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Priv. || The Magus Archives ||

Ryan Goldstein el Jue Feb 28, 2019 3:03 am

La pluma vuelapluma es rebelde, y habiéndose deslizado del sobre como la serpentina, revolotea todo alrededor y se lanza impaciente por cumplir su cometido en las manos de una bruja, sin noción de momento.

Podía ser un fallo de fábrica, o es que la habían adiestrado así, para atacar en un desesperado intento por ser útil. Los artículos mágicos tenían la característica de estar desbordados de movimiento, ilusoriamente vivos.

Siendo el caso, aquella era una pluma muy atolondrada, y el doble de obstinada. En su despliegue locomotriz salpicó gotas de tinta. Y aun así, el propósito de una pluma vuelapluma adjuntada a la carta de El Archivo, era todo un misterio.

El sobre tenía un sello distintivo en dorado y la misiva se había escrito a mano en una cursiva estilizada y prolija. Una vez extraída la carta, era posible sorprenderse con cómo se desprendía una nota suelta de papel, que ojeándola, parecía fuera de lugar.



X/X/2019
Danielle T. Maxwell
Londres

Danielle T. Maxwell,

    Es de mi agrado informarle a través de la presente sobre las especificaciones relativas a su postulación en el puesto de aspirante a bibliotecario.

Ha sido seleccionada bajo la atenta recomendación de Ryan Goldstein, quien a efecto inmediato queda registrado oficialmente como padrino a cargo.

Queda convocada para acudir puntualmente a las oficinas de El Archivo, a las 16hs del próximo lunes, para su entrevista.

De apersonarse a la cita según lo previsto, firmar con la pluma vuelapluma dispuesta en el sobre al final de la misiva.

Se hace constar que una vez firmada la invitación se pone en activo un encantamiento vinculante de carácter inviolable y sin efecto retroactivo.

Atte.

Priv. || The Magus Archives ||  425OMb6
Etienne Mikuinski
Archivador
Oficina 403, Último Piso
El Archivo
5th Ave. con la 42nd St, NY 10018, Nueva York
 



Dany, Priv. || The Magus Archives ||  JW1jxpL
                                             
Ryan me ha hablado maravillas de ti. Prometo no morderte. Te espero con tarta de chocolate.
Hasta el próximo recuerdo.
Etienne.


The Magus Archive
Oficialmente, se reconoce a la biblioteca de El Archivo como cuna de la cultura: almacena libros de todo el mundo, archivando en sus arcas la historia del mundo mágico.

Es en sí misma un museo histórico, que recorre la historia mágica desde hace años, años atrás en el tiempo en los que la magia antigua era todavía más fuerte de lo que es la magia en la actualidad.

Está ubicada sobre la Quinta Avenida, o más apropiado sería decir que coincide exactamente con la ubicación de la biblioteca pública de Nueva York.

Es posible acceder a la secreta locación de El Archivo a través de pasajes estratégicamente distribuidos en el Bryant Park como hacia dentro de la biblioteca pública.

El más conocido tal vez sea el pasaje de la Quinta Avenida, al que se accede atravesando el pilar que sostiene a la estatua del león de la fortaleza.


Once upon a time…
the world was fill with magic
Your job?
Is to make sure that what remains
Doesn’t fall into de wrong hands


Lo que la biblioteca guarda son libros, a veces de un extraña magia, y ‘artefactos’, que vienen a ser instrumentos de curiosas cualidades mágicas. En ciertos casos, es necesario guardarlos contra aquellos magos que quieran hacer un mal uso de estos tesoros.

Por esto, otro de los trabajos de los bibliotecarios es el de ir a buscar los objetos de estas características que todavía quedan allí afuera y rescatarlos del tráfico ilegal en una carrera contra coleccionistas ambiciosos, mercenarios y magos con oscuros propósitos.


Breve reseña sobre los orígenes

Hubo una vez, hace más de mil años, tres hermanas que fundaron una sociedad entre magos y brujas. Sus nombres, Auríale, Adusa y Ateno, se hicieron conocidos a lo largo del tiempo y la historia.

Juraron servir al propósito de preservar y proteger la brujería, en una era en la que el conflicto y la persecución atemorizaba a los practicantes de magia.

Es así como nace El Archivo.

Las tres hermanas erigieron un templo a la cultura, la historia y el conocimiento como una forma de unirse contra el genocidio hacia los de su clase.

Se puede matar a un hombre, pero si quemas un libro destruyes su historia.

Con la idea en mente de preservar la vida y cimentar un futuro, hicieron un llamado a todos los magos y brujas, y no sólo armaron un refugio, sino que se convirtieron en bibliotecarios.

The very existence of libraries affords the best evidence that we may yet have hope for the future of wizards


Las tres hermanas

"El Jardín de Las Tres Hermanas" debe su nombre a las estatuas de las fundadoras, un monumento erigido en su memoria. Dicen que está encantado.

Se dice de ellas que se vieron obligadas a separarse cuando niñas, masacrada la pequeña comunidad en la que vivían junto con su familia, por acusaciones de brujería.

Cada una de ellas tomó un camino distanciado de la otra, hasta que años después se volvieron a encontrar en un paso que era una triple encrucijada, y que sería luego el sitio donde construirían El Archivo.

Los orígenes sobre la biblioteca son muy discutidos y las versiones varían. En una de ellas, las tres hermanas descansaban a la sombra de un manzano cuando una serpiente se deslizó por entre sus ramas y les habló.

Su dominio de la lengua pársel* les atribuyó una fama ambigua e incluso entre sus pares fueron vistas con el temor, y a veces la errónea adoración, que se le profesa a las Artes Oscuras.

A lo largo del tiempo, El Archivo hubo de enfrentarse contra la mala opinión pública, promovida desde las altas esferas de distintas comunidades mágicas por motivos políticos, sufriendo ataques y amenazas.

Hasta que luego de cambios y transformaciones logró consolidarse como una respetada institución bajo el amparo del Magicongreso de Estados Unidos.

Las tres hermanas, como fundadoras, iniciaron lo que sería el eterno legado de la biblioteca, expresado en su lema: “Sabiduría, unidad, fuerza”.

*Es por esto que se las representa habitualmente en grabados y esculturas rodeadas de estas criaturas, y en ocasiones, hasta con los cabellos tallados como sierpes.  



Estatua de las Tres Hermanas
Auríale, “La  carismática”. La hermana del medio. Mediadora cuando surgía un conflicto, mantenía el vínculo que unía a las hermanas, incluso en la discordia. Mucho se hablaba sobre sus dotes de oradora. Era creativa, virtuosa y generosa.

Se la suele representar tocando el laúd o con los brazos abiertos alegóricamente.

Ateno, “La guerrera”. Hermana mayor. En período de guerra participó activamente en campañas militares como cualquier otro soldado, siendo una mujer entre hombres.

Se la suele representar con una espada o un arco en una mano y la varita en la otra. Era leal, brava e impiadosa.

Adusa, “La sabia”. Hermana menor y cabeza principal al mando de El Archivo. Su afán por el conocimiento la llevó a muchos descubrimientos y querer difundir lo que sabía.

Decían que de mirarte a lo profundo de los ojos podía adivinar todos tus secretos.

Se la suele representar con una llave o un libro. Era juiciosa, emprendedora e inteligente.


A través del vestíbulo...


Desde sombreros turcos a botas de tiburón, capas flotando al ras del suelo y uniformes hechos a medida, túnicas de bordados exquisitos o puños desgastados y telas de los más diversos colores, todo tipo de vestimentas para todo tipo de gentes, eso es lo que podía encontrarse en el devenir atareado de brujas y magos provenientes de los distintos continentes.

Las grandes puertas que te engullían hacia dentro del gentío en movimiento se alineaban desde el extremo opuesto con las lenguas escaleras de mármol que a la vez se bifurcaban al llegar al rellano que precedía a la entrada del primer piso, la planta de la biblioteca. Lo indicaba el logo de la parte superior, un libro abierto.

Al pie de la escalera y hundido en el centro de una depresión circular pero tan grande que se mantenía bien a la vista de todos, un globo terráqueo con un aura brillante veteada de plata y azul levitaba sobre una plataforma apenas elevada sobre el nivel del suelo de mosaico. Dos soportes dorados se ceñían ilusoriamente a su circunferencia, apostados uno a cada lado.

Cubriendo los muros del gran y transitado vestíbulo la mesa de entrada se extendía todo a lo largo de las paredes a los costados. Detrás de numerosas ventanillas había alguien para atender a una cola de curiosas personalidades a la espera, desde extranjeros con sus incompresibles acentos hasta duendes y una multitud que sólo verías en el mundo mágico.

