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The Killing Joke. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 29, 2019 11:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The Killing Joke. —Güendolín. - Página 4 3C8t6M4
Cerca del gimnasio de Gwendoline Edevane | 29/03/2019 | 20:36h | Atuendo

Ese día en el Juglar Irlandés había sido más pesado e intenso de lo que uno podría haberse imaginado, por lo que aún a la hora de salir, todavía no habían puesto un pie en la calle. Samantha había mirado la hora en su móvil para ver cuánto se había retrasado, ya que le había dicho a Gwendoline que ella hoy hacía la cena, pero tal y como estaban las cosas, se veía un poco negro si querían cenar a una hora decente. Así que antes de ponerse a cerrar y recogerlo todo junto a Santi, pues solo eran dos, cogió el móvil y avisó a Gwen, estimando un poco lo que iba a tardar en terminar allí, siendo tan pocos.

Debería de estar en el gimnasio todavía, así que tenía margen par avisarla con tiempo. Usó el WhatsApp en vez de llamarla, pues seguramente no se lo pudiese coger. Le avisó de que el Juglar había sido una locura, que no le daría tiempo de llegar antes a casa que ella y si en vez de cenar en casa, cenaban en el mexicano que tanto le gustaba a Gwendoline y así de paso la mimaba un poco con su gusto peculiar por lo excesivamente picante.

Se guardó entonces el móvil en el bolsillo delantero del delantal, acercándose a la puerta principal para girar el cartel de abierto por cerrado, así como echar el pestillo en la puerta. Se dio la vuelta y apoyó su espalda sobre ella, observando todo lo que tenía que recoger. Ojalá estar sola al completo para poder utilizar magia. Ahora mismo se arrepentía de no haber seguido el consejo de Gwendoline y decírselo a Santi con tal de poder utilizar su varita en ese momento.

Mia, ¿tú bien? —Preguntó Santi desde detrás de la barra. —Yo hacerme caca urgentemente. Yo sé tú quedar con Gwendoline, pero yo no poder aguantar. ¡Yo prometer ser raudo y veloz recogiendo! —Y salió corriendo de allí hacia el baño.

¡No te preocupes! —No quería ser la culpable de que el pobre hiciese sus necesidades con prisa. Ya había avisado a su novia, así que tenía tiempo. —Haga usted caca tranquilo.

¡Gracias! —Y se metió en el baño.

Sam no pudo evitar sonreír por la naturalidad que poseía Santi, que a veces era sencillamente envidiable. Aprovechó entonces que estaba sola para hacer uso de la magia, sobre todo en la parte exterior, que era en donde más cosas había que hacer. Luego en la cocina podía pasar el tiempo más rápido si ambos se ponían manos a la obra, pero el hecho de tener que estar para arriba y para abajo y limpiándolo todo…

Así que miró hacia la puerta del baño para cerciorarse de que estaba bien cerrada y sacó su varita del delantal, llevándose con ella dos paños y el limpiador. Con la varita hizo que todas las vajillas usadas volasen hasta la cocina y que los paños comenzasen a limpiar todas las mesas rápidamente, volando de un lado para otro. Subió las escaleras rápidamente, repitiendo el proceso allí encima. Era muy gracioso ver como todas las tazas, los platos y las cucharillas volaban desde aquel segundo piso hasta la cocina, colocándose todas ordenadamente sobre el lavamanos.

Unos cinco minutos después escuchó como Santi tiraba de la cadena, por lo que bajó rápidamente los escalones e hizo que los paños dejasen de limpiar, al menos los de abajo. Cuando escuchó que la puerta se abría, las prisas hicieron que se resbalase con uno de los últimos escalones y cayese de culo.

¡Mia! —dijo Santi, acercándose a ella. —¿Tú bien? ¡Menudo golpe!

Sam se había quedado sentada en el último escalón, sintiendo que el hueso de la ‘risa’ no daba tanta risa. Aún así se puso en pie y le quitó importancia, para entonces ver como Santi miraba toda la parte baja.

¿Yo cuánto estar haciendo caca? Pensé que yo ser rápido. ¡Tú sí que ser rápida! —dijo feliz, para entonces volver a la cocina. —Cuando tu terminar arriba ven a la cocina, yo empezar a limpiar allí. —Y se fue hacia allí. —¡Ah, no entres en el baño!

Al girarse y meterse en la cocina, fue cuando el paño del piso superior voló en dirección a Sam, estampándosele en la cara mientras ella se frotaba el hueso del culo con pesar. No entendía por qué lo llamaban el hueso de la risa, si no daba nada de risa.

En ese momento notó vibrar su teléfono móvil y lo cogió, viendo como Gwendoline le contestaba poco a poco a todo lo que le había dicho. Había que admitir que ya escribía UN POQUITO más rápido que en un principio y a Sam siempre le hacía gracia imaginarla con el pulgar super rápido apretando todas las letras, con lo fácil que era usar los dos. La morena le había dicho que iba a casa, se duchaba e iba al restaurante y al final ambas quedaron en estar allí en media horita, sobre las nueve en punto. Sam le respondió con un cerdito feliz y un corazón, para volver a guardárselo y corroborar que todo allí fuera estaba bien antes de entrar y enfrascarse en la labor de la cocina.

Caminó hacia la trastienda para cerciorarse y, por el camino, pasó por el baño. Tuvo que arrugar la nariz y retroceder un par de pasos.

¡Pero Santi! ¡Qué mal huele! —Gritó para que le escuchase.

¡Yo advertir, Mia! ¡Yo estar podrido por dentro! ¡Mi caca siempre huele mal! —Y Sam pudo escuchar perfectamente como el español se reía ampliamente. —¿Tu caca no oler mal? ¡¿Tú ser una princesa que se tira pedos con olor a fresa?!

Y para cuando dijo eso, Sam ya estaba en la puerta de la cocina, mirándole con divertido reproche.

Las mujeres no nos tiramos pedos. —Y le sacó la lengua, divertida.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Mayo 02, 2019 11:50 pm

En su interior, en aquellos momentos, no había sitio para otra emoción que no fuese la furia: ni miedo, ni lástima, ni compasión… sólo el deseo de acabar con aquel ser perverso que tanto daño había causado no sólo a sí misma, sino a lo más importante que tenía en su vida. Lo único que deseaba era verlo reducido a polvo, y que dicho polvo se lo llevase el viento.

Sin embargo, la rabia es una emoción perjudicial, una que puede llevarte a desatender aquello que te rodea… como quedó claro en el momento en que la estaca improvisada se detuvo en el aire, sin motivo aparente.

Cuando quiso darse cuenta, su arma dio la vuelta con la misma fuerza, en dirección a ella, y no tuvo más remedio que esquivarla, valiéndose de sus propios reflejos. Si aquello le hubiese golpeado, estaba segura, el enfrentamiento habría terminado.

Gwendoline se volvió entonces en dirección a las escaleras por las que subía el compañero del Crowley. El tal Ashworth estaba armado con una varita distinta a la que ella le había robado durante su anterior encuentro—supondría, después, que el fuego de la sala de calderas habría destruido dicha varita—, y en sus ojos se notaba la rabia que sentía hacia ella. Muy posiblemente no llevaría bien la humillación sufrida en el Hotel Gran Necrópolis, cuando lo había engañado para escapar de la habitación.

Un hechizo impactó contra ella y la hizo salir despedida, dando vueltas sobre sí misma. En su corto vuelo arrolló a Sam y ambas terminaron en el suelo, después de golpearse duramente contra una de las estanterías. Una lluvia de libros les cayó encima, y ambas se protegieron la cabeza como bien pudieron con los brazos.

Los ojos de Sam se encontraron con los suyos… y sólo entonces Gwendoline fue consciente de lo que había estado a punto de hacer. Sólo entonces logró ver a través de toda aquella rabia.

Por supuesto, no era el mejor momento para ello.

No hubo tiempo de disculpas, ni de decir la más mínima palabra. Ashworth reanudó el duelo arrojándoles una de las patas astilladas de la mesita rota. De no haber sido por Sam y su velocidad de reacción, dicha estaca habría atravesado la garganta de su novia, por lo que le dedicó una mirada a medio camino entre la perplejidad y el agradecimiento, la respiración entrecortada y el corazón acelerado en el pecho.

Se dijo a sí misma que no había tiempo para quedarse perpleja, y a la mínima que vio algo asomando a través del hueco entre las dos estanterías, lanzó un hechizo con intención de dejarlo inconsciente. En ese momento, bien podrían haber sido Santi o Luca, que habrían recibido dicho hechizo.

Pero no se trataba de Santi; tampoco se trataba de Luca: era Ashworth, y se había protegido efectivamente contra su hechizo. Y sin pensárselo demasiado, utilizó una cuerda mágica para arrojar a Gwendoline contra la misma mesa junto a la que había aterrizado al hacer su entrada en el Juglar Irlandés. No acabó sobre ella, sino que se golpeó contra las patas, haciéndose mucho daño en la espalda.

Se había mordido la lengua. No había notado el dolor debido a la adrenalina, pero lo notaba por la sangre que le llenaba la boca y le brotaba de la comisura de los labios.

—¿Sabes una cosa, traidora?—Dijo Ashworth mientras se le acercaba, y ella luchaba contra su propio cuerpo dolorido para ponerse en pie.—No llevo muy bien que me humillen. Te lo voy a hacer pagar.

Gwendoline le miró desde su posición, pero enseguida su atención se fijó en lo que estaba ocurriendo más allá del hombro del mortífago: Sam estaba en peligro.

Cegada ante todo lo demás, incluso ante el hombre que tenía cada vez más cerca, se incorporó hasta ponerse de rodillas y conjuró una llamarada mágica en dirección al Crowley. Ashworth se hizo a un lado de manera involuntaria, la bola de fuego pasó junto a él, y enseguida se puso a contraatacar. La morena no supo cuál fue el efecto de su hechizo, pues enseguida tuvo que protegerse de uno de los hechizos de Ashworth.

—Has fallado.—Le informó él con una petulante sonrisa en su rostro.

—Hablas demasiado.—Respondió ella, lanzándole un nuevo hechizo, agitando la varita de manera ascendente y aprovechando el impulso para ponerse en pie.

Comenzaron a intercambiar hechizos la una con el otro, quitándose y ganando terreno una y otra vez, y en un momento dado pareció que estaban en tablas. Aquel duelo era una prueba fehaciente de lo buen duelista que era su enemigo, pero también de lo mucho que ella había mejorado en los últimos meses.

En un momento dado, Gwendoline y Caiden se encontraron muy cerca el uno del otro, y justo cuando el mortífago iba a asestarle un hechizo, ella se valió de un Impetus Praesidio para desviar y sostener la mano de su varita alejada de ella. El mortífago, por su parte, lanzó su mano libre en dirección a su hombro, y ella logró bloquearlo colocando el débil antebrazo derecho. Sus rostros quedaron muy cerca, y se mantuvieron una mirada llena de sentimientos negativos, el uno hacia la otra.

Caiden sonrió de manera perversa.

—Vas a perder. Y cuando pierdas, llevaré tu cabeza y la de tu novia al Ministerio de Magia para cobrar una jugosa recompensa.—Se mofó.

Gwendoline sintió cómo la furia se adueñaba una vez más de ella. Jamás permitiría que esos salvajes volvieran a hacerle daño, y le daba igual lo que tuviera que hacerles. Fue tal esa rabia que sentía que la punta de su varita comenzó a emitir chispas eléctricas.

—¡No os permitiré que la toquéis!—Exclamó, y con esas palabras, liberó todo el poder mágico que tenía en un hechizo eléctrico.

Tal y lo cerca que estaban, un hechizo eléctrico era una malísima idea, pero a Gwendoline le dio exactamente lo mismo: conjuró un poderoso Fulmen Cruciatus que comenzó a electrocutarlos a ambos, la electricidad restallando como si de un cable de alta tensión partido se tratase. Ambos se sacudieron y gruñeron de dolor, y en un momento dado, la electricidad les envió a cada uno en dirección opuesta al otro.

Ashworth aterrizó un par de metros más atrás de rodillas; Gwendoline se detuvo al topar con la pared y el hueco de la ventana rota, a punto de caer a través de esta.

