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Let's try again from the beginning {Sam&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 11:09 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Let's try again from the beginning {Sam&Gwen} - Página 2 Y4L9yUr
Jueves 9 de mayo, 2019 || Casa de Gwen y Sam || 20:53 horas || Atuendo (Sin gafas de sol)

Gwendoline llevaba enfrascada en la apasionante historia de la dinastía Targaryen, de la mano de George R.R. Martin en Fuego y Sangre, desde hacía más o menos media hora, cuando Sam había subido al piso de arriba a pelearse un rato con su saco de boxeo. De hecho, podía escuchar el sonido de los puñetazos contra la lona, y los gruñidos de Sam.

Casi sonaba como Rocky Balboa.

Había retomado la costumbre de leer durante su estancia en San Mungo gracias a Laith y a la propia Sam, que le habían hecho llegar libros que la entretuvieran durante su ingreso en el hospital mágico.

No es que antes de su estancia allí no leyese, ni mucho menos; simplemente, leía menos que antes, y le parecía una lástima: siempre había disfrutado mucho de la lectura, y su imaginación la había ayudado a visitar aquellos lugares que se describían en aquellos pequeños grandes mundos de papel y tinta. Las obligaciones, por desgracia, habían terminado apartándola de la lectura, y apenas si encontraba un rato para coger un libro y evadirse de la realidad.

Ahora que estaba todavía de baja en el Ministerio, Gwendoline aprovechaba el tiempo perdido, y los mejores momentos para ello eran aquellos en que Sam se enfrentaba a su saco de boxeo, igual que algún que otro rey Targaryen se enfrentaba a sus enemigos, como decía el título, a fuego y sangre.

El borboteo del agua hirviendo en la olla llamó su atención, y enseguida regresó al mundo real: estaba preparando la cena al tiempo que leía, tal era su interés por aquella obra. Y no, no iba a mentir: si había empezado a leer aquel libro había sido porque, inevitablemente, Juego de Tronos le había metido el interés por Poniente en la cabeza.

Dejó el libro abierto sobre la encimera para agregar la pasta al fuego, bajando su intensidad al momento. Tomó entonces un cuchillo y se puso a trocear las verduras con que acompañaría la pasta. Tengo que tener cuidado con este cuchillo, o terminaré igual que Maegor el Cruel, pensó, divertida, sabiendo que todo aquel festival de interés por el universo de Martin se terminaría en cuanto la serie terminase. Ya no quedaba mucho.

Fue mientras que salteaba las verduras, haciéndolas brincar sobre la sartén casi como una chef profesional, cuando Sam entró en la cocina, posiblemente atraída por el aroma de su cena en proceso.

—¿Qué tal ha ido la sesión de entrenamiento? ¿Le has dado una paliza?—Preguntó a modo de broma, con una sonrisa alegre en el rostro. Estaba mucho más contenta desde que sabía que Zed Crowley estaba muerto, y que su amenaza ya no existía.—¿Quién ha sido esta vez la pobre víctima? ¿Esa señora rubia que siempre se queja de que hay pelos rubios en su café y que tienen que ser tuyos porque lo dice ella?

Se refería, claramente, a la costumbre de Sam de visualizar que golpeaba a personas que consideraba responsables de sus enfados… y que posiblemente lo eran de verdad: aquella señora tenía que ser de lo más insufrible.

—En cuanto termine de saltear esto, podemos ponernos con la poción para la espalda. Ya sabes: antes de la ducha mejor que después, pues apesta.—Gwendoline no había sido capaz de solventar el problema del mal olor, por lo que habían resuelto que Sam se duchase a conciencia después de que se le aplicase la poción. De otra manera, arrastraría aquel olor allá donde fuese.

Pero su efecto era innegable: con cada nueva dosis, la espalda de la rubia se asemejaba más y más a aquella que había lucido antes de que los Crowley apareciesen en su vida. ¿No era hermoso pensar cómo aquellos tres habían ido desapareciendo, como polvo arrastrado por el viento?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mayo 30, 2019 2:00 am

Uno debía de empezar a aceptar que tenía derecho a estar de bajón de vez en cuando, porque estar de bajón es humano y más todavía teniendo en cuenta que la vida que tenían no era precisamente fácil. Estaban viviendo cosas que jamás deberían de haber vivido; cosas terribles, oscuras y que no tendrían que tener que ver con ellas, pero ahí estaban después de todo, sobrellevándolas como buenamente podían y no rindiéndose ante ningún problema.

Ella le devolvió la sonrisa, dulce y comprensiva, cuando se disculpó por haberse venido abajo. Pese a que ese tipo de situaciones no eran agradables en el estado de ánimo de nadie, uno tenía que saber lidiar con ellas y Sam agradecía que en vez de guardarse esas cosas, se las dijera en confianza y las compartiera con ella. Habían muchas cosas que a primera instancia uno piensa que es mejor callarse, pero al menos Samantha a día de hoy tenía muy claro que abrirse, aunque fueran por cosas horribles, era sin duda mejor que guardar todo eso en tu interior. Y con Gwendoline ya no sólo tenía confianza, sino una complicidad y un conexión que pocas personas entenderían.

—Se te permite venirte abajo las veces que haga falta —le dijo de manera cálida, posando su mano alrededor de su cuello con delicadeza. —Me preocuparía si después de todo lo que nos ha pasado, no te vinieses abajo ni un momento —confesó entonces con una sonrisa, acercándola a ella para darle un beso en la frente.

Porque pese a todo, la realidad es que les habían pasado muchas cosas malas y eso, aunque lo disimulen a veces muy bien, influía negativamente en sus vidas. Precisamente lo que Sam quería es que todo lo que eso arrastrase en ellas, lo compartiesen. Después de lo que le sirvió a ella compartir todo lo que vivió con sus amigas para seguir adelante, creía que era la mejor opción.

—Me parece un buen trato. —Sabía perfectamente que Gwendoline no le iba a dedicar una hora al día a pensar en eso, sino que probablemente le dedicaría mucho más porque sin duda era una decisión que no podía tomar a la ligera y sin una buena coartada, o un buen trabajo que pudiese sustituirlo. Sam también sabía que como dejase el Ministerio de Magia y no consiguiese nada pronto, al final iba a arrepentirse pensando que había elegido mal. —Hay muchísimos factores a tener en cuenta: ¿has probado a hacer una lista de pros y contras y darle valor a dichos pros y contras? Te puedo ayudar que sabes que me encanta hacer listas. —Confesó divertida, pues hacer listas para ordenar las cosas era parte de su toc y su sentido del orden, sobre todo cuando era más joven y se organizaba así con las cosas que tenía que estudiar o hacer. A veces hasta hacía listas de las listas que tenía que hacer para no olvidarse, era como una lista inception. —¿Y si dejaras el trabajo, qué opciones has valorado? —preguntó entonces.

Se le iluminó entonces la cara con una sonrisa cuando mencionó ‘su espalda sexy’ y la persiguió mientras la morena buscaba por un lado y Sam por el otro. En aquella sección había sobre todo vestidos cortos y Sam había ido con la idea de ir con uno largo, pues las bodas de etiqueta—como indudablemente iba a ser la de Sophie y Jon—solían acompañarse de vestidos largos. Los cortos solían ser más para veladas más informales. Sin embargo, el que había señalado Gwendoline le pareció muy bonito, por lo que se acercó mientras escuchaba su opinión.

—Me basta con quitarle el hipo a una persona en concreto —le respondió, acercándose al maniquí mientras miraba a Gwen con una sonrisa. Lo miró por detrás, poniendo una mueca triste. —Ay, la espalda es super abierta y es preciosa... pero quería un vestido largo. Ya te he dicho lo pija que es mi familia materna y aunque mi madre no me haya matizado nada, habrá que ir de largo. Entre qué será de etiqueta y por la noche… parece que todo lo amerita —le informó con respecto a la boda, acariciando la falda de aquel vestido, la cual era muy suave. —¿Por qué es tan endemoniadamente suave? —Y lo soltó divertida, sabiendo que tenía un problema con la ropa que era suave. —Vamos a la zona de vestidos largos, que quizás haya uno igual o parecido pero con la falda larga.

Sujetó la manita de Gwen con la suya y caminaron hasta el fondo de la tienda. Al final parecían estar los probadores, los cuales estaban separados entre sí por unos espejos que hacían de biombos, para de esta manera utilizarlos y verte por todos lados una vez lo tenías puesto. También había unos sillones y es que la tienda se notaba que te trataba los vestidos para dejártelos entallados a tu cuerpo, por lo que en la parte del fondo también había un pequeño carrito con alfileres y distintos utensilios de costurera.

—¿Tienes algún color que te gustaría llevar o estás a ver qué es lo que encuentras? —preguntó tras soltarlas, usando sus dos manos para ir moviendo los vestidos entre sí y verlos mejor. —A mi me gustaría que el mío fuera de un tono claro pastel... o azul. Al ser rubia de ojos azules el azul siempre queda bien. —Se encogió de hombros divertida frente al truco más fácil de la historia. Sam estaba en modo observar y ver qué encontraba, tanto para ella como para Gwendoline. Lo único que tenía claro era la norma principal de las bodas por excelencia: cualquier color es válido menos el blanco, que es el de la novia. —Uy, uy, uy, mira esto. —Sacó un vestido azul marino de brillos de aquella percha, observándolo con los ojos bien abiertos porque era precioso, elegante y muy fino. Ni había mirado el precio, en realidad. Por si quedaba duda, no estaba pensando en ese vestido para ella pues tenía poco pecho y los que eran de palabra de honor no le solían quedar bien, o al menos a ella no le gustaba como le quedaban. Acercó el vestido a Gwen, pues al verlo pensó directamente en ella. —¡No digas nada! Solo pruébatelo. —Y le sonrió, mordiéndose el labio inferior mientras la miraba con ilusión.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 30, 2019 11:05 pm

Por mucho que se hubiese disculpado por su momentáneo desánimo, sabía que no hacía falta, y que las palabras de Sam eran ciertas: de cuando en cuando, una podía permitirse el pequeño lujo de venirse abajo, de dejar que sus ánimos se arrastrasen un poco por el suelo pedregoso y asumieran lo complicada que podía ser a veces la vida.

Siempre y cuando volviesen a levantarse, y no encontrasen demasiado cómodo ese suelo pedregoso, claro.

Un dato interesante sobre Gwendoline: no soportaba vivir su vida—el cien por cien de ésta—de una manera exclusivamente positiva. La felicidad constante no solucionaba los problemas, y en muchas ocasiones, no quedaba más remedio que sumergirse en el fango, nadar en esas aguas putrefactas que eran los malos sentimientos, para encontrar la solución a problemas que, de otra manera, no la tendrían.

Quizás por eso chocaban tanto Caroline y ella.

—No te preocupes: puedes contar conmigo para una sesión de autocompasión y pensamientos negativos cuando quieras.—Bromeó Gwendoline, esbozando una sonrisa cansada y mirando a su novia.—¿Se siguen llevando esas sesiones con litros de helado de chocolate y películas malas?

Con todo lo que había sucedido últimamente en su vida, resultaba difícil no replantearse ciertas cosas.

Claramente, sentía que había algo que no estaba haciendo bien con respecto a la seguridad: creía que tomaba precauciones, que evitaba ser vigilada por indeseables, y pese a todo Zed Crowley y su socio—Caiden Ashworth, se llamaba el hombre al que Gwendoline había asesinado—habían logrado dar con ella, y con prácticamente todas las personas que le importaban a Sam.

Inevitablemente, una se preguntaba qué estaba haciendo mal, y la raíz del problema acababa siendo la misma: trabajaba bajo el mismo techo que sus enemigos, y vivía una doble vida que acabaría pasándole factura. ¿Se podía ser lo suficientemente cuidadosa en circunstancias semejantes?

Así que sí, lo había pensado mucho, y seguiría pensándolo mucho.

