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A good memory of the past. —Lohran.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 01, 2019 2:01 am

A good memory of the past. —Lohran.  8FndAeJ
Calles de Westminster | 28/02/2019 | 20:49h | Atuendo

Te sorprendrás, pero ese día Sam no salía a esa hora del trabajo y buscaba un lugar propicio para desaparecerse, sino que acababa de salir del gimnasio. No le quedaba lejos su casa, por lo que había decidido, motivada por la clase de Body Combat que acababa de tener, volver corriendo a casa. Hacía tiempo que se había auto-convencido que correr por Londres a rostro descubierto no era del todo inteligente siendo una fugitiva, por lo que se había acostumbrado a hacer una de las cosas que más odiaba del gimnasio: correr en una máquina con tal de estar en un lugar quieta y no merodeando por las calles de la gran ciudad. Ese día, sin embargo, se sentía lo suficientemente enérgica y rápida como para correr y tardar apenas quince minutos en llegar a casa. Y es que… ¡de verdad no podías imaginarte las ganas que tenía de correr por las calles, sin más! Lo echaba de menos.

Así que miró el reloj para estimar un poco el tiempo, se puso los auriculares con música motivante y tras asegurarse de que tenía el móvil en el bolsillo de la chaqueta—cerrado con cremallera para que no saliera volando—, la varita en el otro y la mochila bien pegada a la espalda, empezó a correr. Al principio, cuando empezó con esa rutina de correr día sí y día también, era incapaz de pensar en cosas porque tenía que ir demasiado concentrada en la respiración y el ritmo, pero a estas alturas lo difícil era no aprovechar esos momentos precisamente para pensar en todo y en nada. ¿Y en ese momento sabes en qué estaba pensando? En lo bien que había seguido no solo el ritmo de la clase de Body Combat, sino lo bien que había marcado todo los movimientos. Casi parecía que estaba apalizando a un mortífago mientras bailaba al ritmo del dubstep más loco que había escuchado en mucho tiempo. ¿A que no adivináis a quién se imaginaba que le pegaba golpes? Sí, seguro que lo has adivinado.  

En cierta ocasión, mientras pensaba en la ducha que se iba a pegar, lo que iba a cenar y en cómo molestaría a Gwen luego en su casa, se tuvo que parar en un paso de peatón que estaba en rojo. Continuó moviéndose en su sitio para no enfriarse y fue cuando miró el reloj. ¿¡Veinte minutos habían pasado ya!? ¡Soy una lenta o terriblemente mala calculando distancias! Estaba cansadísima, por lo que se apoyó en sus propias rodillas y soltó aire. Ahora que miraba alrededor y se daba cuenta en donde estaba, en ese dichoso Tesco—un supermercado barato—creía que le quedaba entre diez y quince minutos de verdad. ¿En qué momento se creyó Flash? Muy optimista estaba últimamente…

Decidió ir caminando a partir de ahí, estirando por el camino los brazos, el cuello, etc. Estaba saliendo de la parte más transitada, metiéndose poco a poco en un lugar más desolado debido a que era zona residencial. Las calles estaban vacías, el suelo mojado porque hacía un par de horas había estado lloviendo y, como de costumbre, las luces eran tenues y se había creado la típica niebla. Daría miedo si no fuese porque en Londres siempre es así.

¿Y sabéis lo que le pasó? Se agachó tranquilamente a atarse los cordones de su deportiva derecha y ocurrió. El colmo de los colmos: que a una fugitiva mágica le atraque un ladrón muggle. De repente, cuando se puso en pie, un chico que a saber cuánto tiempo llevaba persiguiéndola, le apareció por delante tras pegarse un sprint y adelantarla. Le dijo algo mientras sacaba del interior de su bolsillo de la chaqueta una navaja. Le vio articular la boca, pero no escuchó nada. Alzó lentamente las manos, para entonces llevársela a las orejas y quitarse los auriculares. Dejó de escuchar a Sean Paul, para dar paso a la voz de aquel chico.

…he dicho que me des todo lo que tengas!

No tengo dinero encima —le respondió con claridad, intentando no parecer que tenía miedo ni que estaba mintiendo. En realidad, teniendo en cuenta a lo que se había enfrentado de ahí para atrás, aquel pobre hombre no le daba miedo, por mucho que tuviese una peligrosa navaja apuntándola que si se volvía loca podía acertarle. Esa navaja sí le daba miedo. No habría nada más triste que morir desangrada por una navaja muggle porque te atraca un muggle después de haber vivido cosas terriblemente peores en tu vida mágica. Joder, es que era muy triste.

Pues dame el móvil y la mochila. Venga, vamos, date prisa.

En realidad, por el aspecto que tenía de persona sin techo, estaba claro que lo que le interesaba era el dinero y nada más. Y Sam tenía la cartera en el bolsillo pequeño de aquella mochila y claro, no se lo quería dar: en ella tenía todos sus documentos falsos de Amelia Williams que le costaría horrores volver a conseguir, por no hablar de que no pensaba darle dinero a un pobre hombre que la trataba de persona débil por ser una mujer sola en mitad de la noche. Bastante había pasado ya como para que le atracase un muggle, con todo el respeto hacia todos los muggles del mundo.

Vale, está bien... —le dijo intentando mostrar tranquilidad, para subir las manos lentamente a su hombro y quitarse la mochila. No pensaba dársela, sino aprovechar el hecho de quitársela para golpear con ella la mano en donde tenía la navaja y así o quitársela o desviar su mano. Y después improvisaría con todo lo que había aprendido. A pesar de que no lo pudiera parecer, se sentía segura en evitar que un idiota le fuese a robar lo que había conseguido después de tanto tiempo.
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Lohran Martins el Vie Mar 01, 2019 3:36 am

Esa noche, Lohran había salido del refugio con intención de realizar un pequeño encargo para sus compañeros: tenía que entregar un pago en libras al líder de uno de los grupos de fugitivos con los que mantenían contacto, en concepto de unos documentos falsificados para una misión.

El asunto era bastante sencillo, aunque no exento de una pequeña complicación: la dirección se encontraba en Westminster, un pequeño callejón en el que debía internarse exactamente siete pasos, para luego golpear tres veces la pared a su izquierda con la varita. Con todos esos pasos correctamente llevados a cabo, se abriría ante él una puerta, alguien saldría a recibirle, y lo único que tendría que hacer sería entregar el dinero.

Pan comido, una tontería en comparación con otras misiones de su grupo.

Realmente, aquello ni siquiera era una misión: Lohran se había ofrecido voluntario para hacer el pago, pues la persona que había adquirido dichos documentos se llamaba Gladys y tenía sesenta y siete años, y por mucho que siguiera siendo tan aguerrida como aseguraba haber sido de joven, la cadera le daba la lata. Y para colmo, era una de esas pobres fugitivas que habían tenido la mala suerte de perder su varita.

Así que allí estaba él, caminando por las calles de Westminster sin olvidarse de vigilar sus espaldas, asegurándose de que nadie le seguía. Si descubrían aquel escondite, sería catastrófico, pues se trataba de uno de los pocos lugares de Londres en que se falsificaban documentos mágicos.

La dirección ya no estaba lejos, y ciertamente se sentiría mucho más tranquilo en cuanto dejara el dinero con su legítimo dueño: Lohran era de esas personas que no se sentían cómodas cuidando de las pertenencias de otros, por lo que uno podía imaginarse lo mal que se había podido llegar a sentir cuando había tenido que robar para alimentarse él y sus hermanas.

Para llegar allí, Lohran atajó por una zona residencial que, a esas horas, solía tener poco tránsito de peatones. Al brasileño le gustaba atajar por los espacios entre las viviendas, pues ofrecían una cobertura muy buena y muy sencilla: la cantidad de veces que había perdido a un perseguidor utilizando aquel método tan sencillo.

Sin embargo, aquella noche se encontró algo que no esperaba al cruzar al otro lado. En cuanto salió de entre los setos de una de las casas, escuchó una azorada voz no muy lejos de su posición, y en seguida frunció el ceño. Buscó con la mirada el origen, y se lo encontró un par de metros a su izquierda.

Un joven—de espaldas a Lohran—esgrimía lo que parecía ser una navaja en dirección a una chica, exigiéndole que le entregara sus pertenencias.

Lohran, que había estado en la situación de aquel muchacho, jamás había recurrido a la violencia para robar: si ya se sentía mal por robar, mucho peor se sentiría por dar un susto de muerte a una persona, apuntándole con su navaja de aquella manera tan agresiva. Y como el radical no había olvidado los valores que le habían inculcado cuando era niño, se sintió en la obligación de intervenir en aquel escenario.

Sobra decir que no reconoció a Samantha Lehmann con su aspecto cambiado mágicamente.

—Eh, amigo.—Dijo Lohran mientras caminaba hacia el chico. Éste se volvió de inmediato, apuntándole con la navaja. El brasileño alzó las manos por delante del cuerpo, en señal de que no pretendía hacerle nada, y se detuvo.—¿Qué pasa aquí? ¿Puedo ayudarte?

¡Largo de aquí! Esto no es asunto tuyo.—Dijo el chico, cuya mano temblaba.

—Hombre, yo creo que sí lo es: estás amenazando a una chica con una navaja, y este es un vecindario pacífico. ¿Qué te parece si la guardas?—Lohran hablaba en un tono de voz conciliador, buscando resolver aquello de una manera no violenta.

¡No me des órdenes!—Bramó el chico, que claramente empezaba a asustarse. Lohran hizo un gesto conciliador con ambas manos.

—Nadie te está dando órdenes. Lo único que te digo es que esto es un error. ¿De verdad quieres hacerle daño a alguien por una mochila que no tiene dinero dentro? ¿Y por un teléfono móvil que para cuando quieras venderlo ya estará bloqueado e inservible? No sé, a mí no me parece que merezca la pena.—Intentaba sonar razonable, sin mencionar la consecuencia evidente y lógica de sus actos: que se arriesgaba a ir a la cárcel por robar un miserable teléfono móvil y una mochila con pertenencias personales que sólo tenían valor para su propietaria.

Y sus palabras parecieron tener éxito: el chico estaba dudando, y su expresión facial se volvió un poco más asustada. Pero no asustada por la presencia de Lohran; asustada por las posibles consecuencias de sus actos.