Brujas y magos y seres se aparecían y desaparecían dentro de un radio con el globo terráqueo como eje. Había quiénes se asombraban lanzando miradas a su alrededor, pero en su mayoría parecían saber exactamente a dónde ir, tanto si era para hacer cola, apresurarse por las escaleras o escurrirse hacia los costados y atravesar unas puertas altas y angostas que se mantenían siempre abiertas y conducían a salas contiguas, donde era posible tomar los ascensores. Aquí y allá pequeños grupos juntaban las cabezas en un murmullo dispar y confuso, y los pies se movían con prisa y sentido de la dirección.

La amplia sala crecía y crecía hacia arriba, hasta un techo de apariencia infinita del que pendía suspendida la proyección de un reloj astrológico que giraba sobre sí mismo y que daba la impresión de emitir una luz dorada que inundaba la sala como lo hacen los rayos del sol a través de los vitrales. Los pilares contra las paredes que encerraban al gentío estaban esculpidos con formas femeninas que se movían si posabas tus ojos en ellas por demasiado tiempo y se ofrecían amablemente a dar indicaciones.

Antes de llegar a las ventanas del servicio de atención había palmeras, tan altas como jamás se había visto en una palmera, que se alineaban formando cuatro esquinas. A sus pies había bancos de espera, magos que tomaban el sol en un pequeño terreno de césped, y tiendas. Una tienda de regalos exponía inventos y curiosidades además de suvenires, una tienda de diarios pregonaba sobre las noticias en los periódicos de todo el mundo, y por último y no sin provocar la impresión de ligera extrañeza, una tienda de relojes en donde, al parecer, hacían reparaciones y personalizaciones.




El Portero del Mundo
Planta Baja

¿Destino? ¡Oh!, ¡hola! Sí, sí, déjame ayudarte. Yo puedo llevarte a casi cualquier parte. Soy coordinador de viajes, pero todos me llaman El Portero del Mundo. ¿Ves este globo terráqueo? Es un canal de transportación y punto de aparición. Puede traerte aquí, mandarte de regreso e incluso mandarte a cualquier otra parte que tú quieras, ¡no hay coordenadas que yo no conozca! Porque no creerás que funciona solo, yo me encargo de todo eso. Ah, ¿pero aquí?, ¿en la biblioteca? No, imposible. Me pierdo hasta para ir al baño. ¿Las oficinas? Ah, sí, eso es… ¡Arriba! ¿Etienne? Ah, ese estirado, sí. Es un chico ‘afrancesado’, joven casi como tú, pero le gusta sermonear como un anciano, comportarse como el jefe, ¿me entiendes? Tú te ves como una buena persona, a que me entiendes. A mí edad, que un chico te ande cuestionando la profesión de toda la vida es para envenenarte la sangre. Y hace cada pregunta que consigue que uno quede como idiota, habrase visto. Pero cuando no se mete en mis asuntos, es un chico bastante tranquilo.


Salas de la Biblioteca
Primer Piso

Infinitas galerías que se interconectaban en un mar de secciones perfectamente organizadas, brujas y magos sentados en escritorios individuales y plegados sobre tomos abiertos. Estantes y estantes de libros, balcones y escaleras, y más hileras de estanterías, salas de lectura y esquinas secretas. En el recibidor había mostradores, pero ningún bibliotecario. Hasta que choca contigo.  

—¿Sí? Oh, sí, sí, claro—La bibliotecaria se acomodó los lentes al resbalárseles por el puente de la nariz, tarea difícil porque tenía las manos ocupadas con una pila de libros—¿Cómo?—replicó, contradiciéndose en el acto, y abrió mucho los ojos, parpadeando una, tres veces—¿El corredor de las oficinas?

Era una bruja alta y enjuta, de ojos avispados y un brillante cabello de tono cobrizo oscuro que llevaba atado en un rodete. Se enderezó en el lugar, cotilleando a través de sus lentes con cierto porte examinador.

—Ya veo, tú no vienes por un libro. Estás extraordinariamente perdida, sí, pero no te culpo. ¿Y con quién se supone que tienes que hablar? Porque el corredor es como una galería interminable, con infinidad de puertas… ¡Oh, Etienne!, ¿Archivador? Sí, claro que lo conozco. Un señor respetabilísimo. No recuerdo el número de placa de su oficina, ¡ah, pero no importa! Tú sube al último piso por ese elevador que ves al final del pasillo y pregunta al recepcionista de planta por un señor canoso, entrado en años pero tan buen mozo, el más educado y con un ligero acento ruso. Ah, y qué siempre viste un abrigo con cuello de castor. ¿Ves qué fácil? Mucha suerte, querida. ¡Oh, y vuelve siempre que quieras una credencial para la biblioteca! Estaré encantada de ayudarte.




Pasillo de las Oficinas
Último Piso

Pardon.

El morocho tenía una voz ronca, nerviosa, pero el porte más recto y serio del que era capaz. Había sido él el del pisotón apenas subir al ascensor, pero parecía ofendido. Tenía un corte de pelo tan recto como cuadrada era su mandíbula. Desprendía colonia, status y cierta arrogancia que intentaba encubrir con una fría amabilidad. No se entendía por qué tenía una mirada tan inquieta.

Al descender todos los demás ocupantes, sólo quedaron ellos dos cuando llegaron a al corredor de las oficinas. La expresión del muchacho se tornó desconfiada, pero fue galante, un perfecto caballero, y se apartó para ceder el paso. Del todo innecesario, porque la salida era lo suficientemente ancha como para que pasara un rinoceronte. Pero sus modales eran de etiqueta.

Al no haber nadie a quien preguntar, se guiaron por las señales. Había una Oficina de Ánimas, otra de Enlace y Comunicación, de Seguimiento, y también las numeradas, cantidad de despachos oficinas yendo para un lado u otro del pasillo. Cuando se hizo evidente que iban por el mismo lado (y prácticamente igual de perdidos), el chico pareció sentirse obligado a iniciar una conversación, como si se tratara de alguna clausula moral no escrita. El esfuerzo que hacía era notable. Puede que después de todo no le fuera fácil relacionarse, o que pecara de altivo. Se aclaró la garganta e indagó sobre algo que aparentemente lo tenía muy curioso, utilizando todo el tacto que le era posible.

No se sabía por qué intentaba ser tan cuidadoso al hablar, pero al hacerlo, se delató a sí mismo como aspirante, e incluso dejó caer que se había preparado arduamente para ser admitido—mencionando de paso, que había sido el mejor promedio de su promoción, pero considerando en un desliz de frustración y desdén que hasta eso parecía poca cosa en el momento de la verdad—, pero se mostró especialmente interesado respecto a la identidad del entrevistador.

—Etienne, ¿Etienne Mikuinski? No es una personalidad ordinaria en el ámbito académico. Una mujer muy respetable. Tengo entendido que es condesa. Sería un honor tener una conversación con alguien tan eminente.

Se despidieron frente a la puerta de la oficina 403, y el tal Clément Faure-Dumont casi se vio tentado a cambiarle el turno. Pero siguió andando, porque le faltaba camino. Se olvidó de desearle buena suerte, pero puede que el leve asentimiento con la cabeza que le dedicó antes de dar media vuelta fuera algo parecido. Lo único seguro es que debía tener rigidez en el cuello, de lo seco del gesto.


Oficina 403

Al tocar, la puerta se abrió sola. No parecía haber nadie. El despacho era una amplia habitación con segundo piso, accesible por una escalera espiral. Había estanterías, libros, aparadores de vidrio cargados de objetos curiosos. No había ni un anciano ruso, ni un muchacho francés, ni ninguna condesa. Nadie, no había nadie, ¡pero…!

—¡Aquí!

Había una niña, con un malsano gusto por los buenos sustos, y sin lugar a dudas confundiéndolo con sentido del humor. Pero al verla de cerca, tenía una expresión demasiado escéptica para una niña.

Sin duda, tenía algo peculiar.

Sorprendió a su visitante desde un rincón al fondo, en las sombras, apareciendo con un libro abierto en las manos y la boca manchada de chocolate. Era una bonita rubia, algo pálida y muy delgada. Se acercó y se mostró interesada.

—¿Y qué te ha pasado a ti?







Etienne

Observador-Afable-Socarrón

Archivador. Su labor es la de coordinar y asignar las misiones a los demás bibliotecarios (por extensión, todos son ‘bibliotecarios’). Lleva a cabo los reportes de las misiones, reportes que almacena y cataloga en los archivos de la biblioteca. Sabe muchos secretos, que guarda con su vida. Después de todo, los “archivadores”, son los que guardan bajo llave los artefactos que llegan a sus manos, además de conocer una infinidad de misterios y ser fuente recurrente de consulta. Raramente hacen “trabajo de campo”.



Eva Rogers

Determinada-Honorable-Negociadora

Rastreadora, se encarga principalmente de localizar e interceptar traficantes de artículos mágicos. Lleva la varita a un costado de la pierna, en una funda de cuero enganchada al cinto. Se siente orgullosa de ser parte de La Nobilísima Orden de Los Guardianes, título que se le concede a todos los bibliotecarios de El Archivo, y siempre se muestra atenta con los nuevos miembros.







