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Used to the darkness. —Wolfgang Rawson.

Abigail T. McDowell el Jue Abr 11, 2019 1:44 am

Used to the darkness. —Wolfgang Rawson.  VBGNaRA
Merendero en el Bosque de Epping — 10 de marzo del 2019, 00:30 horas — Wolfgang Rawson & Abigail McDowell

Ataviada con unos pantalones de vaqueros ajustados y oscuros, unas botas altas de tacón grueso y una chupa de cuero, Abigail esperaba sentada sobre la mesa de uno de los puestos, en aquel famoso merendero de Epping.

Llevaba mucho, mucho tiempo siguiendo una pista en el bosque de Epping que parecía no tener cabida a la lógica, pero a su vez no dejaba de aparecer, una y otra vez. Y cuando decía que llevaba mucho, muchísimo tiempo, es que realmente había perdido mucho tiempo en una tarea que ni le correspondía porque ya ni ejercía como mortífaga, ni mucho menos como cazarrecompensas, cosa que nunca había sido. Desde que las mil y una obligaciones de ser Ministra de Magia la atraparon, había dejado todo lo que tenía que ver con ser una asesina en la calle. Y ciertamente lo echaba de menos.

Pocas cosas echaba de menos, pero Abigail siempre había sido mujer agresiva en busca de fuertes experiencias. Adoraba sentir la adrenalina de un buen duelo y el olor a muerte pasar por delante de ella, dejándolo pasar porque ese no era su día. ¿Estar encerrada entre las cuatro paredes del Ministerio de Magia? Valía la pena por el poder que ostentaba y porque era la líder que lo regía todo y le encantaba tener el poder absoluto.

Había quedado esa noche con Wolfgang Rawson, un hombre que no veía posiblemente desde antes del cambio de gobierno. Antes de todo el cambio había compartido con él grandes ocasiones y misiones como mortífagos, además de muchas sesiones de… sexo salvaje. Esa noche, sin embargo, no había quedado con él para nada de eso. Si había contado con su presencia era precisamente porque sabía que era una persona competente y seria y estaba harta de contar con gente con poca inexperiencia o que hablaba más de lo que realmente podía hacer. Últimamente se rodeaba de muchas personas así y estaba cansada de tener que limitarse a apariencias que no resuelven nada.

Rawson respondió a su carta con bastante rapidez y McDowell le citó allí, a aquellas horas de la noche. Aún no se había hecho la hora, pero Abigail se encontraba tranquila, esperando a que apareciese en cualquier momento. El hombre nunca había destacado precisamente por ser impuntual.

De hecho, cuando estaba con la mirada perdida mirando hacia el pueblo que se veía desde aquella montaña, iluminado con las luces de las farolas, escuchó el sonido de la aparición detrás de ella. Se giró, bajándose de la mesa para ver a Wolfgang caminar hacia ella.

Buenas noches le saludó.

La misión para esa noche no debía de tener complicaciones, pero no era la primera vez que se encontraba fugitivos en Epping y no quería ir sola porque, por muy egocéntrica que fuera, sabía perfectamente sus limitaciones. Ya había venido en otras ocasiones como animaga, pero no era lo mismo. Además, había vuelto a recibir una pista, más certera que nunca, sobre una base fugitiva allí y no iba a dejarla escapar en esta ocasión. Y la experiencia le decía que Rawson era un buen compañero para ese tipo de misiones.

No te di demasiados detalles por carta porque, pese a todo, ni el correo es cien por cien fiable a estas alturas. Le hizo un movimiento con la cabeza, para ponerse en camino por un lugar diferente al sendero convencional que se internaba en el bosque. Estaba lejos, por lo que antes empezasen a caminar, antes llegarían al lugar. Habían quedado en el merendero más cercano hacia la zona que querían vigilar. Te lo cuento por el camino.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Vie Abr 12, 2019 7:56 pm

Wolfgang Rawson no era lo que se decía un animal social: prefería la soledad, y rara vez formaba vínculos reales con nadie, limitando su trato con otros seres humanos al trabajo, al interés y a las tareas que llevaba a cabo como integrante de las filas de Lord Voldemort.

Así había conocido a Abigail McDowell, una joven mortífaga que había llegado a lo más alto gracias a las habilidades de las que Wolfgang había sido testigo durante las misiones que habían compartido.

Y no sólo eso habían compartido: McDowell era una mujer fogosa con muy pocos límites, y una forma de celebrar las victorias que resultaba de lo más satisfactoria. Algunos celebraban con vino, whisky o cualquier otra bebida alcohólica; Abigail McDowell lo celebraba con sexo desenfrenado, y Rawson había sido uno de sus muchos compañeros de cama.

Hubo una época en que aquellos sucedía muy a menudo: solían ser compañeros habituales de misión, además de tener un alto índice de éxito, y no por suerte, precisamente.

Aquel arreglo, a Wolfgang, le parecía perfecto: McDowell no le exigía ningún tipo de compromiso más allá de las misiones y la cama, y si bien a Rawson solía darle igual tener sexo o no tenerlo, el placer que le brindaba estaba ahí.

Sin embargo, con el cambio de gobierno, ambos mortífagos se habían distanciado. No por nada en especial: nada había roto su perfecta simbiosis, ni mucho menos, pero las obligaciones de la pelirroja se habían terminado interponiendo entre ellos.

Con la llegada de Lord Voldemort al poder, Abigail McDowell había tenido que cambiar la acción por la política, siendo el principal rostro del nuevo orden en el mundo mágico. Y Wolfgang, un simple tendero, no había podido seguirla.

Aquello habría sonado como una de las más tristes historias de amor del mundo de no ser porque entre ellos nunca había existido ningún tipo de amor.

***

Sin embargo, Rawson nunca había cerrado la puerta a una futura colaboración, como la que estaban a punto de llevar a cabo juntos.

Abigail no le había dado demasiados datos en su misiva. Mientras se vestía con unos sencillos pantalones vaqueros, una camisa negra y una chaqueta, se imaginaba que la Ministra le daría más detalles una vez se viesen cara a cara. A fin de cuentas, por lo que le contaba, aquello podía convertirse en un asunto muy serio.

Y, no menos importante, lucrativo: si le echaban el guante a unos cuantos fugitivos, con toda seguridad, Wolfgang recibiría algo de dinero extra.

Ya vestido, el mortífago se hizo con su varita, y se desapareció rumbo al punto en que su compañera de misión le había citado.

—Buenas noches.—Pensó en añadir un ‘Señora Ministra’, pero lo descartó de inmediato: en aquellos momentos, eran iguales, y bien poco importaban los títulos.

Negaría si dijese que ver a la pelirroja no había hecho que su cuerpo reaccionase: resultaba complicado olvidarse de las vivencias que habían tenido juntos, tanto aquellas en que llevaban ropa y máscara como las que no. Aunque alguna vez se hubieran dejado la máscara para estas últimas.

Sin embargo, si por algo se caracterizaba Rawson era por su profesionalidad. Prestó atención a la explicación de McDowell, con las manos en los bolsillos, y la dejó terminar de hablar. Asintió con la cabeza, antes de ponerse a caminar junto a ella.

—No dabas muchos detalles, en eso estamos de acuerdo.—Dijo Rawson, con seriedad y sin ningún tipo de sarcasmo en la voz.—Pero el tono general de la carta me dio a entender que podría tratarse de un asunto bastante importante. ¿Qué tenemos entre manos?

No era impaciente ni mucho menos, pero prefería conocer de antemano toda la información. Si las cosas salían mal, por lo menos, que no fuese por falta de información.
Wolfgang Rawson
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Abigail T. McDowell el Sáb Abr 13, 2019 3:35 am

No era la primera vez que McDowell tenía evidencias de que los fugitivos estaban cerca de ella, por lo que no quería perder la poca ventaja que pudiera tener dando más información de la necesaria por carta. Normalmente era el Ministerio quién tenía controlada todas las vías de mensajería por lechuza, pero no se fiaba en absoluto. No era la primera vez que había traidores entre los trabajadores del Ministerio, por lo que podría haberlos en cualquier lado. Las personas en las que confiaba Abigail las podía contar con los dedos de una mano y pretendía que siguiera siendo así. Confiarse no era algo que soliese ir con ella, desde nunca.

Wolfgang nunca le había dado motivos para desconfiar de él y, de hecho, era una persona con la que siempre había trabajado muy bien. Tenía todo lo que valoraba y le gustaba de un compañero, por lo que era de los pocos mortífagos de los que no tenía quejas. Ahora, más que nunca, tenía que acercarse precisamente a este tipo de compañeros, que sabía perfectamente cuáles eran sus intenciones.

