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Used to the darkness. —Wolfgang Rawson.

Abigail T. McDowell el Jue Abr 11, 2019 1:44 am

Recuerdo del primer mensaje :

Used to the darkness. —Wolfgang Rawson.  - Página 2 VBGNaRA
Merendero en el Bosque de Epping — 10 de marzo del 2019, 00:30 horas — Wolfgang Rawson & Abigail McDowell

Ataviada con unos pantalones de vaqueros ajustados y oscuros, unas botas altas de tacón grueso y una chupa de cuero, Abigail esperaba sentada sobre la mesa de uno de los puestos, en aquel famoso merendero de Epping.

Llevaba mucho, mucho tiempo siguiendo una pista en el bosque de Epping que parecía no tener cabida a la lógica, pero a su vez no dejaba de aparecer, una y otra vez. Y cuando decía que llevaba mucho, muchísimo tiempo, es que realmente había perdido mucho tiempo en una tarea que ni le correspondía porque ya ni ejercía como mortífaga, ni mucho menos como cazarrecompensas, cosa que nunca había sido. Desde que las mil y una obligaciones de ser Ministra de Magia la atraparon, había dejado todo lo que tenía que ver con ser una asesina en la calle. Y ciertamente lo echaba de menos.

Pocas cosas echaba de menos, pero Abigail siempre había sido mujer agresiva en busca de fuertes experiencias. Adoraba sentir la adrenalina de un buen duelo y el olor a muerte pasar por delante de ella, dejándolo pasar porque ese no era su día. ¿Estar encerrada entre las cuatro paredes del Ministerio de Magia? Valía la pena por el poder que ostentaba y porque era la líder que lo regía todo y le encantaba tener el poder absoluto.

Había quedado esa noche con Wolfgang Rawson, un hombre que no veía posiblemente desde antes del cambio de gobierno. Antes de todo el cambio había compartido con él grandes ocasiones y misiones como mortífagos, además de muchas sesiones de… sexo salvaje. Esa noche, sin embargo, no había quedado con él para nada de eso. Si había contado con su presencia era precisamente porque sabía que era una persona competente y seria y estaba harta de contar con gente con poca inexperiencia o que hablaba más de lo que realmente podía hacer. Últimamente se rodeaba de muchas personas así y estaba cansada de tener que limitarse a apariencias que no resuelven nada.

Rawson respondió a su carta con bastante rapidez y McDowell le citó allí, a aquellas horas de la noche. Aún no se había hecho la hora, pero Abigail se encontraba tranquila, esperando a que apareciese en cualquier momento. El hombre nunca había destacado precisamente por ser impuntual.

De hecho, cuando estaba con la mirada perdida mirando hacia el pueblo que se veía desde aquella montaña, iluminado con las luces de las farolas, escuchó el sonido de la aparición detrás de ella. Se giró, bajándose de la mesa para ver a Wolfgang caminar hacia ella.

Buenas noches le saludó.

La misión para esa noche no debía de tener complicaciones, pero no era la primera vez que se encontraba fugitivos en Epping y no quería ir sola porque, por muy egocéntrica que fuera, sabía perfectamente sus limitaciones. Ya había venido en otras ocasiones como animaga, pero no era lo mismo. Además, había vuelto a recibir una pista, más certera que nunca, sobre una base fugitiva allí y no iba a dejarla escapar en esta ocasión. Y la experiencia le decía que Rawson era un buen compañero para ese tipo de misiones.

No te di demasiados detalles por carta porque, pese a todo, ni el correo es cien por cien fiable a estas alturas. Le hizo un movimiento con la cabeza, para ponerse en camino por un lugar diferente al sendero convencional que se internaba en el bosque. Estaba lejos, por lo que antes empezasen a caminar, antes llegarían al lugar. Habían quedado en el merendero más cercano hacia la zona que querían vigilar. Te lo cuento por el camino.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Miér Mayo 29, 2019 2:53 pm

El afortunado entre los presentes fue el más valiente de los tres, ni más ni menos.

A Wolfgang le pareció justo: a fin de cuentas, aquel tipo había insistido con vehemencia en que se marchasen, posiblemente para que cayesen en alguna otra trampa oculta en los alrededores. Prueba de ello eran aquellas runas protectoras que, ahora, estaban en posesión de los mortífagos y dos de sus prisioneros.

Has sacado la pajita más corta, pensó Wolfgang mientras McDowell elegía a aquel fugitivo como conejillo de indias de su experimento.

A diferencia de lo que se imaginaba Rawson, la trampa no estaba en la salida, sino en la puerta que habían dejado atrás en la cámara de la entrada. El pobre diablo tuvo la mala suerte de poner sus manos—no por voluntad propia, precisamente—sobre el artefacto claramente mágico, y no vivió para contarlo: las cadenas lo estrangularon igual que si fuesen serpientes, y a los pocos segundos, su cuerpo sin vida yacía en el suelo. Sus ojos, vacíos de brillo y vida, miraban sin ver al techo por encima de sus cabezas.

Por desgracia para ellos, y según palabras de uno de los prisioneros, aquel cadáver era el único que sabía cómo abrir aquella puerta. La situación, si hacían caso a aquellas palabras, se les había complicado bastante.

—Podría intentarlo.—Respondió Rawson a la pregunta de McDowell, al tiempo que observaba la puerta con aire pensativo y una mano apoyada en la barbilla.—Por lo que he visto, se trata de algún tipo de sortilegio estrangulador, y por cómo está construida, yo diría que es una especie de puzzle.

Rawson se puso en cuclillas delante de la puerta y acercó la cara para ver mejor, sin llegar a tocarla. No tardó en encontrar, camufladas en el entramado de cadenas que la mantenían cerrada, una serie de cerraduras. Había un total de siete, repartidas de manera irregular y sin orden aparente por toda la puerta.

No había que ser un genio para saber que se trataba de cerraduras mágicas.

—Tal y cómo lo veo, esto tiene un orden.—Explicó, señalando con el dedo, sin tocarla, una de las cerraduras.—Han de abrirse las cerraduras en un orden concreto, o de lo contrario, se activa la maldición. Es por eso que nuestro amigo aquí presente—señaló con un movimiento de cabeza el cadáver que tenía a sus espaldas—ha terminado muriendo por tocar donde no debía.

Wolfgang se puso en pie, todavía con la mirada fija en la puerta y aire pensativo. De repente, una media sonrisa apareció en sus labios y, lentamente, se dio la vuelta en dirección a McDowell.

—Tenemos siete cerraduras. ¿A qué velocidad crees que serías capaz de abrirlas? ¿Tres segundos por cerradura? ¿Dos?—Le preguntó Wolfgang a la Ministra de manera enigmática, agachándose entonces delante del cadáver. Volvió a cachearlo, esta vez revisando bien cada milímetro de su ropa.—El tema del puzzle está bien si lo que pretendes es salir con vida, claro: en cuanto falles en el orden, esa maldición te va a atrapar. ¿Pero qué pasa si nos da exactamente lo mismo morir en el intento?—Wolfgang le quitó uno de los zapatos al muerto y lo puso boca abajo para sacudirlo. No sucedió nada, así que lo dejó a un lado y pasó a desatar los cordones del otro.—Estas runas que llevamos nos protegen, nos permiten tocar la puerta, pero no nos salvarán si abrimos las cerraduras en el orden incorrecto. Pero… ¿qué pasaría si la maldición ya está surtiendo efecto sobre alguien en el momento que abrimos las cerraduras? Pues muy sencillo...

Una llave de aspecto antigua cayó con un repiqueteo metálico del interior del segundo zapato del tipo, y Wolfgang la tomó enseguida. Se la ofreció a McDowell, para luego mirar alternativamente a todos los presentes. Casi como si los cuatro fueran un equipo.

—Propongo que le ofrezcamos a uno de estos dos a esa puerta, y cuando la maldición esté ocupada, abrimos las cerraduras. Intentaré retener al afortunado todo lo posible para darte tiempo a que abras todas las cerraduras.—Esto se lo dijo a Abigail, añadiendo a continuación:—Quizás dispongas de medio minuto para abrir todas las cerraduras. ¿Te crees capaz? Porque tendrá que ser de una sola vez...

Por lo que sabía de ella—y había experimentado en carne propia, aunque en un ambiente mucho menos hostil y mucho más agradable que aquel—, McDowell era ágil y diestra. Si uno de los dos podía hacer aquello, esa era ella.
Wolfgang Rawson
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Jue Mayo 30, 2019 2:02 am

Wolfgang estudió aquella puerta con bastante presteza, fijándose en que se trataba de un puzzle en donde había que abrir las cerraduras que tenía en cierto orden para no liberar la maldición. La pelirroja siguió sus dedos a través de lo que iba señalando, escuchando su teoría al respecto. Cuando se giró hacia ella, alzó la mirada para encontrarse con la de su compañero, que indudablemente le sacaba casi una cabeza de altura.

Si bien a la mujer no le estaba quedando demasiado claro cómo identificar el orden correcto de las cerraduras, la perspicaz mente de Rawson buscó rápida solución a eso: la maldición parecía afectar de manera individual y nunca a dos personas al mismo tiempo, por lo que usar un cebo para mantener ocupada a la maldición parecía ser la opción más viable mientras la otra persona abría las cerradura en un orden cualquiera, engañando así a la magia de protección. Abigail ladeó una sonrisa frente a la idea de su compañero, tan retorcida como eficiente. Sin duda había elegido a la perfección al compañero para aquella misión y por un momento hasta se arrepintió de no haber contado con él en otras ocasiones, pues se notaba que era muchísimo más competente que con la mitad con los que trataba normalmente.

¿Medio minuto para abrir siete cerraduras? Eso daba a casi cuatro segundos por cerradura y, siendo un poco tacaños para evitar llegar al límite, tres segundos. Se creía más que de sobra capaz, pero como sabía que los objetos malditos eran de todo menos predecibles, decidió no alardear de sus capacidades.

Por supuesto le respondió. Tú asegúrate de que uno de esos aguante medio minuto sufriendo.

