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At a coffee shop [Priv. Sam J. Lehmann]

Laith Gauthier el Mar Mar 05, 2019 4:15 am

24 de febrero del 2019. 19:36

Missandei
MENSAJE
Te tengo una propuesta indecente.

Tú, yo, café y donas.

Sé el lugar perfecto.

Ha enviado una ubicación.

¿Martes a las 14h?


@mm




Febrero 26, 2019.
Zona comercial de Londres, 14:10pm.
Semi-despejado, 16ºC.
Vestimenta.

Un maravilloso día de martes, los pájaros cantaban, el sol brillaba y… La verdad era que Laith tenía algo de frío. Normalmente no era un tipo que sufriera mucho por el frío, pero cuando se sentía incomprendido su cerebro provocaba una respuesta neurológica que lo ocasionaba. Había días y días, y ese, aunque no uno de sus mejores, no estaba saliendo tan mal.

Ya se había recuperado de la resaca después de embriagarse con amigas el viernes, y cómo no si era motivo de celebración su cumpleaños, que siguió el sábado y el domingo habría continuado de no haber sido por su trabajo. Mientras trabajaba, liado de aquí para allá, recordó que hace tiempo no se encontraba con Samantha, y se le ocurrió que quizá podrían ponerse al día con un café de por medio y algo para almorzar.

Le escribió, y pronto recibió una confirmación que lo hizo sonreír. Ese día estaba de buen humor, aunque estaba un tanto cansado, y había una espina de preocupación dentro de él. No había estado durmiendo bien últimamente, suponía que podía estarse viendo afectada su capacidad de análisis debido a ello, y se prometió a sí mismo que iba a tomar algo para dormir si no conseguía descansar esa noche.

Iba tarde, como de costumbre. Por algún motivo, Laith siempre tenía tendencia a llegar tarde, por muy temprano que saliera para el lugar de la cita en cuestión. No mucho, pero la hora estaba por dar y todavía no llegaba. La había avisado de camino hacia ahí que podía entrar y pedir mesa mientras lo esperaba, porque calculaba unos diez minutos de retraso. Los audífonos en los oídos y cantando para sí mismo, inmerso en su buen rollo interno.

¿Desanimarse o enfadarse porque estaba cansado e inquieto? Para nada, todo lo contrario, con su fiesta personal mientras se dirigía hacia la cafetería. Si podía resolver un problema, no tenía por qué preocuparse, y si no podía no tenía que preocuparse tampoco, y definitivamente no iba a solucionar ninguno de sus problemas en una cafetería hablando con Samantha. O eso pensaba él.

La miró a través del cristal exterior de la cafetería, sentada y de espaldas a la puerta, en una esquina escondida del lugar. Entró, quitándose uno de sus audífonos, y acercándose sigilosamente en su dirección. Cuando la tuvo suficientemente cerca, le colocó su audífono.

Singing Radiohead at the top of our lungs, with the boom box blaring as we’re falling in love. Got a bottle of whatever but it’s getting us drunk singing “Here’s to never growing up” —le cantó al oído que tenía desocupado al estar usando el otro para que escuchara la voz de Avril Lavigne en la canción que estaba escuchando, cosa que lo hizo sonreír divertido. — Buenas tardes, señorita, ¿desea compañía esta tarde? —se estaba riendo para sí mismo, quitándole su audífono y quitándose el que le quedaba para quitar el ruido desde su teléfono móvil y guardarlo todo en su bolsillo.

Se sentó en la mesa en frente suyo, llevándose la mano a la boca para atrapar un bostezo que se le había escapado. Miró en la carta las cosas que podía pedir.

¿Cómo has estado? ¿Ya pediste algo? —preguntó, mirando en su muñeca derecha el reloj. Diez minutos, ni más ni menos. Y uno se preguntaría cómo era tan bueno calculando el tiempo y, al final, siempre llegaba tarde. — Siento el retraso, se me cruzó un pendiente en casa justo cuando venía para acá —suspiró, — mi erizo no quería volver a su jaula y me hizo buscarla hasta bajo la cama —su mascota, regalo de una de sus amigas más cercanas el año pasado en aquellas fechas.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Miér Mar 06, 2019 12:29 am


Había quedado con Laith para tomarse ese día un café a las dos del mediodía. No sabía cómo había tenido tan buena puntería con el día y la hora, pero le había venido genial: no sólo trabajaba por la mañana, sino que además salía muy justita, con el tiempo justo para comer algo por ahí e ir a tomarse ‘el postre’ son el sanador. De hecho, como había ido a almorzar pizza y eso era comida rápida, terminó llegando pronto al sitio que le había dicho Laith. Era una cafetería, muy mona y actual. Acostumbrada al aspecto rústico que tenía el Juglar Irlandés, ese tipo de cafeterías le parecían de otra época. Aunque bueno, debía de admitir que con eso de esconderse del mundo, una se quedaba atrás en cuanto a arquitectura y diseño de interiores se refiere.

Había llegado incluso un par de minutos antes de la hora, por lo que entró y pilló ella un sitio: una mesa de dos pegada a un lateral, cerca de la esquina. La verdad es que no le gustaba nada ponerse en dónde estaban los ventanales, pues siempre le venía la irónica situación en donde un hombre pasase por fuera, mirase y de repente la reconociese. Sí, paranoias.

Una camarera rubia, llena de tatuajes y vestidas con un toque bastante rockero, fue a preguntarle qué quería, a lo que Sam la miró con rostro indeciso. Es decir, esa mirada con la que quieres decir algo pero en realidad tu mente es demasiado lenta como para procesar lo que quieres decir.

Que qué te pongo —repitió ella.

No, si te he escuchado, pero estaba pensando. —Tuvo que decir Sam, quién rió. —Pienso lento.

La camarera se partió el culo frente a la indecisión de Sam, que claro, ella no lo sabe, pero estaba muy indecisa pensando si se pediría un donut cargado de chocolate o una tarta de tres chocolate. O las dos cosas, porque todos sabemos que los postres hay que disfrutarlos. Sin embargo, como quedar de gorda lo hacía en confianza, decidió quedar como una persona civilizada.

¿Quieres que te traiga la carta y así puedes pensar lento y bien?

Sí, por favor, así de paso hago tiempo y espero a mi amigo. —Eso, así parecería que en realidad se estaba pensando si pedir o no por esperar a su amigo y no porque fuese una glotona.

La camarera se fue, se estiró a través de la barra para coger dos cartas y volvió donde Sam. Dejó una al otro lado de la mesa para su amigo y luego le tendió la otra de la mano.

Fuera de carta tenemos mousse de galleta y flan de galleta. —Y Sam no lo sabía, pero es que habían recibido muchas galletas y había que gastarlas de alguna manera. Si no fuese porque tenía una obsesión con el chocolate, se hubiera pensado eso del mousse de galleta. —Ah, y batido de galletas. Está muy bueno.

Ufff, no sé, si no tiene chocolate…

Eres de las mías. —Y le puso el puño para que se la chocase. Sam le chocó el puño, sintiéndose rockera por un momento. —Bueno, te dejo para que pienses en lo que esperas a tu amigo. Si quieres algo me das un toque.

Vale, gracias —le respondió, abriendo la carta y ojeando.

En ese momento sacó también su móvil para mandarle un mensaje a Laith en donde declaraba su odio a su manía con llegar tarde, que dejarla esperando en una cafetería con pasteles era ir en contra de su salud. Pero entonces llegó, sorprendiéndola por detrás y cantándole en el oído. Pegó un bote, pero le duró unos segundos antes de sonreír al escuchar esa canción que—no le peguen—no conocía. Su época de Avril Lavigne acabó hace mucho tiempo. —Oye, pues no me vendría nada mal, ya que mi amigo siempre llegar tarde. —Y alzó las cejas, divertida. Laith se sentó a ojear la carta y ella hizo lo mismo. —He estado muy bien la verdad y… no. Intenté pedir pero… no pedí. —Hizo una pausa y sonrió. —¿Has visto el escaparate la cantidad de cosas con chocolate que hay? Me rompí.

La verdad es que muchas veces había quedado con personas—porque Sam no solía quedar mucho con piedras—y también le llegaban tarde, pero ninguna antes había utilizado la excusa de la mascota perdida. Sin embargo, más que verlo como excusa, pues sabía que Laith no tenía necesidad de mentirle, le pareció enternecedor que se hubiese pegado su tiempo buscando a su erizo. —No pasa nada —le respondió. —Si es por tu erizo, todo está bien. ¿Tú qué tal? Independientemente de que tienes un erizo con complejo de Indiana Jones.
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Laith Gauthier el Miér Mar 06, 2019 10:57 pm

Como era lógico y razonable, Samantha se había asustado cuando lo sintió llegar de la nada a atacarla por la espalda, cantándole al oído una canción de Avril Lavigne, de sus canciones favoritas. Cuando terminó su maravillosa recitación musical, le besó la mejilla a modo de saludo, saliendo de detrás de ella para ofrecerle su compañía, como si fuera un extraño que la acababa de ver por primera vez en su vida.

Esos malos amigos, ¿viste? Que se creen que tenemos todo el tiempo del mundo para esperarlos —se sentó finalmente, metiéndose consigo mismo por haberse retrasado y tomando la carta para ver qué había de bueno. — Me alegro por eso —añadió al oír que estaba bien. — ¿No pediste porque no hay nada bueno o porque te sentías mal engordando sola y querías que llegara? —dramatizó, sabiendo que era probable que no lo hiciera porque lo estaba esperando.

Miró el menú, pero tenía antojo de algo clásico, como un café negro con un poco de azúcar y unas donas, como lo había sugerido en su mensaje de invitación. Le comentó el motivo por el que había llegado tarde, que había sido su erizo perdida, que si no hubiese sido por eso hubiese llegado completamente a tiempo. O no, y se le cruzaría algo en el camino, que era tener mala suerte.

Bueno, estaba enredada en una camiseta que estaba en el suelo, así que muy exploradora no es —puso los ojos en blanco. — Por lo demás, creo que todo ha estado bien en general, si no contamos con que tengo una amiga que me odia y no me escribe para salir —la miró acusador, como si fuera culpa de Samantha. Y no es que fuera mucho tiempo, es que Laith era de los que les gustaba mantenerse en contacto frecuentemente.