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Sam J. Lehmann el Vie Mar 01, 2019 11:45 pm

Estaba a punto de ejecutar su movimiento maestro totalmente improvisado, cuando vio salir de una esquina una figura masculina que habló al atracador. La rubia—aunque en ese momento tenía el pelo castaño—paró de golpe sus intenciones, observando aquel diálogo. Se vio sorprendida por la situación, no porque irónicamente un señor negro estuviese siendo el que evita el atraco de un blanco, por muy racista que sonase, sino porque a ese señor de tez oscura lo conocía. Reconoció su voz y reconoció su rostro, pese a que las sombras no lo dejasen ver bien. Y al relacionar todo aquello con Lohran, hizo que una sensación muy cálida, agradable y casi emocionante se le desatase en su interior.

Observó aquella situación sin ser muy consciente de lo que estaba pasando, pues se había quedado boquiabierta. Al parecer el hecho de que fuesen un dos contra uno no motivó en absoluto al atracador, así como que Lohran había dejado muy claro lo que iba a ocurrir si aquello seguía hacia adelante de manera exitosa para el muchacho, siendo claramente un éxito totalmente entre comillas.

Al final, el muchacho decidió retroceder, mirar a ambos con duda y, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió corriendo de manera desesperada. Probablemente nadie le hubiera dicho que correr con un objeto punzante en la mano era terriblemente peligroso. Y os juro que fue lo primero que pensó Sam al verlo correr así de rápido mientras se alejaba de ellos con la navaja en la mano. ¿Pero le dio importancia? En absoluto. Volvió a mirar a Lohran, quién al parecer no le había reconocido, pues lo veía quieto, preguntando que si todo estaba bien.

Entonces Sam sonrió ampliamente frente a esa pregunta, sin tener ninguna duda de que estaba estupendamente. Corrió hacia él y sin decir nada de nada, lo abrazó. Quizás fue un poco precipitado y arriesgado: eran fugitivos, quizás que alguien se acerque a ti de esa manera a abrazarse era un poco raro y las alarmas saltasen. ¿Pero sabes qué? Había sido el primer impulso de Sam. Estaba claro que no eran amigos de toda la vida, ni siquiera buenos amigos, de hecho: se habían visto una vez. Pero para Sam había sido una vez extraordinaria. No solo conserva con él una de las persecuciones más emocionantes y épicas, sino que además todo terminó con una noche a su lado la mar de tranquila en donde ella sintió que conectaron a la perfección. Lo único de lo que se arrepentía ese día es de haber hecho lo correcto y que cada uno siguiese su camino sin que pudiesen reencontrarse voluntariamente. Le había dado la sensación de que era una persona a la que le hubiera encantado conservar en su vida, aunque en su momento no hubiera podido. Así que todo él sólo le transmitía un recuerdo precioso, ¿y sabías lo difícil que era para Samantha tener un recuerdo bonito de ese pasado? Con todo lo que le perseguía el pasado malo, sentir que el pasado bueno también podía volver le hacía sentir muy feliz.

Además, conservaba con agrado el hecho de que alguien como él le hubiera hecho sentir alegría en aquella época tan lúgubre. Bueno, qué iba a decir: conservaba con muchísimo cariño aquel día, en general.

¡Perdón, perdón! —Se disculpó, aún con sus manos en su cuello y separándose de él. Lo miró entonces a esa distancia, sin borrar la sonrisa. —¿En serio no me reconoces todavía? ¿Un cambio de color de pelo y un gorrito y te olvidas de tu compañera de persecuciones y apariciones arriesgadas? —Y volvió a abrazarlo, con cariño, antes de volver a separarse. Estaba que no sabía ni qué hacer. —Que alegría volver a verte, Lohran, de verdad. —dijo con genuina felicidad y una sonrisa en el rostro que parecía no caberle. Y con una mirada totalmente risueña, lo miró de arriba abajo. —¡Seguimos de una pieza!

Y fue entonces cuando lo pensó: ¿hacía cuánto que había sido su encuentro? Había sido antes de reencontrarse con Caroline, así que ya hacía probablemente un año y medio de eso. Y las cosas podrían haber cambiado muchísimo en un año y medio teniendo en cuenta la situación de sus vidas.
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Lohran Martins el Sáb Mar 02, 2019 11:06 pm

La atención de Lohran en aquellos momentos se concentraba en el joven armado, que si bien, en su opinión, no suponía una gran amenaza, era una lo suficientemente grande como para tenerla en consideración… y andarse con mucho cuidado.

Por fortuna, en esta ocasión, el brasileño pudo solucionar la situación con las palabras: el chico, quizás consciente del error que acababa de cometer y las consecuencias de éste, se fue poniendo cada vez más nervioso, y finalmente optó por retirarse. Salió corriendo tan rápido que sus zapatillas, con suela de goma, chirriaron sobre la acerca, casi como si estuviera corriendo por un suelo encerado.

Curiosamente, por la mente de Lohran se pasó la misma idea que por la de Samantha—a quien todavía no había reconocido—: lo peligroso que era correr con un objeto punzante en la mano, y esa navaja no parecía estar roma, precisamente.

Todavía mirando en la dirección en que el chico había huido, Lohran se relajó y bajó los brazos. No es que estuviera nervioso por la situación, ni mucho menos, pero se alegró de que se terminara: se sabía lo bastante hábil como para desarmar a un pobre ratero muggle, pero sinceramente no le apetecía nada hacerlo. Aquellas técnicas las reservaba para los mortífagos y sus simpatizantes, que tenían la mala costumbre de perseguirlo para cobrar lo que valía su negro pellejo.

—¿Se encuentra usted…?—Empezó a decir Lohran Martins mientras se volvía para mirar a la mujer a la que había ayudado, pero su pregunta fue interrumpida por un abrazo.

¡Un abrazo! Lohran no se esperaba una reacción tan efusiva, e involuntariamente envolvió a la que creía una desconocida con sus brazos, mientras daba un par de pasos hacia atrás, sorprendido. ¡Pues sí que era agradecida! El brasileño no pudo más que reírse un poco, divertido por la situación.

Cuando la castaña se separó de él, pidiéndole perdón, Lohran frunció el ceño. Y es que su rostro le era familiar. Y si bien, no hacía mucho, había preguntado a un joven llamado Leonardo Lezzo si sabía algo de una tal Samantha Lehmann, lo menos que se le ocurrió pensar a Martins era que aquel rostro familiar le pertenecía.

Hasta que la chica mencionó a su ‘compañera de persecuciones y apariciones arriesgadas’, y todo estuvo claro en su cabeza.

—¿Samantha? ¿De verdad eres tú?—Preguntó, incrédulo, con una sonrisa ampliándose poco a poco en su rostro. ¿Cómo no iba a sonreírle a aquella chica, con la que tanto había conectado durante su único encuentro hacía casi dos años, hasta el punto de ofrecerle vivir con él y sus hermanas?—¡Y tanto que seguimos de una pieza! ¡Y menudo cambio de aspecto!—Señaló el brasileño, que instintivamente no pudo evitar abrazarla de nuevo, hasta el punto de que los pies de la fugitiva no tocaron el suelo durante unos segundos.—Eres literalmente la última persona que esperaba encontrarme hoy. Y algo me dice que, entonces, no te he salvado, y seguro que ese pobre muggle estaba a punto de conocer la magia de manos de tu varita.

Sonreía, pues estaba bromeando. Se imaginaba que Samantha sería totalmente incapaz de hacerle daño a un muggle: quizás lo desarmaría con un hechizo sencillo, y después le borraría la memoria para que no recordase el encuentro. Al menos, así habría actuado él en su caso.

—¿Cómo estás? Tienes muy buen aspecto. ¿Te han ido mejor las cosas desde que nos vimos por primera y última vez?—Preguntó. En realidad, le hubiera gustado decir que estaba guapísima, por mucho que se hubiera cambiado el color de pelo y de los ojos. No le pareció lo más apropiado, pues no tenían tanta confianza. Sin embargo, cuando la veía, no podía evitar pensar en ella como en una de esas pocas cosas buenas que había encontrado en su vida como fugitivo.

Una de esas que casi hacen que merezca la pena todo lo perdido.
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Sam J. Lehmann el Miér Mar 06, 2019 12:32 am

¡Sí, claro que soy yo! —Le respondió casi instintivamente, sin pensar.

De hecho le pareció muy bonito ver su cara de incredulidad positiva al verla: se acordaba de ella. Es decir, después de las tensiones y las experiencias que uno vive siendo fugitivo... quizás Lohran la habría olvidado, pues sólo se habían visto durante un día. Un día muy bonito—a su juicio—pero un día al fin y al cabo.

Eso era mutuo: de verdad que si hubiera tenido que decir una persona de todas las que había conocido, Lohran no hubiera estado entre sus opciones. Sin embargo, se alegraba enormemente de esa sorpresa del destino.

Se sintió como una niña pequeña siendo abrazada por su hermano mayor cuando la levantó del suelo con el abrazo. ¿Sabéis las pocas personas que son capaces de hacer eso con Sam, por lo alta que es? Probablemente su papi y mucho es. Rió divertida ante su comentario del pobre muggle, para negar con la cabeza con una sonrisa algo traviesa. —En realidad mi mente estaba procesando intentar hacerle un ataque con la mochila para desviar la navaja y esperaba que sin arma se viniesen abajo sus esperanzas y se fuese corriendo. —Porque así había sido como el ‘final perfecto’ visto desde la mente de Samantha, pero seguramente hubiese tenido que hacer algo más después de ese golpe de mochila. —Tenía un plan muy elaborado, pero nunca sabremos cómo hubiera salido.

Le preguntó que cómo estaba y, tras llegar a la conclusión que cuando le conoció su vida era una auténtica mierda en dirección descendiente hasta el infierno, debía de admitir que ahora mismo le iba infinitamente mejor. Y darse cuenta de eso, quieras que no, le hizo sentir una pizca de orgullo y satisfacción: hace un año y medio quería suicidarse y ahora mira. A pesar de que ella ya veía en su vida un pozo negro en el que hundirse y una situación inmejorable: había conseguido salir, con mucha ayuda y ahí estaba, rehaciendo su vida.

Así que tras esa pregunta y una mirada un poquito perdida de la morena, se encogió de hombros y sonrió con felicidad. —Qué te voy a decir: me va genial. No tiene nada que ver la vida que tenía cuando me conociste a la que tengo ahora, ¡vivo en un casa! ¡Con techo! —Le dijo, de broma, en referencia a que antes vivía en modo nómada con la tienda de campaña. Seguro que Lohran no se hacía ni una idea de lo mucho que podía cambiar una vida en tan poco tiempo, ni tampoco a qué escalas. Y es que en poco más de un año y medio, la legeremante había pasado por muchísimas cosas. ¿Quién le iba a decir a la Sam de entonces, sentada en la hoguera con aquel chico, que en un año y medio estaría buscando casa para irse a vivir con su novia, quién había sido su mejor amiga toda su vida? Vamos… Sam en aquel momento hubiera pensado que, como mucho, en otra vida, porque ni pensaba salir con vida de esa.

