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Priv. || The Magus Archives ||

Ryan Goldstein el Jue Feb 28, 2019 3:03 am

Recuerdo del primer mensaje :

La pluma vuelapluma es rebelde, y habiéndose deslizado del sobre como la serpentina, revolotea todo alrededor y se lanza impaciente por cumplir su cometido en las manos de una bruja, sin noción de momento.

Podía ser un fallo de fábrica, o es que la habían adiestrado así, para atacar en un desesperado intento por ser útil. Los artículos mágicos tenían la característica de estar desbordados de movimiento, ilusoriamente vivos.

Siendo el caso, aquella era una pluma muy atolondrada, y el doble de obstinada. En su despliegue locomotriz salpicó gotas de tinta. Y aun así, el propósito de una pluma vuelapluma adjuntada a la carta de El Archivo, era todo un misterio.

El sobre tenía un sello distintivo en dorado y la misiva se había escrito a mano en una cursiva estilizada y prolija. Una vez extraída la carta, era posible sorprenderse con cómo se desprendía una nota suelta de papel, que ojeándola, parecía fuera de lugar.



X/X/2019
Danielle T. Maxwell
Londres

Danielle T. Maxwell,

    Es de mi agrado informarle a través de la presente sobre las especificaciones relativas a su postulación en el puesto de aspirante a bibliotecario.

Ha sido seleccionada bajo la atenta recomendación de Ryan Goldstein, quien a efecto inmediato queda registrado oficialmente como padrino a cargo.

Queda convocada para acudir puntualmente a las oficinas de El Archivo, a las 16hs del próximo lunes, para su entrevista.

De apersonarse a la cita según lo previsto, firmar con la pluma vuelapluma dispuesta en el sobre al final de la misiva.

Se hace constar que una vez firmada la invitación se pone en activo un encantamiento vinculante de carácter inviolable y sin efecto retroactivo.

Atte.

Priv. || The Magus Archives ||  - Página 2 425OMb6
Etienne Mikuinski
Archivador
Oficina 403, Último Piso
El Archivo
5th Ave. con la 42nd St, NY 10018, Nueva York
 



Dany, Priv. || The Magus Archives ||  - Página 2 JW1jxpL
                                             
Ryan me ha hablado maravillas de ti. Prometo no morderte. Te espero con tarta de chocolate.
Hasta el próximo recuerdo.
Etienne.


The Magus Archive
Oficialmente, se reconoce a la biblioteca de El Archivo como cuna de la cultura: almacena libros de todo el mundo, archivando en sus arcas la historia del mundo mágico.

Es en sí misma un museo histórico, que recorre la historia mágica desde hace años, años atrás en el tiempo en los que la magia antigua era todavía más fuerte de lo que es la magia en la actualidad.

Está ubicada sobre la Quinta Avenida, o más apropiado sería decir que coincide exactamente con la ubicación de la biblioteca pública de Nueva York.

Es posible acceder a la secreta locación de El Archivo a través de pasajes estratégicamente distribuidos en el Bryant Park como hacia dentro de la biblioteca pública.

El más conocido tal vez sea el pasaje de la Quinta Avenida, al que se accede atravesando el pilar que sostiene a la estatua del león de la fortaleza.


Once upon a time…
the world was fill with magic
Your job?
Is to make sure that what remains
Doesn’t fall into de wrong hands


Lo que la biblioteca guarda son libros, a veces de un extraña magia, y ‘artefactos’, que vienen a ser instrumentos de curiosas cualidades mágicas. En ciertos casos, es necesario guardarlos contra aquellos magos que quieran hacer un mal uso de estos tesoros.

Por esto, otro de los trabajos de los bibliotecarios es el de ir a buscar los objetos de estas características que todavía quedan allí afuera y rescatarlos del tráfico ilegal en una carrera contra coleccionistas ambiciosos, mercenarios y magos con oscuros propósitos.


Breve reseña sobre los orígenes

Hubo una vez, hace más de mil años, tres hermanas que fundaron una sociedad entre magos y brujas. Sus nombres, Auríale, Adusa y Ateno, se hicieron conocidos a lo largo del tiempo y la historia.

Juraron servir al propósito de preservar y proteger la brujería, en una era en la que el conflicto y la persecución atemorizaba a los practicantes de magia.

Es así como nace El Archivo.

Las tres hermanas erigieron un templo a la cultura, la historia y el conocimiento como una forma de unirse contra el genocidio hacia los de su clase.

Se puede matar a un hombre, pero si quemas un libro destruyes su historia.

Con la idea en mente de preservar la vida y cimentar un futuro, hicieron un llamado a todos los magos y brujas, y no sólo armaron un refugio, sino que se convirtieron en bibliotecarios.

The very existence of libraries affords the best evidence that we may yet have hope for the future of wizards


Las tres hermanas

"El Jardín de Las Tres Hermanas" debe su nombre a las estatuas de las fundadoras, un monumento erigido en su memoria. Dicen que está encantado.

Se dice de ellas que se vieron obligadas a separarse cuando niñas, masacrada la pequeña comunidad en la que vivían junto con su familia, por acusaciones de brujería.

Cada una de ellas tomó un camino distanciado de la otra, hasta que años después se volvieron a encontrar en un paso que era una triple encrucijada, y que sería luego el sitio donde construirían El Archivo.

Los orígenes sobre la biblioteca son muy discutidos y las versiones varían. En una de ellas, las tres hermanas descansaban a la sombra de un manzano cuando una serpiente se deslizó por entre sus ramas y les habló.

Su dominio de la lengua pársel* les atribuyó una fama ambigua e incluso entre sus pares fueron vistas con el temor, y a veces la errónea adoración, que se le profesa a las Artes Oscuras.

