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Therapy [Priv. Evans Mitchell]

Laith Gauthier el Jue Jun 13, 2019 12:41 am

Recuerdo del primer mensaje :

Habían pasado algunos meses desde la última conversación a finales de octubre, hasta que llegó diciembre. No podía mentir, pero en verdad era una situación complicada la de tener que atender a escondidas a una niña, y por eso es que necesitó tiempo para planificarlo todo a la medida. Era un planificador, y prefería que todo saliera sólo como debía suceder, en especial cuando algo le decía, más bien un presentimiento, que las cosas podían torcerse tan mal.

Obvió sitios de encuentro típicos, donde pudieran reconocerlo visualmente a él o a cualquiera de sus acompañantes, y apuntó más lejos. Había ido a un viejo anfiteatro ya casi olvidado y alejado de toda civilización, por supuesto. Ahí se habían celebrado todo tipo de conciertos, por lo que estar lejos de las casas era importante para impedir inconvenientes o molestias. Había llegado bien temprano y realizó hechizos para ocultar lo que estaba haciendo de ojos u oídos indiscretos.

Se sentó en una de las bancas, con los audífonos puestos, mientras miraba la estructura: sumida bajo el suelo, el escenario hasta el fondo, y un techo que cubría aproximadamente la mitad del anfiteatro. Despejó su mente, porque ahí dentro no debía haber nada que sesgara su juicio médico. Sabía que Evans no vendría con él, pero eso no significaba nada, tenía que ser un profesional por encima de todas las cosas.

Si alguien miraba desde fuera de la protección vería el anfiteatro y más nada. No a un sanador sentado con un cuaderno y una grabadora. Una vez cruzado el velo de protección, sin embargo, nomaj o mago serían capaces de ver todo el interior, como una burbuja que se protegía del exterior. O más bien, un espejo doble.

Estaba atento al exterior, sin embargo. Cuando viese a alguien venir, si correspondía con la descripción que había recibido, él saldría de la burbuja para salir a recibirles y apremiarles a entrar. Buscó una botella con agua dentro de una mochila que llevaba, donde mismo llevaba algunos tentempiés por si hacían falta.

Prometía ser una mañana interesante.
Laith Gauthier
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Evans Mitchell el Lun Ago 12, 2019 2:48 pm




A la edad de Aimee, ella no conceptualizaba las actitudes o las intenciones de las personas, pero las entendía de una forma instintiva y absoluta. No era tampoco como otros niños, ni tan diferente. Su ingenuidad tenía un límite, pero una ingenuidad que otros podían explotar infinitamente. Especialmente, los cercanos. Especialmente, sus padres.

Si callaba y observaba, era porque había aprendido a estar alerta a los cambios de humor en los adultos, en su caso, su madre, Linda. Era encantadora su madre, casi siempre, pero eso, sólo casi, no siempre. Otras veces, en cambio, se comportaba de una manera que no le había quedado otra que catalogar de “extraña”, y era entonces cuando papá o Evans intervenían.

Aimee naturalizó estos cambios de humor, pero le herían lo mismo, porque el cambio era abrupto, violento, y traía consigo consecuencias desagradables. Por eso, en parte, era difícil acercarse a ella, porque dejarse seducir por el encanto de una persona podía conllevar una decepción para la que mejor estar preparada. Otros niños eran más fáciles de llevar, abiertos y joviales, pero Aimee era distante.

Hacerla hablar era captar su interés, aunque sólo fuera brevemente, y una simple conversación podía elevar puentes entre dos orillas. En su corazón infantil atesoraba una pasión no tan secreta por los cuentos. Los cuentos fascinaban su interés. Su hermano siempre le leía historias. Una vez le dijo que le enseñaría a leer sólo para que dejara de molestarlo, pero incluso cuando ella aprendió, Evans no dejó de leerle cuentos. Es que su hermano siempre mentía un poco, era gracioso. Aunque a veces era difícil saber cuándo mentía y cuándo no, y entonces era un poco molesto.  

“Vengo de una tierra más allá del mar…”, ese bien podía ser el comienzo de una historia. “El Gran Espíritu” estaba en esa historia y, sin ser Aimee ninguna crédula, se sintió atraída por la forma en que lo describió. Trudy le leía cuentos, pero no era muy buena en ello, se preguntó si Laith sí lo sería, y tuvo una corazonada favorable a ese respecto.

Le gustaba oírlo hablar, y hasta seguro que hacía muecas, como Evans. Las caras que hacía Trudy, en cambio, no eran las de alguien que imitaba, sino las de alguien que se esfuerza pensando, y al final no comprende. A veces, hacía un alto y le explicaba a Aimee el increíble parecido entre la fantasía y la realidad, mencionando a alguien que le caía particularmente desagradable. “Gordo y tacaño, como el carnicero que no me fía, mira…”.

