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Let's try again from the beginning {Sam&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 11:09 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Let's try again from the beginning {Sam&Gwen} - Página 3 Y4L9yUr
Jueves 9 de mayo, 2019 || Casa de Gwen y Sam || 20:53 horas || Atuendo (Sin gafas de sol)

Gwendoline llevaba enfrascada en la apasionante historia de la dinastía Targaryen, de la mano de George R.R. Martin en Fuego y Sangre, desde hacía más o menos media hora, cuando Sam había subido al piso de arriba a pelearse un rato con su saco de boxeo. De hecho, podía escuchar el sonido de los puñetazos contra la lona, y los gruñidos de Sam.

Casi sonaba como Rocky Balboa.

Había retomado la costumbre de leer durante su estancia en San Mungo gracias a Laith y a la propia Sam, que le habían hecho llegar libros que la entretuvieran durante su ingreso en el hospital mágico.

No es que antes de su estancia allí no leyese, ni mucho menos; simplemente, leía menos que antes, y le parecía una lástima: siempre había disfrutado mucho de la lectura, y su imaginación la había ayudado a visitar aquellos lugares que se describían en aquellos pequeños grandes mundos de papel y tinta. Las obligaciones, por desgracia, habían terminado apartándola de la lectura, y apenas si encontraba un rato para coger un libro y evadirse de la realidad.

Ahora que estaba todavía de baja en el Ministerio, Gwendoline aprovechaba el tiempo perdido, y los mejores momentos para ello eran aquellos en que Sam se enfrentaba a su saco de boxeo, igual que algún que otro rey Targaryen se enfrentaba a sus enemigos, como decía el título, a fuego y sangre.

El borboteo del agua hirviendo en la olla llamó su atención, y enseguida regresó al mundo real: estaba preparando la cena al tiempo que leía, tal era su interés por aquella obra. Y no, no iba a mentir: si había empezado a leer aquel libro había sido porque, inevitablemente, Juego de Tronos le había metido el interés por Poniente en la cabeza.

Dejó el libro abierto sobre la encimera para agregar la pasta al fuego, bajando su intensidad al momento. Tomó entonces un cuchillo y se puso a trocear las verduras con que acompañaría la pasta. Tengo que tener cuidado con este cuchillo, o terminaré igual que Maegor el Cruel, pensó, divertida, sabiendo que todo aquel festival de interés por el universo de Martin se terminaría en cuanto la serie terminase. Ya no quedaba mucho.

Fue mientras que salteaba las verduras, haciéndolas brincar sobre la sartén casi como una chef profesional, cuando Sam entró en la cocina, posiblemente atraída por el aroma de su cena en proceso.

—¿Qué tal ha ido la sesión de entrenamiento? ¿Le has dado una paliza?—Preguntó a modo de broma, con una sonrisa alegre en el rostro. Estaba mucho más contenta desde que sabía que Zed Crowley estaba muerto, y que su amenaza ya no existía.—¿Quién ha sido esta vez la pobre víctima? ¿Esa señora rubia que siempre se queja de que hay pelos rubios en su café y que tienen que ser tuyos porque lo dice ella?

Se refería, claramente, a la costumbre de Sam de visualizar que golpeaba a personas que consideraba responsables de sus enfados… y que posiblemente lo eran de verdad: aquella señora tenía que ser de lo más insufrible.

—En cuanto termine de saltear esto, podemos ponernos con la poción para la espalda. Ya sabes: antes de la ducha mejor que después, pues apesta.—Gwendoline no había sido capaz de solventar el problema del mal olor, por lo que habían resuelto que Sam se duchase a conciencia después de que se le aplicase la poción. De otra manera, arrastraría aquel olor allá donde fuese.

Pero su efecto era innegable: con cada nueva dosis, la espalda de la rubia se asemejaba más y más a aquella que había lucido antes de que los Crowley apareciesen en su vida. ¿No era hermoso pensar cómo aquellos tres habían ido desapareciendo, como polvo arrastrado por el viento?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 07, 2019 2:28 pm

Gwendoline mantuvo fija sobre Sam una mirada seria e inquisidora, de ojos entrecerrados, casi una advertencia muda que parecía decir ‘Te estoy vigilando de cerca, así que mide tus palabras’. Y es que ya no sabía si fiarse: creía que estaba curada de espanto, que ya lo había visto todo en lo que respectaba a las bromas de la rubia, y entonces sucedían cosas como aquella.

Sin embargo, en esta ocasión—y sin que sirviese de precedente alguno, Gwendoline estaba segura de ello—, Samantha sí habló en serio.

O todo lo en serio que se puede hablar sobre juguetes sexuales, claro.

Si aquella pequeña charla se hubiera dado meses atrás, cuando no eran pareja, o sin necesidad de irse tan lejos, cuando comenzaban su noviazgo, Gwendoline no hubiera sido capaz de mantener la compostura frente a aquel tema de conversación. Se habría puesto roja enseguida y hubiera preferido apartar el tema.

En aquellos momentos, superado el pánico inicial ante la posibilidad de una nueva broma, Gwendoline incluso se relajó: se dejó reposar sobre el cabecero de la cama y, mientras escuchaba a Sam, se terminaba los restos casi derretidos de su helado de vainilla.

—¿Que se introducía?—Preguntó, arqueando las cejas en una mueca que denotaba a partes iguales curiosidad y desagrado. Y lo peor era que no podía dejar de relacionar ‘introducir’ con ‘pepino’.—No creo que algo así me gustase.—Reflexionó, aún a pesar de que Sam le enseñó la medida aproximada del juguete sirviéndose de sus dedos índice y pulgar. No era muy grande, no...—Creo que me sentiría muy rara teniendo algo ahí dentro...

Como buena mujer virgen que era—y que a sus treinta años había descubierto que en realidad le gustaba la que había sido su mejor amiga toda su vida—, Gwendoline jamás había experimentado la sensación de ser penetrada por un hombre. Y había algo en esa idea que le causaba un escalofrío nada placentero en la espina dorsal. Tal fue la sensación que, de sólo pensar en ella, cerró las piernas con fuerza e incluso las encogió un poco, visiblemente incómoda.

Se terminó el vasito de helado y lo dejó en la mesita de noche, no sin antes asegurarse de rebañar cada partícula de helado de la cuchara, que también puso a un lado. Sam, mientras tanto, explicaba que había una práctica que le gustaba… y ahí se detuvo, haciendo que Gwendoline se quedase con la intriga.

—Dos cosas.—Dijo Gwendoline, incorporándose un poco hasta quedar sentada y levantando los dedos índice y medio de su mano derecha.—Número uno: si en lugar de un pepino vas a sugerirme un calabacín, una zanahoria, un puerro, un plátano, un pepinillo, o cualquier hortaliza cuya forma recuerde aunque sea vagamente a ya sabes qué, te lanzaré una almohada tan fuerte que dejaré huérfanos a tus dos hijos.—Se refería, por supuesto, a Don Gato y Don Cerdito.—Número dos: ¡Es injusto que me dejes con la intriga! ¡Que he empezado preguntando yo, tía! ¡No es justo!—Protestó, de manera muy dramática, mientras componía en su rostro una mueca falsamente enfurruñada.

Y es que… ¿cuál era el problema cuando se discutía con Sam? Que no se podía. Porque era condenadamente adorable. La rubia tenía un don natural para hacer que Gwendoline se ablandase durante las discusiones, y justo en ese momento, en el momento en que la morena daba un paso atrás, Samantha salía con alguna de sus bromas pesadas. ¡Así era ella, y por eso no se podía discutir con ella!

Y mejor ni hablemos de cuando hace drama, pensó Gwendoline.

—No me lo vas a decir, ¿verdad?—Le dijo entonces, casi dándose por vencida y sabiendo que no le quedaría más remedio que esperar y comprobar en sus propias carnes de qué sorpresa estaría hablando. Hizo rodar los ojos, dejándose caer, de nuevo, recostada sobre su almohada.—Vale. Esperaré.—Y se cruzó de brazos, cuán niña ofendida por algo que un adulto le hubiera dicho. Algo como “Castigada sin galletas”.

Volvió a levantarse entonces, quedando nuevamente sentada al estilo indio. Sabiendo que no conseguiría nada preguntando, y olvidado momentáneamente el asunto del pepino, nuevas ideas comenzaban a formarse en su mente. Así que, mordiéndose el labio inferior y mirando a su novia con travesura, propuso algo que, quizás, sonaba demasiado inocente.

