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Let's try again from the beginning {Sam&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 11:09 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Let's try again from the beginning {Sam&Gwen} - Página 3 Y4L9yUr
Jueves 9 de mayo, 2019 || Casa de Gwen y Sam || 20:53 horas || Atuendo (Sin gafas de sol)

Gwendoline llevaba enfrascada en la apasionante historia de la dinastía Targaryen, de la mano de George R.R. Martin en Fuego y Sangre, desde hacía más o menos media hora, cuando Sam había subido al piso de arriba a pelearse un rato con su saco de boxeo. De hecho, podía escuchar el sonido de los puñetazos contra la lona, y los gruñidos de Sam.

Casi sonaba como Rocky Balboa.

Había retomado la costumbre de leer durante su estancia en San Mungo gracias a Laith y a la propia Sam, que le habían hecho llegar libros que la entretuvieran durante su ingreso en el hospital mágico.

No es que antes de su estancia allí no leyese, ni mucho menos; simplemente, leía menos que antes, y le parecía una lástima: siempre había disfrutado mucho de la lectura, y su imaginación la había ayudado a visitar aquellos lugares que se describían en aquellos pequeños grandes mundos de papel y tinta. Las obligaciones, por desgracia, habían terminado apartándola de la lectura, y apenas si encontraba un rato para coger un libro y evadirse de la realidad.

Ahora que estaba todavía de baja en el Ministerio, Gwendoline aprovechaba el tiempo perdido, y los mejores momentos para ello eran aquellos en que Sam se enfrentaba a su saco de boxeo, igual que algún que otro rey Targaryen se enfrentaba a sus enemigos, como decía el título, a fuego y sangre.

El borboteo del agua hirviendo en la olla llamó su atención, y enseguida regresó al mundo real: estaba preparando la cena al tiempo que leía, tal era su interés por aquella obra. Y no, no iba a mentir: si había empezado a leer aquel libro había sido porque, inevitablemente, Juego de Tronos le había metido el interés por Poniente en la cabeza.

Dejó el libro abierto sobre la encimera para agregar la pasta al fuego, bajando su intensidad al momento. Tomó entonces un cuchillo y se puso a trocear las verduras con que acompañaría la pasta. Tengo que tener cuidado con este cuchillo, o terminaré igual que Maegor el Cruel, pensó, divertida, sabiendo que todo aquel festival de interés por el universo de Martin se terminaría en cuanto la serie terminase. Ya no quedaba mucho.

Fue mientras que salteaba las verduras, haciéndolas brincar sobre la sartén casi como una chef profesional, cuando Sam entró en la cocina, posiblemente atraída por el aroma de su cena en proceso.

—¿Qué tal ha ido la sesión de entrenamiento? ¿Le has dado una paliza?—Preguntó a modo de broma, con una sonrisa alegre en el rostro. Estaba mucho más contenta desde que sabía que Zed Crowley estaba muerto, y que su amenaza ya no existía.—¿Quién ha sido esta vez la pobre víctima? ¿Esa señora rubia que siempre se queja de que hay pelos rubios en su café y que tienen que ser tuyos porque lo dice ella?

Se refería, claramente, a la costumbre de Sam de visualizar que golpeaba a personas que consideraba responsables de sus enfados… y que posiblemente lo eran de verdad: aquella señora tenía que ser de lo más insufrible.

—En cuanto termine de saltear esto, podemos ponernos con la poción para la espalda. Ya sabes: antes de la ducha mejor que después, pues apesta.—Gwendoline no había sido capaz de solventar el problema del mal olor, por lo que habían resuelto que Sam se duchase a conciencia después de que se le aplicase la poción. De otra manera, arrastraría aquel olor allá donde fuese.

Pero su efecto era innegable: con cada nueva dosis, la espalda de la rubia se asemejaba más y más a aquella que había lucido antes de que los Crowley apareciesen en su vida. ¿No era hermoso pensar cómo aquellos tres habían ido desapareciendo, como polvo arrastrado por el viento?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Vie Jun 07, 2019 2:28 pm

Gwendoline mantuvo fija sobre Sam una mirada seria e inquisidora, de ojos entrecerrados, casi una advertencia muda que parecía decir ‘Te estoy vigilando de cerca, así que mide tus palabras’. Y es que ya no sabía si fiarse: creía que estaba curada de espanto, que ya lo había visto todo en lo que respectaba a las bromas de la rubia, y entonces sucedían cosas como aquella.

Sin embargo, en esta ocasión—y sin que sirviese de precedente alguno, Gwendoline estaba segura de ello—, Samantha sí habló en serio.

O todo lo en serio que se puede hablar sobre juguetes sexuales, claro.

Si aquella pequeña charla se hubiera dado meses atrás, cuando no eran pareja, o sin necesidad de irse tan lejos, cuando comenzaban su noviazgo, Gwendoline no hubiera sido capaz de mantener la compostura frente a aquel tema de conversación. Se habría puesto roja enseguida y hubiera preferido apartar el tema.

En aquellos momentos, superado el pánico inicial ante la posibilidad de una nueva broma, Gwendoline incluso se relajó: se dejó reposar sobre el cabecero de la cama y, mientras escuchaba a Sam, se terminaba los restos casi derretidos de su helado de vainilla.

—¿Que se introducía?—Preguntó, arqueando las cejas en una mueca que denotaba a partes iguales curiosidad y desagrado. Y lo peor era que no podía dejar de relacionar ‘introducir’ con ‘pepino’.—No creo que algo así me gustase.—Reflexionó, aún a pesar de que Sam le enseñó la medida aproximada del juguete sirviéndose de sus dedos índice y pulgar. No era muy grande, no...—Creo que me sentiría muy rara teniendo algo ahí dentro...

Como buena mujer virgen que era—y que a sus treinta años había descubierto que en realidad le gustaba la que había sido su mejor amiga toda su vida—, Gwendoline jamás había experimentado la sensación de ser penetrada por un hombre. Y había algo en esa idea que le causaba un escalofrío nada placentero en la espina dorsal. Tal fue la sensación que, de sólo pensar en ella, cerró las piernas con fuerza e incluso las encogió un poco, visiblemente incómoda.

Se terminó el vasito de helado y lo dejó en la mesita de noche, no sin antes asegurarse de rebañar cada partícula de helado de la cuchara, que también puso a un lado. Sam, mientras tanto, explicaba que había una práctica que le gustaba… y ahí se detuvo, haciendo que Gwendoline se quedase con la intriga.

—Dos cosas.—Dijo Gwendoline, incorporándose un poco hasta quedar sentada y levantando los dedos índice y medio de su mano derecha.—Número uno: si en lugar de un pepino vas a sugerirme un calabacín, una zanahoria, un puerro, un plátano, un pepinillo, o cualquier hortaliza cuya forma recuerde aunque sea vagamente a ya sabes qué, te lanzaré una almohada tan fuerte que dejaré huérfanos a tus dos hijos.—Se refería, por supuesto, a Don Gato y Don Cerdito.—Número dos: ¡Es injusto que me dejes con la intriga! ¡Que he empezado preguntando yo, tía! ¡No es justo!—Protestó, de manera muy dramática, mientras componía en su rostro una mueca falsamente enfurruñada.

Y es que… ¿cuál era el problema cuando se discutía con Sam? Que no se podía. Porque era condenadamente adorable. La rubia tenía un don natural para hacer que Gwendoline se ablandase durante las discusiones, y justo en ese momento, en el momento en que la morena daba un paso atrás, Samantha salía con alguna de sus bromas pesadas. ¡Así era ella, y por eso no se podía discutir con ella!

Y mejor ni hablemos de cuando hace drama, pensó Gwendoline.

—No me lo vas a decir, ¿verdad?—Le dijo entonces, casi dándose por vencida y sabiendo que no le quedaría más remedio que esperar y comprobar en sus propias carnes de qué sorpresa estaría hablando. Hizo rodar los ojos, dejándose caer, de nuevo, recostada sobre su almohada.—Vale. Esperaré.—Y se cruzó de brazos, cuán niña ofendida por algo que un adulto le hubiera dicho. Algo como “Castigada sin galletas”.

Volvió a levantarse entonces, quedando nuevamente sentada al estilo indio. Sabiendo que no conseguiría nada preguntando, y olvidado momentáneamente el asunto del pepino, nuevas ideas comenzaban a formarse en su mente. Así que, mordiéndose el labio inferior y mirando a su novia con travesura, propuso algo que, quizás, sonaba demasiado inocente.

—¿Alguna vez te has dado un baño de espuma?—Le sugirió, alzando un par de veces las cejas para enfatizar lo tentador de su propuesta.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Jun 08, 2019 4:22 am

Como lesbiana cien por cien que era, entendía perfectamente esa cara de desagrado de su novia frente a la idea de utilizar algo demasiado grande para lo que uno estaba acostumbrada. ¿Os creéis que Sam aceptó emocionada la primera vez, como si fuese algo que le iba a gustar indudablemente? No, os digo yo ya que no. Sam tampoco había tenido relaciones sexuales nunca con un hombre y también le parecía ‘desagradable’ la idea de… utilizar algo tan grande, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, lo que había utilizado ella podría considerarse hasta mono, en comparación con las cosas que había por ahí.

Aún así, evidentemente, no iba a intentar convencer a Gwendoline. Ella había preguntado, Sam había contestado con honestidad y ya está: si la morena no quería utilizar nada de eso, no se iba a utilizar.

—Estoy segurísima de que lo que estás pensando no se corresponde en absoluto con la realidad. Yo tampoco estaba muy convencida cuando lo usé, pero no tenía nada que ver lo que se imaginaba mi mente, con lo que pasó en realidad: te juro que quedó a años luz. —Le dijo al ver su cara y sus reacciones, pues Sam había disfrutado mucho con aquello, para su sorpresa. Entonces sonreír por sus palabras. —Yo no te noto nada rara cuando estoy dentro de ti… —Y entonces se acercó a ella de nuevo por la cama a cuatro patas, para darle un tierno beso en los labios. —Sé que has preguntado por curiosidad, pero no vamos a usar nunca nada que no te apetezca usar.

Entonces se puso de rodillas frente a ella, escuchando divertida las dos osas que tenía que decir al respecto de su pequeña ‘intriga’, pero le habían dado ganas de darle una sorpresa. Pero de esas sorpresas para las que no tienes tiempo de pensar: Sam sabía muy bien que el uso de juguetes sexuales a veces te generaba una sensación de: ‘¿para qué?’ y que la emoción se reducía a cero.

—¿Un puerro, Florecilla? —Tuvo que arrugar la nariz al reírse de aquello. —Nada de calabacines, zanahorias, puerros, plátanos o pepinillos. Prometido. —E hizo una cruz delante de ella con una de sus manos, como si estuviese jurando. Estaba segura de que en el cielo estaba Dios mirándola con cara de: ‘qué haces usando mi marca, lesbiana hereje’ o algo así. —¡Te dejo con la intriga por tu bien! Tú sólo piensa que cuando lo traiga…vas a tener una experiencia nueva. Y estoy segura de que te va a gustar mucho, mucho, mucho.

Negó con la cabeza cuando le volvió a preguntar, derrotada, si no le iba a decir nada. En su mente pensó que no la haría esperar demasiado, o quizás sí y así la sorpresa era mayor. En realidad Sam siempre había sido muy pudorosa para comprar esas cosas: le iba a hacer mucha gracia el meterse en una tienda a comprar algo así. Pero por ahora no tenía que preocuparse de eso, pues Gwendoline le ofrecía un baño de espuma.

—En compañía no —le respondió, viendo sus cejas moverse de manera divertida. —¿Es una propuesta indecente? Porque sí quiero. —Esta vez ella esbozó una sonrisa, tendiéndole la mano para ayudarle a levantar de allí e irse a tomar un poderoso baño relajante de espuma junto a ella.


Austria, Boda de Sophie Ebner y Jon Wagner | 25/05/2019 | 19:32h | Atuendo

Gwendoline y Sam habían llegado el día veinticuatro a Austria y esa misma noche habían quedado con Sophie, Jon y Gabriel para cenar en casa de ellos, básicamente para que ambas conociesen a Jon y Gabriel antes de que fuese oficialmente la boda.

Samantha iba con la sensación de que iba a ser un poco incómodo tratar con Jon, una persona que en teoría era su ‘padrastro’ y con el que no había tenido ningún tipo de relación hasta el día de la boda con su madre, por no hablar claro de que no sabía cómo se tomaría el hecho de que Sam de repente hubiese aparecido de nuevo en la vida de su madre sin motivo aparente. ¿Cómo le habría explicado Sophie todo eso, sin meter el tema mágico de por medio? Sin embargo, Jon Wagner había recibido a Sam y Gwen hasta con emoción. Si bien parecía un tipo algo distante que no suele hablar mucho si no entra en confianza y al que le cuesta sonreír, había congeniado bastante bien con Samantha, sobre todo cuando se pasaron horas jugando con Gabriel. La rubia evidentemente no lo sabía, pero Jon también era divorciado, con la diferencia de que su hijo había decidido irse con su madre y no había podido seguir manteniendo el contacto con él, además de que Sophie solo le había hablado genialidades de Sam, por lo que estaba contento de que su futura mujer hubiese recuperado a su hija.

