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Joshua Eckhart el Mar Mar 05, 2019 12:56 am

Octubre 24, 2018.
Bosques de Londres, 8:25am.
Cielo nublado, 10ºC.

Día de brujas estaba cerca, pero ese no era el día más temido, donde las criaturas y fantasmas se alzaban de sus refugios y madrigueras para invadir el mundo humano, según las leyendas y la mitología. Los humanos no tenían que temerles a los fantasmas, que los magos bien sabían eran inofensivos, y si bien tendrían más razón en pensar en los demonios, el hombre era demasiado egocéntrico al pensar que específicamente pretendían cazarles a ellos.

Estaban equivocados, por supuesto.

El verdadero peligro era un igual, un humano maldito por el beso de la luna, a quien miraban como madre y como enemiga al mismo tiempo, que observaba desde el firmamento lo que causaba su energía sobre almas en desgracia, y otras tantas que se mostraban agradecidas por lo que, en su opinión, era una bendición.

Para Joshua, evidentemente, no lo era. Era un secreto que lo intoxicaba lentamente, algo terrible que residía en su interior. La luna era quien conocía a su auténtico él, al él que era durante esas transformaciones.

En el bosque no había nada a lo que temer, con su fuerza sobrehumana, sus garras y fauces como únicas armas. Como hombre lobo era pacífico con los animales que lo rodeaban: conejos, ciervos, osos, eran animales que estaban a salvo frente al gran depredador. No lo mismo con humanos, o aquellos que alguna vez lo fueron.

Podía oír el latido del corazón que se escuchaba dentro del pecho. Los músculos rígidos, fuertes para saltar, esperando el momento de atacar. Lo tenían rodeado, uno a la izquierda y el otro a la derecha. No muchos humanos lo sabían, pero los hombres lobo eran capaces de formar manadas, vínculos entre congéneres para ser destructores y letales. No era raro un enfrentamiento entre manadas, como tampoco lo eran las peleas con lobos solitarios.

Oyó el crujido de las hojas secas bajo una de las patas, y una dentellada que iba directo a su yugular. Araños, mordidas y ladridos, una violenta pelea de la que saltaba sangre y mechones de pelaje. Si alguna vez tuvieron parte de humano, en ese momento no se notaba, de parte de ninguno de los tres.

Se notaba la diferencia, sí, del dos contra uno, el licántropo de color oscuro se apartaba y atacaba cuando era momento, cuando en ira ciega los otros dos, de pelaje más claro, intentaban someterlo a base de mordidas. Los tres estaban heridos, y la luna miraba, fría y pulcra, amenazando con marcharse en cualquier momento.

***

No supo bien cómo terminó todo. La licantropía significa también amnesia, la sensación de haber hecho algo, poder verlo como un sueño, sin saber si fue real. Saboreó en sus labios el metal de la sangre, antes de darse cuenta del charco en que se encontraba, parte sangre suya y parte no. Se temió en principio la presencia de un humano, que hubiese matado un humano, pero eso no fue así.

Se encontró a dos como él, hombre y mujer, cuyos rasgos semejantes le hacían pensar que eran hermanos, o parientes cuando menos, levantándose del suelo con dolor. Se miraron y compartieron un gruñido antes que fueran ellos los primeros en marcharse, con los primeros rayos del sol. Ella no podía caminar bien, por una herida sangrante en su pierna, pues de una pelea de licántropos no era fácil salir ileso. Joshua tampoco lo estaba.

Volvió a despertar más de una hora más tarde, dolorido por sus heridas. En su piel pálida había cicatrices del pasado, y heridas abiertas del presente. En su costado un araño a cinco dedos, una mordida en su hombro, siendo lo más severo una herida en su muslo que Joshua no sabría decir si era mordida o araño, o una mezcla de ambas cosas. El resto de su cuerpo, tapizado con heridas que cerrarían y, con suerte, no dejarían cicatrices.

Un cachorro estaba acurrucado contra su piel, lamiendo sus heridas y haciéndolas arder. Había tirado de la mochila de Joshua para traer con él su ropa, que el humano aprovechó para vestir ropa interior, considerando que las transformaciones modificaban su cuerpo a tal grado que todo se rompía siempre, sin importar lo que intentase. La herida en su pierna preferiría tratarla antes de usar el pantalón, sin mencionar que estaba demasiado agotado todavía.

Buen chico, ¿te asustaste? —le preguntó a su cachorro, de quien era figura paterna. — Alarick, ¿viste mi varita? —le preguntó. El lobezno miró a los lados, olisqueando el suelo hasta marcharse entre los arbustos, yendo al sitio donde comenzó la pelea.

Joshua utilizaba un porta-varitas al muslo que debió romperse con el ataque, perdiendo así su varita, que fue encontrada rápidamente por el cachorro. Escuchó un ruido, consiguiendo sentarse en el suelo y apoyar la espalda en un árbol, y en respuesta Alarick, muy feroz, saltó a atacar al enemigo, en forma de un enorme humano.

Él, que era sensible a la respuesta del lobo en especial antes y después de sus transformaciones, se unió al gruñido del lobezno para advertir a la amenaza, haciendo presión en su costado para tratar de frenar el sangrado.
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Lohran Martins el Vie Mar 08, 2019 2:07 am

Para un fugitivo como Lohran, había pocos lugares en los que dar rienda suelta a la necesidad de entrenamiento físico: las calles de Londres eran peligrosas, y siempre había algún ojo curioso vigilando. El brasileño, además, había desarrollado una sana paranoia que le había permitido conservar su libertad.

No sin ciertos problemas, claro.

La noche anterior, él y sus compañeros habían atrapado a un mortífago, y si bien creyeron que tendría algunas respuestas—algunas más personales que otras—, había sido una completa pérdida de tiempo: el enmascarado—el primero que Lohran veía en mucho tiempo—había logrado escapar sin ofrecer nada concluyente ni interesante, y encima había dejado heridos a su paso.

Así que no sólo corría por el bosque esa mañana para hacer deporte, sino para alejar algunas de sus frustraciones. Sentía que cada día que pasaba estaba un poco más lejos de Prue, y sus esperanzas iban disminuyendo…

Por lo tanto, lo único que podía hacer aquella mañana era correr para despejarse la mente. Mantenía un buen ritmo, y apenas estaba cansado, pues se mantenía en forma siempre que tenía ocasión. De hecho, en el refugio de los radicales solía entrenarse en combate cuerpo a cuerpo, y pagar sus frustraciones de verdad aporreando un saco de arena. Cuando lo hacía, visualizaba al maldito pelirrojo y al tal Fonollosa, los dos responsables de llevarse a su hermana Prue.

***

Llevaba corriendo cerca de veinte minutos sin parar cuando tuvo que detenerse a recobrar el aliento, y se di cuenta de que los últimos cinco minutos había machacado demasiado su cuerpo sin darse cuenta.

Se obligó de manera consciente a ralentizar el paso poco a poco hasta detenerse, y cuando lo hizo, apoyó una mano en el tronco de un árbol y la otra se la llevó al estómago. Jadeó pesadamente durante un par de minutos, hasta que consiguió recuperar el ritmo normal de su respiración. Cuando lo hizo, se separó del tronco, se puso brazos en jarra, y comenzó a realizar estiramientos de espalda y caderas. Dejó escapar un largo suspiro, y entonces miró el bosque que se extendía por delante de él.

Era una visión hermosa, y Lohran no pudo evitar pensar en lo mucho que le gustaría a su hermana ser testigo de aquel paisaje. ¿Podría ver el bosque desde donde fuera que la tenían encerrada? ¿O lo único que veía eran barrotes, piedras, dementores y mortífagos yendo de aquí para allá?

El pensamiento resultó deprimente para él, y de haber seguido por esa línea, muy posiblemente se le habría amargado el carácter para el resto del día. Por fortuna o por desgracia, algo le llamó la atención, sacándole de aquel mundo de pensamientos hipotéticos.

No muy lejos de su posición, en medio de la maleza, Lohran contempló un movimiento que al principio creyó producto de presencia animal en el lugar. Sin embargo, la forma en que se movía enseguida le sacó de su error: aquello era un ser humano.