Sam volvió a mirarlo de arriba abajo, se mordió el labio inferior. —¿Y tú qué? ¿Todo está bien? ¿Te ha ido todo bien? —Pero no, espera, no, no podía limitarse a preguntarle eso, que le dijera que todo está bien y luego cada uno sigue por su lado. Además, si mientras corría no podía parar de pensar en lo que iba a cenar era precisamente porque se estaba muriendo de hambres. ¡Y tenía muchísimas ganas de hablar con él! Hablar de verdad, como la última vez. Y esta vez sin esa sensación de estar poniéndolo en peligro sólo porque estuviese a su lado. —¿Qué haces aquí? ¿Tienes prisa? ¿Te apetece comerte… un gofre con chocolate conmigo? —Hizo una pausa. —Lo sé, suena a proposición indecente de gorda, ¿a quién se le ocurre comerse eso para cenar? Pero es por una buena causa y conozco un sitio relativamente cerca que… bueno, tienes que probarlos a ver sí tú eres capaz de ponerles un adjetivo a la altura. —Y porque así podía tener una excusa para tomar tremenda cena en compañía de una buena compañía. Había que aprovechar las oportunidades y esa era LA oportunidad. —Me apetece hablar contigo, además, aún te debo una lata de… ¿qué era lo que comimos aquella vez? Te lo pago en versión gofre con chocolate. —Y le sonrió, como una niña pequeña que espera que acepten su travieso plan para comer helado a deshora.

Y sabía que le diría que no le debía nada, que compartir su comida con ella había sido en agradecimiento por lo que hizo por él, pero la verdad es que le gustaba pensar que los fugitivos se apoyaban entre ellos—aunque ya hubiese visto, que en ciertos casos, no era así—y el agradecimiento estaba en actuar correctamente. Sin embargo, esperaba que aceptase independientemente de eso.
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Lohran Martins el Vie Mar 08, 2019 2:07 am

Encontrarse a Samantha Lehmann en plena calle, en Londres, y con aquel aspecto distinto—y mejor que en el verano de 2017, a juicio del brasileño—fue una sorpresa tan inesperada que Lohran creyó que debía haber algún tipo de cámara oculta en algún lugar cercano.

Una cámara oculta para algún programa de televisión con el título de “Reencuentros de fugitivos” o algo por el estilo. Lohran casi se imaginaba a la ahora castaña bajándose una cremallera desde la parte superior de la cabeza, mostrando que aquella piel no era más que un disfraz, y emergiendo de su interior a un mortífago con ganas de torturar a un sangre sucia como se debía.

¡Menuda idea más gilipollas que acabas de tener!, se dijo a sí mismo. Y era cierto: como chiste, no había sido el mejor.

—¿Viendo lo asustado que estaba el chaval? Creo que te habría salido bien. Tal y cómo le temblaban las manos, seguro que se le cae la navaja y echa a correr.—Bromeó Lohran, aunque no es que no hubiera gran parte de verdad en aquello: por cómo la recordaba, Samantha Lehmann tenía pinta de ser más que capaz de lidiar con un pobre ladronzuelo muggle.—Ya en serio, espero que no se le ocurra intentar robarle a otra persona...

Dijo aquello echando una mirada en la dirección en que había huido el chico, y lo más curioso de todo es que seguía teniendo las manos sobre los hombros de Samantha, como si existiera entre ellos la familiaridad de las personas que se conocen de toda la vida.

Al volverse, soltó los hombros de la chica casi con vergüenza: no debía tomarse confianzas semejantes, teniendo en cuenta que la única vez que se habían visto había sido hacía año y medio. Y no es que hubieran mantenido el contacto, precisamente.

Por ese motivo, también, Lohran preguntó cómo le iba todo a la chica, y pese a que saltaba a la vista que la rubia que había conocido no era ni la sombra de la mujer que tenía delante en aquellos momentos, el brasileño se alegró sinceramente de escuchar que todo le iba bien. A fin de cuentas, era bonito que para los fugitivos también hubiera esperanzas.

—¡En una casa con techo! ¡Vives a todo trapo, Lady Samantha!—Bromeó Lohran con una sonrisa, como si el tener una casa con techo fuera el mayor de los lujos en el mundo actual. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Un paraguas con tela para protegerse de la lluvia? ¿O sería ya tirar demasiado la casa por la ventana?—Me alegro mucho por ti, en serio. Puedo suponer entonces que te libraste de esos problemas que tenías entonces...

Eso último lo dijo con toda la cautela del mundo, pues dichos problemas podían persistir. Quizás simplemente había conseguido alejarse de ellos lo suficiente como para tener una vida feliz. No es que Lohran supiera mucho al respecto: Samantha había sido muy hermética con sus circunstancias personales cuando se conocieron, y si bien se notaba que la sombra de aquellos miedos había desaparecido, no era de los que cantaban victoria demasiado pronto.

Era un error común que muchos cometían.

Cuando la pregunta le fue devuelta, el rostro del brasileño se ensombreció un poco, quizás de manera imperceptible, o quizás no si la mujer que tenía delante era lo bastante observadora. Las cosas no iban bien para la familia Martins: solamente dos de sus miembros seguían en libertad, si es que Prue no había muerto también a esas alturas.

Disimuló con una sonrisa, para entonces responder a la pregunta.

—Bueno, no me puedo quejar.—En aquello al menos era sincero: no se podía quejar, pues de momento seguía teniendo a su hermanastra con él. Temía que si empezaba a quejarse, también ella le fuera arrebatada de manera miserable.—Ya sabes, las cosas cambian y todo eso...—Fue una respuesta vaga como pocas, pero tampoco creía que fuera justo cargar a Samantha con sus problemas. Tampoco es que se sintiera orgulloso de las cosas que había hecho, en sus desesperados intentos de averiguar algo sobre Prue.

Y entonces, Samantha hizo aquella proposición que a Lohran le llevó a abrir los ojos, ligeramente sorprendido, y a sonreír. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien le había invitado a algo tan… normal? Por lo general, lo único que hacía que podía considerarse ‘vida social’ era tomarse algo en algún tugurio de mala muerte y discutir algún plan u ofensiva con sus compañeros de las filas radicales.

—Creo que era pasta con tomate, servida sobre un frisbee mordisqueado.—Respondió Lohran con una sonrisa divertida, acordándose de aquel momento en que habían comido junto al fuego, y durante el cual habían salido a la luz tantas historias tristes que ambos tenían. Especialmente Lohran, pues entonces Samantha no quería hablar de sus problemas. O no podía.—Pues la verdad es que estaba haciendo un recado para unos compañeros del refugio en el que vivo, pero está cerca. ¿Te importa desviarte un momento de la ruta? No nos llevará más que dos minutos: tengo que entregar algo. Luego, estaré libre y disponible para ti.

Le apetecía mucho, a decir verdad. Porque Samantha no formaba parte del grupo radical. Porque cuando la había conocido, enseguida había sentido la necesidad de protegerla, aún cuando la primera en protegerlo a él había sido ella. De alguna manera, quizás, veía un poco de su hermana Prue en ella, y la posibilidad de pasar un rato charlando con ella, sin que importasen los fugitivos, los mortífagos, los radicales o el Ministerio de magia se le antojaba como un merecido descanso.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mar 09, 2019 4:31 am

Esa esperanza. Recordaba que cuando se encontró a Lohran por primera vez, éste le dijo que al final todo saldría bien, ¿y sabéis lo peor de todo? Que en aquel momento, no existía esa chispa de esperanza. Recordaba haberlo mirado y pensar que ojalá, pero que la mierda en la que estaba metida no tenía final feliz. Y después de todo... lo había conseguido: ese final feliz. Quizás no era el final, pero sin duda la felicidad había vuelto a su vida y para ella eso era todo lo que necesitaba ahora mismo: ser feliz y conservar esa felicidad en su vida. Era lo más importante y lo que no quería perder nunca, esa ilusión por vivir. Después de haber vivido tanto tiempo sin ella y querer desaparecer de la faz de la tierra, apreciaba más que nunca lo que tenía. Y se había prometido no perder la esperanza nunca más. Si había salido de aquello, de verdad que ya no podía perderla nunca más.

Así que cuando Lohran le mencionó los problemas de entonces, ella sonrió. No le gustaba recordar eso, pero al menos ya el nombrarlo no le sacaba su peor cara. —Ya no están —le respondió, sin poder evitar ocultar la sonrisa. En realidad en momentos como ese se daba cuenta de lo mucho que había cambiado, desde entonces, hasta ahora. Al verlo con él, en perspectiva a la única vez que le había visto y cómo de cohibida se sentía. —En realidad me pongo a pensarlo y... casi al poco de conocernos, empezó la época de inflexión de mi vida. Tanto decir que yo era tu amuleto de la suerte y creo que tú fuiste quién me la diste a mí. —Lo cual era curioso, pero después de eso a Sam le había ido bien y a Lohran mal. Claro, ahora mismo la legeremante no lo sabía, pero casi que parecía que se habían intercambiado la suerte.

De hecho, cuando le devolvió la pregunta, sí que notó cambio en su rostro. No solo era observadora, sino que ese tipo de cosas a ella era difícil que le pasasen desapercibida, después del tiempo que había estado dedicándole precisamente a la legeremancia. Le gustaba pensar que pocas personas podían llegar a mentirle sin que ella notase algo, pero ese tipo de cosas y más todavía cuando no le quitaba ojo al rostro de su viejo amigo, no pasaban de largo. Sin embargo, no preguntó directamente. No quería hacerlo ahí, en mitad de la nada. Si había ocurrido algo malo en su vida, no quería hacérselo decir en mitad de una calle húmeda, casi en mitad de ningún sitio. Si Lohran quería contárselo, quería prestarle atención al cien por cien. —Claro que te puedes quejar. —Le respondió entonces. —No sirve para nada, pero quedarse con las cosas ahí escondidas te termina destrozando por dentro. —Le tocó entonces el pecho, frunciendo los labios. Ella sabía bien lo que era guardar todo lo que te va matando por dentro para ti sola, sin poder más que escribirlo en un estúpido diario para sentir que no todo es tan grave.

