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[Flashback] Living in the shadows. —Arys.

Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 18, 2019 2:48 am

[Flashback] Living in the shadows. —Arys.  JkN475D
Mercadillo de Covent Garden | 31/05/2017 | 12:30h | Atuendo

—No. —Miró a su acompañante, quién le miraba con ojos celosos. —Deja de mirarme así, no te voy a dar lo que me queda de la manzana. —Continuaba, inquisidor, intentando convencerle con esa mirada dulce y cargada de bondad que lo que restaba de manzana le pertenecía. —Oye, no. —Le señaló con el dedo índice intentando sonar tan autoritaria como nunca sonaba.

Su cerdito vietnamita la miraba con tristeza, intentando ablandar el corazón de la legeremante. ¿Lo peor de todo? Que su mascota no tenía que currárselo demasiado pues otra cosa no, pero precisamente las dos mascotas que tenía ahora mismo lo eran todo para ella y darle el último trocito de su manzana casi que parecía un regalo merecido después de hacerle tanta compañía en su tan desesperante soledad.

Samantha ahora mismo se encontraba en la parte alta de una gran montaña, notando como el viento le golpeaba con rabia. Era por la mañana y hacía poco que se había levantado, por lo que había salido de su caseta para coger un poco de sol y desayunar mirando las vistas. Por aquel entonces la rubia vivía sola en compañía de su gato y su cerdito—pues al huir del gobierno fue de lo poco que pudo llevarse—e iba cambiando de posición cada cierto tiempo. No iba a negar que, pese a los riesgos meteorológicos o naturales, lo que más le gustaba era irse bien lejos de la civilización. La verdad es que prefería que se la comiese un oso a terminar atrapada por un cazarrecompensas y terminar en el Área-M.

Sin embargo, le era imposible mantenerse bien alejada de la civilización mucho tiempo. Tenía citas a las que asistir con la persona que más odiaba en el mundo, además de que tenía que ir a comprar comida para no morir de inanición.

—Espero que seas feliz comiéndote mi último trozo de mi ÚLTIMA manzana —le dijo al cerdo, cortando el último trozo y tirándoselo lejos. Éste, corriendo tan juguetón como era, fue detrás de aquello para atraparlo.

Ella mientras tanto se quedó leyendo El Profeta de ayer, el cual lo había conseguido por el propio Sebastian Crowley, el tipo al que enseñaba legeremancia y le ayudaba a perfeccionar su oclumancia. Él, ávido de sarcasmo y siendo consciente de la incapacidad de Sam para hacer daño ni a una mosca muerta para librarla de su sufrimiento, le dio El Profeta para que leyera lo que ponía de ella en un titular pequeño específico para todas las movidas que sucedían con los fugitivos. Poco a poco El Profeta estaba quitándole protagonismo a los fugitivos, pese a que siguiesen informando de todo.

“Descripciones de los testigos sugieren que se trataba de Samantha Lehmann y Lohran Martins, vistos en compañía del matrimonio Rhodes en el altercado de Leadenhall Market, culpables de los asesinatos de Roger Smith y Blake Silverman. Las familias Smith y Silverman pagan un extra por su captura y encarcelación.”

"Malditos Rhodes…" Pensó, suspirando tras maldecir mentalmente a esa pareja de fugitivos.

Era cierto que Sam había estado involucrada en ese altercado, pero no había matado a absolutamente a nadie. Habían sido ellos mientras ella intentaba huir junto a Lohran y la culpa le había caído a ella.

Tiró El Profeta al suelo y al parecer su cerdo vio en eso una propuesta para jugar. Se tiró a por el periódico, revolcándose en él.


***

“¿Desde cuánto los dichosos tomates están tan caros?” pensaba mientras caminaba por los pasillos de aquel mercadillo. Estaba en Covent Garden aprovechando que esa mañana había mercadillo, pues no solo porque las cosas estaban más baratas sino porque se petaba tanto de gente que dudaba mucho que ningún purista que se prestase soportase estar tan rodeado de tantos muggles.

