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Consejo de sabios —Alexander.

Abigail T. McDowell el Miér Feb 20, 2019 6:59 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Consejo de sabios —Alexander. - Página 4 WpR6afH
Estados Unidos, MACUSA — Viernes, 15 de febrero 2019 a las 20:30 horas — Mansión Blackburn — Atuendo

El sábado dieciséis de febrero se organizaba en Estados Unidos una reunión política internacional, con la asistencia de los Ministros de todos los países del mundo, así como grandes representantes de éstos. El motivo era el establecimiento de ciertas bases, certificar la alianza entre todos y que cada cual pudiese encontrar en el resto algún que otro movimiento para hacer que cada país continuase alzándose y manteniéndose en un buen puesto de poder. El MACUSA siempre había tenido una filosofía que los alejaba bastante de los muggles, aunque por lo que Abigail creía—podía estar equivocada—eran como dos mundos muy diferentes y no tenían ningún tipo de relación entre sí, ni intenciones de estar por encima de ellos en ningún momento. En Inglaterra, por ejemplo, en el gobierno anterior—el de Lena Milkovich y sus antecesores—siempre hubo un departamento encargado de las relaciones muggles y, de hecho, había un Ministro Muggle el cual sabía el secreto de la magia y ayudaba a mantenerlo en secreto. Desde que McDowell está en el poder, ese Ministro fue eliminado y ahora no hay ningún tipo de relación, al menos no lícita. La pelirroja quería hacer creer a los del MACUSA que quería seguir sus pasos al cien por cien, hasta el punto de crear una organización totalmente independiente y poderosa, como lo eran ellos.

Pero estaba claro que Lord Voldemort tenía unos planes muchos más ambiciosos que esos: él no se conformaba con ser el señor de todos los magos, sino que quería serlo del mundo entero. Sin embargo, sabía que había que ir por partes y primero asentarse bien en el mundo mágico y ser los líderes de Inglaterra, con una ideología que traspasase fronteras.

Abigail y Alexander llegaron a Estados Unidos el viernes por la tarde, después de la jornada laboral. Recibieron una cordial bienvenida del mismísimo Presidente del MACUSA y fueron llevados al hotel en el que se quedarían, exclusivo para magos, para esa noche asistir a una velada de presentación en la que estarían la gran mayoría de los invitados del día siguiente; o al menos los que habían llegado. La Ministra y sus Asistente se separaron cada una en su respectivas habitaciones, ya que al menos la pelirroja quería descansar y prepararse sin prisa para la noche.

***

La velada de esa noche consistía en una velada elegante y muy profesional: había que ir de etiqueta tanto para la cena como para el evento posterior, en donde habría barra libre, música y un entorno muy correcto en el que poder relacionarte con todos los peces gordos del mundo. Abigail tenía muy claro que como un evento de ese estilo se hiciese en Londres en ésta época, había un alto grado de probabilidades de que terminase en un ataque terrorista. No sería la primera vez.

Se vistió con un vestido negro que captaría todas las miradas y es que ella podía gustar o no, pero lo que no quería era pasar desapercibida. Salió de su habitación a las ocho y media, con su pelo pelirrojo suelto y listo, recogido sólo por un lateral. Llevaba perlas en el cuello, en un irónico símbolo de castidad e inocencia que iban muy en contra de su atrevido atuendo y, en general, de su explosiva personalidad. No llevaba ni bolso ni ningún otro accesorio más que los guantes y la varita, la cual estaba metida en la liga de la pierna que no se veía por la apertura del vestido. Le encantaba mostrar esa falsa castidad en disonancia con su apariencia más salvaje.

Tocó en la puerta de la habitación de Alexander, la cual estaba continua a la de ella, para repasar algunas cosas y bajar a coger la Red Flú hacia el lugar en donde sería la velada.  

Llevar a Alexander después de tanto tiempo sin tener trato con él había sido un paso arriesgado, pero que Abigail creía que sería decisivo y muy importante para su gobierno. Se había arriesgado en confiar en él porque creía que juntos podían llegar a grandes cosas y alzar el gobierno inglés a la altura del MACUSA. Sólo esperaba no haberse equivocado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Lun Jun 03, 2019 12:11 am

Conociendo a Abigail como creo que la conozco debería de haberme esperado esa respuesta, pero reconozco que me duele un poquito en mi corazoncito que ella piense que haya mejores que yo por ahí ¿Entonces porqué coño no les contrató a ellos? Antes estaba bromeando y quizás las preguntas que le formulé medio en broma eran retóricas y no las formulé pensando que las iba a responder tal cual.