Clément Faure-Dumont

Defensivo-Cauteloso-Apasionado

Aspirante. Aspirante a bibliotecario, ingresa al período de prueba al mismo tiempo que Danielle. A diferencia de ella, tiene ambiciones en la vida. Es un egresado de Beauxbatons y licenciado en Historia de la Magia. Tiene un máster que va de “Las hadas en el folklore popular”.

No le fue fácil hallar padrino. Su objetivo es ser Archivador y le tiene terror al trabajo de campo, pero está de acuerdo en que no puede ser una cosa sin la otra, y pone todo su esfuerzo, aunque le cueste el doble.

No es especialmente agradable o alguien fácil con quien tener una conversación, pero sí una fuente de consulta muy útil, y un acérrimo de la investigación a tiempo completo. Por cierto que tiene un crush académico con Etienne Mikuinski.  
     
Su padrino es Reginald Waters.



Reginald Waters

Enérgico-Impulsivo-Soñador

Cazador de Ánimas. Si hay un vozarrón, seguro que es él dándo los "Buenos Días". Tipo simpático si los hay, algo perdido por las apuestas. Está convencido de que las ánimas son seres a los que hay que tenerles lástima, y se siente en paz cuando "las saca de su miseria", pero no sin cierta pena. Después de todo, a veces la línea entre "seres" y "producto residual", se hace un tanto difusa... Tiene a Etienne Mikuinski en alta estima, pero nunca se lo oye soltar más que quejas sobre él, y sobre todo, su ambiguo sentido del humor.




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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Vie Mar 01, 2019 1:51 am


—Abu, no. Sólo voy a ir hoy. Por mucho que sea en América, no voy a necesitar un tupperware de croquetas para mantenerme alimentada: guárdalo aquí para mañana. —Y ese tipo de conversaciones eran las que yo tenía con mi abuela regularmente. Mira que me encantaba comer la comida de mi abuela, pero cómo me alimentara tanto como ella quería que lo hiciera, podría ir rodando a los sitios. Además, estaba con el estómago cerrado de los nervios.

Era cuatro de marzo, un lunes y Ryan Goldstein, mi compañero de la Orden del Fénix, había cumplido lo que había prometido: no sólo me había hablado muchísimo más del famoso Archivo de Estados Unidos, esa biblioteca en donde se esconden los secretos mágicos más increíbles, sino que además había apostado por mí. El tal Etienne, el tipo del que me había hablado Ryan, me había mandado una carta muy formal por una parte y muy simpática por otra, en donde me mandaba a citar en la misma biblioteca. Y claro, os podéis imaginar como me había quedado después de eso… ¡muy nerviosa! Le había contado a mi abuela todo porque fue ella quién recogió la carta en la casa, pero a Edward todavía no le había contado nada porque no quería hacerme demasiadas ilusiones. Ese día era la entrevista y… ¿si no la pasaba, qué? ¿Y si resultaba ser una inútil y no servía para eso? Iba con una motivación que… hacía mucho tiempo que no tenía. La última vez que me había sentido así había sido cuando me presenté por primera vez a las pruebas de quidditch para ser seleccionada para un equipo profesional, ya que en aquel momento sentía que eso era plenamente lo que quería y claro, el chasco que me llevé fue muy real. ¿Ahora? Pues un poco lo mismo. Llevaba mucho tiempo desmotivada con lo que estaba haciendo con mi vida: ninguna de las mis carreras me llenaba lo suficiente y pese a que todo lo que hago en la Orden del Fénix me gusta, siento que mi presencia allí es totalmente irrelevante.

Esto, sin embargo… me abría unas oportunidades increíbles, además de que me haría vivir unas experiencias que jamás pensé que alguien como yo podría vivir. Siempre me encantó todo lo relacionado con la historia de la magia, por lo que poder ir en persona a El Archivo con Ryan pues… ¿Qué voy a decir? ¡Me encantaba!

Así que sí: estaba visiblemente nerviosa. Ryan me había hablado tan bien de todo eso que mis expectativas probablemente estuviesen volando con las nubes.

No sabía ni qué llevar, ni cómo vestirme, ni mucho menos cómo sería esa dichosa entrevista de la que Ryan no quería hablarme, pues al parecer ‘sería especial y única’ dependiendo de la persona. ¡Já! ¡Seguro que se lo estaba inventando para ponerme nerviosa! Pero bueno, ¿sabes qué? Igualmente iba con ganas de que ese Etienne viese en mí a alguien guay, porque definitivamente quería ver cómo era todo aquello y posiblemente quedarme. No quería volver a quedarme con las ganas de no conseguir lo que quiero, así que intentaba ir con cierta mentalidad positiva.

—¿No voy a conocer a Ryan? —preguntó mi abuela, mientras bajaba por las escaleras con la mochila que iba a llevarme, ya preparada para salir e ir a donde había quedado con lo que ahora podría decir que es mi padrino de El Archivo.

—Hmmmmm…

Flashback
—Se lo he contado a mi abuela porque ha sido quién recibió la carta de Etienne en casa y se enteró de todo.

Ryan me miraba con cara de: ‘¿Y a mí  qué me cuentas? ¿Acaso no te había dicho yo que lo lógico es que se lo contases a tu seres queridos Y AL NOVIO QUE SE SUPONE QUE NO TIENES?’ Y claro, aún no teníamos mucha conexión mental, pero hasta eso lo pude identificar sólo con su mirada.

—Pero claro, quiere conocerte. —Yo lo decía como un problema porque… bueno, no sé, ¿quizás él no quería conocer a mi abuela y que alguien más supiese no sólo que trabaja para El Archivo, sino además para la Orden del Fénix?

Pero vamos, Ryan al parecer no supo leer con nuestra inexistente conexión mental que yo lo decía como un problema, pues a él le pareció una idea fantábulosa. Ni fantástica ni fabulosa, sino todo junto. Insistió en que era buena idea, pero yo, de igual manera que no quería hacerme ilusiones por si acaso algo fallase y por eso no se lo había dicho a Edward, tampoco quería hacer que mi abuela conociese a Ryan tan pronto.

—No, pero no te pongas contento, ¿no has notado en mi voz la preocupación?

Y yo, ilusa, había creído que lo había convencido. Que Ryan Goldstein de verdad haría caso a mis palabras y a mis deseos y no querría presentarse a mi abuela hasta que yo lo dijese. Que no sé, es mi abuela, quizás tengo un poco de poder de decisión.

—...no. Me voy ya.

—¡Pero Danielle!

—Ay, Abu, qué pesada, pero si ya te he dicho que todavía no. Lo sabías desde antes, no me vengas con el drama ahora que nos conocem…

Y sonó el timbre de la casa. En ningún momento sopesé la idea de que mi padrino traicionero pudiese estar al otro lado de la puerta, por lo que corrí a abrir esperando ver a la vecina, el cartero o algún vendedor de enciclopedias. Podría haber añadido a los Testigos de Jehová, pero a ésos los he echado tantas veces con bromas de mal gusto sobre Dios, brujería, homosexualidad y psicopatía que deberían de tener miedo a esta casa por creer que vive la reencarnación de Satanás.

Pero al abrir la puerta, ahí estaba. ¡Ese dichoso rubio de sonrisa encantadora! ¡Pues no, a mí esa sonrisa me parece de traición suprema!

—Pero Ryan te dije que…

—¡Oh, usted debe de ser Ryan! —¡No, si te parece él en realidad es Peter pero yo le llamo Ryan porque soy retrasada! Ironizó mi mente al escuchar a mi abuela, poniendo los ojos en blanco. —Soy May, la abuela de Danny. —Mi abuela se acercó como si estuviese viendo delante nuestra al mismísimo Príncipe de Inglaterra.

¿Yo? Pues qué voy a hacer yo… me quedé ahí, en medio de la nada, viendo como mi abuela conocía al traidor de Ryan Goldstein. Frente a la evidencia de que ya no podía hacer nada por evitar esa confrontación, miré el reloj. Etienne me había citado a las cuatro y era las dos. Vale, sí, quizás iba con bastante tiempo de antelación, pero no quería llegar tarde bajo ningún concepto.
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Ryan Goldstein el Sáb Mar 09, 2019 11:36 pm

Si tenía una debilidad, era por la familia y los seres queridos. De los demás, que no precisamente los suyos. Los Golgomatch no tenían idea del paradero de su heredero fugitivo, y en general Ryan los mantenía así de desinformados. Era un hombre sin ataduras, pero curiosamente, también era el que les recordaba a los demás las obligaciones de estar atado a alguien que amas. Esto es porque en el fondo sabía muy bien que cuando cosas pasaban, había que responder ante los seres queridos. Así que, en lo que a él respectaba, sólo había una manera adecuada de llevar a cabo su tarea de padrino y compañero.

