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How we deal with the enemy within {Laith&Gwen}

Gwendoline Edevane el Miér Abr 24, 2019 2:26 am

Recuerdo del primer mensaje :

How we deal with the enemy within {Laith&Gwen} - Página 4 UHvqhI1
Sábado 30 de marzo, 2019 || Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas || 11:00 horas

El día treinta de marzo dio comienzo una de las semanas más largas en la vida de Gwendoline Edevane: la semana que pasó ingresada en el hospital San Mungo, tras el secuestro y agresión por parte de Zed Crowley y su socio.

La morena odiaba los hospitales, dato curioso a tener en cuenta, dadas sus aspiraciones profesionales actuales. Sin embargo, su odio se focalizaba principalmente en la parte en la que le tocaba ser paciente, o familiar de un paciente. Aquellos roles solían estar relacionados con malas vivencias, y si bien en su vida no había experimentado muchas así, parecía llevar en los genes el odio a aquel rol.

Aquella mañana, hundida en una cama que no era tan cómoda como la suya propia, y vestida con un camisón de enferma que no le gustaba lo más mínimo, Gwendoline pensaba en esta y otras cuestiones trascendentales de la vida, aunque las abordaba con una apatía muy poco propia en ella.

Quizás se debiese a las pociones analgésicas que le habían dado.

En aquellos momentos, se sentía totalmente incapaz de apartar la mirada de su brazo derecho. Lucía una férula que abarcaba desde la mano hasta más o menos el codo, y desde luego que estaba bien inmovilizado: aunque lo intentase, no podía mover ni un solo músculo de su mano, quizás debido a algún tipo de hechizo que le quitarían en cuanto sus huesos hubiesen crecido lo suficiente.

No pudo evitar que la asaltase un recuerdo de la noche anterior: el momento en que Zed Crowley le había partido sin misericordia alguna, y tomándose su tiempo para hacer un buen trabajo, todos y cada uno de los huesos de la mano derecha. Un ‘pequeño correctivo’, una ‘advertencia amistosa’. Sintió escalofríos, y se obligó a apartar la mirada.

Se quedó mirando el geranio rojo de la mesita de noche, una imagen mucho más tranquilizadora que la de su brazo lesionado. Sintió entonces que se adormecía un poco, cosa que le había sucedido en un par de ocasiones a lo largo de la mañana, y que atribuía claramente al tratamiento para el dolor.

¿Cuánto tiempo pasó en la más completa inopia, a medio camino entre sueño y consciencia? Quizás un par de minutos, quizás media hora. El caso es que una voz la sacó de su estado de ensoñación, haciéndola dar un respingo.

—¿...Edevane? ¿Me escucha, señorita Edevane?—Era una voz femenina, la misma de la mujer que, esa misma mañana, le había explicado su situación.

Volvió la cabeza en su dirección—al lado opuesto de la cama en que se encontraba la mesita de noche—y vio ahí, de pie, a esa misma sanadora que le recordaba a Meera Reed de Juego de Tronos. Un fugaz pensamiento, nada relacionado con la situación, la hizo preguntarse si vería a la susodicha Meera en la temporada final de la serie; acto seguido, volvió a centrarse. Otra cosa que odiaba de aquella situación: las pociones analgésicas hacían que su mente fuese y viniese de un pensamiento a otro sin control alguno.

—¿Qué?—Preguntó de la misma manera que preguntaría un sordo… aunque sin levantar la voz. De hecho, su voz sonaba muy suave y algo ronca, como si acabara de despertarse.

La sanadora se hizo a un lado el flequillo rizo con un gesto de la mano, aunque este terminó volviendo a caer por delante de su ojo. Sus labios se curvaron en una sonrisa amable.

—Le preguntaba si se encuentra bien. Es que tiene una visita.—La informó la mujer, y Gwendoline frunció el ceño. ¿Visita? ¿Qué clase de visita podía tener?

—¿Qué visita?—Preguntó sin más. Enseguida pidió en silencio que dicha visita no fuese su padre.

—Un amigo y compañero, o eso me ha dicho. Es Laith Gauthier.—La sonrisa de la mujer se ensanchó un poco, pareciendo cada vez un poco más sincera.—¿Le digo que pase? Creo que quiere saber si está usted bien.

A Gwendoline le costó un poco hilarlo todo, pero enseguida se imaginó que Laith vendría de parte de Sam, quien no podía estar presente por obvias razones. Y pese a que no le apetecía demasiado ver a nadie… finalmente asintió con la cabeza. La consolaba el hecho de que Laith y ella no tenían tanta confianza, así que posiblemente aquello sería mucho menos desagradable que si la visita fuese de Caroline, su padre o su abuela.

Así pues, la sanadora fue a llamar a Laith, mientras Gwendoline la seguía con la mirada.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Sáb Ago 24, 2019 7:32 am

Si le parecía complicado traicionar la confianza de las personas que conocía laboralmente y con quienes tenía más bien poco contacto externo a ello, no pudo siquiera imaginarse cómo podría sentirse si modificaba la memoria de alguien que conocía. Y eso lo llevaba a Kelsey, pues a ella le había adquirido cariño y sabía que, de un modo u otro, controlaría lo que ella recordaba. Si era por un bien superior o no era irrelevante: traicionaba su confianza, y eso era todo.

Brindaré porque sigas así con café irlandés —pues era un hecho que ahí era su última parada para relajar los nervios y la culpa que llevaban encima, levantando su mano con una taza de café imaginaria.

Una vez que atendieron la memoria de Gladis, Laith tuvo un momento para descomponer el teatro que había tenido que levantar para hacerlo lucir todo natural para realizar las conexiones necesarias y que no sospechase nada de lo que había ocurrido.

No siempre se agotaba mental ni emocionalmente, pero en ese momento se estaba drenando su energía como una batería rota; se le escapaba como agua entre los dedos. Él estaba consciente de que no tenía tiempo para eso, y que el drama se lo reservaría para cuando se encontrase a solas, como siempre lo hacía, así que se volvió a armar a sí mismo de valor para disponerse a continuar.