- Que decepción, mujeres… ¡Todas son iguales! -le respondo imitando la frase que suelen usar ellas para referirse a nosotros en multitud de ocasiones, sobretodo cuando se trata de la fijación que la mayoría de hombres tienen por el binomio culo-tetas. Que tampoco es que me considere yo mismo una excepción, tengo ojos y sé apreciar el cuerpo femenino pero quiero pensar que después de eso, del primer golpe de vista luego priman otras cosas que forman parte del encanto personal de cada uno- Pensaba que también apreciabas mi cerebro pero claro… ¡Solo soy un pedazo de carne redondeada y prieta! Un asistente florero -añado un poco más dramáticamente, demostrando claramente que estoy bromeando echándome a reír.

Sobre el tema del metro es que ya no sé cómo explicárselo ¡Que tampoco es que esté enamorado del metro, leñe! Sé que este sitio puede ser agobiante y que huele mal, que a veces la gente va drogada, se pelea y ocurren situaciones también desagradables. Pero al mismo tiempo supongo que es algo que refleja la vida de los habitantes de la ciudad, demostrando que sí, que hay cosas que no pueden ser bonitas de ver pero también hay otras vivencias del día a día que sí que merecen la pena. Así que renuncio a seguir intentando hacérselo entender pues ella va a seguir viendo tan solo la parte fea quedándose con lo más superficial.

Tampoco esperaba que sintiéndose un poco “forzada” por la situación ella aceptara la rosa ¡Pues pensaba que ni siquiera iba a cogerla! De hecho ya había decidido que iba a dársela a una de las chicas jovencitas, a la que he pillado mirándome disimuladamente en varias ocasiones. Pero quitándomela de las manos la coge por el tallo y se dedica a darme golpecitos con ella en la frente, dándome toquecitos con los suaves pétalos rojos. Que la vaya a tirar a la basura tampoco me importa, me tomo como una victoria de por si que simplemente la haya cogido.


- Ni de coña me había planteado comprarte con algo que vale 2 pavos ¡No pensaba que fueras a salirme tan barata! -le replico ante su acusación. Me he dado cuenta de que ella me suele llamar “Alexander” cuando estamos en plan más relajado y que se refiere a mi por mi apellido cuando desea recordarme que está por encima de mi. Así que supongo que ahora trata de mantener las distancias usando incluso esa metáfora sobre los cactus, esos que dice que le gustan y que son tan inaccessibles como ella misma- Los cactus también tienen flores ¿sabes? Y de muy vivos colores… Así que por muy toscas que sean sus formas y agresivos sus pinchos supongo que también guardan sorpresas en su interior -añado encogiéndome de hombros, simplemente aportando esa información en la conversación- Oh, a Anabella le gustaba mi culo ciertamente pero creo que tengo muchas otras atractivas… y no hablo de mi pelo, mis ojos azules o mi sonrisa… sino de… -le sigo diciendo cuando de pronto el metro se detiene en una de las paradas parando un poco bruscamente por lo que una de las jovencitas del grupo que viajaba a nuestro lado pierde el equilibrio y se cae hacia mi teniendo que agarrarse de mi abrigo para evitar caerse. La muchacha se disculpa enseguida colorada como un tomate y bueno, yo no le doy más importancia sino que aprovecho esa pausa en la conversación para mirar el plano de las líneas del metro que hay en la pared justo unos centímetros por encima de la cabeza de Abigail- Nos bajamos en la siguiente ¿No estás emocionada?
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Jue Jun 06, 2019 1:32 am

Ella no daba créditos prácticamente por nada, a menos que realmente alguien la consiguiese sorprender de verdad, algo que pasaba muy pocas veces. Sin embargo, teniendo en cuenta lo mucho que apreciaba la formación de las personas, así como su desempeño en el trabajo, Alexander debería saber asumir por sí solito que si lo había elegido a él era porque consideraba que era de los mejores capacitados para el puesto. Si hubiera tenido otra opción mejor, sin duda alguna, hubiera elegido a esa otra opción. Pero con él había ya un vínculo y su manera de ser, tan honesta y diferente a ella, le hacía confiar en él con mayor confianza que con cualquiera de su círculo más cercano, que todos son unos cabrones egoístas. Abigail era la primera en saber que rodearse de 'los suyos' en muchas ocasiones era peor.

