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[FB] When you came into my life. —XyZ.

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Jun 01, 2019 2:47 pm

[FB] When you came into my life. —XyZ.  M5OXF58
Nueva casa de alquiler || Kensington, 9 de febrero del 2012 || 23:32 horas || Atuendo

Ataviada con un gran abrigo encima de esa poca ropa deportiva, daba saltitos frente a la puerta de aquel portal, esperando a que alguien le abriese. Estaba cargada con una gran mochila en la espalda, una maleta enorme de ruedas y otra un poco más pequeña que parecía que iba a explotar de todo lo que había en su interior. ¡Quién tuviese un palo de madera con el que agrandar las cosas por dentro mágicamente! Cargadísima, seguía esperando a que sus nuevas compañeras de piso, que ni conocía, le abriesen la dichosa puerta para dejar de empaparse con la lluvia que estaba cayendo en ese momento.

Veintitrés segundos después de haber tocado por segunda vez, la puerta sonó y se abrió. La empujó como alma que lleva el diablo, entrando a trompicones al interior con todas sus pertenencias. Se trataba de un apartamento de varios pisos y ella había alquilado una de las habitaciones del tercero izquierda, cuya casera, de nombre Iris Leithfield, sólo rentaba a mujeres porque consideraba que eran mucho más responsables y limpias que los hombres. La verdad es que a Zeta le venía genial porque después de su primera experiencia no quería tener que compartir nada con ningún hombre. A simple vista Iris parecía una casera relativamente simpática, pues había accedido a darle la entrada a Zeta ese jueves pese a que era a esas horas intempestivas.

En realidad todo la situación del alquiler había sido bastante precipitada, pues la eslovena quería dejar cuanto antes su anterior piso y había sido todo a 'a ver qué pasa'. Por suerte para ella, la señora Leithfield había podido acceder a las prisas y las ‘condiciones’ de Zeta, lo cual había sido todo un alivio para ella y un golpe de suerte. Por desgracia la señora no iba a estar presente a esas horas para recibirla, por lo que le había dicho que tocase que ya le abrirían sus compañeras de piso—previamente avisadas—y que les dejaría sus llaves allí dentro.

Así que allí estaba Zeta, empapada de arriba abajo, mientras subía por el ascensor al tercer piso. Una vez las puertas se abrieron delante de ella y pudo salir torpemente de allí, vio que en la puerta de su futuro apartamento había una chica apoyada en el marco. Era rubia, de rasgos perfilados y rostro fino. Estaba con los brazos cruzados, descalza y vestida con un pijama de esos calentitos.

—¿Ekaterina? —le preguntó la muchacha.

Con las prisas se había presentado así a la casera, ya que esperar que entendiese Zdravka era una pérdida de tiempo y hacerse llamar Zeta le parecía poco serio para un primer contacto y un futuro contrato. Su segundo nombre siempre la libraba de eso.

—Sí, hola. —Se acercó allí con sus maletas y la chica dejó hueco para que pudiera pasar, cerrando la puerta detrás de ella.

Se apartó de manera un poco repipi para no mojarse con las cosas empapadas, para meterse en lo que parecía su habitación, bastante cerca de la puerta de entrada.

—Bienvenida —le dijo a la muggle. —Yo soy April. Disculpa por haber tardado en abrir, estaba hablando con mi novio por Skype y pensé que Xenobia estaba disponible, pero se estaba duchando. —Miró entonces el reloj que tenía en la muñeca, alzando levemente las cejas y suspirando con reproche. —La señora Leithfield dijo que vendrías tarde, pero te has superado. Y bueno, tampoco son horas para estarse bañando con el ruido que hace el dichoso termo de esta casa. Menos mal que mañana libro. —dijo con un poco de mal humor. Zeta se quedó callada porque… ¿qué narices iba a decir a eso? —Bueno, te dejo que he dejado a mi novio hablando solo. —Pero antes de meterse, señaló a la siguiente habitación que había en el pasillo. —La siguiente habitación es la tuya y la siguiente es la de Xenobia. El baño es la puerta que encontrarás cerca de la comedor-salón y la cocina.

Menos mal que Zeta había visto fotos por internet porque estaba claro que con las indicaciones de aquella mujer no iba a llegar a la cocina con vida si estuviese muriéndose de sed.

—Gracias —le dijo con simpleza. —Hasta mañana.

—Buenas noches. —Se despidió secamente, cerrando su puerta.

Se quedó un momento un poco trastornada con respecto a ese momento tan incómodo de la perfecta imperfecta compañera de piso, pero pensó que nada podía ser peor que de donde venía—ilusa de ella pensar tan optimista tan pronto—y caminó hacia su habitación, queriendo simplemente tirarse en esa cama que probablemente sería muy incómoda.

La habitación era pequeña, lo justo y necesario para una cama individual, un escritorio, una silla y un armario empotrado. Tenía algunas estanterías encima de la cama y lo primero que hizo Zeta fue dejar sus cosas en el suelo y quitarse la chaqueta empapada, colgándola en la puerta.

Tenía que hacer la cama para poder dormir y lo peor de todo es que pese al sueño, le estaba ganando el hambre que tenía, pues no había podido cenar después del día de mierda que había tenido. Día de absoluta decadencia, estaba cansada de estar cansada, imagínate el nivel de cansancio. Así que suspiró y abrió su mochila para sacar su triste paquete de Golden Graham a punto de acabarse y un batido de vainilla. Era una cena muy triste, pero no tenía nada más. Mañana tendría que ir a comprar...

Ya estaba pensando en el día tan largo que le quedaba por delante mañana y todavía ni se había ido a dormir.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Sáb Jun 01, 2019 11:06 pm

Xenobia Myerscough cerró el grifo de la ducha casi en el mismo momento en que April, todo amabilidad, le deseaba buenas noches a la chica nueva y le cerraba casi literalmente la puerta en las narices. Y cabe señalar que fue una suerte para ella: de haber escuchado aquel pequeño monólogo con que la perfecta y celestial criatura que tenía por compañera de piso recibió a la eslovena, habría salido—en pelota picada y con el pelo lleno de espuma, si hacía falta—a poner sus pies en la Tierra.

Otro día sería.

La bruja americana pasó su mano por el espejo empañado para retirar el vaho—costumbre que traía de casa, que cabreaba sobremanera a April, y que habría podido dejar atrás de no ser por el segundo factor—y lo que la recibió fue un rostro cansado con el pelo chorreando: tenía unas ojeras levemente marcadas y se le habían empezado a hundir los carrillos.

Ese era el resultado de meses de trabajos precarios y mal pagados.

Sin embargo, una sonrisa feliz apareció tanto en sus labios como en sus ojos verdes, pues a pesar del cansancio, estaba feliz: hacía lo que a ella le gustaba. Sin embargo, el cuerpo tenía un límite: actualmente, hacía juegos malabares con tres empleos en los que hacía horas sueltas, siendo dos de ellos como fotógrafa—y que le suponían no sólo ir de un lado a otro capturando momentos, sino pasar después un par de horas de edición en la oficina—y uno como redactora, que por suerte podía hacer desde casa.

Este último todavía estaba pendiente, por lo que sería lo último que haría antes de irse a dormir.

No sin antes cenar algo rico, pensó Xenobia mientras se secaba el pelo lo mejor que podía. No había tenido más remedio que mojarlo: sentía que lo tenía totalmente asqueroso.

⋆⋆⋆

Salió al pasillo ataviada únicamente con una toalla para el cuerpo, y otra alrededor de la cabeza, pero nada más cruzar el umbral de la puerta supo que aquel vestuario tan atrevido no iba a funcionar: el frío de Londres, fiel compañero de piso, se lo recordó.

Así que fue a su cuarto y se vistió con un cómodo pijama de invierno, aunque se dejó la toalla de la cabeza. Y de esa guisa, recorrió el pasillo, llamó a la puerta de April con más educación de la que merecía la rubia, y preguntó el motivo del vago jaleo que había escuchado antes.

—¿Es que nadie en esta casa va a dejarme tener una conversación privada con mi novio?—Preguntó con hastío, haciendo rodar tanto los ojos que Xenobia, de verdad, creyó que se le darían la vuelta y así se le quedarían. Siempre lo temía.—Ha venido la nueva. Está en su habitación. ¿Puedes dejarme en paz ahora, por favor?

—Será un placer, April. Pero una cosa: Vigílatela.—Dijo Xenobia con una expresión risueña en la cara.

—¿Que vigile qué?—La expresión de April, en cambio, era de perplejidad.

—La vena del cuello, claro.—Dijo la bruja, como si fuera lo más evidente del mundo.—De verdad, vivo con miedo de que un día se te hinche demasiado y acabe reventando. No será muy agradable para los presentes.

—¡Fuera de aquí!—Exclamó April sin alzar demasiado la voz, pero haciendo amago de tomar su almohada y lanzársela.

Xenobia cerró la puerta justo a tiempo, pero antes de eso, pudo escuchar un sonido delicioso: la risa fresca y sincera del novio de April a través de los altavoces de su ordenador.

Hoy habrá discusión, pensó Xenobia mientras se le dibujaba en los labios una media sonrisa malévola que recordaba vagamente a la de Loki, el personaje de la película de Thor.

Tenía que cenar y ponerse a trabajar en el artículo lo antes posible. No veía el momento de hacer esas dos cosas e irse a dormir, pero primero, debía dar la bienvenida a la chica nueva. Así que se detuvo ante la puerta de su cuarto y llamó con los nudillos, con mucha suavidad.

—¿Hola?—La saludó con suavidad, procurando no alzar demasiado la voz para no alterar a Lady April.—Soy Xenobia, tu compañera de piso. Quería darte la bienvenida.