Una camarera vino a tomarles la orden, a quien Laith le miró con curiosidad un tatuaje que tenía en la muñeca con forma de una calavera encendida. — ¿Saben qué van a pedir? ¿Algo con chocolate? —miró a la clienta con una sonrisa y una complicidad que Laith no supo interpretar de dónde venía.

Él esperó a que Samantha pidiera primero. — Yo voy a pedir un americano cargado y dos… Tres donas de chocolate con chispas y relleno de crema —le dijo cuando fue su turno de pedir, haciendo la señal del “tres” con los dedos cuando cambió de opinión en la cantidad de donas que quería.

Tenemos una especialidad de mousse de galleta o flan con galleta —le sugirió la camarera a Laith, quien no había escuchado antes sus postres fuera de la carta.

Él, como tenía hambre, cedió a la tentación. — Un flan —asintió con la cabeza, mirando a Samantha. — Porque lo vamos a compartir, ¿no? No me dejarías engordar solo —dramatizó, sonriéndole.

La mujer repitió la orden y cuando todo estuvo confirmado, se marchó diciéndoles que no tardaría con sus pedidos. El sanador aprovechó para mirar alrededor, era un local que le gustaba mucho y la comida era deliciosa, por lo que era de sus locales favoritos para ir a tomar una merienda o un postre. Además, ubicado en una recóndita zona nomaj, era ideal para encuentros pseudoilegales.

Estoy intentando pensar algo para contarte, pero no creo que te interese nada de hospitales ni cosas de ese estilo, ¿eh? No me había dado cuenta de cuán agitada había sido mi semana… —la semana pasada, por supuesto, que había ido de aquí para allá de lunes a viernes. — Ah, fui a una discoteca el viernes con las chicas del trabajo, un buen sitio si me lo preguntas, tenía bebidas preparadas muy buenas —le comentó cómo había sido su viernes, lo único que le parecía digno de mención.

Tomó un sobrecito de azúcar de la mesa para abrirlo y comer un poco de azúcar sola con el dedo, justificándolo dentro de sus pensamientos que lo hacía porque la azúcar ayudaba a que se reactivase su organismo y esas cosas. La verdad era sólo que era un goloso y le apetecía algo de azúcar porque sí.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mar 09, 2019 1:02 am

¿Por qué solo esas dos opciones? ¿No existe la de persona normal y bondadosa que no ha pedido porque quiere esperar por su amigo el que llega tarde? —Intentó defender su orgullo, lo cual era gracioso, porque por mucho que se hubiesen conocido hace menos de un año, creo que ambos coincidían en que los dos tenían una grandísima complicidad, la necesaria como para que ninguno de los dos creyese lo que estaba diciendo Sam. —Vale sí, era porque no quería engordar sola y pensé que me disuadirías de pedirme tres mil cosas de gordos como el médico responsable que eres —admitió finalmente, divertida.

Quizás compara al erizo de Laith con Indiana Jones había sido demasiado generoso, pero oye, que una persona sea terriblemente torpe no le quita que pueda ser también exploradora, aunque sea un hobbie que se le vaya a dar terriblemente mal. Pero no dijo nada de eso, solo sonrió porque le encantaban los animales e imaginarse a un erizo tan gracioso intentando salir de la trampa mortal de una camiseta enredada, le parecía de lo más gracioso. —Que amiga de mierda, ¿eh? Deberíamos juntar a tu amiga con mi amigo que llega tarde, a ver si ellos dos se soportan. —Y sonrió mientras se encogía de hombros. —La verdad es que he estado ocupada porque...

Pero la camarera apareció al ver que el compañero de la chica ya había llegado, para tomarles notas. No había mucha gente en la cafetería, así que estaba atenta para no dejar a la gente esperando innecesariamente. Le mostró una sonrisa por lo del chocolate. —Por supuesto. —Entonces abrió la carta y antes de decir nada, miró a Laith. —Contrólame Laith. —Le pidió divertida, antes de ordenar: café con leche, una porción de tarta de chocolate y, tras mirar a Laith brevemente, pidió un donut relleno de chocolate en honor a la quedada de hoy. Qué era una quedada de donuts sin donuts. Una estafa, eso era lo que sería.

Entonces Laith pidió y además de sus tres donuts de gordo, quiso pedir un flan con el pretexto de que lo compartiría con ella porque no le dejaría engordar solo. —¿Perdona, has visto lo que me he pedido yo? —Miró entonces a la camarera. —Quítame el donut. —Ya está, la quedada se había convertido en estafa. Y mira que Sam era una gorda, ahí en donde veías ese pequeño cuerpecito bien modelado y delgado. Pero no, ella era capaz de comerse la tarta, el donut, la mitad de es de flan y hasta otra tarta si se le retas a hacerlo. Eso sí, luego volvería a casa y tendría que decirle a Gwendoline que estaba de tres meses porque se habían juntado el hambre y las ganas de comer. ¡Y es que no se podía quedar con Laith para merendar! ¡No había filtro!

La camarera 'tachó' frente a Sam el donut que pidió antes de irse, pero en realidad tenía muy claro que se lo iba a llevar igualmente, como invitación de la casa, sólo porque le parecían una pareja muy divertida y quería ver cómo se lo comían todo. Así que mientras ella comenzaba a coger un par de bandejitas en donde colocar los dulces y a hacer los café, los dos amigos continuaron hablando.

Cuando asumió que a Sam no le interesaba las cosas de hospitales, se encogió de hombros. —No sé, depende de lo que haya pasado, supongo que a ti no te interesa las vivencias de una camarera, a menos que haya pasado algo fuera de lo normal. Eso sí. —Claro que la parte de pérdidas o desgracias, sí que prefería no saberlo. Le ponían mal cuerpo y tampoco hacía falta, a menos que Laith estuviese mal por algo así, claro. —¿Supongo que un sitio especial para magos o...? No sé si lo sabes pero me estoy divorciando de ellos —dijo divertida. —Si no... bueno, iba a decir que me interesaba también, ¿pero sabes hace cuánto no voy a una discoteca? —Mucho. La última vez que había bailado en un lugar público había sido con el propio Laith y no era precisamente una discoteca como tal.

La muchacha muggle, que estaba de manera inconsciente atenta a la conversación, no pudo evitar imaginarse que la chica estaba con un chico que había sido mago, de estos que te sacan una moneda de detrás de la oreja, y que había tenido problemas con él y lo habían dejado. Y claro, el chico a lo mejor había ido a una discoteca en donde solían haber reuniones de esos magos. Todo tenía sentido, por eso la rubia no quería ir.

Y por mucho que sonase feo... ¡se conocían de muy poquito como para que Sam se acordase de su cumpleaños! Y no se tenían en ninguna red social tramposa que te lo recordase aunque tú fueses una persona horrible a la que se le olvida. Así que por mucho que dijo que el viernes había salido de fiesta, no lo relacionó en absoluto con que había sido su cumpleaños, aunque allá por diciembre cuando ella cumplió, él le hubiese dicho que el veintidós de febrero era el de él. Shame on her. Con lo que le encantaban a ella los cumpleaños...
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Laith Gauthier el Dom Mar 10, 2019 10:37 pm

Laith miró a Samantha con incredulidad nada más escuchó que podría ser “una persona normal y bondadosa que quería esperar a su amigo que llega tarde”. — Ya… ¿Y me tengo que creer que tú eres esa opción? —le preguntó divertido, sabiendo que, aunque podría ser, no debería ser su caso. Ella confesó un momento luego. — Mira a quién has venido a pedirle consejo de alimentación, ¿eh? Que no disuado a nadie a menos que sea una consulta de nutriología formal —porque él sabía de eso, que lo pusiera en práctica era algo completamente distinto.

El sanador bufó una risa cuando pretendió juntar a sus dos amigos hipotéticos: el que llega tarde y la que no se pone en contacto, a ver si entre ellos se llevaban bien. Prestó atención a lo que la rubia quería contarle, pese a que la camarera los interrumpió casi de inmediato, pidiéndoles la orden. Asintió muy seguro, haciéndole saber que iba a controlarla: menuda mentira. No dijo absolutamente nada sobre su pedido.

¿Me estás jodiendo, no? ¿Para qué te quiero de amiga si me dejas engordar solo? —se quejó muy ofendido cuando quitó del pedido el donut, cuando él se había pedido tres y ella sólo una tarta de chocolate. — Traidora —se llevó la mano al pecho teatralmente, dolido supuestamente por no comer mucho como él. — Es la última vez que te invito a merendar —la amenazó, muy sufrido, aunque sin hablar en serio por supuesto.

Laith era de esos que comían cuanto quisieran porque la vida era corta y había que vivirla, y al mismo tiempo se encargaba de quemar suficientes calorías para que no impactara en su peso y figura. Era un gordo consciente, el equilibrio del Gym y el Ñam. Por suerte la camarera estaba del lado de Laith y, sin que ninguno de los dos lo supiera, le iba a llevar el donut a la rubia, porque la gordura tenía que triunfar en la vida.

Siempre puedes ir disfrazada para que nadie te reconozca —le dijo, guiñándole un ojo, dispuesto a meterse un poco en problemas. — Necesitas vivir más, guapa —suspiró cuando ella le dijo que hace mucho no iba a una discoteca. — Podemos invitar a… Tú sabes —le sonrió travieso y con un guiño sugerente. — Puedo perderme en medio de la noche y dejarlas solas —expresó resuelto. — Para que bailen y se diviertan —hizo un gesto con la mano para expresar la naturalidad del acto.

El sanador siempre se enorgullecía cuando alguno de sus presentimientos buenos resultaba ser verdad. Y se había emocionado junto con Samantha cuando ella le contó que Gwendoline le había correspondido los sentimientos, como el buen amigo que era. Siempre le alegraba cuando le pasaban cosas buenas a la gente que apreciaba, incluso más si él lo había intentado predecir.

