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The Killing Joke. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 29, 2019 11:06 pm

The Killing Joke. —Güendolín. 3C8t6M4
Cerca del gimnasio de Gwendoline Edevane | 29/03/2019 | 20:36h | Atuendo

Ese día en el Juglar Irlandés había sido más pesado e intenso de lo que uno podría haberse imaginado, por lo que aún a la hora de salir, todavía no habían puesto un pie en la calle. Samantha había mirado la hora en su móvil para ver cuánto se había retrasado, ya que le había dicho a Gwendoline que ella hoy hacía la cena, pero tal y como estaban las cosas, se veía un poco negro si querían cenar a una hora decente. Así que antes de ponerse a cerrar y recogerlo todo junto a Santi, pues solo eran dos, cogió el móvil y avisó a Gwen, estimando un poco lo que iba a tardar en terminar allí, siendo tan pocos.

Debería de estar en el gimnasio todavía, así que tenía margen par avisarla con tiempo. Usó el WhatsApp en vez de llamarla, pues seguramente no se lo pudiese coger. Le avisó de que el Juglar había sido una locura, que no le daría tiempo de llegar antes a casa que ella y si en vez de cenar en casa, cenaban en el mexicano que tanto le gustaba a Gwendoline y así de paso la mimaba un poco con su gusto peculiar por lo excesivamente picante.

Se guardó entonces el móvil en el bolsillo delantero del delantal, acercándose a la puerta principal para girar el cartel de abierto por cerrado, así como echar el pestillo en la puerta. Se dio la vuelta y apoyó su espalda sobre ella, observando todo lo que tenía que recoger. Ojalá estar sola al completo para poder utilizar magia. Ahora mismo se arrepentía de no haber seguido el consejo de Gwendoline y decírselo a Santi con tal de poder utilizar su varita en ese momento.

Mia, ¿tú bien? —Preguntó Santi desde detrás de la barra. —Yo hacerme caca urgentemente. Yo sé tú quedar con Gwendoline, pero yo no poder aguantar. ¡Yo prometer ser raudo y veloz recogiendo! —Y salió corriendo de allí hacia el baño.

¡No te preocupes! —No quería ser la culpable de que el pobre hiciese sus necesidades con prisa. Ya había avisado a su novia, así que tenía tiempo. —Haga usted caca tranquilo.

¡Gracias! —Y se metió en el baño.

Sam no pudo evitar sonreír por la naturalidad que poseía Santi, que a veces era sencillamente envidiable. Aprovechó entonces que estaba sola para hacer uso de la magia, sobre todo en la parte exterior, que era en donde más cosas había que hacer. Luego en la cocina podía pasar el tiempo más rápido si ambos se ponían manos a la obra, pero el hecho de tener que estar para arriba y para abajo y limpiándolo todo…

Así que miró hacia la puerta del baño para cerciorarse de que estaba bien cerrada y sacó su varita del delantal, llevándose con ella dos paños y el limpiador. Con la varita hizo que todas las vajillas usadas volasen hasta la cocina y que los paños comenzasen a limpiar todas las mesas rápidamente, volando de un lado para otro. Subió las escaleras rápidamente, repitiendo el proceso allí encima. Era muy gracioso ver como todas las tazas, los platos y las cucharillas volaban desde aquel segundo piso hasta la cocina, colocándose todas ordenadamente sobre el lavamanos.

Unos cinco minutos después escuchó como Santi tiraba de la cadena, por lo que bajó rápidamente los escalones e hizo que los paños dejasen de limpiar, al menos los de abajo. Cuando escuchó que la puerta se abría, las prisas hicieron que se resbalase con uno de los últimos escalones y cayese de culo.

¡Mia! —dijo Santi, acercándose a ella. —¿Tú bien? ¡Menudo golpe!

Sam se había quedado sentada en el último escalón, sintiendo que el hueso de la ‘risa’ no daba tanta risa. Aún así se puso en pie y le quitó importancia, para entonces ver como Santi miraba toda la parte baja.

¿Yo cuánto estar haciendo caca? Pensé que yo ser rápido. ¡Tú sí que ser rápida! —dijo feliz, para entonces volver a la cocina. —Cuando tu terminar arriba ven a la cocina, yo empezar a limpiar allí. —Y se fue hacia allí. —¡Ah, no entres en el baño!

Al girarse y meterse en la cocina, fue cuando el paño del piso superior voló en dirección a Sam, estampándosele en la cara mientras ella se frotaba el hueso del culo con pesar. No entendía por qué lo llamaban el hueso de la risa, si no daba nada de risa.

En ese momento notó vibrar su teléfono móvil y lo cogió, viendo como Gwendoline le contestaba poco a poco a todo lo que le había dicho. Había que admitir que ya escribía UN POQUITO más rápido que en un principio y a Sam siempre le hacía gracia imaginarla con el pulgar super rápido apretando todas las letras, con lo fácil que era usar los dos. La morena le había dicho que iba a casa, se duchaba e iba al restaurante y al final ambas quedaron en estar allí en media horita, sobre las nueve en punto. Sam le respondió con un cerdito feliz y un corazón, para volver a guardárselo y corroborar que todo allí fuera estaba bien antes de entrar y enfrascarse en la labor de la cocina.

Caminó hacia la trastienda para cerciorarse y, por el camino, pasó por el baño. Tuvo que arrugar la nariz y retroceder un par de pasos.

¡Pero Santi! ¡Qué mal huele! —Gritó para que le escuchase.

¡Yo advertir, Mia! ¡Yo estar podrido por dentro! ¡Mi caca siempre huele mal! —Y Sam pudo escuchar perfectamente como el español se reía ampliamente. —¿Tu caca no oler mal? ¡¿Tú ser una princesa que se tira pedos con olor a fresa?!

Y para cuando dijo eso, Sam ya estaba en la puerta de la cocina, mirándole con divertido reproche.

Las mujeres no nos tiramos pedos. —Y le sacó la lengua, divertida.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 30, 2019 1:33 am

Un pequeño fallo, el más mínimo, era suficiente para que todo saliera mal, y una vez más, Gwendoline comprendió cuán cierta era aquella afirmación: terminó en el suelo por tercera vez en lo que iba de entrenamiento, golpeando con la mano libre la colchoneta sobre la que había aterrizado en señal de rendición.

Cada vez que cometía un error, se frustraba, aún a pesar de que Ren, su sensei, insistiera en que progresaba adecuadamente.

El japonés le ofreció su mano, una amplia sonrisa dibujada en el rostro, y Gwendoline la aceptó a regañadientes. Se puso en pie con su ayuda, sintiéndose lenta y torpe. En su cabeza, se repetía una y otra vez que ya debería haber aprendido aquello. Era una Ravenclaw, después de todo, y le costaba concebir que había cosas que no aprendería más rápido por ser más inteligente.

—Eso ha estado bien, pero has dudado, y yo he visto tus intenciones.—Le dijo, sin perder esa sonrisa.—Recuerda: nunca dudes, sólo actúa. Sigue hasta el final con lo que tienes en mente, y las cosas te saldrán mucho mejor.

—Me siento muy torpe y muy lenta...—Confesó, ya de pie, con gran frustración.

—No ves tus propios progresos, sólo tus fallos. Los árboles no te dejan ver el bosque.—Le respondió Ren.

—¿Es eso algún tipo de filosofía de tu país natal?—Le preguntó la morena, quien pese a todo se esforzó por sonreír un poco.

—¿De mi país natal? Soy tan inglés como tú, Ava.—Se refirió a ella por su nombre falso, con el que se había inscrito en aquel gimnasio. Todas las precauciones eran pocas en aquella vida.—Mis padres son japoneses, pero yo nací en Londres. Y te aseguro que en mi casa no se lleva ningún tipo de costumbre oriental.—Le dijo en tono jovial, casi divertido, mientras levantaba su mano derecha en el inequívoco gesto de “Choca esas cinco”. Gwendoline se las chocó.

—¿Podemos repetir la última llave? Creo que empiezo a dominarla.—Solicitó, a lo que Ren negó con la cabeza.

—Podemos, pero no hoy. Se acabó el tiempo. ¡A casa!—Lo dijo con el tono del típico profesor de instituto enrollado, de esos que se creían amigos de sus alumnos. Y dicho eso, le pasó una toalla a Gwendoline, tomó una para sí, y se marchó en dirección a los vestuarios, no sin antes despedirse de ella.


***

Unos minutos más tarde, Gwendoline se había cambiado de ropa para marcharse a casa: era del tipo de personas que, si bien se sentía lo bastante a gusto en su casa como para ir desnuda, prefería ducharse en su propia ducha, y no en los abarrotados vestuarios del gimnasio.

Sam le había dicho por Whatsapp que no podría salir a tiempo del Juglar Irlandés para preparar la cena, como estaba acordado de antemano; sin embargo, la rubia tenía un plan de reserva al que la morena no pudo resistirse: comida mexicana. Sólo de pensar en el picante en su boca ya se le hacía la boca agua.

Aprovechando que estaba sola en el vestuario, Gwendoline fue respondiendo los mensajes de su novia mientras se secaba el sudor del cuerpo, se ponía un poco de desodorante—algo un poco innecesario, quizás, teniendo en cuenta que pretendía ducharse en casa—y se cambiaba de ropa. Para cuando estaba sentada en uno de los bancos, atándose los cordones de sus zapatillas, había dejado de concretar el plan con su novia para intercambiar con ella mensajes amorosos.

Mientras salía del gimnasio, camino de la estación de metro más cercana—le había robado a Sam el truco de utilizar los baños del metro para desaparecerse—, seguía enviándole mensajes a su pareja. Al parecer, estaba teniendo algún tipo de problema con Santi, algo relacionado con el cuarto de baño. Se hacía una idea y prefirió no preguntar.

Teniendo en cuenta la lentitud de su dedo pulgar derecho, y la rapidez de Sam, optó por un mensaje de audio para responderle.

—Pues que sepas que estás hablando con la maestra del Aikidō: hoy sólo me han tirado al suelo tres veces. Y conociéndome como me conoces, sabrás que para mí es todo un mérito. Así que quiéreme, me lo merezco. Te quiero.—Y soltó entonces el botón para enviar el mensaje, al mismo tiempo que llegaba a las escaleras que llevaban a la estación.

La morena se internó en la estación de metro, totalmente ajena al hecho de que alguien la seguía. Alguien que se había memorizado todos sus horarios, y que sabía a dónde se dirigía en esos momentos.

Por lo cual, cuando la morena entró en el primer cubículo del cuarto de baño de mujeres y cerró la puerta para evitar miradas curiosas, no pudo desaparecerse. Fue una sensación extraña, casi como tener una cinta adhesiva invisible y muy extraña alrededor, impidiéndole iniciar algo tan rutinario que ni siquiera tenía que pensarlo antes de hacerlo.

Frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando allí? No se le pasó en ningún momento por la cabeza que aquello fuera una trampa...


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Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 30, 2019 4:47 am

Hotel Necropolis | 23/03/2019 | 04:45h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Ya no está viviendo ahí —le respondió Caiden a Zed cuando éste le preguntó por Gwendoline Edevane, la que ahora ya era pareja de Samantha Lehmann. —No sé en donde vive, supongo que vive con Lehmann porque hace tiempo que no la veo por los alrededores de la casa de Westminster. Sólo he visto a Shepard.

Entonces el vampiro se apoyó hacia atrás en el sillón orejero de piel de color vino, llevándose una de sus manos al mentón, pensativo. Caiden Ashworth se había convertido en su mano derecha: le había ayudado a espiar todo lo que rodeaba a Lehmann, además de asistirle con una magia que él ya no poseía, algo indispensable si pretendía enfrentarse a ellas. El simple hecho de una lealtad inquebrantable por el pasado, así como el premio de llevar frente al gobierno a varios traidores que le había prometido el Crowley, le valían a Ashworth como pago a sus servicios.

Sin embargo, cuando iban a dar el primer golpe después de meses de preparación, algo se torció. Gwendoline Edevane ya no vivía en su apartamento habitual, sino que pernoctaba en algún otro lugar que les era imposible averiguar. Caiden la había vigilado bien de cerca durante mucho tiempo como para no tener duda alguna de ello.

No importa: la capturaremos en la calle —respondió entonces, sin ponerle buscarle más problemas al asunto. —Sabemos sus movimientos y sus horarios, no será un problema sorprenderla y traerla hasta aquí. La única pena que me da es que no podré presentarme en casa de Lehmann a contarle cómo se le va a empezar a desmoronar el mundo.

Caiden no entendía la obsesión que tenía Zed por destrozarle la vida a Lehmann, pero porque no entendía nada sobre la venganza. A él le valía con suplir sus necesidades y entre ellas estaba la violencia, el asesinato y la tortura. Le daba exactamente igual los motivos emocionales y el rencor que pudiese tener el vampiro.

Pero se me ocurre una idea mejor... —dijo entonces Zed, ladeando una sonrisa perversa hacia su amigo.


Cerca del gimnasio de Gwendoline Edevane | 29/03/2019 | 20:36h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Caiden Ashworth estaba sentado en las escaleras de emergencias de un edificio, fumándose un cigarro mientras esperaba a que Gwendoline Edevane terminase lo que sea que estuviera haciendo en el gimnasio. Vale que la había espiado, pero no tenía ni idea de lo que hacía. Había asumido que, como cualquier persona, simplemente se ejercitaba para mantenerse en forma.

