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The Killing Joke. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 29, 2019 11:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The Killing Joke. —Güendolín. - Página 2 3C8t6M4
Cerca del gimnasio de Gwendoline Edevane | 29/03/2019 | 20:36h | Atuendo

Ese día en el Juglar Irlandés había sido más pesado e intenso de lo que uno podría haberse imaginado, por lo que aún a la hora de salir, todavía no habían puesto un pie en la calle. Samantha había mirado la hora en su móvil para ver cuánto se había retrasado, ya que le había dicho a Gwendoline que ella hoy hacía la cena, pero tal y como estaban las cosas, se veía un poco negro si querían cenar a una hora decente. Así que antes de ponerse a cerrar y recogerlo todo junto a Santi, pues solo eran dos, cogió el móvil y avisó a Gwen, estimando un poco lo que iba a tardar en terminar allí, siendo tan pocos.

Debería de estar en el gimnasio todavía, así que tenía margen par avisarla con tiempo. Usó el WhatsApp en vez de llamarla, pues seguramente no se lo pudiese coger. Le avisó de que el Juglar había sido una locura, que no le daría tiempo de llegar antes a casa que ella y si en vez de cenar en casa, cenaban en el mexicano que tanto le gustaba a Gwendoline y así de paso la mimaba un poco con su gusto peculiar por lo excesivamente picante.

Se guardó entonces el móvil en el bolsillo delantero del delantal, acercándose a la puerta principal para girar el cartel de abierto por cerrado, así como echar el pestillo en la puerta. Se dio la vuelta y apoyó su espalda sobre ella, observando todo lo que tenía que recoger. Ojalá estar sola al completo para poder utilizar magia. Ahora mismo se arrepentía de no haber seguido el consejo de Gwendoline y decírselo a Santi con tal de poder utilizar su varita en ese momento.

Mia, ¿tú bien? —Preguntó Santi desde detrás de la barra. —Yo hacerme caca urgentemente. Yo sé tú quedar con Gwendoline, pero yo no poder aguantar. ¡Yo prometer ser raudo y veloz recogiendo! —Y salió corriendo de allí hacia el baño.

¡No te preocupes! —No quería ser la culpable de que el pobre hiciese sus necesidades con prisa. Ya había avisado a su novia, así que tenía tiempo. —Haga usted caca tranquilo.

¡Gracias! —Y se metió en el baño.

Sam no pudo evitar sonreír por la naturalidad que poseía Santi, que a veces era sencillamente envidiable. Aprovechó entonces que estaba sola para hacer uso de la magia, sobre todo en la parte exterior, que era en donde más cosas había que hacer. Luego en la cocina podía pasar el tiempo más rápido si ambos se ponían manos a la obra, pero el hecho de tener que estar para arriba y para abajo y limpiándolo todo…

Así que miró hacia la puerta del baño para cerciorarse de que estaba bien cerrada y sacó su varita del delantal, llevándose con ella dos paños y el limpiador. Con la varita hizo que todas las vajillas usadas volasen hasta la cocina y que los paños comenzasen a limpiar todas las mesas rápidamente, volando de un lado para otro. Subió las escaleras rápidamente, repitiendo el proceso allí encima. Era muy gracioso ver como todas las tazas, los platos y las cucharillas volaban desde aquel segundo piso hasta la cocina, colocándose todas ordenadamente sobre el lavamanos.

Unos cinco minutos después escuchó como Santi tiraba de la cadena, por lo que bajó rápidamente los escalones e hizo que los paños dejasen de limpiar, al menos los de abajo. Cuando escuchó que la puerta se abría, las prisas hicieron que se resbalase con uno de los últimos escalones y cayese de culo.

¡Mia! —dijo Santi, acercándose a ella. —¿Tú bien? ¡Menudo golpe!

Sam se había quedado sentada en el último escalón, sintiendo que el hueso de la ‘risa’ no daba tanta risa. Aún así se puso en pie y le quitó importancia, para entonces ver como Santi miraba toda la parte baja.

¿Yo cuánto estar haciendo caca? Pensé que yo ser rápido. ¡Tú sí que ser rápida! —dijo feliz, para entonces volver a la cocina. —Cuando tu terminar arriba ven a la cocina, yo empezar a limpiar allí. —Y se fue hacia allí. —¡Ah, no entres en el baño!

Al girarse y meterse en la cocina, fue cuando el paño del piso superior voló en dirección a Sam, estampándosele en la cara mientras ella se frotaba el hueso del culo con pesar. No entendía por qué lo llamaban el hueso de la risa, si no daba nada de risa.

En ese momento notó vibrar su teléfono móvil y lo cogió, viendo como Gwendoline le contestaba poco a poco a todo lo que le había dicho. Había que admitir que ya escribía UN POQUITO más rápido que en un principio y a Sam siempre le hacía gracia imaginarla con el pulgar super rápido apretando todas las letras, con lo fácil que era usar los dos. La morena le había dicho que iba a casa, se duchaba e iba al restaurante y al final ambas quedaron en estar allí en media horita, sobre las nueve en punto. Sam le respondió con un cerdito feliz y un corazón, para volver a guardárselo y corroborar que todo allí fuera estaba bien antes de entrar y enfrascarse en la labor de la cocina.

Caminó hacia la trastienda para cerciorarse y, por el camino, pasó por el baño. Tuvo que arrugar la nariz y retroceder un par de pasos.

¡Pero Santi! ¡Qué mal huele! —Gritó para que le escuchase.

¡Yo advertir, Mia! ¡Yo estar podrido por dentro! ¡Mi caca siempre huele mal! —Y Sam pudo escuchar perfectamente como el español se reía ampliamente. —¿Tu caca no oler mal? ¡¿Tú ser una princesa que se tira pedos con olor a fresa?!

Y para cuando dijo eso, Sam ya estaba en la puerta de la cocina, mirándole con divertido reproche.

Las mujeres no nos tiramos pedos. —Y le sacó la lengua, divertida.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Abr 07, 2019 6:11 pm

Una columna de humo negro y acre ascendía a través del hueco de la escalera, llenando el aire del hedor del combustible y otros materiales quemados. Las llamas crepitaban apenas un par de metros por debajo de ellas, y la temperatura había aumentado varios grados.

El agotamiento físico de Gwendoline Edevane—parte debido al cansancio físico, parte debido a las heridas que sufría—bañaba aquella situación en pura irrealidad: más que vivirlo, parecía que estaba protagonizando un mal sueño, con una versión particular del hombre del saco incluída en todo ello.

Pero el hombre del saco personificado como Zed Crowley ya no existía. Sam se había encargado de ello, volándolo por los aires junto con la sala de calderas. Entonces, ¿por qué de repente tuvo que llorar? ¿Por qué fue incapaz de soportar más aquella injusticia que reinaba en toda aquella situación?

Asintió varias veces, de manera nerviosa, ante las palabras de su novia. Contemplar su rostro, aún a través del borroso velo de las lágrimas, le otorgó un poco de paz, un poco de consuelo. Apenas media hora antes temía que jamás volvería a verla, y en el presente, allí la tenía, dispuesta a ayudarla a ponerse en pie, a salvarle la vida una vez más. Su sóla presencia ya le otorgaba todas las fuerzas que necesitaba para seguir adelante.

Se puso en pie con su ayuda, y al hacerlo, gruñó de puro dolor: la herida del vientre, que al principio parecía no ser tan importante, había probado ser una merma constante en sus fuerzas. No había más que echar un vistazo a su camiseta, teñida de rojo, y al rastro de gotitas que iba dejando a su paso, por mucho que Sam se esforzase en hacer presión sobre ella con su mano.

Valiéndose de su mano sana para apoyarse en la pared, y del apoyo de Sam para no caer al suelo, Gwendoline fue ascendiendo, pasito a pasito, peldaño a peldaño, las escaleras que conducían al primer piso, donde se encontraba la recepción del hotel.

—No puedes...—Intentó decir mientras trastabillaba; si no terminó en el suelo fue gracias a Sam, que la sujetó con fuerza.—Te van a...

Simplemente, no tenía fuerzas ni para hablar. Y de no sentir cómo el mundo daba vueltas a su alrededor, y que por momentos se le iba la cabeza, habría sido capaz de decir lo que temía: que por llevarla al hospital mágico, su novia se viese atrapada por aquellos de quienes había logrado esconderse todo ese tiempo.

Un batiburrillo de voces llegaron a sus oídos justo cuando cruzaron la puerta que daba al pasillo de habitaciones, el primer paso que la morena había dado en su desenfrenada huida de Zed Crowley. Gwendoline no entendió nada, ni una palabra, de lo que se decían: podían estar jaleando ante el resultado de un partido de fútbol muy interesante, como podían simplemente estar discutiendo sobre política, pues ella no entendió absolutamente nada. En su pésimo estado, era lo normal.

Cuando salieron al exterior, la brisa nocturna golpeó a Gwendoline en el rostro pálido y sudoroso, y por un breve instante logró despertarse un poco. Su mano derecha, inutilizada, intentó aferrarse con más fuerza a Sam, pero lo único que consiguió con ello fue un insufrible dolor. Éste también colaboró en sacarla de su sopor, y trajo de vuelta aquel temor acerca de un daño permanente en su mano derecha.

Gwendoline agradeció muchísimo el poder sentarse, pues sentía que su cuerpo era tan pesado como si estuviera hecho de plomo, y no había un solo músculo que no estuviese aquejado de algún tipo de dolor.

Su calma duró poco, pues la rubia tenía unas intenciones que podían ser muy perjudiciales para ella. Empezó a negar con la cabeza, desesperada, intentando hablar sin conseguirlo. La idea no le parecía buena, y si bien no creía que hubiera ninguna otra mejor, las consecuencias podían ser terribles. ¿No podía curarla Ryosuke, acaso? No quería que su novia terminase en el Área-M.

—No puedes...—Repitió débilmente, cuando la rubia depositó un beso en su frente. Entonces volvieron a saltársele las lágrimas.

Sin embargo, no había manera de que Sam prestase atención a aquel peligro, y en el fondo Gwendoline la comprendía: de volverse las tornas, de ser ella la fugitiva y Sam la herida, no habría dudado en hacer lo mismo por ella.


***

A partir de este punto, todo comenzó a suceder tan rápido que Gwen fue incapaz de seguir el ritmo de los acontecimientos.

Era posible que perdiese en conocimiento en varias ocasiones, o que quizás los sanadores le hubieran dado algo para ponerla a dormir, pues todo lo que recordaba al despertarse al día siguiente era una secuencia de acontecimientos inconexos: sanadores trabajando sobre ella, una sala estéril vacía, alguien que pronunciaba su nombre con incredulidad, más sanadores trabajando…

Finalmente despertó la mañana del sábado, día treinta de marzo, en una habitación mucho más amigable que aquellas en las que recordaba haberse visto: paredes de piedra y grandes cristaleras a través de las cuales entraba la luz natural del día.

Giró la cabeza hacia su derecha y la recibió la imagen de un geranio rojo en un tiesto sobre la mesita de noche; también pudo ver un gotero colgado en su soporte, conectado a un fino tubo que a su vez estaba conectado a su antebrazo, por medio de una vía.

Parpadeó varias veces, todavía cansada, y entonces escuchó unos pasos apresurados en su dirección. No pudo evitar ponerse nerviosa, pensando en la posibilidad de que se tratase de Zed Crowley, que volvía para rematar lo que había empezado. A consecuencia de este pensamiento intentó ponerse rápidamente en pie, incorporándose hasta quedar sentada y disponiéndose a bajar las piernas de la camilla.

No lo hizo: la persona que se le había acercado, que resultó ser una mujer de pelo negro rizado ataviada con uno de los uniformes de trabajo de San Mungo, le puso ambas manos en los hombros y, con suavidad, la empujó hasta que estuvo tumbada de nuevo.

La mujer le hizo distintas preguntas destinadas a probar su memoria, y cuando Gwendoline las respondió todas correctamente, pasó a explicarle su situación: sus heridas se correspondían con una agresión física muy severa, y si bien habían temido por su vida en un momento dado de la noche, finalmente todo había salido bien.

Le preguntó también por la mujer que la había traído.

—¿Qué mujer? No recuerdo a ninguna mujer.—Mintió, sabiendo que se referían a Sam.—Lo último que recuerdo es que me desmayé en plena calle, seguramente debido a la pérdida de sangre.

La sanadora también la informó de que, dada la naturaleza de su ingreso, se habían visto en la obligación de avisar al cuerpo de aurores, a fin de que llevasen a cabo la pertinente investigación para atrapar al responsable de aquello. A Gwendoline aquello no le hizo demasiada gracia, pero se guardó sus pensamientos: se aseguraría de contar una historia convincente cuando apareciesen.

Incapaz de soportarlo más, preguntó por su mano derecha. Se la habían inmovilizado y escayolado mágicamente, y si bien no sentía ningún dolor, tenía mucho miedo por el posible resultado de las lesiones provocadas por Zed Crowley.

—No sé con qué le habrán hecho esa lesión, pero no le ha quedado un solo hueso sano en toda la mano. Podríamos haber intentado repararlos, pero finalmente hemos optado por eliminarlos y regenerarlos por medio de poción crece huesos.—Le explicó la sanadora.—Va a ser una recuperación muy lenta, pero alégrese: con medicina muggle, muy posiblemente perdería usted por completo el uso de la mano.

Continuaron hablando acerca de los pormenores de su ingreso, que duraría una semana, y de las posteriores visitas que tendría que hacer para tratarse la mano. Hablaron hasta que Gwendoline empezó a sentirse agotada, posiblemente fruto de las pociones que le habían administrado, y la sanadora se marchó para dejarla descansar.

Gwendoline, ya en solitario, se palpó el vientre vendado—notaba la cicatriz reciente bajo las vendas—con los dedos de su mano izquierda, para luego contemplar la derecha escayolada. Enseguida pensó en Sam, deseando que no se hubiera metido en ningún lío y sintiendo la desazón de no poder tenerla junto a ella, y tras eso el sueño la venció.

Un sueño lleno de pesadillas en las que Zed Crowley era el principal peligro.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 08, 2019 3:41 am

No dejó que nadie más la viese allí y desde que Gwendoline desapareció de su rango de visión y no tuvo motivos por los quedarse, se apareció en casa de Caroline. Ella sí podía estar en San Mungo con ella, haciéndole compañía, pero desgraciadamente la pelirroja no estaba en casa en ese momento. Volvió a aparecerse entonces en su propia casa y rápidamente cogió el móvil para llamar a Laith. No se lo cogió ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez.

Al final, terminó sentándose en el banco del comedor, mirando el móvil como si pudiese otorgarle alguna respuesta. Sus piernas se movían como si tuvieran un tick nervioso constante, sin poder evitar sentir todavía el estrés en el cuerpo y, sobre todo, el miedo. Eso último no podía dejar de sentirlo, ya no solo por la presencia de Zed de nuevo en su vida, tan repentina y… ¿efímera? ¿De verdad había acabado con él? Un vampiro no podía sobrevivir a eso, pero… ¿después de todo lo que le había hecho pasar, eso había sido todo? Tragó saliva porque aquel hombre le parecía inmortal y el hecho de no ver morir a una persona, ya había quedado claro que no podía darse nada por sentado. Pero en realidad lo que más miedo le daba de todo es cómo pudiera salir Gwendoline de San Mungo, si es que salía. Sin embargo, después de haber recibido de nuevo ese chute de esperanza al verla con vida, no pretendía perder esa chispa en ningún momento. Ella era su esperanza, así que… no iba a perder la fe en ella, en su fuerza y en que saldría de eso. Si habían conseguido del Hotel Necrópolis, podría con eso y todo lo que se le pusiese delante.