No creo que haya nadie como yo por ahíle respondió divertida cuando intentó meterla en el saco del resto de las mujeres, pues Abigail era una mujer especial. Lo tengo en alta estima, pero tu cerebro no me alegra la vista.

No estaba ligando con él por acentuar y alabar trasero, simplemente mencionaba lo evidente. Por cómo reaccionaba, Abigail entendía que se lo estaba tomando como lo que era: una broma. No quería tener que lidiar con ese tipo de tonterías más serias en un ambiente laboral. Si bien ahora mismo estaban saliendo a dar 'un paseo' como Abigail y Alexander, no quería que las cosas cambiasen demasiado de puertas para adentro, en donde serían McDowell y Castlemaine.

Claro que no iba a rechazar la rosa. Se había gastado dos dólares y la verdad es que pocas personas han obsequiado a Abigail alguna vez con rosas, si no era políticamente correcto. No la apreciaba, eso sí, pero era una rosa al fin y cabo, que podría quitarse de encima en la primera papelera que viese.

Él intentó hacerla ver que los cactus tenían muchas más cosas de las que ella se empeñaba en no ver, hablando de 'sorpresas en su interior' que evidentemente entendió como metáfora hacia una persona. Sin embargo Abi no dijo nada, sino que siguió escuchando como apuntaba todas sus otras cosas atractivas, esperando que mencionase el pene. Yes que si el metro no se hubiese detenido de esa manera tan brusca, estaba segura de que hubiese terminado por mencionar el pene. Que Abigail ni lo recordaba después de todos los que había tenido en su vida, pero era el típico momento en donde quedaba bien meter la broma del miembro viril.

Frente a su pregunta de la emoción, enarcó una ceja y contestó con seriedad.

En éxtasis, ¿no me ves?Dijo mientras le quitaba un pétalo a la rosa.

Mataba a personas sin arrepentimientos, por lo que quitarle un pétalo a la rosa tampoco es que la apenase demasiado. Por mucho que las flores fuesen seres vivos, a ella le daba igual todo eso. No tenía en estima nada de eso. Y si bien había empezado a tener cierta cercanía por los animales era porque había decidido tener un perro hacía un par de años, nada más.

La llegada a la siguiente parada fue más rápido de lo que hubiese esperado, por lo que ambos salieron al exterior del metro que, curiosamente, daba a una parada que no era subterránea, sino que si bien tenías que subir unas escaleras para llegar al nivel normal, toda la parada estaba al aire libre. No tenía ni idea de que esa parada era famosa por estar bastante cerca de uno de los parques de atracciones más divertidos de Estados Unidos, por lo que ni siquiera sopesó la idea. Por saber, en realidad, no sabía nada de Estados Unidos ni sus ubicaciones.

Caminó entonces a su lado y cuando vio esa papelera al final de las escaleras, la señaló con la flor.

La voy a tirar, ¿quieres quedártela de recuerdo o para que se la des a otra mujer e intentar conquistar su corazón?Le preguntó, aunque a la flor ya le faltaban un par de pétalos. No se dará cuenta de que le faltan pétalos. Ninguna mujer se fija en eso, te lo digo yo que sé. Y bufó divertida, como si ella supiese algo de la mujer estándar.

Una vez llegaron a la parte de arriba, pudo ver una grandísima plaza con unos edificios a su alrededores que no eran muy altos. No iba a engañarse: no tenía ni idea de qué se le había ocurrido a Alexander, por lo que se metió las manos en el interior de los bolsillos de su chupa de cuero, para mirar de nuevo a su compañero.

¿Me vas a decir ya a dónde vamos? Porque te veo capaz de hacerme caminar hasta la saciedad y que cualquier sitio me parezca decente con tal de ir a algún lado. Porque si bien todavía no habían caminado demasiado, podría haber sido un plan malévolo perfectamente ejecutado, sobre todo por el matiz de llevar calzado cómodo. Además, tengo curiosidad. Tiene que ser un sitio realmente malo si has decidido meterme en el metro antes. Tengo la teoría de que pretendes hacerme pensar que el metro no ha estado tan mal después de todo. Eso lo había dicho con algo de diversión, dándole a la cabeza probablemente más de lo que debería, pero tenía la sensación de que sencillamente la iba a llevar a dar una vuelta y nada más.