A lo largo del tiempo, El Archivo hubo de enfrentarse contra la mala opinión pública, promovida desde las altas esferas de distintas comunidades mágicas por motivos políticos, sufriendo ataques y amenazas.

Hasta que luego de cambios y transformaciones logró consolidarse como una respetada institución bajo el amparo del Magicongreso de Estados Unidos.

Las tres hermanas, como fundadoras, iniciaron lo que sería el eterno legado de la biblioteca, expresado en su lema: “Sabiduría, unidad, fuerza”.

*Es por esto que se las representa habitualmente en grabados y esculturas rodeadas de estas criaturas, y en ocasiones, hasta con los cabellos tallados como sierpes.  



Estatua de las Tres Hermanas
Auríale, “La  carismática”. La hermana del medio. Mediadora cuando surgía un conflicto, mantenía el vínculo que unía a las hermanas, incluso en la discordia. Mucho se hablaba sobre sus dotes de oradora. Era creativa, virtuosa y generosa.

Se la suele representar tocando el laúd o con los brazos abiertos alegóricamente.

Ateno, “La guerrera”. Hermana mayor. En período de guerra participó activamente en campañas militares como cualquier otro soldado, siendo una mujer entre hombres.

Se la suele representar con una espada o un arco en una mano y la varita en la otra. Era leal, brava e impiadosa.

Adusa, “La sabia”. Hermana menor y cabeza principal al mando de El Archivo. Su afán por el conocimiento la llevó a muchos descubrimientos y querer difundir lo que sabía.

Decían que de mirarte a lo profundo de los ojos podía adivinar todos tus secretos.

Se la suele representar con una llave o un libro. Era juiciosa, emprendedora e inteligente.


A través del vestíbulo...


Desde sombreros turcos a botas de tiburón, capas flotando al ras del suelo y uniformes hechos a medida, túnicas de bordados exquisitos o puños desgastados y telas de los más diversos colores, todo tipo de vestimentas para todo tipo de gentes, eso es lo que podía encontrarse en el devenir atareado de brujas y magos provenientes de los distintos continentes.

Las grandes puertas que te engullían hacia dentro del gentío en movimiento se alineaban desde el extremo opuesto con las lenguas escaleras de mármol que a la vez se bifurcaban al llegar al rellano que precedía a la entrada del primer piso, la planta de la biblioteca. Lo indicaba el logo de la parte superior, un libro abierto.

Al pie de la escalera y hundido en el centro de una depresión circular pero tan grande que se mantenía bien a la vista de todos, un globo terráqueo con un aura brillante veteada de plata y azul levitaba sobre una plataforma apenas elevada sobre el nivel del suelo de mosaico. Dos soportes dorados se ceñían ilusoriamente a su circunferencia, apostados uno a cada lado.

Cubriendo los muros del gran y transitado vestíbulo la mesa de entrada se extendía todo a lo largo de las paredes a los costados. Detrás de numerosas ventanillas había alguien para atender a una cola de curiosas personalidades a la espera, desde extranjeros con sus incompresibles acentos hasta duendes y una multitud que sólo verías en el mundo mágico.

Brujas y magos y seres se aparecían y desaparecían dentro de un radio con el globo terráqueo como eje. Había quiénes se asombraban lanzando miradas a su alrededor, pero en su mayoría parecían saber exactamente a dónde ir, tanto si era para hacer cola, apresurarse por las escaleras o escurrirse hacia los costados y atravesar unas puertas altas y angostas que se mantenían siempre abiertas y conducían a salas contiguas, donde era posible tomar los ascensores. Aquí y allá pequeños grupos juntaban las cabezas en un murmullo dispar y confuso, y los pies se movían con prisa y sentido de la dirección.

La amplia sala crecía y crecía hacia arriba, hasta un techo de apariencia infinita del que pendía suspendida la proyección de un reloj astrológico que giraba sobre sí mismo y que daba la impresión de emitir una luz dorada que inundaba la sala como lo hacen los rayos del sol a través de los vitrales. Los pilares contra las paredes que encerraban al gentío estaban esculpidos con formas femeninas que se movían si posabas tus ojos en ellas por demasiado tiempo y se ofrecían amablemente a dar indicaciones.

Antes de llegar a las ventanas del servicio de atención había palmeras, tan altas como jamás se había visto en una palmera, que se alineaban formando cuatro esquinas. A sus pies había bancos de espera, magos que tomaban el sol en un pequeño terreno de césped, y tiendas. Una tienda de regalos exponía inventos y curiosidades además de suvenires, una tienda de diarios pregonaba sobre las noticias en los periódicos de todo el mundo, y por último y no sin provocar la impresión de ligera extrañeza, una tienda de relojes en donde, al parecer, hacían reparaciones y personalizaciones.




El Portero del Mundo
Planta Baja

¿Destino? ¡Oh!, ¡hola! Sí, sí, déjame ayudarte. Yo puedo llevarte a casi cualquier parte. Soy coordinador de viajes, pero todos me llaman El Portero del Mundo. ¿Ves este globo terráqueo? Es un canal de transportación y punto de aparición. Puede traerte aquí, mandarte de regreso e incluso mandarte a cualquier otra parte que tú quieras, ¡no hay coordenadas que yo no conozca! Porque no creerás que funciona solo, yo me encargo de todo eso. Ah, ¿pero aquí?, ¿en la biblioteca? No, imposible. Me pierdo hasta para ir al baño. ¿Las oficinas? Ah, sí, eso es… ¡Arriba! ¿Etienne? Ah, ese estirado, sí. Es un chico ‘afrancesado’, joven casi como tú, pero le gusta sermonear como un anciano, comportarse como el jefe, ¿me entiendes? Tú te ves como una buena persona, a que me entiendes. A mí edad, que un chico te ande cuestionando la profesión de toda la vida es para envenenarte la sangre. Y hace cada pregunta que consigue que uno quede como idiota, habrase visto. Pero cuando no se mete en mis asuntos, es un chico bastante tranquilo.