Se encontraba allí sentado, aprovechándose de que ninguna farola iluminaba dicho lugar, a la espera de verla pasar. Era arriesgado desaparecerse en un lugar público como ese, sobre todo porque las cámaras te grababan entrar y no salir, por lo que Caiden la había perseguido hacía mucho tiempo y sabía cuáles eran sus lugares recurrentes para acceder a una aparición fácil y eficaz. Era por eso que siempre le perdía la pista hacia su nuevo hogar, pues en el Ministerio de Magia todavía constaba su apartamento anterior como residencia oficial. No había que ser muy listo para asumir el por qué de no haber cambiado su documentación en el Ministerio de Magia. Era una traidora, al fin y al cabo, que se estaba guardando sus espaldas. La que le caería por estar, defender, ocultar y vivir con una sangre sucia juzgada por el gobierno sería sin duda sentencia suficiente para su muerte.

Cuando vio a la morena caminar por la acera en dirección este, supo que iba en dirección a los baños del metro. Últimamente siempre utilizaba ese lugar, por lo que le resultó hasta aburrido tomar el mismo camino de siempre.

Fue apareciéndose cada ciertos metros, siempre aprovechándose de la ventaja que le daba estar en altura y no perderla de vista, además de que perseguirla a pie siempre le había parecido muy de acosador y creía que se le podía identificar mejor. De esa manera, era prácticamente imposible que lo hiciera.

Sacó la varita cuando vio a Gwendoline llegar a la entrada del metro, apuntando hacia allí para crear una barrera anti-aparición que la dejaría totalmente atrapada en cuatro paredes de las que no saldría de manera consciente. Siendo literales, entrar a ese metro iba a ser la última decisión que tomase en su vida. Así que tras cortar cualquier vía de escape por magia, tomó la última calada de su cigarro y lo tiró a través de la cornisa de aquel tejado.

Se tiró entonces por el tejado al fijarse de que no hubiera nadie, amortiguando la caída con magia y caminó hacia allí, cruzando la calle.

No había mucha gente en los pasillos, pero realmente le daban igual. No tardó en llegar al baño de chicas y abrir la puerta, entrar y cerrarla tras él. Vio un total de tres cubículos: el primero cerrado y los otros dos abiertos, a lo que no pudo evitar sonreír por las ilusas intenciones de la morena. Tenía la varita en su mano izquierda—pues era zurdo—y su mano derecha en el bolsillo, sin dejar de mirar al cubículo que tenía delante.

¿Gwendoline Edevane? —preguntó entonces y, con un movimiento de varita, desencajó la puerta de aquel cubículo, tirándola hacia un lado. Ahí apareció la bruja, vestida con ropa de deporte y sin saber qué ocurría, justo en frente de él. —No saques tu varita o te voy a tener que hacer daño —le advirtió, con un falso tono conciliador, cuando en realidad era claramente un amenaza. —Un amigo quiere verte y me ha pedido que te lleve ante él. No me ha dado instrucciones sobre tu estado, así que no te conviene ponérmerlo difícil.

Sacó entonces su mano del bolsillo y la señaló, moviendo el dedo índice hacia él como invitándola a acercarse.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 30, 2019 2:26 pm

Se dijo a sí misma que debía haber cometido algún tipo de error. Que si no se había desaparecido, había sido simple y llanamente porque estaba pensando en otra cosa y no se había concentrado en la labor. Podía suceder: a fin de cuentas, la magia de la aparición era tan compleja que se instruía con mucho cuidado, e incluso los más expertos podían llegar a sufrir una despartición si no se concentraban como era debido.

Lo intentó de nuevo, esta vez concentrándose mucho más en el lugar en que quería aparecerse—su casa, donde vivía con su novia—, pero el resultado fue el mismo: esa sensación como de estar atada a aquel lugar, con la metafórica cinta adhesiva invisible en la que ya había pensado antes.

Esto es muy raro, pensó mientras sacaba el móvil, y para entonces ya empezaba a valorar la posibilidad de que hubieran utilizado algún hechizo para impedirle la desaparición. ¿Pero quién? ¿Y por qué?

Se puso a teclear rápidamente—todo lo rápidamente que un sólo pulgar le permitía—un mensaje para Sam. Empezó a escribir la frase ‘Creo que tengo un problema”, pero no llegó ni a escribir la erre de la palabra ‘problema’, antes de que una voz llamara su atención.

Levantó la mirada de la pantalla del teléfono—dejando a medio escribir y sin enviar el mensaje—justo a tiempo de ver y escuchar cómo la puerta del cubículo era literalmente arrancada de sus bisagras. Reaccionó dando un respingo y retrocediendo un paso dentro del limitado espacio del cubículo. Al hacerlo, topó con el inodoro, y a punto estuvo de caer sentada sobre éste.

La puerta fue arrojada hacia un lado, y a través del umbral, Gwendoline pudo observar a un mago que no conocía de nada: sabía que era un mago no sólo por el truco que había hecho con la puerta, sino por la varita que sostenía en su mano izquierda.

Las palabras que le dijo eran claramente una amenaza, y si bien la morena comenzó a inquietarse un poco, optó por no mostrar dicha inquietud: camufló sus emociones bajo una máscara inexpresiva, y dio un par de pasos adelante, saliendo del cubículo.

No obstante, se detuvo a una distancia prudencial del desconocido.

—¿Quién eres?—Preguntó Gwendoline, su voz sonando todavía lo bastante firme como para controlar sus nervios. Esa varita, amenazante, seguía apuntándole, y no dudaba de las intenciones del mago en cuestión.

—El que te acaba de prometer que no te conviene ponerme las cosas difíciles.—El mago le dedicó una sonrisa torcida, mientras sus ojos la miraban de arriba abajo. Sostenía el bolso por delante de su cuerpo, tras el cual ocultaba la mano con el teléfono móvil.—También voy a tener que pedirte que dejes el bolso y lo que tengas en las manos en el suelo.

Gwendoline, que en esos momentos estaba pensando en una manera de salir de aquello sin tener que obedecer al desconocido, empezó a agacharse, lentamente, para obedecer la orden del mago.

O eso parecía, al menos.

—Eso es. Muy bien. Despacio y sin tonterías. Veo que nos entendemos.—El mago parecía satisfecho con cómo iban las cosas, e incluso se relajó un poco.

—¿De qué va esto? ¿Qué es lo que quieres de mí?—Preguntó Gwendoline, que en aquellos momentos sólo podía pensar en una persona que quisiera atraparla, y llevaba muerta más de dos meses.—¿Trabajabas para Grulla y crees que puedes ganarte unos galeones entregándome al Ministerio?

—Interesante teoría. Venga, date un poco de prisa: como alguien intente cruzar esa puerta, voy a tener que cargármelo. Sea quien sea. Así que tú verás: te gustan demasiado los muggles y los sangre sucia. Seguro que no quieres la muerte de nadie en tu conciencia.—Y con esas palabras, el desconocido guiñó un ojo, un gesto de complicidad que no tenía nada de amistoso.

Gwendoline se quedó un segundo paralizada al pensar en la posibilidad, y un escalofrío le recorrió la espalda sólo de imaginarlo: una pobre muggle que entra en unos baños públicos con la única intención de orinar o lavarse las manos, y termina muriendo a manos de no loco como el que tenía delante, sin siquiera merecerlo. A punto estuvo de abortar el plan y obedecer…

...pero no lo hizo. Y con todas sus fuerzas y su agilidad, Gwendoline arrojó el bolso en dirección al mago.

Sorprendido por semejante actuación, el mago no pudo hacer otra cosa que cubrirse instintivamente, de tal forma que la ligera bolsa de gimnasio que contenía su ropa y unas pocas pertenencias menores impactó contra sus antebrazos. No fue un golpe demasiado fuerte, pero la sorpresa le hizo retroceder un par de pasos. Momento que aprovechó Gwendoline para lanzarse sobre él.

Al verla venir, su enemigo alzó la varita en su dirección, pero la bruja estaba tan cerca que pudo aprovechar ese mismo movimiento para efectuar una llave muy sencilla: agarró el brazo con ambas manos y empezó a retorcerlo, obligando a su enemigo a darse la vuelta si no quería que se le dislocase. De esta manera, logró colocárselo a la espalda, y haciendo acopio de su propia fuerza, lo empujó contra la pared, donde le retuvo.

—¡Te he preguntado quién eres! ¡Contesta!—Exigió Gwendoline, quien ahora se creía por completo en control de la situación. Sujetaba con la mano izquierda el brazo izquierdo de su enemigo contra la espalda, mientras que con el derecho, flexionado, presionaba la parte alta de la espalda de éste, manteniéndole contra la pared. No era una posición cómoda para ninguno de los dos, pues el tipo era considerablemente más alto que ella, y estaba un poco de puntillas.

—¡Vaya! Veo que los tienes bien puestos.—El tipo, que parecía más divertido con la situación que cualquier otra cosa, soltó una carcajada.—Pero no es que seas muy observadora...

Gwendoline no sabía de qué estaba hablando, pero lo supo en el momento en que la puerta arrancada del cubículo la golpeó con fuerza, volando desde el mismo lugar en que había caído antes. La morena sintió un latigazo de dolor—especialmente en el brazo derecho, el cual recibió la mayor parte del impacto—y trastabilló un par de pasos, apartándose del mago y liberándolo, en el proceso.

—Creo que te pedí que te comportases.—Dijo él, justo antes de asestarle un puñetazo en la cara, tan fuerte que la hizo caer de bruces en el suelo. Una pequeña mancha de sangre apareció en el suelo, ante los ojos de la morena, que luchaba por ponerse en pie.—Y te dije que no te convenía ponérmelo difícil. ¿Tan—el tipo le arreó una patada a la altura del estómago, tan dolorosa que la dejó sin aire y la hizo caer de costado al suelo—difícil es—otra patada, esta vez en el estómago, que definitivamente la dejó sin aliento—hacerme caso?

No hubo un cuarto golpe, como esperaba Gwendoline, pero tres ya le parecían suficientes: sentía el vientre inflamado y dolorido. No tenía acceso a su varita, y lo único que tenía cerca era su teléfono móvil, caído de su mano derecha durante el forcejeo. Lo miró casi con anhelo, sopesando la posibilidad de cogerlo...


Última edición por Gwendoline Edevane el Lun Abr 01, 2019 3:44 am, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 01, 2019 3:00 am

Hotel Necropolis | 29/03/2019 | 20:40h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Después de la última patada de Caiden, éste cogió aire por la nariz y se pasó el pelo hacia atrás pues estaba engominado y sentía que se había despeinado después de ese ataque de ira, por lo que usó ese gesto para relajarse. No se le pasó por alto que la morena, tirada en el suelo, anhelaba coger el teléfono, lo único que tenía cerca con lo que poder hacer algo. Así que el mago, haciendo uso de su magia, hizo que volase hacia él para cogerlo en el aire con la otra mano. Ni lo miró: sencillamente se lo guardó en el bolsillo delantero de sus vaqueros.

Con la varita todavía en la mano, atrajo el bolso de Gwendoline hacia él, sujetándolo con su mano libre, para entonces hechizar a la morena con unas cuerdas que ataron sus manos entre sí.

Se agachó entonces de cuclillas frente a ella, justo delante de su cabeza y manteniendo inmóviles sus piernas en ese momento para que no pudiese patearlo ni hacerle daño.

Ahora tú y yo nos vamos a ir a ver a mi amigo. No te voy a advertir de lo que te espera si opones resistencia, supongo que eres lo suficientemente inteligente como para saberlo tú solita. —Le dio dos golpecitos en la cabeza, sonriéndole con ironía.

Apuntó entonces al aire y deshizo el hechizo anti-aparición: al haberlo hecho él, deshacerlo le fue tan fácil como haberlo hecho. Entonces sujetó a la morena y se desapareció con ella, apareciendo directamente en la habitación del Hotel Necrópolis en donde estaba Zed Crowley. Cualquiera podría decir que esa era su base de operaciones, pero nada más lejos de la realidad: Zed tenía otro lugar en donde llevaba viviendo todo este tiempo, pero podría decirse que el Hotel Necrópolis le debía la vida—casi de manera literal—por lo que podía hacer uso de sus instalaciones como vampiro VIP. Y por lo que le había dicho a Ashworth, quería que capturar a Gwendoline y llevarla allí para el bonito paralelismo con el pasado de Lehmann.

A Caiden le daba muy igual el lugar o los métodos, realmente. Con que al final de la noche ella tuviera la cabeza de Gwendoline Edevane entre sus manos, así como las evidencias de su traición junto a Lehmann, le era más que suficiente.

Aparecieron en mitad de una habitación muy lujosa, cargada de luz artificial y cuyas ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas de color rojo que, de ser de día, no dejarían pasar ni un solo haz de luz. No hacía falta más que mirar el suelo, los sillones o las mesas para darse cuenta de que eso era una habitación de mucho nivel y probablemente Gwendoline no era la primera vez que la veía.

Ashworth dejó caer a Gwendoline al suelo, soltándola para dirigirse a la mesa principal en donde dejó el bolso de la mujer, así como su teléfono móvil que tiró con cierta desgana. Acto seguido apuntó de nuevo a la morena.

¿Te voy a tener que atar también las piernas para que te estés quietecita? No, ¿verdad? Eres de las que aprenden a la primera. —Le dijo, enarcando una ceja, ya a una distancia prudencial de ella.

Tranquilo, Ashworth —dijo entonces una voz diferente y más grave, apareciendo desde atrás de la morena.

Zed Crowley tenía el pelo largo, echado totalmente hacia atrás. Su piel era pálida, su mirada intensa y vestía ropa normal, si no fuese por la gabardina de cuero, larga hasta los pies, que lo cubría totalmente, así como unas botas altas. A diferencia de cómo Gwen lo habría visto en los recuerdos de Sam, que Zed tenía el pelo corto y casi rapado, con un look mucho más casual y elegante. Cuando la mujer lo vio, él fue el primero en hablar.

Gwendoline Edevane… —añadió prácticamente voz pausada y suave. —Los Edevane y los Crowley siempre han estado al mismo nivel; compartiendo un estatus que pocas familias puristas pueden llegar a alcanzar. Es todo una pena que nuestros apellidos se hayan enfrentado porque hayas decidido estar en la vida de una sangre sucia, traicionando a aquellos que te han dado un renombre tan importante.