***

¿En serio, Alexander? ¿En serio? preguntaba mientras caminaba, con cara de patata mustia, por debajo de la entrada de aquel parque de atracciones.¿Qué tenemos: doce años y no me había dado cuenta? Podríamos haber ido al parque a montarnos en los columpios también.

Podía ver nada más entrar varias tiendas de souvernis que, lo normal, es que se visitasen cuando te ibas a ir del parque de atracciones, pero evidentemente Abigail no tenía intención ninguna de entrar a ellas en ningún momento. La verdad es que le sorprendió la decisión de su asistente de llevarle a un parque de atracciones, pero tampoco era la peor decisión que podía haber tomado. Al fin y al cabo, aunque los parques de atracciones estuviesen normalmente dedicados a un público menor e infantil, no era así: habían muchísimas atracciones que eran para adultos y que producían una sensación de adrenalina y locura impropia de los tiovivos.

De lejos se veían grandes montañas rusas, altísimas y con varias vueltas entre ellas, así como otras que eran larguísimas y con grandes pendientes. Parecían lejanas, pero también parecían enormes. Abigail las observó porque si había algo en el parque de atracciones que realmente le pudiese llamar la atención, era sin duda eso. Del resto… nada. ¿Atracciones sin adrenalina ni fuerza? No, gracias. ¿Casas del terror? Estaba bastante segura de que cuando Abigail entrase en una de esas casas, lo que más miedo iba a dar iba a ser precisamente ella.

Es por eso que después de decir varias veces que no a las ideas de Alexander, le señaló directamente a la montaña rusa. Si quería que Abi probase algo, iba a ser eso. Y había accedido porque estaba en otro continente y nunca había ido a un dichoso parque de atracciones, pero con lo aficionada que era a los deportes de riesgo…

Te noto un poco asustado, Alexanderdijo la pelirroja, ya sentada en los asientos de la montaña rusa y notando como bajaba el cinturón de arriba, presionándose contra sus cuerpos. ¿Estás seguro de que ha sido una buena idea?
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Vie Jun 14, 2019 1:09 pm

Ante la chulería de ella afirmando que no hay más mujeres como ella en el mundo, no puedo hacer otra cosa que rodar los ojos y reirme pues… ¡La verdad es que tiene razón! Por suerte para todos, porque de haber muchas como Abigail en este planeta probablemente ya se habría extinguido la raza humana. No quiero ni imaginar cómo sería un choque de una Abigail contra otra Abigail, ninguna de las dos daría el brazo a torcer y al final PUM, el Apocalipsis.

- Y espero que siga siendo así, porque mi cerebro está mejor ahí guardado -le respondo dándome un ligero toquecito en la cabeza. Para poder presumir de cerebro “bonito” habría que sacarlo de ahí y no, es algo que no estoy dispuesto a dejar que ocurra. Ante su entusiasmo fingido me echo a reír otra vez por la cara de pasa que pone- Al menos pensé que te alegrarías de que terminara nuestra aventura en el metro -le digo encogiéndome de hombros y preparándome para la nueva frenada y por lo tanto dispuesto a tener que abrir paso entre la gente para llegar hasta la puerta y poder salir.

Al no estar especialmente lleno el vagón es algo que podemos realizar con facilidad y enseguida nos encontramos en el andén ya respirando un poco de aire fresco pues la parada era exterior. A unos pocos metros de nosotros hay una papelera, puedo verla casi en el mismo instante que Abigail la ve y casi puedo captar su entusiasmo por deshacerse de la flor medio despeluchada. De hecho al subir la escalera va directa hacia ella y por unos segundos me ofrece la oportunidad de “rescatar” la flor antes de que la tire. No veo porqué debería hacerlo, una flor tiene el significado que uno quiera darle y está claro que esta no significa nada.


- Mujer, si quisiera conquistar el corazón de otra chica creo que puedo permitirme invertir 2 dólares más llegado el momento ¡Incluso comprar un ramo entero! -le digo divertido, metiendo las manos en los bolsillos pues al salir del metro se nota de nuevo el cambio brusco de temperatura y lo cierto es que hace un poco de frío- No sabía que era usted tan quejica, Señorita Ironías ¡Solo hemos andado un poco! Verás a dónde nos dirigimos en cuanto giremos la esquina pasando ese edificio -añado, señalando con un gesto con mi cabeza uno de los edificios de la plaza, pues este y los demás ocultan en su totalidad la noria y las demás atracciones del parque.