—¿Alguna vez te has dado un baño de espuma?—Le sugirió, alzando un par de veces las cejas para enfatizar lo tentador de su propuesta.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Sáb Jun 08, 2019 4:22 am

Como lesbiana cien por cien que era, entendía perfectamente esa cara de desagrado de su novia frente a la idea de utilizar algo demasiado grande para lo que uno estaba acostumbrada. ¿Os creéis que Sam aceptó emocionada la primera vez, como si fuese algo que le iba a gustar indudablemente? No, os digo yo ya que no. Sam tampoco había tenido relaciones sexuales nunca con un hombre y también le parecía ‘desagradable’ la idea de… utilizar algo tan grande, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, lo que había utilizado ella podría considerarse hasta mono, en comparación con las cosas que había por ahí.

Aún así, evidentemente, no iba a intentar convencer a Gwendoline. Ella había preguntado, Sam había contestado con honestidad y ya está: si la morena no quería utilizar nada de eso, no se iba a utilizar.

—Estoy segurísima de que lo que estás pensando no se corresponde en absoluto con la realidad. Yo tampoco estaba muy convencida cuando lo usé, pero no tenía nada que ver lo que se imaginaba mi mente, con lo que pasó en realidad: te juro que quedó a años luz. —Le dijo al ver su cara y sus reacciones, pues Sam había disfrutado mucho con aquello, para su sorpresa. Entonces sonreír por sus palabras. —Yo no te noto nada rara cuando estoy dentro de ti… —Y entonces se acercó a ella de nuevo por la cama a cuatro patas, para darle un tierno beso en los labios. —Sé que has preguntado por curiosidad, pero no vamos a usar nunca nada que no te apetezca usar.

Entonces se puso de rodillas frente a ella, escuchando divertida las dos osas que tenía que decir al respecto de su pequeña ‘intriga’, pero le habían dado ganas de darle una sorpresa. Pero de esas sorpresas para las que no tienes tiempo de pensar: Sam sabía muy bien que el uso de juguetes sexuales a veces te generaba una sensación de: ‘¿para qué?’ y que la emoción se reducía a cero.

—¿Un puerro, Florecilla? —Tuvo que arrugar la nariz al reírse de aquello. —Nada de calabacines, zanahorias, puerros, plátanos o pepinillos. Prometido. —E hizo una cruz delante de ella con una de sus manos, como si estuviese jurando. Estaba segura de que en el cielo estaba Dios mirándola con cara de: ‘qué haces usando mi marca, lesbiana hereje’ o algo así. —¡Te dejo con la intriga por tu bien! Tú sólo piensa que cuando lo traiga…vas a tener una experiencia nueva. Y estoy segura de que te va a gustar mucho, mucho, mucho.

Negó con la cabeza cuando le volvió a preguntar, derrotada, si no le iba a decir nada. En su mente pensó que no la haría esperar demasiado, o quizás sí y así la sorpresa era mayor. En realidad Sam siempre había sido muy pudorosa para comprar esas cosas: le iba a hacer mucha gracia el meterse en una tienda a comprar algo así. Pero por ahora no tenía que preocuparse de eso, pues Gwendoline le ofrecía un baño de espuma.

—En compañía no —le respondió, viendo sus cejas moverse de manera divertida. —¿Es una propuesta indecente? Porque sí quiero. —Esta vez ella esbozó una sonrisa, tendiéndole la mano para ayudarle a levantar de allí e irse a tomar un poderoso baño relajante de espuma junto a ella.


Austria, Boda de Sophie Ebner y Jon Wagner | 25/05/2019 | 19:32h | Atuendo

Gwendoline y Sam habían llegado el día veinticuatro a Austria y esa misma noche habían quedado con Sophie, Jon y Gabriel para cenar en casa de ellos, básicamente para que ambas conociesen a Jon y Gabriel antes de que fuese oficialmente la boda.

Samantha iba con la sensación de que iba a ser un poco incómodo tratar con Jon, una persona que en teoría era su ‘padrastro’ y con el que no había tenido ningún tipo de relación hasta el día de la boda con su madre, por no hablar claro de que no sabía cómo se tomaría el hecho de que Sam de repente hubiese aparecido de nuevo en la vida de su madre sin motivo aparente. ¿Cómo le habría explicado Sophie todo eso, sin meter el tema mágico de por medio? Sin embargo, Jon Wagner había recibido a Sam y Gwen hasta con emoción. Si bien parecía un tipo algo distante que no suele hablar mucho si no entra en confianza y al que le cuesta sonreír, había congeniado bastante bien con Samantha, sobre todo cuando se pasaron horas jugando con Gabriel. La rubia evidentemente no lo sabía, pero Jon también era divorciado, con la diferencia de que su hijo había decidido irse con su madre y no había podido seguir manteniendo el contacto con él, además de que Sophie solo le había hablado genialidades de Sam, por lo que estaba contento de que su futura mujer hubiese recuperado a su hija.

Y de Gabriel es que… ¿para qué hablar? Sam salió enamorada de aquella casa de su hermano pequeño quién, risueño y alegre, no había parado de llevarles juguetes a las chicas para jugar con ellas. Lo mejor había sido Sophie diciéndole al niño que ella era su hermana Sam y el niño mirando sorprendido porque con año y medio que tenía, era normal que no entendiese nada.

Al día siguiente la boda era por la tarde y la celebración toda la noche. Si bien la ex-mujer ni los hijos de Jon aparecieron pese a que los hijos estaban invitados, Luca y Sam si estaban por parte de Sophie. Luca evidentemente estaba más atrás en la iglesia, pero Sam y Gwen estaban en segunda fila, justo detrás de la abuela y las tías de Sam, quiénes estaban con Gabriel. Fue el mismo niño quien subió las escaleras torpemente para dar la cajita con los anillos en el interior y fue Sam una de las testigos para firmar.

Después de todo, Sam y Gwen se encontraban en la plaza fuera de la iglesia. Luca hablaba con uno de sus ex-cuñados con el que se llevaba muy bien, mientras que Sam miraba a Gabriel corretear hacia ellas, pues se le había ‘escapado’ a la abuela. Sam se agachó para cogerlo entre sus brazos, colocándose el vestido porque un movimiento mal hecho podría ser catastrófico. Miró divertida a Gwen, justo para ver como la abuela de la chica se acercaba.

—Viene mi abuela —le informó a su pareja. —Ten paciencia…

Este niño me va a volver loca.Gabriel sonrió travieso por huir de su abuela, sujetándose al cuello de Sam. Ayer se habían llevado muy bien y Sam había jugado con él un montón, por lo que se ve que el niño priorizaba el pasarlo bien. Vaya, Samantha, creo que tu hermanito ya te ha cogido cariño. Yo ya pensaba que no ibas a venir nunca a conocerlo.

Bing, la primera pulla. Sam se limitó a sonreír porque ya conocía de sobra a su abuela. Su pasatiempo favorito era hacer sentir incómodos al resto. Otra cosa que no le pasó desapercibida es que hablaba alemán.

—Gwen, ella es mi abuela Elizabeth —le presentó en inglés, pues Sam y Gwen se habían perdido para llegar y habían llegado justas, por lo que no habían podido hacer las presentaciones antes. —Eli, ella es mi novia Gwendoline. No habla alemán.

Elizabeth pilló la indirecta: que no hablase alemán frente a su pareja inglesa porque era una falta de respeto. Es por eso que la mujer, con el acento más cerrado y exagerado que escucharás nunca, se dirigió a la morena. No es que precisamente Elizabeth Ebner hablase demasiado inglés en su vida, con lo clásica que era.

—Un placer conocerte, querida.

—¿SAMANTHA LEHMANN? —Se escuchó entonces detrás de ella. —¡Lo que ven mis ojos, madre mía! —Un chico vestido con un traje negro y camisa naranja se acercó a ellas, plantándose frente a Sam mientras le sonreía. —Suelta al baby. —Le ‘ordenó’ de manera divertida.

Sam dejó a Gabriel suavemente contra el suelo y, cuando se volvió a erguir, la abrazó fuertemente, como para levantarla del suelo. Era su primo mayor, que era casi tan alto como ella. Genes que definitivamente no eran de la familia Ebner.