De la inquietud, la rabia y impotencia comenzó a llorar, sobre todo pensando en las injusticias, que eran tantas que numerarlas daban ganas de suicidarse. Pero simple y llanamente el hecho de que intentasen separarlas y que no pudieran estar juntas… era suficiente como para que ya entrase en modo depresión, sobre todo de pensar en lo difícil que era todo y lo fácil que podría irse todo a la mierda...

Después de un rato en donde no se movió de allí por mucho que todos sus animales buscasen su atención, sonó el móvil: era Laith. No tardó en cogerlo y contarle todo, además de pedirle por favor que estuviese con Gwendoline en todo momento y le contase cómo mejoraba.


***

Se había dormido en el sillón rodeada de gatos y de un cerdo porque ni había querido ir a la habitación sin Gwendoline y porque estaba esperando noticias de Laith, que esa misma noche estaba de urgencias.

Le había sonado la alarma para ir a trabajar al Juglar Irlandés bien temprano, ¿pero sabéis los ánimos que tenía Samantha en ese momento para ir a la cafetería a trabajar? Ninguno. Llamó a Alfred y le dijo que estaba enferma en la cama y que no podría ir a trabajar ese día. Teniendo en cuenta sus ánimos, hasta Alfred pudo identificar en su voz que no se encontraba bien.

Se pasó toda la mañana mandándole WhatsApp a Laith para ver cómo estaba Gwendoline, pues literalmente era la única persona que podía ir poniéndole al día de si había mejorado y se encontraba bien. Gracias a Merlín que Laith tenía una paciencia de santo o le hubiera mandado a la mierda hacía mucho tiempo. Y todavía le agradecía más que le contestase a casi todo lo que le decía. ¿Y la verdad? Cuando le dijo que estaba bien, sintió un alivio tremendo que… sencillamente no sabía ni con qué compararlo, ni mucho menos como explicarlo.

Está bien —le dijo a su compañía animal, aunque sobre todo a Chess, quien estaba a su lado.


Se pegó todo el tiempo en la casa arrepintiéndose de no haber ido a trabajar porque no tener con qué distraerse la estaba volviendo loca y también estaba volviendo loco a Laith, pues notaba como a medida que pasaban las horas sus contestaciones iban pareciendo más ásperas y… frías. Y era normal, Sam no paraba de molestarlo mientras él intentaba trabajar y eso molestaba a cualquiera.

Se hizo el mediodía y escuchó como sonó el timbre de su casa. Se sorprendió porque… seamos sinceros, pocas personas tocan ese timbre, por lo que sólo podían ser dos personas: o Luca o… en realidad también podría ser la vecina de la derecha, que misteriosamente sentía una gran fascinación por el jardín que estaban cuidando las chicas.

Se llevó la mano a la frente, recordando a Santi. Se había olvidado por completo de Santi desde ayer y es que llevaba toda la noche y toda la mañana dándole vueltas a lo de Gwen y Zed, por lo que no había tenido cabeza para otra cosa. Suspiró y se dirigió a la puerta, mirando por la mirilla antes de abrir y viendo allí a Santi, con una gorra y la ropa que solía llevar a trabajar. No podía no abrirle la puerta porque era evidente que estaba en casa si había dicho que estaba enferma, por lo que sin tener muchas ganas de enfrentarse a esa conversación, abrió.

Él la miró, ella lo miró y… no se dijeron nada, como nunca ocurriría en una situación normal. Él se limitó a elevar la bolsa que llevaba en la mano: un sándwich vegetal con patatas fritas para la ‘enferma’ de Amelia Williams.

Yo saber tú no estar enferma —le dijo, haciendo una pausa. —Tú ayer desaparecer, Gwen ayer parecer estar en peligro y tú abandonarme cuando yo ofrecer ayuda. Yo querer explicación. Tú desaparecer, Amelia, ¿cómo es posible tú desaparecer delante mía? Encima yo hablar al WhatsApp todo el día y tú ignorar. Yo ver tú en línea e ignorarme. Yo estar preocupado. Encima no ir a trabajar… —Se quitó la gorra con su mano libre. —Yo tirar hoy tres cafés al suelo de la preocupación. Yo entender hoy a tú. —Se pasó el dorso por la frente para apartarse el fleco y se volvió a poner la gorra. —Yo no querer que tú me mientas. Tú y yo ser amigos, ¿no? Tú ocultarme algo. Yo sospechar, pero ayer dejar claro.

¿Sabéis las ganas que tenía ahora mismo Samantha de mentir? O más fácil: ¿sabéis las pocas ganas que tenía de mentirle ahora mismo a la persona que tenía delante, con las ganas que tenía de abrazar a alguien?

Gwen está en el hospital. —Entonces se apartó de la puerta, para invitarlo a entrar. —Sí que estaba en peligro y… llegué por poco antes de que… —Estaba sensible… ¿sabéis el miedo que pasó por pensar que la iba a perder de mano de las mismas personas que se lo intentaron quitar todo a ella? Santi identificó cómo se le quebró la voz y abrazó a Sam al entrar, dejando la bolsa en el suelo. Al ser más alto que ella, Sam apoyó su cabeza en su hombro y lo rodeó por la cintura. —Siento haberte tratado así ayer…

Tú tener que decirme muchas cosas —le dijo entonces, separándose de ella y mirándola a los ojos. —¿Tú confiar en mí?

Y Sam no pudo evitar esbozar una sonrisa ladeada: era una chico de veintiséis años, muggle, con gran pasión por los videojuegos y la música que… nada tenía que ver con el mundo de Samantha y de hecho... ¿de no trabajar en el mismo lugar, esas dos personas realmente hubieran tenido las papeletas para ser amigos en otra situación? Eran tan diferentes... Y, contra todo pronóstico, confiaba más en él que en muchas personas de su mismo mundo. Así que asintió.

Caminaron hacia la mesa de comedor y… fue poco a poco. Empezó diciéndole el por qué de no estar con Gwen ahora mismo, que desembocó en el hecho de que era fugitiva y, partiendo del hecho de que en el mundo que compartía con Santiago eso era muy extraño, fue cuando introdujo el mundo mágico y la historia global. Si bien al decírselo se mostró asombrado, dejó tiempo para explicar la situación—muy cogida por pinzas y diciendo sólo lo estrictamente necesario—para al final mostrarse fascinado por la magia. Lo último que le dijo fue que en realidad no se llamaba Amelia Williams, sino que se llamaba Samantha Lehmann.

En la mente de Santi todo aquello sonaba a fantasía: ¿era amiga de una bruja fugitiva con doble identidad? Intentó incidir en el tema ‘enemigos’ de quién eran y qué pasó con ellos, pero Sam fue bastante cortante con todo eso, no queriendo decirle nada feo. Estuvieron muchas horas allí, en donde Sam respondía preguntas de Santi de manera que a ella le conveniese un poco y enfocándose sobre todo en la magia después de que le hubiese dicho mil quinientas veces que Gwen estaba bien y que él tampoco podía ir a verla al hospital. Al final, el mismo al que Sam apartó casi de un empujón de todo esto, había sido el mismo que había hecho que ese día no terminase deprimiéndose en soledad en una esquina.


Granja de Astreia Edevane | 14/04/2019 | 17:56h | Samantha Lehmann & Gwendoline Edevane | Atuendo

Habían ido después de almorzar a la granja de la abuela de Gwendoline, ya que las había invitado para que la desmemorizadora tuviese sus clases de oclumancia a manos de Astreia. Todo había ido bien y, a pesar de que Samantha seguía sin encontrarse del todo cómoda en… esa situación, debía de admitir que todo había sido más normal de lo que se hubiese imaginado. Eso sí, Astreia la imponía demasiado como para poder tener con ella una conversación totalmente natural y se notaba muchísimo la tensión con la que trataba con ella. Sabía que se había declarado abiertamente a favor de ellas pero... aún así no podía evitarlo.

Por suerte, en ese momento Astreia había tenido que atender unos asuntos y Gwen y Sam habían salido a pasear por la granja, habiendo dado por finalizado aquella clase. Sam había entrelazado sus dedos con los de la mano sana de Gwen, pues la otra estaba vendada y estaba sujeta a la altura de su pecho.

Había salido de la casa principal, pero Sam dejó que Gwen guiase hacia donde ir porque no tenía ni idea de nada de aquello y, la verdad, en una casa como aquella se sentía minúscula y como si no encajase en absoluto. Parecía que por un lado todo componía un todo y, al otro lado, a un kilómetro, se encontraba Sam, desencajando. Pero la verdad es que sin Astreia de por medio y caminando con Gwendoline, todo eso se reducía a nada.

¿Estás bien? —le preguntó, para automáticamente mirar hacia el suelo y sonreír y así evitar la posible mirada de Gwen. —Lo siento, ya sé que te lo pregunto mucho últimamente.

Hacía una semana que Gwen había vuelto a casa después de estar una semana ingresada y… quizás estaba siendo un poco pesada con su estado, pero de verdad quería cerciorarse de que estaba bien. No solo físicamente, sino también… emocionalmente. No quería que se guardase nada de eso para ella que al final pudiese hacerle daño o hacerle tener dudas o lo que fuese. ¿Era mucho pedir ser feliz y ya?

Sabes que puedes mandarme a la caca si soy una pesada, no me voy a ofender —añadió divertida, para entonces mirarla. —Pero… ¿todo bien? —Y tras esa pequeña broma, se acercó a ella para besar su mejilla en un beso duradero, de esos que transmiten todo el cariño posible.
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 08, 2019 2:39 pm

A ojos de cualquiera que desconociera el origen y los ideales de los propietarios de la Granja Edevane, el lugar se le antojaría como un paraíso terrenal.

Construida en el año 1889 por Athelstan Edevane—antepasado de Gwendoline Edevane—, había comenzado siendo apenas una casucha con varias hectáreas de terreno sin cultivar a su alrededor, en la cual el mago se había dedicado a la crianza y estudio de distintas especies, tanto mágicas como no mágicas.

Efectivamente, Athelstan Edevane había sido magizoólogo.

Sin embargo, el estudio de criaturas mágicas no estaba demasiado valorado: Newton Scamander no había popularizado todavía esta rama de los estudios mágicos, y rara vez se tomaba en serio a un magizoólogo. Por lo que a Athelstan no le había quedado más remedio que reinventarse: poco a poco, y siempre en base al amor que sentía hacia las criaturas mágicas y los animales, el mago de sangre limpia fue convirtiendo aquel lugar en lo que sería en la actualidad.

La granja fue creciendo con cada generación que la heredaba, llenándose de las más diversas criaturas mágicas, hasta que finalmente había llegado a manos de Rupert Edevane, abuelo de Gwendoline, y a su fallecimiento, a manos de su esposa, Astreia.

La bruja, que sabía que no viviría para siempre, todavía se preguntaba cuál de sus dos hijos sería el adecuado para heredar aquel lugar lleno de historia, que ese mismo año había cumplido sus ciento treinta años.


***

Y precisamente ciento treinta años después de que Athelstan Edevane sentara los cimientos de la granja, una de sus últimas descendientes caminaba por los terrenos, de la mano de su novia—una hija de muggles que muy posiblemente sería mejor aceptada por el susodicho Edevane, quien además había sido Hufflepuff—, totalmente ajena a la historia que la rodeaba.

Como ya he dicho, la Granja Edevane se antojaría como un paraíso terrenal a ojos de cualquiera.

Los muggles no podían ver aquel lugar, por supuesto: a sus ojos, allí no había más que una frondosa maraña de vegetación de la que, no sabían muy bien por qué, tendían a alejarse.

En cambio, cuando un mago se aproximaba, se le revelaba la verdad: las enredaderas, las hiedras y los arbustos de espino se retraían y serpenteaban, dejando a la vista un elegante portón de arco de hierro negro, de barrotes rematados en puntas doradas y con dibujos de enredaderas tallados en espiral a lo largo de toda su estatura. La cerradura de dicho portón mostraba el emblema familiar de los Edevane, una rosa negra rodeada de espinos.

Desde el exterior, la granja parecía mucho más pequeña, pero nada más lejos de la realidad: al otro lado del portón, más allá del camino de tierra, más allá de la vivienda principal y el granero—que se encontraban a unos doscientos metros de la entrada principal—, se extendían verdes prados, pequeñas colinas e, incluso, grandes estanques que servían de hábitat a criaturas acuáticas.

Y eso sin mencionar los sembrados, claro: tierras fértiles de las que brotaban todo tipo de productos de origen vegetal.

Precisamente, en ese momento, Gwendoline y Samantha paseaban por uno de los caminos de tierra que serpenteaba entre los establos y uno de los sembrados. Los elfos domésticos se afanaban en limpiar las plantas de maíz de malas hierbas y de insectos, y si alguno de ellos se percataba de la presencia de las dos brujas, las saludaba con una exagerada reverencia.

Cuando esto sucedía, Gwendoline no podía evitar sonreír, devolviendo el saludo lo mejor que podía.

La pregunta de Sam la pilló totalmente desprevenida, pensando en sus cosas. Desde el ataque por parte de Zed Crowley, solía sucederle demasiado: no diría que estaba deprimida ni mucho menos, pero sí se había vuelto mucho más pensativa. Quizás, incluso, un poco más retraída en sí misma.

Como acto reflejo, miró a Sam con una leve sonrisa en el rostro, y asintió con la cabeza. Sin embargo, como se encontró a su novia mirando sus propios pies, puso aquel asentimiento en palabras.

—Estoy bien.—Le respondió, aún a pesar de que no fuese del todo cierto: saltaba a la vista que Gwendoline, estuviese bien o no, no estaba como siempre. Pero… ¿cómo iba a estarlo después de lo ocurrido? Aquella noche, había estado a punto de perder muchas más cosas de las que había perdido. Y si bien su varita y su teléfono móvil eran cosas reemplazables, había otras que no.—De verdad, estoy bien.

No pudo evitar mirarse el brazo que llevaba en cabestrillo, y la mano todavía escayolada. Seguía sin poder moverla, y la cosa iba para largo. Cada semana le tocaría una revisión en San Mungo, y para cuando volviese a tener cada hueso en su sitio, le tocaría el lento proceso de rehabilitación.

Le habían concedido una baja en el Ministerio de Magia, y a consecuencia del estado de su mano no podía realizar ningún tipo de práctica en San Mungo. Eso sin mencionar que tampoco podía elaborar pociones. ¿Y qué decir del gimnasio? No podía practicar defensa personal con una mano hecha polvo.

Y todo aquello eran meras secuelas físicas. Las psicológicas eran bastante peores: no recordaba haber dormido una noche del tirón desde lo sucedido.

Sonrió a Sam ante su forma tan adorable de decirle que podía mandarla al cuerno, infierno o similares más soeces si alguna vez se cansaba de tanta atención, pero dudaba que fuese a cansarse: desde siempre, y mucho más desde lo ocurrido, Samantha Lehmann era su roca, su luz en la oscuridad, aquello que la ayudaba a ponerse en pie o a mantenerse a flote cuando su vida parecía un naufragio.

—De verdad, te lo juro. Todo bien.—Le dijo después de aquel largo beso. Hizo amago de mover su brazo inmovilizado para abrazarla, pero al notar el tirón del cabestrillo lanzó un bufido de pura frustración.—Y estaré mucho mejor cuando me acaben de crecer estos malditos huesos y pueda mover mi mano como es debido.—Lo dijo de manera ligera, para que Sam no se pusiese triste. En lo personal, le bastaba con estar ella desanimada.—Y te prometo que mañana iré a comprarme una varita nueva.