—Podría encargarte a ti lo de hacer la lista, pero seguro que te las arreglas para encontrar un montón de contras y ningún pro.—Le respondió de manera burlona, distendida, mientras valoraba, precisamente, sus opciones profesionales en caso dejar su trabajo.—Mis títulos profesionales me califican para impartir clases en la Universidad Mágica, si quiero. Y no me digas que no sería curioso: por la mañana profesora, por la tarde alumna.—Se imaginó la situación… y no pudo más que encontrarla absurda. Sin duda, una manera perfecta para que los alumnos le perdiesen el respeto.—También podría dejar mi trabajo, estudiar a tiempo completo, y tratar de conseguir alguna beca. Lo he valorado, pero no sé si mi mente está preparada para una vida así...

De hecho, eso sí que no se lo imaginaba de ninguna manera: sería desastroso para su persona. A los pocos días estaría subiéndose por las paredes por haber abandonado su trabajo sin preocuparse de conseguir otro, tal y cómo estaban las cosas.

Pero no habían ido allí para tratar aquellos temas, sino para buscar ropa adecuada para la boda de Sophie Ebner, por lo que se pusieron manos a la obra: Gwendoline localizó el primer objetivo, un vestido que consideraba óptimo para su novia, pero que resultó ser demasiado corto para la ceremonia.

Gwendoline se llevó un pequeño chasco, y se le notó: pareció que se deshinchaba como un pez globo.

—¿Seguro que no quieres probártelo…? ¿Sólo un poquito…?—Insistió, aunque ese punto ya no podía disimular sus intenciones: quería ver a Sam con ese vestido puesto.—Está bien: abandonemos a este pequeño y suave amigo para buscar a un no tan impresionante amigo suyo en versión larga...

Sonó un poco decepcionada, y casi parecía que tenía algo en contra de los vestidos largos, pero simplemente se había formado una imagen mental de Sam con aquel vestido, y le dolía un poco no haberla visto en la realidad.

Bueno, no tanto: exageraba. Pero sí le hubiese gustado.

Sin embargo, en la zona de vestidos largos, y mientras Sam le comentaba la clase de vestido que estaba buscando, su novia dio con algo que, a sus ojos, debía ser la perfección para Gwendoline: un vestido azul oscuro y brillante que… bueno, nada más verlo, digamos simplemente que la morena no reaccionó con demasiado entusiasmo.

El mero hecho de que llevase los hombros y una porción tan grande del escote al descubierto la hacía sentir desnuda… y eso que todavía no se lo había probado.

—Pero...—Quiso protestar débilmente, pero en cuanto vio a Sam mordiéndose el labio inferior con aquella cara tan ilusionada, simplemente no pudo negárselo. Así que tomó el vestido.—Esto no es para nada mi estilo...—Argumentó sin dejar de caminar hacia los probadores.


***

Escondida tras la cortina del probador, Gwendoline se desembarazó de toda la ropa a excepción de sus bragas, pues aquel vestido no dejaba sitio a mucho más: si quería llevar un sujetador bajo aquello, tendría que ser un sujetador sin tirantes.

Mientras se vestía, se imaginó a sí misma durante la ceremonia tirando una y otra vez del escote del vestido hacia arriba, incómoda como no había estado en toda su vida. Tenía un tamaño de pecho considerable para su peso, pero igualmente sucedería: no se podía desafiar a la gravedad durante mucho tiempo, o eso decían al menos las leyes de la física.

Antes de salir, Gwendoline se miró en el espejo, descubriendo que el peinado que llevaba no quedaba para nada bien con aquel vestido, por lo que se lo soltó. Tendría que peinarse un poco mejor, pero el aspecto general había mejorado.

Bueno… Tampoco estoy tan mal, pensó mientras contemplaba la curva de sus pechos, realzada por el vestido, y las suaves formas de sus hombros y sus clavículas. Bajo la clavícula derecha, Gwendoline todavía mostraba la pequeña cicatriz redonda del hechizo de Caiden Ashworth, que todavía no se le había ido… y quizás no se le fuese nunca.

—No me veo con esto.—Dijo a pesar de todo, cuando salió del probador y se encontró con Sam.—Me resulta un poco incómodo: se me van a salir.—Protestó, mirándose de pecho para abajo con el ceño fruncido.—Había pensado más bien en algo rojo y de manga larga. El rojo siempre me ha sentado bien...


Última edición por Gwendoline Edevane el Vie Mayo 31, 2019 2:51 am, editado 1 vez
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Mayo 31, 2019 2:10 am

—¡Por supuesto! —respondió, casi al momento. —Puedes contar conmigo para esas sesiones de tarrinas de helados acompañadas de películas malas de domingo. Porque espero que no estés insinuando que mis romedias son esas películas ‘malas’. Porque entonces me enfado. —Se puso seria, pero en realidad lo estaba diciendo con muchísimo humor. Ya sabía que a poca gente le gustaban sus romedias, pero ella era feliz con ellas.

Rió casi como si hubiera hecho algo malo cuando le dijo lo de las listas y su habilidad para buscar sólo cosas positivas a dejar el Ministerio de Magia, pues definitivamente: seguro que ocurría eso. Atendió entonces a las otras opciones que había barajado en el caso de dejar el Ministerio de Magia y se sorprendió cuando puso sobre la mesa la idea de dar clases, pues nunca la había visto muy dispuesta a ello. De hecho, como precisamente Sam había estado varios años trabajando precisamente como instructora—que a fin de cuentas, es lo mismo que ser profesora—había recibido el feedback de su novia diciendo que eso no se le daba a ella. La rubia podía entender su manera de ver las cosas, pues por norma general nadie se ve frente a alumnos explicando cosas y, sobre todo, haciendo que se entiendan, sin embargo, Sam consideraba que precisamente Gwen se explicaba muy bien.

—¿No decías que ser profesora no iba contigo? —le preguntó, con una sonrisa, recordando una de sus múltiples conversaciones antes de que todo cambiase. —Yo siempre he pensado que se te daría bien: eres paciente y te explicas bien, ¿qué más hace falta? Bueno, las ‘ganas’, pero partamos del hecho de que tendrías ganas por estar cambiando de trabajo. —Fue honesta, pues tampoco tenía intención de motivarle a algo que creía que no iba con ella. —Recuérdanos en la universidad: yo te explicaba lo que yo estudiaba y tú me explicabas todo lo que estudiabas. Y no se te daba nada mal. Que no te guste es otra cosa… —Entonces se encogió de hombros, lentamente. —Mi sabio padre siempre dice que uno no sabe lo que le gusta, hasta que lo prueba. ¿Así que… quién sabe…? —Y le sonrió, para entonces añadir algo importante: —Pero si lo que quieres es enfrascarte en la medimagia… tampoco es mala idea lo que dices. En esa carrera hay muchísimas prácticas todos los años, al final parecerá que estás trabajando y no notarías casi nada que estás ‘parada’ laboralmente.

Lo único era el tema del dinero. Era complicado conseguir una beca, pero la verdad es que ahora mismo Sam ignoraba cómo estaba todo el tema de la educación con el nuevo gobierno.

El primer vestido que vio Gwen fue uno corto, de color claro, que hubiese quedado muy bien en el cuerpo de Sam. La verdad es que si ya de por sí no le convencía del todo, le daba pereza probárselo, pues tampoco se iba a comprar nada que no fuese el vestido para la boda, que ya seguro que iba a ser caro.

—¡Oye! ¡No me pongas esa cara! —Le reprochó cuando Sam no quiso probarse aquello. —Verás como encontramos uno más impresionante en versión larga y ese si quieres sí me lo pruebo. —Creía haber escupido muy pronto al aire, pero le pareció un buen trato.

Eso sí, cuando Sam vio aquel vestido azul brillante, fue esta vez ella quién se lo mostró a su novia, pidiéndole directamente que se lo probase pese a que ella se había negado hace un momento. Gwen, sin ningún tipo de entusiasmo, lo miró y la rubia supo perfectamente qué era lo que no le gustaba: el escotazo que solía dejar el palabra de honor. ¿Y sabéis lo gracioso? Que Gwendoline siempre ha sido una mujer recatada y tímida con mostrar sus atributos, pero Sam creía que todo lo que ella podía mostrar era precioso y que precisamente ese tipo de vestidos lo realzaban. Sin embargo, entendía perfectamente la posición de Gwen y jamás le animaría a ponerse algo con lo que realmente va a estar incómoda. ¿Pero intentar convencerla aunque sea un poquito, de que lo viese con otros ojos? Eso sí.

—Porfi —le pidió, con una sonrisa, aunque dijera que no era su estilo.

Al final aceptó y mientras se probaba aquello en el interior del probador, Sam se había quedado viendo el resto de vestidos, buscando entre ellos algún otro que pudiese pegar con alguna de las dos. La verdad es que por el momento no había visto ninguno que le llamase la atención. Habían muchos muy bonitos, pero consideraba que no le iban a quedar del todo bien. La muchacha de la tienda se acercó a ella para preguntar si ‘su amiga’ o ella necesitaban ayuda, pero Sam amablemente le dijo que, de hacerlo, acudirían a ella, pero que por el momento solo estaban mirando y probándose cosas para ver por dónde tirar.

Poco a poco se fue acercando a los probadores y, ya casi frente al de Gwen, ella salió. Mientras ella hablaba, Sam la miró de arriba abajo, alzó sus dos cejas y sonrió como una idiota. Miró hacia el pecho de Gwen cuando ella miró, acercándose a ella como si fuera un imán.

—No te ves con esto —repitió sus palabras, sujetando su mano y alzándola para animarla a dar una pequeña vuelta y poder verla por todos lados. Su mirada había cambiando y es que ahora la miraba con deseo, pues creía que estaba preciosa. Y si Sam tenía ganas de quitarle el vestido, es que era un buen comienzo. No había más que ver el escote y lo sugerente que era aquella falda. —Puedes no verte con esto porque enseñas más de lo que sueles enseñar normalmente y no te sientes cómoda con ello, y lo entiendo. Pero no se te va a salir nada: eso se te entalla lo suficiente y yo en más de una ocasión utilicé encantamientos mágicos para no preocuparme de un estúpido vestido en el que se me pudiera salir una teta. —Le confesó, eso último en más bajito y divertida. —Porque son pequeñas pero traviesas. —Apuntó divertida el dato sobre su pecho, para entonces poner sendas manos sobre los hombros desnudos de su novia, separarse un poco y mirarla a los ojos. —Pero. —Hizo una pausa dramática. —Este vestido te queda DE INFARTO. —Pese a que exclamó con énfasis eso último, lo susurró. —Qué poco me tienes acostumbrada a estas cosas tan sexys, pero no me puedes decir que ‘no te ves con esto’ con lo increíble que estás con esa falda que te deja entrever las piernas y este escote. O sea, es que estás preciosa y me dan ganas de quitártelo… con la boca. Eso último no lo dijo ni en voz baja, sino que solo movió los labios frente a ella para que pudiese leerlos, junto a ese brillo tan travieso en sus ojos. Finalmente sonrió y soltó aire. —Entiendo que no estés cómoda con algo que no te sueles poner y que lo descartes vilmente... pero jo.

Se separó de ella un pasito, para volver a mirarla de arriba abajo. Al menos se lo había probado y aunque ella no se sintiese cómoda, era indudable que parecía hecho para ella.

—Te voy a sacar una foto. —Sacó el móvil, pero antes de hacer nada para que no le echasen la bronca, miró a la muchacha de la tienda que antes le había hablado, que justamente estaba mirando—obviamente, como buena espía—y le señaló el móvil, dándole a entender que iba a sacar una foto. En muchas tiendas no solían dejarte, pero ella asintió con la cabeza. —Te voy a sacar una foto porque esta noche cuando lleguemos a casa te la voy a enseñar para convencerte y que te veas cómo yo te veo.
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Gwendoline Edevane el Vie Mayo 31, 2019 2:39 pm

Gwendoline dedicó a Sam una significativa mirada, una de esas en que no hacían falta palabras para decir lo que estaba pensando: no todas las famosas ‘romedias’ de la señorita Lehmann eran buenas. De hecho, en su mayoría ese tipo de películas pecaban de caer en los mismos clichés, como si en algún lugar del mundo, resguardado bajo estricta vigilancia y supervisión constante, existiese un libro antiquísimo titulado “Guía para hacer películas románticas”.