Ni corto ni perezoso, Lohran abandonó el camino y se deslizó loma abajo a través de la maleza. Debió descender unos tres o cuatro metros antes de tocar suelo firme y llano una vez más. Entonces, avanzó con paso normal en la dirección en que había visto a aquel ser humano.

Sin embargo, al asomar tras un árbol, se replanteó si de verdad estaba viendo a un ser humano: no se refería al perrito que ladraba, por supuesto, pues ese estaba claro que no era humano; su compañero, el cual acababa de gruñir de una manera extraña en dirección, a Lohran, podía no serlo… o serlo y tener unas extrañas costumbres. Como, por ejemplo, estar medio desnudo en medio de un bosque.

—¡Eh, chico! ¿Va todo bien por aquí?—Preguntó Lohran, que había tenido tiempo de fijarse no sólo en la fea cicatriz que tenía el joven en la espalda, sino en la sangre que le cubría parte del cuerpo… y que cubría la vegetación en distintos puntos.

Empezaba a hacerse una idea de lo que tenía delante, pero no quería aventurar nada. En su lugar, permaneció donde estaba, procurando no parecer una amenaza a ojos del muchacho. Quién sabía lo que podía pasar...
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Joshua Eckhart el Sáb Mar 09, 2019 10:49 am

Las lunas llenas eran, para personas malditas, días de dolor y desesperación. Lo eran también los que las sucedían, llenos de dolor y enfermedad: palidez, dolor muscular, cansancio y amnesia, eran tan sólo unos pocos síntomas de lo que verdaderamente significaba, y lo que las personas podían ver. Dentro había culpa e impotencia, y sentimientos a los que nadie podía ponerle nombre por lo horrido del mero pensamiento. La excitación de haber sido, un día, más fuerte que nadie, y la frustración de no ser capaz de recordarlo del todo.

Se vistió con su ropa interior para ocultar su desnudez, con apenas fuerza de levantarse sobre sus dos piernas, que fueron patas fuertes hace tan sólo unas horas. A sus espaldas escucharon un ruido, su cachorro y él, y giró en su dirección para gruñirle, con los instintos animales despiertos todavía. Se dejó caer en la vegetación, con la espalda recargada contra el tronco de un árbol y la varita en la mano.

No era lo mismo para todos, pero había especímenes que eran más sensibles a la influencia del lobo. Estaban aquellos que rechazaban por completo la esencia animal, y los que se abandonaban a ella por completo. Pero el blanco y el negro no eran los únicos colores del paisaje, y en el gris estaba la gente como Joshua, que, sin ser bestial, podía sentir el salvajismo en su interior.

Todo está bien —le contestó, con un gesto no precisamente amable, y con la mentira latente en la voz. Lo miró de arriba abajo, y no creyó equivocarse al no considerarlo un congénere. — ¿Qué haces en medio del bosque? —inquirió, con desconfianza.

No era común encontrar a personas en medio del bosque a esas horas. Para los magos, era especialmente importante no hacerlo en luna llena, porque ellos sabían el peligro que había en el exterior, más que las historias que habitaban la cultura muggle. Se preguntó, entonces, si estaba tratando con un muggle. Tampoco estaba bien seguro de dónde se encontraba, porque había abandonado su refugio a kilómetros de distancia, rotas sus barreras para evitar ser peligroso, como siempre.

Un pensamiento que se le antojó divertido fue el de imaginar si se tratase de un muggle, viéndolo ahí, desnudo y lleno de heridas, unas más serias que otras, con un palito en la mano, ¿jugando a atrapar con su cachorro y habiendo sido atacado por un oso? Se sonrió para sí mismo, mostrando los dientes, pero fue tan sólo un segundo antes de volver a la serenidad.

Rebuscó en el interior de su mochila, sin apartar la vista del hombre de color sólo para darse cuenta que el frasco con esencia de díctamo que había conseguido estaba roto. Era su principal ayuda para las heridas, y ahora lo que quedaba de ella era el líquido ahora seco impregnado en la tela.

No tendrás díctamo por ahí, ¿no? —preguntó Joshua, ahora con la mirada fija en un corte que hizo el frasco roto en su dedo. Era una planta mágica, conocida en el mundo muggle que, a su vez, desconocía sus propiedades reales. En el peor de los casos, se pensaría que era alguna especie de droga.

El cachorro de lobo miraba al humano con desconfianza, ahora sentado a un lado del licántropo, pero visiblemente preocupado por las heridas de Joshua. Podría considerar llamar a su primo, aunque todavía no le revelaba el secreto de su licantropía y no quería que se enterase de esa forma tan horrible, viéndolo tras una transformación y después de una pelea. Lo mejor era salir de esa situación sin involucrar a Ayax.
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Lohran Martins el Lun Mar 11, 2019 3:11 am

Después de avistar el chico, Lohran mantuvo una distancia prudencial de varios metros y se permitió observar la zona en que se encontraban. Observaba sobre todo los troncos de los árboles cercanos, buscando señales en ellas.

Le costó un rato dar con algo significativo, pero finalmente lo vio: partes de la corteza arrancadas en algunos de los árboles, formando surcos muy característicos. Quien tuviese perro, como él, podría hacer una asociación mental bastante simple: aquellos surcos se asemejaban a los que un perro podría dejar al arañar una puerta de madera o un mueble. Solo que eran considerablemente más grandes, y considerablemente más agresivas, a juzgar por el destrozo.

¿Tengo delante a un licántropo en su forma humana?, se preguntó Lohran, ¿O quizás a una de sus víctimas?

Aspecto de víctima, a sus ojos, el joven no tenía: había visto a gente asustada tras un ataque reciente, y ese chico no encajaba en el perfil. Si le hubieran atacado, muy posiblemente estaría gritando y pidiendo ayuda. Y aunque siempre podía pertenecer a ese pequeño porcentaje de la población mundial que no tiene miedo ni en situaciones de peligro, se inclinaba más por pensar en la otra posibilidad.

Y más desde que aseguró que estaba bien, teniendo en cuenta lo evidente: no lo estaba.

—Deporte.—Respondió Lohran, sin moverse todavía de dónde estaba, y sin perder de vista al pequeño cachorro que acompañaba al chico semidesnudo.—El bosque es un buen lugar para correr.—Añadió, sin entrar en muchos detalles. No tenía ganas de ponerse a explicar su vida, y menos en una situación así.

Se aventuró a dar un par de pasos adelante cuando vio al joven rebuscar en su pequeño equipaje en busca de algo, que pronto descubrió que se trataba de díctamo. Y la mención de esa planta en concreto le indicó que aquel chico, si no era mago, cuanto menos tenía conocimiento del mundo mágico.

Detalle que se confirmó cuando Lohran se fijó en la varita que llevaba en la mano.

Ahora, se le planteaba otro problema: ¿Ese chico le reconocería como el fugitivo que era? Lohran iba armado, tanto con esa varita desleal que había conseguido durante el ataque a Hogwarts como con su fiel navaja automática, pero no tenía muchas ganas de ponerse a pelear con un mago en aquel lugar tan aislado. Si salía herido, llevaría las de perder.

—Lo siento: voy con lo puesto.—Dijo Lohran, separando los brazos un poco a ambos lados del cuerpo.—Pero creo que te vendría mejor un poco de esencia de murtlap.

Lohran dio un par de pasos más en dirección al joven, preguntándose si tal vez estaría cometiendo un error al confiarse. Procuró mantener la varita siempre en su campo de visión, y así asegurarse de que el muchacho no conseguía sorprenderle.

—Puedo ofrecerte echarte una mano con eso. ¿Llevas vendas ahí? Te puedo parchear un poco, si quieres.—Señaló la mochila del chico.—También te puedo prestar mi sudadera.

No se molestó en preguntar qué había sido de su ropa. Estaba claro lo que sucedía cuando un licántropo se transformaba. Definitivamente, no quedaban demasiadas dudas al respecto.
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Joshua Eckhart el Mar Mar 12, 2019 7:15 pm

“Deporte”, repitió dentro de su mente, como si fuera alguna especie de broma. La sospecha de que estaba ante un muggle creció tan sólo un poco más, pues por ello era su pregunta, antes que interesarse en lo que el hombre tenía que decir. Podría aparecerse en su casa, pero estaba demasiado débil y eso significaría un esfuerzo de energía con la que no contaba. Seguramente acabase dejando una parte de su cuerpo atrás, y no era esa la cuestión.

