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Consejo de sabios —Alexander.

Abigail T. McDowell el Miér Feb 20, 2019 6:59 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Consejo de sabios —Alexander. - Página 2 WpR6afH
Estados Unidos, MACUSA — Viernes, 15 de febrero 2019 a las 20:30 horas — Mansión Blackburn — Atuendo

El sábado dieciséis de febrero se organizaba en Estados Unidos una reunión política internacional, con la asistencia de los Ministros de todos los países del mundo, así como grandes representantes de éstos. El motivo era el establecimiento de ciertas bases, certificar la alianza entre todos y que cada cual pudiese encontrar en el resto algún que otro movimiento para hacer que cada país continuase alzándose y manteniéndose en un buen puesto de poder. El MACUSA siempre había tenido una filosofía que los alejaba bastante de los muggles, aunque por lo que Abigail creía—podía estar equivocada—eran como dos mundos muy diferentes y no tenían ningún tipo de relación entre sí, ni intenciones de estar por encima de ellos en ningún momento. En Inglaterra, por ejemplo, en el gobierno anterior—el de Lena Milkovich y sus antecesores—siempre hubo un departamento encargado de las relaciones muggles y, de hecho, había un Ministro Muggle el cual sabía el secreto de la magia y ayudaba a mantenerlo en secreto. Desde que McDowell está en el poder, ese Ministro fue eliminado y ahora no hay ningún tipo de relación, al menos no lícita. La pelirroja quería hacer creer a los del MACUSA que quería seguir sus pasos al cien por cien, hasta el punto de crear una organización totalmente independiente y poderosa, como lo eran ellos.

Pero estaba claro que Lord Voldemort tenía unos planes muchos más ambiciosos que esos: él no se conformaba con ser el señor de todos los magos, sino que quería serlo del mundo entero. Sin embargo, sabía que había que ir por partes y primero asentarse bien en el mundo mágico y ser los líderes de Inglaterra, con una ideología que traspasase fronteras.

Abigail y Alexander llegaron a Estados Unidos el viernes por la tarde, después de la jornada laboral. Recibieron una cordial bienvenida del mismísimo Presidente del MACUSA y fueron llevados al hotel en el que se quedarían, exclusivo para magos, para esa noche asistir a una velada de presentación en la que estarían la gran mayoría de los invitados del día siguiente; o al menos los que habían llegado. La Ministra y sus Asistente se separaron cada una en su respectivas habitaciones, ya que al menos la pelirroja quería descansar y prepararse sin prisa para la noche.

***

La velada de esa noche consistía en una velada elegante y muy profesional: había que ir de etiqueta tanto para la cena como para el evento posterior, en donde habría barra libre, música y un entorno muy correcto en el que poder relacionarte con todos los peces gordos del mundo. Abigail tenía muy claro que como un evento de ese estilo se hiciese en Londres en ésta época, había un alto grado de probabilidades de que terminase en un ataque terrorista. No sería la primera vez.

Se vistió con un vestido negro que captaría todas las miradas y es que ella podía gustar o no, pero lo que no quería era pasar desapercibida. Salió de su habitación a las ocho y media, con su pelo pelirrojo suelto y listo, recogido sólo por un lateral. Llevaba perlas en el cuello, en un irónico símbolo de castidad e inocencia que iban muy en contra de su atrevido atuendo y, en general, de su explosiva personalidad. No llevaba ni bolso ni ningún otro accesorio más que los guantes y la varita, la cual estaba metida en la liga de la pierna que no se veía por la apertura del vestido. Le encantaba mostrar esa falsa castidad en disonancia con su apariencia más salvaje.

Tocó en la puerta de la habitación de Alexander, la cual estaba continua a la de ella, para repasar algunas cosas y bajar a coger la Red Flú hacia el lugar en donde sería la velada.  

Llevar a Alexander después de tanto tiempo sin tener trato con él había sido un paso arriesgado, pero que Abigail creía que sería decisivo y muy importante para su gobierno. Se había arriesgado en confiar en él porque creía que juntos podían llegar a grandes cosas y alzar el gobierno inglés a la altura del MACUSA. Sólo esperaba no haberse equivocado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Miér Mar 06, 2019 2:15 am

Yo pensaba resistirme un poco más y retrasar el momento de toquetear el piano hasta dentro de un rato pero como Abigail parece también curiosa al final nos terminamos acercando. Mientras ella pasa sus dedos por la madera yo voy más allá y abro ligeramente la reluciente y negra tapa lacada del teclado descubriendo unas teclas perfectas demasiado suaves y tentadoras. Es tan bonito, con sus teclas recubiertas de marfil, la madera negra tan cuidada y sus apliques dorados relucientes resaltando como contraste.

- Pues claro que he tenido momentos solitarios de bajón… Cuando estás solo en un país ajeno al tuyo y eres un poco bicho raro, cuesta integrarse -le explico, pues tampoco es que haya encontrado a alguien que pueda entenderme. Quizás por eso  mismo encontraba consuelo aislándome con el piano y sin nadie más alrededor- No se si la definiría como una vida “intensa” sino más bien todo lo contrario, señorita ironías -le digo divertido, pues obviamente seguro que lo decía para vacilarme queriendo decir todo lo contrario. Uno no se siente solitario y vacío si tiene una vida ajetreada e intensa ¡cuando es así uno directamente no tiene tiempo de sentirse desgraciado!

Siguiendo un poco con la parafernalia de la fiesta el siguiente en acercarse es el susodicho Müller que nos ha visto mirar hacia donde él estaba. De su brazo lleva colgada una despampanante rubia con unos tacones que la verdad, no entiendo como diablos puede caminar subida a ellos. A mi me saluda con un apretón de manos y noto que con la otra mano me da una palmadita en la espalda. A la jefa le da un beso en la mano que seguro que le ha sentado como una patada dado el asco que le tiene al alemán. Después de eso se afanan en seguir con su recorrido saludando al parecer a todos los presentes. No es hasta que echamos a andar hacia la sala de actos cuando noto algo extraño y llevándome la mano al bolsillo de la americana descubro que Müller me ha metido en el bolsillo uno de sus típicos puros habanos lujosamente envuelto. Tampoco es que me apasione especialmente fumar puros, de hecho tienen un sabor demasiado fuerte para mi gusto pero alguna vez he tenido que fumarlos simplemente por quedar bien en alguna reunión de dirigentes machotes y rudos. Espero no tener que hacerlo hoy, ejé.


- Cierto, no te suenan sus caras porque son peces gordos americanos. Allá al fondo hablando con Jolyon tienes a Albus Mokatine, el fiscal general del estado. Tiene mucha influencia y obviamente su palabra pesa mucho a la hora de hacer cambios legislativos. Es bastante afable pero conservador, no creo que ceda fácilmente a la hora de hacer modificaciones de carácter más agresivo -le explico, aunque al final acabará cediendo ante la opinión mayoritaria y lo que decida hacer el ministro. Ni siquiera él tiene poder suficiente para tumbar ese tipo de procesos institucionales- El hombre rubio y corpulento es Brandon Steel el jefe del departamento de seguridad mágica. Es tonto como una piedra así que es inofensivo. Siempre se ríe mucho sobretodo para disfrazar que en realidad no tiene ni puta idea de lo que se está hablando -le digo y justo en ese momento el susodicho se pone a reír como si hubieran contado un chiste o algo, lo cual desde la distancia también me hace reír a mi- La mujer del vestido verde es Beberly su… secretaria -le sigo diciendo echando un vistazo a un grupo reunido un poco más allá en busca de más caras interesantes- Oh, aquel nariz de alcachofa es Julius Eden, el asistente de Jolyon. Es muy personajillo irrelevante, el perrito faldero del ministro sin personalidad alguna. ¡Un lameculos en toda regla -añado con desagrado pues es mi homónimo americano y antes de llegar a ser tan patético como él me tiro por un precipicio.
Alexander Castlemaine
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Abigail T. McDowell el Miér Mar 06, 2019 3:06 am

Teniendo en cuenta la poca relación que Abigail tenía con sus amigos, sus familiares o cualquier persona que debiera de ser cercana, algo le decía que tener su vida o estar en un país extranjero tendría la misma repercusión en ella. Sin embargo, podía entender que las personas con vida social sí se viesen desmotivados con la idea de estar lejos de lo que siempre han tenido. Hacerse de cero es complicado, siempre lo ha sido. Sin embargo mira, desde cero y en un país en donde su apellido nunca fue conocido, llegó a hacerse con un cargo en el MACUSA en el que lo reconocieron. Intensa quizás no fue su vida, pero al menos llegó muy lejos.