Ese pensamiento la llevó a imaginarse que, seguramente, lo mismo ocurriría con muchos otros géneros: no era justo culpar al género de comedia romántica, sino a Hollywood en general.

—Me acojo a mi derecho a no responder a esa pregunta. Y solicito que el helado vaya acompañado de nata montada.—La nata montada lo hacía todo mejor.

Nunca había creído tener madera de profesora, y dudaba que cualquier alumno pudiese tomarla en serio. Si había sacado el tema era simplemente porque la opción estaba ahí: estaba cualificada académicamente para hacerlo.

¿Pero se lo planteaba en serio? No, y si lo hacía, lo valoraba como una posibilidad remota, la hipotética última bala en la recámara.

—Y no va conmigo.—Insistió de manera vehemente, pero eso no impidió que dejase a Sam hacer sus mejores esfuerzos para intentar convencerla. Y pese a saber que, seguramente, no cambiaría de opinión, igualmente se prestó a escucharla.—Tu sabio padre no sabe el tipo de reacciones en cadena que se producen dentro de mi cuerpo, especialmente en el estómago, cuando me veo obligada a hablar en público.—Le respondió con una suave risa burlona.—Soy un manojo de nervios, Sam. Y siempre que tengo que hablar delante de todo el departamento siento que me voy a desmayar en cualquier momento. A lo mejor no lo parece, pues sé disimular muy bien los nervios, pero te aseguro que lo paso fatal.—Y de la misma manera que a alguien que tenía miedo a las alturas no se le ocurría convertirse en limpiaventanas del Empire State Building, a Gwendoline no se le ocurría ponerse en el centro de un aula de universidad, con todas las miradas fijas en ella.—Solo lo propongo porque, supongo, la opción está ahí. Aunque sea remota, no puedo decir que nunca jamás recurriré a ella: una no sabe cómo la tratará el futuro...

Cerrarse puertas era, en pocas palabras, de necios: si una oportunidad laboral surgía en una época de necesidad, una no se ponía a mirarle los pros y los contras.

—No creo que funcionase eso tampoco. Lo valoro porque sería una posibilidad, pero claro… ¿y si me arrepiento? ¿Y si hago todas mis prácticas, cuatro años de carrera, y al final en San Mungo me dicen que muchas gracias, y que me desean suerte? Estaría fatal...—Y sí, podía ser exagerado mirar las cosas con tanta antelación, pero Gwendoline no podía evitar ser previsora. Quizás demasiado.


***

Ataviada con aquel vestido azul reluciente, Gwendoline no se sentía cómoda en lo más mínimo.

Sí, vale, lo reconocía: se había mirado en el espejo, toda ella, y le había gustado lo que había visto, pero la realidad era que por muy atractiva que la hiciese aquel vestido, se sentía totalmente como un pez fuera del agua. Y así se lo hizo saber a su pareja, quien solo tenía cosas buenas que decir para aquel vestido.

¿Y qué ocurrió a continuación, después de que Gwendoline girase sobre sí misma para dejar que Sam la viese por completo con ese vestido? Que su novia recurrió a la táctica más sucia, más vil, y más traicionera que había existido jamás en el mundo de las relaciones: los halagos y esa sonrisa inocente suya.

La morena, involuntariamente, cruzó los brazos por delante del pecho, en un intento de taparse. Aquello se debía principalmente a un par de comentarios subidos de tono y susurrados en su oído que, si bien en el dormitorio habrían sido recibidos de otra manera, allí sólo generaron una leve incomodidad. Y un rubor que se adueñó de su cara.

Los desestimó, por supuesto.

—Es que… no sé si estoy preparada para algo así. Y menos en presencia de tus padres. Me… me sentiría mejor si llevase algo que me hiciese sentir más yo, no sé si me explico...—Se intentó defender, protestando de una manera bastante débil. Porque quizás Sam se sintiese cómoda con vestidos así, ¿pero ella? Ella no. Y si por un casual estaba hablando con uno de los invitados a la boda y lo sorprendía mirando por debajo del cuello, se sentiría terriblemente incómoda.—E insisto en que me gusta más el rojo...

Aquello no era una referencia al vestido que había llevado en fin de año, por supuesto, aunque bien podría serlo: aquel había sido el vestido más provocativo que se había puesto en toda su vida. Y ya había sido mucho: mostraba sin mostrar, por así decirlo. ¿Pero mostrar mostrando? ¡Eso ya sí que no!

—¿Es necesario?—Preguntó Gwendoline con una leve sonrisa, poniendo los ojos en blanco, cuando Sam propuso hacerle una foto con el vestido. En realidad, aquello no le molestaba tanto: tanto Sam como ella tenían en sus teléfonos móviles fotografías bastante más explícitas la una de la otra que lo que la morena estaba mostrando en ese momento.

Así que, pese a todo, optó por hacer su mejor pose: puso ambos brazos en jarras y sonrió ampliamente mientras Sam disparaba las fotografías. No era lo que se dice una modelo, así que… posó como bien pudo, bajo la dirección de Sam.

—¿Suficiente con eso? ¿Me has robado ya el alma suficientes veces?—Bromeó, haciendo alusión a una de las creencias más absurdas que había habido a lo largo de la historia de la humanidad: que cuando a alguien se le tomaba una fotografía, su alma quedaba atrapada en ésta.—Voy a cambiarme y, ahora sí, vamos a buscar algo para ti, ¿vale? Y si encuentras un vestido rojo que no enseñe mucho para mí, estaré eternamente agradecida.

Gwendoline se metió de nuevo en el probador y, antes de quitarse el vestido, se miró una vez más en el espejo. Lo cierto es que, por narcisista que sonase, resultaba difícil no imaginarse de la imagen que el espejo le devolvía.

Así que, antes de proceder a desnudarse, se hizo un par de fotografías con su teléfono móvil, apuntando al espejo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Jun 01, 2019 4:01 am

Sabía por experiencia que esos ‘nervios’ a hablar en público al final se terminaban perdiendo con la práctica. Era normal que en un principio uno tuviera un pánico escénico propio del miedo a hacer el ridículo, pero es que nadie tiene en cuenta que en realidad si estás capacitado para dar clase, es porque tus conocimientos son suficientes para precisamente no hacer el ridículo. Pero vamos: Sam había estado igual en sus primeras semanas de trabajo y eso al final había pasado. Y respecto a San Mungo… tal y como le había dicho Laith que eran las cosas en San Mungo, dudaba mucho que una buena profesional—pues sabía que Gwen sería la mejor en donde quisiera—fuese desperdiciada.

Pero bueno, todo ese tema era complicado y tenía que ir acompañado de una grandísima planificación por parte de Gwendoline en donde tuviese claras sus prioridades al respecto. Y hablar en la tienda ropa sin una lista bien hecha de pros y contras pues era complicado.

Así que se pusieron manos a la obra con lo que habían ido a hacer a Covent Garden: la búsqueda de un vestido decente para ambas en donde relucir en la boda de Sophie Ebner, futura... ¿Wagner? Sam ni sabía cuál iba a ser el nuevo apellido de su madre porque, para ser sinceras, poco sabía de su nuevo prometido.

Si bien la primera en opinar sobre un vestido sobre la otra fue la morena, fue también ésta la primera en probarse un vestido por petición de Sam. ¿Y sinceramente? Le quedaba genial. Sin embargo, le quedaba de una manera a la que ella no estaba acostumbrada, ni a verse ni a lucir. Era una pena, pero daba igual porque ella encontraría algo con lo que estaría igualmente despampanante y cómoda y encima Sam la había visto con aquel vestido azul tan bonito. Y ya la rubia estaba feliz con que hubiese accedido a ponerse eso, que claramente no era su estilo.

—Te entiendo perfectamente, tía. —Sonrió de manera cálida. Entendía perfectamente que no se sintiese cómoda mostrando más carne de la acostumbrada delante de sus padres y también lo entendería aunque no estuviesen sus suegros presentes. —Y me parece genial y perfecto que no quieras ponerte este por buscar otro, bien por el color o porque no estás cómoda. Pero eso no quita que estés preciosa con ese vestido y que estaría bonito que lo lucieras en algún momento, no necesariamente en la boda delante de mis padres. —Matizó.

Pero lo mejor de todo es que le iba a sacar un par de fotos para su deleite personal—totalmente inocente—y para demostrarle en otro momento lo bien que le quedaba ese vestido. En realidad a Sam le gustaba como vestía su novia o lo pudorosa que era con ese tipo de detalles, pues aunque estuviese muy bonita con ese escotazo, le encantaban esos vestidos más recatados. Y le parecía también muy sensual el hecho de que ella fuese la única que pudiese ver lo que Gwen le encanta mantener oculto.

—Claro que es necesario —le respondió con una sonrisa juguetona. —Estás muy guapa y me gusta tener fotos de mi novia guapa. —La rubia le dio algunas indicaciones para que posase y ella fue rápida con el dedo en sacar algunas fotos. Después de ello, asintió con la cabeza varias veces, contenta e infantil. —Te has quedado sin; me la he llevado toda. —Siguió su broma con respecto al alma. —Vale, vale. Rojo. Ha quedado claro que sólo quieres opciones rojas. —Se metió con ella.

En realidad era normal que le quedase genial el rojo, ¿sabes por qué? Porque Gwendoline era preciosa y todo lo que se pusiera le iba a quedar bien. Pero además de eso, que era obviamente poco objetivo, a las morenas les quedaba muy bien el color rojo precisamente por el mismo motivo por el que a las rubias les quedaba genial el azul. Eran los colores que mejor combinaban con su color de pelo.

Si bien Sam en ese momento pudo haberse ido como una niña buena a buscar ese vestido rojo recatado que Gwendoline tenía en mente, prefirió portarse como una niña mala. Y es que os cuento un secreto: pero es que a Sam le salía la vena infantil traviesa estando en compañía de Gwendoline, así que se acercó a la cortina del probador en donde estaba su novia y la movió lo suficiente para asomar un poco la cabeza y ver como Gwendoline también se sacaba fotos frente al espejo.

—Vaya, vaya. Mire usted cómo la muchacha aprecia su belleza a través del espejo. Qué egocéntrica eres, sacándote fotos, pero luego cuando yo te las saco te quejas. —Se metió con ella, sin poder evitar sonreír como una niña pequeña porque a través del espejo realmente sólo se le vería la cabeza traspasando aquella cortina, cual cabeza flotante. —Venga, desvístete. Yo mientras vigilo que nadie venga. —Y ensanchó la sonrisa de sus labios, como si estuviese haciendo una travesura y estuviese poniendo una excusa malísima para darle cabida. —¿Y si te grabo? —Y entonces, además de verse su cabeza a través de esa cortina, se vio también como aparecía su mano con el arma del futuro crimen: su teléfono móvil. Abrió la cámara, la puso en modo vídeo y cuando le fue a dar a grabar…

Puso los ojos en blanco y bajó la amenaza, suspirando con mala gana.

—Te salvas porque me ha vuelto a salir el mensaje de que no tengo espacio de almacenamiento suficiente. Odio este móvil. —Lo cual era normal porque si contamos la cantidad de fotos que había de Gwendoline, que no eran ni de lejos capaz de igualar la inconmensurable cantidad que tenía de sus gatos y su cerdo… pues sumaban un total de ‘haz otra cosa con tu vida, loca de los animales’. Y hablábamos de fotos, porque también tenía vídeos de su cerdo haciendo el retrasado—que es lo que hacía el noventa por ciento de su tiempo despierto—y de su gato haciendo nada, porque Don Gato parecía tener la habilidad de no hacer nada útil cuando una cámara le está grabando.

Sam se había apoyado en el borde, tapando bien para que no se viese nada de Gwendoline desde fuera y con la mitad de su cuerpo dentro, mientras su mirada fija en el móvil se planteaba qué borrar para poder seguir siendo una acosadora competente en esa tienda. Era un error de novato quedarse sin espacio de almacenamiento cuando estás a punto de grabar a tu novia desnudándose.

