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Lo mal que estoy (y lo mucho que me quejo) |Priv. Zdravka O.

Joahnne Herondale el Vie Mar 01, 2019 3:02 am


Después que a mí se me acabó el dinero…— canturreó implantando entre letras un acento un tanto latino que no le pegaba del todo. Tarareó las frases ignorando que levantaba más de una mirada en el camino. — Por andar de enamorado, se fueron mis compañeros…— se detuvo casi al instante, enarcó una de sus cejas recordando el significado de la oración. Se lo había olvidado, no era cuestionable. Una canción en otro idioma que poco manejaba era evidente que se olvidaría, como la gente que canta en inglés y poco entiende. Bufó sacando el aparato electrónico para desbloquear y darle al botón que representaba “siguiente” en el reproductor. En esta ocasión, una canción de una artista bastante conocida en este último tiempo porque su álbum completo estaba rompiendo un récord según escuchó a un joven, el cual veía y comentaba una de sus presentaciones en un televisor en exposición de una tienda de electrodomésticos. La cual fue uno de sus destinos para dejar su hoja de vida.

Y sí,  Joahnne era una del montón de gente que, esperanzada, dejaba su currículum en cualquier tienda que pudiera y fuese aceptada. Y no, no le estaba yendo para nada bien. Había estado en un local de indumentaria femenina que parecía ser reconocido por su amplitud aunque fue negada al darle un vistazo rápido a la presentación que yacía en sus manos, ahora. No tenía experiencia, nadie se lo estaba poniendo fácil. Tampoco podía mencionar que había atendido una temporada en el salón de té de Madame Pudipié. ¿Cómo agregaría una referencia tan delatadora de su mundo y poco creíble al ojo muggle?

Estaba a punto de resignarse, al menos por hoy. Un día fresco, lo suficiente como para tener el deseo de conseguir una bufanda, poco alentador con su búsqueda y menos que menos agraciado para responder con una sonrisa cada rechazo. Eran contados los casos que permitieron dejar sus datos aunque por las miradas era casi nulo que la llamasen y lo sabía. Suspiró exasperada.  ¿Alguien se apiadaría de ella? Reconocía que podría ser todo lo carismática posible, que tendía a ser correcta y amable hasta con desconocidos. ¡Podía ser muy buena en atención al público! Pero, no todos pensaban que eso fuese suficiente. ¡Malditos estudios! No se creía capaz de falsificar esos campos, maquillaba la verdad diciendo que estudió desde casa pero eso no tenía peso ante los ojos de gerentes necesitados de “personas cultas” según uno de los tantos que la rechazó.
 
“I want it, I got it, I want it, I got it”. Emitieron los auriculares, sus piernas seguían al tumulto de gente que atestaba las calles mientras repetía el estribillo. Era normal chocar hombros o codos, un poco mucho, cuando todos estaban apresurados en su andar. Aseguraría que tenía un moretón en uno de sus brazos, un joven castaño de unos treinta años corría con su maletín dando saltos a los costados. Un par de señores se quejaron de la juventud de hoy en día pero Joahnne es la que realmente se lamentó cruzarse con él. Un gemido de dolor escapó de sus labios cuando este desfiló por su costado permitiendo que el maletín golpeara sin piedad alguna.

Una verdulería, un negocio de lencería y una imprenta de fotografía después… Joahnne se detuvo en una tienda. Apretó sus labios en una clara mueca de cansancio, este sería el último. No quedaba más que dos hojas más que la destinada a este pero un sentimiento de pesadumbres la conquistó. Se adentró con sumo cuidado mentalizando un mantra. Iba a armar un altar a cualquier deidad que le facilitase un trabajo. A ese punto había llegado.  —Buenas tardes— alzó su voz mientras se encaminaba al mostrador. —Disculpa, vengo en busca de trabajo. —"O al menos que me tomen el contacto" completó. Mordió su mejilla negándose a sentirse rendida. No hasta que cruzase nuevamente la puerta luego de su ¿décimo rechazo? Era peor que ver Titanic sola.
Joahnne Herondale
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Mar 01, 2019 10:52 pm