—¡Cuánto tiempo sin verte! Estás guapísima, tía. Qué gusto verte al fin, te echábamos de menos. —Entonces miró a Gwendoline y sonrió, asumiendo lo evidente. Se sabía que Sam iba a asistir a la boda de su madre acompañada de su pareja. —Mira que tenías difícil encontrar a una mujer que fuese más guapa que tú, ¿eh? —Y miró a Gwendoline, con una alegre mirada. —Me llamo Jacob. Soy su primo favorito, creo. O de los pocos que la llegaron a conocer antes de que nos abandonase por Doña Inglaterra. Ahora entiendo qué la retuvo tanto. —Le sonrió amablemente, sin una pizca de maldad, sino pura emoción en el rostro por volver a ver a su prima y su compañera.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Jun 09, 2019 2:27 pm

Gwendoline se reservó su derecho a no decir nada con respecto a los vibradores que se introducían, pues la mera idea de utilizar algo así le parecía totalmente inconcebible: no se veía disfrutando algo así, y la idea le resultaba, cuando menos, incómoda. Así que prefirió no decir nada más con respecto a ese tema, confiando en las palabras de su novia, que sin lugar a duda era mucho más experimentada que ella en todo lo que al sexo se refería.

Y sí: había metido a los puerros en el saco de verduras con las que no quería tener una relación tan íntima como la que Sam había sugerido. Y no se arrepentía de ello. Si acaso, temía haberse olvidado algún tipo de verdura de aspecto fálico en su veto personal.

Pero lo peor de todo fue que Sam decidió, de manera injustamente cruel, dejarla con la intriga acerca de esa misteriosa práctica que, según aseguraba la rubia, le iba a gustar ‘mucho, mucho, mucho.’

Tres ‘muchos’ parecían demasiados.

—¿Seguro?—Arrugó la nariz, activando su modo más escéptico.—No sé si hacer caso al miedo que me das por norma general, o aceptar las buenas expectativas que me estás creando. Y eso que ya sabes que no me gusta crearme buenas expectativas: mira lo que me pasó con Breaking Bad.

Lo que había pasado con dicha serie era muy sencillo: tantas buenas opiniones al respecto, tantas recomendaciones, le habían creado unas expectativas que al final la serie, si bien buena, no llegó a cumplir. Gwendoline creía firmemente que la habría disfrutado mucho más y la habría considerado mucho mejor sin tantas opiniones de terceros.

Ante la insistencia de Gwendoline en preguntar por esa misteriosa práctica, Samantha respondió con insistencia a la hora de no responder. Así pues, la morena optó por rendirse y dejarlo pasar. No sería la última vez en aquella tarde que la pregunta volvía a surgir, pero por aquel momento lo dejó correr.

Además, las esperaba un buen baño con espuma para relajarse en compañía.


Día de la boda de Sophie Ebner y Jon Wagner
Sábado 25 de mayo de 2019
Atuendo

Gwendoline no estaba acostumbrada a asistir a bodas, y tenía muy poca experiencia en la materia. Sabía, eso sí, que las bodas se consideraban una celebración del amor que dos personas sentían, la una por la otra, en la cual se unían para siempre la una a la otra—o, al menos, así solía ser al principio—y miraban al futuro con una sonrisa en los labios.

Un momento mágico, como les gustaba decir a los muggles.

Sin embargo, y por feo que pudiera sonar, aquel día Gwendoline no prestó demasiada atención a los novios: para ella, la auténtica protagonista fue Sam cuando, por fin, conoció a un hermano pequeño que se enamoró de ella a primera vista.

La imagen de su novia con Gabriel en brazos dibujó ante sus ojos imágenes de un futuro que, quizás, algún día sería. Algún día.

Con respecto a la familia Ebner-Wagner, la bruja inglesa hizo buenas migas con todos… hasta que hizo acto de presencia la que, ella lo sabía, sería la manzana de la discordia: Elizabeth Ebner. La mujer apareció justo detrás de Gabriel, que había saltado a los brazos de su hermana en busca de protección.

La señora habló… bueno, habló en alemán, por lo que Gwendoline no entendió lo más mínimo de lo que dijo, y menos teniendo en cuenta el cerrado acento de la señora. Sin embargo, sí entendió el tono… y las miradas de la señora. Enseguida apareció sobre la frente de la señora una etiqueta imaginaria que decía ‘Señora criticona’.

Con todo y con esas, cuando Sam hizo las presentaciones, Gwendoline, que hasta entonces estaba sentada en un banco, se puso en pie para saludar a Elizabeth.

—El placer es mío, señora.—Le dijo con una sonrisa un poco exagerada… y teniendo en cuenta que no vio ningún indicio por parte de Elizabeth que invitase a Gwendoline a intercambiar alguna muestra de cariño, la morena lo dejó estar así. Simplemente, añadió un elogio un tanto genérico y, podría decirse, barato.—Me encanta su vestido. Es muy elegante.

Todo cambió cuando llegó el primo Jacob, que sin duda había sido uno de los principales responsables de la actitud cariñosa de Sam: tras hacer una entrada en escena un tanto ruidosa y cómica, saludó a su prima con un abrazo muy efusivo.

Efusivo, pero no falso. No había nada falso en su actitud.

Saludó a Gwendoline con la misma efusividad, y tras el comentario que hizo con respecto a ‘Doña Inglaterra’, la morena sintió que se sonrojaba un poco. Intentó disimularlo con una amplia sonrisa, pero no podía negar la realidad: se alegraba de que, por norma general, las estuvieran recibiendo tan bien en aquel ambiente. Y más con todas las cosas que Sam le había contado en el pasado con respecto a Sophie.

Cabía esperarse que la familia de la susodicha fuese algo parecido… o peor.

—Puedo entender por qué eres su primo favorito.—Respondió Gwendoline con una sonrisa.—Me llamo Gwendoline, y me parece que si empezamos a debatir acerca de quién es más guapa, tú y yo nos enfrascaremos en una acalorada discusión.—Bromeó. Jacob, entonces, tomó la iniciativa de saludarla con dos besos, y ella hizo lo propio.
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Sam J. Lehmann el Lun Jun 10, 2019 4:56 am

Había muchos motivos por el cual Elizabeth no toleraba demasiado a Luca ni a Sam. Siempre había sido una mujer de gran poder económico y una madre que quería lo mejor para sus hijos, por lo que cuando Sophie se casó con un obrero del montón, precisamente esa familia pasó a ser una decepción para ella. Debido a esto, Sophie se separó bastante de la familia Ebner por su marido de entonces y Sam tampoco estuvo muy apegada a ellos. Entre eso, que viajó a Londres durante siete años a un colegio ‘privado’ sin motivo aparente para sus familiares—pues obviamente los únicos que sabían que Sam era bruja era Sophie y Luca—y que encima llegó la noticia de que era lesbiana cuando esa familia siempre había tenido unos pensamientos un poco retrógrados hasta el punto de considerarse homófobos...

Para Elizabeth su nieta Sam era probablemente a la que menos apreciaba, tanto por falta de contacto como por ideales. Que ojo, no la despreciaba, pero el trato hacia ella se notaba mucho más distante, frío y falto de cariño. Para nada lo convencional entra una abuela y su nieta.

Respecto a Jacob… era diferente. Era el hijo de la hermana que mejor se llevaba con Sophie, por lo que habían tenido bastante relación cuando eran pequeños y cuando no estuviera delante, Sam le aclararía a Gwen la evidencia a Gwen: realmente era su primo favorito porque era el único primo con el que había tenido relación pues era el único de su edad. El resto eran más pequeños, todos adolescentes y ninguno había tenido relación con Sam más que verla una y, como muchísimo, dos veces cuando eran muy pequeños.

Si bien la abuela podía haberse quedado ahí y ver el trato humano normal entre dos primos, cogió a Gabriel desde que pudo y se lo llevó con ella, mientras Sam y Gwendoline hablaban con Jacob.

—Bueno, el resto de nuestros primos son todos unos adolescentes pijos y repipis, así que tampoco era tan complicado —confesó él mismo, con una sonrisa agradable. —Yo también fui un adolescente pijo y repipi, pero con los años he mejorado. Has de saber que todos los Ebner somos pijos y repipis, menos Sam, que de Ebner tiene muy poco. —Y tras una pausa, miró a su prima con cariño. —En el buen sentido de la palabra, claro.

