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[FB] When you came into my life. —XyZ.

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Jun 01, 2019 2:47 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] When you came into my life. —XyZ.  - Página 5 M5OXF58
Nueva casa de alquiler || Kensington, 9 de febrero del 2012 || 23:32 horas || Atuendo

Ataviada con un gran abrigo encima de esa poca ropa deportiva, daba saltitos frente a la puerta de aquel portal, esperando a que alguien le abriese. Estaba cargada con una gran mochila en la espalda, una maleta enorme de ruedas y otra un poco más pequeña que parecía que iba a explotar de todo lo que había en su interior. ¡Quién tuviese un palo de madera con el que agrandar las cosas por dentro mágicamente! Cargadísima, seguía esperando a que sus nuevas compañeras de piso, que ni conocía, le abriesen la dichosa puerta para dejar de empaparse con la lluvia que estaba cayendo en ese momento.

Veintitrés segundos después de haber tocado por segunda vez, la puerta sonó y se abrió. La empujó como alma que lleva el diablo, entrando a trompicones al interior con todas sus pertenencias. Se trataba de un apartamento de varios pisos y ella había alquilado una de las habitaciones del tercero izquierda, cuya casera, de nombre Iris Leithfield, sólo rentaba a mujeres porque consideraba que eran mucho más responsables y limpias que los hombres. La verdad es que a Zeta le venía genial porque después de su primera experiencia no quería tener que compartir nada con ningún hombre. A simple vista Iris parecía una casera relativamente simpática, pues había accedido a darle la entrada a Zeta ese jueves pese a que era a esas horas intempestivas.

En realidad todo la situación del alquiler había sido bastante precipitada, pues la eslovena quería dejar cuanto antes su anterior piso y había sido todo a 'a ver qué pasa'. Por suerte para ella, la señora Leithfield había podido acceder a las prisas y las ‘condiciones’ de Zeta, lo cual había sido todo un alivio para ella y un golpe de suerte. Por desgracia la señora no iba a estar presente a esas horas para recibirla, por lo que le había dicho que tocase que ya le abrirían sus compañeras de piso—previamente avisadas—y que les dejaría sus llaves allí dentro.

Así que allí estaba Zeta, empapada de arriba abajo, mientras subía por el ascensor al tercer piso. Una vez las puertas se abrieron delante de ella y pudo salir torpemente de allí, vio que en la puerta de su futuro apartamento había una chica apoyada en el marco. Era rubia, de rasgos perfilados y rostro fino. Estaba con los brazos cruzados, descalza y vestida con un pijama de esos calentitos.

—¿Ekaterina? —le preguntó la muchacha.

Con las prisas se había presentado así a la casera, ya que esperar que entendiese Zdravka era una pérdida de tiempo y hacerse llamar Zeta le parecía poco serio para un primer contacto y un futuro contrato. Su segundo nombre siempre la libraba de eso.

—Sí, hola. —Se acercó allí con sus maletas y la chica dejó hueco para que pudiera pasar, cerrando la puerta detrás de ella.

Se apartó de manera un poco repipi para no mojarse con las cosas empapadas, para meterse en lo que parecía su habitación, bastante cerca de la puerta de entrada.

—Bienvenida —le dijo a la muggle. —Yo soy April. Disculpa por haber tardado en abrir, estaba hablando con mi novio por Skype y pensé que Xenobia estaba disponible, pero se estaba duchando. —Miró entonces el reloj que tenía en la muñeca, alzando levemente las cejas y suspirando con reproche. —La señora Leithfield dijo que vendrías tarde, pero te has superado. Y bueno, tampoco son horas para estarse bañando con el ruido que hace el dichoso termo de esta casa. Menos mal que mañana libro. —dijo con un poco de mal humor. Zeta se quedó callada porque… ¿qué narices iba a decir a eso? —Bueno, te dejo que he dejado a mi novio hablando solo. —Pero antes de meterse, señaló a la siguiente habitación que había en el pasillo. —La siguiente habitación es la tuya y la siguiente es la de Xenobia. El baño es la puerta que encontrarás cerca de la comedor-salón y la cocina.

Menos mal que Zeta había visto fotos por internet porque estaba claro que con las indicaciones de aquella mujer no iba a llegar a la cocina con vida si estuviese muriéndose de sed.

—Gracias —le dijo con simpleza. —Hasta mañana.

—Buenas noches. —Se despidió secamente, cerrando su puerta.

Se quedó un momento un poco trastornada con respecto a ese momento tan incómodo de la perfecta imperfecta compañera de piso, pero pensó que nada podía ser peor que de donde venía—ilusa de ella pensar tan optimista tan pronto—y caminó hacia su habitación, queriendo simplemente tirarse en esa cama que probablemente sería muy incómoda.

La habitación era pequeña, lo justo y necesario para una cama individual, un escritorio, una silla y un armario empotrado. Tenía algunas estanterías encima de la cama y lo primero que hizo Zeta fue dejar sus cosas en el suelo y quitarse la chaqueta empapada, colgándola en la puerta.

Tenía que hacer la cama para poder dormir y lo peor de todo es que pese al sueño, le estaba ganando el hambre que tenía, pues no había podido cenar después del día de mierda que había tenido. Día de absoluta decadencia, estaba cansada de estar cansada, imagínate el nivel de cansancio. Así que suspiró y abrió su mochila para sacar su triste paquete de Golden Graham a punto de acabarse y un batido de vainilla. Era una cena muy triste, pero no tenía nada más. Mañana tendría que ir a comprar...

Ya estaba pensando en el día tan largo que le quedaba por delante mañana y todavía ni se había ido a dormir.
Zdravka E. Ovsianikova
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Zdravka E. OvsianikovaMuggle

Zdravka E. Ovsianikova el Mar Dic 24, 2019 11:28 pm

¿Sweet Child O’Mine de Guns N’Roses? Zdravka reconoció la canción desde el primer acorde que sonó por los grandes altavoces del karaoke. Rápidamente se metió en la piel del cantante, moviéndose como si aquella canción la hubiera creado ella misma y es que, desde muy, muy pequeñita, conocía esa canción y recordaba cantarla con su padre simulando que su escoba era una guitarra eléctrica mientras su padre golpeaba el aire con dos cucharas simulando una batería.

Luego aparecía su madre con cara de patata cortarollos pero, después de un par de intentos emocionados, le daban un cucharón y ella fingía cantar. En el fondo su madre tenía una parte divertida, pero MUY, MUY AL FONDO, ENTERRADA JUNTO A SU SIMPATÍA.

Esperó a su turno mientras movía la pierna al ritmo, para entonces llevarse el micrófono a la boca con un gesto exagerado que parecía de una estrella de rock.

―She's got eyes of the bluest skies, as if they thought of rain. I hate to look into those eyes… and see an ounce of pain. Her hair reminds me of a warm safe place, where as a child I'd hide and pray for the thunder, and the rain to quietly pass me by… ―Cantó al tiempo.

Se le notaba en la voz que estaba alcoholizada y perjudicada, pero aún así cantó bien, al ritmo y dentro del tono correcto. ¡Era una profesional! ¡Aunque tuviera tono de borracha no iba a estar por debajo del tempo! ¡Eso nunca!

