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The Killing Joke. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 29, 2019 11:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The Killing Joke. —Güendolín. - Página 3 3C8t6M4
Cerca del gimnasio de Gwendoline Edevane | 29/03/2019 | 20:36h | Atuendo

Ese día en el Juglar Irlandés había sido más pesado e intenso de lo que uno podría haberse imaginado, por lo que aún a la hora de salir, todavía no habían puesto un pie en la calle. Samantha había mirado la hora en su móvil para ver cuánto se había retrasado, ya que le había dicho a Gwendoline que ella hoy hacía la cena, pero tal y como estaban las cosas, se veía un poco negro si querían cenar a una hora decente. Así que antes de ponerse a cerrar y recogerlo todo junto a Santi, pues solo eran dos, cogió el móvil y avisó a Gwen, estimando un poco lo que iba a tardar en terminar allí, siendo tan pocos.

Debería de estar en el gimnasio todavía, así que tenía margen par avisarla con tiempo. Usó el WhatsApp en vez de llamarla, pues seguramente no se lo pudiese coger. Le avisó de que el Juglar había sido una locura, que no le daría tiempo de llegar antes a casa que ella y si en vez de cenar en casa, cenaban en el mexicano que tanto le gustaba a Gwendoline y así de paso la mimaba un poco con su gusto peculiar por lo excesivamente picante.

Se guardó entonces el móvil en el bolsillo delantero del delantal, acercándose a la puerta principal para girar el cartel de abierto por cerrado, así como echar el pestillo en la puerta. Se dio la vuelta y apoyó su espalda sobre ella, observando todo lo que tenía que recoger. Ojalá estar sola al completo para poder utilizar magia. Ahora mismo se arrepentía de no haber seguido el consejo de Gwendoline y decírselo a Santi con tal de poder utilizar su varita en ese momento.

Mia, ¿tú bien? —Preguntó Santi desde detrás de la barra. —Yo hacerme caca urgentemente. Yo sé tú quedar con Gwendoline, pero yo no poder aguantar. ¡Yo prometer ser raudo y veloz recogiendo! —Y salió corriendo de allí hacia el baño.

¡No te preocupes! —No quería ser la culpable de que el pobre hiciese sus necesidades con prisa. Ya había avisado a su novia, así que tenía tiempo. —Haga usted caca tranquilo.

¡Gracias! —Y se metió en el baño.

Sam no pudo evitar sonreír por la naturalidad que poseía Santi, que a veces era sencillamente envidiable. Aprovechó entonces que estaba sola para hacer uso de la magia, sobre todo en la parte exterior, que era en donde más cosas había que hacer. Luego en la cocina podía pasar el tiempo más rápido si ambos se ponían manos a la obra, pero el hecho de tener que estar para arriba y para abajo y limpiándolo todo…

Así que miró hacia la puerta del baño para cerciorarse de que estaba bien cerrada y sacó su varita del delantal, llevándose con ella dos paños y el limpiador. Con la varita hizo que todas las vajillas usadas volasen hasta la cocina y que los paños comenzasen a limpiar todas las mesas rápidamente, volando de un lado para otro. Subió las escaleras rápidamente, repitiendo el proceso allí encima. Era muy gracioso ver como todas las tazas, los platos y las cucharillas volaban desde aquel segundo piso hasta la cocina, colocándose todas ordenadamente sobre el lavamanos.

Unos cinco minutos después escuchó como Santi tiraba de la cadena, por lo que bajó rápidamente los escalones e hizo que los paños dejasen de limpiar, al menos los de abajo. Cuando escuchó que la puerta se abría, las prisas hicieron que se resbalase con uno de los últimos escalones y cayese de culo.

¡Mia! —dijo Santi, acercándose a ella. —¿Tú bien? ¡Menudo golpe!

Sam se había quedado sentada en el último escalón, sintiendo que el hueso de la ‘risa’ no daba tanta risa. Aún así se puso en pie y le quitó importancia, para entonces ver como Santi miraba toda la parte baja.

¿Yo cuánto estar haciendo caca? Pensé que yo ser rápido. ¡Tú sí que ser rápida! —dijo feliz, para entonces volver a la cocina. —Cuando tu terminar arriba ven a la cocina, yo empezar a limpiar allí. —Y se fue hacia allí. —¡Ah, no entres en el baño!

Al girarse y meterse en la cocina, fue cuando el paño del piso superior voló en dirección a Sam, estampándosele en la cara mientras ella se frotaba el hueso del culo con pesar. No entendía por qué lo llamaban el hueso de la risa, si no daba nada de risa.

En ese momento notó vibrar su teléfono móvil y lo cogió, viendo como Gwendoline le contestaba poco a poco a todo lo que le había dicho. Había que admitir que ya escribía UN POQUITO más rápido que en un principio y a Sam siempre le hacía gracia imaginarla con el pulgar super rápido apretando todas las letras, con lo fácil que era usar los dos. La morena le había dicho que iba a casa, se duchaba e iba al restaurante y al final ambas quedaron en estar allí en media horita, sobre las nueve en punto. Sam le respondió con un cerdito feliz y un corazón, para volver a guardárselo y corroborar que todo allí fuera estaba bien antes de entrar y enfrascarse en la labor de la cocina.

Caminó hacia la trastienda para cerciorarse y, por el camino, pasó por el baño. Tuvo que arrugar la nariz y retroceder un par de pasos.

¡Pero Santi! ¡Qué mal huele! —Gritó para que le escuchase.

¡Yo advertir, Mia! ¡Yo estar podrido por dentro! ¡Mi caca siempre huele mal! —Y Sam pudo escuchar perfectamente como el español se reía ampliamente. —¿Tu caca no oler mal? ¡¿Tú ser una princesa que se tira pedos con olor a fresa?!

Y para cuando dijo eso, Sam ya estaba en la puerta de la cocina, mirándole con divertido reproche.

Las mujeres no nos tiramos pedos. —Y le sacó la lengua, divertida.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Jue Abr 18, 2019 3:46 am

La historia de los elfos domésticos le pareció demasiado bonita para ser cierta. Claro que podía ser real, pero acostumbrados al maltrato de los puristas con respecto a dichas criaturas mágicas… era complicado tomarla como cierta. Pero bueno, quizás tenía cierta lógica si los Edevane de esta granja habían sido tan amante de las criaturas mágicas como le decía Gwendoline, pues al fin y al cabo los elfos no dejaban de ser criaturas mágicas. Al menos parecían felices y la verdad es que eso ya era suficiente para un elfo doméstico. Había quienes sólo querían un hogar, otros que no se visualizaban siendo libres… así que este lugar era perfecto para casi todos.

Si es que lo único importante en esta vida era eso: ser feliz y decidir tú mismo cómo serlo. Sin embargo, había gente que se empeñaban en frustrar la felicidad de otras personas. Debían de ser tan desgraciados con sus vidas que no buscaban más placer que destrozar la de las otras personas.

¿Que odiaba a Zed y a todos los Crowley? Claro que los odiaba. Lo raro es que, después de todo, no lo hiciese. Ese tipo había hecho todo lo posible para ganárselo tanto de Sam como de Gwendoline y no era nada malo en realidad. Una no podía ir por la vida perdonando, ni mucho menos pasando por alto las cosas horribles que una persona te hace a ti o a un ser querido. Y por mucho que pudieses llegar a perdonar, una no olvida. El rencor siempre va a estar ahí.

Tras confesar que había utilizado el Avada Kedavra simple y llanamente porque quería verlo muerto, se puso a llorar. Lo primero que hizo Sam fue sentarse a su lado, acercarse y abrazarla, apoyando su cabeza en su pecho. Le sentaba fatal verla llorar, pero normal que llorase: daba rabia e impotencia ver cómo otras personas que no tienen nada que ver contigo se empeñan en destruir todo lo que está a tu alrededor y te hacen plantearte cosas que jamás, en la vida, hubieras querido plantearte o hubieras tenido la necesidad de plantearte. ¿Qué necesidad había de sentirte mal por querer ver muerta a una persona? Digo más: ¿qué necesidad había de sentirte mal por querer matar a una persona que quiere matarte y ha torturado hasta casi la muerte a tu amiga? ¿En serio? ¿En serio había que sentirse mal y valorar su vida cuando él no había tenido ni un mínimo de aprecio por la de ellas?

En realidad no tenía ni idea de lo que decir, porque daba igual lo que pudiera pensar Sam, el sentirse mal por estas cosas iba en uno mismo y no importaba que alguien te dijera lo contrario de lo que tú pensases. Te sientes basura porque te comparas con la basura, pero en realidad no valía la pena hacer eso. Y nadie podía recriminarle a alguien que había sufrido el hecho de que quisiera matar a la persona que se lo ha hecho pasar muy mal y que ha hecho que su vida pendiese de un hilo.

Así que se quedó callada, a su lado, pensando en que ojalá Gwendoline nunca se viese en la tesitura de tener que matar o no a una persona, ni mucho menos que tuviese que hacerlo por obligación. No hacía falta más que verla para darse cuenta de que era algo que le quedaba grande y que probablemente le hiciese mucho mal, sobre todo a nivel mental y emocional. Sam siempre había pensado que, de pasarle a ella, tendría una reacción similar, pero la verdad es que aunque siempre abogue por la vida de todo el mundo, hacía ya tiempo que se había auto-convencido de que algún día iba a tener que ocurrir y creía estar preparada; consciente de que su mierda de vida propiciaba esa asquerosidad. Quizás se equivocada, por supuesto, pero a día de hoy creía estarlo. Lo mismo en el momento le temblaba la mano, pero no se iba a preocupar de eso ahora.

Tras un largo tiempo en silencio, Sam la dejó libre y se separaron un poco. Antes de que Gwen pudiese quitarse las lágrimas de los ojos, la rubia llevó sus dos manos a su rostro y acarició sus mejillas con sus pulgares, quitando de allí la humedad de sus lágrimas. La miró a los ojos y soltó aire lentamente por la nariz sin apartarla.

De verdad que odio verte llorar. —Y lo decía con toda la sinceridad posible. Era cierto que nunca le había gustado verle llorar porque siempre fue su mejor amiga, pero es que ahora mismo era otro nivel. El hecho de verla llorar y más por ese tipo de motivos, le daba muchísima rabia. El hecho de que estuviese infeliz. Sin apartar las manos de su rostro continuó hablándole: —Quiero decirte que… es injusto lo que nos está pasando desde hace ya mucho tiempo. —La misma Sam había visto su vida precipitar en un pozo hacía mucho tiempo y todavía no tenía muy claro cómo es que todavía estaba viva. —Pero es injusto para nosotras no permitirnos odiar a aquellos que nos odian y no paran de hacernos la vida imposible. ¿Tú estás dispuesta a perdonar a todos los que nos han hecho daño? —Le preguntó, de manera retórica. —Porque yo no pienso perdonar a nadie que te haya hecho daño, o que haya intentado matarnos.

Se podría pensar que Samantha, por no mata a Zed en su momento cuando tuvo oportunidad, lo había perdonado. Pero no, nada más lejos de la realidad. El hecho de que no lo matase no quería decir eso. Una cosa es que no quisiera convertirse en un monstruo y otra que fuese subnormal. Jamás en la vida perdonaría a los Crowley por lo que le hicieron y, para ella, esa familia era lo más pestilente de la sociedad mágica purista. Incluso por encima de los Kerr y eso que odiaba muchísimo a los Kerr.

No creo que sea justo para nosotras sentirnos mal por… todo esto. No es algo que nos haya nacido de dentro, es algo que nos han puesto ahí a base de intentar sobrevivir y sobrevivir. Y te voy a ser franca: —Seguía mirándola a los ojos. —Pase lo que pase, yo no te voy a juzgar nunca. Nos conocemos, Gwen, por mucho que puedas odiar a alguien, sé que eres de las personas más justas y hermosas que conozco. —Y las dos sabían muy bien que no estaba hablando del físico.

Y si Gwen había intentado matar a Zed, ¿qué le iba a decir? ¿Acaso ese horror de la sociedad no se merecía la muerte? Claro que se la merecía, pero no a manos de alguien como Gwen.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Abr 18, 2019 10:42 pm

Gwendoline podía afirmar a ciencia cierta que estaba harta. Harta de llorar, sobre todo, por culpa de terceros empeñados en arruinarles la vida a ella y a sus seres queridos. Y a pesar de que hasta hacía un par de semanas nunca había visto a uno de ellos en persona, los Crowley eran la causa principal de dichas lágrimas.

Dejando ir todo aquello que le aprisionaba el pecho se sintió un poco mejor. Sólo un poco.

Sin embargo, por llorar no se borraban las injusticias, ni el odio, ni el conocimiento de que sobre sus cabezas pendía una amenaza constante. Porque sí, quizás Zed Crowley hubiese ardido con aquella sala de calderas, pero siempre habría alguien más. Siempre habría otro Crowley. Siempre habría otra Hemsley. Siempre habría un monstruo a la vuelta de cada esquina, acechando en un intento de destruir todo aquello que era hermoso en el mundo.

Y allí estaba ella, con la espalda apoyada en una valla en la granja de su abuela, sintiéndose como uno de esos monstruos sólo porque se había rendido a uno de los impulsos más humanos que existían: el odio. ¿Era realmente un monstruo?

—Nunca podría perdonar algo como lo que te hicieron los Crowley.—Respondió con la voz tomada por el llanto. Porque aquello no había sido una simple disputa, una diferencia de opiniones: aquella gente, aquel apellido maldito, simplemente habían decidido que ella era suya para hacer lo que les apeteciese.—Zed Crowley puede justificar lo que te hizo de la manera que le apetezca, pero la pura verdad es que sus hermanos y él te hicieron todas esas cosas simplemente porque les apetecía. Porque disfrutaban.

Más de una vez se había imaginado qué hubiera ocurrido si, en lugar de Charlie, quién hubiese entrado en aquella habitación de hotel y hubiera tenido ocasión de recater a Sam hubiera sido ella. Había pasado mucho tiempo, después de descubrir la verdad, deseando hacerles cosas horribles. Deseando causarles un sufrimiento equivalente, incluso mayor, que el que le habían causado a ella.

Quizás Zed Crowley fuese un vampiro cuando volvieron a verle, pero la cruda realidad es que él y sus hermanos ya eran monstruos antes.

Con respecto a si ella era una de las personas más justas y hermosas que Sam conocía, Gwendoline no lo tenía tan claro. A fin de cuentas, Sam no había podido echar un vistazo a la oscuridad que la morena tenía dentro de ella. Una oscuridad contra la que luchaba día a día. La misma oscuridad que había movido su mano en el momento en que ejecutó la maldición asesina contra Zed Crowley.