Jacob se carcajeó frente a la broma de la discusión, para entonces darle dos besos de manera cordial.

—Un placer, Gwendoline. Quizás la acalorada discusión no durase mucho porque por honor de primo debería de darle esa victoria a Sam. Y lo mismo es un poco feo que me ponga a argumentar en contra de ella diciendo que su pareja es mucho más atractiva y diciendo por qué.

—Lo mismo sí es un poco feo.

—¿Ves? Lo mismo sí. —Y se rió, haciendo que Sam también riese.

Jaaaacooob. Se escuchó de fondo un grito.

—En fin, os dejo que mi madre está coja y es una desesperada y quiere llegar la primera a la fiesta para coger sitio. ¡Cómo si no estuviesen las mesas con los nombres! —Hizo una pausa, mirándolas a ambas. —Espero que luego bailéis conmigo: la dos a la vez, por supuesto. —Y se fue tras una insistente llamada de su madre, de nuevo, por encima de todo el bullicio.

Jacob era de esos familiares que sabían todos los rumores y cotilleos sobre Sam y el hecho de que Luca Lehmann estuviese en la boda, pero que aún así decidía comportarse como un familiar normal y no mirar, cómo todos esos primos adolescentes, como si fuesen dos desconocidos que están fuera de lugar. Jacob le tenía cariño a los Lehmann precisamente porque había pasado mucho tiempo con ellos de pequeño.

—Me suena que no te he hablado mucho de él, ¿verdad? —Le dijo a Gwendoline cuando se fue, recordando que en realidad de la familia de su madre le había hablado poquito. —Es el único de mi edad y con quién jugaba de pequeña, lo que con los años que pasé en Hogwarts prácticamente dejé de verlo. Me gusta que sea así de cariñoso, pese a la clara distancia que ha habido…

—¡Samantha, cariño! —Gritó entonces su madre, acercándose a ellas con el vestido de novia. Estaba preciosa y la sonrisa que le adoraba el rostro era increíble. Les hizo una señal a ambas para que se acercasen a donde estaba ella, junto a su marido Jon. —Vengan, que quiero una foto con mis hijos.

Jon tenía en sus brazos a Gabriel y sonreía. Sam se colocó al lado de Sophie y el fotógrafo les sacó algunas fotos. Luego, cuando hubo terminado, Sam que se iba a ir tranquilamente, Sophie la retuvo, pero no la miró a ella, sino a su novia.

—Gwendoline, acércate que quiero que salgas en la foto. —Le pidió de manera dulce la madre de su novia. Sam solo pudo sonreír al ver aquello, pues le hacía mucha ilusión de que no solo a su madre le cayese bien Gwen, sino que la aceptase tan bien después de cómo había sido todo en el pasado. Que Sam hasta había llegado a pensar en no presentarle a su madre su pareja nunca. Imagínate.

Se sacaron la foto y, además, el fotógrafo luego le sacó una solo a Gwen y Sam mientras los novios seguían hablando y recibiendo las felicitaciones de todo el mundo. Era curioso porque muchas familias, tías de la propia Sam, ni se habían acercado a saludar ni a presentarse, pero la verdad es que la rubia no tenía intención de tomar la iniciativa cuando seguramente iba a ser algo muy incómodo. Prefería estar a gusto y quedar como la antisocial, que meterse en un berenjenal solo por una obligación moral que no era compartida.

Así que se quedó sola con Gwen en ese momento. O eso creyó, pues al parecer en esa plaza había tanta gente que era imposible.

—Holi —dijo el padre de Sam entonces, acercándose a ellas con las manos en los bolsillos y una cara un poco resignada.

—¿Cómo que 'holi', papi? ¿Acaso te has convertido en una tierna mariposa? —Se metió con él Sam, pues le había cogido de manera muy repentina esa jerga en boca de su padre.

—¿No es lo que se usa ahora? Intento estar a la moda. ¿Me puedo unir a vosotras, chicas? Al único al que le caigo bien se ha ido ya para la fiesta, así que me he quedado un poco solo. —Confesó con sinceridad y una sonrisa de lo más tierna. —¿Venís conmigo a la fiesta en coche o vais a usar trucos mágicos super poderosos que superan mi entendimiento de persona aburrida?

—Papá, no digas eso. —Pese a que quiso sonar seria, sonó divertida.

—Oh, vamos. Hasta yo sé que soy aburrido después de saber la cantidad de cosas que se hacen con un palito de madera. —Se quejó, divertido. —No, en serio, venid conmigo que si no seguro que llego antes y me voy a quedar allí como un idiota. Ya me siento idiota en algunos momentos habiendo aceptado venir… ¿Has visto como me mira tu abuela? —Luca se le veía visiblemente nervioso, y era normal. Probablemente estaba siendo juzgado por todos.

—Sí, lo vi, pero no creo que debas tomártelo como algo malo: ¿no te has dado cuenta de que Eli mira a todo el mundo mal? Ha venido antes y me ha saludado por compromiso y soy su nieta. Y a Gwendoline ni le contestó y eso que se molestó en decirle que tenía un vestido bonito cuando era mentira. —Vale, eso no era cierto, pero el hecho de haberlo dicho hizo que Luca riese.

—Gwen, cariño. A ti si esa señora te dice algo fuera de lugar, contéstale a gusto. Total, va a decir cosas malas de nosotros hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos. Al menos que haya motivos. —Dijo travieso.

—¡Pero bueno papá! —Le golpeó el hombro, mirando alrededor por si alguien había escuchado. Menos mal que todos estaban demasiado absortos con el alemán como para estar con las antenas inglesas.

—De verdad, es que saca lo peor de mí. ¡Vámonos ya! —Recitó, con una sonrisa que declaraba que obviamente estaba de broma.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Jun 11, 2019 12:55 am

Con la llegada de Jacob—el primo favorito de Sam y, por ahora, el familiar de la rubia que mejor le caía a Gwendoline—, Elizabeth optó por ponerle las zarpas encima al pequeño Gabriel, y sin hacer el más mínimo comentario con respecto a la novia de su nieta, hizo un mutis por el foro.

Por supuesto, la morena notó esto, pero optó por no darle demasiada importancia: no sólo desempeñaba cada día un empleo que exigía educación y buenas maneras, sino que en dicho empleo, en los últimos tiempos, había aprendido a morderse la lengua frente a actitudes mucho peores que las de aquella señora.

¿Su consuelo? Que no tendrían que invitar a esa mujer a Inglaterra, pues era evidente que Sam y ella no se llevaban demasiado bien.

Y como si fuesen el día y la noche, Jacob y Elizabeth eran totalmente opuestos: daba gusto tener frente a frente a una persona en apariencia normal, sociable y bromista. Y, además, Sam parecía a gusto al lado de su primo.

Bromeó con Jacob de una manera cálida y cercana, seguramente aprendida de la propia Sam, y el joven se rió de una manera casi escandalosa, lo cual contagió a la propia Gwendoline. Al final, la rubia ganó aquel pequeño empate técnico porque, a diferencia de otros miembros de la familia Ebner, él sí parecía tener lo que se conocía como empatía: no iban a comenzar una discusión acerca de quién era objetivamente más guapa… cuando la pobre rubia austriaca estaba presente allí mismo.

—Nos vemos más tarde, Jacob.—Se despidió Gwendoline del joven, cuando éste respondió a la llamada de su madre.—¡En la pista de baile!—Añadió la morena, para luego mirar a Sam y guardar silencio un par de segundos; entonces, añadió:—Habría ganado yo esa acalorada discusión porque tengo la novia más guapa del mundo, y no acepto un no por respuesta.—La miró entonces, guiñándole el ojo y dándole un suave beso en la mejilla.

Debían ser comedidas ese día.

A Gwendoline no le sonaba que Sam le hubiera hablado de Jacob, pues en general, la rubia era poco dada a hablar de su familia. ¿Cómo hacerlo si, por lo visto, la mitad de las personas allí reunidas tenían algún problema con ella que ni ellos mismos entendían? Así que negó con la cabeza cuando le preguntó.

—Parece una buena persona, la verdad. Aunque teniendo en cuenta que poco tengo con qué comparar, y cómo es tu abuela...—Lo dijo en voz baja y en tono de broma, pero igualmente, sintió el deseo de disculparse.—Lo siento. No debería hablar así de tu abuela.

