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A good memory of the past. —Lohran.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 01, 2019 2:01 am

Recuerdo del primer mensaje :

A good memory of the past. —Lohran.  - Página 2 8FndAeJ
Calles de Westminster | 28/02/2019 | 20:49h | Atuendo

Te sorprendrás, pero ese día Sam no salía a esa hora del trabajo y buscaba un lugar propicio para desaparecerse, sino que acababa de salir del gimnasio. No le quedaba lejos su casa, por lo que había decidido, motivada por la clase de Body Combat que acababa de tener, volver corriendo a casa. Hacía tiempo que se había auto-convencido que correr por Londres a rostro descubierto no era del todo inteligente siendo una fugitiva, por lo que se había acostumbrado a hacer una de las cosas que más odiaba del gimnasio: correr en una máquina con tal de estar en un lugar quieta y no merodeando por las calles de la gran ciudad. Ese día, sin embargo, se sentía lo suficientemente enérgica y rápida como para correr y tardar apenas quince minutos en llegar a casa. Y es que… ¡de verdad no podías imaginarte las ganas que tenía de correr por las calles, sin más! Lo echaba de menos.

Así que miró el reloj para estimar un poco el tiempo, se puso los auriculares con música motivante y tras asegurarse de que tenía el móvil en el bolsillo de la chaqueta—cerrado con cremallera para que no saliera volando—, la varita en el otro y la mochila bien pegada a la espalda, empezó a correr. Al principio, cuando empezó con esa rutina de correr día sí y día también, era incapaz de pensar en cosas porque tenía que ir demasiado concentrada en la respiración y el ritmo, pero a estas alturas lo difícil era no aprovechar esos momentos precisamente para pensar en todo y en nada. ¿Y en ese momento sabes en qué estaba pensando? En lo bien que había seguido no solo el ritmo de la clase de Body Combat, sino lo bien que había marcado todo los movimientos. Casi parecía que estaba apalizando a un mortífago mientras bailaba al ritmo del dubstep más loco que había escuchado en mucho tiempo. ¿A que no adivináis a quién se imaginaba que le pegaba golpes? Sí, seguro que lo has adivinado.  

En cierta ocasión, mientras pensaba en la ducha que se iba a pegar, lo que iba a cenar y en cómo molestaría a Gwen luego en su casa, se tuvo que parar en un paso de peatón que estaba en rojo. Continuó moviéndose en su sitio para no enfriarse y fue cuando miró el reloj. ¿¡Veinte minutos habían pasado ya!? ¡Soy una lenta o terriblemente mala calculando distancias! Estaba cansadísima, por lo que se apoyó en sus propias rodillas y soltó aire. Ahora que miraba alrededor y se daba cuenta en donde estaba, en ese dichoso Tesco—un supermercado barato—creía que le quedaba entre diez y quince minutos de verdad. ¿En qué momento se creyó Flash? Muy optimista estaba últimamente…

Decidió ir caminando a partir de ahí, estirando por el camino los brazos, el cuello, etc. Estaba saliendo de la parte más transitada, metiéndose poco a poco en un lugar más desolado debido a que era zona residencial. Las calles estaban vacías, el suelo mojado porque hacía un par de horas había estado lloviendo y, como de costumbre, las luces eran tenues y se había creado la típica niebla. Daría miedo si no fuese porque en Londres siempre es así.

¿Y sabéis lo que le pasó? Se agachó tranquilamente a atarse los cordones de su deportiva derecha y ocurrió. El colmo de los colmos: que a una fugitiva mágica le atraque un ladrón muggle. De repente, cuando se puso en pie, un chico que a saber cuánto tiempo llevaba persiguiéndola, le apareció por delante tras pegarse un sprint y adelantarla. Le dijo algo mientras sacaba del interior de su bolsillo de la chaqueta una navaja. Le vio articular la boca, pero no escuchó nada. Alzó lentamente las manos, para entonces llevársela a las orejas y quitarse los auriculares. Dejó de escuchar a Sean Paul, para dar paso a la voz de aquel chico.

…he dicho que me des todo lo que tengas!

No tengo dinero encima —le respondió con claridad, intentando no parecer que tenía miedo ni que estaba mintiendo. En realidad, teniendo en cuenta a lo que se había enfrentado de ahí para atrás, aquel pobre hombre no le daba miedo, por mucho que tuviese una peligrosa navaja apuntándola que si se volvía loca podía acertarle. Esa navaja sí le daba miedo. No habría nada más triste que morir desangrada por una navaja muggle porque te atraca un muggle después de haber vivido cosas terriblemente peores en tu vida mágica. Joder, es que era muy triste.

Pues dame el móvil y la mochila. Venga, vamos, date prisa.

En realidad, por el aspecto que tenía de persona sin techo, estaba claro que lo que le interesaba era el dinero y nada más. Y Sam tenía la cartera en el bolsillo pequeño de aquella mochila y claro, no se lo quería dar: en ella tenía todos sus documentos falsos de Amelia Williams que le costaría horrores volver a conseguir, por no hablar de que no pensaba darle dinero a un pobre hombre que la trataba de persona débil por ser una mujer sola en mitad de la noche. Bastante había pasado ya como para que le atracase un muggle, con todo el respeto hacia todos los muggles del mundo.

Vale, está bien... —le dijo intentando mostrar tranquilidad, para subir las manos lentamente a su hombro y quitarse la mochila. No pensaba dársela, sino aprovechar el hecho de quitársela para golpear con ella la mano en donde tenía la navaja y así o quitársela o desviar su mano. Y después improvisaría con todo lo que había aprendido. A pesar de que no lo pudiera parecer, se sentía segura en evitar que un idiota le fuese a robar lo que había conseguido después de tanto tiempo.
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Lohran Martins el Dom Abr 07, 2019 6:10 pm

A Lohran le costaba muchísimo imaginarse a aquella chica siendo ‘malvada’. Ese concepto se le escapaba a prácticamente cualquier persona mínimamente normal. El propio Lohran no tenía claro si sus actos podían calificarse como tal, pero lo que tenía claro era que había visto la maldad, había tenido que tratar con ella casi a diario en los últimos años de su vida, y no la sentía dentro de ella.

Sin embargo, ¿a quién le hacía daño que le siguiese la corriente?

—¡De acuerdo, de acuerdo! No se te ocurra entregarme a las autoridades. Ya me imaginaba yo que una rubia y un negro no podían llevarse del todo bien...—Bromeó, haciendo una referencia indirecta a los nazis. Podía resultar un poco ofensivo para algunos el bromear con aquellos temas, pero Lohran lo hacía igual.—Puedo suponer, entonces, que tú no eres la rubia que muere al principio de la peli, junto al negro, sino que eres la asesina, ¿no?—Y remató con una sonrisa aquellas palabras. No dejaba de ser curioso que hubieran llegado a aquel punto preocupándose por los problemas ajenos.

Y precisamente los problemas de Lohran fueron los que otorgaron un tono sombrío a la conversación: el brasileño tuvo que acabar confesando lo que había sucedido con su hermana, poco después de que Sam se hubiera interesado por ayudarle en el tema de los documentos falsos.

Lo había evitado todo lo posible porque… bueno, ¿a quién le apetece hablar de su hermana encarcelada sin motivo alguno más allá de su pureza de sangre? A nadie, y menos al reencontrarse con alguien como Samantha Lehmann, que había otorgado un poco de luz a una época que empezaba a ser muy oscura para él. Y por si fuera poco, ella se disculpaba por no saberlo, cosa de la que no tenía la culpa. ¿Cómo iba a saber algo que no se había publicado en los diarios? Ya poca importancia le conferían a la captura de un fugitivo o dos…

—Y tampoco somos tan importantes para ellos.—Añadió a lo que dijo Sam, con lo cual estaba de acuerdo.—Tú espera y verás: el día, si llega, que capturen a Albus Dumbledore y desarticulen su famosa Orden del Fénix, saldrá en todas las primeras planas. Esa es la victoria que les interesa.—Y detener a los radicales, claro. Sin embargo y, por suerte, Maximus no era una figura conocida, por lo que de su grupo poco o nada sabía el Ministerio.

Con respecto a la oferta de Sam, Lohran la aceptó siempre y cuando consiguiera recuperar a su hermana. Lo tenía clarísimo: en cuanto volvieran a estar juntos los dos Martins y Lucy, desaparecerían de Londres lo más rápido posible. Volverían a Brasil y empezarían de cero, intentando olvidarse de toda aquella mierda. Quizás entonces pudieran vivir una vida tranquila, y pudieran dormir sin tener un ojo abierto todas las noches.

—¿Indirecta? No, yo creo que ha sido bien directa.—Le respondió con una sonrisa. Entendía la manera de pensar de Samantha, pero también entendía que hablaba el miedo. Lohran había vivido mucho tiempo con miedo como para saber que este te lleva a pensar cosas así, a ver enemigos en cada esquina. Al final, gracias a los radicales, había descubierto que la vida era mucho más sencilla con un grupo respaldándote.—Corregiré mi error y te daré dos chocolatinas. Esta misma noche, si pasamos por delante de una expendedora.—Bromeó.

No iban a tener problemas por el hecho de que Lohran pudiese decir algo que no debía respecto a ella: el pacto de sangre con los radicales le impedía dar información con respecto al grupo en sí. Y sí, técnicamente, Sam no formaba parte del grupo, pero la estrategia de Lohran, si alguna vez le atrapaban, era bastante sencilla: cuando abriese la boca, sería con intención de contar algo importante de los radicales… y adiós, todos su recuerdos se perderían, y nadie jamás averiguaría nada sobre los suyos, sobre sus amigos… sobre nadie.

No le dijo esto, claro: técnicamente, eso sería contar cosas acerca de los radicales.

Lohran tomó un primer bocado de su gofre y lo masticó en silencio, saboreándolo. Estaba bueno, como bien le había dicho Samantha, pero estaba claro que la rubia lo disfrutaba mucho más. ¿Podía ser que le hubiera dicho que le encantaba el chocolate la última vez que se habían visto? ¿O lo había deducido él al ver su amor por las chocolatinas?

Como fuera, estaba disfrutando su gofre.

—Claro que me acuerdo.—Dijo con un suspiro.—Y no sabes lo que te comprendo, porque ya no eres solo tú: si eres como yo, sabrás lo que es empatizar con tus compañeros de trabajo. Mi jefe era un buen hombre, que no hizo demasiadas preguntas cuando me presenté solicitando un empleo, y se aseguró de que siempre tuviera algo que llevarme a la boca cada noche. No tendría por qué haberlo hecho, pero lo hacía. Y con el tiempo, empecé a preocuparme por él, y por mis compañeros. También eran buenas personas, y lo que menos quería era que muriesen por mi culpa.—Su rostro era pura añoranza de una época mejor, y el dramático suspiro que le siguió llevaba a pensar que hablaba de familiares perdidos.—Pero confieso que a veces lo echo de menos. Tal vez fuese poco, pero el saber que cada mes tenías un sueldo esperándote en el banco… Bueno, ¿qué te voy a contar? Esa es tu vida ahora.

Y dicho eso, Lohran rió, divertido. Dio otro mordisco a su gofre y masticó, antes de proseguir con aquella charla trivial.

—Vale, sin darme demasiados detalles, y sin decirme el nombre del lugar… ¿en qué tipo de tienda trabajas?—No quería más detalles que los que ella quisiese contarle, por pura seguridad. No había que olvidar, además, que aquella era la segunda vez que se veían en toda su vida.
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 16, 2019 3:21 am

Una carcajada raspó su garganta cuando Lohran dijo el típico cliché de película de terror: los primeros en morir siempre eran el negro y la rubia tonta. Y es que sólo de imaginarse a ellos como tal, le pareció de lo más gracioso.

Exacto, amigo. La asesina soy yo, de lo malvada que soy —dijo finalmente, con falso orgullo.

Una cosa era curiosa: Sam estaba diciendo todo eso de broma, evidentemente, pero teniendo en cuenta que ambos eran fugitivos y, literalmente, en muchas ocasiones tenían que luchar a muerte por sobrevivir… ¿Lohran realmente pensaría que Samantha había sido capaz—o era—de matar a alguien? Porque al menos la legeremante era consciente de que muchos fugitivos que jamás hubieran querido matar, han tenido que hacerlo. Era fácil asumir que un fugitivo ha tenido que hacerlo, en algún punto de su vida, sobre todo si ya llevabas más de dos años y medio huyendo y escondiéndote.

