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Let's try again from the beginning {Sam&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 11:09 pm

Let's try again from the beginning {Sam&Gwen} Y4L9yUr
Jueves 9 de mayo, 2019 || Casa de Gwen y Sam || 20:53 horas || Atuendo (Sin gafas de sol)

Gwendoline llevaba enfrascada en la apasionante historia de la dinastía Targaryen, de la mano de George R.R. Martin en Fuego y Sangre, desde hacía más o menos media hora, cuando Sam había subido al piso de arriba a pelearse un rato con su saco de boxeo. De hecho, podía escuchar el sonido de los puñetazos contra la lona, y los gruñidos de Sam.

Casi sonaba como Rocky Balboa.

Había retomado la costumbre de leer durante su estancia en San Mungo gracias a Laith y a la propia Sam, que le habían hecho llegar libros que la entretuvieran durante su ingreso en el hospital mágico.

No es que antes de su estancia allí no leyese, ni mucho menos; simplemente, leía menos que antes, y le parecía una lástima: siempre había disfrutado mucho de la lectura, y su imaginación la había ayudado a visitar aquellos lugares que se describían en aquellos pequeños grandes mundos de papel y tinta. Las obligaciones, por desgracia, habían terminado apartándola de la lectura, y apenas si encontraba un rato para coger un libro y evadirse de la realidad.

Ahora que estaba todavía de baja en el Ministerio, Gwendoline aprovechaba el tiempo perdido, y los mejores momentos para ello eran aquellos en que Sam se enfrentaba a su saco de boxeo, igual que algún que otro rey Targaryen se enfrentaba a sus enemigos, como decía el título, a fuego y sangre.

El borboteo del agua hirviendo en la olla llamó su atención, y enseguida regresó al mundo real: estaba preparando la cena al tiempo que leía, tal era su interés por aquella obra. Y no, no iba a mentir: si había empezado a leer aquel libro había sido porque, inevitablemente, Juego de Tronos le había metido el interés por Poniente en la cabeza.

Dejó el libro abierto sobre la encimera para agregar la pasta al fuego, bajando su intensidad al momento. Tomó entonces un cuchillo y se puso a trocear las verduras con que acompañaría la pasta. Tengo que tener cuidado con este cuchillo, o terminaré igual que Maegor el Cruel, pensó, divertida, sabiendo que todo aquel festival de interés por el universo de Martin se terminaría en cuanto la serie terminase. Ya no quedaba mucho.

Fue mientras que salteaba las verduras, haciéndolas brincar sobre la sartén casi como una chef profesional, cuando Sam entró en la cocina, posiblemente atraída por el aroma de su cena en proceso.

—¿Qué tal ha ido la sesión de entrenamiento? ¿Le has dado una paliza?—Preguntó a modo de broma, con una sonrisa alegre en el rostro. Estaba mucho más contenta desde que sabía que Zed Crowley estaba muerto, y que su amenaza ya no existía.—¿Quién ha sido esta vez la pobre víctima? ¿Esa señora rubia que siempre se queja de que hay pelos rubios en su café y que tienen que ser tuyos porque lo dice ella?

Se refería, claramente, a la costumbre de Sam de visualizar que golpeaba a personas que consideraba responsables de sus enfados… y que posiblemente lo eran de verdad: aquella señora tenía que ser de lo más insufrible.

—En cuanto termine de saltear esto, podemos ponernos con la poción para la espalda. Ya sabes: antes de la ducha mejor que después, pues apesta.—Gwendoline no había sido capaz de solventar el problema del mal olor, por lo que habían resuelto que Sam se duchase a conciencia después de que se le aplicase la poción. De otra manera, arrastraría aquel olor allá donde fuese.

Pero su efecto era innegable: con cada nueva dosis, la espalda de la rubia se asemejaba más y más a aquella que había lucido antes de que los Crowley apareciesen en su vida. ¿No era hermoso pensar cómo aquellos tres habían ido desapareciendo, como polvo arrastrado por el viento?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 11, 2019 5:14 am

¡Cersei maldita!

Vale, en realidad no se estaba imaginando a nadie especial ese día mientras le pegaba al saco de boxeo, pero de vez en cuando le venía la imagen de la Reina de los Siete Reinos, mandando a decapitar a su amor platónico de Juego de Tronos. Que mira que Missandei le daba igual como personaje pero… ¡era tan guapa y tan mona!

Lo importante de todo esto es que Sam estaba feliz. No había nadie ahora mismo que fuese tan importante—en el sentido malo de la palabra—como para ser la cara representativa de aquel saco de boxeo. Quizás en el momento en el que ocurrió todo lo de Zed Crowley y el destrozo del Juglar Irlandés una podría haberse venido abajo pero… No pasó eso en absoluto. ¿Sabéis lo gratificante que era darse cuenta de que eran capaces de enfrentarse a los problemas que, a priori, parecían invencibles? Podrían haber dado un paso que no les hubiera gustado dar jamás, pero un paso necesario, para dar esa zancada a tener una confianza importante en ti misma. Para Sam, al menos, el hecho de enfrentarse a uno de los fantasmas de su pasado había sido… complicado, pero también reconfortante. Sam nunca había tenido la oportunidad de enfrentarse a ellos, ni tampoco de defenderse, por lo que hacerlo y darse cuenta de que podía había sido reparador, sin duda. Y sobre todo porque no sólo se estaba protegiendo a ella, sino a sus seres queridos.

Así que no, en ese momento no quería ni siquiera sentir odio por la idiota de Cersei o por los guionistas y directores de Juego de Tronos. Estaba feliz. Tenía la sensación de que si había podido con eso, podía con todo. Sabía que era una sensación falsa, proveniente de la tranquilidad que sentía, pero aún así era increíble sentir eso, al fin.

Mientras pegaba al saco, le llegó el olor de las verduras en la sartén, haciendo que su estómago tomase las riendas de la situación y decidiese que ya había sido suficiente por hoy, que ahora era tiempo de ir a comer. Así que se quitó los guantes y los dejó en esa habitación, bajando las escaleras hacia la cocina. Parecía una niña pequeña yendo a mirar qué hacía su madre para robar restos de comida, pero en realidad había ido a ayudar.

Nada más aparecer, Gwen le habló, haciendo que Sam sonriese y abriese la nevera, mirándola de manera traviesa.

—Tengo a ese saco dominado, Gwendoline. —Miró al interior de la nevera, para entonces volver a asomarse cuando mencionó a la señora del Juglar Irlandés. —No me hables de esa señora. ¡Que lo peor de todo es que se queja de pelos rubios y yo voy de castaña! Me molesta. ¿Por qué no me lo recordaste cuando subía las escaleras? Le hubiera pegado con más gana al saco —confesó con diversión, para sacar de la nevera zumo de melocotón y dejarlo sobre la mesa. —¿Quieres? —Le preguntó, sacando un vaso. No iba a sacar un segundo: si quería le daba a ella primero y luego bebería ella, si no pues bebería ella directamente.

No había sido casualidad que Sam fuese tranquilamente con una camisilla de tiros por casa, sin preocuparse en absoluto de su espalda y es que precisamente el tratamiento que estaba siguiendo con la poción que Gwendoline había ideado estaba siendo una pasada. Otro motivo más por el que sentirse feliz.

—Vale, sí —le respondió, contenta.  —Mira que no tengo ni idea de qué me voy a poner todavía para la boda de mi madre, pero quiero que tenga toda la espalda abierta. Que, por cierto… ¿cuándo vamos a mirar vestidos? —Preguntó mientras sacaba dos platos del mueble superior y un vaso extra, para luego sacar los cubiertos del cajón de abajo y ponerlos sobre los platos. —Este finde libro el sábado, no sé si te lo dije, para que hagamos un super plan de sábado que normalmente no podemos hacer porque mi trabajo tiene un horario de mierda y mi jefe me odia —le dijo todo eso mientras se acercaba a ella y la abrazaba por la espalda. —Podríamos ir a algún lugar aleatorio en donde haga calor simple y llanamente para que yo me ponga una camiseta sin espalda. No sé, es solo una idea, ¿eh? No es que esté obsesionada ni nada. —Le sonrió, pues evidentemente eso era broma. Le encantaba demostrar que estaba alegre por todo lo de la espalda, por si no se había notado ya.

Cogió las cosas que había sacado y salió momentáneamente de la cocina, preparando la mesa del comedor. Al volver, volvió a la nevera, dándose cuenta de que en realidad no iba a coger nada pero de repente tenía muchísima hambre.

—¿Comemos primero, no? ¿O tienes ganas de comer con el olor de la poción? —Arrugó la nariz. —Ñam, qué rico.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 12, 2019 7:34 pm

La famosa señora rubia, clienta fiel del Juglar Irlandés pero archienemiga de Samantha Lehmann, seguramente tenía un problema capilar: siempre se encontraba pelos rubios que, por obvias razones, no podían pertenecer a una Amelia Williams con el cabello mágicamente teñido de castaño. Y sin embargo, insistía: aquellos pelos pertenecían a la camarera, por supuesto, y se ponía a protestar todo lo que pudiese. Solía decirse que quién no llora, no mama, y esa mujer lo ponía en práctica de la mejor de las maneras posibles: con toda seguridad, pretendía llevarse algún que otro café gratis, y seguramente ya se había llevado alguno.

—¿Le has hecho alguna foto con el móvil? Porque quizás podrías imprimirla para la próxima y pegarla al saco.—Bromeó la morena, la vista fija en las verduras que saltaban y volvían a caer sobre la sartén, antes de volver a dejar esta sobre el fogón.—También te puedo prestar mi bokken, aunque nos han recomendado que no le peguemos con eso al saco. Y no lo hago… casi nunca.

Negó con la cabeza y una sonrisa ante la oferta de Sam de un zumo fresco. Si algo tenía la cocina, ese algo era la proximidad del cocinero con la nevera, y los líquidos fríos allí guardados. Así que la vejiga de Gwendoline ya estaba llena de agua con limón, la cual siempre tenía en el refrigerador. Se había bebido como dos vasos y medio, o algo por el estilo. Había perdido la cuenta.

La poción que la morena había diseñado para las cicatrices de la espalda de Sam estaba dando unos resultados muy buenos: la rubia ya no ocultaba su espalda tanto como antes, pues las marcas eran prácticamente invisibles. Sin embargo, antes de cantar victoria le quedaban unas cuantas sesiones más con el tratamiento, por lo que sugirió que se pusiesen con ello en cuanto terminase de saltear las verduras.

A su novia le pareció una muy buena idea, y se notaba lo ilusionada que estaba.

—Sabes que estoy totalmente libre hasta, por lo menos, el lunes de dentro de dos semanas.—Dejó a un lado la cuchara de madera que estaba utilizando para remover los vegetales, alzó la mano derecha, y flexionó un par de veces los dedos. Todavía los sentía algo entumecidos, pero ya empezaba a sentir la mano como suya.—Estoy casi perfecta para trabajar, así que pediré que me den el alta cuanto antes.

