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How we deal with the enemy within {Laith&Gwen}

Gwendoline Edevane el Miér Abr 24, 2019 2:26 am

How we deal with the enemy within {Laith&Gwen} UHvqhI1
Sábado 30 de marzo, 2019 || Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas || 11:00 horas

El día treinta de marzo dio comienzo una de las semanas más largas en la vida de Gwendoline Edevane: la semana que pasó ingresada en el hospital San Mungo, tras el secuestro y agresión por parte de Zed Crowley y su socio.

La morena odiaba los hospitales, dato curioso a tener en cuenta, dadas sus aspiraciones profesionales actuales. Sin embargo, su odio se focalizaba principalmente en la parte en la que le tocaba ser paciente, o familiar de un paciente. Aquellos roles solían estar relacionados con malas vivencias, y si bien en su vida no había experimentado muchas así, parecía llevar en los genes el odio a aquel rol.

Aquella mañana, hundida en una cama que no era tan cómoda como la suya propia, y vestida con un camisón de enferma que no le gustaba lo más mínimo, Gwendoline pensaba en esta y otras cuestiones trascendentales de la vida, aunque las abordaba con una apatía muy poco propia en ella.

Quizás se debiese a las pociones analgésicas que le habían dado.

En aquellos momentos, se sentía totalmente incapaz de apartar la mirada de su brazo derecho. Lucía una férula que abarcaba desde la mano hasta más o menos el codo, y desde luego que estaba bien inmovilizado: aunque lo intentase, no podía mover ni un solo músculo de su mano, quizás debido a algún tipo de hechizo que le quitarían en cuanto sus huesos hubiesen crecido lo suficiente.

No pudo evitar que la asaltase un recuerdo de la noche anterior: el momento en que Zed Crowley le había partido sin misericordia alguna, y tomándose su tiempo para hacer un buen trabajo, todos y cada uno de los huesos de la mano derecha. Un ‘pequeño correctivo’, una ‘advertencia amistosa’. Sintió escalofríos, y se obligó a apartar la mirada.

Se quedó mirando el geranio rojo de la mesita de noche, una imagen mucho más tranquilizadora que la de su brazo lesionado. Sintió entonces que se adormecía un poco, cosa que le había sucedido en un par de ocasiones a lo largo de la mañana, y que atribuía claramente al tratamiento para el dolor.

¿Cuánto tiempo pasó en la más completa inopia, a medio camino entre sueño y consciencia? Quizás un par de minutos, quizás media hora. El caso es que una voz la sacó de su estado de ensoñación, haciéndola dar un respingo.

—¿...Edevane? ¿Me escucha, señorita Edevane?—Era una voz femenina, la misma de la mujer que, esa misma mañana, le había explicado su situación.

Volvió la cabeza en su dirección—al lado opuesto de la cama en que se encontraba la mesita de noche—y vio ahí, de pie, a esa misma sanadora que le recordaba a Meera Reed de Juego de Tronos. Un fugaz pensamiento, nada relacionado con la situación, la hizo preguntarse si vería a la susodicha Meera en la temporada final de la serie; acto seguido, volvió a centrarse. Otra cosa que odiaba de aquella situación: las pociones analgésicas hacían que su mente fuese y viniese de un pensamiento a otro sin control alguno.

—¿Qué?—Preguntó de la misma manera que preguntaría un sordo… aunque sin levantar la voz. De hecho, su voz sonaba muy suave y algo ronca, como si acabara de despertarse.

La sanadora se hizo a un lado el flequillo rizo con un gesto de la mano, aunque este terminó volviendo a caer por delante de su ojo. Sus labios se curvaron en una sonrisa amable.

—Le preguntaba si se encuentra bien. Es que tiene una visita.—La informó la mujer, y Gwendoline frunció el ceño. ¿Visita? ¿Qué clase de visita podía tener?

—¿Qué visita?—Preguntó sin más. Enseguida pidió en silencio que dicha visita no fuese su padre.

—Un amigo y compañero, o eso me ha dicho. Es Laith Gauthier.—La sonrisa de la mujer se ensanchó un poco, pareciendo cada vez un poco más sincera.—¿Le digo que pase? Creo que quiere saber si está usted bien.

A Gwendoline le costó un poco hilarlo todo, pero enseguida se imaginó que Laith vendría de parte de Sam, quien no podía estar presente por obvias razones. Y pese a que no le apetecía demasiado ver a nadie… finalmente asintió con la cabeza. La consolaba el hecho de que Laith y ella no tenían tanta confianza, así que posiblemente aquello sería mucho menos desagradable que si la visita fuese de Caroline, su padre o su abuela.

Así pues, la sanadora fue a llamar a Laith, mientras Gwendoline la seguía con la mirada.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Vie Abr 26, 2019 10:41 pm

Su turno había comenzado un viernes, y ya era sábado, entrada la madrugada. Se apretó el puente de la nariz, agotado y tratando de relajarse un poco mientras pensaba en qué otras cosas tenía pendientes de hacer. Había sentido su teléfono vibrar en el bolsillo de su pantalón insistentemente, pero no había tenido tiempo de verificar qué era lo que estaba sucediendo. Por ello es que se dirigió a una habitación a solas para ver qué sucedía.

Tenía numerosos mensajes, de diferentes niveles de importancia. Le llamó la atención que tenía tres llamadas perdidas de Samantha. Miró la hora, bastante tarde, ¿qué estaba sucediendo? No tardó en devolverle la llamada, esperando escuchar cuál era el motivo para tanto deseo de hablar con él.

Tranquila, bonita —intentó frenar sus palabras, aceleradas y confusas. — Cariño, despacio, no te estoy entendiendo nada —le hablaba con su tono más dulce, entendiendo de inmediato que algo malo había pasado, y cazando algunas palabras. Al parecer, el problema era que Gwendoline había ido a parar a San Mungo.

Finalmente, la rubia empezó a hablarle en inglés y no en preocupación absoluta y él tuvo la oportunidad de entender todo lo que estaba pasando. No la había visto en sus últimas horas en urgencias, aunque lo estaba cubriendo esa noche, así que era cuestión de preguntar y ver dónde y quién la estaba atendiendo. No era la gran cosa obtener información, pero sí pasarla a su amiga, dado que estaba en horario de trabajo y era bien sabido lo mucho que Laith detestaba distraerse con su móvil mientras trabajaba.

Le prometió información pronto, aunque cuando la tuvo Samantha no contestaba. Asumió que se había quedado dormida y no que estaba haciendo algún tipo de locura, así que la dejó estar, escribiéndole un mensaje donde describía lo que había descubierto. Entendía su preocupación, imposibilitada de siquiera ir a verla.

Él, que era un buen amigo, estuvo a lo largo de la mañana dándole información que iba descubierto, todavía sin tiempo de ir personalmente a verificar los datos, por más que le frustrara tener que pausar a tomar su teléfono cada tanto. Se esmeraba en ser amable, porque la preocupación era real y la comprendía, pero su adicción al trabajo hablaba alto.

Cerca del mediodía, a su horario de comida, decidió finalmente ir a verla. Con suerte, podría enviarle un audio a Samantha o algo y le convencería de que todo iba a estar bien, para que su preocupación disminuyera y le dejase trabajar hasta que tuviese tiempo de realmente ponerla al día.

Esperó la confirmación para saber si Gwendoline quería compañía en una habitación de empleados, tomando una llamada. Tenía una sonrisa preocupada, pero sumamente cariñosa.

Iré a verte esta noche, ¿te parece bien? Les llevaré pizza a ti y a tus amiguitos, ¿cuál es tu favorita? —le preguntaba a la persona tras el teléfono. Una personita que había estado tratando durante meses y que, gracias a Samantha, hoy estaba a salvo, pero arrastraba un trauma que era difícil de borrarle.

Laith se había puesto como misión apadrinarla y conseguirle el mejor hogar adoptivo del mundo, incapaz él mismo de proponerse como hogar de acogida por su loco horario. De haber podido, con toda seguridad se habría postulado, pero su situación era complicada y la de la niña también. Pero la visitaba con frecuencia, y hablaba con ella.

Laith —le dijo la sanadora cuando le encontró, abriendo la puerta. El aludido levantó un dedo con una mirada, en un silencioso “estoy ocupado”. Lejos de ofenderse, sonrió. — Ella aceptó visitas, la señorita Edevane —le informó.

El sanador sonrió. — Tengo que colgar, ¿sí? Nos vemos esta noche —se despidió de Kelsey, pero su sonrisa se borró con un suspiro mirando la pantalla de su móvil. — Gracias, voy de inmediato —renovó su buen ánimo de repente, poniéndose de pie y sonriéndole a su compañera.

Ella entendía que Laith no siempre estaba bien, y hacía su mejor esfuerzo por estarlo. Era una amiga cercana y estaba al tanto de la situación de Kelsey y su amigo, sin mencionar que su turno no había acabado y, conociéndolo, no había pegado el ojo en todas esas horas.

Sin embargo, el caballero salió de esa habitación para ir a la habitación de Gwendoline Edevane, sin mostrar ni un poco el cansancio que llevaba encima, y tocó rítmicamente la puerta antes de entrar. La vio en la cama, débil y lastimada, su parte humana y empática sintió algo de pena al verla, sin caer en la lástima.