Lo que dijo de Albus Dumbledore era la triste realidad. Muchos confiaban en Dumbledore, en que sería capaz de arreglar todo esto, pero había que ser realistas: Albus solo era un humano más, muy poderoso, pero a fin de cuentas otro humano más. Era egoísta confiárselo todo a él. Sam asintió a lo que dijo, casi con pesar. No quería ni pensar en eso: como Albus cayese y la Orden del Fénix se fuese a la mierda junto a él, probablemente todos los que perteneciesen a ella también cayesen. Y no, no se estaba preocupando precisamente de ella misma.

Tienes razón. Quiero pensar que Albus Dumbledore prioriza la seguridad de todos los que no tienen a donde ir, antes de intentar recuperar el poder. Entiendo la iniciativa de todas las organizaciones fugitivas que quieren volver a cómo estaba todo antes, pero siempre me ha parecido estúpido dividir fuerzas cuando somos minoría y más débiles. —Rodó los ojos, para entonces mirar a su amigo a los ojos. —Uno de los muchos motivos por el cual intento mantenerme al margen de todo eso. —Otros de los motivos era claramente miedo: no se sentía capaz de estar en una de esas organizaciones y cumplir órdenes en las que no creía. Además, tampoco se sentía con las capacidades necesarias para ayudar, más que ser legeremante. Y eso ya lo estaba aborreciendo.

Claro que había sido bien directa; directa al corazón. Pero claro, era obvio: si después de un primer encuentro grandioso te vas sin dejar manera posible a que haya reencuentro… Cuando ocurre uno intenta que no se repita ese error. Que ojo, Sam nunca vio aquello como un error, sino como lo que tenía que haber hecho. La única diferencia es que cuando ya estaba ‘a salvo’ se arrepintió porque probablemente ya no lo vería más nunca.

Sam le contó su experiencia actual trabajando y lo que Lohran le contestó la hizo pensar, pues en realidad tenía toda la razón y no era la primera vez que Sam sentía todo eso: Alfred, Erika, Santi e incluso el palo sentimental de Adrian se habían convertido en una pequeña familia para ella; una familia ajena a todo lo malo que ocurre en su vida y era inevitable pensar que si algún enemigo la veía en aquel lugar, probablemente todos estuviesen en peligro por su culpa.

Ya… —Se quedó pensativa, con parte del gofre en su mano. —A mí me pasa mucho eso: el hecho de pensar que los estoy poniendo en peligro innecesariamente. No sé si es egoísta hacerlo, pero es que aunque esté la posibilidad, una parte de mí necesita todo eso y… creo que es neceasrio arriesgarse, ¿sabes? Ya no hablo solo del dinero, que evidentemente también… Sino lo de ser normal. —Sólo esperaba que nunca en la vida pudiera salpicar a los del Juglar Irlandés la mierda que puede perseguir a Sam, porque entonces sí que se iba a sentir terriblemente mal. Era una de esas cosas que sabía que no estaba haciendo del todo bien en su nueva vida. Bueno, eso y tener pareja. Sentía que era gritar su punto débil a los cuatro vientos. ¿Pero cómo iba a huir de eso? No tenía ni fuerzas ni ganas de apartar lo mejor que le había pasado. —Es una cafetería-librería. Un lugar tranquilo. Nunca me había imaginado ejerciendo de camarera, pero después de romper mil y una tacitas, creo que ya tengo lo que hay que tener —le sonrió divertida, encogiéndose de hombros. —Una cuando estudia legeremancia lo menos que se espera es terminar repartiendo café. ¡Lo que cambia la vida! —Suspiró entonces, rodando los ojos. —Eso sí, prefiero mil veces hacer lo que estoy haciendo, que volver a tener que tocar una mente por trabajo o necesidad. —Y eso lo dijo con tono asqueado.

Mordió de nuevo su gofre que estaba delicioso. En esos momentos se daba cuenta de que en realidad, aunque muchos pudieran ver su situación como mala, en éstos momentos hasta se sentía privilegiada: ¡pudiendo invitar a un compañero a comerse un gofre mientras no tenía miedo acérrimo en estar en la calle! Eso era todo un logro.

Pero bueno, cada uno sobrevive como puede. —Hizo una pequeña pausa. —¿Alguna vez te imaginaste que la vida cambiaría tanto? Es decir… casi que parece la trama de una película injusta en donde tú piensas que nadie es tan imbécil como para hacer que todo esto ocurra. Que todo es demasiado malo como para ser real —confesó, siendo una conversación que pocas veces tenía. —Yo lo pensaba, sobre todo antes. En plan cómo era posible que nuestra vida valiesen tan poco en comparación con otras, cuando éramos todos iguales. ¿Y eso de vivir huyendo y escondiéndose? No sé tú, pero yo no estudié para nada de esto. Al principio pensé que no duraría ni una semana.
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Lohran Martins el Jue Abr 18, 2019 2:23 pm

El día que Albus Dumbledore cayese, si llegaba, no sólo caería un hombre; caería un símbolo. Y es que para muchos, el antiguo director de Hogwarts era mucho más que un enemigo del gobierno: les servía de inspiración, les ayudaba a conservar la esperanza y les motivaba a seguir luchando, día tras día.

Lohran, por su parte, quería creer en él. Sin embargo, no podía evitar pensar que el viejo estaba perdiendo el tiempo, cosa que Maximus no. Y si bien no había creído del todo en la causa de los radicales hasta hacía bien poco—cuando su hermana Prue había caído en las garras de los mortífagos—, en la actualidad sí lo hacía. Y es que en su opinión, sus aliados estaban consiguiendo muchos más progresos que la Orden del Fénix.

Ojalá se equivocase.

—¿Y mantenerse al margen no es otra manera de dividir las fuerzas?—Le preguntó sin ningún tipo de malicia ni doble sentido, pues realmente entendía lo que estaba diciendo. Lohran era de la misma opinión: unidos serían más fuertes. Simplemente, algunos no podían con la parsimonia de Albus Dumbledore.—Pero te entiendo, créeme que te entiendo. Simplemente, son diferentes maneras de ver la misma lucha, que pueden llegar a ser irreconciliables.—Añadió, encogiéndose de hombros como si tal cosa.

A veces, él mismo se arrepentía de haberse unido a la organización radical, especialmente cuando pasaba la mano por su nunca y notaba el relieve de la marca mágica que le mantenía vinculado a los radicales. Pero la mayor parte del tiempo no, pues sabía que de esa manera no estaba solo en su lucha personal. Había conocido a gente magnífica gracias a aquel grupo.

Cuando llegó el momento de hablar sobre los trabajos muggles que desempeñaban—o, en el caso de Lohran, había desempeñado en el pasado—, el brasileño no pudo evitar ofrecer su particular visión del asunto: su paranoia le había forzado a apartarse de aquel trabajo, sobre todo al poner sobre la balanza lo que arriesgaba. Porque sí, al principio había cogido aquel trabajo con la idea de no hacer amistad con nadie, de mantenerse totalmente aislado del resto de compañeros… y no lo había podido cumplir.

Resultaba injusto estar poniéndoles en peligro, especialmente durante las primeras etapas del cambio de gobierno.

—Sí, lo comprendo bastante bien.—Lohran lanzó un suspiro, componiendo una sonrisa pensativa.—Eso de despertarte por las mañanas pensando en lo que tienes que hacer, de concentrarte en tu trabajo y olvidarte del mundo, de colgar el delantal al final de tu jornada y pensar en el turno que te toca hacer al día siguiente… Supongo que muchos no estarán de acuerdo conmigo, pero ese tipo de rutina es una bendición.—Y claro, como cada trabajo, tenía sus días estresantes, no había que ser hipócritas. Porque Lohran jamás había creído en esa frase que decía ‘Trabaja de lo que te gusta y no tendrás que trabajar nunca’: el estrés y las obligaciones nada tienen que ver con la vocación, y cualquier persona en el mundo podrá decirlo.

Le preguntó el tipo de trabajo que tenía, obviamente dándole la oportunidad de no decir más de lo necesario por mera seguridad. Lohran tampoco planeaba visitar el lugar en que trabajaba ella, más que nada porque un fugitivo podía pasar desapercibido, pero dos juntos llamaban mucho más la atención.

La rubia le explicó que se trataba de una cafetería-librería, y Lohran no pudo evitar hacer una broma al respecto.

—Bueno, definitivamente, ahí no tienes que preocuparte de que te encuentren: los puristas son tan imbéciles que no sabrían qué hacer con un libro si se lo pones delante.—Y soltó una breve risotada. En realidad, sabía que los había muy inteligentes, pero ridiculizar al enemigo de cuando en cuando no estaba mal.—¿Estudiaste legeremancia? No recuerdo si me lo dijiste en algún momento de nuestro encuentro. Yo nunca he sentido una gran inclinación hacia ese campo mágico en cuestión, y muy posiblemente se me diese como el culo.—Esbozó una sonrisa divertida.—A lo mejor por eso nunca he roto un plato o un vaso, a diferencia de ti.—Bromeó, como si aquello tuviera algo que ver con la legeremancia.—¿Y qué hacías antes del cambio? ¿Eres profesora en la universidad o algo así?

Ni en un millón de años, Lohran hubiera podido imaginarse que los puristas y los mortífagos ganarían la partida. Siempre los había considerado una minoría. E incluso cuando se produjo el asesinato de Milkovich, y tanto él como sus dos hermanas se vieron obligados a esconderse, el brasileño creía que todo acabaría solucionándose en pocos días. A fin de cuentas, ¿cómo concebir semejante locura?

Pero allí estaban. El próximo diciembre haría tres años de que todo había comenzado, y las cosas no parecían mucho más prometedoras que al principio.

—¿Cómo te vas a imaginar nunca algo como esto?—Lanzó un bufido, acercándose la pajita del batido a la boca y sorbiendo un poco, antes de dejarlo a un lado.—Cuando en Hogwarts, un par de gilipollas de la casa Slytherin te llaman ‘sangre sucia’, lo único en lo que piensas es que son eso: gilipollas bravucones que, en pocas palabras, no tienen ni media hostia. Y miras a tu alrededor y todos los demás parecen normales.—Se quedó con la mirada perdida en la oscuridad de la noche, negando con la cabeza.—Tampoco me lo creía mucho cuando tuvo lugar el cambio de gobierno, y eso que tuve que perder a mis padres en el proceso.—Hablar de aquello le dolía bastante, por mucho que el padre de Lucy no fuera realmente su padre; él lo había considerado como tal.—Mis hermanas y yo seguíamos las noticias, pensando que en algún momento alguien anunciaría que aquella locura había terminado. ¿Cómo iba a ser posible que esto durase? Pero duró...—Miró a Sam con una expresión resignada en el rostro.—A mí tampoco me enseñó nadie, y ten por seguro que muchas veces la suerte ha jugado un papel importante en mi supervivencia. Y es que todo es extraño, especialmente cuando te das cuenta de que muchos van a matar, que no se preocupan ni un mínimo por tu integridad física. Que para ellos eres menos que un ser humano. Y yo no era un guerrero antes, cosa que me imagino que tú tampoco. Ni siquiera practicaba duelos regularmente...

Cada vez que intentaba pensar en cómo había logrado sobrevivir a todo lo que se le había venido encima, Lohran simplemente se abrumaba. No lo comprendía. Había estado tan cerca de la muerte en tantas ocasiones que su mente, traicionera, no podía evitar pensar: ¿Y si la próxima vez no consigues sobrevivir? ¿Y si la próxima es la definitiva, y entregan tu cabeza en una bandeja de plata al Ministerio de Magia?

—Pero bueno… en base a nuestro anterior encuentro, puedo decir que tanto tú como yo tenemos lo que hace falta para sobrevivir.—La miró con cierto orgullo, recordando lo bien que se había desenvuelto en aquella situación.—Creo que puedo decir sin lugar a equivocarme que ese día la suerte me vino personificada en ti. Aquel día habría terminado con mi negro culo en Azkaban de no ser por ti.