Le dedicó una sonrisa cuando propuso ir a algún lugar en que hiciese calor única y exclusivamente para poder presumir de su espalda libre de cicatrices. Le encantaba verla tan contenta, tan aliviada: desde lo sucedido con Zed Crowley, parecía que un enorme peso hubiese desaparecido de los hombros de Sam. Podía entender perfectamente por qué.

—Me haría muchísima ilusión… de no ser porque ya bastante caro nos va a salir el traslador. Me parece muy bien eso de que el dinero va destinado a ayudar al refugio y bla bla bla, pero creo que Dexter se pasa.—Alzó las cejas, su mirada fija en las verduras que se doraban en el aceite.—¿Cómo está Austria en esta época del año?—Preguntó, siguiéndole la broma, mientras alzaba la mirada con una sonrisa.

Sabía perfectamente que Austria no sería el mejor lugar en cuanto a calor se refería, por lo que iban a tener que conformarse con que Sam luciese su espalda con un precioso vestido que despertaría envidias en la boda de Sophie Ebner.

—El sábado no será buen día para ir a mirar vestidos...—Concluyó, pensativa. Casi todas las tiendas iban a estar cerradas.—¿Te apetece ir mañana? El sábado podemos… no sé, hacer algo sencillo, como irnos a tomar algo. ¿Cuánto hace que no acepto a regañadientes un plan para emborracharme contigo?—Bromeó, divertida, aunque la propuesta iba totalmente en serio.

Algo en la cocina hizo ‘¡Ding!’: nada más y nada menos que su increíble y revolucionario temporizador con forma de pollito, que descansaba sobre la encimera. Eso quería decir que la pasta estaba lista, así que se dispuso a escurrirla.

Sam, mientras ella vertía el contenido de la olla sobre el escurridor que había colocado previamente en el fregadero, sugirió cenar primero. A fin de cuentas, la poción era apestosa, con todas las letras.

—Me parece bien.—Le dijo mientras devolvía la pasta, ya cocida, a la sartén en que tenía las verduras. Las removió un poco y añadió queso rallado.—Reconócelo, Lehmann: me estoy volviendo una profesional de la cocina vegetariana. ¿Has visto qué pedazo de plato?

En realidad, se trataba de algo muy sencillo: vegetales varios, spaghetti y un poco de queso rallado. Cualquiera podría hacerlo, pero a veces la gracia estaba en las cosas más sencillas de la vida. Y si bien Gwendoline podría trabajar bastante en la presentación—no es que perdiese demasiado tiempo con eso, teniendo en cuenta que era para comerlo y no para fotografiarlo—, aquel plato era una delicia.

—¿Cenamos en el salón y vemos una serie? ¿O prefieres que siga contándote los entresijos del reinado de los Targaryen sobre Poniente?—Aquello último era una broma: lo que estaba leyendo, en esencia, era un libro de historia sobre Poniente, y si ya la Historia de la Magia podía ser aburrida, la de Poniente, por momentos, se hacía repetitiva.

Y más después de lo decepcionante que estaba siendo Juego de Tronos aquella temporada. Suerte que no soy tan fan…
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mayo 13, 2019 4:29 am

Por un momento Sam se imaginó pegándole a la foto de la señora con un palo y… no pudo imaginarse de manera más ridícula. La verdad es que hasta ella reconocía que poner fotos en el saco de boxeo era un poco ridículo pero le había servido bastante, por lo que poco le importaba ser una ridícula en su vida. Además, ahora notaba la diferencia entre cuando necesitaba poner una foto y cuando no; entre cuanto lo hacía por estrés, o sencillamente por placer.

Después del primer ataque de Zed y teniendo en cuenta como le había destrozado la mano a Gwen, ésta había estado de baja, pero por suerte y después de tener malas vibraciones con que pudiese recuperar del todo la movilidad de la mano, estaba mejorando bastante. Sonrió al ver cómo movía sus deditos, contenta de que estuviese saliendo todo bien y sus malos expectativas sólo quedasen como una posibilidad remota.

—¿“Cuanto antes”? —preguntó, arrugando la nariz. No estaba de acuerdo con esa frase, pues se había acostumbrado a tenerla en casa todos los días. —¿Por qué eres tan responsable? ¿No prefieres quedarte durmiendo por las mañanas conmigo?

Ese día Sam precisamente había tenido turno de mañana, pero por norma general el que más solía tener era por la tarde, pues tanto Alfred como Erika eran quiénes solían cubrir por la mañana todos los días. La verdad es que esperaba que en algún momento pudiera tener un turno fijo de mañana, sobre todo por coincidir lo máximo posible en horario con Gwendoline. Era una mierda tener libre justamente el turno que la otra trabaja.

Con lo del ‘plan del sábado’ le valía cualquier cosa, a decir verdad… hasta le valía quedarse en casa y ponerse en el patio a coger sol, pero como Gwendoline siempre ‘se quejaba’ de que Sam tuviese que trabajar los sábados, esos días en los que no tenía que hacerlo a Sam le gustaba proponer cosas especiales, sólo por cambiar y satisfacer cualquier plan que a Gwen le gustase hacer.

—Ya, pero bueno, después de que hablases con él y todo pareciese ir sobre ruedas… al menos yo prefiero pagar más sólo para despreocuparme del estrés de ir por métodos muggles. —Se encogió de hombros, cruzada de brazos mientras se apoyaba en el marco de la puerta, para entonces bufar divertida cuando le preguntó por su país natal. —¿Sabes hace cuánto que no voy, tía? Pero no dista mucho de Londres, así que…

Estuvo de acuerdo con lo de que el sábado era mal día para ir a ver vestidos, por no hablar de que no le apetecía ir un sábado precisamente a eso, por mucho que abrieran las tiendas.

—Vale, trabajo de tarde así que aprovechamos para ir por la mañana que hay menos gente —le respondió con respecto a ir mañana. Los viernes por la tarde solían petarse los sitios, mientras que por la mañana casi todo el mundo trabajaba y los negocios se relajaban un poco. Luego sólo le pudo sonreír ampliamente ante su plan para el sábado. —Me porto bien contigo y no te propongo un plan en donde puedas emborracharte, no vaya a sentarte mal, que ya tienes una edad. —Se metió con ella. Recordada como si fuera ayer la conversación que tuvieron en fin de año con respecto al alcohol y el ‘miedo’ a lo que hacer frente a la otra estando borrachas y… le parecía hasta adorable, cuando ahora ya eso daba igual y, gracias a la morena, habían traspasado esa barrera que esa misma noche había sido protagonista. Sólo hacía falta tiempo y mucho cariño. —Pero me gusta el plan, ¿hace cuánto tiempo que no te veo borracha de verdad? Mucho, ¿no? No digo piripi ‘feliz’ de una copa, sino borracha. ¿La fiesta en donde me besaste cuando era Deadpool? ¡Ahora todo tiene sentido! Yo, inocente, pensando que me besabas para quitarme a los moscones de encima… Y tú sólo intentabas seducirme. —Su nariz se arrugó mientras sonreía, para luego reír. Evidentemente estaba de broma. —Recuerdo como ibas disfrazada. Ese disfraz te quedaba muy sexy —dijo entonces, más picardilla y dejando la broma a un lado.

La comida olía de infarto y si ya antes su estómago parecía que estaba preparado para comerse cualquier cosa, desde que le echó queso rallado por encima, por casi no se le cae la baba. El comentario de Gwendoline sólo consiguió que Sam asintiera con la cabeza, convencidísima. Vamos, no le cabía duda alguna. Si bien la cocina vegetariana a veces podía ser un poco cutre e insípida—o al menos Sam siempre tuvo esa sensación cuando empezó a cambiar de hábitos—ahora mismo le parecía deliciosa, sobre todo con lo que hacía Gwen. Quizás también tenía que ver con que empezó a ser vegetariana cuando no tenía demasiados recursos. Y también había que decir que Sam no era mucho de innovar con esas cosas: con lo único que innovaba era con el humus. Le encantaba hacer humus casero.

—No podría negar una verdad tan evidente: lo reconozco —confesó como si no tuviera manera de llevarle la contraria. —Ya sabes que yo soy tu fan número uno siempre y cuando no me hagas trampas echándole tus cosas super picantes. Aún recuerdo aquel chocolate caliente con sorpresa. —No hablaba en serio: Gwen en realidad no le ponía salsas picantes a nada que hiciera para las dos. Sin embargo, sí que su comida tenía mucho más sabor que la que solía hacer Sam. Vamos, una cosa estaba clara: ella era la buena cocinera. —¡Serie, indudablemente! —Respondió entonces a su pregunta. —Ya sabes que estoy enfadada con Juego de Tronos, hasta el domingo no quiero saber nada de ello. Estoy de luto.

La verdad es que no le estaba gustando mucho la temporada, por lo que prefería sufrir solo cuando fuese necesario. Ahora, sin embargo, prefería seguir con la serie que tenían a medias que sin duda le iba a dar menos disgustos que Juego de Tronos. Entonces, frente a la idea de comer en el salón, lo mejor era llevarse los platos ya servidos al sofá, por lo que recogió los que había puesto en la mesa del comedor para servirse en ellos. Mientras Gwen servía, Sam movió todo lo de la mesa del comedor hacia la mesita del salón: cubiertos, vasos y las bebidas. Además llevó un par de natillas para el postre.

Nada más salir con la comida al salón y sentarse en el sillón, los gatos fueron hacia allí y se subieron al sofá mientras miraban a las dos chicas de manera fija, esperando a que algún trocito se callese por fuera del plato. Don Cerdito, sin embargo, intentaba escalar para subir de manera totalmente inútil. Era muy mono ver al cerdito sin poder subir a ningún lado y bajando mientras daba una voltereta. Antes de comer, Sam lo subió al sofá y el cerdito se acostó al lado del regazo de Sam de manera totalmente ajena a la comida. El cerdito sabía por experiencia que, en el caso de que algo cayese, la agilidad de Don Gato y Chess ganaría a su torpe movilidad, por lo que ya ni lo intentaba.

—Hmmm… ¿seguimos con esta? —Dijo con el mando apuntando al televisor. Tenían varias series a medias y preguntó por la que más le apetecía en ese momento.

Cuando decidieron qué ver, comenzaron a comer con aquello de fondo. El capítulo de la serie duraba unos cuarenta y cinco minutos y, para cuando terminó, en la mesa estaban los platos sucios apilados entre ellos con sus cubiertos encima, los vasos y los envases de las natillas. Sam había terminado medio acostándose en el sofá, apoyando su cabeza en el regazo de Gwen.

Ya estaba la música de los créditos del final del episodio mientras Sam estaba allí replanteándose sus quehaceres nocturnos y dándose cuenta de que la pereza le había invadido hasta el alma.

—Debería de haberme duchado antes de cenar, ahora no tengo ganas. —La cuestión era quejarse, siempre. —Menos mal que desde que me eches la crema me van a entrar ganas inmediatamente. —Porque otra cosa no, pero ese olor lo primero que te hacía pensar es que tenías o que ducharte, o sacrificarte.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 14, 2019 1:21 am

Si tuviera que elegir, si pudiera siquiera elegir en aquel mundo en que se veían obligadas a vivir, Gwendoline preferiría no tener que volver a pisar el Ministerio de Magia. No mientras estuviese controlado por los secuaces de uno de los peores magos tenebrosos de la historia, al menos. La idea de hacerlo—y más ahora que llevaba más de un mes alejada del edificio—le causaba un gran rechazo, casi hasta el punto de sentirse como cuando había empezado a trabajar allí, y todo era nuevo y potencialmente peligroso para una muchacha de veintiún años.