Hola Gwendoline, ¿cómo estás? —le habló con familiaridad; se conocían de alguna misión anteriormente en la que le había ayudado, por no mencionar que había hecho muy buenas migas con quien ahora era su pareja. — Tú sabes quién me está volviendo loco con mensajes, no me cree que estarás bien —le sonrió divertido, sin querer preocuparla, todo lo contrario.
Laith Gauthier
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 01, 2019 1:19 am

La mirada verde y aturdida de Gwendoline se quedó fija en la puerta por la que había desaparecido la sanadora, y allí permaneció hasta que sus ojos empezaron a cerrarse. Las pociones para el dolor eran fuertes, y el inoportuno secuestro y la consiguiente agresión de la noche anterior habían alterado sus patrones de sueño diarios.

Sin embargo, en el momento en que volvió a percibir movimiento, se obligó a sí misma a abrir los ojos, a alejar la somnolencia que la atenazaba. Enfocó la mirada y se encontró con Laith Gauthier, como era de esperarse por las palabras de la sanadora, caminando en dirección a su cama. El joven se detuvo junto a ella, y Gwendoline se sintió muy extraña en aquellos momentos.

Creyó que sería fácil tener a cualquier persona con la que tenía confianza delante… pero se equivocaba. De repente cayó en la cuenta de que hacía sus prácticas de medimagia en aquel mismo hospital mágico, y que no pocos la conocían ya. También cayó en la cuenta de lo amigos que se habían hecho Laith y Sam en los últimos meses. ¡Se acordó incluso de lo buenos amigos que eran Laith y Beatrice antes de que ésta se marchase sin avisar, dejándolos a todos tirados!

Ya no se sentía cómoda, y lo peor de todo era que una sensación extraña, una especie de angustia, le atenazaba el pecho. También se dio cuenta de que dicha angustia llevaba ahí desde que había visto por primera vez en persona el rostro de Zed Crowley, y que muy posiblemente no se iba a marchar fácilmente.

Eres experta en disimular, se recordó. Y quizás ‘disimular’ no fuese la palabra más apropiada para lo que ella hacía en su día a día. Más bien era como un camaleón, mimetizándose con el entorno que la rodeaba. No tienes que mostrar lo mal que estás en realidad.

—Buenos días, Laith.—Logró pronunciar casi bien aquellas tres palabras. Casi bien, pues las medicinas para el dolor provocaban en ella un efecto semejante al del alcohol.—Estoy bien… Bueno, todo lo bien que puedo estar sin huesos en una mano.

Como para dejar claro que se refería a su mano derecha, la alzó brevemente, mostrando la férula que la envolvía. Todavía le resultaba extraño tener los dedos mágicamente inmovilizados: era como tenerlos dormidos y congelados a la vez.

Al parecer, Sam se había estado comunicando insistentemente con él, y Gwendoline sintió un breve vuelco en el estómago. Enseguida intentó incorporarse para alcanzar la posición de sentada, pero un lacerante dolor en el vientre la obligó a tumbarse de nuevo. Ese y muchos otros dolores, consecuencia de lo que aquellos dos salvajes le habían hecho.

Suspiró, mirando a Laith con expresión dolorida.

—Por favor… dime que nadie la ha visto. Me han dicho que unos aurores quieren hablar conmigo. Espero que no sea por...—No terminó la frase, y habló con tono de voz bajo y susurrante.

¿Tenía miedo de que la descubriesen a ella encubriendo a una fugitiva? Pues sí. Pero mucho más miedo le daba la posibilidad de que llegasen a Sam por medio de ella. Si por su culpa, ella terminaba en el Área-M, jamás sería capaz de perdonarse a sí misma. A fin de cuentas, se había arriesgado mucho llevándola a San Mungo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Vie Mayo 03, 2019 10:46 pm

La experiencia que Laith tenía entre paredes de hospital le ayudaban a permanecer sereno incluso cuando tenía a alguien que conocía en frente. No era agradable ver a un enfermo y mucho menos si le conocía personalmente, pero había que ser profesional ante todo. Conocía el estado actual de Gwendoline a través de la información recolectada, pero verla ahí, en la cama, dolorida y hasta con un brazo inmovilizado le removió algo en las entrañas que supo disimular bien.

Eso está bien, al menos te mantienes optimista —le sonrió con amabilidad, aproximándose a tomar el registro sobre su estadía en el hospital. — A simple vista no parece que pueda haber alguna complicación, estarás bien pronto —la tranquilizó, dando una rápida leída por encima, y tallándose uno de los ojos al terminar.

Laith era de esos topos orgullosos que necesitaba gafas, pero trataba de evitar su uso, motivo por el que a veces le dolía un poco el esfuerzo de tratar de enfocar en las cosas que leía a la rápida, si bien las utilizaba cuando tocaba una lectura extensa.

Notó con sorpresa que se trató de incorporar, aproximándose rápidamente y empujando con suavidad uno de sus hombros para mantenerla acostada. No era necesario que hiciera esos esfuerzos de más en un proceso de curación que prometía ser lento y doloroso, incluso con la magia de por medio.

Ella está bien —le aseguró, — ella está en casa, quizá dormida a estas horas después de preocuparse por ti toda la noche, e iré a verla cuando termine mi turno —le explicó rápidamente según lo que él suponía que había ocurrido cuando su amiga dejó de contestar los mensajes. — No he escuchado nada alarmante —porque el hospital era así, por naturaleza uno se enteraba de las cosas a través de rumores.

Había notado, sí, que había aurores rondando por ahí. A veces eran frecuentes, lo que sobra decir que incomodaba a Laith, como el buen suicida en potencia que era.

Si hubiera algo de lo que preocuparse, yo sería el primero en alarmarme, ¿de acuerdo? —le hizo saber sus intenciones, con un tono de voz serio. — Te lo haría saber, además —porque Samantha era una amiga cercana y lo último que quería es que cualquiera de sus amigos se metiera en problemas con la ley, en especial cuando la ley quería encerrarles por su condición sanguínea.

No sería la primera ni la última vez que Laith metía las manos al fuego porque no atraparan a una persona nacida de nomaj, o a alguien que les ayudaba. Él mismo era un traidor a la sangre en las sombras, porque sabía que lo verdaderamente importante no estaba en las venas de una persona. No muchos parecían entenderlo, sin embargo.

Preocúpate principalmente por mejorar en salud, ¿está bien? —pidió, tirando de una silla para acercarla a la camilla y poder sentarse a su lado. — Curarte va a ser un proceso tedioso, pero estarás como nueva en un tiempo, te volveremos a tener aquí pronto —le aseguró.

Y era gracioso, en verdad. Cuando Laith era quien se encargaba de sus practicantes, mostraba facetas de él que en el exterior rara vez podían verse. Por eso debía ser curiosa la comparación del Laith cotidiano al sanador Gauthier, hombre siempre en movimiento que no admitía error alguno, que se mostraba exigente y severo. Después, resultaba ser un caballero apacible y agradable.

Si hay algo con lo que pueda ayudar o pueda hacer para mejorar tu estadía, tú sólo tienes que hacérmelo saber, ¿vale? Yo sé que los médicos somos los peores pacientes —se sonrió travieso, porque no habían sido pocas las veces que, él en lugar de Gwendoline, había firmado altas voluntarias o directamente abandonado la habitación porque tenía mejores cosas que hacer que curarse.
Laith Gauthier
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Gwendoline Edevane el Lun Mayo 06, 2019 3:21 pm

¿Optimista?

Gwendoline se sentía del todo menos optimista, y más si se le ocurría ponerse a repasar los hechos de la noche anterior: un enemigo que creían muerto, una de las peores alimañas a las que habían tenido que hacer frente, había reaparecido en sus vidas en la forma de un vampiro, por si no fuera lo suficientemente peligroso de antemano, y por si fuera poco, parecía decidido a terminar algo que había empezado hacía casi año y medio.

Sí, era cierto: Zed Crowley, en teoría, había ardido hasta quedar reducido a cenizas en la sala de calderas del Hotel Gran Necrópolis, pero una parte de ella la llevaba a pensar que no podía ser, que no podía haberse acabado tan fácilmente. Hasta no ver un cadáver con sus propios ojos, no lo creería.

—Eso espero: no me gustan nada los hospitales.—Afirmación curiosa de una persona que aspiraba a dedicarse a una rama mágica relacionada con la medicina. Seguramente Laith entendía a qué se refería: no le gustaban nada como paciente.

Sin embargo, su mayor preocupación—y el motivo por el cual se había incorporado tan bruscamente—era el bienestar de Sam: su novia se había arriesgado demasiado llevándola a San Mungo, y perfectamente podrían haberla visto e incluso apresado. Debió saber que no por las palabras de Laith, pero sinceramente, su mente no estaba en su mejor momento, y pensar con claridad casi le parecía un lujo más que un hábito.

Así que mostró su preocupación de manera tan efusiva que Laith tuvo que tomar cartas en el asunto y devolverla a la posición de tumbada, con suavidad pero firmemente. También despejó todos sus temores.

—Vale...—Dijo, tratando de calmarse y dejó ir el aire que estaba reteniendo en un suspiro tembloroso.—Perdóname, es que estoy de los nervios. Lo que ha pasado esta noche es...—Y a falta de encontrar una palabra que describiese todo lo ocurrido, la morena simplemente dejó la frase colgando, mientras se perdía una vez más en aquellos delirantes recuerdos.

Por cómo se sentía, ya se imaginaba que su proceso de curación iba a ser lento, especialmente en lo referente a su mano. Sin embargo, al echarle un viztazo una vez más, no pudo hacerse la misma pregunta que se hizo después de que Zed le partiese todos y cada uno de los huesos: ¿volvería a ser la mano que había sido antes, con la misma destreza? Porque si había algo importante para un médico, además de su cerebro, ese algo eran sus manos.