A Joshua no le interesaba mucho el conflicto que había entre el mundo mágico y los sangre sucia, y los fugitivos que acarreaba el apoyo a los nacidos de muggles. Por ello, no reconoció al otro de ningún sitio, ni afiche ni nada. En todo caso, en ese momento tenía problemas más importantes que ponerse a jugar al gato y al ratón, a menos que pretendiesen que él fuese el ratón.

Como era lógico pensarlo, el negro no tenía díctamo con él, ni ningún tipo de curación mágica, pero fue un dato importante: conocía formas mágicas de curación. Los ojos azules que a la luz de la mañana lucían grises del joven se fijaron en el hombre de arriba abajo, y bufó.

¿Eres mago? —preguntó directamente, para saber si tenía que preocuparse. Dijeran lo que dijeran, la “libertad” de la que el nuevo régimen había dotado a las criaturas mágicas eran patrañas, y seguían siendo tan marginados como antes, si no es que más. — No tengo nada —ni díctamo ni murtlap ni nada.

Alarick gruñó cuando se dio cuenta que el hombre, sigiloso, pretendía acercarse a quien veía como a su padre, su cuidador y maestro. Parecía que, incluso en forma humana, había un entendimiento intrínseco entre el joven y el cachorro, por la forma en que se calmaba si lo miraba. Y ahí, Joshua no tenía que ser Ravenclaw para notar que era él quien estaba en desventaja, ni siquiera tenía coartada para negar su maldición.

No tengo mucho —gruñó, mostrando los dientes, molesto. No con el negro: consigo mismo. — Uno no sale con esperanzas de pelearse —bufó en voz baja, sacando lo que llevaba dentro: un pantalón deportivo y una sudadera que parecía ligera, pero era térmica y cálida por dentro, dejándolo a un lado.

Siguió vaciando la mochila, con un frasco pequeño de alcohol para las heridas más pequeñas, no mucho algodón y una única venda enrollada. Había dependido por completo en cerrar sus heridas con el díctamo, que ahora no tenía mucho para hacer. Al sacudir el bolso, cayeron de esto los trozos de cristal del frasco y un par de pelusas.

No ha sido mi mejor idea —le dijo al lobezno, que ladró en respuesta. — Lo de la esencia —aclaró. Entonces se volvió al hombre. — ¿Y tú quién eres? —le preguntó.

Le parecía extraño, cuando menos, que se hubiese interesado en algo que no era en lo absoluto su problema. No sólo eso, sino que se ofreciera a ayudarlo. Diríase que desconfiaba del altruismo, que consideraba siempre ocultaba segundas intenciones. En ese momento, sin embargo, no estaba en posición de negarse. Esperar a curarse por su propia cuenta significaba una espera de tiempo que no quería desperdiciar, y encontrar algún otro tipo de ayuda era poco probable.
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Lohran Martins el Vie Mar 15, 2019 11:36 pm

Un primer juicio de la situación indicó a Lohran que no tenía por qué huir, a no ser que el joven que tenía a unos metros planease esperar a que el brasileño estuviera cerca para atacarle. ¿Sería una estrategia extraña y arriesgada, dado su estado? Desde luego. ¿Las había visto más raras y arriesgadas? Ni lo dudéis.

Un fugitivo aprendía a estar alerta las veinticuatro horas del día. No se atrevería a venderlo como la estrategia definitiva para sobrevivir en el mundo del nuevo gobierno mágico ni nada por el estilo, pero una cosa estaba clara: aquel fugitivo que no desarrollaba una sana paranoia no vivía para contarlo, y el que se fiaba de sus instintos más primitivos tal vez, sólo tal vez, podría seguir con vida cuando el sol saliera por la mañana.

Si me ha reconocido y finge, claramente es un buen actor, pensó el brasileño.

—Soy mago.—Confirmó, valorando por encima las heridas que tenía a la vista el chico. Si uno no supiera lo que había ocurrido allí, la imagen general hablaría del ataque de un puma, un oso, o algo por el estilo.

Así que entre su equipaje no llevaba más que díctamo. Sí, sin duda, el díctamo tenía unas propiedades milagrosas, especialmente si un mago experimentado en pociones le ponía la mano encima. Sin embargo, para primeros auxilios, Lohran prefería otras cosas. Murtlap le parecía lo más adecuado.

Pero tampoco tenemos murtlap, pensó Lohran, que no mentía cuando dijo que llevaba lo puesto: salvo aquella varita desleal que llevaba consigo desde el ataque a Hogwarts que marcó el comienzo del nuevo gobierno purista, y su navaja automática que además servía para abrir cerraduras, no llevaba encima otra cosa que su ropa.

—No quiero ni imaginarme cómo habrá quedado el otro.—Respondió Lohran ante lo de la pelea, de una manera seria, aunque el comentario era una socorrida broma entre muggles que se ven envueltos en peleas.

A pesar de las protestas del cachorro que acompañaba al joven, Lohran terminó llegando hasta el chico, y una vez a su lado, dobló una rodilla en el suelo para proporcionarle la ayuda que le estaba ofreciendo. Seguía sin darle demasiada confianza aquella varita tan cerca del chico, pero ya no podía volverse atrás: tocaba echarle una mano.

Así comenzó a revolver entre los escasos enseres medicinales que llevaba consigo, que ahora estaban sobre la hierba, y no tuvo más remedio que coger el vendaje y el frasco de alcohol. Alcohol de toda la vida, del que escuece en las heridas igual que si te las estuvieran quemando con una antorcha.

—Algo se podrá hacer con lo que tenemos, no te preocupes.—Lohran sacó su varita—por calificarla de alguna manera, pues suya estaba claro que no era—y apuntó el vendaje que tenía en la mano, conjurando un Engorgio no verbal. El primer intento fue totalmente inútil, así que tuvo que hacerlo una segunda vez; en esa ocasión, el vendaje sí creció, tanto a lo largo como a lo ancho, hasta alcanzar cuatro veces su tamaño.—Bien. Esto me gusta más.

Se guardó la varita y la sustituyó por la navaja, utilizándola para cortar tiras alargadas del vendaje agrandado.

—Joao. Me llamo Joao.—Le dijo. No era mentira, realmente: Joao era su segundo nombre, y sin duda era mucho menos reconocible que Lohran.—¿Y tú quién eres?

Lohran echó mano de la pequeña botella de alcohol, cortó un pedazo pequeño de las vendas, y elaboró una pequeña gasa improvisada para el alcohol. Remojó el pequeño trapo un poco en alcohol, y se lo ofreció al joven. Posiblemente preferiría aplicárselo él mismo, teniendo en cuenta que aquello iba a dolerle bastante.

Ya luego le ayudaría con las vendas.
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Joshua Eckhart el Mar Mar 19, 2019 12:57 am

El hombre confirmó sus sospechas sobre ser un mago, y no pudo evitar bufar, pensando en lo mal que podrían torcerse las cosas en caso de que decidiera delatarlo. No estaba registrado como un hombre lobo, y prefería mantenerlo como un secreto antes que la gente empezara a empujarlo fuera de la comunidad. No era un buen hombre lobo, pero tampoco era el peor del mundo. Estaba confundido.

¿Qué es lo que te preocupa? ¿Que te muerda? —estiró una de las comisuras de sus labios en un gesto que parecía una sonrisa, pero no lo era del todo. Podía notarlo por el lenguaje más bien físico, cauteloso, como un animal que podía salir corriendo a la mínima de cambio. O peor: sacar las garras y defenderse.

Era la influencia de la luna cercana lo que lo hacía sentirse así, casi animal, conectado con un lado salvaje que el ser humano no tiene por norma. Capaz de leer a los animales, antes que comunicarse con ellos, y estaba seguro que ellos lo leían por igual. Si uno pasa demasiado tiempo mirando el abismo, el abismo mirará dentro de uno.

Eran dos —suspiró, — de la misma manada, me atrevo a decir —a juzgar por cómo lo habían cazado y atacado en conjunto, sin que fuera una pelea todos contra todos, sino dos contra uno. — Se marcharon hace horas —o lo que él pensaba que habían sido horas. No estaba del todo seguro de qué hora era.