Así que, por mucho que supiese que tenía que escuchar a la razón… también comprendía a su novia.

—Me encanta quedarme durmiendo contigo por las mañanas, especialmente después de pasarnos gran parte de la noche despiertas.—Le dijo, refiriéndose evidentemente a esas actividades íntimas que llevaban a cabo casi cada noche bajo las sábanas.—Pero la vida me reclama, y creo que ya no puedo seguir estirando el chicle de mi mano en rehabilitación. Seguro que empiezan a preguntarse qué clase de destreza necesita una desmemorizadora. Seguro que me tachan de creerme cirujana o algo así.—Bromeó, y sí: podía ser que trabajar con recuerdos y mentes ajenas fuese un trabajo delicado, pero la herramienta utilizada para ello no eran las manos, sino la mente y la magia. Y por desgracia, una mano entumecida no era excusa para no realizar ese trabajo.

Sam le dijo que el sábado estaba totalmente libre, pero al no ser uno de los mejores días para mirar ropa, Gwendoline enseguida mencionó planes alternativos. También aprovehó para mencionar que no podían permitirse nada demasiado fastuoso: a fin de cuentas, acababan de gastarse una pequeña fortuna en un traslador que Dexter Fawcett les estaba preparando en ese mismo momento.

Y Sam tenía razón: era mucho mejor pagar por algo bueno que pagar menos y recibir una baratija que las dejase tiradas a medio viaje… o peor.

—Estoy segura de que Dexter hará un trabajo de primera: si está tardando es porque le he pedido que se asegure de que sea seguro, que sea indetectable, y por supuesto, que funcione bien. Y le conozco bien como para saber que no me decepcionará.—Y esperaba que así fuera, pues no tenía ganas de aparecerse en la Antártida y tener que buscarse la vida para volver.—Entonces, en Austria tampoco podrás enseñar esa espalda tan preciosa tuya… ¡Qué desgracia!—Bromeó Gwendoline, aunque sí que pensaba que la espalda de Sam era preciosa.

El día acordado para ir a mirar ropa era el siguiente, viernes, y el horario, por la mañana. A Gwendoline le pareció perfecto, pues tampoco es que tuviera mucho más que hacer: limpiar, dormir, ver series o ver la tele, a secas… o leer. A eso se limitaban todas sus opciones.

Con respecto al sábado, Gwendoline propuso algo que a Sam le encantaba: irse de fiesta, por primera vez a saber en cuánto tiempo. La morena ya no recordaba la última vez que había probado alcohol, la fuera una mísera cerveza de la nevera. La llegada de Zed Crowley a sus vidas había afectado a sus rutinas, desde luego, pero sabía que aquello venía de antes.

Y sí, seguía dándole un poquito de miedo lo que pudiera ocurrir estando borracha… pero al menos, ya habían tenido la primera vez juntas… además de muchísimas segundas, terceras y cuartas veces desde entonces.

—¡Vamos, no hace tanto! Me cogí una buena en el Magicland.—Y bien que se había arrepentido después, pero como Sam se aseguró de remarcar, la gorda de verdad había sido durante aquella maldita fiesta de carnaval en Babylon.—Está bien. Acepto que quizás no fue tan gorda como esa, pero debo confesar que para entonces, mis intenciones no eran esas… En realidad, no recuerdo del todo mis intenciones. No comprendo los motivos que me llevaron a hacer la mayoría de cosas que hice esa noche, si te digo la verdad...—Reconoció, divertida. Y era cierto: prácticamente no recordaba nada.—Y… no me he deshecho del disfraz… Si te portas bien… quizás alguna de estas noches tengas una pequeña sorpresita...—Y le guiñó un ojo, intentando ser sexy. ¿Y sabéis lo peor? Que pudo visualizar a Sam quitándole poco a poco aquel disfraz… y la idea le gustaba.

La cena, que consistía en una receta muy sencilla pero efectiva de pasta con verduras, estaba lista, y Gwendoline hizo uso de un falso narcisismo alabando sus virtudes como cocinera. No era de las peores, eso era cierto, pero tampoco es que aquel plato requiriese ser una chef de alta cocina, ni mucho menos.

Con todo y con eso, sonrió con sinceridad, casi tímidamente, cuando Sam le dijo aquellas palabras.

—Aquel chocolate caliente fue una muy merecida venganza.—Puntualizó, aún sonriendo.—Pero no: esta receta, salvo un poco de pimienta, no tiene nada picante. ¡Y la pimienta le gusta a todo el mundo! Eso no me lo niegues...—Supo que en aquel momento un alérgico a la pimienta podría levantarse para quejarse de tan tremenda afirmación, pero bueno. A día de hoy, todo el mundo era aficionado a quejarse por todo.—Pues vamos entonces a cenar viendo una serie. Pero ya te digo que Fuego y Sangre tiene algo que Juego de Tronos no tiene: coherencia, amiga mía.—Bromeó. Habían tenido un pique bastante infantil—aunque muy sano—con respecto a los acontecimientos ocurridos en los últimos episodios de la serie. Y eso que a Gwendoline prácticamente le daba igual, pues la veía mayormente por acompañar a su novia.

Pero bueno, la obra de George R. R. Martin le estaba gustando mucho, a pesar de que Fuego y Sangre, el libro con el que había empezado, era casi uno de esos libros escolares de Historia. Mejor escrito, eso sí.

Cenaron viendo uno de los últimos episodios de las series que seguían—en este caso, una de esas que a ambas les gustaban moderadamente, pero de la que tampoco eran fanáticas, por lo que ambas la disfrutaban bastante—y, para cuando éste terminó y los platos descansaban sobre la mesa, Sam estaba cansada y rendida. Y no quería ducharse, por supuesto.

Gwendoline le sonrió de manera pícara.

—Y por si te quedan algunas dudas… ¿qué te parece si te acompaño? Porque tienes que frotarte bien para que no quede ningún olor, y a mí se me da muy bien eso de frotar...—Sí, estaba siendo muy juguetona, pero es que sabía lo que ocurría cuando se duchaban juntas. Era inevitable: eran jóvenes y estaban muy enamoradas. De no ser porque tenían obligaciones, seguramente habría días en que no saldrían de la cama.—Venga, iré a por la poción. Tú prepárate.—Y prepararse, básicamente, era quitarse la parte de arriba y tumbarse boca abajo en el sofá.

Gwendoline tomó los platos y los restos de la cena, los llevó a la cocina, y una vez hecho eso subió las escaleras en dirección al cuarto que ambas compartían. En el armario guardaba su caldero y sus ingredientes de pociones. Sacó su bolso del interior y metió la mano, buscando el frasco. Sin embargo, en lugar de dar con este, dio con otra cosa: una tableta de chocolate.

Extrañada, la sacó de su interior, y sólo cuando la tuvo en la mano supo por qué estaba ahí: era de la marca Mozartkugeln, una marca austriaca que a Sam le encantaba. No pudo evitar que se le dibujase una sonrisa en los labios.

Así que bajó no sólo con todo lo necesario para aplicar el tratamiento a Sam, sino también con la tableta de chocolate. Para cuando volvió al salón, Sam ya se había preparado para recibir el tratamiento, y miraba a Gwen con cada de ‘Eres lo más lento de este mundo’. Y sí, era justo: había tardado un poco.

—Ya sé, he tardado. Pero es por un buen motivo.—Le mostró la tableta de chocolate.—Resulta que tenía esto en mi bolso. Lo compré antes de lo de Crowley y… se me pasó totalmente. Es que me recordó a ti. Toma.

Se la ofreció, tomando asiento en el sofá, a su lado. Sentía haberse olvidado de aquello por culpa del maldito Crowley, pero se alegraba de que todo hubiera ocurrido como ocurrió: se habían librado de él, y eso era lo más importante de todo. Una pequeña victoria que podrían celebrar con chocolate austriaco.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Mayo 14, 2019 3:55 am

Sabía que Gwendoline tenía razón respecto a su vuelta al Ministerio de Magia y que no podía hacer nada al respecto, pero a Samantha no le gustaba nada de nada que siguiese trabajando ahí. Era cierto que se había ganado un puesto, una reputación y que, en principio, no había pruebas de ningún tipo que pudieran ponerla en peligro, pero Sam igualmente consideraba esa entidad tan podrida que no la consideraba segura. Y tampoco iba a decirle nada con respecto a eso, pues era el trabajo de toda la vida de Gwendoline y, por peligroso que fuera, gracias a eso podía gozar de una vida medianamente normal, aunque la mitad de ella se escondiese del mismo gobierno para el que trabajaba por mantener una relación sentimental con una sangre sucia.

Le sonrió a su broma, asintiendo con la cabeza.

—Ya, ya lo sé —le dio la razón. —¿Y… cuándo será ese “de inmediato”? Tienes que avisarme de estas cosas con una semana de antelación por lo menos, para ir haciéndome a la idea. —Bromeó de vuelta, aunque en realidad sí que quería saber cuándo estimaba Gwen volver a trabajar.

La verdad es que la confianza de Sam con respecto a ese tal Dexter Fawcett era bastante certera. Si Gwendoline confiaba en él, para ella era más que suficiente, por lo que cualquier problema que pudiera tener al respecto era más por pura paranoia—algo normal en su vida a estas alturas—que porque realmente hubiera desconfianza por ese tipo. Sin embargo, ni tiempo le dio de decir nada al respecto, pues dijo algo que Sam tuvo que matizar.

—¿Te crees que porque haga un poquito de frío, Samantha Lehmann no va a enseñar espalda? ¡Já! No la conoces tú bien… Como dicen algunos: para estar bonita hay que sufrir. Pasaré un poco de frío, no pasa nada. —Entonces hizo una pausa y sonrió, mirando a la morena con lo que parecía una mirada cómplice; algo traviesa. —Confío en que tú me hagas entrar en calor. O el alcohol. O ambas cosas. Creo que nunca me he emborrachado delante de mis padres.

Y lo que quería decir como una frase que pudiese tener connotaciones más íntimas, terminó siendo un intento de recordar alguna borrachera frente a sus padres. De su madre seguro que no, pero Luca siempre había sido un poquito más liberal y quizás algún día vio a Sam un poquito borracha.  

¡Hablando de borracheras! Las de Gwendoline no solían pasar desapercibidas. En la primera del dos mil dieciocho besó a Sam y en la siguiente casi se le declara. La verdad es que seguimos por esa línea, como vuelva a emborracharse ya viene lo importante. Sam, por su parte, se cruzó de brazos mientras la escuchaba hablar de ‘sus intenciones’ aquella noche de primavera.

