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Old friends...[Abigail T. McDowell]

Christopher M. Darkblood el Miér Mar 06, 2019 4:47 pm

20 de Marzo
Invierno
Restaurante del Caldero Chorreante.

El tintinar de los cubiertos resonaba en mis oídos, por parte de los comensales que se hallaban ingiriendo sus cenas. En el restaurante del Caldero Chorreante, siempre se distinguían esa clase de sonidos, junto a animadas conversaciones de adolescentes sobre lo que harán en sus próximas vacaciones. O de adultos desahogando sus penas a través de la comida, como si aquellos trozos de carne grasienta pudieran rellenar el vacío que ha producido su tristeza en su interior. Seres inferiores que no merecían mi atención, ya que poseían menos interés que un trozo de excremento en un zapato. Sin embargo, me encontraba sentado en una de esas mesas al tener un encuentro con Abigail, la nueva y retorcida ministra de magia. Una mujer que había alcanzado el poder a base de traiciones, derramamiento de sangre y más de un plan retorcido. Una fémina que conocía bastante bien de mis años de estudio en la escuela Hogwarts, ya que compartimos casa y se podía decir que éramos de la misma generación. De hecho, debido a nuestras personalidades tan gélidas y especulativas con el resto de seres humanos, parecía casi un milagro que hubiésemos trazado algo parecido a una amistad entre ambos. Normalmente, dos depredadores natos como nosotros se despedazan entre sí, ya sea por sus intereses de poder o por el simple hecho de estar en el camino del otro.

Sonreí brevemente al pensar en todo aquello, en lo presuntamente casual que fue el cómo nos conocimos, una ocasión que podría no haber no sucedido, por motivos que no voy a mencionar en este texto. Solamente diré que estos andan relacionados con alumnos lloricas y algún que otro rastro de sangre por el pedregoso suelo del castillo. Dejando aquellos recuerdos en un rincón de mi mente, me dediqué a contemplar si los cubiertos y la copa que estaban colocadas en la mesa estaban inmaculados. No soportaba percibir algún rastro de imperfección en objetos que fueran a ser manipulados por mis manos, y más en una cena. Simplemente, no toleraba errores, sobretodo en lugares destinados a servirte con la mayor eficiencia posible, a cambio de tus galeones. Tras una breve comprobación con mis manos de mencionados utensilios, concluí que estaban en el mejor estado posible, considerando el estatus del local. Yo hubiese preferido ir a un restaurante con mayor nivel gastronómico y de clase social, pero si ambos deseábamos compartir novedades de nuestro trabajo, un sitio ajetreado y mundano como aquel era ideal. Dudaba bastante que nadie de aquel recinto nos prestara atención entre tanto borracho pidiendo alcohol casi a gritos en barra, y a adolescentes contándose sus mamarrachadas sin prestar demasiada atención a la comida.

Eché un vistazo a mi reloj de muñeca y advertí que eran las nueve menos cinco de la noche, lo que indicaba que faltaban cinco minutos para la hora acordada de nuestra cita. Lo cierto es que había llegado al lugar con media hora de antelación, ya que soy de esas personas que les gusta albergar un extra de tiempo para ocasiones de este calibre, por si surge algún imprevisto. Aunque también dudaba de que Abigail tardara mucho más en llegar, lo que recordaba de ella era que uno de sus puntos fuertes era la puntualidad, así que me permití relajarme ligeramente sobre el respaldo de la silla, teniendo cuidado de no arrugar mi traje. Mientras tanto, cogí una de las dos cartas que había sobre la mantelada mesa, y comencé a leer los diversos platos que ofrecía la cocina del local para satisfacer tu apetito. Eran platillos que por su elaboración no pasaban del seis en cuanto a evaluación, pero sí que era cierto que podían salvarte de un apuro si realmente albergabas un hambre voraz en tu estómago. No obstante, al escuchar un par de tacones caminar hacia mi mesa, detuve mi lectura por completo y cerré la carta con una sola mano. Alcé la mirada y allí estaba, la nueva ministra de magia, peligrosa pero irresistible con sus cabellos restallantes de puro fuego, observándome con aire expectante, con sus luceros de color esmeralda. Y con una media sonrisa pícara que me transportó brevemente a nuestra época escolar, concretamente al primer gesto que reconocí en su rostro aquella vez.

Deposité el menú sobre la mesa y entrelacé los dedos de mis manos, concediéndole el lujo de mostrarle una sonrisa medianamente relajada en mi rostro, como si no me quisiera echar atrás ante su desafío. – Vaya, vaya, al fin te has dignado a aparecer. Comprendo que tus obligaciones te tengan bastante ocupada. Pero al menos podrías haber tardado menos tiempo en dar cita a un viejo amigo. ¿No crees? – la interpelé sin borrar el semblante anterior, en el tono tranquilo y sosegado que me caracterizaba, a pesar del pequeño reproche que acababa de arrojarle. – Al menos espero que me brindes una velada agradable, y podamos compartir viejas anécdotas como dos adultos medianamente normales. Al fin al cabo, compartimos hasta casa en Hogwarts. Es lo mínimo que puedo pedirte. ¿No es así? – añadí mientras realizaba un gesto rápido con los dedos al camarero más próximo a nuestra mesa, para captar su atención y nos comenzara a tomar nota. En cuanto llegó el sirviente con su delantal y su bloc de notas, desvié la atención por un momento de la pelirroja para atenderle brevemente. – Buenas tardes, por favor, sírvame un whisky de fuego, bien cargado, de momento para beber. Aun me encuentro eligiendo lo que voy a ingerir para cenar. ¿Y bien, Abigail, que deseas tomar tú? Este muchacho debe cumplir con su trabajo. – le inquirí mientras el camarero nos observaba a ambos tras apuntar mi comanda de bebida, expectante por saber de los deseos de la mismísima ministra de Magia, a la cual había tratado como una persona más del local, a pesar de su poder político. Pero por mucho cargo que ostentara, para mi seria siempre la misma pelirroja diabólica que disfrutaba mutilando arañas y torturando sangre sucia en sus ratos libres, por los pasillos de la escuela.
Christopher M. Darkblood
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Christopher M. DarkbloodTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Sáb Mar 09, 2019 4:35 am


Ese día había quedado con Christopher, una amistad que conservaba desde bastante joven. Probablemente, de las pocas amistades que habían durado a través del tiempo, aunque no fuesen realmente íntimos. La verdad es que tenía bastante claro que si habían durado tanto tiempo con esa relación, era porque ambos eran lo suficientemente retorcidos y conocían muy bien al otro como para tener muy claro que las confianzas debían de ser las justas. Muchos años compartiendo no solo trabajo en el Ministerio de Magia, sino también fuera de allí, unidos por una misma ideología y una misma causa.

La pelirroja siempre exigía puntualidad, por lo que ella no iba a ser quien llegase tarde a las citas. Le parecía no solo una falta de respeto, sino también de educación. Así que llegando unos minutos antes de la hora, entró por la puerta del Caldero Chorreante, sintió como las miradas de muchas personas se posaron en ella, algunas con sorpresa y otras con admiración. Ese lugar era de los más seguros y tranquilos de todo el entorno mágico y sabía que tanto los dueños como los que lo visitaban, probablemente serían de fiar. Ningún grupo de fugitivos con más de dos neuronas funcionales atacaría un lugar así si no querían terminar ellos como fiambres.

Los borrachos de la barra miraron a la Ministra casi con un interés impuro, mientras que los adolescentes animaban a uno de sus amigos a que fuese a hablar con la pelirroja. Le convenía a ese adolescente no ser convencido por sus estúpidos amigos, porque probablemente Abigail no tuviese compasión con un pobre chico de veinte años, hormonado y algo ebrio, que decide abalanzarse sobre su inalcanzable amor platónico.

