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How we deal with the enemy within {Laith&Gwen}

Gwendoline Edevane el Miér Abr 24, 2019 2:26 am

Recuerdo del primer mensaje :

How we deal with the enemy within {Laith&Gwen} - Página 2 UHvqhI1
Sábado 30 de marzo, 2019 || Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas || 11:00 horas

El día treinta de marzo dio comienzo una de las semanas más largas en la vida de Gwendoline Edevane: la semana que pasó ingresada en el hospital San Mungo, tras el secuestro y agresión por parte de Zed Crowley y su socio.

La morena odiaba los hospitales, dato curioso a tener en cuenta, dadas sus aspiraciones profesionales actuales. Sin embargo, su odio se focalizaba principalmente en la parte en la que le tocaba ser paciente, o familiar de un paciente. Aquellos roles solían estar relacionados con malas vivencias, y si bien en su vida no había experimentado muchas así, parecía llevar en los genes el odio a aquel rol.

Aquella mañana, hundida en una cama que no era tan cómoda como la suya propia, y vestida con un camisón de enferma que no le gustaba lo más mínimo, Gwendoline pensaba en esta y otras cuestiones trascendentales de la vida, aunque las abordaba con una apatía muy poco propia en ella.

Quizás se debiese a las pociones analgésicas que le habían dado.

En aquellos momentos, se sentía totalmente incapaz de apartar la mirada de su brazo derecho. Lucía una férula que abarcaba desde la mano hasta más o menos el codo, y desde luego que estaba bien inmovilizado: aunque lo intentase, no podía mover ni un solo músculo de su mano, quizás debido a algún tipo de hechizo que le quitarían en cuanto sus huesos hubiesen crecido lo suficiente.

No pudo evitar que la asaltase un recuerdo de la noche anterior: el momento en que Zed Crowley le había partido sin misericordia alguna, y tomándose su tiempo para hacer un buen trabajo, todos y cada uno de los huesos de la mano derecha. Un ‘pequeño correctivo’, una ‘advertencia amistosa’. Sintió escalofríos, y se obligó a apartar la mirada.

Se quedó mirando el geranio rojo de la mesita de noche, una imagen mucho más tranquilizadora que la de su brazo lesionado. Sintió entonces que se adormecía un poco, cosa que le había sucedido en un par de ocasiones a lo largo de la mañana, y que atribuía claramente al tratamiento para el dolor.

¿Cuánto tiempo pasó en la más completa inopia, a medio camino entre sueño y consciencia? Quizás un par de minutos, quizás media hora. El caso es que una voz la sacó de su estado de ensoñación, haciéndola dar un respingo.

—¿...Edevane? ¿Me escucha, señorita Edevane?—Era una voz femenina, la misma de la mujer que, esa misma mañana, le había explicado su situación.

Volvió la cabeza en su dirección—al lado opuesto de la cama en que se encontraba la mesita de noche—y vio ahí, de pie, a esa misma sanadora que le recordaba a Meera Reed de Juego de Tronos. Un fugaz pensamiento, nada relacionado con la situación, la hizo preguntarse si vería a la susodicha Meera en la temporada final de la serie; acto seguido, volvió a centrarse. Otra cosa que odiaba de aquella situación: las pociones analgésicas hacían que su mente fuese y viniese de un pensamiento a otro sin control alguno.

—¿Qué?—Preguntó de la misma manera que preguntaría un sordo… aunque sin levantar la voz. De hecho, su voz sonaba muy suave y algo ronca, como si acabara de despertarse.

La sanadora se hizo a un lado el flequillo rizo con un gesto de la mano, aunque este terminó volviendo a caer por delante de su ojo. Sus labios se curvaron en una sonrisa amable.

—Le preguntaba si se encuentra bien. Es que tiene una visita.—La informó la mujer, y Gwendoline frunció el ceño. ¿Visita? ¿Qué clase de visita podía tener?

—¿Qué visita?—Preguntó sin más. Enseguida pidió en silencio que dicha visita no fuese su padre.

—Un amigo y compañero, o eso me ha dicho. Es Laith Gauthier.—La sonrisa de la mujer se ensanchó un poco, pareciendo cada vez un poco más sincera.—¿Le digo que pase? Creo que quiere saber si está usted bien.

A Gwendoline le costó un poco hilarlo todo, pero enseguida se imaginó que Laith vendría de parte de Sam, quien no podía estar presente por obvias razones. Y pese a que no le apetecía demasiado ver a nadie… finalmente asintió con la cabeza. La consolaba el hecho de que Laith y ella no tenían tanta confianza, así que posiblemente aquello sería mucho menos desagradable que si la visita fuese de Caroline, su padre o su abuela.

