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El Señor Sonrisas. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Jue Abr 18, 2019 3:48 am

Recuerdo del primer mensaje :

El Señor Sonrisas. —Laith Gauthier. - Página 2 3z0t9Py
Habitación de Samantha | 13/03/2019 | 16:32h

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Dario Naharis
20:42
Dario Naharis
EN LÍNEA.

Hola, si hipotéticamente tuviera cita el día 15 de marzo, a las cinco de la tarde, con Kelsey, ¿te vendría bien?

Hipotéticamente depende.

Hipotéticamente de qué.

De...

...

En realidad si es hipotético me viene bien, pero si por alguna razón se vuelve realidad me surgiría una grandísimo compromiso que sólo podría cambiar si me pagas con chocolate.

Es un pago que hipotéticamente en la realidad podría pagar.

Ya te digo que en realidad no es hipotético. Tengo cita de verdad.

Y yo en realidad no tengo ningún compromiso. Me estaba haciendo hipotéticamente la interesante.

Entonces te secuestro 😌

Hipotéticamente, claro. 👀

Mi autocorrector me corrige todas las palabras por 'hipotéticamente' de todo lo que he usado la palabra hipotéticamente.

Pensé que era a mí solo.

Somos retrasados.

Sí.

Hipotéticamente, claro.

Obvio. 💁

¿Cuento entonces contigo?

Always I love you Allí estaré.








Y entonces se le cayó el teléfono móvil en la cara. Sufrió uno de esos ataques de miocardio en donde piensas que se te ha roto la nariz o has perdido un ojo.

Oh, ¡no! —Gritó, dolorida, llevándose la mano a la nariz porque parecía que se estaba desangrando. Su cerdito abandonó la cama dando una voltereta, asustado de repente.

Pero falsa alarma, no había pasado nada. No había sangre.

Sam se acababa de levantar de la siesta y había mantenido toda esa conversación en la cama, riéndose como una idiota por los dos tontos muy tontos que parecían hablándose con la maldita palabra ‘hipotéticamente’ en cualquier lugar que cuadrase, aunque careciese totalmente de sentido. Desde aquel día en el café, se había vuelto su muletilla más idiota.

La verdad es que desde que Laith le había propuesto el ayudarle y Sam había accedido, no tenía pensado echarse atrás. De hecho, se había mentalizado bastante de lo que podría llegar a encontrar en la mente de la chica, intentando no llevarse ninguna sorpresa. Como legeremante tenía que tener nervios de acero y no dejarse llevar por lo que viese en mentes ajenas, pero el problema de Samantha—algo de lo que no te avisan en primero de legeremancia—es que las personas demasiados empáticas lo pasan realmente mal en este tipo de trabajos.

Y por si no lo sabías: la rubia era terriblemente empática y ya se estaba esperando lo peor. Para colmo, no estaba nada acostumbrada en meterse en mentes infantiles y tampoco sabía cómo sería tratar con los sentimientos de una niña tan pequeña. Pero como se solía decir: era una profesional, así que haría lo que hiciera falta, más todavía si era para ayudar a una pobre niña.


Hospital Saint Thomas | 15/03/2019 | 17:01h | Atuendo

Llegado el día, sin embargo, estaba algo más tranquila. Había ido a trabajar normalmente por la mañana y por la tarde se había preparado para ir al Hospital Saint Thomas, que se encontraba prácticamente en el centro de Londres. Recordaba haber ido una vez a ese hospital de emergencias, pero la verdad es que ni lo recordaba porque habían sido emergencias nocturnas con un alto porcentaje de alcohol en venas. ¡Nadie se libra de historias patéticas de borracho en esta vida! Desde que estaba en Londres siempre había asistido a San Mungo y desde que es fugitiva no pisaba un hospital ni como Samantha Lehmann, ni tampoco como Amelia Williams.

Sin embargo, ese día fue allí como la señorita Williams, una joven alemana que se había ido a Londres a buscarse la vida como camarera. Menos mal que habían muchos perfiles así, o nadie se creería que en Inglaterra se vivía mejor que en Alemania. Por suerte, como Amelia Williams actualmente era muy libre, se había inventado una tapadera de psicóloga que poder soltar tranquilamente si alguien le preguntaba por su trabajo cuando estuviera tratando a Kelsey. Se lo había memorizado. Iba a optar por lo de la India, pero nadie se creería que alguien como Sam viene de allí. Eso sí, en sus estudios inventados se había pasado como cinco años estudiando en ese país su técnica secreta mental. Le había mandado ayer un audio a Laith explicándoselo todo, para que no fuesen subnormales en soltar cosas diferentes en el caso de ser necesario.

Entró al hospital y se sintió perdida, por lo que sacó el móvil y le mandó un WhatsApp a Laith, quién le dijo que era en la tercera planta, al final a la izquierda, en la zona infantil. Sam se aventuró y se metió en el ascensor, intentando seguir las directrices de su amigo. Unos tres minutos después, Laith salió de una habitación y pilló a Samantha caminando por el pasillo. Le llamó por su nombre falso, a lo que ella mostró una sonrisa.

Hola —lo saludó, besándole la mejilla por inercia. Estaba un poco nerviosa. —¿Cómo lo vamos a hacer al final?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Mar Mayo 14, 2019 3:27 am

Había un cierto consuelo en que Samantha no se viese afectada más de la cuenta por lo que habían descubierto, que era horrible y podía hacer daño en la mente de una persona. Por lo menos los dos parecían comprender la situación y que, para ellos, sería con el tiempo un mal recuerdo mientras que para Kelsey iba a ser todavía más difícil olvidarse de ello. Quizá es por eso que Laith se estresaba tanto.

Cuando la rubia desocupó la tina, él se dispuso a limpiarla junto con el suelo y todo alrededor. No parecía haber un motivo, pero tenía la necesidad de hacerlo, y por suerte su amiga ya había abandonado el vano intento de pedirle no hacerlo que sería brutalmente ignorado por un Laith que necesitaba mantenerse ocupado.

Mientras Samantha veía el vaso medio lleno, Laith veía el vaso a la mitad y no dejaba de pensar que no le bastaba verlo a la mitad: él quería que el vaso estuviera completo, y no tenía agua para ponerle y llenarlo.

No le era extraña esa sensación. Cuando un paciente moría en un hospital, el médico iba con la familia y tenía que decirle que pese a todos sus esfuerzos no habían podido mantenerle con vida. Pese a que fuera verdad y hubiera hecho todo lo que estaba en sus manos, Laith no podía lidiar fácilmente con la culpa que sentía, con el deseo de haber hecho más, incluso si no había más que hacer. La sensación era real y estaba ahí. Necesitaba tiempo para asimilarlo.

Fue el primero en salir del baño con dirección al patio. En el camino escaleras abajo sacó un cigarrillo de su caja y se lo colocó entre los labios, aunque esperó hasta salir al patio para encenderlo, quedándose de pie cerca del banco, pero sin tomar asiento. En cambio, miró al cielo y al sol ahí arriba, siguiendo el ejemplo de Don Cerdito para valorar el calor y la luz.

Caló y exhaló humo lentamente mientras pensaba en las palabras de su amiga, finalmente tomando asiento a su lado, colocando su mano con el cilindro lo más lejos posible para que el humo no la molestase.

¿Sabes cómo me siento ahora mismo? Como Daenerys sin sus dragones —y ojo que a pesar de la comparativa, iba muy en serio. — Como si un segundo atrás lo hubiera tenido y hubiese podido hacer todo, y ahora… nada —bajó los hombros como un gesto derrotado. — No me ayuda esa sensación de “Quítate que lo hago yo”, ¿sabes cómo? Como si nadie pudiese hacerlo mejor que yo, incluso si lo que hacen es exactamente lo que yo haría.

Laith mismo era capaz de darse cuenta cuando estaba pensando algo demasiado, pero eso no significase que pudiese dejar de pensar en ello. Pegó su hombro con el de Samantha sin buscar otra cosa más que el mero contacto.

Hiciste mucho por mí y eso que no tenías por qué —sí, lo había hecho por el caso y por la niña, pero porque él se lo había hipotéticamente pedido. — De verdad lo valoro mucho, gracias —decidió interrumpir sus pensamientos que se conglomeraban todos llenos de ideas sobre cómo proceder en el futuro para darle el agradecimiento que se merecía a esa mujer. — Te invitaría todos los donuts del mundo —trató de bromear con ella.

La verdad es que pensaba que tenía que empezar a desconectar su cabeza de lo que lo había ocupado los días anteriores sin descanso y comenzar a pisar el freno. Era normal, por supuesto, que se acelerase cuando tenía tantas cosas que hacer, pero tenía ahora que adaptarse a la idea de que ya no las tenía y que lo mejor era simplemente ver la sucesión de eventos como fluye el río, sin que pudiese hacer nada para controlarlo.

Creo que cuando termine ese cabrón en la cárcel voy a pedirme una copia de la sentencia y la colgaré en un cuadro en mi departamento —hizo un cuadro con sus índices y pulgares, como visualizando cómo se vería aquello que prometía sentirse como un logro. Y estaba completamente seguro que iba a terminar entre rejas.

Caló del cigarrillo e hizo un círculo con el humo, y uno más pequeño que cayó dentro del primero, pero se esparcieron en el aire de una brisa fresca. Se recargó un momento en el hombro de Samantha, aclarando la garganta tras una leve irritación causada por el humo.

¿Qué hay de ti? —preguntó en otro tono, más jovial, irguiéndose y mirándola. — ¿Qué has hecho en estos días? —se le notaba de lejos que su principal motivación era quitar de su cabeza los malos pensamientos.
Laith Gauthier
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Laith GauthierMedimago

Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 18, 2019 2:44 am

La comparación de Daenerys y sus dragones por poco le saca de contexto, pero Laith supo continuar por un buen camino y hacer que Sam terminase por comprender a lo que se refería. ¡Claro que lo entendía! Creía que ese tipo de sentimientos lo llegaba a tener todo el mundo en cierto punto, la sensación de que o haces tú las cosas, o no te vas a tranquilizar en ningún momento. Daba igual que quién fuese hacerlo fuese mejor, peor o diferente... lo importante es que eras tú quién debía de hacerlo si no querías terminar tirándote de los pelos.

—Hay que saber delegar y no frustrarse por ello. —Era un consejo que parecía un poco vacío, pero en realidad tenía mucha más importancia de lo que uno pensaría. Pero a Laith debía de frustrarle por querer y no poder y, sobre todo, porque con la implicación que ya había tenido, seguir implicándose no iba a ser sano para nadie. —No quiero sonar como la optimista pesada que te saca de quicio, pero dale tiempo a todo esto. Sé que lo que quieres es ver a ese tío entre rejas y a Kelsey en un hogar sano, mejorándose todo lo posible pero... todo es muy reciente —le dijo, colocando su mano momentáneamente sobre su pierna.