Pronto —repitió junto con ella, — más tiempo del que me gustaría, pero menos del que imagino ahora que tardará —se sonrió como bien pudo, y la siguiente persona tocó la puerta.

El show debía continuar.

***

El sanador tenía claras sus propias limitaciones y sabía que podía darle problemas aparecerse, pues siempre lo hacía, especialmente si no estaba en su mejor condición mental para soportar su cuerpo sintiendo los estragos de una aparición, así que se había resuelto transportándose en un vehículo que no estaba encantado, pero tenía llantas en buen estado para llevarle de aquí a ahí.

Siempre hay una primera vez —le sonrió, — si necesitas apoyo extra puedes abrazarte de mí, no creo que le moleste a tu novia, soy gay —le guiñó un ojo como si hubiese la mínima oportunidad de que aquello se malinterpretara como un intento de ligue de parte de Laith, cuando estaba seguro que esa información no era nueva para Gwendoline. — Si necesitas que pare gritas “¡Laith, que me caigo!” —le dio instrucciones básicas para llegar a salvo al lugar donde tenían que dirigirse.

Obviamente estaba de broma. Bastante tiempo llevaba conduciendo como para que hubiese algún problema relacionado a ello. Gracias a su confiable motocicleta, el viaje fue bastante corto a comparación de cómo podría haber sido caminando, aunque por supuesto más largo que con una aparición.

Cuando acomodó la motocicleta y los cascos encima asegurados para evitar robos, entró al lugar y consiguió paso para llegar a una habitación donde ella llegaría para saludarles.

Lamentable, pero verdadero, necesitan todas las manos y recursos que puedan para tener el sitio en pie —asintió con la cabeza, recargándose en un ventanal donde miró al exterior, tratando de localizar a la pequeña. — No será sencillo porque, aunque sepas qué estás buscando y cómo modificarlo, podrías no verlo como estás esperando verlo —le explicó a grandes rasgos, observando a Kelsey salir de un edificio en dirección al de ellos en compañía de una señorita.

La siguió con la mirada hasta la mitad del campo de juegos en silencio antes de devolver la mirada a Gwendoline y acto seguido girar todo su cuerpo hasta colocarse en frente de ella. Sabía que tenía que ser más específico.

Es algo así como un baúl con más de una llave —hizo una analogía, — Cuando entres, necesitarás algo más para localizar lo que buscas, pues su cabeza lo ha acomodado como mejor le ha resultado: ha escondido a sus agresores detrás de la cara de un monstruo, del Señor Sonrisas —le explicó, corroborando la información que Samantha le había compartido. — Tendrás que desmenuzar a esta figura hasta su forma más humana primero en todas sus apariciones y luego “diseccionar” las partes que no queremos que estén ahí.

Habían decidido aquello: borrar lo peor, pero dejar lo “no tan malo”, para dar lógica a todo aquello y un motivo de peso para haber encerrado a aquellas personas que se hicieron pasar por una familia amorosa para dañar a los niños.

Me preocupa que si dejamos al “Señor Sonrisas” tal cual está, pueda tener una regresión y se dé cuenta de que algo falta, así que hay que hacerla comprender quién es este monstruo y por qué está en su cabeza —le explicó, ya que había estado considerándolo mucho desde su posición de psicólogo para minimizar los riesgos.

No mucho después fue cuando Kelsey hizo acto de presencia. Laith cambió de un momento a otro, en un parpadeo, de la actitud de gravedad que tenía a una calma imperturbable y una alegría que esperaba sólo los adultos supieran que era sólo aparente.

Hola, nena, ¿cómo estás? —la saludó amablemente, acercándose a ella y colocándose a su altura, asintiendo en dirección a la señorita que había visto desde la ventana acompañándola para que supiera que podía dejarles a solas.

Kelsey lo miró, mas no pasó desapercibida a Gwendoline. — Estoy bien —y luego pasó sus ojos al sanador, hablándole en confidencia. — ¿Quién es ella? —le preguntó bajito, cubriéndose la boca con su mano.

Ella es una amiga —le dijo, — ¿recuerdas a Amelia? También es amiga de Amelia, quería conocerte —Amelia era el seudónimo de Samantha que habían utilizado cuando ella le ayudó antes. — ¿Quieres saludarla?

La pequeña lo dudó, parecía tener intenciones de negar con la cabeza, sin embargo, volvió a observar a Gwendoline y se acercó un par de pasos a ella, extendiendo su mano.

Hola —así de breve, con un saludo de mano.

En la pequeña distracción de Kelsey, Laith tomó fuerza de donde no la había y sacó la varita para dormirla. En el fondo del pecho algo le había dolido, y se le notó en la expresión cuando se conjuró silenciosamente el hechizo.

Trátala con cuidado —le pidió, sosteniéndola y llevándola a un sofá para dejarla reposar ahí.
Laith Gauthier
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Laith GauthierMedimago

Gwendoline Edevane el Lun Ago 26, 2019 3:53 pm

Afortunadamente, no hubo que lamentar caída alguna: Gwendoline, aceptando la propuesta de Laith, se sujetó a él pasando ambos brazos alrededor de su cuerpo, y a pesar de que el derecho seguía parcialmente inmovilizado por una férula y la capacidad de agarre de su correspondiente mano era virtualmente inexistente, no sucedió ninguna desgracia.

Pero sigo prefiriendo el coche, pensó Gwendoline mientras se quitaba el casco, ese artilugio que había convertido su cabeza en una especie de sandía dos veces más pesada de lo normal.

Nada más apearse ante el orfanato, Gwendoline contempló tanto el edificio principal como los dos que se alzaban tras éste. Si bien alguien había puesto todo su empeño para evitar que se convirtiesen en una muestra de decrepitud, lo cual saltaba a la vista, el paso de los años no había tratado muy bien a la construcción: aparecían pequeñas grietas, que solo el ojo atento podría divisar, así como otros desperfectos estructurales.