Así pues, la sanadora fue a llamar a Laith, mientras Gwendoline la seguía con la mirada.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Vie Jun 07, 2019 2:35 am

Ser capaz de experimentar y hacer una nueva poción era una tarea muy difícil, pero no por eso debía ser considerada imposible. Muchas personas se acomodaban al pensamiento de que todo ya estaba hecho, y la verdad era que se equivocaban, sólo que no podían ver que algo faltaba porque no habían encontrado esa necesidad. Una cosa era cierta: había quien se concentraba en lo que ya estaba hecho, y quien pensaba en cosas nuevas que nadie antes ha conseguido, causando una diferencia importante en cualquier profesión.

Ellos pertenecían a la segunda rama, siendo ella quien mencionó que quizá en el futuro descubriría algo nuevo… o habría desastre en el proceso. — Todo puede suceder —Laith aceptó, — lo importante es saber tomar las precauciones necesarias, incluso cuando no parecen necesarias —porque en una ciencia tan delicada y volátil como la elaboración de pociones, siempre se debía esperar lo inesperado.

Lo cierto era que el mundo era contradictorio con la extraña raza de los médicos y sanadores. Se esperaba de ellos empatía y bondad, como para querer ayudar a los demás de forma tan altruista que, si bien un trabajo era un trabajo, se preparaban por años para hacer las cosas bien en estudios desgastantes y estresantes. Al mismo tiempo, se les sometía constantemente al dolor y la culpa de perder a un paciente, incluso cuando el caso ya escapaba de sus manos, y se esperaba de ellos que lidiaran con ese hecho y siguieran adelante.

En el caso de ellos, era casi incluso lo que los había empujado en primer lugar al sitio donde estaban ahora, profesionalmente hablando. Aunque Laith no lo supiera, los dos habían perdido a su primera persona antes de ser sanadores, y tenían que convivir con la impotencia y la culpa de no haber podido ayudar a la persona que más los había necesitado. En el fondo, tenían más en común de lo que creían.

De los errores se aprende, o eso dicen. En su trabajo, tenían que ser impecables desde el segundo uno y no cometer errores en la medida de lo posible, porque esos errores pesaban mucho más que cualquier otra cosa.

Sí, creo que sonaba mejor en tu cabeza —le dio la razón, porque había sonado muy desagradable. — En todo caso, discrepo porque… por eso estás en el lugar en el que estás, aprendiendo de los que saben más que tú, porque aquí no puedes cometer errores, no tenemos ese privilegio de equivocaciones inofensivas, ningún error aquí es inofensivo —no se le dejaba a ningún practicante atender por su cuenta casos precisamente porque esos errores tenían que ser evitados a todo costo. — Pero es así, en realidad, cuando pasa, porque somos humanos… Hay que aprender de ello y seguir para adelante.

Ingenuo de Laith, que quería esforzarse en hacerse creer que la gente no solía pasarlo mal, incluso en la situación sociopolítica en que se encontraban.

***

El sanador se sonrió cuando Gwendoline tuvo que aceptar que estaba durmiendo, por mucho que intentara engañarlo. No es que la culpara o que le disgustara, porque estaba en un hospital y tenía que descansar para que sus heridas sanaran, sino porque tenía una cierta fijación con revelar las mentiras, sobre todo cuando eran tan lógicas y evidentes como esa misma, ¿a quién quería engañar?

Empezó a hablarle sobre los libros y cuadernos más importantes que llevaba, empezando por uno que no sólo había sido profesionalmente útil, sino que, en su caso, había sido casi terapéutico. Su mente desconectaba cuando se concentraba, y había llegado en una época donde de verdad necesitaba desconectar su cabeza.

Bueno, ya tienes tres palabras, es algo —sonrió divertido, negando con la cabeza. — Te vendrán bien, pero recuerda que tienes que descansar —la advirtió, porque no quería más tarde llegar como un padre a quitarle todo porque la hija no quería dormirse por estar leyendo. No creía en verdad que sucediese. — Depende mucho de la zona que quieras abrir —confesó, — muchas veces no difiere mucho de la medimagia, pero siendo todo manual… es más complejo —le contó, según su experiencia, pues incluso como sanadores había veces que uno tenía que abrir a alguien para tratar una herida interna. La magia no lo resolvía todo.

Laith tenía dos formas de escribir claramente diferenciadas, que eran la distinción de la atención que prestaba. Su caligrafía podía ser, primero, cuidada y pulcra, normalmente se veía en la actualidad en sus cuadernos y en asuntos formales; o bien más informal y rápida, que se veía en sus cartas o esas notas que escribía apurado. Asimismo, le sonrió cuando le halagó la letra.