Y de Gabriel es que… ¿para qué hablar? Sam salió enamorada de aquella casa de su hermano pequeño quién, risueño y alegre, no había parado de llevarles juguetes a las chicas para jugar con ellas. Lo mejor había sido Sophie diciéndole al niño que ella era su hermana Sam y el niño mirando sorprendido porque con año y medio que tenía, era normal que no entendiese nada.

Al día siguiente la boda era por la tarde y la celebración toda la noche. Si bien la ex-mujer ni los hijos de Jon aparecieron pese a que los hijos estaban invitados, Luca y Sam si estaban por parte de Sophie. Luca evidentemente estaba más atrás en la iglesia, pero Sam y Gwen estaban en segunda fila, justo detrás de la abuela y las tías de Sam, quiénes estaban con Gabriel. Fue el mismo niño quien subió las escaleras torpemente para dar la cajita con los anillos en el interior y fue Sam una de las testigos para firmar.

Después de todo, Sam y Gwen se encontraban en la plaza fuera de la iglesia. Luca hablaba con uno de sus ex-cuñados con el que se llevaba muy bien, mientras que Sam miraba a Gabriel corretear hacia ellas, pues se le había ‘escapado’ a la abuela. Sam se agachó para cogerlo entre sus brazos, colocándose el vestido porque un movimiento mal hecho podría ser catastrófico. Miró divertida a Gwen, justo para ver como la abuela de la chica se acercaba.

—Viene mi abuela —le informó a su pareja. —Ten paciencia…

Este niño me va a volver loca.Gabriel sonrió travieso por huir de su abuela, sujetándose al cuello de Sam. Ayer se habían llevado muy bien y Sam había jugado con él un montón, por lo que se ve que el niño priorizaba el pasarlo bien. Vaya, Samantha, creo que tu hermanito ya te ha cogido cariño. Yo ya pensaba que no ibas a venir nunca a conocerlo.

Bing, la primera pulla. Sam se limitó a sonreír porque ya conocía de sobra a su abuela. Su pasatiempo favorito era hacer sentir incómodos al resto. Otra cosa que no le pasó desapercibida es que hablaba alemán.

—Gwen, ella es mi abuela Elizabeth —le presentó en inglés, pues Sam y Gwen se habían perdido para llegar y habían llegado justas, por lo que no habían podido hacer las presentaciones antes. —Eli, ella es mi novia Gwendoline. No habla alemán.

Elizabeth pilló la indirecta: que no hablase alemán frente a su pareja inglesa porque era una falta de respeto. Es por eso que la mujer, con el acento más cerrado y exagerado que escucharás nunca, se dirigió a la morena. No es que precisamente Elizabeth Ebner hablase demasiado inglés en su vida, con lo clásica que era.

—Un placer conocerte, querida.

—¿SAMANTHA LEHMANN? —Se escuchó entonces detrás de ella. —¡Lo que ven mis ojos, madre mía! —Un chico vestido con un traje negro y camisa naranja se acercó a ellas, plantándose frente a Sam mientras le sonreía. —Suelta al baby. —Le ‘ordenó’ de manera divertida.

Sam dejó a Gabriel suavemente contra el suelo y, cuando se volvió a erguir, la abrazó fuertemente, como para levantarla del suelo. Era su primo mayor, que era casi tan alto como ella. Genes que definitivamente no eran de la familia Ebner.

—¡Cuánto tiempo sin verte! Estás guapísima, tía. Qué gusto verte al fin, te echábamos de menos. —Entonces miró a Gwendoline y sonrió, asumiendo lo evidente. Se sabía que Sam iba a asistir a la boda de su madre acompañada de su pareja. —Mira que tenías difícil encontrar a una mujer que fuese más guapa que tú, ¿eh? —Y miró a Gwendoline, con una alegre mirada. —Me llamo Jacob. Soy su primo favorito, creo. O de los pocos que la llegaron a conocer antes de que nos abandonase por Doña Inglaterra. Ahora entiendo qué la retuvo tanto. —Le sonrió amablemente, sin una pizca de maldad, sino pura emoción en el rostro por volver a ver a su prima y su compañera.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Jun 09, 2019 2:27 pm

Gwendoline se reservó su derecho a no decir nada con respecto a los vibradores que se introducían, pues la mera idea de utilizar algo así le parecía totalmente inconcebible: no se veía disfrutando algo así, y la idea le resultaba, cuando menos, incómoda. Así que prefirió no decir nada más con respecto a ese tema, confiando en las palabras de su novia, que sin lugar a duda era mucho más experimentada que ella en todo lo que al sexo se refería.

Y sí: había metido a los puerros en el saco de verduras con las que no quería tener una relación tan íntima como la que Sam había sugerido. Y no se arrepentía de ello. Si acaso, temía haberse olvidado algún tipo de verdura de aspecto fálico en su veto personal.

Pero lo peor de todo fue que Sam decidió, de manera injustamente cruel, dejarla con la intriga acerca de esa misteriosa práctica que, según aseguraba la rubia, le iba a gustar ‘mucho, mucho, mucho.’

Tres ‘muchos’ parecían demasiados.

—¿Seguro?—Arrugó la nariz, activando su modo más escéptico.—No sé si hacer caso al miedo que me das por norma general, o aceptar las buenas expectativas que me estás creando. Y eso que ya sabes que no me gusta crearme buenas expectativas: mira lo que me pasó con Breaking Bad.

Lo que había pasado con dicha serie era muy sencillo: tantas buenas opiniones al respecto, tantas recomendaciones, le habían creado unas expectativas que al final la serie, si bien buena, no llegó a cumplir. Gwendoline creía firmemente que la habría disfrutado mucho más y la habría considerado mucho mejor sin tantas opiniones de terceros.

Ante la insistencia de Gwendoline en preguntar por esa misteriosa práctica, Samantha respondió con insistencia a la hora de no responder. Así pues, la morena optó por rendirse y dejarlo pasar. No sería la última vez en aquella tarde que la pregunta volvía a surgir, pero por aquel momento lo dejó correr.

Además, las esperaba un buen baño con espuma para relajarse en compañía.


Día de la boda de Sophie Ebner y Jon Wagner
Sábado 25 de mayo de 2019
Atuendo

Gwendoline no estaba acostumbrada a asistir a bodas, y tenía muy poca experiencia en la materia. Sabía, eso sí, que las bodas se consideraban una celebración del amor que dos personas sentían, la una por la otra, en la cual se unían para siempre la una a la otra—o, al menos, así solía ser al principio—y miraban al futuro con una sonrisa en los labios.

Un momento mágico, como les gustaba decir a los muggles.

Sin embargo, y por feo que pudiera sonar, aquel día Gwendoline no prestó demasiada atención a los novios: para ella, la auténtica protagonista fue Sam cuando, por fin, conoció a un hermano pequeño que se enamoró de ella a primera vista.

La imagen de su novia con Gabriel en brazos dibujó ante sus ojos imágenes de un futuro que, quizás, algún día sería. Algún día.

Con respecto a la familia Ebner-Wagner, la bruja inglesa hizo buenas migas con todos… hasta que hizo acto de presencia la que, ella lo sabía, sería la manzana de la discordia: Elizabeth Ebner. La mujer apareció justo detrás de Gabriel, que había saltado a los brazos de su hermana en busca de protección.

La señora habló… bueno, habló en alemán, por lo que Gwendoline no entendió lo más mínimo de lo que dijo, y menos teniendo en cuenta el cerrado acento de la señora. Sin embargo, sí entendió el tono… y las miradas de la señora. Enseguida apareció sobre la frente de la señora una etiqueta imaginaria que decía ‘Señora criticona’.

Con todo y con esas, cuando Sam hizo las presentaciones, Gwendoline, que hasta entonces estaba sentada en un banco, se puso en pie para saludar a Elizabeth.

—El placer es mío, señora.—Le dijo con una sonrisa un poco exagerada… y teniendo en cuenta que no vio ningún indicio por parte de Elizabeth que invitase a Gwendoline a intercambiar alguna muestra de cariño, la morena lo dejó estar así. Simplemente, añadió un elogio un tanto genérico y, podría decirse, barato.—Me encanta su vestido. Es muy elegante.

Todo cambió cuando llegó el primo Jacob, que sin duda había sido uno de los principales responsables de la actitud cariñosa de Sam: tras hacer una entrada en escena un tanto ruidosa y cómica, saludó a su prima con un abrazo muy efusivo.

Efusivo, pero no falso. No había nada falso en su actitud.

Saludó a Gwendoline con la misma efusividad, y tras el comentario que hizo con respecto a ‘Doña Inglaterra’, la morena sintió que se sonrojaba un poco. Intentó disimularlo con una amplia sonrisa, pero no podía negar la realidad: se alegraba de que, por norma general, las estuvieran recibiendo tan bien en aquel ambiente. Y más con todas las cosas que Sam le había contado en el pasado con respecto a Sophie.

Cabía esperarse que la familia de la susodicha fuese algo parecido… o peor.

—Puedo entender por qué eres su primo favorito.—Respondió Gwendoline con una sonrisa.—Me llamo Gwendoline, y me parece que si empezamos a debatir acerca de quién es más guapa, tú y yo nos enfrascaremos en una acalorada discusión.—Bromeó. Jacob, entonces, tomó la iniciativa de saludarla con dos besos, y ella hizo lo propio.
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Sam J. Lehmann el Lun Jun 10, 2019 4:56 am

Había muchos motivos por el cual Elizabeth no toleraba demasiado a Luca ni a Sam. Siempre había sido una mujer de gran poder económico y una madre que quería lo mejor para sus hijos, por lo que cuando Sophie se casó con un obrero del montón, precisamente esa familia pasó a ser una decepción para ella. Debido a esto, Sophie se separó bastante de la familia Ebner por su marido de entonces y Sam tampoco estuvo muy apegada a ellos. Entre eso, que viajó a Londres durante siete años a un colegio ‘privado’ sin motivo aparente para sus familiares—pues obviamente los únicos que sabían que Sam era bruja era Sophie y Luca—y que encima llegó la noticia de que era lesbiana cuando esa familia siempre había tenido unos pensamientos un poco retrógrados hasta el punto de considerarse homófobos...

Para Elizabeth su nieta Sam era probablemente a la que menos apreciaba, tanto por falta de contacto como por ideales. Que ojo, no la despreciaba, pero el trato hacia ella se notaba mucho más distante, frío y falto de cariño. Para nada lo convencional entra una abuela y su nieta.

Respecto a Jacob… era diferente. Era el hijo de la hermana que mejor se llevaba con Sophie, por lo que habían tenido bastante relación cuando eran pequeños y cuando no estuviera delante, Sam le aclararía a Gwen la evidencia a Gwen: realmente era su primo favorito porque era el único primo con el que había tenido relación pues era el único de su edad. El resto eran más pequeños, todos adolescentes y ninguno había tenido relación con Sam más que verla una y, como muchísimo, dos veces cuando eran muy pequeños.

Si bien la abuela podía haberse quedado ahí y ver el trato humano normal entre dos primos, cogió a Gabriel desde que pudo y se lo llevó con ella, mientras Sam y Gwendoline hablaban con Jacob.

—Bueno, el resto de nuestros primos son todos unos adolescentes pijos y repipis, así que tampoco era tan complicado —confesó él mismo, con una sonrisa agradable. —Yo también fui un adolescente pijo y repipi, pero con los años he mejorado. Has de saber que todos los Ebner somos pijos y repipis, menos Sam, que de Ebner tiene muy poco. —Y tras una pausa, miró a su prima con cariño. —En el buen sentido de la palabra, claro.

Jacob se carcajeó frente a la broma de la discusión, para entonces darle dos besos de manera cordial.

—Un placer, Gwendoline. Quizás la acalorada discusión no durase mucho porque por honor de primo debería de darle esa victoria a Sam. Y lo mismo es un poco feo que me ponga a argumentar en contra de ella diciendo que su pareja es mucho más atractiva y diciendo por qué.

—Lo mismo sí es un poco feo.

—¿Ves? Lo mismo sí. —Y se rió, haciendo que Sam también riese.

Jaaaacooob. Se escuchó de fondo un grito.

—En fin, os dejo que mi madre está coja y es una desesperada y quiere llegar la primera a la fiesta para coger sitio. ¡Cómo si no estuviesen las mesas con los nombres! —Hizo una pausa, mirándolas a ambas. —Espero que luego bailéis conmigo: la dos a la vez, por supuesto. —Y se fue tras una insistente llamada de su madre, de nuevo, por encima de todo el bullicio.

Jacob era de esos familiares que sabían todos los rumores y cotilleos sobre Sam y el hecho de que Luca Lehmann estuviese en la boda, pero que aún así decidía comportarse como un familiar normal y no mirar, cómo todos esos primos adolescentes, como si fuesen dos desconocidos que están fuera de lugar. Jacob le tenía cariño a los Lehmann precisamente porque había pasado mucho tiempo con ellos de pequeño.

—Me suena que no te he hablado mucho de él, ¿verdad? —Le dijo a Gwendoline cuando se fue, recordando que en realidad de la familia de su madre le había hablado poquito. —Es el único de mi edad y con quién jugaba de pequeña, lo que con los años que pasé en Hogwarts prácticamente dejé de verlo. Me gusta que sea así de cariñoso, pese a la clara distancia que ha habido…

—¡Samantha, cariño! —Gritó entonces su madre, acercándose a ellas con el vestido de novia. Estaba preciosa y la sonrisa que le adoraba el rostro era increíble. Les hizo una señal a ambas para que se acercasen a donde estaba ella, junto a su marido Jon. —Vengan, que quiero una foto con mis hijos.