—Llevo tiempo tras una base fugitiva que, intuyo, es de la organización radical.

En realidad no tenía la certeza de que era de los radicales, pero por la información que había conseguido, así cómo de quién lo había cogido, le daban a entender eso. Quizás simplemente eran colaboradores de los radicales, pero a Abigail le valía igual si con eso podía conseguir información extra con la que seguir estando por delante y no perder la pista.

—No hablo de una base demasiado grande, pero sé que debe de tener su importancia porque muchos fugitivos saben de ella, aunque la gran mayoría no conoce el paradero exacto. Conocen de su existencia, pero no de su ubicación. —Y Abigail era legeremante, ergo sabía muy bien que esos fugitivos, al menos, sí era cierto que no lo sabían. —Sin embargo, hace poco fue descubierto un traidor en el Ministerio, en el departamento de misterios y ése sí tenía información relevante sobre todo esto. Sé de antemano que los fugitivos van varios pasos por delante y que no dejan mucho al azar y que quizás no sea más que una trampa, pero después de todo este tiempo detrás de esta base, me veo en la necesidad de corroborarlo. Y si tengo razón... —Y rara vez no la tenía, cabe añadir. —Podríamos dar con algo importante.

Había ido en varias ocasiones al Bosque de Epping, tanta como humana como animaga—porque le era fácil pasar desapercibida siendo precisamente un zorro—para buscar evidencias y las había encontrado. Rastros que desaparecen de repente, barreras mágicas en zonas en donde no debería haber nada y muchos fugitivos frecuentando Epping a saber por qué. Era un bosque grande, con muchos lugares y recovecos en donde poder esconderse, por lo que en principio parecía lógico pensar que podía ser bastante frecuentado. Pero no era sólo eso y Abigail lo sabía.

—Si me equivoco… sencillamente habremos perfilado otra zona más de Epping que terminaré descartando. —Hizo una pausa. —Pero casi todo lo he venido a estudiar yo sola, así que si te he avisado hoy es porque espero encontrarme con problemas. El traidor tenía una localización en su cabeza, pero los recuerdos de lo que pasó dentro fueron borrados. No creo que haya sido una casualidad, sino más bien un error de un mal borrado de memoria.

Y es que en el mundo en el que vivían actualmente, un error costaba caro y podía significarlo todo. Ese pequeño incentivo había hecho que diese con lo que llevaba buscando hacía ya casi más de un año.

—Es una cueva, por lo que es probable que la entrada esté protegida con barreras protectoras y pueda haber trampas en su interior. Si todo lo que digo es verdad, vamos a tener que improvisar porque desde que demos con ella se dispararán las alarmas. —Porque era evidente que si su presencia era descubierta y huían, eso desaparecería de ahí y habrían perdido totalmente su oportunidad.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Lun Abr 15, 2019 7:04 pm

Ambos mortífagos iniciaron su camino a través de la vegetación, la pelirroja liderando la marcha y Rawson en la retaguardia. Su andar podía parecer tranquilo, y su actitud no muy diferente de la de cualquier excursionista que daba un paseo nocturno, pero sus sentidos permanecían alerta. Y sobra decir que ninguno de ellos caminaba despreocupadamente, sino que se preocupaban por hacer el menor ruido posible.

Al tiempo que echaba miradas frecuentes en una y otra dirección, Wolfgang escuchaba las palabras de McDowell: lo que les interesaba aquella noche, por lo visto, era una base de los radicales.

El resumen general de la historia era que un traidor dentro del Ministerio había desvelado la ubicación de una cueva que podía pertenecer a dicha organización, pero que realmente no había información concluyente al respecto. Sin embargo, y aplicando el dicho de ‘Cuando el río suena, agua lleva’, no resultaba muy difícil imaginar que algo se iban a encontrar.

Estaba claro que la Ministra no tenía una idea clara de cuántos enemigos podía haber allí dentro, si es que había alguno, pero quizás su reconocimiento de la zona sí le hubiese aportado otro tipo de información.

—¿Has tenido ocasión de revisar los alrededores? Quizás pueda existir alguna otra entrada, además de la principal.—Preguntó Wolfgang, imaginándose que, de ser un lugar importante, daba igual cuántas entradas tuviese la cueva: todas tendrían una buena vigilancia, y trampas. Seguro que había un montón de trampas.

Mientras seguían caminando, sorteando matas de hierbajos y agachándose para pasar bajo ramas bajas de los árboles sin dejarse las cabezas en el proceso, Wolfgang comenzó a visualizar posibles usos para aquella cueva. Había leído suficientes libros de historia como para saber que las cuevas, desde tiempos remotos, habían servido principalmente como almacenes clandestinos. Ya en la época medieval se hacía, y podía imaginarse que lo mismo ocurriría mucho antes en la historia.

También podía servir como un refugio para aquellos que lograban salir de la ciudad, pero teniendo en cuenta lo osados que podían ser los fugitivos y lo bien que sabían esconderse dentro de la ciudad, le parecía más probable la primera opción.

—Quizás se trate de algún tipo de almacén de suministros. Se sabe que no sólo roban magia, así que en algún lugar deben guardar todo lo demás.—También cabía la posibilidad de que utilizasen aquel lugar como prisión en la que retener a las víctimas de sus secuestros.—O quizás tengan a algún miembro respetable del gobierno escondido.—Y por respetable se refería… a algún mortífago que hubiera sido secuestrado. En los últimos meses, algún que otro miembro se las filas de Lord Voldemort había caído en las garras de los fugitivos.

Caminaron unos cuantos minutos más, Wolfgang no podría precisar cuántos, y entonces McDowell hizo un gesto con la mano. Rawson se detuvo e, imitando a su compañera, posó una rodilla en la tierra, buscando el camuflaje de la hierba alta.

Por delante de ellos se alzaba una pequeña colina cubierta de vegetación y algún que otro árbol, y más o menos a la mitad de ésta, entre las matas de hierbajos, se intuía lo que parecía ser la mencionada cueva. No se veía gran cosa debido a la oscuridad, pero se apreciaba la negrura más profunda de dicha cueva.

Unos metros por delante de ellos, había inequívocos signos de presencia humana: la hierba parecía pisoteada, como si varias personas caminasen a menudo por aquel lugar. Podía tratarse de fugitivos, sin lugar a dudas, pero también podría tratarse de la acción de los muggles, especialmente de esos que dedicaban las noches de los viernes y los sábados a beber.

Rawson se apuntó con la varita a los ojos y conjuró un hechizo de visión nocturna. Había que estar listo para todo.
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 22, 2019 9:04 pm

Le negó con la cabeza a la pregunta que dijo de los alrededores, ya que Abigail no había tenido la oportunidad de haber ido antes a esa zona del Bosque de Epping. Mira que se había recorrido una grandísima parte del lugar, pero precisamente esa zona no. Era la más alejada de la civilización, cerca de la parte baja de las montañas.

—Puede —le respondió a sus teorías sobre lo que podría albergar el interior de esa cueva. La verdad es que frente a la poca información que tenían al respecto, cualquier opción lógica podía ser plausible. —Siempre he tenido el pensamiento de que es eso último que has dicho: un lugar en donde traer a las personas con las que van a ser algo más sucios.

Digan lo que digan, los fugitivos habían adoptado un modus operandi—no todos, algunos—muy similar al que usaban los mortífagos antes de estar en el poder y muchas personas no debían de estar de acuerdo con ese tipo de cosas. Además, no era de agrado de nadie esconderse y vivir en el mismo sitio en donde se torturan a los enemigos. Por no hablar, claro, que Abigail ya contaba con la inteligencia del enemigo y sería estúpido llevar a alguien del bando contrario al interior del lugar seguro en el que te escondes. Ni sería la primera vez que Abigail escapa cuando su destino parece escrito, ni la primera vez que un fugitivo huye tras tenerlo, en teoría, bien retenido.

El exceso de confianza terminaba por poner a cada uno en su lugar y dar más oportunidades a las personas que parecen que menos posibilidades tienen.

