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City of stars || Joahnne

Ethan D. Goldschmidt el Dom Mar 10, 2019 4:47 am


Las Vegas, Nevada
06:14 P.M.

Las Vegas. Un parador turístico en el que siempre soñé estar, pero al cual había llegado de una manera totalmente inesperada a lo que siempre había querido. Y es que me imaginaba allí, haciendo locuras, bebiendo alcohol al límite, y explorando toda clase de aventuras distintas de la mano de mis amigos, aunque la situación que atravieso me complica un poco aquellos planes. Jamás me habría imaginado viniendo a Las Vegas para salvarle el trasero a Ciel, cuando él solía ser quien nos sacaba de apuros a todos, y era hora de retribuirle el favor.

¡Me pido el casino! — Salté en medio de la reunión que teníamos en un cuarto de hotel. Éramos un equipo de cuatro personas, todos radicales, y nuestra única misión era la de dar con el paradero de nuestro compañero, Ciel, quien había sido un infiltrado en las filas de los mortífagos por años, y que había sido descubierto recientemente, provocando su huida. Su primera opción fue la de escapar hacia Las Vegas, pero lo que no tuvo en cuenta, es que parecía que un grupo de mortífagos habían ido a cazarlo, porque la traición, para ellos, era un mal del que no te salvabas en ningún país. Más que por una misión, nosotros mismos tomamos la iniciativa de ir tras Ciel para ponerlo a salvo, mayormente por lo importante que era no dejar que uno de nuestros miembros más influyentes acabara muerto —y porque podrían aprovechar el despelote para disfrutar de Las Vegas—

Ain se había inventado un plan medianamente ingenioso, el cual consistía en dividirnos, cada uno en una locación totalmente diferente, adoptar una identidad determinada, y dar con el paradero de los mortífagos. Teníamos datos y fotos de todos los mortífagos, no sería complicado dar con ellos.

09:32 P.M.

Música suave, alcohol y apuestas por todos lados, fueron los aspectos más relevantes sobre aquel casino. Definitivamente, un lugar repleto de gente adinerada. Podía ver de por encima a las prostitutas aguardando a su clientela, a los que claramente eran mafiosos, mal encaminados, y luego estaban los que únicamente iban a probar suerte en un lugar tan repleto de gente. Porque en Las Vegas era todo o nada, allí ibas a apostar hasta quedarte en bancarrota, o hasta conseguir multiplicar tu dinero.

Estaba bien preparado. Un traje de seda color azul marino, una camisa de mangas largas totalmente blanca, en el bolsillo delantero del saco, un pequeño pañuelo blanco asomándose, unos zapatos formales de cuero color marrón. Un reloj de plata en la muñeca izquierda, que le funcionaba de localizador para sus compañeros, y en su mano derecha, en el dedo anular, un anillo de la representativa familia mágica estadounidense, los Lewis. Harry Lewis, era mi identidad para aquella misión encubierto. Estaba completamente preparado, había memorizado ya los rostros de las personas que debía buscar, y solo faltaba toparme con alguna.

El plan era sencillo, encontraban a los mortífagos, los seguían, y si ellos estaban detrás de Ciel, acabarían encontrándolo gracias a su seguimiento.

El casino era un lugar espectacular, tanto por dentro como por fuera. Eran visibles por todas partes detalles y colores llamativos, imágenes móviles en enormes pantallas, luces extravagantes. Jamás había entrado a un casino en mi vida, y no me causaba demasiada ilusión estar aquí solo. Pero estaba en una misión, lo que importaba era hallar a nuestro compañero antes que los malvados lo picaran e hicieran carne en vara con el pobre. En realidad no sabía si los mortífagos hacían eso, pero era probable, estaban lo suficientemente locos para hacerlo.

Primero... Trago — Afirmé suavemente con la cabeza, mientras que daba pasos cortos hacia la barra, la cual estaba ubicada a unos pocos metros de mí. Me posicioné detrás de la barra, apoyando ambos brazos sobre ella, y observando fijamente al barman, con una pícara sonrisa ladeada en mi rostro, de esas que me salían tan naturales — Un Margarita, lúcete — Guiñé el ojo al barman, quien inmediatamente se puso en marcha para preparar el trago. Jamás solía ser así de demandante, pero debía meterme un poco en el personaje, al menos en ocasiones, para hacer todo mucho más creíble. El Ethan habitual habría dicho 'por favor' sin importar el hecho de que igual le fuese a pagar, pero hoy no era el Ethan de siempre, era Harry Lewis, un estadounidense mágico adinerado de veinticinco años que únicamente buscaba divertirse en uno de los casinos más elegantes de toda la ciudad, y en el que se reunía la gente más cotizada en todo el estado, y probablemente, también de todo el país.