—¿Crees que…?—Por algún motivo, se sentía totalmente idiota preguntando aquello. Era irracional y estúpido sentirse así, e intentó convencerse de que era normal preocuparse por algo así. No tuvo mucho éxito, pero aún así formuló la pregunta completa.—¿Crees que me quedará alguna secuela en la mano derecha? Porque… no me quedó un hueso sano.

Suponía que la poción crecehuesos tendría esa parte cubierta, pero… ¿y si no? La vida la había enseñado a cuestionarlo todo, y aquella no iba a ser una excepción.

Laith consiguió, pese a las circunstancias, sacarle a Gwendoline una leve sonrisa, que ya era bastante. Y es que tenía toda la razón: los médicos eran, con diferencia, los peores pacientes. Ella misma era el claro ejemplo, pues lo único que quería era levantarse de aquella camilla y arrastrarse hasta su casa, meterse bajo las mantas de su cama, y no salir hasta el 2030, por lo menos.

—Supongo entonces que queda descartado que me ayudes a salir de aquí, ¿no?—Le dijo ensanchando un poco más esa sonrisa.—Vas a tener que vigilarme bien, ¿sabes? Una vez me escapé de San Mungo...—Le dijo, alzando las cejas para dar énfasis a sus palabras, como pretendiendo sorprender a Laith con aquella hazaña.—Tuve ayuda, y nos pillaron antes de salir… pero el caso es que al final lo conseguí.—Tras aquel comentario, poco a poco fue desapareciendo la sonrisa de su rostro, y cuando volvió a hablar estaba más seria.—Gracias por cuidarme. Espero no ser el asco de paciente que sé que soy contigo. Todo sería mucho más fácil si no tuviera que estar aquí metida, sin hacer nada...

Eso era lo que peor llevaba. Porque sí, estar alejada de casa era un asco, ¿pero el no tener nada que hacer? ¿Ni siquiera su móvil, pues se lo había quedado el maldito Zed Crowley? En aquellos momentos, en lo personal, habría sido capaz de matar a alguien a cambio de un buen libro…

Y más al saber que le quedaba mucho tiempo por delante allí metida.
Gwendoline Edevane
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Laith Gauthier el Jue Mayo 09, 2019 8:31 am

Uno entendía perfectamente no querer estar en la camilla de un hospital. Incluso, entendería perfectamente que no le gustase estar en el hospital visitando a algún ser querido. Eran cosas comprensibles dado lo que representaba un hospital: enfermedad y muerte. En contraposición, se podía decir también que significaba vida y curación, el yin y el yang de un edificio que veía tantos nacimientos como muertes. No era blanco ni negro, y todo dependía de la experiencia vivida.

Estar como paciente tenía implícita la impotencia. Estar ahí recostado, con la salud en las manos de otra persona, y sin poder hacer nada ni siquiera por uno mismo y mucho menos para la gente fuera. Por ello, atendió la preocupación de Gwendoline con calma y firmeza al mismo tiempo. La apaciguó haciéndole saber que, de haber algún problema, él no iba a quedarse como un mero espectador, en especial no si el peligro lo corría Samantha.

Está bien, tranquila —le dijo, sin querer escuchar que se excusaba. — Pero no tienes nada de qué preocuparte —o no al menos en ese momento. Sospechaba que no iba a ocurrir en el futuro tampoco, pero la posibilidad estaba. — Sólo descansa y preocúpate en sanar —pidió.

No estaba al tanto de todo lo que había ocurrido, pero sí de lo más importante y de todo lo que tenía que saber. Incluso aunque Samantha no le hubiese dicho nada, bastaba saber el estado de la mujer para entender que había estado metida dentro de un ataque. No iba a hacerla recordar aquel evento si podía evitarlo.

A decir verdad, no lo sorprendió la pregunta sobre su mano, y mucho menos pensó que fuera una pregunta tonta considerando lo que estaba puesto en esa mano: su futuro como doctora estaba en que fuera completamente funcional. Había procedimientos delicados que no podría hacer una persona sin la movilidad completa de sus extremidades.

Bueno, aquí estamos hablando de una serie de variables que tendría que tomar en cuenta para darte una respuesta clara —le hablaba como lo que era: una sanadora en entrenamiento. — Por lo general, sin embargo, el pronóstico es bueno si se trata al pie de la letra —le pidió su brazo estirando su mano, para visualizar lo que podía verse sin hacerle daño. — En cuanto la poción crecehuesos haga su trabajo, quizá requieras algo de terapia física debido al tipo de heridas que sufriste, y puede que en principio sientas un movimiento entumecido o no en su completa funcionalidad, pero con calma y trabajo se pronostica que eventualmente se recupere por completo —le dio su opinión médica basado en lo que había leído en el informe apenas momentos antes.

Un médico no daba falsas esperanzas, y por eso aclaró que todo dependía del desarrollo de la curación. Como bien podía quedar perfectamente bien, también podían quedar secuelas de diferentes niveles de limitación.

Se sonrió divertido cuando Gwendoline insinuó que podría haberla ayudado a escapar del hospital, tal y como había sucedido en la anécdota que había escuchado. Era claro que él no iba a ser partícipe de un escape donde estaba seguro de que debería quedarse tiempo en el hospital para sanar adecuadamente.

Por supuesto, es lo que hago —le dijo al escuchar sus agradecimientos. Le llamó la atención, sin embargo, escuchar que uno de sus grandes problemas era que no tenía nada que hacer ahí. — Bueno, eso lo puedo arreglar yo, ¿te parece bien si te traigo algunos libros para que te entretengas? Sólo tengo libros de medicina y ciencia, pero… Puedes estudiar mientras estás aquí —sonrió a medio lado, esperando ver si le interesaba su propuesta.

Laith no era el tipo de personas que leía novelas ni dramas. Para eso, ya podía esperar a que saliera la película. Libros sobre lo que de verdad le interesaba le sobraban, sin embargo, sobre una gran variedad de temas todos respecto a la ciencia y el ser humano. Particularmente tenía una vasta colección de libros sobre la mente humana, desde la perspectiva psicológica y desde la psiquiátrica, por lo que suponía que algo de todo podía interesarle.

O puedo darte un cuaderno, “Querido diario, hoy ha venido Bertha a darme la poción crecehuesos; sabe horrible, pero sé que tengo que curarme para escapar de este confinamiento”… —le redactó el principio de lo que podía ser su diario, con un tono divertido. — Puedo tener más opciones en el siguiente turno, si sigues interesada —porque en el hospital la cantidad de cosas que podía darle era más bien limitada.
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 12, 2019 7:33 pm

Era natural que estuviese preocupada, pues cada vez que se miraba la mano, a su mente regresaban los recuerdos: el vampiro, sin ningún tipo de delicadeza ni consideración por ella, creyendo que para cuando terminase la noche estaría muerta, partiéndole todos y cada uno de los huesos de su mano. Había experimentado cosas dolorosas antes, como la maldición Cruciatus, pero aquello había sido peor: no sólo por el dolor o por la impotencia que le producía la situación, sino también por el miedo que había sentido, la certeza de que su vida estaba a punto de terminarse.

Ahora que todo había terminado, el miedo que tenía era afrontar un cambio irreversible en su vida. Porque esa gente era experta en dejar marcas imborrables en sus víctimas, hubiesen hecho o no algo para merecerlo. Así eran los mortífagos.

Laith se aseguró de ser franco con ella, y la morena lo agradeció: era pronto para saber nada, pero las previsiones eran buenas siempre y cuando se asegurase de seguir tratamientos y terapias a rajatabla. No necesitaba que se lo dijeran dos veces, pues quería que aquella mano volviese a ser la de siempre en algún momento de su vida.

—Entonces sólo queda esperar y escuchar los consejos de mi sanador. Haré lo que pueda.—Lanzó un suspiro resignado mientras dejaba que sus labios se curvasen en una levísima sonrisa. Era casi como si su mente se negase aquellos pequeños momentos de alegría después de lo que había ocurrido.—Haré lo que pueda...—Repitió, casi para convencerse a sí misma de que no haría ninguna tontería que pusiese en riesgo la curación de su mano.

Después de confesar que se había escapado de San Mungo, recordando todavía aquel curioso incidente en compañía de Caroline, también confesó que lo peor de estar allí era no tener nada que hacer: el tiempo parecía no pasar o pasar a saltos, y lo único que ella hacía era quedarse dormida o quedarse abstraída en sus pensamientos. ¡Y sólo llevaba allí metida unas pocas horas! No quería ni imaginarse lo que sería pasar dos o tres días allí… O más, según le habían dicho.

Así que manifestó sus inquietudes a Laith… y este encontró una solución bastante interesante: libros, conocimiento, lo único que podría mantener su mente activa y distraída. Y más si tenían que ver con la medicina o la medimagia, carrera que llevaba poniendo estudiando desde poco antes del verano pasado por su cuenta, y desde el septiembre pasado en la universidad mágica.

También le propuso otra idea, en clave de broma, que logró hacerla sonreír divertida.

—No funcionaría: esa es mi mano buena.—Se señaló la mano derecha con un gesto de la izquierda.—Aunque sí que podrías traerme un cincel de metal para tallar en la pared los días de presidio que llevo.—Prosiguió con la broma, exagerando: era consciente de que San Mungo tampoco estaba tan mal. Seguramente estaba mejor que muchos otros hospitales del mundo.—Me gustaría leer alguno de tus libros, sí. Creo que la mejor manera de que se me pase el tiempo es, precisamente, estudiar. No puedo ir a trabajar, así que al menos me aseguraré de no ir atrasada con el temario de la carrera. Que parece que no, pero los exámenes están al caer...

