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The details always tell the story [Priv. Dylan Danvers]

Laith Gauthier el Vie Abr 12, 2019 9:41 am

Abril 15, 2019.
Sala de conferencias de San Mungo, 6:32am.
Intervalos de nubes y sol, 7ºC.

Esa mañana era de esas agitadas, con muchas cosas por hacer y poco tiempo. La mente de Laith Gauthier se había vuelto una lista de cosas que hacer que nunca parecía terminar, y tenía cosas urgentes que hacer, pero sólo poco más de una hora para terminarlas. Pacientes que ver, internos que dirigir, colegas con quienes hablar, consultas médicas y parecía que cuando terminaba un quehacer, otros dos llegaban a él.

Caminaba a través de los pasillos, con dos jóvenes internos siguiéndole los pasos de cerca y con expedientes en los brazos. — Derek, tú tienes que ir a vigilar al paciente que llegó anoche de urgencias para vigilar que no tenga cambios, está estable pero me temo que no pueda ser por mucho tiempo, cualquier cambio me llamas —le indicó, señalando el pasillo a su izquierda donde encontraría el ascensor para llegar a su paciente. — Pheobe, tú… —miró el reloj en su muñeca derecha, — ve a laboratorios y dile que necesito los datos de las muestras que envié para las diez, ¿está bien? —pero no la dejó contestar, él siguió caminando.

Por lo general y en su vida privada, Laith era un hombre en apariencia despreocupado y resuelto. En su trabajo, en cambio, tenía la cabeza en el juego y en cientos de cosas que debía tener hechas, en especial cuando tenía tanto que hacer. Los dos jóvenes, que hacían sus prácticas, respondieron rápidamente para acatar las indicaciones. Otro de sus detalles: en lo que se refería a la gente que trabajaba con él, no admitía ningún tipo de torpeza o demora, a menos que fuera muy justificable.

Estaba por dirigirse a revisar a uno de sus pacientes cuando una mariposa de origami vino a perseguirlo. Sabía perfectamente de quién era la nota, y cuando abrió su palma se extendió el pequeño cuadrado de papel: “Ayuda, está llegando urgencia: hidrobronz que pide pista.”, decía en caligrafía fina y femenina.

Era lenguaje médico informal, una jerga para referirse a un paciente que venía en muy mal estado y con riesgo de muerte. Laith suspiró y supo que tenía que cambiar de dirección, con pasos muy apresurados se dirigió a la sala de urgencias. Pero al ir hacia ahí, y sin saber bien cómo, con la mente sumida en otros sitios, al dar vuelta en un pasillo chocó con alguien que venía en sentido contrario y fueron directo al suelo.

Putain —maldijo en francés en voz baja, habiendo apenas conseguido meter las manos, ambas adornadas con tatuajes de flores, para evitar caer con todo su peso sobre el otro sujeto. — Lo siento —le dijo, poniéndose de pie. Sólo verlo bastó para saber que no era un colega, por la ropa que traía puesta, y que no podía reconocer su rostro. Le tendió la mano para ofrecerle ayudarle a ponerse de pie. — La sala de espera está por allá, vuelta al pasillo y al fondo —le señaló el camino. — Si eres visita, la recepcionista ahí te asesorará para encontrar a quien buscas.

Le dio la información casi memorizada, y sin darle apenas tiempo a hablar volvió a emprender camino, todavía más rápido que antes, con el fin de llegar al lado de Lindsay y asistirla con quien fuera que llegase a la sala de urgencias del hospital para estabilizarle antes de poder hacer otros procedimientos. Y lo consiguieron, aunque le consumió más del tiempo que podía permitirse.


Sala de conferencias de San Mungo,
7:39am.

Se había olvidado por completo de que había aceptado a hacer aquella entrevista. Llegó corriendo después de haber asistido a Lindsay con su paciente, y pidió que alguien confirmase la asistencia de la prensa para que le llevasen a la sala de conferencias, pues le habrían hecho aguardar en una habitación de espera hasta que el medimago en cuestión estuviese listo para recibirlo. Tarde, como de costumbre, aunque esta vez por una buena razón.