Pasta con tomate, servido sobre frisbee mordisqueado. Volvió a sonreír, asintiendo con la cabeza al recordarlo. En realidad te ponías a pensarlo y aquella quedada entre Lohran y Sam, había sido lo más hippie improvisado del mundo, en mitad de ningún sitio, empapados por culpa del agua y buscando un poco de vida normal en mitad de una situación totalmente anormal.

Le ofreció ir a cenar, pues no quería perder aquella oportunidad. Era una de las pocas cosas que había conocido en su época de soledad que, después de haber salido, le hubiera gustado recuperar. Así que cuando le dijo que sólo estaba haciendo un recado y luego sería libre para ella, se mostró visiblemente contenta. —¿Nada peligroso? —preguntó para cerciorarse. Había dicho recado, pero... no sabía qué iba a hacer y mejor asegurarse antes de nada, sobre todo porque a lo mejor un compañero de su refugio era peligroso. Qué sabe ella.

Nada peligroso —respondió él.

Entonces te acompaño —le dijo, para entonces empezar a perseguirlo a su lado en la dirección en la que él empezó a caminar. Sacó entonces su móvil, para desbloquearlo y abrir el WhatsApp. Mientras abría el chat de Gwendoline, miró a Lohran. —Voy a avisar de que no llego a casa hasta dentro de un rato. Me he vuelto una paranoica de avisar y de que me avisen siempre o soy la primera en pensar que ocurrió algo malo. Es horrible. Me odio a mí misma por tener pensamiento negativo las veinticuatro horas del día. —Eso lo dijo casi como si fuese algo malo, pues de verdad que muchas veces se sentía terriblemente pesada y muy pesimista, pues a la mínima lo primero que le pasaba por la cabeza era la peor opción de todas. Vivir así era complicado y muy tedioso, todo el rato preocupada. Tener pensamiento positivo era necesario en la vida para ser feliz y ella no lo tenía desde hacía tiempo. —Pero bueno, quiero pensar que mejor prevenir... —La única explicación para todo eso era el miedo y ella lo sabía, pero qué menos que auto-convencerse de que no todo era por el miedo.

Le había dicho tanto a Caroline como a Gwendoline que se había encontrado con Laith y que había salido con él a tomar algo. El sanador no era la primera vez que se le presentaba para raptarla un rato e ir a tomar algo y sabía que tanto Caroline como Gwen veían a Laith como un aliado y que Sam estaba bien a su lado. Prefería decir eso y evitar dar explicaciones en ese momento, pues era consciente de que si decía que salía con Lohran, al no conocerlo y ser un fugitivo, probablemente ambas terminasen por ponerse nerviosa. Sam confiaba en Lohran, así que le era suficiente para soltar una pequeña mentirijilla que solucionaría desde que llegase a casa.
Sam J. Lehmann
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Lohran Martins el Lun Mar 11, 2019 3:11 am

Si quedaba alguna duda de que los problemas de Samantha habían desaparecido, la rubia—castaña—las despejó todas de un plumazo con aquella sonrisa sincera. De alguna manera, en medio del pozo oscuro y pestilente que podía llegar a ser la vida de un fugitivo, ella había conseguido encontrar una luz, y la había seguido. Y allí estaba, año y medio después, casi como una persona nueva.

Lohran se alegró sinceramente por ella, pues en su opinión, Samantha merecía la pena. Había dado con todo tipo de fugitivos a lo largo de su carrera como ‘criminal’, y había de todo. Pero en su mayoría había gente que parecía haber perdido toda esperanza en la vida, y se había dejado arrastrar hacia su lado más oscuro.

Como miembro de los radicales, Lohran les comprendía; sin embargo, una parte de él sabía que esa no era la solución. ¿De qué servía sobrevivir si en el proceso se perdían ellos mismos?

Ya le preguntaré a ese pelirrojo cuando le vea y esté machacando su cabeza contra el bordillo, pensó en referencia a su propia venganza personal.

—Así que soy tu amuleto de la suerte, ¿eh?—Lohran enmascaró sus sentimientos detrás de una cómica sonrisa. En realidad, pensaba en cómo su vida había ido cuesta abajo, y sin frenos, desde el momento en que se separó de Samantha. Y quizás lo de su hermana no hubiera ocurrido hasta hacía relativamente poco, pero igualmente… su suerte parecía haber pasado a la rubia.—Bueno, claramente me has robado toda la suerte que tenía, porque ya no he vuelto a conseguir chocolatinas gratis. ¡Y yo que quería tener un buen montón para ti cuando nos reuniéramos…!—Siguió con la broma, pues era más sencillo eso que afrontar la dura realidad.

Y, de verdad, a Lohran le hubiera encantado quejarse. Le hubiera encantado pegar un grito a pleno pulmón, exigiéndole al universo que le devolviera ya no sólo su buena suerte, sino a su hermana melliza. Pero quejarse no arreglaría nada; las acciones, en cambio, quizás sí conseguirían algo.

Entendía muy bien el punto de Samantha acerca de guardarse los problemas, pero Lohran no era demasiado bueno compartiendo sus cosas. Quizás si se tratase de A.J., sí sería capaz de abrirse con él. Pero en aquellos momentos, incluso, sentía que estaba mal romper la magia de aquel encuentro hablando de mierdas personales horribles. Prefería contagiarse del buen humor de su compañera fugitiva.

Así que le respondió con una parca sonrisa, pero no dijo nada más. De todas formas, iban a cenar juntos, por lo visto, así que el tema bien podría acabar saliendo durante el encuentro. Y no es que Lohran no quisiera, sino que se le hacía muy difícil hablar de aquellas cosas sin venirse abajo.

Tras aceptar la invitación—y asegurarle que el asunto que tenía que solucionar primero no tenía nada de peligroso—, Lohran caminó junto a Sam hacia la dirección que le habían indicado sus compañeros. La rubia—castaña—le dijo que tenía que avisar de que llegaría tarde a sus seres queridos, supuso Lohran, cosa que le pareció muy normal: ¿Cuántos disgustos les habría ahorrado a Prue y a su hermana pequeña de poder avisarlas por medio de un teléfono móvil?

—Gente a la que avisar, un teléfono móvil, ni rastro de una tienda de campaña mágica en las cercanías… ¿Estás segura de que eres la Samantha Lehmann que conocí? Creo que te han cambiado.—Bromeó Lohran, divertido. En realidad, se alegraba por ella, y no podía más que desear que otros fugitivos tuvieran también la ocasiòn de recuperar lo que les habían quitado.—¿Y cómo es esa vida nueva tuya? Tengo curiosidad, pero no te sientas obligada a responder.

Mucha gente sería reacia a responder una pregunta así, teniendo en cuenta cómo era el mundo actualmente. Nunca se sabía si la persona con la que uno hablaba era realmente alguien de fiar. Y no sólo eso: que a esa persona la atraparan y la torturaran para que confesase todo lo que sabía era algo muy plausible.

Enfrascados en su conversación, llegaron a la dirección que Lohran tenía que visitar: un callejón que a simple vista no tenía nada extraño. Lohran pidió a Samantha que lo esperase y se internó en el callejón hasta dar siete pasos justos. Una vez ahí, encaró la pared y la golpeó con su varita, tal y cómo le habían dicho que hiciese.

Enseguida, en la pared que tenía al frente apareció una puerta de madera, y su pomo giró. La hoja se abrió hacia el interior, y asomó un muchacho. Éste le miró sin decir palabra, esperando a que Lohran hiciese algo, y el brasileño se sacó el sobre del dinero del bolsillo interior de la chaqueta.

—El pago de Gladys Holtz.—Ofreció el sobre al muchacho, que lo cogió con avidez, y contó por encima los billetes que había en el interior. Cuando terminó, miró a Lohran y asintió con la cabeza. Cerró la puerta, y ésta enseguida desapareció.—Menudo chaval más parlanchín...—Dijo para sí mientras se daba la vuelta y volvía con Samantha.—Te estarás preguntando qué ha sido todo eso, y antes de que lo preguntes: no, no he venido a comprar drogas.—Bromeó Lohran cuando llegó junto a ella.—Aquí venden documentos falsificados, y vine a efectuar un pago que tenía pendiente alguien de mi grupo.

Estos grupos preferían trabajar con libras y no con galeones. Los galeones siempre podían se rastreados por Gringotts o el Ministerio de Magia, pero las libras no. Y en caso de necesidad, uno siempre podía encontrar alguien que le cambiase libras por galeones.
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 14, 2019 2:06 am

¿Que si estaba segura de si esa Samantha Lehmann era la misma que conoció en su momento? Claro que estaba segura de que NO eran la misma persona. Aquella mujer depresiva, cargada de problemas y preocupaciones, solitaria, sólo con ganas de separarse de las buenas personas, sin ganas de vivir, solo con ganas de huir y seguir huyendo para seguir abrazándose a su mierda de vida. No, definitivamente no. Ahora ya no vivía en depresión, ahora tenía a sus seres queridos a su lado ayudándola a volver a la vida, seguía teniendo problemas, pero teniendo en cuenta los que había tenido en el pasado, ¿de verdad debía de preocuparse? Ahora apreciaba la vida y más que nunca todo lo que rodeaba. Con lo que ahora tenía, podían venir los problemas que ahora no tenía reparo en luchar por conservar su vida tal cual la tenía.

Así que frente a esa pregunta, Sam solo pudo encogerse de hombros y sonreír. —Quiero pensar que sí. —Le respondió, pues aunque sólo hubiera bromeado, ella de verdad se sentía diferente. Luego le preguntó por su nueva vida y recordó perfectamente cuando se había negado a contarle su vida cuando se conocieron, pero vamos, ¿qué desgracia le iba a contar si se hubiese abierto con él en aquel momento? —Pues… es feliz. —Lo miró, evidenciando esa alegría. —He recuperado a las personas que perdí, me rodeo de quienes quiero y de quiénes me quieren y, no sé... tengo una vida. Antes no tenía vida ninguna. —Eso sonó lúgubre, divertido y cualquiera diría que estaba exagerando: pero no estaba exagerando en absoluto. —Esta vez no me importa tanto contarte mi vida. —Le ladeó una sonrisa.

Y era cierto: no le iba a contar todo con pelos y señales, por evidente protección a lo que quería, pero le podía decir lo que hacía, aunque no nombrase nada especialmente. Ya tenía muy claro que por mucho que confiase en la gente, el peligro no corría de su cuenta y las amenazas aparecían en cualquier momento. No iba a decirle a nadie con quién estaba y quiénes eran sus amigos, porque casi todas las personas con las que se relacionaban, por suerte, todavía seguían siendo ‘libres’ a ojos del gobierno. Y la rubia quería que siguiese así.