En el interior, la cosa no era muy distinta, y no pudo evitar hacer un comentario al respecto: aquel lugar necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir. No le costó imaginarse a los políticos recortando cada vez más los fondos destinados a aquel tipo de labor, mucho más necesaria de lo que se creían.

—Pues espero que mi ayuda sirva para algo...—Comentó, aunque nadie sabría nunca de su implicación en el asunto. Se aseguraría de ello.

Mientras recorrían aquel largo pasillo principal en que las grietas en las paredes eran más evidentes que las de la fachada, Gwendoline confesó que aquella parte sí la ponía nerviosa: se iba a adentrar en los recuerdos de alguien que sufría una desconexión total con la realidad, amén de una mente infantil, por lo que la tarea se complicaba muchísimo. No iba a ser como dar un paseo por el parque; seguramente, sería más bien como recorrer un laberinto hasta encontrar la salida.

Asintió un par de veces durante la explicación de Laith, su mirada aparentemente perdida en una de las paredes. En realidad, lo que hacía era repasar todo lo que sabía hasta el momento, y asimilar los consejos que su compañero de misión le estaba ofreciendo.

—Sam me ha explicado más o menos qué es lo que veré, e incluso me ha dejado echar un vistazo a lo que ella vio en el pensadero.—Le explicó.—Pero estoy segura de que no va a ser lo mismo ni por asomo: aunque no lo parezca, la memoria y la mente humana son entes vivos, entes en constante cambio. Puede sonar como una idiotez lo que estoy viviendo, pero el paso del tiempo afecta a la memoria: lo que hoy está aquí...—Gwendoline colocó ambas manos en paralelo delante de su cuerpo, como si sostuviera entre ellas un objeto invisible; acto seguido, desplazó dicho objeto invisible unos centímetros a la derecha—…mañana puede estar aquí. Y más con todo lo que me has contado de ella.

La mente de Kelsey, con toda seguridad, estaría tratando de combatir a su manera al Señor Sonrisas. Laith seguro que sabía mucho de eso: si una mente era capaz de disfrazar por completo un realidad, de creer que dicho disfraz era más real que las experiencias vividas, sin lugar a dudas seguiría librando una batalla contra sus propios demonios.

Y quizás dicha batalla supusiera un gran problema a la hora de eliminar esos recuerdos.

—Hay que otorgarle más importancia a los “daños menores” y eliminar el más grave.—Confirmó ella.—No quiero escupir al aire y acertarme en mi propia frente diciendo que todo va a salir bien, pero sí te prometo que haré lo que esté en mi mano para mejorar su situación.

El consuelo de tontos era que peor, lo que se decía peor, la niña no podría estar.

No mucho después de aquella conversación, que más que nada era un intercambio de dudas entre ambos magos, Gwendoline por fin conoció a Kelsey: se la encontraron cerca del campo de juegos, un lugar salpicado por la risa de unos niños que, por fortuna, no comprendían la gravedad de su situación. La morena pensó con cierta esperanza que la mayoría de aquellos críos encontrarían un buen hogar, que crecerían para convertirse en personas de provecho, y que si bien la vida no sería un camino de rosas—como no lo era para ningún ser humano en el mundo—, sabrían lo que era la felicidad.

En mi mano está que Kelsey pueda tener una vida así, pensó, en un intento por motivarse a alcanzar aquel objetivo.

Laith enseguida se transformó ante sus ojos: pasó del nerviosismo y la concentración que se exigía para aquella labor a una felicidad y una calma que le iluminaron el rostro. El rostro de alguien que, con toda sinceridad, ama a otro ser humano. Gwendoline no pudo evitar dibujar una sonrisa cálida en el rostro.

Permaneció un par de pasos por detrás de la escena, a fin de no interrumpir, pero sonrió más abiertamente cuando Kelsey se fijó en ella. Se la notaba asustada, nerviosa por la presencia de una desconocida. Y aún a pesar de que al final se atrevió a acercarse a ella para saludarla, tendiéndole su pequeña manita, seguía notando la duda en ella.

—Hola, Kelsey. Soy Gwen.—Le dijo, tomando con suavidad su mano derecha, la que le había ofrecido, con la izquierda. Se la apretó suavemente.—Me han hablado mucho de ti.

No tuvo ocasión de descubrir cuál habría sido la reacción de Kelsey a esa última afirmación, pues cuando quiso darse cuenta, Laith había utilizado su magia para hacer caer a la pequeña en un profundo sueño. Sin perder un minuto, el sanador la tomó en brazos con la misma delicadeza que si estuviera hecha de porcelana, con miedo de que pudiese romperse en mil pedazos.

Seguramente, su miedo estaba justificado.

La condujo al sofá de la estancia que habían escogido para llevar a cabo el procedimiento, y la depositó allí con extremo cuidado, retirándose al momento para dar espacio a Gwendoline para trabajar.

—Lo haré.—Dijo, dedicando a Laith una mirada directa a sus ojos y asintiendo con la cabeza.

Gwendoline se arrodilló ante el sofá y la pequeña que dormía, igual que un angelito, sobre éste. Sacó la varita de la manga de su suéter, donde solía guardarla, y la empuñó en la mano izquierda. Tomó aire por la nariz y lo dejó escapar lentamente entre sus labios, repitiendo el proceso un par de veces hasta calmar un poco el latido de su corazón.

Hecho esto, apuntó la varita en dirección a la sien de Kelsey. La punta volvió a iluminarse con una luz blanca azulada muy brillante, misma luz que enseguida apareció en el centro de sus propias pupilas. Quizás pareciera que seguía ahí, y de hecho seguía, pero ante sus ojos aparecieron imágenes que no se correspondían con la realidad.

Gwendoline estaba contemplando la película de la vida de Kelsey, esa que la niña había disfrazado para protegerse.


