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[FB] When you came into my life. —XyZ.

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Jun 01, 2019 2:47 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] When you came into my life. —XyZ.  - Página 3 M5OXF58
Nueva casa de alquiler || Kensington, 9 de febrero del 2012 || 23:32 horas || Atuendo

Ataviada con un gran abrigo encima de esa poca ropa deportiva, daba saltitos frente a la puerta de aquel portal, esperando a que alguien le abriese. Estaba cargada con una gran mochila en la espalda, una maleta enorme de ruedas y otra un poco más pequeña que parecía que iba a explotar de todo lo que había en su interior. ¡Quién tuviese un palo de madera con el que agrandar las cosas por dentro mágicamente! Cargadísima, seguía esperando a que sus nuevas compañeras de piso, que ni conocía, le abriesen la dichosa puerta para dejar de empaparse con la lluvia que estaba cayendo en ese momento.

Veintitrés segundos después de haber tocado por segunda vez, la puerta sonó y se abrió. La empujó como alma que lleva el diablo, entrando a trompicones al interior con todas sus pertenencias. Se trataba de un apartamento de varios pisos y ella había alquilado una de las habitaciones del tercero izquierda, cuya casera, de nombre Iris Leithfield, sólo rentaba a mujeres porque consideraba que eran mucho más responsables y limpias que los hombres. La verdad es que a Zeta le venía genial porque después de su primera experiencia no quería tener que compartir nada con ningún hombre. A simple vista Iris parecía una casera relativamente simpática, pues había accedido a darle la entrada a Zeta ese jueves pese a que era a esas horas intempestivas.

En realidad todo la situación del alquiler había sido bastante precipitada, pues la eslovena quería dejar cuanto antes su anterior piso y había sido todo a 'a ver qué pasa'. Por suerte para ella, la señora Leithfield había podido acceder a las prisas y las ‘condiciones’ de Zeta, lo cual había sido todo un alivio para ella y un golpe de suerte. Por desgracia la señora no iba a estar presente a esas horas para recibirla, por lo que le había dicho que tocase que ya le abrirían sus compañeras de piso—previamente avisadas—y que les dejaría sus llaves allí dentro.

Así que allí estaba Zeta, empapada de arriba abajo, mientras subía por el ascensor al tercer piso. Una vez las puertas se abrieron delante de ella y pudo salir torpemente de allí, vio que en la puerta de su futuro apartamento había una chica apoyada en el marco. Era rubia, de rasgos perfilados y rostro fino. Estaba con los brazos cruzados, descalza y vestida con un pijama de esos calentitos.

—¿Ekaterina? —le preguntó la muchacha.

Con las prisas se había presentado así a la casera, ya que esperar que entendiese Zdravka era una pérdida de tiempo y hacerse llamar Zeta le parecía poco serio para un primer contacto y un futuro contrato. Su segundo nombre siempre la libraba de eso.

—Sí, hola. —Se acercó allí con sus maletas y la chica dejó hueco para que pudiera pasar, cerrando la puerta detrás de ella.

Se apartó de manera un poco repipi para no mojarse con las cosas empapadas, para meterse en lo que parecía su habitación, bastante cerca de la puerta de entrada.

—Bienvenida —le dijo a la muggle. —Yo soy April. Disculpa por haber tardado en abrir, estaba hablando con mi novio por Skype y pensé que Xenobia estaba disponible, pero se estaba duchando. —Miró entonces el reloj que tenía en la muñeca, alzando levemente las cejas y suspirando con reproche. —La señora Leithfield dijo que vendrías tarde, pero te has superado. Y bueno, tampoco son horas para estarse bañando con el ruido que hace el dichoso termo de esta casa. Menos mal que mañana libro. —dijo con un poco de mal humor. Zeta se quedó callada porque… ¿qué narices iba a decir a eso? —Bueno, te dejo que he dejado a mi novio hablando solo. —Pero antes de meterse, señaló a la siguiente habitación que había en el pasillo. —La siguiente habitación es la tuya y la siguiente es la de Xenobia. El baño es la puerta que encontrarás cerca de la comedor-salón y la cocina.

Menos mal que Zeta había visto fotos por internet porque estaba claro que con las indicaciones de aquella mujer no iba a llegar a la cocina con vida si estuviese muriéndose de sed.

—Gracias —le dijo con simpleza. —Hasta mañana.

—Buenas noches. —Se despidió secamente, cerrando su puerta.

Se quedó un momento un poco trastornada con respecto a ese momento tan incómodo de la perfecta imperfecta compañera de piso, pero pensó que nada podía ser peor que de donde venía—ilusa de ella pensar tan optimista tan pronto—y caminó hacia su habitación, queriendo simplemente tirarse en esa cama que probablemente sería muy incómoda.

La habitación era pequeña, lo justo y necesario para una cama individual, un escritorio, una silla y un armario empotrado. Tenía algunas estanterías encima de la cama y lo primero que hizo Zeta fue dejar sus cosas en el suelo y quitarse la chaqueta empapada, colgándola en la puerta.

Tenía que hacer la cama para poder dormir y lo peor de todo es que pese al sueño, le estaba ganando el hambre que tenía, pues no había podido cenar después del día de mierda que había tenido. Día de absoluta decadencia, estaba cansada de estar cansada, imagínate el nivel de cansancio. Así que suspiró y abrió su mochila para sacar su triste paquete de Golden Graham a punto de acabarse y un batido de vainilla. Era una cena muy triste, pero no tenía nada más. Mañana tendría que ir a comprar...

Ya estaba pensando en el día tan largo que le quedaba por delante mañana y todavía ni se había ido a dormir.
Zdravka E. Ovsianikova
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Zdravka E. OvsianikovaMuggle

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Sep 04, 2019 3:28 am

La carcajada que echó cuando le dijo que su hermano no sería su tipo fue de lo más divertida, la cual no pudo cortar al escuchar su siguiente comentario. Lo mejor de todo era el hecho de haber sido tan evidente como para que Xenobia hubiese visto perfectamente las intenciones de la eslovena. ¡No estaba acostumbrada a estar tanto tiempo sin pareja! ¡Y encima el idiota de la tienda de música parecía hacerle el vacío!

—¿Pero en qué te crees que estaba pensando? —Le cuestionó divertida, elevando después una de sus manos para que NO CONTESTASE. —Mi hermano tiene un año menos que yo nada más —dijo como mera información y así dejar de hablar de su hermano de catorce años.

El siguiente tema lo tenían controlado: lo que iba a tocar en la fiesta infantil de mañana. Era cierto que tendría que desoxidarse un poco con las cuerdas, pero Zeta tenía fácil el aprenderse los acordes de esas canciones, además de que las iba a llevar solo por si acaso. Prefirieron dejar de lado el hecho de tener que preguntarle a April cualquier cosa, sólo por si acaso eran las precursoras de que le saliesen los cuernos de diablo ese día.

La verdad es que si no era estrictamente necesario, casi que prefería evitarlo. Consideraba que con las de Disney iban más que preparadas.

El último tema que trataron antes de ir cada una a hacer los últimos preparativos para mañana fue lo de que aquella velada sería grabada y que, por tanto, Zeta podría sacar material para hacer un vídeo para su canal de Youtube. Sabía que eso le daría muchas oportunidades: podría venderse también como animadora infantil, en este caso enfocada en la música, además de que podría verse una de sus muchas facetas, una que para lo poco que tenía en Youtube, nunca había mostrado. Los pocos vídeos que tenía eran de cuándo era más joven, en eslovenia, en el boom de esa plataforma.

Pero sí, se había venido arriba.

—Bueno, ya nos haremos al programa cuando toque. En Youtube siempre hay tutoriales útiles para inútiles. —Y tras sonreír, alzó las cejas sorprendida ante lo que estuvo a punto de decir Xenobia. —Pero bueno. No quiero escucharlo.



Sábado 16 de junio, 2012 || Little Rascals Club, Londres || 12:23 horas || Atuendo

Al final se había vestido de Campanilla, con la buena consideración de su amiga de que fuera un disfraz digno de estar en Londres y no esas cosas de se limitaban a ser un vestido por el cual ibas a terminar de congelarte por mucho que estuvieran en pleno junio. Y no le apetecía ir a una fiesta infantil siendo la Campanilla Putilla, gracias. Incluso le había comprado una peluca a juego, por lo que ahora Zeta tenía el pelo muy corto y rubio, tal y como lo tenía la Campanilla de la película tradicional de Peter Pan.

Habían llegado con tiempo para organizarlo todo y Zeta se encontraba en la zona musical, asegurándose de que los altavoces, el micrófono y todo sonase perfectamente. La guitarra no era electroacústica, por lo que tuvo que ponerle un micrófono con un aparato que había alquilado en la tienda de música en donde ya le había echado el ojo a su futura guitarra roja, así como al dependiente. En ese momento estaba en época de intentar algo con ese hombre, por lo que cualquier motivo además de babear por la guitarra por el que ir a dicha tienda, le parecía perfecto.

En ese momento Zdravka estaba probando la distancia de los cables para saber por donde se podía mover sin que entorpeciese con nada, así como su límite total.

—Todo perfecto, jefa —le respondió a través del micrófono, el cual se escuchó bien. Dejó entonces la guitarra junto al taburete en el que se sentaría al principio, en un pie de guitarra que había llevado para no apoyarla en cualquier lugar. —¿Ya les comentaste eso del plus por hacerte poner mesas? Eso no estaba en tu contrato. —Le sonrió, mirando la hora en su móvil, antes de volver a guardárselo. Ese día se había tomado un par de bebidas energéticas para suplir el haberse acostado tan tarde por el trabajo, pero estaba bastante enérgica, no sabía si por las bebidas o porque en verdad estaba emocionada. —Esas mallas te hacen culazo, ¿lo sabes, verdad? —Y rió. —Ya sabes que luego todo debe ser family friendly, te lo tenía que decir ahora. ¿Te falta algo, te ayudo? Yo ya terminé por aquí. Está todo en orden.