Sin embargo, pese a que Sam quisiese sentirse una persona original con los lugares a los que iba, en realidad tenía un pequeño error de cálculos: siempre solía ir al mismo tipo de sitios y, de hecho, era vista en muchos lugares del mismo estilo. Mercadillos que se hacían de vez en cuando, repletos de muggles y en donde poder pasar desapercibida. Era a donde solía ir para hacer ‘grandes compras’, pues para tonterías solía irse a tiendas pequeñas pero que indudablemente eran más caras. Y no es que le sobrase precisamente el dinero.

Había terminado de comprar y con una mochila cargada de cosillas, así como una bolsa de papel en una de sus manos, empezó a caminar hacia un lugar seguro en donde desaparecerse. Llevaba gafas de sol y casi que se le hacía eterno buscar un lugar decente en el que poder esconderse durante un segundo para poder irse de ahí.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Arys J. Gresham el Sáb Mayo 18, 2019 1:47 pm

A su cuerpo ya le resultaba algo foránea la idea de despertar con los primeros rayos de sol, cosa que se aseguró de expresar en la manera en la que sus párpados, pesados y perezosos, pretendieron oponer resistencia a separarse. Cuando por fin obedecieron al desganado pedido, Gresham miró el techo de aquel pequeño y humilde pero práctico apartamento en el que vivía durante largos segundos, permitiendo que sus pensamientos le hicieran compañía. Tenía que admitirse a si mismo que él, también, le había tomado cariño a la cubierta de la noche, pero más allá de ello el perturbar sus ciclos de sueño era algo que, a decir verdad, le importaba poco. Hoy sería de los cientos de miles de personas que harían algo tan displacentero como levantarse temprano para ir a trabajar, aunque por supuesto él no tenía un trabajo como el de la mayoría de la gente...

El cambio de gobierno, en mayor o menor medida, había tomado a todos por sorpresa y como todo gran cambio tuvo repercusiones no solo extensas, sino que disonantes. Los magos y brujas no tardaron en separarse hacia los polos ideológicos que seguían. Y al final del día, los menos perturbados -aunque no necesariamente privilegiados- serían aquellos que encontraran la manera de permanecer en el medio, alejados de esos grupos de choque tan intensos. Arys Gresham tenía sus propias convicciones, pero era mucho más practico que nadie las conociera. Las seguía al pie de la letra y nunca se había encontrado con una disyuntiva a la hora de decidir sobre su actuar.

Se vistió sin prisa, tampoco se molestó en producir más que una austera taza de té amargo a la que debería haber dado mucho más tiempo para enfriar y unos trozos de bizcocho que habían quedado abandonados sobre la mesada del día anterior. Mientras consumía aquel austero desayuno tomó unas hojas de diario, también de la jornada previa, y las releyó por la que podría ya ser la centésima vez. El Ministerio estaba de caza, no había que ser muy brillante para saber que muchos de los nuevos "fugitivos" y "terroristas" no eran más que inocentes tratando de huir del estado. Sin embargo, El Profeta rara vez iba más allá, al punto de acusar a una fugitiva de homicidio. La realidad era que la paga por susodicho individuo, una mujer joven, tampoco estaba nada mal.