—Tú sí que lo eres.—Dijo, y a pesar de que a dicha frase debería acompañarla una radiante sonrisa, la acompañó una expresión triste.—Tú nunca buscaste nada de lo que te ocurrió, y cada vez que pienso en todo eso, me hierve la sangre.—Lanzó un suspiro tembloroso, y a continuación se secó los ojos con el pulpejo de la mano izquierda.—Nunca odié tanto a alguien como a ellos tres, incluso estando muertos. Y me prometí que jamás volvería a dejar que te hiciera nadie algo así. No puedes ni imaginarte las cosas que me hubiera gustado hacerles en venganza… y lo mal que me he sentido por querer llevar a cabo actos tan horribles.

Gwendoline estaba segura de que, de no tener conciencia y una brújula moral firme, podría haberse convertido en una persona especialmente retorcida. Agradecía esa parte de sí misma que la hacía sentirse mal, pues esa era la diferencia entre ella y los mortífagos: que aquellas cosas no tenían que gustarle.

—Supongo que es bueno, ¿no?—Dijo, encogiéndose de hombros, para luego mirar a Sam.—Que me sienta mal por ello, quiero decir. El problema vendrá cuando estas cosas empiecen a darme igual...

Se quedó de nuevo pensativa, y finalmente, tras otro suspiro, se acercó un poco a Sam. La rubia levantó el brazo para que Gwendoline pudiera pegarse a ella, y acto seguido rodeó sus hombros con él.

—Gracias por ser mi luz.—Le dijo con una débil vocecilla.—Siempre lo has sido, y francamente no sé qué sería de mí sin ti...

Dicho aquello, Gwendoline miró a Sam a los ojos durante unos segundos; entonces los cerró y se fundió con Sam en un beso largo, lleno del cariño y el amor que sentía por ella. Un beso que se aseguró de disfrutar, como cada uno de los que se daban desde que se habían convertido en mucho más que amigas.

Aquel beso, en circunstancias normales y en la comodidad de su hogar, posiblemente habría dado paso a otras cosas. A otros momentos íntimos que sólo ellas dos podían compartir.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Abr 22, 2019 9:28 pm

Todo lo que pudiera ocurrir... venía de sorpresa y era enfrentarse a una nueva etapa para la que creías no estar preparada. De repente no sabes cómo hacer para seguir adelante y sientes que nadie puede enseñarte a vivir los momentos frustrantes. Los consejos te suenan vacíos e insignificantes... y es que tu mundo es solo tuyo y nadie puede entender por lo que estás pasando. Y al final, la única manera que tenías de enfrentar todo lo que te ocurre era buscar… las pocas cosas buenas que puedan existir. Pensar que, por poco que fuera, valía más la decisión de no hacer lo que pasa por tu mente, que darle importancia a lo que ocurre en tu cabeza.

¿Y al final qué quedaba? Cuando te pasaban estas cosas solo tenías dos opciones: te puedes hundir en la pena o puedes luchar contra ella. Sam lo había vivido y si bien se había hundido hasta el fondo, se había levantado con ayuda de sus seres queridos. Y había que tener clara una cosa: y es que ninguna amargura es eterna. Y tener miedo al final es de personas sensatas, pero el verdadero problema era cuando te rendías a él.

Ella quería creerse también justa y bondadosa, pues eran dos cosas que valoraba mucho actualmente, cuando reinaba tanto la injusticia y la maldad. Y por mucho que Gwendoline no lo viese porque sus pensamientos le parecían horribles, eso no determinaba en absoluto lo que era. Sam apostaba por ella, aunque ni ella misma pareciese hacerlo.

¿Pero tú te crees que eres la única persona que tiene esos pensamientos, Gwendoline? En estos tiempos, ¿de verdad crees que eres la única? —preguntó, mirándola a los ojos. —Claro que es bueno. Y da igual lo que pueda llegar a la cabeza, siempre y cuando tu impulso no gane a la razón. Es humano sentir rabia y odiar, desgraciadamente, pero lo que hacemos es lo que nos diferencia de todos ellos.

Le fue incapaz evitar la sonrisa que le salió cuando Gwendoline le agradeció por ser su luz; una sonrisa de pura ironía con la vida, cuando Sam siempre pensó que era ella quién la había guiado de nuevo a tener ilusión por la vida y no tenerlo todo negro. Sin embargo, se sintió bien sabiendo que Gwendoline también la veía así, algo tan importante en una época tan oscura.

Entonces, abrazadas contra aquella valla, se besaron. Un beso de amor, de ‘estoy aquí’ y totalmente sincero. Otra cosa no, pero por mucho que cayesen o pensasen lo peor de sí mismas, ahí iba a estar la otra recordándole que pasara lo que pasara, siempre iba a estar ahí, para lo bueno, lo malo y darle la mano cada vez que hiciese falta.


Casa de Sam & Gwen | 19/04/2019 | 12:03h | Atuendo

¿Gwen? —Se asomó a la puerta de la cocina y vio en el patio exterior, tras la puerta trasera, a su novia con su jardín de especias.

Sam iba con pantalón corto, camiseta y unos guantes en las manos que protegían sus nudillos, pues había estado golpeando el saco un buen rato en el piso superior. Ese día era festivo en Londres gracias a la Semana Santa, por lo que ninguna de las dos había tenido que ir a trabajar y se habían tomado ese día para descansar en casita. Ya bastante trote tuvieron ayer en el Callejón Diagón cuando Sam acompañó con multijugos a Gwen para ‘obligarla’ a comprarse una varita nueva.

Se empezó a quitar los guantes, saliendo al patio trasero.

Mi padre me ha llamado para preguntarme si tenemos ganas de comer con él, que está por la zona y que compra algo y viene, ¿te apetece? —le preguntó, pues sabía que estaba apática socialmente y quizás no tenía ganas. —Le he dicho que te iba a preguntar porque teníamos planes, así que no te sientas obligada a aceptar, ¿vale? —Añadió, con cariño, sin ánimos de que se sintiese mal por rechazarlo. La comprendía bien, pero tal y cómo había aceptado comer con Santi a principio de semana, quizás ya le daría igual.

Ella, sin embargo, como era un amor, aceptó, a lo que Sam le abrazó por la espalda, pasando sus manos por encima de sus hombros y apoyando su cabeza en su hombro izquierdo, mirando a su jardín.

Pues voy a llamarlo y a ducharme antes de que llegue, que huelo a caquita —le dijo, sonriente.

Besó su mejilla cariñosamente y volvió a entrar a la casa para subir las escaleras y estar decente para comer con su padre.

Mientras tanto, a unos cuarenta minutos de la casa de las chicas, se encontraban en el metro Sophie Ebner y Luca Lehmann de camino a Bromley. Luca había ido a recoger a Sophie al aeropuerto, pues había viajado a Londres expresamente para ver a Samantha. ¿Que su hija estaba evadiendo siempre la negativa a su boda? ¿Que después de tantos años no iba a ir a Austria a verla? Muy bien, pues Sophie iría a Londres a darle una sorpresa, porque aunque Samantha no apostase mucho por el amor de su madre, desde que Sophie ‘había perdido’ a Sam, la cosa había cambiado muchísimo en ella. Y quería demostrárselo. Así que aprovechándose del puente, viajó a Londres ella sola, dejando en casa a su pequeño con su prometido.

A su prometido no le hacía demasiada gracia que Sophie se quedase con Luca, pero por desgracia para su nuevo amor, Luca y su ex-mujer se llevaban demasiado bien. Eso sí, como amigos. Sólo como amigos. Después de su vida juntos ambos se habían friendzoneado de una manera que daba miedo.

Cuarenta minutos después sonó el timbre de la casa de las chicas y Sam salió, ya vestida, de la cocina, pues había estado preparando la mesa del comedor para tres. Medio brincó hasta llegar a la puerta y, cuando abrió, su rostro sonriente pasó a ser de sorpresa cuando vio cómo su madre se abalanzaba a ella para darle un abrazo.

¿Mami? —Preguntó, pasando con impresión sus manos alrededor de sus hombros y mirando a su padre, detrás de ella, sonriendo como un completo idiota. —¿Qué haces tu…

¡Ay, Samantha! —Se separó de su hija y subió sus manos a su rostro, mirándola como si hiciese años que no la viese. Nada más lejos que la realidad. —Qué guapa estás, qué… ¿cómo que qué hago aquí? ¡Verte, cariño, venir a verte! ¿Sabes lo preocupada que he estado todo este tiempo? ¿Y de repente sé que estás bien y no puedo abrazarte? ¡Pues si no vienes a verme, yo vengo a verte! ¡Y tu padre no ha parado de ponerme los dientes largos desde que volviste a a aparecer! —Y la abrazó fuertemente de nuevo, tocándola por todas partes como si no se creyese estar delante de su hija.

Luca entró por un lateral, riendo como un señor contento y cuando Sophie se separó de nuevo de Sam, pudo ver a Gwendoline al fondo.

¡Gwendoline! —En realidad hacía AÑOS Y MÁS AÑOS que no veía a la morena, ¿pero sabéis qué? Luca le había hablado últimamente tanto de Gwendoline que para Sophie es como si la hubiera visto recientemente. —¡Hola, cariño!

Sophie estaba feliz y emocionada y se le notaba muchísimo por los ojos tan brillosos, al borde de las lágrimas, que tenía. Su sonrisa radiante también hablaba muchísimo de lo mucho que se alegraba de estar allí. La austriaca venía con todas las de la ley: disfrutar de su hija, disculparse por haber sido tan mala madre y pedirle, como se diría, una segunda oportunidad. Ah, claro, y convencerla de que fuese a su boda. Deseaba poder presentarle a su hermano y... sencillamente estar con ella todo el tiempo que no había podido estarlo. Se sentía fatal por ser de esas que se había dado cuenta de lo importante que era su hija tras perderla y... quería ponerle remedio a eso.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Abr 23, 2019 1:15 pm

Viernes 19 de abril de 2019
Atuendo y peinado

Trabajar era una palabra demasiado amable, demasiado generosa, para describir lo que Gwendoline estaba haciendo. Y es que sujetar unas pequeñas tijeras de podar con la mano izquierda para intentar retirar las impurezas de los brotes de su jardín de especias y hierbas no podía considerarse el trabajo más productivo del mundo.

Y menos con lo torpe que era, a rasgos generales, su mano izquierda: sí, era capaz de manejar una varita con ella, ¿pero escribir? ¿Utilizar unas tijeras? Aquel era un reto para el que no se sentía preparada.

Intentó acertarle a uno de los pequeños brotes con las hojas de la tijera y, cuando no lo consiguió, lanzó un suspiro frustrado. Y sintió tentaciones de cortar de raíz el pequeño brote, tal era su malestar. Ojalá pudiera atribuir dicho malestar únicamente a aquella sencilla tarea doméstica, que cualquier persona con su mano derecha intacta sería capaz de realizar correctamente.

—Ahora empiezo a comprenderte, Jaime Lannister...—Murmuró una Gwendoline que, inevitablemente, se había dejado contagiar por el virus de Juego de Tronos que, al parecer, había contagiado al mundo entero.

Fue en ese momento que Sam asomó al exterior de la casa, llamando su atención. Gwendoline, vestida con unos pantalones y un suéter viejos, unos zapatos que parecían de hombre, y un sombrero de paja para protegerse de los ocasionales rayos del sol, se giró y dibujó una sonrisa en su rostro.

Lo de Luca la pilló un poco por sorpresa, una reacción natural en los últimos días a la palabra ‘visita’. Sin embargo, sabía que de nada serviría negarse a ver a sus seres queridos: a fin de cuentas, aquello solamente retrasaría lo inevitable. Se creía lo suficientemente capaz de manejar la situación. Mucho mejor de lo que estaba manejando aquellas malas hierbas, por lo menos.

Así que aceptó la propuesta de Sam con la misma sonrisa que había mostrado al verla salir al exterior. Y su novia la abrazó desde atrás, a lo que Gwendoline no pudo evitar reír. ¿Cómo podía no ser feliz al lado de alguien como la señorita Lehmann?

—Sí, un poquito sí que hueles.—Bromeó Gwendoline, dándose la vuelta mientras levantaba su mano izquierda, cubierta con un guante de jardinería, para que Sam la ayudase con aquello.—No quiero ni empezar a explicar la clase de acrobacia que he tenido que hacer para ponerme esta cosa, y no me apetece quitármelo con los dientes. ¿Me ayudas?

Por supuesto, una Sam acostumbrada al falso drama, no pasó por alto la oportunidad de fingirse muy ofendida por lo que Gwendoline dijo, se negó teatralmente, y al final optó por ayudarla y darle un beso en la mejilla, antes de marcharse al encuentro con su ducha.

La morena no necesitaba ducharse, solo cambiarse de ropa. Se había puesto aquellos harapos precisamente para hacer aquella labor—por mucho que sus viejos pantalones fueran galas suficientes para la jardinería, soñaba en secreto con tener su propio mono de jardinera—y, desde luego, no le parecía apropiado presentarse ante Luca Lehmann con manchas de tierra en las rodillas y un sombrero de paja que parecía totalmente fuera de lugar en el frío y gris Londres.

Así que, tras lavarse las manos—y la cara, por si acaso—en la pila de la cocina, se dirigió al piso de arriba, al dormitorio que Sam y ella compartían, y se cambió de ropa. Incluso se tomó la molestia de recogerse el pelo en dos trenzas que se dejó caer sobre los hombros.


***

Para cuando sonó el timbre, Gwendoline se encontraba en la cocina, sentada ante la encimera con un libro de recetas vegetarianas delante de ella. La página mostraba una fotografía de un plato de tallarines con verduras y tofu, y un aspecto de lo más asiático y apetitoso. A Gwendoline la sorprendía la sencillez de la receta, algo bastante común en la comida vegetariana.

Sonó entonces el timbre, y Gwendoline levantó la mirada del libro. Sam, que había estado encargándose de preparar la mesa, fue a abrir la puerta, mientras la morena dejaba a un lado el libro para ponerse en pie y dirigirse a la puerta para recibir a Luca.

¡Y menuda sorpresa se llevaron ambas al ver que Luca Lehmann no venía solo!

Literalmente, de todas las personas que Gwendoline podría haber esperado ver entrando por la puerta de su casa, Sophie Ebner era con diferencia la menos probable. Y es que, para empezar, la madre de Sam ni siquiera vivía en el mismo país que su exmarido y su hija.

La mujer abrazó a su hija, y Gwendoline no pudo evitar sonreír, intercambiando con Luca una mirada dubitativa. Estaba claro que hacían falta explicaciones, pero no en aquel momento: en aquel momento, lo único que hacía falta era un reencuentro entre madre e hija que mucho tiempo había tardado en darse.

Gwendoline dedicó una sonrisa a Sophie Ebner cuando la saludó, y le devolvió el saludo con la mano izquierda.

—Hola, señora Ebner. No esperábamos verla por aquí.—Saludó Gwendoline, remarcando lo evidente. Desvió un segundo la mirada en dirección a Luca, quien había puesto una cara semejante a la que pone alguien que ha mordido un limón.