En cuestión de segundos, vieron como del paseo lateral de la casa, que daba desde la entrada al jardín sin entrar en el interior de la casa, aparecían dos tipos con una caja negra que llevaban entre los dos. No le hizo falta pensar demasiado como para darse cuenta de que seguramente esos dos fuesen los encargados de preparar las cámaras y de grabar todo el cumpleaños. La verdad es que todavía no había visto a los padres de la criatura, pero menudo cumpleaños le estaban montando, por no hablar de la casa que tenían: Zeta quería ser así de rica de grande.

—¡Hola, chicas! —dijo uno de ellos, saludando sonriente. —Nos han mandado aquí atrás, que vosotras nos explicábais cómo iba todo. Somos los cámara, para grabar todo el cumpleaños.

Dejó que hablase Xenobia porque ella era la que más sabía, además de que Zeta se había quedado mirando y sonriendo al segundo, al que no había hablado y el cual era super mono.

—Asumo por vuestras pintas de Peter Man y Campanilla que sois las animadoras infantiles, ¿no? Muy buenos disfraces —añadió, jovial, abriendo entonces la caja negra enorme.

—¿Os echamos una mano? Ya prácticamente hemos terminado hasta que salgan los niños.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Dom Sep 08, 2019 2:15 pm

Cuando Zdravka respondió a través del micrófono que todo estaba en orden, Xenobia alzó un pulgar a modo de confirmación, esbozando una satisfecha sonrisa: el sonido estaba perfecto, como decía su compañera de piso. Y menos mal: si había algo que odiase con toda su alma era el sonido saturado que producía un micrófono en mal estado. Eso y los pitidos que producían al ser conectados a los altavoces.

Lo que no estaba tan perfecto era el tener que trabajar, también, de camarera. ¿Y qué iba a decir ella? Se iban a llevar algo de dinero por trabajar un par de horas y, con suerte, Zeta conseguiría más contratos como aquel. No podía quejarse lo más mínimo.

—¡Buen chiste, Ovsianikova!—Comentó Xenobia, antes de soltar una carcajada divertida.—¿Plus? Ya podemos darnos con un canto en los dientes con lo que nos pagan.—Y es que, por mucho dinero que pudiese pagar el cliente en cuestión, daba igual: seguirían cobrando la misma miseria.

Ante el comentario sobre su “culazo”, Xenobia se volvió hacia Zdravka y le dedicó un guiño cómplice. Le gustaban los cumplidos como a la que más, no iba a empezar a quejarse a estas alturas de la vida.

—Es lo más bonito que me han dicho hoy. ¿Crees que este atuendo le gustará a Thomas? Tú ya me entiendes...—Y se miró de arriba abajo, como intentando decidir si un hombre inglés aparentemente reprimido sería capaz de ver algún tipo de atractivo en una Peter Pan femenina. Entonces, hizo un gesto con la mano, como desestimando la ayuda que le ofrecía.—¡Bah, ni te preocupes! Poner la mesa tampoco es para tanto, pero quejarse es gratis, así que seguiré haciéndolo...—Y se encogió de hombros, sonriendo de manera resignada. En realidad, le daba exactamente lo mismo trabajar un poco más: había aprendido a mirar la vida de una manera más positiva. ¿Estrés? ¡No, gracias!

Tampoco es que tuviera tiempo de quejarse mucho más, y es que una cosa era quejarse en compañía únicamente de su amiga, y otra muy diferente verter sus quejas sobre las personas desconocidas que hicieron acto de presencia en el lugar: dos tipos traían consigo una caja negra, e inevitablemente la mente de Xenobia hizo una asociación evidente de caja negra con accidente de avión. ¿Tenía algo que ver con todo el asunto? Ni mucho menos, pero la mente humana era así de caprichosa, y ella había visto la serie Perdidos.

Como todo el mundo en esa época, vamos.

Pero no: esos dos no tenían nada que ver con el vuelo 815 de Oceanic Airlines ni con ninguna otra compañía aérea, sino que eran los encargados de filmar todo el cumpleaños.

Vale. A Xenobia le habían dicho que serían unos profesionales con cámaras profesionales, pero lo que vio a continuación la dejó sin palabras: uno de los hombres, con la delicadeza de una madre sosteniendo a su hijo recién nacido, extrajo del interior de la caja una Canon C300, que comenzó a montar con todo tipo de accesorios.

Los ojos de Xenobia se abrieron como platos, y su boca hizo lo propio segundos después. ¡Era como contemplar una de esas maravillas que no puedes creerte por mucho que las tengas delante! ¿Eran conscientes de que tenían en sus manos equipo de vídeo valorado en más de dieciséis mil dólares americanos?

Y eso no era lo peor: dentro de la caja, debidamente acolchada, había una segunda C300. Por el aspecto de ambas, habían sido cuidadas con mucho mimo… o eran totalmente nuevas, lo cual trajo de vuelta la pregunta inicial: ¿Qué padres tenía el niño que cumplía años? ¿A Bill Gates y Steve Jobs?

—¡La madre que los…!—Y logró taparse la boca a tiempo con ambas manos, aunque no logró evitar las miradas sorprendidas de los dos hombres que manipulaban las cámaras.—¡Cuidado con eso!—Les advirtió, señalándolos sin ningún tipo de tapujo.—Romper eso sería un crimen contra la humanidad.

Xenobia se esperaba una respuesta un tanto borde, quizás, muy propia de un inglés. Algo así como “¡No se meta en mis asuntos, señorita! Sé cuidar perfectamente de mi equipo de vídeo”, pero en lugar de eso, el que había hablado rompió a reír.

—¡Vaya, alguien tiene buen ojo para las cámaras!—Respondió con jovialidad, y pronto su compañero rió con él.—Juro solemnemente que trataremos estas bellezas con la delicadeza que se merecen.

—Le creo.—Contestó Xenobia, para luego volverse hacia Zdravka e, inclinándose hacia ella, susurrarle al oído.—Esas dos cámaras y sus accesorios juntos, tranquilamente, cuestan cerca de cincuenta mil dólares. No sé cuánto es eso en libras, pues con mi economía no me he puesto a mirar cuánto valen esas cámaras aquí. ¡Pero es una buena noticia! ¡Tu regreso a YouTube va a ser en alta calidad!—El único problema que tenía Xenobia con toda aquella situación era que ella no iba a tener ocasión de manejar esas joyas.

Casi mejor: tenía miedo de que sus manos, temblorosas por la emoción, terminaran provocando un desastre.

—Volviendo al tema, sí podéis ayudarnos.—Dijo el camarógrafo, mirando a Zdravka.—¿Vais a cantar las dos?—El hombre las miraba alternativamente. Xenobia negó con la cabeza, señalando a Zeta con el pulgar.—De acuerdo, pues dado que eres la artista, ¿nos comentas un poco la idea que tienes para el concierto? Así nos adaptamos un poco. Mi compañero será quien se encargue de grabarte, y yo me encargo de los críos.

Xenobia echó un vistazo al segundo tipo, que era el más joven y callado. Le dedicó a Zdravka una agradable sonrisa, casi tímida, y la bruja no pudo evitar formarse ideas en la cabeza: parecía que su amiga le había gustado. Así que, quizás, no sería tan complicado conseguir las imágenes de la actuación.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Jue Sep 12, 2019 4:15 am

―¿A quién no le gustaría una Xenobia Pan? ―Le respondió a la pregunta del gusto de Thomas.

¡Qué Zeta no tenía ni idea del gusto de Thomas, eso para empezar! Intuía que se refería a situaciones más comprometedoras e íntimas y… fíjate tú que la eslovena sabía en negativo como era el novio de su amiga en la cama, si conservador o travieso. Pero consideraba que si ella veía a Equis así de mona y, sobre todo, con esas mallas que le quedaban tan bien, Thomas estaría cegato como un topo si no se fijara también en ella. Zeta porque veía a su amiga con ojos de angel protector, pero lo mismo su novio querría quitarle esas mallas.

Después de que ambas tuviesen más o menos todo relativamente controlado, Zeta en relación a la música y Xenobia para el resto de cosas, aparecieron los cámara. Eran dos hombres y se notaba que uno era el que más experiencia tenía en este tipo de cosas, mientras que el segundo o era su ayudante, o el nuevo. O quizás incluso su hijo, pues Zeta era horrible para intentar adivinar la edad de la gente, pero el mayor parecía lo suficientemente mayor como para tener un hijo de esa edad.

Lo único que Zdravka sabía de cámaras era lo poco que había aprendido con su amiga en casa, pues nunca fue demasiado amante de la fotografía, al contrario que Xenobia, que claramente sentía pasión por todo eso. No había que ver más que como se había puesto al ver aquellas dos reliquias.

―Sí, yo ―respondió cuando Xenobia le apuntó con el dedo pulgar, para entonces mirar al señor. ―Pues… nada del otro mundo. Empezar en el escenario, motivar a los niños y cuando hayan pasado unas cuantas canciones, levantarme e interactuar con ellos a su lado, creando una especie de coro. Y si están receptivos incluso sentarme con ellos. Me gustan mucho los escenarios, pero creo que hoy entre menos esté en él, va a ser mejor. ―Respondió.

―Vale, genial. Pues cuéntale a Ethan un poco en qué canción y qué planes tienes para que los tenga en cuenta ―dijo el tipo, a lo que Ethan dio un paso para adelante.

―Encantado ―saludó el tímido, tendiéndole la mano.

―Llámame Zeta ―le respondió, estrechando su mano con una sonrisa. ―Mira, ven, te enseño lo que tengo pensado tocar y en qué canciones he pensado interactuar más con los niños. ―Lo atrajo hacia donde estaba el atril con su tarifario, mostrándole las canciones, así como sus ideas.