Jon tenía en sus brazos a Gabriel y sonreía. Sam se colocó al lado de Sophie y el fotógrafo les sacó algunas fotos. Luego, cuando hubo terminado, Sam que se iba a ir tranquilamente, Sophie la retuvo, pero no la miró a ella, sino a su novia.

—Gwendoline, acércate que quiero que salgas en la foto. —Le pidió de manera dulce la madre de su novia. Sam solo pudo sonreír al ver aquello, pues le hacía mucha ilusión de que no solo a su madre le cayese bien Gwen, sino que la aceptase tan bien después de cómo había sido todo en el pasado. Que Sam hasta había llegado a pensar en no presentarle a su madre su pareja nunca. Imagínate.

Se sacaron la foto y, además, el fotógrafo luego le sacó una solo a Gwen y Sam mientras los novios seguían hablando y recibiendo las felicitaciones de todo el mundo. Era curioso porque muchas familias, tías de la propia Sam, ni se habían acercado a saludar ni a presentarse, pero la verdad es que la rubia no tenía intención de tomar la iniciativa cuando seguramente iba a ser algo muy incómodo. Prefería estar a gusto y quedar como la antisocial, que meterse en un berenjenal solo por una obligación moral que no era compartida.

Así que se quedó sola con Gwen en ese momento. O eso creyó, pues al parecer en esa plaza había tanta gente que era imposible.

—Holi —dijo el padre de Sam entonces, acercándose a ellas con las manos en los bolsillos y una cara un poco resignada.

—¿Cómo que 'holi', papi? ¿Acaso te has convertido en una tierna mariposa? —Se metió con él Sam, pues le había cogido de manera muy repentina esa jerga en boca de su padre.

—¿No es lo que se usa ahora? Intento estar a la moda. ¿Me puedo unir a vosotras, chicas? Al único al que le caigo bien se ha ido ya para la fiesta, así que me he quedado un poco solo. —Confesó con sinceridad y una sonrisa de lo más tierna. —¿Venís conmigo a la fiesta en coche o vais a usar trucos mágicos super poderosos que superan mi entendimiento de persona aburrida?

—Papá, no digas eso. —Pese a que quiso sonar seria, sonó divertida.

—Oh, vamos. Hasta yo sé que soy aburrido después de saber la cantidad de cosas que se hacen con un palito de madera. —Se quejó, divertido. —No, en serio, venid conmigo que si no seguro que llego antes y me voy a quedar allí como un idiota. Ya me siento idiota en algunos momentos habiendo aceptado venir… ¿Has visto como me mira tu abuela? —Luca se le veía visiblemente nervioso, y era normal. Probablemente estaba siendo juzgado por todos.

—Sí, lo vi, pero no creo que debas tomártelo como algo malo: ¿no te has dado cuenta de que Eli mira a todo el mundo mal? Ha venido antes y me ha saludado por compromiso y soy su nieta. Y a Gwendoline ni le contestó y eso que se molestó en decirle que tenía un vestido bonito cuando era mentira. —Vale, eso no era cierto, pero el hecho de haberlo dicho hizo que Luca riese.

—Gwen, cariño. A ti si esa señora te dice algo fuera de lugar, contéstale a gusto. Total, va a decir cosas malas de nosotros hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos. Al menos que haya motivos. —Dijo travieso.

—¡Pero bueno papá! —Le golpeó el hombro, mirando alrededor por si alguien había escuchado. Menos mal que todos estaban demasiado absortos con el alemán como para estar con las antenas inglesas.

—De verdad, es que saca lo peor de mí. ¡Vámonos ya! —Recitó, con una sonrisa que declaraba que obviamente estaba de broma.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Jun 11, 2019 12:55 am

Con la llegada de Jacob—el primo favorito de Sam y, por ahora, el familiar de la rubia que mejor le caía a Gwendoline—, Elizabeth optó por ponerle las zarpas encima al pequeño Gabriel, y sin hacer el más mínimo comentario con respecto a la novia de su nieta, hizo un mutis por el foro.

Por supuesto, la morena notó esto, pero optó por no darle demasiada importancia: no sólo desempeñaba cada día un empleo que exigía educación y buenas maneras, sino que en dicho empleo, en los últimos tiempos, había aprendido a morderse la lengua frente a actitudes mucho peores que las de aquella señora.

¿Su consuelo? Que no tendrían que invitar a esa mujer a Inglaterra, pues era evidente que Sam y ella no se llevaban demasiado bien.

Y como si fuesen el día y la noche, Jacob y Elizabeth eran totalmente opuestos: daba gusto tener frente a frente a una persona en apariencia normal, sociable y bromista. Y, además, Sam parecía a gusto al lado de su primo.

Bromeó con Jacob de una manera cálida y cercana, seguramente aprendida de la propia Sam, y el joven se rió de una manera casi escandalosa, lo cual contagió a la propia Gwendoline. Al final, la rubia ganó aquel pequeño empate técnico porque, a diferencia de otros miembros de la familia Ebner, él sí parecía tener lo que se conocía como empatía: no iban a comenzar una discusión acerca de quién era objetivamente más guapa… cuando la pobre rubia austriaca estaba presente allí mismo.

—Nos vemos más tarde, Jacob.—Se despidió Gwendoline del joven, cuando éste respondió a la llamada de su madre.—¡En la pista de baile!—Añadió la morena, para luego mirar a Sam y guardar silencio un par de segundos; entonces, añadió:—Habría ganado yo esa acalorada discusión porque tengo la novia más guapa del mundo, y no acepto un no por respuesta.—La miró entonces, guiñándole el ojo y dándole un suave beso en la mejilla.

Debían ser comedidas ese día.

A Gwendoline no le sonaba que Sam le hubiera hablado de Jacob, pues en general, la rubia era poco dada a hablar de su familia. ¿Cómo hacerlo si, por lo visto, la mitad de las personas allí reunidas tenían algún problema con ella que ni ellos mismos entendían? Así que negó con la cabeza cuando le preguntó.

—Parece una buena persona, la verdad. Aunque teniendo en cuenta que poco tengo con qué comparar, y cómo es tu abuela...—Lo dijo en voz baja y en tono de broma, pero igualmente, sintió el deseo de disculparse.—Lo siento. No debería hablar así de tu abuela.

Y es que, por mucho que aquella mujer fuese, a simple vista, un cardo, seguía siendo su abuela, y eso nadie podía cambiarlo. Una persona podía tener un cariño infinito hacia su abuela, incluso aunque ésta fuese una rancia como parecía ser Elizabeth.

Como todas las bodas, aquella era también un no parar: en cuanto Jacob las dejó solas, Sophie Ebner las reclamó para una improvisada sesión con el fotógrafo.

Sí, a Gwendoline también, y lo cierto es que la morena se alegró de que la madre de su novia la aceptase tan bien. Y aunque se sintió un tanto cohibida al principio, finalmente acabó soltándose y posando para la cámara según las indicaciones del fotógrafo. Al final, cuando posó sola junto a Sam, tomó nota mental de pedirle a Sophie una copia de aquella fotografía en concreto, aunque dudaba tener que recordárselo.

Una vez terminada la pequeña sesión de fotos, Sam y Gwendoline creyeron que por fin se quedarían solas… pero no. Así eran las bodas: siempre había alguien que quería hablar con alguien, y en este caso, ese alguien fue Luca, y el alguien con quien quería hablar era su hija. Por lo menos, Gwendoline ya le conocía, y se sintió cómoda con su llegada.

El señor Lehmann no parecía encontrarse precisamente en su elemento, y estaba claro que buscaba la compañía de las personas con las que mejor se llevaba en la boda. Y como no podía estar con la futura señora Wagner por evidentes motivos, ellas dos eran la opción más amistosa que podía encontrar. Gwen no se había parado a pensar mucho en ello, pero se imaginaba que, por bien que se llevase con su exmujer, Luca quizás no estaría del todo cómodo en aquel entorno.

No se lo reprochaba.

—Nada de trucos mágicos.—Respondió Gwendoline, con una sonrisa y en voz baja.—Estaremos más que encantadas de acompañarte en el coche, ¿verdad?—Miró a su novia, acariciándole suavemente el brazo y sonriéndole. Sabía que no tendría que insistirle demasiado.

Cuando salió el tema de la abuela a colación, Gwendoline bien podría haber hecho rodar los ojos con hastío, dándose cuenta de hasta qué punto era un cardo aquella señora. Por lo visto, había convertido el mirar mal a los demás en su afición personal, casi en un arte. Y Luca era otra de sus víctimas.

No obstante… Gwendoline no pensaba decirle absolutamente nada. No mientras no ofendiera a su novia, claro; si eso sucedía, aquella mujer quizás… bueno, quizás sufriese algún tipo de accidente embarazoso de carácter inexplicable realizado con uno de esos palos de madera que mencionaba el señor Lehmann.

Quizás.

—No hay mayor desprecio que no mostrar aprecio.—Dijo Gwendoline para salir del paso, utilizando una frase hecha, cuando Sam se puso de los nervios ante la propuesta de Luca.—Vamos al coche. Quizás por el camino puedas cantarnos algo.—Sugirió la morena mientras tanto ella como su novia y su padre echaban a caminar.—También podemos planear una manera maquiavélica y pérfida de robar todo el marisco...

Aquella propuesta era absurda en sí misma: Gwendoline no planeaba comer marisco alguno, teniendo en cuenta que en compañía de Sam había optado por una dieta vegetariana. De hecho, habían pedido menús vegetarianos en el banquete, así que malamente podrían robar nada de marisco...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Jun 12, 2019 10:56 pm

Su mejilla se ensanchó en una sonrisa muy tierna cuando Gwendoline puso sobre la mesa el hecho al parecer indiscutible de que ella tenía la novia más guapa del mundo. Mira que desde que estaban juntas tenían pocas cosas en las que no coincidían, pero esa era una. Sam siempre le saltaba con que quizás de su mundo sí podría ser, pero no del suyo. Ahora, sin embargo, aceptó esa bonita iniciativa sin decir nada, pues una cosa así de bonita a veces sólo hay que sonreír y aceptarla.

Se sorprendió por lo que dijo se su abuela. Y no, no se sorprendió de lo que dijo, sino de que se disculpara: ¿disculparse por qué, por decir que su abuela parecía tener una molestia continua en el trasero que la hacía tener esa cara de limón ácido?

—Gwen… —Negó con la cabeza, rodando los ojos. —Tú puedes decir lo que quieras de esa señora que no me voy a ofender.

A Elizabeth le tenía el aprecio justo y necesario. Samantha sólo había conocido a esa abuela, por lo que teniendo en cuenta el evidente trato que se tenían, no es que tuviese una gran experiencia en cuanto a la relación abuela-nieto se refiere, ni el cariño que éstos se suelen profesar. Y estaba bien, porque actualmente no le debía nada a su abuela y la trataba como una persona más que era bastante prescindible. Ya Sam le había dicho que de esa boda habían pocas personas que le importasen y, de hecho, se podrían contar con los dedos de las manos y sobrarían dedos.

Por supuesto que iban a ir con su padre en el coche, por lo que desde que tuvieron vía libre por parte del resto de invitados, los tres comenzaron a caminar hacia los aparcamientos. Gwen sugirió robar el marisco, a lo que fue Luca el primero en reaccionar.

—Samantha, has traído a una delincuente a la boda de tu madre. —Dramatizó con falsa mirada preocupada, para luego reír. —Encima quiere verme cantar en el coche. No quiero haceros sufrir más de lo necesario esta noche, que bastante vais a tener con las miradas de Elizabeth y… de todo el mundo.

—Esa pobre mujer va a ser el centro de todas nuestras bromas hoy, ¿verdad? —Sam miró primero a Gwendoline y luego a su padre, quien asentía divertido con la cabeza. —Tienes que estar feliz de poder criticar a la que fue tu suegra sin responsabilidades.

—No sabes cuánto. Pero siempre desde el respeto, el mismo que ella nos tiene a nosotros. Eso es importante. —En realidad Luca no era mala persona, en absoluto, pero sabía que su presencia allí la hacía más turbia todavía la opinión de la madre de Sophie y que nunca fue hombre de su agrado. Era, sencillamente, que se llevaban mal. Mientras Elizabeth promovía el odio entre la familia, al menos Luca se lo tomaba a risas con las dos únicas personas con las que podía bromear al respecto. —Creo que es ese el coche… —Apretó el botón de la llave y, efectivamente, no era ese el coche. De repente un coche exactamente igual sonó detrás de ellos. Eran de alquiler, por lo que casi todos eran iguales. —O lo mismo es este. —Señaló al otro, para meterse en el interior.


***

Habían estado escuchando a Elvis Presley en una cadena de canciones antiguas y tras una media hora de trayecto, en donde pararon en una gasolinera para repostar, llegaron a la celebración. Era un lugar apartado y a Sam le sonaba aquel lugar un poco, sobre todo por la carretera de tierra, rodeada de árboles por la que estaban pasando. De pequeña le daba miedito.

—¿Estamos en…

—Sí, cariño.