—¡De señora, nada! Soy Sophie y punto.—Dijo la mujer con cierto tono de reproche que, Gwendoline esperaba, fuese en tono de broma.

—Procuraré recordarlo.—Respondió la morena con una sonrisa un poco nerviosa en la cara. No se esperaba para nada aquella visita, y la verdad, nunca había tenido demasiada confianza con Sophie Ebner.—Vamos a necesitar un plato más.

Gwendoline, agradecida de que hasta el momento nadie pareciera haber reparado en la escayola de su mano derecha, se dirigió a la cocina para llevar a cabo dicha labor. Pudo haberla hecho con magia—Sam se había asegurado de que consiguiera una nueva varita, llevándola casi a rastras al Callejón Diagón disfrazada de otra persona—, pero por algún motivo, se sintió cohibida por la presencia de Sophie, y optó por hacerlo al estilo muggle.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Abr 24, 2019 2:06 am

Al igual que Gwendoline, ella tampoco se hubiera esperado que Luca Lehmann hubiese traído como acompañante a Sophie a esa comida improvisada que, por lo que estaba viendo, sólo resultó ‘sorpresa’ para las dos chicas de la casa. Ya se imaginaba cuánto tiempo llevaban sus padres organizando aquella situación sorpresa…

Pero la verdad, ni en mil años se hubiera imaginado a Sophie Ebner viajando a Londres sin ningún motivo aparente. Es decir, siempre pensó que si Sam algún día tenía algo importante que celebrar, como una boda o el improbable—por obvias razones—nacimiento de un nieto, Sophie si tendría la decencia de viajar a Inglaterra, ¿pero así, sin más, sólo por verla? Por eso al verla se quedó totalmente impresionada, pero también muy agradecida. ¿Cómo no estarlo después de que la ‘cómoda’ de su madre hubiese decidido salir de su zona de confort para venir a verla a ella, abrazarla y darle amor?

La legeremante recibió un medio abrazo de su padre cuando Sophie se acercó a Gwendoline y se miraron de manera cómplice. Luca sabía perfectamente lo que Sam siempre había pensado de su madre, pero era un hombre que había estado mucho tiempo siempre en ‘ambos bandos’ y apostaba a que ambas podían volver a entenderse, esta vez mejor que nunca.

Cuando su novia fue a la cocina a buscar el plato que faltaba, fue Sam quien se acercó a su madre y la abrazó, saliendo de tanta sorpresa inesperada.

Te veo aquí y me parece una situación surrealista —le confesó a su madre, con un tono prácticamente divertido.

Normal cariño, llevábamos sin vernos siete años... —le dijo, algo más seria. —No quería entrar en este tema tan escabroso antes de comer, pero es que de verdad espero que me perdones por haber estado tan… desaparecida de tu vida.

Mami, no pasa nada —le quitó importancia, pues en ese preciso momento ni Sam pensaba en el pasado, ni en cómo se había comportado ni nada. Tener a su mami en Londres era ya bastante.  

No, sí que importa —insistió. —Lo he hecho muy mal. Fatal. He descuidado lo más grande que siempre tuve y llegó un momento en el que pensé que no iba a poder hacer las cosas bien… —Inevitable no pensarlo teniendo en cuenta la desconexión que había hecho Sam con sus padres. Si las cosas se hubieran torcido un poco, imagináos a Sophie Ebner y Luca Lehmann no recibiendo jamás noticias de ella. —Y me molesta haberme dado cuenta en esa situación tan delicada…

Bueno, bueno… lo importante es que estáis ahora mismo aquí, las dos juntas, después de mucho mucho tiempo sin veros. Y tu madre solo se queda el fin de semana, así que mejor enfocarnos en las cosas alegres. —Y subió la bolsa con la comida. —Como esto que he traído, que me muero de hambre.

Luca se dirigió a la mesa del comedor mientras Gwen ponía lo suficiente para uno más y ayudarle a servir las cosas, mientras que Sam y Sophie todavía se miraban. La madre miraba a la hija casi con admiración, como si indudablemente Sam estuviese mil veces mejor de lo que ella podría haberse imaginado. Más bien, como si de repente su hija fuese grandiosa.

En serio, no pasa nada. Yo tampoco hice mucho por mantener el contacto antes de todo esto. No fue culpa tuya —le dijo Sam. —Dame eso. —Cogió la maleta de ruedas de Sophie, que no sabía ni donde ponerla y Sam la apartó a un lado, para que no entorpeciese.

Te veo bien —dijo, sonriente, frente a la buena acogida de su hija. Después de todo, Sophie se esperaba a una Sam más distante.

Estoy bien —le respondió, viendo a su madre como no le quitaba ojo. —Anda, vamos a comer antes de que papá se ponga a ladrar con que se enfría la comida…


***

Luca y Sophie se habían sentado en las respectivas sillas de la mesa del comedor, mientras que Sam y Gwendoline tomaron sus respectivos sitios en el banco pegado a la pared. Ya se habían autocedido ese puesto para todas las comidas que hicieran: además de que estaban juntitas y era muy cómodo, era el puesto más cercano hacia la cocina y, como buenas anfitrionas, lo lógico es que para cualquier cosa tuvieran que levantarse ellas.

Los padres de Sam habían llevado comida italiana: para ellas con una salsa vegetariana que era de queso con champiñones y pimiento, mientras que para ellos habían optado por una carbonara y una boloñesa tradicional.

Mira Gwen, pedí esto... —dijo Luca sacando de una de las bolsas un pequeño botecito en donde había un salsa. Tenía una sonrisa contenta. —Pregunté que si tenían algo picante porque te encanta lo picante y me dijeron que esa salsa queda muy bien con eso que os pedí. Le dije que me la dieran aparte por si no te apetecía picante. Yo te lo dejo por aquí, por si quieres. —Le sonrió de manera paternal, dejándosela al lado de su vaso abierta, ya que se había dado cuenta de que estaba lesionada y abrir botes podía resultar una tarea complicada. No preguntó al respecto porque la veía muy bien y suponía que había sido una tontería.  

Sophie, que todavía estaba sirviéndose sus cosas en el plato, miraba maravillada toda la casa.

Pero esta casa es preciosa, ¿no? —dijo, mirando hacia atrás, hacia el salón que estaba bastante recogido si no fuese por una manta medio en el sofá medio en la alfombra. —Luca me dijo que os habíais mudado a vivir juntas pero no me imaginé una casa así acostumbrada a tu pequeño pisito. Es increíble.

Cuando comamos te la enseño entera —le dijo Sam.

Sophie sonrió, para coger entonces los cubiertos y enfocarse en la comida y en una conversación. Antes de poder incluso comer, miró a la que oficialmente era su nuera. ¡Qué vieja se sentía teniendo que ser suegra! Se sentía un poco rara teniendo una nuera sabiendo que por ahora su único hijo con posibilidad de pareja era una chica, pero debía de admitir que verlas allí sentadas juntas era un mundo muy diferente y le hacía sentir muy bien. Era la primera vez que veía a su hija con una pareja y verla así le hacía sentir muy feliz.  

Por cierto, Gwendoline —llamó su atención. —Me encanta tu nombre, ¿alguna vez te lo dije? Bueno, nos hemos visto muy poquito para lo que Sam hablaba de ti cuando era pequeña. —Y tras ese inciso totalmente inconsciente, le sonrió con sinceridad. —Bienvenida a la familia. Estamos un poco locos pero tengo intención de que estemos más unidos que nunca y tú con nosotros. Ya le dije a Sam que las cosas van a cambiar. Bueno, yo voy a cambiar. —Ella, que había dejado de ser Lehmann para recuperar su apellido de soltera y dentro de poco acoger el de su nuevo marido, definitivamente en ese momento siempre apostaría por los Lehmann. Habría siempre una parte de eso en ella. —Voy a convertir Inglaterra en mi lugar de vacaciones regular, así que ya podéis esperarme más a menudo. Espero que Austria esté en vuestras prioridades de viaje. —Y entonces miró a Luca, divertida, para coger el otro cubierto y mirar a su plato. —Bueno, vale, vale, ya me callo. —Picó un champiñón de su carbonara, lo observó como si se lo fuese a comer y sonrió como una idiota. —Lo siento, es que estoy emocionada. —Y apoyó la mejilla en una de sus manos mientras miraba a Luca con esa mirada de: ‘Jo, me prometí no llorar.’

Luca puso su mano en el hombro de su ex-mujer, dándole apoyo moral y una de esas sonrisas tan risueñas que tenía. Definitivamente uno sabía identificar perfectamente que si bien Sam podía tener cierto aspecto a su madre, los ojos y la sonrisa lo había sacado indudablemente de su padre.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Abr 24, 2019 9:45 pm

A Gwendoline la maravilló el hecho de ser capaz de sorprenderse con cosas tan mundanas como la presencia de Sophie Ebner allí, en su misma casa, y más si por un momento se cometía el error de verlo con los ojos de una bruja habituada al uso de la aparición.

Sin embargo, Sophie Ebner no podía utilizar la aparición, igual que Luca Lehmann. Y si bien ambos habían sido capaces de dar vida a un ser mágico y hermoso personificado como Samantha Lehmann—algo de lo que maravillarse, también—, no podían desplazarse casi instantáneamente como ellas dos. Y allí estaba la señorita Ebner, dispuesta a arreglar las cosas con su hija.

Los muggles no dejaban de sorprender a la morena, cada día, para bien.

Se fue a la cocina a buscar el plato y los cubiertos que faltaban, dejando a Sam en compañía de sus padres. La conversación entre ellos era apenas un pequeño murmullo que llegaba a sus oídos, pero se imaginaba cómo iría: conocía bien a su novia como para saber que aquel encuentro le haría tanto bien como, seguramente, le estaba haciendo a su madre. Y es que algunas diferencias son totalmente reconciliables, y pueden dejarse a un lado sin ningún problema. Sabiendo cómo era Sam, estaba segura de que podría perdonar muchísimas cosas a su madre.

Una vez los cuatro estuvieron sentados a la mesa—con cierto cerdito rondando los alrededores en espera de algún pedazo caído de comida, y ciertos gatos acechando no muy lejos—, Luca se dirigió a Gwendoline. La morena se esforzó en abandonar todo lo posible su expresión apática habitual y dibujó una sonrisa lo más sincera posible—era buena con aquellas sonrisas—ante el detalle que había tenido Luca Lehmann con ella.

—Muchas gracias, Luca.—Gwendoline, que solía ponerle salsa picante a todo—alguna vez, incluso, a algún postre—, tenía toda la intención de probar aquella delicia.—Aunque debo confesar que mis expectativas con el picante están muy altas desde que me comí aquel shawarma tan picante del Magicland...

Gwendoline, por si acaso y con la prudencia de una persona habituada a comer picante, tomó una cucharilla y se sirvió solo un poquito de salsa en su plato. Con un pedacito de pan la probó, y si bien a su juicio era una salsa suave, estaba segura de que si cualquiera de los presentes la probaba, seguramente escupiría fuego por la boca.

Sophie elogió entonces la casa que ahora compartían su hija y la novia de ésta, a lo cual la susodicha novia no pudo evitar echar una mirada en rededor. Era lo que solía hacerse cuando a una la elogiaban por su casa, ¿no? Echar un vistazo, como para admirar aquello que ha construido con esfuerzo y dedicación.

Estuvo de acuerdo con la idea de Sam de hacer una pequeña visita guiada a la casa cuando terminasen de comer. Siempre y cuando evitasen el garaje, claro: estaba lleno de trastos de los anteriores dueños que, sinceramente, no habían llegado a seleccionar del todo. Ahí podía haber cualquier cosa… y esperaba que ninguna de esas cosas estuviera viva.

Y entonces, Sophie se dirigió a ella, sorprendiéndola francamente: le daba la bienvenida a la familia. No sólo le resultó entrañable que siguiera pensando en ellos tres como una familia, sino también que considerase a Gwendoline como tal.

—Gracias, Sophie. Siendo como soy tan feliz junto a Sam—tomó la mano de su novia con la única sana que tenía, sonriendo tímidamente—, que me consideréis parte de vuestra familia es todo un honor. Gracias.—Estuvo a punto de emocionarse ella también. Entonces, intercambió con Sam una mirada, y volviendo a mirar a Sophie, añadió:—Si quieres, tenemos una habitación extra. Podrías quedarte, y así tendrás más tiempo para estar con Sam.—Miró entonces a Sam, frunciendo el ceño.—¿Santi no tenía uno de esos colchones hinchables? Se lo podríamos pedir.—Miró a Luca, sonriendo.—Así también puedes quedarte tú. Porque, por si no lo sabíais, este barrio es muy bonito, pero por las mañanas, temprano, se pueden dar unos paseos muy agradables y relajantes.—No decía ninguna mentira, pues a la morena había terminado por gustarle muchísimo aquel barrio. Alejarse del ajetreo del centro de Londres era la clave.

No dijo nada con respecto a la invitación de visitar Austria, pues prefería que aquello lo respondiese Sam. Su novia, seguramente, querría ver a su hermano pequeño. Y todavía tenía pendiente asistir a la boda de su madre. Seguro que Sophie no iba a dejar que la rubia se olvidase de ello.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Abr 25, 2019 2:45 am

Que su madre se emocionase no lo llevó muy bien, ver que se llevaba tan bien con su padre después de tanto tiempo viéndolos discutir… tampoco y ya cuando Gwendoline le sujetó la mano, sonrió de esa manera y dijo esas cosas… ¿en qué momento se habían puestos todos de acuerdo con emocionarla al mismo tiempo? Pudo sonreír, casi como mecanismo de defensa, presionando con cariño la mano de su novia. Desde siempre Sam estuvo tan despegada de su familia por la evidente separación que, desde muy pronto, siempre consideró a Gwendoline de su familia. Y de eso no tenía duda ninguna.

No quería sonar cruel, pero teniendo en cuenta la mente que siempre había tenido su madre, Sam tenía muy claro que si por alguna razón no aceptaba a Gwen—y en ese caso, a Sam—, tenía claro a quién sacar de su vida para siempre. Por eso la rubia valoraba tanto que, pese a todo, Sophie dijese esas palabras hacia su pareja, pues era asumir y aceptar cómo era su hija. Venía un poco tarde, pero ya Sam se había encontrado con muchos cerrados de mente como para tener en cuenta lo que uno tarda en darse cuenta. ¿Acaso no era más importante que llegase a darse cuenta? Más valía tarde, que nunca.  

¿En serio? —Se sorprendió Sophie ante el ofrecimiento de la morena. A decir verdad no esperaba ser recibida así en casa de su hija después de todo este tiempo y, sobre todo, porque no pretendía molestarlas cuando ni siquiera había sido invitada, sino que había sido una aparición sorpresa. ¡Y tampoco conocía tanto a Gwendoline y precisamente había sido invitada por ella! —No sé… ¿de verdad no os importa?