***

Cuando la fiesta empezó y llegó el turno de Zeta, la verdad es que se vino un poco arriba. Pese al miedo que ella tenía, que era simple y llanamente que los niños no estuviesen a gusto o no fuesen participativos, salió todo mejor de lo esperado, pues los niños estuvieron todo el tiempo pendientes de la cantante, así como para bailar y cantar las mismas letras que ella interpretaba.

Como bien le había dicho a Ethan, hubo una parte en la que cansada de tener las posaderas en aquel taburete, se levantó y bajó del escenario, haciendo un coro con los niños en donde bailó con ellas al ritmo de la música, acompasados a los gritos de los niños cantando. Estaba claro que de ahí no iban a salir muchos cantantes.

Al final terminó sentándose con ellos en el patio, justo a su lado, mientras ellos elegían qué cantar. A Equis se le ocurrió la idea de ‘teatralizar’ mientras se cantaba las canciones, pues todo el mundo había visto esas películas, por lo que siempre habían varios niños que se prestaban voluntarios a hacerse pasar por más de un personaje de disney. Algunos hicieron de Bella y la Bestia, otros de Aladdin y Jazmine y, los favoritos de Zeta, los que hicieron de Simba y Nala, aunque sobre todo el que hizo de Zazú. Ese era su niño favorito, sin duda alguna.


***

Cuando el turno de Zeta acabó, se apartó a un lado para recogerlo todo pasando desapercibida lo máximo posible de la fiesta de cumpleaños, pero como el señor cámara, de nombre Kyle, seguía trabajando al igual que Xenobia, Ethan ayudaba a Zeta a recogerlo todo mientras tanto. Fue el niño Zazú, uno de los mejores amigos del cumpleaños, quién les llevó a Ethan y a Zeta un trocito de tarta cuando la partieron.

Después de un par de horas, la fiesta acabó allí fuera. Poco a pocos los padres del resto de niños fueron apareciendo y tanto los cámara, como las chicas, ya tenían que irse. Habían cumplido más que de sobra, pues tanto Zeta como sobre todo Equis, se habían implicado bastante y los niños se habían pasado muy bien con ellas que al final era básicamente su trabajo de esa tarde tan cansada: entretener a los niños. Zeta estaba ya echándose la funda de la guitarra de Equis a la espalda mientras la veía hablar a los lejos con la madre del niño, alucinada y muy feliz por lo bien que había salido todo.

―Zeta ―le llamó entonces un segundo por la espalda, con una risueña sonrisa. ―¿Me das tu número? O tu correo. Así cuando edite los vídeos, te los puedo pasar.

―Mejor mi número. ―Zeta, que sabía la diferencia entre tenerlo en el whatsapp o en el correo electrónico. ―Apunta. ―Le dijo el número mientras él lo apuntaba en su número y finalmente la eslovena le agradeció: ―Muchas gracias por pasarme los vídeos. Eres un encanto.

Se puso como un tomate el chico, a lo que Zeta sonrió.

―Tendrás noticias mías. Ahora me voy que Kyle debe de estar desesperándose en la furgoneta. Nos vemos. ―Y con un movimiento de mano, se despidió de ella.

Zeta imitó el movimiento de mano, pensando que era lo más mono del universo. ¿¡Cómo es que podía ser tan lindo!? Mira que nunca había sido mucho de fiarse de chicos monos, sino que buscaba precisamente otras cualidades en los hombres. Cuando desapareció de su rango de visión, miró a Xenobia, que ya había dejado de hablar con la mujer.
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Xenobia Myerscough el Lun Sep 16, 2019 12:43 am

Cuando la agotadora sesión de canciones y monerías varias se terminó, y sintiéndose más ridícula que en toda su vida—aunque satisfecha por el deber cumplido y pensando en el dinero extra que recibiría—, Xenobia se permitió a sí misma estirarse, desperezarse para desentumecer sus músculos, de una manera muy poco discreta y, quizás, muy impropia de una señorita de la sociedad inglesa.

Suerte que no era inglesa y que, a rasgos generales, le daba un poco igual después de aparecer con aquellas pintas delante de padres e hijos.

Estaba cansada, pero el trabajo había salido bien. Buscó a Zdravka con la mirada, y se la encontró recogiendo la guitarra, metiéndola en su funda. Quiso comunicarle por gestos lo bien que había salido todo, pero no tuvo ocasión: una de las madres se le acercó para felicitarla, tanto a ella como a su compañera, por el espectáculo.

Xenobia mantuvo una breve conversación con la mujer, sonriendo y asintiendo, haciendo gala de su gran don de gentes, y restándose mérito para elogiar a Zdravka. También aprovechó la ocasión para señalar lo evidente:

—Mi amiga es toda una artista.—Lo decía en serio, convencidísima. Quizás era lo único en lo que no exageraba.—Estoy segura de que no tendrá problemas en aceptar algún trabajo similar, si la necesita. Puedo facilitarle su número...

A quien estaba facilitándole su número Zeta era, precisamente, al joven camarógrafo al que había cautivado con sus encantos de sirena de Eslovenia: de cuando en cuando, echaba vistazos en aquella dirección y los veía hablando. No le pasaban desapercibidas las sonrisas del joven, quien a su juicio se había prendado de la muggle.

Así que, al final, aquella mujer aceptó el número de teléfono de Zdravka, volvió a agradecer efusivamente el entretenimiento y el buen trato hacia los niños, y entonces se marchó, dejando a Xenobia libre para regresar con su compañera de piso.

Lo hizo justo cuando el equipo de rodaje se marchaba. El más joven le echó una última mirada y una sonrisa que, si bien inocente, era de lo más seductora.

—Si en un futuro recibes una llamada telefónica para pedirte actuar en otro cumpleaños, ha sido cosa mía: esa señora estaba contentísima con tu actuación.—Informó, señalando con el pulgar en dirección a la puerta por la que acababan de salir tanto esa mujer como los dos camarógrafos.—¡La satisfacción del deber cumplido!—Exclamó de repente, estirando nuevamente los brazos y lanzando a continuación un bostezo. No se tapó la boca.—¿Qué te parece si nos vamos a comer algo? Me apetece maltratar un poco mi cuerpo con McDonnalds, Burger King, KFC o alguna otra variante...

Sin esperar su respuesta, y sin darle opción a cambiarse de ropa, Xenobia prácticamente empujó a Zeta en dirección a la puerta.

—Por cierto, amiga mía...—Dijo entonces con una voz cantarina, pasando un brazo alrededor de sus hombros… y de la funda de la guitarra, claro. Su brazo no llegaba al otro lado, pero el gesto sirvió.—¿Qué puedes contarme de ese muchacho? Parecía que lo tenías en el bote, ¿no? Espero que me digas que vas a pedirle una cita...

Xenobia, que llevaba saliendo con el mismo hombre desde la universidad, sabía que de haber estado soltera no habría tenido inconveniente en aceptar algo así. Y a pesar de no haber tenido jamás citas esporádicas, opinaba que nunca estaba de más quitarse las telarañas.
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Zdravka E. Ovsianikova el Miér Sep 18, 2019 3:34 am

La eslovena estaba muy contenta con el resultado de ese día y, aunque estuviese cansadísima por la falta de horas dormidas, sentía que tremenda satisfacción la podría mantener despierta todo lo que restaba de día. No es que fuese demasiado amante de los niños, pero debía de admitir que la experiencia había sido muy buena precisamente por la participación de todos los chicos. Así daba gusto hasta trabajar con los más pequeños.

Los camarógrafos se fueron y Xenobia se acercó a ella, dándole una buena noticia.

―¿En serio? ―Preguntó, enarcando una ceja bastante incrédula, para luego sonreír. Jo, le hacía ilusión que a la gente le gustase cómo actuaba y cómo cantaba, pues a fin de cuentas su sueño era dedicarse profesionalmente a eso algún día. ―Qué guay… ¡Gracias!

Sonrió ampliamente frente a gran bostezo de Xenobia, el cual contagió a Zeta. Por un momento parecían dos hipopótamos bostezando una en frente de la otra, sin decirse absolutamente pero a la vez diciéndoselo todo y, para cuando terminaron, Zeta rió por aquella absurda imagen, escuchando su proposición indecente.

―Uhh, Myerscough, tú sí que sabes hacer feliz a una mujer ―dijo, fingiendo gran gusto por su perfecto plan. ―Me pido Burger King, que me apetecen sus patatas.

Porque podría haber mucha rivalidad entre McDonalds y Burger King, pero una cosa era incuestionable: las patatas del Burger estaban mucho más buenas que las del McDonalds. O, al menos, mucho mejor hechas.

Ya Zeta se encontraba con el móvil en la mano, buscando el Burger King más cercano, ya que desde que había ido a Inglaterra, el Google Maps se había convertido en su fiel amante, a todas horas y en todas las situaciones. No sólo servía para ubicarte, decirte qué autobús coger o que parada de metro es la acertada para tu rumbo, sino que te lo marcaba absolutamente todo.

Se iban a ir incluso disfrazadas y la verdad es que Zeta no tenía problema con ello. Había ido borracha por ahí mucho peor y poco le importaba. Además, consideraba que iba monísima como Campanilla y que el disfraz que le había conseguido Xenobia era precioso. Antes de poder andar demasiado, su amiga no tardó en comentar un hecho muy obvio, haciendo que Zeta la mirase de reojo, juguetona.