Los últimos días habían sido más que confusos para mí, aunque la había pasado bastante bien, a decir verdad. Había tenido buenas noches, con dos mágicas apariciones de una pelirroja de lo más adorable, que acostumbraba a ventilar de más, y que era un poco más obstinada de lo que me gustaría. Ahora mismo, mis pensamientos se inundaron de ella. ¿Dónde estaría justo ahora? Repentinamente, se me perdió en la fiesta de primavera, incluso cuando yo mismo había tratado de encargarme de cuidarla y de mantenerla sobria, aunque con lo divertida que solía ser, al menos para mí era algo difícil adivinar si estaba ebria o no.

La había visto de las dos formas, y me había alabado de igual manera en ambas. Aunque claro, estando ebria había hecho alusión a mi pene, incluso. Sacudí mi cabeza y me despojé de todos aquellos pensamientos al observar como el barman me ponía en frente una copa medianamente profunda con aquella bebida de color amarillo, a lo cual respondí únicamente con una sonrisa, tomé la copa entre mis dedos, y cambié mi rumbo.

Di un largo sorbo, y siseé al sentir como la bebida se abría paso por mi garganta. Necesitaba alcohol para funcionar bien en esta clase de situaciones, y eso lo sabía de sobra. Comencé a caminar a paso rápido entre el casino, intentando hallar una actividad para perder el tiempo, aunque estando atento siempre a la multitud, observando de forma minuciosa cada rostro, y los detalles más importantes. No debía olvidar el porqué estaba allí. Había cuatro puntos de la ciudad en los que era probable encontrar a aquellos mortífagos según la información recibida, y el casino era uno de ellos, no podía permitirme fallar.
Ethan D. Goldschmidt
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Joahnne Herondale el Lun Mar 18, 2019 3:09 pm

Su cadera se movía continuamente ante el ritmo sensual que destilaba la canción que se reproducía en aquella habitación.  Ni siquiera sabía, exactamente, de donde se emitía la voz de la mujer que arrastraba las palabras para expresar sus placeres más ocultos y que pronto conocería gracias a aquel sujeto que encontró en algún recóndito lugar. Poco había entendido de la letra porque solo con su melodía la envolvía. A ella y a él. Los envolvía. La tensión sexual del ambiente no dejaba respirar a ninguno y el sudor comenzaba a presentar en la escena del ¿Crimen? Realmente se podría decir que era un crimen tener que disfrutar del roce de sus cuerpos aun cubiertos por telas que estorbaban la caricia profunda a la cual querían llegar.

La mano del hombre se posicionaba detrás de su cuello, los dedos traviesos atravesaban las hebras de cabello pelirrojas mientras los flexionaba y estiraba hacia abajo. Sintiendo el tironeo de la acción ajena,  la cabeza de Joahnne no hacía más que seguir las órdenes del cuerpo él. Quería con toda su alma saciarse de él, pocos pensamientos eran visualizados con tanto calor compartido

Quiero que me digas todo lo que deseas, te lo daré porque tengo tanta necesidad de hundirme en ti.- ronroneó.— Quiero hacerte mía y que llegues a gritar solo mi nombre. ¿Entiendes princesa? Solo te necesito a ti para alcanzar el más alto placer.—su mano derecha descendió hasta su trasero donde lo apretó a este con tanta pasión que podía correrse allí mismo la pelirroja que cada vez estaba más excitada.— Quiero vivir en tu piel, enterrándome en ti o en tus piernas que tanto intentaste ocultar debajo de aquel vestido.— su boca no pronunció ninguna otra palabra, estaba ocupada dejando mordidas en su clavícula expuesta provocando gemidos para nada silenciosos en ella. Era un manojo de nervios que pronto explotaría si no se detenía pero, por otra parte, concebir la idea de detenerse no era para nada una opción que le daría.

