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Welcome to life, again. || Níobe.

Ayax Edevane el Vie Mar 01, 2019 2:08 am

Welcome to life, again. || Níobe. DlIbuZ3
Ministerio de Magia | Siete de septiembre del 2018 | 08:36 horas  

Después de que Meric Fonollosa, Ayax Edevane y la fugitiva fuesen atendidos por los médicos de San Mungo, el único destino posible para Prue Martins era el calabozo del Ministerio de Magia, en donde esperaría a que le hicieran el juicio, aparentemente justo, para decidir qué hacer con ella. Ayax había aprovechado que estaba inconsciente por el suero administrado para entregarla al gobierno en ese estado y ahorrarse boberías, así como una nueva mordida. Le habían tenido que curar muy bien la herida horrible que tenía y, de hecho, ahora mismo tenía una venda alrededor del antebrazo, pues había sido más grave de lo que uno podría esperarse de una mordida.

Una vez en el Ministerio y mientras se llevaban a Prue Martins hacia el calabozo, el pelirrojo se puso a rellenar una serie de papeleos. Por una parte la recompensa por la fugitiva, pues por mucho que no la necesitase, pues era asquerosamente rico, no era una persona que no aprovechase las oportunidades. Así mismo, también rellenó un informe como trabajador del Área-M para pedir expresamente que fuesen los que fuesen los cargos de Martins, no la condenasen a muerte porque se precisaba de un sujeto como ella en las instalaciones. No era del todo correcto, ni tampoco un informe del todo válido porque Ayax todavía era un becario, pero quería pensar que la petición formal por una buena causa—la ciencia—, así como las formas y su apellido, le ayudasen a que las probabilidades mandasen a la fugitiva junto a él.

No la había cargado, ni tampoco recibido un mordisco, para perderla tras el juicio.

Después de eso, el pelirrojo se fue a su casa a descansar, pues había tenido una noche muy agitada y no tenía fuerzas para nada más. Él no tenía nada que aportar al juicio porque por su estatus no le tenían permitido acceder a los juicios de Wizengamot, así que sólo le quedaba esperar ver cómo se resolvía todo.


***

Mientras Ayax volvía a su casa, a Prue Martins la dejaban en el suelo de una cárcel que sólo tenía un meadero y un muro que quería creerse cama. Era una estancia envuelta en barrotes acompañada por muchas iguales, una sucedidas tras otras, en donde muchas estaban vacías y otras tantas con retenidos de la ley que miraban a la nueva con curiosidad. Una vez la mujer estuvo bien encerrada, el tipo encargado de mantenerlo todo en orden, de nombre Gary Mensteline, le apuntó con la varita para hacerla despertar. No la despertó por vicio o aburrimiento, sino porque era su deber informarla.

Cuando la morena despertó, Gary se limitó a leer el informe que tenía en su mano.

—Tras la retención de Prue Martins, enemiga del Ministerio de Magia Británico, gracias a la implicación de Ayax Edevane y Meric Fonollosa, se le acusa de...

Dijo una cantidad de cosas, que hasta él bostezó al final. Entre las acusaciones estaban el asesinato, pero era altamente probable que esas cosas estuviesen siendo inventadas por el gobierno, sólo para hacer más creíble su culpabilidad. Al gobierno le daba igual mentir, con tal de que ellos quedasen como la escoria.

—...por lo tanto, este día siete se septiembre del dos mil dieciocho, será enjuiciada por Wizengamot a las catorce horas y quince minutos, de tal manera que todos sus delitos queden contemplados por la ley y reciba el castigo pertinente por ellos.

Gary estaba harto de tener que repetir todo el rato lo mismo. En ese tipo de situaciones, se arrepentía de no haber estudiado más para tener un puesto decente y no la mierda de ser un guardia de un dichoso calabozo cutre. Volvió a bostezar y sin despedirse ni nada, pues evidentemente aquella mujer le importaba una mierda, se fue de allí. Su única obligación era llevarla, encerrarla y decirle lo que ocurriría. Una vez se hubo ido a sentarse en su mesa, bastante lejos de donde ella se encontraba, una niña de tez pálida y pelo oscuro, que estaba en el calabozo de enfrente, se apoyó en los barrotes, mirándola con pena y miedo.

—¿E-estás... b-bien? —Preguntó, temblorosa, en voz bajita para que no le escuchase el guardia y no viniese a pegarle para hacerla callar. Estaba cagada de miedo, pues llevaba allí casi veinticuatro horas a la espera de un juicio. Un juicio inútil porque sabía perfectamente, por mucho que solo tuviera trece añitos, cómo iba a terminar.
Ayax Edevane
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Níobe el Lun Mar 04, 2019 2:15 pm

Después de desmayarme por última vez, no había vuelto a despertar... no me había enterado de nada lo que estaba pasando. No vi lo último que le había pasado a mi hermano y me daba miedo saber que había sido de él, aquellos mortifagos eran lo más traicionero que había conocido en toda mi vida. Pero tampoco había sentido las curas que los médicos de San Mungo me habían administrado, estaba completamente en otro sitio... un limbo del que no podía salir y mucho menos cuando algo me dejó aún más dormida. De haber sabido cual era mi destino, quizás hubiese deseado morir en las vías del tren donde me había separado de Lohran... el destino me estaba jugando la peor de las jugarretas. Me había dormido en las vías del tren... despertaría en el último sitio en el que desearía estar... aquel sitio que había empezado a odiar... el maldito Ministerio de Magia... con las nuevas leyes aquel sitio al que siempre había tenido respeto se había convertido en lo más odiado.

De pronto, desperté, abriendo los ojos. Estaba asustada, no sabía dónde estaba y el silencio era demasiado sobrecogedor. -Prue Zita Martins, capullo.- Entendí al momento que al final, me habían separado de mi hermano, que aquel maldito pelirrojo me había dejado en el Ministerio, ¡demasiado poco le había mordido! Le habría tenido que apretar mucho más fuerte, maldita sea. Pero ahora no me iba a callar, total, mi situación no podía mejorar, ¿por qué callarme entonces? Iba a insultar hasta quedarme satisfecha, cada una de sus palabras iban a ser replicadas. -Sí, el puto pelirrojo... debería haberle mordido más fuerte. Anda, ¿no nombras al tercero? ¿Qué pasa? Unos fugitivos han acabado con él? Vaaaaya, que pena me da...- Dije con una media sonrisa en mis labios, ellos se habían buscado que fuese de esa manera, era buena pero cuando me tocaba la moral podía ser una verdadera cabrona y me daba igual alegrarme por la muerte de alguien que planeaba matarnos a mi hermano y a mí. Estaba preocupada por el destino que había corrido Lohran, pero desgraciadamente sabía que aunque preguntase no iba a obtener respuesta.