Tras un camino ligero y no muy largo, llegaron a un callejón en donde Lohran se metió. Sam, por su parte, se quedó fuera mirando a su móvil, sobre todo a las respuestas de Caroline y Gwendoline con respecto a lo que quedase con Laith. Esperaba que su coartada no se rompiese antes de llegar a casa por cualquier motivo, que tampoco tenía intención de mentir a nadie más allá del tiempo que estuviese con Lohran. Cuando se guardó el móvil de nuevo, miró por pura curiosidad al interior del callejón, viendo como la pared que tenía enfrente se movía y aparecía un chico, a quién entregó un sobre. No escuchó nada de lo que hablaron—y lo gracioso es que no hablaron—pero sólo vio cómo Lohran volvía tranquilamente caminando hacia ella.

Lo de las drogas le hizo sonreír, para luego alzar las cejas. —Vaya, me hubiera esperado todo menos eso. La verdad es que al menos están protegidos, el Ministerio da caza a esa gente más que a nadie. —Porque como es evidente, ese tipo de negocio ilícito hacía que los fugitivos tuviesen más fácil salir del país y pasar desapercibidos y eso no interesaba a nadie. Comenzaron a caminar entonces de nuevo, aunque esta vez liderados por Sam, pues era la que conocía el lugar de los gofres. En realidad estaba lejos como para ir caminando, por lo que antes de hacer nada, volvió sobre sus pasos. —Espera un momento… —Y se metió en el callejón oscuro en el que previamente se había metido Lohran, tendiéndole la mano. —¿Confías en mí otra vez? —Le dijo, mordiéndose el labio inferior, en referencia a aquel momento en aquel callejón cuando los Rhodes los abandonaron a su suerte. —El lugar de los gofres está un poquito lejos como para ir caminando a estas horas. El experto en apariciones eres tú, pero prometo no romperte por el camino ni vengarme haciéndonos caer en un lago. Nos romperíamos el culo porque seguramente todos estén helados. —Se mostró divertida, bromeando.

Se sorprendía a sí misma lo mucho que recordaba de su encuentro con él. Es decir, vale que no se acordaba de lo que habían comido porque pasó desaparecibido entre tanta normalidad y tranquilidad, pero de lo que habían hablado se acordaba de prácticamente todo, como si se hubiese grabado a fuego lento en su memoria.

Lohran aceptó su mano, a lo que Sam tardó unos segundos en pensar un lugar que conociera que estuviese cerca y se desapareció, para segundos después posar los pies en la azotea de una edificio no muy alto. Era una especie de hostal, nada del otro mundo. Sin embargo, se asomaron por la fachada y Sam señaló a una esquina, en el principio de una plaza, en donde habían varios puestos de comida en la calle: había uno de kebabs, otro de café, otro de helado—que a ver quién es el masoquista que se come un helado ahora, pero los había—, otro de perritos calientes y, por último, el de cosas dulces que vendían tanto crepes como gofres.

Sam entonces caminó hacia atrás para bajar por las escaleras normales y, como siempre, esa puerta estaba cerrada por dentro, por lo que con un movimiento de su varita la abrió sin mayores problemas. Bajaron las escaleras interiores, para salir por la puerta del hostal. —Cuando nos conocimos no estabas en ningún grupo, ¿verdad? Recuerdo que sólo estabas con tus hermanas. —Le había ofrecido unirse a ellos, por eso sabía que no eran un grupo muy grande. Mencionó a sus hermanas de pasada, asumiendo que todo seguiría yendo bien con eso. Se iba a sentir un poco mal cuando supiese que precisamente no había ido nada bien. —¿Y eso? ¿Os vistéis en problema o algo?

Porque para Sam, unirse a un grupo era sinónimo de enfrentar problemas. Y ella, en su estado, no quería enfrentarse a ningún problema nunca en la vida si podía evitarlo.
Sam J. Lehmann
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Lohran Martins el Vie Mar 15, 2019 11:36 pm

La vida de Lohran en los últimos tiempos no había sido feliz.

¿Para qué engañarse? Ya no era feliz el verano de hacía dos años, cuando Samantha y él se habían conocido, estando tan reciente la pérdida de sus padres. La rubia había supuesto un soplo de aire fresco, una de esas personas que le hubiera gustado conservar en su vida, y a la cual francamente no esperaba volver a ver.

Los fugitivos no solían sobrevivir o pasar mucho tiempo en libertad.

Así y todo, el brasileño se alegraba por ella: había sido capaz de recuperar todas aquellas cosas que la llegada del innombrable al poder le había arrebatado, y se había librado de todos aquellos problemas. Era casi como estar en presencia de una persona nueva, totalmente distinta, pero a la vez conocida.

—No puedes imaginarte lo mucho que me alegra saber eso.—Le dijo con una sonrisa.—¿Sabes que estuve preguntando por ti a los fugitivos que me encontraba? No tenía muchas esperanzas de que te conocieran, pero...

¿Pero qué? ¿Que Samantha había dejado una marca imborrable en él, en aquella ocasión? ¿Que le hubiera gustado encontrarla de nuevo y poder ayudarla con sus problemas? ¿O escuchar, como era el caso, que dichos problemas habían desaparecido? Sí, todo aquello era cierto, y a veces no podía evitar imaginarse cómo habría sido todo si no se hubieran separado. Sabía que intentaría ayudarla con esos problemas, fueran cuales fueran. Y sabía que se convertiría en alguien muy importante dentro de su vida. Quizás una hermana más.

Pero no había sido así: ella había seguido su camino, y allí estaba, más fuerte que nunca. ¿No resultaba evidente que luchar merecía la pena, siempre?

Así que ambos fugitivos tenían un plan: cenar algo muy dulce y muy lleno de calorías, que posiblemente ningún doctor en su sano juicio recomendaría para una dieta, y contarse un poco la vida. No es que a Lohran le hiciera mucha gracia la última parte—contarle a Sam su vida, concretamente—, pero a fin de cuentas quería pasar algo de tiempo con ella, antes de que tuviera que volver a su vida y se separaran, otra vez, para no verse a saber hasta cuando.

Pero las obligaciones iban primero, y una vez cumplido el pequeño encargo de la señora Holtz, Lohran estaba listo para ponerse al día con ella.

—Sí, esta red está bastante bien protegida. Esa ubicación cambiará dentro de una semana, y la única forma de saber dónde encontrarlos es tener contacto directo con alguien dentro del grupo.—Le explicó, siendo consciente que tanta prudencia sólo podía ser cosa de Melina Whitmore. Esa mujer había logrado mantenerse libre a pesar de que su nombre empezaba a estar en boca de todos.

Sam entonces volvió sobre los pasos de Lohran, y el brasileño la siguió callejón adentro. Y cuando le preguntó si confiaba en ella, él no pudo más que soltar una leve carcajada, recordando de nuevo aquella desenfrenada huida de la que habían sido protagonistas en el pasado.

—¡Vaya preguntas que haces!—Le respondió, cogiendo su mano sin ningún tipo de reserva. ¿Cómo no iba a confiar en ella? La había visto en acción, y ella le había salvado la vida en una ocasión, por lo que no iba a negarle su confianza.—Venga, vamos a esa tienda de gofres. Pero antes de que hagas nada, por favor: si quieres partirme en trocitos, la pierna derecha es la buena. Deja la otra atrás.—Bromeó Lohran, riendo divertido, aún a sabiendas de que lo que proponía no era para nada divertido.

Tampoco le parecía probable que fuera a ocurrir tal cosa, ni que fueran a aparecerse sobre ningún lago helado. Sería masoquismo puro y duro.

Se aparecieron en una azotea, lo cual de nuevo trajo recuerdos a Lohran: ellos dos corriendo, cogidos de la mano, saltando de edificio en edificio utilizando la magia para darse impulso. Podría haber hecho otra broma más respecto a aquello, pero en su lugar, asomó junto a ella a la cornisa para ver cuál sería su destino: una tienda de dulces situada en un lugar lleno de exquisiteces en general. Y a muy buen precio, como toda la comida rápida.

Pasaron al interior del edificio, y después de que Sam abriese la puerta de las escaleras con su varita—no podría asegurarlo, pero Lohran juraría que no era la misma que llevaba cuando se conocieron, pues creía recordarla curvada—, bajaron al trote en dirección a la calle. Lohran iba por detrás de ella, las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones.

La pregunta le pilló totalmente por sorpresa. ¿De verdad se habían vuelto las tornas? ¿Ahora era Lohran quien no quería hablar de su pasado y sus problemas? Tal parecía, y de una parte estaba seguro de que no podría hablar, pero de la otra sí… aunque no le apeteciera.

Eligió responder con toda la sinceridad que pudo, pero sin decir toda la verdad.

—Problemas teníamos, desde luego. ¿Te acuerdas que te dije que mi intención era reunir dinero para sacar a mis hermanas de Inglaterra? Pues fue más jodido de lo que esperaba.—Bufó Lohran, descontento.—La cantidad de pasta que necesitas para comprar documentación falsa para tres personas es una burrada. Especialmente si no tienes contactos. Ya sabes: “Sí, seremos fugitivos igual de puteados por el gobierno que tú, negro, pero si quieres papeles falsos, danos muchos papeles de verdad.”—Rodó los ojos, negando con la cabeza.—Me uní a un grupo con muchos contactos de este tipo para conseguir documentos un poco más baratos… y para hacer algún trabajillo para ellos, ya sabes. De algún lado tenía que salir la pasta…

Todo eso era casi verdad: los radicales no se dedicaban, precisamente, a “trabajillos”: eran trabajos bastante arriesgados, y formar parte de ellos implicaba muchas cosas. Sin embargo, su red de contactos era muy valiosa. Y Lohran había estado a punto de beneficiarse de ella… salvo porque los mortífagos se cruzaron en su camino, y Prue le fue arrebatada.