—Pues… —Iba a decir algo bastante cursi pero bonito en relación a sus sensaciones de aquella noche y la actualidad, pero el comentario de Gwendoline sobre el disfraz sexy hizo que Sam se callase de repente y no pudiese evitar soltar una sonrisa de lo más traviesa. Tras ese guiño, Sam se acercó a ella, melosa. —¿Si me porto bien? ¿Estás sugiriendo que no suelo portarme bien? Porque creo que no has visto tú mucho a una Sam que se porte mal… —Se colocó a su lado, acercándose a sus labios. —La condición debería ser que ‘o me das la sorpresita’ o me porto mal. —Y fue a hacer como que le fue a robar un beso, para entonces dar un paso hacia atrás y sonreírle malévolamente. —¿Ves? ¡Mira que mal me porto! —Arrugó la nariz de manera maliciosa, para entonces reír y arrepentirse, volviendo a poner su cara de no haber roto un plato. —¡Argg! ¡No puedo! —dijo divertida, para acercarse de nuevo a Gwen, poner sus dos manos suavemente en su rostro y darle un beso dulce y tierno. Al final, le mordió el labio inferior con suavidad y la miró a los ojos. —Yo siempre me porto bien y lo sabes.

¡Y no! ¡Nada de nada! ¡Aquel chocolate picante había sido una venganza terrible e inmerecida! En realidad no había sido para tanto y, en realidad, había sido totalmente merecida. Sam se había dado cuenta de su error, había pedido perdón y había intentado recompensar a Gwendoline.

Después de darle la razón con lo de la coherencia de Juego de Tronos, pues después de haber visto el capítulo cuatro su opinión había cambiado bastante, se fueron al salón a comer y ver un capítulo bastante normalito de una serie también normalita. Porque la normalidad era felicidad, aunque la gente se estresase por la normalidad de sus vidas: eso es porque no han vivido con un gobierno asesino, familias asesinas y vampiros asesinos en su vida.

Cuando terminó, Sam se encontraba con la cabeza apoyada sobre el regazo de Gwendoline, pensando en la pereza que le daba ducharse a esas horas. Sin embargo, su mirada captó esa sonrisa de su novia y sus palabras fueron el detonante de que de repente la ducha le pareciese el mejor plan para después de ese momento. Le encantaba ver a Gwen de esa manera tan pícara, pero sobre todo sentir lo que le hacía sentir.

—De repente me han vuelto las ganas —respondió, elevándose levemente para que Gwen se levantase.

Se mantuvo medio acostada en el sofá, observando cómo salía de la cocina y subía las escaleras. Que tonta había sido rechazado el ducharse con Gwendoline anteriormente cuando ahora era de sus momentos favoritos del día. No se arrepentía nada de haberse colado en su ducha aquella mañana después de haberle dicho previamente que no a compartirla, como siempre hacía. Y ahora era increíble notar que una se colaba en la ducha de la otra, o sencillamente darlo por hecho con tanta naturalidad.

Soltó aire, cual enamorada feliz y se puso de rodillas en el sofá para acercarse a las ventanas y pasar las cortinas bien. Entonces se quitó la camisilla que llevaba y el sujetador deportivo, dejándolos sobre la mesa para volver a tirarse boca abajo en el sofá. Gwen se dejó desear, pero al final volvió a seguirla con la mirada cuando bajó las escaleras.

—¡Oh! ¡Qué rico! —exclamó entre impresionada y emocionada al ver ESE chocolate. Porque habían muchos tipos de chocolate en el mundo, pero ese era de sus favoritos. No mencionó nada de Crowley porque… agua pasada. —¿Te recordó a mí exactamente el qué? ¿Que fuera chocolate? ¿Que fuera austriaco? ¿La combinación? ¿O que soy una gorda y que me está saliendo cara de tableta de chocolate? —Puso la tableta justo al lado de su cara, medio girándose hacia ella y dejando entrever parte de su desnudez sin preocupación, para que hiciese la comparativa.

Entonces volvió a girarse para quedar boca abajo, apoyada en sus propias manos. Había dejado la tableta justo delante de ella, además de apartarse el pelo para que no molestase a Gwen cuando aplicase la crema. Supo perfectamente cuando abrió el bote porque… ¡menudo pestazo! Sin embargo, mencionar lo evidente no iba a hacer que dejase de oler, por lo que se mantuvo callada hasta notar la mano de Gwen esparcir la crema por su espalda. Podría haberse quejado de que estaba fría, pero la morena era un amor de persona con Sam y siempre calentaba la crema entre sus manos antes de aplicarla para que no estuviese muy fría.

—¿Cuántas veces más crees que haga falta echarla? —preguntó, mirando a un punto fijo de la mesa. La boda de su madre era a final de mayo y, al menos ella, teniendo en cuenta el despropósito que tenía ahí, se veía super bien. Eso sí... era Gwen quién sabía de todo eso. —Porque me gusta esto de que me des masajes y luego te ofrezcas a frotarme la espalda en la ducha. —Y sonrió, aún con la vista fija en otro punto.
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 15, 2019 1:29 am

A veces—más a menudo de lo que le gustaría reconocer—, Gwendoline pensaba en lo que se encontraría al regresar a su oficina. Sabía que habían puesto un sustituto en su lugar, y no había tenido noticias del Ministerio desde entonces, pero algo le hacía temerse lo peor. Y es que Gwendoline era de ese tipo de personas maniáticas con su trabajo, que temía profundamente cosas como irse de vacaciones o cogerse bajas médicas simplemente porque otra persona haría su trabajo, y dicha persona con toda seguridad no había las cosas igual que ella.

Y no, no quería decir mejor o peor; simplemente, de una manera totalmente distinta a ella.

Podía parecer extraño que, incluso trabajando para un gobierno purista y totalitario, la morena siguiese manteniendo dichas manías, pero se trataba de algo tan profundamente arraigado en su ser que no iba a ser sencillo cambiarlo. No era cuestión de apretar un botón y simplemente despreocuparse, o boicotear al gobierno desde dentro no haciendo nada.

No, esa no era ella.

—La verdad es que me gustaría empezar el lunes, o como mucho, tomarme una semana más.—Concretó la morena mientras se mordía el labio inferior en actitud pensativa.—Ya me conoces, ya sabes cómo soy. No puedo evitar preguntarme qué clase de desbarajuste me voy a encontrar cuando llegue...—Aquello sonaba fatal, quizás un tanto egocéntrico, pero Sam lo entendía perfectamente: Gwendoline era una maniática que prefería hacer las cosas por su propia mano… sólo porque las hacía a su manera. Mejor o peor.

De todas formas, nada iba a impedir a Gwendoline acudir a la boda de Sophie Ebner como pareja de su hija. Tenían un plan, un traslador pagado y en proceso de fabricación, y poco le iba a importar lo que pudieran decirle al tomarse un par de días libres nada más volver de su baja. Tenía todo el derecho a ellos, lo sabía bien.

Y nadie iba a impedirle ver a Sam con su hermosa espalda al descubierto.

—¡Oh, sí, claro!—El tono de voz de Gwendoline se volvió un tanto sarcástico.—Estoy segura de que me voy a sentir muy pero que muy cómoda emborrachándome delante de tu familia y haciéndote entrar en calor. ¿Tú con quién crees que tienes una relación, Lehmann? ¿Con Courtney Love?—Había escogido a la chica perfecta para semejante plan, desde luego.—A un par de copas, me apunto. También a bailar pegadas cuando suene la música. Pero no puedo imaginarme un entorno peor para llevar a cabo ese plan.—Y rió, divertida, aunque enseguida tuvo que añadir.—Bueno, sí: una reunión familiar de los Edevane. Sin duda, eso es mucho peor.

Borracheras habría, pero no en Austria durante la boda de su madre, sino ese sábado, cuando saliesen de fiesta a celebrar… bueno, a celebrar que hacía mucho que no salían de fiesta. Podían pasárselo bien y desconectar un rato del estrés contínuo de sus vidas. Dicho plan trajo de vuelta lo sucedido en la discoteca Babylon, el famoso primer beso, y el disfraz que Gwendoline llevaba.

Bueno, ambas vestían cuero rojo aquella noche, así que… parecía cosa del destino.

Sam quería verla vestida otra vez con aquel disfraz, y a una Gwendoline mucho más experimentada en aquellos juegos que ahora compartían no le pareció mala idea. ¿Por qué no? Seguro que en algún momento, a ella se le ocurría algo terriblemente sexy que Sam pudiese ponerse, y se lo comentaría. Así que le dijo que quizás, si se portaba bien, se llevaría una sorpresita.

—Pues...—Dijo Gwendoline después del beso de Sam y de aquel intento de ‘ser mala’ con ella, un poco colorada y sin aliento.—Si sigues siendo así de buena, ya sabes que tu bondad va a ser premiada con creces… Pero no te voy a decir cuándo: quiero que sea una sorpresa.

Le guiñó el ojo, rodeando a continuación su cintura con su brazo izquierdo y dándole otro beso. Y mientras la besaba, bajó la mano hasta alcanzar su nalga, acariciándola suavemente. Y pensó, no por primera vez, que su novia tenía un culo precioso, suave y blandito que no se cansaba de acariciar. Ni de mirar.


***

Había llegado el momento de aplicarle la poción a Sam, después de haber cenado apaciblemente ante el televisor, y Gwendoline subió al cuarto a buscar todo lo necesario. De casualidad, además, se encontró con algo que le había comprado a Sam antes de lo sucedido con Zed: chocolate austriaco. Así que, cuando volvió con ella y se la encontró ya lista para el tratamiento, se lo entregó.

Y ella lo recibió con mucho entusiasmo.

—Parte de ambas, pero...—Gwendoline se mordió el labio inferior cuando la rubia le mostró parte de su desnudez.—...créeme que ahora mismo no estaba pensando, precisamente, en que estás gorda.—La miró a los ojos y le sonrió, todavía mordiéndose el labio inferior. ¿Se daba cuenta su novia de lo atractiva que era a ojos de la morena? ¡Nunca había sentido, literalmente nunca, atracción sexual hacia nadie! Y con Sam… simplemente se volvía loca.

Esa ducha que seguiría al tratamiento no iba a ser precisamente tranquila, estaba claro.

Una vez manos a la obra, aplicando con suaves masajes la apestosa poción que ella misma había inventado, Gwendoline adoptó una actitud mucho más personal: ya no tocaba a Sam como tocaría a su novia, sino como tocaría a cualquier paciente. Describiendo círculos con sus manos, aplicaba con suavidad la poción, cuya consistencia era similar a la de una crema hidratante espesa. Sus ojos estaban fijos en la piel de la rubia, e incluso ella pudo darse cuenta de lo mucho que había mejorado: las cicatrices, antes surcos profundos marcados a conciencia, eran apenas la sombra de un fantasma, y había que fijarse muchísimo para poder verlos. Su piel mostraba un aspecto casi normal.

—No sé.—Le respondió, sonriendo ante su último comentario.—Estimo que con unos cuantos días más, no quedará ni rastro de cicatrices. Una semana, para asegurar.—Estando en la posición que estaba—de rodillas junto al sofá—, Gwendoline se inclinó hacia la oreja de su novia y le susurró en el oído:—Los masajes y las caricias no tienen que acabarse, y lo sabes.—Volvió a incorporarse, continuando con los movimientos circulares, esta vez a la altura de los hombros.—Y ahora no me pongas esas imágenes en la cabeza, por favor: quiero ser una sanadora profesional. ¡Nada de juegos!