Mis ojos se abrieron cuando empezó a decir mis cargos, me levanté bastante más rápido de lo que me habría esperado, pero me acerqué a los barrotes de la celda y lo miré con odio. -Sois unos cabrones mentirosos que deberíais mirar más allá de vuestras putas narices, el cabron del pelirrojo que me ha secuestrado el primero. Le tendría que haber mordido con más ganas, a ver si le arrancaba algo de paso. Jamás he matado a nadie, aunque no me faltan las ganas. El problema, la escoria sois vosotros. ¡Estoy orgullosa de ser una maldita fugitiva y una radical! ¡El tiempo nos dará la razón y cuando llegue ese día os haremos todo lo que nos habéis hecho a nosotros multiplicado por cien!- Estaba fuera de mi del enfado que tenía dentro de mí, aquel imbécil no iba a conseguir que me callase. El Ministerio de Magia era una mierda que solo hacía callar a los que sabían que teníamos la razón. Pasé una mano entre los barrotes intentando agarrarle, quizás arañarle el rostro con mis uñas, pero se había puesto a una distancia que no me dejaba tocarle, mientras mi otra mano apretaba con tal fuerza el barrote que los nudillos se me ponían blancos. -Y si me entero que el puto pelirrojo y aquel mortifago con un palo metido por el culo le han hecho algo a mi hermano, yo misma me encargaré de ellos, les arrancaré la piel a tiras. Y los torturaré de maneras que jamás pensaron, llegará el día en que os arrepintiereis de todo.- Dije con determinación y enfado.

Él siguió como si nada, parecía aburrido de hacer aquello día tras día. Una sonrisa de medio lado se dibujó en mi rostro. -¿Cansado de repetir lo mismo todos los días? Qué pena... deberías haberle hecho más caso a mami y haber estudiado. El Wizengamot y el Ministerio se pueden meter sus castigos por el culo, no es un juicio justo, nunca lo son.- Si las miradas matasen, aquel hombre estaría muerto. Al ver que se iba, no pude evitar el bufar de molestia y dejarme caer con suavidad al suelo, total... mi aspecto por fuera no había mejorado demasiado y eso no iba a notarse, las celdas tampoco es que fuesen una habitación del Ritz por lo que...

De pronto, una voz me hizo salir de mis pensamientos y busqué la fuente de aquel sonido. La encontré en la celda delante de la mía, era una cría y su sola visión me hizo recordar a mi hermana. No tenían la misma edad ni de lejos, pero me invadió la misma necesidad de protección. Me levanté, me acerqué a los barrotes y me arrodillé, lancé una vista rápida hacia donde se había ido aquella especie de guarda y miré de nuevo a la niña. -Estoy bien pequeña, no te preocupes. ¿Cuál es tu estado? ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?- No había sido totalmente sincera con ella, habían sitios de mi cuerpo que ni siquiera sabía que me podían doler y estaba esperando por un juicio injusto en el que saldría culpable sin serlo y del que seguramente saldría la sentencia de matarme, bonito final para alguien que solo buscaba proteger a sus hermanos. -¿Por qué estás aquí, cielo? No me interesan los motivos que den ellos, ellos pueden decir lo que les salga de las narices. Lo que quiero saber es que estabas haciendo cuando te cogieron. ¿Cuál es tu sangre?- Intentaba hablar en el mismo tono bajo que ella, no tenía ganas de tener otro encontronazo con don debí-estudiar-más-para-no-tener-esta-mierda-de-trabajo. Pero no podía pensar que aquella preciosa pequeña iba a morir sin haber vivido la vida cómo merecía, lo peor es que no podía decirle que todo iría bien porque no podía mentirle en algo así y sabía que por muy joven que fuese sabía el destino que le esperaba... el que nos esperaba a ambas. De golpe, recordé todo lo que había soltado por mi boca al hablar con el guarda y me sentí mal de que ella hubiese tenido que escuchar todas aquellas barbaridades.
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Ayax Edevane el Miér Mar 06, 2019 12:44 am

Imaginaros la cara del pobre carcelero, al que le daba igual todo lo que pudiera decir Prue Martins. ¿Que hubo un tercero que murió? Pues vaya, qué pena. El carcelero ni sabía quién era, ni mucho menos que habían sido tres y uno había muerto en el intento. Ayax Edevane, quién había registrado la captura de Prue Martins, sólo había puesto el nombre de las dos personas con vida. Y ya cuando metió a su hermano de por medio… os podéis imaginar que hasta sonrió, divertido por la desesperación de la chica. ¿De verdad creía que en su situación, realmente tendría algún punto de esperanza del que agarrarse? De esa celda iba a ir a ser enjuiciada e interrogada. Y después, con suerte, terminaría muerta.

Porque aquel carcelero sí tenía en su conocimiento el hecho de que la habían pedido para el Área-M, por lo que quizás esa mujer de lengua viperina iba a tener que ser sometida a latigazos. No le dijo nada. Esperaría a ver como en el juicio en vez de sentenciarla a muerte, la sentencia a la peor vida que pude tener una persona. Su cara, entonces, merecerá la pena.

El carcelero no le dio bola. Ya estaba acostumbrado a ese tipo de comportamientos, por lo que desde que terminó con su cometido, se fue a su puesto de trabajo y la abandonó en aquella celda en la que estaría muy poco tiempo.

Fue entonces cuando aquella niña, asustadiza, apareció frente a Prue, en la celda que tenía justo delante. Podía notarse que estaba asustada: sus padres le habían hablado de lo que ocurría si te atrapaban ‘los malos’ del Ministerio de Magia y estaba aterrorizada de miedo. Ella deseaba que sus padres apareciesen repentinamente a sacarla de aquella pesadilla, pero lo cierto es que no iba a aparecer nadie. Miró a Prue con terror, pero no por las palabras que le dijo al guardia. La niña, en realidad, era consciente de quién era el malo y quién no y, sobre todo, había visto a sus padres ponerse a sí con el enemigo.

—S-sí… —dijo, con respecto a que le hicieran daño, pero rápidamente se aferró a los barrotes y miró al suelo. —P-pero e-es-stoy bien. —Tartamudeaba, probablemente porque tenía miedo.

Eso o era tartamuda, pero teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba, nunca sabremos si era tartamuda de verdad o no.

—Soy mestiza pero… mis padres son fugitivos y… —No dijo nada más porque no sabía qué más decir: había quedado claro que la pobre niña, ni siendo hija de muggles, había terminado en esa situación por culpa de unos padres fugitivos que querían luchar por un mejor mundo por ella. Sin embargo, un despiste, una traición o un plan bien ejecutado habían hecho que los enemigos consiguiesen hacerse con aquella niña.

Si llevaba veinticuatro horas allí en realidad no era porque no hubieran habido juicios, sino porque estaban intentando utilizarla para conseguir a sus padres. Además de que enjuiciar a una niña como esa, que evidentemente no tenía ningún cargo a su espalda más que ser leal a sus padres… ¿acaso una niña de esa edad podía llegar a decidir algo por su cuenta? Seguramente también terminaría en el Área-M y a su cuerpo joven servía para algo.