Aquella era una de las cosas que había estado evitando: pisar el mundo mágico. Ciertamente, sería extraño encontrarse con Zed Crowley allí, pero su compañero, fuese quien fuese, era mago. ¿Qué ocurriría si se lo encontraba pululando por las calles? ¿Qué pasaría si intentaba rematar lo que Crowley no había conseguido? Y eso sin mencionar muchos otros factores, como el hecho de que se hubiese descubierto por fin su secreto, y de repente fuese una de los criminales más buscados.

Sí, efectivamente: la mera idea de pisar el Callejón Diagón le producía ansiedad. Y por esa ansiedad llevaba viviendo dos semanas sin magia.

Sam insistía en compartir la varita, y Gwendoline había aceptado la oferta en un par de ocasiones, pero no le gustaba demasiado la idea: le había regalado aquella varita a ella y, por si fuese poco, ya no le obedecía como antes.

—¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido todo en el Juglar desde que Santi…?—Dejó la frase en el aire, pues su vida no había sido la única que había cambiado: la de Sam también lo había hecho, especialmente cuando había utilizado magia delante de Santiago Marrero.

Gwendoline se sentía responsable de aquello: a fin de cuentas, si ella no hubiera necesitado un rescate, Sam no se habría visto obligada a utilizar la aparición delante de su amigo muggle. Sólo esperaba que el chico hubiese sabido ver que los motivos de Sam para mentirle estaban muy justificados.


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Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Abr 09, 2019 3:01 am

Ella sabía muy bien que Gwendoline no estaría pasando, ni de lejos, por su mejor momento. Bien no podía estar después de haber pasado por lo que había pasado, pero la legeremante quería... estar segura de que al menos iba a mejor y no sé, que la tuviese a ella para contarle todo lo que quisiera. Lo menos que quería es que le ocurriese como a ella: darle demasiadas vueltas en la cabeza a las cosas, en vez de exteriorizarlas e intentar normalizarlas un poco. Y cuando decía 'un poco' era lo necesario para poder seguir adelante, ya que ese tipo de cosas no había que normalizarlas nunca.

Y en verdad sabía muy bien que por mucho que le preguntase, siempre le iba a decir que estaba bien. Tal y cómo ha pasado todo... ¿qué iba a decirle? ¿Qué estaba fatal, triste y que no podía conciliar el sueño muchas noches? Claro que no iba a decirle eso. Samantha intentaba hacerla sentir mejor y si Gwendoline le decía eso, probablemente la legeremante se sintiese peor pensando que está tan mal por algo que ha estado acarreando desde tan atrás en su propia vida. Al fin y al cabo, le había pasado eso por su culpa, porque en el pasado había dejado suelto un eslabón que la había perseguido para vengarse de algo que ni había hecho con mala fe. Zed le había hecho daño por ella y... estaba intentando no culparse de nada porque Gwendoline había salido viva de todo eso y sabía que si lo hacía se iba a hundir. Y sabía que ella tenía que ser la fuerte en esa ocasión, para ayudarla a ella a sobrellevarlo y que echarse la culpa de las cosas era... tirarse mierda en la espalda de manera masoquista y que así no se iba a poder seguir adelante.

Encima cuando le dijo lo de la varita, no pudo evitar sentirse un poquito mal. Ella ya era la segunda varita que se iba a comprar y Sam tenía la suya de toda la vida. Y recordaba perfectamente cuando le cedió esa, lo poco que había tardado en ir a buscar una nueva. ¿Pero ahora? Llevaba una semana sin ninguna y no es que se le viera muy entusiasmada... Tenía miedo y lo peor de todo es que Sam la comprendía. Pero vamos… lo dejó pasar, sonriéndole porque no quería presionarla.

Vale —le respondió con dulzura.

No quería insistir con lo típico de que podía hablarle de lo que quisiera o contarle lo que se le pasase por la cabeza porque no quería agobiarla, así que se limitó a quedarse callada. En general no quería agobiarla con nada pero a veces la veía tan en su mundo… que se preocupaba. Solo por dejar a Gwen así de apática con el mundo, Zed se merecía una muerte peor.

Cuando le preguntó lo del Juglar Irlandés y lo de Santiago, Sam se limitó a encogerse de hombros, con una sonrisa de lo más curiosa.

Yo estoy bien y con lo de Santi ni te preocupes. —Hizo una pausa, para mirarla con ojos divertidos. —No para de hacer bromas al respecto en el Juglar que nadie pilla, además de que ahora insiste en que ambos cerremos juntos siempre porque le he dicho que cuando no miraba hacía trampas con la magia para recoger más rápido. —Santiago no paraba de  pedirle que hiciese magia en ciertas ocasiones, pero evidentemente no la hacía nunca en el Juglar Irlandés. —Tenías razón, al final… le dio igual. Es decir: le dio igual quién soy en realidad, o que viva en un mundo diferente, o que le hubiese mentido porque… bueno, pese a que no le di muchos detalles, entendió la gravedad del asunto, sobre todo por lo que había pasado. —Le sonrió débilmente. —De hecho no para de preguntarme las cosas que puedo o no puedo hacer… Parece un niño que recién ha entrado a Hogwarts y está descubriendo el potencial de su varita. Al principio hasta se vio un poco asustado, pero no le he dicho las cosas malas que puede hacer una varita. Sólo las buenas. —Ningún muggle tenía que saberlo si no era estrictamente necesario. Tampoco sabía que Samantha era una especialista en legeremancia porque eso podría asustar a cualquiera.

Más que haber sido algo que los separase, Sam creía fervientemente que confesarle eso no había hecho más que unirlos. Y se sentía bien, después de todo, contar parte de la verdad y que la gente lo aceptase tan bien.

Me ha dicho varias veces de venir a casa a verte, que le avisemos cuando estés mejor y con la paciencia suficiente como para aguantarle —le dijo sus propias palabras, caminando por un lateral del establo, muy cerquita. —Hasta él sabe que puede ser un poco intenso, más ahora que sabe la verdad…

HIIIII (?)—relinchó entonces un caballo.

Se pegó tremendo susto que dio un bote hacia el lado contrario a donde la cabeza de dicho animal, que había salido por un lateral de los establos, justo cuando llegaron al final de la pared y sólo había una valla. Se asustó muchísimo, hasta el punto de que el caballo, soltando aire y bufando, parecía que se estaba riendo de ella. Sam hasta se había soltado de Gwen tras el salto que había pegado, por miedo a tirar de ella o hacerle daño. Al final, sólo pudo reír como una idiota.

¿Estás segura tú de que estos animales no son puristas y pueden oler a los hijos de muggles para hacerles travesuras y matarlos de un infarto? —Le preguntó, en broma y divertida, para acercarse de nuevo allí y ver como el caballo giraba y se iba, muy digno. No entendía el propósito de ese caballo, pero parecía bastante mayor, casi como si estuviese saludando a la gente y luego volver a su momento de tranquilidad. Era marrón muy claro y tenía un pelaje precioso y ondulado. —Venías mucho aquí de pequeña, ¿no? —Dijo entonces, olvidándose de lo que estaba hablando antes de que aquel caballo interrumpiese su conversación. —¿Era tan maravilloso antes también? He de admitir que nunca me imaginé así de… increíble la granja de tu abuela.

Había cambiado de tema a propósito. Si bien era evidente que Gwendoline estaba diferente después de todo lo que había ocurrido, quería animarla a hablar más, aunque no fuese de nada de lo recientemente ocurrido. Es más, esperaba que así se evadiese un poco de todo lo que la estaba abrumando ahora y volviese un poco a la Gwen del pasado feliz, correteando de un lugar a otro sin más anécdotas dolorosas que sencillamente caerse y hacerse un raspón en la rodilla porque una cabra se le metió por delante. La legeremante era consciente de que no iba a poder quitarle lo vivido de la cabeza, pero... quería que fuese feliz pese a eso.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Abr 09, 2019 4:20 pm

Que Santiago Marrero se enterase de la naturaleza mágica de Sam—así como de todo aquello que la rubia le había estado ocultando desde que se conocían—era una consecuencia directa del ataque de Zed Crowley sobre sus vidas. Por ese motivo, Gwendoline se sentía en gran parte responsable de ello, por poco sentido que tuviese aquello.

Porque sí, era muy sencillo ver la realidad: que Gwendoline, de la misma manera que había sucedido con Sebastian Crowley en el pasado, no tenía forma alguna de prever que aquello sucedería. El último de los Crowley había planeado aquello escondiéndose en la baza que le suponía que le diesen por muerto. ¿Cómo iban a esperar ellas que uno de los enemigos del pasado de Sam regresara cuando ya se le creía muerto?

Así y todo, la morena se sentía inclinada a pensar lo peor de sí misma. Irónico resultaba que Sam hacía lo mismo. Menuda pareja estaban hechas.

—Me alivia pensar que todo ha salido bien con él.—Confesó Gwendoline, pues nunca se sabía cómo reaccionaría un muggle al conocer un secreto tan grande. Aunque, en lo personal, creía que el secreto no era tan importante como el tiempo que se guardaba: los seres humanos solían responder pero al saber que se les había mentido durante mucho tiempo que ante el secreto en sí.—Supongo, entonces, que no va a hacer falta recurrir a mi plan de emergencia.—Curvó los labios en una sonrisa, en un intento de broma, recordándole a Sam lo que le había propuesto: borrar la memoria de Santi si las cosas no iban bien.—Es una broma. O al menos un intento.

Porque sí: pese a todo, Gwendoline lo estaba intentando. Estaba intentando seguir viviendo lo mejor posible dadas las circunstancias en que se encontraba, y para ello buscaba autoconvencerse de cosas que creía ciertas: que no había sido una víctima indefensa del Crowley, habiendo tenido ocasión de defenderse y de luchar, y que al final, había salido con vida de aquello, sin demasiadas secuelas físicas.

No era una tarea tan sencilla, por cierto.

Con respecto al tema de la visita de Santi, Gwendoline sintió en un primer momento el impulso de decir que no. No se sentía preparada para la visita… de nadie, en general. Y no por las personas en sí, que sabía que la querían, sino por los posibles comentarios respecto a su situación. No quería sentirse como la víctima de una agresión, ni como la superviviente, ni nada parecido…

Comprendió entonces lo que Sam le había dicho: que no quería que la gente la mirase como a una víctima al conocer las circunstancias de su vida, y no pudo evitar sonreír de manera sarcástica. Si es que estaban hechas la una para la otra.

—¿Recuerdas cuándo…?—Empezó a preguntar, pero entonces se produjo ese escandaloso relincho del caballo que interrumpió toda conversación existente.

Sam se pegó un buen susto y dio un bote, retrocediendo algunos pasos con aspecto de estar sufriendo un microinfarto. Gwendoline también se asustó, pero no tanto: en su lugar, se quedó mirando ojiplática al caballo, que tal cual había salido a su paso, se retiró de vuelta a sus quehaceres equinos. Que, suponía Gwendoline, se limitaban a comer hierba, rebozarse en el prado como si fuese una croqueta, y trotar de aquí allá mientras espantaba moscas con su cola.

¡Menuda vida más plena la suya!

—No conozco a ese caballo, la verdad.—Respondió Gwendoline, ofreciéndole de nuevo su mano izquierda sana a Sam para continuar con el paseo.—Pero si algo me han enseñado en mi tiempo aquí, ese algo es que el animal que quiere matarte no tiene ese tipo de actitud.—Dijo aquello como si fuese una broma, pero no lo era: por lo visto, existían animales que de verdad tenían propósitos homicidas en esta vida.—Prefiero pensar que le has caído bien. Cuando vuelva mi abuela, podemos preguntarle si es agresivo. Y acercarnos, si no lo es.

La morena apenas recordaba su infancia en aquella granja, pues era muy pequeña entonces. Sus vivencias se limitaban a corretear detrás de las gallinas, de los patos y de las ovejas, y a las advertencias vehementes de que no debía acercarse a la laguna sin compañía bajo ningún concepto. Por lo visto, había un calamar gigante allí, aunque aquella historia parecía un invento de su abuelo.

—Veníamos bastante, sí, pero a mi madre no le gustaba.—Respondió a la pregunta de Sam.—El lugar en sí era tan precioso como lo es ahora… creo, pues no lo recuerdo muy bien. Y sí, el abuelo Rupert y mi abuela eran un tanto retrógrados en su forma de pensar, por lo que me contó mi madre, pero lo que realmente no le gustaba era la presencia habitual de mi tío Frior.—Recordaba perfectamente a ese hombre, una buenísima imitación del Espantapájaros de la trilogía El Caballero Oscuro, de la cena de Navidad en la mansión.—Después de verle en la cena de Navidad, te aseguro que puedo entenderlo perfectamente. Ese hombre me da escalofríos.—Sintió, efectivamente, un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, y se estremeció.—Pero la granja era un sitio precioso. Y, por extraño que parezca, se nota el cariño que se le ha brindado a animales y criaturas mágicas en este lugar desde hace tantas generaciones.

Extraño era, desde luego: una esperaría que los puristas tratasen a las criaturas mágicas o a los animales como trataban a los nacidos de muggles, con el desprecio y la superioridad que les caracterizaba. Sin embargo, en aquella familia había muchos magizoólogos. Y no todos los puristas eran tan malos.

Claro que… ¿se podría considerar purista su abuela, teniendo en cuenta su tolerancia hacia Sam?

Siguieron caminando tranquilamente junto al campo de maíz, y Gwendoline contempló de manera ausente cómo los elfos domésticos se afanaban en su labor. Uno de ellos, en concreto, se enfrentaba a una mala hierba especialmente resistente: la tenía sujeta con ambas manos y tiraba con fuerza, intentando arrancarla. Y al final, tras mucho esfuerzo, lo consiguió, pero con la inercia salió disparado hacia ellas, rodando por el suelo. Chocó contra Gwendoline y la hizo tropezar, pero no terminó en el suelo gracias a la intervención de Sam.

El confuso elfo doméstico se levantó de un salto, y al ver que había chocado con ella, enseguida se apresuró a disculparse, con rostro aterrorizado.

—¡Perdóneme, señorita Gwendoline! ¡Yasky no la ha visto! ¡Perdone, perdone, perdone!—Y enseguida se dispuso a golpearse con lo primero que tenía a mano, que no era otra cosa que la planta que acababa de arrancar. Comenzó a darse golpes en la cabeza.

Gwendoline le interrumpió de inmediato, agachándose y sujetando sus manos antes de que se golpease por cuarta o quinta vez.

—Ha sido un accidente. No pasa nada.—Le dijo, sonriéndole con delicadeza. El elfo, al momento, sonrió de la misma manera, con sus grandes ojos brillantes.

—Yasky irá a buscar un regalo como compensación.—Y dicho aquello, hizo una exagerada reverencia, chasqueó los dedos y se desapareció. A saber qué tenía pensado traerles.

—Quiero pensar que mi abuela no trata mal a los elfos.—Dijo Gwendoline, poniéndose de nuevo en pie.—Pero tampoco me la imagino teniendo con ellos una agradable conversación.—Confesó, encogiéndose de hombros para luego mirar a Sam.—Por cierto, antes iba a decirte que creo que ahora comprendo lo que dijiste, eso de que no querías que nadie te mirara de manera distinta al saber las cosas malas que te han ocurrido.—Compuso una leve sonrisa resignada, para luego añadir.—Dile a Santi que está bien, que venga a visitarnos cuando quiera. Le invitaremos a cenar.

No había otra manera de afrontar la situación: coger el toro por los cuernos, y empezar a normalizarlo todo. A fin de cuentas, ¿de qué le iba a servir lamentarse y apartarse de todos? Nada iba a borrar lo que había ocurrido, así que más les valía vivir con ello.
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 11, 2019 2:05 am

¿Plan de emergencia? La tuvo que mirar, con los ojos abiertos, para cuando vio esa sonrisa en sus labios declarando que estaba de broma y se refería a aquella idea que había dado mientras pintaban su casa. La verdad es que aunque Santi se lo hubiera tomado mal, no le hubiera hecho eso nunca, aunque debía de admitir que teniendo en cuenta sus vidas, a veces parecía hasta la opción más fácil.