Llegaron a la zona de la que hablaba Abigail y antes de dejarse ver y evidenciar la cueva delante de ellos, se camuflaron con las sombras y los árboles para pasar desapercibidos. Ninguno de los dos era un novato en eso y sabía cómo debían de actuar en este tipo de situaciones, sobre todo cuando estaban en tanta desventaja con respecto a la información y todo lo que sucedía allí. Con la varita en la mano, cada uno se conjuró con lo que consideraba necesario. Cuando la pelirroja ya podía ver con muchísima más facilidad en la oscuridad y sus pasos no hacían ningún tipo de ruido. Las huellas seguían ahí, pero no iban a cometer la falta de pisar una rama que alertase a nadie de su presencia.

—Controlemos el exterior antes de meternos —le dijo a Wolfgang en voz baja. —Y busca evidencias de barreras protectoras, porque lo más seguro es que hayan.

Caminaron poco a poco por detrás de los arbustos, hasta divisar la entrada perfecta de la cueva, la cual parecía un poco protegida, de manera totalmente artificial, el paso hacia el interior. Era una manera que, para personas como ellos que ya tenía experiencia en ese tipo de cosas, era muy evidente. No sólo era evidente que estaba intentando ser ocultada, como el hecho de que allí había tránsito de personas. Y, sobre todo, reciente.

No es que fuesen pasos de transeúntes que van el fin de semana y las huellas perduran hasta ese día. Se notaba que había sido muy reciente. Así que cuando Abigail lo vio, en una especie de camino que se abría hacia la entrada, lo señaló hacia Wolfgang.

Iba caminando ligeramente agachada y, de vez en cuando, con un movimiento de varita lanzaba una piedra pequeña en dirección a la cueva, para ver si chocaba contra alguna barrera mágica. En las proximidades no parecía haber ninguna y teniendo en cuenta lo ‘fácil’ que era protegerse en esas situaciones, algo le decía que no podía ser cierto.

—Las protecciones tienen que estar cerca de la entrada. Y si no hay...

Era para preocuparse. Era eso o habían pasado de poner protecciones porque tenían otras en el interior que sólo aquellos que realmente debían de estar ahí, con el permiso necesario, eran capaz de traspasar. No había, sin embargo, ninguna evidencia de personas en la cercanía, ni tampoco de barreras mágicas, por lo que Abigail se dispuso a acercarse más a la cueva, con la varita en alto.
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Wolfgang Rawson el Sáb Abr 27, 2019 2:34 am

La cueva que se alzaba ante ellos, su entrada medio camuflada de una manera tosca en la que se notaba la mano humana, parecía extrañamente desprotegida. Wolfgang había teorizado mucho acerca de lo que podría encontrarse dentro, pero cuanta menos protección veía, menos probable le parecía que el lugar fuese importante. Porque sí, evidentemente podía haber un entramado de trampas mágicas, invisibles al ojo humano, pero la falta de magos montando guardia indicaba, o bien una confianza extrema en las medidas de seguridad implantadas, o bien que lo que guardaban en el interior era de escaso valor.

O, en el mejor de los casos, que allí básicamente no había nada.

Sin embargo, Wolfgang había aprendido a base de palos a no confiarse bajo ninguna circunstancia. Las apariencias, por lo general, podían engañar, y teniendo en cuenta que la magia podía incluso ocultar la presencia humana… más les valía andarse con muchísimo cuidado.

Pertrechados con hechizos para moverse en la oscuridad sin ser detectados, y pudiendo detectar ellos posibles amenazas, se movieron alrededor de la cueva. McDowell iba comprobando cada cierto tiempo, valiéndose de piedras, si había algún tipo de barrera. Y no, no había nada, pero mientras tanto, Wolfgang permanecía atento a los árboles y piedras que se iban encontrando en el camino.

Debieron recorrer unos cuatro metros agachados entre la maleza antes de que Wolfgang pusiera una mano con suavidad en el hombro de McDowell, haciendo que la Ministra de Magia se detuviese. Señaló entonces con su varita una roca del tamaño de una cabeza humana que tenían apenas a un par de pasos. Parecía una simple piedra cubierta de musgo, nada especial, pero en cuanto Wolfgang agitó suavemente la varita sobre ella, apareció una runa protectora con brillantes trazos luminosos.

Runa:
Used to the darkness. —Wolfgang Rawson.  3kSUTyS

—Eolth.—Susurró Wolfgang.—Este tipo de runa suele emplearse para reforzar hechizos protectores. Lo he visto a menudo en objetos que nos llegan a Borgin y Burkes. Si esto está aquí, eso significa que...—Wolfgang echó un vistazo alrededor, buscando otra piedra similar a esa, y la localizó aproximadamente a un metro de la primera, a la misma distancia de la pared de roca.—...ahí tiene que haber otra. Yo diría que ésta es la entrada.Señaló con su varita el trozo de pared que había entre ambas piedras.

Si estaba en lo cierto, empezaba a vislumbrar la idea que habían tenido con aquel refugio, y le parecía muy inteligente: la primera entrada, la que habían visto al llegar y estaba tan mal camuflada, seguramente no fuese más que un señuelo, siendo la auténtica entrada la que tenían delante.

Sin embargo, no bastaba, igual que con la pared del andén nueve y tres cuartos, con creer que estaba ahí: esas runas eran un refuerzo, un signo inequívoco de que había algún tipo de protección allí. Sería ridículo limitarse a ocultar la entrada cuando podían añadir algún otro tipo de hechizo, por si acaso.

Así que, emulando a Abigail, Wolgang utilizó un hechizo para arrojar un pequeño guijarro en dirección a la pared, y efectivamente: en el momento en que pasó a través del espacio comprendido entre ambas rocas, la piedra se desintegró con una facilidad pasmosa. Un claro ejemplo de lo que les ocurriría a ellos si intentaban cruzar al interior.

—Ahí tenemos nuestra protección.—Dijo Wolfgang, retirándose un par de pasos, solo por si acaso.—Tal y cómo lo veo, la primera entrada que hemos visto podría ser, o bien falsa, o bien real, pero estar plagada de otras trampas. Esta sería la auténtica entrada, pero mientras esté protegida con esos hechizos, no podremos cruzarla.—A no ser que busquemos una opción original para sucidarnos, claro. De ser ese el caso, adelante con ello.—La opción que veo es destruir las runas. Sin embargo, si tienen una pareja de ellas es por algo. Quizás, si rompemos una estando la otra intacta, salte algún tipo de sistema de alarma. Eso no nos conviene demasiado.

Wolfgang se quedó pensativo. Hacer saltar el sistema de alarma era peligroso: no sabían cuántos enemigos podría haber dentro. Sin embargo, si eran pocos, quizás, sería buena idea. Pero claro, de haber algo importante ahí dentro, posiblemente se encargarían de ponerlo a salvo antes de salir a combatir una posible amenaza. Había que tener en cuenta que, teóricamente, ellos no podían cruzar al interior mientras existiese esa barrera desintegradora.

—Nuestras opciones se limitan a intentar destruir esas runas a la vez… o dar un rodeo en busca de alguna otra entrada o punto flaco que no hayan sabido ver nuestros enemigos.—Propuso Wolfgang. Eso último era una opción, pero viendo lo sofisticado de aquella protección, algo le decía que no encontrarían nada.
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 29, 2019 10:57 pm

Antes de precipitarse a entrar por la única entrada que habían visto, ambos caminaron por los alrededores, en busca de evidencias o trampas escondidas. Fue Wolfgang, que con diferencia tenía muchísima más experiencia y conocimientos con respecto a protecciones—y en este caso runas—quién se fijó en algo esencial en toda aquella situación: la runa Eolth que estaba en dos rocas, formando así una barrera protectora que, en teoría, no protegía más que un resquicio de roca.

Eso, evidentemente, era falso. Lo normal es que fuese algún tipo de entrada o bien como la de King Cross, o bien que detrás de la barrera se abriese a la mirada una nueva entrada al interior de la cueva. Fuera como fuese, aquella barrera no sólo impedía verlo, sino que también cortaba el paso pues todo lo que pasara de un lado a otro sin autorización de su conjurador, básicamente se reduciría a cenizas. Observó como la piedra que había lanzado Wolfgang se descomponía al momento y se mantuvo quieta en ese lugar, pensando.

Él tenía razón: pocas opciones habían para destruir una protección así.

Podría llamarse intuición o lógica, pero Abigail dudaba mucho en que la otra entrada fuese la real si en esta habían invertido tanto recurso en protegerla, sobre todo partiendo del hecho de que muchos de los mortifagos no se van a parar a buscar otra entrada desde que ven la más evidente. La verdad es que Abigail solo le daba valor a la inteligencia de un grupo pequeño de sus filas Mortifagas, no lo iba a negar.