—¿Y tú, Prue…? —Le preguntó, llamándola por su nombre porque no le había pasado desapercibido ni las palabras del carcelero, ni tampoco las de ella misma, repitiéndolo de manera completa.

—Shhh… no deberíais hablar… —dijo un hombre, con barba desaliñada y aspecto débil. Él si estaba herido de verdad, justo en la celda de al lado de la niña, frente a Prue. —Primrose, sabes lo te harán si sigues hablando… —Le advirtió a la niña, de nombre Primrose quién retrocedió un poco tras soltar los barrotes. Entonces el hombre, de nombre Harold, se giró hacia la celda de Prue. Ella pudo ver como un ojo lo tenía tan hinchado que ni podía abrirlo, además de marcas de herida que aunque estuviesen limpias, parecían dolorosas y hechas con violencia. Tenía puntos en varios lugares de la cara, además de un pie totalmente escayolado. —Y tú, Pruecita, también te conviene callarte si no quieres que nos den una paliza a todos.

—Harold, déjala en paz —dijo una señora, de quizás sesenta años, que estaba justo al lado de la celda de Prue, por lo que no pudo más que escuchar su voz. —Aquí todos estamos en el mismo bando, aunque sea el bando perdedor.

Y la niña, Prim, corrió a esconderse bajo la triste manta que tenía en la cama, una manta que le dieron hace unas horas al verla tiritar de frío mientras se abrazaba sus propias piernas en una esquina.

—¿Qué más me van a hacer, eh? —Se enfrentó a la mujer. —¿Acaso puedo perder algo más?

—No, pero al menos no nos amargas las últimas horas de existencia a los demás —le respondió.
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Níobe el Lun Mar 18, 2019 2:41 pm

Me gustaba sacar de quicio a las personas como aquel carcelero, aquellas personas que se creían con todo el poder del mundo para hacer cosas contra las demás personas. Por eso, había intentado sacarle de quicio pero el muy imbécil ni siquiera se había inmutado lo que me había acabado por exasperar a mí. Maldita sea, mi única arma en aquel momento era mi lengua viperina y ni siquiera había podido hacerlo contra él. Odiaba ese hecho, odiaba que no me hubiese dado un solo indicio de que le estaba tocando las narices, entonces no servía de nada toda la energía que estaba gastando... bueno, me servía para algo quedarme más ancha que un ocho y hacer crecer el odio por aquellos dos mortifagos que habían hecho todo lo que había pasado en los túneles, de no haber sido por ellos todo habría salido a las mil maravillas, y Lohran y yo estaríamos con nuestra hermanita preparando nuestra huida a nuestra tierra natal y vivir una maldita vida normal ya que no podíamos vivir una vida mágica en el sitio en el que habíamos aprendido de nuestros poderes.

La pequeña me daba una ternura que solo me había dado una persona en mi vida y era mi hermana pequeña. Apreté el agarre en los barrotes cuando me dijo que la habían dañado, era unos malnacidos que incluso se aprovechaban de niños para hacerles daño, mi odio por todo aquello no dejaba de crecer y tenía ganas de devolver todo el daño que le habían hecho a la pequeña. Notaba lo asustada que estaba y el miedo que recorría su pequeño cuerpo, me dieron ganas de abrazarla y pensé en que si podía cuando me llevasen al injusto juicio al que sería sometida, me liberaría y correría hacia su celda a abrazarla entre los barrotes, por mucho que me costase, porque sabía que me iban a pegar por hacerlo. La escuchaba con atención, me daba tanta pena que no podía evitar el quererla proteger de todo aunque sabía que no era posible. Sabía que la pequeña estaba siendo utilizaba como cebo para sus padres, unos padres que estarían volviéndose locos por no tener a su pequeña a su lado y que harían todo por encontrarla, no era madre pero supongo que podía entenderlos un poco cuando pensaba en mis hermanos. Sonreí de medio lado cuando escuché que me llamaba por mi nombre, echaba tanto de menos a mis hermanos por el destino cruel que me esperaba que no podía dejar de pensar en mi pequeña hermana.

Iba a abrir la boca para hablar cuando otra vez se dejó escuchar y la ubiqué al lado de la celda de Primrose, al parecer así se llamaba la pequeña. Mis cejas se fruncieron cuando se dirigió a ella, asustándola, la niña ya tenía bastante con todo lo que sabía para que encima se lo recordasen. Iba a dejar ir mi lengua viperina de nuevo cuando recordé que todos estábamos allí por algo parecido, por lo que calmé el basilisco en el que se había convertido mi interior y de repente, otra vez, una voz cortó mis pensamientos. Una mujer, no podía verla porque estaba al lado de mi celda, pero era mayor que nosotros tres eso se notaba en su voz y sentí como decía lo que yo pensaba sin necesidad de que lo expresase. No estaba de acuerdo con lo que había dicho la mujer sobre que estábamos en el bando perdedor, pero no quería armar una guerra y menos entre nosotros que buscábamos el mismo fin y que tristemente, íbamos a tener el mismo del que huíamos. Suspiré y recargué mi cabeza contra los barrotes de la celda y miré a Primrose, estaba asustada. -Prim... ¿puedo llamarte así? ¿Sabes? Yo tengo un hermano mellizo y una hermana pequeña, ella es mayor que tú, pero me recuerdas mucho a ella. No voy a decir nada porque no pienso mentirte, pero quiero que sepas que eres una de las personas más preciosas y adorables que he conocido en toda mi vida.- Le sonreí un poco al menos intentando el animarla un poco, sabía que no era mucho, pero era mejor que nada.

Suspiré y me moví hasta la pared apoyando mi espalda contra esta, apoyé después la cabeza y mirando el techo, abrí mi boca de nuevo. -¿Como pretendes pasar tus últimos momentos de tu existencia, Harold? ¿Sin hablar regodeándote de todo lo que has perdido y de todo lo que va a pasar? Aquí todos sabemos que va a pasar, pero prefiero hablar con Prim y disfrutar de su dulce voz o con mi compañera de al lado de la cual no sé el nombre, antes que quedarme callada y pensando en que mis hermanos están solos ahora o sobre lo que me va a pasar a mano de estos imbéciles. Discúlpame si no quiero que mis últimos momentos de vida sean una mierda.- Al final había tenido que replicar porque no pensaba dejar que hubiese más lo que ya estaba bastante hundido... Cerré los ojos e intente visualizar a la mujer a la que no podía ver, la verdad es que nunca se me había dado bien. -Hay algo en lo que no estoy de acuerdo contigo, compañera. No creo que estemos en el bando perdedor, al menos, luchamos por lo que queremos. Antes Prim me ha preguntado porque estoy aquí, soy una fugitiva y una radical. Y no me arrepiento, mi padre no quiere saber nada de mi hermano ni de mí porque somos los ratos para él, mi madre y mi padrastro murieron asesinados por estos cabrones. Mis hermanos estuvieron a punto de morir en Hogwarts y desde ese momento, me dije a mi misma que no iba a dejar que eso le pasase a nadie más. Puede que no vaya a salir de aquí con vida, pero si con eso consigo que mis hermanos sigan con vida… me merece la pena.- La verdad es que tenía miedo de morir, tenía miedo de olvidar todo lo que era y todo lo que había sido mi vida… pero si Lohran y mi hermana seguían con vida… valía la pena. Encogí las piernas y me las abracé, apoyando mi frente en mis rodillas, suspirando.
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Ayax Edevane el Mar Mar 26, 2019 2:05 am