Por su parte, evidenció todo lo que había allí y se centró en lo que había ido: Darkblood, quién estaba sentado en una de las mesas del lateral. Sus tacones no pasaron desapercibidos y si bien el olor de la característica comida del Caldero Chorreante le transportaba al pasado, debía de admitir que nunca había sido muy fan de ese lugar. Se juntaba mucha gente y la pelirroja nunca ha sido de tener que soportar a mucha gente. Sin embargo, ahí estaba, frente a su compañero Christopher. Ante sus primeras palabras, la pelirroja no dudó en mirar su reloj de muñeca, dándose cuenta de que todavía quedaban tres minutos para la hora real, aunque luego se dio cuenta de que él no se refería al ‘haber llegado tarde’ sino más bien al haber tardado en darle una cita totalmente extraprofesional. Bufó levemente, quitándose su abrigo para ponerlo en la silla contigua junto a su bolso y así poder sentarse justo en frente de Christopher. Justo al hacerlo, lo miró para hablar:

—Probablemente tengas razón. —Le dio la razón, pues pese a que había tenido ya dos años de trabajo intensivo para sacar al país adelante, no iba a mentir diciendo que no había tenido tiempo. —Nunca he destacado por cuidar a mis amistades, supongo que ya lo sabes.

Y claro que lo sabía: Abigail McDowell era la persona que más despego social y sentimental tenía con las personas de su entorno. Era muy fría, tanto con amigos como familiares. Y él que llevaba conociéndola tanto tiempo debía de saberlo mejor que nadie.

Cuando le ‘exigió’ al menos una velada agradable, la pelirroja enarcó una ceja.

—¿Cuándo has tenido una velada desagradable a mi lado? —le preguntó, de manera suspicaz, curvando una media sonrisa. —No te creas que por ostentar un puesto, normalmente dirigido por aburridos, me he convertido en uno de ellos. Todavía el trabajo no me ha quitado nada más que tiempo. —Y quizás un poco de paciencia. Aunque ella quería pensar que en realidad la estaba ganando.

El camarero apareció para tomar nota y pese a que tenía una carta delante, no le hizo falta cogerla en ese momento.

—Bourbon, doble  y seco. —
Pidió al camarero, quién respondió con educación tratándola por su renombre de Ministra.

Su bebida alcohólica favorita era con diferencia el whisky, pero no le gustaba demasiado el whisky de fuego. Tenía un sabor muy diferente y no le agradaba, sin embargo, se había hecho fiel fanática del convencional, sobre todo el de la marca americana. Con lo patriótica que parecía de todo lo que rodeaba Reino Unido e Inglaterra, cualquiera diría que prefería el whisky de otro país.

Cuando el camarero se fue a por las bebidas, fue cuando Abigail se tomó la molestia de coger la carta para recordar lo que había. Hacía años que no iba ahí. Se había habituado a ir a lugares de mayor categoría, sobre todo para comer, pues para beber hasta el bar más cutre cumplía con su propósito. No iba a negar que con los años había subido de categoría y ella sabía que se había acostumbrado no solo a cosas más caras, sino también más lujosas. Así que mientras ojeaba, habló, mirándole por encima de la carta.

—¿Has elegido el Caldero Chorreante para poder rememorar viejos momentos con mayor facilidad? Recordaba a un Darkblood con mejor gusto a la hora de elegir restaurante al que llevar a una mujer. —Hizo una pausa, sin más intención que picar su orgullo con sus palabras y su sonrisa pícara. —Ahora que soy Ministra de Magia me imaginaba algo mucho mejor que un típico y aburrido Caldero Chorreante.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Christopher M. Darkblood el Sáb Mar 09, 2019 4:26 pm

Rodé los ojos levemente ante su concesión de razón, como si aquel hecho fuese algo obvio. Aunque también se podría considerar una pequeña victoria moral tratándose de la mismísima Abigail. ¿Cuidar amistades? Me conformaba con que, en todos nuestros años de amistad, no se me hubiera tirado al cuello para arrancármelo de cuajo, por ambición o por mero placer. Pero aquellos eran pensamientos que jamás iba a revelar a la pelirroja frente a mí, y menos con el cargo que esta ostentaba en ese momento.  Ya habría tiempo para molestarla con afilados comentarios en momentos más adecuados. Con el paso del tiempo, había aprendido a la fuerza a tratar con aquella mujer de rojizos cabellos, sobre todo durante nuestra época escolar. A saber, cuándo tirar de la cuerda y cuando aflojarla, para evitar que se rompiera en mil pedazos. Mientras ella hablaba, deslicé la mirada ligeramente hacia un grupo de adolescentes que la miraban con aire lascivo, prácticamente la fornicaban con la intensidad de sus globos oculares. Una visión desagradable que concluí rápidamente revelando a la luz mi mirada más perturbada, que daba la inquietante impresión de que en cualquier momento podía ir hacia su mesa y degollar a todos ellos con el cuchillo que había sobre el dosel de nuestra mesa.

Su terror me infligió una pequeña sonrisa y me concentré nuevamente en mi vieja amiga, la cual estaba seguro de que se habría percatado de lo que acababa de hacer, como en los viejos tiempos. – Hablas con alguien que puede contar sus amistades con la mitad de los dedos de su mano. Simplemente no pierdo el tiempo tratando de entablar relaciones con los peones que voy utilizando en el día a día. – repliqué mientras dirigía una mirada de soslayo al camarero que se apresuraba con apariencia estúpida e inquieta a hacer realidad nuestra comanda, sobre todo la de la mismísima Ministra de Magia. – Mejor no voy a responder a esa pregunta, porque se que contiene una trampa en su interior. Te conozco lo suficiente para saber eso. Aun así, espero que les des peso a tus afirmaciones esta noche, en el mismo lugar donde íbamos a comer cuando tan solo éramos unos mocosos hormonados hasta las cejas. Adolescentes con grandes ambiciones que aterrorizaban a los de nuestra misma generación. – respondí con algo de tardanza, al haber deslizado mi atención anteriormente a aquella panda de muchachos imberbes. Los cuales estaba seguro de que en ese momento estaban pidiendo la cuenta al mesero más cercano para salir corriendo del local a toda pastilla, dominados por el miedo que podían llegar a infundir los oscuros pozos que eran mis luceros en ocasiones, si les daba el enfoque suficiente.

Mientras aguardaba mi ardiente whisky de fuego, no pude evitar alzar una ceja ante su picara pregunta en cuanto a mi elección del Caldero Chorreante como lugar de encuentro. Y más con el retintín oculto que se hallaba en sus palabras, sobre las mujeres que yo hubiese podido invitar a una cita. Cuando sabía perfectamente que hacía años que había perdido el interés romántico en las mujeres, por considerarlo una distracción de mis verdaderos objetivos vitales. Si es cierto que no me escaseaban las sutiles ofertas de algunas de las trabajadoras del Ministerio que me encontraba en mi día a día, ofrecimiento que sospechaba que entrañaban algo más que una simple cena en un restaurante bonito. Sin embargo, ninguna de ellas lograba causarme el mínimo interés como para siquiera considerar sus invitaciones. Féminas mundanas sin ningún poder o influencia que pueda ser de mi interés me provocaban poco más que un aburrido bostezo. – He elegido este lugar porque pensaba que te recordaría a tu infancia. Pero claro, se ve que he olvidado por un momento con quien estoy tratando. La implacable Abigail Tirsa McDowell, que es capaz de tirar edificios abajo solo por su implacable ambición. Descuida, para la próxima te traeré a un restaurante digno de tu nuevo puesto de trabajo, la pastora de este rebaño de ovejas llamados magos. – una respuesta que terminó al mismo tiempo que aparecía el camarero con nuestras fuertes bebidas colocadas en una bandeja plateada, aguardando a ser devoradas por nuestras gargantas.