Tomó entonces la llave que le dio Wolfgang entre sus dedos y se giró para mirar a los dos radicales que, inmóviles, estaban asustados detrás de ellos, de rodillas en el suelo. Ninguno de los dos estaba mirándoles, pero Abigail podía ver brillar la frente de ambos, sudando de miedo e incertidumbre, pues en menos de un minuto probablemente uno de ellos tuviese una muerte agónica. Abigail señaló entonces al tipo que habló en el interior, intentando seguir la mentira del ‘valiente’ que ahora mismo era un amasijo de carne y huesos rotos. A Abigail ese tipo sólo le inspiraba debilidad y prefería quedarse para un supuesto interrogatorio al tipo que había colaborado de manera más sana con ellos hacía un momento, con respecto a la puerta.

Wolfgang atrajo al más debilucho hacia ellos, el cual había comenzado a llorar y hacía toda la fuerza posible por alejarse de la puerta, sin embargo, el mago le obligó a ser partícipe de aquello y la puerta volvió a cobrarse a aquel que no estaba protegido con su maldición. La pelirroja mientras tanto hizo lo que tenía que hacer: utilizó la llave para ir abriendo cada una de las cerraduras mientras aquel tipo debía de sentir como cada parte de sí se rompía en cientos de pedazos.

Para cuando la cadena encantada estaba llegándole al cuello para partirlo, ya Abigail estaba abriendo la última de las cerraduras. Para cuando sacó la llave, el cuerpo de aquel hombre cayó al suelo y las cadenas volvieron a su estado original, protegiendo la puerta. Sin embargo, en vez de quedarse en aquella posición, cayeron pesadamente al suelo, haciendo que gran parte de la tierra se suspendiera en el aire como polvo. El gran candado del centro se quedó levitando en el aire, para entonces romperse en mil pedazos que 'desaparecieron' por arte de magia hacia el techo. A los segundos, la puerta se abrió por sí sola después de haber sido burlada por los dos magos tenebrosos que tenían en frente…

Lentamente aquel tablón robusto de madera se fue abriendo hacia el interior, dejando entrever entre toda la oscuridad una habitación iluminada por lo que parecía unas antorchas a los lados, sujetas a la pared. En el centro de la habitación había una piedra que hacía de mesa y encima de ésta se apoyaba un gran cofre de madera en cuya tapa se erguía una figura que a simple vista no se apreciaba, de un color dorado brillante.

Wolfgang y Abigail no se habían movido nada, esperando que la puerta llegase al final. Cuando un golpe avisó de que ya se había abierto por completo, se hizo una calma que transmitía inquietud en el ambiente y el fugitivo que aún quedaba vivo había elevado la mirada, expectante a lo que estaba a punto de ocurrir. Él había mentido y evidentemente sabía todo lo que tenía que ver con aquella puerta y las maldiciones que protegían el interior, pues lo que había en aquel cofre era muy importante y preciado para los radicales. Se mantuvo callado y cuando Abi dio un paso hacia adelante, sin traspasar aquella puerta todavía, simplemente para observar mejor el interior desde su posición, algo le sorprendió.

Algo que no identificó le cayó encima desde el techo y si bien pegó un respingo e intentó quitárselo de encima, aquella ‘cosa’ se deslizó por su hombro y bajó por su brazo. Consiguió quitárselo de encima y tirarlo al suelo, así como patearlo contra la pared. Todavía sin haberlo identificado, esa especie de masa viscosa se metió bajo tierra y correteó dejando un rastro hasta llegar al cofre y subir hasta la tapa, haciéndose uno con aquella figura que sobresalía en la tapa. Hubo un destello, en donde pudieron darse cuenta de que la figura dorada que se alzaba tenía forma de dos alas abiertas.

Después del destello, las cadenas que habían caído de la puerta al suelo también se convirtieron en esas masas viscosas que se deslizaron rápidamente hasta el cofre. Éstas, sin embargo, rodearon el cofre en su totalidad, consumiéndolo lentamente a la nada y haciéndolo desaparecer de allí como método de protección a lo que había en su interior, pues la maldición podría haber sido burlada, pero sabía perfectamente que las cosas no se habían hecho correctamente y que allí habían intrusos. Cuando el cofre desapareció, de sus cenizas se formó un chispa que creó fuego; fuego mágico que se unió a las antorchas de ambos lados, formando la imagen dos alas abiertas flamígeras que poco a poco se iba avivando cada vez más y parecía amenazar con atacar a los que habían intentado engañarlos.

Y en ese momento se formó el caos: el fugitivo se había levantado y abalanzado contra Wolfgang para intentar quitarle la varita—pese a que aún estaba maniatado—y Abigail dudó entre tratar con el fuego del interior o con el fugitivo, pero fue muy consciente de su estado en ese momento y lanzó un Avada Kedavra al fugitivo para liberar a Wolfgang de esa molestia. Luego de eso, lo único que su cuerpo respondió fue con una pérdida masiva de fuerza, cayendo de rodillas al suelo y apoyando sendas manos sobre la tierra. No supo qué pasaba, hasta que vio su chaqueta rota a la altura del antebrazo y como de una herida de aspecto terrible se expandía un veneno en todas las direcciones. Pronto su vista comenzó a desenfocarse y sintió como le costaba respirar. Y en ese momento y en aquella situación tan peliaguda, no pudo hacer absolutamente nada. No podía hacer nada.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Jue Mayo 30, 2019 2:04 pm

Las maldiciones eran algo intrincado, algo traicionero que podía jugarle a uno una mala pasada si no iba con el suficiente cuidado.

Wolfgang había escuchado al señor Borgin en más de una ocasión compararlas con algo vivo, algo temperamental y traicionero, asegurando que tenían tanta malicia como el mago que las había conjurado. Aquel pareció ser el caso.

En principio, todo pareció funcionar: mientras la maldición ‘se alimentaba’ del fugitivo que le ofreció Rawson en sacrificio, McDowell tuvo tiempo de abrir todas y cada una de las cerraduras que se ocultaban entre las cadenas, con la banda sonora del desagradable crujido de los huesos y los gemidos agónicos del prisionero.

Las cadenas parecieron ser despojadas de toda vida propia, cayendo inertes al suelo como una serpiente a la que se ha decapitado, y poco a poco la puerta se fue abriendo. Las bisagras lanzaron un lastimero y oxidado gemido mientras giraban sobre sí mismas.

Ante sus ojos, en una estancia tenuemente iluminada por las llamas de varias antorchas, apareció lo que parecía ser un cofre con un extraño adorno ornamental en la tapa, el cual recordaba a unas alas. Rawson permaneció impasible, observando, sólo un par de pasos por detrás de McDowell, preguntándose qué demonios sería aquello y por qué lo protegían tanto los fugitivos.

No hubo ocasión de averiguarlo.

Lo que sucedió a continuación fue demasiado rápido para que ninguno de los dos tuviese ocasión siquiera de pensar en hacer algo para detenerlo: primero, la cosa que atacó a McDowell y de la que, aparentemente, logró librarse; después, las cadenas convirtiéndose en aquella suerte de organismo vivo y reptando en dirección al cofre; acto seguido, el cofre consumiéndose y desapareciendo ante sus narices.

Entonces hubo fuego, una gran llamarada, y mientras el mortífago intentaba recuperarse de la impresión, el último fugitivo vivo se lanzó sobre él y comenzaron un forcejeo. Claramente, el tipo iba a por su varita, pero teniendo las manos atadas, lo poco que podía hacer era intentar morder y asestar patadas.

No le salió bien: Abigail le dio muerte sin ningún tipo de compasión, liberando a Wolfgang. Rawson se dio la vuelta para mirarla, con intención de decir algo, y la vio cayendo sobre sus rodillas, extenuada.

El fuego maldito, mientras tanto, avanzaba hacia ellos en la forma de un ser volador, a través de la cámara en que los fugitivos guardaban aquel cofre. Rawson actuó todo lo rápido que pudo, lanzando un impacto con el contrahechizo Fiendlocked en dirección a la criatura llameante, que lo recibió igual que quien recibe un puñetazo en la cara sin esperárselo: pareció chocar contra una barrera invisible y retroceder, dando un respingo incluso.

Wolfgang aprovechó para cerrar la puerta con un movimiento de su varita. Esta impactó contra el marco de piedra con sonido reverberante, y a continuación, del otro lado, se escuchó el impacto del ser de llamas contra la madera. Un olor a madera quemada llegó a la nariz del mortífago casi al momento, y supo que no tenía mucho tiempo: era cuestión de segundos que la puerta fuese consumida por las llamas.

Sin ningún tipo de ceremonias, Rawson recogió la varita de McDowell del suelo junto a ella, se la guardó en el bolsillo, y acto seguido cargó a la mujer en brazos. Para entonces, de la puerta ya brotaban densas columnas de humo gris que amenazaban con inundar la caverna, y la temperatura había aumentado hasta tal punto que había empezado a sudar.

Corrió en dirección a la entrada, y justo cuando pasaba bajo el umbral de ésta, escuchó a su espalda un fuerte estallido de madera: los restos de la puerta habían sucumbido a la presión de las llamas y habían sido arrojados en todas direcciones.

Sintió también ‘algo’, una extraña sensación por todo el cuerpo. Fue como si, por un instante, todos los músculos de su cuerpo se quedasen dormidos. Lo atribuyó a algún mecanismo de defensa que, gracias a las runas que llevaban, no les había afectado. No quería ni imaginarse qué hubiera pasado de no haberlas llevado encima, aunque igualmente lo imaginaba.

Una bocanada de fuego emergió al exterior detrás de ellos, y Wolfgang logró alegarse por muy poco: sintió las lenguas de fuego acariciándole la nuca, incluso. Las llamas no fueron más allá. Supuso que la maldición no funcionaba más allá de los límites de la cueva, y tuvo tiempo de alegrarse de estar en forma.

Cayó de rodillas sobre la hierba y, con cuidado, dejó a McDowell tumbada sobre ella. Le palmeó suavemente la cara, buscando alguna respuesta por su parte.

—¿Abigail?—La llamó por su nombre mientras revisaba su cuerpo de arriba abajo, buscando un origen para lo que había sucedido.

