo en cuenta lo solitaria que era su vida. Aunque ella lo prefería, la gente era complicada.

Entonces se fijó en Müller, mirándolo de soslayo para finalmente mirar a Alexander y poner los ojos en blanco. El alemán no dudó en acercarse a ellos, mirando a Abigail como si fuese una vieja conocida a la que se alegraba de ver. Algo le decía que su intención era saludarla al principio solo para evitar tener que tener una conversación más extensa con ella al final.

—Buenas noches —
le dijo a ambos, dándole la mano a Alexander y un beso en el dorso de la mano a Abigail. Pura cortesía. —Espero que pasen una bonita velada.

—Igualmente, Müller —respondió Abigail, educada.

Y siguió de largo, en compañía de una mujer rubia, esbelta y muy joven, tan joven que nadie se creería que estuviese por él por algo que no fuese el dinero o el poder. Así que cuando se fue en dirección a la sala de actos, en donde estaba todo perfectamente dispuesto, Abigail volvió a mirar a Alexander y le hizo una señal con la cabeza para ir hacia allí, en donde ya estarían todos los que hubieran llegado.

Era una sala amplia, con una mesa con los típicos tentempiés elegantes que no te llegan ni a la muela, bebidas y con una suave música ambiental muy clásica. La mujer que iba con Müller volvió a mirar a las dos figuras que representaban a Inglaterra cuando pasaron por delante de ella y la pelirroja no pudo evitar mirar a Alexander.

—Esa es nueva —le dijo, llevándose la copa de champán que antes había recogido su Asistente a sus labios. Se pararon junto a la mesas de tentempiés, aunque al menos Abigail no tenía pensado coger nada. —Hay mucho rostro que no conozco por aquí —confesó, en voz baja, para hablar sólo con él y no con nadie que quisiese escuchar. —Me vas a tener que poner al día —le dijo, asumiendo que él sabría ubicarla mejor, pues casi todos los que allí estaban eran puestos importantes de Estados Unidos, menos los Ministros de otros países que Abigail más o menos sí que ubicaba. Sin embargo, allí se notaba un ambiente de compañerismo en el que obviamente ellos no estaban incluidos, pues casi todos deberían de trabajar en el MACUSA. Le interesaba saber quiénes eran los que ostentaban mayores rangos, independientemente del Ministro de Magia.
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