Sin dejar de observar a mi taheña amiga, permití que el sirviente depositara mencionadas bebidas sobre el mantel de la mesa, un gesto en el que remarcó aún más su estúpido nerviosismo, como si albergara temor a agraviar a la ministra de magia o a sus amistades. Ignorando tal percepción, me percaté una vez más de la razón por la que aquellos críos se agitaron con esa vehemencia hormonal al ver a Abigail entrar al local. Su oscuro atuendo era sugerente, además de diferenciador al resto de comensales que se encontraban allí. Y más si le añadimos el aura de poder y seguridad que emanaba por doquier, otorgándote la sensación de que estabas ante una reina que ostentaba el poder de ejecutarte al mínimo agravio que le causases. Un terror que podía a llegar a ser en cierta manera sensual para algunas personas, por eso de lo que llaman “La atracción del poder”. – Te iba a preguntar en un principio como te encuentras y demás, pero observando la reacción de ciertas personas en el local, creo que esa cuestión está de más. En fin ¿Qué quieres hacer? ¿Hablamos sobre los viejos tiempos o pasamos directamente a los negocios? Como ministra de magia que eres, por esta vez te dejaré escoger el tema de conversación de esta noche. Aunque no te acostumbres, no es algo que suela conceder muy a menudo, como bien sabes. – le consulté mientras deslizaba una mano sobre la mesa hasta alcanzar mi ardiente bebida, dándole un pequeño sorbo, el cual prendió mis entrañas casi al instante. Un futuro embotamiento que me ayudaría a obviar los cientos de pares de ojos que nos observaban a ambos de manera descarada. Vigilando cada movimiento que realizaba su reina, cada plato que ella degustara de la carta, para posteriormente pedirlo ellos mismos, como cascaras vacías sin personalidad. Unas carcasas sin alma propia gobernadas en aquel momento por la mujer de azafranada cabellera que estaba frente a mí, con su astuta sonrisa habitual, la cual ocultaba una compleja variedad de intenciones en su interior.
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Christopher M. DarkbloodTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Jue Mar 14, 2019 1:21 am

Las amistades sin duda no eran su fuerte, pero Abigail sí que tenía una red de contactos y aliados leales a ella que tenía en bastante alta estima. Era consciente de que no podía confundir meros contactos profesionales con amistades, pero para ella era lo más cercano que tenía y en el ámbito en el que se movía. La verdad es que teniendo en cuenta cómo era su modo de vida, los aliados y los contactos de confianza era lo más parecido que tenía a una amistad real.

—Me siento especial —ironizó con una sonrisa ladeada cuando ella se encontraba en esa mitad de los dedos de su mano, como una posible amistad. La verdad es que nunca había tenido problema ninguno con Darkblood, le parecía una persona fría y muy suya, pero al igual que ella misma. Probablemente por eso cada uno respetaba el espacio del otro y habían durado tanto tiempo con esa relación tan cordial. Además, independientemente de sus anécdotas en Hogwarts o la universidad, era un buen aliado junto al Señor Tenebroso. No sólo les unía las raíces de la adolescencia, sino el camino que cogieron después. —Claro que tiene trampa, todas las veladas a mi lado son maravillosas. —No por nada la llamaba ‘Señorita Ironías’ su asistente. Luego se limitó a curvar una pequeña sonrisa. —Yo sigo siendo una adulta que aterroriza con sus ambiciones, ¿acaso tú no?

No le pasó desapercibido la mirada que le echó a los adolescentes que estaban en la entrada. La verdad es que a Abigail le daba igual como la mirasen, siempre y cuando no la molestasen. Adoraba con todo su ego y narcisismo ser objeto de atracción para cualquier persona y que babeasen por ella. Sin embargo, al parecer Christopher prefería que no hubiese nadie mirando de esa manera tan lasciva a su acompañante.  

—¿Sabes que mi infancia fue una mierda, no? —preguntó retóricamente cuando dijo que había elegido eso por recordarle a su infancia, ¿acaso no había peor época? Ella asumía 'Hogwarts' como adolescencia y su infancia lo previo a Hogwarts, claro. —De todas maneras esto me recuerda a mi transacción entre mocosa inútil recién graduada y proceso de adulta responsable. No era tan mala época. —Cuando escuchó ese ‘Tirsa’ de los labios de Christopher, casi recibió un escalofrío y puso un mohin un tanto desdeñoso. Odiaba ese dichoso nombre, le parecía lo más horrendo escrito por el ser humano. Si es que se notaba que su madre le odiaba, como para llamarla así. —Eso espero, ¿esa próxima será pronto o tardarás en pedirme otra cita tres años? —Le picó, ladeando el rostro mientras cogía el whisky que había dejado el camarero y probaba un sorbo.

¿Qué quería hacer? Ella había ido allí con un par de propósitos: beber un rato en compañía de un viejo compañero y hablar. Quizás picar algo no estaría mal, pero la verdad es que no tenía mucha hambre. Las opciones que le ofreció Christopher era o hablar de la vida, o hablar de negocios. La verdad es que ambas opciones le daban un poco de pereza en ese momento, sobre todo la última: llevaba todo el día trabajando. Qué menos que despejarse un poco. Tampoco es que fuese una mujer de hablar de su vida privada y personal, pero seguro que había algún tema que era mejor que hablar de negocios.  

—¿Y si elijo hablar sobre pingüinos vamos a tener que pasar toda la velada hablando de pingüinos? No sé yo si te veo capaz de mantener el tipo con tamaña conversación de conocimiento tan elevado. —Mencionó con sarcasmo, para posar el vaso de whisky sobre el mantel y observar a Darkblood. —El pasado me aburre y los negocios son mi día a día, por lo que de tener que hablar de ellos, prefiero que sea al final. Cuéntame algo que no sepa y que vaya a interesarme, ¿todo bien por tu departamento?
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Christopher M. Darkblood el Sáb Mar 16, 2019 12:07 am

Las amistades en bastantes ocasiones suelen antojarse complicadas, por el mero hecho de que el ser humano en sí lo es. Y muchas de ellas acaban hechos añicos por nimiedades tales como diferencia de ideales o de opinión en algún tema en concreto. La amistad se podría definir como un hilo fino y transparente, el cual se puede quebrar al mínimo movimiento brusco por parte de alguno de los dos extremos de los que está sujeto. Sin embargo, con McDowell había alcanzado un nivel de camaradería como pocos hay en esta vida.  Dos serpientes de peligroso veneno que se entendían casi a la perfección, en muchas ocasiones sin necesidad de usar palabras para ello. Una sola mirada en el momento adecuado me era suficiente para transmitirle algún tipo de emoción que solamente ella debía captar y viceversa. Aunque si que era cierto que guardaba cierto temor a que su sangriento ascenso a Ministra de Magia acarreara que desdeñara viejas amistadas como la mía. Era algo que podía ocurrir, debido a la cantidad de nuevos aduladores que le surgirían por todas partes gracias a su nuevo e importante cargo. Pero tras las breves palabras que intercambiamos nada más comenzar nuestro encuentro, ese tenue recelo se evaporó con rapidez.

Una sonrisa asomó mi rostro ante una nueva muestra de su femenina picardía, la cual la dotaba de un sentido de la ironía fantástico, el cual se marcó por completo en sus palabras. – No lo dudo, la escalera que usaste para ascender a tu puesto actual así lo demuestra. – respondí justo antes de darle un nuevo sorbo a la copa de whisky que andaba consumiendo, sintiendo una vez más su fuego abrasador, aunque en menor medida que en el primero. Realicé un pequeño gesto con los dedos de las manos, por haber tenido el descuido de sacar su infancia como tema de conversación. Por un momento olvidé que aquella época no había sido del todo grata para Abigail, un dato que sabía de hacía unos cuantos años, pero mi momento simplemente no creyó oportuno recordármelo. Supuse que sería un leve fallo de la funcionalidad debido a la edad y a la multitud de golpes y heridas que había sufrido mi cabeza en múltiples duelos por todo el mundo. Rodé los ojos ante su pulla, la típica que se le arrojaría a un adolescente nervioso por tratar de invitar a cenar a la chica que le gustaba. Una clase de mofa a la que ya debería estar acostumbrado por la cantidad de lustros que hacía que conocía a aquella maldita mujer. No obstante, de alguna forma u otra, siempre lograba sacarme un poco de sus casillas, era una especialista en ello.