Le pareció de lo más adorable como le agradeció lo que había hecho por él, por Kelsey y por todo lo que le llevaba atormentando desde hacía tiempo. Otra cosa no, pero probablemente ayudar a un amigo era de las cosas que encabezaban la lista de prioridades de Sam y no es que en este momento de su vida tuviese una gran abanico de amistades. Como le había dicho Lohran: había que luchar por conservarlas y ayudarlas siempre que estuviese en su mano. A punto estuvo de decirle que de nada, para cuando le dijo esa demostración de amor relacionada con comida.

La rubia no pudo evitar sonreír.

—Eso suena a amor verdadero, ¿eh? —Le devolvió la broma, con una sonrisa risueña en el rostro. Sam siempre había sido muy servicial, toda su vida, con las amistades que valoraba y pocas cosas no hacía por ellos. Quizás lo hecho por Kelsey no estaba en ‘cosas normales’ para hacer por amigos, pero igualmente se alegraba tanto por la niña, como por Laith. —Me gusta ayudar a mis amigos, por eso si necesitas cualquier otra cosa espero que sepas que puedes contar conmigo, siempre con los donuts correspondientes como pago pertinente. —Alzó levemente el dedo índice para matizar eso último que, claramente, era solo una broma. —En serio te lo digo—matizó al final, por si acaso.

Lo último que reconoció de la sentencia que colgar en su apartamento la hizo esbozar otra sonrisa, esta vez más divertida. Mientras no colgara un retrato del Señor Sonrisas… todo era mejor y menos turbio. Aunque tampoco sabía qué tipo de arte solía tener su amigo en casa.

—¿Colgarla? ¿No has pensado en quemarla en una hoguera mientras intenta transferir su alma a un muñeco vudú y así poder matarlo desde la distancia mientras le pinchas alfileres en el pene? —Lo preguntó bastante seria, como si realmente lo dijese sin una pizca de diversión. —Siempre he tenido curiosidad por la magia vudú, quizás sea un buen momento para aprender a utilizar y meternos en terreno oscuro y pantanoso. —Y entonces soltó la risa que todos esperaban, declarando su broma. —Si el mundo es justo, que yo sigo esperando que la justicia muggle no sea como la que tenemos en nuestro mundo, terminará entre rejas durante mucho, mucho tiempo. Todo lo que se merece.

Y no quería desear el mal a nadie—en realidad sí—pero ojalá en la cárcel tenga tan mala experiencia como él le ha hecho pasar a esos niños. No se merece tener las cosas fácil después de habérselo hecho tan difícil al resto.

—Nada del otro mundo… —dijo, mirando de reojo a su amigo, que se había apoyado en ella y que no le molestaba en absoluto. —He ido a trabajar, he estado implorando por un horario fijo a mi jefe pero… nada, que me odia, ¿sabes? Tú lo veas ahí con esa cara de ancianito simpático y en realidad es solo una fachada. —En realidad sí que era un anciano simpático, era Erika, su hija, quién llevaba todo eso y quién le negaba a Sam la posibilidad de tener un horario fijo. Debía de admitir que al menos no eran de esos negocios que te dicen que cobras tanto por ocho horas pero que en realidad tienes que trabajar doce. No era difícil encontrar ese tipo de tratos en muchos lugares de Londres que se aprovechaban de los más desesperados por encontrar trabajo. —Me estoy acostumbrando a trabajar de tarde y no me gusta: ¿sabes lo feo que es tener libre cuando Gwendoline trabaja y estar trabajando cuando Gwen libra? Apenas nos vemos por la noche —dijo, desgana, sabiendo que era un problema del primer mundo pero que aún así le molestaba bastante. ¿Y lo de trabajar los sábados? Ya no hablemos de esa desgracia del señor… —Pero bueno, lejos de mis problemas de señora privilegiada con un trabajo decente y un cerdito muy juguetón que le gusta el barro… todo bien. —Después de todo lo que le había caído encima, hasta ese tipo de problemas le parecían nimios. —He estado entretenida leyendo y pegándole a mi saco de boxeo imaginándome que ese tipo. —Evidentemente se refería al padre de Kelsey, pero prefería no decir su nombre, cual Voldemort. —Tengo la costumbre de imaginar que pego a gente que odio. Siento correr la rabias por mis venas.

Nadie, en su sano juicio, realmente se podía creer que alguien como Sam pudiera tener odio o rabia por sus venas, pero sí era cierto que le ayudaba a desestresarse.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Mar Mayo 21, 2019 6:54 am

Delegar. Era algo que, precisamente, siempre se le había dado mal a Laith. En el trabajo conseguía lidiar con ello, pero en su vida diaria se le complicaba, en especial con cosas que consideraba importantes. En ese momento, Samantha sonaba como la optimista pesada que sacaba de quicio, pero sabía que lo que decía era con toda su buena intención y, en el fondo, hasta el propio Laith sabía que ella tenía razón.

Acabó agradeciéndole, porque era lo que quedaba por hacer. Había estado cuando la había necesitado, y también sabía que, de haberlo necesitado, habría también estado al pendiente de él. Le enternecía poder tener amistades así de cercanas, que no dudaran en ayudar cuando necesitaba de ellas, y realmente las valoraba. Tanto que quizá exageró un poquito en lo que a agradecerle respectaba, ¿todos los donuts del mundo? ¡Laith querría también, Samantha no podría comérselos todos!

Pero no exageres mucho —le sonrió cuando le dijo que el querer invitarle todos los donuts del mundo significaba amor verdadero y no otra cosa. — A estas alturas ya no habrá donuts con los que pagarte —dramatizó, como si pudiesen quedarse sin donuts por exceso de demanda. — Lo sé, y te lo agradezco —tomó su mano, apretándola con cariño. — Tú también puedes pedirme lo que quieras e intentaré ayudarte siempre —le dejó claro.

Lo mejor de su amistad era eso: se trataba de una relación recíproca.

Hablando sobre la tan esperada sentencia de ese ser que Laith ni siquiera se atrevería a llamar persona, estuvo seguro que utilizó una referencia a una película de miedo y le costó un poco darse cuenta de cuál era. Debía ser la del muñeco malévolo que era asesino, pero en una versión en la que el muñeco no se salía con la suya. Después de todo, había más de una película de Chucky.

Estaría dispuesto a ver los límites de la magia oscura con tal de tener algo como eso, ¿sabes? Creo que este caso lo amerita muchísimo —le concedió, al final riéndose porque todo aquello sólo era un juego. Como si ellos pudiesen realizar magia maligna, con lo cachos de pan que eran. — Quiero pensar que sí, y pensar que en ese lugar haya gente tan asqueada como nosotros que se unirán para ver si consiguen equilibrar su karma —suspiró.

No le quería desear el mal a nadie, pero era consciente de que muchos presos eran padres y hermanos de alguna pequeña y se sentirían conmovidos con la historia. Los uniría, entonces, el desprecio por alguien capaz de profanar a una criatura tan inocente.

Decidió, por el bien de su conversación y de la estabilidad mental de un sanador que quería marcharse a ver qué más podía hacer con su vida y el caso de la pequeña, cambiar el tema y preguntar por su amiga, recargándose contra su cuerpo en un gesto cariñoso. La oyó quejarse sobre su trabajo en el Juglar Irlandés y sus problemas con su horario rotativo, sonriéndose cuando le contó que el problema provenía de que tenía poco tiempo para ver a su novia.

Ya eres una peligrosísima criminal, puedes robarte un giratiempo del Ministerio para volver y ver a Gwendoline mientras trabajas —bromeó, porque no estaba hablando en serio. — Disfrútalo ahora, porque si tiene intenciones de ejercer como sanadora el verse podría ser una ruleta rusa —y eso lo decía desde la experiencia. — ¿Sabías tú que a veces tenemos que trabajar hasta cuarenta y ocho horas seguidas? Los médicos somos los profesionistas más sacrificados y menos valorados en el mundo —suspiró melodramáticamente, pese a que lo que decía era totalmente en serio.

Le había tocado, y a Gwendoline también le podría llegar a tocar si tenía una guardia para tener justo después lo que conocían como una “post-guardia”. Y era triste, pero así era la vida del médico. Samantha culminó diciendo que, al final, su mayor problema era ese y el tener que bañar a un cerdito amante del barro últimamente.

Yo también hago eso —susurró a su oído, refiriéndose a golpear el saco de boxeo imaginando que era alguien. — Pero no le digas a nadie, tengo que mantener la fachada de buena persona —se volvió a recargar en ella. — ¿Qué lees últimamente? Conseguí un nuevo libro muy bueno sobre psiquiatría biológica, si sabes francés te lo prestaría encantado, sino creo que no debe tardar en salir una versión en inglés —le comentó, ahora que hablaban de lectura, porque era lo único que él leía.

Llamó a Don Cerdito para que le prestara atención en todas las formas en que se puede llamar a un animal: silbándole, ese “pspsps” para llamar a un gato, chasqueando con la lengua, tirándole besitos, incluso intentó diciendo “oink oink”, pero al final el cerdito decidió que era demasiado guay como para prestarle atención a un simple mortal y dejó a Laith en el intento por atraerlo hacia él.

El sanador, por supuesto, soltó una risa porque Don Cerdito lo había dejado como un tonto. Seguramente estaba enfurruñado porque le habían bañado. Al final, acabó estirándose, cruzando las piernas en un cuatro.

Podemos pedir pizza y ver algo —la invitó, intentando hacer planes deliciosos. — O podemos hacer galletas, y por “podemos” me refiero a que tú las haces mientras yo te miro y te molesto queriendo comerme la masa antes de que la metas al horno —levantó las cejas, queriendo vender su plan como lo mejor del mundo. Lo era para él. — Podría llevarle de esas galletas a Kelsey después —la intentó sobornar por el lado más emocional.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 29, 2019 2:47 am

Sabía que podía contar con él para lo que quisiera, pues pese al poco tiempo en el que habían sido amigos, había sido una amistad en donde ciertas cosas… se daban por hecho. Había muchos tipos de amistades, pero entre Laith y Sam desde un principio las cosas estaban claras: Laith no se hubiera arriesgado ni un poco por ella si no hubiera visto en la legeremante algo que le hubiera gustado conservar, y Sam no hubiera puesto inútilmente a Laith en peligro si realmente no quisiera conservar una amistad tan buena como la de él.

Lo del muñeco vudú no era mala idea y, a decir verdad, Sam no sabía ni a qué rama de la magia tenía que acudir para ese tipo de hechizos, pero no quería saberlo. Nunca le había llamado especialmente la magia oscura, aunque era bien consciente de que todo lo que engloba era sencillamente poderoso. Pero sinceramente, le daba miedo tanto poder que salía de lo más ruin de las personas. Ni el tipo que encarnaba al Señor Sonrisas se merecía que ni Laith ni Sam se tuviesen que meter en ese mundo por él.

—Seguro que sí —le dio la razón.