Sophie miró especialmente a su hija, pues la propuesta la había ofrecido Gwen. Sam negó rápidamente con la cabeza.

Tenemos la habitación libre y nadie hasta la fecha la ha usado. La estrenarías. —Se encogió de hombros, sonriéndole como si se lo estuviese vendiendo. —Y supongo que necesitarás pasar mucho tiempo conmigo si vas a querer convencerme de que me quieres mucho y de que vaya a tu boda. No te creas que no estoy viendo ya esos ojos desesperados por sacar el tema. Muchos años sin vernos pero no me olvido de esa mirada. —La señaló con el tenedor, divertida.

La madre de Sam soltó tremenda carcajada a la que se le unió Luca, pues era MUY EVIDENTE que uno de los objetivos de Sophie para ese viaje, además de ir a ver el andamio del Big Ben—pues por si no lo sabías el Big Ben llevaba en obras años y se prevé que siga así hasta el dos mil veinte—era convencer a Sam del viaje a Austria en mayo, para su boda con Jon.

Se ve que no puedo ocultar mis intenciones. Me has pillado. —Se resignó Sophie, entrando cada vez en una situación mucho más cómoda. —En realidad si de verdad no os molesta… creo que a Jon le tranquilizaría que no me quede en casa de mi ex-marido, por muy bien que nos llevemos.

Miró a Luca con cierta disculpa, pero el propio Lehmann le mostró una sonrisa totalmente comprensible. Cualquier persona del mundo comprendería eso y si bien Luca le había ofrecido su casa por cordialidad, entendería perfectamente que prefiriese por cualquier motivo quedarse con Sam. No es que precisamente él estuviese deseando quedarse con Sophie a solas en su casa, la verdad es que era consciente de que la situación podría tornarse incluso un poco incómoda con su marido, por lo que ese ofrecimiento de Gwendoline le había hecho relajarse al respecto.

Por mí no te preocupes, cariño —le dijo Luca, zarandeando la mano para que no se molestasen por lo del colchón hinchable. —Yo estaré con vosotras todos los días, pero tengo ensayo todas las mañanas, así que igualmente no podré disfrutar de esos tan bonitos paseos de los que hablas. —Hizo una pausa y entonces mostró una tímida sonrisa. —Que toco mañana y pasado. Me gustaría que viniéseis las tres mañana que es mucho más rimbombante la cosa… No va a ser un concierto solista, sino que hago de pianista de un pequeño grupo de jazz. Versionan canciones actuales en un estilo mucho más vintage y su pianista está de viaje. No es algo que suela tocar, pero me gusta mucho.

Luca era un hombre muy, muy humilde y pocas veces se daba el crédito que se merecía. Si hubiese sido totalmente sincero hubiera dicho que dicho grupo lo había visto en directo y había contactado con él precisamente porque su pianista solía estar ausente muchas veces y porque era muy bueno. ¡Pero claro, eso no lo decía!

¡Pero papá, tienes un grupo y no nos dices nada! —Se quejó Sam, pues literalmente le estaba avisando UN DÍA ANTES. —Creo que no tenemos nada mañana por la noche… —Miró a Gwen, pero no pensaba decir que sí ella. Gwen sabía que Sam querría ir y era precisamente la morena la que estaba ahí ahí con las labores sociales, por lo que esperó a que ella fuese quien decidiese. No eran un pack, pero si su Gwen prefería quedarse en casita bajo la mantita, Sam se quedaba con su Gwen en casita bajo la mantita, ¡y punto pelota! —Anda, cuéntanos eso del grupo, que vas de misterioso por la vida…

Luca lo contó todo a su manera y es que aquel hombre tan adorable y canoso tenía una habilidad para hacer de las anécdotas historias divertidas aunque no lo fuesen, pero era su manera de relatarlo, las caras que ponía y cómo gesticulaba. Al parecer ese ‘pequeño grupo de jazz’ era en realidad un grupo conformado por siete personas, que de pequeño no tiene nada. Eran un pianista, una cantante, un chelo, una trompeta, un saxofón, un violín y un contrabajo. Y lo mejor de  todo era ver a Luca contándolo como emocionado, pero sin querer parecer emocionado. Él era el típico hombre que prefería no emocionarse, más que nada porque sabía que esa ‘aventura’ con ese grupo podía durar poquito, por mucho que fuese una gran oportunidad para él y algo que siempre le había gustado.

Hasta Sophie se mostraba contenta por el hecho de que Luca estuviese feliz. A fin de cuentas, ahora mismo eran dos muy buenos amigos y aunque no estuviesen juntos, la felicidad del otro era importante para cada uno.

Pues si me confirmáis a lo mejor os puedo reservar una pequeña mesa relativamente cerca, como solo seréis tres no creo que tenga problema. Y ya os digo que la cantante es increíble. —Las intentó convencer y se le notaba, pues tenía esa sonrisa de pillín que ya todo el mundo conocía.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Abr 26, 2019 2:15 am

No había preguntado a Sam antes de hacer aquella invitación porque, se imaginaba, su novia estaría dispuesta a recuperar el tiempo perdido con su madre. Habían pasado años sin verse, y tenían mucho de qué hablar antes de que Sophie regresase a su hogar, con su prometido y su hijo. Seguramente, ambas mujeres se quedarían hasta las tantas de la madrugada hablando, aún a pesar de que al día siguiente, Sam tuviera que trabajar.

Si es que Gwen no la convencía para tomarse el día libre, claro.

No le pareció mal, de hecho: enseguida mencionó la habitación libre a la que nadie daba uso, pues evidentemente estaban un poco cortas de habitantes humanos en aquella casa. Y teniendo en cuenta que por mucho que lo intentasen no podrían tener hijos, dicha situación no parecía ir a cambiar en breves.

Tampoco es que Gwendoline se plantease semejante paso todavía, siquiera.

Gwendoline tomó su tenedor con la mano izquierda—cualquier diestro sabrá que la mano izquierda sólo sirve para comer carne previamente cortada con el cuchillo, por lo que se avecinaba un momento muy ridículo en su vida—y comenzó a enrollar malamente los spaghetti. Generalmente adoraba dicha comida, pero en aquellos momentos en que sólo disponía de su ‘mano tonta’, la cosa no iba tan bien.

Sam, mientras tanto, hablaba de la boda y una futura visita a Austria, tema que la morena le había dejado a ella de manera totalmente intencionada. No pensaba tomarse tantas libertades en su vida de pareja, pues sabía que su novia todavía estaba indecisa en ese aspecto. Y no era para menos: se le ocurrían varios potenciales problemas a tener en cuenta, que podían ser más que suficientes para descartar por completo la invitación.

Logró llevarse a la boca un poco de su comida después de un par de estúpidos intentos. Inevitablemente, recordó aquella escena en que un Jaime Lannister recientemente privado de su mano derecha intentaba cortar sin demasiado éxito un pedazo de carne con un cuchillo, y cómo Brienne de Tarth terminaba ensartando dicho trozo de carne con un tenedor, harta de verle intentarlo sin éxito.

Casi deseó que Sam le enrollase los spaghetti en el tenedor, pero jamás manifestaría ese deseo.

Mientras tanto, la conversación continuó, y Luca les habló de un grupo del que formaba parte. Gwendoline, masticando suavemente, compuso una sonrisa satisfecha, pues le encantaba que Luca tuviese éxito. ¿Y qué decir de aquella invitación?

—Yo quiero ir.—Respondió enseguida Gwendoline, mirando a Sam de inmediato. La rubia, estaba claro, también quería ir.

—Yo también. No me lo pienso perder por nada del mundo.—Aseguró Sophie Ebner. La muggle también sonreía, totalmente animada por la conversación.—Pero que tengáis claro todos los presentes, mascotas incluidas, que la primera en descubrir el talento de Luca fui yo.

Gwendoline frunció el ceño; Luca hizo lo mismo.

—¿Ah, sí? ¿Fuiste tú?—Preguntó el señor Lehmann con una sonrisa luchando por abrirse paso hacia sus labios. Apenas podía contenerla y mantenerse serio, pues sabía por dónde iban los tiros.

—Por supuesto: te he escuchado cantar en la ducha más veces de las que puedo contar. ¿Cómo iba a estar yo tan ciega… o sorda, mejor dicho… ante semejante talento?—El tono de Sophie Ebner era de broma… aunque seguro que había mucho de realidad en esas palabras.

—¡Oh, venga, Sophie! Que nuestra ducha tenía una acústica malísima: es físicamente imposible que de ahí dedujeses que tenía talento para la canción.—Se restó importancia una vez más Luca Lehmann, pero sonriendo de manera tímida.

—No te creas, ¿eh?—Intervino Gwendoline, que había abandonado por un momento la ardua labor de comer: le requería demasiada concentración.—Sam también canta en la ducha. Quizás ya conozcáis esa faceta suya, pero os aseguro que en esta casa no hay mañana completa sin café, y sin escuchar a Sam dándolo todo con Run the world de Beyoncé. O alguna otra de sus canciones.—Siguió bromeando Gwendoline.

Quizás no todas las mañanas fueran así, pero más de una sí: Sam, igual que ella, lo daba todo en la ducha. De hecho… ¿existía en el mundo algún ser humano normal que no diera conciertos de ducha regulares?

—Si es que la música corre por vuestras venas. ¿No estarías dispuesta a unirte a tu padre en el mundo de la música?—Dijo Sophie, riendo divertida. Gwendoline y Luca también se rieron.

—Llovería. Hacedme caso.—Picó Luca a su hija, lo cual provocó la risa de todos los comensales. No era cierto, ni mucho menos.

—Quizás un poco, sí...—Remató Gwendoline la faena, para seguir con las risas. Sabía que aquello lo acabaría pagando, y con creces: Sam no era de las que se quedaban calladas ante semejante trolleo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Abr 27, 2019 4:17 am

Vivió aquel momento bastante a placer, con un sentimiento en el pecho que podría denominar como felicidad. Ver a sus padres con esa naturalidad, tratándose tan bien… no era algo a lo que estuviese precisamente acostumbrada desde hacía muchos años. Más bien solían vivir ignorándose, al menos cuando Sam mantenía relación aún con ambos: ninguno preguntaba por el otro, se abstenían de hacer comentarios... Por eso se le hacía tan raro verlos así pero a la vez no podía estar más contenta.

Le pareció incluso encantador que recordasen tiempo del pasado, en donde Sophie había ‘descubierto’ el talento de Luca Lehmann, nada más ni nada menos que cantando en la ducha. La rubia recordaba bañarse con su padre mientras jugaban con los patitos y cantaban juntos, aunque por aquella época era demasiado pequeña como para darse cuenta de que sabía cantar de verdad.

Estuvo a punto de decir algo, hasta que Gwendoline dijo que ella también cantaba en la ducha y de repente se compicharon los tres en contra de Sam para aludir al hecho de que cantaba mal. Así, de repente. ¡No lo vio venir!

¡Oye! ¡Pero bueno! —Miró a su padre entonces cuando dijo que llovería si cantaba, para entonces abrir los ojos y la boca cuando Gwendoline añadió aquello. Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendida. —Me parece fatal que te compiches con mis padres para decir que canto mal cuando… ¡tú eres la culpable de que en Londres siempre llueva! —Y entonces los miró a todos, señalándoles con el tenedor. —¿Y esto qué? ¿Ahora os compincháis contra mí? Esto es la guerra.

Sonrió levemente, para entonces enrollar algunos spaguettis a su tenedor y mirar a Gwendoline.

Y la culpable de que en Austria también haya mal tiempo es mi madre, no te preocupes. Yo tuve un gato en Hogwarts porque todos los que teníamos en casa huían de nuestra casa por sus chillidos inhumanos. —Se inventó divertida, pues en realidad la familia Lehmann nunca tuvo ningún gato.

¡Oye, no me seas mentirosa!

¿Yo mentirosa? Papá, díselo tú.

La verdad, Sophie, es que nunca has sido muy agraciada vocalmente. Menos mal que no te gusta el karaoke o Sam y yo hubiésemos perdido nuestra capacidad auditiva hace años—apoyó Luca a su hija, a lo que Sophie reaccionó con ofensa.

No me parece justo que cambiemos el foco de burla... deberíamos ir a por Gwendoline que es la nueva —dijo la madre en broma.

Oye no, con mi Gwendoline y su penosa capacidad para cantar solo me meto yo —le dijo a su madre, sonriéndole divertida.

En realidad todos estaban riendo como idiotas por aquel momento tan divertido y entonces Sam se dio cuenta de una cosa: Gwendoline estaba intentando enroscar los spaguettis de manera muy poco útil, lo cual era normal porque su mano dominante no podía usarla y nadie te enseña a enroscar spaguettis con la izquierda. Así que Sam se levantó un momento de la mesa, se metió en la cocina y cogió su varita—que anteriormente había sido de ella—para ayudarla. Con un movimiento de la misma, el tenedor de Gwen se apartó de su mano, enroscó muy efectivamente los spaguettis y se quedó levitando a la espera de que lo cogiese. Sam le sonrió, para entonces dejar su varita a su lado.

Úsala que si no se te va a quitar el hambre y las ganas —le recomendó.

Nunca en la vida me acostumbraré —dijo Sophie, viendo aquello con los ojos bien abiertos. —Admito que a veces me olvido que… hay otro mundo ahí fuera.

Las veces que Sam pasaba tiempo en Austria cuando era pequeña no podía utilizar magia fuera de Hogwarts, por lo que con diferencia Sophie era la que menos acostumbrada estaba a aquello.

Créeme, te acostumbras —le dijo Luca, con un rostro infantil y emocionado.

Pero oye, qué suerte —dijo entonces. —Yo hace unos meses tuve un cabestrillo también porque me caí de la acera y apoyé mal la mano y me sentía muy inútil. También fue la derecha y yo soy diestra. Pero oye, la varita... ayuda mucho —dijo, casi con envidia.


***

La comida pasó con tranquilidad y Sam trajo a la mesa unos yogures de fresa y una tableta de chocolate. Adoraba los yogures de fresa con trocitos de chocolate y la verdad es que no tenían ningún postre más elaborado, por lo que a falta de tartas, yogures eran buenas opciones. Le dio uno a cada uno y trajo las cucharillas. La legeremante estaba abriendo el suyo, para cuando su madre vio la oportunidad perfecta.

Sé que soy un poco pesada con este tema, pero quiero sacarlo lo más pronto posible para, en caso de recibir una negativa, poder convencerte con tiempo —confesó de manera totalmente sincera, mirando a su hija. Sam le devolvió la mirada, sonriéndole y negándole con la cabeza. —¿Te lo has pensado, al menos?