De todos modos, yo tampoco pensaba ir a la discoteca —le mencionó. — Yo quería irme a casa, tomar un buen baño caliente y ya hacer algo el sábado… Pero Lindsay —su mejor amiga desde la universidad, — me atrapó cuando estaba saliendo del hospital y me secuestró… Ah, ¿te dije que era porque cumplí años? Soy todo un viejo —dramatizó, suspirando con supuesta tristeza.

A decir verdad, a él no le preocupaba cumplir años. Creía fervientemente que era como el vino y cada año se ponía más bueno, pero sabía que no tenía mucho tiempo de encontrarse con Samantha y bien pudo no saberlo o simplemente no haberse acordado. No se sentiría ofendido, por supuesto, ni esperaba ningún tipo de regalo. Él era feliz siendo el centro de atención un rato, con algunos amigos y diversión.

Antes —recordó de pronto, — me decías algo del por qué habías estado ocupada —recapituló, — antes de que viniera la señorita —la ayudó a recordar también, por si acaso, para invitarla a continuar contándole lo que sea que estaba diciendo.

Laith disfrutaba mucho de escuchar a las personas, quizá era por eso que se había sentido en su salsa cuando tocó la psicología. Prestándole atención, le permitió contarle lo que ella quisiera. Quizá eso era lo bueno del sanador, que le gustaba hacer sentir a la gente escuchada y comprendida, por lo que se volvía fácil hablar con él, en especial porque se mostraba atento a todo lo que tuvieran los demás para contarle.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 14, 2019 2:02 am

Ay, la carcajada que soltó cuando Laith la leyó tan bien, fue de lo más divertida y sincera. Claramente Samantha no era de esas personas que esperaban a su amigo por llegar tarde. Sólo esperaría a Gwendoline, pero el resto… ¡al resto no, el resto que se aguante pero Sam se pide el donut y se lo come mientras espera por tu retraso! Así que sí, se tuvo que reír porque le parecía fascinante que Laith la tuviese tan calada en tan poco tiempo. Y se sorprendía porque es que valía hablar de cualquier cosa que Sam siempre se reía con todo lo que pasaba con él. Ya no solo con lo de que le pillase ‘su mentirijilla piadosa’, sino después cuando Sam abandonó la opción del donut porque al parecer ya se había pedido muchas cosas.

¿Y sabéis un secreto? Nunca es suficiente comida si son Laith y Sam quiénes devoran. Sobre todo si es dulce y hay chocolate de por medio. —¿Cómo que engordar solo? ¡Te voy a ayudar con ese flan! Ese flan no estaba en nuestro trato, lo has añadido a traición. Me invitaste a merendar, no a convertirme en foca —le reprochó entonces a él, divertida y, obviamente, sin hablar en serio.

No sabía por qué, pero adoraba ese tipo de conversaciones, tan banales y graciosas, cargadas de falsos orgullos heridos y mucho cariño. La camarera, por su parte, también se estaba partiendo con la conversación, aunque evidentemente no se metió en ella. Problemas de gordos se solucionan entre gordos. Al final se fue, siendo muy consciente de que ese donut tenía que estar en sus vidas, aportando su granito de arena a que hubiese más meriendas como esa.

Cuando habló de la discoteca y Sam evidenció el hecho de que hacía mucho que no iba a una, él sugirió un disfraz. Claro que sí, un disfraz. Todo el mundo normal y Sam va de pato a la discoteca para que no se le vea la cara. Lo miró con cara de pocos amigos, como si eso fuese una idea nefasta, ¿sabes por qué? Porque era una idea nefasta. —Te sorprenderá mi increíble valor y temerosidad, pero aquí donde me ves, tan buenita y que no rompe un plato, una vez fui a una fiesta de primavera en la Babylon disfrazada de Deadpool porque así no se me veía la cara y quería ir con mis amigas. —Y alzó las cejas en plan: ‘Soy toda una temerosa con la vida. Yo soy una antisistema, yo marco las reglas.’ Vamos, que cada vez que Sam quería poner cara de traviesa/malosa no le salía en absoluto. Cuando sugirió lo de invitar a Gwendoline, la legeremante sonrió. —Sinceramente, prefiero ir a una discoteca muggle. Creo que todos estaremos más cómodos y no se me pierde nada en una discoteca mágica.

Y entonces se lo dijo: el verdadero motivo por el que fue a esa discoteca fue porque había cumplido años. A decir verdad, Sam no sabía ni cuántos años tenía. Sabía que era unos años más joven que ella, ¿pero sinceramente? No sabía cuánto debía echarle. ¿Quizás veintiséis o veintisiete? Bueno, en realidad eso ahora le daba igual, pues el hecho de no haberle ni felicitado le hizo sentir mal.

Y como fue evidente que se sintió mal porque se había olvidado por completo, entre que lo tenía muy vago y todo su lío con lo de la casa nueva y todo, lo declaró en voz alta. —Jo, no te felicité. Diría que no sabía que era tu cumple, pero recuerdo que me lo mencionaste cuando yo te hablé del mío en diciembre. —Eso, eso, sinceridad ante todo. —¡Deberías habérmelo dicho! Un WhatsApp enfadado diciéndome que por qué no te felicito, que si te odio. ¡O un meme que haga de indirecta! Laith, tío. —Se cruzó de brazos, fingidamente ofendida, cuando en realidad el ofendido debería de haber sido Laith. ¡Pero no era justo! ¿Desde hace cuánto que se conocían? Era normal no acordarse del cumple, ¿vale? O eso quería hacerse creer ella misma. —Felicidades atrasadas, ¿o ya vale para ser la primera del próximo año? —Ladeó una sonrisa, por la broma. —¿Cuántos cumpliste?

De repente le recordó algo que le iba a decir antes y… entró en esa catarsis mental. Todo eliminado. Sin rastro de lo que iba a decir. Se quedó con los ojos abiertos, pensando detenidamente, mientras parpadeaba un par de veces. Se sintió como un patata retrasada, la verdad, ¿cómo era posible que se le hubiera olvidado lo que le iba a decir?

Pero tras unos segundos de pensamiento intenso, sonrió repentinamente, de verdad. Se le notaba que había recordado algo que le hacía feliz. —Eso. —Introdujo, casi para sí misma, al darse cuenta de que lo había recordado. —Que he estado ocupada estos días porque he acompañado a Gwendoline a mirar casas. Se quiere mudar a otro lado y… —Le cogió la mano a Laith sobre la mesa, emocionada. —¡Y me voy con ella! —Esa manera de mostrar los dientes y de entornar los ojos de ser tan risueña, demostraba que felicidad le sobraba en ese momento. Cualquiera diría que tan solo después de tres meses es precipitado, ¡y sin nisiquiera haber intimado todavía! Pero Gwen y ella se conocían desde los once, habían compartido piso tres años y… ¿de verdad les hacía falta estar más tiempo juntas como para saber que eran tal cual, la una para la otra? Soltó entonces a Laith. —Estoy muy ilusionada, pero me da miedo estar tan ilusionada —confesó, con sinceridad. Era triste decir eso, pero era la verdad. Así era su vida: ser feliz y tener miedo de ser feliz por si de repente esa felicidad desaparecía.
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Laith Gauthier el Jue Mar 14, 2019 10:26 pm

La risa de la rubia le dejó en claro a Laith que la había pillado totalmente, no estaba esperándolo por ser precisamente una buena amiga que espera a los demás. Creía sospechar que lo hizo porque si empezaba a comer, ya volvería a pedir cuando él llegase. Y por eso es que dramatizó al saber que iba a cambiar su pedido por no querer comer de más, ¡como si eso importase! Él estaba seguro que podía con la tarta, el donut, el flan, ¡y más!

En mi defensa —él la interrumpió, — fue culpa de ella que pidiese el flan, ¡no mía! —se refería a la camarera que no tenía ni idea que Laith encontraba difícil decirle que no a la comida. Por su tono, la joven no debería sentirse preocupada de que estuviera culpándola en serio, con la diversión latente en cada palabra. — Esto es increíble, María de las Puentes del Norte —le dio un nombre telenovelístico a la rubia.

Por supuesto Laith no estaba hablando de un disfraz de animal o a lo ridículo al decir que debía disfrazarse para entrar a una discoteca mágica, lo que tampoco iba muy en serio. Vamos, es que no le apetecía meter a Samantha en problemas sólo porque él quería salir a divertirse con ella, ¡con tantas discotecas nomaj que había! Ella le contó que había ido a Babylon, la discoteca de su amigo Matt, disfrazada. Creía recordar que él llevaba algún disfraz ridículo también, si la memoria no le fallaba. No recordaba a ningún Deadpool.

Qué aburrida —puso los ojos en blanco cuando le dijo que iría pero a un lugar no-mágico, pero no hablaba en serio. — Está bien, está bien, a una discoteca así, pero me vas a invitar tú la primera bebida —dramatizó, como si fuera un gran problema de la vida y tuviese que motivarse con algo. — Pero tiene que ir ella, para amenazarle que no debe hacerte daño, como buen amigo, ¿vale?

Casi le daba risa imaginarse amenazando a Gwendoline para que no lastimase a su amiga. Y seguramente lo haría, pero no en serio, ya que creía poder decir que aquella relación era linda sin tener que preocuparse por corazones desgarrados a propósito. Digamos que tenía experiencia reconociendo ese tipo de relaciones.

Por favor, no era la gran cosa, además, estuve todo el día trabajando como esclavo, ¿de dónde sacaba dos minutos para enviarte un mensaje dramático? —le gustaría decir que no había sido en serio, pero realmente estuvo todo su día de cumpleaños en el hospital de aquí a ahí. Casi él mismo se olvidaba que cumplía años, de no ser por las felicitaciones y regalos ocasionales que había recibido, en su mayoría comida, porque la gente lo conocía bien. — Un niño de pediatría me regaló un dibujo, fue muy lindo —fue el único que pensó que valía la pena mencionarle, porque Laith tenía un espacio sensible para los niños. — Gracias atrasadas, y adelantadas también —le guiñó el ojo. — Veintise-… Veintisiete —se corrigió a tiempo.

Todo el mundo se equivocaba cuando su cumpleaños había sido hace poco y de repente tenían que agregarle un año cuando les preguntaban la edad. Era gracioso ese repentino momento de pausa mental donde uno tiene que hacer memoria para recordar su nueva edad. Tanto como cuando uno intenta retomar un tema pasado sólo para darse cuenta que no lo recordaba en lo absoluto.