- No te preocupes, que para la próxima trataré de reducir el tiempo de espera en un año o menos. Como bien sabrás, también soy un hombre ocupado. – le repliqué con un leve asentimiento de cabeza, reafirmando mis anteriores palabras. En mi departamento estaba habiendo bastante más trabajo de lo normal en el transcurso de los últimos meses, debido a la alta actividad de los fugitivos por toda Gran Bretaña, buscando derrocar de alguna manera al nuevo gobierno que se había impuesto ante sus narices. Infelices que aun creían que podían ganar aquella guerra después de las grandes pérdidas sufridas por su bando. Ilusos que acabarían en una tumba más temprano que tarde, ya sea por mi propia varita o la de mis camaradas. - ¿Pingüinos? Prefiero no hablar de animales. Con Shadow y Ciro ya estoy más que cubierto en ese tema, la verdad. – le expliqué sacando a la luz sin tapujo alguno los nombres de mis dos únicos compañeros no humanos. Shadow, un feroz lobo al que me encontré en plena noche en uno de los tantos perdidos bosques de Inglaterra, el cual casi me devora a dentelladas en nuestro primer encuentro. Y Ciro, una fiel águila que a la vez que se encargaba de mi correspondencia era una compañía más que agradable en mis tardes de meditación y descanso.


- En mi departamento albergo una cantidad incesante de labores, sobre todo en estos últimos meses, debido a la molesta actividad de los fugitivos. No está siendo del todo sencillo cortar esos cabos sueltos. – una superficial descripción de lo que estaba aconteciendo en mi zona de trabajo, dentro del Ministerio. Tampoco deseaba profundizar en exceso en ello, porque podía convertir aquella velada de distensión en una asamblea de trabajo. Pero sí que debía de explicarle al menos el estado actual de mis investigaciones, por el bien de la estabilidad de su nuevo y reluciente mandato como Ministra. – Resistencias por aquí y por allá, que tratan de contraatacar con las escasas fuerzas que poseen. Gusanos que me encargaré personalmente de aplastar con la bota de la ley, para que así tu regencia pueda durar años y años en paz y armonía. –añadí y con un chasquido de dedos volví a convocar al mismo camarero que nos había atendido en la comanda anterior. – Bien, ya he tomado mi decisión respecto a la cena. Tomaré un Roast Lamb con salsa de menta, del cual se muestra en esta carta es la especialidad del restaurante. Siendo así, no espero nada más que el mejor sabor cárnico posible. ¿Y bien, Ministra, que tomara usted para cenar? – la interpelé con un tono de sutil ironía en mis palabras, en forma de una pequeña venganza por su burla, usando a propósito su nuevo cargo para ello.
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 19, 2019 2:58 am

Ella era bien consciente de que la culpa de que ese tipo de veladas se hiciesen con tan poca regularidad era tanto de ella como de él. Por norma general, de hecho, lo lógico sería que alguno de los dos contactase con el otro por algo que necesitasen y no sencillamente para intercambiar una agradable conversación banal. La pelirroja nunca había sido de esas que quedan solo para hablar, pese a que en ese momento lo estuviese haciendo por un viejo amigo y un intento de utilizar ese tipo de situaciones para evadirse de sus responsabilidades aunque fuese por unas horas. El trabajo de Ministra de Magia acarreaba un estrés con el que por suerte estaba consiguiendo lidiar, pero con el que tenía que tener cuidado si no quería terminar matando a alguien por el camino.

—Soy consciente —le respondió, sin echarle nada en cara. Era sabido por todos que el trabajo en el Ministerio de Magia Británico era duro y amplio, sobre todo porque McDowell había hecho que todos los departamentos cambiasen las pilas y empezasen a producir mayores efectivos. Con los fugitivos por ahí no podían bajar la guardia en ningún momento.

Christopher contestó con tremenda seriedad al tema de los pingüinos, haciendo que Abigail negase con la cabeza. Evidentemente estaba bromeando: ella tampoco quería hablar de dichosos pingüinos. Ella tenía un elfo doméstico y un cuervo, pero había hecho que el elfo doméstico se cuidase tanto a él mismo como al cuervo, por lo que realmente es como si no los tuviera. Corax el cuervo y Feto el elfo doméstico. Estaba claro por qué animal albergaba al menos un poquito de respeto; y no era precisamente el elfo doméstico.

La pelirroja estaba bastante al corriente de todos los métodos de contingencia que el Ministerio de Magia había estado haciendo para solucionar el problema de los terroristas en la resistencia mágica, más que nada porque por mucho que ahora que ella estuviese en un puesto político, siempre tendría alma de guerrera y no quería quedarse al margen de nada de eso. De hecho, después del ataque radical en el Mundial de Quidditch, hace dos años, esa guerra se había vuelto muy personal para Abigail y ella misma se había metido bastante de manera independiente a buscar información sobre las localizaciones radicales.

—No está siendo sencillo para nada y la verdad es que eso me desespera bastante —respondió con sinceridad, pues no era un secreto que la Ministra de Magia quería ante todo acabar con la resistencia mágica de traidores y ladrones de magia. —No me gusta pararme a trabajar mientras siento que sólo estamos esperando un nuevo ataque por parte de los radicales. No deberíamos permitir eso y lo peor de todo es que somos incapaces de pararles los pies.

Sonaba duro, tal cual era la realidad. Lo había dicho con cierta rabia, porque realmente era un tema que no le gustaba tocar porque sacaba lo peor de ella. Entonces Christopher llamó de nuevo al camarero, a lo que McDowell abrió la carta y ojeó por encima algo que le llamase la atención mientras él pedía lo suyo. Cuando llegó su turno, no tuvo duda ninguna.

—Solomillo con salsa de champiñones. Patatas fritas de acompañamiento. La carne bien hecha —dijo mientras cerraba la carta y se la daba al camarero, quién se fue por donde había venido.

Entonces volvió a mirar a Darkblood, cogiendo su whisky para tomarse otro poco. Pese a que pudiera parecer que se había evadido por completo de lo que le rodeaba, la pelirroja siempre tenía los cinco sentidos puestos en todos lados. No sería la primera, ni la última vez, que recibiría un ataque estando en un lugar público, por lo que nunca bajaba la guardia.

—Sé que este tema saca lo peor de mí. —Introdujo, dándole a entender que si Abigail podía ser terrible, ese tema sacaba literalmente la peor parte de ella. —Ha pasado ya mucho tiempo desde que cogimos el poder y ellos han durado mucho tiempo ahí fuera, escondidos y preparándose para con un golpe recuperar lo que creen que alguna vez fue suyo. Si bien no podemos dar con ellos, lo que hay que hacer es esperarlos sin que vuelvan a cogernos otra vez desprevenidos: tener una defensa férrea, sin fisuras y muy efectiva. Sus intenciones son claras y tarde o temprano volverán a atacar. Lo que hay que hacer es evitar que cualquier intención les salga exitosa y no frenar la prosperidad de nuestra sociedad y nuestro gobierno por la tensión de que ocurra algo.

Porque tampoco podían seguir perdiendo fuerzas en intentos en vano en buscarlos y erradicarlos, pues ellos tenían la ventaja en su terreno. Así que si no podían ir a por ellos, lo que tenían que hacer era prepararse para cuando fuesen atacados. Que no les cogiesen con la guardia baja.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Christopher M. Darkblood el Dom Mar 24, 2019 2:42 am

Observé como el whisky de mi copa fluctuaba en el vaso, mientras escuchaba con atención las palabras que me dirigía Abigail. Una serie de intervenciones dialécticas que me evadieron de cualquier otro pensamiento que pudiera albergar en el interior de mi mente. Palabras que ejercitaron los engranajes de mi ingenio para buscarles una respuesta adecuada y concisa, que satisficiera sus expectativas respecto a la velada que estábamos disfrutando aquella noche. Sin embargo, en breves lapsos de tiempo, tal cosa me parecía imposible, debido a la bruma de preocupaciones que asaltaba las corrientes de mis pensamientos, trasladándome a un plano diferente al de aquella noche. Distracciones que me acontecían más a menudo de lo que era de mi agrado, y que en muchas ocasiones lograban que las escasas interacciones sociales que perpetuaba con otro ser de mi misma especie fracasaran de manera estrepitosa. En el 90% de las veces tal decepción no me causaba gran pesadumbre. No obstante, no podía permitirme que aquello sucediera con una amiga de la infancia como Abigail. Así que me obligué a prestar más atención a lo que sus carnosos labios tuvieran que pronunciar, evaporando cualquier niebla aisladora que pudiese amenazar el constante flujo de mi mente.  