Encontró algo inusual en su brazo: la manga de su chaqueta estaba desgarrada, y la piel por debajo mostraba un aspecto pálido. Se apresuró a cortar el resto de la manga con un rápido movimiento de varita, y se encontró con una herida en su antebrazo: un corte que tenía un aspecto muy feo, como si hubiese sido hecho horas antes y hubiese tenido tiempo de infectarse. Las venas que rodeaban la herida estaban teñidas de un negro azabache, síntoma inequívoco de un envenenamiento.

Wolfgang habría podido intentar muchas cosas, echar mano de sus escasos conocimientos en medimagia para intentar curar dicha herida, pero supo al momento que sería inútil: aquello era una maldición, con todas sus letras. Sus habilidades en el campo de la sanación no le servirían de nada.

Así que en lugar de intentar nada de eso, rompió unas tiras de su propia camiseta y las envolvió alrededor de la herida, como una especie de vendaje. Colocó la punta de la varita sobre ellas y comenzó a conjurar en silencio el mismo encantamiento que utilizaban en Borgin y Burkes para fabricar guantes protectores. Tardó unos cuantos segundos, encontrándose con una fuerte oposición por parte de la maldición, pero finalmente, el improvisado vendaje emitió un suave brillo dorado, y el efecto fue inmediato: el movimiento del veneno a través de las venas de McDowell se detuvo.

—¿Estás bien?—Preguntó el mortífago, dejándose caer sentado sobre la hierba, observando su trabajo improvisado.

Aquello no duraría: se trataba de un mero parche que ralentizaba las cosas, pero eventualmente, la maldición terminaría por destruirlo también. Cuando el tenue brillo de los vendajes se apagase, se acabaría su efecto.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Lun Jun 03, 2019 12:41 am

No había perdido totalmente la consciencia, pero sentía que sus fuerzas habían desaparecido de su cuerpo, por lo que cuando Wolfgang la cogió en brazos para sacarla de allí, no opuso ningún tipo de resistencia. Sintió el cuerpo de su compañero corriendo con presteza y no le pasó desapercibido el olor a madera quemada, ni lo que había visto antes de perder totalmente la compostura: aquel fuego había sido creado para destruirlo todo si aparecía y ellos allí eran la primera amenaza. El objetivo de aquello era reducir a cenizas a McDowell y Rawson.

Todo pasó lentísimo desde la perspectiva de Abigail y se le hizo eterno el camino hasta que Wolfgang la apoyó contra el césped. No fue capaz de responder a su primera llamada, pues sentía en el interior de su cuerpo una sensación que jamás había sentido, desagradable, como si algo muy denso la estuviese quemando por dentro y el proceso en el que eso ocurría era lento y pesado. No entendía nada, pero solo pudo responder ante aquello mientras cerraba los puños con fuerza y se revolvía en el suelo, apretando fuertemente los dientes. Intentó mantenerse todo lo quieta que pudo cuando vio que Wolfgang se acercó a ella, interviniendo en el brazo.

No supo identificar qué era lo que decía, pero sí que sintió los efectos: de repente su vista desenfocada y oscura comenzó a despejarse y parecía que todo lo que sentía en su interior fue disipándose en dirección al brazo, creando en la zona en donde estaba la marca un dolor atroz. Cogió aire fuertemente y se irguió, sentándose en el césped y llevándose su otra mano a la herida. Sentía una palpitación inaguantable, como si allí dentro estuviese retenido algo demasiado poderoso que deseaba ser liberado. Como si aquel pequeño hueco no fuese suficiente para retener tanto poder.

No...Le respondió, con los dientes bien apretados, sin apartar su mirada de aquellas vendas.

Sabía lo que eran las vendas: un encantamiento para evitar las maldiciones. Pero teniendo en cuenta lo que tenía bajo dichas vendas, todavía venas oscuras que amenazaban con expandirse y que habían sido congeladas momentáneamente, sabía que debía de ser algún variante para retener dicha maldición. Sin embargo... la maldición ya estaba allí y la estaba mirando con bastante preocupación.

Nunca nada me había dolido tanto...Consiguió decir, entre dientes, pues estaba haciendo muchísima fuerza frente a aquel dolor.

Pocas veces Abigail admitía que algo le dolía, pero en ese momento tenía miedo. Nunca antes había sido maldecida por nada y siempre se había curado muy bien de ser la patética persona que cae frente a un objeto maldito, pues por norma general salvarte de una maldición así es muy complicado. Ella probablemente estaría a punto de morir de forma agónica si no hubiese sido porque Wolfgang había frenado los efectos; efectos que terminarían por llegar tarde o temprano. Cerró los ojos, intentando serenar su mente y su cuerpo ahora que podía hacerlo y su cuerpo volvía a responder. Quizás en otra ocasión podría haber intentado buscar a alguien que supiera como revertir la maldición, pero todas las personas que estaban en el interior de esa cueva habían muerto.

Ella no era experta en objetos malditos, pues siempre le pareció la forma más penosa de buscar la muerte de una persona, por lo que cuando poco a poco aquel dolor comenzó a disminuir gracias a los efectos de la venda, la pelirroja tragó saliva y miró a Wolfgang.

Abigail lo único que sabía era de la parte mala de las maldiciones, sin ser consciente ni estar interesada en cómo solventarlas. Sabía que había maldiciones que podían ocasionarte muertes terriblemente desagradables y también sabía que había maldiciones que podían destrozarte la vida a largo plazo. Era consciente de que las maldiciones podían recorrer un grandísimo abanico de posibilidades en donde el final siempre iba a ser malo, pero desconocía si todas tenían una solución.

Recordaba las palabras de su profesor de Hogwarts, que siempre combinaba la ciencia con la magia: 'toda acción tiene su reacción igual y opuesta.' Y siempre decía que todo magia negra, tendría su equivalente de magia de luz.

Toda maldición tiene su contrahechizo, ¿verdad?Preguntó, siendo consciente de que ninguno de los dos sabía en ese momento a qué se estaba enfrentando con aquello en su brazo y que ninguno podría saber a ciencia cierta nada de con lo que estaban tratando.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Mar Jun 04, 2019 2:22 am

El remedio improvisado que Wolfgang había aplicado sobre la herida de McDowell, que no tenía nada de natural y ambos lo sabían, había tenido sobre la Ministra un efecto revitalizante casi inmediato: la vida pareció regresar a ella, así como el color a su piel. Rawson la observó de cerca mientras se erguía, dejándole espacio para respirar.

Había estado muy cerca de la muerte, y ambos lo sabían.

Wolfgang no conocía, a simple vista, la maldición que había caído sobre ella, pero sí sabía algo de la magia oscura a nivel global: solía ser bastante atroz, bastante dolorosa para el afectado, y tenía un efecto al cual, por norma general, no le gustaba que le impidiesen hacer su trabajo como era debido. Así que se imaginaba que lo que estaba sintiendo no era ni más ni menos que toda esa magia oscura luchando por romper la prisión en que había sido encerrada, descargando todo su poder sobre la única parte en que podía hacerlo.

—Es natural: tu cuerpo hace frente a la maldición, y ésta a su vez hace frente al sello que le he puesto. No va a ser agradable mientras dure esa lucha.—Informó el mortífago. Quizás no fuese la información que quisiese escuchar la pelirroja, pero era la única que tenía para ella.

Y sí, claro que sí: toda maldición tenía su contrahechizo. Nada resultaba irreparable en aquel mundo, a excepción de la muerte. Sin embargo, para reparar el daño provocado por una maldición había que saber de qué maldición se trataba, de la misma manera que un sanador necesita una muestra del veneno que debe eliminar antes de elaborar el antídoto correspondiente.

Rawson, en lo personal, no reconocía aquella maldición, ni mucho menos lo que la había provocado: sólo había visto algún tipo de masa moviéndose a gran velocidad, y no había tenido tiempo a más.

—Sin duda, debe existir un contrahechizo o alguna forma de pararlo. A fin de cuentas, han necesitado fuego maldito como una forma de asegurarse nuestra muerte.—Explicó Wolfgang, al tiempo que acercaba con cuidado su mano a la de McDowell. La tomó con delicadeza, incapaz de saber hasta qué punto le dolía. ¿La mano también estaría afectada?—Lo que te he puesto, como bien has notado, no es permanente. Fíjate bien en los vendajes: tienen un brillo tenue. Este brillo se irá apagando poco a poco, y para cuando se apague del todo, la maldición proseguirá su curso.—Wolfgang observó las venas negras que luchaban por sobresalir bajo el borde del vendaje, tanto en dirección al bíceps de Abigail como hacia su mano.—No soy sanador, pero este sello te dará tiempo suficiente para acudir a San Mungo y que alguien más capacitado que yo descubra qué te ocurre y lo solucione.

El tono de Wolfgang era frío, pues a pesar de que McDowell era una de sus aliadas de más confianza, seguía careciendo prácticamente de emociones. ¿Que la prefería viva? Desde luego. ¿Que si muriese no lloraría en su funeral? También.

—Por cierto...—Wolfgang se llevó la mano al bolsillo, sacando la varita de McDowell y entregándosela.—Suerte que pude recuperarla antes de que todo saltase en llamas.

Inevitablemente, echó la mirada atrás, hacia la entrada de la cueva. Pudo ver el resplandor anaranjado de las llamas que, en ese momento, seguían devorando cuerpos y, en general, cualquier material combustible que hubiese dentro. Cayó entonces en la cuenta de que era posible que, en ese mismo momento, los refuerzos de los fugitivos estuvieran a punto de llegar.

Quizás sería mejor que se marchasen.
Wolfgang Rawson
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Jue Jun 06, 2019 1:33 am

No estaba encajando demasiado bien que de esa manera tan repentina su vida hubiese podido irse a la mierda en menos de unos segundos. No había sido descuidada y habían dado los pasos con consciencia: ¿cómo era posible que hubiese terminado infectándose de la maldición que había allí dentro? No, definitivamente no podía entender que en cuestión de segundos, su cuerpo hubiese estado inerte en el suelo sin posibilidad de volver a la vida. Siempre había dicho que no le tenía miedo a la muerte, que ya era consciente de que lo que hacía probablemente le llevase hacia la muerte... pero en ese momento sí pasó miedo. Y no sólo en pasado: ver aquello en su antebrazo le hacía tener miedo porque no sabía cómo iba a responder a nada, ni lo fuerte que sería ni la maldición ni ella misma.