Los juegos llegarían después, eso estaba claro, pero en ese momento, Gwendoline volvía a maravillarse al pensar lo sencillo que había sido deshacerse de aquellas marcas dejadas por los Crowley en la espalda de Sam. Sí, claro, había llevado tiempo dar con la solución, con la receta exacta para la poción, pero al final se había hecho… y pronto no serían más que un mal recuerdo condenado a desaparecer del todo.

Un final apropiado para esos tres salvajes.

—Por cierto: antes de la boda, te sugiero tomar un poco el sol. Sé que es complicado en esta época del año en Londres, pero puede ser beneficioso. Especialmente para disimular todo aquello que la poción no pueda eliminar.—Le sugirió.—Un solarium podría ser una buena solución. También algún método mágico para recibir luz solar, pero supongo que te gustará más la idea del solarium.—Sugirió con una sonrisa. Porque sí, aquella parte del tratamiento podía aplicársela por medio del hechizo Lumos Solem en cantidades moderadas, pero había que ser muy preciso.

No quería convertir una espalda llena de cicatrices en una roja por quemaduras solares. Sería un pena.
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 16, 2019 3:22 am

—Pues seguramente habrá el mismo desbarajuste el lunes del que te encontrarás dentro de una semana… —¿Estaba siendo muy pesada? Algo le decía que sí, que lo estaba siendo bastante, por lo que finalmente dejó el tema de lado y le dio la razón. A Gwendoline le gustaba su trabajo y le gustaba hacerlo a su manera, por lo que estar tanto tiempo de baja terminaba hasta por estresarla. —Bueno ya paro, vuelve cuando tú quieras. Aunque sea este lunes fingiré que me parece bien. —Le guiñó un ojo, declarándole que estaba de broma.

Una cosa tenía clara la rubia: fuera como fuese iba a ir a la boda de su madre con un vestido que tuviese la espalda abierta y le daba igual que el tiempo conspirara en su contra. Estaba muy, muy contenta con el remedio que Gwendoline le había conseguido para la espalda y se sentía de verdad muy agradecida y emocionada, por lo que quería ‘alardear’ de espalda aunque nadie supiese que lo estaba haciendo. Después de casi un año y medio con ese lastre detrás… ¿cómo no iba a estar desesperada por poder ser ella de nuevo cien por cien?

Pero lo más gracioso de todo eso fue escuchar a Gwendoline hablar de alcohol y de hacer entrar en calor a Samantha. ¡Pero será mal pensada! Vale que Sam había dicho la frase expresamente para que malpensase, pero en realidad no se refería a eso. Aunque ahora que ella lo había dejado caer… hubiera sido interesante. En el fondo una de las fantasías sexuales de Sam siempre fue hacerlo en lugares públicos—que no en la boda de su madre, ojo—, ¿pero sabéis el problema de esa fantasía? Que pese a que a ella le gustase la idea, era demasiado cortada en ese tipo de situaciones y normalmente recaía en su pareja esa iniciativa, motivo principal de que siempre le hubiese llamado la atención, porque no era algo que ella hiciera de 'seducir' a su pareja, sino que quería ser 'seducida' como para llegar a hacerlo. Y algo le decía que con Gwendoline tampoco iba a pasar eso nunca porque… ¡míralas! ¡Míralas que monas eran, por favor!

—¡Tía, pero serás malpensada! ¡Me refería a que me dieras calor dándome un abrazo! ¿O no me vas a dar un abrazo delante de mi familia? Que la familia de mi madre tiene su parte homófoba, pero tanto como para eso… —Fingió su tan adorado drama. —Y si no, siempre puedes darme calor cuando volvamos a la habitación y ya está... ¿Pero sabes lo peor de todo? Ahora no voy a poder evitar acordarme de esta conversación cuando estemos en la dichosa boda y me entre frío, verás. —Y con una sonrisa de lo más risueña, bajó la mirada y negó con la cabeza.

Si bien al principio ese tipo de juegos con Gwendoline se hacían hasta raros porque habían sido amigas durante mucho tiempo… Ahora le parecían de lo mejor. Adoraba todo lo que tuviera que ver con ponerse coqueta e intentar seducir a su novia, pero la verdad es que adoraba todavía más que fuese Gwendoline quién se lo hiciera a ella. Le sonrió traviesa cuando dijo que quería que fuese una sorpresa, para entonces imaginarse de nuevo a Gwen con aquel disfraz. Recordaba estar muy borracha aquella noche, pero también recordaba muy bien el culo que le hacía aquel disfraz de cuero. ¡Y por aquel entonces no debería de haberse fijado tanto en el culo de su amiga!


***

Las bromas que soltó con respecto al chocolate fueron totalmente inocentes y si se giró para hacer la comparativa entre ‘tableta de chocolate’ y ‘cara de Sam’ fue sencillamente para estar de frente de su novia, sin ninguna intención oculta de mostrarse desnuda frente a ella. No obstante, la mirada de Gwendoline fue reveladora por sí sola, así como sus siguientes palabras.

—¿Y en qué estabas pensando...? —Volvió a su posición inicial, no sin antes mirarla de manera pícara.

Si no estuviese a punto de recibir un tratamiento y esas cosas se tenían que hacer en serio, probablemente se hubiese puesto mucho más juguetona. De hecho, había un gran trecho entre cómo se sentía Sam hacía unos meses con respecto a su cuerpo a cómo se sentía actualmente. Le decías a esa Sam de ahí a principios de año que iba a estar tan cómoda de nuevo con su desnudez frente a otra persona y seguramente se hubiera reído en tu cara. Ni se hubiera creído que frente a Gwendoline hubiera sido capaz.

¿En una semana ya iba a tener una espalda prácticamente perfecta? Porque sí, podían quedar ciertas marcas, pero en comparación a como estaba anteriormente a Samantha le parecía que aquello era un milagro. Cuando dijo aquello, no pudo evitar sonreír con alegría aún apoyada en el sofá. Al susurrarle en el oído primero consiguió que le diese un ligero escalofrío por su aliento en la oreja, para entonces reír de manera animada por sus palabras.

—¡No me eches la culpa de tu mente sucia, señorita! —Se quejó divertida. —Pero vale, vale, nada de juegos. Me portaré bien porque antes me has dicho que me recompensarás por portarme bien.

Intentó buscar su mirada, traviesa, tras decir aquello, para entonces volver a mirar a un punto perdido del suelo mientras seguía sintiendo las manos de Gwendoline dándole aquel masaje para esparcir la crema por toda su espalda. Si no fuera porque el olor ya le estaba llegando poco a poco a la nariz, cada vez con mayor intensidad, diría que podría quedarse allí hasta al día siguiente.

Coger sol no es que fuese algo que Sam hiciera normalmente, básicamente porque su piel era pálida para siempre, para toda la vida. Ella no cogía sol para ponerse morena, sino que cogía sol para ponerse roja. No había término medio. Era gracioso porque le encantaba ir a la costa y ponerse su bikini en la playa mientras ‘cogía sol’ pero se echaba tanta crema normalmente que en realidad no cogía nada de color. Lo más cercano era ponerse roja en las zonas más sensibles.

—Bueno, estamos llegando a los veinte grados algunos días, yo creo que si hay posibilidades en coger sol en Londres es precisamente ahora. —No era la primera mañana en donde ambas salían al patio trasero a hacer la fotosíntesis sentadas en su tan adorado banquito de madera, aunque al final terminase, como siempre, nublándose el día. —Nunca he ido a uno. —Se refería al solarium y la verdad es que no le llamaba mucho la idea de meterse en una máquina que te iba a lanzar rayos solares falsos para intentar ponerla un poco más morena. —¿Tú crees que funcione? Sabes por experiencia que mi piel no tolera un bronceado convencional: o soy blanca o soy roja. No hay término medio. —No pudo evitar sonar como si estuviese de broma, aunque fuese totalmente real, pero de verdad que la piel de Sam era muy frágil para prácticamente todo. Tenía suerte de no ser alérgica a nada porque si no sabía que atacaría directamente a su pobre piel. —¿Crees que valga con ponerme en el patio a coger por las mañanas? He de admitir que no me siento cómoda metiéndome en una máquina como esas teniendo en cuenta que me quemo la cara cuando vamos de paseo por las montañas. De paseo, Gwendoline. De paseo en Londres. —Insistió, sonriente.

Porque Sam era la típica que tenía que ir con gorritas porque si no luego se quemaba, además de echarse tres kilos de crema. Y odiaba echarse crema cuando iba a hacer deporte porque crema y sudor eran una mala combinación. Todo era malo.

Gwendoline terminó ya todo el salón parecía tener impregnado aquel olor tan desagradable. Hasta Don Cerdito, que estaba durmiendo en una esquina, se despertó mientras movía el morro en busca de la procedencia de ese olor. Los gatos, por el contrario, estaban bajo la mesa durmiendo plácidamente. Por su parte, Sam se levantó tranquilamente y ayudó a su novia a ponerse en pie tras darle una mano, pues estaba de rodillas en el suelo.

—Gracias —le dijo, como siempre hacía después de que cada noche le echase eso en la espalda. Y le daba resultar pesada: le daba la sensación de que jamás iba a demostrarle la suficiente gratitud que tenía por lo que había hecho por ella. —Y gracias por el chocolate —añadió tras ojear momentáneamente la tableta, pues antes se le había pasado darle las gracias. —¿Entonces te duchas conmigo? Porque Gwendoline, no sé si lo sabes pero... tus manos apestan. —Le sonrió traviesa, como si ella tuviera la culpa. —Te voy a hacer el favor de prestarte mi espalda para que te frotes esas manos en la ducha y se te vaya ese olor tan desagradable.

Bajó entonces una de sus manos hacia la mano derecha de Gwendoline—la que aún se estaba recuperando del todo—para entrelazar suavemente sus dedos con los de ella. Ver que podía mover los deditos y que ya estaba poco a poco recuperando su normalidad le hacía tremendamente feliz. La verdad es que no había demostrado abiertamente su gran preocupación respecto con la mano porque quería confiar en que todo saldría bien y porque evidentemente se sentía fatal de que hubiese recibido tanto daño y ese susto por culpa de Zed. Sin embargo, en ese momento parecía que realmente la brisa se estaba llevando, como si se tratasen de cenizas, todo lo malo que había ocurrido con respecto a los Crowley y todo volvía a su normalidad.
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Gwendoline Edevane el Vie Mayo 17, 2019 1:25 am

Sabiendo que pasarían algunos días en Austria, pues no iban a limitarse a ir a la boda de Sophie y marcharse a casa, Gwendoline no tenía pensado renunciar a su vida diaria con Sam. Y su vida diaria… sí, incluía muchas caricias, besos y abrazos bajo las sábanas. Eso no iba a cambiar.