Pero dejaron ese tema para otro momento, pues ambos se acercaron a la zona central del evento, una sala enorme en dónde estaba todo dispuesto para la celebración social.

La pelirroja no tardó en darse cuenta de que había muchísimos rostros que no conocía y, en cierta manera, eso la incomodaba. El no tener el control, en general, la solía incomodar. Así que no tardó en preguntarle al Alexander, siendo consciente de que probablemente los conociese a todo y le aliviase su manía obsesiva de saberlo todo. La verdad es que no quería tener que tratar con nadie sin tener una leve idea primero de si es importante o no. Quieras o no, el comportamiento no es el mismo hacia un empleado que hacia un jefe de departamento. Y precisamente esa era una de las muchas cosas que Abigail valoraba de Castlemaine, la cultura y el conocimiento en el otro continente. Quizás la pelirroja en Europa podía defenderse, pero América le quedaba grande.

La verdad es que le gustó mucho cómo su asistente le explicaba de manera resumida y detallada la personalidad del fiscal, el jefe de seguridad mágica y el del asistente del ministro. Podría parecer que no, pero eran puestos importantes y estaba bien saber que el fiscal era un buenazos, el jefe de seguridad mágica un musculitos sin muchas luces y el asistente un lameculos.

—¿Eres el único acompañante que sirve de algo en este evento entonces? —Ladeó una sonrisa, echando una suspicaz mirada a la rubia de bote, de aspecto idiota, que iba con Müller, para luego evidentemente volver a mirar al perrito faldero del Ministerio. Dos acompañantes que parecían estar de decoración. —Albus Mokatine... me suena de algo ese nombre, ¿es posible que haya viajado a Londres por motivos de trabajo? Recuerdo que con el antiguo gobierno, el de Milkovich, hizo algunas reformas en la legislación inglesa y pidió consejo al MACUSA. Me suena su nombre y su cara, pero no sé si llegué a hablar con él, si estuvo en Londres o si solo se le pidió consejo. —Le dijo, como curiosidad. Sería un feo haber hablado y no acordase, pero tampoco podía hacer otra cosa. Era un humana y por mucho que le pesase, también se le olvidaban las cosas. —¿Y me explicas como un cerebro de guisante puede alcanzar el puesto de jefe de seguridad mágica? ¿Qué pez gordo lo controla? —Preguntó directamente, sin creerse que alguien así de idiota pudiese ostentar un puesto tan importante faltándole un hervor. Alguien tenía que estar detrás, moviendo los hilos de esa marioneta pesada: no era fácil llevar todo el control de seguridad de un continente.

Volvió a beber de su champán, con delicadeza. Ese tipo de bebidas le parecían como refresco, por lo que se lo bebía bastante tranquila, aunque no sean mucho de su agrado. Se había acostumbrado a bebidas fuertes, por lo que ese tipo le parecían muy aburridas.

—¿Nunca te interesaste por alcanzar el puesto de asistente aquí en Estados Unidos? —preguntó, desviando la mirada de los invitados para posarla en él. —¿O directamente no habías pensado en esa posibilidad hasta que yo te lo ofrecí?

Quizás Alexander no se había formado expresamente para ser de ayuda a los ministros de magia, pero al final cada Ministro tiene su propia demanda de lo que necesita y en lo que escasea, de tal manera que necesita consejo de eso. Abigail llevaba años siendo asistente de los ministros anteriores, por lo que tenía gran facilidad a la hora de desempeñar gran parte de los trabajos, aunque la parte política le quedase un poco grande. Además, no se fiaba de prácticamente nadie de los de Wizengamot, por lo que la vuelta de Alexander a Londres casi que le cayó como fortuna del cielo.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Miér Mar 06, 2019 11:31 pm

- Pues por supuesto, no solo sirvo para hacer bonito y decorar colgado de tu brazo -le respondo divertido esbozando una amplia sonrisa de oreja a oreja, pero obviamente aún no está todo dicho- Aunque eso un poquito también -añado, pues si no hubiera querido estar guapo y lucir bien pues no me habría acicalado así afeitándome y todo, algo que todo sea dicho me da un aire más angelical si cabe.

Sin reparos me dedico igual que ella a analizar a los hombres de los que estamos hablando, pues ellos están tan ocupados haciéndose la pelota los unos a los otros que ni se dan cuenta de nuestros exhaustivos análisis.


- Es probable, antes estaba mucho más delgado y por eso puede que no lo termines de ubicar. El acomodarse en el puesto de fiscal le ha hecho engordar y no sé, creo que le funciona bien pues eso le da un aspecto de rechonchito adorable -le respondo, tratando de recordar algún dato sobre esa posible visita de Mokatine a Londres. Lo cierto es que no tenía mucha relación con el departamento judicial, no al menos en sus quehaceres diarios- No sé, si quieres que la gente te tenga un poco de menos miedo quizás deberías coger unos kilitos -le digo riéndome por lo bajo. Eso en todo caso de que a ella le interese eso de atemorizar menos ¡Cosa que dudo! Debe ser muy práctico que todo el mundo bese el suelo que pisas aunque… realmente tampoco sabes qué personas están a tu lado de verdad o solo porque les conviene.

Y hablando de coger kilos, vale que uno tenga que cuidarse para mantener su cuerpo serrano pero ya hace unas cuantas horas que no he comido nada y aunque estos canapés son pequeños voy a tener que empezar a pillar unos cuantos al vuelo si quiero llenar un poco mi estómago.


- Lo controla Jolyon por supuesto, tienen algún chanchullo turbio entre manos. Se rumorea que han estado introduciendo “cosas” a escondidas en el país y vendiéndolas después al mejor postor -le explico en voz baja, pues aunque no hay nadie alrededor de nosotros que pueda escucharnos esta información es un poco delicada de mencionar estando justamente aquí- No sé cómo se reparten la tajada pero normal que pueda comprarse un Stainway que cuesta tremendo dineral… ya me entiendes.

Quizás se dediquen a comercializar con objetos mágicos valiosos, malditos o con propiedades cuestionables. De esos hay muchos por el mundo y nunca dejan de surgir nuevas amenazas de ese calibre por doquier. Con la corrupción que hay y los conflictos políticos no me extrañaría que algunos mandamases se pelearan por obtenerlos.

- Hmmm viendo a Eden no creo que yo hubiera podido ser el asistente ideal que necesita el Ministro. No se me da nada bien arrastrarme cual babosa inmunda, ni me gusta que anulen mis ideas, que entierren mi personalidad... ¿Y todo por qué? No creo que ni siquiera tenga un sueldo decente y probablemente debería tenerlo pues conocerá un montón de secretos. A veces hay cosas que simplemente no valen la pena -le cuento, pues aunque a grandes rasgos es mi homónimo americano, aunque poseamos el mismo puesto laboral creo que nuestras funciones son totalmente distintas. A Jolyon le servía un asistente así y por eso lo contrató y quiero pensar que Abigail necesitaba que aportara otras cosas distintas y por eso me lo propuso- Pero va, ahora que te lo he contado espero que no te aproveches y me hagas arrastrarme y todas esas cosas que te acabo de decir que no haría -matizo tomándomelo a broma y capturando una bandeja, robándosela de las manos al camarero que pasaba por allí, la cual contiene canapés de foie, manzana caramelizada y no sé que más ¡Pero oye! Están buenos- ¿Un canapé?
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Sáb Mar 09, 2019 4:41 am

Había que admitir que en el caso de Alexander, lo tenía todo para este tipo de evento: no sólo era una cara bonita y un elemento de evidente atractivo no solo para la imagen de Inglaterra, sino para todas las personas que supiesen admirar un cuerpo masculino, sino que además era un cerebro importante, con un valor que Abigail sabía admitir. Posiblemente sin él, aquel evento no saldría tan bien, pues no sólo cuenta las relaciones físicas, sino también conocer al contrario para saber qué tipo de acuerdos ofrecer. Y Castlemaine había trabajado mucho en eso. Era muy buena combinación, con la que a Abigail le gustaba trabajar. Lo único que no le gustaba era que tuviese el culo que tenía, ¿sabéis lo difícil que era evitar mirárselo cada vez que salía de su despacho?