Seguía en pie, y no tenía pensado ceder terreno ahora, por mucho que le temblaran las piernas a causa de la descarga eléctrica. Echó el brazo izquierdo atrás y conjuró un poderoso Expulso, tan fuerte que cuando lo lanzó en dirección a Ashworth, el mortífago salió despedido contra las estanterías del fondo. Sonó un crujido de madera al partirse, y más libros cayeron sobre la cabeza de su enemigo.

Se adelantó unos cuantos pasos, dispuesta a terminar aquel duelo, cuando un sonido llamó su atención desde el piso inferior. Se detuvo y echó un vistazo, dándose cuenta de que Sam y Zed mantenían su pequeño enfrentamiento allí. Se sintió en la imperiosa necesidad de bajar a ayudarla.

Sin embargo, Ashworth se preparaba para su contraataque...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mayo 03, 2019 4:10 am

Entre el golpe que había recibido en la cabeza y la caída que le había destrozado por completo, el cuerpo de Samantha estaba tardando en reaccionar a sus movimientos. Era frustrante: sentía cómo su intención era clara y su cuerpo tardaba en procesar dicha información, siendo lenta y torpe. Había caído de espaldas contra aquella mesa y lo único que pudo hacer, de manera casi dolorida fue girar para caer hacia un lado, pues le era imposible incorporarse. No obstante, antes de que pudiera girar y caer al suelo, la mano de Zed se lo impidió.

En ese momento se sintió terriblemente perdida y es que no podía hacer absolutamente nada, pues Zed siempre estaba ahí. Se sentía impotente y es que siempre le habían dicho una y otra vez que sin varita en la mano uno se volvía inútil, predecible y una carga y, pese a eso, una había entrenado una y otra vez para tener conocimientos para defenderse cuerpo a cuerpo. Y después de todo lo que se había esforzado: ¿en serio la persona que quería matarla era un vampiro? ¿Un ser con fuerza y velocidad sobrehumanas? ¿El destino se había puesto de acuerdo en frustrar todos sus intentos por mejorar o es que estaba claro que el verdugo de su muerte tenía que ser Zed Crowley y después de aquel estrepitoso fallo había que equilibrar la balanza?

Es que en ese momento daba igual lo que pudiera hacer: volvía a estar en inferioridad de condiciones con respecto al mismo Crowley. La única diferencia es que hace un año y medio solo quería torturarla y ahora lo único que quería era matarla. Menuda gran diferencia.

El Crowley supo ver el estado de Samantha y como, tal y como estaba, no podía hacer absolutamente nada en contra de él. Una de las manos de Zed la sujetaba por el antebrazo fuertemente y Sam intentó golpearle con su mano libre, pero sólo sirvió para que Zed también la sujetase con fuerza. Sentía la fuerza de sus dedos presionar su piel.  

¿Ves cómo vuelves a ser la misma inútil que la otra vez? Los dos cambiamos desde aquel momento y, como siempre, sigo siendo superior a ti. —Soltó entonces sus manos, para empujarla a la altura del pecho.

El cuerpo de Sam cayó hacia atrás, chocando contra la silla que estaba detrás por lo que cayó encima de ella. Se movió como pudo en el suelo y, mientras intentaba incorporarse, vio las piernas de Zed rodear la mesa hacia ella. No le dio tiempo a ponerse en pie y lo primero que recibió fue una patada de puro desprecio y humillación en el vientre que le hizo perder de nuevo la compostura. Se quedó prácticamente sin aire y, cuando lo recuperó, sólo pudo toser una y otra vez mientras el vampiro le volvía a golpear. Y es que estaba en ese momento en el que Sam, indefensa, lo único que podía hacer era recibir, sin tener ni un segundo de descanso en el que poder pensar en lo que hacer. No podía ni defenderse, ni mucho menos huir a ninguna parte.

Zed entonces se agachó de cuclillas frente a Sam, sujetándola del pelo. La legeremante lo miró con asco durante unos segundos, deseando más que nunca que aquel despreciable ser muriese, cayendo de nuevo en esa terrible emoción de odio y rencor. Ni a ella, ni a él, les dio tiempo de decir nada, pues la mirada de Sam se enfocó más allá del vampiro: unos pies corrían hacia él.

Lo reconoció, por supuesto. Se trataba de las All Stars de Santi en compañía de esos vaqueros desgastados que siempre utilizaba.

No, Sant…

Y entonces escuchó como aquel cuchillo que había cogido de la cocina del Juglar Irlandés se le clavaba a Zed en la espalda. Lo siguiente que vio fue como Zed le soltaba y como, mientras se ponía en pie, golpeaba hacia atrás el mentón de Santi con su mano, haciendo volar al español hacia atrás justo por donde había venido. Chocó, de hecho, con la pared del fondo, pues voló hacia allí de manera violenta.

Todo casi que parecía que se movía a cámara de lenta y es que de repente, su varita caía frente a ella en el suelo. Supo perfectamente que se la había traído Santi, pese al peligro que corría. Estiró la mano para cogerla mientras veía como Zed se quitaba el cuchillo clavado en la espalda y, sin dudarlo ni un segundo, se disponía a tirarlo contra el muggle que había osado clavárselo. Sam lo vio, por lo que justo cuando lo lanzó, le movió la mano con la varita y la dirección del cuchillo cambió en el último momento. Otra cosa no, pero sabía que aquel cuchillo sólo iba a tener un propósito y era matar a Santi.

El muggle se encontraba recomponiéndose en el suelo, sentado contra la pared. El cuchillo no se le clavó en el pecho, como debería de haber sido por la puntería y fuerza de Zed, sino que lo hizo en el hombro, justo por debajo de la clavícula. Gritó de dolor, pero Sam quiso pensar que si gritaba es que al menos estaba vivo, por mucho que no le sirviese de mucho consuelo.

Cuando Zed vio eso volvió a por ella con toda su fuerza bruta por delante y quiso pegarle un gran pisotón en el pecho, pero Sam esta vez lo impidió. Inmovilizó aquel ataque y con ese mismo control de su cuerpo lo lanzó fuertemente contra la esquina. Y, después de todo ese tiempo en el suelo recibiendo, un chute de pura energía y adrenalina le hizo levantarse de allí con la varita en alto.

Y en ese momento no lo dudó ni un momento: conjuró un Lumos Solem que hizo que todo el Juglar Irlandés se viese consumido por una fuertísima luz solar. Sam había cerrado los ojos, pero cuando los volvió a abrir, Zed ya no estaba allí donde lo había visto, sino que estaba frente a ella.

Eso no sirve con este vampiro. —Sujetó su mano, desviando la dirección de la varita en un hechizo que terminó golpeando la puerta de la cocina.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 03, 2019 2:19 pm

En el piso inferior, las cosas iban muy mal. La morena apoyó ambas manos en la barandilla, justo a tiempo de ver cómo Santiago Marrero sufría el ataque de Zed Crowley, y por un momento se le detuvo el corazón: la imagen de su amigo, con un cuchillo de cocina incrustado en el hombro, le hizo esperar lo peor. Y el estado de Sam no es que fuese mucho mejor.

Sin embargo, no todo parecía estar perdido, pues casi al momento, la rubia logró defenderse de uno de los ataques de Zed por medio de la magia, para luego contraatacar enviándolo lejos de ella. Y cuando la varita de su novia comenzó a iluminarse, Gwendoline logró cerrar los ojos a tiempo, y cubrirse con el antebrazo derecho. También sintió en su interior una renovada sensación de victoria: una de las debilidades de los vampiros era la luz solar.

Sin embargo, cuando pudo ver de nuevo, Gwen fue recibida con la imagen de Zed Crowley vivo, de pie frente a ella, desviando uno de sus hechizos de un manotazo. ¿Cómo podía seguir vivo después de aquello?

Todo esto sucedió en un lapso de un minuto, aproximadamente, y solo entonces Gwendoline decidió ponerse en marcha para ayudarla. Se dispuso a echar a correr hacia el piso inferior, y fue entonces cuando Caiden Ashworth contraatacó.

Sintió el impacto de un hechizo sobre ella, y a pesar de que en apariencia estaba bien, se detuvo en seco. Y no, no lo estaba.

Una marca con forma de punción había aparecido en su chaqueta, a la altura del hombro izquierdo. No necesitaba retirarla para saber que había llegado más allá, perforándole la carne. Podía sentirlo, de la misma manera que sentía que algo corría por su venas. Algo muy malo, pues enseguida empezó a notar una gran debilidad en todo su cuerpo.

Se tambaleó, y tuvo que sujetarse a la barandilla. De lo contrario, se habría precipitado hacia el piso de abajo. Se le nubló la vista por un momento, pero enseguida pudo enfocar la figura de Ashworth, de nuevo de pie a un par de metros de ella. En su rostro, había una sonrisa petulante y satisfecha de sí mismo.

—¿Qué ocurre? Cualquiera diría que te ha mordido una serpiente.—Y sonrió mucho más ampliamente, deleitándose en lo que acababa de conseguir, fruto de un ataque a traición.

Bajo el cuello de la camiseta de Gwendoline comenzaron a asomar los signos de aquel envenenamiento mágico: sus venas se teñían poco a poco de color negro, su sangre transportando la ponzoña a través de su organismo.

Se sintió mareada una vez más, y no sólo eso: se sintió terriblemente impotente. ¿Era posible que, después de todo aquello, fuese a terminar muriendo de aquella manera tan agónica, sin siquiera poder evitar que a Sam le ocurriese lo mismo?

—Eres una maldita zorra.—Caiden escupió aquellas palabras con asco, acompañadas de un débil hechizo cuya única intención era dar un empujón a Gwendoline, haciéndola retroceder y trastabillar un par de pasos. Sus manos se separaron de la barandilla.—No sabes las ganas que tengo de separar esa cabecita tuya de tu cuerpo. ¡Oh, me lo voy a pasar muy bien, y encima me vas a hacer un poquito más rico!

Caiden se disponía a terminar con aquello. Alzó la varita por encima de su cabeza, y sobre ésta comenzó a formarse una estaca de hielo de unos treinta centímetros de largo. Gwendoline observó con consternación la afilada punta y los bordes irregulares del hielo, creyendo que esa sería la forma en que terminase todo.

—Te podría dejar morir envenenada, pero mira… ¡Mejor ser más directo!—Dijo el mortífago, lanzando la estaca en su dirección.

Sucedió entonces algo que Ashworth no se esperaba: Gwendoline, al límite de sus fuerzas, hizo uso de un hechizo que pocas personas sabían que conocía. Generó ante sí una invisible coraza mágica contra la que impactó, con un destello, la estaca de hielo de Ashworth. Y no sólo eso: la estaca rebotó, y al volver en dirección a su conjurador, lo hizo con el doble de potencia que con la que lo había lanzado.

Antes de ser atravesado en medio del pecho por su propio ataque, Caiden Ashworth sólo tuvo tiempo de abrir los ojos como platos y agitar un poco su varita, de manera inútil: su propia estalactita abrió un agujero en su pecho, asomando la punta ensangrentada por la espalda.

Se tambaleó unos cuantos pasos antes de terminar cayendo contra una de las estanterías. Quedó sentado, ambas piernas separadas, y soltó la varita. Dedicó sus últimos instantes de vida a contemplar la estaca con rostro desencajado, mientras sus manos hacían amago de asir el objeto que le estaba matando. No tuvo tiempo, y pronto ambos brazos cayeron extendidos a ambos lados de su cuerpo. Su barbilla se apoyó sobre su pecho, su boca ensangrentada y sus ojos abiertos, carentes de vida.

Gwendoline no dijo nada: privada de prácticamente toda su energía, terminó de rodillas en el suelo. Sus dedos aflojaron presión y soltaron la varita. Se llevó la mano vendada a la herida del hombro, de la cual brotaban venas negras, y cerró los ojos.

Se obligó a volver a abrirlos y echar un vistazo a lo que ocurría en la planta inferior. Y, casi sin fuerzas, tomó de nuevo su varita, obligó a sus piernas cansadas a poner su cuerpo en pie y, apoyándose en la barandilla, comenzó un débil avance en dirección a las escaleras.

No pensaba abandonar a la persona más importante de su mundo.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 04, 2019 2:55 am

Aquello fue tan rápido que ni permitió sorprenderse por el hecho de que la luz solar no le afectase. De repente las maneras de deshacerse de aquel vampiro se reducían y también parecía una fácil manera a la que acceder a esquivar el fuego y que éste no le hiciera daño.