―Poco puedo contarte: ¡es muy tímido! ―Y dio un pisotón al suelo, como contrariada. ―Hablamos bastante desde que terminó la actuación, pero de nada muy personal, sino de gustos, nuestros trabajos... Pero sí, lo tengo en bote. ―En ese momento la modestia de Zeta brilló por su ausencia. ―Fíjate que no es el tipo de hombre en el que me suela fijar, pero me pareció demasiado mono como para pasarlo por alto. Esperaré a que me hable para lo de los vídeos y le digo de ir a tomar algo, con la excusa de que me enseñe un poco cómo funciona ese programa de edición. ―Alzó sendas cejas varias veces. ―Es mi plan secreto de conquista.

Zeta no tenía problema ninguno en tener sexo sin compromiso con conocidos simpáticos, aunque tampoco tenía especial interés en ese hombre más que sencillamente pasar un buen rato con él. Ahora mismo su interés romántico lo tenía otra persona, aunque no se pudiera considerar ni de lejos enamorada. Aunque sí se podría decir que tenía un capricho, aunque dicho capricho no pareciese haberse fijado en ella.


***

―Hmmmm ―sonrió, contenta. ―Estas patatas sí que valen la pena.

Y ahí las veías: una Peter Pan y una Campanilla comiendo en el Burger King de un Centro Comercial. Ya unos padres habían pedido que por favor, si podían sacarse una foto con su hija, la cual muy entusiasmadamente las había señalado, reconociéndolas. Incluso había dicho que prefería a Peter Pan como mujer, qué era más guay.

―Por cierto, me puse a pensar… ―Lo que iba a decir era gracioso, ya que en realidad iba a hablar de eso con Xenobia porque había confianza, pues en otra ocasión o con otras compañeras de piso no lo preguntaría. ―¿Qué políticas hay en casa con respecto a llevar hombres? Porque claro, tú tienes novio, April tiene novio… y las cosas son diferentes. ¿Sois super silenciosas, nunca os los lleváis a casa con esas intenciones o… es que April lo ha prohibido? ―Sonrió, cogiendo su gran hamburguesa antes de pegarle un bocado. ―Es que nunca he llevado a nadie. Soy más de ir yo a la casa de ellos, pero tal y lo tímido que era el chico este, algo me dice que vive con sus padres. ―Que la otra opción era tener sexo en el coche, pero eso era muy incómodo.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Dom Sep 22, 2019 1:28 am

Quizás para los londinenses no estuviese tan extendida aquella tradición milenaria del pueblo americano: todo el mundo sabía lo extraños que podían llegar a ser ya no los londinenses, sino los ingleses en general. Y como ciertas costumbres de su tierra natal no podía olvidarlas, por mucho tiempo que hubiera pasado alejada de ésta, pensaba hacer honor a dicha tradición: comida rápida, el peor tipo de comida que una podía echarse al estómago y que, al mismo tiempo, hacía inmensamente feliz a la persona que la comía.

Zdravka se decantó, precisamente por Burger King. A Xenobia le valía.

—De acuerdo: te concederé el capricho.—Le dijo, ni que fuera un sacrificio para ella.—Pero única y exclusivamente porque has conseguido pronunciar “Myerscough” casi a la perfección. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Obviamente, bromeaba, lo cual se notaba por su risa; de hecho, era la primera en felicitar a Zdravka por sus progresos con el inglés. Tenía que ser complicado aprenderlo en su situación, y más teniendo que tratar con capullos ingleses que te miraban raro si pronunciabas tomeito en lugar de tomato. ¡Y lo peor es que muchos te entendían! Simplemente, no les apetecía colaborar contigo.

Pero lo importante de todo aquello era la química que Xenobia había visto surgir entre su amiga eslovena y el amable camarógrafo que les ayudaría con el vídeo de aquella actuación. La americana no pudo con la curiosidad y tuvo que preguntar. Ni por un momento se planteó estar siendo una metomentodo, pues así era ella: abierta, para lo bueno y para lo malo.

—¡Pero qué maquiavélica, señorita Ovsiani…! Vale, ahora he quedado mal yo: ¿Ovsiakova?—Y rió, divertida: con lo que le había costado aprenderse el nombre de su amiga ya había hecho esfuerzo suficiente como para recordar al mismo tiempo su apellido.—No subestimes el poder de un chico tímido: quizás te sorprenda agradablemente.—Y le guiñó el ojo, divertida.—Espero que me cuentes cómo te va con él, especialmente si es un capullo y tengo que plantarme en su casa con un bate de béisbol.—Lo dijo tan seria que cualquiera pensaría que hablaba en serio… y no mentía del todo.

En realidad, si se comportaba como un capullo con su amiga, Xenobia se presentaría en su casa y, quizás, le haría creer que estaba embrujada. ¡Algo se le ocurriría, que para eso tenía la magia a su disposición!

⋆⋆⋆

Y allí estaban, Campanilla y una versión femenina de Peter Pan, sentadas a la mesa de un Burger King mientras comían hamburguesas y patatas. A Xenobia todavía le hacía gracia el asunto de la fotografía que les habían pedido, y cómo le había chocado el puño a aquella niña por su comentario respecto a que una Peter Pan femenina era mucho mejor.

«Patricia Pan—, pensó mientras se llevaba una patata frita a la boca, y Zdravka tenía un orgasmo alimenticio en su boca—. Si voy a ser la versión femenina de Peter Pan, debería llamarme Patricia Pan. O Phoebe Pan. Esa me gusta más.»

—Y más después un día tan agotador como este.—Coincidió Xenobia, quien hasta ese momento llevaba el gorro de Peter Pan en la cabeza; se lo quitó, más porque le daba calor que por otra cosa, y lo dejó a un lado sobre la mesa.

Y entonces Zdravka hizo una muy buena pregunta que, sinceramente, la americana no se había planteado nunca: las normas referentes a los ligues en su casa compartida. Nunca se había llevado a Thomas allí, aunque alguna que otra vez había aparecido de visita, igual que el novio de April. Sin embargo… nunca había habido tema allí dentro—en caso de April, no lo había habido que ella supiera, pero podía equivocarse—. Quiso pensar que no habría ningún problema.

—Hasta dónde yo sé, no hay ningún tipo de política en contra.—Dijo, con el ceño fruncido, pensativa.—Coge mis palabras con pinzas, ¿eh? No lo tengo claro. Nunca me he traído a Thomas a casa para tener un revolcón, ni antes ni después de que llegases tú.—Alzó ambas cejas, inclinándose hacia Zdravka para hablarle en un tono más confidencial.—Créeme: te habrías enterado. ¿Silenciosa, yo? La vida es demasiado corta para ser silenciosa.—Y rió, divertida, para luego ponerse un poco más seria.—No sé si April tendrá algo en contra, pero yo creo que no: también ha venido de cuando en cuando su novio de visita, y como podrás imaginarte, no ha dormido en el salón, precisamente.—Se encogió de hombros.—Si han hecho algo o no, cosa que desconozco, han sido de lo más silenciosos...

April tenía una cosa: era el tipo de mujer que una, simplemente, no podía imaginarse teniendo relaciones sexuales. Siempre tan recta, siempre tan correcta y quisquillosa en todo. ¿Cómo imaginarse a alguien así desmelenándose y dándolo todo con su novio en la cama? Además, con ese carácter tan agrio… no quería ni imagínarsela. Seguro que incluso en esas circunstancias era una marimandona y se hartaba a dar órdenes.

—Mmmmm...—Murmuró, pensativa.—Pronto se va a marchar unos días a casa de sus padres. Puedes aprovechar entonces. Yo me buscaré alguna excusa para pasar la noche fuera.—Y le guiñó el ojo, con una sonrisa cómplice.—La casa para vosotros solos.

Alzó ambas cejas varias veces, como quien hace una oferta imposible de rechazar. Se echó otra patata a la boca y la acompañó con un sorbo a la pajita de su refresco.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Lun Sep 23, 2019 9:16 pm

―Ovsianikova ―le corrigió divertida cuando su apellido se le atragantó. Que era largo y tenía muchas letras, pero después de saber cómo era Zdravka, creía que su apellido no tenía dificultad ninguna en comparación. ―Oye, me hubieras venido bien cuando lo dejé con mi ex. Le hubieras dado miedo si apareces en mi antigua casa con un bate de béisbol. No le hubiera venido mal un poco de lo suyo. ―Hizo una pausa, para entonces añadir: ―La verdad es que parecía un buen chico el cámara y admito que ‘los tímidos’ no suelen ser mi tipo. Al menos en principio.

Su ex había sido esa típica experiencia fea en donde una relación empieza de manera pasional y terminar de la misma manera, pero en otros ámbitos más violentos y tóxicos. El idiota de Kelvin nunca tocó a Zeta, pero eso no quitaba que las discusiones, los gritos, los celos y los portazos estuviesen presentes todo el rato en la relación de ambos. Podría decirse que si Zeta había llegado tan desesperadamente a la casa de April y Xenobia había sido huyendo de esa mala experiencia en la que no quería quedarse ni un minuto más si podía evitarlo.

No es que hubiera sido muy bueno en cuanto a expectativas, pues había sido su primera casa y su primera pareja en Inglaterra desde que llegó de su país.

―Te mantendré al día: primero tengo que esperar a que me hable, porque yo no tengo su número. ―Era el gran truco del almendruco: le das tú tu número a él y así no tienes la imperiosa necesidad de hablarle antes de que él te hable a ti.


***

La pregunta que le había hecho mientras se comían aquellas hamburguesas hasta a ella le había hecho gracia, pues no es que hubiese un contrato interior entre las compañeras de piso en donde hubiese una cláusula sexual o un horario en donde no poder tener sexo si eres escandalosa. En un principio ella hubiera pensado que no habría problema, siempre y cuando no molestase: eras libre de invitar a quien tú quisieras a la casa y tú estabas pagando por tu propia habitación y privacidad.

Eso sí, Zeta era una buena persona y prefería preguntar por si a alguien no le parecía bien o, de manera unánime, se había quedado en que esas cosas mejor evitarlas. Que fíjate tú, la eslovena no tenía ningún problema. No es que tuviese un problema con el sexo y los hombres.

