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Consejo de sabios —Alexander.

Abigail T. McDowell el Miér Feb 20, 2019 6:59 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Consejo de sabios —Alexander. - Página 3 WpR6afH
Estados Unidos, MACUSA — Viernes, 15 de febrero 2019 a las 20:30 horas — Mansión Blackburn — Atuendo

El sábado dieciséis de febrero se organizaba en Estados Unidos una reunión política internacional, con la asistencia de los Ministros de todos los países del mundo, así como grandes representantes de éstos. El motivo era el establecimiento de ciertas bases, certificar la alianza entre todos y que cada cual pudiese encontrar en el resto algún que otro movimiento para hacer que cada país continuase alzándose y manteniéndose en un buen puesto de poder. El MACUSA siempre había tenido una filosofía que los alejaba bastante de los muggles, aunque por lo que Abigail creía—podía estar equivocada—eran como dos mundos muy diferentes y no tenían ningún tipo de relación entre sí, ni intenciones de estar por encima de ellos en ningún momento. En Inglaterra, por ejemplo, en el gobierno anterior—el de Lena Milkovich y sus antecesores—siempre hubo un departamento encargado de las relaciones muggles y, de hecho, había un Ministro Muggle el cual sabía el secreto de la magia y ayudaba a mantenerlo en secreto. Desde que McDowell está en el poder, ese Ministro fue eliminado y ahora no hay ningún tipo de relación, al menos no lícita. La pelirroja quería hacer creer a los del MACUSA que quería seguir sus pasos al cien por cien, hasta el punto de crear una organización totalmente independiente y poderosa, como lo eran ellos.

Pero estaba claro que Lord Voldemort tenía unos planes muchos más ambiciosos que esos: él no se conformaba con ser el señor de todos los magos, sino que quería serlo del mundo entero. Sin embargo, sabía que había que ir por partes y primero asentarse bien en el mundo mágico y ser los líderes de Inglaterra, con una ideología que traspasase fronteras.

Abigail y Alexander llegaron a Estados Unidos el viernes por la tarde, después de la jornada laboral. Recibieron una cordial bienvenida del mismísimo Presidente del MACUSA y fueron llevados al hotel en el que se quedarían, exclusivo para magos, para esa noche asistir a una velada de presentación en la que estarían la gran mayoría de los invitados del día siguiente; o al menos los que habían llegado. La Ministra y sus Asistente se separaron cada una en su respectivas habitaciones, ya que al menos la pelirroja quería descansar y prepararse sin prisa para la noche.

***

La velada de esa noche consistía en una velada elegante y muy profesional: había que ir de etiqueta tanto para la cena como para el evento posterior, en donde habría barra libre, música y un entorno muy correcto en el que poder relacionarte con todos los peces gordos del mundo. Abigail tenía muy claro que como un evento de ese estilo se hiciese en Londres en ésta época, había un alto grado de probabilidades de que terminase en un ataque terrorista. No sería la primera vez.

Se vistió con un vestido negro que captaría todas las miradas y es que ella podía gustar o no, pero lo que no quería era pasar desapercibida. Salió de su habitación a las ocho y media, con su pelo pelirrojo suelto y listo, recogido sólo por un lateral. Llevaba perlas en el cuello, en un irónico símbolo de castidad e inocencia que iban muy en contra de su atrevido atuendo y, en general, de su explosiva personalidad. No llevaba ni bolso ni ningún otro accesorio más que los guantes y la varita, la cual estaba metida en la liga de la pierna que no se veía por la apertura del vestido. Le encantaba mostrar esa falsa castidad en disonancia con su apariencia más salvaje.

Tocó en la puerta de la habitación de Alexander, la cual estaba continua a la de ella, para repasar algunas cosas y bajar a coger la Red Flú hacia el lugar en donde sería la velada.  

Llevar a Alexander después de tanto tiempo sin tener trato con él había sido un paso arriesgado, pero que Abigail creía que sería decisivo y muy importante para su gobierno. Se había arriesgado en confiar en él porque creía que juntos podían llegar a grandes cosas y alzar el gobierno inglés a la altura del MACUSA. Sólo esperaba no haberse equivocado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Abigail T. McDowell el Miér Abr 03, 2019 8:56 pm

La verdad es que tenía su gracia que Abigail siempre fuese tan negativa y tuviese tan fácil implementado en su vida la negación. Era ofrecerle algo y que ella automáticamente rechazase cualquier tipo de muestra social cordial, o sencillamente algo que fuese pasárselo un poco bien. No era un secreto para nadie que la vida de la pelirroja era demasiado seria, cargada de responsabilidades y muy, muy turbia. La ‘diversión’ para ella era muy relativa y sin duda alguna la definición de ‘diversión’ distará mucho entre alguien como Alexander y ella.

Le hizo gracia que le dijera que no le malinterpretara, pues la pelirroja creía no haberlo hecho en ningún momento. Lo del banco era broma—pues a veces sí que sabía bromear—mientras que lo de irse al hotel había sido una idea que se le ocurrió a ella a raíz de lo suyo. Entendía que no podían huir por el jardín como dos adolescentes peleados con las etiquetas.

De manera impredecible, le asomó una sonrisa cuando Castlemaine imitó a Jolyon.

—Patético —murmuró en referencia al Presidente del MACUSA. —No tengo intención alguna de fraternizar más de lo justamente necesario con ese tipo. El único del que sé que sí que podría sacar algo es del idiota que dices que trabaja para él. Los rumores aquellos que me contaste sí que captaron mi atención —le dijo, sujetando su corbata como si se la estuviera estirando.

Cuando mencionó a Wilkins fue muy divertido ver la reacción de su asistente, tan rápido y evidenciando la negativa de querer verlo. Nadie querría ver a ese señor, mucho menos si eras su ex-nuero que abandonó a su hija porque no quería darle hijos. A ese tipo de personas se les solía llamar cobardes, aunque Abi los consideraba muy inteligentes.

—Si nos vamos quizás parezca que estás huyendo de su encuentro —le respondió con respecto a Wilkins, sin otro motivo más que el de hacer que Alex se emparanoyase un poco. —Llevamos aquí ya un rato, si nos vamos antes de que llegue se pensará que le tienes miedo y no quieres enfrentarte a él.

En realidad, siendo profesionales, la pelirroja no quería que en ningún sitio se pudiese decir que entre Alexander y ella había nada sentimental porque eso le quitaría credibilidad a su mandato, pero debía de admitir que se le había pasado por la cabeza una jugarreta muy sucia que hacerle a Alexander con Wilkins de por medio. No lo haría porque prefería mantener la imagen que tenía en mente, pero ver la cara de Alexander frente a Wilkins mientras Abigail sugería una relación entre ellos debía de ser un poema. Sobre todo por ver la vena de Wilkins hinchándose al creer que Castlemaine había dejado a su hija por tirarse a la Ministra de Magia de otro país y conseguir un  trabajo.

Y sobre todo porque sin duda habría optado por una mujer muchísimo mejor. De eso no cabría duda alguna.

—Tenemos a un chófer particular ahí fuera esperándonos —le recordó, pues eso no era problema alguno. —Despidámonos del matrimonio Akio.

Contra todo pronóstico, aceptó despedirse por mera cortesía frente a los abuelos japoneses. Si quedaban bien con ellos, era suficiente para ella, pues sabía el poder político que tenían. Actualmente era frente a los únicos con los que quería quedar bien, pues el resto ya sabía de qué pata cojeaban. Además, ya se lo había dicho: le gustaba ser el centro de atención y dar de que hablar; sea malo o bueno. Lo importante es que hablen.

Así que tras despedirse del matrimonio Akio de manera muy agradable y después de decirles como excusa que se iban para mañana por la mañana hacer turismo—aunque evidentemente no se iban por eso—, comenzaron a caminar hasta la puerta principal sin fijarse en nadie más. Pero claro, no pasaron desapercibidos.

—¡Señorita McDowell! ¡Castlemaine! —Jolyon se acercó a ellos, dando unas grandes zancadas casi desesperada. La pelirroja se quedó sorprendida de que se tomase tanta molestias en hacer que no se fueran. —¿Os vais ya? Esto no ha hecho más que empezar. Y tú no has tocado el piano… —Intentó comprar a Castlemaine.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Lun Abr 08, 2019 1:09 am

Sabía que lo de “patético” lo decía por lo del presidente Jolyon, así que debía de haber hecho bien mi imitación del susodicho. A mi no me caía especialmente bien, pero al trabajar en el ministerio estadounidense me tuve que adaptar y si tocaba hacerle la pelota a él pues lo tenía que hacer por muy mal que me sentara. Afortunadamente siempre tenía que rendir cuentas a mi jefe, que era mi suegro por aquel entonces, y  no tenía demasiados tratos con Jolyon directamente. El gesto que hace Abigail tomando mi corbata y jugueteando con ella me parece extrañamente muy íntimo, algo que me resulta muy raro viniendo de Abigail. Aun así obviamente ni me aparto, sino que la dejo que siga estirando con suavidad mi corbata.

- Ya veo, así que prefieres a los musculitos con poco seso en la mollera -le digo divertido cuando ella menciona que le produce más interés el señor Steel antes que el propio ministro. Uno tan estirado y repeinado y el otro tan… cachas y zopenco, como el ying y el yang - Bah, no le tengo miedo a Wilkins. Es decir, si estuviera aquí pues me daría igual, pero eso de plantearnos el quedarnos a esperarle pues la verdad… no lo encuentro relevante -le respondo, pues tampoco es tan importante el que hagamos el paripé delante de él cuando ya lo hemos hecho delante de Joylon que es su jefe y por lo tanto su superior.