En realidad, habría terminado con su negro culo siendo objeto de experimentación en el Área-M de la prisión de Azkaban, pero no le apetecía imaginarse lo que sería convertirse en conejillo de indias para los puristas.

—Una vez pensé que no lo contaba...—Dijo Lohran, poniéndose mucho más serio.—Un grupo de mortífagos me atrapó en una batida que hicieron en los bosques, apenas unos meses después del cambio de gobierno. Antes de conocerte a ti, de hecho.—Todavía recordaba lo que había sido aquello: sentirse indefenso, rodeado por lobos incapaces de cualquier asomo de empatía hacia su persona. Había padecido más dolor del que recordaba en toda su vida, y como guinda para el pastel, le habían tatuado permanentemente las palabras ‘Sangre Sucia’ en el omóplato. Todavía conservaba la cicatriz.—No sé exactamente cuánto tiempo pasé con ellos, pero… si logré escapar fue porque no me quitaron la varita antes de ponerse a jugar.—Sacó su varita desleal del bolsillo, mostrándosela a Sam y contemplándola él mismo con cierta admiración.—Provoqué una enorme explosión con esto, y de esa manera pude huir. Desde entonces, le tengo mucho respeto, pese a que no me obedezca.

Sin embargo, la misma varita bien podría haberle traicionado. Lohran tenía la teoría de que aquel artefacto funcionaba en base a la ira de quien la empuñaba, y cuando Lohran se sentía furioso, la varita respondía de manera exagerada.

Una teoría tan buena como cualquier otra.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 22, 2019 9:31 pm

No era la primera vez que le decían que sí manteniéndose al margen, acaso no estaba también favoreciendo al dividir las fuerzas. Como había dicho, sólo era uno de los muchos motivos que tenía para no pertenecer a ninguna organización: en sí, el motivo más importante en su momento fue Sebastian Crowley y ahora mismo era que ella no era una guerrera, ni mucho menos quería inmiscuirse en una iniciativa en la que no creía. ¿Sabéis lo peligroso que era eso, teniendo ahora una vida como la que tenía? No, gracias.

Lo es, pero solo es una de mis muchas razones —le respondió, encogiéndose de hombros, para luego encogerse de hombros. —De todas maneras una persona como yo no crearía ningún cambio. No soy una guerrera. No pinto nada en ninguna organización, sea cual sea. Sonará egoísta y créeme que no me importa, pero o aprendo a cuidar de mi vida primero o no sé qué voy a hacer intentando luchar por las del resto.

Por no hablar, claro, de que ni loca arriesgaría todo lo que ha conseguido por meterse en una organización como esas. Exigían tiempo y te hacían arriesgarte mucho. Quizás a Gwendoline no porque era un rostro conocido que podía servir a la larga, ¿pero a una fugitiva cuyo rostro lleva en las paredes desde el principio? Alguien como ella sí podía ir al frente.

Por eso ahora mismo valoraba tanto su vida porque dentro de lo mal que estaba, creía que tenía lo mejor que podría haberle pasado. No solo tenía un hogar, sino que tenía a alguien con quien compartirlo. Y ni ella todavía concebía el hecho de haber encontrado algo tan puro como el amor en alguien tan inesperado y mucho menos en la situación en la que se encontraba. Pero vamos, era eso quién la mantenía férrea en sus decisiones y no pretendía hacer nada que echase eso por la borda. Cómo habían cambiado las cosas desde hacía dos años, que se despertaba con ganas de morir en una caseta mágica, a ahora, que se despertaba en una cama mirando a Gwendoline.

Y por eso sabía que no servía para ninguna organización: por mucho que anhelase el cambio como todos, su vida era eso. Y estaba seguro de que cualquiera que pudiera conseguir eso, no lo arriesgaría.

Rió frente a la broma de los puristas idiotas, pues aunque sabía que no era cierta, meterse con ellos era gratis y sentaba bien a cualquiera.

Pues posiblemente, algo me dice que los expertos en campos mentales no tenemos demasiado que rescatar para un oficio de camarero —le respondió divertida. —¡Ojalá! ¿Por qué nunca se me ocurrió ser profesora de universidad? En realidad trabajaba en el Ministerio. Tras terminar la carrera el lugar más fácil en donde hacer prácticas, por falta de personal mayormente, era el Ministerio, así que como lo hice tan bien, terminaron contratándome de manera oficial. Trabajaba como Instructora de Legeremancia y… lo odié.

A fin de cuentas, ese había sido el motivo principal de que toda su vida se torciese tanto, de haber visto cosas tan desagradables y, sobre todo, de haber hecho cosas tan… terribles. Aún recordaba como más de un mortífago que ahora podrían estar por ahí matando gente, ella los había liberado de una condena por mentir por ellos. Siempre se había sentido tan mal por eso… Sin duda alguna había sido la vez en la que peor uso había dado a la legeremancia.

Sam se terminó el gofre en lo que Lohran hablaba de que evidentemente nada de lo que ocurrió podría haber estado en el pensamiento de nadie. A decir verdad, por mucho que la vida de Samantha en su momento fuese una mierda, también esperaba que las cosas hubiesen cambiado mucho más rápido y no se hubieran estabilizado de la manera en la que ocurrió.

Ya, yo siempre me quejo de mi suerte, pero supongo que a la hora de la verdad sería un poco hipócrita quejarme de no haberla tenido… —Reconoció, pues era la cruda realidad. Se había salvado varias veces de una muerte segura y eso no podía llamarse de otra manera. —Es que piénsalo: ¿qué clase de persona entrena duelos regularmente? ¡Sólo el que pretenda duelarse! Yo cuando era una persona normal, en mi vida me hubiera puesto a practicar. Jamás en la vida me imaginé teniendo que luchar por mi vida. Es que es muy fuerte… —Dejó el envoltorio de su gofre vacío a un lado en el banco, para luego sonreírle. —Bueno… por mucho que antes te hubiera dicho que prefiero estar sola que adherirme a cualquier organización, cuando veo esas cosas no me quedo de brazos cruzados. Me gusta pensar que aunque cada uno vaya por su lado,  todos seguimos estando en la misma cuerda floja… Y si yo puedo ayudarte una vez, tú me ayudarás en otra ocasión. —No hablaba exactamente de ellos dos, sino en términos generales. Y es que Sam nunca se había quedado quieta ni le había dado la espalda a nadie en problemas.

Aunque bueno, también había que decir que en aquel momento iba más loca por la vida, sin preocuparse por su propia integridad física. Ahora, sin embargo, aunque se lo pensaría más y regularía mejor sus acciones, no podría igualmente darse la vuelta e irse.

Cuando Lohran le comenzó a contar su historia con aquellos mortífagos, Sam supo hacerse una idea. Si unos mortifagos te atrapaban y seguías vivo, es porque jugaron contigo más de lo hubieran debido jugar. Y era consciente que, aunque no le dijese nada, lo podría haber pasado muy mal. Por desgracia, tenía experiencia en ese campo. Le daba tanta rabia que los mortífagos pudiesen decidir de esa manera con quién jugar hasta la muerte y con quién no… De verdad, le hervía la sangre solo de pensar en el por qué de que una persona inocente tenga que sufrir tanto solo por la maldad de terceros. La mano de Sam se posó sobre la pierna de Lohran y lo miró con seriedad, casi con el ceño fruncido. No sentía pena, más bien rabia por los mortifagos y admiración hacia Lohran, sobre todo por haber sobrevivido.

El exceso de confianza de ellos también suele estar a favor de nosotros —le respondió, pues con los Crowley le había pasado exactamente lo mismo. No llega a ser por eso y Charlie no hubiera metido sus narices en una de las muchas muertes que pasaban al día en ese hotel. Sam entonces sacó su varita, que no era otra que la primera de Gwendoline. No correspondía ni de lejos con la que Lohran vio que tenía aquella vez que se conocieron. —Esta tampoco es mi varita. No al menos la que tenía desde los once años y la que tenía cuando nos conocimos. —Tragó saliva y miró a la varita de Gwen, sonriendo. —Perdí la mía cuando me atraparon unos mortifagos y la partieron delante de mí. No sé cómo perdiste tu primera varita, pero yo sentí que se partía una extensión de mí y vi como todas mis posibilidades se perdían en la nada. —No dio detalles, evidentemente, sino que hizo un salto en el tiempo. —Estuve con una varita desleal meses después de eso y una amiga me cedió la suya de toda la vida cuando vio que me hacía caso y podía volver a hacer magia sin miedo a que las cosas explotasen en mi cara. —Y volvió a sonreír.

Los Crowley estaban en medio de esa historia, probablemente en manos de uno de los recuerdos más traumáticos, pero como estaba hablando de la varita y de Gwendoline, le era imposible no sonreír.

En realidad había tenido sus momentos de ‘pensar que no lo contaba’ aunque para ser sinceros, no solía contarlos. ¿A quién se lo iba a contar? ¿A Gwendoline para ponerla triste? La verdad es que si no era estrictamente necesario, prefería contarle las pocas cosas felices que había tenido en su vida como fugitiva: y desde que llegase a casa le iba a contar sobre Lohran. ¡Estúpida de ella no habérselo contado todavía!

Tengo varias historias de ‘pensé que no lo contaba’ y no sé si sentirme como una persona desgraciada o afortunada —confesó divertida, llevándose la pajita a la boca para beber del batido.

Definitivamente se sentía afortunada, pese a que su vida pareciese una desgracia tras otra.
Sam J. Lehmann
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Lohran Martins el Vie Abr 26, 2019 4:06 pm

Lohran dudaba que, al comienzo de todo aquello, hubiera demasiados guerreros en el mundo mágico. Si acaso, dichos guerreros estarían en el bando mortífago, ese bando osado que se había atrevido a dar un golpe de estado, a sabiendas de las posibilidades de éste de salir mal.

Lohran ni siquiera se consideraba un guerrero. El término ‘guerrero’ era demasiado complejo, y muy pocas personas encajarían en él… al menos, desde su punto de vista. Porque una cosa era ser un guerrero, y otra muy distinta ser un superviviente. El brasileño se consideraba uno de esos, al menos hasta el pasado septiembre. Y es que desde el cambio de gobierno, Lohran no había hecho otra cosa que procurarse su supervivencia y la de sus hermanas.

Lo de luchar… venía de hacía muy poco, y más que luchar, podría considerarse una venganza que pretendía llevar a cabo.

—Ninguna persona puede crear un cambio en solitario. En el mejor de los casos, podrá hacer un daño al gobierno equivalente a una picadura de mosquito en tu brazo.—Dijo Lohran, sonriendo divertido ante su propia comparación, aunque le parecía bastante exacta.—Y ya sabemos lo que suele ocurrirle a los mosquitos después de picar...—Suspiró, con la mirada perdida en algún punto de la noche por delante de él.—Eres una superviviente, entonces. Velas por tu supervivencia y por la de aquellos que te importan. Al final, esa es la única batalla que importa...

Se había puesto un poco melancólico, pero así opinaba: si alguna vez recuperaba a Prue, se marcharía con ella y Luciana lejos de Inglaterra. Aquella lucha dejaría de ser su lucha, y en lugar de sobrevivir, empezarían a vivir. Dicha posibilidad parecía tan lejana y risible que el propio Lohran estuvo a punto de carcajearse ante su propia ingenuidad.

Descubrió entonces que Sam trabajaba en el Ministerio de Magia, que junto con Hogwarts se había convertido en el epicentro del cambio de gobierno, el peor sitio en el que estar en aquellos momentos si no eras simpatizante de la causa mortífaga. Lohran había tenido suerte en ese aspecto: pasaba la noche en Hogsmeade, por lo que había podido acudir al rescate de su hermana al mismísimo colegio. De no haber estado presente, no quería ni imaginarse qué habría sido de Luciana. Y teniendo en cuenta que la había encontrado luchando con una de las simpatizantes de Lord Voldemort, posiblemente hubiera terminado muerta.