Y es que, por mucho que aquella mujer fuese, a simple vista, un cardo, seguía siendo su abuela, y eso nadie podía cambiarlo. Una persona podía tener un cariño infinito hacia su abuela, incluso aunque ésta fuese una rancia como parecía ser Elizabeth.

Como todas las bodas, aquella era también un no parar: en cuanto Jacob las dejó solas, Sophie Ebner las reclamó para una improvisada sesión con el fotógrafo.

Sí, a Gwendoline también, y lo cierto es que la morena se alegró de que la madre de su novia la aceptase tan bien. Y aunque se sintió un tanto cohibida al principio, finalmente acabó soltándose y posando para la cámara según las indicaciones del fotógrafo. Al final, cuando posó sola junto a Sam, tomó nota mental de pedirle a Sophie una copia de aquella fotografía en concreto, aunque dudaba tener que recordárselo.

Una vez terminada la pequeña sesión de fotos, Sam y Gwendoline creyeron que por fin se quedarían solas… pero no. Así eran las bodas: siempre había alguien que quería hablar con alguien, y en este caso, ese alguien fue Luca, y el alguien con quien quería hablar era su hija. Por lo menos, Gwendoline ya le conocía, y se sintió cómoda con su llegada.

El señor Lehmann no parecía encontrarse precisamente en su elemento, y estaba claro que buscaba la compañía de las personas con las que mejor se llevaba en la boda. Y como no podía estar con la futura señora Wagner por evidentes motivos, ellas dos eran la opción más amistosa que podía encontrar. Gwen no se había parado a pensar mucho en ello, pero se imaginaba que, por bien que se llevase con su exmujer, Luca quizás no estaría del todo cómodo en aquel entorno.

No se lo reprochaba.

—Nada de trucos mágicos.—Respondió Gwendoline, con una sonrisa y en voz baja.—Estaremos más que encantadas de acompañarte en el coche, ¿verdad?—Miró a su novia, acariciándole suavemente el brazo y sonriéndole. Sabía que no tendría que insistirle demasiado.

Cuando salió el tema de la abuela a colación, Gwendoline bien podría haber hecho rodar los ojos con hastío, dándose cuenta de hasta qué punto era un cardo aquella señora. Por lo visto, había convertido el mirar mal a los demás en su afición personal, casi en un arte. Y Luca era otra de sus víctimas.

No obstante… Gwendoline no pensaba decirle absolutamente nada. No mientras no ofendiera a su novia, claro; si eso sucedía, aquella mujer quizás… bueno, quizás sufriese algún tipo de accidente embarazoso de carácter inexplicable realizado con uno de esos palos de madera que mencionaba el señor Lehmann.

Quizás.

—No hay mayor desprecio que no mostrar aprecio.—Dijo Gwendoline para salir del paso, utilizando una frase hecha, cuando Sam se puso de los nervios ante la propuesta de Luca.—Vamos al coche. Quizás por el camino puedas cantarnos algo.—Sugirió la morena mientras tanto ella como su novia y su padre echaban a caminar.—También podemos planear una manera maquiavélica y pérfida de robar todo el marisco...

Aquella propuesta era absurda en sí misma: Gwendoline no planeaba comer marisco alguno, teniendo en cuenta que en compañía de Sam había optado por una dieta vegetariana. De hecho, habían pedido menús vegetarianos en el banquete, así que malamente podrían robar nada de marisco...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Jun 12, 2019 10:56 pm

Su mejilla se ensanchó en una sonrisa muy tierna cuando Gwendoline puso sobre la mesa el hecho al parecer indiscutible de que ella tenía la novia más guapa del mundo. Mira que desde que estaban juntas tenían pocas cosas en las que no coincidían, pero esa era una. Sam siempre le saltaba con que quizás de su mundo sí podría ser, pero no del suyo. Ahora, sin embargo, aceptó esa bonita iniciativa sin decir nada, pues una cosa así de bonita a veces sólo hay que sonreír y aceptarla.

Se sorprendió por lo que dijo se su abuela. Y no, no se sorprendió de lo que dijo, sino de que se disculpara: ¿disculparse por qué, por decir que su abuela parecía tener una molestia continua en el trasero que la hacía tener esa cara de limón ácido?

—Gwen… —Negó con la cabeza, rodando los ojos. —Tú puedes decir lo que quieras de esa señora que no me voy a ofender.

A Elizabeth le tenía el aprecio justo y necesario. Samantha sólo había conocido a esa abuela, por lo que teniendo en cuenta el evidente trato que se tenían, no es que tuviese una gran experiencia en cuanto a la relación abuela-nieto se refiere, ni el cariño que éstos se suelen profesar. Y estaba bien, porque actualmente no le debía nada a su abuela y la trataba como una persona más que era bastante prescindible. Ya Sam le había dicho que de esa boda habían pocas personas que le importasen y, de hecho, se podrían contar con los dedos de las manos y sobrarían dedos.

Por supuesto que iban a ir con su padre en el coche, por lo que desde que tuvieron vía libre por parte del resto de invitados, los tres comenzaron a caminar hacia los aparcamientos. Gwen sugirió robar el marisco, a lo que fue Luca el primero en reaccionar.

—Samantha, has traído a una delincuente a la boda de tu madre. —Dramatizó con falsa mirada preocupada, para luego reír. —Encima quiere verme cantar en el coche. No quiero haceros sufrir más de lo necesario esta noche, que bastante vais a tener con las miradas de Elizabeth y… de todo el mundo.

—Esa pobre mujer va a ser el centro de todas nuestras bromas hoy, ¿verdad? —Sam miró primero a Gwendoline y luego a su padre, quien asentía divertido con la cabeza. —Tienes que estar feliz de poder criticar a la que fue tu suegra sin responsabilidades.

—No sabes cuánto. Pero siempre desde el respeto, el mismo que ella nos tiene a nosotros. Eso es importante. —En realidad Luca no era mala persona, en absoluto, pero sabía que su presencia allí la hacía más turbia todavía la opinión de la madre de Sophie y que nunca fue hombre de su agrado. Era, sencillamente, que se llevaban mal. Mientras Elizabeth promovía el odio entre la familia, al menos Luca se lo tomaba a risas con las dos únicas personas con las que podía bromear al respecto. —Creo que es ese el coche… —Apretó el botón de la llave y, efectivamente, no era ese el coche. De repente un coche exactamente igual sonó detrás de ellos. Eran de alquiler, por lo que casi todos eran iguales. —O lo mismo es este. —Señaló al otro, para meterse en el interior.


***

Habían estado escuchando a Elvis Presley en una cadena de canciones antiguas y tras una media hora de trayecto, en donde pararon en una gasolinera para repostar, llegaron a la celebración. Era un lugar apartado y a Sam le sonaba aquel lugar un poco, sobre todo por la carretera de tierra, rodeada de árboles por la que estaban pasando. De pequeña le daba miedito.

—¿Estamos en…

—Sí, cariño.

Entonces Sam se giró para atrás, para mirar a Gwen que iba en la parte trasera. Era feo dejar a su padre conduciendo cual taxista.

—Es terreno de la familia Ebner. Cuando se murió mi abuelo pasó a ser de mi abuela, así que ahora es la dueña. Es una finca inmensa y en la zona central hay… o bueno, había una nave vacía que en su momento recuerdo querían reconstruir para hacer eventos. Supongo que consiguieron su propósito. —Asumió teniendo en cuenta a qué habían ido allí.

Y efectivamente, cuando llegaron a la zona de los aparcamientos dejaron el coche y continuaron caminando por un camino de grandes baldosas pedregosas, una cosa HORRIBLE para mujeres con tacones. Sam se agarró a su padre para no morirse por el camino, observándolo todo.

Al final estaba la nave, perfectamente remodelada y si bien en la parte exterior había un lugar al aire libre pero techado en el que habían sofás, un pequeño bar y una pista de baile, todo rodeado de césped, las mesas para la cena estaban en el interior de la nave. Ahora mismo estaban caminando alrededor de un edificio en desuso y bastante desmejorado: se trataba de una capilla que la familia Ebner, tan religiosa como nunca, había dejado en su estado natural pero que estaba cerrada. Aún no habían llegado, pero Sam no pudo evitar tomarse todo aquello con humor al ver a la gran muchedumbre en la parte de fuera con un pequeño cóctel, esperando a los novios para entrar al interior.