Su agarre la tensó, no se quedaba quieto con sus dedos varoniles que apretaban la piel que había arriesgado a mostrar ante una mirada penetrante que parecía hacer con ella de todo en tan solo unos cuantos parpadeos. Su boca y su ojos se abrieron al sentir como acunaron sus pechos y no miento si decimos que gime de manera vergonzosa como si nunca hubiese experimentado aquello —seamos sincero, hacerlo con un alto grado de ebriedad no era una gran… anécdota—, sus manos se mueven lentamente sobre ellos mientras los labios que una vez estuvieron en su cuello se deslizan por su hombro, la pelirroja cierra con fuerza sus ojos y ubicando las manos sobre una pared próxima intenta no caer al haber dado vuelta tan rápidamente. En un instante, hizo con ella lo que quiso. La giró solo para tener una mirada directa de su trasero desnudo chocando con su entrepierna endurecida, el vestido entre sus pies hecho un divertido desastre junto a la camisa de él. —¿No quieres caer? Pensé que de eso iba esta noche.—con arrogancia junto a su dedo índice recorrió la curvatura que lucía Joahnne chocando con el hilo delgado de su tanga.

Estaba orgullosa de su elección de vestuario. Demasiado para decir verdades. Reconoció que un tiempo atrás esto no lo habría aceptado pero ahora cuando la palma de la mano varonil golpeó una de sus nalgas no hizo más que gemir mucho más alto que antes. Comenzando a dirigirlos en un espiral de placer que comienza a destruir todo raciocinio, empuja el cuerpo de la fémina contra la muralla que insistía que sería su pilar y testigo de esta aventura. Así lo fue cuando sus cuerpos chocaron y la prenda tan minúscula que la cubría comenzaba a estorbar. Gimió pero no se entendía si era en una muestra de frustración o de delicia. —Tú quieres esto— su voz retumbó en su oído. Los golpes de caderas eran tortuosamente lentos, quería solo darse la vuelta y desnudarse por completo ante él.

Lo quieres. Recordó la voz pero se escuchaba un poco más débil que la última afirmación. Ella débilmente se arqueó empujando hacia atrás para tener fricción, cualquier cosa para aliviar el dolor ardiente dentro de ella.

Quieres esto. Su cuerpo vuelve a enfrentarse al de él, sus manos de una manera incomprensible están atadas detrás de su espalda, restringidas.

Quieres que te lo haga. La voz suave, con un tono de burla, la aleja de la cordura. Una mano baja lentamente por su vientre, recorre su ombligo de forma ociosa y delinea el borde de la prenda íntima que –en un punto- se encuentra mojada ante tanto anhelo.

¿Lo quieres? Los labios del hombre no se mueven pero esa pregunta retumba dentro de ella. Sus orbes solo recorren la silueta, silueta que se ha alejado de ella para que esta observe como baja su cremallera lentamente junto a una sonrisa socarrona. Camina, uno, dos pasos completamente desnudo y la sorprende la habilidad que tiene de rasgarle su ropa interior en menos de un segundo. Sin mencionar que, en otra cantidad de uno o dos segundos, la alza para que sus piernas se sujeten de sus caderas.  El rostro de él se distingue milésimas más tarde, el mismo que la ayudó en el bar de Londres, el mismo que cuido de ella —temporalmente— en la fiesta de primavera, el mismo que ahora se desliza hacia adelante y…

***

Sobresaltada, con las piernas enredadas entre las sabanas mientras la oscuridad era su compañera despertó Joahnne. Era un simple sueño. Mentira, no era simple si piensas en un hombre que solo dos veces has visto –aunque hayas alabado su pene más de una vez en un estado poco serio- y está haciéndote perder el juicio con la voz ronca y sus manos recorriendo tu cuerpo. No era ni poco normal. No, claro que no lo era.

Su pulso errático exaltándola, lo suficiente como para sentir cada latido de su corazón mientras su vista es el techo blanco de la habitación. Respirando profundamente, en un vago intento de calmarse.

Dobló su cuello en busca de la mesita de luz donde su móvil debería de encontrarse, tanteando con una mano y la otra acariciando su sien. Dio con él y obnubilándose con la luz de este adaptó su visión al enterarse que eran las veinte horas.  