Al final, la parte del estribillo infinito que venía después lo hacían juntas, con tan mala suerte de que en cierta ocasión les dio la risa, se les fue todo el ritmo y les costó la vida volver a retomar el tono correcto entre risas, medios abrazos y una concentración nefasta. Todo el local rió al verlas, rojas como un tomate, intentando fingir ser profesionales. ¡Pero en los karaokes se les permitía hasta a los profesionales un respiro!

Cuando la canción terminó, el público aplaudió como si eso hubiera sido un concierto del mismísimo Michael Jackson, pues seguramente todos allí estuvieran también tan borrachos como ellas y todos estaban en la misma honda de ridiculez.

Equis y Zeta se bajaron del escenario y se acercaron a la mesa en donde estaba a Thomas, acompañado de tres chupitos de una sustancia rosita. Cada una se sentó en una de las sillas y aún cogiendo aires, Thomas habló:

―Tengo mi veredicto ―comunicó, empujando los respectivos chupitos a cada una―. Pero tengo que daros un poco de alcohol porque sé que una de las dos se va a enfadar mucho cuando diga la ganadora.

―¡Pero dilo!

―No, no, aquí se ha de promover la competitividad sana. Cada una que coja su chupito y lo mantenga en alto: cuando diga la ganadora, brindáis y decís: “BIEN CANTADO, AMIGA” y os lo bebéis, ¿entendido? ―Thomas hablaba con muchísima seriedad, intentando ser la cabeza de la razón, cuando estaba claro que también tenía más copas de las previstas encima.
Zdravka E. Ovsianikova
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Zdravka E. OvsianikovaMuggle

Xenobia Myerscough el Dom Dic 29, 2019 2:35 am

«¡Qué talento tiene, la condenada!», pensó Xenobia, que durante el dueto con Zdravka, únicamente podía maravillarse. «Menos mal que no nos hemos apostado dinero.»

El resumen de la actuación fue sencillo: Zdravka, incluso borracha, demostró no sólo su natural talento para la canción, sino también lo mucho que había educado su voz a lo largo de los años, hasta el punto de que el alcohol apenas hacía mella en ella; Xenobia, por su parte, hizo lo mejor que estaba en su mano, y… bueno, a excepción de un par de desafines sueltos, su resultado fue mediocre tirando a aceptable.

Su yo más borracha se sentía abochornada por lo que iba a ser una derrota en toda regla; su yo orgullosa de Zdravka, su amiga e hija, se sentía honrada de haber perdido frente a ella.

Sin embargo, quedaba ver cuál sería el veredicto de Thomas, que bien podría ser justo y realista, o bien podría haberse tomado en serio las amenazas de índole sexual de su pareja. Dudaba que fuese el caso, aunque habiendo alcohol de por medio…

Al regresar a la mesa, Xenobia trastabilló y no terminó en el suelo por gracia de los clientes que ocupaban otra mesa cercana al escenario, que le echaron una mano. Cuando se recuperó, les dio las gracias y volvió con sus amigos.

Thomas anunció que ya tenía su veredicto, pero no iba a decirlo hasta que ambas contrincantes se felicitasen con un chupito. Xenobia puso los ojos en blanco, sonriendo y negando con la cabeza.

—¿Más chupitos? ¿Tú me has visto bajar del escenario? —preguntó con ironía, tomando igualmente la bebida que le ofrecía su novio. Entonces, se giró hacia Zdravka, manteniendo la bebida en alto—. Bien cantado, amiga mía. ¡A tu salud! —Zdravka hizo lo propio y, entonces, ambas se bebieron el chupito. Xenobia sintió que le ardía la garganta, pero se lo tragó como una adulta borracha y fuerte—. Y ahora, sácanos de dudas. Y sé sincero.

—¿Segura? —En los labios de Thomas se dibujó una media sonrisa, que parecía querer decir que no sabía si atreverse.

—Ya sabes que no puedo dejar de hacer esas cosas en la ducha, y por suerte o por desgracia, eres el único hombre que tengo. —«De acuerdo, señorita: va siendo hora de que dejes de beber.»—. ¡Venga, escúpelo ya!

Thomas carraspeó, de nuevo un poco ruborizado ante la actitud deslenguada y desvergonzada de su novia, pero logró recomponerse.

—La ganadora es Zeta, y por goleada —dijo al fin, con una amplia sonrisa.

—Como no podía ser de otra manera —añadió Xenobia, para acto seguido sonreír y estrechar a Zdravka entre sus brazos, dándole un suave beso en la parte superior de la cabeza—. Eres la artista de la familia, ¿cómo no ibas a ganarme?

En realidad, aquella vena competitiva que surgía cuando se emborrachaba no tenía nada de serio, y podría haberle surgido con cualquier tontería. De hecho, agradecía que a nadie se le hubiera ocurrido proponer una competición de beber, pues con toda seguridad, Xenobia habría terminado, o bien vomitando, o bien desmayándose en medio de un coma etílico. Así de competitiva se ponía.

Eso sí, aceptaba bastante bien la derrota.

Con cuidado de no volver a tropezar, la bruja tomó asiento junto a Thomas y decidió dejar el alcohol por un momento. Miró entonces a su amiga.

—Te toca contra Thomas, pero creo que podríamos ahorrarnos el trámite: le vas a ganar incluso con más ventaja que a mí —aseguró.

—¿Tan poca fe tienes en mí? —Thomas sonreía, divertido; su novia, simplemente, se encogió de hombros—. Vas a ver lo equivocada que estás.

Y con esas palabras, Thomas se dirigió al escenario. Sobra decirlo, pero… sí, efectivamente: el inglés iba a sufrir una de las derrotas más humillantes de su carrera musical, que después de ese día, si alguna vez se había propuesto intentarlo en serio, seguro que desistiría.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Ene 04, 2020 2:17 am

La eslovena observaba divertidísima las conversaciones de Xenobia y Thomas, sobre todo cuando éstas subían de tono y ella parecía tan natural mientras él parecía querer crear un hoyo en el suelo y tirarse de cabeza con tal de no tener que tener ese «tipo» de conversaciones con una tercera persona delante. Zeta, por su parte, sonreía ampliamente mientras miraba a ambos, alternando la mirada a cada uno cada vez que hablaban.

A la cantante no le parecía para nada una conversación que estuviese fuera de lugar: era super obvio que una pareja tenía sus momentos de pasión y… bueno, había confianza. Zeta no iba a pensar nada raro, ni mucho menos a imaginarse nada. ¡Los quería mucho, pero no quería imaginarse a ellos dos teniendo sexo!

―¡Tómaloooooo! ―Subió sendas manos al aire al cantar victoria.

Mientras tenía las manos en alto, Xenobia la abrazó y Zeta aprovechó para bajar las manos y rodear sus cuello con ellas, abrazándola muy fuertemente. En realidad hasta le hubiera parecido lícito que Thomas eligiese a Xenobia porque… ¡bueno, uno no se arriesga a perder ciertos privilegios en la ducha! ¡Hasta Zeta lo hubiera entendido! Un poco de tongo, en pos de la salud sexual, era totalmente permitido.

