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Let's try again from the beginning {Sam&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Mayo 10, 2019 11:09 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Let's try again from the beginning {Sam&Gwen} - Página 4 Y4L9yUr
Jueves 9 de mayo, 2019 || Casa de Gwen y Sam || 20:53 horas || Atuendo (Sin gafas de sol)

Gwendoline llevaba enfrascada en la apasionante historia de la dinastía Targaryen, de la mano de George R.R. Martin en Fuego y Sangre, desde hacía más o menos media hora, cuando Sam había subido al piso de arriba a pelearse un rato con su saco de boxeo. De hecho, podía escuchar el sonido de los puñetazos contra la lona, y los gruñidos de Sam.

Casi sonaba como Rocky Balboa.

Había retomado la costumbre de leer durante su estancia en San Mungo gracias a Laith y a la propia Sam, que le habían hecho llegar libros que la entretuvieran durante su ingreso en el hospital mágico.

No es que antes de su estancia allí no leyese, ni mucho menos; simplemente, leía menos que antes, y le parecía una lástima: siempre había disfrutado mucho de la lectura, y su imaginación la había ayudado a visitar aquellos lugares que se describían en aquellos pequeños grandes mundos de papel y tinta. Las obligaciones, por desgracia, habían terminado apartándola de la lectura, y apenas si encontraba un rato para coger un libro y evadirse de la realidad.

Ahora que estaba todavía de baja en el Ministerio, Gwendoline aprovechaba el tiempo perdido, y los mejores momentos para ello eran aquellos en que Sam se enfrentaba a su saco de boxeo, igual que algún que otro rey Targaryen se enfrentaba a sus enemigos, como decía el título, a fuego y sangre.

El borboteo del agua hirviendo en la olla llamó su atención, y enseguida regresó al mundo real: estaba preparando la cena al tiempo que leía, tal era su interés por aquella obra. Y no, no iba a mentir: si había empezado a leer aquel libro había sido porque, inevitablemente, Juego de Tronos le había metido el interés por Poniente en la cabeza.

Dejó el libro abierto sobre la encimera para agregar la pasta al fuego, bajando su intensidad al momento. Tomó entonces un cuchillo y se puso a trocear las verduras con que acompañaría la pasta. Tengo que tener cuidado con este cuchillo, o terminaré igual que Maegor el Cruel, pensó, divertida, sabiendo que todo aquel festival de interés por el universo de Martin se terminaría en cuanto la serie terminase. Ya no quedaba mucho.

Fue mientras que salteaba las verduras, haciéndolas brincar sobre la sartén casi como una chef profesional, cuando Sam entró en la cocina, posiblemente atraída por el aroma de su cena en proceso.

—¿Qué tal ha ido la sesión de entrenamiento? ¿Le has dado una paliza?—Preguntó a modo de broma, con una sonrisa alegre en el rostro. Estaba mucho más contenta desde que sabía que Zed Crowley estaba muerto, y que su amenaza ya no existía.—¿Quién ha sido esta vez la pobre víctima? ¿Esa señora rubia que siempre se queja de que hay pelos rubios en su café y que tienen que ser tuyos porque lo dice ella?

Se refería, claramente, a la costumbre de Sam de visualizar que golpeaba a personas que consideraba responsables de sus enfados… y que posiblemente lo eran de verdad: aquella señora tenía que ser de lo más insufrible.

—En cuanto termine de saltear esto, podemos ponernos con la poción para la espalda. Ya sabes: antes de la ducha mejor que después, pues apesta.—Gwendoline no había sido capaz de solventar el problema del mal olor, por lo que habían resuelto que Sam se duchase a conciencia después de que se le aplicase la poción. De otra manera, arrastraría aquel olor allá donde fuese.