Sí, te prometo que sí, pero no es fácil —le respondió, soltando aire aún sin probar el yogur. —Ir a Austria por métodos mágicos es imposible: conseguir permisos para trasladarnos a Austria sería peligroso y no podemos aparecernos fuera de Inglaterra sin riesgo a que nos puedan rastrear o a saber qué. Y los billetes de avión convencionales están caros, por no contar que ambas tendríamos que utilizar nuestra identidad falsa para comprarlos y no sé si arriesgarme a ello. —Los controles en los aeropuertos de Londres se conocían por ser muy exhaustivos y la verdad es que le tenía un poco de pánico al hecho de ir con su identidad falsa y que evidentemente diese algún tipo de error. Vale que era maga y podía hacer un sencillo confundus al inspector, pero evidentemente no quería tener que recurrir a esas cosas por miedo a que algo saliese mal. ¿Y si el Ministerio tiene registro de magia en los aeropuertos para evitar la huida de los magos? —No es que no quiera ir, es que aunque Londres ahora mismo sea el lugar más peligroso, en realidad salir de él lo parece aún más.

Que hasta la fecha la identidad de Amelia Williams había servido para todo, así como la de Ava Jones, pero… ¿y si de repente no funcionaba?

Sophie entonces se puso un poco seria, pues era consciente de la situación de su hija con respecto al mundo mágico y era sin duda terrible. De hecho, no entendía cómo es que prefiriese quedarse en Londres en vez de irse a otro país—Austria cofcof—para tener una vida nueva. Pero evidentemente ese tema no le concernía.

Eras… ¿Amelia Williams? —Esbozó una sonrisa.

Sí, frente al resto yo soy Luca Williams. Nada mal. —Sam sonrió al ver a su padre formar parte de su vida, aunque fuese de esa manera tan inesperada.

Samantha, yo… no puedo hacer nada con respecto a tu situación porque tú mejor que nadie sabes lo que te conviene. Y no quiero que pienses que quiero que te arriesgues de más por venir a mi boda, ¿vale? Si hay algún riesgo por mínimo que sea... ya está, todo está dicho. —Se hizo hacia adelante y puso la mano boca arriba sobre la mesa, buscando la de su hija, quien la aceptó al momento. —Pero de verdad que me gustaría compartir esta experiencia contigo porque es algo importante y no quiero que ninguna de las dos nos volvamos a perder las cosas importantes. Quiero que conozcas a Gabriel que le he hablado mucho de ti y… no sé, creo que te lo mereces. Nos lo merecemos todos, ¿no? —Le sonrió. —Y sé que lleváis todo este mes con reformas, habiendo alquilado la casa y me imagino que habrá sido mucho dinero. Y no quiero que el dinero sea una excusa, ¿vale? Yo os pago el pasaje si os decidís a venir… —Miró también a Gwendoline pues evidentemente contaba con que fuese la pareja de Samantha y estaba invitadísima. —Y también os pago la habitación en el mismo hotel que Luca, para que tengáis vuestro espacio. —De nuevo una pausa, en donde soltó la mano de su hija. —Sé que hay muchos problemas, ¿vale? Pero no quiero que los problemas en los que te puedo ayudar sean los que te hagan decir que no. Sé que no te puedo ayudar con lo realmente importante pero... me gustaría ayudarte con todo lo que esté en mi mano.

Sophie Ebner se había puesto seria, pero bien. En realidad estaba hablando desde su más sincera petición, pues de verdad que no quería casarse sin Sam en su boda. A ver, obvio que quería casarse con su amado Jon, pero sentía que si su hija no podía estar, merecía incluso la pena posponer la boda. Y como evidentemente no quería posponer la boda porque Jon le mataba después de todos los preparativos en donde se había puesto histérica, quería intentar por todos los medios que Sam y Gwen estuviesen allí, junto a Luca. A veces hasta la propia Sophie sentía que quizás era un poco egoísta insistir tanto por algo que ella quería, pues le daba la sensación de que a Sam le daba un poco igual.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Abr 29, 2019 1:58 pm

Como solía suceder cuando cualquier persona del mundo cometía la imprudencia de intentar hacer comentarios jocosos respecto a Samantha Lehmann, enseguida llegó el contraataque por parte de la rubia. Y como aquella a la que algunos llamaban Jota no tenía miedo de enfrentarse a varios enemigos al mismo tiempo, no sólo la tomó con Gwendoline y Luca Lehmann, sino que también metió a la pobre Sophie Ebner en el saco.

A la única que no había dicho nada, encima.

Gwendoline, que ya se esperaba aquello, se limitó a reír divertida. Sam era la reina del falso drama—dato curioso, teniendo en cuenta que en su vida había padecido mucho drama del auténtico—, por lo que resultaba imposible vencerla en su propio territorio. Y si, por un casual, existía en el mundo alguien capaz de vencer a Samantha Lehmann en ese campo, una podía tener claro que la legeremante había luchado hasta el límite de sus fuerzas.

Y entonces, Gwendoline se arrepintió de haber defendido mentalmente a Sophie Ebner, pues la madre de Sam tuvo la desfachatez de sugerir que fuesen a por ella por ser ‘la nueva’. Siempre en tono de broma, la morena frunció el ceño con fingido enfado.

—¡Eh!—Protestó, pero antes de tener ocasión de decir nada más, fue Sam quien saltó en su defensa. Y Gwendoline, como buena novia orgullosa, a punto estuvo de levantar la cabeza con orgullo. Una sonrisa fingidamente arrogante apareció en su rostro.—Ya la habéis oído: si ella lo dice, va a misa. Tengo inmunidad diplomática.—Bromeó, para entonces mirar a Sam directamente y añadir.—Pero sigues sin cantar bien.

Sí, estaba claro que se había acostumbrado mucho a la forma de ser de Sam, y que se le habían pegado muchos aspectos de su personalidad. Era lo que tenía la convivencia. En otras ocasiones, habría sido totalmente incapaz de seguirle el ritmo en cuanto a bromas y habría terminado rindiéndose, pero dentro de aquel ambiente, se sentía lo bastante relajada como para hacerlo.

Su comentario fue recibido por las risas de Luca y Sophie, y por la expresión de fingida indignación de Sam. Gwendoline la miró con una sonrisa pícara mientras intentaba una vez más, de manera infructuosa, enrollar unos cuantos fideos en su tenedor.

Aquel último intento frustrado de realizar una tarea tan sencilla como lo era alimentarse llevó a su novia a ir a buscar su varita y solventar el problema con magia. Gwendoline se lo agradeció con una sonrisa y una mirada significativa. La morena no pudo evitar decaer ligeramente una vez más al contemplar su mano derecha a medio curar. De nuevo planeó a su alrededor la sombra de Zed Crowley, un fantasma que parecía dispuesto a llegar para apoderarse de todos los momentos, buenos o malos.

Hizo un esfuerzo consciente por alejar ese pensamiento, y disimuló lo que estaba sintiendo con una sonrisa cuando Sophie aseguró que jamás se acostumbraría a aquello. Y si bien escuchó las palabras que se dijeron, se quedó pensativa y casi que desconectó un poco de la situación.

Tomó entonces la varita que había sido suya y la empuñó con su mano izquierda para llevar a cabo aquella labor tan sencilla, sintiéndose incluso un poco ridícula. Y eso no era todo, además: fue en ese pequeño lapso de tiempo que se dio cuenta de algo que no había comprendido antes, y ese algo era que su varita no le respondía de la misma manera que antes de cedérsela a Sam. Notaba una resistencia muy leve, pero resistencia a fin de cuentas.

Era casi como si hubiera dejado de reconocerla como su dueña.


***

Durante el resto de la comida, Gwendoline pasó el tiempo disimulando y participando lo mejor que podía en la distendida conversación entre los dos Lehmann y la Ebner allí sentados. Y no fue hasta que llegó la hora del postre que volvió a salir el tema del viaje a Austria para la boda de Sophie.

La morena prestó entonces atención, olvidándose momentáneamente de sus preocupaciones, y mirando alternativamente a Sophie y a Sam. Luca hizo más o menos lo mismo, siendo un mero observador. Pudo imaginarse lo que pensaba el señor Lehmann, pues seguramente era lo mismo que pensaba la propia Gwendoline.

Sophie, de verdad, necesitaba tener a su hija con ella el día de su boda. Cada vez que hablaba de ello se veía más claro, y por muy lógico que fuese todo lo que Sam ponía sobre la mesa, los deseos de su madre, con toda seguridad, irían por encima de ello.

Gwendoline, buena para pensar soluciones alternativas, y contando entre sus contactos con gente de todo tipo, decidió intervenir.

—Quizás no sea tan complicado como parece.—Dijo, y enseguida sintió cómo todas las miradas se posaban en ella.

—¿A qué te refieres?—Quiso saber Luca, frunciendo el ceño y apoyando el codo en la mesa. Sophie también la miraba con curiosidad.

—¿Estáis familiarizados con el término ‘traslador’?—Luca asintió con la cabeza, pero Sophie negó. Gwendoline decidió explicarlo.—Se trata de un objeto encantado con magia que sirve para transportar a aquellos quienes lo tocan a un lugar determinado.

—¿Es como la aparición?—Preguntó Sophie, cuya atención también la había llamado Gwendoline.

—Parecido. Generalmente están controlados por el Ministerio de Magia, se requieren un montón de permisos y no es fácil conseguirlos. Sin embargo...—Miró a Sam para calibrar su reacción.—...conozco gente que podría saltarse todos esos trámites y prepararnos uno, de ida y vuelta, de tal manera que nadie sabría que nos hemos ido ni que hemos vuelto por esta vía.

Brevemente había valorado la posibilidad de hacer una petición de traslador legal, pero enseguida la había desechado: teniendo en cuenta que el destino era Austria, y que no era ningún secreto la amistad que Gwendoline y Samantha, de nacionalidad austriaca, tenían antes del cambio de gobierno, aquello cuanto menos despertaría sospechas.

Además del peligro que suponía utilizar dos personas un traslador dispuesto para transportar a una sola.

—¿Seguro que puedes hacer eso?—Preguntó Sophie, incapaz de ocultar la emoción en su rostro.

—No está exento de ciertos riesgos.—Puntualizó Gwendoline.—Pero tampoco lo está el conseguir documentación falsa, o hacerse con una vivienda en propiedad de una persona que no existe. Ambas cosas pueden salir mal, pero nos salieron bien.—Se encogió de hombros.—En lo personal, yo prefiero arriesgarme a comprar uno de esos trasladores. ¿Tú qué opinas?

Miró a Sam. Sabía lo poco que a ella le gustaba que Gwendoline se metiese en aquel tipo de asuntos, pero si había que hacer un pequeño esfuerzo para poder vivir, lo haría. Y tendría tanto cuidado como el que había tenido a la hora de conseguir sus documentos falsos.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Abr 29, 2019 10:58 pm

La idea de Gwendoline había sido poner sobre la mesa acceder a un traslador ilegal hecho por vete a saber quién. La legeremante había pensado en esa posibilidad simplemente porque existía, pero entre que era meterse en la mierda tratando de nuevo con gente que podría no solo ser peligrosa, sino también tenderles una trampa, estar vigilada o hacer las cosas mal, Sam no conocía a nadie con el que pudiera contactar para nada de eso.

Era una solución plausible, pero como bien había dicho Gwendoline, no estaba en absoluto exenta de riesgos. Sophie se veía emocionada por una posible solución que consiguiese arreglar toda la incertidumbre, pero Sam se había puesto a pensar mientras abría su yogur y se hacía con unas onzas de chocolate, para ir partiéndolas en el interior del yogur. Le gustaba a medias esa solución pues veía pegas, pero la verdad es que no quería hablar de ello con sus padres delante. Mira que nunca había tenido problema por hablar nada delante de ellos pero… ahora mismo prefería que ciertas impresiones con respecto al mundo mágico siguiesen siendo privadas. Una cosa es que supieran que iba mal y otra que les notasen a ella que realmente iba mal o era peligroso. Sam había intentado dejarles claro las cosas, pero no quería que ninguno de ellos se contagiase del miedo. Si las veían bien a ellas, no tenían porqué hacerlo. En parte era por ellos y en parte también por ellas: no quería tener a sus padres preguntando todo el día o siendo condescendientes. De esta manera era más fácil estar con ellos y evadirte del otro mundo.

Cuando Gwendoline le preguntó su opinión, la miró. Sam tenía en cuenta que ella prefería esa opción a cualquier otra, por lo que asintió con la cabeza.

Me parece bien pero… depende de quién nos lo venda. —Suponía que Gwendoline sabría identificar lo que decía Sam: si se trataba de alguien de la Orden del Fénix podía llegar a comprar la idea porque por mucho que a la rubia no le gustase del todo, habían demostrado ser una organización seria y cuidar de su Gwendoline. Pero si se trataba de alguien de fuera se iba a negar en rotundo y más si era Gwen quién pretendía ir a hacer cosas ilegales a cara descubierta. Pero vamos, era eso precisamente lo que no quería hablar delante de sus padres.

Luca y Sophie no eran idiotas y habían identificado perfectamente de que Sam había adoptado una actitud un poco diferente, incluso defensiva. Pese al tiempo, era su hija y podían alardear de conocerla un poquito. Así que fue la misma Sophie quién evitó un momento incómodo.

Bueno, ya lo hablaréis —dijo casi lo que Sam quería decir sin querer sonar distante. —Si puede pasar cualquier cosa u os ponéis en peligro… ni lo intentéis, ¿vale? Que no merece la pena. Mirad lo que tenéis aquí como para arriesgarse de más... —Las miró a ella, y a su casa. Estaba orgullosa de que su hija hubiese conseguido eso, a pesar de lo mal que lo había pasado. Luca le había contado todo a Sophie; todo lo que sabía que no era ni de lejos lo que realmente había pasado, sin embargo, era más que suficiente.

Se tomaron el postre y llegó el momento de querer tirarse en el sillón a echarse a descansar. Sin embargo, cuando Gwen y Sam se disponían a recoger, fueron los padres de la legeremante los que se levantaron y empezaron a hacerlo, evitando que ellas hicieran nada. Luca hizo especial hincapié en que hoy se lavaban los platos al estilo muggle y se fue con Sophie al interior de la cocina. Pese a todos, ellos seguían felices y optimistas.  

Sam había entrado a la cocina a meter las cosas en la nevera y, para cuando salió, escuchó el lavamanos del baño. Se acercó allí y la puerta estaba abierta, pues Gwen solo se estaba limpiando las manos. Sam entró y cerró la puerta tras de sí con suavidad, acercándose a ella para colocarse a su lado. Tomó su mano buena con suavidad y, aunque no hiciese falta hacerlo, le ayudó con las suyas a frotarse las manos. Sam sonrió, pues no era la primera vez que lo hacía desde que tenía la mano derecha mala y le hacía mucha gracia. Cuando terminó cogió la toalla y envolvió la mano de Gwen, aunque esta vez la miró a los ojos.

Creo que he sonado ahí fuera un poco… cortante. Lo siento. No era mi intención, pero no quería hablar de eso con mis padres delante y algo me dice que la conversación apremiaba a seguir y… bueno… —Hizo una pausa, encogiéndose de hombros. —Esa gente que conoces, ¿es de fiar? ¿De la Orden del Fénix?