―Amén, hermana ―le respondió entre risas cuando habló de que la vida era demasiado corta para ser silenciosa.

Era cierto que en pisos compartidos había que ser bastante más comedidos con las cosas, pero a Zeta le parecía de lo más normal el tener sexo con tu novio en tu mini-hogar con forma de habitación. Otra cosa era que el hombre en cuestión fuese en paños menores por toda la casa con el resto de inquilinos por allí, pero suponía que todo el mundo en esa casa―¡incluso April!―tenían un poquito de sentido común.

Y bueno, también se solía utilizar la baza de hacerlo cuando el resto de compañeros no está en casa, por más comodidad que otra cosa.

―¿En serio? ―le preguntó, con una sonrisa divertida. ―Aún no sé si con este tipo pasará algo, pero como la casa se quede libre me busco a cualquiera, ¿eh? ―Bromeó divertidísima. ―Llevo desde que estoy en la casa sin sexo, la verdad es que lo empiezo a echar muy de menos.

Que no tenía problemas con ello tampoco, pero le parecía divertido buscarlo. O al menos lo haría más a menudo si no estuviera el ochenta por ciento de su tiempo ocupada con trabajos o durmiendo. Esa era su vida: trabajo, dormir y, en ocasiones, series. ¡Bastante cansada estaba como para ir a ligar!

Le pasaba como en esa ocasión: ligar en el trabajo o en sus tiendas de música en donde pasaba tiempo entre el trabaj oy dormir.

―¿Thomas vive solo? ―preguntó entonces con curiosidad. ―Digo, asumo, sino no me creo que no te lo hayas llevado nunca a casa. ―Le miró, enarcando una ceja algo divertida.

La verdad es que si su pareja vivía sola, ¿por qué ella no vivía con él?
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Xenobia Myerscough el Vie Sep 27, 2019 3:38 pm

En el tiempo que llevaban viviendo juntas, era evidente que Zdravka y Xenobia, las dos mujeres con los nombres menos comunes del piso compartido, habían hecho buenas migas. Existía entre ellas una complicidad que April jamás podría soñar con compartir. La americana, incluso, había empezado a ver a la eslovena como a una hermana pequeña más que una amiga, y esa relación se afianzaría con los años.

Por eso lo siguiente, si bien un tanto exagerado, no estaba exento de sinceridad.

—Todavía estamos a tiempo de darle una lección —dejó caer, como quien no quiere la cosa —. Ya sabes lo que dicen de la venganza: se sirve bien fría—. Y le guiñó un ojo, de manera cómplice.

Xenobia no era vengativa de por sí, pero quizás sí un poco impulsiva. Además, era ese tipo de persona muy amiga de sus amigos, lo cual unido a ese instinto protector que siempre desarrollaba por ellos, la llevaba a valorar seriamente venganzas como aquellas. ¡Nunca lo había hecho, que conste! Pero si una persona lo merecía, quizás, no estaría de más pintarrajearle el coche o tirar huevos a su fachada. Por infantil que sonase.

Los actos debían tener consecuencias, fueran legales o no.

—Te deseo suerte. —Le guiñó el ojo de manera cómplice. Tenía un muy buen presentimiento con aquello, fuera lo que fuera lo que significase eso.

⋆⋆⋆

Ya en Burger King, la conversación entre “Patricia Pan” y “Campanilla” se volvió mucho más interesante, girando entorno al sexo y a la posibilidad de traerse hombres a casa. Xenobia no dudó en expresar sus impresiones, encontrando el único punto en que posiblemente April no pondría pegas: si ella traía a su novio de visita, sería demasiado hipócrita impedir a las demás hacer lo mismo. Y a no ser que alguna de ellas tuviese intención de meter en casa a algún tipo peligroso, la cosa seguiría estando bien vista.

O eso creía: nunca se había tratado ese tema. ¿Os imagináis? Una reunión de compañeras de piso que comenzase con: “Primer orden del día: Sexo y acompañantes. ¿Se permite? ¿Se permite siempre y cuando no se excedan los decibelios permitidos por ley? ¿Se permiten sólo hasta cierta hora de la noche, y luego se ha de dormir?”

Ridículo.

Además, para más seña, April pronto se iría a visitar a sus padres, así que el piso quedaría sólo para ellas dos… y en caso de que “Campanilla” lo necesitase, “Patricia” no tendría ningún problema en salir volando por la ventana a visitar a su “Wendy” personal.

Mejor no decirle a Thomas que había pensado en él como “Wendy”.

—Tienes toda mi bendición —bromeó Xenobia—. Siempre y cuando no te pongas a ti misma en peligro, claro: no te traigas a ningún Jack el Destripador a casa.

Soltó una carcajada un tanto escandalosa, llamando la atención de los comensales de las mesas aledañas; no les prestó la más mínima atención. En lugar de eso, mojó un par de patatas en ketchup, se las llevó a la boca, y masticó mientras Zdravka le preguntaba si Thomas vivía solo. Asintió con la cabeza.

—Tiene un piso en Londres —. Eso era cierto. Nunca le había mentido a Zdravka respecto a eso—. Ya te dije que trabaja en el Gabinete  del Reino Unido, en Westminster —. Eso ya no era tan cierto, pero no podía hablarle del Ministerio de Magia Británico. Lo había pensado alguna vez, pero no se había decidido—. Me ha ofrecido un montón de veces que me vaya a vivir con él, pero le he dicho que no —añadió, con sinceridad.

Tenía mucho sentido dentro de su razonamiento: si decidía irse a vivir con él sin tener un trabajo fijo, se acabaría convirtiendo en una mantenida. Y Xenobia Myerscough no era una mantenida. Tenía un sueño, el periodismo, y mientras aspiraba al reconocimiento del diario mágico El Profeta, seguiría luchando por conseguirlo. Sólo entonces aceptaría vivir con Thomas, pues era su novio y compañero de vida, no el encargado de darle de comer.

Le explicó esto mismo a Zdravka, de una manera más sencilla.

—Ya conoces mi lema: no me gusta ser una carga, y mientras mis trabajos sean tan precarios, prefiero malvivir a que me malcríen —. Rió divertida, para luego tomar otro sorbo de refresco—. Pero vamos, que soy muy resolutiva en el aspecto sexual...

Le dedicó un guiño cómplice, y no pudo evitar recordar aquella ocasión en que había ido a visitar a Thomas a su oficina en el Departamento de Seguridad Mágica, asegurando que tenía que tratar un tema importante con él. En cuanto la puerta se había cerrado y Thomas se dio la vuelta, encontró a la americana, que llevaba un vestido corto, sentada en su escritorio con una actitud de lo más provocativa.

—...y sí, si piensas que ocurrió, estás en lo correcto: ocurrió —concluyó con un guiño. Por supuesto, había cambiado partes de la historia, asegurando que el lugar dónde había ocurrido había sido su despacho en el Gabinete—. Ese día sí que tuve que ser bastante silenciosa, aunque me costara un montón.

Y rió, divertidísima, acordándose de la situación. Era uno de los mejores recuerdos que conservaba, no tanto por el sexo sino por la travesura, la frescura del momento, y la complicidad que existía entre ella y Thomas. Todavía eran capaces de tener aventuras como aquellas juntos.

—Y dime —. De una manera muy lenta, casi seductora, Xenobia mojó una patata en el ketchup, para luego llevársela a la boca y morder sólo la punta embadurnada en salsa —. ¿Cuál es el sitio más raro en que te lo has montado con alguien?

Ya estaba: Xenobia había entrado al trapo, y se lo estaba pasando genial con aquella conversación. Le encantaba hablar de sexo, y tenía cero prejuicios al respecto. Aceptaba prácticamente cualquier cosa.

¿Que quizás no era el mejor sitio para tener aquella conversación? Quizás, pues había algunos niños por allí.
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Oct 04, 2019 1:59 am

Lo que le faltaba: llevarse a un chico guapo a casa para quitarse las telarañas y que fuese un asesino en serie. Muerte más triste, pocas habrían.

Sabiendo que su novio tenía un piso en Londres en donde vivía solo era más que normal que no se lo llevase a su piso compartido, pues no era necesario para nada. También le gustó su filosofía con respecto a vivir con él, pues era una mierda sentirse la carga de nadie o sentir que no habías alcanzado tu meta antes de enfrascarte en una aventura mucho más grande. Zeta hasta la fecha había tenido pocos progresos en el casi un año que llevaba en Londres, pero tampoco tenía intención alguna de terminar dejando que nadie la cuidase. Lo primero de todo era cuidarse a sí mismo.

No pudo evitar reír cuando dijo que era muy resolutiva en el aspecto sexual, a lo cual Zdravka no tenía dudas. Una persona cambiaba muchísimo de cara a las personas a cuando estaba en la intimidad con su pareja, pero por lo que le había contado de su relación con Thomas, casi que ya los imaginaba casados por la eternidad.

No pudo evitar reír, negando con la cabeza ante la libertad de su compañera. Y no lo iba a negar: le encantaba tanta naturalidad en temas que a priori parecían tan tabú. La verdad es que no quería imaginar demasiado porque no quería que le llegase ese recuerdo la próxima vez que se viese con Thomas, pero hasta le dio un poquito de envidia sana tener a una pareja tan guay.

―Es jodido, ¿eh? Son los lugares en donde más morbo da y, a su vez, en donde más tienes que contenerte. Parece que una cosa no va con la otra. ―Era totalmente contraproducente, pero valía totalmente la pena. Esa sensación de ser pillada y tener que medir tu disfrute… era como un juego de riesgo.