Pero su efecto era innegable: con cada nueva dosis, la espalda de la rubia se asemejaba más y más a aquella que había lucido antes de que los Crowley apareciesen en su vida. ¿No era hermoso pensar cómo aquellos tres habían ido desapareciendo, como polvo arrastrado por el viento?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Jun 22, 2019 2:20 am

Esta vez se había sentado en la parte de atrás del coche mientras Gwendoline conducía y su padre iba de copiloto, pues Samantha no tenía ni idea de guiar a su novia de vuelta al hotel. Iba con la cabeza pegada al sillón y a la ventanilla, mirando a través del cristal como si entre tanta oscuridad pudiese ver realmente algo. Iba con la mirada perdida, pensando en toda la boda de la que acababan de irse, en su madre, en Gabriel... y, en general, en todo.

Un pensamiento un tanto decepcionante le recorría la cabeza y es que, por mucho que hubiera ido a la boda con pocas expectativas familiares, hubiera esperado al menos un poquito más de esas tías, de las cuales solo una había venido a saludar a Sam y presentarse a Gwen. Y se trataba de la madre de Jacob, la única que parecía tener dos dedos de frente. Le parecía tan fea esa actitud por parte de su familia que de verdad no entendía tanta dejadez. ¿Que podría haber ido ella, mesa por mesa, saludando y presentando? Por supuesto, pero es ella la que lleva años sin aparecer por Austria: qué menos que un poquito de apego familiar. Además, le parecía muy fuerte que tuviese que ser ella quién va uno a uno. Eso no tenía ningún sentido.

Así que, pese a que se lo había pasado muy bien, independientemente de sus relaciones familiares, se había quedado con una espinita clavada. "No han cambiado nada" pensó, siendo muy consciente de que si Gabriel no se le hubiera escapado a su abuela a la salida de la boda, probablemente ni ella hubiera tenido la decencia de ir a presentarse a Gwendoline. "Qué asco" añadió a sus pensamientos.

—Sí, claro, vamos —dijo casi de manera ausente frente a la proposición de su padre.

Le sonrió a Gwen a través del retrovisor, pero nuevamente miró a través de la ventanilla.

Y ahí dónde la veías, Sam siempre había sido una persona muy familiar. No había más que ver como había tratado siempre a sus amigas en Londres, a quiénes consideraba parte de su familia, o como siempre había estado muy apegada a su padre. La verdad es que le molestaba que su familia materna la hubiera apartado tanto. Luego estaba su familia paterna, pero era la típica familia en donde cada persona había seguido un camino y reunirlos a todos en un mismo sitio sería sólo apto el día en el que se alineen los planetas.

No supo cuánto tiempo después, Gwendoline aparcó y Sam salió de su inopia. Se bajó del coche y los tres entraron a aquel bar, en las afueras de la ciudad. La verdad es que ellos, así de elegantes vestidos, desentonaban una barbaridad, por lo que nada más abrir la puerta, la mirada de todas las personas en el interior se posaron sobre ellos. Era un lugar modesto y tranquilo, con mesas y sofás de piel color roja. En las paredes se podían ver muchos cuadros de grandes celebridades del pasado y al fondo del bar se podía ver un pequeñísimo escenario con un piano, un acordeón y una guitarra. A Sam no se le pasó por alto el detalle de las guitarras en la pared.

—Tenías razón, papá, no me acuerdo de este sitio. —Pero entonces, a medida que caminaban hacia una de las mesas, detrás de una columna la rubia pudo ver la máquina de música, esa que va por monedas y puedes elegir la canción que tú quieras. Entonces Sam se paró de golpe y la recordó. Bueno, en realidad recordaba el hecho de que su padre la cogiera para poder llegar a meter la moneda y elegir la canción que ella quería, pues era bajita. —O lo mismo sí que me acuerdo un poquito... —Miró a su padre divertida tras haber mirado a la máquina. Su padre le sonrió.

Se sentaron en una de las mesas y la muchacha encargada, vestida con un chaleco negro, una pajarita y unos vaqueros, se acercó a ellos con una sonrisa.