Asentí brevemente ante la muestra de sus frustraciones respecto al asunto de los fugitivos, un quebradero de cabeza que estaba inquietando hasta a los altos mandos de nuestra organización. Aquellas sucias ratas estaban consiguiendo crear un cisma de intranquilidad y nerviosismo que no favorecía en lo más mínimo a la estabilidad del naciente gobierno de Abigail. Una circunstancia que parecía afectar sobremanera a esta, por la inflexión que poseían sus palabras al tratar este tema. Un azoramiento que yo y mi departamento trataríamos de aplacar con todos los recursos que disponíamos, para asegurar la solidez de su mandato. Era una tarea que le debía a una de las escasas amistades que aún conservaba en el mundo mágico. – No te preocupes. Mi departamento detendrá a esos indeseables a la mayor brevedad posible y podrás disfrutar de un gobierno estable y sin fisuras. ¿Qué porque lo sé? Muy simple, porque yo estaré al mando de tales operaciones. -  le respondí con completa seguridad, endureciendo mi mirada, tratando de inspirarle una fortaleza extra a su corazón, para que no flaquease en nuestra larga tarea de liberar al mundo mágico de aquella asquerosa plaga. Un apoyo que estaba casi seguro que no necesitaba, pero que aun así quise transmitirle, para que recordara que no estaba sola en el poder.

Justo cuando iba a dar continuidad a mi argumento, Abigail transmitió al servicial camarero que nos estaba atendiendo la comida que ella deseaba ingerir para la cena de aquella noche. Sonreí levemente al observar como aquel joven mesero se retiró corriendo hacia la barra, sudando como un cerdo para tratar de complacer a la Ministra de Magia. Una lastimosa pleitesía que me hizo reír internamente. Escuché con suma atención la estrategia que la pelirroja quería proponer en el tema de los fugitivos. Una táctica pasiva que consistía en esperar a que nuestro enemigo cometiera un error para así cazarlo de un solo golpe y disipar su amenaza al instante. Un planteamiento muy inteligente, propio de la mismísima señorita McDowell en sus mejores días. Una trampa clásica en la que aquellos necios moralistas caerían sin dudarlo. No obstante, un plan de esas características solamente me aportaría hastío y sopor, por sus evidentes carencias de acción y sangre. – No albergo ninguna duda de que tu posible estrategia sea efectiva para acabar con esa panda de miserables. Sin embargo, con esa maquinación tan lenta y aburrida conseguirás que gente como yo se arranque los pelos ante la inherente falta de acción. Pero si realmente deseas trazar tal plan de acción, sabes que lo seguiré a raja tabla. No con entusiasmo, pero lo haré. Al fin al cabo, ahora eres mi superiora. – le comuniqué dejando escapar un tenue suspiro de resignación. Por un momento pensé en explicarle el plan que había estado confabulando en mi cabeza durante las últimas semanas para solucionar aquel tema. Pero antes de abrir siquiera la boca, lo pensé con suma calma, y decidí que aquel no era el momento ni el lugar. No ambicionaba contradecir a la flamante Ministra de Magia que estaba justo delante de mí, a pesar de la larga amistad que nos unía.

- Sabes que en el fondo solamente necesito una presa que cazar para ser feliz. Solamente dámela y aléjame de temas políticos, porque no me interesan en lo más mínimo. Ese tipo de coyunturas siempre te las he dejado a ti, porque se te dan bastante mejor que a servidor. – le admití en un suave susurro, mientras vigilaba con el rabillo del ojo el humeante Roast Lamb que estaba trayendo el camarero desde la barra de la cocina. Rápidamente advertí su sabroso aroma y mi estómago rugió ante tal delicia culinaria. Una vez servido ante mí, cogí el cuchillo y el tenedor con ambas manos, y procedí a cortar una fina rodaja de este con sumo cuidado, como si fuese un maldito cirujano. Una acción que no despistó mi interés en la conversación que Abigail y yo estábamos manteniendo en aquellos instantes, por muy jugosa que pareciera la carne. – Yo aniquilo las molestias de tu reino y tu sostienes el cetro que los gobernará a todos. Ambos salimos ganando. ¿No te parece? -  dije justo antes de insertar aquella suculenta loncha de carne en mi boca y experimentar sus ricos y caseros sabores en mis papilas gustativas, evocando brevemente la época escolar en la que solía comer tales alimentos. Un deleite nutritivo que alargué hasta el infinitivo para darle un espacio de tiempo a Abigail para elaborar unas respuestas adecuadas a mis palabras, las cuales no estuvieron cargadas de soberbia ni crueldad, solamente de absoluta sinceridad.
Christopher M. Darkblood
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 26, 2019 2:08 am

No era por sonar reticente, pesimista o muy desleal a sus propios departamentos, pero llevaban en el poder más de dos años y todavía seguían esos fugitivos ahí fuera jodiendo cada paso que daba el nuevo Ministerio de Magia, así que la desconfianza que Abigail tenía en los departamentos era muy real. Llevaban mucho tiempo sin ser efectivos al cien por cien, por lo que tenía motivos para no tener muy claro que ese departamento fuese a erradicar a los fugitivos de una vez por toda.

Y en cierta manera era normal, es decir: el grupo terrorista de fugitivos era demasiado grande y lo estaban haciendo muy bien, de manera lenta y estratégica. Eso para ellos era un problema, pero... igualmente poco tenían que hacer. Ese grupo de fugitivos tenía muy claro como funcionaban ahora los que estaban en el poder, por lo que estaban siempre en desventaja.

—¿Qué significa para ti 'la mayor brevedad posible'? No quiero considerarme pesimista, sino más bien realista: llevamos dos años en esta situación y nada ha cambiado —dijo con evidencia.

No estaba llamando a su departamento incompetente ni nada por el estilo, pero era un hecho que los fugitivos le estaban ganando muchas batallas y eso se debía a dos cosas: el modus operandi lo conocían bien y, seguramente, haya más de un traidor entre las filas.

Enarcó una ceja frente a su 'descontento' con la estrategia pasiva. Que ojo, no era más que una una estrategia que había pensado debido a que cualquier otra estrategia activa o violenta claramente no funcionaba con respecto a sus enemigos. Que precisamente Darkblood, que no había conseguido ninguna estrategia útil al respecto, le dijera que era aburrido... pues oye, la verdad es que no sabía cuál era mejor opción.

—Si se te ocurre alguna táctica que sea efectiva, soy todo oídos, Darkblood. Pero teniendo en cuenta nuestro historial con respecto estas batallas, déjame desconfiar de nuestras medios. Más que malgastar tiempo en ataque en vano, considero que es más sabio malgastar tiempo en defensa. —Dio su opinión, que en su opinión era lo que había que hacer. Sin embargo, aunque fuese la Ministra de Magia, no le competía ese tipo de decisiones.

Se 'supone' que ella no trataba ese tipo de gestiones, sino las políticas.

El camarero entonces trajo la comida mientras él declaraba que prefería la acción a la política. Evidentemente, la pelirroja también lo prefería. Si sabía de política era por profesión, no vocación. Llevaba mucho en ese mundo como para dejar de lado la acción, solo que era consciente que con su puesto actual corría el doble de peligro.