Sin embargo, admitía que lo más bonito de todo es que Xenobia hubiese dicho aquello. «Eres la artista de la familia». No era un secreto ni para Thomas ni para Equis que Zeta en Londres no tenía familia propiamente dicha y que un novio con el que llevaba un par de meses, por mucha ilusión que hubiera, no se podía considerar familia. Eso sí, Xenobia desde que había entrado a su familia había sido como tener esa hermana mayor que nunca había tenido y se sentía muy, muy feliz de que fuese recíproco.

Mira que no había pasado un tiempo exagerado, pero ya Zeta pensaba que esa amistad era para toda la vida. O eso esperaba al menos.

Zeta besó la mejilla de Xenobia con uno de esos besos largos y cariñosos, llegando a ese punto de borrachera sentimental. Pero se iba a controlar: lo mejor era esperar a la vuelta a casa para declarar abiertamente lo INCREÍBLEMENTE ENAMORADA ―de amistad― que estaba de su amiga. Pero como empezase ahora, el karaoke iba a quedar en segundo plano y eso no podía ser.

Rió al ver el pique entre la pareja, para entonces coger a Thomas y llevárselo al escenario, en donde cantaron Killer Queen de Queen.

Obviamente ganó Zeta.

La noche se alargó allí más tiempo de lo que ninguno de los tres ―ni Zeta, que era la más motivada― se hubiera esperado. Bastante tarde ya ambos caminaban muy perjudicados y cansados hasta la parada de autobús más cercana para poder llegar a casa. Evidentemente Thomas iba con ellas a casa, pues no iban a dejar que se fuera solito y, obviamente, él no iba a dejar que ellas se fueran solitas. Así que lo mejor era ir todos juntos y dormir abrazadito a Xenobia.

Una vez en el autobús, Xenobia se sentó junto a Zeta y Thomas justo en los asientos de delante, de lado para poder verlas. La eslovena, que parecía la más cansada, había apoyado su cabeza contra el hombro de Equis, cerrando los ojos.

―Me ha encantado la noche, chicos ―declaró, con voz de borracha―. Hay que repetirlo más veces… Peroo… ―Bostezó, interrumpiéndose a sí misma. Aún así no abrió los ojos, pues en su mente estaba pensando que si abría los ojos se le iba a escapar el sueño  y luego no se iba a poder quedar dormida en casa―. Os quiero mucho, ¿lo sabéis, verdad? Quiero más a Equis, no te ofendas, Thomas. ―Y se rió ella sola, para entonces hacer un esfuerzo y abrir los ojos―. Pero mucho, mucho, ¿sabes? ―Miró a Equis―. En plan… desde aquí a Eslovenia. No, no. Desde Nashville a Eslovenia, ¡o más! Yo creo que más, definitivamente. Hasta la luna.

Thomas ya se estaba partiendo el culo.
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Vie Ene 10, 2020 3:25 pm

Las confesiones de borrachos, por exageradas que pudieran parecer, solían ser las más sinceras del mundo. Perder las inhibiciones tenía como consecuencia un aumento de la sinceridad —en algunas ocasiones, un tanto peligrosa—, y por eso solía decirse que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad.

Después de aquellas muestras de afecto tan efusivas por parte de ambas, con un Thomas como testigo, siguió una de esas confesiones sinceras de borracha, en este caso de parte de Zdravka.

Xenobia no tenía intención de quedarse atrás.

—¿Sólo hasta la luna? —Hizo una pedorreta, como si pretendiera tachar de cutre su efusiva muestra de afecto—. Pues ahora paso de decirte que yo te quiero desde aquí hasta Neptuno, que es el planeta más alejado del sol.

Para entonces, Thomas ya casi no podía mantenerse en pie, fruto de su ataque de risa. Se sujetaba el estómago como si estuviera aquejado de un profundo dolor, quizás fruto de una indigestión. Indigestión de risa, por lo menos.

Cuando logró reponerse, puso una mano en el hombro a cada una de las chicas.

—Venga, Super Amigas, vámonos. Te acompañamos a casa —dijo, esta última parte refiriéndose únicamente a Zdravka. Estaba implícito que esa noche la pasarían en casa de Thomas.

También estaba implícito que su naturaleza mágica le había traicionado un poco: teniendo en cuenta que tanto Xenobia como él tenían la capacidad para teletransportarse, resultaba sencillo olvidar que los seres no mágicos, los seres más mundanos, debían utilizar el viejo y confiable medio de transporte que tuviesen a su disposición. En este caso, el metro, pues seguramente ya había pasado el último autobús.

⋆⋆⋆
Sábado, 7 de junio, 2014 - 17:37 horas
Londres, Reino Unido
Atuendo

Desde aquel glorioso diez de noviembre —u once, si se tenía en cuenta que aquellos momentos transcurrieron durante la madrugada—, había pasado más de año y medio. Durante aquel período de tiempo, Xenobia Myerscough y Zdravka Ovsianikova se habían vuelto inseparables, casi como dos hermanas.

Xenobia había valorado la posibilidad de desvelar su naturaleza mágica a Zdravka, llegando a estar casi decidida en un par de ocasiones; al final, no lo había hecho, convenciéndose de que era lo mejor que podía hacer. No por ello se sentía menos deshonesta, cabe señalar.

Con quien no había estrechado ningún tipo de lazo, sino al contrario, había sido con April.

La situación con ella se había vuelto insostenible: en el último año y medio, quizás debido a la gran cantidad de tiempo que habían pasado las tres juntas, su compañera de piso se había vuelto cada vez más insufrible, cada vez más crítica con cada actitud que no le disgustaba, y poco a poco Xenobia había ido dejando a un lado las sutilezas y las bromas para intercambiar con ella comentarios hirientes.

Hirientes a propósito, cabe destacar.

En algún punto de aquella relación de convivencia, Xenobia había pasado de tomarse a April en broma a despreciarla sinceramente. No le gustaba despreciar a nadie, ni le gustaba ella misma cuando adoptaba aquella actitud.

Asimismo, el incremento en la tensión reinante entre ambas también había salpicado a Zdravka, quien era víctima habitual de los ataques de April. Esto no hacía más que encender todavía más a su amiga bruja, y finalmente todo había desencadenado en una situación de no retorno: o aquellas tres se separaban, o iban a acabar matándose.

Durante una de sus discusiones más fuertes, Xenobia había soltado un comentario muy hiriente a April. ¿Recordáis esa conversación acerca de traerse chicos a casa, y que April no solía quejarse de ello? Bueno, pues incluso había comenzado a quejarse de eso. Y como la chica no era famosa, precisamente, por durar demasiado tiempo con el mismo chico, su compañera bruja le había escupido lo siguiente:

—¡Y a mí me gustaría que dejases de meter en NUESTRA CASA a un tío distinto cada semana, April, pero la vida no es perfecta! —Para entonces, Xenobia ya gritaba, con los ojos desorbitados, y cualquiera en el edificio podría escucharla—. ¡Ah, sí! Y así, como consejo: existe una cosa llamada CONDÓN, el cual sirve para prevenir embarazos. ¡Quizás cuando aprendas a utilizarlo, no tendremos que estar encontrando tus dichosos Predictor por todas partes!