—Cierto, es eso. —Cayó entonces cuando le dijo que el fiscal había engordado, recordándolo mucho más delgado cuando visitó Inglaterra. Luego no pudo evitar bufar ante sus palabras. —Adoro que me teman. —Y una sonrisa, ladeada, pícara y un poquito perversa, asomó en su rostro.

Abigail siempre defendería que era mejor que te temiesen, a que te amasen. Y teniendo en cuenta su forma de ser, era mucho más fácil hacer que todo el mundo le tuviese miedo. Infundía no solo temor, sino también respeto. Y era mucho más fácil castigar a aquellos desleales, sin más que una muestra de por qué, efectivamente, debías de haberla temido antes de haberte puesto en su contra. Además, no pensaba engordar ni en mil años, con lo narcisista que era y lo mucho que se gustaba a sí misma.

Prestó especial atención a la información que Alexander le ofreció, de manera confidencial. Y por mucho que él lo viese como algo que no iba con ellos—que en realidad así era—la pelirroja solamente pudo pensar en cómo beneficiarse de eso. Quizás no era lo más prudente meterse en los asuntos del Ministro de Estados Unidos, pero ahora mismo Abigail sólo pudo pensar en lo que podrían conseguir si descubriesen esos asuntos turbios y pudiesen utilizarlos en contra de Jolyon. Podrían conseguir de él lo que quisieran. Ella, más que un cotilleo de corrupción, lo aceptó como una oportunidad de chantaje. Tener a una de las máximas potencias en el mundo mágico comiendo de su mano... ¿acaso no sonaba tentador? De hecho, lo lógico para meterse en ese chanchullo y encontrar información era, indudablemente, el cabeza hueca de Brandon Steel. Y a menos que fuese terriblemente gay, McDowell tenía las armas necesarias para hacer de ese señor una bola de información a la que exprimir.

—El mercado negro siempre ha estado penalizado por todos los gobiernos mágicos, qué feo sería que se hiciese público ese tipo de información de Jolyon... —Susurró entonces Abigail, con una sonrisa casi coqueta en la cara por su comentario tan desleal hacia el anfitrión de la velada de la que disfrutaban. Hasta en Inglaterra, cuyo gobierno es oscuro y tenebroso, habían montón de cosas que seguían estando prohibidas y se comercializaban en el mercado negro. Y ya como Jolyon estuviese jugando con cosas de moralidad dudosa, podría ganarse a medio país en su contra.

Sin embargo y pese a que había dejado caer la idea, no dijo nada más. Era una mala idea hablar de eso allí, por lo que se limitó a beber de su champán sin dejar de mirar a Steel. Le preguntó a Alexander sobre el puesto de asistente, recibiendo una respuesta inteligente. No esperaba menos de él. Nadie quería ser anulado de sus capacidades y quedar reducido al simple trabajo de lameculos y secretario. No era lo mismo: Abigail tenía un secretario en el Ministerio y, aparte, a Alexander. Las funciones de cada uno eran muy diferentes, por eso Castlemeine está aquí y Peltier allí.

—Te contraté porque precisamente me interesan tus ideas y todo lo que sabes. Y creo que ha quedado claro que desprecio a los lameculos tanto como tú.

No habló de la personalidad, pues a menos que fuese una personalidad que chocase con la de ella, cosa que no, pues Alexander era bastante jovial y tranquilo y para nada invasivo o altanero, le daba bastante igual. Le daba la sensación que todo este tiempo había hecho que ambos fuesen en dos direcciones distintas, pero no necesariamente paralelas. De hecho, se sentía bastante cómoda trabajando con él, pese a las diferencias. Tampoco habló del sueldo, pero porque sabía muy bien que Alexander cobraba acorde a su trabajo y sus riesgos. McDowell sabía que quién trabajase con ella actualmente, corría inevitables riesgos por ser una persona cercana a la Minsitra de Magia.

Entonces vio como Alexander se hacía no con un canapé, sino con la bandeja entera y el camarero se iba sin saber muy bien qué hacer en esas situaciones. Cogió entonces un canapé cuando le ofreció, llevándoselo a la boca.

—Con esa cara angelical no hace falta que te pongas gordo para que te tengan menos miedo. —Le dijo antes de comérselo. Era curioso la diferencia que mostraban a simple vista, Abigail con un aura que declaraba que por muy joven y preciosa que fuera, era una mujer muy peligrosa e inteligente; y Alexander, en compañía de ella cuando su rostro demostraba justamente ser una persona que no ha roto un plato. Y lejos de que eso le hiciese parecer idiota, siempre había tenido un porte muy elegante y sabía hablar para declarar que por muy bueno que pareciese, de tonto no tenía nada. —Tenemos que hacer algo con los japoneses —dijo tras terminarse el canapé—que no le gustó mucho—y la copa de champán que dejó sobre la mesa, viéndolos entrar por la puerta. Era un hombre mayor y su mujer, de ojos rasgados y piel arrugada. —No simpatizan mucho con nosotros por lo de hace año y medio, en los mundiales de Quidditch. Por entonces creo que todavía estabas aquí, pero Inglaterra acogió la final de Alemania contra Japón y sufrimos un ataque de los radicales. Murió mucha gente de muchos países y los japoneses y nosotros no terminamos muy bien después de eso. Bueno, a lo mejor te enteraste, evidentemente fue noticia internacional. —Le resumió a grandes escalas, sin entrar en detalles personales. —Japón tiene muchas riquezas. Es la única potencia asiática importante que todavía no ha decidido apoyar a Inglaterra y rehúsa de hacer acuerdos y contratos.
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Alexander Castlemaine el Lun Mar 11, 2019 2:19 am

Cuando ella dijo que era cierto, dándome la razón, pensé que se refería a que opinaba lo mismo sobre mi apariencia en eso de que no solo servía para decorar. Pero bueno, tampoco me dio hincapié a nada más… De todos modos no es que haya escuchado a Abigail deshacerse en elogios hacia nadie, a menos que quisiera conseguir algo a cambio echando mano de su habilidad para manipular a la gente. Tampoco me parecía que ella misma encajara muy bien los halagos hacia su persona sobretodo si provenían de gente que quisiera hacerle la pelota y quizás eso la hacía desconfiar. Si ella usa los halagos para conseguir cosas en su propio beneficio sería normal que la gente también los usara con ella con el mismo propósito o con intención de suavizar su carácter. Ja, insensatos.

- Lo sé, sé que lo adoras… -le respondo esbozando una sonrisa tras haber devorado algunos de los canapés y haber dejado a un lado los que no me gustan. Boh, al primer camarero que pase le voy a endiñar la bandeja de nuevo para que se la lleve.

Sabía que a ella le iba a parecer jugosa la información sobre los chanchullos a los que se dedicaba el ministro a escondidas. Obviamente su asistente también sabía en qué andaba metido su jefe y el bruto de Steel pero todos parecían remar en la misma dirección en lo que se refiere a ocultar ese pequeño detalle. Si alguien más lo sabía lo desconozco y hasta puede que haya más de sus compradores ahora mismo en esta sala ¿Quién sabe? Objetos con semejante poder podrían hundir o engrandecer naciones… y sabiendo que los tienen tan a mano serían tontos los gobiernos que no quisieran invertir en ello para al menos cubrirse las espaldas
.