El negro parecía decidido a ayudarlo, así que Joshua le presentó lo que tenía para curarse: algo de alcohol y una venda. Lo vio tratando de hechizar la venda sin éxito, por lo que enarcó una ceja para observar el segundo intento que hizo crecer la tela a lo largo y a lo ancho, dándoles mucho más con lo que trabajar.

Joshua abandonó su varita a su costado, ya que no iba a poder usarla por el momento, escuchando su nombre. Lo repitió varias veces dentro de su cabeza, sabiéndole extraño, incluso chasqueó la lengua.

Joshua —le contestó sólo con el nombre de pila.

Tomó la tela empapada con alcohol, y se burló de sí mismo por no haber pensado que podría haber hecho uso de algo que escociera menos. Y en un punto, molesto consigo mismo, pensó que era una especie de castigo, a juzgar por la forma en que, carente de cuidado, limpió la herida de su pierna. Tuvo un espasmo cuando la presión liberó gotas del líquido contra la herida, gruñendo como un animal y mostrando los dientes apretados.

El dolor del líquido le escocía en la piel como si se la hubiesen arrancado otra vez, pero honestamente era una de las cosas que menos le interesaban. Al contrario, parecía que lo hacía con toda intención: como ese elfo doméstico que se autolesiona cuando hizo algo mal. Castigándose por la pelea, porque era su culpa que aquello hubiese sucedido.

Repitió el proceso con todas las heridas más grandes que tenía, limpiándolas sin el cuidado que uno esperaría de un joven que se veía tan afectado. Los músculos respondían al dolor del alcohol entumiéndose, pero sin haberse quejado realmente en ningún momento.

Se relajó en el tronco del árbol nuevamente cuando hubo terminado. — Ya está —jadeó con la voz ronca del dolor que iba aliviándose un poco con el aire refrescando las heridas resentidas por el líquido. — ¿Vas a vendarlo todo? —preguntó, mirando el gran rollo de venda que había resultado tras haberlo hechizado.

Le dio risa en su interior pensar que podría acabar como una momia.
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Lohran Martins el Mar Mar 19, 2019 11:39 pm

Generalmente, Lohran Martins no temería recibir un mordisco de un joven de corta edad como el que tenía delante, pero las circunstancias, claramente, le eran adversas: el chico no era humano—aunque, teniendo en cuenta que estaba aquejado de una maldición, quizás sí podría seguir considerándosele humano—, y a pesar de que la luna ya no brillaba en el cielo, no sabía lo peligroso que podría llegar a ser.

Y no había sido la temeridad lo que le había mantenido vivo tanto tiempo.

Así que prefirió mantener las distancias en primer momento, cosa que no pasó inadvertida a ojos del joven. Y ante aquel intento de broma y sonrisa—al menos, eso creía que era—, Lohran le recompensó con media sonrisa de su propia cosecha. Y una broma, también.

—No lo sé. ¿Puede suceder? Porque si puede suceder, estoy jodidamente preocupado.—Sin embargo, a pesar de aquellas palabras, algo le decía que, por el momento, el peligro había pasado.

Aquel joven que cargaba con la maldición de la luna llena había participado en una lucha desigual contra otros dos licántropos, por lo que contaba. El brasileño no sabía gran cosa de aquellos temas, pero le pareció impresionante desde un punto de vista físico: si un ser humano común y corriente, por mucha técnica y entrenamiento que tuviese, las pasaba canutas haciendo frente a dos rivales a la vez, la posibilidad de un licántropo haciendo frente a otros dos le parecía simplemente imposible.

Bueno, imposible no, pensó el brasileño. Improbable, tal vez, pero este muchacho es la prueba viviente de que imposible, precisamente, no es.

—Has tenido suerte de sobrevivir, entonces.—Respondió Lohran, comentando lo evidente.—Y supongo que yo también: no tenía ni idea de que en esta zona podían encontrarse tantos…—Se detuvo a meditar muy bien la forma de referirse a aquellos que sufrían la maldición. Y lo mejor que encontró fue:—...como ellos.

Se imaginaba que, una vez transformados, los licántropos no se diferenciaban mucho los unos de los otros. Había escuchado historias y visto películas suficientes como para saber que se convertían en bestias furiosas con un gran afán de destrucción.

Y eso si estaban solos; si se encontraban con otro licántropo, por lo que estaba viendo, la destrucción que podían causar se elevaba a un nuevo nivel.

Tuvo lugar entonces una extraña presentación, dado el lugar en que se dio, y Lohran utilizó su segundo nombre, Joao. No le mintió, pero aunque lo hubiera hecho, no se hubiera sentido mal: las mentiras también le habían mantenido vivo durante mucho tiempo.

El joven, por su parte, se presentó como Joshua. Dadas las circunstancias, también podía tratarse de un nombre falso, y por un momento le hizo gracia la posibilidad de que el chico hubiera tenido su misma idea: utilizar un segundo nombre. Enseguida desestimó la idea por lo absurdo de ésta. No creía en tales casualidades.

—Encantado de conocerte, Joshua.—Muy civilizado, teniendo en cuenta la situación tan complicada en que se encontraban.

Valiéndose de esa varita desleal que poseía desde el ataque a Hogwarts de hacía casi dos años, Lohran intentó agrandar el único vendaje que Joshua traía consigo, y si bien la primera vez no lo consiguió, a la segunda fue la vencida. No podéis imaginaros lo mucho que se alegró cuando el vendaje creció sin saltar en llamas o en pedazos, hecho altamente probable con aquella varita.

Con su navaja, cortó un pedazo de esa misma venda y fabricó una especie de gasa, la cual empapó en alcohol y que sirvió para que el chico limpiara sus heridas. Y lo hizo con una especie de desapego al dolor que realmente debería estar sintiendo. ¿La costumbre de limpiarse heridas así, quizás?

—Veo que tienes buena tolerancia al dolor.—Observó Lohran mientras el chico continuaba limpiando las heridas. Le parecía una cualidad admirable: él mismo había tenido que aprender a lidiar con el dolor, especialmente después de aquella vez que unos carroñeros le habían atrapado, y los muy imbéciles habían preferido divertirse con él antes que asegurar la captura. Aquello les costó la vida, y a Lohran una hermosa cicatriz, que lo etiquetaba como sangre sucia, en el omóplato.

Una vez limpias las heridas, había llegado el turno de vendarlas. La pregunta del chico le hizo esbozar una sonrisa, mientras tomaba el primer pedazo de vendaje.

—Lo que haga falta. Vamos a empezar con esa pierna, ¿vale? Creo que es lo más grave de todo.—Se puso de inmediato a envolver la pierna del chico con la venda, prestando mucha atención al trabajo y procurando no ejercer demasiada presión sobre la piel y la carne lastimada.—Una duda: ¿estás tomando la poción matalobos?

Quería pensar que no. ¿Y por qué? Pues porque había escuchado que dicha poción ayudaba al licántropo a mantener su conciencia humana en su estado de bestia. Y en su mente lógica no cabía que alguien con una conciencia humana, por mucho cuerpo de bestia que tuviera, pudiera vencer a dos animales puros, como había sido el caso.

A no ser que los otros también hubieran tomado la poción claro. Pero, en dicho caso, ¿qué sentido tendría que se enfrentaran los unos a los otros?
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Joshua Eckhart el Vie Mar 22, 2019 5:32 pm

La pregunta no era, del todo, retórica. Aquellos que le conocían pocos días antes y después de una transformación, sabían que había impulsos animales latentes en él, como el intento de una mordida, un gruñido quizá, o la respuesta al aullido de un animal. Ciertas características animales, incluso lo que parecía una sonrisa, que era el inconsciente mostrar de los colmillos que, humanos, habían permanecido ligeramente afilados todavía.

Yo en tu lugar, no me confiaría —le dijo, ¿en una broma? Si bien, en el peor de los casos, la mordida carecería del veneno que transforma a un humano en licántropo, Joshua no metería las manos al fuego en ese momento para decir que no mordía.