Y las palabras de Wolfgang no es que fuesen precisamente dignas para avivar una calma en su interior. Prefería que fuese honesto y saber a lo que se enfrentaba, pues odiaba las compasiones o las penas, pero igualmente no ayudó para nada en su estado. Sólo intentó serenarse cuando le dijo que tendría su contrahechizo. Si bien de cuerpo al exterior podía verse una Abigail seria, cuyo rostro intentaba hacerse al dolor, por dentro sus emociones sí estaban estallando en todas direcciones.

Wolfgang sujetó su mano y si bien la notaba entumecida, no le dolía. Sólo le dolía cuando la movilidad llegaba a la zona infectada, pues parecía una bomba a punto de explotar que estaba siendo contenida en contra de su voluntad.

Sí... lo supuse... respondió a lo de las vendas, sin poder apartar la mirada de allí. No solo de las vendas, sino también de sus venas que, negras, querían expandirse por todo su cuerpo. No pienso ir a San Mungo.

Si aparecía en San Mungo probablemente al día siguiente saliese alguna noticia y ya no quería ni imaginarse los titulares si se enteraban que realmente había sido maldita por culpa de los radicales. Ella tenía contactos de confianza, entre ellos un buen medimago, por lo que acudiría a él. No quería que nadie se enterase de lo que le había pasado, tuviera solución o no. Ni ella quería verse débil frente a los suyos, ni darle tanto poder a sus enemigos.

Su compañero le dio entonces su varita que, sinceramente, hasta se había olvidado de ella. La sujetó con su mano buena e intentó ponerse en pie, notándose débil. ¿Cómo era posible que se sintiese tan echa polvo si había conseguido retenerla a tiempo? ¿Tanto le había afectado en tan poco tiempo? Cuando consiguió ponerse en pie, continuó mostrándose como siempre hacía: segura de sí misma y de todo lo que hacía, pese a que su interior no se correspondiese muy bien con lo que dejaba ver.

Te debo unale dijo a modo de agradecimiento. —Esto no ha salido en absoluto como esperaba...dijo mirando hacia la cueva. Había sido verdad que allí existía un lugar, pero no habían conseguido absolutamente nada. Destapar a una traidora y estar al borde de la muerte, una muerte que al menos a Abigail le perseguiría hasta poner en orden. Lo mejor es que nos vayamos.  Yo... iré a ver que me solucionen esto...

Pese a lo insegura que se sentía en ese momento, ella tenía claro que tendría que haber alguna solución rápida con la que arreglar eso, por lo que a pesar de todo... quería verse a sí misma con una calma que no tenía.


Al día siguiente

Había ido a consultar aquella misma noche al medimago, pues no iba a dejar que el tiempo se le echase encima sin tener ni idea de lo que tendría allí dentro. Silas, el médico que actualmente trabajaba como extirpador en el Área-M creando hechizos, encantamientos y precisamente maldiciones, observó y estudió la maldición, diciéndole que no la había visto nunca y, por tanto, no sabía cómo contrarrestarla sin que los efectos pudiesen ser catastróficos. No se quería arriesgar con la misma Ministra de Magia a intentar algo que pudiese ser peor o acelerar el proceso. Le contó todo lo que sabía de las maldiciones, así como maneras de retenerlas, pero en concreto de esa no sabía nada de nada. Abigail se fue de allí bastante enfurecida, diciéndole a Silas que investigase por ella.

Para colmo, ese mismo día tenía una reunión con los Lestrange y su Señor Tenebroso y, evidentemente, no le pudo ocultar aquello por mucho que lo hubiera intentado. Lord Voldemort dudó de sus capacidades y eso hizo que la pelirroja se cabrease muchísimo más consigo misma, así como por su mala suerte. Fue su mismo líder el que reforzó con su magia aquellas vendas alrededor de su maldición, dándole un poco más de tiempo y diciéndole que no era algo que él hubiese visto en sus múltiples años como fiel amante de la magia oscura que era. Una cosa le dejó clara: que buscase la cura, pero que igualmente no era imprescindible. La pelirroja salió de allí con una cosa clara y es que ella sí que era imprescindible y se lo iba a demostrar: no había nadie en su maldita fila de mortífagos que le llegase siquiera a la suela de los zapatos.

Ese mismo día, a eso de las ocho de la noche, cuando Borgin and Burkes solía cerrar sus puertas, Abigail se presentó allí, entrando al interior por mucho que en la puerta ya estuviese el cartel de cerrado. No vio a nadie en la tienda, por lo que se metió por dentro del mostrador y entró a la trastienda.

Wolfganglo llamó al entrar y verlo de espaldas, haciendo a saber qué. Necesito que me lleves frente a un experto en magia oscura y maldiciones. Le pidió.

Si bien a la pelirroja siempre le había rodeado un aura de tranquilidad y seguridad, en este momento se le podía notar que estaba buscando una solución de manera desesperada.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Lun Jun 10, 2019 1:38 am

No iba a ser él quien insistiese en la importancia de visitar San Mungo: cada persona era dueña de sus propias decisiones, y si McDowell consideraba que no necesitaba visitar el hospital mágico, era decisión suya. Ella sabría qué era lo que le convenía.

En respuesta a aquella afirmación, Wolfgang simplemente asintió con la cabeza. Si él fuese el afectado, posiblemente no tendría demasiados miramientos a la hora de personarse en el hospital mágico. Podía parecer algo ridículamente obvio, pero si en algún lugar de Londres, alguien estaba capacitado para dar con un contrahechizo, sin lugar a dudas ese alguien trabajaría en San Mungo. O alguien que trabajase en San Mungo conocería a alguien capaz de tratar dicha maldición.

Pero, una vez más, no era asunto suyo.

Devolvió la varita a su legítima propietaria, quien tuvo mucha suerte de que Rawson se acordase de cogerla antes de que todo saltara en llamas, y ésta afirmó que le debía una. Wolfgang no iba a tenérselo en cuenta, ni mucho menos: él no se movía por deudas, sino por intereses comunes. Y en estos momentos, su interés por McDowell era directamente proporcional al tiempo que le quedaba de vida. Si conseguía salir con vida de aquello, probablemente volverían a colaborar.

—Desde luego que no.—Coincidió Wolfgang, que realmente podía darse con un canto en los dientes ante el hecho de que ambos conservaran la vida. Literalmente, podían haber terminado calcinados.—Déjame ayudarte.—Propuso cuando McDowell sugirió que se marcharan, poniéndose en pie y ofreciéndole su mano.

Aparecerse, en el estado en que se encontraba, podría suponer un peligro para ella.

***

Wolfgang no tuvo demasiados problemas a la hora de pasar página con respecto a lo sucedido el día anterior: no era persona de agobiarse por sucesos como aquel, el pan nuestro de cada día para los mortífagos. ¿Había estado a punto de morir? Por supuesto, pero… ¿cuándo no estaba a punto de morir? Perseguir fugitivos potencialmente peligrosos entrañaba una gran cantidad de riesgos, todo el mundo lo sabía.

Se había pasado prácticamente todo el día trabajando en la tienda, siendo un día de lo más normal. Había atendido a unos cuantos clientes regulares, de esos que llegaban para curiosear y comprar objetos de lo más comunes y anodinos, y a un par de curiosos que, por lo visto, habían visto demasiadas películas: llegaban pidiendo ‘lo bueno’ o ‘cosas poco comunes’, y Wolfgang, fingía no enterarse de lo que querían.

Era la mejor manera de librarse, en pocas palabras, de los imbéciles indecisos.

Para que quede constancia, ninguno de esos dos se llevó nada, sino que acabaron huyendo con el rabo entre las piernas. Quizás fuesen sensatos, pues en su mayoría, los objetos más especiales de Borgin y Burkes eran también los más peligrosos, y poner semejantes objetos en manos de imbéciles… Bueno, podía generar una catástrofe.

A eso de las ocho de la tarde, Wolfgang había girado el cartel de ‘Abierto’ para colocarlo en la posición de ‘Cerrado’, había lanzado un sonoro bostezo en la tienda vacía, y se había encaminado al almacén para organizarlo un poco. Se puso los guantes con el encantamiento protector, y, con sumo cuidado, comenzó a colocar los objetos malditos debidamente sellados en los estantes. Para identificarlos, utilizaba una serie de códigos numéricos que, a continuación, anotaba en un grueso libro de registros con la ayuda de una vuelapluma.

Así lo sorprendió McDowell, y cuando escuchó su voz, Rawson se dio la vuelta, sorprendido.

—Buenas noches, Abigail. Discúlpame un segundo.—La saludó mientras depositaba lentamente el objeto que tenía entre manos, una pequeña caja de madera de pino con una serie de grabados, en su respectivo lugar en los estantes. Dictó a la vuelapluma el código, la descripción, la fecha y la posición en el estante, y entonces prestó atención a McDowell.—¿Un experto en maldiciones y magia oscura? Seguro que podemos encontrar a alguien en Knockturn.

El mortífago se quitó los guantes protectores y los dejó cerca del libro, guardando a continuación la vuelapluma en su estuche. Entonces, con un gesto de cabeza, indicó a McDowell que le siguiera. Ambos salieron de nuevo a la tienda y salieron a la calle, la puerta cerrándose mágicamente tras ellos.

—Hay varios magos a los que podríamos acudir, pero en lo personal...—Wolfgang meditó unos instantes, preguntándose quién sería el más indicado. La respuesta no tardó en llegarle.—...creo que me decanto por Helka Arud. Regenta un pequeño negocio de compra-venta de ingredientes poco comunes al final del callejón.—Wolfgang señaló la dirección, que no era ni más ni menos que a mano derecha nada más abandonar la tienda, y a mano izquierda al llegar la intersección.

Justo al fondo de la intersección les esperaba un pequeño edificio de dos plantas. La planta superior albergaba una vivienda modesta, mientras que la inferior estaba conformada por un amplio escaparate, uno de los más sucios de todo el callejón Knockturn. Tan sucio estaba que uno no podría ver el interior ni aunque pegase la cara al cristal. En la pared, por encima del escaparate, había una desgastada talla de madera que rezaba simplemente ‘Arud’s’. También tallado en la madera aparecía el grabado de un caldero humeante.