—Es fácil seducirnos con un buen puesto de trabajo y un buen salario, sobre todo cuando estamos empezando.—Respondió Lohran, con una sonrisa resignada en el rostro: así eran las malditas cosas, y el Ministerio además parecía algo tan hermoso en su momento que resultaba difícil decirle que no.—Y más si te elogian por lo bien que haces tu trabajo cuando no tienes más que veintidós años y llevas trabajando toda tu carrera para destacar. Créeme, te entiendo.—Suspiró de nuevo, pasándose una mano por su rapada cabeza.—No sé si te conté que, cuando todo cambió, yo estaba hospedándome en Hogsmeade. Había ido al colegio Hogwarts a instruir a algunos alumnos en la aparición, antes de las vacaciones de Navidad, y tuve mucha suerte de estar allí: de no haber estado, mi hermanastra seguramente habría terminado atrapada allí dentro. Y ya te digo yo que Luciana no habría sido capaz de mostrarse partidaria de los nuevos directores.—Aquello lo dijo con orgullo… a pesar de que, de darse la situación, claramente habría preferido que Luciana bajase la cabeza y conservase tanto su libertad como su vida.

Aquella reflexión sobre los duelos le pareció interesante, y supuso que el susodicho entrenamiento sólo lo llevarían a cabo aquellos que pretendiesen hacer uso de la magia de manera ofensiva, defensiva, o ambas. A su mente acudían aurores, principalmente, pero se imaginó que también los psicópatas de los mortífagos entraban en aquella categoría.

A fin de cuentas, sin los magos tenebrosos no haría falta tener aurores.

—Supongo que los aurores.—Le dijo.—Pero claro, han probado no ser suficientes para defendernos de cualquier cosa. Así que nos toca improvisar...

Le gustó saber que Sam seguía manteniendo su política de echar una mano a un compañero fugitivo en apuros, a pesar de que decía preferir mantenerse al margen de todos los grupos organizados y sus conflictos internos. Le parecía muy loable que quisiese aportar su granito de arena a una lucha que, aunque no la considerase como tal, seguía siendo su lucha. ¿Que por qué? Pues porque ella formaba parte del grupo más afectado por aquellas nuevas políticas del gobierno del Innombrable.

—Todo ayuda, ¿sabes? Un fugitivo libre es un fugitivo que vive para luchar un día más. Así que estás ofreciendo tu pequeño granito de arena. Ya sabía yo que tú eras una superheroína.—Curvó los labios en una sonrisa burlona, mirándola de reojo.—¿No tendrás una capa y un disfraz guardado en tu armario, no?—Bromeó, divertido. Resultaba curioso imaginársela de esa guisa. ¿Optaría por ser Supergirl, toda positividad? ¿U optaría por un estilo más oscuro, tipo Batwoman?

Colocó su mano sobre la de ella cuando sintió que la ponía sobre su pierna, y escuchó atentamente su historia con unos mortífagos que la habían atrapado. También la de la varita que llevaba consigo, y que ahora le mostraba al brasileño. Y le pareció una historia de lo más esperanzadora. Claro que él no conocía toda la verdad: que lo ocurrido con Sam la noche en que había perdido su varita dejaba en pañales la experiencia vivida por él.

—Yo no tuve mucho tiempo de lamentarlo en su momento: estaba librando un duelo con unos mortífagos en medio de los terrenos de Hogwarts, intentando proteger a mi hermanastra, cuando un hechizo de uno de ellos me alcanzó en la mano, me dejó una fea quemadura, y redujo mi varita a polvo. Nunca supe qué hechizo fue.—Le mostró la mano de la que hablaba, aunque en ella realmente no quedaba resto alguno de la quemadura.—Pero luego, sí lo noté, y más cuando tuve que ir por la vida con este trasto.—Sacó la suya propia, que no dejaba de ser propiedad de uno de aquellos mortífagos.—Y no sé si estoy exagerando o no, pero cuando la utilizo, siento como...—Se quedó pensativo un segundo, buscando una forma de expresar sus pensamientos con un ceño fruncido.—¿Alguna vez has intentado caminar con una pierna totalmente dormida? ¿O mover un brazo sobre el que te has quedado dormida y que te hormiguea? ¿Esa torpeza? Eso siento yo cada vez que uso esto.—Y, de hecho, en las muchas ocasiones en que se arrepentía de respetar esa varita, había pensado en romperla y deshacerse de los pedazos. Entonces recordaba que en más de una ocasión le había salvado la vida, y que le permitía usar la aparición, y se replanteaba sus planes.

Lohran alzó las cejas cuando Sam habló de las veces en que ‘casi no lo contaba’, y acto seguido se comió lo que quedaba de su gofre. Lo bajó con un poco más de batido, antes de dejar el vaso en el banco, junto a él.

—Depende de cuál sea tu criterio a la hora de valorar la supervivencia. Yo, tal y cómo nos veo, quiero pensar que hemos tenido suerte.—Esa era su forma de mantenerse positivo, a pesar de que hubiera tenido que perder muchas cosas en el proceso.—La supervivencia de nuestros seres queridos también es importante, y en ese aspecto yo creo que no he sido tan afortunado.—De hecho, no lo puso en palabras, pero más de una vez había pensado que, quizás, sus padres no habrían muerto si los dos mellizos hubieran sido atrapados de inmediato. Quizás, incluso, Luciana habría podido seguir llevando una vida relativamente normal.—Pero luego hay gente que termina jodidamente mal… de aquí.—Se colocó el dedo índice en la frente.—No sé si ellos se considerarán afortunados de seguir con vida...
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 08, 2019 3:52 am

Estuvo en el lugar correcto en el momento adecuado con el cambio de gobierno para poder ir a por su hermana antes de que todo se desatase en Hogwarts. La verdad es que nunca se había puesto a pensarlo detenidamente, pero la estancia en castillo para los niños debió de ser un duro cambio con los Lestrange al mando. No conocía a nadie que hubiera tenido que pasar por eso. Tampoco entendía a las personas que mandaban a sus hijos actualmente allí, con todavía esos dos monstruos al mando. Nadie se creía que esos dos pudieran dar una buena educación a niños de once años sin meterle cosas horrendas en la cabeza.

Cuando Sam había compartido con otros fugitivos su manera de ver las cosas, normalmente no era compartida: de hecho, lo normal era que una persona considerase a Samantha una cobarde por no adherirse a ninguna organización y luchar junto al resto. ¿Pero sabéis qué? ¡Bastantes problemas tenía ya como para estarse preocupando de la opinión de un aliado! Sin embargo, el apoyo de Lohran le sentó bien y le devolvió una sonrisa.

Muy pequeñito —resaltó lo del granito de arena. —Tengo un disfraz de Deadpool, ¿ese cuenta? Aunque ni de lejos soy tan ingeniosa como Deadpool. Y encima no lleva capa. —Se rió.

Recordaba perfectamente el día en el que había ido a ver esa película al cine y todavía se sorprendía de que se hubiera dejado convencer con el argumento de ‘es una película romántica’. Lo peor de todo es que no podía rechistar porque era verdad. Aunque debía de admitir que cuando hablaba de Deadpool lo que más recordaba era cuando se había disfrazado de eso y Gwendoline le había besado con la excusa de que la estaba protegiendo de las moscas. ¡Quién las viese y quién las ve ahora!

Lohran también había tenido que acostumbrarse a una varita nueva con la que no estaba cómodo y Sam lo entendía perfectamente, con la diferencia de que cada vez que Sam utilizaba aquella varita de Vladimir lo que temía es que algo—o ella—estallase en mil pedazos. Así que mientras intentó explicarle lo que él sentía con una varita desleal, Sam asintió varias veces con la cabeza, sonriendo.

Lo puedo entender —le respondió. —Yo antes tenía otra desleal y lo que sentía era inestabilidad, como cuando te das un susto porque pierdes el equilibrio. Cada vez que la usaba sentía que podía pasar cualquier cosa. Cualquier cosa menos la que yo quería hacer, ¿sabes? —Añadió, encogiéndose de hombros. —Yo al menos con aquella no tuve ni un momento en el que pudiésemos entendernos. Siempre la vi una varita muy… pasional y yo nunca suelo dejarme llevar por mis emociones cuando uso la magia. ¿Tú has tenido algún momento de unión con ella o es un caso perdido? —Preguntó con respecto a su varita actual.

Quizás había solución a la larga, o quizás iba a tener que lidiar con un palo que no le terminaba de hacer caso nunca. Sam había tenido mucha suerte no solo de que la varita de Gwendoline le obedeciese desde un principio, sino también de tener a semejante amor de mujer en su vida como para que se la cediese.

Sam también apostaba con que había tenido suerte: había sobrevivido a muchas cosas en las que muchas personas podrían haber muerto. Sebastian, Vladimir, Zed… Sus innumerables cagadas estando sola como fugitiva y recibiendo una mano amiga en situaciones muy complicadas… Y también podemos meter en el saco a Artemis Hemsley y compañía. Sin contar, claro, todas las movidas que le habían caído encima por el gobierno mágico, independientemente de toda la mierda que le había caído fuera de eso.

Bajó la mirada cuando Lohran mencionó la pérdida de los seres queridos y… definitivamente en eso Sam había sido muy afortunada. Se habría despegado de todo el mundo, pero al menos todos habían estado bien en los años de separación. Al menos ahora, que los había recuperado, sentía que luchaba por algo que valía la pena. Desgraciadamente, después de todo el tiempo bajo el yugo de Sebastian Crowley, su vida como que había pasado a valer mucho menos que la del resto. En su opinión, claro. Ella tenía claro que se iba a lanzar de cabeza por las personas a las que amaba.

Cuando mencionó el estar mal de la cabeza, suspiró mientras asentía.

Pero es normal, Lohran… —dijo entonces, algo triste. —¿Cómo no te vas a volver loco si pierdes todo lo que tienes? —Parecía una pregunta fácil de responder, pero había que pensarla profundamente: perder todo lo que amas. Sam se ponía a pensar en qué pasaría si perdía a Gwendoline, a Caroline, a sus amigos, a sus padres… ¿y qué narices le quedaba, si prácticamente había vuelto a tener la ilusión de vivir por todos ellos? —Yo en realidad no quiero ni pensarlo.

Ya había pasado por momentos así, aunque en otras circunstancias y definitivamente volverse loca le había quedado tan cerca como la vuelta de la esquina.

—La verdad es que no sé ni qué sería de mí: ¿quizás me enfadaría tanto que me convertiría en una asesina vengativa intentando buscar justicia sin miedo a morir? ¿Quizás me quedaría en casa, a la espera de morirme en los restos de mi propia depresión? —Y se llevó una mano a la frente, para rascarse. —Creo que me pega mucho más la segunda opción. —Se llevó la pajita del batido a los labios, para beber un poco de ello. —Podría decir muchas cosas que suenan a tópicos optimistas y frases sacadas de un libro de energías positivas, pero creo que precisamente para personas como tú y yo no funcionan. Te juro que cuando hay gente que intenta darme ánimos con respecto a mi situación, en cualquier ámbito, me enfado —confesó algo que pocas veces había confesado. —No me enfado con la persona, que lo hace con su mejor intención pero… me molesta mucho que crea entenderme. Si no me entiendo ni yo, ¿cómo va a entenderme él? —Esa última pregunta la dijo con un tono entre divertido y enfadado, haciendo rodar sus ojos.
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Lohran Martins el Jue Mayo 16, 2019 2:06 am

Lo que había dicho Lohran, eso de que un fugitivo libre es un fugitivo que vive para luchar un día más, podía aplicarse también a ellos: ¿qué ocurriría el día en que un desafío, una situación en que hipotéticamente podrían hacer algo por un fugitivo en apuros, qué ocurriría el día que una situación así se torciese? ¿No acabarían dos fugitivos muertos o entre rejas? Parecía una línea de pensamiento lógica y, desde luego, un tanto egoísta.

Sin embargo, Lohran jamás sería capaz de mirar hacia otro lado, de dejar a uno de sus compañeros en apuros si había algo que él pudiese hacer para remediarlo. Al menos, lo intentaría, pero siempre dentro de sus posibilidades. No era estúpido, después de todo.

—No consideraría yo a Deadpool como el modelo de superhéroe estándar, la verdad.—Le respondió con una media sonrisa.—Creo que Deadpool utiliza demasiado la espada para considerarse superhéroe.—Aunque, todo había que decirlo, tenía mucha más gracia que todos esos superhéroes buenazos.