—Es que tía, mira. —Y le mostró el móvil, en donde habían nueve fotos seguidas de Gwendoline con una sonrisa de pura felicidad—que a Sam ENAMORABA—en el rostro mientras intentaba ocultarse de la cámara con las sábanas de la cama. Eso había sido un par de días, una mañana en donde remolonearon mucho tras desayunar en la cama. —Creo que queda claro quién es tu fan número uno en este mundo, ¿no? Quiero que sepas que voy a borrar las fotos de mi cerdito porque te prefiero a ti. —Y eso lo dijo mirándola a través del espejo, en un gesto bromista de: “para que veas todo lo que te quiero y el nivel que ocupas en mi corazón.”
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Gwendoline Edevane el Sáb Jun 01, 2019 1:59 pm

Si aquel vestido fuese un candidato político en plena campaña electoral, sin duda no podría elegir mejor representante que Samantha Lehmann: la legeremante creía firmemente en él, y estaba dispuesta a defenderlo hasta la muerte, cosa que hizo a Gwendoline poner los ojos en blanco.

Hizo un ejercicio mental para tratar de verse a sí misma desde los ojos de Sam, y pese a que le costó creérselo un poco, pudo comprender a su novia: ella también sabía lo que era desear a la otra chica con cuerpo y alma, y desearla todavía más ataviada con cierta vestimenta. Para la morena era el equivalente a desenvolver un regalo que llevas esperando con ilusión todo el año, tal era su deseo por su novia.

Así que por ese motivo posó con el vestido, siempre siguiendo su dirección. Le concedió aquel capricho simplemente porque no tenía pensado llevarse aquel vestido.

Cuando Sam se dio por satisfecha con las fotos que había obtenido de su ‘novia guapa’—esa afirmación hizo sonreír como una boba, muy a su pesar, a Gwendoline—, su pareja ataviada de azul se internó de nuevo en el probador para desembarazarse de aquel vestido que tan incómoda la hacía sentir, y volver a meterse dentro de su mucho más cómodo suéter de cuello alto.

La urgencia se le esfumó cuando, una vez más, volvió a verse en el espejo, y le gustó lo que veía: aquel vestido la hacía atractiva. Y vale, seguía mostrando más carne de la que le gustaría, pero no pudo evitar tomarse algunas fotografías.

Sam la sorprendió en el proceso, para su desgracia.

¿Qué fue lo mejor de aquel momento? Que justo cuando Sam asomaba su cabeza al interior de la pequeña cabina y su cabeza apareció en el espejo, Gwendoline estaba tomando una fotografía. Apretó el disparador justo en ese momento, y para cuando la imagen apareció en pantalla, la morena comprobó que en un lateral aparecía una Samantha Lehmann sin cuerpo, con esa sonrisa tan pícara que mostraba a veces.

—Es para tener un recuerdo, pues no pienso llevarme este vestido.—Se defendió, sacando la lengua a Sam como gesto de protesta ante su ‘insulto’. Ambas sabían que bromeaba.

Y entonces, sucedió algo que Gwendoline no se esperaba: Sam, después de asegurar que vigilaría mientras su novia se desnudaba, hizo amago de grabarla.

La situación chocó un poco a Gwen, pero no porque no hubiese sucedido antes ni mucho menos, sino porque estaban en un lugar público y no sabía bien cómo reaccionar. Así que mientras Sam se quejaba de su móvil con escasa memoria, ocupada en un noventa por ciento con imágenes de sus mascotas o de animales graciosos de Internet, Gwendoline valoró aquella situación.

Y se dijo a sí misma: ¿Por qué no? No hay nadie más que nosotras dos aquí…

—¿Cómo no me has avisado de que eso era lo que querías?—Gwendoline compuso una sonrisa que pretendía ser sexy, mordiéndose el labio inferior y mirando a los ojos a su novia. Se dio la vuelta para mostrar la cremallera del vestido, sin dejar de mirar a Sam por encima del hombro.—Si eres tan amable de ayudarme con la cremallera...

Sam lo hizo, sin dudar demasiado, y la espalda de Gwendoline quedó prácticamente al descubierto. La morena se giró, sujetando el vestido con ambos brazos a la altura del techo, y siguió mirando a una Sam que mantenía el móvil en alto.

—Que sepas que si hago esto es porque eres mi fan número uno y...—...y Gwendoline abandonó el tono de voz sexy para reírse, doblándose incluso por la cintura. Logró recuperar la compostura después de unas cuantas carcajadas, y entonces negó con la cabeza, todavía mordiéndose el labio inferior. Un ligero rubor había aparecido en sus mejillas.—Eres terrible. No deberíamos estar haciendo esto aquí...

Y a pesar de esas palabras, mientras Sam grababa todo, Gwendoline comenzó a quitarse el vestido muy despacio. Sabía que no se le daba muy bien ser sexy, pero desde luego que lo intentó...


***

Minutos más tarde, ambas chicas—vestidas tal y cómo habían llegado a la tienda—paseaban de la mano en busca de un vestuario más apropiado para la boda de Sophie Ebner, sonriendo como dos bobas avergonzadas ante lo que había sucedido en los probadores.

Y no, no había sucedido nada ‘serio’, por si os lo estáis preguntando.

—Qué vergüenza.—Murmuró Gwendoline, acercándose a la oreja de Sam para que sólo ella pudiese escucharla. Sus ojos estaban fijos en la dependienta que se había ofrecido a ayudarlas y había permitido a Sam hacer fotos, que las observaba con los brazos cruzados en actitud severa.—Creo que se ha olido lo que estábamos haciendo ahí dentro, y ahora no deja de vigilarnos. ¡Somos como dos quinceañeras, Sam!

Y, pese a todo, rió. Porque podía haber cumplido recientemente los treinta años, pero junto a Sam se sentía mucho más joven. Con ella estaba experimentando cosas que jamás había experimentado antes, como si no hubiese vivido realmente hasta estar con ella.

Hasta le había entregado su virginidad.

—Bueno, al menos no nos ha echado de la tienda.—Dijo, sin perder la sonrisa, un poco sonrojada. Deslizaba su mano libre sobre las hileras de vestidos colgados en sus perchas, mirándolos sin verlos realmente.—¿Volvemos a la tarea que nos ocupa? Porque quiero recordarte que tenemos pensado comer fuera, entre otras cosas, y eventos como el ocurrido en ese probador hacen que quiera volver a casa contigo y pasar directa al postre. Solo para que lo sepas.

Y la miró a los ojos, siendo consciente de que la dependienta las vigilaba de cerca, con el ceño fruncido. Gwendoline desvió brevemente la mirada en su dirección, y cuando volvió a mirar a Sam, le regaló un beso suave y lleno de amor en los labios.

—Te quiero.—Le dijo, para acto seguido desviar la mirada hacia los percheros. Nunca aquellas dos palabras habían sido tan ciertas.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Jun 03, 2019 12:40 am

Esperándose a una Gwendoline tímida que pusiese la mano delante de la cámara del teléfono móvil, se sorprendió muchísimo al ver una que le seguía totalmente el rollo con aquel juego tan improvisado. Entre que estaba así vestida y que encima acompañaba tanta sensualidad con aquella actitud tan sexy, la rubia se quedó con los ojos bien abiertos hasta que reaccionó para bajarle la cremallera. Le parecía fascinante lo fácil que tenía Gwendoline hacer que Sam solo la quisiese a ella en ese momento. Pero fue fuerte. Sólo le bajó la cremallera, haciendo que volviese a la partida la Sam buena porque sabía que no debía de jugar con fuego. Así que cogió el móvil ya liberado con algunas fotos y la grabó.

Rió como quien acaba de hacer una gamberrada cuando su novia le dijo que tenía vergüenza. A Sam, sin embargo, después de que salió de la sorpresa, debía de admitir que hasta le divirtió. Y le hubiera divertido mucho más si no hubiese tenido que serenarse tras ver a la sexy de su novia quitándose ese vestido sensualmente frente a ella en un lugar público, con esa sonrisa tan traviesa. ¿Cómo podía ser tan atractiva?

—¡Lo dices como si fuésemos muy viejas o algo! —Le reprochó en voz baja, frunciendo el ceño divertida. —¿Qué más da lo que parezcamos? Si esto es de quinceañeras, me encanta ser quinceañera. —Le sonrió.

Pero jo, Gwen, jo.

Lo siguiente que le dijo hizo que Sam tuviese muchas reacciones a la vez: tristeza porque iba a tener que ir a trabajar después de comer fuera y todavía más tristeza—mezclada con un calentón injusto—por lo que le acababa de decir y que no iba a ocurrir. O sea, le acababa de decir ESO y la desgraciada de Sam prácticamente ni iba a pasar por casa antes de meterse en el dichoso Juglar Irlandés. ¿Y si iban con bolsas de basuras a la boda de Sophie y ahora se iban a casa a pasar el resto de la mañana en la cama? De repente se le antojaba horrible tener que ir a trabajar esa tarde con un vídeo de Gwendoline tan sexy en el móvil. ¡Iba a estar todo el dichoso rato queriendo volver sólo para…! Venga, Sam, serénate. No puedes estar pensando todo el rato en hacerle el amor a tu novia. ¿Aunque por qué no? ¡Era su novia!

Recibió el beso en los labios, sonriéndole de vuelta.  

—Yo también te quiero, pero quiero que sepas que voy a estar en el trabajo muy triste pensando en todo lo que quiero hacerte esta noche. —Suspiró y curvó las comisuras de sus labios hacia abajo. —Creo que el vídeo que te he sacado me va a poner los dientes muy largos hoy. —Suspiró fuertemente, para entonces pasarse un mechón de pelo que se le escapó por detrás de la oreja. —Vamos a pedirle ayuda a la dependienta que se ve que tú y yo nos distraemos con cualquier cosa. —Le echó la culpa también, de manera divertida.

Se acercaron finalmente a la mujer, la cual adoptó un rostro mucho más cordial y agradable. La verdad es que no parecía enfadada, más bien aburrida por estar viendo a una pareja feliz y ella allí trabajando de manera totalmente agria mientras su novio estaba en casa. Lo que Sam y Gwen le pidieron fue fácil, en principio: Gwen quería un vestido rojo, a ser posible de manga larga y que no enseñase demasiado. Sam sólo quería un vestido que tuviese la espalda abierta y fuese largo; de resto… era bastante libre. A ella le gustaba casi todos los tipos de vestido a excepción de los palabras de honor, por lo que había vetado eso.

Ambas esperaron en el sofá cerca de los vestidores y tras unos cinco minutos apareció de nuevo la muchacha, con varios vestidos colgados del brazo. Los separó en dos montones, empezando por los de Gwen:

—Rojos y de manga larga he encontrado estos dos. —Se los mostró de manera superficial. El primero era todo liso, prácticamente tapaba todo y era de una tela suave y ajustada, que caía de forma muy natural. El otro tenía cosas más rimbombantes, así como una apertura en la pierna que parecía que te llegaba hasta el alma. —Te he traído dos opciones más de color rojo, pero una de ellas tiene las mangas cortas y otro directamente no tiene mangas, sino que es palabra de honor como el que te probaste. De hecho es el mismo que te probaste pero de color rojo.

Colgó las cuatro opciones en una barra, dejándole los cuatro frente a ella para que pudiera verlos, tocarlos y, si quería, probárselos. Luego hizo lo mismo con los que había elegido para Sam.

—Mira, para ti he encontrado estos dos con la espalda abierta totalmente. —Uno era de color pastel muy claro, mientras que otro era verde. Hubiera vetado rápidamente ese porque no le gustaba el verde, pero era color turquesa y le encantaba el turquesa. —El turquesa tiene una parte delantera muy recatada en comparación con la espalda, mientras que el color pastel tiene bastante escote. —Los colgó al lado de los de Gwendoline, para entonces añadir dos más. —Luego te he traído estos dos: son de tiras y tienen una espalda bastante amplia, pero como me matizaste que querías una espalda bien abierta, no sé si terminarán de gustarte porque tienen sus cosas especiales.