—Sería un buen trato —le respondió, observando el solomillo que le acababa de traer el camarero. Optó por tomar primero un champiñón y mientras lo masticaba partía un trocito de su carne. —De todas maneras, ya sabes que yo he nacido para la acción en la calle. Por mucho que mi puesto me haga parecer más seria o tranquila, sabes que en realidad a mí me gusta estar ahí fuera. —Lo miró, enarcando una ceja y sonriendo antes de tomar ese trozo de carne.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Christopher M. Darkblood el Jue Abr 18, 2019 2:07 am

Por el lenguaje corporal que vislumbraba en el cuerpo de Abigail, no parecía muy convencida de mis afirmaciones de victoria. Unos gestos que iniciaron en mi mente una tenue sensación de sospecha sobre el verdadero motivo por el que había aceptado mi proposición de una cena juntos. En parte comprendí su inquietud con el asunto de los fugitivos, aquellos malnacidos nos estaban ganando terreno continuamente, empleando cambiantes estrategias que no dejaban ningún patrón reconocible que seguir. Era cierto que estaba atravesando dificultades para cazar a esos insectos con la eficiencia esperada, pero tampoco era una coyuntura como para alarmarse en exceso. Tarde o temprano aquellos rebeldes cometerían un solo error, y en cuanto lo hiciesen, me abalanzaría sobre ellos como un paciente cazador sobre su sorprendida presa. Al fin al cabo, todos los casos que llegaban a mi mesa se basaban en ese macabro juego de huida y persecución, con el pretexto de impartir la ley mágica sobre delincuentes que amenazaban la estabilidad de nuestro mundo, o al menos eso le vendíamos al pueblo llano. Corté una considerable y jugosa porción de carne de mi plato y la ingerí con sumo cuidado, aun escuchando lo que Abigail deseaba decirme.

Pasé por alto el oculto mensaje que portaban sus palabras respecto a la efectividad de mi departamento contra los agitadores opositores del gobierno impuesto por nuestro bando. Demasiados años de amistad me impedían tomarme muy a pecho su velada inquina, y tomé un sorbo de mi ardiente bebida, meditando en posibles soluciones a aquellos problemas, que infundieran algo de sosiego a la mujer de ígneos cabellos que estaba enfrente de mí. Sabía perfectamente que mi promoción dentro del departamento dependía enormemente de los resultados que le entregase a ella, satisfacer a Abigail era un plus que me impulsaría con gran vehemencia hacia la jefatura de mi sección, dentro del Ministerio. – Mi estrategia de batalla era tan solo una sugerencia, al fin al cabo, quien toma la decisión final no soy yo, sino la gente de más arriba como tú o quien ya sabes. Ambos sabemos que actualmente, solamente soy el peón de batalla que soluciona los trapos sucios del gobierno actual. Solamente debéis indicarme con el dedo a quien eliminar y lo haré sin pestañear. Aunque bueno, de vez en cuando preguntaré el porqué, para tampoco convertirme en un soldado sin cerebro, como muchos que me rodean en mi propio departamento. – contesté en tono neutro, amagando una traviesa sonrisa que escondí entre las bambalinas de la sensatez, no me convenía en lo más mínimo caldear más el ambiente entre ambos.

- Llamar “medios” a la panda de descerebrados ansiosos de poder y sangre que pululan por mi sección es ser…digamos, bastante generosos. Entre los aspirantes que tiemblan al ver un poco de sangre y los “veteranos” que no se contienen en su sed de muerte y son atrapados en trampas de parvulario y posteriormente asesinados, a veces es un poco complicado sacar la basura adelante. –
formulé aquella reclamación con un tono suave que enmascaraba la real e intensa frustración que sentía al siquiera pensar en aquella panda de incompetentes que estorbaban en mi espacio de trabajo. Unos ásperos pensamientos que se evaporaron fugazmente ante las declaraciones de Abigail respecto a sus preferencias a marchar por las calles, en plena acción, antes que mandar ordenes en un tupido sillón de terciopelo. Por un momento, me pareció ver de manera efímera a aquella adolescente de cabello pelirrojo y sonrisa siniestra que ambicionaba dominar el mundo con su inexorable poder o quemarlo si lo primero fallaba. Un infantil recuerdo que me provocó una amarga carcajada, el sonido más alegre y dicharachero que podían emitir las cuerdas vocales de una persona de mis características emocionales.

- No estaría mal volver a las andadas y disfrutar de tu compañía para ello. Pero tu puesto actual es demasiado importante para que te juegues el cuello de cualquier manera. Eres la cabeza más importante en la Hydra que hemos implantado en el núcleo del Ministerio. Por lo que, en caso de vida o muerte, yo me tendré que sacrificar por los dos, llegado el momento, por el bien de la causa. –
susurré guiñándole un ojo de una forma que solamente era pudiera percibir y continué ingiriendo el suculento planto que se hallaba ante mis narices, disfrutando de sus sabores hogareños y auténticos, no los mejores que había degustado mi paladar, pero si reconfortantes como una buena cacería. Varias ideas más surgieron en mi mente, pero preferí guardar silencio para dar un poco de tiempo y espacio a Abigail para otorgarme unas buenas replicas a las palabras que acababa de pronunciar. Mientras tanto, seguí empapándome del gusto que dejaba la comida en mi boca, que, junto al whisky, formaban un torbellino bastante embriagador.
Christopher M. Darkblood
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Christopher M. DarkbloodTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Lun Abr 22, 2019 9:06 pm

Las posibilidades de que los ‘superiores’ de Christopher le mandase algún que otro recado personal, eran básicamente porque tenían muy claro quiénes eran unos traidores, o bien porque tenían sobre seguro la ubicación de algún tipo de refugio fugitivo. De todas maneras, Abigail era muy consciente de que un solo hombre no podía hacer la diferencia y que la negligencia de su departamento—si es que podía llamarse así—no recaía en la responsabilidad de un solo hombre. La pelirroja, mejor que nadie, sabía las limitaciones que suponía seguir a organizaciones fugitivas.

Si seguían siendo organizaciones fugitivas era precisamente porque tenían la suficiente información y la suficiente lejanía con respecto al Ministerio como para seguir siendo secretas y no poder saber nada ellas.

Y la pelirroja no esperaba menos de sus enemigos, de notable inteligencia y estrategia. Podría haber salido todo realmente fácil cuando ella asumió el mando hace dos años, pero no, se le habían presentado varias vertientes enemigas frente a ella que tenía que combatir, algunas mucho más complicadas que otras. Por ejemplo: era bien consciente de que existían dos organizaciones totalmente diferentes, los radicales y la Orden del Fénix, pero igualmente no era capaz de dar con ninguna pista realmente importante que le abriese un camino hacia ninguna de las dos.

—Cuando tenga algo en claro de todo esto, Darkblood, serás de los primeros en enterarte. Mientras tanto, delego toda esa responsabilidad en tu departamento. No tengo tiempo de meterme en asuntos más… terrenales. —Por llamarlo de alguna manera, por supuesto.

Ahora mismo Abigail estaba con asuntos políticos en todos sus ámbitos, creando unos lazos internacionales que, a día de hoy, pocas veces había tenido Inglaterra con una ideología así de radical. Sin embargo—y por suerte—la ideología radical en, al menos Europa, estaba saliendo bastante adelante.

Tenía razón menospreciando a los aspirantes y dándole credibilidad a ciertos mortifagos que, bajo su juicio, más que la marca tenebrosa se merecían una maldición asesina por nefastas acciones a favor del Señor Tenebroso.

—De los aspirantes poco podemos quejarnos, a fin de cuentas todos fuimos estúpidos egocéntricos cargados no solo de confianza, sino de determinación. Todos pasamos miedo ante lo desconocido en un principio. Matar es fácil… una vez lo has hecho. Y, por norma general, los recién graduados no tienen mucha experiencia en duelos o defensa personal —defendió a los aspirantes, porque ella misma había sido una hace muchos años con esos mismos defectos. —Los Lestrange deberían dar más peso al club de duelo y preparar auténticos guerreros teniendo en cuenta las prioridades del sistema actual.

No era un secreto que Abigail McDowell y Bellatrix Lestrange tenían una conocida disputa por el poder. Si bien Lestrange era la mano derecha de Lord Voldemort y dirigía Hogwarts, McDowell era la Ministra de Magia. Había quienes consideraban que Lestrange era mejor, mientras que otros apostaban por McDowell. Eso nunca se sabría a ciencia cierta hasta que se diese realmente esa contienda, pero lo único real es que la competitividad estaba ahí y que siempre verías a una dudar de la otra.

—Pero de los ‘veteranos’ que se las dan de listo… estoy un poco cansada. No estoy para tolerar idiotas sin las conexiones necesarias en la cabeza.