Mordió su hamburguesa a la vez que le hacía esa pregunta, sin poder evitar reír mientras masticaba, llevándose una de las manos a la boca no se le fuese a ver la comida mientras sonreía como una idiota. Aprovechó que estaba mordiendo y tragando para pensar: Zeta en ese momento sólo tenía veinte años y sus experiencias sexuales habían sido solo un quince por ciento de lo que le quedaba por vivir.

Aún así había tenido desde hacía unos años y nunca había sido lo que se dice una modosita.

―Iba a optar por el sitio más morboso, pero me has pedido el más raro ―advirtió después de beber un poco de coca-cola. ―Perdí la virginidad un poco pronto, creo… y claro, en eslovenia tenía que buscar lugares un poco raros en donde poder hacerlo porque como lo intentase en mi casa con mis padres religiosos hasta la médula que se creen que voy a ser virgen hasta el matrimonio, yo creo que me tiraban una vaca a la cabeza para sacrificarme. ―Rió, irónicamente, rodando los ojos. ―Recuerdo que una vez lo hice en la cama de la abuela del chico y era terriblemente perturbador. Nunca más profanaré de esa manera la cama de una abuela. ―Le había entrado la risa tonta y ahora no podía parar de reírse, ¡maldita sea! Quién viese a una Peter Pan y una Campanilla partiéndose de risa mientras hablaban de sexo. ―O lo típico de hacerlo en la habitación de él mientras los padres estaban en el piso de abajo. Yo creo que estoy curada del estrés de la vida sólo por eso. Ahí aprendí lo que era guardar las apariencias. ―Le decía divertida.

¿Pero qué le iba a decir? ¡Recién acababa de llegar a Londres! Las experiencias de la eslovena ahora mismo eran prácticamente todas de su época de adolescencia en donde no tenía ni coche ni casa en donde follar tranquilamente con tu pareja o tu rollo.

―La verdad es que Kelvin. ―Hizo una señal con la mano, señalando hacia atrás como si eso tuviera sentido. ―Mi ex, con el que estuve antes de mudarme… era bastante aburrido. Cumplía en el sexo, pero no tenía esa chispa traviesa ni le gustaba jugar.

Recordando sus experiencias en eslovenia, debía de admitir que siempre se había quedado con la espina de hacerlo en su casa solo por el morbo de que sus padres se enfadarían y la Zeta del pasado adoraba buscar motivos por el cual cabrear a sus padres, sobre todo a su madre. Tenía el recuerdo perfecto de haber estado con Darko, uno de sus amigos con derecho―bueno, prácticamente el único serio―en la granja de sus padres y estar a punto de montárselo en los establos. Al final no ocurrió nada porque Aleksej había aparecido para avisarlos de la cena y les había cortado profundamente el rollo.  

Desde que había empezado a tener pensamientos más perversos, ya no veía los establos con los mismos ojos.

―¿Y tú? El más raro, no el más morboso. Ya me entiendes. Mójate, tienes que tener algo tan tétrico como hacerlo en la cama de la abuela mientras un cuadro de un señor de la primera guerra mundial te mira. ―Rió de nuevo, para añadir: ―Menos mal que no era mi abuela. Ekaterina, yo jamás haría eso. ―Miró al cielo, como si la abuela estuviera muerta, cuando en realidad seguía viva. ―No sé ni para qué miro al cielo, si mi abuela sigue viva.
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Xenobia Myerscough el Mar Oct 08, 2019 12:49 am

Si a Xenobia le diesen un penique, un mísero penique, cada vez que había tenido que ponerse una mano en la boca en la situación antes mencionada, y las que habían tenido lugar a lo largo del tiempo en aquel despacho, sin lugar a dudas sería rica. La definición de Zdravka era precisa y perfecta, una contradicción en sí misma… pero una dulce contradicción, a fin de cuentas, pues merecía la pena cada maldito segundo.

—¡Maldita sea! Debería existir algún tipo de “carta blanca” o algo así. Ya sabes: si te pillan en pleno acto en la oficina, no pueden amonestarte o despedirte —bromeó Xenobia, mordisqueando a continuación otra patata frita—. Si algún día tengo mi propio despacho en un periódico serio, ya te digo yo lo que va a pasar allí...

Con el paso de los años, había abandonado el “cuando lo” por el “si algún día lo”, que era mucho más sano: la ayudaba a no hacerse ningún tipo de ilusiones que, a la larga, podían no cumplirse. Porque claro, mucha gente veía lo bonito de un sueño, lo que haría al cumplirlo, cómo superaría los obstáculos que intentasen ponerse en su camino… pero nunca se ponían a pensar que, quizás, no todo fuese culpa de obstáculos externos.

En pocas palabras: una persona, simplemente, podía no valer un pepino a la hora de cumplir un sueño concreto. Mucha gente se empeñaba en negar esto, pero era una posibilidad. Una posibilidad muy real.

Pero, dejando aquello a un lado, se había abierto la veda: tocaba hablar de sexo. Xenobia, sin pelos en la lengua —cosa normal en ella— preguntó a su amiga cuál había sido el lugar más extraño en que había tenido sexo con alguien.

—¡¿En la cama de la abuela del chico?! —exclamó Xenobia, que a punto estuvo de atragantarse con el bocado de hamburguesa que se había atrevido a dar mientras escuchaba. Lo compensó con un poco de refresco—. Perdona que no preste suficiente atención a lo segundo que has dicho, pero… ¡¿en la cama de la abuela del chico?! —Esta vez, quizás, alzó demasiado la voz, atrayendo las miradas de alguna que otra madre en las mesas circundantes—. Vale, tú ganas. Te llevas la palma. No quiero ni imaginarme cómo de traumático habrá sido eso...

Sin embargo, se lo imaginaba, y le daba la risa: una habitación de una señora eslovena decorada con estilo anticuado, pulcramente ordenada, quizás con algún tipo de colección anticuada expuesta a la vista, y fotografías enmarcadas de su juventud, o de sus nietos… ¡El mejor escenario posible como para que el rollo ya no se cortase, sino que directamente presentase la dimisión y saliese dando un portazo.

Mientras Xenobia intentaba todavía recuperarse de aquella imagen mental, Zdravka le habló de su anterior ex. Sí, le llamó Kelvin, pero para Xenobia ya no era más que “Número Vete-a-saber de su lista de enemigos”. Así se las gastaba ella.

—Tu abuela Ekaterina estaría orgullosa de tu fuerza de voluntad si estuviese en estos momentos aquí para escucharte, pero no lo está por obvias razones —bromeó Xenobia, para acto seguido quedarse pensativa—. A ver. Raro. —Le costaba visualizar algo raro que pudiera contarle a Zdravka, realmente, porque no podía contarle su experiencia de haber practicado sexo en el asiento trasero de un coche volador suspendido sobre Londres—. ¿Te conté que, cuando estaba en la universidad, trabajé como becaria en la biblioteca? Ya sabes, para ayudarme a pagar mis estudios… Bueno, pues sin lugar a dudas el lugar más extraño en que lo hice fue un almacén de libros viejos que apestaba a moho. ¡No me preguntes cómo fui capaz de mantener la concentración! Creo que habría sido mucho más sencillo hacerlo en medio de las estanterías.

¡Qué cosa más floja! ¿Verdad? Sí, sin lugar a dudas lo era… si privabas a la anécdota de su componente mágico: algunos escritores de libros sobre criaturas mágicas tenían la mala costumbre de dotar de vida y agresividad a sus libros educativos —vete a saber por qué, teniendo en cuenta que muchos de esos libros los leían NIÑOS—, y en aquel almacén estaban guardados precisamente libros de esos.

Xenobia no lo sabía cuando se metió allí, pero en esa única ocasión, Thomas y ella descubrieron que a los libros no les gusta ser testigos de actos así… y tienen tendencia a demostrarlo lanzando dentelladas.

Pero sí, olía a moho, y cortaba bastante el rollo.

—Te lo dije: tú te llevas la palma —añadió, encogiéndose de hombros y llevándose la pajita del refresco a la boca para sorber ruidosamente. Era una mala costumbre que tenía.
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Oct 11, 2019 2:20 am

Por un momento Zdravka se imaginó el despacho del periódico serio de Xenobia con paredes de cristal, como en las películas, en la cual se podía ver el interior del despacho del jefe a través de unas paredes desde las cuáles no solo se veía todo, sino que también podía escucharse lo que se decía en el interior por mucho que la puerta estuviese cerrado. Menos mal que la gran mayoría de películas que había visto eran americanas y suponía que Xenobia pretendía quedarse por Inglaterra.

―Cuando consigas un despacho serio no voy a poder imaginarte de otra manera ―le confesó―. Pero aún así espero que lo consigas, por tu satisfacción personal y sexual. ―Soltó una divertida carcajada.

La risa que le había entrado al contar lo de la habitación de la abuela había sido épica no, lo siguiente, sobre todo cuando pudo ver la reacción de Xenobia. La verdad es que al principio daba un poco de mal rollo, pero desde que una empieza a sentir el calentón del momento, en lo que menos te fijas es en las paredes de papel antiguo o en el cuadro del señor de la primera guerra mundial. Lo sentía por la pobre mujer, pero Zeta tenía muy fácil ponerse a tono en cualquier sitio si la pareja lo merecía.

Y aquella pareja había sido su primera experiencia sexual, por lo que le tenía especial cariño. Era el típico novio que está enamorado de ti y busca complacerte en todos los ámbitos de tu vida, por lo que hasta en la cama de su abuela.

―¡Era joven, ya me dirás en donde narices íbamos a tener sexo! ―Se quejó, cruzándose de brazos―. ¡La habitación estaba libre, así que…! Para colmo, tía, es que… ―Puso los ojos ligeramente en blanco―. Él compartía habitación con su hermano pequeño, la típica con una litera, mientras que mi habitación estaba pegadísima a la de mis padres. Era imposible. Nuestra historia sexual estaba condenada a lo imposible, había que improvisar.