Ser un pedófilo pocas veces recibía compresión, pues era un trastorno que pocas personas compartían. Sabía que si al final terminaba en la cárcel, probablemente lo pasase muy mal. No le daba ningún tipo de pena, en realidad, pues consideraba que se lo merecía totalmente. Ese tipo lo que no debía tener bajo ningún concepto era una condena tranquila después de lo que había hecho.

Le contó entonces su única pega con respecto a lo que vivía actualmente: lo poco que veía a Gwendoline entre semana por el mal horario que ambas tenían en el trabajo. Bueno, el mal horario de Sam, pues el de Gwendoline era fijo y muy bueno: enteramente de mañana. Soltó aire derrotada cuando Laith encima le mencionó que la cosa podría empeorar si Gwendoline decidía, una vez terminase los estudios, ejercer como sanadora en vez de como desmemorizadora. Menos mal que para eso todavía quedaba tiempo, porque la verdad es que no entendía cómo podría ‘disfrutar’ demasiado de su presencia si precisamente de eso se estaba quejando. Eso sí, al final tuvo que asentir con la cabeza.

—Ya, no sé qué sería de todos nosotros sin los sanadores. Se deberían de cuidar más a los que nos cuidan a nosotros: es injustisimo que tengas que tener jornadas de cuarenta y ocho horas seguidas en donde la mitad de ella no vas a rendir ni la mitad de lo que rendiste al principio. Lo que debería de pasar es que hubiesen más sanadores y poder repartirse dichas jornadas. —Hablaba seriamente, tanto que se cruzó de brazos. —¿Pero sabes qué? Algo me dice que el nuevo gobierno en lo último en lo que apostará será precisamente en la sanidad pública. Y en cambio, deberían, sobre todo teniendo en cuenta sus ansias de guerra a todas horas.

Independientemente de que Sam no pudiese acceder a las facilidades de San Mungo, ya desde hacía bastante tiempo, consideraba que ese hospital era de lo mejor que había en Inglaterra y no era justo ‘maltratar’ a un medimago con una jornada de cuarenta y ocho horas. Ya no solo porque eso debería ser ilegal, sino porque un sanador tiene que estar siempre al cien por cien y era sencillamente imposible estarlo después de tantas horas de acción laboral seguidas.

—Definitivamente, para ser medimago uno tiene que tener vocación —comentó entonces, mirándole de reojo. —O de verdad te gusta lo que haces, o terminas deprimiéndote con esos horarios. O bueno, ni eso: yo siempre pensé que mi vocación era ser legeremante y no podría ni estar doce horas seguidas ejerciendo como legeremante. Me volvería literalmente loca. Me imagino trabajar en un hospital con todas las cosas que hay que hacer… —Porque si bien ser legeremante conllevaba sus riesgos mentales, la labor de un medimago muchas veces hacía la diferencia entre la vida y la muerte. Y no iba a ser igual de eficaz un medimago en sus primeras horas de guardia, que cuando ya lleva treinta y dos horas de trabajo.

Más o menos desde que Sam se había ido a vivir con Caroline y había empezado, poco a poco, a recuperar una vida medianamente normal, que asistía al gimnasio para entrenar. Desde entonces había adoptado su afición por pegarle al saco de boxeo con dibujos—más bien monigotes—que caracterizaban a sus personas más odiadas. Le pareció fascinante, además de una unión de destinos, que Laith de verdad le dijera que también hacía eso.

—¿Estás de broma? —Tuvo que preguntar repentinamente, tras un pequeño bote de sorpresa. —¿En serio eres tan retrasado como yo? Laith, cada vez estoy más segura de que nuestros caminos estaban destinados a unirse en algún punto. —Lo dijo divertidísima, notando como su amigo se apoyaba en ella. No tuvo problema, de hecho se colocó mejor para estar ambos igual de cómodos. —¿Psiquiatría biológica? Creo que no he leído nunca nada sobre eso, pero no le hago ascos a nada. —Sam era de esas personas a las que le daba igual el tema: si algo tenía una buena crítica—de parte de alguien que ella consideraba que tuviera buena crítica—lo leía. Le gustaba leer de todo, pues le encantaba saber un poquito de todo lo que había en el mundo. Sabía que era imposible, ¡pero todo era ponerse a leer y seguir leyendo! Leer y estudiar: dos cosas que como Ravenclaw, solía tener bastante interiorizada y le encantaba. —Francés no sé, pero si está en alemán lo puedo leer sin problemas. —Pese a que hacía años que no utilizaba su lengua materna y que de vez en cuando se olvidase de cómo decir algunas palabras en alemán, por su uso del inglés para todo, no se había olvidado de su querida lengua predilecta. —Yo últimamente me he estado leyendo los libros de la zona científica de la biblioteca del Juglar Irlandés. Alfred me ha encargado toda esa zona porque él no tiene ni idea y yo soy una friki, así que lo he ordenado todo en base a mi TOC y me he dado cuenta de que había libros muy buenos que jamás había leído. El primero que me leí fue el de ‘Breve historia del tiempo’ de Stephen Hawkins porque me sentía hereje no habiéndolo hecho. Y ahora estoy con la ‘Física de lo imposible’ el cual me parece grandioso porque se cuestiona cosas como ser invisible, viajar en el tiempo o teletransportarse y, evidentemente con mis conocimientos de la magia, los argumentos que dan los físicos muggles me parecen muy entretenidos y que hasta podrían tener sentido. —Hizo una pequeña pausa. —Me da rabia reconocerlo, pero si no estuviésemos viviendo todo este infierno, en realidad el propósito del dichoso Área-M de unir ciencia y magia me parecería fantástico, siempre y cuando no se usaran a personas humanas para experimentar en base a ello. —Puso los ojos ligeramente en blanco, además de un gesto un poco asqueado. —Un día cuando vuelvas por el Juglar te puedo recomendar algunos. Deberíamos motivarnos a leer mutuamente y hacer cada cierto tiempo intercambio de libros que nos hayan gustado.

Porque Sam tenía una larguísima lista de libros que adoraba, ya no solo de interés científico o de pura divulgación, sino novelas que adoraba. Actualmente llevaba ya tiempo con ganas de enfrascarse en algo mágico, probablemente relacionado con Runas Antiguas—rama mágica que le gustaba mucho—, pero claramente para ella era imposible ir a ninguna biblioteca mágica en la que buscar algo que realmente le gustase. Con lo que a ella le gustaban las bibliotecas… Cada vez que entraba en una biblioteca muggle, se daba cuenta de todo lo que se estaba perdiendo dejándose atrás todo el ámbito mágico.

Don Cerdito decidió hacerle el grandísimo vacío a Laith, a lo que Sam también rió. Y otra cosa no, pero el sol hacía que su mascota se evadiese totalmente del mundo. Como se despistase, terminaría hasta quemándose, pues la piel de los cerditos vietnamitas era muy sensibles al sol. En ocasiones había que echarles hasta crema solar para que no se quemasen.

—Creo que me quedo con la idea de hacer galletas. Hace mucho que no hago y así también le llevas a Kelsey de parte de su amiga Amelia. —Inevitablemente también pensó en darle una sorpresa a Gwen con galletas con chips de chocolates recién hechas para cuando llegase de trabajar. —Y así te puedo dar golpes en la mano cada vez que intentes meterlas en mi masa. —Y le entrecerró los ojos, mirándole con falso reto. —Luego quédate a comer y pedimos pizza cuando venga Gwen. Hoy me tocaba hacer la comida a mí, así que me viene fantástica tu grandísima idea de gordo vago. —Hizo un poco el movimiento para ponerse en pie, para que Laith se despegase de ella y no molestarlo. Cogió entonces a Don Cerdito y se puso en pie, tocando la barriguita del porcino. —Vamos a dentro que a este paso mi cerdito se convierte en una hamburguesa bien hecha.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Jue Mayo 30, 2019 3:15 am

El sanador creyó que lo mejor era simplemente dejar el tema de lado. Era desagradable y seguramente los dos sólo podrían estar cada vez más asqueados de lo que había sucedido; en su caso, cada pensamiento más agobiado de no poder hacer más por ayudar. El “Señor Sonrisas” no merecía ni siquiera que ellos arriesgaran sus propias personas aprendiendo magia oscura con tal de hacerle pagar. Ya otras personas con mucho menos que perder se encargarían de ello.

No fue difícil, considerando quiénes eran ellos, cambiar el tema a uno no tan turbio, si bien desagradable para Samantha. No ver a su pareja era lo que la molestaba, y era natural. Laith la advirtió de que quizá debería irse acostumbrando, si Gwendoline pretendía seguir el camino de la medicina y dejar su trabajo en el Ministerio de Magia, pues los turnos rotativos y las guardias harían una locura el proceso de verse.

La regla número uno es dormir donde se pueda, cuando se pueda, sin que los pacientes les vean y estar al pendiente por si se les requiere —le dijo lo que era una ley cuando los sanadores tomaban guardias y turnos muy largos. — Yo porque soy muy guay, pero en realidad no mucha gente lo lleva bien —se jactó de ser capaz de tomar un turno así, si bien no era generalizado. — ¿Supongo que las fiestas me entrenaron a pasar días sin dormir? —sonrió a medio lado.

No quería meterse en temas gubernamentales, porque la verdad era tan grande como un muro: no había suficientes sanadores, se hacía lo que se podía con lo que se tenía, y era molesto e injusto, pero era lo que había. Luego había quien decía que “tenían que agradecer que tenían trabajo”, y esas cosas.

En la universidad bromeábamos que o se tenía vocación, o se tenían tendencias autodestructivas —le comentó, haciendo un ademán con una mano como si fuera relevantísimo. — Honestamente, cuando se tienen casos, uno se entretiene, en mi caso al menos se me va el tiempo muy rápido… Es casi gracioso ir de un lado del hospital al otro ordenando estudios y pruebas, aunque por lo general las cosas son muy intuitivas —le explicó un poco de su trabajo.

Las series de televisión mentían: no todos los días tenían misterios médicos ni casos extraordinarios. Generalmente iban desde fracturas a quemaduras, pasando por las peleas y por los efectos de hechizos y pociones. A veces incluso no había ingreso alguno. Otros días había un millón de ingresos. Era todo relativo.

Soltó una risa cuando les llamó retrasados a ambos. — Por supuesto, ¿que no te has dado cuenta? Somos almas gemelas retrasadas, unidas por la fuerza de la homosexualidad y la amistad para hacer el idiota y apoyarnos juntos, y engordar, eso muy importante —exageró su conexión, aunque en ese momento sí que parecían hechos a la medida.

Le comentó entonces sobre un libro que estaba leyendo, que apostaría que iba a interesarle a su amiga, aunque el idioma en que estaba no lo sabía. Laith no estaba seguro si estaba el libro en alemán, pero bien podría buscarlo o esperar a que saliera en un idioma que Samantha comprendiese. Sólo confirmando sus sospechas de que eso le iba a interesar, la mujer empezó a hablarle acerca de los libros de la biblioteca del Juglar que había estado leyendo.