Eso ya era un paso. Gwendoline confiaba en la Orden del Fénix, así que Sam inevitablemente sabía que también tenía que hacerlo. Tarde o temprano tenía que darle un voto de confianza y no decidir ignorar a una organización en la que participaba su novia. Sabía que si era alguien de allí dentro podría acudir a él sin que su identidad corriese peligro. Fuera de ahí, sin embargo, las cosas cambiaban y para que fuese Gwen quién se arriesgase a pedir lo que fuera, mejor que fuese Sam quién lo hiciera. Ya se había enfrentado a cosas así antes y, además, su identidad ya era conocida como una fugitiva de la ley. Por suerte, ese contacto sí que era de la Orden del Fénix.

A mí me parece bien si a ti te parece bien pero lo más importante de todo esto… ¿tú quieres ir? A la boda, digo. —Recalcó, para entonces dejar la toalla sobre el lavamanos y apoyarse en él mientras miraba a Gwen. —Yo llevo desde que me enteré intentando convencerme de que es una mala idea. Salir del país es una mala idea, dejarme ver con toda mi familia muggle de allí es una mala idea, hacer lo que tengamos que hacer para salir del país nos va a costar dinero y como has dicho, no está exento de riesgos. Y todo para… ¿una situación normal? Es decir, no me malinterpretes… —Sentía que se estaba haciendo un lío con lo que estaba diciendo. —Sé que es importante para mi madre: se va a casar y está intentando solucionar las cosas y no dejar a su antigua familia de lado por la nueva pero… míralo desde nuestra perspectiva: ¿merece el riesgo por una situación así? ¿No te da la sensación de que es imposible que pueda salir bien? Yo tengo la sensación de que ese tipo de situaciones normales ya no son plausibles con nuestra vida y que habrá algún bache por el camino, o que algo no saldrá bien, o yo qué sé...

Esa sensación, por supuesto, no se debía a una simple corazonada. Sam había vivido lo suficiente en su situación como para ser un bastante pesimista con respecto a todo eso y ahora que tenían lo que tenían, arriesgarse le costaba más. Después de haber vivido lo que había vivido, tener lo que tenía le parecía un regalo que no quería perder.

Sé que sueno super pesimista y me odio por ello. —Le sonrió un poco al darse cuenta, soltando aire por la nariz. —No me gusta sonar así y siempre intento redirigir lo que pienso a… simplemente pensar en mejores opciones. Y lo peor de todo es que a pesar de todo lo que te he dicho, en realidad sé que debo ir si tengo la oportunidad. Y quiero ir porque no quiero sentirme así con nuestra vida, ¿sabes?

Y al final era eso: puede que ninguna de las dos se considerase a sí misma valiente, pero lo eran y mucho. Estaban intentando seguir adelante a pesar del miedo y… ¿acaso hay mayor valentía que esa? Sam quería—platónicamente—hacer que el miedo dejase de dirigir su vida, así que pese a que sabía lo que quería, hacerlo a veces no parecía tan fácil. Pero vamos, se había convencido en que su vida con Gwendoline no se podía dirigir por el miedo que podían sentir, sino que tenían que luchar por ser felices y no sentir que vivían en una jaula de limitadas posibilidades. Y bueno... con ella no tenía secretos y quería que supiera como se sentía al cien por cien para tomar esas decisiones.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Abr 30, 2019 3:20 am

Al terminar el postre, Gwendoline se había ido casi de inmediato al cuarto de baño a lavarse las manos… o más bien, la mano, teniendo en cuenta el armatoste que tenía colocado sobre la derecha. Aquella cosa de escayola difícilmente permitiría lavar lo poco que asomaba de sus dedos, inmovilizados. Así que allí estaba ella, utilizando el lavabo para lavarse su única mano sana: había llenado la pila del lavabo, después de colocar el tapón, y había vertido jabón dentro. Ahora, intentaba limpiarse de la mejor manera posible toda la suciedad de la comida. También echaba muchísimo de menos su cepillo para limpiarse la porquería de debajo de las uñas.

Estaba en plena labor cuando escuchó abrirse la puerta. No podía ser otra persona más que Sam, pues nadie entraría tan alegremente en el baño de una casa ajena. Volvió la mirada hacia ella en un acto reflejo, le dedicó una leve sonrisa, y entonces volvió a centrar la atención en su mano izquierda. ¿Sabéis lo difícil que es lavarse una sola mano? ¿Sin poder frotarla con la otra? Bueno, pues lo es mucho.

Sam decidió ayudarla, ofrecerle precisamente eso que no podía hacer: frotar. Le ayudó con sus manos, y entonces sacó el tema que tan rápido se había cortado durante el postre. Sabía que sería un tema cuanto menos polémico cuando lo sacó a la luz, pero le había parecido la mejor… por no decir que la única opción.

Despejó las dudas de Sam diciendo que se trataba de alguien de la Orden del Fénix, para después prestar atención a todo lo que le decía Sam.

No le sorprendió que la rubia viese más contras que pros en toda aquella situación, pues no había que olvidar que ella había visto la cara más fea de la persecución a los traidores, y Gwendoline no. A veces era fácil pensar que una se imaginaba cómo era eso, pero la pura realidad es que nadie lo sabía hasta que tenía que vivirlo. Así que era perfectamente normal que en su balanza mental, pesase más lo malo que lo bueno.

Gwendoline se limitó a prestarle atención, a escucharla, mirándola a los ojos con actitud comprensiva. Y sólo cuando Sam terminó de hablar, fue que ella tomó la palabra.

—Podemos decirnos todo lo contrario, pero en realidad, dada nuestra situación, corremos peligro hasta al salir a comprar el pan. Sí, es verdad, hemos tenido cuidado de utilizar identidades falsas, de hacernos con una casa en un municipio de las afueras de Londres, evitamos caminar por zonas concurridas… Pero sigue habiendo un riesgo que está ahí.—No es que hiciera falta decir aquello, pero tampoco estaba de más. Gwendoline no quería sonar pesimista, pero sí realista.—Lo que quiero decir con esto es que, si la seguridad es lo que te preocupa, en mi opinión, si lo hacemos todo bien, correremos incluso menos peligro fuera de Londres que en Londres. Y creo que puede hacerse bien.

Gwendoline le había prometido, cuando se reunieron a finales del pasado 2017, que si alguna vez necesitaba que la acompañase a Austria para cerrar viejas heridas y conocer a su hermano, lo haría. Y tenía pensado honrar su promesa. ¿Que no estaba en su mejor momento anímico? Claro que no, y una parte de ella sabía que nunca lo estaría del todo tras semejante experiencia. Sin embargo, no parecía que fuera a caerle del cielo una solución a semejante problema, así que tendría que vivir con ello.

Y esperaba que para cuando llegase la boda, ella se encontrase mucho mejor de ánimos.

—Y sí, claro que quiero ir.—Le dijo, dejando que Sam le secasa la mano mojada con la toalla, antes de quitar el tapón del lavabo.—Y quiero ir porque tu madre quiere que vayas, porque tu padre quiere que vayas, y porque quieres conocer a tu hermano pequeño. Porque debes conocer a tu hermano pequeño. Ya te han quitado suficiente de tu vida, no les dejes que te quiten más.—Podía parecer que aquel era el motivo de Sam para querer ir, pero también era el suyo. Se negaba a que su novia le cerrase la puerta a nuevas experiencias y vivencias con su familia únicamente porque el gobierno la tenía bajo amenaza.—¿Quién sabe? A lo mejor nos gusta aquello y decidimos quedarnos...

Gwendoline lo dijo como si tal cosa, sin creérselo del todo. Sería un cambio de aires demasiado radical para ella, y estaba demasiado encantada con su nueva vida junto a Sam, con su nueva casa, como para hacerlo.

—Por cierto, respecto al traslador… Conoces a mi contacto, o deberías conocerlo, creo yo: Dexter Fawcett, el oficial de la Red Flú. Ha estado trabajando con la Orden para garantizar transporte mágico a aquellos que lo necesitan. No sé siquiera si querrá cobrarme, pero puedo decirte que hace un buen trabajo. Y por lo que sé, tiene una profesora de oclumancia. Alguien que también debería sonarte: Hester Marlowe, del Departamento de Misterios. O igual no te suena mucho, pues lleva relativamente poco tiempo trabajando allí.—Gwendoline había tenido ocasión de ver un par de veces a la tal Marlowe y… la verdad, le parecía una joven un tanto peculiar.—Eso no importa. Lo importante es que puede hacer un buen trabajo, asegurarse de que no nos detecten, y tiene las herramientas para no delatarnos. Y es buena persona. Nos ayudará.

Y tan buena persona: Dexter se pasaba los días en el refugio. Rara era la ver que Gwendoline iba y no se lo encontraba deambulando por los pasillos. No se limitaba únicamente a los transportes.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mayo 01, 2019 3:16 am

En eso tenía razón infinita: ya el gobierno le había quitado mucho como para seguir permitiéndole que le quitasen más cosas. Después de todo este tiempo había recuperado una familia medianamente normal y sus padres al fin podían estar en la misma habitación, con sonrisas y bromas de por medio, por lo que en parte esa frase que acababa de decirle la morena le había hecho tomárselo de otra manera. Al final una no podía limitarse a esconderse, sino que tenía que seguir viviendo, ¿o si no que esperaban al final del camino si, por alguna casual, el gobierno no cambia nunca? ¿Vivir con miedo encerradas en una casa para toda la vida?

Le mostró una cálida sonrisa cuando dijo lo de quedarse en Austria.

Quedarnos en Austria… no sé yo cómo te lo tomarías sin rodearte del resto de ingleses antipáticos a los que estás acostumbrada. No creo que sea lugar para una dama de alta alcurnia inglesa. —Ni siquiera la misma Sam se lo había planteado nunca: ¿volver a Austria a vivir? ¿Con qué propósito? Quizás ahora que la cosa había cambiado podría tener más sentido, pero siempre vio Londres como su hogar después de haber pasado tanto tiempo en Hogwarts. Ayudó también que le cogiese un poquito de manía a su casa en Austria cuando sus padres le avisaron de que se iban a divorciar y tener a gente tan importante en Inglaterra. —Me gusta mucho esto… —Miró a su alrededor, hasta fijar la mirada en ella— ...como para siquiera pensar en cambiarlo.

Tal y como había dicho Gwendoline, sí que a Sam le sonaba el nombre de Dexter Fawcett. Ahora mismo ni recordaba como era en cuanto a persona porque nunca tuvo mucha relación con él, pero sí que le ponía cara. Era muy buena para las caras e inevitablemente habían trabajado mucho tiempo juntos en el Ministerio de Magia, aunque estuviesen en departamentos diferentes. A la que no conocía era a Marlowe, pues parecía que llevaba poco tiempo trabajando allí. Una pena, pues seguramente eran dos personas que se hubieran llevado muy bien aunque ahora mismo no tuvieran ni idea de quién era la otra.

Que parece poco, pero llevo ya sin estar en el Ministerio dos años y medio. Supongo que los cambios de plantilla han sido recurrentes durante todo este tiempo —le dijo, asintiendo. —A él le conozco, a ella no. Pero si lleva tanto tiempo en el Ministerio sin ser descubierto es que sus herramientas tiene.

Y entonces fue cuando empezó a darse cuenta de que… al final sí que irían a Austria, a la boda de su madre, a conocer a su hermano y reencontrarse con toda la familia Ebner que había dejado de ver desde hacía más de diez años. La cierto es que Sam iba con una filosofía mucho más conservadora: pretendía ir a estar con sus padres, a conocer a su hermano y a pasarlo bien con Gwendoline fuera de todo el caos de Londres, pero no pretendía dar más importancia de la debida a una familia para la que no es nada importante. Sam no se sentía nada Ebner y le daba rabia que precisamente la familia Lehmann siempre hubiese sido tan despegada y fuera tan pequeñita, siendo tan agradables como eran.

Entonces… nos vamos a Austria. ¿Sabes cómo se va a poner mi madre cuando se lo digamos? —Fingió darle tiempo para responder, pero no le dio ni un poquito. —Exacto, tal y como estás pensando. O peor. O peor todavía. —Y sonrió, emocionada.


***

Ese fin de semana pasó rapidísimo. Gwen había convencido a Sam de que se cogiese el sábado libre, pero le fue imposible debido al poco tiempo de antelación y al final Gwen y Sophie terminaron visitando a Sam en el Juglar Irlandés esa mañana. Por la tarde llevaron a su madre a algunos sitios de Londres que a ellas le gustaban mucho y, como le habían prometido a su padre, a la noche fueron a verle tocar con aquella banda. Había sido una experiencia totalmente diferente, pues encima Luca tocaba algo muy distinto a lo que acostumbraba.

El domingo fue un día bastante familiar y lo pasaron juntos hasta que Sophie se fue a media tarde. Lloró como una niña pequeña, pero sobre todo de felicidad porque sabía que en relativamente poco los volvería a ver en su boda, que era en muy poco tiempo. Sin embargo, también se iba preocupada porque se había dado cuenta, de manera mucho más real, de toda la situación de su hija.


El Juglar Irlandés | 30/04/2019 | 20:53h | Atuendo (sin gorrito)

Venga ya, Mia, nosotros conocer tu secreto. Tú deber como bruja es recoger todo el Juglar Irlandés con magia —decía Santi divertido mientras se hacía el perezoso con el paño en la mano. —¡Ella nunca hacerme demostraciones de magia! ¡Pensar que yo irme de la lengua o emocionarme demasiado que desamayarme! —Se quejó a Luca, que estaba sentado en la barra, haciendo compañía a ambos amigos que ya habían cerrado el local. —¡Yo prometer no sacar el móvil para grabar! ¡Tú saber yo cumplir mis promesas!

Santi sabía que el nombre real de la chica era Samantha, pero como ya se había acostumbrado a llamarla Amelia y sabía que si se ponía a cambiar se iba a liar, le había dicho que la iba a seguir llamando Mia. Lo cual venía bien, porque escucharle decir 'Sam' hasta a Sam le sonaba raro.

Pues a mí me hace todas las demostraciones que le pido.

¡Pero papá! ¡Así no estás ayudando!

Amelia Williams falsa, traidora. —Le señaló Santi con el dedo índice, fingiendo estar muy ofendido. —Yo ser una persona normal sin magia y tú no querer satisfacer mis necesidades. ¿Tú no saber que yo siempre haber amado al Genio de la Lámpara de Aladdin? ¡Y el hada madrina de Cenicienta! ¡O la Fuerza de Star Wars! ¡Saca tu palo y enséñame la magia!

Luca no paraba de reír, mientras que Sam estaba roja ya de reírse tanto con el idiota de Santi. Si es que era divertido no sacar la varita sólo por verle hacer el drama. Que Sam era una dramática, pero debía de admitir que el drama de Santi era otro nivel.