El hombre lobo había descubierto cosas a lo largo de aquel año acerca de otros como él. En su caso, cuando menos, se veía desprovisto del interés hacia otros animales, que fueran completamente animales. Había escuchado historias, y él mismo había sido testigo, que atacar a otros humanos era lo más parecido a una cacería, habiendo quienes no dejaban a sus víctimas siquiera transformarse. No todo el mundo sobrevivía al ataque de un hombre lobo, y menos si el lado salvaje se ha apoderado del mismo. Entre otros licántropos, por otro lado, era más la riña y el choque que el instinto asesino, eran animales y sus instintos los obligaban a imponerse sobre aquellos que consideraban iguales, antes que desear matarlos gratuitamente.

Joshua miró al negro, esperando ver qué palabra elegía para referirse a los licántropos, cuando pensaba que era más que evidente e imposible de ocultar que, fuese la palabra que fuese, él estaba dentro del saco. Casi le dio gracia escuchar una forma distante pero medianamente considerada, el “nosotros” y el “aquellos que no son nosotros”.

¿Tantos licántropos? ¿Tantas criaturas, tantas bestias, tantos monstruos…? —lanzó el anzuelo, para ver si cambiaba su respuesta. No había adjetivo que no hubiese ya utilizado consigo mismo, así que un poco igual le daba. Volvió a estirar la comisura de su labio. — Sí, tuviste suerte, ningún sitio es seguro cuando hay luna llena, ¿dónde se supone que estamos…? —le preguntó como si deseara refrescar su memoria.

La verdad era que estaba tan seguro de haberse movido de su sitio de refugio que ahora estaba perdido y sin tener ni la más mínima idea de dónde se encontraba.

La presentación le pareció extraña. Forzada, sin duda, es decir, ¿en qué cabeza cabía que dos personas como ellas, aparentemente tan distintas, acabasen teniendo que presentarse? A Joshua le bastaba mirarlo para saber que era mucho mayor que él, y no parecía el tipo de compañía con quien se juntaría. Definitivamente, el otro debía pensar lo mismo de él. Pese a ser generalmente educado, respondió con un gruñido leve, ¿en una suerte de: “el placer es mío”?

Para él, quien nunca había tenido que lidiar con una varita ajena con potencial desenlace desastroso, pareció casi ridículo que no funcionara a la primera un hechizo que consideraba simple. Eso mismo causó que no entendiese que se alegrase porque funcionara algo que de hecho no era esencialmente difícil de hacer funcionar. Pero, para el caso, tenían tela de sobra.

El más joven encontró cierta redención en el dolor que se causaba a sí mismo al limpiar sus heridas: una especie de autolesión inversa. En lugar de hacerse los clásicos cortes en la muñeca, él iba y se torturaba con alcohol para las heridas. Sin embargo, le llamó la atención el comentario, y se detuvo un momento a respirar y a analizarlo.

No soy una víctima, me ha pasado porque me lo he ganado —le dijo, simple en su respuesta. — No hay por qué martirizarse —y miró el paño con la sangre que y la suciedad que había ido limpiando para hacer un doblez. — ¿Qué? ¿Tú no tienes tolerancia al dolor? ¿Eres de los anti-alcohol? —le regresó su observación como pregunta.

A decir verdad, estaba intentando distraerse del dolor con la conversación, antes de continuar limpiando hasta que fue suficiente. Era el prejuicio hablando, pero se lo imaginaba desempeñando trabajo duro: de guardaespaldas, o algún tipo de seguridad. O todo lo contrario y como un tipo de criminal. Además, estaba su comportamiento cauteloso, ¿no encajaba también con esos posibles empleos?

Cuando terminó de limpiar sus heridas, y con el pensamiento que encontraba hilarante de acabar hecho una momia, le permitió empezar a vendar su pierna, observando lo que hacía con lo que parecía una curiosidad analítica. La verdad era que veía sin mirar, con la mirada fija en un punto imaginario en su pierna a la altura del vendaje, metido en sus propios pensamientos.

Su mirada se afiló al momento de oír una de esas preguntas sensibles. La poción matalobos era, para él, esa pregunta que todo el mundo tiene y no soporta escucharla. En su caso, porque era una verdad que quería negar.

¿Importa? —preguntó, la hostilidad en el tono, sin siquiera mirarlo. De su parte, se extendió un incómodo y tenso silencio, mientras maquinaba en su cabeza qué decir. — Sí, la tomo, ¿y qué? No funciona —no recordaba ya si alguna vez había funcionado, perdido en su memoria con el pasar de los meses. No había nada que mantuviese su conciencia humana en el cuerpo del lobo. — No serás experto en pociones, ¿no?
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Lohran Martins el Lun Mar 25, 2019 12:02 am

Lohran no era precisamente la alegría de la huerta, y mucho menos en aquellos tiempos: desde que había perdido a su hermana—a manos, nada más y nada menos, que del primo favorito del joven al que estaba atendiendo en aquel momento, ni más ni menos—no era una persona alegre y jovial. En otro tiempo sí, había sido mucho más sociable, pero gran parte de su don de gentes se había esfumado.

Aún así, intentaba disimular un poco, dependiendo la situación en que se encontrara.

En cambio, el joven licántropo ni se molestaba en disimular: era abiertamente arisco, y una vena anticuada en la mente de Lohran le dijo que se debía, más que a su condición, a su edad. ¿Qué tan joven debía ser aquel chico? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve años? ¿Menos, incluso? Había un salto generacional importante… y eso sin mencionar que los adolescentes, por normal general, tenían unas actitudes un tanto complicadas.

Él también había sido así.

Sin embargo, estaba bastante claro que su condición en algo le afectaba, o que por lo menos no se había encontrado con gente lo suficientemente comprensiva en su vida: se puso a la defensiva cuando, en un intento de no sonar despectivo, Lohran evitó utilizar las palabras ‘licántropo’ u ‘hombre lobo’.

—¿Es así como te ves a ti mismo?—Le devolvió la pregunta, pues no estaba dispuesto a entrar en una discusión con él: a sus ojos, parecía un chico, y necesitaba ayuda. Eso último estaba más claro que el agua.—Yo no veo a un monstruo cuando te miro. Quizás cambiaría de opinión si viera tu transformación, pero difícilmente creo que se te pueda considerar un monstruo sólo porque una maldición pese sobre ti.

Si el saber popular y las películas tenían razón en algo, Lohran suponía que ese algo sería que la forma de lobo era incontrolable, que literalmente una bestia se adueñaba del cuerpo del ser maldito. Y esto sólo ocurría durante las noches de luna llena. ¿Podía una persona que es humana durante el resto del tiempo considerarse un monstruo por lo que hacía durante esas pocas noches? Y no estaba restándole importancia, ni mucho menos: simplemente, no le gustaba esa forma de utilizar la palabra ‘monstruo’ tan a la ligera.

Los auténticos monstruos no necesitaban garras y colmillos: les bastaba una varita y una mente retorcida.

—Respondiendo a tu pregunta...—Lohran señaló en dirección a su espalda con el pulgar de la mano izquierda.—...llevo recorridos unos tres kilómetros desde la ciudad, por ese camino que hay entre la maleza. No estamos lejos.

La tolerancia al dolor del joven hablaba mucho de sus experiencias: alguien capaz de soportarlo era alguien que lo había padecido, desde luego.

Sin embargo, ni era un elogio, ni era una crítica: era una mera observación. Pero quizás por su condición actual, o quizás por su personalidad innata, el chico respondió nuevamente a la defensiva. Debe ser muy complicado ser tu amigo, pensó, no sin cierta ironía.

—Cada uno tenemos nuestras vivencias. Pero si me preguntas, el alcohol prefiero bebérmelo antes que verterlo sobre mis heridas.—Respondió Lohran, intentando aligerar un poco el ambiente, para entonces ponerse a vendar esas heridas.

Comenzó por la más grave, que era la de la pierna, y pese a la situación, el joven se dejó. Y no es que Lohran fuese el mayor experto en primeros auxilios del mundo, pero se preocupó de hacer un trabajo lo bastante decente.

Mientras lo hacía, se despertó su curiosidad, y preguntó: ¿No tomaba la poción matalobos? Había escuchado que suprimía la conciencia de la bestia, si a eso podía llamársele conciencia, y permitía mantener la personalidad humana incluso durante la transformación. Sonaba a buen remedio…

…que no parecía ser eficaz en el caso del chico.