Se mordió la lengua, pues estuvo a punto de decir algo malo de April y su don de gentes. Aquello hablaría peor de Xenobia que de la susodicha rubia, y eso lo había aprendido la bruja a las duras.
Xenobia Myerscough
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Zdravka E. Ovsianikova el Lun Jun 03, 2019 4:07 am

La sensación de meterte en una nueva casa era extraña pues no sentías en absoluto que aquel lugar fuese tu hogar. Y eso era triste, pues había un intervalo de tiempo en donde no había ningún lugar cerca a ti en donde tuvieses esa sensación de 'hogar' en donde estar tranquila, como en casa, con una seguridad cómoda. Ahora mismo estaba... como en medio de ningún sitio, una habitación vacía y sin personalidad que no iba para nada con ella. Se sentía pequeñita en aquel lugar y lo cierto es que su estado actual no ayudaba demasiado a emocionarse por una nueva habitación de apenas ocho metros cuadrados. Que no estaba mal pero... meh...

Estaba desanimada. No solo acababa de romper una relación, sino que su nuevo trabajo era horrible y, para colmo, sentía que sus verdaderos motivos para ir a Londres se estaban quedando estancados y olvidados. Y eso la deprimía bastante. De repente su primer y 'único' apoyo durante los meses que llevaba en Londres había desaparecido y se sentía perdida.

¿Pero qué podía hacer? Seguir adelante, porque sin duda no habría nada más inútil que retroceder. Tendría que hacerse a su nuevo trabajo, a su nueva casa y... hacer nuevos amigos. Ahora mismo estaba con la marca roja en su cerebro de 'nada de hombres' pero ya te digo yo que Zdravka no era de esas que cumplía esas auto-promesas. Para ellas las relaciones serias eran sinónimo de estabilidad, aunque no estuviesen para nada bien conformadas, pero ella aún así se hacía la fuerte pensando que nada de hombres. Y si era nada de hombres, es que nada de hombres. Algún día, quizás, se diese cuenta de que precisamente el problema era la palabra hombre.

Estaba sentada en su cama sin hacer, comiendo cereales de la bolsa y bebía de vez en cuando del batido de vainilla, todo eso mientras abría su maleta más grande para ver en el interior toda la ropa mal doblada que había metido un poco a trompicones. Se había ido a las prisas de su otra casa, por lo que estaba segura de que hasta cosas se le habrían olvidado.

Le dio tiempo a ojear poca cosa, pues escuchó la puerta de su cuarto en el absoluto silencio en el que se encontraba. Dejó de beber del batido, para entonces ver como aparecía tras su puerta Xenobia, su otra compañera de piso. Ya sólo por sus intenciones de querer dar la bienvenida y no tener que dar de mala hostia la bienvenida se notó rápidamente el contraste entre ambas chicas.

—Xenobia —repitió con una sonrisa curiosa, pues le parecía un nombre que si bien se pronunciaba relativamente fácil, era tan extraño como el de ella. —Pasa, pasa. Cerré la puerta para no molestar. —Matizó, pues por costumbre siempre solía tener su puerta cerrada. —Yo soy... Bueno, creo que la señora Leithfield se refirió a mí como Ekaterina, pero es mi segundo nombre y es muy raro que me llamen así. Normalmente me llaman Zeta. —Se le notaba bastante el acento, pues no hacía ni un año que estaba en Londres.

Entonces se levantó con el batido en la mano y le hizo gracia la imagen que debía de dar de recién llegada, muerta de cansancio—sus pelos y su cara hablaban por sí solos—y tomándose un infantil batido de vainilla. Y ya no hablemos de los cereales, famosos por ser nutritivos para desayunar, ellas comiéndoselo como cena.

—Perdona que no te invite, pero robé uno del otro piso antes de salir a las prisas. —Le sonrió, mostrando el batido casi ya vacío. —Que por cierto, no le pregunté a April porque parecía ocupada, ¿sabes dónde dejó la señora Leithfield mis llaves? —Porque lo lógico es que estuviesen en su habitación, pero al parecer creyó conveniente ponerlas en algún otro lugar.
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Xenobia Myerscough el Lun Jun 03, 2019 4:31 pm

Una amortiguada voz con un acento que Xenobia no reconoció la invitó a pasar desde el interior, y la bruja accedió sin dudarlo. Al abrir la puerta, exhibía una enorme sonrisa en los labios, dispuesta a dar una cálida bienvenida a la recién llegada.

A veces se preguntaba por qué April era como era. ¿Qué bicho le había picado y por qué parecía estar en todo momento de mal humor? ¿Y por qué esa nariz tan arrugada, como si estuviese olfateando estiércol las veinticuatro horas del día? En lugar de poner esa cara debería estar allí, con ella, saludando a su nueva compañera, que con toda seguridad no estaría pasando un buen momento.

Las mudanzas eran duras.

Encontró terriblemente entrañable ver a la joven nomaj con un batido en la mano, y atisbar lo que parecía una caja medio vacía de cereales en el cuarto. Lo encontró entrañable, y al mismo tiempo le hizo sentir mal. Se propuso enseguida solucionarlo.

—Es un placer conocerte, Ekaterina.—Le dijo con una sonrisa sincera, y con sinceridad en sus palabras, dando un par de pasos en su dirección. La saludó de una manera mucho más cálida: le dio un beso en cada mejilla.—Veo que te pasa algo parecido con tu primer nombre. A mí, la gente suele llamarme Ellie, por Eloise. Ese es mi segundo nombre. Pero no te preocupes: llámame como prefieras. No me ofenderé si te olvidas de un nombre tan raro como Xenobia.—Bromeó, pues el día en que su padre, mago hasta la médula, había escogido aquel nombre, su cabeza había debido echar humo.

¿Pero qué esperar de un hombre sobre cuya cabeza pesa la desgracia de llamarse Artorius? Pues que decida bautizar a sus dos hijos como Xenobia y Odell.

En el momento en que Zeta se disculpó por no ofrecer a Xenobia un poco de su exigua cena, con lo que a su juicio era una total sinceridad, la bruja no pudo evitar hacer una comparación con April, de la cual claramente salió ganando la morena. Y es que la rubia no compartía absolutamente nada, y tenía toda la maldita cocina llena de etiquetas.

¡Había etiquetado hasta las malditas tazas! ¡Las tazas! ¡¿A quién se le ocurre?!

—No te preocupes.—Le dijo, sin perder la sonrisa, para luego adoptar una actitud pensativa. Frunció el ceño, como si intentase recordar una lección muy difícil el día del examen.—Tus llaves deberían estar en la cocina, lo cual nos viene genial: ¿tienes hambre? Porque está claro que una persona no puede sobrevivir solamente con un batido y algunos cereales...

Xenobia se tomó la libertad de coger a Zeta de la mano y, suavemente, tiró de ella en dirección a la cocina. No le pasó por alto, obviamente, que la pobre nomaj estaba empapada. Por ello, en cuanto la condujo a la cocina, volvió sobre sus pasos en dirección al cuarto de baño, y cuando regresó a la cocina traía una toalla.

—¿Tienes pijama o ropa seca que puedas ponerte?—Le preguntó mientras caminaba hacia la nevera y abría la portezuela.—¿Y qué te gustaría cenar? Tengo...

Se inclinó delante de la nevera y sus ojos verdes recorrieron el contenido: varios tuppers etiquetados con el nombre de April que a saber qué contenían, varios tuppers etiquetados con el nombre de Xenobia, embutido, alguna que otra verdura fresca, bebidas… La bruja optó por echar mano de sus tuppers.

—Tengo pasta… pasta… más pasta...—Frunció el ceño.—Sí, ya sé: debería introducir algo más de variedad en mi dieta.—Añadió, risueña.—También puedo prepararte un sandwich de jamón y queso, o vegetal… Lo que quieras.
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Jun 06, 2019 1:31 am

Al revés: precisamente no se le iba a olvidar un nombre tan raro como Xenobia, pues le parecía especial y diferente. Seguramente hubiera más posibilidades de que se olvidara si se tratase de un nombre mucho más común. Xenobia Eloise, le gustaba. Le hacía gracia sobre todo porque parecía el típico nombre difícil acompañado de uno más fácil para hacer la vida más sencilla al resto de mortales olvidadizos, precisamente como el suyo. No, definitivamente no se le iba a olvidar.

—Vale, Ellie. —Asintió, con una sonrisa. Ya sólo con ese diálogo le parecía mucho más de persona normal y simpática que la otra compañera de piso con novio vía Skype. —No creo que me olvide, pero Ellie es más fácil.

En realidad lo primero que pensó es que para un nombre tan raro como Xenobia, que empieza por la letra equis, era hasta una falta de respeto que nadie la llamase Equis. Ella, con su obsesión por los nombres de letras.

Le preguntó por las llaves porque si quería ser una chica independiente y mañana madrugar para hacer todos sus quehaceres, iba a necesitarlas. Y miedo le daba preguntarle a April, no fuese a morderle un dedo. Su cuerpo reaccionó inmediatamente cuando le ofreció comida y es que, si bien podría haber aguantado perfectamente hasta el desayuno de mañana con el batido y los cereales... era cierto que tenía hambre, pues no comía desde el mediodía una mísera ensalada.

—Te sorprendería saber lo que aguanto con el sustento de un batido y unos cereales. —Y tras una pequeña pausa, sonrió. —Pero acepto esa invitación porque en verdad tengo hambre.