—Hagamos una apuesta: cuando pasemos la esquina, ¿cuántas cabezas se girarán para vernos aparecer? Que no te quiero quitar protagonismo, papá, porque aquí eres tú al que todo el mundo mira como si estuviese desubicado, aunque la desubicada de la familia sea yo. —Rió por su propio chiste, pues el juego de palabras le había salido genial. —Oh. —Y entonces se paró de golpe. —¿Mamá nos habrá sentado juntos en una mesa de tres que habrá llamado ‘Los Apestados’? Porque como nos haya sentado con mis primos, Gwendoline, nos depara una noche apoteósica.

Pero no, evidentemente no los había sentado juntos por mucho que aún no hubiesen llegado a verlo. Samantha y Gwendoline estaban en una mesa cerca de la nupcial, junto a Jacob y su novia, así como sus otros cuatro primos. Luca, por su parte, estaba con los ‘amigos comunes’ que compartían en su momento Sophie y él. Era difícil meter a tu ex-marido en la repartición de mesa de tu boda con tu otro marido, ¿eh? No había que juzgar. ¡Y no habían mesas de tres en donde ponerlos a ellos tres!

Nada más llegar habían camareros con bandejas que ofrecían o una caña de cerveza, o un mojito suave o un refresco con gas, a elegir por los invitados. En la puerta de la nave era en donde estaban las listas con la disposición de las mesas. Sin embargo, Sam estaba enamorada y un poco ausente con la decoración, la cual era de colores pasteles con predominancia en el turquesa. Ella cogió un mojito, mientras que su padre se decantó, evidentemente, por la cerveza.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 14, 2019 12:36 am

Gwendoline podría haber argumentado en contra de esa afirmación, acerca de ese voto a favor de hablar pestes acerca de la buena señora que Sam tenía por abuela, pero creía que ya había dicho suficiente. En su lugar, se llevó los dedos a los labios y fingió cerrar una cremallera imaginaria, para acto seguido sonreír: sus labios estaban sellados con respecto a los familiares de Sam, y por lo que a ella respectaba, todos eran seres de luz.

Eso era lo que hacían las buenas novias: no rajar sobre la familia de su pareja, y si por un casual dicha pareja quería hacerlo… escucharla atentamente y mostrarse comprensiva.

No le resultaría muy difícil hacer eso, pues era bien consciente de que si alguien tenía derecho a quejarse de la familia Ebner, ese alguien era Samantha. Lo mismo que sucedería en caso de que Gwendoline quisiese empezar a quejarse de los Edevane… aunque, en lo personal, a la morena también le daría igual que su novia comenzara a hablar mal de ellos. De nuevo, si alguien tenía derecho a hablar mal de los puristas… precisamente era ella.

Poco después del encuentro con Elizabeth y Jacob, Luca Lehmann hizo acto de presencia, visiblemente incómodo por su propia presencia en el festejo. El hombre, quien parecía a punto de estallar en llamas o algo así—muy parecido a lo que decía Sam que le sucedería si alguna vez se le ocurría pisar una iglesia o rezar una oración—, tenía también motivos de sobra para ello, y Gwendoline se solidarizó con él.

Pero estaba claro que ese carácter tan bromista de Sam había salido de su padre.

—¡Pero bueno!—Quiso protestar Gwendoline, adoptando incluso la pose de brazos en jarras y un falso tono severo, pero Elizabeth acudió en su rescate nuevamente.

Sí, estaba claro que esa mujer iba a ser el centro de todos los comentarios jocosos… pero desde el respeto, claro. O eso decía Luca Lehmann, lo cual dibujó una leve sonrisa en el rostro de Gwendoline. Hizo todo lo posible por disimularla, pues seguía insistiendo: no quería criticar o reírse de la abuela de su pareja… ni de ningún miembro de su familia.


***

Durante el trayecto en coche, no fue Luca Lehmann quien les amenizó el viaje, sino Elvis Presley. Gwendoline no era demasiado fan del cantante en cuestión, y lo único que vino a su mente al escucharle cantar Always on my mind—una canción que resultaba un tanto irónica dada la situación en que se encontraban—era el centenar de teorías que decían que aquel señor seguía vivo en algún lugar del mundo. Aunque teniendo en cuenta que, de no haber muerto, en la actualidad rondaría los ochenta y cinco, había muchas posibilidades de que hubiese muerto igualmente.

Tras una pequeña parada para repostar, reanudaron la marcha mientras seguían sonando clásicos en la radio. Gwendoline, que ocupaba el asiento trasero, contemplaba el paisaje que pasaba velozmente al otro lado de la ventanilla. En un momento dado llegó a perderse en sus propios pensamientos, ninguno concreto ni digno de mención, y sólo regresó de aquel mundo cuando Sam se giró para explicarle lo de la enorme finca que poseía la familia Ebner.

La morena no pudo más que sonreír, divertida.

—Así que tú también tienes una familia con propiedades rurales. ¿Qué te parece?—Su sonrisa se convirtió prácticamente en risa, dándose cuenta de lo irónico que resultaba todo aquello.

El modelo de negocio que los Ebner tenían en mente era totalmente distinto al de los Edevane, desde luego: los Ebner pensaban en el futuro, mientras que los Edevane pensaban en una línea de negocio más tradicional. Anticuada, como dirían algunos. Y ciertamente mágica, cabía señalar. Sin embargo, resultaba curioso que sus familias fuesen tan parecidas. ¿Qué dirían los Edevane si se los comparase con los Ebner, y se les llevase a la comprensión de que no eran tan distintos, a fin de cuentas?

Se apearon del coche, y Gwendoline se permitió un segundo para observar la disposición de todo: desde la nave remodelada hasta los muebles montados en el exterior, pasando por la capilla, todo tenía muy buen aspecto. Y la decoración que habían escogido para la boda, toda blanca, era preciosa.

—Yo haría otro tipo de apuesta.—Sugirió Gwendoline, siguiendo con la broma de Sam.—¿Cuántos de ellos crees que se santiguarán al ver llegar a la hija de la novia, la novia de la hija de la novia y el exmarido de la novia, todos juntos y en armonía?—Y sonrió, divertida a pesar de todo. No es que le hiciese mucha gracia ser el centro de todas las miradas, pero lo que tenía claro era que no tenía la más mínima intención de esconder lo que sentía por Sam.

Seguramente, por eso, seguía cogiéndola de la mano.

Cuando su novia se detuvo, ella hizo lo propio, y la miró con curiosidad. Y ante su comentario, no pudo más que recordar las palabras de Jacob con respecto a los primos de Sam: pijos y repipis. No le apetecía mucho pasarse toda la ceremonia soportando miradas de desdén, o algún que otro cuchicheo entre primos, aunque se reafirmaba en que no tenía la menor intención de fingir ser lo que no era con Sam.

—Soportaremos lo que venga.—Le aseguró, dándole un beso en la mejilla justo en el momento en que ambas doblaban la esquina al lado de Luca Lehmann. ¿Y lo adivináis? Hubo cabezas que se dieron la vuelta, como en la película El Exorcista, y gente santiguándose, todo ello a partes iguales.—No llevaba la cuenta—, murmuró Gwendoline—, pero diría yo que hemos empatado.

Ambas chicas, como era de esperar, terminaron sentadas juntas, y las miradas fueron en dirección a ellas. Gwendoline, que lo observó todo discretamente, no pudo evitar cruzar la mirada con una señora desconocida que abrió mucho los ojos y, nuevamente, se santiguó. ¿Qué problema tenía esa gente con Jesucristo todopoderoso? Si Gwendoline fuese Jesucristo, se molestaría mucho porque estuviesen llamándole todo el rato.

Se inclinó hacia Sam, como si fuera a darle un beso en el cuello—y posiblemente provocando a las ‘santiguadoras’ algún tipo de microinfarto—, y le susurró al oído.

—No quiero alarmarte demasiado, pero diría que tu vestido, y ese escote que tan bien te queda, ha llamado la atención entre tus familiares.—Se le escapó una risita, y añadió.—Me temo que nos vamos al infierno de cabeza, tú y yo.