- Si claro, el mercado negro siempre ha estado penalizado… mientras que se persiga solo el que perjudica al estado, no el que lo beneficia -añado como especial rectificación. Pues si sirve para llenar las arcas del estado o de uno mismo entonces se disfraza un poco de comercio internacional o exportaciones legales y punto. En ese momento justo pasa un camarero al cual le tiendo la bandeja y aprovecho para dejar la copa ya vacía y hacerme con otra. En fin, con lo tranquila que estaba resultando la velada al menos me iba a ir a dormir con la barriga llena y como mucho un poco achispadillo- Obvio, los lameculos son despreciables pero a veces me compadezco de ellos porque… claramente hay culos más desagradables de lamer que otros -añado divertido, dándole un doble sentido intencionado a mis palabras. No solo en el sentido literal sino también en el figurado, hay gente que es difícil de pelotear o de aguantar en ese sentido y quizás el trabajo de Julius sea más cargante y duro de lo que parece. Los lameculos tienen que aguantar muchas humillaciones y tener la espalda muy dura para soportar que les mangoneen así.

La propia Abigail fue asistente y trabajó antes para otros jefes y aunque dudo que ella se rebajara hasta ese punto, seguro que hubo ocasiones en las que no le quedó otra que callar y apechugar. Es el día a día de los que trabajamos como subordinados y claro… luego pasa lo que pasa, que en el hipotético caso de que se inviertan las tornas y el subordinado se convierte en jefe este resulta aún peor que sus propios jefes anteriores pues la experiencia le ha enseñado en sus propias carnes lo que funciona y lo que no.


- Lo sé, a mi no me tiene miedo nadie… Dicen que parece que no he roto un plato pero... ciertamente no recuerdo haber roto nunca ninguno -le digo encogiéndome de hombros. ¡No sé porqué en esa expresión se usan precisamente platos como objeto a romper! ¿Si uno ha roto muchos entonces es que es malo? No sé, así a priori recuerdo haber roto algún vaso o alguna copa pero platos…- Tu debes de haber roto muchos ¿no? -añado soltando una risilla por las tontadas que se me pasan por la cabeza en las cuales los diversos elementos de la vajilla son los protagonistas ¿Será el champán? Ni idea- Quizás si me rapara el pelo… y  no sé, me dejara barba de chivo y me hiciera un tatuaje de un lagarto o una serpiente así que me ocupara media cara… ¡O una rata! ¿Entonces crees que parecería temible? -le digo continuando con mi diatriba particular, de cachondeo obviamente, pensando en animales que dieran yuyu y que pudiera tatuarme hipotéticamente. Eso hasta que hacen acto de presencia los japoneses.

La señora ministra tenía razón sobre ellos y bueno, hoy íbamos a tener oportunidad de tratar con ellos y crear lazos, espero que positivos, para que se mostraran más abiertos con los apoyos hacia nuestro país. En eso creo que puedo ayudar porque a parecer adorable y encantador con mi carita de ángel no me gana nadie.


- Si… Claro que me enteré ¿Por quién me tomas? Estoy enterado prácticamente todos los conflictos internacionales y uno tan grave no iba a pasarme por alto y menos tratándose de mi país -le respondo, pues uno aunque viva fuera siempre tiene un lugar especial en su corazoncito para su país natal- ¿Quieres que vayamos a hablar con ellos?
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Abigail T. McDowell el Lun Mar 11, 2019 9:50 pm

Hablando de culos que apetecieran lamer, Abigail sólo pudo negar con la cabeza divertida sin poder evitar ese pensamiento pícaro que siempre abundaba en su mente: está claro que si había que lamer un culo de todos los presentes, los de los ingleses eran los que mejor pinta tenían. Tanto por ella, como por él.

Alexander mencionó lo de que tenía cara de no haber roto un plato, a lo que Abigail se limitó a coger otra copa de champán—a la espera de encontrar algo que le gustase más—y lo miró, con una ceja alzada.

—Normal que no te tenga miedo nadie: lo que transmites es seriedad y elegancia, pero no transmites superioridad, ni tampoco poder. No es nada malo, en realidad. Una persona poderosa tiene dos opciones: evidenciarlo, o esconderlo. En mi caso lo evidencio porque me gusta que la gente a mi alrededor sepa con lo que trata, pero siempre he creído que lo mejor es esconderlo. —Pero ella era demasiado vanidosa como para esconder lo que había conseguido, con todo lo que le había costado. A su siguiente pregunta, ladeó una sonrisa curvada. Estaba segura de que Alexander podía imaginarse la de cosas que había hecho: pese a no haberle visto nunca la marca tenebrosa, pues siempre llevaba trajes de manga larga y, por estética, solía ocultarla como era el caso actual, Abigail McDowell era una conocida Mortífaga y leal a Lord Voldemort. —He roto muchas cosas.

No sabía si realmente sus expectativas cumplirían con todo lo que había hecho Abigail, o si por el contrario se quedarían cortas. Alexander definitivamente tenía una cara de mucha inocencia como para que Abigail pensase que podía tener una mente tan turbia. Lo cierto es que esperaba equivocarse.

—Lo que parecerías es terriblemente patético. —Hizo una pausa, algo divertido. —Lo que deberías es dejarte la barba.

Porque obviamente le quedaba muy bien, sobre todo con el aspecto desaliñado que le ofrecía ese pelo siempre rizado y alborotado. Evidentemente no le dijo que era porque le quedaba bien: pese a que Alexander le pareciese muy atractivo, ahora era su Asistente Personal y pese a que adoraba ser coqueta y ligar, no veía profesional ligar, ni decir ese tipo de comentarios, a alguien que iba a estar tanto tiempo a su lado. La pelirroja podía tirarse a cualquier cosa que le atrayese, pero antes de la pasión, estaba sin duda su profesión.

—¿Y qué fue lo que pensaste cuando te enteraste que tu antigua compañera de casa, experta en tocarte las narices y sacar mejores notas que tú, Abi McDowell, consiguió el puesto de Ministra de Magia después de una toma de poder por la fuerza? —Preguntó entonces, cuando dijo con toda su seguridad que se enteraba de todas las cosas, sobre todo de Inglaterra. Asumió que habría sido de los primeros en enterarse del cambio de gobierno, hace ya casi dos años y poco. —Sé sincero, no me voy a ofender. Sé que democráticamente hubiese perdido las elecciones. —Y se rió por su propio chiste.

Al final asintió varias veces sobre lo de ir a hablar con los japoneses. No tenía ganas ninguna, pero creía necesario demostrarles que pese a lo sucedido, los ‘malos’ habían sido los otros y no ellos. Entablar una relación social más allá de desgracias siempre venía bien y no tener el peso de ser los anfitriones le liberaba de mucha presión.


***

No supo muy bien en qué momento, pero de repente ya Alexander no estaba con ella, sino que Abigail estaba enfrascada en una gran conversación—terriblemente interesante, he de añadir—con el líder los japoneses. Ambos estaban con una copa de champán en la mano, por lo que quizás esa nueva fraternización entre Ministros venía un poco condicionada con el alcohol en vena. Que Abigail lo resistía muy bien, pero debía de admitir que eso la hacía ser menos perra de lo normal. Además, le encantaba parecer una dama dañada por el alcohol sólo por ver cuántos hombres se creían más capacitados que ella, o se querían aprovechar de la situación.

—No, pero a ver, los kappas…

Una Ministra Inglesa sin maldita idea de los dichosos kappas, ni mucho menos de magizoología especializada, discutiéndole al Ministro Japonés, magizoologo por hobbie y amador de los kappas por su influencia en la cultura japonesa, algo de los kappas. Sin embargo, Miyako Akio, era un ser bastante avanzado en edad, de sonrisa comprensible y paciencia infinita, por lo que prácticamente contestaba a Abigail con pasión el materia, queriendo casi que la pelirroja sintiese tanta pasión como él.

La verdad es que las criaturitas mágicas siempre le habían dado muy igual, pero era una chica a la que le gustaba conocer lo desconocido y tenía curiosidad por todo lo que ignoraba.

Sin embargo, Akira Akio, mujer de Miyako, apareció con Alexander del brazo, más complacida que nunca. Para ser sinceros, no tenía ni idea de en donde se habían metido, pues entre la pelirroja y Miyako habían pasado montón de temas, desde políticos hasta de hobbies.

—¡Me has robado a mi mujer! —le dijo el señor, de manera simpática, a Alexander.