Al final la jefa decide que teniendo el coche esperándonos en la calle, a nuestra disposición cuando lo necesitemos, lo mejor es que nos despidamos del matrimonio Akio antes de irnos para así al menos quedar bien con ellos. No sé, me parece incluso tierno que Abi quiera despedirse del adorable matrimonio japonés, aunque obviamente ella dirá que es únicamente por cuestiones políticas. Una vez nos despedimos de ellos, encima alegando que nos vamos para poder hacer mañana turismo ¡Cuanta mentira junta, diosito! El karma nos castiga mandándonos a un alterado Jolyon a mi parecer demasiado desesperado por conseguir que nos quedemos ¡Y eso me huele mal! No es normal, dado que nos han dejado prácticamente de lado todo el tiempo, que ahora le interese tanto que no nos marchemos… De forma suspicaz miro a la jefa, dedicándole una mirada rápida con tal de averiguar si ella siente la misma desconfianza que yo. Así a priori no se me ocurre nada que pudieran hacer para montarnos una encerrona o algo similar, es decir, aquí todos hemos venido a sonreír de cara a la galería y a fingir que nos llevamos bien todos. Lo que se piense de verdad uno se lo guarda para expresarlo en sus círculos de más confianza.


- Si bueno, queremos salir mañana a dar una vuelta por la ciudad… La señora Ministra no ha estado antes en Nueva York -le digo a Joylon, usando la misma excusa que hemos usado con los japoneses. No veo porqué no iba a colar porque ellos no conocen a Abigail y no saben que a ella eso de hacer turismo no le va en absoluto. Yo sin embargo… si puedo si que me gustaría escaparme bien esta noche o mañana a dar un paseo, aunque sea cruzar tranquilamente el puente de Brooklyn.

Pensando en eso estaba cuando escucho otra voz muy familiar y al girarme hacia mi lado izquierdo me topo directamente con Wilkins, el cual lleva de su brazo a una resplandeciente Annabella con un vestido dorado, el pelo rubio graciosamente recogido y los labios pintados de un rojo intenso. Vale, la he visto muchas veces así en el pasado pero hacía mucho que no.


- ¡Que bien! Ya estamos todos -aprovecha para decir el jodido Jolyon la mar de entusiasmado de pronto. La madre que lo parió… Supongo que el momento “reencuentro” era el más esperado por algunos de los presentes y claro, si nos íbamos antes de que eso ocurriera ¿Qué iban a poder cuchichear toda esa panda de alcahuetas?
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Jue Abr 11, 2019 1:43 am

No prefería al musculitos precisamente por tener poco seso en la mollera, sino por lo que Alexander le había contado antes. Ese tipo de personas solían pensar más con la cabeza de abajo, sobre todo si tenían a un superior que les diese las órdenes y ellos solo tuviesen que limitarse a cumplirlas, por lo que era el candidato perfecto para conseguir información. Pero para el resto de cosas, la verdad es que Abigail solía preferir a las personas que demostrasen cierto grado de inteligencia, aunque no le atraía en absoluto a los que alardeaban de ella.

Depende de para qué —le respondió, sin dar muchos más detalles.

Teniendo en cuenta como era Castlemaine, Abigail tenía bastante claro que precisamente ‘miedo’ no le tendría a Wilkins. Sin embargo, era evidente que había un pasado en común bastante incómodo y en ocasiones enfrentarte a tu pasado de esa manera, en mitad de un momento laboral, podía ser tedioso.

Por no hablar, por supuesto, que muchas personas de las aquí presentes eran bien conocedoras del pasado de Alexander, por lo que quizás estaban esperando precisamente ese momento, sólo para ver cómo reacciona Wilkins o el propio Asistente de la ahora Ministra Británica.

Así que aprovechando que ese hombre aún no había llegado y aprovechándose para despedirse de los japoneses y así dejarlos con una buena percepción de los ingleses, decidieron irse. Por supuesto, Jolyon no se dejó desear. No sabía exactamente qué quería: ¿evitar que se vayan? ¿Demostrar lo afligido que se encontraba porque no se habían despedido de él? Le parecía tremendamente falso que viniera ahora a preocuparse de la partida de los dos británicos cuando había estado toda la velada hablando con los suyos. Más que una velada de relaciones internacionales parecía un grupo de cháchara cotilleando del resto, como si fueran los invitados de los que reírse.

Y ellos no lo sabían, pero los rumores que podrían correr sobre McDowell y Castlemaine eran más de los que podrían imaginarse.

Poco dio tiempo a decir antes de que Wilkins apareciese de manos de una mujer muy atractiva. Podría haber adivinado que se trataba de Annabella, pero a decir verdad, la ex-mujer de Alexander le producía tan poco interés que ni sabía de qué trabajaba y una consideraría que tu hija no era la mejor compañía para una velada así de aburrida. De hecho, lo primero que pensó Abigail es que era algún tipo de amante, porque claramente su mujer no iba a ser.

Castlemaine —saludó Wilkins al chico, para entonces acercarse a la mujer pelirroja. —Ministra McDowell, un placer verla de nuevo, esta vez en Estados Unidos.

Alex. —Mientras Wilkins saludaba a Abigail, Annabella se acercó a su ex-marido. —Cuánto tiempo. —Besó sus mejillas, con dos besos sugerentes cerca de la comisura de sus labios.

No era ningún secreto: Annabella había ido precisamente porque sabía que Alexander iba a estar allí esa noche y quería verlo. Por mucho que el rizos hubiese querido terminar con todo aquello, ahí la que había salido perdiendo había sido la muchacha, una chica que seguía enamorada de él.

Luego Annabella se acercó a la Ministra de Magia, mirándola casi con envidia que supo fingir perfectamente con una sonrisa cordial.

Señorita McDowell, es un placer conocerla. Soy Annabella. —Y se dieron dos besos, puros cordiales.

Fue en ese momento en el que la pelirroja se dio cuenta de que aquella mujer era la expareja de su actual asistente. Y… no pudo evitar mirar a Alexander al ver el embrollo en el que le habían metido: no solo su exsuegro tenía delante, sino también a la despampanante mujer que había dejado en Estados Unidos porque le había propuesto tener descendencia. Y no solo eso, ahí también estaba a Jolyon, con su sonrisa de serpiente.

¿Ya se iban? —preguntó Patricio Wilkins.

Era nuestra intención: Alexander me ha prometido un tour turístico por la mañana al ser mi primera vez en Estados Unidos, así que querías aprovechar bien la mañana. Además, Jolyon nos ha tenido un poco abandonados ahí dentro. —Su tono era conciliador y, para Alexander, totalmente falso, sobre todo porque sabía lo que opinaba de Jolyon y, sobre todo, de sus pésimas ganas de hacer turismo. Sin embargo, se acercó a Alexander y se puso a su lado.

Oh, venga, no me eche la culpa a mí. Ya se os veía bastante bien juntos; no quería entrometerme.

Abigail entrecerró los ojos y no le pasó desapercibido ese tono que utilizó Jolyon. ¿Estaba intentando sugerir algo entre ellos? Porque lo había parecido. Mira que a Abigail le encantaba esa estratagema solo por ver la cara de Annabella y de Wilkins, pero no le gustaba en absoluto que fuese una maniobra sucia de Jolyon. Le caía demasiado mal como para darle méritos. Una cosa era el juego de Abigail de hacer lo que ella quería y sugerir lo que ella quería, y otra muy diferente aceptar lo que un idiota pueda sugerir de ellos.

No sugiera cosas fuera de lugar, Jolyon —le dijo con una sonrisa mordaz. —Que Alexander y yo tengamos una buena relación laboral no lo extrapola a ningún otro ámbito. Esto era una cita internacional de grandes potencias, para relacionarnos con el resto. Si llego a querer pasar toda la noche con mi asistente, me hubiera quedado en el hotel. —Se cruzó entonces de brazos, enarcando una ceja.

Lo siento si la he ofend…

Por supuesto que me ha ofendido como mujer y como Ministra de Magia. Si por alguna razón tuviera una relación sentimental con mi asistente y quisiera llevarla en secreto, usted no es nadie como para sugerir nada en público que pueda malinterpretarse con malicia, no al menos si me respeta como mujer. Y si me respetase como Ministra de Magia, un cargo al mismo nivel que el suyo, ni se le ocurriría tomar la relación laboral con mi asistente como burdo motivo como para no atenderme en su propio país. —Sonó hiriente pero sobre todo profesional. Que mal le sentaba que la gente se la diese de lista delante de ella, porque para listos ellos, lista ella. Realmente le importaba poco lo que pensase Jolyon, pero quería que quedase claro que jugar con ese tipo de información, sea falsa o no, denota clara falta de profesionalidad y seriedad. —Me parece una falta de profesionalidad por su parte sugerir la cabida de una relación sentimental entre nosotros cuando claramente estamos frente a su exmujer. Si quiere ver el mundo arder, Jolyon, búsquese a otros.

Jolyon se había quedado mudo, sobre todo porque después de aquel intento de disculpa no supo qué más añadir. Él esperaba que frente a esa ‘broma’ con mala intención tanto Alexander como Abigail se achantaran frente a Wilkins y Annabella. Estaba claro que no conocía a McDowell. Sí, eso era llamar la atención, pero prefería llamar la atención por haberle cantado las cuarenta a Jolyon que por un rumor falso de que había algo entre Alexander y ella.