Zed apretó fuertemente la muñeca de Sam para hacer que soltase la varita, que apuntaba hacia otra dirección, pero Samantha, con la mirada fija en los ojos de Zed, supo que no se iba a rendir. No se había rendido sin magia, no se iba a rendir con ella de su lado. Conjuró entonces de manera no verbal aquel famoso hechizo que la había dejado marcada de por vida y que al parecer a Zed, o al menos a un Zed de antaño, adoraba. Una cuerda flamígera comenzó a salir serpenteante de la varita y comenzó a rodear la mano de Sam y de Zed. Si bien a la rubia le estaba quemando, ¿sabéis quiénes les habían hecho una buena receptora del dolor? Precisamente fue Zed el primero en soltar a aquel agarre, asustado por el fuego de aquella cuerda.

Samantha podría haber hecho lo siguiente con ánimos de recordarle lo bonita que eran las ironías de la vida y como las tornas se daban la vuelta: ya no era Sam quién temía aquel látigo, pero no, solo lo hizo porque era consciente que aquel fuego haría retroceder a Zed y mantener las distancias con ella. Lo intentó golpear varias veces, pero en cierta ocasión el vampiro se arriesgó y puso el antebrazo justo por encima de él y la cuerda se enroscó alrededor de él. Mientras Zed se lo quitaba y le quedaban unas marcas terribles en su piel, Sam rompió la silla que tenía delante de un golpe mágico contra el suelo y varias estacas se formaron a partir de ello. Sam lanzó una contra Zed que se esquivó con facilidad, cayendo por detrás de él. Lanzó otra, pero Zed la sujetó con la mano antes de que impactase contra su pecho. Apretó la estaca y esta se partió por la mitad. Fue

La mirada que Zed le estaba lanzando a Sam era propia de un cazador que se estaba llegando a desesperar por no poder con su presa. El vampiro fue a dar un paso, pero esta vez fue Sam quien no le dejó hacerlo: si no funcionaban las estacas convencionales, las haría arder y luego se las tiraría. Una de ellas le rozó el brazo al vampiro y éste, frente a la lluvia, cogió una de las mesas para usarla de escudo. Sam atosigó al vampiro mientras éste se movía, escondiéndose detrás de la barra para proteger también sus piernas. Justo ahí fue cuando vio a Caiden en el piso de arriba conjurar esa pieza de hielo contra Gwen y se le heló el cuerpo entero cuando vio que se lo lanzaba. Sin embargo, vio como aquella lanza era rechazada por Gwendoline y se la devolvía a su conjurador. Se murió en el acto.

Había parado de lanzarle cosas a Zed tras ver aquello y el vampiro le lanzó la mesa con la que se estaba protegiendo, despertando a Sam de aquel momento. Logró parar a varios centímetros de ella, dejándola caer al suelo.

Cuando se quiso dar cuenta y volvió a mirar a Zed, se había hecho con algo muy fuerte en contra de Sam: Luca, que se encontraba en la cocina y, tras romper aquella puerta, la barrera de fuego se había visto inútil. Zed sujetaba a su padre por la cabeza, prometiendo partirle el cuello a aquel hombre si Sam no tiraba la varita. En ese momento fue cuando vio a Gwen cayéndose de culo en la parte alta de la escalera, visiblemente débil.

Zed se encontraba bajo el techo del segundo piso, resguardado a consciencia ahí para que Gwendoline—que no le había pasado desapercibida tampoco el sonido de su caída—pudiera acceder a él con su magia. Santi había desaparecido aparentemente del lugar, pues se había metido en el baño y estaba sentado en el suelo, viendo como se empapaba de sangre y pensando que se iba a morir.

Parece que la cosa se te ha torcido, ¿no?

Sí, parecía haberse torcido. Zed otra cosa no, pero sabía perfectamente lo que Samantha estaba dispuesta a dar por sus seres queridos y sabía que eran su debilidad. Luca estaba tenso y nervioso, casi temblando, pero era incapaz de decir nada. Había intentado quedarse quieto para no estorbar a su hija y finalmente había conseguido hacerlo igualmente. Zed, por su parte, si hubiera sido capaz de cansarse, lo estaría, sin embargo, se mostraba despeinado, con partes de sus ropas rotas y su partes de su piel al descubierto y con quemaduras que a simple vista parecían muy graves. Y su mirada hablaba por sí sola: estaba desesperado. Tenía ansias de sangre y lo iba a conseguir. Tenía a uno de sus seres queridos y lo iba a destrozar delante de ella.

—Despídete de papá.

Sam ni se lo pensó y actuó por pura inercia. Aquel ser tenía que morir; debía de morir. ¿O si no, cuántas veces iba a perseguirlas? Y no pensaba dejar que le hiciese nada a su padre.

Y entonces Luca lo sintió: no sintió como una fuerza sobrehumana le partía el cuello, sino como la punta de una estaca le chocaba contra su espalda, a la altura del corazón. Sam había conjurado una de las estacas que habían salido volando hacia atrás en su primer ataque, haciéndola volver y clavándosela a Zed por detrás, a la altura de en donde supuestamente estaba su corazón podrido de odio y sed de venganza. Los ojos del vampiro se abrieron de golpe y sus manos se quedaron sin fuerza. Utilizó su último movimiento para mirar hacia atrás esperando encontrar a alguien que le hubiera sorprendido, pero volvió a mirar a Samantha cuando vio que allí no había nadie más y había sido ella. Se cayó entonces al suelo, convirtiéndose totalmente en polvo y desapareciendo delante de ellos.

A Luca se le iba a salir el corazón por la boca de lo asustado que había estado, pero pese a todo, ese momento le había servido a Sam para que Zed bajase la guardia pensando que la tendría totalmente a su merced.

La rubia entonces intentó apoyarse en una de las mesas más cercanas, pero no calculó bien las distancias y no llegó a apoyarse, por lo que se cayó hacia ese lado, tropezándose con todo de manera muy torpe. Luca corrió hacia ella mientras que Sam intentaba ponerse en pie con la mirada fija en Gwendoline. Sabía que algo pasaba con ella porque jamás en la vida se hubiera quedado ahí con un Zed aquí abajo, además de que había terminado con la cabeza apoyada en la pared y los ojos casi cerrados, débil.

Estoy bien —le respondió a su padre, asegurándose de que él también lo estaba tras una ojeada. En realidad Sam no estaba bien, pero quería despreocupar a su padre pese a su aspecto e ir a donde estaba Gwen. —Vete a ver cómo está Santi: le han herido.

Y con la misma caminó hasta las escaleras, subiendo los peldaños hasta Gwendoline. No le había gustado nada de nada haberse tenido que separar de ella, pero debía de admitir que ahora mismo le recorría, pese al dolor que sentía en todo su cuerpo, una sensación de alivio: por estar ambas vivas después de haber tenido que luchar por separado. También le recorría una sensación bastante mala: estuvo a punto no solo de morir Santi, sino también su padre. No había ocurrido, pero ahora había en el irreconocible Juglar Irlandés un cadáver y lo que quedaba de un vampiro sanguinario.

Se puso lentamente de rodillas frente a ella y observó cómo el veneno subía por su cuello hacia su cabeza. Apartó la chaqueta y la camisa para observar como el punto de salida estaba negro y esparciéndose para todas direcciones, dispuesto a envenenar hasta el último resquicio de su organismo. Probablemente ya ni podría mover el brazo izquierdo. Sam conocía muy bien esa maldición y no precisamente porque la usase demasiado. Apuntó con su varita hacia la puerta del despacho de Alfred y ésta se abrió. La mochila de Sam levitó rápidamente hacia ellas al salir de allí.

Aguanta despierta, Gwen —le pidió, subiendo una de sus manos a la cabeza de su novia para despegarla de la pared e intentar espabilarla un poco.

Sam tenía un bezoar y la única manera de que fuera útil en aquel momento era que Gwen se lo comiera. Si caía inconsciente no iba a poder comérselo y Sam iba a tener que ‘perder tiempo’ para hacerlo de otra manera y, quizás, podría ser demasiado tarde.

Así que se apresuró en abrir su mochila y la puso boca abajo, sacando todo lo que había en el interior. Era extensible, por lo que cayeron un montón de cosas inútiles y otras tantas que si bien no lo eran, no era propio verlo en una mochila del día a día.

Me cago en la… —Maldijo por lo bajo porque no salía el dichoso bezoar por ningún lado. En cierta ocasión cayó una pequeña cajita verde y la cogió rápidamente. Al abrirla había en el interior un pequeño bezoar envuelto, por lo que le quitó el papel transparente sintiendo como sus manos temblaban, para entonces acercársela a la boca de Gwen. —Aquí está, cómetelo. Sabe horrible, pero tienes que comértelo. —Entonces soltó su bolso y se sentó al lado de ella en el escalón, abrazándola con una de sus manos mientras observaba cómo el veneno se ralentizaba en su propagación. Cuando vio aquello, pese a que tardaría un poco en sentirse mejor, se relajó. Suspiró y besó su cabeza un par de veces, de manera larga y pausada. —Ya está, te vas a poner bien —le susurró, apoyando su cabeza que no paraba de darle vueltas en la de ella.

Cerró entonces los ojos, intentando ubicar la procedencia de su dolor, pero no lo consiguió: le dolía todo horrores. Sin embargo y pese a eso, no sentía mucho. Se sentía en un estado preocupado, pero a la vez super frío. Creía que todavía no había procesado todo lo que había pasado.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mayo 04, 2019 2:47 pm

Toda distancia que Gwendoline pudo recorrer antes de desplomarse fue el pequeño trecho que la separaba de las escaleras, siempre sujeta a la barandilla con ambas manos y la varita precariamente sujeta en la mano izquierda.

Para cuando llegó allí, el entramado de venas ennegrecidas ocupaba la mitad izquierda de su rostro—y seguramente, gran parte del brazo y de su torso—y la palidez de su rostro era extrema. La vista se le nublaba, y sus piernas apenas la sostenían. De no haber sido porque su vida dependía de ello, realizar el Thalitus mientras sufría aquel envenenamiento habría sido una idea horrible.

Sus piernas le fallaron el mismo momento en que tuvieron que sostenerse por sí solas, sin la ayuda de la barandilla, y cayó literalmente de culo en lo alto de las escaleras, apoyada a la pared que tenía a su izquierda. Para entonces ya no sentía nada en el brazo afectado por el envenenamiento.

Zed Crowley, en el piso de abajo, había tomado como rehén a Luca Lehmann de una manera que Gwendoline no se explicaba—en aquel momento, había muchísimas cosas que no se explicaba—, pero no se paró a pensarlo: alzó, débilmente, la varita empuñada en su mano derecha. No fue lo más cómodo del mundo, debido a su debilidad y a la rígida venda que oprimía sus huesos.

Sin embargo, intentar algo en su estado sería poner en peligro a Luca: él y Zed estaban demasiado cerca, y su mirada se nublaba y oscurecía por momentos.

El tiempo comenzó a transcurrir en latidos, en parpadeos: la mirada de Gwendoline se oscurecía y aclaraba, y cada vez que esto ocurría, veía una cosa nueva que apenas tenía relación con la anterior. Un momento estaba viendo a Luca atrapado, al siguiente le veía de pie patidifuso y sin rastro de Zed, para luego ver el rostro de Sam muy cerca del suyo.

Lo siguiente que supo fue que Sam le ofrecía algo, y que escuchaba la palabra ‘bezoar’. Confiando totalmente en ella, aceptó lo que le ofrecía e hizo un gran esfuerzo para tragarlo. No resultó fácil, pero lo hizo.

Luego todo se fue volviendo negro.


***

Cuando volvió a abrir los ojos, Gwendoline no sabía cuánto tiempo había pasado, pero seguía recostada sobre el hombro de Sam, los brazos de su novia rodeándola de manera protectora. El Juglar Irlandés estaba hecho un desastre, lleno de pedazos de mobiliario rotos esparcidos por todas partes, y un montón de cenizas en el último lugar en que recordaba haber visto a Zed Crowley.

Abrió mucho los ojos de repente, sintiendo cómo se despertaba de repente, y miró todo a su alrededor como si buscase algo. Y es que buscaba algo.