Wolfgang se dispuso a asir el tirador de la puerta, pero se detuvo un segundo. Se volvió hacia Abigail.

—Debo advertirte acerca de Helka.—Su semblante era serio. No cabía duda de que no estaba de broma.—Es una experta en artes oscuras, maldiciones y distintos sortilegios, además de conocer magia de distintas partes del mundo. Sin embargo, es un tanto extraña. No diría que peligrosa, pero… quizás merezca la pena no tentar a la suerte.—Sugirió, pues por lo que a él respectaba, Helka Arud era una bruja mucho más poderosa que él.

Habiendo ofrecido aquella advertencia, Wolfgang abrió la puerta, y ambos pasaron al interior.

Lo primero que les golpeó de lleno nada más poner un pie dentro de la tienda fue el olor: un tufillo bastante desagradable que recordaba a una mezcla de huevo podrido, estiércol y algún tipo de incienso muy penetrante. Dicho tufillo flotaba todo alrededor en la forma de una especie de niebla que llenaba el interior.

El lugar estaba tenuemente iluminado por varios candelabros con sus respectivas velas que había anclados a las paredes. La luz mortecina y titilante que emitían estas velas cambiaba paulatinamente de color: anaranjada cuando entraron, pasando a ser verdosa al cabo de unos segundos, luego tornándose azul...

La tienda la ocupaban distintos expositores, los cuales albergaban una amplia variedad de objetos curiosos y, posiblemente, muy poderosos: Wolfgang pudo distinguir muñecos de vudú, cabezas reducidas, patas cercenadas de animales reconvertidas en colgantes, máscaras de aspecto extraño… y un largo etcétera.

Al fondo, justo enfrente de la puerta, se encontraba el mostrador de madera de roble, sobre el cual descansaban un par de calderos de peltre medianos, fuente de la niebla que envolvía todo el local. Tras este, en la pared del fondo, había un par de estantes que contenían más objetos curiosos.

De Helka Arud, en cambio, no había ni rastro, por lo que Wolfgang se adelantó un par de pasos para llamarla.

—Buenas tardes. ¿Helka? ¿Estás aquí?—Preguntó el mortífago en voz alta.

Casi al momento, un susurro en su oído le respondió, y Wolfgang sintió un escalofrío, además de dar un respingo por el susto que se había pegado. Dicho susurro había dicho su nombre, y cuando se volvió, allí estaba Helka, una mujer pelirroja, de aspecto joven y sucio, que vestía pieles de animales y cuya cabeza la adoraba una corona elaborada con hueso. Sus ojos, de un verde oscuro, observaban a Wolfgang con mucha atención.

Muy abiertos.

—Wolfgang Rawson...—Susurró Helka de nuevo. Su voz sonaba parecida al siseo de una serpiente, y mientras hablaba, caminaba hacia atrás con movimientos fluidos que recordaban a los del susodicho animal.—¿Qué te trae por aquí? ¿Qué es lo que quieres de mí?

Había algo inquietante en ella, algo capaz de poner nervioso al propio Rawson. Quizás fuesen esos ojos, que a juicio del mortífago, siempre le habían parecido ojos de demente.

—Una consulta.—Wolfgang señaló a la Ministra de Magia con su mano derecha.—La Ministra de Magia requiere tus servicios.

Helka, con un giro de cabeza bastante brusco, clavó esos ojos de demente suyos en Abigail. La miró durante unos segundos, y mientras lo hacía, una sonrisa se iba formando en su boca. Una sonrisa enorme, de esas que parecen llegar de oreja a oreja, y que muestran todos los dientes. Una sonrisa lupina.

De repente, y sin que nadie se lo esperase, Helka realizó una exagerada reverencia en dirección a Abigail.

—Señora Ministra...—La saludó con esa voz siseante que a Wolfgang le ponía los pelos de punta.—¿En qué puedo serviros?
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Miér Jun 12, 2019 11:59 pm

Por desgracia no tenía demasiados contactos con respecto a magia oscura, especializada en maldiciones, pero tenía un contacto que parecía estar bastante puesto en ello, por no hablar de los negocios en el Callejón Knockturn. No iba a mentir: Abigail iba lo justo y necesario por allí, sólo cuando necesitaba algo y, a día de hoy, era bastante poco común que necesitase algo que no pudiesen hacer otros por ellas. En este caso, sin embargo, sí tenía que tomárselo mucho más personal pues hasta ese momento sólo sabían de su maldición tres personas: Wolfgang Rawson, Silas Gates y el mismísimo Señor Tenebroso. Y pretendía que no saliera mucho más allá.

Helka Arud. La verdad es que no había siquiera oído hablar de ella.

La explicación de Wolfgang le vino bien para hacerse una idea de lo que iba a encontrarse y, la verdad, no tenía intención de tentar a la suerte en ningún caso. Quería a un profesional que pudiese darle respuestas o una solución, nada más. Y asumía que si se trataba de una profesional, sabría guardar un secreto como el que pensaba decirle y no tendría problemas en hacer lo necesario para ello.

No es mi intención le respondió a su compañero.

Abrió la puerta y… lo miró, cuestionándole con la mirada si aquello era una buena idea. No es que le hiciera sentir muy cómoda entrar a un sitio con semejante olor a mierda, en cuyo aire en suspensión parecía haber algún tipo de sustancia extraña que podía matarte por dentro si la olías demasiado.

Sin embargo, continuó al interior, manteniéndose callada cuando Wolfgang habló y la otra pelirroja apareció por detrás de ellos. Si bien no se asustó tras la aparición porque aquel ambiente le había mantenido alerta, sí que le recorrió una sensación desagradable al escucharla hablar y verla físicamente. En general tenía un aspecto que no daba en absoluto buena espina: su movimiento, su voz, sus ojos… Todo parecía propio de alguien que no parecía estar precisamente en el sendero de la cordura. Y todo eso se lo demostró cuando de repente miró a Abigail con esa sonrisa y esa mirada, acompañándola de una reverencia forzada y tremendamente rimbombante. Casi que parecía irónica, pese al respeto que parecía mostrarle.

Frente a la incomodidad de la situación, Abigail fue bastante directa con lo que quería.

Se trata de una maldición. Se sacó del bolsillo trasero del pantalón una fotografía mágica, en cuya imagen se podía ver la maldición de Abigail moviéndose entre sus venas, siendo retenida por una venda encantada. Evidentemente ni se veía que se trataba de Abigail, ni en ese momento se podría intuir, pues la ministra tenía puesto una chaqueta de cuero. Se ha consultado con medimagos y expertos en artes oscuras, pero nadie parece tener una solución para ello.

Helka acercó la mano a Abigail y ésta prácticamente soltó la imagen, dejándosela en su poder. La bruja observó con detenimiento la fotografía, casi con una curiosidad realmente pasional. Se había girado y estaba dándole la espalda a ambos, observando en distintas posiciones como si eso pudiese recrear algún tipo de diferencia.

—No pinta demasiado bien… —Siseó entonces, girándose de nuevo hacia ellos. —No sé que maldición es, pero en la foto se aprecia el poder que tiene. Esas vendas no darán a su portador demasiada calidad de vida… ¿o debería decir… portadora? —Su sonrisa volvió a aparecer y pese a que quizás era muy evidente, Abigail no se mostró de ninguna manera.

Era evidente pensar que si la misma ministra de magia había aparecido ahí con una consulta de esa magnitud, es porque dicho caso estaba más cerca de ella de lo que le gustaría.

¿Sabría la manera de solucionarlo o está por encima de sus competencias? Cuestionó entonces.

—Depende, a través de una foto no puedo investigar demasiado… Podría daros más información útil en caso de poder observar delante de mí la maldición y su comportamiento… —Y le devolvió la foto a la pelirroja, de manera lenta.

Entonces, sin apartar la mirada de aquella mujer, Abigail se quitó la chaqueta de cuero, la dejó sobre una silla y le enseñó entonces el antebrazo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Lun Jun 17, 2019 10:51 am

De acuerdo: Helka Arud era una mujer extraña, se mirase por donde se mirase. Más que una bruja acostumbrada a vivir en la sociedad civilizada parecía haberse criado en medio de los bosques, y sin duda la cordura la había abandonado hacía mucho tiempo. Wolfgang no sabía cuáles eran sus circunstancias personales, y tampoco le preocupaban, pero estaba seguro de que algo había ocurrido en su vida para que terminase así.

Había pocas personas que pusieran de los nervios al mortífago: Helka era una de ellas.

No interrumpió a ambas mujeres mientras McDowell mostraba una fotografía de la progresión de su maldición a Helka. Un buen intento de protegerse por parte de la Ministra… que no engañó a la extraña bruja. Se decían de ella muchas cosas, como que practicaba extraños rituales satánicos y poseía el don de la clarividencia. Rawson no tenía ni idea de si dichos rumores eran ciertos… pero lo segundo bien podría ser.

Y lo primero, no nos engañemos.

Que la maldición era poderosa ya lo sabían, los tres. McDowell en concreto seguro que lo tenía bastante claro. Y como Wolfgang se imaginaba, un vistazo a través de una fotografía animada con magia no iba a ser suficiente para efectuar un diagnóstico o encontrar una solución. Así que la Ministra mostró el antebrazo afectado… y fue en ese momento en que la mirada de Helka pareció iluminarse: abrió los ojos todavía más, y en su rostro apareció una sonrisa de oreja a oreja. Cualquiera diría que era una niña la mañana de Navidad.

Una muestra de cuán perturbada estaba aquella mujer.

—Es toda una belleza...—Y aquella afirmación fue el remate: definitivamente, algo no funcionaba bien dentro de la cabeza de Helka.—¿Cuál es su origen?

—Radicales.—Dijo Rawson.—Algún tipo de medida de seguridad que tenían en uno de sus refugios.

—Radicales...—Murmuró Helka, casi con admiración, mientras tomaba sin demasiada delicadeza el antebrazo de Abigail con sus manos, que parecían de todo menos limpias.—Diríase que está produciendo una necrosis en los tejidos.—Deslizó un dedo sobre las venas negras que asomaban bajo el vendaje, resistiéndose al hechizo que las contenía.—Veamos...