Siento el espectáculo —le dijo a Wilkins y a su hija. En verdad no lo sentía: le encantaba. —Ahora nos vamos, a la espera de que mañana decidan realmente hacer una labor socio-internacional a la altura de un país como Estados Unidos.

A Jolyon lo miró con una mirada atravesada, mientras que al resto les hizo un pequeño asentimiento con la cabeza. Wilkins también miró de manera un tanto desagradable a Jolyon, pues había hecho sentir mal e incómoda a su hija.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Sáb Abr 13, 2019 12:31 am

Wilkins me saludó tan solo pronunciando mi apellido y estrechándome la mano de una forma la mar de mecánica y fría. Anna sin embargo se acercó para darme dos besos con algo más de roce del que normalmente se acostumbran a tener estos besos de rigor. Al inclinarse hacia mí me ha ofrecido una más que sugerente vista de su escote además de que he percibido una oleada del perfume dulce tan característico que ella usaba y al parecer sigue usando. Encima se había pintado los labios de rojo, dejándome de forma para nada accidental la ligera marca de su beso en mi piel.

- Hola, Anna… Si… hace bastante tiempo, la verdad -le respondo, pues leñe ¿qué voy a responder a sus palabras? ¡Pues hace el tiempo exacto desde que me largué de nuestra casa y te dí la patada! No, esas son cosas que un caballero no debe decir… Además, nunca quise hacerle daño a Annabella, pues simplemente las cosas entre nosotros no funcionaron y lo mejor era cortar por lo sano para que así los dos pudiéramos encaminar nuestras vidas hacia donde mejor nos sentíamos y donde más felices estábamos.

Cuando vi la expresión de satisfacción de Jolyon ante el reencuentro mío con mi ex-familia política me di cuenta de que no podía deberse tan solo a eso. Es decir, un grupo de mandamases con mucho poder, dinero y al parecer tiempo libre, no podrían estar intrigados tan solo porque un ayudante, un asistente como yo, se encontrara con su ex… Eso era lo que no me encajaba en el asunto pero el Ministro se afanó en dejármelo claro y despejar todas mis dudas. No solo se pensaban que mi reencuentro con Anna y con Wilkins iba a ser incómodo por la relación que antaño nos unió no… ¡Es que ellos creían que entre Abigail y yo había algo más que una relación laboral! Claro, ahora tiene todo más sentido y entiendo que si nos marchábamos antes de que se produjese el encuentro pues les íbamos a quitar la diversión a esa panda de chismosos.

Ante ese descubrimiento me quedé un poco sorprendido y la verdad es que tampoco tuve que reponerme para darle una buena respuesta a ello ya que la ministra toma la palabra ¡Y de qué forma! Pues le mete un rapapolvo al ministro estadounidense que seguro que le habrá hecho acordarse de las broncas que le echaba su mamá cuando él aún mojaba pañales. Fingiendo que me cubro la boca para toser oculto una ligera sonrisa ante el percal que se está desarrollando ante mis ojos. Jolyon parece claramente avergonzado y fijo que mentalmente está deseando que se abra un agujero en la tierra ahora mismo y se lo trague ¡Pero no va a tener tanta suerte me temo!

Vale que quizás Abigail y yo hemos estado muy relajados bromeando, tomando champán y disfrutando de algunos canapés, los que eran comestibles claro está ¡Pero de ahí a pensar que estamos juntos o tenemos un lío! Ella y yo somos totalmente distintos y lejos quedaron las hazañas y encuentros carnales que tuvimos en el colegio cuando éramos adolescentes hormonados con demasiados picores entre las piernas. Aunque me muestre cercano y simpático con ella tengo bastante claro dónde están los límites establecidos y hasta dónde puedo llegar en nuestra relación estrictamente laboral. Aún me encuentro en proceso de conocer a esta Abigail adulta que es nueva para mí, del mismo modo que ella estará conociendo al Alexander actual ¡Aunque quiero pensar que ella lo tiene más fácil! Pues yo no he cambiado tanto y si echo la vista atrás creo que siempre fui así, siempre fui un chico tranquilo, de los que piensan bien las cosas antes de hacerlas y aunque puede que fuera un poco más osado entonces debido a mi inmadurez, tampoco es que fuera a lo loco haciendo travesuras. Era un empollón de los simpáticos ¿para qué nos vamos a engañar? Me gustaba bromear, reirme y gracias a mi cara de angelito de no haber roto nunca un plato (cosa verídica que debatimos anteriormente durante esta velada) pues solía inspirar cierta ternura y dulzura. Todo ese pack habría ido en consonancia si no hubiera sido por mi culo, ese que me ha dado tantos problemas y que si cojo algunos kilitos de más aún se pone más redondo y llamativo. ¿Porqué a mi? ¿Porqué Dios me dió semejante pandero sin habérselo pedido? Ya podría habérselo dado a alguien que lo fuera a aprovechar más. Por suerte con el paso de los años he aprendido que tipo de pantalones y que cortes en concreto me ayudaban a disimular un poco más tan sugerente parte de mi anatomía.

En fin, no sé a qué vino el tema de los culos ni cómo he acabado pensando en esas cosas… pero lo cierto es que si, Jolyon debe tener ahora mismo el culo apretadísimo pero para no cagarse encima. La jefa se estaba regodeando de lo lindo en su agonía aprovechando para usar esa “ofensa” en su propio beneficio. Seguro que Jolyon mañana se muestra mucho más mansito en la cumbre. Al final la pobre Anna es la que peor lo estaba pasando pues hasta sus mejillas se habían puesto coloradas fruto de la vergüenza. No en vano su padre fulminaba con la mirada a Jolyon por haberle hecho pasar ese mal trago a su hija. Si es que por bocazas le van a llover los palos por todas partes.


- Si venga, señora ministra.. vayámonos a refugiarnos en nuestras habitaciones separadas del hotel -añado solemnemente, echando un poco más de leña al fuego, pues ya Abigail lo ha dicho todo y de una forma apabullantemente acojonante.

Sin nada más que decir me despido de Wilkins con un leve asentimiento igual que ha hecho Abigail y cuando miro a Anna repito exáctamente el mismo gesto. Lamento que haya sido avergonzada de esa forma nada más llegar al evento. ¡Pero tampoco es que haya sido mi culpa! Ahora cuando nos vayamos seguro que le cae otro rapapolvo a Jolyon por parte de Wilkins pero ya más en petit comité.

Dándoles la espalda comenzamos a alejarnos por el pasillo, haciéndonos los dignos of course, pero aprovechando que ya no nos ven dejo de controlarme y me echo a reír.


- ¿Pero qué clase de jugarreta infantil ha sido esa? ¿Es que ahora somos niños de párvulos? Madre mía… no esperaba algo así de Jolyon -le digo, pues sin duda con su punzante comentario había desatado la reacción en cadena deliberadamente, saliendo al final escaldado por su propia desfachatez- Muy bien dicho jefa, le has dejado boqueando como un pez sin saber a qué atenerse... ¡Ha sido graciosísimo!
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Abigail T. McDowell el Sáb Abr 13, 2019 3:33 am

Se había quedado muy a gusto contestándole de esa manera a Jolyon. Si bien desde un principio ya no le cayó demasiado bien, le había abierto las puertas perfectas para poder ponerle en evidencia delante de bastantes personas y, encima, habían aprovechado para solventar cualquier duda que pudiera haber sobre los rumores entre una supuesta relación entre McDowell y Castlemaine. Rumores estúpidos y sin fundamento en donde unen a dos personas por el simple hecho de ser de la misma edad. Había matado dos pájaros de un tiro y, para colmo, había amansado a la bestia a base de palabras de pura humillación. Y es que nadie, absolutamente nadie, está preparado para que le ‘llamen la atención’ sobre todo en tu propia fiesta, como Presidente del dichoso MACUSA. Tenía delito que la Ministra de Ministerio Británico tuviese que venir para que Jolyon dejase de ser un idiota y de creer que lo tenía todo en la palma de su mano.

Pero era normal: ese tipo de personas, que no para de tener detrás de él personas que le lamen el culo, solían confiarse y pensar que podían hacer lo que les diese la gana, como manchar la reputación de una Ministra de otro país, o sugerir cosas que pudieran hacer malpensar al resto. Porque estaba claro que si los rumores de una relación entre ellos se había extendido, seguramente viniesen con una premisa detrás: “Castlemaine ha conseguido el puesto por tirarse a la Ministra” y “La Ministra se tira a Castlemaine porque tiene contactos en el extranjero.” Qué poca profesionalidad tenían algunos y qué infantiles.  

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, no pudo evitar sonreír y mirar a Alexander cuando empezó a reírse por la situación. Que oye, quizás Abigail no tuviese el sentido del humor de una persona normal, pero tenía su punto cuando tenía la oportunidad, aunque para eso tuviese que humillar verbalmente a alguien. Pero es que humillar verbalmente a la gente se le daba muy bien; llevaba ejercitando esa habilidad desde Hogwarts.

—Yo tampoco —le confesó, para seguir hablando con naturalidad. Pese a que ese tipo había sido el jefe anterior de Alexander, sentía que daba totalmente igual y entre ellos podían hablar con absoluta franqueza. —En primera instancia me pareció un gilipollas, pero me sorprendió que lo evidenciase con tanta rapidez. Por norma general me dan igual los rumores que puedan haber sobre mí, pero no me gusta el tono condescendiente de Jolyon. Estaba claro que intentaba incomodarnos a todos, sobre todo a tu ex-mujer. Y algo pretendía conseguir de todo eso…

Enarcó entonces una ceja cuando Alexander le dio el visto bueno por lo que había hecho, diciendo que había sido graciosísimo.