—¿Santi? ¿Luca? ¿Dónde…?—Sus ojos se encontraron con los de Sam. Su novia no mostraba su mejor aspecto, su rostro lleno de pequeños arañazos, cortes y moretones fruto de la pelea con el Crowley. Y eso que todavía no había echado un vistazo a las feas quemaduras de su mano y antebrazo derechos.—¿Están bien? ¿Estás tú bien? ¿Y Crowley…?

Pese a lo desorientada que estaba, estaba visiblemente mejor: el entramado de venas negras había comenzado un lento retroceso en dirección a su punto de origen, y su rostro ya mostraba un aspecto normal, siendo su cuello la única parte de su cuerpo a la vista que presentaba dicha anomalía. También había recuperado un poco el color, aunque seguía terriblemente cansada. Efectos nocivos de utilizar el Thalitus.

Thalitus, pensó repentinamente, echando un vistazo por encima del hombro de Sam para localizar el cuerpo sin vida de Ashworth. Un mago cuyo nombre de pila no había llegado a conocer, y al cual había tenido que matar en defensa propia. Porque sí, lo sabía: se había limitado a utilizar un hechizo defensivo, el más poderoso que conocía, pero igualmente lo había hecho sabiendo lo que ocurriría.

—Yo...—Dijo en un jadeo, sin poder apartar la vista del cuerpo sentado contra la estantería. El arma homicida de hielo había comenzado a derretirse. Pronto no quedaría nada de ella.—No quería hacerlo. No tuve más remedio. Pero te prometo que no quería hacerlo...

No iba a ser tan hipócrita de quitarse de encima toda responsabilidad: a su juicio, lo había matado ella. Y no solo eso: había que recordar que, cuando había llegado al Juglar Irlandés, había atacado a Zed Crowley llena de un odio furibundo, deseando únicamente causarle la muerte que se merecía.

Sintió una terrible desazón, llegando a la misma conclusión que su abuela: a veces era imposible evitar una muerte. A veces era, incluso… necesaria.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Mayo 05, 2019 3:50 am

En aquella posición, a la espera de que Gwendoline volviese de sí y mientras estaba perdiendo todas las energías, estaba sintiendo como su cuerpo también se quedaba sin ganas de aguantar tanto el dolor. Fue entonces cuando se dio cuenta de todo lo que le ocurría. Se miró el antebrazo derecho en donde había marcas de quemaduras no demasiado graves, pues por suerte el hecho de que Zed hubiese soltado rápido había hecho que ella tampoco tuviese que sufrir demasiado a la exposición del fuego. Eso sí, las quemaduras, fuesen graves o no, dolían horrores. Se llevó la mano entonces a la frente en donde sentía las pulsaciones como si ahí tuviese el corazón, tocando con las yemas de sus dedos una raja justo encima de su ceja que manchó su dedo de sangre que estaba intentando coagularse. Era la herida que había provocado que tuviese esa parte de la cara con tanta sangre.

Sam —llamó Luca en voz baja desde la planta baja, aún muy impresionado por todo lo que había ocurrido. No sabía ni qué hacer, o qué decir. —Santi se quitó el cuchillo y ha perdido mucha sangre. Está inconsciente, pero está bien. Va a necesitar ayuda, eso sí. He intentado parar la hemorragia, así que voy a asegurarme de que pare bien.

Gracias papá —le respondió muy suavemente, sin tampoco saber muy bien como afrontar eso con su padre ahí después de que lo hubiese visto todo. —Ahora voy.

Luca volvió en dirección al baño y Sam continuó allí, abrazando a Gwen a la espera de que se despertase. También estaba allí porque necesitaba un abrazo. En ese momento se preguntaba que por qué no podía pasar toda su vida abrazando a Gwen y ya está. Esa era la sensación que merecía repetirse hasta la saciedad y no otra. Y necesitaba ese abrazo porque había pasado miedo: no solo por ella, sino por Gwen, por Luca y por Santi.

Fue cuando Gwendoline se movió, volviendo de sí, que ella también se movió un poco y notó que le dolía LA VIDA ENTERA. No pudo evitar mostrar una mueca irónica de que le doliese hasta el meñique. Era exagerar, por supuesto, no le dolía el meñique, pero todo el tronco sentía que lo tenía entumecido, sobre todo la espalda. Escuchó sus preguntas preocupadas, una tras otras y Sam se limitó a asentir todo el rato, hasta que al final terminó de hablar. Contestó por orden y con una tranquilidad inesperada.

Santi necesita un médico: ha perdido mucha sangre, pero está bien. Mi padre está bien. Quizás traumatizado... pero físicamente está bien —le respondió y, pese a que quiso sonar con humor, sonó bastante apagada. No le gustaba ni un pelo que su padre hubiera tenido que vivir eso. —Yo estoy bien, con un par de rasguños. —Se encogió de hombros y puso un gesto dolorido tras ese movimiento. Se estaba haciendo la fuerte, obviamente.

Estaba viva. Gwendoline estaba viva, Luca estaba vivo y Santi iba a tener drama para lo que quedaba del dos mil diecinueve. La verdad es que ahora mismo le daba muy igual su estado físico, pues eso tarde o temprano se terminaría arreglando.

Y Zed está muerto —añadió entonces, de manera impasible.

Gwendoline comenzó a justificar lo que había hecho, pero sinceramente, a Sam no tenía que convencerla de nada. Antes al subir las escaleras había visto el cuerpo de Ashworth, por no hablar de que había visto lo que había pasado perfectamente desde el piso inferior. Pero vamos, una cosa estaba clara: Zed y Caiden habían ido allí con intenciones de llevarse con ellos más de un cadáver. Si ellos no se merecían morir, no sabía quién sí que lo merecía.

Gwen —le dijo entonces, apoyando su frente en la de ella y cerrando los ojos. —Todo esto es una mierda. Matar siempre estará mal, pero eras tú o él. —Lo único injusto de todo esto es que tuvieras que hacer algo que desprecias sólo por sobrevivir.

Al menos Sam no se arrepentía de haber matado a Zed, pero tampoco se sentía orgullosa. No sentía alivio, placer o felicidad... pero no se arrepentía. De todas las personas que habían en el planeta, no se imaginaba a otra persona que se mereciese más el honor de ser asesinado por ella. No sólo fue el causante de la peor experiencia de su vida, sino que había ido a por Gwendoline y había vuelto a rematar la faena poniendo en peligro a su amigo y a su padre. Bastante mierda había traído a la vida de Sam y, afortunadamente, pocas cosas había conseguido arrebatarle. Pero lo que no iba a hacer era dejar con vida a alguien que quiere hundirle en la miseria y que había estado a punto de matar a su padre.

Yo no quiero morir —le susurró, abriendo entonces los ojos. Parecía una declaración obvia, pero hubo mucho tiempo en el que morir parecía un regalo, así que no era para nada obvia. —No quiero que otras personas mueran por mí. Y te juro que lo último que quiero es perderte a ti. No hemos pedido nada de esto, pero tampoco podemos ignorar lo que nos puede pasar por nuestra moralidad que, en este mundo, importa una mierda. Si para sobrevivir tenemos que ser las responsables de una muerte, pues… —Tragó saliva y bajó la mirada. —Pues lo seremos, porque… estoy harta de dudar y de perder.

Ya habían sido la responsables de la muerte de Hemsley por defender sus vidas. Sólo había que añadir un Ashworth y un Crowley. Y no, aunque lo pareciese no se lo estaba tomando con una filosofía envidiable. La verdad es que Sam era consciente de que esas cosas la podían hundir y no quería hundirse. No se lo merecía. Estaba siendo fuerte a propósito aunque no lo fuera ni un poquito.

O lo hacías tú, o lo hacía él. Y menos mal que has sido tú... —Declaró abiertamente, suspirando. —Así que no pasa nada...

¿Y que más da si querías o no matarlos? Están las muertes por accidente, pero claramente ninguna de éstas lo habían sido. ¿Qué iban a hacer? ¿Deshacerse de ellos siempre de manera no violenta a la espera de que se cansasen o que terminasen acertando? ¿Controlar tus golpes aunque tus seres queridos estén en peligros? Sam se se quería convencer de que todo estaba bien. O al menos es lo que pretendía.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Mayo 05, 2019 11:58 pm

El saber que los dos muggles que habían tenido la mala fortuna de estar presentes durante aquella locura habían salido con vida de ello la hizo sentirse tan aliviada que, en ese mismo momento, bien podría haber cerrado los ojos y haberse rendido a las exigencias de su maltrecho cuerpo.

Sin embargo, había muchas otras cosas de las que preocuparse. Cosas que seguramente les quitarían el sueño más de una noche a ambas en el futuro: Zed Crowley, el monstruo dentro del armario que tantas veces había salido de éste junto a sus dos hermanos para darse un paseo por las pesadillas de Sam, había muerto. No era más que un montón de cenizas en el suelo del Juglar Irlandés.

Casi resultaba imposible de creer, como una de esas historias de fantasmas que se contaban en Internet, pero siendo justos, ya resultaba casi imposible creer que el Crowley hubiese vuelto de la tumba casi dos años después.

No me siento mal por ello, se dijo a sí misma después de una breve introspección. Y es que, por mucho que lo intentase, no había manera de humanizar a semejante ser. No había sido un ser humano en vida, y menos lo iba a ser tras su regreso de entre los muertos. Por lo que a Gwendoline respectaba, el menor de los Crowley había recibido simple y llanamente aquello que se merecía.

No dijo nada, a pesar de esto. Simplemente dedicó a su novia una significativa mirada—cansada, eso sí—en la que la rubia no encontraría nada más que un férreo apoyo.

Y llegó el momento en que la morena fijó la mirada sobre el cadáver de Caiden Ashworth, el inesperado aliado de Zed Crowley que había tenido la mala fortuna de subestimar las habilidades de Gwendoline Edevane… y de meterse con las brujas equivocadas, también. Una vez más, la morena no se sentía mal por su muerte en sí, y le preocupaba mucho más lo que Samantha pudiera pensar de ella, cómo pudiera verla a partir de ese momento. Y era cierto que en ningún momento había tenido la más mínima intención de saldar aquel duelo con una muerte… pero viendo lo que pretendía Ashworth y el estado en que ella misma se encontraba, no había visto otra opción para salir con vida.

Sam apoyó su frente en la de ella y cerró los ojos. A Gwendoline no le costó mucho hacer lo mismo, mientras escuchaba sus palabras.

—Sé que nunca has querido esto...—Le dijo con mucha suavidad, los ojos todavía cerrados y la frente apoyada en la de ella. A pesar de su aspecto, estaba todavía despierta.—Los problemas no hacen más que buscarnos, y juraría que cuantas más precauciones tomamos, más fácil parece que lo tienen para encontrarnos.—Aquello le parecía la más terrible de las injusticias: aquella gente, con o sin motivos, se presentaba en su puerta y las forzaba a librar una batalla que no querían librar, a convertirse en algo que no querían ser. Y por muy justificado que estuviese, allí estaban ellas dos, sus manos manchadas de sangre.—Sé que nunca has querido tener que hacer algo así y… lo único que puedo prometerte es que tendré más cuidado de ahora en adelante.—Abrió los ojos, aunque no miraba nada en concreto: estaba pensativa.—Pero quiero que tengas claro que… me alegra que sean ellos dos los que han muerto, y no ninguno de nosotros.

Se refería también a Santi y a Luca, quienes se habían visto involucrados en algo que no les incumbía porque aquellos dos habían querido hacer mucho daño a una persona que, para empezar, jamás les había hecho nada. Habían empezado ellos…

—Quería vengarse de ti.—Dijo entonces, recordando las palabras de Crowley en el Hotel Gran Necrópolis.—En su retorcida mente, la muerte de sus hermanos era responsabilidad tuya, cuando toda esta maldita historia la empezaron ellos. Y mira dónde les ha llevado...—Sebastian había sido el primero, y luego ellos dos, Vladimir y Zed. Ellos se habían buscado aquello.—La venganza es una mierda.

No solía utilizar palabras malsonantes, pero aquella se le escapó sin querer. Y diciéndola, dejó claro que también se refería a sí misma: había iniciado un enfrentamiento con Zed Crowley en base a la venganza, y había sido el mismo motivo el que la había llevado a conjurar la maldición asesina contra él en el hotel.