—¡Buenas noches! —Se la notaba dicharachera. —Antes de tomaros nota... ¡por favor, sois las primeras personas que vienen tan elegantes a mi bar! ¿Qué me he perdido? ¿Alguien celebra aquí algo? —Se giró para el resto de los clientes habituales, quienes rieron animadamente. —Estoy de broma, pero estáis los tres muy guapos. Ellas más, discúlpeme usted, señor. —Luca sonrió, zarandeando la mano.

—Tranquila: coincido en eso.

—Bueno, me llamo Susy. Estoy a vuestra disposición: ¿qué os pongo? —La mujer debía de tener quizás cuarenta y largos, bastante segura de todo.

—A mí ponme… un chocolate caliente.

—¿Un chocolate caliente, papi?

—No sé, cariño, me apeteció. —Y sonrió, encogiéndose de hombros.

—Bueno, pues ponme a mí otro, gracias. —Tuvo que decir Sam, pues no podía decir que no a eso.

Después de que todos hubieran pedido, la muchacha se fue de allí a detrás de la barra para preparar los pedidos, bastante divertida con la situación: no solo venían tan bien vestidos, sino que pedían cosas tan monas a esas horas de la noche. La verdad es que la idea de tomarse un chocolate caliente ahora a Sam le resultó la mejor idea para irse en un rato a dormir tranquilamente.

Pero la verdad es que Sam se había quedado con ganas de ver las canciones que había en esa máquina, porque tenía muy buen recuerdo y creía que había una en particular que era la que ella recordaba de pequeña, la cual solía seguir con el ritmo de sus golpes en la mesa. Así que se puso en pie y fue hacia allí, observando las opciones. Finalmente, pasando entre canción y canción, dio con la que estaba buscando. We will rock you, de Queen. ¡El gran temazo!

Ajajádijo casi para sí misma, para entonces darse cuenta de que no tenía cartera encima y, por tanto, euros. De hecho estaba segura de que en su cartera normal no tenía euros tampoco. Así que miró a su padre desde allí. —¿Tienes una moneda? —preguntó divertida.

Luca se llevó la mano a la cartera y sacó una monedita, dándosela a Gwen.

—Llévasela tú, que estoy cansadito. —Le dijo.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Jun 23, 2019 1:52 am

Cuando hiciese una pequeña recapitulación de lo sucedido durante aquel viaje, de las cosas nuevas que había llegado a hacer, sin lugar a dudas tendría que poner en un puesto importante el conducir a través de una carretera austriaca desde el lado izquierdo de un coche alquilado. Todo había sido tan distinto, y había supuesto un reto para su concentración, que todavía no podía creerse que lo hubiera hecho bien.

Sin lugar a dudas, Luca había ayudado, y fue gracias a él que los tres llegaron a aquel pequeño bar de carretera, y que Gwendoline fue capaz de aparcar como era debido en uno de sus laterales.

Se apearon y caminaron hacia el interior, dispuestos a terminar la noche en un entorno mucho más íntimo. La morena ya se sentía en familia con ellos dos, y por extraño que pueda parecer, el músico las trataba a ambas como si fueran sus hijas. No era de extrañar: le habían dado la bienvenida a su vida en Londres, como debía ser, y de necesitarlo en algún momento, incluso la casa que ahora compartían Sam y Gwen sería suya.

El pobre hombre no lo había pasado todo lo bien que podría en la boda, lo cual era bastante normal: por mucho que existiera una buena relación con novio y novia, no dejaba de ser la boda de su ex-mujer, y no toda la familia Ebner era tan comprensiva como Sophie.

Sam, por su parte, también parecía un tanto decaída. Gwen no perdió detalle de esto, y mientras cruzaban la puerta, tomó nota mental de preguntarle si estaba bien.

El lugar tenía un aspecto como esos bares que aparecen en las películas americanas, y que son frecuentados por moteros: estética rock, con decoración clásica y todas esas guitarras colgando en las paredes. Había también una colección de discos de vinilo expuesta en una vitrina, se imaginaba que con gran valor sentimental para su dueño, y una pared en la que se mostraban fotografías de famosos que habían pasado por allí, tanto por su modesto escenario como para desayunar, almorzar o cenar.