Y porque nunca, nunca en la vida, podrías ser tan ruin de negarte a la invitación tan agradable de tu nueva compañera de piso. No al menos si querías tener buen rollo con alguna, teniendo en cuenta que el primer contacto con la otra resultó ser tan desagradable. Ya no era cuestión de tener hambre o no, sino de crear una buena atmósfera.

—Ah, sí. Claro. —Ni se había dado cuenta de que tenía parte del pelo y bastante parte de los pantalones y los zapatos mojados. Cogió la toalla con una sonrisa agradecida, secándose las puntas del pelo. —La verdad es que vine tan cansada que no me he dado cuenta de que estaba mojada. Pero sí, he traído ya todo de una, que tampoco tenía tantas cosas en el otro piso. —Le informó para que tampoco se preocupase. Si no se había cambiado nada más llegar era porque el hambre y el cansancio le habían superado.

Observó con curiosidad la cocina, pensando que era mucho más grande en persona que en las fotos, que parecía bastante meh. Pero vamos, la cocina normalmente le daba igual porque poco tiempo pasaba en ella. Cuando le preguntó que qué le gustaría cenar, la miró con cara de patata. Le daba igual, con tal de que no fuera un batido o cereales.

—Un sándwich de jamón y queso está bien —le respondió, acercándose a la mesa de comedor, una pequeña de madera y cuatro sillas muy sencillas. Sobre ella había un bol, en cuyo interior habían unas llaves, por lo que asumió que era las de ella. No las cogió ni nada, porque ya le valía cogerlas para perderlas en algún otro lugar. —¿Y... cómo os la apañáis April y tú? ¿Compartís la comida o cada uno de manera individual? En mi antigua casa lo hacíamos de manera individual pero he oído por ahí que hay casos en donde hay tan buen rollo entre compañeros de pisos, que hasta comparten comida. Pero yo creo que eso es un mito. —Era una broma, claramente, por lo que la miró con una sonrisa divertida.
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Xenobia Myerscough el Jue Jun 06, 2019 3:14 am

En realidad, había pocas personas que la llamasen ‘Ellie’. Estaban sus padres, que la habían llamado así desde que era un bebé—o eso le había dicho su madre, pues evidentemente no recordaba esa época—, y luego estaba Thomas—quien aportaba al apelativo un componente mucho más romántico y cariñoso—, además de algún que otro amigo que había encontrado demasiado complicado su primer nombre, y a los que Eloise les parecía nombre de abuela.

Por el momento, le parecía bien que Zeta prefiriese dicho apelativo. Y es que, a diferencia de Lady April, la americana prefería empezar con buen pie con la recién llegada.

Xenobia tuvo que compadecerse de la pobre chica: mojada y con aspecto de haber tenido el peor día de su vida, encima debía conformarse con esa cena tan exigua, que apenas si llegaría para matar el apetito hasta la medianoche. Así que le ofreció asaltar su nevera, felonía que cometerían teniendo especial cuidado de no coger por error nada que perteneciese a su majestad.

—¡No bajo mi techo!—Exclamó, de manera muy teatral, cuando Zeta aseguró que sería capaz de aguantar con aquel sustento tan pobre.

Ya en la cocina—mientras Zeta se secaba un poco con la toalla que le había ofrecido—, la bruja comenzó a rebuscar entre sus tuppers, dándose cuenta de lo cutre que era el contenido de estos en comparación con los de April. Porque una cosa estaba clara: sería un asco de persona, sí, pero cocinaba muy bien. ¿La pega? Que jamás compartía su comida con nadie… y si lo había hecho alguna vez, Xenobia estaba segura de que había sido porque estaba enferma.

—Jamón y queso, pues.—Confirmó Xenobia con una sonrisa, asintiendo con la cabeza.

Tomó el embutido del interior de la nevera, y se puso a buscar el pan de molde en las alacenas. En cuanto lo encontró, pasó a buscar una sartén que no estuviese etiquetada por April… porque también etiquetaba sus malditas sartenes.

Y precisamente, Zeta sacó un tema que venía bastante a colación con todo aquello: el tema de la comida. Xenobia sintió deseos de responder de inmediato, mencionando que tocar algo que April hubiese etiquetado era el equivalente a un suicidio… o una migraña, en caso de tener suficiente paciencia para lidiar con ella. La bruja había tenido ya bastantes dolores de cabeza por discutir con ella, de hecho.

—No sé cómo será en otras casas, pero aquí, definitivamente, es un mito.—Xenobia, que ya había encontrado la sartén y la había colocado sobre el fogón de gas, regresó a la nevera, abriendo la puerta de par en par para ofrecer un apoyo visual a sus palabras: aparecieron un montón de tuppers, latas y demás cosas etiquetadas, en el caso de April como ‘April’, y en el caso de Xenobia, simplemente como ‘X’.—April no permite que nadie toque sus cosas, y lo tiene todo bien contado. Si no me equivoco, debe tener incluso una lista en alguna parte, incluso.—No la había visto, pero era lógico, ¿no? Siempre sabía lo que tenía.—Rompiendo una lanza a su favor, he de decir que jamás te va a coger nada que sea tuyo sin pedírtelo. Y generalmente no te pide nada. Es bastante… previsora.

En realidad, quería decir ‘tiquismiquis’: sólo estaba satisfecha con las cosas que compraba ella. No le valía cualquier marca.

Y bueno… decir que April nunca dejaba que nadie tocase nada que fuera suyo era exagerar: a veces, lo hacía. Sin embargo, se encargaba de recordar casi a diario que se le debían cien gramos de arroz, o una lata de refresco de naranja light, y llegaba a hacer sentir a Xenobia como que le debía el mundo entero.

—En mi caso, no tengo problema por prestarte lo que necesites. Con que me avises de que lo has cogido, me vale.—Se encogió de hombros, dando por supuesto que Zeta sería una persona responsable capaz de reponer con su siguiente compra lo que tomase prestado. No creía que fuese tan difícil.

Se volvió en dirección a la cocina y comenzó a montar el sandwich, para luego colocarlo sobre la sartén y tostar ligeramente el pan. Mientras lo hacía, decidió matar su curiosidad.

—¿Y de dónde vienes, Zeta? ¿De otro piso compartido? ¿O acabas de llegar a Londres?—Porque sí, se había fijado en que su acento no era precisamente inglés. Se notaba, de la misma forma que se notaba que el de Xenobia era americano.
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Zdravka E. Ovsianikova el Lun Jun 10, 2019 4:54 am

Claro que era un mito: ¿de verdad habría algún piso compartido en donde las personas compartiesen sus cosas, independientemente de estar compartiendo sus almas en un mismo lugar? Zeta lo dudaba mucho, pues todo el mundo prefería no tener que fiarse de gente desconocida que ni sabía qué tipo de consideración tendrían con el resto. Seguro que siempre estaba el típico que se gastaba el brick de leche y no ponía otro en la nevera, o que se freía un huevo y no limpiaba nunca la dichosa sartén...

Al parecer la compañera más tiquismiquis con esas cosas era April, lo cual a simple vista no le sorprendió demasiado sabiendo cómo había sido su primer contacto con esa muchacha y lo agradable que estaba siendo con Ellie. Sin embargo, como bien decía Ellie, al menos era tan cortante con esas cosas tanto en el mal como en el buen sentido. No podrás usar su sartén, pero ella no podrá utilizar tu cortador de queso, ergo a menos que fueses idiota y no limpiases tu cortador de queso, siempre iba a estar en donde lo dejaste.

—Yo creo que este es el modus operandi por excelencia en todas las casas compartidas. La gente prefiere no tener que darle el voto de confianza a nadie. Siempre es mejor que se te olvide a ti limpiar la sartén, que querer cocinar y otro no la haya limpiado después de usarla. —Se encogió de hombros. —Eso último genera… incomodidad. Y tener incomodidad en tu hogar es malo.

Zeta quería verse a sí misma como una buena compañera de piso: siempre que necesitaba coger algo de otra persona, lo avisaba antes de hacerlo y lo reponía lo más rápido que podía, además de que cada vez que utilizaba algo, lo limpiaba sobre la marcha porque odiaba con toda su alma almacenar los platos y las vajillas hasta tener una pila enorme.

—Gracias —le respondió, con una sonrisa.

En ese momento la Zeta del dos mil diecinueve distaba bastante de la de ese año. No era ni de lejos tan parlanchina por dos motivos: el inglés se le trancaba un poco, por no hablar de que gran parte de su carácter echado para adelante solo salía cuando había exceso de confianza, si bien con el tiempo perdió toda esa ‘vergüenza’ y se volvió mucho más abierta. Es por eso que mientras Ellie tostaba el paz y el olor ya empezaba a movilizar el interior de Zeta, su pregunta le hizo sonreír.

—De otro piso: no llevo ni un año en Londres, pero ya me he visto en la necesidad de buscar mi segunda casa. Era una buena casa, pero su interior estaba un poco podrido —le respondió, de manera jovial, dando a entender que el problema habían sido los compañeros. —Lo que me está costando adaptarme al inglés más de lo que esperaba, pues en eslovenia apenas lo utilizaba. Creo que se me nota un poco el acento y que no hablo del todo bien. Y si sumamos ambas cosas, los ingleses se me ponen tiquismiquis y dicen que no me entienden. —Confesó, encogiéndose de hombros. Ella era la primera que se daba cuenta de esas cosas y sus limitaciones con el idioma, ¡pero es que los ingleses eran todos unos bordes! —¿Tú tampoco eres de por aquí? Soy horrible para los acentos pero me jugaría a decir que el tuyo no de aquí. —Le costaba, sobre todo porque aunque fuese evidente, las referencias de Zeta habían sido pocas y no había tratado con muchos americanos, por no hablar de que el inglés de Ellie sí era muy bueno.