Salas de la Biblioteca
Primer Piso

Infinitas galerías que se interconectaban en un mar de secciones perfectamente organizadas, brujas y magos sentados en escritorios individuales y plegados sobre tomos abiertos. Estantes y estantes de libros, balcones y escaleras, y más hileras de estanterías, salas de lectura y esquinas secretas. En el recibidor había mostradores, pero ningún bibliotecario. Hasta que choca contigo.  

—¿Sí? Oh, sí, sí, claro—La bibliotecaria se acomodó los lentes al resbalárseles por el puente de la nariz, tarea difícil porque tenía las manos ocupadas con una pila de libros—¿Cómo?—replicó, contradiciéndose en el acto, y abrió mucho los ojos, parpadeando una, tres veces—¿El corredor de las oficinas?

Era una bruja alta y enjuta, de ojos avispados y un brillante cabello de tono cobrizo oscuro que llevaba atado en un rodete. Se enderezó en el lugar, cotilleando a través de sus lentes con cierto porte examinador.

—Ya veo, tú no vienes por un libro. Estás extraordinariamente perdida, sí, pero no te culpo. ¿Y con quién se supone que tienes que hablar? Porque el corredor es como una galería interminable, con infinidad de puertas… ¡Oh, Etienne!, ¿Archivador? Sí, claro que lo conozco. Un señor respetabilísimo. No recuerdo el número de placa de su oficina, ¡ah, pero no importa! Tú sube al último piso por ese elevador que ves al final del pasillo y pregunta al recepcionista de planta por un señor canoso, entrado en años pero tan buen mozo, el más educado y con un ligero acento ruso. Ah, y qué siempre viste un abrigo con cuello de castor. ¿Ves qué fácil? Mucha suerte, querida. ¡Oh, y vuelve siempre que quieras una credencial para la biblioteca! Estaré encantada de ayudarte.




Pasillo de las Oficinas
Último Piso

Pardon.

El morocho tenía una voz ronca, nerviosa, pero el porte más recto y serio del que era capaz. Había sido él el del pisotón apenas subir al ascensor, pero parecía ofendido. Tenía un corte de pelo tan recto como cuadrada era su mandíbula. Desprendía colonia, status y cierta arrogancia que intentaba encubrir con una fría amabilidad. No se entendía por qué tenía una mirada tan inquieta.

Al descender todos los demás ocupantes, sólo quedaron ellos dos cuando llegaron a al corredor de las oficinas. La expresión del muchacho se tornó desconfiada, pero fue galante, un perfecto caballero, y se apartó para ceder el paso. Del todo innecesario, porque la salida era lo suficientemente ancha como para que pasara un rinoceronte. Pero sus modales eran de etiqueta.

Al no haber nadie a quien preguntar, se guiaron por las señales. Había una Oficina de Ánimas, otra de Enlace y Comunicación, de Seguimiento, y también las numeradas, cantidad de despachos oficinas yendo para un lado u otro del pasillo. Cuando se hizo evidente que iban por el mismo lado (y prácticamente igual de perdidos), el chico pareció sentirse obligado a iniciar una conversación, como si se tratara de alguna clausula moral no escrita. El esfuerzo que hacía era notable. Puede que después de todo no le fuera fácil relacionarse, o que pecara de altivo. Se aclaró la garganta e indagó sobre algo que aparentemente lo tenía muy curioso, utilizando todo el tacto que le era posible.

No se sabía por qué intentaba ser tan cuidadoso al hablar, pero al hacerlo, se delató a sí mismo como aspirante, e incluso dejó caer que se había preparado arduamente para ser admitido—mencionando de paso, que había sido el mejor promedio de su promoción, pero considerando en un desliz de frustración y desdén que hasta eso parecía poca cosa en el momento de la verdad—, pero se mostró especialmente interesado respecto a la identidad del entrevistador.

—Etienne, ¿Etienne Mikuinski? No es una personalidad ordinaria en el ámbito académico. Una mujer muy respetable. Tengo entendido que es condesa. Sería un honor tener una conversación con alguien tan eminente.

Se despidieron frente a la puerta de la oficina 403, y el tal Clément Faure-Dumont casi se vio tentado a cambiarle el turno. Pero siguió andando, porque le faltaba camino. Se olvidó de desearle buena suerte, pero puede que el leve asentimiento con la cabeza que le dedicó antes de dar media vuelta fuera algo parecido. Lo único seguro es que debía tener rigidez en el cuello, de lo seco del gesto.


Oficina 403

Al tocar, la puerta se abrió sola. No parecía haber nadie. El despacho era una amplia habitación con segundo piso, accesible por una escalera espiral. Había estanterías, libros, aparadores de vidrio cargados de objetos curiosos. No había ni un anciano ruso, ni un muchacho francés, ni ninguna condesa. Nadie, no había nadie, ¡pero…!

—¡Aquí!

Había una niña, con un malsano gusto por los buenos sustos, y sin lugar a dudas confundiéndolo con sentido del humor. Pero al verla de cerca, tenía una expresión demasiado escéptica para una niña.

Sin duda, tenía algo peculiar.

Sorprendió a su visitante desde un rincón al fondo, en las sombras, apareciendo con un libro abierto en las manos y la boca manchada de chocolate. Era una bonita rubia, algo pálida y muy delgada. Se acercó y se mostró interesada.

—¿Y qué te ha pasado a ti?







Etienne

Observador-Afable-Socarrón

Archivador. Su labor es la de coordinar y asignar las misiones a los demás bibliotecarios (por extensión, todos son ‘bibliotecarios’). Lleva a cabo los reportes de las misiones, reportes que almacena y cataloga en los archivos de la biblioteca. Sabe muchos secretos, que guarda con su vida. Después de todo, los “archivadores”, son los que guardan bajo llave los artefactos que llegan a sus manos, además de conocer una infinidad de misterios y ser fuente recurrente de consulta. Raramente hacen “trabajo de campo”.