Todo era risas y diversión, tranquilidad y comodidad, hasta que la puerta de la entrada se abrió. Santi estaba más cerca de la puerta, limpiando las mesas, por lo que fue el primero en girarse para decir de manera totalmente automática que ya estaba cerrado.

No para nosotros —dijo la voz de Zed.

El rostro de Sam cambió por completo y, frente a esa voz, alzó la mirada y sintió cómo se le erizaba el pelo de todo el cuerpo en un escalofrío electrizante. ¿Aquel monstruo no iba a desaparecer nunca de su vida? ¿Qué clase de pesadilla recurrente era esa? Sabiendo lo que le había hecho a Gwendoline y sus abiertas intenciones frente a Sam, la castaña no dudó en desaparecer de detrás de la barra y ponerse por delante de Santi y su padre. No iba a dejar que los tocase.

Zed había venido acompañado de otro tipo y, suponía, era el que le había mencionado Gwendoline. Caiden tenía la varita en la mano, aunque no alzada, sin embargo, cualquiera era consciente de que no hacía falta proclamar las intenciones como para que la varita hiciese de las suyas, es por eso que Sam también había sacado la suya, empuñándola de manera defensiva.

T…

No —le cortó Zed. Caiden aprovechó para mover la varita y hacer que todas las cortinas de los ventanales se cerrasen. También movió varias veces más la varita, pero no ocurrió aparentemente nada. Sam sabía que estaba creando algún tipo de protección: ¿quizás de sonido? ¿Contra muggles? ¿De aparición? —Aquí voy a hablar yo, Lehmann.

Mientras tanto, Luca y Santi retrocedían muy lentamente para buscar algún tipo de cobertura detrás de la barra. No tenían ni idea de lo que estaba pasando, pero la actitud de los tipos y el cambio repentino en Sam hablaban por sí solos y ninguno de los dos se veía capaz de decir o hacer nada que pudiera servir para algo. La legeremante, por su parte, pese a que tenía claro lo que hacer, no se sentía en absoluto segura.

Me da igual lo que tengas que decirme: voy a luchar siempre por los que quiero y por mí. Podrás pensar que rompiste todo de mí aquel día, pero conseguí escapar y ahora no soy la misma de antes.

Puedes mentirte si quieres, pero sigues siendo la misma. La que hace algo atroz y esconde la mano esperando que todo se solucione. Dos veces has intentado matarme, dos veces que has fallado porque... ¿tienes miedo de mancharte las manos? ¿No quieres reconocerte capaz de matar a una persona? —En aquel momento una parte de Sam se quedó confusa y bajó la guardia: ¿qué pensarían Luca y Santi de eso? —La verdad es que me he cansado de esperar y este último mes recuperándome me ha hecho darme cuenta de que fue mucho más satisfactorio tenerte frente a mí que ir a por el resto y que quiero verte muerta entre mis brazos. Lo he estado pensando: te obsequiaré con una noche como la de aquella vez antes de matarte, por los viejos tiempos, porque me prometí hacerte gritar antes de matarte y, sobre todo, para ver si realmente has cambiado algo.

Caiden entonces atacó a Luca y Santi, pero Sam lo vio venir y conjuró una barrera que hizo que impactase ahí el hechizo, protegiendo a ambos.

A ellos no —dijo con rotundidad Sam, con rabia.

Muy bien —dijo Caiden, apuntando a Sam. Antes de que lanzase nada, la legeremante usó un hechizo de movilidad para hacer que tanto su padre como su amigo se metieran en la cocina—evidentemente en contra de su voluntad—y conjuró una barrera de fuego en la puerta para que no salieran, ni Zed pudiese entrar.

Al hacer eso no fue lo suficientemente rápida en volver hacia su enemigo y un hechizo de Caiden impactó contra ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Mayo 01, 2019 10:04 pm

En su fuero interno, Gwendoline creyó durante aquella pequeña conversación que Sam quería dejarse convencer: sabía lo que era correcto, lo que debía hacerse en base a la seguridad, la lógica y el raciocinio, pero también sabía que lo correcto era un asco, pues quería asistir a la boda de su madre. Quizás se equivocase en sus suposiciones, pero si conocía un mínimo la psique humana, sabía que todo ser humano, en algún momento de su vida, pasaba por algo parecido: el negarse a algo sin demasiadas fuerzas, sólo porque negarse a ello parecía la opción más correcta, más segura, menos arriesgada.

También se imaginaba que no le apetecería quedarse en Austria, pues ni ella misma lo había dicho con demasiada convicción. ¿Qué se les había perdido allí, más allá de la presencia de la familia materna de la rubia? Nada. Todo lo que amaban estaba en Inglaterra.

—Créeme que ya somos dos: la sola idea de abandonar esto me produce ansiedad. Nunca ha sido muy buena asumiendo los cambios, así que imagínate.—Le dijo con una sonrisa que parecía de disculpa. Y es que así era ella: cada vez que se aproximaba un cambio importante en su vida, Gwendoline se ponía de los nervios. Mucho más que cualquier persona normal.

Realmente, no importaba demasiado la tal Marlowe. Gwendoline la había mencionado únicamente para ofrecer a Sam garantías: se dedicaba a enseñar oclumancia, y Dexter era uno de sus alumnos. Aquello debía servir como algún tipo de garantía de seguridad, o al menos a ojos de Gwendoline era así.

—Por las veces que he tratado con ella, es un tanto rara. Te acordarías de ella si la hubieses conocido, créeme.—Dijo Gwendoline, alzando las cejas para enfatizar lo rara que le había parecido siempre Hester Marlowe.—Pero bueno, eso no es lo importante. Lo importante es Dexter: creo que puede hacer un trabajo discreto, y que no le descubrirán haciéndolo. Es un experto y conoce todos los entresijos de su departamento.

Por supuesto, el traslador sólo era una pequeña parte del plan, y había muchas otras más importantes a tener en cuenta. Por ejemplo: los vestidos que llevarían—¿Creéis que eso no es importante? ¡Es vital, y no es tan fácil!—, el regalo de bodas para Sophie—también muy importante y complicado—, los gastos para el viaje, teniendo en cuenta que seguramente querrían aprovechar para hacer turismo… ¡Muchas cosas que pensar y planear!

Porque ya estaba decidido: se iban a Austria a presenciar el acontecimiento más feliz en la actual vida de Sophie Ebner.

—Así que ahora lees la mente sin varita.—Dijo Gwendoline en tono de broma, ante la cómica forma de Sam de ‘interpretar’ sus pensamientos.—Tus poderes se están desarrollando de una manera que da miedo.—Siguió bromeando en tono burlón, pero enseguida se puso un poquito más seria y abandonó el sarcasmo.—En realidad, ella no se va a poner tan feliz como yo cuando te vea con tu hermanito. Seguro que no he visto en mi vida imagen tan tierna y preciosa como lo será esa...—Y se mordió el labio inferior, imaginándose a Sam, hermosa con su vestido, de la mano de su hermano Gabriel.

Sólo por eso ya merecería la pena el viaje.


Martes 30 de abril, 2019 || Sala de entrenamiento de la zona segura para fugitivos, Londres || 21:07 horas
Atuendo

Aquella tarde, aprovechando el turno de tarde de Sam, Gwendoline había optado por visitar la zona segura para echar una mano a los fugitivos con algunas tareas que siempre había que hacer en el lugar. Su mano estaba mucho mejor, y ya no tenía que llevar el brazo en cabestrillo: únicamente llevaba una venda rígida que, si bien no la limitaba tanto como la férula, seguía limitando bastante sus movimientos.

Pero no lo suficiente como para impedirle hacer algunas tareas básicas… y entrenar.

Todavía no estaba demasiado familiarizada con su nueva varita, y echaba muchísimo de menos la anterior: con sus veintinueve centímetros de longitud, madera de ébano, su estilizada figura ligeramente curva y su núcleo de ave del trueno, le era totalmente leal y funcional, pero por algún motivo no acababa de hacerse a ella. Quizás se debiese a las circunstancias en que había perdido la anterior.

Había terminado en la sala de entrenamiento a eso de las ocho y media de la tarde, cuando los fugitivos del refugio le habían dicho que ya había hecho suficiente por ellos, en un intento por tomar el toro por los cuernos y hermanarse de una vez con aquella varita. Llevaba sin practicar el duelo mágico desde que había plantado cara a Zed Crowley en el Hotel Gran Necrópolis.

No era estúpida: sabía que gran parte del problema era ella misma, sus propias inseguridades avivadas por las vivencias en compañía del Crowley, y que la varita no tenía culpa alguna de dicho estado de ánimo. Sin embargo, le resultaba más fácil culpar a un objeto inanimado que afrontar sus propios demonios.

Llevaba unos diez minutos intercambiando hechizos con los espejos deflectores que colgaban de distintas partes de la sala de entrenamiento—la varita empuñada en la mano izquierda—, cuando tuvo que detenerse al escuchar el tono de llamada de su teléfono móvil, que se encontraba sobre su bolsa de deportes, en un rincón de la sala de entrenamiento.

Con un sencillo hechizo protector detuvo el mismo hechizo que ella acababa de lanzar contra uno de los espejos, y acudió a responder la llamada. El nombre de Santiago Marrero aparecía en pantalla, acompañado de una fotografía del español haciendo una mueca graciosa a la cámara.

—Hola, Santi. ¿Qué hay?—Respondió Gwendoline mientras se sentaba en uno de los bancos. Se inclinó para atarse los cordones de sus botas, sujetando el teléfono entre su hombro izquierdo y su cara.

—¡Gwen! Menos mal. Necesitamos ayuda.—La voz de Santi sonaba agitada, aunque susurrante, como si intentara evitar que le escuchase nadie más.

—¿Qué dices? ¿Qué ocurre?—Preguntó enseguida Gwendoline, frunciendo el ceño y experimentando una muy mala sensación en el pecho. Santi no sonaba para nada como lo hacía habitualmente.

—¡Tú tener que venir rápido! Estamos en el Juglar, Luca y yo. Vinieron dos tipos, Mia nos encerró en la cocina, pero ella se quedó fuera. ¡Tener que venir ya!

Gwendoline abrió la boca para responder, pero enseguida fue interrumpida por un estruendo, como si hubiesen golpeado el micrófono del teléfono móvil. El sonido la hizo dar un respingo. El teléfono estuvo a punto de caérsele del hombro, pero logró atraparlo con ambas manos. Para cuando volvió a ponérselo en la oreja, ya no escuchaba absolutamente nada.

La llamada se cortó, y Gwendoline se quedó unos segundos mirando la pantalla en negro, sin saber qué hacer.

Estaba claro que no podía hacer otra cosa más que ir a ayudar a sus seres queridos, pero el miedo empezaba a envolverla, amenazando con paralizarla.

¿Cómo vas a dejarte llevar por el miedo en una situación así? ¡Espabila!, se dijo a sí misma, y antes de dar tiempo a cualquier otra voz interior ofreciese un argumento en contra del primero, se puso en pie de un salto, echó mano de varita y chaqueta, y se encaminó a la salida del refugio.


***

Supo que algo claramente iba mal cuando intentó aparecerse en el Juglar Irlandés, y no surtió efecto. En su lugar, no tuvo más remedio que aparecerse en un callejón a un par de calles de allí, y hacer el resto del camino a pie. Fuese lo que fuese, aquello era obra de magos, y la morena empezaba a temer que se tratase, precisamente, de la última persona en el mundo a la que quería ver.

Al acercarse a la cafetería, no vio nada fuera de lo común, o al menos eso parecía a simple vista: si una era lo bastante observadora, como era su caso, se percataría de la ausencia de todo muggle en varios metros a la redonda. Y es que la calle estaba totalmente vacía, y por mucho que aquella circunstancia pudiese darse a altas horas de la noche, no parecía lo más común a las nueve de la noche.

Magia, pensó Gwendoline, caminando hacia la puerta de la cafetería con la varita alzada firmemente empuñada por su mano izquierda.

Tuvo que forzarse a parar en seco antes de asir la manija, consciente de lo mala idea que sería entrar directamente por la puerta principal: quienquiera que estuviese dentro la vería de inmediato, y más que convertirse en una ayuda, se convertiría en una carga para Sam. Siempre y cuando estuviese bien, claro.

Está bien, se dijo a sí misma mientras intentaba ver algo a través de las ventanas, cosa que no pudo hacer: las cortinas estaban echadas.

Alzó la mirada en dirección a las ventanas de la segunda planta, por encima de la banderola con el nombre del establecimiento, y enseguida vio que allí no sucedía lo mismo: las cortinas estaban abiertas de par en par. Y no sólo eso: pudo observar una serie de destellos luminosos que, a su juicio, pertenecían a hechizos lanzados por dos o más magos enfrascados en un duelo.

Una de las ventanas, la de más a la izquierda, saltó hecha añicos, y los cristales llovieron sobre la acera Gwendoline se llevó un buen susto cuando esto sucedió, y tuvo que hacerse a un lado para que no la golpeasen.


Mientras tanto, en el interior

Zed Crowley, sabiéndose en desventaja frente a la sangre sucia, cedió aquel pequeño enfrentamiento con ella a su compañero, y Ashworth no tuvo ningún problema en aceptar dicho ofrecimiento. No eran pocas las ganas que el mortífago tenía de un enfrentamiento mágico, y de una pequeña revancha. A fin de cuentas, Edevane lo había humillado la última vez que se habían visto, y si algo le haría daño a esa traidora, ese algo sería la muerte y el suplicio que le esperaba a Lehmann.

El primer hechizo fue certero gracias a esa nauseabunda preocupación que los del bando opuesto tenían por sus seres queridos: si no los hubiese protegido, habría podido protegerse ella misma.

No la dejó respirar: lanzó un hechizo tras otro en su dirección mientras Zed Crowley observaba la contienda con los brazos cruzados. Lehmann se protegía como bien podía utilizando hechizos defensivos, o rodando por el suelo, pero el acoso al que la sometía Ashworth no cesaba. Finalmente, la rubia tuvo que buscar refugio detrás de la barra, contra la cual impactó el último hechizo del mortífago.

—Sal de tu escondite, Lehmann. No me apetece reventar este sitio en mil pedazos.—Desvió un segundo la mirada en dirección a Zed, quien estaba cruzado de brazos de espaldas a la puerta de entrada. Su mirada lo decía todo: no entendía la payasada que su compañero acababa de soltar.—¿Qué pasa? ¿Uno no puede tener buen ojo para la decoración?

—Acaba de una maldita vez.—Insistió el Crowley, a lo que Ashworth se encogió de hombros.

—Como tú digas, jefe.

Lehmann, aprovechando la conversación entre sus dos enemigos y creyendo que Ashworth había bajado la guardia, se lanzó al ataque, asomando desde detrás de la barra. El mortífago, haciendo uso de su destreza y sus reflejos, logró protegerse de manera eficaz, lanzando a continuación un hechizo en dirección a ella. La rubia lo esquivó haciéndose a un lado y saliendo de la protección que le ofrecía la barra. Otro hechizo le siguió, otro más… Lehmann los fue evitando a base de alejarse casi gateando de allí, hasta que finalmente Ashworth la alcanzó al pie de las escaleras.