Dicen que el fin justifica los medios —le dijo, respecto al Área-M, — yo no lo creo, pero eso es lo que dicen —pues él estaba en rotunda negación a la experimentación con humanos, incluso si estos eran verdaderamente criminales, a menos que estos estuviesen plenamente conscientes del riesgo y aceptaran por voluntad propia. Lo que ahí definitivamente no ocurría. — Pero estaría de acuerdo a recibir recomendaciones, puedo darte las mías —sonrió, casi entusiasmado con la idea. — Aunque la verdad leo casi exclusivamente interés científico, para ser específicos interés médico… Confieso que soy de los que esperan las películas y no lee novelas.

Nunca se había considerado un lector ávido. Podía pasarse un día entero leyendo, pero sólo cuestiones relacionadas a su mayor interés, pues se aburría con las novelas. Si eran románticas era un poco peor. Pero estaba seguro que Samantha sabría darle material para leer a la altura de su curiosidad intelectual.

Entre una cosa y la otra, Don Cerdito decidió ignorar brutalmente al humano, a lo que, por despecho, decidió buscar cariño en su amiga. Y comida, que también era muy importante e incentivaba el cariño. Samantha, consintiéndolo como sólo una amiga gorda puede, le dijo que haría galletas y también podrían pedir pizza más tarde para comer cuando llegase Gwendoline, y su gordo corazón fue feliz.

Tomó su mano y la colocó en su pecho, del lado izquierdo. — ¿Sientes esto? Son latidos de amor por ti y por la comida —dramatizó con un suspiro enamorado. No solía darle hambre cuando estaba estresado, pero las galletas servían siempre para abrir el apetito. — Todas mis ideas de gordo vago son grandiosas —se jactó, incorporándose para levantarse también detrás de Samantha. — Es tu culpa si a veces miro a Don Cerdito con ojos de “comida”.

Tomó su teléfono para mirar un mensaje mientras volvían dentro e iban con dirección a la cocina. Su plan era no estorbar, porque no es bueno el que ayuda, sino el que no molesta. En la cocina, lo mejor para él era mantenerse al margen. Eso no significaba que, en cierto momento, sí que le apeteciera molestar a su amiga, aunque fuera sólo para bromear y hacerla enojar. Por eso se cruzó de brazos, con la cadera recargada en una encimera.

No sé si necesito un vaso de whisky, dormir una semana, irme de vacaciones o un buen polvo, probablemente los cuatro —le confesó con una sonrisa. No lo parecía, pero mentalmente estaba exhausto. — ¿Te imaginas si nos hubiésemos conocido bien cuando estábamos en la universidad? El mundo temblaría cuando estuviésemos juntos —sonrió a medio lado, dándose cuenta de eso. — ¿Eras muy diferente?
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Sam J. Lehmann el Vie Mayo 31, 2019 2:10 am

Si bien en el pasado Sam era de esas personas que o dormían mucho o no eran personas, ahora mismo se había convertido en una persona totalmente contraria, de esas que durmiendo lo mínimo ya están al cien por cien, aunque tenga que taparse las ojeras de vez en cuando. Estos últimos años siendo fugitiva le habían malacostumbrado a unos horarios mínimos de sueño y si bien últimamente eran mejores las noches, no es que fuesen de la mejor calidad. Ayudaba mucho dormir con Gwendoline, eso no lo iba a negar.

—Gran valiente. Tenía un amigo de la universidad que podía empatar en todas las fiestas, pero yo nunca fui capaz de eso. —Entre que dormir era primordial y que su sentido de la responsabilidad era mucho, las fiestas estaban muy presentes pero debía de tratarlas con tranquilidad y dosificarlas. Sam era de esas que había entrado en la universidad por una beca por sus notas, puesto que no tenía dinero para la matrícula, por lo que para ella también era un grandísimo compromiso sacar la carrera sin que nada le jodiese demasiado el camino hacia las buenas notas. —No me extraña. Cuando uno no duerme y encima se enfrenta a un trabajo tan estresante, es normal que te plantees tirarte de los pelos más de una vez. —Y los dos sabían que ‘con tirarse de los pelos’ no se refería literalmente a eso. —¿Casos en plan misteriosos en donde tienes que salgar hipótesis y buscar, sin tenerlo demasiado claro, una cura posible? Eso es muy de House. ¿Has visto House? Seguro que has visto House. —Repitió divertida.

Sam no era mucho de esa serie, pero era la típica que ponían—hace ya tiempo, cuando aún podía vivir en su pisito minúsculo—cuando hacía zapping en la televisión. Era la serie por excelencia—junto a Anatomía de Grey, cuya trama principal solía tener que ver casi siempre con cosas románticas—de médicos y hospitales.

Evidentemente SÍ que se había dado cuenta de que él y ella eran bastante parecidos en muchas cosas, casi tan iguales que parecían la misma versión pero con diferentes sexos. Estaba claro que en realidad había muchísimas diferencias, pero era gracioso compararse solo con las grandísimas similitudes que había entre ellos.

—Oye, aquí el único que hace el idiota eres tú, ¿eh? A mi no me metas en eso. —Se puso quisquillosa, con una sonrisa en el rostro, pues evidentemente estaba de broma. —Menos mal que los dos somos ávidos golpeadores de sacos a los que odiamos o eso de ser unos gordos por naturaleza podría habernos salido muy caro. Aunque bueno, qué digo: eres médico y haces turnos de cuarenta y ocho horas, yo creo que aunque te comieses el McDonalds entero, del estrés que llevas ahí dentro lo quemas todo. —Por su parte, Sam siempre había sido muy delgada y encima siempre hizo mucho deporte, por lo que su ingesta masiva de chocolate estaba controlada.

El Área-M era un tema bastante delicado del que Sam no prefería hablar en demasiada profundidad porque realmente se ponía de mal humor. Sin embargo, el tema de libros sí que le animaba mucho más, pues una de las cosas que no habían cambiado después de todo era su gusto por leer cosas, las que fuera. Hubo un momento en el que para poder dormir necesitaba leer algo antes de meterse en la cama como ritual diario.

—Bueno, no importa —le respondió, encogiéndose de hombros. —A mí me gusta mucho leer ese tipo de cosas para estar al día, pero seguro que tú tienes mucha más información interesante de la que puedo conseguir yo. Yo te puedo recomendar cosas no científicas que te puedan gustar y tú a mí mantenerme al día de todo lo interesante que se vaya descubriendo. —Parecía un buen trato, ¿no? Sam leía muchísimo y aunque sus películas favoritas soliesen ser las de amor románticas, tenía un gusto mucho más variado a la hora de leer. Solía leer de todo, absolutamente, incluso leía cosas de géneros que no toleraba demasiado en pantalla. Así que sabría elegir cosas para Laith, sabiendo de antemano que no era muy fan de las novelas convencionales.

Rió cuando le puso la mano en su pecho, pues no se esperaba que fuese a declararle su amor por haber accedido a su idea de la pizza. Y la verdad es que no pudo dejar de reír, sobre todo cuando le echó la culpa de que viese a su cerdito como comida. Debía de admitir que le encantaba bromear con el hecho de que su cerdito podría convertirse en hamburguesas, aunque jamás en la vida aceptaría algo así.

Una vez en la cocina, el comentario de Laith le hizo mirarlo y sonreír.

—Ufff… definitivamente los cuatro: ¿y te imaginas un buen polvo, de vacaciones, después de haber dormido doce horas seguidas y un buen margarita para después? Eso del whisky ya no me convence tanto. —Lo sentía por Henry, pero por mucho que hubiese intentado meterle el whisky escocés cuando era joven, era un sabor que no le gustaba. —¿Cuándo sueles cogerte las vacaciones? ¿Tienes algo pensado para este verano?

Sam puso al cerdito en el suelo y éste correteó hacia el salón, en busca del calorsito de la alfombra, pues recordemos que Don Cerdito era incapaz de subirse por sí solo al salón, pues era demasiado pequeño y rechoncho como para adquirir esa habilidad, así que cuando estaba solo se conformaba con esconderse bajo la mesa, sobre la alfombra y sentir que ese era su castillo de protección. Mientras escuchaba hablar a Laith, comenzó a sacar las cosas necesarias para hacer galletas y ponerlas sobre la encimera.

—Hubiera sido interesante… —Iba a matizar algo de la edad, pues aunque en ese momento apenas se notase por el nivel de madurez de ambos y que a medida que uno crece, parece que se mimetiza mejor con pequeños rangos de edad, se llevaban casi tres años. O así. La verdad es que a Sam siempre se le olvidaba la edad de Laith, pues en su juicio aparentaba más de los que tenía, mentalmente hablando. Pero la pregunta de que si era muy diferente, le sorprendió. —Pues… supongo que sí que era diferente. Bueno, no lo sé, no creo que sea muy objetiva actualmente con esa pregunta porque he pasado por muchas cosas que sé que me han cambiado, pero en el fondo creo que soy la misma. No lo sé, Laith, qué pregunta más filosófica para éstas horas de la mañana. —Se quejó divertida, como si estuviesen madrugando o algo por el estilo, cuando en realidad estaban ya prácticamente al mediodía. —En la universidad era la típica fiestera que al día siguiente se pone a estudiar con resaca solo porque se sentía irresponsable. Un día recuerdo que mi amigo me convenció de ir a una fiesta pese a tener examen esa semana y que ese domingo estudié sentada en el baño de mi habitación porque el váter era mi mejor amigo. —Se apoyó en la encimera y se llevó la otra mano a la cara, avergonzada por sus malos domingos post-fiestas. —Nunca se me dio muy bien tolerar el alcohol. —Admitió entonces, para coger una cuchara de madera del cajón y alzarla. —Pero vamos, yo creo que nos hubiésemos llevado bien. —Apuntó a Laith con la cuchara. —Yo te vi en una fiesta. Recuerdo que estaba demostrándole mis capacidades de averiguar quién era gay a Gwendoline, borracha perdida, en esa fiesta y que te usé de ejemplo. Luego me di cuenta de que eras amigo de Bee. Aunque ahora que lo pienso, está claro que tan bien no tenía el radar por aquel entonces porque lo de Gwen no lo vi venir. —Rió, risueña y divertida. —Por aquella época no hubiera dicho jamás que las cosas hubiesen acabado como acabaron.
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Laith Gauthier el Lun Jun 03, 2019 7:29 am

Siempre se había caracterizado por ser capaz de funcionar al cien por ciento con poco descanso, por lo que justificar las fiestas era tal vez darles demasiado crédito. Sonrió cuando Samantha le dijo que no era su caso, bien consciente de que eso era lo normal, y que él sólo era un adicto a mantenerse ocupado, independientemente si eran fiestas, estudios, trabajo o quizá… otras cosas que requirieran noches en vela.