Helka se retiró detrás del mostrador, se agachó y se puso a buscar algo. Tardó algunos segundos en regresar con Abigail, portando en esta ocasión un pequeño saquito de cuero. Soltó los cordones que lo mantenían cerrado, introdujo dos dedos dentro, y extrajo una pizca de algún tipo de polvo que Wolfgang no identificó. Lo espolvoreó sobre la zona afectada por la maldición como quien pone sal a la comida, y después observó la reacción.

El polvo se iluminó brevemente, y luego simplemente desapareció. Helka se quedó pensativa. Guardó silencio durante casi un minuto, y cuando ya no creían que fuera a decir nada más, saltó de repente.

—No es una maldición común.—Informó, cosa que ambos magos ya se imaginaban.—Con esto quiero decir que los métodos más corrientes para romperla no van a servir.—Regresó tras el mostrador para dejar el saquito de polvos a buen recaudo.—Por supuesto, existen formas menos… ortodoxas, digamos, de hacer frente a esta maldición.

Wolfgang no dijo nada. En lo personal, dudaba que hubiese nada ‘poco ortodoxo’ que a los mortífagos les importase hacer. A fin de cuentas, si formaban parte de las filas del Señor Tenebroso era porque, en su momento, no habían tenido redaños a la hora de arrebatar vidas o torturar a aquellos cuyas ideas eran equivocadas.

—Una manera sencilla de acabar con el problema de raíz sería cercenar ese brazo.—Helka soltó una risita, como si hubiera hecho algún tipo de chiste. Fue la única en reírse, de hecho.—Pero como los seres humanos suelen tener apego a todos sus miembros, la única opción que queda es… buscar una manera mágica de atarse a la vida. ¿Estáis familiarizados con el concepto de los horrocruxes?

¿Quién no conocía dicho concepto? Un horrocrux era uno de los tipos más prohibidos de magia, o al menos así era antes del cambio de gobierno: un objeto que, por medio de un asesinato, ataba a su creador a la vida. Se decía que consistía en partir el alma de su creador en dos, de tal manera que un pedazo siempre sobrevivía.

Sin embargo…

—Un horrocrux no impedirá que la maldición termine consumiéndola. Lo único que impedirá es que una parte de ella muera.—Wolfgang no quería imaginarse el tipo de vida que llevaría un ser humano después de dividir su alma… y perder una parte de ésta.

—En eso tienes razón.—Siseó la sonriente Helka, que parecía estar disfrutando de la situación. Miró entonces a McDowell.—No he dicho que fuese un plan perfecto, pero...—Se encogió de hombros.—¿Qué opina la señora Ministra de las ideas propuestas?
Wolfgang Rawson
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Sáb Jun 22, 2019 2:28 am

El rostro de la Ministra de Magia se mostró serio e impasible durante todo el tiempo, como si el hecho de haber sido infectada por esa panda de asquerosos radicales no le afectase en absoluto. Evidentemente no era así y sí que le afectaba, pero estaba intentando no entrar en pánico antes de buscar todas las posibles opciones para solucionar su problema, cosa que al parecer tardaría en llegar.

Sabía que tendría que enseñar el brazo si iba a preguntar a profesionales, pero no quería enseñárselo a nadie que, a simple vista, no le inspirase a ella mínimo profesionalidad. La verdad es que Helka le parecía una bruja que parecía estar más en el lado de la locura que en el de la cordura, pero sabía por experiencia que mucho de los mejores magos estaban en esa zona, por lo que se quitó la chaqueta y lo mostró, dejándola estudiar aquello durante un momento. Echó sobre la maldición unos polvos, pero sinceramente, eso escapaba a la comprensión de McDowell y no tuvo ni idea de qué significaba la reacción de éstos.

Poco le importó, pues sólo quería saber cuál era el veredicto final: si sabía cuál era la solución o no. Sin embargo, cuando Helka comenzó a hablar ya su tono de voz reflejaba que una solución fácil no iba a haber para tratar aquello.

Evidentemente la opción de cercenar el brazo NO era una opción que Abigail estuviese buscando en ese momento. Precisamente esa era la única opción que sabía que podía utilizar si entraba en pánico; la única que una bruja como ella, para nada experta en maldiciones, sabía que podía utilizar para librarse de ella. Es por eso que cuando lo dijo, la pelirroja casi pierde un poco la paciencia. Sin embargo, se tranquilizó cogiendo aire de aquel pestilente ambiente y continuó escuchando.

¿Un horrocrux? Las palabras que le pasaron por la mente fueron las mismas que Wolfgang dijo primero en voz alta. Evidentemente ambos estaban familiarizados con el concepto de horrocrux y no precisamente porque Lord Voldemort hubiese dicho nada al respecto—porque Lord Voldemort NO era imbécil—, sino sencillamente porque ambos eran amantes de las Artes Oscuras y eso era un concepto… ambicioso y recurrente en ese mundo. Abigail, sin embargo, nunca había sido llamada por eso. Como bien decía sólo hacía que una parte de ella muriese en el caso de que le llegase su hora y es parte, por sí sola, no iba a ser nada. Por no hablar, por supuesto, de que realmente no estaba solucionando nada.

Cogió de nuevo su chaqueta y se la puso, bastante disconforme con la opinión que había dado Helka. Haber ido y no ir había sido exactamente lo mismo, con la única diferencia de que ahora una persona sabía más que estaba maldita.

Ninguna me sirve le respondió, colocándose el cuello de la chaqueta. Ya me habían dicho que no era una maldición común. Hizo una pausa. Me habían dicho que eras una bruja experta en maldiciones y magia oscura, pero acudes a soluciones secundarias sin buscar la manera de vencer a la maldición por lo que es. Esperaba mayor iniciativa; quizás incluso curiosidad, pero se ve que la aparición de una maldición que ni conoces, por primera vez, no te causa mayor interés.

La pelirroja no necesitaba a nadie que le dijera las múltiples maneras de cortar aquello por lo sano, sino alguien que le dijera cómo parar la expansión de aquel veneno. Buscaba a un mago que investigase y lo descubriese, no a alguien que si no encuentra en su registro la solución, opta por cercenar un puto brazo.

Como evidentemente no tienes lo que busco: me voy. Y entonces, le tendió el brazo. No quiero que se extienda la información que ahora tienes de mí por motivos obvios, por lo que supongo que entenderás que quiera que me jures tu silencio.

Miró entonces a Wolfgang. Los juramentos inquebrantables venían de mano de tres personas: dos que juraban y una que recitaba el juramento. En ese caso era sencillo: no difundir la información que tenía sobre Abigail y la maldición a ninguna persona o medio. Y más le valía aceptar, porque McDowell no pensaba dejar ningún eslabón en el que no confiase suelto. Y la verdad es que ganas no le faltaban de matar a aquella bruja después de que le dijera con tanta burla que lo mejor era cercenar el puto brazo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Lun Jun 24, 2019 9:59 pm

Teniendo en cuenta la situación, Wolfgang optó por guardar silencio y esperar la respuesta de McDowell, y si la conocía como la conocía, ninguna de las opciones que Helka proponía le servirían.

Así fue.

Sin embargo, lo que el mortífago no se esperaba fue que McDowell pusiera sobre la mesa el juramento inquebrantable, un tipo de magia oscura que ningún mago que aprecie su vida debería tomar nunca. Solo hay dos opciones: obediencia o muerte. ¿Era Helka de las que obedecían? Porque hasta donde él sabía… era más de las que morían.

No dijo nada. Se limitó a observar, cruzado de brazos, mientras Abigail le tendía su mano a Helka. Su mirada fue de una mujer a otra: McDowell, seria y decidida; Helka, observando aquella mano como si nunca hubiera visto semejante cosa en toda su vida. Si sentía miedo… él no lo vio, pero había que decir que a su juicio, Helka llevaba muchos años desapegada de la realidad. Ya la había conocido así.

De repente, la bruja de ojos desorbitados levantó la mirada y la clavó en la de McDowell, sonriente. Su rostro era la viva imagen de la locura.

—Felizmente.—Y le tomó la mano, con decisión y sin ningún tipo de reparos. A McDowell más le valdría lavarse después.—Pero… quizás debería aflojar un poco la marcha antes, ¿no cree?—Wolfgang, que había alzado la varita casi con tedio, dispuesto a llevar a cabo el juramento, se detuvo, mirando a una Helka que había alzado el dedo índice de su mano libre en dirección a él.—No sé lo que le habrán contado de mí exactamente, pero si piensa que todo lo que soy capaz de hacer es verter unos polvos mágicos sobre una maldición y observar el resultado, está usted muy equivocada.

Helka colocó entonces dicha mano libre con la palma abierta apuntando al techo, y en ese preciso instante, un libro apareció volando desde la estantería que había tras el mostrador. Se posó limpiamente sobre la mano, y mientras la bruja se lo acercaba para leerlo, las páginas pasaron por sí solas.

—Lo que tiene usted en el brazo es magia oscura, tan antigua que la mayoría de mortales ni siquiera serían capaces de identificarla. No les culpo.—Soltó una risita, dando la vuelta al libro y mostrando una página con una antigua ilustración a lápiz que mostraba el brazo de un individuo afectado por lo mismo que el de McDowell. El texto era una descripción detallada de los efectos.—Este libro no dice cómo romper la maldición en sí, pero sí habla de maneras más eficaces que esos trapos viejos para ralentizarla. No será fácil conseguirlos, ya se lo digo yo.—Otra risita. El libro volvió a cerrarse en su mano, y la mujer de cuestionable cordura se lo tendió a McDowell.—Cuando termine con él, ¿sería tan amable de devolvérmelo, Señora Ministra? O cuanto menos, que en su testamento figure la orden de que regrese a mí...

La bruja clavó entonces la mirada en Wolfgang, y su expresión cambió: dónde antes había una mujer perturbada pero casi alegre, ahora había una mujer perturbada con una expresión agresiva y amenazante.

—Adelante con ese juramento, Wolfgang. No hagas esperar a la Ministra.—Había algo de deleite en sus palabras, como si ansiara el momento.