Frente a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas: la habitación de la abuela. La verdad es que su calidad sexual había mejorado notablemente desde que era una adulta y poseía cierta intimidad. El hecho de haberse independizado ayudaba mucho, así como que solía optar por personas más grande que ellas y que, por norma general, también tenían cierta independencia.

Al escuchar la experiencia rara de Xenobia, Zdravka se lo imaginó. Obviamente no se imaginó a Equis y a Thomas teniendo sexo, por favor, sino que se imaginó el sitio y si bien le parecía guay, ella tenía razón: las estanterías daban más morbo, sólo por ser más fácil que te pillaran. Pero… las bibliotecas eran mala idea, ¿sabéis por qué?

―Qué loca, tía, eso no ―le respondió sobre la marcha―, ¿sabes el eco que hay ahí? Entre que son super silenciosas, hubiera sido imposible pasar desapercibido. ¡Hasta un beso se escucha entre esos dichosos pasillos! ―Si es que daba miedo hasta respirar en las malditas bibliotecas.

Y, después de esa conversación, siguieron hablando de sus experiencias sexuales en mitad del Burger King, cuando en más de una ocasión habían niños por la zona y todo. Después de eso, aunque ninguna se lo hubiera esperado, habían continuado estrechando lazos. En ese momento Zdravka aún ni se hacía una idea de lo importante que se iba a terminar convirtiendo Xenobia para ella.


10 de noviembre del 2012
Club Daylight, 21:46 horas - Atuendo

¿Os acordáis de Oliver Tennyson? Bueno, ese era el trabajador de la tienda de música por el que Zdravka tenía un claro crush desde hacía algunos meses. Ella se había propuesto dos cosas con esa tienda de música: comprarse la guitarra electroacústica de color rojo que vendían―cosa que todavía no había cumplido―así como pedirle una cita a Oliver y seducirle con sus grandes dotes seductoras.

Lo consiguió y con nota.

Actualmente eran pareja y les iba muy bien. Zeta estaba bastante ilusionada con la relación, pues Oliver era percusionista y compartían un montón de tiempo musical juntos, algo que nunca había tenido con una pareja. Se le notaba que estaba en una relación muy contenta, pues cada vez que hablaba de él sonreía como una idiota. Apenas llevaban cuatro meses, por lo que era algo muy reciente.

―No, no viene ―le respondió a Xenobia, con quién caminaba por la acera de una calle de Londres, en dirección a un club, pues iban a ver un concierto y a tomarse un par de copas para pasar la noche del sábado―. Este fin de semana se ha ido de viaje con los padres al pueblo por el cumpleaños de su abuela. Me invitó pero creo que hay un paso muy grande entre conocer a sus padres y conocer a SU ABUELA. ―Abrió ampliamente los ojos―. Eso no es un paso, es una zancada.

Las abuelas casi que parecían más protectoras con sus nietos que los propios padres, por lo que no quería tener que pasar el filtro de la abuela a cuatro meses de estar juntos, sobre todo si esa abuela era de pueblo, que seguro que criticaba hasta su acento extranjero. Había puesto la excusa del trabajo, pero Oliver no era tonto y lo entendía: él tampoco querría conocer a la familia cerrada de Zdravka a solo cuatro meses de su relación.

―¿Y Thomas viene? ―preguntó, guardándose el móvil en el bolso tras haber consultado la ubicación del lugar―. Tu novio me cae genial, debería venir más a casa. Me gusta su capacidad estratégica de meterse con April con sutilidad, puedo notar las neuronas de April quemándose en su cabeza intentando comprender si le ha insultado o le ha dicho algo bonito. ―Rió, pues Thomas le parecía un hombre encantador.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Miér Oct 16, 2019 1:50 am

A Xenobia, sin lugar a dudas, le encantaría tener una oficina propia. Y sí, tal vez tuviese algún escarceo con Thomas en caso de conseguirla, no lo negaba. Pero ese no era el motivo.

Tener una oficina propia sería el equivalente a dar, por lo menos, el primer paso para cumplir el que era su sueño: el periodismo. Casi podía visualizar esa oficina, un pequeño despacho con un escritorio de madera de roble, una máquina de escribir, quizás un par de plantas y una ventana con una de esas persianas de listones de aluminio. En la puerta figuraría su nombre, y por algún motivo que realmente no tenía sentido, un cenicero. ¡Como en las películas antiguas!

«Deberías apuntar algo más bajo», se sugirió a sí misma, y decidió que, probablemente, tenía razón: el estrellato todavía estaba muy lejos, y por el contrario, el suelo todavía estaba demasiado cerca.

—¡Dios te oiga! —exclamó, para a continuación reír de manera escandalosa. Ni siquiera era religiosa.

La experiencia sexual más extraña de Zdravka había sido en el cuarto de una abuela, literalmente. Y no de la suya. Xenobia no había podido evitar reír de manera escandalosa, aún a pesar de que, como bruja, podría contar anécdotas aún más extrañas.

Las abuelas tenían algo de sagrado, y eso hacía la situación todavía más estrambótica.

—Vale, te lo concedo. —Xenobia todavía reía—: Era una situación de emergencia, e indudablemente sería mucho más raro hacerlo en la litera. Por curiosidad, ¿arriba o abajo? —Xenobia se quedó pensativa un momento, y finalmente llegó a una conclusión—: ¿Sabes qué? No importa: si te pones encima, tocas con la cabeza en ambos casos, ya sea techo o litera superior.

Definitivamente, unas cuantas madres de los alrededores estarían pensando, en ese momento, que la muchacha vestida de Peter Pan era el peor ejemplo posible para las infantiles mentes de sus hijos. ¡Y pensar que aquella deslenguada muchacha sería algún día una madre preocupada! Las vueltas que daba la vida…

Cuando tocó mencionar su anécdota más extraña, Xenobia mencionó aquel dichoso almacén de la biblioteca de la universidad, aunque dejó oportunamente fuera a los libros carnívoros que a punto habían estado de morderle el trasero.

—¿Y qué problema hay? —preguntó, fingiendo una increíble seriedad—. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Quiero decir, aparte de que me expulsen de por vida, me quiten la beca, y toda la universidad se entere de que Myerscough es una ligera de cascos. —Y llegados a este punto fue totalmente incapaz de aguantarse más la risa… igual de escandalosa que hasta ese momento.

Estaba siendo el peor ejemplo del mundo.

⋆⋆⋆

Su niña se había enamorado.

Así le gustaba —le hacía gracia, más bien— pensar en Zdravka: como su niña, su hija, a la cual instruía en aquel mundo peligroso, horrible y con esquinas puntiagudas que era Londres para una extranjera.

Si bien ya había dejado de caminar de su mano —en realidad, nunca habían caminado de la mano; lo máximo había sido pasarse un brazo por los hombros—, Xenobia la seguía viendo de la misma manera, y sentía esa necesidad de protegerla.

Se alegraba mucho de que se hubiese animado, pero por si acaso, se había comprado un bate. Ya sabéis: nunca se sabe.

—Está claro que sí: las madres pueden llegar a ser más benevolentes; las abuelas son implacables. ¡Cuídate de las abuelas! —Medio bromeaba, pero en realidad sentía pánico por la abuela de Thomas. ¡Muggle, encima! La señora apenas entendía cómo es que su nieto tenía esos poderes tan extraños, como para aceptar de buen grado que saliese con otra practicante de magia negra.

Creía que le había echado encima un mal de ojo, encima.

Sonrió divertida cuando Zdravka mencionó a su pareja, y su capacidad para meterse educadamente con April. También sonrió como una enamorada, lo que ocurría cada vez que pensaba en él.

—Es el rey de las sutileza —respondió, divertida—. Le envié antes un mensaje, y me dijo que intentará pasarse. Al parecer, está algo atareado con no sé qué papeleo.

En realidad, sabía exactamente el “papeleo” que estaba revisando: el cuerpo de aurores andaba metido en una importante operación, y esa noche tendrían que acabar con un grupo de magos tenebrosos. Así pues, era muy posible que no regresase a tiempo.

¿Estaba Xenobia preocupada? Un poco, pero intentaba fingir lo mejor posible.

—¿Y qué puedes decirme de este grupo? Instruye a las viejas, vamos —animó Xenobia, en un intento, precisamente, de no pensar en el asunto de Thomas. Si se ponía a pensar en ello, se volvería loca.

Atuendo:
[FB] When you came into my life. —XyZ.  - Página 3 GBHkiT1
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Jue Oct 17, 2019 2:28 am

No tenía nada en contra de las abuelas: Ekaterina era un amor de abuela, pero igualmente sabía cómo era la cosa con respecto a los nietos. No había mujer que cuidase más a Zdravka y Aleksej que Ekaterina, la madre de su padre. Sabía muy bien que cualquier hombre que Zeta llevase frente a su abuela, no sería lo suficiente para la eslovena, por no hablar de su hermano pequeño… Ese sí que tenía el listón bien alto: ninguna mujer iba a ser suficiente para su hermano pequeño, ni para la abuela Ekaterina, ni para su madre, ni para Zeta.

El novio de Xenobia le caía super bien, por lo que le encantaría verlo fuera de la casa y tomarse un par de copas con él y Equis, pues juntos eran explosivos.

―Jo, ¿un viernes? ―preguntó, apenada, por la noticia de Thomas.

Tenía que haber tenido un día de mierda como para que un viernes tuviese que quedarse a hacer papeleo a estas horas, ¡un viernes! Suponía que debía de ser algo para el fin de semana, ya que si no todo lo que no se termina un viernes, por ley no se toca hasta el lunes. Pero vamos… trabajando para privados eso daba igual. Zeta también había tenido viernes de mierda trabajando para su dichoso jefe porque necesitaba las cosas para el fin de semana.