—No, no soy experto en pociones, pero lamento escuchar eso de que no te funciona. No creí que hubiera un margen de error con esa poción.—Le dijo, sin mirarlo a los ojos, concentrado en los vendajes que le iba poniendo.—Tampoco soy sanador, como ya estarás notando, pero supongo que tengo que preguntártelo: ¿algún dolor extraño que no relaciones con las heridas que tienes a simple vista? Quizás debería llevarte a San Mungo para que te echen un vistazo...

Sin lugar a dudas, allí podrían hacer un trabajo mucho mejor que cualquier chapuza que hiciese Lohran. Aquellos vendajes no estaban mal, pero tenían que envidiar, y mucho, a los que podría hacer cualquier sanador.
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Joshua Eckhart el Miér Mar 27, 2019 9:46 am

La pregunta del negro lo tomó con la guardia baja: ¿era así como se veía a sí mismo? El hombre parecía tener una actitud conciliadora y no respondía a las provocaciones del licántropo, al menos no como éste esperaba que lo hiciera. En cambio, las palabras despectivas del más joven eran como aceite que resbalaba, haciendo gala de paciencia.

Al menos cuando la luna llena está así de cerca —bufó, confesando que sí, era así como se veía a sí mismo. Y no le gustaba. — Ni siquiera en la forma humana soy yo mismo cuando la luna llena está tan sólo a días próximos o anteriores —confesó, la frustración tintineándole en la voz, mientras su mirada se dirigía hacia otro sitio.

Llevaba años intentando en vano lidiar con la situación en la que se veía cada luna llena, y quizá era egoísta al pensar que su problema era más grave que los de los demás. Era, pues, un muchacho acomodado que no necesitaba comerse la cabeza con los asuntos de los demás; además, criado por una familia como la suya, y con su propia personalidad apática, poco le preocupaban los asuntos de los sangre sucia y aliados.

Joshua necesitó un momento tras escuchar que preferiría beber alcohol antes que usarlo en heridas. — No se puede beber el alcohol para desinfectar por el cloruro de benzalconio que produce náuseas y vómitos en caso de ingesta… —y sacó a relucir su buen lado Ravenclaw, antes de pensárselo un segundo. — Estás bromeando, ¿no? O te refieres al alcohol en bebidas… —se dio cuenta tarde que no podía estar hablando literalmente.

Eso le pasaba con bastante frecuencia. No era precisamente el alma de la fiesta, y le costaba entender bromas y sarcasmos con regularidad, en especial cuando no se llevaba mucho con la persona en cuestión para reconocer si estaba jugando.

A Joshua le crispaba un poco que Joao actuase tan transigente, que no se viese molesto por sus claros intentos por sacarle de sus casillas. Permanecía vendándolo con una concentración inaudita, incluso cuando le dijo que no era un experto en pociones, como él había espetado. Quizá era eso fue lo que consiguió que bajase, de nuevo, la guardia.

Yo tampoco lo creía —admitió, con un tono de voz más bien pacífico, resignado incluso. — No sé cuál es el problema —porque, tanto como Joao, él no era un experto en pociones. — No puedo ir a San Mungo —se alarmó de pronto, interrumpiendo cualquier pensamiento. — No, sólo… Sólo una enmienda bastará.

No estaba registrado como hombre lobo ante el Ministerio de Magia, lo que podría traer catastróficas repercusiones. Más que una multa, se imaginaba a sí mismo acabando encerrado, pues su paranoia y sus pesadillas nocturnas lo llevaban siempre a aquel sitio: el área-M. Y sí, seguramente estuviese exagerando, pero a esas alturas prefería prevenir que curar.

Aclaró la garganta. — Y… ¿tú qué haces? —preguntó, — Con tu vida, ¿en qué trabajas? —y no esperaba en lo absoluto escuchar que su vida era huir de la ley y planear venganzas, por más que Joao pensase que podría reconocerlo como fugitivo. — Tu varita… no funciona bien, ¿no? —recordó el evento del hechizo no efectuado.

Nuevamente, la respuesta era bastante simple para él: ir a conseguir otra, cosa que no era posible al menos para el negro. Por lo menos, ya no sonaba hostil porque sí, mirando sin mirar la forma en que vendaba su pierna.

Sin embargo, se sorprendió dando un respingo en un movimiento que había causado un poco de exceso de presión y consecuente dolor. Lo encontró inesperado, y por ello, por puro instinto, amagó una mordida que no llegó a concretarse. Se detuvo justo a tiempo, frenando el arrebato mientras se alejaba del negro, evidentemente avergonzado por el impulso.

Lo siento —le dijo, — no controlo bien cuando… Eso —la mordida, por supuesto, habría sido como mucho dolorosa, sin que hubiese ningún tipo de contagio de ninguna naturaleza. Pero era evidencia la patente influencia de su licantropía, que lo señalaba distinto al humano contagiado promedio. — Lo siento —insistió, recargándose contra el tronco del árbol a sus espaldas.
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Lohran Martins el Vie Mar 29, 2019 3:29 pm

No mentiría si decía que no le gustaría verse en los zapatos del chaval: perder la razón cada vez que la luna llena brillaba en el cielo tenía que ser una mierda, en pocas palabras. Y más si con esa pérdida de razón llegaba una forma bestial que era capaz de producir semejantes marcas en los troncos de los árboles. Tenía que ser una tremenda mierda verse obligado a vivir de esa manera.

¿Pero tanto como para considerarse un monstruo? Por lo que decía, sí, durante la luna llena y los días que la seguían, así se sentía. Y si bien Lohran no había pasado jamás por una situación parecida, ni esperaba tener que pasar en un futuro próximo, se imaginó que no debía ser bonito sentirse así.

—Al menos haces algo para remediarlo.—Le dijo, una suerte de elogio.—Según las cosas que me han contado, hay otros que ni se molestan, y unos pocos que incluso disfrutan de la situación. Tú, por lo menos, te vienes a lugares apartados e intentas prevenir daños mayores. No parece la conducta propia de un monstruo.

La situación tenía que ser muy complicada de vivir, pero a simple vista, el chico lo hacía lo mejor que podía. Claro que eso pensaba Lohran, quien no sabía que en realidad era un hombre lobo no registrado. De saberlo, quizás, no tendría una visión tan ingenua de sus motivos para frecuentar aquellos bosques.

Con respecto al alcohol, Lohran respondió con una broma que… bueno, fue bastante cómico ver como el muchacho tardaba un segundo en entenderla. El brasileño, incluso, sonrió un poco, divertido.

—Sí, estaba de broma: no tengo intención de echar un trago de alcohol sanitario en un futuro inmediato.—Le explicó. Y matizó lo de inmediato: uno nunca sabía las locuras que podrían ocurrísele si, algún día, perdía la chaveta. Y viendo la vida que llevaba, perder la chaveta era una posibilidad muy presente.

En un momento dado, las barreras del muchacho comenzaron a bajar un poco, volviéndose menos arisco. A Lohran le agradó el cambio: a fin de cuentas, no es que estuviera ayudándole por obligación o gusto, por lo que una respuesta agradable y positiva haría de aquella situación algo un poco menos incómodo. Para los dos, además.

Tras confesarle que no era un experto en pociones, y que no tenía ni idea de que una poción matalobos pudiera fallar—en los libros de pociones no se decían estas cosas—, el chico se sinceró un poco: no sabía cuál era el problema, por qué fallaban sus pociones. También se ofreció a llevarlo a San Mungo… y ese fue el momento en que el chico más incómodo se puso, hasta el punto de afirmar que no podía ir.

—Vale, no te llevaré a San Mungo. Pero igualmente debería revisarte estas heridas alguien con más idea que yo.—Estaba más que seguro de que su trabajo dejaba mucho que desear, y quizás no hubiera hecho bien ni los vendajes.—Respecto a la poción… ¿la elaboras tú mismo? Sé de magos que se dedican a la elaboración de pociones de manera privada. Quizás tengan algo para ti.

Y, con privada, quería decir básicamente… ilegal. Lohran no estaba lo que se dice ansioso por poner a Joshua en contacto con alguno de esos contactos, pero si necesitaba ayuda con su problema, posiblemente ellos pudieran ofrecérsela.