Y sí, sabía que Crowley y ella no tenían nada en común… pero tomarse una venganza, por muy justificada que pueda parecer, era algo horrible. Ahora lo comprendía. Y sabía que viviría el resto de su vida en base a aquella lección.

—Hay que curar a Santi.—Dijo entonces, haciendo un esfuerzo para levantarse que fue muy bien… más o menos hasta que su trasero se separó unos cinco centímetros del suelo, momento en el cual volvió a caerse de golpe.

Su cuerpo no iba a colaborar, estaba claro.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mayo 08, 2019 12:46 am

¡Claro que nunca había querido eso! Ella siempre esperó que desde que Sebastian Crowley se hubiese ido de su vida, ella poder ser libre al menos en toma de decisiones y no tener que lidiar con nadie más de esa familia. Pero no. De verdad que después de más de un año, parecía una enfermedad que no se curaba nunca. Ahora… ¿podían volver a respirar tranquilas o iba a venir otro más? ¿Qué sería lo próximo que les iba a amenazar con la muerte?

Lo único que quería era tener una vida normal y en una vida normal nadie te persigue para matarte ni a ti ni a tus seres queridos.

Yo también. —Las dos eran personas muy cuidadosas, pero era verdad que en muchas ocasiones una se olvidaba de lo que había ahí fuera y, acostumbrándose a una normalidad a la que no podía acostumbrarse, se le olvidaban los problemas. Sam también abrió los ojos y miró a los suyos, bajando sus manos hacia las suyas para entrelazar sus dedos con suavidad, entonces suspiró. Ella también se alegraba de que haber sacado agallas, pese a negarse durante tanto tiempo. No iba a permitir que ninguno de sus seres queridos muriese, eso sí lo tenía claro. —No me gusta nada de esto. Al principio estaba horrorizada porque eran dos y mi padre y Santi estaban en peligro. Y luego llegaste tú, éramos dos y cuando nos separaron estaba horrorizada por lo que podría pasarte. No estoy hecha para estas cosas… —confesó, llevándose una de las manos al rostro. Había quién se sentía bien con la adrenalina y la sensación de peligro, pero Sam lo pasaba fatal porque solo podía pensar en la muerte, tanto de ella como del resto.

Definitivamente la lógica de los Crowley era totalmente conveniente para lo egocéntricos que eran cada uno de ellos. Era de ser cobarde y de no saber aceptar la derrota el culpar a Samantha, que siempre había sido la víctima de todo eso y solo intentaba sobrevivir. Sam soltó lo más parecido a un bufido, pues no le sorprendía en absoluto.

Tenían que culpar a alguien —respondió. —Y yo era la más fácil a la que culpar: ¿una hija de muggles que llevaba años con lealtad inquebrantable con su hermano mayor y cuyo fin estaba cerca? —Que eso no quitaba que los tres fuesen unos idiotas: en especial Vladimir y Zed que habían evidenciado que el poder y la confianza eran sus peores virtudes, pues los había llevado a ‘la muerte’. Sebastian, por mucho que fuese un asqueroso y un ser despreciable, había sabido jugar bien sus cartas con Sam. Había sido suerte que Caroline se diese cuenta de todo eso antes de que hubiese sido demasiado tarde. —Pero era una venganza vacía. Todas las venganzas lo son.

¿De verdad alguien creía que una venganza te iba a hacer sentir bien? Lo único que conseguías era caer en la satisfactoria tentación de matar a quién odias. Pero ni matar ni odiar eran cosas que te llevasen precisamente a la paz.

Gwendoline se fue a poner en pie diciendo que había que curar a Santi, pero estaba claro que no estaba por la labor de ser la sanadora de nadie, sino de descansar. Sam entonces miró a todo su alrededor que estaba destrozado y no supo muy bien como, en su estado, iban a arreglar todo aquello antes de que Alfred y Erika llegasen a la mañana siguiente. Y no quería ni pensar en cómo lidiar con ese problema con ellos... Por no hablar, claro, del cadáver que estaba allí encima y del que tendría que deshacerse de alguna manera… De nuevo sintió esos nervios y preocupación. Acababan de sobrevivir por los pelos a un claro intento de asesinato y todavía tenían que preocuparse de arreglar los desperfectos, dar explicaciones y deshacerse de un maldito cadáver.

Le puso la mano en el muslo, para avisarla y que no tuviera prisa.

Llamaré a Caroline y Laith —le dijo. —Tú también necesitas un sanador y… como no tengamos ayuda no sé cómo voy a dejar el Juglar presentable para mañana antes de que lleguen Alfred y Erika… —Se veía preocupada, porque si ya tenía que lidiar con los problemas mágicos, cuando éstos se combinaban con los muggles había doble de trabajo. Y ahora mismo Sam lo último que quería era estar ahí, pues se sentía derrotada. —Tú… ¿puedes llamar a Dog para…? —Desvió la mirada hacia Caiden. La verdad es que decir en voz alta ‘deshacerse del cadáver’ le sonaba muy mal e impropio de una conversación entre ellas.

Ayudó a Gwendoline a ponerse en pie y ella ayudó a Sam a ponerse también en pie, con ayuda de la barandilla que, milagrosamente, no se había roto. Hizo venir su móvil de entre todas las cosas que había tirado de la mochila y marcó el número de Laith directamente, llevándose el móvil a la oreja mientras bajaba las escaleras lentamente y se sujetaba con su mano libre para no caerse. Se sentía muy mareada y notaba tirones bastantes dolorosos en muchas partes de su cuerpo.

¿Laith? —Su amigo le había cogido la llamada al tercer toque. —Necesito tu ayuda…

Pese a que odiaba pedir ayuda, debía de admitir que se alegraba de tener personas con las que poder contar. Al parecer no estaba trabajando, por lo que tras contarle resumidamente lo ocurrido, le cortó tras que le dijera que estaría ahí cuanto antes.

Cuando cortó, Gwendoline se había ido a donde estaba Santiago, mientras que Luca se estaba acercando a Sam lentamente mientras ella se apoyaba contra la pared y se miraba la mano que, pese a no ser nada grave, le escocía.

Cariño —la llamó Luca una vez a su lado.

Estás asustado —le dijo al reconocer ese matiz en su voz.

Claro que estoy asustado, ¿sabes lo que es para un padre que tu hija te encierre y se ponga a pelear a muerte contra dos personas? No tengo ni idea de lo que ha pasado aquí, pero lo estaba pasando mal por ti —le confesó, asustado de verdad.  

Un vampiro quería vengarse de mí porque cree que maté a su hermano —le resumió la historia de manera muy resumida.

¿Y lo hiciste…? —Todavía sonaba asustado porque él no conocía la parte mala y oscura de la magia. Era la primera vez que veía algo así: usar algo tan precioso, como él lo consideraba, con tanta maldad y violencia.

No, papá, no lo hice —le respondió, soltando aire por la nariz. —Lo hizo Caroline para salvarme la vida, lo que ese tipo no sabía que fue ella. —Luca no se imaginaba que hubiese pasado nada de eso en la vida de su hija, ni mucho menos que la muerte hubiese estado presente en ella. —No sabes muchas cosas de mi pasado porque no he querido contártelo.

¿Y todo esto es porque eres hija de muggles? ¿Porque el gobierno te persigue?

Ojalá ese hubiera sido mi único problema siempre —le reconoció con ironía, sonriéndole muy levemente. Alzó una de sus manos entonces, para que su padre le diese un abrazo. Con muchísimo cuidado Luca rodeó el cuello de su hija y Sam su torso. La chica sabía que su padre no insistiría en saber más y que esperaría, pacientemente, hasta el momento en el que Sam quisiera contarle las cosas. —Siento haberte metido en todo esto.

Habló con la cabeza apoyada en su hombro, a lo que Luca acarició su pelo.

Prefiero estar contigo siempre, incluso en las malas, que sólo a tu lado en las buenas. Recuérdalo siempre. —Le recordó, para entonces añadir: —Estoy muy orgulloso de ti. De todo lo que has crecido, cómo has sobrevivido y lo fuerte que eres. —Se separó entonces de ella, para mirarla a los ojos. —Te miro y veo a una mujer fuerte, capaz de pasar por encima todo lo que se le ponga por delante.

No me gusta que estés orgulloso de mí después de haber hecho lo que hice.

¿Salvarnos la vida? —preguntó.

Sam entonces se emocionó un poco y volvió a abrazarlo, pegando su cabeza en su hombro y prácticamente apoyándose en él por completo. No sabía qué clase de poder tenían los padres, pero cuando uno te abrazaba, daba igual la situación y el momento, que te sentías a salvo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Miér Mayo 08, 2019 1:37 am

Había una forma para pasar el tiempo cuando no tenía trabajo, y Laith sabía aprovecharlo bien. Tenía un trabajo estresante y una vida estresante, sin ánimo de victimizarse: ser suicida a medio tiempo no era precisamente un paseo a través del parque, pero por suerte se habían inventado formas de liberar las tensiones.

No era el romance lo que lo tenía en la cama, una cama desconocida, besándose con un hombre con quien llevaba unos días hablando pero que todavía, hasta esa noche, no había sucedido nada particular. Esa noche estaba prometiendo mucho, lo sabían por la forma en que las chaquetas cayeron al suelo y el resto de la ropa se pronosticaba que acabase donde mismo.

Una llamada amenazó con romper el ambiente, pero Chris no respondió a ello. Era el teléfono de Laith, quien se estiró para alcanzar el aparato en la mesita de noche. Miró el nombre y por un segundo pensó en no contestar, pero un presentimiento le dijo todo lo contrario.

¿Hola? —respondió, Chris recorriéndole el cuello, esmerándose en borrarle el tatuaje del loto a besos y jugueteando para quitarle el teléfono.

“Necesito tu ayuda”, le dijo, y Laith estaba seguro que era importante que atendiera. Poniendo una mano entre él y su amante de esa noche, le apartó con suavidad para poder incorporarse y prestar la atención que esa llamada necesitaba.

¿Dónde estás? —le preguntó, acomodándose la camiseta y tomaba su chaqueta del suelo. No le hizo falta más que saber una localización antes de colgar y mirar a Chris, cuyo rostro mostraba que no estaba contento. — Lo siento, tengo que irme.

Siento que perseguirte para que salgas conmigo es una carrera en sí misma —el hombre se cruzó de brazos, sentándose en la cama y bufando.

Laith sonrió. — Lo compensaré, lo prometo —le robó un beso antes de aparecerse en su propio departamento.

Odió la vida, sí, porque detestaba aparecerse, pero ese no era momento de remilgos. En cuanto recuperó el aliento, tomó su maletín y miró en el interior. Tenía un surtido de pociones y cosas para servir en primeros auxilios, tanto mágicas como nomaj, porque asumía que para eso lo estaba necesitando. No se dio ni siquiera tiempo a cambiarse a una camiseta que no oliese a colonia de hombre que evidentemente no era la suya, quedándose con una color verde oscuro, con su chaqueta de cuero y unos jeans gris oscuro. En cuanto estuvo listo, volvió a aparecerse en los alrededores del Juglar Irlandés.

Se recargó en una pared para recuperar el aliento, cosa que le costó más que la primera vez tomando en consideración que no se había recuperado por completo antes de volver a aparecerse. Colocó su antebrazo a la altura de su estómago y apretó intentando mitigar las ganas de vomitar, con inhalaciones y exhalaciones profundas, hasta el momento en que se sintió con suficiente fuerza para poder caminar.

Nada más cruzó la puerta, se sorprendió a sí mismo por la cantidad de destrucción que había. Era cliente de aquel lugar, y por eso es que le impactó ver las mesas por doquier, vidrios rotos e incluso la propia infraestructura del lugar lastimada.

Hizo un gran acopio de fuerza para limitar sus propias emociones y poner la mente en el juego, sabiendo que ya habría luego tiempo de preguntas y preocupaciones. Encontrar a Samantha no fue difícil, hecha un cuadro lleno de sangre, haciendo que Laith por poco perdiese los papeles, pero por suerte no sucedió.

¿Quién es quien está más grave? —fue lo primero que preguntó, antes de saludos o preguntas que no venían al caso.