Hubiera sido una buena técnica de contención de daños pero... —Se encogió de hombros. —Tenías razón, se lo tomó bien.

Si bien ese '¿recuerdas cuándo...?' le hizo prestarle toda la atención, aquel caballo relinchador había conseguido que se olvidase por completo de esa introducción, ya que por casi le da un infarto. Lo menos que esperaba Samantha es que un caballo se entrometiese de esa manera en medio de su conversación con Gwendoline por aquel camino. Hasta esperaba más que una cabra llegase corriendo en busca de amistades a que un caballo le escupiese así en la cara.

Miró a Gwendoline divertida cuando dijo que esa no era la actitud de un animal que quisiera matar a alguien, pensando en qué tipo de animales habría visto—y con qué actitud asesina—como para tener tanta experiencia en ese campo.

Pinta de agresivo no tiene; de bromista sí. —Apuntó, con respecto al caballo que si bien era precioso, parecía tener su genio especial. Genio o ansias por conseguir amistades humanas. —Supongo que si llega a ser peligroso en vez de relincharme en la cara me hubiera dado una patada. —Cuando mencionó que su abuela volvería, se la imaginaba paseando con ellas por la granja y ya veía la situación de Sam callada mientras ellas dos mantenían una profunda conversación de abuela y nieta.

Al ver lo increíble que era toda la granja, le preguntó por su pasado allí. A su madre no le gustaba y lo primero que pensó Sam fue que porque era hija de muggles en un lugar lleno de puristas, pero era precisamente por Frior, el tío de Gwendoline. Le había hablado de él cuando había vuelto de la cena de navidad y podía hacerse una idea del hombre, sobre todo por lo de darle escalofríos teniendo en cuenta la cantidad de calaña con la que se rodeaba Gwen en el Ministerio de Magia.

Pero otra cosa no, pero la granja era un lugar hermoso. La verdad es que había superado con creces las expectativas de Sam. Además, hacía tiempo que no veía tantas criaturas mágicas y animales conviviendo tan a gusto en un mismo entorno. Y eso, quieras que no, transmitía una paz increíble.

Sí que se nota —le respondió, para entonces admirar un árbol precioso por el que pasaron por debajo. —Tiene que ser un lugar agradable en el que vivir. A tu rollo, alejado de la civilización, con la compañía de criaturas tranquilas… Y mira que nunca he sido demasiado amante de la magizoología, ¿pero viendo esto, quién no lo es? —Parecía un paraíso.

Se imaginaba que podría acarrear muchos problemas el mantener de esa manera una granja así, pero con la ayuda de los elfos domésticos, debía de ser muchísimo más fácil. De hecho, justamente estaban pasando al lado de unos que quitaban las malas hierbas, con tal mala suerte de que el más torpe terminó tropezándose con Gwendoline. Ésta trastabilló, pero Sam la mantuvo para que no cayese. La reacción del elfo fue muy de elfo doméstico, a lo que la morena no tardó en hacer que parase de castigarse, yéndose con la promesa de que les traería un regalo como compensación.

Los elfos domésticos eran adorables. A Sam siempre le habían gustado—menos los que se metían con ella por sangre sucia—y por muy feo que fueran, siempre los veía con otros ojos, debido a lo adorables y sumisos que solían ser.

No creo que muchos magos mantengan una conversación demasiado agradable o amena con los elfos domésticos. De hecho, no creo que nadie los tenga como amigos o mascotas, sino más bien como mayordomos. Quizás si fuera una mascota al nivel de Chess y Don Gato para nosotras… podría haber grandes conversaciones. Yo tuve mis grandes conversaciones con Don Gato y Don Cerdito cuando estaba en mi época de fugitiva, ¿eh? Hubiera sido mucho más eficiente si me hubieran podido contestar y no mirarme con cara de circunstancia —le dijo a Gwendoline como anécdota divertida, pues a sus animales se lo contaba todo. Decían que parecías una loca cuando hablabas con los animales, pero Sam tenía bastante claro que si no hubiera hablado con los animales, sí que se hubiera vuelto loca de verdad.

Le sorprendió entonces lo que dijo por la circunstancia, pero la verdad es que era normal que lo sintiera. Cuando pasabas por algo malo y otro lo sabía, era inevitable pensar que esa persona te miraba con pena. Sólo esperaba no haberle dado esa sensación ella misma, pues si bien le jodía muchísimo ver a Gwendoline así, no sentía pena por ella. De hecho, estaba orgullosísima de que le hubiera plantado cara a Zed y compañía de esa manera, cosa que ella no había sido capaz de hacer. Por lo único que sentía pena era porque toda esa situación le borrase en tantas ocasiones la sonrisa que siempre solía tener. Ahora, sólo le sonreía resignada por la vida.

Estaban bien, pero a Sam le daba la sensación de que si nada de eso hubiera pasado, ahora ese paseo sería muy diferente.

No le dijo nada con respecto a Santi, pero Sam era muy consciente de que el muggle veía a la chica como una guerrera del Valhalla o algo parecido. Después de haberle contado por encima las cosas y relacionar lo mal que estaba Sam, con lo rápido que Gwen salió del hospital, Santi tenía en mente que la morena era una luchadora. Y bueno, claro, también contaba lo que le había dicho Sam con respecto a su opinión personal, por lo que dudaba mucho que precisamente Santiago Marrero la mirase como una víctima. No, definitivamente no, sobre todo ahora que sabe de lo que es capaz.

Se lo diré para que venga un día de éstos —le respondió, para entonces posar la vista al frente. No sabía qué decir: no se alegraba en absoluto de que comprendiese lo que quería decir en su momento Sam, ni que ella tuviese esa misma sensación. —La verdad es que hubiera preferido que no hubieras tenido que comprenderme nunca —le dijo con sinceridad, para mirarla y sonreír con algo de tristeza. —Pero me gusta que eso no te eche para atrás. —Porque precisamente a la rubia sí le echaba para atrás, motivo de que no le hubiera contado nada a su padre. O bueno, directamente a nadie. Esperaba que todo lo de los Crowley quedase en el pasado y no tener que contárselo a nadie nunca en la vida a nadie.

El camino se hacía cada vez más pequeño y de repente desapareció en una bajada, viendo una gran explanada de césped frente a ellas. A la punta de abajo se encontraba una cabreriza. Veía corretear por todos lados a montón de cabras, saltando como locas por todos lados mientras un pobre elfo doméstico intentaba ponerles de comer en el comedero.
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Gwendoline Edevane el Jue Abr 11, 2019 2:48 pm

El juicio de Gwendoline no siempre acertaba: si bien podía hacerse una pequeña idea de las intenciones de otras personas por medio de la observación, a menudo sus sentimientos hacia la persona en cuestión nublaban dicho juicio. Era algo muy humano, algo de lo que pecaba casi cualquier ser humano normal sobre la faz de la Tierra. Amigos, familiares, seres queridos en general… No se les juzgaba de la misma manera en que se juzgaba a desconocidos, o a aquellas personas de las que se tenía una mala opinión.

Con respecto a Santi, y en base a esa observación tan típica de ella, Gwendoline había emitido un juicio positivo, pero bien podría haberse equivocado: precisamente el hecho de que Sam y él estuviesen tan unidos podía ser un arma de doble filo, y Santiago responder a la confesión sintiéndose traicionado por ella. A fin de cuentas, seguro que él no le había mentido en nada, en lo más mínimo.

Suerte que había ocurrido como ocurrió. Pese a todo, Gwendoline no quiso colgarse aquella medalla, pues no sería la primera vez que se equivocaba con alguien a quien quería: Charlotte Hargreeves era la prueba viviente de aquello.

El revoltoso caballo que parecía haberse fijado en la invitada de la granja, Samantha Lehmann, puso en pausa aquella conversación con el pequeño susto que les dio a ambas. La rubia bien podría haber sufrido un infarto, pero Gwendoline, algo más acostumbrada a aquel mundo, sólo sufrió un pequeño acelerón en su frecuencia cardiaca.

—¡Vaya, vaya!—No pudo evitar decir Gwendoline en tono jocoso, aún a pesar de su actual estado apático. No mentiría si dijese que tuvo que esforzarse un poco para hacer aquella broma.—¡Así que se han juntado el caballo bromista y la bruja bromista! ¡Mira por dónde! ¿Quién te iba a decir que encontrarías a tu alma gemela en un lugar como este?—Curvó sus labios en una sonrisa de diversión más o menos sincera. Aparentar normalidad era lo mejor que podía hacer en su caso.—Qué desgracia para mí: no puedo competir con el amor incondicional de un caballo bromista...

Quizás lo que Gwendoline necesitaba, precisamente, era aquel tipo de cosas: bromas sin más, dejar de pensar. Por desgracia para ella, nunca había sido capaz de dejar de abstraerse en sus pensamientos. Era su cruz particular, y la que la llevaba a analizar y sobreanalizar las cosas antes de tomar cualquier tipo de decisión. Alguna que otra persona ya le había recomendado que pensase un poco menos—personas inconscientes de la categoría de Beatrice Bennington, por ejemplo—, pero si no lo hiciese, no sería ella misma.

Y cometería muchísimos más errores e imprudencias que los que ya de por sí cometía.

Cuando Sam comentó que la granja era un lugar maravilloso, y le preguntó por su infancia en aquel lugar, ella echó mano de los pocos recuerdos que tenía: había dejado de ir a muy temprana edad, cuando su madre había cortado todo contacto con la familia Edevane. No se sentía precisamente bien recibida, y menos por Frior Edevane, que de su rama familiar tenía que ser lo peor que había.

Dejaron ese tema a un lado y se concentraron en lo positivo. Se imaginaba, muy en el fondo, que Sam lo estaba haciendo a propósito: es fácil perderse en pensamientos muy negativos cuando una se encuentra en un mal estado anímico, aún cuando estos pensamientos no tienen aparente relación entre ellos.

—Tiene que ser genial, desde luego. Yo no me lo creía mucho, pero el hecho de que mi abuela te haya invitado...—Esbozó una leve sonrisa, bajando la mirada que hasta entonces estaba perdida en el horizonte, por delante de ellas.—No sé, llámame loca, pero me parece un gran detalle que lo haya hecho. Porque podría aceptar que formas parte de mi vida sin más, pero no querer tener relación contigo más allá de eso. Prohibirte la entrada a su casa con tal de evitarse problemas, ¿sabes?—Suspiró, alzando entonces las cejas.—Y por lo que me ha dicho, tú y yo somos las únicas personas, aparte de ella y mi difunto abuelo Rupert, con permiso para aparecernos aquí.—Tenía que reconocer que se había ido un poco por la tangente, y que lo que decía no tenía mucha relación con lo que había expuesto Sam.—Lo que quiero decir con todo este rollo que acabo de soltar es que no creía que este lugar, por mucha criatura mágica, animal o naturaleza que tuviese alrededor, fuese un remanso de paz precisamente porque suelen visitarlo puristas. Ahora lo veo con otros ojos.

A veces le costaba mucho expresarse y poner en palabras sus pensamientos; otras veces, no. Esa era una de las primeras. Sin embargo, lo creía fervientemente: por mucha naturaleza que hubiese allí, si había puristas o mortífagos paseándose por los alrededores, ella no se iba a sentir a gusto. Vería aquel lugar de un forma semejante a la casa de Artemis Hemsley: muy bonita, muy bien decorada, pero ocultando un corazón podrido.

Cuando uno de los elfos tuvo un pequeño percance con ellas dos, y se dispuso a autolesionarse como manera de penitencia, Gwendoline se lo impidió. A modo de agradecimiento, el pequeño ser aseguró que se marchaba a buscar un regalo para ella, y la morena confesó que quería pensar que su abuela no maltrataba a los elfos domésticos, aunque tampoco se la imaginase tratándolos como a iguales.

—No eres la única que hace eso.—Le dijo con una leve sonrisa, pensando en lo mucho que quería a Chess. Aquel gato a veces parecía muy humano y muy sensible con los sentimientos de su compañera humana.—Aunque creo que Elroy, con su problema de chocarse contra las ventanas y todo, entiende mejor las palabras que Chess. Deduzco que se deberá al entrenamiento que reciben las lechuzas y eso. No sé. Pero vamos… tengo que confesar que...—Lanzó un suspiro, como si estuviese a punto de decir algo embarazoso.—Vale, prohibido reírse con este tema. ¿Vale? ¿Lo prometes? Lo prometes.—Lo dio por hecho, aunque Sam no había prometido absolutamente nada.—Antes del Magicland, cuando fui consciente de que… me gustabas...—Le seguía costando decir cosas de aquella época, por mucho que en en la actualidad ambas fuesen capaces de desnudarse juntas y brindarse orgasmos la una a la otra. De alguna manera, al pensar en aquella época, se retraía a su antigua timidez, e incluso se sonrojó un poco.—...quería confesártelo en el Magicland, cosa que creo que se notó cuando intenté darte un beso en la noria. Y me puse a practicar como una idiota delante del espejo, mientras Elroy y Chess miraban. Y siempre que probaba una nueva opción, sin estar convencida en lo más mínimo, les pedía asesoramiento… uno que siempre resultaba negativo.—Soltó una pequeña risita, para luego mirar a Sam.—¡Vale, vale! Ya lo sé: ellos no decían nada, y su respuesta era mi propia inseguridad hablando.

Definitivamente, aquello era mucho más embarazoso que poner cara de placer mientras Sam la… ejem. No estaba orgullosa de todas las tonterías que había hecho cuando estaba descubriendo la naturaleza de sus sentimientos hacia ella.

Volviendo al tema que se había quedado en el tintero tras la interrupción de la contraparte equina de Samantha Lehmann, Gwendoline aseguró que ahora comprendía el miedo de su compañera de vida al ser vista como una víctima, como una luchadora, o como cualquier cosa que no fuese la imagen habitual de ella. Y pese a todo, le dijo que sí, que prefería invitar a Santi a hacerles una visita para normalizar la situación cuanto antes.

—Bueno, supongo que en realidad tampoco me puedo quejar, ¿no? Al final, salió bastante mejor de lo que podría haber salido.—Se encogió de hombros con resignación, mencionando sin mencionar que, de haber tenido un poco más de cuidado, Zed Crowley podría haber repetido perfectamente lo que él y su hermano le habían hecho a Sam, pero en las carnes de la morena. Sam no había tenido opción: durante horas, esos animales la habían reducido a algo menos que humano, a un objeto que estaba ahí únicamente para su satisfacción personal, y sufrir.—Y Santi va a seguir queriendo venir, insistiendo hasta que lo consiga, así que… ¿qué le voy a hacer? Habrá que rendirse...—En esta ocasión su resignación era totalmente falsa, una broma sin más. Sí le apetecía ver a Santiago Marrero. Simplemente, le hubiera gustado que fuese en otras circunstancias.

Continuaron con su paseo un rato más, en dirección a la cabreriza a través del prado, pues el camino se había esfumado. En la distancia, escuchaban los balidos de las cabras, que pese a que todavía estaban lejos como para verlas, seguramente estarían pastando todo alrededor de su pequeño hogar, y las más jóvenes pegando brincos tras sus padres y madres, felices de estar vivas y ajenas por completo a la crueldad del mundo que las rodeaba. ¡Qué maravilla poder vivir así!