Poco le había faltado para llamarla “guarra” a la cara. Y el hecho de que su compañera se hubiera quedado patidifusa, sin nada que decir, y acto seguido se hubiera metido en su cuarto, cerrando de un portazo, hizo que Xenobia se sintiese genuinamente mal.

Ya le gustaría a ella conocer los problemas de autoestima que tenía April, así como el hecho de que venía de un hogar roto. Habría comprendido mejor su forma de ser, así como esa especie de barrera que levantaba a su alrededor. Quizás entonces habría intentado hacer las cosas bien, buscar un resquicio por el cual llegar a ella.

Sin embargo, no sabía nada de esto, y por mal que pudiese sentirse por haberle dicho aquellas cosas horribles, sabía que la situación se iba a repetir tarde o temprano. Y como no tenía ganas de seguir tolerando aquello, había empezado a buscar piso por su cuenta.

Al hablarlo con Zdravka, descubrió que la eslovena tampoco quería seguir allí. De hecho, para rebajar tensiones, había dicho algo así como que se iba y la abandonaba con la bestia. Xenobia había argumentado que, muy posiblemente, en cuando ella no estuviese, April sería más manejable, pero ni con esas había convencido a Zdravka: ella creía que, viéndola sola y vulnerable, la tomaría con ella.

⋆⋆⋆

Y allí estaban: sábado, siete de junio, camino de su nueva casa. Ambas caminaban con parsimonia por una calle londinense bañada en los rayos del sol, casi como si hubiese salido por primera vez después de una furiosa y larga tormenta. Así se sentía Xenobia, al menos, ahora que April ya no formaba parte de su vida.

Ambas llevaban consigo sendas maletas, las cuales contenían sus pertenencias. De manera añadida, Xenobia llevaba a la espalda la funda de su guitarra, y colgada de un hombro la bolsa con su cámara y sus objetivos. Quien la viera pensaría que cargaba con su casa a las espaldas.

Si supieran todo lo que contenía esa maleta con ruedas de aspecto antiguo de la que iba tirando… Cosas de brujas.

—He intentado pedirle disculpas —dijo, después de un par de minutos de camino en silencio—. No me gusta cómo me comporté con ella. Sí, vale, estaba harta, pero creo que no es excusa para decirle lo que le dije. —Soltó un suspiro, negando con la cabeza—. Llamé a su puerta, sé que estaba dentro, pero no se dignó a abrir. En fin, mejor así, supongo.

Si fuera una mala persona, se sentiría satisfecha con esa conclusión: había hundido a April en la miseria. Pero ella no era así, y durante los siguientes días, intentaría contactar con ella por vía telefónica. Sobra decir que no darían frutos.

—¿Cómo te imaginas nuestra nueva casa? —preguntó entonces, tratando de dejar a un lado un tema que prometía volver a colocar nubes de tormenta sobre su cabeza—. Sólo pido que ahí viva gente normal. No como yo, quiero decir.

Xenobia se rió ante su propia ocurrencia. Era lo bueno que tenía: sabía hacer un ejercicio de introspección, y sabía reconocer que en el asunto April, ella también había tenido mucho de culpa. Quizás no era la peor de las dos, y por eso Zdravka había optado por quedarse a su lado, pero estaba claro que no había hecho las cosas bien.
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Zdravka E. Ovsianikova el Miér Ene 15, 2020 11:21 pm

La relación entre Equis y Zeta había prosperado muchísimo, hasta el punto de que la eslovena no se imaginaba su vida sin ella. Quizás en ciertas ocasiones pudiese parecer exagerado, pero se sentía además de comprendida y protegida por ella, con un vínculo muy fuerte que las unía a pesar de todo. Era muy común en las amistades separarse debido al noviazgo o quizás seguir con tu vida independientemente del camino de tu amiga, pero ambas se habían conocido en un punto en donde sus caminos parecían haber convergido para la posteriedad.

Eso, sin embargo, no ocurrió con April. Zdravka no esperaba encontrar una mejor amiga, prácticamente una hermana, en aquella casa que alquiló a las prisas, pero había conseguido a un pilar indispensable aunque hubiese venido acompañado de… una persona parásita. Para ella, April había sido como un grandísimo grano en el culo y había llegado un punto en el que ya le parecía insoportable y totalmente innecesaria en su vida.

Había pasado un año después de aquella noche en donde cantó por primera vez en un escenario y, en este momento, ambas caminaban en dirección a su próxima casa. Habían conseguido dos habitaciones libres en una casa mucho mejor, por lo que iban con las expectativas de que era imposible que les tocase alguien peor que April.

Zeta, que en ese momento estaba cargando con practicamente toda su vida ―literalmente― por no tener que apoquinar con un taxi o un camión, iba junto a Equis. Llevaba una mochila a la espalda, una maleta grande de ruedas que arrastraba pesadamente, otra sin rueda que llevaba en la mano y, al igual que Equis, el forro de su guitarra ―¡su preciosa guitarra electroacústica de nombre Mushu que al fin se había comprado!― al hombro. Aún le faltaba una maleta, pero estaba en casa de Austyn, su nueva pareja desde hacía un par de meses.

―No te ralles, tía. ―Sabía que, le dijera lo que le dijera, se iba a rallar. Pese a que Xenobia en ocasiones pudiera tener una manera muy ruda y hostil de decir las cosas, en el fondo no era una mala persona y se arrepentía de su malos comportamientos. Zeta, al contrario que ella, saltaba menos pero también se rallaba menos: lo hecho, hecho estaba―. Entiendo que se haya sentido ofendida porque a nadie le gusta que le llamen puta a la cara, por mucho que sea verdad, pero igualmente ha sido un mal gesto por su parte no aceptar sus disculpas, ¿qué vas a hacer? ¿Olerle el trasero hasta tener su atención y pedirle perdón? ―Zdravka no tenía demasiada paciencia con April. Era cierto que de estar en la situación de su amiga le hubiera pedido perdón por cuestión de karma antes de irse del piso, pero no se rallaría si April, como en este caso hizo, le niega la oportunidad de hacerlo. Le hubiera puesto una notita en la nevera para que la leyera y… arreando.

La nueva casa que les esperaba era… sencillamente genial. Por una parte era más grande que la anterior y, por otra, iban a dejar de tener sólo a una compañera de piso para compartir piso con una pareja. En teoría, según el casero, la habitación más grande estaba alquilada por una pareja de irlandeses bastante jóvenes, mientras que las dos individuales eran las que ahora ocuparían las amigas. Tenía un salón común bastante pequeño, dos baños ―ergo uno sería solo para ellas dos, que ya estaban acostumbradas a convivir juntas― y una cocina-comedor. La verdad es que a Zeta eso le parecía ya ir por lo high-level.

―Sé que no la hemos visto en realidad pero las fotos a mí me subieron las expectativas… quizás demasiado ―aceptó resignada, pero inevitablemente optimista―. Y el casero dijo que la pareja era simpática y tranquila. Quizás sea pedir demasiado… ¡pero me conformo con que sea tranquila! Después de April de verdad espero que la suerte nos sonría un rato. ¡Ah, sí! ―Paró momentáneamente, mirando a Equis―. Espero que les guste la música y que no tengan problemas con que llevemos a nuestras parejas. Con eso me conformo. Me vale si no fregan los platos en una semana con tal de que les guste la música y no tengan problemas con las parejas.