Eva Rogers

Determinada-Honorable-Negociadora

Rastreadora, se encarga principalmente de localizar e interceptar traficantes de artículos mágicos. Lleva la varita a un costado de la pierna, en una funda de cuero enganchada al cinto. Se siente orgullosa de ser parte de La Nobilísima Orden de Los Guardianes, título que se le concede a todos los bibliotecarios de El Archivo, y siempre se muestra atenta con los nuevos miembros.







Clément Faure-Dumont

Defensivo-Cauteloso-Apasionado

Aspirante. Aspirante a bibliotecario, ingresa al período de prueba al mismo tiempo que Danielle. A diferencia de ella, tiene ambiciones en la vida. Es un egresado de Beauxbatons y licenciado en Historia de la Magia. Tiene un máster que va de “Las hadas en el folklore popular”.

No le fue fácil hallar padrino. Su objetivo es ser Archivador y le tiene terror al trabajo de campo, pero está de acuerdo en que no puede ser una cosa sin la otra, y pone todo su esfuerzo, aunque le cueste el doble.

No es especialmente agradable o alguien fácil con quien tener una conversación, pero sí una fuente de consulta muy útil, y un acérrimo de la investigación a tiempo completo. Por cierto que tiene un crush académico con Etienne Mikuinski.  
     
Su padrino es Reginald Waters.



Reginald Waters

Enérgico-Impulsivo-Soñador

Cazador de Ánimas. Si hay un vozarrón, seguro que es él dándo los "Buenos Días". Tipo simpático si los hay, algo perdido por las apuestas. Está convencido de que las ánimas son seres a los que hay que tenerles lástima, y se siente en paz cuando "las saca de su miseria", pero no sin cierta pena. Después de todo, a veces la línea entre "seres" y "producto residual", se hace un tanto difusa... Tiene a Etienne Mikuinski en alta estima, pero nunca se lo oye soltar más que quejas sobre él, y sobre todo, su ambiguo sentido del humor.




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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Dom Jun 30, 2019 4:22 am

¿Era cosa mía o… aquel reloj era la solución a todos los problemas? Inevitablemente no pude evitar compararnos con los tipos de Men In Black, ¿sabéis quiénes son? Los hombres de negros, esa asociación que se encarga de todos los sucesos paranormales y alienígenas, que tienen un desmemorizador—cosa ovalada que parece un bolígrafo con cámara y flash—para hacer que todo el mundo olvide lo que ha visto y crea que también son la solución a todos sus problemas alienígenas, confundiéndolos para creer que son cosas normales.

Suponía que lo más normal era intentar evitar dar demasiados detalles. Los detalles siempre eran problemáticos si no eran necesarios y, para mentir de esa manera, sería más prudente limitarse a decir las cosas a grandes rasgos y sin decir realmente nada revelador. Era mejor que ellos asumiesen cosas, a que tú afirmases nada.


***

Después de dejar claro que era una mala idea eso de llamarlo ‘jefe’ o ‘compi’ y que era muchísimo mejor llamalo Ryan, terminaron yendo al lugar del crimen. Puff, no os voy a mentir. ¡Estaba nerviosa! Pero no nerviosa nivel examen, ni nerviosa nivel ‘los radicales están atacando y voy a morir’, sino nerviosa de… emocionada. ¿Era cosa mía o realmente parecíamos los de Men In Black? ¡O mejor, los de CSI!

No quería parecer demasiado inquieta, ni tampoco emocionada. La verdad es que lo último que quería es que Ryan notase en mí tanta ilusión por aquello por si creía que no estaba preparada o no podía tomarme las cosas en serio, ya que no era nada de eso. Sin embargo, entre la emoción y que precisamente yo no me sentía preparada para ese tipo de cosas, pues no había tenido ningún tipo de entrenamiento ni nada, lo cierto es que me sentía un poquito insegura. Muy insegura, en realidad, pero me habían dicho que lo primero para no sentirte insegura era intentar no creértelo, por lo que estaba intentando adaptarme al medio y ser lo más útil posible.

Entramos en el interior de aquella tienda de espejos sin mayores problemas y Ryan utilizó un hechizo que, para mí, era totalmente nuevo. No me fue difícil asumir los efectos, pues vernos a nosotros mismos entrar por allí fue bastante revelador. Lo que no me esperaba es que aquel polvo con forma de Rod Chapman desapareciese en dirección al espejo que estaba al fondo de la tienda. Si ya de por sí aquella situación daba un poco de mal rollo, por eso de vernos reflejados en todos lados, el hecho de que el señor Chapman hubiese desaparecido así agravó bastante el mal rollo.

—¿Me estás queriendo decir que el tipo se ha metido en el espejo? ¿Será una puerta mágica tipo el muro del andén nueve y tres cuartos? —pregunté, susurrante. —Quizás Rod... ¿es mago?

Te preguntarás qué por qué narices susurraba si allí dentro no había nadie, pero el hecho de estar en un lugar de manera ilícita, a oscuras y haciendo cosas mágicas, me sugería que susurrar era lo más prudente.

Entonces nos acercamos lentamente al espejo en cuestión. Por mi parte tenía la varita en la mano pero… por simple comodidad y efecto copia, pues cuando Ryan la sacó, yo lo imité por si hacía falta mi uso.

—¿Es a mí a la única que le da mal rollo que hayan tantos espejos por todos lados? Parece una película de terror. —Y di un pequeño bote en donde me encontraba sin motivos aparentes; un susto. Sencillamente me asusté con mi propio reflejo en un espejo que ni había visto venir.