Ambos tenían un acento muy marcado, pero hablaban muy bien el inglés. Lo cual estaba bien, porque al menos Abigail no tenía ni idea del japonés.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Mar Mar 12, 2019 1:40 am

Con atención escucho lo que a priori parece una descripción resumida de lo que ella piensa de mí o al menos de lo que supuestamente aparento. Elegancia y seriedad… eso no me lo tomo como algo malo, pues soy serio cuando tengo que serlo y divertido el resto del tiempo ¡Eso me gusta pensar! Pero si que aprecio una especie de retintín en su forma de decir que no parezco poderoso ni superior. Podría ofenderme pero lo cierto es que me da igual, yo soy como soy y estoy orgulloso de ello. Nunca cambiaría mi forma de ser para aparentar algo que no es cierto y mucho menos para contentar a alguien.

- Yo creo que… nunca está de más guardarse un as en la manga o unos cuantos. Pues no sería inteligente mostrarlo todo abiertamente permitiendo que los enemigos sepan a qué atenerse con anterioridad -le respondo, pues si ella se jacta de mostrarse superior y pavonearse con todo su poderío puede que eso intimide, si, eso no lo dudo, pero también pone sobre aviso a todos pues ya saben cuales son sus puntos fuertes y también sus puntos débiles.

A veces los grandes líderes pecan de eso, de soberbia, de sentirse tan grandes e invencibles que no cuidan los pequeños detalles, esos que podrían derrocarlos y dejarles a la altura del betún. La propia Abigail permaneció agazapada en el puesto de asistente de la anterior ministra hasta que llegó el momento de mostrar sus cartas. Espero que no haya olvidado eso y se confíe demasiado.

Ante su afirmación de haber roto muchas cosas también puedo  hacerme una idea de las cosas a las que se refiere, sobretodo en lo que a cuerpos humanos se refiere pues conozco perfectamente la fama que ella tiene de ser despiadada. No soy tonto, puede que parezca inocente pero creo que precisamente por eso soy poseedor de tanta información en mi cabecita, porque suelo callarme mucha más de la que expongo. Nunca se sabe cuando uno va a necesitar usarla.


- ¿Patético? ¿Tienes algo en contra de las ratas o de los lagartos? -le pregunto divertido, pues tampoco es algo que pensara hacer en serio. Estoy contento con mi cara tal cual es ahora y bueno, lo de la barba si que es algo que puedo contemplar… de hecho la llevaba un poco larga antes de que me afeitara para venir aquí esta noche- Eh, eh, EH ¿Sacar mejores notas que yo? A ver, sácame tu expediente escolar a ver donde están esas calificaciones y comparamos -le digo ofendiéndome un poco pero manteniendo siempre el tono de broma que me caracteriza. Eso que ha dicho ella no es del todo cierto ¡Y lo sabe! Porque siempre estábamos ahí ahí en todas las asignaturas y si alguno flojeaba un poco en una luego se superaba en otra para compensar- Y aparte de las narices me tocabas otras cosas -añado divertido, recordando aquellas locuras de críos hormonados- La verdad es no me sorprendió mucho saber la noticia, sabía que estabas trabajando de asistente de la anterior ministra y me olía que ese puesto no era suficiente para saciar tu sed de ambición. Es cierto que no habrías podido ganar unas elecciones democráticas. El cambio fue un shock demasiado grande para la población pero, creo que has hecho un buen trabajo y ahora puede que hasta tuvieras alguna oportunidad de ganarlas si se celebrasen -le digo sinceramente, pues antaño había mucha gente poderosa reprimida que ocultaba su verdadera ideología, quizás por miedo… pero desde que se abrió la caja de Pandora muchas cosas han salido a la luz y aunque hay gente que se opone al mandato de Abigail hay mucha otra gente que la apoya, gente importante- Todo cambio lleva un proceso de adaptación y cuando es drástico, pasando de una política moderada una acción más agresiva quizás aún lleva un poco más pero las cosas terminan yendo a su cauce.

No pretendía en ningún momento pelotearla ni nada por el estilo, por eso me he limitado a ser sincero tal y como ella me ha pedido. No me sorprendió que ella fuera una de las cabezas visibles de la revolución y la toma de poder, pues ella siempre fue muy ambiciosa y tenía las cosas muy claras desde que la conocí en el colegio, algo que según he podido comprobar, se ha vuelto más feroz y vehemente con el paso del tiempo.

Dejando un poco nuestra conversación pausada, la jefa decide que es hora de acercarnos a los japoneses y claro, rápidamente me pongo en modo encantador al máximo.


***

Mientras Abigail y el ministro japonés se enfrascaban en una aburrida conversación política me fijé en que su esposa se estaba aburriendo considerablemente y decidí ofrecerle un entretenimiento mejor para metérmela en bolsillo. Aunque el lider de la nación fuera él, en privado una esposa puede influenciar mucho a su esposo incluso en las decisiones pertinentes a su trabajo. Abigail ni siquiera se dió cuenta de cuando le ofrecí el brazo a la señora Akio y esta lo aceptó posando el suyo encima mientras esbozaba una tímida sonrisa. A todas las mujeres, sin importar la edad o estado civil, les gusta que un hombre joven y galante las agasaje. Estando a solas con la mujer empezamos a pasear por la galería de cuadros que poseía Blackburn en una de las alas de la mansión, esa que por suerte me conocía a la perfección. Así pude hablarle de las hermosas pinturas e incluso de la música clásica que sonaba de fondo. La mujer parecía muy interesada y me preguntaba cosas, yo por supuesto se las explicaba con mi toque bromista consiguiendo que se riera en más de una ocasión. La señora me parecía adorable y muy culta, una compañía sin duda muy agradable. Sabía que había sido un poco arriesgado dejar a Abigail sola con el señor Akio pero confiaba en que la pelirroja también hubiera desplegado sus encantos.

Viendo a su esposa y conociendo su carácter me hacía a la idea de que eran un matrimonio muy simpático y afable. No sé cuanto tiempo nos demoramos en volver a la sala del cóctel, de hecho hasta paseamos por el jardín mientras ella me hablaba de sus nietos y lo mucho que les habría gustado a estos corretear por el cesped. Lo cierto es que a mi también me viene muy bien este momento distendido, que me dé un poco el aire y despeje mi mente, antes de volver a meterme de lleno en el ambiente más cargado de la sala. Aunque reconozco que no tengo demasiadas ganas de volver el deber me llama y también la curiosidad por ver como se las ha apañado la jefa en mi ausencia. Cuando entramos en la sala nos cruzamos con algunos de los invitados a los cuales saludo con soltura, mientras nos desplazamos justo al punto exacto donde dejamos a nuestros acompañantes ¡Los cuales no se han movido de allí ni un centímetro! En la cara de Abigail puedo ver un poco de confusión y eso hace que aún tenga más curiosidad por saber de qué están hablando. Algo raro debe ser para haber descolocado a la señorita ironías.


- Oh no, no se la he robado… solo la he tomado prestada -le respondo al ministro riéndome y también riéndose su esposa en el proceso. De inmediato tomo su mano con esa piel envejecida por el paso de los años y deposito un beso gentil en el dorso de la misma. La señora podría bien ser mi abuela y por eso mismo me ha parecido aún más adorable tratar con ella con el mismo respeto con que la trataría si en efecto lo fuera.

- Este joven encantador me ha mostrado una galería con hermosas pinturas y luego hemos dado una vuelta por el jardín. Mi esposo suele perder la noción del tiempo en este tipo de eventos y olvida que mis delicados pulmones agradecen el aire fresco -explica la misma colocándose ya al lado de su esposo por lo que yo me coloco junto a Abigail.

- Me pareció escuchar que hablaban de kappas… no he visto ninguno en persona pero en un viaje que hice a japón pude admirar los murales del Templo de Sougenji-Kappa-Dera y también las esculturas. Es un lugar exquisito -les digo, consiguiendo que los ojos del anciano se iluminen.
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Jue Mar 14, 2019 1:21 am

En realidad cuando Abigail era joven, nunca manifestó abiertamente su deseo de convertirse en Ministra de Magia. Era cierto que siempre soñó con un puesto de relevancia en el Ministerio Británico, pero no fue hasta que entró en él como una becaria más, que no vio claro su objetivo. No fue por nada que llegase a ser la asistente personal de todos los Ministros de Magia desde que ascendió la primera vez: siempre el siguiente quería contar con ella, por su experiencia y sus virtudes profesionales.