Cansadísima de cargar con todas sus cosas y sin saber demasiado bien cómo narices había conseguido reunir TANTA MIERDA en los años que llevaba en Londres, llegaron a su preciosa y nueva casa. Billy ―el casero― había dicho que le era imposible entregar personalmente la llave porque trabajaba, pero que se pasaría desde que pudiera para ver que todo iba bien.

Ambas tocaron a la puerta bastante motivadas y, en cuestión de segundos, la puerta se abrió a manos de un chico. Era alto, corpulento, de ojos  azules y con una barba pelirroja muy poblada y los pelos despeinados y rizados. Poseía unas gafas de pasta y vestía un chándal. Pese al aspecto desaliñado que poseía, su rostro sonriente hizo que ambas chicas mantuvieran la sonrisa.

―Hola, somos…

―La de los nombres raros ―interrumpió con jovialidad.

―Esas… ―dijo antes de reír―. Nos llamamos Zeta y Equis, si te resulta más fácil.

―Yo soy Samuel y mi novia Sylvia no se encuentra ahora en casa pero entrad y ponéos cómodas; ¡cómo si estuviérais en vuestra casa! ―bromeó, dejando paso en la puerta para hacerlas pasar.

Ambas pasaron un poco aparatosas con tantas cosas, observando con curiosidad lo limpio y ordenado que estaba todo. Samuel pareció darse cuenta de cómo miraban todo, a lo que añadió algo que, a su parecer, era muy necesario:

―He de admitir que Sylvia lo ha recogido todo para vuestra llegada y si bien yo soy un desastre, ella es una buena compañera que siempre intenta mantener una buena convivencia y todo en su sitio. Yo… bueno, a mí me podréis encontrar en mi habitación: soy informático y encima trabajo desde casa, así que poco salgo de mi santuario ―admitió, metiéndose las manos en los bolsillos de su sudadera―. ¿Vosotras a qué os dedicáis?

―Yo soy músico pero ahora mismo trabajo en el Telepizza porque el mundo es cruel y la industria musical horrible ―respondió la primera, para luego mirar a Xenobia. En realidad también estaba estudiando Producción Musical, pero ahí lo importante es que podía llevar pizzas gratis a casa, al menos hasta que cambiase de trabajo… ¡que ojalá fuese más pronto que tarde!
Zdravka E. Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Miér Ene 22, 2020 6:36 pm

A pesar de tener la sensación de haber puesto en su lugar a una persona que se lo merecía, Xenobia también tenía la sensación de haber hecho algo malo. Muchas veces en su vida le sucedía aquello, para su desgracia, pues tenía entendido que los redaños estaban reñidos con la carrera de periodismo. Había que deshacerse de ellos, y en gran medida de la empatía, si se pretendía llegar a algún lado.

Intentó tomar en consideración el consejo de Zdravka, aunque no le iba a resultar sencillo: nadie tenía en su interior, o al menos nadie normal, un botón que le permitiese interrumpir el flujo de ciertas emociones, como los remordimientos o la tristeza.

A pesar de ello, agradecía la preocupación de de su amiga. Ella podía ofrecer una visión mucho más objetiva de la situación, pues nunca había tenido una guerra tan personal con April. Había intentado ejercer de mediadora en algunas ocasiones, con tal de no avivar la llama.

Pero bueno, Xenobia era pura llama, y no hacía falta demasiado combustible para prenderla, aunque luego se sintiese mal.

—Supongo que tienes razón —terminó por concluir y aceptar. No le quedaba más remedio—. Que mire el lado positivo: seguro que, después de mí, cualquier compañera de piso le parece mejor. ¡He rebajado por completo sus expectativas!

La parte positiva de todo aquello, en realidad, era que posiblemente no tendrían que volver a ver a April en lo que les quedaba de vida, y si sucedía, sería en la calle y no estarían obligadas a comunicarse. Y de la misma manera que April vería sus expectativas rebajadas con respecto a futuras compañeras de piso, Xenobia no llevaba las suyas por los cielos, precisamente: hasta el más vago compañero de piso, siempre y cuando no fuese desagradable, sería bien aceptado… al menos, en principio.

El lugar al que se mudaban, al menos, era bonito. O eso parecía, a juzgar por las fotografías que habían visto. Lo único que faltaba saber era qué se encontrarían de puertas adentro.

De nuevo, sus expectativas no eran demasiado altas, y cualquier cosa menos insoportable que April le parecería aceptable.

—Amiga mía, ya te he dicho en muchas ocasiones que soy capaz de vivir hasta debajo de un puente, si hace falta —comentó con una sonrisa, totalmente divertida, declarando lo poco exigente que era con las condiciones de su futura vivienda—. Lo importante es, precisamente, la clase de seres que habiten en su interior. Después de April, yo lo que quiero es descansar. —Y suspiró, esperando que lo que había dicho el casero fuera cierto.

Xenobia había desconfiado en un inicio de aquel piso porque, llamadla anticuada, no habían dado con el anuncio en un periódico —medio clásico, con el cual había comenzado su búsqueda—, si no que habían dado con él en una página web. ¿Que era una estupidez tener semejantes reparos? Desde luego, pues por lo general, lo anticuado solía ser sinónimo de retrógrado, y un casero encontrado en las páginas de anuncios del Evening Standard tenía todas las papeletas para ser retrógrado.

No tardaron demasiado en llegar a la que sería su nueva vivienda. Al llamar a la puerta, las recibió un joven cuyo aspecto parecía mezclar lo intelectual —por sus gafas de pasta— y lo deportivo —por su chándal—, todo ello en el cuerpo de un pelirrojo irlandés. Sobra decir que Xenobia no sabía si era irlandés o no, pero estando en Londres, había posibilidades.

El recibimiento inicial, desde luego, fue mucho mejor que el de April. La nueva vivienda acababa de ganar varios puntos positivos.

—Yo soy Equis —aportó Xenobia, con una sonrisa, tras el comentario de los nombres raros. Ya se había acostumbrado a ese mote.

El joven, llamado Samuel, les dio permiso para entrar de una manera tan jovial y amable como su recibimiento. Con buenas vibraciones, Xenobia arrastró su equipaje de puertas adentro, deseando encontrar un rincón donde soltarlo todo.

Les contó que era un informático un tanto dejado que trabajaba desde casa, y viniendo del infierno, a Xenobia le pareció una carta de presentación sobresaliente. Luego les preguntó acerca de sus profesiones, y la primera en responder fue Zdravka.

―Sí, algo me había olido por vuestras guitarras ―comentó Samuel con una sonrisa, mientras cerraba la puerta tras de sí―. ¿O son bajos? Sé que a los músicos os molesta que la gente los confunda, y si es así, pido perdón.

A Xenobia le resultó cómico y a la vez entrañable cómo el joven compuso una sonrisa de disculpa, y cómo juntó ambas manos por delante de su cara, casi como si estuviera rezando una oración. No pudo contener la risa.

—Sí, estoy tremendamente ofendida, y desde hoy te apunto en mi lista de “personas non gratas” —comentó Xenobia, en el mismo tono de broma—. Son guitarras.

―¿Tú también te dedicas a la música? ―preguntó, con cierto entusiasmo, su recién conocido compañero.