Dentro de un par de meses hacía un año trabajando en la tienda de los Brown y a pesar de que era uno de los trabajos que más le había durado—probablemente porque se tiraba al hijo de los jefes—no estaba en absoluto contenta con él. Odiaba, con toda su alma, ser dependienta. Era aburrido, joder. La jornada laboral se resumía en tres sencillos pasos: sonreír cuando no quieres sonreír, cargar cajas cuando no quieres cargar cajas y reponer mercancía cuando no querías reponer mercancía.

Eso no era vida.

Zdravka estaba muy agradecida con Dexter y sus padres por haberle dado la oportunidad de trabajar ahí, por haberla tratado tan bien y... de verdad, los adoraba, pero sentía que sus jornadas no eran en absoluto buenas si de verdad quería terminar dedicándose a la música algún día. Así que estaba pensándose seriamente la opción de dejar el trabajo, aprovechar para estar unos meses con lo ahorrado y dedicarse totalmente a la música. ¿Arriesgado? Sin duda. Pero si quería cumplir su sueño iba a tener que arriesgarse en algún momento.

Estaba prácticamente sola en la tienda ese mediodía, ya que Dexter estaba en la trastienda haciendo a saber qué papeleos. Siempre insistía en que no tuviese nada que ver Zeta y los papeleos, no sabía si porque la trataba de tonta incapaz o sencillamente para ahorrarle el sufrimiento teórico. Fuese como fuese, Zeta tampoco se quejaba. La realidad era que Dexter trataba asuntos mágicos y había una habitación bajo tierra tras la trastienda en donde tenía cosas mágicas y en ocasiones hasta personas escondidas, ¿pero eso lo sabía Zeta? Ni por asomo. A ella le hablabas de magia y le venía a la mente el típico señor que te saca una moneda de la oreja.

Así que ahí estaba, en mitad de uno de los pasillos, tirada en el suelo como los indios, desmotivada con la vida y poniéndole etiquetas de precio a las nuevas latas de guisantes que estaba colocando. Sí, lo sé, un trabajo apasionante. Fue entonces cuando escuchó a una muchacha hablarle al mostrador vacío, pues esperaría encontrar a alguien detrás, sentado y aburrido. Zeta se hizo de notar, estirándose hacia el final de ese pasillo con las manos zarandeando.

—¡Eh, perdona, estoy aquí! —Exclamó desde el suelo. Probablemente desde la vista de Joahnne, pudo ver como una mano salía de uno de los pasillos, haciéndose notar. Zeta intentó ponerse en pie de un tirón demasiado optimista de su cuerpo, pero al parecer le pesaba demasiado el culo, pues cayó hacia atrás en el intento, haciendo que se riese de sí misma. La madre que me trajo, ¿desde cuándo me pesa tanto el culo? Susurró eso para ella sola. Para cuando quiso darse cuenta, una chica morena apareció a su lado. —Buenas, siento el desastre —le saludó, disculpándose por no saber levantarse sola y estar rodeada de latas de guisantes, así como de papel inservible de aquella dichosa máquina que no servía bien.

Dejándolo todo allí tirado por el momento, se apoyó en el suelo y se levantó, para entonces sacudirse las manos  y sonreírle. Menos mal que Dexter estaba demasiado enfrascado en los números o seguro que le echaba 'la bronca' por tremenda chapuza de día.

—¿Buscabas trabajo dices? ¿Aquí? —No, Zeta, busca trabajo en el McDonalds pero le han pedido a ver si sabe distinguir entre vacuno y cerdo y ha venido aquí a corroborarlo. La verdad es que la pregunta venía sorprendida por el hecho de que ella quería trabajo y Zeta quería irse, ¿no era acaso una sintonía preciosa del destino? —¿Has trabajado antes en este tipo de negocio? —preguntó entonces, entrando en tema serio.
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Joahnne Herondale el Jue Mar 07, 2019 5:07 am

Joahnne odiaba buscar trabajo.