Cuando Joshua le preguntó a qué se dedicaba, Lohran se sintió un poco incómodo. Si hacía aquellas preguntas, eso quería decir que no le había reconocido como fugitivo. Lo mismo que con la varita defectuosa. No le había reconocido, y podía sentirse aliviado.

—La verdad es que no tengo un empleo fijo. Hago muchas cosas: entrego y recojo mercancía, me dedico a tareas de vigilancia, limpieza...—Y aunque dejó fuera muchas de sus actividades principales, aquello no era mentira: Lohran hacía lo que pudiese en el refugio de los radicales con tal de ayudar, y servía muchas veces de contacto entre su grupo y otros.—Y sí, tengo problemas con este trasto. Es prestado: me la dejó un amigo cuando se me rompió la mía hace un par de días. Era de su abuelo o algo así, pero debía tener malas pulgas, o no le gustaban los negros: no me hace mucho caso.

No era la mejor excusa que podía inventarse, pero a veces, la sencillez era la clave de una buena mentira.

Continuó vendando las heridas del chico cuando, totalmente por error, debió ejercer demasiada presión sobre una de las heridas y provocarle dolor, pues Joshua tuvo una reacción bastante animal: estuvo a punto de morderle. Por supuesto, Lohran retiró la mano por si acaso, pero el chico logró controlarse a tiempo.

—No pasa nada, no ha habido que lamentar daños. Perdón si he apretado de más: como te dije, no soy sanador.—Igualmente, Lohran se preguntó qué demonios habría pasado si aquel chico le llega a morder. ¿Se contagiaría? No tenía ni idea del tema de los licántropos.—Espero que los demás vendajes no estén muy prietos. Si es así, dímelo, y trataré de solucionarlo.—Le pidió, pues no tenía ganas de llevarse, esta vez de verdad, un mordisco.—Y bueno, ya hemos dejado claro que no puedo llevarte a San Mungo. ¿Hay algún otro sitio al que necesites que te lleve?

Por supuesto, no tenía pensado aparecerse en medio del Londres mágico. Todavía no tenía ansias suicidas. Pero tampoco iba a parchear al chico y decirle: ‘Bueno, venga, ya estás listo. Ahora estás por tu cuenta.’
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Joshua Eckhart el Miér Abr 03, 2019 1:48 am

Se permitió dudárselo: ¿realmente era tan responsable como el otro quería hacerlo ver? No, no lo era, y no era capaz de siquiera intentar hacérselo creer a sí mismo. Si realmente fuera responsable, habría asumido que no podía hacer aquello por su cuenta, y habría recurrido a la ayuda de algún mago que pudiese controlarle cuando él mismo no se controlaba. Pese a parecer no querer involucrar inocentes, en realidad debía ser algún tipo de orgullo disfrazado.

No sentía que fuera mejor a los hombres lobo que no hacen nada o que disfrutan sus transformaciones, de los que él ya había tenido la oportunidad de conocer, por más que intentase utilizar la poción matalobos o intentase encerrarse cuando él tenía claro que era un esfuerzo en vano.

Una vez llegado el momento de curar sus heridas con alcohol, Joao hizo un comentario sobre beberlo que Joshua encontró tonto, porque el alcohol sanitario no podía beberse precisamente por los daños a la salud que causarían si alguien de escasos recursos intentaba emborracharse con el mismo por la alta graduación alcohólica, a lo que se le había añadido un componente imposible de digerir. No notó a tiempo que era una broma, antes de puntualizarlo.

No me di cuenta —admitió, pues en realidad así había sido. — No me llevo bien con las bromas —en general, no tenía mucho sentido del humor, pero en determinadas ocasiones se esmeraba.

Tener una conversación más amena podría marcar la diferencia, pues el negro no estaba haciéndolo por obligación, más bien por una suerte de amabilidad cuando Joshua ni siquiera lo había pedido realmente. Por eso se encargó de reducir el filo de sus palabras para tratar de llevar la fiesta en paz.

El otro estaba preocupado por las heridas que pudiese tener, a lo que Joshua asintió con la cabeza. Inhaló y suspiró, dándose cuenta que, si no conseguía algún medicamento mágico, debería recurrir a un sanador para que curase sus heridas.

Supongo que si empeoran y no consigo ninguna esencia para curarlas, puedo pedir ayuda a mi primo medimago, no te preocupes —aunque era la persona que menos quería involucrar, por el momento. Y menos para decirle “Ayax, tuve una pelea con otros hombres lobo, sí, otros, soy uno, ¿no te había contado?”. — Rayos, no —suspiró, — con la de oportunidades para que salga mal… —bufó, sería imposible que se le ocurriese hacerla él mismo. — He pasado ya por varios elaboradores, pero el resultado es el mismo —le hizo saber. — No me vendría mal un contacto, quizá.

Joshua tenía claro que si intentaba comprar una poción, tendría que hacerlo con alguna persona que la realizara ilegalmente, y ya lo había intentado antes, sin éxito. Tal vez, con otro elaborador, pudiese haber otro resultado.

Con el propósito de hacer conversación, al universitario se le ocurrió preguntarle a qué se dedicaba. Creyó notarlo incómodo, pero Joshua no aventuró ningún tipo de hipótesis que sugiriese que estaba huyendo de la ley. Más bien, creyó que estaba en un trabajo que la gente podría considerar un tanto degradante. Así, descubrió que realmente no tenía un empleo.

Entiendo —dijo, sin ánimo de juzgar. Supuso que quizá no todas las personas tenían las mismas oportunidades, tanto que se lo imaginó sin estudios superiores. — Las varitas a veces adoptan comportamientos de sus dueños originales, así que en realidad no es tan loco —opinó, aunque no quisiera mostrarse a sí mismo racista. — Es decir, una persona impulsiva tiene más posibilidades que su varita reaccione por su cuenta; si esa varita tenía un dueño cabezota, es dada a no obedecer mucho —trató de enmendarlo.

Porque no. Aunque muchos magos en la actualidad lo hicieran, Joshua no iba en su cacería de brujas (mejor dicho, en su cacería de sangre sucia o fugitivos). Era más del tipo “vive y deja vivir” que alguien altruista o alguien motivado por el odio. No rebuscaba en sus palabras porque, por empezar, no se le ocurría que estuviese ante un fugitivo, y, en segundo lugar, tampoco le importaba mucho, mientras no representase un peligro para él o sus seres cercanos.

Ante el dolor, Joshua no reaccionó como era de esperarse. En cambio, pareció más algún tipo de animal que reacciona con la mordida y la amenaza, y por suerte consiguió controlarse antes de que realmente llegase a apresar el cuerpo del negro con sus dientes. Se mostró de inmediato arrepentido por su comportamiento.

Está bien, agradezco la ayuda —le dijo, teniendo claro que no era un sanador o algún tipo de persona con conocimiento médico. — Los demás no están muy apretados, sólo me dolió —su voz mostraba una cierta vergüenza, pues no le gustaban esos guiños de un algo animal dentro de él. — Hubiese sido inofensivo, pero… Igual prefiero que no ocurra —le hizo notar, suponiendo que podría preguntárselo.

Si una mordida en su forma humana contagiara, Evans sería un licántropo a la máxima potencia. Siempre intentando molestar, acababan peleándose y, por mero instinto, el león acababa con alguna mordida de su parte. Y, cuando Joshua mordía a Evans, este respondía con otra mordida. Al final acababan forcejeando en el suelo entre mordidas y araños. Que él supiera, Evans no era licántropo todavía.

No, sólo voy a descansar un poco y aparecer en casa, eso de transformarse en un animal híperdesarrollado cansa —admitió con una suerte de broma. — Hay un par de licántropos, de todos modos, y no sé cómo sean en forma humana, yo tendría cuidado en tu lugar —lo advirtió, adivinando que no estarían demasiado lejos.

Joao tenía, además, el problema de que su varita no colaboraba con él. Si fueran licántropos salvajes, suponía que sería una batalla desigual peor a como sería si tuviese su magia totalmente con él. Y algo le decía que seguían cerca, sin estar seguro de qué era lo que se lo indicaba.
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Lohran Martins el Dom Abr 07, 2019 6:10 pm

No hace falta que lo jures, pensó Lohran cuando el joven aseguró que no se llevaba bien con las bromas. En general, el joven no se caracterizaba por un humor radiante y alegre, aunque el brasileño no se lo iba a tener en cuenta: la situación tampoco era como para soltar chascarrillos, y mucho menos estando en su situación.