Evidentemente a Primrose no le hacía sentir más segura las palabras de Prue, pero sí que le hicieron sentir mejor. Era bonito que, pese a la oscura adversidad, hubiera un poquito de luz. Como decía la señora, qué menos que frente a su destino tan lúgubre, hubiese un poquito de tranquilidad y de paz. No tenían otra: o amargarse, o intentar ser ellos mismos hasta el final. Podía quitarle todo, menos su propia integridad como personas, ¿no? O eso al menos pensaban los otros tres, pues precisamente a Prue Martins le podían quitar incluso eso. En ese momento una podría preguntarse: ¿de verdad valía la pena pertenecer a los radicales y otorgar todo lo que eres por ello?

—Me llamo Julia —le respondió la mujer, cuando terminó de hablar con Harold.

—Cada uno tiene su manera de enfrentar a la muerte, chicas. Quizás estéis demasiado concienciadas de lo que va a ocurrir, pero yo nunca me imaginé muriendo a manos de dementores, o siendo torturado hasta la muerte por los del Área-M. —Fue claro y cruel, porque lo dijo sin pelos en la lengua, por mucho que hubiera una niña pequeña allí. —¿Que vosotras preferís evadiros en la luz? ¡Muy bien! Pero yo prefiero tomarme mi final con humor y sin hacerme ilusiones. —Se giró entonces, para mirar a Prue a los ojos. —Perdona que sea yo el que te lo diga, pero tus últimos momentos de vida SON una mierda. Como los de Julia, como los de Prim y como los míos. ¿Pero quieres engañarte? Vamos, hazlo, así al menos te sientes mejor, engañándote a ti misma. —Y volvió a mirar al frente, hacia una pared vacía.

Entonces la voz de Julia, que no se iba a meter en ninguna conversación entre Harold y la nueva, volvió a sonar suavemente. Le había dicho que no estaban en el bando perdedor y la comisura de los labios de aquella señora no pudo evitar curvarse hacia arriba, sobre todo cuando le dijo que pertenecía al bando radical. Julia sabía muy bien lo que te hacían prometer en ese lugar, pues su hermana Emily Owston pertenecía a ellos.

—Es muy noble el sacrificio, pero que merezca la pena luchar no significa que no estemos en el bando perdedor —le respondió con voz suave y tranquila, muy diferente a la utilizada por Harold. —Solo mira a tu alrededor y en donde vas a terminar en unas horas: esto solo ocurre si perteneces al bando perdedor.

Hablar entre ellos, ¿realmente servía para algo? ¿Tener una discusión a unas horas de la inminente muerte? ¿De verdad valía la pena? Harold no tenía problemas en discutir, hora sí y hora también, pero Julia no iba a enfrascarse en ese tipo de debate a unas horas de su juicio final. Prim, por su parte, se había puesto en la esquina de la habitación, abrazándose sus propias piernas. Ella pensaba que iba a morir por los dementores, seres que siempre le habían dado miedo, pero en realidad su destino iba a ser mucho más cruel: iba a terminar en el Área-M, probablemente siendo el juguete de experimentación de algún científico con ansias de reconocimiento.

Así las horas pasaron: la primera en irse fue Julia, luego Primrose y por último Harold. Prue Martins se quedó sola en aquel lugar, esperando lentamente su destino. En un momento dado, el celador—un tipo diferente al que le había metido allí dentro por el cambio de horario—le abrió la celda y automáticamente le encantó con un hechizo. Dicho hechizo te impedía hacer fuerza de ningún tipo: ¿sabéis esa sensación cuando estás soñando de que quieres pegar un puñetazo, pero no puedes hacer fuerza con el puño? ¿O que quieres correr pero no puedes ir rápido? Pues ese hechizo te entumecía los músculos de esa manera. Así pues, el celador cogió a Prue, le puso unas esposas en las muñecas y tiró de ella, haciendo que le persiguiese sin oponer resistencia, pues le ira imposible.

Tras unos largos minutos de camino, bajaron un ascensor rodeado de dementores y llegaron a la sala de juicios, en donde el celador puso a Prue Martins en el centro, en una silla de piedra brillante. Frente a ella habían unas gradas en donde estaban todos los miembros de Winzengamot, así como el fiscal presidiendo todo el juicio. Justo en frente de Prue se encontraban dos personas: un guardia de seguridad y un legeremante. En el camino de vuelta al ascensor—y la única manera de salir de allí—se encontraba el celador.

Para cuando terminó de observarlo todo, ya alguien estaba hablando: era el fiscal de Wizengamot, Haywood Jarvis.

—Prue Zita Martins: mujer nacida el catorce de octubre de mil novecientos ochenta y nueva, nacida en Brasil y con nacionalidad inglesa, ex-Inefable del Ministerio de Magia Británico e... hija de muggles. —La voz poco a poco se le hizo sombría, a lo que ladeó una sonrisa. —Se le acusa por asesinato a miembros de la ley, por traición al nuevo gobierno, por extorsión a la sociedad mágica británica y por robo de magia.

Hubo una pausa y muchos murmullos que rápidamente volvieron a acallarse.

—Debido a la reforma electoral del diecinueve de diciembre del dos mil dieciséis, así como sus múltiples cambios a lo largo del gobierno de la Ministra McDowell, estipula que la ley 11 del cambio 432, que usted, Prue Zita Martins, debido a su condición de hija de muggles, así por sus múltiples acusaciones violentas, deba ser ejecutada inmediatamente por los dementores.

Hizo otra pausa, en donde de nuevo se escucharon murmullos muchos más bajos que eran inteligibles para Prue en la zona en donde se encontraba.

—Sin embargo, debido a que tenemos evidencias de que pertenecía a la banda terrorista conocida como radical y que el Área-M ha solicitado nuevos ingresos, nosotros, los miembros de Wizengamot le perdonaremos la vida para poder buscar en usted respuestas con respecto a nuestros enemigos, así como que sirva de sujeto de experimentación en pos del avance mágico y la ciencia.
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Níobe el Vie Abr 05, 2019 2:51 pm

Una sonrisa se extendió por mi rostro en cuanto la mujer me dijo su nombre, yo pensaba ser un ser humano hasta el final, con sentimientos de por medio y que menos, que querer conocer el nombre de aquella mujer con la que compartía pared. Tuve que morderme la lengua para no enviar a la mierda a Harold cuando dijo que él prefería tener sus últimos momentos con humor. ¿Pero qué humor tenía ese hombre? Resoplé ya molesta por el hecho de que alguien estuviese tan decidido a pensar que su vida iba a acabar de forma miserable. -Sinceramente Harold, haz lo que te dé la real gana. No voy a meterme en una discusión a escasas horas del final, así que pasa tus últimos momentos como te plazca.- Me negaba a pasar mis últimos momentos con vida de esa manera, si él quería regodearse en su situación, allá él yo prefería sentirme con vida hasta el último momento.