—Sí, para él no creo que haya sido tan divertido. Si es una persona adulta, mañana nos pedirá perdón como es debido antes de que se extienda lo que él dirá que ha sido un ‘malentendido’ —le dijo, justo a tiempo de llegar al coche que los había llevado hasta allí.

El conductor estaba distraído haciendo lo que parecía un crucigramas, por lo que Abigail fue por su puerta, la abrió y se metió en el interior.

—¡Oh, vaya, lo siento! No os esperaba tan pronto. ¿Volvemos ya al hotel? —Preguntó el chófer, sorprendido.

—Sí, por favor.


***

Durante todo el camino hablaron sobre lo idiota que era Jolyon, así como los motivos de tremendo comportamiento infantil. Abigail tenía claro que lo había hecho porque esperaba conseguir algo y dudaba mucho que fuese el enfado de la inglesa lo que buscaba. ¿Quizás buscaba algún tipo de enemistad entre Wilkins y McDowell y Castlemaine? No tenía sentido, no al menos en ese momento.

Sin embargo, el tema pasó y el camino de vuelta fue mucho más corto que el de ida. Abigail y Alexander subían por el ascensor hasta su respectivo piso, caminando hacia sus habitaciones. La pelirroja posó la mano sobre el pomo y, gracias a su huella, el pestillo se abrió automáticamente. Cosas de la magia. Antes de entrar, miró a su Asistente.

—Mañana no voy a ir a sitios turísticos por excelencia: no me apetece tener que hacer colas y roldearme de gente. Sabrás que soy asocial por excelencia. —Habló claramente de sus preferencias para el ‘día de turismo’ que tanto habían vendido esa noche. —Si quieres llevarme a sitios, currátelo. Si no me quedo en casa preparando la cumbre de por la noche.

Una cosa estaba clara: tampoco es que estuviese demasiado animada para ir de turismo. Era Abigail McDowell: sacarla de casa para hacer cosas banales era difícil; muy difícil.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Lun Abr 22, 2019 2:33 am

Mientras nos dirigimos hacia la salida vamos comentando la escenita que acabamos de presenciar. La verdad es que no sé qué pretendía Jolyon con eso, pues a mi no me iba a importunar con sus tonterías y la señora ministra no ha tardado nada en hacerle saber todo lo que piensa de él y de su comportamiento infantil. No creo que tuviera motivos reales ningunos para tratar de ridiculizarnos así o intentar ponernos en un compromiso, así que estoy seguro que habrá sido una especie de “bromita” que se les habrá ocurrido a la pandillita que estaban reunidos cuchicheando al otro lado del salón.

- Pues no sé qué puede pretender conseguir poniéndose en ridículo de semejante manera. Seguro que habrá ido con el rabo entre las piernas a reunirse con sus amigotes -le respondo riéndome de nuevo de tan solo imaginarlo ¡Si hasta se ha puesto colorado mientras Abigail le leía la cartilla!- Puede que quisieran reírse a nuestra costa y que quizás mañana estuviéramos avergonzados y con la guardia baja ante la cumbre -añado, pues ese tipo de tácticas sucias podrían hacer que alguien más inseguro o inexperto se sintiera más amilanado y vulnerable ante semejante panda de tiburones, pero me temo que les ha salido el tiro por la culata. No sabían a quienes se enfrentaban.

El que haya trabajado con anterioridad para Jolyon para mi no significa nada, es decir, tan solo me vale para ponerme sobre aviso pues ya cuando llegué sabía de sobra lo imbécil que era. No esperaba de todos modos algo así pero hace un tiempo que no le veo y parece que su imbecilidad se ha desarrollado un poco más si cabe. Y ahora a causa de eso, como bien dice la jefa, va a tener que disculparse con nosotros.

Cuando llegamos a la salida pillamos por sorpresa hasta al chofer, el cual no esperaba que nos fuéramos tan pronto. La velada no estaba resultando tan mal, de hecho me estaba entreteniendo bastante aunque nos hubieran dejado solos y prácticamente arrinconados. Al menos tuvimos la oportunidad de charlar con los japoneses y hacer buenas migas con ellos, algo que nos llevamos de bueno de esta velada. En el trayecto en el coche seguimos analizando un poco lo ocurrido, sin saber a qué diantres podría haberse debido, riéndonos por las alocadas suposiciones y las raras conclusiones a las que llegamos. Una vez llegamos al hotel enseguida subimos en el ascensor a la planta donde se encuentran nuestras habitaciones y ahí… ahí es donde se sucede el segundo momento impensable, sorprendente e inesperado de la noche. Que un rayo me parta ahora mismo y me caiga tieso y carbonizado en el suelo si me hubiera planteado, tan solo una milésima de segundo, que Abigail iba a aceptar salir a hacer turismo conmigo. ¡Pensaba que todo era un paripé! Así que así se me queda la cara, de sorpresa total al darme cuenta de que no está tomándome el pelo y realmente está dando por sentado que realmente sí que saldremos mañana en plan extra laboral.


- Oh, ehmmm… de acuerdo ¡Aunque es todo un reto! No olvidaré eso de que no te gustan las colas, la gente, los monumentos típicos, los paseos… ¡Uff lo tengo complicado! -le digo riéndome un poco azorado, resoplando graciosamente al enumerar todas las cosas que así a priori recuerdo que no le gustan. Seguro que se me ha olvidado alguna y todo. De hecho me ha pillado tan de sopetón esto que hasta me ha costado reaccionar un poco- Intentaré sorprenderte -añado, claramente agradecido porque me haya dado ese voto de confianza. Madre mia… ahora a ver dónde llevo yo a esta muchacha ¡Con lo complicada que es! Me veo toda la noche devanándome los sesos y dejando a un lado aparcado el tema de la cumbre. ¡Como si fuera algún tipo de cita o algo! Y yo algún tonto adolescente nervioso por ello.

Como ella ya ha abierto la puerta de su habitación haciendo uso del sistema de huella dactilar, hago yo enseguida lo mismo y abro la mía repitiendo el gesto.


- En fin… pues... buenas noches, jefa -le digo al tiempo que empujo ligeramente la puerta para abrirla y deslizo la mano por la pared para pulsar el interruptor y que se encienda la luz- Ponte calzado cómodo para mañana por si acaso ¿vale? -añado guiñándole un ojo de forma un poco más traviesa.
Alexander Castlemaine
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 22, 2019 9:07 pm

—Puede ser eso —le dio la razón, para entonces encogerse de hombros y mirarlo con una mirada suspicaz. —Pero la verdad es que creo que se las quiso dar de listo para incomodarme y a mí nadie me incomoda. Estará acostumbrado a mujeres que le den la razón o se achiquen a sus tonterías.

Y precisamente la pelirroja no era una de esas mujeres, sino todo lo contrario. Siempre que tenía la oportunidad de hacer que alguna persona, fuese hombre o mujer, quedase en evidencia, solía hacerlo, por no hablar de que jamás permitiría que ninguna persona, igualmente hombre o mujer, intentase quedar por encima de ella. Ella era quién solía ridiculizar, o humillar y nunca al revés. Otra cosa no, pero tenía un carácter muy cruel, muy serio y muy preciso. Sabía lo que decía para dar la vuelta a las cosas y, sobre todo, ser quién quedase siempre por encima.

Ya eran muchos años siendo una zorra egocéntrica, que tenía ya mucha práctica.

Pero todo eso ya quedaba para la noche siguiente, cuando tuviesen que enfrentarse de nuevo a Jolyon. Abigail esperaba que el Presidente se disculpase de manera cordial y profesional, para entonces tomar con ellos una actitud mucho más distante por mucho que conociese a Alexander. Quizás se había venido arriba porque su relación con Castlemaine venía de antes pero se había dado con un canto en los dientes topándose con la pelirroja. Una pena que se había convertido, para los británicos, en algo bastante divertido.

Divertido porque eran como eran, porque cualquiera podría haberse ofendido de verdad o, incluso, incomodarse con dicha declaración.

Después de un cómodo viaje en coche de nuevo al hotel, los dos suben por el ascensor y se paran en las respectivas puertas de sus habitaciones. La verdad es que no os voy a mentir: Abigail no era nada de turismo, pero era cierto que sólo iban a estar un fin de semana allí y Alexander había vivido muchos años en Estados Unidos, por lo que le dio la oportunidad de enseñarle lo mejor que tuviera. Sólo tenían una mañana y, si se apuraban, parte de una tarde.

Alex se sorprendió, enumerando las cosas que no le gustaban, a lo que la pelirroja ladeó una sonrisa, empujando su puerta hacia adentro.

—Terminarías antes haciendo una lista de las cosas que me gustan. —
Triste, pero cierto. Cuando dijo que intentaría sorprenderla, enarcó una ceja y negó con la cabeza. —No lo intentes; lo tienes complicado —le aconsejó.

Después de despedirse, cada uno entró en su respectiva habitación y Abigail solo podía pensar en una cosa: ¿calzado cómodo se refería a playeras? Hacía años que la pelirroja no usaba eso a menos que fuese para hacer deporte y, por regla general, solía entrenar casi siempre descalza. Y es que se había aficionado precisamente a los tacones porque era una persona sumamente bajita. Por suerte, tenía unas botas cómodas y aún con tacones y pretendía ponerse eso, indudablemente.