Había más personas, podía decirlo no sólo por el hombre que se encontraba ahí, sino por una cuantiosa cantidad de sangre que no provenía sólo de ellos dos. Tenía que ordenar prioridades para que todos consiguieran la atención que sus heridas ameritaban.
Laith Gauthier
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 08, 2019 11:12 pm

Sam aseguraba que no estaba hecha para aquellas cosas, y cuanto más tiempo pasaba, más se convencía Gwendoline de que ella tampoco: no se olvidaba de por quién luchaba, o por qué luchaba, pero a veces se dejaba llevar demasiado por el odio, por la oscuridad que habitaba en su interior. El odio que había sentido hacia los Crowley no lo había sentido hacia nadie más, ni siquiera hacia Artemis Hemsley.

Tenía mucho que pulir en ese aspecto, y esperaba que con la muerte de Zed Crowley, todo aquel odio se desvaneciese por fin. A fin de cuentas, el odio eran tan venenoso como el hechizo que Ashworth le había lanzado en sus últimos minutos de vida.

—Yo tampoco estoy hecha para esto.—Le dijo con total sinceridad. Y es que, en días venideros, cuando no estuviese arrepintiéndose de haber matado en defensa propia al mortífago, Gwendoline también se preguntaría cómo demonios había conseguido sobrevivir a aquello.

Gran parte del mérito lo merecía Drake Ulrich, quien la había entrenado e instruido en el uso de aquellos hechizos que tanto la habían ayudado.

Con respecto a la patética justificación de Zed Crowley para hacer lo que había intentado hacer aquella noche, Gwendoline estaba segura de que en su retorcida cabeza existía algún tipo de lógica para sus acciones. Supuso que, si el vampiro hubiese intentado asumir su responsabilidad en todo aquello, se habría vuelto loco. A fin de cuentas, acabaría por comprender que nada de aquello era culpa de la persona a la que intentaba matar, sino única y exclusivamente suya y de sus hermanos. Y como había dicho alguien en alguna ocasión, a nadie le gustaba sentir que era el malo de la película.

Sin embargo, para hacer semejante introspección, una persona debía tener conciencia, y claro estaba que los Crowley no la habían tenido en ningún momento.

—Espero que, a donde sea que vaya, encuentre algún tipo de paz interior, si es que eso es posible para alguien así.—Gwendoline no creía en el cielo o en el infierno, o por lo menos no el la versión que promovía la iglesia, pero tenía sus teorías con respecto a lo que ocurría tras la muerte, sobre todo en base a su experiencia con los fantasmas de Hogwarts. Y como dudaba que existiera en el mundo ese lugar de fuego eterno y condenación, así como el paraíso, por lo menos esperaba que a Zed, tras su muerte, lo esperase la nada. El sueño eterno.—Y pensar que ha tirado su vida a la basura dos veces...—Negó débilmente con la cabeza, pensando en lo absurdo que sonaba aquello: muerto en vida por perseguir una venganza absurda, y muerto en su segunda vida por ser incapaz de dejar marchar aquello. Ciertamente, Zed Crowley era un personaje patético que inspiraba más pena que odio.

Cuando hizo un intento bastante fallido de ponerse en pie, todo ello con intención de ayudar a Santiago Marrero con esa herida que le había hecho Zed Crowley, su cuerpo dijo que no: no estaba en condiciones de moverse, y solo entonces fue consciente de las implicaciones de utilizar aquel hechizo.

Como no podían ir a ningún lado sin un sanador, e ir a San Mungo estaba totalmente descartado, Sam se ofreció a llamar a Laith. A Gwendoline le pareció buena idea, de la misma manera que avisar a Douglas Dagon para que se encargase del cuerpo de Caiden Ashworth. Se sentía un poco mal pidiendo al joven que les ayudara tantas veces, pero teniendo en cuenta que las cicatrices del rostro de Savannah eran prácticamente un mal recuerdo gracias a la invención de Gwendoline, el joven parecía sentirse en deuda con ellas.

—De acuerdo, yo me encargo de llamarle.—Y con aquellas palabras, se dejó llevar al baño, donde Santiago Marrero permanecía inconsciente por la pérdida de sangre sufrida.


***

Tras aplicar un vendaje rudimentario sobre la herida con un trapo de cocina y unos pedazos de cinta aislante que Luca le había traído, Gwendoline permanecía sentada en el cuarto de baño, la espalda pegada a la pared y la cabeza de Santi en su regazo. El español seguía inconsciente para entonces, por lo que la morena aprovechó para llamar por teléfono a Douglas.

El joven respondió aproximadamente al quinto tono, su voz un tanto somnolienta.

Tía, ya sé que no es tarde, pero tampoco es temprano. Algunos tenemos que madrugar para estudiar, ¿sabes?Dijo el joven, que a fin de cuentas era universitario.

—Lo siento. Es que hemos tenido una noche movidita.—Dijo Gwendoline mientras se frotaba con los dedos índice y pulgar el puente de la nariz. Un leve dolor de cabeza la avisaba de que, posiblemente, tendría una migraña esa noche.

¿Movidita en plan mal?Preguntó el chico, a lo que Gwendoline respondió que sí.No es que no os agradezca un montón de cosas, pero de vez en cuando también podríais llamarme para tomar un simple café...

—Creo que la cafetera no ha sufrido daños, así que podremos invitarte a uno.—Dijo Gwendoline con una débil sonrisa, dejando un tanto patidifuso a Dog, que requería una explicación más extensa de todo aquello.—Verás...

Se lo contó todo, y Dog escuchó. Para cuando volvió a hablar, el joven estaba totalmente despierto, y tras compartir su sorpresa con ella, aseguró que estaría allí lo más rápido posible. Antes de colgar, el joven tuvo la consideración de hacer una pregunta que, en lo personal, Gwendoline le agradecía mucho.

¿Y vosotras estáis bien?A lo que Gwendoline respondió afirmativamente, diciéndole que no se preocupase. Sabía que habían empezado con mal pie con ese chico, pero con el paso de los meses había probado ser alguien de buen corazón, generoso, y leal. Digno ex-miembro de la casa Hufflepuff.

Cuando Gwendoline colgó el teléfono y lo dejó en el suelo, junto a ella, Santi tardó apenas medio minuto en despertarse. Estaba pálido, pero por cómo miraba alrededor y se movía, estaba claro que estaba bien. Con atención médica y cuidados, se pondría muy bien. Era lo bueno de las heridas de cuchillo en un hombro: muy dolorosas, muy impresionantes, pero generalmente no eran letales.

—¿Yo morirme y estar en cielo? Porque yo no imaginarte a ti sujetando mi cabeza de esta manera.—Le dijo el español, esbozando pese a todo una leve sonrisa en sus labios.

—No, lo siento: por desgracia para ti, sigues vivo.—Le respondió la morena.—Y no te acostumbres: si estás así es porque has sido un héroe intentando salvarnos la vida, y te mereces un agradecimiento.—Bromeó, curvando los labios en una sonrisa divertida, que Santi correspondió antes de volver a ponerse serio.

—¿Qué era eso? Ese tío que me pegó. Tenía mucha fuerza y me mandó contra la pared.—A pesar de lo notablemente cansado que estaba, todavía se podía intuir un rastro de su ánimo y emoción habitual, como si quisiera salir pero no tuviese batería suficiente.

—Un vampiro.—Respondió Gwendoline con seriedad.

—Tú estar de coña, ¿no?—Le dijo un incrédulo Santi, mirándola con el ceño fruncido. Cuando ella negó con la cabeza, enseguida se incorporó hasta quedar sentado, aún a pesar de la débil oposición de Gwendoline. La miraba ahora con ojos abiertos como platos.—Tú contarme más sobre vampiros. ¡Por favor!

Sin embargo, no hubo ocasión de ello, pues cuando quiso darse cuenta, Gwendoline escuchó en el exterior la familiar voz de Laith, llegándole a través de la puerta entreabierta. Enseguida alzó la voz para hacerse escuchar, pues definitivamente no tenía energías para moverse de su sitio en el suelo.

—¡Aquí, en el baño! Tenemos un español herido.—Exclamó, pues evidentemente el peor parado era Santi: por muy jovial que pareciese, esa herida le podría causar problemas. Si le hubiesen tratado con medicina muggle, posiblemente habría tardado meses en curarse, todos ellos con puntos y un cabestrillo que limitaría mucho sus aptitudes para el trabajo.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 09, 2019 1:39 am

Había asumido que Santi estaba bien, por una parte porque Luca se lo había dicho y por otra porque Gwendoline no había salido del baño para alertar a nadie. De hecho, después del sepulcral silencio que se había quedado en el Juglar Irlandés, hasta la escuchó hablar con Dog por teléfono, aunque le era imposible saber qué estaba diciendo.

Su padre y ella se habían separado del abrazo y Luca, muy atento, cogió una silla y la puso en pie para que Sam se sentase en ella. No sabía qué hacer, pues seguía en tensión y con todo el caos que había allí la verdad es que no tenía ni idea de cómo debía proceder. Se llevó un susto enorme cuando de repente entró por la puerta una persona. Lo reconoció: era Laith, un amigo de las chicas. Luca no dijo nada, sino que la voz de Gwendoline desde el interior del baño fue la primera en contestar a la pregunta del sanador.

Laith se fue hacia allí mientras Sam se levantaba de la silla para acompañarlo y ayudarlo en lo que le hiciera falta. Sin embargo, Laith se frenó y puso su mano en el hombro de la chica, haciendo que volviese a sentarse en la silla.

Pero… —Se quejó Sam que, tras ese momento, se volvió a marear. Cuando enfocó en Laith, éste le señalaba con el dedo índice para reforzar la orden de ‘quieta ahí', como si fuera un perro. Laith le dijo que se quedase ahí, que no necesitaba ayuda y que descansase tranquila, que ahora volvería a tratarla a ella. También le preguntó que si podía utilizar magia allá dentro pues sabía que trataba con muggles, a lo que Sam se limitó a asentir débilmente con la cabeza. Antes de que se fuera, añadió: —Gracias.

Sam volvió a quedarse solo con su padre, quién había ido a la cocina a buscar servilletas y rellenar un vaso con agua. Se sentó frente a su hija.

No tengo magia, pero sé limpiar una herida. Parece que ha parado de sangrar pero… estás llena de sangre y parece todo más grave de lo que es. ¿Puedo? —Le preguntó, mojando aquel pañuelo y acercándolo a su rostro.

La rubia asintió con la cabeza, apartándose el pelo de la cara y notándolo pegado a la zona mojada de sangre. Suspiró, dejando a su padre hacer aquello con tranquilidad.

Debes de estar preguntándote tantas cosas…

Me pasan unas cuantas preguntas por la mente, sí…

Y no sé yo si quiero darte las respuestas.

¿Los vampiros no morían con luz solar o es un mito? —Preguntó entonces, sin entender por qué no había funcionado el hechizo de Samantha que hasta lo había cegado a él por estar con la mirada pegada a la barrera observándolo todo. Luca sabía que Sam se refería a otras preguntas, pero como era consciente de lo que ello supondría y no quería incomodarla, preguntó lo más estúpido de todo, queriendo que su hija se tranquilizase. —¿Es como lo de los ajos?

Sam sonrió en mitad de esa cara de cansancio mientras su padre le limpiaba el rostro. La herida estaba abierta y de vez en cuando salía un poco de sangre.

Se supone que mueren con luz solar, pero debió de tener algún tipo de protección mágica que desconozco. Lo de los ajos sí que es mentira, además de lo del agua bendita.

Menos mal que no sabíamos que era un vampiro antes de que Santi saliera ahí fuera o se hubiera llevado los ajos que había en la cocina en vez de el cuchillo… —Luca intentó bromear, a lo que Sam también rió un poco.

No entiendo cómo le dejaste salir, le podrían haber matado… En fin… —Soltó aire por la boca, cada vez más tranquila. —En realidad, menos mal que apareció en ese momento... Le debo mucho.

Tenía que ir a darle las gracias, pero la verdad es que no quería estorbar. Sam tenía cero conocimientos en comparación con Gwendoline y Laith, por lo que iba a ser una cuarta persona en un baño pequeño que no iba a hacer nada. Además, le costaba enfrentarse a las personas a las que metía en peligro y encima salían heridas. Y pensar que ese cuchillo podría haberle impactado en un lugar realmente letal…

Mientras tanto, Santi vio entrar a Laith al baño, con un maletín en una de sus manos. Lo reconocía como una amistad de Samantha, pero nunca había tenido especial relación con él más que la de hablar lo justo en el Juglar Irlandés. Sam, sin embargo, le había hablado de él bastante.