Con respecto a las varitas desleales, por lo visto, los dos eran bastante expertos. Samantha le contó su experiencia con respecto a la anterior, la que había sustituido con la de su amiga, y la comprendió: él también había tenido esa sensación en más de una ocasión. Sin embargo, el brasileño opinaba que dicha sensación se debía principalmente a la experiencia: ambos sabían que sus varitas eran peligrosas, inestables, e inevitablemente se instalaba en ellos un miedo genuino a dicha inestabilidad. Porque no hay mayor miedo que el no saber qué va a suceder.

—Los pocos momentos de unión que tuve con esa varita fueron en los que me cabreaba de verdad.—Confesó el brasileño. No es que se sintiese orgulloso de ello, pero sí había tenido que enfurecerse muchas veces a lo largo del tiempo que llevaba siendo fugitivo. Y desde la falta de su hermana, Lohran encontraba muy fácil el enfurecer. Casi le salía natural.—Pero mayormente, no nos entendemos. Lo único que hace es… lo que le apetece. A veces me da la sensación de que esa cosa tiene vida propia, no entiendo todavía muy bien cómo.—Lanzó un suspiro, recordando todas las veces que Lohran había esperado que sucediese algo con su varita… y esta, o bien no hacía nada, o bien hacía demasiado. No sabía cuál de las dos prefería.

Con respecto a perder aquello que amaba… Lohran conocía muy bien la sensación de que, literalmente, te arranquen el corazón del pecho. Cuando pensaba en dicha metáfora, no podía evitar recordar esa escena de la película Vengadores: La Era de Ultrón en que la Bruja Escarlata arrancaba, literalmente, el corazón mecánico de Ultrón, asegurando que así se sentía uno cuando moría.

Cuando tuvo que presenciar, impotente, cómo le arrebataban a Prue, la sensación fue similar. Para Lohran, el mundo parecía haberse terminado aquel día, y le había costado muchísimo recuperar las ganas de vivir. Y no era para menos: su relación iba más allá de ser hermanos. Nadie comprendería dicha relación, solo ellos dos.

Luciana había sido su principal motivo para seguir adelante. Sin Prue, sin su madre y sin su padrastro, su hermana pequeña era lo único que le quedaba. Así que ya sólo le quedaba vivir por ella y por la posibilidad remota de recuperar a su melliza. La venganza también le motivaba, pero con todo y con eso, sabía que no podía excederse: si algo le pasaba a él, Luciana se quedaría sola, y por mucho que ya tuviera diecisiete años, seguía siendo una niña.

—Es fácil perder el juicio cuando crees que lo has perdido todo.—Le dijo a Sam, lanzando a continuación un suspiro. Tampoco él quería ponerse a pensar en ello, pero debía asumir la realidad: pocos eran los días en que no pensaba en ello. Especialmente cuando se despertaba en medio de la noche y buscaba, junto a él en su cama, el cuerpo de una Prue que ya no estaba.—No sirve de nada que te preguntes qué habría sido de ti: no has tenido que afrontar esa situación. Siéntete afortunada, y sigue luchando cada día por aquellos que te importan.—Le sugirió, sabiendo lo mucho que dolía perderlos. ¿Y sabéis qué era lo peor de todo? Que él había luchado… y había perdido irremediablemente.

Él tampoco era demasiado dado a la compasión. Ni a darla, ni a recibirla. Agradecía que la gente le acompañase en el sentimiento, pero si podía hacerlo en silencio, mucho mejor. Tampoco le gustaba que le hablasen en pasado de sus seres queridos, remarcando lo buenos que habían sido, o lo poco que merecían lo que les había sucedido en la vida. Aquellas cosas le ponían enfermo, y por eso casi nunca hablaba de su madre y de su padrastro, cuanto menos de Prue.

Lucy lo intentaba, pero él siempre evitaba aquellos temas de conversación. Y se sentía mal al hacerlo: a fin de cuentas, la más joven de la familia sólo buscaba desahogarse, compartir sus sentimientos, decirle cómo se sentía y que él hiciese lo propio. Sus intenciones eran buenas.

—Sí, he pasado por eso bastantes veces. No me gusta nada que la gente intente ponerse en mi situación. Especialmente si no han vivido nada parecido. Aunque, todo sea dicho, la gente con la que me junto desde que empezaron mis desgracias ha vivido situaciones parecidas… No es como que mis padres muriesen de forma natural, ni que mi hermana haya perecido en un accidente de coche, y quien venga a darme el pésame sean los vecinos entrometidos...—A pesar del tema de conversación tratado, no pudo evitar hacer aquella observación de manera un poco humorística y sarcástica.—¡Que les den! Si no nos comprenden, que no lo intenten. Más vale que a nadie se le ocurra psicoanalizarme, o quizás se asuste.—Ahora sí, bromeaba abiertamente, con una sonrisa en los labios. Y lo mejor de todo es que algo de verdad había en sus palabras: estaba seguro de tener algún tipo de enfermedad mental. O algún trauma, por lo menos.

Se terminó el batido con ese característico sonido de sorber cuando la pajita rebañaba los últimos restos del líquido del fondo del vaso, y lo dejó a un lado. Se puso entonces en pie, estirándose para desentumecer los músculos, y lanzó un sonoro bostezo. No se tapó la boca, pues no tenía costumbre de hacerlo.

—¿Te apetece dar un paseo? Siento que si me quedo ahí sentado, se me quedará el culo plano.—Bromeó.—Hace buena noche, y podemos disfrutar un rato más de la brisa nocturna.

No es que Lohran tuviese mucho más que hacer esa noche, pues su trabajo ya lo había cumplido, pero no le apetecía quedarse sentado. Un buen paseo antes de volver a casa le despejaría las ideas, y quizás se le ocurriría algún tipo de plan para acercarse al tal Fonollosa y sacarle la información que necesitaba.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 18, 2019 2:43 am

No, definitivamente Deadpool no era un superhéroe. Recordaba cuando había ido a verla haber hablado precisamente de eso y que Emily le dijera de que en realidad era un antihéroe: alguien que hacía cosas malas pero para conseguir algo bueno. O algo así era. Mira, ahora que se ponía a pensarlo: los radicales sí que eran más como Deadpool.

En la vida de un fugitivo podría decirse que es ‘normal’ perder la varita, bien de una manera o de otra. Era cierto que precisamente en la manera en la que la perdió Sam había sido un momento muy desafortunado en el que, directamente, no debería de haber salido con vida, pero no era la primera vez que la varita se le quedaba atrás en sus posibilidades para salir ilesa de alguna situación. Y la verdad es que nadie acostumbrado desde los once años a tener varita sabe lo que es perderla hasta que no la tienes. Es que había situaciones en donde directamente te sentías inútil.

—Una varita muy temperamental, ¿no? —Cabrearse de verdad no tenía nada de malo. Al menos Sam sentía que no sacaba el cien por cien de lo que podía dar si no llegaba a enfadarse. Quizás porque era demasiado tranquila y nerviosa sentía que en un duelo no lo daba todo hasta que su cuerpo realmente luchaba por darlo todo. Era raro. Por suerte nunca había tenido que cabrearse tanto. Quizás de haberlo hecho la varita de Vladimir Crowley le hubiese hecho un poquito de caso. —Al menos… te sirve para aparecerte. Con diecisiete años no lo valoraba tanto, pero la aparición es un regalo en nuestra situación. Si ya salir a la calle es complicado así, imagínate hacerlo en autobús o metro… —Por no hablar del aumento económico que supondría.

El día que el Ministerio de Magia diese con la manera de poder registrar las apariciones en Londres iba a ser… catastrófico. Esperaba que no hubiese ninguna manera de hacerlo.

Hablar de perder a tus seres queridos era… complicado. Sí, para Lohran sobre todo que había perdido a su hermana melliza, pero Sam también pasó mucho tiempo alejada de todos ellos teniendo en mente que terminaría muriendo antes de volver a verlos. Sin embargo no era lo mismo que se fueran de tu vida a que sencillamente desapareciesen por completo. Aunque Sam no hubiera estado con ellos durante todo ese tiempo, ella sabía que estaban bien.

—Sí… eso hago —le respondió al final, pese a que su mente divagase con todos los posibles ‘¿y si…?’ que estuviesen disponibles. Ella valoraba lo que tenía, pero le era imposible no tener pensamientos negativos después de todo lo que le había pasado.

Mucha gente pensaba que frente a una vida de mierda—la de un fugitivo—uno debía de decir ciertos comentarios agradables para hacer sentir mejor a la persona en concreto. Y no, en absoluto. Casi que era mejor que no dijeras nada y te quedases callado. Uno no podía ni de lejos intuir lo que pasa por la vida de cada uno de los ‘traidores’ del gobierno, pues ninguno pasaba por las mismas desgracias ni tampoco tenía la misma suerte.

Sonrió cuando Lohran le dijo que se rodeaba de gente que había vivido cosas parecidas y Sam le sonrió un poco. En realidad le gustaba saber que al menos Lohran estaba en un lugar a salvo, rodeado de gente como él y que precisamente no había nadie intentando hacerle sentir mejor de manera vacía y molesta.

—Eso mismo. —Luego rió, divertida, con eso del psicoanalisis. —Pfff… Solo una persona muy valiente debería psicoanalizarnos o ya te digo que al final el que termina atrapado en la locura será él. —El fugitivo que hubiese tenido una vida  tranquila siendo fugitivo la verdad es que tenía una suerte descomunal. Quería pensar que la gran mayoría de los que viven en el refugio de la Orden del Fénix vivían así, sin que le hubieran arrebatado mucho más que la libertad. Que podría sonar a mucho igualmente, pero cuando vives más cosas te das cuenta de que tampoco es lo más importante.

Ella todavía no se había terminado el batido porque eran de esas personas que tomaban sorbitos muy pequeños cada vez, pero igualmente se levantó cuando Lohran lo hizo, con el batido en su mano dispuesta a acabárselo antes de llegar a casa.

—Me apetece. —Sonrió a su amigo, cogiendo los envoltorios vacíos del banco y tirándolos en la basura que había cerca del mismo. —Para ser Londres en febrero, sí que hace buena noche. En realidad me empieza a dar frío después de haber parado de correr, pero confío en que el azúcar y el chocolate hagan su trabajo en mi interior. —Bromeó, poniéndose a su lado para comenzar a caminar con Lohran hacia ningún lado. Volvió a beber de su batido, dándose cuenta de que estaba a punto de acabarse… ¿sabéis ese momento en el que te da pena acabarte la comida? Pues le estaba pasando eso con el batido porque de alguna manera el final de comida solía ser el final de la ‘cita’, por lo que lo miró. —En realidad… no tengo en mi lista de contacto a ningún otro fugitivo porque soy una pesada con que no quiero tener nada que ver con el resto… —le confesó, pues hacía poco había borrado a Uva Pasa después de apenas tener más relación con él. Lo cual agradecía, la verdad. Era un niño muy mono, pero no, definitivamente no. —Pero supongo que ya sabes… y si no sabes te lo digo: para mí fue muy importante aquel simple momento en donde comimos sobre el frisbee de tu perro. Lo estaba pasando mal y me hiciste sonreír. Pocas cosas me hacían reír en ese momento... —Ladeó una sonrisa, honesta. —Si no al menos déjame darte mi número por si necesitas algo o sencillamente no tienes a nadie con quién comerte un gofre a estas horas. Yo para estas cosas siempre estoy disponible.  —Y entonces se cortó a ella misma. —Bueno, hablo en serio.

Lohran había sido una persona especial en aquel momento de su vida y si bien había asumido que no lo iba a volver a ver más nunca, el hecho de haberlo hecho parecía que era una oportunidad para corregir su mala costumbre de apartar a las personas. Si no quería lo entendería, por supuesto, pero bueno… Era el primero con quién se arriesgaba y creía que iba a merecer totalmente la pena.
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Lohran Martins el Lun Mayo 20, 2019 1:22 am

Temperamental.