Entonces ambos nos miramos en aquel espejo en particular en donde había desaparecido la copia de Rod y yo no podía evitar imaginar que de repente aparecería algo detrás nuestro en aquel espejo que nos mataría en la vida real o algo así, cual película gore de serie b. Sin embargo, no ocurrió nada de eso. Yo aún así tenía la sensación de que debía de mirar atrás sólo para cerciorarme de que no apareciese mágicamente algo que pudiese matarnos, por lo que través del espejo se pudo ver a una Danny girándose hacia atrás para mirar que todo estuviera bien.

El problema es que yo, la Danny real, no se había puesto a mirar hacia atrás precisamente porque no quería quedar como una miedica. Así que repentinamente me tensé, mirando a Ryan. La Danny a través del espejo miró a Ryan, como intentando disimular.

—¿Has... visto eso? —pregunté, para cerciorarme de que yo no estaba loca. Se me habían puesto los pelos como escarpias.
Danielle J. Maxwell
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Danielle J. MaxwellMagos y brujas

Ryan Goldstein el Dom Jun 30, 2019 10:15 am





En la penumbra de la tienda, las volutas de oro desaparecieron lentamente. La verdad de lo que había sucedido permanecía a oscuras. Ryan adoptó un semblante pensativo.

—No lo entiendo—confesó, al tiempo que atravesaba la distancia hasta el espejo y lo tocaba con la punta de su varita. Nada. Pero de pronto, pareció darse cuenta de algo. Volteó una expresión intrigada hacia Danielle y preguntó, bajando la voz—: ¿Por qué susurras?

Investigaron el espejo porque parecía que era una pieza dentro de aquel rompecabezas. Ryan lo rodeó examinándolo por alguna pista e insistió en revelar sus secretos con el toque de la varita, pero era inútil. A la pregunta de Danielle, respondió mecánicamente, aunque con una pequeña sonrisa entre que se lo veía ensimismado.

—Es una tienda de espejos—
remarcó, colocándose al lado de Danielle y de frente a su propio reflejo—. Quizá…—¿Que si había visto qué? Volteó la mirada hacia Danielle, sin entender—. ¿Ha pasado algo?

La intriga era genuina.

Los interrumpió, sin anuncio, el ring incesante del teléfono. Un teléfono sobre el mostrador de la tienda. Ruidoso aparato. Curiosamente, los móviles tanto de Ryan como de Danielle sonaron con la llamada entrante de un número desconocido.

Bajo esas circunstancias, Ryan se concentró en lo inmediato, pero sin subestimar ni un ápice la confusión en el rostro de Danielle. Después de todo, estaban allí para observar cualquier detalle inusual que los pusiera sobre la pista de lo que había sucedido.

Hasta ahora, Ryan sospechaba que algo había atacado a Rod Chapman. Sin embargo, la reconstrucción del escenario aquella noche en la que el buen hombre salía de la tienda camino a  casa había sido imprecisa. Y su atacante no tenía rostro o siquiera forma.

¿Se trataba, entonces, de un ánima en su forma más vulnerable…? ¿Qué había pasado con Rod Chapman?, ¿había huido?, ¿o allí terminaba la pista? Quizá no les viniera mal, un poco de ayuda.

—Es la biblioteca—explicó, demasiado seguro. Sonrió—. ¿Atiendes…?

Del otro lado, era Clément al habla. Ryan imaginó que desde la biblioteca pedirían un reporte de la situación o los pondrían al corriente de alguna nueva información.

Ellos no tenían mucho todavía, pero era normal que desde arriba realizaran un seguimiento. Eso casi siempre suponía una ventaja.

Ryan pensó en aprovechar el momento para detenerse en un debate sobre contra qué tenían que lidiar y qué podían encontrar. Pero pensaba poner las cabezas de los dos novatos a trabajar.  

—Ponlos al tanto—aconsejó, refiriéndose a la biblioteca.



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Mar Jul 02, 2019 3:51 am

—Porque no sabemos si hay alguien en la tienda y lo mismo nos conviene que no nos escuche. —Le respondí a la pregunta del susurrar, sin que se me ocurriese nada mejor.

Solía ser bastante común el hecho de ver algo que en realidad no existía, solo porque tu mente está presa de cierta paranoia. De hecho, llegaba un momento en el que no podías estar seguro de si lo habías visto o había sido producto de tu imaginación, como cuando de repente te acuerdas de algo y no eres capaz de decir si fue un sueño o realmente lo habías vivido. Sin embargo, en aquel momento yo estaba bastante segura de lo que había visto, por eso cuando Ryan preguntó, señalé al espejo.

—Me moví —le respondí con simpleza, frunciendo el ceño. —Es decir, se movió mi reflejo. En realidad no estoy segura pero estoy un noventa y nueve por ciento segura.

Joder. Lo peor de todo es que pese a estar segura, no me veía con la seguridad de decir que lo estaba al cien por cien, ¿se podía ser más retrasada? Madre mía, yo creía que no.

Cuando de repente sonó el teléfono me asusté, sin saber quién me llamaría a esas horas, básicamente porque a mí no me llama nadie. Quizás sería mi abuela, preocupada por saber cómo iba todo. Ryan, sin embargo, decía que debía de ser la biblioteca y al ver en mi teléfono un número desconocido al cogerlo, supuse que tendría razón y que ya estaría acostumbrado a esas cosas. Me dejó a mí el atenderlos, poniéndolos al tanto de todo mientras él seguía… observando.

Yo me giré entonces para coger el teléfono móvil, recibiendo al otro lado a Clément. Hablar con él se me hizo muy raro por la poca relación que habíamos tenido hasta el momento, pero el muchacho se le vio bastante implicado en el asunto y casi que ni parecía él, por lo entregado que parecía; tan hablador. Entre todo el silencio, yo empecé a hablar después de una de las preguntas de mi compañero novato.