Off rol: Para evitar decir cosas que no son, te agradecería inmensamente que en tu siguiente post me describieses un poco lo que ve Gwendoline en los recuerdos de Kelsey. ¡Gracias!
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Jue Ago 29, 2019 9:48 am

El sanador asintió cuando le contó que Samantha ya le había explicado un poco cómo era todo dentro de la cabeza de la pequeña niña, y dudaba que aquello fuera igual a como debería ser en la actualidad. Le habían revelado que los monstruos más peligrosos existían y eran reales, ¿cómo pudo haber eso impactando dentro de una mente aún inmadura? Porque su monstruo personal, el Señor Sonrisas, era real, un hombre disfrazado.

Aunque permanecieran estables, sé que ha cambiado desde la última vez que alguien hurgó dentro de su cabeza —Laith se cruzó de brazos, pensando en eso, reservado para sí mismo. — Su pequeña mente rompió lo que es falso de lo que no: su monstruo resultó ser verdadero, y la gente la ha enfrentado a eso porque necesitaban evidencia —no es que estuviera en contra, sino que sabía que había sido quitar la venda de los ojos demasiado rápido.

Gwendoline tenía claro lo que había que hacer, y todo dependía de cuán firme estuviese la mente de Kelsey para trabajar con ella. Era como un castillo de arena que amenazaba con romperse con la mínima modificación, y necesitaban que fuera suficientemente fuerte como para que todo saliera bien. Laith quería ser optimista, pero la realidad y su pesimismo le jugaban en contra, no quería tentar a la suerte.

Siempre lo enorgullecía cuando la pequeña hacía un pequeño avance social, y una voz de esperanza en su pecho suplicó que fuera la última vez, aunque no se sintiera orgulloso por ello de nuevo, pero que fuera la última vez que socializar le daba tanto miedo. Él se encargó de lo suyo, y se encargaron de llevarla a un lugar discreto y muy privado donde hacer aquel trabajo sin que nadie sospechara más de la cuenta. Lo mejor para pasar desapercibido era no actuar con culpabilidad.

También se sintió tonto cuando, ahí y en ese momento, no pudo ver cómo realizaba el procedimiento, si bien no tuvo problemas antes. Así que fue a vigilar la puerta esperando que nadie quisiera entrar ahí e interrumpirlos, pues podían desconcentrar a Gwendoline y todo saldría catastróficamente mal.

Su voz de esperanza no guardaba silencio.

Los recuerdos de Kelsey se habían vuelto oscuros conforme iba pasando su vida, mas no siempre habían sido así. Al principio del todo, era una pequeña feliz y sociable. Sus recuerdos jugando con otros niños, las primeras experiencias fallidas con padres de acogida: era ese tipo de niñas que, cuando miraban los coches marcharse con sus amigos, se alegraba, por mucho que ella fuera dejada detrás.

Era una característica propia de la gente que se sentía triste, pues no querían ver a nadie más triste. No era para poco: abandonada desde que tenía uso de razón, era natural que tuviese esos pensamientos del por qué no tenía padres, o por qué ninguna pareja quería llevarle con ellos. Ella prosperaba como bien podía.

Llegó el punto de quiebre, cuando su pesadilla comenzó. Algo raro había desde el recuerdo de ella misma entrando a aquella sala a la que tantas veces fue, a conocer a los prospectos de padres que podrían ver en ella a su nueva hija. Esta vez estaban ahí para conocerla los Gernard.

El señor Gernard era un hombre de corto cabello oscuro, delgado y con unos lentes cuadrados, de apariencia pasiva frente a la intensidad de su mujer, rechoncha y de tez morena, que más tarde caracterizaría por siempre llevar vestidos de colores pasteles. Desde el vamos pudo intuir que era quien llevaba la batuta del matrimonio, pues se mostraba firme y de carácter fuerte.

No fue tan malo al principio: conoció a sus otros hermanos de acogida, también adoptados, pues la señora Gernard no podía tener hijos. Lo malo comenzó una noche, un lunes en que la pequeña no podía dormir. Había salido de la cama y se había dirigido a la cocina para buscar algo que comer, sorprendiéndose con una alta presencia oscura que salía del sótano de la casa.

Kelsey había vuelto a subir a su habitación y se había quedado tan callada como pudo, cubriéndose con las pequeñas manos su boca, pensando que se quedaría ahí. Un momento más tarde, escuchó ese ruido que sería su perdición durante interminables noches en el futuro: el tercer escalón, empezando de arriba, crujía. Después, se abría la puerta, y entraba a su cuarto.

Tenía una gran sonrisa, demasiado grande, y aunque estaba sonriendo, la pequeña intuyó que no estaba feliz. Lo que le siguió fueron golpes, y, si bien no era diario, sí se repitió en un pequeño espacio de tiempo. Ella comenzó a volverse más callada y serena, atormentada por aquella entidad de gran sonrisa.

— Si alguien se entera, pensarán que estás mintiendo y te detestarán —le decía con una voz ronca, cargada del placer de verse en una posición de poder.

Una noche, sucedió. Era como cualquier otra, pero llovía, una tormenta eléctrica que resonaba contra el techo de la casa. De nuevo no podía dormir, como se le había hecho costumbre. Dormir le daba miedo, lo que hacía que bajase su rendimiento en clase, pues se quedaba dormida en un lugar donde se sentía un poco más a salvo.

Aquella noche de tormenta, el Señor Sonrisas estaba más errático, y la llevó con él hasta el sótano, sin que ella pudiese hacer otra cosa que quejarse y tratar de oponer resistencia con sus débiles manitas. Era un sótano lleno de cosas viejas, pero con un claro en el centro donde había un televisor y un sofá rústico. Lo que sucedió en ese sofá, no tenía nombre.

Poco tiempo después, Kelsey había conocido a Laith, y aquellas oscuras noches, como Kelsey las había aprendido a llamar, habían vuelto a repetirse, con menos frecuencia que las palizas, pero con una mayor a la que ella habría deseado.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 30, 2019 11:37 pm

Una vez sentada en primera fila de aquel pase de la vida de Kelsey, Gwendoline adoptó el rol de mera observadora, una espectadora que pretendía asimilar cada uno de los detalles que sucedían ante sus ojos.