Ahora, sin embargo, podía ejercer perfectamente como la líder sin nadie que la asistiera a ella. Eso sí, las relaciones entre países no se verían del todo satisfechas si no hubiera contado con Alexander a su lado. Ese era otro tema. La política exterior siempre le quedó un poco grande.

Le gustó saber la opinión de Castlemaine al respecto de su subida al poder, sobre todo porque era consciente de que muchos consideraban esa manera de coger el poder amoral e incluso poco honorable. A ella le daba igual la moral y el honor, pero sinceramente: siempre tenía curiosidad por saber la opinión de personas como él, ya que él era muy cercano a ella. Suponía que si considerase su estancia en el poder injusta, amoral, amenazante o que no se la merecía, no hubiese vuelto a Inglaterra a trabajar en su gobierno, ni mucho menos hubiese aceptado el trabajo para trabajar a su lado.

Luego tuvieron que hacer lo que habían ido hacer a esa velada ese viernes por la noche: socializar con la gente importante. Realmente no hacía falta ir ese día, pero la gracia era caer bien y tener cierta facilidad social con los líderes de los gobiernos importantes. Y Japón, sin duda alguna, era uno de esos gobiernos. Y claro, aquí hay una cosa importante: Abigail McDowell no destacaba precisamente por su encanto o sus ganas reales de ser extrovertida con las personas, por lo que tenía que acudir a sus dotes de mentirosa profesional y hacerle creer al resto que era una dama en todos los sentidos. Para su sorpresa, eso sí, el señor Miyako Akio era un señor bastante interesante. No lo conoció nunca en persona durante los mundiales de Quidditch, pues todas los arreglos para mundial lo hizo el departamento correspondiente y antes de que en el palco principal pudiesen entablar conversación, explotó por los aires. Por suerte, en el palco solo estaba Miyako y consiguió escapar gracias a su seguridad personal, tan eficaz como nunca. Ojalá Abigail hubiese tenido esa efectividad en su cuerpo de aurores.

Así que lejos de tener que acudir demasiado a una Abigail encantadora que robase la atención de todos, simplemente tuvo que actuar como una profesional que comparte intereses con el otro Ministro de Magia. Y misteriosamente encajaron bastante bien.

Y otra cosa os digo: en Hogwarts Abigail y Alexander siempre estaban muy pares en las asignaturas y las que mejor se le daban a Abigail con mejores notas, compensaban las que mejor se le daban a Alexander, manteniendo casi una media razonablemente parecida. Sin embargo, ya te digo yo que Alexander tenía más nota que ella en Cuidado de Criaturas Mágicas. Con decirte que nunca se creyó lo de los pepinos y los kappas, podéis haceros una idea. Pero no, se negaba a creer que para enfrentarse a un kappa había que darles un pepino. Era tan absurdo que parecía muy patético. Por suerte, antes de seguir 'discutiendo' sobre el pepino y los kappas, apareció Alexander y la mujer de Miyako.

—¿El Templo de Sougenji-Kappa-Dera? —Preguntó, con una mirada cargada de ilusión. —Es un lugar muy bonito. El Ministerio Japonés tiene una organización que apoya todo ese tipo de cultura, manteniendo todos los museos, templos y lugares de importancia cultural bien cuidados y con las mejores adquisiciones históricas. Ese, en concreto, está muy bien. Los kappas tienen una gran importancia en nuestra cultura occidental. —Hizo una pausa, pasando una mano por la cintura de su esposa. Se le veía contento por ver a su mujer contenta. No sé, Abigail parecía que siempre lo veía sonriendo risueño, pero no estaba segura porque al ser japonés los ojos siempre los tenía muy cerrados. —Abigail, ya que nunca ha ido a Japón, quizás un día podríamos concertar algún tipo de quedada con valor político internacional y de paso puedes ir a ver ese templo que tu asistente ya ha tenido el placer de ver. Así verás que lo del pepino es real, ya que a mí no me crees.

Por mucha seriedad que tuviese Abigail en ese momento, no pudo tomarse en serio lo del pepino, por lo que le salió una sonrisa bastante natural, aunque corta. No acostumbraba a sonreír de manera normal muy a menudo.

—Por supuesto. —Hizo una pausa, mirando a Alexander. —Y como Alexander ya ha estado por ahí, también podrá hacerme de guía. —Porque a este paso lo contrató como Asistente y Guía Personal en países extranjeros.

La mujer, mientras tanto, miraba a Alexander y Abigail mientras asentía con la cabeza continuamente, bastante de acuerdo con la conversación. Casi se le podía leer en la mirada un: "Oh, sí, Alexander es muy buen acompañante, sería la mejor compañía para una velada así. Yo quiero ir." Pero no iba a ir.

—Bueno, señor, señorita, le dejamos un momento que tengo que ir a saludar a mi gran amigo Müller o me vendrá luego a echar al bronca por mis pocos modales. —Se despidió Miyako, quién fue con su esposa en dirección hacia donde estaba el alemán. —Hablamos luego.

—Hasta luego, señor y señora Akio. —Se despidió Abigail.

Los dos señores de avanzada edad pasaron por su lateral, caminando hacia un grupito conformado por el alemán y personal judicial de Estados Unidos. La pelirroja, sin embargo, se fijó totalmente en Alexander.

—He de admitir que hasta que no vea lo del pepino, no voy a creérmelo nunca. —Comentario aleatorio, pero muy cierto. Entonces no pasó desapercibido la sonrisa con la que venía la señora Akio, la cual parecía haber recibido un gran favor de Alexander tratándola tan bien. Aunque bueno, no sé de qué se sorprendía, Alexander tenía pinta de ser lo comúnmente conocido como 'un cacho de pan' por lo que a ese tipo de personas la trataría tan bien como pudiera. La verdad es que me ha sorprendido gratamente lo fácilmente accesible que han sido, al menos Miyako. —Sonó sorprendida, pues evidentemente no solía tratar con personas 'buenas' sino con egocéntricos, lameculos y prepotentes de primera magnitud. —Tenía una visión bastante equivocada de ellos.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Vie Mar 15, 2019 1:32 am

Tal y como suponía al anciano jefe japonés le hizo ilusión que me refiriera a ese templo de los kappas e incluso se ofreció a invitarnos a Japón para que Abigail pudiera verlo también, obviamente todo eso disfrazado de visita institucional. Sorprendentemente la señorita ironías acepta su propuesta y hasta le sonríe al agradable anciano. Al final parece que nos ha salido bastante bien la estrategia pues hemos comenzado por todo lo alto metiéndonos en el bolsillo a los japoneses. ¡La noche promete sin duda!

Acabada la conversación sobre kappas y habiendo recuperado a su esposa, el mandatario japonés se marcha a seguir con su ruta de saludos, pues nosotros le hemos acaparado nad más entraron en la sala. Al parecer su siguiente parada es el mismísimo Müller así que supongo que el señor Akio acabará también esa conversación con un puro en el bolsillo.


- Bueno, habrá que tener uno a mano por si acaso si viajamos a Japón -le respondo divertido, pues al parecer es el asunto del pepino lo que le resulta a la jefa poco creíble respecto a los kappas- Lo cierto es que… si que he ido a Japón pero no he visitado ese templo. Tan solo lo he visto en fotografías -le confieso esbozando una amplia y traviesa sonrisa, porque sí, aunque sea una pequeña mentirita ha servido para impresionar al señor Akio y eso es lo más importante. Uno a veces tiene que echar mano de la pillería y las trolas para usarlas en beneficio propio.

Yo normalmente no suelo mentir pero si poseo algún tipo de información, como en este caso la del templo de culto dedicado a los kappas, habría sido de tontos no usarla, sobretodo cuando ha sido para ayudar a Abigail a salir del paso y dejar de parecer tan confusa ante los debates pepiniles.