Sin lugar a dudas, aquella palabra describía a la perfección a aquella varita, y a su anterior propietario, al cual Lohran había tenido el dudoso placer de conocer durante un breve lapso de tiempo. El brasileño había conseguido ver su lado más salvaje, más furioso, manifestado en una salva de maldiciones, tanto mágicas como verbales, en su dirección. ¿Y lo gracioso de todo? No se había limitado únicamente a tacharle de sangre sucia, sino que también había optado por atacar a su color de piel.

Todo un personaje digno de recordarse. ¿Cómo se habría sentido cuando ese mismo negro sangre sucia le pateó el culo y le robó su varita? Seguro que no muy orgulloso de sí mismo.

—Temperamental es poco decir.—Se encogió de hombros, maravillándose una vez más del hecho de que pudiesen estar hablando de una varita, supuesto objeto inanimado, como algo capaz de desarrollar emociones complejas.—Sí, aunque creo que si no me ha hecho estallar en pedazos es porque soy un experto en la aparición. No es que intente dármelas de narcisista ni nada por el estilo, pero creo que influye el hecho de haber estado tantos años practicando y enseñando.—Le dedicó una leve sonrisa.—Pero bueno, sí, concedámosle su parte de mérito: sin varita no podría aparecerme, y tendría que recurrir al transporte muggle… o al famoso coche de San Fernando.—El cual, como decía la canción, era ‘un poquito a pie y otro poquito caminando’.

Con respecto a ellos dos, allí sentados y aparentemente tan normales, uno podría pensar erróneamente que eran dos personas más, dos de los tantos habitantes de Londres. Dicha asunción sería de necios, pues ellos no tenían nada de normales: seguramente, habían visto y vivido mucha más mierda de la que cualquier persona sería capaz incluso de imaginar, y estaba seguro, al menos en su caso, que dicha mierda le había pasado factura. Por eso, cualquier psicólogo que se preciase debería ir preparado, o de lo contrario se asustaría mucho.

Y no sabía Lohran si la valentía sería suficiente para salir con bien de esas.

—No sé qué decirte. Ya dicen que de valientes está lleno el cementerio. Quizás simplemente sea mejor mantenerse alejados de nuestra sesera.—Bromeó, casi riendo, pues no había mejor manera de sobrellevar una vida como aquella más que el humor. Sin el humor, Lohran estaba seguro, se habría vuelto loco hacía mucho tiempo.

Con aquella cena entre muchas comillas ya terminada, Lohran, quien era un culo de mal asiento, sugirió continuar con la conversación mientras caminaban. La noche no estaba mal, después de todo, y al brasileño le vendría bien estirar las piernas.

Ella aceptó, y enseguida se pusieron en movimiento.

—Otro día te echo una carrera a todo lo que nos dé el cuerpo, y verás qué manera más buena de entrar en calor… y de morirse al final, ¿por qué no decirlo?—Bromeó, dando por supuesto que habría otros días en que ellos dos podrían estar simplemente así, de una manera que casi parecía normal. Lo cual venía bastante a colación con la conversación que siguió.

Samantha le agradeció algo que él mismo tenía que agradecerle a ella: su primer encuentro, casi dos años atrás. La bruja había sacado al brasileño de una situación cuanto menos peliaguda, impidiendo que fuese él el primero de los Martins en terminar en el Área-M, y en cambio le daba las gracias a él por hacerla sonreír en una mala época. La vida a veces tenía un extraño sentido del humor.

—¿Estás de coña? El que está agradecido soy yo. Todavía no sé cómo conseguimos salir de aquella, pero lo que tengo claro es que no habría podido ser si no fuese colaborando juntos.—Le dijo, pensando a continuación en su petición.—Si te digo la verdad, no tengo ningún medio de contacto propio actualmente. Es decir, llevo sin teléfono móvil tanto tiempo que ya ni me acordaba de él. Pero supongo que podría hacerme con uno: ya no me va tan mal de dinero, y seguro que dentro de mi refugio pueden conseguirme algo...—Se rascó con los dedos pulgar e índice de la mano derecha el mentón cubierto de una barba de un par de días, en actitud pensativa.—Además, siempre puedo recurrir a algún teléfono público mientras no tenga el mío propio.—Lo cual le recordó algo importante, y enseguida se puso a palparse la chaqueta en busca de algo para escribir.—Hay un sitio al que puedes llamarme mientras tanto: es un teléfono público, encantado para recibir llamadas si se marca un prefijo específico. No es sólo mío, pero si llamas ahí, podrán localizarme… ¿Tienes algo para escribir?—Porque, como ya resultaba evidente, Lohran no llevaba encima ningún bolígrafo, cuaderno o similar. Lo más parecido era el sobre con el dinero que había entregado en el refugio que habían visitado hacía un rato, y obviamente ya no lo llevaba consigo.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 30, 2019 1:59 am

En su momento Sam también había pensado que casi que era mejor no tener varita a tener la varita de Vladimir Crowley y, a pesar de que apenas la utilizaba, por miedo a hacer explotar la casa de Caroline, se había resistido de dejarla ir porque sentía que tenía que tener cerca la herramienta necesaria para hacer magia. Se había acostumbrado a hacer las cosas sin magia, pero aún así no podía deshacerse de ella por muy suicida que resultase tenerla en tu poder. Solo un mago podía entender esa varito-dependencia, pero es que sin varita… no podía acceder de ninguna manera a todo lo que habías estado aprendiendo durante todos los años de tu vida.

—¿San Fernando? —preguntó, enarcando ligeramente una de sus cejas al no entenderlo. No conocía ningún Fernando, mucho menos santo y que fuese famoso. Algo le decía que era de esos típicos dichos popular de los que ella no tenía ni idea. Pero vamos, seguro que era mejor opción que ir en el dichoso metro.

Finalmente se pusieron de pie, con intenciones de dar un paseo que probablemente terminase con que alguno se terminase desviando hacia donde vivía. Sam, por su parte, dio ese pequeño pasito al que no estaba habituada: pedir algún tipo de manera de seguir manteniendo el contacto. Lohran era un fugitivo especial… no porque fuera negro, que también, sino por la experiencia que compartían en el pasado ambos. Sam había tenido muchas experiencias fuertes en su pasado, muchas que prefería no recordar, otras tantas que pasaban desapercibidas y muy poquitas que resaltaron entre tanta oscuridad. Eran precisamente esas las que quería resaltar en sus memorias.

La rubia llevaba ya mucho tiempo haciendo un ejercicio mental sobre su propio pasado, intentando darle mucho más peso a las cosas buenas que había pasado y había conseguido, que a las malas. No era fácil: ser optimista por conveniencia era terriblemente difícil y ella, pese a todo, se trataba de pesimista en su día a día. Normalmente ese positivismo te sale cuando hablas de otra persona, de un tema que no te concierne, ¿pero contigo mismo? Era… muy complicado. Sin embargo, se había dado cuenta de que era la mejor manera de dar, de nuevo, esos pasitos hacia adelante. Total, el pasado no se puede cambiar, ¿no? Qué menos qué quedarte con lo poco que te pudo haber aportado… aunque sea terriblemente difícil apartar una cosa de otra.

—Me gusta esa manera de ver la vida: colaboración. Entonces ambos tenemos algo que agradecer al otro. —Le sonrió, siendo muy consciente de que Sam no se refería, en realidad, a aquella persecución en donde tuvieron que huir a contrarreloj, sino al momento de después. Tampoco iba a insistir, ni a matizar, pues le valía con que Lohran supiese que Sam le estaba agradecida por lo que hizo ese día por ella. Cuando Lohran le dijo que si tenía algo para escribir, Sam se señaló a la cabeza. —Soy Ravenclaw, ponme a prueba.

Lo dijo con toda la seriedad del mundo, pero finalmente se rió y negó con la cabeza rápidamente, acompañándose del leve zarandeo de su mano.

—No me pongas a prueba que seguro que fallo, con la de cosas que tengo en la cabeza. —Bajó la cremallera del bolsillo de su chaqueta y sacó del interior el móvil. Lo desbloqueó y vio que Gwendoline le había contestado, a lo cual recordó que le había soltado la piadosa mentira de que estaba con Laith para que no se preocupase. Se sintió un poquito mal, por lo que le dijo algo y rápidamente abrió las ‘notas rápidas’ para tenderle el móvil a Lohran para que apuntase él el número y el prefijo necesario. —En realidad te lo pido por… capricho personal. No sé si se nota, pero me caes bien —dijo bastante divertida por confesarlo de esa manera. —No creo que te llame para pedirte nada, aunque quizás te llame para preguntarte que si ya tienes móvil.

Quería que tuviera claro que, pese a todo, no tenía intención de contar con él para meterlo en ningún lío, a menos que eso fuese estrictamente necesario, cosa que dudaba que pasase pues aunque fuese ‘estrictamente necesario’ todos sabemos que Sam no es mucho de meter a otros en sus problemas, ¡aunque con Gwen hubiese pasado justo lo contrario! El hecho de tener un método de contacto con Lohran era por pura amistad, más que por hacer que se inmiscuyese en más problemas de fugitivos que no le conciernen.

Continuaron caminando por la calle en dirección a ningún sitio y, cuando le devolvió el móvil a Sam, respondió a Florecilla del Desierto escuetamente, y volvió a guardárselo. Se dio cuenta de que probablemente Lohran hubiese visto una notificación de WhatsApp de ‘Florecilla del Desierto’, por lo que sonrió y lo miró.

—Florecilla del Desierto me va a matar cuando llegue a casa y le diga que en verdad no estoy con un amigo común en un entorno tranquilo y fuera de peligro, sino con un fugitivo de veinticinco mil galeones, paseándome por Londres como si nada ocurriese, ¿sabes que si ahora alguien nos pilla, le solucionaríamos la vida? —Apuntó como dato curioso: ¿cuánta sería la suma entre los dos?
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Lohran Martins el Sáb Jun 01, 2019 11:34 pm

Lohran no pudo evitar encontrar sumamente cómico que Sam no entendiese la referencia al coche de San Fernando. A veces se le olvidaba que hacía referencias a latinoamérica, o a cosas que decía su madre, quien no era el mejor ejemplo de mujer inglesa.

Así que no se rió, pero sí dibujó una burlona sonrisa en los labios. Seguramente, su amiga austriaca no había escuchado hablar en la vida del buen San Fernando que, por lo visto, gozaba enviando a sus fieles de un lugar a otro caminando. ¡Porque tenía que ser así, que en la época de los santos, cuanto menos, ya existían las carretas de caballos! Así que si pretendía decir que no existía otro medio de transporte, sería fácilmente desmentido.

Menudo pensamiento más estúpido, pensó mientras se disponía a explicarse.

—Es una frase hecha. Seguro que en inglés no tiene el más mínimo sentido.—Le dijo con toda seguridad, antes de recitar en portugués de brasil:Vamos en el coche de San Fernando: un poquito a pie y otro poquito caminando.Le explicó, haciendo a continuación una traducción improvisada al inglés.—Es una tontería.

Eso estaba más claro que el agua.

Mantenerse en contacto, al brasileño, le parecía bien: consideraba a aquella chica, cuya vida había pegado una buena mejoría desde la última vez que se habían visto, una persona que merecía la pena, y ya bastante mal le había salido dejarla marchar hacía dos años. Sin embargo, lo único que podía ofrecerle era un impersonal teléfono público pirateado mágicamente por los radicales como medio para estar en contacto, prometiéndole que cuando consiguiese un teléfono móvil, ella sería la primera en tenerlo.

Le dedicó una media sonrisa cuando mencionó lo de ponerla a prueba, y a punto estuvo de hacerlo, pero ella se rindió antes: su memoria Ravenclaw, por lo visto, no era fotográfica. O eidética, un término que por lo visto era más correcto.

—La oferta de echarte una mano sigue en pie.—Dijo Lohran mientras tecleaba su nombre seguido del número de teléfono en la aplicación del teléfono de Sam. Tuvo que ignorar a la tal Florecilla del desierto en el proceso, pues había enviado a Samantha un mensaje que vio brevemente, y que contenía un inusitado número de emoticonos de labios rojos. Muy cariñosa.—Inténtalo por la noche, ¿vale? Durante el día suelo estar más ocupado, y con el cuento de las guardias en mi refugio, siempre hay alguien despierto y cerca del teléfono. No te preocupes, que no despertarás a medio barrio: nos hemos asegurado de bajarle el volumen para que solo pueda escucharlo quien esté a menos de dos metros.—Le explicó, al tiempo que le devolvía el móvil para que pudiese responder a su Florecilla.