—No tiene pinta de que estos tipos hayan dejado al azar ningún punto flaco —le respondió Abigail, observando aquella entrada que, al menos a ella, se le hubiera pasado por alto. —Puede incluso que lo que haya detrás de esas protecciones no sea la entrada, pero definitivamente algo están queriendo proteger. —Hizo una pequeña pausa, para volver a señalar con la cabeza a las runas y luego mirar a Wolfgang. —Llevamos un rato rodeando todo esto y es lo único que has encontrado. La entrada era el señuelo y esto lo que escondían, así que… yo apuesto por destruir y entrar.

Evidentemente esto tenía sus evidentes consecuencias y no iban a ser tan imbéciles de ejecutar una acción tan arriesgada sin saber lo que vendría después.

—Seguramente al hacer eso salte una alarma y los que estén en el interior de esa base salgan a defenderse. Podemos esperarlos aquí afuera o entrar a por ellos. Sea como sea, habrá que ser rápidos si no queremos que se corra la voz y pidan refuerzos de fuera —le dijo, apoyándose contra un árbol, para entonces mirar a Wolfgang con una idea clara: —Si hay que evitar que se corra la voz, lo mejor es entrar y evitar nosotros mismos que se corra la voz. Podemos crear una barrera anti-aparición para que no puedan ir a ninguna parte a avisar a terceros. No creo que se esperen que nadie entre por aquí, así que contamos con el factor sorpresa aunque seguramente no contemos con el de ganar en número.

Y es que por mucho que ahora mismo esa teoría de la entrada fuese evidente, allí no había ningún tipo de obviedad que declarase que aquello era una entrada. A simple vista parecía que podía ser una trampa, pero la pelirroja no quería subestimar a sus enemigos y, de hecho, los consideraba en muchas ocasiones por encima de ellos en cuanto a estrategia. Si fuera ella haría evidente la entrada por el otro lado, mientras que por este evitaría a toda cosa dejar cualquier resquicio a la vista que pudiera echar a perder el trabajo de ocultación.

Así que antes de tomar una decisión y porque Wolfgang era de los pocos mortífagos a los que daba valor, se cercioró.

—¿Conforme? —Y dio un paso hacia la otra roca, observándola detenidamente. —Voy allí, me cercioro de que también está la runa Eolth y... entramos con nuestras propias defensas. Yo me encargo de hacer la barrera de anti-aparición antes de entrar.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Vie Mayo 03, 2019 12:22 am

Rawson, en lo personal, se había hecho una idea acerca de la cueva que estaban acechando en ese momento que, creía, se acercaba bastante a la realidad. McDowell había llegado a una conclusión parecida, y le explicó su forma de ver aquel plan de incursión.

Por extraño que pudiera parecer, en ciertas ocasiones, si había una alarma, lo mejor que uno podía hacer era activarla: los enemigos saldrían a ver qué sucedía, y si jugaban bien sus cartas, podrían dejarlos fuera de combate, vivos o muertos, antes de que ninguno de ellos se diese cuenta de qué les había golpeado.

Además, podía servirles de aprendizaje: podían aprender a desarmar aquel sistema de seguridad mágico, aunque algo le decía a Wolfgang que el destruir las runas sería más que suficiente para debilitarlo. Un simple hechizo Aura les podría servir perfectamente para pasar a través de una barrera debilitada.

Cuando McDowell terminó de hablar, Wolfgang asintió con la cabeza. Claro que estaba conforme con la idea, y dudaba que quien apareciese por aquella entrada les fuese a ofrecer gran resistencia. Tenían el elemento sorpresa de su lado.

—Conforme.—Asintió con la cabeza, mirando la roca que había estado examinando momentos antes.—Podemos hacerlo desde bastante distancia, y así estaremos a cubierto. Dudo que las rocas estén protegidas también, así que un simple hechizo explosivo debería servirnos.—Le sugirió, para entonces mirar alrededor. Todo era vegetación densa en las proximidades de la cueva, así que el esconderse no sería un gran problema.—Sugiero ocultarnos por ahí.—Señaló con un movimiento de cabeza la susodicha vegetación.

Una vez McDowell comprobó que efectivamente la otra roca también estaba marcada con la runa Eolth, y después de colocar el susodicho hechizo para prevenir la aparición, ambos mortífagos tomaron posiciones entre los arbustos, apuntando sus varitas en dirección a las dos rocas.

Wolfgang levantó tres dedos de su mano izquierda en dirección a McDowell y, sin emplear palabras, le dijo que a la de tres. Fue bajando entonces los dedos uno a uno, y cuando su mano era un puño, ambos lanzaron un hechizo explosivo que hizo saltar por los aires las dos rocas.

Ante la pared de roca, una serie de luces comenzaron a centellear, para finalmente apagarse con una especie de zumbido sordo. A Wolfgang le gustó cómo había sonado eso, pues claramente era un indicativo de que la protección de las runas había caído.

También observó un leve cambio, casi un parpadeo, en la pared de roca: por menos de un segundo, pudo apreciar lo que había al otro lado, pero sin fijarse en detalle alguno: sólo vio una tenue luz anaranjada que iluminaba lo que parecía ser una entrada. Aquello le sirvió por toda confirmación: estaban en lo cierto.

Así que esperaron con calma, y a los diez segundos, algo sucedió: la pared se desvaneció y mostró la susodicha apertura en la roca iluminada por una titilante luz naranja, quizás producto de una hoguera o de velas colocadas en algún punto del lugar. Y también otra cosa: un par de siluetas que emergían al exterior.

Se trataba de un hombre rubio y fornido, que tenía en sus mano derecha lo que parecía ser un largo machete de aspecto afilado, y una mujer de pelo castaño que sostenía en alto una varita. Ambos vestían con ropas bastante harapientas, y sus rostros eran la imagen misma de la desconfianza.

No les culpó: a fin de cuentas, sus barreras habían caído.

—¿Qué ha pasado con la barrera?—Preguntó la mujer, mirando al hombre en busca de consejo.

—No lo sé. Habrá sido un conejo o algo así.—El hombre intentaba convencerse a sí mismo.

—¿Un conejo ha destruido las runas?—La mujer acababa de topar con los restos de una de las rocas, y los miraba con creciente temor.

No era para menos: en aquel mismo momento, Rawson y McDowell emergieron de sus respectivos escondites y comenzaron a lanzar una ráfaga de hechizos destinados a incapacitarlos de inmediato.

Mujer=#ff99ff || Hombre=#ffff66
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Abigail T. McDowell el Sáb Mayo 04, 2019 2:35 am

Tras destruir aquellas dos rocas con las runas inscritas en ella, la evidencia se hizo frente a sus ojos: la roca desapareció y la apertura de la cueva quedó frente a ellos. Aún así, no se movieron ni un poco. Era necesario, al fin y al cabo, esperar a ver qué sucedía: la lógica decía que pasara algo al romper unas defensas de esa magnitud. Nadie ponía ese tipo de seguridad para luego ignorar lo que protege.

Apenas aguardaron unos segundos hasta que salieron dos personas que, a simple vista, parecía que solo se estaban resguardando del frío y habían utilizado aquellas runas para asegurarse un lugar más seguro. Abigail no se percató de sus rostros como para saber si eran fugitivos reconocidos o no, sino que atacó. La verdad es que la pelirroja era de esas de disparar y luego preguntar y, teniendo en cuenta los factores que rodeaban toda la situación... Ni lo dudó.

Aprovecharon el factor sorpresa, saliendo uno de cada lado y hechizaron sin dejar margen a una defensa útil. Abigail desarmó al hombre y le clavó su propio machete en el vientre, lo retorció con la varita desde la distancia, antes de sacarlo sin ningún tipo de cuidado. Lo único que pudo hacer el hombre fue llevarse las manos a la herida y caer al suelo mientras gritaba, pero para evitar molestias sonoras le hechizó para que no emitiera sonido. Wolfgang se encargó de la bruja armada y, bastante rápido, volvió todo de nuevo a estar en silencio. Ambos mortífagos se encontraban más cerca de la entrada y si bien esperaron un tiempo prudencial por si salía alguien más de la cueva, no se escuchaba absolutamente nada, sólo el crepitar de unas llamas en el interior, probablemente porque había una hoguera.

Vigila tus pasos le recomendó, entrando la primera en el interior al asegurarse de que, a simple vista, no había nadie más.