La muggle se esperaba un sándwich simple: dos lonchas de pan, un par de queso y una de jamón, frío y sencillo. Sin embargo, el hecho de que se lo pasase por la sartén ya le había sumado un punto a la muchacha. Zeta recibió entonces un mensaje al móvil, pues uno de sus jefes le decía que mañana tendría que hacer un par de cosas, cuando en realidad era su día libre. Ahora mismo estaba trabajando como 'secretaría' de un tipo organizándole la agenda, haciéndole todo lo que hacía falta por ordenador y llevándole las redes sociales, mientras que por las noches hacía de camarera de una discoteca. Al menos de eso último sí libraba los dos días siguientes.

—¿Y a qué te dedicas... —Iba a decirle Ellie, pero le hizo gracia ver en la parte trasera de una licuadora una etiqueta con una 'X' en ella— ...Equis? —Lo dijo divertida, mostrándole lo que estaba viendo de la licuadora, con una sonrisa en el rostro. Era mono y curioso que April etiquetase eso solo con una ‘X’ cuando ella se llamaba ‘Z’. —Intuyo que es tuya: ¿te haces batidos normalmente? Mi jefe siempre me pide que le lleve un batido de kiwi, plátano y manzana que está buenísimo. —Tuvo que compartir su reciente descubrimiento, pues evidentemente ella también se lo había terminado pidiendo y... estaba delicioso.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Mar Jun 11, 2019 3:41 am

La Xenobia Myerscough de 2012—una criatura que comenzaba sus andanzas en el mundo y que apenas sabía nada de éste, por mucho que quisiera pretender lo contrario—no era una buena cocinera: sus delicias culinarias no iban más allá de hervir arroz, pasta y semejantes, de cubrirlas en cantidades ingentes de tomate o ketchup y, si la fortuna le sonreía, achicharrar una pechuga de pollo fileteada a la plancha. Los botes de conservas tampoco se le daban mal, ni los precocinados.

Ahora bien, desde hacía unos meses había perfeccionado su técnica para preparar sandwiches calientes a base de carbonizar mucho pan de molde. Zdravka no tenía ni idea de lo afortunada que era: unos meses antes, Xenobia le habría entregado, con toda su buena intención, un objeto negro y cuadrado que, vagamente, recordaría a un emparedado.

En contraposición con todo aquello, la cocina se estaba llenando poco a poco de un aroma agradable a pan tostado, y ante los ojos de la americana, el queso comenzaba a fundirse dentro del pan.

Algunos dirían que era estúpido tratar tan bien a una recién llegada que, quizás, se convertiría en otra compañera de piso insufrible, pero la bruja tenía una máxima: si eres agradable con alguien, ese alguien será agradable contigo… a no ser que ese alguien sea April, en cuyo caso posiblemente le saque defectos a tu bienintencionado sandwich de jamón y queso tostado a la sartén.

—Es posible.—Concedió Xenobia con un asentimiento de cabeza, mientras volteaba el sandwich sobre la sartén utilizando una espátula de cocina. Ese era el secreto para no quemarlo: el pan estaba adquiriendo un agradable tono dorado.—En mi caso, puedo decir que no tengo problemas a la hora de compartir las tareas. Creo que la clave de una convivencia sana es repartírselas de una manera más eficaz. El sistema de April no está mal, pero es un poco individualista.—No hacía falta decir que April prefería encargarse de su propia loza, igual que de su propia colada. Las etiquetas hablaban por sí solas.

Le explicó también que a ella no le molestaba que, de cuando en cuando, tomasen algo suyo prestado. Si existía un aviso previo, Xenobia no solía molestarse. ¿Qué ganaría con eso, más que dramas absurdos como los que se veían en esos programas de la televisión nomaj, como Gran Hermano o Supervivientes? Porque el drama podía ser muy entretenido en televisión, pero vivirlo en tu día a día… en absoluto.

Zdravka le explicó que venía de otro piso en que las cosas no iban demasiado bien, además de sus problemas con el inglés. Podía imaginarse que lo había tenido difícil en Londres: ella era americana, hablaba perfectamente el inglés, pero sólo por la puñetera pronunciación, los ingleses tenían tendencia a ponerle problemas a la hora de comunicarse con ella. Si ella había tenido ese tipo de problemas, no quería ni pensar cuántos habría tenido aquella pobre chica cuya lengua materna no era el inglés.

—Se te nota un poco, pero yo no consideraría que lo hablas tan mal. Los ingleses son unos capullos.—Le dijo con una sonrisa, aunque no lo pensaba de verdad: su novio era inglés, y era lo menos capullo del mundo.—Yo tampoco soy de aquí. Vengo de Estados Unidos, de Tennessee. Nací y me crié en Nashville, y me mudé aquí cuando tenía dieciocho años.

A veces se sentía un poquito triste por no haber regresado a su hogar, especialmente cuando las cosas no iban del todo bien y necesitaba un abrazo de su madre. En esas ocasiones, solía conformarse con una llamada telefónica, pues sabía que de utilizar métodos mágicos para visitar a sus padres, posiblemente ya no querría marcharse.

La vida adulta, casi siempre, era muy dura.

Volteó de nuevo el sandwich en la sartén para después presionar suavemente la espátula sobre él. El queso estaba fundido, por lo que no esperó más: pasó el emparedado a un plato, apagó el fuego, y se dirigió con él a la mesa. Tomó asiento enfrente de Zdravka, colocando el plato delante de ella.

—Buen provecho.—Le deseó, sonriendo ante la pregunta que le hizo… y la forma de referirse a ella como ‘Equis’.—Sí, es mía. Es una de las cosas que me compré con mi primer sueldo.—Alargó la mano y acarició suavemente la licuadora.—Soy periodista, y actualmente me dedico… pues a varios trabajos a la vez, en un intento por tener una economía un poco “decente”.—Hizo el gesto de comillas con los dedos, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza.—Actualmente desempeño dos trabajos como fotógrafa de prensa, y uno como redactora… con el que deberé ponerme antes de dormir. Tengo que entregar un artículo a primera hora de la mañana.—Y, a pesar de que sonaba cansada, lo dijo sonriendo. Y es que se dedicaba a lo que le gustaba, ¿cómo iba a quejarse en serio de eso?—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?—Hizo una pausa, y sus ojos fueron a parar sobre las llaves que descansaban en el cuenco, y cayó en la cuenta.—¡Oh! Eso es tuyo, no me había dado cuenta.—Se las señaló.—Por cierto, ¿quieres algo de beber con el sandwich? Tengo leche, agua… creo que me queda algún refresco. Deja que mire...

Se levantó y volvió a mirar dentro de la nevera. Y sí, efectivamente: todavía quedaba allí dentro un refresco con la marca de la equis. Concretamente, un refresco de naranja, que mostró a Zeta con rostro interrogante.
Xenobia Myerscough
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Jun 13, 2019 12:03 am

Por la poca experiencia que había tenido Zeta compartiendo piso, opinaba un poco distinto. Las  tareas prefería hacerlas de manera individual: comprar lo que le apeteciera comprar, lavar la ropa como ella lava su ropa y no tener que lidiar con la loza de tus otros compañeros de piso que, de base, una pensaba que no tendrían demasiada consideración dejándole las cosas sucias si te tocaba a ti. La muggle prefería comprar lo suyo, lavar lo suyo y ser feliz. Lo único es que sí que compartiría las cosas comunes: así como se comparte la dichosa lavadora—pues no vas a tener cinco en casa—que se compartan las sartenes, las cacerolas, en este caso la licuadora… Pero que cuando lo uses, lo mantengas limpio para que el próximo que quiera usarla lo pueda hacerlo sin tener que limpiar lo que tú has manchado.

—Si no conoces a tus compañeros de piso quizás el sistema individualista no está tan mal —le reconoció a la compañera de piso con la que no había tenido mucho trato, pues quizás ser prevenida no estaba tan mal, aunque quedases un poco de antisocial y antipática.

Por ahora las relaciones que había tenido con los ingleses no es que fuesen muy favorables, por lo que cuando Xenobia dijo que eran unos capullos, no pudo estar más de acuerdo.

—Un poco sí que lo son. —A contrario de Xenobia, el ex de Zeta sí era inglés y ella afirmaría una y otra vez que sí que era un capullo. Su jefe también era inglés y pese a que tenía que soportarlo porque pagaba bastante bien, nadie le quitaba lo capullo que era. —O lo hablas como ellos, o lo hablas mal. No hay término medio. —Abrió los ojos cuando le dijo que era de Estados Unidos, el otro lado del charco al que le encantaría ir en algún momento. Eso sí, su geografía era pésima, por lo que ahora mismo mentalmente no sabría ubicar Nashville ni en broma. —Ahora mismo no sé donde está eso, ¿da para el pacífico? —Que no, ¿eh? Que no era su fuerte la geografía y menos de los Estados Unidos, que habían ahí estados por todas partes.

El sándwich ya olía super bien y cuando vio como la chica lo ponía sobre el plato, tan dorado y con el queso cayendo por los laterales, se le hizo la boca agua. Parecía más bueno que el cualquier restaurante en el que pudieras pedirte uno.

—Muchas gracias —le agradeció cuando se sentó frente a ella y le puso el plato frente a ella.

Iba a coger el sándwich pero se dio cuenta de que estaba muy caliente y lo dejó en donde estaba. No quería tener que sacarse el trocito caliente de la boca después de achicharrarse de manera irresponsable e innecesaria la lengua. Así que escuchó lo que decía y le sonrió con sorpresa: ¿fotógrafa y redactora? ¿Eso no sonaba como super épico? Se la imaginó en medio de las multitudes, en grandes eventos, sacando fotografías y tomando apuntes para hacer luego las columnas de noticias que uno lee por las mañanas mientras se toma el café.