La golpeó con un hechizo repulsor justo cuando Lehmann pretendía atacarle, de tal manera que salió despedida contra la escalera, y su hechizo salió desviado, impactando contra una de las ventanas del piso superior y haciéndola añicos. La varita entonces salió despedida de su mano, y Ashworth no perdió la ocasión de adelantarse en su dirección y hacerse con ella.

—Listo, jefe. Toda tuya.—Dijo el mortífago con orgullo, entregándole la varita de Lehmann a Zed.

—Creo que antes te prometí algo… ¿Qué te parece si vamos empezando?—Los labios del Crowley se curvaron en una sonrisa perversa mientras avanzaba hacia Lehmann. Metió bajo su chaqueta y sacó del interior una afilada y reluciente daga, al tiempo que comenzaba a avanzar en su dirección.

Por su parte, sabiéndose indefensa frente a la fuerza descomunal de aquel monstruo, Lehmann se puso rápidamente en pie y optó por su única vía de escape posible: el piso de arriba. No sabía qué haría al llegar allí, pero una cosa estaba clara: quedarse frente a frente con ese psicópata armado con un cuchillo no era una opción.

***

Cuando los hechizos cesaron, Gwendoline supo que no podía esperar más tiempo: fuese lo que fuese lo que iba a encontrarse en el interior, tenía que entrar. Si esperaba más, quizás fuese demasiado tarde.

Para enmascarar un poco su entrada, conjuró un Fumus no verbal en dirección a la ventana rota del piso superior, y todo lo rápido que pudo llenó la estancia de humo, sin saber realmente cómo reaccionarían las personas en el interior. Cuando lo creyó suficiente, se hechizó a sí misma con un Echoes no verbal, y también amortiguó el sonido de sus pasos.

Ahora o nunca, se dijo, y valiéndose de un Fuga Incesus, Gwendoline Edevane dio un gran salto y se coló a través de la ventana rota, aterrizando en cuclillas en la segunda planta del Juglar Irlandés, junto a la mesa del extremo izquierdo.

El humo no era tan denso como para no ver lo que estaba sucediendo, y Gwendoline pudo ver la figura de Zed Crowley en la zona de las estanterías, así como a Sam escondida tras una de ellas. También percibía los sonidos que hacían cada uno de sus movimientos, y la voz de Zed reverberó en sus oídos con gran intensidad.

—¡Haz algo con este puto humo, Ashworth! Y busca al responsable.

Algo se hizo con aquel humo, sí, pero no fue el tal Ashworth sino Gwendoline: la bruja, con movimientos de varita, primero condensó el humo en su dirección y le otorgó una forma parecida a una esfera, para luego arrojar dicha esfera en dirección a Zed Crowley. El vampiro recibió un durísimo impacto, pues el humo había sido compactado mágicamente, y terminó impactando contra la pared que estaba justo enfrente de la escalera. La mesita que allí había se hizo añicos bajo su peso, y el cuadro colgado en la pared terminó en el suelo.

La varita de Sam cayó repiqueteando escaleras abajo.

Gwendoline se quitó el hechizo Echoes y, presa de una gran furia, avanzó en dirección al vampiro. Se había olvidado por completo de sus miedos.

—Zed Crowley.—Escupió su nombre como si le supiese a vómito.—Te prometí que ibas a pagar por lo que hiciste...—Le dijo, al tiempo que alzaba la varita en su dirección con obvias intenciones.

Gwendoline aplicó un hechizo inmovilizador sobre Zed Crowley, dejándolo paralizado en el mismo lugar en que estaba, medio recostado contra la pared. Entonces, hizo levitar con magia una de las patas rotas de la mesita de café, cuya punta se había astillado. Sus intenciones eran evidentes.

—Te ha llegado la hora.—Y, con aquellas palabras, lanzó la estaca improvisada en dirección al pecho del Crowley.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 02, 2019 3:03 am

Luca se había quedado mirando a través de la puerta protegida con una barrera de fuego mientras Santi rápidamente llamaba a Gwendoline en busca de ayuda. El padre se sentía impotente e inútil, sobre todo al ver a su hija defenderse de manera apresurada de aquel hombre que no paraba de atosigarla con uno y otro hechizo. Había perdido la ventaja por meterlos a ellos allí dentro a salvo y cualquiera podría haberse dado cuenta de ello.

Cuando consiguió ocultarse detrás de la barra fue cuando más cerca estuvo de su padre, pero si bien Luca no le quitó ojo, ella no prestó atención a él, pues estaba demasiado ocupada no muriendo. Era consciente de que el hombre de la varita no podría lanzarle ninguna maldición asesina, pues la muerte de Lehmann debía correr a manos de Zed. Sin embargo, sentía que como la desarmase o le diese un golpe que la dejase medianamente atontada, dolería tanto como morir directamente, pues sería perder totalmente las oportunidades. Sin varita no tenía nada que hacer contra un mago y una criatura que le superaba en absolutamente todos sus atributos.

Intentó protegerse dentro de sus posibilidades de todo lo que Ashworth le mandaba, pero le era imposible coger las riendas de la situación. No estaba en posición y el mago sabía perfectamente cuando atacar y cuando evitar cualquier cambio de poder en aquel duelo. Se notaba que estaba acostumbrado a ellos y tras la cara ventaja había sabido no perderla en ningún momento, evitando que Sam pudiera hacer nada de nada. Tuvo que huir de la zona de la barra, casi gateando hasta la escalera, pero cuando Caiden la vio la atacó y lo único que pudo hacer fue defenderse inútilmente. Su cuerpo impactó contra las escaleras y para cuando recuperó la compostura después del golpe en su cabeza y su espalda, ya no tenía la varita entre sus manos.

Se sintió como un cerdito en el matadero, indefensa ante la muerte que se acercaba lentamente a ella. Lo único que pudo hacer fue subir escaleras arriba, siendo realmente lo único que podía hacer para alargar lo máximo posible aquello en busca de… alguna solución. Se escondió detrás de una de las estanterías, pensando en algo que pudiese hacer: no había manera de hacer fuego, no había nada con lo que hacer una estaca… ¡No tenía nada de nada con lo que poder defenderse! Escuchó los pasos de Zed en el suelo de madera del segundo piso y lo siguiente que vio es como todo el Juglar Irlandés se llenaba de un denso humo. Escuchó a Zed quejarse, por lo que supo perfectamente que no era cosa de ellos. No supo muy bien cómo, pero pensó en Gwendoline. Era la única bruja que podía llegar allí tan rápido y la única a la que podrían haber avisado Luca y Santi.

El humo entonces se fue disipando, formando un arma con el que Gwen golpeó a Zed. Sam, que estaba escondida, pudo ver como Gwendoline caminaba con rabia hacia el vampiro, a lo que salió corriendo de su escondite para perseguirla. Estuvo a punto de ver como aquella daga se clavaba en el pecho de Zed Crowley y que al fin todos los problemas desapareciesen, pese a que Gwendoline estuviese haciendo aquello movida por el odio y el rencor.

Sin embargo, no llegó a ocurrir.

La daga se paró justo a unos centímetros del pecho del Crowley y, con la misma velocidad con la que voló hacia allí, fue en dirección contraria hacia Gwendoline. Se lo consiguió esquivar y entonces se notó a Caiden subiendo por las escaleras. Se le había escuchado perfectamente, pero ninguna de las dos fue lo bastante rápida como para avisar a la otra. Ashworth apuntó a la única portadora de varita y, con un resentimiento muy personal, la hizo volar hacia atrás. El cuerpo de Sam básicamente amortiguó el golpe de Gwendoline, ya que el empujón había ido en su dirección, llevándosela por el camino. Chocaron contra una de las estanterías, haciendo caer muchos libros a la par que ellas.

Levántate y cárgate ya a la puta de Lehmann le dijo Caiden a Zed, liberándole de la inmovilización de Edevane. Yo me encargo de la otra.

Entonces Caiden conjuró una de las estacas astilladas de la mesa rota y la lanzó contra las chicas, más concretamente hacia Gwendoline. Sam estaba a medio recomponerse del golpe y vio aquel movimiento. Con uno de los libros que había caído al lado de ellas, lo puso justo delante y la estaca se clavó en él, traspasándolo hacia el otro lado. Para cuando Caiden lanzó otra, Sam sujetó el antebrazo izquierdo de Gwendoline y tiró de ella para protegerse detrás de una de las estanterías, evitando que les diera a ninguna de las dos.

La miró durante un segundo y si bien no le dio tiempo a decir nada, parece que se dijeron de todo.

¡Oh, vamos! ¿Me tenéis miedo a mí? ¡Qué ricuras!

Caiden y Zed fueron a por ellas. Caiden encabezando aquel movimiento se asomó en el último hueco de las estanterías y recibió un ‘desmaius’ de manera inmediata. Sin embargo, se había protegido con un Aura, por lo que enarcó una ceja y apuntó a Gwendoline rápidamente a la altura de su cintura. Una cuerda se enroscó alrededor de su vientre y tiró fuertemente de ella, lanzándola por el pasillo superior hasta la última de las mesas, justo por donde había entrado. Sam fue a salir detrás de ella para atacar a Caiden físicamente, pero justo apareció Zed, sujetándole la muñeca y lanzándola en dirección a la escalera, separándolas en direcciones opuestas. Sam rodó por el suelo hasta chocar contra la pared.

Sam entonces se puso en pie y se fijó en que Zed no tenía en su mano ni la daga ni la varita. Mirando para todos lados rápidamente divisó la daga cerca de la mesa rota de su derecha, mientras que no tenía ni idea de en donde había ido a parar su varita. Así que lo único que pudo hacer fue optar por la única opción plausible: hacerse con otra de las patas de aquella mesa. Una vez empuñada y antes de poder siquiera darse la vuelta, ya Zed estaba encima de ella, sujetándola y golpeándola contra la estantería más cercana. Sam soltó un quejido doloroso al sentir la madera contra su cabeza, para entonces sentir como una mano fría como el hielo se le enroscaba alrededor del cuello y la elevaba por encima de sus pies. Llevó sus dos manos a la mano que la alzaba, pero cuando vio, a través de la sangre que le salía de una herida encima de su ojo derecho, que la mano libre de Zed empuñaba la daga, llevó sus manos allí para intentar evitarlo. Pese a hacer toda la fuerza que podía, sintió como la punta se posaba en su vientre y Zed le sonrió a escasos centímetros.

Me sabe poco matarte así… Sam notó el olor a sangre en su aliento. Pero lo voy a disfrutar igual.

Pero cuando fue a hacerlo, una llama de fuego iba hacia él de una velocidad horrible. Tuvo que soltar a Samantha inmediatamente y convertirse en humo para evitar aquello, a lo que la rubia se agachó para protegerse del fuego, cogió la daga e intentó salir corriendo. Cuando el fuego se disipó, vio a Zed justo frente a él e intentó atraparla. Sam utilizó lo que sabía de defensa personal, defendiéndose como buenamente podía, evitando que le tocase. Sin embargo, le era imposible utilizar esos trucos con él pues era mucho más rápido y mucho más fuerte. En una de estas, Sam giró para evitar un golpe, pero quedó expuesta a una fuerte patada del vampiro que la empujó fuertemente hacia atrás. Rompió la barandilla de cristal con el cuerpo y cayó hacia abajo. Sintió que caía a cámara lenta. Cayó sobre una mesa y no, la mesa no se rompió. Lo que parecía que se había roto era su espalda de lo mucho que le había dolido aquello. Intentó recomponerse pese al dolor, sintiendo que su cabeza iba más lenta que su cuerpo.


Mientras tanto…

Los golpes, los sonidos, las frases… todo estaba sacando de quicio de Luca Lehmann y Santiago Marrero allí dentro, sin poder hacer nada. Podían escuchar a los hombres hablando con altanería y odio, mientras que por parte de las chicas no escuchaban nada.

La cocina del Juglar Irlandés no tenía ninguna puerta que conectara con la parte trasera de la tienda, pero justo encima de los grandes lavamanos y la encimera principal había un hueco por el que se pasaban las cosas desde las despensa trasera hacia la cocina, para no tener que llevar todo por mitad de la cafetería. Dicha despensa si estaba conectada con una puerta al final del primer piso, justo al lado de los baños. Era un lugar en donde estaban todas las tuberías, cosas técnicas que nadie tocaba por si acaso y, por supuesto, todas las reservas de comida de la tienda.

Ellas necesitar ayuda. Yo ir a ayudar, usted quedar aquí, señor Lehmann —dijo Santi, que por muy payaso o idiota que pudiera parecer normalmente, tenía un corazón que no le cabía en el pecho y un coraje que nadie se imaginaba. Ya había visto a Samantha en esa situación y sabía la magnitud del peligro y, aunque ella siempre hubiese sido muy reservada, Santi tenía claro que no podía dejarlas sin ayuda mientras se quedaban allí esperando. Él no era un héroe ni mucho menos, pero era su amigo. —Yo ir por ahí y dar la vuelta. Usted quedarse aquí.

Santi había señalado el hueco hacia la despensa y, antes de ir a ningún sitio, cogió un gran cuchillo. ¿Que qué iba a hacer con él contra varitas mágicas? Buena pregunta, pero mejor eso que ir sin nada, ¿no? Cualquiera diría que Luca le diría que no fuera, ¿pero estamos tontos? ¡Ahí fuera estaba su hija y su nuera! ¡No podía dejar que les pasara nada! ¡Y él no podía entrar por ese dichoso hueco sin dejarse la espalda en el proceso! Vamos, él no podía hacer nada.

Te ayudo —le dijo Luca. —Llévate otro, por si acaso.

Santi se subió a la encimera y se metió por aquel hueco, cayendo por el otro lado, en la alargada despensa del Juglar Irlandés. Caminó hacia la puerta que daba al pasillo de los baños y salió, escuchando que todos estaban en el piso superior. Salió prácticamente a hurtadillas de allí y, cuando quiso asomarse hacia arriba, vio a los pies de la escalera la varita de Sam. La recogió y, antes de poder decidir qué hacer, fue cuando vio por encima de él esa pedazo de llamarada que lo hizo retroceder de nuevo hacia la zona del baño. Un fuerte golpe fue lo que le hizo girarse, viendo a Sam intentando recomponerse después de haber caído fuertemente contra la mesa. Dudó si ir o no, pero no lo hizo, pues automáticamente cayó al figura de Zed Crowley frente a Sam, con un porte duro y violento, dándole la espalda a Santi.

Tenía que darle la varita a Sam, pero no tenía ni idea de cómo. Por saber, no sabía qué hacer en ese momento, que se había quedado totalmente congelado.
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