Que podría haber algún cobarde escondido intentando sorprender, pero teniendo en cuenta cómo eran lo fugitivos radicales—y ella suponía que esos eran los que ahí se escondía—dudaba mucho que hubiese algún alma cobarde entre ellos.

Al entrar al interior pudieron ver el centro de aquella cueva, en donde había una hoguera justo en el centro, conformada por una gran pila de maderas. Se notaba que había sido echa con fuego mágico, pues hacer arder eso de maneras convencionales hubiera necesitado de mucha más paja. Alrededor de la cueva habían dos caminos que se bifurcaban. En uno de ellos no se veía el final, mientras que en el otro había una puerta encajada de madera, que también se notaba que había sido puesta con magia. La puerta tenía por delante varias cadenas que se sujetaban a la fuerte roca y en ellas habían varios candados.

Eso suena a protección mágica advirtió, enarcando una ceja.

Apuntó entonces al camino misterioso y lanzó un lumos que recorrió toda la cueva, chocando al final contra la roca. Se podía intuir que había una esquina que te llevaba hacia otro lugar, una especie de pasillo.

Dar por hecho cosas en un lugar como este es arriesgarse, pero diría que ahí guardan algo. Señaló a la puerta, hablando en voz baja como simple precaución. Mientras que si seguimos por el pasillo, podríamos dar con alguien. Hizo una pausa, para dar su opinión. Diría de asegurarnos de que esto está vacío primero antes de ver qué puede haber ahí dentro. Y separarnos no es una opción.

Ambos confiaban en sus capacidades, pero entre eso y ser gilipollas sólo había un paso que ninguno de ellos dos cruzaba nunca. Estando en un lugar desconocido en donde podían haber enemigos y trampas era una soberana estupidez.
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Wolfgang Rawson el Miér Mayo 08, 2019 12:01 am

En el momento en que aquellos dos salieron al exterior, sus vidas terminaron. ¿Podrían ser inofensivos? Podrían, sin duda, pero ni a Rawson ni a McDowell les importó lo más mínimo: lo único que dejaron de ellos fue un par de cadáveres.

Al hombre le costó un poco más morir, y sin duda su muerte fue mucho más agónica que la de la mujer, a quien Wolfgang simplemente desarmó con un sencillo Expelliarmus, para después fulminarla con una maldición asesina. Su cuerpo sin vida se tambaleó unos pasos hacia atrás, y entonces se vino abajo, quedando medio sentada contra la pared de roca junto a la entrada de la cueva.

Su compañero tuvo unos segundos más, y tal vez hubiera preferido ahorrárselos: la última imagen que se llevó del mundo de los vivos fue la de su compañera muerta.

No hubo más incidentes después de eso, por lo que Wolfgang supuso que nadie en el interior de la cueva había reparado en la falta de sus compañeros, o simplemente no faltaban tanto tiempo como para alarmarse. Cabía la posibilidad de que solo hubiera dos personas en la cueva, por supuesto, pero el mortífago lo dudaba profundamente: demasiado despliegue de medios mágicos como para resguardar a dos personas.

Caminó tras McDowell en dirección al interior de la cueva, prestando mucha atención a lo que se encontraban en el camino. Aquel lugar, además, podía ser mucho más grande de lo que se apreciaba a simple vista desde el exterior: podían existir galerías subterráneas en las que la luz sería escasa, así que tendrían que ir con mucho cuidado, tanto de no perderse como de no pisar algo que les mandase al otro barrio.

Una vez en el interior de la que debía ser la sala principal de la cueva, los dos mortífagos se encontraron con una fogata prendida y crepitante que había convertido aquella cámara en poco menos que un horno. El contraste de temperatura con respecto al exterior perló de sudor la frente de Rawson, quien comenzaba a notar que le sobraba la chaqueta de abrigo.

Dos caminos se extendían ante ellos: una tentadora puerta llena de cadenas y candados, y un largo y serpenteante pasillo que gritaba ‘trampa’ a los cuatro vientos. Aquella sensación se vio acentuada cuando la Ministra utilizó un hechizo de luz para ver qué había al fondo, y nadie apareció a preguntarles a sus compañeros el motivo de dicho hechizo: claramente, les estaban esperando.

—Algo me dice que ya nos están esperando.—Le susurró Wolfgang a McDowell, y a pesar de ello, su voz reverberó en las paredes de roca de la cueva.—Si mis suposiciones son correctas, cuando entremos en ese pasillo nos sorprenderán de alguna manera. Por lo que yo, en lo personal, haría salir a esas ratas a campo abierto antes de aventurarnos a avanzar.—Sugirió Rawson mientras señalaba el pasillo con su varita.

Ahora, todo dependía de cuánto le interesasen a McDowell las personas que podían esconderse en aquel túnel: quizás las quisiera con vida, o quizás le diese lo mismo si morían o vivían. Para aquello, tenían dos opciones.

—Si esas ratas no te importan lo más mínimo, sugiero prender fuego al pasillo. Sin embargo, ese plan tiene un pequeño inconveniente: también destruiríamos cualquier cosa de importancia que pueda haber al otro lado.—Hizo una pausa, ofreciendo la mejor opción de las dos, en su opinión.—Si uno de nosotros llena el pasillo de humo mientras el otro espera el momento apropiado, las ratas irán saliendo. O, cuanto menos, harán algo para desvelar su posición, momento en que estaremos listos para atacar.—Sopesó su varita, listo para llevar a cabo cualquiera de las dos opciones. Le daba lo mismo.—Tú decides.

Fuera como fuese, aquello terminaría en baño de sangre… a no ser que ocurriera aquello que menos se esperaban, la opción más decepcionante: que, realmente, no quedase nadie más en la cueva. Dos personas para vigilar aquella extraña puerta… y dos personas muertas.

No sería decepcionante, no; sería, incluso, anticlimático.
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Abigail T. McDowell el Jue Mayo 09, 2019 4:07 am

Una vez en la sala principal, se les presentó de nuevo una decisión a tomar, pues tenían delante un pasillo con un final incierto, así como una puerta que evidentemente estaba protegida con magia. La idea de enfrentarse al problema de la puerta era estúpida, pues podrían ser sorprendidos en cualquier momento si no tomaban las precauciones debidas.

Fue Wolfgang quien, opinando lo mismo que ella, dio varias opciones a ejecutar. La verdad es que por mucho que hablase bajito, el silencio que reinaba en aquella cueva le hacía tener la sensación de que podrían escucharle desde cualquier lugar, por lo que con su mano libre de varita elevó dos dedos, dándole a entender que elegía la segunda opción. Esas ‘ratas’ no le importaban lo más mínimo, pero desconocía lo que había al otro lado y no quería romper algo que pudiera ser valioso, ni mucho menos matar a alguien que también pudiera serlo.

Le hizo entonces una señal, yendo ella la primera. Lo primero que hizo fue apagar la hoguera que estaba en el centro de aquella sala, pues la luz del fuego les quedaría por detrás y las sombras podrían darle información al enemigo en su contra. Luego se conjuró a sí misma para poder ver con todos sus sentidos y llegó hasta la entrada del pasillo. Con la varita en alto apuntó hacia el final y de ella comenzó a salir un chorro de humo insonoro que comenzó a llenar aquel pasillo hasta el fondo. Al principio parecía un humo totalmente inofensivo, pero poco a poco, cuando comenzó a llenarlo todo, la pelirroja lo fue haciendo cada vez más denso.


***

En el interior de aquella cueva, evidentemente, había más gente. En total habían cuatro personas más de los radicales: tres chicos y una chica. Además, había una abogada de Wizengamot que si estaba allí escondido no era porque la hubieran pillado, sino porque era una traidora que se estaba cagando ahora mismo de miedo de ser descubierta. Mientras los cuatro radicales estaban protegiendo la salida de aquel pasillo hacia otra sala en aquella cueva, la traidora estaba escondido en una esquina, detrás de un escritorio de madera de mucha envergadura.

Pronto aquella sala comenzó a llenarse de humo y, al hacerse cada vez más denso, no solo empezaron a ver mucho menos, sino también les costaba mucho más respirar. Se dieron cuenta perfectamente de lo que intentaban y ninguno de los presentes iba a morir asfixiado. Todos se conjuraron un ‘casco burbuja’ sobre su boca, permitiendo que su respiración volviese a ser perfecta.

Para cuando se habituaron a aquello, tenían otro problema: no veían absolutamente nada. Intentaron conjurar sus ojos para poder ver en la oscuridad, pero eso no servía. No era lo mismo ver en la oscuridad que a través del humo.