—¡La abuela!, sí, claro. May, un placer. ¡Danielle me habla tanto de ti! Espero que no parezca intrusivo, pero ya que te tomo prestada a tu nieta por un par de horas, pensé en pasarme un rato y saludar. Le dije varias veces que quería conocerte, a ti y tus croquetas. ¡Oh!, ¿son esas croquetas? ¡Oh, por supuesto! Será genial empacarlas para el camino. Yo las llevo.


Tan pronto como le abrieron la puerta, la situación pareció resolverse por sí sola, y de alguna manera Ryan acabó sentado en el sofá de la sala con el tupperware en las manos, intercambiando sonrisas y cumplidos, con suma normalidad. Prácticamente había traspasado la puerta arrollando a Danielle y a su sorprendida expresión en el camino. Había algo que tenía la gente jovial y encantadora, y es que ciertas señales arrojadas en su dirección les rebotaban. Y una vez que Ryan y la abuela se confabularon en una emergente amistad, pareció que nada podría romper su pequeña burbuja.

—¡Es Danielle la que me ha encontrado a mí! Me atrajo su entusiasmo. Las personas como Danielle tienen un espíritu muy inquieto. Soy de pensar que es una de las mejores cualidades que puede tener una persona. El mundo está en constante movimiento, ¿verdad? Y hay tantas personas en él, tantas alegrías, tantas tristezas. Que haya gente que a pesar de las circunstancias, las que sean, sean capaces de conmoverse y abran su visión de todo lo que les rodea con esa emoción vibrante que es la curiosidad, y lo que es más, el propósito de hacer algún bien, me motiva todos los días. Si no nos dejáramos conmover por la belleza en el mundo, ¿qué seríamos? Hay que alentar eso. Por eso me alegro de que haya aceptado acompañarme hoy. Ella estará bien, te lo prometo. Pero siempre le digo a Danielle, que si tú quieres hablar conmigo, por cualquier razón, ¡y digo, cualquier razón!, por pequeña que sea, no tengo ningún problema. Por ahora, te puedo decir que si hay un lugar que he disfrutado en mi vida, ese es El Archivo. Y ahora que lo menciono, Danielle me recuerda un poco a mí cuando era más joven y empezaba como aspirante. ¿Mi edad? Treinta años—Rió—. Soltero, sí. Oh, por supuesto que quiero juntarme con alguien. La vida es demasiado especial como para vivirla solo, ¿no? Y hay momentos en que quieres que te cuiden, llegar a casa y abrazar a alguien. ¿Pero verme casado? Bueno, no, no lo creo, no sé…—Volvió a reír—Sí, voy al gimnasio. Ahí estás tocando los bíceps, sí. Trabajo mucho los bíceps. Pero no es sólo ir al gimnasio, ¿sabes? Es lo que comes, tus hábitos… Intento llevar una vida saludable dentro de lo posible, con una dieta y… No, no bebo. No soy fanático del alcohol. A veces, en una fiesta, pero tampoco. Lo dejé—Ryan era muy atento, respondiendo a las preguntas sin siquiera interrogarse sobre la naturaleza de las mismas, o por qué se mezclaban una con la otra—… ¿Que si es un trabajo estable? Sí, por supuesto. Estoy seguro de que Danielle… Sí, me ha permitido vivir holgadamente, tengo que reconocer. En mi caso, luego de que mi familia me desheredara… Oh, sí, los Golgomatch. Desgraciadamente, en cuanto a ideología tuvimos muchos desacuerdos. No tolero la discriminación hacia otros por motivos puristas, y eso acabó por separarnos. Así que me cambié el apellido por el de mi madre, la mujer que siempre me apoyó. Ella murió hace unos años. Siempre había tenido una salud delicada. Cuidé de ella durante sus últimos días y… Sí, quería mucho a mi madre. Pero no, no, en la actualidad no estanos precisamente divididos con mis hermanos. De hecho, me pidieron que volviera, que recupere lo que dicen que es mío, pero no estoy interesado en los bienes familiares… ¿Que debería? No, no lo creo. ¿Formar mi propia familia? Bueno, como dije antes, no lo sé, yo,… ¿de tener hijos?, ¿pequeños y hermosos rubios correteando por ahí? Gracias, pero no lo sé…  

El reloj hacía tick-tack.

—¿Y a dónde quieres irte?—Ryan finalmente le concedió a Danielle algo de atención, obsequiándole una sonrisa indulgente—He arreglado para que conectaran tu chimenea al conducto internacional. Estamos justo donde debemos estar—Se hizo con su reloj de bolsillo y examinó la hora. Era el mismo que llevaba a todas partes. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas, pero ningún número; en lugar de eso, pequeños planetas se movían alrededor del borde. Pero para Ryan debía tener todo el sentido, porque lo guardó en el bolsillo y dijo—: ¡Ah, pero tienes razón!, lo siento. Mejor nos ponemos en marcha—Levantándose, le tendió las manos a May, en un afectuoso gesto de despedida—. Me da verdadero gusto haberte conocido, aunque sea brevemente.  
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Lun Mar 11, 2019 1:06 am

TRAICIÓN. Eso era lo que había sido: total traición.

¿Pero sabéis qué? En realidad vale, sí, me ‘molestaba’ que la gente no quedase en lo establecido e hiciesen lo que les diesen la gana, pero dentro de malo, no era nada malo que mi abuela conociese a Ryan. Yo sabía que éste quería conocer a mi abuela y que mi abuela quería conocer a Ryan, por lo que tarde o temprano debía de darse ese encuentro. Sin embargo, lo que a mí me molestaba era… ¿tenía que ser precisamente hoy, cuando estoy a rebosar de nervios? ¿No podía ser en otro momento? ¡Además, me daba… cosa! ¿Y si por ejemplo Etienne piensa que soy una salchicha inútil y no me quiere en su ejército de bibliotecarios? Quería pensar que si Ryan confiaba en mí, ese señor misterioso me daría una oportunidad, pero no podía evitar ser pesimista en estos casos.

Odiaba emocionarme o tener demasiadas expectativas con las cosas, porque normalmente siempre suelo estamparme y luego no me llevo más que decepciones. Ya me había pasado con las pruebas de Quidditch hacía ya casi año y medio y la verdad es que reconocer a la gente que sabía que me presentaba que había fallado, me había hecho ver todas estas cosas con otra perspectiva.
Mi abuela mató a Ryan a preguntas, mientras que éste las contestaba con una tranquilidad envidiable, enfrascándose en una conversación con mi abuela mientras yo estaba sentada en el sillón de una plaza, taladrando el suelo con mi pie nervioso y sin poder quitar la mirada del reloj de mi móvil. Así que cuando mi abuela respiró, yo me entrometí.

—Ryan, tenemos que irnos ya —le dije al mirar la hora otra vez. —¿En serio?

¿Cómo narices había conseguido eso con las chimeneas? Me quedé sorprendida, pero más se sorprendió mi abuela, quién se levantó del sofá contenta, gritando algo así como que nunca había tenido la posibilidad de ir a Estados Unidos en un estallido de su chimenea. Estaba contenta por la cantidad de cosas que parecía ofrecer Ryan, cómo no estarlo.

May entonces le tendió la mano a Ryan.

—¡Eres un encanto! Danny, deberías de invitarlo un día a cenar. Ahora no, claro, no quiero agobiarte. Pero un día, cuando ya hayáis hecho más cosas y así me podéis contar como es todo eso. ¡Todo lo que se pueda contar, claro! Y sobre todo ten…

—Abuela mía —le dije entonces, plantándome delante de ella, seria. —Te quiero mucho, pero eres una persona muy entusiasta que roza el límite de lo pesado, ¡tenemos que irnos! —Y le besé la mejilla. —¡Teníamos que habernos ido hace un rato!

—Vale, venga, iros ya. Danny de verdad, ¿quieres dejar de darle a la lengua? —Mi abuela se metió conmigo, como si hubiese sido mi culpa. Le saqué la lengua cuando me metí en la chimenea, utilizando los polvo flú junto a Ryan.


—EL ARCHIVO—
Estados Unidos. Biblioteca Pública de Nueva York. Sede oficial de El Archivo

Aparecimos entonces en la chimenea de lo que parecía El Archivo. Era la primera vez que pisaba aquello, así ya que me puse nerviosa nada más ver frente a mí otro entorno muy diferente. Salí de la chimenea antes de Ryan y lo observé todo, tan amplio y desconocido. Inevitablemente sonreí, emocionada. Pero vamos, eso me duró unos segundos, pues nerviosa seguía estando. Así que me giré hacia mi compañero, el cual me guiaría hasta Etienne.