Se detuvo brevemente a examinar dichas fotografías, dándose cuenta de que no reconocía a casi ninguna de aquellas celebridades. Se imaginó que serían famosos en Austria, lo cual le resultó extrañamente entrañable.

Sam, como había vaticinado su padre, no recordaba el lugar… o no lo recordó hasta que la máquina de discos del rincón llamó poderosamente su atención. Y mientras se sentaban a una de las mesas, pareció iluminársele la mirada.

A Gwendoline le gustaban esas máquinas. Realmente, le gustaba todo el local: su estética rock también era un poco vintage, y todo lo que recordara a aquellos años que ella solo había conocido por medio de películas, documentales y fotografías le encantaba. A veces se imaginaba viviendo en aquella época, en la misma América que mostraban en películas como Grease, y le parecía idílica.

Todo era idílico en la imaginación, claro.

Se les acercó entonces una camarera bien vestida… a la que Gwendoline no entendió ni media palabra, pues hablaba en alemán. Se limitó a observar cómo Sam y Luca conversaban con ella y pedían sus consumiciones. Como no sabía bien qué pedir, y sabía que cualquier cosa que ellos pidieran estaría bien, dijo:

—Lo mismo.—Con un asentimiento de cabeza. Ojalá hubiera sabido decir aquello en alemán, al menos. Luca la ayudó un poco, levantando tres dedos como para decir que Gwendoline quería lo mismo que ellos tres, a lo que la camarera asintió con la cabeza y se retiró.—¿Qué acabo de pedir, exactamente?—Frunció el ceño, esperando que no fuese nada con alcohol. No pretendía beber y conducir, y mucho menos en Austria.

—Un whisky doble.—Dijo Luca Lehmann, fingiendo seriedad… pero incapaz de contener aquella sonrisa burlona.—Es broma: sólo hemos pedido chocolate caliente.

—No sé si creérmelo del todo...—Dijo ella, recelosa.

Sam, por su parte, se levantó de la mesa para ir al encuentro de la máquina de discos que había llamado su atención. No estaba demasiado lejos, y parecía dispuesta a poner una canción… hasta que se dio cuenta de que en ese vestido, evidentemente, no podía llevar dinero ni de broma. Así que pidió una moneda a su padre.

Luca se la entregó a Gwendoline, pidiéndole que se la llevase porque estaba cansado. La morena la tomó y se puso en pie, caminando hacia su novia.

Al llegar a su lado, le puso con suavidad una mano en el hombro, y cuando Sam la miró, le entregó la moneda con una sonrisa. Con una sonrisa similar, su novia introdujo la moneda en la ranura y se puso a seleccionar la canción.

—¿Todo bien?—Le preguntó entonces, sintiendo que había encontrado el momento.—En el coche parecía que veníamos de un funeral, y no de una boda. ¿Hay algo que te esté rondando esa preciosa cabecita tuya? Sabes que puedes contármelo...—Y apoyó el mentón en el hombro de Sam, observando junto a ella cómo el brazo mecánico de la máquina cambiaba el disco que estaba colocado por uno de Queen. Resultaba fascinante observar la vieja tecnología funcionando.

En unos segundos, el disco comenzó a girar, y la gramola comenzó a reproducir los solos de percusión que daban comienzo a We will rock you. Desde la barra, la mujer que preparaba sus chocolates calientes comenzó a dar palmas al ritmo, diciendo algo en alemán que, se imaginó Gwendoline, sería una felicitación hacia Sam por su buen gusto.

O algo parecido.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jun 27, 2019 2:32 am

Fue Gwendoline quién cogió la moneda de Luca y se acercó hasta Sam, quién miraba con curiosidad todas las canciones de aquella máquina. Iba a optar por la de Queen, indudablemente, pero igualmente iba pasándolas una a una para verlas todas.