Fue torcer dicha esquina mencionada cuando Abigail se quedó petrificada viendo el cartel del parque de atracciones, ahora con las luces apagadas pues era pleno día. Por las mañanas este sitio no tiene tanto encanto, pues hay mucha menos gente y por eso mismo decidí traerla aquí. Por la tarde/noche es casi imposible andar por aquí de lo repleto de familias con niños y turistas que hay corriendo por doquier.


- No menosprecies este lugar, aquella montaña rusa roja tiene la pendiente más inclinada y larga del mundo. Por no hablar de las numerosas vueltas y la velocidad que alcanza -le digo, intentando intrigarla un poco sobretodo por las atracciones que presiento que le van a gustar. Abigail es una mujer dificil, creo que no es demasiado feliz ni lo ha sido mucho en su vida, por eso tiende a verlo todo siempre por la parte negativa ¡Así que es tremendamente difícil contentarla! Tomar la decisión de traerla al parque de atracciones al principio me pareció una locura, pero analizándolo fríamente este lugar y la hamburguesería creo que son los únicos que ella podría apreciar si les diera una oportunidad.

Por supuesto, en nuestro camino hacia la mencionada montaña rusa infernal le voy proponiendo subir a otras atracciones, incluso me ofrezco a invertir 5 dólares en esa caseta en la que hay que pescar patos de plástico con una caña de pescar. Obviamente los tiovivos, trenecitos infantiles y demás están descartados e incluso la casa del terror ¡Con la de sustos divertidos que da eso! En la tómbola incluso llaman a Abigail por el micrófono cuando pasamos, animando a acercarse a esa “hermosa pelirroja”. No creo que a Abi le interese ganar una liquadora, una amasadora de pan o un peluche enorme de Bob Esponja, la verdad. Tras dedicarle una miradita repleta de desdén de las suyas al de la tómbola, pasamos de largo y seguimos andando hasta la montaña rusa.


- ¿Parezco asustado? No sé, pondría los pies en el salpicadero como si estuviera en el sofá de mi casa pero probablemente saldrían volando las zapatillas cuando esto cogiera velocidad -le respondo divertido ya sentado a su lado en la atracción e imaginando la situación que acabo de describir. No tengo miedo, de hecho ya he montado varias veces hace años y además, seguro que hemos hecho picados más arriesgados con la escoba y sin protección alguna- Pues claro que ha sido buena idea ¿Acaso te estás arrepintiendo tú? -añado para picarla un poco, aunque ya no hay demasiado tiempo para cambiar de idea pues una vez bajadas las barras de seguridad el vagón se pone en marcha siendo nosotros solos los que estamos en la atracción.

Efectivamente aunque empieza flojito mientras va subiendo la primera pendiente enseguida coge una velocidad considerable y apenas da un respiro entre descensos prácticamente verticales y una vuelta tras otra. No sé cuántos minutos dura el recorrido pero se hace corto ya que todo sucede muy rápido y cuando el vagón se detiene en el mismo punto en que comenzó el trayecto tanto Abigail como yo tenemos el pelo completamente alborotado, con mechones por la cara incluso creo que se me ha metido uno en la boca, por lo que me paso las manos por la cara para retirarlos antes de echarme a reír a carcajadas. El corazón me va a mil por hora pero ha sido muy divertido.


- ¿Necesitas ayuda para levantarte? No te culparía si te temblaran las piernas -le digo guasón, ofreciéndole mi mano tras levantarme primero cuando las barras de protección suben. Hace bastante frío y ahí arriba en movimiento todavía se sentía más agudo, por lo que mis manos están frías también- Ahora podríamos ir a la caseta de tiro al blanco o a comprar algodón de azúcar ¡O ambas cosas!
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineInactivo

Abigail T. McDowell el Sáb Jun 22, 2019 2:28 am

Se estaba metiendo con él en toda regla, pues ella no tenía ningún tipo de nervios por montarse en una montaña rusa, no después de haber hecho puenting, volado a tantos metros del suelo y hacerse tanto a los deportes de riesgos. Que quizás Alexander podía pensar que Abigail era infeliz o no sabía divertirse: pero ni una ni otra. Tenía su propia felicidad… o eso creía ella. Y divertirse claro que sabía divertirse, pero tenía gustos que no todo el mundo compartía, o que no todo el mundo consideraría divertido. Tenía sus hobbies… más allá de las cosas moralmente incorrectas o que tuviesen que ver con la violencia.