¿Cómo le iba a contar eso a Samantha? No se sentía capaz...
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Sam J. Lehmann el Lun Mar 18, 2019 1:48 am

¿En serio? —Lo preguntó con una sonrisa de sorpresa, mirándole con calidez, sin creérselo del todo. O sea, le parecía realmente encantador que le hubiera preguntado a otros fugitivos por ella, con intención de ver si estaba bien, o sencillamente viva después de aquel encuentro entre ellos. Después de aquello la verdad es que era muy complicado que ningún fugitivo supiese de ella, puesto que entró en declive sus intenciones por hacer una vida decente con el Crowley todavía en su vida. Y después de esa etapa se instaló en casa de Caroline, por lo que un poco de lo mismo. —Pero te caí bien. —Y mostró los dientes, en una sonrisa alegre y algo juguetona. —Tú también me caíste muy bien, me dio mucha pena irme aquel día. En aquel momento te sentí como un rayo de luz en plena oscuridad y me fui pensando que menuda mierda era todo —añadió con sinceridad.

No sé, ella sintió mucha complicidad con Lohran aquel día y, sobre todo, aquella noche. Creía fervientemente que si no llega a estar en la situación en la que estaba, probablemente las cosas hubieran terminado muy diferentes, ya que por aquel entonces le hacía falta mucho una persona que la hiciera sentir así de bien. O sencillamente a una persona aliada, con la que contar. —Bueno, qué feo hubiera sido que me negase a ser tu amiga aquel día y luego tuviese más amigos fugitivos por ahí, ¿no? —Se mostró divertida, evidenciando lo tajante que había sido en aquel momento con compartir más tiempo o información con él. La verdad es que el cambio radical que había sufrido Samantha a cualquiera le haría preguntarse qué había pasado de por medio. —He tenido contacto con algunos, pero aunque suene un poco feo, no suelo relacionarme con la gente como nosotros. Siento que es aumentar exponencialmente las probabilidades de que nos encuentren. Tú eres una excepción. —Le sonrió, risueña. Si no fuera porque Sam era muy mona y de verdad lo decía de corazón, casi que parecía que esa frase era para ligar.

Le pareció interesante saber que allí vendían documentos falsificados y la verdad es que no tenía ganas de preguntar, pero dudaba mucho que fuese la misma red que le consiguió a ella los suyos como Amelia Williams. Recordaba que la persona que lo llevaba era un hombre, más concretamente un squib. No era precisamente un fugitivo, sino que su familia sí lo era. Y no quiso preguntar más porque no le interesaba ahora mismo nada y sabía que la información de más siempre era peligrosa.

Así que se propuso llevar a Lohran al lugar en donde estaban esos gofres que le había prometido, apareciendo en la azotea de un edificio. Cuando bajaron para caminar hasta el lugar correcto, Sam le preguntó a Lohran sin pensarlo demasiado sobre ese grupo que había mencionado. Le contó que habían tenido la necesidad de meterse en 'un grupo' para hacer trabajos para ellos y así conseguir dinero para pagarse la documentación falsa. Sam lo escuchó detenidamente y si bien le creyó, no entendía por qué había tomado esa decisión: siendo tres personas, ¿no era más fácil intentar buscarse un trabajo muggle? Entre tres podrían conseguir mucha pasta, mucha más seguro de lo que podría darte un grupo fugitivo que está tan pelado de dinero como el resto del mundo.

Como es evidente, esa era su opinión y no se atrevía a darla siendo consciente de que la vida del fugitivo era tan caótica y llena de decisiones precipitadas. Si Lohran y sus hermanas habían pensado que esa era mejor opción, por algo sería. —¿Y cómo vais de dinero? —Preguntó sin tapujos, pues se había creído lo que había dicho al cien por cien. Las personas que realmente querían algo, como salir del país, harían lo que fueran por conseguirlo. Y la verdad es que hasta a ella le haría ilusión que alguien como él terminase de nuevo en Brasil con sus dos hermanas acompañándolo. —Os podría ayudar... Verás sé de... —Entonces se fijó que ya estaban frente al puesto de gofres, por lo que Sam se paró discretamente y le sonrió. —Ahora te cuento, vamos a pedir esto.


***

Lo que te iba diciendo... —Habían empezado a caminar con sus respectivos gofres en una pequeña bandejita, en la mano y un batido de plátano—al menos el de Sam—en la otra. El gofre era cuadrado, estaba caliente y le chorreaba chocolate, ¿podría ser algo más perfecto? Sam no se lo comió todavía, ya que iba a hablar y estaba muy caliente. Cabe añadir que lo había pagado todo ella, que para algo le había invitado. Y él no podía quejarse porque en su momento le invitó a pasta con tomate. —Yo tengo una documentación falsa, la conseguí el año pasado y gracias a eso he podido hacer vida y empezar de casi cero. Era carísima, pero por suerte tuve a gente que me ayudó a pagarla porque en aquel momento yo no tenía nada. —Por tener, no tenía ni ganas ni de salir a la calle. Dos meses se quedó incubando miedo en la casa de Caroline. —Recuerdo que tipo era quién me la consiguió y quizás sepa como dar con él otra vez, aunque hace tiempo que no sé de él. Quizás... es más asequible que con los que estás intentando negociar tú, no lo sé, pero puedo intentar volver a contactarlo para ti. Hay gente muy perra por ahí que más que ayudar, quieren aprovecharse, así que no sé... —Ella se lo dijo, con verdadera intención de ayudarle. La verdad es que no le hacía mucha ilusión volver a meterse en esos mundillos, pero no le importaba hacerlo.

Evidentemente no sabía cuánto le estaba costando a él sacar los documentos de sus hermanas y el suyo propio, pero Sam sabía que era dar todo lo que tenías sólo por empezar de cero. Tocó con su otra mano el gofre, para ver si estaba caliente mientras lo miraba, llevándose la esquinita a la boca para morderlo.

Le hubiera encantado poder ofrecerle dinero a Lohran ahora que ella había podido tener una vida con la que conseguirlo porque de verdad creía que se lo merecía y de verdad quería que personas como él pudieran cumplir su sueño, pero era bien consciente de que no podía. Podía ser una idealista y hacerlo, pero sabía muy bien que no podía. Estaba empezando un futuro con Gwendoline y ya bastante ‘poco’ podía aportar la rubia en esa nueva vida, como para arriesgarse a tener menos y ser ella quién no cumpliese su sueño. Era tan tedioso sentirse mal por algo que no tiene ni que ver contigo, de verdad… Pero vamos, era inevitable en Sam querer ayudar a las personas que cree que se lo merecen, sobre todo después de haber recibido ella también esa ayuda y esa oportunidad. Pero si no podía, no se podía. Punto.

Mientras le intentaba dar otro mordisco a su gofre, la acera se terminó y el escalón le cogió totalmente desprevenida. Frente a ese desnivel, el gofre le chocó en la nariz y la manchó de chocolate. Sam rodó los ojos, mirando a Lohran. —¿Sabes algún sitio en el que podamos sentarnos tranquilamente sin que yo parezca retrasada? —Le preguntó, divertida, sintiéndose idiota por no poder limpiarse porque en una mano tenía el gofre y en la otra el batido. Intentó llegar con la lengua, pero obviamente no llegó. Solo pudo sonreír.

La verdad es que le daba igual el lugar, con tal de que hubiera un asiento. O incluso ni eso, el borde de algún lugar sería igualmente perfecto. Sólo quería sentar su culo y hablar, hablar mucho.
Sam J. Lehmann
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Lohran Martins el Mar Mar 19, 2019 11:39 pm

A pesar de todo lo que le había sucedido en los últimos tiempos, mayormente cosas malas, Lohran no pudo evitar contagiarse del buen humor de Samantha Lehmann: la chica, risueña, parecía tener un objetivo en la vida, y ese objetivo era ayudarle a ver todo de una forma un poco menos oscura.

Y claro, ella le había caído muy bien. Le había salvado de acabar con sus huesos en el Área-M, nada más y nada menos. ¿Acaso no era ese motivo suficiente para que alguien le cayese bien? A fin de cuentas, la libertad era un bien preciado y escaso en el mundo mágico para los que eran como ellos.

—En realidad, quería que me devolvieras mi buena suerte con las máquinas expendedoras.—Bromeó, incapaz siquiera de fingir seriedad. Sus labios luchaban contra la sonrisa que se formaba inevitablemente.—Es broma. La verdad es que fuiste de los pocos amigos que hice en aquella época. No sabes lo jodido que es hacer amistad con alguien hasta que ves tu cara en un cartel de ‘Se busca’...—Reflexionó, negando con la cabeza, la mirada perdida en ese infinito que era la calle por delante de él. Entonces, miró a Samantha.—Por cierto: me parece que en su momento no te di las gracias, y si te las di, siento que no te lo agradecí lo suficiente. Así que muchas gracias por evitar que mi culo terminase en Azkaban aquel día.

Sin embargo, Lohran no veía para nada feo el hecho de que Samantha hubiera contactado con otros fugitivos tras haberle dejado atrás a él. La vida era dura y daba muchas vueltas, y si bien se negaba a aceptar la ayuda de otros en aquel momento, quizás después no hubiera tenido opción. Quizás, precisamente, ante la amenaza de perder su vida.

O quizás hubiese dado con alguien que la ayudara a acabar con sus problemas.

—Supongo que quería saber si al final habías conseguido dejar atrás esos problemas. Si finalmente habías aceptado la compañía de otros, o la protección de algún grupo.—Le respondió cuando le dijo que no se había mezclado con nadie.—Me imagino que al final no te hizo falta, y me alegra que tus problemas ya no estén. Viendo el tipo de persona que eres, no te merecías esos problemas.

No sabía si que él fuese una excepción significaba que, de ahora en adelante, se mantendrían en contacto. La verdad era que le hacía bastante ilusión, teniendo en cuenta que ya sólo le quedaba su hermana pequeña en el mundo, así como algunos conocidos dentro de las filas de los radicales.

Lohran no pudo evitar fruncir el ceño cuando, ante la explicación de sus problemas para conseguir documentos falsos, Samantha le preguntó cómo iban sus hermanas y él de dinero. Aquella mueca duró muy poco, y enseguida fue sustituida por una expresión un poco más seria. Y es que la triste realidad era que su hermana pequeña y él tenían de sobra para vivir últimamente. No con lujos, pero sí para vivir decentemente.

El problema era que ya no eran tres, sino dos. Y Lohran cambiaría todo el dinero del mundo por recuperar a Prue.

***

El breve interludio en que dejaron de hablar del tema para pedir su ‘cena’ en la tienda de gofres fue más que bienvenido: le dio a Lohran tiempo para pensar en qué decir sobre su situación. Y cuando se reanudó la conversación, bien pudo haber detenido a Sam en cualquier momento para explicarle que ya no buscaba salir del país, que sus prioridades habían cambiado.