Cuando su novia mencionó que podía ‘darle calor’ cuando volviesen a la habitación, estaba segura de que no se negaría a eso. Y es que la morena, si bien lenta en todo lo relacionado con su vida sexual, en el momento en que había descubierto lo placentero que podía ser entregarse en cuerpo y alma a Sam, había descubierto que pocas cosas le gustaban más que eso. Y estar en un país distinto no iba a cambiarlo, ni mucho menos; si acaso, se sentiría más libre de demostrarle su amor, pues nadie podría juzgarlas.

—Y es por eso, mi amada Samcita, que alguien más sabio que tú y que yo inventó hace tiempo algo que se llama ‘chaqueta’.—Respondió Gwendoline con un tono de voz repelente a propósito, intentando contener la risa.—¿No has oído nunca hablar de ella? Es un gran invento, y te mantiene calentita cuando hace frío...—Siguió bromeando, y finalmente, acabó riendo mientras se acercaba a Sam.—Es broma. Esas frías noches austriacas las vamos a pasar tú y yo enredadas la una en la otra...

Y, en esta ocasión, fue ella quien mordió suavemente el labio inferior de Sam, antes de fundirse con ella en un beso propiamente dicho.


***

Ya listas para aplicar el tratamiento para las cicatrices en la espalda de Sam, hubo un momento en que la rubia obsequió a su novia con la visión de su pecho y vientre desnudo, la cual despertó, por supuesto, los instintos más carnales de Gwendoline. Sabía resistir dichos impulsos, por supuesto, pero la imagen que le vino a la cabeza fue muy explícita. Y así se lo dijo.

—Me reservo el derecho a no responder y demostrártelo más tarde, en la ducha.—Le dijo, mordiéndose también el labio inferior.

Mientras aplicaba el tratamiento, y tras informarle de lo poco que le quedaba de estar sufriendo aquella apestosa crema regeneradora, Gwendoline sugirió a su novia tomar un poco el sol, pues ayudaría en el proceso de regeneración y, por supuesto, a disimular las pocas marcas que le quedasen. Le sugirió servirse de un solarium para dicha tarea, pero a Sam no le gustaba la idea.

Podía imaginarse por qué: meterse en aquellos trastos daba miedo.

—Sí, yo creo que sí podría servir.—Dijo, sin dejar de masajear cada punto de la espalda de su novia con sus dedos, extendiendo la pócima sobre su piel.—No es necesario que sea mucho tiempo al día, simplemente un poquito. De esa manera, la piel, aunque sea poquito, terminará bronceándose. Y para cuando vayas perdiendo ese tono bronceado, te darás cuenta de que ya no se notan las marcas.—Le echó un vistazo a la piel que todavía no había cubierto con la crema, y añadió.—De todas formas, y te lo dice alguien con ojo crítico, aquí apenas se aprecia ya nada. Hay que saber lo que estás buscando para verlo.

El proceso solía durar unos diez minutos, y dichos diez minutos se les pasaron rápidamente hablando. Para cuando terminaron, Sam le dio las gracias una vez más por ayudarla con aquello. ¡Como si fuera un esfuerzo o algo parecido! Gwendoline lo hacía con gusto, y si había investigado hasta elaborar aquel apestoso remedio había sido única y exclusivamente para ayudarla a ella.

Y llegó la pregunta que Gwendoline estaba esperando: si se iba a duchar con ella.

—¿Sólo la espalda?—Le dijo con una sonrisa, apretando todo lo que pudo con los dedos de su mano derecha la izquierda de Sam. No fue mucho, pues todavía tenía que hacer bastante rehabilitación.—Vamos a darnos esa ducha...—Le dijo, incorporándose.

Antes de echar a caminar, de su mano, en dirección a la ducha, Gwendoline se inclinó hacia ella y le dio un beso en los labios. Y, ahora sí, ambas brujas, con sendas sonrisas divertidas, se encaminaron al piso de arriba para una ducha larga y placentera, en que la higiene quedó relegada a un segundo plano.

A ambas se las notaba lo aliviadas que se sentían desde que habían desaparecido las mayores amenazas de sus vidas. Había sido casi como volver a nacer… y ver un abanico de posibilidades abriéndose ante ellas.


*
Viernes 10 de mayo, 2019 || Zona Comercial de Londres || 10:53 horas || Atuendo
*

Como habían acordado el día anterior, Gwendoline y Sam habían salido por la mañana con intención de mirar ropa adecuada para la boda de Sophie. Bien sabía la morena que nada en su armario era lo suficientemente bueno como para asistir a dicha celebración.

Como llevaban tiempo sin salir juntas por la mañana, ambas chicas optaron por darse un pequeño capricho: salieron de casa a eso de las diez de la mañana y se fueron a desayunar a una de las cafeterías favoritas de Sam, en la cual servían unas berlinas rellenas de chocolate y cubiertas de azúcar glas que, en lo personal, volvían loca a la desmemorizadora.

Con un par de ellas entre pecho y espalda, y un café grande para recargar las pilas en su caso, ambas chicas caminaban por las calles de la zona comercial de Londres. Gwendoline estaba tan perdida, pues hacía mucho tiempo que no iba a comprar ropa, que enseguida manifestó sus inquietudes a Sam, de cuya mano caminaba sujeta.

—¿Por dónde empezamos?—Le preguntó, girando la cara para mirarla.—¿Conoces algún sitio adecuado a lo que estamos buscando, o vamos un poco sin rumbo?—El cual tampoco tenía por qué ser un mal plan, pero Gwendoline prefería ir primero a tiro fijo… y si eso, luego ya podrían vagabundear un poco.—Por cierto, si quieres, después podemos ir a comer a algún sitio.—Le sugirió, dispuesta a aprovechar al máximo aquella mañana, pues la tarde iba a ser asquerosa: Sam trabajando, y Gwendoline decidiendo qué hacer con su vida.

Quizás invitaría a Caroline a tomar un café, pues últimamente apenas se veían.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 18, 2019 2:44 am

Había llegado el día en el que iban a tener que tomarse su tiempo en elegir la vestimenta adecuada para ir a la boda de Sophie Ebner, la madre de Sam. Nadie les había dicho nada del nivel de etiqueta que iba a haber en dicha boda, pero no hacía falta tener una gran relación madre-hija con Sophie para recordar el poder adquisitivo de la familia Ebner. Si bien la familia de Lehmann siempre fue de economía media, toda la familia de Sophie solía conformarse por empresarios de grandes negocios, por lo que siempre había estado bastante cómoda en ese tipo de vida. Así que Sam se imaginaba que había que ir muy bien vestidas, con trajes largos y elegantes. Ya bastante iba a desentonar que la hija de Sophie fuese a la boda sin conocer previamente al prometido de su madre después de casi siete años sin pasar por Austria, así que prefería no destacar también por no ir acorde a las etiquetas establecidas de su familia tan pija.

Menos mal que su madre había ya concertado una cena previa a la boda en donde quedar con su nuevo prometido y conocer a Gabriel antes de que fuera la boda. No es que no tuviera ganas de conocer a Jon—el prometido de su madre—pero era una figura que pese a que iba a ser la otra protagonista de ese día, a Sam le daba bastante igual. Al menos Luca le había hablado bien de él, por lo que tenía curiosidad por saber qué valiente había terminado por hacer feliz a su madre y no llevarse mal con el ex-marido de la misma. Eso tenía que reconocérselo. No cualquiera dejaría que su mujer invite a su ex-marido a su boda, pues dicen que da mala suerte.

Iba pensando en todo eso un poco ausente mientras caminaba por las calles de Covent Garden, sujetando con una mano la de Gwen mientras con la otra bebía de su café que todavía tenía en la mano. Dejó que terminase de hablar y así ella aprovechaba para tragarse el café que al fin podía beberse con tranquilidad.

—¿Tailandés? —Preguntó, con una sonrisa. —Me encantó el lugar aquel en el que pedimos el otro día por la aplicación aquella. Podríamos ir y ver qué tal en persona. —No era un secreto que Sam había quedado encantada con el plato de curry que había pedido, algo picante pero no demasiado. Para Gwen seguro que era agua pero a ella le había picado la lengua.

Y entonces atendió a lo verdaderamente importante de lo que había dicho, señalando con el dedo índice de la mano en donde tenía sujetada el vaso de plástico de su café. Señaló en dirección ascendente, para subir unas escaleras que les quedaba a unos metros. Dicha escalera daba a una plaza, la plaza conocida como Covent Garden en donde en días normales podías ver muchos negocios de todo los estilos con grandísimo flujo de personas de un lado para otro, sin embargo, en días de fines de semana aquello se llenaba de turistas pues la gran mayoría de tour a pie salían de allí. De hecho, Sam y Gwen tuvieron que pararse en la parte baja de esas escaleras para ver como una fila de personas—aparentemente españolas por cómo hablaban—seguían a un señor regordete con un paraguas rosa en alto.

Subieron cuando tuvieron la amenaza de terminar siendo empujadas, para dar con la plaza cargada de comercios a todos lados.

—Por aquí hay una tienda de ropa que siempre me ha gustado. O sea, me ha gustado por lo que veo a través del escaparate, que está hecho para llamar la atención, pero nunca he entrado. —Le explicó. —Pero me encantaba porque ponían precisamente vestidos preciosos y yo recuerdo pensar cada vez que pasaba que para qué quería yo un vestido así de rimbombante si luego no lo usaba nunca. Y mira, ha llegado el día —dijo emocionada.

Guió a Gwen hacia ese lugar, para entonces fruncir el ceño. En la calle en donde recordaba que estaba no la veía: había una floristería, una peluquería, un Flying Tiger y dos tiendas de ropa convencional.

—Jo —dijo entonces cuando se acercaron, mirando a la peluquería con tristeza y señalándola tras mover de manera desanimada la mano que compartía con Gwen. —Esa era mi tienda de vestidos bonitos.

Y sabía que era precisamente ese lugar porque había visto la papelera con la que siempre terminaba chocándose por no mirar hacia adelante por ir mirando precisamente los vestidos en el escaparate. Esa dichosa papelera que le había hecho tantos moratones en las rodillas. Pero bueno, no pasaba nada: ¡será por tiendas de ropa en Londres! Rápidamente volvió a sonreír, pues en realidad era normal: ¿hacía cuánto que había visto esa tienda? ¿Antes de que el gobierno cambiase e incluso antes de que ningún Crowley le jodiese la vida? Hace eones, en resumen.

—Bueno da igual, esto es Covent Garden: vamos a caminar y entramos en la primera que veamos algo que nos pueda gustar, ¿te parece? Dejemos que el trabajo de los escaparatistas hagan su trabajo y consigan llamar nuestra atención… —Y entonces el escaparate de Flying Tiger hizo su trabajo con Samantha, captando su atención. Esa tienda era una pequeña droga: ¿sabéis lo mucho que le gustaba a Sam comprarse libretas, estuches, bolígrafos y cualquier cosa de librería? ¡Y en Tiger todas esas cosas eran monísimas! La rubia era la típica que siempre se compraba una libreta diferente y, misteriosamente, era de esas personas que encontraban utilidad para todo lo que se compraba. A fin de cuentas le encantaba escribir. Y en ese momento había una libreta de una llama abrazando a un perezoso muy mona, ¡y otra de tucanes! —Gwen no necesito ninguna libreta, deja de mirar todo eso como si estuviese seduciéndote. —Se metió con su novia, para luego seguir con el camino, siendo consciente de que el problema lo tenía ella y nadie más. —¿Qué te parece ese sitio? —dijo marcando su atención en una tienda que estaba cruzando la calle.