Gwendoline, que había escogido un refresco para empezar la celebración de manera responsable, bebió un pequeño sorbo de su vaso, para luego seguir mirando a toda la gente que las rodeaba. Algunos eran más discretos que otros con sus miradas.

—¿Quién es quién aquí?—Preguntó, frunciendo el ceño.—Ponme al día con toda esta gente… si los conoces, claro.
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Sam J. Lehmann el Vie Jun 14, 2019 3:55 am

La relación que Gwendoline tenía con su abuela no se podía comparar ni de lejos con ninguna relación de Samantha con los Ebner. Literalmente con la única persona que se llevaba bien era con Jacob y su apellido era Schmid, no Ebner. De hecho era tan alto como ella y ambos siempre bromeaban con respecto a los genes de sus familias paternas porque eran los dos únicos primos altos de la familia, haciendo evidente que la familia común que compartían no descataba precisamente por ser demasiado altos. De hecho eran todos bajitos. Es por eso que cuando Gwendoline le dijo que ambas tenía familias con propiedades rurales, a punto estuvo de dudar de su propia familia, pues no se sentía parte de ella en absoluto.

Ahora mismo se sentía que iba a la boda de su madre pero en compañía de desconocidos. Sin embargo, le resultó feo decirlo en voz alta pese a pensarlo, por lo que fingió una sonrisilla.

—Curiosamente —respondió, encogiéndose de hombros. Sam se sentía más a gusto en la granja de Astreia de lo que probablemente se sentiría en esta finca.

Además había que añadir que la familia Lehmann siempre había tirado a tener una calidad de vida mediocre, por no decir que la economía era baja. Eran del montón; de la clase media que cobra decente pero muchos meses llegan en números rojos. Así que definitivamente cualquier inmueble de ese estilo no lo sentía para nada de ella o de su familia.

Después de llegar al lugar de la fiesta y bajarse del coche, caminaron hasta el cóctel mientras los tres apostaban tonterías que, al menos a Sam, le estaban pareciendo muy divertidas. ¿Y lo peor de todo? Que desde que Gwen dijo la palabra ‘santiguarse’ supo que iba a ganar la apuesta porque sus tías eran todas unas dramáticas religiosas que creían que cualquier pequeñez ‘antinatura’ podía llevar a cualquiera al infierno. Era bastante gracioso cuando ya te dabas cuenta de que el retraso de ser humano con respecto a ciertas ideologías roza límites insospechados. La legeremante, después de haber vivido tantos años bajo el yugo de los mortifagos, estaba curada de espanto a cuando retraso se refería. Mira que siempre se había considerado bastante liberal con respecto al pensamiento ajeno, pero entre los puristas y los homófobos… De verdad, tenían un problema.

Tras pasar la esquina, Sam tuvo claro quién había ganado la apuesta.

—Al menos cinco se han santiguado. Te mereces la victoria indiscutiblemente. —Le reconoció a su novia, con diversión en la voz.

Desde que se pudo entrar al interior, Sam y Gwen fueron a la mesa que les correspondían, sentándose en sus asientos asignados y terminándose las bebidas que habían cogido en la entrada. Cuando notó que Gwendoline se acercaba a ella, la rubia también movió la cabeza hacia su lado para poder escucharla. No pudo evitar sonreír frente al comentario del escote—pues no iba a negar que le encantaba que su cuerpo llamase a su novia con esos detalles—pero sobre todo sonrió con lo del infierno.

—Tal y como nos ha ido la vida últimamente... creo tú y yo podemos con el infierno y mucho más, ¿no? —Arrugó la nariz de manera cariñosa, pensando que después de todo lo que han pasado, seguro que el infierno era un paseo por arena caliente. Y no le importaría ir, si es a su lado. —De todas maneras creo que mi escote es lo menos que le importa a mi familia. O eso espero, porque sería muy turbio. —Confesó al final, divertida.

Imaginad una familia retrógrada y rica, bien. Ahora imaginad que una persona de dicha familia se casa con un pobre obrero que es despreciado por dicha familia. Luego imaginad que el retoño de dicha unión a los once años se va a vivir indefinidamente a Londres a lo que parece una escuela privada para jóvenes especiales y nunca más vuelve a Austria. Y no solo eso, sino que encima es lesbiana. Menos mal que no saben que es bruja, porque si no la boda seguramente hubiese sido una estratagema para quemarla en la hoguera.

—Pues… conozco a mis tías y puedo intuir por cercanía quiénes serán sus hijos que no conozco. —La verdad es que Sam no se molestó ni un poco en ocultar que hablaba de nadie, aunque no señaló en ningún momento, sino que habló con referencias. —La mujer que tiene el traje azul y es regordeta es la hermana mayor de mi madre, que a su vez es la madre de Jacob. Sólo tuvo a Jacob y… hasta donde yo sé, era la hermana que mejor se llevaba con mi madre, incluso cuando se casó con mi padre. —Entonces hizo una pausa para desviar la mirada hacia otro lado. —A la derecha, en la mesa de al lado hay dos mujeres, una que tiene el traje beige que se llama Julia y la otra naranja, que se llama Anna: las dos son hermanas menores de mi madre y creo que los cuatro chicos que están alrededor con los móviles serán sus hijos, pero no sé quién es hijo de quién. —Y entonces señaló con la cabeza a un tipo de traje azul y barriga regordeta. —Y él es mi único tío, el pequeño de la familia. Es un tipo mimado y asquerosamente soberbio, pues mi abuela lo tiene como el hijo perfecto. Supongo que la mujer que está sujetando es su esposa y que esa barriga tan gordi es porque está embarazada. —Miró de reojo a Gwendoline. —De todas maneras sé que tiene otro hijo, pero no sé quién será. —Pero entonces apareció un niño de lo que parecía siete años, abrazándose a la pierna de dicho hombre. —Bueno, será ese.

Continuó diciéndole por encima otros parentescos: hermanos de su abuela, primos de Sophie... pero por encima porque era gente totalmente irrelevante hasta para Sam. Bueno, para Sam era irrelevantes todos.

Entonces la tía del traje naranja animó a todos los primos que fuesen a sentarse a la mesa que les tocaba y desde allí se pudo ver como los cuatro ponían un mohin no demasiado agradable. Sam solo pudo sonreír, imaginándose en a saber qué cosas les habrían dicho. La rubia, sin embargo, no tenía intención de seguirle el juego a nadie, sinceramente. Es por eso que cuando los cuatro primos se acercaron a la mesa, sin saber si saludar o no, Sam tomó la iniciativa al verlos con cara de patatas confundidas.

—Hola. Soy Samantha Lehmann, hija de Sophie y Luca. —Se presentó, haciéndose la tonta como si realmente no supieran ya quién era. No se levantó porque creía que los besos sería pasarse para el nivel antisocial que veía. —Ella es Gwendoline, mi novia. Es inglesa, así que sería de agradecer que hablasen inglés.

—Un placer…
—Yo soy…
—Hmmm…
No sé inglés.

De repente los cuatro parecieron romperse sin saber qué decir, hablando todos a la vez sin que se les entendiesen muy bien. Sam sonrió, evitando reír y enarcando una ceja. Le parecía muy divertido intimidar así a sus primos pequeños, ¿sería algo así como la prima famosa que se había salido del camino y era una mala influencia? Era hasta emocionante.

—Yo soy David y ella es mi hermana Lea, somos hijos de Julia. —La mujer de beige.

—Yo soy Leonie y ella es mi hermana Sarah y somos hijas de Anna. —Que era la otra. —Encantada de conocerte, Sam. Y Gwen, a ti también. Nuestro inglés es un poco malo. —Matizó, intentando parecer cordial mientras tomaba asiento frente a ella. —Nos han hablado mucho de ti.

¿Cómo se lo había puesto tan fácil? Sam no pudo evitar hacerle una broma pesada.

—Espero que hayan sido cosas buenas. —Y no pudo evitar reír, tanto por la frase como por ver la cara que se le había quedado a Leonie por no saber qué contestar a eso.

Sam se había quedado justo al lado de Lea, mientras que al lado de Gwen iba Jacob, tal y como ponía en la tarjetita encima del plato. Los cuatro primos se habrían sentado en la mesa, pero ambos rápidamente se pusieron a hablar de sus cosas de instagram, a sacarse selfie y… básicamente a hacer cosas de adolescentes. No les había preguntado la edad, pero tendrían todos entre doce y dieciséis años. Dudaba mucho que alguno llegase a la mayoría de edad.