Cuando la morena se acercó a su lado, metió la moneda y puso la canción elegida, viendo como aquello poco a poco se iba moviendo hasta seleccionar la correcta. Mientras eso se hacía, Gwen le preguntó a Sam que si todo estaba bien, para luego hacer gala de todo lo que había aprendido de la exageración de su novia. La legeremante no pudo evitar mirarla de reojo cuando se apoyó en su hombro, resoplando.

—Pero qué bruta eres. —Fue lo primero que dijo al mencionar lo del funeral.

¡No era para tanto! Vale que no estaba precisamente parlanchina y se había quedado bastante ausente, ¡pero tanto como para decir que venía de un funeral! Además, era tarde y había sido un día lleno de cosas que hacer, por lo que estar cansada era normal. Que ojo, era cierto que algo le rondaba la cabeza y para Gwendoline darse cuenta de eso era tan fácil como adivinar cuando mentía, pero solo estaba… muy pensativa. Extremadamente pensativa.

Y claro que sabía que podía contárselo, por lo que se encogió ligeramente de hombros antes de empezar a hablar, como si realmente no tuviese demasiada importancia.

—Sé que siempre me he quejado de mi familia… de cómo son y cómo nos han tratado, pero… no sé, pensé que el tiempo daría una dosis de realidad a mis familiares, que les daría igual que llevase años fuera, o mi orientación sexual, o la relación que conservan mis padres pese a su divorcio o... cualquier tontería que ya quedó en el pasado… —La mujer de detrás de la barra gritó algo, a lo que Sam forzó una sonrisa agradecida y bastante fugaz, antes de mirar a Gwen para continuar con lo que estaba diciendo. —Debo admitir que pese a mi actitud distante con todos, o las bromas que hago con respecto a ellos… parece ser que tenía una pizca de esperanza en que las cosas cambiasen, porque he salido de allí bastante decepcionada con la actitud de todos.

Y nada había cambiado, sino todo lo contrario: casi que parecía que había empeorado. Samantha había sentido un feo horrible de parte de la gran mayoría de sus familiares, ¿y sabes qué? En ese momento es que no tenía ningún tipo de ganas de seguir llamando familia a personas así. Quizás imaginarse a sus tías acercándose, saludando y sonriendo era demasiado, ¿pero era pedir demasiado una presentación o un ‘me alegro de verte VIVA’? Sería que después de todo lo que había pasado Sam había aprendido a valorar más que nunca a sus seres queridos y, pese a que los Ebner nunca hubiesen estado en esa categoría, seguían siendo sus dichosos familiares. Y sí, para Sam era muy importante la familia, pero su familia; esa que ella misma había elegido. El resto no era más que relleno innecesario...

Se mojó entonces los labios, recolocándose el foulard que tenía por encima para no pasar frío.

—Pero no pasa nada —dijo entonces, buscando ella misma las partes positivas porque por mucho que el tema la hubiese decepcionado, sabía que eso, que siempre había sido así, no le iba a afectar. —A menos que mi madre se vuelva a divorciar y a casar, no creo que haya ningún motivo para tener que volver a asistir a un evento así y tener que volver a verlos. Porque no voy a invitar a ninguno a nuestra boda. —Entonces sonrió un poco. —Bueno, a la familia de Jacob. Solo a esa.

De todas maneras sería como una pérdida de tiempo y de dinero invitarlos: sabiendo como eran, seguramente preferirían no asistir a una boda homosexual, ¡no fuese a condenarlos al infierno el apoyo a tremenda herejía anti-natural!

—Pero cada vez que paso tiempo con la familia de mi madre me doy cuenta de lo afortunada que fui al poder elegir a la mía propia cuando me mudé a Londres. —La rodeó entonces suavemente con una de sus manos por la cintura, acercándole a ella. —Y de haber podido conservarla durante tanto tiempo, aunque por el camino hubiesen sus baches… —Esta vez la sonrisa fue más tierna, la cual acompañó a un dulce beso en sus labios, fugaz y casto, casi que parecía que le estaba agradeciendo.