—¿Y son… independientes? Es decir, ¿trabajas para diferentes editoriales o haces de fotógrafa y redactora para la misma? —Es que tal y cómo lo había dicho, le había dado esa sensación, pero luego le parecía hasta gracioso imaginarse haciendo un trabajo para un periódico mientras lo otro lo hace para una revista. —¿Se puede saber de qué será el artículo o esas cosas no se pueden decir? —Le preguntó, curiosa.

Mira que habían muchas cosas que le molestaban en la vida: ¿pero sabéis de las que más? Tener que decir que se dedicaba a hacer dos cosas que no le gustaban, cuando debería estar por ahí ya con una guitarra haciendo dinero de lo que le gustaba. Era como admitir que todavía no había sido capaz de llegar a ese escalón en el que se le permitiese hacer lo que le gusta.

—Estoy igual, intentando ahorrar. Verás que mi espacio en la despensa y la nevera siempre será el más vacío porque estoy en modo lowcost. —En principio intentaba ahorrar para comprarse una guitarra y ya luego ahorraría hasta tener un colchón económico que le permitiese dedicarse un tiempo exclusivamente a la música y trabajar en todo lo que quería trabajar. Pero para eso, además de dinero, necesitaba tiempo, que era lo que no tenía ahora mismo. Cuando le ofreció algo de beber y le mostró el refresco de naranja, negó con la cabeza. —Un vasito de leche está bien. —Le aceptó con agradecimiento. Ya se había apuntado mentalmente en hacerle una cena rica un día de estos para empezar con buen pie. Entonces toqueteó el sándwich a ver si no quemaba, para contestar: —Ahora mismo trabajo con Rudy Börkam, es un abogado especializado en derecho penal. Buscaba secretaria y yo, que tengo cero de experiencia como secretaria, me presenté. Debió de tener muy pocas opciones porque elegirme a mí que no había ejercido nunca antes como secretaria… —Mostró una sonrisa divertida. Una parte de ella le decía que le había elegido tanto por el físico como por ser extranjera, pero la verdad es que con lo que le pagaba no iba a preguntar tampoco. —Pero me he hecho a él. La verdad es que es un no parar entre semana, pero el tipo está forrado y cobro bastante bien. —Era un capullo, como había dicho y muchas veces se le notaba con ella y con el resto, ¿pero qué iba a decirle Zeta? —Y luego los fines de semana que él suele tener libre trabajo en The Ministry of Sound como camarera. Supongo que sabes que discoteca es…

¿Quién no conocía esa discoteca? Era de las más famosas y grandes. Desde Zeta había ido por placer, había dicho que seguramente no era un mal sitio para trabajar. ¿Y sabéis qué? Se equivocaba. No había nada que le gustase menos que ser camarera de una discoteca. Pronto sabría que ser niñera le iba a gustar mucho menos, pero por ahora era su trabajo menos adorado.

—¿Tú ya cenaste? —Le preguntó. —Si quieres vete a escribir antes de que se te haga más tarde. No te preocupes por mí. Ya al menos no me moriré de hambre. —Bromeó.
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Xenobia Myerscough el Dom Jun 16, 2019 2:53 am

Aunque pudiera parecer lo contrario, especialmente debido a la ajetreada vida que solía llevar, Xenobia se tomaba la vida con bastante alegría y desenfado, y procuraba aplicar esa faceta suya a todos los aspectos de su vida. Le resultaba mucho más sencillo vivir así, antes que preocuparse por cada mínimo detalle existencial. De hacerlo, se volvería majareta, lo tenía bastante claro.

Por eso tenía esa visión tan particular de las cosas. ¿Que era capaz de adaptarse al estilo individualista de April? Por supuesto, no tenía problemas a la hora de afrontar los cambios. Pero siempre preferiría su manera de ver las cosas.

Así que no discutió a Zeta: cada cual podía ver las cosas de la manera que más le gustase, y ella lo respetaba. Si al final, las tres tenían que vivir marcándose el territorio y etiquetándolo todo, pues así sería. No era el fin del mundo.

Cuando tocó hablar de los ingleses… Xenobia habló sin pelos en la lengua: la mayoría le parecían unos capullos. Resultaba casi imposible encontrar ingleses comprensivos, ingleses dispuestos a ayudar a aquellos que, se veía, no dominaban el idioma o no conocían las calles de su preciada capital. Y si ella, simplemente por hablar un inglés con un dialecto y un acento distinto, ya se sentía un poco marginada, no quería ni imaginarse cómo lo estaría pasando la eslovena. Se hacía una idea, en cambio: no tenía más que recordar la odisea que había supuesto aquella ocasión en que, sedienta, había tratado de comprar agua en un puesto callejero.

Por lo visto, para los ingleses no servía la pronunciación americana, y desde entonces, Xenobia se mofaba de ellos pidiendo agua con una exagerada pronunciación londinense, remarcando especialmente la ‘t’ de la palabra ‘water’.

—¿Has pasado tú también por la horrible experiencia de pedir una botella de agua a uno de esos idiotas?—Le preguntó en tono jovial, pensando que cualquier extranjero afincado en aquella ciudad tenía que haber sufrido eso al menos una vez en su vida.—Bueno, en Tennessee no tenemos mar.—Rió, divertida, para nada ofendida con la confusión de Zeta.—Pero estamos más cerca del atlántico norte. Nashville, en concreto, está situada junto al río Cumberland. Y no es por presumir, pero es una de las ciudades más bonitas que he visto. La llaman ‘La ciudad de la música de Estados Unidos’.—Por un momento, se perdió en sus recuerdos y en la nostalgia, y se le escapó un suspiro. Con una risita, añadió:—Perdona. A veces hablo demasiado. Aquí me tienes respondiendo a preguntas que nadie ha hecho.

Xenobia le dedicó una cálida sonrisa a Zeta cuando le agradeció la cena improvisada, que no era gran cosa. ¿Cuándo había sido la última vez que April había dado las gracias por algo? ¿Había ocurrido, siquiera? La americana sabía que las comparaciones eran un tanto odiosas, pero también eran inevitables.

Además, la joven se interesó por su trabajo, y pese a lo cutre que podía parecer lo que hacía, Xenobia se sentía particularmente orgullosa. Quizás no ganase mucho pero, por lo menos, hacía lo que le gustaba hacer.

—Para distintas publicaciones.—Asintió con la cabeza. Aquello era técnicamente cierto, pero había truco: uno de los dos trabajos de fotógrafa lo desempeñaba en el mundo mágico, para un pequeño periódico emergente llamado The snitch, que cubría pequeños eventos deportivos.—Pero no es tan impresionante como suena: soy la más eventual de entre todas las eventuales.—Rió, divertida, ante su propia ocurrencia.—Soy sustituta. Si alguien está enfermo, o si considera que no le dará tiempo a llegar a una foto concreta, ahí aparezco yo.—Sonaba muy bien… pero no se cobraba tan bien. A veces, el esfuerzo parecía no merecer la pena.—¡Oh, sí! Claro que se puede decir: no es más que una… llamémosle “crítica”, entre muchas comillas, de una exposición que se acaba de inaugurar en Whitechapel Gallery. Es para una publicación online. Te pasaré el enlace, por si te apetece leerla.

Como era de cortesía, ella también preguntó a Zeta a qué se dedicaba. Mientras preparaba el vaso de leche que la eslovena le había pedido—había pedido un ‘vasito’, pero ella le preparó un vaso grande—, Xenobia escuchó la respuesta que le dio. Por lo visto, trabajaba en un bufete de abogados, lo cual sonaba bastante bien dado el poco tiempo que llevaba en Inglaterra. Y más teniendo en cuenta lo difícil que lo tenía a la hora de hablar inglés. Todo un logro para una extranjera.

Y por si fuera poco, los fines de semana también trabajaba como camarera. ¡Y en The Ministry of Sound, nada menos!

—Claro que sé cuál es. ¡Madre mía! No está nada mal. Ahora siento que lo que yo he dicho es lo más cutre del mundo. ¡Tres trabajos para reunir un sueldo casi decente!—Lo dijo riendo, señalando a continuación el vaso de leche y el microondas, por si Zeta prefería su bebida caliente.

Asintió con la cabeza a la pregunta sobre si había cenado. Y, la verdad, más le valía ponerse a trabajar. Al día siguiente, en principio, no tenía nada por la mañana temprano, pero… aquellas cosas podían cambiar en cinco segundos. Su despertador, de todas formas, sonaría a las siete.

—Sí, debería ponerme con ello.—Dijo, no sin cierta pereza. Y es que, dato curioso: da igual lo mucho que te guste hacer algo, pues en cuanto ese algo te roba horas de sueño, puedes odiarlo un poco.—¿Necesitas alguna cosa más? De todas formas, voy a estar despierta un buen rato. Mañana, cuando me despierte, le daré una vuelta al artículo, lo odiaré un poco y le daré unos cuantos retoques, y con suerte me sentiré satisfecha con él.—Bromeó, siendo consciente de lo perfeccionista que era, y de lo destructivas que podían ser sus autocríticas.

Xenobia Eloise Myerscough: experta en tirar por tierra su propio trabajo.
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Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Jun 22, 2019 2:43 am

Eso de la geografía nunca había sido su punto fuerte. No sabía ni las capitales de Europa, ¿iba a saber los estados de Estados Unidos? Ya te digo yo que no. Zeta había cursado el instituto, pero estaba tan metida en la música que sus notas siempre fueron justitas para aprobar raspado. Si bien siempre había sido una chica muy curiosa, con bastante cultura general, nunca había sido una buena estudiante. Y desde te chivo un pequeño detalle: pero cuando había que rellenar los mapas mudos con capitales, ríos y montañas, siempre se copiaba de su amigo.