Entonces se encogió de hombros, como si el caso de Gwendoline Edevane fuese totalmente una pérdida. En realidad, en su juicio, lo era. Evidentemente él actuaba por pura venganza y le daba igual el gobierno actual, así como las familias, pero los datos estaban ahí.

Me llamo Zed Crowley.

Se cruzó de brazos, delante de ella, aún de pie, mirándola desde arriba.

Te preguntarás que qué haces aquí: es fácil. —Hizo una pausa, casi divertido. Caiden, por su parte, se había sacado una chocolatina y se la estaba comiendo, sin quitar ojo a la escenita. —Tu amiga me arrebató a mi familia y me destrozó la vida; yo pretendo arrebatarle a la suya y hacer que desee la muerte casi tanto como lo deseaba cuando estaba con mi hermano mayor, ¿conoces la historia?
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 01, 2019 4:29 am

El teléfono se le escapó prácticamente de entre los dedos, fruto de la magia de aquel desconocido que, a todas luces, era un cazarrecompensas. Gwendoline se sintió frustrada, pero enseguida sufrió un acceso de dolorosa tos que la hizo olvidar la frustración; en su lugar, sintió la caja torácica a punto de desgarrarse por los salvajes golpes que acababa de recibir.

Podría haber intentado algo, pero muy posiblemente no habría conseguido nada: el tipo estaba armado con una varita, y claramente tenía mucha más fuerza que ella. No había más que ver su estatura y su corpulencia para saber aquello.

Débilmente, sujetándose el vientre golpeado con el brazo izquierdo, hizo un amago de incorporarse un poco, pero todavía notaba la falta de aire. Jamás había recibido un golpe semejante, y ni qué decir tiene que tampoco dos. Comprendió entonces lo importante que era el estómago para el cuerpo humano: un buen golpe ahí podía incapacitar a una persona.

Pronto, sus dos manos estuvieron atadas la una a la otra, y el mago agachado sobre ella. La tenía totalmente inmovilizada, y para entonces sentía miedo de verdad: ¿Qué iba a pasar con ella? ¿Así era cómo terminaba todo? ¿Su vida perfecta con Sam? ¿Atrapada por un cazarrecompensas en unos baños públicos? No quería creerlo…

Cerró los ojos instintivamente cuando sintió aquellos golpes en su frente, que si bien no fueron fuertes, fueron molestos. Y después de eso… bueno, no le quedó más remedio que dejarse llevar.


***

Para cuando su cuerpo volvió a tocar el suelo, estaba en un lugar totalmente distinto al sucio suelo de los baños de la estación de metro, y un acceso de tos la sobrevino de inmediato. Su vientre parecía arder, y empezaba a temer que aquellos dos golpes le hubieran hecho más daño del que parecía a simple vista.

Al abrir los ojos—los había cerrado cuando había empezado a toser—apareció ante sus ojos una alfombra salpicada de su propia sangre, que brotaba de la herida abierta en sus labios.

Esa imagen fue suficiente como para traer a su memoria recuerdos muy desagradables, y para cuando miró a su alrededor, boquiabierta, tuvo claro que no era coincidencia: reconocía esa decoración, por mucho que todo lo que recordaba de ella fuese borroso, y ni siquiera un recuerdo suyo.

Estaba en el Hotel Gran Necrópolis, y esa era la misma habitación en que Sam había sido torturada por los Crowley.

Presa de la sorpresa y el profundo desazón que sentía, ignoró por completo las palabras de su captor, incorporándose hasta quedar sentada; a la otra voz, la que procedía de sus espaldas, sí le prestó atención, volviendo la cabeza levemente en esa dirección.

Los recuerdos de Sam de aquella noche eran difusos, borrosos e imprecisos, como poco, pero ciertas cosas estaban muy claras en la mente de la rubia. Las voces de aquellos dos malnacidos eran uno de esos detalles que recordaba con la claridad del agua, así como la mayoría de cosas que le habían hecho.

Por ese motivo, y a pesar de que el tono de voz era más grave que aquella noche, Gwendoline casi podría haberse ahorrado aquella presentación: reconoció enseguida la voz de Zed Crowley.

El mortífago había cambiado mucho desde aquella noche: donde antes había habido un cabello corto y bien arreglado, y un rostro sin asomo apenas de barba, ahora había un hombre de pelo largo y barba poblada. Cualquiera que no lo conociese tendría problemas para reconocerlo, y de no ser por la voz, muy posiblemente Gwendoline los habría tenido también.

Muda de la impresión, por un momento Gwendoline no prestó atención al miedo: aquello, si bien parecía no tener sentido alguno, daba sentido a las palabras del mago que la había arrastrado allí: aquello era una venganza, otra venganza más, de la familia Crowley. Hasta el punto en que uno de ellos había regresado, literalmente, de entre los muertos.

—Conozco la historia perfectamente.—La voz de Gwendoline se llenó de odio, repentinamente. Porque podía tener miedo frente a aquella sensación, pero llevaba meses, literalmente, mascando aquel odio. Odio hacia la memoria de aquellos tres salvajes que no deberían siquiera ser tratados como hombres.—Y te aseguro que ella no os quitó absolutamente nada: fuisteis vosotros quienes os lo buscasteis.—Añadió, apretando los puños, que descansaban sobre su regazo. El dolor en su vientre había quedado relegado a un segundo plano: el odio lo ocupaba todo, y la frustración, pues lo único que quería en aquel momento era matar a Zed Crowley con sus propias manos por lo que le habían hecho él y sus hermanos a Sam.

Caiden Ashworth, ese mago cuyo nombre desconocía, se comía una chocolatina con toda la calma del mundo, observando la situación. No pudo evitar soltar una leve carcajada ante las palabras de Gwendoline.

—¿Detecto un poco de tensión en el ambiente o algo?—Preguntó, riendo de manera sarcástica.

Ashworth se metió en la boca lo que le quedaba de chocolatina, tirando el envoltorio de cualquier manera sobre la mesita cercana. Tomó entonces la bolsa de gimnasio de Gwendoline, y como si tuviese todo el derecho del mundo a hacerlo, la abrió. Comenzó a revolver entre sus pertenencias, principalmente ropa sucia, hasta que dio con lo que buscaba: su varita.

—¿Guardas la varita con tus bragas sucias? Eso sí que es un insulto para todos los magos del mundo.—Comentó, negando con la cabeza, para luego pasarle la varita a Zed.

Gwendoline, que se había girado para mirar a Ashworth, observó cómo la varita describía un arco ascendente en el aire en dirección a Zed. Éste la atrapó sin ningún tipo de problema, acabando con toda posible esperanza que tuviera la morena de recuperarla. Los ojos de ella, entonces, se fijaron en los del Crowley.

—Te juro que...—Empezó a decir, cargada de odio, cuando escuchó el sonoro chasquido de la madera al partirse.

Se quedó petrificada al ver cómo Zed partía su varita en dos. De nuevo, en su memoria se agolparon los recuerdos de aquella noche: el mismo Zed había roto la varita de Sam, la misma que había sido sustituida por su antigua varita. Como si no fuese nada, como si aquel acto fuera suficiente como para negar el derecho a la magia de Sam.

Los dos pedazos cayeron sobre la alfombra, a los pies de Zed Crowley, quien para rematar la faena los pisó, dejándolos reducidos a meras astillas.

—¿Qué ibas a decir? ¿Que me juras qué?—Dijo el hombre, sin emoción alguna en su tono de voz. Casi parecía muerto.—La vez que esa putita y yo estuvimos aquí, le dije que se rompería igual que su varita.

Gwendoline, que ante cada mención a aquella noche se sentía más y más furiosa, sintió deseos de ponerse a gritarle. Sin embargo, todo lo que saldría de su boca serían amenazas vagas: literalmente, acababa de perder su única oportunidad de hacer frente a aquellos dos. Y aunque la tuviera, un dos contra uno no sonaba nada prometedor en su situación.

—¿Qué vas a hacer conmigo?—Dijo simplemente, apartando la mirada, clavándola en la alfombra. ¿Era la misma sobre la que Sam había sido torturada? ¿Era ese el destino que le esperaba?—Haz lo que vayas a hacer ya… pero no pienses ni por un segundo que te voy a decir nada sobre ella.

Diciendo esto, clavó la mirada en él. Si estaba en su mano resistir lo que fuera que tenía en mente ese psicópata, no pensaba romperse: no iba a decirle nada, ni siquiera la manera de llegar a ella. Por mucho daño que le hiciesen.

O eso quería pensar: le daba mucho miedo no ser lo bastante fuerte.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Abr 02, 2019 3:52 am

Hotel Necropolis | 29/03/2019 | 20:50h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Evidentemente la perspectiva del vampiro distaba mucho de la que podría tener una persona como Gwendoline por alguien como Lehmann. Para Zed, esa rubia sangre sucia había sido un cáncer que se había propagado por todos sus hermanos, matándolos uno a uno. Cierto era que en un principio fue Sebastian quien metió a Samantha en su vida, quitándole la suya propia, pero nadie le echa la culpa al tabaco por la muerte de una persona, sino que se lo echa directamente al cáncer, independientemente de lo que se lo haya provocado. Para él no era una opinión válida pensar que todos los Crowley se merecían lo que les había pasado. Él, así como su familia, eran demasiado narcisistas como para pensar en ello.

Ahí el único problema al que poder achacar lo sucedido y al que poder vengarse era sin duda Lehmann. Él había sido el punto de unión de todas las desgracias y para Zed no había nada más que hablar.

Pero dejó ese tema de lado porque discutir por ello era perder el tiempo y ya bastantes meses había perdido hasta que llegase este momento. Tras romper la varita de Edevane frente a ella, supo muy bien que le esperaría algo muy malo, sin embargo, le hizo gracia que sugiriera algún tipo de tortura o búsqueda de información con respecto a Lehmann.

¿De verdad te crees que necesito información de la sangre sucia? Lo sé todo de ella. Y lo sé todo de ti —le respondió. —No te necesitamos a ti para dar con ella, sabemos que está en su trabajo ahora mismo. Más bien, gracias a ella dimos contigo. No estarías aquí si no fueras un pilar indispensable en su vida…

No era la primera vez que utilizaban la integridad física de Gwendoline contra Samantha, aunque la primera vez de manera mucho más pasiva y amenazante, haciendo que tomase la decisión de apartarse de ella. Ahora, sin embargo, iba a ser de manera mucho más directa y las amenazas psicológicas habían quedado muy atrás.

Puedes estar tranquila, no te vamos a hacer lo mismo que le hicimos a ella sobre esa alfombra. Los dos sabemos que no lo soportarías —comentó con crueldad, ladeando una perversa sonrisa. —Le tengo que reconocer a la sangre sucia que fue de mis víctimas favoritas. Era placentero golpearla y golpearla y… que siguiese ahí, esperando a recibir más, negándose a decir nada. Uno se desesperaría, pero un enfermo como yo encuentra entretenido destrozar la belleza ajena.

Y era bien sabido que si todo se torció ese día fue por culpa de Vladimir, pues sus aires de grandeza con aquella vampiresa hicieron que tomase una decisión que en otra ocasión podría haberles favorecido. Si no hubiera sido por el mal servicio de aquel hotel, Lehmann a estas alturas ya no solo estaría muerta, sino también olvidada.  

Zed caminó hacia la mesa en donde estaba el teléfono móvil de Gwendoline, el cual estaba bloqueado por una contraseña numérica. Vio ahí el hueco para la huella dactilar. Mucho más fácil que andarse perdiendo el tiempo para sacarle el número. El vampiro entonces se agachó frente a ella, sujetó su mano aún atada y llevó el dedo índice al hueco, haciendo que el móvil se desbloquease.

¿Me vas a decir el número para desbloquear o mejor te corto el dedo y me lo llevo? Lo dijo muy en serio, mirándola de cerca a los ojos. No solo le iba a servir para desbloquear el móvil siempre, sino también de aperitivo.

Entonces el Crowley comenzó a indagar por su teléfono móvil, para abrir el WhatsApp. Abrió el único chat con mensajes pendientes, al nombre de Melocotón. Supo que era Lehmann por los mensajitos que se mandaban. Puso en alto el último mensaje de audio que había mandado la propia Sam como contestación al último de Gwendoline. Se escuchó perfectamente en toda la habitación.

¿Sólo tres veces? ¡Es un gran progreso! Eso es que no llegarás hoy a casa quejándote del dolor en el culo, ¿verdad? Tú sabes que yo te quiero aunque ese malvado profesor tuyo te tire diez veces a la tarima. Tú me avisas si se pasa que voy y le pego, ¿vale?

¡Mia pegando, yo querer ver eso! —Se escuchó un Santi de fondo.

Tú no me saques las cosquillas, Marrero. —Y tras una pausa, la voz de volvió a enfocar cien por cien en el micrófono. —Ahora mismo terminamos aquí y te espero en el mexicano. Te quiero.


Y el audio se cortó, haciendo que reinase el silencio.

Zed y Caiden se miraron y éste último tenía una sonrisa de autosuficiencia y diversión que hablaban por sí solas. Le parecía desternillante que esas dos chicas tan amorosas fuesen a tener una noche tan turbia como la que les esperaba y todo, de repente, fuese a acabar para ellas. Zed, por su parte, se sorprendió al escuchar a Lehmann de esa manera tan viva y alegre, pues las pocas veces que había coincidido con ella junto a Sebastian recordaba a una mujer apagada, casi movida por el desazón.

Pero vamos, teniendo en cuenta que le echaba la culpa de lo sucedido, el hecho de que fuera feliz no hacía más que darle ganas de arrebatarle dicha felicidad.

No creo que sea ningún secreto a estas alturas Gwendoline: pero esta noche vas a morir. Una muerte que tiene como único objetivo mermar lentamente los motivos de felicidad de Lehmann.