—¡Qué va! Yo tengo una apasionante carrera en el mundo del periodismo —dijo, divertida, para luego añadir—, pero, al igual que mi amiga, actualmente mi injusta vida me ha llevado a trabajar en un Starbucks.

En realidad, seguía teniendo trabajo como periodista, pero actualmente era tan ocasional que no llegaba para pagar facturas. De hecho, con todo el dolor de su corazón, no era la primera vez que Xenobia tenía que rechazar un trabajo de un día como fotógrafa para dedicárselo a la cafetería, pues ganaba más dinero allí que con su pasión.

Eso sí, escribía todos los artículos que podía, aunque tuviese que renunciar a horas de sueño para conseguirlo.

―Bueno, ¡qué se le va a hacer! ―dijo Samuel, encogiéndose de hombros―. Seguro que algún día vuestros sueños se hacen realidad. Mientras tanto, al menos tenemos para comer.

—¡Y que lo digas! —Xenobia rió, divertida, viendo la vida de una manera positiva, como siempre—. ¿Dónde están nuestras respectivas cuevas? Nos gustaría dejar allí nuestros bártulos.

―¡Buena idea! Seguidme ―dijo el chico, abriéndose paso entre ellas para conducirlas en dirección a sus habitaciones―. Por cierto, Sylvia quiere que cenemos todos juntos, para conocernos y eso. Como yo soy un poco negado para la cocina, tendremos que contentarnos con pizza de microondas...

—¿Y si pedimos algo y listo? —sugirió Xenobia, que tenía una mentalidad muy “yankee”: la comida basura siempre era mejor.

―Pues no es mala idea. Me gusta cómo piensas, Equis.
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Zdravka E. Ovsianikova el Dom Feb 02, 2020 8:45 pm

Había sido complicadísimo encontrar una casa decente para ambas que tuviera dos habitaciones libres, pero la suerte les había sonreído. Para colmo, bromeaban con el hecho de que al menos sus compañeros de piso serían una pareja y que siempre que estarían de mal humor, al menos se echarían la peste entre ellos o se aliviarían también entre ellos. ¡Con April no había por donde coger nada!

Después de una agradable despedida, Samuel las llevó pasillo adentro a sus respectivas habitaciones. Una estaba al lado de la otra, literal puerta con puerta y se podría decir que una era una espejo de la otra, con la nimia diferencia de que una tenía mejor organización y parecía un poco más grande. Por cómo habían decidido antes de alquilar la casa, esa que parecía más grande correspondía con la elegida con Zeta.

La eslovena entró contenta, colocando todo sobre la cama y con una sensación interior de tranquilidad por volver a tener un lugar nuevo en donde poder dormir, sin miedo a tener que tratar al día siguiente con un ogro matutino.

Las ventanas de ambas habitaciones daban a un patio interior que si bien era un poco aburrido… al menos entraba luz natural. Siempre le había dado un poco de mal rollo por si algún vecino te veía por ahí, pero sobreviviría.

Una vez con todo descargado, salió para el pasillo, en donde se encontraba Samuel con cara de patata perdida sin saber si irse para su habitación o seguir con la visita. Se notaba que no estaba del todo cómodo con la situación y que quería volverse para su habitación.

―Pues está todo genial, gracias por dejarlo todo tan bien ―le dijo, siendo consciente que eso solía ser parte de los inquilinos, aunque fuera una petición del casero―. ¿A qué hora llega Sylvia? Deberíamos ir a comprar cosas para sobrevivir, así que podemos aprovechar y traer la cena. He visto que a dos manzanas hay un Burguer King y no sé vosotros, pero a nosotras una buena hamburguesa nos flipa.


***
Tres horas después

Para cuando Zeta y Xenobia habían vuelto de esa compra necesaria para la supervivencia, también llevaron consigo unos menús del Burguer King. Samuel les había dicho cuál quería él y cuál era el favorito de Sylvia, por lo que acertar había sido fácil.

Ahora se encontraban en la mesa de la cocina, sentados en la mesa como una gran familia que se acaban de conocer mientras compartían una charla de lo más fresca y divertida. Se notaba que Sylvia tenía toda la componente social que le faltaba a Samuel y, de hecho, era tan extrovertida que se notaba de lejos a lo que se dedicaba: trabajaba en el departamento de ventas de un concesionario de coches y, según ella, te podía vender hasta un bolígrafo sin tinta si se lo proponía. Al parecer había recién empezado y, por lo que había entendido Zeta, desde que empezase a vender coches y cobrar comisiones, seguramente ambos se mudasen a un casa para ellos solos y así poder empezar con el modo familia.

Samuel se veía un poco miedoso con el tema churumbeles, cosa que solo hacía reír a las chicas.

―No os riáis de mí ―dijo tras comerse una patata―. A veces me olvido de cenar yo, ¿cómo pretendéis que me acuerde de darle de comer a otra persona? ¡Si a veces hasta me olvido de ducharme!

―Verídico ―añadió Sylvia, con la pajita de su fanta en la boca―. Le tengo que obligar.

―Es uno de los males del desarrollador, pero ya has aceptado quererme en la salud y en la enfermedad.

―¿Estáis casados? ―preguntó Zeta de repente, sorprendida. Él no tenía anillo de compromiso ―cosa en la que solía fijarse― por lo que el comentario le cogió desprevenida.

―No, no ―dijo ella, enseñando su anular―. Al menos todavía. ―Estaban solo prometidos y, por eso, llevaba ese anillo tan bonito en el dedo de la petición y no del matrimonio―. Queremos casarnos el año que viene, pero no sabemos cómo irá la cosa.

―Me alegro por vosotros ―añadió con sinceridad pues si bien no los conocía de nada, parecían una pareja feliz y divertida.

―Gracias ―dijo y, tras una pequeña pausa, hizo una pregunta que a todo compañero de piso le interesa―: ¿Vosotras tenéis pareja?
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Xenobia Myerscough el Miér Feb 05, 2020 2:02 pm

Una vez en su habitación —que no era nada del otro mundo, pero no estaba nada mal—, Xenobia valoró la posibilidad de, con todo el descaro de su persona mágica, utilizar magia para colocarlo todo en su sitio. Lo valoró durante un par de minutos, brazos en jarra, observando el cuarto… pero finalmente descartó la idea. Sabía que lo haría de todas formas, pero no era el momento: tendría que responder un montón de preguntas incómodas, o realizar un par de hechizos desmemorizadores.

Nunca había borrado la memoria de Zdravka, y no le apetecía empezar a hacerlo entonces.

Así que, en lugar de eso, colocó la maleta al pie de la cama sin demasiada delicadeza, y de la misma manera que si sostuviera un par de bebés, dejó en un rincón, bien alejadas de puertas y ventanas, la guitarra y la cámara. Tenía pensado encontrarles un lugar mejor, posiblemente el armario, para que no sufrieran percance alguno.

Con todo listo, Xenobia volvió a asomarse y se cruzó de brazos, apoyándose en el umbral de la puerta. Se deleitó en la sensación de llevar cinco minutos en aquella casa sin escuchar un solo grito, y se atrevió a pensar que, por fin, habían dado con un sitio normal.