—Por cierto, pronto empezará a darnos la brasa con Vengadores: Endgame, ¿no?—Comentó Gwendoline, siguiendo todavía con el tema de Santi. No se sentía muy de humor como para ir al cine, pero la dichosa película se estrenaba apenas en once días.—¡Y espera!—Exclamó de repente, parándose en seco. Su rostro era el de alguien que acababa de tener una gran revelación… y poco a poco fue convirtiéndose en sonrisa.—¿Tú sabes qué día es hoy? ¿Sabes qué se estrena hoy? ¡Juego de Tronos!

La verdad era que, aunque a Gwendoline no era la serie que más le entusiasmaba, Juego de Tronos era siempre un evento, algo que había que hacer. Era una muy buena serie, y más si la difrutaba en compañía de su amiga. ¿Cuánto tiempo hacía que no tenían ocasión de ello? Teniendo en cuenta la ruptura de su amistad que había tenido lugar antes del cambio de gobierno, y que no se habían reencontrado hasta diciembre de 2017, Gwendoline calculaba que se habían perdido dos temporadas juntas, o algo así.

—Ya sé que no me entusiasma demasiado la serie, Missandei, pero me debes un par de temporadas, si no recuerdo mal.—Le dijo, soltándose de su mano y señalándola con el acusador dedo índice de su mano izquierda, acercándolo mucho a su cara y dándole un toque en la frente con él.—Aún sigo indignada de que invitaras a Forman a nuestro sagrado ritual. Te odio.—No lo decía en serio, en realidad… De odiar a alguien, odiaba simplemente a Forman.—Quiero algo apoteósico, algo… No sé, algo.

En realidad, de apoteósico tendría más bien poco: quizás unas palomitas de microondas, una manta, el sofá del salón… Pero sería suficiente para reencontrarse, por última vez, con una vieja tradición. Y es que Gwendoline tenía que confesar que, con la desaparición de Sam, había dejado de seguir Juego de Tronos, retomándola únicamente un tiempo después, para ponerse al día.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Abr 12, 2019 2:14 am

En realidad a Sam siempre le había encantado bromear, intentar ser divertida y siempre con una sonrisa en la cara, pero nunca se consideró ‘la bromista’ del grupo ni nada por el estilo. Ella no hacía grandes bromas, sólo pequeñas para molestar a sus amigos y sacarles un poco los colores cuando tenía oportunidad. Aunque debía de admitir que últimamente se había vuelto aficionada sobre todo a sacarle los colores a Gwendoline y ya está, porque adoraba hacerla sonreír y escuchar el sonido de su risa. ¿Pero sabéis qué? ¡Mira como Gwendoline estaba aprendiendo rápido, que ya se las devolvía!

Al mencionarle que el caballo era su alma gemela, no pudo evitar mirarla feliz por su falso drama. Mira, le podía bromear con lo que quisiera las veces que quisiera, que ahora mismo con tal de verla bromear y reír, le valía.

¿Un caballo mi alma gemela? —Se volvió un poco pensativa: ¿si fuese capaz de conjurar un patronus o si fuera animaga: sería el caballo su animal? La verdad es que nunca había pensado en nada de eso porque ni ganas de ser animago ni ganas de practicar un patronus en vano, pero ahora tenía curiosidad por saber con qué animal se identificaría. —Tú me ganarías en cualquier competición. Y lo sabes. —Y la miró con sendas cejas alzadas. Quizás antes no lo tenía nada claro, pero ahora sí. Ya le había dicho en otras ocasiones que realmente creía que ellas dos eran almas gemelas que habían tenido la suerte de estar desde bien pronto juntas. Y ahora más que nunca lo tenía claro.

En realidad Sam demostró su gusto por todo aquello de una manera… platónica. Es decir: era bien consciente de lo que decía Gwendoline, pues esa granja precisamente pertenecía a una familia purista, de esos a los que probablemente la presencia de Samantha en esa granja le daría asco. Pero ella no se refería precisamente a esa granja, en frecuente visita de puristas, sino en una granja totalmente aislada: sólo ellas dos, animales, mucha naturaleza, mucha paz… A eso se refería: un lugar para ellas.

Y se sorprendió de que le dijera que solo ellas dos tenían permiso para aparecerse allí dentro. Que ojo, lo de ella podía entenderlo y no entendía cómo es que Duncan, el padre de Gwen, no tenía. ¿Pero Samantha? ¿De verdad Astreia le había dado ese privilegio a una sangre sucia? La verdad es que le parecía sorprendente la tolerancia de su abuela, pero no había querido ni mencionarlo por miedo a gafarlo.

Sí… —Le respondió a lo que había dicho. —He de admitir que tu abuela me impone muchísimo y tú lo notarás, pues me lo noto hasta yo. Y tampoco me esperaba que me invitase, mucho menos que me diese permiso de aparición. Es decir… es de lejos la purista, siendo purista, que mejor me ha tratado pese a mi condición. Y menos en esta situación en la que nos encontramos. —Por mucho que la hubiese ‘aceptado’ de esa manera, le seguía imponiendo igual. —Se nota que te quiere mucho y que quiere protegerte. Porque mira, pese a todo, como se arriesga por ti… —Literalmente, se estaba arriesgando porque confiaba en su nieta. Si ella se arriesgaba para ser feliz, Astreia se arriesgaba para ayudarle a que lo siguiese siendo todo el tiempo posible. Y eso hacía que a Sam le cayese bien pese a las circunstancias, el hecho de que esa persona también velase por el bienestar de Gwen.

La rubia no había prometido nada y de hecho ni se imaginó lo que le iba a contar hasta que mencionó el Magicland y el hecho de que le gustaba. Y con lo que había hablado de hablar con los animales… supo un poco ubicarse en la conversación antes de que comenzase. Sin embargo, le parecía tan lindo que le estuviese diciendo a éstas altura que había tenido la intención de confesárselo en el Magicland que se le salió automáticamente una sonrisa en el rostro.

Un poquito se notó —le dijo, pese a que en su momento Sam no relacionó ese intento de beso precisamente con un: “me estoy enamorando de ti” mayormente porque estaba borracha y no era la primera vez que la besaba borracha. —Las dos sabemos que Elroy y Chess me adoran y sus respuestas eran cien por cien positivas, pero tú desvirtuabas su ánimo porque eres una pesimista —le dijo divertida, para entonces ponerse un poquito seria. Sólo un poquito. —En realidad en el momento de la noria te rechacé porque no entendía qué estaba pasando y no quería… cómo decirlo… —Hizo una pausa, con una sonrisa tímida. —No estaba segura de lo que sentía yo, ni de lo que sentías tú. Me sentía insegura con todo porque... bueno, no quería estropear nada entre tú y yo.

Que Sam ya tenía sentimientos, pero claro, vete tú a arriesgarte cuando las cosas están tan bien. Ella no era de esas, mucho menos con una amistad de toda la vida. No estaba precisamente en aquel momento para romper amistades por un beso en mitad de una borrachera. Pero vamos, ya que estaban hablando de eso, Sam se sinceró al cien por cien.

Pero. —Hizo una pausa, mirando tímidamente al frente, antes de volver a mirarla a ella. —¿Te acuerdas cuando me obligaste, en contra de mi voluntad, a meternos en la piscina? —Exageró eso, evidentemente. La verdad es que de ese momento tenía solo buenos recuerdos y una imagen preciosa de Gwendoline bajo el agua, mirándole con esos ojos verde por encima del nivel de la piscina. —Recuerdo haber pensado en besarte yo a ti. ¿Recuerdas que te dije que una chica intentó ligar conmigo aquella noche después de lo de la noria? Supe que había algo entre tú y yo, al menos por mi parte, porque no podía dejar de pensar en ti mientras aquella chica me hablaba. Y claro, luego llegó el momento de la piscina y… —Se acercó entonces a su rostro, como si le fuera a contar un secreto. —...apareció Sam la Cobarde. —Y rió, bajando la mirada. —El Magicland para mí fue un antes y un después.

¿Que poco se podía quejar? Podría quejarse hasta el infinito y más allá. Las comparaciones era un poco odiosas y uno no se tenía que quitar méritos solo porque ‘podría haber sido peor’. Era una bobería que, por no morir, no pudieses quejarte de que dos putos pirados quisiesen torturarte y matarte. Que ojo, le parecía genial que Gwendoline tuviese esa mentalidad en ese momento porque era consciente de que todo había salido bastante bien como para lo que Zed tenía en mente, pero de ahí a decir que no podía quejarse había un trecho muy grande.

Rendirse… —Repitió su palabra, negando con la cabeza. El hecho de que a una semana de haber salido del hospital esté aceptando ver a la única persona—sin contar Caroline y Laith—que sabe lo que le ha pasado, era más una victoria que una derrota. —Sí, seguramente. A mí ya me está tirando directas a la cara con que queda poco tiempo para que se estrene. No entiendo por qué le gusta ir con nosotras, si no nos enteramos ni patata ni somos tan fan —confesó divertida, sin entender bien la lógica de su amigo Santi. Pero no pudo hablar mucho más de eso, pues de repente Gwen dijo que esperase, haciendo que clavase sus pies en el suelo y la mirase.

La noticia de Juego de Tronos la hizo formar una perfecta ‘O’ con los labios, pues se le había pasado por completo. Cuando la llamó Missandei, Sam puso cara de satisfacción, pues además de que le encantaba ese personaje—cuya actriz era preciosa—también le parecía un nombre precioso. Casi que por cómo lo había dicho, hasta le había parecido sexy que la llamase así. Despertó de su ensoñación cuando el dedo índice de la morena impactó en su frente, frunciendo entonces el ceño.

¡Oye! ¡Quedamos en que si nos poníamos al día juntas me perdonabas esa traición! —Se quejó entonces Sam. —Mira que eres rencorosa… —Sabía que estaba de broma, pero aún así se acercó a ella, pasando una de sus manos por sus hombros y besarle la mejilla. —Algo apoteósico… ¿no te vale con que sea la última temporada de Juego de Tronos para esa ración de epicidad? Sin contar con el factor de mi compañía en todas sus formas y… ¿chocolate? —Le sonrió, para entonces acordarse de un juego. —Si no siempre podemos ver los capítulos con chupitos delante y tomarnos uno cada vez que digan ‘caminantes blancos’, Jon Snow se quede con la mirada perdida como si oliese un pedo o se vea una teta. —Y no pudo evitar soltar una divertida risa al decir eso, pues estaba claro que terminarían el capítulo borrachísimas, si es que lo terminaban. Era una mala idea, sin duda. —Vale, es una nefasta idea para el primer visionado, ¡pero tenemos que hacerlo cuando ya la hayamos acabado!

Habían retomado el camino en dirección a esa cabreriza, pero en realidad no tenían ningún rumbo fijo, ni ninguna punto final. Sam estaba sencillamente caminando a lado de Gwen, paseando como quién pasea por un parque, con la única diferencia de que allí no había nada más que animales y criaturas. Ni caminaban para hacer deporte, ni mucho menos para hacer tiempo, sólo era un paseo con el único fin de estar con la otra.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 12, 2019 10:57 pm

En realidad, Gwendoline dudaba profundamente que Sam pudiese ser el alma gemela de un caballo y viceversa: había visto suficientes vídeos de humor de caballos y jinetes torpes como para imaginarse cómo podría terminar un hipotético encuentro entre Sam y el susodicho caballo bromista. ¿Que por qué lo creía así? Bueno, no había más que repasar la historia de la rubia: intentaba montar en escoba por primera vez y terminaba en el suelo, intentaba asestar un puñetazo a un cazarrecompensas por primera vez y se lastimaba una mano…

Había que asumirlo: Sam no estaba hecha para los deportes de riesgo, y en sus manos, claramente, la equitación se convertía en deporte de riesgo.

—¡Oh, eso es muy…!—Exclamó Gwendoline con una sonrisa en los labios, pero enseguida se interrumpió, frunciendo el ceño.—¿O me estás haciendo la pelota para que baje la guardia y trollearme de nuevo?—Le echó una mirada fingidamente desconfiada, pues… con Samantha Lehmann todo era posible, realmente. Eso lo había prendido a lo largo de su larga y hermosa amistad.—Pero por si acaso diré que tú también eres mi alma gemela.

Con respecto a Astreia Edevane, Gwendoline tenía todavía algunas dudas.

No sobre sus intenciones, ni mucho menos, pues estaba bastante segura de que, de haber querido colaborar con el gobierno entregando a Sam—poco bien podrían hacerle unos cuantos galeones a alguien que ya nadaba en la abundancia—, lo habría hecho en el mismo instante en que las dos pisaron la granja por primera vez. Habría sido muy sencillo tener a un par de aurores esperándolas allí mismo.

Sobre lo que tenía dudas eran sus ideales: ¿realmente podía considerarse purista, teniendo en cuenta lo bien que aceptaba a Sam en su vida? Se imaginaba que en algún momento sí lo habría sido, pero quizás tenía una mentalidad más abierta, más predispuesta a aceptar otro tipo de pensamiento.

—Supongo que sí...—Dijo, pensativa, ante la afirmación de Sam de que su abuela la quería mucho. Aquello la hacía sentirse un poco mal por no haberse preocupado de mantener con ella una relación más cercana.—Sólo espero que no se meta en ningún tipo de problema...

Problemas, tenían unos cuantos, pero mientras hablaban de sus cosas, daba la impresión de que éstos no podían alcanzarlas. Gwendoline relegó por completo a un segundo plano todo el incidente de Zed Crowley, especialmente cuando surgió el tema del Magicland y su intento de confesión amorosa fallido.

Con bastante reparo y vergüenza, confesó a su novia cómo había sido la noche anterior al viaje: el espectáculo mágico le había parecido el lugar perfecto para abrir su corazón y demostrarle a la rubia los sentimientos que había despertado en ella durante todo aquel año en que se habían reencontrado.

Todo precioso… pero no había funcionado, y ahora Gwendoline se sentía estúpida por las conversaciones mantenidas con sus animales al respecto.

—Teniendo en cuenta las tonterías que estaba diciendo delante del espejo, puedo asegurarte que sus respuestas no eran positivas.—Realmente, sus respuestas no eran ni positivas ni negativas: simplemente, no había respuestas de ningún tipo, sólo miradas confusas en su dirección. Miradas que parecían decir: ‘Humana, sé que intentas comunicarte porque emites sonidos, pero no te entiendo.’

Gwendoline entendía perfectamente por qué Sam había rechazado su beso, y no le guardaba rencor por ello. Es decir, no necesitaba explicarse, por mucho que en su momento le hubiera caído como un jarro de agua fría. Con el tiempo, había aprendido a aceptar aquello como parte del proceso, parte del camino que las había llevado a aquel lugar.

Iba a decírselo así… y Sam entonces mencionó la piscina, y a la señorita americana que había intentado ligar con su novia. Y enseguida frunció el ceño. ¿Cómo no iba a acordarse de aquello, si había deseado que aquella chica desconocida pisase un plátano, se cayese y se partiese el cuello? ¡Claro que la recordaba!

—¿Cómo me voy a olvidar de esa lagarta americana que me robó mi momento perfecto en la piscina? Ahora la voy a odiar con más razón.—En realidad, estaba de broma. No estaba celosa… del todo. También había aceptado aquello como una parte del camino.—En realidad entiendo bien lo que quieres decir, pero no tienes que preocuparte: me conquistaste con ese beso en mi sofá. Te felicito, Lehmann: eres la número uno en cuanto a confesiones de amor. Tú ganas.

Dichas aquellas palabras, Gwendoline la miró con una amplia sonrisa y acto seguido le dio un fugaz beso en la mejilla.

Con respecto a la futura visita de Santiago Marrero, Gwendoline se sentía mucho más insegura de lo que parecía. Una parte de ella quería meter la cabeza bajo la tierra, igual que una avestruz, y dejar pasar el tiempo hasta sentirse un poco menos derrotada; otra parte, a la cual había permitido ganar este asalto, quería que se dejase de cuentos y estupideces y que comenzara a normalizar las cosas. Invitar a Santi a casa era un buen comienzo.

