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Nunca subestimes a un guardian por su tamaño || Priv.

Invitado el Vie Mar 01, 2019 2:23 am


Nunca subestimes a un guardian por su tamaño.


Un simple descuido durante el horario laboral bastó para que Zoe terminara en la sala de emergencias de San Mungo. Se encontraba en el Bosque de Dean, interviniendo en un caso de deforestación donde los trabajadores habían afirmado que fueron atacados por gente del bosque, cuando tuvo la sorpresa de coincidir con un nido de Bowtruckles.

En un principio, todo pareció estar bajo control. Pero cuando uno de los empleados se percató de la presencia de aquellas diminutas criaturas, los problemas no tardaron en comenzar. Un par de ellos se abalanzaron sobre Zoe y el muggle, dejando atrás el resguardo que les brindaba el árbol que cuidaban. Ambos hicieron lo posible para desligarse de las pequeñas, pero no menos peligrosas, garras de las criaturas.

Pero todos sus intentos resultaron fallidos.

Zoe trató de alejar a uno de los Bowtruckles que se aferraba fuertemente a su cabello y, al intentar sacudir la cabeza con cuidado de no lastimarlo, terminó perdiendo el equilibrio y cayó de lleno al suelo. Producto de la caída, golpeó su cabeza contra una de las raíces del árbol y lo último que pudo ver antes de perder el conocimiento fue a su compañero magizoólogo avanzando hacia ellos.

Al abrir los ojos, ya no se encontraba en medio de un bosque en Gloucestershire. Podía oír pasos apresurados muy cercanos a donde estaba, y, con solo olfatear el particular aroma del lugar, supo que se encontraba en San Mungo. No era la primera vez que despertaba en una de las camillas de ese hospital, a lo largo de su carrera como Magizoóloga había sufrido varias lesiones que la habían llevado a estar hospitalizada no más de dos días, pero nunca había llegado allí producto de un percance con un Bowtruckle. Ella siempre había considerado a dichas criaturas como «lo más inofensivo que podrías encontrarte en un bosque», pero en esa ocasión no había tomado los resguardos necesarios y finalmente supo que había desprestigiado el alcance de aquellos guardianes.

No se le ocurra levantarse, señorita Levinson. Iré a llamar al sanador Fiore para informarle que ya ha despertado y él se encargará de evaluar su situación —informó, aparentemente, una enfermera regordeta. En sus manos había un par de hojas y Zoe supuso que se trataba de su historial médico—. Parece ser que es propensa a sufrir accidentes —añadió con recriminación, echándole una mirada fugaz.

Ante aquel gesto, Zoe bajó la mirada y profirió una especie de risa nerviosa. La forma en que la mujer se había dirigido a ella le hizo recordar a una de las tantas regañinas que había sufrido durante su infancia luego de que se involucrara en los proyectos de su padre. Por aquel entonces, su madre se había dirigido a ella y había dicho «pero qué descuidada eres, Zoe Aimée Levinson. Y tú... tú no te quedas atrás, Willhem. La niña ha salido tan torpe como tú». Pero no lo había dicho de forma despectiva o celosa, más bien, lo había dicho con diversión y, tal vez, ese fue el motivo por el que aquel suceso quedó grabado en su memoria.
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Dante Fiore el Sáb Mar 02, 2019 9:27 pm

A través de los largos pasillos de San Mungo se escuchaba el eco de los apresurados pasos de todo el personal. Había sido un día bastante ajetreado. Repleto de visitantes en la sala de urgencias, aunque nada fuera de lo común, sino que más bien, casi todos habían llegado allí víctimas de accidentes laborales. Dante no tenía demasiado tiempo siendo parte de aquel equipo de medimagos, sin embargo, se había adaptado con bastante facilidad, y muchos lo consideraban como un excelente ejemplo, gracias a su agilidad, habilidades, y el entusiasmo que le ponía a cada cosa que hacía. Llegaba al hospital contagiando a todos con su deslumbrante sonrisa, transmitía siempre sus buenos ánimos, porque detestaba los ambientes laborales pesados, y él mismo se tomó la tarea de mejorar el ambiente en San Mungo. No había sido una tarea demasiado difícil para él.