La verdad es que no suelen haber esos casos por norma, ¿sabes? Y… no suelo ver series “médicas”, precisamente porque me frustro porque hacen cosas que yo no haría, o en un orden erróneo, y paso más tiempo quejándome que viendo el capítulo —le confesó la verdad que estaba seguro no podía ser sólo su experiencia como médico y sanador. — Cuando hay esos casos, es más bien frustrante porque nos enseñamos a seguir un camino, y a veces nos quedamos sin opciones y no llegamos a nada… Pero un caso no tiene por qué ser un enigma médico para ser apasionante —se encogió de hombros, sonriendo.

Bufó divertido cuando le dijo que ella no hacía el idiota, sino sólo él, y se quejó suavemente con un gruñido. Pareció pensarse un poco eso de comerse un McDonalds entero y quemarlo todo sólo de estrés en el trabajo, pero una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

A ver, uso las escaleras, hago ejercicio, soy una bomba de estrés andante y encima tengo mucho sexo, ¿sabías tú que el sexo quema calorías? Un gran ejercicio —le dijo, aprovechando a colar ahí un tema subido de tono, más que nada porque encontró gracioso mencionarlo. — ¿Por eso estás tan delgada…? —se metió con su vida sexual entonces, mostrando por qué lo encontraba divertido, sin querer en serio una respuesta. Se divertía incomodando un poco a los demás, después de todo.

Pasaron del tema del Área-M con rapidez, porque ninguno de los dos lo quería tocar demasiado, en cambio, el tema de los libros era mucho más interesante.

Creo que tienes un trato, si y sólo si no me intentas obligar a leer alguna novela romántica —levantó un dedo, haciendo la importante aclaración, aunque estaba seguro que ella sabría recomendarle cosas que encontrase interesantes, así como él revisaría los libros que le sugeriría leer.

Lo bueno es que Samantha no se comía a las mascotas, o tendría que ponerse en plan los tiburones de Buscando a Nemo: Las mascotas son amigas, no comida. Porque, entre que le gustaba mucho el tocino, y Samantha lo hacía imaginarse a Don Cerdito metido entre dos panes gigantes tal cual estaba… pues ahí había un problema que ya no era culpa suya, ¿eh?

Todo perfecto, sólo pondría el alcohol antes de todo —hizo una aclaración, sonriendo divertido. — Hace… —se lo pensó, y mucho, — A ver, en junio del año pasado me fui un fin de semana a una playa norteamericana con una amiga y con Beatrice —le dijo, haciendo memoria, — y regresé por… otoño, a finales de otoño, un par de veces a Canadá, sólo por unos días —le contó cómo habían sido sus vacaciones a medias el año pasado. — Quizá descanse unos días en verano de este año, no sé si vaya a algún sitio en particular… ¿Y tú? ¿Tienes planes? —devolvió la pregunta.

Por cómo era él, no le gustaba mucho tomarse vacaciones de semanas, simplemente porque prefería cantidad a calidad, por decirlo de alguna manera. Escaparse algunos fines de semana, en lugar de perderse por una o dos semanas del todo. En especial porque eso le daba la oportunidad de descansar con varios amigos y/o grupos de gente distinta.

Laith se sonrió cuando le dijo que era una pregunta demasiado filosófica para esas horas. — Qué quejica eres, nunca es malo ser introspectivo, ¿sabes? —le dijo, con ese tono de “Yo sé lo que te digo, soy psicólogo”. Siempre usaba ese tono de sabiondo cuando decía algo que sólo él sabía justificar, como malas praxis médica que sólo se permitía a sí mismo. — Tenías el perfecto equilibrio entre “fiestera” y “estudiante responsable”, ¿eh? —lo encontró gracioso, — Yo hacía quedadas para estudiar que casi siempre incluían cervezas o alcohol, yo sí que lo toleraba —le dijo cómo había sido un poco su vida universitaria.

Se sorprendió un poco con la cuchara señaladora, escuchando que a él lo había visto en una fiesta hablando con Gwendoline sobre su homosexualidad, que nunca había intentado ocultar desde que descubrió que era gay y le gustaban los hombres y a la mierda todo lo demás. Entonces sonrió, llevándose una mano al mentón.

En verdad me hice amigo de Beatrice hasta San Mungo —le confesó, porque su amistad no había sido tan larga como la que tenía con Roxanne, por ejemplo. — Estabas tan ocupada usando tu radar con otras personas que ni siquiera te diste cuenta de que Gwendoline tenía un arcoíris encima —recordando su teoría del radar gay y las figuras a lo The Sims. — Yo de ti en cambio escuchaba seguido, Stephanie, una amiga mía, nunca se callaba de ti, aunque en ese entonces eras “la rubia esa” o “la rubia lesbiana” —que podía ser un poquito ofensivo, pero los dos sabían que nunca había existido mala intención.
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Sam J. Lehmann el Mar Jun 04, 2019 3:09 am

Lo entendía: ¿te imaginas ver en la televisión una serie cuyo protagonista es un legeremante? El ser humano está diseñado para criticar todo aquello que o bien no entiende, o que bien entiende demasiado. Sería estresante ver como otra persona hace tu trabajo, seguramente bastante diferente a como tú lo sueles hacer. Si ya le ponía nerviosa en el Ministerio de Magia ver cómo hacían las cosas otros legeremantes, se imaginaba...

Cuando Laith mencionó todo lo que hacía para no subir de peso, se sorprendió de que ella tuviese tantas cosas en común. Porque quizás antes no, pero está claro que lo del estrés actualmente nadie se lo podía quitar: ¿sabéis lo frustrante que es salir de casa pensando que en cualquier momento lo mismo te cae un Avada Kedavra? Bueno, creía que la recompensa por fugitivos era mayor si estaba vivo, por lo que me corrijo: ¿sabéis lo estresante que era salir de casa pensando que en cualquier momento lo mismo te cae un desmaius y al despertarte estás en una celda en el Área-M?

Fue a decir algo, pero nada más abrir la boca, Laith soltó esa pregunta con respecto a su vida sexual. ¿Se creería si le dijese que hacía nada más que seis días que había tenido sexo con Gwendoline por primera vez? Estábamos en abril y habían empezado en diciembre. Inevitablemente tuvo que sonreír porque si bien habían empezado hace seis días, habían sido seis días muy felices y... completos. Y le hacía ilusión haber sacado el valor de hacerlo por fin, porque tal y el trauma que tenía la pobre Sam, era valor lo que necesitaba. Bueno, valor y una Gwendoline en su vida, porque sin ella no hubiera llegado a ningún lugar.

—Soy vegetariana —respondió, divertida, como quién no quiere la cosa. —Los vegetarianos tenemos figurín. —No dijo nada con respecto al sexo pues tenía que haber too much confianza y quizás incluso alcohol de por medio para que Sam hablase de sexo con otra persona que no fuese su actual pareja.

Le hizo una señal con la mano de despreocupación cuando dijo lo de las novelas románticas, ya que precisamente para leer, no es que fuese un género que a Sam le gustase demasiado. Le gustaban las películas, pero le gustaba leer cosas que mantuviesen viva su cabeza, no cosas que aportaban más bien poquito.

—Pues entonces hay trato. Prometo no darte ninguna novela romántica. De hecho, no sabría ni cual recomendarte porque no suelo leer demasiadas —le dijo.

Recordaba el día en el que Beatrice se había ido a la playa, pues según recordaba por esa época vivía en casa de Gwendoline. Pero vamos, por el tiempo que había pasado, a Laith ya le tocaba de nuevo las vacaciones. Sam, por su parte, se había cogido algunos días en navidades y en verano, pero todos esos le correspondían al año pasado, por lo que este año todavía tenía bastantes días que podía coger de vacaciones.

—Yo cogí el año pasado un par de días para ir al Magicland con Gwen y luego los típicos por navidad... —Le contestó, haciendo memoria. —Este año a finales de mayo es la boda de mi madre y aunque todavía no le he confirmado nada, supongo que terminaré yendo. Hace muchos años que no piso Austria, me da hasta miedo salir del país —le dijo sus procesos de planes, bastante preocupada por la boda de su madre porque ni sabía qué hacer al respecto. —Pero no tengo ningún plan de ningunas otras vacaciones...

La Sam universitaria era... muy guay. La rubia de ahora consideraba que esa época había sido de sus mejores épocas, pues conservaba muy buenos recuerdos de todo, incluso de los peores. Recordaba su vida en la residencia universitaria teniendo de compañera a Gwen, sus múltiples fiestas, cómo había cambiado radicalmente de la Ravenclaw modosita que siempre fue en Hogwarts... Y no sé, todo en general dio paso a una vida muy bonita.

—Tenía a un mejor amigo muy fiestero y a una mejor amiga muy responsable. Eran como mi diablo en el hombro izquierdo y mi angelito en mi hombro derecho. —Le sonrió divertida, pues eran sin duda Henry y Gwen. —¿En serio estudiabas con alcohol de por medio? ¿Podías hacer eso? Venga ya, ¿y cuándo te subía qué hacías? ¿Ponerte a bailar al ritmo de la canción para memorizar? —Rió, para entonces fruncir ligeramente el ceño. —¿Tú alguna vez hiciste eso de cantar para memorizar algo con el ritmo? Yo lo hacía muchísimo. A día de hoy hasta lo sigo haciendo y en los exámenes me ponía a tararear el ritmo. —Oye, cada uno con sus trucos de retención, ¿no? Muchas veces sólo con leer se le quedaba, pero como en todas las cosas habían partes infumables a las que había que tratarlas con otros métodos.

Negó entonces con la cabeza reiteradas veces cuando dijo que no se había dado cuenta del arco iris encima de Gwendoline en la época universitaria. Y es que no, por aquella época es que Gwen no tenía ni color: era gris, como si su orientación sexual estuviese bloqueada y necesitase desbloquear algo para conseguir esa habilidad.

—Que no, que a Gwendoline le salió el arco iris el año pasado. Antes no existía. —Le sonrió, muy segura de sus palabras. Si es que si Gwen llega a tener un ápice de interés por alguna mujer en la universidad: ¿por qué no se lo iba a decir a Sam, siendo ésta bollo? Estaba claro que eso había salido repentinamente, cogiendo por sorpresa a todo el mundo. —Oh, ¿esa es la que siempre iba contigo y cada día tenía un pelo diferente? Era llamativa. Me fijé en ella, sobre todo cuando tenía el pelo naranja chillón porque era imposible no verla. Aunque debo admitir que me gustaba más de morena —confesó divertida como dato. Absolutamente todas las ex's de Sam, así como su actual pareja, eran morenas de ojos claros. ¿Coincidencia? Claramente no. —¿Por qué te hablaba de mí? ¿Le molaba y no se lanzó nunca? Creo que por aquel entonces estaba en mitad de una relación decepcionante. La típica chica que te atrapa pero luego no quiere salir del armario y te tiene a ti como juguete, mareándote con sus estúpidas decisiones. —Puso los ojos en blanco, molesta. Cada vez que se acordaba de Rhianne no entendía como la Sam del pasado la había aguantado tanto.
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Laith Gauthier el Miér Jun 05, 2019 6:14 am

Le divirtió ver aquella sonrisa que tenía su amiga en el rostro, sabiendo que había dado justo en el blanco, aunque intentó desviar su atención. Él se dejó distraer, con gusto, cuando le mencionó que era vegetariana, como si fuera el secreto de su cuerpo delgado y no el hecho de que hacía cosas de sobra para quemar calorías. Si bien él era un caballero que no tenía memoria y no daba nunca detalles, era muy abierto en cuanto a sexualidad se refería. Sino, ¿qué hacía él con un negocio de juguetes sexuales?