—¿Tú también te quieres sacar un selfie? —Le preguntó a Gwendoline, para entonces mirar su vaso y negar con desaprobación. —¿Por qué te has pedido un refresco? ¿No necesitas alcohol para soportar esto? Tenemos que añadir la categoría de ‘borrachas’ para que mis tías también nos tachen de eso y sigan llamando a Jesús en busca de nuestro perdón. —Todo eso lo había medio susurrado, sin poder evitar seguir conservando la sonrisa. —O algo así supongo que hacen. Eso o rezar para que sus hijos no salgan igual.

Debía de admitir que estaba equivocada: en un principio pensaba que estaría incómoda pero una vez ahí se estaba dando cuenta que en compañía de Gwendoline todo estaba siendo más divertido de lo esperado. ¿Qué le importaba a ella la opinión de toda esta gente que, al día de mañana, iba a no volver a ver?
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 14, 2019 4:00 pm

La ferviente manera en que algunas de las asistentes a la boda Ebner-Wagner se santiguaron y miraron al cielo en busca de salvación casi hacía pensar que el mismísimo Lucifer, con su lupina sonrisa, sus demoníacas alas a la espalda, sus largos cuernos y sus extrañas patas de cabra, había sido quien había hecho su entrada.

Pero no: hasta donde Gwendoline sabía, ni ella, ni su novia, ni el padre de ésta tenían nada de diabólico. Sí, posiblemente intentaran quemarlas en la hoguera a ellas dos si descubrían su mágico secreto, pero dudaba mucho que Dios tuviese algo en contra de los poderes mágicos. Teniendo en cuenta que ni ella ni Sam habían hecho ningún pacto con demonio alguno para conseguir sus poderes, y siempre suponiendo que ahí arriba hubiese algo más que nubes—la morena no lo creía—, algo le decía que dicho Dios estaría perfectamente enterado del asunto.

Y, seguramente, un poco molesto de recibir plegarias a deshoras por cosas que ya sabía.

Con aquella pequeña victoria en sus manos, Gwendoline debió haberse sentido satisfecha, pero no. Y es que, muy en el fondo, y por mucho que pretendiese lo contrario, le molestaba que la retrógrada familia de su novia no aceptase que en el mundo existían otras opciones, otras creencias, además de sus principios sacados del siglo dieciséis. No dejaban de parecerse a muchos de esos puristas que, si bien no actuaban en activo contra los hijos de muggles, tampoco los querían cerca.

La intolerancia, por mucho que no viniera acompañada de violencia, seguía siendo algo negativo para la sociedad.

—Somos poderosas.—Coincidió Gwendoline, medio en broma, medio en serio, cuando Sam mencionó que habían vivido cosas peores que el infierno.—Somos como Wonder Woman y Capitana Marvel.—Continuó con la broma, aunque realmente ella no se sentía en absoluto identificada con el movimiento que se había generado alrededor de aquellos personajes.—Y no estaría tan segura con respecto a ese escote: ya sabes que en los tiempos que corren, la gente se escandaliza por todo...

Era triste, pero cierto.

Gwendoline, que estaba tan perdida como lo estaría un pingüino en medio del desierto, pidió a Sam una pequeña ayuda: le pidió que identificara a toda aquella gente desconocida que las rodeaba para, al menos, tener una ligera idea de quienes eran si se decidían a hablar con ella. Ya bastante mala opinión general tenían de ella sin conocerla, cuanto más si ni siquiera se preocupaba de saber algo de ellos.

Hizo sus mejores esfuerzos por recordar todo lo que su novia le fue diciendo, pero acabó perdiéndose cuando Sam mencionó a su único tío, a cuya pierna se agarró un niño. No es que se perdiese… sino que se olvidó de todo lo anterior. Que vale, Gwendoline tenía muy buena memoria y solía recordar, por fortuna o por desgracia, cosas que en principio podían parecer totalmente insulsas o insignificantes, pero a la hora de asociar tantos datos juntos… lo tenía muy difícil.

—Creo… creo sinceramente que debí haberte pedido un pequeño listado por escrito antes de venir. ¿Por qué no te lo pedí? ¿Por qué no me recordaste pedírtelo?—No estaba estresada… no demasiado, al menos. Siendo todo lo inglesa que era, Gwendoline tenía intención de hacer honor a su educación, y dudaba que los austriacos considerasen educación al hecho de no recordar nombres ni saber qué parentesco les unía con Sam.—Me estreso.—Sentenció, aunque por la falta de expresión en su rostro, nadie lo diría.

Algunos de los primos de Sam, tras una pequeña escena en que su madre, a juzgar por sus expresiones, había debido sugerir la idea de pasarlos por la guillotina si no se comportaban, se acercaron a la mesa que Gwendoline y la rubia compartían. No sabría decir si estaban nerviosos o si estaban incómodos porque les obligaban a hacer algo que no les apetecía, pero el caso es que fue Sam quien tuvo que tomar la iniciativa: los saludó y, de paso, la presentó a ella como su novia y, dato importante, inglesa.

Aquello no fue demasiado productivo: algunos ni sabían hablar inglés, los pobres.

—El placer es todo mío.—Gwendoline se volvió en dirección al primo que había declarado no saber inglés—no es que lo hubiese entendido, pero sí había entendido que habló en alemán—e hizo su mejor intento.Es war schön, Sie kennenzulernen.Chapurreó lo mejor que pudo aquella frase… cosa que no debió resultar muy bien por las caras que le pusieron. Miró a Sam en busca de una valoración más positiva… pero el resultado tampoco fue muy bueno.—Lo he intentado.—Se encogió de hombros.

Dos que sí hablaban inglés se presentaron de una manera más cordial: David y Leonie, quienes se ocuparon de presentar a los demás. Gwendoline, de nuevo, repitió que era un placer conocerlos, pero poco más: los pobres se quedaron un poco cortados ante la actitud de Sam, y Gwendoline casi… casi se sintió mal por ellos. Una cosa estaba clara: de todos los repipis, ellos eran los más inocentes, pues dudaba que llegasen a comprender de verdad todas las creencias de sus mayores.

Aunque están igual de pegados al móvil que los adolescentes ingleses, pensó Gwendoline en cuanto les vio sentarse y, casi de inmediato, comenzar a tomarse fotografías con los susodichos smartphones. Ya podía imaginarse sus publicaciones en instagram.

—Yo creo que rezan para que estallemos en llamas. No quiero darles combustible.—Respondió Gwendoline, burlona, con respecto al motivo de no pedir alcohol. Por supuesto, ese no era el motivo para no beber: prefería mantener a la Gwendoline borracha encerrada y atada.—Me parece mentira que, después de la borrachera que nos cogimos hace dos semanas, me preguntes por qué no bebo alcohol. ¿Tengo que recordarte que terminé cantando karaoke en un bar que no era de karaoke con una botella de cerveza en lugar de micrófono? Y eso ni siquiera lo sé por mí; lo sé por ti, y por las fotos de tu móvil.—Se refería, claramente, a la noche del sábado que había seguido a ese viernes que Sam y ella se habían pasado juntas, disfrutando únicamente la una de la otra.—Me pregunto cómo llegamos a casa: Caroline y tú bebisteis tanto como yo.

Había sido una noche salvaje, una consecuencia de llevar tanto tiempo sin irse de fiesta como era debido; la resaca del día siguiente había sido aún más salvaje. ¿Habéis probado a practicar oclumancia con una abuela muy poco piadosa estando de resaca? ¿No? Pues ya os recomiendo yo que no lo hagáis. Por vuestro bien.

—La decoración es muy bonita. Dentro de lo limitado que es el blanco, esto es precioso...—Comentó de manera ausente, mientras su mirada se perdía en las guirnaldas y demás adornos que decoraban el lugar. Tan concentrada estaba que se le escapó algo que, quizás, debería haberse guardado.—Quiero algo así en el día de nuestra boda...

La verdad es que ni Sam ni ella habían hablado todavía de eso. ¿Cómo iban a hacerlo? No llevaban ni un año de relación. Sin embargo, y aunque se le escapó totalmente sin querer, no se arrepintió de ello: ambas tenían suficiente confianza como para hablar de cualquier tema. Incluso de unas futuras nupcias...
Gwendoline Edevane
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