Uno de ellos tenía la espalda con tiras prácticamente de color blanco, otro que era azul brillante, pero a Sam no le gustaba nada que fuera ajustado, por lo que lo descartó sobre la marcha. El que más le gustó fue el primero de todos, pues pese al escotazo que parecía tener, tenía una espalda bastante abierta y muy bonita. Era azul celeste muy pálido y además era super suave.

—Madre mía, qué difícil —dijo, frente a todos los trajes, sin saber ni como empezar para ella ni cuál recomendar para Gwen. De repente había demasiada información. —Sólo sé que éste lo descarto. —Dijo con respecto al ajustado azul brillante.

—Siempre he dicho que uno no sabe lo que tiene delante hasta que se lo prueba. Los vestidos cambian muchísimo en el cuerpo de la mujer que los va a lucir, por lo que si os gusta alguno, os animo a probarlos porque la cosa puede mejorar mucho o hacerles decidir que definitivamente no —dijo la dependienta, todavía al lado de ellas para cualquier cuestión.

—Podría probarme estos dos —dijo con respecto a los de color más claro, que eran los que más les había gustado.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó.

—Creo que no, de hacerlo: gritaré. —Dijo mientras cogía los dos vestidos. La dependienta rió por la broma.
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Gwendoline Edevane el Lun Jun 03, 2019 3:38 am

Si dijese que no se había divertido dentro de los probadores estaría mintiendo, pues muy a pesar de la vergüenza, había habido algo en la situación que… bueno, en definitiva, que podría haber llevado a otra situación.

Sin embargo, eran chicas fuertes y capaces de reprimir sus instintos más carnales en lugares públicos. La vergüenza, por parte de Gwendoline, ayudaba muchísimo: si la descubriesen medio desnuda con su novia dentro de un cubículo de dos metros cuadrados, sin lugar a dudas se sentiría abochornada, como poco.

Sin embargo, con lo que Sam le estaba diciendo, ya su mente se puso a trabajar.

—Va a ser mejor, sí. Y a lo mejor así esa mujer deja de mirarnos como si estuviésemos atentando contra la biblia, o algo así.—Cosa que, en cierto modo, era verdad: seguramente, las sagradas escrituras estaban bastante en contra con lo que Samantha Lehmann y Gwendoline Edevane hacían en la intimidad de su hogar, bajo las sábanas de su cama.

Así que, resumidamente, aquel episodio tan erótico y sin planear culminó de aquella manera: ambas mantuvieron las manitas quietas y alejadas la una de la otra, y pidieron ayuda a una solícita dependienta que, enseguida, se preocupó por satisfacer sus necesidades en cuanto a vestuario.

Pedirle ayuda fue todo un acierto, pues en el mismo momento en que apareció con los vestidos rojos, Gwendoline se enamoró de uno en concreto: el primero de todos, con sus falda y sus mangas largas. No necesitaba mirar los demás para saber que ese iba a ser su vestido para la boda de Sophie Ebner.

Con respecto a los que la dependienta ofreció a Sam, Gwendoline se mordió el labio inferior al ver el primero, y de repente, todos los demás dejaron de importar: ver a Sam con semejante escote la haría muy feliz, y así mismo se lo hizo saber a su novia.

—Me da igual cual elijas—se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—, pero quiero verte con ese escotazo. No, corrijo: necesito verte con ese escotazo.

Sin embargo, ese vestido tenía un pequeño problema: que, durante toda la ceremonia, bailes, banquete y todo lo que sucediese el día de la boda, Gwendoline iba a estar pensando en ese escote, en el escote de su novia, y en las cosas que le haría. Quizás no fuese el más apropiado para la boda… pero igual que Sam se había encariñado con el azul, ella se encariñaba con el blanco.

—Yo ya me he decidido por este.—Gwendoline tomó el de las mangas largas que tanto le gustaba.—Voy a probármelo, pero algo me dice que me quedará a la perfección.—Y tanto que algo se lo decía: le realizaría con magia los ajustes necesarios para que fuera, literalmente, el vestido perfecto para su cuerpo.


Unos quince minutos más tarde...

Salieron de la tienda cada una con su vestido en una bolsa, habiendo cumplido la misión que les había llevado a aquel lugar. Caminaban cogidas de la mano y todavía reían divertidas ante lo sucedido en los probadores. Porque sí, la escena se había repetido, aunque en esta ocasión, había sido Sam la que había tenido que desnudarse para la cámara.

A consecuencia de aquello, Gwendoline se sentía, en pocas palabras, muy juguetona.

—Bueno, y ahora supongo que deberíamos ir a comer, ¿verdad? Porque te espera una tarde muy larga y querrás ir cargada de energías...—Gwendoline se mordía el labio inferior mientras, discretamente, conducía a su novia a un cercano callejón desde el que podrían desaparecerse.—Todo el mundo sabe que no hay nada más importante que una buena comida para que la tarde sea...

Sin que Sam se lo esperase, una vez llegaron al callejón, la sujetó fuerte y se desapareció con ella. Seguramente, la rubia se esperaba aparecer en otro callejón, uno que quedase cerca del restaurante en que habían acordado comer, pero no fue así.

En su lugar, se aparecieron ni más ni menos que en su casa, en el cuarto que compartían las dos y en el que tantas veces habían jugado juntas.

Y en el que estaban a punto de jugar una vez más, pues Gwendoline no tenía intención de ir a comer fuera.

—...productiva.—Terminó la frase con una sonrisa, antes de unir sus labios con los de su novia. Dejó caer la bolsa con el vestido al suelo, y enseguida sus manos buscaron el cuerpo de la rubia.—No pensarías que te iba a dejar pasar una tarde tan mala, ¿verdad?—Le dijo cuando se separó de ella. Sus dedos, juguetones, buscaron los botones de su vestido para desabrocharlos, empezando por el del cuello.

Gwendoline llevó a Sam a la cama, la empujó suavemente para que cayese sobre ésta, y enseguida se le puso encima, una pierna a cada lado de su cuerpo. Se pegó a ella y, mientras su mano se sumergía dentro de la parte de arriba del vestido, su boca buscó el cuello de la legeremante.

Se irguió de nuevo entonces, y con un rápido movimiento, Gwen se quitó el suéter de cuello alto que llevaba puesto, arrojándolo a un lado. Miró a su novia con deseo, antes de dejarse caer nuevamente sobre ella para comerla a besos.

Una cosa estaba clara: desde que Gwendoline había descubierto el sexo… no desaprovechaba ni una sola ocasión para tenerlo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Jun 04, 2019 3:09 am

Le había encantado el vestido que se había probado y, pese a que necesitaba algunos ajustillos, sabía que con el arte que ya tenía con la magia y la ropa no le costaría mucho hacer que le quedase perfecto. Nada más ponérselo y vérselo en el espejo sintió esa satisfacción personal, no solo por verte a ti mismo guapísima, sino porque encima era un vestido muy cómodo pese a lo fácil que parecía que podía 'salirse' cualquier cosa.

Salieron de allí muy felices por ambas partes, pero en lo personal Sam estaba deseando ponerse aquello en la boda de su madre y enseñar su espalda en perfecto estado. De verdad, para eso ella lo que más feliz le hacía todo y lo más gracioso es que nadie sabía que precisamente eso era una victoria para ella, o que el verdadero motivo de aquello era enseñar algo que llevaba ocultando tanto tiempo. Pero bueno, ¿qué más daba? Para ella era un gran paso en su vida y estaba contenta de hubiese llegado, pues en un principio creyó que no iba a dar un paso en esa dirección nunca y acostumbrarse a ese pensamiento había sido duro, ¿pero sabéis lo fácil que fue cambiar el chip desde que Gwen le dijo lo contrario?

Ahora se dirigían a algún sitio en el que comer y si bien después de ‘desnudarse’ frente a la cámara de Gwendoline le había terminado por subir los calores, se había puesto a pensar concienzudamente en los zapatos que más pegarían con ese vestido sólo para dejar de pensar en ello. Sin embargo, Gwen no tardó en recordarle lo que estaba perdiéndose y a lo que se enfrentaba durante ocho pesadas horas.

—¿Te estás riendo de mí, Florecilla? —le preguntó cuando matizó que le esperaba una tarde muy larga por delante, con ese retintín. —Porque ya te digo que…

Y se le olvidó lo que iba a decir, pues repentinamente tras girar una esquina que daba a un callejón que no estaba en sus planes, Gwendoline la sujetó y se apareció con ella. Para empezar no se esperaba esa aparición repentina, pero tampoco esperaba que la hiciese hacia su hogar, más precisamente su habitación. Desde que reconoció el lugar y Gwen le besó, su cuerpo respondió instantáneamente, volviendo en ella todo ese deseo que había apartado hace un rato de una patada. Esa manera de actuar tan espontánea de Gwen había hecho explotar el pequeño volcán que estaba intentando mantener tranquilo.  

Soltó la bolsa ella también y se quitó la mochila de la espalda para dejarla caer al suelo cuando las manos de Gwen fueron a los botones de su vestido. Cayó entonces sobre la cama, con una Gwen muy traviesa sobre ella que, besándole el cuello, empezó a derretirla por dentro. Le ponía muchísimo que le besasen el cuello y en aquel momento pensó que, idiota de ella por pensar que iba a estar toda la tarde deseando esto o que Gwendoline hubiera preferido ir a comer a un tailandés en vez de volver a casa a comerse entre ellas.

Así que cuando Gwen se separó para quitarse su suéter, Sam se quitó el cinturón y se abrió el vestido justo antes de que la morena bajase a por ella, sin tener tiempo de hacer nada más que recibir. Con la morena de esa manera tan lanzada... Sam no pudo más que dejarse gobernar y la respuesta de su cuerpo no se hacía esperar con cada una de las cosas que su novia le hacía.


***

Si bien no les había hecho falta desnudarse por completo para darse todo lo que tenían para darse, después de disfrutar como siempre hacían, se encontraban las dos desnudas en la cama, sudando, satisfechas y sin duda alguna con ganas de pasar allí toda la tarde del viernes. La rubia estaba ligeramente por encima de ella, con una de sus piernas entre las de ella y con sus labios unidos en un beso lento y largo, como si no quisieran que ese momento llegase a su fin. Le encantaba besarla, era de sus cosas favoritas en el mundo. Sin embargo, como no parase iba a terminar queriendo un segundo asalto porque era imposible besarse sin querer más.

Así que se separó lentamente de ella y abrió los ojos, aún sujetando con suavidad su rostro con una de sus manos. Estaban bien cerquita, por lo que cuando la morena abrió los ojos, pudo ver el color verde de ellos más precioso que nunca. Ese brillo travieso le quedaba muy bien.

—¿Te he dicho ya que me encantan tus ojos? —le dijo entonces, todavía bien de cerquita y apoyada en ella. Sí, sí le había dicho muchas veces que sus ojos verdes eran preciosos. No había quitado la mano de su rostro y de manera totalmente inconsciente estaba acariciando con sus dedos su mejilla y su cuello. —¿Pero sabes qué me encanta más todavía de ti? —Le sonrió, con una pequeña pausa en donde se le vio ese brillo travieso, siendo bien consciente de que iba a decir algo en relación con lo que acababa de pasar y no, esto por mucho que lo hubiese pensado, no se lo había dicho. No al menos de esta manera. Suspiró cual enamorada antes de hablar. —La cara que pones cuando llegas al orgasmo y como dices mi nombre para avisarme para que ni se me ocurra parar en ese momento. —Amplió la sonrisa y se mordió el labio inferior. —No puedo contigo.

Se estiró entonces para ver el reloj que estaba sobre la mesa de noche de Gwen y al ver la hora que era, solo pudo esconder de nuevo la cabeza entre el hombro y la cabeza de su novia, como si quisiera esconderse y no ir a ningún sitio. No quería ir, quería quedarse el viernes en casa mientras hacía poner a Gwendoline esas caras antes del orgasmo. Pero no, tenía hora y cuarto para comer e ir al dichoso Juglar Irlandés a ver magdalenas que le iban a recordar a Gwen.