- Es cierto, ambos son muy agradables. El rato que he estado paseando con la señora Akio ha sido gratificante -le cuento, pues me ha dejado con un buen sabor de boca- Se nota que es una señora culta e inteligente, lejos de lo que pueda parecer -añado, pues uno puede pensar que para estar casado con un dirigente de estado tampoco se requieren unas dotes intelectuales concretas pero lo cierto es que requiere de un amplio abanico de conocimientos- Hmmm nuestra primera toma de contacto ha salido bien ¿eh? Por ahora la noche promete...
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Abigail T. McDowell el Vie Mar 15, 2019 4:19 am

Enarcó, con diversión, una de sus cejas al escuchar a Alexander admitir esa mentira frente a Abigail, demostrando que no es tan ‘niño bueno’ como se podría esperar en un principio. Le gustaba ese toque conveniente que cualquiera podría tachar de un poquito manipulador. A fin de cuentas, había mentido para conseguir un fin; una reacción. Ella hacía eso siempre, no solo con palabras, sino con gestos y miradas, por lo que el hecho de que Alexander también jugase al mismo juego, aunque en distinta liga, le pareció de lo más conveniente.

—Me impresionas, Castlemaine —le dijo, asintiendo con la cabeza. —Bueno, hasta yo me lo creí. No se te da tan mal, ¿de verdad que no has roto ningún plato nunca? —Sacó el tema de nuevo, aunque esta vez intentando ver si detrás de esa carita de niño bueno, de verdad estaba ese chico travieso capaz de mentir por sus objetivos y prioridades. Aunque bueno, ‘quedar bien’ en este tipo de eventos, todo el mundo sabía que era algo necesario.

Después de que los dos japoneses se fueran y Abigail por fin pudiera centrarse en otra cosa que no fuese un señor mayor hablándole de seres feos y pepinos, volvió a quedarse a solas con Alexander. La verdad es que agradecía haber elegido a un asistente bastante extrovertido, porque no sería la primera vez que su acompañante parecía tener un palo metido por el culo y era terriblemente desagradable tener que estar a su lado intentando hacer como te lo pasas decentemente.

Escuchó la experiencia de Alexander, sin decir nada al contrario. En realidad a Abigail tanto Miyako como Akira le transmitían bastante inteligencia y sabiduría.

—Sí, yo con él empecé hablando sobre nuestras respectivas instituciones, pero sobre todo fue él quien se interesó por cómo me iba a mí, debido a mi reciente subida al poder. Me preguntó por mis estudios como para haber conseguido este puesto siendo tan joven… y fue entonces cuando me enteré que él estudió magizoología por hobbie y terminamos hablando de los pepinos y los kappas. —Le resumió a su asistente. Mira que siempre intentaba mantener las formalidades en ese tipo de lugares, pero le parecía imposible hacerlo con la palabra ‘pepino’ de por medio en una conversación. —Tengo la sensación de que llevo hablando con él horas.

La verdad es que los japoneses habían sido una espina clavada desde hacía un año, por lo que había sido bastante agradable salir con sensación de éxito.

—Promete —Le dio la razón. —Aunque si te soy sincera, actualmente nadie me interesa. —Hizo una pausa para dejar sobre la bandeja de un camarero la copa vacía de champán y cogió otra. Tenía ganas de hablar con los representantes de Francia, pero no habían llegado, ni sabía si lo harían esa noche. —La verdad es que me he acostumbrado a este tipo de eventos por protocolo, porque sé que es necesario dar buena imagen, pero no lo soporto. Me parecen aburridas y en su mayoría una pérdida de tiempo.

Las de ese estilo, que eran meramente social. Las del día siguiente era otra cosa muy diferente, pues tenían un propósito mucho más directo y relevante.
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Alexander Castlemaine el Miér Mar 20, 2019 10:13 pm

Soy consciente de que mi pequeña confesión es tan solo en referencia a una pequeña mentirijilla conveniente ¡Tampoco es que haya cometido una maldad atroz ni nada por el estilo! Así que creo que mi aura de niño bueno sigue siendo impoluta salvo por ese pequeño toque travieso que lo cierto es que siempre poseo.

- De verdad de la buena, mi vajilla sigue intacta -le respondo riéndome divertido por la nueva mención a eso de romper o no platos. ¡Y dale! Eso lo hacen los griegos en las celebraciones y supongo que debe de desestresar bastante. Pero supongo que sería igualmente relajante romper otras cosas en general. ¡No es solo aplicable a platos!- Gracias, con las mentiras más gordas a veces me toca aplicarme un poco más y batir las pestañas inocentemente tal que así -añado, mirándola poniéndole ojitos de corderito y pestañeando un poco exageradamente buscando solo hacerla reír con mis payasadas.

Seguidamente continúa contándome cómo empezó su conversación con el dirigente japonés y como esta acabó derivando en un encarnizado debate sobre los kappas y su particular debilidad por los pepinos. Me hace gracia que a una mujer como Abigail, seguramente acostumbrada a reuniones y a grandes cumbres, se le haya hecho larga una nimia conversación sobre esos animales mágicos. Creo que me voy a apuntar ese detalle mentalmente para cuando quiera escaquearme de algo poder echar mano al asunto de los kappas.


- Ya, te entiendo… para aguantar estas veladas tienes que estar muy versado en el peloteo intensivo y tener una buena resistencia ante las interminables conversaciones sobre batallitas varias… y en ninguna universidad te enseñan esas habilidades, te lo confirmo ¡Y deberían hacerlo! -le respondo con resignación dejando mi segunda copa vacía y echando un vistazo para ver si se aproxima algún camarero y pillar otra- Eso o pimplarte la mitad de las existencias de champán tu solito -le específico con una sonrisa, pues eso también hace que todo se haga menos tedioso aunque claro, tiene su peligro porque cuando uno está bajo los efectos del alcohol no siempre puede controlar todo lo que hace y dice y alguien podría acabar ofendido- Hmmm ¿Quieres que demos una vuelta por el jardín? Se está muy bien ahí afuera y es bastante bonito -le propongo, pues a pesar de que es invierno y hace frío el jardín está protegido por algún hechizo climatizador y se está la mar de agusto. Lo he podido comprobar cuando paseaba con la señora Akio.
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Abigail T. McDowell el Vie Mar 22, 2019 2:51 am

—Lo tendré en cuenta —le respondió cuando le vio agitar las pestañas de esa manera tan cómica, haciéndose pasar por un perrito sumiso que jamás mordería su dueño. —Quizás puedas aprender de mí a hacerte con mentiras más gordas sin tener que acudir a tu atractivo.

Lo que decía tenía toda la razón: para soportar ese tipo de situaciones tenías que estar curtido en batalla. No todo el mundo era capaz de pasarse horas en ese lugar de hipocresía y formalidades. Ella, por suerte, llevaba muchos años asistiendo a ellas. Y él, para su desgracia, se dedicaba precisamente a las relaciones políticas internacionales; no le quedaba otra.

Lo peor, sobre todo, era tener que aguantar esas batallitas de los más adultos que no paraban de alardear de sí mismos. Al menos el japonés había sido lo suficientemente educado como para hablar de cosas interesantes y no de su propia vida, aburrida y a la que nadie le interesaba.

—O las dos cosas —le dijo tras alzar levemente su copa de champán. —Aunque tendría que tomarme muchas para que me haga efecto de verdad. Estoy acostumbrada a bebidas más fuertes y este champán parece que es un refresco. —Su organismo estaba muy mal acostumbrado. Sería bajita y de complexión delgada, pero aún así tenía gran resistencia para el alcohol.

Estaban los dos en mitad de aquella gran sala, tomando champán con tranquilidad mientras observaban al resto. Alexander, sin embargo, creyó que aquel momento era un buen momento para decirle a Abigail de ir a dar un paseo por los jardines. ¿De verdad la veías queriendo dar un paseo por los jardines? No, a ver, ¿de verdad creías que había algún momento en el que fuera bueno decirle a Abigail que si quería ir a dar una vuelta por los jardines?