Se dio cuenta entonces de que él mismo había cambiado, igual que la rubia; sin embargo, en contraposición con ella, su cambio había sido indudablemente para peor.

Sosteniendo un batido de plátano en una mano y un gofre en la otra, Lohran se limitó a caminar, escuchar y asentir con la cabeza mientras Samantha hablaba. Parecía que le estuviera dando la razón como a los locos en algún tema que no le interesaba, y a pesar de que se alegraba de que hubiera conseguido esos documentos que él codiciaba el verano de hacía dos años, bien podría decir que ya le daba igual ese asunto.

Así que no le dijo nada, y seguro que la rubia ya habría notado que algo había cambiado en su expresión facial. Y cuando preguntó por un lugar en que sentarse—tras un tropiezo un tanto cómico que terminó con su nariz manchada de chocolate, y que en otro momento hubiera resultado muy divertido—, señaló con la mano un cercano banco de madera, situado cerca de una cabina de teléfonos.

—Sentémonos allí.—Le dijo, y hacia el banco se dirigieron. Ya sentados, Lohran dejó sobre el asiento su gofre y su batido y se sirvió de la servilleta para limpiar el chocolate de la nariz de Sam con la misma ternura que lo habría hecho con cualquiera de sus hermanas.—Listo, ya no tienes manchas en tu impoluto rostro.

Había llegado el momento de las explicaciones, de las que dolían de verdad. Con un nudo en el estómago que le impedía comer, Lohran lanzó un suspiro. Se cruzó de brazos y se inclinó hacia delante en el banco, apoyando los brazos cruzados sobre sus rodillas. Se quedó con la mirada perdida en algún punto de la acera de enfrente, por donde iban y venían unos pocos, no muchos, viandantes londinenses.

—Verás… no es que no agradezca tus buenas intenciones, pero… ya he dejado de buscar una forma de salir del país.—Le explicó, lanzando a continuación un nuevo suspiro. No se permitió quedarse callado mucho tiempo, pues se imaginaba que Sam tendría muchas preguntas al respecto.—Me uní a este grupo principalmente por la red de contactos que tenían, y no pensaba quedarme demasiado tiempo con ellos, pero… mis planes cambiaron.—Volvió la mirada en dirección a Sam, y se dispuso a dejar caer la bomba.—A finales del año pasado, los mortífagos atraparon a mi hermana melliza. Tengo motivos para pensar que sigue viva, pero ya sabes cómo es eso para los que son como tú y como yo...—No hacía falta mencionar la infame Área-M de la prisión de Azkaban. Aquel lugar helaba la sangre a cualquier nacido de muggles.—Ya sólo estamos mi hermanastra y yo. Y lo único que tenemos en mente es recuperar a Prue…—Hizo una pausa, sintiendo que le picaban los ojos, pero no se permitió llorar.—No te dije su nombre entonces, creo recordar. Se llamaba… llama… Prue.

No profundizó demasiado en el tema de los radicales. Aquel grupo, pese a lo poco discreto que era en sus actuaciones, era muy celoso con sus secretos. Ni siquiera tenía claro él qué podía decir y qué no. Y no pensaba arriesgarse a perder todos sus recuerdos.

A fin de cuentas… ¿qué le quedaba de su hermana, sino sus recuerdos?
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 26, 2019 2:18 am

No sabía por qué, pero le sugería que era muy adorable el hecho de que hubiera preguntado por ella por ahí, en un intento de ver cómo había continuado su vida. Le sonreía mientras le contaba eso, pensando en que la verdad es que ella también le consideraba una de las pocas relaciones sinceras que tuvo en esa época de fugitiva. No iba a decir 'amistad' porque... bueno, ¿qué clase de amistad se forma en un día? Pero estaba muy segura de que si llega a estar con él más tiempo, le hubiera sido inevitable llamarlo así. También le pareció muy mono que asumiese el tipo de persona que era Sam, que en realidad no es que la conociese demasiado, como para decir que no se merecía esos problemas.

Que ojo, hasta la misma rubia consideraba que no se merecía nada de lo que le había pasado. No sabía en qué momento había hecho tanto mal en su vida como para que el karma le castigase de esa manera.

Pero bueno, el pasado atrás se había quedado y ahora sólo pudo sonreír.

Menos lo último, pues sí. —Eso de los grupos seguía sin ir con ella, de hecho se podía notar debido a la cantidad de poco trato que tenía con otros fugitivos. Literalmente que estuviese ahora mismo con Lohran y que quisiese pasar más tiempo con él era una excepción absoluta. —¿Qué tipo de personas te crees que soy? ¿Y si en realidad soy super malvada y me merezco todo lo malo del universo? —Y entrecerró los ojos, mirándolo con malicia.

La gestión de comprar los gofres de nutella fue rápida y efectiva y apenas tardaron unos diez minutos en estar comiendo mientras caminaban. Y bueno, vale que Sam era mujer y podía hacer dos cosas a la vez, pero había que recordar que por mucho que ahora estuviese de castaña, en realidad era rubia. Y todos sabemos que algo raro pasa con las rubias, ¿no? Bueno, por eso estaba claro que tan cargada y sin darse cuenta del cambio de desnivel, iba a terminar manchándose la nariz de chocolate sin haberlo podido evitar.

Así que tras sentarse en un banco, Lohran cogió una servilleta y la limpió, a lo que Sam arrugó la nariz como una niña pequeña. De hecho se sentía como una niña pequeña cada vez que le limpiaban la cara tras limpiarse con chocolate. Porque otra cosa no, ¡pero siempre se manchaba de dichoso chocolate!

Gracias —le agradeció tras ese gesto tan considerado por su parte.

Entonces dejó su bebida a un lado del banco para que no molestase y se propuso darle un mordisco al gofre mientras le escuchaba hablar. ¿La verdad? Creía que le iba a preguntar sobre el tipo de los documentos falsos, o quizás decirle algún tipo de información sobre otro contacto, pero no se esperó en absoluto que le dijera que en realidad ya no estaba buscando eso. Y joder, cuando le dijo lo de su hermana melliza... a Sam le costó horrores tragar aquel trozo que se había metido en la boca, pues le cogió desprevenida esa noticia tan horrible.

Dejó su gofre en su regazo y puso la mano en su muslo, tragando aquello como pudo. Su mirada era triste y aunque pensase que el destino de una persona en el Área-M era muy negro, evidentemente no iba a decir nada de eso. Hasta ella, si tuviera un ser querido allí dentro, tendría esperanzas por muy difícil que fuese la situación.

Lo siento mucho, Lohran... —Soltó entonces, mirándole a los ojos. —Siento... haber sacado el tema. Es decir... —En realidad no había sacado el tema, ¿no? No sé, ese tipo de gestión social frente a información tan fuerte solía dejarla un poco patidifusa. De hecho se le notaba abiertamente que la noticia le había cogido de sopetón y que no sabía qué decir o qué hacer.

Y al final optó por lo que realmente quería hacer: dejó el gofre a un lado y se acercó a él para darle un abrazo, rodeando su cuello. Se lo dio con cariño, intentando transmitirle todo su apoyo. Que otra cosa no, pero entre fugitivos, más que nadie, entendían lo que era tener que vivir una desgracia tras otra y perderlo todo. Y al separarse de él, lo miró casi con preocupación. Si quería salvar a su hermana... ¿qué estaba dispuesto a hacer? Sam asumía que todo lo posible y más, y precisamente por eso estaba preocupada, pues no quería que cualquier mala decisión hiciese que él también terminase allí.

Ten cuidado con lo que sea que vayas a hacer —le pidió, mirándole a los ojos, sin tener ni idea de si tenía un plan o sencillamente estaba viviendo a ver qué ocurría en un futuro. —Sé que en estas situaciones vas a hacer todo lo necesario por sacarla de ahí si tienes la posibilidad y que parece que no tenemos nada que perder, pero no termines tú allí en el proceso, ¿vale? —Y entonces lo soltó y volvió a coger cierta distancia, sin dejar de mirarlo. —Te lo digo como si fueras mi mejor amigo de toda la vida o realmente mi opinión importase en tu vida o lo que sea, pero... creo que lo peor de todo eso es que tu hermana o tú terminéis en el mismo sitio. —Se mojó los labios, indecisa.

Y es que no, si bien Lohran había intuido que Sam era una buena persona, ella también lo había intuido con él y no quería que esa mala suerte de perder a un ser querido le hiciese perder los estribos y terminar en el mismo sitio. Que la propia legeremante sabía que en ocasiones era complicado pero... si ella podía avisarle y pedírselo aunque no sirviese de nada, pues lo haría. La verdad es que esperaba fervientemente que nunca, jamás en la vida, ella tuviera que pasar por algo así... No sabría qué haría si uno de sus seres queridos terminase en el Área-M. Pero prefería no pensarlo, pues Sam solía arrepentirse siempre de sus decisiones.
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Lohran Martins el Jue Mar 28, 2019 2:03 pm

Lohran miró a Samantha de la manera más incrédula en que había mirado a nadie en mucho tiempo, alzando incluso una ceja. Sólo le faltó decir algo del tipo “Sí, claro, y yo soy blanco como la leche” para dejar todavía más clara su incredulidad.

Y es que el brasileño no presumía de conocer a la austriaca más allá de lo que había visto durante aquel único encuentro que habían tenido en lo que parecía ser otra vida. ¿Y todo aquello encajaba con una persona malvada que se merecía todo lo malo del universo? No, en absoluto.

Bueno, a ver: técnicamente sí podría encajar, si de lo que estamos hablando es de un malvado enfermo mental del calibre de Ramsay Bolton, que se lo pasaba de maravilla fingiendo ser quien no era para obtener algún tipo de satisfacción personal. Pero una persona real, no una caricatura como es ese personaje, desde luego no actuaría así, pensó Lohran, recordando lo poco que le gustaba aquel personaje en concreto… precisamente por lo irreal que le parecía dentro de un universo tan bien construido y ‘realista’ como era el de Juego de Tronos.

—Sí, claro, lo que tú digas. Yo te creo.—Le dijo, aún con la ceja alzada, sonriendo levemente.—Respondiendo a tu pregunta, creo que eres el tipo de persona que—Lohran comenzó a enumerar las cosas que Sam había hecho aquel día utilizando los dedos de sumano—se mete en el que claramente no es su problema para evitar que un negro cualquiera acabe entre rejas, se preocupa por el bienestar de un muggle al que no conoce de nada cuando le alcanza un hechizo dirigido a ella, que a pesar de que un cazarrecompensas idiota pretenda meterla en la cárcel a ella también le preocupa lo que vayan a hacer con él un par de fugitivos, que ayuda a dichos fugitivos a pesar de que estos no tienen las mismas intenciones...—Frunció el ceño, para luego volver a mirarla a ella.—Tú me dirás si me he equivocado en mis conclusiones...