Un gran sentimiento.

En resumidas cuentas, la pelirroja estaba en un mal día. Desde su mente, no se detenía -ni por un minuto-  aquella frase en repetición. Desinflada era poco para caracterizarla y decir que estaba “contemplando el fin de su existencia” sería agregarle demasiado dramatismo a la escena, uno del que no saldría viva si se lo permitía. Como cualquier joven adulto que daba vueltas en el mercado para ver quién lo cogía, a pesar que terminase como lavaplatos o fregando baños.

Y ella podía ser demasiado habladora o risueña a menudo, diría que tendría un gran trato hacia el cliente pero las miradas despectivas, los murmullos a distancia, las muecas harían que su voz se bajase un poco. Eran las circunstancias idóneas para ejercer su lado positivo pero este no se asomaba.

Cuando el amanecer  había revelado un nuevo día, la fémina despejó cualquier idea de rendición. No se permitiría bajar la cabeza. Se envolvió con todo lo que tenía a mano y se marchó. Otro día, otras oportunidades. Demasiado optimista se podría llamar. Con el paso de las horas visualizó el final de su búsqueda en una simple palabra: devastadora. Si habría que agravar la situación, agregaríamos el dato sobre la cantidad de días que llevaba en la misma rutina de madrugar para tener alguna oportunidad.

Los comerciantes la evitaban, pasaban de ella cada vez que balanceaba su carpeta a desbordar con sus hojas de vida, al caminar. Al acabar, tendría en su poder unas tres y aseguraba que varios basureros también contendrían una gran parte de ellas. Quería llorar con la simple idea pero eso tendría que esperar, de momento.

Dejándose llevar por la corriente humana que invaden las calles, se permite una última parada: una tienda. Cruzando los dedos se adentra a esta agradeciendo que la falta de una bufanda no sea algo que la moleste con el clima interior.  — Al menos que tomen el contacto. — murmuró, a pesar de que en su cabeza había sonado como un pensamiento. Se exaltó al escuchar a alguien, parecía ese meme de John Travolta buscando a quién pertenecía la voz.  Y sí, conocía al señor. Bueno, por películas de este que eso de tener a disposición internet la había vuelto una fanática —más de lo que ya era— del cine. Visualizó a la chica al acercarse, no parecía llevarle más que uno o dos años aunque no pondría las manos en el fuego. Joahnne nunca había sido buena adivinando la edad de los demás.

Negó con la cabeza. ¿Qué le pasaba? Desde cuando era tímida. Tengo que tener sexo, tocarme o algo. Mirando hacia otro lado por unos segundos para no quedarse embobada viendo a la que podría ser su jefa o compañera, si tenía suerte. Eso de haber tenido un momento caliente con un GRAN hombre y nunca más verse, no ayudaba. Y sí, con el paso del tiempo se había dado cuenta que apreciaba las vistas de un hombre como de una mujer pero no podía ir por ahí echando babas a todo ser humano. ¡Eso está mal Joahnne! Se reprendió mentalmente. —No hay problema— contestó escasamente junto a una sonrisa sincera.

Acomodando con nerviosismo las puntas de su cabello, rió. ¡Querida fuera esos nervios! —Pues sí, vengo en busca de trabajo. Aquí. De cualquier cosa, eh. — esa desesperación sí que se podía hasta oler. La pelirroja era ajena a que quién estaba frente de ella quería largarse de ese trabajo y le parecía un milagro del señor, de los teletubies o del universo que ella estuviese pidiendo un puesto. —Poco, estuve en una tienda de una gasolinera. Una temporada, aunque era parte de un pueblo y creo que necesitaban a alguien para irse de vacaciones. No entiendo como confiaron a la primera, no es que sea una muy mala empleada o robe pero…— chasqueó la lengua.  Ahí estaba vomitando palabras innecesarias para una entrevista. — ¿Vale decir que soy simpática? — con una mueca cambió el peso de su cuerpo a su otra pierna.