Tardaron demasiado entre la incertidumbre y la preparación y la pelirroja, que notaba la posición de todos gracias a sus movimientos, se introdujo con ventaja en el pasillo, acercándose lentamente tras avisar a Wolfgang de que le acompañase. Como había dicho, separarse era una opción ridícula, pero también tenían que aprovechar sus oportunidades. No parecían tener intención de salir mientras no supiesen qué pasaba y, en ese momento, tenían la oportunidad de atacar estando por encima de ellos, cogiéndolos por sorpresa.

Para cuando el único de ellos que era capaz de conjurar un echoes lo usó, fue demasiado tarde. Vio como dos figuras aparecían frente a ellos entre todo el humo y, para cuando quiso decir algo para alertar a sus compañeros, un látigo de fuego le impactó en el rostro, callándole del golpe. Al momento, ese mismo látigo le golpeó en la muñeca, desarmándole. No era solo el hechizo que más le divertía usar, sino también de los que mejor se le daban. Aquellas cuerdas flamígeras eran casi como una extensión de sí misma. A ese mismo hombre se le enroscó la cuerda en el cuello, para hacer fuerza contra el suelo y que cayese de boca contra éste de manera violenta. Se quedó aturdido y sangrando, sin poder hacer nada.

Podrían matarlo, sí, ¿pero si están todos muertos, a quién les iban a poder preguntar cosas? Eran cinco según pensaba Abigail y muchos dirían que sólo se necesita uno para hacerlo hablar. Sin embargo, había tenido tantas malas experiencias que entre más, mejor. Eso sí, si alguno pedía a gritos morir, ¿por qué no? Uno es prescindible.

Lo que Abigail y Wolfgang no sabía es que de esas cuatro personas, ahora mismo tres activas, dos de ellos tenían una varita desleal a ellos. De esas varitas que hacen lo que les da la gana, cuando les da la gana. Y eso en muchas ocasiones solía ser una desventaja para quien la portaba, pero en este caso podía ser incluso una herramienta. Uno de ellos, desesperado por no saber qué ocurría y ver caer a su amigo al suelo prácticamente a su lado, conjuró hacia la puerta un hechizo. Si bien su intención era sellar la puerta con una barrera protectora, la cosa salió mal. La barrera, inestable, explotó en mitad de ambos equipos, haciendo que todos saliesen despedidos en direcciones opuestas. Parte de la cueva cayó pero pese a que uno podría pensar que se iba a caer entera, no ocurrió, sino que se mantuvo en buen estado y sólo cayeron al suelo parte de la entrada. Fue fácil asumir que después de eso, que no se viniese abajo, quería decir que estaba protegida también por magia.

El humo, entonces, empezó a disiparse.
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Wolfgang Rawson el Vie Mayo 10, 2019 12:41 am

Como cabía esperarse, al fondo de aquella galería excavada en la roca había un pequeño grupo de… bueno, quizás llamarles a todos fugitivos sería erróneo, dada la presencia entre ellos de una abogada del Wizengamot. Quizás una palabra más apropiada para el grueso de aquel grupo fuese, sin ir más lejos, traidores.

Fuera como fuese, los traidores estaban escondidos en la cámara al final de dicha galería, y McDowell se aseguró de llenar con humo aquel lugar.

Allí podían ocurrir dos cosas, principalmente: o bien se quedaban y sufrían un destino parecido al de las cámaras de gas de los campos de prisioneros nazis, o bien salían corriendo para enfrentarse, posiblemente, a otro tipo de muerte asegurada. Siempre y cuando no contasen con otra salida que los mortífagos desconociesen, claro está.

A medida que avanzaban entre el humo, hechizados para que nada los pillase por sorpresa, Wolfgang comprendió que había una tercera opción: que se quedasen donde estaban, a pesar del humo, y tratasen de hacerles frente. Sin duda, aquella le parecía la peor opción de todas, y ni siquiera la había tenido en consideración, pero no iba a ponerse a juzgar: el miedo llevaba al ser humano a cometer actos que podrían catalogarse perfectamente de estupideces. En aquel caso, se estaban quedando encerrados en una cámara de tamaño reducido y que pronto estaría llena de humo.

Antes de que todo eso ocurriese, comenzó la contienda. McDowell se sirvió del fuego que tanto le gustaba para librarse del primer enemigo, y Wolfgang optó por ofrecerle cobertura defensiva: un débil hechizo, a saber de quién, impactó contra una barrera que el mortífago conjuró delante de la Ministra, que iba en cabeza.

Sin embargo, la cosa se complicó un poco después de que cayese el primer enemigo: tuvo lugar una explosión en medio del túnel, la cual los arrojó a ambos por los aires y los hizo dar dolorosamente con la espalda contra la pared de roca en el recodo que habían dejado atrás.

Wolfgang, medio aturdido por el golpe y con un dolor de espalda que sabía que le duraría días, hizo un esfuerzo para ponerse en pie. Todos los músculos de su cuerpo le decían que aquello era mala idea, que a pesar de que el suelo era duro, era mejor quedarse tumbado. Los ignoró, y observó lo que tenían al frente.

La explosión había derribado una parte del techo, la más cercana al lugar donde la galería se ensanchaba y daba paso a la cámara en que se refugiaban los prófugos. Un pequeño montón de rocas y escombros, que le llegaban casi hasta la cintura a Wolfgang erguido, había bloqueado parcialmente el pasillo.

El mortífago ni se lo pensó: lanzó un poderoso hechizo repulsor hacia el montón de escombro y éste se convirtió en una lluvia de rocas que volaba en dirección a la cámara de piedra. Escuchó el chillido de una mujer y las quejas de un hombre, además de contemplar el resplandor de distintos hechizos defensivos.

—Es nuestro momento.—Dijo Wolfgang, sabiendo que sus enemigos estaban demasiado aturdidos a causa de la explosión y del humo como para esperarse que los mortífagos cayeran sobre ellos.

¡Y vaya si cayeron sobre ellos! Rawson y McDowell entraron igual que una bola de demolición, sorteando los pocos escombros caídos que quedaban y lanzando hechizos a diestro y siniestro.

Para cuando terminaron, los tres hombres estaban en el suelo y la mujer, considerablemente mejor vestida que el resto e indudablemente más asustada, se limitó a tirar la varita y a levantar las manos en señal de rendición. Aquello les dejó una cosa muy clara: por muy radical que fuese, tenía miedo a las consecuencias de sus actos. Y no era para menos, siendo la suya una cara perfectamente reconocible para McDowell.

Casi me da pena, pensó Wolfgang. No tiene ni la menor idea de cómo se las gasta McDowell con los traidores. La rendición no la va a salvar.

Rawson, varita en alto, se hizo a un lado para dejar a McDowell lidiar con semejante alimaña. Mientras tanto, él prestaría atención a los demás caídos, a los cuales se habían asegurado de no matar.

Ya habría tiempo: su vida estaba proporcionalmente relacionada con la utilidad que tuviesen.
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Abigail T. McDowell el Jue Mayo 16, 2019 2:56 am

Después de aquella explosión, Wolfgang y Abigail supieron aprovechar su oportunidad gracias a que ninguno recibió daños que pudieran ser limitantes. La pelirroja se clavó algunas piedras en la espalda y el golpe la había dejado medio atontada, pero nada que con un poco de concentración no pudiese dejar atrás. Así que caminó hacia adelante tras el hombre, llegando a la zona en donde estaban los enemigos: tres hombres en el suelo, mientras que la traidora los miraba con temor, implorando clemencia.

Quizás si la mujer hubiese sido un poco más inteligente podría haberse dado por una víctima de los radicales, en vez de como una traidora pusilánime, pero se veía que la presión había podido con ella y que era incapaz incluso de moverse demasiado. De verdad aquella mujer tenía la esperanza de que aquellas personas fuesen benevolentes con su vida, pero cuando su mirada se fijó en Abigail McDowell, sus esperanzas parecieron disiparse de inmediato. Hasta la pelirroja pudo ver como el brillo de sus ojos desaparecía. ¿La Ministra de Magia atacando una de las zonas radicales? ¿La mismísima Abigail McDowell ejerciendo como soldado?

Mucha gente lo desconocía, pero en realidad la pelirroja siempre fue muy buena duelista y estratega. Quizás no la mejor, pero una que se desenvolvía con muchísima soltura en nombre de Lord Voldemort. Si había dejado de hacer todo eso de manera continua era sencillamente por falta de tiempo, además de que su vida solía correr mucho más peligro. Si hasta había tenido que irse a otro piso a vivir porque el suyo era conocido y podía ir cualquier fugitivo con un poco de conocimiento de su vida.