Jamás, nunca en la vida, verías a Abigail con playeras.


La mañana siguiente

Se había despertado bien temprano, como siempre hacía. Se había pegado un baño y luego se había vestido con unos vaqueros sencillos y ajustados, sus botas de tacón ancho y una camisa holgada de color negro que estaba ligeramente metida por el interior de los pantalones.

No iba a ir a tocarle a Alexander porque suponía que él ya le tocaría cuando estuviese listo, por lo que pidió un desayuno para que se lo llevasen a la habitación y esperó tranquilamente sentada en el sofá mientras leía todos los acuerdos que iban a firmar esa noche, asegurándose que ninguno de ellos necesitaba ningún cambio de última hora.
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Alexander Castlemaine el Jue Mayo 02, 2019 12:56 am

Lo cierto es que sus palabras me hacen pararme a pensar un poco. ¿Las cosas que le gustan a Abigail? La verdad es que… terminaría la lista antes siquiera de empezarla porque ¡No tengo ni idea de las cosas que le gustan! Aparte de las cosas obvias que deduzco que le deben gustar como eso de… matar, torturar… usurpar gobiernos… ¡Pero no se me ocurre ninguna actividad turística que cumpla con esas características! Cuando íbamos al colegio le gustaba el quidditch y también las hamburguesas… Así que supongo que podría llevarla a ver algún partido y después a comer a una hamburguesería típica americana ¡De esas que hay ambientadas en los años 50! Pero claro… aquí lo que más abunda es el quodpot y sería más difícil encontrar entradas para quidditch y que encima los partidos se jugaran por la mañana. Lo tenía complicado de narices pero tampoco iba a dejar que eso me quitara el sueño. Al final seguramente ella no aprecie nada de lo que pueda llegar a ofrecerle así que partiendo de esa base… la llevaré al primer sitio que se me ocurra y punto.

Despidiéndome de ella entro en mi habitación y me quito el traje para darme otra ducha rápida antes de irme a dormir. Durante la ducha y en el rato que permanezco tumbado en la cama antes de dormirme iré repasando mentalmente los lugares de la ciudad que merece la pena visitar, desechando casi inmediatamente cada uno de ellos bien porque sea muy típico, bien porque hay mucha aglomeración de gente o porque lo único que puede hacerse en dicho sitio es pasear. ¡Pardiez! Al final cuando llego a la conclusión menos “mala” y la que me parece al menos divertida para mí, opto por zanjar el asunto y autoconvencerme a mi mismo de que, llevar a Abigail al parque de atracciones por la mañana cuando hay menos gente, es una buena opción. Je, que sea lo que Dios quiera. Igual acaba despeñándome desde lo alto de la noria pero supongo que es un riesgo que debo tomar. Ya más tranquilo no tardo nada en dormirme la mar de agusto activando el despertador pues no me interesa pasarme media mañana durmiendo y perder horas libres de absoluta… ¿diversión?

A la mañana siguiente cuando suena el despertador me hago un poco el remolón antes de levantarme y medio zombie me visto con unos vaqueros y una camiseta sencilla de color gris. Estamos en febrero y hace frío, así que obviamente voy a tener que ponerme el abrigo encima. Arrastrando los pies voy hasta el baño y trato de aplastarme un poco los rizos indomables que, cual melena leonina, se rebelan contra mí y el poder limitado del cepillo. Cuando consigo que se me quede un peinado medianamente decente me calzo las zapatillas y medio bostezando salgo de la habitación dejando la puerta abierta para ir a tocar la puerta de la habitación de Abigail. Deduzco que debe estar despierta, más que nada porque hace unos diez minutos he oído el carrito del restaurante por el pasillo y han llamado a su puerta.


- Toc, toc… ¿estás lista para nuestra gran aventura neoyorkina? -le digo divertido, por suerte ya mucho más despierto. Quizás hasta ella tenga café de sobra y pueda acoplarme a su desayuno. Si no lo tiene pues sencillamente tendré que parar en alguna cafetería y pillar algo para llevar.
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Abigail T. McDowell el Sáb Mayo 04, 2019 2:35 am

Mientras leía y se tomaba una taza de café solo, Alexander hizo acto de aparición tocando a su puerta. O al menos suponía que sería él o sería muy incómodo tener que tratar a esas horas con algún político. No sería descabellado imaginarse a Jolyon apareciendo a esa hora para complacer a los británicos por su fea jugarreta de la noche anterior. Quién sabe, quizás si seguían haciéndose los dramáticos ofendidos Jolyon los ‘recompensase’ de alguna manera. La verdad es que la pelirroja tenía ganas de saber hasta donde podía llegar el Presidente del MACUSA si los ingleses se mostraban reticente a una buena y cordial relación.

Abigail le abrió la puerta y lo primero que captó su mirada fue el pelo de Alexander. Nunca había tenido gran predilección por los hombres con el pelo largo, ni mucho menos rizado, pero debía de admitir que aunque pareciese recién electrocutado, ese pelo era uno de sus muchos encantos. Evidentemente y sin lugar a dudas el encanto más sobresaliente de Alexander era su culo y eso no podía quitárselo nadie.

Buenos días le saludó, sin apartar la mirada de su pelo. ¿Tú te has peleado esta mañana con la tostadora o ese es tu pelo todas las mañanas?

Se notaba que se había peinado, pero Abigail solo le estaba ridiculizando porque era la mejor manera de tratar con confianza a otra persona. Al menos desde su perspectiva. La pelirroja le hizo una señal a Alexander para que entrase en la habitación, pues todavía no se había terminado el desayuno.

Entra. Estoy terminando de desayunar.Dejó la puerta abierta y ella entró al interior, volviéndose a sentar en el sofá.

Cuando Alexander apareció, Abigail se limitó a señalarle la comida que tenía con la mano, dándole libertad para coger lo que quisiera. La pelirroja no era de comer demasiado por la mañana, por lo que había sobrado el típico desayuno de bacon y huevos revueltos. Ella se había comido la parte dulce del desayuno: un cruasán con mermelada. Además, le habían llevado café como para un ejército, por lo que había suficiente si también quería. Precisamente por el servicio del hotel no podía quejarse.

Ella estaría lista con tal de terminarse el café y lavarse los dientes, pero como no destacaba tampoco precisamente por ser rápida con el café, se cruzó de piernas y lo miró, curiosa.

¿Ya sabes a donde vamos a ir de turismo o vas a improvisar en pos a mis reacciones? La verdad es que lo tienes difícil. Y Abigail sabía que era una zorra porque ni se había preocupado en decirle lo que le gustaba; sólo lo que no le gustaba.

No solía poner las cosas fáciles a nadie en ese sentido y pocas veces hablaba de su vida personal, por lo que hablar de gustos personales le resultaba hasta extraño. Compartir cosas, en general, se le daba mal. Pocas conversaciones de ese estilo habría tenido y seguramente todas hubieran sido con Dankworth. Podría sonar incluso cruel: pero ni las echaba de menos, ni lo echaba de menos a él.

Antes de salir: he estado mirando lo que tenemos que hacer esta noche. Creo que Rusia e Italia tienen acuerdos que ofrecernos. Con los rusos siempre me he llevado especialmente bien y desde que estoy en el poder han querido estrechar lazos. Precisamente la ascendencia rusa de Dankworth también tenía mucho que ver en eso. Es importante que ambos estemos presentes en ese momento porque no sé qué es lo que van a ofrecer, sobre todo Italia. Y la verdad es que no me gusta mucho la Ministra Italiana.

En términos generales Abigail no se llevaba bien con otras mujeres, por eso no le inspiraba especial confianza. Siempre había rivalidades entre ellas y es que la pelirroja no soportaba a demasiadas.
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Alexander Castlemaine el Mar Mayo 07, 2019 12:58 am

La señora ministra no se hace de rogar mucho para abrir la puerta, demostrándome así que evidentemente ya estaba despierta y al menos lo suficientemente visible como para acercarse a abrir la puerta. En cuanto la abre puedo ver que ya está arreglada y rápidamente repaso su atuendo con una mirada de arriba a abajo. Vale ¡Parece hasta una chica normal! Una chica joven y despreocupada que, aunque es un poco asesinilla y adicta al trabajo, hoy está dispuesta a hacer un esfuercito por tener un dia distinto. Eso si, no se me pasa que el calzado que se ha puesto tiene tacón pero bueno, como ella está acostumbrada a llevarlo seguramente se le haga más cómodo que los tacones de aguja.

- ¡Buenos dias! -le respondo con una alegre sonrisa repleta de vitalidad ¡JA! Si me hubiera visto hace quince minutos otro gallo habría cantado pues aún estaba en mi modo zombie on- ¿Tú tienes tostadora en tu habitación? -le pregunto divertido cuando sugiere que mi peinado bien parece ser consecuencia directa de haber sufrido un calambrazo- Si tu tienes tostadora en tu habitación y yo no entonces eso es discriminación ¿eh? ¡Tendré que ir a quejarme! -añado bromeando, tomándome la libertad de cerrar la puerta y entrar en la habitación.