Se veía un escaparate en donde habían varios modelos por un lado femeninos vistiendo vestidos y, por otro, hombres vistiendo trajes. Podría pensarse que era una tienda sólo de eso, pero realmente tenía un poco de todo, ya que en un tercer escaparate—pues parecía enorme—había ropa más convencional. Se notaba que llegaba la temporada de comuniones, bodas y compromisos elegantes. A simple vista no había ningún traje que le gustase en el escaparate, pero sabía que juzgar a un bombón por su envoltorio solía ser un error porque todos sabemos que todos los bombones están buenísimos.  


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Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 19, 2019 4:05 am

Podía decirse que aquella era la primera vez, después de que Zed Crowley regresase a sus vidas, que ambas chicas se dedicaban un poco de tiempo libre a ellas mismas. Más allá de las cuatro paredes de su casa, quiero decir.

Gwendoline no se había sentido demasiado inclinada a salir de casa, y mucho menos a aventurarse tan lejos del único lugar en que se sentía segura. Las calles de Londres se habían convertido, para ella, en una especie de jungla llena de peligros, con depredadores acechando detrás de cada esquina.

Le había costado librarse de aquella sensación de peligro inminente, y si bien todavía no lo había conseguido del todo, tenía que reconocer que la muerte de Zed Crowley había ayudado a disipar un poco sus temores, por horrible que pudiese sonar. Tan horrible era la situación en el mundo mágico que el mero hecho de saber que la persona cuyo objetivo era hacer daño tanto a Sam como a ella ya no existía otorgaba una seguridad que no podía brindar un simple borrado de memoria.

No es que estuviese ansiosa por repetir la experiencia, pero… el Crowley estaba bien reducido a cenizas.

Y allí estaban, disfrutando nuevamente de su vida, y con grandes perspectivas de futuro. Gwendoline por fin se permitía respirar hondo y mirar la vida con un optimismo que no tenía hacía un par de semanas.

—Tailandés.—Confirmó la morena, mirando a su novia con una sonrisa similar a la de ella.—¡Qué específica eres!—Bromeó a continuación, soltando una carcajada.—Menos mal que yo te entiendo y sé bien a qué tailandés te refieres.

Gwendoline se dejó guiar, sabiendo que Sam era mucho más experta que ella en tiendas de ropa. Covent Garden, una de las zonas turísticas más concurridas de la ciudad, estaba llena de gente, y concretamente ante ellas tenían una visita guiada, ni más ni menos. La morena les prestó atención durante algunos momentos, observando cómo el hombre del paraguas señalaba con su mano izquierda, ofrecía una explicación, los turistas tomaban fotografías, y luego se repetía todo el proceso, salvo que el hombre señalaba en otra dirección. Gwen pensó que los turistas eran muy curiosos: tomaban fotografías de todo, incluso de escaparates de tiendas. ¿Tan diferentes serían en sus ciudades natales?

Superado este pequeño obstáculo en el camino, la pareja pudo continuar escaleras arriba, sintiendo en sus nucas la urgencia de los demás viandantes que tenían detrás. Aquello era un hervidero de gente.

Ya sé por qué no suelo venir a estos sitios, se dijo a sí misma.

Sam, mientras tanto, le explicó que había una tienda de ropa con vestidos rimbombantes que le encantaba, y la guió en aquella dirección… sólo para encontrarse con que dicha tienda no era más que un bonito recuerdo en su memoria: había sido sustituida por una peluquería, una floristería, o a saber cuál de los otros negocios que había en aquel lugar.

—¿Hace cuánto exactamente que no vienes por aquí?—Preguntó mientras paseaba la mirada brevemente por cada uno de los escaparates.—Sé que a mí nunca me has traído aquí, pero tampoco recuerdo haber venido antes de que todo se fuera a la porra.—Lo cual no dejaba de ser curioso: siempre estaban juntas antes del cambio de gobierno. ¿Quería decir que Sam sólo acudía a aquella tienda en soledad, a fin de poder disfrutar de su placer culpable sin que nadie la juzgase?—No me traías a propósito, ¿verdad? Porque sabías que, si me traías, te acabaría convenciendo de comprarte uno.

Gwendoline era muy ahorradora y cuidadosa con el dinero, pero de haber visto a Sam babeando ante aquel escaparate, seguramente no habría tardado ni dos minutos en empezar a meterle pajaritos en la cabeza: ”Venga, sabes que ese vestido rosa te encanta. Y sabes que el rosa te favorece. ¡Por supuesto que te llevaré a algún sitio para que lo luzcas!”, podría haberle dicho perfectamente, y lo terminaría cumpliendo.

Resignada a aceptar la pérdida de la tienda que la había llevado allí en primer lugar, Sam propuso ir a la aventura, el plan B de toda la vida. Su camino duró poco: enseguida se vio atraída por el escaparate del Flying Tiger cercano, y mientras Gwendoline la miraba, ella se perdía entre todos aquellos elementos de papelería que, seamos sinceros, eran totalmente innecesarios, pero bonitos.

Gwen no les prestó demasiada atención… pero, según Sam, al parecer sí lo hizo.

—Sí, claro, he sido yo.—Le dijo con sarcasmo, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza. Entonces, echó un vistazo al escaparate que le estaba señalando la rubia. Se encogió de hombros.—Es un buen lugar para empezar como cualquier otro, sí. ¡Vamos!

La cogió de la mano y, casi dando saltitos como en los cuentos infantiles, la condujo a la otra acera. Por supuesto, se aseguró de que no pasase ningún coche que pudiese terminar con sus vidas de una manera abrupta y trágica, además de tremendamente irónica: sólo faltaría que, después de haber sobrevivido a todo lo que habían sobrevivido en el mundo mágico, la causa de sus muertes fuese un atropello.

Ya en la acera, caminaron en dirección al escaparate, y si bien Gwendoline estaba mirando fijamente los vestidos allí expuestos, su mente se había ido a dar una vuelta. Regresó unos segundos después, cuando estaban detenidas ante dicho escaparate, y a su regreso trajo una pregunta para Sam.

—Hay una cosa que quiero preguntarte desde hace ya unas semanas. Es una tontería, pero… ¿A qué crees que te dedicarías si, repentinamente, pudieses volver a trabajar en el mundo mágico y, por supuesto, tuvieses ganas de hacerlo? ¿Hay alguna rama profesional que te interese?—Parecía una pregunta bastante aleatoria y salida de la nada, pero lo cierto era que Gwendoline llevaba dándole vueltas un tiempo.
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Sam J. Lehmann el Mar Mayo 21, 2019 1:34 am

Menuda desilusión que no estuviese ya aquella tienda que tanto tiempo le había gustado, pero más que por no haber entrado nunca y haberse quedado con las ganas, por el hecho de que el tiempo pasaba increíblemente rápido. Era un poquito reconfortante tener la sensación de que había pasado rápido, pese a haber sido tan duro y caótico… sobre todo porque en ese momento uno siempre pensaba que las horas se alargaban hasta sumar casi cincuenta horas por día.

Cuando le preguntó que cuándo había sido la última vez que había ido ahí… se sorprendió. Había pasado mucho tiempo sin ir por allí.

—Pues bastante… no me suena haber venido desde que mi vida se normalizó un poco y me fui a vivir con Caroline. Cuando estaba por ahí sola sí venía porque hay mercadillo algunos días por las mañanas y me resultaba un buen lugar en el que venir a comprar comida —le respondió, siendo consciente de que muchas veces la palabra ‘comprar’ no era exactamente lo que hacía. Más de una vez se llevó fruta cogiéndola sin que nadie le mirase y se sentía muy mal. Eso de ser ladrona no iba con ella. —Pero antes de que todo se fuese a la porra sí venía bastante. Me resulta un sitio agradable.

Pese a que a la Sam del pasado también le gustaba pasar tiempo en casa haciendo nada, bajo una mantita y el sofá, en realidad era mucho más ‘aventurera’ que la actual por obvias razones. Le encantaba salir a la calle, pasear simplemente por pasear, ir a tomarse un café a cualquier sitio mientras leía cualquier cosa… Y Covent Garden era un buen lugar para todo eso.

Rió frente a su acusación de no llevarla a propósito. En realidad es que el tiempo que Sam pasaba allí era realmente de pasada o cuando, literalmente, nadie tenía tiempo para hacer nada.  

—En realidad es que nunca venía con intención de comprarme nada, pero ya sabes que si llego a querer ser convencida, te hubiera avisado la primera. O te hubiera mandado una foto diciéndote que si me lo compro, esperando a que me animases, claramente. —Sonrió ampliamente. —Ya sabes que en su momento siempre me compraba mucha ropa. Me encantaba. Ahora que soy pobre ya no. —Y amplió la sonrisa.

En realidad no era porque fuese pobre, simplemente porque ya no tenía esa necesidad. Antes era muy coqueta, le encantaba salir, le encantaba la moda en sí… pero ahora eso había quedado bastante en el pasado. Muchas cosas habían cambiado de la Sam de antes a la de ahora, pero en realidad seguía siendo la misma. Quería pensar que lo mejor de su versión antigua seguía conservándose y todo lo malo había ido desapareciendo. O casi todo lo malo.

—¡Venga! —Le siguió cuando cruzaron la calle, llegando a la otra acera para empezar en esa tienda que era tan aleatoria como otra cualquiera.

Caminaron por delante del escaparate hasta la puerta, pero antes de entrar Gwen le preguntó algo que ella no se había planteado en absoluto, ya que creía que ese tipo de cambios estaba muy lejos en sus posibilidades actuales. De hecho, a día de hoy no se veía dejando lo que estaba haciendo en el Juglar Irlandés. Ni de lejos era algo que le gustase, pues ser camarera no le gustaba en absoluto, pero Alfred le había dado el rango inventado de encargarse de la biblioteca y había que decir que, entre eso y el trato que le daba la familia del Juglar Irlandés, le había tocado la lotería con ese trabajo y estaba muy a gusto.

Sam abrió al puerta de la tienda para que Gwen entrase primero y, cuando entró ella, pensó durante unos segundos la respuesta.