Las palabras de Julia hicieron que alzase las comisuras de mis labios, no dije nada porque ya no quería más debates, pero me negaba a pensar que estaba luchando en el bando perdedor, me negaba a pensar que todo lo que mi hermano y yo habíamos hecho no había servido para nada. Empecé a hablar con Julia o Primrose, esperando que las horas pasasen. Allí todos teníamos un mismo destino y por primera vez en mi vida, tenía miedo pero no sabía si tenía más miedo de mi muerte o de ser enviada al Área-M. Tenía miedo al olvido, a lo que podía pasar si me llevaban a aquel sitio... pero aún con todo el miedo que sentía, no iba a dejar que eso me ganase, iba a seguir protegiendo lo que yo creía correcto hasta el final.

Pronto, nos fueron separando. Le dediqué una despedida a Julia, la que se merecía, admito que cuando vinieron a por Primrose, me levanté de golpe intentando coger a la pequeña entre los barrotes, alcanzando solo a tocarle el brazo antes de que un hechizo del celador me empujase y me hiciese caer al suelo con un quejido de dolor. Cuando se llevaron a Harold, no pude evitar el cruzar su mirada con la mía y dedicarle un asentimiento de cabeza tras una despedida, quizás habíamos tenido desavenencias y había acabado hasta las narices de él... pero nadie se merecía aquel final. Cuando me quedé sola, admito que dejé escapar el aire de mis pulmones y me abracé las piernas. ¿Y ahora qué? Dejé la mente en blanco, no quería pensar en cual había sido el final de mis tres compañeros.

Ya había pasado tanto tiempo que había cambiado de posición varias veces, haciendo que mis músculos se moviesen y se desentumeciesen. Alcé la vista cuando escuché pasos, iba a saltar como una tigresa sobre el celador en cuanto lo vi, pero fue más rápido y sentí como con su hechizo no podía hacer nada de lo que quería. Mi cuerpo no hacía fuerza y me sentía impotente, no pude hacer más que dejar que me pusiese las esposas y me llevase por donde él quisiera, o donde debía mejor dicho. Mis pies no oponían resistencia al avance porque por más que quisiera los músculos de mi cuerpo se negaban a activarse más de lo estrictamente necesario. Admito que cuando hicimos aquella parte del trayecto con los dementores alrededor, el miedo se activó porque los había visto actuar y no quería pasar por ello. Prefería estar a salvo, aunque sabía que estando allí donde me habían llevado, no iba a estar nunca a salvo.

Me sentaron en una silla delante de todo el Wizengamot, tenía ganas de empuñar mi varita y acabar con todo aquello, pero era imposible que tuviese mi varita primero porque era una prisionera y segundo porque la había perdido en los túneles cuando intentaba salvar mi vida y la de mi hermano. Estaba observando todo lo que había a mí alrededor, pero al oír hablar al fiscal la ira llameó en mis ojos y empecé a forcejear con las malditas esposas que me mantenía atadas las manos. -¡Los huevos! Nada de eso es cierto, quizás la mitad pero yo tengo las manos limpias de sangre, vosotros no podéis decir lo mismo. De gobierno tenéis lo que yo de santa, sois unos cabrones que habéis impuesto vuestra ley como os he salido de los cojones.- Admito que ya que iba a morir, pues prefería decir todo lo que pensaba. Cómo se decía en el mundo muggle, para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Intenté que no se notase la tensión de mi cuerpo cuando me dijeron la sentencia, pero fue peor lo segundo... la razón por la que me perdonaban la vida.

Apreté los puños, no iba a hablar de los radicales y sabía lo que iba a pasar si intentaban saberlo a la fuerza, lo que pasaría si el legeremante intentaba hurgar en mi mente... tenía miedo. -Para conseguir esa información tendréis que matarme.- Dije mirándolos a los ojos, tenía un odio acérrimo por él, quizás el mismo que ellos sentían por nosotros. No podía moverme por culpa de las esposas, pero lo había dicho de verdad… prefería morir antes de traicionar a los míos.
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Ayax Edevane el Lun Abr 08, 2019 3:48 am

Todos los de Wizengamot dejaron que hablase, se cagase en quién quisiese cagase y soltase todos los improperios y tonterías que quisiera decir. Eran sus últimos minutos de libertad, qué menos que escuchar todas las boberías que podrían salir de su boca, pues quizás alguna resultaba interesante o de verdadera utilidad. Sin embargo, cuando llegó el final de su sentencia y dijo que para conseguir esa información habría que matarla, se pudo escuchar por toda la sala como la gente reía por lo bajo y, sobre todo, como a más de uno se le creaba una sonrisa de burla hacia la mujer.

No se le podía pedir coherencia a alguien en su estado, eso estaba claro.

—Señorita Martins, creo que todos aquí somos conscientes de que si la matamos, poca información podremos conseguir. —Y se escucharon de nuevo algunas risas por lo bajo. —Sé que muchos preferís morir a cooperar, pero como comprenderás, a nosotros eso no nos interesa en lo absoluto. Una vez estáis en nuestro poder, es nuestra responsabilidad manteneros con vida.

Y la verdad es que no estaba en sus planes dejar pasar a una mujer que podría tener información tan valiosa. Así que el fiscal hizo un movimiento con la mano a la figura del legeremante que estaba justo enfrente de Prue. Era un hombre, delgado, alto, de pelo repeinado hacia atrás y de mirada pérfida y sonrisa curva y altanera. Se le conocía por ser un fiel seguidor de Lord Voldemort y, quizás, la misma Prue podría llegar a conocerlo porque era un Mortífago reconocido y, además de legeremante, ejercía como cazarrecompensas si había una gran recompensa de por medio.

Llevaba toda su vida estudiando legeremancia, por lo que ninguna mente se le había resistido hasta la fecha. Tenía todo bajo control.

—Ahora Denis Alterworth, nuestro legeremante, procederá con el interrogatorio. Cuando precise necesario, señor Alterworth…

El tipo se acercó por completo a Prue quién, maniatada, no podía hacer absolutamente nada. Así que se puso justo enfrente de ella y miró directamente a los ojos oscuros de la mujer, clavado los suyos que eran grisáceos y gélidos. Alzó su varita lentamente hacia la cabeza de la chica y, cuando estuvo prácticamente rozando su cien, conjuró de manera no verbal el hechizo ‘legeremens’ que unió ambas mentes. La maestra capacidad de Alterworth hizo que se metiese sin problemas ninguno en la cabeza de Prue, pero si bien ella estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para echarlo de allí, no lo iba a conseguir.