No era la primera vez y no iba a ser la última que San Mungo le requiriese como parte de la atención mediática. Era, después de todo, un hombre que la gente consideraba carismático, sobre todo amable. Esa vez, sin embargo, más que secundar a un colega con su respectiva presentación, estaba realizando la propia.

Había empezado hace mucho tiempo aquella investigación, y había tenido avances significativos. Mentiría si dijera que no había un motivo privado y personal para haber comenzado, pero no sólo estaba haciendo una grandiosa aportación al mundo mágico, sino que a sí mismo se relajaba con sus estudios.

La mente humana era un universo tan poco inexplorado como lo era el mismo océano. Seguramente porque, por defecto, la gente no podía dar crédito a algo que no era capaz de ver, y el cerebro era complejo como él solo, así como un camino oscuro en el que uno no podía encender la luz para visualizar qué era lo que estaba ocurriendo. El cuerpo podía abrirse, operarse en cirugía, ser desmarañado y diseccionado. La mente no.

Tenía un café con leche en la mesa y visualizaba información dentro de una carpeta, con los lentes en el rostro. Tenía varios archivos apilados a la izquierda, pero sólo se enfocaba en uno, con las piernas cruzadas y relajado contra el asiento de la silla. Sabía de memoria el procedimiento y toda su información, pero él más que nadie comprendía que debía traducir todo a un lenguaje no exclusivamente entendido en el tema.

La puerta se abrió y Laith, presto, cerró la carpeta y la dejó sobre las demás, poniéndose de pie para saludar con la mano al hombre que hubiese entrado por la puerta. Y se sorprendió por las vueltas de la vida que le ponían en frente al mismo sujeto con quien había chocado antes.

Lo siento por el retraso —se apuró a decir, — Laith Gauthier, para servirte —se presentó más tarde, aunque ya tendría que tener una idea de quién era, considerando que estaba a solas esperándole. — También lo siento por lo de antes, llevaba prisa —al choque y la forma en que se fue, se refería.

Iba a empezar a ser una mañana interesante.
Laith Gauthier
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Dylan Danvers Hoy a las 12:00 am

Esta semana cuando se inició la reunión en la redacción del periódico rezaba para que me tocara cubrir alguna noticia interesante. Últimamente estaba todo muy aburrido y aunque la gente supongo que se sentirá aliviada ante el cese de los ataques perpetrados por rebeldes para la prensa suponía tener que excavar, profundizar en otros temas sociales que tuvieran la relevancia suficiente como para merecer aparecer en nuestras páginas. Siempre había cosas, por supuesto, sobretodo la sección deportiva estaba siempre colmada de nuevas noticias y escándalos. Respecto a la política era otro cantar, pues todo el mundo iba con pies de plomo por miedo a pisarse los dedos con el nuevo gobierno. Las exclusivas nos llegaban perfectamente calculadas y la información justa para poder redactar las noticias.

Quizás por ese motivo mi jefe estaba decidido a buscar nuevas alternativas, a dar más importancia a otras áreas que quizás se habían descuidado antaño y para ese propósito San Mungo se había convertido en nuestra nueva mina. Resultaba sorprendente la iniciativa de los medimagos que por pura vocación se dedicaban a investigar, a desarrollar nuevos hechizos, nuevos tratamientos… buscando soluciones para los problemas que aún actualmente no podemos solucionar. Eso sin duda me parecía digno de elogio y por supuesto totalmente merecedor de ocupar su espacio en nuestro periódico. Así es como me habían informado muy por encima del trabajo del doctor Gauthier y aunque no estoy nada puesto en el tema consiguió que sintiera curiosidad por saber más.