Entonces Sam se giró para atrás, para mirar a Gwen que iba en la parte trasera. Era feo dejar a su padre conduciendo cual taxista.

—Es terreno de la familia Ebner. Cuando se murió mi abuelo pasó a ser de mi abuela, así que ahora es la dueña. Es una finca inmensa y en la zona central hay… o bueno, había una nave vacía que en su momento recuerdo querían reconstruir para hacer eventos. Supongo que consiguieron su propósito. —Asumió teniendo en cuenta a qué habían ido allí.

Y efectivamente, cuando llegaron a la zona de los aparcamientos dejaron el coche y continuaron caminando por un camino de grandes baldosas pedregosas, una cosa HORRIBLE para mujeres con tacones. Sam se agarró a su padre para no morirse por el camino, observándolo todo.

Al final estaba la nave, perfectamente remodelada y si bien en la parte exterior había un lugar al aire libre pero techado en el que habían sofás, un pequeño bar y una pista de baile, todo rodeado de césped, las mesas para la cena estaban en el interior de la nave. Ahora mismo estaban caminando alrededor de un edificio en desuso y bastante desmejorado: se trataba de una capilla que la familia Ebner, tan religiosa como nunca, había dejado en su estado natural pero que estaba cerrada. Aún no habían llegado, pero Sam no pudo evitar tomarse todo aquello con humor al ver a la gran muchedumbre en la parte de fuera con un pequeño cóctel, esperando a los novios para entrar al interior.

—Hagamos una apuesta: cuando pasemos la esquina, ¿cuántas cabezas se girarán para vernos aparecer? Que no te quiero quitar protagonismo, papá, porque aquí eres tú al que todo el mundo mira como si estuviese desubicado, aunque la desubicada de la familia sea yo. —Rió por su propio chiste, pues el juego de palabras le había salido genial. —Oh. —Y entonces se paró de golpe. —¿Mamá nos habrá sentado juntos en una mesa de tres que habrá llamado ‘Los Apestados’? Porque como nos haya sentado con mis primos, Gwendoline, nos depara una noche apoteósica.

Pero no, evidentemente no los había sentado juntos por mucho que aún no hubiesen llegado a verlo. Samantha y Gwendoline estaban en una mesa cerca de la nupcial, junto a Jacob y su novia, así como sus otros cuatro primos. Luca, por su parte, estaba con los ‘amigos comunes’ que compartían en su momento Sophie y él. Era difícil meter a tu ex-marido en la repartición de mesa de tu boda con tu otro marido, ¿eh? No había que juzgar. ¡Y no habían mesas de tres en donde ponerlos a ellos tres!

Nada más llegar habían camareros con bandejas que ofrecían o una caña de cerveza, o un mojito suave o un refresco con gas, a elegir por los invitados. En la puerta de la nave era en donde estaban las listas con la disposición de las mesas. Sin embargo, Sam estaba enamorada y un poco ausente con la decoración, la cual era de colores pasteles con predominancia en el turquesa. Ella cogió un mojito, mientras que su padre se decantó, evidentemente, por la cerveza.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Jun 14, 2019 12:36 am

Gwendoline podría haber argumentado en contra de esa afirmación, acerca de ese voto a favor de hablar pestes acerca de la buena señora que Sam tenía por abuela, pero creía que ya había dicho suficiente. En su lugar, se llevó los dedos a los labios y fingió cerrar una cremallera imaginaria, para acto seguido sonreír: sus labios estaban sellados con respecto a los familiares de Sam, y por lo que a ella respectaba, todos eran seres de luz.

Eso era lo que hacían las buenas novias: no rajar sobre la familia de su pareja, y si por un casual dicha pareja quería hacerlo… escucharla atentamente y mostrarse comprensiva.

No le resultaría muy difícil hacer eso, pues era bien consciente de que si alguien tenía derecho a quejarse de la familia Ebner, ese alguien era Samantha. Lo mismo que sucedería en caso de que Gwendoline quisiese empezar a quejarse de los Edevane… aunque, en lo personal, a la morena también le daría igual que su novia comenzara a hablar mal de ellos. De nuevo, si alguien tenía derecho a hablar mal de los puristas… precisamente era ella.

Poco después del encuentro con Elizabeth y Jacob, Luca Lehmann hizo acto de presencia, visiblemente incómodo por su propia presencia en el festejo. El hombre, quien parecía a punto de estallar en llamas o algo así—muy parecido a lo que decía Sam que le sucedería si alguna vez se le ocurría pisar una iglesia o rezar una oración—, tenía también motivos de sobra para ello, y Gwendoline se solidarizó con él.

Pero estaba claro que ese carácter tan bromista de Sam había salido de su padre.

—¡Pero bueno!—Quiso protestar Gwendoline, adoptando incluso la pose de brazos en jarras y un falso tono severo, pero Elizabeth acudió en su rescate nuevamente.

Sí, estaba claro que esa mujer iba a ser el centro de todos los comentarios jocosos… pero desde el respeto, claro. O eso decía Luca Lehmann, lo cual dibujó una leve sonrisa en el rostro de Gwendoline. Hizo todo lo posible por disimularla, pues seguía insistiendo: no quería criticar o reírse de la abuela de su pareja… ni de ningún miembro de su familia.


***

Durante el trayecto en coche, no fue Luca Lehmann quien les amenizó el viaje, sino Elvis Presley. Gwendoline no era demasiado fan del cantante en cuestión, y lo único que vino a su mente al escucharle cantar Always on my mind—una canción que resultaba un tanto irónica dada la situación en que se encontraban—era el centenar de teorías que decían que aquel señor seguía vivo en algún lugar del mundo. Aunque teniendo en cuenta que, de no haber muerto, en la actualidad rondaría los ochenta y cinco, había muchas posibilidades de que hubiese muerto igualmente.

Tras una pequeña parada para repostar, reanudaron la marcha mientras seguían sonando clásicos en la radio. Gwendoline, que ocupaba el asiento trasero, contemplaba el paisaje que pasaba velozmente al otro lado de la ventanilla. En un momento dado llegó a perderse en sus propios pensamientos, ninguno concreto ni digno de mención, y sólo regresó de aquel mundo cuando Sam se giró para explicarle lo de la enorme finca que poseía la familia Ebner.

La morena no pudo más que sonreír, divertida.

—Así que tú también tienes una familia con propiedades rurales. ¿Qué te parece?—Su sonrisa se convirtió prácticamente en risa, dándose cuenta de lo irónico que resultaba todo aquello.

El modelo de negocio que los Ebner tenían en mente era totalmente distinto al de los Edevane, desde luego: los Ebner pensaban en el futuro, mientras que los Edevane pensaban en una línea de negocio más tradicional. Anticuada, como dirían algunos. Y ciertamente mágica, cabía señalar. Sin embargo, resultaba curioso que sus familias fuesen tan parecidas. ¿Qué dirían los Edevane si se los comparase con los Ebner, y se les llevase a la comprensión de que no eran tan distintos, a fin de cuentas?

Se apearon del coche, y Gwendoline se permitió un segundo para observar la disposición de todo: desde la nave remodelada hasta los muebles montados en el exterior, pasando por la capilla, todo tenía muy buen aspecto. Y la decoración que habían escogido para la boda, toda blanca, era preciosa.

—Yo haría otro tipo de apuesta.—Sugirió Gwendoline, siguiendo con la broma de Sam.—¿Cuántos de ellos crees que se santiguarán al ver llegar a la hija de la novia, la novia de la hija de la novia y el exmarido de la novia, todos juntos y en armonía?—Y sonrió, divertida a pesar de todo. No es que le hiciese mucha gracia ser el centro de todas las miradas, pero lo que tenía claro era que no tenía la más mínima intención de esconder lo que sentía por Sam.

Seguramente, por eso, seguía cogiéndola de la mano.

Cuando su novia se detuvo, ella hizo lo propio, y la miró con curiosidad. Y ante su comentario, no pudo más que recordar las palabras de Jacob con respecto a los primos de Sam: pijos y repipis. No le apetecía mucho pasarse toda la ceremonia soportando miradas de desdén, o algún que otro cuchicheo entre primos, aunque se reafirmaba en que no tenía la menor intención de fingir ser lo que no era con Sam.

—Soportaremos lo que venga.—Le aseguró, dándole un beso en la mejilla justo en el momento en que ambas doblaban la esquina al lado de Luca Lehmann. ¿Y lo adivináis? Hubo cabezas que se dieron la vuelta, como en la película El Exorcista, y gente santiguándose, todo ello a partes iguales.—No llevaba la cuenta—, murmuró Gwendoline—, pero diría yo que hemos empatado.

Ambas chicas, como era de esperar, terminaron sentadas juntas, y las miradas fueron en dirección a ellas. Gwendoline, que lo observó todo discretamente, no pudo evitar cruzar la mirada con una señora desconocida que abrió mucho los ojos y, nuevamente, se santiguó. ¿Qué problema tenía esa gente con Jesucristo todopoderoso? Si Gwendoline fuese Jesucristo, se molestaría mucho porque estuviesen llamándole todo el rato.

Se inclinó hacia Sam, como si fuera a darle un beso en el cuello—y posiblemente provocando a las ‘santiguadoras’ algún tipo de microinfarto—, y le susurró al oído.

—No quiero alarmarte demasiado, pero diría que tu vestido, y ese escote que tan bien te queda, ha llamado la atención entre tus familiares.—Se le escapó una risita, y añadió.—Me temo que nos vamos al infierno de cabeza, tú y yo.

Gwendoline, que había escogido un refresco para empezar la celebración de manera responsable, bebió un pequeño sorbo de su vaso, para luego seguir mirando a toda la gente que las rodeaba. Algunos eran más discretos que otros con sus miradas.

—¿Quién es quién aquí?—Preguntó, frunciendo el ceño.—Ponme al día con toda esta gente… si los conoces, claro.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Jun 14, 2019 3:55 am

La relación que Gwendoline tenía con su abuela no se podía comparar ni de lejos con ninguna relación de Samantha con los Ebner. Literalmente con la única persona que se llevaba bien era con Jacob y su apellido era Schmid, no Ebner. De hecho era tan alto como ella y ambos siempre bromeaban con respecto a los genes de sus familias paternas porque eran los dos únicos primos altos de la familia, haciendo evidente que la familia común que compartían no descataba precisamente por ser demasiado altos. De hecho eran todos bajitos. Es por eso que cuando Gwendoline le dijo que ambas tenía familias con propiedades rurales, a punto estuvo de dudar de su propia familia, pues no se sentía parte de ella en absoluto.

Ahora mismo se sentía que iba a la boda de su madre pero en compañía de desconocidos. Sin embargo, le resultó feo decirlo en voz alta pese a pensarlo, por lo que fingió una sonrisilla.

—Curiosamente —respondió, encogiéndose de hombros. Sam se sentía más a gusto en la granja de Astreia de lo que probablemente se sentiría en esta finca.

Además había que añadir que la familia Lehmann siempre había tirado a tener una calidad de vida mediocre, por no decir que la economía era baja. Eran del montón; de la clase media que cobra decente pero muchos meses llegan en números rojos. Así que definitivamente cualquier inmueble de ese estilo no lo sentía para nada de ella o de su familia.

Después de llegar al lugar de la fiesta y bajarse del coche, caminaron hasta el cóctel mientras los tres apostaban tonterías que, al menos a Sam, le estaban pareciendo muy divertidas. ¿Y lo peor de todo? Que desde que Gwen dijo la palabra ‘santiguarse’ supo que iba a ganar la apuesta porque sus tías eran todas unas dramáticas religiosas que creían que cualquier pequeñez ‘antinatura’ podía llevar a cualquiera al infierno. Era bastante gracioso cuando ya te dabas cuenta de que el retraso de ser humano con respecto a ciertas ideologías roza límites insospechados. La legeremante, después de haber vivido tantos años bajo el yugo de los mortifagos, estaba curada de espanto a cuando retraso se refería. Mira que siempre se había considerado bastante liberal con respecto al pensamiento ajeno, pero entre los puristas y los homófobos… De verdad, tenían un problema.

Tras pasar la esquina, Sam tuvo claro quién había ganado la apuesta.

—Al menos cinco se han santiguado. Te mereces la victoria indiscutiblemente. —Le reconoció a su novia, con diversión en la voz.

Desde que se pudo entrar al interior, Sam y Gwen fueron a la mesa que les correspondían, sentándose en sus asientos asignados y terminándose las bebidas que habían cogido en la entrada. Cuando notó que Gwendoline se acercaba a ella, la rubia también movió la cabeza hacia su lado para poder escucharla. No pudo evitar sonreír frente al comentario del escote—pues no iba a negar que le encantaba que su cuerpo llamase a su novia con esos detalles—pero sobre todo sonrió con lo del infierno.

—Tal y como nos ha ido la vida últimamente... creo tú y yo podemos con el infierno y mucho más, ¿no? —Arrugó la nariz de manera cariñosa, pensando que después de todo lo que han pasado, seguro que el infierno era un paseo por arena caliente. Y no le importaría ir, si es a su lado. —De todas maneras creo que mi escote es lo menos que le importa a mi familia. O eso espero, porque sería muy turbio. —Confesó al final, divertida.