Aimee le había enseñado a Trudy a fascinarse con los cuentos, y cada quien los disfrutaba a su manera. A veces, de hecho, había mucho de realidad en un cuento. “El Gran Espíritu”, tal como lo describía Laith, parecía una de esas cosas que explicaban fenómenos de la realidad a los que no se les podía poner un nombre, hasta que hallabas las palabras correctas. Había situaciones que le habían estado ocurriendo últimamente que no comprendía. ¿Puede que, después de todo, Laith se refiriera a lo que ella pensaba?

Sabía que después de morir los magos regresaban como fantasmas, pero Laith no hablaba de eso, y Aimee tampoco pensaba en eso. Si lo que decía era cierto, entonces, ¿debería hablar con él? Eso fue lo que Evans le pidió, que confiara. Aimee sólo sabía una cosa, ella quería comprender por encima de todo. Sin embargo, por mucho tiempo sus padres le habían dicho que “lo que ocurría en casa, quedaba en casa”. Este mandato todavía imperaba en su hacer y sus pensamientos, y no podía desacatarlo. Su padre pudo haber desaparecido, pero incluso así, cuando lo recordaba, sentía algo cercano al miedo. Y su madre… su madre estaba siempre observando, lo sentía.

—¿Y si el espíritu…. es malo?—preguntó, sintiéndose incómoda al hacerlo, pero esperando una respuesta con sus ojazos de cielo, grandes y atentos, puestos en Laith—¿Es raro para un mago hablar con los espíritus…? ¿Tú les has hablado?




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Laith Gauthier el Jue Ago 15, 2019 5:36 pm

Lo había notado, de un momento hacia acá, que había conseguido un puente entre su mundo y el de ella. Era, quizá, joven, de madera y hecho con sogas que podían romperse en cualquier momento, pero por ahora servía para lo que lo necesitaban: vincularse.

El sanador contaba a su favor con una cultura rica en magia, en su magia particular, que tenía todo tipo de leyendas y mitos que enriquecían la comunicación. Leyendas de todo tipo que, si bien Laith a veces sentía una tendencia científica a cuestionar, vibraban en el pecho con el misticismo que sólo tienen esos lugares y personas que están profundamente conectados con un mundo paralelo que tiene su propio ritmo.

Sus dudas, que eran razonables, también revelaban cosas que no se decían, pero eran. El sanador se las guardaba para sí mismo, porque eran motivo de estudio e indagación.

”Manitou”, es el nombre que se les da a los espíritus en la mitología algonquina, una fuerza espiritual y fundamental de la vida, por lo que había buenos y malos; los buenos eran llamados “Aashaa monetoo” mientras que los malos serían los “otshee monetoo” —le explicó, — dicen que cada uno de los manitou tenía una razón de ser, y todos eran creados por el Gran Espíritu.

Él recordaba, en su momento, haber pensado en por qué un creador haría fuerzas malvadas, pero al final se hizo a la idea de que el Gran Espíritu no era, en principio, una entidad toda bondad. Era una dualidad, más bien: el frío y el calor, el día y la noche, el bien y el mal. Venían en dúos para formar equilibrios.

No te imagines a los espíritus como los fantasmas cuando los magos tienen asuntos pendientes en la tierra —le pidió, porque estaría muy equivocada. — Dicen los sabios que los espíritus vuelven al mundo brevemente durante los equinoccios, cuando las luces de las auroras tocan la tierra, y he estado ahí en alguna ocasión… No es como si pudieses hablar con ellos como tú y yo, sino más bien… los sientes —le contó su experiencia personal al respecto.

Honestamente, no sabía si eso, como todo, aplicaba sólo para un grupo determinado de personas. Por ejemplo, alguien que nunca estuvo en contacto con ese mundo, ¿tendría que ir con el Gran Espíritu? La lógica decía que sí, pero, en un sentido práctico, no era muy viable.

En el fondo, Laith pensaba que todo formaba parte de percepciones basadas en lo que había dentro de uno mismo. Aunque lo consolaba la idea, a veces se sorprendía pensando que lo que sucedió fue sólo lo que quiso que sucediera, y lo interpretó de la manera en que en su momento lo necesitó, sin ser precisamente objetivo al respecto. Todo se limitaba a si estaba, o no, dispuesto a quitarse la venda de los ojos. Era cálido en el pecho pensar que lo que sucedió realmente había sido su abuelo hablándole.