Habiendo concertado una cita para la entrevista me fui directo a San Mungo con mi no tan fiel Fifí en el bolsillo, preparada para tomar nota de todo. Espero que se comporte y apunte las cosas tal cual las diga el doctor, pues si ya presiento que la jerga médica de por sí será complicada no quiero ni pensar lo jodido que será leer unos apuntes transcritos por Fifí con su estilo particularmente puñetero. Nunca había ido a San Mungo a realizar una entrevista, así que no sabía muy bien cómo proceder. Por supuesto el primer paso implicaba acercarme al mostrador de recepción, identificarme y pedir allí indicaciones. Una enfermera muy agradable me indicó el camino que debía seguir hasta una sala privada donde podía esperar a que el medimago que venía a entrevistar estuviese disponible. Me aprendí rápidamente las indicaciones, lo que no contaba con que el hospital fuese un maldito laberinto de pasillos, todos blancos e inmaculados, muy largos y repletos de puertas. ¿Dijo la puerta blanca a la izquierda? ¿En el pasillo B? ¿O era el C? ¿Cuantos llevo ya? Había perdido la cuenta de las puertas que había encontrado a mi paso, así que iba a tener que pedir de nuevo indicaciones. En eso estaba pensando cuando al doblar una esquina alguien chocó fuertemente contra mí mandándome directamente de culo contra el suelo.

Menos mal que mi trasero estaba curtido ya a estas alturas después de un montón de años montando a caballo y sufriendo los dolores que ocasiona la silla de montar. Aun así debo confesar que aún me dolió un poco ¡Y es que el suelo está mucho más duro que una silla de montar de cuero! Excusándose un poco de mala manera el hombre se levanta y me indica donde está la sala de espera. No creo que me esté indicando justamente la sala de espera que busco, sino una más general para los pacientes y familiares pero el hecho de que haya una recepcionista también allí me sirve, pues podré volver a pedir indicaciones.


- No, no… estaba perdido y no miraba por donde iba, la culpa es m... -le digo al chico mientras este se aleja casi escopetado por lo que no me deja ni terminar de hablar. Parece que lleva mucha prisa pero bueno, supongo que habrá surgido alguna emergencia o algo, tratándose esto de un hospital sería lo más lógico.

Tras levantarme me coloco bien la ropa y frotándome un poco el dolorido trasero sigo las breves indicaciones para llegar nuevamente a otra sala de espera. Afortunadamente no me había perdido tanto y estaba cerca de mi destino por lo que me pude sentar en un cómodo sofá y tener a mi disposición una máquina con café gratis para mí solito. Mientras esperaba pude probar algunos de ellos quedando fascinado especialmente con un café con leche que llevaba caramelo y estaba delicioso. Finalmente el doctor terminó su urgencia y vinieron a buscarme para acompañarme a la sala de prensa del hospital. Era una sala muy grande con muchas sillas, pensada obviamente para comunicar noticias con presencia de prensa mucho más multitudinaria. En la mesa situada frente a las sillas había un chico sentado, con unas carpetas delante, el cual se levantó al verme entrar para así saludarme. Enseguida lo reconozco, pues justamente era el hombre con el que me había chocado por el pasillo. Lo cierto es que pensaba que sería un hombre más mayor, en plan con el pelo cano etc… el prototipo más de “médico de familia” que todos tenemos en mente. Pero bueno, los jóvenes al final somos los que vamos a heredar el mundo así que como joven luchador y reivindicativo que soy me parece aún más interesante este nuevo cambio en el guión.

- Dylan Danvers, de “El Profeta” aunque supongo que eso ya lo sabías -le respondo cogiendo su mano para estrecharla educadamente. Ya que él ha tomado la iniciativa tuteándome pues obviamente voy a imitarle- No te preocupes, en la redacción siempre hay becarios revoloteando y también es muy molesto chocarse con ellos así que te entiendo. Me había perdido y andaba un poco despistado por los pasillos -añado, pues no soy tan puñetero como para echarle en cara a un médico que se chocara conmigo accidentalmente, primero: cuando yo no tenía porqué estar por allí. y segundo: cuando él llevaba prisa por algún asunto urgente- Los accidentes pasan, seguro que nadie mejor para saber eso que tu -le digo, pues obviamente aquí vienen muchos enfermos y heridos a causa de eso, de accidentes fortuitos.
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