Bufó divertido, pero no le dijo más nada, sino que se involucraron en una conversación sobre libros y novelas, y los dos parecían estar bastante seguros de que las novelas románticas no eran para ellos. Como con tantas otras cosas, en cuestiones de lectura los dos parecían concordar en que preferían leer algo que les aportase algo y mantuviese su cabeza trabajando antes de tener algún libro más ligero.

Hablando sobre viajes, le llamó la atención que le dijera que su madre se casaría en Austria, y que le daba miedo salir del país. — Es algo peligroso, sí, pero… si sabes andar con cuidado, no te será de mayor dificultad, y sé que sabes cuidarte sola —eso último lo dijo con un tono más suave y cariñoso. — Si quieres apoyo moral, sólo tienes que decírmelo —le sonrió, pues, incluso cuando sospechaba que Gwendoline iría con ella, si necesitaba más apoyo iba a prestárselo. — O puedes invitarme de vacaciones a otro sitio —guiñó uno de sus ojos, para luego fingirse inocente.

Recordar la universidad era, más bien, como una escala de grises para él, que iba oscureciéndose conforme llegaba al final. Por supuesto había servido para formar su carácter y moldearle a base de hostias como el metal lo hace, sin embargo, era inevitable a veces pensar que era una parte de su vida que, de poder, no repetiría. En ese momento, por lo menos, hablaban de los momentos más claros y agradables.

Por favor —exclamó divertido, — por supuesto que a mí no se me subía —se llevó una mano al pecho, exagerado. Sí, alguna vez se le había subido, pero cuando estaba estudiando lo controlaba mejor que de fiesta, pues el propósito era pasar y no embriagarse hasta no recordar su nombre. — Es mucho más difícil rimar con cosas médicas, pero sí que lo hacía, las canciones ayudaban mucho para memorizar, o incluso los acrónimos me servían, todavía utilizo varios de ellos —le contó sus estrategias de estudio.

A Laith le hubiese gustado haber prestado más atención en el pasado para poder decir “que no, tía, que siempre tuvo arcoíris, pero tú eres cortita”, mas, incluso aunque Samantha se equivocase, él no sabría decir qué figura tenía en la universidad porque jamás se fijó lo suficiente. Le tocaba fiarse de lo que la rubia le decía respecto a su amiga, ahora novia.

Voy a fingir que te creo —le dijo con tono de broma, como muchas cosas de las que hablaban. Al final, él no podría contradecirlo. El tema de Stephanie le resultaba particularmente gracioso. — Ella juraba que te encantaba con ese naranja chillón, o con el verde grisáceo que ella decía que era así, pero a mí me parecía relavado —se sonrió. — La tenías loca, se te lanzó una sola vez para invitarte a bailar y se le cayó el vodka de la boca cuando aceptaste, entonces hizo la gran ninja y huyó, pero se rasgó el vestido con un arbusto —le contó ese oscuro secreto, — y lo sé porque tuve que huir con ella, porque así es la vida y tenía que ser un buen amigo.

Incluso actualmente hablaba de forma ocasional con Stephanie, y en ocasiones se reían recordando esas épocas universitarias. El trauma se le había pasado, al final, sin que eso pudiese evitar que las cosas del pasado tuviesen la gracia que se merecían.

No te preocupes, que ella superó su corazón roto por ti y está prometida hoy en día, así que todos felices y contentos —le hizo un ademán con la mano para aliviar su enorme preocupación que seguramente no sentía. — Yo nunca tuve esa pareja que te atrapa sin querer salir del armario —mencionó como dato, pese a que seguramente era porque casi nadie consiguió verdaderamente atraparlo. — Estuve con una de esas controladoras donde dejas de ser tú mismo para ser lo que el otro quiere ver y aun así no basta, pero nada más —se encogió de hombros, como si no fuera la gran cosa.

Se decía fácil, pero no había sido así en su momento. Había sido duro, doloroso, y en ese entonces no parecía haber un futuro donde hablase de eso con tanta simpleza. El tiempo había pasado, y el tiempo ayudaba a aligerar los recuerdos que herían.

Pero míranos, tú con una pareja grandiosa y yo con galletas y pizza, ¿qué más podríamos pedir? —le sonrió divertido, haciendo ver que sus vidas eran mejores ahora. Tal vez más complicadas, como era el caso de Samantha particularmente, pero ella estaba con la mujer de la que estaba enamorada, y era querida de vuelta. — Así que, Gwendoline salió del armario, ¿no? —preguntó por cotilla.
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Sam J. Lehmann el Jue Jun 06, 2019 1:36 am

—Algo sé —dijo divertida cuando él confió en que sabía cuidarse sola.

Después de dos años siendo fugitiva y cuidándose las espaldas de los buenos, los no tan buenos y también de los malos, una ya había desarrollado cierto sexto sentido con los peligros y sabía evitarlos. Y por duro que parezca, sí: hubo una época en donde ni los buenos ni los malos eran aliados para ella. Por no hablar de los no tan buenos, que podrían llamarse también radicales con los que definitivamente no tuvo muy buena relación. Recordaba perfectamente aquel día en el que se puso en contra de 'los suyos' para salvar a Henry. Actualmente sabía que esos fugitivos ahora mismo pertenecían a las filas de los radicales.

—¿Yo invitarte de vacaciones a ti? ¿Pero eres consciente de que soy fugitiva, me han privado de todos mis ahorros mágicos, me acabo de mudar y trabajo en una cafetería? —La verdad es que dicho en voz alta, era lo peorsito de la vida. —Tendrías que invitarme tú a mí a algún lado, ¿no dicen que en San Mungo se cobra bien? ¡Y encima con negocio aparte! Tienes que estar montado en el galeón. —Le sonrió.

La verdad es que teniendo en cuenta que acababan de alquilar y reformar la casa, no es que la economía de Gwen y  Sam estuviese pasando precisamente por su mejor momento. Encima si pretendían ir a Austria iba a ser también un gasto de dinero considerable. Algo le decía que lo mismo no iba a haber muchas vacaciones ese año.

Poco sabía ella de cosas médicas como para saber rimar con ellas, pero sabía que todo se podía. Ella a veces se pegaba más tiempo buscando rimas para sus estudios que realmente estudiando.

Cuando habló de su amiga, la del pelo de colorines, le hizo mucha gracia saber que realmente sí que estaba colada por ella, pues en su momento no lo hubiera dicho ni en mil años. Le daba la sensación de que la muchacha iba mucho a su rollo y si bien le pidió una vez bailar, como luego huyó despavoridamente, Sam pensó que se había tratado de algún tipo de apuesta o algo así.

—¿En serio? —Rió divertida, para entonces escuchar como había terminado, prometida y feliz. Se alegraba por ella: ¡alguien feliz en esta sociedad! —Yo pensé que el hecho de que me pidiera bailar había sido una apuesta o algo. La verdad es que me reí en su cara cuando se le cayó el vodka, quizás la espanté. Pero es que... ¿cómo no me voy a reír si se le cae el vodka de la boca? —Y volvió a reír.

Las relaciones tóxicas eran terribles, tanto en el momento porque no te das cuenta de nada, como años después en donde solo te puedes decir: "¿cómo fui tan subnormal?" La verdad es que tal y cómo lo dijo, aunque hubiese sonado despreocupado, parecía una experiencia fea.

—Eso suena feo —mencionó sobre su experiencia. —Al menos conseguiste salir de eso. Hay gente que se acostumbra y al final lo hace su vida. Eso sí que es terrible... —Pero después de esa respuesta solo pudo mirarle divertida cuando mencionó las pizzas y las galletas como su pareja ideal. —Yo no me puedo quejar, definitivamente.

¡Ni se le ocurriría quejarse! Para ella la vida que tenía ahora mismo, era mejor de lo que podría haber soñado hace par de años. O sea, pero de manera descomunal. Jamás se hubiera imaginado en esa situación teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba hace dos años. Cuando le preguntó por la salida del armario de Gwendoline, Sam solo pudo encogerse de hombros.

—Tío, no sé —respondió, negando con la cabeza, pues no tenía ni idea de si Gwen debía de estar en el armario, fuera, con un pie dentro y otro fuera, o directamente en la bañera. —Yo solo sé que... me quiere. A mi me gusta pensar que es Samsexual y que gracias a eso no se fijará nunca en ninguna otra persona y no me dejará jamás de los jamases. Soy feliz así, inventándome sexualidades frente a la incertidumbre. —Rió frente a su gran respuesta. Gwen era una persona rara y al menos la rubia no podía catalogarla en ningún lugar. ¿Y sinceramente? Le daba exactamente igual lo que fuese o dejase de ser, siempre y cuando estuviese con ella, pues le parecía una soberana tontería.

Sam cogió un bol grande en donde empezó a hacer una mezcla, pero cuando fue a echar los huevos, antes cogió un delantal y se lo puso porque era la típica que rompía un huevo y le salpicaba a todos lados. Y no hablemos cuando tuviese que echar la harina...

—¿Sabes abrir huevos? ¿Te ves capaz de batirlos junto a la mantequilla y la azúcar? ¿O es demasiado para ti y prefieres que te encargue la misión de medir la harina? —Le preguntó, metiendo la mantequilla un poco en el microondas para que no estuviese demasiado dura al revolver.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Vie Jun 07, 2019 11:01 am

En realidad, Laith era de esos que siempre querían pagar todo, por lo que decir que “lo invitaran”, era literalmente invitarlo, no necesariamente pagar todo por él. Por eso es que soltó una risa cuando le dijo que ella ya no tenía ahorros, y encima haciendo remodelaciones en la casa, era claro que no les estaba sobrando mucho dinero para salir de vacaciones. Pero Laith se conformaba con muy poco cuando se hablaba de viajar; no necesitaba hoteles lujosos, ni restaurantes caros o siquiera ir de compras. A él lo que de verdad le gustaban eran los recuerdos.

¿A dónde quieres ir? Yo te llevo a donde quieras, cariño —le guiñó un ojo, fingiéndose sobrado en dinero. No presumía, pero con un buen trabajo, su negocio propio y sus propios ahorros, la verdad es que estaba bien posicionado económicamente hablando. Incluso tenía cuentas extranjeras, en Canadá y en Estados Unidos, para ser concretos, donde tenía otras movidas y había entradas de dinero. — Tú me dices y yo estoy listo siempre —y eso era bastante cierto; quizá no mucho tiempo, pero sí podía reagendar su trabajo y conseguirse unos días libres.