Es una muerte muy triste —dijo divertido Caiden, quien se encontraba como observador apoyado a la pared con los brazos cruzados. Morías para joder a otra persona, simple y llanamente. Era morir sin que tu vida realmente importase una mierda. —O lo sería, si no fuera porque eres una traidora asquerosa. Tu muerte no es triste, es más que merecida. Mañana me lo voy a pasar muy bien llevando tu cabeza al Ministerio.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Abr 02, 2019 1:54 pm

Zed Crowley, con toda seguridad, no era del todo consciente de todos los sentimientos que se agolpaban en la mente de Gwendoline Edevane.

Si lo que pretendía era llevar a cabo una recreación de aquella fatídica noche de diciembre de 2017, el Crowley lo estaba consiguiendo, quizás a un nivel que ni él mismo se esperaba: cada gesto, cada sensación, traían de vuelta aquellos sentimientos que la morena creía superados. Aquellos recuerdos que no eran suyos, y que se le habían impregnado por medio de la legeremancia.

En su interior se agolpaban el evidente miedo por lo que estaba por venir, la rabia y la frustración por todo lo que aquel malnacido y sus hermanos habían hecho a la persona más importante de su vida, y un sentimiento de impotencia ante lo imposible de su situación.

No tenía más que contemplar los pedazos de su varita para darse cuenta de lo difícil que lo tenía en aquellos momentos.

Así que lo sabes todo, pensó Gwendoline. ¿Sabría también dónde vivían? ¿Sabría que estaba recibiendo clases de oclumancia de su abuela? Quería pensar que no, pero…

Siempre se había imaginado que, de estar en una situación como aquella, el miedo sería tan abrumador que no dejaría sitio a otras emociones. Que se quedaría paralizada, temblando, y sólo pensaría en suplicar por su vida. Y si bien el miedo estaba muy presente en ella, no lo era todo: cada mención a lo que habían hecho con Sam hacía crecer un fuego en su interior, y el único motivo por el que no se dejaba llevar por ese fuego, esa furia, era porque no veía una manera clara de hacer algo sin que la detuviesen de inmediato.

Le miró con odio en su lugar, apretando los dientes dentro de la mandíbula. Pocas personas habían visto aquella mirada, ni siquiera Artemis Hemsley, pues era la primera vez que Gwendoline sentía tanto desprecio hacia un ser humano.

—Te prometo que vas a pagar por eso...—Dijo, casi en un gruñido susurrante, tal era su odio. Sabía que era una amenaza un tanto vacía, dada su situación, pero sentía tanto odio que no sabía cómo librarse de él.

Zed Crowley hizo caso omiso de sus palabras, caminando en dirección a la mesita donde descansaba su teléfono móvil. Gwendoline no le miró, y en su lugar miró cada centímetro de la habitación, en busca de algo que pudiera servirle para salir de allí. Por desgracia, no tuvo demasiado tiempo, aunque tampoco parecía haber nada a su alcance. El Crowley se había asegurado de ello.

Con el móvil en su poder, Zed se agachó a su lado y, sin ningún tipo de delicadeza, la obligó a poner el pulgar sobre el lector de huellas. La pantalla se desbloqueó, mostrando una imagen de ellas dos juntas como fondo de pantalla, haciendo aquella situación todavía más descorazonadora. Sintió una profunda desazón, observando sus rostros sonrientes en la fotografía… y preguntándose inevitablemente si jamás volvería a ver aquella sonrisa.

Tan concentrada estaba en estos sentimientos que ni escuchó la pregunta y amenaza de Zed. Y la situación no mejoró demasiado cuando escuchó el mensaje audio que le había enviado Sam. Se sintió como si toda su privacidad hubiera sido violada sin ningún tipo de piedad, y no pudo más que quedarse en silencio, escuchando.

Cuando el mensaje de Sam enmudeció, hubo un momento de silencio, que finalmente rompió Zed, llamando la atención de Gwendoline. Le miró con ojos cansados y apartó la mirada enseguida, sintiendo cómo en esa montaña rusa de emociones que tenía dentro llegaba a uno de las peores bajadas: una profunda tristeza se adueñaba de ella. Inmediatamente, esa tristeza se mezcló con la rabia al escuchar a aquellos dos hablar de ella como si ya estuviera muerta, y si bien la amenaza directa contra su vida hizo que le diese un vuelco al corazón, también se sintió profundamente atacada.

Porque aquellos dos no tenían ningún derecho a amenazar su vida.

¿Y qué hizo ella? Lo único que podía hacer en un momento como aquel, el único daño que se sentía capaz de hacer: el psicológico. Atada como estaba, podía ladrar, pero no morder. Quizás algunos ladridos hiciesen algo de daño a Zed Crowley.

—Pareces muy seguro de tus posibilidades...—Le dijo, lentamente, mientras alzaba una mirada llena de un odio furioso. Quizás fuera a morir esa noche… pero se negaba a abandonar aquel mundo sin hacerle daño a Zed Crowley. De la manera que fuese.—¿Estabas igual de seguro de ti mismo la noche en que murió tu hermano?—Pudo percibir una ligera tensión en el rostro del Crowley, pero se mantuvo inmóvil y en silencio, allí donde estaba. Gwendoline continuó hablando, sintiéndose terriblemente cruel con cada palabra que decía.—No pudiste salvarle. Tiene que ser duro vivir con eso cada día de tu...

No llegó a terminar la frase, pues Zed Crowley alzó un pie y la golpeó de lleno en el pecho con él. Fue algo muy parecido a ser alcanzada por la pata de un elefante a toda velocidad, y Gwendoline cayó de espaldas al suelo, casi sin respiración y con un fuerte dolor oprimiéndole el pecho. Por un momento creyó que iba a desmayarse, y quizás hubiera sido lo mejor.

Había cumplido su objetivo: Zed Crowley estaba furioso.

—Debes tener un ansia masoquista, Edevane. No te preocupes: voy a encargarme de satisfacerla.—El Crowley lanzó hacia ella una mano que parecía una zarpa y que se cerró alrededor de su cuello. La alzó con una fuerza que ella no creía que ningún ser humano pudiera tener, y la arrojó sobre el sillón. Entonces, tomó su mano derecha con la suya, y comenzó a apretar con fuerza. El dolor que Gwendoline sintió fue inmediato, y comenzó a gimotear.—Esta es mi manera de aplicarte un pequeño correctivo que tienes muy merecido. Considéralo una advertencia amistosa.

Gwendoline comenzó a sentir el dolor más terrible que había experimentado—dejando a un lado la maldición Cruciatus de Ulises Kant—en toda su vida, y mientras gritaba, escuchó una serie de crujidos procedentes de su mano. No necesitaba ser sanadora—cosa que quería ser en un futuro, si salía con vida de aquello—para saber que todos los huesos de su mano derecha se estaban partiendo. Zed Crowley se tomó su tiempo, y para cuando la soltó, la mano estaba deformada hasta un punto casi irreconocible.

—Ahora, contesta a mi pregunta: la contraseña. O te hago lo mismo en la otra mano.—Le exigió, poniéndole el teléfono móvil muy cerca de la cara.

Sopesó la posibilidad de no decírselo, más por orgullo que por otra cosa, pero debía ser sincera: la mano le dolía muchísimo, un dolor tan terrible que no quería tener que volver a experimentarlo. Eso sin mencionar el miedo de que aquellas lesiones pudieran dejar sus manos totalmente inservibles. ¿Y para qué? ¿Para proteger una privacidad que ya había sido vulnerada? No merecía la pena.

—Trece doce.—Dijo entre sollozos, dándose cuenta de que el dolor la había hecho incluso llorar. Su furia empezaba a apagarse, dejando paso al miedo más puro. ¿De verdad iba a conseguir algo hiriendo el orgullo del Crowley?

Sí, definitivamente: conseguiría más dolor. Mucho más.

—¡Qué aburrida! Podrías habernos dado un poquito más de guerra...—Comentó Caiden Ashworth, una risa sarcástica brotando de sus labios. Posiblemente, deseaba participar en su dolor tanto como Zed Crowley.

La morena ignoró su comentario. Con ojos todavía húmedos, observó su mano, aplastada y deformada. No quería mirar, pero se obligó a ello, pues necesitaba hacerse una idea de la gravedad del daño recibido.

Apenas podía mover los dedos y toda la piel comenzaba a tornarse violácea. Incluso parecía que la mano hubiera adelgazado, tal y cómo habían sido comprimidos sus huesos. ¿Qué clase de fuerza inhumana era capaz de hacer algo así?

Tuvo tiempo de preocuparse acerca de si aquello tendría cura, o de si, de salir con vida de aquello, tendría que vivir el resto de su vida con una mano incapacitada. Se recordó que muy posiblemente diese igual: Zed Crowley tenía intención de asesinarla, y pensar en su mano rota no iba a servirle de...

Entre toda esa desesperación, una chispa de esperanza se abrió paso hasta ella: sí, la mano tenía muy mal aspecto, pero si hacía un pequeño esfuerzo, ahora, podía hacerla pasar a través de las ligaduras que mantenían ambas muñecas atadas.

Sólo esperaba que Zed Crowley y su socio no se diesen cuenta de ello.
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 02, 2019 10:38 pm

Hotel Necropolis | 29/03/2019 | 20:55h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Haberle destrozado la mano a Gwendoline había sido un arrebato de ira y lo admitía, pero más que por nombrarle la muerte de sus hermanos, por la osadía con la que se dirigía a él, creyéndose en potestad de poder amenazarle o cuestionar cómo se sentía. Tanto la muerte de Sebastian como la de Vladimir habían estado muy lejos de sus posibilidades y habían sido inesperadas. Nadie se pensaría que por culpa de Lehmann el mayor de los Crowley sería asesinado, ni mucho menos que el estúpido de Vladimir la cagaría tanto como para ser desmembrado por una vampiresa.

Al final, Gwendoline le dijo la contraseña del móvil, a lo que Zed la dejó allí, observándose la mano con temor. El vampiro no había tenido piedad con eso: total, iba a morir de todas formas.

Así que abrió la cámara de fotos del móvil y enfocó a Gwendoline, sacándole una foto sin que ella se diese cuenta. Salía sobre el sillón de aquella habitación, a pies de la famosa alfombra de las habitaciones del Hotel Necrópolis. Había suficiente en la foto como para que Lehmann no solo identificara a la víctima, sino también el lugar.

Sin más preámbulos, se la envió por WhatsApp a Samantha.

Ya he invitado a Lehmann a la velada —dijo en voz alta para ambos, aunque para Caiden esa frase significaba otra cosa muy diferente que para Gwendoline. Para el mortífago era el principio de la siguiente fase. —Ahora sólo queda esperar. Empieza tu cuenta atrás, Gwendoline.


Cerca del Mexicano | 29/03/2019 | 21:05h | Samantha Lehmann & Santiago Marrero

No creo que la cosa vaya así, ¿eh? —Respondió Sam a Santi mientras tenía el móvil en la mano, esperando contestación de Gwendoline. Le parecía raro que no le hubiera avisado al llegar a casa, pero quería pensar que por culpa de las prisas, había ido corriendo a ducharse y ya.

Ni Santi ni Sam estaban ya en el Juglar Irlandés, sino que habían cerrado y habían caminado hacia el mexicano en cuestión. Estaba cerca de la cafetería, por lo que Santi había insistido en acompañar a su amiga hasta allí. El joven español era muy atento con esas cosas y si no fuera porque Sam siempre se negaba en rotundo a que la acompañase a las vías del metro—y porque le cogía en dirección totalmente opuesta a su parada de autobús—le acompañaría siempre. Pero le gustaba, sobre todo porque era consciente del peligro que tenía una mujer caminando de noche por las calles. Y Amelia, en su juicio, con esa cara de niña buena sería uno de las potenciales víctimas.

Sí qué ser así, tía. Si otro tipo entrar a trabajar al Juglar Irlandés, uno de nosotros tener que subir de categoría porque en algún momento no estarán ni Alfred ni Erika para gobernarnos a todos. —Exageró, sonriendo. —Yo creer que ser tú o yo porque Adrian no tener manera de jefe. Y tú romper muchos platos, así que quizás ser yo.

Tú no saber hablar inglés bien, Santi —le respondió Sam.

¿Tú entenderme, no? Si tú entenderme, todo el mundo poder entenderme.

Yo ya tengo un master en tu inglés feo.

Estaban delante del mexicano a la espera de la llegada de la morena, sin darle tampoco tanta importancia. Sin embargo, la legeremante, que estaba apoyada a la parte trasera de un banco, no paraba de mover el pie de manera evidentemente estresada. ‘Gwendoline no tarda tanto en ducharse…’ era lo único que se le podía pasar por la cabeza mientras Santi, frente a ella, relataba de manera muy gráfica y enumeraba con los dedos todos los motivos por los cual él era mejor candidato para ser ascendido en vez de Amelia.

Y no sabéis lo igual que le daba a Sam en ese momento esa conversación, o el hecho de que hubiese un ascenso en juego.

Miró entonces su reloj en la muñeca: ¿las nueve y diez? ¿Y había sido a las ocho y media la última vez que no recibía respuesta de Gwen? Por un momento se sintió en la absoluta paranoia, pensando que sólo habían pasado cuarenta minutos desde que no le contestaba el mensaje. Y se sintió un poco mal porque… ¿cuántas probabilidades había de qué hubiera pasado algo malo? Muy pocas. Todo iba bien.

Amelia, tú estar nerviosa, ¿qué ocurre? —Santi le puso una mano en el hombro, apoyándose a su lado.

No quería decirle que estaba nerviosa por esa tontería porque alguien como él no lo entendería, así que dudó unos segundos, suficiente como para que Santi tuviera muy claro que estaba buscando una excusa. Otra cosa no, pero conocía muy bien a Amelia para saber cómo era su espontaneidad y cuando se lo pensaba más de la cuenta.