La vida de la niña no había sido siempre miserable, y en el revoltijo que eran sus recuerdos, todavía había sitio para los buenos momentos: había niños que habían sido sus amigos, personas que habían intentado ser lo que ella necesitaba y no lo habían conseguido, y luego estaba Laith Gauthier.

Dentro de aquella película, de aquel argumento enmarañado, si existía una figura positiva, esa figura era la del sanador. El Señor Sonrisas podía ser el villano, pero Laith claramente había intentado ser el héroe, la fuerza del bien. ¿El gran problema? Que al villano lo acompañaba el miedo, la oscuridad, y dicha batalla no podía librarla el héroe por ella.

Ella tenía que hacer frente a aquel enorme monstruo de gran sonrisa.

—No se puede hacer frente a algo tan aterrador cuando se es pequeña e indefensa.—Pensó Gwendoline, mientras recorría aquella suerte de metraje imborrable que eran los recuerdos. Regresó al comienzo de todo, cuando Kelsey había conocido al terrible Señor Sonrisas… en la forma de un hombre.—Es hora de quitarte la máscara.

En los recuerdos de Kelsey, el Señor Sonrisas fue sustituido por la persona real: el señor Gernard. Al Señor Sonrisas se le cayó la máscara, y repentinamente ya no existía tal monstruo. Tan sencillo como aquello.

Sin embargo, todavía quedaba algo importante: había algunos recuerdos que debían desaparecer de inmediato.

La urgencia era grande, y Gwendoline lo supo en cuanto comenzó a ver rojo ante sus ojos: las imágenes comenzaban a teñirse del color de la alarma y la memoria, en un intento de protegerse, comenzó a reconstruir ese mundo de fantasía. El Señor Sonrisas estaba regresando, pues era más fácil hacer frente al monstruo grande y feo que a la persona que debía haberte cuidado.

Gwendoline fue implacable: eliminó todos y cada uno de los recuerdos relacionados con los abusos sexuales, y si bien para entonces el Señor Sonrisas había conseguido regresar, sucedía una cosa: por momentos, su máscara se desdibujaba y dejaba entrever su auténtica identidad.

Una parte del trabajo estaba hecha, pero había muchos vacíos que rellenar.


***

Kelsey contemplaba la puerta del sótano, pequeña e inocente, con la curiosidad que únicamente los niños podían mostrar. Era un lugar desconocido, un lugar interesante, un lugar terrorífico incluso. ¡Seguro que se llevaba un susto de muerte si veía lo que creía que había dentro! Pero aún así se moría de ganas de entrar.

¿Qué la detenía, entonces? Una sencilla advertencia.

—Este lugar está prohibido.—Había dicho el señor Gernard, con su habitual frialdad e impasibilidad.—Los niños buenos no entran aquí.

A Kelsey le daba miedo que la consideraran una niña mala, y por eso había resistido durante tanto tiempo la tentación de cruzar aquella puerta. Y si en aquel momento estaba considerando cruzar al otro lado era porque la encontraba entreabierta, y se atisbaba un poco de luz a través de la rendija. Sonidos desconocidos, camuflados entre los diálogos de un programa de televisión, ascendían desde lo profundo de las escaleras.

Así que lo hizo. Se atrevió. Si después tenía que pedir perdón, pediría perdón. Si la castigaban sin postre, asumiría el castigo como una niña buena. Porque era una niña buena… que simplemente sentía una curiosidad con la que no podía convivir.

Por desgracia para ella, las bisagras estaban oxidadas, y en el momento en que empujó la puerta con la poca delicadeza de alguien de su edad, un aterrador quejido metálico, semejante al de algún tipo de animal enfadado, le alertó.

Al Señor Sonrisas.

Le escuchó bramar desde la parte baja de las escaleras con una voz que le heló la sangre. El programa de televisión enmudeció. Escuchó las grandes zancadas del monstruo, dirigiéndose hacia la escalera. Fue entonces cuando echó a correr de vuelta a su cuarto, tan rápido como pudo.

El Señor Sonrisas no tardó en encontrarla… y le hizo pagar cara su osadía.


***

Gwendoline, de regreso al mundo real, parpadeó un par de veces. Las pupilas de sus ojos dejaron de brillar, así como la punta de su varita. Tenía la frente sudorosa y se sentía exhausta. No había sido un trabajo sencillo, ni mucho menos, y había tenido que ser meticulosa. No sabía cuánto tiempo había tardado.

Jadeó, cerrando los ojos y tomando conciencia del mundo que la rodeaba. Respiró con calma durante unos instantes, tratando de recuperarse, y entonces volvió a abrir los ojos. Buscó a Laith con la mirada y, antes de decir nada, le dedicó un asentimiento de cabeza.

—Lo he conseguido.—Volvió la mirada en dirección a Kelsey, depositando suavemente su mano izquierda sobre la frente de la niña.—Primero desenmascaré al Señor Sonrisas, y sucedió lo que me esperaba: su mente, en un intento de protegerse, volvió a esconder a Gernard tras la máscara.—Hizo una pausa, tomando aire de nuevo.—No sólo le otorgaba importancia al Señor Sonrisas, sino también al sótano, y después de borrar todo rastro de abusos sexuales, le concedí importancia a ese sótano.—Miró a Laith, suspirando, y componiendo poco a poco una sonrisa.—Cuando empieces a trabajar con ella, podrás conseguir que acepte que Gernard es el Señor Sonrisas, me he asegurado de ello, y sabrá que él la maltrataba.

Acto seguido, Gwendoline extrajo de su bolso un par de pequeñas botellas de cristal, las cuales utilizaría para almacenar los recuerdos de Kelsey. Los primeros los extrajo de su propia memoria, y se trataba de la película original, la que no había sido modificada; los segundos, la nueva historia de Kelsey, los extrajo directamente de la niña. Depositó cada uno en una botella.