Porque ahora mismo Samantha y Gwendoline, después de años de amistad, tenían una relación romántica; un amor que había surgido después de mucho tiempo siendo simplemente amigas. Sin embargo, la relación que ellas tenían nunca había sido de solamente amigas y es que la complicidad, la cercanía, la confianza, la protección, la lealtad y todo lo que se profesaban era muy especial. Sam hacía mucho tiempo que había dejado de verla sólo como una amiga, para verla como parte de esencial de su vida. De su familia, siempre decía. Esa familia que quieres tener siempre a tu lado y no dejarla ir en ningún momento.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Jun 27, 2019 2:19 pm

De acuerdo: la boda no había sido para tirar cohetes, o al menos no lo había sido para los tres asistentes que, en aquellos momentos, se reunían en aquel bar de estética rock clásica tan acogedor. Para Gwendoline había sido tolerable, acostumbrada como estaba al desprecio de su propia familia e, incluso, al desprecio dentro de su puesto de trabajo. Le resultaba sencillo ser una paria.

Siempre había imaginado la actitud de Sam muy parecida, tal y cómo había hablado de sus familiares durante todos los años que había durado su amistad. Pero claro: la rubia era una persona mucho más sensible de lo que sus bromas podían dejar entrever, y allí estaba la prueba viviente de ello.

Que sí, quizás había exagerado con lo del funeral. Pero igualmente, los ánimos de padre e hija no estaban en su mejor momento.

Con el rostro apoyado en su hombro, la escuchó desahogarse un poco, porque a veces era lo único que hacía falta: sacarse de dentro todas aquellas cosas malas. Dibujó una leve sonrisa cuando aseguró que invitaría a Jacob y su familia, pero que no invitaría al resto, y volvió a sonreírle cuando mencionó, una vez más, lo mucho que valoraba la vida que tenía en Londres.

¡Y cómo la entendía en ese sentido! Gwendoline llevaba prácticamente toda la vida sintiéndose huérfana, construyendo una familia que poco tenía que ver con la sangre. Sam sin duda había sido su primer familiar en aquel mundo, y algunos más la habían seguido; con el encierro de su madre y el deterioro de su relación con su padre, dicha familia adoptiva parecía mucho más importante que nunca.

¿Qué haría ella sin Sam? ¿Qué haría ella sin Caroline? No mucho, como había demostrado durante aquellos penosos tiempos de soledad, tras el cambio de gobierno.

—Es curioso.—Dijo Gwendoline en un susurro, después de aquel fugaz beso.—Nunca me había parado a pensarlo, pero… creo que nos parecemos todavía más, si es posible.—Rió suavemente, divertida.—Nunca me sentí parte de los Edevane, y actualmente, si no fuera por mi abuela y mi prima Angelica, ese linaje bien podría estar muerto para mí. Ese hombre—señaló con un movimiento de cabeza en dirección a la mesa, donde Luca las esperaba—es más padre para mí de lo que nunca lo ha sido Duncan. Y por momentos, Henry llegó a ser igual de hermano que lo podría ser uno de mi propia sangre… si hubiera tenido alguno, claro.—No supo muy bien por qué, pero se alegró de no haber tenido hermanos: a saber qué habría sido de ellos, especialmente si salían a su padre o a su tío.—Pero bueno, consuélate pensando que, dentro de todas sus rarezas, los Ebner no son unos puristas retrógrados que parecen dispuestos a ver el mundo arder. Así soy yo: me gusta intentar ver el lado positivo de las cosas.

Y se encogió de hombros, con una sonrisa divertida en el rostro. Resultaba reconfortante ser capaz de hacer mofa de una situación familiar tan extraña, después de todo. El asunto sería muy serio, sí, pero… ¿a quién le importaba esa noche? El gobierno de Voldemort no iba a caer al día siguiente, así que… ya se preocuparía de ello al día siguiente.