Según Sam le había contado, a Laith le interesaba bastante la psicología y la mente humana. La rubia se lo había contado muy entusiasmada, principalmente porque a ella también le interesaba la materia, y siempre le gustaba encontrarse con alguien con quien compartir la que había sido casi una obsesión para ella al entrar en la universidad.

—Sam me ha dicho que eres un experto en psicología y psiquiatría. En la mente humana, vamos.—Le pareció importante añadir lo de ‘humana’, pues suponía que dentro de la medimagia también existirían ramas dedicadas a la mente de seres no humanos.—Me lo contó muy entusiasmada, pues a ella también le interesan mucho estos temas. Y sé que San Mungo también trata este tipo de enfermedades. ¿Crees que alguna vez podrías darme algunas lecciones? No me han especificado qué tipo de prácticas debo realizar, solo una cantidad de horas mínima, así que creo que podría ser interesante explorar ese campo...
Gwendoline Edevane
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Laith Gauthier el Miér Mayo 15, 2019 11:08 pm

Los sanadores tenían un extraño deber moral. Mientras no querían dar sus peores impresiones tampoco querían dar falsas esperanzas, así que se quedaban en un punto donde tener que dar la información tal cual era, suavizándola o subrayándola según se ameritase. Por suerte, Gwendoline lo sabía y supo tomar lo que le dijo del modo más profesional e inteligente posible. La cantidad de pacientes que regresan con problemas agravados por no seguir instrucciones médicas era escandalizadoramente alta.

Estoy seguro que tu sanador y las enfermeras harán todo lo que esté a su alcance para que te recuperes lo máximo posible —le aseguró, no sólo porque eran personas altamente capacitadas, sino también porque algunas personas dentro de San Mungo ya conocían a la mujer y querían lo mejor para ella. — Podrás hacerlo, aunque seguir instrucciones sea complicado —la animó, tratando de tranquilizarla con un tono de broma.

Cuando Gwendoline le dijo que lo peor era estar encerrada sin hacer nada, por lo que no tardó en resolver que podía llevarle algunos libros para que estudiase en el tiempo en confinamiento solitario. También se animó a bromear para ver si quería un cuaderno para escribir en él su experiencia dentro del hospital, pero se llevó la sorpresa de que no sería útil.

Bueno, puedes acudir al “aprende una habilidad”, en este caso a escribir con la izquierda —sonrió divertido, escribiendo sobre el aire con su mano dominante, que era la zurda. — Pues ya te traeré algo de mis cosas cuando vuelva a pasarme por aquí, pero debes cuidarlo y devolvérmelo cuando ya no lo necesites, ¿eh? —la advirtió, levantando el índice a modo de aclaración.

Tenía una colección bastante grande de libros de todo tipo, aunque las cosas se limitaban bastante en el hospital. Tenía algunas cosas que le servían con ciertos casos, pero nada que ver con la vasta cantidad de libros en su propio departamento. Pero algo encontraría que le interesara a la mujer, y esta le dio una pista al mencionar su especialización favorita.

Bueno, yo no me consideraría un experto —aclaró, encogiéndose de hombros. — Sólo lo encuentro un tema de estudio fascinante —motivo por el que su estudio y experimento estaba enfocado a ello, si bien no era muy popular entre los practicantes de San Mungo. — A ver, no siempre estoy en el área de psiquiatría, ¿bien? —Laith era rotativo dentro del hospital y eso era bien sabido, — pero estaría encantado, pide mi servicio si estoy por ahí cuando salgas del hospital y te hayas recuperado —la invitó, — o siempre me dejo sobornar con clases privadas con comida de por medio —en verdad no era algo que sucediera seguido.

El sanador tenía bien definido el límite entre vida personal y ambiente laboral. Como profesional era severo y exigente, con la mente consciente de que estaba formando a aquellos que atenderían pacientes en el futuro. Ese pensamiento no le dejaba ser permisivo, porque cada error que cometía la gente a su servicio lo sentía como un error propio: él había dejado que sucediese. Y en el futuro nadie estaría ahí para limpiar los platos rotos de universitarios insensatos.

¿Ya tienes en mente en qué te quieres especializar en el futuro? —preguntó, recorriendo el sendero más profesional. — Las prácticas sirven para que explores la medicina en pequeñas probadas y te des cuenta cuál te gusta más o se te da mejor, aunque si le preguntas a un servidor —se llevó la mano al pecho, dejando en claro que estaba hablando de sí mismo, — te diría que elegir una sola especialización es sinónimo de conformismo —le dio su opinión más personal, no una verdad contundente.

Él pensaba que la única forma de vivir era vivir constantemente mejorando, y por ello es que no podía admitirse contentarse con una sola rama de especialización. Quizá pecaba de ser demasiado ambicioso.
Laith Gauthier
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 19, 2019 4:47 am

Lo cierto era que alguna vez Gwendoline se había preguntado cómo sería el intentar aprender a escribir con su mano izquierda, que para nada era la más diestra de las dos. Valga la redundancia.

Se había dicho a sí misma que, si había conseguido ejecutar de manera satisfactoria con su mano izquierda casi cualquier hechizo, incluso en duelos, el escribir tenía que ser sencillo. Pero… ¿sabéis qué? No lo era, en lo más mínimo: intentar escribir con la izquierda era el equivalente a intentar controlar el brazo de otra persona, y su cerebro simplemente se negaba a hacerlo como era debido.

Así que la propuesta de Laith, quien le ofreció un ejemplo gráfico de cómo se hacía, escribiendo sobre el aire con su mano izquierda, le arrancó una leve sonrisa.

—No creo que fuese capaz de conseguirlo. Lo he intentado, pero… si quieres algo parecido a un cuadro abstracto, eso es lo que tendrás cuando me ponga a escribir con la izquierda.—Bufó, sintiéndose idiota por haber intentando aprender algo así. ¿Qué motivo podía haber para aprender semejante cosa, salvo que a una le faltase su mano dominante?—Y no te preocupes por todo aquello que me prestes: lo cuidaré como si fuera mío. O, como le gustaba decir a mi madre, lo cuidaré como si fuera tuyo.—Le dijo, recordando las sabias palabras de su madre con respecto a cuidar bien las pertenencias propias, pero cuidar aún mejor las de los demás. Era una mera cuestión de respeto y confianza mutua.

Teniendo en cuenta que no se había decidido aún por una rama concreta dentro de la medimagia, Gwendoline pretendía explorar todas las posibilidades: había trabajado en urgencias y en ingresos con Rox, y Eris Masbecth la había instruido en el arte de las pociones, pero había todavía muchas áreas de San Mungo en las que no había estado. Y la psiquiatría le producía cierta curiosidad.

No dudó en pedirle ayuda con respecto a la psiquiatría y el estudio de la mente humana, pues a fin de cuentas, ese no era un campo del todo desconocido para ella. Además, Sam hablaba maravillas del trabajo de Laith—sin entrar en muchos detalles, por aquello del ‘secreto profesional’—, considerándole poco menos que un experto en la materia. Cosa que él no se consideraba, por lo visto.

—Sí, algo de eso me dijo la sanadora Jensen: por lo visto, aquí casi todo el mundo hace un poco de todo.—Roxanne le había contado que así eran las cosas, que todo el mundo tenía que saber un poco de todo, dentro de su rama profesional.—De acuerdo, y sólo para tenerlo claro: ¿qué clase de comida sería un mejor soborno en esta situación? ¿Alguna preferencia?—Aquello venía a ser una especie de invitación, que tarde o temprano acabaría saldando con él.

Con respecto a la pregunta de Laith… buena pregunta. La morena se había embarcado en aquella aventura porque sentía una inclinación natural a la hora de sanar a aquellos habían sido heridos. Todo ello había surgido como una necesidad: cada poco tiempo, sus amigas y ellas estaban heridas y llamando a un pobre sanador que venía desde Japón.

Sin embargo, también estaba especializada en la mente humana, especialmente en lo que a modificar y borrar recuerdos se refería, lo cual podía ser perfectamente aplicable a las enfermedades mentales.

—Pues todavía no lo he decidido, la verdad.—Hizo amago de encogerse de hombros, pero su brazo derecho no respondió como era debido, por lo que en realidad dio la impresión de estar moviéndose, incómoda, sobre la almohada.—Tengo intención, como dices, de ir probando todo aquello que se me permita. Tengo bastante experiencia como pocionista, y antes de entrar aquí, ya me había dedicado un poco a los primeros auxilios. Y eso sin mencionar mi empleo como desmemorizadora: creo que podría resultar útil en algún punto.—Se quedó pensativa, frunciendo el ceño.—Creo que, por ahora, lo que más me gusta son las pociones. Se me dan bastante bien y, por lo general, son sencillas dentro del marco de que sólo debes seguir unas instrucciones precisas. Pero, como tú dices… tampoco me gustaría ser una conformista.

Estaba claro que en su día a día, las ramas más importantes de la medimagia acabarían siendo la elaboración de pociones y los primeros auxilios mágicos, dada la cantidad de problemas que solían tener. Allí estaba la prueba viviente: su maltrecho cuerpo. Si fuese Sam la herida, seguramente sería Gwendoline quien tendría que tratarla.