—Vale, entonces… ya estamos aquí, ¿vas a seguir sin decirme ningún truco para enfrentarme a ese tal Etienne? Me parece fatal que me lo presentes todo con tanto misticismo, ¿no sabes que así me pongo más nerviosa? —Empezamos a caminar en una dirección y yo me limité a perseguirlo mientras no le quitaba ojo a nada. —Ah, y me parece fatal que te hayas presentado en mi casa HOY sin avisarme ni nada, pero te lo dejo pasar porque estoy nerviosa y prefiero que me hables de lo otro. Etienne, venga. Dime algo. Porque claro, tú me lo vendes de una manera que parece que da miedo, pero luego el señor Etienne me mandó una carta super simpático diciendo que le habías hablado maravillas de mí y que me esperaría con tarta de chocolate. No sé si imaginármelo como John Smith de Matrix o como el abuelo de Heidi, ¿vale?

Cómo no iba yo a tener confusiones. ¡Si es que todavía no sabía ni a quién me iba a enfrentar! Tras caminar durante un rato aquel pasillo, dimos a una especie de hall principal en donde se nos presentaba justo delante unas enormes escaleras. La envergadura de aquella subida, así cómo lo largo que se extendía, me hizo recordar a Hogwarts.
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Ryan Goldstein el Jue Mar 21, 2019 3:59 am

—¿Un truco?—Avanzaron mezclándose entre la comitiva de recién llegados que, como ellos, eran escupidos de las chimeneas. Le sonrió—. No sé nada de eso—Rió—. Estás demasiado fatalista. Te irá bien. Confía en mí.

A diferencia de los dos, era el único que parecía saber exactamente hacia dónde iban, y se movía con esa seguridad del viajero que conoce su destino.

—Bueno, sobre Etienne… Él—
Volvió a reír. Ese día irradiaba jovialidad. Pero se interrumpió, con una pizca de curiosidad—: ¿Quién es Heidi?

La primera sensación que vino a Ryan al volver a pisar el hall de la biblioteca le generó una sonrisa. Se distrajo paseando la mirada por el vestíbulo atiborrado de movimiento. Tuvo el impulso de indicarle a Danielle las diferentes novedades que podías hallarte en el hall, desde el puesto de diarios mágicos a la tienda de relojes, a modo de guía turístico, pero luego consideró con amabilidad que Danielle era presa de los nervios.

—Vamos, tomaremos el ascensor. Y está bien, te diré lo que debes saber. Si hay algo que debes saber sobre Etienne es…

—¡¡RYAN!!

El grito de júbilo los pescó a medio camino y un hombre abiertamente alegre los alcanzó mientras agitaba el brazo en el aire. Se estrecharon las manos con Ryan e intercambiaron saludos. Debían tener una buena relación. Reginald, porque así se llamaba, hablaba con una voz estentórea y se apreciaba como alguien muy enérgico. Tendría la edad del Goldstein o un poco más.

—¡No digas!, ¿un padrino? Eso es nuevo. ¡Hola!, ¿estás preparada Danielle? Tú sabes, esto es hilarante, porque resulta que yo también he venido como padrino hoy. He perdido al chico, pero estará por algún lado. No me preocupa. Es un chico muy astuto. Algo callado, pero. Tú pareces alguien mucho más agradable, Danielle. ¿No podemos cambiar, verdad Ryan? Vaya lástima. Porque te digo, ese chico es como una rata de biblioteca. Está más que claro que pasará las pruebas sin problema. Pero empiezo a pensar que es un poco aburrido tenerlo cerca. No le digas que yo dije eso, rubia. Y cuando digo “rubia”, lo digo por ella—aclaró, guiñándole un ojo a Ryan y golpeándolo con el codo—. Fíjate, estaba todo el tiempo resolviendo difíciles acertijos, y leyendo libros y leyendo más libros, preparándose para la evaluación. Tú tienes cara de inteligente, Danielle. Seguro que te tragaste un montón de libros también, ¿no? Porque, ¡demonios!, recuerdo que sudé la gota gorda cuando me tocó a mí. Te digo, puede ser lo más difícil de tu vida hasta ahora. No estaba seguro de que lo conseguiría, te juro. Había pasado por otros departamentos y había ganado experiencia en trabajo de campo, así que estaba confiado, pero de todos modos. Sí que saben volarte la cabeza aquí en la biblioteca—Resopló, soltando el aire como si quisiera quitarse el recuerdo de encima—. ¡Oh, ahí está él!

—No hagas caso a lo que dice—susurró Ryan, acercando su boca al oído de Danielle, en una rápida confidencia justo en el instante en que Reginald se adelantaba dándoles la espalda—. Se está metiendo contigo, te lo juro. Es su sentido del humor.  

Esperando el ascensor, había un morocho alto y elegante, que se volteó sin mucho entusiasmo y con evidente aire de reserva. Daba la impresión de que le incomodaba silenciosamente que lo señalaran desde la distancia, como si se tratara de una bestia de circo, pero mantuvo la perilla altiva y no hizo comentarios. Los comentarios los hacía Reginald.

—¡Este es mi chico! ¿Qué dices, Ryan?, ¿qué tal una competencia? Si este de aquí aprueba, me quedo con esa máscara que te llevaste de las catacumbas de Mong-Song-Sang, ¿recuerdas eso? Sí, todavía sostengo que es mía. Pero si lo hace mal, y tu chica es la que aprueba, los invito a comer. ¡Un trato justo! Pero tengo que decirlo, me siento confiado hoy. Porque Danielle, tú eres un encanto, ¡y sé lo que digo!, pero este de aquí es una rata—Y se apuró a aclarar—: De biblioteca.

—Clément Faure-Dumont—Se presentó el aludido con una corta reverencia y todo el aplomo del mundo, haciendo caso omiso al parloteo de su padrino.

En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.
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Danielle J. Maxwell el Mar Mar 26, 2019 2:09 am

—¿No sabes quién es Heidi? A ver, presta atención porque esto es cultura general. —Yo y mis grandes dotes para exagerar. Mira que nunca me gustó demasiado Heidi, pero hasta sin ser muy fan de esa señora, sabía quién era y lo famoso que se habían vuelto esos dibujos. Así que le expliqué por encima lo que era y la importancia, para luego añadir: —...aunque claro, siempre olvido que somos de diferentes generaciones. Y no solo eso, sino que hay una generación entera entre tú y yo. Quizás Heidi te queda lejos.

Y si bien el tema de Heidi podía llegar a ser muy profundo, en este momento yo sólo tenía una preocupación: ¡Etienne! ¡Y el maldito Ryan no me decía nada de ese señor! Mira que aquel lugar era grandioso, pero mis nervios no me estaban dejando disfrutarlo al cien por cien. Encima, cuando Ryan ya estaba a punto de hablar algo de Etienne, fuimos interrumpidos por un compañero suyo, de nombre Reginald. Reginald, que sepas que ya te odio por haber interrumpido el único momento en donde Ryan Goldstein iba a hablar un poquito del misterioso Etienne.

El tipo comenzó a hablar, casi tanto como Ryan. De hecho supe identificar por qué se llevaban tan bien éstos dos: ambos eran igual de dicharacheros y propensos a hablar hasta por los codos.

¿Y lo peor de todo? ¡Que encima me metió más miedo! ¿Que había que prepararse para todo esto? ¿¡Y por qué yo no he resuelto acertijos ni leído libros, Ryan!? Él no me había dicho nada, por lo que de repente ya creí que nada iba a salir bien porque no me había preparado lo suficiente. No solo no iba preparada para el examen de acertijos que encima todavía no sabía nada de Etienne. Y al parecer Ryan supo identificar en mi rostro EL PÁNICO que estaba sintiendo repentinamente por esa información tan inesperada que me ponía contra la espada y la pared.

El rubio, sin embargo, intentó quitarle hierro al asunto. Yo  solo pude mirarlo con reproche.

¿Y eso de la competencia? Reginald hablaba como si Etienne solo pudiera elegir a un tipo por día o algo por el estilo. ¿O quizás ese tal Etienne del que no tenía ni idea en realidad solía ser bastante malvado y estricto eligiendo a buenos partidos para ese tipo de trabajo y destacaba por aceptar a muy pocos?

Cuando la rata de biblioteca se presentó, yo no pude más que imitar su corta reverencia, no sabía por qué si yo nunca doy reverencias.

—Danielle Maxwell —me presenté por mi parte, sin decir mucho más.

Clément parecía estar tranquilo, mientras que yo era claramente un manojo de nervios.

—Bueno, aquí nos separamos, chicos. Una vez allí arriba, Etienne os llamará a cada uno cuando os toque. No os pongáis nerviosos y recordad que si estáis aquí es porque oportunidades tenéis. Clément, ya sabes, dale duro. —Entonces Reginald me miró a mí. —Tú hazlo lo mejor que puedas, Danielle. Si Ryan te ha elegido es porque algo tienes que tener. —Ladeó una sonrisa, dándole un codazo a su amigo rubio.

Y entonces yo miré a Ryan una vez dentro del ascensor acompañado de ese tal Clément de rostro solemne y serio. Y mi mirada hablaba por si sola. Decía claramente:

“Te odio no me has dicho nada de Etienne y ahora me mandas a la deriva sin haberme puesto a prueba con acertijos y libros, voy a petar y a hacer el ridículo, ¡te odiooooo!”