—¿En serio? —Cuestionó, curvando una sonrisa irónica. —Podríamos también sentarnos en el banco al lado de la fuente y contarnos nuestra vida. Luego nos cogemos nuestras manos, nos acercamos para unir nuestros labios y rememoramos las tantas situaciones de pasión y desenfreno de cuándo éramos dos adolescentes hormonados, pero esta vez detrás de los arbustos de los Blackburn, en vez de en el armario de las escobas. —Ladeó  una sonrisa, de lo más traviesa, pues había utilizado un tono dulce y soñador. Enarcó entonces una ceja y bebió de su botella de champán sin dejar de mirarle, terminándose su contenido. —En verdad no me apetece ir a dar una vuelta por el jardín, pero hasta ese plan parece mejor que quedarse aquí en este muermo de obligación moral.

Dejó entonces su copa sobre la bandeja de un camarero que se iba de vuelta a la cocina y miró a su asistente.

—En realidad, dada la falta de muchos de los grandes cargos... —Porque por ejemplo faltaban los franceses, un par con los que McDowell se llevaba especialmente bien. —Podríamos irnos. En realidad mi principal labor social en esta cumbre era llevarme bien con los japoneses y eso ha sido más fácil de lo que me esperaba.

¿Que quizás los echasen de menos? ¿Que su ausencia llamase la atención de algunos? Bueno, llamar la atención, en presencia o en ausencia, siempre era algo que a la pelirroja le encantaba.
Abigail T. McDowell
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Alexander Castlemaine el Vie Mar 22, 2019 11:56 pm

- ¿Y porque debería hacer eso? Echando mano de mi atractivo me funciona bastante bien -le respondo despreocupado encogiéndome de hombros. A ver, no es que no esté interesado en aprender nuevas técnicas ¡Aprender siempre está bien! Pero cuando algo te funciona a la perfección no tiene demasiado sentido cambiarlo. Además, las mujeres lo hacen constantemente y ahora en este mundo siempre en pos de la igualdad de géneros pues tengo más motivos aún para hacer uso de ese recurso que la naturaleza me ha dado.

Ante mi propuesta de salir a dar una vuelta por el jardín ella me responde de forma mordaz y riéndose un poco en mi gepeto. Aun así no me molesto ni nada de eso porque es culpa mía ¡Debería haberlo visto venir!


- Oh, que romántico ¡Casi haces que se me salte una lagrimilla! -bromeo echando mano de la ironía, algo que ella suele usar muy a menudo y no en vano le ha hecho ganarse el mote de Señorita Ironías. La verdad es que no nos veo en absoluto sentados en un banco y hablando de nuestras vidas ¡Más que nada porque no hay mucho que contar! Al menos no nada que a ella pueda interesarle- No sé, no pensaba que tuvieras nada en contra de los jardines -añado, pues eso sería… no sé, como tener animadversión por las nubes o los guacamayos por ejemplo, todo muy aleatorio.

Por eso mismo se lo propuse, para mi el paseo por el jardín no implica todas las cosas que ella ha mencionado, sino que lo veo más como una vía de escape, un poco de silencio… de aire fresco… y de dejar de guardar las apariencias por un momento.


- ¿Irnos donde? ¿Al jardín o te refieres a volver al hotel? -le pregunto, pues pese a su manifiesto desinterés por visitar el jardín también ha dicho que ese plan le parece mejor que quedarse aquí ahora mismo. ¡Mujeres! No hay quien las entienda...
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 26, 2019 2:08 am

No, Abigail no tenía odio injustificado por los jardines de las grandes mansiones, sino más bien por el hecho de dar un paseo. Los paseos solían resultarles aburridos, pues era en resumidas cuenta caminar sin ningún propósito más que hablar y, teniendo en cuenta que el punto social de esa reunión estaba dentro y no fuera, le resultaba todavía una pérdida de tiempo superior. Además, precisamente hablar entre ellos no era el punto de esa reunión.

—No tengo nada en contra de los jardines —le respondió, enarcando una ceja.

Pero entonces una cosa le pareció más que evidente: estaba aburrida y si bien su obligación moral y formal como Ministra de Magia era quedarse allí hasta el final de la velada, en realidad dicha velada no era para nada una citación seria. Después de lo que ella consideraba un pequeño éxito con los japoneses, la verdad que quedarse para soportar a Müller o a Hardy Jolyon no le parecía un plan para nada atractivo. No había visto a Wilkins por la zona, pero tampoco era una persona a la que le tuviese ni aprecio ni ganas y le daba un poco igual hablar con él o no esa noche.

Así que cuando Alexander declaró abiertamente que no se había enterado de las intenciones de su Ministra de Magia, la pelirroja lo miró.

—De irnos de aquí, Castlemaine, ¿cuánto has bebido? —Le echó la culpa al alcohol de ser tan poco avispado. —Irnos al jardín sería ausentarnos, así que para ausentarme ahí haciendo nada, prefiero irme al hotel. Estaré igualmente en tu compañía pero al menos lejos de personas como Müller o Jolyon. Sobre todo éste último. Müller sé que no se acercará a mí si no es estrictamente necesario, pero prefiero evitar cualquier tipo de roce innecesario con Jolyon.

No mencionó sus nombres al tuntún, sino que los tenía perfectamente ubicados mucho más allá, sin que hubiese manera posible de que supiese que estaban hablando de ellos. La verdad es que la pelirroja llevaba tiempo sabiendo en donde se encontraban prácticamente todos los que le importaban en aquel lugar. No en vano se consideraba una persona muy observadora a la que le gusta tenerlo todo bajo control.

—¿O prefieres quedarte hasta que venga Wilkins y así retomar viejas amistades? —Lo preguntó con ironía, encogiéndose de hombros.

A lo mejor Alexander no quería irse porque estaba en su sitio de confort y estaba esperando algo en especial. Quizás ahora, en el sitio al que siempre perteneció, se sentía con más poder que de costumbre y quería realzar su posición como ahora Asistente de la Ministra Británica.
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Alexander Castlemaine el Sáb Mar 30, 2019 11:15 pm

Un poco incrédulo resoplo y ruedo ligeramente los ojos ante la afirmación de ella con respecto a su No-odio a los jardines. Ya claro… También odia los paseos, las rutas turísticas, los kappas y a la gente en general.

- ¡No he bebido apenas nada! Un par de copas igual que tu -le respondo, aunque ella lo debe de haber visto ya que ha estado a mi lado todo el tiempo desde que llegamos, salvo en la pequeña escapada con la señora Akio ¡Pero allí no había champán! Así que solo he bebido lo que he tomado en su compañía- A ver… me malinterpretas, solo te proponía la salida al jardín como una pausa para después volver aquí. Pensaba que querías esperar por si llegaban los franceses por ejemplo -le explico, pues el paseo por el jardín no era una huída, sino un pequeño respiro, un soplo de aire fresco antes de volver a afrontar lo que quede de velada- Así que quieres evitar roces con Jolyon. Haces bien, él parecía interesado en rozarse mucho contigo -le digo divertido, sin poder controlarme pues irremediablemente acabo echándome a reír- “Señora ministra, está usted electrizante esta noche” -añado imitando el tono de voz pomposo del ministro y poniéndome bien recto como él hace como si se hubiera tragado un cucharón de madera.

No se me olvida que el hecho de que, si volvernos ya al hotel, me quedaré sin poder hacer uso del piano que Jolyon tan “puñeteramente” trajo a la mansión Blackburn, pero bueno quizás pueda usarlo como excusa en un futuro para así volver a venir a Estados Unidos. Yo siempre me he sentido muy inglés y estoy orgulloso de mi país, de mis raíces, pero como llegué aquí tan jovencito supongo que esta ciudad también se ha ido metiendo un poco en mi ADN.


- ¿Qué dices? No, no… no tengo ningún interés en ver a Wilkins -le respondo, quizás un poco demasiado rápido delatando así mis pocas ganas de que el reencuentro se produzca. La verdad es que aunque me esfuerce por disimularlo para mí sería algo violento y muy incómodo, así que si ella quiere que nos vayamos ya ¡Pues mejor!- ¿Vamos hacia la salida y pedimos un coche o deberíamos ir a despedirnos de todos? -le pregunto, pues no creo que tenga demasiadas ganas de lo segundo y ciertamente lo primero sería lo más práctico aunque daría que hablar.  Quizás solo deberíamos despedirnos del anfitrión alegando... cualquier cosa como excusa y así quedaríamos bien.
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