El aspecto de las heridas era feo, pero por algún motivo, el mago de piel oscura se imaginaba que no eran todo lo feas que podrían ser, dada su naturaleza. ¿Acaso no eran tres grandes bestias lanzándose dentelladas y zarpazos los unos a los otros? No tenía pinta de que fueran a pecar de delicadeza, precisamente.

Además, Lohran había visto lo feo que podía ser un ataque de un perro. Aquello, se imaginaba, podía ponerse muchísimo peor.

—Está bien.—Asintió con la cabeza.—Conozco a un par de tíos en el Callejón Diagón que se dedican a elaborar brebajes: August Morgan, a quien encontrarás en el Caldero Chorreante la mayor parte del día, y Regis Hilmar, que tiene una pequeña tiendecita en el callejón que se llama ‘Hilmar’s curiosities’. Son discretos.—Y tan discretos: como que aquella gente se dedicaba en secreto a ayudar a fugitivos. Lohran mismo sólo mantenía una discreta comunicación por medio de correspondencia mágica con ellos. No solía pisar el Callejón Diagón a no ser que fuese imprescindible.

Lo curioso de todo el asunto era que la mención al primo sanador pasó por la cabeza de Lohran como algo trivial, información innecesaria que descartó enseguida: todo el mundo tenía primos, y claramente, algún primo de alguien en alguna parte del mundo tenía que ser sanador. Pura estadística.

Sin embargo, muy posiblemente le habría prestado más atención de saber que dicho primo sanador era ni más ni menos que el responsable de capturar a su hermana. Muy posiblemente habría intentado obtener más información al respecto, aún a riesgo de que el joven le atacase o de tener que hacerle daño él.

Pero, ante la falta de aquella información, pudieron mantenerse cordiales el uno con el otro.

Trataron el tema de aquella varita desleal que llevaba consigo desde hacía ya demasiado tiempo, y se inventó una mentira. ¿Cómo podría ser que un mago respetable y que obedecía la ley llevase durante mucho tiempo una varita como aquella? No se sostenía, así que se inventó que la tenía desde hacía muy poco tiempo al haber perdido la suya.

—Creía que no era más que un mito hasta que lo experimenté en mis propias carnes.—No sonrió: las circunstancias en que había perdido su varita no eran agradables de recordar, por mucho que entonces lo peor aún no hubiera llegado.—De todas formas, se la devolveré a mi amigo en cuanto tenga una nueva que sí me haga caso. Es una solución temporal, aunque me parece que casi estaría mejor sin ella.—Lo cual no era cierto del todo: sin varita no podría utilizar la aparición.

Tras terminar de vendarlo—con un pequeño susto de por medio en la forma de un amago de mordisco—Lohran se ofreció a llevarle a algún sitio. Mera cortesía: se imaginaba que aquel joven tenía una casa, que no vivía exactamente como un cavernícola en los bosques, y si dicha casa estaba en una población mágica, pensaría una excusa para no hacerlo.

Por fortuna, no hizo falta: el chico no estaba dispuesto a aceptar más ayuda. Supuso un alivio para el brasileño, que por mucho que supiese valerse por sí mismo, no tenía intención de meterse en la boca del lobo a propósito.

—¿Te has traído algo para recuperar las fuerzas?—Le preguntó, refiriéndose específicamente a algo de comer. Por desgracia, Lohran tampoco llevaba de eso, ni siquiera una triste chocolatina en el bolsillo: planeaba tomarse un desayuno de verdad en cuanto regresara al refugio.—Sí, seguramente volveré directamente a casa en cuanto hayamos terminado aquí.—Realmente, ya habían terminado, motivo por el cual Lohran se puso en pie. Echó un vistazo todo alrededor, buscando cualquier indicio de los otros dos licántropos.—¿Crees que este será el lugar más indicado para descansar?

Se sentiría más tranquilo en el camino, por dónde había llegado él. Quería pensar que las pocas personas que lo transitasen serían muggles haciendo exactamente lo mismo que él antes de encontrarse a Joshua.
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Joshua Eckhart el Miér Abr 10, 2019 9:26 am

Tomó nota mental de los nombres y datos que recibía. Con los nombres puso especial empeño, porque, dado su estado y su mala memoria para los mismos, era cien por ciento viable que acabase olvidándolos. Lo repitió en su mente, como un mantra, hasta que creyó poder mantenerlo en su cabeza: “August Morgan en el Caldero Chorreante y Regis Hilmar en ‘Hilmar’s curiosities’”. Las cosas de las que se perdía uno por no tener un bolígrafo a la mano.

Fue, además, completamente inconsciente que habría estado a punto de iniciar una pelea de tan sólo haber mencionado el nombre o el apellido de su primo, o algo que lo hiciera particularmente reconocible para alguien más. Alguien que, encima, tenía asuntos muy graves en contra de Ayax Edevane.

No sólo eso, era obtuso a la evidencia de que pudiese tratarse de un mago buscado por la ley. Un hombre caminando en lo que Joshua en ese momento consideraba como el sitio donde el viento da la vuelta dos veces, armado con una varita que no obedecía y sin un trabajo estable. Que no tener trabajo no es que fuera ilegal, pero sí era curioso que alguien no tuviese algo fijo para hacer. Sin embargo, todas esas cosas parecían comprensibles, razonables, y carentes de la importancia como para repasarlas más de una vez.

Yo en tu lugar no la usaría más de la cuenta, ya no es sólo que no obedezca sino que se vuelva contra el usuario —se lo dijo como un dato, sin querer pecar de sabelotodo, pero desde el desconocimiento de que Joao ya lo había vivido y no le decía nada nuevo. Sin embargo, se suponía que el otro encontraría una varita pronto, así que supuso que usarla temporalmente no debía ser precisamente grave.

No necesitaba más ayuda que los vendajes, que también creía, desde su orgullo, que pudo haber hecho perfectamente por su cuenta. Pero no se quejaba, tampoco. Joshua no quería parecer demasiado vulnerable, y el otro seguramente tuviese mejores cosas que hacer que quedarse ahí, por lo que la despedida se veía muy cerca.

Pensó un poco cuando oyó su pregunta sobre la comida. — Traje algo, pero… juzgando por lo que hay aquí, asumo que alguien se lo comió —miró dentro de la mochila vacía y alguien bajó las orejas agachando la cabeza y metiendo la cola entre las patas, como si supiera perfectamente qué estaba diciendo el humano. — Pero estaré bien —le dijo, resuelto. — Gracias por la ayuda —porque otra cosa no, pero era educado y tenía que reconocer que sí había ayudado.

Empezó a vestirse lentamente con su ropa, ya que no iba a dejarla perdida en sangre con las heridas abiertas gracias a las vendas, lento en sus movimientos por la dificultad del dolor. Por más que quisiera negarlo, sentía dolor. Todavía tenía la varita cerca, por si acaso, pero empezaba a creer que los otros licántropos no iban a acercarse demasiado.

Estaba equivocado.

Dos carroñeros, eso eran, con facciones duras y el cabello color marrón claro, casi rubio. No estaban del lado de los magos, ni de los fugitivos tampoco: dos criaturas dotadas de libertinaje, con humanidad perdida hace años. La hermana fue la primera en contagiarse, y pronto su hermano le acompañó en aquella maldición, y no hubo fuerza para detener lo que crecía dentro de ellos. Se les notaba, pues, que no eran de los licántropos que se integran a la sociedad.

Tenían cuentas pendientes con su semejante. Dentro de su propio raciocinio, no concebían dejar con vida a alguien que les hubiese herido, leales sólo a aquel con quien compartían sangre, por más que ellos tampoco fueran inocentes. No sólo eso: él había identificado al hombre que se había acercado a ayudar, habiendo visto su rostro en los carteles de búsqueda en el mundo mágico. Había un precio por su cabeza, y estaba dispuesto a cobrarlo.

Su plan no era otro que atacar ciegamente, inmovilizarlos, y de ahí nadie sabía qué sería de ellos. Y estaban preparándose para atacar, varita en mano.


Última edición por Joshua Eckhart el Vie Abr 12, 2019 10:18 pm, editado 1 vez
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