Acababa de salir de un pequeño cubículo, en el que había tratado a un hombre que, en medio de una imprudente excursión, había sido atacado por criaturas marinas que ni él recordaba. Las heridas habían sido sanadas, y lo único que quedaba para aquel hombre era guardar reposo, y encargarse de ser un poco más responsable y cuidadoso al momento de sentirse un intrépido aventurero.

Por fin pudo tomarse un respiro, el flujo de pacientes parecía haber bajado, y se escapó rápidamente hacia la cafetería. No se le vió más en la sala de urgencias sino hasta dentro de unos diez minutos, cuando apareció con un enorme emparedado ya a medio comer, relleno de jamón, pollo, queso, tomates y lechuga, y en la otra mano, un vaso plástico con un batido de fresas naturales. Se paseó por los pasillos hacia la recepción, comiendo su emparedado tranquilamente. Ya eran pasadas las 18:00, y todos sabían que Dante era bastante estricto con los horarios de las comidas. Tenía ciertas horas bastante específicas en las que debía comer algo, para no pasar el resto del día agonizando de hambre.

¡Doctor Fiore! — Se erizó al escuchar el fuerte grito de una de las enfermeras, porque estaba seguro que las palabras que iba a escuchar, no eran nada buenas — ¿Qué hace tragando como cerdo a esta hora? ¡Lo estuve buscando! ¡Tiene una paciente en el cubículo 32 que está esperando por usted! — Volteó la mirada, con una sonrisa bastante discreta, mientras que observaba a la mujer regordeta de pies a cabeza — Precisamente, estoy comiendo para poder ahora concentrarme mejor en mis pacientes. Y no estoy 'tragando como cerdo', me estoy alimentando sanamente, si estuviese tragando como cerdo, tendría un cuerpo como el suyo. Gracias por la información — Después de dichas aquellas palabras, se dió la vuelta y caminó hacia el lugar en que lo estaban esperando, no obstante, pudo ver cómo la mujer quedaba boquiabierta ante aquel comentario tan directo. Dante odiaba los rodeos, y también que se metieran con su comida.

Acabó de comer todo en el pasillo, y depositó todos los residuos en el lugar correspondiente. Fue al baño más próximo y se lavó las manos con jabón, se las secó, y prosiguió a entrar al cubículo que la mujer había mencionado antes, no sin antes haber buscado el historial médico de la paciente — ¡Hola! — Exclamó con su característico y habitual entusiasmo, mientras que ingresaba y observaba a la mujer, la cual reposaba sobre la camilla del lugar. A simple vista, pudo darse cuenta de que tenía aún la mirada un poco perdida, y veía en el expediente que había llegado allí debido a un golpe en la cabeza — ¿Cómo estás, Zoe? Mi nombre es Dante, un placer — Añadió, con una carismática sonrisa dibujada sobre su rostro.

Se detuvo a un par de metros de ella, mientras que observaba cuidadosamente su historial médico, en busca de algo que se pudiera relacionar con el incidente que se le había presentado — Wow, que cantidad de accidentes. ¿En tu trabajo hay algún brigadista que enseñe sobre Seguridad y Salud en Trabajos Mágicos? Probablemente sea buena una inducción. Y no lo digo sólo por tí, que te sorprendería la cantidad de magizoologistas que recibimos a diario — No, no era cierto que recibían tantos magizoologistas por día, solo quería hacer que la mujer sintiera que no era una descuidada — Cuéntame, ¿qué ha pasado? ¿tienes alguna clase de síntoma ahora mismo?
Dante Fiore
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Dante FioreInactivo

Invitado el Lun Abr 01, 2019 1:53 am

Por alguna extraña razón que ella desconocía, Zoe hizo caso omiso a las palabras de la enfermera y prefirió sumergirse en sus propios pensamientos, aquel lugar que, en ocasiones, le servía para escapar de lo que el futuro había traído.  Se encontraba perdida en las palabras de su padre y las reprimendas de su madre, disfrutando de aquel breve recuerdo donde su única preocupación era no sufrir un raspón en las rodillas para que Genevive Dubois no se enfadara con ella. Disfrutaba del momento con una sonrisa resplandeciente y brillo en sus ojos, sintiendo ese suceso como algo que había ocurrido hacia un par de días, a pesar de que en realidad había ocurrido cuando apenas comenzaba a comprender como era el entorno que la rodeaba. Pero todo tiene un fin, y en el momento en que el doctor arribó a la sala y la saludó con emoción, atontada, Zoe regresó a la realidad y parpadeó varias veces para borrar ese recuerdo.