⋆⋆⋆

Conocieron a Sylvia poco antes de la cena, y para cuando ya estaban sentados, dando buena cuenta de los menús cortesía de Burger King, Xenobia ya se sentía cómoda en aquel lugar. Comparar a la muggle con April era más o menos como comparar un vaso de agua con uno de gasolina cerca de una cerilla: nada que ver, en absoluto.

Volvió a atreverse a pensar que habían dado con un sitio normal, y deseó profundamente no equivocarse.

El tema de conversación había dado paso al tema de la familia: Sylvia y Samuel parecían listos para empezar la suya, aunque lo de los niños lo ponía especialmente nervioso. Nervioso, juzgó Xenobia, pero en el buen sentido: como aquel que sabe que se le viene encima una importante responsabilidad, pero que dicha responsabilidad le emociona y le gusta. La bruja sonreía, a medio camino entre lo divertido y lo enternecido.

Mientras remojaba una patata en ketchup, llegó la pregunta de Sylvia acerca de la pareja. Xenobia no pudo evitar hacer una broma demasiado obvia: alargó la mano para coger la de Zdravka y dijo:

—Por supuesto. —Y se llevó la mano de Zdravka a los labios, besándola—. Pero no os preocupéis: Zeta y yo somos muy silenciosas y muy formales, especialmente porque no somos pareja. ¡Deberíais veros las caras! —Y rompió a reír, incapaz de aguantarse más.

Literalmente, Samuel y Sylvia se habían quedado boquiabiertos ante semejante declaración. No parecían a punto de soltar ningún improperio ni de mostrarse como una pareja de homófobos, sino que más bien parecían genuinamente sorprendidos. Para Xenobia fue prueba suficiente de que aquellos dos eran buena gente: si fuesen homófobos, lo sentía mucho, no los consideraría buenas personas.

—Estamos pilladas, sí —dijo finalmente, devolviéndole a Zdravka su mano y concentrándose en la comida—. Algún día, cuando sea una periodista lo bastante famosa como para costearse una vivienda propia, planeo marcharme a vivir con mi novio. Creo que ese día llegará más o menos cuando se pueda vivir en colonias en la luna, vistos los precios de la vivienda en Londres.

―No me sorprendería que vivir en la luna fuese más barato ―dijo Sylvia con evidente fastidio. Xenobia asintió de manera elocuente―. ¿Y tú, Zeta? ¿No tienes planes de independizarte con tu pareja?

Se notaba en el tono de voz de Sylvia que su pregunta no iba ni con malicia, cosa habitual en April, ni con el ánimo de indagar en la vida de su interlocutora; preguntaba por curiosidad y, al mismo tiempo, para demostrar amabilidad e interés hacia ella.

Era natural que Xenobia estuviese en guardia, después de todo el tiempo que había pasado viviendo con el Diablo, pero suponía que tarde o temprano se acostumbraría a aquella nueva normalidad… siempre y cuando durase.
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Feb 06, 2020 11:30 pm

Rió a carcajada limpia cuando Xenobia bromeó con la relación de ambas, insinuando que eran una pareja homosexual muy rara. Y pensó lo de rara porque… ¿qué clase de pareja de lesbiana alquila dos habitaciones separadas en una misma casa? Aún así, Sylvia y Samuel fueron muy lentos como para darse cuenta y se comieron la broma con patatas.

La verdad es que teniendo en cuenta que Xenobia tenía pareja estable y Zeta también ―aunque la de Xenobia era sin duda mucho más estable― podría haber sido una buena idea intentar buscar algo para los cuatro, pero Equis & CO estaban interesados ni mucho menos Austyn y ella. No llevaban tanto tiempo y la verdad es que Zeta no tenía ganas de apresurarse con este chico, ni de agobiarle, ni de nada, pues estaba muy ilusionada con que todo saliera bien a su debido momento.

―No estamos en ese punto de la relación ―le contestó a su nueva compañera de piso―. Ellos son los veteranos en relaciones… ―señaló con la cabeza a Xenobia, refiriéndose a su relación con Thomas―, pero yo recién estoy empezando.

En realidad por su mente ya se imaginaba planes a largo plazo con Austyn, por lo que respondiendo sinceramente a la pregunta: sí, sí que tenía sus propios planes mentales en proceso, pero decir eso quizás era un poco de loca enamorada y no quería parecer eso aunque inconscientemente lo fuera.

―Ahora mismo mi objetivo principal es sacar un disco, lo que me remite a mi siguiente pregunta: ¿cuánto de permisivos sois con los instrumentos y hasta qué hora puedo hacer ruido por la casa? ―preguntó de manera jovial y bromista, con una sonrisa de oreja a oreja―. Entre más permisivos seáis más memori a tendré yo en un futuro cuando sea rica y famosa en acordarme de mis viejos compañeros de piso, ¿eh? ―añadió.

Samuel fue el primero en reír, pero Sylvia no tardó en unirse.


***
18 de enero del 2015 ― 19:32 horas
Casa de Samuel, Sylvia, Equis y Zeta.

Era domingo y, aunque hace ocho meses Samuel y Sylvia le había contestado que no le importaba escuchar música por la casa ―pues adoraban la música― hasta que se fueran a dormir, ese fin de semana no se encontraban en casa pues habían viajado de vacaciones a Dinamarca.

De hecho estaba sola, pues su amiga había salido.

Estaba en el salón, sentada sobre la alfombra frente a la chimenea mientras tenía esparcido por toda la alfombra mil y un folio, lápices y cuadernos. Tenía a un lado su teclado eléctrico enchufado, mientras que sobre su regazo tenía la guitarra. Si echabas un vistazo exhaustivo te darías cuenta de que estaban los envases vacíos de la comida china por ahí tirados y es que eran las siete y media de la tarde y llevaba aproximadamente desde las nueve de la mañana allí componiendo. Llevaba varios meses escribiendo sin parar y tenía muchísimos «procesos de», que era básicamente cosas muy interesantes que podían llegar a ser un temazo pero… le faltaba un proceso creativo para una base, una melodía y… también un retoque de letras.

Uno de los muchos inconvenientes al ser artista es que no paras de encontrar maneras de mejorar todo lo que haces, por lo que llegar al punto y final era realmente complicado, sobre todo si no estabas en una de tus mejores etapas de inspiración y es que, por mucho que ahora mismo la relación entre Austyn y ella fuese genial, llevaban unas semanitas mal por una discusión y no es que su Musa estuviera muy presente. Además, había sido su primer día de descanso en casi tres semanas y estaba cansada.

Mientras tocaba escuchó como la puerta se abría y no tardó en gritar, sabiendo de quién se trataba:

―¡EQUIIIIIIIIIIS! ―La llamó, dejándose caer hacia atrás para apoyar su cabeza contra el sofá―: ¡TE NECESITOOOOOOOOOO!

En realidad estaba gritando pero literal que ahora mismo estaban a cuatro pasos, pues el salón estaba al lado de la entrada. Así que se giró para poder verla:

―¿Estás ocupada? ¿En donde has estado? ¿Con Thomas? ¿Me has traído un regalo? ―preguntó atropelladamente―. Ven, ven, ven, siéntate y relájate que te quiero tocar cosas. ―Rió―. Canciones, digo. Necesito tu opinación.