—Rama profesional… —Se le notaba pensando, como si de repente hubiese accedido a una zona de su cerebro que hacía mucho que no visitaba. Hacía mucho tiempo que no pensaba qué le gustaba, sobre todo porque siempre se había volcado a muerte en una sola rama. —Qué difícil: la verdad es que pese a que me sigue fascinando todo lo que estudié y lo que podría llegar a conseguirse, le he perdido absolutamente todo el interés… No volvería a ejercer como legeremante en ninguna de sus posibilidades. Ni en broma. —Ni como instructora, ni para que le usasen como herramienta en juicios, ni tampoco como profesora. Nada de nada. No le importaba usarlo en algunos casos en donde fuese necesario, pero ejercerlo todo los días ya le resultaba cansino. —Luego me gustan muchas ramas pero no como para trabajar de ellas, sino que las estudiaría más bien por hobbie. Siempre me ha gustado todo el rollo de las Runas Antiguas, pero qué mierda trabajar de eso, ¿sabes? Lo estudiaría casi por hobbie, por quitarme la espinilla de la Sam friki de Hogwarts. —Y se rió divertida, pues era común ver a la Sam de Hogwarts bastante fascinada por todo ese ámbito mágico. Bueno, ese y todos. Pero ese especialmente le había gustado por su grado de dificultad y profundidad; una profundidad que ni de lejos se tocaba en la asignatura optativa de Hogwarts. —Pero supongo que me decantaría por algo que no tuviera demasiada repercusión. He perdido toda mi ambición de ser la mejor en nada. —Eso podía sonar un poco triste, pero en realidad no lo era en absoluto. Prefería saber poco de mucho, que mucho de poco. Después de que muchos la considerasen la mejor legeremante que tenía el departamento del Ministerio de Magia y que eso hubiese motivado a Sebastian Crowley a elegirla a ella, la verdad es que no le gustaba nada destacar. —Me gustaría mucho, quizás, poder ser la bibliotecaria de alguna biblioteca. Hogwarts sería quizás soñar muy alto, pero no sé… ¿en la de Hogsmeade, que es bastante grande? Yo sería feliz rodeada de libros, ordenándolos en base a mi TOC y ayudando al resto mientras me convierto en la típica bibliotecaria friki que sabe datos curiosos de todo lo que pide la gente. —Y sonrió, imaginándoselo. —Lo que sí tengo claro es que no querría tener nada que ver con el Ministerio de Magia, independientemente de quién sea el Ministro, la política o sus aspiraciones.

Negó varias veces con la cabeza, teniendo muy claro ciertas cosas, pese a que otras patinasen todavía en hielo mojado. Pero vamos, tal y como estaba ahora mismo en el Juglar Irlandés, con unas responsabilidades básicas y que no tenían por consecuencias nada graves, ella era feliz. No querría volver a tener tantas responsabilidades como tenía antes de que tuviera que irse del Ministerio de Magia.

—¿Y eso? ¿Ya estás soñando con que todo cambie? —Le preguntó, soñadora, mientras se metía en medio de un pasillo de ropa, aunque no eran vestidos, por lo que pasó un poco de largo hasta buscar lo que habían venido buscando. —¿Y tú? ¿Te gustaría terminar en San Mungo como medimaga? ¿O no te ves en otro sitio que no sea el Ministerio de Magia? —preguntó, curiosa. Ella hubo un momento en donde no se imagina en otro lugar que no fuera en el Ministerio de Magia, debido a lo cómodo que era y lo bien que se cobraba. —He de admitir que, independientemente del odio que sé que le profeso al Ministerio de Magia, me encantaría verte con el uniforme de enfermera. Y eso que siempre he pensado que eres la desmemorizadora del mundo, pero... Parece que ese uniforme está hecho para ti. —Sam siempre había considerado a Gwendoline una persona muy profesional a la que se le daba muy bien su trabajo y hubo un tiempo en el que no se la imaginaba ejerciendo de otra cosa. Sin embargo, ahora que la había visto ejercer como sanadora, así como la ilusión con la que tomaba su nueva carrera, había cambiado totalmente de opinión.

Llegaron entonces a la zona de los vestidos y Sam pudo notar el ojo avisor de la dependienta para ver si necesitaban algo. Al menos era de esas que miraba de lejos, no de las que te abordaban.
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 21, 2019 11:59 pm

Gwendoline Edevane siempre había sido una chica de gustos sencillos en lo que a ropa se refería, y ni siquiera en su adolescencia había sido ni un poco coqueta: todos los que la conocían recordaban su estilo de vestir recatado, consistente en suéter de cuello alto con estampados de animales marinos en invierno, y camiseta sin escote y con los mismos motivos de animales acuáticos en verano. No se vestía para nada como la típica adolescente inglesa media que, consciente de su reciente atractivo físico, intenta potenciarlo o, cuanto menos, ofrecer un pequeño adelanto de lo que hay bajo la ropa.

Todo lo contrario: ella había buscado siempre mostrarse recatada, casi como construyendo una barrera mental a su alrededor que la convirtiese en inaccesible para todos aquellos que llevasen ciertas intenciones con ellas. Mucho había costado a sus amigas convencerla de que se pusiera un vestido mínimamente atractivo y bonito para su baile de graduación.

Pero Sam… Sam era otra cosa. Y bien podría decirse que había sido la responsable de que Gwendoline se soltase un poco en ese sentido, que buscase otros estilos con los que acentuar un poco su atractivo… aunque no había conseguido hacerla sentirse cómoda con los escotes, o mostrando el ombligo.

—Ya lo sé: como que eras mi estilista personal. Creo que, a día de hoy, no tendría ni idea de vestirme si no fuese por ti.—Le dijo, con un tono de humor que, pese a todo, no podía enmascarar lo cierto de aquellas palabras.—Ya sabes cómo era yo antes de todo esto: mis mejores amigos eran los libros, y si tenía que elegir entre la nueva novela de Dan Brown o unos pantalones porque los míos ya estaban un poco gastados, terminaría escogiendo el libro.—Se quedó pensativa, mirando al frente con una sonrisa ausente, mostrando sus dientes, como si acabase de darse cuenta de algo interesante que había pasado por alto mucho tiempo.—Recuerdo que me encantaban los mercadillos callejeros, el ir paseando por una calle de Londres y encontrarme un montón de vendedores sentados delante de sábanas extendidas en el suelo, sobre las que colocaban libros, películas, figuritas de madera artesanales y todo ese tipo de cosas… Me he dado cuenta de que echo de menos ese tipo de cosas.

En general, Gwendoline echaba de menos… la normalidad, una de la cual no podía gozar del todo en aquellos días. Se sentía como si llevase una década, o dos, viviendo bajo aquel régimen dictatorial del mundo mágico. Como si llevase dos décadas escondiendo quién era realmente incluso en los aspectos más básicos de su vida, como podían ser pasear por la calle una tarde de domingo con su mejor amiga, ahora novia.

Fue inevitable que la atacara una punzada de tristeza y melancolía: fue uno de esos momentos en que deseó con toda su alma que las cosas volvieran a ser tal y cómo debían ser. Se le escapó, incluso, un suspiro tembloroso, pero no puso sus pensamientos en palabras. ¿Para qué iba a servir?

Mientras caminaban en dirección a su destino, la tienda que Sam había escogido, en cambio, sí surgió hablar de ese tema: no pudo evitar plantear una situación hipotética en que las cosas volvieran a ser iguales que antes—si es que algo así era posible, tal y lo grande que era la cicatriz que estaban dejando los mortífagos en el mundo mágico—y en que su novia pudiese volver a trabajar en el mundo mágico, preguntándole a qué se dedicaría en caso de poder—y querer—trabajar dentro del lugar al que pertenecía.

La escuchó reflexionar en total silencio, con toda su atención y su mirada puestas en ella, y cuando Sam terminó, respondió a sus preguntas.

—¿Soñando con que todo cambie? Ojalá...—No pudo evitar decir aquello con un tono de voz un tanto triste y lánguido, mordiéndose el labio inferior en una actitud pensativa y con la mirada fija en ninguna parte.—Es decir, me gustaría. Estoy harta de todo lo que tengo que ver y soportar cada día en el Ministerio, y más ahora que me veo con perspectivas de volver, pero… No sé...—Lanzó un suspiro.

¿Se veía como sanadora en San Mungo? Si el gobierno volvía a ser pro-muggles y el purismo quedaba erradicado, indudablemente respondería que sí. ¿Pero estando las cosas como estaban? No estaba tan segura: sabía que, en su mayoría, tendría que atender a aquellos a quienes despreciaba, seguramente después de haberse batido en duelo y, quizás, arrebatado la vida o la libertad a algún fugitivo.

Le dedicó una débil sonrisa cuando mencionó el tema del uniforme de enfermera, pero no respondió a su broma. En otro momento quizás sí lo hubiera hecho, pero no entonces: demasiado había pensado en el futuro en las últimas semanas.

—Por extraño que pueda parecer, el Ministerio de Magia es actualmente uno de los mejores lugares para trabajar siempre y cuando no tengas ningún tipo de inclinación hacia los ideales pro-muggles. Hay demasiada vigilancia, demasiada protección para los “honorables” ciudadanos del mundo mágico.—Hizo el gesto de comillas con sus dedos al mencionar la palabra “honorables”.—Dependiendo de tu rama profesional, claro...—Le dedicó a Sam una significativa mirada, y no hizo falta mencionar al ‘buen’ Sebastian Crowley.—Algunas directamente deberían estar prohibidas, si me preguntas a mí...—De verdad: Gwendoline quería saber quién había sido el genio que había considerado que la legeremancia podía instruirse de semejante forma y sin algún tipo de control. Si no existía un control, cabía la posibilidad de que sucediesen cosas… como la que le había sucedido a Sam, sin ir más lejos.—El caso es que… no sé. No sé si me veo a mí misma en San Mungo viendo la gente a la que tendría que atender en estos días… ni tampoco sé si me veo a mí misma como jefa de un departamento del Ministerio de Magia en el que no me siento cómoda...

Se dio cuenta de que se había puesto, repentinamente, muy negativa. Y justo cuando se detenían en la zona de vestidos que les interesaba, Gwendoline se dio cuenta de que se le había venido un poco el mundo encima: no le apetecía, para nada, regresar a su vida mágica.

E hizo una confesión que jamás había hecho antes en su vida.

—Te juro que con todo lo que lleva pasándonos últimamente, si me diesen la opción de deshacerme de mis...—Echó un vistazo alrededor, buscando cualquier persona con un oído puesto sobre ellas, acechándolas entre los diferentes maniquíes ataviados con vestidos cuyo precio estaba ligeramente por encima de sus posibilidades económicas. Por fortuna, no había nadie prestándoles atención: sólo un par de señoras mayores a unos dos metros de ellas, echando un vistazo en una cesta de ropa que tenía pegado en un lateral un llamativo cartel que rezaba “¡REBAJAS HASTA EL SETENTA POR CIENTO!”. Prosiguió entonces, con voz más baja.—...de mis poderes mágicos y vivir mi vida como una muggle normal, pagaría ese precio sin dudarlo. No creo que fuese tan duro: después de lo de Zed pasé un par de semanas sin usar magia...

Ella misma se preguntó a qué venía semejante bajada emocional. ¿Por qué de repente sacaba todo aquello? Lo llevaba pensando durante demasiado tiempo como para salir de la nada, pero… ¿realmente era el mejor momento para plantear algo así? Este era el tipo de cuestiones que se trataban en casa, y a las que seguían promesas de hacer ciertas cosas que luego no se cumplían, como cuando confesabas estar cansada de tu monotonía y te prometías dedicar el resto de tu vida a viajar.

Suspiró profundamente. Maldita vida mágica…
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