Así de primeras me parece exactamente igual que la mía aunque ella tiene detalles más femeninos, como un enorme centro de flores encima de la mesa, seguramente como regalo de bienvenida. Al final tenía razón con eso de que había oído el carrito del restaurante pues aquí  la señora jefa está disfrutando de un copioso festín como desayuno. Como ella me invita a sentarme no dudo en hacerlo con confianza, cogiendo el tenedor para ponerme a pinchar trocitos de bacon con un poco de los huevos revueltos. Está un poco tibia la comida pero aun así, como anoche no comimos apenas unos pocos canapés, sería capaz de comerme un cerdo entero. Luego me quejo de que se me pone el culo gordo.


- Oh no, no voy a improvisar. Tengo claro donde voy a llevarte y tengo aún más claro que no me voy a dejar influenciar por tus opiniones -le respondo una vez trago mi bocado obviamente. Yo soy un chico bien educado, que en mi casa los modales eran algo muy importante con lo que mis padres no daban el brazo a torcer ni un poquito- Así que… puedes patalear y protestar todo lo que quieras… hoy mando yo -añado de nuevo con una radiante sonrisa de oreja a oreja, de esas de niño bueno que no ha roto platos ni ningún otro elemento de la vajilla.

Extendiendo el brazo tomo un trozo de pan crujiente de una coqueta cestita, para así acompañar los huevos revueltos y hacer el desayuno un poco más contundente. Mi muy eficiente jefa aprovecha ese momento para hablar de temas de trabajo, llenando el silencio mientras yo voy haciendo desaparecer la comida del plato.


- Hmmm la ministra italiana es de armas tomar, es una mujer fuerte y con mucho carácter. La verdad es que… alguna vez ha coqueteado conmigo y me ha metido mano incluso estando mi mujer cerca -le cuento recordando con humor ese tipo de anécdotas- Le gustan los jovencitos -añado, pues aunque es una mujer madura lo cierto es que está de buen ver y se conserva la mar de bien- Así que… quizás debería hablar yo con ella -le propongo, aunque tampoco es algo que me haga mucha gracia. No porque tenga nada en contra de las mujeres maduras, sino por esa en concreto ya que me da un poco de mal rollo. Pero bueno ¡Todo sea por el bien de la patria! Si hay que ponerse a seducir uno se arremanga y a seducir se ha dicho.

Viéndolo desde fuera se me podría tachar de loco, pues ¿cómo puede darme mal rollo la ministra italiana y sin embargo no me lo da la mujer que tengo delante? Quizás sea porque nos conocemos desde pequeños no sé, o quizás porque a pesar de todo conmigo no se ha portado mal y no tengo motivos propios para temerla. ¡O puede que sea porque si que estoy un poco loco!
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Abigail T. McDowell el Jue Mayo 09, 2019 4:08 am

¿Tostadora? Pero si ni tenían cocina. La habitación era muy grande, pero se componía de un grandísimo salón lleno de lujos y elegancia, una habitación prácticamente igual de grande y un baño no solo con ducha, sino también con una bañera con jacuzzi. Era una habitación que sin duda alguna no escatimaba en comodidades y tenía una nevera en una especie de bar, pero no era precisamente una cocina. El hotel contaba con servicio de habitaciones muy rápido y a todas horas, por lo que para poco servía una cocina.

Y menos para un servicio como el que iban a tener Abigail y Alexander: ¿acaso se creían que se iban a poner a hacerse unas tostadas?

Le pareció sorprendente que su asistente tuviera tan claro a donde llevarla, aunque cuando añadió lo de sus opiniones no pudo evitar enarcar una ceja. Por una parte estaba bien: por mucho que le dijera que era una mierda o se aburría, no se deprimiría. Era el mejor remedio teniendo en cuenta la sinceridad de Abigail y sus ánimos por pasárselo bien.

—Eso es trampa —respondió, cruzándose de brazos en el sofá. —Pero eres un chico listo, seguro que le has dado mucho al coco para que no quiera huir de ti a los cinco minutos.

Porque a Abigail le daba igual todo: si se aburría o algo no le gustaba, se iría de nuevo al hotel y tan tranquila. No solía ser mujer de pasar tiempo a disgusto en ciertos lugares, a menos que sea una obligación profesional por la que no tenga más remedio.

—Hoy mandas tú… —Repitió, de manera sugerente. —No le doy ese poder a muchas personas, ¿te ves a la altura?

No era un secreto que Abigail siempre solía llevar las riendas de todas las situaciones. Era una mujer muy echada para adelante, con muchísimo carácter y las ideas claras, por lo que pocas veces se dejaba influenciar por la opinión de nadie. Hacía lo que quería, cuando quería. Sin embargo, debía de admitir que ese ‘hoy mando yo’ le había sonado de todo menos inocente, aunque lo hubiera dicho con esa sonrisa tan alegre y cargada de su típico rostro de niño bueno. Quizás en su vida normal no dejaba que nadie tomase las decisiones por ella, o ‘mandase’ sobre ella, pero en otras situaciones más íntimas… solía divertirle mucho precisamente ese juego.

Alexander no le había dicho a donde iban a ir, pero no insistió: apenas le quedaba poco para descubrirlo y quería hablar de algunas cosas antes de salir para así evitar tener que hablar estando por ahí. Quizás no lo pareciese, pero le gustaba separar su vida personal de la profesional, sobre todo porque solía tener poca vida personal. Era complicado tenerla con tu asistente, pero estaba intentando entrar en modo turista. O al menos intentarlo. Todo lo de la cumbre se le estaba haciendo cuesta arriba por la pereza de tener que tratar con Jolyon y compañía, por lo que quería dejarlo todo zanjado antes de salir y no preocuparse hasta llegar allí.

—No me sorprende —confesó cuando dijo que la ministra italiana había intentado ligar con él.

Era como un viejo verde, pero en mujer. No le daba asco que le metiese mano teniendo pareja, sino que le metiese mano cuando evidentemente no estaba interesado y le saca tanta edad. Eso, era. No iba a ir de hipócrita: no era la primera vez, y probablemente no sería la última, que Abigail se acostaba con un hombre casado. Sabía que estaba feo pero… ¿y? El problema era del hombre y si la mujer es tan imbécil como para estar con un hombre infiel no era su problema. Abigail siempre había disfrutado muy de cerca todo, independientemente de cómo pudiera sentirse el resto.

—Si te hacía eso teniendo mujer, imagínate ahora que estás divorciado y disponible. Cuidado con darle la espalda. —Alzó ambas cejas, advirtiéndole. —En fin, tú te encargas de ella. Yo me encargo del ministro ruso y el francés. —El asistente del ministro francés era precisamente uno de esos hombres con los que no tenía problema con ligar o sugerir cualquier cosa, pues era consciente de que era correspondido. Cuando la pelirroja todavía era asistente de Milkovich se lo tiró en una convención política en Austria, por lo que la tensión estaba ahí, aunque ahora ya estuviese todo más limitado. Él tenía mujer y Abigail ahora era Ministra de Magia. Además, no había sido para tanto. —Con el alemán vamos los dos y a Jolyon lo dejamos para el final. No tengo intención de darle más atención de la que se merece.

Entonces se levantó del sofá tras terminarse su café.

—Voy a lavarme los dientes y estoy lista. —Dejó todas las cosas sobre la mesa y se fue en dirección al baño.


***

Salieron a pie por las grandes puertas de aquel gran hotel y uno de los chóferes se acercó a ellos para ofrecerles sus servicios, pero se negaron. Abigail se había puesto una chaqueta de cuero por encima para no coger frío, que ni de lejos se parecía a lo que solía vestir en el Ministerio de Magia. Era más bien una chupa de cuero, casi de motorista. La usaba mucho, de hecho, cuando utilizaba su moto, algo que había dejado bastante de lado por falta de tiempo. De hecho, pocas personas sabían que Abigail tenía una moto: una de esas que llegan a los trescientos kilómetros por hora. Adoraba la velocidad.

—Bueno, ¿a donde vamos?
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Alexander Castlemaine el Vie Mayo 10, 2019 2:24 am

Lo de la tostadora había sido un broma, no algo literal claro está. Para tener este look leonino no necesito meter los dedos en ningún enchufe ni nada de eso, pues es algo que me sale totalmente natural. Siempre intento domar un poco mis rizos con gomina o espuma, que hace que mis rizos se vean más definidos pero igualmente hacen lo que quieren y a estas alturas de mi vida ya me he resignado a batallar con ellos, lo mismo que me he resignado a aguantar los estragos que produce mi trasero en los demás.

- ¿Trampa porqué? Es que estoy seguro que si cediera a tus protestas ni siquiera le darías ni una sola oportunidad al plan, así que… pienso ignorarlas mientras sean infundadas -le explico, pues seguro que se pone a protestar nada más llegar o nada más le desvele el plan. Y claro, eso no sería justo… otra cosa es que proteste una vez tenga motivos reales para hacerlo, solo entonces me plantearé si hacerle caso o no y si eso chantajearla con la hamburguesería para que se le pase el disgusto- Gracias por el halago. Sí me considero un chico listo, pero lo cierto es que tan solo le di al coco unos cinco minutos y luego me dormí como un bebé -añado esbozando una sonrisa traviesa, pues no quiero que piense que esto es tan importante para mí.

Es verdad que me hace ilusión pero solo por verla deselvolverse fuera de su zona de confort y ponerla en una situación que estoy seguro que nadie ha tenido cojones de ponerla. ¡Y porque pienso que será divertido! Ella es un poco aguafiestas pero si tan solo se soltara un poco creo que podría sacar algo divertido de la experiencia de hoy. Si bien no conseguiré hacerla sentir como una neoyorkina más, me conformo con que se sienta una persona HUMANA más.