¿Hay alguien con quien tú quisieras hablar? ¿Qué te gustaría preguntarle? —usó el tema en cuestión para tratar de indagar en sus intereses, en esas dudas que no se había permitido revelarle hasta ese momento. Lo mejor en ese tipo de investigaciones es que fluía como una conversación tan natural, que ni siquiera se notaba que Laith estaba haciendo sus propios análisis.
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Evans Mitchell Ayer a las 2:22 am



El conejo de Laith había vuelto a convertirse en un trozo de roca, y con un poco de pena, Aimee la depositó a su lado, en el asiento vacío. Meditó para sus adentros que, siendo Laith alguien tan versado en esos asuntos, sobre espíritus que hablaban y que uno era capaz de sentir, quizá pudiera sacarla de una incógnita. No era algo que realmente se entusiasmara por compartir, porque era su secreto, y en el caso de que le dijera que había algo mal… En un acto inconsciente, Aimee volvió a voltearse, para ubicar a Trudy allá atrás, siempre atenta, siempre allí por si la necesitaban, y se sintió un poco más tranquila.

Le gustaba Trudy.

—A mí me hablan—dijo de pronto, como si se tratara de algo normal. Metió la mano en su bolsillo, aquel en el que antes había guardado “su tesoro” y sacó algo con cuidado. Lo hizo con sus dos manitas, cerradas como un cofre, y se la acercó a Laith. Hubo un instante de expectación, antes de que ella abriera las manitas, mirándolo con sus ojos abiertos y curiosos. Pero no había nada—¿Lo ves?

A juzgar por sus ojitos, ella realmente esperaba que Laith, luego de insistir en que tenían en común mucho más de lo que ella podía tener con Trudy, porque eran magos, pudiera ser capaz de ver lo que Trudy no podía. Le hablaba de sus amigos “imaginarios”, y últimamente pasaba mucho tiempo con ellos, pero un muggle no tenía la misma percepción que un mago, y para Trudy eran sólo los cuentos de un niño con mucha imaginación.

Se sintió levemente decepcionada con la respuesta, pero suspiró y se explicó, dejando que Happy revoloteara sobre ellos en libertad, sin alejarse demasiado. Happy tenía una forma muy graciosa y colorida, era un unicornio pequeño con cuerno y alas, que siempre sabía qué decir para hacerla sentir mejor. Al parecer, Laith no podía ni verlo ni escucharlo. Pero Happy hablaba, sobre Laith, sobre ellos, y cuchicheando sin parar sobre un temor que lo tenía inquieto y tenía que ver con la desaparición de Miércoles. Puede que, después de todo, Happy no fuera un espíritu. Había algo, sin embargo, que la había tenido preocupada últimamente. Sólo se lo decía, porque tenía que ver con Trudy.

—Tú no lo ves, pero está allí—Y levantó el dedo, señalando al aire, aquí, allá, después un poco más allá, y de nuevo “aquí”. Happy se movía velozmente con sus alas, sin dejar que ella lo atrapara. La hizo sonreír—. Tiene alas—explicó—. Trudy dice que me lo imagino. Pensé que tú ibas a poder verlo, porque eres como yo—Se encogió de hombros—. Es muy real—aseguró—. Pero sólo yo puedo verlo. Está conmigo desde antes de conocer a Trudy, cuando vivía con papá y mamá. Pero no se mostraba a Evans, porque—Rompió a reír, en una risa breve y espontánea—. Le gustaba meterse con mi hermano, pero no se mostraba. Una vez, le tiñó el pelo de rosa. Evans estaba enojadísimo porque no podía quitárselo. Me culpó a mí,  pero yo no fui. Igual, no importó. Me gustó que Happy lo hiciera porque ese día Evans se quedó en casa—recordó, y sonrió—. Porque decía que no podía salir a verse con sus amigos con el pelo rosa, y prefirió quedarse conmigo. Vimos una película ese día. Happy hace magia—explicó—, sólo a veces. Después de Happy, conocí a Miércoles, pero… —Su rostro se ensombreció levemente—. Hace un tiempo que no lo he vuelto a ver, desde que…  

Agachó la cabeza y se frotó las piernas con las manitas, en una seña de ansiedad. Había hablado con naturalidad, soltándose sobre un tema que le agradaba, hasta entonces. Happy revoloteaba nerviosamente en torno a ella, pero Aimee no le prestaba atención. Había cosas que Aimee olvidaba, o que fingía que olvidaba. Cosas sobre las que prefería no pensar, no revivir en sus recuerdos, como el día en que se fue de casa. Era consciente de lo que había sucedido, pero podía hacer una ruptura entre ella y las imágenes de miedo y tristeza que venían aparejadas a la memoria de ese día. Pero Miércoles se había escapado con ella, lo de Miércoles fue diferente… Eso lo había hecho Mommy.

Aimee levantó la mirada.

—Fue mi culpa. Porque hablé demasiado.


HAPPY:

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