Uno en Las Vegas pensaría que en ningún momento de la aventura pegarías un ojo para poder disfrutar segundo a segundo las maravillas que escondía la ciudad del pecado. Por supuesto, esto lo haría cualquier turista para no descansar más que unos minutos y continuar con la locura que suponía todo aquello a lo que uno estaba predispuesto desde el momento cero que acepta ese destino. Hasta se ha hablado de gente drogándose o consumiendo sustancias ilegales para estar más de un día despierto sin importar el estado de ánimo que podría llegar a tener por sus nulas horas de sueño.

Un bostezo se hizo presente. No tenía mensaje de ninguno de los otros ganadores de este viaje arreglando algún plan. Ni siquiera una llamada o mensaje de uno de los rubios que le habían hecho compañía gran parte de los días y especial cuidado cuando salió hacia la recamara de ellos diciendo que tenía una ardilla y que había hecho desastres en el baño. Tema tratado y resuelto como que ya no estaba más con ellos aquel roedor. Tampoco era tan difícil si la aparición es sencilla y rápida como un chasquido de dedos.

Estaba decidida, debía bajar el calentón que le había provocado el sueño entre juegos de azar. No era tan malo ir sola ¿No? O puede que sea un poco patético si no tienes un rumbo al menos en bosquejos. Un mensaje de texto había sido enviado para ser negada su propuesta. Parecía que no todo el tiempo serían un grupo y lo comprendía, la hacía sentir un poco extraña tener que desenvolverse sola en una ciudad que desconocía y que te sorprendía con solo doblar en el pasillo.

Entre movimiento y movimiento salió de la cama. Se acercó al armario y tras debatirse entre dos vestidos, escogió uno negro con tirantes. Si uno lo detallaba así pues no parecía la gran cosa hasta que prestabas atención al escote pronunciado y las aberturas en las piernas. Si un botón se salía o un tirante se cortaba, toda ella podría tornarse de un rojo más intenso que el pelirrojo que llevaba.  

Tomaría una ducha y su decisión había sido ir al casino cercano del hotel así que se prepararía para probar suerte en las máquinas tragamonedas o ver si no había perdido la enseñanza por internet del Blackjack.

***

Cuando descendió hasta el vestíbulo del hotel tuvo la oportunidad de ser un tanto… ¿Chismosa? Sí, lo fue. Dos jóvenes, de su misma edad o tal vez uno o dos años mayores, comentaban algo curioso que ella se detuvo a analizar. Joahnne vino en avión y se volvería de la misma manera porque si quería disfrutar de la experiencia sería completa y más si esto estaba incluido en el premio que había ganado solo por inscribirse – y pagado una suma mínima como si de una lotería local se tratase-, no lo echaría a perder. Volviendo al meollo del asunto, los dos que hablaban intentaban de hacerlo sonar como algo casual. Corrección, para ellos era algo totalmente naturalizado como cuando abres el periódico y le comentas al de al lado que tal equipo de Quidditch pasó a la final. De esa forma, la mujer que componía el duo comentaba. —Parece que tu hermano pudo unirse a ese club de la milla aérea.— rió dulcemente aunque no fuese un tema inofensivo.—¿En serio no lo entiendes? ¿En qué mundo vives? Todo el mundo habló de ello cuando atraparon a aquel actor rubio que se hacía el mujeriego y terminó siendo gay. Que no estoy en contra de ellos pero eso de tener hasta una novia como tapadera… ¿No era más fácil salir del closet que de un baño de avión para que el mundo se enterase?—

—¿Tú sabes que lo del closet es una metáfora no? En fin, cuéntame cómo mierda es que pertenece a un club solo por irse a follar a un baño.— resignado el rubio le cuestionó.

—Te explicaré solamente porque te conozco y no quiero que andes de resentido. Mucho menos que me castigues con la nula posibilidad de hacerlo duro con ese uniforme de policía que compramos hace no sé, menos de una hora.— recalcó la fémina ubicándose un mechón de cabello detrás de su oreja. Ignorando la presencia de Joahnne que estaba en el mismo ascensor el cual parecía no descender con la suficiente rapidez como para terminar ese recorrido. Aunque lo agradecía, ella también quería conocer de qué trataba ese famoso club.  —Perteneces al club en el momento cuando permites que tu intimidad sea un baño de avión.— ante la expresión perpleja del chico aclaró. Hasta la pelirroja se sorprendía que fuese algo excitante estar en un lugar donde no cabe siquiera un alfiler, sumando que cualquiera podría aporrearte la puerta por tener verdaderas necesidades sanitarias. —Es sumamente excitante, es como un cúmulo de sensaciones porque la presión es mucho mayor allí. Me han contado que provoca unos orgasmos increíbles, el movimiento del avión y el plus de saber que fuera hay más de cien pasajeros que pueden pillarte en cualquier momento hace que explotes del placer.—