Pese a que Abigail ostentase ese puesto en el Ministerio y sus andadas se hubiesen visto reducidas considerablemente, no lo había dejado del todo. Y de hecho había tenido situaciones bastantes comprometidas porque ahora todo el mundo sabía quién era y todos sus enemigos la tenían en el punto de mira, por lo que todo lo que hacía antes como una desconocida del sistema, ahora tenía el quíntuple de mayor peligrosidad. Por fortuna ya lo había experimentado en sus carnes y aún seguía viva, cosa que muchos no podían decir.

—Oh, ¿darías tu vida por mí? Qué adorable, Darkblood. —Era consciente de que por posición y poder, muchos mortífagos deberían de dar su vida por Abigail, pero también era muy consciente del egoísmo, la envidia y el ego de todos los que solían llevar la marca tenebrosa, por lo que McDowell no apostaba mucho por ninguno. Ella tenía sus personal propio en el que se fiaba más para esas cosas. —He vuelto en ciertas ocasiones ‘a las andadas’ pero además de que mi puesto actual es muy importante, también me quita mucho tiempo. —Bebió un poco de su whisky, para entonces sonreírle. —Pero si necesitas a una buena compañera algún día, a lo mejor puedo sacar un hueco libre para ti. Sabes que a ciertas cosas no les puedo decir que no…
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Christopher M. Darkblood el Miér Jun 12, 2019 2:42 am

Continué engullendo aquel trozo de carne crujiente mientras prestaba atención a las palabras de mi acompañante, mientras cavilaba un par de cuestiones que habían surgido en mi mente relacionadas con el tema de conversación que reinaba en la mesa. Estaba en pleno proceso de encontrar los posibles fallos que pudiera haber cometido mi departamento en el plazo de los últimos meses. Detalles que me revelasen algún fatídico error que hubiese otorgado algún tipo de ventaja a aquella panda de fugitivos andrajosos. Pero por más que le diese vueltas, esa mancha no se hallaba por ningún sitio. Y tuve que asumir que su alto porcentaje de éxito se debía más a su destreza que a nuestra inoperancia. Un hecho que me irritaba considerablemente, por la mera hipótesis de que algún ser humano sea capaz de superarme en alguna cosa, aunque fuese la más absurda del mundo. Una herida directa al orgullo que a cada día que pasaba se tornaba más profunda. Y la única cura que la cerraría por completo era tener el honor de aplastar a esos gusanos revoltosos con mis propias manos, justo antes de haber jugado con sus mentes como haría un niño con sus juguetes de madera. Retorcer su razón hacia dimensiones retorcidas y demenciales, que los quebrarían como las ramitas de un seco árbol en invierno. Habría que comprobar entonces si atesorarían algún resquicio de rebeldía por su parte tras tales experiencias.

Pero para conseguir ese premio tan jugoso, el primer paso era realizar avances en las investigaciones que teníamos en curso, y así de paso calmar la ira de los dirigentes de la escala superior, dentro del Ministerio. Alguna que otra exitosa incursión que acabara con la captura de algún valioso objetivo rebelde lavaría la imagen del departamento de arriba abajo y borraría parcialmente la molestia que reflejaban los ojos de Abigail cada vez que hablaba del asunto. Tomé un buen trago del whisky que permanecía en mi copa y me reconecté a la conversación, asintiendo brevemente ante su descripción de los aspirantes, mostrando mi aceptación de forma no verbal. Sonreí brevemente ante su pulla hacia los veteranos de nuestra facción, era cierto que muchos de nuestros camaradas pasaban más tiempo alardeando de la gente que había matado que cumpliendo sus deberes con el señor Tenebroso. Soldados incompetentes que se otorgaban aires de grandeza completamente yermos de razón y de una sólida base que los sostuvieran. – Supongo que no recuerdan cuando eran simplemente aspirantes con la nariz repleta de mucosidad, que prácticamente se ponían de rodillas por un poco de atención de nuestro Señor. Que fácil olvida el ser humano sus etapas de debilidad. – apostillé mientras me limpiaba los labios cuidadosamente de la jugosa salsa que acompañaba al plato que estaba ingiriendo en ese momento. Un complemento que potenciaba considerablemente el sabor de la carne y le daba un toque de dulzor bastante agradable. A pesar de ser un establecimiento humilde, no se comía nada mal.

Un alzamiento de cejas se posó en mi rostro durante un par de segundos ante su beneplácito a volver a formar el dúo que aterrorizó a medio colegio en nuestros años mozos. La verdad es que la idea de volver a formar equipo con alguien de confianza como Abigail me atraía considerablemente, teniendo en cuenta el escaso nivel de cooperación que solía encontrar en mis camaradas. Me atrevo a escribir que Abigail era una de las contadas personas a la que le confiaría mi vida en caso de ser necesario. Una debilidad emocional que podía acarrearme más de un problema, sobre todo si esta era descubierta por mis sucios enemigos. Pero en el fondo, ese riesgo podía sumarse a una lista de eventualidades que podían surgir en mitad de la realización de una empresa bajo el nombre de mi facción. – Creo conocerte lo suficiente para saber ciertas debilidades que te llamaran al campo de batalla casi de inmediato. Bueno, espero estar a la altura de las expectativas de la ministra de magia para entonces. – dije mientras dibujaba una ladina sonrisa en mis labios, con las manos entrelazadas tras haber terminado mi cárnico plato. – Y también será una oportunidad para comprobar si sigues en forma o te has oxidado tras coger la poltrona del poder. No sería la primera vez que eso le sucede a un mago o maga brillante como tú. A veces la autoridad rebaja nuestra auto-exigencia hasta convertirnos en masas frágiles y decaídas. – murmuré con tenue maldad, pinchando brevemente su fuerte vanidad. Realicé un chasquido de dedos e indiqué al apurado mesero que me retirara el plato y me trajese un cappuccino como postre de aquella deliciosa cena. Acto seguido, retomé mi atención hacia Abigail, expectante por saber su reacción ante mis palabras.
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Abigail T. McDowell el Miér Jun 12, 2019 11:59 pm

Era cosa del ser humano.

Uno siempre daría más peso a sus logros que a sus derrotas. Daba igual cuántas veces cayeras, que siempre iba a tener más peso una victoria. No te dabas cuenta muchas veces de lo que aprendías con cada caída, hasta que te dabas cuenta de que no era una victoria lo que te conforma como persona, sino la cantidad de caídas y las veces que te levantas frente a ellas.

Pese a todo lo que había conseguido Abigail a día de hoy, ella había caído mucho en el pasado. Cuando era aspirante supo no solo apreciar todo lo que le rodeaba, sino a respetar lo que hacía. Y ahora que es mortifaga y ostenta el cargo que ostentaba era cuando realmente estaba empezando a valorar la vida. Muchos fieles a Lord Voldemort, debido a su gran riesgo, parecían no temer a la muerte y, de hecho, la pelirroja en su momento pudo haber alardeado de ello, pero no era más que una falacia; una simple creencia que no era real, solo una exaltación de su propio ego y narcisismo. Si en aquel momento Abigail llega a pasar por un momento en el que su vida se viese realmente amenazada, la cosa hubiese cambiado mucho. En realidad todo el mundo teme a la muerte, pero hay que recordarles lo cerca que estaba en cualquier momento.

Yo no lo llamaría 'debilidades' le dijo, sin intención de corregirle, solo por matizar la evidencia. Sino más bien... tentaciones.

Y es que debilidades no le gustaba como sonaba, como si realmente hubiese algo que pudiera hacer sentir 'débil' a Abigail frente a alguna decisión. No es que la pelirroja tuviese demasiadas cosas que considerase tan importantes.

¿Que un puesto de autoridad como el de Ministra de Magia habría podido conseguir que Abigail estuviese un poco oxidada? ¡Por favor! ¡Qué tontería era esa! Tenía que estar mucho más preparada para cualquier situación de riesgo, por lo que por ese lado era imposible, por no hablar de que seguía ejerciendo como soldado en las filas de Lord Voldemort, pese a que su presencia en misiones fuese mucho menor. Habían muchos puestos importantes en manos de mortifagos como para arriesgarlos más de la cuenta si no era estrictamente necesario.