Tú no querer decirme, ¿Gwendoline no te contesta? Tú mirar mucho el móvil. —Que vamos, el español hablaría como un meme retrasado, pero de tonto no tenía nada.

Fue en ese momento cuando recibió una notificación, que declaraba ‘Florecilla del Desierto’ le había enviado una imagen. Santi lo vio y no dudó en separarse un poco por si era una de ‘esas’ imágenes privadas, con diversión. Sam no pudo evitar sonreír y negar con la cabeza, para abrir el chat y ver qué le había mandado Gwen. ¿Sinceramente? Se imaginaba alguna maceta tirada por todo el salón por culpa de Don Gato y Chess que la hubiera tenido más tiempo del necesario entretenida, o quizás una bañera llena de agua acompañada de un comentario de: ‘Ups, casi me duermo.’

Pero la verdad es que si abrió aquello ya más tranquila, al ver la imagen que le habían pasado se le tensó hasta el alma. El rostro le cambió por completo, a un alivio inesperado a un pánico atroz. Dio un paso hacia adelante, observando no solo el estado de la morena, sino también el lugar en donde estaba, haciendo que todos esos recuerdos empezasen a aparecer en su mente, amontonándose uno sobre otros y sin poder evitar relacionar lo mal que lo había pasado ella, con la situación actual.

¿Mia? —Se había olvidado hasta de Santi al ver aquello.

Lo ignoró por completo y lo apartó con el brazo cuando intentó acercarse, alejándose de él lo suficiente como para coger aire y no empezar a hiperventilar en ese momento. Intentó tranquilizarse y pensar con sosiego: alguien le había mandado eso a consciencia. Alguien había cogido a Gwendoline y quería que Sam lo supiera. Y la verdad es que pensar en la posibilidad de ese ‘alguien’ teniendo en cuenta que estaban en el mismo lugar en donde se congregan todas sus pesadillas… le daba miedo.

Santi seguía detrás de ella, hablando de vez en cuando, pero Sam solo pudo marcar el número de Gwen tras intentar serenarse. No había que ser un experto para saber que quién sea que haya retenido a Gwen quería hablar con ella.


Hotel Necropolis | 29/03/2019 | 21:10h | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Zed y Caiden habían estado hablando en voz baja a un lado de la habitación, sin que Gwendoline pudiese escuchar nada de nada. Ashworth tenía unas claras órdenes para esa noche, sobre todo con respecto a Lehmann: no debía dejar que hiciera nada que pusiese en juego su plan. La muerte de Gwendoline, sin embargo, corría a cuenta del Crowley.

Sin embargo, en mitad de esa conversación, el móvil de Gwen comenzó a sonar en alto.

Vaya, parece que Lehmann ha recibido mi invitación. Supongo que no estará del todo contenta con los detalles. —Y aún con el móvil sonando, salió de la habitación para poder hablar tranquilamente con ella. Era consciente de que de hacerlo allí dentro, probablemente Gwendoline se haría escuchar a través y no era su intención.

Antes de salir miró a Caiden con severidad.


Cerca del Mexicano | 29/03/2019 | 21:10h | Samantha Lehmann & Santiago Marrero

¿Quién eres? —Sonó seria nada más escuchar como la llamada era aceptada y se hacía un silencio al otro lado. —Dime quién eres y qué quieres. —Y si bien estaba sonando muy bien hasta ese momento, de repente flaqueó: —Como le hagas algo, te juro que te voy a matar…

Samantha Lehmann… —dijo entonces la voz, que si bien era grave y ligeramente diferente a cómo la recordaba, le puso los pelos de puntas y la congeló. —Tú y yo somos viejos amigos. ¿No recuerdas mi voz del pasado? Vamos, haz un esfuerzo. El Hotel Necrópolis, mi hermano, tú y yo… pasándolo bien. Recuerdo que gritaste mucho… una pena que no haya sido de placer, ¿no? ¿Lo hubieras preferido?

La legeremante se quedó callada durante unos segundos, todavía ignorando a Santi y con el cuerpo totalmente petrificado. ¿Cómo era posible que fuese Zed Crowley? ¿Charlie no lo había matado? Sam nunca vio la muerte de esa persona frente a ella y quizás su mente le hizo ver algo que en realidad no ocurrió, pero ella hubiese puesto la mano en el fuego en que aquel hombre estaba muerto.

Sin saber cómo lidiar con el problema, pero teniendo muy claras sus intenciones con respecto a Gwendoline, hizo caso omiso a sus intentos de intimidarla o asquearla.

Zed…

...Crowley. El mismo. —Le completó la frase, con soberbia.

¿Qué es lo que quieres? Si me quieres a mí, aquí estoy. No te hace falta Gwendoline para tenerme. Suéltala e iré a donde quieras.

Al otro lado del auricular, Zed chasqueó varias veces la lengua, negando.

El punto de todo esto, Samantha, es que ya que tú me has arrebatado a todos mis seres queridos y me has destrozado la vida… Así que yo voy a arrebatarte a ti todo lo que quieres en esta vida hasta hacerte desear la más miserable de las muertes. Ojo por ojo, diente por diente. —Hizo una pausa. —Y empezaré por Gwendoline, para despojarte de cuajo de tu más alegre esperanza.

El cuerpo de Sam había empezado a temblar y Santi estaba cerca de ella, intentando no perder los estribos con los que estaba viendo y escuchando. Nunca en la vida había visto a Amelia así.

Como la toques te aseguro que vas a empezar una guerra. —La única guerra entre Lehmann y los Crowley, porque todo lo anterior no se podía considerar más que defensa personal. —Como le hagas daño voy a…

Me arriesgaré. —Le interrumpió. —Esta vez me aseguraré de dar el golpe de gracia antes de que venga nadie a interrumpir mi obra maestra.

Y le colgó.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Abr 02, 2019 11:51 pm

Zed Crowley y su socio se alejaron de ella para mantener una conversación a la que Gwendoline trató de prestar atención, sin demasiado éxito. Susurraban de manera intencionada, tramando a saber qué.

Al comprender que no iba a conseguir nada de información de ellos, la desmemorizadora cerró los ojos y trató de calmarse. Era una situación muy complicada, sí, pero tenía que mantenerse fuerte si quería salir de ella. Y si Sam había sido capaz de resistir durante horas las torturas de aquel salvaje y su hermano fallecido, ella tenía que ser capaz de mantener la calma y pensar una manera de salir.

Tenía que reconocer que las cosas estaban muy difíciles: eran dos contra una, y por algún motivo, Zed Crowley parecía tener la fuerza física de un gorila. A su alcance sólo tenía su bolsa del gimnasio, abierta y desvalijada. El socio de Crowley había rebuscado dentro de ella sin mucho cuidado, pero por suerte no había dado con el único objeto—aparte de su varita ya destrozada—con el que podía tener una oportunidad de salir de allí.

Y entonces, mientras pensaba y se sujetaba la mano destrozada contra el vientre, sonó su teléfono móvil, y Gwendoline dio un respingo. Crowley dijo unas palabras a las que Gwendoline no respondió—pero que le dejaron claras sus intenciones—y entonces abandonó la habitación.

La morena se quedó sola con el mago que la había secuestrado, y se dio cuenta de que aquella podía ser su única oportunidad: si la desaprovechaba, todo habría terminado.

El mago, con cara de aburrido, se puso a pasear por la habitación mientras silbaba una cancioncilla que Gwendoline no reconocía; al cabo de un par de segundos, se detuvo, se llevó la al bolsillo derecho de sus pantalones, y extrajo una cajetilla de tabaco. Sacó un cigarrillo de ésta y se lo llevó a la boca. Se dispuso a encenderlo con una llama de su varita, y entonces, como si no se hubiera percatado hasta entonces de la presencia de la morena en la habitación, fingió sorpresa.

—Espero que no te moleste que me fume uno.—Y soltó una risita, antes de prender la punta del cigarrillo y dar varias caladas.

Gwendoline, por supuesto, no respondió a semejante frase. Sin embargo, si todo salía como ella esperaba, se iba a arrepentir muchísimo de su vicio particular.

En lugar de hablar, y de manera totalmente intencionada, la morena empezó a toser. Cada vez que lo hacía, le dolía muchísimo la caja torácica, y sentía un hilillo de sangre corriendo por la comisura de sus labios. Sin embargo, se forzó a seguir tosiendo, hasta llamar la atención de Ashworth.

—¡Venga, no exageres! Sólo es un cigarrillo de nada...—Dijo, aunque estaba un poco preocupado: a fin de cuentas, Zed tenía un plan para aquella bruja, y su muerte debía suceder a su debido momento.

—No… puedo...—Empezó a decir, sin dejar de toser. Su interpretación estaba sonando muy creíble.—No puedo… resp...—El dolor que se estaba provocando a sí misma era atroz, y en otras circunstancias habría parado de inmediato. Pero siguió, inclinándose hacia delante mientras se sujetaba el vientre con ambos brazos.—Me ah… Agua… ¡Agua!—Pidió, su voz cada vez más débil y entrecortada. Realmente parecía que se estuviera ahogando.

Ashworth, lanzando un suspiro de resignación—pero sin darse demasiada prisa—tomó un vaso del mismo minibar del que había sacado sus bebidas Vladimir Crowley mientras torturaba a Sam, y entonces se encaminó al mismo cuarto de baño en que había muerto el susodicho. Gwendoline siguió tosiendo hasta que escuchó el sonido del grifo al abrirse… y entonces se puso en marcha.

Como esperaba, logró hacer pasar su mano rota a través del hueco en las ligaduras, y fue incluso más doloroso de lo que se había imaginado. Con ambas manos separadas, metió la izquierda dentro de la bolsa del gimnasio y buscó a tientas el bote metálico de desodorante en aerosol. Contenía alcohol, por lo que le vendría muy bien.

El grifo del cuarto de baño se cerró, y Gwendoline, con el aerosol en su poder, se levantó del sillón. Le dolía el cuerpo, por supuesto, pero tal era la adrenalina que fluía por sus venas que sintió que aquel esfuerzo no le costaba ni la mitad de lo que debería haberle costado. Y en cuanto vio asomar la cara de Caiden Ashworth a través de la puerta—el cigarrillo en los labios—, alzó el spray con la mano izquierda y lo pulverizó sobre su rostro.

El chillido que lanzó su captor fue horrendo, o lo habría sido de no ser por el hecho de que ese hombre la había capturado a la fuerza. El alcohol del desodorante prendió en contacto con el ascua al final del cigarrillo, arrojando en dirección a la cara del mortífago una llamarada que le produjo varias quemaduras. A consecuencia, soltó el vaso que llevaba en la mano, y éste se estrelló en el suelo, haciéndose añicos.

A modo defensivo, manoteó para intentar librarse de las llamas, y este fue el momento en que Gwendoline dejó de rociarle la cara, haciéndose a un lado para evitar sus manos.

—¡Zorra, hija de puta!—Exclamó Caiden, cargado de odio y frustración. Se sujetaba la cara, llena de pequeñas quemaduras, con una mano, mientras con la otra buscaba su varita a tientas. La había dejado sobre el lavabo cuando había ido a buscar el agua para Gwendoline.—Me da igual lo que diga Zed: te voy a...

Su amenaza quedó a medias y fue sustituida por un gruñido de puro dolor cuando la morena, sin delicadeza ni honor alguno, le asestó una dolorosa patada en la entrepierna. Ashworth se llevó ambas manos allí, pálido por el golpe, y cayó de lado en el suelo. Gwendoline tuvo entonces vía libre, y enseguida se lanzó a por la varita.

Sin embargo, para hacerlo tuvo que pasar por encima de Ashworth, y el mortífago le agarró un tobillo. Se desequilibró y estuvo a punto de caerse, pero se agarró con la única mano sana que tenía al lavabo. Le dolía todo, pero aún con esas, forcejeó para liberar el pie apresado, y comenzó a estampar la suela de su zapatilla de deporte en el rostro de Ashworth con toda la fuerza que le permitía la situación. Y si bien logró hacer que le sangrase la nariz, no parecía que sus golpes fueran demasiado eficaces.

Así que optó por alcanzar la varita, y cuando estuvo en su poder, conjuró un Desmaius no verbal contra el mortífago. Se produjo un resplandor rojizo dentro del cuarto de baño, y Caiden Ashworth cayó inconsciente, desmadejado en el suelo.

Gwendoline se detuvo sólo un segundo a intentar recuperar el aliento, sintiendo cómo el corazón le martilleaba dentro del pecho; no pudo detenerse mucho más tiempo, pues escuchó cómo se abría la puerta de la habitación.

—¡¿Qué cojones es todo este ruido, Ashworth?! ¡¿Qué coño estás…?!—Preguntó Zed Crowley mientras entraba en la habitación, sólo para ser interrumpido por una Gwendoline Edevane que emergió del interior del baño, apuntándole con la varita de su compañero.

¡Avada Kedavra!Conjuró Gwendoline, sin pensárselo ni un segundo. Y lo logró, de hecho: nunca había sentido tantos deseos de asesinar a alguien como en aquellos momentos.

Se produjo un resplandor verde, y cuando se apagó, Gwendoline esperó encontrarse con el cadáver inerte de Zed Crowley sobre la misma alfombra sobre la que había yacido hacía casi año y medio Sam, mientras la torturaban, pero no fue así; en su lugar, el Crowley seguía de pie, totalmente ileso. La morena no entendía nada.

—¿Có… cómo demonios…?

—¿...sigo vivo?—Terminó Zed la pregunta por ella, para sonreír de manera complacida.—Es muy complicado matar lo que ya está muerto, Gwendoline.