Wolfgang, que no iba a ponerse a discutir por un asunto que realmente no le importaba lo más mínimo, optó por obedecer sin más. Apuntó con su varita a ambas manos entrelazadas de las mujeres, y comenzó a recitar el juramento inquebrantable.

—¿Juras, Helka Arud, no revelar de forma alguna este secreto que te ha sido confiado por la Ministra de Magia, Abigail McDowell?—Preguntó Rawson mientras una redecilla de hilos luminosos envolvía las manos de ambas mujeres.

—Lo juro.—Helka miraba a los ojos a McDowell con una sonrisa cargada de lo que parecía ser deleite. Definitivamente, su vida no le preocupaba lo más mínimo, a saber por qué.

—¿Juras no revelarlo bajo ningún concepto, ni siquiera aunque tus enemigos trate de sacártelo a la fuerza, por la vía que sea?—Aquello pretendía cubrir, precisamente, la legeremancia.

—Lo juro, lo juro.—Helka hizo rodar los ojos, negando con la cabeza con hastío.

—¿Juras no hablar de ello con nadie, salvo los que estamos en esta sala, ni siquiera ocultando la identidad de la Ministra?—Aquello pretendía evitar los atajos que, de cuando en cuando, quedaban en aquellos juramentos.

—Lo juro.—Siseó en respuesta.

Wolfgang bajó entonces la varita, y la redecilla de luz mágica que ahora vinculaba a ambas brujas se volvió invisible. Ambas se soltaron las manos y se miraron durante un momento. Helka parecía hasta burlona.

—No se olvide de devolverme mi libro cuando termine con él, Señora Ministra.—Y, haciéndole una reverencia exagerada, Helka se retiró a un rincón en sombras de la habitación y, simplemente, pareció desaparecer. Rawson jamás entendería cómo hacía eso.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Dom Jun 30, 2019 4:58 am

Teniendo en cuenta que aquella mujer se había limitado a verter unos polvos mágicos sobre una maldición, observar el resultado y dar dos soluciones que se alejaban años luz a lo que Abigail estaba buscando pues… sí, creía fervientemente que realmente hasta ahí llegaban sus capacidades como experta en maldiciones. Si no, ¿por qué no se encargaba de parecer más profesional y útil antes de exponer la opción de cortar el brazo, cuando era la primera opción que se le ocurría a los que no tenían ni idea de maldiciones? Qué manera más estúpida de hacerle perder el tiempo...

Se quedó observando lo que hacía cuando le instó a frenar la marcha tan apresurada, para entonces darle un libro y comentar algo más que sabía: sabía que maldición era o, al menos, el libro decía cómo buscar una solución para retener dicha maldición lo máximo posible. Asumía que si no había allí escrito ninguna manera con la que ganar la batalla al veneno maldito, era porque nadie había sobrevivido para contarlo. Aún así, la pelirroja no solía rendirse y pensaba llegar al final… o al menos intentarlo.  

Haré que le sea devuelto lo más pronto posible respondió, secamente.

Helka no era una mujer que le inspirase confianza, mucho menos agrado. Su rostro, cargado de burla y soberbia con respecto a la situación le hacían tener ganas de evitarse aquel juramento inquebrantable y matarla, pero la verdad es que teniendo en cuenta cómo estaban las cosas y que ella también era una pelirroja de asquerosa personalidad en muchas ocasiones, fingió un poco más de cordura de la que al parecer tenía Arud. Por suerte, la paciencia la tenía bien entrenada después de los años. Con los asesinatos que estaban sucediendo, además, no era prudente—ni inteligente—matar aliados por muy imbéciles y locos que pudieran parecer.

Escuchó el juramento de la boca de Wolfgang, viendo como aquellos hilos dorados que rodeaban sus manos brillaban cada vez más. Abigail no tuvo que decir nada, mas no perdió detalle de la mirada de Helka cada vez que juraba. Solía presumir de saber leer a las personas, pero le era imposible encontrar nada en la mirada de aquella bruja que pudiera decirle algo con certeza. Entre eso y que emanaba una sensación tan inestable, no sabía ni qué pensar ni cómo sentirse.

Descuida, Helka. Lo tendrás de vuelta lo antes posible. Gracias por tus servicios. Vio cómo se retiraba al rincón de aquella tienda y Abigail se limitó a sujetar el libro en sus manos, mirando a Wolfgang. Vámonos de aquí.

Tras salir de la tienda, volvió a respirar aire puro, dándose cuenta de que Helka Arud vivía en una burbuja densa y maloliente que, en ese momento, entendía que no estuviese para nada cuerda. A saber qué era lo que llevaban respirando todo este tiempo ahí dentro.

Volvieron a Borgin and Burkes en silencio, mientras Abigail leía todo lo que decía el libro sobre esa maldición. Hablaba de posibles orígenes, ninguno verificado, así como de los síntomas de muchas personas que habían conseguido retenerla durante bastante tiempo, sin embargo, los síntomas eran diferentes dependiendo de las personas, así como su intensidad. También ponía el tiempo estimado de supervivencia con dichos remedios de ralentización y que podía disminuir o agrandar dependiendo de la calidad de los métodos.

Al leer todo aquello, se podía ver visiblemente que la actitud de la pelirroja cayó en picado. Sí, claro que sabía que aquello era grave, pero no ayudaba nada leer una página de malas noticias, sin ninguna certeza de buscar una sola buena noticia más que agrandar el periodo de tu absoluta y deprimente decadencia. Apoyó el libro en la encimera del mostrador de la tienda, para entonces acercarse a su compañero.

Hay diferentes… métodos para ralentizarla, aunque se reducen a encantamientos protectores y… pociones.La idea de llevar un objeto que la protegiese le parecía bastante débil, pues confiar sólo en eso teniendo en cuenta la facilidad de perderlo o destruirse, no le gustaba. También tendría que preguntar o probar si usar ambos métodos a la vez tendría algún tipo de beneficio. Estás más experimentado en tema de pociones de este calibre y encontrar este tipo de ingredientes, ¿lo ves plausible?

La poción tenía ingredientes complicados. Abigail llevaba mucho tiempo sin informarse de nada de eso porque no le hacía falta para nada, pues nunca fue muy fan de las pociones, ni se le dieron especialmente bien. Sin embargo, al leer la cantidad de ingredientes que se necesitaban para crear la poción, así como la dificultad para encontrarlos, sabía que la cosa no iba a ser precisamente fácil.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Wolfgang Rawson el Lun Jul 01, 2019 10:33 pm

Wolfgang Rawson podía considerarse en muchos aspectos—específicamente, los más negativos de la palabra—un superviviente. Él y su hermanastra Meera, desaparecida hacía tanto tiempo, habían convivido con un monstruo la mayor parte de sus vidas, en un hogar que había dejado muchísimo que desear.

Con motivo de aquello, su tolerancia hacia los lugares desagradables era bastante alta: ya fuera una pocilga o un palacio, Wolfgang no solía quejarse demasiado por tener que pasar tiempo en sitio alguno. Incluso había valorado, en su momento, la posibilidad de que le atraparan por sus crímenes y terminar en Azkaban.

Bien… pues incluso la celda más fría de la prisión mágica se le antojaba un lugar agradable en comparación con la extraña tienda de Helka Arud. Tener que soportar aquel ambiente enrarecido y aquel tufo de a saber qué durante una hora entera le llevaría a la locura, e incluso al suicidio. Por no mencionar la compañía de la extraña mujer.

Borgin y Burkes, por otro lado y sin ser la tienda más elegante del Callejón Knockturn, se le antojaba mucho más amable y acogedora. Y eso era decir mucho.

De regreso detrás de su mostrador de confianza, con la compañía de McDowell, Wolfgang se encontraba visiblemente más tranquilo. Había dedicado un par de minutos a preparar café para él y su invitada, mientras la susodicha ojeaba el libro que amablemente les había prestado la pelirroja menos cuerda que conocía el mortífago.

Regresaba a la tienda con dos tazas humeantes, una en cada mano, justo cuando McDowell formulaba su pregunta. Dejó ambas sobre el mostrador, y antes siquiera de probar la suya, tomó el libro de manos de Abigail. Con aire pensativo, repasó las palabras allí escritas, para luego cerrar el libro marcando con el dedo índice la página que les interesaba, examinando la portada.

No conocía aquel ejemplar.

—Plausible es.—Concluyó Wolfgang, el libro de nuevo abierto ante él, sobre el mostrador.—Algunos de los ingredientes aquí mencionados son relativamente sencillos de conseguir, pues los tenemos aquí mismo.—Sin apartar la mirada del libro, señaló con su pulgar izquierdo en dirección a la puerta de la trastienda.—El problema radica en los que no son tan comunes.—Wolfgang dio un par de golpecitos con el dedo índice sobre la lista de ingredientes.—Las lágrimas de fénix y la sangre de unicornio van a ser bastante complicados de conseguir.

Rawson alzó el dedo índice de una mano, indicando a McDowell sin palabras que lo esperara un segundo, y se retiró dentro de la trastienda; un par de minutos después volvió a salir con un pequeño maletín de cuero negro desgastado que recordaba a las utilizadas por los médicos muggles a principios del siglo anterior. Al abrir el cierre y desplegar ambas asas, se reveló que el interior había sido agrandado mágicamente: mostraba una serie de estantes que contenían una serie de ingredientes bien ordenados en sus frascos.

Wolfgang comenzó a sacar los ingredientes de los que disponía, repasando la lista anotada en la página del libro mientras lo hacía.

—¿Qué tal se te da elaborar pociones? ¿Puedes hacerlo? ¿O conoces a alguien de confianza que pueda ayudarte con ello?—El señor Borgin, en concreto, era un gran aficionado de la materia. Solía dedicarle al asunto varias horas después del cierre de la tienda, a veces incluso en su propio domicilio.—La elaboración de esta poción es lenta, además: tres ciclos de luna llena, nada más y nada menos.—En resumen: más de tres meses para terminarla.—La parte positiva es que los ingredientes más raros no son necesarios prácticamente hasta el final… Podrías comenzar con la elaboración antes de tenerlos.