Es por eso que tras echarle una sonrisa de lo más traviesa, aquella montaña rusa comenzó a moverse. Y sí, vale, estuvo bien. Tenía sus momentos de adrenalina y su subidón en la caída, pero precisamente Abigail era una chica de emociones muy fuertes, por lo que evidentemente no le impresionó tanto como podría haber impresionado a cualquier otra persona.

¿Temblarme las piernas?Enarcó una ceja cuando aquello paró, notando que sus pelos ahora mismo deberían tener vida propia y estar cada uno en una dirección diferente. Pocas cosas hacen que termine con un temblor de piernas, pero no ha estado mal. Le reconoció, para entonces notar como el cinturón de la atracción se aflojaba en su pecho.

Bajaron de allí y no supo identificar si lo que decía Alexander iba en serio o no: ¿de verdad veía a Abigail yendo a la caseta del tiro al blanco o comiendo algodón de azúcar? Bueno, lo del algodón de azúcar ya te decía que no, pero quizás en la caseta del tiro al blanco sí pudiera patearle un poco el culo a Alexander. No había utilizado nunca en la vida un arma blanca, ni real ni tampoco de aire comprimido, pero suponía que la puntería no tendría nada que ver con eso. A fin de cuentas, había infinidad de hechizos que necesitaban de buena puntería…

Si quieres te llevo a comprarte un algodón de azúcar dijo cuál madre resignada. Y luego me apunto a patearte el trasero en la caseta de tiro.Se miró entonces en el cristal de la caseta de la montaña rusa cuando estaba saliendo, fijándose en cómo tenía los pelos. Y en ese momento también se fijó en cómo los tenía Alexander, por lo que se llevó sus manos a su melena pelirroja para organizar lo máximo posible aquello.


Las horas pasaron en aquel parque de atracciones y… no os voy a engañar, Abigail no es que accediese a hacer muchas cosas, pero las que hacía al menos le gustaban. No es que ir a un parque de atracciones hubiese sido lo que más le hubiese encantado en esa mañana de turismo, pero ni ella misma sabía qué hubiera sido lo mejor: ¿quizás ir a practicar algún deporte de riesgo propio de aquella zona? Quizás. Sin embargo, Alexander se ganó al menos a una pelirroja que no estuvo todo el rato quejándose, que ya eso era un gran paso.

Alexander había dejado para el final el algodón de azúcar para empezar a abrir el apetito para el almuerzo, creyendo que entre lo más repitiera Abigail iba a caer en la tentación de pedir uno, pero no. La pelirroja no pensaba ir con un algodón de azúcar en la mano. Por Merlín, sería bajita, pero ya tenía una edad.

Sin embargo a sus asistente le quedaba muy bien. Mientras caminaban por los grandes paseos del parque y el moreno se comía aquello mientras Abigail volvía a rechazar por vigésima vez un trozo, la pelirroja lo miró.

Tengo la sensación de que intentas sacar de mí esa parte infantil que murió incluso antes de entrar a Hogwarts. ¿De verdad recuerdas algún ápice infantil de mi yo de Hogwarts? Porque yo creo que ya entré al castillo siendo una cabrona molestosa de doce años. Porque Abigail, al ser de diciembre, había entrado con doce años y no con once. Me divertía empujar a la gente por las escaleras: eso no era muy infantil.Y tuvo que reír al recordarse a sí misma. Siempre fue una zorra y la verdad es que le encantaba.

La pelirroja había entrado a Hogwarts siendo una jovenzuela bastante madura para su edad y con las ideas bastantes claras con respecto a su superioridad y los estudios, por lo que… no es que fuese la muchacha más inocente ni nada.

Tengo hambre. ¿Sabes a donde llevarme a almorzar o improvisarás?
Abigail T. McDowell
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Alexander Castlemaine el Sáb Jul 13, 2019 12:46 pm

Al final me quedo con la mano suspendida en el aire unos segundos hasta que veo que obviamente no va a aceptarla y la retiro para así usarla para peinarme, un propósito infinitamente mejor por supuesto. Tampoco es que pensara que ella fuera una de esas damiselas en apuros que iba a necesitar ayuda de su gentil acompañante claro está. Eso es algo que sí que habría hecho por ejemplo mi ex-esposa, la cual siempre aprovechaba cualquier situación para establecer contacto físico conmigo.