Así que cuando dijo que Tennessee no daba para el mar, bufó algo divertida.

—Que me lo digas tú lo mismo es muy poco objetivo, ¿no? —bromeó con respecto a que Nashville era una de las ciudades más bonitas que había visto, para entonces interesarse por lo que había dicho, no sin antes dejarle claro una cosa. —Me gustan que respondan a preguntas que no he hecho, que lo mismo quizás no se me ocurren y me pierdo información interesante. —Le guiñó el ojo, para darle a entender que ella no tenía problema con eso, pues de hecho le encantaban las personas extrovertidas. —Sabía que aquí en Europa se considera Viena ‘la Ciudad de la Música’ por los compositores, auditorios y teatros, pero no tenía ni idea de que Nashville era la de Estados Unidos. ¿Allí por qué se le llama así? ¿Las calles se llenan de músicos? —Preguntó, visiblemente interesada.

Había supuesto eso simple y llanamente porque Xenobia le había dicho que la ciudad era bonita y, al menos para Zeta, ver una ciudad colorida llena de música en cada esquina, le parecía la definición de belleza. Pero quizás con lo pasional que era Zeta con la música tampoco estaba siendo del todo objetiva.

Mientras esperaba a que su nueva compañera de piso hiciera aquel sándwich, la escuchó hablar sin poder evitar pensar que por qué solo hacía un sándwich. ¿Ella ya habría cenado? ¡Ahora se sentía hasta más pesada por haber accedido a que le hiciera la cena! La eslovena había pensado que le cogía de camino y, mientras ella se hacía un sándwich, poco le importaría hacer uno más. Sin embargo, no dijo nada porque tampoco quería sonar pesada con lo de ser una molestia. A nadie le cae bien esa gente.

—Pero está genial —respondió cuando le dijo que era la más eventual de las eventuales, con una sonrisa. —¿Sabes lo guay de ser eventual? Que lo mismo un día deja de existir esa persona que tiene el puesto oficial. ¿Y sabes a quién van a llamar? —Era una pregunta retórica, pero entonces Zeta frunció el ceño al darse cuenta de lo feo que acababa de sonar lo que había dicho. —He dicho “deja de existir” como si de un chasquido fuese a desaparecer, pero tú me entiendes. —Y tras sonreír, asintió varias veces con la cabeza. —Claro, pásamelo. Así me entero de la exposición de Whitechapel Gallery… y de paso me entero en donde está Whitechapel Gallery. —Y rió, porque la pobre muggle había ido a Londres realmente a ganarse la vida y de turismo poco en el tiempo que llevaba allí.

La verdad es que Zeta se sorprendió de que Xenobia reaccionase así frente a su trabajo. Era cierto que el Ministry Of Sound estaba muy bien pues era una discoteca muy buena, ¿pero sabéis lo mierda que era trabajar en una discoteca mientras el resto de personas se emborrachan gracias a las copas que tú buenamente haces? No cobraba mal y al menos trabajaba con música, pero Zeta tenía claro que de encontrar otra cosa, dejaría ese trabajo que la mataba con respecto a horarios. Y luego, con respecto a ser secretaria de Rudy Börkam… Tuvo claro lo que decir.

—¿Pero qué dices? —Rió, sin saber qué expectativas se había hecho. —¿Sabes lo mierda que es tener que levantarte a la hora que le salga de los cataplines a tu jefe por una llamada de madrugada? ¿Desvivirte a primera hora de la mañana para encontrar su café con leche de soja y hielo? —Negó con la cabeza. Sí, Zeta tenía una mesita muy mona y de dimensiones reducidas en el despacho que tenía, pero ni siquiera pertenecía a un bufete. —Más que secretaria soy quién le organiza la vida, le recoge las cosas y le persigue con todo lo que necesita las veinticuatro horas. Soy su mayordoma. —Rodó los ojos.

Rudy al menos sí cobraba bien, lo suficiente como para que Zeta no pensase en dejar precisamente ese trabajo que era indudablemente peor que el otro. Rudy a veces parecía un buen tipo, pero por norma general solía ser un capullo.

—No te preocupes por mí, estoy bien —le dijo con una sonrisa, señalando su delicioso sándwich y su vasito de leche fría, pues había preferido no calentarla. —Y se ve que vas a estar ocupada peleándote con ese artículo. Yo creo que sacaré la ropa de la cama, la haré y me iré a dormir sobre la marcha. Le dejaré a la Zeta del futuro todo lo que es preparar la dichosa habitación. —Suspiró, para entonces beber un poco de leche.

Xenobia entonces se puso en pie para irse a su habitación, despidiéndose con la mano y asegurándose de que Zeta supiese que, cualquier cosa, podía acudir a ella.


Cuatro días después
Lunes 13 de febrero del 2012, 14:32 horas | Atuendo

¿Cómo era posible que una persona pudiese haber estado TAN OCUPADA durante tanto tiempo seguido? El viernes siguiente a llegar a la casa se lo había pegado todo el rato fuera porque Rudy había recibido visita de negocios y, debido a las largas negociaciones de, a saber qué mierdas—Zeta no tenía demasiada cabeza para los detalles—el sábado y el domingo también tuvo que pasar prácticamente todo el día detrás de él, de reunión en reunión y de comida en cena. Por no hablar que por las noches tenía que trabajar en la discoteca.

Ese día, exactamente, era lunes. Era el mediodía y Zeta se acababa de despertar después de haber dormido durante trece horas seguidas, pues es que tenía acumulado el sueño de días para atrás. Su habitación todavía no estaba preparada y es que todavía había parte de su ropa que no había ni siquiera sacado de la maleta.

Por suerte el viernes había ido a hacer una pequeña compra, por lo que tenía alimentos con los que poder hacer algo con su vida y no morirse de hambre. Iba directa a hacerse unas buenas patatas fritas con algún revoltijo en el que hubiera bacon y huevo, pero antes fue al baño. Iba tan dormida y con tantas legañas que abrió la puerta y…

—¡Tía! ¡Ciérrame la puerta!

Era April quien, en toalla y recién duchada, le había cerrado la puerta a Zeta en la cara. Las legañas seguían ahí, pero ese grito le había despertado de repente.

Mientras se restregaba los ojos fue hasta la cocina, con intención de lavarse la cara en el fregadero y beber agua, mucha agua. Cuando se dio la vuelta, vio a su compañera Xenobia allí, mirándola divertida porque evidentemente no le había pasado por alto el grito de April.

—Creo que no estoy empezando con buen pie con April —confesó divertida, sin poder evitar sonreír. —¿Qué tal te fue el otro día con el artículo?

Pero si bien preguntó eso, sobre la marcha le importó bien poco la contestación, por cruel que sonase. Vio entonces en el salón, apoyada en el sofá, una guitarra acústica de color marrón super clásica que era preciosa y, al momento, tuvo clarísimo que eso no podía pertenecer a alguien como April, que escuchaba la música que escuchaba. Porque la pared de Zeta daba para la pared de April y sabía perfectamente qué tipo de música era.

—¿Es tuya? —preguntó, señalándola como si fuera un diamante en bruto o la mismísima lámpara del genio de Aladdin. —¿Sabes tocar la guitarra?
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Xenobia Myerscough el Lun Jun 24, 2019 3:20 am

Estaba de acuerdo con la premisa de que, quizás, su visión sobre Nashville no era la más objetiva del mundo, y menos cuando llevaba tanto tiempo lejos de ella. El amor se mezclaba con la nostalgia, de tal manera que un lugar que en sí ya consideraba hermoso lo era todavía más, pues allí estaban todas las cosas que echaba de menos.

Así que ante las palabras de Zeta, Xenobia se encogió de hombros, como dándole la razón sin decir nada.

—¡Bien! Entonces, no te aburrirás conmigo.—Bromeó, devolviéndole el guiño. Le gustaba explayarse narrando aquellas cosas que la fascinaban… o la vida, en general, rasgo característico de aquellos que tienen alma de escritores.—Bueno, quizás debería matizar un poco eso de ‘Ciudad de la Música’, que si bien casi todo el mundo la llama así… yo creo que más bien deberían llamarla ‘Ciudad del Country’. Su nombre se debe a que goza de una importante industria discográfica. ¿Sabías que allí nacieron cantantes como Taylor Swift o Miley Cyrus?—Alzó las cejas varias veces, de manera más cómica que otra cosa, como acentuando lo impresionante de su ciudad natal.

Sin dejar de mantener ese aire distendido y, en cierto modo, divertido, Xenobia frunció el ceño ante las palabras de Zeta con respecto a su trabajo, especialmente en la parte en que alguien ‘desaparecería’ para dejarle a ella un puesto de trabajo más estable. Soltó una breve risa, comprendiendo perfectamente a la eslovena, pero divertida por la situación en sí: no pudo evitar imaginarse a alguien eliminando a ese pobre desdichado, a ese pobre e hipotético empleado de baja por enfermedad, sólo para que su trabajo fuera más permanente.

Nunca había planeado hacer algo así… seriamente. Seriamente, nunca.