—Bueno, no son tan difíciles de entender esas películas… pero si me preguntas a mí, prefiero ver Dumbo.—Dijo con toda sinceridad, pues en aquellos momentos de su vida no es que le apeteciese ver películas de gente dándose mamporros, con o sin superpoderes.—¿Te has enterado de que dura más de tres horas? Mi vejiga no lo va a soportar...—Se visualizó a sí misma teniendo que visitar una vez más San Mungo, aquejada de explosión de riñón, como había sucedido al abuelo Simpson en aquel famoso episodio del trasplante.

Hablar de estrenos y cosas semejantes trajo a la mente de Gwendoline un importante estreno que tenía lugar ese mismo día: la última temporada del comecocos actual, Juego de Tronos. Serie sobrevaloradísima, si le preguntasen a la morena.

Sin embargo, ambas habían tenido siempre ese ritual, que no era otro que juntarse para ver cada episodio semanal, acompañado de palomitas de microondas, chocolate, manta y la compañía más agradable del mundo.

A la morena, la serie le daba igual, literalmente: después de ver morir a Jon Nieve, único personaje que le gustaba de verdad, y de que Sam desapareciese de su vida, había perdido por completo el interés. Y si se había puesto al día con ella después de todo aquello, a lo largo del año pasado, era simplemente porque le encantaba su compañía.

—Sucia traición.—Insistió, con la mirada entornada, intentando fingir un enfado que no sentía.—Ahora ya sé lo que significa de verdad la jota de tu nombre: Judas. Samantha Judas Lehmann.—Todo parecía muy dramático… pero en realidad no lo era. Ni lo más mínimo. Gwendoline, cuando se enfadaba, solía ponerse muy seria, y hablar poco. Si hablaba era buena señal.—¡Nada de juegos de beber!—Protestó, alzando un poco la voz.—Creo que estás llevando el tema del alcohol demasiado lejos, Sam. Voy a llevarte mañana mismo a Alcohólicos Anónimos, totalmente borracha porque no pudiste evitar sacar el vodka durante la emisión de Juego de Tronos.—Negó con la cabeza, como si su novia no tuviese remedio alguno.—Dejemos, pues, la apoteosis para otro mo...

Aquella frase culminó con un chillido por el susto que se pegó cuando, sin esperarlo lo más mínimo, el elfo doméstico que respondía al nombre de Yasky apareció de la nada en medio del camino. Y si antes Sam había pegado un bote cuando el caballo había relinchado a su paso, en esta ocasión fue Gwendoline quien se llevó la mano sana al pecho y retrocedió un paso.

Por supuesto, Yasky no era ninguna amenaza, pues había venido a cumplir su promesa: en sus manos tenía un ramo de flores silvestres variadas, confeccionado de una manera bastante bonita y elegante, en opinión de Gwendoline.

—Yasky prometió un regalo para la señorita Edevane, y aquí está. Muchas gracias por perdonar a Yasky.—En sus ojos había una mirada brillante y en sus labios una sonrisa sincera, por lo que era imposible enfadarse con aquella criaturita.

Así que Gwendoline tomó el ramo en su mano izquierda y enseguida se acercó las flores a la nariz. Olían maravillosamente, lo cual la hizo sonreír y alegrarse de no ser alérgica.

—Muchas gracias, Yasky. Eres todo un caballero. ¿Te gustaría dar un paseo con nosotras?—Invitó Gwendoline, con toda sinceridad.

—¡Oh, no, no, no! Yasky no debe.—Dijo, negando de manera exagerada con la cabeza.—Mucho trabajo por delante. Pero Yasky agradece la invitación, y les desea un agradable paseo..—Y dicho esto, hizo una reverencia muy teatral, para luego chasquear los dedos y desaparecerse.

—Lo he dicho y lo mantengo: Yasky es todo un caballero.—Dijo Gwendoline, maravillada, contemplando las flores. Incluso se había tomado el tiempo de envolver el ramo con una cinta de color rojo que parecía terciopelo.—Aunque casi me mate del susto, claro.—Se volvió en dirección a Sam, ofreciéndole las flores para que las oliese.—¿Te gustan? Creo que una de estas te quedaría muy bien en el pelo...
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Sam J. Lehmann el Sáb Abr 13, 2019 3:13 am

Encogió sus hombros exageradamente ante la pregunta de Gwendoline. ¡Claro que hablaba de verdad! ¿Cómo no iba a ganar una competición así la morena, si es que a Sam la ganaba de todas las formas posibles? Pero el hecho de que dudase de sus buenas intenciones porque se creía que iba a devolvérsela de alguna manera, le hizo bastante gracia. Gwendoline Edevane no podía tener la certeza de hacer una broma sin que la rubia tuviese en mente devolvérsela de alguna manera. En realidad con las bromas no era tan rencorosa y de hecho Gwendoline era tan poco dada a ser bromas, que cuando hacía una buena había que darle la importancia necesaria.

Ah, no sé. —Hizo una pausa y la miró de reojo. —Arriésgate. —Pero entonces dijo eso tan bonito y... ¿qué iba a decir, eh? No podía hacerse la dura, así que le sonrió, esta vez sin broma de por medio. —Ah, bueno, entonces te salvas del trolleo.

En realidad no tenía ningún trolleo preparado, pero valía la pena bromear.

Hablar del Magicland, sobre todo de esa manera en donde se decían cosas que en principio no sabían, le parecía hasta divertido. Ahora entendía el por qué de tanto odio por la pobre americana, que no había sido más que una chica super dulce, con las ideas claras de un amor de verano. Negó con la cabeza cuando le dijo que le había robado su momento en la piscina, pues no era así en absoluto.

No, no, si no llega a ser por esa americana, quizás no me hubiera ni replanteado el besarte en la piscina —le respondió entonces, como si eso fuese 'algo bueno'. En realidad el hecho de que una persona hubiese intentado ligar con ella, había hecho que se diese cuenta de que en cuanto a 'ligar' sólo le venía una persona a la mente. Cuando le dijo que le había 'conquistado' con ese beso en el sofá de su apartamento, no pudo evitar sonreírse casi con timidez. —¿No te había conquistado ya antes? Yo pensé que te conquisté con el momento magdalena. O bueno, creo que definitivamente ahí me conquistaste tú a mí.

Ese momento en el que la mirada de tu amiga, que normalmente es dulce y linda, se convierte en una mirada sensual mientras te quita restos de magdalena de la comisura de los labios. Sí, definitivamente ese fue un antes y un después. Cuando empiezas a mirar a tu amiga de esa manera, las cosas han cambiado.

Cuando mencionó que prefería ir a ver la película de Dumbo, la rubia esbozó una sonrisa casi nostálgica y es que recordaba perfectamente ver esa película en compañía de sus padres y siempre terminar de verla muy feliz, diciendo que quería tener un elefante como mascota. Os podéis imaginar la respuesta de Luca y Sophie a eso.

Yo también prefiero ir a ver Dumbo —respondió, asintiendo con la cabeza. —Si quieres podemos ir a verla un día de estos. Echo de menos ir más a menudo al cine y ver películas en la gran pantalla, sobre todo si son de ese estilo que atacan directamente a nuestro corazón infantil. De pequeña adoraba esa película. Y Bambi también, ¿pero te puedes creer que mi madre siempre me quitaba el final de Bambi para que no me pusiera triste porque la madre de Bambi moría? Ella me decía que todo salía bien y se iban felices. ¡Me enteré con trece años porque Caroline me destripó el final porque yo le decía que así no terminaba Bambi! Recuerdo mandarle a mi madre una carta super enfadada. —Le confesó esa anécdota, que probablemente ya la supiese porque había sido un fuerte golpe para su corazón y recordaba habérselo dicho, en la biblioteca, cuando precisamente escribía la carta a su madre. Pero es que de verdad, ¿qué clase de madre hacía eso?

Se rió de manera muy divertida cuando la llamó Judas, sabiendo perfectamente que estaba EXAGERANDO. Si es que todo lo malo se pega y a Gwendoline se le estaba pegando la habilidad de la exageración infinita que solía tener Samantha para hacer drama exagerado.

¡Oye, no! —Se quejó, cuando dijo que nada de juegos de beber. Le parecía fatal, con lo divertido que eran los juegos de beber, sobre todo esos, que terminabas después de la película más borracha que yéndote expresamente de fiesta. —¡Gwen, tía! Me parece fatal. Yo quiero emborracharte. —Volvió a quejarse por decir eso. —Además, no tiene por qué ser vodka. Puede ser... ron. —Y la miró, como si eso fuese mejor… cuando en realidad era claramente peor.

Sin embargo, esa conversación no llegó a ningún sitio, pues el elfo Yaski apareció de nuevo. Eso sí, a Sam no se le olvidaba de que estaban hablando de jugar a juegos de beber mientras visionaban algo divertido porque pretendía convencer a su novia de hacerlo algún día. Ni siquiera se olvidó aunque recibiese un susto, aunque después del caballo estaba curada de espanto y esta vez quién saltó fue la propia Gwendoline. El elfo, sin embargo, fue super dulce trayéndole un ramo de flores que él mismo había recolectado, unidas con un lazo rojo.

Sam olió y, ante su premisa, cogió una de las flores con tallo más largo para ponérsela ella misma sobre la oreja, entre los mechones de pelo. Luego cogió otra, una blanca preciosa e hizo lo mismo a ella, usando sus dos manos para ponérsela delicadamente sobre la oreja y pasar los mechones de pelo que le caían por la derecha, por detrás de la oreja, despejándole la cara.

A ti te queda mejor seguro —le dijo, para entonces dar continuar caminando hasta llegar a la cabreriza. Se había soltado de Gwen, porque entre que tenía una de sus manos inaccesible y el elfo le había regalado un ramito de flores, Sam se había quedado sin manos que sujetar. —Oh, qué monas, cabras —mencionó sorprendida, como si nunca hubiese visto cabras o algo por el estilo. Se asomó a través de la valla y, entre todas las cabritas, una de ellas resaltó del resto. ¿Sabéis por qué? Porque era un cría, de cabeza blanca y cuerpo totalmente negro, que no paraba de saltar como si las patas de atrás fueran mucho más fuerte que las de adelante y fuese incapaz de controlar su fuerza y velocidad. Saltó, saltó, saltó hasta que su cabeza se estampó contra la valla en la que estaba Sam. La pobre cabra cayó al suelo sorprendida, pero se levantó rápido, como si no quisiese perder el tiempo y seguir saltando hasta el infinito. A Sam se le llenó el corazón de ternura, pues se notaba que aquella pequeñaja habría nacido hace muy poco y estaba recién aprendiendo a caminar. —Tía, mira qué cosa más mona.

Sus ojos parecían brillar y es que aunque no fuese fiel amante de los animales, en realidad le encantaban por su ternura. No había más que ver cómo cuidaba a todos los que tenía y que un cerdito vivía con ella. La cabrita, curiosa con el mundo, al ver a Samantha, se acercó hacia ella e intentó escalar por la valla para acercarse a la rubia. La legeremante no pudo con la monosidad inesperada y estiró las manos para coger a la cabra, sujetándola entre sus brazos mientras ella se acomodaba y miraba su rostro con curiosidad, con esos ojos tan diferentes a los humanos. No dijo nada, sino que miró a Gwendoline y le sonrió mientras con una mano acariciaba al animal.
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Gwendoline Edevane el Dom Abr 14, 2019 4:20 am

La americana. Gwendoline sentía hacia aquella chica al que no había visto la cara en ningún momento del Magicland un poco de rencor. ¿Por qué? Pues podían ser muchas cosas, pero no precisamente por robarle su momento en la piscina, como estaba diciéndole a Sam.

Quizás lo que más rabia le daba de todo el asunto era que dicha americana había tenido el valor que Gwendoline no a la hora de intentar algo con Sam. Podría decirse que la envidiaba un poco, o cuanto menos la había envidiado antes de que sucediera lo que sucedió en el sofá de su casa, después de que Sam se ‘reencontrase’ con su padre por medio de un vídeo de YouTube. Hasta aquel momento, la americana le había robado la oportunidad de estar con la persona que más quería.

¿Y por qué seguía picada con ella? Porque obviamente, lo estaba. Seguramente, el orgullo tendría mucho que ver en todo el asunto.

—Eso te iba a decir: que por lo que me contaste, en el momento en que sucedió lo de la magdalena, la conquistada parecías tú.—En realidad, ella ni se había imaginado que podía causar semejante efecto en otra persona. Eso la llevó a recordar lo del pijama, el primer momento en que su pijama había dejado ver más de la cuenta.—¿No había sido mi pijama indiscreto lo que te conquistó, en realidad?—Tuvo que bromear.

En temas de cine, y por mucho que pudiera pesarle a algunas personas, chicos y chicas solían ser bastante diferentes. Aunque, en aquel caso, más que notarse la diferencia de género entre ellas dos y Santi, se notaba la diferencia de edad: Santi era algo más joven que ellas. Y, al menos Gwendoline, había empezado a alcanzar ese punto en la vida en que se busca la nostalgia.

Los Vengadores no estaban ahí cuando Gwen era una niña, y desde luego no se le habría ocurrido nunca coger un triste cómic. Lo que sí estaba en su vida cuando era pequeña eran las películas de Disney: Dumbo, Aladdin, El Rey León, La Bella y la Bestia, La Cenicienta... Gwendoline incluso recordaba una versión de dibujos animados con animales de Robin Hood que le gustaba muchísimo.

Así que Iron Man, Thor, el Capitán América y Hulk difícilmente podían competir con Simba, Dumbo, Aladdin y el maravilloso Genio interpretado por Robin Williams… Aquellos personajes le traían recuerdos de una época mejor.

—Recuerdo perfectamente cuando ocurrió eso.—Dijo la morena con una sonrisa, perdiéndose en esos recuerdos de su infancia.—Estabas muy enfadada, más enfadada de lo que jamás te había visto en todo el tiempo que llevaba conociéndote. Decías que no te parecía nada bien que muriese. Que por qué no podía tener un final feliz esa película.—Gwendoline recordaba cómo había entrado en la biblioteca sólo para encontrarse con una Sam muy enfadada, escribiendo furiosamente sobre un trozo de pergamino.—Y, que conste en acta, me pareció un bonito detalle por parte de tu madre.—Y es que Gwendoline siempre se había preguntado: ¿Por qué Disney tenía obsesión con mostrar la muerte en películas para niños? Esa era una lección que correspondía a los padres, no a una película de dibujos animados.—Pero sí, tenemos que ver Dumbo. Con tanta película y serie moderna, echo de menos este tipo de historias entrañables.

Y hablando de las series… Sam se las arregló para intentar convertir el estreno de Juego de Tronos en un juego de beber que, en lo personal, no le apetecía mucho. Y, si bien lo dijo, realmente en aquellos momentos no le apetecía ni beber, ni irse de fiesta, ni similares.

Realmente, no le apetecía nada de nada. Y si no hubiera acudido a la granja para una sesión de oclumancia, no se habría movido de casa para nada.

Pero a Sam le apetecía hacer algo así. Y ella sabía que acabaría cediendo por presión de su novia, pero antes de todo eso, pensaba negarse con la mayor vehemencia posible.

—Grandísima diferencia, sí. Gracias por remarcarla.—Dijo Gwendoline, haciendo rodar los ojos ante aquel matiz aportado por su novia. Un matiz del estilo “Me has clavado un clavo de acero en el pie” “No es de acero, es de hierro.” Muy necesario, sí.—Déjame pensarlo.—Cedió a medias.—Pero que sepas que afirmar categóricamente que quieres emborracharte no hace más que dar peso a mi argumento de que debo llevarte a alcohólicos anónimos. ¿No prefieres emborracharte con chocolate caliente?—Y, teniendo en cuenta el bienestar que le producía su buen amigo el chocolate a Sam, Gwen empezaba a pensar que bien podría emborracharse con él.