—Ministra McDowell, yo… —La pobre mujer no sabía ni qué decir.

Antes de enfrascarse con aquella mujer, observó que no había nadie más por la zona que pudiera ser peligroso, pues todos los demás estaban siendo controlados por Wolfgang. Abigail se acercó a la mujer con falso rostro inocente y casi que parecía preocupado. Hincó una de las rodillas frente a la traidora, sujetando con suavidad su mentón.

¿Cómo te llamas?

—Braňka Horská —respondió, con lágrimas en sus ojos.

Eres de Wizengamot. Afirmó Abigail, a lo que la mujer de unos cincuenta años, morena de pelo corto y rizado, asintió varias veces.

—Sí, pero yo no quería… Ellos amenazaron a mi familia… Tengo dos hijos pequeños y un marido y yo… Apenas he contado nada. No he dado información, ellos me había retenido y...

Claro que sí… Entonces se puso de pie y, con la varita, hizo que la mujer se irguiese frente a ella, inmóvil y levitando del suelo. La miró directamente a los ojos y entró al interior de su mente, creando una conexión con ella. Braňka se resistió al principio, pero Abigail le rompió el hueso del antebrazo con uno de sus hechizos. El ‘crack’ sonó bien alto, su grito resonó por el eco de la cueva y su mente se liberó casi de manera instantánea tras el dolor.

Indagar fue fácil. Estaba tan asustada que todo lo que la podía incriminar como una sucia asquerosa parecía estar en primera plana, por mucho que hubiese intentado ocultarlo con sus dotes oclumánticas muy verdes. Vio como efectivamente simpatizaba con la causa radical y que su familia no había sido amenazada en ningún momento. La vio tratar siempre con las mismas personas que estaban en ese momento en aquella sala, casi como intermediarios. Vio varias escenas en donde les daba carpetas llenas de información. Intentó buscar algún cómplice, pero no hubo nada. Al parecer actuaba de manera individual, en venganza por la muerte de su hermanastro sangre sucia.

Soltó entonces a la mujer de su prisión y cayó al suelo, sujetándose la mano mientras sollozaba de dolor. También cortó la conexión con ella.

Se supone que Wizengamot es el lugar en donde se reparte justicia, ¿qué clase de imagen le estaría dando a mi gobierno dejando que alguien como tú vuelva allí, Braňka? Dio un paso hacia adelante y en un intento de la mujer de ponerse en pie, Abigail le pegó una patada en la cabeza. Antes de matarte te voy a enseñar la justicia que espero de mis trabajadores cuando se encuentran un traidor.

La mujer entonces, al ver que sus oportunidades de sobrevivir en nulas, intentó coger su varita del suelo. Y bueno, podría decirse que desde ese momento perdió todas sus oportunidades. Después de recibir su merecido, terminó siendo agarrada por una enredadera que salió del suelo y envenenada por sus espinas. Todavía no había muerto, sino que estaba en ello. Cada cierto tiempo se le escuchaba, pero cada vez perdía más fuerzas. Sus ojos lloraban sangre debido al veneno que se le estaba extendiendo por toda la cabeza. No pensaba hacer nada con el cuerpo: serviría de mensaje para los radicales que viniesen después.

Abigail entonces soltó aire por la nariz, poniendo los ojos ligeramente en blanco. La había matado porque sabía que no era de utilidad, pero aquellas personas que estaban allí dentro, todavía con vida, sí que podrían serlo. Los tres tipos se encontraban de rodillas en suelo, atados y con las varitas—aquellos que tenían—arrebatadas. Dos de ellos tenían la mirada en la tierra, probablemente planteándose que esa iba a ser su última noche con vida. Sólo uno mantenía la mirada tanto a Wolfgang como a la Ministra.

¿Tú eres el valiente de los tres?La pelirroja se posicionó al lado de Wolfgang, observándolo.

—Ninguno te tenemos miedo —aclaró el tipo.

Uno de los tres, el que estaba al otro extremo, estaba tiritando, probablemente con miedo a morir de una forma terriblemente dolorosa, como la abogada de Wizengamot. Tanto McDowell como Rawson podían hacer eso y cosas muchísimos peores.  

De necios está lleno el mundo.Le contestó Abigail al ‘valiente’, para entonces mirar a Wolfgang. Decía que no les tenía miedo, pero sin duda deberían. Deberíamos llevarlos a otro lugar en donde sepamos que estamos seguros para poder interrogarlos. Aquí pueden aparecer más enemigos en cualquier momento.

Los tres se miraron entre sí, evidenciando su inseguridad. Los dos mortifagos que estaban ahí tenían la suficiente experiencia como para no actuar en terreno enemigo, no cuando lo tenían todo tan controlado.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Sáb Mayo 18, 2019 1:17 am

Como era de esperarse, aquella pobre diabla que, para más seña, formaba parte del Wizengamot, se inventó una mentira con toda la intención de conservar la vida un poco más. Y como también era de esperarse, McDowell no se tragó ninguna de sus excusas: una traidora era una traidora, sin importar sus motivos, y precisamente había ido a dar con las dos únicas personas a las que posiblemente les diesen igual sus circunstancias personales.

Su muerte estaba anunciada, y no iba a ser rápida ni tranquila.

Mientras todo aquello sucedía, Wolfgang se dedicó a atar a los demás, colocándolos alineados los unos junto a los otros en un rincón de la cámara de piedra. Desde allí, pudieron ver bien lo que sucedía con su compañera. Ninguno de ellos permaneció impasible.

El final de aquella mujer de nombre impronunciable fue atroz, e incluso un ser sin alma como Wolfgang Rawson podía reconocer tal hecho: el veneno era un arma terrible para utilizar contra una persona, y él mismo lo había experimentado alguna vez en sus carnes. Aquella mujer, que tardaría muchísimo en morir, no sólo estaba inmovilizada en el suelo, sino que languidecía de dolor mientras de sus ojos brotaban lágrimas de sangre. Sus gimoteos de agonía sirvieron como banda sonora a la escena que tuvo lugar a continuación.

El fugitivo más valiente de los tres aseguró que ninguno de ellos tenía miedo, pero su compañero discrepaba: temblaba como un plato de gelatina durante un terremoto. La Ministra, por su parte, sugirió llevarse a aquellos tres de allí para averiguar si sabían algo.


—Sí, deberíais largaros de aquí antes de que lleguen nuestros compañeros.—Dijo el ‘fugitivo valiente’, mirando a ambos mortífagos de manera desafiante. Si tenía miedo a morir, lo estaba disimulando muy bien.

El tembloroso de los tres intercambió una breve mirada con su compañero, una que hizo que Wolfgang frunciese el ceño. No supo interpretarla bien, pero fue lo bastante notoria como para que prestase atención.

—¿Vienen más compañeros vuestros?—Preguntó Rawson con cierto interés.

—Sí, y vais a estar muy jodidos cuando lleguen.—El fugitivo se atrevió a sonreír, incluso.

Wolfgang fijó la mirada en su compañero tembloroso después de verle hacer, una vez más, un movimiento sospechoso. Caminó en su dirección, en silencio, y se le plantó delante. Miraba al suelo, cabizbajo, pero Wolfgang le hizo levantar la vista hacia él agarrándole la barbilla de una manera muy poco delicada. Al mismo tiempo, le puso la punta de la varita directamente en la cara.

—¿Qué me esconde tu compañero? ¿Por qué insiste tanto en que nos larguemos de aquí?—Preguntó el mortífago.

—Porque estáis jo...

—...didos, ya lo sé. Ya te he escuchado la primera vez.—Wolfgang fulminó con la mirada al fugitivo, invitándole a cerrar el pico.—Y ahora, ¿qué te parece si dejas hablar a tu compañero?—Volvió a mirar al tembloroso.—La señorita Ministra y yo estamos ansiosos por escucharte hablar. ¿Por qué queréis que salgamos de aquí tan rápido?

—Te… te lo acaba de decir, tío… Vienen nuestros amigos.—Dijo el tipo, que apenas podía mantener la mirada fija en Wolfgang.