Samantha comenzó a hablarle de lo que iba a contarle, sintiendo su mano siendo atrapada por la de ella antes de darle la noticia. Laith sonrió ampliamente, contagiado por su sonrisa, tomando su mano y besándole los nudillos, mostrándole su felicitación. — ¿Entonces se muda y te vas con ella? ¡Eso es grandioso! ¿No es muy pronto…? Bueno, qué digo, me contaste que eran amigas hace tiempo, pero… Bueno, estoy muy feliz por ti, por ustedes —le dijo con toda su sinceridad y buenos deseos. — Todo saldrá bien, ya verás, disfruta las cosas buenas y deja de pensar en cuándo vas a perderlas —le riñó suavemente.

El sanador no era alguien que contemplase la idea de enamorarse y vivir junto con la persona amada, era algo que había abandonado hace años. Eso no le impedía, sin embargo, alegrarse por la felicidad ajena y querer formar parte de ella de la forma en que los demás se lo permitieran. Sabía que era típico de personas que habían sufrido mucho el pensar demasiado todo, pero Laith le aconsejaba que viviese el momento y que se alegrase por lo que sucedía. Ya luego y sólo si sucedía tendría tiempo de entristecerse. No tenía por qué suceder.

¿Ya han mirado la casa que quieren? ¿O todavía están considerando opciones? —le preguntó, entusiasmado y queriendo enterarse. — Estoy seguro que será un lugar precioso —sonrió, imaginándose lo feliz que tendría que estar su amiga al saber que estaba formalizando al grado de estarse mudando juntas.


Última edición por Laith Gauthier el Vie Mar 15, 2019 4:12 am, editado 1 vez
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Vie Mar 15, 2019 3:09 am

¿Crees que tengo problema en invitarte toda la noche a bebidas? Tendré mis problemas con el gobierno, pero tengo un trabajo respetable que me da un sueldo, ¿eh? Los tequilas correrán de mi cuenta esa platónica noche, cuando algún día me saques a una discoteca. —Prometió, sonriendo, pasándole el marrón a él cuando claramente la que más negativas pondría al respecto seguramente fuese ella. —Bueno, tequila no que me sienta mal, mejor jägermeister. Me gusta el jägermeister, ¿lo has probado? Ay, cuando era joven… —Entonces sonrió casi por inercia, recordando sus grandes fiestas universitarias. —¿Tu te acuerdas del ‘Comando Jäger’? Era un grupo de personas que trabajaban para esa compañía e iban a las fiestas universitarias con chupitos de jägermeister en probetas y si te tomabas una y te quitabas la camiseta, te daban ellos una camiseta y una gorra con su logo. En realidad era una mierda, pero borracha valía la pena hacerlo. Era gratis, ¿sabes? —Y se llevó la mano a la frente, recordando aquella época. —Nunca me quité la camiseta, he de decir, me daba vergüenza. Pero siempre me quedé con las ganas.

Evidentemente eso era en las fiestas universitarias muggles, no en las mágicas. Al menos Sam solía asistir más a menudo a esas, sencillamente porque le cogían más cerca de casa y se sentía más a gusto rodeada de muggles. —¿Amenazando a Gwendoline de que no debe hacerme daño? Yo creo que ni se le pasaría por la cabeza. —Sonrió, contenta, siendo muy consciente del sentido de protección que se tenían mutuamente y que era impensable el simple hecho de hacerle daño a la otra, fuera como fuese. Mira que en la universidad Sam entró en modo anti-relaciones por sus dos últimas relaciones nefastas, pero con Gwen era imposible pensar nada de eso. —Tenía que haber tenido un amigo como tú en mi época universitaria, hubiera estado bien que amenazaras a mis parejas de entonces. Ahí sí había alguna víbora sin sentimientos —dijo arrugando la nariz y negando con la cabeza, dando a entender que fue una mala época.

Le parecía fatal lo de su cumpleaños, pero cuando le escuchó, le miró con cara de estar convenciéndole un poquito. Pero muy poquito. Realmente no le convencía nada. —Venga ya, pero si me has mandado WhatsApp mientras trabaja para contarme cosas menos importantes o mandarme memes. A mí no me engañas, Alfredo del Pino del Sur. —Le puso esta vez ella a él un nombre de telenovela. —Qué lindo, ¿te dibujó a ti? —preguntó con respecto al niño. A Sam le daba mucha ternura—y penita por la experiencia que tendrían que estar viviendo—todos los niños que pasaban tiempo en el hospital, pero le encantaba pensar que personas como Laith estaban ahí haciéndoles esos días más llevaderos.

No le sorprendía en absoluto que se sorprendiese de que Sam se iba a vivir con Gwendoline por ser demasiado pronto, pues en una relación convencional, sin duda lo sería. Ninguna pareja se iría a vivir a los tres meses de estar juntas. Sin embargo, lo de ellas era una situación muy especial. —Doce años —enarcó una ceja cuando él cayó en que eran amigas desde hace tiempo. Vaya que si era hace tiempo… cualquiera diría que después de tanto tiempo, iban a terminar así. Luego sonrió ante la riña de Laith. —Ya, ya sé que debo disfrutar. Lo hago. Pero aún así tengo esa sensación. —No era la primera vez que la sentía. —Que conste que siempre evito pensarlo, pero no puedo evitar sentirlo. Es raro, ya sé que estoy rota, cállate. —No había dicho nada, pero ya veía otra riña y era una especie de protección ante lo inminente. Obviamente, sonrió, zarandeando la mano para pasar de tema. —Te avisaré cuando… eso, para que te pases. Y quiero que sepas que la despensa de todo lo dulce estará bajo llave mágica y candado mágico y protecciones mágicas cada vez que vengas a casa, porque te conozco y hoy no has hecho más que confirmare mis más oscuras sospechas.

Os podéis imaginar a la camarera, creyendo que su teoría sobre sus exnovios magos era cierta y que la rubia también tenía ciertas nociones de magia. Que ojo, el juego de Magia Borras te daba trucos muy buenos, quizás la rubia había adquirido ciertos trucos maestros para crear puzles que fueran algún tipo de llave o candado.

Para la muggle, todo era muy lógico y coherente.

Sam nunca había invitado a Laith a su casa actual, ni Laith a Sam a su casa. En realidad sería la primera vez y la rubia quería que lo interpretase, entre otras cosas, como una muestra de confianza total. Literalmente, la dirección de esa casa la sabrían personas que se podrían contar con los dedos de las dos manos y ya. Ante su última pregunta, asintió contenta varias veces. —Sí, de hecho… la acompañé a ella a ver una casa que había visto por internet y fue después cuando decidimos hacerlo juntas porque nos encantó. Y no sé, en realidad casi me paso más tiempo en su apartamento que en mi casa, así que me parecía tontería no hacerlo. —Hizo una pausa, pues se sorprendió de que apareció repentinamente la camarera.

Aquí tenéis: un americano cargado, tres donuts con chispas rellenos de crema y un flan por aquí. —Se lo puso delante de Laith, para luego mirar a Sam y empezar a dejar las cosas frente a ella. —Y... un café con leche, una porción de chocolate y un donut de chocolate por aquí, ¿todo correct…

Oye, este donut se ha infiltrado en mi pedido.—Interrumpió a la camarera. —¿Supiste interpretar mi cara de arrepentimiento cuando lo cancelé, verdad?

La chica rió divertida, abrazando la bandeja en donde había llevado las cosas.

No pude evitarlo, vuestra conversación fue muy graciosa. Un donut de chocolate no puede romper una amistad. —Y tras sonreír y sin ganas de interrumpirlos más, asintió con la cabeza. —Cualquier cosita me dáis una llamada. Que os aproveche.

Muchas gracias. —Y entonces Sam miró a Laith, señalando el donut y el flan. —¿Mitad y mitad, no? —Y tras ladear una pequeña sonrisa, cogió la azúcar empaquetada de su café para agitarla y que toda fuese hacia un extremo, porque si no al abrirla eso explotaba. —Nunca te pregunto pero siempre me surge la duda en casa, pero en el hospital, ¿en qué departamento trabajas o en qué te especializaste? Porque siempre me hablas de cosas que tengo la sensación de que son de sitios diferentes. ¿Eres polivalente? ¿Ahora estás en pediatría? —Preguntó con curiosidad, abriendo el paquete y, como sus temores más intrínsecos se olían, aquel paquete explotó y la azúcar cayó para todos lados. Sam miró a Laith con cara de patata idiota e inexpresiva, viendo toda la mesa llena de azúcar.

Ahora te llevo otro —dijo la camarera tras la barra, partiéndose de risa.

Odio esos paquetitos de azúcar, conspiran contra mí. —Y rodó los ojos, divertida, sacudiéndose el regazo. Estaba bastante segura de que el azúcar le había llegado hasta la cabeza.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Sáb Mar 16, 2019 10:34 pm

¿También van por tu cuenta los bailarines exóticos? —le preguntó con un fingido tono de inocencia. — Entonces está decidido, las llamaré para llevarlas a una discoteca y tú vas a invitar las bebidas —decidió, más con tono de decreto real. — Ese tipo de ropa regalada con logos de bebidas alcohólicas fueron mis pijamas durante casi toda la universidad, ¿sabes? Aunque no sé, siempre he sido más de bebidas preparadas —se encogió de hombros, en especial de adulto se había refinado un poco su gusto por la bebida.

Le gustaba pensar que así era, que no era necesario tener que amenazar a Gwendoline para que no lastimase a Samantha, pero la rubia sabía que era un dramático de la vida y de algo tenía que hacer drama, incluso del supuesto daño que esperaba que no sucediese realmente. Ella le dijo que sí que lo hubiese necesitado en la universidad, y es que las universidades son difíciles para las personas de buenos sentimientos respecto a las parejas. Pero le sonrió, haciéndole saber que la entendía, aunque entonces no había florecido su amistad.