—¿Y qué fue lo que más te fascinó a ti de la medimagia? ¿Qué te llevó a estudiarla?—Le preguntó con interés, pues apenas sabía nada de Laith más allá de lo que le habían venido contando.
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Laith Gauthier el Mar Mayo 21, 2019 10:21 pm

Gwendoline estaba negada a intentar aprender a escribir con su mano izquierda. Lo había intentado, decía, y la verdad es que a Laith le dio risa. Porque ahí donde lo veían, sugiriendo habilidades, él tampoco era capaz de escribir decentemente con su mano derecha, a menos que estuviese intentando escribir hebreo antiguo. Todo el mundo había intentado alguna vez en su vida escribir con su mano no dominante, y estaba seguro que más bien poca gente podía conseguir un buen resultado.

Lo tranquilizó saber que ella iba a cuidar bien de sus cosas. Eran no sólo las que lo habían llevado a donde estaba, sino aquellas con las que había aprendido y un recurso invaluable de aprendizaje constante. Las cosas de estudio que consiguió en el pasado y todavía ahora continuaba atesorando. Decidió que era una persona confiable como para poner mano en esos libros.

Aquello los llevó a una conversación sobre especializaciones y una clara cuando hablaban con Laith era mencionar la psiquiatría, tema que le era de especial interés. Sonrió cuando Roxanne corroboró lo que él decía: era mejor tener varias cosas aprendidas para hacer que enfocarse sólo en una, particularmente orgulloso porque ella era una de sus mejores y más estimadas amigas desde la universidad. Casi parecía a veces que laboralmente estaban hechos a la medida.

Me gusta que me sorprendan —se encogió de hombros con una sonrisa que se presumía galante. La verdad no era otra que una carencia de preferencia en comida: la amaba toda por igual. — Piensa cuánto quieres que te enseñe y compénsalo con los mejores sabores, nos entenderemos bien —aparentó refinamiento, más bien exagerando.

Cuando vio el infructuoso intento de encogerse de hombros, Laith lo interpretó como incomodidad, y se acercó dispuesto a ayudarle a buscar una mejor posición si eso la hacía sentir mejor. Tenía un tacto suave y amable, y que aceptaba el rechazo en caso de que no quisiera ayuda.

Si tú me pidieras un consejo —de nuevo presentaba de esa forma su opinión, dispuesto a aceptar si ella decidía ignorarlo, porque nadie le pidió su consejo, — yo te diría que está bien que tengas cosas que te gusten más, ¿te gustan las pociones? ¿Por qué no intentas hacer un cursado en farmacología? ¿O aprendes fitoterapia? ¿Te gusta aprender sobre la mente humana? Está la psiquiatría, la psicología, la neurología y la neurobiología —iba haciendo gestos con sus manos, mostrando las partes de un todo. — A mí me gusta eso, encapricharme con un tema y explorarlo de arriba abajo en todos los aspectos, incluso si no es mágicamente óptimo —porque la medicina mágica en ocasiones podía ser un tanto arcaica.

En medio de su conversación, la pregunta de Gwendoline lo pilló con la guardia baja, sin esperar que fuese a preguntar sobre sus orígenes en la medimagia. Y se encontró por un momento sin saber qué decir, no porque no supiera cómo había acabado estudiando esa carrera, sino porque era un tanto complicado de poner en palabras amables.

Aclaró la garganta, dispuesto a hacer su intento. — Bueno, a mí… nunca me interesó la medimagia como tal, cuando era más joven, ¿sabes? —sonrió, — Pensé, sí, recorriendo opciones, pero… Supongo que todos hacemos eso cuando tenemos que decidir qué vamos a hacer el resto de nuestras vidas —porque, si uno lo pensaba, era una decisión demasiado grande para un adolescente de diecisiete que nunca se ha enfrentado al mundo porque le tienen cautivo meses en un colegio. — Supongo que cuando el destino llama, uno tiene que ser fuerte, en mi caso perdí a alguien muy importante, y siempre pensé que pude haber hecho algo para evitarlo… Así que el miedo y la impotencia fueron los que eligieron mi carrera: si estaba preparado para curar, les costaría quitarme a la gente que amo.

Si Gwendoline era una entendida en pociones, quizá sabría de qué estaba hablando. Clark Gauthier había sido uno de los más reconocidos pocionistas del otro lado del mundo, en especial por la integración de recursos naturales dentro de las pociones con el fin de potenciar sus efectos. Un genio en su área, aunque nunca dado a publicar sus libros y recetarios: apenas había libros en editoriales bajo su autoría. La mayoría estaban guardados dentro del departamento de Laith y en su casa allá en Norteamérica. Aquel hombre había muerto, irónicamente, en una explosión de un caldero.

Resultó que se me daba bien y me ayudaba a dormir por las noches, así que me empeñé en convertirme el mejor, que no digo que lo sea, pero es lo que intento —le explicó sobre cómo es que había acabado siendo sanador. No era la historia típica de la persona enamorada de por vida a una carrera y que sabe desde que nace cuál quiere, pero era la suya y eso estaba bien por él. — Es lo que mi abuelo siempre decía, que no importaba qué fuera mientras fuese el mejor —compartió un trozo de su vida con ella, y su principal motivación para casi todo lo que hacía.
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 23, 2019 10:08 pm

A Gwendoline Edevane le encantaba la cocina. Era un hecho que todos los que la conociesen un poco sabían.

Por desgracia, debido a su trabajo en el Ministerio de Magia, hasta la fecha no había podido dedicarle todo el tiempo que le hubiera gustado: las mañanas se hacían demasiado largas como para llegar a casa con energías para ponerse a los fogones, y por la noche no solía apetecerle cocinar algo demasiado elaborado. Así que, entre semana, los precocinados eran sus mejores amigos.

Sin embargo, cuando tenía el día libre, la morena daba rienda suelta a su inquietud culinaria: era consciente de que le faltaba mucho para ser una gran cocinera, pero le gustaba probar ingredientes y especias, y deleitarse con el resultado.

Con todo y con esas, no le gustaba sorprender a sus comensales: si les invitaba a almorzar y, por algún motivo, no les gustaba lo que les preparaba, solía sentirse mal. Así que, ante una respuesta poco clara de Laith, se puso un objetivo en mente: Le preguntaré a Sam qué le gusta comer a Laith.

Y después, teniendo en mente la vena satírica de la rubia y su gran afición a sacarle los colores a su novia, la morena pensó que, seguramente, debería replantear esa pregunta.

También pensó que, por mucho que la replantease, seguramente Sam haría igualmente una demostración de su ácido humor.

—Intentaré sorprenderte sin matarte.—Bromeó, sabiendo que su comida jamás sería tóxica, y que la comida a domicilio… bueno, dependiendo del lugar en que hubiese sido preparada, esa sí podía ser tóxica.

La conversación devino entonces en otro tema interesante: la elección profesional que, en aquellos momentos, ambos compartían. Gwendoline le ofreció algunos detalles sobre sí misma, sobre aquello que se le daba bien y que le gustaba hacer.

Si bien se le daban bien la modificación y el borrado de recuerdos, dejando la mente en el mejor estado posible después del proceso, también estaba claro que no le gustaba lo más mínimo tener que dedicarse a eso: un desmemorizador tenía la maldición de ver cómo era la vida de una persona antes de su llegada y cómo era cuando se marchaba. Y si siempre había sido recelosa de la legeremancia por su dudosa moralidad… sinceramente, el empleo de desmemorizador no quedaba mucho mejor parado.

Sería feliz que no tuviese que modificar una sola memoria más, pues siempre que lo había hecho había sido en beneficio del mundo mágico. Y en los tiempos que corrían, beneficiar al mundo mágico significaba beneficiar a los mortífagos.

—No estoy muy segura de que la psicología sea lo mío.—Le dijo a Laith, casi en un tono de disculpa y bajando la mirada en dirección a su pecho. En sus labios, había una de esas sonrisas tan leves que resulta difícil mantenerlas.—Se me da bien modificar y borrar recuerdos sin causar daño alguno a la mente de la persona afectada, pero no diría yo que es mi vocación. Lo he hecho durante mucho tiempo, pero en estos días...—Se obligó a detenerse ahí, alzar la mirada, y echar un buen vistazo alrededor. Se tranquilizó al comprobar que no había nadie más que ellos dos allí, pero igualmente bajó la voz.—...en estos días, ya sabes a quién estás ayudando.

Y si ya resultaba difícil concienciar a magos de naturaleza neutral o con ideales pro-muggles de lo peligroso que podía ser llevar a cabo de manera incorrecta un modificado o borrado de memoria, una podía imaginarse que concienciar a los mortífagos sería una tarea imposible.

Ya podía darse con un canto en los dientes si estaban dispuestos a dejar vivir a los testigos.

—Y con respecto a las pociones—prosiguió, volviendo a utilizar un volumen de voz normal—, nunca he realizado curso alguno, más allá de lo que me enseñaron en Hogwarts y en la Universidad, aunque dada mi rama profesional, poco me enseñaron ahí. Sin embargo, me gusta seguir recetas al pie de la letra… o modificarlas de alguna manera. Incluso hacer mis pequeños experimentos.—Curvó los labios en una leve sonrisa.—Algún día de dejaré ver mi pequeño cuaderno de trabajo. Siento que las pociones son, en gran medida, como la cocina: sí, existe un gran número de recetas, pero mientras tengas claro lo que quieres conseguir, puedes dejar sitio a la imaginación y a la improvisación. Dentro de unos límites, claro...

Aquello podía llegar a sonar un poco inconsciente: ponerse a improvisar, a mezclar ingredientes sin ton ni son. Nada más lejos de lo que ella hacía: estudiaba cada ingrediente, sus propiedades, sus beneficios, y también sus efectos nocivos; les buscaba distintas aplicaciones que podían haber sido explotadas o no; los mezclaba con otros que podían potenciar sus efectos, o incluso añadirles sus propios beneficios…

Resumidamente, procuraba aplicar el método más científico, por decirlo de alguna manera. Y no es que hasta el momento hubiese conseguido gran cosa, pero estaba muy orgullosa de su poción para eliminar cicatrices.