Había surgido el tema de la universidad, y por norma Laith tenía que hablar de Stephanie, su amiga que había estado locamente colada por Samantha en su momento. Al final había superado su crush y había encontrado a otra persona, pero el entretanto había sido muy divertido escucharla hablar de la que le gustaba.

Le encantabas y se murió de vergüenza porque cuando tuvo la oportunidad hizo el ridículo, aunque tengo que admitir que también me reí —levantó las manos y cerró los ojos, bajando la cabeza, culpabilizándose por eso exageradamente. — Después te evitó semanas por los pasillos, pero luego fue pasando, aunque no volvió a intentar salir contigo… Me pregunto qué diría si le dijera que ahora soy amigo de su crush de la vida —porque en verdad no se lo había comentado, pues hace tiempo no hablaban mucho.

Los dos habían tenido una relación complicada en la universidad, por cómo Samantha se refirió a la chica que la tuvo a la espera de salir del closet, y él se sintió suficientemente confiado para admitir que también había tenido una relación difícil. Sin embargo, no estuvo muy seguro de lo que dijo, “salir de eso”. Sonrió, casi avergonzado, cuando lo mencionó.

Él me dejó —hizo una aclaración breve, sin querer entrar en detalles. Le gustaba pensar que algún día se habría hartado y se habría alejado por su propia cuenta, pero la verdad había sido que él nunca quiso la separación, por mucho que hubiese ocurrido. No tocó fondo, se cayó directamente de cara al vacío, pero había conseguido salir adelante. Por eso es que su relación con las galletas y la pizza era la mejor. — Yo tampoco me puedo quejar, ¿ves? Todos felices —y abrió los brazos, olvidándose totalmente del tema de los ex.

Aunque la experiencia de Samantha lo hizo pensar en una nueva duda: ¿Gwendoline estaba en el closet? ¿Había salido ya? La rubia no lo sabía y eso confundió un poco al sanador, mirándola mientras esperaba que le explicara la situación. Lo enterneció de sobremanera escuchar su explicación, tan adorable, sobre que no le importaba porque la quería y estaba bien que tuviese la sexualidad que quisiera, mientras estuviera con ella.

Qué mona eres —le sonrió, con el pecho tocado por sus palabras. — Entonces Samsexual será, no hay más que discutir —le dio la razón a su amiga, queriendo mantenerla con esa esperanza. Al fin y al cabo, ¿qué podía decir él? No iba a meterse en su relación si no era para intentar apoyar, sin dañar.

Laith se “ofendió” cuando le preguntó si sabía abrir un huevo. A ver, que lo sabía abrir, que lo supiera cocinar sin que se quemase o quedara crudo ya era otro asunto, ¿eh? Por eso, muy orgulloso, se lavó las manos para posicionarse con el bol, los huevos y la azúcar, pues la mantequilla estaba en el microondas.

Ya verás, soy un experto abridor de huevos —se jactó, — ¿cuántos pongo? —podía decir de memoria las cantidades e ingredientes de decenas de pociones, pero que le preguntaran sobre recetas de cocina era un problema.

Abrió el primer huevo y… bueno, no habría sido tan malo si no se hubieran caído trozos de cáscara, los que cazó como pudo con las manos pese a que se le resbalaban entre los dedos, porque recordemos que el huevo es así de huidizo, intentando que Samantha no se diera cuenta del descuido. Con los restantes no hizo mucho más desastre que no fueran algunas gotas de clara que se caían en el traslado del borde de la encimera con el que los golpeaba al interior del bol.

¿Ves? Un experto —le sonrió con esa sonrisa de pillo que lo caracterizaba, — ¿cuánta azúcar debe ser? Me voy a convertir en el mejor horneador de galletas de todo Londres —fantaseaba, cuando en verdad todo lo que hacía era seguir instrucciones, e incluso así le salía mal a veces, demostrado cuando derramó mucha azúcar en la encimera intentando pasarla a una taza.
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Sam J. Lehmann el Lun Jun 10, 2019 4:57 am

—¿A donde yo quiera? Uh… —Se hizo la pensativa, como si estuviese pensando en un lugar increíble.

Y en realidad nada de eso. Llevaba años sin pensar en unas vacaciones ni en tiempo de descanso. Si bien hace dos años no tenía la oportunidad de dejar el país por culpa de su relación con Sebastian Crowley, actualmente ni lo pensaba porque consideraba que no tenía dinero para ello. Había sido duro para ella eso de estar ahorrando durante años y que de un día para otro se quedase sin absolutamente nada: sólo lo que tenía en su casa y nada más. No tenía ni idea de qué había pasado con todos los galeones que había ahorrado en Gringotts, pero a día de hoy le valía con tener el dinero suficiente como para poder vivir y nada más.

—En verdad no sé a dónde quiero ir: me valdría con ir a una playa a achicharrarme bajo el sol sin tener miedo a nada. Eso me vale. ¿Hay playas bonitas en Londres? Si no llega a ser porque una amiga me llevó este año a una playa, podría decirte que llevaba años sin ver el mar —le reconoció.

Era un poquito triste porque precisamente a Sam le gustaba mucho la playa: era cierto que si no se cuidaba se quemaba mucho porque tenía una piel muy pálida, pero le encantaba el tacto de sus pies contra la arena, la brisa marina, el olor a mar… Sí, definitivamente eran de sus lugares favoritos.

Le había hecho mucha gracia la anécdota de su amiga con respecto a ella en la universidad, pues en su momento Samantha no se había hecho esa idea ni de lejos. Lo que ella siempre había creído que era una apuesta y nada más resultó ser una petición real. A día de hoy le hacía mucha gracia, aunque evidentemente no pudo evitar sentir un poco de pena por la muchacha en el pasado por la TAN MALA SUERTE que había tenido. Pero vamos, al menos había dado para una anécdota graciosa de la que reírse.

Por lo poco que le había dicho Laith, casi que ese hombre le había hecho un favor dejándole antes de que esa relación llegase a ser peor, sin embargo, entendía que dadas las circunstancias, probablemente se diese cuenta de que había sido tóxica después de que lo dejasen, y no antes. Y eso duele igual, emocionalmente hablando. Siempre había admirado a la gente que luego tenía una buena relación con su ex: si bien Sam lo intentó con la primera, al final la distancia había hecho de las suyas y era imposible.

Sonrió cuando le dijo que era mona, negando con la cabeza.

—En fin: ¿seguro cien por cien que sabes, no prefieres que los abra yo? —Y entonces elevó tres dedos de la mano, dándole a entender que con tres estaba bien para una masa grande.

Sam continuó sacando las cosas mientras Laith demostraba su habilidad con los huevos y, cuando volvió a mirar, si bien no vio la cáscara en el interior, sí que vio parte del huevo por fuera del bol. Miró a su amigo divertido.

—Se ve que tienes un arte innato para esto —dijo divertida cogiendo una servilleta para limpiarlo. —Echa doscientos cincuenta gramos de azúcar. Toma. —Y le dio un medidor, además de señalarle la azúcar que estaba en un bote. —Tío, espera.

Y entonces la muchacha se dio cuenta de algo super importante, dando un respingo divertido y mirándole con reproche. Era algo que se le había olvidado por completo por culpa de la presencia de su amigo y, no solo eso, sino también su gordura, que si bien sólo pensaba en comida, hacía que Sam también pensase solo en comida y se olvidase de sus responsabilidades para esa mañana en la casa.

—Tenía que regar el dichoso jardín y me olvidé por culpa de las galletas. —Y se llevó la mano a la frente, creyéndose idiota. Y es que hacía poquito que se habían mudado a esa casa, por lo que la parte delantera de la casa tenía un jardín que estaba a medio hacer y necesitaba cuidados continuos. Habían plantado algunas plantas con mucha ilusión y como últimamente no llovía demasiado, pues tenían que regar ellas mismas para humedecer la tierra y que cogiese fuerza. —Eres una mala influencia. Y lo peor de todo es que lo sabes, bandido. —Le señaló entonces con una cuchara de madera que había cogido del cajón.


Media horita después

El sonido de la bandeja entrando al honor se repitió por segunda vez, pues Sam acababa de meter las galletas en el interior. Eran en total dos bandejas, más dos más que estaban fuera y no habían metido todavía. Cuando Sam hacía galletas, hacía en grandes cantidades, que si no luego se quedaba con ganas de más. El caso es que la gran mayoría de las galletas eran redondas, sencillas y típicas, pero si es cierto que Sam hizo algunas con formas especiales: la nariz de un cerdito, una flor, una estrella amorfa... Y Laith hizo una de un pene. ¡De un pene!

—Eso es obsesión ya, ¿eh? —Dijo, señalando la del pene a través del cristal del horno. —Encima no has hecho una: sino cinco penes. —Sam sonaba sorprendida, pero en verdad era solo teatro, pues le hacía mucha gracia que hubiese hecho cinco galletas con forma de penes.

Miró el reloj entonces, pensando que le daría tiempo de regar el jardín en lo que se hacía la primera horneada. De hecho se puso una alarma en el reloj de quince minutos para venir a vigilarlas y que no se quemasen.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Mar Jun 11, 2019 7:35 am

Cuando uno quería viajar, el “dónde” era lo menos importante para la gente como Laith. Lo mismo se iba a un sitio lujoso como a una granja con vacas y cerdos y, probablemente, encontraría cosas para hacer y se divertiría igual. Por eso sonrió cuando su amiga le dijo que podría ir a una playa, la que fuera, con un sol y sin miedo. El sanador tardó bien poco en pensar en lugares que cumplieran con esas dos características.

Creo que hay playas artificiales —le dijo, — pero hay reales, si bien no en Londres, sí cerca —explicó, ya que, aunque no era precisamente un tipo muy playero, sí que sabía cierta información sobre dónde ir a hacer una velada con música, amigos y bebidas a la playa. — Tú déjame pensarlo y yo te llamaré —le sonrió, guiñándole un ojo para que supiera que iba a encargarse de eso para planear algo en ese año.

La conversación sobre el pasado tenía sus matices, pero el de Stephanie siempre le había dado mucha gracia, porque la pobre se había acabado traumatizando tras la “humillación” que vivió con Samantha. Lo cierto es que lo encontraba hilarante, porque Stephanie era más drama que dolor real por aquella experiencia, y cuando había ocasión lo sacaban a la luz para poder reírse de ello, incluso entonces.

¡Deja! Que lo hago yo, ¿no sabes que en mi otra vida fui repostero? Tenía un máster en abrir de huevos —obviamente estaba mintiendo, porque ningún repostero habría tenido una vida futura tan catastrófica en la cocina como lo era Laith Gauthier. — ¿Lo ves? Yo te lo dije, que era muy bueno —se sonrió divertido, limpiándose las manos con una servilleta y disponiéndose a poner la azúcar con el medidor.

Sí, él lo estaba haciendo a lo bruto de directamente vaciar el contenedor en el medidor en lugar de meter el medidor o usar una cuchara, por lo que cuando Samantha le dijo que esperase y volvió la mirada hacia ella, la azúcar traidora cayó de más y rebasó el medidor. El sanador se sobresaltó, mirando el desastre y tratando de disimularlo.