Hola, Dan... ¿Dante? —murmuró, un tanto confundida por la actitud del hombre y la ausencia de la enfermera parlanchina. ¿En qué momento se había ido y por qué él se desenvolvía con tanta confianza y amabilidad? Ella estaba acostumbrada a dirigirse a sus pares por sus apellidos, no por sus nombres. Por ese motivo, toda aquella situación se le hacía de lo más inusual y le hacía cuestionarse algo... ¿Es que acaso aún quedaban personas amables por naturaleza?—. El placer es todo mío, doctor Fiore. Tal vez en otra situación diría que me siento bien, pero ahora mismo me duele la cabeza y no me avergüenza decir que no recuerdo el momento en que su compañera abandonó la habitación... ¿Tener recuerdos espontáneos acerca de algo que ocurrió hace tiempo es un efecto secundario provocado por sufrir un golpe en la cabeza? —inquirió más confundida que antes, arqueando levemente una de sus cejas mientras le observaba con atención.

Ante el comentario del hombre, un leve sonrojo se formó en las mejillas de Zoe. Como la mujer regordeta había remarcado en un primer momento, ella era alguien propensa a sufrir accidentes. Siempre había sido así y ninguna charla acerca de medidas de seguridad había bastado para quitarle esa peculiaridad que le había acompañado durante toda la vida, ya era algo propio de su ser y lo había aceptado hace mucho tiempo.

Por la expresión en su rostro puedo deducir que ingresé al top 10 de los más accidentados de todo el hospital, ¿cierto? —preguntó mientras reía para borrar aquel tono rojizo que decoraba su rostro. A esas alturas de su vida ya no trataba de ocultar su torpeza, ya no le avergonzaba y de cierta forma se sentía orgullosa de ello—. Claro que existen brigadistas encargados de instruirnos en la seguridad y las medidas que debemos tomar en nuestro trabajo, he invertido varias horas de mi vida en sus academias pero ninguno ha podido convertirme en una persona precavida. Ya llevo mucho tiempo metida en esto y no sé qué es lo que está fallando dentro de toda la ecuación, así que podría decirse que tengo poca suerte en lo que seguridad respecta —comentó, encogiéndose de hombros para restarle importancia al asunto.

A continuación, antes de comenzar a narrar brevemente lo poco que recordaba, Zoe se acomodó en la camilla e instó al doctor a que tomara asiento en la camilla contigua dado que tenían una larga conversación por delante.

Muy bien, ¿por dónde comienzo? Mmmm... Me encontraba en Gloucestershire atendiendo un caso de deforestación donde una colonia de Bowtruckles estaba implicada. Ellos son unas criaturas diminutas e inofensivas, ¿sabe? O bueno, al menos lo son cuando no se sienten amenazados por los merodeadores. En casos como estos los magizoólogos acostumbramos a llevar cochinillas para distraerlos y alejarlos del resguardo del árbol, pero no me percaté de la presencia de uno de los muggles que trabajaba en el lugar y todo se salió de control. Y bueno, así es como terminé aquí —comentó rápidamente, ladeando la cabeza hacia un lado para observar al doctor—. Perdí la conciencia al golpearme con lo que creo que fue la raíz de un árbol y ahora me duele un poco la cabeza, pero no es algo con lo que no haya lidiado antes. ¿Ya me puedo ir? —inquirió apresuradamente.

Zoe no se sentía del todo recuperada pero aún tenía cosas por hacer y un descanso innecesario solo significaría desempeño en su trabajo.
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