Hola —dijo al verlo. —Estoy bien.

Ese era Santi intentando quitar preocupaciones al resto de mortales del Juglar Irlandés. Evidentemente a todo el mundo le daba igual lo que dijera, pues objetivamente era el que había recibido el peor daño y quién necesitaba ser atendido cuanto antes.


***

No supo muy bien cuánto tiempo estuvo allí sentada con su padre mientras éste hablaba de vampiros y Sam le desmentía las cosas, pero entró otra figura por la puerta que hizo que esta vez tanto Sam como Luca se sobresaltasen. De tal palo, tal astilla. Entró con tranquilidad, casi pidiendo permiso con la mirada, sobre todo al ver cómo estaba todo tan destrozado allí dentro. Lo primero que vio fue a Samantha y a su padre, a lo que saludó zarandeando suavemente la mano. Se fijó en algo, sonriendo: sí que era verdad que la cafetera seguía intacta, o al menos eso parecía al ver la máquina de hacer cafés.

Se acercó a Sam y compañía.

Creo que vine con muy pocas expectativas... —dijo, sorprendido. —Douglas, un placer señor. —Se presentó al adulto.

Luca.

Es mi padre —le dijo a Dog.

¡Vaya! ¡Qué putada! ¿Qué haces metiendo a tu padre en estos embrollos? —Sam fue a pegarle, pero entre que no tenía ni fuerzas y Dog lo había hecho precisamente para picarla, le dio tiempo a dar un pasito hacia atrás y esquivar ese intento juguetón por reprocharle. —Es broma, es broma. Son cosas que pasan. Señor Luca, usted no se sorprenda con facilidad por todo lo que vea, que ya le digo yo que hay cosas siempre peores.

¡Dog! —Se quejó Sam, mirándole con reproche.

¡Hay que curar a la gente de espanto! Lo mejor es siempre que uno piense lo peor, así cuando no pasa lo peor te sientes como aliviado. Es horrible pensar en lo mejor y luego llevarte una decepción, ¿no es así?

Es una filosofía inteligente, pero no sé si me gusta —confesó Luca.

Dog se rió ante la situación, para entonces ponerse un poco más serio.

Me alegro de que todo haya salido bien, dentro de lo malo. Ya me ha contado Gwen por encima cuando me ha llamado. ¿Dónde está mi amigo? —Preguntó por el cadáver, aunque Sam no le dijo nada pues parecía no haber terminado de hablar. —¿Y Gwendoline? Me debe un café.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Jue Mayo 09, 2019 3:23 am

Entrar en un lugar destruido por una pelea y con heridos era desagradable, y ameritó un cambio de chip dentro de Laith para adoptar esa actitud impasible que necesitaba esa situación. Con la mente en blanco, una sola cosa titilaba dentro de sus pensamientos, que era la ansiedad de querer cumplir su objetivo de curar a todo el que necesitara su servicio. Incluso cuando vio a Samantha, sabía que no podía sucumbir a su propia preocupación.

La voz conocida de Gwendoline le respondió desde otro punto dentro del local, y se dirigió rápidamente hacia ahí, pasando a través de una mujer que quería acompañarlo. Con la zurda, pues en la derecha llevaba un maletín, la empujó ligeramente por el hombro, suficiente como para desestabilizarla y volver a hacer que se sentara.

No necesito ayuda —le dijo, levantando uno de sus dedos como si le estuviese diciendo a un perro que quería que se quedase quieto. — Tú quédate aquí, te avisaré si necesito algo —aunque era claro que no iba a avisarle, aunque lo necesitara. — ¿Puedo usar…? —miró al hombre que acompañaba a su amiga. — Tú sabes, ¿magia? —preguntó directamente.

Podía hacerlo del modo tradicional, si bien no iba a ser ni por asomo tan inmediato ni tan efectivo como el método mágico, pero daba por entendido que “el español” era Santiago, quien era nomaj. Samantha le dio permiso de hacerlo así, por lo que asintió a su agradecimiento y se dirigió al baño para poder ver qué era lo que sucedía.

Nada más entrar, Santiago lo saludó y le afirmó que estaba bien.

Claro, ¿es por eso que pareces un queso? —lleno de agujeros. Tenía un retintín travieso, pero su rostro era serio, en especial sus ojos. Sus ojos difícilmente mentían. — Déjame ver —colocó una rodilla en el suelo. — Hola Gwendoline —le dijo, sin afán de ignorarla. Sólo tenía demasiadas cosas revoloteándole por la cabeza, que hasta saludar olvidaba.

Aprovechó que era un baño para lavarse las manos rápidamente y, nada más terminar de enguantarse, empezó a revisar la herida, limpiando mágicamente la sangre húmeda y seca por igual mientras inspeccionaba, haciendo uso de una linterna para tener mayor visibilidad. Pareció unir hilos dentro de su cabeza durante dos minutos antes de apartarse y abrir el maletín.

Las dosis completas de pociones mágicas en nomaj pueden ser incluso tóxicas —eso se lo comentó a Gwendoline, como una suerte de aprendizaje sobre la marcha. Tomó un vaso de medición y lo llenó hasta la mitad con un Aguamenti, usando un gotero para realizar una mezcla con la poción de un frasco sin etiqueta. Sólo bastaba hacer dos más dos para saber que era reabastecedora de sangre. — Sabrá mal, pero bébelo todo —le pidió al español, entregándole el vaso.

Si Santiago tenía intenciones de preguntar algo de lo que estaba haciendo, Laith siseaba y levantaba un dedo para interrumpirlo. Parecía que había algo que hacía ruido dentro de su cabeza de aquella herida.

Hay un desgarro que no me gusta —cuando hablaba, se refería a Gwendoline antes que a Santiago, porque era ella quien estudiaba medimagia. — Debió ser por la forma en que quitó lo que sea que se clavó —y rebuscaba dentro de su maletín alguna cosa, hasta tomar un frasco. — Gwendoline, busca dentro un paquete de hisopos y dame uno —le pidió, porque no pretendía manchar sus cosas de sangre ni tampoco contaminar los guantes.

Usando el hisopo con la poción y la varita sujeta como un lápiz antes que como corresponde para potenciar la precisión, empezó a trabajar dentro de la herida como bien podía dado el lugar y la situación. Trataba de distraer a Santiago del dolor con una conversación irrelevante acerca de un partido de baloncesto que había visto por casualidad en un bar hace un par de noches.

Cuando terminó, la herida ya no sangraba, así como el dolor debía haber menguado, si bien la sensibilidad de la zona no estaba todavía mitigada. Para ello utilizó otra mezcla que escocía y recubrió la herida con un tejido biológico de color blanquecino con los segundos. No estaba seguro de cuánto había pasado hasta entonces, ni quién habría entrado y salido del baño, pero finalmente se sintió conforme como para parcharlo.

Tienes suerte que no fue la gran cosa —Laith esta vez sí que le explicaba sus heridas a Santiago. — Había un desgarro mínimo que se pudo recuperar y vas a tener que cuidar bien de esa herida si quieres que sane debidamente… Tienes un aislante para mantener la herida sana, si se cae, es probable que acabes con una cicatriz, sólo necesitas limpiar con agua y secar con un paño limpio en forma de toques, no frotar —le dio los consejos básicos de tratamiento, poniéndose de pie y ofreciéndole su antebrazo para ayudarlo a levantarse. — Mantente hidratado y come alimentos ricos en hierro como las legumbres y verduras de hoja verde; también ricos en cobre como granos, nueces y aves de corral, eso te ayudará a sentirte mejor pronto con la pérdida de sangre —si bien asumía que la poción lo habría ayudado un poco con eso.

Se secó el sudor con el antebrazo y metió su muñeca a través de los aros del maletín para salir del baño y ver en qué más podía ayudar. Al menos ahora estaba más relajado porque el caso que habían juzgado más grave había requerido una atención de alrededor de media hora, si no estaba demasiado equivocado con el tiempo.

El que sigue de curarse haga una fila india y me dicen la sintomatología —les dijo una vez fuera, suponiendo que podría curarle la herida de la frente a su amiga. — Te odio un poco, estaba en la cama con un tipo sexy —le dijo a Samantha en confidencia, mostrando que ya estaba tranquilizándose, y en un tono en que nadie que no estuviese cerca pudiese escucharles. — Te voy a coser a lo hilo y aguja por venganza.

Estaba mirando la herida en su frente, y era verdad que necesitaba un par de puntos ahora que gracias al otro hombre estaba limpia para poder visualizarla. Si bien era cierto que podía hacerlo del método mágico, confiaba más en su habilidad manual para no dejarle a su amiga una cicatriz en todo lo que se llama frente, así que buscó una aguja e hilo estériles dentro de un empaque plástico.
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Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 12:40 am

Gwendoline, a pesar del estado de agotamiento en que se encontraba, no pudo evitar fijarse en el detalle de que Santi, como buen hombre joven y valiente, fingía estar mejor de lo que en realidad estaba. No pudo evitar tampoco curvar los labios en una leve sonrisa divertida, aún a pesar de que sus ojos estaban sólo medio abiertos. Estaba agotada y se le notaba.

Sin embargo, en el momento en que Laith entró en el baño, procuró mantenerse entera, a fin de ayudar en la medida de lo posible.

—Hola.—Respondió al mago. Ojalá hubiera sido un poco más elocuente y más ingeniosa… pero habría que conformarse con ese simple ‘Hola’. Ya se lo compensaría.

Teniendo en cuenta el hecho de que cursaba la carrera de medimagia, procuró prestar atención a lo que Laith le decía: no sabía que los remedios mágicos podían tener efectos tan adversos en los muggles. O nomajs, como los denominaban al otro lado del charco. Le observó diluir la poción reabastecedora de sangre con agua antes de dársela a Santi, esperando recordar todo aquello después de dormir unas horas.

A la petición de Laith, buscó y entregó lo que le pedía, y prestó atención a todas sus palabras y todo el procedimiento. No pudo evitar poner los ojos en blanco al escuchar la afirmación de la cicatriz, para luego negar con la cabeza y sonreír.

—Genial. Ahora se la dejará caer, y aprovechará cualquier ocasión que tenga para presumir de cicatriz. Capaz le veo, incluso, de ir por ahí contando que se la hizo un vampiro...—Y lo peor de todo es que no era broma: capaz era, y mucho. También le veía capaz de recordarle a Sam, cuando quisiera que le cambiase el turno, que “había recibido una puñalada por ella”. Lo haría en tono cómico, seguramente, pero… aún así.—Si usas esta situación para conseguir que mi novia te cambie el turno de tarde cuando no te apetezca, vendré aquí y te asesinaré. ¿Lo entiendes?

—¡Pero bueno! ¿Por quién tomarme?—Preguntó, haciéndose el ofendido, pues sabía que Gwendoline estaba de broma… ¿verdad?

—Por alguien a quien le gusta librar por la tarde para estar con su novia.—Le respondió la morena.

—Bueno… culpable.—Dijo, resignado, sin saber bien cómo seguir con aquello.—Yo prometer no abusar de mi poder. Quien tiene un gran poder tiene una gran responsabilidad.

—Eso mismo.—Asintió Gwendoline.—Y recibe una patada mía en el culo si no lo cumple.


***

Con el español parcheado y listo para seguir adelante, Laith pasó a encargarse de las heridas de Sam, y Gwendoline, cansada de estar allí sentada, salió del cuarto de baño. Santi no tardó en seguirla, sujetándose el hombro herido, en busca de una silla que no hubiera sido reducida a astillas en la que sentarse.

Cuando se reunió con Sam, que ya estaba siendo atendida por Laith, se encontró con que Douglas ya había llegado. Con una débil sonrisa, saludó al universitario. Le costaba creer que, no hacía mucho, el joven pudiera considerarse uno de sus enemigos. Y ahora, allí estaban todos: una extraña familia, cuanto menos.

Tía, menuda pinta que tenéis. ¿Habéis luchado en una guerra o qué?Preguntó Dog, con sincero interés.