—No creas que soy una chiflada: lo hago todo con cuidado, y muchas veces utilizo pociones ya existentes como base. Así que todo es seguro… más o menos.—Aclaró, antes de que Laith sacase conclusiones precipitadas. Sus palabras anteriores se prestaban a ello.

La curiosidad de la morena se puso de manifiesto enseguida: ¿Qué había llevado a Laith a estudiar medimagia? En su propia cabeza a medio despejar del tratamiento para el dolor, se hubiera esperado una respuesta bastante estándar, como que de pequeño se dedicaba a curar a sus mascotas o poner tiritas a todo aquel que se hacía un arañazo, pero nada más lejos de la realidad.

Cuando le escuchó decir que había perdido a alguien, se puso seria inmediatamente, y enseguida empatizó con él: ella no había perdido a nadie, pero había estado a punto de perder a alguien muy importante, a la persona más importante de su mundo. ¿Y por culpa de quién? Del mismo malnacido que la había enviado a ella al hospital mágico.

Le escuchó en silencio, mirándole con seriedad e, incluso, un poco de aire sombrío. La vida tenía una manera muy curiosa de juntar a las personas.

—Creo que puedo entender a qué te refieres...—Ella misma había sentido que se le venía el mundo encima después de lo sucedido con Sam… o mejor dicho, cuando se enteró del asunto algunos meses después. Y había estado muy enfadada, tanto con el mundo como con aquellos dos cadáveres… o con un cadáver y un muerto andante, que parecía ser el caso de Zed Crowley.—Yo no es que quisiese ser desmemorizadora, pero… siempre he sido una persona insegura. Especialmente cuando tenía diecisiete años, no sabía nada de la vida, y tenía un carácter influenciable. Suma todo eso a que tenía un padre cuya obsesión eran las apariencias y el estatus social, y puedes hacerte una idea de por qué se me convenció para ser lo que soy a día de hoy.—Esbozó una sonrisa sarcástica.—Quería dedicarme a la magizoología, pero aquello fue un sueño pasajero: me gustan las criaturas mágicas y me encantaría poder servirles de ayuda, pero… creo que lo mío son los humanos. Como tú bien dices, saber de medimagia ayuda a sentirse mejor con uno mismo, a dormir por las noches sabiendo que, si algo malo ocurre, al menos estás en posición de ayudar.

Su tono se tornó melancólico, a decir verdad, y no era para menos: aquella conversación tenía la facultad de traer de vuelta al presente recuerdos dolorosos… para ambos. Solo esperaba que las circunstancias de la pérdida sufrida por Laith fuesen, dentro de lo horrible que era en sí perder a alguien, algo más amables que lo ocurrido con Sam.

No era muy difícil: hasta ser atropellada en plena autopista y morir lentamente era amable en comparación con lo que los Crowley habían hecho con ella.
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Laith Gauthier el Sáb Mayo 25, 2019 10:52 pm

Era un dicho popular, y, en el caso de Laith, verdadero: el buen pocionista es mal cocinero. Se destacaba en el caldero, pero la cocina representaba un peligro constante para él. Se decía que era porque ninguna buena receta se seguía al pie de la letra, pero el sanador lo llevaba al extremo, viéndose incapaz de hacer apropiadamente comidas de lo más simples que formaban parte del día a día de las personas, condenado a la comida instantánea, precocinada o ya directamente comprada.

Por eso es que encontraba un placer y un gozo encontrar comida deliciosa para degustar, y si era casera ganaba muchos más puntos. Especialmente porque él no hacía diferencias: toda la comida la adoraba por igual, y era prácticamente imposible conseguir darle un sabor que realmente le desagradase. Por lo menos no era exigente, y eso era un punto a favor para él y para quien fuese a invitarle a comer.

Pasando a temas más relacionados con sus respectivos trabajos y estudios actuales, Laith ingenuamente pensó que le gustaba la psicología porque había estudiado con anterioridad el cerebro humano desde un prisma mágico. Sin embargo, no había modo de que lo ofendiese que no se decantase por esa rama de la medicina, por mucho que a él le fascinara. Era tan idiota como los que peleaban por la pizza con o sin piña.

Mentiría si dijera que lo sorprendían sus palabras. Había tenido una conversación semejante con Samantha hace no mucho, y era natural que tuviesen ellas dos un pensamiento más bien parecido sobre qué tan ético era tocar las mentes ajenas. — Entiendo —le dijo él, desestimando rápidamente lo que decía, no porque no tuviera importancia, sino porque era lo mejor. Lo más seguro para los dos. — Ambos sabemos que… eso es igual en todos lados —no dio más información, y no era necesaria.

Él mismo, como sanador, se había visto en el dilema moral de tener que entregar a alguien que había curado porque la ley consideraba que era peligroso, un ladrón de magia. Los médicos hacían su trabajo, y había días en que se preguntaban qué sentido tenía. Éticamente debían curar a todos los que llegaran a sus mesas, pero, moralmente, ¿era peor la muerte o el encierro?

Sacudió la cabeza, borrando de su mente los pensamientos más oscuros. Ninguno de los dos lo necesitaba en ese momento, especialmente no Gwendoline.

La gente con potencial sabe que siempre hay algo que aprender —le dijo, haciéndole saber que no pensaba que fuera suficiente el aprendizaje más básico. Sonrió con gracia cuando le aclaró rápidamente que tenía cuidado con las variaciones que hacía, como si él fuese a pensar que era inconsciente. Él, de entre todos. — ¿Me lo dices o me lo cuentas? —le preguntó con un tono divertido. — Es más normal de lo que pareces creer, ¿sabes? —o era sólo que Laith era igual de chiflado que ella.

Sólo hacía falta ver quién era la inspiración de Laith cuando estaba frente a un caldero para imaginar que él tenía su modo de hacer sus propias pociones, más allá de la receta. Rompía el esquema y hacía lo que mejor podía, con una plena consciencia de las propiedades y atributos de los ingredientes atípicos que utilizaba. Y era divertido, excitante y peligroso al mismo tiempo.

Encontró el tema siguiente mucho más delicado de tocar. El por qué había iniciado sus estudios en medimagia era un asunto que encontraba siempre más difícil de mencionar, pero no se avergonzaba de ello. Quería creer firmemente que todas sus experiencias lo habían llevado a ser quien era.

No es mi caso, pero entiendo que hayas tomado una decisión por presión familiar —porque no necesitaba haberlo vivido para comprenderlo y respetarlo. — Me hace personalmente feliz, sin embargo, saber que las personas abandonan por cumplir sus sueños, la vida es demasiado corta para vivir de algo que nos hace infelices —le dijo con toda la honestidad que tenía. — Además… bueno, para bien o para mal, es algo que nos capacita para ayudar —podía ser malo por lo dicho anteriormente, pero generalmente era bueno.

Había bloqueado de su mente todo recuerdo especialmente amargo. No necesitaba recordar la impotencia de estar ahí, haberse sentido pleno y realizado apenas tiempo antes por haberse graduado del colegio, sólo para darse cuenta que no era nadie y no había nada que pudiera hacer. Ver a la persona que más amaba agonizar lentamente hasta morir, sin hacer otra cosa más que sujetarle y tratar de ser fuerte. Sobra decir que no fue fuerte, pero había que tirar hacia adelante, aunque todo le pidiera rendirse. Aunque la culpa lo consumiera de dentro hacia afuera.

Creo que uno se aferra a lo que puede, por ejemplo, en mi caso, y podría apostar que es el tuyo también, me da la oportunidad de sentir que puedo hacer algo por mis amigos y la gente que quiero, está la sensación de que se está preparado —pese a que uno nunca estuviese preparado del todo.

Finalmente consideró que era momento de volver a sus deberes y regresar cuando su turno siguiente hubiese comenzado, o bien entre turnos para tener tiempo a verla sin que tuviese el apuro de todas las cosas que tenía por hacer.

Regresaré a verte pronto, ¿estaría bien eso para ti? —preguntó, para asegurarse que no le molestaba. — Iré a ver a la señorita Preocupación y ver que no haya ningún problema, haré que alguien pase a dejarte algo para leer —le dijo, sonriéndole y apretando suavemente su mano, más el gesto de un amigo que de un médico.

***

Había llegado un buen rato antes de que empezara su siguiente turno con el claro propósito de tener un rato para conversar con Gwendoline y, como prometió, prestarle algunos libros de su colección para darle algo que leer, que llevaba debajo del brazo. Todos eran de distintas ramas médicas, y algunos llevaban cuadernos que complementaban las notas al pie o en los bordes de los libros. Laith era alguien que tomaba muchas notas cuando estudiaba, y no le importaba complementar las hojas con su puño y letra.

Se dirigió tras algunos saludos a la habitación de la bruja, esperando encontrársela despierta.
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 29, 2019 2:08 am

A pesar del innegable hecho de que ninguno de los dos podía alzar demasiado la voz con respecto a aquel tema tan peligroso—siempre y cuando pretendiesen conservar la libertad, claro estaba—, Gwendoline se sintió comprendida: tal y cómo iban las cosas, una nunca sabía quién sería un amigo, o quién sería el enemigo que terminaría vendiendo tu pellejo de traidor. Saber que Laith la comprendía resultaba liberador.

El silencio con el que respondió y la significativa mirada que intercambió con Laith lo dijo todo: Así son las cosas, y más vale mantener la boca cerrada.