Claro, pero es que… las cosas son complicadas, ¿vale? Sólo deja de hacer drama —movió su mano en el aire para apartar el tema de la mesa. Mejor le interesó mostrarle el dibujo, al que le había tomado una foto, y la buscó en su teléfono para mostrarle. Era un dibujo clásico de un niño, con lo que se presumía era Laith, él y una enfermera fuera del hospital, con un sol enorme y mucho verde. — Me ha hecho súper guapo, ¿eh? —le sonrió divertido, cuando apenas se distinguía que era él.

Se sorprendió cuando Samantha le contó que iba a mudarse junto con su novia, y en la misma medida que lo sorprendió se alegró por ella, cayendo en que ya llevaba mucho tiempo conociéndola: nada más y nada menos que doce años. Ese tiempo era suficiente para conocer los detalles de la gente, en especial ellas que ya habían vivido juntas y habían sobrevivido. Por no mencionar que era también un paso grande a haber formalizado su relación.

Más que rota: loca —la corrigió, divertido. — Tienes a la mujer que amas queriendo vivir contigo, y tú vas y piensas en cómo puede salir mal, es de estar locos —la apoyó al mismo tiempo que la molestaba un poco. Él también era de los que se sentían inseguros si se ilusionaban demasiado, pero igualmente pensaba que disfrutar el momento era lo más importante. — Mira tú, yo vengo a compartirte el amor por la comida y tú me alejas de tus dulces, me hieres —volvió a dramatizar, como si fuera un arte incansable.

Laith generalmente era más reservado cuanto a mencionar cosas mágicas en presencia de gente sin magia, pero sólo bastaba darle un vistazo a la camarera para ver que le divertía la conversación, probablemente imaginando que hablaban de la magia esa de juegos de manos y trucos visuales. Eso sin perder la atención a lo que ella le estaba contando sobre el hecho de que estaban mirando juntas casas y que habían decidido moverse las dos porque ya pasaban mucho tiempo juntas, e iba a hablar sobre sus sentimientos supuestamente heridos por verse hecho a un lado cuando llegó la camarera.

Gracias —le sonrió a la mujer, recibiendo su almuerzo de gordos. Se sorprendió gratamente al ver el donut extra. — ¿Ves? Ella sabe —la señaló con el pulgar, asintiendo en complicidad. — No, no, mitad y mitad sólo el flan —y señaló el flan para hacer hincapié en ello: sólo iba a compartir lo que él dijo que compartiría, ¡que el donut era de ella!

Le dio un pequeño sorbo a su café para asegurarse que supiera bien, y tomó su sobre de azúcar, sacudiéndolo y abriéndolo con cuidado para depositar todo su contenido dentro de la taza, casi como si estuviese haciendo un procedimiento muy delicado antes que simplemente condimentar su bebida. Le llamó la atención que tuviese una duda, parpadeando y mirándola unos segundos, como si le costara un poco entender su pregunta. Hizo un sonido de asentimiento, pero antes de poder responder, el sobre de azúcar de Samantha explotó.

Me pregunto cómo sobrevivo yo en la vida, y vas tú y explotas los sobres de azúcar —se burló, sacudiendo un poco con la servilleta los granos de azúcar que habían caído de su lado de la mesa. — Es otro nivel de inutilidad —le guiñó un ojo, mostrándole su sobre ahora vacío y perfectamente abierto. — Soy un milusos cualquiera —respondió, esta vez referente a su trabajo. — Más bien soy el comodín que usan para cuando falta alguien en cierta área —se encogió de hombros. — He por lo menos tocado todas las ramas de la medicina, en las que más me gustan hago especializaciones, dependiendo del interés, o me conformo con certificaciones, me gusta estar ocupado —o ser esclavo, si se lo preguntaban a sus amigas del hospital. — Tengo un currículum muy bonito, si algún día quieres verlo —sonrió, divertido. — Estoy considerando seriamente aplicar a un doctorado.

A lo largo de su época universitaria había adquirido conocimientos de lo más variados, y cursos para llenar huecos donde más le interesaba. Su estadía en Francia hace años le había dado herramientas en cuanto a medicina nomaj, lugar donde había hecho una maestría intensiva. No exageraba al decir que ese tiempo lo había usado sólo para formarse laboralmente, sin ningún tipo de vida social, ni vida en sí misma fuera de libros, aulas de clase y hospitales.

Soy muy competitivo, qué te digo —se encogió de hombros, dándole un bocado a un donut. — Gracias —le dijo a la camarera cuando les llevó más azúcar, interrumpiendo a Samantha con su mano para robarle el paquete y abrirlo él, para no desperdiciar más azúcar. — ¿Qué hay de ti? ¿Sólo te formaste en tu carrera? —preguntó, sin querer decir el nombre ya que la camarera estaba todavía demasiado cerca. — A veces pienso que debería encontrar a alguien que me enseñe, ¿sabes cuán grandioso sería para un médico poder leer la mente de las personas? —bajó su voz para que la joven no lo escuchara, sólo la rubia.

Sin que Laith se diese cuenta, una sombra le recorrió el rostro, porque sin haberlo pedido se le había cruzado por la cabeza el motivo por el que apenas había conseguido dormir los últimos días. Estaba preocupado, emocionalmente afectado por un paciente que tenía. Y había pensado infinidad de ocasiones en lo fácil que sería todo si sólo pudiese meterse dentro de su cabeza.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Lun Mar 18, 2019 1:48 am

¿No te pone nervioso que desconocidos te bailen eróticamente? A mi me pondría nerviosa. No sé, no lo he experimentado nunca, pero no. ¿Y la gente que hace streaptease? También me pondría incómoda. —La verdad es que siendo totalmente franca, sólo le interesaba el supuesto baile erótico y el streaptease si venía de una persona en concreto. Del resto no le veía para nada el atractivo. —Eso ya no entra en mi cuenta. Yo te emborracho, el resto ya… te lo curras tú. —Y le sonrió, divertida.

Ella también prefería bebidas preparadas, pero debía de admitir que por aquella época universitaria, si tenía que elegir algún licor fuerte para los chupitos, prefería indudablemente el jägermeister que el dichoso tequila. ¡No sabía qué tenía la gente con el dichoso tequila, si es que era horrible no, lo siguiente! La gente se bebía el tequila como si fuese agua y Sam nunca lo entendería.

Le enseñó el dibujo del niño del hospital, a lo que Sam lo miró con una sonrisa de idiota en la cara. Era un dibujo típico de niño, el típico que es feo pero como es de niño lo ves con otros ojos y siempre dices que es bonito. Otra cosa no, pero animar a la creatividad de los niños era primordial a esas edades tan pequeñas, para motivarlo a seguir mejorando y desarrollándose. —Yo creo que te ha hecho más guapo de lo que eres, sobre todo con ese desnivel en el tamaño de los ojos, ¿eres en realidad bizco y no me he dado cuenta en todo este tiempo? —Se metió con él, con una sonrisa cómplice. —También creo que ha acertado con el gran tamaño de tu cabeza. Siempre he pensado que eres muy cabezón. —Y se rió, pues evidentemente estaba de broma.

¿Loca ella? ¡Loca de amor! Vale no, pero era cierto lo que decía. A veces le daban ganas de castigarse cual elfo doméstico sólo por los pensamientos que tenía o lo idiota que era a veces con Gwendoline. Así que tragó saliva y sonrió casi con resignación. —Ya, ni rota ni loca, soy un poco idiota. —Y rió, para pasar del tema. Lo que Sam tenía que hacer era, sencillamente, olvidarse de todo lo que le persigue del pasado y enfocarse sólo en lo que tiene en el presente. Punto. Ni pasado, ni futuro, sólo el ahora.

La camarera vino con la comanda y no se le pasó el donut que Sam en realidad no había pedido. La rubia asumió que ese donut era a mitad, como el flan, pero entonces Laith volvió a traicionarle, diciéndole que ese donut era solo para ella. Sam abrió la boca, sorprendida, frente a ese ataque de gordura. —Eres un ser despreciable —le dijo dramáticamente, señalando el donut. —¡Yo queriendo compartir mi gordura contigo y ahora eres tú el que me lo niega en la cara! El karma, Laith. Piénsalo. Como hagas que me coma esto yo sola, al final el karma hará que tu metabolismo cambie y te volverás gordo.

Entonces le preguntó por su trabajo, pues hacía tiempo que tenía curiosidad más intrínseca y ver que hacía, más allá de ser un medimago en San Mungo. Las especialidades siempre le habían gustado, sobre todo porque decían muchos de las personas. Aunque claro, el sobre de azúcar le explotó justo en mitad de la pregunta y hubo un pequeño inciso en el que quedó claro quién era la inútil de aquella pareja de amigos.

Sin embargo, se limitó a limpiar la azúcar de todos lados mientras la camarera le llevaba otro sobre y ella prestaba atención a lo que decía el chico. —O sea, has trabajado en todos lados y te has especializado en lo que más te ha gustado, ¿he de suponer que tienes especializaciones en el ámbito mental, no? Por lo del estudio que estás haciendo. Aunque bueno, el ámbito mental es como super enorme. —Para la edad de ambos, era imposible que hubiesen tocado todas las ramas. —Oye, pues sí que me gustaría verlo. ¿Doctorado de qué?

Y como el café parecía haberse hecho a la temperatura a la que se funde el acero, Sam lo dejó reposar un poco mientras con la cucharilla partía un poco de su tarta de chocolate y la probaba. No opuso resistencia cuando Laith cogió su paquete de azúcar para abrirlo, tan caballero como él solo. Él si que sabe identificar las carencias de una dama y ofrecerse voluntario para suplirlas.