―Que putada ―dijo, encogiéndose de hombros―. Ya tiene que tener mierdas importantes entre manos para que se tenga que quedar un viernes haciendo eso. Ojalá termine y se pueda pasar para despejarse un poco.

¿Sabéis lo peor de tener que hacer esas cosas un viernes por la noche? Que cuando terminas con todo eso, te vas a dormir pensando en toda esa mierda y al final hasta sueñas con ello y no consigues descansar. El trabajo tenía un horario para cumplir y eso de llevarse trabajo a casa era injusto e insano.

Cuando Equis le preguntó por el grupo, Zeta fue totalmente sincera con su reacción: abrió mucho los ojos, la miró y se encogió de hombros. No tenía ni pajolera idea del grupo, pues ella leyó “música en directo” y compró el plan. Mientras fuesen buenos, le daba igual el estilo y absolutamente todo, pues se disfrutaría igual.

―No tengo ni idea, ¿no te dije que sólo leí que era música en directo? ―Sonrió, algo traviesa―. Supongo que tendrán música propia y harán covers, pero no sé si serán acústico, electrónico, blues… Pero bueno, ¿importa? En realidad era una excusa para escuchar música mientras tomaba una cerveza con mi mami-amiga. ―Le pasó la mano alrededor de los hombros, cariñosa.

Zeta también trataba a veces, totalmente en broma, a Equis como su madre. Además de haberla apodado oficialmente cómo solamente Equis, se había acercado bastante a la estadounidense y muchas veces ella tenía una actitud muy de hermana mayor―de mami―con ella. Zeta lo agradecía un montón, pues se sentía bastante afortunada de haberse encontrado con una compañera y una amiga tan increíble, además de que hubiese alguien que la centrase en muchas ocasiones pero también que no se olvidase de que había ido a Londres a cumplir su sueño. No sé, era increíble. La quería mucho.

―Y así nos relajamos, que te noto tensa. ―Zeta se puso detrás de ella, colocando sendas manos sobre los hombros de su amiga, simulando un masaje en el trapecio―. ¿Una semana dura?
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Xenobia Myerscough el Dom Oct 20, 2019 2:42 am

«Ojalá sólo fuera papeleo», podría haber dicho perfectamente Xenobia. «Ojalá no estuviese metido en medio de un montón de magos tenebrosos que podrían matarlo en cualquier momento». No puso estos funestos pensamientos en palabras, por el bien de Zdravka y por el bien de su salud mental.

—Sí, es una mierda —dijo, fingiendo normalidad, como si de verdad su novio en aquellos momentos estuviese sentado ante el escritorio de su despacho, con una pila de documentos que casi llegaba al techo delante de él, y una taza de café bien cargado para hacer frente a una noche, si bien ocupada, muy tediosa—. Parece ser que son cosas que no pueden esperar al lunes, pero bueno: confío en él. Ya ha tenido esta clase de trabajo otras veces y lo ha conseguido. —Y para intentar suavizar un poco su nerviosismo, compuso una amplia sonrisa en su rostro.

Aquella noche, ambas se disponían a disfrutar de la música en directo de un grupo que Xenobia no conocía, por lo que sintió curiosidad y preguntó. Tamaña fue la sorpresa cuando descubrió que Zdravka, quien había propuesto aquel plan en un inicio, no tenía la más mínima idea de qué grupo iban a ver. ¡Eso sí que era estar bien informada!

No hay mal que por bien no venga: el asunto la ayudó a olvidarse por unos breves momentos del posible peligro que corría Thomas, y a dibujar en sus labios una sonrisa burlona.

—¡Claro que importa, hija mía! —exclamó de manera exagerada—. ¿No has aprendido nada de la mejor compañera de piso que has tenido nunca en todo el tiempo que llevas con ella? ¡La información es poder! ¡Debemos investigarlo todo! —Era más que evidente que estaba bromeando—. Nunca conseguiré hacer de ti una mujer de provecho. He fracasado como madre, y para rematarlo, aquí me tienes: llevándote a beber alcohol. ¡Oh, Dios mío! ¡Soy lo peor! —Se llevó ambas manos a la cara en un gesto muy teatral, fingiendo llorar.

No lloró de verdad, ni mucho menos, pero sí que se le desdibujó un poco la sonrisa en el rostro. De nuevo pensaba en Thomas, y se obligaba a sí misma a visualizarlo bien, escoltando a aquellos magos tenebrosos a una celda en el Departamento de Seguridad Mágica, donde permanecerían encerrados hasta que fueran juzgados y llevados a la prisión de Azkaban.

A Zdravka no le había pasado por alto su estado de nerviosismo, por supuesto: de manera adorable, se colocó tras ella y comenzó a fingir un masaje de hombros. La sonrisa volvió a aparecer brevemente en los labios de Xenobia.

—¡Una vida dura, dirás! —exclamó Xenobia, lanzando un suspiro—. Ya sabes: preocupaciones habituales, trabajo y esas cosas. También me gustaría que mi novio estuviese aquí y no trabajando.

No le podía contar a Zdravka la verdad. Se pensaría que alucinaba, o algo por el estilo, que estaba para encerrarla en un psiquiátrico. Además, ¿qué necesidad había de complicarle la existencia a una nomaj como ella revelándole la existencia de un mundo mágico que para nada influía en su vida? ¿Únicamente para poder desahogarse con todo el asunto de los magos tenebrosos?

No, definitivamente, no. No iba a contarle nada.

—Nada que un par de litros de cerveza, buena música y un baile no curen. Espero que la música que toquen sea movida, pues tengo ganas de bailar —confesó, y en eso no mentía: beber un poco y bailar era su combinación estrella para combatir la depresión—. Sabríamos si la música sería movida si alguien que yo me sé hubiera hecho los deberes...

Se mantuvo seria durante un momento, para luego romper a reír. Estaba totalmente de broma. ¿Qué más daba si la música era movida o no? Una vez borracha, Xenobia era capaz de bailar hasta con el tintineo de las copas mientras el camarero las lavaba en la pila del fregadero.
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Zdravka E. Ovsianikova el Lun Oct 21, 2019 3:22 am

Tampoco quería recordarle todo el rato a Xenobia que su pobre novio era un desgraciado con mucho trabajo un viernes por la noche, por lo que se obligó a sí misma a hacer que su amiga pasase una agradable velada aunque fuese sólo en su compañía, para así despejarla un poco y que no estuviese preocupada ni apenada por Thomas.

Cuando Zeta declaró que no tenía ni idea del grupo que iban a ir a ver tocar, Xenobia dramatizó por la falta de información, pues ella era una periodista y, por tanto, la falta de información era inadmisible en la vida. Zeta no pudo evitar reír al escucharla.

―¡No he tenido tiempo! ―Rió en señal de rendición, dando explicaciones―. Además, a veces tirarse a la deriva no es tan mala idea: ¿qué más da lo que vayamos a ver? Mi propósito original era sacarte de casa para emborracharte, ¿aún no te has dado cuenta, mami? ―Se la devolvió, sonriente.

Quizás todavía no fuesen inseparables, pero sí que llevaban mucho tiempo juntas como para darse cuenta de cuando algo no iba cómo debía ir. Xenobia en ese momento se le notaba preocupada y si bien sabía que podía ser por lo de Thomas, Zeta preguntó pues porque preocuparse por una persona que te importa era totalmente gratuito y, spoiler: hacerlo no hace daño a nadie. Así que en un intento de descubrir si había algo más oculto que estuviese manteniéndola distraída y preocupada, preguntó. Al parecer era todo lo de siempre y… Zeta se lo creyó porque evidentemente a ella también le pasaba.

No tenía que pasar nada fuera de lo normal para que una semana fuese más dura que la otra y tú ya no lo estuvieras pasando tan bien. Zeta todavía trabajaba para Rudy Börkam y sabía perfectamente lo que era que una semana todo fuese de perlas y a la semana siguiente pareciera que vivieras en el infierno.

―Y esas cosas ―repitió lo que dijo, con una sonrisa―. A mí ‘esas cosas’ también me tienen harta ―dijo divertida, en referencia a todo lo que no entraba en ‘trabajo y preocupaciones habituales’ como podía ser pagar el agua y la luz.

Cuando Equis volvió con el tema de que Zeta no sabía qué iban a ver, la eslovena se separó de ella y dio un par de pasos hacia la izquierda, ‘derrotada’ por su falta de profesionalidad en busca de información.

―¿Sabes? ¡Da igual lo que toquen! Tú y yo lo vamos a bailar aunque no sea música bailable. Nos inventamos el baile si hace falta. ―Y le señaló―: Aunque sea música clásica, ¿me oyes? ¡La bailamos también!


***

El club Daylight era una sala de conciertos en donde no había asientos disponibles para nadie: un par de barras por el local y una tarima en donde tocaría el equipo. Por lo que había visto en los carteles antes de entrar parecía que harían covers con un toque de jazz, por lo que a priori la cosa parecía que iba a ser bailable. Además, lo había dicho: tocasen lo que tocasen, Zeta pensaba bailar con Equis y, para eso, mejor si tenía un par de cervezas encima porque bailar clásico iba a ser todo un reto.

Arrastró a Equis a través de la gente sujetándole la mano para no perderle y robó un taburete antes de invitar a Xenobia a sentarse en el que tenía enfrente, el cual estaba libre. Zeta pidió dos cervezas y cómo eso era fácil, el barman se las dio sobre la marcha recién abiertas. La eslovena le dio tres libras―pues valían libra y media―y le tendió una Xenobia.

―Tú invitas a la siguiente. ―Y tras guiñarle un ojo, bebió de su botella de Bombardier. Mientras lo hacía miró al escenario y vio allí un piano, una guitarra y un bajo―. Bueno a priori parece que va a sonar movidito, ¿no?
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