Imaginad una familia retrógrada y rica, bien. Ahora imaginad que una persona de dicha familia se casa con un pobre obrero que es despreciado por dicha familia. Luego imaginad que el retoño de dicha unión a los once años se va a vivir indefinidamente a Londres a lo que parece una escuela privada para jóvenes especiales y nunca más vuelve a Austria. Y no solo eso, sino que encima es lesbiana. Menos mal que no saben que es bruja, porque si no la boda seguramente hubiese sido una estratagema para quemarla en la hoguera.

—Pues… conozco a mis tías y puedo intuir por cercanía quiénes serán sus hijos que no conozco. —La verdad es que Sam no se molestó ni un poco en ocultar que hablaba de nadie, aunque no señaló en ningún momento, sino que habló con referencias. —La mujer que tiene el traje azul y es regordeta es la hermana mayor de mi madre, que a su vez es la madre de Jacob. Sólo tuvo a Jacob y… hasta donde yo sé, era la hermana que mejor se llevaba con mi madre, incluso cuando se casó con mi padre. —Entonces hizo una pausa para desviar la mirada hacia otro lado. —A la derecha, en la mesa de al lado hay dos mujeres, una que tiene el traje beige que se llama Julia y la otra naranja, que se llama Anna: las dos son hermanas menores de mi madre y creo que los cuatro chicos que están alrededor con los móviles serán sus hijos, pero no sé quién es hijo de quién. —Y entonces señaló con la cabeza a un tipo de traje azul y barriga regordeta. —Y él es mi único tío, el pequeño de la familia. Es un tipo mimado y asquerosamente soberbio, pues mi abuela lo tiene como el hijo perfecto. Supongo que la mujer que está sujetando es su esposa y que esa barriga tan gordi es porque está embarazada. —Miró de reojo a Gwendoline. —De todas maneras sé que tiene otro hijo, pero no sé quién será. —Pero entonces apareció un niño de lo que parecía siete años, abrazándose a la pierna de dicho hombre. —Bueno, será ese.

Continuó diciéndole por encima otros parentescos: hermanos de su abuela, primos de Sophie... pero por encima porque era gente totalmente irrelevante hasta para Sam. Bueno, para Sam era irrelevantes todos.

Entonces la tía del traje naranja animó a todos los primos que fuesen a sentarse a la mesa que les tocaba y desde allí se pudo ver como los cuatro ponían un mohin no demasiado agradable. Sam solo pudo sonreír, imaginándose en a saber qué cosas les habrían dicho. La rubia, sin embargo, no tenía intención de seguirle el juego a nadie, sinceramente. Es por eso que cuando los cuatro primos se acercaron a la mesa, sin saber si saludar o no, Sam tomó la iniciativa al verlos con cara de patatas confundidas.

—Hola. Soy Samantha Lehmann, hija de Sophie y Luca. —Se presentó, haciéndose la tonta como si realmente no supieran ya quién era. No se levantó porque creía que los besos sería pasarse para el nivel antisocial que veía. —Ella es Gwendoline, mi novia. Es inglesa, así que sería de agradecer que hablasen inglés.

—Un placer…
—Yo soy…
—Hmmm…
No sé inglés.

De repente los cuatro parecieron romperse sin saber qué decir, hablando todos a la vez sin que se les entendiesen muy bien. Sam sonrió, evitando reír y enarcando una ceja. Le parecía muy divertido intimidar así a sus primos pequeños, ¿sería algo así como la prima famosa que se había salido del camino y era una mala influencia? Era hasta emocionante.

—Yo soy David y ella es mi hermana Lea, somos hijos de Julia. —La mujer de beige.

—Yo soy Leonie y ella es mi hermana Sarah y somos hijas de Anna. —Que era la otra. —Encantada de conocerte, Sam. Y Gwen, a ti también. Nuestro inglés es un poco malo. —Matizó, intentando parecer cordial mientras tomaba asiento frente a ella. —Nos han hablado mucho de ti.

¿Cómo se lo había puesto tan fácil? Sam no pudo evitar hacerle una broma pesada.

—Espero que hayan sido cosas buenas. —Y no pudo evitar reír, tanto por la frase como por ver la cara que se le había quedado a Leonie por no saber qué contestar a eso.

Sam se había quedado justo al lado de Lea, mientras que al lado de Gwen iba Jacob, tal y como ponía en la tarjetita encima del plato. Los cuatro primos se habrían sentado en la mesa, pero ambos rápidamente se pusieron a hablar de sus cosas de instagram, a sacarse selfie y… básicamente a hacer cosas de adolescentes. No les había preguntado la edad, pero tendrían todos entre doce y dieciséis años. Dudaba mucho que alguno llegase a la mayoría de edad.

—¿Tú también te quieres sacar un selfie? —Le preguntó a Gwendoline, para entonces mirar su vaso y negar con desaprobación. —¿Por qué te has pedido un refresco? ¿No necesitas alcohol para soportar esto? Tenemos que añadir la categoría de ‘borrachas’ para que mis tías también nos tachen de eso y sigan llamando a Jesús en busca de nuestro perdón. —Todo eso lo había medio susurrado, sin poder evitar seguir conservando la sonrisa. —O algo así supongo que hacen. Eso o rezar para que sus hijos no salgan igual.

Debía de admitir que estaba equivocada: en un principio pensaba que estaría incómoda pero una vez ahí se estaba dando cuenta que en compañía de Gwendoline todo estaba siendo más divertido de lo esperado. ¿Qué le importaba a ella la opinión de toda esta gente que, al día de mañana, iba a no volver a ver?
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 14, 2019 4:00 pm

La ferviente manera en que algunas de las asistentes a la boda Ebner-Wagner se santiguaron y miraron al cielo en busca de salvación casi hacía pensar que el mismísimo Lucifer, con su lupina sonrisa, sus demoníacas alas a la espalda, sus largos cuernos y sus extrañas patas de cabra, había sido quien había hecho su entrada.

Pero no: hasta donde Gwendoline sabía, ni ella, ni su novia, ni el padre de ésta tenían nada de diabólico. Sí, posiblemente intentaran quemarlas en la hoguera a ellas dos si descubrían su mágico secreto, pero dudaba mucho que Dios tuviese algo en contra de los poderes mágicos. Teniendo en cuenta que ni ella ni Sam habían hecho ningún pacto con demonio alguno para conseguir sus poderes, y siempre suponiendo que ahí arriba hubiese algo más que nubes—la morena no lo creía—, algo le decía que dicho Dios estaría perfectamente enterado del asunto.

Y, seguramente, un poco molesto de recibir plegarias a deshoras por cosas que ya sabía.

Con aquella pequeña victoria en sus manos, Gwendoline debió haberse sentido satisfecha, pero no. Y es que, muy en el fondo, y por mucho que pretendiese lo contrario, le molestaba que la retrógrada familia de su novia no aceptase que en el mundo existían otras opciones, otras creencias, además de sus principios sacados del siglo dieciséis. No dejaban de parecerse a muchos de esos puristas que, si bien no actuaban en activo contra los hijos de muggles, tampoco los querían cerca.

La intolerancia, por mucho que no viniera acompañada de violencia, seguía siendo algo negativo para la sociedad.

—Somos poderosas.—Coincidió Gwendoline, medio en broma, medio en serio, cuando Sam mencionó que habían vivido cosas peores que el infierno.—Somos como Wonder Woman y Capitana Marvel.—Continuó con la broma, aunque realmente ella no se sentía en absoluto identificada con el movimiento que se había generado alrededor de aquellos personajes.—Y no estaría tan segura con respecto a ese escote: ya sabes que en los tiempos que corren, la gente se escandaliza por todo...

Era triste, pero cierto.

Gwendoline, que estaba tan perdida como lo estaría un pingüino en medio del desierto, pidió a Sam una pequeña ayuda: le pidió que identificara a toda aquella gente desconocida que las rodeaba para, al menos, tener una ligera idea de quienes eran si se decidían a hablar con ella. Ya bastante mala opinión general tenían de ella sin conocerla, cuanto más si ni siquiera se preocupaba de saber algo de ellos.

Hizo sus mejores esfuerzos por recordar todo lo que su novia le fue diciendo, pero acabó perdiéndose cuando Sam mencionó a su único tío, a cuya pierna se agarró un niño. No es que se perdiese… sino que se olvidó de todo lo anterior. Que vale, Gwendoline tenía muy buena memoria y solía recordar, por fortuna o por desgracia, cosas que en principio podían parecer totalmente insulsas o insignificantes, pero a la hora de asociar tantos datos juntos… lo tenía muy difícil.

—Creo… creo sinceramente que debí haberte pedido un pequeño listado por escrito antes de venir. ¿Por qué no te lo pedí? ¿Por qué no me recordaste pedírtelo?—No estaba estresada… no demasiado, al menos. Siendo todo lo inglesa que era, Gwendoline tenía intención de hacer honor a su educación, y dudaba que los austriacos considerasen educación al hecho de no recordar nombres ni saber qué parentesco les unía con Sam.—Me estreso.—Sentenció, aunque por la falta de expresión en su rostro, nadie lo diría.

Algunos de los primos de Sam, tras una pequeña escena en que su madre, a juzgar por sus expresiones, había debido sugerir la idea de pasarlos por la guillotina si no se comportaban, se acercaron a la mesa que Gwendoline y la rubia compartían. No sabría decir si estaban nerviosos o si estaban incómodos porque les obligaban a hacer algo que no les apetecía, pero el caso es que fue Sam quien tuvo que tomar la iniciativa: los saludó y, de paso, la presentó a ella como su novia y, dato importante, inglesa.

Aquello no fue demasiado productivo: algunos ni sabían hablar inglés, los pobres.

—El placer es todo mío.—Gwendoline se volvió en dirección al primo que había declarado no saber inglés—no es que lo hubiese entendido, pero sí había entendido que habló en alemán—e hizo su mejor intento.Es war schön, Sie kennenzulernen.Chapurreó lo mejor que pudo aquella frase… cosa que no debió resultar muy bien por las caras que le pusieron. Miró a Sam en busca de una valoración más positiva… pero el resultado tampoco fue muy bueno.—Lo he intentado.—Se encogió de hombros.

Dos que sí hablaban inglés se presentaron de una manera más cordial: David y Leonie, quienes se ocuparon de presentar a los demás. Gwendoline, de nuevo, repitió que era un placer conocerlos, pero poco más: los pobres se quedaron un poco cortados ante la actitud de Sam, y Gwendoline casi… casi se sintió mal por ellos. Una cosa estaba clara: de todos los repipis, ellos eran los más inocentes, pues dudaba que llegasen a comprender de verdad todas las creencias de sus mayores.

Aunque están igual de pegados al móvil que los adolescentes ingleses, pensó Gwendoline en cuanto les vio sentarse y, casi de inmediato, comenzar a tomarse fotografías con los susodichos smartphones. Ya podía imaginarse sus publicaciones en instagram.

—Yo creo que rezan para que estallemos en llamas. No quiero darles combustible.—Respondió Gwendoline, burlona, con respecto al motivo de no pedir alcohol. Por supuesto, ese no era el motivo para no beber: prefería mantener a la Gwendoline borracha encerrada y atada.—Me parece mentira que, después de la borrachera que nos cogimos hace dos semanas, me preguntes por qué no bebo alcohol. ¿Tengo que recordarte que terminé cantando karaoke en un bar que no era de karaoke con una botella de cerveza en lugar de micrófono? Y eso ni siquiera lo sé por mí; lo sé por ti, y por las fotos de tu móvil.—Se refería, claramente, a la noche del sábado que había seguido a ese viernes que Sam y ella se habían pasado juntas, disfrutando únicamente la una de la otra.—Me pregunto cómo llegamos a casa: Caroline y tú bebisteis tanto como yo.

Había sido una noche salvaje, una consecuencia de llevar tanto tiempo sin irse de fiesta como era debido; la resaca del día siguiente había sido aún más salvaje. ¿Habéis probado a practicar oclumancia con una abuela muy poco piadosa estando de resaca? ¿No? Pues ya os recomiendo yo que no lo hagáis. Por vuestro bien.

—La decoración es muy bonita. Dentro de lo limitado que es el blanco, esto es precioso...—Comentó de manera ausente, mientras su mirada se perdía en las guirnaldas y demás adornos que decoraban el lugar. Tan concentrada estaba que se le escapó algo que, quizás, debería haberse guardado.—Quiero algo así en el día de nuestra boda...

La verdad es que ni Sam ni ella habían hablado todavía de eso. ¿Cómo iban a hacerlo? No llevaban ni un año de relación. Sin embargo, y aunque se le escapó totalmente sin querer, no se arrepintió de ello: ambas tenían suficiente confianza como para hablar de cualquier tema. Incluso de unas futuras nupcias...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Jun 18, 2019 8:40 pm

Sam sabía quién era Wonder Woman y Capitana Marvel porque eran dos iconos feministas que últimamente estaba hasta en la sopa y físicamente—pues no tenía ni idea de los poderes ni nada—prefería a Wonder Woman. Esa actriz era demasiado guapa para la vida.

Gwendoline en realidad tenía razón: su escote en el siglo XXI era algo normal, como ver a dos chicas besándose, sin embargo, había personas que todavía vivían en el siglo XV y no podían tolerar ni un escote, ni ver en un beso realmente de amor, fuera entre quienes fueran. Era muy triste, sobre todo cuando esas personas pertenecían a tu familia y tú habías salido no solo amando los escotes, sino también con una orientación que ellos consideraban anti-natural. Era muy feo ver cómo miraban, como si eso estuviese fatal y no fuese correcto. ¿Quién narices decía que era correcto y qué no?