—Toma.—Le dijo a Laith mientras se ponía en pie. Le ofreció entonces ambos frascos.—Uno contiene su verdadera historia, y el otro contiene la versión modificada. Ambas pueden resultarte útiles para ayudarla.—Miró entonces a la niña y sonrió.—No sé si Sam te lo dijo, pero… esa niña te ve como al héroe. Eres muy importante para ella.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Laith Gauthier el Dom Sep 01, 2019 9:22 am

El señor Gerard, o “el Señor Sonrisas”, como mejor lo conocía la pequeña cabeza infantil de Kelsey, había tenido demasiado poder sobre una mente aún inmadura, y esta había resuelto como mejor podía hacerlo. Y era interesante, desde un punto de vista psicológico, cómo la cabeza anularía cualquier intento por ser modificada a algo que podría dañarle por entero.

Gwendoline no lo había tenido fácil porque, aunque era una mente frágil, tenía una voluntad férrea a mantener a salvo la consciencia y al cuerpo que la habitaba, y se había defendido con uñas y dientes de la intromisión hasta que su ira fue aplacada, una vez que el recuerdo más doloroso había desaparecido de su centro de mando, dando paso a algo que, si bien grave, era más soportable que el recuerdo original.

Un recuerdo aterrador, era lo que había quedado en el lugar del primero, pero que con el tiempo y la ayuda sanaría, mas no del todo. Había cierto tipo de heridas que no sanaban nunca, pese a que se hacía el mejor esfuerzo por convivir con ellas como se convive con los monstruos que hay bajo la cama o dentro de los armarios. Quizá la diferencia más grande radicaba en que este monstruo no estaba bajo la cama o dentro de un armario, sino en un sótano.


Ahí en el exterior, Laith había estado haciendo un buen trabajo protegiendo la labor de Gwendoline de cualquier intruso. Era lógico pensar que estaba huyendo la mirada a algo que era necesario, pero igual de desagradable, y dentro de él se frustraba por ello. No es que Kelsey pudiese recordar el abandono que sufrió en uno de sus momentos más vulnerables, sin embargo, el sanador sería capaz de recordarlo.

Se dio cuenta de cuán doloroso es recordar. Aquello, como la muerte, se sufría sólo para el que se quedaba, y él se había quedado con los recuerdos reales. Tenía que contentarse pensando que había, con la ayuda de Samantha y Gwendoline, hecho el mundo un poquito más brillante. Al menos para la niña.

Lo alertó un jadeo que lo hizo girar la mirada del suelo a sus pies hacia el frente, recargado sobre la puerta de entrada, y dio tan sólo dos pasos en su dirección antes de que asintiera con la cabeza. El corazón se saltó un latido y perdió la respiración con una exhalación inconsciente, sabiendo qué significaba antes de que ella pronunciara palabra alguna.

Terminó de acercarse para el momento en que la mujer habló, oyendo con atención el proceso que había vivido. Lo que llevaba esperando desde el día en que encerraron a aquellos monstruos en prisión acabó por llegar: sintió que todo había valido la pena. No lo había experimentado hasta ese momento: de pronto perdieron sentido las noches de desvelo, el agotamiento físico, mental y emocional, sus actos de dudosa ética profesional y personal. Todo valía la pena.

Todavía no terminaba, eso sí, pero a partir de ahí todo prometía ser más sencillo. Miró los frascos como se mira una granada activa: eran cosas peligrosas con las que no podía jugarse. Acabó tomándolos y con cuidado los metió dentro de los bolsillos de su pantalón, uno a cada lado, para evitar la fricción y que llegasen a romperlo.

Sintió la ternura latirle en el pecho cuando le dijo que Kelsey veía en él al héroe de su cuento. Esperaba, de alguna manera, haber llenado la talla del puesto en que ella le había colocado, y corresponder a su cariño con la lealtad de verse capaz de meter las manos al fuego por ella.

No sé cómo agradecer todo lo que has hecho —le confesó, primero. — Hiciste más de lo que nunca hubiese esperado que hicieras —y si bien él no era el primer beneficiado, sentía la responsabilidad de agradecerle porque ella había visto en el sanador necesidad, y sin dudar le tendió la mano. — Creo que te lo agradeceré a base de café irlandés y pizza —bromeó con ella.

Yo también quiero pizza… —se quejó una adormilada Kelsey que regresaba a la consciencia después de todo lo que había sucedido durante su sueño.

Laith se sonrió cuando la vio, y lo primero que notó es que había un poco más de luz en la mirada de la niña. — No hay modo, ¿no? Tendré que comprar pizza para todos —se resignó, como si aquello costase, colocando una rodilla en el suelo.

Kelsey se sonrió, tallando uno de sus ojitos con el dorso de su mano mientras se acomodaba en el sofá para ponerse de pie. Debía ser esa la sonrisa de un niño tímido que no desconfiaba de cualquier ser humano sólo por ser.

Seguramente tendría todavía secuelas por el maltrato, pero nada que la terapia no pudiese arreglar con el tiempo, la constancia y el esfuerzo. Con algo de suerte, ella entendería que no toda la gente hiere y no toda la gente quiere hacer daño. Por ahora iba consiguiendo buenas referencias con las amistades de su doctor favorito.
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Gwendoline Edevane el Lun Sep 02, 2019 11:54 pm

Aunque nadie pudiera decirlo por su expresión facial, más preocupada por el estado actual de la niña que por otra cosa, Gwendoline se sentía mejor que en mucho tiempo: después de años trabajando en un departamento cuya función era básicamente egoísta, en el que las mentes de unos cuantos muggles no importaban siempre y cuando el mundo mágico permaneciese oculto, había hecho algo bueno por alguien. Quizás fuese un paso muy pequeño, casi insignificante, pero para ella supuso un mundo.

No diría que volvió a amar de repente su trabajo, pues mentiría; sin embargo, se dio cuenta de que tenía usos positivos, a pesar de todo.