Lo que Denis Alterworth y todo Wizengamot no sabía es que la barrera de Prue no era solo por evitar saber la información que guardaba, sino también por salvaguardar su vida, su identidad y su integridad como persona, pues de lo contrario iba a perder todo. Ella dejaría de ser útil, en todos los aspectos, y quedaría literalmente como un envase vacío con el que poder jugar hasta que se rompiese.
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Níobe el Vie Mayo 03, 2019 12:58 am

Los muy malditos sabían que mi vida estaba en sus manos y se dedicaban a jugar conmigo como un gato jugaba con una madeja de lana. Lo único que podía hacer para evitar que mi ira fuese peor, era pensar en la única persona que siempre me había calmado, la única que hacía que traspase todo lo que se me pudiera poner por delante. Sabían que tenían el poder, ¿cómo no iban a tenerlo si lo conseguían mediante malas acciones y me tenían allí sin dejarme defender? Que se burlasen de mi de aquella forma, hacía que todo en mi se incendiase porque no tenían derecho a hacer nada de todo aquello, pero claro para ellos solo era una triste persona que acabaría muerta tras ser torturada. Les quería arrancar la piel a tiras a todos y cada uno de ellos, malditas esposas que me mantenían quieta. Una sonrisa de medio lado se dibujó en mis labios cuando empezó a hablar de nuevo, me la estaba jugando cada vez que abría la boca, pero no quería darles las cosas por las buenas y por las malas... saldríamos perdiendo los dos bandos. -Vaya... es usted todo un genio.- No existía forma más eficaz de guardar el secreto, ningún muerto podía abrir la boca. -Una responsabilidad que ustedes cumplen a rajatabla, claro que sí. Mantenernos con vida hasta que os dejamos de ser útiles, nosotros solo queremos acelerar el proceso.- Me encogí de hombros en aquel momento, como si aquello no fuese más que una tontería dicha porque si, aunque sabía que muchos de los míos antes que yo habían preferido la muerte.

Mi mirada entonces se clavó en el legeremante que empezó a moverse. Mi rictus cambió, todo mi cuerpo se tensó al reconocerlo. Habíamos tenido más de un encuentro en el pasado y no habían sido muy agradables. ¿Tenía que ser exactamente él el legeremante? Intenté mantener la calma, no quería mostrar debilidad y menos frente a gente como ellos... antes muerta. Pero nadie era de piedra y yo no era una excepción, en mi mente guardaba no solo los secretos de los radicales, sino también el secreto más grande de mi vida que compartía con otra persona y ese no podía salir a la luz bajo ningún concepto. Intenté mantener la mirada en él, pero sus ojos clavándose en los míos, aquella mirada gélida hizo que se me helase la sangre que corría por mis venas, no podía dejar que supiese nada de lo que había en mi mente no podía dejarle meterse.

Moví mi cabeza un poco cuando Denis quiso meterse en mi mente, pero finalmente e lo consiguió. Siempre había dicho que aquella sensación es como si te estuviesen violando tu propia mente y es que alguien se introducía en ella sin tu permiso. En el pasado, antes de ser una radical había sufrido algún intento de meterse en mi mente de parte de un legeremante y era prácticamente horrible. Intentaba que no tuviese acceso a mi mente, a mis recuerdos y a todo lo que conformaba mi vida, había cosas que nadie debía saber e información que no debía ser revelada. Mi cuerpo se iba tensando a medida que iba viendo la insistencia de meterse en mi mente y como iba ganando a mi manera de detenerle. Me odié por no haber hecho caso a mi padrastro y no haber estudiado oclumancia. De haberlo hecho, todo estaría siendo mucho más sencillo. No iba a aguantar mucho más, lo sabía... mis defensas iban a caer y en ese momento, todo iba a acabar.

Había cerrado mis ojos por el esfuerzo, me obligué a abrirlos y me encontré de nuevo con aquella mirada gélida, sabía que me odiaba... nuestros pasados encuentros tampoco habían dejado muchas dudas sobre aquello. Noté como mi barrera empezaba a resquebrajarse y a dejar que él se metiese más en mi mente, hasta que... todo terminó. Tenía mis ojos abiertos cuando pasó, lo estaba mirando a los ojos en aquel momento, había sentido como todo lo que había intentado aguantar se desvanecía y toda mi mente se quedó en blanco, todo en mi se reseteó... Prue Zita Martins acababa de desaparecer...

Mis ojos fueron los primeros en demostrar un cambio, habían pasado de tener rabia e irá a ser completamente inexpresivos, mi cuerpo hasta aquel momento tenso, se dejó caer como si se hubiese relajado y entonces mis ojos parpadearon con sorpresa. -¿Dónde estoy? ¿Qué está haciendo?- Dije mirando al hombre que tenía... ¿eso era un palo decorado? Pues eso, al que tenía el palo en mi sien. Miré alrededor, ¿quiénes eran todas esas personas? ¿Qué era aquel sitio? De pronto, me di cuenta de algo más espeluznante aún... no sabía quién era, por más que intentaba pensar en algo... nada, mi mente era como un cascarón vacío, allí no había nada. Volví a mirar al hombre que tenía delante, su mirada me daba miedo. -¿Quién soy?- Mi voz sonó totalmente desamparada... tal como me sentía.
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Ayax Edevane el Sáb Mayo 04, 2019 3:51 am

El legeremante se metió en la mente de la muchacha y si bien al principio recibió un poco de resistencia, al final consiguió incidir. Creyó tenerlo todo solucionado: conocería sus memorias más íntimas, sus recuerdos más importantes y se ganaría un sueldo digno por haber descubierto información radical de primera calidad. Pero nada de eso ocurrió. Sintió que nada más estirar la mano hacia el primer recuerdo, éste se desvaneció de sus límites. Miró al resto, intentó alcanzarlos, pero todos estaban vacíos; planos y eran totalmente insustanciales.

De repente, la mente de Prue era como estar en un limbo, en la pura nada.

Denis cortó la conexión pues no entendía nada. ¿Acaso era una oclumante de primera categoría? ¿Sería eso lo comúnmente llamado 'dejar la mente en blanco'? Alterworth se quedó estupefacto, sobre todo al ver su rostro y sus preguntas. Era común en los legeremantes conocer la expresión corporal, estando acostumbrado a saber cuándo la gente miente o cuando son sinceros, por lo que todo el comportamiento repentino de Prue le confundía a niveles estratosféricos.

No contestó a sus preguntas pensando que era una trampa, sino que se volvió a meter en su mente. Esta vez no le costó nada de nada y volvía a estar totalmente en blanco, con la única diferencia de que podía sentir lo que estaba sintiendo la muchacha: estaba confundida también, perdida con todo lo que le rodeaba. No entendía quién era él, ni quiénes eran todos.