A pocos metros de lo que de pequeña Gwendoline llamaba La Casa de las Cabritas, Yasky el elfo doméstico hizo de nuevo acto de presencia, dándole a Gwendoline el susto de su vida. Traía consigo el regalo prometido, un ramo de flores, y tras entregárselo a Gwendoline y rechazar la oferta de dar un paseo en pos de seguir con su trabajo, volvió a desaparecerse.

El ramo era precioso y se notaba que estaba hecho con todo el cariño y el esmero que un elfo doméstico puede poner en su trabajo. Que no era poco, precisamente. Y se lo ofreció a oler a Sam, sugiriendo que alguna de aquellas flores le quedaría preciosa en el pelo. Sam era muy dada a aquel tipo de detalles que realzaban su belleza natural.

Se puso una flor y, además, le puso una blanca a Gwendoline en el pelo. La morena se dejó, por supuesto: tampoco rechazaba aquel tipo de detalles que la hacían sentir un poco más guapa, por mucho que no valorase del todo su físico.

—¿Estás segura? Porque a ti te queda muy bien...—Dejó caer mientras continuaban su camino.

Sin saberlo, Gwendoline y Sam se aproximaban al lugar en que la rubia conocería a una de sus nuevas amigas: una cabra prácticamente recién nacida que luchaba contra el cruel mundo y contra su nuevo cuerpo para conseguir dominarlos a ambos. Saltaba y saltaba en medio de las demás cabras, hasta que finalmente terminó golpeándose contra la valla. ¿Quizás aquella torpeza natural fue lo que enamoró a Sam en primer lugar?

Fuera como fuese, cuando quiso darse cuenta, la pequeña cabra estaba en brazos de su novia, que la miraba de la misma manera que miraba a Don Cerdito casi a diario.

—Creo que mi abuela las alimenta con biberón cuando son tan pequeñas.—Explicó Gwendoline.—Si no me equivoco, es para evitar que le hagan daño en las ubres a la madre, pues por lo visto, las cabras pequeñas pueden ser demasiado impetuosas.—Se acercó un paso a ambas. Con mucho cuidado, se cambió el ramo de la mano izquierda al hueco entre su pecho y el brazo en cabestrillo, y acercó los dedos para acariciar el cogote del animal.—¿Te gustaría ayudarle luego con eso? Seguro que no tiene problema, y menos cuando le cuente lo mucho que os gustáis tú y esta pequeñaja.—No sabía a quién se comería primero: si a esa monosidad de cabra, o a la monosidad que tenía por novia.

Gwendoline se apoyó con el brazo sano en la valla, dejando reposar un poco de su peso sobre ésta. Contempló a las cabras pastando, correteando y lanzándose baildos las unas a las otras, y no pudo evitar tener un pensamiento muy humano: debía ser hermoso llevar una vida tan sencilla como la que llevaban esas cabras. ¿Acaso no sentía envidia todo el mundo en algún momento de su vida hacia los animales? ¿Especialmente cuando las cosas no iban tan bien como debían?

—¿Sabes?—Dijo Gwendoline entonces, mientras Sam acariciaba a su nueva amiga, que parecía estar la mar de cómoda en sus brazos.—Hay una pequeña posibilidad de que algún día esto sea mío.—Soltó un bufido, y en realidad no le apetecía pensar en ello: si aquella granja era suya algún día, eso sólo podía significar que su abuela ya no estaba.—No sé si sería capaz de mantener un lugar así, pero vivir aquí tiene que ser reparador para el alma.

En aquel lugar, las cosas parecían importar menos. No parecía haber Crowleys sedientos de venganza en los alrededores, ni Hemsleys con ganas de entregarlas al Ministerio a cambio de dinero. No parecía existir ni la tortura ni el dolor, ni el maldito nuevo gobierno que ya estaba durando demasiado.

La vida parecía mucho más simple.

Sin darse cuenta, se puso un poco más seria. Retornó a ese estado apático que por un rato había sido capaz de olvidar, y suspiró profundamente.

—No te he contado cómo descubrí que Zed Crowley era un vampiro.—Dijo, y era cierto: en toda aquella semana que había pasado en casa con ella, no había encontrado el valor para hacerlo.—Cuando logré hacerme con la varita de su compañero, lo primero que hice al ver a Zed fue...—Se le secó repentinamente la garganta, y lo siguiente que dijo sonó un poco ronco.—...lanzarle la maldición asesina.

Todavía no era capaz de comprender el motivo de que hubiera sido capaz de hacerla. Toda su vida le habían dicho que una persona debe sentir las maldiciones imperdonables: debe querer controlar a otro al utilizar Imperius; debe querer que su enemigo padezca una gran agonía para conjurar Cruciatus; y debe desear ver muerto a dicho enemigo cuando conjura Avada Kedavra.

¿Tan grandes eran sus deseos de ver morir al Crowley? Sin duda, lo detestaba muchísimo después de lo que le había hecho a Sam. Pero no podía evitar sentir miedo de sí misma por la facilidad que había demostrado, y más habiendo utilizado una varita que no era la suya. ¿Sería por eso que no quería comprarse otra?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Abr 15, 2019 4:21 am

¡Qué vergüenza! Cada vez que recordaba aquel momento, en donde nada todavía había surgido, en donde Sam tuvo un amor-odio por aquel pijama tan… indiscreto, se le ponían las mejillas un poquito rojas. Vale que ahora no tenía problemas en mirar o en sugerir cualquier cosa, pero para la Sam de hace un año era muy diferente todo. Teniendo en cuenta su trauma, ese momento siempre lo recordaba con cierta timidez, por las circunstancias.

A ver, siendo justos no es ninguno de esos dos momentos —le respondió y, pese a que estaban de broma, quiso contestar en serio. —El momento ‘pijama indiscreto’ me hizo descubrir que… no sé cómo decirlo sin que suene mal: pero te vi como no te había visto hasta la fecha. Hizo que te mirase con otros ojos muy diferentes y esa barrera de ‘sólo la veo como una amiga’ llegase a desaparecer durante un momento. Y el momento ‘magdalena’ fue ya otro nivel en donde me hiciste desearte. —Eso último lo dijo con un tono un poco seductor, mirándola significativamente. —Pero si tuviera que decir el momento en el que me conquistaste, en el que empezó todo… indudablemente sería ese beso en el pasillo de aquellos apartamentos. —E hizo una pausa, soltando aire. —Ese beso, Gwendoline. Definitivamente fue ese beso. —Se mordió el labio inferior.

Mira que ese día había terminado siendo terrible, con una Sam casi sorda en cama, pero aquel recuerdo lo guardaba con especial cariño. Seguía manteniendo que nadie nunca le había besado así y después de todo: ¿cómo no le iba a cambiar el chip?

Pero claro… sólo era para pasar desapercibidas… Si, ya, claro. —Y miró a Gwen, para chincharla. —Bendita la mujer que pasó en ese momento. —Y rió, rodando los ojos divertida.

¡Claro que estaba enfadada cuando se enteró que en realidad la madre de Bambi se moría! Era duro darse cuenta de que lo que tú crees que es cierto, de repente no lo es. ¡Y encima es peor! Escuchó a Gwendoline, que al parecer también recordaba muy bien el trauma de la Sam de trece años, enfadada con su madre a través de una carta. A Sam no le parecía bien el detalle de su madre: si no quería que Sam se pusiera triste por ver el final de Bambi… pues que directamente no le pusiera Bambi, ¡cómo si no hubiera películas de Disney sin muertes traumáticas de por medio! Pero tampoco le parecía bien que engañase a su hija y luego no le dijera la verdad.

Dumbo, por suerte, era una película sin traumas. O eso creía, vamos, pues hacía mucho tiempo que no la veía y lo mismo su madre también le había cortado la mitad de la película para que no viese cómo lo trataban en el circo o algo.

No se usa ‘emborracharse’ con chocolate caliente, el término correcto sería: ‘engordarte’ con chocolate caliente. —Le corrigió a la morena, con un retintín divertido y totalmente en broma, a lo que simplemente se encogió de hombros. —En verdad es un juego que siempre he querido hacer, pero ya lo haremos en otro momento.

Que en verdad era una idea que siempre le había pasado por la cabeza, pero tampoco es que quisiera hacerla ya de ya. De hecho, ni a ella le gustaba la idea de hacerlo visionando Juego de Tronos la primera vez, pero lo había soltado porque… no sé, le parecía entretenida. Y sí, era un hecho de que a Samantha le gustaba beber alcohol. Era una experiencia totalmente diferente y adoraba ver a Gwendoline borracha. Eso era otro incentivo.

Estaba segura hasta el infinito y más allá de que seguramente, a ojos de Sam, cualquier cosa estaría mejor en Gwendoline que en ella misma. Pero vamos, porque ahora mismo la rubia no era objetiva en ningún sentido de la palabra y todo lo que tuviera que ver con Gwen, indudablemente, rozaba el top más perfecto. ¡Vale, el amor es así, no se lo tengáis en cuenta!

Una vez llegaron a la cabreriza, Sam sujetó en brazos a una de las cabras más pequeñas de todas, las cual parecía un alma loca intentando hacerse al nuevo mundo. Era una pequeña muy juguetona, de mirada curiosa y la verdad es que una vez la cogió, no tuvo muchas ganas de volver a soltarla. Gwen le contó que su abuela las alimentaba con biberones y le preguntó que si quería hacerlo, a lo que Sam la miró con un rostro divertido.

¿Me preguntas que si quiero darle de comer con biberón a esta cosa tan mona? ¿En qué mundo Samantha Lehmann podría negarse a eso? —Le respondió, con una dulce sonrisa y una mirada casi risueña. —¿Les da de comer tu abuela? Supuse que lo harían los elfos… —dijo, por mera curiosidad. Se le hacía raro imaginarse a Astreia Edevane dándole el biberón a una cabrita, debía de admitir.

Entonces Samantha se agachó y puso a la cabra en el suelo, quién empezó a saltar alrededor de ella, por todos lados. Incluso en una ocasión se quedó frente a ella, para que Sam le acariciase la cabeza. La rubia miró hacia arriba cuando Gwen le llamó la atención con esa pregunta, diciéndole que en algún momento, probablemente todo aquello sería de ella. Y claro, tenía sentido: era la única heredera de Astreia, junto a Duncan. La verdad es que pensar en esas cosas daba algo de cosa, pues para poder heredar, todo lo que está por encima de ti tiene que morir primero.

Seguramente lo sea —le dio la razón, sin decir mucho más.

Notó perfectamente su tono, bastante serio en comparación. En otra ocasión quizás hubiera bromeando con que era una mujer de alta alcurnia inglesa cuya herencia superaría por millones a la que podría tener alguien como Sam que, literalmente, serían álbumes de foto. ¿Qué le iba a dejar su padre, que apenas tenía nada? Y su madre, en Austria, ya estaba claro que tuviera lo que tuviera, probablemente Sam estaba fuera de la herencia casándose con su otra pareja. Pero vamos, lo único que Sophie tenía en propiedad era la casa en la que vivía. Y punto.  

Cuando su novia volvió a sacar el tema de Zed, Sam dejó que la cabrita se fuera corriendo a vivir la vida, mientras ella se ponía de pie de nuevo, mirando a la morena. La verdad es que no se esperaba en absoluto que le dijera aquello: ¿Gwendoline Edevane, siendo capaz de conjurar una maldición asesina? De hecho, desde aquel momento se había imaginado que Zed habría alardeado de su condición de vampiro, no que lo hubiese descubierto de esa manera. Sam, por ejemplo, nunca en la vida había tenido la impulsividad de conjurar una maldición asesina, simple y llanamente porque no se sentía capaz de hacerla y sentía que, por mucho que lo pudiese intentar, no le saldría.

Pero claro, si Gwen la había conjurado por primera vez en su vida y le había salido es porque en algún lugar de su interior tenía muy claro lo que quería hacer y sobre todo lo que quería conseguir.

Y… te sientes mal porque has sido capaz de conjurar una maldición asesina. —Continuó la frase, leyendo a su amiga como un libro abierto porque… ellas se podían leer de todas las maneras posibles y ahora mismo la actitud de Gwen hablaba por sí sola. —Porque siempre nos han dicho que solo las malas personas pueden hacer una maldición asesina, porque en teoría solo las malas personas desean la muerte de otras personas. Una buena persona no puede hacer eso porque al parecer las buenas personas tenemos que callarnos todo lo que sentimos y no exteriorizar el odio, por mucho que nos obliguen a odiarlo todo o se empeñen en hacernos daño. —Frunció el ceño.  

No quería ser hipócrita: claro que se preocupaba de que Gwendoline hubiese podido conjurar una maldición asesina por lo que significaba en ti, en tus emociones y en tus sentimientos, pero no podía decirle nada al respecto. Sam había pasado por mucho y era consciente de hasta dónde estaría dispuesta a llegar por conseguir salvaguardar todo lo que tenía: y una maldición asesina no iba a ser un impedimento para ella, de tener que hacerla, ni para salvar su vida ni la del resto.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 15, 2019 2:52 pm

Aquel beso.

Aquel beso que Gwendoline había dicho que simplemente era para disimular, durante una de las misiones más peligrosas que habían llevado a cabo juntas las que entonces eran aún dos amigas.

Aquel beso que había ayudado a Gwendoline a comprender lo que llevaba sintiendo durante todos aquellos meses por la que en la actualidad era su novia.

Casi daban ganas de agradecer a Hemsley aquella oportunidad. Si no fuera porque casi había conseguido convertir las vidas de ambas en un infierno, la mortífaga podría considerarse toda una Celestina. Y mucho más ahora, que Sam había confesado que aquel había sido también el momento en que había descubierto sus sentimientos. ¿Se habría dado algo así de no ser por encontrarse en una situación de peligro?

—¿Sabes lo peor de todo?—Gwendoline, que sonreía, no pudo evitar negar con la cabeza y poner los ojos en blanco.—Que de no haber sido por Artemis Hemsley, muy posiblemente ese beso no se habría dado.—Soltó un bufido descontento, que a pesar de todo no fue capaz de arruinar el buen ambiente que se respiraba entre Sam y ella.—No sabes lo poco que me gusta tener que agradecerle algo.

Pero claro, eso se lo tenía que agradecer: Hemsley había intentado separarlas por todos los medios, y lo único que había conseguido, en realidad, era unirlas todavía más.

Cuando pasaron a hablar de la inminente emisión de la nueva temporada de la serie de dragones, espadas y zombies de hielo que estaba de moda en la actualidad, Sam no desperdició la ocasión de sugerir un juego de beber que, por supuesto, Gwendoline rechazó. Aprovechó el momento para cuestionar el alcoholismo de su novia—no en serio, por supuesto, pero eso no impidió que Sam pasara por alto ese detalle… de manera muy sospechosa—y sugirió que se emborrachase con chocolate. ¿Y qué hizo Sam?

Bueno: pues ser Sam, sin más.

—¿Seguro que ese es el término? Porque te he visto después de una taza enorme de chocolate caliente y diría que la sensación de bienestar que te embarga es muy similar a la del alcohol, aunque no estés tan perjudicada después.—Alzó una ceja, mirándola con diversión.—Asúmelo, Lehmann: eres la única persona en el mundo que, si se lo propone, es capaz de emborracharse con chocolate caliente.—Y obvió mencionar que podía hacer muchas otras cosas si se lo proponía. ¿Ejemplo? Convertir en lesbiana a su mejor amiga y, además, llevarse su virginidad.