Y mira que Ryan no era legeremante, pero estaba segura de que podría entender mi pánico momentáneo a través de mi mirada mientras aquel ascensor cerraba sus puertas.
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Ryan Goldstein el Dom Abr 21, 2019 5:36 am


Aguardaban en la antesala de la oficina 403, un cuarto pequeño con un banco de espera, pero Clément Faure-Dumont no se dignó a tomar asiento y permaneció inamoviblemente de pie, tieso como clavado a la tierra. No se veía como los que sonreían y tenía una rectitud exageradísimamente formal. No se hallaba, sin embargo, exento de nerviosismo. Se le dio por preocuparse por su aspecto, estirándose los pliegues del traje elegante, muy elegante, que vestía; por lo demás, perfectamente planchado y sin una sola arruga.  

Había tenido la ocurrencia de iniciar una conversación en un tono pomposo y educado, sobre sus estudios como licenciado y la increíble oportunidad que suponía para él ser entrevistado por alguien de aparente renombre en el campo intelectual de los estudios mágicos. Era para no pasar por alto que daba por sentado que su interlocutora sabía perfectamente quién era Etienne y el por qué se trataba de una personalidad tan eminente. Debajo de los modales y el exagerado recato, se percibía la apasionada voz de un admirador.

Se anunció con un par de repetidos golpecitos a la puerta, y desde entonces esperaban. Pasó un buen rato antes de que la puerta se abriera. Cuando la manija se movió, Clément pareció helarse en el lugar ante la anticipación. La confusión lo golpeó de tal manera, que su perplejidad lo delató decepcionado. La niña que le devolvió la mirada desde el resquicio de la puerta tenía tanto que hacer ahí como una mosquita flotando en el café. Era una bonita rubia de piel pálida con una mirada particularmente incisiva, de unos nueve u once años, preciosa en su vestidito pero con un ceño ligeramente malhumorado.

—¿Te vas a quedar ahí pintado?

—¿Eh…? Ahmm, ¿está el señor...?


—¿Son sólo ustedes dos? Bien. Tú primero.

Dicho lo cual, la pequeña secretaria se dio la vuelta internándose de nuevo en el despacho, presumiblemente para guiar a un desconcertado francés hacia su destino. Rato después, en el completo silencio, la puerta volvió a abrirse. Ni rastro de la niña o de Clément.

—¿Danielle?

***

El despacho estaba en penumbras. Una luz tenue, blanquecina, entraba por la ventana detrás del escritorio. Etienne había tomado asiento luego de expresar un par de formalidades, y volcado sobre la mesa rellenaba una planilla con el nombre de Danielle.

—Hogwarts—Se interrumpió y suspiró con un ligero atisbo de pena, tocándose la punta de la nariz en un gesto pensativo—. ¿Tuviste problemas durante tu escolaridad? Es una pena lo que ha sucedido con el castillo. Lo siento. Pero evitemos pensar en cosas amargas, empecemos.

Se reclinó en el asiento de respaldo ancho y abrió uno de los cajones sacando de este una pequeña caja de madera con el interior revestido de terciopelo. Lo que descubrías al abrir la tapa era un reloj de bolsillo, tal como el que Etienne había utilizado para mirar rápidamente la hora antes de invitarla a entrar a su despacho. No era un reloj normal. Etienne se lo tendió por sobre el escritorio.

—¿Qué ves?—
preguntó mirándola fijamente, con el mentón apoyado en las manos entrelazadas y los codos sobre la mesa. Era una de esas miradas que te hacían sospechar que había gato encerrado en alguna parte. Se demoró unos instantes antes de aclarar—. Lo que ves es tu reloj. Es tuyo. Todos los bibliotecarios llevan uno. Bienvenida.
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Danielle J. Maxwell el Lun Abr 22, 2019 9:13 pm

Teniendo en cuenta mi poca información con respecto a la biblioteca, lo que ya había visto y lo que Ryan me había contado, podía llegar a esperarme cualquier cosa, a excepción de que una niña nos abriese aquella puerta después de estar esperando. Me hubiese imaginado a una mujer alta, rubia, bien vestida y muy elegante… ¿pero una niña con mala leche con un vestidito muy mono? No me quedó muy claro si se trataba de una secretaria o de la hija de Etienne, pero por cómo parecía hablar, más bien parecía lo primero.

¿Pero qué clase de persona tiene de secretaria a una niña? ¿No debería estar yendo a Ilvermorny? Bueno, hasta me parecía pequeña para entrar a un colegio todavía.

Para más inri, no me dijo de entrar a mí primero, sino que me quedé allí esperando como una idiota, dándole vueltas a la presencia de esa niña, en cuánto tiempo tardaría Clément o el por qué de que mi compañero Ryan no pudiese estar conmigo ahí encima mientras esperaba sin nada que hacer. Estaba tan nerviosa que ni me senté en el sofá que había, sino que me puse a caminar de un lado para otro, intentando buscar alguna distracción en ese rato.

Cuando la puerta volvió a abrirse, sonó mi nombre y casi de manera automática caminé hacia allí, entrando al interior del despacho después de que aquel hombre me invitase a entrar. Aquella figura me inspiraba muchísima seriedad, por lo que inevitablemente mis nervios en vez de decrecer, aumentaron.

Al entrar, yo me senté por delante del escritorio, mientras él daba la vuelta y se sentaba justo frente a la ventana, rellenando lo que parecía unos documentos. Era todo tan bonito y elegante que de repente me sentí fuera de lugar así vestida: ¿por qué Ryan no me dijo que había que ir bien vestido o algo? Después de unos segundos de silencio tras algunas formalidades, Etienne habló de Hogwarts, haciéndome abrir los ojos sorprendida frente a ese tema. ¿Me estaría poniendo a prueba o realmente le daría pena que semejantes monstruos estuviesen a cargo de una institución tan prestigiosa como siempre fue Hogwarts?

—El cambio de dirección me cogió en mi séptimo año, pero no tuve mayores problemas que los de adaptarme —le respondí con suma cordialidad y tranquilidad, con un tono de voz que denotaba que  estaba nerviosa. La verdad es que no tenía mucha idea de lo que decir, o cómo decirlo. ¿Qué clase de políticas se seguían en Estados Unidos o tendría el propio Etienne? No quería quedar mal con él diciéndole que no era purista, o que si lo era y que él fuese justamente lo contrario. La verdad es que en esos temas, prefería que se me reconociese como alguien bastante neutral que no le da mayores importancias.

Entonces el hombre puso sobre la mesa una caja que me tendió. Me tomé la libertad de abrirlo porque su inquisidora mirada, para ver en el interior lo que parecía un reloj de bolsillo convencional, sin nada especial. Bueno, era precioso, pero a simple vista parecía sólo un reloj de bolsillo.

—¿Un reloj? —respondí, para entonces sacarlo de la caja cuando me dijo que sería mío. —Gracias —dije, visiblemente contenta cuando personalmente me dio la bienvenida. —¿Es… un reloj normal? —Pregunté, para entonces abrir los ojos. —Sin ánimos de ofender, que nunca he tenido un reloj de bolsillo normal y me hace ilusión, pero por si tenía algo… especial.

Aparté por un momento la mirada de Etienne para enfocarla en el reloj. Era de color cobre y en la parte trasera había un tallado muy bonito pese a que, en términos generales, fuese un reloj bastante normal.
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Ryan Goldstein el Mar Abr 30, 2019 3:51 am

Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas, pero ningún número; en lugar de eso, pequeños planetas se movían alrededor del borde.

—Tiene sus utilidades—respondió Etienne escuetamente, y volvió a examinar su papeleo—. Vas a necesitar una revisación médica. Y aquí, tu pase de la biblioteca. Te reportarás en la Sala de los Bibliotecarios. Es una sala común, así que  eventualmente te cruzarás con tus compañeros. Empezarás como junior. Tu trabajo será recibir los informes y consultas de los bibliotecarios alrededor del mundo. Tienes toda una biblioteca a tu disposición, lo harás bien. Si un bibliotecario quiere datos sobre un ánima en particular o un grupo de ánimas, tú le facilitarás esa información. Pero descuida, no estarás sola. Básicamente, se trata de que te familiarices con lo que vas a tratar antes de lanzarte al trabajo de campo —La miró fijamente y se sonrió—. Sé que Ryan no es muy bueno explicando. Lo suyo es más la acción. Por eso, como sospecho que él te lanzará al trabajo de campo antes de lo programado, te recomiendo que tengas confianza. Ahora, sólo necesito que firmes esto.

Le alcanzó un pergamino sobre la mesa y de un movimiento de varita hizo aparecer una bandeja de té, con porciones de torta de chocolate. Su sonrisa era la más amable de las sonrisas.