Decisión tomada, Gresham alistó sus efectos personales, ocultó su varita prolijamente en el bolsillo de su saco y comenzó oficialmente su jornada. Al parecer hoy visitaría Londres...

~~~~

Era algo curioso el como había aprendido a pasar tan desapercibido entre la gente incluso a pesar de su altura y porte. Caminaba entre la gente de aquel mercado como si ni siquiera estuviese allí, sin perturbar ni ser perturbado por nadie. Su mente estaba ocupada con la tarea que tenía a mano. Sí, no le cabían dudas de que en los tiempos actuales se había vuelto más difícil diferenciar entre una recompensa "honesta" -según su propio y extraño código moral- y las que más comúnmente había evitado. No era su intención hacer daño a personas inocentes, pero tampoco muchas personas eran completamente inocentes. Los que se habían resistido al golpe o trataron de alejarse tendían a estar fuera de su lista; esta exención se basó en la teoría de que, incluso si las acusaciones sobre las que había leído no eran totalmente ciertas, no estarían ofreciendo una recompensa tan alta si esta persona, esta mujer, no fuera una amenaza. Había hecho que las acusaciones fueran muy creíbles, más aún cuando confirmó la presencia de la señorita Sam Lehmann en la escena del crimen después de preguntar a algunos de sus contactos.

Con sus años de experiencia y los trucos que había recogido durante ellos no fue difícil encontrarla. Aun así, Covent Garden a plena luz del día y lleno de gente que realiza sus compras diarias no era la escena ideal para él. Tendría que seguir y esperar, cualquiera que fuera apenas decente en la línea de trabajo de Arys tenía la paciencia que requería el acecho. Así es como se había encontrado a sí mismo siguiendo a una joven de cabello rubio, una fugitiva y presunta asesina, con la promesa de un salario alto al final del día.

Mantuvo una distancia segura y se posicionó en el lugar de manera que estuviese oculto, observando desde lejos cómo ella también compraba y caminaba entre los muggles, probablemente sintiéndose bien disfrazada por ellos. Los ojos azul oscuro del cazarrecompensas nunca se alejaron demasiado de su objetivo, esperando que Sam se dirigiera a un lugar menos concurrido antes de comenzar a actuar. Su tarea debía ser realizada con precaución, o quizá sería el quien pagara el precio al final del día.
Arys J. Gresham
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Arys J. GreshamInactivo

Sam J. Lehmann el Mar Mayo 21, 2019 1:27 am

No creía estar en peligro. Hacía meses que no iba a Covent Garden y era un miércoles, ¿acaso no sería super improbable que en ese preciso lugar hubiese un cazarrecompensas? Eso, al menos, quería pensar ella, que se auto-convencía de que su vida era un constante peligro pero tenía que hacer vida, igualmente. Evidentemente no pensaba que ningún cazarrecompensas creyese que ella realmente valiese la pena, pero tampoco era consciente de que realmente las familias de Smith y Silverman estaban bastantes interesadas en tener la cabeza de los presuntos asesinos de sus familiares. Y claro... eso mueve grandes montañas. Ella creía que esas suposiciones de El Profeta no llegarían a ningún puerto y que realmente sólo era por meter cizaña en quién era una amenaza para el nuevo gobierno.

Caminó por aquellas calles, saliendo de la plaza principal y bajando las escaleras hasta la acera de la calle. En la mochila llevaba las cosas pesadas: latas y bolsas de pasta y arroz, mientras que en la bolsa llevaba cosas que no pesaban demasiado, como algunas frutas y verduras.

Admití que había robado esas frutas y verduras cuando el hombre del puesto no miraba, pero... quería pensar que no era una gran pérdida para ese señor y ella, de verdad, que ya no tenía más dinero. Iba a tener que poner en práctica aquella gran idea que tuvo con Lohran de aparecerse una noche en el almacén de algún supermercado y hacerse ahí con todo lo necesario. Lo único, claro, era poder entrar en un dichoso almacén para saber aparecerte en el interior. Sería mucho más fácil hacerlo en una tienda convencional, pero se había fijado en que la gran mayoría tenía cámara.

Desgracias de ser fugitivo: se volvía paranoia observar las cámaras y las salidas de emergencia de cualquier lugar en el que entrases. Te volvías realmente paranoico con todo lo que veías, así con cualquier sitio al que ibas.