—¿Y si llamas al trabajo por mí y les dices que me estoy muriendo en la cama de una intoxicación? Odio mentir a Alfred. Miéntele tú por mí. —Le pidió con diversión, para entonces sacar la cabeza de allí y volver a mirarla a los ojos. —No sé cómo pretendías darme ganas para ir a trabajar después de mostrarme tu parte más sexy y espontánea, ¿de dónde ha salido esta Gwen que me mete en los callejones para aparecerse lujuriosamente en nuestra habitación y tirarme sobre la cama? Me alegra saber que no fui la única que salió de esos probadores con ganas de venir a casa... Ya estaba pensando que esto de querer hacerte el amor a todas horas iba a ser algo malo...
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Jun 04, 2019 2:51 pm

Paz.

Esa era la sensación que experimentaba Gwendoline en aquellos momentos, cuando el calor del sexo disminuía su intensidad hasta el punto de ser apenas un ascua en el fondo de un brasero.

Desde que había descubierto el sexo, había amado esa sensación: la sensación de piel contra piel, la desnudez, la caricia de la más mínima brisa que provocaba escalofríos, beber de los labios de Sam… ¿Podría decirse que si le gustaba tanto el sexo era por aquella sensación posterior? Quizás… pero no del todo.

La besó y acarició los suaves mechones de su húmedo cabello rubio, experimentando la plenitud que sólo otorga el amor de la persona más importante del mundo. Quizás hubiese sido algo rápido, algo improvisado, pero había incendiado su interior de una manera que no se había esperado.

La miró a los ojos con amor cuando, suavemente, se separaron de aquel beso que amenazaba con convertir aquella ascua de su interior en un incendio, y le dedicó una amplia sonrisa. Su frente estaba perlada de sudor, y su cuerpo parecía ligero como una pluma.

Enrojeció un poco ante sus palabras, pero no perdió la sonrisa. Acarició suavemente su rostro, recordando también lo preciosa que se veía cuando disfrutaba.

—Si hablamos de ojos bonitos y caras de placer bonitas, creo que tú sales ganando.—Le dijo, mordiéndose el labio inferior.—Me he vuelto adicta a la manera en que, poco a poco, vas cerrando los ojos y abriendo la boca cuando estás a punto de llegar...—Y tan adicta que se había vuelto. Seguro que Sam no comprendía la magnitud y la hermosura de ese momento.—Es la única parte mala del sexo oral: no puedo ver esa carita tan preciosa.

Gwendoline la rodeó entonces con sus brazos, acariciando suavemente la piel de sus caderas con sus dedos, sin dejar de mirarla. Sabía que si permanecían mucho tiempo así, el ascua en su interior volvería a avivarse. Era lo maravilloso de ser mujer: siempre que el cuerpo pudiese resistirlo, habría ganas de más. Podía visualizarse pasando toda la tarde junto a ella así, desnudas, practicando el sexo y descansando a partes iguales. Nunca lo habían hecho, pero estaba dispuesta a intentarlo.

De no ser por el dichoso Juglar Irlandés, que en ese momento a Gwendoline le pareció lo más molesto del mundo.

—No eres la única, no.—Le dijo con una sonrisa traviesa, para entonces pasar a una un poco más sincera, más calmada… quizás, incluso, dotada de la seriedad que requieren los momentos en que se dice algo importante.—He descubierto contigo un mundo que no sabía que existía. Y créeme que, a mis treinta años y siendo hasta hace poco virgen, no esperaba, ni mucho menos, que descubriría algo así. Creía que era rarita, pero...—Deslizó suavemente sus dedos índice y medio, como si fuesen las dos patitas de una persona diminuta, desde las caderas de Sam, pasando por su brazo hasta llegar a su cuello, y finalmente a su rostro. La sonrisa de la morena se hizo más amplia, entonces.—...lo único que necesitaba era a mi persona especial, la que me completa en todos los sentidos.

La besó de nuevo, como para demostrarle la realidad de aquellas palabras, y de nuevo el fuego comenzó a avivarse en su interior. ¿Qué descubrió entonces? Que se negaba a pasarse toda la tarde anhelando el regreso de Sam. Que esa tarde tenía que ser para ellas dos, por egoísta que pudiese sonar.

Así que, cuando volvió a separarse de sus labios, había pensado un plan.

—Quizás decirle a Alfred que estás enferma es un poco feo, pero...—Esta vez, Gwendoline miraba el vientre de Sam mientras lo acariciaba suavemente con sus dedos. Le encantaba aquella parte de la anatomía de su novia.—…¿qué te parecería mandarle un Whatsapp a Santi pidiéndole que te cambie el turno? Le podemos sobornar con pizza.—Se mordió el labio inferior, mirando a su chica a los ojos.—Pedimos comida, nos jugamos a piedra, papel y tijeras quién tiene que vestirse brevemente para atender al repartidor, nos la comemos aquí mismo, y después nos pasamos desnudas el resto de la tarde. Eso último es lo más importante de todo. ¿Qué opinas de mi malévolo plan?

A Gwendoline le parecía sencillamente el mejor plan del mundo. Y no, en ese momento, no le hacía ninguna falta la comida, pero si seguían con lo que tenían en mente… acabaría haciéndoles falta.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Jun 05, 2019 3:08 am

No opinaba como ella, ¿pero cómo iban a estar de acuerdo en quién tenía los ojos más bonitos, cuando una veía a la otra como ni ella misma era capaz de verse? Siempre se solía decir la frase de ‘ámate tú, porque si no nadie lo va a hacer’ pero precisamente entre Gwendoline y Samantha no ocurría eso, pues sin duda alguna era la otra quién veía la mejor versión de su pareja; una versión que ni ellas mismas eran capaz de verse cuando se miraban al espejo. Y en realidad daba igual lo que una pudiese pensar de sí misma, porque ahí estaba la otra para recordarle lo mejor que tenía cada una. Y sí, podía ser una opinión condicionada por lo mucho que se querían, pero precisamente se querían tanto por todo el tiempo que llevaban juntas… ¿y quién, mejor que la otra, iba a saber el diamante en bruto que tenía delante?

Hacía tanto tiempo que Sam no experimentaba un orgasmo, que desde que estaba con Gwendoline sentía que era los primeros que sentía. Se había olvidado de lo gratificante e increíble que era tener sexo con la persona a la que amas y entregarte en todos los sentidos, sin pudores ni tonterías.

—No tengo ni idea de lo que hago o dejo de hacer cuando llego al orgasmo. Pierdo totalmente el norte cuando me tocas cómo me tocas. —Le reconoció con sinceridad. En ese momento la verdad es que le daba igual cualquier cosa, pues no tenía cabeza más que para disfrutar con esa explosión interior. —Has sido una aprendiz de diez. Ya no tengo nada que enseñarte… con la boca. —Hizo esa pausa dramática, alzando sendas cejas a la vez.

¿Sabéis lo especial que se sentía Sam de haber sido quién le abriese ese mundo a Gwendoline? Siempre pensó que ningún hombre iba a estar a la altura de alguien como su amiga sabiendo la estima en que la tenía y, en su momento, nunca pensó en la posibilidad real de haber sido ella, pues lo sentimientos no tenían nada que ver. Actualmente, después de que todo en ellas cambiase de esa manera tan inesperada, sentía y creía de verdad que estaban esperándose mutuamente para vivir eso. Y ya no era solo el mundo sexual, que también era importante… sino todo. Sentía que después de tanto tiempo siendo sólo amigas, habían llegado a un punto en donde ambas se habían completado de una manera increíble. La morena le había abierto un nuevo mundo de ilusión, mientras que Sam le había abierto un mundo que nunca había experimentado.

Después de todo este tiempo, se juntaron en el momento en el que parecía que más se necesitaban. Le besó entonces tras decirle todo eso, besando unos labios sonrientes que no tardaron en devolver ese beso. Cuando se separó, Sam se mojó sus labios y asintió a lo feo que sería mentir a Alfred. Lo pensaba todas las mañanas y siempre llegaba a la misma conclusión: eso no se le hace al bueno de Alfred.

Así que mientras se sentía perro mimado, sintiendo las caricias de Gwen, escuchó su plan malvado. ¿Gwendoline animándole a ser una irresponsable y mentirosa con su trabajo? ¿Cuándo había sido la última vez que pasó eso? ¿En su cumpleaños? Sam no pudo evitar mirarle con cierta travesura, siendo muy consciente de que no tenía el temple necesario para negarse a un plan así cuando había sido la misma Gwen quién lo ponía sobre la mesa. Y no podía negarse porque el plan de pasarse un día entero con Gwendoline en la cama, despreocupadas de todo lo que tuviera que ver con su vida, siendo sólo ellas dos, era demasiado… perfecto. Pocas veces se permitían ese capricho y ahora Sam no iba a ser esa muchacha responsable que todos conocen.

—Que eres una genia del mal. —Su respuesta fue divertida. Se separó entonces de ella, se puso a cuatro patas y gateó hasta la parte baja de la cama, buscando la mochila que había dejado por ahí. Cogió el teléfono del interior y volvió a donde estaba antes, colocándose boca abajo junto a Gwen mientras desbloqueaba el móvil. —Sé que debería oponer más resistencia a tu malvado plan porque se supone que soy una mujer hecha y derecha que no debería cambiar sus turnos de trabajo por quedarse en casa para hacerle el amor a su novia toda la tarde… pero no puedo dejarte aquí así. Sola y desamparada. ¿Qué harías sin mí? ¿Irte a la ducha con las velas aromáticas? —La miró de reojo con una sonrisa pícara. —No puedo permitirlo.

Abrió el chat de Santi—nombrado en el móvil de Sam como Platanoide, porque le encantaban los plátanos—, quién parecía estar en línea. Se colocó entonces al lado de Gwendoline para que pudiese ver la conversación que iba a tener con él y, por qué no, decidir juntas la mejor manera de sobornar a Santiago Marrero, que sin duda era un señor con sus dotes para la negociación.

“Santi, ¿podrías cubrir mi turno de tarde hoy? Prometo invitarte un día a cenar pizza después de trabajar y te cubro el viernes que viene.” Le escribió Sam.

“¿Y eso?”

“Tengo asuntos personales que atender.”

—Parece que ha pasado algo malo, quizás debería…

“¿Otro vampiro?” Preguntó por el chat antes de que Sam pudiese poner nada para quitarle tanta seriedad al asunto. “Porque si es otro vampiro, deberías decírmelo. Ya sobreviví a uno y me he hecho un arma antivampiros con un bate que no utilizaba. Podría ayudarles. He estado entrenando.”

“Santi, no hay más vampiros. ¿Cómo que has estado entrenando? ¿Qué dices?”

“¿Seguro? ¿No me estás engañando para protegerme? Mia Samantha de todos los Nombres, nos conocemos.”

“Santi, deja la paranoia, que no hay más vampiros.”

“Estás seria. ¿Un licántropo quizás? Me dijo tu padre que también existían.” Aunque él mismo se contestó: “Bueno, hoy no hay luna llena.”

Sam no pudo evitar mirar a Gwendoline y reír porque es que Santi siempre se iba por las ramas, bajaba por el tronco y se ponía a viajar por las raíces del árbol.

“¿Puedes cubrirme hoy, o no? Es importante...” La rubia miró a la morena, pensando que la importancia era totalmente relativa en ese caso.

“He recibido una puñalada de vampiro por ti, yo creo que deberías cubrirme el próximo viernes y el próximo sábado como compensación a avisarme a menos de hora y media de tu turno. Y la pizza que sea con piña que sé que no te gusta mucho y así hay más para mí.”

“Eres un ser horrible.”

“Soy español, tienes suerte de que te haya dicho que sí. No veas lo egoístas que somos por allí y lo que valoramos un día libre.” Y acompañó eso de un gif victorioso. Cabe añadir que Santiago Marrero en realidad escribía bastante mal por móvil, con palabras totalmente abreviadas y con típico lenguaje de móvil.

Sam sonrió de nuevo aunque esta vez bloqueó el móvil para volver a mirar a Gwen. Se encogió de hombros como si no hubiese hecho nada malo y entonces recordó lo que había dicho antes de pedir comida sólo por salir lo mínimo posible de la habitación. Dejó el móvil a un lado, sin darle más importancia y acercó su rostro al de ella.