Denis entonces se separó de ella y cortó de nuevo la conexión con ella. Retrocedió un par de pasos y se giró hacia el fiscal de Wizengamot.

—Señor... se ha roto. —No supo ni siquiera como describir esa situación. —No hay nada en su mente. Ella... no hay nada. No sé que ha ocurrido.

Pero una cosa estaba clara: no todo el mundo en el mundo es inocente. No era la primera vez que se reconocía a un legeremante por mentir a favor de un enemigo, siendo éste un traidor, por lo que trajeron a otro legeremante para corroborar que lo que decía era verdad. Este otro legeremante repitió el proceso y corroboró lo que Denis había dicho, aunque añadió una teoría más.

—Es común que una mala gestión de la legeremancia pueda dañar el cerebro del sujeto antes de extraer cualquier tipo de información. Quizás no es cosa de la mujer, sino del legeremante. —Había que decir que Denis no se llevaba bien con éste legeremante, que le acababa de echar el muerto encima.


***

Denis se había quedado sin trabajo, por si alguien se quedaba con la curiosidad.

Sin embargo, después de un tiempo allí discutiendo la situación, decidieron optar por el veritaserum, el cual tampoco funcionó. Luego simplemente optaron por devolverla de nuevo a su celda para prepararla para partir al Área-M. Era una sangre sucia que no había aportado ningún tipo de información, por lo que al menos su cuerpo provisto de recuerdos podía servir para algún tipo de experimentación. Nadie echaría de menos semejante saco de piel inútil.

Uno de los guardias recogió a Prue en el ascensor, esposándola de nuevo con unas esposas que aparecieron mágicamente en sus muñecas. Así mismo, mientras se movían en el ascensor se podían ver varios dementores custodiándolos. Para una mente 'virgen' y 'nueva' como la de Prue debían de ser muchas emociones.

La devolvieron al lugar en donde había empezado todo y allí se encontró con los mismos presos que había conocido anteriormente, con la diferencia de que el hombre estaba siendo preparado para su ejecución y se lo estaban llevando. La señora estaba llorando, a la inminente espera de su final, sin poder evitar caer en la depresión. La niña, por su parte, estaba con la mirada fija en un punto de la habitación. Su destino había sido el Área-M y no tardarían en coger a ambas para llevarlas allí en compañía de un celador.

La niña al ver a Prue se puso en pie.

—Hola... —le saludó cuando el guardia se fue, sujetando los barrotes con sus manos. Sus ojos estaban rojos.

—¡Qué os den a todos! ¡Hijos de puta! ¡Muero con honor después de haber matado a tantos cabrones como vosotros? ¡¿Me escucháis?! —Intentaba zarandearse, pero uno de los guardias le dio con la varita una corriente eléctrica que lo dejó indispuesto. —Muero con honor... —Repetía.
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Níobe el Mar Mayo 14, 2019 10:12 pm

No entendía que estaba pasando, el hombre que había tenido delante parecía siquiera saber porque lo miraba de aquella manera. Me estaba dando miedo, sobre todo cuando sentí que algo quería entrar en mi cabeza, no entendía cómo es que sentía eso, pero de pronto sentía una sensación de que algo entraba en mi mente, de mi boca salió un pequeño quejido más no dije nada porque mi miedo y mi confusión eran mucho mayores.

De pronto, llamaron a otra persona, hizo lo mismo que el otro haciéndome soltar otro quejido. Nadie había respondido mis preguntas y parecía que no les importaba lo confundida que yo estuviese o el miedo que tuviese por no entender nada. Mis sentidos estaban alerta porque temía que quisieran hacerme daño, me mordí el labio mientras escuchaba lo que decía la segunda persona que había aparecido. No entendía porque me habían intentado dañar, pero aún peor, no entendía como habían conseguido que notase aquella sensación de algo queriendo entrar a mi mente a la fuerza.

Otra cosa que me preocupaba, ahora mismo no sabía quién era, no sabía cómo me llamaba, no recordaba siquiera de donde venía o si tenía familia viva... ¿alguien tendría los recuerdos que me faltaban? ¿Alguien podría ayudarme o saber quién soy? No saber quién era uno mismo era la sensación más horrible que podía sentirse. Los miraba con el terror en mis ojos, teniendo por lo que podían decir o hacerme, parecían querer demostrar que ellos tenían el poder y que yo solo era un juguete en sus manos.

Me sentía tan... indefensa y tan... usada, aunque todo no había hecho más que empezar, que ni siquiera parecía ser consciente de lo que me hicieron a continuación. Me habían obligado a beber algo y seguidamente me hicieron preguntas que no supe responder, que ni siquiera sabía de que trataban, pero me asustaron... la forma en la que me trataban era peor aún y sin desearlo unas lágrimas se deslizaron por mis morenas mejillas sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Me sentía como una muñeca rota a la que nadie quiere reparar, si no dañarla aún más. Mi cuerpo no tuvo ningún tipo de reacción cuando me levantaron de donde estaba para llevarme a donde deseaban.

Mis ojos se abrieron de la sorpresa cuando sentí como de la nada aparecieron unas esposas en mis manos, ¿de dónde habían aparecido y por qué me las ponían? Miraba alrededor sin parar mientras bajamos, como un bebé que descubre el mundo en el que vive por primera vez. El terror empezó a correr de nuevo por mis venas en cuanto vi a unas figuras negras y al parecer sin rostro que parecían volar alrededor del ascensor en el que me llevaban. ¿Estaba soñando? ¿Era eso lo que estaba ocurriendo? No encontraba una respuesta lógica a nada de aquello.

Me llevaron hasta un tipo de celdas, allí ya habían tres personas al parecer, personas que para mí no significaban nada. Me soltaron las manos y me metieron en una de las celdas, trastabillando con mis propios pies y cayendo de bruces. Me giré boca arriba y dejé salir un sollozo de entre mis labios, no entendía nada y me sentía de la peor forma posible. De pronto, una voz infantil me llamó la atención y me levanté, quedándome sentada mirando a la niña que había en la celda de enfrente, aunque los gritos del hombre que había al lado de ella me hicieron cerrar los ojos, no solo por lo que gritaba, si no porque me empezaba a doler la cabeza.

Apreté con fuerza mis párpados hasta que el dolor parecía remitir, ¿aquel dolor era por culpa de aquellos dos personas que me habían provocado aquella sensación de hurgar en mi mente? ¿Tenía que ver con el hecho de que no recordase nada de nada? Miré a la niña cuando abrí los ojos. -Hola...- Los gritos del hombre aún seguían escuchándose, me estremecí, alcé las piernas hasta dejarlas contra mi pecho, abrazándomelas y escondiendo mi cara en el hueco que quedaba, no sabía porque pero la niña parecía conocerme y yo no la conocía de nada. -¿Por qué estoy aquí? No tengo la culpa de nada, no conozco a nadie... yo no he hecho nada, no me merezco esto...- No pude evitar decir aquellas palabras mientras empezaba a llorar de nuevo.
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Ayax Edevane el Jue Mayo 16, 2019 4:02 am

La niña tampoco entendía la actitud de la muchacha que tenía en frente, asustadiza y vulnerable, cuando hacía un rato la había visto como una mujer con carácter, invencible y cargada de valor. Podría haber usado la referencia de esa mujer para saber cómo comportarse ella, pero la veía tan débil en ese momento que supo que el gobierno la había roto y que si ella se había roto, ella misma terminaría rompiéndose. Dejó de insistir por miedo y se escondió en la esquina de su propia habitación, aguardando lo peor.