Sí, estaba un poco hiperactiva… ¿sabéis por qué?

Al lado de los envases de comida china había dos latas de Monster. ¿Cómo, si no, esperábais que se hubiera pegado ahí casi doce horas componiendo y tocando después de semanas trabajando?
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Xenobia Myerscough el Jue Feb 13, 2020 11:29 pm

A veces, Xenobia simplemente era incapaz de contener su vena más humorística, y momentos como aquellos eran los que no podía dejar escapar. Por fortuna, no había ninguna April entre los presentes, pues de lo contrario se habría quedado totalmente seria, apretando la mandíbula mientras mascaba su rabia, dispuesta a recriminar un chiste que, para ella, “no tenía ni pizca de gracia”.

A Merlín daba gracias por aquel distendido ambiente, y aquellas sinceras carcajadas.

Una vez recuperados de una broma tan repentina, pasaron a hablar acerca de parejas y la posibilidad de irse a vivir con dichas parejas. Ella no tardó demasiado en exponer una situación que se limitaba, básicamente, a lo económico. En esencia, dijo que no tenía pensado ser la mantenida de nadie… pero de una forma mucho más sutil, mucho más educada.

Con respecto a Zdravka, Xenobia ya se imaginaba la respuesta: a pesar de que Austyn y ella tenían una de esas relaciones tan empalagosamente encantadoras que parecían sacadas de una película romántica, todavía era pronto para que se fueran a vivir juntos.

Con todo y con esas, Xenobia no los veía terminando de otra manera.

—Son encantadoramente encantadores juntos —añadió como inciso, susurrando como si contase un secreto—. Si no terminan viviendo felices y comiendo perdices, como en los cuentos de hadas, yo terminaré mi vida como sin techo.

Lo escalofriante de aquella afirmación era que la “profecía” se cumpliría: Zdravka no terminaría envejeciendo junto a Austyn, y Xenobia perdería su hogar y prácticamente todo aquello que alguna vez le había importado. Suerte que en el futuro no recordaría haber dicho aquello, o creería que había desafiado a los dioses o algo así.

La pregunta de Zdravka… bueno, digamos que Xenobia, en su cabeza, había hecho una pequeña apuesta acerca de cuánto tardaría en hacerla. Por ese motivo consultó el reloj de su teléfono móvil en cuanto la hizo: se había apostado que no tardaría ni cinco minutos en un inicio, pero al ver que Zdravka dejaba el tema para más tarde, había cambiado la apuesta por cinco minutos después de que se hubieran sentado a cenar.

Casi acierta: habían pasado apenas ocho minutos.

Las risas de sus compañeros fueron un claro indicativo de que allí no sucedería nada siempre y cuando el ruido se produjera a horas normales.

—Creo que podremos hacer todo el ruido que queramos —dijo, con un falso tono acaramelado, mirando a Zdravka. Obviamente, había vuelto a hacer la misma broma, y ella misma se dio cuenta de la verdad—: Sin la sorpresa inicial, esto pierde alrededor del noventa por ciento de la gracia.

Sin embargo, sus compañeros reían. A Xenobia le gustó eso: significaba que se habían caído bien, y que la primera impresión había sido buena. Teniendo en cuenta que a April la habían conocido profiriendo ladridos, desde luego que el cambio era para mejor.

⋆⋆⋆

Xenobia había tenido una semana de perros.

El martes a última hora, mientras realizaba un pequeño reportaje fotográfico para un artículo que debía escribir, había escuchado cómo su cámara emitía un sonido parecido al habitual, cuando el obturador se abría y cerraba, pero con un deje sordo que la alarmó. Y, efectivamente, al volver a pulsar el disparador, no sucedió nada.

Su cámara réflex era como su vida, e indudablemente una herramienta de trabajo. Había intentado repararla por medio de la magia en cuando había llegado a casa, pero no había conseguido nada. Fue entonces que descubrió que arreglar ciertas cosas con magia no era tan sencillo como cabría esperarse.

La había llevado inmediatamente a una casa de reparaciones en el barrio chino de Londres, pues sabía de su eficiencia. Con todo y con esas, la noticia había sido un pequeño mazazo: hasta el domingo siguiente, nada. Y el dependiente le puso el domingo como fecha límite precisamente porque ella se había puesto muy pesada con que la necesitaba en el preciso instante en que estuviera lista.

Había tenido que rechazar un par de trabajos como fotógrafa, y había pasado el resto de la semana enfadada. Suerte que sus enfados eran silenciosos, que se los reservaba para sí misma, o de lo contrario, habría cabreado a sus compañeros de piso.

El domingo, regresaba a casa con su pequeño bebé en brazos, recién reparado, y se sentía pletórica de alegría y alivio. Había gastado un dinero que, estaba segura, no podía permitirse, pero por su bebé haría lo que fuese.

Nada más cruzar la puerta y cerrarla a sus espaldas, escuchó a Zdravka llamándola desde el salón.

Recorrió el corto trecho de pasillo con la sensación de haber dormido fatal durante toda la última semana —sensación bastante acertada, por cierto—, pero igualmente aliviada. Ya nada en la vida podía salirle mal, pues tenía su cámara de vuelta y funcionando.

—Tengo la sensación de que el vecino que vive a dos manzanas de aquí no te ha escuchado. Quizás me equivoco —comentó de manera burlona, dejándose caer en el sofá como un peso muerto—. Definitivamente, me equivoco.

Sin embargo, no pasaron ni dos segundos antes de que Zdravka, que parecía haberse tragado un motor a reacción en miniatura, la abordara de manera insistente e hiperactiva. Xenobia abrió los ojos como platos, sorprendida, para luego fruncir el ceño y mirarla de manera inquisitiva.

—Te dejaré tocarme todo lo que quieras, y digo todo, cuando respondas a una pregunta. —Sí, Xenobia, seria y todo, hizo una broma sexual en respuesta a la de su amiga. Tenía tan interiorizado el humor que hasta seria le salía—: ¿Has vuelto a meterte Monster en vena? ¡Ya te he dicho que tienes que tener cuidado con esa basura enlatada! Un día, te va a petar algo por dentro, y voy a tener que reanimarte. O peor: me dará un infarto a mí también y nos iremos las dos a la tumba.

No tuvo que mirar mucho alrededor para encontrar las pruebas del delito: comida china y latas de Monster. Sí, Zdravka había estado maltratando su pobre cuerpo a base de comida de calidad cuestionable, y estimulantes para caballo en la forma de bebida energética.

—A ver, ¿qué quieres tocarme? —preguntó mientras se levantaba, con esfuerzo, del sofá. En esta ocasión, no pretendió dar un doble sentido a sus palabras—. Soy toda oídos.

Con esas palabras, se dejó caer pesadamente, de culo y con las piernas cruzadas al estilo indio, frente a la chimenea. Echó mano de uno de los envases de comida china más cercanos y tanteó su interior, en busca de sobras.

Sí, quizás fuese una conducta un tanto perruna, pero si hubiera encontrado algo delicioso en el interior, puedo aseguraros que Xenobia se lo habría comido. No le daba vergüenza a esas alturas comerse lo que a su amiga le gustaba menos.

Por desgracia, estaba vacío.
Xenobia Myerscough
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