- Pues claro que estoy a la altura. Soy un chico listo -le respondo recordándole su halago, ese que me ha hecho también mucha ilusión pues entre nosotros siempre ha habido un pique por las calificaciones escolares y que reconozca que soy listo me hace sentir valorado. Por supuesto yo también soy consciente de la inteligencia de Abigail y de hecho nunca he dudado de ella- Dame un voto de confianza y sobretodo relájate... puede que hasta te lo pases bien y todo.

Pensando en los asuntos laborales me acabo enseguida todo el contenido del plato, procediendo a limpiarme los labios con una servilleta y tomarme entonces el lingotazo de café, así sólo y sin azúcar. Delicioso petróleo puro. Esto sería capaz de levantar a un muerto.

- ¿Cuidado con darle la espalda? ¡Pues claro! Si se la doy dejaré expuesta mi arma de seducción masiva y entonces ya si que no me la quitaré de encima -le digo echándome a reír a carcajadas, pues obviamente si le doy la espalda va a quedarse prendada de lo que tengo al final de la misma. En fin, quizás podría solucionar un poco eso poniéndome una chaqueta un poco más larga.

Mientras ella va a lavarse los dientes hago yo una visita express a mi habitación para hacer lo mismo y enseguida nos encontramos en el pasillo dispuestos a iniciar la aventura. Ella se ha puesto una chaqueta de cuero lo que le da un aspecto de macarra, totalmente opuesto a mi look de niño bueno con el abrigo negro de paño típico abotonado. Al salir del hotel los chóferes nos ofrecen sus servicios pero lo cierto es que tengo otros planes para trasladarnos a nuestro destino.


- Vamos al metro, por supuesto. Ya puestos a vivir una aventura neoyorkina se ha de comenzar por ahí. No sé si has usado mucho el metro de Londres pero bueno, cualquier cosa extravagante y bizarra que hayas visto por allí… aquí se multiplica por cinco -le digo, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo mientras comienzo a andar por la calle. Hace bastante frío pero confío en que según se vaya alzando el sol la temperatura ascienda.

Lo que sí que consulté anoche fue el plano del metro para descubrir qué estación nos pillaba más cerca, las líneas que debíamos tomar y los transbordos que debíamos hacer. Por suerte no teníamos que cambiar mucho de línea ya que nuestra estación más cercana estaba muy bien comunicada. Me daba la sensación de que ella ya estaba empezando a alucinar con eso de desplazarnos en metro, así que opté por chincharla un poco para evitar que saliera huyendo ya nada más empezar.


- ¿No me digas que la señora todopoderosa ministra tiene miedo de ir en metro? Quizás esté un poco lleno y sea un tanto caótico ya que es hora punta pero… no creo que vayan a morderte y si lo hacen… bueno, creo que entonces habría que ponerte la vacuna para la rabia porque no se sabe nunca lo que esta gente pueda tener… -le digo al fin cuando ya llegamos a la estación y ante nosotros están las escaleras que bajan hacia el andén subterráneo.
Alexander Castlemaine
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Abigail T. McDowell el Jue Mayo 16, 2019 2:57 am

El simple hecho de irse de turismo vendría de la mano de que Abigail se quejase siempre. Eso era una ley universal, básicamente porque Abi se quejaba siempre que hacía algo que no solía hacer y que, de base, ya no era algo de su agrado. O bueno, más fácil: Abigail se quejaba siempre que podía.

No dudaba en que fuese un chico listo, pero lo que sí dudaba es que recordase algo de la Abigail de Hogwarts como para saber qué hacer para su agrado. Pero como bien decía, no perdía nada por darle un voto de confianza. Lo que más gracia le hacía es que le dijese que se regalase, como si normalmente no lo estuviese y no se lo pasase bien. Había que poner sobre la mesa la definición de ‘pasárselo bien’ para decir eso.

—Lo dices como si no estuviera relajada normalmente. —Que podría parecer que no, pero para el estrés que tenía su vida, Abigail podría considerarse una persona tranquila. Muy tranquila.

Negó con la cabeza divertida frente a su ‘arma de seducción masiva’ ya que Alexander parecía tener muy claro el efecto que su perfecto trasero solía tener en la fémina media. Y no lo iba a negar: hasta ella sabía admitir que esa arma de seducción masiva había mejorado considerablemente desde que tenía diecisiete años. Aunque en general, suponía que todo él habría mejorado.

—Quizás con la seducción adecuada consigas quitarle el puesto al Asistente de la Ministra Italiana. Seguro que cobrarías más de lo que te pago yo, aunque quizás tendrías que hacerle ciertos favores… —Ladeó una sonrisa, consciente de que la imagen que aparecería en la mente de Alexander no sería en absoluto agradable.

¿Y sabes qué otra cosa no es agradable? El metro, en todas sus variantes. Parecía que Alexander le había dicho que se relajase siendo consciente de que no iba a poder hacerlo en el dichoso metro de Nueva York. Y lo peor de todo es que parecía que le divertía ver a Abigail entrar en ese asqueroso lugar yendo de… personas. ¿No le había dicho ayer que le desagradaba las grandes multitudes? ¿De verdad le había dado al coco antes de irse a dormir? Definitivamente esos cinco minutos no habían dado suficiente para sacar al chico listo que tenía dentro.

Enarcó una ceja frente a su explicación.

—La última vez que utilicé el metros de Londres tenía diecinueve años —le respondió a Alexander, mirándole de reojo. —Y evidentemente no me gusta.

Y entonces su asistente decidió chincharla, metiéndose con ella. Era cierto que no le gustaba nada ese tipo de ambientes, pero no es que no pudiera estar en su interior, ya que Abigail el único problema que tenía con las grandes multitudes es que odiaba a la humanidad, ¿pero el resto? Por el resto de cosas era una persona normal.

Bufó divertidísima, casi con sarcasmo, a esa pregunta del miedo.

—El día que encuentre algo que me de miedo serás el primero en enterarte —contestó, con una mirada suspicaz, para entonces negar con la cabeza. —Sé que me llevas al metro porque sabe que no me gusta, ¿pero sabes qué? Aunque odie a las personas, tengo un master en tener que soportarlas a todas y fingir que estoy encantada con ello. —Los orificios de su nariz se agrandaron, en un gesto que denotaba un poco de asco. —No me preocuparía de que puedan morderme, más bien de que te quedes a mitad de camino cuando se cierren las puertas.

Sonaba a amenaza y… de hecho Abigail tenía todas las intenciones de sonar a amenaza. Evidentemente no hablaba en serio, por lo que le soltó una sonrisa sarcástica antes de bajar las escaleras para entrar al andén subterráneo. Fue Alexander quién pasó a ambos al interior, además de decir qué línea coger. Abigail no tenía ni pajolera idea de nada de eso y, de hecho, ni se preocupó en observar ningún mapa.

Una vez en el metro, se apoyó con su espalda en una de las paredes. Ni se le ocurrió tocar la barra porque le parecía asqueroso la cantidad de gente con las manos sudadas que tocaba eso.

Así que mientras el metro se movía y, por el momento tenían hueco suficiente para respirar y que cada uno tuviera su propio espacio vital, la pelirroja miró a su asistente.

—Retiro lo de que eres un chico listo: has sacrificado la preciosa aventura de ver durante el viaje la hermosura de Nueva York sólo por ponerme a prueba en el metro. Qué decepcionante, Alexander… ¿Tantos años compartiendo aventuras en Hogwarts para que termines dándome esta cutre experiencia turística? —Se metió entonces ella con él, ladeando una sonrisa.
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Alexander Castlemaine el Mar Mayo 21, 2019 12:44 am

- Bueno, quizás “relajada” no era la expresión adecuada… -le digo pues es cierto que ella pocas veces pierde los papeles o se la puede ver nerviosa. Siempre está tranquila y con las cosas bajo control. Al menos por ahora desde que he vuelto a la ciudad y ocupo este cargo nunca la he visto realmente estresada, nerviosa o enfadada, así que supongo que tiene razón- Debería de haber dicho que abrieras un poco más la mente y dejaras los prejuicios a un lado, solamente por un ratito… -añado explicándome, pues creo que a diferencia de mi siempre veo lo positivo de toda situación ella tiende a ver siempre lo negativo y da poca oportunidad a que el veredicto preestablecido la sorprenda y dé un giro de 180 grados.

No sé, probablemente debido a todo lo que le ha ocurrido en el pasado, ella es poco dada a confiar en las personas que la rodean. Seguramente todo el mundo la ha decepcionado bastante así que tiende a pensar lo peor de cada uno así ya va prevenida al menos y el chasco es menor. No es una mala estrategia defensiva, pero eso hace que se pierdan muchas cosas por el camino, muchas cosas que podrían resultar inesperadamente buenas
.

- Entonces lo primero que haré será preguntarle por el sueldo. Italia es un país muy hermoso, la verdad. Lo he visitado varias veces y no me importaría vivir allí. Pero claro… seguro que me echarías de menos ¿Qué harías tu sin mi, eh? -le respondo divertido, como si me hubiera planteando por un momento aceptar las insinuaciones de la ministra e irme a trabajar a su lado para ir de su brazo en plan “chico florero”. No sé, no me veo cayendo tan bajo por un empleo pero en toda situación así hay que sentarse con calma a valorar los pros y los contras.