Le hizo un resumen bastante rápido a Gwendoline sobre sus tíos maternos, pues habían muchas personas en la boda que bien eran compañeros de Sophie, amigos y personas que Sam directamente no conocía. Ella se había quedado con sus tíos, que habían sido sus familiares más cercanos. La respuesta de su novia la hizo soltar una carcajada que le iluminó el resto.

—¡Tía, no te estreses! —Le dijo, poniendo sus dos manos en sus hombros en señal de tranquilidad. —¿Qué más da que no te acuerdes de sus nombres o no sepas quiénes son? ¿Acaso han venido a presentarse? Olvídate. —La verdad es que creía que le había preguntado por pura curiosidad, no porque realmente tuviese intención de aprenderse los nombres de sus tías, cuando éstas no habían tenido la decencia de ir a presentarse a la novia de su sobrina. —No me parece bien eso de venir con exceso de responsabilidades, que hemos venido a pasárnoslo bien.

Entonces se acercaron los primos de Sam y se presentaron, aunque lo más divertido fue ver a Gwendoline intentar hablar alemán. Siempre le había encantado su idioma materno, pues le parecía duro, pero bien hablado era precioso. La verdad es que haberse acostumbrado a hablar inglés había hecho que lo dejase muy apartado, algo que le daba mucha pena, pues no utilizaba el alemán para absolutamente nada a día de hoy.

—Es mejorable —le dijo cuando intentó buscar aprobación en su mirada. —Pero has empezado mal: ¿A quién se le ocurre empezar por eso? ¿No sabes que lo primero que se debe aprender de un idioma son los insultos? Y no me suena habértelos enseñado… —Se hizo la loca, divertida.

Una de sus primas, concretamente Lea, que era la que estaba al lado de ella, escuchó lo que decía Sam y se rió, pues automáticamente se imaginó a su prima enseñando a su novia palabras como ‘idiota’, ‘culo’ o ‘caca’. O, mejor, diciéndole que estaba diciendo ‘hola’ cuando en realidad estabas diciendo ‘me gusta la caca de perro’.

Sam, por su parte, solo pudo escuchar todo lo que decía su amiga con respecto a aquella noche de borrachera que tuvieron en Londres dos semanas antes de ese viaje a Austria. Y la verdad es que no se arrepentía de nada, pues había sido una noche increíble. Hacía tanto tiempo que no había tenido una noche así, que la disfrutó como si hubiese sido una niña de dieciocho años descubriendo el alcohol en el verano de antes de entrar en la universidad.

—En taxi —respondió al final, con simpleza, como si hubiese sido super evidente el cómo haber llegado, pues estaba claro que si llegan a intentar hacerlo caminando o mágicamente, algo hubiese salido mal. —Son traidores los mojitos, ¿eh? De repente bebes uno, no pasa nada, bebes otro, no pasa nada… Te animas a beber un tercero y un cuarto y… de repente te sube todo te golpe y ya es demasiado tarde. —Rió, para entonces observar el que ella tenía de aquel cóctel, que prácticamente se lo había acabado porque era pequeño. —Bueno, sé que no quieres beber porque eres una persona responsable y quieres dar una buena imagen frente a mi familia pero… Yo voy a beber porque da igual lo que haga, será imposible cambiar mi imagen frente a mi familia. —Y sonrió, llevándose lo que le quedaba de mojito y sorbiendo a través de la pajita, mirando a Gwen con una mirada divertida.

Se podía haber esperado perfectamente que comentase sobre la decoración porque era preciosa, pero lo que no se esperó en absoluto es que hablase de su futura boda. Solía ser un tema ‘tabú’ cuando no llevabas mucho tiempo con tus parejas, pero la verdad es que la relación entre Sam y Gwendoline no se podía comparar con una relación convencional. La legeremante siempre había tenido muy claras sus ambiciones con respecto al amor: siempre queriendo conseguir un amor verdadero, casarse con esa persona en la playa—soñar es gratis, siempre había querido casarse en la playa—y tener hijos con ella para formar una familia. Ella era de esas, de las que si empezaban con una persona era porque realmente quería llegar al final con ella. Y la verdad es que si no había pensado más allá de lo que actualmente tenía con Gwen, pues las cosas eran difíciles en sus vidas, aquellas futuras nupcias las veía perfectamente en su futuro, con las dos vistiendo un hermoso vestido de color blanco y…

Sam sonrió al escucharla, girándose en la silla hacia ella.

—El día de nuestra boda —repitió sus palabras, mirándole a los ojos. —Me gusta como suena. ¿Piensas en eso o… lo has soltado porque estamos en una boda y soy la persona con la que más probabilidades tienes de casarte ahora mismo? —Preguntó, curiosa, con una diversión propia de alguien que estaba bromeando. —¿Nos imaginas a las dos vestidas de blanco, diciéndonos el evidente ‘si quiero’ frente a… alguien que oficie la boda?

Y Sam sí se lo imaginaba perfectamente: la imagen de Gwen y ella en una playa perfecta que probablemente solo existiese en su mente, la morena con una diadema de flores preciosa, la rubia con un recogido y sujetándose las manos con unos anillos de compromisos en sus anulares, dándose un beso tan lindo que…

La rubia suspiró, mirando a su novia.

—Yo sí me lo imagino. —Esbozó una sonrisa de lo más tierna.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Jun 19, 2019 8:00 pm

Estresarse era una parte fundamental de la personalidad de Gwen, casi que la piedra angular sobre la que se cimentaba su forma de ser. Ya no sólo en lo que se refería a saberse los nombres de unos desconocidos que no se preocupaban por conocer el suyo más allá de cotillear acerca de la hija pródiga de Sophie Ebner, sino en todos los aspectos de su vida: Gwendoline había nacido estresada.

Un chascarrillo fácil de hacer a su costa, ese último.

—Quiéreme como soy.—Protestó Gwendoline con la misma expresión facial con que había asegurado que la estresaba el no saberse los nombres de aquellas personas.—Sabías cómo era desde Hogwarts, cuando me ponía a estudiar desde el momento en que tenía dos líneas de apuntes.—Exageraba un poco… pero sí que solía estresarse con los exámenes. Motivo por el que sus compañeros solían decir que ‘Edevane había nacido estresada, metiéndole prisa al sanador que la había sacado del vientre de su madre’. O algo así.

Si hizo un intento de hablar en alemán frente a los primos de Sam fue simplemente porque sabía la opinión globalizada que había acerca de los ingleses y otros idiomas y acentos: eran cerrados y se negaban a ayudar aunque fuese un mínimo a los extranjeros. Ella no se consideraba alguien tan cerrado, y solía intentar comprender a todo el mundo independientemente de su acento, así como preocuparse de aprender un poco de otros idiomas.

Aquel intento fue un fracaso total, a lo que Gwendoline terminó encogiéndose de hombros, resignada.

—¿Palabrotas? ¿Lo dices en serio?—Gwendoline enarcó una ceja mientras en sus labios comenzaba a formarse una sonrisa burlona.—¿La misma chica que lo más fuerte que dice es ‘caca’?—Eso no era del todo cierto: a veces, Sam convertía esa ‘caca’ en ‘mierda’, pero por norma general no solía decir nada demasiado fuerte.—¡Estoy segura de que serías una excelente profesora de ‘Iniciación a las Palabrotas en Alemán’!—Exclamó de forma irónica, riendo a continuación y olvidándose por completo de los primos repipis.

Primos repipis que, en aquellos momentos, no debían estar entendiendo básicamente nada de lo que ocurría entre las dos chicas.

La pregunta de su novia acerca del motivo de Gwendoline para no beber alcohol llevó a recordar aquella noche, dos semanas atrás, cuando ambas chicas y Caroline habían ido a pasárselo bien por primera vez en… a saber cuánto tiempo. La vida había sido demasiado estresante como para pensar siquiera en la posibilidad de emborracharse como era debido, y esa noche habían terminado desfasando.

—No, no. Los mojitos no.—Dijo Gwendoline mientras apoyaba la cabeza en el hombro de su novia, sonriente.—La traidora eres tú, que me los pones delante aprovechándote de mi debilidad a la hora de decirte que no.—Protestó en broma: aunque Sam había ayudado, sin duda la peor era la propia Gwendoline, que una vez llevaba un par de copas encima, era mucho más abierta a seguir sumando más a la cuenta.—Me parece un buen plan. Yo me pido el papel de novia responsable que se asegura de que no le tires un zapato a la cabeza a nadie, ¿te parece bien?—Y depositó un suave beso en su mejilla.

Sabía que no iba a mantenerse totalmente sobria todo el tiempo, especialmente para no dejar sola a Sam. Sin embargo, procuraría llevar un consumo responsable.

De acuerdo: quizás mencionar el tema de una futura boda entre ellas dos fuera algo… ¿precipitado? Como pareja no llevaban ni medio año por aquellas fechas, pero había que contar la relación tan especial que, siendo únicamente amigas, ya tenían entonces. Ambas se conocían mejor que nadie la una a la otra, y se podían contar absolutamente todo.

A la morena, de hecho, no le era desconocida la ilusión que Sam tenía para su futuro amoroso.

Así que, cuando mencionó aquello… no se arrepintió, por mucho que le hubiera salido sin pensar. Y si le había salido sin pensar era por un sencillo motivo: que pensaba a menudo en ello. No iba a decir que en tiempos recientes había estado mirando catálogos de vestidos de novia ni decoraciones, pero sí tenía esa idea en la cabeza: que la persona perfecta para ella, su otra mitad, llevaba delante de ella prácticamente desde el principio.

—No voy a decir que el ambiente festivo que nos rodea no haya ayudado a que esas palabras salgan de mi boca, pero...—Se sonrojó un poco, sobre todo porque Sam acababa de admitir que sí, ella se imaginaba la situación.—...reconozco que yo también lo he imaginado en más de una ocasión. ¿Cómo no lo voy a imaginar?—Sonrió, divertida.—No sólo tengo mis propias ideas en la cabeza, sino que llevas contándome cómo sería tu historia de amor ideal prácticamente desde Hogwarts.

Lo bonito de todo aquello era que, mientras hablaban de todas aquellas cosas, ninguna de las dos hubiera imaginado que dicha historia de amor perfecta se cumpliría entre ellas dos. Ni siquiera cuando Sam hablaba de aquello en Hogwarts, sin dejar claro que se refería a una mujer; ni siquiera en la universidad, cuando Sam conocía a alguna de sus parejas; ni siquiera cuando la rubia rompía con alguna de aquellas parejas y estaba desconsolada, creyendo que su historia perfecta jamás se cumpliría…

Había sido un camino largo y habían tenido que descubrir muchas cosas acerca de sí mismas, pero… allí estaban. Y era lo más hermoso que Gwendoline había vivido nunca.

—Quiero casarme contigo.—Afirmó, mirándola a los ojos aún cuando su rostro ya estaba enrojecido.—No me refiero a ahora mismo, ni dentro de dos días, ni fugarnos a Las Vegas para tener una boda express ni nada de eso… Algún día, quiero que así sea.—Era una forma de confirmar lo que ambas pensaban y que jamás se habían dicho. No una proposición formal.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jun 20, 2019 12:42 am

Siempre había considerado que no le pegaba nada de nada decir palabrotas. Cuando uno dice una palabrota era para decirla con fuerza, porque estabas cabreado, para sobresalir sobre algo o porque querías remarcar algo, pero es que ella era siempre tan inocente y tenía una voz tan suave y delicada, que decir una palabrota era como mancharse; como si no fuera con ella. Además, habían pocas palabrotas que realmente le gustasen y, siendo realistas, sólo bajo presión o cuando estaba realmente enfadada o estresada era cuando le salían las palabras más soeces.

—Te puedo enseñar a decir ‘caca’ en alemán, si quieres. —Se defendió entonces al escucharla hablar, para entonces negar con el dedo índice frente a su novia. —Que no use palabrotas no quiere decir que no las sepa, que yo sé insultar muy bien el alemán, que cuando era pequeña siempre molestaba a mis padres buscando en el diccionario nuevas palabrotas. Tenías que ver la cara de mis padres cuando aprendí a decir Pfirsich. —Y si Luca Lehmann o Sophie Wagner estuvieran presente en ese momento, asentirían con la cabeza con resignación, pese a que eso que acababa de pronunciar no era ni de lejos una palabrota, aunque por cómo lo había dicho parecía que había dicho 'puta' o algo peor. —Aquí donde me ves era una niña muy traviesa. —Ladeó una sonrisa, consciente de que podría haber seguido bromeando con esa última afirmación, pero no lo hizo por la situación en la que estaban. —Es gracioso porque ‘caca’ en alemán es kacken. No tiene pérdida.

Lea, que no había podido evitar poner la antenas con esa conversación, sonreía divertida intentando pasar desapercibida y que no se diesen cuenta de que estaba prestando atención a su conversación.

¿Cómo no iba a ponerle los mojitos delante a Gwendoline, con lo que le gustaba beber con ella y verla borracha? Así que sí, cuando le echó la culpa por eso, sólo pudo asentir con la cabeza porque no iba a negar que era tal cual lo relataba. ¡Era su culpa y no se arrepentía de nada!