—Podría decirse que sí… Esta noche está resultando demasiado larga...—Suspiró profundamente, sentándose como pudo en una de las sillas que había sobrevivido al enfrentamiento.

Ya veo.Alzó las cejas para enfatizar su sorpresa, echando un vistazo al lugar.¿Y estáis todos bien y eso?

—Por suerte, sí.—Dijo ella con un asentimiento de cabeza, mirando a su vez los desperfectos. Lanzó un suspiro, resignado.—Está todo hecho un desastre...

Bueno, tenemos magia. Os puedo echar un cable para arreglarlo cuando me encargue del asunto que me ha traído aquí…Seguía mirando el pobre Juglar Irlandés, hecho un asco.¿Dónde está, por cierto?

Gwendoline señaló con un gesto de cabeza en dirección a las escaleras, y Dog asintió. Prometiéndole que se aseguraría de que nadie lo encontrase, subió peldaño a peldaño y se dispuso a hacerse cargo del asunto. Ella se quedó allí abajo, apartando la chaqueta para ver el estado de la punción venenosa que había recibido: ya no había restos de veneno en sus venas, y la herida, por ser fruto de un hechizo, empezaba a cerrarse.


***

—Gracias por venir a ayudarnos.—Le dijo Gwendoline a Laith, mientras observaba cómo llevaba a cabo el resto de tareas de sanador. No tenía obligación alguna con ellos, y allí estaba.—Ojalá esto estuviera presentable...

Lo peor de todo lo había sufrido el Juglar. Suerte que Dog se había ofrecido a ayudarlas a repararlo todo, pues dado el estado en que se encontraban, ellas no podrían hacerlo. ¿Quizás Laith también les echaría una mano? ¿O sería ya demasiado pedirle?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mayo 10, 2019 1:27 am

Cuando Laith y Gwen salieron del baño tras tratar a Santi, fue Luca el que fue a hacerle compañía al español, pues definitivamente eran los que mejor se entendían allí, siendo los dos los únicos muggles rodeados de magos. De hecho, si alguien prestaba atención a la conversación de ambos, se podía notar la emoción de Santi al estar rodeado de tantos magos a la vez y, sobre todo, estando vivo después de lo que habían presenciado. Se le veía preguntándole un montón de cosas a Luca en 'voz baja' mientras le decía que aquel tipo al que le había clavado inútilmente un cuchillo era en realidad un vampiro. ¡Un vampiro! El pobre Santi estaba alucinando pepinillos.

Sam vio llegar a su amigo a su mesa mientras Dog iba a donde Gwendoline y le hizo esbozar una sonrisa cuando le dijo que le odiaba por haberle roto su noche de pasión.

Eso no tiene perdón, qué mal amiga soy —le respondió, para entonces fruncir el ceño como reproche y arrepentirse de ello al segundo, pues le dolió la herida. —Y qué retrasada soy. —Admitirlo era lo primero. Bufó, para entonces rodar los ojos. —Nunca me han dado puntos con hilo y aguja, pero tal y cómo me duele el alma, creo que ni lo voy a notar.

Desde que Laith la había sentado allí, no se había movido ni un ápice. Había conseguido LA POSICIÓN. Esa posición en donde estás super cómoda y, en su caso, no le dolía nada. Eso sí, como se moviese ya empezaba a notar a 'los engranajes' quejarse.

Te lo compensaré —añadió entonces. —Te puedo hacer galletas. Sé que mis galletas no se comparan con tener sexo, pero ahora mismo mi capacidad creativa no llega más allá. —Y se rió de sí misma. Creía que en el momento menos pensado la cabeza le iba a estallar.

Sam vio de reojo como Douglas subías las escaleras hasta el piso superior y Gwendoline se acercaba a ellos, agradeciéndole a Laith. Lo único que esperaba Sam de todo eso es que nadie viese el cadáver. ¡Lo menos que quería es que su padre y Santi viesen el dichoso cadáver! Que ojo, uno podía intuir con toda la lógica del mundo que después de todo eso lo lógico es que allí arriba hubiera un muerto, pues habían entrado dos en la tienda, pero... no lo habían visto. No era lo mismo intuirlo, que verlo.

Cuando Gwen mencionó lo del Juglar Irlandés, miró a Laith a tiempo que éste acercaba la aguja a su herida.

¿Nos puedes ayudar a arreglar todo esto antes de que... —Pero no pudo terminar la frase pues sintió un pinchazón tan agudo y desagradable que sólo pudo abrir la boca y contraer el gesto. Laith se quejó porque obviamente al contraerse, la herida también lo hacía. —¡Lo retiro: eso ha dolido! ¿Me va a doler así todo el rato? ¿Cuántas veces más vas a pinchar?

Parecía una niña pequeña primeriza recibiendo sus primeros puntos en la ceja después de haberse caído del columpio de boca. La virgen bendita y una que pensaba que ya había alcanzado el tope esa noche y en absoluto. A veces el remedio sin duda era peor que la enfermedad. ¡Vale, vale! ¡Que tampoco era para tanto! Pero dejadla, sólo tenía ganas de dormir y quejarse que, por suerte, era gratis.

Lo que iba diciendo... —dijo con una respiración concentrada para no quejarse por los puntos.

Pero tampoco terminó la frase porque en la zona en donde estaba Luca y Santi pasó algo inesperado.

¿¡Cómo!? —Santi pegó un salto, mirándose los zapatos. —¿¡Yo estar encima del vampiro muerto y tú no me avisas!? ¿¡Espera a que yo preguntar que dónde está para decirme que lo estoy ultrajando con mis converse?! ¡Luca, tío! —Y Luca reía desde una esquina, mirando a todo el mundo como si él no hubiera hecho nada malo. —Voy a por el cepillo y la pala, que es un muerto. Tu buscar un bote. —Le decía a Luca.

¿Te lo vas a llevar de recuerdo? —Tuvo que preguntar Sam desde allí.

¿Yo poder? —preguntó Santi, curioso.

Muchos rieron porque sin duda Santi era único en su especie. Sólo a él se le ocurriría tener cenizas de vampiro como recuerdo en su casa.

¿Por qué todo el mundo reír? Yo ayudar a vencer.  

Deberías tirarlas a la basura.

Qué desperdicio, yo poder sacar una fortuna vendiendo por eBay cenizas de vampiro mágico muerto. —Sus matizaciones eran muy divertidas, a lo cual siguió para ir a buscar con uno de sus brazos bien quieto porque le dolía, el cepillo y la pala. Él iba a buscarlos, claro, pero eso de barrer no iba a poder ser con una mano útil.

Ya casi con Laith terminando de coser aquello, ocurrieron dos cosas: se pudo escuchar como en el piso de arriba Douglas se desaparecía, evidentemente con el cuerpo de Caiden. Había destruido la barrera anti-aparición, pues con el que la hizo muerto, ésta se debilitaba muchísimo y era muy fácil. Al momento, casi, allí abajo entraba Caroline por la puerta. Al principio pareció preocupada al verlo todo, pero al ver que todos estaban vivos pareció respirar aliviada. Sam le había pedido expresamente a Caroline que les ayudase a restaurar el Juglar Irlandés y también le había dicho que no tuviera prisa, pues al parecer la había pillado saliendo de la ducha.  

Todo bien —le respondió a Caroline antes de que ésta pudiese decir nada. La verdad es que sentía que podía saber lo que le estaba pasando por la cabeza sólo con mirarle a los ojos. —Mi padre está barriendo a Zed.

Y al mirar allí, se podía ver a Luca barriendo de manera concienzuda los restos de Zed, mientras Santi se preocupaba de que no quedase ningún resto fuera, señalándole los lugares mal barridos.

Cuando Laith cortó el hilo tras cerrar su herida, Sam sólo pudo mirar a Gwen, con una mirada cansada que decía claramente: "Quiero irme a casa."
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Vie Mayo 10, 2019 6:50 am

Al sanador le gustaba hacer las cosas por su cuenta, por lo que la ayuda de Gwendoline fue más bien auditiva y entregándole cosas que iba necesitando, puesto que no se sentía cómodo tocando nada más que las heridas con sus guantes a riesgo de contaminar la zona abierta. No era un terreno estéril donde pudiera tener un poco más de libertad.

Terminó al cabo de un rato, y Gwendoline señaló que iba a quitarse la protección a propósito para tener una cicatriz que pudiese presumir. Laith se sonrió, una vez que la calma empezaba a llegar a él. Volvió a lavarse las manos, esta vez con los guantes puestos mientras la bruja amenazaba al nomaj para que no usara aquello con el fin de retener a Samantha en el trabajo, preparándose para ver quién más necesitaba asistencia médica.

Tenía una expresión más calmada cuando salió del baño para encontrarse con su amiga. Y en ese momento es que lo notó, cuando antes no le había prestado atención. Un intenso aroma a limón. Dio una mirada a su alrededor y limpió su nariz con su antebrazo, pero no encontró nada fuera de lo normal. Seguramente luego no lo sorprendiera saber lo que había ocurrido en ese lugar: la muerte huele a limón.

Ignorándolo como bien podía, se dirigió a Samantha y le contó que lo interrumpió en medio de una noche de pasión, sin realmente odiarla por eso. Es decir, sí, era una pena, pero lo hacía sentirse realizado poder ayudar a los demás.

Trataré de hacerlo con cuidado, te podría dar un sedante si te duele mucho, pero en verdad preferiría que no por si hay alguna complicación interna por la pelea —le explicó la situación al oír que nunca la habían cosido en una herida. — Tus galletas son maravillosas, todo hay que decirlo —le sonrió divertido, aceptando aquel pago por sus servicios siempre tan fieles.

Laith se había entretenido hilando la aguja, que eso para un topo a media luz era mucho pedir, así que acabó pidiéndole a Samantha que le colocase los lentes que llevaba dentro del maletín en la cara para poder conseguir la misión “meter el hilo por la cabeza de la aguja”. Entretanto, Gwendoline llegó a agradecerle por haber llegado a ayudarlas.

Soy un gran tipo —el sanador dijo con un tono de exageración. No mentía, pero era más humilde que eso y sólo bromeaba. — No es nada, en verdad —corrigió después, dirigiéndole una mirada breve ahora que ya podía empezar a coser a su amiga.

Se aproximó a su rostro, calculó la extensión de la herida por la cantidad de puntos para saber dónde y dónde iba a ir pinchando, y atravesó por primera vez la aguja por su piel.

¡No te muevas! —le dijo de inmediato al verla contraer el gesto. — Estoy intentando que no seas Tyrion Lannister con su tajo en media cara, colabora —reprochó con el ceño fruncido. — Cuantas veces sea necesario, tú quédate quieta y déjame hacer mi trabajo —su tono estaba enfurruñado, aunque esperó un momento para que se calmara para continuar.

Justo antes de hacerlo, la voz de Santi lo distrajo. Y ahí tuvo el bingo, “el vampiro muerto”. Su cabeza empezó a trabajar, pero no dijo nada al respecto, al menos aquella conversación ayudó a distraer a Samantha y pudo hacer los puntos que fueron necesarios para cerrar la herida, haciendo el nudo final escuchó la puerta y miró rápidamente. No era nadie peligroso o que pudiera encerrarlo como el vil traidor a la sangre que era.

Joder, qué bueno soy, esos puntos son perfectos —visualizó su obra maestra. — El hilo es mágico así que se caerá solo cuando haya cerrado, y si no se cae en… digamos, una semana, quedamos y te los quito a mano, que no pasa nada —le hizo saber lo que iba a ocurrir en su frente.

Como el buen adicto a la limpieza que era Laith, fue decírselo y se quitó los guantes para disponerse a arreglar las cosas mágicamente y a limpiar a mano incluso si era necesario. Era lo que pasaba cuando llevaban a alguien como el sanador a un lugar que estaba así de hecho desastre: que le entraba el TOC y quería limpiar. A veces conseguía ignorarlo mejor que otras, pero en esa ocasión no se quedó tranquilo hasta que el lugar estuvo tal y como lo conocía, ayudando a los demás que también se habían puesto manos a la obra.

No estaba seguro de lo que aquellos cuatro habían vivido en las paredes del Juglar Irlandés, pero sí lo estaba al pensar que no iba a preguntarlo. Sólo le alegraba que todos estuvieran a salvo, y que él estuviera disponible para ayudarles cuando lo necesitaban.
Laith Gauthier
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