En Italia seguro que estaría más tranquilo, pues el trabajar para el gobierno británico tiene su peligrosidad, ahora más en auge que nunca. He acabado mirando bien cuando voy por la calle por si alguien me sigue o algo cuando voy a trabajar o simplemente cuando salgo a comprar el pan. Aún no he vivido ninguna situación real en la que me sintiera en peligro o algo similar pero cada vez tengo más claro que en cualquier momento podría pasar viendo como están las cosas con los radicales más extremistas.


- A mi me sí me gusta el metro, de hecho lo usaba mucho cuando vivía aquí. El simple hecho de mezclarse con la gente y… vivir todo tipo de situaciones rocambolescas tiene su encanto. Una vez había una chica que llevaba a su propia cabra con una correa como si fuera un perro, también he visto a gente dormir en las posturas más extrañas que jamás hayas podido imaginar ¡Y luego levantarse como si nada! Son todo unos genios del contorsionismo -le voy diciendo mientras bajamos las escaleras que conducen al subterráneo y comenzamos a andar por los túneles laberínticos en busca de la línea que debemos coger- Por no hablar de los atuendos más raros y extravagantes que te puedas imaginar. Esto de aquí abajo es una auténtica jungla -añado, echándome a reír cuando ella dice que no tiene miedo de nada y que cuando haya algo que se lo produzca me lo dirá de inmediato- Gracias, me gustará saber esa información. No por nada, no para aprovecharme de ese miedo sino para evitártelo claro está -añado, a menos que sea un “miedo” divertido y nada dañino pero claro, viniendo de Abi no creo que sea que le tenga miedo a las mariposas o a los payasos, sino que seguramente es algo chungo que asuste de verdad

También me hace mucha gracia su amenaza, pero lejos de intimidarme lo que consigue es hacerme reir. Bah, en el fondo de que a ella le caigo bien y que lo dice de broma y desde el “cariño”. Pero de todos modos tengo mucha práctica con el metro y sé perfectamente cuando van a cerrarse las puertas y por lo tanto en qué momento sería arriesgado aventurarse a cruzarlas.

Cuando estamos ya dentro del vagón ella busca un hueco que le permita apoyar la espalda contra la pared metálica del mismo y yo me coloco delante mismo de ella, cerrando una especie de círculo “privado” y de algún modo protegiéndola pues quien quiera pasar por el pasillo tanto para entrar como para salir lo que se encontrará será mi espalda. Sé que ella puede cuidarse solita pero como anfitrión que soy, pese a lo chistoso de haberla metido en el metro, quiero que se quede con una buena experiencia al fin y al cabo.


- Vaya… tienes razón, creo que al volver cogeremos el autobús, así podrás disfrutar de las vistas -le respondo esbozando una amplia sonrisa, pues creo que ese medio de transporte es aún más caótico y mucho menos eficiente sobretodo debido a los numerosos atascos que se producen en la ciudad y que a veces los tienen retenidos durante horas. Si cogemos un autobús para volver puede que ni lleguemos a tiempo para la cumbre y entonces la jefa seguro que me mataría.

Nada más se cierran las puertas del vagón, el tren se pone en marcha y a nuestro alrededor se puede ver un montón de gente variada, desde estudiantes que se dirigen a sus colegios o institutos, como hombres y mujeres que van al trabajo e incluso jovencitas maquilladas y arregladas que piensan pasar un agradable día de compras en algún centro comercial. Estas últimas parecen entusiasmadas y parlotean bastante alzando la voz, hablando de chicos y de vestidos, temas bastante comunes en esa edad. Pero aun así, no tarda en escucharse el sonido de un acordeón de los típicos músicos ambulantes que merodean por el metro amenizando los viajes con sus alegres ritmos. A duras penas estos se abren paso entre la gente pasando de un vagón abierto a otro, portando un vaso de cartón para recoger la calderilla que les sobra a los viajeros. El que porta el vaso, acompañando al del acordeón, lleva consigo un ramo de rosas de estas que van envueltas individualmente, esperanzado por poder reunir un poco más de dinero con la venta de las mismas. Quizás no es el momento idóneo para eso, pues seguramente por las tardes o por las noches tengan más venta potencial, pero cuando pasan por detrás de nosotros se me ocurre la alocada idea de meter la mano en el bolsillo y sacar un par de dólares arrugados y dárselos, obteniendo así mi rosa.


- Ten, tu primera “rosa de metro” -le digo, ofreciéndosela a Abigail sin saber muy bien si me la va a tirar a la cara o que. ¡Al menos el tallo no tiene pinchos! Que me he fijado al cogerla.
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Abigail T. McDowell el Miér Mayo 29, 2019 2:43 am

Se hubiera desternillado cuando le dijo que dejase los prejuicios a un lado y fuese más abierta de mente pero… no lo hizo porque Abigail hacía años que no se reía de nada con tantas ganas. Eso sí, le pareció muy adorable e iluso por su parte que pensase que la pelirroja podía hacer eso, cuando era una parte esencial de ella misma que no iba a cambiar por hacer turismo en Estados Unidos. Ella sin prejuicios... definitivamente no sería ella.

Tampoco había ido a Italia nunca, pero lo que realmente le llamó la atención de todo lo que dijo no fue lo precioso que era ese país, sino la importancia que se daba a sí mismo.

Reconozco que hasta ahora tu ayuda como mi asistente ha sido muy buena, pero seguro que hay más gente por ahí mejor que tú le respondió con su frialdad ocasional, pues pocas veces le daba créditos o la importancia merecida a las personas que le rodeaban. ¿Abigail dejando claro que alguien era esencial en su vida? No, por favor, eso jamás Ni en la vida personal, ni en la profesional. Aunque no habrán tantos con tan buen culo como tú; como para embelesar a ministras italianas y conseguir grandes acuerdos políticos. Eso te lo concedoañadió, algo más bromista.

Le gustaba el hecho de mezclarse con gente y vivir todo tipo de situaciones rocambolescas… ¿pero qué clase de hobbies eran esos? La pelirroja lo miró con evidente desagrado, pues ni una ni otra le parecían cosas que a una persona normal le gustasen, aunque una cosa estaba clara: Abigail eso de persona normal tenía poco, así que quizás su opinión no era muy objetiva. Le escuchó con detenimiento mientras le narraba cosas que a ella no le parecía para nada especiales ni encantadoras: no sabía qué tenía de gracioso una cabra ni mucho menos ver a gente dormir en una lugar público. Eso era desagradable, ¿era la única que pensaba que era patético ver a personas dormir teniendo en cuenta las caras tan horribles que ponen?

Estados Unidos tiene que ser un lugar muy aburrido si tienes tanto amor por el metro como para encantarte con esas cosas. Tomó como resumen de todo lo que había dicho, haciéndose su propia y conveniente síntesis de las cosas. Creía fervientemente que le estaba vacilando y nada más: a nadie podía gustarle tanto un lugar tan desagradable como era el metro.

Tampoco le gustó demasiado la idea del autobús, pero tenía claro una cosa: si para volver iban a optar por cualquier tipo de transporte público, bien podría aparecerse en el hotel y ya está. Al menos ya sabía alguna ubicación a la que poder huir de personas estresantes cuyo único objetivo es moverse de un punto a otro en aprisionados y estrechos transportes.

Finalmente ambos entraron al metro y Alex ‘encerró’ a Abigail para separarla del resto de mortales de ese metro. Algo le dijo a la pelirroja que esa manera de ponerse era precisamente para evitar que la gente golpease o chocase con ella, haciendo así que su paciencia mermase mucho más rápidamente de lo que podría de estar en un lugar tranquilo. Y sí, la verdad es que de estar en un metro muy abarrotado en donde la gente se chocase entre sí por el vaivén del propio transporte, hubiera salido con bastante mala hostia de allí. Por suerte—o desgracia—había suficientemente hueco como para que pasase incluso un músico ambulante tocando entre vagones, que incluso llevaba rosas en busca de sacar calderilla.

No se esperó en absoluto que Alex le comprase una rosa y mucho menos que se la diese. La pelirroja lo miró primero a él antes de coger la rosa, sin darse cuenta de que habían varias personas mirando, quizás emocionadas por ese gesto de amor tan mono entre la pareja, pues por cómo estaban cualquiera pensaría que se trata de una pareja sentimental.

Oh, qué lindodijo con ironía. Cogió la rosa y entonces golpeó su frente con ella. Una pena que sea de esas mujeres que no aprecian las rosas y piense que te has gastado dos dólares en comprar algo que va a terminar en la primera papelera que nos encontremos al salir de aquí. Le hizo spoiler de lo que iba a ocurrir, pues no pensaba cargar con esa flor durante a saber cuánto tiempo que iban a estar fuera. Y ella no quería eso para nada. Yo soy más de cactus. Le dijo entonces, volviéndole a golpear la frente. En realidad no había tenido un cactus en su puta vida. De esos con muchos pinchos, de que cuando los intentas tocar sales con sangre en el dedo. Tan inaccesibles como yo. No intentes comprarme como a las otras mujeres, que estas cosas no funcionan conmigo, Castlemaine. No lo había dicho como se lo solía decir a todos los hombres: siendo mordaz y muy hostil, sino que lo decía incluso divertida. Sabía que Alexander no la estaba intentando comprar, simplemente estaba siendo él mismo, siendo 'él mismo' una especie de contraposición de lo que era Abigail. ¿Así fue como conseguiste robarle el corazón a tu ex-mujer, o te valió y te sobró con que te viese de espaldas? Le preguntó, ladeando una sonrisa algo traviesa.
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