- Vaya ¿Y qué cosas son esas que te dejan con las piernas temblando? -le pregunto curioso arqueando una ceja, pues ahora ya me ha dejado con la intriga. Seguramente deben ser cosas que impliquen mucho más riesgo y peligro que una simple montaña rusa por muy inclinadas y angostas que sean sus pendientes. Cosas de esas que impliquen un riesgo de muerte real sin arneses protectores ni demás chorradas de sistemas de seguridad.

Dejando atrás la atracción de la montaña rusa, lo cierto es que no tengo tan claro lo que ella aceptaría hacer o no, por eso me dedico a bombardearla a ideas pronunciando en voz alta todo lo que se me va ocurriendo sobre la marcha, pues igual acierto con alguna y algo logra llamarle la suficiente atención como para animarse a ponerlo en práctica. Debí de haber imaginado que a ella podría gustarle eso de lanzar dardos o disparar a cosas, pues sé que es muy competitiva y obviamente su deseo de ganarme iba a motivarla a ponerlo en práctica.


- Primero el tiro al blanco y luego el algodón ¡Necesito las manos libres para ganarte con los dardos! -le digo dispuesto a chincharla un poco más si cabe- De hecho, deberíamos apostar algo… quien pierda se montará en el unicornio rosa del tiovivo -añado echándome a reir, imaginándola a ella montada en ese animalito tan cursi que tiene la crin y la cola de los colores del arcoiris. Ja, seguramente sea yo el que acabe montado en él pero tampoco es algo que me vaya a traumatizar ni nada por el estilo.

Como si se hubiera tratado de una premonición, una profecía o un repentino despertar de mis dotes adivinatorias, las cuales antes brillaban por su ausencia, acabo perdiendo no una sino varias rondas en las casetas de tiro. Algunas a los dardos, otras con las escopetas de aire comprimido… Abigail se lleva todos los “premios” que eran de su gusto como navajas y una petaca para el whiskey de fuego, ante el asombro del señor de las atracciones ¿Que se pensaba, que iba a escoger peluches? Creo que basta con ver a la señora Ministra para saber que ella no es de las que tiene ositos o tiernos gatitos de peluche sobre la colcha de su cama. Obviamente termino teniendo que pagar mi penitencia montándome al tiovivo tal y como yo mismo propuse. De hecho hasta tengo que aguantar los lloros de una niña con coletas que quería montarse en el susodicho unicorno donde yo tenía plantadas mis hermosas posaderas. ¡Se siente! Uno no puede lograrlo todo en la vida… es mejor que lo vaya aprendiendo ya a su corta edad.

Dando vueltas en el tiovivo finalmente se me abre el apetito y al bajar lo primero que hago es conseguirme un algodón de azúcar bien grande y de color rosa, por si acaso no tuviera que restablecer un poco mi hombría después de haber montado en unicornio rosa. ¡Qué más da! Sinceramente creo que esas cosas no definen quien soy ni cuantifican mi grado de masculinidad en absoluto. Además lo del unicornio no lo hice por voluntad propia… era una apuesta y habría sido demasiado genial ver a Abigail ahí arriba dando vueltas. Era un riesgo que debía tomar.


- Creo que todos tenemos una parte infantil muy adentro de nosotros y estoy seguro de que hasta tú la tienes. Creo que no es nada malo mostrarla o potenciarla, no en vano la infancia es la etapa de la vida donde más despreocupados y felices somos -le respondo sin pensarlo demasiado, pues si lo hubiera hecho me habría dado cuenta que ninguno de los dos somos ejemplos perfectos de dicha afirmación. Mi infancia fue muy exigente y calculada por parte de mis padres pero, gracias a la presencia de mis hermanos puedo decir que si que tuve momentos de auténtica felicidad infantil. No me quejo, podría haber sido infinitamente peor- No tendrías tanta hambre si hubieras probado el algodón… aún llegas a tiempo -le digo divertido, volviendo a ofrecerle un pedazo de algodón como he hecho ya una decena de veces desde que lo compré ¡No podrá negar que soy paciente! E insistente- Sé perfectamente dónde llevarte a comer, esa era la segunda parte del plan perfectamente elaborado y ejecutado -añado esbozando una amplia sonrisa pues a mi modo de ver la mañana se ha desarrollado de manera perfecta e incluso me ha sorprendido su reacción en muchas situaciones. Y si, vi su parte infantil asomarse, por mucho que ella lo niegue, sobretodo cuando me ganaba a los dardos o acertaba de lleno en el objetivo con un impecable disparo de escopeta- Venga, esta vez no hay que coger el metro porque está muy cerca de aquí...
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Abigail T. McDowell el Mar Jul 16, 2019 3:04 am