—No he podido evitar pensar en la peli de El Padrino cuando has dicho eso. ¿Crees que debería pedir ayuda a Don Corleone para afianzar mi trabajo?—Bromeó, esperando que entendiera la referencia. Sobre todo por lo que decidió hacer a continuación: poner la voz más grave, casi afónica, para imitar al personaje de Marlon Brando… no muy bien.Vienes a mi casa, el día de la boda de mi…

—¡Déjate de imitaciones!—Chilló April desde su cuarto, con la puerta cerrada y todo. Las imitaciones la ponían de los nervios… y por lo visto, lo escuchaba todo.

—Nada de imitaciones, pues...—Dijo, lanzando un suspiro teatral, menos ofendida de lo que podía parecer.—Esta mujer no me deja crecer artísticamente...

Como toda persona que habla de un trabajo desde el desconocimiento, viendo únicamente lo que parece ser desde fuera, Xenobia hizo lo propio con el empleo de Zeta: consideró erróneamente que, para su nivel de inglés, había conseguido todo un logro… pero la eslovena no estaba contenta con ello. Y nadie mejor que ella para entender un empleo con el que le tocaba convivir.

Bueno: dos, en realidad.

Una expresión resignada se dibujó en el expresivo rostro de Xenobia, quién sintió un poquito de lástima por Zeta. ¿Y por qué un poquito, nada más? Pues porque la realidad es que, si quieres hacerte una idea de lo mala que puede ser una situación, no tienes más remedio que pasar por ella tú mismo; como ella no tenía ocasión de hacer eso, no podía sentir del todo la frustración de la joven.

Como suele decirse: cada cual tiene sus problemas.

—Comprendo… pero bueno, intenta no desanimarte. Sé que lo que te voy a decir va a sonar un poco a tópico, pero si intentas verlo así, te ayudará: quédate con lo positivo que estás sacando de todo ello. ¿Y qué es lo positivo?—Xenobia se puso a enumerar utilizando los dedos de su mano izquierda.—Veamos: te permite no vivir bajo un puente, que en Londres tiene que ser de todo menos agradable; te permite ganar experiencia y desarrollar tus habilidades lingüísticas; y lo mejor de todo: eres joven, tienes mucho futuro por delante, y esto ni de broma va a ser lo que hagas toda la vida.—Remató esa enumeración con una sonrisa que destilaba positivismo, intentando convencer a Zeta como un vendedor intenta convencer a un cliente de que compre aquello que no le gusta.—¿Funciona al menos un poquito?—Su rostro se volvió resignado una vez más, casi como si se disculpara por haberlo intentado y haber fallado, sin utilizar palabras.

Y como Xenobia tenía todavía trabajo que hacer, y Zeta acababa de llegar a la casa y tendría que poner al menos un poco de orden en su nuevo cuarto, llegó el momento de despedirse. La bruja se puso en pie y, con una sonrisa, se despidió de Zeta con la mano.

—Y ya sabes: si necesitas cualquier cosa, llama a mi puerta. Estaré despierta como que hasta las tres de la madrugada, si me conozco bien. Peleándome con mi portátil, para más seña...—Se encogió de hombros.—Bienvenida al piso, por cierto.

Lunes 13 de febrero, 2012 | 14:32 horas | Atuendo

Mientras el café se hacía lentamente al fuego, Xenobia dedicaba su tiempo a lavar los platos de la comida, aprovechando que, por fin, April había terminado de acaparar el agua caliente. A punto había estado de abrir el grifo mientras se duchaba, abrasándole la espalda en el proceso, por todo lo que había tardado. Sin embargo, se había controlado, por el bien de la convivencia.

Ahora, por fin, podía hacer aquel ingrato trabajo.

Teniendo en cuenta cómo era April, pensó brevemente en dejar su parte de la loza sin lavar… pero al final no lo hizo. Teniendo en cuenta lo maniática que era para muchas tareas, y que por mucho que gozara de chinchar a April ocasionalmente, no dejaba de ser su compañera de piso, optó por lavarlo todo de manera indiscriminada.

Mientras aclaraba el último de los platos, precisamente escuchó el chillido de April procedente del cuarto de baño. Dio tal bote que a punto estuvo de soltar lo que tenía en las manos: un plato de la susodicha, precisamente.

Por un breve momento, todavía acostumbrada a que fueran dos personas en aquel piso, pensó que aquel grito iba dirigido a ella; dichos pensamientos se esfumaron cuando Zeta entró por la puerta, con menos cara de dormida que la que debería haber traído. Todo cuadró entonces.

—No le hagas caso. April es imbécil.—Dijo con rotundidad, cerrando el grifo de la pila y colocando el plato en el escurridor, antes de añadir.—¡April! ¡¿No podrías ser amable al menos durante cinco minutos en tu vida?!—Le exigió a la rubia, que pronto asomó a la puerta de la cocina con mirada asesina.

No dijo nada, ni bueno ni malo: simplemente, pasó de largo.

—Perdona, ¿qué me de…?—Xenobia estaba dispuesta a reanudar, o mejor dicho, empezar la conversación con Zdravka, pero la eslovena se había visto atraída por su guitarra. Como aquel día también lo había tenido libre, había dedicado un poco de tiempo a tocar y recordar su hogar—a veces, tenía momentos así—, y la había dejado en el salón para irse a comer.—Sí, y sí: es mía y sé tocarla.—Respondió, siguiendo los pasos de la muggle.—Por tu entusiasmo, deduzco que a ti también te gusta la música.

Xenobia sonrió, acariciando suavemente el mástil de su preciosa guitarra española, que llevaba tocando desde… casi desde siempre. La música le resultaba de lo más relajante, especialmente cuando de interpretarla se trataba: nada mejor que concentrarse en una tarea compleja como esa para olvidarse de aquello que la rodeaba.
Xenobia Myerscough
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Zdravka E. Ovsianikova el Lun Jul 01, 2019 2:03 am

Esa noche se iba a ir a dormir sabiendo una cosa nueva: que Taylor Swift y Miley Cyrus habían nacido en la misma ciudad, la ciudad del country. En verdad ahora todo tenía sentido, sabiendo que los inicios de la Swift habían sido precisamente con música country.

Hablar con Xenobia aquella noche fue como esa típica brisa fresca que te da cuando te asomas a la ventana en busca de un poco de espacio y de librarte de todas las preocupaciones del día. Estaba siendo agradable y… su forma de hablar era cercana y cálida, para nada a lo que estaba acostumbrada con las relaciones que había hecho en Londres desde que había llegado. Es por eso que atendió a las ‘cosas positivas’ que sacaba trabajando en donde estaba con una actitud afable, pues por norma general y teniendo en cuenta el humor de perros que tenía ese día, probablemente a cualquier otra persona le hubiera puesto los ojos en blanco por intentar matizar las cosas positivas.

Pero oye, cuando intentas escuchar esas cosas sin poner cara de plátano malhumorado, la verdad es que algo sí que funciona, pues te das cuenta de que… joder, hay cosas positivas debajo de tanta boñiga de vaca.

—Ha funcionado. Un poquito. —Y apuntó con el dedo índice y el pulgar una distancia pequeñita.

Entonces se despidió para ir a trabajar, no sin antes volver a insistir en sí necesitaba algo. Zeta le sonrió con total agradecimiento y sinceridad, asintiendo con la cabeza.

—No te preocupes; tú dale caña a ese artículo. —Y entonces se giró para ver cómo se metía en su habitación. —Gracias. Buenas noches, Xenobia.


***

Esa era… LA SEÑAL del destino.

¿Ir a la segunda casa que tenía en Londres y tener a una compañera de piso con guitarra? Parecía casi como la combinación perfecta, porque podría haber sido que la compañera que tuviese la guitarra fuese la antipática, pero para más inri la que tenía la guitarra era la simpática. Hacía ya meses que estaba intentando buscar su guitarra perfecta y, de hecho, hacía ya tiempo que le tenía echada el ojo a una en una tienda de música de Oxford Street, pero… no se había decidido porque era carísima y no estaba ella como para donar un riñón todavía.

Xenobia le había dicho que sí que sabía tocarla, a lo que sonrió todavía más, así, repentinamente. De un momento a otro parecía que Zeta se había despertado de golpe y es que… no iba a negarlo, le hacía especial ilusión por dos razones: poder compartir su pasión con una de sus compañeras de piso y… ¡bueno, se la prestaría porque Xenobia parecía una tía simpática! Que ojo, había gente muy sobreprotectora con sus instrumentos y la verdad es que Zeta los entendía, sin embargo, precisamente la eslovena era de las personas más cuidadosas para prestarle un instrumento, pues los tocaba como si estuviese haciéndoles el amor.

Puro amor, te lo digo.

Ahora mismo, viendo la guitarra allí, le habían entrado unas ganas terribles de tocarla. Tenía esa sensación de: "si no la veo, no me importa no tocar música, pero si la tengo delante no puedo evitarlo", en plan imán. Estaba claro que era atracción pura y dura. ¿Se podría ser instrumentosexual?

—Sí, me encanta... Justo llevo algún tiempo buscando una guitarra asequible que poder comprarme, pero creo que estoy siendo demasiado exigente para mi pobreza. —Era una broma, por supuesto, por lo que esbozó una sonrisilla.

Continuó mirando a la guitarra, para entonces mirar de nuevo a su compañera de piso. La verdad es que con poner un par de acordes tendría de sobra para quitarse el mono. O eso pensaba ella, porque la realidad era totalmente contraria: entre más tocase, más ganas iba a tener de seguir tocando.