—Me gusta esta Gwendoline espontánea y traviesa que me insta a no ir a trabajar para quedarnos en la cama todo el día. Bueno, no sólo me gustas… sino que me provocas... —Le susurró. Lo que le provocaba era una tremenda excitación, por lo que besó sus labios con deseo y mientras tanto bajó una de sus manos por su cuerpo, siendo muy evidente a dónde se dirigía. Las piernas de Gwen permitieron el paso de Sam al sentirla llegar y, tras unos largos segundos, la rubia dejó de besarla. Sólo dejó de besarla. —¿Seguro que quieres pedir ahora la comida? Yo creo que no...

Claro que no. Claro que no quería pedir la comida en ese momento pues en ese momento no habría nada más importante que lo que estaba pasando.


Así a ojo, dos horas después...

Habían terminado pidiendo comida al tailandés al que se supone que iban a ir a comer en presencia viva y si bien había tardado lo suyo en venir, llegó justo para cuando ya se estaban muriendo de hambre. Cabe añadir que frente al piedra, papel y tijeras, perdió Sam porque al parecer ERA UNA MUJER MUY EVIDENTE. Ni tiempo tuvo de quejarse de que le hubiera leído la mente por haber sacado tijeras, pues tuvo que vestirse rápidamente con lo primero que pilló—el pijama de esa misma mañana de Gwen—y salir escopeteada hacia abajo con el dinero para atender al repartidor, pues habían jugado al piedra, papel y tijeras justo cuando tocó, no antes para ir preparándose. Ese día sin duda estaban al límite.

Ya estaban por el postre—en el caso de Sam un vaso de mousse de chocolate—cuando a Sam entonces le vino a la mente el motivo de que casi perdiese el equilibrio bajando tan rápidamente por las escaleras.

—Me parece una ofensa que asumas que voy a elegir tijeras por ser bollo. —Le señaló con la cuchara. Mira que habían tenido una conversación de lo más normal mientras comían, pero le acababa de llegar a la cabeza y no pudo evitar soltar su falso drama homofóbico y, obviamente, falso. —Que lo he hecho precisamente por eso, pero sigue pareciéndome ofensivo. —Y pese a que hablaba super seria, la miró con un brillo divertido y al final no pudo evitar sonreír con la boca cerrada después de tomar una cucharada. —¿Quieres? —Le ofreció de su postre, parando con aquel falso drama, para entonces añadir algo de vital importancia: —Te habrás dado cuenta de que igualmente no soy muy fan de eso, pero parece que todas las lesbianas venimos con el estereotipo de que sólo hacemos eso y he de admitir que para la broma me encanta el cliché.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Jun 05, 2019 1:17 pm

Si lo que Sam y ella hacían en su intimidad podían considerarse clases prácticas—y teóricas, pues cuando le hacía a la rubia preguntas de esa índole, lo hacía siempre en privado—, Gwendoline sin duda se había convertido en una avezada alumna. ¿Y cómo no iba a serlo? Le encantaban aquellas clases prácticas, y el resultado que obtenía de sus aprendizajes.

Sam aseguró que no tenía nada que enseñarle… con la boca. Dicho matiz hizo que Gwen alzase las cejas, impresionada.

—¿Me estás escondiendo alguna práctica sexual lésbica que desconozco, mi pequeño y delicioso Melocotón?—Se mordió el labio inferior, sólo de imaginarlo.

Gwendoline, al presente día, no sabía cómo catalogarse todavía. No sabía si era lesbiana o no, o si sentiría lo mismo por Sam si fuese exactamente igual en cuanto a personalidad, pero de sexo masculino. No lo sabía, de verdad, y tampoco le importaba. Sabía lo que realmente importaba: que con Sam era feliz, que el sexo con ella le brindaba una sensación de plenitud que ninguna otra experiencia en la vida le podía aportar, y que no necesitaba a nadie más que ella.

Y ese conjunto de sensaciones, ese maremagnum de amor que flotaba en el ambiente cálido de aquella habitación, fue lo que llevó a Gwendoline a sugerir un ‘plan maligno’: sobornar a Santiago Marrero, mejor amigo de Sam en el mundo muggle, para que se apiadase de ella y le cambiase el turno. De esa manera, Sam no tenía por qué marcharse, y podían dedicarse aquella tarde perfecta la una a la otra.

Sam aceptó, y cuando fue a buscar el móvil, gateó por la cama. Gwendoline no perdió la ocasión de contemplar la belleza y la perfección desnuda que tenía por novia, mientras ella se alejaba en dirección a su bolso. Se mordió el labio inferior, y no por primera ni última vez en aquel día, sintió ese pequeño fuego ardiendo en su interior.

Cuando se volvió a tumbar en la cama, boca abajo junto a ella, Gwendoline hundió el rostro en el cuello de Sam. Comenzó a repartir besos allí mismo, y en la suave piel de su hombro, mientras recorría la espalda, ahora libre de cicatrices, con suaves caricias de sus dedos.

Su novia inició una conversación por vía mensaje de texto con Santi, y Gwendoline prestó atención sin dejar de acariciar la espalda de Sam. Tampoco dejó de repartir besos sobre la piel de su novia, juguetona como se sentía. Y como era de esperar, Santi—quien, es necesario señalarlo, parecía disfrutar de cada patada que le daba al diccionario con sus abreviaturas—hizo un poco de drama ante la idea de trabajar el viernes por la tarde.

Sin embargo, aceptó el trato que se le ofrecía… con unas condiciones bastante duras.

—Será ca...—Murmuró Gwendoline y, pese a que no terminó esa palabra, estaba claro lo que quería decir.—Le prohibí específicamente, bajo amenaza de muerte, que utilizase ese tema en las negociaciones por los turnos.—Arrugaba la nariz con disgusto, dispuesta a tomar el móvil y ajustar cuentas con Santi.—Me voy a asegurar de que se come con toda la pizza de piña ese bate mata-vampiros suyo...

Sin embargo, antes de que pudiera presentar batalla para defender el honor de su chica, Samantha Lehmann le quitó esa oportunidad: bloqueó el móvil, lo apartó de su alcance, y pasados unos segundos, ya nada le importaba a Gwendoline. Tras una afirmación que la dejó sin palabras, la besó y la dejó sin aire… y sin voluntad, por lo que ya no tenía intención de enfrentarse a Santi en un duelo de mensajes de texto.

Y no sólo eso: las manos de Sam buscaban reanudar lo que habían estado haciendo momentos antes. Gwendoline no tardó en empezar a suspirar, cerrando los ojos y sonriendo.

—No me importa la comida...—Jadeó, sintiendo los dedos juguetones de Sam llegando donde sólo ella sabía llegar. La morena separó todavía más las piernas.—No se te ocurra parar...—Y se mordió el labio inferior, sujetándose con una mano al brazo de Sam.


***

Para cuando llegó la comida, ambas chicas estaban famélicas, y no era para menos: llevaban casi todo aquel tiempo juntas realizando la mejor actividad física que una pareja puede realizar, salpicada por un montón de piropos y palabras que denotaban el amor sincero que tenían la una por la otra.

Podría decirse que el sonido del timbre las trajo de vuelta a la realidad, recordándoles que en el exterior seguía existiendo el mundo.

Como había sugerido la morena, jugaron a ‘Piedra, papel y tijeras’ para decidir a cuál de las dos le tocaba abrir la puerta. Gwendoline, que se había olido por dónde podían ir los tiros, jugó con ‘piedra’ y… ¿adivináis el resultado? Efectivamente: Samantha sacó tijeras, y no tuvo más remedio que ir a abrir la puerta al pobre repartidor, que seguía esperando.

Mientras su novia, ataviada con su pijama, bajaba las escaleras para abrir, Gwendoline buscó algo sencillo que ponerse. Se decidió por una de las camisas de Sam, la cual todavía olía a ella, y se la puso por encima de los hombros, sin molestarse en abotonarla. De esa guisa bajó las escaleras, con las piernas todavía temblorosas y un escalofrío placentero recorriéndole el cuerpo.

Ambas comieron juntas, y para cuando ya estaban con el postre—Gwendoline se había decantado por un poco de helado de vainilla—, Sam sacó el tema de las tijeras, colocando una sonrisa burlona en el rostro de su novia.

—Muy ofensivo, tienes razón. Soy toda una opresora.—Bromeó, demasiado feliz como para no seguirle el juego a Sam durante su falso drama. Y cuando la rubia le ofreció un poco de su postre, abrió la boca, y ella misma le dio una cucharada de su mousse. De la misma manera, Gwendoline tomó una cucharada de su helado y se la ofreció a Sam.—La verdad es que es una de las cosas más incómodas que se pueden hacer.—Coincidió con ella, pues en honor a la verdad, habían probado casi cualquier cosa ‘normal’ que dos chicas pudiesen hacer en la cama, y que no precisase la ayuda de juguetes, campo que todavía tenían pendiente explorar.—¿A qué te referías antes?—Preguntó entonces Gwendoline, picada por la curiosidad, mientras se llevaba un poco de helado a la boca.—Ya sabes, cuando matizaste que me habías enseñado todo lo que hay que saber hacer con la boca...

Era curiosidad genuina: a Gwendoline le gustaba conocer todos los entresijos del sexo lésbico en un sincero intento de convertir las relaciones sexuales con Sam en los más óptimamente satisfactorio que existiese.

Sin embargo, y aunque pareciera lo opuesto, Gwendoline Edevane seguía siendo muy inocente en aquellos asuntos. Y Sam era muy dada a las bromas pesadas. De aquella pregunta sólo podían salir cosas malas...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jun 06, 2019 1:35 am

¿Sabéis lo que le importaba a Sam que Santiago le hubiese cambiado un turno por dos? Bastante poco, porque el hecho de que ella tuviese viernes y sábado libre para pasarlo con Gwen, era bastante para ella. Es por eso que cuando su novia se quejó de que Santi usase la técnica de 'he sido atacado por un vampiro por tu culpa' para llegar al corazoncito de Sam, la rubia apartó el móvil y no perdió el tiempo en echarle la bronca al que había conseguido que ese día Sam se quedase en casa.

***

Se encontraban en la habitación, con la ventana abierta para que entrase la luz del sol y comiendo sobre la cama con una bandeja cada una. Bueno, en realidad dichas bandejas estaban ya sobre el escritorio, pues se habían comido todo y ahora mismo estaban solo con el postre: Sam con su mousse de chocolate y Gwendoline con su helado de vainilla. Una parte de la legeremante se sentía mal por no estar ahora mismo en el Juglar Irlandés preparando cafés y cumpliendo con su responsabilidad, pero otra parte de ella sabía perfectamente que el lugar en el que se encontraba ahora mismo era en donde debía estar y que no había ningún otro lugar que pudiera ser ni un poquito mejor. Ni siquiera un poquito.

Le sonrió cuando se mencionó a ella misma como opresora, para entonces ofrecerle esa cuchara de mousse de chocolate y dársela personalmente. Ella también abrió su boca para recibir la cucharada de helado de vainilla y, todavía con eso en la boca, no pudo evitar asentir sonriente frente a la incomodidad de lo que hablaban. Para las cosas que podían hacerse… es que a Sam eso siempre le había parecido de lo más aburrido.

—¿El qué? —preguntó cuando no supo a qué se refería.

Y entonces vio la oportunidad de oro. ¿Gwendoline preguntándole sobre eso? Su novia acababa de abrirle la puerta de la oportunidad: la oportunidad de hacer una muy buena broma sobre la inocencia de Gwendoline y su desconocimiento en este ámbito. Evidentemente Sam se refería a la gran cantidad de cosas que pueden hacerse en la cama, utilizando más cosas que solo tu cuerpo. Cabía añadir que lo que más le gustaba a Sam, era precisamente el sexo oral, pero utilizar otras cosas proporcionaban otro tipo de entretenimiento y de placer. Era diferente y al fin y al cabo eran otras prácticas igual de placenteras pero con nuevas experiencias.  