A pesar de lo liberador que podía resultar ser una misma, también iba acompañado del temor constante a que alguien, la persona menos indicada, entrase en ese preciso momento en la habitación y les sorprendiese hablando de temas prohibidos. Por eso la morena se sintió más tranquila en el momento en que pasaron a hablar de la rama profesional que ambos tenían en común.

Gwendoline le explicó aquello que se le daba bien, y aquello que le gustaba—que por norma general no tenía por qué ser lo mismo—: la modificación de recuerdos, y la elaboración de pociones.

La primera virtud debía agradecérsela a sus años de práctica profesional y su dedicación casi obsesiva: era una perfeccionista, y procuraba hacer las cosas lo mejor posible dentro de sus limitaciones.

La segunda virtud, en cambio, nacía de la pasión: siempre le había gustado elaborar pociones, hacer experimentos y conseguir resultados, fuesen cuales fuesen; siempre le había gustado coger esos resultados, fuesen cuales fuesen, y mejorarlos todo lo posible. Siempre había comparado la elaboración de pociones con la cocina, y quizás por eso ambas le gustaban tanto.

Matizó que no era ninguna chiflada inconsciente que vertía en un caldero todos los ingredientes que tenía para ver qué ocurría, pues se sintió en la necesidad: a fin de cuentas, tal y cómo se había expresado, parecía sugerir que le faltaba un tornillo y que no tenía cuidado alguno con lo que hacía.

Laith la calmó, asegurando que era más normal de lo que parecía.

—Me alegra saberlo: lo que menos me apetece es dar con algún erudito en el campo de las pociones, sin pelos en la lengua, que se acerque a decirme que soy una loca inconsciente con deseos de exterminio de la raza humana al mezclar tal o cual ingrediente.—No le había pasado nunca algo semejante, pero dados los tiempos que corrían, y el hecho de que había visto alguna que otra serie de televisión sobre médicos chulitos—House M. D., gran serie pero horrible profesional—, a la morena no le costaba imaginarse a uno de esos eruditos señalando de forma destructiva todo lo que hacía mal en sus elaboraciones.—Pero ya sabes lo que dicen: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos en el proceso.—Dijo, aunque en lo personal, ella jamás había roto un huevo haciendo una tortilla. ¿Que las primeras habían quedado incomibles? Sí, eso desde luego que sí. Pero teniendo en cuenta que no tenía afición por hacer juegos malabares con huevos, jamás había roto ninguno mientras cocinaba. Otra cosa era lo que ocurría en la bolsa de la compra de camino a casa.—Pero lo más que me ha llegado a ocurrir ha sido arruinar algún ingrediente un poco caro. Por suerte, no he hecho explotar nada...

Se podía considerar afortunada, además: uno de los accidentes más comunes entre pocionistas era terminar sin cejas. O con unas cejas demasiado pobladas, dependiendo de la poción que intentase hacer.

No estaba tan orgullosa de su empleo actual, sin embargo: ganarse el pan a base de implantar mentiras en las mentes de terceros no era lo que ella calificaría de sueño o aspiración profesional. ¿Necesario? Desde luego. ¿Divertido? Para nada, especialmente cuando, un par de meses después de empezar a trabajar, las ansias de comenzar una nueva experiencia en la vida se apagan para dar paso a la rutina.

Era consciente de que era buena en su trabajo, y procuraba serlo por respeto a aquellos a los que debía modificar la memoria. Pero también era consciente que había vivido gran parte de su vida en base a los deseos de su padre, y por horrible que pudiera sonar, el hecho de que Duncan Edevane entregase a su propia esposa al Ministerio de Magia y les jurase lealtad había ayudado a Gwen a abrir los ojos.

A un precio muy alto, eso sí.

—Sí, y en teoría, mi actual empleo también ayuda, pero en lo personal prefiero ser sanadora.—Le dijo con toda sinceridad.—Por lo que he ido viendo aquí, sí, el trabajo es muy duro, pero no hay mejor sensación que la de terminar de tratar a un paciente y poder decirle: “Te vas a poner bien”, o “Te vas a casa.”—Se le dibujó una sonrisa bobalicona, soñadora, en los labios, y ni siquiera fue consciente de ella. Pero era cierto: no había mejor sensación.

Y por supuesto, ayudar a aquellos amigos y seres queridos que sufren era otra sensación comparable a la anterior, por lo que Gwendoline asintió con la cabeza. En esta ocasión, parecía ausente, pero simplemente estaba pensativa: Sam había pasado por algo horrible con aquellos dos mortífagos, y ella había sentido una terrible impotencia al descubrirlo. Le hubiera gustado poder hacer algo por ella de inmediato, pero la vida no lo había querido así.

—Sí… De alguna manera, sentir eso hace la vida un poco más fácil. Y bien sabemos que nos hace falta que todo sea más fácil...—Tampoco dijo más: Laith sabría bien a qué se refería con eso.

Llegó el momento de despedirse, al menos por el momento: Laith iba a hacerle una visita a Sam, y después volvería. Ella asintió con la cabeza ante la propuesta, y también ante la promesa de material de lectura. Le dedicó una sonrisa leve.

—Gracias, Laith. Dile...—Hizo una pausa, pensando en qué podría decirle a su novia por medio de Laith. Las opciones que le vinieron a la cabeza podrían hacer que se preocupase o que se angustiase, así que optó por algo sencillo.—Dile que estoy bien, que no se preocupe, y que no se le ocurra volver a aparecerse aquí.—Intentó ser severa, y añadió.—Puede parecer una tontería de petición, pero no lo es: ya lo hizo. Está loca.

Lo dijo con un reproche, pero con uno de esos cargados de amor, de buenos sentimientos. El reproche dentro de la pareja, ese que daba la vida, que hacía que las cosas fuesen entretenidas y emocionantes. Pero en realidad no había reproche alguno.

Lo único que quería volver a verla y abrazarla.


***

Al poco rato de que Laith se marchase, Gwendoline terminó cayendo dormida como una piedra, su cuerpo consciente de lo mucho que hacía que no descansaba como era debido.

La morena cerró los ojos y su cabeza cayó ladeada sobre la almohada. Su respiración se volvió entonces pausada y profunda, y para cuando una enfermera acudió a ver cómo se encontraba, su pecho subía y bajaba con la tranquilidad del sueño reparador. Ni siquiera se despertó cuando dicha enfermera la arropó un poco mejor y comprobó su temperatura colocándole el dorso de una mano sobre la frente.

No supo cuánto tiempo durmió exactamente, pero cuando abrió los ojos, Laith entraba de nuevo en su habitación. Pasó de un despertar pacífico y calmado a uno un poco más brusco, hasta el punto de que casi se incorporó sobre la camilla.

—¡Laith! Hola.—Le dijo con voz adormecida y atontada, mientras se frotaba los ojos con el único puño sano que tenía, el del brazo izquierdo. Quien la viese, creería que no era más que una niña pequeña recién despertada.—No estaba durmiendo. Sólo he cerrado los ojos un momento.

Aquel era un mecanismo innato en todo ser humano: uno nunca estaba durmiendo, solo cerraba los ojos un momento. Aunque hubiesen pasado tres o cuatro horas.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Sáb Jun 01, 2019 9:36 am

El sanador tenía ese tipo de pensamiento, enseñanza de Gandhi, en el que consideraba que, si las leyes eran injustas, lo correcto era desobedecer. Eso no significaba que viviese en anarquía ni exponiéndose a la mínima, pero sí que hacía lo que creía que era lo mejor y trataba de vivir como mejor podía. Él era inútil al pie del cañón, pero servía como distribuidor de medicamentos y pociones curativas, así como servicios sanadores. Para eso necesitaba estar dentro del sistema.

Sabía que lo que a uno se le daba y lo que le gustaba podía no ser lo mismo. Si se lo preguntaban a él, siempre preferiría lo que gustaba, pues había visto lo que sucedía con gente sin vocación. Podían disimularlo, pero en mayor o menor medida sufrían depresión. Alguien había dicho una vez que, si el trabajo se amaba, no habría que trabajar ni un solo día, y él lo veía mucho. Adoraba lo que hacía, y lo hacía con y por gusto. El salario era un buen incentivo, sin embargo, pero si no tuviera necesidades que suplir, ya podría hacerlo sin paga.

Te doy un punto en que yo no sé qué tan seguro sea si no tienes todos los datos sobre la mesa —le dijo, porque las cosas debían estar claras. — Creo, sin embargo, que cualquier entendido en pociones te dirá que ninguna poción buena se ha hecho siempre siguiendo la receta, es la experimentación y los fallos los que nos han dado muchas de las pociones que usamos hoy en día —le dio la razón al respecto. ¿Peligroso? Sí, ¿inconsciente? Depende, ¿necesario? Definitivamente.

Los sanadores, como en el mundo nomaj, tenían buenos sueldos, y ya les valía por el nivel de arduo trabajo que tenían que hacer, pero arruinar un ingrediente caro era un proceso doloroso, una puñalada directa al bolsillo, y, por su sonrisa resignada, le había pasado en más de una ocasión.

Su conversación sobre oficios derivó en Gwendoline hablándole que prefería ser sanadora. El trabajo era duro, pero ella sentía recompensa en tratar a un paciente correctamente y dejarle ir a casa sintiéndose mejor. Una fibra del corazón de Laith se enterneció por la inocencia, pero, como médico que era, no podía decir mentiras ni falsas ilusiones.