Cuando Laith comenzó a agradecérselo de nuevo, Gwendoline no pudo más que sonreír. Ni siquiera tuvo tiempo a responder sus palabras: cuando ya abría la boca para decir algo respecto a la pizza y el café irlandés, tuvo que cerrarla de inmediato al escuchar la voz de Kelsey a sus espaldas. La niña volvía en sí, y por lo visto, estaba perfectamente.

No es que hubiera hecho un trabajo chapucero o que le diese la impresión de que podía haber fallado en algo, pero siempre se sentía aliviada cuando alguien cuya memoria había modificado se despertaba perfectamente, sano y listo para seguir con su vida como si ciertas cosas no hubieran ocurrido. Tal vez no hubiera borrado el trauma del todo, pero… Laith podría ayudarla a superar el resto, estaba segura.

—Eso suena bien, ¿no?—Dijo Gwendoline, alternando la mirada entre Kelsey y Laith.—Deberíamos irnos los tres a comernos una pizza enorme con… con lo que os guste.—Se encogió de hombros, pues no tenía la menor idea de qué ingredientes les gustaban a ambos.

Kelsey parecía… distinta. Más relajada, como si hasta entonces pesara sobre sus hombros una carga difícil de llevar, y de repente hubiera desaparecido. Parecía también más tranquila en su compañía, y eso que en un principio se había sentido intimidada por ella. Gwendoline tomó entonces constancia del daño que puede hacer un ser humano a otro, del daño que puede suponer el sufrir abusos de aquel tipo. Porque en la mente humana hay ciertas cosas que pueden aceptarse, mientras que otras…

...otras pueden llegar a destrozarte la vida.

Gwendoline despreciaba a la gente que utilizaba su superioridad, ya fuese física o mágica, para dañar a otros. Odiaba a los maltratadores, a los violadores, y a gente como los Crowley, que no tenían problemas en obtener respuestas de otros utilizando la violencia. Soñar con un mundo en que no existiesen era de ser una ilusa, por supuesto… pero nunca dejaría de parecerle injusto y abominable.

Se arrodilló suavemente delante de Kelsey y la miró a los ojos. Le dedicó una sonrisa, y cuando le habló, lo hizo con un tono suave.

—¿Cómo te sientes, Kelsey? ¿Estás bien?—Le preguntó, en un intento por asegurarse de que todo funcionaba bien dentro de su cabeza. Seguramente, Laith podría formularle mejores preguntas que ella, así que volvió la vista en su dirección.—Querías hacerle algunas preguntas, ¿no es verdad?

Le dedicó un asentimiento de cabeza: también habían hablado aquello de antemano. Laith debía hacerle preguntas muy básicas acerca del Señor Sonrisas, a fin de calibrar su reacción y saber si había variado. Él sabría hacerlas con la suficiente delicadeza como para no alterarla, y la conocía lo suficiente como para saber si había algo diferente en ella.
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Laith Gauthier el Jue Sep 05, 2019 12:59 am

Cuando Kelsey despertó, los dos adultos se dieron cuenta del cambio que había en ella. Fue al sanador al que le costó un poco no demostrar la alegría que eso le provocaba, así que tuvo que tomarse un segundo para inhalar y suspirar mientras Gwendoline le contestaba que tenían que ir a comerse una pizza con lo que más les gustara. Se la merecían, después de todo.

Si insisten dos contra uno, no tengo más remedio que rendirme, ¿no es así? —dijo, levantando las manos en señal de sumisión, como si tuviera algún problema con ir a comer algo de pizza después de todo lo que habían pasado… lo que habían pasado Gwendoline y él, porque nadie más recordaría nada al respecto.

Laith había visto todo el proceso de la niña y ahora, aunque se veía diferente, no se sentía para nada disgustado con ello, sino todo lo contrario. Había sido él quien había presenciado todos los cambios mínimos que le habían señalado que Kelsey necesitaba ayuda, y experimentó en carne propia la impotencia y la rabia de no ser capaz de hacer más nada que permitir que la justicia obrase de acuerdo a sus leyes. Se había involucrado con el caso más allá de lo que era sano, pero, ¿qué clase de profesional de la salud sería si no pudiese involucrarse con sus pacientes?

Kelsey asintió cuando le preguntó la mujer si estaba bien, aunque se le notaba que todavía prefería la presencia de Laith a la de cualquier otro, pues lo buscaba con la mirada, con esos ojitos que piden aprobación. — Estoy bien —contestó. — ¿Preguntas sobre qué?

Nada fuera de lo normal —Laith se había sentado en el suelo, sacando su teléfono para servirle como block de notas. — Iba a escribir la fecha y la olvidé, ¿puedes recordarme qué día es hoy?

Ella se sonrió traviesa. — Tienes muy mala memoria para las fechas… —se metió con él, sorteando a Gwendoline para sentarse en frente de su doctor de confianza.

No era una pregunta al azar, sino para verificar que todo en su cabeza estuviese bien, y era una pregunta muy utilizada en psicología para comprobar que la mente, la retención de información y la realidad estuvieran en sintonía, si bien no era precisamente concluyente.

Después de que Kelsey le dijera la fecha, junto con otras preguntas bastante básicas sólo para corroborar que su memoria no estuviese dañada, tenía que entrar en materia y le dirigió una mirada a Gwendoline, discreta, para tener algo de espacio.

¿Puedes recordarme cómo conociste al Señor Sonrisas? —le preguntó, dirigiéndole una mirada y desatendiéndose del móvil. Sólo lo usaría para tomar notas muy particulares, a las que Kelsey ya estaba muy acostumbrada.

Ella dudó un momento. — Fue un lunes —eso siempre parecía tenerlo claro, — y bajé a buscar algo para comer porque no podía dormir… así que lo vi saliendo de donde vive cuando iba camino a la cocina… Y regresé a mi habitación.

Laith asintió. — ¿Recuerdas quién es el Señor Sonrisas? —le preguntó, esta vez inclinándose hacia ella en un tono íntimo y personal, pues veía que ella no parecía estar muy cómoda hablando de eso en frente de un tercero.