—Por supuesto, y nos ha avisado por la bondad de su corazón, ¿verdad? Tiene todo el sentido del mundo.—Wolfgang se puso en cuclillas junto al fugitivo, poniéndole una mano en el hombro y adoptando un tono de voz casi confidencial.—¿Sabes lo que pienso? Pienso que tenéis algún tipo de trampa preparada para nosotros y contra la que seguramente estáis protegidos, y por eso tenéis tanto interés en que salgamos de aquí. Cuéntanos: ¿qué nos va a pasar cuando salgamos de la cueva? ¿Estallaremos en pedazos? ¿Nos veremos reducidos a polvo? ¿Caeremos desplomados y sin vida?

La reacción del hombre dejó claro que las sospechas de Wolfgang eran correctas: estaba aterrorizado, y su rostro se tornó en una mueca suplicante. Sin embargo, su compañero, más aguerrido, salió a intentar desmentir a Wolfgang.

—¡Y una mierda! No tienes ni puta idea. Vienen los refuerzos y vais a acabar hechos una mierda si no os...

Wolfgang utilizó un movimiento de varita para propinarle el equivalente mágico a una sonora bofetada en plena cara al fugitivo, lo cual hizo que se callase inmediatamente. Le dedicó entonces una mirada gélida, mientras su enemigo le miraba con odio.

—Tienes a la Ministra de Magia en persona a tu disposición y le dices que tiene opción de largarse.—Wolfgang suspiró, negando con la cabeza.—Eres todo valor, porque la inteligencia te la has olvidado en algún sitio. En fin...

Wolfgang, como medida que quizás debería haber tomado inicialmente, comenzó a cachear a los rehenes. Y, como ya se esperaba, se encontró algo en sus bolsillos: pequeños guijarros que tenían talladas runas de protección. Dichas runas, con toda seguridad, debían servir para pasar a través de la trampa en la que pretendían que cayesen ellos.

—¿Qué son estos? ¿Recuerdos de una feria medieval?—Preguntó con cierto sarcasmo, poniéndose en pie y ofreciendo una de las tres piedras a McDowell.—Seguro que la agonizante empleada del Wizengamot también tiene una, con lo cual tenemos cuatro en nuestras manos. Y aquí somos cinco… Creo que cualquier persona con un mínimo de inteligencia puede hacer el cálculo...

Intercambió una mirada con McDowell, antes de mirar a los rehenes. Era muy sencillo de entender: había una trampa que sólo podía atravesarse portando dichas runas, y si eran cuatro… uno de los fugitivos iba a tener que comprobar lo que le sucedía a cualquiera que intentase atravesar la trampa.

Solo faltaban dos cosas por saber: quién sería el fugitivo elegido, y dónde estaba la trampa.
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Abigail T. McDowell el Miér Mayo 29, 2019 2:44 am

Aquellos tres fugitivos tenían que pensarse que Wolfgang y Abigail eran subnormales, ¿acaso no habían escarmentado en que subestimar al enemigo nunca era la mejor opción? Y no era por alardear, pero McDowell y Rawson tenían ya muchísima experiencia, pues ambos habían dedicado gran parte de su vida a este tipo de situaciones. Podría ser que ahora la pelirroja estuviese un poco desvinculada de la acción de campo debido a su puesto político, pero para ella todo eso era como montar en bicicleta.

Frente a la idea de la chica de ir a otro lugar, los enemigos se vieron muy predispuestos a ello, desenmascarando de manera demasiado evidente sus intenciones. Fue su compañero el encargado de sacar de ellos toda la mierda y, pese a que no dijeron nada—probablemente proclamándose en su interior grandes mentirosos y leales a la causa—Wolfgang descubrió lo que había detrás: runas de protección.

Abigail guardó la suya en el bolsillo y caminó directamente hacia el fugitivo valiente, pues era tan hablador y molesto que valía más usarlo para descubrir la trampa que perder el tiempo con él para que solo soltase verborrea inútil por la boca. Así que lo sujetó de la camiseta y lo puso en pie, posando su varita en la parte trasera de su espalda.

Vamos.

—No pienso ir a ningun…

Y entonces Abigail lo empujó mágicamente contra la pared rocosa, haciendo que se diese un fuerte golpe en la nariz, la cual le empezó a sangrar de manera inmediata.

No te lo estaba pidiendo por favor. O vas caminando o vas a volando. Tú decides, valiente.Sonó irónica, señalándole con la mirada la salida de ese lugar.

Ahora mismo se encontraban en lo que parecía el final de aquel pasillo: una habitación prácticamente redondeada en donde había lugar en donde sentarse y un escritorio. Desde ahí no se podía ir a ninguna otra parte. Así que la pelirroja asumió que todo eso era o para salir, por algún tipo de mecanismo mágico que hubiesen activado cuando vieron que habían enemigos en el interior, o bien que se trataba de aquella puerta sellada que se encontraba en la parte principal. Quizás los tipos no buscaban que se fueran, sino ahuyentarlos ‘con prisas’ para que no tomasen las protecciones suficientes en dicha puerta antes de irse.

Abigail fingió que volvía a conjurar con la varita y el fugitivo rápidamente caminó hacia la entrada, caminando por el pasillo. Sorteó las piedras que estaban por el camino y llegó a la entrada principal, en donde estaba esa hoguera y esa puerta. La pelirroja señaló hacia la entrada principal y el tipo caminó tranquilamente hacia allí, saliendo hasta afuera sin que nada ocurriese.

Entonces hizo lo que cualquier persona inteligente hubiese hecho: intentar huir, aprovechándose que ya estaba fuera. Sin embargo, cayó de bruces al suelo después de que un látigo llameante le atrapase el tobillo, para luego arrastrarlo por toda la tierra de nuevo al interior de la cueva. Lo llevó entonces frente a la puerta encadenada y ya entonces el tipo gritó:

—¡Eh, eh, eh! ¡Espera! —Consiguió decir, haciendo que Abigail evitase que tocase dicha madera. —¡Espera, joder!

¿Tienes algo que decir?

—¡No! —dijo, con lo que parecía rabia. Al ser radical no podía desvelar nada de los radicales o automáticamente terminaría siendo similar a un vegetal y claro, él esperaba no morir ese día, pese a todo. Y si lo hacía, al menos que fuera rápido. Y sabía que tocando aquello sin protección no iba a ser rápido, sino muy terrible. —Pero sí.

¿Me estás vacilando?Acercó más al tipo, casi rozando su cuerpo.

—¡No, no, no! —Y entonces se giró hacia ella. —Me moriré.

Qué pena. Abigail le hizo tocar aquella cadena con la mano.

Entonces su mano se quedó pegada a aquella cadena y, aunque hiciera fuerza para quitarla, no pudo. La cadena se duplicó y comenzó a enrollarse por todo su brazo y, a medida que subía por él, empezaba a apretar tan fuertemente que se podía escuchar como los huesos crujían en el interior, rompiéndose de manera agónica. El tipo gritó. La cadena hizo lo mismo subiendo por sus dos pies y llegó un punto en el que las cadenas llegaron a su cuello, aprisionando con la misma fuerza, acallando así sus gritos. Pronto su propia trampa lo dejó reducido a nada, a un amasijo de huesos realmente desagradable.

Después de aquello, hicieron lo mismo con uno de los fugitivos que sí tenía la runa de protección y no ocurrió nada. El tipo, que sudaba del miedo, sobrevivió al mismo contacto que el valiente. Entonces retrocedió unos pasos, volviendo arrodillarse en el suelo junto a su amigo.

¿Qué hay al otro lado?El tipo bajó la mirada y negó con la cabeza. ¿Cómo lo abrimos?

—El único que sabía era él —respondió entonces, señalando ‘al valiente’ con la mirada.

¿Te crees que somos imbéciles?

—Es en serio. Lo sabía por precaución, pero en realidad ninguno de nosotros deberíamos de saberlo, sólo estábamos protegiendo esta base. No nos inmiscuye lo que haya ahí dentro.

Abigail entonces se dirigió a Wolfgang.

Tú eres el experto: ¿sabrías abrir esto? Evidentemente habrían probado con lo más fácil: encantamientos de apertura mágica que no habían funcionado. —O podríamos optar por hacerlo explotar, aunque la cueva se nos caiga encima. Dudo que sea un encantamiento protector hermético y cerrado: la piedra no estará encantada, sino solo la puerta —dijo como idea. No lo sé, pero no podemos estar aquí mucho tiempo por si acaso y no quiero irme sin ver qué hay ahí dentro.

Wolfgang sabía que Abigail era experta en muchas cosas, pero precisamente objetos malditos y hechizos protectores no eran su fuerte.
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