¿En serio le estaba preguntando a Abigail McDowell ejemplos de con qué cosas se quedaba con las piernas temblando? La pelirroja lo miró, francamente divertida, sin tener muy claro si su intención era hacerle decir ciertas cosas ‘impropias’ de una Ministra de Magia o si, por el contrario, lo había preguntado con toda la inocencia del mundo. Y, sinceramente, le pareció que todo eso había sido dicho con la inocencia propia de Alexander Castlemaine. Sería un cerebrito, pero parecía haberse olvidado de quién era Abigail McDowell.

¿De verdad quieres que te relate qué tipo de cosas consiguen dejarme con un temblor de piernas…? preguntó, de manera sugerente y muy seductora. Su intención no era realmente ligar, pese al tono, sino incomodar a su compañero.

Evidentemente no respondió; ni dio detalles. No tenía problemas en hablar de sus… encuentros sexuales, pero teniendo en cuenta la situación pues no era el momento. Mejor dejar implícito lo ocurrido.

Después de la montaña rusa, debía de admitir que se lo pasó bien. Era obvio que Abigail no estaba en un lugar que le diese demasiada comodidad: entre la multitud y que un parque de atracciones no era ni de lejos un sitio agradable para ella, cualquiera diría que se lo iba a pasar mal, pero no. De hecho se atrevería a decir que se lo pasó realmente bien machacando a Alexander en los diferentes sitios de dardos o de disparos. No es que él fuese malo, pero ella era bastante buena en comparación. Y obviamente no iba a perder la apuesta para montarse en un unicornio rosa, ¿en serio, Abigail McDowell montada en un tiovivo y, para más inri, en un unicornio rosa? No, Alex, no. Eso no pasaría ni en esta vida ni en la siguiente.

Cuando terminaron de hacer cosas de adultos en un parque de atracciones, como subirse a un tiovivo en el unicornio rosa, la idea era ir a comer. Fue en ese momento cuando Alexander decidió obsequiar a la pelirroja con la filosofía de lo infantil, esa en la que uno piensa que toda persona tiene una parte infantil en su interior. Abi no pensaba lo mismo, pues en su juicio había gente que podía llegar a perder esa parte de ellos, como había ocurrido con ella.

¿La infancia es la etapa de la vida en donde estamos más despreocupados y más felices somos? Abigail se rió, abiertamente, ante esa afirmación. No dijo nada al respecto, claro, pues no tenía ganas de tener que dar explicaciones. Sin embargo, para resumir: precisamente su infancia de mierda se veía en conjunto afectada por la preocupación constante de intentar ser una hija querida por su madre y con una familia rota en donde felicidad no hubo demasiada.

Discrepo mucho con esa afirmaciónle dijo a su acompañante. Pero soñar es gratis y hacen falta más soñadores en este mundo.

La pelirroja podría poner la mano en el fuego con que ella no tenía esa parte infantil de la que hablaba, pero tampoco podría decirte en qué momento la perdió. Se lo había pasado bien pero tanto como para intentar comparar aquello con que había sacado su parte más infantil… no, definitivamente no. Sin embargo, no entró en ese debate, sino que prestó atención a lo verdaderamente importante: la comida. Al final Alexander terminó llevándola a una hamburguesería típica americana que quedaba bastante cerca del parque de atracciones. Quizás Abigail pudiera parecer muy refinada para algunas cosas, propias del alto nivel de vida al que se había acostumbrado hace ya algunos años, pero en realidad no os confundáis: la comida favorita de la pelirroja siempre sería una hamburguesa cargada de patatas fritas. No había que ser un idiota repipi para comer bien.

Después de comer ambos volvieron al hotel, en donde se prepararon para la cumbre de aquella noche. Todo salió a pedir de boca, incluso los tratos con los americanos, los cuales eran sin duda los que más quebraderos de cabeza le daban Abigail, tanto por trato como por negociaciones. Volvieron a casa al día siguiente tras un almuerzo de despedida entre muchos de los países; todo muy formal y correcto.
Abigail T. McDowell
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