Me ofende tu dudale respondió después de tomar un trozo de su plato, para entonces llevárselo a la boca. Masticó con cuidado y tranquilidad, sin mostrarse desesperada en ningún momento para continuar hablando. Diría que no me conoces tanto si sugieres que precisamente yo podría estar oxidada. Ahora, más que nunca, el estar oxidada me podría costar la vida, por lo que te puedo asegurar que no he perdido el toque lo más mínimo. Bebió entonces de su vaso, esbozando una sonrisa curva y ladina. Cuando dejó el vaso sobre la mesa, pasó suavemente su lengua por sus labios, para entonces volver a sujetar el cuchillo. Entonces un brillo travieso asomó sus ojos. Cuando quieras te lo demuestro.

Le encantaba poner a prueba tantos sus habilidades como la del resto. Si bien Christopher había dudado de las capacidades, no le iba a juzgar por ello, pues la pelirroja dudaba a cada rato de todo y de todos. Si ya bien no era una persona con facilidad para confiar, no se creía nada que no viese con sus propios ojos, por lo que para ella las palabras solían carecer de su poder si no estaban respaldadas con evidencias.

¿Y tú? ¿El trabajo de oficina ha hecho que te acomodes? Le cuestionó de vuelta.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Christopher M. Darkblood el Vie Jul 12, 2019 2:55 am

El mesero acudió a nuestra mesa con presteza y retiró mi grasiento plato y asintió con vehemencia justo antes de salir pitando a realizar la comanda de mi café. La calidad de la carne fue bastante aceptable teniendo en cuenta el nivel de elegancia del lugar, al menos estuvo sabrosa y de un sabor que dejaba buen gusto en la boca, sin duda alguna. Omitiendo el repiqueteo de los cubiertos de los otros clientes y sus molestas voces, presté atención a lo que me contaba Abigail. Respuestas que eran bastante esperadas por mi parte, henchidas de orgullo y una tenue ambición de demostrar al contrario que sus habilidades eran superiores a las suyas. Alardes bastante característicos de la mujer que una vez conocí en los terrenos de Hogwarts en mi tercer año. Eso junto a su cabello de color fuego la hacían inconfundible, aunque la estancia en cuestión estuviese abarrotada de gente pelirroja y de rasgos similares a los suyos. Es a lo que le llaman ‘memoria afectiva’, la capacidad que posee tu cerebro de recordar cada detalle de tus seres queridos, amigos o conocidos con solamente verlos de nuevo. Un fenómeno que no me asaltaba con habitud, por la escasez de relaciones de afecto que poseía.

El camarero me sirvió un hirviente cappuccino y yo le di las gracias con un leve gesto de cabeza y comencé a añadirle una pizca de azúcar y a removerlo con cuidado, mientras construía mis replicas a sus palabras. – Colócale el nombre que desees, poco importará cuando estés criando malvas en el otro barrio, pudriéndote en tierra de nadie y ni siquiera los gatos callejeros visiten el agujero que será tu tumba. – contesté con cierto tono de malhumor y bebí un breve sorbo del cremoso brebaje, percibiendo enseguida en mis labios que la temperatura aun hacía imposible un disfrute completo de aquel café.  Deposité la taza con cuidado sobre el platillo de porcelana que venía de adorno con esta, y volví a entrelazar mis dedos por enésima vez en la noche, con unas gotas de crema manchando ligeramente el labio superior de mi boca. – No serías la primera Ministra en la historia que se olvida de como pelear por estar sentada en la poltrona del poder. De hecho, me atrevería a decir que dentro de la lista de los ministros de magia que hemos tenido los ingleses a lo largo de la historia, un alto porcentaje les ha sucedido ese fenómeno que he catalogado como ‘pereza funcionaril’. – dije con un tono burlón, rebajando la tenue tensión que se había formado entre ambos hacia escasos momentos con los asuntos de los fugitivos y del terreno que parecía estar ganándonos poco a poco.

- Sigo siendo un cazador nato por mucho que pase algún tiempo detrás de un escritorio con pluma y tinta. Eso es algo que llevo en la sangre desde generaciones tan antiguas como el mismísimo Merlín. Mi apellido siempre ha estado relacionado con las artes oscuras y la influencia en altas esferas. Digamos que llevo en mis genes el ser así de ‘hijo de puta’, si me perdonas la expresión. –
expliqué con una sonrisa ligeramente curvada, encajando a las mil maravillas con la que acababa de dibujar ella hacía tan solo unos segundos, un puzle de velada maldad que nos unía más de lo que la gente podía llegar a imaginar. – Y con respecto a tu propuesta, estaré encantado de que demuestres con actos tus vanidosas palabras sobre tus habilidades de combate. Tu y yo, unidos de nuevo, seremos más fuertes y agiles que si eligiera a cuatro descerebrados de mi departamento, los cuales no dudarían en despellejarme a cambio de mi puesto actual. – comenté realizando una breve mueca de desagrado al pensar en un segundo en la panda de incompetentes que pululaba diariamente por los pasillos de mi zona de trabajo. Solamente la escasa cordura que permanecía en mi mente y mis intereses a largo plazo impedían que realizara una purga inmediata de esos gusanos con mi varita e imaginación.
Christopher M. Darkblood
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Abigail T. McDowell Ayer a las 3:04 am

Con una de sus cejas alzada, le molestó evidentemente ese comentario condescendiente—e ignorante—sobre los Ministros de Magia y, sobre todo, su insistencia en que Abigail podría estar cometiendo el mismo error que supuestamente el resto de figuras de poder.

Christopher y ella habían intercambiado muchas aventuras y experiencia dentro del mundo de los mortifagos, por lo que le parecía hasta casi una falta de respeto que estuviese mencionando la posibilidad de que un cargo como el de Ministra de Magia pudiese hacer que Abigail bajase la guardia o se ‘oxidase’ por no luchar, cuando precisamente había tenido que estar protegiendo su vida más asiduamente que en mucho tiempo. Pese a que su comentario no le gustó, por supuesto que evitó demostrarlo, por lo que le esbozó una sonrisa irónica.

En tal caso, déjame decirte algo inequívoco: eres tú quién te equivocas. Tomó de su taza un sorbo de café. Quizás los anteriores ministros pudieron perder su habilidad en combate, pero no ha sido mi caso.

El ego desmedido de Christopher a veces rozaba límites insospechados. Abigail creía fervientemente que eso que él catalogaba como ‘hijoputismo agudo’ no venía predispuesto en la genética de ninguna familia, sino que era claramente una actitud amoral y propia de las personas más egoístas. La pelirroja se consideraba a sí misma una zorra en prácticamente todas las partes de su vida y sabía muy bien que nada tenía que ver con el apellido McDowell. De hecho, estaba bastante segura de que era la primera McDowell en llegar al punto en el que había llegado ella, pues todos siempre habían sido personas muy correctas y buenas.

No le eches la culpa a tu familia de tu enfermiza obsesión por ser un hijo de puta, Christopher. Yo soy una hija de puta y mi familia no tiene nada que ver con eso. Cortó con el cuchillo un trozo de carne. Por mucho que te apellides Darkblood y te consideres un cazador nato, tanto tiempo detrás de un escritorio con pluma y tinta va a terminar por pasarte factura. Quizás sea a ti a quién le esté entrando ‘pereza funcionaril’.

Tal y como estaban las cosas, la actividad de McDowell con respecto a las filas de los mortifagos había disminuido bastante. Por una parte, la filas de Lord Voldemort se habían agrandando muchísimo después del cambio de gobierno y teniendo en cuenta que Abigail, así como muchos otros mortifagos cercanos a Lord Voldemort, ostentaban grandes cargos, era normal que tuviesen menos tiempos que dedicarle a la caza y captura de los fugitivos.

Indudablemente le respondió en cuanto a sus palabras de que serían más fuertes formando equipo entre ellos. Supongo que estarás más al tanto de las cosas que suceden en la mansión Riddle y… de todo a lo que haya que echar mano. Mi puesto en el Ministerio no intercede en mi habilidad como duelista, pero sí en mi tiempo para informarme. Se llevó el trozo de carne a la boca, mordiéndolo con paciencia hasta tragarlo. ¿Algo en lo que estés metido actualmente?
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