Cuando le mencionó la legeremancia y su evidente uso tan útil en el campo médico, Sam asintió mientras se comía aquel bocado de tarta. Estaba deliciosa, a veces pensaba si se podría casar con comida. —Sí, sólo me especialicé en eso. Después me especialicé para poder ejercer como maestra, ya que no quería darle ningún otro uso que no fuese enseñar a otras personas. Lo estudié por vocación y porque adoro todo lo que tiene que ver con la mente y los recuerdos, pero no por su uso en otras situaciones que no sean estudios o médicas. Realmente me parece una rama de dudosa moralidad y de invasión de la intimidad. Y si ya lo combinas con la manipulación mental… —Ella también había empezado a hablar bajito, encogiéndose de hombros. Sí, había llegado a utilizar la legeremancia en su beneficio, ¿pero acaso le quedaba otra opción? —Siempre he querido darle un buen uso. —Y de hecho, cuando ayudó a Gwendoline después del Imperius de Hemsley, sentía que la legeremancia realmente valía para hacer cosas buenas, y no solo cosas malas. Y el caso médico, como había dicho Laith, era otro ejemplo totalmente válido. —Por ejemplo, lo que has dicho tú de poder leer la mente de los pacientes, es otro uso en el que la legeremancia también tiene un buen uso. Hay pacientes que ni pueden expresarse, o incluso hablar. Tener a tu disposición esta habilidad… te haría empatizar realmente con ellos y entenderlos. —Hizo entonces una pausa. Llevaba montón de tiempo sin enseñar a nadie, pero la verdad es que se había dedicado a eso casi cinco años. —Llevo años sin enseñar a nadie, pero podría ayudarte si estás interesado. La legeremancia no solo te ofrece la capacidad de leer los recuerdos, sino de sentir las emociones de las personas. Para ti casi que ni te haría falta saber lo que piensan, sino más bien cómo se sienten.

La camarera no escuchaba nada, además de que como había entrado una familia con sus dos hijos, se había fijado en ellos y había dejado de prestar atención a los dos amigos. Así que Sam se llevó otro trocito de tarta a la boca, cruzando una de sus piernas sobre la otra. —Sería un buen añadido a tu currículum, ¿no? —Ladeó una sonrisa. —Aunque la gente a veces lo ve como algo malo. No es la primera vez que un mago me mira mal al decirle que soy legeremante. No se sienten muy cómodo frente a alguien que puede leerles sus recuerdos sin que él se entere.
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Laith Gauthier el Miér Mar 20, 2019 11:33 am

Depende, ¿es un desconocido sexy? Aunque en realidad no me gusta mucho pagar por entretenimiento de ese tipo si puedo conseguirlo gratis —fue honesto con ella, haciéndole ver que su entretenimiento pagado por ella era broma. — Pero, te pone incómoda… ¿que sean extraños? Apuesto a que no te pondría incómoda si fuera otra persona —se sonrió travieso, mirando a otro lado como si se hiciese el desentendido.

Cuando le mostró el dibujo del niño, le dio gracia que siguiera la broma con lo guapo que lo había hecho, en especial porque en el dibujo tenía una cabezota y era bizco con unos ojos raros. El dibujo le había hecho ilusión, porque era bonito poderse ganar el cariño de un niño que está en una situación de salud delicada y no lo está pasando muy bien. Los miembros del hospital eran un poco su conexión con el mundo externo, estando encerrado en una habitación.

Un poco —hizo una distancia pequeña con sus dedos cuando Samantha se llamó a sí misma idiota. No porque realmente creyese que lo era, sino porque pensaba que era un poco absurdo querer mortificarse por algo que todavía no sucedía. Ella tenía una relación bonita y estable, y era todo lo que necesitaba pensar.

La camarera le agradó a Laith en cuanto le dio a la mujer el donut que había quitado de la lista, leyendo en ellos la gordura y que su amistad no debía arruinarse porque uno no acompañaba al otro a engordar. A pesar de eso, Samantha creyó, la ingenua, que iban a compartir el donut, por lo que rápidamente el sanador le hizo saber lo contrario. Que él ya parecía bastante gordo con tres donut como para comerse la mitad de otro.

¿Yo? —se defendió. — ¡Tú fuiste la primera que quiso abandonarme! —la acusó de vuelta, porque justamente así había sucedido, ¿por qué iba a pagar por el plato roto, o, más bien, por el donut no ordenado? — No sabía que eras así, qué feo que me desees tanto mal —dramatizó en cuanto escuchó que el karma haría que su metabolismo cambiase y acabase engordando. — Mala amiga.

Cuando hablaba de especializaciones, en realidad hablaba de las más generales, y no de las subespecializaciones que uno podría hacer, porque la vida no le daba para eso. Pero esperaba que en algún momento sí que tuviese oportunidad de jactarse de haber tocado todas y cada una de las especializaciones médicas, así tuviera ochenta años para eso.

Estudié psiquiatría, y estuve un tiempo en cirugía como asistente de neuro, aunque es jodidamente complicado —le contó su experiencia con el ámbito mental a nivel neuronal. — También estudié psicología, aunque, vamos a ver, que un poco de trampa sí he hecho, ¿eh? Conseguí revalidar muchas materias de medicina con medimagia —porque había muchas que se parecían entre sí, y si las estudiaba en un sitio no necesitaba estudiarlas del todo en el otro, por mucha o poca magia que hubiera de por medio. — Estoy pensando en Ciencias Médicas —comentó sobre el posible doctorado en que iba a meterse.

Le preguntó sobre sus estudios mientras le servía la azúcar como todo un caballero, en realidad evitando que volviesen a explotar y la camarera pensase que además de gordos eran subnormales. La verdad no era otra que esa: seguramente hubiese en la cabeza de las personas muchas cosas que uno no quería ver, y posiblemente fuese desagradable llegar a entrar de lleno en sus pensamientos y emociones. Era por principio un poco desagradable para él notar ciertas cosas por su conocimiento en el ámbito médico, por lo que comprendía bien lo que era saber algo que no se deseaba saber realmente.

Se sorprendió un poco de escuchar que había estudiado para ejercer como maestra, escuchando con atención todo lo que decía acerca de su carrera. Incluso se ofreció a enseñarlo si estaba interesado, y Laith se permitió dudarlo por un momento, preguntándose introspectivamente si realmente quería aprender legeremancia.

Creo que necesito pensarlo un poco —sonrió, admitiéndole que lo dudaba un poco. — Quiero decir, sé que es útil, pero… Soy un hombre muy sensible, ¿sabes? —confesó una de sus debilidades, que Laith nunca había considerado un defecto, si bien no siempre le había sido de ayuda. — No sé si sea adecuado… —sus palabras iban bajando su tono, como si un pensamiento se le hubiese colado. — ¿Sabes qué? Es una buena idea —se corrigió de repente, sin aparente motivo.

Deshizo una de sus donut en pedazos pequeños para comerlos a bocados, intentando darle un sorbo a su café volcánico pero sin atreverse en último momento. Estaba pensando en algo mientras tomaba un trozo de la dona con crema y se lo comía.

Tengo un paciente de psicología, hace tiempo no ejercía —empezó a contarle algo, en confidencia. — Tiene siete años, huérfana viviendo en una casa de acogida —se encogió de hombros, comiendo otro trozo de donut y limpiándose los dedos con una servilleta. — Creo que me involucré demasiado con el caso, llegó porque pasó del mejor rendimiento escolar al peor tras llegar a su nueva casa de acogida, anormal al periodo de adaptación, habían pasado por varios psicólogos y una amiga me pidió ayuda —le explicó cómo había acabado involucrándose él. — Pero ella me empezó a hablar de esta criatura, un monstruo que vive debajo de su casa y que siempre sonríe aunque no está feliz, al grado que desde poco luego que todo comenzara tengo pesadillas con eso, ¿te imaginas? —se sonrió, como burlándose de sí mismo, pero duró poco. — No tengo pruebas, pero he estado pensando que quizá no sea sólo un invento, no es raro que los niños creen monstruos para protegerse de la realidad, pero son sospechas y eso me deja con las manos atadas, y estoy frustrado, pienso que quizá si pudiera ver dentro de su cabeza y localizar el origen de “El señor Sonrisas”, podría… No sé, ¿encontrar algo?

Era una acusación muy grave, motivo por el que no la había compartido con ningún colega profesionista, y ni hablar de los padres de la niña. Normalmente le gustaba no pensar lo peor de las personas, pero con tanto tiempo y poco progreso empezaba a quedarse sin opciones. Había descartado afecciones incluso, al grado de que la idea de que no fuera un “algo” sino un “alguien” parecía peligrosamente real.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Vie Mar 22, 2019 1:00 am

Sí, claro, que sean extraños porque... —Lo interrumpió nada más escuchar su pregunta, pero no le pasó inadvertido lo que decía de si fuera otra persona. Automáticamente se cayó al escuchar eso y notó como la sangre le subía a las mejillas. Claro que sabía a que otra persona se refería, a lo que no pudo evitar ruborizarse porque evidentemente ese caso en específico lo que menos le pondría es incómoda. —Te odio —dijo finalmente, de manera divertida, aún notando sus mofletes calientes al imaginarse a esa persona haciendo un streaptease.

No entendía cómo es que, desde siempre, hablar de ese tipo de cosas siempre la ponían tan roja. Era muy pudorosa de relaciones hacia afuera, pues luego hablar de esas cosas con su pareja o su actitud frente a ese tipo de situaciones era muy diferente de lo que se podría esperar de alguien tan vergonzoso.

Y bueno, ya Sam sabía que era idiota, por lo que cuando Laith se lo corroboró, no hizo más que poner una mueca de resignación. La verdad es que Sam no quería ser idiota con Gwendoline, así que estaba en proceso de solucionar todo lo necesario para dejarse de tantas tonterías. Si es que podía, claro. No iba a un psicólogo, pero hablar con Laith le ayudaba en esas cosas, pues sentía que por mucho que le dijera lo que fuera, él ni la iba a juzgar, ni tampoco iba a decírselo a nadie. Es decir: Sam es una fugitiva, ¿a quién le iba a hablar de ella? A nadie.

Pero Laith... —Se quejó, mimosa, cuando dijo que había sido la primera en abandonarle, que era feo desear el mal y que era un mala amiga. —Soy un ser débil por naturaleza, perdóname. Pero si salgo de esta puerta con una barriga de tres meses, caerá sobre tu consciencia. Me habrás dejado embarazada de donut.

Pero ya dejando la gordura de ambos atrás, Samantha se interesó por la carrera de Laith, pues nunca le había preguntado en profundidad con respecto a eso. Además, parecía que el medimago no era sencillamente un sanador convencional, sino que se había especializado—por mucho que él dijera que no—en cierto ámbito mental. Así que claro, prestó atención mientras se comía su tarta de chocolate con lo que parecía mucha concentración. Pero tranquilos: era mujer. Podía prestar atención a Laith y disfrutar de la tarta al mismo tiempo.