Y en ese momento era igual. Pese a que no estaba en ningún lugar cerrado, los lugares con muchas personas le incomodaban porque veía miradas asesinas en cualquier lugar y sentía que hasta la persona más muggle de todas, podía sacar repentinamente una varita y hacerle ahí mismo un Avada Kedavra. Después de la mala suerte que había tenido tanto tiempo se esperaba cualquier cosa. De hecho, mientras buscaba un lugar en el que poder desaparecerse, se quedó observando a una persona de la acera de enfrente que, a ojos de cualquier persona, daba miedo. Y claro, entrando en la paranoia de que podía ser un mortífago—cosa totalmente estúpida pero que en su cerebro asustado acogía cada vez más coherencia—se chocó de frente con una mujer.

La mujer iba vestida con un traje elegante, hablando por teléfono móvil de manera estresada. Al chocarse con Sam, su bolso se enganchó con la bolsa de papel de la rubia y el asa se rompió. La bolsa precipitó y las naranjas rodaron por la acera.

—Lo siento... —dijo la muchacha estresada, para entonces hablarle al móvil. —No, Jonathan, a ti no. Me he chocado. Espera un momento. —Entonces volvió a dirigirse a Samantha. —Lo siento mucho, pero no puedo ayudarte que se me escapa el metro. ¡Lo siento de veras! —Siguió de largo, para entonces llevarse el móvil de nuevo a la oreja. —¿Jonathan...?

Sam la miró irse, algo molesta, pero se limitó a recoger las naranjas y meterlas en la bolsa de nuevo, recibiendo la ayuda de un tipo con auriculares que ni escuchó su agradecimiento. La cargaría con sendas manos, ya que el asa estaba rota y no iba a sacar la varita allí.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Arys J. Gresham el Mar Mayo 21, 2019 2:28 am

Gresham se había aficionado a la observación. Lejos de ser una forma retorcida de pasatiempo depredador, simplemente encontró algo intrigante y, en cierto modo, hermoso, acerca de la forma en que se comportaban las personas cuando pensaban que nadie estaba mirando. O por el contrario, cuando podían sentir los ojos de una fuente desconocida siguiéndolos como una sombra. Veía expresiones puras, desprovistas de las mentiras necesarias y corteses en las que todos caían, hasta la gente tan descortés cómo él, cuando interactuaban con alguien. Esta parte, el aprendizaje y la observación era probablemente su favorito. Lástima que a menudo era el preludio de los acontecimientos más duros y bruscos, la calma que antecedía tempestades.

A medida avanzaba el tiempo, la gente en el mercado marchaba para ser reemplazada por otros en un casi infinito recambio de rostros y voces. Había un centenar de cosas e individuos con los que la curiosidad podía ser satisfecha, algo entretenido o llamativo para encontrarse a donde fuere que se mirara si se tenía buenos ojos. Pero todas esas distracciones no eran más que ruido y colores de fondo para el cazarrecompensas que a toda costa se aseguraba de no perder a la mujer entre la muchedumbre. Podía notar que sus entornos la tenían tensa, como todo fugitivo con deseos de seguir siendo eso, solo un fugitivo, debía sentirse estando expuesto al público. Para su suerte, hacía ya tiempo que había muerto la parte de él que comenzaba a cuestionarse de más las cosas cuando se hacía la hora de actuar. Al principio, todos esos años atrás, una parte de Arys se había negado a creer por completo en la maldad de las personas y a golpes de experiencia se había percatado hacía ya mucho tiempo de la crudeza de la realidad. Y ahora, irónicamente, con frecuencia era lo único que veía, no solo en otros sino que en sí mismo. Era más fácil ser pesimista y llevarse sorpresas que cargar con la decepción de desilusiones inocentes.

Avanzó entre las personas, solo llamando la atención de aquellos que estaban muy cerca de él. Era imposible no notar a un tipo de dos metros algo si te pasaba por al lado, y eso hablaba mucho de la destreza de Arys para ocultarse a pesar de lo desfavorable en este aspecto de su porte físico. Se preocupó un segundo cuando perdió de vista la cabellera rubia de la Srta. Lehmann, aunque pronto la encontró solo que más cercana al piso. Sus bolsas habían caído, por lo que podía notar, un muggle asistiendola con algo de desinterés. Utilizando esa oportuna distracción, el mago se acercó más. La bolsa rota sería un impedimento para la mujer y por ende una ventaja a su favor. Aún mantuvo una distancia prudente pues bolsa rota o no, no cambiaba nada si aún estaban rodeados de muggles a diestra y siniestra. Aguardó hasta que la joven mujer recogiera sus compras antes de volver a moverse.