Con aquello, no había dicho otra cosa que lo que había visto, y para Lohran, esa no era la conducta de una mala persona. ¿Y sabéis por qué? Pues porque en aquella situación, Samantha no ganaría absolutamente nada fingiendo ser buena persona cuando no lo era. A fin de cuentas, Lohran era un Don Nadie entonces, y seguía siéndolo. No iba a sacar gran cosa de él evitándole la entrada en el Área-M.

Ya sentados en un banco, y tras una pequeña conversación—o monólogo, teniendo en cuenta que Lohran permaneció mayormente en silencio—con respecto a los documentos falsos, el brasileño acabó confesando algo que esperaba no tener que hacer nunca, o al menos, no aquella noche: que su hermana había sido capturada por los mortífagos, y que por consiguiente, ya no buscaba una manera de abandonar el país.

Se arrepintió de haberlo dicho nada más cerrar la boca, pues sabía lo que venía ahora: la compasión, las palabras comprensivas… El brasileño no era bueno lidiando con aquella actitud de la gente.

Sin embargo, Samantha se disculpó por haber sacado el tema—como si tuviera culpa de algo, teniendo en cuenta que no sabía hasta qué punto estaba jodida la vida de Lohran en aquellos momentos—y le abrazó. Lohran, involuntariamente, pasó un brazo alrededor de la espalda de la rubia, devolviéndole el abrazo a medias.

Cuando le sugirió que no hiciera una locura, Lohran estuvo seguro de poder cumplirlo: porque daba igual lo mucho que deseara liberar a Prue, tenía que velar también por Luciana, su hermanastra.

—No te preocupes. No puedo permitirme hacer ninguna locura: tengo una hermana pequeña y un perro que dependen de mí.—Dijo aquello con un asomo de sonrisa, a modo de broma, especialmente por la parte que respectaba a Alfredinho. Que aunque pareciera una tontería, era verdad: ¿Qué iba a pasar con su mascota si algún día desaparecían Luciana o él, o ambos? Un perro no era más que otro ser querido.—Y no tienes que disculparte por haber sacado el tema. Tú no lo sabías. No es como que la captura de mi hermana haya aparecido en los periódicos ni nada por el estilo. Antes se daba más bombo a estas cosas, pero ahora...—Lohran dejó la frase en el aire, pero era muy sencilla de comprender: ahora, las cosas eran distintas, y capturar a un fugitivo rara vez podía considerarse noticia. Muy notorio tenía que ser un criminal para que el Ministerio le otorgase valor alguno a su captura.

Se quedó entonces pensativo, suspirando profundamente. ¿Y si le contaba a Sam todo? ¿Y si le hablaba del grupo al que pertenecía? ¿Era la rubia una persona tan importante en su vida como para decirle todo aquello?

Aquella pregunta no tenía una respuesta fácil, pero lo que sí sabía Lohran era que la idea le daba miedo. Y es que no todo el mundo aceptaba bien que uno perteneciera a los radicales. Estaban mal vistos, y pensar en la reacción que podría tener Sam al enterarse le hacía sentir avergonzado, como si hubiera traicionado los ideales que tenía la gente como ellos.

Esa vergüenza pesó mucho más… y al final no se lo dijo.

—Pero no me rindo, ¿sabes? Dicen que del Área-M no se puede salir, pero decían lo mismo de la prisión de Alcatraz. Y un tal Frank Morris logró escaparse.—Sí, las autoridades aseguraban que el tal Morris había muerto ahogado al tratar de cruzar a nado el mar, pero nunca habían dado con pruebas concluyentes de eso. Y algo le decía a Lohran que, siendo magos, no tendrían necesidad de nadar.—Si algún día vuelvo a reunirme con mi hermana, quizás necesitemos de esos contactos que tienes. Espero que para entonces sigamos llevándonos bien...

Le sonrió, mirándola, y entonces pasó un brazo alrededor de sus hombros. No sabía bien por qué, pues eran prácticamente desconocidos, pero le tenía muchísimo cariño a aquella chica. Y no le apetecía volver a perderle la pista.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 01, 2019 3:01 am

Pese a que no se conocieran demasiado, era cierto que tenían detrás un historial de ese mismo día que decía mucho de ambos. En el caso de Lohran, deducir que Samantha era una buena persona tampoco era demasiado difícil. Y de hecho, quería pensar que lo era, pues no había nada que le diese más rabia en este mundo que las personas que actuaban con maldad, fuera cual fuera la situación. Es por eso que cuando su amigo empezó a enumerar todo eso, Sam solo pudo ir bajando la mirada mientras ensanchaba la sonrisa, asintiendo con la cabeza pues iba a tener que darle la razón.

Bueno vale, no has errado del todo en tus conclusiones —le dijo al final, alzando la mirada hacia él, para entonces acompañar a sus siguientes palabras con el dedo índice de su mano en alto. —Pero que sepas que puedo llegar a ser muy malvada como me enfaden.

Aunque eso, hasta la fecha, no se había visto. Las pocas veces que había tenido motivos reales para estar enfadada había sido bajo el mando de otra persona que se lo impedía. Y, en general, Samantha era una persona demasiado dulce y que valoraba demasiado lo que tenía alrededor como para enfadarse por nimiedades y darle realmente una importancia que no tenía. Después de lo que había vivido, tenía muy claro que no valía la pena cabrearse por tonterías; mucho menos con las personas a las que estimas.

El tema de Prue, su hermana, le apareció a Sam en la conversación como un bofetón. De repente sintió que hablando de los documentos, o insistiéndole con el tema, le había ‘forzado’ a decírselo y la verdad es que no quería que Lohran se sintiese mal a su lado por recordar esas cosas, sobre todo por lo bien que él se había portado con ella en su momento cuando Sam claramente le había dicho que no quería hablar de su vida. Así que, en base a su experiencia, no se quiso mostrar especialmente preocupada porque sabía la rabia que daba que las otras personas te mirasen con pena, sin embargo, sí que le dijo claramente lo que pensaba y, sobre todo, le pidió que no cometiese ninguna locura.

Podría haberse tomado lo del perro como una broma, pero en realidad no lo hizo. Ella tenía un gatito y un cerdo que en muchas ocasiones fueron indispensable para que ella decidiese tomar un camino diferente. Al fin y al cabo, esas dos cositas dependían de ella en todos los sentidos y no podía abandonarlos a su suerte.

La verdad es que ‘se alivió’ al escuchar que tenía presente al resto de seres queridos como para no hacer una locura y sobre todo cuando le quitó hierro al asunto al hecho de que ella hubiese sacado el tema.

Antes lo publicaban como señal de victoria frente a la sociedad, para que todos se diesen cuenta de su poder y de que estaban creando el cambio de manera efectiva… —Hizo una pausa. —Ahora no lo hacen porque después de dos años no han podido normalizar la situación y saben que hay más fugitivos ahí fuera esperando a seguir dando guerra. Ahora no sería más que una señal de debilidad.

A menos que hubiese un fugitivo especialmente peligroso reconocido por la ley, que hubiese hecho proezas a favor de los ‘terroristas’, no saldría en el periódico. Hacía mucho, mucho tiempo que Samantha no veía nada de eso en El Profeta. Aunque debía de admitir que también hacía mucho que no leía ese periódico. Le importaban tres rábanos lo que dijeran ahí, sinceramente. Para ella ese mundo había quedado en un plano ya inalcanzable por evidente peligrosidad. Y muchas veces pensaba que siendo ignorante de todo lo que ahí se decía, iba a ser mucho más feliz.

Hacer una locura no era la solución, pero rendirse tampoco, eso estaba claro. Es por eso que frente al optimismo de Lohran, Sam no pudo evitar sonreír. Debía de admitir que las personas positivas le daban luz a la vida y le encantaban por ello. Había quiénes les llamaban ‘ilusos’ pero de verdad que la legeremante creía que sin esperanza, nadie podía vivir bien.

¿Es una indirecta? —Le preguntó Sam cuando la medio-abrazó, mirándole hacia arriba. —Digo… porque la última vez que nos vimos te dije claramente que no quería saber más nada de ti por la seguridad de ambos. Y hemos tardado… ¿año y medio en reencontrarnos por el capricho del destino? —Esbozó una sonrisilla, cogiendo esta vez su batido, sujetando la pajita para llevarla a su boca, aunque todavía no bebió. —Sigo pensando lo mismo, en realidad. Los fugitivos estamos en constante peligro y la información que podamos tener del resto es muy valiosa para ellos si tenemos la mala suerte de que nos atrapen.

Entonces se metió la pajita en la boca, bebiendo divertida, sin apartar la mirada de él. No había probado el batido, por lo que se sorprendió de lo bueno que estaba. Tras dejar de beber, se encogió de hombros.

Pero como la información es relativa y tú y yo somos muy listos como para salvarnos el culo con lo que decimos y lo que no… —Es decir, no le iba a decir nada a Lohran que pudiera ponerle en peligro, en el hipotético caso de que le pillasen, lo mucho que podrían saber es que conocía a Sam Lehmann y viceversa. —Yo creo que sí, que podemos seguir llevándonos bien. Aunque ya empezamos con mal pie: hoy no me has traído ninguna chocolatina. —Era broma, evidentemente. Y su sonrisa solo lo corroboró.

En ningún momento se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el grupo con el que estaba eran los radicales, por lo que había dejado pasar ese tema como mantequilla derretida. Ese era, precisamente, el tipo de información que no debía de saber. En realidad no le aportaba nada—al menos en principio—y tampoco quería meter las narices en donde no la llamaban.

Así que con el gofre de nuevo en la mano y tras volver a morderlo, habló:

¿Te acuerdas cuando me contaste que trabajabas de cara al público y que lo tuviste que dejar por la paranoia de pensar que veías cazarrecompensas por todos lados? —Le recordó, soltando aire. —Lo más fácil en nuestra situación es conseguir trabajo de ese estilo y muchas veces estoy trabajando y me acuerdo de ti cuando veo entrar a personas sospechosas, que en realidad no tienen nada de sospechosas, a mi tienda. Que luego intento relajarme porque sé que es altamente improbable que me pase algo así pero… es horrible —le dijo, admitiendo que se había acordado de él en más de una ocasión.
Sam J. Lehmann
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