Bueno, yo creo que queda claro que tu rama favorita tiene que ver con la cabeza, ¿no? —Curvó una sonrisa, contenta. —Es decir, todo lo que me has dicho al final tiene que ver con ello, aunque sea desde distintas perspectivas. Siempre me ha gustado mucho todo eso, aunque he de admitir que me conformo con leer artículos de psicología en Internet. —Se encogió de hombros, en plan 'culpable'. —Ahora Gwendoline está estudiando medimagia y le robo los apuntes de psicología para leerlos. ¿No te gustaría meterte a psicólogo? Aunque te conozco desde hace poco, se te daría bien: sabes escuchar. Y con la experiencia que debes tener en el hospital... seguro que sabes lo que decir o cómo tratar a las personas. —Opinó de manera totalmente arbitraria por su experiencia con él, pero de verdad que le daba la sensación de que era una persona muy atenta que siempre intenta ayudar al resto.

Le ofreció enseñarle legeremancia, ya que después de saber todo su historial, algo le decía que esa habilidad le vendría bastante bien. Además, el hecho de enseñarle ese tipo de cosas alguien como Laith, que se había implicado tanto incluso en el estudio de recuperación de memoria, era para ella como un aval de que iba a utilizar eso bien y no para hacer cosas feas.

Pero entonces le explicó el por qué de estar interesado en la legeremancia y Sam dejó incluso de comerse la tarta durante ese tiempo de explicación porque le pareció muy interesante. Esbozó una pequeña sonrisa frente al hecho de que hasta él mismo tuviera pesadillas, pero en realidad no era nada gracioso, sino que fue una sonrisa casi cómplice. Cuando dijo lo del final, Sam se apoyó hacia atrás en la silla, observándolo pensativa, directamente a los ojos.

Es complicado, ¿eh? —Suspiró suavemente, dispuesta a darle una opinión totalmente sincera. —Ahí entra justamente esa cuestión moral de la que te hablé de la legeremancia, a la que mucha gente no le gusta. ¿Que es perfectamente plausible hacerlo porque lo estás haciendo por una buen motivo y para ayudar a su paciente? Sí, claro. De hecho con tus intenciones, que no son para nada malas, podría ser una buena solución e incidir en el problema que pueda tener la niña para poder ayudarla. ¿Pero que sigue siendo una intromisión mental inmoral? Pues sí. La mente de cada persona es privada, aunque sea una niña. Y creo que coincidiremos en pensar que meternos en la cabeza de otras personas no es nada bonito, ¿verdad?

Partió otro trocito de su tartita con la cuchara y se la llevó a la boca, comiéndolo con tranquilidad. Cuando lo tragó, continuó hablando.

O sea, ya te digo yo que a mí me daría mucho respeto meterme en la mente de una niña en la que sospechas pueda tener un trauma, ¿sabes? Sobre todo por cómo viven esas cosas los más pequeños: ¿de verdad quieres meterte en mitad de una mente tan inocente que lo va a percibir todo muy diferente a ti? —No iba a dar explicaciones de más, pero asumía que Laith sabría que si te metes en la mente ajena con legeremancia, no solo ves los pensamientos, sino que también sientes lo que la otra persona sintió. —¿No crees que la niña te cuente lo que le pasa realmente? Digo hablando, de tú a tú.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Dom Mar 24, 2019 11:44 pm

El sanador se animó a molestar a su amiga cuando empezaron a hablar de bailes exóticos preguntándole si iba a sentirse incómoda también si otra persona realizaba el baile. En ese lenguaje en clave, los dos estaban seguros de a quién se estaba refiriendo, a juzgar por la forma en que se encendía en colores el rostro de la rubia y, finalmente, le declaraba su odio mientras él jugaba al inocente, mirando a otro sitio como si no hubiese dicho nada malo.

Por otro lado, le dio risa que le intentase hacer sentir mal para que compartiesen el donut. — Si en algún momento pensé en ayudarte, ya no, estoy herido —dramatizó, apartando el rostro y con una mano en el pecho, como si le doliese intensamente. — Tomaré toda responsabilidad y culpa, si yo puedo sobrevivir a eso tú puedes sobrevivir a una barriga de tres meses, y si te sirve de consuelo yo voy a tenerla de cinco con todos estos donuts —e hizo un gesto con dirección a su plato.

Laith era más bien humilde, y por eso no le gustaba hacer como la gran cosa las cosas que había conseguido. Incluso si lo eran para la media, él tenía hambre de más (conocimiento, no donuts), y no se sentía satisfecho con lo que había logrado. No sólo había tocado especializaciones en la cabeza, pero su investigación era la evidencia de que era lo que más le llamaba la atención, si la cuestión era elegir.

La verdad es que no serviría mucho de psicólogo profesional —le comentó según su punto de vista, — es decir, es interesante, tú también lo sabes, ¿no? Pero… hay personas que sirven para eso, y personas que no —que era completamente comprensible. — Hay personas que somos como esponjas, y todo lo absorbemos, para bien y para mal, ser psicólogo requiere cierta entereza y frialdad para no acabar necesitando también un psicólogo —sonrió divertido y resignado a un tiempo. — Me gusta escuchar y dar consejos, incluso hay quien dice que soy bueno en ello, pero hacerlo ya a nivel laboral… es complicado —confesó.

Era verdad que había cierta psicología hasta en la medicina del resto del cuerpo, pero era a un nivel muy distinto al de un psicólogo. Para sus amigos, además, era ese hombro para llorar, el oído que escuchaba y una palabra de aliento. Trabajar haciendo eso era, de cierta manera, no un privilegio sino una obligación, y podía llegar a ser extenuante para alguien que se involucraba demasiado. Y la prueba máxima era el caso que estaba atendiendo en ese momento, que se deslizaba hasta en sus sueños y empezaba a afectarle a nivel personal.

Samantha, con una perspectiva mucho más objetiva del caso, y hablando desde la experiencia del legeremante, le puso sobre la mesa la situación de una manera mucho más claro y moral. Ella pensaba que estaba mal entrar a la cabeza de una niña, incluso si lo que estaba haciendo era por un buen motivo. Y le atacó con una estocada cuando claramente le hizo notar que él mismo sabía que entrar a una mente ajena no era agradable, a lo que suspiró y recargó su mentón en sus nudillos, con el codo en la mesa, pensando.

¿Crees que yo lo pensaría si tuviese otra opción? —exhaló, tomando otro bocado de su donut partido mientras se envolvía un momento en su propia mente, mirando su plato por unos segundos antes de volver a mirarla a los ojos. — Llevo meses con esto, y he descartado todo, no hay desórdenes mentales, no puede ser “cosas de niños” por lo reincidente que es, no hay algún factor que me haga pensar que puede estar involucrado, he intentado hasta psicoterapia alternativa y ella no habla conmigo, empiezo a creer que no porque ella no quiera —enumeraba con los dedos de su mano desocupada cada cosa que había ido sacando de la lista.

Analizó lo que él sabía, y lo que Samantha le había dicho para tratar de buscar algún hilo, algún prisma desde el que no había intentado mirar que le dijera una respuesta. Laith, más que nadie, quería estar equivocado, porque no podía tolerar la idea de que algo le hubiese sucedido a esa niña.

Tienes razón en una cosa: las mentes inocentes perciben las cosas de forma distinta a la de un adulto, en especial cuando… Sólo piénsalo, es una niña que ha rotado toda su vida en hogares de acogida, nadie la ha enseñado cómo responder sanamente a las emociones negativas —le dio su opinión profesional. — Ha crecido sin una persona firme que la proteja, como podría ser un pariente, así que creo que no estoy tan equivocado en pensar que tuvo que buscar su propia manera de protegerse: cerrándose a la realidad y justificándolo todo en su mundo irreal. Ella no me lo dice porque, dentro de su mente, lo que me cuenta es la verdad —era algo a lo que le había estado dando vueltas desde hacía unas semanas hacia acá. — Puede ser intimidante, y quizá algo cruel e invasivo, ¿pero sabes una cosa? Creo que sobreviviría a eso si puedo ayudarla, porque no es por mí, mi vida va a seguir resuelva o no lo que sucede… Para ella, en cambio, será más difícil.

Ese era el verdadero problema de la situación, que sentía que mientras estaba intentando pensar otras alternativas, el tiempo iba pasando y él no estaba ayudando. Su credibilidad profesional podía verse en juego si llegaba a dar fe a un juicio de valor que al final resultaba estar errado, y era algo que no podía permitirse a menos que estuviese cien por ciento seguro. Para eso, necesitaba todas las piezas del rompecabezas.
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Sam J. Lehmann el Lun Mar 25, 2019 3:32 am

Lo que respondió en cuanto a lo de ser psicólogo no le sorprendió, pues todo lo que decía le hacía sentirse muy identificada con él. Uno de los motivos por los que había dejado de lado un poco la idea de meterse en mentes ajenas cuando no era estrictamente necesario era precisamente porque ella era una persona demasiado empática que no podía mostrarse fría frente a lo que veía o sentía en ellas, por lo que aquello había terminado por influenciarle más de lo que le hubiera gustado después de tantos años. Sobre todo y más que nada en su época de fugitiva. Hacer de legeremante del propio Sebastian Crowley fue muy duro para ella, ese asqueroso había hecho que Sam viese todo lo que podría hacerle tanto a ella como a sus seres queridos y que no se le olvidase en ningún momento.

La rubia entonces curvó una sonrisa. —Eres bueno en ello —le dio la razón a quién sea que lo hubiera dicho anteriormente. —O al menos en la parte que me toca. —Y tras una leve pausa en donde tomó un trocito de tarta, asintió con la cabeza mientras continuaba mirando a la tarta. —De todas manera te entiendo: si las cosas te afectan, al final arrastrarlas contigo es complicado. A mi me vale con que seas mi psicólogo personal: prometo no traumatizarte con mis problemas. —Y le sonrió, divertida por sus propios pensamientos: tal y cómo estaba su vida ahora mismo, estaba claro que ya no le traumatizaría ni en broma. El pasado ya era otro tema.