—Sí, por ahora todo está bien. Hemos ido a la comisaría a buscar la información de todas las desapariciones y hemos empezado a investigar la más reciente para aprovechar las evidencias mágicas que puedan haber. —Carraspeé, sin tener ni pajolera idea de si lo estaba haciendo bien. Miré hacia atrás de reojo a Ryan, quién estaba totalmente absorto en su mundo, frente a aquel espejo. —La pista se pierde en una tienda llena de espejos… —Entonces Clément interrumpió a través del teléfono móvil. —Sí. —Las preguntas me estaba cogiendo un poco desprevenida, así que me concentré. —No, eso no. —Y entonces añadí: —Lo mismo estoy flipando pero me pareció ver que el reflejo se movía en un espejo… —Entonces comencé a susurrar, aunque Ryan seguramente me escucharía. —¿Eso puede pasar? Clément, tú has estudiado mucho más que yo, ¿eso puede pasar?

Ryan me había hablado de los ánima, pero evidentemente mi comprensión era limitada y mis conocimientos muy pobres. Así que escuché todo lo que decía Clément a través del teléfono, para entonces recibir una noticia inesperada.

—¿Cómo? ¡¿Y me lo dices al final de la conversación!? —Una pausa en la que me interrumpió. —¡El protocolo es una mierda!

Colgué el móvil y entonces me giré.

—Han encontrado a Rod. Está en el hospital. —A lo mejor para Ryan eso es normal, pero para mí había sido un giro INESPERADO de los acontecimientos. —Dicen que no saben nada, que vayamos a preguntar para cerciorarnos de si tiene que ver con el caso o es un hecho aislado.
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Danielle J. MaxwellMagos y brujas

Ryan Goldstein el Miér Jul 03, 2019 3:05 am




Clément tomaba asiento en un amplio escritorio regado de libros. Le habían asignado el rol de soporte en una misión. No podía sentirse más en su terreno. En poco tiempo había organizado la biblioteca y los recursos de los que ésta disponía adoptando su propio sistema. En ese preciso instante hablaba por el tubo de un teléfono de diseño antiguo.

¿Eso puede pasar…?

—¿El reflejo?—repitió, empujando la silla en la que estaba sentado y trasladándose sobre las ruedas hasta el otro extremo. Mientras que hablaba, chequeaba información de los libros abiertos sobre la mesa. Hizo pasar rápidamente las hojas de un grueso tomo, recordando exactamente qué página tenía que leer. Su memoria era un privilegio—. ¿Es un espejo maldito? Claro que hay también un tipo de ánimas que habitan objetos, todo es posible. Si el ánima habita en los espejos te será fácil arrinconarla y cazarla, sólo tienes que destruir el objeto que contiene al ánima; pero ten cuidado… ¿Estás segura que fue eso lo que viste?

La conversación continuó hasta que salió a la luz la noticia de Rod Chapman.La ceja levantada de Ryan expresó claramente la sorpresa con que recibió la noticia. Habían encontrado indicios de magia residual pero el rastro moría allí, ¿puede que Rod Chapman hubiera visto contra qué tenían que lidiar?, ¿y cuál sería su estado para haber acabado en el hospital?

—Quizá sea lo mejor—concedió Ryan, lanzándole una última mirada al espejo. Ninguno de sus hechizos había funcionado con aquel, lo cual lo hacía un espejo común y corriente. Sólo quedaba una cosa por hacer—. Cúbrete—Le advirtió a Danielle, levantando la varita.

El espejo se rompió. Literalmente, habían allanado una tienda para destruir su mercancía. Y a pesar de las molestias que se tomaron, nada sucedió. Ryan esperó unos segundos, atento a su alrededor, pero silencio. Entonces, suspiró y se giró para marcharse. Detrás de él quedaron desperdigados los trozos de vidrio.

—Vamos.

Antes de cerrar la puerta detrás de ellos, agitó la varita nuevamente y el espejo volvió a su sitio, indemne. Abandonaron la tienda, y en la soledad de la mansa penumbra, una sombra furtiva se movió a través de los espejos en las paredes hasta regresar al espejo de pie, que había sido reparado y dejado como nuevo. Desde el espejo, el reflejo de Danielle observó la puerta cerrada con una mirada que no era la suya.

***

En el hospital de Laketown, el señor Rod Chapman había sido colocado en una camilla con una mordedura de perro en la pierna. Hacía dos semanas que no sabían nada de él y lo encontraron vagando en los alrededores de la casa de los Dickson, que tenían un criadero de rotweillers.

Se había mostrado reacio a abrir la boca para contar lo que había sucedido con él durante el tiempo que estuvo desaparecido, extrañamente hosco, y en cambio, daba señas de muy buen apetito. Cuando entraron al cuarto del hospital, Ryan sorprendió al buen hombre engullendo su tercer plato del día, y ni siquiera desvió la atención del tenedor para interesarse por los nuevos visitantes.

El policía Branson los recibió y los apartó en una esquina para murmurarles las nuevas. Aparentemente, no quería alarmar al paciente con lo que tenía para contarles. Describió los destalles sobre en qué estado lo habían encontrado, pero bajó la voz especialmente cuando relató un hecho particular: “Se altera si le muestras un espejo… Nunca lo había visto así”.

—Normalmente es un tipo macanudo—dijo—. Pero está algo extraño e insiste en que lo dejemos en paz. El Jefe está seguro de que lo suyo no tiene nada que ver con las desapariciones, ¿sabe? Dice que sólo quiso darse un respiro de su mujer… Pero yo no sé. Está tan raro… —En ese punto del relato, Branson parpadeó y los miró confundido—¿Y ustedes eran...?