—Hmmm… ¿Y cómo es que no lo hemos intentado?- cuestionó analizando realmente la situación, si era algo fantástico como es que no lo habían hecho en un principio reservando ese cubículo por varios minutos. —Cierto, te quedaste dormida con solo sentarte en el mullido asiento del avión. Recuérdame cómo es que me pierdo de estas oportunidades.— indignado de aquella situación. No pudo conocer siquiera esas razones, Joahnne, puesto que se había abierto de par en par las puertas de la caja de metal que los transportaba llegando a su destino.

Bufó por desconocer lo que continuaba de historia. Con sus manos nerviosas reacomodó su vestido o más bien se aseguró que no se desprendiera ninguno de los botones porque quedaría totalmente expuesta. Era lo último que quería en su corta vida, que todas Las Vegas viese sus bragas —de encaje, si se quería especificar un poco más— ni muchos menos sus senos que también era otro punto que su mirada se encargaba de bajar solo para comprobar que seguía cubriendo esos parches de pies rosados que muchos harían lo que sea por verlos, como también de otras pero eso no venía al caso porque era importante destacar que ella se sentía ‘la puta ama’ con el conjunto. Demasiado minimalista para algunos pero los tacones negros, de la misma intensidad que la tela que la vestía, remarcaban la longitud de sus piernas provocando querer ver más arriba, correr aquella abertura solo para deleitarse de la vista.

Uno pensaría que iba a cazar los corazones de los hombres pero su simple objetivo era divertirse sin necesidad de tener una gran cantidad de testosterona su alrededor.

Era todo un mundo. El ruido característico de las máquinas que te motivaban a seguir arriesgando para ganarte el gran pozo. Las personas concentradas en su partida de juego ya comenzado. Mujeres que eran de todo menos sutiles a la hora de encarar algún hombre para que le regalen un trago. Hombres que se encargaban de mostrar el tamaño de su virilidad —según ellos— por la cantidad de dinero que apostaban. Varias comisuras de labios se extendían para engañar al espectador para creer la imagen que vendían de un tío seguro cuando en realidad su mente moría por haber sido un poco más inteligente y no apostar por el orgullo.

Su cabello se sacudió, largo hasta la cintura –habría que agradecer a la magia que podía jugar con este- y completamente rojizo. No sabría si sentirse afortunada por cómo se la comían con la vista o analizar que eso podría llegar a ser llamado acoso. Y grosería por algunos que modulaban frases que mejor uno no debía siquiera repetir.—Bien, creo que necesito tomar algo.— concordó ante sus nervios que salían a flote.

Cuando dos copas de Martini fueron suficientes para sentirse relajada, se alejó de la barra. Sería su perdición quedarse allí porque cuando más alcohol consumía, menos cuerda estaría y lo último que quería era vomitar verbalmente a quién se la cruzara y pretendiera entablar una conversación. No se fue de allí sin algo un poco más… ¿amarillo? Ni siquiera sabía lo que era porque imitó el pedido de una mujer de unos cuarenta que estaba con un joven dos décadas menor que ella. Todo ocurría en Las Vegas.

Con paso vacilante se incluyó en la hilera de personas que se dirigían a los tragamonedas. Sería su primer destino. Chocó con algunos hombros pero unas disculpas fueron emitidas al instante. Cuando encontró un lugar disponible caminó con rapidez. Podía perderlo si siquiera pestañaba. Y casi lo hace cuando un hombre tuvo la misma idea. —Disculpa, yo lo vi y llegué primero.— reclamó con una mano sobre el respaldo de la silla que se ubicaba enfrentada a la pantalla. —N-no no, tú no puedes ser…— tartamudeó al ver al protagonista de su sueño sucio y de varios encuentros donde sabía que había hecho el ridículo. Tragó con dificultad. —Sabes, puedes quedarte con el lugar, yo veré en algún otro espacio disponible. Suerte que te diviertas. ¡Iajuu!— exclamó en una fingida alegría mientras retrocedía lentamente como quien no quiere la cosa.
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