—Sí, claro, porque hay otras maneras de hacer disfrutar a tu pareja que sólo con el cuerpo, en nuestro caso sin que sea con la mano o con la boca. —Hablaba con un tono de voz normal, el tono que usaría Sam normalmente para tomarse un tema en serio. Con la cuchara estaba raspando el final del vasito de su mousse, pues no podía quedarse allí ni un poquito. —Mi práctica favorita es sin duda la oral, pero recuerdo haber tenido otras bastantes… satisfactorias. —Se metió entonces la cucharilla en la boca y alzó sendas cejas con picardía. —Hoy sería un buen día para enseñártelas, en realidad… pero creo que no tenemos ningún pepino en casa, ¿verdad?

Y se aguantó la risa. ¡Sam, aguántate la risa! ¡Tú puedes!

Se mojó los labios en un intento de reprimir la sonrisa, pero finalmente tuvo que reír al ver la cara que se le había quedado a su novia cuando mencionó la palabra pepino. ¡Es que madre mía, un pepino! ¿No pudo haber dicho platanito o algo así? ¡No, pepino! Será bruta. ¿No había cosa con forma de falo más grande y dura? La virgen santa.

Evidentemente Sam nunca había tenido ninguna práctica sexual con pepinos, sino que estaba vacilando a Gwen para ver su cara. ¡Y por Merlín, menuda cara! Estaba claro que no quería pepinos en su vida. No de esa manera.

—Estoy de broma. —Matizó entre risas, para señalarla de nuevo con la cuchara. —Gwen, quita esa cara de trauma que era una broma. Nunca he tenido experiencias sexuales con pepinos. Esos siempre han estado en la cocina para las ensaladas y los sándwiches. Sólo para las ensaladas y los sándwiches.

¿Que a Sam le gustaban las bromas pesadas? Sí. ¿Qué le encantaba poner a prueba a Gwen con sus bromas y ver cómo se le quedaba esa cara de patata desencajada? Pues también, no lo iba a negar. Encima, con lo inocente que era con temas sexuales... parecía que aquella pregunta había sido hecha específicamente para hacerle una broma.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Jun 06, 2019 2:44 pm

Inocente de ella—algunas cosas nunca cambiarían—, Gwendoline planteó aquella pregunta con gran curiosidad, deseando saber qué otras cosas le gustaba hacer en la cama a su novia. Y todo parecía de lo más normal cuando Samantha Lehmann dio comienzo a su explicación. Nada en los gestos de su chica denotaba que se tratase de otra de sus bromas, y como tal, una Gwendoline sentada en la cama al estilo indio siguió dando buena cuenta de su vasito de helado, su mirada pendiente de Sam.

¡Y vaya si la pilló desprevenida con semejante afirmación!

La incauta Gwendoline introdujo la cuchara en su vasito casi terminado de helado de vainilla, se dispuso a llevarse el contenido a la boca y… escuchó la palabra ‘pepino’, y su mano se quedó congelada en mitad del movimiento. Su boca también se quedó abierta, sus ojos fijos en su novia, incapaz de hacer otra cosa que alucinar.

Los segundos que pasaron antes de que la rubia desvelase que estaba bromeando fueron segundos en que la mente de la morena se plagó de imágenes demasiado gráficas e incómodas. Visualizaba la única manera posible de utilizar dicha verdura de forma fálica, y visualizaba lo incómodo y doloroso que tenía que ser aquello. También se formó una pregunta en medio de todo aquel mar de imágenes incómodas: ¿De verdad Sam ha llegado a utilizar ‘eso’?

Entonces, Sam rompió a reír, revelando que todo aquello había sido una de sus muchas bromas, y el alivio de Gwendoline fue notable: volvió a respirar, cerró los ojos un momento y, sí, también cerró por fin la boca. Dejó la cuchara, con helado y todo, dentro del vasito, para acto seguido dejarlo en la mesita de noche. Se llevó ambas manos a la cara, tapándosela, mientras lanzaba un suspiro.

Y entonces, en una reacción muy natural y muy humana, Gwendoline agarró una de las almohadas y se la arrojó a Sam.

—Ahora no podré mirar a un pepino a la cara sin sentirme incómoda.—Declaró… por muy absurdo que sonase aquello, pues no pensaba con claridad.—Tú ya me entiendes. Broma o no, no estaba preparada para eso...—Lanzó un suspiro y de nuevo se cubrió la cara con las manos. Estaba roja como un tomate. ¡La inocente y sonrojada Gwendoline había vuelto a hacer acto de presencia!

Las cosas claras: Gwendoline jamás había sido penetrada por nada más grande que los dedos de su novia, y no sentía la necesidad de cambiar eso en el futuro. ¿Estaba dispuesta a probar cosas nuevas? Sí, claro, especialmente si a Sam le gustaban, pero desde luego que no estaba dispuesta a meterse semejante cosa dentro. ¡No podría soportarlo! ¿Cómo iba a soportar eso?

—Te odio.—Protestó mientras, poco a poco, se descubría el rostro. Seguía ligeramente sonrojada, pero no tanto como antes.—Haces trampa. Te aprovechas de mi inexperiencia.—Siguió quejándose, aunque cada vez con menos fuerza.

Se permitió unos segundos para terminar de calmarse, y entonces alcanzó su vasito de helado. El pobre estaba ya a punto de derretirse, pero seguía frío, y Gwendoline lo necesitaba: se le había secado bastante la boca. ¡Maldita Sam y sus bromas pesadas!

—Un día me vas a matar con una de tus bromas.—Se quejó, pero a medida que hablaba, se fue formando una sonrisa en sus labios.—Menos mal que no tenía la cuchara en la boca, o me habría atragantado.—Era incapaz de mantener la seriedad, y menos ante la risueña expresión de su novia.—¡No te rías! ¡Hablo en serio!—Resultaba difícil creer que hablaba en serio cuando ya prácticamente se estaba riendo a carcajadas.

Rieron divertidas un rato, y para cuando ya estaban recuperando el aliento, Gwendoline fue quien rompió el silencio.

—Ahora en serio. Dejando frutas y hortalizas a un lado, o cualquier tipo de broma que se te ocurra—advirtió Gwendoline con un tono de voz que pretendía ser severo—, ¿me hablas de esas otras prácticas que mencionabas? Siento… curiosidad.

Que sentía curiosidad era decir poco. Lo que realmente quería era saber si podía hacer más cosas para satisfacer a su novia, para llevar sus relaciones sexuales un paso más allá, si es que se podía. Que ella también disfrutaba el sexo oral más que nada, pero… nunca se sabía.

Pero no quiero pepinos en mi vida, pensó Gwendoline, temiendo el momento en que tuviese que enfrentarse a dicha verdura en un plato de ensalada… especialmente con Sam delante.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Vie Jun 07, 2019 3:24 am

Podría decir que había sido una broma en donde reírse con ella, pero en realidad se estaba riendo de ella. Ver cómo de repente su cuerpo se congeló para procesar la información que Sam le acababa de dar había sido desternillante, por no hablar de cómo utilizó la almohada en un intento de venganza. Se había quedado rojísima y es que… ¡a saber qué había pensado, la muy bruta! Definitivamente, Sam siempre iba a encontrar motivos para conseguir hacer que Gwendoline se pusiese roja como un tomate, por mucho que ésta pensase que ya estaba curada de espanto con ciertas bromas. ¡Já! ¡El pepino ha hecho de las suyas!

Por la cara que tenía se imaginaba lo peor. De verdad, a saber qué se había imaginado. Pero no quería ni saberlo, por lo que solo pudo reír frente a su manera de expresarse, propia de una loca que habla con las hortalizas.

—Claro, porque normalmente compras un pepino mirándole a los ojos, ¿no? Para ver si es fiar o no, no se te vaya a colar en la cama y a meterse en donde no debe. —Siguió metiéndose con ella, con una sonrisa demasiado divertida en el rostro. Había cogido la almohada que le tiró, dejándola en su regazo para que no volviese a utilizarla como arma. —Lo sé, por eso lo he hecho. —Añadió con orgullo cuando dijo que no estaba preparada para ese comentario.

Pero no era trampa aprovecharse de su inexperiencia, por lo que solo pudo encogerse de hombros cuando dijo que la odiaba, siendo muy consciente de que eso era imposible, mucho menos por una broma de un pepino. Que tampoco era para tanto, es decir: ellas no iban a utilizar ningún pepino, pero seguro que por ahí había mujeres—y hombres—que utilizaban cosas más grandes y disfrutaban en el proceso. O eso decían. Ellas no estaban ahí para corroborar nada, realmente: que los pepinos siguiesen en la nevera, que es donde deben estar.

Sam seguía riéndose, tanto que hasta se le había salido una lágrima y todo al ver a Gwen traumatizada con la imagen.

—Que no, tranquila. Yo sé medir mis bromas. O eso creía… hasta que me salió la palabra pepino. —Y volvió a reír, pues cuando le pedía que no se riese, es que inevitablemente no podía seguir haciéndolo. ¡Es que mira la cara que tenía!

Había sido muy divertido y, pese a todo, el golpe de almohada había sido totalmente merecido porque hacer que tu novia tenga esas imágenes mentales es sin duda digno de castigo. Sin embargo, Gwen volvió a serenarse y Sam también, después de que incluso le dolieran los mofletes de tanto sonreír.

Volvió a preguntar sobre otras prácticas y esta vez Sam alzó sendas manos, proclamando así un momento de paz frente a sus bromas. Iba a portarse bien, pues no quería que su novia se traumatizase y pensase cosas que no eran. Así que se acomodó allí, estirando las piernas y apoyándose hacia atrás con ambas manos. Había dejado el vasito de mousse vacío en el suelo para no manchar nada.

—Pues… no sé, básicamente eran con juguetes sexuales. No te creas que experimenté demasiado, sólo un poco con unos pocos. —Había sido con Natalie, la chica que le había abierto a Sam el mundo del sexo y a la que le encantaba hacer cosas nuevas en la cama. De hecho, los juguetes eran de ella, pues Sam nunca había tenido ninguno para sí misma. Siempre había sido muy clásica y no sabía por qué pero le parecía más divertido usar esas cosas con otras personas, no en sí misma. Había usado algunos juguetes, pero durante poco tiempo, pues esas ‘prácticas’ empezaron ya a pocos meses de que Natalie se fuera a Alemania. —Por ejemplo recuerdo que usé un vibrador estimulador, un masajeador… que creo que es lo mismo, en realidad. Y sí, por si te lo estás preguntando, que sé que te lo estás preguntando, sí que he llegado a usar un juguete que se introduce. —Le sonrió, con una divertida sonrisa. Entonces enseñó una de sus manos, midiendo con su dedo índice y el pulgar el tamaño. —Era pequeño y no sé ni lo que era, pero vibraba y... no sé, recuerdo que era de mis favoritos. Pero… —Entonces apartó la almohada, sentándose más erguida hacia ella. —Lo que si, había una cosa que me gustaba. —Iba a añadir una cosa pícara y, de hecho, se le notó por la sonrisa que había asomado en su rostro.

En realidad sólo estaba pensando en lubricante, pero al igual que Sam tuvo sus reparos cuando le hablaron por primera vez del lubricante, pensando: “¿por qué narices íbamos a necesitar lubricante si nosotros lubricamos perfectamente?” sabía que Gwendoline también podría pensar feo y que no era necesario. De hecho ‘necesario’ no lo era, como ningún juguete sexual. Sin embargo, era uno de las prácticas que más le gustaban a Sam. Le parecía sensual y eso de comerte a tu pareja con sabor a fresa… era otro mundo. Y no, por mucho que dijeran, daba igual que lubricases bien, que con un dichoso lubricante aquello mejoraba segurísimo y tenías una experiencia muy placentera. ¡Y de repente le había apetecido comerse a Gwen con sabor a fresa! Aunque bueno, ¿cuándo no le apetece comerse a Gwen?

—Bueno, no te lo voy a decir. ¡Pero confía en mí! Un día te hago un regalo y lo probamos. Prometo que no será un pepino... ¡te lo prometo! —Le dijo, contenta y sonriente. —Es que sé que si te lo digo vas a pensar que es una tontería y ahora me han entrado ganas de usarlo contigo.
Sam J. Lehmann
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