Matar lo que ya está muerto, repitió Gwendoline en su cabeza, y entonces fue capaz de atar cabos: esa frase, que no hubiera muerto cuando Charlie le había encerrado en la cámara frigorífica, que tuviese tanta fuerza…

—No vas a salir de esta habitación con vida.—Aseguró el vampiro en que se había transformado Zed Crowley.

¡Expulso!Gritó Gwendoline, y el vampiro salió despedido a través del umbral abierto de la puerta, impactando contra la pared de enfrente.

Sin perder el tiempo, y llevada por la misma adrenalina que le había permitido salir de aquella situación tan comprometida, la morena corrió: primero en dirección al pasillo, donde Zed Crowley ya se ponía en pie, y luego en dirección al ascensor, para lo cual tuvo que torcer a la derecha. Como es lógico, no se decantó por éste, sino que escogió las escaleras, y antes de lanzarse hacia ellas, se detuvo para conjurar una barrera de fuego con el hechizo Partis Temporus. Zed, que casi estaba encima de ella cuando esto sucedió, se detuvo en seco, temiendo una de las pocas cosas que la podía matar.

Con un sencillo Incendio no verbal, Gwendoline fue prendiendo fuego a los peldaños del primer tramo de escaleras, que estaban recubiertas de moqueta. Aquello retrasaría a Zed y le daría tiempo de escapar.

O eso esperaba, mientras corría a todo lo que le daba su maltrecho cuerpo, escaleras abajo...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Abr 03, 2019 4:12 am

Nada más colgar, Sam tuvo la imperiosa necesidad de tirar el móvil contra el suelo solo para soltar la ira interior que estaba sintiendo ese momento. Quería gritar, golpearlo todo y de verdad que no veía para nada descabellado matar a nadie que tocase a Gwendoline. Podría sonar excesivamente sobreprotector, pero no soportaba la idea de que le hicieran daño, muchísimo menos todavía si le hacían daño para hacerle daño específicamente a ella. Fue a dar un paso al frente, dispuesta a tirarse de cabeza, pero entonces una mano sujetó su brazo, impidiendo hacerlo.

¿Amelia? —Preguntó con seriedad Santi, quién la miraba con ojos firmes y preocupados. —¿Qué haber sido eso? ¿Tú estás bien? ¿Gwendoline… está bien?

Que siendo sinceros, todo lo que había escuchado y visto Santiago había sido nada más ni nada menos que algo que parecía sacado de una banda de mafiosos en donde las dos chicas estaban metidas en problemas. Y ahora parecía que lo de la droga de Gwendoline aquel día en su casa podía ser hasta más real de lo que creía.  

Pero Samantha no tenía tiempo para estar con explicaciones, por muy bien que le cayera el muggle. No era el momento y ahora mismo la legeremante sólo quería ponerse en camino al Hotel Necrópolis sin ninguna estrategia más que entrar a matar o morir, ¿pero dejar a Gwendoline ahí? Ni en broma. No pensaba llegar tarde, ni mucho menos dudar. Ya desde hacía mucho tiempo que tenía claro todo eso: ella estaba ahí para cuidar y proteger a quienes quería y le daba igual enfrentarse al mismísimo infierno y a sus pesadillas más recurrentes para conseguirlo. ¿Que temía a Zed Crowley y lo que podía hacerle? Por supuesto. Por mucho que ahora mismo le odiase más que nada por meter a Gwendoline en todo eso, no dejaba de temerlo; pero temía muchísimo más lo que pudiese llegar a hacerle a la que ahora se había convertido en la mujer de su vida.

Santi. —Pudo mencionar entonces el nombre de su amigo, con voz apagada y sombría. —Vete a casa. Ya te explicaré todo esto. —O no, porque quizás después de esa noche iba a cambiar todo en su vida.

Intentó dar un paso para irse, pero Santiago no le soltó.

¿A donde vas? Yo ir contigo. —Insistió.

¡Santi! ¡Suéltame! —Le gritó, agitando su brazo para que le soltase. —Te he dicho que te vayas para tu casa. No puedes venir conmigo. —Y empezó a caminar hacia el callejón más cercano, a paso rápido.

¿Ah, no? ¡Impídemelo! —No la iba a dejar irse, no hasta que le explicase lo que acababa de pasar. Mucho menos después de verla tan alterada y preocupada, cuando jamás la había visto así. —Amelia, dime qué ocurre. ¿Dónde está Gwendoline? ¿Con quién has hablado? ¿Quién era? Tú sonar preocupada...

Evidentemente su amigo, por muy buenas intenciones que tuviera en ese momento, le estaba agobiando demasiado. Ahora mismo solo tenía una cosa en mente y sabía que para conseguirla tenía que pasar primero por un encuentro para el que nunca se había sentido preparada. Lo menos que quería ahora mismo es tener a su amigo persiguiéndola mientras le intentaba hacer hablar de algo de lo que no quería hablar. Ahora sólo quería pensar, concentrarse, intentar pensar en algo que no fuese fatídico y…

¡¿Quieres callarte?! —Se giró para mirarle seriamente, gritándole a la cara. —¡Estate callado! ¡N-no quiero escucharte! ¡Sólo vete ya!

Y cuando se fue a internar en el callejón, Santi dio una zancada para ponerse por delante de ella e impedirle el paso, sujetando sendos hombros de la amiga. Ella resopló fuertemente. La miró con severa preocupación, como mira un adulto y no el niño al que todo el mundo estaba acostumbrado a ver cuando miraba a Santi.

¿Llamo a la policía? Déjame ayudarte, Amelia, sea lo que sea que estar pasando. —Y se sentía frustrado y desesperado por ver ese cambio repentino en su amiga, haciéndola pasar de la dulce y divertida mujer que siempre era, a una cargada de casi pánico en los ojos. No entendía nada.

Todo el mundo era consciente de que Santi lo único que quería era ayudar a su amiga, fuese lo que fuese lo que se traía entre manos. No le importaba darle todos sus ahorros si tenía problemas económicos con la mafia italiana, incluso, pero ahora mismo Samantha sólo podía ver a un muro que le impedía estar cuanto antes en el Hotel Necrópolis evitando que a Gwendoline le pasase nada. Y por mucho que en otro momento la preocupación de Santi le hubiese demostrado lo mucho que la quería, en ese momento no lo veía. Estaba cegada por encontrar a Gwendoline y el único motivo por el que no se había desaparecido todavía era porque la calle en la que estaban estaba muy concurrida y porque Santi estaba muy cerca y, sin querer, podía llevárselo con él.

Al día siguiente, si todo saldría bien, probablemente se sintiese terriblemente mal por tratar así a su amigo, pero ahora mismo no pudo hacer otra cosa.

Este problema le queda grande a la policía y te queda grande a ti, Santi. No puedes ayudarme y sólo me molestarías. —Tragó saliva, pero eso no quitó en absoluto la solemnidad con que lo había dicho. —Ahora deja de seguirme y vete a casa. —Repitió.

Se soltó de las manos de su amigo con las suyas y pasó a su lado, al interior del callejón. Cualquiera pensaría que lo iba a cruzar y, de hecho, fue lo que le pasó por la cabeza al muggle quién, terco como él solo y sin querer abandonar a su amiga, tuvo muy claro lo que decir.

No puedes evitar que deje de seguirt…

Pero justo delante de sus narices, Samantha usó la aparición y desapareció. Al ver aquello el moreno retrocedió un par de pasos, con la mandíbula desencajada, mirando hacia todos lados sin saber lo que acababa de pasar delante de sus narices.


***

Apareció a una manzana del hotel, la ubicación más cercana que conocía cerca de ese lugar. Odiaba ese lugar, por lo que desde hacía mucho tiempo que evitaba ir a esa zona de la ciudad. Así que para no perder tiempo, prácticamente corrió por las calles hasta llegar a visualizar el gran Hotel Necrópolis presidiendo aquella gran esquina. Se desabrochó su abrigo frente al agobio que sentía y entró allí sin apenas darse cuenta de que lo estaba pisando de nuevo. Aquel suelo que recordaba ver mientras el mismo Zed Crowley le partía la varita delante de sus ojos y le prometía romperse tanto como ella...

No fue cuando se rodeó de aquel aura de silencio e intranquilizante paz, cuando notó lo mal que le hacía ese lugar.

Sam no sabía que las cosas se habían torcido para Zed y compañía, por lo que caminó rápidamente hacia el ascensor para subir al segundo piso. No estaba en absoluto segura en qué habitación estaría, pero pretendía entrar en todas las habitaciones si hacía falta hasta encontrar a Gwen.


Hotel Necropolis | 29/03/2019 | Zed Crowley & Caiden Ashworth

Paró a un palmo de que aquella llameante barrera apareciese frente a él, sintiendo el calor a centímetros de su rostro. Retrocedió casi por impulso natural, alejándose de las pocas cosas que más daños podrían hacerle en su ‘nueva vida’, una vida que podía sobrevivir a un Avada Kedavra y morir por el más dañino de los elementos.

Al ver que aquella barrera no cesaba y que la morena estaba usando el fuego para evitar la persecución del vampiro, Zed tuvo claro lo que hacer. Retrocedió por sus pasos y entró por la habitación en donde había un Ashworth desmayado en las puertas del baño. Patético.

Siguió de largo y abrió la ventana, tirándose de ella. En el aire se convirtió en humo, se desvaneció en la caída convirtiéndose en humo y finalmente cayó en la puerta del hotel, volviendo a su forma tangible tras una humareda. Le dio igual que algún no mágico pudiera ver aquello, pero no iba a permitir que Gwendoline Edevane escapase. Entonces corrió hacia donde terminaban las escaleras por las que estaba bajando la morena, dispuesto a cortarle el paso. No era el pasillo principal, sino que eran unas escaleras auxilares de la parte trasera, las que normalmente utilizan los de mantenimiento.

En el pasillo trasero que daba a la puerta de emergencia de esas escaleras, vio a la morena, justo al otro lado, abriendo dicha puerta. Sus miradas volvieron a encontrarse y si bien la salida más obvia era coger el camino que le llevaba hasta Zed, tenía la opción de ir hacia la derecha, a la espera de que hubiese alguna salida por ahí. El vampiro, por su parte, corrió hacia ella, pero para ganar tiempo la morena conjuró un Lumos Solem por todo el pasillo, haciendo que Zed tuviese que tirar una puerta abajo para entrar al interior de dicha habitación y salvarse de una muerte instantánea.

Cuando cogiese a esa mujer iba a darle el último correctivo de su vida. Ya habían cambiado los planes: no iba a esperar a que llegase Lehmann.
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Gwendoline Edevane el Miér Abr 03, 2019 4:01 pm

Tras aquel último hechizo contra Zed Crowley, Gwendoline no perdió el tiempo: sin dejar siquiera que la luz solar que inundaba el pasillo—y que bien podría haber matado a cualquier otro vampiro incauto que estuviera paseando por los alrededores—se apagase del todo, la morena atravesó la puerta y corrió escaleras abajo, sin prestar la más mínima atención al dolor, que no era poco, repartido por todo su cuerpo. La adrenalina estaba obrando milagros en ella, impulsándola a seguir adelante.

A sobrevivir.

Ni idea tenía Gwendoline de que en ese momento, más o menos, Samantha Lehmann atravesaba la puerta principal del hotel, en su busca.

De haberlo sabido, probablemente buscaría el recibidor del hotel en lugar de utilizar aquellas escaleras de servicio, pues en la unión estaba la fuerza; sin embargo, daba por supuesto que correr hacia la entrada principal significaría quedarse atrapada, pues en su cabeza, esa puerta no podía estar abierta… o directamente, no podía ser tan sencilla de cruzar para alguien que había sido llevado allí contra su voluntad.

No había más que examinar los recuerdos de Sam de esa noche para darse cuenta de que el hotel, más que reprochar ese tipo de prácticas a sus clientes, llegaban incluso a facilitarles medios para llevarlas a cabo.

Así que, mientras descendía a toda velocidad un peldaño tras otro, Gwendoline se mentalizó: todo lo que apareciese en su camino era un enemigo, y no debía temblarle el pulso a la hora de librarse de él.

Casi como si lo hubiera invocado, de una puerta en uno de los rellanos apareció un hombre aparentemente joven ataviado con un delantal y un gorro. La blanca tela del delantal estaba cubierta de lo que parecían manchas de sangre, igual que las manos y los antebrazos. Llevaba la camisa remangada.

El propósito del sujeto de salir al exterior de lo que, supuso Gwendoline, eran las cocinas, se le escapaba por completo. Tampoco se paró a preguntárselo: en el momento en que el empleado alzó la vista en su dirección, Gwendoline lo aturdió con un hechizo y siguió adelante.

Las cocinas eran una mala opción: estarían llenas de empleados a esas horas, preparando la cena a los huéspedes. Así pues, siguió corriendo escaleras abajo.

Algunos metros por encima de su cabeza, escuchó el sonido de una puerta, primero al abrirse bruscamente, después al impactar contra la pared, y acto seguido unos pasos acelerados: era Zed Crowley, sin duda.

No había muchas más escaleras que bajar, pero sí una puerta que cruzar. Las señales de prohibido el paso le sugirieron que se trataría de una sala de calderas, de generadores o algo por el estilo.

Por supuesto, estaba cerrada. ¿Cómo iba a estar abierta una puerta con tantas señales de advertencia? Seguramente, el encargado de mantenimiento sería el único que tuviera una llave. Cualquier muggle habría visto frustrada su huída en aquel mismo momento…

...pero ella no era ninguna muggle.

También había que resaltar que su perseguidor no era ningún ser humano, por lo que a la morena no le extrañó que, antes de tener siquiera ocasión de utilizar un hechizo sobre la puerta, Zed Crowley aterrizase a sus espaldas, recuperando su forma corpórea a partir de una nube de denso humo.