—Te comprometes a no revelar nada sobre la biblioteca a terceros en el tiempo que estés en examinación. Tu padrino juzgará si te quedas o no con nosotros, pero para mí, ya eres oficialmente parte de la biblioteca. Es un gusto tenerte con nosotros. Yo soy El Archivador. Te asignaré tus misiones y vendrás a mí con tus reportes, y cualquier consulta. Ryan nunca hace sus reportes—añadió, un poco para sí mismo—. No copies eso de él, ¿quieres? Es algo bueno que tenga a alguien que los haga por él. Cuanto contigo, ¿ok? ¿Alguna pregunta? Oh, ¿cuántas cucharas de azúcar?

Sólo había quedado algo claro, los padrinos eran de lo peor. Reginald les había tomado el pelo hasta el hartazgo con evaluaciones de pesadilla a las que todavía no se les veía ni un pelo, especialmente al pobre Clément, que debía estar asesinándolo con el pensamiento en alguna parte, y Ryan, a quien habría que hacerle el trabajo que él no quería hacer.  

***

A la salida de la oficina 403, Ryan aguardaba en el pasillo. Reginald se había quedado en la Sala de los Bibliotecarios, con más de una idea sobre cómo sorprender a los nuevos luego de su entrevista, algo como una fiesta de bienvenida. Ryan pensó que estaría bien prevenirla. También, quería estar allí para ella cuando saliera.

La Sala de los Bibliotecarios era una sala de recreo, literalmente, o lo que puede entenderse como “sala común”, un sitio de encuentro en el que pasar el rato. Hay poltronas alrededor de una chimenea, juegos, e incluso una antigua máquina expendedora de café que raramente servía café, y la mar de las veces escupía un recuerdo en la taza vacía. Los bibliotecarios habían adoptado la rara manía de traer suvenires de sus viajes y colarlos en la máquina, como detalle sorpresa.
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Danielle J. Maxwell el Sáb Mayo 04, 2019 2:52 am

Presté atención, muchísima atención... o al menos todas las que era capaz de prestar, pero es que Etienne hablaba demasiado rápido y le daba mucha información de manera repentina. Casi ni podía hablar: por una parte porque no sabía qué decir y por otra porque... ¡bueno, estaba hablando solo Etienne, no había margen para que yo lo hiciera! Así que sonreí y asentí, sonreí y seguí asintiendo. Mi abuela me dio una vez un consejo que llevo muy bien arraigado en mi interior: cuando no entiendas algo o no sepas qué decir, tu sonríe y asiente. Y eso es lo que yo hacía: sonreír y asentir.

Para que luego digan que no sé hacer cosas.

Asentí—pero esta vez con ganas—cuando dijo que Ryan no era muy bueno explicando cosas. De repente frente a mí apareció un 'algo' que había que firmar, así como té y un pedacito de torta de chocolate. Intenté leer mientras seguía hablando y, a pesar de que estaba un poco nerviosa, empecé a relajarme.

—¿Me toca ser la parte responsable del equipo? —Y tras esbozar una sonrisa, alcé con el dedo índice y el corazón para declarar que quería dos cucharadas de azúcar. —¡Tengo muchas preguntas!

Le hizo varias, en realidad. Sobre la revisión médica, sobre lo que tenía que hacer como Junior... porque claro, había entendido que básicamente tenía que ponerse a estudiar de manera teórica antes de enfocarse en la práctica. También le quería preguntar sobre la ida y venida de Londres a Estados Unidos, los horarios... ¡y todas esas cosas que a priori son importantes!


***

Para cuando salí del despacho de Etienne, mirando con curiosidad el reloj que tenía en la mano, me encontré a Ryan por delante. Estaba feliz pues después de todo, Etienne había sido bastante agradable, por no hablar de que había sido probablemente el té y la torta de chocolate que más me han gustado del mundo. Al alzar la mirada, sonreí al que sería mi padrino irresponsable, para mostrarle el reloj de bolsillo.

—¿Has visto? Ya soy una de los tuyos —le dije, con una sonrisa, para entonces sujetarlo por la correa. —¿Tiene alguna utilidad mágica super poderosa que Etienne no me haya dicho? Me dijo que tenía utilidades, pero no sé si se estaba quedando conmigo esperando a que le preguntase y me dijese que sirve para dar la hora.

La verdad es que no hacía preguntas que pudiesen tener una respuesta tan fácil por miedo a que me estuviesen vacilando, lo admito.

—Y me ha dicho que te explicas horrible y que no siga tu mala costumbre de no entregar reportes. Y que entregue los tuyos por él. ¿Estás seguro de que me has 'elegido' porque tengo madera de bibliotecaria o de secretaria? —Le dije divertida, notándoseme que ya se me había quitado un grandísimo peso de encima. Volvía a estar emocionada, pero bien. Los nervios se me habían disipado y ahora lo único que me quedaba eran ganas de aprender y conocerlo todo.
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Ryan Goldstein el Miér Mayo 08, 2019 5:38 pm

Sabía que no tenía de qué preocuparse. Se habían despedido en el ascensor con una mirada de la que Ryan asimiló demasiada información —y no podía culparla—, pero tenía la idea de que, sin importar qué le hubiera dicho, sólo habría alimentado su ansiedad. No le hubiera robado el instante de alivio en el que te das cuenta de que todas tus preocupaciones desaparecen.

Le sonrió en bienvenida al verla venir.

—Te lo dije, no tenías que preocuparte por nada. Bueno, me tendrás a mí como evaluador final, pero eso no puede ser tan terrible, ¿no? Mis felicidades. Te habrás dado cuenta de que a Reginald se le da lo de meterse con la gente. Vi la cara de su apadrinado cuando salió—comentó, con un cierto dejo de pena que daba cuenta de su empatía para con el desdichado—Estaba en una especie de shock. Puede que Reginald se haya pasado un poco con él. Es un muchacho muy serio.

Duro como una piedra, sombrío como un fantasma en el centenario de su propio funeral, frío y sin palabras, así había sido el muerto en vida que se adelantó en el camino, con la marcha fúnebre que sigue al ataúd. Ryan había intentado intercambiar unas palabras con él, pero el francés sólo murmuró algo y sin verdadera noción de rededor o radar alguno, siguió de largo, ensimismado en sus pensamientos. Casi hubiera querido palmearle el hombro.

—Eso sería muy propio de él—Le concedió, soltando la carcajada. El reloj tenía sus utilidades, sí. Era consciente de que Etienne considerada como sentido de la diversión dejar que sus bibliotecarios lo descubrieran por su cuenta, pero había una utilidad que creyó conveniente explicar. Era, además, la que más le gustaba a nivel personal. Indicándole con un gesto que lo siguiera por los pasillos de finitud infinita, sacó su propio del reloj del bolsillo para enseñárselo mientras hablaba—. Tú imagina que tienes que explicarle a un par de nomaj qué haces y por qué en la situación más inimaginable. Este es tu ticket. No importa lo improbable que sea tu historia o lo inadecuada que sea tu presencia en el sitio, sólo di que eres un bibliotecario y se resolverá. Confundiéndolos un poco, claro. Este reloj lo hará por ti.

Llegaban a una puerta con el letrero Sala de los Bibliotecarios. Era extraño que, si uno se fijaba bien, hubieran pasado ya las oficinas, tan pronto. Era como si al doblar una esquina el pasillo se doblara como acordeón y se aparecieran en el otro extremo. Ryan se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Se sintió tocado por la falsa acusación, ¿él no entregaba sus reportes? Bueno, puede que se le pasara algunas veces pero… Sí, era completamente culpable.

—Oh, es sólo… ¿Los reportes? Bueno, ahora que lo dices, puede que… Sí, me has pillado—
Sonrió—. Bienvenida—Y añadió, en confidencia—: Quería decírtelo antes que nadie aquí.

—¡RUBIA, BIENVENIDA!—El descorchar de una botella, la sonrisa bonachona y la cara alegre y roja de Reginald con su voz estentórea los sorprendió al entrar— ¿Qué tal el examen?, ¿Etienne les pateó el culo? Clément no ha querido hablarme mucho, creo que está resentido conmigo. Clément, háblame chico, no te atrincheres en esa esquina con cara amargada. Aquí tengo una botella que te hará hablar—Él ya parecía haber empezado la celebración por su cuenta—¿Qué tal un vaso de bienvenida, Danielle? Tú vente conmigo y cuéntamelo todo. Empecemos por el cómo y por qué una buena muchacha como tú confiaría en ese rubio rufián en primer lugar. Entre tú y yo, es un granuja… Espera, ¿alguien ha visto a Clément? ¡No, hombre! ¿¡Ya estás enterrado entre tus libros!? Honestamente, no sé qué voy a hacer con este chico…

Al fondo, había una larga mesa rodeada de bibliotecas y cerca de una pared de tubos de correo. Un cilindro de plástico salió expulsado con un ruido de succión y fue atrapado por una atajada maestra en las manos de una mujer con las pintas de una secretaria que se dirigía a todo el mundo con una dulzura acaramelada al hablar, como “Regi, amor, no manches la alfombra”, “Hola querida, vente para que te vea, pero que cara más amorosa”. Reginald, por su parte, se sentó muy cómodamente en un sofá frente a la chimenea apagada y soltó la lengua sobre infinidad de temas, casi hablando consigo mismo pero en voz alta y clara.