Ryan se sonrió y le hizo un gesto a Danielle con la cabeza, instándola a responder.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Vie Jul 05, 2019 4:04 am

Frente a la presión de Clément, solo pude negar lo que había visto. ¡Si me lo ponía así de complicado y de estresante, ¿cómo iba a estar tan segura de repente?! De hecho, desde que se me puso a decir todo eso, mi cabeza había asumido que todo lo que vi fue falso; totalmente falso. Ya lo que vi—o creí ver—era un mero recuerdo de mi mente inconcluso y para nada certero.

Cuando colgué a Clément y le di las noticias a Ryan, la próxima situación estaba clara: ir a ver a Rod Chapman. Eso sí, mi compañero no tardó en hacer estallar aquel espejo por precaución, sin que nada pasase. Mientras salíamos de la tienda, fue cuando me vino entonces la paranoia: ¿de verdad la había flipado? ¿Con qué motivo? Rara vez me pasaban esas cosas a mí. Es decir, nunca en mi vida me había pasado eso de creer haber visto algo, a excepción de con las estrellas fugaces y las snitchs, las cuales eran muy rápidas como para estar segura de haberla visto en un fragmento de segundo. Pero ahora… era raro.

Me fui de allí con mal cuerpo: por una parte por haber creído ver algo que no existía y, por otra, preocupada por aquello... ¿serían los nervios? Tenía que tranquilizarme.


***

Cuando aquel policía se acercó a nosotros, enarqué una ceja cuando habló de los espejos y el efecto que tenía en él. A ver… de repente todo parecía convertirse en un rompecabezas sin sentido en el que o faltaban piezas, o sobraban cosas. O bueno, el término ‘rompecabezas sin sentido’ ya era válido por sí solo, pues estaba claro que no había por donde cogerlo.

Al ver el gesto de Ryan, le devolví la sonrisa.

—Somos del FBI. —Y me tuve que aguantar mucho para no reír al decir aquello.

—¡Ala, qué fuerte! ¿Tan importante es…?

—Es confidencial, por eso es necesario tratarlo todo con cautela y discreción. ¿Podría dejarnos un momento a solas con el paciente? Tenemos que hacerle unas preguntas y mejor que no haya mucha gente, para que no se ponga nervioso.

El policía asintió varias veces, casi emocionado. Vivía en un pueblo aburrido, por lo que ahora mismo sentía que verdaderamente había pasado algo muy importante allí.

—Claro, muy bien. Avisaré por radio a mis compañeros por si hay más información.

—Gracias.

Entonces el tipo se fue, cerrando la puerta tras de sí. Yo miré a Ryan, siendo consciente de que había que ser profesionales, sin embargo no pude evitar bromear con aquello.

—Creo que podría ser perfectamente del FBI.

Pero si bien estábamos teniendo la conversación alejados de Rod Chapman, estábamos en el mismo lugar, por lo que cuando levantó la mirada de su comida, los observó directamente al escuchar unas palabras muy especiales. A nadie le pasa por alto las siglas del FBI, las cuales, debo admitir, no sé qué significan realmente.

—¿Del FBI, en serio? —preguntó, sorprendido. —¡Que no ha sido para tanto! ¡Que estoy bien! Juro que no he robado nada.

No sabía muy bien cómo abordar la conversación con Chapman, por lo que le dejé hablar a Ryan que sin duda era el más experimentado y la conversación con él podía ser crucial. Por mi parte me acerqué a Rod, de buen rollo.
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Ryan Goldstein el Sáb Jul 06, 2019 10:19 pm




Muchas veces dicen que la profesión forja el carácter, y siendo ese el caso, ¿qué decía de Ryan Goldstein que en su profesión se dedicara a mentir las 24/7? Por si fuera poco, arrastraba a otros a seguir sus pasos en la vida como un embaucador no privado de encanto. Si la abuela de Danielle lo hubiera sospechado, probablemente habría hecho todo por advertirla.

Para Ryan, por supuesto, mentir era tarea sencilla, y a día de hoy, no se le movía una sola ceja cuando soltaba las más increíbles afirmaciones como “Te ves delgada en ese vestido”. Por lo general, como su cara era cuadrada y difícilmente alterable, la gente a su alrededor se compraba sus mentiras con suma facilidad sin necesidad de ningún artefacto mágico de por medio. Puede que tuviera algo que ver también con saber el momento exacto en que era oportuno sonreír, o convencer con la mirada…

Rod Chapman, aun creyéndose la mentira del FBI, se mostraba reacio a un interrogatorio. Daba la impresión de que prefería que lo dejaran en paz. Negó toda relación de lo que le había sucedido con las actuales desapariciones —de las que estaba bien al tanto porque, como señaló con cierto hastío, en el pueblo “no se habla de otra cosa”—, pero cuando le tocó explicar qué le había sucedido exactamente, empezó a girar sobre sí mismo en la confusión.

—Bueno, yo estaba… Antes de eso yo… ¡Qué raro!, hubiera jurado que eso había sido el Martes… Yo no sé… No recuerdo… ¡Ese maldito perro!...

A Ryan le había quedado claro una sola cosa entre pregunta y respuesta: el buen hombre no tenía idea de cómo llegó hasta el momento en que el rottweiler le mordió la pierna. Era incapaz de ofrecerles detalles sobre los que estuviera plenamente seguro. Pero por supuesto, la mente tendía a engañarse a sí misma para cubrir las lagunas en la memoria, y, se hacía evidente a medida que continuaba su relato, Rod Chapman, con la ingenuidad propia de un nomaj, se aferraba a lo cotidiano de la vida intentando convencerse de que nada raro había sucedido realmente.