Gwendoline giró sobre sus tobillos, apuntándole con la varita. Seguía sujetándose la mano rota contra el vientre, y ahora que se había detenido, era consciente de lo mucho que le dolía todo el cuerpo. Especialmente esa maldita mano, que palpitaba igual que un corazón y se sentía tan hinchada y entumecida como si le hubiera mordido una serpiente.

—Se acabó el jueguecito.—Dijo el Crowley, al tiempo que metía la mano dentro de su largo abrigo para sacar un enorme cuchillo.

—Da un paso más y le prendo fuego a todo esto.—Amenazó Gwendoline, dispuesta a cumplir su amenaza.

El Crowley, sabiendo que en su forma actual, el fuego era precisamente de las pocas cosas que podían matarle, dudó un segundo; sin embargo, nunca había sido estúpido, por mucho que sus hermanos le tratasen como tal, y había tenido mucho tiempo para familiarizarse con todo aquello que podría matar a un vampiro.

Curvó los labios en una media sonrisa muy macabra.

—Soy mucho más rápido que tú: antes de que puedas conjurar nada, ya me tendrás encima.—Le aseguró, y la peor parte de aquello era que tenía mucha razón.

Les separaban apenas dos metros, una distancia que incluso una persona normal sería capaz de recorrer en menos de dos segundos. Conjurar un poderoso hechizo de fuego como el que la morena tenía en mente le llevaría mucho más que eso. Incluso conjurar una barrera le sería prácticamente imposible.

Pero tenía otras opciones.

Clavó la mirada en los ojos del Crowley, desafiante. Y, si bien tenía miedo por cómo podía terminar aquello, se había prometido a sí misma no abandonar aquel mundo sin luchar hasta el final.

—¿A qué esperas, entonces?—Lo provocó, y no hizo falta mucho más para que Zed Crowley se lanzase hacia ella, cuchillo en mano.

Gwendoline utilizó el hechizo Impetus Praesidio para detener el primer golpe de Zed, haciéndose a un lado, de tal manera que el vampiro quedó de espaldas a la puerta y la morena en el lugar en que había estado él previamente. Era lo bueno de aquel hechizo: el conjurarlo era sencillo, y dependía mucho más de los reflejos y la agilidad del mago que lo utilizaba.

En aquellos momentos, Gwendoline recordó a Drake Ulrich, y le agradeció muchísimo el haberle enseñado aquellas cosas tan valiosas.

Zed no se rindió y atacó de nuevo, pero Gwendoline logró parar sus tajos una, dos, y hasta tres veces más, moviéndose en círculos alrededor del rellano mientras pensaba. Llegó a meditar correr escaleras arriba de nuevo, pero no le pareció una buena opción: Zed lograría alcanzarla, y ella eventualmente acabaría cansándose. ¿Le pasaría lo mismo al vampiro? Tal vez, pero seguro que ella se cansaba mucho antes.

Desventajas de tener que respirar para seguir con vida.

Además, su debilidad física empezaba a hacerse patente: los golpes de Zed le habían hecho mucho más daño del que parecía a simple vista, y a consecuencia del dolor, se estaba cansando mucho más rápido de lo previsto. Y eso sin mencionar que ya estaba cansada de antes, pues la habían atrapado al salir del gimnasio.

Así que no fue ninguna sorpresa que, cuando intentó parar un cuarto ataque de Zed—un tajo horizontal—, el hechizo le fallase. A consecuencia, la hoja del cuchillo la hirió en el vientre desprotegido. Soltó un gemido tanto de dolor como de sorpresa, mientras la sangre brotaba a través del corte en la tela, manchando de rojo la tela de la camiseta.

Había sido una herida más profunda de lo que parecía.

—Te dije que se había acabado el juego. Lo único que me da pena es que Lehmann no esté aquí para verte morir. En fin...—Zed le arrancó la varita de la mano izquierda de un manotazo, echándole a continuación la mano libre al cuello.—Me conformaré con darle tu cabeza como recuerdo.

El vampiro la empujó contra la pared, haciéndole daño en la espalda y presionando su fuerte mano contra su garganta. Comenzó a elevarla, de tal manera que sus pies dejaron de tocar el suelo, y comenzó a sentir la asfixia.

Forcejeó en vano con su mano izquierda sana y su mano derecha lastimada, propinando golpes cada vez más débiles a la mano y el antebrazo férreo de Zed Crowley. No parecía haber escapatoria.

Al menos, le quedaba el consuelo de que había luchado todo lo que había podido.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Abr 04, 2019 2:26 am

Tras llegar al primer piso y con la varita en la mano, salió del ascensor en busca de lo que fuera. Miró para todos lados y sólo vio tres pasillos: uno le quedaba justo enfrente, otro a la derecha y otro a la izquierda. Y no pudo evitar recordarse a sí misma huyendo por estos pasillos en un estado deplorable. Aún no era consciente de cómo se había podido mover en el estado en el que se encontraba. Sin embargo y sin perder el tiempo, se metió por el pasillo de la izquierda y corrió por él hasta recorrerlo entero, pero no encontró nada.

Por un momento pensó en literalmente ir puerta a puerta destrozándola. Total, ¿qué le iba a pasar? ¿Qué la denunciasen al gobierno y le subieran el precio de su búsqueda por destrozo de la propiedad privada? Pero no hizo falta porque escuchó un pequeño grito. No fue un grito de dolor, simplemente de sorpresa: la típica mujer que se encuentra con algo que no se espera y suelta un: ‘Oh, por el amor hermoso’ que resuena por todo el lugar.

No pensó en nada en concreto, pero cómo era lo único que tenía, corrió por lo que quedaba de pasillo hasta asomarse en una esquina, por donde había venido el ruido. Allí encontró a un grupo de tres personas mirando a través de una puerta de emergencia que daba a unas escaleras: éstas estaban en llamas. Sam se acercó allí y los apartó básicamente a empujones a todos, abriéndose paso.

Eh, tía.
Menuda falta de respeto…
¿Tienes algún problema?

Pero Sam los ignoró, mirando hacia arriba y hacia bajo en esas mismas escaleras, pues tanto en sentido ascendente como descendente las escaleras estaban incendiadas. Le fue fácil relacionar que el fuego era claramente una barrera, ¿si no que sentido tendría incendiar escalón a escalón? Aquel hotel era conocido por ser regentado por vampiros, por lo que… es la barrera perfecta. Quizás Zed colaboraba con ellos o…

¡Eh! ¡Te he preguntado que si tienes algún problema! —El tipo puso la mano en el hombro de Sam y la hizo girar a la fuerza.

Sam estaba HARTA de que la gente se creyese con el poder de sujetarla todo el rato y de tirar o empujar de ella. Le daba mucha rabia y le enfadaba mucho—muchísimo más en esas circunstancias—que le impidiesen hacer lo que quería por culpa de esa sobrada falta de respeto. Así que nada más girarse apartó la mano del tipo con el antebrazo con el que sujetaba su varita, para con la otra golpear su nariz con el puño cerrado. El tipo se llevó sendas manos a la cara pues le había empezado a sangrar la nariz, pero creyéndose muy machote liberó una para volver a atacar a Samantha, quién se limitó a conjurar un ‘expulso’ no verbal mientras la varita lo apuntaba a la altura del vientre. Salió despedido a lo largo del pasillo.

Haciendo caso omiso a la señora y al otro tipo, que se mantenían callados y sin querer problemas—pues recordemos que en ese hotel habían de todo tipo de huéspedes—Sam se giró y bajó por las escaleras, apartando con un hechizo de manipulación elemental el fuego para poder pasar.

Sam continuó bajando, prácticamente corriendo y saltando los peldaños, hasta llegar a una puerta que estaba abierta: estuvo a nada de salir por ella, pensando que por ahí habría salido, pero escuchó ruido proveniente de las escaleras, en pisos inferiores, por lo que siguió bajando. Por el camino dejó de ver las escaleras ardiendo, pero vio a lo que parecía un empleado aturdido en el suelo. Llamadlo intuición, pero ateniéndose a las pruebas que tenía de que en ese hotel solo se reunían monstruos, ver a una persona aturdida y no muerta o despellejada decía mucho de quién había pasado por allí hace apenas un momento. Y no podía evitar pensar que había sido Gwen.

Y llámalo la tirantez de aquel hilo rojo que unía sus meñiques, pero al coger la última esquina para bajar los últimos peldaños, allí los vio. Siempre pensó que los Crowley congelarían sus movimientos con su mera presencia, pero en aquella situación no dudó ni un segundo: apuntó con la varita al hombre y directamente conjuró un calambre eléctrico en el brazo que sujetaba a Gwen, para que la soltase, para acto seguido derribarlo de manera violenta hacia atrás a él solo, pues ya había soltado a la morena. Fue tan fuerte el golpe, que al chocar contra la puerta, dio igual todas las cerraduras que ésta tuviese, pues Zed la rompió, entrando al interior de la sala de calderas.

Bajó los peldaños que le faltaban casi a trompicones, hasta llegar a Gwen que tras ser soltada había caído al suelo recuperando el aire. No le pudo decir nada, pues al verla malherida y sangrando se había quedado sin palabras. A decir verdad, sólo quería abrazarla, pero no lo hizo. Sólo le miró a los ojos, con la respiración agitada tanto del cansancio como del alivio de verla con vida.

Gwen, tras recomponerse de aquella asfixia, lo primero que le dijo fue que Zed era un vampiro, a lo que Sam asintió.

Te voy a sacar de aquí. —Consiguió decir, como una promesa.

Oh, no, no, no… —Resonó desde el interior de la sala de calderas. Sam se puso entonces en pie de nuevo, por delante de Gwendoline. —Yo hoy te he prometido una muerte, Lehmann. ¡Sólo estaba esperando a que llegases! ¿Y acaso me vas a dejar por mentiroso? Hasta la fecha he cumplido todo lo que te he prometido...

Y de repente, la misma puerta que Zed había enviado hacia el fondo por el propio peso de su golpe, volvió por donde había venido por un hechizo de Sam, golpeando la espalda del vampiro con tanta fuerza como para tirarlo al suelo. Consiguió que cayera al suelo simple y llanamente porque lo pilló desprevenido, pero éste se levantó tan rápido que Sam apenas pudo percibirlo. Lo único que pudo hacer fue utilizar la misma puerta para taponar la sala de calderas y evitar que Zed pudiese salir. Comenzó a golpear con tanta fuerza la puerta, que estaba haciendo que por la otra parte empezase a abollarse. Estaba pensando en sus opciones.

Sentía como la fuerza de Zed estaba luchando con la fuerza que hacía para mantener la puerta allí, que era totalmente mágica.

Sube las escaleras… —le pidió a Gwen, pues en ese rellano era muy pequeño para tres personas y no quería que Gwen estuviese en medio de aquella contienda; no quería que recibiese más daño. Y si bien incapacitar a Zed en un lugar tan pequeño como ese—y propenso a arder—parecía fácil por las limitaciones que tenían los de su raza, Sam primero tenía que tener la certeza de que sacar a Gwen de allí iba a funcionar y sobre todo que estaba lejos del peligro. —Por favor. —Le pidió con sinceridad, siendo consciente de que dejar a la otra ‘en el peligro’ nunca había sido parte de sus planes. Sin embargo, dadas las pocas opciones que tenían, lo pequeño que era aquello y que todo podía explotar—literalmente—, lo mejor era que estuviese lejos.

Y entonces un puñetazo de Zed hizo un agujero a la puerta que agrandó a base de patadas. Cuando las miradas de ambos volvieron a reencontrarse a través de aquel hueco, el vampiro no tardó en hacerse notar.

Después de matarla a ella, te voy a hacer todo lo que no te hice la última vez, Lehmann. —Y de una última patada, dobló la puerta y ésta no pudo retener más a Zed al otro lado.

Antes de que saliera Sam le tiró un hechizo, pero él lo esquivó con una facilidad sublime gracias a sus reflejos y velocidad, mirándola como si eso hubiese sido demasiado evidente, como si no fuese más que una bruja sin nivel que no era capaz ni de acertar un hechizo a un hombre desarmado.

Fallaste… y ahora te vas a arrepent…

Pero entonces una onda de gravedad hizo que todo lo que estaba a menos de tres metros de ella, fuese inducido hacia dentro. El cuerpo de Zed fue tirado hacia atrás por una fuerza invisible hasta volver a meterlo en el interior de la sala de calderas y Sam había conjurado un Aura para no verse afectada por el hechizo. Acto seguido y antes de que Zed pudiera reaccionar, salió una bombarda en dirección al vampiro. Antes de que nada explotase, ya Sam estaba subiendo las escaleras, porque sabía que aquello podía ser catastrófico.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Abr 04, 2019 3:07 pm

A medida que la férrea mano de Zed Crowley presionaba más y más sobre su cuello, las fuerzas de Gwendoline fueron flaqueando más y más: los golpes que asestaba con sus manos al antebrazo del vampiro fueron cada vez más débiles, y poco a poco fue dejando de patalear. El mundo empezó a tornarse en algo borroso y poco definido, y la bruja mestiza sabía que se aproximaba el final.

Entonces, vio a Sam.

Dadas las circunstancias, la morena no pensó que se tratase de la auténtica Sam, sino de un truco de su propia mente, intentando ofrecerle consuelo en sus últimos momentos de vida. ¿Quizás volverían a reunirse en lo que fuese que había más allá de la muerte? Quizás. Pero una profunda desazón la llenaba: iba a morir sin haber cumplido todas aquellas promesas, sin haber podido tener aquella hermosa vida con ella. Y lo peor de todo era que no podía llevarse al Crowley consigo.

Pero la Sam que había en lo alto de las escaleras no era una alucinación: era muy real, y no tenía intención de dejarla morir.