—Quiéreme como soy —dijo entonces ella, arrugando divertida la nariz. —Es culpa tuya que decides venirte de fiesta conmigo a sabiendas de que sólo quiero emborracharte. No es mi culpa, eres tú que te dejas engatusar. —Rió entonces, girando las tornas y echándole la culpa a ella. —Muy bien, me parece bien. Aprovecha que hoy no voy a poder engatusarte: pero porque me lo has pedido, que si no ya tendrías un mojito delante de ti mirándote con ojitos.

Siempre solía decirse que una boda siempre invita a la siguiente boda. Que, de una, salía otra y, poco a poco, los solteros de las bodas iban a ir animándose a casarse con sus respectivas parejas. Era normal, de hecho, pensar en tu futuras nupcias cuando estás en una boda tan bonita como lo era la de Sophie y Jon. Sin embargo, eso no hizo que Sam se esperase en absoluto que Gwen sacase ese tema a la luz. Y claro, le tuvo que preguntar, ya por absoluta curiosidad, si es que había estado pensando en la posibilidad en un futuro, pues las dos eran conscientes que a día de hoy eso era una locura.

Esbozó una sonrisa bastante dulce y nostálgica al recordar momentos en el pasado, en Hogwarts o en la universidad, cuando Sam le contaba a Gwendoline sobre cómo sería su boda perfecta. Y era de lo más tierno pensar que aquello que le contaba en el pasado, ahora tuviera como protagonista a la morena que en su momento sólo era su amiga. La de vueltas que daba la vida… Sobre todo porque hacía unos años había dejado de pensar en todo eso como algo plausible y, de nuevo, Gwendoline le había vuelto abrir la ilusión en todo este mundo.

—En mi actual historia perfecta de amor eres tú la protagonista —le dijo entonces, sonriéndole. Y no borró la sonrisa cuando le confirmó que quería casarse con ella, sino que llevó su mano a la de ella, entrelazando sus dedos. —Jamás te permitiría casarte conmigo en una cutre capilla de Las Vegas mientras nos lo oficia un Elvis Presley borracho, ¿por quién me tomas? ¡Llevo soñando con mi boda desde los quince años! —Y rió divertida, acercándose a ella para darle un beso en la mejilla por pura precaución. Temía que si se lo daba en los labios de repente sonase algún gritillo de vieja indignada por la sala pidiendo perdón a Don Jesucristo. —Algún día yo también quiero casarme contigo, un día en el que seamos libres y podamos hacer lo que nos dé la gana sin miedo a nada. —Casi que sonaba a momento utópico tal y cómo estaban las cosas, ¿no? Pues ya te digo desde ya que el día que Sam se casara, se iba a sentir así.

Y entonces en toda la sala se escuchó un gran aplauso, pues había empezado a sonar una canción muy bonita para dar paso al interior del lugar a los novios, que acababan de llegar. Ellas se unieron también al aplauso mientras lo veían caminar hasta la mesa nupcial, poniéndose en pie para poder ver los guapos que estaban y los felices que parecían.


Hora y media después

—¡Pero Gab!

Gwen y Sam seguían sentada en el mismo sitio, con la única diferencia de que ya habían cenado su delicioso menú vegetariano, acompañado con un par de copas de un suave vino blanco. Después de cenar, Gabriel había ido hasta ellas y llevaban quince minutos jugando con él. Ahora mismo las chicas estaban sentadas una en frente de la otra, mientras que Gabriel estaba sentado sobre el regazo de Sam y jugaba Gwendoline que la tenía en frente. La rubia le tapaba continuamente los ojos y cada vez que lo dejaba ver otra vez, la morena ponía una cara diferente para hacerlo reír. De vez en cuando Gwendoline también se tapaba la cara y Gabriel intentaba llegar a sus manos para que dejase de esconderse.

La risa del pequeño resonaba por todos lados, la cual era terriblemente contagiosa, de esas que no pueden hacer que tú dejes de sonreír.

De los primos de Sam allí sentados, tres seguían con el móvil, mientras que Lea miraba con amor a Gabriel jugando con su hermana y Gwendoline. Jacob y su novia habían ido al baño en ese momento, por lo que la mesa estaba bastante tranquila. Cabe añadir que durante toda la cena Jacob no paró de contarle a sus primos batallitas de él y Sam cuando eran pequeños, pese a que tampoco eran demasiadas. Era gracioso porque Sam recordaba muchas de las cosas que contaba diferentes, pero ya era un milagro que las recordase. Y no iba a ser ella quién rompiese los recuerdos de Jacob.

—¡Ñooo! —Gritó divertido Gabriel cuando Gwen se tapó los ojos, señalando sus manos.

—¡Pero Gwen, deja de esconderte de Gabriel! —Y el niño miró entonces a Sam, con una sonrisa diseñada para derretir corazones.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Jun 20, 2019 2:56 am

Gwendoline no pudo evitar echar un vistazo de soslayo en dirección a los primos de Sam, aunque fue decepcionante: la mayoría de ellos estaba más pendiente de sus teléfonos móviles que de la conversación que mantenían las dos mujeres adultas, por lo que la morena no pudo divertirse a costa de su estupor. La única que realmente prestaba atención a lo que ellas decían, aunque fuera de manera comedida, era Lea.

Pobres cachorritos Ebner, pensó Gwendoline con un cierto toque de sarcasmo.

—No tengo ni idea de lo que acabas de pronunciar, pero espero que no sea nada raro.—Frunció el ceño ante la primera palabra en alemán que salió de los labios de Sam.—Ya en serio, ¿qué significa eso?—Preguntó, totalmente picada su curiosidad. Habría sacado el móvil y buscado lo que significaba, pero… ¿habéis probado alguna vez a intentar buscar algo en Google que no sabéis exactamente cómo se escribe?—Pero gracias: ahora sé cómo anunciar a los cuatro vientos en Alemania y Austria que necesito urgentemente un lavabo… si los alemanes no son tan cerrados como los ingleses en ese aspecto.—Estaba segura de que un inglés en la misma situación, si alguien se le acercase con cara incómoda y pronunciando esa palabra en su lengua, lo observaría con desinterés y aseguraría que no entendía lo que estaba diciendo… o en su defecto, le informaría de que estaba siendo muy desagradable.

Cuando tocó echarse la culpa mutuamente con respecto a los mojitos de aquel día de fiesta, Gwendoline sonrió: no se lo había pasado nada mal, y por mucho que siempre asegurara que prefería mantenerse lo más sobria posible, al final las borracheras solo derivaban en anécdotas graciosas que compartían al día siguiente.

Era especialmente divertido cuando alguna de ellas no recordaba algo y se moría de vergüenza. Sí, solía ser Gwendoline.

—¿Y con quién me voy a ir de fiesta, sino? Eres la persona con la que más me divierto, y con quien puedo ser yo misma.—No pudo evitar pensar en los años que habían pasado separadas, la rabia que había supuesto aquello. Había sido una especie de muerte en vida.—Puedes engatusarme siempre que quieras con tus tretas femeninas, en las cuales sabes que caigo sin dudarlo.—Le sonrió, mirándola a la cara. Vio entonces como en la cara de Sam se iba formando una sonrisa, como abría los ojos dándose cuenta de lo que acababa de decir… y ella se ocupó de cortarla.—No. Hoy no, antes de que lo digas.

¡Oh, los planes de boda a futuro! Gwendoline no se imaginó que acabarían teniendo aquella conversación en aquel lugar, por irónico que pueda sonar, pero allí estaba el tema. Y ambas estaban de acuerdo: no resultaba muy difícil imaginarse cómo iba a ser su boda perfecta cuando, para ellas, su relación era absolutamente perfecta, desde mucho antes de que se convirtieran oficialmente en pareja.

Así que de perdidos al río: Gwendoline aseguró que quería casarse con ella, aunque tuviera que ser algo inmediato. Simplemente, algún día quería verse así, con ella. No es que necesitase formalizar lo que tenían, pero… sí necesitaba demostrar al mundo el amor que sentía por ella en un día tan especial. Porque quizás para el mundo no fueran más que dos chicas, una pareja más, sin ningún misterio, pero… ni por asomo.

Nadie se hacía una idea de lo especial que era aquella relación.

—¡Qué curioso eso que acabas de decir!—Dijo Gwendoline después del beso que Sam le dio en la mejilla. Sonreía.—En la mía, la protagonista eres tú. ¿Por qué será?—Y en lugar de devolverle el beso, la atrajo en su dirección con el brazo, a fin de poder rodearla con el otro.—¿Tenemos un trato, entonces? ¿Nos casamos cuando seamos dos ciudadanas libres y nuestro mundo no sea una locura?—Preguntó entre risitas, dándose cuenta de lo cerca que estaban los primos… y de lo poco que debían estar entendiendo de aquella conversación.


***

Cuando ya habían pasado casi dos horas, la ceremonia había tenido lugar y habían disfrutado del menú vegetariano, Gwendoline y Sam se entretuvieron jugando con Gabriel. El hermano pequeño de Sam no parecía cansarse lo más mínimo de ellas dos, ni de las caras graciosas de la morena. Reía divertido y, cuando ella se tapaba la cara, enseguida le cogía las manos con sus pequeños deditos para separárselas. Entonces Gwendoline le sonreía alegremente, felicitándolo por haberla encontrado, y a consecuencia el niño reía como si le hubiera entregado como premio su juguete preferido.

—¿Cómo voy a dejar de hacerlo? ¡Le encanta encontrarme! ¿A que sí?—Gabriel dio palmas, riendo divertido mientras pegaba saltitos en el regazo de su hermana.

Gwendoline miró entonces a ambos lados, tratando de averiguar si había alguien no deseado presenciando aquella escena. Se encontró con que la gente, básicamente, estaba prestando atención a sus asuntos, yendo y viniendo, por lo que la morena consideró que había suficiente privacidad.

Con la discreción que le había dado la habilidad, Gwendoline hizo asomar un poco su varita, que llevaba guardada en la manga de su vestido. La cubrió con su mano, de tal manera que lo que estaba a punto de ocurrir fuera un truco de magia como pocas personas habían visto antes.

—¿Quieres ver un truco de magia?—Preguntó al niño en tono confidencial. Él dijo que sí, y ella asintió. Le dedicó un guiño a su novia.—Fíjate bien.—Esta vez le dedicó un guiño a Gabriel.

Unió los dedos de su mano delante de su boca y sopló sobre ellos; entonces, los separó, y para cuando lo hizo, unas cuantas pompas de jabón brotaron de la punta de la varita, ascendiendo lentamente. Gabriel las siguió con la mirada, entusiasmado, y cuando estallaron una a una en el aire, el niño aplaudió y rió.

—No le digas a nadie que te he enseñado este truco.—Y le guiñó un ojo con complicidad. Luego, miró a Sam, esperando que no le hubiera parecido mal el pequeño ‘truco’.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Jun 21, 2019 1:53 am

La fruta favorita de Sam era el melocotón y tenía un recuerdo especial de pequeña en el que se lo estaba comiendo en un bol y no se sabía el nombre de esa fruta, pues siempre lo confundía con la naranja sólo porque era de color naranja. La mente de los niños, tan idiota para algunas cosas. Por lo que la palabra melocotón en alemán era bastante curiosa para ella, por cómo la había aprendido repentinamente. Su padre juraba que seguramente lo hubiera dado en el colegio, pero se ve que, de haberlo hecho, no estaba prestando demasiada atención.

—Significa Melocotón —le respondió, divertida, casi que parecía que le estaba mintiendo, pero la verdad es que le hacía gracia la palabra y, sobre todo, la cara de Gwendoline. —No sé qué decirte: las referencias que tengo de Austria son un poco cerradas, lo mismo no deberías ir gritando ‘kacken’ por ahí, o lo mismo te la tiran. —Rió por la broma.

La legeremante tenía cariño a Austria, su país natal, pero siendo totalmente honestos, no había disfrutado prácticamente nada de su país, por lo que ni podía decirte si era bonito, divertido o si sus ciudadanos eran muy entregados a los extranjeros. Se había ido con once años, por lo que su opinión al respecto era más la de su padre, que si había vivido durante muchos años, que la de ella misma. Ahora de adulta le apenaba un poco haberse despegado tanto y considerarse incluso más inglesa que austriaca, ¿pero qué le iba a hacer? Tenía ganas de darle otra oportunidad a su país, ya de manera turística y encontrar en él esa belleza de la que hablaba su padre.

Sam sonrió cuando dijo que era la persona con la que más se divertía, haciendo un gesto como que era la mejor, pero lo que realmente la hizo mirarla con ternura fue que le dijera que era con quién podía ser ella misma. La verdad es que cuando eran más jóvenes no lo había visto tan claro: como Gwendoline era con ella bastante diferente que con el resto. Ya apartándonos de temas románticos, sino hablando de pura amistad y confianza: la relación que tenían ellas dos era realmente buena y, teniendo en cuenta lo sosa que solía ser Gwen sin confianza, se notaba muchísimo el contraste de cuando estaba con ella, a cuando no. Pero claro, no fue hasta ahora, en una etapa adulta, que se había dado cuenta de eso. Antes, como estaba tan acostumbrada a estar siempre con ella… para Sam, la Gwen siendo totalmente Gwen, era la Gwen de siempre. Y nunca notó ese cambio en ella, pues para cuando cogieron esa confianza extrema eran bastante jovenzuelas compartiendo frikadas en las bibliotecas de Hogwarts.