Última edición por Joahnne Herondale el Dom Mar 10, 2019 9:09 pm, editado 1 vez
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Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Mar 09, 2019 3:10 am

A ver, a ver, a ver, Zeta creía mucho que eso era una señal del destino: ¿ella pensando en irse del trabajo para poder dedicarle un tiempo a la música y de repente le venía una sustituta? O sea, si allí arriba había un alguien observándolo todo y ofreciendo las oportunidades, estaba claro que quería abrirle las puertas de la oportunidad a Zeta. Vale que a simple vista aquella morena parecía un poco tímida, pero no es un requisito indispensable eso de ser extrovertida en un trabajo de cara al público. ¿Ayudaba? Indudablemente, pero también se podía aprender a cómo tratar con las personas.

Por suerte para Zdravka, ella ya había venido de fábrica con esa habilidad integrada, pues siempre había tenido mucho carácter y mucha facilidad para tratar con las personas. Aunque claro, después de tanto tiempo trabajando en diferentes trabajos en Londres, era casi obvio que por mucho que no supiese, ya lo hubiera adquirido.

—Bueno, lo malo y bueno de estas tiendas es que son pequeñitas, así que si te contratamos seguramente tengas que hacer de todo —le respondió a la muchacha, que quería trabajar de cualquier cosa. —Es decir, limpiar, hacer los cambios de mercancía, recogerla, estar en la caja... Un todo en uno, vamos. —La sonrió, de manera amable y jovial. —Pero no te creas que es mucho, en realidad como pocas veces al día suele haber un gran tránsito de personas a la vez, da tiempo de hacer de todo. Y a la larga lo agradeces, porque estar sentada detrás del mostrador sin hacer nada a veces es desesperante. Casi que prefieres llegar a casa hecha polvo, que sentir que has perdido el tiempo sin hacer nada.

Le comentó que había estado trabajando de algo parecido en la tienda de una gasolinera, lo cual era prácticamente lo mismo, con la diferencia de que los precios no estaban inflados, había más cantidad de productos en este tipo de negocios y menos gente, pues las gasolineras se petaban. Se mostró divertida frente a su última pregunta.

—Por supuesto —le respondió. —¿A quién no le alegra el día encontrarse con una dependiente que sepa sonreír hasta en los peores días?

Porque seamos sinceros: no había nada más desagradable que ir a comprar algo y encontrarte con una dependienta que podría ser la nube más gris y triste de todo el cielo. Y al final salías tú hasta con mal cuerpo. ¿Y acaso no es super agradable encontrarte con alguien que te sonría hasta el punto de hacerte sonreír? Zeta se había dado cuenta con el tiempo, que hasta con mal día y malas noticias, una sonrisa te alegra el día. Siempre intentaba mostrarse bien, al menos de cara al público.

Se apoyó entonces en una de las columnas, mirando de reojo a la trastienda para ver si Dexter terminaba con lo que estaba haciendo pues, al fin y al cabo, ella no era la jefa de allí. Era Dexter en realidad quién tenía que entrevistarla, hacerle las preguntas pertinentes y, sobre todo, ver si le gustaba. Si le gustaba, Zeta podría hablar con él para cambiar su puesto por el de ella.

—Bueno yo no soy la jefa ni nada, solo una dependiente. El hijo del jefe está en la trastienda peleándose con el papeleo. —Se encogió de hombros y se cruzó de brazos. —Y en lo personal me encantaría tener una compañera más por estos lares, habría más días libres que dedicarle a otras cosas. —No le dijo que tenía intención de irse, porque la verdad es que ni siquiera lo había hablado con su novio Dexter y no quería cagarla mencionando algo de ese estilo. —Pero bueno, que no recae mucho en mí la decisión, pero soy muy persuasiva, así que cuando salga ya le decimos. —Le guiñó el ojo, dándole a entender que a ella le gustaba la idea de tener una compañera. —Soy Zeta, por cierto.
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