Dejó de sacar frascos y manojos de hierbas en cuanto llegó a los ingredientes menos frecuentes. Para cuando terminó, había casi una docena de ingredientes sobre el mostrador.

—Otra opción que se me ocurre es preguntar a los pocionistas locales. Quizás alguno de ellos conozca el remedio, o lo haya elaborado antes. Con muchísima suerte, alguno quizás tenga existencias… pero yo no me fiaría.—Wolfgang dio otro par de golpecitos sobre la página con su dedo.—Algo así no ha de ser barato, y aunque imagino que en tu posición el dinero no sería un problema, es probable que alguno intentara estafarte.

Rawson se imaginaba que pocos, si es que había alguno, se arriesgarían a reírse en la cara de la Ministra de Magia. La vida les iba en ello. Pero alguno habría, seguro. Y por mucho que Abigail se lo hiciese pagar caro, actualmente estaba librando una batalla contra el tiempo. No podía arriesgarse a perderlo con un remedio inútil.
Wolfgang Rawson
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Mar Jul 02, 2019 2:25 am

Precisamente los fénix y los unicornios eran, en la mayoría de los casos, criaturas protegidas que eran difíciles de encontrar. Precisamente los unicornios, debido a las propiedades de gran parte de su cuerpo, eran de las que más protegidas estaban, por lo que conseguir sangre teniendo en cuenta lo que se solía decir de ella, iba a ser todavía más complicado. La gran cantidad de cosas que se necesitaban sí parecían tenerlo en Borgin y Burkes, pero iba a tener que acudir a sus contactos de mayor confianza para dar con el resto.

La pelirroja no solía frecuentar mucho ese tipo de lugares, ni era muy hábil en el ámbito de las pociones, por lo que iba a tener que encargar esa tarea a un tercero. Suponía que, tal y cómo estaba la cosa, confiaría en Silas. Quizás hasta él pudiera tener idea de cómo acceder a los ingredientes más complicado o el Área-M pudiese servir a favor en algo.

Cuando Rawson le preguntó sobre su maña con las pociones, la pelirroja arrugó la nariz.

Nunca ha sido mi fuerte. Abigail era buena en demasiadas cosas como para haber tenido tiempo material en su vida que dedicarle a las pociones también. Nadie es tan pro en la vida. Conozco a alguien que puede encargarse de ello.

Entonces se quedó sorprendida de que aquello tardase nada más ni nada menos que tres meses. ¿Qué clase de remedio era aquel, si tardaba tanto en hacerse? Le hizo pensar: si la magia que ahora mismo corría por sus venas era tan poderosa y letal, ¿quién había tenido tres meses para idear aquel remedio y sobrevivir en el proceso? Por un lado le dio esperanzas: era capaz de sobrevivir con otro tipo de remedios, además de que si aquella poción de tanta duración se había hecho y funcionaba, quería decir que muchas personas al menos habían durado ese tiempo.

Quería pensar que, si se tardaba tanto en hacer, era precisamente porque era efectiva y que para llegar a su optimización había pasado por varias personas en su misma situación. ¿Eso qué quería decir? Que debía de haber más información sobre ese tipo de maldición en algún lugar, más pruebas de la que ahora mismo parecía haber de que solo era magia antigua muy poderosa sin solución aparente.

Prefiero no arriesgarme. No por el dinero, en absoluto. No iba a fiarse de algo que no hubiera hecho ni ella misma, ni alguien de confianza. No se iba a tomar nada que no le ‘asegurase’ mejoría. Pero igualmente saber si alguien elabora este tipo de remedios en Londres me interesa. Si lo fabrica es porque cree que es necesario y si cree que es necesario es porque sabe que esta maldición está aquí. Seguiré preguntando, pero ya muchas personas maestras en maldiciones me han dicho que ni es de aquí, que ni es común.

Por lo poco que había investigado, grandes expertos en la materia no sabían nada de dicha maldición, por lo que cualquiera que pudiera saber algo al respecto era muy interesante, no solo porque pudiera saber de donde había salido semejante arma, así como las posibles soluciones. Quizás, incluso, fuese una persona que tuviese que ver con los radicales.

Se pasó entonces sendas manos sobre la cara, cansada. Desde que le había pasado lo de la maldición apenas había pegado ojo, preocupada en busca de la solución. Ahora mismo no la tenía, pero al menos tenía remedios alternativos que darían tiempo.

Mientras haré el encantamiento protector y veré como funcionadijo al quitarse las manos de la cara. Miró a Wolfgang y a su usual cara inexpresiva en donde todo le da igual. En ese momento le hubiera encantado tener esa capacidad para no preocuparse de absolutamente nada y es que, ¿qué más le daría a él lo que le pasase a Abigail? Cóbrame todo esto le dijo respecto a todos los ingredientes que había ido sacando.

Ya que los tenía ahí, no dudaría en llevárselo a Silas para que empezase cuanto antes con la elaboración de aquella poción.

Si… sabes de alguien que pueda conseguir las lágrimas de fénix o la sangre de unicornio, avísame. O si te enteras de cualquier cosa que tenga que ver con esto, también. ¿Qué le iba a decir en ese momento? Dudaba que se enterase de nada, pero quién sabe. Tampoco sopesó la idea de hacerle jurar silencio, como había hecho con Helka. Wolfgang y ella tenían ya mucho tiempo de compañerismo detrás y creía conocerlo lo suficiente como para confiar en que no dijera nada. Más que por lealtad, por el simple hecho de que no ganaría nada que él le interesase.

Ella por el momento se iba a enfocar en intentar sobrevivir con lo que tenía y, si lo conseguía, empezar a moverlo todo en busca de una solución permanente. Lo peor de todo es que si bien en ese momento veía esa chispilla de esperanza, quedaba poco para que las cosas se torciesen también en el trabajo y se acumulase todo el caos.
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Wolfgang Rawson el Jue Jul 04, 2019 3:31 am

La elaboración de pociones, hablando en un nivel mediocre, era algo relativamente sencillo: cualquier idiota recién salido de Hogwarts podía coger un caldero, cuatro ingredientes básicos, y elaborar tónicos y brebajes básicos de una calidad decente.

Elaborar una poción de semejante categoría, que exigía un cuidado casi diario durante el transcurso de tres meses, nada más y nada menos, no era para principiantes. El propio Wolfgang no se sentía capaz de meter mano a aquel asunto, y precisamente él podía considerarse un principiante. No había heredado las habilidades de su progenitor en la materia de los brebajes mágicos.

La Ministra, por su parte, debía compartir sus habilidades en la materia. Por fortuna para ella, disponía de aliados que la ayudarían en semejante tarea.

Wolfgang le propuso algunas opciones con respecto al brebaje, siendo una de ellas enterarse de si alguien tenía o podía elaborarlo. Por supuesto, también dejó entrever los riesgos: alguien podía estar vendiéndole lo que creía un remedio milagroso para su situación, encontrándose finalmente con agua turbia sin ningún tipo de efecto beneficioso en su salud. Y si bien el dinero no era problema alguno para alguien como la Ministra de Magia, no podía decirse lo mismo del tiempo que le quedaba: aquel hechizo de contención no era infinito, y terminaría por romperse.

—Si escucho algo interesante sobre ese tema, te lo haré saber.—Le prometió, a sabiendas de que muy posiblemente no tendría suerte: como bien decía ella, aquella maldición no era común, ni tenía su origen en Inglaterra. A saber de dónde había salido.—Me aseguraré de mantener tu privacidad, por supuesto. Ya me inventaré algún primo afectado por la maldición, o algo así.—O ni siquiera eso: Wolfgang no tenía porqué dar explicaciones a nadie, y si se terciaba, podía recurrir a la vía fácil para silenciar a los testigos. No creía que nadie fuera a recriminárselo.

El mortífago facilitó a McDowell cerca de una docena de ingredientes que figuraban en la receta. No lo había hecho con intención de cobrárselos, y estaba seguro de que tanto Borgin como Burkes insistirían en que no hacía ninguna falta, si estuvieran presentes. Sin embargo, McDowell quería pagar por ello, y Rawson no se lo discutió. La informó del precio, y la Ministra no tuvo ningún problema en depositar el dinero sobre el mostrador. Wolfgang lo hizo desaparecer rápidamente, dentro de la caja registradora, más por costumbre que por desconfianza alguna: trabajando en aquella tienda y comerciando con lo que comerciaba, uno aprendía a ser rápido con aquellas transacciones, no fuera a aparecer alguien indeseado.

Colocó todos los ingredientes dentro de una bolsa de papel, para luego cerrar el volumen prestado por Helka Arud y depositarlo a su vez en el interior de la bolsa. Le entregó todo a McDowell, quien se disponía a marcharse.

—Lo de las lágrimas de Fénix supongo que no debería ser complicado: algunos magos los tienen como mascotas. Averiguaré si alguna de las tiendas de animales del Callejón ha vendido alguno recientemente.—De nuevo, se aseguraría de cubrir bien sus huellas al respecto.—Con respecto a todo lo demás, me mantendré atento a cualquier rumor que pueda ser útil.—Y, pese a que su escaso abanico de emociones no incluía la empatía, Wolfgang añadió:—Te deseo suerte.

La Ministra se despidió, y desde el punto de vista de Wolfgang, seguramente sabía que necesitaría toda la suerte que pudieran desearle. O, si era como ella, sabría que la suerte era una basura para débiles de mente: recuperarse de aquello poco o nada iba a tener que ver con la suerte, y dependía enteramente de ella dar con una solución al problema.

Con la misma parsimonia con que lo habría hecho de no existir aquel problema en la vida de la Ministra, Rawson comenzó a ordenar los ingredientes dentro del maletín, colocándolos con cuidado en sus respectivos estantes. Cuando terminó, cerró la maleta y la devolvió a su sitio, en el almacén. A su regreso a la tienda, se entregó a una labor poco grata pero muy necesaria: la limpieza. Limpió el mostrador y los estantes con un paño, y luego se dedicó a pasar la fregona.

Cuando hubo terminado con aquello, echó el cierre y se marchó a su casa. Tenía especial interés por continuar la lectura que había dejado a medias: un libro sobre maldiciones poco comunes.
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