Le parecía curioso, eso sí, que se atreviesen a pasear los dos juntos, como si nada, por Londres. El Londres de los mortífagos, podría denominársele. Si los atrapaban juntos, como bien decía Sam, harían el agosto: más de uno podría retirarse un par de años de su trabajo, o quizás incluso más, si sabía ser ahorrador y jugaba bien sus cartas.

Pero bueno, ya se jugaban el tipo siendo un negro y una rubia, los primeros en morir en las películas de terror de serie B. ¿Qué más podía pasar?

—Tú y yo sabemos que si alguien intenta atraparnos, no se lo pondríamos lo que se dice fácil. Además, quizás los Rhodes decidan aparecer de nuevo a rescatarnos… y descubramos que en realidad nos utilizan como cebo para atrapar mortífagos. ¿No sería gracioso?—Gracioso dentro de lo mala que sería esa hipotética situación, claro.—Es reconfortante ver cómo has podido recuperar tu vida, la verdad. Si hace dos años me llegas a decir que alguien estaría enviándote mensajes amorosos, preocupada por tu paradero, no te habría creído. Tiene que ser bonito eso...

Lohran no pudo evitar componer una mirada ausente y soñadora, recordando los viejos tiempos en que recibía cada cinco minutos un mensaje preocupado de Prue. Aquello había dejado de suceder después de que fuese apresada, y si bien Luciana se había convertido en una buena sustituta para la preocupación, para entonces Lohran ya no tenía teléfono móvil que pudiera sonar.

—¿Esa Florecilla es tu pareja?—Preguntó con toda naturalidad.—Diría yo que por esa cantidad ingente de emoticonos de labios, te quiere mucho.

Lo dijo sin ningún tipo de maldad, sonriéndole brevemente mientras la volvía a mirar a los ojos. Se dio cuenta, una vez más, de lo mucho que echaba de menos a Prue. La vida, realmente, parecía haber perdido todo su sentido desde que ella ya no estaba.
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Sam J. Lehmann el Lun Jun 03, 2019 12:40 am

Cuando tenías que explicarle una frase hecha a alguien, como que perdía el sentido, ¿no? Le sonrió de manera divertida al escucharlo hablar en portugués, pues aunque no entendió nada, sí que notó perfectamente que la frase rimaba. Le gustó cómo sonó, además, pues nunca había escuchado a nadie hablar en ese idioma.

—No creo que sea una tontería: no veas la de veces, quizás ya no tanto, pero cuando era más joven siempre me venían frases hechas en alemán que no podía utilizar porque nadie las iba a entender, por mucho que las pudiera traducir. —Se encogió de hombros. —Así que te entiendo. Aunque esa del coche de San Fernando ha sido totalmente nueva para mí.

Lohran era muy mono y sabía perfectamente que aquel chico le echaría la mano que hiciera falta si Sam se lo pedía. Y también sabía que si Lohran le pedía algo, probablemente Sam quisiese aceptar. Y digo 'quisiese aceptar' porque sabía que dependiendo del nivel de dificultad, Florecilla quizás no estaba tan de acuerdo en que le echase la mano a otro fugitivo. Sobre todo porque no sabía nada de Lohran. Sam iba a tener que poner al día a Gwendoline cuando llegase a casa—si decidía no enfadarse después de la mentirijilla—sobre su amigo, pues aunque estuviese tan hasta arriba de mierda como la propia de Sam, había sido y era de lo mejor que se había encontrado.

—Vale, pues por la noche. —Recuperó su móvil, sonriéndole. —Te iba a decir que tú también podías contar conmigo, pero creo que a menos que aprendamos a comunicarnos por señales de humo, vas a tener difícil volver a dar conmigo.

La verdad es que si Sam en algún momento supiera que Lohran pertenecía a los radicales, probablemente su predisposición a ayudarle con algo mermase un poco. Las experiencias que Sam había tenido con ese tipo de fugitivos no habían sido muy buenas—además de que se había ganado el odio de algunos por ayudar a quién no debía en cierto momento de su vida—y tampoco apoyaba demasiado sus maneras de hacer las cosas. Sin embargo, una cosa era lo que Lohran necesitase individualmente a lo que pudiera necesitar por alguna misión. Él, por mucho que le dijera a dónde pertenecía, no le iba a cambiar en absoluto su percepción. Creía de verdad que no le había mentido con su forma de ser, pues eso sí que sería decepcionante.

Una divertida risa salió de ella cuando mencionó a los Rhodes.

—¡Arggg! ¡No me hables de ellos! Qué asco les cogí aquel día. —Puso los ojos en blanco. —No le deseo el mal a nadie y de verdad que puedo entender ese interés individual por tus seres queridos, pero ojalá que mi camino no se vuelva a cruzar nunca con el de ellos. —Porque eran personas que, pese a todo, no sabía si podías llegar o no a fiarte, pues eran unos traicioneros pero, después de todo, tus aliados. ¿Frente a un mortifago y ellos, qué se supone que hacías? ¿Esperar que los Rhodes te empujasen hacia el enemigo?

¿Y ella hace dos años se lo esperaba? Ella hace dos años sólo esperaba el día en el que Sebastian decidiese que ya se había aburrido de ella y le mandase a hacer algo que la llevase a la muerte. En aquel momento hasta el amor estaba en el cajón de lo imposible.

—Créeme que si te lo llego a decir hubiese sido de broma, en aquel momento lo único que veía en mi futuro era oscuridad profunda y densa de la que no salir. —Las cosas habían sido así totalmente y es que cualquier ámbito relacionado con el amor se había desbloqueado tiempo después de todo lo que le pasó de los Crowley. Ella estuvo meses muy fría con respecto a todo eso, hasta que Gwen empezó a envolverla de nuevo con ese calor. —Sí... —le contestó divertida por el comentario de los iconos, algo pensativa. —He tenido mucha suerte...

Y eso era así: había tenido suerte en muchos aspectos, aunque ella se empeñase en poner siempre a la suerte como su enemiga. Ahora mismo, tal y cómo estaba, sintiendo lo que sentía y sobre todo sabiendo que tenía alguien como Gwen ahí, que la quería muchísimo, para ella era totalmente de ser afortunada. Bueno, tener a Gwen en tu vida ya era de ser afortunada, pues era una persona maravillosa. No solo le había perdonado, sino que le había ayudado, le había vuelto a hacer que tuviera ilusión por la vida y encima había conseguido enamorarla y que volviese a creer en lo que creía perdido. ¡¿Qué más se puede pedir?! ¡Es que era perfecta!

—Le tengo puesto ese nombre por si algún día, Merlín no lo quiera, me atrapan o me roban el móvil o yo qué sé. No quiero ponerla en peligro con esta tontería. —Y sí, el móvil tenía pantalla de bloqueo y contraseña, pero aún así no tenía ni los nombres reales de nadie y todas las carpetas de contenido también estaban protegidas por otra contraseña para poder acceder a ellas. —De hecho vi que te pusiste Lohran, pero creo que optaré por 'El de las chocolatinas', ¿o mejor te pongo Alfredihno en honor a tu perro y su gran colaboración prestándonos el frisbee aquel día? —Entonces rió ella sola por sus propios pensamientos. —¿Te imaginas que un día un mortifago tenga mi móvil y empiece a ver mi lista de contactos: "el de las chocolatinas", "el de la persecusión", "el del frisbee del perro", "el que me vendió la poción aquella"... —Recitó divertida.
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Lohran Martins el Miér Jun 12, 2019 9:29 pm

El mantener el contacto con Samantha le parecía una idea atrayente, agradable, pues una parte de sí mismo no podía evitar recordar cómo le había ofrecido unirse a él y sus hermanas aquella vez, cuando se habían conocido; sin embargo, en esta ocasión, al fugitivo ni se le pasó por la cabeza ofrecérselo, pues tal y cómo hablaba la rubia de su vida actual, estaba claro que no querría tener nada que ver con gente como Lohran.

Pero claro, siempre podían mantener el contacto sin necesidad de embarcarse en aventuras tan peligrosas como el incidente de Leadenhall Market.

—Por eso me veo obligado a preguntarte si llevas encima algo con lo que escribir.—Dijo con una media sonrisa divertida el brasileño.—Pareces una mujer organizada, una de esas que lleva de todo encima. ¿No tienes un cuaderno de notas o algo así?—Los únicos pedazos de papel que Lohran llevaba consigo los había dejado atrás: eran los billetes y el sobre en el que iban metidos.

Con respecto a lo mala que era la idea de que dos fugitivos estuviesen paseando juntos, aumentando de tamaño la proverbial diana que tenían en la parte trasera de la cabeza, Lohran quiso bromear al respecto: sacó a colación el hecho de que los Rhodes aparecerían para echarles un cable si alguien los descubría algún cazarrecompensas o algún mortífago sediento de fama y reconocimiento dentro de las filas del Señor Tenebroso.

Samantha parecía tenerles un odio que, realmente, Lohran no sentía. En realidad, a él le daban más igual: iban a su rollo, sin pedir ayuda a otros grupos de fugitivos. Había oído historias sobre ellos, pero su experiencia en materia de ser humano le decía que la mitad eran mentira, y la otra mitad, demasiado exageradas. Había llegado a escuchar, incluso, que los habían atrapado, o que los habían matado… varias veces.

Uno no podía hacer caso de las habladurías.

—No creo que tengas que volver a encontrártelos: han muerto… o han sido capturados… o se les ha visto en Ciudad de México… o en el Tíbet… o alguna de todas esas historias. Uno escucha tantas que ya no sabe qué creer.—Bromeó Lohran. ¿En Ciudad de México? No había sitio en que aquel par encajase menos. Su aspecto era tan nórdico que desentonarían.

Cada vez que hablaba de su nueva vida, aunque fuesen pequeños detalles los que mencionaba, a Samantha se le iluminaba la cara. Lohran no podía evitar pensar en su versión de 2017 y la actual como si fuesen dos personas distintas: una era la noche, ensombrecida por aquello que la perseguía, mientras que la otra era el día, en el cual brillaba un sol radiante. Su felicidad actual sería incluso contagiosa para Lohran, de no ser por sus propios demonios internos.

Podía imaginarse que ni ella misma se imaginaría volver a retomar las riendas de su vida, de la misma manera que él no se imaginaba cómo su vida podría volver a ser como antes después de todo lo sucedido.

Pero, sin duda, lo que causó una mayor desazón en el corazón del brasileño fue la parte en que Samantha le confesaba que había tenido suerte de encontrar a alguien que la llenaba. No porque le hubiera gustado que Samantha no fuese feliz, pues no era tan mezquino, sino porque pensar en la felicidad romántica de la rubia llevaba a Lohran a pensar en su propio amor perdido.

Le explicó también que si su pareja tenía ese nombre tan curioso era meramente por seguridad: no quería que nadie descubriera que la tenía como contacto, por lo que Lohran se imaginó que era una bruja con una buena posición en la sociedad mágica. Una posición en la que no la perseguía la ley, vamos. No debía ser nada fácil tolerar una situación así.

Aquello no le escandalizó: a diferencia de sus compañeros, Lohran no creía en esa máxima de que todo ciudadano libre era aliado de Voldemort.

—Es un buen sistema, aunque yo intentaría algo más drástico: algún tipo de protección mágica que haga estallar el teléfono si alguien que no seas tú o tus personas de confianza intenta desbloquearlo.—Sonaba muy drástico, de hecho, pero a Lohran le parecía efectivo. Y sabía de magos que lo hacían.—Me lo imagino, sí.—No pudo evitar soltar un bufido, muestra de humor, ante semejante situación: un mortífago, miembro de un colectivo que ya de por sí no tenía mucho trato con tecnología de ese tipo, viendo una lista de contactos ajena sin entender qué pasaba ahí. Quizás fuese divertido… pero seguramente acabaría de una manera muy violenta, pues seguramente el mortífago pensaría que se reían de él.—Una persona normal lo encontraría gracioso, y quizás incluso se reiría un poco contigo. Pero esos cabrones...—Negó con la cabeza. Esos cabrones no solían tener humor para nada, e iban directos a hacer la mayor cantidad de daño posible. ¿Y si creían que uno se reía de ellos? Peor todavía.