—Mientras nos tengamos la una a la otra, no habrá familiares muggles retrógrados y tontos que puedan con nosotras.—Le guiñó el ojo, sin dejar de sonreírle.—Y tienes al mejor padre del mundo, y una madre que está dispuesta a aprender de sus propios errores. Y eso sin mencionar a un hermano pequeño que te adora.—Solo esperaba que a Gabriel no se le metieran entre ceja y ceja esas ideas tan retrógradas cuando creciese.—Incluso tienes a un primo amable y normal dentro de toda esa marea de pensamiento retrógrado. ¡No está todo perdido! Quizás aún quede esperanza para los Ebner.

Gwendoline pensó en añadir a su frase “especialmente cuando esos carcamales empiecen a morir”, pero nada más la frase apareció en su mente, le pareció demasiado negra. Incluso en tono humorístico, y con los sentimientos de Sam hacia su familia, podía sonar muy mal. ¿Pero qué podía decir al respecto? No le caía bien la gente que hacía sentir mal a su novia. Y tenía derecho a tener malos pensamientos una vez al año, al menos.

La camarera de antes pasó a su lado, bordeando la barra, con una bandeja que contenía tres tazas humeantes, y se dirigió a su mesa. El olor del chocolate caliente llegó enseguida a la nariz de Gwendoline.

—Vale, bien. No es whisky. Me alegra que tu padre no haya seguido trolleándome.—Comentó con sarcasmo, para luego tomar la mano de Sam.—Vamos a tomarnos ese chocolate, ¿te parece?—Le dio otro suave beso en los labios, antes de echar a caminar hacia la mesa, tirando suavemente de su novia.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Jun 30, 2019 4:23 am

No le consolaba en absoluto el hecho de que los Ebner no fuese unos puristas retrógrados que quisiesen ver el mundo arder, pues casi que le parecía el típico consuelo de tontos de pensar en lo peor sólo para darte cuenta de que lo tuyo no es tan malo. El desprecio era el desprecio, fuese de de mano de quién fuese, o fuese por el motivo que fuese. Había interiorizado casi tanto el hecho de ser odiada por ser hija de muggles, que hasta le afectaba más el estúpido odio sin sentido de su familia.

Sin embargo, no dijo nada al respecto, pues después de todo había una oveja negra en la familia que se juntaba con esa otra oveja negra que eras tú que, en caso de Gwendoline, era su abuela y su prima. Además, no podía haber dicho nada malo ni aunque quisiese, sobre todo cuando dijo que había sentido a Luca más padre que el propio Duncan. La legeremante valoraba muchísimo que su padre y su novia se llevasen tan bien, hasta el punto de verse de esa manera tan bonita.

Sam no se estaba quejando de toda su familia: sólo de esa familia que ve una vez cada mil años. Esa familia que siempre ha tenido un trato despectivo hacia la familia Lehmann y, con el paso de los años, también por la propia chica de manera especial. Ella era consciente de que su padre era increíble, que su madre estaba cambiando y que su hermano era lo más hermoso de todo Austria. No estaba decepcionada con aquellas personas que tanto bien le hacían ahora mismo, sino más bien le daba rabia haber tenido que compartir esa experiencia con gente tan... aguafiestas, intolerante y distante. Cualquiera diría que Samantha en esa fiesta era también una Ebner. Casi que parecía una desconocida.

Se encogió de hombros al final, sin darle tampoco mucha importancia porque sabía que era la molestia del momento. Ya se le pasaría y volvería a ignorar a los Ebner, como siempre hacía.

—Si ya lo sé, no los necesito para nada. Sé perfectamente a quiénes necesito a mi lado y no son ellos, pero no puedo evitar decepcionarme. Siempre he tenido el problema de esperar lo mejor de la gente y luego decepcionarme, cuando debería esperar siempre lo peor y sorprenderme de que no haya sido tan malo como lo esperaba. —Soltó un bufido. —Parece mentira que después de todo lo que nos ha pasado, siga teniendo fe en esta humanidad... —Y sonrió, poniendo los ojos en blanco con diversión.