Avanzó nuevamente, ya no más que unos tres metros lo separaban de la mujer y esta vez había dejado de tratar de mezclarse entre la gente. La seguía, erguido y con esos largos y silenciosos pasos que lo caracterizaban, sin ocultar tampoco el hecho de que la observaba. A veces era oportuno el dejarse ver, pues si bien perdía la ventaja de la sorpresa, era claro que no estaba en el beneficio de ninguno generar un disturbio allí. Si Lehmann lo notaba y caía en cuenta de su situación, Gresham suponía que trataría de alejarse y buscar un sitio donde desaparecerse de inmediato. Un sitio con menos gente, un sitio más propicio para usar su varita. Era una jugada algo arriesgada, lo sabía, no solamente porque podría dejarla escapar sino porque se estaba exponiendo potencialmente a un duelo si resultaba ser que la mujer tuviera un mayor instinto de lucha que de huída; pero no parecía que tendría otra opción con lo movido que estaba Covent Garden aquel día. Y si las cosas no salían como esperaba y salía de allí con las manos vacías, ya la había encontrado una vez y podría hacerlo de nuevo.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 29, 2019 2:47 am

En otra cosa no, pero Sam era fiel creyente del karma. Ella sabía que en otra vida debió de haber sido una muchacha pestilente cargada de acciones crueles y malvadas, pues no era justo que en esta vida, que era tan buena e inocente, le pasasen tantas mierdas. De verdad, sólo había una manera de explicar todo aquello: o que era la mujer con peor mala suerte del universo o que definitivamente el karma se estaba cobrando con creces las desgracias que ocasionó en otra vida.

Por eso sabía que aquella mujer rubia de elegante traje que no se había dignado ni a agacharse a recoger una mísera naranjita, iba a sufrir algún tipo de castigo del karma, pero no quería pensar mucho en ello porque si no luego se iba a sentir mal por deseárselo. No le gustaba desearle el mal a nadie, por mucho que se lo mereciese.

Ella se limitó a recoger sus cosas, meterlas de nuevo en la bolsa de papel y, esta vez, cogerla con sendas manos en vez de por el asa. Por suerte no pesaba demasiado, pero llevar aquello así era incomodísimo, sobre todo teniendo en cuenta que el contenido de la bolsa estaba totalmente suelto y de manera independiente, haciendo que cogerla y estabilizarla entre sus brazos fuese también un poquito complicado.

Le hubiera dado igual, sin embargo, tantas complicaciones, si no fuese porque se dio cuenta.

¿Cómo no se iba a dar cuenta, si Sam vivía con los cinco sentidos al cien por cien y a veces sentía que tenía un sexto sentido para identificar el mal persiguiéndole? Que ojo, todo esto se debía a tres razones muy coherentes en su vida: era fugitiva, vivía en la paranoia continua de que podía ser cazada y, lo más importante: no olvidemos que el karma aún no ha terminado de castigarla, por lo que su mala suerte no podía dejar de subir y seguir subiendo hasta límites estratosféricos. Y estaba claro que tener una maldita mañana tranquila para comprar comida para sobrevivir en este mundo cruel era demasiado pedir.

Se dio cuenta, principalmente, porque en aquella calle tan abarrotada de gente, mientras cogía una naranja se fijó en la mirada de aquel hombre. No solo eso, sino que nada más ponerse en pie, prácticamente sintió como intentaba crear un agujero en su nuca debido a su fija y penetrante mirada en ella. De vez en cuando desviaba la mirada en las curvas para cerciorarse y… notó como el corazón se aceleraba y sus pulsaciones comenzaban a estresar su cuerpo. De repente supo que la prioridad ya no era la comida, sino salir de allí con vida. Prefería morirse de hambre a vivir torturada en el Área-M, indudablemente.

Comenzó a caminar más rápido sin darse cuenta y, con la mirada, intentó buscar un lugar en donde apartarse y poder desaparecerse. Tenía que hacerlo antes de que él sacase la varita y conjurase una barrera antiaparición… ¿Pero y si ya lo había hecho? ¿Y si ahora mismo no podía aparecerse en ningún lado y la tenía acorralada? Tragó saliva tan asustada que su mente entró en estado de alerta. Se chocó con varias personas al darse cuenta de que ya ni estaba mirando mucho por donde ir y cogió una calle perpendicular más pequeña en donde había menos tránsito, en busca de un lugar en donde poder aparecerse.

Una cosa tenía clara: si no llegaba a encontrar un lugar, le iba a dar igual hacerlo en mitad de la nada. Ella no tenía que encargarse de la desmemorización de los muggles, aunque sí que le preocupaba el trato que pudiesen darle a éstos por una irresponsabilidad como la de desaparecerse en mitad de un lugar así. ¿Por qué era todo tan difícil?
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