Una lata de refresco vacía se cruzó en su camino mientras caminaban, y Lohran la pateó un par de veces. La lata entonces rebotó de una manera extraña y se salió de la acera. El brasileño no tenía tanto interés como para ir a buscarla, así que siguió caminando con las manos en los bolsillos, simplemente disfrutando de la brisa nocturna.

—No sé si lo he dicho ya, pero me alegra que tu vida haya mejorado tanto en este año y medio. Ayuda a tener esperanza el saber que hay gente que consigue recuperar su vida...—Aunque tú ya sabes que la tuya no volverá a ser como antes, pensó Lohran, que también había perdido a su madre y a su padrastro, ambos asesinados por los mortífagos. Y si Prue seguía con vida… Bueno, en caso de ser así, el contrato de sangre ya habría terminado con sus recuerdos.
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Sam J. Lehmann el Miér Jun 12, 2019 10:57 pm

—Pues no sé qué decirte, esta mochila no es la que tiene el encantamiento extensible… —Pero aún así, sin tener muy claro lo que tenía en la mochila del gimnasio, se la puso por delante y la abrió para ojear su interior y ver si algo podía servir para apuntar. Encontró un bolígrafo, lo cual está bien. Se lo pasó a Lohran para que lo sujetase. —No sé por qué está esto aquí pero… sirve. Mira que normalmente en el otro bolso sí que llevo un bloc de notas pero aquí… ¡Kleenex! ¡Oye, esto sirve! —Y es que eso era ley de vida: otra cosa no, pero las mujeres siempre llevarán pañuelos en sus bolsos porque son hartos necesarios debido a la gente que es una desconsiderada y se gasta todo el papel de los baños.

Sacó entonces un pañuelo y cerró la mochila, volviéndosela a colgar en la espalda. Luego cogió el bolígrafo y se acercó a una pared cercana, casi chocándose con una mujer que pasaba mucho más rápido que ella por un lateral. ¿Esa señora no sabe que se adelanta por la izquierda? Sam después de conseguir evitarla se apoyó en la pared y escribió lo mejor que pudo su número sin romper el pañuelo en el proceso. Al final había quedado bastante legible.

—Toma. —Le tendió entonces las dos cosas, sin entender por qué le estaba ofreciendo también el bolígrafo. —Bueno, te regalo también el bolígrafo para que tengas un recuerdo mío.

Los Rhodes les caían muy mal porque sus intereses personales evidentemente chocaban con los de ella, pero no los odiaba. Las personas que se llevaban el poco odio que podía tener Sam estaban contadas y no eran precisamente ellos. Sin embargo, esperaba fervientemente no volver a encontrárselos porque sabía que de la misma manera podían tenderle la mano, también podrían darle una patada en el trasero.

—¿Sí? —Se sorprendió, con una sonrisa. —Bueno tú te juntas más con más fugitivos, supongo. Yo hace mucho, mucho tiempo que no me relaciono con demasiados en nuestra situación. Estoy un poco perdida con todo pero… no me voy a quejar. —Y entonces no pudo evitar soltar algo que siempre había pensado. —Siempre me han hecho gracia esos rumores: ¿habrá fanáticos que se inventan cosas buenas de ellos y envidiosos que se inventan las malas? ¿O serán ellos mismos?

No era mala idea eso de protegerlo mágicamente, pero eso de hacerlo estallar no le convencía en absoluto. Sabía que ese tipo de cosas podían llegar o a fallar o a debilitarse y no quería que, de manera errónea, le explotase a nadie que no debía. Ella optaba más por una protección no dañina, no por los enemigos, sino más bien por lo que pudiera pasar con sus amigos. Ya investigaría con Gwendoline si había alguna posibilidad y lo harían.

¿Que de donde venía el hecho de ponerle a todos nombres de frutitas en su móvil? Pues… no sé, le gustaba la fruta y ‘Coco Roto’ sonaba tan bien para Henry como ‘Fresita de la pasión’ para Caroline. Era gracioso porque los dos únicos que no tenían nombre de fruta era Gwendoline, que curiosamente la tenía a Sam como Melocotón y Laith, que ambos se tenían como sus amores platónicos de Juego de Tronos.

—Ellos no entenderían el chiste y seguramente criticarían que es algo muy muggle que carece de sentido o importancia. Siempre lo muggle tiene que estar por debajo de ellos o ser una caca. —Y es que los mortifagos eran así, pero la verdad es que una ya había dejado de buscarle la lógica a esas personas.

El camino continuó, con ambos paseando tranquilamente. Sam intentó golpear en un momento esa lata que Lohran había utilizado como pelota de entretenimiento, pero falló y al final terminó es el asfalto de la carretera. Frente a su alegría por la vida de Sam, ésta se sintió un poquito mal. No mal por su vida, sino por ser una de las pocas afortunadas. Ella sabía mejor que nadie lo que era estarlo pasando mal, por lo que le iba a ser totalmente sincera.

—Ayuda a tener esperanza, pero yo no he recuperado mi vida —le dijo, pues era la cruda realidad. —Por mucho que me vaya mejor… porque me va mejor y mucho, no he recuperado mi vida. Mi vida no se parece en nada a lo que era antes de que cambiase el gobierno. —Hizo una pausa entonces, matizando: —Y no me estoy quejando: adoro todo lo que tengo a mi lado hoy en día, incluso más de lo que tenía antes porque me he dado cuenta de muchas cosas. Solo digo que no he recuperado nada. Yo creo que a día de hoy es difícil que nadie de nosotros pueda recuperar nada de lo que ha dejado atrás, aunque suene fuerte… —Suspiró, resignada. —Las cosas aunque se solucionen no serán como antes.

Había recuperado muchas cosas, pero su vida de hace tres años—pues no sería justo decir ‘antes del cambio de gobierno’ sino ‘antes de Crowley’—no se parecía en nada a la que vivía ahora mismo. Hasta ella misma sentía que ahora la vivía de verdad, después de haber tenido tantas oportunidades de no haberlo hecho más nunca.

—Pero entiendo que ayuda ver que gente en nuestra posición puede, simplemente, tener una vida decente teniendo en cuenta como nos han hecho vivir. —Intentó verlo de otra manera.
Sam J. Lehmann
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Lohran Martins el Lun Jun 17, 2019 7:06 pm

Lohran no pudo evitar formarse una imagen mental extraña: Samantha, en el vestuario del gimnasio, buscando algo dentro de una mochila con un encantamiento extensible, llegando a meterse hasta la cintura, imagen que acabarían viendo unas cuantas muggles la entrar. Solo un par de piernas pataleando dentro de una mochila.

Por suerte para esas muggles, aquella mochila no tenía encantamiento extensor, o de lo contrario alguna podría sufrir un infarto allí mismo.

Sujetó el bolígrafo cuando se lo ofreció. La rubia siguió buscando hasta dar con algo de papel. Tuvo suerte de llevar encima unos pañuelos de papel, pues de lo contrario, Lohran habría tenido que anotar el número de teléfono en la palma de su mano. Y tinta y sudor tenían la mala costumbre de llevarse mal.

—¡Oh, gracias!—Dijo Lohran, divertido, mientras se guardaba en un bolsillo tanto el bolígrafo como el papel con el número de teléfono.—Cuando me encuentre en una situación de vida o muerte en que necesite escribir algo, me acordaré de ti. Acuérdate tú también de mí cuando te encuentres en una situación parecida y no tengas el bolígrafo que me regalaste.—Bromeó, siempre haciendo alusión a cómo, al parecer, se iban pasando la suerte del uno al otro.

Cuando los Rhodes, una pareja de fugitivos infame como pocas, salieron a colación, Lohran enumeró unas cuantas historias que había escuchado acerca de ellos: que si muertos, que si atrapados, que si fuera del país… Las había para todos los gustos y colores. Él se imaginaba que prácticamente ninguna era cierta, mas nunca se sabía.

—Los rumores de muerte o fuga les benefician, realmente. Yo diría que gran parte se los inventan ellos. Y la otra parte se los inventan los que les odian y desean verles así.—Lohran se encogió de hombros.—Lo que puedo decirte es que no hay información oficial sobre ellos, y personalmente no me los he encontrado desde entonces. Así que, por lo que a mí respecta, perfectamente podrían estar bebiendo margaritas mientras escuchan tocar a los mariachis.—Compuso una sonrisa divertida, imaginándose a aquellos dos viviendo una especie de retiro. ¡Qué poco les pegaba!

Lohran sugirió a Samantha, cuya forma de proteger a sus contactos era registrarlos con nombres de frutas y similares, agregar algún tipo de protección mágica a su teléfono móvil. Él era más drástico que nadie: que el aparato explotase si intentaba desbloquearlo alguien indeseado, sobre todo pensando en que ese alguien fuera un mortífago. Seguro que vivía muy bien el resto de su vida con una mano menos.

También se imaginó a un hipotético mortífago leyendo los contactos del móvil de Samantha, y la cara que se le quedaría.

—Sí, podría ser...—Coincidió.—Aunque ya te digo, desde mi experiencia, que estos no aprecian demasiado el humor, especialmente cuando han capturado a alguien y lo están… “interrogando”.—No, desde luego que no: el humor solamente los enfurecía más, y pese a lo que digan muchos, un mortífago enfurecido y un fugitivo inmovilizado son una mala combinación. Bien lo sabía él…

Lohran, involuntariamente, se llevó la mano al hombro. Allí, sobre su omóplato, tenía una cicatriz que decía “Sangre sucia”, perteneciente a la vez en que lo habían capturado. Se masajeó ese hombro de manera involuntaria, casi como un acto reflejo, al recordar aquel acontecimiento traumático.

Cuando Lohran había conocido a Samantha, la rubia era una persona totalmente diferente: había perdido el rumbo de su vida, estaba hecha polvo, y pesaban sobre su espalda problemas tan graves que ni se atrevía a hablar de ellos. Dichos problemas, había intuído Lohran, eran lo que le impedía seguir adelante, avanzar de alguna manera.

Ella insistía en que su vida no sería la misma… pero sí, la había recuperado. Esa era la opinión de Lohran.

—Esa es una forma de verlo, desde luego.—Coincidió, asintiendo con la cabeza, sin mirarla.—Pero de la forma en que yo lo veo, vida solo hay una. Así que realmente no podemos hablar de tener una nueva vida. La vida está marcada por los cambios, y si bien los que hemos sufrido han sido traumáticos y bruscos, eso no quiere decir que hayamos perdido la vida.—Sonaba muy filosófico, desde luego, pero siempre lo había visto así.—Tienes razón en que las cosas jamás volverán a ser como eran. Hemos perdido demasiado, y no somos ni por asomo las mismas personas que antes de todo esto. Pero nuestra vida sigue, y solo tenemos dos opciones: o retomar los manos y tratar de seguir adelante con lo que hay… o saltar en marcha y que le den a todo.—Sonrió de manera resignada, dándose cuenta de que, por mucho que la primera opción pareciera la mejor… no siempre lo era.—Perdón, me he puesto un poco filosófico.

Lohran había perdido a su madre, su padrastro y su hermana melliza desde que todo aquello había empezado, y si bien había conseguido seguir adelante a pesar de todo… muchas veces se preguntaba cuánto tardaría en romperse. ¿Cuánto tardaría en convertirse en alguien a quien no le importaba llevarse por delante a cualquiera, inocente o no, con tal de hacer daño al gobierno?

No sabía si quería saber la respuesta a esa pregunta.

—No llevo reloj, pero creo que ya te he retenido mucho tiempo.—Dijo entonces, cayendo en la cuenta de que, precisamente, la rubia tenía un lugar al que regresar. ¿Qué hora era? ¿Las diez, quizás?—¿Te acompaño a algún sitio? ¿O prefieres ir sola?

Se imaginaba que preferiría ir sola: era celosa de su privacidad, de sus secretos, y no sin motivo. Su vida no había sido fácil, y había aprendido a palos. Todos lo hacían.
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