Sí, es grandioso dejar ir a un paciente que se siente bien —reconoció. — Pero también es parte del trabajo entender que a veces no se puede hacer nada, o tener en la mesa a un paciente que no podemos salvar, aunque lo hayamos intentado todo —era una moneda de dos caras, ambas siendo extremos opuestos. — Algún día vas a perder un paciente, y sentirás que quizá no sirves para esto, tal vez dejes de creer en ti misma por un tiempo —no iba a ser él quien le pintase de rosa la escala de grises. — Cuando lo hagas, realmente espero que tengas alguien que siga creyendo en ti aunque tú no lo hagas, porque es algo que hace mella en las personas.

Él lo había pasado, como todos lo habían pasado dentro del hospital. Y a quien no le hubiese sucedido, ya le llegaría su tiempo. Ya no el hecho de estar a un lado asistiendo, que era devastador en sí mismo, sino ser responsable de la vida de alguien como sanador principal, y perderlo. Las nubes negras también formaban parte del paisaje, después de todo.

Decidió que iba a marcharse y más tarde iría a ver a Samantha para ver que no hubiese problemas, por lo que Gwendoline aprovechó para pasarle un mensaje. Sus palabras lo hicieron sonreír.

Yo sé que está loca —no pudo contener una risa, aunque de gracioso no tenía nada. — Ya le digo que no tiene permiso hacer locuras hasta que salgas, tú tranquila —le guiñó el ojo en un gesto amistoso. Sabía que ella sólo se preocupaba por su amiga. — Tú preocúpate en descansar —la advirtió, porque por mucho que Gwendoline se preocupase por Samantha, él se preocupaba por ella.

***

Entrar a la habitación fue un poco déjà vu, pero el pensamiento lo hizo sonreír. Despertó casi de inmediato: no había tocado el libro que había dejado una de las enfermeras, por lo que podía asumir más o menos cuánto tiempo llevaba dormida. Y no había sido sólo “cerrar los ojos”, como se lo intentaba vender. Todavía estaba vestido con ropa de calle, por lo que se evidenciaba que no había iniciado su turno de sanador.

Cerró la puerta detrás de él. — Ya, claro —le dijo, escéptico, con un retintín gracioso en la voz, casi ofendido en broma. — No creo en tus mentiras —continuó con el tono casi melodramático, arrastrando una silla para sentarse cerca de la camilla. Se colocó los libros en el regazo y tomó el libro sobre la mesa de noche. — Y asumo que habrás leído ya todo este libro —le dijo, mostrándoselo.

Era un libro de medicina muy básico del hospital, pero igualmente externo a la bibliografía de la universidad. Lo hojeó, sin leerlo, recordaba bien haberlo leído en más de una ocasión, y volvió a dejarlo sobre el mueble para tomar el primero de los suyos. “Complicaciones: Las notas de un cirujano en una ciencia imperfecta”, se llamaba.

Este fue mi mejor amigo durante una temporada de capacitación nomaj en Francia —aunque el tomo estaba en inglés, — tiene algunas notas en el propio libro, traje también un cuaderno donde me explayaba más, a veces se vinculan las notas del libro y se continúan en el cuaderno… pero si no sabes francés, probablemente el cuaderno no te sirva de mucho —le dijo, prestándole el mismo. El tiempo y el uso le habían dejado marca, y la caligrafía de Laith variaba entre la perfección y el cansancio, no era tan difícil adivinarlo. — El resto está casi por completo en inglés, así que no tendrás problemas —más que alguna nota de repente, que le salió escribirlo en su lengua materna antes que en su idioma aprendido.

Colocó el resto a un lado de ella sobre la cama, para que los mirase por su cuenta. Los demás libros y cuadernos variaban entre la medicina mágica y la nomaj. Había una pareja especializada específicamente en pociones, de los pocos libros que Clark Gauthier había publicado, y que era su personal favorito, pues estaba firmado con una dedicatoria especial en su lengua materna ya que su abuelo se lo había regalado en su momento.
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Laith GauthierMedimago

Gwendoline Edevane el Mar Jun 04, 2019 2:52 pm

En toda rama profesional dentro del mundo mágico—y dentro del mundo muggle, para el caso—, Gwendoline tenía la firme creencia de que existía de todo: tanto aquellos que preferían métodos estrictamente ortodoxos, ceñirse al libro y a las normas preestablecidas, como aquellos que utilizaban aquella máxima de que las normas existen para romperlas. Así funcionaba el mundo, y la morena dudaba que un grupo tuviese más razón que el otro.

Los primeros eran los cautos, los precavidos y cuidadosos; los segundos eran los aventureros, los investigadores, y a menudo los tachaban de locos.

Pero Laith tenía mucha razón: los grandes progresos y avances en ambos mundos, muggle y mágico, se habían dado porque alguien había intentado romper con lo establecido, innovar dentro de una práctica que, quizás, se llevaba siglos haciendo de una determinada manera. No en vano se decía que todo lo habido y por haber sería siempre mejorable de alguna forma.

—Y precisamente por ese motivo me gusta tanto experimentar con las pociones. A lo mejor algún día me ves en alguna publicación seria, como la descubridora de alguna poción milagrosa… o como la que ha hecho, por fin, saltar en pedazos su apartamento.—Bromeó, divertida. Dudaba verse alguna vez de aquella manera, pero nunca podría afirmar que no experimentaría con ingredientes potencialmente peligrosos.

Con lo siguiente que dijo respecto a ser sanadora… Gwendoline simplemente dejó hablar a Laith. Y eso que en cualquier momento habría podido cortarle, habría podido decirle que su inexperiencia, de hecho, ya le había costado la vida a alguien, y que ya conocía todos esos sentimientos de los que hablaba.

Y había uno más que no describió: como, de cuando en cuando, el rostro de iO se le aparecía en sueños, recordándole que no había podido salvarla, o lo injusto que era que la pobre fugitiva estuviese muerta y Gwendoline siguiese viva. Había sido la primera y única paciente que se le había muerto en las manos, por ahora, y había sido también la primera persona a la que veía morir. Y aquello la había marcado profundamente.

—No soy de las que se rinden.—Dijo, visiblemente incómoda por los pensamientos que la habían asaltado.—En todo empleo existe una curva de aprendizaje, una serie de ‘errores’ que se pueden cometer, o simplemente inexperiencia. Claro que todo esto es mucho peor cuando dichos ‘errores’ o dicha inexperiencia se traducen en la muerte de alguien.—Se dio cuenta de que lo que estaba diciendo sonaba muy mal, y por eso se detuvo unos segundos, intentando ordenar sus pensamientos.—Eso que he dicho ha sonado mejor dentro de mi cabeza que fuera.—Negó con la cabeza, apretando los labios antes de proseguir.—Lo que realmente quería decir es que procuro no hundirme cuando ocurre algo así. Si es error mío, aprendo de ello y procuro no cometerlo jamás; si escapaba a mi control… simplemente intento asumirlo.

Y sí, para Laith podía parecer que no sabía de lo que hablaba… pero sí lo sabía. Muy para su desgracia, una fugitiva que no había podido contar con nada mejor que ella en aquellos momentos había tenido que morir.


***

Cuando Laith regresó a su habitación, y básicamente la sorprendió durmiendo, la morena trató de asegurar que no estaba durmiendo, que sólo había cerrado los ojos un momento. Fue la peor mentira que había contado en mucho tiempo, pues por sí misma se venía abajo.

Ante las injustas acusaciones del sanador de que mentía, Gwendoline frunció el ceño. Todavía no estaba despierta del todo, y tenía que deshacerse de esa molesta bruma que parece envolver el cerebro cuando una acaba de regresar del mundo de los sueños.

Con todo y con esas, sabía que no tenía escapatoria: miró a Laith, luego miró al libro, volvió a mirar a Laith… y finalmente hizo rodar los ojos y aceptó la derrota.

—Vale, tienes razón: estaba durmiendo.—Y aunque ella no se lo creyese del todo, las pruebas hablaban por sí solas: la dirección de los rayos del sol había cambiado en la habitación, y aquel libro antes no estaba.

El sanador le explicó que aquel libro había sido un compañero de fatigas inestimable cuando había estudiado medicina por la vía nomaj, o muggle. Lo observó en sus manos, y lo cierto es que le apetecía mucho ponerse a leer algo. Sabía que el sueño tenía sus límites, por muchas pociones calmantes que le diesen.

—La verdad es que no entiendo nada de francés más allá del oui, monsieur, mademoiselle... y ni siquiera tengo claro que todas esas palabras sean francesas.—Le dijo en tono de disculpa, mientras contemplaba todo el material de lectura que le había traído.—Gracias por todo esto. No creo que me aburra, o al menos no durante las horas que permanezca despierta.—Sonrió con cierta culpabilidad, para luego alargar la mano izquierda, su única mano sana y móvil, en dirección al cuaderno manuscrito de Laith. Tenía mucha curiosidad, a pesar de que seguramente no entendería nada.—Cirugía… Siempre se me ha antojado muy complicada. Y he oído que es muy complicada.—Como pudo, utilizando una sola mano y tratando de no dañar el cuaderno, lo abrió por las páginas centrales, solo para echar un vistazo a la caligrafía de Laith.—Me gusta tu letra.—Comentó, aún a pesar de que, efectivamente, no entendía nada.

Hizo una pequeña pausa en su ‘lectura’ para levantar la vista de las páginas manuscritas, y no pudo evitar hacer la pregunta que la carcomía por dentro.

—¿La has visto? ¿Está bien?—En realidad, habían sido dos preguntas, pero la echaba de menos y necesitaba saber que, por lo menos, estaba llevándolo bien. Y que no pretendía hacer ninguna tontería, claro.
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