—Te diré con quién tienes que andarte con cuidado por aquí y con quién te darás las mejores risas… ¿Tú a quién quieres conocer? Porque si es un guapo cazador, ese sería yo. Podrías seguir mis pasos. Me dedico 24/7 a cazar a Caperucita y al lobo feroz. Está Herbert, que es especialista en cuentos tradicionales, pero no tiene sentido del humor… ¿Te creerías si te digo que una vez encontramos a Blancanieves secuestrando niños para que fueran sus enanitos? Creeme, la de historia de locura que hay… Pero hay algo que siempre tienes que saber y yo te lo juro por mi madre, que en paz descanse. A veces pueden parecerse mucho como a las personas. Pero no lo son. Ya verás lo que te digo, y no te gustará. Pero ven siempre conmigo cuando quieras hablar con alguien sobre el tema. Claro que tienes a Ryan, pero ese no es buen ejemplo. Nunca hagas como él. Él no distingue a una femme fatale de un ánima cuando la ve, y se termina enamorando. Eso es muy poco profesional. Siento que te lo diga, amigo, pero…

Gertrudis, porque ese era su nombre, se acercó a Danielle para saludarla con una morosa sonrisa, y lo primero que hizo fue colocarle el cilindro en sus manos. Tenía un mensaje dentro. Reginald seguía hablando, pero Gertrudis le guiñó un ojo y le comunicó un poco cómo eran las cosas por allí, encantada con los recién llegados.

—¿Por qué no vienes por aquí Danielle, querida…? He preparado galletas. Ryan, sé bueno cariño y quítale la botella a Reginald.
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Danielle J. Maxwell el Vie Mayo 10, 2019 2:17 am

El hecho de que Ryan fuese mi evaluador final... ¿qué me iba a parecer? Pues genial. Él me caía muy bien y aunque fuese un desastre según Etienne, a mí me parecía un adulto que si bien era muy divertido y tenía sus momentos de poca seriedad, era muy responsable. Si no me llega a inspirar precisamente profesionalidad y buen rollo, estaba claro que no hubiera aceptado nada de esto.

Reginald, por otro lado, me había metido un poco de inseguridad en el cuerpo cuando apareció antes, pero... bueno, no parecía mala persona, solo el típico capullo que le gustaba ver sudar gota gorda a los más inexpertos y novatos. Y yo precisamente sudaba gota gorda cuando me veía bajo presión y no sabía cómo actuar.

—Es un hombre un poco... intenso. —Opiné respecto a Reginald, sin querer decir mucho más.

Sin poder evitar mi curiosidad, tuve que preguntar por el dichoso reloj. La verdad es que me parecía muy poco útil que fuera un reloj de bolsillo teniendo en cuenta la moda del mundo actual, sobre todo porque no costaba nada que fuese de muñeca, aunque fuese un poco hortera, sin embargo, debía de admitir que el hecho de que fuera un reloj clásico de bolsillo era como muchísimo más épico y lo hacía mucho más especial. Presté atención cuando Ryan me explicó una de sus muchas utilidades: confundir a los muggles cuando éstos preguntasen por tu presencia en algún lugar en donde habría que hacer algo que, para ellos, sin duda sería muy poco creíble. Me parecía sublime que el reloj te ayudase sencillamente diciendo la pura verdad.

—Qué guay, ¿no? ¿Y siempre lo llevas contigo o solo cuando estás de servicio como bibliotecario? —Pregunté, pues ahora mismo tenía una infinidad de preguntas y si bien muchas era un poco inútiles, estaba en ese momento de pura emoción. Ya había pasado la peor parte: la reunión con Etienne, por lo que ahora sentía que podía enfrascarme en la aventura. A punto estuvimos de entrar a través de unas puertas, para cuando él se declaró culpable. —Nueva compañera y secretaria: si al final has salido ganando. —Le piqué, para entonces ver como Ryan le daba la bienvenida y abría las puertas de la Sala de los Bibliotecarios.

Di un respingo al escuchar salir despedido el corcho de la botella, sin esperarme a Reginald al otro lado. Vale, era un hombre tremendamente extrovertido, pero se me hacía un poco pesado: ¿por qué no me dejaba a solas con Ryan para que me hiciese un tour por todas aquellas instalaciones? Mientras él hablaba continuamente yo me fijé en Clément, quién parecía pasar un poco de su padrino y había decidido enfocarse en los libros. No sabía por qué, pero esa actitud tan antisocial y amante de los libros me hizo recordar a Joshua. Vale que hacía poco había hablado con él y había llegado a la conclusión de que era menos antisocial, ¡pero es que míralos, eran iguales!

Me fue imposible ignorar a Reginald, ya que hablaba mucho y siempre a mí. No se me daba nada bien eso de ignorar a las personas.

—Todo con Etienne me fue bien —le respondí, para entonces negar con la cabeza. —No, gracias, no me apetece. —Negué a su invitación de una copa, pues no sabía qué era eso—parecía champán—pero no quería cien por cien seguro. —Bueno, Ryan parece tener fama de granuja y rufián, pero a mí no me lo parece. Parece un buen tío y cuando me habló de todo esto no pude resistirme. —Y tampoco podía resistirme en ese momento a hablar con verdadera emoción. La verdad es que todavía no sabía qué había visto en Ryan en mí.

No me pasó por desapercibido como una mujer al fondo cogía un cilindro que le había venido volando por unos tubos que se extendían por prácticamente toda la biblioteca. Intenté seguir el camino de los tubos, pero antes de poder llegar a ningún lado, Reginald volvió a ser la atención de mis sentidos.

—Veo que no os lleváis muy bien… U os lleváis demasiado bien —dije divertida en mitad de Ryan y Reginald, quién no paraba de meterse con el rubio y quitarles méritos.

Y como un ángel salvador, la señora que había cogido el cilindro se acercó a mí y me dio dicho cilindro. No entendía por qué me daba esa cosa. Miré a Ryan preguntándole con la mirada que qué debía de hacer con ese artefacto, siguiendo a la señora pues además de ofrecerme galletas me ofrecía alejarme de Reginald, por lo que eran todos ventajas.

La perseguí hasta lo que parecía ser un despacho, en mitad de aquella biblioteca. Era una mesa de gran envergadura, con un aterciopelada silla de ruedas para ella y dos sofás muy cómodos para nosotros dos. Gertrudris fue hacia su silla, ofreciéndome a mí sentarme en frente. Sobre la mesa estaban esas galletas y yo me senté poniendo aquel cilindro sobre mi regazo. No quería sonar un poco muggle pero tenía pinta de granada. Pero dudaba mucho que fuese una granada.

—¿Todo bien?— preguntó la secretaria.

Yo asentí con la cabeza.

—Qué tímida. No parecías tan tímida. —Le sonrió con una sonrisa agradable. —Yo me llamo Gertrudis y me encargo de que todo esto funcione. —Señaló con sus manos a la Sala de los Bibliotecarios. —Y también me encargo de que Reginald no se emborrache aquí dentro. No sé de dónde ha sacado esa dichosa botella si antes le quité una. Gracias Ryan, cariño.

Yo miré a mi padrino, quién se había hecho con la botella. Reginald se había ido a hablar con Clément, quién nos miraba a nosotros con lo que parecía envidia. Casi que parecía que anhelaba a un padrino UN POQUITO más normal que Reginald como parecía Ryan.

—Bueno, ¿qué te ha contado Ryan de todo esto?

—Poco… creo que me está dejando un poco a ver lo que pasa. Me siento una ratilla en una laberinto de experimentación, a ver cómo voy reaccionando a todo lo que voy viendo —le dije, en broma, consiguiendo que Gertrudis se riese. —No sé por qué me ha dado esta cosa. —Alcé un poco el cilindro.

—Es un mensaje. Ha llegado a tu nombre y yo no abro correspondencia ajena a menos que me den permiso para ello.

—¿Un mensaje de quién? Acabo de llegar.

Gertrudis sonrió y se encogió de hombros, apoyándose en su silla. Yo miré a Ryan, con una desconfianza divertida. De verdad que una no podía tomarse en serio todo aquello con tanto misterio y, a la vez, tantas situaciones tan… surrealistas.

—¿No será una novatada? ¿Lo abriré y explotará manchándome de jugo de calabaza mientras me asusto o algo así? —Pregunté a Ryan, con los ojos entrecerrados exigiéndole LA VERDAD. Muchas malas experiencias me había llevado siendo 'la novata' en muchos sitios, además de haber sido víctima de bullying durante muchos años. ¡Yo ya estaba curada de espanto!
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