—¿Puedo… tocarla? —preguntó con una carita de niña pequeña que pide un caramelo. —Llevo sin  tocar una decentemente desde que me mudé de eslovenia. Tenía una allí pero la dejé porque en realidad era de mi padre. Tengo que tener los dedos oxidados —añadió a la petición. —Prometo tratarla mejor que a mis pelos. —Y se señaló a la rata muerta que tenía en la cabeza porque se acababa de levantar y se había ido a dormir con productos puestos, dejando ese resultado catastrófico.
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Xenobia Myerscough el Mar Jul 02, 2019 1:57 pm

Curiosa como puede ser la vida, por lo visto ésta había juntado a dos amantes de la música bajo el mismo techo: Xenobia Myerscough, propietaria de la hermosa guitarra que en esos momentos descansaba sobre el sofá del salón, y Zdravka Ovsianikova, nueva adoradora de la susodicha guitarra.

Una sonrisa se dibujó en los labios de la americana. Una de esas sonrisas suyas en las que mostraba sus incisivos—que siempre habían sido algo grandes—, y por las que su novio, Thomas, la había calificado como una de las cosas más adorables del mundo. Exageraba, evidentemente.

A Zeta la había cautivado la guitarra, y como toda persona con alma de músico que se preciase, no pudo resistir la tentación de pedir a su propietaria que le dejase tocarla. La sonrisa de Xenobia se ensanchó, enternecida ante aquella sinceridad y aquella inocencia que se destilaba de las palabras de la chica. Y quizás hubiera por ahí guitarristas tan apegados a sus instrumentos que veían el peligro en cada esquina, en cada dedo que no formara parte de su propia mano, pero ella no.

Y mucho menos después de ver la sincera adoración que mostraba la eslovena: estaba segura de que aquella chica no dañaría su guitarra.

—De acuerdo, puedes...—Empezó a decir.

Entonces, una voz que parecía emerger del más profundo averno, y que pertenecía a la que debía ser la reencarnación del mismísimo Diablo, emergió del pasillo. Fue un chillido estridente, semejante al sonido que producen las uñas al rascar una pizarra, y produjo un escalofrío para nada placentero a Xenobia.

Así eran los gritos de April para ella.

—¡¿Es que no va a acabarse nunca ese infernal ruido?!—Fueron las palabras que emergieron de lo más profundo del averno, también llamado ‘cuarto de April’.

—¡Si te refieres a esos chillidos tuyos tan desagradables, yo me hago la misma pregunta cada día!—Respondió Xenobia alzando la voz, y haciendo gala de su dificultad a la hora de morderse la lengua.—Perdón. Ignora a ese ser el inframundo.—Compuso una sonrisa de lo más cínica al decir estas palabras, volviendo a dedicar su atención a Zeta.—Veamos qué tal se te da.—Y con un movimiento de cabeza, señaló la guitarra, incitando a la eslovena a tomar el instrumento.

Mientras esto sucedía, comenzó a escucharse un silbido cada vez más fuerte que procedía de la cocina, al cual Xenobia no prestó la más mínima atención durante algunos segundos; sólo después de aquellos segundos, su mente relacionó aquel sonido con la tarea que estaba llevando a cabo antes de que Zeta fuera cautivada por su guitarra: el café.

Como si alguien hubiera accionado un resorte que la impulsara a moverse, Xenobia se excusó con Zeta y recorrió a la carrera los dos o tres metros que separaban salón y cocina, a fin de intentar evitar una catástrofe con el café.

Momentos más tarde, con el fuego ya apagado y el molesto silbido de la cafetera convertido en un mero recuerdo, la americana se asomó al salón.

—¿Café? ¿Te apetece? ¿Cómo lo tomas?—Lo preguntó todo de corrido, aguardando la respuesta de Zeta; cuando la obtuvo, alzó la voz para que su otra compañera, mucho menos amigable, la escuchara.—¡Eh, Lucifer! ¡¿Te apetece un café para apaciguar tu ira mañanera, o prefieres que sacrifique una cabra en tu nombre?!

April tardó unos momentos en responder, y Xenobia casi se la imaginó mascando su rabia como si ésta fuera un chicle; su respuesta fue, por extraño que parezca, mucho más contenida de lo que la bruja se había esperado.

—Con leche de almendra y stevia, por favor.

—Stevia...—Murmuró Xenobia, poniendo cara de asco.—Si tomara azúcar de verdad, no parecería un ogro salido de debajo de un puente.—Le dedicó a Zeta una mirada y un guiño.—Ojalá la música amansara a las fieras, como dice el dicho...

Xenobia regresó a la cocina con intención de ponerse a preparar los cafés. Y sí, preparó el de April tal y cómo ella se lo había pedido: podía dedicarse a chincharla por su actitud tan insufrible, pero cuando le ofrecía algo, se lo ofrecía de forma sincera. Porque a pesar de todo aquello, existía entre ellas un ‘respeto’, unos límites que ninguna de las dos sobrepasaba.

Por eso seguían aguantándose mutuamente.
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Jul 05, 2019 12:57 am

Menuda casa de locos.

O sea, le hacía gracia: April quejándose por todo, mientras que a Xenobia le daba igual la vida y la trataba de ser del averno para abajo. Lo mejor de todo es que April no parecía quejarse de que su compañera de piso la llamase todos los derivados de Satanás, sino que lo tenía asumido como algo normal. Desconocía el tiempo que llevaban siendo compañeras de piso, o si lejos de ser solo eso, también eran amigas, pero al menos debía de haber algo de confianza. Bueno, bastante de confianza. Tanto por parte de Xenobia como por parte de April. La primera para soportar a la segunda y la segunda para no querer seguir gritándole a la primera.  

Cuando Xenobia le dio vía libre para tocar la guitarra, Zeta se acercó a la guitarra y se sentó en el sillón para cogerla, sin saber muy bien si empezar a tocarla o no, por si a April le empezaban a salir los cuernos. Ellas dos podrían tener más confianza, pero Zeta era nueva allí y ya sentía que había empezado con mal pie.

Tocó las cuerdas de la guitarra con suavidad cuando su compañera volvió a la cocina, para entonces colocarse el instrumento sobre su regazo.

—Sí, gracias. Sólo, con azúcar. —Le respondió a todas las preguntas a la vez.

Se acababa de levantar, necesitaba energías para poder enfrentar el día que le venía por delante, aunque hasta el momento parecía ser uno bastante tranquilo. Lo que le parecía fascinante es que éstas dos empezasen el día así, pegándose gritos mientras se ofrecían café. Si bien no pudo evitar reírse frente a las palabras de Xenobia, también se sorprendió del temple de April. Stevia, dice. Le dio la razón con la mirada a Xenobia: normal que pareciese siempre enfadada si tenía que tomar stevia.

Volvió a quedarse sola y… comenzó a rasgar la guitarra después de colocar su mano izquierda en el traste con las notas. Estaba perfectamente afinada y, tras puntear con los dedos la melodía de una canción de Scorpions, apareció April en la puerta, con su pelo rubio mojado a medio peinar. No dijo nada, solo miró con desconfianza a la muchacha, para luego mirar a la guitarra. Si las miradas hablasen por sí solas, esa hubiera dicho: “Ni se te ocurra tocar eso.” Se volvió a ir hacia la cocina a buscar su café.

—Pues vale… —murmuró, sin saber qué bicho le había picado.

La stevia. Tenía que ser la stevia.

Pero era una hora decente y ella no estaba haciendo nada, por lo que Zeta pasó su mirada de culo y continuó tocando. Al principio parecía estar cogiéndole el toque de nuevo, pero como si fuese hace tres días que cogió una guitarra—cuando hacía ya meses—sus dedos prácticamente se hicieron a aquella guitarra. Continuó tocando Maybe I, maybe you de Scorpions, ya que era su canción favorita del grupo y también de las primeras que había aprendido, por lo que no se le habían olvidado las notas. Evidentemente no cantó, no con la voz de Don Manolo que debía de tener en ese momento recién levantada.

Entonces volvió a aparecer April, esta vez ya peinada y con el café CON STEVIA en la mano.

—Qué suerte la mía que mis dos compañeras de piso sean tan virtuosas. —Lo dijo con total ironía, aunque su sonrisa era totalmente falsa. —Espero que no te de por comprarte una batería y hacer un grupo con Xenobia.

—Tranquila, por desgracia para mí y suerte para ti, no tengo instrumentos. —Y entonces ladeó una sonrisa, queriendo bromear. —Pero si me compro alguno, creo que optaré por la tuba. ¿Sabes ese que es muy grande hace mucho ruido cuando soplas por él tubito?

—Me estás tomando el pelo. Que tu habitación está pegada a la mía.

Zeta sonrió.

—¿Prefieres la batería?

—Estás ganando puntos negativos, Ekaterina. No me agradas. —Lo dijo seria. No tenía muy claro cuando April bromeaba y cuando no. —En fin, me voy a preparar que he quedado para almorzar con unas amigas. Portaros bien y haced mucho ruido mientras yo no estoy, para que luego os estéis calladitas. —Y tras una sonrisa, se fue con su café.

La eslovena volvió a mirar a la americana, que estaba todavía entrando por la puerta. No dijo nada con respecto a April porque todavía no tenía confianza suficiente como para 'meter mierda' ni nada por el estilo. Por lo que fue directamente a lo importante.

—Creo que nunca había tocado una guitarra de este estilo. Acostumbradas a las acústicas con esas dichosas cuerdas de metal que te rompen los dedos... Esta es mucho más suave. —Era sabido que la gran mayoría de las guitarras españolas solían utilizar cuerdas de nylon, mientras que las acústicas solían tirar más por las de bronce, mucho más duras y dolorosas para las pobres yemitas de tus dedos. —¿Tocas hace mucho?

No se había quitado la guitarra de encima porque... le hacía ilusión, en realidad, seguir tocando. ¡Y April se iba! Iba a poder tocar sin miedo a que de repente algo terminase en su cabeza.
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