No dijo nada sobre el juego de beber, pero se conocía y sabía que acabaría cediendo. Siempre acababa cediendo, ¿y sabéis por qué? Porque Sam también cedía, posiblemente muchas más veces que Gwendoline, cuando la morena no quería irse de fiesta. Porque Sam podía parecer muy troll, muy bromista, y muchas cosas más, pero de mala no tenía un ápice. Y siempre prefería ceder en los conflictos.

Su paseo continuó hasta el pequeño cercado que rodeaba la cabreriza, donde un montón de cabras hacían su vida normal, y donde Sam conoció a su nueva alma gemela. En la cabeza de Gwendoline, ese pequeño ser aparentemente frágil y que estaba descubriendo todavía el mundo al que había llegado sin pedirlo ya se llamaba Cabrita Lehmann.

Sugirió que se quedaran a alimentar a las cabras más pequeñas con el biberón, tarea que llevaba a cabo su abuela. O eso pensaba, al menos.

—Bueno, no sé si lo hace con todas, pero creo que participa. Supongo que los elfos la ayudarán mucho: ya no está para tantos trotes como parece.—Dijo con una leve sonrisa en los labios, los ojos todavía fijos en la pequeña cabrita.—Pero vamos, que me parece que hay pequeñas tareas que le gusta hacer a ella. Quizás no todo el tema de los sembrados, pues es más viable que lo hagan los elfos o utilizar la magia, pero ciertas cosas sí.—Lo que no sabía era lo que ocurría cuando las cabras abandonaban la granja, pues sí, eventualmente eran vendidas. Sí sabía que allí no se sacrificaba ningún animal, pues por unas o por otras, aquella granja siempre había sido llevada por amantes de animales y criaturas mágicas.

Algo bueno que tenían los Edevane, aunque Hitler en su día también había sido amante de los animales.

Una vez allí, la pequeña prórroga mental que Gwendoline había tenido pareció terminarse, y comenzó a darle vueltas a ideas negativas: primero al hecho de que algún día sería la propietaria de aquella granja, con todo lo que eso implicaba; segundo, al asunto de Zed. Y no de cualquier manera: empezó a darle vueltas al asunto de la maldición asesina.

En aquel momento no se había percatado de lo que sus acciones implicaban, de la facilidad con que había sido capaz de ejecutar dicha maldición, cuyo único objetivo era el de segar una vida de manera casi instantánea. Pero, a posteriori, se había dado cuenta precisamente de lo fácil que había sido, del odio y el desprecio por la vida de Zed Crowley que la había llenado por dentro segundos antes de conjurar aquello contra él.

Jamás antes había hecho algo así. Jamás lo había intentado, siquiera. Pero allí estaba aquello, y Gwendoline se lo contó a Sam.

—Me asusta lo fácil que fue en ese momento.—Le explicó, consciente de que una parte de lo que decía tenía mucha razón: tenían todo el derecho a ser humanas, a odiar a aquellos que les hacían daño.—Una cosa que recuerdo con mucha claridad de lo que él y su hermano te hicieron es que, cuando todo terminó y te viste libre… no pudiste matar a Zed. Él y su hermano te habían hecho cosas que no tienen nombre, que no deberían hacérsele a nadie, y no tenían intención de parar. Pero tú hasta el final intentaste salir de aquello sin matarle.—Lanzó un largo suspiro, dejando reposar su frente sobre el antebrazo izquierdo, que resposaba sobre la valla.—Lo único en lo que podía pensar era en acabar con él. No tanto por lo que me había hecho a mí, que también, sino por lo que te había hecho a ti. Podría haberle dejado inconsciente, igual que a su compañero, pero quise matarlo...

Alzó la mirada y la perdió en las colinas que había más allá del cobertizo de madera que servía de hogar a las cabras. En su cabeza había un pensamiento que le daba miedo: si ella y Zed volvían a encontrarse, seguiría queriendo matarle. ¿Aquello la convertía en una mala persona? ¿Cuándo se había vuelto aquello tan sencillo?
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 16, 2019 3:20 am

Después de tomarse un buen tazón de chocolate caliente era cierto que Sam entraba en un modo zen muy especial, pero tanto como para compararlo con estar borracha... Creía fervientemente que Gwendoline siempre que veía a Sam borracha era estando ella también igual de borracha, por lo que quizás no tenía un visión muy objetiva de lo que realmente era la rubia estando borracha.

Se nota que te emborrachas poco —le respondió divertida cuando le dijo todo eso, pensando que estaba comparando cosas que no deberían de compararse. Pero bueno, puestos a ponerse tiquismiquis... en realidad entendía perfectamente a lo que se refería. —Pero contigo me puedo emborrachar a chocolate caliente.

La legeremante nunca se había planteado el uso de elfos domésticos porque los creía realmente innecesarios en la vida de un mago adulto. Piénsalo: ya una persona normal no necesitaba que ningún ser fuese su sirviente personal, pero si ya metemos de por medio un ser humano mágico, que tiene la capacidad de hacer tareas cotidianas en menos de la mitad de tiempo gracias a la magia, ¿me decís para qué hacía falta tener un elfo doméstico? Siempre le había parecido como el colmo de lo vago. Además de que eran criaturas inteligentes que podían ser perfectamente independientes, con una magia bastante poderosa. Les daba mucha pena que fueran domésticos, cuando podrían ellos perfectamente tener una especie de colectivo y viviesen a sus anchas.

En situaciones como la de la granja, que era muchísimo trabajo sólo para la abuela de Gwendoline podía llegar a entenderlo, porque encima los elfos parecían casi libres en aquellos grandes prados, pero en otras ocasiones no lo entendía.

Es bonito que aunque los elfos domésticos puedan hacerlo todo, aún así tenga la iniciativa de participar en lo que más le gusta —le dijo su opinión. —La gran mayoría se acostumbraría a la comodidad de no hacerlo, ya que lo puede hacer otro. Total, los elfos domésticos podrían hacerlo todo si tu abuela se los permitiera.

Y es que otra cosa no, pero los elfos domésticos eran cien por cien obedientes y harían cualquier cosa que les pidieran, aún por encima de sus posibilidades.

El hecho de que Gwendoline hubiera conseguido hacer una maldición imperdonable le había cogido bastante por sorpresa. Era algo tan… poco propio de ellas, que hasta se hubiera imaginado que si algún día iban a tener que matar a alguien, ni siquiera podrían recurrir a esa maldición que, en teoría, te pone las cosas tan fáciles. De hecho, siempre pensó que si podía decidir, directamente no mataría y que si lo hacía sería por accidente. Pero vamos, uno no conjura una maldición imperdonable ‘sin querer’ por mucho odio que puedas tener hacia la otra persona. Conjurar esas cosas necesitaban de su concentración y verbalizar un ‘Avada Kedavra’ daba mucho más cague de lo que podría pensar.

La morena debía de haberlo visto claro: un enemigo al que odia enfrente de ella desarmado y… la opción más fácil, esa que ni deja marca. El problema de todo era, sencillamente, que había optado precisamente por la opción más fácil, esa que no cuesta nada y a la vez lo es todo. Que cueste tan poco hacer tanto daño era realmente preocupante.

Pero de nuevo, no la iba a juzgar. Podría hacerlo perfectamente, pero tal y como estaba la situación o matabas o te mataban. No había otra. Ya Sam estaba un poco cansada de valorar tanto las vidas de las personas que no valoraban en absoluto la de ellas y de sentirse mal sólo por querer sobrevivir. Eso no debía de ser así nunca.

Pero no es lo mismo... —le respondió a Gwendoline cuando recordó la situación de Sam con los Crowley. —Yo lo tuve frente a mí desarmado. En ese punto ya no era una amenaza. No lo iba a matar fruto de… ¿qué? ¿Venganza? ¿Rencor? ¿Crees que me hubiera sentido mejor? Sólo quería salir de allí. ’Y morir en casa’ continuó su mente, de manera sarcástica.

Realmente era la cruda realidad. Era en ese momento lo que sentía.

Suspiró al ver cómo se quedaba con la mirada perdida tras esa última declaración. Era cierto que a veces era más fácil pensar en lo sencillo que hubiera sido hacer otra cosa, en vez de la que hiciste, pero la impulsividad hablaba más que nada en uno mismo.

Le iba a ser totalmente franca, por lo que se acercó, quedándose frente a ella, apoyadas a aquella valla. Esperó a que la mirada de Gwendoline volviese en sí y se posase en la de Sam, tomándose unos segundos de silencio.

Yo también deseo que mucha gente muera —le dijo, cosa que ya sabía. Se lo recordó, porque al parecer era algo tabú que nadie podía pensar ni sentir nunca. —Deseé mucho que Sebastian Crowley muriese por evidentes razones, pero deseé incluso que Artemis Hemsley muriese, aunque siempre intenté apostar por su vida. Y quise que muriese ésta última porque le tenía mucha rabia por lo que te había hecho, porque de verdad que a día de hoy todavía me da mucha rabia que hubieses tenido que pasar por eso mientras ella jugaba con nosotras y… —En realidad es que se merecía morir. No iba a ser hipócrita en decir que se arrepentía de habérsela quitado de encima. Podría haber cierta incomodidad por no estar de acuerdo con ese método de solucionar las cosas, pero seamos francos: ¿a día de hoy en donde estarían de no haber hecho eso? El punto es que Sam, Caroline y Gwendoline no mataron a Hemsley por venganza, sino por pura supervivencia. —A dónde quiero llegar es que… hay una diferencia abismal en todo esto. Puedes querer matar por odio, por venganza, o por rencor… o puedes sencillamente tener que matar porque es la única solución que tienes para sobrevivir.

Y fue entonces cuando la mirada de Samantha cambió. Su ceño se frunció ligeramente, se volvió un poco más dura y una de sus manos sujetó a la suya que estaba sobre la valla.

Si tienes opción… no lo hagas. —Le pidió, relajando su mirada, casi que parecía que le pedía que se lo prometiese.

Ya no era por Sam: no iba a dejar de quererla como la quería porque estuviese tan cabreada con una persona por lo que le habían hecho como para querer matarla. De hecho, como ya había dicho, la entendía aunque siguiese odiando el sentimiento. Era, exclusivamente, por ella. Asesinar era una palabra muy fuerte, por mucho que en el mundo mágico se haya normalizado o fuese tan fácil de hacer. Y no quería que Gwen se… hundiese en algo así, porque las personas como Gwen o Sam, no estaban preparadas para eso.
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Gwendoline Edevane el Mar Abr 16, 2019 9:48 pm

Acostumbrada como estaba al estilo de vida muggle, y al hecho de que fueran las personas las que llevaran a cabo trabajos como los que se presentaban en aquella granja, Gwendoline tampoco había concebido nunca la idea de ver tantos elfos domésticos juntos. Sí, en el Ministerio de Magia había unos cuantos que se dedicaban a las labores más bajas, dejando el trabajo de verdad, como decían algunos, a los seres humanos, pero en lo personal, en su vida diaria lejos del mundo mágico, ella no estaba familiarizada con todo aquello.

Suponía que no era algo malo del todo, pues cuando se conocía a los elfos domésticos, se sabía que éstos no eran demasiado buenos a la hora de rechazar empleos sin sueldo. De hecho, muchos demostraban un gran amor hacia su trabajo, aunque eso no quitaba que los magos se aprovechasen de ellos en ese sentido.

—Según me dijo, no siempre tuvo elfos.—Explicó Gwendoline, echando un vistazo por encima del hombro en dirección a los sembrados que habían dejado atrás apenas hacía unos minutos.—Al parecer, y esto no tengo yo tan claro que sea cierto, hará unos cincuenta o sesenta años que una familia de ellos se instaló aquí, pidiendo únicamente un techo y que se les dejase trabajar. Y parece ser que los elfos que vemos aquí son los descendientes de dicha familia.—Gwendoline se encogió de hombros.—Es algo que me contó de pequeña, cuando empecé a hacer demasiadas preguntas acerca del mundo que nos rodea. Y si bien no recuerdo casi nada de aquella época, esa explicación se me quedó grabada.

Y muy probablemente fuese falsa: ¿Cómo ibas a explicarle a una niña pequeña que tienes en tus tierras a unas criaturas que viven prácticamente en situación de esclavitud? Gwendoline, si se veía a cargo de aquella granja algún día, muy posiblemente liberaría a todos aquellos elfos y se decantaría por la mano de obra humana.

El ambiente bucólico de aquel lugar llevó a Gwendoline, una vez más, a la noche en que Zed Crowley y su compañero la habían secuestrado. Mucho había ocurrido esa noche, y si bien tenía todavía que trabajar en cómo se sentía al respecto, a lo que más vueltas daba de todo había sido al incidente de la maldición asesina.

No había tenido que lamentar la pérdida de vida humana alguna, pues Zed Crowley era un vampiro, pero por mucho que no hubiera habido una muerte, la intención había estado ahí. Una intención real, una en que Gwendoline sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo que quería conseguir. Y no por mera supervivencia, pues supervivencia había sido lo que había hecho con su compañero.

Lo mirase por dónde lo mirase, nada justificaba aquella acción más que la venganza.

Le hubiera gustado responder a Sam diciendo que sí, que en efecto, Zed Crowley era una amenaza para ella en el momento en que conjuró la maldición imperdonable hacia él, pero no pudo. Así que permaneció en silencio, escuchando a la rubia, volviendo la mirada en su dirección.

Cuando Sam concluyó con aquella recomendación, Gwendoline tragó saliva y se dispuso a hablar.

—Considerando la situación en que me encontraba, y como quedó demostrado después, no había una necesidad real de lanzar aquel hechizo.—Le costó decir aquellas palabras, pues por mucho que Sam quisiera ver lo menos malo dentro de aquella situación, lo cierto era que no había sido así.—Le odio. A él y a sus hermanos. Los odio a los tres. Más de una vez he estado a punto de ahogarme en ese odio, desde que descubrí lo que te habían hecho. Porque nadie tiene derecho a hacerle eso a nadie...—Se le cortó en seco la voz, notando cómo de repente empezaba a respirar de manera más agitada. Los ojos se le estaban humedeciendo.—Y ahora, cuando la vida empieza a irnos bien, cuando parece que hemos dejado atrás toda esa… mierda...—Gwendoline no solía decir palabras como aquella, lo cual indicaba su estado de nerviosismo actual.—Cuando parece que hemos pasado página, ese Zed aparece, lanzando sus amenazas, asegurando que me va a matar sólo para hacerte sufrir, como si tuviese derecho a ello. ¡Como si no hubieran sido ellos quienes lo empezaron todo!

Gwendoline gritó la última parte, y acompañó a aquel grito un sonoro golpe con su puño izquierdo contra la valla. Un golpe que le dolió mucho más de lo que parecía, teniendo en cuenta que continuó hablando.

—Intento convencerme de que no había otra alternativa, pero había muchas. Pero la pura verdad es que quería verlo muerto.—Y ahí estaban, por fin, las lágrimas. Lágrimas de puro dolor, al sentir como otro pedazo de su inocencia se resquebrajaba desde que aquella locura llamada ‘Cambio De Gobierno’ había llegado a sus vidas.

Odiaba a Zed Crowley, cada día un poco más. Le odiaba no sólo por lo que le había hecho a Sam y por lo que después le había hecho a ella, sino también por haber despertado aquellas cosas horribles dentro de ella. Por haberla convertido en una persona que no reconocía. Caroline al menos podía decir que el asesinato que había cometido había salvado una vida. ¿Qué podía decir ella exactamente?

Rompió a llorar, sollozando violentamente, y terminó teniendo que sentarse con la espalda pegada a la valla. Dolía demasiado descubrir una verdad tan horrible acerca de sí misma.
Gwendoline Edevane
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