El señor Gernard…

¿Qué sucedió con él?

Está en la cárcel… porque no está bien pegar y hacer daño a las personas… Tú también estabas ahí… —le contestó ella, un poquito confundida de que tuviese que repetirle algo que Laith ya debería saber.

Él volvió a asentir. — Sabes que a veces me confundo y necesito corroborar información, tú eres mejor que yo en eso, así que me gusta preguntarte a ti —siempre trataba de evitar hacerla sentir como una paciente, y no le importaba mucho quedar de distraído o de bobo si eso lo ayudaba. — Hubo una noche… La más fea, ¿te acuerdas cómo fue?

Kelsey unió sus manitas, apretándolas una contra la otra, y bajó la mirada de los ojos de Laith hasta el suelo. Era un recuerdo que no le gustaba, por lo visto, y compartirlo era incómodo y doloroso para ella. Su voz era apenas un susurro cuando ella habló.

Intenté entrar a donde vive el Señor Sonrisas… —porque, si bien ella estaba consciente de que toda la casa era del señor Gernard, su faceta de “Señor Sonrisas” residía ahí abajo. — Al sótano, y eso… eso no le gustó, así que… Él me pegó como nunca me había pegado, fue muy feo… —los ojitos se le habían llenado de lágrimas.

El sanador, quien había contenido la respiración esperando su respuesta, se rindió ante ella cuando le contestó lo que debía recordar ahora, y le prestó un pañuelo desechable que se sacó de la ropa para secar sus ojos, acariciándole un brazo en modo de consuelo. Kelsey, no contenta con eso, se puso de pie para abrazarlo.

Lo siento por hacer que recuerdes esas cosas fuera de sesión —se disculpó con ella, abrazándola de vuelta. — ¿Te parece si ahora sí pido un permiso para llevarte a por pizza? ¿Dejarás que Gwendoline venga con nosotros?

Kelsey asintió con la cabeza, sonándose los mocos con el pañuelo y secándose los ojos con las manos.

Laith dirigió una mirada hacia Gwendoline, una llena de triunfo.
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Gwendoline Edevane el Dom Sep 08, 2019 2:15 pm

Durante los siguientes minutos, Gwendoline adoptó un rol de mera observadora, pues la parte de aquel trabajo que le pertenecía a ella había concluido. Así que, cuando Laith le pidió sin palabras un poco de privacidad, asintió con la cabeza y se retiró al rincón más alejado del cuarto de descanso en que se encontraban. Si bien podía seguir escuchando la conversación, al menos no atosigaba a Kelsey.

Aquella comprobación era necesaria: si había algo, aunque fuese mínimo, que fallase en la historia modificada que le había puesto en la cabeza, existía un riesgo de que la mente de la muchacha quedase dañada. ¿Se podría arreglar un daño así? Teóricamente, sí… pero Gwendoline prefería no tener que intentarlo, pues pese a que los magos pretendieran comprender al cien por cien la memoria y la mente humana, la realidad era muy distinta.

Nadie comprendía nunca del todo ese recóndito lugar dentro de cada uno de nosotros.

Se dio cuenta de que estaba tensa cuando notó una punzada de dolor en los dedos de la mano derecha, que había estado presionando con fuerza contra el borde de la férula. También apretaba los dientes, y la mano izquierda rondaba peligrosamente cerca de su boca, con el peligro de que sintiera el arrebato de morderse las uñas que ello suponía.

Sus temores y sus nervios resultaron infundados: Kelsey estaba bien, o al menos eso era lo que podían comprobar. Habría que seguir con aquel proceso lento y costoso, pero con la ayuda de Laith, estaba segura, aquella niña sería capaz de asumir las cosas horribles que le habían sucedido, y comprender que no todos los seres humanos eran horribles. ¿Necesitaba un mejor ejemplo que el hombre a cuyos brazos había saltado? Lo había dado todo por ella, aunque la niña nunca sabría hasta qué punto.

Sonrió, asintiendo con la cabeza ante la triunfante mirada de Laith. Alzó discretamente el pulgar de su mano izquierda: estaba hecho, y las perspectivas de futuro eran buenas.

—¿Algún sitio en específico que os gustaría probar?—Preguntó, deshaciendo sus pasos de antes para volver con ellos.—¿Qué te gusta más? ¿Pizzería italiana auténtica, o algo tipo Domino’s?—Añadió, con jovialidad, en dirección a la niña.

Podía parecer una pregunta intrascendente, pero estaba segura de que muchos niños responderían la segunda opción, la defenderían con uñas y dientes como si fuera el asunto más importante del mundo y, como propina, le recriminarían que pretendiera que Domino’s era lo mismo que otras franquicias de comida rápida, exasperados ante su ingenuidad adulta. Así eran los niños, y se tomaban con mucha seriedad aspectos de la vida que a los adultos les parecían intrascendentes.

¡Qué maravilla poder pensar así!

Se acercó entonces a Laith, poniéndole la mano sana en el hombro, y le dedicó un nuevo asentimiento de cabeza. Lo habían logrado, y seguramente todo marcharía bien.

—Gracias por convencerme para hacer esto.—Le dijo en voz baja, con una sonrisa, aunque aquello no era exacto: Gwendoline se había dejado convencer muy bien ella solita.—Me ha ayudado a reconectar con una parte de mí misma que creía perdida.

Después del cambio de gobierno, Gwendoline había perdido paulatinamente el respeto por su puesto de trabajo, considerándolo algo inmoral cuya única función era la de proteger a un gobierno corrupto; después del ataque de los radicales al Ministerio, el asunto de Hemsley y la reciente agresión de Zed, había perdido en gran medida la confianza en sí misma.

¿Mágicamente, con aquella pequeña misión, todo eso se había terminado? No, ni mucho menos: le quedaba un largo camino por recorrer. Pero ayudaba: ya no lo veía todo tan negro como antes, y consideraba que, quizás, debería concederse una tregua a sí misma.
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