***

El camino hacia el Área-M fue rápido y conciso.

Las habían sacado de sus respectivas celdas, las habían atado mágicamente y las habían llevado hasta Azkaban mediante la Red Flú específica del Ministerio de Magia. Llegaron directamente a la parte subterránea, a una habitación blanca y muy brillante, las sacaron de allí y las separaron. Ahora Prue se dirigía sola, en compañía de una mujer hacia una sala de desinfección. Le quitó la ropa en contra de su voluntad y la duchó con una manguera, para entonces vestirla con un uniforme blanco y unas zapatillas abiertas. La metió entonces en una celda sin número, sola, oscura y a la deriva.

La celda era también blanca, con una luz muy brillante de luz blanca. Había una cama, un váter, un lavamanos y un escritorio. El escritorio estaba vacío pero existía porque muchos presos estaban largas jornadas sin pertenecer a ningún proyecto, bien por no servir para ninguno o porque estaban recuperándose de uno interior. En el Área-M intentaban que los presos fuesen personas saludables, no presos que estuvieran en condiciones deplorables. Eso era Azkaban, no el Área-M.

Pasó casi treinta y seis horas hasta que Ayax abrió la puerta de aquella chica. La encontró sobre su cama, casi en posición fetal. Al pelirrojo le había contado lo que había pasado con la muchacha en su juicio e interrogatorio, pero quería verlo con sus propios ojos.

—Buenos días —le saludó, con una sonrisa aparentemente amistosa. Para Ayax todos los presos eran herramientas que había que cuidar, por lo que los trataba bastante bien si no había motivos para hacer lo contrario. —Soy tu sanador. Puedes llamarme Ayax.

El becario llevaba consigo una bandeja de comida en donde había un plato de puré de lentejas, algunos trozos de queso, un plato más pequeño con pescado y patatas cocidas, un plátano y un vaso de agua. Justo al lado colgaba una especie de informe sobre una tapa dura; un informe totalmente vacío.

Se metió libremente al interior de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Luego caminó hacia el escritorio y dejó allí la bandeja. No se sentó en la silla, sino que se mantuvo de pie, con las manos ligeramente recogidas por delante de él.

—Es para ti, ¿tienes hambre? ¿Qué te parece si comes y mientras tanto yo te hago unas preguntas? Tengo que rellenar esto. —Señaló el informe, de nuevo intentando mostrar una sonrisa apacible.

Estaba actuando así porque sabía lo que le habían contado y estaba tanteando el terreno. Por norma general solía presentarse frente a los presos llamándolos por su nombre, pero le habían dicho que Prue Martins no sabía ni cómo se llamaba. Quería comprobarlo antes de decirle nada.
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Níobe el Mar Mayo 21, 2019 9:55 pm

Tenía miedo, no podía evitarlo. No sabía dónde estaba ni lo que hacía allí, había llorado apretada contra mis piernas demasiado tiempo, al alzar la vista la niña que me había hablado estaba en el mismo estado que yo. Me moví yo también hacía una esquina, abrazándome de nuevo las piernas y mirando al suelo... sí supiese como había sido antes de la pérdida de memoria total... las cosas hubiesen sido muy diferentes. Pero las cosas estaban de ese modo, nada quedaba de aquella chica que todos conocían como Prue, al menos, por el momento y ahora todo aquello estaba en un sitio donde nadie había llegado jamás. Todo había sido borrado de mi cabeza, cosa que yo no sabía y ahora solo era un cascarón vacío, sin nombre, sin pasado... sin nada.

***

Aquello no había sido lo peor, cuando nos sacaron de las celdas me di cuenta de cómo nos ataban las manos a ambas pero sin una cuerda, estuve pensando en ello hasta que nos hicieron detenernos e intenté resistirme cuando me quisieron meter en una chimenea. ¿Qué querían? ¿Quemarme viva? Pero me obligaron a mantenerme dentro y mi mente colapsó cuando uno de los que me llevaban se metió conmigo y tras decir unas palabras nos engulleron unas llamas verdes... no nos habían quemado y aparecimos en un lugar de blanco inmaculado, justo cuando en la otra chimenea la niña aparecía también acompañada de otro de los que nos llevaban.

Me dejaron en manos de una mujer y al llegar a un nuevo sitio, me resistí o lo intenté porque me la quito sin esfuerzo y me duchó con una manguera mientras yo aguantaba cómo podía. Para cuando me estaba vistiendo, mis lágrimas ya caían por mis mejillas de nuevo, no sabía que había hecho para merecerme todo aquello y fui dejada en una celda, sin hacer caso de las lágrimas que caían por mis morenas mejillas. Me arrastré casi hacía lo que era la cama y me hice un ovillo, mis lágrimas habían dejado de caer, ya no me queda líquido que llorar y mis ojos estaban vacíos de la vida que habían tenido horas antes. Cerré los ojos... quizás no volvería a abrirlos, quizás hubiese sido mejor así.

Un ruido me hizo despertar horas después, quiero decir después de las nueve mil veces que mi sueño se había visto interrumpido desde que había sido encerrada, pero no por obra externa si no porque mi propio cuerpo y mi propia mente me traicionaban y me hacían despertarme por la sensación de desasosiego que sentía en todo momento. En aquel momento, un pelirrojo fue quien me despertó saludándome con una sonrisa, solo una cosa de todos lo que dijo llamó mi atención. -¿Sanador?- ¿Quería decir algo así como médico? No sabía a qué se refería, no me atrevía a moverme de donde estaba.

Lo miraba sin poderme mover, mis piernas recogidas encima de la cama, seguía todos sus movimientos sin perderlo de vista y cuando vi la bandeja de comida, sentí que mi estómago me pedía que lo saciase. Me levanté con cuidado, poniéndome las zapatillas que me habían dado, caminando hacia el escritorio y viendo como mi estomago rugía la ver el alimento que allí había sido dejado para mí. Lo miré a él como con miedo a que me hiciese algo y me senté en la silla, tomé un poco de queso llevándomelo a la boca. -Yo... creo que no te seré de mucha ayuda... no recuerdo nada. ¿Qué es eso?- Dije señalándole lo que él tenía entre las manos, aunque después empecé a comer con un poco más de confianza, tenía hambre y no podía negarlo. Que él me hiciese las preguntas que desease, no podía perder nada, estaba encerrada allí y ni siquiera sabía que había hecho.

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