Llegados a cierto punto, Ryan dejó de fingir interés por las explicaciones que el nomaj se inventaba en el momento y lo dejó parlotear hasta que le puso un espejo de mano en frente y Rod Chapman se interrumpió profiriendo un grito de sorpresa que sonó a puro terror. El policía lo había comentado rato antes y a Ryan no había dejado de llamarle la atención: “Lo encontramos en la ruta y lo entramos en el patrullero. Cuando le lanzó una mirada al espejo retrovisor, chilló de espanto”. Era notorio que no podía controlar el impulso de cubrirse y evadir su reflejo, por mucho que quisiera aparentar normalidad. La ocurrencia de Ryan fue tan repentina, que casi pareció una crueldad.

—¡Pero…! ¿Qué…? ¡Baje eso!


Se había acercado con una silla para entrevistar a Rod Chapman y, sentado a horcajadas y con el respaldo de cara a la camilla, se había cruzado de brazos como un buen escucha. Desvió su atención, sin embargo, cuando decidió que era buena idea darle un susto de infarto al pobre hombre en la camilla. Ryan miró con curiosidad a Rod Chapman, luego al espejo en su mano, pero sin bajarlo inmediatamente.

—¿Está usted bien?

Rod Chapman no se atrevía a mirarlo, y de “bien” un cuerno.



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Danielle J. Maxwell el Vie Jul 12, 2019 2:45 pm

Si bien nos habían avisado de que Rod Chapman no estaba muy afectivo con respecto a los espejos, no me esperé que reaccionara de esa manera cuando Ryan le enseñó uno. En un momento me dio por pensar que era una mala persona por enseñarle eso de manera repentina, pero la verdad es que después de que le diese tanta vuelta a la historia del dichoso perro, sin llegar a nada en claro ni cómo terminó en aquel lugar, a mí también me había terminado por aburrir su verborrea sin finalidad y también necesitaba un poco de estimulación.

Lo de aquel espejo fue justo lo que se necesitaba, pues rápidamente Chapman cambió el chip de la situación. Había desviado su mirada y, por nada del mundo, quería observar de manera directa aquello que mi compañero ahora mismo tenía en la mano.

—¡No me gustan los espejos! —dijo entonces él.

—¿Por qué no? —le pregunté yo, creyendo que era la pregunta más idiota del mundo.

—Me dan… repelús. Tengo una sensación mala con ellos… Es raro, no sé explicarlo.

—Bueno, inténtelo…

Me miró, indeciso.

—¿Sabes esa sensación cuando caes por una montaña rusa? ¿Qué parece que todo tu interior se junta por dentro, se te ponen los pelos de punta y una sensación de escalofrío te remueve las entrañas?

—Algo me dice que no nos hemos montado en las mismas montañas rusas, Rod.

—¡Hablo en serio! —Se quejó, mirándome directamente mientras ponía una mano entre su cara y el espejo de Ryan. Al contrario del rubio, yo me encontraba de pie justo en la parte baja de la camilla, mirándole recto. —¡Es así de horrible!

—¿Y siempre te ha pasado eso con los espejos? ¿No tienes espejos en casa?

—Si tengo espejos en casa… pero los voy a romper todos cuando vuelva. —Me dijo a mí, para entonces mirar a Ryan por encima de su propia mano. —¿¡Puedes dejar de apuntarme con eso!? ¡Gracias! ¡Ya te he dicho que no me gustan! —Y volvió a mirarme a mí. —¡Dile que deje de apuntarme con eso!

—Deja de apuntarle con eso. —Yo, aquí, soberana y dictadora, como si Ryan tuviese que hacerme mucho caso a mí. Pero fue bonito que Rod Chapman pensase que tengo algún tipo de decisión en todo aquello. —Entonces su miedo irracional a los espejos es reciente, ¿ha sufrido algún trauma?

—N… ¿Ss…

—¿No? ¿Sí? —Enarqué una ceja.

De repente Rod parecía haberse roto, pero de manera muy extraña negó con la cabeza como si alguien se lo hubiera recordado repentinamente. Como si, realmente, no fuese una decisión de él.

—No, ningún trauma. No lo sé…

—No nos estará engañando, ¿verdad? Suena falso.

—¡He dicho que no! ¡Médico! —Gritó, intentando crear una distracción para cambiar de tema y dejar todo lo que tuviera que ver con los espejos detrás. —¡No quiero hablar más con esta gente! ¡Médico!

El médico entonces entró, sorprendido, sin saber qué narices había pasado. Sin embargo, por lo tenso que parecía su paciente y teniendo en cuenta que sabía qué cosas le ponía así, asumió que se trataba de un espejo. De hecho, ni preguntó, simplemente nos dijo a ambos que saliésemos para que Chapman pudiese tranquilizarse. Evidentemente no queríamos que al pobre hombre le diese un ataque al corazón, por lo que fuimos obedientes y salimos de allí.

No hacía falta ser un experto para llegar a un par de conclusiones, por lo que decidí sacar mi vena detectivesca desde que salimos y estuvimos en un sitio tranquilo en donde poder hablar. Era un pasillo en donde había una máquina para echarse agua, por lo que cogí un vaso de plástico.

—Está claro, ¿no? —Quizás me fui un poco por lo alto, pero terminé sonriendo. —¡O sea, es que míralo, no sabe decir nada! ¿Y si quizás tiene algo que ver con una modificación de memoria? No soy muy experta en eso —bueno, en nada soy experta, pero no era momento para empezar a matizar que lo único que se me da bien, y tampoco tanto, es perseguir a una bolita escurridiza y voladora—pero en la Orden del Fénix me he fijado en que muchos de los que reciben algún tipo de modificación mental, o suelen utilizar demasiado eso, terminan con lagunas mentales y miedos irracionales a cosas que no entienden. ¿Y si tiene algo que ver con eso? Eso o no quiere hablar, pero es que el tipo parece confundido. —Puse el vaso de plástico—con el que llevaba gesticulando un rato—bajo la máquina para abrir la boquilla y llenarlo hasta la mitad. —¿Tú qué opinas? ¿La estoy flipando? ¿Podría un ánima hacer eso o... no?
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