Era tan complicado hablar de ese tema… Porque piénsalo: ¿por qué, pese a todo, no se usa la legeremancia como método médico frente a diferentes situaciones reguladas por San Mungo? Se utilizaba para los dichosos juicios en Wizengamot, que era pura corrupción política, y no se atrevían a meter aquella misma capacidad en lugares en donde realmente pudiesen ser útiles en la práctica y salvar vidas. Desde siempre la legeremancia ha estado mal vista porque, quieras o no, tiene intrínseca la violación de la privacidad hacia otras personas y eso es así, sin embargo, si la utilizabas bien, para cosas útiles que pudieran salvar vidas, esa dualidad moral empezaba a tener más importancia. Pero claro, ¿por qué querría el Ministerio de Magia llevar a sus legeremantes a San Mungo pudiendo tenerlos en el Ministerio para los juicios o en el Área-M para las torturas?

Es por eso que todo lo que le decía Laith le parecía tan interesante, porque perfectamente podría ser un caso en donde el uso de la legeremancia podría estar totalmente legalizado y tendría un uso totalmente útil que sólo conseguiría resultados positivos, pues sea lo que sea lo que hubiese dentro de esa cabecita, el médico al cargo—que en ese caso era Laith—sacaría las soluciones a sus teorías que todavía no tenían apoyo real. Y con eso podría hacer un tratamiento o lo que considere necesario para que la niña sea feliz.

Y, fuera de todo este tema tan serio: ¿os habéis dado cuenta lo rápido que habían pasado de llamarse gordos, odiarse por no compartir gordura y de repente hablaban tan seriamente de temas tan profesionales con una solemnidad impropia de los dos niños que empezaron esa conversación hace ya un rato? Como la camarera prestase atención de nuevo, pensaría que está frente a dos personas totalmente distintas a las de antes.

Tal y como explicaba todo Laith… la verdad es que daban ganas de mandarlo todo a la mierda y acudir a la forma más fácil sólo para poder ayudar a aquella niña y que pudiera tener una vida mucho más sencilla. Daba pena pensar que, fuese cual fuese el trauma que hubiese tenido, tuviera que vivir con eso en su interior de manera totalmente injusta. Una persona tan pequeña que no sabe lidiar todavía con la vida iba a continuar condicionada por eso. Y si ya a Sam le había costado tanto salir adelante, siendo una persona adulta, inteligente y con cierto valor por la vida, ¿esa pequeñita qué iba a saber y cómo iba a enfrentarlo todo?

Carraspeó entonces y soltó aire fuertemente. —Jo, Laith, es que… Te voy a ser totalmente sincera. —Le dijo finalmente, pasándose el pelo por detrás de las dos orejas con sus manos antes de mirarlo a los ojos. —Teniendo en cuenta lo que nos ha tocado vivir a nivel político, social y… todo eso, me guío mucho por lo que creo correcto y justo, valorando lo establecido sólo como una opinión personal. —O al menos se había afianzado a esa manera de hacer las cosas cuando tuvo libertad para ello, pues con el Crowley moviendo los hilos de sus decisiones, poco más podía hacer. —El caso es que… ya metiéndome en mi manera de ver las cosas: si tú crees que el problema está en la mente y que con eso puedes llegar a ayudar a la niña, da igual lo que opine el resto de personas. Es decir, ya te aviso que si cualquier persona que desconozca el caso sabe que eso es lo que vas a hacer, probablemente juzguen tu manera de trabajar. Y lo malo de todo eso es que, depende de quién sea o lo que suela hacer, pueden sembrar la semilla de la duda en tus métodos como medimago. Si a ti te da igual lo que pueda ocurrir a raíz de eso o estás seguro de que tienes pruebas suficientes como para que nadie te meta en la mierda por eso… —Porque la gente, de verdad, no entendía lo mal aceptada que estaba la legeremancia en situaciones así. —Pues entonces hazlo.

Picó otro trocito de tarta que había partido antes y se lo llevó a la boca, comiéndoselo con seriedad. Parecía que la pobre tarta tenía culpa de algo, pero en realidad es que el tema le había activado otro chip diferente. —Me encantaría ofrecerte mi ayuda, pero ni puedo entrar a San Mungo ni mucho menos me veo capaz de meterme en la mente de una niña si crees que lo que pueda haber ahí de verdad puede ser... complicado de asimilar. —¿Cobardía? Bueno… ella no había estudiado medimagia. Y ya bastante cosas feas había tenido que soportar aún así. —Quizás incluso no tengas que acudir a la legeremancia. Los métodos de los desmemorizadores están más aceptados socialmente y quizás alguno de ellos pueda buscar el principio de ese mundo irreal. —Evidentemente la labor de un legeremante sería mucho más efectiva y seguramente más fácil y rápida, pero los desmemorizadores estaban especializados precisamente en un nivel de legeremancia muy técnica para buscar y manipular los recuerdos precisos, por lo que quizás no tenía que acudir a una intervención de un legeremante. —No sé, piensa las opciones. Seguramente tengas más fácil acceder a uno de ellos que, de todas maneras, estar aprendiendo legeremancia para ser tú mismo quién entre en la mente de la niña. No es fácil y lleva su tiempo tener una intromisión bien hecha y libre de riesgos. Y desmemorizadores hay muchos, por ejemplo, la misma Gwen ahora mismo está de prácticas en San Mungo y ella es desmemorizadora.

Eso no lo había dicho de manera consciente ni con ningún tipo de doble intención. No pretendía meter a Gwendoline en ningún tipo de compromiso sin contar con ella antes, sino que la puso como ejemplo para darle a entender que los desmemorizadores eran mucho más accesibles y estaban mejor visto que los legeremantes y que, quizás, podían ser suficiente para lo que él necesitaba. Por darle opciones que no fuera...
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Laith Gauthier el Jue Mar 28, 2019 12:28 am

Gracias, valoro que te preocupes por mi salud mental —le sonrió divertido en cuanto ella le dijo que no iba a traumatizarlo si era su psicólogo personal. Aunque tenían un enfoque muy distinto, la psicología y la legeremancia tenían en común que requerían saber poner una barrera para que lo que descubrieran no les afectara en sus vidas personales, por lo que se sintió altamente comprendido por la rubia al quererle explicar que era difícil ser psicólogo para la gente como él.

Demostrando que no sólo eran dos niños con azúcar de cerebro, abordaron un caso del trabajo de Laith con tal seriedad que alguien que les hubiese visto antes jamás pensaría que pudiesen llegar a tener. Seguramente era por eso por lo que habían resultado comprenderse tan bien; podían ser tanto compañeros de bromas como adultos comprensivos.

Había, sin embargo, un pequeño inconveniente entre su conversación, que era el problema fundamental con el que Laith se estaba enfrentando, y se dio cuenta sólo en el momento en que Samantha matizó que podría tener más apoyo de otro tipo de gente con habilidades mágicas que él mismo aprender legeremancia para intentar ayudar. Y sonrió, porque eso también formaba parte de algunas cosas que había considerado para cerrar tajantemente el caso, negando con la cabeza nada más ella le sugirió utilizar a un desmemorizador.

Sería muy fácil, ¿sabes? Demasiado fácil —¿no era esa la cuestión? — De no ser porque es una niña sin magia, en un hospital sin magia, y no es como si pudiese pedir ayuda para que alguien vaya a ver a una niña así, ¿sabes? —le explicó dónde residía el problema fundamental del por qué no había conseguido resolverlo rápidamente. — Por lo que no es nada sencillo encontrar un legeremante o un desmemorizador que realmente pueda ayudarme —se echó hacia atrás en la silla, resignado y frustrado a un tiempo. — Por más que piense que sería fácil y valga la pena.

No había, en su caso, algún ojo que juzgaba y le dijese que no hacía bien su trabajo como medimago, porque no era medimagia de lo que hablaban. Hace mucho tiempo el asunto había dejado de ser sobre él, y se había volcado en intentar encontrar respuestas que no estaban congeniando con el puzzle que tenía. Y ahí yacía el segundo problema: podría pedir, sí, ayuda a alguna persona que estuviese en la medicina mágica si ahí fuese la cuestión, pero ya que no podía, hablaba de requerir ayuda a amigos suyos y ponerlos en la situación de no saber con qué van a encontrarse, sospechando que no sería bueno.

No voy a ir a decirle a Gwendoline “Hola, hemos hablado unas cinco veces pero necesito tu ayuda para una experiencia posiblemente traumática, ¿te apuntas? Soy amigo de tu novia”, ¿verdad? —le dijo, burlándose de la idea de que aceptase, cuando la verdad lo pensaba bastante improbable. — Así que si quisiera hacerlo mis oportunidades se reducen a gente que conozca y sea confiable, que son más o menos —hizo el amague de contar con los dedos, — uno: tú, para que me enseñe cuando menos, o qué sé yo, la verdad es que no me siento cómodo pidiéndote que lo hagas tú.

Era raro cómo había llegado a esa cita sin saber qué demonios hacer, y acabase con la gloriosa idea de realmente aprender legeremancia para conseguir resolver el caso como si fuera algo totalmente plausible. O esperaba que eso sucediese y no acabase justo donde había empezado, habiendo perdiendo bastante tiempo.

En el hipotético caso de que yo hipotéticamente te pidiera que lo hicieras, ¿qué me hipotéticamente dirías? —recalcó que todo era un caso hipotético y que no lo estaba haciendo, bajo ninguna circunstancia, pero quería saber cuál sería su respuesta para mantenerse sin considerarlo. Porque le había dicho que la ofrecería si no tuviese riesgo de ser encerrada y el peligro que corría dentro de una mente así, ¿ahora sin el riesgo de San Mungo podría haber algún cambio? — Si te molesta, sólo olvida que pregunté —fue claro, ya que no quería arruinar el buen ánimo de la salida.

Se animó a meter la mano para dejarle uno de sus trozos de donut, estirando una de sus comisuras en una sonrisa traviesa, con clara intención de comenzar con una nueva discusión sobre la gordura, antes de comerse él mismo otro trozo de donut. Y finalmente pudo beber con tranquilidad de su café, que aún estaba caliente pero no al punto de derretirle la boca con un sorbo.
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