Ella estaba… bien, preocupada sí, ella quiere verte, saber que estás bien, pero creo que no hará alguna locura… O sea, es lo que yo quiero creer —porque sabía que dijese lo que dijese, si Samantha lo quería podría hacerlo. — La puse al día con tu estado, estaba cansada —le contó, haciéndole ver que no había nada de lo que preocuparse. — Pronto saldrás y estarán juntas de nuevo —le aseguró con una sonrisa.
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Gwendoline Edevane el Jue Jun 13, 2019 12:33 am

Estaba más claro que el suero en una bolsa de gotero que Gwendoline no se había explicado bien, o Laith no había acabado de entenderla, pues discrepaba de de algo que… era así. Quizás el fallo hubiese sido suyo, no lo negaba, pero pedirle que lograra exponer algo tan complicado mientras su cerebro estaba obnubilado por las pociones analgésicas—cuyo ingrediente principal parecía ser sapo arbóreo boliviano o algo similar—sería como pedirle que levantara dos dedos de la mano derecha: una petición complicada, por decir poco, de llevar a cabo.

Pero puedes discrepar lo que quieras, pensó Gwendoline, un poco a la defensiva en su estado de niña pequeña drogada, pues la curva de aprendizaje existe en todos los campos. Y los errores en este campo son mucho peores porque pueden llevarse vidas por delante, siguió por esa línea de pensamiento. Una cosa es que lo que haya dicho no haya sonado bien y otra muy distinta que no sea cierto, concluyó su disertación mental.

¿Que por qué no lo dijo en voz alta? Bueno, pues por una sencilla razón: ya había sonado mal la primera vez, así que dudaba que fuese necesario insistir más.

Además, si había soltado todo aquello había sido únicamente porque no quería hacer frente a la realidad: que por mucho que Laith intentara explicarle sobre la sensación de perder a un paciente, poco necesitaba ella saber. Lo peor ya le había sucedido, ya había experimentado eso por primera vez. Y no necesitaba que nadie le dijese que, la próxima vez, tendría que estar más atenta.

Tampoco necesitaba que nadie le dijese, encima, que había profesionales que la enseñarían. ¿Dónde estaban ellos cuando había muerto iO? Porque, hasta donde ella sabía, habían intentado localizar a uno, sin éxito, y al final no le había quedado más remedio que hacerlo ella, dentro de su inexperiencia.

Cálmate, ¿vale?, se dijo a sí misma cuando se notó tan airada. No es culpa de Laith el no saber por lo que has pasado. Así que cálmate un poquito…

—Ya...—Dijo sin más, sin querer seguir con aquella conversación e, incluso, apartando la mirada. Cualquiera pensaría que se había molestado por el sermón, pero… no. El tema era muchísimo más complicado que todo eso.


***

Para cuando Laith regresó, ese pequeño enfado de antes—que más bien era consigo misma que con él—ya se había disipado. Quizás la medicación se lo hubiese llevado consigo, o quizás hubiese sido el sueño. Como fuese, ya ni se acordaba de aquella sensación. Aquellos estallidos de mal humor y apatía le durarían semanas, después de lo sucedido con Zed Crowley.

Después de un pequeño desacuerdo respecto a si Gwendoline estaba durmiendo o no, la morena enseguida se vio cautivada por el material de lectura que el sanador le había traído, empezando por ese cuaderno manuscrito suyo en su lengua natal: el francés. No entendía casi ninguna palabra, pero de todas maneras lo repasó con interés, maravillándose de la impecable caligrafía del sanador.

Así que, después de todo, era un mito: no todos los médicos tenían letra pésima.

—Y requiere de buen pulso.—Dijo ella, vagamente. Intentó mover el brazo derecho, pero no hubo respuesta, así que alzó la mirada en dirección a Laith.—Supongo que no se ha notado, pero he intentado mover el brazo derecho. Una forma de decir que lo del buen pulso y el trabajo manual no va a ser lo mío en una temporada...—No iba a negarlo: la manera en que había dicho aquello había sido poco menos que asqueada con la vida.

Pero el tema importante pronto salió a la superficie: preguntó por su novia, dejando de prestar atención a la lectura del cuaderno por un momento. Laith calmó sus nervios: Sam estaba bien, aunque cansada. Y si bien ya se imaginaba que no tendría en mente hacer ninguna locura, no podía más que alegrarse de tener una confirmación.

—Gracias.—Le dijo, para acto seguido quedarse pensativa unos instantes. Su mano izquierda se posó sobre su vientre, el cual bajo el camisón estaba envuelto en vendajes. Bajo éste, había una herida, un corte profundo y suturado que le dolía cada vez que se movía.—¿Sabes? Esta… persona que me atacó… es alguien de su pasado. Y tengo miedo de que se sienta culpable por ello. Y si la conozco todo lo bien que la conozco… ahora mismo se estará sintiendo muy culpable.

El odio de Gwendoline hacia la memoria de los Crowley no hacía más que aumentar. Aquellos tres, incluso muertos, seguían arreglándoselas para volver y hacer de sus vidas algo miserable. ¿Qué se suponía que tenían que hacer para librarse de ellos? Parecían una maldición de la que una no podía librarse, por mucho que lo intentase...
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