Decían que la esperanza era lo último que se perdía, ¿no? Sam ponía la mano en el fuego a que ella había vivido muchos momentos sin esperanza, pero sí que podía decir que siempre había acabado volviendo a ella.

Tras ese beso, ambas volvieron con el sonido de Queen de fondo hasta la mesa y Sam junto a Gwen. Las tres tazas estaban sobre la mesa y desprendían un olor increíble, aunque por el humo que salía del líquido se intuía que eso estaba a una temperatura similar a la del centro de la tierra. Así que Sam se limitó a revolverlo mientras soplaba suavemente, para entonces mirar a su padre.

—Papá, ¿y qué es de tu familia? Hace mucho que no me cuentas nada de ellos. —Luca se acomodó, desabrochándose el botón de la chaqueta.

—Porque yo tampoco sé mucho, ya sabes que desde siempre hemos estado muy desperdigados. Creo que Peter sigue en África como voluntario, Walter sigue viviendo en Salzburgo con su familia y Thomas ya sabes, seguirá en su... —Y entonces abrió los ojos ampliamente. —Claro, se me olvidó decirte porque no contestabas mis emails. Hace dos años Peter adoptó a un africano. No sé si te llegué a contar que su mujer no podía llegar a concebir hijos...

—¿Adoptó a un negrito? —dijo, especialmente contenta.

Recordaba perfectamente haber tenido con Henry muchas conversaciones en donde siempre bromeaban con el hecho de que si estaban los dos solos a los cuarenta, se casarían para poder adoptar a un negrito a petición de la propia Samantha. Bueno, en realidad Sam siempre bromeaba con que si un día adoptaba, le encantaría que fuera un negrito.

—Ni me acordaba que el tío Peter llevaba en África años. Deberías invitarlo a venir a Londres. Tú dile que le echamos de menos, aunque en realidad sea porque quiero conocer a su hijo negrito.

—¿Quieres dejar de llamarlo 'negrito'?

—¿Por qué? Seguro que es negrito si es africano.

—Sí, seguro que es negrito. Se llama Samuel.

—Como Samuel L. Jackson. ¿Coincidencia porque es negro? No lo creo. —Y Sam no pudo evitar reír al ver la cara que se le quedó a su padre. —En verdad ahora Peter y tú tenéis descendencia de nombre Sam. Más motivos para reencontrarnos.

Sam en busca de sus familiares buenos teniendo en cuenta que había tenido la experiencia con las víboras. La verdad es que la conversación tiró sobre todo a campo Lehmann y... sinceramente, con esa familia nunca había tenido ningún tipo de problemas, básicamente porque era la familia más despegada de la historia de la humanidad. Lo único bueno es que cuando se juntaban, se notaba que se echaban de menos, no que se odiaban entre sí.

Al final empezaron a hablar de anécdotas familiares divertidas, ya que Peter precisamente tenía muchas en las que era el protagonista. Se pegaron ahí bastante tiempo tomándose aquel chocolate caliente y, cuando el bostezo que lanzó Sam se le contagió tanto a Gwen como a Luca, supieron que era hora de irse.


Al día siguiente pasaron todo el domingo en compañía de Sophie, Jon y Gabriel. Con el niño pequeño era complicado eso de irse de luna de miel, pero les explicaron que ya se irían de viaje de 'luna de miel' en agosto cuando tuvieran vacaciones. Pasaron una agradable velada y... la despedida fue más dramática de lo esperada, con una Sophie que no quería que su hija volviese a Inglaterra, un lugar en donde sus días no es que fuesen precisamente tranquilos. Finalmente volvieron a Londres y... no había estado nada mal la experiencia. Eso sí, nada como estar en casa.
Sam J. Lehmann
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