Para cuando la rubia conjuró el hechizo eléctrico sobre el brazo de su agresor, la presión en su cabeza era tal que Gwendoline no escuchó absolutamente nada. Solo sintió: sintió cómo repentinamente aflojaba la presa del vampiro, como su cuerpo aterrizaba dolorosamente en el suelo, como la vida parecía volver poco a poco a su cuerpo…

Y entonces, Zed Crowley salió volando, y en esta ocasión Gwendoline sí escuchó, distante y amortiguado, el sonido de la puerta de la sala de calderas al ser arrancada de sus goznes.

Estaba medio sentada contra la pared cuando Sam llegó hasta ella, su mano derecha destrozada intentando presionar el profundo corte que sangraba en su vientre, la izquierda masajeando un cuello que mostraba las inequívocas marcas violáceas de una mano que lo había apresado.

Al ver a Sam delante de ella, Gwendoline, débilmente, señaló en dirección al umbral sin puerta de la sala de calderas, y con mucho esfuerzo y una voz ronca, dijo una sola palabra.

—Vampiro...—Se sentía en la necesidad de avisar a su novia, pues no quería que muriese por desconocer un dato tan importante sobre su enemigo.

Ella lo comprendió de inmediato, asintiendo con la cabeza, para luego prometerle que la iba a sacar de allí. Zed Crowley, que seguía vivo en el interior de la sala de calderas, tenía algo que decir al respecto. ¿Cómo no? Había montado todo aquello con el único objetivo de hacer daño a Sam por medio de su muerte.

Gwendoline había hecho todo lo que estaba en su mano para luchar, por lo que cuando el vampiro entró de nuevo en el hueco de la escalera, no pudo unirse a Sam en su intento de luchar. La varita de Caiden Ashworth estaba demasiado lejos, y no podría alcanzarla en el estado que estaba. Así que aquella era la lucha de Sam, y no le quedaba más remedio que ser testigo de ella.

Se protegió instintivamente con ambos brazos cuando la puerta de la sala de calderas impactó sobre Zed Crowley, enviándolo al suelo. Escuchó otro estruendo semejante, y para cuando separó los brazos pudo ver cómo Sam había bloqueado la entrada de la susodicha sala con la misma puerta, dejando al Crowley atrapado en su interior.

Entonces, Sam le pidió que subiera las escaleras, a lo que la morena la miró con incredulidad. No quería abandonarla, y mucho menos que se quedase atrás para protegerla a ella. Se sentía impotente, y por mucho que le hubiera gustado discutirle aquello, ni su voz ni sus fuerzas la acompañaban.

Hizo un gran esfuerzo para ponerse en pie, sirviéndose de la pared a sus espaldas primero, y después de la barandilla, a medida que subía a trompicones escalón tras escalón. No llegó muy lejos antes de escuchar el sonoro puñetazo de Zed Crowley, que abrió un agujero enorme en la puerta, por el cual asomó igual que Jack Nicholson en El Resplandor.

Gwendoline, del susto, se había tropezado con uno de los escalones y había terminado cayendo. Cuando el Crowley emergió de nuevo de la sala de calderas, ella se encontraba sujeta a la barandilla con la mano izquierda, observando a través de los barrotes, medio arrodillada sobre los peldaños de la escalera. El medio por lo que pudiera ocurrirle a Sam era muy grande, y simplemente se negaba a abandonarla.

Por fortuna, o por habilidad y motivación de la rubia, todo terminó para Zed Crowley: un hechizo gravitatorio conjurado por Sam le atrajo no sólo a él, sino a todo lo que no estaba sujeto en los alrededores, hacia el interior de la sala de calderas.

La barandilla a la que Gwendoline se estaba sujetando también comenzó a ser presa de dicha atracción, por lo que la morena no tuvo más remedio que soltarla y dejarla ir, escuchando cómo impactaba contra algo metálico en el interior.

Temiendo correr la misma suerte, Gwendoline se alejó escaleras arriba casi gateando sobre sus dos rodillas y su mano izquierda sana, dejando tras de sí un rastro de gotitas de sangre en los escalones. Ascendió aproximadamente hasta el siguiente rellano, donde ya no se sentía la atracción del hechizo gravitatorio. Allí, débil, se dejó caer en el suelo, sentada con la espalda pegada a la pared.

Sam, por supuesto, había previsto que el hechizo la atraería a ella también, por lo que se había protegido como era debido.

Gwendoline cerró los ojos, cansada, pero enseguida volvió a abrirlos cuando escuchó los pasos acelerados de Sam subiendo las escaleras. La vio llegar a ella, y vio la urgencia en su rostro, por lo que la morena luchó por ponerse en pie. Sam enseguida le pasó un brazo alrededor de la cintura y se pasó el de Gwendoline alrededor de los hombros, apremiándola a correr.

Fue entonces cuando se escuchó un estruendo: la sala de calderas saltó por los aires, y una llamarada roja emergió a través de la puerta. La explosión fue tal que hizo sacudirse las escaleras y el propio edificio, como si estuviera teniendo lugar un terremoto. La morena, incluso, llegó a pensar que el edificio se vendría abajo con ellas dentro.

Por fortuna, no fue así, y ambas lograron alcanzar el siguiente rellano antes de que la llamarada las alcanzase a ellas.

Era imposible que Zed Crowley hubiera sobrevivido a semejante explosión. Literalmente, ésta había arrojado combustible en todas direcciones, y el rellano donde había tenido lugar el enfrentamiento con él estaba ardiendo. ¿Cómo iba a sobrevivir un vampiro a aquello? Ni siquiera un ser humano habría podido salir de allí con vida...

—Sam...—Logró decir a duras penas, con la voz ronca, mientras la miraba a los ojos.—Siento que… me...—La sobrevino un ataque de tos, impidiéndola terminar la frase.

Teniendo en cuenta por lo que había pasado, la situación en que se había encontrado por primera vez en toda su vida, había demostrado una gran entereza y voluntad para sobrevivir, pero en aquel momento se vino abajo: cuando la tos cesó, llegó el llanto, y gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas.

Lloraba sobre todo por rabia, por impotencia: ¿por qué esa gente no era capaz de dejarlas en paz? ¿Por qué no podían tener una vida tranquila, normal y feliz? ¿Por qué siempre habría alguien intentando separarlas?

¿Y qué derecho tenían gente como Zed Crowley o su socio a decidir sobre sus vidas?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Abr 06, 2019 3:46 am

Sentía que… estaba siendo injusta por precaución. De verdad que creía que ese asqueroso Crowley se merecía sufrir tanto como lo había hecho ella y más todavía por lo que le había hecho a Gwendoline. De verdad que tenía unas ganas terribles de utilizar su habilidad con el saco de boxeo pero con su rostro y sabía a ciencia cierta de que en ningún momento se iba a arrepentir de ello.deseaba que esa persona sufriese, no por sádica, sino ya por una cuestión de karma y… de puro rencor. Pero ahora mismo no podía hacer nada más que ser rápida porque por mucho que el odio pudiese dominarla, su prioridad siempre sería que Gwen estuviese bien y eso iba por encima de cualquier venganza, castigo o ganas de saciar tu odio. Si alguna vez alguna de esas tres cosas ganaba, para Sam ya estaba todo perdido.

Volvió a correr sobre sus pasos escaleras arriba, en busca de Gwendoline, cuando supo muy bien que aquello iba a crear una explosión muy peligrosa. Trastabilló incluso al intentar apoyarse en una barandilla que ni ya existía, pero no se cayó. Llegó a la morena, la abrazó para hacer ella toda la fuerza posible y continuó subiendo las escaleras hasta un punto en donde estaban a salvo de las llamas. Dejó descansar un momento a Gwendoline en ese segundo rellano, en donde la miró a los ojos antes de que ella comenzase a toser fuertemente.

No tenía nada que darle para que dejase de toser, pero cuando se puso a llorar, toda la seriedad que podría haber tenido Sam en ese momento se quebró por completo.

Gwen… Gwendoline… —Consiguió decir, llevando su mano libre al vientre, en donde aquella herida no paraba de sangrar y en donde su mano dañada apenas podía hacer presión.

Verla así de malherida la devoraba por dentro lentamente, haciéndole crear en su interior un odio que ni entendía, porque de verdad creía que alguien como Gwen no se merecía nada de todo esto. Mucho menos que le hiciesen daño sólo para hacerle daño a ella. Porque actualmente otra cosa no, pero arrebatarle a Gwendoline probablemente sería lo que más destrozase a la legeremante en su vida y ella lo sabía muy bien, motivo por el cual sentía que entre sus brazos tenía todo lo que necesitaba.

Estás bien, estás viva… —Le dijo entonces, sin poder evitar llorar entonces ella, aunque intentó disimularlo con una sonrisa. Si fuera por ella, en ese momento se unía a ella en el llanto de la injusticia, pero no era el momento. Ella había ido allí con la peor visión de todo y ver a Gwendoline todavía respirando, aunque fuese a mano de ese malnacido, le había devuelto todas las esperanzas, así que ahora había una prioridad: hacer que Gwen estuviese a salvo. —Estás viva, estás respirando, estás... Nos vamos a ir a casa y tú te vas a poner bien, ¿vale? —Entonces la sujetó más fuerte cuando casi pierden el equilibrio, sin dejar de presionar con su mano en su vientre. —Sabes que no te voy a soltar, pero necesito que hagas un último esfuerzo porque tenemos que irnos de aquí y tengo que llevarte a San Mungo.

No quería dar detalles pero ella era una fugitiva y acababan de hacer estallar la sala de caldera de un hotel, así que iban a venir muchas personas a ver qué narices había pasado. Estaban a contrarreloj y si bien le hubiera encantado tener tiempo para cerciorarse del estado de Gwendoline, el tiempo premiaba.

La sujetó fuertemente y continuaron subiendo las escaleras hasta salir por la del primer piso, justo antes de que volviesen a encontrarse con los peldaños ardiendo. Se internaron en un pasillo que parecía eterno, caminando lo más rápido que podían y escuchando como en la intersección que justo dejaron pasar, muchos corrían en dirección a la explosión. La morena perdía fuerza por momentos, pero la rubia hizo todo el esfuerzo posible por no cesar la marcha.

Llegaron por un lateral al rellano principal, sin obstáculos.

Ya casi llegamos —le dijo, para salir por las puertas principales con gritos de sorpresa y pánico todavía en el interior del hotel. Se alejaron lo máximo posible del hotel por la acera, hasta meterse en el interior de una calle pequeña, en donde paró entonces. Ayudó a apoyarse a Gwen contra la pared y la miró seriamente a los ojos, de cerca. —Te voy a llevar a San Mungo, te vas a poner bien y vas a volver a casa conmigo. Pero cuando te deje allí te voy a tener que dejar sola porque como te vean conmigo te voy a meter en un lío, ¿vale? —Con su mano libre, pues la otra estaba todavía en su vientre, ya bastante manchada de su sangre, le sujetó suavemente el mentón. —No quiero irme de tu lado, pero menos quiero que te cures a medias. Avisaré a Laith para que esté contigo y… todo lo que haga falta, ¿está bien? —Y tragó saliva, volviendo a sentir que se le quebraba todo. Claro que ella quería quedarse con ella todo el rato, pero no se lo permitían. Cogió aire entonces, sintiendo como la adrenalina le iba desapareciendo e iban llegando las emociones más fuertes. Intentó controlarse, aunque inevitablemente tuvo que hacerle ver lo que realmente pensaba de ella. —Has sido muy valiente, ¿vale? Y… —Se fijó en que la mano de su vientre seguía empapándose de sangre, por lo que solo pudo besar su frente. —Te quiero, no lo olvides.

Se lo había dicho ahí porque no le iba a poder decir nada en San Mungo. Entonces se apareció allí mismo con ella hacia San Mungo, sin que le diese mucha importancia a que algún muggle pudiese verlo. Ya Gwen apenas podía caminar y estaba exhausta y no iba a hacerla caminar más innecesariamente si se podían ir desde ahí. Así que aparecieron en mitad de la sala de emergencias del hospital mágico y pese a que la aparición las hizo perder el equilibrio, Samantha la sujetó para que no cayese. Le había dicho que no la iba a soltar y nunca lo haría.

La sala estaba prácticamente vacía a excepción de un chico que estaba vomitando en un cubo, por lo que Sam no perdió el tiempo.

¡¿Hay alguien aquí?!

¡Ya vamos! —dijo una chica desde un pasillo, apareciendo de repente. —¡Oh! ¿¡Qué ha pasado!? —No era una ‘chica’ sino una señora ya adulta, de aproximadamente cuarenta y largos. Al ver la sangre empapando la ropa de Gwen y la mano de Sam, se acercó rápidamente a ellas.

Rápidamente la mujer hizo un ‘escaner’ a nivel de general, sabiendo que la morena necesitaba urgentemente atención médica, por lo que sacó la varita de su bolsillo e hizo aparecer una camilla en donde ambas ayudaron a que Gwendoline se acostase. La enfermera no paraba de decir cosas preocupada sobre Gwen, sin apenas reparar en la identidad de Samantha. Sólo la miró para decirle que no podía pasar porque aquello estaba lleno y en atención de urgencias no se permitían visitas, pero aún así ni se dio ni cuenta de lo distraída que estaba.

Todo pasó tan rápido que para cuando se dio cuenta, estaba soltando la mano de Gwen mientras la camilla se alejaba por el pasillo. Mientras veía cómo se iba, sólo podía pensar una cosa: “¿quién se creía Zed Crowley como para venir de nuevo a su vida y querer arrebatarle lo que era tan importante para ella, después de habérselo arrebatado ya todo?” No sabía si había muerto—esperaba que sí—pero no pretendía ser en absoluto benevolente con quién no lo era con ella, ni con los suyos. No soportaba la simple idea de que hubiera gente que se creyese con el poder de arrebatarle por venganza o rencor a la persona que, con un abrazo, la hacía sentir tan bien y cómo en casa. Una persona que con un abrazo te solucionaba todos los males. No pensaba permitir nada de eso. Ni ahora ni en ningún momento.
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