—Es que nos lo pasamos muy bien de fiesta. —Cada vez que recordaba las fiestas con Gwen, sólo venían buenos recuerdos. —Y tú eres una persona muy divertida estando borracha, aunque siempre intentes ocultar a la Gwen borracha porque temas lo que puedas llegar a ser. En verdad la Gwen borracha es responsable, lo que yo también te animo un poco a hacer alguna que otra locura. ¿Quién te crees que te dio la botella de cerveza como micrófono la otra noche? —Y la sonrisa traviesa que le asomó al rostro evidenció la respuesta. Finalmente se resignó con el alcohol de esa noche, aunque seamos sinceros: Sam tampoco pensaba cogerse ninguna cogorza. Bebería porque le gustaba, sencillamente. Pero no pretendía terminar traspasando ningún límite. Al menos que su madre sí se emborrachara: ¡entonces Sam iba detrás a apoyar a su querida madre! —Vale, hoy no. Hoy no te engatusaré con mis tretas femeninas, pero porque sé que si lo hago lo conseguiré, ¿eh? Para que veas como te quiero, que no te hago trampas. —Bromeó.

Gwendoline siempre había sido una persona bastante reservada con su vida amorosa y cualquiera podría pensar que era porque… no había tenido tampoco mucha, sin embargo, Sam tampoco había tenido demasiada y aún así siempre había sido muy abierta con sus deseos a largo plazo: siempre había dicho cuáles eran sus planes de futuro y cómo le encantaría casarse, formar una familia y tener muchos animales con nombres graciosos. Es por eso que cuando Gwen le confirmó sus expectativas con respecto a una futura boda, la hizo bastante feliz. Era cierto que a Sam le hacía mucha ilusión casarse porque le parecía un momento precioso, pero también era verdad que si en este caso Gwen no hubiera querido, poco le importaría no hacerlo. Era algo bonito que le gustaría hacer, pero en absoluto necesario.

—Por qué será. —La imitó, haciéndose la despistada y dejándose abrazar por ella. Entonces alzó la mirada hacia ella, con una sonrisa pequeña en el rostro. Soltó lentamente aire por la nariz, casi en un suspiro. —Creo que me parece el mejor trato que hemos sellado hasta la fecha. —Y le sujetó su mano libre, tendiéndosela como dos mujeres de negocios. Le hubiera gustado sellarlo con un beso, pero las manos también servían.


***

¿Cómo le iba a parecer mal que hiciese un truco de magia frente a su hermano? Mira que el Ministerio de Magia tenía sus normas con respecto a los muggles, pero Gwendoline estaba saliendo con una hija de muggles, pertenecía a una organización enemiga del gobierno y era claramente un anti-purista. Claramente el hecho de hacer magia frente a un niño de año y medio sería el menor de sus problemas. Y a Sam no le importaba, pese a lo que pudieran decir. Dar una explicación lógica a cómo se hacen pompas, si alguien pregunta, era también bastante fácil. Y si no querían dar explicaciones con un: “magia potagia” también valía para ahorrarse mentir.

Al escuchar reír a Gabriel, Sam pasó sus manos por la barriguita del niño para abrazarlo y posar su cabeza sobre la de su hermano rubio, con delicadeza. Eso sí, miraba directamente a Gwendoline.

—Yo quiero mucho a mi madre y Jon no me cae mal: ¿pero y si haces con ellos tus dotes mentales y nos llevamos a Gabriel a casa? Nunca sabrán la verdad. —Su voz había sonado misteriosa y traviesa, como quién hace un plan malévolo.

Obviamente estaba de broma, embelesada por lo tierno que era su hermano menor y lo mucho que le gustaban los niños. Era gracioso hablar de esas cosas frente al niño, que evidentemente no se enteraba de nada porque su entendimiento era mínimo y, casi todo lo que sabía, era alemán. Si entendía a las muchachas era porque estaban jugando con él y las expresiones lo dicen todo.

De repente Sam notó como una mano le acariciaba la espalda hasta llegar al hombro, con cariño. Al girar su cabeza hacia allí, vio a su madre, que se acababa de levantar de la mesa nupcial.

—No debí de haberme comido ese último trozo de tarta. —Y se llevó su mano libre a la barriga, para entonces acariciar el pelo de su hijo. —Parece que habéis hecho buenas migas —añadió en referencia a la pareja.

—Te lo voy a robar, que lo sepas. —Sophie rió.

—Sí, por favor y devuélvemelo cuando ya no use pañales. —Añadió a la broma.

—Lo retiro. —La madre de Sam sonrió, para entonces señalar con la cabeza a la pista de baile.

—Espero que hayáis venido con ganas de bailar porque insistí a Jon en que si quería boda, tenía que bailar al menos la mitad de la noche. —Y entonces las miró, con una sonrisa. —Es broma, no tuve que insistir nada porque adora bailar. Ahí donde lo ves tiene más ganas que yo. —Sophie miró a su nuevo marido, que se encontraba apoyado a la barra mientras movía el pie al ritmo de la música, casi con ganas de mover más el cuerpo. Sam la siguió con la mirada, sonriendo. Entonces Sophie se agachó para darle un besito a Sam en la frente y luego hacer lo mismo en la coronilla de Gabriel. —Bueno, voy al baño a ver si no muero en el intento de hacer pipí con tremendo vestido. Si no me véis volver en diez minutos, por favor, id en mi auxilio —comentó divertida.

—Iré en tu rescate —respondió Sam, viendo como se iba. Entonces su madre se fue, dejándolas de nuevo a solas. La legeremante no pudo evitar conservar la sonrisa, para entonces asentir con la cabeza. —Bueno, Gwendoline, espero que te hayas traído unos zapatos cómodos porque si bien no voy a engatusarte para emborracharte, sí que te voy a engatusar para bailar y cantar. Y las dos sabemos que mis zapatos NO son cómodos… —Los habían comprado hace poco, por lo que no se los había puesto demasiado y no eran aptos para bailar con ellos. —Así que probablemente termine sin porque unos zapatos no me impedirán bailar con mi novia, ¿verdad, Gabriel?

El niño, que se había quedado pescado en lo que parecía un viaje astral, de repente dio un bote y se sacó el dedo de la boca.

—¡Chiiiiii! —Él solo supo que hablaban con él y salió de su estado de inopia.

—¿Ves? Él manda.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Jun 21, 2019 11:11 pm

La revelación del significado de aquella palabra dejó a Gwendoline… pues un poco decepcionada, no nos engañemos: tal y cómo Sam se lo había vendido, la inglesa se esperó que fuese de todo menos el nombre de una fruta, algo que posiblemente podría haber descubierto de casualidad al leer un tetrabrick de zumo. Así que se quedó un poco chafada con la respuesta.

Aunque no tan chafada como cuando Arya mató al Rey de la Noche, pensó con toda su filosofía.

Superada aquella decepción tan grande—o mejor dicho, aquella decepción que tampoco era para tanto—, Gwendoline se limitó a encogerse de hombros y a imaginarse a una Sam que, a diferencia de la actual, no levantaba ni medio metro del suelo, correteando de aquí para allá llamando a gritos a los melocotones de toda Austria. También se imaginó a un Luca Lehmann rejuvenecido persiguiendo a esta Sam, diciendo cosas en alemán que ella no entendía.

La imagen general le pareció demasiado tierna.

Cuando les tocó hablar de aquella fiesta tan alocada que habían tenido apenas dos semanas antes, en que el contenido de sus venas pasó a tener una alta graduación hasta el punto de convertirse en material inflamable, Gwendoline aseguró que si se iba de fiesta con ella era porque solo con ella se lo pasaba así de bien.

—¿Insinúas que no soy divertida estando sobria?—Gwendoline se hizo la ofendida, poniéndose una mano en el pecho con un gesto de lo más teatral.—No tenía ni la más mínima idea de que me engañabas con mi yo borracha. ¡Te parecerá bonito!

Evidentemente, estaba de broma. O, mejor dicho, estaba practicando el arte del drama, que la señorita Lehmann ya dominaba en la actualidad. Era natural que aquello terminara pegándose, pero no era más que una muestra de la complicidad que existía entre ellas.


***

Ya con la compañía del pequeño Gabriel, que había heredado la belleza de su madre, Gwendoline se sintió tan relajada, tan ella misma que incluso se atrevió a hacer un pequeño e inofensivo truco de magia real: varias pompas que brotaron de su varita, y que hicieron las delicias del niño.

Gwendoline buscó la aprobación de Sam en este pequeño acto que, técnicamente, atentaba contra el Estatuto Internacional del Secreto—dato que, seguramente, a Sam le importaba un pepino… malditos pepinos—y, sobre todo, podría haber sido visto por alguno de los invitados—muggles—a la boda. La rubia no se molestó, sino que además propuso un plan malévolo: quedarse con Gabriel.

—Y ahora me incitas a utilizar mis poderes para hacer el mal. Te me estás corrompiendo, Lehmann.—Dijo la morena en tono de broma, con una sonrisa divertida. Gabriel respondió algo que podría haber sido un sí… o el intento del niño por imitar el sonido de un caballo, pero Gwendoline decidió tomarlo por un ‘sí’.—¿Ves? Gabriel me da la razón: me incitas a hacer el mal de manera descarada.

Sin embargo, el plan de Sam no estaba muy bien meditado, pues rompió una de las reglas básicas a la hora de secuestrar a alguien: en cuanto Sophie apareció, su hija le confesó sus ‘siniestras’ intenciones. Estaba claro que no iba a llegar a ningún lado en su carrera como delincuente.

El asunto de la conversación entre madre e hija, sin embargo, no tenía que ver con los planes malvados de Sam, sino con un inminente asalto de la pista de baile. Y justo cuando la protagonista de ese día las dejó con intención de ir al cuarto de baño—y asegurándose de que alguien acudiría a su rescate en caso de no conseguir salir de allí—, la rubia anunció sus planes de bailar hasta perder esos incómodos zapatos.

—Seguro. ¿Qué podría salir mal? Aparte del hecho de que no suelo bailar sobria, lo cual aumenta las posibilidades de sentirse ridícula...—Bromeó la morena, haciéndole algunas carantoñas más a un Gabriel muy entusiasmado.


Más tarde, ese día…
Cerca de las doce de la noche.

Bailaron. Por supuesto que bailaron. Bailaron hasta un punto en que tuvieron que sentarse de lo agotadas que estaban, pero felices.

Había habido de todo en cuanto al repertorio musical se refería, pero a Gwendoline no le había pasado por alto que había sonado Marry You, de Bruno Mars. Teniendo en cuenta que Bruno era uno de sus cantantes favoritos, y que aquella canción le parecía de lo más tierno, pudo imaginarse bien quién la había pedido: la misma chica a la que había prometido que, cuando sus vidas no fueran la locura que eran, se casarían.

Después de aquello, la boda comenzó a desinflarse: los invitados que no se habían ido ya—la buena de Elizabeth Ebner se había marchado temprano—, comenzaron a marcharse entonces en un goteo lento pero constante, y finalmente quedaron unos pocos invitados entre los que se encontraban, por supuesto, ellas dos y Luca Lehmann. Así que también decidieron marcharse.

Se despidieron de Sophie y Jon, quienes insistieron en que, por favor, si al día siguiente no estaban muy cansados ni tenían prisa por volver a casa, se les unieran para comer y hablar un rato de manera más sosegada. Los dos Lehmann aceptaron la invitación, conscientes de que quizás pasaría bastante tiempo antes de volver a ver a Sophie.

Los tres se marcharon juntos en el mismo coche en que habían llegado, aunque cambiaron de conductor: teniendo en cuenta que Sam no tenía carnet, que Luca no había bebido mucho pero sí un poco, y que Gwendoline era la única sobria y con permiso de circulación, se encargó ella de la tarea. Le costó un poco adaptarse a conducir por la izquierda y cambiar de marchas con la derecha, pero al final logró defenderse.

Luca viajaba en el asiento del acompañante para indicar a Gwendoline la ruta a seguir, mientras que Sam iba en el asiento trasero. Nadie hablaba demasiado, notándose el cansancio. La radio estaba sintonizada en la misma emisora clásica, y en esta ocasión sonaba Don’t stop me now, de Queen.

—¿Os apetece tomar algo antes de volver al hotel?—Preguntó entonces Luca, haciendo que Gwendoline, concentrada en la carretera iluminada por los faros, regresara al mundo real.—Conozco un sitio por aquí. ¿Te acuerdas de ese sitio al que solíamos ir, cariño? ¿Ese bar que tenía ambiente rock y guitarras eléctricas colgadas en las paredes? Seguramente no, eras muy pequeña...

—Por mí sí, podemos ir. ¿Te apetece?—Apoyó Gwendoline, mirando a Sam a través del espejo retrovisor interior del vehículo.

Por su aspecto, seguramente le gustaría más irse a dormir, pero teniendo en cuenta que su padre no lo había pasado del todo bien en la boda, se imaginó que accedería. Y Gwendoline siempre estaría de acuerdo en visitar lugares vinculados a la infancia de su novia: la ayudaban a sentirse más cerca de ella.
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