Eso fue tu culpa —se defendió primero que todo, antes de escuchar que él estaba distrayéndola de sus labores por incitarla a hacer galletas. — Puedes hacerlo todo, galletas, regar las plantas, pedir pizza… ¿No que las mujeres son multiusos? —se metió con el género, aunque la verdad es que se reía por dentro por ser tan mala influencia. — Tú me quieres, tan mala influencia como soy —le tiró un beso al aire, teniendo cuidado de no recibir un ataque de cuchara.

***

Era difícil saber si Samantha había cometido un error o no al darle libertad artística a Laith, el encargado de usar el molde redondo típico mientras ella hacía formas especiales. Porque cuando la bandeja estuvo lista para el horno, se encontraría con que su amigo había hecho arte: cinco galletas con forma de pene. Y hubiera hecho más de haber tenido más masa, pues para hacer la quinta tuvo que incluso destruir un par de galletas redondas.

Al menos podrás decir que una vez en tu vida te comiste un pene —levantó las cejas con un gesto divertido y sugerente, aunque pensaba que era probable que la rubia fuera lista y le dejara todas las galletas de pene para él. Le iba a llevar una a Ian, ¡eso lo daba por hecho! Es que era hilarante: “¿Quieres comerte mi pene?”, “¿Qué?” Y Laith sacaría su galleta con forma de pene, y todo muy gracioso dentro de su cabeza. — Soy todo un artista —se sonrió, mirando su creación un segundo más antes de suspirar y dirigirse a la encimera, empezando a limpiar los ingredientes desperdigados generalmente gracias a él.

Se puso a lavar todo lo que ya estaba desocupado entre que llegaba lo peor de cualquier proceso: esperar. Era particularmente malo cuando lo que esperabas era a que la comida estuviese lista, a que el horno hiciera su trabajo para sacar las galletas. Miró a Samantha poner la alarma, y supuso que podrían descuidar el horno un momento… ¡pero un momento! No ser un Laith y abandonarlas hasta que oliese a quemado.

¿Te ayudo a regar el jardín? Para que no digas que soy un mal amigo; mala influencia sí, un poquito, pero al menos te ayudo —encontraba divertido que ella lo culpase de abandonar sus actividades por él. La verdad es que estaba agradecido, porque su humor había cambiado casi por completo desde que llegó. — Y no lo hago para distraerme de la espera —aclaró con una sonrisa traviesa.

Seguramente sí, la intención podría ser no pensar mucho en las galletas que no estaban listas todavía… Pero, cuando menos, Samantha podría alegrarse de tener un amigo que podía perfectamente entretenerse limpiando y haciendo cosas para el hogar.

Caminó con ella hasta el jardín que se encontraba en la parte delantera de la casa, sorprendiéndose de encontrarse con un sitio tan bonito. Claro, como siempre entraba por la parte trasera para evitar miradas indiscretas de vecinos cuando llegase, su contacto con la parte delantera era más que nada a través de las fotografías que su amiga le mandaba de vez en cuando de sus avances de jardinería.

Lindo sitio —apuntó, fijándose particularmente en las flores más bonitas. Le gustaban las flores, bastaba con ver sus tatuajes para intuirlo.
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Sam J. Lehmann el Miér Jun 12, 2019 10:57 pm

Después de dejar sobre la mesa su gusto por la playa y las pocas veces que solía ir en su vida, debido a distancia y… poca costumbre, continuaron con un tema bien diferente: la capacidad de Laith Gauthier de abrir huevos con eficiencia. Evidentemente no tenía esa capacidad: que ojo, se defendía con los huevos—¡más le valía!—pero le faltaba… puntería y precisión. Precisión para no encontrarnos en medio de una galleta con un trocito de cáscara y puntería para echarlo todo dentro del bol. ¡Por el resto genial, mira como lo bate!

—Multitarea, Laith. Multiusos suena mal. —Se puso de tiquismiquis con el dedo índice en alto. —Parece que soy una muñeca que sirve para muchas cosas, cuando en realidad soy persona que es capaz de hacer muchas cosas, pero solo tengo dos manos. Todavía no soy multibrazos.


***

—No me puedo creer que me hayas dicho eso. —Le dijo divertida cuando dijo lo del pene, cosa más desagradable no se le podía venir a la cabeza cada vez que se imaginaba un pene. —Creo que te voy a dejar el honor de que hagas lo que quieras con esos cinco pene-galletas, que yo me conformo con las clásicas redonditas. Y todos sabemos que aquí el amante de los penes eres tú. —Se irguió entonces, para dejar de mirar el interior del horno como si en el interior hubiera algo más que galletas y cinco galletas con forma de penes. —Definitivamente quizás el master en abridor de huevos no, pero el de formador de penes sí. Mira qué bien te han quedado y qué feas son mis intentos de estrellas… —Negó con la cabeza. —Yo sin moldes no funciono y definitivamente tú pareces tener una gran referencia con respecto a penes. ¿Que ese esté así torcido es un error o una especie de referencia a algún pene? —Y rió. No pudo evitar reír.

Por favor, ¿alguien podía hacer que parasen de tener esa conversación? Porque Sam estaba a punto de arrancarse las mejillas porque de tanto sonreír le estaban doliendo. Algún día cuando Sam recuperase de casa de Caroline su utensilios nivel Master Chef de hacer galletas, ya veréis como hace galletas con forma de estrella, de corazoncito y de cosas monísimas no deformes.

Le ofreció ayuda con el jardín y Sam aceptó, por supuesto. Más que ayuda, con que le hiciera compañía mientras regaba y quitaba las malas hierbas le valía. Normalmente iría en compañía de Beyoncé con sus auriculares, pero la verdad es que prefería la presencia de una persona real y no de un ente y amor platónico de voz majestuosa.

—¿No habías visto la parte de delante de la casa? —Le cuestionó divertida, sorprendiéndose, para entonces caer con que siempre iba por la parte de atrás, que al tener unos muros relativamente altos hacía que fuese un lugar perfecto para aparecerse. El garaje también era un buen sitio, pero todavía estaba lleno de cosas que tenían que quitar, por lo que era un poco inhabitable por el momento. Bueno, inhabitable e intransitable. —Te iba a decir que regases con la manguera mientras por un lado mientras yo quito las malas hierbas, pero sé que tu corazón malvado hará que me mojes. Mejor ambos quitamos malas hierbas y luego ya si quieres te dejo regar. ¿Sabes distinguir entre malas hierbas y las que tienen que quedarse porque son buenas? ¿También tienes un máster de eso? Porque como tu habilidad sea como la de abrir huevos… —Cuestionó, divertida.

Le hizo una señal y se acercaron al jardinsito que estaba en la entrada. Sam se agachó, poniéndose de cuclillas frente a él, pisando en una zona en donde era todo césped y no había ninguna florecilla.

—¿Mira, ves? —Señaló a unas hojas que estaban secas y muertas. —Esto se quita, pero esto otro se deja. —Y señaló a una hoja verde acompañado de una flor hermosa. —Y no me digas que de esto tienes que saber más porque tienes dos flores preciosas tatuadas en la mano, porque sin duda tendría delito lo de los huevos. —Y Sam arrancó con cuidado una de esas partes muertas de la planta.
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Laith Gauthier el Sáb Jun 15, 2019 10:20 am

Era gracioso que, considerando que Laith no tenía una mente hipersexualizadora de mujeres como el hombre heterosexual promedio, hubiera salido tan natural que le dijese que eso podría ser su oportunidad para comerse un pene. Samantha no estaba interesada en lo más mínimo en hacerlo, y su respuesta casi le arranca una carcajada al sanador, que se cubrió la sonrisa con la palma de la mano por unos segundos.

¿De verdad quieres conocer mis secretos de la montaña? —le preguntó con un gesto misterioso y sugerente. La verdad es que se había caído mal a la bandeja, pero se había quedado pegado y no había podido arreglarlo, sin embargo, siempre podía decir que había sido a propósito. — He visto al menos uno desde que nací, es que he tenido mucha referencia visual, ¿eh? —porque adivinen qué tenía Laith entre las piernas. ¡Correcto, un pene! — Eso es porque te falta espiritualidad artística… Pero mira, esa sí parece una estrella… a punto de explotar —se burló sutilmente de sus estrellas.

Decidieron ir a atender el pobre jardín que el muy malo de Laith hacía que Samantha olvidara, siendo este mismo quien se asombró de lo bonito que se veía. Negó con la cabeza, ya que siempre llegaba o en su forma animaga por detrás de la casa, donde podía transformarse, o directamente aparecía ahí. La parte delantera era un mundo inexplorado para él.

“Regar con la manguera” era sinónimo de “mójame mientras estoy ocupada como un crío de ocho años”, así que la desconfianza de la rubia era totalmente comprensible. — ¿Mi corazón malvado? Me dueles, cómo puedes decirme eso, yo que soy tan buena persona… —pero su tono exagerado decía exactamente lo contrario. — ¿Es que he venido sólo a que me difames? Si soy un gran abridor de huevos, mi máster lo aprueba —se quejó divertido, acercándose.

La jardinería se le daba mucho mejor que la cocina, pero la dejó explicarle qué quería que hiciera de todos modos, asintiendo con atención hasta el momento en que fue por su lado a quitar las hojas secas de otra sección para no estar en el mismo sitio intentando hacer la misma labor como dos tontos.

Tengo dos preciosas flores en la mano, una preciosa flor en el cuello y tres preciosas flores en el pecho, soy un jardín andante —se sonrió, más para sí mismo, mientras estaba a lo suyo con las plantas. — Me gustan mucho las flores, y me gusta pensar que se me dan bien… Así que creo que me defiendo mejor aquí afuera que ahí dentro con el fuego y la comida —admitió, esta vez en serio, entretenido con la tarea.

Recordaba, además, cuando tenía tiempo y ganas de tener sus propias flores creciendo, hace mucho tiempo atrás. Por el momento, encontró agradable el rato mientras arrancaba las partes muertas dentro del verde para permitir a las hojas nuevas y vivas tomar el lugar que les correspondía.

Mi abuelo solía tener una planta que era algo como una enredadera mágica y sintiente —le empezó a contar, — da flores hermosas que cambian de color y forma según la estación, pero creo que tenía mente propia y se creía mi madre —el recuerdo evocó una sonrisa. — Una vez llevé a un chico a casa, y le atacó con sus ramas cuales látigos, creo que no le cayó muy bien —en su momento se había enfadado con la planta, pero ahora lo cierto es que le daba mucha gracia.

La planta desde entonces había vivido con sus propios recursos, siempre enredada en la barandilla del balcón, con un poco del cuidado que la persona que ocasionalmente Laith contrataba para tener esa casa en condiciones le daba. No había sido habitada desde que él se fue, después de todo, mas no quería tenerla en ruinas por un valor sentimental.
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